Kitabı oku: «Ennui»

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ENNUI

Contenido

Portada

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Página de créditos

Sobre este libro

Prefacio

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Notas

Sobre la autora

Sobre el traductor

Créditos
Ennui

V.1: abril de 2020

Título original: Ennui

© de la traducción, Joan Eloi Roca, 2015

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: William Grant - The Skater

Publicado por Ático de los Libros

C/ Aragó, n.º 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@aticodeloslibros.com

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 978-84-17743-79-6

THEMA: FBC

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

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El presente proyecto ha sido financiado con el apoyo de la Comisión Europea. Esta publicación (comunicación) es responsabilidad exclusiva de su autor. La Comisión no es responsable del uso que pueda hacerse de la información aquí difundida.

Ennui
¿Qué te queda por desear cuando ya lo tienes todo?

El conde de Glenthorn fallece dejando a su heredero su título y una enorme fortuna. El joven conde se entrega sin medida a las diversiones y vicios de moda pero, incluso mientras disfruta de todos ellos, se siente permanentemente insatisfecho sin saber por qué. Es víctima del ennui, un hastío que sobreviene a quien lo tiene todo.

Sin embargo, la visita de la nodriza irlandesa que lo crio hace que Glenthorn emprenda un viaje a las antiguas tierras de su familia en Irlanda, donde encontrará los mejores antídotos contra su enfermedad: el amor, las aventuras y el trabajo.

Maria Edgeworth es la principal novelista inglesa de finales del siglo xviii y comienzos del xix. Entre sus admiradores se contaban Jane Austen, Lord Byron, Stendhal, Iván Turguénev, Anthony Trollope o Walter Scott.

«He decidido leer únicamente mis obras y las de Maria Edgeworth.»

Jane Austen

«Las novelas de Maria Edgeworth han sido una revelación para mí. Me gustaría, aunque fuera a mi modesta manera, ser capaz de emular los maravillosos retratos irlandeses que hace la señorita Edgeworth»

Iván Turguénev

«Ennui me tiene encantada.»

Madame de Staël

«La contribución más innovadora, valiente e influyente de una escritora inglesa antes de Charlotte Brontë y George Eliot.»

Marilyn Butler

«Ennui es una obra perfecta, a la altura de los mejores textos de Voltaire.»

The Edinburgh Review

Tutta la gente in lieta fronte udiva

Le graziose e finte istorielle,

Ed i difetti altrui tosto scopriva

Ciascuno, e non i proprj espressi in quelle;

O se de’ proprj sospettava, ignoti

Credeali a ciascun altro; e a se sol noti.*

Prefacio*

Mi hija me pide un prefacio a los volúmenes siguientes. Es perdonable la debilidad de buscar la protección paterna, pero lo cierto es que el público juzga todas las obras no por el sexo, sino por el mérito del autor.

Lo que sentimos, vemos, oímos, y leemos afecta nuestra conducta desde nuestro nacimiento hasta el día en que formulamos nuestro último pensamiento. Por lo tanto, la intención de mi hija en todos sus escritos no ha sido otra que promover la causa de la educación desde la cuna hasta la tumba.

Las anteriores obras de la señorita Edgeworth han consistido en cuentos para niños —historias para muchachos y muchachas— y en relatos destinados a la gran masa que no frecuenta los círculos más a la moda. Los presentes textos pretenden señalar algunos de los errores a los que es más propensa la alta de la sociedad.

Todas las partes de esta serie de ficciones morales versan sobre los defectos y virtudes de las diversas edades y clases; y todos proceden de la visión de la sociedad que ya hemos expuesto al público en volúmenes más didácticos sobre la educación. En El ayudante de los padres,* Cuentos con moraleja* y Cuentos populares,* la intención de mi hija era ejemplificar los principios que se habían formulado en Educación práctica.* En estos volúmenes, y en otros que los seguirán, su intención es difundir, de una forma popular, algunas de las ideas que se desarrollan en los Ensayos sobre educación profesional.*

El primero de estos relatos se llama:

Ennui. Las causas, síntomas y cura de esta dolencia están ejemplificados, según espero, de tal manera que el remedio no es peor que la enfermedad. Thiebauld* nos dice que en la Academia de Berlín se leyó un ensayo sobre el ennui* tan aburrido que durmió a todos los jueces que debían otorgar el premio.

El cobrador está concebido como una lección contra la tan extendida insensatez de creer que un deudor puede, mediante unas pocas frases trilladas, alterar la naturaleza del bien y el mal. Consideramos durante un tiempo dar a estos libros el título de Relatos a la moda. Pero ¡ay!, El cobrador nunca será plato de gusto para los lectores a la última.

La manipulación es un vicio al que recurren los pequeños entre los grandes para mostrar aquellas habilidades en las que no destacan. Las intrigas amorosas en el continente a menudo llevan a intrigas políticas. Los intentos de introducir entre nosotros estas costumbres modernas no han tenido, de momento, éxito, pero hay algunos que, sin embargo, muestran en todo lo que dicen o hacen una predilección por «la sabiduría de la mano izquierda». Es nuestra intención que la figura que aquí presentamos de un manipulador no resulte atractiva a los lectores.

Almería ofrece una panorámica de las consecuencias que tiene confiar en los dones de la fortuna en lugar de en el mérito, y muestra la maldad de aquellos imitan los modales y frecuentan la compañía de los que están por encima de ellos en la sociedad.

La diferencia de rango ha sido siempre un acicate para la loable emulación, pero aquellos que consideran que ser admitidos en ciertos círculos de la sociedad es el súmmum de la dicha y la ascensión, descubrirán aquí el desencanto y tremendo castigo en el que acaban tales ambiciones.

Si se me permite añadir unas palabras sobre la forma en que la señorita Edgeworth trata al público, debo decir que la indulgencia con la que fueron recibidos sus escritos no la ha vuelto descuidada ni vanidosa. Las fechas que acompañan a estas historias demuestran que no se han impuesto apresuradamente al lector.

Richard Lovell Edgeworth

Edgeworthstown, marzo de 1809

‘Que faites-vous à Potzdam?’ demandois-je un jour au prince Guillaume. ‘Monsieur,’ me répondit-il, ‘nous passons notre vie à conjuguer tous le même verbe; Je m’ennuie, tu t’ennuies, il s’ennuie, nous nous ennuyons, vous vous ennuyez, ils s’ennuient; je m’ennuyois, je m’ennuierai,’etc.

Thiebault, Mém. de Frédéric le Grand*

Capítulo 1

Criado en la indolencia y el lujo, crecí rodeado de amigos que parecían no tener otra misión en la vida que ahorrarme el esfuerzo de pensar o actuar por mí mismo y, además, continuamente me inducían a permanecer en mi orgullosa postración recordándome que era el único hijo y el heredero del conde de Glenthorn. Mi madre murió pocas semanas después de mi nacimiento, y perdí a mi padre siendo muy joven. Quedé bajo los cuidados de un tutor legal que, para ganarse mi afecto, no coartó nunca mis deseos, por caprichosos que fueran: cambié de escuela y maestros tan a menudo como me pareció y, en consecuencia, no aprendí nada. Al final encontré un profesor particular que me vino como anillo al dedo, pues compartía por completo mi opinión de que «todo aquello que el joven conde de Glenthorn no aprenda por el instinto de su genio, no merece ser aprendido». Cualquier hombre con dinero puede comprar la reputación de poseer talento, y dinero yo tenía de sobras, pues mi guardián tuvo a bien sobornarme con parte de mi propia fortuna para que me abstuviera de preguntar por cierta cantidad faltante en el monto total. Por mi parte, entendí perfectamente mi parte de este pacto tácito y, lógicamente, estábamos en los términos más amistosos que pueda imaginarse y nos mostrábamos absoluta confianza, pues yo estaba convencido de que era mejor tratar con mi tutor que con los prestamistas judíos. Así pues, a una edad en que otros jóvenes están sometidos a ciertas reglas, sea porque sus circunstancias los obligan a contenerse o porque a ello contribuye la discreción de sus amigos, yo me convertí en soberano absoluto de mí mismo y de mi fortuna. Mis compañeros me envidiaban, pero ni siquiera su envidia bastaba para hacerme feliz. Empecé, siendo aún niño, a sentir el azote de los síntomas de esta afección mental que desafía las capacidades de la medicina y para la que la riqueza solo puede aportar un alivio temporal. Para esta dolencia no existe un nombre definido en inglés, pero, ¡ay! por ello un término foráneo se ha implantado en Inglaterra. Entre las clases altas, entre los acaudalados o entre los famosos, ¿acaso hay alguien que no conozca el ennui? Al principio no fui consciente de padecer este mal. Sentía que me sucedía algo, pero no sabía qué era. Sin embargo, los síntomas ya se manifestaban con claridad. A menudo me afligían ataques de impaciencia, o de bostezos o sentía el impulso irresistible de desperezarme, de tal modo que mi cuerpo y mi alma permanecían en constante agitación, padeciendo una especie de aversión al lugar en el que me hallara en cada momento o, más bien, a cuanto sucedía ante mis ojos, pues raramente llegaba al extremo de hacer algo al respecto, dado mi profundo aborrecimiento o incapacidad de realizar ningún esfuerzo voluntario. En ausencia de estímulos externos, me sumía en la apatía y vacuidad mental que se conoce vulgarmente como ensimismamiento. Si me encontraba confinado en una habitación durante más de media hora, debido al mal tiempo o a otras contrariedades, caminaba de un lado a otro con inquieta y absurda obstinación, como un nervioso conejo atrapado en su madriguera. Sentía una sed insaciable de novedades y un amor infantil por el movimiento.

Mi médico y mi tutor, que no sabían qué hacer conmigo, me enviaron al extranjero. Inicié mis viajes cuando tenía dieciocho años, acompañado por mi profesor favorito. Nuestras ideas en cuanto al modo de viajar concordaban; fuimos de un sitio a otro tan rápido como los caballos y las ruedas —y los improperios y las guineas— pudieron llevarnos. Pero Milord Anglois* recorrió medio mundo sin por ello alejarse una sola pulgada de su ennui. Me quedaban todavía tres largos años para alcanzar la mayoría de edad. ¡Cuánto dinero gasté durante este plazo para intentar que el tiempo transcurriera más rápido! Pero cuanto más persistía en acelerarlo, más lento avanzaba el villano. Perdí mi dinero y la paciencia.

Al fin llegó el día que tanto llevaba esperando: ¡tenía veintiún años! Por fin tomé posesión de mi herencia. Sonaron las campanas, se encendieron hogueras, prepararon banquetes, fluyó el vino, se dieron hurras, amigos y aparceros se arremolinaron a mi alrededor, y no se oían más que palabras de felicidad y parabienes. El trajín de mi situación me mantuvo despierto durante varias semanas; el placer de gozar de mis propiedades era nuevo y lo disfruté mientras duró el efecto de la novedad. No puedo decir que estuviera contento, pero mi mente estaba henchida por la magnitud de mis posesiones. Era propietario de grandes fincas en Inglaterra y en uno de los remotos condados marítimos de Irlanda, país en el que era dueño y señor de un inmenso territorio junto al antiguo castillo de Glenthorn, ¡un noble montón de piedras antiguas que valía más que diez de los degenerados castillos modernos de hoy en día! Estaba ubicado en un paraje romántico y remoto, al menos según podía juzgar por un cuadro que me decían que reflejaba bien la realidad y que colgaba en mi salón de Sherwood Park, en Inglaterra. Yo nací en Irlanda y se me amamantó, según me contaron, en una cabaña irlandesa, pues mi padre estaba convencido de que así crecería más fuerte. Me dejó con mi nodriza irlandesa hasta que tuve dos años y desde ese momento hasta la fecha ni él ni yo volvimos a pisar Irlanda. A él le disgustaba ese país, y yo heredé sus prejuicios. Decidí que residiría siempre en Inglaterra. Sherwood Park, mi residencia en la campiña inglesa, tenía un solo defecto: era perfecta. La casa era majestuosa y, además, del gusto moderno; los muebles eran elegantes y a la moda, y por doquier se percibía el brillo de lo nuevo. No faltaba ningún lujo. El crítico más escrupuloso no habría sido capaz de encontrarle un pero. Mi jardín, mis tierras, mostraban toda la belleza de la naturaleza y el arte, combinadas con exquisitez. Había bosques majestuosos cuyo oscuro follaje se mecía… En fin, prefiero ahorrar a mis lectores el resto de la descripción, pues recuerdo que una vez me quedé dormido mientras un poeta leía una oda a los encantos de Sherwood Park. Pronto mis ojos se acostumbraron a esos encantos, e incluso palideció el efecto que sobre mi vanidad tenía ser el dueño de un lugar tan maravilloso. Todo visitante ocasional, cualquier desconocido e incluso la gente corriente a la que permitía una vez a la semana pasear por mis jardines privados, los disfrutaban mil veces más que yo. Recuerdo que, unas seis semanas después de llegar a Sherwood Park, escapé una noche de la multitud de amigos que llenaba mi casa con la intención de regalarme un paseo solitario y melancólico. A cierta distancia vi a un grupo de personas que habían venido a admirar el lugar y, para no encontrarme con ellos, me refugié bajo un gran árbol cuyas ramas colgaban hasta el suelo y me ocultaban de los paseantes. Así sentado, mientras bostezaba esperando que pasaran de largo, oí a uno de los miembros del grupo exclamar:

—¡Qué feliz debe de ser el dueño de este lugar!

Sí, desde luego, si hubiera sabido cómo disfrutar de los placeres de la vida, sin duda habría sido muy feliz, pero la falta de ocupación y mi consabida alergia a todo tipo de esfuerzo me convertían uno de los hombres más desgraciados de la tierra. Aun así, yo siempre atribuía mi infelicidad a alguna circunstancia externa. Poco después de mi mayoría de edad, resultó que todo tipo de asuntos requerían mi atención. Había que firmar documentos y arrendar tierras. Todo ello se me antojaba terriblemente difícil. Ni siquiera ese ministro del Estado, que con tanto patetismo describe su horror al ver por vez primera al secretario acercarse con el gran cartapacio rebosante de papeles, experimentó jamás sensaciones tan opresivas como las que me invadieron a mí cuando mi administrador empezó a hablarme de mis negocios. Desde el mal humor que abonaba mi indolencia, me declaré convencido de que poseer propiedades tenía muchos más inconvenientes que ventajas. El capitán Crawley, un amigo —digámoslo así—, humilde compañero mío, que era un grandísimo, desvergonzado y rendido adulador, estaba presente, escuchó mi queja y se ofreció a interponerse entre mí y los sombríos problemas que me amenazaban. Acepté su oferta.

—¡Ay, Crawley —dije—, trata y negocia tú con esta gente!

No tenía la menor confianza en la persona en cuyas manos, por mor de librarme del trabajo de pensar, deposité todos mis asuntos, pero me di por satisfecho resolviendo que, en cuanto tuviera tiempo, buscaría a una persona de confianza para que llevara mis negocios.

Ya llevaba casi dos meses en Sherwood Park, en mi opinión demasiado tiempo seguido en el mismo sitio, y estaba impaciente por marcharme. A mi administrador, a quien disgustaba la idea de que yo pasara el verano en casa, no le costó persuadirme de que el agua de mis tierras tenía un sabor malsano y salobre. El hombre que así hablaba estaba frente a mí, gozando de una salud de hierro a pesar de haber bebido esa agua insalubre toda su vida. Sin embargo, para mi intelecto era una tarea demasiado ardua cotejar las pruebas que le aportaban mis sentidos, resultándole más fácil creer lo que le decían, aunque estuviera en manifiesta contradicción con lo que percibían mis ojos. Así pues, fui a un balneario lejano, siguiendo el ejemplo de muchos de mis contemporáneos, que abandonan sus deliciosas residencias en el campo y pagan, a tanto la pulgada, para que los hacinen en hostales, con todas las incomodidades imaginables, durante los meses más calurosos del verano. Dejé pasar el tiempo en Brighton, maldiciendo el calor, hasta que llegó el invierno, y luego maldije el frío mientras soñaba con el invierno en Londres.*

Empezó el invierno en Londres, y el joven conde de Glenthorn, con sus pasatiempos, y sus carruajes y sus extravagancias, se convirtió en la comidilla de toda la ciudad y en una mina para los periódicos. Se publicó el inmenso coste de la fruta que tomaba de postre; se calculó el precio de los ramilletes de flores de invernadero que a diario lucían los criados que colgaban de la parte trasera de mi coche; ociosos admiradores de dispendios ajenos contaron el número de velas de cera que alumbraban de noche las estancias de mi casa; y todo el mundo sabía que lord Glenthorn no toleraba que en sus establos se encendieran otra cosa que velas de cera; que sus sirvientes solo bebían burdeos y champán; que sus libreas, mejores que las que soñara un embajador, competían en elegancia con la realeza y que sus objetos de oro habrían superado incluso la inspección de los potentados chinos más exigentes. La factura que me ha enviado este año el fabricante de mis carruajes dejaría atónita a cualquier persona dotada de sentido común, igual que ha sucedido con algunas de las sumas que nuestros tribunales han descubierto que se pagaron por extraordinarios coches y landós todavía más extraordinarios.* No voy a entrar en los detalles de mis extravagancias relativas a artículos menores, pues estos, según creía yo, nunca harían mella en una fortuna tan colosal como la del conde de Glenthorn pero, por si resulta útil para aquellos que quieren seguir la misma senda o desean evitarla, sí diré que mis visitas diarias a las joyerías acabaron suponiendo, con el tiempo, una suma digna de mención. De la multitud de fruslerías que compré, de todos los anillos, sellos y cadenas, no diré nada, pues superarían lo que los hombres pueden creer o las mujeres imaginar. Suele suceder que aquellos que menos provecho sacan a su tiempo poseen el mayor número de relojes y son los más exigentes en cuanto a su exactitud. Mis relojes de bolsillo y yo éramos mi castigo y la alegría de los relojeros de moda, cuyas tiendas visitaba regularmente. Mi historia, durante este periodo, conformaba el diario del perfecto diletante, así que evitaré a los lectores más detalles. Sí deseo, no obstante, pues así lo he experimentado en multitud de ocasiones, grabar en la mente de aquellos a los que interese que un diletante con medios tiene que ser extravagante. Acudía a las tiendas sencillamente para pasar alguna hora ociosa, pero una vez entraba no podía evitar comprar algo y me hallaba siempre a merced de los comerciantes, que se aprovechaban de mi indolencia y que creían que mi fortuna era inagotable. En realidad, yo no tenía una propensión especial al gasto, pero dejaba a todos los que trataban conmigo, y muy especialmente a mis sirvientes, hacer lo que querían en lugar de tomarme la molestia de obligarlos a hacer lo que debían. Me aseguraban que lord Glenthorn debía tener tal cosa o tal otra, o que debía comportarse de determinada manera, y yo me sometía dócilmente a estas necesidades imaginarias.

Durante todo este tiempo fui la envidia de mis conocidos, cuando en realidad deberían haberme compadecido. Es cierto que sin angustia ni esfuerzo poseía todo lo que ellos deseaban, pero eso me desposeyó de cualquier incentivo: ya no deseaba nada. Tenía una inmensa fortuna y era conde de Glenthorn: mi título y mis riquezas eran distinción suficiente; ¿por qué iba a preocuparme por mis botas, o por la capa que cubría mi abrigo o por cualquiera de las tonterías con las que ocupan sus vidas y por las que se interesan los jóvenes a la última moda que no tenían la desgracia de ser grandes terratenientes? La mayoría de mis compañeros sufrían algún agravio real o imaginario, tenían a algún viejo tío o padre que los sojuzgaba, o algún trabajo horrible del que quejarse. Yo no tenía nada de eso. Ellos tenían esperanzas y miedos, yo no. Estaba en el pináculo de la gloria, en el punto al que ellos se esforzaban por llegar, y nada que hacer excepto permanecer allí sentado y disfrutar del estéril panorama que se extendía ante mí.

En este monólogo espero haber comunicado adecuadamente a mis lectores parte ese ennui que he soportado, pues de lo contrario no podrán formarse una idea cabal de por qué me atrajo tanto convertirme en un jugador. Lo cierto es que no tenía ningún vicio, ni tampoco ninguna tendencia que pudiese convertirse en una mala costumbre, pero sucedió que el ennui produjo en mí los mismos efectos que suelen atribuirse a las pasiones más arrebatadoras o al mal carácter.

Capítulo 2

O! ressource assurée,

Viens ranimer leur langueur desoeuvrée:

Leur âme vide est du moins amusée

Par l’avarice en plaisir déguisée.*

El juego me alivió de la insufrible languidez que me oprimía. Me interesé en las apuestas, me animé y, en resumen, encontré en el juego un nuevo estímulo y me volqué en él sin medida. Me agradaba inmoderadamente todo aquello que me aportaba sensaciones nuevas. Me pasaba día y noche en la mesa de juego. Recuerdo, en una ocasión, en que estuve tres días y tres noches en el cuarto de juegos de una conocida casa de la calle St. James,* con los postigos cerrados, las cortinas corridas y las velas encendidas todo el tiempo. Incluso las habitaciones adjuntas también estaban iluminadas por velas, para que cuando se abrieran las puertas para traer refrigerios, no nos alcanzara ningún rayo de sol delator que nos recordara cómo pasaban las horas. Ignoro cómo la naturaleza humana soporta tamaña fatiga. Apenas nos permitíamos parar para ingerir el sustento que exigían nuestros cuerpos. Finalmente, uno de los criados que llevaba la puntuación, que había estado en la sala con nosotros desde el principio, dijo que no podía más y que necesitaba dormir. Con no pocas dificultades consiguió una tregua de una hora y en cuanto salió de la habitación cayó rendido en el mismísimo umbral de la puerta. Según el reglamento de la casa, le correspondía una bonificación por cada transmisión de propiedad que se produjera en la mesa de juego y había ganado, en el transcurso de estos tres días, más de trescientas libras. El sueño y la avaricia habían pugnado hasta el límite pero al final, al ser hombre de hábitos vulgares, el sueño había prevalecido. Los demás estábamos completamente despiertos. Jamás olvidaré la imagen de uno de mis nobles compañeros, sentado mirando fijamente el minutero del reloj que sostenía en la mano mientras continuamente exclamaba: «¡Esta hora es eterna!». Se llevaba el artilugio al oído para comprobar que no se hubiera parado y luego maldecía al perezoso sirviente por haberse quedado dormido y afirmaba que, si hubiera dependido de él, jamás habría consentido esta pérdida de tiempo. En el mismo instante en que se cumplió la hora, ordenó que despertaran a «aquel zángano» y nos metimos de nuevo en harina. En esta sentada cambiaron de manos 35 000 libras. Yo fui afortunado, perdí una minucia —diez mil libras, pero no podía esperar tener siempre tanta suerte—. Y llegamos a la vieja historia de la ruina por el juego. Mi Juan de las Balanzas* inglés me advirtió que no podía avanzarme más dinero; mi agente irlandés, de quién había extraído adelantos inmisericordes, ya no podía complacerme más y abandonó su puesto después de haberse hecho rico a mi costa. Despotriqué contra todos ellos, pero eso no servía para pagar mis deudas de honor. Vituperé a mi abuelo por haberme atado tan corto; no podía ni hipotecarme ni vender: mi hacienda irlandesa se habría vendido de inmediato, de no haber estado adjudicada a un tal señor Delamere. El placer de maldecirlo, a pesar de no haberlo visto nunca ni saber nada de él excepto que iba a ser mi heredero, me consoló en gran medida. Delamere murió, dejando una sola hija que era todavía una niña. Con ello aumentaron mis posibilidades de hacerme con la propiedad absoluta y sin cargas de la hacienda: vendí esté aumento de valor a los prestamistas judíos y seguí apostando. La señorita Delamere, algún tiempo después, contrajo la viruela. Gracias a su enfermedad pude seguir jugando cantidades astronómicas de dinero.

La niña se recuperó. Me cerraron el grifo del dinero y me vi en la tesitura de hacer frente a mis deudas. En este dilema recordé que había tenido un tutor y que nunca había ajustado cuentas con él. Crawley, que seguía siendo mi factótum y adulador en lo ordinario y extraordinario, me informó, después de estudiar las cuentas, que, si reclamaba legal o judicialmente, el dinero que se me debía era un auténtico potosí. Así que acudí a la justicia y la ansiedad producida por el juicio podría, en cierto grado, haber substituido a la emoción del juego, pero no fue así porque todos mis asuntos los llevaba Crawley y le ordené que no me mencionara el tema hasta que se hubiera alcanzado un veredicto.

El veredicto no me fue favorable. Se demostró en juicio oral, gracias al testimonio de mis propios testigos, que yo era un insensato; pero no existía juez, jurado ni tribunal capaz de creer que yo fuera tan insensato como mis actos indicaban, así que, en consecuencia, tampoco creyeron que mi tutor pudiera ser el grandísimo granuja que era, y lo absolvieron. ¿Qué podía hacer yo ahora? Era el fin. Del mismo modo que un salteador de caminos sabe que al final acabará en la horca, y actúa en consecuencia, un joven extravagante sabe que, tarde o temprano, acabará casado. Nadie sentía mayor horror ante esa catástrofe que yo, pero luchar contra mi destino habría sido en vano. Mi opinión sobre las mujeres se había formado a partir de las bromas vulgares de mis compañeros y de mi propia relación con las peores representantes de su sexo. Nunca había sentido la pasión del amor y, por supuesto, creía que era algo que quizá había existido en épocas pasadas pero había quedado francamente obsoleto en nuestros días, al menos entre la gente de mundo. En mi imaginación, las jóvenes se dividían en dos clases; las que podían adquirirse y las que querían adquirir. Entre estas dos categorías la división la marcaba externamente cierto grado de ceremonia, aunque yo estaba persuadido de que no existía ninguna diferencia esencial entre ambas. Sí existía, no obstante, cierta diferencia entre ambas clases en cuanto a mis sentimientos hacia ellas: de la primera clase estaba cansado, y a la segunda, la temía. ¡Miedo! ¡Sí! Tenía pavor de ser cazado. Con estos miedos, y estos sentimientos, debía ahora elegir esposa. La escogí según la tabla decimal: unidades, decenas, centenas, miles, decenas de miles, cientos de miles. Me contentaba, como dirían los periódicos, con llevar al altar del himeneo a cualquier bella joven cuya fortuna fuera de seis cifras. Tan pronto se conocieron mis intenciones, los amigos de una joven heredera que deseaba adquirir un título nobiliario, arreglaron un encuentro entre ambos. Mi esposa tenía cien vestidos de novia, tan elegantes como pudieron diseñar un selecto comité de modistas y sombrereros franceses e ingleses. El más barato de estos atuendos, si no recuerdo mal, costaba cincuenta guineas; el más admirado ascendía a unas quinientas libras, y los mejores jueces en la materia lo consideraban maravillosamente económico por ese precio, pues ni siquiera la esposa de un nabab arrastró nunca encaje tan fino sobre el polvoriento suelo de Inglaterra. La costurera expuso los vestidos durante unos días para solaz del público, y declaró que había perdido más de una noche de sueño para crear una serie de vestidos tan variada y lo bastante majestuosa y distinguida para la ocasión. Los joyeros también pidieron y obtuvieron permiso para exponer los distintos juegos de joyas, que eran tan numerosos que ni siquiera la propia lady Glenthorn los conocía todos. Un día, poco después de la boda, alguien en el campo de juego, admirando la prodigiosa calidad de sus diamantes, le preguntó dónde los había comprado.

—La verdad —dijo ella—, es que no lo sé. Tengo tantos juegos de joyas distintos que no sé si es mi juego de París, de Hamburgo o de Londres.

¡Pobrecita! Creo que su idea fundamental de un matrimonio feliz era ser dueña de las joyas y la parafernalia de una condesa. Desde luego, era la única de sus esperanzas al casarse conmigo que iba a verse hecha realidad. Creí que era viril y moderno mostrarme indiferente, incluso despectivo, hacia mi esposa: la consideraba solo una molestia que debía soportar para disfrutar de mi fortuna. Además de las ideas desagradables que habitualmente se asocian con la palabra esposa, tenía mis motivos particulares para aborrecer a lady Glenthorn. Antes de que sus amigos consintieran que yo tomara posesión de su fortuna, exigieron que prestara solemne juramento de que no volvería a jugar, así que me vi obligado a abjurar de la mesa de juegos y de las pistas, las dos únicas cosas en la vida que me mantenían despierto. Atribuí enteramente a mi esposa la exigencia de este voto extraído mediante extorsión y, en consecuencia, mi aversión por ella fue mayor que la natural en los hombres que se casan por dinero. Sin embargo, esta aversión disminuyó. Lady Glenthorn sencillamente era una mujer infantil, y yo un hombre irascible. La consideraba un ser ridículo, pero decírselo continuamente era agotador. Si no se cruzaba en mi camino, dejaba pasar las ocasiones de recordárselo, e incluso me olvidaba de ella. Era demasiado frívola como para odiarla, y a mi mente le resultaba difícil sostener la pasión del odio. El hábito del ennui era más poderoso que todas mis pasiones juntas.

Capítulo 3

O darnos cuenta de lo que creemos fabuloso, era la ración habitual de Heliogábalo.*

Tras mi matrimonio mi vieja dolencia empeoró hasta hacerse insoportable. Me parecía que lo único que me quedaba en la vida eran los placeres de la mesa. La mayoría de los jóvenes de cualquier tono son, o fingen ser, expertos en la ciencia del buen comer. No hablaban de otra cosa que de salsas y cocineros, de qué platos habían hecho famoso a qué chef y sobre si su fuerte eran las salsas claras u oscuras, las sopas, las lentejas, la bechamel, la marinera, los adobos, etc. Después del debate sobre la calidad de sus obras, venía la discusión sobre la genealogía de los cocineros: en qué casa había trabajado antes el cocinero de milord C——, qué le pagaba a su cocinero lord D——, de dónde habían sacado a esos genios, etcétera. No puedo decir que nuestra conversación en estas selectas cenas, a las que no se invitaba a ninguna dama, fuera muy entretenida, pero los auténticos gourmets detestan el ingenio en la mesa, y los brindis en cualquier lugar. Creo que observé que entre estos conocedores no había prácticamente ninguno a quien su delicado paladar no le produjera cada día más dolor que placer. Siempre había algo cruel que estropeaba el resto o, si la cena había sido excelente y ni siquiera el crítico más quisquilloso podía encontrarle ningún defecto, siempre existía el riesgo de que a uno lo sentaran lejos de su plato favorito, o el peligro mucho mayor de ser elegido para repartir las raciones en la cabecera o extremo de la mesa. ¡Cuántas veces habré visto a algún corpulento caballero de este grupo maniobrar con destreza para evitar el dudoso honor de tener que cortar una pierna de venado!

—Pero ¡por el amor de Dios! —dije yo cuando en un susurro confidencial me llamaron por primera vez la atención sobre este asunto—. Pero ¿por qué odia tanto servir? Si lo hace, estará en inmejorable situación para servirse cuanto quiera y de la parte que quiera, cosa que nadie más puede hacer.

—¡No! Quien corta y sirve la carne tiene que dar los mejores trozos a los demás. Y todo el mundo sabe cuáles son las mejores partes tan bien como él: todo el mundo sabe lo que hay en el plato del vecino y lo que debería haber, y qué queda en la bandeja.

Descubrí que se trataba de un asunto de mucho cálculo, un juego en el que nadie podía hacer trampas sin ser descubierto y sometido a escarnio público. Emulé, y pronto igualé a mis más experimentados amigos. Me convertí en el perfecto epicúreo y me recreé en el personaje, pues podía representar el papel sin ningún esfuerzo intelectual y, además, estaba de moda. No puedo decir, sin embargo, que llegara nunca a comer tanto como mis compañeros. A uno de ellos lo oí exclamar en una ocasión, tras una cena especialmente monstruosa:

—Ojalá mi digestión estuviera a la altura de mi apetito.

No querría que se me tildase de exagerado, y por ello no enumeraré las gestas que he visto realizar a estos valientes héroes de la mesa. Después de ver lo que he visto, por no hablar de lo que yo personalmente he logrado, me lo creo todo sobre la capacidad del estómago humano. Puedo incluso dar crédito a la cena que Madame de Bavière afirma que vio ingerir a Luis XIV, que consistió en: «quatre assiettes des différentes soupes; un faisan tout entier; un perdrix; une grande assiette pleine de salade; du mouton coupé dans son jus avec de l’ail; deux bons morceaux de jambon; une assiette pleine de pâtisserie; du fruit et des confitures!».* Ni puedo tampoco dudar de la exactitud del historiador que asegura que un emperador romano,* uno de los más moderados de los glotones imperiales, desayunaba quinientos higos, cien melocotones, diez melones, cien currucas y cuatrocientas ostras.*

El epicureísmo no fue más popular durante la decadencia del Imperio romano de lo que lo es hoy en día entre los jóvenes nobles y ricos de Gran Bretaña. Ni uno de mis selectos compañeros de mesa habría sido digno de tomar parte en los debates sobre el rodaballo inmortalizados por el satírico romano.* Un amigo mío, obispo, fue un día a su cocina a observar un gran rodaballo que el cocinero estaba preparando. Al cocinero le había parecido tan grande que le había cortado las aletas:

—¡Qué desperdicio! —gritó el obispo, e inmediatamente le pidió al cocinero que se quitase el delantal y se lo diese, se lo colocó sobre su sotana y volvió a coserle las aletas al rodaballo con sus propias y episcopales manos.

A juzgar por mi propia experiencia, atribuyo el epicureísmo, que tan de moda está, en buena parte al ennui. Muchos ceden a este hedonismo porque no tienen otra cosa que hacer. Téngase en cuenta que lo único que nos queda a los que no disponemos de la energía necesaria para disfrutar de los placeres de la mente es entregarnos a las indulgencias de los sentidos. Me atrevo a decir que si Heliogábalo fuera llamado a prestar testimonio en su propio caso y se le pudiera explicar el significado de la palabra ennui, sin duda estaría de acuerdo conmigo en que fue la causa de la mitad de sus vicios. El hecho de que ofreciera una recompensa a quien le descubriera nuevos placeres es mejor prueba de ello que cualquier confesión. Doy gracias a Dios por no haber nacido emperador, pues me habría convertido en un auténtico monstruo. Aunque no siento la menor inclinación hacia la crueldad, puede que la hubiera adquirido meramente por experimentar la emoción que provocan las auténticas tragedias. Por fortuna, yo era solo un conde epicúreo.

Mi afición a los excesos de la mesa perjudicó mi salud y fue necesario realizar violentos ejercicios físicos para contrarrestar los efectos de mi intemperancia. Mi máxima era que un hombre podía comer y beber cuanto le viniera en gana si luego hacía el necesario ejercicio. Reventé catorce caballos* y sobreviví, pero me cansé de reventar caballos y seguí comiendo sin templanza. Se apoderó de mí un mal nervioso, acompañado de una melancolía extrema. Frecuentemente se me ocurría poner fin a mi existencia y en muchas ocasiones incluso llegué a decidir cómo lo haría, pero motivos muy poco importantes, y aparentemente irrelevantes o ridículos, impidieron que lo llevara a cabo. En una ocasión me mantuvo vivo una pocilga, que quería ver terminada. En otra ocasión pospuse acabar conmigo hasta que una estatua, que acababa de comprar por mucho dinero, fuera colocada en mi salón egipcio.* Por la torpeza del transportista, se rompió el pulgar de la estatua. Ese pulgar roto me salvó la vida, pues convirtió el ennui en ira. Como Montaigne y su salchicha,* ahora tenía algo de lo quejarme, y eso me hacía feliz. Pero al final mi enfado remitió, el pulgar dejó de servirme como tema de conversación y recaí en el silencio y en la más negra melancolía. Estaba «cansado del sol»;* volvieron los pensamientos suicidas. Estaba en esos momentos a punto de cumplir veinticinco años. Se preparaba la celebración de mi cumpleaños. Lady Glenthorn me había convencido de que pasara el verano en Sherwood Park, porque para ella el lugar era nuevo. Llenó la casa de gente y jaleo, lo que aumentó mi descontento. Llegó mi cumpleaños —yo deseaba morir— y decidí pegarme un tiro al terminar la jornada. Me metí una pistola en el bolsillo y desaparecí hacia el final de la tarde sin que ninguno de mis joviales compañeros reparara en mi ausencia. Lady Glenthorn y sus amigos estaban bailando, y yo estaba cansado de tantos ruidos felices. Tomé el sendero privado al bosque aledaño a la casa, pero me crucé con uno de mis criados que traía un excelente caballo que uno de mis viejos aparceros me enviaba de regalo por mi cumpleaños. Hice ensillar y embridar el caballo, el criado me sostuvo el estribo y lo monté. El hombre me dijo que la puerta privada estaba cerrada, e hice dar la vuelta al animal hacia la entrada principal. Fuera, junto a la puerta, sentada en el suelo, envuelta en una gran capa roja, había una anciana, que se levantó y se lanzó hacia mí en cuanto me vio, estirando sus brazos y la capa al mismo tiempo.

—¡Ay! ¿Eres tú a quien ven mis ojos? —gritó, con un fuerte acento irlandés.

Ante el grito y la visión de la mujer abalanzándose hacia nosotros, mi caballo, que era tímido, reculó un poco. Le ordené a la mujer que despejara el camino.

—¡Dios bendiga tu dulce rostro! Soy Ellinor, la nodriza que amamantó cuando eras un bebé en Irlanda. Hace mucho que quería verte —continuó, cerrando los puños y permaneciendo en medio de la puerta, a pesar de mi caballo, al que yo espoleaba para que avanzara.

—¡Quítese de en medio, por el amor de Dios, buena mujer, o haré que mi caballo le pase por encima! ¡So! ¡So! ¡So! —dije, yo, dando unos golpecitos a mi inquieta montura.

—¡Oh! Si es un animalito tímido ¡Dios lo bendiga! Ahora está manso como un corderito y yo tengo que daros un beso a uno de los dos —gritó ella, echándole los brazos al cuello al caballo.

El caballo, poco acostumbrado a este tipo de saludo, se encabritó de repente y me tiró al suelo. Me golpeé la cabeza contra el pilar de la puerta. Lo último que oí fue el disparo de una pistola, pero desconozco qué sucedió después. El golpe me dejó aturdido e inconsciente. Cuando abrí los ojos me encontré tendido sobre uno de los cojines de mi landó y rodeado por una multitud de personas, que hablaban todas a la vez. Entre el ruido de voces no pude distinguir lo que decía nadie hasta que la del capitán Crawley se elevó por encima del resto, diciendo:

—¡Llamen inmediatamente a un cirujano, pero no hay nada que hacer! ¡Nada que hacer! Lleven el cuerpo al pabellón de banquetes, yo voy corriendo a avisar a lady Glenthorn.

Comprendí que creían que estaba muerto. Yo, en ese momento, no tenía la sensación de estar herido. Tenía curiosidad por saber cómo reaccionarían todos a mi defunción, así que cerré los ojos antes de que nadie percibiera que los había abierto. Me quedé inmóvil y procedieron a llevarme, siguiendo las órdenes del capitán Crawley, al pabellón de banquetes. Cuando llegamos allí, mis sirvientes me tendieron en uno de los divanes y la multitud, su curiosidad más que satisfecha, se dispersó poco a poco hasta que solo quedaron junto a mí un criado y mi administrador.

—No creo que esté muerto —dijo el criado—. Todavía le late el corazón.

—Oh, pero es como si lo estuviese, porque no mueve ni manos ni pies y dicen que es seguro que se ha roto el cráneo. Será mejor esperar a ver que dice el cirujano, pero estoy seguro de que no vendrá. Ahora Crawley hará de su capa un sayo en todo, y a mí más me vale poner tierra por medio.

—Allá ellos cómo se apañen—dijo el criado—, yo solo espero poder cobrar mi sueldo.

—¡Cómo engañó Crawley a mi señor! —dijo el administrador.

—¡Y qué insensato fue mi señor —dijo el criado— permitiendo que lo gobernase, y que gobernase a su gente, un advenedizo como ese! Con su permiso, señor Turner, iré a la casa a hablar con James y regresaré de inmediato.

—No, no, Robert, debes quedarte aquí mientras me acerco a casa a cerrar con llave mis aposentos antes de que Crawley empiece a registrarlos.

Y así me quedé solo con el criado. Apenas se había marchado el administrador cuando escuché una voz que, en voz baja y con tono de gran preocupación, preguntaba:

—¿Está muerto?

Entreabrí los ojos para ver quién había hablado. La voz procedía de la puerta que estaba frente a mí y mientras el criado volvía la espalda para mirarla, yo levanté la cabeza y vi que se trataba de la anciana que había provocado mi accidente. Estaba de rodillas en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho. Nunca olvidaré su rostro, que era la misma imagen de la desesperación.

—¿Está muerto? —repitió.

—Diría que sí —contestó el criado.

—Por el amor de Dios, dejadme entrar, si está ahí dentro —gritó ella.

—Pues entre, si quiere, y quédese mientras yo me acerco a la casa.*

El criado se marchó y mi vieja nodriza, al verme, fue presa de un dolor agónico. No entendí ni una palabra de las que pronunció, pues hablaba en su lengua nativa, pero sus lamentos me llegaron al corazón, puesto que salían directamente del suyo. Se abalanzó sobre mí y sentí como sus lágrimas caían sobre mi frente. No puede abstenerme de susurrar:

—No llores… Estoy vivo.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó ella, incorporándose por la sorpresa, y acto seguido se hincó de rodillas para dar gracias a Dios.

Entonces, llamándome por todos los nombres cariñosos que las nodrizas suelen emplear con sus niños, alternó las súplicas de que la perdonase con imprecaciones hacia sí misma por haber sido la causa de esta desgracia y oraciones por mi recuperación.

El gran afecto que esta pobre mujer sentía por mí me emocionó más que ninguna otra cosa en mi vida hasta entonces; parecía ser la única persona en la tierra que realmente me quería y, a pesar de su vulgaridad y de mis prejuicios contra el tono en que hablaba, despertó en mí sentimientos de ternura y gratitud.

—¡Mi buena señora, si vivo, he de recompensarte! Dime qué deseas —dije yo.

—¡Que vivas! ¡Qué vivas! Que Dios te bendiga y que vivas, eso es todo lo que quiero de ti, mi tesoro, y que hasta que estés bien, dejes que te vele por las noches como solía hacer cuando eras niño y te tenía en mis brazos para mí sola, querido.

Tres o cuatro personas entraron corriendo en la sala, precediendo al capitán Crawley, cuya voz se oyó en este instante en la distancia. Tuve el tiempo justo de hacer comprender a la pobre mujer que quería fingir que estaba muerto; ella entendió mi plan con sorprendente rapidez. El capitán Crawley subió las escaleras, hablando como si fuera el señor con el administrador y la gente que lo acompañaba.

—¿Qué hace aquí esa vieja arpía? ¿Dónde está Robert? ¿Dónde está Thomas? Les ordené que permaneciesen aquí hasta que yo volviera. Señor Turner, ¿por qué no se quedó usted aquí? ¡Cómo! ¿No ha venido todavía el forense? El forense tiene que ver el cuerpo, os digo. ¡Buen dios! ¡Qué atajo de cabezas de chorlito estáis hechos! ¿Cuántas veces os tengo que repetir algo para que se haga? Nada se puede hacer hasta que lo haya visto el forense; luego hablaremos del funeral, señor Turner: una cosa después de la otra. Todo debe hacerse a su debido tiempo, señor Turner. Lady Glenthorn confía en mí para todos sus asuntos. Lady Glenthorn desea que me encargue de todo.

—Desde luego, sin duda, muy apropiado… No digo nada en contra de ello.

—Pero —continuó Crawley, volviéndose hacia el sofá sobre el que yo yacía y viendo a Ellinor arrodillada a mi lado— ¿cómo es que esa vieja bruja irlandesa sigue aquí? ¿Por qué está usted aquí, diga? ¿Quién es usted?

—Con la venia, su señoría, yo fui su nodriza y tenía el natural deseo de verlo de nuevo antes de que me llegara la hora.

—¿Y ha venido desde Irlanda por esa idea peregrina?

—Así es… Eso me ha impulsado cada pulgada del camino desde mi hogar.

—¡Caramba! Veo que de insensatez anda usted sobrada —dijo Crawley.

—Seré insensata, señor, pero siempre lo fui en lo tocante a los críos que amamanté.

—¡Críos! Bien, pues ahora ya puede seguir su camino, ya ve que aquí no son necesarios sus servicios, nodriza.

—No me moveré de este lugar mientras él siga aquí —dijo mi niñera, agarrándose a la pata del sofá con todas sus fuerzas.

—¡Que no se moverá, dice! —rugió el capitán Crawley— ¡Échenla de aquí ahora mismo!

—¡Oh, no será usted capaz! ¡No será usted tan cruel como para echar a esta vieja nodriza de aquí cuando ni siquiera está frío el cuerpo de su niño! ¿No me dejará ver como lo entierran?

—¡Sáquenla de aquí inmediatamente! ¡Quiten de mi vista a esa bruja irlandesa! No toleraré sus aullidos aquí. ¡Échala ahora mismo, John! —le dijo Crawley a mi criado.

El sirviente dudó, según me pareció, pues Crawley tuvo que repetir la orden más taxativamente:

—¡O la echas o te marchas de aquí tú mismo!

—Quizá es que el primero que tiene que irse de aquí es usted —dijo ella.

—¡Que yo tengo que irme! —gritó el capitán Crawley, furioso—. ¿Se puede ser más insolente?

—¿Y se puede ser más cruel conmigo y con el niño al que amamanté, que yace como un muerto ante usted y que sin duda fue buen amigo suyo?

Crawley la agarró y tiró de ella para echarla, pero ella se agarró al diván sobre el que yo estaba tendido y se resistió con tanta energía que empezó a moverse el mueble.

—¡Basta! —grité yo, incorporándome.

Se hizo el silencio de golpe. Miré a mi alrededor, pero no pude pronunciar una sola sílaba más. Ahora, por primera vez, era consciente de que realmente me había hecho daño en la caída. Me daba vueltas la cabeza y tenía el estómago revuelto. Contemplé el rostro desencajado de Crawley y cómo él y el administrador se miraban el uno al otro. Su caras eran fantasmagóricas, como rostros vistos en una pesadilla. Me derrumbé de nuevo sobre el diván.

—Ay, túmbate, mi niño, que no te altere esta gentuza —dijo mi nodriza—. Que hagan lo que quieran conmigo, poco me importa una vez esté segura de que estás en buenas manos.

Hice un gesto al criado que había dudado en echar a Ellinor y le dije que avisara al ama de llaves y que me llevaran a mi cama.

—Y ella —dije, señalando a mi antigua tata— me cuidará por las noches.

No pude decir nada más. Lo que hicieran después conmigo, no lo recuerdo; pero sé que desperté en mi lecho con las sienes vendadas y mi pobre niñera arrodillada a un lado de mi cama, con un rosario en la mano; y al otro lado, cuchicheando entre ellos, estaban un cirujano, un médico, Crawley y lady Glenthorn. Entre ellos y yo estaba corrida la cortina del dosel, pero Crawley percibió mi movimiento al despertarme y salió inmediatamente de la habitación. Lady Glenthorn apartó la cortina y me preguntó cómo me encontraba, pero en cuanto la miré, se desplomó sobre la cama, presa de violentos temblores, y no fue capaz de terminar la frase. Le rogué que se retirase a descansar y lo hizo. El médico ordenó se evitase cualquier cosa que pudiera alterarme y parecía opinar que mi vida corría peligro. Le pregunté qué creía que me pasaba, y el cirujano, con rostro muy serio, me informó que tenía una contusión de mal pronóstico en la cabeza. Había oído hablar de las conmociones cerebrales, pero no sabía exactamente que eran, y mi ignorancia atizó mi miedo. Hacía tan solo unas horas había estado a punto de poner fin voluntariamente a mi vida porque se había vuelto una carga insoportable, pero ahora que corría peligro, me parecía un bien que debía conservar a toda costa, y el interés que percibía en otros por librarse de mí aumentaba mi deseo de recobrar la salud. Mi recuperación, sin embargo, pendió de un hilo durante un tiempo. Caí presa de unas fiebres que me dejaron alarmantemente débil. Mi vieja nana, a la que en adelante me referiré ya por su nombre, Ellinor, me atendió con el mayor cariño y diligencia durante mi enfermedad;* prácticamente no se apartó de la cabecera de mi cama ni de día ni de noche; y luego, cuando recobré el uso de mis sentidos, era la única persona que toleraba cerca de mí. Sabía que era sincera y, por muy rudimentarios que fueran sus modales y torpe su ayuda, la buena voluntad con la que la ofrecía hacía que la prefiriera a las más delicadas y diestras atenciones que cualquier otro pudiera procurarme. La propia incorrección de sus modales y la franqueza con la que me hablaba, sin preocuparse de lo que era apropiado teniendo en cuenta su situación o mi estatus, en lugar de ofenderme o molestarme, me agradaban; además, la novedad de su dialecto y de su forma de pensar, me entretenían todo lo que se puede entretener a un hombre enfermo. Recuerdo que en una ocasión me dijo que, si Dios quería, a ella le gustaría morir el día de Navidad, porque ese día, según se dice, las puertas del Cielo están abiertas y ¿quién sabe? quizá podría colarse dentro sin que la vieran. Cuando se sentaba conmigo por las noches hablaba interminablemente, pues me aseguró que, según había descubierto, no había nada mejor que hablar sin cesar para conseguir que alguien se durmiera. Yo la escuchaba o no, según me apetecía, y a ella le parecía bien. Poseía un arsenal infinito de anécdotas de mis antepasados, todas a mayor honor y gloria de la familia, y también poseía una memoria prodigiosa para los insultos, o tradiciones de insultos, que los Glenthorn habían recibido desde hacía mucho, remontándose a los tiempos de los antiguos reyes de Irlanda e incluso mucho antes de que sometieran a un soberano, cuando su «apellido, que fue una pena y una desgracia, y diré más, una vergüenza, cambiar, era O’Shaughnessy». Conocía un buen número de historias sobre caudillos irlandeses y escoceses. Estoy seguro de que no olvidaré la historia de O’Neill, el barbanegra irlandés,* pues Ellinor me la contó al menos seis veces. Estaba también bien surtida de hadas y brujas sin sombra, y de banshees* y demás. Tenía legiones de espectros y fantasmas, e infinitos castillos encantados, entre ellos mi propio castillo de Glenthorn, que describía con tanta elocuencia que despertó en mí el deseo de conocerlo. Durante muchos años, decía la anciana, había rezado cada noche para que Dios le permitiera vivir lo bastante para verme en mi castillo, y en muchas ocasiones quiso venir a Inglaterra a decírmelo, pero su marido, mientras vivió, no le permitió partir en lo que consideraba un viaje insensato. Pero quiso Dios llevárselo durante la última feria, y entonces ella había resuelto que nada le iba a impedir estar con su niño el día de su cumpleaños. Y ahora, si llegaba a verme en mi castillo de Glenthorn, moriría feliz, y ¡qué pena que no hubiera yo ido nunca a verlo! En Inglaterra, según decía, yo solo era un lord, pero en Irlanda podría vivir como un rey.

Ellinor me transmitió la idea de que en mis vastos territorios podría ejercer un dominio feudal sobre aparceros que eran casi vasallos, y sobre una numerosa cadena de subordinados de todo tipo. Todos nos resistimos a los esfuerzos de los que quieren convencernos como medio de ejercer su autoridad sobre nosotros. Tampoco claudicamos ante quienes emplean algún artificio para cambiar nuestras decisiones, pero nuestra perversa mente se rinde sin oponer resistencia a aquellos que parecen carecer de poder, argumentos o habilidad para imponerse a nosotros. No habría escuchado pacientemente a ningún ser humano que intentara convencerme de visitar Irlanda, pero sí atendí a esta pobre nodriza, que hablaba, según me parecía, meramente impulsada por su instintivo afecto hacia mí y hacia su país natal. Le prometí que iría, en algún momento, el castillo de Glenthorn, pero fue solo una vaga promesa y era poco probable que llegara a cumplirla. Al recobrar la salud mi mente se dirigió, o más bien fue dirigida, a otros pensamientos.

Capítulo 4

Una mañana —precisamente el día después de que los médicos me declararan fuera de peligro—, Crawley me hizo llegar una nota a través de Ellinor en la que me felicitaba por mi recuperación y me rogaba hablar conmigo media hora. Me negué a verlo y dije que todavía no estaba lo bastante bien como para trabajar. La misma mañana Ellinor me trajo un mensaje de Turner, mi administrador, quién, acorde con su humilde deber, pedía verme cinco minutos para comunicarme algo importante. Accedí a ver a Turner. Entró con un rostro de alegría reprimida y fingido pesar.

—El deber me obliga a ser el portador de malas noticias, milord. Estaba decidido, pasara lo que pasara, a no hablar hasta que su señoría estuviera fuera de peligro lo que, gracias a Dios, ya ha sucedido, y me alegra poder felicitar a mi señor por el buen aspecto que…

—Olvide mi buen aspecto. Y no necesito sus felicitaciones, señor Turner —dije yo, impaciente, pues tenía muy presente lo sucedido en el pabellón de banquetes y las prisas del señor Turner por traer al enterrador—. Continúe, por favor; cinco minutos es lo máximo que actualmente puedo dedicar a cualquier asunto y, según usted, tiene que comunicarme algo importante.

—Cierto, milord; pero si ahora no se encuentra lo bastante bien o no es momento oportuno, esperaré hasta que prefiera.

—Ahora o nunca, señor Turner. Hable de una vez.

—Milord, lo habría hecho hace mucho tiempo, pero no quería causar problemas y, además, no podía creer lo que se rumoreaba y apenas daba crédito a lo que había visto con mis propios ojos. Pero ahora ya estoy más allá de cualquier duda razonable y considero que sería un pecado y un cargo para mi conciencia seguir callado; lo único que temo es sobresaltar en exceso a vuestra señoría cuando apenas acaba de recuperarse, pues no es el momento en el que uno querría decir ni oír cosas desagradables.

—Señor Turner, vaya al grano de una vez o váyase de aquí, no tengo fuerzas para aguantar este suspense.

—Le ruego que me perdone, milord, pues bien, milord, el grano es el capitán Crawley.

—¿Qué pasa con él? No deseo volver a oír su nombre en lo que me queda de vida.

—Ni yo tampoco, se lo aseguro, señor, pero hay personas en la casa que no comparten nuestra opinión.

—¿Quién? ¡Vamos, ladino, hable de una vez!

—La señora, mi señor. Ya está dicho. Si nadie se lo impide, escapará esta noche con él.

Mi sorpresa y mi indignación fueron tan grandes como si yo siempre hubiera sido el más atento de los maridos. Al fin me arrancaban de la indiferencia y apatía en las que me había hundido y, aunque nunca había amado a mi esposa, el momento en que supe que la había perdido para siempre fue exquisitamente doloroso. El asombro, la vergüenza y la ira contra ese traicionero parásito que la había seducido se combinaron para conmocionarme. Logré dominarme lo bastante como para ordenar a Turner que se marchara, no sin antes prevenirlo de que no contase a nadie nada de lo que habíamos hablado.

—Ni un alma —dijo— lo sabrá ni podrá adivinarlo por mí.

A solas con mis pensamientos, tan pronto como el primer enfado remitió, me culpé a mí mismo por mi comportamiento con lady Glenthorn. Reflexioné que habían sido sus amigos los que la habían casado conmigo, cuando ella todavía era demasiado joven e inmadura como para decidir por sí misma, y me di cuenta de que desde el primer día de nuestro matrimonio yo no había hecho el menor esfuerzo por ganarme su afecto ni para guiar su conducta; que, por el contrario, le había mostrado una marcada indiferencia, rayana en la aversión. Con un aire muy moderno, había manifestado que, mientras me dejara las manos libres para gastar como quisiera la fortuna que me había traído, en consideración a la cual ella disfrutaba del título de condesa de Glenthorn, lo que hiciera me importaba bien poco. Ahora me reprochaba en vano las consecuencias de mi abandono. La inmensa fortuna de lady Glenthorn había pagado mis deudas y costeado durante dos años mis extravagancias o, mejor dicho, mi indolencia: quedaba poco dinero y ahora ella, a los veintitrés años, iba a ser víctima del escarnio público y de un hombre que yo sabía que desconocía el honor y el afecto. Me compadecí de ella y resolví al instante esforzarme por salvarla de la destrucción.

Ellinor, que vigilaba todos los movimientos de Crawley, me informó de que había ido a un pueblo cercano y había dejado dicho que no regresaría hasta después de cenar. Lady Glenthorn estaba en su vestidor, que se hallaba en el extremo de la casa más alejado de mis aposentos. Yo no había puesto pie fuera de mi habitación desde mi enfermedad y no había caminado más distancia que la que había de mi cama a mi sillón, pero en esos momentos mis sentimientos me infundieron fuerzas y, para asombro de Ellinor, me levanté de mi asiento, le prohibí que me siguiera y eché a caminar sin ayuda de nadie por el pasillo hasta las escaleras traseras que llevaban a los aposentos de lady Glenthorn. Abrí la puerta privada de su vestidor sin previo aviso y encontré la habitación en el mayor de los desórdenes y a su criada de rodillas metiendo ropa en un baúl. Lady Glenthorn estaba de pie junto a una mesa, con un paquete de cartas abiertas frente a ella y un collar de diamantes en la mano. Se sobresaltó al verme como si hubiera aparecido ante ella un fantasma. La doncella gritó y echó a correr hacia una puerta que había en el otro extremo de la habitación, pero la encontró cerrada con llave. Lady Glenthorn se quedó muy pálida y muy quieta hasta que me acerqué, y entonces se sonrojó y escondió las cartas en el cajón de su escritorio. Su criada, en ese mismo instante, agarró un joyero lleno de alhajas, arrambló con un montón de ropa y lo metió todo en el baúl a medio llenar.

—Déjanos solos —le dije a la sirvienta, severamente.

Ella cerró el baúl con llave, se metió la llave en el bolsillo y obedeció.

Acerqué una silla a lady Glenthorn y yo mismo me senté frente a ella. En realidad ninguno de los dos podía tenerse en pie. Estuvimos en silencio unos momentos. Ella tenía la mirada fija en el suelo y la cabeza apoyada en la mano en un gesto de desesperación. Yo apenas era capaz de articular palabra, pero hice un esfuerzo por dominar mi voz y al fin dije:

—Lady Glenthorn, me culpo más a mí que a usted de lo sucedido.

—¿A qué se refiere? —dijo, en una evasiva poco convincente, mientras al mismo tiempo echaba una mirada culpable al cajón en el que acababa de guardar las cartas.

—No es necesario que me oculte nada —dije yo.

—¿Cómo? —dijo ella, con un hilo de voz.

—No es necesario que oculte nada —dije—, porque lo sé todo —Se sobresaltó.— y estoy dispuesto a perdonarlo todo.

Levantó la mirada hacia mi rostro, atónita.

—Sé muy bien —continué— que no le he tratado bien. Tiene sobradas razones para quejarse de mi abandono. A ello atribuyo su error. Olvide el pasado. Yo le daré ejemplo de cómo hacerlo. Prométame que no verá más a ese hombre y nadie sabrá nunca lo que ha sucedido.

No respondió, pero rompió a llorar copiosamente. Parecía incapaz de tomar ninguna decisión, o siquiera de pensar. Me sentí de repente inspirado y enérgico.

—Escríbale ahora mismo —proseguí, poniendo frente a ella pluma y tintero—, escríbale y prohíbale que regrese a esta casa o vuelva a presentarse ante usted. Si acude a mí, yo sabré bien como castigarle para vengar mi honor. Para salvar la reputación de usted, me abstendré, con estas condiciones, de hacer público mi desprecio hacia él.

Entregué una pluma a lady Glenthorn, pero le temblaban tanto las manos que no podía escribir. Lo intentó en vano en varias ocasiones, en la última rasgó el papel y echándose de nuevo a llorar exclamó:

—No puedo escribir… No puedo pensar… No sé qué decir. Escriba usted lo que quiera y lo firmaré.

—¡Escribir yo al capitán Crawley! ¡Escribirle yo lo que quiera! Lady Glenthorn, debe ser usted quién le escriba, no yo. Y si no desea hacerlo, dígalo.

—¡Oh! No es eso. No es eso lo que digo. Deme un momento. No sé qué decir. He sido muy insensata, muy malvada. Es usted muy generoso, pero es demasiado tarde: todo se sabrá. Crawley me traicionará, se lo contará a la señora Mattocks, de modo que haga lo que haga, estoy perdida. ¡Oh! ¿Qué será de mí?

Se retorció las manos y volvió a llorar, y pasó una hora en este estado, indecisa y balbuciente como una niña. Al final, escribió una líneas apenas legibles a Crawley en las que le prohibía volver a verla y le exhortaba a dejar de pensar en ella. Hice enviar la nota y ella me pareció muy arrepentida, muy agradecida y llorosa. A la mañana siguiente, al despertar, fui yo quien recibió una nota de lady Glenthorn.

Después de verle a usted, el capitán Crawley me ha convencido de que soy su esposa a ojos del Cielo, y por lo tanto deseo el divorcio, máxime puesto que toda la conducta de usted desde nuestro matrimonio me ha convencido de que el fondo de su corazón usted lo desea también, sean cuales sean los motivos de usted para fingir lo contrario. Antes de que reciba la presente me habré ido y estaré fuera de su alcance, de modo que no piense en perseguir a quien ya no es

suya

A., señora de Crawley

Tras leer la nota, no pensé ni en perseguir ni en salvar a lady Glenthorn. Tenía tantas ganas de divorciarme de ella como ella de mí. Unos meses después el asunto terminó en juicio. Cuando llegó la vista de la causa, se trajeron a colación tantas circunstancias para intentar mitigar la indemnización y demostrar mi absoluta falta de interés por la conducta de mi esposa, que se sospechó colusión. De esta imputación era inocente en opinión de cuantos me conocían de verdad, y yo refuté el cargo públicamente con un grado de indignación que sorprendió a los que sabían de la natural apatía de mi carácter. Debo observar que durante todo el período en que estuvo pendiente mi divorcio, durante el cual padecí la mayor de las ansiedades, gocé de extraordinaria salud. Pero tan pronto el asunto se zanjó y se falló en mi favor, recaí en mis viejas dolencias nerviosas.

Capítulo 5

No hacer nada era su maldición

¿acaso hay vicio peor?

El desgraciado que se gana el pan en la mina,

o ara el campo para que tengan pan los demás,

padece menos fatiga que la que sufre

quien no puede ni pensar ni leer.*

Como la enfermedad era para mí, en cierto modo, un entretenimiento, siempre me apenaba recuperar la salud. Cuando el interés de estar en peligro decaía, no había otro que ocupara su lugar. Supuse que disfrutaría mi recobrada libertad tras el divorcio, pero «hasta la libertad se volvió insípida». No recuerdo que nada me sacase de mi torpor durante los dos meses siguientes a mi divorcio, excepto una violenta disputa entre mis criados ingleses y mi nodriza irlandesa. No sé si fue el hecho de que se diera demasiados aires, confiando en que era mi favorita, o fueron los prejuicios sobre su origen los que ocasionaron el odio que prevalecía hacia ella; pero todos y cada uno de mis sirvientes declararon que no podían ni querían vivir con ella. Ella expresó el mismo disgusto por tener que tratarlos, pero dijo que soportaría cosas mucho peores, y viviría con el mismísimo diablo, para complacerme y vivir bajo el mismo techo que yo.

El resto de los sirvientes se reía de sus meteduras de pata. Ella respondía a estas pullas con buen humor, pero cuando a alguno se le ocurría reprocharle en serio el haber puesto en peligro mi vida con su zafia aparición la primera vez que se presentó en Sherwood Park, ella replicaba:

—¿Y quién de entre todos vosotros cuidó de él cuando yacía como muerto? ¿Acaso no fui yo? Eso os pregunto.

A esto no tenían respuesta, y la odiaban todavía más porque los hacía callar con su astucia. La protegí tanto tiempo como pude, pero por mor de la paz, al final cedí a la insistencia combinada del despacho del administrador y la sala de los sirvientes, y envié a Ellinor a Irlanda, no sin antes prometerle de nuevo que visitaría el castillo de Glenthorn este año o el próximo. Para consolarla en su partida quise regalarle una suma considerable, pero solo aceptó unas pocas guineas para sufragar los gastos del viaje de regreso a su tierra natal. El sacrificio que hice no me procuró una paz prolongada en mi propio hogar: por culpa de mi indulgencia y de mi temperamento indolente e imprudente, mis criados se habían convertido en mis amos. En cualquier hacienda grande y mal gobernada, los sirvientes, como niños malcriados, descontentos y caprichosos, se convierten en tiranos que dominan a los que no han tenido la capacidad o la constancia necesarias para mandarlos. Recuerdo a un espécimen especialmente delicado que se marchó porque, según me dijo, las cortinas de su cama no se cerraban del todo a los pies del lecho y no estaba acostumbrado a tales incomodidades y que, a pesar de habérselo dicho a la ama de llaves tres veces, no había obtenido solución, lo que le obligaba a pedirme permiso para retirarse de mi servicio.

Su lugar se ofreció a ocuparlo otro presumido petimetre que, con un descaro incomparable, me rogó que le dijera si quería un figurante o un encargado. En beneficio de todos aquellos a quienes esta moderna clasificación de los sirvientes no resulte familiar, permítaseme explicar que un figurante es un criado cuya función es solamente anunciar a los invitados los días en que se celebra una gala, mientras que el oficio de un encargado es variopinto: escribir invitaciones, hablar con los comerciantes impertinentes, llevar mensajes confidenciales, etcétera. Ahora bien, allí donde en un acuerdo aparece un etcétera hay siempre causa de disputa. Puesto que las funciones de un encargado no estaban definidas con precisión, por desgracia requerí de él algún servicio que no entraba en su oficio (creo que le pedí que fuera a buscar mi pañuelo): no podía hacerlo, me dijo, porque no era su trabajo; y así yo, el más perezoso de los mortales, después de esperar un cuarto de hora mientras decidían entre ellos quien debía obedecerme, me vi obligado a levantarme e ir personalmente a por lo que había pedido. Me consolé recordando la historia del pobre rey de España y el brasero.* Habiendo encontrado un precedente regio para mi situación, me di por satisfecho. Todas las grandes personas, me dije, se ven obligadas a padecer este tipo de incomodidades. Me sometí con tanta gracia que mi sumisión no fue tomada como desdén, sino como debilidad. Mi casa, gobernada por un soltero, pronto se ajustó a la perfección a «la buena vida de los de abajo».

Cuentan que un noble extranjero permitía a sus criados hacer siempre lo que querían, hasta un punto en que una noche sus invitados y él estuvieron esperando la cena hasta horas intempestivas. Cuando al fin bajó a la planta de los criados para averiguar la causa del retraso encontró al sirviente que debía servir la cena jugando tranquilamente a las cartas con un grupo de amigos. Al apremiarlo, el hombre contestó tranquilamente que no podía irse antes de que terminara la partida. El noble reconoció el peso del argumento del sirviente, pero insistió en que fuera arriba a servir la mesa mientras él tomaba sus cartas, se sentaba y terminaba la partida por él.

La suavidad de mi temperamento nunca alcanzó esta exagerada complacencia. Mi hogar me resultaba poco agradable, pero yo no poseía la fuerza de voluntad necesaria para eliminar las causas de mi descontento. Cada día juraba que me iba a librar de todos aquellos pillos a la mañana siguiente, pero ahí seguían. Fuera no era más feliz que en casa. Me disgustaban mis antiguos compañeros: me había convencido, la noche de mi accidente en Sherwood Park, de que no les importaba si yo estaba vivo o muerto, y desde entonces no me habían faltado ocasiones para comprobar su egoísmo y su insensatez. Era increíblemente fatigoso y molesto fingir amistad y jovialidad hacía esa gente, pero carecía de la energía necesaria para romper con ellos. Cuando estos lechuguinos y pisaverdes descubrieron que ya no estaba siempre a su disposición, empezaron a decir que Glenthorn siempre había sido un poco raro, que Glenthorn siempre había tenido un ramalazo melancólico, que esa vena recorría la familia, etcétera. Satisfechos con su veredicto, me dejaron seguir mi camino y se olvidaron de mi existencia. Las diversiones públicas habían perdido su encanto; tenía la constancia necesaria para evitar recaer en la tentación del juego pero la falta de estímulos hacía que apenas pudiera soportar el tedio de mis días. En esta etapa de mi vida, el ennui estaba trocando en misantropía. En suma: oscilaba entre convertirme en un misántropo o en un demócrata.

Mientras estaba en este estado crítico de ineptitud, captó accidentalmente mi atención un combate de boxeo. Me emocioné tanto, y esa emoción me deleitó hasta tal punto, que me descubrí en peligro de convertirme en un aficionado al arte pugilístico. No se me pasó por la cabeza que era indigno de un noble británico aprender las vulgares reglas del combate de boxeo. Pronto me hallé conversando inteligentemente sobre buenos pegadores, fajadores y estilistas; sobre juegos de pies, golpes bajos, sparring y promotores. Ignoro el ulterior dominio que podría haber ganado de esta terminología o cuanto habría continuado mi interés por las gestas de estos luchadores, pero me acometió un inesperado ataque de vergüenza nacional al oír a un extranjero de alta alcurnia e impecable reputación expresar la enorme sorpresa que le producía que nos gustase un espectáculo tan salvaje. En vano repetí algunos de los argumentos de los panegiristas parlamentarios del boxeo y el hostigamiento de toros,* y afirmé que estas diversiones hacen que un pueblo sea fuerte y valiente. Mi oponente replicó que no percibía ninguna relación necesaria entre la crueldad y el coraje y que no comprendía de qué modo permanecer a una distancia segura viendo como dos hombres se golpeaban hasta casi matarse evidenciaba o podía inspirar sentimientos heroicos o ardor guerrero. Observó que los romanos desarrollaron la mayor afición por los combates de gladiadores durante los reinados de sus emperadores más afeminados y crueles, periodos en los que la virtud y el espíritu cívico estuvieron en decadencia. Probablemente estos argumentos habrían causado poca impresión en un intelecto como el mío, poco acostumbrado en general a pensar, y en un temperamento habituado a buscar, sin considerar las consecuencias, la gratificación personal inmediata; pero aconteció que precisamente entonces me emocionaron los terribles sufrimientos de uno de los púgiles. Murió unas horas después del combate. Era irlandés y, siendo la mayoría de los espectadores ingleses, felices por la victoria de su compatriota, el trágico destino del pobre desventurado pasó prácticamente desapercibido. Hablé con él poco antes de que muriera, y descubrí que procedía de mi propio condado. Se llamaba Michael Noonan. Como última voluntad, me pidió que llevara media guinea, todo el dinero que tenía, a su anciano padre, y que le entregara un pañuelo de seda que llevaba anudado al cuello a su hermana. La compasión que sentí por este desgraciado irlandés me hizo volver a pensar en Irlanda. Muchas pequeñas razones confluyeron para provocar en mí el deseo de viajar a ese país. Con ello me libraría de golpe de la casa que me atormentaba, y con ella de los sirvientes, sin la molestia de tener que despedirlos, pues la mayoría de ellos se negaba al destierro, que así llamaban a trasladarse conmigo a Irlanda. Además, abandonaría a mis compañeros, que ya no eran de mi agrado. Estaba cansado de Inglaterra y quería ver algo nuevo, aunque fuera peor que lo que había visto hasta entonces. Pero estas no fueron las razones que aduje: profesé tener motivos mucho más elevados para mi viaje. Era mi deber, dije, visitar mis tierras en Irlanda, y animar a mis aparceros residiendo durante una temporada entre ellos. A menudo recordamos nuestro deber cuando más nos conviene. Luego estaba mi promesa a la pobre Ellinor: un hombre de honor no podía de ningún modo faltar a su palabra, ni siquiera a una promesa hecha a una anciana. En resumen, cuando uno optar por seguir un curso de acción, difícil es que no encuentre argumentos para convencerse de que su decisión es razonable. Media humanidad se rige por motivos discutibles, así que puse rumbo a Irlanda.

Capítulo 6

Es tu contente à la fleur de tes ans?

As tu des goûts et des amusemens?

Tu dois mener une assez douce vie.

L’autre en deux mots repondait ‘Je m’ennuie.’

C’est un grand mal, dit la fée, et je croi

Qu’un beau secret est de rester chez soi.*

Vientos desfavorables me detuvieron seis días en Holyhead. Harto de ese miserable lugar, mi mal humor me hizo maldecir Irlanda, y en dos ocasiones resolví regresar a Londres, pero el viento cambió y pronto mi carruaje fue subido a bordo del paquebote, así que zarpé y arribé sano y salvo a Dublín. Me sorprendió la excelencia del hotel en el que me alojé. No tenía idea de que se pudiera encontrar en Dublín residencia tan acogedora. La casa, según me dijeron, era propiedad de un noble: estaba decorada y amueblada con un grado de elegancia, incluso de magnificencia, que no había visto ni en los mejores hoteles de Londres.*

—¡Ah, señor! —me dijo un caballero irlandés que me encontró admirando la escalera—, todo esto está muy bien, es muy elegante, pero es demasiado bueno y elegante como para durar; vuelva aquí dentro de dos años y verá como está todo descuidado y en ruinas. Por lo común eso es lo suele suceder con nosotros, los irlandeses: sabemos proyectar, pero no calcular, todo lo queremos a una escala demasiado grande. Confundimos un principio grandioso con un buen principio. Empezamos como príncipes y terminamos como mendigos.

Descansé solo unos pocos días en una capital en la que había dado por supuesto que no habría nada interesante para un recién llegado de Londres. Al conducir por las calles, sin embargo, me sorprendió ver edificios que, debido a mis prejuicios, me costaba creer que fueran irlandeses. También vi cosas que me recordaron las observaciones que me había hecho aquel caballero en mi hotel. Observé varios ejemplos de inicios grandiosos lamentablemente mal finalizados, con una mezcla de lo magnificente y lo irrisorio, de lo admirable y lo execrable. Aunque mi intelecto no estaba educado, estas cosas me parecieron obvias. De todas las facultades de mi mente, mi gusto había sido la que más había ejercitado, porque siempre había sido la que menos me había costado utilizar.

Impaciente por ver mi propio castillo, me marché de Dublín. De nuevo me quedé atónito por la belleza del paisaje y la excelencia de los caminos. En mi ignorancia yo había creído que en toda Irlanda no había un solo árbol y que sus carreteras eran casi intransitables. Con la rapidez del crédulo, pasé ahora de un extremo al otro. Concluí que deberíamos viajar con la misma celeridad que por la carretera de Bath y decidí que el viaje, cuya duración se había previsto en cuatro días, se haría en dos. Como todos los que no tienen nada que hacer en ninguna parte, yo siempre tenía una prisa prodigiosa y la noble ambición de recorrer la mayor distancia posible en un periodo dado de tiempo. Viajaba en una calesa ligera, y con mis propios caballos. Mi ayuda de cámara (un inglés) y mi cocinero (un francés) me seguían en un coche de alquiler; mientras no se quedaran atrás, como lo hicieran era asunto suyo. Por la noche, mis criados se quejaron amargamente de los coches de posta irlandeses y me rogaron que les permitiera ir más lento que yo al día siguiente. Yo no podía consentirlo de ninguna manera pues ¿cómo iba a sobrevivir sin mi ayuda de cámara y mi cocinero francés? Por la mañana, cuando me preparaba para partir y ya estaba sentado en mi carruaje, mi inglés y mi francés acudieron a la puerta de mi calesa, tan enfadados que uno era incapaz de hablar y al otro no se le entendía nada. Al final el objeto que había causado su indignación habló por sí mismo. Del patio del mesón salió un coche de alquiler en el más deplorable estado que jamás vi, con el cuerpo montado a una altura prodigiosa sobre unos amortiguadores incapaces de doblarse, e inclinado hacia adelante, con una puerta que se abría porque no cerraba bien y tres persianas subidas porque no podían bajarse, el pescante atado por dos sitios, la llanta de hierro de las ruedas oxidada y medio salida, estacas de madera en lugar de ejes y cuerdas a modo de arnés. Los dos caballos eran dignos de su arnés; desgraciadas criaturas, poco más grandes que perros, que parecían haber sido exprimidas hasta su último aliento y cuyo aspecto anunciaba que no habían sido cepilladas en toda su vida. Les asomaban los huesos a través de la piel, uno estaba cojo, el otro ciego; uno tenía la espalda en carne viva, el otro el pecho lleno de bilis; a uno le asomaba el cuello por debajo de la collera, y el otro llevaba una brida medio rota por la que le tiraba de la cabeza un hombre vestido como un mendigo loco, tocado con media peluca y medio sombrero, ambos horribles, y colocados en direcciones opuestas; vestido con un abrigo largo y desharrapado atado en la cintura con una cuerda barata y a través de cuyos grandes desgarrones en los faldones mostraba sus multicolores piernas desnudas, mientras que algo parecido a unas medias colgaba arrugado en de sus tobillos. Los ruidos que hacía intentando no sé si amenazar o animar a sus caballos, no oso describirlos.

Indignado, llamé al dueño:

—Espero que estos no sean mis caballos ni esta la calesa destinada a mis sirvientes.

El posadero y el pobre que se preparaba a oficiar de postillón exclamaron perfectamente al unísono:

—¡Diantre, si no hay calesa mejor en todo el condado!

—¿Que no hay otra mejor? —dije yo— ¿Están ustedes hablando en serio? ¿Es que es la única?

—De verdad, con la venia de su señoría, que esta es la mejor calesa del condado. Tenemos dos más, claro que sí, pero una no tiene techo y la otra no tiene suelo. En definitiva, que no hay otra mejor que esta que ve usted.

—¡Y estos caballos! —protesté yo— ¡Por el amor de Dios, este caballo está tan cojo que apenas puede caminar!

—Oh, tranquilícese su señoría, que aunque no puede caminar, corre la mar de bien. Menudo bicho está hecho el truhán, ya me entiende su señoría. Siempre hace lo mismo antes de salir.

—¡Y qué hay de ese otro animal, con el pecho lleno de bilis!

—Pues mucho mejor le va así, pues una vez se calienta, es el que corre a la velocidad de la luz, verá su señoría. ¿No es Knockecroghery?* ¿No pagué por él quince guineas, menos el penique de la suerte, en la feria de Knockecroghery, y no tenía entonces ni cuatro años todavía?

No pude evitar sonreír ante su discurso, pero mi ayuda de cámara, persistente en su aire de severo enojo, declaró sombrío que de ningún modo subiría en un coche tirado por esos caballos y el francés, con gran acompañamiento de gestos, lanzó hacia mí una verborrea prodigiosa imposible de comprender para los mortales.

—Os diré lo que podemos hacer —dijo Paddy—, llévese cuatro caballos, como corresponde a un caballero de su categoría, y verá como hacemos camino rápidamente.

Y dicho esto se puso el nudillo de su dedo índice en la boca y lanzó un silbido fuerte y largo. Unos instantes después le respondió con otro silbido alguien desde los campos.

Protesté contra este proceder, pero fue en vano: apenas se habían enganchado el primer par de caballos cuando llegó de los campos un chaval con los otros dos frescos del arado. Los engancharon también muy rápido, aunque no acierto a comprender como lo hicieron con esos arneses.

—Ahora esto ya es óptimo —dijo Paddy.

—Pero este coche se romperá en la primera milla de viaje —dije.

—¿A esta calesa se refiere su señoría? Pues yo creo que aguantará hasta el fin del mundo. Ni el universo entero podría romperla, bien lo sé, que ayer mismo la reparamos.

Entonces, tomando su látigo y las riendas con una mano, se levantó las medias con la otra y de un solo salto subió a su puesto y se sentó, como todo un cochero, en la gastada balda de madera que servía de pescante.

—Dejadme un atlas gordo de esos de caminos para que me sirva de cojín —dijo.

Le lanzaron una manta por encima de la cabeza de los caballos, que Paddy cazó al vuelo.

—¿Dónde estás, Hosey? —gritó.

—Voy, deja que me ponga un poco de paja en la pierna —contestó Hosey—. ¡Subidme! —añadió este postillón modelo, volviéndose hacia uno de la multitud de espectadores sin nada mejor que hacer que se habían congregado a nuestro alrededor.

—¡Venga! ¡Subidme, empujad fuerte! ¿Es que no podéis?

Un hombre lo agarró por la rodilla y lo subió al caballo: estuvo sobre la silla en un santiamén y luego, agarrándose a la crin del animal, se inclinó a por la brida, que estaba bajo los pies del otro caballo, la agarró y, muy satisfecho consigo mismo, se volvió a mirar a Paddy, que a su vez miró hacia la puerta de la calesa donde estaban mis enfadados sirvientes, «seguros hasta que llegue en último día». En vano el inglés, con su monótona cólera, y el francés, utilizando todas las notas de la escala, increparon a Paddy: la necesidad y la astucia estaban del lado del irlandés, que rebatió cuanto se dijo contra su calesa, sus caballos, él mismo y su país con invencible destreza cómica, hasta que al final, sus dos adversarios subieron perplejos al vehículo donde quedaron encerrados inmediatamente entre la paja y la oscuridad. Paddy, en tono triunfal, llamó a mis postillones y les ordenó «que se apuraran y no retrasaran más la partida».

Sin pronunciar una sílaba, empezaron a conducir, pero no pudieron evitar, ni yo tampoco, mirar atrás para ver cómo les iba a los del otro coche. Vimos a los caballos de delante desviarse a la derecha y luego hacia la izquierda, y correr en todas direcciones menos recto, mientras Paddy se desgañitaba con Hosey:

—¡Pero, hombre, mantenlos en el centro del camino! ¿Es que estás tonto? Que no te estoy pidiendo la luna, ¡vamos, vamos!

Al fin, a fuer de utilizar el látigo, persuadieron a los cuatro caballos de que iniciasen un galope irregular, pero no tomaron bastante impulso ni tuvieron fuerzas subir una colina que había justo al terminar el pueblo, y para ayudarlos a superarla se reunió toda una tropa de muchachos desharrapados, que empujaron el coche hasta la cima. Media hora después, cuando nosotros apurábamos el freno para descender una colina bastante empinada, me quedé demudado al ver a Paddy que, con los caballos a galope tendido, pasó traqueteando y dando botes junto a nosotros. Mi gente le hacía señas de que echara el freno, pero por toda respuesta él gritó:

—¡No pasa nada!

Y agitando las largas riendas, y dando golpes en su banqueta con el pie, pasó junto a nosotros, bajando la colina como un trueno. Mis ingleses estaban espantados.

—La curva que hay justo al final de la cuesta, al pie de la colina, es la más cerrada y traicionera que he visto en mi vida —dijo mi postillón, tras unos instantes de estupefacto silencio—. Como que me llamo John que se van a partir la crisma.

Pero no fue así: después de frenar y más frenar, nos encontramos con Paddy sano y salvo al pie de la cuesta, arreglando tranquilamente algo del atelaje.

—Si eso se te hubiera roto cuando estabas bajando la colina a toda velocidad —le dije—, no lo habrías contado, Paddy.

—Eso es cierto, dice bien su señoría: pero no me pasó, ni me pasará nunca bajando la colina con la ayuda de Dios y un poco de suerte.

Con esta confianza doble en la providencia y en su buena suerte que tanto me divirtió, continuó su camino Paddy. Le hacía feliz ir por delante de nosotros, y siguió haciéndolo hasta que llegó a un tramo estrecho del camino en el que estaban reparando un puente. Y allí se detuvo en seco. Paddy fustigó a sus caballos y les llamó de mil maneras horribles, pero uno de los caballos de tronco, Knockecroghery precisamente, estaba inquieto y al punto empezó a dar furiosas coces. Parecía inevitable que la primera coz que diera al riel, que era a donde el caballo apuntaba, lo demoliera al instante. Mi ayuda inglés y mi cocinero francés sacaron la cabeza por la única ventana practicable y exigieron a gritos que les dejaran salir.

—¡No pasa nada! —gritó Paddy.

No tenían ni fuerza ni habilidad para abrir la puerta por sí mismos. A un lado una de las ruedas traseras, que había pertenecido a otro carruaje, era demasiado grande y no permitía que se abriera la puerta, y por el otro lado la contraventana impedía su huida, así que estaban presos dentro. Los obreros que estaban trabajando en el puente se acercaron y, apoyándose en sus palas, se pusieron a contemplar el espectáculo. Como mi carruaje no podía pasar, yo también me vi obligado a ser espectador de este combate entre hombre y caballo.

—¡No pasa nada! —repitió Paddy—. Os digo que ya me tiene hasta la coronilla. ¡Vale ya, Knockecroghery, bestia reconsagrada! ¡Oh, el muy truhán cree que me tiene confundido, pero le voy a enseñar lo que vale un peine!

Después de estos gritos de guerra, Paddy hizo restallar el látigo, Knockecroghery siguió coceando y Paddy, que no parecía consciente del peligro en el que estaba, se quedó sentado en el pescante al alcance de las patas del animal, apartando una pierna, luego la otra, y moviéndose según el animal apuntaba con sus cascos, esquivando las coces siempre de milagro, con una combinación de temeridad y coraje que hizo que lo contempláramos ora como un héroe ora como un loco. Se recreaba en el peligro, seguro del triunfo y de la simpatía de los espectadores.

—¡Ah! ¿Acaso no lo tengo bien calado? ¡Será mala bestia! ¡A mí no me va a tomar el pelo! ¡Para tozudo, yo! Vean, vean, ya ha entrado en razón, y ahora que ya sabe quién manda todo va a ir como la seda. ¡Aaaah! Desde luego, tiene carácter, pero yo no tengo menos que él; mal iríamos si un hombre como yo no pudiera con un caballo, y más una yegua, por muy mala que sea.

Después de esta dura batalla, y de la correspondiente celebración de la victoria, Paddy hizo que su sometido adversario caminara unas pocas yardas para dejarnos pasar pero, para consternación de mis postillones, los obreros cerraron entonces el camino con una cuerda, y como explicación dijeron:

—Disculpe su señoría, pero la carretera está muy seca y mejor esperar un momento a que se moje un poco.

—Pero ¿qué quieren decir estos tipos? —pregunté yo, estupefacto.

—Lo único que quieren es un chelín inglés, para beber algo a la salud de su señoría —dijo Paddy.

—¿Quieren un chelín inglés para beber a mi salud?

—Así es, eso son trece peniques, uno más que un chelín irlandés, si le place a su señoría, que es lo que se junta en un chelín inglés.

Les arrojé un chelín, retiraron la cuerda y por fin pudimos proseguir nuestro viaje. No supimos nada más de Paddy hasta el anochecer. Llegó dos horas después que nosotros y afirmó que esperaba paga doble por haber traído tan bien a todos aquellos caballeros míos.

Debo decir que durante este viaje me enfrenté a numerosos retrasos y desastres: un herrero que había vuelto borracho de un funeral dejó cojo a uno de mis caballos al herrarlo; un choque con una calesa rompió la parte de atrás de mi carruaje; una noche tuve que pasar sin cena en una posada grande y desolada en la que no había otra cosa que whisky, y otra noche dormí en un antro diminuto y lleno de humo en el que el más humilde de mis sirvientes en Inglaterra se habría negado a alojarse. Aunque me quejé amargamente y juré que era imposible para un caballero viajar con dignidad por Irlanda, no recuerdo haber experimentado menos ennui en ninguno de mis viajes. Perdí la paciencia no menos de veinte veces al día, pero ciertamente no sentí ningún ennui, y estoy convencido de que los beneficios que los viajes reportan a algunos pacientes son inversamente proporcionales a la comodidad y lujo con los que se desplazan. Cuando se ven obligados a utilizar sus facultades y a ejercitar sus miembros, se olvidan de aquello que aflige sus nervios, como me sucedió a mí. Bajo este principio recomiendo a los hipocondriacos con posibles un viaje por Irlanda antes que a ningún país del mundo civilizado. Puedo prometerles no solo que les invadirá a menudo la ira, con los beneficios que ello conlleva para mejorar circulación de la sangre, sino que incluso, en el cénit de la impaciencia, les acometerán saludables convulsiones de carcajadas por las cómicas circunstancias que adornarán los desastres que padezcan. Además, si tienen buen corazón, la cálida y generosa hospitalidad que recibirán en este país, desde la más humilde cabaña hasta los castillos, despertará sus mejores sentimientos.*

Avanzada la tarde del cuarto día llegamos a una posada en la linde del condado en que estaban mis tierras. Era una de las partes más salvajes de Irlanda. No pudimos encontrar caballos, ni alojamiento de ningún tipo, y nos quedaban todavía varias millas de camino. Como única comodidad, la sucia posadera, que se había casado con el mozo de cuadra y llevaba pendientes de gota de oro, nos recordó que:

—Claro, si esperan como una hora, mientras se comen un buen huevo fresco para reponer fuerzas, tendrán una luna espléndida.

Tras no pocas imprecaciones infructuosas, mi cocinero francés se vio obligado a viajar en uno de mis caballos de montar, mi caballerizo tuvo que quedarse allí y seguirnos al día siguiente, permití que mi ayuda de cámara se sentara en la calesa conmigo y continué el viaje con mis propios y agotados caballos. La luna salió, tal y como había prometido mi posadera, y pude contemplar el paisaje del país. Al acercarnos a mis tierras, que estaban en la costa, comprobé que las casas eran pocas y dispersas, y los árboles presentaban un aspecto enfermizo; todos estaban inclinados en la misma dirección debido a la constante brisa que soplaba desde el océano. Nuestra carretera discurría junto a la costa, en la que no vi más que rocas y sus sombras sobre el agua. Como la calzada era de tierra, los cascos de los caballos no hacían ruido y nada interrumpía el silencio de la noche excepto el sonido de las ruedas de los carruajes sobre la arena.

—¿Qué hora crees que será, John? —dijo uno de mis postillones al otro.

—Desde luego, más de las doce —dijo John—, y este, desde luego, es un extraño lugar irlandés al que resulta casi imposible llegar, según veo.

John, tras una pausa, prosiguió:

—Te digo, Timothy, que me parece que esta carretera que seguimos nos acabará llevando mar adentro. Supongo yo que si la seguimos acabaremos topando no con un castillo, sino con un barco, pero no sé decir exactamente dónde.

Consternados y perdidos, al final se detuvieron a debatir si aquel era el camino correcto para ir a la casa. Mientras conversaban entre ellos, se acercó un carretero irlandés, que silbaba mientras caminaba junto a su carro y su caballo.

—Buen amigo, ¿es este el camino que lleva al castillo de Glenthorn?

—A Glenthorn va, desde luego, señor.

—¿Y va al castillo?

—De bruces se darán con él, después de la siguiente curva.

—¡De bruces! —Mientras los postillones se preguntaban sobre el significado de esa expresión, el carretero dejó un momento caballo y carro, dio media vuelta y se acercó a ellos para explicar por signos lo que no conseguía hacer inteligible con palabras.

—¿Ven? ¿Pues no está aquí el castillo? —gritó, adelantándose a nosotros en la curva y quedándose allí, señalando algo que nosotros no podíamos ver, pues lo ocultaba un promontorio de rocas.

Cuando alcanzamos en punto en el que él estaba, pudimos ver una panorámica completa del castillo de Glenthorn: parecía elevarse del mismo mar, abrupto y aislado, con toda la lúgubre grandeza de otros tiempos, con sus torretas y murallas y una enorme entrada cuyo arco ojival retrocedía en perspectiva entre las torres que lo rodeaban.

—¡Es el señor en persona, si no estoy muy equivocado! —dijo nuestro guía, quitándose el sombrero—. Mejor será que me adelante y dé la voz en el castillo.

—No, amigo mío, no hay motivo para que se tome más molestias de las que ya se ha tomado; mejor vuelva con su caballo y su carro, que ha dejado en el camino.

—Oh, ya están acostumbrados, señor, continuarán tranquilamente solos y yo iré corriendo al castillo como una liebre para llevar la noticia.

Dicho y hecho, echó a correr frente a nosotros sorprendentemente rápido, mientras nuestros cansados caballos nos arrastraban con lentitud penosa por el camino de tierra. Al acercarnos, las puertas del castillo se abrieron y varios hombres, que parecían enanos comparados con el altísimo edificio, salieron empuñando antorchas. Por el esfuerzo que hacían y la vehemencia con la que se gritaban los unos a los otros, uno habría creído que el castillo entero estaba en llamas, cuando en realidad solo estaban bajando el puente levadizo. Mientras cruzábamos este puente, se abrió una ventana en el castillo, y una voz, que reconocí como la de la anciana Ellinor, exclamó:

—¡Cuidado con el agujero que hay en medio del puente! ¡Dios te bendiga!

Crucé el puente salvando el hueco y pasé por la enorme puerta, que se abría a un camino porticado al final del cual acababan de encender una lámpara: finalmente llegué a un gran espacio abierto, que era el patio del castillo. El sonido hueco de los cascos de los caballos y el del carruaje traqueteando por el puente levadizo fue inmediatamente substituido por las extrañas y ansiosas voces de personas que llenaban el patio con todo tipo de ruidos, en un contraste radical y sorprendente con el silencio con el que habíamos viajado sobre el camino de tierra. El enorme efecto que mi llegada surtió de inmediato entre la multitud de sirvientes y demás empleados que salieron del castillo me dio una idea de mi importancia mucho mejor que nada de lo que había vivido en Inglaterra. Estas personas parecían haber «nacido para servirme»: la afanosa precipitación con la que corrían de un lado a otro, el tono en que se dirigían a mí, diciendo, algunos entre lágrimas, «¡Larga vida al conde de Glenthorn!»; otros me bendecían por haber venido a gobernarlos. El conjunto me transmitía más la idea de vasallos que de arrendatarios y hizo que mi imaginación volara siglos atrás, a la época de los señores feudales.

La primera persona que vi al entrar en el salón de mi castillo fue a la pobre Ellinor, que se abrió camino a empujones hasta mí:

—¡Es él! —gritó ella.

Entonces, volviéndose de súbito, añadió:

—¡Mis ojos lo han visto en su castillo! ¡Mis ojos lo han visto aquí y si Dios quiere llevarme ahora mismo, moriré contenta!

—Mi buena Ellinor —dije yo, profundamente emocionado por su afecto—, mi buena Ellinor, espero que vivas muchos años felices más, y si puedo contribuir…

—¡Y que me hable con tanto cariño delante de todos! —me interrumpió—. ¡Oh! ¡Es demasiado! ¡Es demasiado!

La anciana rompió a llorar y, tapándose el rostro con el brazo, se marchó de la sala.

Las escaleras que tuve que subir y la longitud de las galerías por las que me condujeron hasta llegar a mis aposentos —donde me sirvieron la cena— me dieron una idea de lo grande que era mi castillo, pero estaba demasiado fatigado como para disfrutar de las gratificaciones que ofrece el orgullo. Al sencillo placer del apetito, en cambio, me entregué por completo: devoré con voracidad una de las cenas más abundantes y hospitalarias que jamás se ha preparado para un noble, ni siquiera en los tiempos en que los bueyes se asaban enteros. A continuación me entró tanto sueño que pedí que me llevaran de inmediato a la cama. Fui llevado por otra serie interminable de cámaras y pasillos y, mientras atravesaba uno de estos, se abrió la puerta de un extraño dormitorio y de ella emergieron varias cabezas de mujer, entre las cuales pude distinguir el rostro de la anciana Ellinor; pero en cuanto me volví hacia ella, la puerta se cerró tan rápido que no tuve tiempo de hablar. Solo alcancé a oír las palabras:

—¡Bendito sea! ¡Es él!

Tenía tanto sueño que me alegré de ahorrarme una posible conversación, pero agradecí de corazón la bendición de mi pobre nodriza. La torre en la que, tras constantes agasajos, me dejaron al fin a solas para que reposara, estaba decorada con magníficos tapices antiguos. Se asemejaba tanto a una habitación de un castillo encantado que, de no haber estado demasiado cansado, sin duda habría pensado en la señora Radcliffe.* Pero lamento decir que no tengo ningún misterio ni hecho portentoso que explicar sobre esa noche, pues en cuanto me tendí en mi antigua cama, me sumí en un profundo sueño.

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