Kitabı oku: «Diferentes razones tiene la muerte»

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Foto: Anónimo / Coordinación Nacional de Literatura-INBAL

María Elvira Bermúdez

(Durango, 1916 - Ciudad de México, 1988) fue de las primeras mujeres en graduarse de la Escuela Libre de Derecho, trabajó como actuaria en la Suprema Corte de Justicia, fue defensora del derecho de las mujeres al voto, pionera del género policiaco en México y crítica literaria. Diferentes razones tiene la muerte, su primera y única novela, fue publicada en 1953. A ella siguieron al menos cinco libros de cuentos policiacos, donde dio vida al personaje de María Elena Morán la primera mujer detective de Latinoamérica. Sus historias plantean enigmas con un agudo sentido del humor, al tiempo que muestran un profundo interés por la psicología y cuestionan los convencionalismos sociales de la época.


Foto: © Gala Phenia

Aniela Rodríguez

(Chihuahua, 1992) es maestra en letras modernas por la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en diferentes medios electrónicos y antologías. Fue becaria del programa Jóvenes Creadores, del Fonca en 2014 y en 2019. Publicó el poemario Insurgencia (icm Chihuahua, 2014). Su libro de cuentos El confeccionador de deseos (Ficticia, 2015) obtuvo el premio Chihuahua de literatura en 2013, y en 2016 obtuvo el premio nacional de cuento joven Comala con el libro El problema de los tres cuerpos (feta 2016 y Editorial Minúscula, 2019).

colección vindictas

novela y memoria


Contenido

A manera de introducción

Personajes que intervienen en la novela:

I. Un abogado y su mamá

II. La familia ortiz

III. Diana la impetuosa

IV. El pobre abelito

V. Un legítimo representante del pueblo

VI. Protagonistas

VII. El principio del Fin

VIII. Sombras que caminan

IX. El delegado interviene

X. La historia de siempre

XI. Aparece el detective

XII. Resumen psicoanalítico

XIII. Una llave

XIV. La recóndita voz

XV. Pedro, el mozo

XVI. Armando y desarmando hipótesis

XVII. ¿Era abelito, en realidad, un pobre diablo?

XVIII. La muerte envanecida

XIX. Antecedentes

Aviso legal

Otros títulos de colección vindictas. novela y memoria

a manera de introducción

María Elvira, escritora de la resistencia

Leí por primera vez a María Elvira Bermúdez hace un par de años y desde entonces, tuve la sensación de que pudimos haber sido grandes amigas; por lo menos, compartir un café o una cerveza en su casona de la colonia Roma, donde se dice que recibía alegremente a colegas y jóvenes que buscaban aprender algo de ella. Su irrefrenable vocación como cuentista (que, en mi opinión, es la primera disidencia a la que puede enfrentarse un narrador) logró cautivarme: yo soñaba con tener ese punzante instinto con el que Bermúdez se movía por este género. Quería, como ella, retratar la sombra que espera pacientemente en las calles de una ciudad como la nuestra.

Bermúdez ocupa un lugar eminente en aquel género que durante mucho tiempo fue colonizado por los hombres. Heredera de grandes como Chesterton, Christie y Poe, la escritora duranguense se obsesionó con la cadencia del policiaco, pues le otorgaba la libertad de pararse en un pedestal que muchos otros habían hecho a un lado y que apenas volvía a repuntar en las mesas de novedades. Fiera aficionada a los relatos criminales y una seguidora incansable del short story (muy al estilo anglosajón), pronto se convirtió en una gema en medio del desierto: la primera escritora policiaca en Latinoamérica.

Nacida en Durango en la década de 1910 (no se tiene certeza de su año de nacimiento: bien pudo ser 1916 o 1912), pero emigrada a la capital del país a edad temprana, María Elvira decidió asumir los retos que suponía nacer mujer en la primera mitad del siglo xx. Se matriculó en la Escuela Libre de Derecho y fue de las primeras mujeres en licenciarse como abogada, en un ámbito (que hoy en día sigue siendo) predominantemente machista. Su incursión en las leyes le granjeó la pasión por el relato policiaco, un universo que le permitió explorar la semilla del crimen y sus vericuetos desde una zona mucho más íntima.

Tenía 32 años cuando sus primeros relatos vieron la luz en periódicos como El Nacional y revistas como Selecciones policiacas y de misterio; la última acogió por lo menos una docena de sus historias, aparecidas entre las décadas de los años cuarenta y sesenta. Publicó, además de Diferentes razones tiene la muerte (1953), cuatro libros de cuento: Alegoría presuntuosa (1971), Cuentos herejes (1984), Detente, sombra (1984) y Encono de hormigas (1987). Como la voraz lectora que era, volcó sus ambiciones en el cuento y teorizó largo y tendido sobre los pormenores de este género.[1] Justo ahí emergieron Armando H. Zozaya y María Elena Morán, los famosos detectives que protagonizaron sus historias; ésta última, considerada un alter ego de la autora, se convirtió en la primer mujer detective dentro de la literatura latinoamericana.

Cierto es que no todas las mujeres tenemos acceso a aquella habitación propia que Virginia Woolf proponía hace ya casi un siglo. Muchas debemos trabajar en horarios avasallantes para ganarnos la vida, encargarnos de las labores domésticas, maternar desde la trinchera que nos toca. Escribir, en cambio, requiere tiempo, silencio, libertad: tres cosas que, por desgracia, continúan siendo un privilegio en pleno siglo xxi. No basta con ocupar una habitación: hace falta encender todas las luces, habitar un sitio seguro, que se extienda más allá del canon que por siglos ha tratado de invisibilizarnos. Ser mujer y ser escritora es renunciar voluntariamente a la oscuridad.

Eso es justamente lo que María Elvira decidió: abrazó su escritura, la llenó de luces y de contrastes; poco le importó adentrarse en mar abierto, como lo era el policiaco en esa época. Participó activamente en la lucha por la igualdad de género (sobre todo, por el derecho al voto). En su nada breve producción literaria, procuró bosquejar a una mujer empoderada (es el caso de María Elena Morán, la célebre detective que se dedica a resolver crímenes, teniendo como única escuela su afición a las novelas de misterio), a partir de personajes que constantemente desafiaban el papel tradicional del ama de casa sumisa y entregada de lleno al hogar. Buscó la inclusión de protagonistas femeninas fuertes y emancipadas o, en su defecto, que denunciaban la sistemática opresión de un sistema patriarcal. Con escritoras como Bermúdez (la Agatha Christie mexicana, como la llamara Marco Antonio Campos en su momento), estamos en deuda. La resistencia que les debemos está en la lectura y la difusión de su obra: sólo así seremos capaces de regresarlas a la luz, donde siempre han pertenecido.

Más allá de la sombra

El policiaco es un género de precisión matemática. Sobrevive a partir de fórmulas y variables que, aunque encuentran distintos caminos por los cuales desdoblarse, siempre parten de un mismo supuesto: equilibrar la balanza entre el crimen y la justicia. Quizás de ahí viene el secreto de su infalibilidad. Como lectores, entendemos que la trama nos conducirá por un laberíntico juego de señuelos y acertijos, y que logrará sacudir cualquier percepción que nos hayamos formado previamente. ¿Su as bajo la manga? Un detective curioso, con un (generalmente) feroz instinto para conectar rostros, motivos y secretos. Un mago del enigma. En el policiaco, lo importante no siempre es lo que uno busca, sino lo que termina por encontrar en el camino. Finalmente, el misterio quedará resuelto y el detective revelará al lector los complejos atajos que tomó su psique para desenmascarar al responsable. Pues bien, si conocemos de pies a cabeza cómo funciona el relato detectivesco, ¿cuál es aquella urgencia que nos motiva a seguir devorándolo?

El policiaco es prácticamente una apología de los claroscuros, donde, detrás de la podredumbre y la sordidez del crimen, casi siempre suele asomarse un tenue halo de luz. Dentro de la narrativa policiaca (como sucede en Diferentes razones tiene la muerte), las partes iluminadas del texto pueden ser suficientes para calmar, por un momento, nuestra sed de justicia. Sin embargo, hay algo que se oculta en la otra cara de la moneda, y que es la clave para resolver la incógnita. El misterio se alimenta de la sombra: eso que no somos capaces de ver y que constantemente nos resbala, nos burla. Se mofa en nuestra propia cara, cuando creemos tener la respuesta indicada. Ya Edgar Allan Poe lo dejaba claro en “La carta robada”, una historia novedosa para su tiempo, donde la resolución del caso aparece todo el tiempo bajo las narices del mismo detective.

No sé si hablo por todos, pero, como lectora, prefiero los libros que me retan y me llevan al límite. Aquellos que no sólo me vuelven cómplice, sino que me hacen sentir que estoy en un laberinto en el que, a cada momento, voy pisándole los talones al culpable. ¿Cuándo habré de alcanzarlo? ¿Cuál será ese escondrijo que he pasado de largo? Eso es lo que enamora del detectivesco, y la novela de Bermúdez no es la excepción. Las reglas del juego se presentan claras: desde un inicio, nos familiarizamos con los personajes y su cotidianidad, entendemos su contexto y su rol dentro de aquel tablero que es la anécdota e, incluso, tratamos de meternos en sus zapatos para comprenderlos desde lo más íntimo. Es decir, bailamos con ellos un vals que sólo es posible en la más completa cercanía. El policiaco y el noir, como una especie de religión inocua, buscan la empatía a ojos cerrados: quien es capaz de mirar en el mismo ángulo en que lo hacen los personajes, está un poco más cerca de resolver el puzzle.

¿Qué se esconde detrás de cada puerta en la hacienda de Georgina Llorente? ¿Qué tienen en común personajes como Diana Leech y Abel Fernández, la una sumergida en la misión de “brillar en sociedad”, y el otro, atolondrado por el alcohol y el yugo de un amor no correspondido?¿En dónde habrá de poner el ojo Zozaya, detective aficionado al psicoanálisis y determinado a resolver el caso a toda costa? Toparse con las páginas de Diferentes razones tiene la muerte es sumergirse de lleno en sus personajes, clasemedieros arquetípicos de la cosmopolita Ciudad de México en los años cuarenta. Los tenemos de todos los sabores: desde la adolescente obsesionada con la moda y el mundo de las apariencias, hasta la abnegada viuda que condena los derroches de la high class. María Elvira hace una punzante crítica a la sociedad mexicana del incipiente siglo xx; una en la que las aspiraciones, la ciega idolatría de los valores occidentales y la marcada sumisión de la mujer ante la figura del patriarca aparecen retratadas con una fidelidad que sorprende. Al mismo tiempo, el sarcasmo, la ironía y el humor negro se revelan como un arma filosa, pero muy necesaria. No sólo nos reímos una y otra vez de los personajes: también lo hacemos de nosotros mismos y de esa parte que, lo mismo en Román Arana que en María López del Campo, aparece para reafirmar nuestra condición falible; humana, al fin y al cabo.

Con mucho tacto, Bermúdez consigue dibujar el abismo de disparidad entre hombres y mujeres. Los mecanismos de dominación dentro del matrimonio, la búsqueda del ideal femenino como el fin primigenio de nuestro género, la sumisión y la devoción de la mujer en las relaciones afectivas son sólo algunos de los temas con los que María Elvira polemiza. Incluso, se burla con sorna en la cara del macho alfa, y reproduce expresiones que aún rozan nuestro día a día, a pesar de haberse escrito hace poco más de 70 años: “¡Oh! ¡Las mujeres! Son agradables por una temporada, pero después se vuelven celosas y exigentes. ¡Todas son iguales!”, o acaso: “[…] recordó lo que frecuentemente leía en el Para ti y en La familia, acerca de que de las esposas depende que sus maridos las quieran. Esas mujeres que escriben así deben saber lo que dicen”.

Diferentes razones tiene la muerte es, en esencia, una novela de contrastes. Divertida, crítica y, sobre todo, aderezada con la precisión de una escritora que conoce a la perfección las lindes del género. Hija pródiga de los grandes maestros del misterio, Bermúdez nos hace cómplices y victimarios, se burla de y con nosotros, juega a cazar y a cazarnos. Hay lugar para todos en este libro, que carece de florituras innecesarias y se concentra en entregar una historia ágil, sencilla, que engancha desde el primer párrafo. La de antorchas que enciende María Elvira en esta historia, nada más para recordarnos que hay ocasiones en las que no hay más que incendiarlo todo, y abrazar la resistencia donde sea que nos encuentre.

aniela rodríguez

1 En una entrevista publicada en La Jornada de forma póstuma, María Elvira Bermúdez reconoce que, más allá de su incursión en el género policiaco, le gustaría ser recordada como crítica literaria, labor que ejerció activamente por más de 40 años. Bermúdez se dedicó a entender el relato policiaco en México, y publicó tres antologías de cuento en las que incluyó lo más representativo de un género que ganaba cada vez más popularidad en Latinoamérica.

DIFERENTES RAZONES

TIENE LA MUERTE

personajes que intervienen
en la novela:

(por orden de aparición)

Miguel Prado, de 28 años de edad. Hijastro de Georgina.

María López del Campo, de 49 años. Ex esposa del segundo marido de Georgina.

Celia Ortiz, de 22 años. Hija de Adela.

Adela Menchaca de Ortiz, de 42 años. Actual esposa del ex marido de Georgina.

Mario Ortiz, de 48 años. Ex marido de Georgina.

Diana Leech y García, de 35 años. Superficial amiga de Georgina.

Abel Fernández, de 46 años. Incondicional admirador de Georgina.

Octavio Román Arana, de 43 años. El hombre a quien Georgina ama.

Georgina Llorente, viuda de Prado, de 41 años. En función suya, directa o indirectamente, actúan todos los personajes del relato.

Juan Requena, de 45 años. Celoso enamorado de Georgina.

Armando H. Zozaya, de 31 años. El investigador.

Familiares, criados, policías, delegado del ministerio público.

Época: septiembre de 1946.

Lugar: República mexicana.

i
un abogado y su mamá

Todos los lunes, Miguel Prado despertaba con ánimo optimista y voluntad de trabajar. En su libreta negra de cantos rojos las anotaciones correspondientes a esos días eran profusas y breves:

“1º Entrevistarse con el señor A. –2º Dictar los escritos de los asuntos F y N. –Copiar los acuerdos del día en Tribunales. –4º Ir a la Corte por el asunto V.-5° Ir a la Peni y visitar a los reos P. y G. —6º Volver al despacho y…”

Y así sucesivamente. El joven abogado jamás quería convencerse de que los asuntos listados para el lunes ocupaban en la práctica uno o dos días más; se obstinaba en acumularlos de una vez, y el resultado era que, a la mitad del primer día de la semana, se encontraba invariablemente de mal humor.

Había abandonado la costumbre de comer en el centro porque sabía ya que lo que pudiera ahorrar en tiempo, lo desperdiciaba en dinero y en salud. Por ello, aquel lunes de septiembre, a las 14 horas, abordó apresuradamente un camión Santa María Mixcalco. Habituado por toda su existencia al bullicio y tránsito de la metrópoli, no lograban distraerlo de sus pensamientos ni los gritos de los camioneros, ni las estridencias de los cláxons, ni ese rumor complejo, formado por voces y chirridos, que caracteriza a la ciudad abigarrada.

Pensaba en su trabajo, en las mil cosas pendientes que le urgía llevar a cabo y también, en su casa y en su madre. Pocas veces Miguel pensaba en sí mismo. El estudio primero y luego el trabajo formaron siempre dúo inseparable con el cariño a la madre austera y abnegada. Ambicioso y altivo, dejaba para después, para cuando tuviera el dinero suficiente, el propósito de vivir su vida. Hasta ahora, sus diversiones habían sido las de cualquier joven de la clase media mexicana; y sus amores, intrascendentes.

“El camino se va haciendo largo”, pensaba Miguel. No el camino hacia el modesto hogar; éste, una vez que descendió, se encontraba a la vista; sino el camino hacia la realización de sus ambiciones. “En nuestro país, un joven abogado, que no es político ni líder, difícilmente se convierte en un hombre rico.”

Con un suspiro que a la vez significaba fastidio y resignación, arrojó al suelo el Delicado no fumado del todo, buscó su llave y abrió una de las cuatro puertecillas idénticas de aquella casa de departamentos de la colonia Santa María.

Una escalera angosta, peligrosa, almacenaba el tufo de la comida; a la derecha, un comedor minúsculo se ofrecía ya listo para el yantar cotidiano. Nunca se resignó a contemplar, en aquella reducida estancia que hacía las veces de sala y comedor, cómo se amontonaban los viejos muebles que supieron de tiempos mejores: el ajuar Luis XV, la alfombra inmensa y raída que se doblaba sobre sí misma al topar con la pared, y las pesadas cortinas que habían sido bastilladas; ni el mueble más extraño, inútil y estorboso que era precisamente el más querido de su madre: una jardinera de nogal con enorme espejo biselado. Doña María López del Campo prefería entre todas sus pertenencias aquella jardinera que en los primeros meses de su matrimonio vio siempre colmada de alcatraces o gladiolos. Para ella era un símbolo de felicidad; amaba sus muebles casi tanto como se aferraba a sus convicciones, y si había tenido que desprenderse de parte de su mobiliario para atender a necesidades apremiantes aseguraba que, por el contrario, jamás se amoldaría a las escandalosas costumbres modernas.

Miguel saludó a su madre, fue a lavarse las manos y comió a solas, como acostumbraba, ya que doña María era a la vez que el alma, la sirviente de la casa.

Al terminar, pensando de nuevo febrilmente en su trabajo se disponía a salir, cuando su madre le dijo a gritos desde la cocina:

—Espera, Miguel, no te vayas.

—¿Qué pasa, mamá? —inquirió el joven abogado—. ¿Quieres dinero? Dime pronto, porque tengo mucho que hacer.

—No, hijo, espérate —contestó la señora.

Entró en la salita y tomó asiento. Sin dar tiempo a que su hijo la interrogara de nuevo, le tendió una carta y le dijo:

—Ten, lee esto.

Miguel se sentó a su vez y dio vueltas entre sus manos a un sobre alargado color violeta que exhalaba penetrante perfume.

—¿Es de ella? —preguntó.

—Léela —contestó ceñuda doña María.

El sobre, afeado por las vulgares estampillas, mostraba en una esquina un monograma con las iniciales G. Ll. P., e iba dirigido a: Sra. María López del Campo e hijo.

Miguel comprendió inmediatamente por qué su madre adoptaba esa expresión de santa y justa ira. Ella, pese al divorcio que en vida obtuvo su marido, jamás dejó de considerarse como la esposa legítima primero, y luego como la viuda de Alfredo Prado. Miguel había eludido siempre comentar ese punto; una vez más pasó en silencio la afrenta, y se apresuró a leer la carta.

Era una invitación inesperada, cínica y cortés a un tiempo. Decía así:

Distinguida señora:

Seguramente le causará a Ud. extrañeza recibir letras mías, la que subirá de punto cuando conozca el objeto de las mismas.

Me permito invitarla a usted, en compañía de su hijo, a pasar unos días en mi quinta de Coyoacán. Se trata de reunir a viejos conocidos; y aunque supongo que usted se inclinará a rehusar, espero del buen sentido de Miguel que aceptarán.

Es tiempo ya de olvidar rencores y de hacer las paces, ¿no creen ustedes? Ello quizá sería en bien de Miguel.

Los espero, entonces, el viernes próximo a las diecinueve horas en esta su casa.

Atentamente,

Georgina Llorente, viuda de Prado

Miguel Prado no tuvo tiempo de analizar la impresión que le causó la lectura de la carta porque su madre, con voz temblorosa, estalló:

—¿Qué te parece? La muy...

Doña María era una señora decente y católica; se limitaba a sugerir los epítetos que sus labios nunca se hubieran atrevido a pronunciar.

—Realmente —contestó Miguel—, es el colmo de la desfachatez invitarnos a su casa.

—¡A su casa! —clamó la señora—. ¿Cómo, su casa? Todo lo que tenga esa... es nuestro, por ser de tu padre, mi marido. Si ella lo tiene es porque lo ha robado, porque en este mundo no hay justicia, ni hay leyes que protejan la inocencia. Pero al cabo hay un Dios en los cielos...

—Sí, mamacita —atajó Miguel entre impaciente y tímido.

Sabía de memoria lo que su madre tenía qué decir. No solía contradecirle, aunque no estuviera de acuerdo con sus invectivas; pero en aquellos momentos una idea sugestiva se esbozaba en su mente, y consideró necesario transmitírsela a su madre. Continuó:

—Pero, ¿si esto quisiera decir que se arrepiente y que quiere darnos algo de...

—¿Darnos? ¿Darnos algo, así, como limosna?

—No, mamá. Tú y yo sabemos que no sería una limosna, que tenemos derecho a ello; derecho moral, por lo menos, ya que no legal...

—¡Ah! ¿Conque no tenemos derecho?

—Mira, mamacita, esto es un asunto complicado. Desgraciadamente las leyes no siempre favorecen a quienes más necesitarían de ellas...

—¡Claro! Como que las leyes son obra de los hombres y nada más sirven para proteger a sinvergüenzas. La ley de Dios es muy distinta.

—Bueno, mamá; pero tienes que reconocer que, buenas o malas, de las leyes humanas vivimos tú y yo. Si no hubiera leyes, no habría abogados; y si no hubiera abogados, ¿cómo me ganaría yo la vida?

—Podrías ganártela de otro modo.

—Sí, claro, como zapatero o como cargador. Pero dio la casualidad, y tú lo sabes, de que mi padre quiso que yo fuera abogado, como él y como mi abuelo, y que me ayudó en mis estudios mientras vivió, que me regaló la biblioteca de mi abuelo, y que ser hijo de Alfredo Prado, y nieto de don Alfredo Prado me ha servido de mucho en mi carrera.

—Bueno, bueno. Pero eso no quita que las leyes le sirvieran a tu padre para irse con esa perdida y para dejarnos en la miseria. ¡Es que nombrarla a ella su única heredera!

—Eso, eso me ha hecho sufrir tanto como a ti, mamacita. Precisamente el vivir al día, el tener que matarme trabajando es lo que a veces me desespera. Yo quisiera tener dinero, mucho dinero, para que tú tuvieras una casa grande, y comodidades, y yo...

—Y pensar que tenemos ese dinero, que deberíamos tenerlo. Porque todo lo que esa... gasta y derrocha es dinero de tu padre.

—No, no todo. Ella heredó también de sus padres y de un hermano, pero sí, gran parte de lo que tiene es lo que mi papá le dejó. Por eso, mamá, muchas veces he pensado que ella debía ayudarnos, pues con lo suyo tiene de sobra; he pensado a veces en decirle...

—¿Has pensado en ir a pedirle?

—No, no precisamente. En fin, mamá, ya que ahora sale de ella...

—¿Qué quieres decir?

—Pues que nada perderíamos con probar. Ya ves que dice que quizá sería para mi bien, y que apela, a mi buen sentido.

—No, hijo mío, jamás. Eso es una locura.

—Pero, ¿por qué?

—¿Yo, en casa de esa...? Parece que te olvidas de que tu madre es una mujer decente.

Miguel suspiró. Era muy difícil convencer a su madre. Él quería ir, pero...

—Bueno, mamacita, como tú quieras —dijo, tratando de poner punto final a la conversación; pero prometiéndose a sí mismo ir por su cuenta.

Como si doña María leyera su pensamiento, le preguntó:

—¿Tú quieres ir, verdad?

Miguel no contestó. Su mirada se encontró con la de su madre y ambos sonrieron débilmente. Tras unos segundos de silencio dijo la señora:

—Fíjate, hijo, yo no puedo ir allí. Yo soy católica, no puedo ir a la casa de una mujer que vive en pecado.

—Eso sería en vida de mi padre —objetó Miguel—, ahora ya no. Ya han pasado diez años, mamá, y ahora las cosas son distintas. Es tiempo, como ella dice, de perdonar. ¿No nos manda nuestra religión perdonar?

En doña María la indignación y el rencor iban cediendo paso a la ambición. “¿Y si de veras nos llamara porque le remuerde la conciencia y quiere restituirnos lo que es nuestro? Yo podría volver a tener piano, y comprarme un rosario de filigrana de oro, y poner todos los días gladiolos en la jardinera… Dios aprieta, pero no ahoga.”

Miguel, considerando el silencio de su madre como un buen síntoma, la apremió:

—Fíjate, podemos ir nada más un día, como prueba. Si te gusta, nos quedamos, si no, no. ¿Qué te parece?

Doña María elevó los ojos al cielo y contestó:

—¡Ay, Miguel! ¿De qué sacrificios no es capaz una madre?

Y así, en aquel lunes de septiembre, quedó decidido que Miguel Prado y su madre serían huéspedes de Georgina Llorente en la quinta de Coyoacán.

ii
la familia ortiz

De noche, la de los Insurgentes es una de las más hermosas avenidas metropolitanas. Celia Ortiz, recostada en el cómodo automóvil, no se molestaba en admirar el espectáculo resplandeciente y bullicioso. Ese lunes por la tarde había asistido al cine Chapultepec y a Loma Linda en compañía de una amiga. De regreso a su hogar, Celia iba pensando en María Félix.

“¡Qué mujer tan interesante! Pero, sobre todo, ¡qué interesante su vida en las películas! ¿Por qué la vida real será tan aburrida?” A ella, a Celia, le gustaría llevar una vida como la de María Félix, de emociones, de amores tempestuosos, ¡de aventuras!

Ante la reja de su casa, un incontenible fastidio la embargó. ¿Qué iba a hacer ahora? Allí estarían, como siempre, su mamá y sus antipáticas amigas jugando rummy. Su papá estaría por milésima vez encerrado en su sala de cacería limpiando armas o clasificando piezas cobradas, y Marito y Pepe, los insoportables hermanillos, estarían peleando como de costumbre.

Pensó en llamar a su amigo Rique para concertar un encuentro en el Rendez Vous, y con ese propósito, apenas entró en el vestíbulo de su opulento hogar, se dirigió a la mesilla del teléfono. Pero un sobre alargado, color violeta, atrajo su atención.

Iba dirigido a: Señor Mario Ortiz y fam., y el monograma con las iniciales G. Ll. P. enlazadas, hizo saber a Celia su procedencia. Curiosa y un poco impresionada, estudió el sobre. Olía a Risque Tout, de Lentheric. La letra era fina, alargada y elegante, pero Celia, que ignoraba grafología, nada logró averiguar a través del sobrescrito acerca de esa Georgina misteriosa a la que secretamente deseaba conocer.

El “fam.” añadido al nombre de su padre, ¿constituiría una autorización suficiente para enterarse del contenido de la carta? La joven, voluntariosa y mimada, dudó sólo breves instantes. Rasgó el sobre cuidadosamente y leyó la misiva con interés.

Olvidó su propósito de ir al Rendez Vous, y ya sólo esperó con ansia que las amigas de su madre se retiraran para hablar a solas con ella.

Una hora más tarde, al filo de las diez, observó Celia desde su ventana cómo se despedía la última jugadora de rummy y bajó corriendo las escaleras para salir al encuentro de su madre.

Agitó en una mano el sobre color violeta y dijo a Adela, gritando:

—¡Mamá, mamá! ¡Mira qué formidable!

Y la hizo entrar en la sala, apoltronarse en un sofá y leer la carta. Adela, que plegó los labios en un mohín desdeñoso al reconocer la procedencia de la misiva, exclamó ya francamente enojada cuando la hubo leído:

—¡Se necesita frescura!

La carta decía así:

Estimados Mario y Adela:

Aunque nuestras relaciones sociales se han limitado hasta ahora a saludarnos de vez en cuando en los bailes, en la ópera o en los toros, mucho les agradecería acepten esta invitación de venir a mi quinta de Coyoacán a pasar un fin de semana. Trato de reunir a una porción de viejos conocidos y de pasar unos días agradablemente. Hago extensiva mi invitación a la encantadora Celia.

Espero que se mostrarán ustedes lo suficientemente modernos como para estar en esta su casa el próximo viernes a las diecinueve horas.

Cordialmente,

Georgina Llorante, viuda de Prado

—Mamá, vamos a ir, ¿verdad? —preguntó anhelante Celia.

—Ni lo pienses —contestó Adela—. ¿Cómo vamos a ir a la casa de la ex esposa de tu padre?

—Y ¿por qué no, mamá?

—Pues, porque no.

—Porque no —remedó Celia—. Esa no es una razón, mamacita. Mira, sería una magnífica puntada. Hay que ser modernos, como dice esa señora. Ha de ser muy sport.

—Ahora resulta que te cae bien y que la admiras. Muchas gracias.

—Pero mamá, no seas así. No te enojes. ¿Cómo se va a comparar ella con mi mamacita chula? Además, ¿qué tiene que ver que haya estado casada con mi papá? Ella se casó también después, ¿no? ¿O a lo mejor estás celosa?

—No digas tonterías, Celia. Sencillamente, no me parece conveniente que vayamos.

—Pues deberías ir. Si no, ella va a creer que no vas porque estás celosa. Yo, en su lugar, pensaría lo mismo.

—¡Ay, hija, por Dios! Ahora te vas a encaprichar, y no pararás hasta salirte con la tuya, te conozco.

—Pues claro, mamacita. Va a ser retedivertido. Algo diferente, no lo mismo de toda la vida: el juego y el cine; el cine y el juego.

—Mira, mira, como si tú no fueras a donde quieres.

—Bueno, pues por eso ahora iré a casa de Georgina.

—Pero tu papá, ¿qué dirá?

—Mi papá... Oye, ¿no podrá cazar conejos o gorriones en esa quinta? Mira, mamá: mi papá va si nosotros le decimos que vamos.

—¿A dónde? —preguntó una voz masculina desde la puerta de la sala.

Celia y Adela se miraron sorprendidas y se ruborizaron. Celia pensó: “¿Habrá oído lo de los conejos y lo de los gorriones?” Pero pronto se rehízo y mimosamente llegó hasta Mario Ortiz y le entregó la carta a guisa de explicación.

El señor la leyó, la guardó nuevamente en su sobre y preguntó:

—¿Ya ustedes decidieron ir?

—Pues yo digo que... —empezó Adela, pero calló porque al mismo tiempo Celia decía:

—Sí, papacito, por favor. Vamos, ¿verdad? Va a ser retedivertido.

Mario se encogió de hombros, encendió pausadamente su pipa y al fin dijo:

—No creo que resulte divertido, pero en fin...

Y así, en ese mismo lunes de septiembre, quedó decidido que la familia Ortiz sería huésped de Georgina Llorente en la quinta de Coyoacán.

***

Despierta aún, Celia urdía un sinfín de ensueños. Cinco veces por lo menos había hecho el inventario de su guardarropa para el fin de semana, y como no le bastaba lo que poseía, decidió ir al día siguiente a Liverpool a proveerse de otro traje de baño, batas, vestidos y un extenso surtido de artículos diversos.

Imaginaba la casa de Georgina como una mansión de novela, y esperaba de esos días, aventura y emoción. “Quizá conoceré a algún hombre interesante y se iniciará entonces un romance apasionado... o dos romances, mejor: dos rivales a punto de matarse por mi amor… ¡Qué interesante!”

En la penumbra de su alcoba, Celia soñaba. Una veladora eléctrica esparcía suave luz. La joven, desde pequeña, tenía miedo a la oscuridad, un miedo enfermizo que se avenía mal con sus ímpetus apasionados y su sed de emociones fuertes.

Pronto aprendería la pobre una dura lección y quedaría para siempre curada de sus aventureros afanes.

***

Adela, en su lecho solitario, no podía conciliar el sueño. Se arrepentía de haber cedido sin lucha a la voluntad de su hija, pero al mismo tiempo sabía que era preferible ir contra sus propios deseos que oponerse a los de Celia.

La muchacha no se daba cuenta, o no quería darse cuenta de la vida desunida y amarga que hacía el matrimonio. Adela, histérica y frívola, atormentada por un recuerdo de su juventud, oscilaba siempre entre el agradecimiento y el desprecio hacia su marido. Y hacía tiempo que el segundo de esos sentimientos amenazaba con imponerse hasta llegar al odio. La sulfuraba la actitud plena de insolencia de su esposo, y si no se separaba de él era por temor a Celia. Mejor dicho, porque Celia no se lo hubiera permitido.

Y ella, Adela, no podía dar a conocer a su hija el único motivo por el cual ésta se hubiera convencido de que esa vida era una farsa odiosa e insufrible. Persuadida de que Mario, por propia conveniencia, seguiría la rutina, había optado por imitarlo. Lo detestaba y anhelaba librarse de su presencia, pero revelar aquello a su hija era imposible. Simplemente la idea de tener que hacerlo, la asustaba.

“Y ahora, esta invitación de Georgina. ¿Qué se oculta tras ella?”

Adela, sin saber por qué, quizá únicamente por el recuerdo del lejano pasado, pensaba en Octavio. Ninguna relación existía entre Georgina y Octavio, que ella supiera. Ninguna, excepto que Georgina era el amor pretérito en la vida de su marido, como Octavio lo era en la suya.

Una nube oscura y pesada fue envolviendo la mente de Adela.

Minutos más tarde, hablaba en sueños, se ponía de pie, atravesaba la habitación y descendía dormida las escaleras como solía hacerlo las noches en que sus nervios se hallaban más excitados que de ordinario.

***

Mario se disponía a acostarse en el diván de su sala de cacería. Éste le servía de lecho desde hacía mucho tiempo.

Verdaderamente era muy incómodo ese empeño de su mujer en ocultar a Celia que dormían separados. Él ya no quería tolerar esa molestia y se proponía instalar abiertamente su recámara aparte cuanto antes. Cuando regresaran de casa de Georgina lo haría sin falta. Era verdad que Adela era la del dinero, pero también era cierto que sin él, sin Mario, lo hubiera pasado muy mal en aquella ocasión. Quizá ni viviera ahora. Era menester recordárselo una vez más. “Y si se pone pesada, yo sabré cómo hacerla entrar en razón.” Había sido buena la idea de mostrar tanta condescendencia con Celia, porque la muchacha constituía su mejor arma contra Adela. Antes que todo, lo importante era no tener que trabajar, disfrutar de comodidades y dedicarse a la cinegética. Su afición por la caza, sincera por lo demás, era un pretexto magnífico para alejarse de Adela con frecuencia. “¡Ah! ¡Las mujeres! Aquella Georgina, ¡tan irritante también y tan soberbia!” Él se equivocó cuando creyó que al casarse con ella aseguraba para siempre su propia holgura. Dos años molestos culminaron en un divorcio que lo dejó expuesto a trabajar, pero su buena estrella puso en su camino a Adela en aquellas circunstancias.

Realmente, Mario no se quejaba de su suerte: había sabido vivir.

Y ahora, tenía curiosidad de ver a Georgina de cerca. ¿Se conservaba bien? ¿Lo despreciaría aún?

Se durmió por fin. Y tuvo un extraño sueño: los animales disecados que poblaban su sala se animaron e iniciaron un coro de aullidos y graznidos. Saltaban y revoloteaban. Se apoderaron de las armas orgullosamente coleccionadas por Mario y le apuntaron con precisión. Un ocelote de paladar rosado y artificiales colmillos reía con júbilo y le gritaba: “¡Ha llegado tu hora!”

iii
diana la impetuosa

Las gardenias que flotaban en la piscina dorada por un sol deslumbrante, perdían en esos momentos su carácter estereotipado de flores de muerto. Vida, mucha vida se desbordaba en el elegante hotel Fortín. Los turistas de coloridos indumentos y rubias cabelleras, se extasiaban ante los adornos de antigüedad flamante del edificio, y aspiraban con fruición el aire saturado de perfume de nardos, gardenias y azucenas.

De ese paraíso terrenal, Diana Leech era una impetuosa y actual Eva. Sus 35 años, corridos en la doble acepción de la palabra, persistían en considerar el mundo como un escenario y a los hombres como instrumentos de placer y de lujo. De padre yanqui y madre mexicana, Diana, apenas entrada en la adolescencia disipó los resabios de su temperamento híbrido y dio a conocer un carácter entero, definido, comparable únicamente al que pudiera tener una orquídea venenosa y sugestiva. Al verla nadar lánguidamente en las aguas luminosas, sacudir de su rostro las inoportunas gardenias y surgir al fin del tanque como moderna Anfitrite que se sabe admirada, fácilmente se adivinaba al ser primitivo, sin escrúpulos, hecho únicamente para la molicie y el goce.

El ceñido traje de baño hacía resaltar atrevidamente su figura, tanto más atractiva cuanto que unía a las líneas clásicas de la mujer norteamericana el encanto sensual de la mujer latina. Las uñas y labios, de color bugambilia indeleble y provocativo, contrastaban osadamente con la palidez mate de la piel. Diana rehusó siempre adoptar la moda del color tostado de la epidermis y se esmeró en conservar la blancura heredada de sus antepasados yanquis, quizá porque se sentía secretamente avergonzada de su remota ascendencia indígena. Sin embargo, la negrura y rebeldía de su pelo recordaban el origen de su madre. Los verdes ojos, cargados de rímel, sarcásticos, fríos y ligeros, daban la pincelada final de exotismo y sugestividad a esta hermosa e inútil criatura.

Se envolvió en mullida bata y fue a recostarse bajo enorme parasol de lona. Contempló fastidiada a los bañistas, encendió un Chesterfield y sorbió poco a poco el gin fizz que desde hacía rato la esperaba dócilmente en la mesilla cercana al parasol que en aquellos momentos tenía el honor de cobijarla.

Estaba aburrida y a punto de preocuparse seriamente. Su natural egoísmo la impulsaba a rechazar todo lo que significara molestia, a rehuir el orden y la previsión. Confió siempre en su belleza para lograr sustento, comodidades y diversiones, y su confianza nunca se había visto defraudada. Pero últimamente las cosas no habían marchado como debieran, es más, se estaban complicando horrorosamente.

El último esposo de Diana, tercero en la serie, había muerto. Sus herederos se negaron a pagar a Diana su pensión de divorciada. Se entabló un proceso largo y engorroso que culminó en la derrota para ella. Por otra parte, el dinero que poseía e incluso algunas alhajas, se quedaron en los verdes tapetes del baccarat, en las volubles ruletas y entre las patas de los caballos de carreras. Una de las pasiones dominantes de miss Leech era el juego; se estremecía con deleite ante el vértigo de una carrera, ante la aparición de un diez de corazones o de un jack de tréboles, porque sabía que a ellos arriesgaba, no un puñado de billetes, sino la vida misma.

Según ella, vivir sólo podía llamarse a exhibir joyas, pieles y vestidos suntuosos en los centros nocturnos y en las plateas de los teatros. La vida, sin eso, no era digna de ser vivida. Era por ello que, últimamente, Diana empezaba a preocuparse. Había venido a México en busca de nuevos y más fructíferos horizontes. En los States los hombres se ocupaban demasiado de la guerra y poco de los encantos de Diana. Ella pensó que en la patria de su madre tendría oportunidad de conceder al mejor postor el privilegio de una propiedad relativa de su persona, pero hasta ahora ninguna de sus conquistas le había satisfecho del todo. Los mexicanos eran espléndidos y rumbosos, pero también inconstantes y exigentes. Ella estaba demasiado acostumbrada al sistema legal de su país según el cual la mayor parte de las ventajas son para la mujer, para decidirse a aceptar relaciones que, a la vez que la privaban de la protección de la ley, le imponían una fidelidad de Penélope.

Y allí, en Fortín, en aquellos momentos, ni siquiera hallaba uno de esos candidatos desventajosos que ya le estaban siendo tan necesarios. A Diana le quedaban, por todo capital, unos cincuenta dólares.

—¡Miss Diana Leech! ¡Miss Diana Leech! —gritó un botones que llevaba una bruñida, bandeja en una mano.

—¡Here! —contestó Diana. Y cuando el botones le hubo entregado un sobre alargado, color violeta, se apresuró a abrirlo.

El mensaje decía así:

Dear Diana:

Ha sido una fortuna que a tu paso por México me llamaras para decirme que ibas a Fortín, ya que por esa causa me es posible ahora localizarte e invitarte a que pases conmigo un weekend en mi quinta de Coyoacán.

No dejes de venir. Te espero el viernes próximo a las diecinueve horas.

So long.

Georgina Llorente, viuda de Prado.

Sonrió encantada. Ninguna invitación había sido más oportuna en toda su vida. De momento, se solucionaba su problema, y quizá de ese fin de semana surgiera una solución estable. Georgina tenía amigos ricos, alguno de ellos se enamoraría de Diana, ¿por qué no?

No se detuvo a pensar en los motivos que Georgina pudo tener para invitarla; le pareció lo más natural del mundo; y ansiosa, lamentando que restaran aún tres días antes del viernes, Diana se dirigió a su cuarto, se vistió y bajó a comer.

El comedor, poco concurrido en esos días, se le figuró más lleno de luz que de ordinario, más alegre y acogedor. Pidió al mesero un coctel de fruta, un cebiche, unos riñones al gratín y una leche malteada. Estaba contenta.

La orquesta del hotel Ruiz Galindo es una buena orquesta. Suele amenizar las horas en que los huéspedes se dedican a reparar las fuerzas o a dar gusto al paladar. Diana no era aficionada a la música; según ella, era únicamente un pretexto para acercarse a los hombres y tratar de seducirlos. Le gustaba el baile, no la música. Pero entonces, mientras comía, reconoció la canción que al aire lanzaba la orquesta. Recordó aquella temporada en San Antonio Texas, allá por el año de 1939, durante la cual encontró a Georgina. Siete años habían transcurrido desde entonces. Las notas de “Perfidia” le permitían revivir los bailes en la azotea del Gunther, las fiestas que organizaban sus comunes amigos, los Alexander, y la excursión que efectuaron a Corpus Christi. Fue una época placentera. Ella, Diana, acababa de obtener su primer divorcio y disfrutaba sin tasa de su flamante libertad y de la espléndida pensión conyugal.

Conoció a Georgina Llorente en el Gunther, una tarde fría de febrero, cuando ella esperaba en el vestíbulo del hotel a un amigo que faltó a la cita. Georgina le llamó la atención por su elegancia en el vestir y por el aire de altiva indiferencia con que lo observaba todo. Diana, a pesar de la seguridad en sí misma que la caracterizaba, veía en las mujeres más unas rivales emboscadas que unas posibles amigas. Sin embargo, trabó conversación con Georgina porque los 34 años de ésta, en comparación con sus desbordantes 27, le parecieron óbice suficiente para competencias futuras.

La esplendidez de su nueva amiga y su exquisito trato social, la aficionaron cada vez más a ella y llegaron a intimar bastante. Supo así que Georgina había sido casada dos veces, que hacía entonces tres años que había enviudado, que había permanecido en Monterrey una larga temporada en casa de unos parientes, y que viajaba sola, por placer, antes de regresar a México.

Pero Diana notaba cierta reserva en Georgina que despertaba su curiosidad. No cabía en su cabeza la idea de que su amiga hubiera permanecido los tres años de su viudez sin interesarse por algún hombre. Y la acosó a preguntas. Georgina, entre impaciente y divertida, le confió que en Monterrey había conocido a Octavio Román Arana, personaje notable en la llamada Sultana del Norte, y que se había enamorado de él, pero sin lograr correspondencia. Diana se hizo describir muchas veces a Octavio y llegó a la conclusión de que era un individuo pedante y odioso. Para que Georgina olvidara a “tan despreciable sujeto”, la llevó de fiesta en fiesta y de diversión en diversión, y aunque su intento no llegó a realizarse del todo, su amiga lo agradeció y desde entonces recordó con simpatía a la atolondrada gringuita.

Al terminar la comida, y libre de preocupaciones, Diana subió a su cuarto. Arrojó de sendos puntapiés los zapatos lejos de sí, se tendió en la cama, dobló los almohadones para elevar la cabeza y se entregó a la lectura de El intérprete de Edgard Wallace. Adoraba las novelas policiacas, y las leía tanto en español como en inglés, idiomas que ella creía dominar, y que en realidad entremezclaba y alteraba en forma escandalosa, sobre todo al escribirlos.

El sol, dueño y señor de esas regiones floridas y lujuriantes, fue amortiguando sus fulgores. La luz grisácea y opalina de un crepúsculo quieto invadía cada vez menos la alcoba de Diana. Ésta, absorta ante el peligro de muerte que corría la heroína de la novela, apenas notaba la dificultad para leer. Por fin se incorporó en busca del encendedor de la lámpara de buró. Y al mirar la alcoba en penumbra, y al aspirar el perfume de las moribundas gardenias del florero, experimentó fugaz y extraña impresión: “La muerte... la muerte no existe solamente en las novelas…”

Pronto olvidó su pensamiento, encendió otro Chesterfield y reanudó la lectura.

iv
el pobre abelito

A la puerta de la cantina ubicada en un ángulo de las calles de Correo Mayor y Moneda unos mariachis cantaban, acompañándose con quejumbrosas guitarras, “No vale la pena”.

Apoyado en el mostrador, Abel Fernández contemplaba su tequila doble y escuchaba la canción. Aunque no había bebido demasiado, con grandes cabezadas de asentimiento manifestaba su conformidad con el autor de la letra. Sólo que él extendía su desprecio a la vida toda. No valía la pena vivir, en verdad. No valía la pena, cuando se nacía con mala estrella, como él.

Único varón de la familia, había tenido desde muy joven la obligación de sostener a sus hermanas Cuca y Trini, ahora clásicas solteronas. El agrarismo había privado a la familia de la única hacienda que poseían en tierras michoacanas. Abel, con sus hermanas siempre a cuestas, había abandonado la señorial Morelia para buscar un empleo en la capital, y allí estaba, desde hacía años, convertido en una triste unidad biológica más de la colmena burocrática; precisando, del panal de la Secretaría de Hacienda.

Abel era pintor por vocación. En su juventud había soñado cubrir muros inmensos con decorados multicolores, compactos y simbólicos, pero la lucha por la vida lo persuadió a abandonar el ensueño. Privado de su válvula de escape, trocó el aroma de oleosas pinturas por el olor picante del tequila, y cotidianamente, al salir de la oficina, acudía a ahogar sus fracasos en el líquido propicio. A veces el olvido tardaba en acudir, y Abel, a hurtadillas de las mojigatas hermanas, trasegaba a solas en el silencio de la noche, tequilas y habaneros que le permitían pasar por alto el incidente fastidioso de vivir.

Su salud, naturalmente, se alteró, y a los 46 años era Fernández sólo un recuerdo de lo que seguramente llamaron en Morelia un buen mozo. Comía poco y digería mal. Su carácter era una perpetua contradicción entre su forzada apatía y su natural fogosidad; condición que tenía como resultante periódica accesos de ira amarga o de agrio mal humor. Era la suya una naturaleza soñadora y rebelde asfixiada por la rutina que lo mismo podía llegar a anularse definitiva y paulatinamente, que estallar con violencia por insospechados caminos en un momento crítico.

Chupó un gajo de limón, echó sal en el dorso de su mano izquierda y se la llevó a los labios, apuró el tequila, arrojó unas monedas en el mostrador y salió de la cantina con paso firme y actitud indiferente. Cruzó con habilidad la calle en sentido diagonal y subió a viva fuerza a un camión de la línea General Anaya. Depositó un diez de níquel en la caja colectora y, dejándose llevar por la gente aglomerada, logró asirse de un grasiento barrote. Precaución inútil, porque dada la cantidad de pasajeros hacinados en el vehículo, difícilmente el burócrata perdería el equilibrio.

Aunque ello pareciera ya imposible, unas cuadras más allá treparon unos chamacos. Uno con unas maracas desportilladas y el otro con unos trozos de madera que pretendían ser una clave, se acompañaron la canción “Mi tormento”. Abel reconoció la melodía a pesar del canto desafinado, y entrecerró los ojos con el fin de huir de esa realidad prosaica, maloliente y ruidosa que lo envolvía y remontarse hasta un recuerdo dulce y doloroso a la vez.

Y yo no te he de olvidar

porque no puedo,

mejor me muero

que dejarte de amar.

Agradeció el concierto con un veinte de cobre y volvió a la actualidad. Trató de abrirse paso hasta la puerta de salida, gritó:

—¡Bajan, bajan! — y descendió por fin en una de las calles de San Antonio Abad.

***

Cuca y Trini, la una dando vueltas de la cocina al comedor, y la otra yendo y viniendo del comedor a la cocina, repetían como de costumbre sus lamentaciones ante el retraso de su hermano.

—Ya la comida se está resecando —se quejaba Cuca.

—¡Ay, Dios! —temía Trini— ¿no le habrá pasado algo?

—¡Qué le va a pasar! Se estará emborrachando.

—Pues eso es lo que me da miedo... Con este tráfico...

—Anda, qué te apuras. Lo que había de preocuparte es que se gaste el dinero en emborracharse.

—Pero hermana, ¡por Dios! Pobre Abel, si a veces toma...

—A veces... ¡Hum!... Todos los días.

—Pues aunque así fuera. Bastante hace el pobre con mantenernos. Que tome sus copitas, al fin y al cabo es hombre.

—Y a lo mejor no se limita a tomar. Quién sabe si tenga algún lío.

Y sin dar tiempo a Trini de asombrarse o de protestar, añadió Cuca:

—¿No te has fijado en la carta que le llegó hoy?

—¿Cuál carta?

—¡Ay, hermana, tú siempre estás en la luna!

Se dirigió Cuca a la salita modestamente amueblada con un ajuar de Viena y bejuco, adornada con imágenes religiosas, flores de papel y tres esferas azules. Tomó de la mesilla un sobre alargado color violeta y se lo mostró a Trini, quien se había apresurado a seguirla. Le dijo:

—Fíjate, es de una mujer.

—¿Y cómo sabes? —interrogó cándidamente Trini.

Cuca movió la cabeza con impaciencia, arrebató la carta a su hermana, la sacudió delante de sus narices y puesto el índice alargado e inquieto sobre la carta, explicó:

—Porque apesta a perfume y por estas letras elegantes.

—¿Son letras elegantes?

—Éstas, tonta —exclamó Cuca y le señaló un monograma.

—¡Ah! ¿Qué dice ahí?

—Son iniciales, parece una G y una L y luego una R o no sé qué. Ha de ser el nombre de una mujer elegante y rica. A lo mejor, casada.

—¡Dios nos favorezca! —se escandalizó Trini—. No digas barbaridades.

Cuca no quiso perder su tiempo en transmitir a su ingenua hermana toda la ciencia de la vida que ella había adquirido leyendo novelas y asistiendo al cine. Para ella, Abelito era un mustio, y mientras él hacía sabe Dios qué cosas, siempre las había tenido a ellas encerradas, aun en la época en que eran jóvenes y guapas. Cuca no ponía en duda que ella había sido muy guapa, y culpaba a su hermano de haberla privado de oportunidades para contraer matrimonio. Trini, por el contrario, se conformaba con la voluntad de Dios y, por lo demás, quería entrañablemente a su hermano.

—Oye, hermana —susurró Cuca—, ¿y si no le diéramos la carta a Abelito? Mira, a lo mejor es cosa mala y es nuestro deber impedirla.

Cuca se proponía leer a hurtadillas la carta. En su vida monótona cualquier incidente adquiría las proporciones de un suceso y una incontenible curiosidad la invadía; curiosidad que presumía fundadamente no sería satisfecha si la carta llegaba a manos de su hermano.

Trini, por su parte, comenzaba a debatirse en un dilema para ella terrible: el respeto hacia su hermano le ordenaba no inmiscuirse en sus asuntos, pero el temor de que le sobreviniera algún mal le aconsejaba apartar aquella misteriosa misiva de su camino.

Por fortuna, o por desgracia, el azar resolvió el problema. El ruido de una llave en la cerradura sobresaltó a las hermanas. Abel, al entrar, notó la confusión de Cuca y de Trini, y les preguntó bruscamente:

—¿Qué les pasa?

Trini, azorada, no acertó a responder. Cuca no logró esconder la carta a tiempo, comprendió que no tendría más remedio que entregarla porque ya su hermano la había notado y respondió de mala gana:

—Nada, nos asustaste.

—¿Qué es eso que tienes en la mano? —interrogó Abel.

—Una carta para ti —contestó Cuca.

Se la entregó y espió en el rostro de Abel la impresión que la misiva había de causarle.

Cuando la tuvo en sus manos y hubo leído el sobrescrito, Abel Fernández palideció ligeramente. Se disponía a abrirla, pero al darse cuenta de la actitud insolentemente curiosa de sus hermanas, la guardó en el bolsillo de su saco y se dirigió a su cuarto.

—¿No vienes a comer? —preguntó Trini tímidamente.

—No tengo hambre —gritó más que respondió Abel, y dando un fuerte portazo se encerró en su recámara.

Pobre y descolorida recámara, era aquella más semejante a un cuarto de hotel que a una alcoba hogareña. Únicamente en pequeños óleos y acuarelas colgados de cualquiera manera en la pared, poseía una nota personal.

Arrojó el maltratado sombrero en la cama y se apresuró a abrir la carta, no sin haberla acercado antes fervorosamente a su nariz y quizá también a sus labios. Leyó:

Estimado Abel:

Espero que no me guardará usted demasiado rencor y que no me habrá olvidado por completo. De que yo lo recuerdo a usted con afecto, a pesar de todo, es prueba la presente, por medio de la cual lo invito a pasar un fin de semana en mi quinta de Coyoacán en compañía de otras personas de mi amistad.

Lo espero a usted el viernes próximo a las diecinueve horas.

Afectuosamente,

Georgina Llorente, viuda de Prado.

Se encaminó con paso inseguro a su ropero, tardó algunos segundos en hallar la llave para abrirlo y al fin extrajo de debajo de unos viejos pantalones una botella de tequila. La destapó, bebió un buen trago, la colocó en el buró sin taparla y volvió a leer la carta. Por tres veces más, se entregó a la doble ocupación de ingerir vino y de leer el mensaje perfumado. Por fin, tras colocarla suavemente bajo la almohada de funda raída pero limpísima, Abel se recostó y se puso a pensar.

Y yo no te he de olvidar

porque no puedo,

mejor me muero

que dejarte de amar.

Las palabras de la vieja canción martillaban su cerebro, pero no con la estridencia de las vocecillas que hacía apenas una hora la revivieran en su memoria, sino con la dulzura y viveza con que las oyó por primera vez hacía seis años.

Imposibilitado por su precaria situación económica y atado por el deber hacia sus hermanas, no se había casado. Allá en Morelia quedó la novia esperando inútilmente su regreso. Él la olvidaba en medio de mercenarios amoríos. En dos ocasiones su vida amorosa ascendió de las vulgares parrandas a la categoría de romance y aventura. Fueron las respectivas heroínas, una compañera de trabajo que terminó por asustarse ante la perspectiva de penuria entre dos cuñadas solteronas, y una señora casada que aplicaba la ley del Talión a su marido. Pero en todos esos casos permaneció fundamentalmente indiferente. Creíase invulnerable a los arrebatos de la pasión. Pero un día, conoció a Georgina.

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