Kitabı oku: «Salvar un corazón»

Yazı tipi:



Tropezar y caer

en un pozo profundo.

Levantarse y enfrentar

la adversidad.

Desafiar con firmeza

a los miedos internos.

Amar con entrega

aunque el pasado duela.

Atreverse a vivir

es lo más importante.

Todo lo demás,

a tiempo llegará.




vera.romantica


vera.romantica



Lo importante está en mi esencia,

en siempre saber quién soy.

Que el tiempo enriquezca mi alma,

que el hombre descubra mi don.


PRÓLOGO

MAR DEL PLATA, ENERO DE 2008.

Ingresó a la discoteca con paso seguro y cara de pocos amigos. Mirko Milosevic era un hombre alto y delgado, de hombros anchos y caderas estrechas. El cabello castaño claro, lacio, aunque siempre despeinado, le rozaba los hombros, y tenía unos ojos de un celeste luminoso que difícilmente pasaban desapercibidos. El conjunto ofrecía una apariencia peligrosamente sensual, que atraía con facilidad a las mujeres, proporcionándole una ventaja que sabía aprovechar. Era como un gato seductor, que se movía con sigilo, envolviendo a sus presas hasta ganarles la voluntad y obtener de ellas lo que deseaba.

En Mar del Plata, la temporada estival se encontraba en su apogeo. Durante el día, sus atractivas playas congregaban multitudes, mientras que la vida nocturna parecía no tener fin. Ese verano, la ciudad vibraba.

Tal era el caso de Extasius, la discoteca en la que estaba Mirko. Allí una importante cantidad de jóvenes se contorsionaba al ritmo de la música, ajenos a mucho de lo que entre esas paredes sucedía.

Con actitud firme y segura, se mezcló entre los presentes; un solo objetivo gobernaba su mente: cumplir con su parte y saldar, de una buena vez por todas, la deuda que lo acosaba. A medida que avanzaba, recorría el lugar con la mirada sin detenerse en nada en particular. No se vanagloriaba de su proceder, hacía ya mucho tiempo que había dejado de cuestionarse. Lo suyo, por donde se lo mirase, era pura necesidad; y subsistir, la única preocupación en su vida.

Eludiendo a quienes se cruzaban en su camino, se las ingenió para alcanzar la barra principal; una vez que llegó, se sentó en el único taburete que quedaba vacío. Volvió a repasar el lugar con la vista, ahora con cierto hastío. No veía lo que había ido a buscar. La chica con la que necesitaba dar no se hallaba a simple vista, y eso era algo que siempre lo frustraba. Masticando fastidio, se volvió hacia la barra.

–¿Cómo estás, Mirko? –dijo Lalo, el barman–. Pensé que te vería más temprano.

Se saludaron con un intercambio de golpes de puños, propios entre camaradas. Lalo era su único amigo; se conocían de niños. De hecho, era Mirko quien le había conseguido el trabajo cuando Lalo obtuvo su libertad luego de ocho meses de encierro por un delito menor.

–Todo bien –respondió sin mucho entusiasmo.

Lalo lo miró con cierta aprensión; comprendía perfectamente qué le estaba sucedía, por eso no agregó comentarios.

–¿Lo viste a Candado? –preguntó Mirko.

–Sí, debe andar por el fondo –respondió el barman, introduciendo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón, de donde extrajo una llave que le extendió–. Me dijo que te la entregara, que tú entenderías y que debes estar listo para las tres y media.

Mirko asintió y estiró su mano para tomar la llave, pero Lalo cerró el puño negándosela. Lo miró directo a los ojos.

–Fue categórico cuando ordenó que te limites a cumplir con tu parte –agregó, incómodo, sintiendo algo de culpa. Mirko lo fulminó con la mirada–. No me mires así. Solo soy el mensajero. En el lugar de siempre tienes la primera parte.

Le entregó la llave a Mirko y lo contempló detenidamente.

–Tienes que encontrar la manera de salir de este lío –dijo con evidente preocupación–. Esto no va a terminar bien.

–Lo sé –accedió con renuencia–. Pero no es tan sencillo.

Si no fuera porque debía reunir la cuantiosa suma de diez mil dólares, ya habría resuelto esa situación. Pero estaba atado de pies y manos, y lo sabía. ¡Qué pies y manos!, pensó Mirko. Ese maldito me tiene sujetado del cuello. Casi en un gruñido, le pidió a Lalo que le sirviera su trago preferido: vodka con soda y hielo.

–Aquí tienes, campeón –dijo Lalo al colocar el trago frente a él–. Espirituoso como a ti te gusta…

Dedicó varios minutos a observar el lugar. La música electrónica se había adueñado de la pista y los presentes se contorsionaban rítmicamente. La oscuridad reinante, salpicada por el juego de luces blancas que enorgullecía a los dueños de la discoteca, por momentos envolvía a los presentes en un manto de sensualidad del que Mirko pensaba aprovecharse.

Bebió un poco de vodka, y sintió cómo el aguardiente bajaba por su garganta. Entonces dio con lo que estaba esperando encontrar. Entre la dicotomía de los claroscuros, detectó una figura que llamó su atención. Agudizó la vista concentrándose en una muchacha que bailaba desinhibida sobre una tarima y, a simple vista, su falda, ligera y corta, dejaba al descubierto unas largas y delgadas piernas. Tenía el cabello oscuro, busto atractivo y cintura pequeña. Muy bien, pensó al verla moverse al ritmo de la música. No se molestó en apreciar los rasgos de su rostro, a su entender era lo que menos importaba. Sonrió jactancioso. Objetivo detectado.

La música cambió y poco a poco los ritmos de los años ochenta se adueñaron del lugar. Mirko terminó su trago sin apartar la vista de la muchacha que, en ese momento, bajaba de la tarima. Prestó atención al notar que ahora bailaba con una mujer. Esperaba que le gustaran los hombres. Miró su reloj y comprobó que eran pasadas las dos de la madrugada; tenía poco menos de una hora y media para lograr seducirla y convencerla de que lo acompañase al fondo del local. No creía que fuera difícil lograrlo.

Antes de comenzar su cacería, Mirko Milosevic decidió estimular sus sentidos. Con la mente focalizada en su objetivo, se abrió paso entre los presentes hasta alcanzar los baños públicos. Ingresó al de caballeros y, pasando de largo los retretes, se dirigió a la última puerta. Se deslizó dentro y, sin demora, buscó el hueco en la pared, oculto tras un cubo de basura. De allí tomó un pequeño sobre con varios gramos de cocaína; la primera parte de su paga. Tembló un poco al sentirlo en su mano y, luego de dejar todo como lo había encontrado, se apresuró a bajar la tapa del retrete. Con suma precisión dibujó un par de líneas de polvo blanco, para luego esnifarlas; primero por un orificio nasal, después el otro. Por unos segundos permaneció de pie con los ojos cerrados, entregándose al efecto que se iba adueñando de sus sentidos.

Ya más a gusto, animado y predispuesto, regresó a la barra.

–Dame otro espirituoso, Lalo –deslizó al ubicarse en el asiento, desde donde trató de dar con su presa.

Recorrió una vez más la pista de baile con la mirada y sonrió afanosamente al detectarla; había regresado a la tarima. Bebió un poco de vodka, estudiándola con disimulo. Ella lo observó y él advirtió el impacto que había causado en la mujer. Ocultó la sonrisa tras su trago al ver que descendía y se dirigía hacia la barra. Picó, pensó y se volvió hacia Lalo, a quien guiñó un ojo con complicidad.

–El juego está a punto de comenzar, Lalito –informó al dejar la copa sobre la barra–. Estate atento.

Mirko la miró de reojo. Parcialmente apoyada sobre la barra, la chica pedía dos margaritas. Se dedicó a observarla con el mayor disimulo del que fue capaz. Se concentró primero en los glúteos; eran redondos y llamativos. Me gusta, pensó, cada vez más satisfecho con su elección. Fue ascendiendo, recorriendo la cintura con la mirada hasta alcanzar sus senos, apenas sostenidos por una prenda sin mangas. Perfecta, afirmó con conocimiento de causa. La chica parecía no darse cuenta de su sensualidad y eso lo divirtió porque sería mucho más sencillo convencerla. Vaya noche de suerte, se dijo al considerar que era el mejor ejemplar de los últimos cuatro que le había tocado abordar. Con ella tal vez hasta lo disfrutaría.

–¡Qué suerte que decidimos venir! –gritó la rubia al pararse al lado de él–. Me encanta este lugar.

A su amiga también le gustaba. Mirko lo supo porque ambas hablaban a los gritos y, desde su ubicación, podía escucharlas perfectamente sin esforzarse demasiado. Lalo eligió ese momento para entregar las margaritas que le habían ordenado y se ocupó de que la muchacha elegida por Mirko recibiera el trago correcto. Era su manera de ayudarlo.

–Brindemos, amiga –dijo la morena–. Voy a extrañar mucho nuestras salidas cuando esté instalada en Madrid.

–Porque un buen madrileño tome mi posta y te lleve de fiesta –deslizó la rubia, divertida, al chocar sus tragos.

–Por Madrid, entonces.

Siguieron bebiendo entre risas. De tanto en tanto se movían al ritmo de “Aserejé”, que en ese momento tenía a los presentes al borde de la locura. Al cabo de unos minutos, la rubia dejó la copa sobre la barra y se alejó dirigiéndose hacia los baños.

El momento había llegado. Hora de entrar en juego, se ordenó Mirko. No tenía más tiempo que perder.

De repente, como si un telón se hubiese elevado dejando al descubierto sus verdaderas intenciones, Mirko dejó de mirarla con disimulo para hacerlo con descaro. Deliberadamente, por varios segundos se limitó a recorrer con la vista las líneas de su rostro, procurando que ella se sintiese observada primero y deseada después. Su mirada siempre lograba debilitar la resistencia femenina, las tornaba accesibles y predispuestas.

No pasó mucho tiempo hasta que hizo contacto visual con la muchacha. Ella le sostuvo la vista con determinación, clavando sus ojos negros en los celestes de él. Mirko terminó sonriendo ante la firmeza que ella presentaba y, una vez más, reconoció que su elección no podía haber sido mejor.

–¡Lalo, otra margarita y lo de siempre para mí! –indicó Mirko sin apartar la mirada de la chica, que ahora lo contemplaba con algo de reparo–. Supongo que puedo invitarte un trago, ¿verdad?

Ella lo miró súbitamente embelesada. Hacía rato que no veía a un hombre tan atractivo, tan sensualmente peligroso. El azul de sus ojos la envolvía, la acariciaba y ella se dejó llevar. ¿Por qué no?, se dijo. ¿Qué mejor forma para disfrutar de mi última noche en Mar del Plata? En pocos días volaría a Madrid, donde pensaba establecerse. Me merezco una buena despedida, pensó, entusiasmada.

Por el rabillo del ojo vio que su amiga pasaba de largo al notar que estaba entretenida con ese apuesto hombre. Se mordió los labios para ocultar la sonrisa al ver el gesto que su amiga le hacía.

–Aquí tienen –dijo Lalo deslizando los tragos frente a ellos.

Mirko los tomó y le ofreció uno a la muchacha, que parecía encandilada. Ella sonrió y agradeció por lo bajo cuando tomó la copa.

–Mi nombre es Milo –se presentó con voz sensualmente melosa–. ¿El tuyo?

La sonrisa se amplió en el rostro de la joven, que claramente no creyó que ese fuera un nombre real. Tampoco tenía intenciones de ser demasiado sincera y dar el suyo. Bebió un poco de su trago antes de responder y decidió seguirle la corriente.

–Mile –respondió, desafiante, mostrándose divertida por el juego de palabras.

Mirko rio ante lo ocurrencia. Ingeniosa y provocadora; cada vez me gusta más. Era bueno que se mostrara dispuesta a seguirle el juego. Eso facilitaría mucho las cosas. La bebida espirituosa estaba haciendo efecto; se le notaba en la mirada, en la sonrisa y en el modo en que se sostenía de la barra para no perder el equilibrio. Ya tenía a su presa comiendo de su mano. En adelante, todo sería más sencillo. Con disimulo consultó su reloj. Faltaban cuarenta y cinco minutos para las tres y media.

Se dispuso a avanzar un poco más. Acercándose a ella, inició una conversación. Le hablaba casi al oído apoyando despreocupadamente su mano sobre el hombro desnudo, rozando su piel con ligereza. Luego se separaba y la miraba directo a los ojos a la espera de su respuesta. Por momentos, parecía que a ella le costaba hablar. En dos ocasiones se mordió los labios y en otras tres rio con nerviosismo. Pan comido, pensó Mirko, decidido a pasar a la siguiente etapa.

Terminó su vodka sin apartar la vista de la muchacha, que parecía derretirse con sus atenciones. Luego de apoyar su copa sobre la barra, estiró la mano para pasarla por la cintura de ella. La arrastró hacia él procurando que una de sus piernas se interpusiera entre las de ella.

–Así está mejor –murmuró Mirko sensualmente, y sonrió. Necesitaba tantearla, cerciorarse de que empezara a caer en sus manos. Una vez más acercó su nariz al cuello de ella. Lo recorrió con delicadeza provocándole un temblor que no pasó desapercibido para él–. Deliciosa –susurró.

Ella se estremeció cuando el aliento de Mirko le rozó el cuello primero y la nuca después. Empezaba a sentirse obnubilada por el modo en que él la abordaba. Las piernas le flaquearon y terminó sentada sobre el muslo de Mirko, quien ahora le sonreía maliciosamente.

Encandilada por sus ojos celestes, no fue consciente del momento en que él deslizaba sutilmente la mano por su pierna hasta alcanzar su intimidad.

–Bebe –le indicó ofreciéndole el trago con la mano libre. Ella accedió y bebió un largo sorbo mientras el calor crecía entre sus piernas. Se sobresaltó al sentir que el nudillo del dedo corazón de Mirko recorría, por sobre la delgada lencería, toda la abertura de su sexo, y no pudo evitar estremecerse de deseo. Él lo notó y sonrió ufanamente, y una vez más acercó su boca al oído de ella–. ¿Alguna vez has tenido un orgasmo entre tanta gente?

Ella apenas pudo negar con la cabeza. Comenzaba a sentirse mareada, algo sofocada y completamente hipnotizada por la voz de ese hombre que la seducía, la envolvía y plantaba imágenes en su mente. Se le agitó la respiración.

–Mejor bailemos un poco –sugirió él, quebrando completamente el clima que había creado. Eso la descolocó.

Lo cierto era que Mirko no deseaba que ella alcanzara el clímax que todo su cuerpo anhelaba casi con desesperación; la quería excitada y necesitada de lo que él pudiera darle. Quedaban solo veinte minutos para las tres y media y en ese tiempo volvería a llevarla hasta el límite de su necesidad para negárselo, para inundar su mente de todo lo que pensaba hacerle; pero no allí.

El baile estaba en su apogeo, y Mirko sabía que no contaba con mucho tiempo. Mientras se trasladaba hacia la pista de baile llevando a la muchacha de la mano, logró divisar a un grupo de diez personas que se dirigían a la parte trasera del local siguiendo a Candado. Buena cantidad, pensó.

Dedicó dos canciones a seducirla, a tentarla masajeándole los glúteos con descaro, rozando la piel de su cintura con la yema de los dedos; provocándola, esquivando su boca, que desinhibidamente buscaba la de él. Ese juego estimulaba a Mirko, quien también empezaba a prepararse, y la enloquecía a ella, que a esas alturas hubiera sido capaz de desvestirse allí mismo si él se lo hubiese insinuado.

Ella sentía que algo extraño sucedía con su cuerpo y con su mente; fue consciente de ello en un atisbo de lucidez, pero no tenía ni fuerzas ni intenciones de resistirse. Él la tenía envuelta en sus brazos. Balanceándola al ritmo de la música, le susurraba al oído todo lo que pensaba hacer con ella. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo a medida que su mente visualizaba cada palabra que escuchaba. Las piernas le flaqueaban, por momentos la vista se le nublaba, y la música, los gritos y los cantos de la gente que la rodeaba se amortiguaban. El deseo corría raudo por sus venas, quemando los pocos resabios de consciencia que perduraban en ella. Fuego desmedido, ardiente y desbocado era lo que sentía en su interior; se sentía sofocada y desbordada. Lo deseaba de un modo desesperante, a tal punto que la piel le ardía.

Mirko eludió una vez más la boca de la chica, que en un descuido casi lo alcanza. Lamentablemente, eso era algo que nunca le daría, pues él no besaba; nunca besaba en los labios a las mujeres con las que se acostaba por dinero, ni a las que pagaban por sus servicios, ni a las que cazaba para cancelar su deuda con Candado, como era el caso de esa noche. Le revolvía el estómago pensar en besar a esas mujeres que no significaban absolutamente nada para él; lo suyo era netamente comercial.

Sin romper el contacto y alimentando aún más el hechizo, Mirko la fue guiando hacia el fondo del local donde, tras un oscuro cortinado, se encontraba una puerta que conducía a un sector privado. La abrió con la llave que Lalo le había entregado y, con sigilo, arrastró a la joven hacia adentro. Era un lugar pequeño, de paredes cubiertas por cortinados negros y luces tenues pero puntuales que enfocaban una cama circular, y tenía una silla que enfrentaba un amplio espejo rectangular empotrado en la pared y una mampara opaca.

A estas alturas, la chica no era dueña de ninguno de sus movimientos, solo accedía a lo que Mirko propusiera. La detuvo frente a un espejo y allí, de pie, comenzó a desvestirla sin dejar de besar su cuerpo, sosteniéndola con los brazos, rozando sus pechos, susurrándole al oído dulces palabras y suaves. Ella temblaba y, ya despojada de sus prendas, se recostó contra el cuerpo de él completamente entregada a la propuesta.

Con sus manos le dio lo que deseaba; casi un premio por su buena predisposición. Entonces la penetró enérgicamente. Miró su rostro reflejado en el espejo y sonrió con arrogancia al notar que sus rasgos transmitían tanto placer como gozo y lujuria. Bien, eso es algo que gusta y paga, pensó. Todo se desarrollaba según lo planeado. La muchacha estaba a punto de alcanzar una vez más lo único que todo su cuerpo deseaba. Sus gemidos podrían haber despertado hasta a un muerto, y cuando se sumergió en el espiral que la condujo a la cima, el grito de liberación fue tan agudo como extraordinariamente sensual.

Con un movimiento preciso, Mirko la giró para alzarla y obligarla a rodearlo con sus piernas. Pero entonces ella lo tomó desprevenido y, enroscando sus brazos al cuello de él, se apoderó de su boca de un modo tan salvaje que Mirko no tuvo cómo contrarrestar el embate. Su boca era fresca, era suave a pesar de la fuerza que el beso imponía. El beso era profundo, hambriento y tan ardiente que lo sacudió. Esta vez fue él quien sucumbió al estímulo. ¿Cuánto hacía que no recibía un beso, uno deseado, uno genuino y sincero? No halló en todo su cuerpo resabios para neutralizarlo y se encontró respondiéndolo con igual intensidad hasta sentir que empezaba a perder el control. Agitado, se separó y por un momento se mareó al sentir que la oscuridad de los ojos de ella contagiaba de bruma los suyos. Entonces, la recostó sobre la cama y ya no fue dueño de nada. El estremecimiento fue poco a poco gestándose en su entrepierna primero hasta propagarse por sus muslos, por su vientre y apoderarse de su voluntad.

La muchacha, que en un principio se había mostrado sumisa y doblegada, volvía a besarlo con avidez y descaro, generando sensaciones que Mirko no había experimentado en muchísimo tiempo. Una batalla de voluntades se instaló en sus bocas. Un intercambio casi violento que por momentos tuvo mucho de necesidad animal. El sexo se tornó primitivo, lujurioso y desenfrenado, casi salvaje. Ninguno de los dos tenía el control; ninguno podía imponer su voluntad.

Cuando todo terminó, cayeron rendidos sobre las sedosas sábanas de la cama circular, con la respiración agitada y los cuerpos exhaustos. Mirko entreabrió los ojos procurando recuperarse. Sentía el cuerpo de la chica pegado al suyo y le resultó tan extraño como tranquilizador. Ella estaba acurrucada contra él; una de sus piernas cruzaba las suyas, y una mano reposaba serenamente sobre su pecho. La miró con cierta aprensión, considerando lo inusual de toda la situación; no entendía qué demonios había sucedido. A pesar del desconcierto, se encontró recorriendo el rostro de ella con la yema de los dedos; admirándola, develándola. Un gesto cargado de una ternura desubicada en él. Se descubrió pensando en la cálida profundidad de esa muchacha a quien no conocía y, sin embargo, había movilizado fibras que nunca nadie había alcanzado. ¿Por qué? ¿Cuál era la diferencia con las otras mujeres? No lo sabía, tampoco lo entendía, pero se sentía extraño y el deseo de volver a saborear su boca lo abordó y no se privó de hacerlo. Ella respondió como lo había hecho durante toda la noche, pero en esta ocasión sus labios transmitían plenitud, y la mano que acariciaba su pecho, ternura. Fueron besos dulces, reconfortantes, que inundaron su cuerpo de un calor inusual y reparador. Se dejó llevar.

Al cabo de media hora, Mirko consideró que era suficiente sentimentalismo. Esa noche, Candado podía considerarse más que pagado; no tenía recuerdos de haber atravesado una actuación semejante. Se puso de pie y, luego de estirarse, buscó su ropa. Necesitaba un trago y verificar que Candado hubiera dejado lo prometido en el baño. Una vez vestido dejó la habitación. La chica dormiría un poco más.


El silencio que la rodeaba se quebró por un estruendo que duró unos segundos. Se irguió, frunciendo el ceño. Un dolor punzante le atravesaba la cabeza; le dolía todo el cuerpo, principalmente la entrepierna. Agradeció la luz tenue, tenía la visión difusa, pero la intensidad del silencio lejos de relajarla, la alarmó. No recordaba cómo había llegado allí, mucho menos en qué circunstancias se había desnudado.

Poco a poco sus ojos fueron focalizando y comenzó a ver con mayor nitidez. Un escalofrío la estremeció al percibir los recuerdos que, como relámpagos, llegaban a ella. Sin embargo, no podía recordar con precisión el rostro del hombre con quien había estado. Se puso de pie y su imagen quedó reflejada en el espejo. Tembló, asustada por no tener mucha consciencia de lo que había hecho. Estaba mareada, sentía las piernas débiles y le costaba mantenerse en pie. Se sentía mal, pésimo. Sin poder controlarlo, se le revolvió el estómago y vomitó sin remedio. Con cierta debilidad logró erguirse. Tenía que salir de allí a como diera lugar. Recogió su ropa, que se hallaba desparramada por el suelo, y se vistió con premura.

Desesperada, recorrió la habitación con la mirada; no había puertas ni ventanas, solo oscuros cortinados. ¿La habían encerrado allí? ¿Dónde estaba? No lograba recordar. Casi corriendo, con el rostro arrasado por las lágrimas y la visión empañada, llegó a uno de los cortinados. Lo recorrió hasta dar con una abertura. Salió de esa habitación y vio una puerta. Esperanzada por haber encontrado una vía de escape, se dirigió hacia allí. Para su desconcierto, descubrió que no se trataba de una salida, sino de una habitación que apestaba a tabaco y cigarros.

Cada vez más aterrorizada, repasó el lugar con la mirada y el corazón casi se le detiene de azoro al contemplar la gran cantidad de sillas que, desordenadas, enfrentaban un amplio ventanal. Se acercó y se espantó aún más al comprobar que desde allí se tenía una visión óptima de la habitación donde ella había estado. Comenzó a temblar sin control. El terror gobernaba cada uno de sus sentidos y, a los tumbos, regresó al oscuro corredor desde donde milagrosamente divisó una salida de emergencia camuflada con el color oscuro de la pared. Estaba a punto de alcanzar la salida cuando escuchó las voces que se acercaban a ella. La abordó una ola de pánico que casi logra paralizarla, pero con la poca fuerza que le quedaba empujó la puerta de salida y salió de allí desesperada.

–Siéntete más que pagado –dijo Mirko con cierto cansancio–. La de esta noche cancela mi deuda, Candado.

–Puede ser, pero no creo que sea así –le aseguró con voz áspera. Lo miró con sorna y algo de malicia–. Te conozco de sobra, Croata, en una semana volverás a estar en deuda conmigo. ¿Dónde piensas conseguir?

Mirko no dijo nada, pues era cierto. La única manera de que Candado lo proveyera era que él cumpliera con su parte. Pero estaba harto. No quería más de eso; tenía que encontrar la manera de abrirse.

–Ahora es mi turno –sentenció Candado palmeándole la mejilla–. Quiero que tomes unas buenas fotos.

–No… no me parece.

Mirko desvió la vista preguntándose a qué venía tanto escrúpulo con esa mujer; no lo entendía, pero no quería que Candado la tocase.

–Me importa una mierda lo que a ti te parezca –aclaró, riéndose como si hubiese escuchado una buena broma–. Acá las órdenes las doy yo, Croata, no te hagas el estúpido conmigo. ¿Dónde está esa perra? –chilló, enajenado. Furioso, se volvió hacia Mirko–. ¡¿Dónde está?!

–Estaba aquí hace un momento –le respondió casi en un murmullo.

–Dime que tomaste las fotografías –demandó Candado. Mirko desvió la vista sin atreverse a decir que no–. Estás en problemas, Croata. No debiste dejarla ir.

Mirko permaneció en el centro de la habitación tratando de pensar. En un rincón debajo del espejo creyó ver algo. Ofuscado, se acercó y lo tomó. Era una cédula de identidad. Frunció el ceño y se acercó al foco de luz. Sonrió con malicia. Tenía un nombre y una dirección por donde comenzar a buscar.

Gimena Rauch, leyó con rabia. ¿Dónde te metiste? Te voy a encontrar.

Con paso rápido, dejó el recinto y salió a la parte trasera de la discoteca. Estaba amaneciendo, pero lo que más llamó su atención fueron las sirenas de las patrullas que se acercaban al lugar. Entonces hizo lo único que podía hacer: correr.


CAPÍTULO 1

MADRID, LUNES 25 DE MAYO DE 2015.

–No fue así, Étienne –protestó al ingresar a la terminal 4 del aeropuerto de Barajas–. No fue así y lo sabes.

Con fastidio bufó y se detuvo a un costado para evitar que la atropellara la gente que iba y venía arrastrando sus maletas sin perder de vista los letreros indicadores. En su oído, Étienne seguía protestando, como si al hacerlo tuviera la más leve posibilidad de convencerla de no viajar. Retomó su camino hacia el sector de Iberia, donde los pasajeros comenzaban a congregarse.

–No entiendo porqué no quieres comprenderlo, te lo expliqué no una sino mil veces –remarcó subiendo el tono de voz sin importarle las personas que se acumulaban a su alrededor–. Basta. No tiene ningún sentido seguir hablando. Se terminó.

Sin prestar la debida atención a lo que su pareja de los últimos cinco años le decía, Gimena se acomodó en la larga fila que antecedía los mostradores donde despacharía su equipaje.

–No me importa si se modificó la fecha de una exposición o si el mismísimo rey de España estará presente en tu galería –protestó, interrumpiéndolo–. Hace más de un año que estamos programando este viaje. Me aseguraste que me acompañarías al casamiento de mis amigos. Dijiste que nada ni nadie lo impediría. Fueron tus palabras. Eso es lo que me disgusta.

Llegó al mostrador sin apartar el celular de su oreja y, con cara de pocos amigos, entregó su pasaporte y la tarjeta para que le cargaran las millas acumuladas.

–¡No me vengas con eso! –explotó Gimena golpeando el mostrador–. Habíamos acordado visitar juntos mi país. No lo puedo creer… esta fue la gota que colmó mi vaso, Étienne. Hasta acá llegué.

La empleada de la aerolínea la observó con mala cara. Gimena se forzó a sonreírle e intentó prestar atención a sus palabras por sobre la voz ronca de Étienne que retumbaba en su oído. Tomó nota mental del horario de embarque y guardó la documentación luego de alejarse del mostrador.

–Lo que sea, Étienne –sentenció, categórica; estaba cansada de escucharlo–. Mira, como ya te he dicho, no pienso modificar mis planes. Por lo pronto, estaré unos seis meses en Buenos Aires. ¿No te parece?, pues qué pena. Te llamo a mi regreso; si es que regreso. Adiós.

Sin segundas consideraciones, Gimena cortó la comunicación y arrojó el celular al fondo de su bolso. Respiró hondo tratando de despojarse de la contrariedad que la conversación había dejado en ella. Se sentía tan desilusionada.

Hacía más de cinco años que estaban juntos; aunque usar la palabra “juntos” era una forma de decir, porque Étienne Ducrot, dueño de una prestigiosa galería de arte ubicada sobre la rue Saint-Honoré a pocos metros de rue de Castiglione, vivía en la bella Ciudad de la Luz, al igual que su exesposa y sus cuatro hijos, algo que no perturbaba el espíritu de Gimena. Ella no era una mujer celosa del pasado, y como los hijos de Étienne siempre ocuparían un lugar importante en su vida, había aprendido a aceptarlos. Con él había disfrutado de veladas maravillosas, tanto en París como en Madrid y también bellísimas vacaciones cargadas de romance. Oh, sí, ella había disfrutado muchísimo de su relación con él porque, más allá de todo, ambos tenían sus espacios y vivían a una distancia adecuada; quizás por eso había funcionado por tanto tiempo.

Pero el idilio se había acabado. Gimena adoraba la relación libre y sin ataduras que compartían. Por años, el amor fluyó con naturalidad hasta que él empezó a no conformarse con solo verse una o dos veces al mes. De buenas a primeras, las demandas de Étienne se intensificaron y la presión se incrementó. La quería en París. El problema era que Gimena no deseaba mudarse, ni atarse a él tiempo completo; su insistencia la agobiaba.

A los treinta y siete años, Gimena Rauch tenía claro qué deseaba de su vida y qué no. Perder su libertad por un puñado de palabras dulces era algo a lo que no estaba dispuesta. Su vida no estaba en Francia, y no tenía dudas de que su camino se dirigía hacia nuevas fronteras. Había puesto toda su energía en su profesión y eso sí era un aspecto de su vida que la gratificaba. Gimena era feliz ocupándose de lo que le gustaba; sintiéndose libre de cuerpo y alma.

La vida en Madrid le había enseñado mucho. Sus días en la capital española, con su ritmo y con el abanico de oportunidades que ofrecía, la ayudaron a descubrir sus verdaderos deseos, a crecer y a atreverse a conquistar aquello que anhelaba, sin ayuda de nadie. Estaba demasiado cerca de alcanzar sus sueños y ni París ni Étienne parecían entrar en el futuro que empezaba a vislumbrar.

Cuando anunciaron su vuelo, juntó sus pertenencias y encaró la larga fila que empezaba a formarse en la puerta de embarque. A medida que se acercaba, pensaba en todo lo que esperaba encontrar en Buenos Aires después de siete años de no visitar su país. Con emoción pensó en sus amigas y en los hijos de ellas. De todo el grupo de niños, solo conocía a Joaquín y Pilar, los hijos de Mariana, y a Fermín, el primogénito de Carola. Pero el número de sobrinos postizos se había incrementado considerablemente durante su ausencia. Sonrió al recordar los tres hermosos hijos de Lara y Andrés, una niña bellísima y dos varones muy guapos; Carola y Javier habían concebido dos varones más, mientras que Miguel y Mariana, además de los que ya tenían de sus matrimonios anteriores, habían tenido tres hijos. En total era un batallón de doce.

Gimena embarcó en silencio y se ubicó en su asiento sin problemas. En pocos minutos, el avión comenzó a moverse. Con algo de nostalgia, observó el exterior y aprovechó para despedirse. Extrañaría Madrid, eso era seguro. En tierra española quedaría un poco de ella. Se había sentido como en casa entre su gente, sus costumbres. Pensó en el apartamento donde había vivido los últimos años y que con tanto cariño había decorado. Pensó en la editorial, con su vorágine, sus compañeros de trabajo, los proyectos, las risas, la camaradería. Dios, cómo voy a extrañar todo aquello, se dijo, consciente de que era mucho lo que dejaba atrás.

Por otra parte, Buenos Aires la abrumaba; la ciudad en sí misma removía demasiadas fibras en su interior, y aunque se resistía a que los recuerdos la abordasen, no podía contra ellos. Lo que más la condicionaba era asumir que, adrede, no se había comunicado ni con su madre ni con su hermano; ninguno sabía de su regreso. Tampoco había resuelto cuándo o cómo se pondría en contacto con ellos. Le resultaba muy difícil dar ese paso cuando todavía no lograba perdonarlos.

Las tripulantes de cabina, distribuyendo snacks previos a la cena, interrumpieron sus pensamientos. Pidió vino tinto y no pudo evitar pensar en Étienne, que detestaba las bebidas que servían en los vuelos. No había sido del todo sincera con él respecto de su regreso a la Argentina. Lo cierto era que la cancelación de su viaje la había llenado de tal indignación que, en un arrebato, aceptó la propuesta que le habían hecho: José María Solís, su jefe, le había encargado que, una vez en Buenos Aires, visitase la editorial que los españoles subsidiaban y que, de ser posible, le echase un vistazo al lugar. No estaban conformes con el desempeño de la directora de Editorial Blooming, Antonella Mansi; de hecho, estaban convencidos de que los estaba engañando.

Después de la cena, se enfrascó en una película francesa que la terminó durmiendo. No volvió a abrir los ojos hasta que el avión comenzó a descender.

El vuelo aterrizó en horario y no le costó trabajo conseguir un auto que la llevase a la ciudad. Cerca de las diez de la mañana, llegó al hermoso edificio de la calle Suipacha, a pocos metros de la Basílica Nuestra Señora del Socorro. Ingresó al vestíbulo cargando su bolso y arrastrando su maleta. Allí encontró al encargado, quien la guio hasta el fondo de la planta baja, donde le entregó la llave que su amigo, Raúl Olazábal, había dejado para ella.

Era un apartamento sofisticado. Un amplio ambiente en forma de L apareció frente a ella en cuanto puso un pie dentro. Lo contempló, encantada. En uno de los extremos divisó la cocina con techo de vidrio y salida a un pequeño lavadero abierto; y en el opuesto, un ventanal de cuatro hojas conducía a un atractivo patio interno, colmado de plantas y una fuente de pared decorativa. La sorprendió que las ventanas estuvieran abiertas permitiendo que los tibios rayos del sol de mayo se filtraran e inundaran el ambiente de luz. La decoración era exquisita: pudo admirar tres cómodos sillones blancos salpicados de coloridos cojines, junto a la mesa baja de madera clara, colmada de revistas de viaje. Además, dos butacones enfrentaban un magnífico televisor de pantalla plana, empotrado en una biblioteca repleta de libros.

Gimena caminó admirando el apartamento. Dejó su bolso de mano sobre una mesa rústica y sonrió al ver que, al lado del fanal de hierro que decoraba el centro, había una nota doblada con su nombre escrito en una de las caras. Reconoció la letra, era de Raúl, el dueño del apartamento, quien hacía ya dos años que se había instalado en Santiago de Chile.

Este fin de semana estuve en Buenos Aires. Te esperé todo lo que pude para darte una bienvenida como te mereces, pero lamentablemente no pude cambiar el pasaje de regreso. La verdad, querida Gimena, es que no sé cuándo podré escaparme a verte. Así que, si lo deseas, bien puedes tú cruzar la cordillera para darme un abrazo como sé que me merezco. Te quiero. R.

P. D.: No le dije nada a Manuel de tu visita. Hablen, Gimena, te hará bien hacerlo.

Meditó brevemente sobre esta última línea y se obligó a eliminarla de su mente. No deseaba pensar en Manuel; tampoco sabía cuándo lo haría. Lidiando con esos pensamientos, se dirigió a la habitación principal anhelando despojarse de la ropa que llevaba puesta desde hacía una eternidad y darse una ducha caliente.

Media hora más tarde, con el cabello envuelto en una toalla y cómodamente cubierta por una bata que había encontrado en el cuarto de baño, Gimena volvió al salón principal. La ducha la había renovado en parte. Sin embargo, no había logrado descansar durante el vuelo y sentía el cansancio acumulado sobre sus hombros; solo la adrenalina la mantenía en pie. Se acercó a la cafetera y eligió la cápsula que deseaba. Necesitaba la dosis diaria de cafeína para comenzar a moverse.

Con su jarra de café en la mano, deambuló por el ambiente aceptando que el casamiento de Mariana San Martín había sido la excusa perfecta para regresar. Más allá de todo, reconocía que se sentía muy bien estar en Buenos Aires. No obstante, luego de más de siete años de ausencia, pensar en volver a saber de su familia la angustiaba. Por si fuera poco, Étienne ya no estaba para acompañarla, ahora se vería obligada a enfrentarlo sola. El rostro masculino de Étienne llegó a ella y, por primera vez, sintió su lejanía. Tal vez fue la costumbre, pero un impulso la llevó a grabar un audio.

–Hola, Ét. Hace casi tres horas que llegué. Todo perfecto. Hablamos uno de estos días. Besos.

Bebió un poco de café contemplando los ventanales, y salió al patio. Era una mañana fresca pero despejada. Sonrió al recordar lo mucho que disfrutaba los otoños en Buenos Aires. Se sentó en una banca ubicada junto a la puerta de salida y encendió un cigarrillo. Se tomaría ese día para instalarse y organizarse. Tenía mucho trabajo del cual ocuparse. Más allá de visitar la editorial, se había comprometido a entregar varios artículos en fechas determinadas para la revista en la que trabajaba desde hacía seis años.

Volvió a servirse café en la taza y regresó a la habitación dispuesta a desarmar la maleta. Fue entonces cuando vio los obsequios que había comprado para los hijos de sus amigas. Con renovado entusiasmo, se sentó al borde de la cama y tomó su celular para dar señales de vida. “Lleguéééé”, escribió en el grupo de WhatsApp que compartían.

No tardaron en aparecer las respuestas de Carola, Mariana y Lara, que ya habían hecho planes para festejar el reencuentro. Se reunirían a cenar esa noche; solo faltaba que Gimena confirmara si estaba de acuerdo. Por supuesto que lo estaba.


CAPÍTULO 2

BUENOS AIRES, MAYO DE 2015.

Abrió los ojos abruptamente como si una alarma interior lo forzase a recordar que debía ocuparse de algo importante. La habitación estaba en penumbras, pero faltaba poco para que la claridad de un nuevo día se filtrara entre los cortinados.

Miró de reojo miró a la mujer que dormía a su lado. Suspiró con desgano y estiró la mano hacia la mesa de noche donde se encontraba su celular. Verificó la hora. Eran cerca de las seis; tenía tiempo de sobra. Se dejó caer contra la almohada y clavó la vista en el cielorraso pensando en las órdenes que tenía.

A sus treinta y siete años, Mirko Milosevic cargaba sobre sus hombros unos nutridos antecedentes penales que iban desde delitos de hurto menor hasta posesión y tráfico de drogas. Tenía varias entradas y salidas de distintos penales y reformatorios que no hicieron más que curtirlo y acrecentar su fama. Así y todo, lejos estaba de sentirse orgulloso de su vida, pero no tenía tiempo para pensar en ello. Durante un tiempo, había considerado que lo mejor que podría haberle sucedido era haber muerto el mismo día que nació. Luego ese pensamiento se transformó en una convicción. Odiaba su vida. Odiaba cada maldito día vivido porque en ninguno había nada bueno para rescatar o recordar.

Pero gracias a la misión en la que se encontraba, toda esa época parecía haber quedado atrás. El futuro se mostraba prometedor. Pensando en todo lo que había transcurrido en los últimos años, su mente se trasladó a aquella mañana de 2013 en la que todo su mundo pareció dar un giro inesperado. De tanto en tanto, necesitaba apelar a esa situación para recordarse por qué estaba donde estaba, por qué hacía lo que hacía y, principalmente, cuál era el objetivo final.

En ese año, el 2013, el mes de octubre se había presentado inusualmente caluroso. El clima no era mejor en el interior de la cárcel de Batán, en la provincia de Buenos Aires. Allí se respiraba un aire enrarecido, y un movimiento extraño parecía cernirse sobre su persona.

De los cinco años que llevaba encerrado, esa última semana había sido, por mucho, la peor, y el último mes, una constante pesadilla. Antes del amanecer, luego de casi seis días encerrado en la celda de aislamiento, dos guardias del servicio penitenciario provincial fueron por él. Lo levantaron a bastonazos para conducirlo a una oscura celda en la que nunca había estado. Lo dejaron allí, sin agua ni comida, acompañado solo por la incertidumbre. Le temblaba todo el cuerpo. Pasó hambre y frío.

–Vamos, Croata –había gritado con aspereza el guardia tras abrir la puerta de la celda–. Una bella dama vino a visitarte –anunció, impaciente, dejando que el sarcasmo se filtrara–. Estás teniendo muchas visitas últimamente –agregó con cierto desdén y tono amenazador–. No estarás contando cosas que no deberías contar, ¿no, Croata?

Con cierta dificultad, Mirko se puso de pie y, renuente, miró al guardia. Le sostuvo la mirada, consciente de que lo contemplaba con ganas de asestarle un golpe. Toda la escena lo llevó a pensar en los hombres de la Fiscalía Federal que, tiempo atrás, ya no recordaba cuando, se habían presentado de imprevisto para entrevistarlo. Le mostraron fotografías esperando que reconociera algún rostro. La respuesta de Milosevic fue contundente: no tenía idea de quiénes eran. Pero lo cierto era que conocía a cada uno de los fotografiados y podía apostar a que los de la Fiscalía lo sabían.

La misma situación tuvo lugar unas semanas más tarde. A esas alturas, Mirko se sentía por demás intranquilo. Sin embargo, lo más preocupante no era saber que no le creían ni una palabra, sino entender qué pretendían con sus visitas.

–Apresúrate, que debes ponerte presentable –ladró el guardia dándole un empujón.

Le permitieron asearse, cambiar sus ropas y ponerse en condiciones para la entrevista. Media hora más tarde lo condujeron por un pasillo que atravesaba el penal.

Un grupo de hombres dedicados a ejercitarse lo observaron alejarse e intercambiaron miradas recelosas. Los ignoró y, con desgano, pasó junto al guardia, quien de un empujón lo instó a apresurarse. Por sobre su hombro, Mirko lo miró con actitud altiva y sonrió con un dejo de soberbia. Se había ganado la reputación de duro e incisivo a base de soportar golpes y asestar con precisión. Nadie dudaba de su rudeza y eso era lo único que lo mantenía con vida.

–Cuidado, Croata, que un día de estos se te puede acabar la suerte –amenazó finalmente el guardia antes de volver a empujarlo–. Camina y mira para delante. Ya te vas a sosegar.

Preguntándose de qué se trataría en esa oportunidad, se dejó guiar por el largo pasillo que comunicaba con otro pabellón. Le llamó la atención que no lo condujeran a través del patio interno, que era el camino directo hacia las salas de visitas. En cambio, se sumergieron en un corredor que él nunca había transitado. Eso lo puso alerta, pero no dijo nada. Al cabo de unos metros, el guardia lo obligó a detenerse frente a una puerta.

Una vez que les habilitaron la entrada, ingresaron a una sala cerrada y sin ventanas. Solo se veía un escritorio, detrás del cual una mujer, escoltada por un uniformado fuertemente armado, leía unos papeles.

–Por favor, póngase cómodo que hoy tenemos mucho de que hablar –dijo sin levantar la vista de la carpeta que tenía frente a ella.

El guardia lo acercó al escritorio de un empujón y se apresuró a esposarlo a la mesa.

–No hace falta –sentenció la mujer.

El oficial la observó ceñudo para luego mirar a Mirko, quien le dedicó una sonrisa displicente. Maldiciendo, el penitenciario lo liberó y se retiró sin emitir palabra.

Con algo de desconfianza, Mirko la observó con todos los sentidos atentos a cada movimiento o palabra que de ella proviniese. No tenía idea de quién era; nunca la había visto. Su mente procuraba repasar cada una de las conversaciones mantenidas con los distintos agentes que se habían acercado a interrogarlo durante los últimos seis meses. La abstinencia le jugaba en contra, llevaba días sin consumir y no lograba concentrarse; se sentía confundido y desorientado.

La mujer estaba elegantemente vestida con un traje color petróleo e inmaculada blusa blanca de pronunciado escote. Llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta y unos lentes de marco negro y cuadrado que le concedían un aspecto severo. Enfrentándolo con firmeza, se presentó como la fiscal Claudia Garrido y, según sus palabras, actuaba como enlace entre la Fiscalía Federal y la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico. Pero más allá de la dureza que su cargo le confería, era bonita, de rasgos femeninos y labios por demás sensuales.

–¿Cómo se encuentra esta mañana? –preguntó más por romper el hielo que por verdadero interés.

–He tenido días mejores –fue la rápida y seca respuesta de Mirko.

La mujer se irguió y, cruzándose de brazos, lo observó con determinación. Endureció el gesto al notar el hematoma que bordeaba el ojo izquierdo.

–¿Qué le sucedió en el rostro? –quiso saber.

–Me tropecé –respondió, tajante.

Garrido lo estudió comprobando que era tan filoso y áspero como le habían informado; respondía con rapidez, sin bajar la guardia, en actitud agazapada. El que tenía enfrente era un hombre curtido por la vida, peligroso, difícil de abordar. Por todo lo que había averiguado sobre él, que era mucho a esas alturas, podría asegurar que era una persona que había recibido muchos golpes. Pero eso no la ablandaría, necesitaba ser dueña de la operación.

–Un tropiezo que le valió una semana en la celda de aislamiento, según tengo entendido –agregó, displicente, recuperando por completo la actitud altiva–. ¿Cuántas van? Las reclusiones en la zona de buzones, digo. Muchas. Demasiadas en estos años, ¿no?

Mirko no respondió este último comentario. Simplemente desvió la vista y eludió la mirada de la mujer.

–Ya lo creo que han sido muchas. Pero no estoy aquí para hablar de su comportamiento –aclaró ella volviendo una vez más su atención a los papeles desplegados sobre la mesa–. Me gustaría cotejar cierta información primero para luego avanzar a lo verdaderamente importante –prosiguió con firmeza–. Su nombre es Mirko Milosevic; alias Milo o Croata. Nació en la ciudad de Rovinj, península Istría, Croacia. Un lugar bellísimo, aunque usted no haya tenido la oportunidad de conocerlo. Llegó a la República Argentina al año de vida, con su madre adoptiva, que en realidad más que madre adoptiva, podríamos llamarla usurpadora ya que lo sacó ilegalmente de Croacia, porque no hay un solo documento que indique que usted fue legalmente adoptado, o que su madre biológica muriera. ¿Nunca lo investigó? Tal vez usted es solo un chico robado; uno más de tantos.

La mujer bajó la vista buscando cotejar la información, y luego volvió a alzarla para estudiar al recluso una vez más. Él la miraba con odio helado; ahora sí había despertado su atención y su animosidad. Milosevic era un hombre peligrosamente apuesto, su encanto y sensualidad no pasaban desapercibidos para nadie, mucho menos para una mujer; ella lo comprendía. Podía sentir la atracción que generaba; el poder oscuro que su cuerpo emanaba. Lo había apreciado desde el instante en que puso un pie dentro de esa sala de reuniones; era difícil desentenderse de su magnetismo. Volvió su atención a los papeles.

–Prosigamos. Tiene un expediente interesante, Milosevic –dijo recobrando la postura fría y distante–. Aquí tengo todos sus antecedentes. Una verdadera joyita. Solo por recordarlo: a los doce tuvo su primera visita a una comisaría. Lo detuvieron por disturbios en la vía pública y posesión de droga. Empezó de chico, por lo que veo. A los catorce dejó la escuela, y volvieron a detenerlo al poco tiempo; otra vez por posesión. Pasó seis meses en un reformatorio del que se escapó. Lo atraparon un mes más tarde y esto le valió seis meses más a la sombra.

La mujer hizo una pausa y cotejó ciertos datos. Por sobre el marco de los lentes, clavó la mirada en el rostro de Mirko, que ahora tenía la vista fija en ella. Garrido sintió su desprecio y se recordó andar con cuidado.

–¡Qué vida de mierda, Milosevic! Te la has pasado entrando y saliendo de los penales –sentenció, pasando deliberadamente al tuteo–. Lamento lo de Soraya. Por lo que dice aquí, cuando finalmente dejaste del reformatorio, ella había muerto. Nadie se tomó la molestia de avisarte que ya nada quedaba. Tenías dieciocho años. Ahora entiendo por qué a partir de ese momento comenzó tu maratónica carrera. Aunque tengo que reconocer que te fuiste puliendo, terminaste como todos los de tu condición, cambiando reformatorio por penales; preso por tu adicción.

Esta vez la fiscal lo miró directo a los ojos, y eso en parte la debilitó. En esta ocasión, Mirko detectó cierta conmiseración. Lo percibió primero y lo notó después. Esa mujer tan elegante y dueña de sí había tambaleado. Displicente y soberbio, bajó lentamente la vista hacia sus senos y una ceja se alzó jactanciosa al tiempo que sonreía, reconociendo el efecto que podría tener sobre ella.

–¿De qué se trata todo esto? –dijo inclinándose levemente sobre el escritorio para acercar su rostro al de la mujer que lo interrogaba.

–Aquí las preguntas las hago yo, Milosevic –respondió sin poder apartar la mirada de esos ojos cautivantes y luminosos que la envolvieron–. Estoy en condiciones de hacerle una propuesta que puede interesarle –agregó, volviendo al trato inicial.

–¿Busca diversión a cambio de reducirme la condena? –susurró con una voz tan sensual como desafiante.

Una carcajada quebró el clima, pero no amedrentó a Mirko, que creía haber encontrado una veta en la rígida armadura de la mujer. Tomó nota mental de su talón de Aquiles.

–Mucho le gustaría a usted, ¿no? –replicó ella sosteniéndole la mirada–. Reconozco que la suya es una propuesta tentadora –agregó dispensándole una sonrisa ancha y arrebatadora–. Otro día, si quiere, jugamos un poquito a eso –continuó–. Ahora volvamos a lo verdaderamente importante.

Bajó la vista hacia una segunda carpeta y la abrió. Con rapidez colocó cinco fotografías delante de Mirko y sonrió. En todas aparecía él rodeado de muchas de las personas que meses atrás había negado conocer. Gente de la noche de dudosa reputación; personajes asociados al tráfico de drogas y de personas. Todos amigos de Candado, el traficante a quien le debía su situación actual. Mirko se arrellanó en su duro asiento; ese era el mundo del que no sabía cómo despegarse.

–Es usted un hombre con muchos contactos, señor Milosevic –prosiguió Garrido, volviendo a estudiar la información con la que contaba–. Por otra parte, tengo entendido que durante estos cinco años aprovechó para superarse –destacó alzando la vista para ver su reacción–. Sé que terminó sus estudios secundarios y tomó varios cursos; eso está muy bien –continuó, bajando la vista a la ficha que tenía frente a sus ojos–. Veo que le interesa la fotografía. Genial. Habla de una persona que busca regenerarse, que busca progresar –Garrido alzó la vista y estudió al recluso con cuidadosa intención–. ¿Quiere sinceramente darle un sentido a su vida? ¿Está dispuesto a hacer el esfuerzo? –continuó enfatizando cada una de las preguntas. Hizo una pequeña pausa mientras evaluaba otros documentos–. Porque si bien usted ha cometido muchos delitos, creo comprender que mayormente fue empujado por su adicción. No me parece que sea un hombre violento. No hay un solo registro de agresión física, pero sabe defenderse –hizo una pausa un poco más prolongada que la anterior–. ¿Le gustaría salir de aquí y entrar en un programa de reinserción laboral? –deslizó con suavidad.

Mirko no respondió. La propuesta era por demás tentadora, pero él hacía rato que había descubierto que nada era gratis en esta vida, de modo que permaneció expectante a las siguientes palabras de la fiscal.

Deliberadamente, interrumpiendo los pensamientos de Mirko, Garrido colocó dos fotografías más delante de él. Lo miró con suficiencia y aguardó permitiendo que las contemplara. En una de ellas, Mirko reía despreocupadamente junto a un reconocido traficante, Patricio Coronel, exsocio de Candado; en la otra se lo mostraba inclinado sobre una línea blanca.

–¿La extraña? –deslizó la mujer con malevolencia–. Imagino que sí; no debe haber de esta por aquí, ¿verdad?

No le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. En un abrir y cerrar de ojos se sintió entre la espada y la pared. Las pruebas que esa mujer tenía eran tan incriminatorias que bien podían aumentar su condena. La expresión del rostro de Mirko se tensó y las palmas de sus manos se humedecieron.

–¿Qué quiere? –ladró, rabioso. Sentía la cuerda que se ajustaba en torno a su cuello. Estaba en manos de esa mujer.

–Parece que nos vamos entendiendo –dijo Garrido con suficiencia–. Como bien decía, creo que tiene posibilidades. Colaborar conmigo puede ser un buen comienzo –afirmó convencida–. Sería muy sensato de su parte que lo considerara.

Mirko sacudió la cabeza sin poder creer lo que acababa de escuchar. Era una locura, un suicidio. Todo el mundo sabía que trabajar para la Fiscalía, la Policía o la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico era colocarse un blanco en medio de la frente. No era estúpido. También sabía que la fiscal no tenía el poder de reducirle la condena por el solo hecho de ponerse bajo sus órdenes.

Su mente trabajaba a toda velocidad, pero la imagen de él consumiendo no lo estaba ayudando. Aunque el deseo se despertó, en todo momento fue consciente de que la propuesta bien podía ser una trampa. Alzó la vista y miró a la mujer que lo estudiaba a la distancia.

–No voy a aceptar sin saber de qué se trata –balbuceó Mirko algo desconcertado.

–Milosevic, usted no está en condiciones de hacer ningún tipo de reclamo –dijo la fiscal poniéndose de pie y, bordeando la mesa, se le acercó–. Lo que sí puedo asegurarle es que, de aceptar, alguien de mi equipo se ocupará de gestionar la autorización para que empiece a salir en libertad condicional. Tal vez se pueda apelar al sistema dos por uno. Después de todo, lo sentenciaron a once años y lleva casi seis encerrado.

La mujer reunió todos los documentos en silencio, claramente dando por terminada la entrevista.

–Piénselo. Analice bien lo que le dije –sugirió–. Le doy una semana para que considere minuciosamente lo que conversamos –insistió. Una nueva pausa logró poner un poco de suspenso a su discurso–. Lo digo en serio. Si se decide, puedo ocuparme de que el juez de ejecución agilice su salida. Al aceptar mi propuesta le quedaran menos de seis meses de encierro, Mirko, y cumpliría su condena en libertad condicional. Yo, en su lugar, comenzaría a pensar en el futuro. Nos vemos en siete días, Milosevic.

La fiscal no le había mentido esa vez. Tan solo una semana más tarde volvió con una propuesta formal en la que se veía tanto el sello de la Fiscalía como la firma de un juez. Eso lo tranquilizó un poco. Tras un ida y vuelta de palabras, y ante la condición de que trabajaría bajo las órdenes directas de la fiscal, Mirko terminó firmando. Luego hablarían de los años pendientes de condena.

Seis meses más tarde, llegó la notificación de que le habían otorgado el beneficio de la libertad condicional. Su vida parecía estar encauzándose, eso fue lo que pensó al contemplar consternado el papel firmado por el juez Máximo Ramírez Orión. Saldría, finalmente pondría un pie fuera de ese agujero. Le costaba creer que fuera cierto.

Llevaba grabado en su mente el instante en que cruzó el portal pensando que todo sería más sencillo desde ese momento en adelante. El sol lo encandiló al poner un pie fuera del penal, y cerró los ojos disfrutando de la sensación. Lo primero que vio al abrirlos fue a la fiscal Garrido conversando a pocos metros del estacionamiento con un hombre a quien no conocía.

Sin mucha explicación lo subieron a un vehículo y lo trasladaron a la Ciudad de Buenos Aires para instalarlo en una vivienda céntrica. En la casa de tránsito, como Garrido la llamó, encontraron a un hombre bajo, de hombros anchos y mirada dura y penetrante, que la fiscal presentó como Gonzalo Ibáñez, un colaborador suyo que también formaba parte de la misión.

Mirko apenas lo saludó y bajó la vista hacia las tres fotografías que Ibáñez colocaba sobre la mesa. En todas se veía a un individuo de mediana edad al cual Mirko nunca había visto. En la primera, el hombre caminaba por la calle hablando por celular. Era atractivo, de cabello oscuro y tupido, tez trigueña y rostro cuadrado de rasgos duros. En la segunda fotografía se lo veía conduciendo un BMW negro último modelo. En la última, en una pasarela rodeado de bellas y jóvenes mujeres.

–¿Quién es? –preguntó Mirko, intrigado–. Sinceramente no lo conozco.

–Ya sé que no lo conoces. Tampoco él te conoce –le aclaró Garrido–. Ese es uno de los motivos por los cuales fuiste elegido.

–Su nombre es Alejandro de la Cruz –informó Ibáñez con sequedad–. Aunque es hijo de argentinos, nació en Perú y vivió la mayor parte de su vida en Miami, donde se relacionó muy bien y logró abrir una agencia de modelos. Hace ya tres años que se instaló en Buenos Aires.

–De la Cruz es el principal accionista de una agencia de modelos que tiene su casa matriz en Miami y dos subsidiarias, una en Buenos Aires y la otra en la provincia de Misiones –prosiguió la mujer, ahora adueñándose de la conversación en una clara actitud de superioridad que divirtió a Mirko–. Estamos tras la desaparición de estas tres chicas –agregó colocando frente a él la fotografía de cada una de ellas–. Sabemos que pasaron por esa agencia. Pero todas las investigaciones llegan a punto muerto porque las tres chicas, muchos meses antes de sus desapariciones, habían rescindido sus contratos.

Ibáñez volvió a hablar de De la Cruz, mientras la fiscal colocaba otras fotografías sobre la mesa para avanzar en la información que debían suministrarle. Mirko concentró entonces su atención en las imágenes de una atractiva rubia de voluminosos senos y figura curvilínea.

–En dos meses comenzarás a trabajar para esta mujer. Su nombre es Antonella Mansi, es la esposa de De la Cruz.

Mirko alzó la vista y clavó su mirada azulada en los ojos de la fiscal. Una vez más, notó en la pupila de la letrada el solapado interés que ella intentaba doblegar. Sonrió vanidoso y, ya más seguro, se atrevió a preguntar:

–¿Qué quieren que haga con esa mujer? –trataba de entender–. ¿Quieren que la seduzca para molestar al esposo?

–No, hombre, no sea básico –protestó Ibáñez. Miró a Garrido–. No va a servir. Te lo dije.

–Es la directora de una revista de moda. Creemos que ella es la principal pantalla para las operaciones de su esposo –informó la fiscal–. Tengo entendido que sabes manejar una cámara. Hasta donde sé, te defendías tomando fotografías para Candado y, por lo que averigüé, en tus años de encierro leíste bastante sobre el tema.

Mirko asintió preguntándose si sabrían qué tipo de fotografías tomaba. Seguramente.

–En unas semanas esa mujer necesitará un fotógrafo –prosiguió Ibáñez sin abandonar el tono áspero–. Alguien deslizará su currículum con una recomendación, y lo llamarán. Para entonces, deberá estar preparado.

–¿Y qué se supone que haré mientras tanto?

–Mientras tanto te quedarás aquí –retomó Garrido, que había seguido la conversación en silencio–. Hasta que el momento de entrar en acción llegue, estudiarás toda esta carpeta. Aquí está toda la información que necesitas; teléfonos, procedimientos y el modo en el que necesitamos que te desenvuelvas.

Se hizo un silencio. Mirko tomó la carpeta y hojeó su contenido.

–Hay algo que aún no te he dicho –deslizó Garrido sabiendo el impacto que tendría la información que estaba a punto de suministrar–. Tu viejo amigo Candado está involucrado en toda esta operación. También a él lo queremos atrapar. Supongo que sigues pensando en vengarte del maldito desgraciado que te mandó a prisión.

La propuesta de Garrido le había cambiado la vida, y Mirko era muy consciente de que a ella le debía su libertad y la posibilidad de tener un futuro. Hacía ya más de un año que lo había contactado; habían pasado casi siete meses desde que logró ingresar en la Editorial Blooming, y poco más de cuatro que había conseguido despertar el interés de su directora. Tal como originalmente la fiscal le informó, Antonella Mansi era la cabeza de la editorial que manejaba dos revistas puntuales; una de moda, que acaparaba más del 85% del presupuesto y generaba buenos dividendos y alto grado de popularidad; y otra de carácter cultural, que cubría semestralmente los eventos más destacados de la ciudad.

Por un tiempo, Mirko creyó estar alcanzando cierta estabilidad y que bastaba con informar todo lo que sucedía en la editorial. Pero, entonces, llegaron nuevas órdenes: seducir a Antonella Mansi e intentar llegar a los lugares de mayor intimidad, para colocar dispositivos de escucha.

Luego de haber logrado que lo aceptara en el plantel de fotógrafos de la sección moda, no le había costado mucho seducirla y que ella lo aceptase, primero en su despacho y poco a poco en su cama. La mujer, con sus cuarenta y tantos, se había sentido más que halagada porque un hombre como él se interesase por ella. No obstante, por el momento, además de cansancio, no era mucho lo que Mirko había logrado reunir, pero sí podía asegurar que esa mujer escondía algo turbio y que estaban bajo la pista correcta.

Mirko se sentó en la cama y miró de reojo a la mujer de rubia cabellera ondulada que dormía desparramada a su lado. Cuidando de no despertarla, se puso de pie y se dirigió al cuarto de baño. Necesitaba comunicarse con Claudia Garrido e informarle que finalmente había logrado colocar los dispositivos de escucha. La casa de Antonella Mansi y Alejandro de la Cruz estaba completamente monitoreada.

Sentado en el retrete, consultó la hora. Garrido solía levantarse alrededor de las seis y media. “¿Despierta?”, escribió Mirko con una sonrisa malévola en sus labios. “Ya estoy en posición. Finalmente, logré que accediera a traerme a su cama. Estoy dentro –del apartamento, no de ella–. De la Cruz está en MIA y regresará el viernes por la noche en un vuelo privado. No me dijo para qué viajó, pero lo averiguaré. Ya instalé todo. Los ambientes que suelen frecuentar están cubiertos. En media hora también deberían empezar a funcionar los dispositivos. Estate atenta a las imágenes y los sonidos”.

La respuesta de Garrido no tardó en llegar. Bajó la vista y sonrió al leer. “No pienso quedarme a escuchar cómo te diviertes. Luego la escucharé a ella. Camilo ya tiene sus órdenes. Ocúpate de que no vaya a la editorial hasta el mediodía. Nos vemos luego”.

En algún punto lo divertía alterarla, provocarle celos con Antonella, mucho más si tenía en cuenta que era ella quien lo había puesto en manos de la editora. La fiscal se había convertido en su amante mucho antes que Mansi y, por un tiempo, había logrado despertar mucho más que su interés; algo que nunca le diría a ella, por supuesto. Claudia Garrido disfrutaba tanto del buen sexo como del estímulo que unas buenas líneas podían otorgar. Juntos habían compartido encuentros memorables que por varias horas los transportó a otras dimensiones. Pero todo tenía su precio y él lo estaba pagando con creces pues, sin previo aviso, Garrido comenzó a mostrarse excesivamente posesiva, algo violenta y obsesiva con él.

“Bien. Esta tarde también la tengo ocupada; Antonella arregló una sesión de fotos con cuatro modelos nuevas de la Agencia De la Cruz. Luego te indicaré sus nombres y características. Creo que tengo algo. Ya te contaré más”, respondió Mirko.

Tenía que ponerse en movimiento y para ello necesitaba un refuerzo. Se apresuró a buscar en la bata la bolsita que había escondido la noche anterior. Rápidamente, preparó las dos líneas y, segundos más tarde, se regocijó al sentir el efecto que se esparcía por su cuerpo.

Se frotó la nariz buscando eliminar cualquier resto de droga y entreabrió la puerta; no escuchó un solo ruido. De nuevo en la habitación, se movió con sigilo; primero fue hasta su abrigo y buscó un pequeño tubo metálico y una bolsita de donde extrajo un botón negro diminuto. Divisó el celular de Antonella sobre la mesa de noche; fue hasta allí, lo tomó y se ocupó de instalar el pequeño dispositivo.

Giró y se acercó a la cama donde ella dormía parcialmente cubierta por la sábana. Activó el dispositivo y le tomó varias fotografías para enviárselas al número que Ibáñez le había indicado. Luego las borró para que Antonella nunca se enterase de lo ocurrido. Buscó su propio teléfono y escribió: “Todo listo. Me ocuparé de que no llegue hasta pasado el mediodía”.


CAPÍTULO 3

¿Qué me pongo?, ¿qué me pongo?, ¿qué me pongo? La pregunta rebotaba en su mente provocándole ansiedad y una sensación de vértigo que la alteraba. El asunto de elegir su vestuario le generaba tanta tensión que hasta se le cortaba la respiración. Vestirse debería ser algo natural. Lo era para todo el mundo, menos para ella.

–¿Qué mierda me pongo? –estalló, ofuscada, cuando ya no soportó la presión que ese hecho insignificante le generaba.

A Gimena la contrariaba tener que destinar tantos minutos a algo que para ella era una pérdida de tiempo. La fastidiaba verse en la obligación de concentrarse para decidir si lucía de negro, de blanco, de azul o de amarillo. Pero, esa mañana, quería verse bien a los ojos de toda la editorial, ese era el único motivo por el cual estaba dedicando tanto tiempo a seleccionar el vestuario.

En Madrid, su gran amiga Belén le había enseñado un par de tips para salir del aprieto y así sentirse segura; pero no estaba funcionando esa mañana. Pantalón negro, camisa blanca, el abrigo que gustes, recordó las palabras de su amiga. Botas, las que desees; siempre en la tonalidad del pantalón o el abrigo; por supuesto, botas con tacón, para que tus piernas se vean mucho más largas y delgadas.

Odiaba sentirse tan insegura en ese campo. Desde que tenía recuerdos, todos criticaban su forma de vestir. No lo entendía, no podía comprender que la gente prestara tanta atención a algo que para ella era completamente secundario. Tomó una camisa blanca y el pantalón ajustado de terciopelo negro. Por último, se calzó las botas de caña media con elegante tacón y puntera de croco. Se miró al espejo y se vio tan insulsa, tan falta de colores, que tuvo ganas de llorar. Accesorios, Gimena. Accesorios. Eso le hubiese dicho Belén. Pensar en su amiga madrileña y recordar sus consejos la tranquilizaba.

Llevada por un impulso, miró su reloj y calculó la diferencia horaria con Madrid; debía ser media tarde en España. En un arranque desesperado, tomó una fotografía de su imagen en el espejo y se la envió a su amiga preguntándole si tenía alguna sugerencia.

“Eres de no creer, Gimena. Ponte las cadenas doradas que coloqué con los accesorios. También el abrigo bordó de cuero que te sienta de maravillas, junto con la chalina de seda de Hermes que te obsequió Étienne para tu último cumpleaños. Luego te maquillas. Rocíate con Miss Dior, que te hará sentir Natalie Portman y, quién te dice, tengas la suerte de cruzarte con Thor en Buenos Aires. Envíame una foto cuando estés lista”, le respondió.

Gimena acató cada uno de los puntos que Belén le había indicado y, una hora más tarde, dejaba el apartamento sintiéndose segura y a gusto con su apariencia. Todo gracias a su amiga, que terminó asesorándola a la distancia. Sonrió al pensar en Thor. Definitivamente, ella no tenía nada de Portman, ni siquiera la planta de Perfecto asesino.

Gracias a una segunda nota que Raúl le había dejado en la mesa de noche, descubrió que las sorpresas no habían terminado. Un monumento tendría que hacerle a Raúl Olazábal, pensó Gimena. Su querido amigo no solo le había ofrecido su apartamento para que ella se instalara, sino que, conociéndola, había llenado el refrigerador de delicias que no necesitaban mucha elaboración y, como última genialidad, le había conseguido un hermoso y coqueto Fiat 500 de color rojo. Gimena no lo podía creer y, antes de subirse, tomó una fotografía para enviársela a Raúl. “Te adoro, amigo”, escribió. “Me encanta. Gracias, gracias, gracias”. Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando la respuesta ingresó a su celular. “Procura no matarte en el tráfico de Buenos Aires. Disfrútalo mucho, preciosa”.

La Editorial Blooming funcionaba en la segunda planta de un edificio ubicado en la calle Chacabuco casi esquina México, en pleno vecindario de San Telmo. Tal como le había sucedido cuando se presentó en las oficinas de la editorial en Madrid, estaba nerviosa, la tensaba no saber con qué podría encontrarse. No obstante, salvando las distancias, en esta ocasión Gimena se presentaba en calidad de enviada de España, lo cual le agregaba un plus interesante.

Dejó el elevador y cruzó el corredor que conducía a la doble puerta de vidrio que daba acceso a la editorial. El nombre de fantasía la predispuso negativamente, hubiese preferido un nombre español; después de todo, ¿quién ponía el dinero?

La recepción era moderna, minimalista. Dos sillones de cuero blanco enfrentaban una mesa baja con tapa de vidrio, a través del cual podían verse los ejemplares de las revistas y suplementos que allí se publicaban. Le agradó lo que vio, aunque si hubiese estado en sus manos, hubiese agregado algún detalle para darle un poco de vida.

–Buenos días –saludó Gimena al acercarse al mostrador de la recepción donde una hermosa morena de ojos oscuros y labios color carmín alzó la vista al escucharla–. Tengo una entrevista con la señora Antonella Mansi. Mi nombre es Gimena Rauch.

–Un segundo, por favor –dijo la muchacha con una sonrisa–. Tome asiento que ya mismo la anuncio.

Gimena le agradeció y se dirigió a los sillones donde se sentó y tomó un ejemplar de la revista de moda. Una hermosa morena de centellantes ojos verdes se lucía en la portada. Gimena no tenía idea de quién podía ser. A un costado, vio la delgada publicación cultural. Frunció el ceño y la tomó. Era una publicación semestral, pobre en contenido y en edición. La indignó pensar que un buen cuerpo podía interesar más que un artículo bien desarrollado sobre la gran movida cultural que Buenos Aires poseía. Sin disimular lo que estaba haciendo, guardó uno de los ejemplares en el maletín que llevaba.

Consultó su reloj. Ya habían pasado quince minutos de las once de la mañana. La directora de la editorial ya debería haberla recibido. Se había desacostumbrado a la impuntualidad argentina. Para Gimena, la puntualidad era importante; señal de buena educación y de respeto por el tiempo del otro.

Se entretuvo unos minutos más contemplando el suelo. Como en la mayoría de las editoriales, se trataba de un gran salón desprovisto de paredes pero con gran cantidad de cubículos individuales separados unos de otros por paneles divisores. De un pantallazo, calculó que habría unos cincuenta puestos de trabajo, de los cuales muchos menos de la mitad estaban ocupados. Solo había tres despachos cerrados. Supuso que uno de ellos sería el de Antonella Mansi. Pero ¿dónde está todo el mundo?, se preguntó apreciando el escaso movimiento de la editorial.

Sus pensamientos comenzaron a viajar y su corazón se encontró añorando el puesto que había dejado en Madrid; el ritmo que había alcanzado en la editorial Sáenz y el reconocimiento de sus pares. Extrañó las risas y las conversaciones con sus compañeros de oficina; las salidas después de hora y el vértigo al cierre de una edición. Extrañó la camaradería y las buenas amigas que allí había hecho. Extrañó Madrid y su gente.

Procurando controlar el incipiente fastidio que le generaba la espera, se arrellanó en el sillón, concentrándose en la revista cultural. La analizó con detenimiento; era un espanto, una precariedad de diseño y contenido que mostraba un completo desconocimiento de la temática. Contaba con dos artículos que difícilmente le interesarían a alguien y un detalle básico de las funciones del semestre del Teatro Colón, de las distinguidas colecciones privadas que se presentaban en el Malba y de las exposiciones que ofrecían el Museo de Arte Decorativo y el de Bellas Artes. También, en menor medida, hacía referencia a las muestras populares. No había leído ni dos páginas y ya tenía una larga lista de aspectos a modificar. Contrólate, Gimena, se autocensuró. Ajústate a lo planificado.

–Señorita Rauch –dijo una joven acercándose a ella. Hacía más de cuarenta minutos que esperaba–. Mi nombre es Romina, soy la asistente de la señora Mansi. Le pido mil disculpas, pero ella está algo demorada.

–¿Tardará mucho? –preguntó, conteniendo su fastidio.

–No sabría decirle –se disculpó la joven claramente incómoda–. Lo único que me ha informado es que tuvo un contratiempo. Me pidió encarecidamente que la disculpase con usted.

Gimena extrajo de su bolso un elegante tarjetero de cuero rojo, del cual tomó una tarjeta y se la extendió.

–Lamentablemente, no voy a poder seguir esperando –informó–. Aquí le dejo mi número de celular. Por supuesto, desestime los números de Madrid –aclaró, sin disimular su contrariedad–. Le pido que me llame para coordinar una nueva entrevista cuando a la señora Mansi le quede cómodo. Buenos días.

Sin esperar la respuesta, Gimena se dirigió a los elevadores masticando indignación. Una vez en la acera, buscó su celular y se comunicó con la sede central de Madrid. Si de inversiones se hablaba, a simple vista, la revista argentina demostraba ser muy poco rentable en estas condiciones.

José María Solís no tardó en atenderla. Luego de los saludos y de ponerlo al tanto de cómo había encontrado Buenos Aires, pasaron a hablar de trabajo.

–¡Puedes creer que me ha dado un plantón! –exclamó, indignada–. ¡Qué falta de educación, por Dios! Aunque no he visto mucho desde la recepción, te aseguro que el movimiento del lugar es ínfimo. La situación no es nada halagüeña. Te lo digo para que vayas haciéndote a la idea.

–Pues no me sorprende lo que dices –respondió el español, contrariado.

–Te juro que ya mismo podría hacerte una gran lista de todo lo que debería modificarse en ese lugar –chilló Gimena destilando fastidio.

–Pues a mí me encantaría leer una propuesta de tu parte –repuso José María, ahora risueño.

–No me tientes, José, que ya mismo me pongo a escribir –agregó.

El hombre carcajeó.

–Pues, primero lo primero, Gimena –dijo, conteniendo la risa–. Necesito tus artículos para poder cerrar la próxima edición. De lo demás, te irás ocupando a medida que los hechos se vayan presentando. ¿Estás de acuerdo?

–Está bien, tienes razón –accedió. Se sentó en el bar más cercano y alzó la mano para pedir un café–. Ahora cuéntame cómo están todos. No sabes cómo los extraño.


Era ya cerca del mediodía cuando Antonella abrió los ojos. Parpadeó varias veces hasta lograr enfocar. Se sentía algo embotada y le demandó cierto esfuerzo despejar la mente. Lo primero que vio fue el brazo de Mirko cruzando su cuerpo y el bello rostro del fotógrafo enfrentándola. Antonella se acomodó mejor bajo el brazo masculino protector y suspiró. El hombre dormía luego de una fuerte sesión de sexo que los había dejado a ambos más que exhaustos.

Incorporarlo al equipo de la editorial había sido un gran acierto. Era muy bueno en todo lo que hacía; en todo. Desde la mañana que había cedido a sus insinuaciones, algo cambió en ella. Mirko Milosevic le generaba una dependencia casi adictiva que por momentos la asustaba, pero que siempre despertaba su interés. Era potente, certero y sabía cómo provocarle más placer del que jamás había experimentado. Se le hacía agua la boca de solo rememorar las horas pasadas.

Con desgano, procurando no romper el contacto con su cuerpo, estiró la mano hacia la mesa de noche y tanteó buscando su celular. Sorpresivamente, este vibró y Antonella se apresuró a atender. De un salto se irguió al advertir que era pasado el mediodía; si mal no recordaba, tenía agendada una reunión para las once de la mañana de ese día. Se había quedado dormida. Apremiada, atendió la llamada. Era su secretaria que le consultaba si estaba todo bien. Antonella no era de llegar tarde a las reuniones.

–Hace casi una hora que te estoy llamando –comunicó la chica algo alterada–. ¿Dónde estás, Antonella? Hace unos quince minutos se marchó la mujer que venía enviada de la casa matriz en España. Ahora el que está sentado en la sala de reuniones es Octavio Otamendi.

–Estoy saliendo para la editorial, Romina. Tuve un contratiempo. Llegaré en una hora –aclaró apresurada–. Dile a Abel que se ocupe de atenderlo y trata de dar con la española a como dé lugar. Debo reunirme con ella en el día de hoy. Sí o sí.

Mirko la escuchaba simulando dormir. La oyó salir de la cama y correr al baño maldiciendo al despertador. Abrió los ojos y, apenas escuchó el sonido del agua, se apresuró a enviar un mensaje con su celular.

Recibió la respuesta de Garrido cuando Antonella acababa de cerrar la ducha . Bajó la vista, apremiado. “Camilo ya está terminando. Avisa cuando se marche. Ya sabes lo que debes hacer para activar el sistema”.

Al regresar a la habitación, Antonella lo encontró semidesnudo. Mientras terminaba de secarse, se deleitó estudiando cada centímetro de ese cuerpo firme y torneado; costaba creer que estuviera durmiendo en su cama. Si hasta las cicatrices que tenía en su espalda eran atractivas. Nunca le había preguntado cómo se las había hecho; no le gustaba escucharlo hablar de temas desagradables y eso debió haber sido doloroso. En cambio, le encantaba verlo dormir. Sonrió, vanagloriándose de su desempeño. Su ego la alentó a considerar que era gracias a ella que él dormía como el angelito que no era. Sin apartar la mirada, se acercó y, para despertarlo, deslizó la yema de dos de sus dedos sobre el hombro desnudo hasta alcanzar la nuca. Siguiendo el juego, Mirko se estiró como un gato mimoso.

–Hora de levantarse, cariño –le susurró ella al oído–. Es tarde y necesito que a las cuatro te ocupes de una sesión fotográfica.

Mirko no respondió. Simplemente escondió su rostro bajo la almohada fingiendo dormir; necesitaba retenerla lo más posible.

–Qué dormilón resultaste –comentó, divertida–. Está bien, quédate remoloneando un rato más –murmuró al oído de Mirko libidinosamente–. Pero no te demores, ¿me oyes? A las tres te quiero en la editorial. Las modelos están convocadas para las dos y media y estamos justos de tiempo –terminó diciendo para luego estamparle un beso en los labios–. Me voy que me están esperando.

Solo cuando escuchó la puerta de entrada cerrarse, Mirko se irguió y dejó la cama de un salto. Extrajo su computadora portátil de la mochila y se conectó remotamente a su correo interno. Camilo había preparado todo para que él activara el sistema de escucha y seguimiento en cuanto Antonella dejase su hogar. Solo debía enviar un mensaje de correo desde su puerto al de Mansi para que un troyano se disparara y comenzara a emitir.

De: MM

A: AM

Maravillosa noche. Dime que hoy repetimos.

Su mensaje parpadeó solo unos segundos y, antes de que dejara de hacerlo, Mirko pulsó dos teclas al unísono. El mensaje quedó suspendido a la espera de ser aceptado; en cuanto eso sucediese, el troyano se activaría. Listo, pensó al tiempo que tomaba su celular y enviaba a otro destinatario un corazón como contenido del mensaje. De ese mismo número lo llamaron un segundo más tarde.

–Todo despejado –informó.

–Perfecto –respondió la voz de un hombre.

–Vas a entretenerte mucho escuchando todo lo que pasa en esta cama –comentó, jactancioso–. Esta noche tenemos nueva función. Presta atención, así aprendes.

–¡No me fastidies! –ladró Ibáñez sorprendiéndolo.

–El dispositivo del celular debería estar transmitiendo –comentó Mirko conteniendo la risa. Lo divertía fastidiarlo. Detestaba a ese hombre.

–Lo está –le aseguró Ibáñez sin un ápice de cordialidad–. Ahora encuentra algo que conecte a Mansi con De la Cruz.

–¿Algo como una partida de matrimonio? –sugirió, entre risas.

–¡No seas imbécil! –exclamó–. Sabes muy bien lo que tienes que buscar. Tenemos que descubrir cuál es el circuito que utilizan. Nos estamos quedando cortos de tiempo y eso no es bueno para nadie.


CAPÍTULO 4

Apenas pasadas las tres de la tarde, Mirko ingresó al edificio donde funcionaba la Editorial Blooming. Había pasado por su apartamento para ducharse y cambiarse de ropa. Allí había encontrado a Garrido aguardándolo, furiosa. Lo amenazó con no suministrarle más mercancía y con quitarle su protección si no se esforzaba un poco en conseguir información en lugar de hacerse el vivo restregándole lo bien que lo pasaba en la cama de Antonella Mansi. Información, le exigía la fiscal, pero él comprendía que era otro el reclamo. No dijo nada y soportó el castigo, consciente de que su libertad dependía de ella y de cuan contenta la mantuviera. Despechada, Garrido podría ser de temer.

Su relación con la fiscal había sufrido muchos altibajos desde el momento en que ella lo sacó de la cárcel de Batán. Mirko empezaba a hartarse de los vaivenes emocionales de Claudia, quien se mostraba seria, sofisticada y segura, pero sus ojos destellaban una mezcla siniestra de sentimientos oscuros, que solo el sexo y la droga parecían aplacar. Consumía tanto como él y muchos de sus encuentros rayaban en lo salvaje. En algún punto, Mirko reconocía que se estaba volviendo algo peligrosa e impredecible. No era nada tranquilizador saberse en manos de una mujer así.

Todavía lidiando con el mal humor que Garrido le había provocado, salió del elevador y encaró la recepción con paso rápido. Al pasar, le dedicó una sonrisa a la recepcionista, que lo contemplaba embobada; le servía mucho estar en buenos términos con ella y de tanto en tanto invitarla con un trago. Leticia siempre sabía quién entraba y salía del edificio; también quién se relacionaba con quién. Era una vasta fuente de información; nada se le escapaba.

Esa tarde, el corazón de la editorial se encontraba. Mirko se dirigió directamente al box que le habían asignado para trabajar. Allí se quitó el abrigo, lo colgó en uno de los percheros y, sin perder más tiempo, reunió el equipo fotográfico que utilizaría esa tarde.

La secretaria de Antonella, que salía del despacho de su jefa, acaparó su atención. Algo en su actitud lo alertó. Consultó su reloj, consciente de que era tarde, y consideró que unos minutos más no empeorarían la situación. Se acercó a la muchacha en busca de información.

–Hola, Romi –la saludó al llegar a su lado–. ¿Antonella te dejó algo para mí?

–Sí, dame un segundo, Mirko –respondió. Bajó la vista hacia una pila de carpetas y buscó una de cartulina amarilla; se la extendió–. Aquí tienes la información y las especificaciones sobre las modelos de hoy. Los productores están esperándote hace media hora.

–Perfecto. Gracias –respondió sin molestarse en verificar la información–. Noto cierta tensión en el ambiente –puntualizó simulando preocupación–. ¿Sucede algo?

–De todo –respondió Romina, tensa–. Antonella llegó tardísimo; tenía dos reuniones muy importantes, y en ambas quedó para el demonio –comentó preocupada–. Primero se presentó una mujer que venía de la casa matriz de España; luego un posible inversionista. Ambos tenían sus entrevistas pautadas hacía semanas. El hombre que venía con una fuerte recomendación, la esperó más de una hora y se marchó indignado –hizo una pausa al percatarse que había hablado de más. Miró a ambos lados, como si buscase constatar que nadie la escuchaba. Luego estiró su cuello acercándose a Mirko–. Fue una vergüenza –agregó en un susurro–. El tipo se fue furioso y ni te digo la española. Por suerte logré contactarla y accedió a venir a última hora. Pero el hombre está difícil.

Romina seguía compartiendo con él sus apreciaciones, pero Mirko hacía rato que había dejado de escucharla. Su mente intentaba unir las situaciones que, aunque parecían aisladas, podían no serlo. Estaban muy cerca de detectar la conexión entre la agencia, la editorial y la tercera pata que contactaba a los clientes. Meses de asumir riesgos para averiguar qué tramaban, de modo que si un inversionista se ofuscaba o no con Antonella, no lo conmovía.

–Tranquila, Romi –dijo, buscando aplacar a la chica, quien vivía aterrada de perder su trabajo–. Ya verás que Antonella se ocupará de seducirlo. Me voy a trabajar.

Dos plantas por encima de la redacción y del sector administrativo, la editorial contaba con un amplio salón completamente vacío, destinado a eventos o diversas producciones fotográficas organizadas por la revista de moda.

–Por fin, Mirko –dijo uno de los productores al verlo–. Ya tenemos todo listo. Solo faltabas tú.

–Perdón, me demoró el tráfico –mintió con naturalidad–. En un segundo comenzamos, Marcos –agregó Mirko mientras apresuraba el paso hacia un tablón de madera que descansaba sobre unos rústicos caballetes junto al escenario donde posarían las modelos.

Lo primero que extrajo de la mochila fue la computadora portátil y la ubicó en uno de los extremos de la mesa. Por sobre su hombro, se aseguró de que nadie estuviese observándolo y rápidamente verificó que el dispositivo funcionara bien. Antonella seguía sentada en su escritorio manteniendo una conversación telefónica. Perfecto, pensó. Pulsó dos teclas y la imagen se ocultó.

Desplegó los materiales y abrió la carpeta que Romina le había entregado con las especificaciones que Antonella había indicado. Tomó nota mental de todo mientras preparaba su cámara de mano y se colgaba otra del cuello. Entonces, giró hacia el corazón del lugar y se ocupó de ubicar en los trípodes el resto de las cámaras que utilizaría. Para terminar, ajustó la iluminación según su necesidad.

Una vez más, recorrió el recinto con la mirada. Los vestuaristas conversaban con las modelos del otro lado del salón; los maquilladores y los estilistas se dispersaban por el lugar hasta que sus servicios fueran nuevamente requeridos. Llamó su atención una hermosa mujer de rubia cabellera a quien no conocía; no parecía tener la edad para el tipo de modelos que esa tarde se habían convocado. Debe ser personal de la agencia, dedujo al verla conversar con el director de Arte.

–Empecemos –anunció al acercarse a los productores.

Todos acataron la indicación. En ese ambiente, Mirko se sentía a gusto, útil y respetado. Ese era su dominio. Viendo el mundo a través de la lente de la cámara, se olvidaba de su vida, de su pasado y de su presente. Renacía. Bajo esa gratificante sensación pasó la siguiente hora disparando su cámara, dando indicaciones, buscando ángulos, haciendo oídos sordos a los comentarios de los productores y soportando las excentricidades de las modelos que, siendo prácticamente desconocidas, se creían Cindy Crawford.

Durante el primer cambio de vestuario, aprovechó para refrescarse. Fue en busca de una botella de agua mineral y se dirigió al baño, donde una buena dosis logró que volviera a sentir su mente despejada y el cuerpo vigoroso. De un trago terminó la botella de agua y revisó el celular, que vibraba en su bolsillo. Era Garrido quien le escribía:

“¿Cómo puede ser que me entere antes que ti que esa perra está a punto de mantener una reunión que puede poner en juego toda la operación?¿Para qué mierda te saqué de ese infierno? Quiero saber qué sucede antes de que pase. No me defraudes, Croata”.

Maldijo, indignado y furioso. Abrió la computadora portátil y observó lo que estaba sucediendo en el despacho de Antonella. Nada. Antonella caminaba por su oficina con su celular en la oreja.

–Creo que no nos han presentado –una voz femenina le habló desde atrás.

Se volteó abruptamente a mirarla al tiempo que cerraba la computadora portátil con brusquedad. Era la atractiva rubia que había visto conversando con el director de Arte. Una bella mujer de ojos verdes y sonrisa contagiosa.

–Soy Serena Roger –agregó–. Trabajo para la Agencia De la Cruz.

–Mirko Milosevic –respondió escuetamente pero alerta. No le agradaba el modo en que esa mujer parecía analizarlo. Se sintió estudiado, atravesado por una mirada pesada y firme–. Encantado.

–Vaya, tenía muchos deseos de conocerte –dijo la mujer, seductora–. He oído tantos comentarios sobre ti que estaba intrigada.

Sorprendido, Mirko le sostuvo la mirada y no le gustó la suficiencia con que le sonreía. Había mucho más tras esa sonrisa.

–Si me disculpas, tengo que seguir –dijo intentando sacársela de encima y, buscando poner distancia, caminó hacia el trípode donde había dejado una de sus cámaras.

Serena Roger lo observó un instante y se alejó de él para reunirse con el vestuarista y el maquillador que se habían congregado junto a la mesa de refresco.

Mirko la siguió con la mirada. Algo en la actitud de esa mujer lo intranquilizó y no pudo evitar preguntarse qué sería lo que se rumoreaba de él. En silencio, simuló estar ajustando la lente y disparó varias veces. Revisó las imágenes tomadas y sonrió al notar que la había registrado varias veces. Por sobre su hombro, la observó y sus miradas se encontraron.

Serena, por su parte, fue muy consciente del momento en que Mirko registraba varias imágenes suyas. Sabía que había despertado su curiosidad y eso era justamente lo que deseaba lograr; quería ganar su atención. No se había equivocado al sospechar de él. El fotógrafo era parte de la operación, no tenía dudas. Ahora sabía que debía apresurar sus movimientos.

Las que siguieron fueron dos horas tensas en las que apenas dio indicaciones y, cuando lo hizo, se expresó con demasiada aspereza.

–Terminamos –anunció cuando creyó que ya tenía suficientes imágenes–. Muchas gracias a todos.

Tardó poco más de treinta minutos en reunir todo el equipo y acomodar las luces para futuras producciones. Por el rabillo del ojo, vio a las modelos dirigiéndose a la zona de vestuarios. Dos de ellas hablaban despreocupadamente de un desfile al que deseaban asistir; otras tres, sobre una fiesta para la que las habían contratado. Todas aguardaban confirmación para participar de otros eventos en exclusivas discotecas.

Al regresar a la mesa de tablón, miró la pantalla de la computadora. La imagen mostraba a Antonella, en actitud tensa e incómoda, conversando con una mujer morena, sentada de espaldas a la cámara. Algo estaba ocurriendo en la planta principal. Cerró la computadora portátil y la guardó rápidamente en la mochila. Tenía que intentar descubrir qué sucedía; tal vez de eso se trataba el mensaje de Claudia Garrido.

Mientras se dirigía hacia la salida, divisó a Serena Roger un poco apartada del resto. Hablaba por celular con gesto circunspecto. Sus miradas volvieron a conectarse. Ella le sonrió transmitiéndole algo que Mirko no logró detectar, pero que no le agradó. Fue un gesto presuntuoso, como si estuviese convencida de estar a punto de atrapar a la presa que venía acechando.

Inquieto por la aparición de esa mujer, apresuró el paso para salir de allí. Alcanzó la planta principal pensando en lo que era verdaderamente importante de lo que estaba sucediendo en ese lugar. Cruzó la recepción sin molestarse en saludar a Leticia, quien lo miró desilusionada. De camino a su box, chocó con Romina, que salía del despacho de Antonella llevando en sus manos la bandeja con la que solía servir café. Al verlo, la secretaria le hizo un gesto para comentarle que la cosa se complicaba.

–¿Con quién está reunida? –preguntó Mirko, intrigado.

–Con la española, Mirko –le recordó, molesta porque no prestara atención. Lo miró con detenimiento–. ¿No me escuchaste hoy? –Mirko sacudió la cabeza negativamente, de pronto algo desorientado. La muchacha le dispensó una mirada de resignación–. Te comenté que esta mañana se presentó una mujer que viene de la casa matriz, de España.

–¡Ah, cierto! –exclamó, sin comprender la importancia del caso–. ¿Y?

–¿Cómo “y”? –replicó Romina–. No estás tomando dimensión de lo que su presencia puede generar –lo amonestó–. Antes de que llegara, Antonella me dijo que está convencida de que esa mujer desea quedarse con la editorial. Ella viene haciéndose la mosquita muerta, pero Anto también tiene sus contactos y sabe que tiene órdenes de dar vuelta todo –continuó–. Parece que se va a instalar aquí por un tiempo con la excusa de preparar unos artículos para la revista de España, pero en el fondo lo que hará será analizarnos a todos –informó ubicándose en su silla y mirando a Mirko con seriedad–. Tengo miedo de perder mi trabajo.

Inconscientemente, Mirko elevó la vista y la dirigió hacia el despacho en cuestión.

–Bueno, parece que tendremos toda una situación –dijo con su atención centrada en la conversación que las dos mujeres mantenían. La conexión de España podía ser una punta–. No te preocupes, Romi, estoy seguro de que Antonella lo resolverá –le aseguró para tranquilizarla–. Voy a terminar mi trabajo –anunció–. Te veo luego.

Al llegar a su box privado, extrajo una vez más la computadora portátil de la mochila. Conectó los auriculares y se dispuso a escuchar la conversación que Antonella mantenía en su despacho. Lo primero que detectó fue que la morena con quien Antonella estaba reunida no era española; su acento era, sin dudas, argentino. Prestó mayor atención y no tardó en descubrir que la mujer en cuestión era sofisticada y estaba preparada y poco dispuesta a seguirle el juego a Antonella. Con suavidad y buenos modales, le estaba haciendo una gran cantidad de preguntas a la directora de Blooming acerca de la editorial, dejando entrever que todos los comentarios estaban basados en consultas de los directivos de la casa matriz.

Hasta donde había escuchado, no había nada extraño en la entrevista que Antonella y la morena mantenían. Sin desatender la conversación, se ocupó de descargar las fotos que había tomado y comenzó a trabajar en ellas. De tanto en tanto, echaba una mirada a lo que sucedía en el despacho de dirección, cada vez más convencido de que esa visita no tenía nada que ver con lo que Garrido buscaba. En cambio, parecía que Romina estaba en lo cierto: la presencia de esa mujer podría terminar afectando indirectamente su misión.

La situación era bastante singular. Antonella se defendía como podía y no siempre sus respuestas la dejaron bien parada; algo que hasta Mirko, que no conocía la temática, advirtió. No veía el rostro de la morena, pero al cabo de varios minutos de escucharla, su voz le resultó cautivante, incluso sensual. En dos ocasiones, Mirko sonrió al notar que a la enviada de casa matriz no le agradaba el tono condescendiente que Antonella utilizaba con ella; era evidente que la crispaba que la tratara como a una novata y que eso era algo que no iba a tolerar.

Sin embargo, la sonrisa se borró del rostro de Mirko cuando la mujer mencionó que, tal como le había adelantado por correo electrónico, necesitaba un espacio donde poder trabajar. Tenía que entregar varios artículos para la revista Arte Global, para la cual trabajaba. Antonella no puso objeciones y se apresuró a llamar a Romina para que se ocupara de asistirla.

–Romi, ven, por favor –decía Antonella–. Quiero presentarte a Gimena Rauch…

El impacto en Mirko fue profundo y, por varios segundos, tardó en asimilar lo que había escuchado. No, no puede ser posible, fue lo que pensó con la mirada clavada en la pantalla, pero sin poder ver lo que deseaba. Tiene que ser otra con el mismo nombre, se dijo.

Los latidos de su corazón retumbaban en su pecho, aturdiéndolo. Bruscamente, se puso de pie y se quitó los auriculares. Los recuerdos de otra época emergieron y, en su mente, comenzaron a amontonarse imágenes confusas. No recordaba su rostro con claridad. En realidad, recordaba vagamente la foto de la identificación que ella había perdido siete años atrás; pero nunca olvidó su nombre.

Ya sin poder detenerse, sus pensamientos volvieron al pasado, a ese antro de mala muerte, a esa última noche; a la redada policial y a los días de abstinencia encerrado en una celda sucia y húmeda; a los cargos que no tardaron en llegar y al infierno del que Garrido lo había rescatado.

No volveré allí, pensó, sintiendo que se le cerraba la garganta como si una cuerda lo estuviese estrangulando. No lo permitiría; antes, muerto.


CAPÍTULO 5

Estaba molesta. Puso en marcha el vehículo y se dirigió hacia la avenida Paseo Colón con destino al vecindario de Belgrano. No podía dejar de pensar en la Editorial Blooming y en Antonella Mansi. Bajó la ventanilla, ofuscada, y encendió un cigarrillo. Esa mujer la había enfadado.

En primer término, le fastidió que la directora no se encontrase en su despacho esa mañana cuando hacía más de un mes que se había acordado la reunión. Sin embargo, cuatro horas más tarde, cuando finalmente Antonella Mansi la recibió, no fue el aspecto de mujer de la noche lo que más la alteró, ni su falta de conocimiento o preparación, sino que fue la actitud altanera y arrogante lo que le causó rechazo. Menuda zorra, pensó, consciente de que en todo momento quiso sacársela de encima. Golpeó el volante, irritada.

Terminó su cigarrillo intentando comprender el motivo por el cual Antonella Mansi se mostraba tan reacia a darle mayor espacio y empuje a la revista de cultura. Manejaba el producto como un folletín o un suplemento para anexar a la revista de moda, cuando Buenos Aires era una ciudad rica en ofertas culturales. A los españoles no les agradaría enterarse de la impresión que Gimena se estaba llevando de ese lugar.

Encontró espacio para estacionar a media cuadra del restaurante que Carola había reservado. Descendió del automóvil y se tomó unos minutos para quitarse el mal humor de encima. A medida que se acercaba, fue sintiendo la emoción que le producía el reencuentro con sus amigas.

Al llegar a la esquina, contempló la vieja casona restaurada donde se había emplazado un coqueto restaurante de comida de autor. El lugar exhibía una fuerte impronta de arte y diseño que convivían armónicamente. Carola no podría haber elegido una mejor opción.

El interior era mucho más acogedor que lo que anticipaba la fachada. Sobrevolaba el amplio salón una música suave que terminaba de ensamblar mixturas y tendencias creando un clima confortable y ameno.

–¡Acá, Gimena! –exclamó Lara alzando su mano para que la viera–. Por fin…

Gimena se volvió hacia sus tres amigas con los ojos húmedos de emoción. Antes de acercarse, contempló a Lara Galantes, a Carola Herrera y a Mariana San Martín; sus mejores amigas desde la escuela primaria. Estaban iguales. Los siete años que llevaban sin verse y los hijos que habían tenido no las habían cambiado en absoluto.

Lara fue la primera en abrir sus brazos para recibirla. Llevaba el cabello castaño, mucho más corto que antes pero que enmarcaba un rostro hermoso, lleno de fuerza y determinación. Carola esperaba su turno de pie, con los labios apretados por la emoción, el gesto pícaro sobrevolando los ojos verdes. Otro abrazo efusivo, otro cosquilleo en el alma. Por último, fue el turno de Mariana, que enroscó sus brazos en el cuello de Gimena contagiándola de cariño y alegría.

–Ay, chicas, ¡cómo las extrañé! –confesó, limpiando las lágrimas que corrían por sus mejillas–. No puedo creer estar aquí con ustedes. ¡Están iguales! –agregó contemplando a las tres.

–¡Qué vamos a estar iguales! –sentenció Lara con una mueca divertida en su rostro–. El espejo de mi habitación no dice lo mismo y a ese le creo más que a mi esposo.

Todas rieron y reconocieron estar en la misma situación, sobre todo Mariana, cuyo último hijo tenía apenas siete meses de vida y ella aún no recuperaba por completo su figura.

–Tú te ves genial, Gimena –comentó Mariana–. Por Dios, mujer, qué estilo. Estás hecha una diosa.

–Qué exagerada, Marian –protestó Gimena, ruborizándose.

–Me cuesta creer que hayas aprendido a combinar la ropa –comentó Carola con una mezcla de sinceridad y burla en el tono de su voz–. Increíble lo que logran unos años en Europa.

Gimena las dejó que se divirtieran admirando su atuendo y no pudo evitar sonreír ante los comentarios.

Se tomaron unos minutos más para analizar el menú. Mientras lo hacían, quisieron saber cómo seguía su relación con Étienne. De las tres, solo Lara lo conocía; el encuentro se había producido un par de años atrás cuando ella y su esposo, Andrés, viajaron a Europa para participar de una feria gastronómica a la que había sido invitada.

–No estoy muy segura de qué contarles, chicas –empezó diciendo. Hizo una pausa mientras la camarera servía las bebidas y aprovechó para organizar sus pensamientos–. Estamos en un impasse. Él quiere formalizar, yo no estoy segura. Quiere que me instale en París, pero no sé.

–A ver, Gimena, hace más de cinco años que están juntos –comentó Lara–. ¿No te parece que ya deberías ir dándole algo de forma a la relación? No pueden seguir él en París y tú en Madrid.

Gimena le dispensó una mueca y bajó la vista hacia su servilleta.

–Pero no es solo eso –agregó–. Étienne no lo sabe, pero vine a Buenos Aires con varios proyectos en mente –dijo y miró a Mariana–. Tu casamiento, Marian, fue el punto de partida, pero hay otros asuntos que debo atender.

–Dime que has hablado con Manuel –aventuró Carola.

Gimena sacudió su cabeza negativamente y, por un breve instante, se le ensombreció el semblante.

–Manuel no sabe que estoy en la ciudad –respondió, con pesar–. Estoy en el apartamento de Raúl. Él me guarda el secreto. No tengo ganas de ver a Manuel.

–Pero ya pasaron más de tres años –comentó Lara, estirando su mano hasta alcanzar la de Gimena–. Tienes que superarlo.

–Todavía me cuesta digerir lo sucedido.

–Bueno, bueno, no vamos a entristecernos por eso ahora que acabas de llegar –dijo Carola buscando apaciguar los ánimos–. Hace siete años que no nos vemos, hoy no hablaremos de cosas feas –concluyó y, elevando su copa, propuso un brindis–. Por nosotras.

–Por nosotras –repitió Lara, alzando su copa y uniéndose a la propuesta.

La camarera se acercó a tomar sus pedidos. Una vez que estuvieron a solas, Lara quiso saber de qué se trataban esos proyectos que Gimena había mencionado.

–Bueno –accedió, agradecida por el cambio de tema–. Para empaparme del tema, en Madrid estuve entrevistándome con algunos especialistas que trabajan con arteterapia. Quiero realizar varias entrevistas al respecto en Buenos Aires –continuó explicando, apasionada–. Me interesa profundizar en ese campo.

–Ese tipo de terapias se usan en la clínica de mi mamá –comentó Mariana–. Es más, si mal no entendí, ella me comentó que en un programa de esas características estaba Ada, la madre de Micky.

–¡Qué bueno! Pásame el contacto de tu mamá así coordino una reunión con ella –terminó diciendo Gimena–. Gracias por el dato, Marian.

–Ya mismo –le respondió.

–Por otra parte, mi jefe me pidió que eche un vistazo al funcionamiento de la editorial que subvencionan desde Madrid. Supongo que al instalarme ahí podré observar todo mejor y, sobre la marcha, irán notándose las falencias y los aspectos a informar. Ya veremos con qué me encuentro realmente.

–Vas a estar entretenida –comentó Carola.

–Sí, además, un poco en broma un poco en serio, le mencioné a mi superior que podría presentarles un proyecto para levantar la revista de cultura –agregó y su propio entusiasmo la sorprendió.

–¿Y?

–Dijo que lo esperaba –sonrió, orgullosa–. La verdad es que me entusiasma la idea de hacerme cargo de esa revista y, además, quedarme en la Argentina –respiró hondo resuelta a cambiar de tema–. Así que, todavía no sé qué haré o qué le diré a Étienne. Por lo pronto, durante el tiempo que esté en Buenos Aires, estamos algo así como separados –terminó diciendo Gimena con una sonrisa–. Cambiemos de tema, cuéntenme de ustedes, de sus esposos, sus hijos. Chicas, me cuesta creer que tengan tantos niños.

Las tres sonrieron e intercambiaron miradas. Lo que Gimena mencionaba como una novedad hacía rato que había dejado de serlo para ellas. La realidad era que las tres estaban bastante en contacto. Ellas eran amigas, sus esposos eran amigos entre sí y, como si eso fuera poco, Mariana y Carola enviaban a sus hijos al mismo colegio, donde Mateo Estrada y Bautista Torino eran compañeros de curso. Inseparables. Aguardaron que les llevaran sus platos hablando de los chicos. –Quiero saber todo sobre los preparativos –dijo Gimena.

–Está todo encaminado –respondió Mariana.

Durante el resto de la velada, hablaron de lo que faltaba hacer para que la ceremonia fuera perfecta. Como siempre, Lara se estaba ocupando de todos los detalles y Mariana estaba encantada de que así fuera.

–No saben el vestido que traje para la fiesta –exclamó Gimena, entusiasmada–; directo de las Galerías Lafayette. Una belleza. Se van a morir de envidia.

–Pago por verlo –dijo Carola con una gran sonrisa–. ¿Color?

–Verde loro –fue la rápida respuesta de Gimena.

La carcajada de Lara llamó la atención de varias mesas. Entre risas y recuerdos de divertidas anécdotas, las cuatro sintieron la alegría de estar todas juntas nuevamente. Para cuando la cena concluyó y las amigas se separaron, Gimena sintió que su corazón volvía a vibrar. Estaba en casa.


CAPÍTULO 6

La siguiente vez que se presentó en la editorial, preguntó directamente por Romina del Pino. La chica de cabello corto y lacio, y carita de veinteañera, parecía tensa y algo incómoda con el rol que le tocaba desempeñar. Saludó a Gimena con una actitud distante, propia de quien está recibiendo a alguien que seguramente alteraría la placentera vida laboral de esa editorial. No se equivoca, pensó Gimena, consciente de la gran cantidad de rumores que su presencia debía estar provocando.

Romina la guio a lo largo de un grupo de boxes, señalándole los distintos sectores en los que se distribuía la empresa. El editorial-tour, pensó sarcástica Gimena. Allí estaban los diagramadores y los diseñadores; también los editores y los que representaban al área comercial. Generalmente llegan pasado el mediodía, había acotado la chica para justificar la falta de personal. Por supuesto, acotó mentalmente Gimena con algo de ironía.

A la distancia, le señaló el despacho que Antonella había sugerido ofrecerle; había sido el despacho de quien fuera el segundo a cargo de la editorial y que había fallecido tan solo diez meses atrás. Ese comentario le produjo a Gimena cierta aprensión, pero no dijo nada, aun cuando detectó dos mensajes subliminales en el discurso: el despacho pertenecía al “segundo”; y también, que estaba “muerto”.

–Es espacioso y luminoso –dijo Romina una vez dentro. Giraron para apreciar el lugar, que estaba delimitado por paredes de vidrio que permitían tener una buena visión de toda la planta–. Perdón, pero a Rubén le gustaba controlarlo todo, nunca usó cortinas.

–No te preocupes –respondió. Sin embargo, en el fondo estaba convencida de que Antonella prefería tenerla expuesta a la vista de todos–. No me molesta para nada. Además, solo serán unos meses.

Antes de marcharse, Romina le ofreció un café que Gimena aceptó con gusto. Agradeciendo estar a solas por unos momentos, estudió mejor la oficina que le habían asignado. No estaba mal; aunque podría estar infinitamente mejor. Nada que no pudiera solucionar. Estiró su mano y tomó el teléfono; funcionaba. Encendió la computadora que habían dejado instalada; también funcionaba, pero la usaría poco y nada, ya que tenía su propio equipo con programas mucho más actualizados.

Resolvió instalarse ese mismo día. Era la necesidad de plantar bandera la que la apremiaba. Mentalmente tomó nota de todo lo que deseaba hacer para acondicionar ese despacho y así tornarlo más acogedor para los meses que tenía pensado quedarse.

–¿Estarás cómoda aquí? –preguntó Romina colocando una bandeja con el café sobre el escritorio.

Gimena asintió y guardó silencio por unos segundos.

–Sí, tiene buena vista y buena energía –dijo finalmente acompañando sus palabras con una sonrisa–. Despreocúpate, podré trabajar con mucha comodidad. Me instalaré hoy mismo si no es molestia. No quiero perder más tiempo.

Romina asintió; no podía decir nada contra ello, aunque no estaba segura de que su jefa se sintiera entusiasmada con la idea. En realidad, Antonella esperaba desalentarla, pero parecía que la oferta había tenido el efecto contrario en ella.

Como si Romina ya se hubiese retirado, Gimena se sentó en el sillón tras el escritorio y extrajo de su bolso un anotador con su correspondiente bolígrafo. También depositó una agenda de cuero, grande y cuadrada, que mecánicamente abrió en el día de la fecha. Por último, acomodó unos parlantes portátiles y extrajo su Mac y su iPad.

–Bueno, Gimena, cualquier cosa que necesites me avisas –agregó Romina sin saber qué otra cosa decir. La asombraba la facilidad con la que esa mujer se acomodaba–. Mi extensión es la 144.

–Muchísimas gracias, Romi –respondió con amabilidad–. ¿Cuál es la mía? Y para hacer alguna llamada, ¿debo marcar algún número?

–La 212 es tu extensión. Para llamadas debes presionar el 9 para tomar línea.

–Gracias una vez más.


Mirko llegó a la editorial pasado el mediodía. Todavía le dolía la cabeza y sentía el cuerpo rígido luego de una noche difícil. La repentina aparición de Gimena Rauch le había provocado un estado de ansiedad importante, tanto que, buscando aplacar la sensación, había consumido más de la cuenta. Solo así había logrado dejar de sentirse acosado y alcanzar un poco de paz.

Con la excusa de estar apremiado por la entrega de la última producción fotográfica en la que había trabajado, se sumergió en su box sin cruzar palabra con nadie. Apenas se sentó, extrajo de su mochila la computadora portátil. En pocos segundos, una nueva ventana se abrió y Mirko contempló a Antonella escribiendo tras su computadora.

El sonido de su celular lo sobresaltó. Leyó el mensaje que alguien le habían enviado. “Se activó. Ocúpate”. Comprendió perfectamente que Antonella estaba haciendo contacto con la persona que les interesaba.

Mirko respiró hondo, se volvió una vez más hacia su computadora portátil y conectó los auriculares. Antonella hablaba por celular. Le decía a su interlocutor que ya había enviado la información solicitada y que esperaría nuevas directivas. También insistía en que correspondía que algunas de las invitaciones fueran enviadas desde la editorial. La conversación no había durado mucho más, pero la había dejado tensa. Durante los siguientes veinte minutos, la atención de Mirko osciló entre los fotogramas y lo que sucedía en el despacho de Antonella. La directora no había vuelto a escribir ni a hablar.

Apenas transcurrieron quince minutos cuando recibió un nuevo mensaje. Seguro que debía tratarse de Garrido. Bajó la vista, fastidiado. Lo sorprendió advertir que se trataba de un número no identificable. El mensaje decía:

“Eres un hombre de lo más atractivo. Ahora entiendo muchas cosas. Tú y yo deberíamos encontrarnos un día de estos. Algo me dice que tenemos mucho en común. No perdamos el contacto. SR”.

Se dejó caer contra el respaldo de su asiento con la vista clavada en la pantalla de su teléfono. ¿Serena Roger?, se preguntó, completamente descolocado pero seguro de su deducción. ¿Cómo consiguió mi número? No le causó nada de gracia recibir ese mensaje. En el mismo instante en que la conoció, había advertido que debía estar atento con ella. Detrás de ese rostro bellísimo se escondía otra cara y Mirko no tenía idea de qué pretendía o para qué lado jugaba. Buscó las imágenes que le había tomado el día anterior y las estudió una a una; fácilmente notó la tensión en sus rasgos. Esa mujer estaba alerta. Definitivamente hay algo más, pero no voy a alertar a Garrido hasta no estar seguro, concluyó.

–Mirko –lo llamó Romina deteniéndose junto a su box.

Sobresaltado, alzó la vista y frunció el ceño al ver a la secretaria de Antonella acompañada por una mujer a quien reconoció en el acto. Tragó y se le tensaron todos y cada uno de los músculos de su cuerpo, y el estómago se le convirtió en piedra. Paralizado, aguardó el momento en que la mujer lo descubriera y todo explotara por los aires. Era el fin.

–Quería presentarte a Gimena Rauch –siguió diciendo Romina, diligente, sin percibir nada de lo que a Mirko le sucedía. Se volvió hacia la mujer–. Gimena, él es Mirko Milosevic uno de los fotógrafos de la editorial.

Gimena le dedicó una mirada suave primero y una sonrisa amigable después. Educadamente, estiró su mano para estrechar la de él. Mirko tardó en corresponder el saludo. La miró con reparo. Era diferente a como creía recordarla. Su rostro le pareció delicado, de rasgos finos y mirada cálida. No era una belleza descollante, pero el conjunto tenía cierto poder. Sintiendo que jugaba con fuego, que caminaba por una cornisa extremadamente delgada y que no tenía la menor posibilidad de desembarazarse de la situación, estrechó su mano. El contacto le resulto suave, afable y le provocó un escalofrío.

–Encantada –dijo ella, algo desconcertada por el modo de reaccionar de él. Intrigada, lo miró directo a los ojos con tanta naturalidad que Mirko se sintió en completa falta y fue incapaz de emitir palabra.

–Gimena va a quedarse unos meses con nosotros –prosiguió Romina procurando llenar el incómodo silencio que se había generado entre ellos–. Justamente le estoy mostrando las instalaciones y presentando a algunos de los chicos que trabajan en el área de Cultura. Va a ocupar el que era el despacho de Rubén.

–Bienvenida –logró articular Mirko sintiendo un nudo en la garganta y el corazón a punto de estallar en su pecho.

–Muchas gracias –dijo sin dejar de sonreír. Miró a Romina–. ¿Seguimos?

Mirko la observó alejarse. Todavía con el corazón galopando en su pecho, se dejó caer en su asiento y respiró profundamente. No lo había reconocido; no podía creer su suerte. Le temblaban las manos y empezaba a sentirse transpirado. Raudo, se dirigió al sanitario donde se encerró en uno de los privados.

Buscando serenarse, se tomó la cabeza con ambas manos. Tenía que tranquilizarse o terminaría por delatarse él mismo. Se esforzó por recuperar la calma para pensar con mayor claridad. Al final, llegó a la conclusión de que solo tenía que tratar de evitarla. Sí, solo debo evitarla, se ordenó, sin poder contener el miedo y la culpa. Ella por un lado y yo por el otro. Sencillo.


Gimena había terminado la escueta recorrida y ya se encontraba en el despacho que le habían asignado. Tenía que reconocer que el personal presencial era aun menor del que ella había aventurado; y como debería haberlo anticipado, la mayoría de la gente que allí se encontraba trabajaba para la revista de moda. Eventualmente prestaban colaboración con la publicación cultural, pero nada más. La misma Romina le había explicado que, dado que el suplemento de cultura era semestral, no tenía ningún sentido tener gente sentada sin hacer nada. La irritaba que trataran a esa revista como un suplemento y menospreciaran el trabajo que allí se difundía. Gimena la había dispensado mentalmente porque comprendió que la chica repetía con veneración todo lo que Antonella Mansi le decía.

La distrajo el apuesto fotógrafo que le había presentado. Venía de la recepción, donde seguramente había fumado un cigarrillo en el balcón; Romina ya le había enseñado que ese era el lugar para hacerlo. Bebió un sorbo de café sin apartar la vista del atractivo hombre que despertaba miradas y comentarios a su paso. Este es más que consciente de lo que genera; es de los peligrosos, pensó divertida, aceptando que era un hombre de aura oscura y que bien podía estar aprovechándose de eso. Pero ya no, concluyó al verlo ingresar con familiaridad al despacho de Antonella Mansi. Este pica alto, agregó ahora con seriedad. Y si de algo estaba segura Gimena era de que a la editora no le agradaba compartir. Mucho menos el bocado que se estaba comiendo.


–Te extrañé anoche –dijo Antonella, con voz aniñada, al verlo aparecer. Se puso de pie y mecánicamente verificó que las cortinas estuviesen corridas–. Me hubiese venido tan bien uno de tus maravillosos despertares.

–Puedo darte uno ahora si lo deseas –se ofreció besando su cuello.

–No lo digas dos veces, mi amor –se apresuró a decir Antonella, melosa–. Pero prefiero disfrutarte por más tiempo y en otras condiciones.

–Hagamos una cosa –sugirió Mirko posando sus manos sobre los delgados hombros de la mujer. Los masajeó con movimientos lentos y circulares tal como a ella le gustaba–. Podemos cerrar con llave, y adueñarnos de ese sofá –sugirió con la voz ronca, abordándola antes de que ella pudiera siquiera evaluar la propuesta. La besó intensamente provocándole un estremecimiento–. ¿Qué dices?

–Ufff, tus besos me dejan haciendo trompos –confesó en un susurro para luego morderle el labio inferior–. Aunque me encantaría aceptar tu propuesta, tengo demasiado de qué ocuparme antes de asistir a una importante reunión.

–¿Reunión?

–Sí, en un rato viene Alejandro –respondió volviendo su atención a los papeles sobre los que había estado trabajando–. Nos reuniremos con un nuevo socio. Y seguramente luego iremos a cenar con él –agregó.

Las últimas palabras de Antonella lo alertaron. Ese era el tipo de información que Garrido siempre le demandaba.

–Pues entonces lo dejaremos para otro día –deslizó acompañando sus palabras con una sonrisa cargada de promesas–. Vuelvo a lo mío.

Antonella asintió, sin demostrar mucho entusiasmo, y se volvió hacia su computadora.

Luego de informar a Garrido de la reunión y de la posible cena, Mirko se mantuvo en su escritorio. Desde allí, simulando estar trabajando en varias fotos que había tomado días atrás, procuraba seguir el movimiento de la editorial para no perderse el momento en el que De la Cruz se presentara.

No había transcurrido ni una hora cuando escuchó la voz de Romina saludándolo. Con discreción, observó al hombre de porte distinguido ingresar al despacho de Antonella. Ahora solo debía concentrarse en la información que podría surgir de esa reunión.

Como si nada estuviese sucediendo, se volvió hacia la computadora portátil y conectó los auriculares para escuchar la conversación que Antonella mantenía con su esposo. Era una bendición que hablaran con tanta soltura, pues pudo descubrir que se estaba organizando una fiesta bastante privada. La charla giraba en torno a los beneficios que les traería asociarse con un tercero.

Mirko sonrió maliciosamente al escuchar la información. Esta vez Garrido estará satisfecha, pensó. Pero la sonrisa se borró de sus labios al escuchar que, en cuanto el futuro socio se presentara, se trasladarían a la sala de reuniones, donde estarían más cómodos. Maldijo su suerte, no había tenido ocasión de plantar micrófonos allí y esa había sido una omisión imperdonable.

La voz de Gimena Rauch lo sacó del trance. La mujer pasó junto a su box hablando en francés. No solo el idioma le llamó la atención, sino también la tirantez que había en su voz al hacerlo. Se le aceleró el pulso al verla deambular entre los escritorios, tan libre, tan ajena a todo, tan peligrosamente cerca de él. Tragó. En sus oídos, el matrimonio comenzaba una discusión. De la Cruz la amenazaba con dejarla fuera del negocio; Antonella replicaba recordándole que, sin ella, él tendría que esforzarse mucho para alcanzar sus objetivos. Mal que les pesara a ambos, se necesitaban.

No lograba concentrarse en la discusión que mantenían Antonella y su esposo. Le costaba mantener la atención, más cuando Gimena volvía a pasar a su lado y su perfume sobrevolaba el ambiente. La miró de soslayo, considerando que parecía rondarlo un espectro que en cualquier momento podría arrastrarlo a las tinieblas. Tenía que tratar por todos los medios de mantener a Gimena Rauch lo más apartada posible o, como mínimo, intentar neutralizar su efecto.

Mirko se puso de pie, buscando despejar un poco su mente y quitarle así algo de tensión a la situación; necesitaba pasar por el baño.

Luego de una línea se sintió revivir. Fue por un café y por un cigarrillo.

Esto es una broma de mal gusto, pensó al salir al balcón y ver a Gimena hablando por teléfono. ¿Por qué demonios no habla en su despacho?, maldijo, incómodo. Encendió el cigarrillo y clavó su mirada en el celular para evitar cualquier contacto. No obstante, trató de prestar atención a lo que ella hablaba. Aunque no entendía una palabra, dedujo que había algún tipo de relación con su interlocutor.

Al cabo de unos minutos, Gimena Rauch regresó al interior sin siquiera mirarlo. Mirko respiró hondo sintiendo cómo el alma regresaba a su cuerpo. Definitivamente tenía que prestar más atención para evitarla a como diera lugar.

La siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista. Agradeció que se marchara; lo ponía nervioso y tenía asuntos que atender. Desde donde estaba parado, tenía una buena visión de la recepción de la editorial, de modo que, cuando Alejandro de la Cruz y Antonella se acercaron para recibir al hombre con quien debían reunirse, pudo observar toda la escena con claridad.

Dio un paso atrás, impactado al ver a ese hombre tan cerca de él. Ocultándose detrás de los cortinados de los ventanales, estudió a Candado sintiendo que el odio renacía en su interior. A simple vista se lo veía más canoso y gordo, pero su costoso traje, sus finos zapatos y la exclusiva corbata hablaban de un muy buen pasar. ¡Maldito desgraciado!, gritó su mente furiosa. Le dio una última pitada a su cigarrillo e hizo una llamada.

–¿Cuál es la relación entre Candado y De la Cruz? –demandó sin siquiera saludar a su interlocutora.

–¿Dónde estás? –preguntó la fiscal al otro lado de la línea y la delató la ansiedad–. ¿Los viste juntos?

–Responde mi pregunta. No me tomes por idiota, Claudia –dijo con la voz helada–. Cuando todo esto comenzó, me aseguraste que tendrías información sobre Candado. ¿Cuándo piensas darme algo? ¿Qué sabes de él?

–De momento solo sé que suele organizar selectas reuniones donde corren las apuestas, las drogas y las mujeres –explicó a regañadientes–, pero no tengo nada más. Hace rato que le perdimos la pista. Lo último veraz que supe era que estaba instalado en Paraguay.

Mirko masticó esta última información. Encendió un nuevo cigarrillo y observó con disimulo a Romina dirigirse a la sala de reuniones llevando una bandeja con tres cafés.

–Tu momento de responder, Croata –demandó, ofuscada–. ¿Estás viendo a Candado con De la Cruz? Necesito esa información.

–Tal vez –respondió, cortante–. Luego te llamo.

–Escúchame, Mirko –dijo la mujer tratando de controlar sus propios impulsos–. Ni se te ocurra hacer una locura y tirar toda la operación por la borda. Tranquilízate porque un arrebato sin sentido puede arruinar años de esfuerzo. No te dejes ver, corres el riesgo de que te mate si llega a reconocerte. Hablo en serio.

Mirko no respondió, simplemente culminó la conversación y dejó el balcón maldiciendo por no haber colocado micrófonos en la sala de reuniones. Estaba seguro de que debía ser muy interesante lo que allí estaban discutiendo. La existencia de Gimena Rauch había dejado de preocuparlo.


–¿Tienes las fotografías? –dijo De la Cruz mirando a su esposa.

–Sí, aquí –respondió ella tomando el sobre que Mirko le había entregado–. Son lindas chicas; tentadoras. Creo que podremos obtener buenos dividendos.

–Estupendo –repuso Candado–. Esperemos que sepan desenvolverse.

–¿Recibiste el detalle del próximo número? –preguntó Antonella a su esposo.

–Sí –respondió Alejandro sin apartar la mirada de las fotos que desplegaba sobre la mesa–. Está todo encaminado.

Candado miró con detenimiento las fotografías que Alejandro le presentaba y asintió conforme con la selección que De la Cruz había realizado un mes atrás.

–Perfecto. Si estas salen publicadas en el siguiente ejemplar –comenzó diciendo–, podemos hacer la entrega en agosto. Creo que con un mes de preparación será suficiente.

De la Cruz extrajo un celular de su bolsillo y tomó nota de los nombres de las chicas. Junto a cada nombre agregó el rótulo código naranja, lo cual indicaba que esas chicas serían incorporadas a un grupo de elite.

–¿Cómo viene la entrega de julio? –quiso saber De la Cruz.

Candado se dejó caer en el respaldo de la silla y meditó sus próximas palabras. Por momentos lo incomodaba un poco hablar tan abiertamente de esos asuntos. Gracias a lo celosamente precavido que era, había logrado seguir en el negocio.

–Muy bien –respondió Candado escuetamente–. Calculo que en unos días recibirán sus invitaciones para la apertura del lugar.

–Perfecto. Dejen que les diga que nuestros clientes están encantados de haber abierto esta nueva plaza –agregó Alejandro de la Cruz con algo de soberbia–. El último encuentro fue de lo más productivo. Nuestras chicas comprendieron el juego y se mostraron más que predispuestas.

–Hay algo que me gustaría que supieran –dijo Antonella ante la primera oportunidad–. Hace dos días se presentó una mujer enviada por la casa matriz. Esta misma mañana se instaló en la redacción; según dijo, debe realizar algunos trabajos para España. No debería preocuparnos porque su interés está en el suplemento de cultura y solo va a quedarse seis meses.

–¿En qué podría perjudicarnos? –quiso saber Candado.

–A simple vista, en nada –respondió Antonella–. Ya sé que puede no ser importante, pero me preocupa que ponga el ojo en nosotros y busque irregularidades.

–Está bien que lo menciones –dijo Candado adueñándose de la conversación–. Estaremos atentos. Si llega a hacer preguntas, las irás respondiendo a medida que las vaya presentando. Si se acerca mucho a donde no debe, ya veremos cómo lo manejamos. No entres en pánico. No hay nada de que sospechar.


Por momentos, el imperioso deseo de patear la puerta de la sala de reuniones y abalanzarse sobre ese cretino para romperle la cara a golpes lo abordaba con una fortaleza alarmante. Recapacitó en cada uno de esos arrebatos, convencido de que una reacción así no ayudaría a nadie, mucho menos a él. Pero cómo lo odiaba, llevaba años alimentando ese sentimiento.

Ansioso por saber el tiempo que llevaban reunidos, consultó su reloj. Eran cerca de las ocho de la noche y la editorial comenzaba a vaciarse, solo un par de redactores y algún que otro corrector permanecía con la cabeza inclinada hacia sus monitores; el resto ya se había marchado. El silencio empezaba a apoderarse del lugar y eso ayudaba a Mirko, que no tenía intenciones de marcharse hasta que la reunión finalizara. Aguardaría el tiempo que fuera necesario solo para echarle una última mirada a Candado. El shock había sido tan importante que le había impedido observarlo debidamente; necesitaba hacerlo para grabar su rostro y no olvidarlo más.

Decidido, se puso de pie y cruzó las oficinas hacia el sector de refrigerios en busca de un café. A excepción de la sala de reuniones, la editorial estaba desértica. Leticia ya se había marchado; solo Orlando, el empleado de seguridad, permanecía entre la puerta vidriada y los elevadores, custodiando la entrada. Mirko lo saludó con un ademán y miró de soslayo la puerta de la sala de reuniones. Seguro de que nadie notaría su presencia, se acercó y, luego de constatar que desde su ubicación Orlando no podía verlo, se deslizó sigilosamente en el despacho de Antonella. El escritorio estaba limpio; la computadora encendida, pero bloqueada. Discretamente fue husmeando en las distintas gavetas.

El celular vibró en su bolsillo, interrumpiéndolo. Garrido insistía. Desde que le preguntó por Candado, ya le había enviado cuatro mensajes. En el primero le exigía que le confirmara si verdaderamente había visto a Candado con De la Cruz. En el segundo reclamaba noticias suyas; en el tercero le informaba que esa noche pasaría a verlo. Mirko palpó la amenaza que escondía el mensaje. “No me molestes, Claudia. Déjame trabajar. Luego te aviso”. Envió el mensaje. “Mantenme informada. Ni se te ocurra hacerte el vivo conmigo”, fue la respuesta de Garrido.

Volvió a lo que estaba haciendo. Se concentró en el escritorio; sabía que no contaba con mucho tiempo. Fue casi por casualidad que, al revolver una de las gavetas, algo rozó sus nudillos. Intrigado, se inclinó para observar mejor. Frunció el ceño al ver la libreta cuidadosamente adosada a la gaveta superior.

Se disponía a extraerla, cuando escuchó voces provenientes del pasillo. Alarmado, alzó la vista. Candado, Antonella y Alejandro estaban parados junto a la recepción. Tenía que salir de allí si no quería ser descubierto; la libreta quedaría para otro momento. “Están saliendo los tres a cenar”, informó rápidamente a Garrido. “Síguelos”, fue la respuesta de ella.


CAPÍTULO 7

El restaurante donde se realizaría el encuentro estaba ubicado en la Costanera Norte. Era elegante, sobrio y con una inmejorable vista del Río de la Plata. Desde la recepción, oculto entre la decoración, Mirko observaba la mesa donde Antonella cenaba con su esposo y Candado. Un poco alejados divisó a dos hombres que, a juzgar por el modo en que miraban hacia la mesa, bien podrían ser enviados de Garrido.

Una vez en la acera, encendió un cigarrillo y revisó su celular. Tenía mensajes de la fiscal. En el primero le comentaba que en el interior había dos agentes suyos; le respondió que creía haberlos visto. Luego le indicaba que se quedara en zona; si podía obtener imágenes de las personas en cuestión, mejor.

Por más de una hora permaneció en la sombra, espiando de tanto en tanto la mesa de su interés. Cuando los vio ponerse de pie y acercarse a la salida, se agazapó contra una de las paredes y aguardó. Tenía la vista fija en Candado, quien, con soberbia y algo de jactancia, mencionaba que ya tenía todo listo para acondicionar el salón donde se llevaría a cabo la fiesta.

–Excelente –respondió Alejandro–. Solo falta definir la lista de invitados.

–Sí, pero salvo unos pocos, serán los de siempre –comentó Candado.

–Las invitaciones ya están confeccionadas –informó Antonella, esforzándose por ser tomada más en cuenta en las decisiones–. Solo necesito que me indiques dónde debo enviarlas o, mejor dicho, a quién.

Mirko no pudo escuchar nada más, pero se las ingenió para tomar varias imágenes con el celular antes de que dos empleados del restaurante acercaran los vehículos. En pocos segundos, el automóvil del matrimonio De la Cruz se alejaba, seguido a escasos metros por el de Candado. Mirko bajó la vista hacia su teléfono y envió las imágenes capturadas.

–Vaya –deslizó una voz femenina a escasos metros de distancia–. ¿Por qué será que no me sorprende encontrarte aquí?

Sobresaltado, Mirko elevó la vista y el rostro se le contrajo al ver a Serena Roger.

–Acabo de cruzarme con tu jefa –deslizó la mujer. Dio un paso más hacia el fotógrafo, que ahora la miraba con ferocidad–. Alejandro necesitaba que le acercara un documento. ¿A ti también te convocaron?

–Estaba esperando a alguien que no va a venir –dijo a modo de excusa.

Serena alzó la capucha de su abrigo negro y se cubrió la rubia cabellera con un solo movimiento. Se acercó un poco más hasta permanecer a unos pocos centímetros de distancia de Mirko.

–Tenemos mucho de que hablar –dijo mirándolo directo a los ojos–. Algo me dice que no tienes idea de dónde te estás metiendo.

Sin decir más, estiró su cuello con la intención de despedirse de él con un beso. Se detuvo unos segundos con su mejilla pegada a la de él y sus labios rozándole la oreja.

–Si te decides, te espero en una hora en esta dirección –deslizó casi en un susurro al tiempo que introducía un papel en el bolsillo del abrigo de Mirko–. Esto es entre tú y yo. No te vas a arrepentir. Eso te lo aseguro –se separó de él y lo miró directo a los ojos dándole énfasis a sus palabras.

Serena giró y se alejó de él, sin darle tiempo a nada. Sintiéndose completamente expuesto, Mirko siguió la silueta de la mujer con la mirada hasta que esta subió a un taxi. Desde el interior del automóvil le arrojó un beso.


Mientras degustaba una copa de vino blanco, terminó de seleccionar la ropa que luciría esa noche. Se había obligado a dejar de pensar en la editorial, en Antonella Mansi y en todo lo que le demandaría llevar adelante el proyecto que se gestaba en su mente. Cuanto más lo sopesaba, más factible le parecía. De pronto, y ante la resistencia que Mansi ponía, se sintió empecinada en llevarlo a cabo.

Bebió otro poco de vino, intentando relajarse. Esa noche la esperaban en la casa de Mariana y Miguel, donde todos sus amigos se reunirían a cenar.

Salió del apartamento con tiempo para llegar a horario. Como no quería generar comentarios por su vestimenta, había elegido un vestido negro, botas altas de cuero, también negras, y un amplio y elegante abrigo. Afortunadamente, en esta ocasión se las había arreglado sola y no había sentido la necesidad de llamar a Belén para que la asistiera; su amiga estaría orgullosa y, para demostrarle su avance, se tomó una fotografía y se la envió. Recibió un aplauso por respuesta.

Media hora más tarde, Gimena estacionó a pocos metros de la casa de sus amigos. Descendió del automóvil y sonrió al reconocer a su amigo Guillermo Suárez, que también llegaba.

–Guille, qué alegría –soltó Gimena, encantada de verlo. Se fundieron en un abrazo cálido y sentido. Hacía más de siete años que no se veían; prácticamente desde el casamiento de sus amigos Carola y Javier. Gimena sonrió al recordar que, en aquella ocasión, habían pasado la noche juntos. Desechó esos recuerdos y procuró centrarse en el presente; de lo contrario, no podría ni mirarlo a la cara–. ¿Cómo has estado, tanto tiempo? –preguntó, parándose delante de él antes de tocar timbre–. ¿Tus cosas bien?

–Todo bien, Gimena. Igual que siempre.

Tocaron timbre y enfrentaron la puerta. Desde el interior le llegaron los gritos de los chicos y los ladridos de los perros. Guillermo le sugirió que tomara aire y exhalara con ganas, dando a entender que no estaba preparada para lo que estaba por enfrentar. Ella sonrió y le hizo caso.

La puerta se abrió y ambos sonrieron a Mariana, quien los recibía. En sus brazos llevaba al pequeño Benjamín, de siete meses, que acababa de comer y no deseaba apartarse de los brazos de su madre. Recostado contra el pecho de Mariana, succionaba su chupete a un ritmo parejo y constante.

Guillermo fue el primero en separarse y se apresuró hacia la cocina, que era donde solían reunirse.

–Qué preciosa tu casa, Marian –comentó Gimena admirando la cómoda sala, de amplias dimensiones, decorada en cálidos colores terrosos. Era de estilo rústico y, a diferencia del hogar que Mariana había intentado formar con Esteban, allí se respiraba armonía. Por donde mirasen había grupos de chicos, jugando, conversando y corriendo; era un hogar completamente familiar.

–A mí me encanta –dijo, con emoción–. Siempre supimos que tendríamos una familia grande. Fuimos acondicionando la casa según las necesidades.

Benjamín protestó en los brazos de su madre y Mariana le acarició la cabeza.

–Tienes una hermosa familia, Marian –le dijo y miró al bebé, que ahora jugaba con el cuello de la blusa de su mamá–. Es precioso.

En la cocina encontraron a Guillermo conversando con las hermanas de Mariana, Milena y Marina, quienes se habían sumado a la cena y estaban ayudando a preparar las ensaladas. Al ver a Gimena, ambas se acercaron a saludarla.

–El resto está en el quincho –comentó Mariana acercándose a una gran bandeja colmada de snacks, quesos, aceitunas y otras delicias que ya estaban preparadas para llevar a la mesa. Miró a su hermana Marina–. ¿Puedes encargarte de la bandeja, Mari? Yo me ocuparé de las salsas.

–¿Quieres que duerma a Benja? –se ofreció Milena, la menor de las hermanas y madrina del bebé. Se acercó a Mariana y estiró sus brazos para tomar a su sobrino. Le besó el cuello, acariciándole el rostro con su nariz, y el bebé rio. Mariana se volvió hacia la isla y tomó la bandeja con las copas.

–Gracias, Mile. Si lo logras, déjalo en el cochecito y acércalo al quincho.

En ese momento, Miguel ingresó a la cocina cargando una bandeja. Sonrió al ver a Gimena y a Guillermo.

–¡Qué alegría volver a verte, Gimena! –exclamó. Luego se volvió hacia su amigo–. Hola, Guille –dijo y se saludaron con un abrazo–. ¿Ya te han presentado al pequeñín de la casa? –le preguntó Miguel a Gimena y se acercó a Benjamín para darle un beso en el cuello. El bebé sonrió y le acarició el rostro a su padre.

–Claro que sí y algo me dice que es el rey de este castillo –deslizó, risueña.

Conversando, Miguel y Gimena dejaron la cocina para reunirse con el resto de sus amigos que se encontraban de pie en torno a la mesa.

Uno a uno los fue saludando; hubo abrazos y palabras de cariño. Los pequeños iban y venían en ramilletes. Las niñas por un lado, los niños por el otro, y Gimena fue conociendo a todos.

–Vayan sentándose –dijo Miguel luego de echar un vistazo a la parrilla y apresurándose a preparar una bandeja con hamburguesas para los chicos.

–¿Hablaste con mi mamá? –preguntó Mariana a Gimena una vez que se sentaron todos.

–Todavía no, estoy tratando de organizarme. La situación en la editorial es peor de lo que creía –respondió con algo de preocupación–. Tengo mucho por evaluar si quiero hacer una propuesta interesante para conseguir el puesto de directora de la revista de cultura. Pero la realidad es que no sé ni dónde estoy parada.

–Vaya, ahora vamos por el cargo y todo –deslizó Lara, encantada con lo que escuchaba–. ¡Esa es mi amiga!

–¿No consideraste hacer una auditoría? –sugirió Javier atento a lo que escuchaba. Gimena lo miró con atención, no se le había ocurrido algo así–. Según los resultados que arroje, vas a saber dónde estás parada.

Gimena guardó silencio por varios segundos meditando la sugerencia.

–Me gusta la idea –reconoció–. ¿Podemos hablar en la semana para conversar al respecto?

–Obvio –respondió Javier–. Llámame y coordinamos una reunión para ver en qué te puedo ayudar.

Durante el resto de la velada, no volvieron a tocar temas de trabajo. Hablaron de los hijos y del casamiento que tendría lugar en unas dos semanas.


Después de dar muchas vueltas, resolvió ir al bar donde Serena Roger le había indicado que estaría. No sabía muy bien qué esperar de ese encuentro, cuando se sentía en clara desventaja. Que esa mujer supiera quién era lo tenía preocupado y no podía dejar de pensar cuánto más sabría de su vida, mientras que él no la conocía en lo absoluto. Este encuentro no tenía nada de cita romántica, todo lo contrario; si había algo que no podía dudar era que estaba allí para hablar de asuntos mucho más serios: información.

Finalmente llegó a la dirección señalada. Con algo de reparo, rechazo y aprensión, observó el ambiente, enfrentando recuerdos amargos que se filtraban entre las oscuras mesas y la música lúgubre. No le sorprendió descubrir que nada había cambiado. Ya resuelto, transitó por el angosto pasillo que conducía a la parte trasera, donde un número considerable de hombres y mujeres se distribuían entre tres mesas de billar y una larga barra que congregaba almas solitarias.

En un primer vistazo, nada le llamó la atención. No quiso perder tiempo. Buscó su celular y marcó el número de Serena. La detectó inmediatamente; la mujer, sentada en uno de los extremos de la barra, levantó la mano para que se acercara.

A la distancia, Mirko la estudió. Desde donde se encontraba, solo podía ver la espalda menuda cubierta por un chaleco holgado de características militares. El cabello estaba sujeto por una banda a la altura de la nuca, parcialmente oculto tras una gorra. Nadie en ese antro podría imaginar que se trataba de la ejecutiva de una agencia de modelos.

Resuelto, Mirko caminó hacia la mujer y en silencio se dejó caer en el taburete que estaba a su lado. Ella ni se inmutó, mucho menos se volteó a mirarlo.

–Me alegra que hayas decidido venir –dijo Serena Roger, y en el tono que empleó no se distinguía ni un ápice de soberbia ni arrogancia.

–¿Quién eres? –murmuró Mirko, como si la pregunta hubiese escapado de su pensamiento–. ¿Qué pretendes?

Serena sonrió y bajó la vista hacia su vaso vacío, sin molestarse en mirar a Mirko. Con un gesto casi imperceptible le indicó al barman que repetiría el trago. A su alrededor, la música era lo suficientemente fuerte como para que nadie pudiese escucharlos. Un grupo reía y aplaudía en torno a una mesa de billar, una prostituta discutía con un cliente que no estaba de acuerdo con el precio, otra se dejaba tocar anticipando una buena paga; pero ellos estaban ajenos a todo aquello.

–Hace meses que te observo –dijo Serena sin responder la pregunta–, y, solo por mencionar algunas cosas, diré que sé muy bien que entraste en el programa de libertad condicional y cumpliste condena hace poco menos de dos meses gracias al bendito dos por uno. También sé que alguien intercedió para agilizar tu salida de la cárcel de Batán; deduzco que es a quien reportas.

Mirko desvió la mirada sin saber cómo proceder. Esa mujer verdaderamente sabía mucho y lo asustaba sentirse en medio de fuerzas cruzadas.

–Sí, te hice investigar –prosiguió ella con sinceridad–. Como te dije antes, no creo que sepas dónde te estás metiendo.

–¡¿Qué quieres?! –exclamó Mirko cuando ya empezaba a perder la paciencia–. ¿Por qué me dices todo esto?

–Lo único que quiero es que no arruines meses de investigación –lanzó Serena con un tono helado que lo tensó–. Me estoy comprometiendo mucho al hablar de este asunto contigo –continuó–. Pero si no lo hago, corro el riesgo de que te carguen con todas las culpas y esos delincuentes queden libres.

–¿Cargarme con las culpas?

–Sí, mi querido –sentenció ahora con algo de rudeza–. Ese es tu rol en toda esta historia, te lo aseguro. De no prestar atención, tú terminarás condenado.

Por primera vez, Mirko admitió que no era una mujer tan joven y que tenía muchos más conocimientos y autoridad de lo que mostraba. Le indicó al barman que le sirviera un vodka con hielo, y la miró de reojo.

–¿De qué se trata todo esto?

–Se trata de que puedo ayudarte si tú me ayudas.

–¿Ayudarme? ¿A qué?

Serena se volvió hacia él y le dedicó una sonrisa. A la distancia notó que una mujer lo miraba con interés y decidió marcar el terreno. Bajó del taburete y se acercó a Mirko. Con un gesto teatral le acarició el rostro y, tomándolo entre sus manos, lo besó inesperadamente.

–No tengo idea de quién te involucró en todo esto, pero ten por seguro que te están tendiendo una trampa. Estás metiéndote en un juego muy peligroso; un juego que te excede y ni siquiera sabes cómo jugar –susurró a su oído–. No confiaría tanto en tu benefactor. Aunque tu salida de la cárcel está legalmente sustentada y se han realizado todos los pasos estipulados, no queda del todo claro quién se presentó en el penal para acercarte la propuesta. Los documentos se han extraviado y nadie recuerda nada. Solo hay registro de una orden firmada por un juez.

Mirko no estaba seguro de comprender. Mucho de lo que ella decía le resultaba, por lo menos, creíble.

Serena le dio margen para que procesara lo que le había dicho. Notó el desconcierto en el rostro del hombre, que miraba hacia la nada con expresión preocupada, debatiéndose entre creerle o no. Estaba muy bien que lo pensara, eso quería decir que tenía dudas. En el fondo sentía algo de pena; era un pobre tipo, solo en el mundo a punto tal que, si desaparecía, nadie lo echaría de menos. Por eso lo habían elegido; por eso y por su adicción a la cocaína. Era un desahuciado sin posibilidades de nada; fácil de quebrar y de manipular, pero sus armas eran poderosas: encanto, seducción y esa magia en la entrepierna. Las mujeres que habían pasado por su cama se deshacían en elogios. Pero, aunque representaba una terrible tentación, Serena no cometería la estupidez de bajar la guardia con él.

–Escúchame bien –dijo luego de enroscar sus manos en el cuello de Mirko, que permanecía a la expectativa, sin mostrar el más leve signo de reacción–. Cuídate de quien te ayudó a salir. Sigues vivo porque te necesita. Desconfía de todo si deseas mantenerte con vida. Tienes fecha de vencimiento, Croata, no lo olvides.

Mirko la tomó del cabello y, jalándola hacia atrás, la obligó a mirarlo. Ella le sonrió, desafiante.

–Supongo que también me necesitas –explotó, con tono amenazador–. ¿Por qué tengo que creerte? Fácilmente podría delatarte.

–Es verdad –repuso Serena–. Pero no lo harás, porque estás empezando a darte cuenta de que es cierto lo que digo –le aseguró–. Lo veo en tus ojos –hizo una pausa para que él asimilara sus palabras–. Hace varios años que investigo a De la Cruz –Mirko aflojó el amarre del cabello dedicándole toda su atención–. Por eso sé que eres el cabo suelto en toda esta operación. Te están empujando al ojo de la tormenta y, cuando todo explote, solo tú aparecerás en el centro del embrollo. Todo apunta a que, en el momento indicado, terminarás con una bala entre esos bellos ojos que tienes, para llevarte a la tumba tantos cargos que nadie podrá siquiera insinuar tu inocencia.

Mirko la soltó y frunció el ceño, preocupado. Contuvo el aliento cuando la mujer acercó su rostro al de él.

–Veo que vas entendiendo –dijo. Suspiró teatralizando el momento y consultó su reloj. Lo miró directo a los ojos, e inclinándose hacia él, le susurró al oído–: Piensa en todo lo que te dije y saca tus propias conclusiones, Croata –murmuró–. No confíes en nadie; cúbrete hasta de tu sombra y trata de dar un paso al costado. Un último consejo. No es nada sensato acostarse con Antonella Mansi tan abiertamente; se está hablando mucho de ustedes. De la Cruz puede hacer la vista gorda, pero a nadie le gusta que lo señalen como el cornudo de turno. Cuidado.


CAPÍTULO 8

–Perfecto. Por mí no hay ningún problema –dijo Gimena anotando la dirección que le indicaban al otro lado de la línea–. Excelente. La semana próxima estoy por ahí. Está muy bien. En cuanto lo tenga confirmado, te envío un correo con mis datos y los del fotógrafo. Gracias, Marta.

Dejó el teléfono en su sitio y se recostó contra el respaldo de su sillón. Satisfecha, se estiró y buscó sus notas; tachó ese objetivo con gusto.

Al dejar Madrid, Gimena había diagramado un bosquejo de lo que deseaba realizar en Buenos Aires. Hacía ya un tiempo que había resuelto interiorizarse y comparar los distintos talleres de arteterapia que estaban desarrollándose en América Latina a partir de lo que se llevaba a cabo en Europa. Para ello, investigó algunos centros especializados donde se brindaba este tipo de terapias a personas con Alzheimer, autismo o enfermedades motrices o terminales. Ya tenía pautadas tres entrevistas; estaba muy conforme.

Pensando en todo eso, se puso de pie y buscó su termo para prepararse unos mates. En Madrid solía hacer un alto en sus actividades para disfrutar de un rico y revitalizante mate; era como mantener viva su conexión con Buenos Aires. Mientras calentaba el agua, su mente voló a España, a las caras de sus amigos al probar la infusión rioplatense. Sonrió por la remembranza. Consultó su reloj, a esa hora estaría regresando a su casa luego de asistir a la clase de flamenco. Lo extrañaba.

Tomó el primer mate y regresó a su escritorio. Bebió otro observando las oficinas vacías, y los recuerdos de aquellos años se evaporaron por completo ante lo que tenía frente a sí. La angustiaba la quietud de ese lugar. Pocas veces veía gente trabajando.

Resuelta, llamó a José María Solís, su superior en Madrid. Necesitaba hablar con él para discutir los pasos a seguir; estaba lista para ponerlo al tanto de lo que sucedía en Buenos Aires. Pero más allá de sus apreciaciones, no era mucho lo que podría aportar sobre la revista de moda; en cambio, la situación de la publicación cultural –se negaba a usar la palabra suplemento–, dejaba mucho que desear.

–Hola, querida –la saludó la voz de José María con ese acento madrileño que ella tanto extrañaba–. Estimo que debes tener novedades para mí.

–Hola, José –respondió dejándose caer en el respaldo de su asiento–. No tienes idea de todo lo que está sucediendo aquí. ¡Ufff!, por momentos me indigna tanto desorden. Partamos de la premisa de que les importa un bledo lo cultural o lo artístico. Aquí manda la frivolidad de una revista repleta de mujeres semidesnudas y chismes baratos.

–Las hay en todos lados, cariño –comentó Solís recordándole que ese tipo de productos solían ser los que pagaban todos los demás–. No te quejes tanto, que esas revistas venden y mucho.

Durante la siguiente media hora, Gimena lo puso al tanto de la situación; también mencionó que estaba por enviarle un correo en el que ampliaba la información que estaba brindándole en ese momento. En unos días podría presentarles una propuesta formal y contundente sobre cómo reflotar la revista cultural, pero prefería adelantarles la situación.

José María rio con ganas. La conocía de sobra y le resultaba evidente que Gimena necesitaba regresar a Buenos Aires, a sus afectos y, principalmente, a resolver muchos temas que habían quedado sin cerrar. Él siempre había intuido que, tarde o temprano, Gimena regresaría a la Argentina. Y allí estaba, desbordante, floreciendo en el jardín al que pertenecía.

–Estoy seguro de que si decides hacerte cargo, nadie te detendrá –dijo José María–. Creo que siempre supe que era eso lo que buscabas. Estoy convencido de que el puesto será tuyo.

–Pero si no has leído mi propuesta –protestó Gimena conteniendo su entusiasmo.

–No, pero te conozco –reconoció con orgullo–. Ahora, ¿qué hay de Étienne?

–Nos estamos tomando un tiempo –respondió–. No llevo ni un mes aquí y habíamos quedado que serían seis. Ya veremos.

–Yo te escucho bastante decidida –dijo José María dándole un empujón–. Así que mi sugerencia es que no esperes hasta el final para hablar con él –aconsejó sabiendo que le costaba hablar del asunto–. Volviendo al tema editorial, hablaré con Brenet en cuanto llegue el correo que estás por enviarnos. Creo que si él habla con Mansi y le dice que vas a trabajar en el área de cultura, podrás manejarte con mayor libertad. Supongo que la designación oficial de tu cargo llegará más adelante.

–Eso sería genial –repuso, encantada–. Me daría la posibilidad de hacer una auditoría sin pedir permiso. Necesito tener una noción real de qué estoy recibiendo.

–Me parece razonable –accedió–. Envíame cuanto antes ese informe. Aunque sea preliminar.

–Ya mismo –acotó volviéndose hacia la computadora para hacerlo en ese momento.

Cuando cortó la llamada, Gimena no pudo evitar que la cubriera un manto de nostalgia. Pero reconocía que eso le sucedía cada vez que hablaba con José María o con Belén; y la necesidad de abrazarlos la embargaba.

Sus pensamientos sufrieron una leve alteración cuando vio a Mirko atravesar el salón. Sus miradas se rozaron provocándole cierta incomodidad, no quería que ese hombre pensara que lo observaba. Desvió la vista y sus ojos se toparon con la carpeta que Romina le había entregado. La abrió y repasó el nombre de cada uno de los empleados que, según ese listado, trabajaban para la revista de cultura. Mirko Milosevic figuraba. Eso lo convertía en su empleado, no en el de Antonella. Bueno, ya tengo fotógrafo, pensó sin poder definir lo que ese hecho le provocaba.


Hacía dos largas semanas que Mirko no lograba salir de su ensimismamiento. Cuestionaba cada movimiento; cada intercambio de información lo ponía tenso. Se sentía observado y en la mira de una legión de asesinos.

Afortunadamente, Garrido no se había puesto en contacto gracias a la información que había obtenido sobre De la Cruz y Candado. No obstante, para no levantar sospechas, ni con ella, ni con Antonella, había continuado con su rutina; escuchaba lo que sucedía en el despacho de la directora, husmeaba entre sus correos para detectar quién la contactaba y luego enviaba un informe a la casilla de correo que le habían indicado desde un comienzo. No podía asegurar que alguien lo leyera, pues nunca recibió ningún tipo de confirmación. Sin embargo, lo que verdaderamente empezaba a preocuparlo era todo lo que Serena Roger le había dicho. Esa mujer había instalado en su mente un interrogante que lo desestabilizaba. ¿Para qué lo habían sacado de la cárcel? No lo tenía claro.

Por esos días, Antonella también se mostraba esquiva y tensa. Mirko lo adjudicaba a la nueva reunión clandestina que se estaba organizando. Lo descubrió de casualidad, al escuchar una de las comunicaciones que ella mantuvo con su esposo. De momento, solo podía asegurar que la reunión se llevaría a cabo; pero aún no sabía ni dónde ni cuándo sería. Nada de esto le había mencionado a Garrido, prefería contar con más información para poder usarla a su favor de ser necesario.

Dado que, desde hacía rato, Antonella estaba trabajando sobre su escritorio, sin emitir palabra ni utilizar su computadora, Mirko no tenía forma de dilucidar qué estaba haciendo. De modo que, buscando indagar un poco más, se dirigió a su despacho llevando con él las últimas fotografías que le había encargado.

–¿Estás ocupada? –preguntó Mirko tras golpear el marco de la puerta. Antonella alzó la vista y sonrió al verlo–. Tengo las fotografías que me pediste.

–Pasa, quiero verlas. Ya me las estaban reclamando –respondió. Mirko le mostró el material–. Son magníficas –comentó Antonella sin apartar la vista de las imágenes–. Te estás luciendo últimamente –se detuvo en una en particular–. Esta chica tendrá un futuro impresionante si sabemos guiarla –acotó con aire pensativo.

–¿Sabemos? –presionó Mirko comprendiendo que Antonella había cometido un desliz–. ¿Qué podemos hacer nosotros para augurarle una buena carrera?

–Bueno, darle el espacio adecuado aumenta su popularidad –fue la respuesta de Antonella–. Mira esta.

Mirko se acercó a ella y juntos estudiaron con detenimiento cada una de las imágenes. Estaban discutiendo las distintas opciones cuando alguien interrumpió la conversación.

–Permiso… –dijo Gimena asomándose tímidamente. Miró primero a Antonella y luego a Mirko, como si los hubiese pescado en infracción. A ambos les dedicó una sonrisa lo suficientemente artificial como para no desentonar–. Perdón, no sabía que estabas ocupada.

Mirko se tensó. La venía esquivando como a la mismísima peste. Para él, ella era el factor amenazante por excelencia. En algún punto lo incomodaba la manera en la que Gimena los observaba; por ridículo que pareciera, se sentía en falta. Decidió marcharse.

–Las dejo conversar –dijo, procurando salir de ese despacho lo antes posible.

Antonella lo detuvo tomándolo del brazo indicándole que no quería que se marchara.

–¿En qué puedo ayudarte? –repuso Antonella.

Lo primero que acudió a la mente de Gimena fue pedirle que le prestara a su amante por un par de horas, pero se contuvo. Contrólate, pensó con el rostro iluminado por la diversión que su propio pensamiento le provocaba. Una sonrisa genuina brotó de sus labios al mirar brevemente al fotógrafo.

–Son varios puntos, en realidad –comenzó diciendo y, sin esperar invitación, se sentó en el sillón que enfrentaba el escritorio–. Por un lado, me gustaría saber con quién debo hablar sobre la diagramación de la revista de cultura –dijo con seguridad y un tono amistoso que irritó a Antonella. Gimena lo notó y no se amedrentó–. Tengo pautadas algunas entrevistas, que en realidad saldrán publicadas en España, pero he pedido autorización para poder incluirlas aquí también. Como me han dado el visto bueno, me gustaría coordinar las fechas de publicación, los espacios de los textos y las fotografías.

–Ese tema háblalo con Romina –indicó fingiendo amabilidad y camaradería–. Ella sabrá indicarte. Hasta donde tengo entendido, es un suplemento con pocas páginas y de tirada baja.

Una indignación extrema la invadió y debió reunir todo su poder de concentración para no perder los estribos. Detestaba que hablaran de “suplemento”.

–Sí, por eso deseo hablar con el diseñador.

Bajó la vista a su celular. Acababa de recibir un mensaje de José María. “Todo okey. Brenet lo tiene en su escritorio”, le decía. Alzó la vista, ya más segura.

–¿Cuál es el nombre, entonces? –preguntó con gesto inocente–. Me gustaría coordinar una reunión.

–Pídele todo a Romina –respondió Antonella con el mismo tono que Gimena había utilizado.

Mirko había seguido la escena desde un costado. En algún punto lo divertía el modo en que ambas mujeres estaban delimitando el territorio. Entre sonrisas, los dardos venenosos iban y venían. Sin embargo, detectó en Rauch una inteligencia sutil; un humor filoso. Estaba desafiando abiertamente a Antonella, que no lo advertía y no podía disimular su fastidio. Era claro quién ganaría esa y las demás contiendas. La diferencia entre ambas era notoria.

Gimena estaba por agregar algo más, pero la interrumpió el golpe de unos nudillos contra la puerta del despacho.

–Gimena –dijo Romina sonriéndole, sin siquiera mirar a Antonella–, llamó el doctor Estrada, te está devolviendo el llamado.

–Perfecto, Romi, muchísimas gracias –respondió con una sonrisa–. ¿Llamaron de España? –preguntó como quien deja caer un comentario.

–No, hoy no.

A Antonella no le causó nada de gracia el intercambio entre su secretaria y Rauch. Mucho menos le agradó que Romina se ocupase de atender sus llamados y de asistirla. Procuró que no se notara, pero la ofuscó la cercanía con que se trataban.

–Por otra parte, porque no me queda claro –dijo Gimena poniéndose de pie y dirigiéndose a la puerta del despacho–, ¿Mirko es fotógrafo de la editorial o es solo tuyo?

Lo nombró con tanta naturalidad y tanta familiaridad que él se irguió sintiéndose el nuevo objeto de la contienda. Miró a Antonella de reojo, expectante por ver cómo reaccionaba. Gimena no lo sabía, pero estaba tirando de la cola de un dragón; tarde o temprano todo explotaría por los aires.

–Mirko es fotógrafo de la editorial –aclaró Antonella con voz áspera–. Si necesitas de sus servicios y no tiene nada planificado, por supuesto que podrá acompañarte –agregó. Hizo una pausa y lo miró como si acabara de recordar que él estaba allí parado–. ¿Estás de acuerdo?

–Sí, por supuesto –fue la respuesta de Mirko, quien miraba a Gimena con cierto reparo–. Solo necesito saber las fechas para poder coordinarlo.

Gimena le sostuvo la mirada con tal firmeza que de primer momento le heló la sangre, pero no tardó en detectar en sus ojos el brillo de la diversión. ¿Lo está haciendo adrede?, se preguntó, desorientado. Esa mujer se estaba burlando de ambos en sus propias narices.

El teléfono volvió a sonar y alteró aún más el clima imperante en el despacho. Antonella lo atendió sin apartar la mirada de Gimena, quien le comentaba a Mirko que le haría llegar un cronograma de las entrevistas y visitas que tenía programadas para que él le informara si estaba disponible.

Del otro lado de la línea, Romina le informaba que Juan Antonio Brenet la llamaba desde España. Antes de responder, Antonella entornó los ojos convencida de que Gimena Rauch tendría mucho que ver con ese llamado.

–Necesito atender –anunció mirando a Gimena–. Luego continuamos.

–Por mí ya está –repuso, consciente de que solo a ella la habían invitado a dejar el despacho. Miró a Mirko con intención de molestarla–. Luego hablamos.

Con cierta preocupación, Antonella atendió la llamada. Su intuición no le había fallado. Durante los siguientes veinte minutos escuchó cómo el directivo de España le informaba que estaban evaluando que Gimena Rauch estuviera a cargo del área de cultura de la editorial. Todavía debían analizar el proyecto, pero todo indicaba que sería aprobado por unanimidad. Era cuestión de días para que el nombramiento se hiciera efectivo, ya que todos coincidían en que lo mejor para la sucursal argentina era dividir los productos para darles mayor independencia.

–De más está decirle que tiene todo mi apoyo, señor Brenet –comentó Antonella con voz neutra–. La señorita Rauch puede contar conmigo para lo que necesite.

Con el rostro crispado por la indignación, Antonella dejó el auricular en su sitio procurando digerir la noticia. No solo acababa de perder casi la mitad de su presupuesto, sino que además corría el riesgo de que la mala administración de su gestión quedara expuesta. No era nada bueno lo que estaba sucediendo.

–¡Maldita desgraciada! –estalló Antonella, rabiosa–. Yo sabía que buscaba algo.

–¿Qué sucedió? –la interrumpió Mirko, desconcertado.

–¡Esa maldita está a cargo del área de cultura! Sabía que algo así podía suceder –dijo–. Conozco a una zorra cuando la veo, y esta no me engañó en ningún momento. Pero que no crea que se la voy a hacer fácil. Estoy convencida de que viene a ocupar mi lugar –agregó. Miró a Mirko y una idea comenzó a formarse en su mente–. ¿Así que necesita un fotógrafo? –dijo con tono malicioso–. Pues lo tendrá. Quiero que aceptes cada uno de los trabajos para los que te requiera y que la sigas como su mismísima sombra –deslizó sintiéndose victoriosa–. Quiero que me cuentes hasta los comentarios más insignificantes. Quiero saber qué hace y qué deja de hacer.

–Pero –protestó Mirko.

–No hay forma de eludir que trabajes para ella, cariño –aclaró suavizando el tono–. Después de todo, es muy cierto que formas parte del staff de cultura. Ahora déjame, que quiero cerrar un par de temas. Luego definimos esas fotos.

Sin decir más, dejó el despacho de Antonella. Esto es una pesadilla. ¿Cómo puede ser posible que algo así esté sucediendo?, se preguntó. Empezaba a sentirse paranoico, pero, así como era un alivio importante que Gimena Rauch no lo reconociera, el que quisiera alterar el clima de la editorial podía ser peligroso, tanto para él como para ella misma; ni hablar para la operación. Consideró intentar sondear a Garrido, tal vez ella supiera algo más sobre Rauch y, por segunda vez, un impulso lo detuvo. El asunto Gimena Rauch era suyo y no quería compartirlo con nadie. Mucho menos con Garrido.


CAPÍTULO 9

La semana transcurrió con lentitud. Las noticias de España no tardaron en propagarse por la editorial y causar cierta zozobra. Sin embargo, Gimena no se inmutó por la energía reinante. El respaldo recibido le dio valor para ponerse en movimiento e imponer su ritmo. Ya más segura, acordó una reunión con Javier Estrada, el esposo de Carola, y preparó un calendario de actividades incluyendo al atractivo fotógrafo.

Estaba terminando el último artículo que debía enviar a José María, cuando Romina se presentó en su despacho para informarle que el doctor Estrada se hallaba en la recepción.

–Perfecto, Romi –le dijo poniéndose de pie–. ¿Podrías hacerle llegar este memo a Mirko?

–Claro –dijo la chica, sorprendida por el encargo–. Ya mismo se lo entrego. Le diré a Leti que haga pasar al doctor Estrada a la sala de reuniones.

Gimena sonrió con algo de benevolencia, pensando que muy a conciencia había acordado el horario con Javier. Quería que todas lo vieran, principalmente Romina y Leticia, quienes esparcirían la novedad por toda la editorial. Ya había solicitado que le acondicionaran la sala de reuniones y pidió que hubiese café, té y agua. Luego de reunir un par de carpetas, se dirigió hasta allí.

–Hola, Javi, gracias por hacerte un hueco tan rápido –dijo Gimena al acercarse a su amigo para saludarlo afectuosamente–. Necesito tanto tu ayuda…

–Por supuesto, para eso vine –respondió–. ¿Es así de tranquilo siempre?

–Sí, y la verdad es que me preocupa –repuso ella, con cierto malestar. Bajó la vista hacia la carpeta que tenía a su lado–. Por eso quiero contratarte para que gestiones una auditoría. No de toda la editorial, pero sí del área cultural.

–Eso es posible si se manejan como administraciones separadas –respondió Javier–. Deja que yo me encargue de guiar la auditoría. Ya mismo le digo a mi secretaria que te envíe un correo con la información que necesito para poder comenzar.

Alguien golpeó la puerta de entrada y los interrumpió. Gimena se tensó y le dirigió una rápida mirada a Javier, cargada de advertencia. Él frunció el ceño comprendiendo el mensaje.

–Perdón que te interrumpa, Gimena –dijo Antonella ingresando a la sala–. Necesitaría saber cuánto tiempo vas a estar aquí. Tengo una reunión en media hora.

–Ya estaba terminando, Antonella –respondió con frescura sabiendo que la mujer se había acercado principalmente para ver con quién estaba reunida–. Deja que te presente a mi contador, el doctor Javier Estrada.

Ambos estrecharon sus manos y para Javier fue más que evidente que la mujer desconfiaba de Gimena, tanto como Gimena desconfiaba de ella. La enemistad era palpable.

–Perfecto –deslizó luego de saludar a Javier. Se volvió hacia Gimena–. Los dejo concluir. Le diré a Romina que se ocupe de acondicionarla una vez que termines.

Javier había seguido todo el intercambio con atención. No tenía dudas de que no se soportaban.

–¿Qué fue eso?

–Esa bruja está destrozando la editorial –respondió con aspereza.

–Veremos si queda bien parada luego de la auditoría –terminó diciendo Javier al ponerse de pie–. Ya mismo le digo a Silvina que te mande ese correo. Mañana hablamos.

En esta ocasión, Gimena lo acompañó a la entrada. Se despidieron con un abrazo bajo la atenta mirada de Leticia, que parecía fascinada con Javier.

De camino a su oficina, divisó al fotógrafo, que salía del despacho de Antonella llevando una carpeta. También observó cómo Romina lo interceptaba. Gimena sonrió maliciosamente, le había dado toda una semana para ajustarse a los cambios. Pero ya era hora de ponerlo a trabajar. Empezaba a cansarse del poco profesionalismo con el que se manejaba todo en ese lugar.

–Mirko, tengo algo para ti –lo llamó Romina al acercarse a su cubículo. Se volvió hacia la chica con curiosidad–. Me lo acaba de dar Gimena –dijo extendiéndole una hoja–. Te dije que venía en plan de jefa –se vanaglorió buscando su complicidad–. Ya veo que tendremos el doble de trabajo. Va a quedarse con la editorial. Desde que llegó impuso varios cambios y mucho ritmo.

–Ni lo menciones.

Intrigado, tomó la hoja que Romina le extendía. La leyó sin poder creerlo. Era un memorando interno, algo que no tenía recuerdo que se hubiese utilizado en la empresa. En esta aparente nueva forma de comunicación, Gimena Rauch le informaba las fechas y horarios en los que necesitaría de sus servicios fotográficos. Solo le pedía que se notificara y le indicara si estaba disponible.

La primera cita sería al día siguiente. El lugar de destino era la Clínica Bellos Atardeceres, donde entrevistaría a la directora de la institución, la doctora Marta Guzmán. Por debajo figuraba lo siguiente: “Glorieta de Barrancas, (L a V - 19:30 h)”. No siguió mirando, la lista era larga y variada; algo le decía que recibiría varios de esos memos.

Preocupado por cómo los hechos empezaban a enlazarse, alzó la vista y contempló el despacho de Gimena. A través de los vidrios, la vio hablar por teléfono. Caminaba por detrás de su escritorio, gesticulando, enfatizando sus palabras; se la notaba concentrada, seria. Cuando la comunicación concluyó, Mirko la vio alzar sus brazos en clara señal de triunfo.

Era más que evidente que esa mujer tenía claro lo que deseaba. Antonella no se había equivocado al asegurar que una buena manera de conocer las verdaderas intenciones de Rauch era acompañándola tanto como fuera posible. Aunque lo entendía, hubiese preferido no tener que ocuparse de esa tarea personalmente. Lo condicionaba pensar que en cualquier momento ella podría reconocerlo.

Pensando en eso y en la amenaza latente que representaba su presencia, tomó dos chinchetas y clavó el memorando en un panel de corcho ubicado junto a su escritorio. Releyó el listado, ahora con atención. Figuraban varios centros de asistencia a personas con enfermedades neurológicas; centros culturales como Tecnópolis, la Usina del Arte y diversos festivales barriales programados por el gobierno de la Ciudad; así como también ferias itinerantes y muestras de arte callejero. En total eran unas diez salidas en un lapso de tres semanas. Podía apostar a que la lista crecería.

Respiró hondo y una vez más miró hacia el despacho donde Gimena volvía a hablar por teléfono. Su rostro transmitía fuerza, seguridad e inteligencia y a todo eso se le sumaba la convicción. Mirko lo notó. También detectó vehemencia y determinación en la mirada. Estaba segura de lo que pretendía y lo conseguiría, de eso no tuvo dudas.

¿Cómo puede ser que sea la misma mujer? Cuanto más lo pensaba más inverosímil le parecía. Nunca se había vanagloriado de aquella época; prefería no recordarla. En algún punto le avergonzaba y si hubiese podido borrarla de su existencia, lo hubiera hecho. No lograba olvidar lo que había sucedido; había sido la única mujer que había logrado moverlo de su eje. Someramente recordó sus besos y algo en él vibró.

Se puso de pie y se detuvo al verla salir de su despacho con un café en una mano y el celular pegado a la oreja sostenido por la otra. ¿Dejará de hablar por teléfono en algún momento?, se preguntó Mirko. La siguió con la mirada y decidió unírsele cuando la vio ingresar al balcón, donde solían congregarse los fumadores.

Gimena se volteó a ver quién se acercaba. Entonces lo saludó.

–Hola –respondió Mirko. Encendió su cigarrillo y se acomodó el cuello del abrigo–. No te hacía fumadora.

Ella le dedicó una mueca antes de dar pitada.

–Tengo temporadas. Aunque nunca parece ser buen momento para dejarlo del todo –confesó, resignada, acompañando sus palabras por otra mueca–. Trato de controlar la cantidad.

Bebió un poco de café y bajó la vista hacia su celular, que acababa de vibrar en su mano. Se apresuró a grabar una respuesta a la consulta.

Mirko prestó atención a lo que ella decía, pero no le pareció importante. Simplemente estaba confirmando haber recibido un correo electrónico con la información que había solicitado. Volvió a aspirar su cigarrillo y exhaló el humo con suavidad.

–¿Recibiste el memorando? –preguntó Gimena.

–Sí –respondió, escueto, eludiendo su mirada. Le costaba asimilar que estaban hablando, pero le costaba mucho más creer que ella no lo recordaba–. Las dos primeras fechas estoy libre –se apresuró a confirmar–. El resto no te lo puedo asegurar ahora.

–No hay problema –reconoció Gimena con liviandad–. Para arrancar, me sirve saber que puedes mañana –bebió un poco de café–. Le envié una copia del memorando a Antonella, para que esté al tanto.

Mirko comprendió, sin margen de dudas, que esa mujer no solo lo estaba usando para fastidiar a Antonella, sino que también se divertía a su costa. Lo alertó que se le adelantara, que mostrase una actitud solapada y al mismo tiempo que no jugase del todo limpio; debería prestar más atención.

–No tenías por qué –se sintió en la obligación de aclarar–. Pero es mejor que esté enterada.

Gimena sonrió considerando que era un tipo evidentemente oscuro, y ella hacía tiempo que había resuelto no meterse más con chicos malos; había aprendido la lección.

–Lamento haberte alejado de ella –comentó con algo de renuencia, pero palpable sinceridad–. No era mi intención.

–No tengo nada con Antonella –se defendió él–. Ella no es ni mi dueña ni nada que se le parezca.

–Si tú lo dices –respondió consciente del doble sentido–. Solo para dejarlo expreso –agregó con firmeza en la voz y picardía en la mirada–, a mí solo me importan las imágenes que consigas. No me interesa cómo disfrutas de tu tiempo libre; pero durante el horario laboral me gustaría que trabajes.

–¡Qué directa!

–Me gustan las cosas claras –sentenció–. Y en esta editorial todo es demasiado confuso.

Mirko no respondió; esa última apreciación le dio a entender a Gimena que hablaban el mismo idioma. Se miraron a la cara, midiendo sus fuerzas y sus intenciones. Lo tensó descubrir en ella a una mujer plantada, decidida y audaz; estaba al tanto de lo que sucedía entre él y la directora. A Gimena, en cambio, le resultó terriblemente atractivo.

–No sé si estás al tanto de que figuras como empleado de la revista de cultura, no de la de moda –deslizó con voz suave sin apartar la mirada del rostro de Mirko, quien frunció el ceño, desconcertado–. Por eso y no por otra cosa, a partir de ahora trabajarás para mí y no para Antonella.

–No tengo ningún inconveniente con eso –respondió Mirko tratando de que no se notase su incomodidad.

Elevó el mentón buscando mostrarse estoico y su mirada se enganchó con la de Gimena, que parecía analizarlo. En esta ocasión no se amedrentó; no le daría el gusto, había logrado salir airoso de batallas mucho más duras.

El celular de Gimena vibró cortando el clima. Ella bajó la vista y frunció el ceño al ver quién la llamaba.

–Tengo que atender –comentó con suavidad.

–Atiende –respondió él con actitud intrigante y mirada hechicera–. Luego nos vemos.

–Bonjour, Étienne. Ça va ? –dijo al atravesar la doble puerta de vidrio que comunicaba con la recepción de la editorial.

Mirko la siguió con la mirada. A lo largo de las semanas, la había escuchado hablar en francés gran cantidad de veces, pero en esta ocasión, a diferencia de las anteriores, el tono que ella empleaba no le pareció ni relajado ni alegre; en realidad, todo lo contrario. Había cierta bravura en su voz, una pizca de enojo mezclado con frustración. Evidentemente, no la alegraba el llamado.

Por la noche, Antonella lo invitó a su casa. Una vez más, Alejandro se hallaba en la provincia de Misiones y, más allá de disfrutar de una prolongada noche de placer, Antonella se ocupó de recordarle que mantuviera vigilada a Rauch. La quería controlada, deseaba saber qué hacía y qué iba a hacer. ¡Qué karma el mío!, pensó Mirko al descubrir que Antonella no era diferente a Claudia Garrido.

Parecía un mal chiste, pero así era. Debía espiar a Antonella para informar a Garrido; y debía espiar a Gimena para complacer a Antonella. Como si eso fuera, poco debía procurar que Rauch no lo reconociera. Lo suyo era una pesadilla constante.

No obstante, toda esa situación le ofrecía cierto beneficio. Con la excusa de tener que dividir su tiempo entre Mansi y los requerimientos de Gimena, Mirko se atrevió a preguntar por la presunta fiesta que Antonella, en un desliz involuntario, había mencionado. Ella se sorprendió ante la pregunta y la desconcertó darse cuenta de que había hablado de ese asunto con él. No lo recordaba, pero bien podría haber sucedido. Con algo de dudas, le comentó que no creía que fuera necesaria su participación. De todas formas, Mirko insistió, argumentando que prefería saber la fecha así la bloqueaba y no corrían riesgos. Le dijo que ella siempre sería su prioridad, entonces Antonella, halagada, terminó cediendo y, aunque no le aseguró que lo necesitaría, le informó que el evento se llevaría a cabo el sábado 11 de julio.


Al día siguiente, llegó a la editorial pasado el mediodía. Estaba tenso, le dolía la cabeza. Tener que pasar toda la tarde con Gimena le ponía los nervios de punta. Se sirvió una taza de café negro y lo bebió mientras leía su correo. Luego revisó lo que podría haber sucedido esa mañana en el despacho de Antonella. Nada.

Desde su lugar, Mirko miró hacia el despacho de Gimena. La vio a través de los cristales, hablaba por teléfono. ¡Qué raro!, pensó, sarcástico. Resignado a su suerte, se dirigió hacia la oficina de ella. Se detuvo en la entrada, golpeó la puerta con los nudillos y aguardó. Recién cuando lo autorizó, abrió la puerta y asomó su rostro.

–Hola, Mirko –lo saludó Gimena con una sonrisa limpia y entusiasta.

–Permiso –dijo él con sequedad–. Quería avisarte que ya estoy listo. Cuando quieras salimos.

Gimena asintió y se puso de pie. Rodeó el escritorio dirigiéndose a un estante en el que había colocado una cafetera de cápsula. Miró a Mirko y con un gesto le ofreció un café, pero él lo rechazó.

–¿Tienes vehículo o prefieres venir conmigo? –preguntó Gimena regresando a su escritorio.

–La verdad es que prefiero ir en tu auto –respondió con sinceridad–. Tengo una motocicleta y no me agrada llevar las cámaras tan a la vista.

–Perfecto –comentó ella acomodándose en su asiento–. Dame diez minutos y salimos.

Gimena lo observó alejarse. Las pocas veces que había cruzado palabras con él, había tenido la sensación de que ocultaba algo, y eso indefectiblemente despertaba su curiosidad. Si era o no el amante de Antonella, la tenía verdaderamente sin cuidado; pero, por la distancia que él imponía, la llevaba a considerar que había más que eso.

Media hora más tarde, dejaron la editorial y se dirigieron hacia el estacionamiento en el que Gimena había dejado su vehículo. Mientras pagaba en la caja, le señaló el Fiat 500 de un llamativo e intenso color rojo, que descansaba entre dos camionetas. Se veía diminuto.

–Por dentro te aseguro que es cómodo –deslizó ella al notar que Mirko debía estar preguntándose cómo demonios entraría en ese automóvil.

–Si tú lo dices.

En silencio dejaron el estacionamiento y en silencio transcurrieron los siguientes veinte minutos de travesía. Ella lo miraba de reojo sintiendo que, de tanto en tanto, él la observaba de igual forma. Ya había tomado la avenida Leandro N. Alem y se dirigía rumbo norte cuando Gimena decidió romper el silencio.

–Mirko; muy pocas veces escuché ese nombre –comentó. Él la miró de soslayo, pero no dijo nada ni alteró la expresión de su rostro–. Me gusta –agregó y, al detenerse en un semáforo, le preguntó–. ¿Cuál su origen?

–Croata –fue la seca respuesta de él.

–¿Naciste allí? –preguntó. Mirko asintió desviando la vista hacia la calle–. ¿Dónde?

–Rovinj.

–Un lugar maravilloso –comentó, sonriendo al recordar el viaje a Croacia que habían hecho con Étienne–. Estuve allí hace dos años. Es precioso. ¿Conoces? –preguntó Gimena dispensándole una mirada rápida. En silencio, él sacudió su cabeza negativamente–. Si no la conoces, algún día deberías visitar Rovinj, Mirko –agregó con ensoñación–. Es mágica y bella.

Gimena comenzó a describirle la ciudad brindándole una vasta variedad de detalles que lo ayudaron a visualizar imágenes que fueron como un bálsamo para Mirko. Aunque se resistía, finalmente sucumbió ante la voz cálida y entusiasta de Gimena, que lo acercaba a sus orígenes. Era la primera vez que le hablaban de su tierra y ella parecía estar pintando un cuadro con sus palabras.

La miró con suspicacia, resistiéndose ante la extraña emoción que le generaba. La clara descripción de su ciudad natal lo había sacado de foco, lo había llevado a pensar en su vida, en lo poco que en realidad sabía de sus raíces y en lo que podía haber quedado en aquel lejano país del que nada sabía. Un millón de preguntas comenzaron a amontonarse en su mente, pero ninguna escapó de su garganta.

Gimena guardó silencio esperando algún tipo de comentario que propiciara una conversación, pero este nunca llegó. Al cabo de unos segundos, aceptó que sería en vano tratar de sociabilizar con él; era demasiado seco y parco. Harta del silencio imperante, estaba pensando en poner un poco de música cuando su celular comenzó a sonar. Agradecida, atendió utilizando el sistema bluetooth.

Lo primero que pensó Mirko al escuchar el tono de llamada fue que no era una canción francesa, con lo cual lo más probable sería que no se tratase de la persona con la que Gimena hablaba en ese idioma.

–Hola, Gimena. ¿Puedes hablar?

Era la voz de una mujer joven. Se expresaba con cariño, y Mirko, haciéndose el desentendido, resolvió prestar atención.

–Hola, Lara –le dijo suavizando el tono de su voz–. Estoy conduciendo y no estoy sola. Voy camino de la clínica donde trabaja Marta. ¿Tú?

–Acabo de regresar de una reunión –comentó–. Estuve con Manu –dijo muy a su estilo, directo–. Sabe que estás en Buenos Aires. Me dijo que desea verte.

Mirko frunció el ceño al escuchar el bufido que Gimena dejó escapar. Esto es interesante, pensó. ¿Quién será Manu? ¿Manuela o Manuel?, se preguntó. Dedujo por la reacción de Gimena, que ahora abría la ventana y encendía un cigarrillo, que debía tratarse de alguien importante para ella. La observó disimuladamente para comprobar que de su rostro se había borrado todo rastro de distensión. Definitivamente Manu era importante.

–Debe haber sido Raúl –masculló, ofuscada–. No me importa, Lara. No quiero hablar ni de él, ni con él.

Bien, pensó Mirko, quien no se perdía detalle. Es Manuel.

–Yo te entiendo –insistió Lara tratando de suavizar la reacción de su amiga–. Él solo quería saber de ti. Lo noté apenado. ¿Por qué no le das una oportunidad? Pasaron tres años…

–¡No puedo creer lo que estoy escuchando! –estalló Gimena subiendo el tono de voz–. Sabes muy bien lo que hizo; sabes muy bien cómo defraudó mi confianza. Es imperdonable. Lo hemos hablado cientos de veces, Lara. No puedo creer que estés de su lado.

–No estoy de su lado, Gimena, solo que lo vi apenado –reconoció Lara–. El tiempo pasa y todos tenemos nuestras razones. Deja que te explique. Dale esa oportunidad.

–Te juro que me cuesta imaginar cómo logró convencerte –masculló Gimena con voz helada–. No voy a seguir hablando de este tema, Lara. Te dije que no estoy sola.

–Prométeme que me llamarás después.

–Sí, sí.

Sin decir más, cortó la comunicación. Arrojó el cigarrillo y subió el vidrio. Mirko la observaba. Hasta unos segundos atrás hubiese jurado que sería imposible borrar la sonrisa y el gesto entusiasta de su rostro, pero la tal Lara hablándole del tal Manuel lo había logrado.

Vaya, vaya. Siempre hay una historia detrás de un rostro, reflexionó Mirko ante las emociones que Gimena Rauch comenzaba a mostrar. Ahora intrigado, deseó saber más sobre ella y su mundo.

Durante el resto del trayecto ninguno habló. Gimena conducía inmersa en sus pensamientos, con el entrecejo fruncido y la boca tensa. Su ofuscación era profunda; eso era evidente. Aburrido, Mirko resolvió romper el clima, ese silencio era más inquietante que cualquier conversación.

–¿A dónde vamos?

–A una clínica que se especializa en tratamientos psiquiátricos para adultos mayores –respondió en un tono monocorde, artificial–. La información estaba en el memo que te envíe.

–Estaba la información del lugar al cual iríamos, pero no dónde quedaba –respondió él rápidamente.

Gimena lo miró de soslayo y no pudo evitar sonreír.

–Es cierto –reconoció. Respiró hondo procurando calmarse–. Perdón. El lugar al que vamos queda pasando San Isidro.

–Bien –repuso él, conforme por haberla traído de regreso–. Nunca me especificaste qué tipo de fotos quieres. La verdad, no entiendo qué puede haber en una clínica de esas características que te interese para publicar en el suplemento cultural.

Gimena controló como pudo la exasperación que le provocaba la palabra “suplemento” cada vez que la escuchaba asociada a su trabajo. Le sonaba a poca cosa, a relleno, a algo que interesaba a unos pocos.

–Primero y principal, mis artículos no saldrán en ningún suplemento –aclaró, contrariada.

Mirko la miró como si no comprendiese bien lo que decía. Hablaba con autoridad y algo de malestar también. No entendía qué había querido decir, pero sea lo que sea, no le agradaría a Antonella.

–Los artículos que debo escribir tratarán sobre arte terapéutico, lo que se denomina hoy en día arteterapia –siguió explicando Gimena ahora con absoluto dominio de sí–. Es una técnica que se utiliza tanto para trastornos físicos como mentales. Hace años que se implementa y está dando grandes resultados.

Mirko asintió, aunque no fue mucho lo que interpretó de lo que ella dijo. Le costaba imaginar que algo interesante pudiera surgir en una clínica con ancianos enfermos.

–Lo que necesito son las imágenes que guarden relación con el arteterapia. El modo en que los terapeutas utilizan el arte en sus formas más variadas para ayudar a los pacientes a expresar sus necesidades, sus emociones o su sentir –explicó–. El arte es una herramienta que está dando grandes resultados, ya que es un camino de expresión.

Mirko se quedó unos momentos meditando la información. Eso de tener que buscar, elegir y optar lo estimuló. Nunca le habían pedido que lo hiciera. Antonella, desde un comienzo, había dejado claro que lo suyo eran los escotes, las faldas cortas y las expresiones sugestivas. Esto era completamente diferente.

–¿Algún problema? –preguntó Gimena desconcertada por los gestos que veía en el rostro de él.

–No, no, solo estaba pensando que, luego de tanto tiempo de fotografiar modelos semidesnudas, esto va a ser interesante y renovador –comentó con la misma parquedad con que había dicho todo lo demás.

Gimena no pudo evitar carcajear preguntándose si se conmovería con lo que estaba por presenciar.

–La verdad es que estás por dar un gran giro –comentó, todavía con la risa bailando en su voz–. No todos los días se pasa de retratar modelos semidesnudas a pacientes que sufren Alzheimer. Ya me dirás qué conclusiones sacas al respecto –agregó con sarcasmo–. Ahora déjame decirte que no todas las entrevistas serán como esta. En tu memo está detallado el tipo de artículo, nota o entrevista –aclaró–. Será un poco de todo.

Aunque no lo reconocería, le encantaba oírla hablar. Le gustaba el timbre de su voz, el modo en que utilizaba las palabras y cómo las entonaba alargándolas; lo atribuyó a sus años en España. Su carácter parecía ser dócil, sonriente y entusiasta, pero tenía temperamento, y si algo le quedó claro a Mirko fue que no le agradaba que le dieran órdenes ni que le dijeran qué debía hacer. Era una chica lista, independiente; tenía luz propia.

–Ya veremos cómo nos va hoy –dijo con suma naturalidad. Estacionó el vehículo en el primer lugar libre que encontró y se volvió a mirar a Mirko–. Si no te agrada o no te sientes cómodo, puedo hablar con Antonella, que de mil amores me va a recomendar otro fotógrafo.

Bajó del automóvil en cuanto dijo la última palabra. Mirko tardó un poco más en reaccionar. Nuevamente lo había desconcertado el sarcasmo y el tono burlón que ella había utilizado. Es una bruja con cara de angelito, pensó y, por un breve instante, temió que estuviera simulando no conocerlo, para tenderle una trampa de la que no podría escaparse. Esa también era una posibilidad.

Ingresaron a la vieja casona subiendo por una amplia escalinata de mármol. Con la cámara ya colgando de su cuello, Mirko siguió a Gimena, que se dirigía hacia la recepción, donde se presentó y mencionó que la directora del establecimiento la estaba aguardando.

–Te voy a presentar a Marta Guzmán –le explicó para ponerlo al tanto de lo que sucedería–. Mi idea es conversar con ella mientras te ocupas de tomar fotografías de las instalaciones.

–Perfecto. Me guío por lo que me dijiste antes –comentó él procurando sonar comprometido–. Me muevo por los alrededores, tomo imágenes que tengan que ver con el uso de las distintas expresiones artísticas de las personas que se encuentran aquí alojadas.

Gimena se lo quedó mirando, sorprendida por la seriedad con la que él se había expresado. Fue un aspecto que no condescendía con la imagen que solía dar. Vaya, sorpresa, pensó, tal vez solo está haciendo buena letra o, tal vez, solo necesita una oportunidad. Ese hombre era un misterio.

–Sé hacer mi trabajo –le aseguró, eludiendo su mirada.

Marta Guzmán no tardó en aparecer y, luego de saludar a Gimena con un fuerte abrazo y de intercambiar un apretón de manos con Mirko, le indicó al fotógrafo que se colocara un distintivo que lo habilitaba a ingresar a determinados espacios de la clínica.

–Por ese pasillo llegará al jardín trasero. Allí se encuentran la mayoría de los pacientes que participan de los talleres –informó. Luego consultó su reloj–. A esta hora muchos de ellos estarán trabajando sobre sus lienzos.

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