Kitabı oku: «Torre blanca, rey negro»
TORRE BLANCA, REY NEGRO

MARÍA LÓPEZ RIBELLES
TORRE BLANCA, REY NEGRO
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2022
TORRE BLANCA, REY NEGRO
© María López Ribelles
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2022.
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artística o científica.
ISBN: 978-84-19092-72-4
MARÍA LÓPEZ RIBELLES
TORRE BLANCA, REY NEGRO
Contents
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Epílogo
Sobre la autora
Prólogo
Las luces de la calle se cuelan sin permiso adueñándose de la penumbra del dormitorio. Las cortinas se mecen con el arrullo del viento a un ritmo mucho más lento que el marcado por el cabecero de la cama contra la pared.
Tac, tac.
El papel pintado guarda pecados cometidos cada noche, escondidos a puerta cerrada bajo el cielo oscuro.
Tac, tac.
El olor del alcohol oculto en su aliento que se aprieta contra su pelo la acompañaría cada día de su vida. Y esos golpes, otra vez de nuevo.
Tac, tac.
Como los golpes en su puerta.
Tac, tac.
Como el forcejeo de la llave maestra en la cerradura luchando para poder entrar.
Tac, tac.
El arrastrar de la silla y la maldición del borracho sordo que se niega a escuchar otras palabras que no sean las que dicta su mente.
Tac, tac.
Como la visita de dos niños, camuflados entre los vestidos del armario, que los espían y con los que ella comparte sangre.
Tac, tac.
Uno llora, mientras que el otro observa fascinado. Se abre un nuevo mundo para ambos.
Tac, tac.
La inocencia ha hecho las maletas para abandonar sus vidas y no volver jamás.
Tac, tac.
Tac, tac.
1
Martes, 3 de marzo a las 18:35 h (El Parterre, Valencia).
Castigaba sin piedad a un árbol de aspecto centenario con su balón de reglamento sin que este pudiese protestar. Con rabia virulenta chutaba el balón imaginando que le daba a la cabeza de su padre haciéndole entrar en razón. Tenía diez años y no aceptaba un «no» por respuesta, no cuando este se negaba a firmarle una autorización para una excursión del colegio a la que asistirían todos sus amigos menos él.
De su garganta brotó un alarido en un último lanzamiento y se sentó, derrotado, en el suelo granilloso de aquel parque. La voz de su madre le advertía desde su conciencia «te vas a ensuciar» y se restregó con más ahínco contra el suelo.
—¡Menudo carácter!
El niño ni siquiera le prestó atención, pero no calló su nombre cuando se lo pidió.
—Pablo.
—¿Qué te pasa, Pablo? ¿Te ha hecho algo malo ese árbol? —le preguntó, sentándose a su lado sin temor a ensuciarse.
—Mi padre. No quiere que vaya a una excursión que es muy importante para mí. No quiere que haga nada de lo que me gusta, solo quiere que me quede a su lado y ver cómo trabaja.
Tardó en responder y el niño se balanceó inquieto.
—Vaya rollo —contestó como él lo hubiera hecho—. ¿Quieres que juguemos al fútbol? Apuesto que te meto siete goles en diez minutos.
—¿Tú? —cuestionó el niño extrañado—, ¿sabes jugar?
—Se me da genial, pero no juguemos aquí. Vamos a un sitio que conozco que te va a gustar mucho más. Tranquilo, volverás para la hora de la cena —le aseguró mientras se levantaba y sacudía el polvo de los pantalones.
—¡Como si no vuelvo! Me da igual.
—Hecho —contestó con una sonrisa enigmática.
***
Viernes, 29 de mayo a las 19:09 h (Ruzafa).
Es primavera, aunque tal vez parece ser verano por los números que marca el termómetro y por el desfile de mangas cortas y camisetas de tirantes que se lucen por la calle.
Elena está sentada en una terraza cualquiera de un bar en el barrio de Ruzafa. Aquella mañana se ha levantado con ganas de comprar un buen libro y disfrutar de él en un lugar como ese. Con lo que no ha contado es con las voces de los niños jugando en la ancha acera de tan especial rincón. Peligra su integridad física y su cuerpo se estremece con cada golpe seco que emite el balón al ser pateado por aquellas piernas infantiles que todavía no han aprendido a dominar la pelota. En su bolso vibra el móvil por quinta vez y ella lo ignora porque se halla concentrada en la lectura del libro que tiene entre sus manos. Lo cierra resignada y procede a apurar su café del tiempo. Su mirada se dirige hacia los niños y una sensación de nostalgia que no sabe de dónde proviene la invade.
En la mesa de la derecha, un ruido sordo la despierta de su ensoñación. Un hombre golpea el tablero con el puño, quedando el sonido amortiguado por el periódico que hay entre ellos. De su boca salen palabras malsonantes atrayendo la atención de los demás sobre él y su acompañante, que le suplica que se calme sin éxito.
—¡Será cabrón! ¿Cómo se puede uno quedar tranquilo con semejantes noticias? Ya son diez niños secuestrados. ¡Diez!
La mujer a su lado vuelve a rogarle silencio, le amenaza penosamente con marcharse de allí y dejarle solo. Haciendo caso omiso a sus palabras, el hombre, indignado, ya está intercambiando unas palabras con una pareja de ancianos sentados a su izquierda.
Elena sabe enseguida de qué hablan, ¿cómo no hacerlo si es por desgracia la noticia del momento?
Tras un último sorbo y saldar la cuenta con el camarero, se marcha del bar dejando atrás las discusiones y adentrándose entre las callejuelas. Deja atrás el mercado de Ruzafa, observando los diferentes puestos de comida, perdiéndose en los dulces turcos, los rollitos de anís de la panadería de al lado y una caseta con un saco enorme de cacahuetes tostados valencianos que se venden a granel.
A lo lejos, saliendo del supermercado de la esquina, distingue una espalda que le resulta familiar y aquello le extraña, pues no recuerda a nadie después del accidente. Su corazón se estremece y, sin percatarse, sus pasos se detienen esperando ver el rostro de aquel hombre. Carga con una bolsa de rafia de la que sobresalen un par de barras de pan y un saco de arena para gatos. Sus pasos seguros se alejan por la misma calle en la que ella vive y se descubre a sí misma siguiéndole con el objetivo de averiguar su identidad. Antes de que pueda siquiera pensarlo, él la descubre y se detiene frente a su patio. Es el vecino con el que comparte rellano.
—Hola, ¿ya vuelves a casa?
Le sonríe de forma abierta y sincera. Es alto, mucho más de lo que se ha imaginado mientras le perseguía, y su corpulencia la intimida. De pronto le incomoda su cercanía porque no recuerda quién es más allá de ser su vecino y, sin embargo, siempre que se cruza con él, este parece estar esperando algo más que un mero saludo.
—Todavía no —miente.
Si se da cuenta de que esconde la verdad, él no lo manifiesta. Se queda mirándola hasta que desaparece por el final de la calle y frunce los labios con preocupación.
Media hora más tarde, Elena regresa a aquel mismo patio. Sube por el ascensor conteniendo la respiración a la espera de la soledad que aguarda entre aquellas cuatro paredes y que los documentos de su cartera dicen que es su casa. Como dice una canción que le ronda la mente de la que desconoce, como muchos detalles de su vida, de quién es: «Una casa no es un hogar». Las paredes llenas de moho y los muebles desvencijados no ayudan a lograrlo.
Después del tercer giro de llave, la puerta se abre y muestra un recibidor vacío con las luces apagadas. A pesar de haber regresado cuatro días atrás, el hedor a casa deshabitada todavía sigue impregnado en las paredes. El recibidor termina en un pasillo del que se ramifica el resto de estancias de la vivienda. A su derecha, una cocina, un dormitorio que en algún tiempo, a juzgar por el papel pintado de las paredes, había pertenecido a un niño y un cuarto de baño. A su izquierda, el comedor, otra habitación desocupada y el lugar donde ella duerme. Los muebles son escasos y funcionales. Las paredes están desnudas, carentes de cuadros o de fotografías, ni siquiera de ella misma.
Se sienta en un viejo sofá de color granate, suspira apesadumbrada y de nuevo, como cada vez que se acomoda, se clava un muelle en el trasero. El móvil vibra en el bolso, que aún lleva colgado en el hombro.
—¿Mamá? —se escucha una voz esperanzada al otro lado.
—No, pequeña. Te has vuelto a equivocar.
Elena se siente mal segundos después de colgar como cada día. Desde su salida del hospital, aquella chiquilla había estado llamando cuatro o cinco veces todas las tardes. Al principio había pensado que se trataba de una broma, pero cuando la niña, al borde de las lágrimas, le dijo que solo quería hablar con su madre, Elena se apiadó. Sin embargo, el hecho de mentirle no le iba a hacer ningún favor y se autoconvence de que tratarla así es lo mejor; supone que con el tiempo, seguramente, la dejará de llamar.
Se escucha un sonido en el rellano, será su vecino saliendo de casa otra vez. De manera irracional y como acostumbra a hacerlo desde la primera vez que lo vio, se dirige hacia la puerta para espiarlo por la mirilla. Lo ve rascándose la cabeza, visiblemente incómodo, camina tres pasos en dirección a la puerta de Elena y, cambiando de opinión, da marcha atrás.
El teléfono vuelve a sonar y su vecino mira directamente a la mirilla desde la que le vigila Elena, sabiendo que está al otro lado. Sintiéndose descubierta, se aleja de la puerta como si quemara. Nerviosa, descuelga el teléfono sin mirar quién la llama.
—Mamá, por favor, escúchame. Sé que eres tú.
—No me vuelvas a llamar. Yo no soy tu madre.
Elena cuelga con rabia y lanza el aparato al sofá, con tal mala suerte que este rebota contra el cojín y cae al suelo desprendiéndose de la batería. «Ahí se va a quedar», piensa.
Vuelve al recibidor para comprobar si su vecino sigue allí, pero este ya ha desaparecido. Desanimada, se dirige hacia el baño con la intención de darse una ducha e irse a dormir y así terminar con otro día más en el que fracasa estrepitosamente en el intento de recuperar sus recuerdos.
***
Descubre con placer que aquella mañana del sábado ha vencido al despertador levantándose antes de que este rugiera como una fiera endemoniada. En el desayuno se le antoja un pedazo de bizcocho de chocolate con nueces acompañado de un vaso de leche fría. El trozo que se sirve en primer lugar le parece escaso y, tras tres «y uno más», abandona una porción ridícula que no se come para no sentirse tan glotona por haberse zampado aquel manjar.
Antes de salir de casa, recoge el móvil, que yace fuera de combate en el suelo. Lo compone para descubrir, con tristeza, que aquel número la ha vuelto a llamar seis veces más.
Está saliendo por la puerta cuando se encuentra con su vecino en el rellano. Intercambian pequeñas sonrisas en un saludo mudo. Ella se acomoda un mechón de cabello tras la oreja y esquiva su mirada, concentrándose en el interior de su bolso fingiendo buscar algo. Ambos entran en el ascensor y, consciente de que él no le quita la vista de encima, decide enfrentarlo.
—¿Qué pasa?, ¿tengo monos en la cara?
La sonrisa de él se torna más amplia y desvía su mirada al suelo, moviendo la cabeza en una negación que solo él sabe a qué se debe.
—¿Estaba bueno el bizcocho de chocolate con nueces? —pregunta de repente.
Elena no puede esconder la sorpresa en su rostro.
—¿Cómo lo sabes?
Se encoge de hombros, travieso como un niño.
—Tienes migas oscuras en tu blusa —comenta señalando su pecho.
Elena, avergonzada, sacude las migas de su ropa y con disimulo se limpia las comisuras de la boca por si hubiese quedado algún resto del dulce. Parece que ella no es capaz de mirarlo por más de tres segundos y a él le sobran para percatarse de los detalles más pequeños.
—¿Cómo sabes que el bizcocho es de chocolate y nueces?
—Es tu favorito, ¿no? —responde con las manos en los bolsillos.
Él sale primero del portal ante su insistencia y ella le sigue un par de pasos por detrás. Aquel hombre que Elena cree que solo es su vecino le vuelve a dar señales de que la conoce mucho más que eso. Frunce el ceño e intenta recordar cuánto más, fallando en el intento.
Es alto, bastante más que ella, y fuerte. Siempre lo ha visto afeitado y con unos rizos negros imposibles de peinar. Todavía no sabe el color de sus ojos, pero intuye que son oscuros. Aunque sí que puede recordar su mentón cuadrado y marcado porque fue lo que más le gustó de su rostro la primera vez que se cruzó con él.
En la distancia, él vuelve la vista atrás, hacia el portal, y ella se esconde antes de que este repare en su presencia. «¿Cómo sabes tanto de mí?», piensa frustrada.
2
Domingo, 12 de abril a las 12:18 h (playa de la Malvarrosa).
Una niña destacaba entre todas las demás con su chubasquero rojo de flores bajo un cielo despejado y poblado de gaviotas. La gente se rendía ante el sol y el mar sosegado que besaba con ternura la arena.Y la niña se hacía visible entre el gentío cuando advertían en sus ojos azules reflejos del Mediterráneo, en la gracia de su nariz respingona o en su boca diminuta.Y se volvía invisible cuando se cubría con la capucha y se ocultaba del mundo.
Jugaba con niños mayores que ella, más altos, más rápidos, más listos. Ella intentaba seguir su ritmo, pero sus cortos pasos no alcanzaban. Cayó de uno de los toboganes, con las piernas en alto mostrando su ropa interior blanca e inmaculada. Empezó a llorar, más por el susto que por el daño; aun así, su madre no vino. Hablaba por el móvil sin reconocer el llanto de su hija entre las voces de la gente y el graznido de las gaviotas.
La niña se hizo visible por sus berridos. Alguien de entre la masa se acercó.
—¿Te has hecho daño?
La niña asintió y, en silencio, con la cara roja y la nariz llena de mocos, se volvió invisible.
—Ven conmigo, tengo algo para ti.
***
La vida en un hotel es difícil para una niña. Eso es lo que le dicen a Natalia con bastante frecuencia, pero ella no lo ve así. Entiende que cada vez que cruza el enorme portón se debe alejar de los clientes y ser parte del mobiliario, como cualquier otro trabajador, no importa que su familia sea quien lo regente. No puede llevar amigas sin el consentimiento previo de su padre o de su abuelo, y si se lo daban, las debía recibir en silencio por la puerta de atrás, donde las esperaba su madre, como una heroína, con una mirada compasiva en los ojos y unos brazos fuertes que arrastraban aquella puerta que solo abría desde dentro. Desde que su madre se fue, sus amigas ya no han vuelto.
Por eso avanza como una ladrona escondida bajo los mostradores, ocultándose tras los sillones rojos de la recepción, para luego subir por las escalinatas de mármol blanco. Tiene prohibido subir en el ascensor sola. Su padre le dice que es muy pequeña y que puede romperlo. Ella casi lo prefiere, pues ha descubierto que a partir del tercer piso ya nadie utiliza las escaleras y las ha convertido en su rincón secreto. Allí va a cantar, a pintar y a esconderse cuando no quiere que la encuentren. También para lo que está a punto de hacer, que es coger el teléfono que su madre le regaló en su último cumpleaños e intentar contactar con ella sin que nadie de su familia se entere. Así se lo había hecho prometer.
Escucha un pitido, seguido de otro. Es después del tercero cuando escucha una voz al otro lado que conoce muy bien.
—Natalia, ¿qué haces?
La niña se asusta, dejando caer el teléfono sobre su regazo. Rápidamente, lo oculta tras su espalda y se levanta en dirección a su interlocutor antes de que pueda ver lo que tiene entre manos.
—¡Tío, me has asustado!
—Perdona, perdona.
Su tío, delgado y de altura considerable, la mira desde arriba burlón. Sabe que su sobrina guarda un secreto, aunque no ha logrado descubrir cuál.
—¿Qué guardas, Natalia?
La pequeña esquiva su mirada, nerviosa; él no puede saber de la existencia del plan entre su madre y ella.
—No te lo puedo decir —susurra.
—¿Ni siquiera a tu tío?
Álvaro se acerca, disminuyendo la distancia entre ambos, y la mira intensamente esperando que sea suficiente para provocar su confesión. Natalia traga saliva, sin tener ninguna idea de cómo salir del embrollo, hasta que una idea estalla en su cabeza como un fogonazo.
—No, tío. Solo diré que es un regalo para ti. Así que no te puedo dar más detalles. No insistas.
Su madre le había repetido hasta la saciedad: «Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo». Natalia no conoce a muchos cojos, pero de mentirosos su familia está llena. Se siente culpable cuando su tío le contesta ilusionado.
—¿Un regalo para mí? ¡Qué bien! Lo esperaré con ansias.
Álvaro no la ha creído en ningún momento, pero ya averiguaría lo que trama. Le encantará ver hasta dónde llega aquella aprendiz de mentirosa con sus excusas.
—Vamos, hoy voy a ser yo quien te lleve al colegio.
Natalia se olvida del apuro y empieza a dar pequeños saltos muy contenta. Le encanta ir con él porque siente que sus palabras le alcanzan y le interesa lo que le está contando, no como a su padre. Además, siempre guarda en la guantera dulces con los que las obsequia a ella y a sus amigas.
—Espérame aquí, que voy a por la mochila y vuelvo.
La pequeña se aleja escaleras arriba dejando atrás a su tío, quien la observa marcharse. Los pasos de Natalia retruenan en aquel lugar en el que lo habitual es ser consumido por el silencio. En los últimos escalones, Álvaro advierte el color rosado de las braguitas de Natalia, que contrasta con el gris cemento de la falda del uniforme escolar. Confuso y mareado, decide esperarla sentado.
***
Elena mira con preocupación el teléfono, extrañada de que la niña que siempre mendiga su atención hubiese terminado la llamada de forma tan abrupta. Se muerde el labio y de manera inconsciente se encoge de hombros, incapaz de encontrar una respuesta que le satisfaga. Se estremece y no sabe si es por remordimientos o por el aire traicionero que se cuela por el tejido de su ropa.
Las temperaturas han bajado considerablemente respecto al día anterior. Amenaza la tormenta, pues las nubes se están juntando en una pesada manta grisácea que intimida a todo aquel que camine bajo ella. La humedad es palpable y pegajosa. Es tiempo de constipados.
En días como aquellos, Elena hubiera preferido beberse una infusión de manzanilla mientras lee el periódico en la mesa de la cocina. Mas la intuición la anima a salir de casa y adentrarse en el centro de la ciudad en busca de recuerdos.
Valencia la espera, con las calles abiertas, mostrándole cada rincón que posee. Le enseña la iluminación única que se guarda para los días nublados y que ensalza las fachadas de cada edificio. Ante ella se levantan grandes puertas que pertenecen a edificios lujosos señalados con elegantes números dorados. Se unen en la misma avenida lo antiguo y lo moderno, y aquellos adornos de otras épocas tallados en las cornisas acompañan ventanales que se abren con sensores de movimiento. Una librería de vistoso escaparate expone los libros más vendidos. Una óptica intenta camelar a todo viandante con sus expositores de gafas de mil colores. A su lado, una heladería con la terraza llena en la que nadie toma helado, pero en la que la mayoría saborea su café y alguna galleta con pepitas de chocolate especialidad de la casa. Una sombrerería le sigue, de puerta estrecha y de escaparate recargado con hermosos sombreros que transportan a otro tiempo, otro lugar y otra vida.
Sus pasos le llevan a la calle Colón, calle de tiendas y centros comerciales, de una parada de metro que surge entre las ruinas de una civilización pasada y llena de gente con prisas que va a trabajar. Agobiada, Elena se aleja del paso central y se acerca más al borde de la acera, pero es descubierta por un promotor de una ONG y termina escondiéndose detrás de un kiosco de persianas verdes. No logra disuadirle y la persigue, y esta, sabiendo sus intenciones, rodea la caseta y se posiciona frente a las revistas y la prensa. El joven la ha alcanzado y le habla. Ella no puede escucharlo, las grandes letras en negrita de los titulares atraen su atención: «Desaparecidos diez niños en menos de dos meses», «Sin rastro de los niños desaparecidos», «El Butoni se lleva a otro niño en Valencia».
—Teresa, ¿eres tú?
Elena, distraída leyendo los titulares, no se percata de que la pregunta se dirige a ella. A su lado, una mujer rolliza y de menuda estatura la mira con los ojos desorbitados y la boca abierta. La desconocida insiste y esta vez Elena, desorientada, mira hacia atrás esperando ver a alguien más, pero solo está ella.
—Teresa…
La mujer se ha acercado invadiendo su espacio personal, incomodándola, y su rostro augura llanto.
—Señora, perdone, pero no soy Teresa.
Aquello parece extrañarla, aunque no demasiado, pues no cesa su agarre.
—No, no. Tú eres Teresa. Tienes su misma cara.
—Señora —repite con paciencia—, me llamo Elena. Se debe haber confundido.
Murmura palabras que no alcanza a entender y la observa con atención. Alrededor de sus cansados ojos brillantes, se suman las arrugas en cascada. Su cabello negro, indudablemente fruto del tinte, está recogido en un moño en su nuca. Las mejillas pálidas caen debido a la fuerza de la gravedad y de los años; le recuerda a un viejo bulldog. No la reconoce, pero sí que le viene a la memoria un bulldog que venía a buscarla a la escuela todas las tardes cuando era pequeña y que acompañaba a un hombre que lo paseaba suelto por las calles. Al perro le encantaban las puntas de pan y se comía la última rosquilleta de su merienda cuando su amo no miraba. «¿Estoy recordando mi pasado?», se pregunta Elena.
Absorta en sus pensamientos, no escucha la disculpa de la desconocida ni ve cómo se marcha cabizbaja con los ojos empañados en lágrimas. Elena se encoge de hombros y se va por el paseo Ruzafa en dirección a la plaza del ayuntamiento para hacer turismo por aquella Valencia, que como la Atlántida ha sido sumergida por las aguas en su memoria.
***
Unos golpes en la puerta del despacho lo despiertan de la ensoñación en la que se ha sumergido al observar la fotografía que descansa encima de su escritorio. La imagen ha sido rasgada sin cuidado por la mitad. En el marco se mantiene cuidadoso el reflejo de Natalia dos años atrás, mientras que en la basura, la imagen de su mujer mostrando una sonrisa deslumbrante está hecha pedazos.
—¿Cómo durmió el jefe esta noche?
Aquel sonido de tacones que siempre va con ella la ha acompañado desde que se atrevió a calzar los zapatos más altos que encontró en una tienda y que compró a espaldas de su padre en un día de rabieta. Para Miguel Ángel no existe mujer más bella que su hermana Raquel. Vistiendo las ropas más corrientes consigue destacar entre la multitud.
En aquel momento, Raquel lo observa recostada en la puerta con los brazos pegados al cuerpo y una sonrisa sincera.
—¿No deberías estar en el colegio? —pregunta.
—Hoy entro más tarde, no te preocupes. Iba a llevar a Natalia, pero Álvaro se ofreció.
Miguel Ángel encuentra rara la manera de actuar de su hermano. Debía haberle consultado a él primero, que por algo es su padre. Hablaría con él cuando regresara al hotel. Raquel, que lo conoce como la palma de su mano, se apresura a defender a su otro hermano.
—No te enfades con Álvaro, lo hizo por mí. Para darme tiempo a atender unos asuntos. En concreto, tú.
Raquel avanza hasta sentarse en la silla de enfrente del escritorio de Miguel Ángel. Se apoya en el respaldo, adoptando una postura relajada.
—Tienes que estar con Natalia. Desde que su madre… —vacila estudiando la reacción de este— se fue, ha estado actuado distante con los demás. Puedo entender tu dolor, pero tienes que reponerte por tu hija. Yo voy a estar siempre ahí, para lo que quieras.
Miguel Ángel mira a su hermana, primero a sus manos entrelazadas, que se han unido mientras hablaba en señal de su apoyo incondicional, y luego a sus ojos, que destilan compasión. Se guarda sus pensamientos; ella no entiende nada, no es capaz de imaginar ni siquiera un atisbo de lo que desfila por su cabeza. Se humedece los labios. Él no siente dolor por la muerte de su esposa, él quiere celebrar por todo lo alto que ya no esté al abrigo de aquellos muros.
—¿Has venido a decirme esto?
—¿Tú te crees que soportaría un desayuno con ese viejo carcamal si no fuera por ti?
—Adivino que no pudiste escapar de que te despertara aporreando la puerta.
Raquel cierra los ojos en un momento de debilidad y respira. Busca una tranquilidad que en su interior no halla. No cuando le atormentan los fantasmas del pasado y todo lo que la rodea es tan real y palpable que nota el peso de la argolla que mantiene preso su pie y le impide escapar.
—No te equivocas.
Su hermanastra mira la hora en el reloj de pulsera que abraza su muñeca y le anuncia que lo mejor para ella sería marcharse al trabajo si no quiere llegar tarde. Se despide con un beso en la mejilla y abandona el despacho, dejando tras ella una esencia de azahar que entorpece sus sentidos. Siempre ha velado por él, ¿lo haría si supiese que se alegra por la muerte de Teresa? Miguel Ángel no quiere arriesgarse a comprobarlo.
***
Ha pasado toda la mañana callejeando entre turistas y se encuentra agotada. Los pies le duelen a pesar de haberse calzado unas deportivas y en las piernas los calambres la torturan. Ha comido en una bocatería un sándwich que apenas podía morder de lo lleno que estaba. Solo ella sabe el gran esfuerzo que ha tenido que hacer para levantarse de aquella silla que en un principio le había parecido incómoda y que después se había convertido en el asiento más confortable del mundo.
Aún le quedan partes por recorrer del centro histórico. No lo sabe, pero lo sabe. Se ha descubierto escuchando a un guía turístico hablando de los diferentes estilos arquitectónicos de las tres puertas de la catedral. No ha sido hasta su explicación de la puerta románica cuando ha advertido que entendía a la perfección al guía de habla inglesa. Su cabeza le dice que conoce de arte, de esculturas y de monumentos, que sabe idiomas, y, sin embargo, le niega el acceso a su familia, a su trabajo, a la que es su vida.
Abre el portal, encontrándose con su impredecible vecino, quien le sonríe con amabilidad y que está esperando el ascensor. Elena nota que su mirada la recorre de arriba a abajo, como aquella mañana, recopilando información. Le satisface al mismo tiempo que le molesta. Prefiere que se dirija a ella y le pregunte, no que se quede en silencio averiguando hasta lo que no quiere revelar. Ella también puede jugar al juego de adivinar, y el comportamiento extraño de su vecino delante de su puerta la tarde anterior le grita a voces que alberga sentimientos por ella.
—¿No subes?
—Sube tú primero, quiero ver si me han traído cartas.
Busca el buzón de su vecino para conocer su nombre sin éxito, ya que, al igual que el suyo, la plaqueta está en blanco.
—Te espero —insiste.
Elena niega con rapidez, sin mirarlo, haciendo como que busca las llaves en su bolso aun después de haberlas rozado tres veces.
—De verdad, no te preocupes. Ve delante —se apresura a contestarle con amabilidad.
—Como prefieras —añade encogiéndose de hombros.
Aliviada, un suspiro se escapa de entre sus labios sin ser consciente de que está reteniendo la respiración. Su pecho duele, oprimido por sensaciones que no sabe de dónde provienen. Le gustaría poder preguntarle con libertad sobre ellas, sobre muchas cosas, pues parece que es la única persona que la conoce y, sin embargo, hay un cepo en su garganta que se niega a desaparecer. Está tan cansada.
Ensimismada en sus pensamientos, un vecino le roba el ascensor en una planta superior a la suya. Al pasar delante de ella, la saluda con una breve inclinación de cabeza y se marcha sin pronunciar palabra. Se mete en el elevador antes de que se lo vuelvan a quitar y, al cerrar las puertas, le llega un olor familiar. Huele a colonia, a trabajo y a sudor. Cierra los ojos y respira con fuerza. Huele a almuerzos en un bar, a abrazos prolongados y a lágrimas, muchas y muchas lágrimas. Huele a él, y ella es capaz de reconocerlo. Siente que una parte de su cerebro quiere recordar; la otra mitad no está dispuesta a participar.
Al pasar por delante de su puerta, se obliga a no mirarla, a no preguntarse si estará al otro lado esperando verla, tal y como hubiera hecho Elena con él.
Deja las llaves y el bolso encima de la mesa blanca de la cocina y se va directa a su dormitorio para tumbarse y descansar. No pasan más de cinco minutos y su mente desconecta y se abandona a la dulce melodía del sueño cayendo rendida.
Sueña que está en la Torre Eiffel con una amiga, ¿Clara?, ¿Blanca? No, es Susana. Y no es su amiga, es su hermana. Tiene dieciocho años cuando cogen un avión por primera vez, del que tenían billetes reservados dos meses antes de su aniversario. Van a París con una maleta y tres mudas. Duermen en unos hostales a las afueras de la ciudad. Se sienten fuertes y libres. En el avión de regreso, Susana le confiesa que su sueño es convertirse en azafata. ¿Dónde estará Susana?
Una canción de salsa a todo volumen la arranca del mundo onírico. El teléfono descansa a un lado en la almohada y le ataca con la estruendosa música, odiándola con todo su ser. Se reincorpora en la cama y descuelga aún con los ojos cerrados.
—¿Quién?
—Mamá, soy yo. Natalia.
La voz de la niña se escucha débil, al límite de quebrarse en lágrimas y gemidos. Elena se dice que solo por aquella noche dejaría creer a la pequeña que ha contactado con su madre.
—Mamá, hoy ha pasado algo horrible.
Natalia estalla en llanto y en hipidos entrecortados. Elena se espabila en un santiamén e intenta tranquilizarla con palabras, a sus oídos, torpes e insuficientes. Se instala un repentino dolor en su cabeza. De forma inconsciente, tararea una nana que le cantaba su madre cuando era pequeña. Se la cantó una vez que peleó con Susana y terminó haciéndose daño en la rodilla. Elena nunca la golpeó intencionadamente; en cambio, Susana la empujaba con todas sus fuerzas. En otra ocasión, la intentó ahogar con la almohada. En su momento dijo que no lo hizo con intención.
—Mamá, hoy escuché de papá, cuando se encerró en el cuarto, que lo mejor que podías haber hecho era desaparecer de nuestras vidas. Mamá…
Elena espera a que se calme para que le cuente con más detalle lo que ha sucedido. La escucha llorar desconsolada y sorber los mocos por la nariz. No la conoce físicamente, pero imagina a una pequeña niña morena de ojos empañados con agua salada sentada a los pies de su cama, limpiando sus lágrimas con las manos. Escucha sonidos al otro lado del teléfono, sonidos de desconocida procedencia que hacen que Elena tema perder la conexión. La llama por su nombre y no recibe respuesta. Los ruidos no cesan.
—Natalia, abre la puerta. —Elena escucha una voz lejana y femenina.
—No.
Natalia ha escuchado pasos acercarse a la puerta de su habitación y, con rapidez, esconde el teléfono debajo de la almohada. Sus lloros han atraído a su abuela Dolores, quien acude a su encuentro. Desde el otro lado de la línea, Elena duda entre seguir escuchando o colgar.
—Natalia, abre la puerta ahora mismo.
Elena escucha la voz con más claridad que la vez anterior y, sin saber por qué, se siente asqueada al instante. Escalofríos recorren su nuca y más que antes identifica una necesidad imperiosa de finalizar la llamada para apagar la voz de esa extraña. No lo hace porque siente que estaría traicionando a Natalia de algún modo.
Dolores consigue entrar y ya la interroga para saber la naturaleza de sus lloros. La niña le cuenta y Elena vuelve a escuchar lo mismo que le ha oído contar sobre su padre. Espera unas palabras de aliento mejores que las suyas. Lejos de cumplir con sus expectativas, Dolores defiende sutilmente el comportamiento de su hijo. Sus palabras son dulces, pero son envenenadas. Culpa a su madre de lo que ha pasado, de su desaparición, e intenta convencer a Natalia de que su familia siempre va a estar con ella. Elena cuenta hasta cinco veces cómo Dolores le repite que su madre no va a volver y ella misma se pregunta si la madre de la niña ha desaparecido o ha muerto. Cualquiera de las dos opciones es nefasta.
Natalia se ha quedado en silencio y la abuela interpreta que por fin sus palabras han logrado calar en ella y se ha dado cuenta de que la marcha de su madre ha sido la mejor de las bendiciones para la familia. Cuán equivocada está. Tras abandonar Dolores la habitación, Elena escucha de nuevo un chisporroteo en el teléfono que la deja sorda.
—Mamá, ¿sigues ahí?
—Sí —contesta inconscientemente.
—Mamá, tienes que venir a por mí, a salvarme. Me lo prometiste antes de marcharte.
Elena no duda de que la madre de Natalia hubiera deseado escaparse de aquella casa de locos. Sobre todo porque nadie se apena de su marcha.
—No te preocupes. Cuando pueda, ahí estaré. Tú aguanta un poco más.
Se siente culpable después de haber pronunciado aquellas palabras que firman un compromiso que tal vez la madre de la niña no pueda cumplir. Palabras que la niña ha asimilado y se encuentra ya feliz y esperanzada. En un instante, se esfuma la pena para dar rienda suelta a una conversación en la que Natalia cuenta y Elena escucha. Le habla del ocho en el examen de Inglés, de las cuartas gafas de un tal Fede que ha vuelto a romper jugando al fútbol, de los increíbles cuentos que le narra su tía Raquel y de los caramelos de limón del abuelo que compra en un puesto del mercado central.
—Mamá, tengo que colgar. Llamaré mañana.
—Buenas noches, Natalia.
—Te quiero, mamá.
Vuelve a tener la sensación de que en su pecho su corazón se retuerce. Esa noche no quiere cenar, la culpabilidad de mentirle a una niña pequeña le ha cerrado el estómago.
3
La luz irrumpe por el ventanal de la cocina, el aire matutino promete que el día será caluroso. Así lo siente Elena al salir de la ducha y se pone un vestido de botones que se cierran en su pecho. Lo había comprado días antes, cuando descubrió que en su armario solo se guardan ropas viejas y oscuras. Mordisquea desganada la tostada untada de margarina y mermelada de ciruela y se termina, con algo de esfuerzo, el último bocado, que parece resistirse a pasar por su garganta. Recoge sus llaves y su móvil, guardándolo en el bolso. Revisa en la cartera el dinero que tiene y se dispone a salir. Antes de hacerlo, se concentra en la imagen que el espejo proyecta de sí misma. Se ve guapa, sin necesidad de maquillaje, natural y libre. Decide en el último momento recogerse el cabello en un moño despeinado en la coronilla.
El repentino sonido del timbre la asusta y le acelera las pulsaciones. Con la mano todavía sosteniendo su melena y una horquilla en la boca, abre la puerta sin despasar la cadena.
Elena se sorprende de quién ve al otro lado. Le sorprende verlo allí delante de su puerta más relajado que nunca. Le sonríe pícaro, él sabe algo que ella no. Sin darse cuenta de cómo han llegado a esa situación, su vecino la carga en sus brazos y la besa sediento, como si fuera el único oasis en el desierto. Elena le responde con la misma pasión y entre labio y labio se esfuma el aliento descontrolado de ambos. Las ropas se desprenden de sus cuerpos en caricias arrebatadoras, en gemidos entrecortados que buscan al otro. Se dejan caer sobre el sofá y se miran con deseo. El hombre abandona su boca para recorrer con la lengua una línea que llega desde el mentón hasta su cuello, mordiéndole. Muerde, ¡y qué bien muerde! Elena se estremece al sentir su mano cálida masajeando su pecho. Le falta aire, le cuesta respirar. Él sustituye su mano por su boca y ella ya ha perdido el norte.
—Joan…
—Te quiero, Teresa.
Se despierta con la respiración entrecortada y escuchando los latidos desbocados de su propio corazón. «Ha sido un sueño», se repite una y otra vez. Ha sido un sueño y ha sido tan real que podría jurar que todavía siente las caricias ardientes y el rastro de sus besos tatuados en la piel. Se avergüenza de su fantasía y lamenta secretamente no haber podido llegar hasta el final.
La mañana transcurre entre descuidos y despistes. No se percata de que es la tercera vez que repasa el mismo cristal de la ventana, ni de que ha barrido dos veces la misma habitación. Ha olvidado desayunar y cuando se dispone a elegir el atuendo de ese día, duda si ponerse el vestido que tan bien ha quedado esparcido en el suelo en aquel sueño interrumpido. No se lo pone.
Pasa por delante del salón y mira de reojo el sofá rojo, que se mofa de ella. Un pensamiento recorre su mente a la velocidad de la luz: «Es una estupidez de magnitud universal». Y, sin embargo, lo hace. Se acerca al sofá dubitativa y se tumba en la misma posición que en el sueño. Se siente aliviada de que nadie la esté viendo hacer semejante idiotez. Pero con aquella postura, recuerda más vívidamente el sueño y recuerda por qué despertó. «¿Joan?, ¿es ese su nombre? ¿Alguna vez ocurrió algo así entre nosotros? ¿Por qué me llamó Teresa?». Se rebana los sesos intentando recordar si de verdad están relacionados, pero por más que se esfuerza no lo consigue. Le duele la cabeza y llega a la conclusión de que lo mejor para ella será despejarse y salir de aquella celda que la aprisiona.
Casi le da un infarto al encontrarse en el rellano con el intruso de sus sueños. Está alterado y pulsa repetidamente el botón del ascensor. Parece una fiera enjaulada y su expresión no es la mejor. Se hubiera vuelto a meter en casa con tal de no compartir ascensor con él; demasiado tarde para escapar.
—Hola —saluda brevemente él.
Elena le devuelve el saludo. Piensa que es desagradable, quizás tenga motivos. «¿Un mal despertar?, ¿un problema de trabajo?, ¿Teresa te dejó?». Las preguntas se alinean en su cerebro a la espera de formularlas en voz alta, pero el sentido común las mantiene a raya; no es el mejor momento. La tensión es palpable dentro del ascensor, sus hombros no pueden estar más rectos ni sus oídos más alertas a cualquier palabra que pueda decir él. La curiosidad está muy cerca de vencer al sentido común, con una respuesta a una pregunta podían deducirse las demás.
—¿Joan?
El hombre la miró sorprendido con las cejas alzadas.
—¿Me recuerdas?
Elena no sabe qué responder ante esa mirada esperanzada. Ese nombre no le dice nada, ni la idea que se ha formado de la persona que tiene enfrente. Su vecino se muestra ante ella nervioso e inseguro, y tras su silencio, desilusionado. Se acerca a ella y le toca el codo con delicadeza.
—No tardes mucho más, por favor te lo pido. Te necesito más de lo que tú puedas pensar.
Sin decir nada más, Joan abandona el ascensor y sale a la calle, perdiéndose entre la gente. Elena le sigue anonadada y se queda mirando hasta que pierde su cabello revuelto doblando la esquina.
—¿Y quién es Teresa?
***
Natalia se ha terminado los escalopines de pollo y moja el pan en la salsa cuando su abuela no mira. Se esconde tras la servilleta de tela blanca y saborea con placer aquel manjar que, sin duda, es su favorito. Ella no sabe que es observada por Raquel al otro lado de la mesa, quien sonríe disimuladamente mientras se lleva el tenedor a la boca con un pedazo de pechuga. Los niños le encantan, no es ningún secreto, por eso alejarse de la dirección del hotel había sido una de las mejores decisiones de su vida.
En la mesa, Miguel Ángel y Álvaro intercambian opiniones sobre la gestión del hotel. Miguel Ángel, como director, defiende unas posturas de las que Álvaro, como encargado de la parte administrativa, está en contra. Natalia se pierde en términos que no comprende y en palabras complicadas, por lo que pide ir a su cuarto y terminarse allí el postre. Sabe que su tía no pondrá objeción y Dolores está demasiado ocupada en sus pensamientos como para poner atención en ella.
Natalia se va por la escalera del servicio a la quinta planta, donde está el despacho de su padre, para recoger la mochila que dejó escondida detrás de su escritorio. Empuja la pesada puerta y el sonido de sus pasos escapa por las ventanas abiertas. Siempre que se adentra en su territorio, se siente incómoda. Miguel Ángel no es como los demás padres. Su madre se lo hizo saber hace mucho tiempo, aunque ella no entiende por qué él es diferente.
Como una intrusa se dirige hacia el escritorio y se agacha bajo la mesa para recoger su mochila. Una fotografía rota en pedazos en la papelera llama su atención. Reconoce a su madre y la foto es la única en su despacho, la que descansa en un marco caro de horrible color marrón encima de la mesa. Natalia desvía la vista hacia el marco; de la fotografía ha sido cortada la imagen de su madre y solo se la ve a ella con una sonrisa. Se siente tan sola en ese momento. Su niñez le impide saber que el sentimiento que la embarga no es sino resentimiento hacia su padre, que ha arrancado de la fotografía original a su madre tal y como parece haber hecho de su vida.
Está guardando los fragmentos de la fotografía en su mochila cuando la voz de su abuelo Francisco la sobresalta.
—Natalia, ¿qué haces?
Tras él, Tadeo, su hombre de confianza, la mira sin expresión alguna.
Tadeo siempre le ha provocado sensación de terror a Natalia, ella cree que tiene cara de lobo. De lobo malo y hambriento. Por eso no le gusta quedarse en la misma habitación que él ni le gusta que la mire bajo ninguna circunstancia. Su abuelo le había dicho que igual que le protegía a él, le protegería a ella. En aquel instante, en lo único que podía pensar Natalia es en qué había hecho el abuelo para necesitar que lo protegiera aquel hombre que le causa tanto miedo.
El despacho de su padre y el de su abuelo se comunican con una puerta que Miguel Ángel siempre mantiene cerrada a cal y canto. Lo hace adrede porque no quiere que Francisco se inmiscuya en sus asuntos, como hace cada vez que puede.
—Ven, Natalia, dale un beso al abuelo.
Natalia, obediente, se acerca a él y lo besa en la suave mejilla. Él le devuelve el beso, tembloroso, en parte por la edad y en parte por la emoción. No puede tener esa clase de gestos con su nieta, aquella personita tan llena de vida, delante de su mujer y sus hijos. Ellos siempre la apartan de su lado.
—¿Quieres que juguemos en nuestro despacho?
Natalia se alegra al escuchar que van a jugar. Siempre se aburre en ese hotel que es su casa y está lleno de prohibiciones. Su abuelo le promete jugar, le asegura que en su cuarto tiene naipes de todas clases, que guarda un parchís y una oca escondidos detrás de la estantería porque es su pasión y no quiere que nadie sepa de sus tesoros. Le promete que es un trozo de pan, que lo que más desea es pasar un rato agradable con ella. Le pregunta si conoce el ajedrez, él podría enseñarle, como lo hizo con su padre y sus tíos. Natalia se deshace en sonrisas interesadas que sacian el orgullo de su abuelo.
—Vamos, sube a la silla.
La niña, curiosa por saber lo que se siente al ir en silla de ruedas, sube sin pensar y se acomoda sobre sus rodillas. «Es divertido», piensa. Natalia no recuerda haber estado en el despacho de Francisco. Es espacioso, con el mobiliario justo para facilitar la movilidad de la silla. Los muebles son tan antiguos que Natalia cree que está en un museo, y se lo hace saber a su abuelo, quien se ríe por la ocurrencia de la niña.
—Tadeo, por favor, espera fuera.
Él les ha seguido a un metro de distancia, marcando lo que él cree un límite invisible entre ellos, lo suficiente para tenerlo vigilado y protegerlo en caso de ataque, y para otorgarle una privacidad que raramente Francisco pedía. Por esa razón, al escuchar la orden, su máscara carente de expresión se resquebraja.
—¿Disculpe?
—Que me dejes a solas con mi nieta.
Tadeo sabe que no debe hacerlo. Un oscuro presentimiento se aferra a él desde que ha visto esos ojos azules dilatados al ver a la niña. Tadeo sabe cosas que le han contado. Dolores no lo contrató para proteger a Francisco, lo contrató para que lo mantuviera vigilado. «Bajo ningún concepto se puede quedar a solas con ella». Sí, esas son las palabras exactas que le dijo Dolores.
—Señor, yo…
—¡Márchate ya si no quieres que te despida!
Tadeo observa con detenimiento el rostro de Francisco buscando resquicios de dudas. Ni un ápice. Se está conteniendo y el ayudante está convencido de que, de no ser porque tiene inservibles las piernas, habría abandonado su inseparable silla, le hubiera pegado un puñetazo y le habría sacado a patadas del hotel. Volvería a las andadas y escucharía con la oreja pegada a la puerta como se hacía antes. Resignado, sale del despacho no sin antes echarle una última mirada a Natalia, quien ríe por alguna tontería que ha dicho su abuelo. Francisco, al escuchar la puerta del despacho cerrarse, sonríe ladino escondiendo la nariz entre el pelo de la niña y aspirando el olor a camomila de su champú.
Natalia descubre en una de las esquinas de la oficina una mesa de ajedrez con un tablero ya montado.
—Abuelo, es eso, ¿verdad?
Francisco asiente y la conduce hasta quedarse del lado de las piezas blancas. Ese ajedrez es su tesoro más preciado. Brillante por el barniz, reluce como oro cuando el sol le roza. La madera antigua, más antigua que él mismo, es oscura como el chocolate y consistente. Un cordón negro tallado en la madera rodea el tablero y cada borde lo delinea un delicado hilo de oro. Las esquinas ya están redondeadas por el tiempo, aunque una vez fueron puntiagudas. Las piezas negras, más oscuras que el carbón, poderosas y fieras; las blancas, de auténtico marfil, valientes y guerreras. Todas ellas guardan hasta el más mínimo detalle, imposible no maravillarse sin preguntarse cómo tiempo atrás se podía tallar con tanta precisión con herramientas rudimentarias.
Francisco tiene una teoría y se la hace saber a Natalia. Aquel ajedrez posee poderes mágicos capaces de desvelar la naturaleza de una persona. Cada pieza se define con un carácter y ella misma te atrae a cogerla. Una manía de viejo, pudiera ser. Por esa misma razón, lleva a todos sus conocidos al menos una vez a su despacho y les ha mostrado el ajedrez. Según él, ha descubierto a muchos mentirosos. Natalia no le presta realmente atención a las palabras del anciano, así que sin meditarlo mucho, coge una de las torres blancas en su mano, dejando estupefacto a su abuelo.
—Como tu tía…
—¿De verdad?
Natalia vuelve su cabeza en dirección a Francisco y le descubre mirándola. No puede desvelar ese secreto que guardan aquellos ojos azules que la desconciertan. La niña empieza a sentirse incómoda, no quiere estar allí. Hace un amago de bajarse de aquellas delgadas e insensibles piernas que es interrumpido por el anciano.
—Te voy a explicar cómo se juega.
Francisco parlotea palabras a las que Natalia no atiende. Ella no quiere estar allí con él, sintiendo el aliento contra su cuello y respirando el fuerte olor a tabaco que lo rodea. Una de las manos de él descansa sobre su rodilla, que, de forma diestra, comienza a deslizarse de abajo hacia arriba por la parte externa de la pierna de Natalia.
—Abuelo, quiero irme.
La voz temerosa suena como un susurro. Si Francisco la escucha, no hace señales de ello; continúa con su perorata explicando cada pieza. La mano baja hasta rozar el borde de los calcetines y sube recorriendo con sus yemas la carne joven y tierna.
—Abuelo…
La puerta del despacho se abre de par en par rompiendo la atmósfera de la que Natalia quiere escapar. En el umbral, Miguel Ángel es la rabia encarnada. A su lado, Álvaro observa con los ojos desorbitados y el pecho acelerado. Miguel Ángel, preso del odio, avanza a zancadas hacia su padre.
—Natalia, a tu cuarto. ¡Ya!
Natalia le obedece sin poner resistencia y sin mirar atrás. Los pasos de ella se pierden en el pasillo.
—Te prohíbo que la mires. Si lo haces, estás muerto, ¿me oyes?
Miguel Ángel sostiene a Francisco por el cuello de la camisa levantándolo unos centímetros de la silla. Su cuerpo se mece en el aire como un muñeco de trapo mientras sus manos intentan aflojar las de su hijo. Se puede ver la chispa del pánico en aquellos ojos azules que ninguno de sus hijos heredó. No habla ni se intenta excusar, porque sabe que no engañará a nadie. Álvaro hace aparición detrás de Miguel Ángel, por fin despertando de su propia pesadilla, y abraza a su hermano.
—Suéltalo, Miguel. Cuidaremos de que no le haga nada a Natalia ni a nadie.
Miguel Ángel suelta sin delicadeza alguna al anciano, quien tose recuperándose por la falta de aire, y empuja violentamente a su hermano.
—¡Déjame en paz! Si lo vuelvo a ver cerca de Natalia, me aseguraré de matarlo.
El hombre, adueñado por una cólera que le quema las entrañas, sale del despacho como alma que lleva el diablo. Vociferando insultos amortiguados por aquellas paredes insonorizadas y rompiendo varias macetas del pasillo. Álvaro mira a su padre con odio, con los ojos vidriosos bañados en amargura.
—Papá, otra vez no.
El anciano reniega sin tomarle en serio. Gira con esfuerzo en la silla que le encadena y se dirige a la puerta.
—Papá, si le haces algo a Natalia, no será Miguel Ángel quien te mate. Seré yo.
Miguel Ángel va dejando una estela de destrucción allá por donde pasa. Él también quiere destruir, quiere gritar, pero no lo hará. Se esconderá en su habitación a dejar que lo consuman los recuerdos, las lágrimas y el alcohol.
***
Sentada en el viejo sofá rojo, se desenreda el cabello mojado. Es hora del espacio publicitario en el canal y Elena se queda embobada mirando un anuncio de zumo de naranja. Un spot sucede a otro, hasta que termina de peinar su cabello y la televisión no da señales de regresar al programa que está viendo. A su lado, el móvil se agita violentamente mostrando el nombre de Natalia en la pantalla.
—Hola, Natalia. ¿Cómo estás?
Natalia le cuenta que ese día no ha ido al colegio y ha pasado toda la mañana y parte de la tarde en el hotel.
—¿Hotel?
—Claro, mamá. Vivimos en un hotel.
—¿Qué hotel?
—Flor de Azahar.
Y por razones que Elena desconoce, sabe de qué hotel está hablando. Hotel Flor de Azahar, en la calle de la Paz, con enormes portones restaurados de un grosor superior al de las paredes de algunos pisos y con picaportes antiguos de color de oro viejo con la única función de decorar. La mente de Elena, como en un sueño, la transporta a ese lugar y siente que ya camina por ese suelo enlosado negro y repulido. Unas segundas puertas de cristal correderas se abren dejándola pasar. Los azulejos del pavimento han cambiado, tienen una tonalidad beis, y en ellos se reflejan las luces de la lámpara, que la deslumbran. En la recepción, un hombre y una mujer vestidos de traje negro charlan animadamente.
—¿Mamá?
—Perdona, me he distraído. ¿Qué decías?
—La tía Raquel me ha puesto un ocho en Lengua. Me lo ha dicho antes que a los otros niños, aunque lo tengo que mantener en secreto porque, si no, los demás se enfadarán.
Elena asiente a pesar de que Natalia no puede verla. Se pregunta si está haciendo bien al no rectificarla cuando la llama mamá. Le parece extraño estar familiarizada con la palabra madre sin haber tenido hijos.
—El tío Álvaro y yo hemos jugado toda la mañana al fútbol. ¡Le he marcado seis goles! No le digas que te lo he dicho yo, pero es un portero malísimo.
La mujer sonríe divertida pensando en aquel hombre sin cara que se le antoja una bellísima persona.
—¿Qué más me cuentas?
La niña tarda un poco en contestar y Elena piensa, sin equivocarse, que en realidad la niña le ha llamado para contarle algo en concreto y está divagando con trivialidades.
—Mamá… —vacila—, yo… creo que tengo miedo del abuelo. No se comporta como un abuelo normal. No es que conozca a muchos, pero el de Martina no la trata igual.
—No entiendo.
—Pues verás, el abuelo de Martina le compra chuches y la lleva todas las mañanas al colegio. Pero el abuelo no hace nada de eso.
—No todos los abuelos son iguales, cariño.
Elena intuye que hay algo más que no está mencionando. Le insiste hasta que averigua que no posee movilidad en las piernas. Elena le quiere hacer comprender que si no puede acompañarla al colegio, quizás es por esa razón.
—No, no me refiero a eso. Yo creo que la abuela, papá y los tíos saben a qué me refiero, porque ellos no me dejan que esté cerca de él.
—¿Sabes si está enfermo? —pregunta.
—No, no. Hoy me lo encontré en el despacho de papá y me pidió que fuera a jugar con él. Me dejó subir en su silla y todo, ¿sabes? Pero luego… no me quería dejar bajar —añadió en voz muy baja—. Me estaba tocando las piernas aunque yo le dije que no quería. Papá se enfadó mucho cuando nos vio.
Elena, estupefacta, se queda sin palabras. Le vienen a la memoria las noticias de los últimos días, las de los niños desaparecidos. Esas situaciones que parecen tan lejanas y, en verdad, nunca lo están. Darse cuenta de que el peligro es invisible, está al acecho y cuando quiera se decidirá por ti.
No posee todos los detalles, pero si los familiares de Natalia no querían que estuviese cerca de ese hombre, sería por algo. «¿Y sus padres consienten vivir bajo el mismo techo sabiendo de los gustos estos?».
—Natalia, haz caso a tu familia si dicen que no te acerques a él. Prométemelo.
—Vale, mamá.
Natalia continúa hablando por teléfono con Elena por quince minutos más, dejando atrás al abuelo Francisco en la conversación. No está ausente en la cabeza de Elena. Se cuestiona preguntas que seguramente jamás tendrán respuesta. No debe involucrarse más con Natalia; de hecho, es su intención ante todo, pero las acciones de aquel vejestorio no se pueden pasar por alto. Quizás no es nada y quizás lo es todo.
—Mamá, hablamos mañana, que tengo sueño.
—Claro. No te preocupes y ve ya, que es muy tarde.
—Sí, mañana viene la tía Susana de Brasil. Seguro que me trae un regalo, siempre lo hace.
—¿Tía Susana?
—Sí, tu hermana.
Natalia se despide de Elena entre bostezos y cuelga dejando confusa a Elena, quien intenta encajar la nueva información. El mundo a su alrededor gira a velocidad de vértigo y la desorienta. Por eso no escucha las noticias de última hora, otro niño desaparecido en Valencia en extrañas circunstancias.
En su mano sostiene el teléfono móvil con el nombre de Natalia en la pantalla de llamadas recientes. Una sensación le ahoga el pecho. Todos sus pensamientos de preocupación se dirigen hacia ella, que ya en la cama, en el mundo de los sueños, no sabe que alguien la observa dormir mientras le acaricia la pierna que ha liberado de entre las sábanas en busca de una frescura de la que carece esa noche.
4
Lunes, 23 de abril a las 18:21 h.
Por la calle Bailén, justo al lado de la estación del Norte, una niña se asomaba para mirar a través de las mugrientas ventanas de un bar. El camarero, amigo íntimo de sus padres, no dejaba de vigilar la calle desde la barra esperando verla para hacerle el chiste de turno y tirarle de las coletas. No le apetecía verlo y aguantar sus tonterías sin gracia.
—¿Te ocurre algo?
La niña no le contestó, se quedó embelesada al ver aquel coche descomunal incapaz de poder articular palabra.
—¿Te gusta el coche?
Gustar era decir poco. Era una fanática del mundo del motor y el brillo del automóvil la atraía como la miel a las moscas.
—Me encanta.
La voz del camarero llamó su atención, pues se reía como un loco con otro cliente.
—Evito a ese —dijo señalándolo desde la distancia—. Siempre que me ve, me tiene que decir algo o tirarme del pelo. No me gusta, es desagradable.
—¿Dónde está tu casa?
—En la esquina.
—Entra, te acerco y así no te verá ese tío.
Isabel abrió los ojos como platos, sin pensar en el peligro. Solo pudo pensar en la suerte que había tenido de poder ver el interior de aquel fabuloso coche.
—¡Vale!
***
La llamada a su teléfono móvil el día anterior ha vuelto del revés la operación. Otro niño se suma a la lista de los desaparecidos en aquel mes, o como le gusta proclamar a la prensa, ha sido raptado por el Butoni. Hasta el momento, el culpable de las desapariciones ha sido muy minucioso y se ha llevado a los niños sin dejar ninguna huella. Por alguna razón, empezaba a ser menos cuidadoso y ha dejado algunas pistas que podrían rastrear sin pisar la ilegalidad. Su mentor se hubiera echado las manos a la cabeza si le hubiera visto semanas atrás organizar un operativo con una civil sin experiencia. Está desesperado.
—¿Ya han salido los resultados del laboratorio?
Joan niega apesadumbrado, pues si bien tienen nuevas pistas, no son muy reveladoras.
—En la bolsa de deporte del crío no han encontrado huellas. Por la ubicación de la mochila y la ropa, podemos suponer que desapareció durante el entrenamiento o al acabarse, ya que el uniforme del colegio sigue dentro. Está lejos de cualquier centro y de los campos de fútbol que hay en el río, por lo que el culpable debió deshacerse de ella cuando ya lo cogió y se aseguró de que no pudiera darle problemas. Existe una posibilidad de que sean dos sospechosos o lo que ya barajábamos en un primer momento, una banda organizada. Aunque, sinceramente, no lo creo.
Su superior asiente escuchando con atención. Se aproxima a él, mirando de reojo a los otros policías que trabajan en la comisaría sumidos en su propio caso, y susurra a una voz que solo puede escuchar él:
—¿Cómo está tu amiga?, ¿ya nos puede ayudar?
Impotente, Joan suspira dejando caer sus hombros.
—Me temo que no. Hablé con el médico en el hospital: revelarle demasiada información podría suponer un trauma, no puedo hacerle eso.
—Joan, no puedo pedirte esto como tu superior porque no es legal y lo que obtengamos no lo podríamos presentar delante de un jurado. Pero como amigo, como padre de dos niños, no puedo permitir que esto siga ocurriendo. —Pega un manotazo en la mesa, sobresaltando a los que están cerca—. ¡Por el amor de Dios! Esa familia es intocable, necesito cualquier excusa para entrar en ese hotel. No tenemos tiempo.
***
Los finos tacones la llevan hasta la puerta del despacho de Álvaro, encontrándola entreabierta. Raquel reconoce la voz chillona de su cuñada, con la que nunca ha llegado a llevarse bien. Siempre le ha parecido poco para su querido hermano, quien es demasiado bueno con todo el mundo. Ambos discuten acaloradamente creyendo la puerta cerrada. Como siempre sospecha, se la escucha más a ella que a Álvaro.
—La custodia de las niñas será mía, ¿me oyes? Y si quieres verlas, será conmigo delante. Como me entere de que intentas lo contrario, será la última vez que las veas. ¿Está claro?
—Hablemos de esto tranquilamente —se le escucha decir con tono conciliador.
—¿Crees que no he visto cómo las miras con esa cara de… —hace una pausa, buscando la mejor palabra para describirle y que le cae como un balde de agua fría— de guarro asqueroso que tienes?
Raquel irrumpe en el despacho con ganas de estrangular a Julia. La mirada perdida de su hermano la desarma.
—Ya salió doña perfecta, ¿no te enseñaron a no escuchar conversaciones ajenas?
—Esto no va a quedar así. No puedes decir esas mentiras de mi hermano y pensar que te vas a quedar impune. Hablaremos con un abogado y…
Julia ríe, amargada, con expresión de repugnancia en su rostro.
—¿Mentiras? ¿Le has visto la cara? Si hay alguien que está mintiendo es él. Os tiene engañados a todos.
Con los ojos aguados, temblando de pavor, le recuerda a aquel niño asustado que huía de su padre cuando este, borracho, aporreaba sus habitaciones en la última planta buscando a un fantasma. Repara en que el olor del whisky que empañan sus recuerdos está presente en la habitación y proviene del minibar. El miedo penetra desde la punta de sus tacones y trepa por sus piernas.
—¡Vete de una vez! ¡No vuelvas a esta casa! ¡Fuera!
Julia se queda sin habla por los gritos repentinos y se aleja tan rápido como le permiten sus pasos. Detrás de Raquel, Álvaro se acerca con lentitud, asustado.
—Raquel, yo…
—No, no me digas nada. No quiero saberlo. —Le evita, pues piensa que su voz se romperá, mas su mensaje era claro—. No te acerques, no me toques.
***
La sorpresa es mayúscula cuando Susana encuentra a Miguel Ángel recostado sobre la puerta del copiloto, ignorando los insultos que le dedican los taxistas por ocupar su zona reservada a la salida del aeropuerto. Se siente agasajada cuando este le abre la puerta mientras deja que su mirada lasciva recorra todos los recovecos de su cuerpo. Percibe su deseo y le encanta. Por fin tiene la atención de aquel hombre que, a su parecer, le había sido arrebatado por su hermana.
Se marchan al pequeño y lujoso piso de Susana a las afueras de Manises, muy próximo al aeropuerto. Todavía no ha llegado el ascensor al último piso cuando sus ropas estorban y un calor sofocante nubla sus sentidos. Las piernas de ella se sujetan a la cintura del hombre, que sin despegar sus labios de los de Susana, se deleita en masajear la redondez de sus pequeños glúteos. Susana, salvaje, mordisquea sus labios entorpeciendo la tarea de abrir la puerta. El ardor del momento no les deja desnudarse y en la primera superficie sobre la que pueden apoyarse dan rienda suelta al frenesí. Susana grita tan fuerte que los vecinos de al lado ya saben que ha llegado del trabajo y no lo ha hecho sola.
***
Camina por la Gran Vía refugiándose del calor bajo los árboles que viven en el paseo. Acaba de salir de comer de uno de los muchos restaurantes que por allí se encuentran. Se arrepiente de haber salido tan tarde a comer con treinta y cinco grados a la sombra, el camino de vuelta a casa es eterno. No espera encontrar a nadie allí a las cuatro de la tarde y, aun así, puede ver en algunos asientos de madera a unos jóvenes enamorados que se besan sin nada que les detenga.
Aquella mañana no la ha llamado Natalia y añora escuchar a esa parlanchina a la que parece que le den cuerda. La noche anterior la había dejado preocupada y con muchas preguntas. Teme que las coincidencias no sean coincidencias: ¿y si de verdad es ella su madre?, ¿ha sido capaz de olvidar a su hija?
Va a cruzar la avenida y se detiene en el paso de peatones acatando las órdenes del semáforo en rojo. En la otra acera está Joan mirándola fijamente. Su semblante es serio, y su postura, rígida. Verlo así le causa un escalofrío, su apariencia la intimida.
Elena levanta la mano y lo saluda con una sonrisa leve que deja a Joan desprevenido. Por una fracción de segundo, la dureza de su expresión se relaja y, aunque ella está muy lejos para advertirlo, puede verse que está aliviado. Joan tiene una misión que cumplir y esta no va a ser fácil para él: debe hacerle recordar su verdadera identidad.
El semáforo cambia a verde y ambos se mueven. Los pasos de él, rápidos, largos y seguros; los de ella, queriendo ser encontrados. Teresa va a seguir su camino, dirigirse a su casa e intentar recordar quién es.
—Necesito hablar contigo, por favor. Es urgente.
Quizás es el tono de su voz, suplicante, quizás su propio deseo de querer recordar. De otra manera, ¿cómo habría vuelto al caluroso paseo de la Gran Vía?
Un silencio incómodo les rodea a la espera de que uno de los dos se atreva a romperlo. Joan intenta buscar las palabras correctas para comenzar.
—¿De qué querías hablar? —pregunta tímida.
—De ti.
Corto, conciso. Joan se pregunta si es mejor sentarse en alguna cafetería con aire acondicionado. Teresa ya no es consciente del calor.
—Cuéntame.
—Necesito que me escuches con atención y con la mente abierta, debes creerme. —Busca su asentimiento y prosigue con su discurso—: No te llamas Elena, tu verdadero nombre es Teresa Roig.
Joan pronuncia la información despacio, dándole tiempo a procesarla. Teresa saborea su nombre y lo encuentra familiar.
—Hace dos semanas tuviste un accidente en lancha, despertaste a los dos días con una fractura leve en tu muñeca y la pérdida de memoria. Tú misma provocaste el accidente, querías hacer creer a todo el mundo que habías muerto.
—¿Por qué haría yo eso?
—Lo desconozco. Aunque tengo una teoría y espero que me la confirmes cuando puedas recordar. ¿Te encuentras bien?
Ha tenido días mejores, pero sus ansias por esclarecer el pasado la dominan.
—¿Por qué en la documentación aparezco como Elena?
—Eso me lo tendrás también que explicar.
—¿Por qué sabes todo esto? —Antes de que Joan responda, ella contesta a su propia pregunta—: Eres policía. ¿He hecho algo malo?
Desde que comenzó su servicio, había escuchado infinidad de veces esa pregunta, formulada en muchos tonos y siempre acompañada de un par de ojos que reflejaban sentimientos dispares. Está convencido de que Teresa no es del todo inocente, pero nunca podría tacharla de culpable.
—Intentabas sobrevivir. Eso es todo.
—¿Cómo es que tú y yo nos conocemos? ¿Me estás vigilando?
Parece meditar sus palabras, indeciso en qué revelarle y que no. Decide postergar esas cuestiones y lleva la conversación por otro rumbo.
—Quiero hablar de ti ahora y de lo que seguro que te estás preguntando desde hace días. Natalia…
No es necesario que termine la oración, sus ojos se llenan de lágrimas. Desde la noche anterior, y desde mucho antes, ella ha estado barajando esa opción, pero le había parecido tan increíble que no podía ser cierta. Como una pelota de ping-pong, la voz de Joan rebota en las paredes de su mente repitiendo una y otra vez lo que más se ha temido.
—¿Yo soy… su madre?
Joan asiente y coge las manos temblorosas de Teresa, que ya no encuentran lugar al que anclarse. Su garganta se cierra y la voz amenaza con marcharse.
—¿Sabes cuántas veces le colgué el teléfono y le dije que no era su madre?
La abraza susurrándole palabras de consuelo y con cariño la besa en la coronilla. El calor vuelve a ser sofocante entre hipidos y agua salada. Siente su cabeza estallar. Y ya no puede negarlo, porque cada vez que pronuncia «Natalia», no ve un nombre, vislumbra a una niña de diez años morena con dos coletas bajas que posee una risa tan escandalosa que se escucha hasta en la luna. Natalia tiene los ojos verdes de su abuelo, el padre de Teresa, y la nariz respingona de Miguel Ángel. «Miguel Ángel», repite su mente. «Miguel Ángel», se encienden los faros de lucidez y de memorias. Miguel Ángel.
Le falta el aire, por más que abre la boca, este se desvanece y ella se ahoga. Hiperventila, su pecho sube una y otra vez. Sin estar presente, solo de imaginar su persona, la asfixia. Está teniendo un ataque de ansiedad. Joan la coge de la nuca con ambas manos y acerca su rostro al de ella sin tocarla, le susurra que no está sola, la ayuda a respirar. No necesita ser un gran detective para saber a quién acaba de recordar y la ha puesto en tal estado.
Poco a poco, Teresa recupera el control de sí misma, es más consciente de Joan y de la forma en la que la mira. De alguna manera, está implicado emocionalmente con aquello. No le incomoda su cercanía, no como hubiera pensado en un primer momento, la encuentra reconfortante. Pero el miedo de que Miguel Ángel pueda estar cerca la hace separarse de él.
—¿Crees que dejé atrás a mi hija para huir de mi marido? —cuestiona angustiada.
—No lo creo, te conozco —le asegura—. Tú no eres así.
—¿De qué nos conocemos? —repite Teresa.
Joan vacila por unos breves segundos. Echa un rápido vistazo a su alrededor, están solos en la avenida. Los coches pasan veloces superando el límite de velocidad permitido dentro de la capital, aprovechan que el calor les da la privacidad necesaria para sentir que la ciudad es suya. Los pájaros no pían, se bañan en las fuentes con los picos entreabiertos y han dejado que las chicharras lleven la voz cantante por un rato. Ella espera su respuesta, más tranquila, pero ansiosa por seguir rellenando espacios vacíos de su memoria.
—Habrás escuchado la noticia de la desaparición de los niños, se oye en todos los medios. Tú me estabas ayudando.
—¿Yo? —pregunta con incredulidad—. ¿Cómo podría? No soy policía, ¿verdad?
—Eres mi confidente.
—¿Solo soy tu confidente?
Joan miente porque no quiere ocasionarle más problemas de los que ya le ha provocado, ella no lo merece. Teresa no necesita ser policía para averiguar que está mintiendo. Recuerda la aspereza de su barba cuando él la besó en la mejilla, centímetros más abajo de donde Miguel Ángel una vez le propinó una bofetada.
—Sí.
—Ya veo.
Transcurre cerca de media hora, los dos en silencio. Joan le da tiempo a asimilar los recuerdos que llegan a la mente de Teresa a cuentagotas. Puede ver cómo se crispa su rostro, cómo frunce el ceño pensativa o se alzan las comisuras de sus labios en una sonrisa lánguida. Mientras, acoge entre sus manos las suyas, no queriéndolas soltar en muestra de apoyo. Necesita poner en orden sus pensamientos si quiere ayudarla, debe hacerlo para no provocarle mayor impacto a esa mente desorientada.
—Quiero ver a mi hija, por favor.
Incapaz de negarse a su petición, asiente en una afirmación muda y se levanta de aquel banco de madera. Caminan hacia el centro y, sin que Teresa se percate, pronto es ella quien lidera en el trayecto. Entiende en aquel mismo instante por qué se quedó mirando el colegio Lluís Vives frente a ella el día anterior.
Se quedan en la acera, justo enfrente del edificio, observando como los padres se agolpan en la puerta a la espera de que salgan sus hijos. Teresa quiere acercarse, pero se contiene y se aferra al brazo de Joan para no ceder a sus impulsos.
Sus ojos buscan entre los adultos que allí están, queriendo ver si reconocen a alguien. El corazón casi salta del pecho cuando divisa la figura de su marido enfundada en uno de sus habituales trajes negros. Al lado de él, Susana lo abraza quedando a la altura de su pecho como si fuera una niña pequeña.
—¿Se supone que estoy muerta? Mi hermana no ha esperado mucho para lanzarse a sus brazos. No sabe lo que le espera.
Natalia aparece, acompañada de otras niñas, riendo y hablando sin saber siquiera para cuántos es el centro de las miradas. Vislumbra a su padre y a su tía entre el gentío, quien se ha separado prudencialmente y su actitud alegre cambia. Más seria, con cabeza gacha y pasos cortos. Sumisa y recatada.
No saben de qué hablan, pero el lenguaje corporal de la niña se lee a larga distancia. No está cómoda con la presencia de su padre. Detrás de la niña aparece una figura femenina, quien deja caer una mano en su hombro y les sonríe.
—Es Raquel, la recuerdo. Es profesora y tiene una mano con los niños impresionante.
Asiente contento por la manera en la que están sucediendo los hechos. Se van juntos hacia la plaza del ayuntamiento y pronto los pierden de vista. Joan se sorprende por la contención de Teresa. Había esperado que quisiera seguirles, acercarse incluso y abrazar a su hija, pero esta parece desganada sin quitar la vista de la calle por la que se han marchado. Su teléfono vibra en su bolsillo y con la mano libre se las arregla para descolgar.
—Inspector Martí.
Joan siente que se convierte en el centro de atención de ella y que le observa cada centímetro de la cara sin esa timidez que la había abrazado desde el accidente. Termina con la llamada y le devuelve la mirada.
—¿Otro niño?
—No exactamente. No puedo decírtelo.
—Si no me lo cuentas, ¿cómo voy a ser una buena confidente y saber dónde buscar?
—¿Vas a ayudarme? —pregunta extrañado.
Teresa sonríe débilmente, no siente todos los ánimos consigo, pero debe ser sensata. Ha quedado demostrado que su plan inicial, sea cual sea, no había funcionado y precisa de su ayuda.
—Necesito que vayas a casa, te relajes y me esperes a que llegue. Tenemos muchas cosas de las que hablar. Si no quieres ir a casa, al menos aléjate de esta zona y quédate en Ruzafa. Intentaré ir lo más rápido posible.
Asiente y, al soltar su agarre, la sensación de vacío y desamparo la invade.
—¿Estás bien?
—No, pero lo estaré.
5
Lunes, 30 de marzo a las 18:13 h.
Ataviada con un vestido de tenis, devolvió con fiereza las pelotas que su compañera le lanzaba. La joven tenista seguía las instrucciones que su maestro le gritaba desde el lateral, se sentía como una de sus heroínas de la pista. En una de las gradas, su hermana, con diez años de diferencia, cotilleaba junto a su amiga sin poder quitarle los ojos de encima al atlético entrenador. Le llamaban entre risitas coquetas y silbidos, y él se mostraba indiferente, únicamente le prestaba atención a la pequeña Lidia, que daba lo mejor de ella misma raqueta en mano.
Terminado el entrenamiento, se marcharon las hermanas al vestuario. La pequeña se duchó y se lavó el pelo. La mayor se cambió de ropa y salió a toda prisa para encontrarse con el entrenador, por el que perdía la cabeza. Media hora más tarde, la siguió Lidia oliendo a champú de fresas y colonia dulce. Su hermana seguía acaparando la atención del chico, aun cuando él enviaba alto y claro señales de no estar interesado. Lidia suspiró y su estómago rugió.
—Vaya, alguien está hambrienta.
—No he merendado y me comería una vaca. —Se cruzó de brazos molesta—.Y encima tengo que aguantar a que acabe de hacer el ridículo. —Señaló a su hermana—. Si ni siquiera le cae bien, yo le caigo mejor.
Con los ojos fijos en la bolsa de papel que tenía en las manos, le preguntó:
—¿Esa es tu merienda? ¿Qué es?
—Una magdalena de chocolate, toda para ti si la quieres.Yo tengo más en el coche —dijo acercándole la bolsa—. Mi hermana una vez me hizo lo mismo.
La niña devoraba con ansia la magdalena, llenando sus carrillos y manchando sus labios de chocolate líquido.
—¿Y qué hiciste?
—Me escondí en un lugar para que no me encontrara y así aprendiera una lección.
Ella saltó animada por la idea.
—Sí, vamos a hacerlo y así escarmentará.
***
El reloj de la cocina marca el paso del tiempo, implacable y más lento que nunca. La casa está en penumbra, únicamente la luz de la televisión emitiendo un programa de entretenimiento ilumina el salón. Teresa la ha encendido para apagar el silencio, ni siquiera le presta atención.
Si bien ha regresado al barrio de Ruzafa tras su conversación con Joan, estuvo dando vueltas a la manzana por un largo tiempo, soportando el sol de justicia hasta bien tarde. Cavila y escarba en lo más profundo de su memoria, ha llegado a recordar detalles y sucesos. Se pregunta cómo se ha metido en tal lío y si sería capaz de salir.
Se acerca la hora de la cena y Joan no ha venido, tampoco la ha llamado. Aunque tampoco sabe si tiene su número. Desea de corazón que no le haya ocurrido nada malo a otro niño. Imaginarse la posibilidad de otra víctima le trae a la mente la carita de su pequeña y querida Natalia. Espera que no le guarde rencor algún día, pero si hay algo de lo que está segura es de que tienen que salir ambas del hotel de los horrores lo antes posible.
El ascensor se escucha llegar al rellano y Teresa, impaciente, se asoma a la mirilla con la luz apagada. Reconoce la mata de pelo negro oscura y abre la puerta.
—Tardaste mucho.
Joan sonríe, cansado; demasiada acción últimamente. En su mano izquierda lleva dos bolsas con comida china y se las acerca.
—Ve comiendo. Voy a ducharme y vengo.
No le da tiempo a replicar porque él ya ha desaparecido tras la puerta de su casa, y resignada lleva las bolsas a su cocina. El olor de la comida le hace la boca agua y recuerda entonces que no ha comido nada en toda la tarde. Con curiosidad va destapando cada envase, picoteando lo que ve más apetecible. Abre la nevera y, de pronto, los tercios de cerveza cobran sentido. Un pequeño sorbo al botellín después de un largo suspiro consigue apaciguarla. Entonces recibe una llamada al teléfono con el nombre de su hija. Deja la cerveza en la mesa y descuelga el teléfono, insegura.
—Hola, Natalia. —Traga saliva intentando tranquilizarse—. ¿Cómo estás, cariño?
Le contesta con susurros, pues no quiere ser escuchada por nadie en su escondite secreto, el tramo de escaleras que comunica la cuarta planta con la quinta.
—Mami, te echo de menos, ¿cuándo vienes? Yo no sé qué le pasa a tía Susana, pero parece que quiera convertirse en ti. Me ha soltado un rollo de no querer ser tu sustituta y de que confíe en ella. Cuando se lo conté a la tía Raquel, se enfadó mucho.
—No le hagas caso a lo que te diga tu tía Susana.
Joan llama a la puerta con sus nudillos y Teresa, después de cerciorarse de que es él, le abre. Teresa ríe por una tontería que le ha dicho su hija y Joan, satisfecho, se recrea en la imagen de la mujer relajada delante de él. Una Teresa despreocupada, despeinada, enfundada en ropa deportiva tres tallas más grandes que la suya, mostrando un hombro por el cuello de la camiseta y bebiendo entre risas cantarinas.
—Pronto.
Él espera a que termine de hablar con Natalia y se sirve otra bebida. A los pocos minutos, Teresa se sienta frente a él y juega con la etiqueta de su cerveza.
—¿Podemos… podemos no ponernos serios hasta acabar de cenar? Necesito un respiro.
Joan está de acuerdo y hablan de todo y de nada a la vez. Disfrutan de la comida china, algo fría, y de un par de botellines cada uno. Los platos se vacían y algunos granos de arroz y unos cuantos guisantes se han quedado huérfanos encima del mantel. El olor a aceite frito y a huevo flota entre ellos, aun sin comida presente. Teresa formula la pregunta que baila alrededor deseando salir a la pista.
—¿Quién empieza?
—¿Cómo te sientes ahora mismo?
—Fatal. —Teresa baja la cabeza y coge el ticket de la comida torturándolo una y otra vez—. Me siento culpable de estar bien, ¿tiene eso alguna lógica?; de haber podido escapar de Miguel Ángel; de haberme olvidado de Natalia, a pesar de que la quiero con todo mi ser. También intranquila por estar aquí mientras ella está en el hotel del infierno. Egoísta porque no puedo pensar más que en mí misma y en mi niña en lugar de en los pobres desaparecidos con los que te tengo que ayudar. Y aquí estoy, bebiendo contigo.
—No te fustigues, has pasado por mucho.
—Tengo miedo —confiesa— de Miguel Ángel, de volver, de lo que pueda hacerme. Tengo miedo de que Natalia un día me diga que la abandoné. Tengo miedo de… —esquiva su mirada— de ti. No recuerdo exactamente quién eres.
—Yo no soy Miguel Ángel —añade serio, frunciendo los labios.
Le molesta esa confesión, ¿cómo no hacerlo después de todo lo que han pasado? Pero no se deja llevar por ese pensamiento. Callados, se miran sin saber cómo continuar.
—¿Quién empieza? —interrumpe Teresa, y Joan sabe que se ha vuelto a encerrar en sus sentimientos.
—Nos conocimos en el Bar de Carlos, por el Bulevard Austria.
—Cierto. Natalia tendría cuatro o cinco años. ¿Por qué irnos tan hacia atrás?
Joan cree estar pisando un campo de minas que, en un descuido, empezarán a explotar una por una.
—Averigüé por tu actitud lo que ocurría con Miguel Ángel y te ofrecí mi ayuda para salir de allí.
—Y me negué porque creí tenerlo todo controlado —recuerda avergonzada—. No empezó siendo violento.
—Y yo te contesté entonces lo mismo que te voy a decir ahora: no tiene por qué serlo. No necesita ponerte la mano encima para que sea considerado maltrato. Pero seguro que escuchaste cosas que nadie debería oír. —Intenta cogerla de la mano, pero ella lo esquiva y se levanta de la silla para pasearse por la cocina—. Quisiste denunciarlo llevando pruebas a comisaría, varias veces, y luego, por arte de magia, todas desaparecían. Él —pronuncia asqueado— tiene muchas influencias en todas partes, de alguna manera conseguía hacerse con las evidencias y empezaste a desconfiar de mí cuando te amenazó con quitarte la custodia de Natalia.
Ella asiente con cada palabra y Joan casi puede escuchar el chirrido de los engranajes girar en su cabeza.
—¿Cómo acabé siendo tu confidente?
—Fue por casualidad. Para poder separarte de tu marido y no perder la custodia de la chiquilla, te recomendé que buscases alguna prueba en su despacho que demostrara que no podía encargarse de Natalia. Tú encontraste una pista del caso de los desaparecidos.
Teresa se ve reflejada en el cristal del armario de la cocina y lo que observa no le gusta nada. Vuelve a sentir miedo, miedo de lo que ha descubierto, de lo que sabe Joan y de lo que desconoce. Miedo de lo que puede significar todo aquello, miedo de la posibilidad de haber llegado tarde. Miedo de no tener ayuda de Joan. Miedo de perder lo poco que le queda. Está harta, más que harta de tener miedo.
—La gorra de la peque —añade recordando de pronto.
—Exacto. Tú encontraste la gorra de Lidia, la novena niña desaparecida. La reconociste porque estaba en su despacho y no era de Natalia. Por esas fechas, la foto de Lidia circulaba por todas partes y tenía esa misma gorra. En ella encontramos un cabello suyo en el que coincidía el ADN.
—Y Lidia no es amiga de Natalia, ni siquiera van al mismo colegio.
—Eso me dijiste en su día, pero vive tres calles paralelas al hotel.
Necesita aire, vuelve a hacer ese calor pegajoso de la mañana. Se aproxima a la ventana de la galería y respira profundamente. La cabeza le da vueltas. Si bien es cierto que hasta aquel momento no se acuerda de todo, va recuperando algunos instantes del pasado conforme Joan le cuenta. Él se ha levantado y mantiene una distancia prudencial entre ellos para no alarmarla. No se dicen nada, se acompañan mientras ven a través de la ventana de la galería las entrañas del barrio donde conectan los balcones de todas las viviendas. A lo lejos alguien cena en la terraza, en otro balcón un perro ladra y, en la mayoría, descansan los tendederos repletos de ropa.
—Siéntate, por favor —le pide Teresa.
Joan obedece extrañado y la observa coger una enorme y pesada olla de uno de los módulos superiores. La deja encima de la mesa.
—No encontré solo la gorra.
Con la cabeza señala lo que hay encima de la mesa. Joan no puede evitar pensar que en otra situación se podía haber hecho un chiste, mas el semblante serio de Teresa no admite bromas.
—Encontré la gorra en la destructora de papel del despacho de Miguel Ángel, pero no solo la gorra, sino esto —dice señalando el sobre.
Joan lo sostiene entre sus dedos con cierto reparo y lo abre. Dentro del sobre hay cuatro fotografías de dos chicas desnudas que le son familiares. Las imágenes de una de ellas están desgastadas por los bordes, amarillentas, y, por sus expresiones, ella desconocía que estaba siendo fotografiada. Aparece en la ducha y en su habitación cambiándose de ropa. Por detalles en los márgenes, Joan advierte que el entrometido fotógrafo se oculta tras cortinas y puertas, a veces detrás de prendas. Las otras son mucho más modernas por la calidad del papel y la muchacha mira directamente a la cámara. Su cara denota satisfacción por ser inmortalizada por el objetivo. La mirada penetrante junto a la espesura de sus pestañas y de sus cejas le recuerdan a Teresa y a Natalia, y aunque su vestimenta es pueril, la mirada pícara la delata. Ambas fotografías poseen un mismo rasgo en común, los cuerpos blancos como la leche de piel suave carecen de curvas, parecen niñas.
—¿Quiénes son?
—Raquel —le contesta señalando las fotografías antiguas— y mi hermana.
Joan se queda sin palabras intentando asimilar la nueva información. Analiza la imagen de Raquel y le da la vuelta, descubriendo que es una copia.
—¿Y las originales?
Teresa deja caer otro sobre igual encima del anterior. En efecto, este contiene las mismas fotografías de Raquel más descoloridas. Al igual que hace con la anterior, destapa la cara oculta de la fotografía, que le revela una fecha. Un cálculo rápido le horroriza y lanza una pregunta que le carcome.
—¿En qué año nació Raquel?
—En esa foto tenía trece años.
Chista disgustado y se frota el mentón entre conjeturas que van apilándose en su cabeza.
—¿Quién tenía las originales?
—Mi suegro. ¿Te cuento lo más escalofriante? Lo guarda como un tesoro, en un cofre labrado en oro y forrado de satén que no deja que nadie toque, escondido en su caja fuerte. —Evita su mirada y se abraza a sí misma, dejando que el terror y el asco hablen por ella—. ¿Que cómo sé de este cofre? Porque ese viejo desagradable siempre va fanfarroneando sobre lo que tiene y deja de tener, haciéndote sentir de menos porque él es siempre mejor que cualquiera. Tiene a medio hotel atemorizado. Sus hijos, a excepción de Miguel Ángel, huyen. Si vieras cómo tiemblan de pavor cuando se enfada, cuando bebe o cuando grita… No quiero ni pensar, viendo estas imágenes, qué ha podido hacer esa mente perturbada. Al principio no entendía por qué sus hijos no querían que se acercara a Natalia, ahora me lo puedo imaginar. Y Miguel Ángel, ¡Dios! ¿Y si Miguel Ángel es igual? Puedo entender que tenga fotos de mi hermana. Pero ¿por qué guarda sus fotos con las de Raquel? Está igual de enfermo que su padre. ¡¿Y si le hace algo a Natalia?!
Ha alzado la voz sin percatarse de ello y recorre la cocina de un lado a otro. Esos sobres marrones eran los que la habían hecho tomar una decisión tan arriesgada como la de fingir su propia muerte.
—Tranquila, todavía no sabemos nada —intenta calmarla Joan—. Has visto a Miguel Ángel recogerla del colegio, si hubiera ocurrido alguna cosa, no se habría ido con él tan fácilmente. Además, confías en Raquel, ¿no? Ella la cuidará como si fuera su propia hija. A tu cuñado se le ve buena gente también. La niña está protegida.
—El otro día, cuando me llamó, me contó que su abuelo había intentado propasarse con ella. En aquel momento, no podía entenderlo bien; ahora que sé que es mi hija, que sé quién es su abuelo, todo encaja. Mi suegra le quitó importancia, ¡la muy imbécil! ¡¿Qué se cree?!
Espera a que se sosiegue e intenta desviar la atención señalando la olla delante de él.
—¿Y esto?
—Destápala.
De la impresión, se le cae la tapa de la olla encima de la mesa. No ha visto tal cantidad de dinero fuera de una redada o en el almacén de pruebas. Quizás es lo que menos se esperaba ver en aquel piso lleno de humedades. Coge una de las servilletas de papel del rollo de cocina y mueve los fajos para echar un cálculo aproximado.
—Cuarenta mil setecientos veintiocho —resuelve ella.
—¿Tanto?
—En verdad había cuarenta y cinco mil, pero lo gasté en el alquiler de este piso, en una identidad nueva y en unos billetes de tren que perdí.
El policía se deshace de la servilleta de papel y tapa la olla con el dinero dentro. Lo asaltan muchas dudas que se quedan reflejadas en su rostro. Teresa las intuye, pero el miedo al rechazo la mantiene en silencio.
—Dime la verdad, no te juzgaré.
Se vuelve a sentar frente a él. Esquiva su mirada, siente vergüenza por revelarle un plan que en su momento le pareció perfecto y terminó acabando mal.
—Me encontré con el dinero en la caja fuerte, casi al lado de las fotos. Fue una decisión tomada en menos de una fracción de segundo. Sé que mi suegro anda metido en negocios turbios, no denunciaría el robo, ¡y yo estaba tan desesperada! Solo quería escapar de ellos.
—No te justifiques, no te lo estoy pidiendo. Únicamente quiero que me cuentes lo que ideaste.
Suspira aliviada al confesar aquello que la había perturbado. Es inevitable no comparar al policía con su marido y se repite a sí misma que no son iguales.
—Todavía no recuerdo con claridad, pero creo que en el hotel se organizan timbas ilegales o hacen apuestas en el sótano, algo así… Algo ilegal de lo que obtienen muchos beneficios. Yo lo sabía, así que lo robé con una intención. Con ese dinero, me crearía una identidad falsa que utilizaría tras mi «muerte». Le dejé a mi hija un teléfono móvil de prepago para avisarla el día de la huida. Me llevaría a Natalia lejos, quizás al extranjero, y haría pasar su desaparición como otra más en tu caso.
Ella espera algún reproche de su parte, al fin y al cabo, es policía y su plan es ilegal y peligroso por todas las costuras. Está cruzado de brazos con una expresión dura en su rostro.
—Podrías haberlo consultado conmigo. Te hubiera dicho desde el principio que el plan era una mierda.
Siente sus palabras como una pedrada. Quiere defenderse, pero no puede porque tras haber pronunciado el plan en voz alta, le parece tan descabellado que se avergüenza.
—Pensaba en mi hija y en mí. ¿Me hubieras ayudado?
—Para nada —contesta sin dudar—. Así no se solucionan las cosas. Sé que lo has pasado mal durante mucho tiempo y que tu marido es un cabrón. Pero te podrías haber muerto de verdad ahogada en la playa o tu familia política podría haber descubierto tu plan y denunciarte —sermonea—. Sabes de sobra cómo se las gastan. ¿Qué habría sido de Natalia?
Llora en silencio pensando en lo que podría haber ocurrido y la impotencia se acomoda en su pecho. Ambos evitan mirarse, dolidos por la discusión que acaban de tener. El pulgar de Joan roza su brazo, es tan fugaz que parece que no ha ocurrido. Teresa se sobresalta y se encuentra con su mirada sincera.
—Te ayudaré con Miguel Ángel —promete—. No desesperes. No estás sola. Natalia y tú seréis libres pronto.
6
El cigarro danza entre sus dedos creando sombras de humo escurridizas que se desvanecen por el jardín. En la noche no ha dormido y se dedica a observar el movimiento de las plantas mientras fuma un paquete de sus cigarros mentolados. No ha querido beber, pero ha sido muy consciente de la botella de vodka en el mueble bar y del hielo en la nevera. Encuentra alivio en aquel jardín que comienza a florecer, está tan orgullosa de haberlo conseguido con sus propias manos.
Escucha ruido detrás de ella, en la cocina, y sabe que Belén ha despertado. Arrastra los pies en unas pantuflas de lunares y el cinturón de su bata va acariciando el suelo que pisa. Bosteza sonoramente y se abraza a su espalda.
—No has dormido nada, ave nocturna —resalta lo obvio con voz somnolienta.
—Cuéntame algo que no sepa ya.
Belén le roba el cigarro de sus dedos, dándole una última calada, y lo apaga en un cenicero rebosante.
—Yo no sé para qué los pruebo, me siguen pareciendo asquerosos.
Raquel se recuesta en el pecho de Belén y suspira. Está cansada por haber pasado la noche en vela.
—¿Por qué no tomaste los somníferos que te receté?
—Perdí la caja.
Belén busca en su cara algún indicio de engaño.
—No me mientas. Esa medicación es muy fuerte y además engancha —le recuerda preocupada.
—No te miento. Cambio constantemente las cosas de sitio, no he encontrado la caja por ningún lado.
Se levanta con esfuerzo y le da la mano para que la imite. Estando a la misma altura, Belén le da un beso en los labios, breve y muy cariñoso.
—Vamos, te prepararé un café potente que te cargará las pilas.
***
Le duele todo el cuerpo y se siente estúpido por haber dormido toda la noche en aquel incómodo sofá teniendo su casa al otro lado del rellano. Tras la conversación tan intensa que tuvieron, dejaron de hablarse. Se limitaron a mirarse y a estudiarse, a comprenderse y, cada uno por su lado, a intentar darle algún sentido a aquel lío. Alza los brazos por encima de su cabeza y estira la musculatura de sus brazos y de su espalda, provocando en el proceso un crujido en el cuello. Gime por lo bajo y descubre que en la mesa de la cocina sigue aquel rico y tentador potaje en la olla. Teresa está allí, delante del microondas con la mirada ausente.
Le había pedido que se quedara, tenía miedo. Se había sentido bien, hasta que la escuchó en su dormitorio deslizar un pestillo que no sabía que existiera. Sigue sin confiar en él.
—Ayer no te pregunté por la llamada, ¿otro niño?
Guarda silencio unos segundos, sin saber a qué se refiere.
—La llamada de ayer cuando estábamos juntos.
Abre los ojos y arquea las cejas en reconocimiento.
—Gente muy lista que se aprovecha del sufrimiento ajeno para obtener tajada. Una pista falsa —añade con tristeza—. Pobres padres.
Ninguno de los dos dice nada y desayunan muy conscientes de la olla frente a ellos, que entorpece el paso para coger las magdalenas. Los sobres, como una herida abierta, dejan ver las esquinas de las fotografías que contienen. A Teresa le da repulsión tocarlas.
—¿Qué vamos a hacer con todo esto?
—¿Qué has pensado? —pregunta ella—. Eres el policía.
Medita sus palabras con cuidado, sin precipitarse.
—Quiero saber qué es lo que quieres hacer por ti misma, para ti.
—No te entiendo.
—Me interesa saber si quieres ayudarme porque quieres o te sientes obligada a hacerlo. Es un caso complicado, mucho —recalca—, de verdad que necesito tu ayuda.
—A Natalia no le puede pasar nada —señala preocupada.
—Desde el accidente tengo a un agente que la vigila cuando sale del hotel. No puedo prometerte nada estando dentro de él porque tu familia política no nos deja entrar.
—¿Y Miguel Ángel?
—No va a quedar indemne.
—Te ayudaré.
Lo primero que hace Joan es guardar la olla en el mismo lugar de donde fue sacada bajo la atenta mirada de Teresa. Coge los sobres y los cierra cuidadosamente para dejarlos a un lado. Despeja la mesa y se sienta frente a ella. Del suelo recoge un maletín del que la noche anterior no reparó de su existencia y saca unas carpetas de aspecto oficial.
—De perdidos al río —suspira Joan, dejando las carpetas a su alcance—. Lo que vayas a ver a continuación sobra decir que no se lo puedes contar a nadie. Es altamente confidencial. Puedo perder mi puesto de trabajo y no podría ayudarte en nada aunque quisiera. Insisto en que lo que se hable en esta cocina a partir de ahora no puede salir de aquí.
Teresa asiente y traga saliva al abrir una de las carpetas. En ella aparece una niña morena de sonrisa reservada y ojos de avellana, viste pantalones vaqueros y un jersey añil. Está sentada bebiendo un refresco de limón en la terraza de un bar.
—¿No le ves un parecido a Raquel? A lo mejor me estoy obcecando, pero ese color de ojos…
—Es un factor que debemos tener en cuenta de ahora en adelante, pero no dejes que eso —dice señalando los sobres marrones— empañe tu juicio.
Echa un vistazo a los otros documentos que hay en la carpeta. Informes del momento en que desapareció, fecha, cómo iba vestida, declaraciones.
—Quiero que los leas y que cuando estés allí seas mis ojos. Todo lo que te llame la atención, hasta lo más pequeño, cuéntamelo. Si puedes fotografiarlo y enviármelo, mucho mejor.
—¿Cómo vas a hacer que esas pruebas sean válidas delante de un jurado?
—Si vamos dos pasos por delante de ellos, nos dará tiempo a prever sus movimientos y actuar antes de que oculten las pruebas. Con la excusa de tu vuelta, ya tengo un motivo para estar allí y abrir una investigación. En lugar de investigarte a ti, los investigaré a ellos. ¿Pasarías a mi casa? —vacila un instante—. Será más fácil para mí explicarte ciertas cosas allí.
Se remueve inquieta en la silla de la cocina, pero entiende su petición y le sigue sin oponerse. La casa de Joan le transmite paz y comodidad. No tiene nada que ver con su piso de paredes mohosas. Le resulta familiar, ella ha estado allí antes. Con disimulo mira cada rincón del salón. La disposición de las habitaciones está a la inversa que las suyas. Y el aroma es tan agradable y tan personal, tan él, que Teresa se siente una intrusa. Se asusta al ver una mancha gris moverse en el sofá.
—Esa es Bonnie y este —dice señalando a un gato pelirrojo que se restriega contra sus piernas— es Clyde, ¿los recuerdas?
No los recuerda, pero se guarda su respuesta. Con el gato pisándoles los talones, la lleva a su estudio. La habitación está casi vacía, únicamente está amueblada con un escritorio frente a una enorme pizarra magnética. En ella, sujetas por imanes, hay fotografías de la familia Beltrán, anotaciones y líneas que se entrelazan unas con otras.
—¡Vaya! —exclama tras un silbido de admiración—, como en las pelis. ¿Esta es tu batcueva?, ¿desde aquí combates el crimen?
Sonríe y le señala la pizarra para que se acerque. Reconoce a Raquel saliendo del colegio, a su cuñado Álvaro cerca de su coche en el parking de la plaza de la Reina, a sus suegros y a Tadeo empujando la silla de ruedas de Francisco, a ella misma con Natalia en los viveros jugando en el césped y a Miguel Ángel hablando por teléfono. En los bordes de la pizarra, las fotos de los niños desaparecidos los rodean. «Demasiados niños», piensa con tristeza. Se detiene en cada una de ellas, esperando que alguna le sea familiar. Todo en vano. Apesadumbrada, espera las instrucciones de Joan, quien se ha apartado para dejarle espacio. Le señala la silla para que tome asiento y Clyde no pierde el tiempo en acomodarse sobre sus rodillas. Ronronea como un extractor de cocina, ruidoso e hipnótico. Invita a acariciarlo y Teresa no se resiste.
—El secuestrador es muy hábil, sabe lo que se hace. No ha dejado pista alguna en nueve desapariciones, si no fuera por la gorra que encontraste… Y ahora algo le está pasando —apunta frunciendo el ceño concentrado—. Te lo dije ayer, está siendo descuidado. Debemos aprovechar.
—¿Cómo estás tan seguro de que es alguien de los Beltrán y no del personal que trabaja en el hotel?
—Desde que encontraste la gorra, estuve estudiando cada desaparición minuciosamente. Investigué el recorrido que iban a hacer horas antes y horas después de que se esfumaran. Diferentes puntos de visión a las mismas horas.
—¿Y?
Se lleva una mano a su cabello despeinado para dejarlo más revuelto si cabe y bufa disgustado.
—En cuatro casos no vi a nadie; en dos vi a Tadeo cerca —enumera, y Teresa mira su foto e intenta imaginar al gorila secuestrando una niña—; en uno vi a tu cuñado, que se cruzó con la víctima un par de veces; en otro vi a Raquel paseando a un cachorro por el mismo parque en el que desapareció el crío, y en el último… en el último vi a Miguel Ángel hablando con la niña.
Teresa deja de acariciar a Clyde, como si esto le impidiera escuchar a Joan. Silenciosamente, le pide que repita la última parte, pero este le pide que no lo señale como culpable por mucho que lo desee.
—Cuando regreses al hotel, me gustaría que me dieras los nombres de los trabajadores para poder descartarlos. Háblame de Tadeo —pide Joan.
Piensa en él, no le es difícil imaginarlo, enfundado en sus pantalones negros y sus camisas de rayas recién planchadas, pero de cuellos ennegrecidos. Es un hombre grande, fuerte, muy fuerte. Ese había sido uno de los requisitos que demandó Francisco para el trabajo de acompañarle. Está casado desde hace muchos años y tiene una hija mayor que estudia en la universidad. Le gustan las mujeres y lo demuestra siempre que puede. Las piropea con halagos sin gracia aprendidos de su época de albañil, lanza unas miradas de arriba abajo que incomodan a cualquiera y alguna vez se había ganado insultos por ello. Pero su tipo de mujer no es como la adolescente de Raquel o su hermana. Le gustan las féminas voluptuosas y llenas de curvas, si están entraditas en carne, mucho mejor.
—¿Y si estuviera trabajando para Francisco? Se me ocurren muchas cosas malas si mezclamos los ingredientes de dinero negro, niños secuestrados y un hotel.
Ella rebate, horrorizada, ante tal pensamiento.
—No, eso no puede ser. El dinero en negro lo gana en timbas ilegales que organiza para los clientes más selectos del hotel.
—Vale, te lo puedo comprar. Pero no me negarás, menos después de las fotos que encontraste y lo cuidadosos que son tus cuñados, que a tu suegro no le gustan las adultas.
Le da la razón muy a su pesar y se anota en una lista mental el nombre de Tadeo. Joan pasa al frente de la habitación y señala, bolígrafo en mano, a Álvaro.
—¿Qué hay de él?
De Álvaro encuentra poco que decir y nada malo. Es una de las mejores personas que conoce, siempre ayudando en lo que puede con su aura de buen samaritano. Cree que está en proceso de divorcio, aunque no recuerda el porqué. Trabaja de contable para Francisco, es uno de los mejores en su oficio; sin embargo, ser el mejor no significa nada para su suegro. A Natalia le encanta estar con él.
—¿Y Raquel?
—¿Es Raquel sospechosa?
—¿Y por qué no? Es poco probable, pero tenemos que descartarla.
Raquel es carismática y misteriosa. Había estudiado Económicas y ayudaba con algunos papeleos en el hotel; aun así, descubrió su vocación más tarde: ser maestra. Enseña en el colegio de Natalia educación primaria y Lengua Castellana en algunos cursos de la ESO.
—¿Crees que conoce la existencia de las fotografías?
—¿Cómo podría saberlo? —pregunta alzando los hombros—. No tengo ni idea de cómo podría preguntárselo. Por su propia salud mental, espero que no.
Sin decir nada más, Joan se aproxima a la imagen de Miguel Ángel. Ha llegado su turno. Duele hablar de Miguel Ángel, siempre duele. Se había acostumbrado durante tanto tiempo a vivir con el dolor que ya no lo nota, solo es consciente cuando hablan de él. Le duele haber sido tan ciega, haber pecado de bondadosa por dar tantas oportunidades y esperar un cambio. Miguel Ángel no siempre fue así, o quizás había escondido esa parte de su personalidad cuando se conocieron. Tiene una seguridad en sí mismo bastante envidiable que le había llamado la atención y, por qué negarlo en este punto, la había enamorado. Un día comenzó a mostrarse inseguro sin motivos, a no poder dormir. No dejaba que se acercara, no quería hablar, se mostraba susceptible y le gritaba. Todas las palabras que salían por su boca eran puro veneno. Siempre habían estado de acuerdo, en casi todo, o al final terminaba cediendo porque él lograba convencerla. Hasta que un día se negó. Fue el inicio del martirio y Miguel Ángel la degradó, ya no servía ni como persona según él. No valía para nada.
Sabe que ha tenido amantes, pero no tenía ni idea de que le gustaran las jovencitas, y mucho menos Raquel. Aunque si es sincera, siempre notó una relación extraña por parte de él. ¿Cuándo se fijó en Susana? A ella le gustó nada más verlo, y por aquel entonces, Miguel Ángel bebía los vientos por Teresa. O eso pensaba; después de ver las fotos de su hermana desnuda, ya no podía asegurar nada. ¿Mira a Natalia de manera extraña? No sabría decir, pero sí que ocurrió un hecho que fue una de las razones por las que emprendió ese loco plan suyo. Miguel Ángel, que nunca había sido apegado a su hija, comenzó a tener un comportamiento diferente al habitual. Quería pasar tiempo con ella, cuando nunca tuvo interés, pero no cualquier tiempo, tiempo a solas dentro del hotel. Insistía en que lo acompañara a su despacho para ayudarle a arreglar papeles o le preparaba una habitación en el último piso al lado del cuarto de escobas. Un cuarto de juegos al que le fue prohibida la entrada a Teresa. ¿Tenía aquello algún sentido?
Callan, entre reflexiones y ronroneos, observando la pizarra y esperando a que la solución salte delante de ellos exclamando: «¡Eh, no me habéis visto!». No es así. Una imagen resalta sobre todas las demás, que se le antojan grises. Observando la fotografía con su hija, llena de luz, parece escuchar las risas de un momento que no recuerda. Teresa se levanta, dejando que Clyde pasee por encima de las carpetas con un maullido disconforme, y señala la foto.
—¿Quién nos la hizo? No me acuerdo.
—La hice yo, unos días antes del accidente —le contesta, acercándose para ver el retrato del que están hablando—. Me llamaste por la tarde, te habías ido a merendar con tu hija y olvidaste la cartera —agrega con una sonrisa suave.
—Eso suena bastante a mí. ¿Por qué de entre todas las personas te llamé a ti?
Joan se encoge de hombros y la mira de forma tan directa y tan profunda que el corazón de Teresa tiene que golpearle el pecho para animarla a respirar.
—¡Ah! Yo… lo siento mucho —se disculpa Teresa, sintiéndose tonta—. He sido una insensible, lo siento.
—¿Por qué? —se extraña.
—En ningún momento quise hacerte daño, lo siento de verdad —repite ella.
—Teresa, ¿de qué hablas?
—De ti y de mí. No lo recuerdo, lo siento.
—Sigo sin entender. Por favor, ilumíname.
Se arrepiente de haber sacado el tema, pues parece que ha errado en sus teorías y ahora, incómoda, no sabe cómo salir de ese atolladero. En algún momento, la gata atigrada del sofá ha venido y ha decidido que el mejor lugar para asearse sus zonas íntimas es encima de las carpetas del caso. Bonnie levanta la cabeza y la mira curiosa, relamiéndose. Se burla de ella.
—De tú y yo…, de nosotros… juntos. Soñé…
Enmudece de forma abrupta, causando más curiosidad en él. Se aleja unos pasos de él y empieza a recoger las carpetas de encima del escritorio apartando a los gatos con cuidado.
—¿Qué soñaste? —pregunta interesado.
—Nada importante —contesta secamente—. Estoy confundida ahora mismo.
—Cuéntamelo entonces, te puedo ayudar.
Ha amontonado las carpetas y están perfectamente alineadas una encima de otra. Las reajusta aunque no sea necesario. Nota la mirada incisiva de Joan en su espalda y, a pesar de estar en silencio, puede escucharlo insistir en que le cuente.
—Pensaba… —traga saliva y se da la vuelta para verle directamente— que tú y yo habíamos estado o estábamos juntos. Por la manera en que me miras…
Su frase se queda incompleta y Joan no necesita saber cómo acaba para comprender lo que le quiere decir.
—Supongo que te miro así desde hace mucho tiempo.
Frunce los labios porque quiere decir mucho más, pero retiene las palabras en su boca porque no es el momento adecuado. Nunca lo es.
—Me voy, tengo mucho que estudiar.
—Nos vemos.
***
Se desliza como una sombra en su suite siendo muy consciente de la presencia de las cámaras en los pasillos del hotel. Nunca entendió por qué Francisco había insistido en ponerlas en la última planta, donde vivía la familia. Enciende el interruptor a su izquierda y se ilumina la lámpara de araña del salón y la del dormitorio. Deja su bolso de piel en uno de los sofás blancos que rodean una mesa de café. Con pasos cortos y rápidos, se dirige al enorme armario ropero lacado de blanco.
En su interior, aparta los trajes de chaqueta a medida de los vestidos de lujo. Debajo, cajas de zapatos de fiesta, de esos que solo se pone para una ocasión y luego no vuelve a utilizar de lo incómodos que son, se amontonan en diversas piladas. Escoge una caja y con cuidado la abre. No solo no hay zapatos, sino que contiene una bolsa de plástico con una sustancia polvorienta y blanquecina al lado de otro similar de color oscuro.
Como si llevara una bomba dentro de la caja, de forma muy delicada se levanta con ella en la mano y va hacia la cama. Respira varias veces para calmar el galope de su propio corazón, que parece querer saltar de su pecho. Con las manos muy estiradas, como un mago a punto de realizar un truco, abre ambas bolsas y deja caer el contenido de la más clara en la más oscura. Reflexiona un instante y vuelve a echar más cantidad.
Ya está hecho, solo queda buscar el momento perfecto.
***
Francisco revisa por sexta vez en aquel día el interior de su caja fuerte. Gruñe y maldice entre dientes a todos los de su estirpe, a sus antepasados y a quien se le ocurra en ese instante. La caja está vacía, únicamente el cofre al que tanto aprecio le tiene se atreve a mostrarse ante él como un cadáver devorado por los buitres, desprovisto de su corazón, de su ser, de la razón de su existencia. El dinero es lo de menos, con organizar un par de timbas más volvería a reunir esa cantidad. Pero ¿y su tesoro más preciado? Las fotografías de Raquel son únicas en el mundo. En ese retrato tenía la misma edad con la que conoció a su madre, su primera mujer, la misma cara y la misma figura de entonces. ¿Quién había sido el malnacido que le había robado?
Tres golpes leves llaman a su puerta y esperan al permiso de Francisco para poder entrar. Sin prisa, pero de manera muy brusca por la rabia, cierra la caja fuerte y la oculta tras un cuadro de la Lonja de Valencia.
—¿Qué pasa ahora? ¿No podéis dejarme en paz ni un puñetero minuto? —brama molesto el anciano.
Álvaro entra al despacho con pies de plomo. El carácter de su padre le aterroriza, da igual la edad que tenga, consigue anularlo por completo. Intenta que su atención recaiga sobre los papeles que lleva en la mano y no sobre su persona.
—Perdona, papá. Esto es urgente, es sobre el balance del último mes. Necesito que me confirmes una cosa.
—¿Y por qué me preguntas a mí? De esos asuntos ya se encarga Miguel Ángel. ¿De verdad estás trabajando en esta empresa? No lo parece.
Álvaro se muerde el interior de los carrillos y empieza a hiperventilar. Intenta tocar lo menos posible los papeles en la mano para no empaparlos con su sudor.
—Miguel Ángel no está y me urgen estos datos.
—¿Que tienes prisa? Ya me ha dicho tu madre que tu mujer se ha cansado de ti y que llevas una semana viviendo en el hotel, puedes esperarte perfectamente a que llegue Miguel Ángel para hacer eso.
El sabor metálico de la sangre le aturde. Su autocontrol se está desbaratando.
—Papá, quiero volver con mi mujer y mis hijas. Necesito acabar con esto.
—Eres un inútil con poco que ofrecer como persona. Un cobarde siempre pegado a las faldas de tu madre o de alguno de tus hermanos. Solo te sientes fuerte con la escoria o con los críos. No vales para nada.
Tantas horas pagadas al psicólogo y no le están sirviendo de nada. Ha ensayado miles de veces y representado en la consulta, ha recreado una conversación similar antes de dormir en su colchón, le ha hablado a su propia imagen en el espejo, le ha chillado a una columna solo por él, y llegado el momento, el gran momento de la verdad, se queda callado dejando que le humille.
Le ve mover los finos labios casi perdidos por la vejez, soltando espumarajos y puro veneno; ya no le escucha. Lo conoce, vaya que si lo conoce. Su padre sigue un patrón; uno, dos y tres, y vuelta a empezar. Él siempre con su mismo vals. Cuando sus planes son truncados, la primera persona en aparecer se convierte en su saco de boxeo personal y se desquita con insultos y humillaciones. Ha bailado el mismo vals desde que tenía cinco años y la canción sigue el mismo compás con algunas variantes: «inútil», «falta de personalidad», «blandengue», «no sirves para nada», «tu hermano es mejor que tú», «aprende de tu hermana», «mira a tu hermana», «¿has visto a tu hermana mientras se ducha?», «menudo cuerpo tiene», «aunque escuches gritos, no entres», «¿a quién llamas, monstruo?», «si se lo dices a alguien, te mato».
Mueve la boca intentando defenderse de los ataques, pero no puede. El peso en su pecho aumenta, la impotencia abraza sus hombros y una nueva rabia, bastante desconocida para él, crece alimentada por el alcohol que ha bebido antes de entrar. Envalentonado, se acerca a su padre y lo aprisiona contra la silla con tanta violencia que casi termina volcándola.
—¿Qué pasa, papá? No tuviste suficiente con que un hijo te tirara por las escaleras, ¿ahora quieres que otro también lo haga?
—La diferencia con tu hermano es que él se atrevió a hacerlo sobrio.
La puerta del despacho se abre. Tadeo entra hablando sobre el tráfico de la avenida cuando se encuentra con la escena. Cierra con rapidez antes de que alguien ajeno a la familia se entere de lo que está sucediendo dentro y se acerca a Álvaro intentando disuadirle para que deje a Francisco.
—¿Tantas ganas tienes de morirte que vas provocando a cualquiera con el que te cruzas? Coge la silla, tírate por las escaleras y déjanos a todos en paz.
—Álvaro, déjalo. Ya lo conoces, no le hagas caso.
—¿Por qué ignorarlo cuando es el único que hace daño gratuitamente y es libre? Es él quien está haciéndolo mal. Siempre lo ha hecho mal, ¿por qué tenemos que permitirlo?
—Dale un golpe y quítamelo de encima. ¿Para qué te pago? —chilla Francisco con la voz desgañitada.
Tadeo, sin saber qué hacer, coge a Álvaro por los hombros e intenta apartarlo sin conseguirlo.
—Eres una alimaña, una bestia inmunda que destroza a todo el que se le acerca. Me alegro de que mis hijas estén lejos, porque así no estarán cerca de ti y de tus sucias manos, viejo asqueroso. No soportaría que les hicieses lo mismo que a Raquel.
—¡Álvaro! —exclama con tono de advertencia el anciano, desviando su mirada hacia Tadeo.
—¿Ahora tienes miedo? ¿Vas a amenazar otra vez con matarme? Deberíamos haberte metido en la cárcel hace mucho. Ya no te tengo miedo porque lo he perdido todo, ¡por tu culpa!
Sin previo aviso, lo suelta y empuja a Tadeo para hacerse camino. Francisco grita como un aguilucho herido.
—Tadeo, haz algo. Páralo, tíralo por las escaleras, córtale la lengua. Haz algo —le ordena.
Y Tadeo obedece.
7
Jueves, 2 de abril a las 18:00 h.
Hacía una hora que las clases habían terminado. Todos sus compañeros se habían marchado ya. También los de las otras clases, hasta los más mayores, que siempre salían más tarde.Y allí estaba Tania, a las afueras del edificio, en el jardín de la entrada del colegio esperando a que alguien viniese a recogerla. Esperaba mientras dibujaba en el suelo con una ramita del arbusto de al lado para luego borrarlo con sus zapatos. Su pelo luchaba por liberarse de la goma que lo amarraba y en protesta se iba soltando con el movimiento de sus bocetos. Escribió «Papá, te odio» sin saber que la estaban viendo.
—Contándole secretos a la tierra… ¿Por qué no pruebas a contárselo a una persona?
—¡Porque no!
Había lanzado la ramita a un charco y esta flotaba en la superficie igual que los pensamientos de la chiquilla.
—¿Qué te ha hecho tu padre?
Un suspiro afligido enmudeció por el ruido de los coches que circulaban en la avenida, aunque no lo suficiente para que este no fuera escuchado por la persona a su lado.
—Otra vez me ha mentido. Me dijo que estaría aquí para recogerme y no está.
Su estómago rugió con fiereza y ella se abrazó a sí misma con las mejillas sonrojadas.
—Toma —dijo ofreciéndole una bolsa de papel con una magdalena dentro—. ¿Qué te parece si lo esperamos en la calle en vez de estar aquí en este sitio tan deprimente?
—Bueno.
***
Atraviesan el jardín de la Glorieta, que por esas horas está lleno de niños que acaban de salir del colegio. La mayoría de los padres ha dejado a un lado el móvil y tiene la mirada clavada en sus hijos. El Butoni ha traído el miedo y vigilan recelosos a sus críos para que nadie se los lleve. Sus voces, que se oyen felices y despreocupadas, le ayudan a tranquilizarse. Desde que dejó la casa de Joan, Teresa es incapaz de aguantarle la mirada y él no ha querido mencionar nada al respecto Se han reunido horas más tarde después de aquello y han creado una estrategia. Ella continuaría fingiendo que todavía tiene amnesia, aunque esto no es del todo falso, para utilizarlo como excusa si la veían en alguna habitación en la que no debería estar. Buscaría pruebas y escucharía todo lo que pudiera sin ponerse en peligro.
—¿Lo tienes todo? —pregunta Joan a sus espaldas.
Teresa asiente y, de pronto, una inquietud por ver a su hija y estrecharla entre sus brazos la sacude de la cabeza a los pies. La invaden las prisas y las ganas. Recorren la calle de la Paz, uno al lado del otro, manteniendo una minúscula distancia entre ellos sin rozarse. Los nervios quieren que los dedos de Teresa busquen los de Joan, que al notarlos, sin dudar, se aferran transmitiéndole toda la seguridad que puede. A tres metros de la puerta del hotel, Teresa lo suelta consciente del color ceniciento de la fachada antigua, que le trae a la mente la presencia de Miguel Ángel espiándola.
—¿Preparada? —susurra Joan.
—Para estar con mi hija, siempre.
***
Chorretones de sudor le resbalan por la sien y van a morir al cuello de la camisa. Le suda hasta el mostacho y tal vez parece que participa en una maratón. Se asegura de que el pasillo esté desierto y recoge a Álvaro del suelo, que se ha quedado inconsciente al golpearlo contra la pared. Escucha despotricar al viejo en el despacho, sin entender lo que le dice. Pasa un brazo de Álvaro alrededor de su cuello y lo sujeta contra su cuerpo agarrándolo por la cintura. Debe llegar al final del pasillo y meterlo en su habitación sin que los descubra nadie. Mira de reojo hacia las cámaras en los cuatro puntos estratégicos y le pide a Dios que en aquel instante el de seguridad esté en el baño para no ver aquello.
Con la cercanía, Tadeo olisquea el aroma a whisky que desprende el angustiado hombre. Trabaja para Francisco y la mayoría de veces está en desacuerdo con el déspota de su jefe, como en esta ocasión. No entiende por qué sus hijos se dejan tratar de esa manera, él se hubiera alejado hace mucho. ¿Es por dinero? No cree que sea razón suficiente. ¿Poder? No le ve sentido. ¿Amor? Improbable.
En otros tiempos, arrastrar un cuerpo como el de Álvaro no le habría supuesto un problema. La respiración acelerada, el hormigueo en los hombros y la pesadez de sus rodillas le indican que demasiados años han pasado y que ya no está para esos trotes. Puede levantar niños sin problemas y viejos con el pellejo pegado a los huesos, pero adultos hechos y derechos ya no.
Llegan a la puerta, rebusca entre los bolsillos y no encuentra la llave. Suspira derrotado pensando que debe volver a buscarla en los despachos. Lo deja recostado en la puerta de su habitación y a paso trémulo dobla la esquina hacia las oficinas; todavía oye al viejo renegar. Pasa por delante de la puerta del pequeño despacho de Raquel y la siguiente puerta ya es la de Álvaro. Un sonido extraño que proviene de la última estancia, el despacho de Miguel Ángel, le sorprende.
Como alma curiosa que es, al ver la puerta entreabierta decide espiar por el mero hecho de cotillear con su mujer cuando llegue a casa los tejemanejes que allí ocurren. Ni en un millón de años podría haber adivinado lo que encuentra dentro. Con cuidado, mueve la puerta para tener mejor visibilidad. Lo primero que atrae su atención es la quietud del despacho en contraste con la celeridad de las respiraciones, hasta que sus ojos encuentran el centro del movimiento.
Por el hueco del escritorio, unas pálidas piernas se estremecen por el vaivén de otras que las empujan por detrás. Ella ahoga sus agudos gemidos mordiéndose el interior de las mejillas, que con el calor del momento, se muestran enrojecidas como dos manzanas maduras. Con sus zapatos de plataforma, apenas puede tocar el suelo y a él no le importa que sus caros pantalones de traje se arruguen amontonados en los tobillos. El corazón de Tadeo da un vuelco de horror cuando advierte las menudas manos de cortos dedos que se aferran con fuerza al borde del escritorio. Contempla cómo el minúsculo busto de ella, que se escapa por debajo de un sujetador con relleno, se mueve levemente en comparación con la violencia con la que es penetrada. Miguel Ángel se agarra a sus estrechas caderas huesudas tan fuerte que dejará sus huellas marcadas por días. Tadeo traga de su propia saliva y busca en sus facciones, en sus ojos nublados por el placer, en su pelo revuelto, en sus labios entreabiertos algún dato que le dé pistas de su identidad y de su edad. Le es familiar, pero no consigue ubicarla.
—Susana, date la vuelta.
Tadeo se separa de la puerta con la mano cubriendo su boca. Reconoce el nombre y le viene a la mente la imagen de Susana vestida de azafata arrastrando una maleta. Los gemidos se vuelven más fuertes y rápidos, pero a Tadeo ya no le interesa seguir mirando.
Vuelve a su objetivo: encontrar las llaves de Álvaro en su despacho. Para su gran alivio, no tiene que buscar mucho. Encima de la mesa, entre muchos papeles, brillan bajo la luz de la lámpara. Bordea torpemente la mesa y casi tropieza con el último cajón abierto del escritorio, del que sobresalen un cartón de tabaco mentolado y una botella de whisky de la misma marca que bebe Francisco.
Una Navidad quiso el viejo tener un detalle con él y le regaló una botella como aquella. No estaba mal, pero su paladar no está hecho para gustos refinados. Coge una cajetilla de cigarrillos, que se guarda en el bolsillo, y cierra el cajón para poder pasar y hacerse con las llaves. Sale a toda prisa para descubrir que Susana y Miguel Ángel siguen con sus menesteres.
Cuando llega a la altura de Álvaro, el ascensor se detiene en la quinta planta y es Dolores quien baja de él. Grita como la protagonista de una película de terror cuando ve a su hijo en el suelo y se acerca a ellos corriendo.
—Ha bebido un poco más de la cuenta —añade quitándole importancia—. No te preocupes.
Dolores se agacha a verlo y zarandea la cabeza de su hijo inquieta.
—¿Y ese golpe que tiene en la frente?
—El golpe… —titubea Tadeo—. Como está borracho, perdió el pie y se dio un golpe.
—¿Y si tiene un derrame? —cuestiona angustiada, abofeteando a Álvaro para que reaccione.
—¿Cómo va a tener un derrame, mujer? Espero…
***
Teresa nunca esperó tal recibimiento por parte de los trabajadores del hotel, quienes al verla muchos dejaron sus puestos para darle un abrazo. Había permanecido tanto tiempo oculta tras la sombra de Miguel Ángel que llegó a creer que formaba parte del mobiliario del mismo hotel. Recuerdos vienen a su mente con los nombres de los recepcionistas, a quienes había ayudado a solucionar algunos problemas detrás del mostrador, o de las camareras de piso, a quienes por pura curiosidad se había acercado para que le enseñaran a hacer camas tan perfectas. De la cocina salen los chefs, a los que, con pesar, tiene que admitir que no los recuerda todavía, pero que pronto lo hará. Se emociona porque no es tan invisible como se piensa.
—¡Mamá!
Natalia la llama gritando desde la puerta principal y Teresa al oírla busca el sonido de su voz. Sus cuerpos chocan, felices y ansiosos, demandando el contacto que por semanas les ha sido privado, y se abrazan. De la fuerza del impacto, Teresa pierde el equilibrio y trastabilla. Joan la sostiene antes de que caiga al suelo.
Natalia llora, Teresa llora y la mitad del personal llora también. El policía se permite unos segundos para deleitarse con la escena y saborear el matiz agridulce, pues sabe que no todas las historias acaban bien.
En la entrada del hotel, Raquel aguarda con una sonrisa sincera. Muerde su labio inferior aguantando las lágrimas y está con las manos en los bolsillos. Desde las escaleras, algunos clientes observan sin entender qué es lo que está ocurriendo.
Se aproxima Raquel, tímida, y cuando Teresa le devuelve la sonrisa, la estrecha entre sus brazos con Natalia entre ellas.
—No sabes lo mucho que me alegro de verte. No te puedes hacer ni una idea —confiesa Raquel al cabello de Teresa.
—Gracias, Raquel.
Aquel tumulto de gente poco a poco vuelve a sus puestos de trabajo, más felices que antes sin duda alguna. La calidez ha inundado la recepción del hotel Flor de Azahar acompañada de la risa de Natalia, que se escucha por toda la entrada e invita a unirse a ella. El momento se siente adecuado, el regreso de una pieza perdida de un puzle se siente correcto.
El buen ambiente se propaga, pero no logra alcanzar cada rincón. Hace varios minutos que el ascensor ha llegado a la planta baja con Dolores, Francisco y Tadeo en su interior. Dolores, asombrada y boquiabierta, se mantiene paralizada al lado de su marido, que con taimados ojos de caimán observa la escena. Tadeo suda por todos los costados y mira en dirección a las escaleras pensando en los dos amantes. El viejo le murmura unas palabras a su escolta, quien asiente de inmediato y abandona el ascensor. Cuando las puertas se cierran, Tadeo se acerca con un amago de sonrisa que Joan identifica como preocupada.
—Teresa —susurra Tadeo—, me alegro de tu regreso. Nos tendrás que contar qué te ocurrió.
—Hay muchas cosas de las que hablar, desde luego.
Devuelve la atención a su hija, no sin antes hacer contacto visual con Joan queriéndole transmitir que recuerda el segundo motivo de su regreso.
—Teresa, Francisco quiere verte en su despacho.
Se sorprende al escuchar aquello, pues no ha sido consciente de que ya la han visto. En cuestión de segundos, la sorpresa se torna indignación al darse cuenta de las prisas del viejo; ya se imagina para qué la busca. Joan no se pierde la mueca de disgusto de Raquel cuando escucha el nombre de su padre.
Natalia no deja de abrazar a su madre y de decirle que la quiere. Un carraspeo fingido a sus espaldas la enerva.
—¿De verdad, Tadeo? ¿Quiere que vaya ya? ¿No puede esperar? He estado dos semanas sola sin recordar a nadie. Que se espere —sentencia Teresa.
Por las expresiones de Raquel y Tadeo, Joan deduce que Francisco no debe estar acostumbrado a esperar. Se pregunta si Teresa recuerda esto o simplemente se va a excusar con la falta de memoria. Contraria a sus palabras, Teresa es breve con su hija, prometiéndole que esa noche dormirán juntas y se pondrán al día. Le guiña un ojo, cómplice de muchos secretos, y con cara de perro con malas pulgas acompaña a Tadeo hacia el ascensor arrastrando sus pies.
—¿Quién es usted? —pregunta Raquel con tono amable.
Natalia sonríe a Joan con reconocimiento, pero no contesta por él. Intuye que Teresa ya le habrá advertido de que no dé muestras de conocerlo públicamente por el bien de ambas.
—Soy Joan Martí, inspector de policía. Estuve llevando el caso de la desaparición de Teresa. Cuando puedan, me gustaría hacerles unas preguntas, formalidades para el informe.
—¿Voy a ser interrogada como en las pelis? —cuestiona juguetona Natalia, moviéndose hacia delante y hacia atrás sobre sus pies.
—También necesitaré tu testimonio, bonica —añade guiñándole un ojo, tal y como había hecho su madre.
En el instante en que levanta la vista para mirar a Raquel, ya no hay pizca de la simpatía que antes mostraba con su cuñada, ni siquiera la que ha utilizado para averiguar su identidad. Su boca se convierte en una línea recta y sus ojos destilan hostilidad. Siente la necesidad de andar con pies de plomo y su sexto sentido manda señales a su cerebro.
—Así que cuando tu madre, tu padre o tu tía, si quiere, puedan — añade Joan—, hablaremos todos.
Los hombros de Raquel se relajan y la tranquilidad regresa a su rostro.
—¿Le gustaría cenar con nosotros? Como agradecimiento por sus servicios prestados —aclara Raquel—. A todos nos gustaría.
Joan acepta encantado. Nunca habría esperado semejante giro de los acontecimientos.
***
Tadeo mira con cautela a Teresa, puede comprender su enfado por separarla de su hija, pero no se hubiese imaginado haciéndole esperar al viejo. Nadie le hace esperar.
Ella ha cambiado, ya no quedan restos del comportamiento que hubiera tachado de sumiso y amargado. La falta de memoria saca a relucir su antiguo yo, más desinhibido y seguro de sí mismo. Teme que cuando llegue el momento de encontrarse con Miguel Ángel brote su miedo y le impida seguir su plan.
—¿Siempre haces caso a todo lo que dice el «gran jefe»? —cuestiona con sorna.
El hombre tarda en reaccionar. Está con los nervios de punta, muy incómodo y sudoroso. Afirma distraído sin mirarla, pero Teresa vuelve a insistir porque no es el tipo de respuesta que busca.
—¿Alguna vez te ha ordenado algo que no quisieras hacer?
—¿Quién está de acuerdo con su jefe siempre? —contesta a la defensiva—. Eso es imposible.
—Yo no pregunté eso —especifica Teresa—. Yo te pregunto si has cumplido órdenes que te han hecho sentir violento de algún modo.
Se estudian el uno al otro, ella intentado adivinar la respuesta y él desorientado como un cervatillo por las luces de los faros de un coche.
—¿Como hoy?
Vuelve a cogerlo desprevenido con sus preguntas, descubriendo de pronto que acostumbra a obedecer todo tipo de mandatos sin cuestionárselos siquiera. Recuerda el golpe que le ha tenido que dar a Álvaro y traga saliva.
—¿Con mi hija y conmigo?
—¡Ah, sí, claro! Es una marranada lo que hace ese hombre con todo el mundo —alega aliviado.
—¿Qué le ha hecho a los demás?
Las puertas del ascensor se abren y Tadeo se escabulle por ella, olvidando su habitual caballerosidad para evitar sus indagaciones. Le incomoda su cercanía, pues no la reconoce tan habladora e insistente.
—Me suena esta habitación —finge Teresa, aproximándose a la habitación de Álvaro—. ¿Aquí quién duerme?
Centímetros la separan de la manija de la puerta cuando Tadeo evita que la toque sosteniéndola del brazo.
—No te distraigas. El jefe te espera.
—Pero ¿ahí quién duerme?
—Cuando no está en su casa, Álvaro, tu cuñado —aclara el hombre con tono cansino.
—¿Ahora está ahí durmiendo? ¿Por eso no querías que entrara?
—¿Cómo va a estar durmiendo a estas horas? No te he dejado abrirla porque a él no le gusta que husmeen en su habitación.
«Sospechoso», piensa Teresa. Sin intercambiar más palabras, lo sigue hasta el despacho. La puerta crece conforme avanzan, al igual que su inquietud. Se repite las palabras de Joan antes de salir de su piso: mientras siguiera con la fachada de la pérdida de memoria, todo iría bien. Tadeo llama a la puerta y la abre, aunque no entra con ella. La encierra con la bestia dentro.
Es irónico que el despacho más grande de la planta sea para el único que no trabaja ya en aquel hotel. Es por descontado el más bonito de los cuatro y el más elegante en cuanto a decoración y mobiliario. Podría ser utilizado como decorado para rodar una película ambientada cien años atrás. Los muebles han sido creados por un ebanista siguiendo el modelo de la época. Se pueden ver flores de azahar grabadas por todos ellos. La biblioteca, acristalada por una parte, bordea el despacho con libros encuadernados en tela y en piel, con el brillo de obras recién impresas que nunca se han abierto y otras tan desgastadas que parecen que se vayan a deshacer con solo mirarlas. Como todo en aquel hotel, ni el polvo se atreve a llevarle la contraria al viejo. A la derecha del despacho, el ajedrez que tanto obsesiona a su suegro resplandece con luz propia. La reina blanca la mira, atenta a sus movimientos, y le susurra palabras de aliento: «No le temas al rey negro».
Teresa se siente observada y sabe perfectamente por quién. Seguiría con su fachada hasta que Francisco iniciara la conversación. Con falsa curiosidad, sigue observando el despacho como si fuera la primera vez que entra.
—Bienvenida de nuevo, Teresa. ¿Cómo te encuentras?
La estudia, la tiene bajo la lupa con la luz a máximo voltaje y procede a diseccionarla, a descuartizarla si es necesario. La manosea con la mirada, desea saber hasta el más profundo de sus secretos.
—Mucho mejor, muchas gracias. ¿Me has hecho llamar?
La reina blanca en el tablero la anima a empezar la partida.
—¿Qué ha sido de ti estas dos semanas?
—Fui a navegar con la lancha de Miguel Ángel en el puerto, tuve un accidente y caí al mar —resume Teresa.
Aguanta la mirada perforadora, que busca algún resquicio de mentira a la que agarrarse.
—¿Cómo caíste?
—No lo recuerdo, he perdido la memoria. Hay algunas cosas que no…
—Qué conveniente —interrumpe él.
Ambas partes esperan un comentario del otro. Francisco ha lanzado una provocación. La reina blanca le grita desde el tablero: «Ataca».
—Porque no recuerdo, no entiendo muchas cosas como por qué mi familia no vino a buscarme.
—Eso es cosa de Miguel Ángel, pregúntale a él.
—Qué conveniente.
Francisco sonríe divertido con la pulla.
—Desaparecieron varias cosas en mi despacho, ¿tuviste algo que ver?
Piensa en las horrorosas fotografías de Raquel, en el dinero también, pero por alguna razón está convencida de que lo único que le interesa realmente es lo primero. Su rostro se muestra imparcial a pesar de que la repugnancia le corroe.
—¿Qué te hace pensar que fui yo?
—Desaparecisteis a la vez —añade con simpleza.
—¿Por qué no me denunciaste entonces? ¿Qué te ha desaparecido tan valioso para que te molestes tanto y que a la vez no quieras que nadie lo sepa?
Sus manos se cierran sobre el reposabrazos de la silla intentando mantener la calma. Es la segunda persona en aquella tarde que se atreve a confrontarle y no es un sentimiento al que esté muy acostumbrado. Teresa aprovecha la vacilación de Francisco para reordenar sus pensamientos y dirigir sus preguntas hacia el caso. Con el ansia supurando por sus poros, con horror y con rabia, escupe veneno.
—¿Qué es lo que pasó con mi hija el otro día? Me contó que te la subiste a la silla y no la dejaste bajar. ¿Es eso cierto, cerdo asqueroso? —pregunta, mientras da un golpe con la mano abierta en el centro de la mesa sobresaltando a Francisco, quien no se esperaba ese cambio en el rumbo de la conversación—. ¡Contéstame! ¿Te atreviste a meterle mano a tu nieta?
Francisco no dice nada, tampoco puede. Se mantiene estático mirándola espantado.
—El que calla otorga, ¿no es así? ¿Entonces es cierto? —Se sujeta al borde del escritorio porque de pronto siente unas ganas de cogerle del cuello que no puede retener—. ¿Te gusta solo mi hija o te gustan todas las de su edad, las pobres criaturas que no se saben defender? ¡Contéstame, joder!
La dureza de su mirada la atemorizó muchos años atrás, cuando le hizo la entrevista de trabajo. Ni que decir de la vez que fue a su despacho con Miguel Ángel de la mano para anunciarle que Natalia venía en camino y no estaba entre sus planes abortar. Pero, en aquel momento, lo observa y no puede más que sentir repulsión y odio, hasta tal punto que no sabe si puede paralizar sus instintos de acabar con él. Se dispone a salir del despacho cuando un siseo a su espalda la detiene.
—Yo… —murmura con el rostro congestionado por la ira— yo no soy un monstruo. Yo…
La puerta del despacho se abre de improvisto, sobresaltando a Teresa y a Francisco. Con el ímpetu de un huracán, Dolores irrumpe en medio de la habitación seguida de Tadeo, que ha sido forzado a apartarse. Los gritos furiosos de Teresa atraviesan paredes y él ya no puede con tanta información en un solo día. Demasiados secretos que guardar.
Su suegra la mira, con la respiración agitada y los ojos inyectados en sangre. Incapaz de descifrar lo que piensa, se niega a desviar la mirada. Otra pieza se suma al tablero y la amenaza. El silencio es ensordecedor y Teresa advierte que no va a ocurrir nada mientras ella permanezca allí. Regresa a las sombras de donde vino y espera una nueva oportunidad para atacar.
Sus pasos se escuchan silenciosos por el ancho pasillo, los sigue Tadeo a un par de metros de distancia. Se muerde el labio concentrada, elaborando estrategias y decidiendo su próximo movimiento. Al otro extremo del pasillo, una risa estridente que conoce muy bien y que le recuerda mucho a la risa de su hija la hace volverse. Susana, sonrojada y con el pelo desarreglado, muestra una sonrisa enamorada apoyada en el antebrazo de Miguel Ángel.
Retiene la respiración, siente una presión en sus oídos y el corazón se acelera del miedo. Ha estado pensando toda la mañana en aquel momento, en cómo reaccionaría su marido con su vuelta o si se vería capaz de enfrentarlo y hacer como si nada hubiese ocurrido. Nota dolor en su rostro, en sus muñecas y en su estómago. Son los golpes que su mente no quiere que evoque, pero que la advierten de que no le conviene tenerlo cerca. Un velo invisible la envuelve, forma parte de su ser, es ella misma. Y también le duele. Todavía no la han visto, siguen buscándose en los ojos del otro. Nadie habla en aquel pasillo y Teresa oye con claridad los insultos que alguna vez le dedicó dentro de su cabeza.
Quiere volverse pequeñita, fundirse con la tierra, desaparecer. Tadeo observa extrañado sus ojos verdes asustados y el temblor de su labio inferior. Piensa en su propia mujer: si lo hubiese visto con esa actitud cómplice y cariñosa con su cuñada, ella ya le estaría pegando con el bolso hasta hacerle saltar los dientes. Teresa se imagina a Joan junto a ella, sus cálidas palabras de aliento. No va a dejar que Miguel Ángel la anule, otra vez no.
La primera en reparar en ella es Susana, que se detiene en medio del pasillo con un grito ahogado y se le cae el bolso de mano al suelo. Miguel Ángel, sobresaltado, mira en su dirección y, al ver a Teresa, se acerca a ella con los ojos como platos.
—Teresa, ¿qué haces aquí?
«Valiente y decidida», se dice mientras deja que la alcance pese a sus impulsos de salir corriendo. «Recuerda que has perdido la memoria».
—¿Eso es lo único que se te ocurre preguntarme después de haber desaparecido? ¿Acaso me buscaste?
Su voz tiembla, pero si le preguntan dirá que es por enfado, no por miedo. Sus preguntas y el tono atacante de su voz sorprenden a Miguel Ángel más que haberla visto aparecer de repente. Intenta sonar calmado, aunque por dentro lo único que desea es empujarla contra la pared por hablarle así.
—¿Por qué me hablas de esa forma? He estado muy preocupado por ti —comenta, fingiendo estar dolido para ocultar su rabia—. Te estuve buscando y al no encontrar tu cuerpo en el mar, te dieron por muerta. ¿Te puedes hacer una idea de lo mal que lo hemos pasado Natalia y yo?
Reconoce las brasas en su mirada, el fuego lento que lo consume cuando quiere golpearla. A los demás puede engañarlos con sus mentiras, pero no a ella, que lo conoce como la palma de su mano.
—¿Por qué me miras así? —se dirige a su hermana—, ¿no te alegras de verme?
—Claro que me alegro —se apresura a añadir—. Solo me has pillado desprevenida. De veras que me alegro.
Las mismas palabras de Raquel, que en boca de Susana no suenan sinceras y la destrozan por dentro. Quiere regresar con su hija, abrazarla de nuevo.
—¿Dónde estabas? ¿Qué ocurrió?
—Tuve un accidente con la lancha, me di un golpe y caí al mar —relata—. Me encontraron en la playa y me llevaron al hospital. Cuando desperté ya habían pasado días y no recordaba nada. Aún tengo lagunas, no recuerdo muchas cosas. Ahora quisiera volver con mi niña, vosotros ya veo que os habéis acompañado muy bien mientras no estaba —insinúa mordaz.
Antes de que puedan detenerla, se cuela por la salida de emergencias y baja las escaleras a toda prisa. Detrás los deja reflexionando en silencio cómo utilizar la amnesia de Teresa en su propio beneficio.
El ansia la lleva a la segunda planta y se sienta en los primeros peldaños del rellano. Se muerde las uñas como cuando era pequeña y nota que su cerebro se convierte en un avispero. Suena su móvil, asustándola, y contesta antes de que alguien pueda escucharlo.
—¿Quién es?
—Soy Joan. ¿Dónde estás? ¿Va todo bien? —le pregunta preocupado.
La imagen de Miguel Ángel aparece con tanta claridad como si lo tuviera delante, se le encoge la garganta y el estómago se vuelve del revés. Está contenta por cómo ha mantenido la entereza suficiente para no mostrar sus sentimientos, pero ya no puede frenarlos.
—La verdad es que no —susurra a duras penas con la voz compungida.
—¿Dónde estás? —repite Joan.
En pocos minutos, está delante de ella. No ha querido levantar sospechas, así que ha optado por elegir las escaleras en lugar del ascensor. La encuentra sentada ocultando su cara con las manos, con una actitud derrotista. Al oírle llegar, levanta la mirada y su primer impulso es abrazarlo para esconderse. No lo hace.
—¿Qué ha pasado?
Teresa es breve y concisa. Le narra el interrogatorio improvisado a Tadeo, la partida de ajedrez figurada contra Francisco y su encuentro con Miguel Ángel y Susana.
—Vaya, eso sí que son novedades. ¿Qué dijo Dolores? ¿Os oyó discutir a Francisco y a ti?
—Por su cara, te podría decir que sí. Pero mi suegra siempre me mira con cara de haberse atragantado con una nuez.
—¿Con una nuez? —pregunta frunciendo el ceño.
—Con cáscara —añade Teresa, como si con eso lo explicara todo.
Joan se carcajea imaginándolo y consigue sacarle una pequeña sonrisa contagiosa. Más tranquilo, se agacha para ponerse a su altura y la coge de sus manos para infundirle ánimo.
—¿Y Miguel Ángel?
No contesta, no le hace falta. Teresa tiene escrito por toda la cara que está aterrorizada.
—Lo estás haciendo muy bien. Como se enteren en la comisaría, me quitan la placa y te la dan a ti. Estoy convencido de ello.
—¡Venga ya!
—¡Lo digo en serio! Ahora que ya te has tomado un respiro, ¿estás preparada para el segundo asalto?
8
Viernes, 17 de abril a las 20:12 h.
Las tardes se le hacían eternas después de las clases. Como la jornada laboral de su madre.
Javier salía del colegio todos los días y se dirigía a la cafetería donde trabajaba hasta que esta acababa a las ocho. Aunque últimamente no salía hasta bien pasadas las nueve. Aprovechaba la tarde para acabar sus deberes y estudiar en una de las mesas más apartadas y más tranquilas lejos del ruido. Debía darle gracias a la jefa de su madre por permitirlo, así se lo decía ella. Él no encontraba momento para decirle que era una aprovechada.
El buen tiempo lo invitaba a salir a la calle con sus amigos cuando venían a recogerlo, pero su madre no se lo permitía ante la posibilidad de que le pasara algo malo. El Butoni acechaba.
Al lado de las puertas de la cafetería, apoyado en la pared, Javier miraba a la gente pasear.
—Pero mira a quién tenemos aquí, ¡qué chico tan guapo! —exclamó una señora de la edad de su abuela.
—¡Y qué alto! —le contestó la otra.
La primera le tocó la cara, cogiéndole el moflete y apretándolo. Javier aguantó con expresión de disgusto a que la mujer acabara. Las conocía, eran clientas habituales del bar que siempre dejaban buenas propinas a su madre.
Ninguno de los tres se percató de que estaban siendo observados por dos pares de ojos al otro lado de la acera. El chaval fue el primero y cuando ambas mujeres se alejaron, cruzó la calle para encontrarse con ellos.
—Menudo magreo te han metido.
Él asintió distraído mirando sus pies. Su resignación le trajo a la mente viejos recuerdos que latían por ser rememorados.
«Tú te vienes con nosotros», pensó.
***
Teresa ha conseguido librarse de la presencia de Miguel Ángel el resto de la tarde. Sabe que no tardará en encontrarla y que la buscará en la noche después de la cena. Le pedirá explicaciones, detalles para ver si le está mintiendo y, luego, considerará creerla o no. Tiene miedo.
A su hija, más parlanchina que nunca, parece que le hayan dado cuerda y consigue distraerla a veces.
—Mami, tengo tantas ganas de que llegue la hora de la cena.
—¿Y eso?
—Pues porque tengo muchas ganas de estar contigo.
—Yo también, cariño.
Se han duchado y visten batas rosadas a juego que compraron juntas en una tienda. Natalia insiste en que deben arreglarse para aquella cena en su honor y Teresa no puede tener menos ganas. Intenta trenzar su pelo, que al ser tan fino, se escurre entre sus dedos.
—Cariño, ¿qué tal todo por aquí? ¿Qué pasó mientras yo no estaba?
Natalia frunce sus ojos, haciendo memoria, y niega con la cabeza después de unos segundos.
—No mucho. Ya te lo conté.
—Háblame de papá —puntualiza Teresa.
Los hombros de la niña se tensan y la alegría que siempre la acompaña amaina. Por la cabeza de Teresa desfilan multitud de ideas que no quiere pronunciar. Despacio, con mucho tiento, como quien tiene miedo de romper algo muy frágil, Natalia se da la vuelta para mirarla.
—Mamá, papá es muy raro.
—¿Por qué dices eso? —Intenta utilizar un tono pausado y tranquilo, no quiere alertar a su hija.
—Papá sigue insistiendo en que vaya a hacer los deberes a su despacho. No me gusta su despacho, huele raro.
—Eso no tiene nada de malo. Tampoco es tan extraño —respira aliviada Teresa.
—¿Sabes lo que es raro? Me quiso dar chocolate con almendras — le cuenta Natalia mordiéndose el labio.
Teresa no necesita más de dos segundos para saber qué es lo que le disgusta a su hija.
—Eres alérgica a las almendras, ¿en qué estaba pensando? Lo sabe de sobra.
La pequeña respira aliviada y se recompone de la decepción que había estado sintiendo desde hacía días a causa de la insistencia de su padre con la chocolatina.
—¿Sabes lo que me dijo además? Que no fuera mentirosa, que ese es mi chocolate preferido y me lo tenía que comer —añade molesta.
—¿Por qué haría eso?
Natalia se encoge de hombros y cambia el tema de conversación, dirigiéndolo hacia la ropa y sus amistades del colegio.
—Cariño, necesito hablar contigo de un tema importante. Es sobre tu padre y yo.
—¿Os vais a divorciar?
«Algún día», piensa ella esperanzada. Descubre con sorpresa que Natalia no le da la importancia que pensó que le daría. La ve echarse agua de colonia de una botella anaranjada y segundos después la habitación huele a mandarinas.
—¿Por qué lo preguntas?
—No os queréis —resalta lo obvio—. Ya ni me acuerdo de cuándo nos reímos la última vez. Se ríe mucho con la tía Susana ahora.
Tantas emociones por sentir que la traición de su hermana guarda su turno en la cola y todavía no ha tenido tiempo de analizarla. Para Teresa no significa nada que Susana se haya acercado a Miguel Ángel, ni siquiera que se haya acostado con él. Lo que de verdad le duele es ver la falta de alegría que ha mostrado horas antes al verla después de haber desaparecido.
—¿A ti te gustaría vivir conmigo lejos de este hotel?
Natalia la mira extrañada.
—Esto ya me lo preguntaste antes de que te fueras. Papá está bien, no me necesita. Tú sí.
Teresa se aferra a su cuerpecito y le llena la cara de besos.
«¿Preparada para el segundo asalto? Ahora sí».
***
Miguel Ángel camina de un lado para otro en su despacho. Ha estado buscando a Teresa después de haber hablado con ella en el pasillo. Le había dado diez minutos de ventaja y la muy escurridiza se las había ingeniado para desaparecer por el hotel. Piensa que no debe recordar muchas cosas si está actuando tan imprudente.
La vuelta de ella complica mucho sus planes, pues si bien disfrutaba su tiempo con Susana, tendría que volver a ser más comedido en sus encuentros para no suscitar rumores. Con lo bien que le había venido que desapareciera del mapa.
Susana lo ve reflexionar en silencio, perdido en su propio mundo, mientras ella piensa en el suyo propio. Su hermana ha vuelto, es un hecho. No significa que la relación entre ellos tenga que cambiar. Miguel Ángel, su fiera indomable, le haría ver a Teresa que ya no la ama y que se tendría que marchar del hotel.
—Susana, después de la cena te irás a casa.
—¿Perdona? —pregunta ofendida.
—Teresa sigue siendo mi mujer, y por mucho que nos pese, sigue viva. No seas niña.
—Ya le ponías los cuernos antes de que desapareciera, ¿qué sentido tiene lo que estás diciendo?
Miguel Ángel siente hervir la sangre, aunque en el exterior no lo muestre. Susana no conoce tanto su temperamento como Teresa, y esta vuelve a la carga con sus quejas problemáticas. La besa con ira y con violencia mientras la sujeta del cuello.
—Nos separaremos por un tiempo, esa es mi última palabra.
***
Álvaro ha despertado hace una hora. La cabeza le daba vueltas, en parte por el alcohol y en parte por el golpe. Su madre le ha dejado encima de la mesilla de noche galletas de miel y un vaso de leche al lado de un paracetamol. Antes de que se fuera, estuvieron hablando y qué fortuna la suya que siempre se pierde los mejores momentos. Teresa ha regresado y él se ha alegrado por la niña, quien sin su madre parecía un pollito perdido en busca del amor que su padre no sabe darle.
—Mamá, es una buena noticia, ¿por qué no te alegras? —le ha preguntado extrañado.
—Esa mujer nos trae la ruina desde que entró en nuestras vidas.
—Pero ¿qué dices, mamá? —protestó horrorizado—. ¿Cómo puedes hablar así de la madre de tu nieta? Teresa es una buena persona. Deberías alegrarte por ella, y si no por ella, por Natalia.
—Yo sé lo que me digo.
Álvaro suspira resignado recordando la conversación. Se levanta de la cama con intenciones de bajar al comedor privado, pero al verse en el espejo con el traje arrugado y la cara pálida, decide que lo mejor es darse una ducha.
Media hora más tarde y con un atuendo cómodo y lo suficiente elegante para la ocasión, se dispone a salir de su habitación y dirigirse al comedor. Se encuentra en el pasillo, en dirección hacia el ascensor, cuando un olor familiar se adueña de su nariz. Un olor que le transporta a su niñez, un olor que le recuerda a su padre, a las meriendas en la plaza de la Reina en verano y a las riñas en su despacho después del desayuno, a su aliento y sus reproches. Huele a malta recién preparada. Álvaro busca la fuente de ese aroma y la halla en la otra punta del pasillo, en el interior de una taza blanca procedente de la cocina del hotel.
Su madre golpea la puerta, firme y segura, y no espera respuesta. Le escucha gritar, mas no entiende el qué. La esencia y los gritos le traen a la mente los momentos antes de que él se desmayara, todas las palabras que le dirigió y el golpe de Tadeo. El miedo, tan ligado a la imagen de su padre, lo anula por completo alimentándose de todos sus movimientos y del hambre que ha sentido al pensar en la cena. El miedo se ha apropiado de su cuerpo y, sediento, le pide alcohol.
***
Se presenta con quince minutos de antelación en aquel elegante pero acogedor comedor. Los camareros, con un clásico uniforme blanco y negro, se mueven frenéticos siguiendo las órdenes del maître. Se queda embobado admirando la considerable altura del techo y la enorme lámpara de araña decorada con cientos de cristales y numerosas bombillas. Los manteles de tela, blancos como la nieve, hacen resaltar la cubertería de plata y las servilletas de color verde musgo convertidas en flores. Encima de cada mesa, un pequeño candelabro con velas decora la estancia haciéndola más acogedora. A un lado de la sala, un enorme mueble antiguo con un excelente estado de conservación guarda la vajilla, y en la pared de enfrente, una barra americana que comunica con una cocina insonorizada. Cada vez que se abre la puerta, se escapa el ruido de las cacerolas y los gritos del chef.
El comedor cuenta con catorce mesas, de las cuales siete están ocupadas por comensales que hablan en voz baja o comen en silencio. Entre muecas de satisfacción, degustan los platos que tienen al frente. Intenta buscar una cara amiga entre la gente y la única que encuentra es la de Miguel Ángel sentado en uno de los taburetes frente a la barra. Nunca se han visto, aunque Joan lo reconoce por las fotografías de su pizarra. Observándolo desde la distancia con su porte seguro y altanero, no le cuesta imaginar el tipo de persona que es en la intimidad. Consigue caer bien sin esfuerzo y no se oyen más que halagos y admiración de él; sin embargo, todo se queda en la superficie. Si te detienes a observar más allá de la imagen que te quiere dar de sí mismo, se mostrará ante ti sin que hagas un esfuerzo. Una de las cosas que detesta de su trabajo es encontrar personas como él, personas que encajan dentro de un círculo sin levantar sospechas y terminar descubriendo que vende droga a menores en las discotecas de moda o que maltrata a su mujer.
Joan se dispone a regresar a la recepción cuando una voz le llama. Miguel Ángel se acerca con una sonrisa plasmada en el rostro y lo saluda.
—Debes de ser Joan. Te puedo tutear, ¿verdad?
Joan estrecha su mano, imaginando cómo con la misma habría golpeado a Teresa más de una vez, y se obliga a no pensar en ella para no darle un puñetazo.
—Sin problema —afirma con una mueca de circunstancias.
—Mi hermana Raquel me ha enviado a recibirte. Ella vendrá un poco más tarde, ha tenido que irse un momento a casa. No tardará en llegar. Si me acompañas —añade, al mismo tiempo que le da unas palmadas en el hombro.
Jovial y dicharachero, lleva el rumbo de la conversación, quejándose del tiempo de locos que hace en Valencia para luego hablar del tráfico. Le guía a través del restaurante, cediéndole el paso a los camareros y saludando a algunos de los clientes. Joan no sabe a dónde le lleva hasta que ve una portezuela a la derecha del mueble que guarda la vajilla y que se encuentra oculta tras unas cortinas burdeos de rieles dorados. Al otro lado, una sala más pequeña que la que han dejado atrás les invita a sentarse frente a la mesa rectangular de copas centelleantes. El ascensor de puertas relucientes al final de la habitación desentona en aquel lugar. Joan cuenta quince sillas y Miguel Ángel, como si supiera lo que está pensando, le informa.
—Tranquilo, no vamos a ser tantos. En verdad —frunce los labios en una expresión extraña—, vamos a ser menos de los esperados. Sentémonos al lado del minibar, hablemos un poco antes de que venga el aquelarre.
Miguel Ángel insiste en ofrecerle una copa de vino, un especial reserva; la ocasión lo merece. Aun así, Joan declina la oferta, está trabajando, pero omite ese detalle para no alertar al maltratador. Desvía su atención, admirando el gusto con el que había sido amueblado y decorado el hotel.
—Ante todo, me gustaría darte las gracias por traernos a Teresa de vuelta. —Su voz se escucha honesta, aunque la rigidez de su cuerpo indica todo lo contrario—. Nos temimos lo peor. Muchas gracias.
—Es mi trabajo, y ya que lo menciona, debo hacerles unas preguntas de rigor. Las hubiera hecho más tarde, sin embargo, no me he podido hacer con ustedes antes.
—Tutéame, por favor —pide Miguel Ángel.
—De acuerdo, pues te voy a hacer unas preguntas…
—Por favor —interrumpe—, cuéntame antes, ¿qué pasó con Teresa? ¿Qué recuerda?
Se llena una segunda copa de vino esperando respuesta, sonriendo y despertando la irritación de Joan.
—Teresa apareció sin conocimiento en la playa de la Malvarrosa el jueves 23, a las 19:00 horas. La descubrió una corredora que entrenaba y fue llevada al hospital más cercano. Encontraron magulladuras en barbilla, hombro, brazo y muñeca del lado derecho.
Hace una pausa intencionada y lo analiza. Miguel Ángel mira al suelo con la copa entre sus manos recordando cómo aquella mañana habían discutido y, en el calor de la disputa, la aprisionó contra la pared. Había vuelto a empecinarse con el tema del divorcio y él solo quería apagar su voz.
—Como no llevaba la documentación encima y nadie parecía buscarla, no pudimos localizar a los familiares.
—Eso no es cierto, yo puse una denuncia por la desaparición.
Joan enarca una ceja, incrédulo ante la desfachatez de aquel hombre. Si bien se sintió mal al colocar un sistema de rastreo en el bolso de Teresa —sin que esta lo supiera— la última vez que estuvieron juntos, no se arrepintió luego, cuando en la noche del jueves la buscó por su móvil y la encontró en el hospital. Pidió estar al cargo del caso y, aunque al principio se mostró reticente a confiar en el comisario, terminó revelando que Teresa estaba involucrada indirectamente en la desaparición de los niños. Le permitió entonces llevar su caso y tenerla vigilada. Por eso sabía que nadie de la familia Beltrán había puesto una denuncia de su desaparición, nadie se molestó en buscarla y, por sus caras al verla, nadie se había esperado que volviera a aparecer.
—¿Me puedes decir en qué comisaría hiciste la denuncia para hacer el seguimiento? Lo necesito para el informe.
—¿Valdría de algo? Seguro que se tapan el culo unos a otros.
Joan insiste y tras dudar unos segundos, nombra la comisaría en la que él mismo trabaja. Sonríe para sus adentros, Miguel Ángel está cogiendo la pala para empezar a cavar su propia tumba y ni siquiera es consciente de ello.
—Teresa perdió la memoria, ¿qué recuerda?
—Contéstame antes a una pregunta. Unos pescadores encontraron tu lancha dos días después del accidente, avisaron a la guardia costera y ellos a ti…
Miguel Ángel no le deja acabar adivinando la pregunta.
—En cuanto me avisaron pregunté por mi mujer, suponiendo que había sido ella quien la llevaba. Pero tampoco podría haberlo sabido. Me dijeron que no había signos de ella en el barco. Se podía haber ido en coche a ver a las amigas, ¡qué sé yo! La lancha podría haberse soltado del embarcadero. Últimamente la coge mucho mi hermano y es algo descuidado.
Joan asiente escéptico.
—Sobre sus recuerdos, tendrás que preguntarle. Permaneció dos días en coma y, cuando despertó, no sabía ni su nombre. No fue hasta esta mañana que pudo recordar a su familia.
—Entiendo.
Las puertas del ascensor se abren y de él sale Dolores, elegante, con un traje de chaqueta de color añil. Un broche en forma de abeja, adornado con perlas, lanza destellos sobre la solapa. Miguel Ángel recibe a su madre para evitar más preguntas, pues nota que Joan desconfía de sus palabras.
—Mamá, ¿qué te has hecho? Estás guapísima.
Dolores ríe contenta por los halagos. Unos pasos más atrás, Joan se acerca a ellos para apreciar lo mucho que se ha acicalado. Le parece sospechosa su actitud, ya que en la recepción demostró no estar muy contenta con el regreso de su nuera.
—¿No tendrás calor con esa chaqueta?
La intuición de Joan le cuchichea a la oreja y le dice que esconde algo. La mujer se niega en rotundo entre risas por los chascarrillos de Miguel Ángel.
—Mamá, te presento a Joan. Es el policía que nos ha traído a Teresa.
Dolores palidece bajo el maquillaje y, con una risita nerviosa, corresponde el saludo que Joan le ofrece. Su mano sudorosa tiembla con la suya.
—El azul le queda muy bien.
Dolores quiere agradecerle el cumplido, pero el tembleque no la deja hablar.
—Mamá, Joan te va a hacer unas preguntas sobre Teresa. Yo mientras voy a hacer unas llamadas.
Joan reconoce el pavor en los ojos de Dolores; le ocurre con frecuencia cuando los demás saben cuál es su profesión. No le da importancia.
—Por favor, no se altere. Son solo unas preguntas de rigor, nada más. No la voy a meter en la cárcel —bromea en un intento de relajar el ambiente.
Al contrario de lo que cree Joan, aquello solamente sirve para agitarla aún más.
—¿Sospechó que Teresa había desaparecido?
—Bu… bueno, no. No lo sé. Probablemente.
—¿Podría ser más concreta? —pide Joan.
Dolores carraspea y se le queda mirando con sus ojos claros, tan claros que Joan imagina por un segundo cuántos suspiros habrá robado a lo largo de su vida.
—De repente una noche no vino a cenar y le siguió otra. ¿Por qué dejó de venir? No lo sé. Mi hijo y ella no están en su mejor momento. Quise pensar que se había marchado y ya nunca más volvería.
—¿Qué quiere decir con que no están en su mejor momento?
Se muerde el labio, percatándose de que los nervios le han jugado una mala pasada, e intenta enmendar su error.
—Bu… bueno, lo que quise decir es que, como cualquier matrimonio, tienen sus discusiones.
—¿Por qué se marcharía Teresa para nunca más volver si era una discusión normal?
Traga saliva sin percatarse de ello y gira sus anillos en un intento de aparentar tranquilidad.
—Puede que discutieran más de lo normal. Teresa tiene un carácter complicado, usted ya me entiende. Mi pobre hijo ya no sabe qué hacer para lidiar con ella.
—No lo entiendo —añade Joan con más dureza de la que pretende—, ¿me lo puede explicar?
—Teresa empezó a sentirse mal hace unos meses. Mi hijo la llevó a ver a una amiga suya, una psiquiatra, y le recetó una medicación muy fuerte. Descubrimos que se intentó quitar la vida, aunque fracasó en el intento.
Ante aquella respuesta inesperada, Joan se queda sin palabras. Es la primera vez que escucha esa información, Teresa nunca le había mencionado tener intenciones de quitarse la vida. Baraja la posibilidad de que haya sido una estratagema de Miguel Ángel para explicar su desaparición.
—Necesitaré que me den los datos de la psiquiatra.
—Pídaselos a mi hijo, yo no los sé.
Saca una pequeña libreta del bolsillo trasero que siempre lo acompaña en todas sus investigaciones y en la que anota lo más importante.
—Si intenta suicidarse, razón de más para que denunciaran su desaparición, ¿por qué no lo hicieron?
—¿De qué nos está acusando? Mi hijo puso una denuncia.
Joan asiente y vuelve a apuntar en la hoja. Dolores aprovecha para levantarse y abandonarlo con una excusa, desapareciendo por la misma puerta por la que minutos atrás se ha marchado su hijo. El ascensor vuelve a abrirse, esta vez con Teresa y Natalia en su interior. Cogidas de la mano y ajenas a Joan, siguen inmersas en su charla. Teresa ha conseguido, después de muchos intentos, trenzar el cabello de su hija y la acaricia apartando algún pelo que se ha soltado. Joan mira la escena enternecido.
—Buenas noches, señor invitado —saluda Teresa, tranquila de verle allí.
—¡Hola, señor invitado! —exclama Natalia con una sonrisa juguetona.
—Está usted muy guapa esta noche, señorita Natalia.
—Mi madre más.
Se lleva una mano a la barbilla y simula estar meditando. Natalia danza entre ellos y se ríe de las expresiones de Joan. Teresa niega con la cabeza y le imita.
—Pero mira a quién tenemos aquí. ¿Se puede tener a una hija y a una esposa tan guapas como estas?
Miguel Ángel irrumpe en el comedor privado como un vendaval seguido por Dolores, Raquel y Susana. Al llegar a la altura de Natalia, la sostiene por debajo de los hombros y la levanta en volandas girando sobre ellos dos veces. Natalia, feliz por el momento, quiere abrazarlo, pero antes de que pueda conseguirlo la deja en el suelo. Del mismo modo, igual de efusivo, se acerca a Teresa y, estrechándola entre sus brazos, le estampa un sonoro beso en la mejilla. Solo Joan y Natalia pueden ver el horror reflejado en su cara en unos breves segundos que ambos tardarán en olvidar. Por un instante, proyectan la imagen de familia perfecta. Una imagen que Miguel Ángel le intenta vender a Joan y que este no le compra.
Raquel le da un apretón cariñoso a Teresa en el antebrazo y saluda a Joan con una sonrisa. Luego halaga el peinado de Natalia rozando las hebras de su cabello y la coge por los hombros en un medio abrazo para tomar asiento en la mesa. Alejada, en una de las esquinas del comedor, Susana mira la escena con un deje de amargura de quien recela de su propia hermana y sí compra el cuento que Miguel Ángel vende.
—Me temo que mi marido y mi otro hijo no se encuentran bien, por lo que no nos honrarán para la cena —informa Dolores con tono vacilante—. Tendrá que volver en otro momento para hablar con ellos.
—No hay ningún problema. De todas formas —pronuncia mirando a cada uno—, solo me falta preguntarles a ellos dos y a Susana Roig.
Derrochando confianza y desparpajo, se amarra a su brazo y le contesta coqueta.
—Yo te respondo a todo lo que tú quieras, cariño. Será agradable estar al lado de un hombre tan guapo como tú, pero antes descríbeme tu uniforme. Me gustan los altos cargos.
Un alma traviesa y burlona como la de Susana se divierte incomodando a más de uno en la sala. El primero Miguel Ángel, que tenso cual cuerda de piano, organiza los asientos de todos dejando uno frente a otro.
—Vamos, Miguel Ángel, tú has recuperado a tu amor perdido, deja que los demás encontremos el nuestro.
Algunos recuerdos han empezado a regresar a cuentagotas durante toda la tarde. Como el carraspeo casual de Miguel Ángel y al tic nervioso que tiene al rascarse la oreja izquierda de tanto en tanto. Tics que no traen nada bueno.
Teresa quiere advertir a su hermana del peligro, con sus provocaciones no va a conseguir nada más que enfurecerlo. Está inquieta, siente que los envuelve un ambiente pesado, pero son sensaciones que solo ella nota porque conoce a la bestia que acecha en un rincón de la sala con la copa en la mano.
Se van sentando alrededor la mesa, intercambiando palabras y alguna risa. Un par de camareros entran silenciosos y sirven los entrantes. El delicioso aroma consigue hacerle la boca agua. No sabe qué es lo que tiene delante, así que pregunta curioso a Dolores a la espera de que esta le desvele el misterio. No le contesta, se limita a animarle a que pruebe bocado y lo descubra. Espera con impaciencia disimulada a que todos tengan su plato delante para comenzar. Susana intenta llamar su atención con comentarios que, lejos de ser inocentes, intentan incomodarlo. A él le resbalan, pero Miguel Ángel está más pendiente de ellos que de lo que le está contando Natalia y le molestan. Se deshace en elogios con el primer bocado y Dolores asiente llena de orgullo, como si hubiese sido ella misma la que ha preparado el plato. Joan observa que, en su lado de la mesa, se ha convertido en el protagonista de la cena. Sobre él recae la mirada celosa de Miguel Ángel por acaparar todo el interés de su madre y de su amante. A su lado, Raquel y Teresa hablan entre ellas, y Natalia, aburrida por no poder conectar con su padre, juguetea con las migas del mantel.
Llegan los postres y con ellos las tartas más dulces. Sin quererlo, la cena se ha convertido en un pequeño banquete. Raquel se recuesta en el respaldo de la silla, entre suspiros, y hace una broma sobre su peso y que su coche no podrá llevarla a casa. Teresa ríe, libre y relajada después de haber estado tensa durante un rato. Joan no puede evitar sonreír al verla y, antes de que pueda evitarlo, Miguel Ángel lo ha visto.
—Bueno, bueno… Tenemos a un invitado entre nosotros que nos ha estado llenando de preguntas y del que no sabemos nada —añade petulante, aferrándose a la mano de Teresa—. Cuéntanos algo de ti: ¿dónde trabajas?, ¿estás casado?, ¿tienes hijos?
Ante personas como Miguel Ángel no existen respuestas correctas, sino armas en tu contra. Sin quererlo, ha condenado a Teresa por su descuido.
—Pues trabajo en la policía, como ya sabréis. No estoy casado y no tengo hijos.
—¿No tienes hijos? —interviene Raquel extrañada—. Hubiera dicho que sí, se te dan genial.
—Trabajé de canguro hace mucho —miente Joan, pues no quiere hablar de su sobrino delante de unos sospechosos de la desaparición de los niños.
Miguel Ángel ríe como si hubiera dicho lo más gracioso del mundo.
—¿De canguro, en serio? ¿Eso no lo hacen mujeres?
—Papá, eso es machista —salta su hija.
Teresa aplaude las palabras de Natalia en silencio y le guiña un ojo a modo de aprobación. El agarre en su muñeca se hace más fuerte y le hace daño.
—¿Pero qué palabras os enseñan en el colegio? ¿Dónde has oído eso? —pregunta a la defensiva—. De todas maneras, ha sido una broma sin maldad. Os lo tomáis todo en serio. —Carraspea y cambia de tema al ver que nadie le apoya—. Ya sé que trabajas en la policía, ¿dónde?
Se permite vacilar y sonreírle con burla. Nombra la misma comisaría en la que ha afirmado haber puesto una denuncia por la desaparición de Teresa y le da el último bocado a su pedazo de tarta de limón, deleitándose en su expresión sorprendida.
—¡Anda! —comenta con inocencia Dolores—. ¿No es esa la misma comisaría en la que trabaja tu amigo…?, ¿cómo se llama? Tengo una cabeza para los nombres.
—Como ya hemos acabado el postre —interrumpe Miguel Ángel—, ¿qué os parece si vamos a tomar una copa? Mañana es fin de semana.
—¡Sí, sería perfecto! —exclama Dolores juntando sus manos—. Teresa, querida, ¿por qué no subes a tu hija a su habitación y la acuestas? Seguro que ya está cansada.
La niña protesta, pues desea acompañarlos. No quiere marcharse a la cama, ya que a la mañana siguiente es festivo y no hay necesidad de madrugar. Teresa alza una ceja extrañada por el tono cariñoso que le ha dirigido su suegra y se apresura a añadir que se quedará con ella, ya que está cansada de tantas emociones.
Raquel se une a la petición de tomarse la última copa a su salud y ya no tiene oportunidad de negarse. El policía ve que su velada concluye allí y se levanta dispuesto a despedirse. Pero Miguel Ángel tiene otros planes para él.
—¿A dónde vas? ¿No pensarás en irte, verdad? —cuestiona astuto—. Aunque no puedas beber, tenemos varios licores sin alcohol. Además, tengo ganas de proponerte una partidita de ajedrez, ¿sabrás jugar, no?
Aquella pregunta consigue resoplidos cansinos de su hermana, quien pone los ojos en blanco y mira con consternación a Teresa. No entiende su reacción y alza los hombros con una mueca divertida. Todavía no lo recuerda, pero Miguel Ángel cuando siente amenazada su hombría acaba retando al ajedrez a su oponente, un juego en el que rara vez pierde y con el que pretende burlarse de la inteligencia de Joan. Su necesidad de quedar por encima de él le está ganando y, como en muchas ocasiones, está a punto de cometer una imprudencia. Planea llevarle a la sala privada donde su padre y él organizan las timbas ilegales de las que obtienen un buen pellizco cada noche que juegan.
—Miguel Ángel, ¿de verdad te apetece jugar al ajedrez a estas horas? —pregunta Raquel más seria.
—Por supuesto, si a Joan no le importa.
Echa un vistazo a su reloj, todavía le quedan un par de horas para regresar a la comisaría y acepta. La niña se encuentra con el ceño fruncido, de brazos cruzados y el labio superior ligeramente hacia fuera; es la viva imagen del enfado. Teresa le acaricia la cabeza y le hace señas para que se despida de todos.
—No me gustáis nada, ninguna de vosotras —dice señalando a Raquel y a Dolores.
A regañadientes las besa en las mejillas. Luego llega a Joan.
—Gracias por traer de vuelta a mi mami.
Y lo abraza fuertemente, derritiendo más de un corazón en aquella mesa y provocando que otro se consuma en llamas.
—Vamos, Natalia, no lo molestes más y vete a dormir —ordena su padre.
Se muerde el labio, molesta, y le coge la mano a Teresa para llevársela a tirones hasta el ascensor. Cuando este cierra sus puertas, Miguel Ángel habla de nuevo.
—¿Pasamos a la sala de los juegos?
Los camareros entran en el comedor privado y recogen los platos vacíos de encima de la mesa. Miguel Ángel es el primero en levantarse y, tras él, le siguen todos los demás. El ruido que provocan las sillas al arrastrarse se une al tintineo de los platos formando un pequeño caos. Joan no se pierde detalle de las miradas de advertencia que Raquel, desesperada, lanza a Miguel Ángel. Intenta evitar que su hermano se meta la mano en el bolsillo interior de la americana, pero él la aparta con delicadeza y se dirige al ascensor. La expresión de Raquel cambia cuando descubre a Joan mirándola y se apresura a disimular preguntándole si le gusta el ajedrez. Se encoge de hombros, le es indiferente.
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