Kitabı oku: «Jorge Edwards»
JORGE EDWARDS
La historia y la política le dan al escritor chileno Jorge Edwards los materiales necesarios para producir una escritura inscripta en un campo siempre presente en su obra: la memoria. Sus últimos libros apelan a ella de modo privilegiado, constituyéndose en un núcleo medular. La consideración de un grupo de cartas de Edwards, dirigidas a escritores y críticos, permite indagar en cuestiones autobiográficas que son centrales en su proyecto narrativo.
María del Pilar Vila es doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Fue profesora regular en la Universidad Nacional del Comahue, sede Viedma (CURZA) hasta su retiro. Su actividad como investigadora está focalizada en literatura latinoamericana, en especial chilena. Es autora de Las máscaras de la decadencia. Jorge Edwards y el medio siglo chileno (2006) y coeditora de Travesías del ensayo latinoamericano del siglo XX (2008). Publicó diversos artículos en libros colectivos y revistas especializadas.
MARÍA DEL PILAR VILA
JORGE EDWARDS
Custodio de la memoria

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Dedicatoria
Agradecimientos
Siglas
Presentación, por Roberto Hozven
Capítulo 1. Los fantasmas de Jorge Edwards 1. Memoria, autobiografía y correspondencia 2. Remite Jorge Edwards
Capítulo 2. En busca de Jorge Edwards 1. La memoria como “fuente de vida” 2. Mirarse en el espejo 3. Voces que vuelven
Capítulo 3. Tras los miembros de la tribu 1. “Yo ya he estado aquí” 2. Esa generación desganada 3. Prisioneros de un tiempo
Capítulo 4. Los ensayos y las crónicas 1. Once again, los escritores
Capítulo 5. Cerrando el ciclo
Anexo 1. Cartas de escritores
Anexo 2. Cartas de editoriales, instituciones, críticos y escritores
Anexo 3. Cartas familiares
Referencias bibliográficas
Créditos
A Vera, por el impulso que le dio a mi vida.
Agradecimientos
Desde el año 2000 estoy abocada al estudio de la obra de Jorge Edwards. La investigación que inicié entonces se constituyó, poco después, en el eje de mi tesis de doctorado, trabajo que dio como resultado la publicación de Las máscaras de la decadencia: la obra de Jorge Edwards y el medio siglo chileno en 2006. Durante un tiempo me alejé de la producción de este escritor chileno pero, ante la aparición de cada libro nuevo, Edwards y su obra volvían a ocupar mi atención. Por otra parte, contaba con una serie de documentos y cartas que habían quedado casi abandonados durante la escritura de mi tesis, pero a los que pensaba volver en algún momento. Susana Zanetti, quien dirigió mi tesis doctoral, siempre me reclamaba la continuación del trabajo con aquellos materiales. Hasta los últimos días de su vida y cada vez que nos comunicábamos o nos encontrábamos me pedía que siguiera con lo que tantas veces habíamos hablado. Susana Zanetti murió en agosto de 2013 sin que yo hubiese empezado lo que ella reclamaba. Como tantos que abrazamos la literatura latinoamericana, conocí la orfandad intelectual y supe que para siempre me faltaría la maestra. Y casi olvidé su pedido. Sin embargo, un día decidí que se lo debía. El resultado es este libro. Durante su escritura extrañé a Susana y sus agudos comentarios. Sin embargo, esa soledad que genera la escritura fue compensada con la lectura generosa de colegas y amigos: Silvina Fazio hizo una temprana lectura cuando esto era apenas un borrador de borradores. Su mirada atenta con respecto a la escritura me permitió realizar muchas correcciones. José Amícola leyó el primer borrador e hizo interesantes sugerencias y aportes; María Celia Vázquez lo hizo con el manuscrito que se aproximaba a la versión final y sus lúcidas observaciones me ayudaron a mejorar tramos del trabajo. A ellos les agradezco profundamente no solo los comentarios sino el tiempo que con gran generosidad destinaron para la lectura. Mi reconocimiento, también, para Alfredo Saldaña de la Universidad de Zaragoza, España, por el envío de un artículo casi inhallable.
Un agradecimiento especial para el Dr. Roberto Hozven Valenzuela, investigador chileno, por haber leído el manuscrito cuando tenía el formato de libro y por compartir el interés por la obra de Jorge Edwards de la que él es un profundo conocedor. Sus atinadas observaciones, sugerencias y advertencias fueron de gran utilidad, al tiempo que generaron un estimulante diálogo que espero continúe por largo tiempo. El Dr. Patricio Lizama Amestica, colega y amigo, me proporcionó importantes datos para poder comunicarme con el escritor Jorge Edwards. Mi reconocimiento por tanta generosidad.
Finalmente, agradezco a Jorge Edwards por haberme autorizado a utilizar y transcribir algunas cartas y por haber tenido la deferencia de llamarme para dar curso a mi solicitud y, a partir de allí, intercambiar comentarios sobre su obra. De igual modo, quiero señalar que su hija, Ximena Edwards, ayudó a resolver inconvenientes informáticos y posibilitó una comunicación fluida con su padre.
El libro gira en torno al valor que Edwards le da a la memoria. Haber trabajado con este concepto y teniendo en cuenta que, como dice Silvia Molloy, la memoria es “fuente de vida”, Susana Zanetti siempre estará presente en mis recorridos por la literatura latinoamericana.
Siglas
CD La casa de Dostoievsky
CI Crónicas infiltradas
CM Los círculos morados
DP El descubrimiento de la pintura
DT Diálogos en un tejado
EC Esclavos de la consigna
IF El inútil de la familia
MM La muerte de Montaigne
OC La otra casa: ensayos sobre escritores chilenos
PI Prosas infiltradas
UH La última hermana
Presentación
Roberto Hozven
Pontificia Universidad Católica de Chile
El libro se va solo en la lectura. Lo tomé con reluctancia, y no lo pude soltar. Reluctancia no al manuscrito sino al género epidíctico. La admiración implícita por la literatura de Edwards no la obnubila. Gocé –como buen chileno– el descorrer de tupidos velos con que la autora relee los sentidos atenuados hasta su blanqueamiento; nuestra cortesía. Como Edwards, María del Pilar Vila ensaya la escritura recursiva del buen ensayista: ir del enunciado a los múltiples ángulos implícitos en la enunciación replegada. Y allí rever, reescribir con todas sus letras las obscenidades del libro colectivo enmudecido por la doxa de la tortuosa familia chilena. Nombra las cuestiones escabrosas ante las cuales “la familia en pleno, en armas, en pie de guerra, erigida en tribunal del crimen” castra la literatura y, en ella, nuestro pensar cotidiano. Vila descorre los tupidos velos de la impotencia comprensiva o de las conveniencias coyunturales (dar la puntada, pero con hilo) en que, por cobardía moral, se complace la inteligencia civil del mundo narrado por Edwards.
Un buen texto crítico como este se autoriza por él mismo. Irrumpe sin Sr. Corales o heraldos legitimadores.
CAPÍTULO 1
Los fantasmas de Jorge Edwards
¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros?
Julián Barnes
1. Memoria, autobiografía y correspondencia
Jorge Edwards (n. en 1931) avanza con su proyecto literario y el resultado es una sostenida producción que se mantiene en forma continua en los últimos años. Me detendré en las publicaciones generadas a partir de 2003 en función de haber atendido la obra anterior a esa fecha en otra oportunidad (Vila, 2006). No obstante ello, revisité algunos libros puesto que, en ocasiones, los nuevos me obligaban a volver a los anteriores ya que la matriz narrativa y la reiteración de temas así lo exigían y porque, además, se observaban ciertos “aires de familia” en sus cuentos, novelas y crónicas. Lo mismo hice con el prólogo “Cuarenta y tantos años” de Persona non grata (2015) debido a que la revisión –hecha por Edwards– del clima imperante durante la escritura de ese libro, por una parte, y por la otra, de los reposicionamientos políticos y las nuevas vinculaciones con el mundo continental de algunos personajes allí mencionados reaparecían en los libros publicados en los últimos años, en especial en Esclavos de la consigna (2018), título que tiene su preanuncio en el ensayo “Huidobro y los esclavos de la consigna” (OC: 70-77).
Las nuevas publicaciones siguen hablando de los fantasmas que acompañan al chileno desde 1952 cuando publicó El patio. El peso de la tradición, el abandono de su clase y al mismo tiempo el permanecer en ella, su colocación en el campo intelectual chileno, la valoración de la crónica como género que vuelve al narrador en cuanto observador atento, el registro autobiográfico como modo narrativo privilegiado y la tensión entre política y literatura asoman como núcleos medulares de los relatos ficcionales y de las crónicas. Se trata de series fuertemente imbricadas en las que se expresa la tensión y la atracción que estos dos campos generaron en la escritura de Jorge Edwards. Indagar acerca de estas cuestiones a la luz de cambios sociales y políticos producidos en el campo cultural latinoamericano se constituye en uno de los ejes de este libro. Para ello tuve en cuenta no solo las novelas y las crónicas sino también un grupo de cartas que se encuentran depositadas y disponibles para el lector en el Department of Rare Books and Special Collections, Princeton University Libraries, de la University of Princeton, Nueva Jersey, Estados Unidos.1 Al analizar este material, observé que se trataba de un conjunto de misivas que, si bien la mayoría nació para circular por la esfera privada, al ser puestas a disposición de lectores ajenos a ese diálogo, se aceptaba tácitamente la intromisión de un “nuevo destinatario”, pese a no haber participado del pacto epistolar, es decir, habilitaba la condición de voyeur de quien se internara en sus líneas. La disponibilidad de esas cartas por decisión de Jorge Edwards y el uso irrestricto de la mayoría de ellas fue otro aspecto que tuve en cuenta para su uso.2
El acceso a estas misivas e incluso a los borradores de las primeras obras me impulsó a seguir indagando en esta línea aunque, con el avance del trabajo, fueron quedando solamente asociadas con algunas referencias presentes en los textos ficcionales y en algunos casos de modo muy lateral. No obstante ello, entiendo que aportan datos sustantivos básicamente porque el entorno sociocultural que subyace en muchas de ellas explica ciertos posicionamientos de Jorge Edwards en el campo cultural y político. Pese a esta decisión, seguí en la búsqueda de cartas que pudiesen iluminar algunos aspectos de la obra literaria, razón por la cual en 2004 visité la Biblioteca de Catalunya en Barcelona y accedí al archivo Carlos Barral buscando vínculos entre ambos y, eventualmente, con otros escritores españoles, pero en esa ocasión encontré solamente una carta del catalán destinada a Edwards.3 Al momento de la consulta quedaba gran cantidad de material sin clasificar. La carta en cuestión está fechada el 14 de julio de 1964 y fue enviada desde Barcelona a Jorge Edwards, al número 2, Ac. de la Motte-Picquet, es decir, a la sede de la Embajada chilena en París. Una nueva consulta con encargados del sector manuscritos de la mencionada biblioteca realizada a fines de 2017 dio como resultado saber que esa institución había clasificado cuatro cartas de Jorge Edwards destinadas a Carlos Barral fechadas entre 1979 y 1986 (cinco páginas) y un grupo de cartas (fotocopiadas), las que me fueron enviadas digitalmente y que se agregaron a las conseguidas en Princeton. Las depositadas en la Biblioteca de Catalunya se dividen entre las enviadas a Edwards y las que él escribiera y son las siguientes: una no firmada de Carlos Barral a Jorge Edwards (de una página), una de Edwards al editor Jacobo Muchnik de 1979 (de dos páginas), una a Antoni Pujol de 1992 y una de Pujol a Edwards, también de 1992, ambas de una página.4
Sin embargo, es preciso decir que la circunstancia de no contar con cartas que permitan seguir la trayectoria de ellas, es decir envío y respuesta, motivó que algunas fueran empleadas, como anticipé, solamente en función de los materiales literarios. Tomé esta decisión porque entendí que, como sostiene Patrizia Violi (1999: 194), se requiere “una competencia intratextual que más que referirse a un solo texto de carta enriquece el discurso adicional construido sobre el conjunto completo de las cartas que dos personas se escriben entre sí”. En consecuencia, el archivo epistolar de Jorge Edwards del que dispongo fue aprovechado parcialmente. Si bien algunas de sus cartas fueron tratadas en otros trabajos cuya selección se focalizó en la correspondencia que mantuviera con Pablo Neruda, las tendré en cuenta tangencialmente.5 Es decir que el análisis se realizará en función de la relación que tengan con la obra narrativa por cuanto lo autobiográfico es central para el proyecto creador de Edwards, ya que en su escritura se puede observar que toma su propia comprensión como tema relevante y las cartas, en ese sentido, constituyen un reservorio interesante.
La hipótesis de pensar el conjunto de la obra como autobiográfica está presente en este libro. Este concepto me enfrentó con una cuestión compleja ya que se trata de un tema problemático desde el punto de vista teórico. Sin dudas la autobiografía se caracteriza por poder ser analizada desde varios ángulos, tal como lo certifican los distintos posicionamientos de teóricos y críticos, generando, en consecuencia, líneas que se enfrentan. La lectura de las postulaciones de Paul de Man, Philippe Lejeune, junto con los aportes críticos de Sylvia Molloy, Nora Catelli, Leonor Arfuch, Serge Doubrovsky y Manuel Alberca, me guió a revisar los diversos caminos de abordaje al tema autobiográfico. Estas líneas de análisis y crítica pusieron en evidencia coincidencias y discrepancias de algunas categorías, tales como las de autor, narrador y personaje, al igual que la consideración de un concepto que tiene una notable emergencia como es el de la autoficción. No desatendí, además, la relevancia de la inscripción del nombre propio, aspecto que en la obra de Edwards tiene un peso notable, en especial en los aparecidos recientemente, sobre todo porque la inclusión de datos referidos a su vida permiten al lector identificarlo en función de que comparten experiencias de vida.
Por otra parte, la alusión a vínculos entre los sujetos de las historias con sus familias contribuyen a fortalecer el pacto de verosimilitud. En este camino de revisión, me detuve en la consideración de la memoria como rasgo distintivo de la autobiografía dado que, más allá de esta particularidad inequívoca, en el corpus analizado es un soporte fundamental porque saca a la luz lo olvidado u ocultado; quien tiene esa capacidad de recordar y de seleccionar los recuerdos inscribirá su nombre en el texto. No obstante este intento, creo que, al sobreimprimir una vida en aquello que había estado escondido, se crea un espacio autobiográfico “para poder narrar su historia que él (o ella) fue aquello que hoy se escribe” (Catelli, 2007: 219).
En el trayecto emprendido para abordar estas cuestiones siempre prioricé el análisis de la obra de Jorge Edwards puesto que en ella está presente un constante juego entre el desplazamiento de un yo ficcional con un yo producto del autor como sujeto biográfico, hecho que me llevaba a entender que ese yo estaba recuperando recuerdos a través de la escritura y en consecuencia podía mostrar un punto de inflexión entre el dato tomado de la vida de quien firma los libros y el yo nacido de la ficción.
En este recorrido, tal vez un poco ecléctico, trabajé con la autoficción, categoría que sobrevuela el análisis de algunos textos, especialmente en aquellos donde hay un diálogo entre un personaje que, manteniendo su nombre, se piensa a sí mismo como parte de la ficción, es decir, cuando se observa que “el escritor, como centro o héroe de la historia, transfigura su existencia real en una vida irreal, indiferente a la verosimilitud autobiográfica” (Alberca, 2007: 152). En estas ocasiones el autor se siente (y lo expresa) responsable de las afirmaciones que hace en la voz de sus personajes, aserciones que en ocasiones llegan a través de explicaciones protegidas por el uso de los paréntesis, cuestión que quita libertad a quien ficcionalmente está contando una historia y la deposita, en cambio, en el autor de la historia. Al igual que con algunos acontecimientos narrados, los personajes elegidos en ocasiones contribuyen a desdibujar ciertos límites entre la realidad y la ficción, hecho que sostiene la idea de tener en cuenta el concepto de autoficción, básicamente porque se fortalece la presencia de la identidad del autor-narrador-protagonista acompañada por el peso que se le otorga a la sinceridad de los comentarios que se vierten en los relatos (Gasparini, 2012: 181).
Se advierte, asimismo, que Edwards no vacila en hablar de sus “páginas autobiográficas” (CM: 182), lugar desde donde pareciera reclamar ser mirado, razón por la cual la apelación a la memoria, a la autoficción, a la autobiografía irá mostrando el espacio autobiográfico en el que se inscribe la obra del chileno (Arfuch, 2018: 62-63). Esta operación requiere, además, una participación notable del lector en un mundo privado que se impone sobre el público. O, dicho de otro modo, se estará en presencia de una escritura en la que se sobrevalora lo privado porque se abandona el silencio, el oscurecimiento o el ocultamiento, se expone lo subjetivo, y estos aspectos pasan a ocupar un lugar notable en el espacio público; es allí donde lo íntimo deja de serlo y por momentos adquiere un tono confesional. Por otra parte, la memoria es el eje en torno al cual pivotea la autobiografía, es la que da carnadura a ese ejercicio de recordar y develar para que el relato tenga una óptica retrospectiva. Es el mecanismo que va construyendo el texto y va ampliando la mirada de quien trae al presente los recuerdos. Philippe Lejeune (1994: 51), cuando se refiere a los “géneros vecinos”, señala que la memoria no tiene las mismas condiciones requeridas para el texto autobiográfico porque solo comparte la condición de narración en prosa. Creo que en el caso de las memorias de Jorge Edwards –además de esta particularidad– la identidad del autor y la del narrador son fácilmente reconocidas, razón por la cual entiendo que pueden ser consideradas con una fuerte impronta autobiográfica, ya que el eje de su escritura esté focalizado en su vida.
El otro aspecto que me interesa considerar es el del vínculo de Edwards con escritores, críticos y editoriales que se gestó a lo largo de los años. La condición de diplomático y de viajero hizo que la escritura epistolar fuera una práctica frecuente que dejó huellas de sus aproximaciones y alejamientos temporales o definitivos con otros escritores; también muestra sus desplazamientos originados por cuestiones de índole laborales y políticas, hechos que tienen algún tipo de presencia en la obra ficcional. Por su trabajo como diplomático tuvo destinos como Cuba o París, destinos que obedecieron a razones por cierto atípicas. Fue el encargado de reabrir el Consulado chileno en La Habana por decisión de Salvador Allende, pero su posterior expulsión por parte de Fidel Castro lo llevó a recalar en París al amparo de Pablo Neruda. En la Embajada parisina cumplió tareas diplomáticas y acompañó a Neruda tratando de resolver los problemas menores que el vate era incapaz de solucionar y que, en la mayoría de los casos, eran generados por él mismo. En cada uno de estos lugares, su condición de escritor primó sobre la de diplomático, circunstancia que en algunas ocasiones le generó verdaderas complicaciones (Vila, 2006).
Se observa que la mayoría de las cartas con las que trabajé fueron escritas sin cuidar las formas, es decir no pensadas para ser publicadas y, en varias, se advierte una gran familiaridad entre el autor y el interlocutor. Las que evidencian un cuidado por las formas, la ausencia de usos lingüísticos familiares o de algún tipo de ironía jocosa están dirigidas a quienes debían juzgar o comentar sus libros, discutir sobre cuestiones teóricas y críticas, o están vinculadas con posibles publicaciones. Es decir, responden a lo que se llama carta formal con estilo cuidado.
Me interesa señalar que, de los archivos que dispongo, dos son los más extensos: el de Pablo Neruda y el de Mario Vargas Llosa. Se puede pensar inicialmente que el espesor intelectual de ambos corresponsales generó un intercambio de notable significación sin dejar de lado que la amistad que existió con Neruda y con Vargas Llosa agrega a este cruce epistolar un aspecto más a tener en cuenta. Sin embargo, la correspondencia entre los dos chilenos deja a la vista una vinculación desigual debido a que hay un intercambio más bien orientado a cuestiones domésticas o diplomáticas, aunque también en este campo los aspectos cotidianos primaban por sobre los de índole política o literaria. La dispersión temporal y la multiplicidad de temas abordados tangencialmente son la confirmación de que “la carta [es] un texto esencialmente heterodoxo respecto de todo esquema basado en la progresión y el desarrollo narrativo” (Pagés-Rangel, 1997: 13).
Por otra parte, quiero hacer notar que no encuentro en la correspondencia entre los dos chilenos señales de la relación maestro-alumno o indicios que llevaran a suponer que Neruda fuera un manifiesto impulsor de las actividades literarias de Edwards. Pese a esto, no adhiero a la idea sostenida por algunos de que Edwards fue algo así como un “secretario” de Neruda. En general en las cartas no hay comentarios acerca de las novelas o los cuentos de Edwards, con excepción de lo referido a la oportunidad o no de publicar Persona non grata.6 En Confieso que he vivido, Neruda habla de Edwards y marca la pertenencia de este a “la familia más oligárquica y reaccionaria del país”, cuestión que no le impide postularlo para el cargo de consejero en la Embajada chilena en París por considerarlo “uno de sus amigos, diplomático de carrera y escritor de relieve” (Neruda, 1998: 332). De modo que la falta de alusiones específicas a la obra de Edwards no implicaba que Neruda no lo alentara en su actividad de “escritor de relieve”, sino simplemente que hay escasas referencias a temas literarios y estas más bien están asociadas con cuestiones de publicación o traducción o posibles trámites para sostener la candidatura de Edwards para el otorgamiento de premios literarios.
Por el contrario, en la correspondencia que mantuvo con otros escritores se encuentran referencias concretas a la obra de Edwards o a artículos sobre la obra de distintos autores que fueran escritos por él. Por ejemplo, en una enviada por José Donoso el 8 de mayo de 1979 se lee: “Podemos iniciar una correspondencia literaria que después se podrá publicar en un pequeño y elegante volumen, lo que no dejaría de tener gracia”. En otra del 24 de enero de 1980 le agradece el artículo que Edwards escribiera sobre Pájaro (El obsceno pájaro de la noche). Otro ejemplo lo constituye una extensa carta que, desde Caracas, Ángel Rama le manda a Edwards el 28 de junio de 1974. Está centrada en su consideración de Persona non grata. Parte de una contundente afirmación: “Te confieso que nunca me interesó el caso Padilla”, hecho que lo asocia con su rechazo a un “tema obsesivo […] la literatura dentro de la revolución”. Rama hace un análisis que por momentos se desvía de lo literario para hacer foco en cuestiones ideológicas: “[D]ejas un flanco a la crítica […] al no considerar la revolución cubana”, anticipando incluso alguna supuesta respuesta por parte de Edwards: “Dirás que no era ese el tema de tu libro”, para rápidamente argumentar contra ese presunto pensamiento del autor del libro: “De acuerdo; pero tu tema restricto y particular está inserto en un vasto tema que, como sabes bien, no tiene posibles lectores fríos y sobre el cual hubiera yo querido algo más que tus opiniones abstractas” (mi subrayado), reclamando entonces un posicionamiento más firme e incluso discrepando con el enfoque que le dio a la novela. Rama también se posiciona como un testigo privilegiado de los acontecimientos relatados en Persona non grata –“en el 67, en una larga reunión con Fidel que tuvimos los intelectuales extranjeros (Julio, Mario Vargas, David Viñas, etc.) yo llevé la voz cantante en el tema de los campos de la UMAP [Unidad Militar de Ayuda a la Producción] donde habían recogido a los homosexuales”–, otorgándole a sus afirmaciones el peso de la verdad, concepto que se fortalece cuando le aclara, apelando a los protectores paréntesis, que “(disfruté de tu entrevista porque pude chequearla con mis diálogos con él) [Fidel Castro]”. No obstante este uso, la apreciación de Rama se disemina y el empleo de un “yo” –señalado en el verbo– revela el valor que le otorga a su lectura y a su participación directa en los momentos mencionados.
Hay otras cartas en las que se alude a las obras de otros autores, como la enviada por Nicanor Parra desde México el 25 de noviembre de 1964 en la que se refiere a Alejandro Jodorowsky (“hombre múltiple”), autor de una novela de “700 pgs.”, cuestión que lo lleva a decir: “Generación del 50 no se duerme en sus laureles”.
Si bien Janet Altman Gurkin (1982: 48) considera que “correspondence is essentially a private affair”, advierte que “the movement from the private to the public in much of epistolary fiction lays bare another paradox: as a reflection of the self, or the self’s relationships, the letter connotes privacy and intimacy; yet as a document addressed to another, the letter reflects the need for an audience, an audience that may suddenly expand when that document is confiscated, shared, or published” (186-187).
De eso se trata, sin dudas: de poner a circular las cartas en un ámbito más amplio, claramente público y destinado a ser compartido o usado por quienes busquen en ellas nuevos puntos de análisis y comprensión de una trayectoria tan extensa como la de Jorge Edwards, trayectoria que no solo está anclada en la literatura, sino que se ha expandido al ámbito cultural latinoamericano. Es una manera, pues, de ampliar la audiencia y dejar al descubierto otros modos de entender a quienes fueron animadores de un tiempo muy rico en cambios culturales y políticos. No obstante este propósito, no puedo dejar de considerar que no siempre la intrusión en un mundo del que no se participa o no se comparte lleva a que estas lecturas no sean lo suficientemente comprendidas porque “la lectura de la carta se torna compleja, violenta y oscura puesto que ha de develar un sinfín de silencios, de referencias deícticas y de complicidades que fueron pensadas para codificar el lenguaje de la intimidad” (Garriga Espino y Teruel: 2018: 12).
Por su parte, Mary Louise Pratt (1977) entiende que el hecho de escribir cartas se asemeja al proceso de corrección, pero también sostiene que es un proceso en el que se buscan otras opiniones. Ambas afirmaciones confirman, entonces, que esta práctica entre pares o con quienes tenían la capacidad de dar a conocer sus obras conduce a delinear los distintos grupos de amigos o de voces reconocidas. Por otra parte, en ese abanico arbitrario de cartas con que cuento, se puede diagramar un incompleto pero sugerente mapa cultural y político, y la exigua cantidad de cartas no impide diseñar el perfil del escritor y tomarlas como un soporte de su escritura ficcional y no ficcional. Hay una serie de datos relevantes y su autor (el de las cartas) los ha trasladado del campo privado al público, y este último está disponible para lectores singulares que ingresarán a ellas básicamente con un propósito académico. Hay unas que aluden a pormenores de la vida cotidiana, a dificultades, a problemas económicos, pero también están las que se refieren a la escritura de sus libros y a la de sus amigos. Marcan distintos niveles de intimidad con algunos y una cierta distancia con otros y, en ocasiones, pese a incluir mayormente comentarios o referencias a acontecimientos de carácter familiar, suelen acercarse lateralmente a temas literarios, como por ejemplo las que envía su padre.
Hacer referencia a las cartas y su eventual uso en este trabajo implica tener en cuenta la discusión acerca del carácter genérico de ellas, cuestión que está en debate precisamente por la complejidad que entraña este tipo de escritura. Comparto la idea de considerarlas una parte tanto de la escritura como de la expresión, puesto que permiten trazar la trayectoria social y cultural de un sujeto y recomponer tramos de sus itinerarios como escritores cuando de ellos se trate. Se visibiliza la idea de que las cartas implican una fuerte intención comunicativa: en ellas anida de modo explícito la situación de enunciación y, consecuentemente, la de recepción. La carta reclama siempre una respuesta en particular cuando lo que se procura es establecer o fortificar un vínculo –tenga el carácter que tenga–, es decir, se trate de una relación afectuosa entre pares, en cuyo caso es un punto de contacto mayormente focalizado en intereses intelectuales. Desde esta perspectiva, el sujeto del enunciado deja a la vista la relevancia de lo discutido o planteado, diseminando rastros de y en su escritura. O, para decirlo en términos de Leónidas Morales T. (2001), son discursos que pueden ser reconocidos como “referenciales”, es decir, aquellos en los que tanto el autor como el sujeto de la enunciación son coincidentes.
En líneas generales se observan datos vinculados con cuestiones personales y con hechos de los que participan otras personas que, incluso, resultan desconocidas para el lector ajeno al emisor y al receptor. Hay referencias focalizadas en experiencias profesionales y privadas. En el caso de la correspondencia entre intelectuales, se está en presencia de un archivo viviente del tiempo de quienes las envían y las reciben porque aportan una serie de datos que remiten a comportamientos sociales, disputas intelectuales y polémicas públicas y privadas. Implican un diálogo diferido, una escritura presente para ser leída en el futuro.
En esta tarea, casi de intrusa en la vida privada, pude advertir que las cartas, al igual que las memorias o los diarios, trazan una topografía del yo de gran riqueza que contribuye a la identificación de los temas que acompañan a Jorge Edwards desde sus inicios como escritor. Es, por cierto, un modo de “espiar” el interior de la historia, a veces privada, a veces pública, para ir luego eligiendo algunas referencias y descartando otras. En síntesis, ir armando un archivo que permita adentrarse en la cocina de la escritura. Por otra parte, esa fragilidad que separa lo público de lo privado es una cuestión ciertamente compleja pero al mismo tiempo muy rica para la indagación, para poder leer por detrás de algunas máscaras y develar algunos secretos y, a veces, mostrar el rostro oscuro que se buscaba esconder. Es decir, incursionar en un territorio, inicialmente propio de la intimidad, para que se transforme en uno público.
Para abordar estos aspectos resultaron fundamentales los aportes de Patrizia Violi, de Janet Altman Gurkin y de Roxana Pagés-Rangel, aunque también tuve en cuenta los estudios de María Elena Arenas Cruz (1997: 58), quien afirma que la carta familiar aunque privada sirve para difundir temas, controversias o debates sobre diversos aspectos como forma de afirmar la propia individualidad, al tiempo que sostiene que en muchas cartas es posible encontrar verdaderos ensayos o reflexiones ensayísticas. Si bien esto último no se observa en la correspondencia de Edwards, queda en evidencia que en muchas cartas va dejando huellas de su trayectoria, generando un diálogo no solo con quienes efectivamente lo intercambia sino también con su tiempo. En ese contexto pueden leerse las referencias a políticas editoriales o conflictos generados en el ámbito intelectual. En esta línea es interesante atender a la correspondencia que mantiene con Emir Rodríguez Monegal, donde se observa el modo en que las cuestiones académicas quedan subsumidas por la política –en especial por la Revolución Cubana y sus consecuencias en el campo cultural latinoamericano– y por los reposicionamientos de los escritores. Frente a estos discursos singulares, cabe interrogarse acerca de la significación de los destinatarios en términos de la relevancia de algunos nombres en determinados y diversos contextos. De modo que la carta puede ser leída como una suerte de documento que en algún sentido subyace –en ocasiones solapadamente– en el conjunto de la obra literaria.
2. Remite Jorge Edwards
La carta diseña las más diversas afinidades y discrepancias y como tal otorga la posibilidad de tomarla como una fuente que permite completar aspectos de su obra, del proceso de escritura, de las voces que se escuchan, de las idas y vueltas con el mundo editorial, llegando “a constituir pruebas irrefutables de algunos hechos” (Doll Castillo, 2002: 33). Dos caminos se entrecruzan necesariamente: la voz (o la mano) de quien piensa a un otro físicamente ausente pero presente en el gesto ritual de ser imaginado a partir del “querido/a”, “estimado/a”, o cualquier otra fórmula. El otro camino es el de quien acepta lo que se está diciendo y –al menos durante el tiempo del proceso de lectura– permanecerá allí, escuchando, asintiendo de modo cómplice o reaccionando negativamente. Se teje así una red que genera la disolución del distanciamiento espacial a través de una proximidad imperceptible e imaginada, puesto que “la distancia espacio-temporal entre el narrador y el receptor potencialmente presente […] se inscribe en la carta con una especificidad que es privativa de este género” (Violi, 1999: 190).
Las cartas entre pares o entre editores están destinadas a quien es visto como una autoridad en la materia, es decir, a una figura institucional o pública o a quien se le atribuye –por distintas razones– el valor de resolver cuestiones estrictamente vinculadas con la actividad literaria. Por ejemplo, Neruda, el 12 de septiembre de 1966, le señala que ha mantenido conversaciones direccionadas al sostenimiento de su candidatura para el otorgamiento del premio Atenea (ver anexo 1, carta 1). En otras cartas no están ausentes los dibujos, los poemas y las escrituras al margen para dirigirse a los hijos o a la mujer de Edwards, con quienes tenía un trato familiar y afectuoso. En cambio, en algunas enviadas por Edwards hay alusiones a sus libros aunque mayoritariamente no se registra, al menos en el material que he consultado, respuesta o comentario por parte de Neruda. Tal vez la apreciación del propio Edwards sintetice el sentido de esta correspondencia: “Si nos hubiéramos preocupado de construir una verdadera correspondencia literaria, habrían salido muchas otras cosas y probablemente se habrían perdido algunas” (citado en Quezada Vergara, 2007: 17). Si se tiene en cuenta la célebre frase que le lanzara Neruda a Edwards en uno de los primeros encuentros acerca de que la mayor dificultad que encontraría para escribir era su condición de Edwards, se puede afirmar, a partir de la lectura de esas cartas, que esa idea no se modificó a lo largo de los años. No obstante, Edwards afirma que, pese a esas presuntas “pérdidas de tiempo” con las sibaríticas comidas y reuniones veleidosas, Neruda fue “un maestro de la vida”.7
En el prólogo que escribe para Cartas que romperemos de inmediato y recordaremos siempre, Edwards alude a los juegos del vate con su nombre, en especial al uso de “Pedwards” para nombrarlo cuando algo le molestaba de él. La elección de esta singular denominación obedecía a un juego que hacía Neruda con el diario El Mercurio, propiedad de los Edwards (Quezada Vergara, 2007: 14). Hay cartas en las que lo nombra como “Oh Pedwards querido y lejano” y en otras va cambiando de “Xorxo” a “Xarxo” o “Xorxe”; también usa “Georgius”, “Jedwards” y “Jorge e Pilar amados”.8 Estos juegos de palabras, que entrañan gestos de afecto y de cercanía, son “estrategias textuales que inscriben un simulacro de interacción en el texto” (Violi, 1999: 197). Asimismo, diluyen la idea de que Edwards era quien solamente le resolvía sus inconvenientes de diplomático desorganizado. En ocasiones este tipo de estrategia genera que quien no participa de la situación no pueda acceder totalmente a lo narrado puesto que carece de la competencia o información necesarias para entender. Lo mismo sucede cuando el lector ajeno a este pacto epistolar se encuentra con referencias políticas, a veces teñidas de un humor sarcástico, y no llega a entender las razones de la ironía, como cuando Neruda llama “Boss” a Salvador Allende (noviembre de 1972), Narigueto I a Eduardo Frei Montalva (noviembre de 1964) o a los contrincantes políticos “los momios […] resentidos como caballos de circo asustados del tigre popular” (Isla Negra, 14 de abril de 1973). Más allá de estas cuestiones, no hay un profundo desarrollo de los aspectos políticos sino que esas referencias se diseminan junto a temas menores.
Los avatares padecidos por Neruda a partir de la declaración de los intelectuales referida a la Revolución cubana y sus consecuencias es otra temática presente en algunas cartas.9 El vate dirá en la enviada desde Isla Negra el 3 de agosto de 1966, aludiendo a unos versos que había mandado a Rodríguez Monegal, que “tanto me han fregado los cubanos, que te confirmo mi telegrama para que los retires. Por ningún motivo déjaselos” (anexo 1, carta 2). Del mismo modo arremete el 8 de agosto de 1966 contra “el asqueroso uruguayete”10 al decidir participar de la Exposición Bibliográfica en Estocolmo, que genera el envío de una carta fechada el 9 de agosto de 1966 con precisiones acerca del modo en que debía organizarla (anexo 1, cartas 3 y 4).
En lo referido a su relación con Mario Vargas Llosa, se observa que hay una vinculación sólida que perdurará a lo largo de los años, aunque pareciera que en los últimos tiempos se han producido algunos cambios.11 Las cartas de Vargas Llosa albergan comentarios de la obra del chileno que señalan el conocimiento significativo que el peruano tenía de ella. Esto se explicita en las alusiones a la lectura crítica que el 18 de noviembre de 1966 hace de algunos relatos –“leí primero «La visita de los peces» que no me gustó mucho”– y cómo desborda de entusiasmo cuando analiza “La vida cotidiana”, relato en el que entiende que “has conseguido con una maestría envidiable volcar tal cantidad de cosas bellísimas y horribles en esas 32 páginas que uno se queda completamente sacudido y revuelto” (anexo 1, carta 5).
La valoración del relato muestra un lector experimentado y atento que se detiene en aspectos nodales del cuento y no vacila en marcar su interés por lo leído; sostiene sus apreciaciones con la promesa de enviarle “mañana mismo a [Emilio Adolfo] Westphalen esta copia porque, a menos que haya perdido la sensibilidad y el corazón y las tripas, debe abrir el primer número de la revista con tu cuento: será un verdadero gol”, lo que implica que el reconocimiento llega al punto de entender que debe estar presente en Amaru. En el número 2, de abril de 1967, se publicó el relato de Jorge Edwards “El orden de las familias”, que originalmente se llamaba “La vida cotidiana”, evidenciándose que la sugerencia de Vargas Llosa, en lo referido al cambio de título, se tuvo en cuenta. El relato integró el volumen Las máscaras, de 1967. La valoración se observa también en la recomendación de la inclusión de otros cuentos en distintas antologías, por ejemplo, en la que organizaría Gordon Brotherston, profesor e investigador de la Universidad de Essex, para estudiantes de español y que puede leerse en la carta del 1 de diciembre de 1966 (anexo 1, carta 6).
Casi lateralmente analicé otro grupo de misivas de índole privado que fueron enviadas por Luis Pascal V., abogado de la familia. Algunas incluyen comentarios sobre la obra de Jorge Edwards, en particular referidos a Persona non grata, que si bien se orientan a aspectos específicos del relato –envío de comentarios críticos aparecido en diarios– también muestran el impacto que el mismo tuvo en la sociedad (“Creo verdaderamente que aquí [Santiago de Chile] también sería muy favorablemente acogido, en caso que se permitiera su circulación”, 18 de marzo de 1974), aspecto que me parece pertinente mencionar. Otras fueron enviadas por su padre, Sergio Edwards, las que, si bien son las más “privadas” de las cartas, contienen referencias a acontecimientos estrechamente ligados con aspectos controversiales o temas que se refieren al rechazo a la autoridad paterna o a la tradición familiar, aspectos estos que además son señalados en más de una ocasión por Edwards en distintos reportajes o notas y que siempre están presentes en su obra:
A mi padre saber que yo era escritor no le gustó nada, así que me dijo que terminara los estudios de Derecho, que me recibiera de abogado, que me dedicara a ejercer la profesión y que escribiera los fines de semana; es decir, un programa que a mí no me convencía. Al poco de publicar mi primer libro (un libro de cuentos de corte medio poético), mi padre me preguntó un día por qué, si me gustaba escribir, no escribía cosas interesantes, a lo que le pregunté: “¿Como qué?”. “Por ejemplo”, respondió, “una historia de la industria del cobre en Chile, que es muy interesante”.12
Evidentemente son dos mundos en contraste y hasta en oposición; no obstante, con el correr de los años y el reconocimiento que Edwards tuvo como escritor –y que Sergio Edwards alcanzó a conocer–, esa idea expresada por su padre se fue modificando, aunque el escritor siempre alude a la compleja relación que mantuvo con su progenitor, referencia que reaparece en sus memorias. Al calor del recuerdo de su primera lectura de A Portrait of the Artist as a Young Man rememora ese vínculo: “Había un retrato despiadado, entre tierno y cruel, sin el menor respeto, sin admiración alguna del padre, que en determinados episodios le daba vergüenza al hijo, como me había sucedido más de una vez con el mío” (CM: 191). Es que para Edwards “la memoria es algo que no tiene fondo y de ella se sacan cosas que constituyen la literatura. La memoria es, entonces, una sinfonía, con frases, con tonos”.13 Es, pues, un reservorio que él emplea con precisión y como una suerte de confesionario público desde donde se permite revisar hasta cuestiones privadas. De modo que la vinculación entre vida privada y obra tiene un fuerte peso que se expande, generando que la vida como intelectual se sobreimprima a las cuestiones más íntimas.
Si bien no consideraré las cartas privadas en profundidad, entiendo que cuando Edwards necesita resolver aspectos de la vida familiar o hace alusiones a su papel en el medio intelectual y diplomático, estas misivas adquieren una dimensión –por momentos desmedida– que evidencian el peso que le otorga a este último por encima de su rol, por ejemplo, como padre. Tal es el caso de una enviada desde Barcelona, fechada el 1 de diciembre de 1975 y dirigida a Sergio Edwards, en la que alude a problemas con su hijo; las referencias a los modos de vida del joven están focalizadas mayormente en las molestias que le ocasionan teniendo en cuenta el lugar que ocupaba en el ámbito diplomático. Los datos de esta correspondencia figuran en el anexo 2. Las consideré, además, porque este tipo de misivas, al ingresar a la esfera pública, “podrían significar el regreso del lenguaje de lo imaginario, el retorno de lo reprimido o de lo secreto, a la esfera de lo simbólico” (Pagés-Rangel, 1997: 24; mi subrayado). A partir de este concepto serán tenidas en cuenta, en particular cuando se procure encontrar huellas de su temprana afición por la literatura o de los malestares padecidos con la publicación de algunos libros o de su soterrada lucha por enfrentar los mandatos familiares.
No es mi propósito tratar en esta ocasión las cartas como género (Altman Gurkin), más allá de que acuerdo con ese concepto, ni tampoco detenerme en los límites de sus fronteras genéricas (Garriga Espino y Teruel); esta decisión se funda en el hecho de que en la obra de Edwards las cartas no forman parte de los textos; sí, creo en cambio que en ocasiones son una suerte de post scriptum, no por cuestiones cronológicas, sino por la decisión de Edwards de haberlas entregado a Princeton con la intención de habilitar su lectura y uso. Acercarse a esta correspondencia, junto con la lectura de su obra, abre otros canales de análisis debido a que en ocasiones apuntan a completar información acerca de la hechura de su obra o a marcar una relación entre el itinerario que realiza como sujeto histórico, concreto, advirtiendo el modo en que se piensa a sí mismo, la manera en que se forja y, por ende, el valor que le otorga a ese camino realizado. En síntesis, a ingresar en una intimidad que opera como argamasa de su obra.
Por otra parte, si las cartas llevan al lector a entenderlas (y leerlas) como textos no ficcionales, o a considerarlas portadoras de “la ilusión de la no ficcionalidad” (Guillén, 1991: 71), se está en presencia de un rasgo que también es propio de la autobiografía. De modo que, en ese pasaje de joven burgués, estudiante de escuela religiosa, portador de un apellido notable para la sociedad chilena, a un joven rebelde, que se recuesta en un nombre famoso pero complicado familiarmente –como es el de su tío Joaquín Edwards Bello–, que trata de construir una imagen más próxima a los intelectuales decimonónicos que a los de su generación, hay cuestiones dichas y otras silenciadas, y acontecimientos que solo reaparecerán cuando quien los diga esté ocupando un lugar público que no le impida manifestarlo y lo habilite para decir sin pudor alguno lo escondido en algunos momentos de su vida. Y es en ese contexto, o a partir de estos conceptos, que apelaré a esas cartas que, insisto, no forman parte de su obra pero sí son una especie de cantera14 proveedora de materiales que se incrustarán con distintas intensidades en el cuerpo narrativo aunque no necesariamente indican revelaciones ocultas de la obra en su conjunto. Más bien de lo que se trata es de recurrir a estos documentos para generar nuevas preguntas, para incursionar en otros caminos, porque si bien Alexander Nehamas (1987: 276) entiende lo siguiente: “If such a view is acceptable, interpretation need not be seen as the revelation of a text’s hidden meaning”, esta afirmación deja abierta la puerta para que quien incursione en esta zona pueda realizar nuevas interpretaciones.
En tal sentido, y casi como una reafirmación de mi propósito de emplear este material como soporte, Edwards (2003: 181) sostiene que las cartas “son otra notable creación literaria y que en cierto modo complementan y enriquecen lo que podría definirse como la línea central de una obra”. A esta intención se une la búsqueda de opiniones de lectores a los que considera potenciales críticos, tal como lo señalan algunas cartas con Guillermo Cabrera Infante o con Emir Rodríguez Monegal, entre otros. Las enviadas al uruguayo, si bien se focalizan en posibles encuentros, búsqueda de becas o respuestas a invitaciones para participar de encuentros literarios, aportan también referencias a su obra, por ejemplo, a la publicación de Los convidados de piedra. Edwards transmite explicaciones del libro, al que califica como “el reverso exacto, casi, de las recientes novelas latinoamericanas sobre dictadores. Es la novela de una democracia parlamentaria latinoamericana y de su destrucción. Por eso no es novela de un personaje, patriarca o caudillo, sino de muchos antihéroes” (Barcelona, 11 de enero de 1978), marcando de ese modo su distanciamiento de la línea de las llamadas “novelas de dictadores” tan frecuentes en la época.15
Por otra parte, las cartas entre Edwards y Cabrera Infante se caracterizan por un intercambio de ideas de índole política y literaria muy contundentes, sostenido por una notable afinidad intelectual. Por caso, la enviada el 4 de febrero de 1974 por el cubano en agradecimiento por el envío de un ejemplar de Persona non grata. En ella Cabrera Infante efectúa comentarios valiosos del libro (“Me parece magistral cómo usted ha retratado a Fidel Castro, con su mezcla de esquizofrénico y gran actor”), al tiempo que hace algunas correcciones (“La Rambla que usted menciona es por supuesto La Rampa y no un paseo barcelonés”, subrayado en el original), acompañando estos comentarios con algunas afirmaciones políticas que marcan su disidencia con el gobierno cubano y con algunos intelectuales afines a este (anexo 1, carta 7). No es el único libro que Cabrera Infante comenta. En una breve carta del 3 de junio de 1978, alude a Convidados de piedra (sic), novela a la que considera “un triunfo de la literatura sobre la política” y que, además, genera que incorpore una posdata para destacar el cuidado que Edwards ha tenido con el empleo de “los términos y nombres propios extranjeros”, hecho que se ocupa de contrastar con los erróneos empleos de palabras que “[n]uestro admirado Lezama” hacía incorporando como ejemplo el uso de “Estrungundrán” por “Sturm und Drang” (anexo 1, carta 8).16
La necesidad de contar con opiniones destacadas se evidencia en sus frecuentes envíos de borradores a distintos escritores, críticos o responsables de revistas culturales. Una carta de Graham Greene del 8 de abril de 1974 confirma esa búsqueda de apoyo, en este caso presuntamente por la aparición de Persona non grata: “Thank you so much por sending me your book with its inscription wich arrived the same day as your letter […] Your experiences in Cuba should make an extremely interesting book”. En otros envíos, Greene focaliza su atención en referencias concretas al libro: “Your picture of Fidel was superb and one had the sense of your affection for the man coming through in spite of the treatment you received” (18 de octubre de 1976), mientras que en la enviada el 20 de enero de 1977 agradece el envío y la dedicatoria de Persona non grata y se reconoce como “a great admirer of the book”. Se estaría, por tanto, frente al uso de un dispositivo que le ayudará a entrar en el mundo editorial y crítico norteamericano y europeo, circunstancia que fortalecería su imagen de escritor. Esto se repite en otras cartas escritas con el propósito de intercambiar ideas y reflexiones, pero también de buscar reconocimiento. Probablemente este último aspecto se focalice en la publicación de Persona non grata y, más que procurar aceptación, buscaba apoyo frente a los rechazos o críticas generados.
En general, en algunas cartas prima como propósito central lograr el reconocimiento o la lectura de sus libros. Entiendo que este es el caso, por ejemplo, de las enviadas a Wolfgang Luchting, o a Julio Cortázar, o a Mario Vargas Llosa. En estos envíos están presentes cuestiones cotidianas, pequeñas o grandes penurias, lecturas, críticas, pedidos. En ciertos casos hay un notable grado de intimidad tanto por parte de Edwards como de algunos de sus colegas.17 Ese vínculo queda a la vista cuando en ocasiones se observa una mezcla de niveles de lengua. Tanto Neruda como Jorge “el Keke” Sanhueza, quien moriría por “distracción” según Neruda, incluyen una fuerte dosis de chilenismos, bromas y dibujos, y Sanhueza, el 15 de agosto de 1962, dirige una a los “Queridos Castro” (anexo 1, carta 9). Son misivas que entran en la categoría de “escritura no planificada” (Violi, 1999: 201) y se desplazan hacia la esfera pública generando un espacio de discusión (Pagés-Rangel, 1997: 21).
Al margen de las peculiaridades de la incorporación o el uso de cartas privadas en el marco de obras literarias, entiendo que la consideración que de estos discursos hace Claudio Guillén se orienta a dar una conclusión por demás interesante. Definirlas como “una escritura feliz” o entender que “suprimen las distancias entre la literatura y la vida” conduce a un campo en el que lo escrito está destinado a entablar un clima de confidencia con quien habrá de leer(nos). El otro aspecto distintivo es reconocer que uno de los secretos más prodigiosos de la redacción de cartas es conseguir, durante el tiempo que dure la escritura, un momento de absoluta libertad, un momento en el que “felizmente”, dice Guillén, se borran prejuicios y censuras puesto que, en ocasiones, las cartas no son otra cosa que la más pura expresión de un deseo genuino por experimentar la escritura como un primer contacto con el otro. Guillén (1998: 232) cita a Cicerón cuando le comunica a Ático: “[N]o tengo nada que decirte […] y acto seguido, sin embargo, le escribe y se lo dice”. Es que, desde su perspectiva, lo importante es el deseo de decir, lo que implica que “pudo significar la entrega más verdadera a la expresión y por consiguiente al cultivo del afecto, de la amistad, del amor. Y, con estos, al halago de una escritura feliz” (233).
Vuelvo, entonces, al epígrafe que abre esta introducción. ¿Por qué no quedarme solamente con la lectura de los nuevos libros? ¿Por qué indagar más allá de lo que estos dicen? ¿Por qué asediar al texto y a su autor? Creo que esta tarea, casi de arqueología, no es más que el resultado de escuchar la voz narradora que reclama del lector una operación que traspase la escritura y que lo lleve a “no dichos” ocultos (o no) en cada uno de los libros que componen el corpus de trabajo, y en otros discursos. Develarlos es el desafío para completar lo escondido y diluir la ambigüedad del conjunto de la producción narrativa.
1. Una vez más agradezco la excelente disposición y colaboración de la señora AnnaLee Pauls, Reference Assistant, Public Services, Department of Rare Books and Special Collections, University of Princeton, Nueva Jersey, Estados Unidos.
2. Algunos de los archivos, como el de Gabriel García Márquez o el de Carlos Fuentes, entre otros, explícitamente indican que pueden ser usados a partir de determinadas fechas o después de la muerte de quienes los depositaron en la Universidad.
3. A fines de 2004, la Fundación Carolina me otorgó una beca posdoctoral para realizar una estancia de investigación que me permitió visitar esa biblioteca.
4. Arquitecto catalán que fue presidente del Port de Tarragona entre 1987 y 1995.
5. Me refiero al trabajo que realizara Abraham Quezada Vergara (2007) en Cartas que romperemos de inmediato y recordaremos siempre con prólogo de Jorge Edwards, quien confirma el uso de las cartas entre los escritores como modo de comunicarse y menciona a Luis Oyarzún, José Donoso y Pablo Neruda como los más activos corresponsales.
6. El pedido de Neruda de no publicar el que luego sería un polémico libro ha sido relatado en entrevistas e incluso en algunos libros por parte del propio Edwards (“Eso está muy bien, escríbelo… Pero no lo publiques todavía”). Confirmando el modo en que se vio esta relación, en una entrevista reciente afirmó enfáticamente que “Neruda era mi amigo, yo nunca fui su secretario. A ver si logro que eso se diga de una vez: no fui secretario de Neruda, fui amigo suyo” (“Estaba preparado para la decepción cubana”, El País, Madrid, 7 de mayo de 2017).
7. En la entrevista concedida el 31 de julio de 2018 al periodista Tomás Mosciatti en CNN Chile.
8. En las cartas del 25 de octubre de 1964, 14 de abril de 1973, s/f, 7 de agosto (s/a), 26 de noviembre de 1972, 25 de octubre de 1964, 12 de septiembre (s/a), respectivamente.
9. En Oh, maligna, vuelve sobre el tema y se refiere como “uno de los episodios más desagradables para él de toda la etapa final de su vida” (227).
10. Se refiere al poeta y diplomático uruguayo Ricardo Paseyro (1926-2009) reconocido enemigo de Neruda y de Octavio Paz.
11. Básicamente los nuevos caminos emprendidos socialmente por el peruano generaron algunos comentarios de Edwards. No hay cambios en la opinión del chileno con respecto a la valía literaria de su amigo, razón por la cual esto no amerita mayores comentarios.
12. En “El descubrimiento de la vocación literaria: el inútil de la familia”, El Correo Digital, Bilbao, 24 de enero de 2005.
13. “Jorge Edwards, narrador y ensayista: «En el Chile de hoy ser escritor es una extravagancia, es mal visto»”, entrevista de Patricio Tapia, www.latercera.com/culto/2018/08/03 (consulta: 17 de diciembre de 2018).
14. José Amícola sugirió utilizar este término como metáfora de la tarea que había que hacer con las cartas en el contexto de este libro.
15. Me refiero, por ejemplo a Yo el supremo (1974) de Augusto Roa Bastos, El recurso del método (1974) de Alejo Carpentier y El otoño del patriarca (1975) de Gabriel García Márquez.
16. Entre el 22 y el 24 de mayo de 2001 se celebró en Murcia, España, el congreso internacional “Los Cervantes en Murcia”. En la ocasión participaron Jorge Edwards, Guillermo Cabrera Infante y José Hierro. Los vínculos literarios entre el cubano y el chileno quedaron a la vista en ambas participaciones.
17. Vargas Llosa habla de sus “sobrinos” para referirse a los hijos de Edwards y Neruda casi siempre destina saludos o comentarios especiales para ellos. De igual modo, ambos tienen presente a Pilar Fernández de Castro, la esposa de Edwards.
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