Kitabı oku: «La oposición al franquismo en el Puerto de Sagunto (1958-1977)»

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LA OPOSICIÓN AL FRANQUISMO EN PUERTO DE SAGUNTO (1958-1977

LA OPOSICIÓN AL FRANQUISMO EN PUERTO DE SAGUNTO (1958-1977)

Maria Hebenstreit

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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De los textos Maria Hebenstreit, 2014

De esta edición: Publicacions de la Universitat de Valencia, 2014

Publicacions de la Universitat de Valencia

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Diseño de la maqueta: Inmaculada Mesa

Fotografía de la cubierta: Horno alto, n.° 3 (15-XII-1953)

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9531-8

A Don Pepe Fornés

A todos los hombres y mujeres que lucharon por la libertad

ÍNDICE

TABLAS E ILUSTRACIONES

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

Fuentes y Archivos

I. EL NACIMIENTO DE UNA «COMPANY TOWN». PRECONDICIONES PARA EL SURGIMIENTO DE UN MOVIMIENTO OBRERO

¿Un caso especial? Retrato de una sociedad obrera

Los comienzos: La Compañía Minera de sierra Menera en ojos Negros y el embarcadero en el Puerto de sagunto

Primeros conflictos sociales, despedidos, huelgas

La Primera Guerra Mundial. El nacimiento de la Compañía Siderúrgica del Mediterráneo

Luchas intensas: Desde la instalación del primer horno alto hasta el final de la Guerra Civil (1921-1939)

Los años de crecimiento. La dictadura de Primo de Rivera

«La empresa nos acondicionó la vida». «Company town» y «Puerto de Hierro»

Las grandes huelgas de 1930 y 1933

¿Años de revolución social? La Guerra Civil

«Los años de silencio». La Posguerra (1939-1958)

«La vida sigue…». De la CsM a los Altos Hornos de Vizcaya (AHV)

«La oscuridad al final del túnel»

La implantación del sindicato Vertical

La represión institucionalizada

De la reorganización a la escisión. La oposición en las décadas de 1940 y 1950

II. UNA NUEVA GENERACIÓN DE LA OPOSICIÓN ORGANIZADA (1958-1968)

Las últimas décadas del franquismo (1958-1977)

De la autarquía al «Plan de Estabilización»: La expansión de AHV en los años sesenta

Transformación social: Nivel de vida, cambio demográfico y emigración

Cambios institucionales y legales

La racionalización de la producción y la Ley de los Convenios Colectivos 1958

«Una mayor armonía entre los elementos que constituimos la empresa». El Jurado de Empresa y la Ley de los Convenios Colectivos

«Líos por todos los lados». La implantación del sistema Be-daux

«Amplios y apasionados debates». El primer Convenio Colectivo

Una nueva «vieja» generación de la resistencia

La Reconciliación Nacional, la llegada de Abelardo Gimeno, el fracaso de la «Huelga Nacional Pacífica» y las primeras caídas

¿Un movimiento obrero sin comunistas? (1959-1965)

«Cinco células, cada una con cinco militantes». La «organización 67»

«Como en Asturias y en sagunto». Las grandes huelgas, 1962-65

«Bajar la dirección de su ülimpo». La primera lucha colectiva, 1962-63

«Disconformidad por parte de los productores…». Las huelgas de 1964

Las «anormalidades laborales» de las Máquinas Wirth, 1964 y 1965

Desde la fundación de Comisiones obreras hasta las detenciones de mayo 1968

«El sindicato nuevo tipo». Las Comisiones obreras

De las primeras Comisiones en AHV hasta la fundación de las CCoo en Valencia.

Las elecciones sindicales de 1966 160 La ilegalización de CCoo, los Primeros de Mayo 1967 y 1968 y la caída de 1968

El papel de los abogados laboralistas

Nuevas generacionesnuevas estrategias de luchanuevas repercusiones (1968-1975)

III. UN PUEBLO EN LA RESISTENCIA. CULTURAS DE OPOSICIÓN EN PUERTO DE SAGUNTO (1968-1976) 5

Amas de casa, compañeras, militantes. El papel de las mujeres en el movimiento opositor

¿«Colaboradoras, pero no protagonistas»?

«Jamás me decía dónde iba». La primera generación

«Una cosa que yo siempre he visto en mi casa». La segunda generación

Asociaciones de Vecinos, grupos de teatro y el Club Nautilus. La politización de la vida cotidiana

«Para fines lícitos y determinados». Las Asociaciones de Vecinos de Puerto de sagunto

«Desde las trincheras de la cultura». El Nautilus Club y el Club de Teatro

«Echándonos pa'lante, más con el corazón que con la cabeza». Plataformas Anticapitalistas y oiC. Los nuevos grupos de la extrema izquierda

Curas progres y equipo sacerdotal. El papel de la iglesia

La iglesia en los años cincuenta

Las organizaciones obreras Cristianas y el Concilio Vaticano II

«Un nuevo compromiso de luchar contra las fuerzas de explotación». El equipo sacerdotal

IV. ENCIERROS Y HUELGAS DURAS: LOS ÚLTIMOS AñOS (1973-1976)

«¡Una siderúrgica integral para sagunto!»

«¿Amplia acción solidaria?». La huelga de Ferroland 1969 y el cierre de sierra Menera en 1973

Los conflictos laborales de la IV Planta

El encierro de los obreros en la Iglesia de san Pedro, Mayo 1976.

EPíLOGO

«¡No al cierre de AHM!». La reconversión

CONCLUSIONES

ABREVIATURAS

FUENTES

BIBLIOGRAFÍA

TABLAS E ILUSTRACIONES

Tabla 1. Evolución del número de habitantes en Puerto de Sagunto

Tabla 2. Origen de los habitantes de Puerto de Sagunto, 1951

Tabla 3. Convenios Colectivos y NOC en AHV de Sagunto (19611976)

Tabla 4. Los Jurados de Empresa de AHV de Sagunto (1961-1967)

Tabla 5. Constitución del Jurado de Empresa (1961-1966)

Tabla 6. Trabajadores involucrados en la huelga de abril 1964

Tabla 7. Conflictos Colectivos en AHV de Sagunto (1965)

Tabla 8. Enlaces votados de la Comisión Unitaria en las elecciones de AHV de Sagunto

Tabla 9. Jurado de Empresa y Vocales nombrados por la empresa, 1968-1970

Tabla 10. Datos Reconversión Siderúrgica (Diciembre 1984)

PRÓLOGO

Sagunto, Sagunto. Tu nombre no deja de escribirse en las páginas de nuestra historia valenciana. En el año 219 a. C. fue tu epopeya contra las fuerzas cartaginenses de Aníbal, que preferistes [sic] morir antes que ser tomada. Defendistes [sic] y participastes [sic] en las Germanías, estuviste por la Constitución de Cádiz y contra el invasor francés. Y en este siglo xx continuamos estando en lucha contra los tiranos y opresores […]. Sagunto, Sagunto [… ] De tu suerte depende en gran parte la suerte y la lucha de toda Valencia. Tus luchas en estos «25 años de paz» no nos son indiferentes […]. Sagunto, Sagunto. Tú nos marcas hoy el camino de lucha en ese potente movimiento de 7.000 huelguísticas de la Oposición Sindical.

Carta manuscrita firmada con el pseudónimo Joan de l'Horta, enviada a Radio Pirenaica a raíz de las huelgas en Puerto de Sagunto de 1965, junio de 1965.1

Junio de 1965, en el vigésimo sexto «Año de Paz» tras el final de una guerra civil rebautizada por Franco como «Cruzada de Liberación», a las 14 horas de un caluroso mediodía del inicio del verano en Puerto de Sagunto. Con el sonido de la sirena de fábrica que marcaba el fin del primer turno de la planta siderúrgica el joven trabajador auxiliar J.2 abandonó su puesto de trabajo en la calderería, una de las numerosas secciones en las que trabajaban los 5.000 empleados de los Altos Hornos de Vizcaya (AHV) de Sagunto. La fábrica, situada a veinticinco kilómetros al norte de Valencia, en la llanura costera ante el antiguo castillo de Sagunto, era la filial mediterránea de la mayor empresa siderúrgica privada de la España de Franco, la vasca AHV. En aquella época representaba una de las empresas más importantes de la Región y con sus barrios obreros uno de los puntos socialmente conflictivos en el entorno mayoritariamente agrario del Camp de Morvedre. Aquel día el obrero J., cuya sección había sido a principios de aquel mes el foco inicial de un conflicto laboral de diez días de duración, que se había transformado en una huelga general extendida a toda la localidad industrial, no había llegado, como de costumbre al trabajo a pie, sino en bicicleta. Tenía prisa puesto que, como había relatado en casa y en el trabajo, quería visitar a unos parientes en Sagunto, a cinco kilómetros de distancia. En su bolsa de cuero, escondida en el interior del forro, llevaba una carta sin remitente, doblemente sellada y dirigida a una prima lejana que vivía exiliada con su marido, un antiguo anarcosindicalista, en el sur de Francia. Camuflada en la tarjeta de felicitación por el cumpleaños de la prima se hallaba un sobre para Radio Española Independiente, la emisora comunista clandestina, más conocida como «la Pirenaica», por ser los Pirineos el lugar donde generalmente se suponía el origen de sus emisiones. J. esperaba que sus parientes franceses harían llegar la carta a una de las direcciones de contacto en Praga o en París.

Radio Pirenaica, sita en Bucarest y dependiente directamente del Partido Comunista Español (PCE) en el exilio, radiaba diariamente desde los años cincuenta con ayuda de la Unión Soviética sus emisiones antifranquistas. Suponía una de las fuentes de información más importantes de la resistencia interior española y contribuyó persistentemente a conformar la conciencia política sobre todo de las clases obreras. Al contrario que Mundo Obrero, la publicación escrita igualmente comunista, la radio alcanzaba gracias a su variada programación, a su autenticidad y a sus actuales comentarios políticos una amplia audiencia que iba mucho más allá de los militantes del PCE. Desde principios de los años sesenta la emisora instaba activamente a sus oyentes a que, a través de canales de comunicación especialmente creados al efecto, le enviaran informes sobre la situación en el interior de España y sobre los progresos de la lucha opositora; cartas que, una vez recibidas, eran leídas en el marco de un programa específico.3

Pese a no ser tampoco él miembro del Partido Comunista J. era, como la mayoría de sus compañeros de trabajo, un entusiasta oyente de Radio Pirenaica. Por su extremado sentido de justicia y su valiente comportamiento ante sus superiores en algunos conflictos en su lugar de trabajo, J. había llamado la atención de un viejo compañero y activista clandestino de su sección y había sido integrado paulatinamente en la organización de la protesta laboral colectiva. Ahora, a consecuencia de la gran resonancia de las fuertes oleadas huelguísticas de 1965, un compañero había animado a J., que tenía un cierto talento como escritor y todavía no resultaba sospechoso a la policía, a escribir una carta a Radio Pirenaica que transmitiera a los redactores y oyentes una imagen del ambiente de lucha que imperaba entre los habitantes de la ciudad obrera. El escrito, lanzado por J. finalmente a un buzón de la estación de Sagunto, dando múltiples rodeos, acabó llegando a la redacción en Bucarest y se encuentra actualmente en el Archivo del PCE en Madrid, en el cual puede consultarse su original manuscrito.4 La carta destaca por su estilo, de inusual exuberancia y rebosante heroicidad. Bajo el pseudónimo Joan de l'Horta, supara nosotrosdesconocido autor compuso un canto heroico a las luchas obreras sin parangón de los años precedentes que remontaba en una línea de tradición directa hasta los hechos heroicos de la resistencia saguntina a través de la historia: desde el legendario sitio que los cartagineses de Aníbal habían sometido a la ciudad durante ocho meses, pasando por la participación en la rebelión de las Germanies en el siglo XVI hasta llegar a la propugnación de la Constitución de Cádiz de 1812 y la lucha contra la ocupación napoleónica. Las fórmulas utilizadas presentan inconfundibles paralelos estilísticos con la primera gran obra de la historia antigua de Sagunto, escrita por el cronista Antonio Chabret y publicada por primera vez en 1888. En el prólogo de esta crónica, situada totalmente en el ambiente de exaltación nacional y de entusiasmo por la historia antigua propio de la época de su aparición,5 se afirma:

¡Sagunto! No hay nombre más ilustre en la historia de España, ni que haya tenido mayor resonancia en todas las edades. Más de veinte siglos han pasado desde que cayó la ciudad heroica, envuelta en las llamas de incendio, anonadada, pero no rendida; y aún está presente y viva en nuestra imaginación aquella catástrofe gloriosa.6

El ejemplar comportamiento de los habitantes de Sagunto, que prefirieron morir antes que entregarse a los invasores, había recibido, con el apoyo de la arqueología y de la historiografía, una interpretación simbólica que veía en la resistencia contra Aníbal un primer paso esencial en la formación de la identidad nacional española; un discurso del que posteriormente harían uso también la República y la dictadura franquista.7 Sin embargo, el mito nacionalizador del valiente saguntino, cuya ejemplaridad y amor por la libertad trazaban una línea de continuidad a través de los siglos, resultaba también apropiado para una reinterpretación en el sentido del movimiento de oposición contra la dictadura. Como símbolo de la lucha contra los «tiranos y opresores» no se erguían ya los muros defensivos del antiguo castillo, sino los altos hornos de la planta siderúrgica. Con su referencia a la gloriosa historia de la ciudad el informante de Puerto de Sagunto esbozaba una línea de continuidad con las protestas obreras, las cuales como las históricas luchas de liberación tendrían un efecto ejemplarizante para otros centros industriales y que debían otorgar a la ciudad una funciónen el plano ideal pero también en el prácticodirectriz en la resistencia organizada de la región. A la vista de los grandes éxitos alcanzados por el movimiento obrero saguntino en la organización de las huelgas intensivas durante el periodo 1961-1965, dichas expectativas se encontraban entonces muy extendidas entre los activistas antifranquistas de Valencia pero, como será expuesto a lo largo del presente trabajo, no podrían llevarse a término en el plano real. Pese a los numerosos intentos por parte de los partidos clandestinos, especialmente del PCE, de estrechar los lazos organizativos entre los movimientos de resistencia de Puerto de Sagunto y sus estructuras regionales y nacionales, y de convertirlo en el motor de la oposición valenciana, ello sólo fue posible de forma muy limitada. La razón radicó en la singularidad del movimiento obrero en el microcosmos de una localidad industrial dominada por la omnipresente fábrica. Sin embargo, o precisamente quizá por ello, se desarrolló de forma paralela, como sería también el caso de la España del final de la década de 1960, una serie de grupos de resistencia alternativos que incluirían grupos de población más allá de los trabajadores.

Notes

1 AHPCE Madrid, Correo de la Pirenaica, 190/14, Rf. 43, 1965.

2 No conocemos al obrero por su nombre real y tampoco sabemos nada más sobre la vida. Los acontecimientos aquí descritos son una reconstrucción a partir de los informes de testimonios de la época así como del contenido de la carta conservada en el Archivo del PCE

3 Luis zaragoza Fernández, Radio Pirenaica, La voz de la esperanza antifranquista, Madrid, Marcial Pons, 2008, pp. 338 y ss.

4 AHPCE, Madrid, Correo de la Pirenaica, 190/14, Rf. 43, 1965.

5 La instrumentalización del mito «Sagunto» para la formación de la identidad nacional española había llevado ya dos décadas antes, en 1868, a la decisión oficial de sustituir el nombre medieval de la ciudad, Murviedro (literalmente «Muro viejo»), por el de Sagunto.

6 (Teodoro Llorente, 1888), Antonio Chabret, Sagunto. Su historia y sus monumentos, tomo 1, 1ª edición, Tipografía de los Sucesores de N. Ramírez y C. barcelona, 1888, p. Vii.

7 El discurso de la heroica resistencia sería posteriormente recogido por el filólogo español Menéndez Pidal, quien designaría Sagunto como «cuna de la Hispanidad». Para la discusión sobre la instrumentalización de la historia saguntina en la historiografía, véase Carmen Aranegui Gascó, Saguntum, Oppidum, emporio y municipio romano, barcelona, Ediciones bellaterra, 2004, pp. 28-32.

INTRODUCCIÓN

El presente libro está centrado en las diversas formas de la oposición activa y pasiva en el núcleo industrial de Puerto de Sagunto entre los años 1958 y 1977, una época marcada por el crecimiento económico y la consolidación, pero también por crecientes conflictos sociales y políticos. No obstante, pese a su referencia local este trabajo no está limitado al estrecho foco de una única ciudad, sino que en él se trata de investigar a partir de un caso concreto la aparición de grupos opositores y de protesta social, para luego contrastar los resultados de dicho análisis con el desarrollo del conjunto de España. El ejemplo de Puerto de Sagunto resulta interesante porque en esta localidad se puede observar en un espacio bien delimitado el desarrollo de la moderna sociedad industrial española y el surgimiento de redes sociales de inmigrantes. Estas últimas son claves a la hora de entender la cultura de oposición de los años sesenta y setenta, así como la interacción entre el movimiento obrero y la resistencia popular en general. A través de su larga tradición como ciudad obrera, en Puerto de Sagunto existía, ya desde los inicios de las primeras iniciativas industriales de los fundadores vascos de la empresa, un fuerte activismo sindical y político. En las décadas de 1920 y 1930, sobre todo durante la crisis económica mundial, la CNT dominó y controló las numerosas huelgas. En los años de la guerra civil un comité de trabajadores asumió temporalmente la dirección de la producción de los altos hornos al servicio de la República. La omnipresencia de una única y gigantesca fábrica que daba trabajo a una gran parte de la población laboral masculina tuvo consecuencias sumamente variadas y de largo alcance para las estructuras sociales y urbanas: la ciudad se encontraba prácticamente en una situación de «tiránica dependencia» con respecto de toda la actividad industrial de aquélla. Las crisis económicas o las fases de crecimiento tenían una repercusión directa en la evolución demográfica y la ampliación del trazado urbano, mientras que la zona industrial y los espacios de población humana se encontraban intrínsecamente unidos y se superponían entre sí. En el mismo sentido la existencia de la fábrica influía también en la oposición (y en su historiografía): a primera vista el movimiento obrero en la fábrica, bajo una fuerte influencia del PCE, no parecía dejar espacio alguno para el surgimiento de otros grupos de protesta o partidos clandestinos. Pero, pese a ello, en los últimos años del régimen franquista había un amplio paisaje de grupos de resistencia popular y obrera más allá de la sombra del movimiento de fábrica.

A la hora de investigar la oposición contra el franquismo, subraya Pere Ysas, reconocido investigador de la resistencia antifranquista, que «no puede olvidarse ni minimizarse la centralidad de la violencia represiva en toda su trayectoria desde sus sangrientos orígenes hasta sus últimas ejecuciones en septiembre de 1975».1 Aunque por parte del régimen hubo, evidentemente, iniciativas para asegurar(se) la aceptación de amplios sectores de población, éstas no iban dirigidas a alcanzar un «consenso activo y entusiasta»,2 como propagaban por ejemplo los nacionalsocialistas alemanes con su concepto de Volksgemeinschaft o comunidad nacional-racial. El franquismo, definido y legitimado hasta la muerte del dictador exclusivamente mediante el discurso de la guerra civil como victoriosa «campaña» contra las fuerzas republicanas y socialistas, excluyó desde un primer momento la posibilidad de integrar precisamente a aquellos grupos de población pertenecientes a los perdedores, es decir, a los antiguos partidarios de la República. La falta de un concepto visionario integrador, como el que existía en la Italia fascista y en Alemania, estaba estrechamente ligada a la falta de seguridad que sentía un régimen que debía de suponer en las fuerzas republicanas derrotadas una amenaza constante para la estabilidad del Estado franquista. Los garantes para el mantenimiento de un consenso general silencioso y pasivo fueron la intimidación permanente de la población y la despiadada represión de sus enemigos políticos.

Hasta finales de los años cincuenta España padeció, a consecuencia de la guerra civil y sobre todo de la autarquía económica ordenada por Franco, una economía de escasez extrema. El atraso industrial, el racionamiento, los bajos sueldos y un abastecimiento general crónicamente deficiente se añadieron al sufrimiento de los vencidos que, en el caso de no haber sido víctimas de las limpiezas de los «nacionales», es decir, de fusilamiento o encarcelamiento, tuvieron que soportar condiciones extremas. Para la generación de la guerra fueron «años de silencio»: comunistas, socialistas y líderes sindicales fueron al exilio o se encontraban presos, mientras que el miedo extendido al aparato represivo franquista hizo que se abandonara la resistencia activa. Las ideas de oposición eran transmitidas en el ámbito familiar, especialmente en los tradicionales núcleos obreros de las zonas industriales, impregnadas por la tradición de un fuerte movimiento sindical anarquista y socialista, pero no eran expresadas abiertamente. Tradicionalmente los sindicatos habían sido la anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Unión General de Trabajadores (UGT), el sindicato próximo al Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Durante la dictadura éste último desaparecería del escenario político prácticamente hasta la Transición, mientras que los anarcosindicalistas oscilarían entre la resistencia y la colaboración con el sindicato franquista. El PCE sería el único partido en el exilio que, dentro de España con su intensa actividad clandestina y desde el exterior con la creación de la ya mencionada Radio Española Independiente, en los años cincuenta mantendría vivo el espíritu de la oposición.

Sólo a partir de finales de los años cincuenta, con los ya mencionados cambios económicos, políticos y sociales, la galopante industrialización de la sociedad española y las mínimas reformas promovidas por el régimen, se formó una «nueva» generación de la resistencia: una generación que no había vivido como adultos ni la guerra civil ni la primera posguerra y que no había experimentado el miedo paralizante de sus padres y madres ante la represión. No obstante, la nueva generación se apoyaba en redes sociales preexistentes y se aprovecharon de la influencia y de las tácticas de los activistas veteranos de la CNT o la UGT. Esto no quiere decir que no hubiera intento alguno de reorganizar en la clandestinidad a los partidos y sindicatos opositores, pero sus líderes, que eran los que habían sido encargados de (re)construir las estructuras de partido, fueron descubiertos y detenidos en fechas muy tempranas por la policía secreta franquista.

A partir de la década de 1960 surgió en toda España, desde los núcleos industriales del país, un nuevo movimiento de resistencia, dirigido por las denominadas Comisiones Obreras (CCOO), muy próximas al Partido Comunista. No obstante, éstas no se entendían a sí mismas como un sindicato tradicional, sino que eran más bien agrupaciones temporales de intereses, constituidas en el interior de una fábrica para alcanzar una determinada reclamación no-política (por ejemplo, la ampliación de la duración de las pausas o las mejoras de las condiciones de trabajo). Puesto que tales exigenciasevidentemente siempre y cuando fueran desarrolladas de forma no comprometedora y carecieran de marcado carácter políticono eran constitutivas de delito, estas comisiones podían con cierta habilidad conseguir mejoras en las condiciones de trabajo y en la remuneración del mismo. En una fábrica como Sagunto, con una plantilla de cinco mil personas, dichas reclamaciones tuvieron éxito si sus líderes conseguían movilizar al efecto al mayor número posible de trabajadores.

Los primeros años sesenta estuvieron marcados, en Sagunto como en todo el país, por grandes oleadas huelguísticas, iniciadas por una nueva generación consciente de sí misma, pero que pronto chocaron con los límites impuestos por la intervención de la fuerza policial y la imposición del estado de excepción. Hubo, por tanto, que encontrar nuevas vías para resolver los conflictos. En 1958 el régimen había establecido con la promulgación de la Ley de los Convenios Colectivos un nuevo marco legal que posibilitaba la participación directa del trabajador en las negociaciones de los convenios colectivos con el empresario y permitía la elección democrática de los representantes de los trabajadores en el jurado de empresa. Hasta el final de la dictadura el único sindicato permitido fue el sindicato vertical (oficialmente denominado: Organización Sindical Española, OSE), un sistema sindical unificado según el ejemplo mussoliniano. Cualquier otra agrupación política o sindical estaba prohibida. El régimen veía en la participación pseudo-democrática de los trabajadores en el sindicato la posibilidad de ligar más estrechamente a sus adversarios al sistema y, a su vez, de presentarse en el exterior, de cara a las aspiraciones europeas, como moderno y dispuesto a llevar a cabo reformas. Al principio, la mayoría de los trabajadores, influidos por los tradicionales sindicatos UGT y CNT, rechazaron la participación en el sindicato único fascista, puesto que no querían legitimar con ello el propio sistema. Apoyándose en la estrategia estalinista del «entrismo» propagada desde Moscú, el PCE animó a sus partidarios a participar en las elecciones sindicales y en los Comités de empresa, así como a participar activamente en el sindicato vertical. Los «mejores activistas» tenían que presentarse como candidatos a las elecciones de representantes sindicales de la OSE para, una vez elegidos, penetrar en el aparato estatal y socavarlo. La táctica tuvo éxito y en efecto, a partir de la mitad de los años sesenta, los comunistas predominaban en los puestos de los Jurados de Empresa como representantes de los trabajadores, si bien cabe señalar que, por principio, el régimen denominaba «comunista» a todo opositor. Las Comisiones Obreras se organizaban a nivel suprarregional y aprovechaban siempre el marco institucional facilitado por el Estado. En paralelo se habían organizado en la clandestinidad grupos de oposición política: para ello muchos resistentes utilizaban su doble militancia y la posición relativamente protegida que el sindicato estatal les proporcionaba.

A partir de los años sesenta comenzó también la integración activa de representantes de la Iglesia en el movimiento clandestino. Guiados por las ideas del Concilio Vaticano II, los llamados curas obreros o curas progres, es decir, jóvenes eclesiásticos anhelantes de reformas que aprovechándose de la protección que les brindaba el Concordato, facilitaron cobertura y ayuda a los movimientos de oposición: pusieron a disposición de ésta lugares de reunión, le posibilitaron el acceso a multicopistas y la difusión de octavillas.

En los años setenta entraron en escena otros protagonistas que, independientemente del predominio de Comisiones Obreras en las empresas, buscaban nuevas estrategias de oposición. Los movimientos vecinales introdujeron en sus barrios mejoras de las infraestructuras y culturales e intentaron así mejorar las condiciones de vida bajo el régimen franquista. Principalmente las mujeres, excluidas en su mayoría de la vida laboral y sindical, tuvieron una participación activa en estas asociacionesde puertas para afueraapolíticas. De la misma manera surgieron grupos de la nueva generación joven, bajo el manto de la promoción del deporte y la cultura. En Puerto de Sagunto había, por ejemplo, el «Club de Teatro», una asociación de jóvenes actores amateurs, que representaban obras de crítica social de autores como Brecht, sin dejar de chocar para ello con la resistencia de la censura fijada por las autoridades. El «Nautilus Club», organizado por adolescentes de ambiente católico, se dedicó a proyectar películas y organizar lecturas y exposiciones.

En esta misma década de los setenta ganaron influencia nuevos grupos de la izquierda radical: marxistas-leninistas y leninistas, que, repelidos por la dura línea soviética seguida ante la primavera de Praga, se distanciaron del Partido Comunista. Los partidos radicales de izquierda ejercieron una fuerte influencia en los movimientos vecinales, especialmente entre la nueva generación que hacia 1970 estaba llegando a la edad adulta. También las universidades se fueron convirtiendo de forma creciente en un foco de conflictos para la dictadura: intelectuales y abogados se movilizaron a favor del movimiento sindical, defendieron en los tribunales públicos a trabajadores perseguidos o detenidos y prestaron consejo legal a las asociaciones de vecinos, a menudo con éxito. Hasta la muerte de Franco, el en sus inicios vacilante movimiento obrero, se había transformado en un movimiento opositor con el apoyo generalizado de amplias capas de población que, si bien no pudo provocar la caída del régimen, sí que allanó el camino para el surgimiento de una conciencia democrática popular.

FUENTES Y ARCHIVOS

Para el trabajo durante el periodo entre octubre de 2008 y mayo de 2011, se llevaron a cabo cuarenta y cinco entrevistas a testigos de la época, en las que se puso especial cuidado en dejar al interlocutor o la interlocutora el mayor espacio posible para que tratara los temas propuestos. Además, muchas de las personas entrevistadas han facilitado documentos, publicaciones, fotografías o esbozos autobiográficos de su propiedad que han supuesto valiosas fuentes primarias que, en su mayoría, se han encontrado reflejadas en el presente trabajo.

La toma de contacto con la mayoría de los testimonios de ambos bandos políticos tuvo lugar en un principio partiendo de la central sindical de Comisiones Obreras de Sagunto, especialmente por medio de su antiguo secretario general, y más tarde a través de las propias personas entrevistadas. Al respecto fue de especial importancia preguntar de manera selectiva, para que la elección de las personas no pudiera verse influenciada por las propias preferencias de las personas de contacto. En el caso de una investigación sobre el antifranquismo en Puerto de Sagunto lo normal es encontrarse en un primer momento con un determinado número de participantes en los conflictos obreros, todos ellos antiguos miembros de la planta siderúrgica y pronto activistas del Partido Comunista, integrantes del círculo del líder obrero local más importante, Miguel Lluch. A causa de la extraordinaria homogeneidad de este grupo y de su alto grado de organización durante la época de Franco se pone de manifiesto una conformación colectiva de la memoria y una mitificación, hasta el punto de que determinados acontecimientos clave, como por ejemplo las huelgas de 1965, son descritos por numerosos testimonios con una selección de palabras prácticamente idéntica, que no obstante repite insistentemente también errores e imprecisiones. Así, los líderes obreros entrevistados tienden a aumentar el número de trabajadores en plantilla de la fábrica (con frecuencia se menciona la cifra de 7.000, aunque en los años sesenta la cifra máxima apenas si superaba los 5.000). De igual forma, como año de la oleada de huelgas se nombra a menudo 1966, el año de la fundación de CCOO en Valencia, si bien en realidad habían tenido lugar un año antes.

Junto a los ya mencionados relatos de los testimonios de la época, el presente trabajo se apoya también en una amplia documentación del más diverso origen, la cual en su mayor parte no ha sido hasta el momento ni publicada ni analizada.

Para el presente trabajo hemos podido contar con numerosas fotografías y tomas cinematográficas de 16mm de los años 1958-1974, procedentes del archivo digital de la Fundación de la Comunidad Valenciana de Patrimonio Industrial de Sagunto, unas fuentes que han permitido lanzar una interesante mirada en la vida de la fábrica y en la cultura cotidiana y festiva de Puerto de Sagunto, de sus habitantes, de sus personalidades y de su construcción, así como de su crecimiento urbano.

Los archivos más importantes a la hora de investigar la resistencia (obrera) en Puerto de Sagunto han sido el Archivo Histórico del Comité Central del Partido Comunista de España (AHPCE), la red de archivos históricos de Comisiones Obreras, para el área de Valencia el Arxiu Historic Sindical «José Luis Borbolla» (AHJLB) y el archivo del sindicato socialista UGT, Archivo de la Fundación Largo Caballero. En ellos se pueden encontrar documentos producidos por las propias organizaciones clandestinas.

Un segundo grupo importante de fuentes está constituido por la documentación «oficial», generada no por la propia oposición, sino por las autoridades locales y nacionales y por la administración, y que refleja la reacción de la contraparte ante los movimientos opositores y de protesta. Se incluyen aquí en primer lugar también las fuentes de los antiguos archivos de empresa de la Compañía Siderúrgica del Mediterráneo, Altos Hornos de Vizcaya de Sagunto y Altos Hornos del Mediterráneo, cuyos fondos pasaron en 1992 a ser propiedad de la Fundación de la Comunidad Valenciana de Patrimonio Industrial de Sagunto. Ya, tras el cierre definitivo de la fábrica en 1984 iniciativas individuales comenzaron a reunir documentación, planos, fotografías y objetos que, con la ayuda de la Fundación, fueron depositados en el antiguo edificio de dirección, la gerencia. Hasta el momento la catalogación de todos los documentos de empresa de los años 1917-1984 se limita a 352 archivadores y ha sido realizado de manera relativamente aproximativa, lo cual dificulta la localización de los documentos concretos. Para el presente trabajo han sido de importancia los archivadores «Actas del comité de empresa» (301-319) y «Publicaciones, revistas y catálogos propios de la empresa» (261- 270b). A partir de la época en que la fábrica en Sagunto pasó a ser una filial de la vasca AHV, la gerencia o administración tenía que rendir cuentas de todas sus actividades a la empresa-matriz en Bilbao: a consecuencia de ello todos los documentos eran confeccionados con mucha cautela y se realizaban numerosas copias. A la luz de las precisas anotaciones de cada sesión del consejo de empresa desde 1958 y de otros comités sindicales de representantes obreros, así como de la redacción de extensas memorias anuales se puede trazar no sólo la evolución de las protestas obreras sino también el establecimiento de una estrategia colectiva de negociación surgida dentro del marco fijado por el sindicato estatal único. Las actas suministran información sobre la plantilla de la fábrica, la organización y resultado de las elecciones a Jurado de Empresa, las sucesivas exigencias de medidas de protección laboral, el desarrollo de negociaciones sobre convenios colectivos así como sobre conflictos individuales o colectivos, además de la minuciosa descripción de huelgas. Igualmente facilitan al historiador una mirada en el ambiente negociador durante las sesiones, en la actitud de la dirección (representada mediante el presidente del comité de empresa, nombrado por la misma) ante las exigencias de los jurados «comunistas», y muestran cómo los representantes obreros fueron ganando seguridad en sí mismos y fueron capaces de ampliar su posición de fuerza en los órganos de participación de la empresa y en el aparato sindical franquista local. La reacción de la dirección suponía una equilibrada mezcla de concesiones y demostraciones de fuerza, una continua mejora de las condiciones de trabajo y de los sueldos, unida a la amenaza de sanciones y despidos, ejecutados sin embargo sólo en casos excepcionales. Sorprende el alto grado de predisposición comunicativa entre los representantes obreros y la dirección, de orientación falangista, en el Jurado de Empresa. Además de una valoración comprensiva de los conflictos laborales más importantes (que puede tender a diferir de la versión de las actas), las memorias anuales del comité de empresa y de la sección de personal ofrecen un fundamento ideal para poder confeccionar una cronología de las relaciones laborales.

Un segundo punto fuerte lo han constituido las investigaciones en las publicaciones periódicas propias de la empresa: las revistas Portu (19601967) y Acero Valencia (1968-1973), editadas bimensualmente y dirigidas exclusivamente a la plantilla, trataban temas de actualidad que afectaban a la fábrica y al proceso productivo, facilitaban una mirada en las diferentes instituciones de la empresa, informaban sobre fiestas y acontecimientos especiales en Puerto de Sagunto, tales como bodas, nacimientos y fallecimientos en las familias de los trabajadores, y contenían además columnas de entretenimiento para ambos sexos, respectivamente con recetas de cocina y consejos domésticos, o ideas para el mantenimiento del automóvil.

En el Archivo Municipal de Sagunto se encuentran las informaciones sobre el desarrollo demográfico de la ciudad y del Puerto, así como las actas de las reuniones del consejo municipal, de la tenencia de alcaldía y documentación sobre la economía local.

Una visita al Archivo General de la Administración (AGA) en Alcalá de Henares (Madrid) ha sido imprescindible. Aquí se encuentran informaciones sobre conflictos laborales, aparato sindical y movimiento opositor en los informes anuales del gobierno civil local de Valencia (Fondo: Gobernación Civil de Valencia), en los dosieres de prensa de la oficina del secretario de Estado (Fondo: Ministerio de la Presidencia del Gobierno) y de la correspondencia entre la Delegación Nacional de Provincias con el Secretariado General del Partido falangista (Secretaría General del Movimiento) dirigido por José Solís. De gran interés son, sin embargo, los documentos del fondo del sindicato único franquista (Fondo: Sindicatos) que informan no sólo estadísticamente sobre los «conflictos laborales» de las diferentes provincias y regiones de España, sino también sobre los conflictos tarifarios y las elecciones sindicales.

Como ha sido mencionado anteriormente el presente trabajo se ha beneficiado de forma especial de la colaboración de los testimonios entrevistados y de la red de contactos tejida a lo largo de las investigaciones. Se ha podido así acceder a documentación de notable interés que ha enriquecido la imagen de conjunto de los movimientos locales de oposición. Al respecto, cabe citar aquí por ejemplo el archivo de la Asociación de Vecinos «La Esperanza», en realidad, formalmente no mucho más de una pequeña y arbitraria colección de hojas sueltas, folletos y discontinuas anotaciones de sus sesiones entre los años 1973 y aproximadamente 1985, que uno de los miembros fundacionales de la asociación reunió por indicación mía en un armario de la sede. Si bien las asociaciones de vecinos desempeñaron un importante papel en el proceso democratizador y alcanzaron un alto grado de organización, en muchos casos falta un archivo sistemático de su documentación y numerosos documentos no han sido siquiera conservados. Los archivos de los abogados laboralistas, que a menudo actuaron como asesores legales de las asociaciones vecinales y colaboraron, entre otras, en la elaboración de estatutos y peticiones, pueden, nuevamente, constituir importantes puntos de apoyo. También de las actividades de los mencionados grupos teatrales y culturales se ha conservado escasa documentación, por lo cual disponemos sólo de unos pocos documentos en manos de antiguos miembros; en el caso del club Nautilus se han conservado algunos números de la revista Piu, Piu, que imprimían ellos mismos.

Una fuente de tipología muy especial es, sin lugar a dudas, una cinta magnetofónica original de principios de los años setenta, en la que algunos jóvenes, en colaboración con un sacerdote, grabaron el interrogatorio de un comisario de la policía secreta franquista a un cura progre. Este documento sonoro, que pone gráficamente de manifiesto el ambiguo comportamiento policial para con el clero español y permite una valiosa mirada en la cultura de protesta juvenil surgida en las «comunidades jóvenes», lo había conservado, sin conocer su contenido, durante cuarenta años la hermana de uno de los testigos entrevistados. En el transcurso de este trabajo ha sido posible digitalizar la grabación y transcribir su contenido.

Por último, se ha realizado una amplia consulta en la prensa diaria, un análisis que ha servido no sólo como complemento y contraste de los acontecimientos y para la elaboración de una cronología, sino sobre todo para el análisis de la versión «oficial» reflejada por estos medios de comunicación.

La exitosa realización de este trabajo no hubiera sido posible sin la colaboración, el respaldo y el apoyo de muchas personas e instituciones, que, por lo tanto, merecen mi gratitud. En primer lugar quiero dar las gracias a mis directores de tesis, Prof. Dr. Michael Riekenberg y Prof. Dr. Ismael Saz por su paciencia, su gran voluntad y sus sugerencias e ideas, que tan valioso ha sido durante todo el proceso de investigación y redacción. En especial quiero agradecer a Ismael Saz, su incondicional y desinteresada disposición a ayudarme e incluirme en el grupo de investigadores del Departamento de Historia Contemporánea de la Universitat de Valencia. Los seminarios, la participación en los congresos y las conversaciones con él han sido un enriquecimiento para mi desarrollo profesional y personal. La comunicación con el Prof. Riekenberg ha sido siempre, pese a la lejanía, excelente y gracias a sus gestiones he podido superar muchos obstáculos administrativos. También quiero transmitir mis gracias al Prof. Dr. Günther Heydemann, que ya desde muchos años promociona mi trabajo y que tenía la generosidad al brindarme la oportunidad de retomar mi proyecto de la tesis.

Quiero hacer mención especial de Antonio Morant i Ariño, compañero de trabajo, excelente historiador y amigo, que con infinita paciencia y tesón se ha leído todos mis borradores y cuya ayuda con la lengua castellana ha sido imprescindible. Sin su respaldo profesional y afectivo, sin su amistad, la realización de esta tesis no hubiera sido posible.

Durante el desarrollo de este trabajo, mediante las entrevistas realizadas, tuve la suerte de conocer a muchas personas que colaboraron con gran voluntad y entusiasmo de forma desinteresada en este trabajo. Muchas de ellas se convirtieron en amigas, algunas en familia. Me gustaría agradecer la amabilidad y colaboración de todos los entrevistados, en especial de «Don Pepe» Fornés, quien por desgracia no llegó a vivir la publicación de este trabajo. De Ángel Olmos y Consuelo Blasco, Mario Pereiró (y las chicas de la UPA), Manola Ortega y de muchos más que siempre me han tratado con mucho cariño y me han hecho sentir como en casa.

También quisiera darle las gracias a Alberto Gómez Roda, director del Archivo «José Luis Borbolla» de CC.OO.PV., igual que a todo el personal de los archivos y entidades cuyos fondos he consultado, por su ayuda y por las facilidades prestadas.

Debo las gracias también a Thomas Widera, Carlos Fuertes, Julián Sanz, Enrique Ruiz, Rosa Graells, Neus de Llago y a todos mis amigos, que me han dado apoyo moral y afectivo.

Mis padres Ramona y Andreas y mis abuelas Helga y Gerda se merecen una mención especial, dado que desde el principio de este proyecto me han transmitido fuerzas y apoyo incondicional para continuar y acabar esta tesis doctoral. Este trabajo es suyo.

Notes

1 Pere Ysas, Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia, 1960-1975, Barcelona, Critica, 2004, p. X.

2 Ismael Saz Campos, Fascismo y Franquismo, Valencia, Universitat de Valencia, 2004, p. 178.

I. EL NACIMIENTO DE UNA «COMPANY TOWN». PRECONDICIONES PARA EL SURGIMIENTO DE UN MOVIMIENTO OBRERO

Sagunto es célebre por su antiguo castillo y por su pintoresca situación. Existe otro Sagunto. Que no cuenta más que con quince años de vida. Es una ciudad obrera que brotó alrededor de las fábricas de acero. En este Sagunto no hay naranjas ni pesetas […]. Aquí, en este Sagunto se desarrolla calladamente el drama de los obreros españoles.1

¿UN CASO ESPECIAL? RETRATO DE UNA SOCIEDAD OBRERA

Los comienzos: La Compañía Minera de Sierra Menera en Ojos Negros y el embarcadero en el Puerto de Sagunto

A comienzos del siglo xx, Sagunto y su entorno presentaban un perfil marcadamente agrario, en el que nada señalaba que a los pies de su castillo, conocido por el asedio de Aníbal, aparecería una de las fábricas siderúrgicas más grandes de España. La población agraria de Sagunto se dedicaba, hasta la crisis provocada por el parásito de la filoxera, al cultivo de la viña y, de forma creciente, al de la naranja; apenas había ganadería. Hasta la actualidad la agricultura en la zona alrededor de Sagunto, la llamada «horta», está centrada en el monocultivo de los cítricos. Los sectores más importantes de la industria valenciana alrededor del año 1900 se concentraron en las fábricas dedicadas a la transformación de productos agrarios, el textil, el calzado y la cerámica castellonense, más adelante la construcción, industrias mecánicas y la fabricación de muebles. El tejido empresarial que estimuló a estos sectores en su mayoría eran talleres de tamaño pequeño y mediano. No había en toda la zona ningún tipo de industria secundaria que necesitara para su proceso de producción hierro o acero. Sagunto estaba muy alejado de yacimientos de mineral de hierro o de carbón y carecía tanto de mano de obra cualificada como de vías de comunicación reseñables, ya fueran ferrocarriles o tráfico marítimo. El antiguo puerto romano, el Grau Vell, era utilizado de forma exclusiva para la pesca y no disponía de instalaciones modernas.

Sagunto, por lo tanto, carecía de toda precondición favorable para la construcción de una siderurgia, que habría de surgir por la iniciativa externa del empresario vasco Ramón de la Sota y de su primo Eduardo Aznar. De la Sota, descendiente de un terrateniente y empresario vasco, había nacido en 1857 en Castro Urdiales (Santander). Sota y Aznar se especializaron en la explotación y el transporte de minerales y en el viaje de vuelta importaban carbón inglés, fundamental para la producción vasca de acero. Con la buena marcha de su comercio ultramarino de hierro y carbón las empresas de Sota y Aznar acumularon un gran capital, el cual les permitió ampliar sus actividades empresariales a otras muchas áreas, como por ejemplo la inversión en astilleros, bancos o aseguradoras.

Sota y Aznar, fieles al espíritu empresarial de la época, se decidieron a invertir en las minas aragonesas de Ojos Negros, situadas entre Teruel y Guadalajara y que en tiempos de los romanos habían servido para la extracción de mineral de hierro. La calidad del mineral extraído era, a decir de un estudio acabado en 1899, «muy satisfactoria» y suficiente para la fundición a partir del sistema Bessemer; la explotación del mineral que se encontraba directamente al aire libre era sencilla y asequible. La fundación de la Compañía Minera de Sierra Menera (CMSM), Sociedad Anónima, se llevó a cabo en 1900.

El principal obstáculo en el camino de la nueva empresa era la ausencia de una infraestructura moderna y la lejanía del mar, que distaba unos doscientos kilómetros, lo cual dificultaba en gran medida su salida al mercado internacional. Antes de poder llevar el mineral de hierro al mercado, era necesario solucionar una serie de dificultades: superar la distancia de la costa por tierra, preferiblemente mediante la construcción de un ferrocarril; localizar un lugar adecuado para el embarque; construir unas instalaciones portuarias modernas y comercializar el mineral de hierro. Las negociaciones sobre la utilización de la línea férrea Zaragoza-Valencia, propiedad de la Compañía del Ferrocarril Central de Aragón para poder transportar los minerales fracasaron a causa de las elevadas tarifas exigidas por la compañía ferroviaria, que habrían anulado la rentabilidad de la operación.

La única solución era la construcción de una línea completamente nueva hasta el puerto de embarque, cuya localización se disputaron las poblaciones costeras de Borriana, Castellón y el Grau de Valencia. La preferencia por Sagunto sobre las posibles alternativas, que ya disponían de instalaciones portuarias, resultaba obvia: la carga y descarga de mineral de hierro hacían necesaria la construcción de modernos muelles y grúas, de los cuales carecían las otras competidoras y, además, la utilización en exclusiva del puerto suponía una ventaja indiscutible para la Compañía Sierra Menera, puesto que no habría que tener en cuenta de las actividades de barcos ajenos ni tampoco abonar las eventuales tasas por utilizar instalaciones ajenas. Habría que esperar todavía a julio de 1907 para que el primer tren de mercancías con el codiciado mineral de hierro de Ojos Negros recorriera su camino hasta Sagunto, retraso debido en parte a las disputas con la compañía ferroviaria de Aragón.

Ya en estos primeros años se formaron asentamientos de trabajadores alrededor de las instalaciones industriales de los nuevos puertos de embarque. Con el creciente tamaño de dichas instalaciones, con las naves de almacenamiento y los equipos de depuración para el mineral de hierro, de forma acelerada durante la época de los «años dorados» entre 1913 y 1914, aumentó también la mano de obra inmigrante, establecida en un primer momento de forma totalmente desordenada, alrededor de las instalaciones de la empresa.

En los censos de población de los años 1900, 1910 y 1916 se puede comprobar claramente la rápida colonización de los primeros núcleos. En el año 1900, Puerto de Sagunto no aparece todavía de forma diferenciada en las estadísticas. Para 1910, tres años después del viaje del primer tren, se constata la presencia de 564 trabajadores, mientras que en el censo de 1916 son ya 1.405 los censados. Las cifras de población seguirían creciendo hasta 1930, en pleno apogeo de la planta siderúrgica, cuando se alcanzaron los 9.184 habitantes.2 Con el acelerado crecimiento demográfico, facilitado por la migración masiva de mano de obra no cualificada y de sus familias, surgieron serios problemas urbanísticos, sanitarios y de infraestructuras, de los cuales ni el Ayuntamiento de Sagunto ni la dirección de la empresa vasca se sentían responsables.

Los primeros recién llegados se construyeron habitáculos provisionales en las cercanías de la fábrica, mientras que los ingenieros y gerentes, emigrados desde el País Vasco, se establecieron en edificios de Sagunto y de los pueblos circundantes. La empresa se ocupó en primer lugar de la construcción de villas para los miembros de la dirección, mientras que el crecimiento incontrolado de los cercanos núcleos de trabajadores condujo al agravamiento de la situación de la vivienda y a la expansión de enfermedades:

[M]i padre trabajaba en el Economato de la Minera de Ojos Negros y, como él tenía que ir mucho a Valencia y al Puerto, me contaba cómo vivían ellos aquí. Venían en masa y dormían en el suelo, con un saco, en un almacén porque no habían casas. Y los domingos, con la ayuda de los compañeros, se construían su casa. Por eso aquí hay estas calles que hacen tantos giros. No había una planificación.3

La absoluta carencia de toda planificación urbanística, de calles asfaltadas, de alumbrado público y de un sistema de agua potable y de alcantarillados fue motivo de numerosas quejas ante la administración municipal de Sagunto, la cual no fue capaz, o mejor no se sentía responsable, de dotar a su nuevo barrio con una mínima infraestructura. Las inciertas circunstancias vitales, las duras condiciones de trabajo y los bajos sueldos darían pronto lugar a los primeros conflictos.

Primeros conflictos sociales, despedidos, huelgas

En Puerto de Sagunto las tradiciones de militancia obrera se pueden remontar hasta la primera década del siglo xx, cuando comenzó a configurarse, de forma imprevista, un nuevo núcleo urbano alrededor de las instalaciones industriales de la Compañía Minera de Sierra Menera (CMSM). Ya durante los largos años de la construcción del ferrocarril Ojos Negros-Sagunto se produjo de forma reiterada una serie de conflictos laborales que, sin embargo, no habían tenido ninguna repercusión directa en la CMSM, al afectar principalmente a las compañías contratadas para la construcción. Con el inicio de la extracción de mineral y la puesta en funcionamiento del ferrocarril de mercancías, especialmente en momentos de gran actividad y elevada demanda por parte de los clientes, tuvieron lugar las primeras huelgas, provocadas en gran medida por las malas condiciones de trabajo, el exceso de horas de trabajo y unos sueldos mínimos. En marzo de 1907, los periódicos valencianos El Correo y El Pueblo informaban sobre la huelga de varios días llevada a cabo por unos 400 trabajadores de la CMSM, originada por la inflexibilidad de la compañía ante las demandas de aumento de sueldo y que acabó siendo «resuelta satisfactoriamente» mediante negociaciones directas con la dirección: «Desde hace mucho tiempo que los abusos de la empresa del ferrocarril de Ojos Negros venía cometiendo con los obreros ocupados […] en el puerto que esta dicha empresa tiene, se traslucía un malestar que se tradujo en huelga».4

Se trataba ya de la segunda huelga en 1907.5 Los trabajadores habían elegido un momento absolutamente propicio para sus reivindicaciones, justo cuando se comenzaba a embarcar el mineral y la mano de obra era especialmente imprescindible. De la correspondencia del director de la siderúrgica saguntina, Aburto con Ramón de la Sota se extrae que casi todos los trabajadores residentes en Puerto de Sagunto participaron en la huelga y se unieron a la reivindicación de un aumento del sueldo y reducción del tiempo de trabajo a doce horas diarias.6

La dirección de la empresa, acuciada por la necesidad de continuar con el trabajo, no tuvo alternativa y aceptó hacer concesiones parciales a los huelguistasun aumento de 25 céntimosno obstante sin dejar de amenazar con despidos masivos en el caso de que retomaran la actividad huelguística. En sus cartas a Sota, Aburto deja entrever de manera muy nítida qué medidas habría que adoptar si no se recuperaba de forma pacífica la disciplina necesaria. Así, en caso de ulteriores huelgas se tendría que actuar sin reparo ni miramiento alguno: la mejor forma de evitar futuras huelgas era contratar únicamente a personal leal a la empresa y ofrecerles alojamiento adecuado en Puerto de Sagunto.7

La correspondencia entre Ramón de la Sota y la dirección en Puerto de Sagunto refleja muy claramente la posición del propietario vasco ante sus trabajadores. En tiempos de una gran fluctuación de puestos de trabajo, contratos formulados verbalmente y pagas semanales, el empresario disfrutaba de una posición de poder prácticamente ilimitada cuando se trataba de despedir a trabajadores incómodos, una práctica apreciada utilizada por la CMSM también en fases de debilidad coyuntural, como en la breve crisis de 1907-1909. Sin embargo, las huelgas de 1907 pueden ser definidas como un primer éxito para los trabajadores, quienes, pese a su deficiente organización sindical, habían sabido aprovecharse de la situación y convocar una huelga en un momento inoportuno para la empresa, en el que la situación de pedidos hacía imprescindible la utilización inmediata de mano de obra. El hecho de que la empresa aceptara al menos un aumentosi bien modestode sueldo refuerza esta interpretación.

Sin embargo, los años entre 1909 y 1913 fueron los más exitosos para la joven empresa, tanto en lo que respecta a la extracción como a los beneficios. La enorme demanda de mineral de hierro procedente de Ojos Negros requería la contratación de una mano de obra cada vez mayor, que ya no podía ser cubierta con trabajadores de los alrededores de Sagunto, mayoritariamente procedentes del sector agrario. La contratación de mano de obra de otras provincias (como, por ejemplo, Almería, donde Sota y Aznar poseían otras minas) pareció presentar una solución al problema.

La llegada de un número cada vez mayor de trabajadores agravó de forma visible la situación de abastecimientos y de alojamiento en Puerto de Sagunto y los pueblos circundantes. Igualmente, tuvo lugar un drástico aumento de accidentes de trabajo, cuya principal causa era la total falta de cualificación de unos trabajadores procedentes del sector agrario. En época de crecimiento también la movilización de los trabajadores entró en una nueva fase: a partir de 1910 empezaron a multiplicarse las protestas contra las miserables condiciones de trabajo, aunque la dirección mantuvo su política de mano dura con los «alborotadores». La creciente conciencia de los trabajadores ante los magnates vascos respondía a razones diversas, tanto de carácter político como interno. Un factor importante, el de la falta de mano de obra en tiempos de coyuntura favorable, ya ha sido mencionado anteriormente. De la misma manera, la época entre 1909 y 1914 fue en toda España un periodo de huelgas intensivas, si bien éstas habían sido legalizadas en 1909 por el rey Alfonso XIII y su ministro Juan de la Cierva.

Esta época coincidió con el periodo fundacional del sindicato Confederación Nacional de Trabajadores (CNT), una asociación anarquista de trabajadores que alcanzó en fecha temprana una influencia significativa en la movilización de las protestas de los trabajadores en Puerto de Sagunto. La CNT se constituyó en 1910 durante un congreso de la catalana Solidaridad Obrera en Barcelona, con la intención de crear un movimiento de trabajadores con la suficiente fuerza para confrontarse con la dominante Unión General de Trabajadores (UGT), cercana al Partido Socialista. Con una cifra de afiliados notablemente menor en un primer momento, la CNT fue atrayendo de forma muy rápida nuevos apoyos, especialmente en las zonas industriales de Catalunya y Valencia. La CNT constituía una agrupación ceñida exclusivamente al trabajo sindical «revolucionario» e independiente de los partidos políticos. Con su actitud marcadamente anti-partidista y anticlerical los anarquistas aspiraban a la supresión del Estado y la colectivización de la producción, convencidos como estaban de la absoluta necesidad de una revolución radical. La formación ideológica de sus militantes tenía lugar en círculos libertarios, los llamados ateneos, en asambleas y en la difusión de lecturas propagandistas. A causa de la deficiente estructura organizativa, la vinculación al sindicato de la gran mayoría de sus seguidores era muy laxa y se limitaba a participar en protestas y huelgas durante un conflicto laboral. Por sus métodos de lucha «revolucionaria» la CNT chocaba necesariamente de forma reiterada con las autoridades del Estado y en 1911, tras la proclamación de una huelga general y los subsiguientes disturbios, que tuvieron también una gran repercusión en los trabajadores saguntinos, la CNT fue ilegalizada hasta el año 1914. De hecho, los anarquistas de la CNT actuaron la mayor parte de su existencia sobre bases secretas, que tendría una gran influencia en sus estrategias y organización.

La UGT, fundada en 1888 y de influencia marxista, estaba organizada, al contrario de la CNT, no en sindicatos por ramas industriales, sino sobre la base de gremios locales, reunidos a su vez en estructuras a nivel nacional. La masiva presencia del anarcosindicalismo en la región de Levante hasta el final de la Guerra Civil fue un factor decisivo que contribuyó a que otras organizaciones sindicales, como la UGT, se desarrollaran en la zona sólo de forma muy esporádica: en Puerto de Sagunto el sindicato socialista nunca iba a conseguir romper el dominio de los anarquistas, aunque alcanzara un cierto número de militantes en el sector agrario.

En el presente trabajo hablaremos continuamente de ambos sindicatos, si bien en el caso de Puerto de Sagunto de forma más acentuada de la CNT, puesto que les correspondería una posición clave en la dinámica social y política en la instauración de la República y durante la guerra civil española. Las líneas de tradición de la militancia obrera en esta ciudad fabril se remontan ya hasta la primera década del siglo xx: una cultura de protesta a la que más tarde podrían recurrir el movimiento de resistencia de la «nueva» generación de trabajadores bajo la dictadura franquista.

La mano de obra inmigrada de zonas de Andalucía o del País Vasco con tradición minera y de producción acerera disponía ya de una cierta experiencia sindical y tenía una influencia que no habría que subestimar en la organización de las denominadas asociaciones obreras que llevaron a cabo campañas contra la dirección.

A banda d'aixo, uns quants emigrants valencians havien tornat a casa seua en assabentar-se de la instal-lació de l'empresa minera, després d'haver treballat alguns anys als alts forns dels EUA, des d'on s'endugueren coneixements corporatius força avançats com per a enfrontar-se amb als nous amos, i tal vegada, pogueren participar-hi en minoria, o almenys, aconsellar i dirigir sindicalment els obrers nouvinguts.8

Después de que la empresa hubiera tenido que hacer concesiones a los trabajadores, Ramón de la Sota estaba decidido a no aceptar en el futuro compromiso alguno: más bien, habría que despedir a tiempo a todo elemento predispuesto contra la empresa, como se extrae de la correspondencia conservada en el archivo de ésta. A comienzos de 1911 creció la preocupación de la dirección ante los grupos opositores de trabajadores anarquistas. Para quebrantar la moral de los grupos opositores, el director Aburto se decidió a lanzar un ataque indirecto: el despido, con el argumento de un exceso de mano de obra, de nueve trabajadores ajenos a toda implicación en actividades anarquistas y sindicales. Sin embargo, en lugar de intimidar a los trabajadores su acción los hizo reaccionar: en el periódico madrileño ABC podemos leer el 20 de enero de 1911 sobre la huelga de 400 trabajadores de la CMSM:

A las seis de la tarde se han reunido en Sagunto […], para cambiar impresiones acerca de su actitud. Han acordado pedir el reingreso de los nueve compañeros despedidos, como condición para reanudar el trabajo […]. El director […] a quien han visitado […] les ha expuesto la imposibilidad de atenderlos […]. Los huelguistas están divididos, pero la mayoría son partidarios de mantener la huelga.9

La dirección mantuvo su postura inflexible y, a pesar del desarrollo pacífico de la huelga, se vio obligada a solicitar ante el gobernador civil el envío a Puerto de Sagunto de contingentes de policía. Después de una negociación «relativamente acalorada» de los representantes de los trabajadores con la dirección el 22 de enero, los trabajadores tuvieron que poner fin a la huelga de forma insatisfactoria para ellos. La postura de Sota de no readmitir a los nueve trabajadores despedidos era irrevocable y de la misma manera no estaba en absoluto dispuesto a tolerar la existencia de asociaciones obreras en su empresa.10 Pese a todo, fracasó todo intento por parte de los patronos de anular a los grupos subversivos: los abusos en los sueldos y en las condiciones de trabajo eran demasiado grandes y predominaba la insatisfacción y la frustración por la arbitrariedad de la dirección. En los meses siguientes tuvieron lugar reiteradas huelgas y, aunque éstas terminaran sin conseguir resultados, la creciente solidaridad entre los trabajadores asociados comenzó a ser un motivo de preocupación cada vez mayor para la dirección.

En el otoño de 1912 se difundieron rumores sobre una posible huelga de los trabajadores ferroviarios, lo que Aburto aprovechó para despedir a los cabezas visibles de las asociaciones obreras; una medida que suscitó también la atención del gobernador civil de Valencia. Todos los intentos de mediación por parte de éste (llevados a cabo en una visita realizada ex profeso a Puerto de Sagunto para conseguir la readmisión de los despedidos y la condena del endurecimiento de la posición de la empresa) fracasaron. Como no se podía esperar de otra manera, los trabajadores se solidarizaron con una huelga que acabaría de forma tan insatisfactoria como las anteriores. Al final, la dirección no cumplió su promesa de pagar a los despedidos al menos una especie de indemnización. La filosofía de la empresa a la hora de tratar a su personal se percibe aquí de forma cristalina, de manera que incluso la intervención de la autoridad civil no fue capaz de hacer desistir a los directores vascos de su dura política laboral.

La Primera Guerra Mundial. El nacimiento de la Compañía Siderúrgica del Mediterráneo

Los «años dorados» de la CMSM encontraron un repentino final el 1 de agosto de 1914. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial comenzó una profunda crisis en la exportación de mineral, en gran parte por el bloqueo económico establecido contra el principal mercado importador, Alemania, a la que antes de la guerra se transportaba nada menos que un 52% de la importación total de mineral extraído en Ojos Negros. Las circunstancias políticas internacionales obligaron a la dirección de la empresa prácticamente a detener la extracción y la exportación de mineral de hierro. De acuerdo con la filosofía empresarial, comenzaron las medidas de reducción de personal: casi la mitad de la plantilla fue despedida, para dejar que una reducida parte de las instalaciones industriales continuaran funcionando con el pago de la mitad del sueldo. Aunque a la altura de 1915 la situación se había normalizado parcialmente, en el aire permanecía la temida amenaza de un despido general a la vista del exceso de mano de obra y de la débil coyuntura y ello evitó que se llevaran a cabo grandes acciones huelguísticas.

En Puerto de Sagunto el movimiento sindical no experimentó un considerable salto cualitativo hasta cuatro años después, cuando en 1918 la CNT hizo un llamamiento a los obreros españoles para que se organizasen en sindicatos únicos, según los ramos o industrias. El eco en Puerto de Sagunto fue casi inmediato y en octubre de 1919 se estableció allí un sindicato único, el cual en su documento constitutivo presentaba su naturaleza como «apolítica y autónoma».11 El afán por la autonomía institucional y un cierto aislamiento frente a las organizaciones sindicales de las zonas circundantes, correspondían y complacían al particularismo de la clase trabajadora saguntina, que iba a pautar el movimiento obrero hasta el final de la dictadura franquista. En cambio, debido a su organización centralista y a sus estructuras federales a nivel estatal, la UGT tuvo desde el principio notables dificultades para establecerse en Puerto de Sagunto: nunca iba a conseguir romper el dominio de los anarquistas, aunque poseía un ascendente número de militantes en el sector agrícola y entre los empleados en toda la región de Levante.

La crisis de extracción de mineral contrastaba con el crecimiento económico generalizado del resto de una España que había permanecido neutral en el conflicto mundial. En la economía de guerra de las grandes potencias europeas tuvo lugar un claro aumento de la demanda de hierro y acero procesados, mientras que la exportación de materias primas y minerales sufrió una fuerte contracción. Cuando a ello se añadió el encarecimiento del carbón importado de Inglaterra, la empresa entró a partir de 1918 en una grave crisis de supervivencia, lo cual obligó a Sota y Aznar a reflexionar sobre un nuevo modelo empresarial. Con los beneficios procedentes de su empresa de comercio marítimo Naviera Sota y Aznar construirían una siderurgia competitiva, un plan que ya había sido formulado por Sota repetidas veces desde los inicios de la CMSM. La elección del Puerto de Sagunto como ubicación resultaba lógica si se tiene en cuenta ya la existencia de una línea ferroviaria entre la mina y el puerto. La instalación de altos hornos en las inmediaciones del puerto industrial de Puerto de Sagunto absorbería el mineral de hierro de la compañía resultante que no se exportara y abastecería al mercado europeo con barras de hierro y acero, un proyecto al que se dio forma en 1917 con la fundación de la Compañía Siderúrgica del Mediterráneo (CSM).

El proyecto fue encargado al ingeniero norteamericano Frank C. Roberts, cuya planificación en tres fases preveía la construcción de cuatro altos hornos y diez hornos de acero con capacidad para producir anualmente 300.000 toneladas de acero; un ambicioso proyecto que se diferenciaba claramente de la propuesta inicial para construir una fábrica siderúrgica pequeña y orientada al mercado nacional.12 Sota y Aznar estaban convencidos de poder producir un acero competitivo para el mercado internacional y de poder perfilarse en la exportación mediterránea a partir de la estratégica posición geográfica de Puerto de Sagunto. Igualmentecomo ya hemos mencionadotanto la CMSM como la Naviera Sota y Aznar, ambas de su propiedad, debían poder aprovecharse de la producción de hierro y acero mediante su inserción vertical en el proceso productivo.

La construcción de una fábrica de hierro y acero llevaría de hecho a Puerto de Sagunto a un crecimiento hasta entonces desconocido. El ambicioso plan de transformar un pequeño puerto mediterráneo en un centro industrial español y la perspectiva de éxitos económicos y bienestar llevarían en los años siguientes a miles de familias a la busca de un trabajo mejor pagado y de unas condiciones seguras de vida a abandonar sus pueblos en las provincias limítrofes y establecerse al cobijo de los altos hornos.

LUCHAS INTENSAS: DESDE LA INSTALACIÓN DEL PRIMER HORNO ALTO HASTA EL FINAL DE LA GUERRA CIVIL (1921-1939)

Los años de crecimiento. La dictadura de Primo de Rivera

El proyecto del ingeniero Roberts suscitó en la opinión pública una gran expectación, especialmente si se tenía en cuenta que, tras la construcción de la última fase, los altos hornos y los talleres de laminación de la fábrica saguntina producirían tanto acero como el total de la producción española de 1917.13 La mayoría de los materiales que se necesitaban para la construcción provenían del País Vasco y Sota y Aznar hicieron uso de la red conformada por sus otras empresas. Expresamente para la CSM se instaló en Puerto de Sagunto una fábrica para la producción de los ladrillos necesarios para la construcción de los hornos altos. La industria valenciana del ramo no tuvo papel alguno en la construcción de la fábrica de hierro y acero; Valencia sólo puso a disposición los terrenos necesarios y una parte de una mano de obra en su mayoría no cualificada.

A partir de agosto de 1924, con la puesta en funcionamiento del horno de acero Martin-Siemens y de un taller de laminación, la producción de acero alcanzó las 125.000 toneladas anuales, cifra que se correspondía con la primera de las fases previstas por Roberts. En los años posteriores hasta el estallido de la crisis económica mundial, se añadirían un nuevo alto horno, cuatro hornos de acero e instalaciones para el procesado de acero, lo cual hizo posible alcanzar la producción anual de 300.000 toneladas de acero.14

La puesta en marcha del primer horno alto en Puerto de Sagunto en el año 1923 coincidió con la coyuntura extremadamente favorable del sector metalúrgico durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1931). El boom del acero fue impulsado por la política proteccionista del gobierno que se concentró en la inversión en obras públicas y la expansión de las redes ferroviarias, y garantizaba los altos precios del metal en el mercado nacional.15 El propio Alfonso XIII se contagió de la euforia colectiva del sector del metal y visitó en 1927, con Primo de Rivera en su séquito, las instalaciones de Puerto de Sagunto.

Con el inicio de la dictadura se habían generado notables transformaciones en el panorama sindical español. La CNT se oponía abiertamente al gobierno de Primo de Rivera y fue ilegalizada poco después de la declaración de una huelga general el día siguiente del pronunciamiento del nuevo régimen. Con el paso del tiempo, una parte importante de los anarquistas, obligada a reorganizarse en la clandestinidad, experimentó una creciente radicalización que culminó, tras intensas tensiones internas entre moderados y «revolucionarios», en la fundación de la Federación Socialista Anárquica Ibérica (FAI) en el verano de 1927.16 El objetivo principal era asegurar que dentro del movimiento anarcosindicalista la parte anarquista predominara siempre sobre el puro sindicalismo organizado.17 Mientras la CNT iba a desaparecer como organización sindical durante todos los años veinte, la UGT se benefició del apoyo prestado por Primo de Rivera y experimentó, también en Puerto de Sagunto, un incremento de su influencia en el panorama sindical, fundamentalmente a través de su cooperación en los llamados comités paritarios, surgidos en la segunda mitad de la década tras el Decreto de la Organización Corporativa Nacional de 1926.18 Hay muy pocas fuentes de la época sobre las actividades de los anarquistas, consecuencia de la intensa represión gubernamental y la relativa ausencia de conflictos laborales durante la época del florecimiento de la siderurgia. No obstante sabemos que en la Sociedad de Obreros Albañiles y en la Sociedad de Obreros Siderúrgicos se encontraban asimismo dirigentes anarquistas destacados, como el futuro presidente del Sindicato Único Siderometalúrgico de Sagunto, José Monleón o Nicomedes Cortés. Durante la dictadura, los conflictos laborales fueron neutralizados en gran medida por el establecimiento de comisiones mixtas en casi todos los ramos de industria. Incluso un empresario paternalista y conservador como Ramón de la Sota, que sentía una gran desconfianza a todo tipo de asociaciones de obreros dejó entrever que estaría dispuesto a aceptar los beneficios de la labor sindical, suponiendo que ésa se caracterizara por una negociación unánime y ordenada y no por la lucha huelguística. Por consiguiente el empresario vasco solamente toleraba la negociación con un sindicato «amarillo» nacional-conservador, dominado por gente de su confianza.19

A partir del comienzo de los años veinte Valencia se convirtió, gracias a sus dos grandes fábricas CSM y Unión Naval de Levante (UNL), en el «segundo fabricante de productos metalúrgicos» de España, lo cual no evitó que en su propia región siguiera siendo un cuerpo extraño autóctono, dependiente totalmente de los intereses económicos internacionales y desconectado de las ramas económicas tradicionales en su entorno.20 Las cifras de producción y los volúmenes de venta de los florecientes años de crecimiento económico bajo Primo de Rivera suponían a primera vista un triunfo, pero, tras esta coyuntura favorable demasiado breve, la CSM entró sin fuerzas suficientes en la crisis económica internacional, que a punto estuvo de acabar con la joven fábrica metalúrgica de Sagunto. Pese a los impresionantes y ambiciosos planes de Sota y a unas cifras aparentemente de éxito, en lo referente al posible mercado consumidor de su producto, la CSM como empresa estuvo desde un principio «totalmente sobredimensionada».21 Los restantes productores españoles de hierro y acero estaban mucho mejor adaptados al mercado interior que la CSM, puesto que habían modernizado y ampliado paulatinamente sus instalaciones siguiendo la creciente demanda. La ejecución de los pedidos de la fábrica saguntina no suponía siquiera la mitad de la capacidad productiva de sus hornos altos, proyectados para la producción de cantidades ingentes de acero laminado. Los cálculos originales de Sota habían partido de la suposición de poder dominar el mercado mediterráneo con el acero producido en Sagunto.22 Sin embargo, tras el final de la Primera Guerra Mundial países como Francia y, sobre todo, la Italia de Mussolini con el inicio de su propia producción integral de hierro y acero, comenzaron a reducir a la nada cualquier aspiración de participar en el mercado internacional.

Además, la fase de construcción de la fábrica metalúrgica (1917-1923) había durado demasiado para poder cumplir los planes iniciales y el presupuesto tuvo que ser aumentado en repetidas ocasiones: cuando el primer horno alto fue finalmente puesto en funcionamiento, el mercado internacional consumidor de productos metalúrgicos había cambiado drásticamente desde 1917. En los estados europeos que resurgían con fuerza de la Primera Guerra Mundial se fomentaba la implantación de fábricas de hierro y acero propias, para no tener así que depender de productores extranjeros. En el mercado internacional tenían éxito sobre todo las materias primas españolas, como el mineral de hierro, toda una paradoja para Sota y Aznar, los cuales habían promovido el proyecto de una fábrica de hierro y acero en Sagunto a causa de la crisis de ventas de sus minerales.

Los efectos de una crisis económica que en España se hacía ya perceptible en 1930 se acentuaron con la dimisión de Primo de Rivera y el final de su política económica proteccionista. Paralelamente, y en gran parte como consecuencia de la misma, con la instauración de la República en 1931 y el levantamiento de la prohibición de sindicatos comenzó un periodo de importantes conflictos sociales y oleadas huelguísticas en todo el país. La CNT, que salió reforzada de su ilegalización, empezó, en competencia con la UGT, a dominar el reorganizado movimiento obrero en Puerto de Sagunto e intentó imponer a través de reiteradas huelgas sus demandas de mejores condiciones de trabajo a la inflexible dirección. Como veremos en el siguiente capítulo, los propietarios vascos reaccionaron a la precaria situación económica y social con jornadas reducidas y despidos masivos. La Compañía Siderúrgica del Mediterráneo era ya un coloso con los pies de barro, obligado en 1933 por la falta de pedidos a apagar sus altos hornos. Para Puerto de Sagunto las consecuencias del cierre fueron desastrosas, puesto que la totalidad de la población dependía por entero de la fábrica. Con el fin de la producción de hierro y acero comenzó un retorno masivo de la mano de obra inmigrada a sus pueblos de procedencia.

Antes de avanzar en la cronología con la descripción de los conflictos de los primeros años treinta, nos centraremos aquí en esta forma de especial dependencia, apreciable también en la fundación de otras ciudades industriales, las denominadas «company towns», como se las conoce en la bibliografía especializada.

«La empresa nos acondicionó la vida». «Company town» y «Puerto del Hierro»

El periodo que abarca desde la puesta en funcionamiento del primer horno alto hasta la víspera de la crisis económica mundial fue para Puerto de Sagunto un periodo de relativo crecimiento y lo convirtió en un centro que atraía la llegada de emigrantes de otras provincias españolas a la busca de trabajo. En 1929 en la fábrica de la Compañía Siderúrgica del Mediterráneo trabajaban ya 4.000 personas. Los problemas derivados de un crecimiento tan acentuado de la población ya han sido mencionados en anteriores ocasiones: falta de alojamiento, deficiencias sanitarias y falta de infraestructuras municipales. Ya en fecha temprana comenzaron las quejas por la ausencia de un plan urbanístico que pudiera dar al menos una cierta forma al desordenado crecimiento del núcleo urbano. El principal problema residía en las disputas entre la empresa y el ayuntamiento de Sagunto por las competencias sobre el nuevo núcleo del Puerto. En este sentido, Fausto Caruana, abogado y concejal, afirmaba respecto a este problema: «[P]or lo que respecta al Puerto, no puede el Ayuntamiento tomar acuerdo alguno, porque los terrenos de las calles que se han formado en dicho poblado son de propiedad de los dueños de los edificios existentes en las mismas».23

Finalmente, a causa de la falta de unanimidad sobre el destino del nuevo barrio industrial, la propia empresa empezó en los años veinte con la construcción de los primeros barrios de viviendas para sus trabajadores, barrios que hoy en día continúan impregnando la imagen de la ciudad. El distanciamiento entre el nuevo poblado industrial y la metrópolis agraria, Sagunto, no era sólo de carácter espacial, sino que tenía su origen en diferencias económicas y urbanísticas y era, por tanto, una cuestión de identidades. Las identidades de los habitantes portuarios eran múltiples y se sobreponían entre sí: simultáneamente podían ser aragoneses, vascos o andaluces, pero también porteños, habitantes de Puerto de Sagunto.

La identidad de los porteños se veía además subrayada por su aislamiento lingüístico: Puerto de Sagunto era una pequeña isla castellanoparlante en medio de una huerta donde predominaba el valenciano. Un factor de importante influencia para la formación identitaria fue sin duda la propia fábrica, percibida por la población como algo propio y especial. Uno formaba parte de un todo más grande, del que se podía estar totalmente orgulloso, puesto que la enorme fábrica de hierro y acero representaba el desarrollo industrial de la moderna sociedad española, de la que los porteños se sentían parte. El concepto sociológico que corresponde a este proceso recibe el nombre de «company town».24

Puerto de Sagunto, fundado exclusivamente por la motivación industrial de una empresa y ajeno a la dinámica y a la tradición económica de su entorno, se convirtió a partir de los años veinte en una verdadera ciudad fabril, en uno de los ejemplos por excelencia de «company town». Sin la iniciativa privada de Ramón de la Sota y sin la decisión de transportar el mineral de hierro extraído en Ojos Negros a través de los doscientos kilómetros de tramo ferroviario construido a propósito hasta Sagunto y de instalar allí un moderno puerto, no habría habido ni fábrica de hierro y acero, ni hoy existiría el actual Puerto de Sagunto. La evolución del núcleo portuario recién fundado alrededor de la CMSM y CSM fue desde un principio ajena, tanto en el aspecto económico y de infraestructuras como en el social y el cultural, a la ciudad-madre de Sagunto, una diferencia que, no sólo a causa de la separación espacial, continúa siendo perceptible hoy en día.

La omnipresencia de una única fábrica gigantesca tuvo consecuencias de largo alcance y de gran diversidad para las estructuras sociales y urbanas; consecuencias que también se observan en otras «company town» europeas. La ciudad se encontraba prácticamente en una dependencia absoluta de cualquier tipo de actividad industrial; el destino de sus trabajadores, su bienestar o miseria económica dependían completamente de la suerte que corriera la fábrica. Las crisis económicas o las fases de crecimiento repercutían directamente en el desarrollo demográfico y en la extensión del núcleo urbano, «la zona industrial y el núcleo de poblamiento urbano estaban íntimamente relacionados y se superponían».25

La indiferencia y la dejación del ayuntamiento de Sagunto en lo referente al desarrollo urbano de Puerto de Sagunto se vieron favorecidas por el hecho de que la fábrica, a más tardar a finales de la década de 1920, asumió parte de la responsabilidad de desarrollar las infraestructuras del núcleo de población que de ella dependía. Muchos empresarios de aquella época tenían un interés directo en el bienestar de su mano de obra, en dotarla de un suministro suficiente de alimentos y viviendas cerca del lugar de trabajo, si bien no por razones caritativas, sino para conseguir una producción mayor y de menor coste. Cuando más sana estuviera la mano de obra, tanto más racional y económica sería la producción. En los comienzos de la construcción del ferrocarril y de la zona portuaria en Puerto de Sagunto los fundadores de la empresa vasca mostraron poco interés por las condiciones de vida de sus trabajadores y de las familias que habían inmigrado con ellos; su único afán se limitó en un primer momento a la construcción de las instalaciones portuarias, de los edificios de la administración y de las casas de la dirección.26 Como ya se ha descrito anteriormente, los recién llegados dormían en las naves de almacenamiento y ellos empezaron por propia iniciativa con la construcción de rudimentarias cabañas. Una práctica muy extendida era quedarse en casa de parientes o amigos, o bien el alquiler de una habitación en las denominadas posadas, albergues abiertos expresamente para los inmigrantes. Con la creciente inmigración de mano de obra y ante la manifiesta incapacidad del ayuntamiento de Sagunto para hacer frente al agravamiento de la situación sanitaria y urbanística (hasta entrados la década de los cuarenta Puerto de Sagunto careció incluso de cementerio), la empresa comenzó poco a poco a construir edificios públicos y viviendas, que configuran hasta hoy en día la imagen de la ciudad. El primer barrio obrero (sencillas hileras de casas de uno o dos pisos, con un pequeño jardín y un baño exterior) fue construido entre 1917 y 1920, a partir de una medida tomada con la decisión de instalar una planta siderúrgica. Hasta entrada la década de 1970 la empresa seguiría construyendo conjuntos de viviendas para sus trabajadores.

A la vista de este panorama no parece sorprendente que ya en la década de los años 20 se formara un movimiento segregacionista que propugnara la independencia de Puerto de Sagunto respecto de su ciudad-madre. La Unión Urbana, formada expresamente para conseguir los objetivos segregacionistas, presentó en 1927 al ayuntamiento de Sagunto una petición firmada por 841 porteños, que defendía la separación de la población portuaria respecto del núcleo urbano y la denominación del municipio resultante como Puerto de Hierro. Tras largos debates en el consejo municipal la petición fue rechazada y acabó siendo declarada inválida por una real orden del ministro de la Gobernación en 1930.27

En completa sintonía con el sentimiento paternalista del empresariado de la época, la fábrica no construía sólo núcleos de habitación para los trabajadores, sino también un hospital (el primero databa de 1905 para poder hacer frente a los obreros heridos durante la construcción de la línea de ferrocarril), iglesias (la iglesia de Nuestra Señora de la Begoña fue construida en 1923 siguiendo el ejemplo de su homóloga vasca en Bilbao) y, posteriormente, escuelas e instalaciones de recreo como cines, teatros y un estadio de fútbol. El correspondiente equipo de fútbol era financiado por la empresa y fue bautizado como Sporting Club, como su hermano mayor vasco el Sporting Club de Bilbao. Junto con el fútbol también se importó la moda del frontón-tenis y las principales fiestas anuales eran las procesiones el día de la patrona de Bilbao, la Virgen de Begoña.

Sin duda, la política de paternalismo de la empresa sobre la población de Puerto de Sagunto supuso un factor de influencia nada despreciable en el movimiento obrero. Provocó en los habitantes una actitud dividida ante la omnipresente fábrica; un sentimiento que oscilaba entre el orgullo de formar parte de un todo especial y el rechazo al desmesurado poder de los patronos. Igualmente, como veremos en un capítulo posterior, se producirían conflictos de competencias entre la dirección y las autoridades locales, que en muchas ocasiones acabarían con el triunfo de aquélla. Con el concepto de paternalismo se correspondía también la tendencia a resolver los conflictos en el marco interno, lo cual alcanzaría un significado especial en los años sesenta. Los empresarios vascos, acostumbrados a tratar con un proletariado vizcaíno tendente a las huelgas e influenciados por ideas cristianas liberales, preferían optar por el camino de la negociación, antes de tener que recurrir a instancias estatales; una forma de actuar que también suponía una gran ventaja para los trabajadores. La cultura negociadora resultante contribuyó también a que el movimiento obrero saguntino se aislara en cierta manera de su espacio circundante, porque no dependía de redes sindicales más amplias.

Las características de una «company town» erancomo se verá a lo largo del presente trabajoun factor determinante de la singularidad de Puerto de Sagunto como ciudad fabril, en comparación con las restantes zonas de la provincia de Valencia, no sólo en el aspecto económico sino también en el social y cultural; una singularidad que tendría su reflejo en la oposición organizada de la población. Así, el aislamiento y la independencia del movimiento obrero saguntino se encontraba en estrecha relación con la especial posición que desempeñaba la ciudad en el contexto económico y social del entorno. Las tradicionales empresas valencianas eran pequeñas empresas artesanales y fábricas con una plantilla media que raramente superaba los diez trabajadores, lo cual imposibilitaba de hecho la organización efectiva de acciones de protesta. Las grandes protagonistas de la economía valenciana fueron, tradicionalmente la agricultura con la naranja (la imagen mítica del «Levante Feliz»), industria de madera, cerámica, calzado, textil, química y metalúrgica, caracterizándose por una cultura de «un relativo minifundismo empresarial».28 Una excepción hasta la llegada de la Ford y la IBM en los años setenta, constituyeron las pocas grandes empresas de la zona, Unión Naval de Levante, Macosa, Elcano y la Siderúrgica de Sagunto, que pertenecían «a subsectores con un alto grado de monopolio y ligadas al gran capital financiero, más interesado en el beneficio global de sus factorías dispersas que en generar actividad manufacturera alrededor de estos centros».29

La existencia de una masa obrera compacta y numerosa en estas empresas facilitaba la organización de movimientos de protesta, puesto que se podían presentar con respaldo colectivo al empresario las exigencias de aumento de sueldo y se era menos susceptible de ser atacado por la policía.

Con su pluralidad cultural y su sociedad dividida entre dos «clases», Puerto de Sagunto era un microcosmos y a la vez una imagen en miniatura de una España industrial en proceso de modernización. La relativamente homogénea sociedad de Puerto de Sagunto (la inmensa mayoría de la población pertenecía a la clase obrera) ofrecía el terreno abonado para ideologías de izquierdas. Sobre todo los anarquistas, con su rechazo de estructuras organizativas de nivel superior y la difusión de sindicatos independientes según la actividad económica, sabrían estar en sintonía con las inquietudes del proletariado saguntino. Igualmente, la inmediatez espacial entre la fábrica y las zonas donde se vivía y se desarrollaba la vida cotidiana, y las interacciones sociales resultantes, producía una presión que no se ha de subestimar sobre la actitud de la población, como, por ejemplo, en el caso de huelgas de varias semanas de duración. En una comunidad de estas características, los esquiroles eran fácilmente identificables y debían cargar con el resultante estigma social.

En nuestro caso de estudio, sus características de company town hacen que sea muy difícil trazar una línea de separación entre conflictos puramente laborales, que se podían reducir solamente a la fábrica, y aquéllos políticosociales, que afectaban a la población como tal. La absoluta dependencia de la población respecto de la fábrica determinaba también la cultura opositora: todos los conflictos laborales, todas las huelgas tenían que experimentar una repercusión en las calles.

Las grandes huelgas de 1930 y 1933

Hora es ya, camaradas, que fijemos nuestra atención a la realidad y nos despojemos de la borrachera que desde el cambio del régimen nos embarga […]. Los mismos que nos vejaron y atrepellaron durante el régimen anterior, lo seguirán haciendo en éste […]. Observad atentamente a los esbirros de la Siderúrgica y veréis a algunos de ellos entre los nuevos gobernantes […]. ¡Que la luz vuelva a vosotros y nos agrupemos de nuevo en la organización para ir hacia el comunismo libertario […]!

Convocatoria de asamblea del Sindicato Único de Puerto de Sagunto, 193130

La CNT «llegó al periodo republicano», como lo describe Kelsey, «después de atravesar un océano de crisis, tanto aquéllas impuestas por las autoridades políticas, policiales, paramilitares y militares del país, como las generadas dentro de la propia organización por las visiones y concepciones distintas de su carácter y el camino a seguir».31 En 1931, en el III Congreso Nacional de la CNT, que tuvo lugar en Madrid poco después de la proclamación de la República, el número de los afiliados era ligeramente superior al medio millón. A finales de ese mismo año la afiliación nacional ya había superado los 800.000. En enero de 1932 la confederación regional de Levante podía contar con más de cien mil afiliados.32 En Puerto de Sagunto, el 22 de abril de 1931, apenas unos días después del cambio de régimen, se reunieron unas 1.000 personas en una Asamblea General en el circo Americano para hacer un llamamiento a los trabajadores a «volver de nuevo a la vida de lucha de nuestro Sindicato».33 En una segunda asamblea con motivo del 1° de Mayo acudieron ya más de 2.000 personas y la reunión concluyó con la demanda de la jornada de seis horas, la readmisión de los despedidos, la expulsión de los esquiroles y la disolución de la Guardia Civil. Paralelamente a la reorganización del grupo sindicalista se reiniciaron las actividades culturales y educativas en el ateneo cultural de Puerto de Sagunto, que funcionaba como centro de difusión de la ideología libertaria.34 Tan pronto como en 1931 podemos observar la creciente radicalización de los anarquistas porteños, que defendían su «táctica de la acción directa sin reconocer autoridades» y que con regularidad organizaban manifestaciones bajo lemas como «¡Abajo el clero!» y «¡Muera la Guardia Civil!».35

La crisis económica mundial tuvo graves repercusiones para la joven Compañía Siderúrgica del Mediterráneo y el núcleo social alrededor de la omnipotente fábrica, demasiado dependiente de la frágil demanda del mercado nacional. La participación porteña en las luchas sociales de los primeros años treinta tenía una dimensión que iba más allá de las huelgas ugetistas y cenetistas o de los intentos «revolucionarios» de la FAI: para el Puerto de Sagunto y sus habitantes se trataba de una lucha por la supervivencia de un pueblo. Debido a la sobrevaloración del mercado europeo y a la falta de encargos oficiales por parte del gobierno (garantizados en el favorable periodo de la dictadura de Primo), los directores vascos se vieron obligados en la primavera de 1930 a apagar el primer horno alto y despedir a 450 trabajadores.36 Ya en febrero del mismo año, los obreros siderúrgicos, como reacción al despido de unos compañeros, habían iniciado una espectacular huelga de quince días para presionar por un aumento salarial y la mejora de las condiciones generales de trabajo. Aunque los despidos probablemente tuvieron su verdadero origen en una política de racionalización, fueron recibidos por los trabajadores como una medida represiva y castigadora. La CNT, que progresivamente iba ganando fuerzas, los utilizaba como argumento principal en sus asambleas, con el objetivo de reforzar la adhesión de los trabajadores.37 El conflicto no tardó en extenderse a toda la población: madres y esposas movilizaron a la opinión pública, mientras el periódico blasquista El Pueblo lanzaba una iniciativa para enviar a Valencia a los niños de las familias más afectadas por la huelga.38

Ya en el verano de 1931, la CNT había llamado a sus afiliados para movilizarse en la calle contra la República, cuyas reformas no iban para la mayoría de los anarquistas y amplios sectores de izquierdas suficientemente lejos. La desconfianza ante la nueva forma de Estado fue creciendo con los enfrentamientos sangrientos contra fuerzas de orden público y las duras medidas represivas.39 En octubre de 1931 leemos en el ABC de Madrid, bajo el título «Las huelgas y otros conflictos sociales planteados actualmente en España»: «La crisis obrera en el puerto de Sagunto. Despido de obreros en siderúrgica […] La compañía […] continúa con el despido de obreros, a los cuales […] se les sufraga el viaje a sus pueblos de residencia».40 Pocos días después, el periódico informa sobre una reunión del gobernador civil y el alcalde de Sagunto, para discutir el despido de 600 trabajadores que se iba a realizar en sólo quince días, así como las medidas preventivas como el reforzamiento de las fuerzas de policía para evitar una nueva ola de huelgas violentas.41

En enero 1932 las protestas obreras inspiradas por los conflictos en Catalunya se habían radicalizado de tal manera que las autoridades se veían incapaces de contener los disturbios revolucionarios. El 18 de enero grupos de rebeldes anarquistas recorrieron las calles y bloquearon el acceso a la fábrica, impidiendo el desarrollo normal de las actividades habituales de trabajo. Algunos militantes cortaron las líneas telegráficas y telefónicas, dejando al pueblo completamente aislado durante varias horas, desarmaron a dos carabineros e izaron la bandera roja en el local de la CNT.42 El despliegue masivo de refuerzos de la Guardia Civil fue respondido por los insurgentes con un atentado con bomba a las oficinas de la CSM.43

En los años siguientes Puerto de Sagunto conservó su reputación de hervidero de la lucha social y del anarquismo radical. Debido a los numerosos enfrentamientos violentos durante los cinco años de la Segunda República en paz, gran parte de la organización anarcosindicalista quedó fuera de la ley, operando clandestinamente, con muchos de sus seguidores en las cárceles. Durante la insurrección de los mineros asturianos en el año 1934 (reprimida sangrientamente por las fuerzas militares coordinadas por el general Francisco Franco) y con el temor a un posible levantamiento armado, se efectuaron numerosas redadas y detenciones y el contingente de la Guardia Civil y la policía secreta fue aumentado a un número cercano a los 500 efectivos.44

Mientras tanto, la caída libre de la Compañía Siderúrgica del Mediterráneo era imparable: en marzo 1932 cesaron todas las actividades de las minas en Sierra Menera y en abril se apagaron los hornos de coque y el segundo horno alto. A finales de aquel mismo año apenas quedaba empleada la mitad de los 3.000 trabajadores originales, los cuales, como resultado de las negociaciones con la dirección, solamente trabajaban una de cada dos semanas.45 Las repetidas reducciones salariales fueron contestadas por los trabajadores restantes con oleadas de huelgas e interminables intentos de negociación con la dirección. En julio de 1933, la empresa, incapaz de responder a las demandas de los huelguistas, tuvo que declarar el cese total de la producción y el despido de 1.100 trabajadores. En pocos semanas cerca de 3.000 personas, emigradas desde las zonas rurales pobres con la esperanza de poder encontrar en Puerto de Sagunto salarios estables y mejores condiciones de vida, se vieron obligadas a regresar a sus pueblos de origen.46 En una situación tan desesperada el joven núcleo urbano, que no podía contar con un mínimo de infraestructuras más allá de las facilitadas por la fábrica, estaba a punto de experimentar un éxodo masivo.

Con el apoyo de la prensa, el movimiento obrero logró movilizar a la opinión pública y los partidos políticos, cuyo eco llegó hasta Madrid, y pudo, además, contar con los ayuntamientos de Sagunto y Valencia. Una comisión de trabajadores, concejales saguntinos y políticos valencianos hizo un viaje a la capital española para ejercer presión sobre el Consejo de Ministros, que, en una sesión extraordinaria celebrada el 13 de Octubre de 1933, se posicionó a favor de la Siderurgia: fue concedido un crédito estatal de 10 millones de pesetas para la adquisición de material ferroviario de la CSM.47

Gracias a las medidas de rescate la supervivencia de la siderurgia saguntina parecía asegurada y el número de habitantes, descendido drásticamente durante la grave crisis de despidos, se recuperó rápidamente. Sin embargo, los años hasta el estallido de la Guerra Civil estuvieron caracterizados por una miseria económica generalizada y la escasa demanda de acero en el mercado nacional, una crisis que reiteradamente desembocaba en huelgas que adicionalmente paralizaban la ya de por sí menguada producción. La desmoralización, la depresión económica y la creciente radicalización sindical desencadenaron la descomposición del movimiento obrero anarquista en Puerto de Sagunto y un descenso en el número de los miembros del Sindicato Único.48

En abril de 1935 se constituyó el Partido Sindicalista «pestañista», fundado por José Sánchez Requena, una figura clave que, durante la grave crisis de 1933, había participado y presidido la comisión de empleados y obreros de la CSM que negociaba con las autoridades en Madrid.49 Las discrepancias entre la mayoría de los obreros siderúrgicos que mantuvieron una posición radical-faísta y los moderados del Centro Sindicalista no dejaron de provocar conflictos: ya en 1932, la mayoría de los cenetistas boicotearon una conferencia que iba a dar Ángel Pestaña con ocasión de su estancia en el Puerto.50 Hasta el Congreso Nacional de Zaragoza en 1936, el dividido movimiento anarcosindicalista, ante la amenaza de una posible sublevación militar, no empezó a recuperarse otra vez en el marco de una misma organización. Sin embargo, los anarquistas porteños representaban una de las corrientes más duras de la organización sindical, lo cual dificultaba el proceso de integración en la Alianza Obrera así como cualquier otro intento de unificación de las fuerzas sindicales.51

Las esperanzas de los trabajadores con el comienzo de la República de poder alcanzar una sociedad más justa no se vieron cumplidas. Para los partidos a la izquierda del espectro político y para los anarquistas las reformas republicanas propugnadas resultaban insuficientes, mientras que las derechas anhelaban una restauración del orden social anterior a abril de 1931.

Con el estallido de la guerra civil comenzó en Puerto de Sagunto, hasta los últimos días de la guerra en zona gubernamental, un breve periodo de poco más de dos años de duración de extremo cambio social, pero que, como veremos en el siguiente capítulo, no acabaría siendo más que un corto intermezzo.

¿Años de revolución social? La Guerra Civil

Nosotros, que hasta ahora hemos estado combatiendo la política a la que hemos tenido por base de todos los chanchullos, no hemos tenido otro remedio que aceptar esa misma arma que hemos estado combatiendo continuamente, a fin de que todos juntos, comunistas, anarquistas y republicanos, de común acuerdo podamos darle fin al zarpazo brutal que el fascismo está dando a España.

Marcos Villar Mendoza (CNT), sesión de la Comisión Gestora Municipal. Sagunto, 30 de noviembre 193652

A principios de 1936 era para muchos ya sólo cuestión de tiempo que la joven y frágil República sucumbiera a sus conflictos internos. Para gran parte de los sectores conservadores y de derechas las reformas asociadas a la República española iban demasiado lejos, si bien el miedo ante una posible propagación del bolchevismo era un fenómeno que alcanzaba a toda Europa. Era el caso especialmente de las áreas rurales, en las que las esperanzas suscitadas por las reformas agrarias cuestionaban la tradicional autoridad de los grandes terratenientes. De la misma manera se veían afectados también amplios sectores de la Iglesia que consideraban cercenada su posición predominante en la política cultural y educativa y se negaban a aceptar la secularización del Estado, la emancipación de la mujer, el matrimonio civil y el derecho al divorcio. Muchos militares conservadores de tendencias monárquicas detestaban la política de descentralización de la República y anhelaban una revisión del rumbo. Entre ellos se encontraba el general Francisco Franco, quien durante la República tuvo que abandonar su puesto como director de la Academia Militar de Zaragoza y acabó siendo trasladado por el gobierno del Frente Popular a las Canarias.

Pero también en las clases medias urbanas encontró el revisionismo un amplio apoyo social: ya en 1933 el miedo a la revolución social había llevado a una parte importante de las mismas a contribuir al triunfo electoral de la recién creada Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), la coalición de partidos conservadores y católicos. A la radicalización de los partidos a la derecha del espectro político contribuyó poco después la fundación del partido fascista, Falange Española, liderada por José Antonio Primo de Rivera (hijo del anterior dictador), quien con la ayuda de sus escuadrones puso en cuestión la estabilidad del orden público para crear así un clima propicio a la instalación de un sistema autoritario. El 17/18 de julio estalló en España una rebelión militar con fuertes raíces en la sociedad española que dividió el territorio español en dos mitades: por un lado, los rebeldes o nacionales (como se autodenominaban) liderados por Franco, la Iglesia y las derechas conservadoras; por el otro, los republicanos, defensores del gobierno democráticamente elegido, un amplio espectro de las izquierdas políticas, los sindicatos, una parte del centro republicano y los nacionalistas vascos y catalanes. La dura resistencia de las tropas republicanas y el fracaso del golpe de Estado empujaron al país a una sangrienta guerra civil de casi tres años, al final de la cual los sublevados, asistidos material y políticamente por la Italia fascista y la Alemania nazi, se alzaron con la victoria.

El País Valenciano, con las ciudades de Alicante y Valencia al frente (que cayeron ante el ejército nacional únicamente en los últimos días de la guerra), tenía fama de ser una región especialmente «roja», área de revolucionarios y republicanos, y ciertamente una mayoría de la población tenía convicciones políticas republicanas e izquierdistas. Al estallar la guerra, la región sufrió los mismos cambios revolucionarios que otros lugares de la España republicana (la continuación del Frente Popular, los comités revolucionarios compuestos por representantes de CNT y UGT y los programas de colectivización) que iban a derivar en la dura represión de los considerados como enemigos de la causa republicanauna represión que, no por no ser sistemática y estar fuera de control, fue menos terrible.53 En julio de 1936, como en muchos lugares de la zona leal, las iglesias y ermitas de Sagunto fueron asaltadas y saqueadas y muchas obras de arte del archivo parroquial de Santa María destruidas.54

Para la siderurgia de Puerto de Sagunto los acontecimientos del verano de 1936 significaron una reactivación de su producción y la convirtieron en una de las principales productoras de armamento para la causa republicana. La sublevación militar de julio de 1936 puso fin a la época de división y alteraría radicalmente las prácticas sindicales y la organización de la CNT. Para los anarcosindicalistas la Guerra Civil aparentaba ser la oportunidad de rea-lizar sus sueños de «revolución social». El vacío de poder resultado del fracasado golpe requería la instalación de estructuras organizativas en conjunción con las otras fuerzas del Frente Popular.55

En el Comité Ejecutivo Popular de Sagunto, que se había hecho con el poder local, los anarquistas mantenían una hegemonía sobre el resto de fuerzas políticas.56 Igualmente, el ayuntamiento de Sagunto fue ocupado por miembros del Frente Popular y algunos puestos de los consejos municipales fueron asumidos por los trabajadores de la compañía siderúrgica. De los 21 representantes en la comisión gestora municipal, restablecida en noviembre de 1936, nueve eran anarquistas (cinco cenetistas, dos faístas y dos del Partido Sindicalista), con lo que conformaban la fracción más fuerte dentro de la administración municipal de Sagunto. Aunque, en teoría, todas las fuerzas políticas y sindicalistas estaban representadas proporcionadamente, las demás agrupaciones se vieron pronto incapaces de «controlar el caire radical que prenia l'Ajuntament».57 Después de acalorados debates sobre la continuación de la «revolución social» (rechazada por la UGT hasta que no se hubiera ganado la guerra) el alcalde ugetista presentó su dimisión y fue sustituido por el cenetista Antonio Blesa Martínez.

Después del golpe militar se convocó una gran asamblea en la gerencia para evitar problemas en la vida pública y organizar la gestión del trabajo y la defensa de la siderurgia y asistieron militantes de los diferentes partidos y sindicatos. Se constituyeron varios comités, compuestos por delegados de la CNT y la UGT, en apoyo del Frente Popular. El comité de Control fue encargado de garantizar el funcionamiento de la empresa siderúrgica, incautada por los obreros como fábrica de armamento. Como medida de precaución, aquellas personas de convicciones derechistas y algunos de los altos cargos en la dirección fueron detenidos. Fidel Moncada, un ingeniero siderúrgico que mantenía excelentes relaciones con los sindicatos locales y miembro del PSOE y la UGT, recibió el puesto de director de la CSM.58 Para los antiguos miembros de la dirección y los ingenieros, que vivían en una zona de chalets ajardinada y vallada, la «revolución social» en el pueblo y la toma del poder por parte de los comités representaba una amenaza, dado que temían agresiones de los anarquistas radicales. Como relataba el hijo de un directivo:

Tenía miedo por mi padre. Entonces simplemente por ser jefe […]. Los de aquí fueron los que, reunidos en un comité de aquellos que habían y tal, señalaban con el dedo y detuvieron a muchos, les tenían en el convento […], a algunos luego los soltaron y a otros se los llevaron al cementerio y los asesinaron.59

Las razzias y fusilamientos perpetrados en las zonas bajo control republicano, si bien eran rechazados por gran parte de la población, contribuyeron a confirmar el concepto del «rojo» como enemigo. Aunque las acciones de terror no alcanzaron de largo la proporciónpor no hablar del carácter sistemáticode las represalias franquistas, las arbitrarias ejecuciones de clérigos y representantes de la burguesía y el asalto y destrucción de iglesias y monasterios supusieron un terreno abonado para la propaganda franquista. Ante este trasfondo, Franco pudo justificar la cruel represión de los republicanos en territorio nacional como una acción necesaria contra las «hordas bolcheviques», una visión manipulada de la guerra civil, que se mantuvo hasta el final de la dictadura y más allá.

Con el avance de la guerra, tanto a nivel español como en Sagunto, la CNT iba perdiendo influencia en las luchas políticas, especialmente ante los comunistas. Ya en el verano de 1937, el alcalde Antonio Blesa renunció a su puesto, alegando que tenía que reincorporarse a la producción siderúrgica. La situación de los anarquistas dentro del Frente Popular no fue fácil, acusados como eran por el resto de los partidos de ser los causantes de la inestabilidad social. Ante la desfavorable situación económica, la política de colectivización y de reformas revolucionarias estaba condenada a zozobrar y perjudicaba gravemente la organización de la gestión local. En palabras de Aurora Bosch, los militantes cenetistas estaban «preparados para los enfrentamientos callejeros con las fuerzas de seguridad […], el sabotaje y la insurrección […], quizás estaban preparados para proclamar la revolución, pero no para dirigirla económica, política y militarmente».60

A causa de la gran demanda de mano de obra para la producción bélica, la plantilla aumentó hasta los 3.000 empleados. Puesto que la mayoría de los trabajadores se habían incorporado a las tropas republicanas, muchas mujeres jóvenes fueron invitadas por el ministerio de Defensa a entrar a trabajar en fábrica.61 Con los centros siderúrgicos vascos ocupados por las tropas nacionalistas, Sagunto se convirtió, a pesar de las limitaciones de abastecimiento, en pilar importante de la producción bélica republicana: a consecuencia de ello, a partir del año 1937 las instalaciones industriales fueron bombardeadas por escuadrones aéreos alemanes e italianos.

Los fuertes bombardeos aéreos han dejado una profunda huella en la memoria colectiva de la población y muchos de los testimonios entrevistados de mayor edad tienen todavía recuerdos de cuando eran niños pequeños y aparecía la «pava», como se conocían popularmente a los bombarderos. Los intensos bombardeos obligaron a que numerosas mujeres y niños tuvieran que refugiarse en las zonas rurales, mientras que los trabajadores de la CSM, imprescindibles para la economía de guerra republicana, se quedaron y dormían en los refugios antiaéreos. Las calles de la localidad quedaron despobladas a causa de la permanente amenaza que venía del aire, como nos han relatado supervivientes de la época:

En el Puerto de Sagunto sólo quedaban trabajando unos cuantos en las acerías. Los talleres se van a Cieza y la gente que estaba en los puestos de la empresa de mayor envergadura […], ésos se quedan aquí con mucho miedo, pero se quedan trabajando aquí. Todos los días la mitad de la gente huía del Puerto de Sagunto. Se marchaban, porque «la Pava» no decía que no iba a bombardear sino que dejaba bombas igual en el pueblo que en la fábrica, que donde fuera.62

Sin embargo, durante los años de guerra la producción nunca llegó a detenerse, si bien en la primavera de 1938 ante el avance de las tropas del bando nacional, algunas partes de la fábrica tuvieron que ser desmanteladas y trasladadas a Cieza (Murcia). El 28 de marzo de 1939 las tropas franquistas entraron en Puerto de Sagunto y ocuparon la fábrica, que había seguido funcionando hasta el derrumbe de la zona republicana. Miguel Lluch, un testigo de la época relata: «La entrada de los nacionales fue aquí como en todas las partes. Empezaron enseguida a detener gente. Pasaban con la bandera los requetés y te obligaban a levantar los brazos; si no, a tortazo limpio o a culatazo te hacían».63

La derrota en la guerra civil significó para los trabajadores de Sagunto el final de cualquier esperanza de alcanzar una sociedad mejor, por la que habían luchado en el frente y en los altos hornos. La revolución social encontró su final con la entrada de las tropas franquistas, antes incluso de que hubiera podido ponerse en marcha de verdad. Las primeras detenciones y fusilamientos marcaron el comienzo de una larga y oscura época de represión y falta de libertad. Con el final de la guerra civil y la instauración del Nuevo Estado dieron comienzo los «años de silencio».

«LOS AñOS DE SILENCIO». LA POSGUERRA (1939-1958)

«La vida sigue…». De la CSM a los Altos Hornos de Vizcaya (AHV)

La imagen que encontraron las tropas nacionales al entrar en la ciudad fabril debió de ser desoladora: destruida por las bombas y despoblada, poco hacía pensar que la ciudad pudiera recuperarse de la guerra. Puerto de Sagunto estaba destruido porque en un par de años que no lo habíamos habitado, había cada 4 o 6 casas una derrumbada, por las calles hierbas levantadas y todo eso.64

El final de la guerra civil significó también para los propietarios de la CSM, la familia vasca De la Sota, el fin de toda esperanza. Ramón de la Sotainiciador principal de la siderurgia levantinahabía muerto ya a principios de la guerra y no tuvo que vivir la expropiación de todos sus bienes por parte de la «Nueva España». Las aspiraciones «separatistas» y la participación de la familia de la Sota en la fundación del PNV, en calidad de mayor protector económico, no eran precisamente buenos argumentos a ojos de los nuevos gobernantes franquistas. La sentencia del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas condenó en 1940 a sus herederos a una multa de cien millones de pesetas por nacionalismo vasco y desprecio a la bandera española. La Compañía Siderúrgica del Mediterráneo fue disuelta forzosamente y todas las acciones de la sociedad fueron sobrescritas a Altos Hornos de Vizcaya (AHV), sus tradicionales competidores.65 A partir de ese momento, la fábrica de Sagunto pasó a ser considerada una mera filial de la nueva empresa-madre y ello tuvo la correspondiente repercusión en el lugar ocupado en la lista de prioridades de los nuevos propietarios: las modernas instalaciones fueron desmontadas, transportadas a Sestao y Barakaldo para su instalación, mientras que, a cambio, Sagunto recibía las viejas máquinas de la central vasca.66

Tras la adquisición de CSM por AHV en 1940, la nueva dirección trató de encauzar la producción de acero por la senda de lanuevanormalidad. A pesar de los problemas de abastecimiento, resultado de la autarquía económica dictaminada por el nuevo estado franquista, tuvieron un éxito considerable al respecto, puesto que los altos hornos acaparaban la mayor parte del mineral de hierro procedente de Ojos Negros y no dependían directamente de los socios comerciales ahora perdidos. Para garantizar el desarrollo adecuado de la producción, la dirección renunció, así lo relatan los testimonios, a llevar a cabo una purga política profunda de los trabajadores y volvió a contratar a una gran parte de éstos tras la guerra o cuando hubieron cumplido las respectivas penas de cárcel.

En el Puerto no había mucha depuración. El que estuvo trabajando en AH y no se fue de ahí, el que era de la CNT o era comunista o lo que fuera, en el momento que esto cayó, siguió en su trabajo y hubo muy poca depuración. Sólo algunos, pero fueron contados.67

Otras fuentes nos aportan una idea más detallada sobre la dimensión de los despidos y su motivación política. En noviembre de 1941, el comandante de la Guardia Civil de Sagunto informó al Gobernador Civil de las primeras sanciones contra los trabajadores «rojos» de la fábrica: consideraba la presencia de éstos en la ciudad industrial como altamente peligrosa para la comunidad porteña y advertía que tenía que ser evitada a toda costa. Según el informe, se habían llevado a cabo cerca de 70 despidos y desalojos; un número que resultó relativamente bajo teniendo en cuenta que el mismo comandante estimaba en un noventa por ciento el porcentaje de los marxistas en Puerto de Sagunto.68

Sin embargo, a la vista de la precaria situación económica y de la necesidad de mano de obra, parece que la dirección no creyó oportuno adoptar una política de mano dura, si bien ello conllevó ciertos conflictos con la Falange o el sindicato único. Al respecto, un trabajador narra así el despido de su padre en 1943 y los choques de competencias entre la dirección de la fábrica y las autoridades locales:

Entonces cuando salieron de la cárcel en el 43 el director de fábrica les dejaba entrar, pero el sindicato este, el sindicato vertical dirigido por los fascistas, era el que dirigía el trabajo al director. Y entonces el director tenía que quitar a los que había metido y tenía que meter otro que era del régimen.69

Tras el cambio de propietarios, la producción de acero se reanudó inmediatamente y ya en 1941 volvía a estar en funcionamiento un primer horno alto. Poco a poco el resto de las instalaciones se fue reincorporando al proceso productivo, si bien hasta 1954, en el marco de una ligera recuperación coyuntural, no pudieron llevarse a cabo nuevas inversiones. En los años de la primera posguerra la plantilla volvió a crecer de forma muy acelerada: si en 1941 la AHV contaba con 3.127 trabajadores, en 1947 eran ya 3.817;70 a finales de 1957, la cifra había alcanzado los 6.200.71 No obstante, durante todo este tiempo la empresa no fue capaz de recuperar las cotas históricas de producción de 1929. El problema principal no era la destrucción de las instalaciones durante la guerra, sino la ausencia de un suministro regular de materias primas (como carbón o coque), así como la mala calidad de las que se conseguían, lo cual acababa encareciendo la producción. Además, en el marco de la Segunda Guerra Mundial y condicionadas por el posicionamiento de la España de Franco al lado de las potencias del Eje, las industrias pesadas locales perdieron sus importantes socios en Francia y Gran Bretaña. El posterior aislamiento respecto del mercado europeo comportó graves repercusiones también para AHV. Hasta principios de la década de 1950 no se reanudaron las relaciones comerciales y se pudo volver a dar salida al acero saguntino a nivel internacional. Hasta que a mediados de dicha década la ciudad fabril pudiera experimentar un nuevo periodo de crecimiento y recibiera una segunda gran oleada migratoria, la población tuvo primero que atravesar los oscuros años de la posguerra, una época marcada por el terror y la represión.

«La oscuridad al final del túnel»

Para los habitantes de Puerto de Sagunto el final de la guerra significó el inicio de un periodo de represión, oscuridad y miedo. La localidad encarnaba para los vencedores todo lo que sus enemigos eran y representaban: la mayoría pertenecía a la clase trabajadora, tendía al «bolchevismo» revolucionario y era atea. Tras la guerra el poder había vuelto a manos de las derechas tradicionales: «personas relevantes que habían sido toda la vida de derechas […]. Ingenieros, gente de comercio, gente obrera cualificada también».72

Cuando las tropas franquistas entraron en Puerto de Sagunto llevaron a cabo numerosas detenciones de «rojos», personas que habían luchado al lado de la República contra las tropas franquistas, entre ellos muchos trabajadores de los Altos Hornos. En un primer momento, los detenidos fueron llevados a un almacén en Sagunto para posteriormente ser trasladados a la prisión provincial de San Miguel de los Reyes, en Valencia, donde la mayoría siguieron presos durante años. La penuria de las esposas e hijos que habían quedado en Puerto de Sagunto, obligadas a subsistir a duras a penas sin el jornal del cabeza de familia ahora preso, se vio todavía agrandada por las múltiples expropiaciones. Los años de posguerra estuvieron marcados en Puerto de Sagunto por la tuberculosis y el hambre. Como relata uno de los entrevistados, «no había nada» y algunas familias se vieron obligadas a alimentarse casi exclusivamente de las naranjas que robaban en los campos cercanos: «Comimos naranjas y hierba, con el hambre que teníamos. Así pasamos tres años. Esto aquí era una zona de tuberculosis».73

Como en tantas otras de las zonas que habían permanecido fieles a la República, también en Puerto de Sagunto fueron fusilados varios republicanos. Las estimaciones según Santos Juliá parten para toda España de unos 140.000 republicanos fusilados entre 1936 y 1950, unos 100.000 ejecutados durante la guerra y unos 40.000 en la posguerra. En contraste a estimaciones anteriores, según revisiones las cifras de las víctimas de la represión republicana no debían superar las 50.000 en toda España.74 De los 60 «disidentes» que fueron fusilados en el distrito de Sagunto, por lo menos 21, según las estimaciones de Simeón, provenían del Puerto de Sagunto.75 Entre las víctimas de los fusilamientos se hallaban varios militantes anarcosindicalistas y de la UGT, que durante la República y la Guerra Civil habían empeñado un papel importante en los diferentes comités para la gestión municipal y el control de la fábrica. Eso era el caso de Hipólito Delgado, calderero y presidente de la junta directiva de la CNT en Puerto de Sagunto, que fue fusilado en 1939 a los 25 años en Paterna. Ulpiano Alonso Presa, ejecutado en el mismo año, fue laminador y miembro del comité de la Defensa del Puerto, los comités de control de fábrica y de control anexos a la siderúrgica en Cieza y presidente del Sindicato Siderometalúrgico de la UGT.76 «Estas personas», cuenta un testigo de la época, «uno de ellos el jefe de la CNT»:

trabajaban en Altos Hornos, casualmente, y lo pasaron muy mal, muy mal hasta el punto de que […] estuvieron encarcelados en el famoso cementerio de Sagunto. Según cuentan […], aquellas personas que habían estado en el bando político opuesto o que sin haber estado tenían chivatazos, y eran apresados, a los que juzgaban rápidamente, que los condenaban a muerte, los llevaban al cementerio en una furgoneta […] y al amanecer los fusilaban.77

Igualmente, también algunas mujeres que se habían destacado por luchar durante la guerra del lado de la República, como la famosa «Jabalina» fueron detenidas, llevadas a la cárcel de mujeres de Valencia y posteriormente ejecutadas.

Los años entre 1939 y 1945 fueron años de hambre, la población tenía que sufrir bajo la rigurosa autarquía económica franquista y el aislamiento prácticamente completo de la economía española respecto del mercado internacional. Los más perjudicados por la errónea intervención estatal y la deficiente situación de los abastecimientos fueron los centros industriales del país, cuya población no estaba en condiciones de abastecerse a sí misma con productos del campo. Los alimentos estuvieron racionados hasta entrada la década de 1950. El mercado negro y el estraperlo se convirtieron en una práctica habitual en poblaciones sin producción agrícola, como Puerto de Sagunto. Muchos de sus habitantes procedentes de comarcas rurales (sobre todo de la más cercana Aragón) tejieron una densa red de contrabando. En las entrevistas numerosos testimonios informan de familiares que participaban en el mercado negro: cualquiera que tuviera un carro y caballos podía traer aceite y harina de los pueblos a las ciudades, pero se arriesgaba a ser sorprendido en los frecuentes controles de carreteras y a poner en peligro su subsistencia, dadas las cuantiosas multas con que se penaban dichas actividades.

Claro, en aquellos años después de la guerra, podría ser por el 40 o 41, por ahí, mi padre se dedicó al estraperlo. A comprar frutas en el pueblo […] mi padre y un sobrino […]. Y se iban a estraperlo por ahí, iban a Cuenca, a todo el entorno de ahí a vender. Y vendían la fruta, pero la gente ahí no podía comprar y la cambiaban por trigo. Y lo traían a casa […]. No nos faltaba de nada, porque mi padre se había tirado en el estraperlo […]. Y en el primer viaje que hace mi padre le colgó la fiscalía de tasa. Lo denunció […] y ya pues, tuvo que vender mi padre una finca, porque entonces la multa eran 7.000 pesetas, que era muchísimo, cuando te hablo yo del cuarenta y tantos.78

Tras la ocupación por las tropas nacionales, Valencia, la «zona roja» se vio especialmente afectada por la represión franquista. El nuevo estado no tenía dudas sobre quiénes habían ganado la guerra y quienes la habían perdido y en ningún momento trató de integrar el bando de los vencedores o de buscar un consenso general. Carente de un concepto ideológico revolucionario de carácter integrador para el futuro de España al contrario de los dictadores fascistas de Alemania o Italia, con su retórica de superación de clases en un horizonte nacional, Franco no estaba dispuesto a incluir a la mayoría de la población en un proyecto de «comunidad nacional», equiparable a la Volksgemeinschaft nacionalsocialista. Fracasados rápidamente en los primerísimos años de posguerra algunos intentos falangistas de superación (revolucionaria fascista, no democrática) de las diferencias entre vencedores y vencidos, que no ofrecieran a estos últimos únicamente medidas represivas, la política de las nuevas autoridades destacó más bien por su carácter marcadamente reaccionario, con la persecución y aniquilación de los antiguos líderes y defensores de la República, la represión de la democracia y del socialismo como medidas preferentes. La violenta represión fue el factor que impregnó la dictadura franquista, con el único objetivo de atemorizar moralmente y paralizar mediante el terror y el miedo cualquier intento de oposición.79

Quan s'acaba la guerra ací era un «desmadre». No podies anar tres persones juntes pel carrer. No podies tindre en el treball una reunió. Aixo és de veres. Ens abstinguérem moltes vegades de moltes coses, perque la primera vaga que varem fer nosaltres ací, ens imposaren unes coses molt estranyes.80

La dictadura utilizó el terror no sólo para eliminar a sus enemigos, sino también como apoyo recurrente para recordar una y otra vez a gran parte de la población cuál era su lugar en la sociedad, que no era otro que el de los perdedores. A los que querían sobrevivir no les quedó otra elección que resignarse exteriormente al sistema y aprender a callar. Franco no buscaba ninguna reconciliación, sino manipular el pasado y aprovecharse del dolor colectivo. Sin embargo, la hostilidad y los deseos de venganza de los vencidos para con el régimen sólo ocasionalmente desembocó en acciones públicas de protesta. La mayoría de la población, y con ella también buena parte de la clase trabajadora, adoptó un papel más bien pasivo, ante el acendrado temorazuzado de forma muy consciente por la dictadurade que la traumática experiencia de la guerra pudiera repetirse. La atmósfera en la ciudad fabril estaba impregnada por el miedo, sobre todo a la actuación de las escuadras fascistas de Falange y de la Guardia Civil. «Había mucho miedo», explica un testigo de la época, «porque entonces veías a un guardia civil, veías a uno de Falange y parecía que eran el diablo. Huíamos de ellos porque te pegaban. Aquí se han pegado muchos palos… yo he visto cosas muy muy…».81

Sobre todo para los primeros tiempos tras el fin de la guerra informan los testimonios de constantes actos de violencia e intimidación por parte de los vencedores: gente golpeada por haberse negado a levantar la mano en el saludo fascista, mujeres de «rojos» a las que se rapaba la cabeza o discriminadas en el reparto de los de por sí ya racionados alimentos, ateos/as a los que se obligaba a arrodillarse al paso de procesiones… La Iglesia desempeñó en la represión un papel nada secundario: obligaba a los habitantes a asistir semanalmente a misa y alcanzó mediante la imposición de su moral tradicional una influencia en la vida cotidiana del pueblo que no hay que subestimar. Las formas de comportamiento considerado «inmoral», como por ejemplo bañarse con «demasiado poca» ropa, hacer manitas en público o diversiones como los bailes sociales, eran severamente condenadas. Para una clase obrera de tendencias ateas como la de Sagunto la Iglesia representó desde un primer momento el prototipo del aparato represivo conservador, responsablejunto con la burguesía y el ejércitodel recorte de sus libertades; una percepción que el concordato con la Santa Sede en 1953 no parecía más que confirmar.82

Si bien la dirección de la empresa, siguiendo la política paternalista entonces predominante, adoptó una postura algo moderada con sus trabajadores, que, como ya ha sido mencionado, acabó enfrentándola con las autoridades locales, civiles y eclesiásticas,83 no dejaba por ello de ser a ojos de los trabajadores, en tanto que representante de la burguesía industrial, un aliado tradicional de la Iglesia. Con el inicio de la década de 1940 la empresa solicitó el envío a Puerto de Sagunto de misioneros, los llamados paúles, que se instalaron en la iglesia de Begoña y en las escuelas dependientes de la empresa.84 Pese a todo, los intentos de convertir a los trabajadores tuvieron pocos resultados: a misa iban sólo los interesados en congraciarse con la dirección de la empresa y la jerarquía local, sobre todo, ingenieros, personal de administración y maestros artesanos, esto es, empleados con sueldo mensual y que así se diferenciaba de la masa. En la iglesia de Begoña se diferenciaba espacialmente entre trabajadores y directivos: había accesos separados y los ingenieros jefes tenían bancos propios con sus iniciales grabadas. En este sentido, el creciente distanciamiento de la mayoría de la población en el tema de la religiosidad era una consecuencia también de las contradicciones de clase, como lo relataba un sacerdote de la época en una de las entrevistas: «El obrero aquí no era practicante, pero era por la historia de la imagen de la iglesia en Puerto de Sagunto. La iglesia en este momento estaba identificada con el poder, como Begoña era la iglesia de los altos cargos, la dirección, los ingenieros… el poder del pueblo».85

La implantación del Sindicato Vertical

Y me acordaré siempre del primer día que vinimos aquí, a la casa del Sindicato Vertical, a hablar con un abogado para que nos dijera qué podíamos hacer. Este señor nos dijo: «Mirad, muchachos: nos costó 36 meses ganar España; nos cuesta 36 minutos daros un puñetazo a cada uno y meteros en la cárcel. Aquí no se viene a protestar por nada. No tenéis vosotros suerte ni nada, que tenéis los puestos de trabajo ya garantizados».86

Los vencedores de la guerra eran totalmente conscientes de que, para asegurar la pervivencia de la dictadura, el sometimiento del movimiento obrero debía ser uno de los objetivos más importantes. A la vista de la creciente industrialización era inevitable que existieran trabajadores, pero se podían limitar los potenciales peligros del proletariado con represión en sentido clásico (la fuerza policial, la militar) o con la creación de órganos de control, como las organizaciones del partido único y su aparato sindical universal.

No obstante, es necesario abrir aquí un paréntesis para tratar del inicio y la forma de la dictadura franquista. La construcción del nuevo estado español había comenzado el 1 de octubre de 1936, con el nombramiento del general de división Francisco Franco como Jefe del Estado español. De hecho, el poder del que disfrutó hasta su muerte no estuvo más que limitado por su propia voluntad. En abril de 1937 decretó la unificación de todos los grupos y partidos políticos de la zona «nacional» en la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS) como partido único «bajo su mando» y él sería el Jefe Nacional del Movimiento. De esta manera, Franco asumía el cargo de José Antonio Primo de Rivera, hijo del anterior dictador y desde 1933 líder-fundador del partido fascista español, ejecutado en zona republicana en noviembre de 1936. José Antonio, que en vida nunca alcanzó un verdadero éxito político con su partido fascista, fue estilizado posteriormente como héroe y mártir; permitiendo el culto mortuorio en torno a su persona. Franco pretendía ganarse el favor de los camisas viejas. En una época en que toda Europa parecía someterse a un procesado generalizado de fascistización, Falangeque en las últimas elecciones democráticas había obtenido un magro 0'4% de los votosse convirtió en la imagen del nuevo régimen español, si bien el propio general Franco veía al movimiento fascista con mucho escepticismo y creciente desprecio.87

Con la unificación forzada de los partidos de la derecha del espectro político (tradicionalistas carlistas, monárquicos alfonsinos, católicos y falangistas) bajo el paraguas del partido único fascista, se consiguió sellar una poderosa alianza que resultaría decisiva para la victoria del bando franquista; una unidad de la que las fuerzas democráticas republicanas carecerían hasta el final. Sin embargo, la unidad de los grupos de derecha tampoco fue nunca tan grande como pretendió demostrar públicamente el pomposo Desfile de la Victoria de mayo de 1939. Sin duda, todas las fuerzas que durante la guerra apoyaron al bando franquista compartían un profundo rechazo de la democracia, del parlamentarismo y del marxismo, además de tener un común interés en la destrucción de la República. En realidad, los objetivos ideológicos de los diferentes grupos a la hora de construir un nuevo orden estatal alternativo a la odiada democracia eran fundamentalmente diferentes: en el interior de la «coalición», las diferentes corrientes de derechas continuaron definiéndose como falangistas, carlistas, monárquicos o católicos. Al fin y al cabo, al inicio de la guerra ningún partido había contado con que la sublevación reaccionaria acabaría tres años después con la construcción de una dictadura franquista.88 Pese a todo, Franco supo mantener, sin posicionarse a favor de una determinada fuerza política, como líder supremo el frágil equilibrio entre «compromiso ideológico y mero oportunismo» y apoyarse en una u otra dependiendo de la cambiante correlación nacional o internacional de fuerzas.89

Ya durante la guerra civil dio comienzo la construcción de una ideología de Estado cuyos pilares fundamentales serían la Gleichschaltung -sincronizacióninstitucional, el sistema de partido único, un ejército victorioso y fuerte y una iglesia católica aliada con el sistema. Un último pilar sería la creación de un sindicato único vertical que, totalmente fiel a sus ejemplos fascista y nacionalsocialista, integrara a los trabajadores en el régimen. El objetivo principal del sindicato era el control y la represión de los trabajadores, cuyo potencial conflictivo suponía a ojos de las autoridades franquistas una constante amenaza para el orden público. Con la implantación del sindicato, oficialmente Organización Sindical de España (OSE, más conocida en la práctica como Sindicato Vertical), no se pretendió en primer lugar ganar a los trabajadores para el sistema o facilitar su participación activa en él. Efectivamente, el régimen muy pronto había renunciado a la idea de obtener un «consenso activo y entusiasta» entre la población, y por lo tanto la reacciones ante las pocas iniciativas en búsqueda de colaboración fueron poco favorables. La mayoría de los obreros contestó con pasividad y rechazo, postura que se expresa muy claramente en las entrevistas realizadas con antiguos trabajadores de Altos Hornos. A pesar de ello, así lo subrayan Saz y Molinero, existía una cierta «voluntad de aproximación a las masas» por parte de algunos sectores del régimen encabezado por el ministro de Trabajo José Antonio Girón, y que se expresó con una «política del paternalismo social, que se vio perfectamente completada» por el paternalismo empresarial de la época.90 Durante su mandato entre los años 1941-1957, Girón elaboró un «discurso obrerista», introduciendo un sistema de amplias actividades sociales, seguridad de enfermedad y una red de asistencia sanitaria, convirtiéndose así en la «cara social» del régimen. Del mismo modo, Girón frecuentemente buscó el contacto directo con los trabajadores y una de las zonas repetidamente visitadas fueron Valencia y el Puerto de Sagunto.

Aunque sus intenciones de «aproximación a las masas» y la voluntad de atender a las justas reivindicaciones sociales y económicas obreras, le aseguró una cierta popularidad, la política socio-laboral del régimen no dejó de estar llena de contradicciones. Al fin y al cabo, el discurso falangista no se mostró «capaz de compensar la realidad de unas relaciones de trabajo absolutamente desfavorables» para los obreros, los cuales acabaron de recurrir a la protesta abiertahecho que se manifestó claramente en las conflictos sociales a principios de los años cincuenta, como la huelga de tranvías en Barcelona en 1951.91

La estructura sindical del nuevo estado debía de formarse siguiendo las directrices de la teoría falangista del nacionalsindicalismo. Su principio ideológico base era la represión de todo conflicto laboral y la negación sistemática de la «lucha de clases», es decir, el rechazo de los principios del capitalismo liberal o del marxismo. Por el contrario, empresarios y trabajadores debían colaborar armónicamente para hacer progresar la producción industrial y agraria. En los 26 puntos de Falange se puede leer al respecto: «Nuestro régimen hará radicalmente imposible la lucha de clases, por cuanto todos los que cooperan a la producción constituyen en él una totalidad orgánica».92 Según la teoría falangista, todo el Estado español debía estar organizado en una sola unidad de productores; es decir, todas las fuerzas que participaran en el proceso productivo debían unirse pacíficamente. Los conflictos sociales, las protestas y las huelgas eran equiparados a la traición a los principios del Estado.

Ya en 1937 se crearon las Centrales Nacional Sindicalistas (CNS), embrión de la futura organización sindical estatal. El objetivo perseguido era desposeer de legitimidad a los viejos sindicatos y prevenir la creación de agrupaciones nuevas, ajenas a la doctrina falangista.93 El fundamento legislativo del nuevo sistema sindical lo constituía el Fuero del Trabajo de marzo de 1938, que conformaba un derecho laboral fuerte inspirado en la Carta del Lavoro mussoliniana. En él se exponía la estructura de la futura Organización Sindical Española, la cual consiguió organizarse institucionalmente tras el fin de la guerra civil mediante la promulgación de la Ley de la Unidad Sindical y de la Ley de Bases de la Organización Sindical (ambas de 1940).94

La Ley de la Unidad Sindical establecía la base del monopolio sindical del Partido único FET y de las JONS, que excluía por definición la existencia de los tradicionales sindicatos. La Ley de Bases de la Organización Sindical, de diciembre de 1940, definía el marco administrativo y la estructura jerárquica de la OSE. En la cima de la jerarquía sindical a nivel nacional se encontraba el delegado Nacional de Sindicatos, nombrado personalmente por el Jefe Nacional del Movimiento, es decir, por Franco. Desde esta instancia superior hacia abajo el sindicato se dividía en dos niveles: uno horizontal y otro vertical. Los sindicatos nacionales estructurados verticalmente constituían los elementos institucionales más importantes dentro del sindicato y desarrollaban sus actividades en el plano nacional y provincial. La subdivisión vertical se desglosaba en 28 ramas sindicales, que abarcaban los sectores industrial, agrario y de servicios, en los que cualquier empresa había de integrarse dependiendo de su sector.

Siguiendo lo estipulado en la Ley de Bases de la Organización Sindical, en un primer momento la afiliación era voluntaria, pero en 1943, a raíz del escaso entusiasmo demostrado, la Ley de la Colocación Obrera la convirtió en obligatoria para cada trabajador. Normalmente, la cuota de afiliación se descontaba directamente del sueldo. La legislación laboral tejió una densa red de instancias de control, las oficinas de colocación, encargada de supervisar la correcta expedición de la cartilla profesional, un documento de identificación individual que informaba sobre el currículo, la historia laboral y, eventualmente, la pertenencia a organizaciones de Falange. Los empresarios tenían prohibido contratar trabajadores que carecieran de cartilla profesional. Evidentemente, esta normativa estaba también vigente en los AHV:

Art. 3° Admisión. El personal que solicite colocación deberá presentar documentos de identidad […], carnet de parado de la Oficina de Colocación, calificación profesional acreditada por las certificaciones de trabajo de las empresas donde hubiere sido colocado.95

Igualmente, el sindicato controlaba la pertenencia de cualquier trabajador joven a la organización juvenil de Falange, el Frente de Juventudes, o a la Sección Femenina en el caso de las mujeres. La dirección de la empresa, en la que normalmente había también miembros de Falange, colaboraba de forma habitual en los rigurosos controles a sus empleados. Un trabajador de Puerto de Sagunto nos informaba que, ante su negativa a afiliarse al Frente de Juventudes, se le negó la incorporación a la fábrica y sólo años después pudo conseguir un contrato de trabajo.96

Con la creación de la OSE con su estructura organizada jerárquicamente, pudo el estado franquista intervenir en las relaciones laborales y en los conflictos surgidos en el lugar de trabajo y controlar así la estrecha integración del trabajador en el sistema. No obstante, un segundo punto de importancia era la función socio-económica que los sindicatos nacionales adoptaban en lo referente al control estatal del proceso productivo. El sindicato constituía un medio efectivo para imponer hasta en la empresa más pequeña la política económica promovida por el régimen.97

Si bien en la organización sindical trabajadoresproductoresy empresarios ocupaban, en el sentido del nacionalsindicalismo, posiciones teóricamente iguales, en la práctica el resultado era bien diferente: la colaboración armónica entre trabajadores y patronos era únicamente una fórmula utilizada hasta la saciedad por la propaganda ajena a la realidad. Los trabajadores tenían prohibido cualquier tipo de participación dentro o fuera de los órganos sindicales, a pesar de la introducción de esporádicas elecciones sindicales en 1944.98 Aunque teóricamente los trabajadores de cualquier categoría estaban representados, de manera más o menos proporcional, por los denominados enlaces, representantes sindicales, lo cierto es que la Falange local solía manipular las respectivas elecciones de tal manera que sólo podían presentarse como candidatos partidarios del régimen. La Delegación Nacional de Información e Investigación, el órgano superior de espionaje de Falange se encargaba personalmente de la supervisión de las elecciones sindicales y de llevar a término la depuración entre los candidatos presentados. Se puede, así, leer en una nota sobre los preparativos oficiosos de las elecciones de 1957 en Valencia:

La Jefatura Superior de Policía, se ha dispuesto hacer una información lo más amplia posible, de cada uno de los enlaces propuestos. En la mayoría de los casos, los agentes se dirigen a la empresa […], en otros casos, los agentes efectúan la información reservada, bien por medio de amigos […], pero en otras, para terminar antes, los agentes van a los domicilios de los interesados y allí los someten a una serie de preguntas, que en muchos casos, son difíciles de contestar […], ya que sobre todo Valencia que no tuvo la suerte de ser nacional durante el Alzamiento.99

En marzo de 1947, con ocasión de las segundas elecciones sindicales que iban a celebrarse, se publicó una nueva regulación que establecía formalmente la «fiabilidad política» de los candidatos como requisito indispensable para su presentación como candidatos. De esta manera, los mandos falangistas sindicales que actuaban a nivel local y provincial recibían de parte oficial un cheque en blanco para manipular las elecciones. Las estrictas normativas, de interpretación además flexible, que determinaban los motivos para desposeer a alguien de su cargo, entre los cuales se encontraba la «falta de lealtad para con el Sindicato» o «la ausencia de respeto ante el Estado», completaban el marco legal de las elecciones del Sindicato Vertical.100

La Ley de las Reglamentaciones de Trabajo, promulgada en 1942, no hizo sino reforzar la posición de impotencia de los trabajadores en la nueva estructura sindical. La ley declaraba cometido estatal toda regulación sobre las condiciones en el puesto de trabajo y condenaba cualquier tipo de negociación directa entre trabajador y empresario. Las empresas con más de 50 trabajadores estaban obligadas a desarrollar un reglamento de régimen interior que creara las condiciones marco para controlar rigurosamente a los trabajadores dentro de la empresa. Dicho reglamento preveía la clasificación de la plantilla en categorías o grupos salariales, establecía el pago de los sueldos o de bonificaciones, fijaba la duración de las vacaciones, la política social de la empresa y definía las sanciones de unas faltas divididas en «leves», «graves» o «muy graves». Las infracciones podían ser castigadas con el despido y la suspensión de sueldo durante un periodo que, según la gravedad de la falta, oscilaba entre 2 y 60 días. Como infracción de mayor gravedad estaba estipulada, junto con el uso de palabras ofensivas para con los superiores o sus familiares, las blasfemias en el puesto de trabajo.101

Durante las primeras décadas de la dictadura, la obediencia incondicional con el superior representó el puntal de cualquier tipo de relaciones laborales. La aplicación del generalizado principio de paternalismo no solía conllevar a conflictos con la legislación franquista y la autoridad estatal. Antes al contrario, los órganos administrativos y de control franquistas se caracterizaron por la complacencia frente a los poderosos patronos. La Magistratura del Trabajo, creada expresamente para intervenir en conflictos laborales y para mediar entre trabajador y empresario, se situaba con un «prejuicio escandaloso» de parte del empresario.102 En consecuencia, los obreros no se sentían representados por los órganos de un sindicato, que, según el discurso franquista, estaban destinados a integrarles en las relaciones laborales: «Es que nos obligaron a afiliarnos al sindicato […]. Era otra clase de sindicato […]. Era un sindicato vertical, que ellos hacían lo que querían […]. Era más a favor de la fábrica […]. Allí no conseguías nada».103

Sin embargo, en algunas ocasiones se producían disputas de competencias entre los patronos y las autoridades, especialmente en la estela de depuraciones de «elementos» republicanos y comunistas en las empresas. En el caso de Puerto de Sagunto, la dirección de la empresa renunció -como ya ha sido mencionadoa purgas excesivas, también para no perjudicar la recuperación de la producción de un acero tan necesitado. Trabajadores que habían sido despedidos en un primero momento por los mandos del sindicato falangista, fueron pronto readmitidos a instancias de la dirección vasca de la empresa bajo Jerónimo Roure. En sentido contrario, en otros lugares se dieron también casos de exceso de celo depurador de la empresa ante los cuales las autoridades locales se vieron obligadas a intervenir.

La política autárquica franquista favorecía especialmente a sectores tan importantes para la economía como la producción de acero y metal. Mano de obra habíacomo consecuencia de la inmigración de jornaleros provenientes de zonas tradicionalmente agrícolasmás de la necesaria. La deficiente tecnologización y una capacidad de modernización inexistente en las fábricas eran compensadas mediante el empleo en masa de un ejército de mano de obra no cualificada. En numerosas empresas había, por tanto, un exceso de mano de obra, reflejado en la política de sueldos y en las relaciones laborales. En primer lugar, los sueldos, controlados por el Estado, siguieron hasta bien entrada la década de 1950 en niveles mínimosen Puerto de Sagunto un recolector de naranjas cobraba en aquella época más que un trabajador de la fábricay, en segundo lugar, la excesiva oferta resultaba un arma efectiva a la hora de contrarrestar la aparición de posibles conflictos laborales. Una empresa con una plantilla de 5.000 «productores» (concepto utilizado eufemísticamente por el régimen para evitar la palabra «obrero», de evidentes resonancias marxistas) no tenía demasiados problemas a la hora de despedir a doscientos huelguistas para asustar al resto; una práctica frecuentemente concurrida en los conflictos laborales de las décadas de 1950 y 1960. La explotación excesiva de la mano de obra por parte de los patronos conllevó también en AHV, en perfecta sintonía con la legislación franquista, la reintroducción de la pre-republicana semana de 48 horas, las cuales con las horas extras y el trabajo de fin de semana fijados arbitrariamente por la empresa podían convertirse fácilmente en 60 horas.104

Entramos con diez horas de trabajo cada día y el domingo ocho. El sábado y todo incluido. Hicimos 68 horas. Y ganábamos a la semana unas 70 pesetas. No había ni… En el kiosco aquí comprábamos el tabaco, la botellita de vino y quedaban 25 pesetas para la semana. Y no había nada.105

A ello cabe añadir las duras condiciones de trabajo en Altos Hornos, que, en no pocas ocasiones, provocaban accidentes de trabajo de trágicas consecuencias. Enfermedades como la silicosis y el cáncer de pulmón representaban una consecuencia habitual de largos años de duro trabajo. La intervención del Estado en las condiciones del lugar de trabajo se limitaban a la mínima expresión y no había una eficaz y rigorosa protección laboral. Hasta bien entrada la década de 1960 no dispusieron los trabajadores (que diariamente trataban con hierro fundido de una temperatura de 1.450°C y respiraban gases tóxicos) de vestimenta adecuada ni de cascos, guantes o mascarillas; de la misma manera, faltaban lavabos o aseos. En el Reglamento de Régimen Interior de 1959 se pueden encontrar (Capítulo XI sobre Seguridad e Higiene en el puesto de trabajo) una larga lista de obligaciones que los trabajadores debían observar, si bien en lo referente a las medidas de protección que los empresarios debían aplicar las afirmaciones no dejan de ser muy vagas. Así, la empresa estaba obligada a tener disponibles gafas especiales, guantes o cascos únicamente en los casos en que, en su parecer, la utilización de éstos fuera estrictamente necesaria.106 A lo largo del presente trabajo veremos cómo precisamente los elementos de protección eran el motivo principal de queja ante la empresa por parte de los trabajadores, cuya lucha por la mejora de las condiciones laborales se convertiría en el leitmotiv de la futura política de negociación en la empresa.

Durante las décadas de 1940 y 1950 no cambió nada en la dura situación de los trabajadores y la impotencia ante los omnipotentes sindicato y patronos. Para aquéllos el Sindicato Vertical no dejaba de ser un órgano adicional de represión, que les obligaba a obedecer al régimen. Tampoco en las dos décadas siguientes, con la introducción de novedades presuntamente democráticas, la OSE llegó a ser un verdadero representante de los trabajadores. Hasta 1958 el conflicto individual, es decir, la negociación directa de un trabajador con su superior fue la vía permitida legalmente al trabajador para expresar su malestar con las condiciones de trabajo: «Pues sí, se protestaba, pero no como antes cuando estaba la CNT […]. Se protestaba a los mismos encargados si decían algo o hacías alguna cosa que no… Entonces te explayabas con ellos».107 La legislación como la franquista que no cesaba de evocar la armonía social no podía permitirno aceptabaen absoluto la existencia siquiera del conflicto colectivo; razón por la cual no había tampoco plataformas de negociación en el interior del sindicato o de la empresa.

La represión institucionalizada

[A]quí había una brigadilla que se llamaba «la Investigación Criminal», que controlaban a todos los movimientos sindicalmente. Y por fuera, yo tenía que estar hablando con un compañero, tenías que estar como cuando te pica algo, mirando cuando viene alguien… porque te podían coger y llevarte a la policía.108

Con la construcción del régimen franquista y la institucionalización y legalización de la represión España entró en una nueva dimensión de la violencia política. Si la guerra civil había servido a las fuerzas de derecha para defender y consolidar su postura contra las temidas reformas revolucionarias de la República, la consecuencia era que, acabada aquélla, para mantener el poder en el nuevo régimen se hiciera necesaria una represión continuada. La esencia política fundamental del Estado franquista descansaba en un aparato represivo sistemático, apoyado por sectores tradicionales de la sociedad española y basada en un marco legislativo ficticio-legítimo. Con su naturaleza represiva y su legalidad aparente, el Estado franquista estuvo casi siempre a lo largo de toda su existencia en estado de excepción y nunca fue, pese a todas sus afirmaciones en sentido opuesto, un estado de derecho. De hecho, hasta 1948 la dictadura mantuvo vigente el estado de guerra, que iba acompañado de un recorte adicional de los derechos civiles y de una intensificación de la persecución de los opositores.

La Ley de Responsabilidades Políticas, de 1939, fue un importante pilar en el marco legislativo de la represión. Hasta 1963 se podía perseguir a todos los opositores políticos que, de una u otra forma, «contribuyeron a crear o a agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España y de aquellas otras que, a partir de la segunda de dichas fechas, se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave».109 Con esta ley se ilegalizó a todos los partidos y agrupaciones políticas integrados en el Frente Popular republicano o aliados con éste, a quienes el Estado les expropió además sus bienes.110 Las penas para «delitos» abarcaban desde la imposibilidad de ejercer una profesión, pasando por la limitación de la libertad de movimientos, el destierro y la expropiación, hasta la pérdida de nacionalidad para aquellos que «no merecen el honor de seguir siendo españoles».111 Para la correcta aplicación de las sanciones en armonía con los preceptos legales y bajo el vigilante ojo del gobierno se creaban tribunales, compuestos por representantes del Ejército, la administración civil y FET y de las JONS.112

El siguiente paso en la institucionalización de la represión fue la promulgación por parte del consejo de ministros en marzo de 1940 de la Ley sobre Represión de la Masonería y el Comunismo, al menos formalmente vigente hasta 1964, si bien desde 1963 con la creación de tribunales civiles, los Tribunales de Orden Público (conocidos por sus iniciales: TOP), dejó de aplicarse. En su artículo 12 se determinaba el establecimiento de tribunas especiales para la persecución de delitos relacionados con el comunismo y la masonería.

La Ley de la Seguridad del Estado ampliaba la jurisdicción de la legislación penal a aquellos delitos considerados alta traición y que hicieran necesaria la aplicación de la pena de muerte: «En ella tienen sanción severa y oportuna los delitos contra la seguridad interior y exterior del Estado y contra el Gobierno de la nación y establece la pena de muerte para los delitos de traición […]».113 La Ley de la Rebelión Militar, de marzo de 1943, posibilitaba acusar a los instigadores de conflictos laborales bajo la excusa de rebelión militar. La Ley de definición y represión de delitos de bandidaje y terrorismo, de mayo de 1947, suponía la coronación del marco legal y posibilitaba la intervención de tribunales militares, los llamados consejos de guerra, en procesos de carácter estrictamente político-civil.114

En 1941 la Ley de Reorganización de los Servicios de Policía dividió la policía en Policía Armada, así como en General de Policía, es decir, en policía armada y policía de investigación. La primera, conocida popularmente por el color de sus uniformes como los grises, era un cuerpo fuertemente militarizado cuya actuación se centraba especialmente en las grandes ciudades y que, durante la primera década de la dictadura, tuvo, junto con la Guardia Civil, una participación activa en la lucha contra la guerrilla. A partir de finales de la década de 1950 los grises se dieron a conocer por su intervención en huelgas obreras y manifestaciones estudiantiles. La General de Policía, no uniformada, se componía a su vez de policía criminal y policía secreta, y sobre todo la Brigada Político-Social tendría un papel clave en el aparato represivo del régimen franquista.115

Es muy cierto que numerosas instituciones y prácticas jurídicas, como por ejemplo la jurisdicción militar en los consejos de guerra y la proclamación del estado de excepción, existían con anterioridad y fueron empleadas también ya en tiempos de la República. El aparato policial subdivido en dos no sería, según Ballbé, sino la institución sucesora de las antiguas Policía de Seguridad y Policía de Asalto. De igual manera, la Guardia Civil no habría experimentado desde su fundación ninguna modificación reseñable en su estructura militar, y dos de los principales generales rebeldes del 18 de julio eran comandantes en jefe de dicho cuerpo militarizado.116 Sin embargo, pese a toda continuidad institucional, no cabe olvidar que en el régimen franquista, a causa del carácter pseudo-legítimo de su legislación, no se alcanzó nunca una normalidad constitucional: como hemos mencionado anteriormente, no hay más que recordar que el poder del Caudillo sólo estaba limitado por su propia voluntad. En un Estado, en el que se hacía uso frecuente del estado de guerra, la jurisdicción militar era uno de los puntos de apoyo para el mantenimiento del orden público. El excesivo recurso a los tribunales militares, la ausencia de una defensa adecuada y la condena según la Ley de Rebelión Militar eran expresión de la arbitrariedad franquista. Los tribunales militares de la dictadura se convirtieron en una «auténtica farsa» de la justicia institucionalizada, en la cual todos los actoresa excepción del propio acusadopertenecían a una misma institución: el Ejército.117 Sólo en 1942, el Consejo Supremo de la Justicia Militar dictaminó 150 penas de muerte o de prisión para opositores exclusivamente políticos, unas 200 en 1943 y alrededor de 120 en 1944. Las estimaciones más moderadas calculan que desde 1939 los tribunales militares condenaron a muerte a cerca de 22.000 republicanos, pero otros estudios han demostrado que la cifra de los opositores ejecutados sin proceso ordinario supera los 100.000.118 Ni siquiera la Alemania nazi alcanzó en su represión de opositores exclusivamente políticos semejantes dimensiones.119

La BPS o BIS (como se conocía abreviadamente a la policía secreta) era la principal arma del régimen en su lucha contra derechos democráticos como la libertad de reunión, la libertad de expresión y también contra el derecho a la inviolabilidad de la dignidad humana. Podían detener y mantener presas, ajustándose a derecho, a personas totalmente inocentes (abusando del Estado de excepción se podía prolongar a voluntad el límite habitual de 72 horas), fabricar arbitrariamente pruebas de su culpabilidad y hacer que se las condenara a penas que iban «des de la privació de llibertat fins la mort».120

Los «delincuentes» detenidos se veían privados de todo contacto con el mundo exterior y se dejaba a sus familiares y amigos en la duda sobre su paradero y destino. Antes de que se pudiera llegar a juicio el condenado ya había estado sometido en no pocas ocasiones a desmoralizantes torturas, que abarcaban desde insultos al maltrato físico. El sumergimiento repetido de la cabeza bajo agua hasta prácticamente ahogarse, la aplicación de descargas eléctricas o apagar colillas encendidas en la piel del detenido formaban parte de los habituales métodos de tortura. Un testimonio del Puerto de Sagunto nos informa sobre la estancia en prisión de un amigo suyo, Abelardo Gimeno, luchador comunista clandestino y organizador de las primeras células del PCE en la región:

A Abelardo Gimeno Lara lo meten en un cuarto, entran dos policías y le dicen: «¡Quítese usted la camisa! ¡Quítese usted los pantalones, quítese usted los calzoncillos!». Y cuando él estaba desnudo, entra otro policía y pregunta: «¿Éste quién es?». «Pues éste es un vulgar comunista. Míralo, ¡desnudo!». «¿Cuántos años tiene usted?». «46». «¿Y no le da vergüenza estar desnudo?». Le tiran un capazo de garbanzos en la celda y dicen que se ponga de rodillas y ande por encima de los garbanzos. Que quiere, que pruebe a hacer eso. Como este caso hay varios; el maltrato psicológico, brutal.121

También la Falange desempeñó un papel clave en el aparato de vigilancia del régimen; de hecho, una sección especial del Partido, la Delegación Nacional de Información e Investigación se dedicaba al espionaje de supuestos opositores al sistema. En casi todas las esferas de la vida pública se podía encontrar a los denominados chivatos, muy especialmente en los semilleros potenciales de opositores, como fábricas y núcleos de población industriales. No era fácil identificar inmediatamente a los chivatos, quienes a menudo conseguían infiltrarse en asambleas u organizaciones ilegales. Un antiguo chivato de Puerto de Sagunto describe su modus operandi:

S.: El jefe de información [el entrevistado] no tenía por qué vigilar a los de Falange […]. Era otra gente que había sido de la CNT, de la UGT o de la FAI, para ver cómo se portaban y cómo…

E.: Vamos a ver: ¿Su función era denunciarlo a quién? ¿A Valencia? S.: Sí […] Al jefe mío. Era de Falange. Era alférez provisional de los Nacionales.

E.: Entonces usted transmitía eso y ¿quién actuaba? ¿Quién venía aquí a actuar?

S.: Venía a actuar la policía secreta y la policía de aquí. E.: Usted no, ni Falange se metían… Quiero decir, si cogían a alguno por ahí y usted decía: «este señor está haciendo eso» y desapareciera del mapa, eso lo hacía la policía.122

La presencia constante de chivatos y fuerzas de policía hacían casi imposible las concentraciones e incluso una conversación entre tres o cuatro personas en la calle levantaba la sospecha de la conspiración. La vigilancia alcanzó un alto grado de efectividad y era prácticamente omnipresente, como nos han confirmado numerosos testimonios entrevistados. La coordinación entre espías del partido y fuerzas de policía encontraba su punto máximo en la represión de manifestaciones. Informados con tiempo por los chivatos de los planes de los activistas clandestinos, las fuerzas de policía empezaban de buena mañana con el dispositivo para asegurar y sellar una zona:

A las seis de la mañana aparecía la policía. Todo lleno de policía, la Guardia Civil. Se ponían en todas las esquinas, las plazas… Sabían que la manifestación iba a pasar. Yo salgo un día del turno de noche con mi bici y a las seis de la mañana ya están aquí. Y no me dormía, pensando en la manifestación. Y los cogían a todos, la represión y la gente… y pegaban palos, y de esa manera, pero la gente tenía que ir e iba.123

Recapitulando se puede establecer que el aparato represor, legitimado por el marco constitucional pseudo-legal del régimen franquista en las décadas de 1940 y 1950, hacía prácticamente imposible cualquier actividad opositora. La represión era arbitraria, impenetrable y manipulada en gran medida por parte de fuerzas políticas, militares y espías del partido. Si bien los franquistas pudieron aprovecharse para la construcción de su aparato policial de estructuras organizativas y jurídicas de las instituciones predecesoras de época monárquica y republicana, lo cierto es que la naturaleza del cuerpo policial franquista tuvo un carácter extraordinariamente represivo. La insólita brutalidad de las medidas represivas y su legitimación ficticiolegal a través de un marco legislativo, así como la existencia de un efectivo sistema de infiltración, constituyen una novedad en la historia española moderna y cabe buscar sus orígenes en el ejemplo de la Alemania nacionalsocialista. De forma semejante a la de otras dictaduras militares del siglo xx, el Estado de excepción y la utilización de tribunales de guerra fueron válidos para juicios de origen exclusivamente político en el «mantenimiento del orden público» y para el control del opositor político. Hasta la introducción de los Tribunales de Orden Público, los procesos estaban sujetos a los consejos de guerra y la jurisdicción estaba en manos de militares y no de juristas. Los condenados se convirtieron en víctimas de maltratos psicológicos y/o físicos, no eran informados de detalle alguno sobre la duración de su prisión preventiva, el inicio del proceso y carecieron de la posibilidad de una defensa adecuada.

De la reorganización a la escisión. La oposición en las décadas de 1940 y 1950

En aquellas fechas, en los primeros años 50 había poca cosa, la conflictividad luego ya se puso a los sesenta y por ahí, cuando empezó […]. Además había un sindicato vertical, que no… Estaba al servicio de las empresas y entonces la gente, porque los líderes y todo eso de la lucha obrera, porque les habían descabezado, los que no les habían matado, se murieron en las cárceles, los que murieron en la guerra… o sea el movimiento obrero no tenía líderes, no había gente que hubiera…124

Con la victoria franquista y la entrada en vigor de las ya mencionadas leyes para la persecución de opositores, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS se convirtió en la única organización política permitida en el régimen de Franco. También en Valencia, pese a su larga tradición «roja» con una predisposición contraria al partido fascista, la cifra de afiliados de éste creció de forma notable. Sólo en el año 1940 el partido único contó con la entrada de 13.115 nuevos miembros. En el punto 6 del programa del partido los fascistas definían su idea del Nuevo Estado «se abolirá implacablemente el sistema de los partidos políticos con todas sus consecuencias: sufragio inorgánico, representación por bandos en lucha y Parlamento del tipo conocido».

Con el final de la guerra comenzó para todas las agrupaciones políticas que no encajaban en la «armonía social» de la Falange, un periodo de persecución, el exilio, muchos intentos fallidos de reorganización hasta una extinción casi completa. La Ley de las Responsabilidades (1939) y la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo (1940) justificaban la eliminación de las centrales de todos los partidos y sindicatos, el desarme, la detención y/o ejecución de sus militantes, la disolución de sus activos y bienes y la destrucción psicológica y moral de los vencidos. Los fundamentos de la movilización obrera, la UGT y la CNT -otras tan influyentes en el País Valencianofueron debilitados de una manera tan persistente por la política represiva de las dos primeras décadas de la dictadura, que no serían capaces de plantear una verdadera oposición al régimen y no se recuperarían hasta la Transición.

Numerosos partidarios del Frente Popular, entre los cuales también el propio Gobierno, sólo pudieron escapar de la represión a través de la huida al exilio en Francia, Gran Bretaña o México. Sin embargo, la situación de los exiliados en Francia empeoró sustancialmente con la invasión alemana del año 1940 y el acuerdo entre Franco y Hitler en la cuestión de la entrega o internamiento de los refugiados españoles en campos de concentración alemanes. Al igual que los luchadores sindicalistas que habían quedado en España, los que habían sido presos en Francia comenzaron hasta la liberación de Francia en las cárceles con los primeros intentos de reorganización. La UGT trasladó su central sindical a Toulouse, en el sur de Francia (ciudad en la cual celebró sus congresos hasta el final de la dictadura) y buscó la formación de una alianza con los restantes grupos del exilio. Pero la profunda división de las izquierdas españolas continuó también en el exilio.

En 1944 la situación internacional había cambiado hasta tal punto respecto a la de 1939 que, con la cada vez más probable victoria de los aliados, se crearon esperanzas de un posible derrocamiento del régimen franquista. Inspirados en esta creencia las fuerzas de izquierda del Frente Popularcon la exclusión de los comunistasiniciaron la formación de una coalición, la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD) para coordinar la guerra de guerrillas. Los comunistas, que habían trasladado su central a Moscú, dirigían la lucha de guerrillas con la ayuda de agrupaciones regionales, como la Agrupación de Aragón en el caso de Valencia.125 La presencia de los denominados maquis, como se denominaba a las guerrillas comunistas, era en la región de Valenciaen comparación con otras zonas españolasbastante grande y fue perseguida por las autoridades franquistas con especial dureza.

La mayor parte de los líderes de UGT que habían permanecido en España estaba, al acabar la guerra, en prisión. La rápida reorganización de un comité central y de la Alianza Obrera de Levante fracasó definitivamente en 1945. La dirección sindical de la organización clandestina al completo (59 miembros de la UGT) fue sorprendida por una redada policial de grandes dimensiones y acabó en la prisión provincial. Toda esperanza de poder reestructurar el sindicato prohibido a escala nacional quedó reducida a cenizas en 1948 con la detención a nivel nacional de 600 militantes. La dirección del exilio en Toulouse había acordado previamente el nombramiento de un secretario general para Madrid, que, como se supo más tarde, trabajaba como topo de la policía.126 Las incesantes oleadas de detenciones llevaron a los activistas restantes del sindicato socialista, dispersado y desarticulado, a un estado de miedo y parálisis hipnótica. Los topos de la policía y la incapacidad de la dirección del sindicato para llevar a cabo un replanteamiento de la estrategia (es decir, para infiltrarse en el aparato sindical de la dictadura) conformaron en Puerto de Sagunto un marco en el que la UGT carecía de cualquier posibilidad de tejer una red ilegal de trabajadores.

La organización de los Sindicatos de la UGT tropieza con grandes dificultades en primer lugar por la represión que se ejerce sobre toda la organización ilegal (hay cientos de policías en las fábricas que trabajan como obreros, que tienen la misión de vigilar los movimientos de los trabajadores. Concretamente en A.H. de Sagunto, hay más de cien, y los trabajadores lo saben).127

La situación de la CNT no era mucho mejor. Ya al final de la guerra, los anarquistas en los campos de internamiento empezaron a reorganizarse en comités, cuya función principal fue la localización de los cenetistas más destacados a nivel nacional y su evacuación para ayudarles a escapar de su detención y ejecución. En la zona de Valencia la empresa «Frutera Levantina» sirvió como tapadera para facilitar el «desplazamiento a otros lugares del país sin levantar sospechas». La empresa fracasó al cabo de pocos meses, antes de acabar el año 1939. Todos los componentes del comité fueron detenidos y su secretario general condenado a muerte. El Comité Provincial de Levante, el primer comité a nivel provincial en España, logró mantener en pie su organización durante siete meses, hasta que en junio de 1940 fue descubierto por la policía secreta. En 1941, el tercer y último intento de reorganizar la CNT fracasó de manera igualmente estrepitosa, con tribunales militares y la imposición de condenas de muerte y de prisión.128 Indudablemente, una de las razones principales del fracaso anarquista era la feroz represión del régimen franquista, que dejó a la CNT en un estado de impotencia y de fragmentación. Sin embargo, la CNT, al igual que la UGT, cayó en el error de querer reorganizarse según los mismos modelos estructurales de antes de y durante la guerra, es decir, como una organización de masas. Por añadidura, la ausencia de dirigentes sindicales «frescos» y la constante utilización de militantes represaliados, «quemados» durante su encarcelamiento, llevaba al anarcosindicalismo «al borde de su extinción» en España.129

Otros cenetistas pasaron a colaborar con los falangistas en la Central Nacional Sindicalista. Desde la perspectiva de la Falange, las motivaciones para aceptar a anarquistas en el Sindicato Vertical eran evidentes: la Falange se podía aprovechar de la formación y la experiencia práctica de los activistas de la CNT y sacaba además provecho de su prestigio entre los trabajadores de la siderurgia. Por otro lado, falangistas y anarquistas compartían también algunas de sus convicciones, que incluía el rechazo de los comunistas y de los partidos políticos.

A principios de los años 50 ya existían «dentro de la CNT […] claramente definidas dos tendencias», como consta en una nota confidencial del año 1951 redactada por la Jefatura Provincial de las FET y de las JONS para el secretario general del movimiento: «Uno de estos sectores, el que pudiéramos denominar CNT-FAI, de tendencia libertaria y actitud permanente subversiva, partidario de la clandestinidad y la oposicionista con relación al Régimen, es francamente minoritaria […]». Ahora bien:

Más amplia es la fracción que pudiéramos llamar «sindicalista» de la CNT […], cuya actitud es de aceptación y colaboración con la política social del Régimen y en bastantes casos de admiración personal y aun de adhesión plena para el Ministro de Trabajo […]. En primer término, Miguel Hernández, Presidente del Montepío Metalúrgico, moderado y sensato, que conserva bastante prestigio en los antiguos medios confederales, singularmente en el Puerto de Sagunto.130

Como hemos visto en la documentación de Falange, hubo también en Valencia y en Sagunto cenetistas que colaboraron con el nuevo régimen «en relación casi constante y directa con el Excm. Sr. Ministro de Trabajo».131 Durante toda la dictadura la central anarcosindicalista rechazó cualquier colaboración de sus miembros con el Sindicato Vertical y en más de una ocasión expulsó a algunos de sus miembros por aceptar un cargo en la organización sindical española. Las razones para la cooperación en las instituciones franquistas no siempre tenían su motivación en la búsqueda de provecho personal o del éxito profesional. Muchos anarquistas se veían obligados a participar en el Sindicato Vertical por presiones de parte del régimen o de sus propios compañeros, que les nombraban para la candidatura en las elecciones sindicales. Por temor a represalias y debido a la profunda desorganización de las estructuras clandestinas de la CNT, los candidatos anarquistas no tenían, por lo general, otro remedio que aceptar su cargo y, en algunos casos, compaginarlo con su militancia anarcosindicalista. En las primeras elecciones sindicales franquistas de los años 1944 y 1947 muchos cenetistas fueron elegidos como enlaces, aunque previamente UGT y CNT habían hecho un llamamiento a boicotear las elecciones. Según Mateos:

Esta presencia no se debería a una estrategia política, sino a la necesidad de estos obreros de aceptar los cargos para protegerse de la represión policiaca. Negarse a ser candidato o rehusar un cargo electivo, con antecedentes políticos, supondría una declaración de oposición abierta a la OSE y al régimen.132

A partir del año 1948, después de varias caídas de los órganos de dirección tanto a nivel regional como nacional, el movimiento cenetista clandestino, incapaz de sobreponerse, careció de cualquier tipo de estructura o coordinación.133 La creciente desintegración y la participación de un número no irrelevante de sus miembros en las estructuras organizadas del sindicato vertical franquista intensificaron el debate dentro del seno de la CNT sobre el «entrismo» como táctica de lucha.134

Las esperanzas de los republicanos en el sentido de que los victoriosos Aliados no aceptarían ya tras el final de la guerra la existencia de una España franquista se vieron pronta y amargamente decepcionadas. Si bien con la condena internacional de la ONU en 1946 España continuó aislada políticamente y excluida del Plan Marshall, lo cierto es que ya a partir de la década de 1950 se reincorporó al escenario internacional. Los efectos políticos de la Guerra Fría, intereses económicos y la búsqueda de nuevos mercados de extracción supusieron el factor principal para la aproximación hispanonorteamericana, que en 1951 cristalizó en el apoyo económico de los Estados Unidos y la firma de un pacto de defensa y económico dos años más tarde. También en 1953 el régimen consiguió con la firma del Concordato con el Vaticano el pleno reconocimiento de la Iglesia católica. Ambos tratados contribuyeron muy notablemente a mejorar la imagen internacional del régimen y le proporcionaron un considerable apoyo diplomático.

Con la aprobación plebiscitariacon un resultado oficial del 93% de los votosen 1947 de la Ley de Sucesión pretendía ser, en el plano de política interior, expresión de que los españoles se habían decidido mayoritariamente por colaborar con la dictadura. Para los republicanos, tanto del exilio como en el interior, la legitimación nacional e internacional de la dictadura significaba el fracaso de la política de guerra de guerrillas que habían seguido hasta entonces.

Los comunistas fueron la primera corriente dentro del movimiento obrero que, como consecuencia de las circunstancias políticas, consideraron la posibilidad de cambiar su táctica de la lucha armada a la político-ideológica. Un primer paso fue la creación de una emisora de radio con resonancia propagandística, la Radio Española Independiente, a la que se le puso el prometedor subtítulo de Estación Pirenaica para sugerir a sus oyentes que su emisión tenía lugar desde algún lugar escondido de los Pirineos. Sin embargo, a raíz de la ocupación alemana la estación de radio había sido de hecho trasladada, como también el comité central del PCE, de Francia a Moscú, hasta que en 1955 fue trasladada a Bucarest. «La Pirenaica», como era popularmente conocida, tenía una fuerte influencia del politburó del comité central del PCUS y no reproducía sino la versión soviética de los acontecimientos internacionales. No obstante, con el paso del tiempo se convirtió en un valioso informador de los opositores que habían permanecido en España, al informarles de lo que pasaba en el país y que era sistemáticamente silenciado por el régimen. Para ello recibía apoyo a través de los numerosos canales de información existentes entre los comunistas exiliados en Francia y los oyentes españoles.

En el archivo del exilio del PCE en Madrid se conservan todas las cartas que, pese a los controles y la represión franquista, consiguieron llegar hasta Moscú o Bucarest. Constituyen una valiosa información para el estudio de los movimientos locales de resistencia, así como la organización de conflictos laborales o de estructuras clandestinas del partido. Entre las cartas que han llegado así hasta nosotros se conservan una veintena procedentes de Puerto de Sagunto.

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