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Pintoras en la Historia

Sobre la autora


María del Carmen Morcillo, nacida en Plasencia (Cáceres), madrileña de adopción. Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Carlos III de Madrid, ha trabajado de secretaria y contable en varias multinacionales.

Mente curiosa y aficionada a la historia del arte desde que contempló en la infancia con su padre la sala oscura dónde se exponían las Meninas, asidua visitante de museos y en especial del Museo del Prado. Interesada de forma autodidacta por el arte en general y por las mujeres artistas en particular. Durante el confinamiento de 2020 retomó su propia investigación sobre pintoras desconocidas y olvidadas, que es el germen de este trabajo.

Agradecimientos

Para Eva María y Esther, mis hijas, para que descubran que las mujeres pueden hacer todo lo que se propongan.

A mi madre, mi marido y el resto de mi familia y amigos por animarme en esta nueva ilusión.

A Sebastián Vázquez por confiar en que mi investigación merecía ser publicada y por los sabios consejos de estilo recibidos

A mi querida amiga Marta, que me embarcó en este apasionante proyecto.

Introducción

Lo que más deseo es la libertad de salir sola, de ir y venir, de sentarme en las sillas de las Tullerías, y sobre todo en las del Rosa Luxemburgo, de pararme y mirar las tiendas de objetos de arte, de entrar en las iglesias y los museos, de caminar por las viejas calles de noche; eso es lo que más deseo; y esa es la libertad sin la que no se puede llegar a ser artista. ¿Alguien se cree que puedo captar muchas cosas valiosas de lo que consigo ver, si siempre tengo que ir acompañada y para ir al Louvre tengo que esperar a que lleguen mi coche, mi dama de compañía y mi familia? Esta es una de las principales razones por las que no existen mujeres artistas.

María Bashkirtseff

Pintora afincada en París (1879)

La idea de escribir un libro sobre mujeres artistas surgió en la puerta del colegio. Esperando junto a las otras madres en la entrada a que le tomen la temperatura a nuestros hijos cumpliendo los protocolos del Covid, mi querida Marta nos pidió ayuda para un proyecto: hacer un libro sobre los pintores más influyentes de la historia del arte. La idea era buena, pero muy poco original. De este tipo de manuales hay un montón, por ello decidimos darle una vuelta. Si en estos tiempos de pandemia, en pleno siglo XXI, hiciésemos una encuesta para saber cuántos pintores conocemos, la mayoría de la población consultada mencionaría a Goya, a Velázquez o a Van Gogh y, posiblemente, no consideraría a ninguna mujer. Es más, si hojeamos algún manual de historia del arte de primaria o secundaria, o bien no encontraremos a ninguna, o bien su presencia será residual.

Es como si no hubiesen existido mujeres artistas. ¿Por qué no las conocemos? Pues porque a lo largo de los siglos las hemos tenido escondidas, en los conventos en el Medievo y dedicándose a las labores domésticas durante el Renacimiento y el Barroco. Durante el siglo XIX las impidieron formarse en academias porque no era de “señoritas bien” pintar cuerpos desnudos, tanto masculinos como femeninos. Además, cuando en dicho siglo se crearon las grandes pinacotecas europeas, se siguió la norma patriarcal de considerar a las mujeres inferiores y relegarlas al sótano. Es decir, los que decidieron qué se iba a exponer en los museos eran hombres, y por tanto se decidieron por artistas de su género. El problema es que hemos interiorizado este concepto y nos ha parecido normal que, hasta el 2021, la principal pinacoteca española expusiera solo siete mujeres artistas en su colección permanente. Recientemente, tras la remodelación de las salas del XIX se han incluido a trece artistas.

De este modo, algunas se vieron obligadas a pintar temas menores como bodegones o miniaturas y así ser la rara avis de la familia o del taller de padres o esposos. Pero, incluso con todas estas dificultades, algunas destacaron. Por suerte, en el siglo XX, gracias a la explosión de las vanguardias y a las primeras feministas, las artistas fueron haciéndose un hueco. Además, si conocemos a alguna pintora suele ser más gracias a anécdotas de su biografía y su faceta como icono pop que por su obra. Sabemos que Frida Kahlo es un icono pop, o nos quedamos en la anécdota de la traumática violación de Artemisia Gentileschi. Por otro lado no dejamos de admirar a Caravaggio, conociendo su violento carácter, o a Picasso, a pesar de su misoginia.

En los últimos años, estamos asistiendo a grandes acontecimientos artísticos que tratan de llenar este vacío por parte de los grandes museos mundiales dando a conocer a estas artistas como lo que son: grandes pintoras. Así, hemos podido asistir de manera presencial o virtual a estos eventos:

 Las recientes exposiciones del Museo del Prado sobre Sofonisba Anguisola y Lavinia Fontana y Clara Peeters como retrospectivas de mujeres artistas e “invitadas” dedicadas a explicar la situación de la mujer en el siglo XIX en general y de las artistas en particular.

 La exposición monográfica sobre la obra de Artemisia Gentileschi en la National Gallery (parada por la pandemia, como si el destino nos impidiera hacer justicia todavía).

 La exposición recién clausurada sobre Georgia O'keefe en El Museo Thyssen-Bornemizza.

Nuestros objetivos son sacar del olvido a las mujeres pintoras para que, dentro de unos años, cuando se haga esa encuesta los resultados sean distintos y que cuando ojeemos un manual de historia de arte o visitemos una gran pinacoteca la lista de artistas esté considerada con criterios de igualdad. El problema de las pinacotecas es que su recorrido expositivo se hizo en el patriarcal siglo XIX y sigue siendo gestionado por directivos del siglo XX pese a que está dirigido a un público del siglo XXI que espera perspectiva de género en todos los ámbitos.

El lector advertirá que en la relación de pintoras no figura Frida Kahlo. Esto se debe a que ella no es precisamente una pintora en el olvido, al contrario, posiblemente sea la artista más conocida dentro de la pintura universal.

Encomendándonos a santa Catalina de Bolonia, patrona de los artistas, trataremos de contar la historia del arte como siempre debió ser contada.

De las artistas rupestres a las monjas medievales

¡Oh, figura femenina, cuán gloriosa eres!

Hildegarda de Bingen

En 2002, el doctor John T. Manning, de la Universidad de Swansea del Reino Unido, descubrió que existe una relación entre el tamaño del dedo índice y el anular de toda la especie humana y distinta en hombres y mujeres. Aplicando este ratio de Manning, dos investigadores franceses, Jean Michel Chazine y Aranud Noury, desarrollaron un programa informático: el Kalaimain, que ha conseguido demostrar que solo la mitad de las manos de las pinturas rupestres son masculinas, siendo la otra mitad de mujeres. Es decir, los pintores de las cuevas prehistóricas fueron pintores y pintoras en igualdad de condiciones, pues la tribu trabajaba en equipo. Por tanto, es nuestro deber seguir reescribiendo la historia del arte desde los orígenes.

En el Antiguo Egipto se han encontrado evidencias de que Helena de Egipto aprendió su oficio de su padre pintor, Timón de Egipto. Helena trabajó en el período posterior a la muerte de Alejandro Magno en el 323 a. C.

Plinio el viejo, en su Historia natural del año 77, nos habla de la invención de la pintura por parte de una mujer y de las Seis Mujeres Artistas de la Antigüedad. En el Libro 35 de este compendio de conocimiento se nos cuenta la historia de Kora, hija de Butades, que quedó prendada de un joven que pronto marcharía a la guerra. Durante la última noche antes de su despedida, Kora despertó de su sueño y descubrió cómo el perfil de su amado se describía en la pared proyectado por la luz de una vela. Tomando un carboncillo, repasó el perfil de la sombra para así no olvidar la imagen de su amado. A partir de esa silueta, su padre aplicó una capa de arcilla que modeló llevando a la tercera dimensión el retrato del joven, que posteriormente horneó para que se conservara a lo largo del tiempo. Siguiendo este mito, Kora sería la inventora de la pintura y su padre el inventor de la escultura.

Estas son las artistas más antiguas de las que tenemos datos gracias al escritor latino:

1 Aristateta: hija y pupila del pintor Nearco. Su fama se debió a un cuadro que representaba a Esculapio.

2 Irene o Eirene: hija de un pintor, pintó la figura de una joven que estuvo albergada en Eleusis. Poco antes del Renacimiento, Boccaccio escribió sobre Irene en su libro Sobre las mujeres ilustres (De mulieribus claris); y le atribuyó obras como Calipso, El gladiador Teodoro y una representación de Alcístenes.

3 Timarete (o Thamyris, o Tamaris; siglo V a. C.): es considerada como la primera pintora registrada en la historia. Era hija del pintor Micon el Joven, de Atenas. Según Plinio el Viejo, ella “despreciaba los deberes propios de las mujeres y practicó el arte de su padre”. En el tiempo de Arquelao I de Macedonia fue reconocida por una pintura sobre tabla de la diosa Diana que fue conservada en Éfeso.

4 Anaxandra: pintora griega, hija de Meakes, un pintor de escenas mitológicas.

5 Olimpia: de quien solo conocemos de ella que fue maestra de un pintor llamado Autobulo.

6 Marcia Severa de Cícico o Laia de Cicico: se dice que la mayoría de sus pinturas trataban sobre mujeres. Era conocida por trabajar más rápido y pintar mejor que sus competidores masculinos, Sopolis y Dionysius, lo que le permitió ganar más que ellos. Laia permaneció soltera toda su vida. También es reconocida por ser la primera artista en autorretratarse.

Como vemos, el acceso de estas mujeres a las artes se debe a que sus progenitores eran artistas, y este patrón lo vamos a ver a lo largo de toda la historia. Las mujeres siempre van a ser ayudantes de taller de sus padres o esposos.

En cuanto a la Edad Media, los historiadores siempre nos han enseñado que en los monasterios medievales solo trabajaban hombres, copiando en los scriptorium los bellos códices sagrados. Pero estos mismos historiadores olvidaron contarnos que los monasterios medievales fueron dúplices, es decir: en ellos convivían hombres y mujeres de forma complementaria. Las hermanas se encargaban de tareas domésticas y los hombres de la defensa moral y física de los conventos. Además, la única manera que tenían las mujeres medievales de ser algo libres era meterse en un convento. Puede parecer una incongruencia, pero era la única forma de conseguir no estar bajo el mando de un padre o un marido, estando sometidas solo al Dios supremo, que todo lo ve. Estarían dentro de una jerarquía, sí, pero basada en roles femeninos, estándoles permitido llegar a subir en el escalafón conventual: podían llegar a ser abadesas. Y, a pesar de las circunstancias, en estos sitios tan lúgubres y sagrados, hubo mujeres que destacaron y hemos olvidado: las ilustradoras medievales. Solo conocemos unas pocas. Las referencias más antiguas de mujeres iluminadoras se encuentran en los siglos VII y VIII: Herlinda, Reinula de Maasryck, la abadesa Agnes de Quedlinbug y Hitda de Meschede, que fue una abadesa ilustradora de Colonia que vivió entre 978 y 1042. Tenemos datos más concretos de:

1 Ende (siglo X): es posible que fuera una monja del siglo X, quizás del monasterio de San Salvador de Tábara y que trabajara como iluminadora de manuscritos en el norte de la Península Ibérica. Se le atribuye la iluminación del Beato de Gerona. Al final de este manuscrito iluminado figuran el nombre del patrón, el Abad Dominicus, y la fecha exacta de su edición: 6 de julio de 975. También se conocen los nombres de sus dos ilustradores: “Ende, pintora y sierva de Dios” y “Emeterio, monje y sacerdote”. La palabra latina para “pintor” aquí está en forma femenina. Era común durante la Edad Media citar los nombres, en orden decreciente de importancia, pudiéndose afirmar, por lo tanto, que el más relevante de los dos ilustradores era una mujer. En consecuencia, Ende es la primera artista femenina en España y una de las primeras en Europa de la que se tiene registro por firmar una obra.

2 Diamuris o Diemud (siglo XI): monja del monasterio de Wessobrunn en Baviera. Apodada como “la Bella Escriba” por su bonita caligrafía. Iluminó cuarenta y cinco manuscritos que se conservan en la Biblioteca Estatal de Baviera.

3 Hitda (978–1042): fue una monja y abadesa que ilustró los Evangelios de la abadesa de Hitda de Meschede o el Codex Hitda, considerado como la obra maestra de la escuela de iluminación de Colonia, caracterizada por la utilización libre del pincel. Esta artista dio un paso más para trascender en la historia de la iluminación incorporando su propio retrato en la obra en la que estaba trabajando, un gesto que posteriormente repetiría la ahora reconocida Hildegarde Von Bingen.

4 Guda de Weissfauen (siglo XII): como acabamos de ver, incluir autorretratos en las iluminaciones fue un guiño frecuente de las artistas medievales, una osadía que podría interpretarse como rebeldía y reafirmación de un trabajo del que estaban muy orgullosas. Guda también incluyó su autorretrato en una letra inicial del Homiliario de San Bartolomé, y por si no quedaba claro de quién se trataba, le añadió un texto que dice: Guda, peccatrix mulier, scripsit et pinxit hunc librum (“Guda, una pecadora, escribió y pintó este libro”). Este manuscrito se conserva en la Biblioteca del Estado, en Fráncfort del Men. Actualmente, los investigadores consideran a Guda de Weissfauen como una de las primeras mujeres que crearon un autorretrato firmado en el mundo occidental.

5 Claricia (siglo XII): era una monja alemana del siglo XIII que aprovechó el “aire” de la inicial “Q” que dibujaba en un salterio para pintarse a ella misma y repetirse, colgada, en otra imagen del libro. De hecho, este manuscrito se conoce como el Salterio de Claricia del Museo Walters de Baltimore.

Hildegard Von Binger
O cómo ser la mujer más influyente en la Edad Media

(Bermersheim, 1098-Monasterio de Rupertsberg, 1179)

La más famosa artista medieval fue Hildegard Von Binger, perteneciente a la Orden de San Benito, que fue una santa, compositora, escritora, filósofa, científica, naturalista, médica, abadesa, mística, líder monacal y profetisa alemana. Fue conocida también como la “Sibila del Rin” y la “Profetisa Teutónica”. Logró todo lo que una mujer podía conseguir en el Medievo gracias a una vida de esfuerzo, estudio y dedicación. Como vemos, no solo fue iluminadora medieval, sino mucho más.

Hildegard Von Bingen nació en una familia noble alemana en 1098. Fue la décima de sus hermanos y pasó enferma la mayor parte de su infancia. Sus padres eran muy creyentes y la entregaron a la Iglesia como un diezmo (por ser la menor de sus diez hijos) cuando ella tenía ocho años. Cuando fue adulta, Hildegard expresó su gratitud hacia su familia por haberla entregado a la Iglesia en un momento en que “el espíritu religioso crecía lentamente”. En 1136 fue elegida por unanimidad abadesa y tras su elección se atrevió a confesar que tenía visiones desde niña. Estas visiones hicieron que se la tratara como una persona en conexión con Dios y gracias a esto fue capaz de deshacerse de las restricciones que la Iglesia medieval imponía a las mujeres predicadoras, pudiendo por ello dedicarse a la filosofía y a la ciencia. De hecho, la mayoría de los manuscritos de Hildegard Von Bingen se basan en sus experiencias místicas. Tardó diez años en decorar su primera obra: Scivias (Conoce los caminos), una serie de veintiséis visiones con diez grandes iluminaciones a página completa. Se autorretrata orgullosa mirando hacia arriba, en forma de alabanza por la inspiración y “firmando” su trabajo en una esquina de todas las páginas.

Esta particular mujer era también una compositora consumada y sus obras se escuchan hoy en día. Buscad en Spotify. Como curiosidad, el asteroide (898) Hildegard, descubierto por el astrónomo alemán Max Wolf el 3 de agosto de 1918, y el cráter lunar Hildegard llevan este nombre en su memoria desde febrero de 2016.

El 7 de octubre de 2012, el Papa Benedicto XVI la nombró Doctora de la Iglesia. Además, también inventó un alfabeto: el Litere ignote, que usó para su lengua lingua ignota, primera lengua artificial de la historia, por la que fue nombrada patrona del esperanto.

🖌 Obras destacadas:

 El Códice de Wiesbaden, 1200. Biblioteca de Wiesbaden (actualmente Universidad y Biblioteca Estatal de Rhein-Main) (Alemania). Durante la Segunda Guerra Mundial, el manuscrito original fue casi destruido, pero su contenido se conservó gracias a fotocopias y facsímiles extraídos durante las primeras décadas del siglo XX.

 Códice de Gante, entre 1170 y 1173. Biblioteca de la Universidad de Gante (Bélgica).

 Códice de Lucca, siglo XIII. Biblioteca Estatal de Lucca (Italia).


Liber Scivias

Santa Catalina de Bolonia
De iluminar códices a iluminar a artistas, pues es su patrona

(Bolonia, 1413-1463)

Nacida como Catalina Vigri, fue una mística y monja clarisa, la rama femenina de los seguidores de san Francisco de Asís. Fue canonizada en 1712 por el papa Clemente XI y declarada patrona de las artes liberales. Es la patrona de los artistas y su fiesta se celebra el 9 de marzo.

Su padre trabajaba al servicio del Señor de Ferrara y no era pintor. Este hecho le permitió a la niña compartir juegos y conocimientos con los hijos del señor. Entre las enseñanzas se incluían estudios de filosofía, latín, griego y el arte de la pintura e iluminación de códices. En su juventud “pasaba” de fiestas y coqueteos. Prefería estar sola dibujando y rechazaba reiteradamente cualquier propuesta matrimonial. Quería ser libre y, en su época, esta libertad solo se conseguía dentro de los muros de un convento. Así, se unió a un grupo de mujeres pías y se dedicó a la vida contemplativa fundando en su ciudad natal un cenobio de monjas clarisas, en el que, por suerte, sus superiores no reprimieron su ansia de conocimientos y le adaptaron un taller de ilustración de manuscritos.

Su cuerpo incorrupto sigue expuesto para la veneración en el Convento de las Clarisas del Corpus Domine de Bolonia. Una imagen impactante de una gran mujer que espera sentada en una silla a que sus patrocinados, los artistas, le reconozcan como merece.

🖌 Obras destacadas:

 Cristo en la Cruz. Iglesia Corpus Domini, Bolonia.

 Santa Úrsula y sus Hijas. Pinacoteca de Bolonia.

 Santa Úrsula. Galería de la Academia de Venecia.


Cuerpo incorrupto de Santa Catalina de Bolonia

Mujeres en el Renacimiento: las primeras artistas

La vida está llena de sorpresas; intento capturar estos preciosos momentos con los ojos bien abiertos.

Sofonisba Anguisola

La explosión del gótico en el siglo anterior hizo que las ideas artísticas se expandieran por toda Europa gracias a las cuadrillas de trabajadores necesarias para la construcción de las catedrales. Parece lógico pensar que dentro de estas cuadrillas hubiera mujeres que acompañaban a su familia a las obras y que estas se encargaran de trabajos menores para ayudar a la economía familiar. De hecho, la escultora Propercia de Rosi realizó, entre muchas otras obras, la reconstrucción de la Iglesia de San Petronio en Bolonia, esculpiendo La visita de la reina de Saba a Salomón y José y la mujer de Putifar, actualmente expuestos en el Museo de San Petronio. Esta obra es muy importante al ser la primera escultura firmada por una mujer en una iglesia occidental y la primera documentada, lo cual sitúa a esta artista al mismo nivel que sus colegas masculinos.

Los artesanos se van asentando en las incipientes ciudades y a medida que estas crecen, los gremios artesanos también lo hacen. En este periodo nacen los talleres de pintura como un gremio más de la ciudad. Las esposas e hijas del maestro colaboran en las funciones menores del taller preparando lienzos, pigmentos y aglutinantes. En esta época era frecuente que las hijas de los maestros se casaran con sus aprendices y siguieran asistiendo a sus esposos cuando estos creaban su taller propio. La mayoría de las mujeres que pintaron durante estos siglos fueron “aprendizas” y ayudantes de sus progenitores y esposos. Este es mayoritariamente el origen de las grandes pintoras renacentistas.

Estas artistas se suelen autorretratar pintando su valía y empoderamiento: soy mujer, pinto y me autorretrato para que veáis mi talento natural. Además, se autorretratan con ropas caras y no con ropas de trabajo para reforzarse como artistas cultas e intelectuales, dejando de lado el concepto artesanal del oficio. Usaban una estrategia de marketing actual: creaban una “tarjeta de visita” muy vistosa para atraer a futuros clientes.

A continuación pasaremos a enumerar a cuatro grandes pintoras del Renacimiento.

Catharina Van Hemessen
O la historia de cómo tener a María de Hungría de mecenas y de rebote trabajar para la corona española

(Amberes, 1527-1578)

Es considerada la primera mujer artista en el sentido moderno de la palabra. Especializada en retratos, destaca su propio Autorretrato ante el caballete, fechado en 1548 (Museo de Arte de Basilea y Museo del Hermitage de San Petersburgo), el primer autorretrato femenino conocido de una pintora pintando.

Hija de un pintor manierista formado en Italia, Jan Sanders van Hemessen, hacia 1450 entra a trabajar en la corte de María de Hungría, regente de los países Bajos y hermana del emperador Carlos V. La regente flamenca será una gran protectora de artistas y Catharina una de sus protegidas. En la corte, se casa con Christian de Morien, organista de la catedral de Amberes y abandona los pinceles para dedicarse a sus “obligaciones familiares”.

El matrimonio acompañará a la Reina María en su regreso a España tras abdicar. Este cortejo se alojará en el Palacio del Infantado de Guadalajara. Durante este periodo, la artista colaboró en el Retablo de Tendilla del desaparecido Monasterio de Santa Ana de Guadalajara, realizando la parte central y el testero de dicho retablo. Esta obra se encuentra en la actualidad en el Cincinnati Art Museum debido a una serie de rocambolescas desdichas.

Aparece mencionada también en el libro Vidas, de Vasari, una obra que recoge la biografía de grandes artistas del siglo XVI, como miniaturista al servicio de María de Hungría, lo cual es una muestra de la importancia y prestigio que tuvo entre sus contemporáneos.

🖌 Obras destacadas:

 Autorretrato, hacia 1548. Öffentliche Kunstsammlung, Basilea (Suiza).

 Retrato de una mujer, 1548. Museo Bowes, Barnard Castle (Inglaterra).

 Joven tañendo un instrumento, 1548. Museo Wallraf-Richartz, Colonia (Alemania).


Retrato de mujer

Sofonisba Anguissola
La que abrió el camino sin pretenderlo

(Cremona, 1535-Palermo, 1625)

Era la mayor de siete hermanos, seis de los cuales eran niñas. Su padre, que curiosamente era comerciante y no pintor, dio a todas sus hijas (Sofonisba, Elena, Lucía, Europa, Minerva y Ana María) una educación exquisita. Cuatro de sus hermanas también fueron pintoras, aunque Sofonisba fue la más dotada. A los catorce años, su padre la envió, junto con su hermana Elena, a estudiar con Bernardino Campi, un respetado autor de retratos. Posteriormente, continuó estudiando con el pintor Bernardino Gatti (conocido como “El Sojaro”).

Este aprendizaje de Sofonisba con artistas locales sentó la base para que las mujeres fueran aceptadas como estudiantes de arte. La adolescente empezó a deslumbrar por sus retratos familiares, por supuesto sin desnudos.

Su trabajo más importante en aquella época es su obra Bernardino Campi pintando a Sofonisba Anguissola, el cual está fechado en 1550 y se encuentra en la Pinacoteca Nacional de Siena.

No tuvo la posibilidad de estudiar anatomía ni de dibujar al natural, pues era considerado inaceptable para una señorita que esta viera cuerpos desnudos (esta situación se repetirá un siglo después con Elisabetta Sirani).

Sofonisba se vio obligada a inventar un nuevo estilo de retratos: sus personajes tienen poses más informales. Los miembros de su propia familia y ella misma fueron los protagonistas de sus obras.

En 1554, Sofonisba viaja a Roma y conoce a Miguel Ángel Este encuentro con el artista fue un gran honor para la pintora y le sirvió para ser alumna a distancia del maestro. El genio le enviaba bocetos de su cuaderno de notas para que ella los pintara con su estilo personal y le ofrecía correcciones y consejos. Durante al menos dos años, Sofonisba continuó este estudio “informal”, recibiendo una sólida orientación del mismo Miguel Ángel. Su fama llega al Papa Julio II, que le pedirá un autorretrato para sus colecciones. Siendo muy reconocida, vuelve a su ciudad natal y funda un taller, pero para ser una dama virtuosa no puede cobrar por trabajar: en la mentalidad de la época, las mujeres que cobran son consideradas prostitutas. Sofonisba no cobrará nunca ningún trabajo, pero recibirá regalos, costosas telas y joyas a cambio de sus retratos.

Hacia 1558, Sofonisba viaja a Milán, y pinta al Duque de Alba. Este retrato cambia su vida, pues le abre las puerta de la corte española. La pintora se traslada a España como dama de compañía y profesora de pintura de Isabel de Valois y Ana de Austria, tercera y cuarta esposa del rey Felipe II. Durante los trece años que Sofonisba vivió en la corte española retrató a toda la familia real, pero su obra no dejó huella en las colecciones reales y hasta hace bien poco muchos de sus retratos eran considerados pintados por hombres. Tal es el caso del Retrato de Felipe II, que ha sido atribuido a Sánchez Coello hasta no hace mucho tiempo. Se la seguía considerando “una dama de compañía que pintaba bien”.

En 1570 se casa con Fabrizio Moncada, un noble siciliano con el que vive en Sicilia hasta que se queda viuda. De vuelta a Cremona, Sofonisba conoce al noble genovés Orazio Lomellino, mucho más joven que ella, con el que se casa en 1579 en Pisa. Sofonisba pinta y vive libre y cómodamente gracias a la fortuna de su esposo y a una pensión concedida por el Rey. Recibía en su taller a muchos de sus colegas hombres que aprendían e imitaban el estilo de Anguissola. En 1623, la visitó el pintor flamenco Anton Van Dyck, quien la retrató ya muy anciana en un cuadro expuesto en la Sackville Collection de Kent (Inglaterra). Murió en Palermo en 1625. Siete años después de su muerte, para celebrar el centenario de su nacimiento, su viudo colocó una inscripción en su tumba: “A Sofonisba, mi mujer, quien es recordada entre las mujeres ilustres del mundo, destacando por retratar las imágenes del hombre”.

Fue aclamada y respetada a lo largo de su larga vida, pero, curiosamente, en los siglos posteriores pasó al olvido. Por, suerte la estamos volviendo a rescatar. El Museo del Prado le dedicó una exposición en 2019 junto con otra pintora titulada Sofonisba Anguisola-Lavinia Fontana. Dos modelos de mujeres artistas.

🖌 Obras destacadas:

 Partida de ajedrez, 1555. Narodowe Muzeum de Poznan (Polonia). La pintura está firmada y fechada sobre el borde del tablero de ajedrez, donde la autora escribió: “SEPHONISBA ANGVSSOLA VIRGO AMILCARIS FILIA EX VERA / EFIGIE TRES SVAS SORORES ET ANCILAM PINXIT. MDLV”. (“Sofonisba Anguissola virgen hija de Amilcare pintó los verdaderos retratos de tres de sus hermanas y una sirvienta”).

 Autorretrato con caballete, 1556-1565. Castillo de Łańcut (Polonia).

 Felipe II, 1565. Museo del Prado, Madrid (España). Esta obra fue tradicionalmente mal atribuida a Alonso Sánchez Coello.


Felipe II

Lavinia Fontana
La primera artista como tal: tuvo taller propio, entró en una academia y retrató desnudos a pesar de tener muchos hijos

(Bolonia, 1552-Roma, 1614)

Lavinia Fontana nació en 1552 en Bolonia (Italia), una ciudad que destacaba por su progresismo. De hecho, la Universidad de Bolonia fue la primera en aceptar a mujeres para que cursaran estudios.

Fue hija de Prospero Fontana, pintor de la escuela de Bolonia. Ya desde muy joven se hizo un nombre como pintora de pequeñas obras, principalmente retratos.

Se casó en 1577, con veinticinco años, con Gian Paolo Zappi, pintor del taller de su padre y noble. Un hecho muy rompedor en pleno Renacimiento fue que la artista abrió un taller propio manteniendo la economía familiar mientras su esposo asistía a su mujer como ayudante pintando el fondo de sus obras y encargandose del cuidado del hogar y de los once hijos que tuvieron. Es considerada la primera pintora profesional que pudo vivir de su talento.

Adquirió una gran fama en Bolonia que se extendió por toda Italia gracias a sus excelentes retratos. En sus retratos, los modelos posan de forma natural y destaca su gran capacidad para pintar la ropa y las joyas.

También es reseñable que es considerada la primera artista en pintar un desnudo. Usando las temáticas mitológicas como excusa, pudo incluir desnudos en lienzos de gran formato.

En 1603, tras la muerte de su padre, se traslada a Roma, dónde fue elegida pintora oficial de la corte del papa Clemente VIII y seleccionada como miembro de la Academia di San Luca. En 1605 fue designada retratista de la corte del nuevo papa Paulo V. Como vemos, fue la primera pintora en entrar en una academia.

El catálogo de su obra es grande, se tiene constancia de ciento treinta y cinco obras suyas, aunque solo se conservan treinta y dos fechadas y firmadas.

El Museo del Prado le dedicó una exposición titulada Sofonisba Anguisola-Lavinia Fontana. Dos modelos de mujeres artistas.

🖌 Obras destacadas:

 Retrato de la familia Gozzadini, 1584. Pinacoteca Nacional de Bolonia (Italia).

 Autorretrato tocando la espineta, 1577. Academia di Luca de Roma (Italia).

 Minerva vistiéndose, 1613. Galeria Borghesse, Roma (Italia).


Minerva vistiéndose

Marietta Robusti “la Tintoretta”
O la historia de cómo vivir a la sombra de un gran pintor veneciano

(Venecia, 1554-Venecia, 1590)

Hija ilegítima del gran Tintoretto, pintor veneciano, es también conocida como “la Tintoretta”. De pequeña iba con su padre vestida con ropas masculinas para poder acompañarlo en el taller y en las clases sin “llamar la atención”. A pesar de su origen ilegítimo y su condición femenina, su obra fue alabada por Maximiliano de Austria y por Felipe II, a los que les llegaron unos retratos de pequeño formato. No llegó a formar parte de la corte de estos soberanos por la negativa de su padre, que no deseaba separarse de su querida hija a pesar de tener siete hijos más. Este hecho tan machista impidió su desarrollo artístico.

Sus obras se confunden con el amplio catálogo de su padre. Por suerte, estudios y restauraciones recientes están descubriendo su firma “MR” en obras atribuidas erróneamente a Tintoretto.

Se casó en 1586 con Mario Augusta, un joyero veneciano, y a los cuatro años de la boda, la infortunada Marietta falleció de sobreparto. Todo lo ingrato de ser mujer en la Venecia del tardorenacimiento le ocurrió a esta pintora: nacer mujer, hija ilegítima y morir en el parto. Imaginemos por un momento la vida tan distinta que hubiera llevado si hubiese nacido varón.

🖌 Obras destacadas:

 Autorretrato con madrigal. Galeria degli Uffizi, Florencia (Italia).

 Retrato de dos hombres. Gemaldegälerie, Dresde, (Alemania). Firmada “MR”, una forma de reivindicarse como mujer y pintora.

 Dama veneciana. Museo del Prado, Madrid (España).


Dama veneciana


Autorretrato con madrigal

El esplendor del Barroco

Mientras viva, tendré control sobre mi ser.

Artemisia Gentileschi

A finales del siglo XVI llegamos a un mayor dominio técnico en las artes. Se empieza a entender el arte como un todo y se crea un arte nuevo más intelectual: el Barroco. A partir de este momento, el artista adquiere conciencia de su condición de artista, que no es la de un artesano. Es el primer gran estilo artístico que armoniza todas las artes entre sí y con el paisaje.

En los países católicos, el barroco será una reacción frente al protestantismo, estando por ello sus tópicos ligados a la religión y la Contrarreforma. Por el contrario, en los países protestantes las obras se caracterizarán por potenciar el gusto por el detalle para demostrar el poderío económico de la burguesía comercial ascendente. Ambos contextos tendrán en común la consolidación de las monarquías absolutas, que se erigirán como grandes mecenas y fomentarán la aparición de academias en las que únicamente los artistas varones podrán formarse (hay cosas que no cambian, ni aunque surja un nuevo estilo). En esta época, las pintoras seguirán trabajando con sus padres y esposos, como, por ejemplo, Juana Pacheco, esposa del gran Velázquez e hija del maestro de este: Francisco Pacheco.

En las obras barrocas encontraremos composiciones insólitas que siguen la diagonal mostrando escenas muy dinámicas y dramáticas que provocan posturas extrañas con perspectivas vistas desde abajo que invitan a que se pinten inquietantes escorzos. En esta época, el color predominará sobre la línea, desarrollándose así el claroscuro o tenebrismo: se representan minuciosamente los espacios bañados por la luz y el resto queda en penumbra. Este efecto permite dotar al cuadro de una atmosfera propia; es como “pintar el aire que nos rodea”.

El gusto flamenco por la minuciosidad hace que aparezcan temas nuevos, como el bodegón o los cuadros de interior. Este tema va a ser muy desarrollado por las pintoras barrocas, pues les permitirá desarrollar un estilo considerado menor, ideal para ellas.

También hay un tema bíblico especial en el que las artistas barrocas insisten repetidamente como una forma sutil de reivindicarse como mujeres y artistas: Judith y Holofernes. Holofernes fue un caudillo asirio que se encaprichó de una bella viuda judía, Judith, mientras intentaba tomar por la fuerza la ciudad de Betulia. La ciudad sitiada fue salvada gracias a Judith, que se introdujo en el campamento de Holofernes, compartió un banquete con él y lo emborrachó para después decapitarle mientras dormía. Mientras que Holofornes pensaba que iba a tener una noche loca de pasión, Judith solo tenía en mente quitarse a su acosador de encima.

Este tópico es toda una declaración de intenciones de las grandes pintoras del barroco, las cuales solían autorretratarse como Judith en muchos casos.

Sin más prolegómenos pasamos a presentar a las grandes protagonistas de esta época.

Fede Galizia
O la historia de cómo hacer del bodegón un arte femenino

(Milán, 1578-1630)

Esta mujer se convirtió en la pionera del bodegón en Italia aprovechando la moda del momento. También se dedicó a hacer obras religiosas y profanas de pequeño formato y otras composiciones del tema femenino más popular del Barroco: Judith decapitando a Holofernes.

Su padre era Nuncio Galizia, pintor miniaturista. Existen documentos en los que Nuncio alaba la obra de su hija de doce años de edad y su gusto por el detalle en la representación de joyas y ricas telas.

Fede se especializó en bodegones, los cuales suponen cuarenta de las sesenta obras de su catálogo conocido. Como se consideraba un género menor, los bodegones no solían ser rubricados, pero uno de sus lienzos pintado en 1602 es considerado el primer bodegón firmado por un artista en Italia. Este muy importante aclarar el matiz de que no es la primera mujer en firmar un bodegón, sino la primera artista en general. Sus bodegones son muy detallados y diferentes de los de su padre: usó colores más vibrantes y exquisitos. Casi todos sus trabajos incluyen bandejas de frutas con un tratamiento proporcionado que muestra un mismo tipo de pieza en una canasta o bandeja, con unas caídas alrededor. Algunos incluyen flores frescas. También pintó el Retablo de Santa María Magdalena de Milán.

Nunca se casó, algo muy extraño para la época y vivió dedicada a su arte, siendo reconocida como una gran pintora.

🖌 Obras destacadas:

 Judith con la cabeza de Holofernes. Museo Ringling, Sarasota (EE.UU). Obra firmada y fechada en la hoja de la daga usada por la heroína para decapitar al general asirio.

 Manzanas en una fuente, 1600. Colección Vitale Bloch, La Haya (Países Bajos).

 Cerezas en una compotera de plata, 1602. Primer bodegón firmado en Italia.


Judith con la cabeza de Holofernes

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133 s. 56 illüstrasyon
ISBN:
9788418429668
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Bookwire
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