Kitabı oku: «El libro de Lucía II»
MARÍA LUCÍA CASSAIN
El libro de Lucía II
Una mirada retrospectiva

Cassain, María Lucía
El libro de Lucía II : una mirada retrospectiva / María Lucía Cassain. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-87-1622-0
1. Narrativa Argentina. 2. Relatos. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Dedicado nuevamente a mis seres amados.
Prólogo de la autora
Antes de empezar este libro, solo tenía algunas ideas rondando en mi cabeza y a medida que las iba volcando comencé a hacerme nuevas preguntas y ello redundó en nuevas respuestas.
No creo ser original, en este emprendimiento, sé que agregar algunas fotografías a un texto decididamente, no lo es.
Pero me permito escribir nuevamente con “aires de originalidad”, porque al hacerlo –aunque pudiera pensarse que todo ya fue dicho– lo hago empeñada en brindar reconocimiento a los demás, en estos ingratos tiempos en los que, por necesidad hasta se retacean los abrazos.
Vivimos de manera vertiginosa, muchas veces agresiva y es por esto que he procurado que éste, no sea un libro que “ataque”, sino que resulte un paseo coloquial, ilustrado con fotografías y amigable aunque en el mismo se transite por algunas realidades, que pueden ser extremadamente crudas o desagradables.
¿Me acompañan con la lectura?
Agradecimientos
A los integrantes de mi burbuja, Daniel, Lucrecia y Juan, y a quienes siempre me alentaron en esta “empresa literaria no criminal”.
El nombre
El ser humano es un ser biológico, que a veces es buscado y en otras oportunidades resulta solo un suceso accidental, que puede truncarse o llegar a ser.
Al nacer, a la persona se la identifica con un nombre o prenombre y apellido, el que se considera que es un derecho y un deber y constituye uno de los atributos de la personalidad que perdurará a través del espacio y el tiempo y, por lo general, aún después de la muerte.
El nombre es un derecho humano y la ley le brinda su protección y para ejercer su defensa ha previsto acciones que pueden ser iniciadas por la persona interesada, y en caso de fallecimiento, incluso, la pueden ejercer los descendientes, cónyuges, convivientes, etc.
Los otros atributos de la personalidad son en nuestro Estado de derecho la nacionalidad, el domicilio, la residencia, el estado civil, la capacidad y el patrimonio.
Volviendo al nombre, en la Argentina, en el fuero penal no he tenido la oportunidad de apreciar que el cambio del nombre o apellido sea algo común, sin embargo en el fuero civil se encuentra previsto que ello suceda cuando existen “justos motivos”, para lo cual se necesita autorización judicial. Es que, podría ocurrir que algún nombre o apellido resulte peyorativo o tan extravagante que pudiera afectar la personalidad y en consecuencia el juez resulta quien debe evaluar que la petición de su cambio no obedezca a razones frívolas o caprichosas.
Hay otros casos que no requieren autorización judicial y son aquellos por ejemplo de cambio de prenombre y apellido por haber sido víctima de desaparición forzada, apropiación ilegal o alteración o supresión del estado civil o de la identidad, lo que ocurrió y fue como consecuencia de hechos descubiertos después de la dictadura militar.
Ahora bien, hablando del nombre, cuando era chiquita, mi adorada tía Tota, que se llamaba Teresa Aurora –y fue como una segunda madre– me contó que, estando mi mamá embarazada, en algún momento antes de mi nacimiento pensaron en mi casa en llamarme Celeste, si era una niña.
En esa época, no existían las ecografías que pudieran anticipar el sexo del feto antes de nacer y entonces en las familias se barajaban por igual nombres de varones y de mujeres durante los embarazos e incluso algunos afirmaban que sería “la persona por nacer” de uno u otro sexo, según la forma de la panza de la embarazada, y luego del parto se establecía quién había tenido razón, en esa suerte de acertijo en los que se involucraban además de los familiares, a los amigos y vecinos.
Para el momento en que mi tía Tota me lo contó, el nombre Celeste no lo había escuchado jamás. Me pareció un nombre raro, y si bien aquella idea no me disgustó, porque pensé en mi cabecita que celeste es el color del cielo y el color celeste pastel me agradaba por demás, me seguía sonando como un nombre muy, pero muy raro.
Al final, mi nombre fue María Lucía y ya siendo más grande, casi una adolescente, mi mamá, que se llamaba Amalia Argentina, siendo su segundo nombre ese, porque justamente era la primera mujer de nombre Amalia que en el seno de la familia de mi abuelo nacía en este país, no tuvo la mejor idea que contarme por qué mi segundo nombre fue Lucía y esto resultó una historia diría que especial.
A ella me he referido solo en forma oral en el pasado, con cierto sarcasmo algunas veces, lo que confieso abiertamente, y ahora puedo traerla a mi presente, con una significación muy diferente a la que le di entonces. Y en esto es seguro que influyó en mi pensamiento el trabajo que efectué en la terapia psicoanalítica, de la relación que mantuve con mi madre y cómo ella influyó en mi vida.
“Lucía” se llamaba la madrina de mi mamá, que era una mujer muy alegre, nacida en Andalucía como su hermana y resultó que ambas mujeres españolas, que no sé cuándo arribaron al país ni con quién, se habían casado con dos hombres argentinos que trabajaban en el campo, también hermanos entre sí.
Me relató mi mamá que las dos parejas vivían en dos casas distintas del pueblo, ubicadas en una misma manzana, pero con puertas de entrada, cada una de ellas por calles diferentes, y que no obstante se comunicaban las dos viviendas por los fondos.
Los maridos de las dos trabajaban juntos la tierra y, en las épocas de cosecha, algunas noches no regresaban a sus hogares a pernoctar.
Ninguno de los matrimonios tuvo hijos y parece que Lucía sufrió una enfermedad grave, mi madre no me dijo cuál fue, tal vez ni ella misma supiera el nombre de la dolencia, pero había llegado a su conocimiento que, a raíz de ello su madrina dejó de tener relaciones sexuales, por lo que sospechó y así me lo dijo, que debió haber tenido alguna vinculación con lo ginecológico y el sistema reproductivo.
Me contó que, a partir de esas circunstancias Lucía comenzó a recibir anónimos, supuestamente, de distintas mujeres, que le hablaban de la infidelidad de su esposo y esos anónimos eran notas, que aparecían como dejadas por las noches, por debajo de la puerta de entrada de su domicilio.
Por esta situación Lucía se fue trastornando, los mensajes que recibía eran reiterados y terminó apagándose, perdiendo la alegría, sufriendo una gran depresión.
Cuando escuchaba ese relato –desde mi frágil adolescencia– pensaba que lo que le ocurría a esa mujer no podía ser para menos, le estaban diciendo –personas que ocultaban su identidad–, que era traicionada por su esposo. Sin haberla conocido ni siquiera en fotografías, la imaginaba en el momento de recibir aquel primer anónimo, la sorpresa que le debió causar su lectura, su tristeza, desazón y el dolor que debió invadirla, y luego, en las siguientes mañanas el temor a seguir recibiendo aquellas “cartas malas”, que no podían ser otra cosa que escritas por malvados o malvadas.
¡¡¡Pobre Lucía!!!, pensaba yo.
Continuando con su relato mi madre me dijo que una tarde ambas hermanas se encontraron, de modo casual en el patio trasero de los fondos que compartían y la hermana de Lucía –de la que nunca supe el nombre– observó que ella estaba parada frente a la jaula de los pájaros y manipulaba en sus manos una sustancia, lo que le llamó la atención, y al preguntarle qué estaba haciendo allí, Lucía le manifestó que acababa de darles de comer a los pájaros, a modo de justificación.
Esa noche los hombres –o sea sus maridos– por cuestiones de trabajo no regresarían a sus domicilios, y Lucía le pidió a su hermana ir a dormir a su casa, y ya entrada la noche cuando concurrió al domicilio de aquella al verla llegar, su hermana se impresionó, porque Lucía se había puesto un camisón largo que le resultó horrible y se lo recriminó, era parecido a una mortaja.
Ambas hermanas se acostaron a dormir y a la mañana siguiente, Lucía yacía muerta en la cama de su hermana.
Luego se determinó que Lucía había tomado veneno, aquella sustancia que su hermana vio que manipulaba junto a la pajarera.
Lo cierto fue que Lucía dejó tres cartas. Una para su hermana a la que le pedía perdón por los horribles momentos que le haría pasar.
Otra, dirigida a mi mamá, su ahijada, que en ese tiempo estaba pupila en el Colegio Nuestra Señora del Huerto, ubicado en Pergamino, de religiosas que eran de media clausura. Mi mamá no me refirió el contenido de aquella. Es más, creo que ella nunca la leyó. Su padre, es decir, mi abuelo Manuel, no se la entregó, supongo que no lo hizo porque mi mamá tenía apenas 16 años, solo le dijo que era una carta de despedida.
La tercera carta fue la dirigida a su marido y la dejé para el final a propósito, ya que trascendió que en ella Lucía le vaticinó que no volvería a dormir jamás y ello resultó una predicción implacable.
Aquel hombre de campo enorme, corpulento, entró en una gran crisis, a tal punto que, en lo sucesivo, sus días transcurrían de un modo angustiante y en las noches no podía siquiera apagar la luz. Dijeron en el pueblo que comenzó como a consumirse y no pudo más con su vida y como al año falleció. Tampoco mi madre supo explicarme por qué…
Después de escuchar esta terrible historia, en la que mi madre dejó rondando la idea de que habría sido posible que el marido de Lucía tuviera algo que ver con la confección de esos mensajes maliciosos, sentí mucha bronca, creo que esa revelación no fue lo mejor que pudo haberme contado mi mamá a tan temprana edad, para decirme por qué llevaba el nombre de su madrina. Me pareció uno de esos cuentos de terror, de Edgar Allan Poe que había leído alguna vez, y que me causaron tanto miedo.
En aquel momento todo lo interpreté mal, sentí que al llamarme por el nombre Lucía me había trasmitido un gran pesar, el de una mujer que había optado por quitarse la vida, pero más tarde, con el correr de los años, la madurez y el análisis, como lo anticipé, la rabia se me pasó, se transformó en comprensión, hacia mi mamá y hacia su madrina.
Sentí además mucha pena de que las mujeres, en la época en que ocurrieron estos hechos, no contaran con la información y los recursos que sí comenzamos a tener nosotras, las de mi generación, que pudimos ir asimilando y aplicando los conocimientos adquiridos, aun pese a las corrientes que pretendieron mantenernos en situación de subordinación.
Hoy, estoy orgullosa de llamarme Lucía, pensando que ello en definitiva resultó un homenaje “al fin de cuentas”, que tal vez le hizo mi madre a quien recordaba como su alegre madrina.
Por cierto siempre me encontré muy alejada de la idea del suicidio.
El optimismo forma parte de mi ser, y si bien he vivido momentos de profundo y agudo dolor, ese sentimiento cesó luego de un tiempo, en que la quietud y la introspección retrocedieron, dando paso a la llegada del ave fénix que me permitió siempre resurgir, y como no puedo dejar de lado el humor también pensé, menos mal que me llamaron María Lucía y no me pusieron los nombres Celeste y Blanca porque si no, por haber nacido el 20 de junio, el Día de la Bandera, en la escuela mi sobrenombre hubiera sido “Belgrano” o “banderita”. ¡¡¡Ja, ja, ja…!!!
Para muchos Lucía es el nombre de Santa Lucía, “la iluminada por Dios”, para otros fue la ópera Lucía de Lammermoor, y para muchas mujeres fue el nombre de aquella mujer que inspiró la canción que compuso Joan Manuel Serrat y todas las Lucías deseamos haber sido ella.
Por último, alguien dijo: “el nombre somos nosotros mismos en labios de los demás”, y esto me permití transcribirlo porque me resultó encantador.
Aquí va una fotografía de mi mamá Amalia Argentina García.

La muerte cerebral (1982)
El 3 de junio de 2019 estando en Santa Ponsa, en Palma de Mallorca, por casualidad veo en la televisión que están dando aquella película de Almodóvar llamada Todo sobre mi madre, que me gustó muchísimo. No me detuve a verla nuevamente porque ya tenía programada otra actividad y me estaban esperando para salir, pero
ello bastó para que recordara, entre otras cosas, que de ese film extraje algunas situaciones que me llegaron muy especialmente, porque ellas me remontaron a otras que había vivido y así apareció el deseo de escribir sobre ellas.
Una de aquellas escenas resultó la donación de órganos que hizo una madre –papel que protagonizaba la actriz argentina Cecilia Roth–, quien donaba los órganos del cuerpo de su hijo adolescente, que había sufrido un accidente, que me parece que ella misma había presenciado, no lo recuerdo con exactitud. Había ocurrido en la calle, una noche bajo una lluvia intensa, a la salida del teatro cuando aquel jovencito fuera atropellado por un coche, cuando se dirigía afanosamente en la búsqueda de un autógrafo de la actriz principal de la obra.
Si puede hablarse de categorías de muerte, ya que los otros días me sorprendí escuchando a una escritora que se refirió a una muerte, la producida por veneno, calificándola como de medio tono, esta, en mi concepto, podría decirse que se enmarca en una muerte absurda y atroz.
Y me llegó tanto esa situación, justamente porque Cecilia Roth, en aquel personaje que encarnaba en la película, trabajaba en una institución que como centro único coordinaba y fiscalizaba las actividades de donación, ablación y trasplantes de órganos, tareas que en la Argentina realiza el INCUCAI.
Es que la paradoja fue que quien convencía a otras personas de donar los órganos de sus seres queridos, tuviera ella misma que encontrarse haciéndolo, sola, en un momento de su vida respecto de su hijo, su ser más amado. Y no era para menos.
Esta era una de las encerronas para mí, típicas, de las películas de Pedro Almodóvar.
La ablación de órganos y el trasplante o implante de órganos en mi mente ocuparon un lugar preferencial. Lo descubrí en la Facultad de Derecho, en un curso en la licenciatura en Criminología.
El profesor, Dr. Manuel García Reynoso, quien por entonces se desempeñaba como juez penal en San Martín, a quien no conocía, el día que tuve el gusto de hacerlo habló en su clase de ese tema, de la Ley de trasplantes nro. 21541 vigente en el país y de su decreto reglamentario nro. 3011/77 con una profundidad y un tono delicado que me impactaron y debo confesar que el tema en aquel momento me apasionó.
Creo que esto me ocurrió en 1982 y lo tenía tan presente por aquello del diagnóstico correcto que debía realizarse de la “muerte cerebral”.
Este diagnóstico era el resultado de aquellos procedimientos específicos que se exigían para poder extenderse el certificado de fallecimiento del dador, a los efectos de la ley, juicio que debía realizar un equipo médico integrado por un médico clínico, un cardiólogo y un neurólogo o neurocirujano, quienes establecían el cese total e irreversible de las funciones cerebrales y que por cierto, esos profesionales no podían integrar el equipo que posteriormente podía llegar a intervenir en la ablación o el o los implantes.
El art. 21 de la ley y el art. 21 del decreto reglamentario establecían la comprobación de los signos y de las pruebas que debían realizarse de modo minucioso para garantizar el derecho a la vida del dador, y la documentación que debía labrarse, con la firma de los profesionales intervinientes y familiares presentes.
Para decirlo de una manera distinta, ese certificado era la confirmación del “no retorno” y podría decirse, aun de otro modo, del “no regreso” de la persona a su conciencia y a la vida normal, inexorablemente.
Era como algo muy fuerte para mi sensibilidad, el cerebro fue un tema que me atrajo desde el cuarto año de la escuela secundaria y su funcionamiento me interesó desde mi primera y hasta ahora única juventud.
Recuerdo incluso haber conversado este tema con el Dr. Federico Nieva Woodgate cuando se desempeñaba como fiscal de Cámaras de Morón, porque era un hombre con quien podía hacerlo, sea por su seriedad, sea por sus amplios conocimientos científicos, médicos y jurídicos, sea por la confianza que me inspiraba.
Humildemente, esto de sobrevivir en estado vegetativo o artificial no lo sentía, personalmente, como algo que pudiera considerarlo digno para mi propia vida, sino al contrario, totalmente opuesto al valor que para mí representaba en aquel tiempo y aún en el presente la libertad y las tomas de decisiones, en todos los aspectos de la vida.
No se me escapa que otras personas puedan tener otras concepciones contrarias absolutamente a la mía, y en ese sentido siempre voy a considerarlas muy respetuosamente, ya que considero que esas otras miradas, y así lo creo, pueden, las más de las veces, estar inspiradas en el amor y en concepciones espirituales distintas a las mías y lo contrario justamente sería no aceptar la libertad de los demás.
Mientras escribo estas líneas viene a mí el recuerdo de otra película en la que ocurría un accidente en el tránsito y la víctima, que resultó al igual que en el film de Almodóvar un joven, había resultado en ella atropellado también por un vehículo. Ese joven era protagonizado por el actor Darío Grandinetti, el médico que lo atendía en el hospital público al que había sido trasladado herido fue interpretado por el actor Luis Brandoni y, la enfermera asistente, su maravillosa colaboradora, era protagonizada por la actriz uruguaya China Zorrilla.
Recuerdo una escena, en que conversaban en presencia del paciente. En esa ocasión, era como que se daba por cierto que el joven moriría y en esa cuasiagonía Grandinetti movió su mano o rozó la del médico o de la enfermera apoyada en la camilla, no lo sé bien, tal vez estuviera presente alguna otra persona como el camillero y, sea quien fuere, quien percibió ese movimiento se sorprendió, alcanzó ese gesto para conmoverlos y alertar a todos. Se dieron cuenta de que el paciente los estaba escuchando y que, con ese casi imperceptible y diría que intencional gesto expresaba que estaba allí y que quería vivir.
El azar hizo que ese sutil movimiento del joven rozara a un otro u otra y ello alcanzó para su salvación. ¡¡¡Ese joven vivió!!!
Fue esta una de esas películas que me resultaron inolvidables, porque veía en ella cómo la vida y la muerte se debatían dentro de la cotidianeidad entre aquel médico y la enfermera, dos buenas personas que hacían en este país lo que podían con sus vidas privadas y con la profesión, dentro de la estrechez de ese hospital público, precario en cuanto a los elementos disponibles y grandioso desde el punto de vista del factor humano.
La realidad no ha cambiado aún y hoy, en este febrero de 2021, luego de releer el relato anterior al que había dejado descansar, como algo mágico me sucedió que recordé el nombre de esta película a la que estaba haciendo referencia fue Darse cuenta y entonces rápidamente me sumergí en Google y allí estaba, como esperándome la información acerca de ese film, comprobando así que su director fue Alejandro Doria, quien casualmente vivió en el edificio en el que yo habito, mencionándose además que la canción del film había sido “La maza”, justamente la de otro de mis admirados de siempre, Silvio Rodríguez, cuyas canciones y las de Pablo Milanés me acompañan amorosamente desde un casete y desde hacía muchísimo tiempo, tantas y repetidas veces.
Digresiones aparte y volviendo al relato, en esos cabildeos estaba cuando un tiempo después de aquella importante clase, que sobre la Ley de trasplantes dio el Dr. García Reynoso, en la licenciatura en Criminología de la Facultad de Derecho, la vida judicial en Morón me colocó en la fuerte situación de tener que afrontar un episodio vinculado a esa muerte, y preparar la documentación correspondiente para que sean llevadas a cabo ablaciones y trasplantes de órganos.
Fue un sábado a la mañana, en que siendo la titular de la Secretaría nro. 3 del Juzgado en lo Penal 2, estaba de turno, y en esa oportunidad en que nos hallamos como “de guardia” con mi amiga Haydeé Tudisco, que en ese momento era auxiliar y con Graciela de Palo, que era oficial 5. to, esta última y yo decidimos ir a comprar unas “cositas” al centro comercial de Morón. Aclaro que en esos momentos no existían los teléfonos móviles.
Por cierto, mirando las vidrieras tardamos un rato en regresar y cuando lo hicimos, la Negra Haydeé, nuestra amiga y auxiliar, estaba como loca. Es que nos contaba, apabullada, que sonaban al unísono los teléfonos de los despachos del juez y el de la Secretaría. Esos llamados provenían desde una comisaría y desde un hospital, por un hecho de suma gravedad y las comunicaciones eran, como no podían ser de otra manera, insistentes y agitadas.
Se había impuesto en nuestras nóveles vidas ese sábado una carrera contra el tiempo y el destino sin que lo supiéramos.
Habían llamado a la Secretaría por teléfonos fijos, desde aquellos lugares, la comisaría y el hospital, comunicando la “certificación del fallecimiento” de una chica, muy joven, recién casada, que tuvo un aneurisma cerebral y que, ante ese cuadro, que el equipo médico calificó como “irreversible”, su también muy joven esposo autorizaba la donación de sus órganos. A estos llamados se agregaron los que con la premura del caso realizó el director del INCUCAI.
A escasos minutos de llegar a mi despacho, tuve arriba de mi escritorio las actas que se habían labrado en el hospital, al rato recibí en él al joven viudo que autorizaba la donación, a nosotras se nos partió el alma.
Recuerdo que estaba apoyado por su entorno familiar más íntimo, el propio y el de su esposa, y por supuesto venía junto a ellos el oficial de policía que había estado tramitando las actuaciones en la Comisaría.
Concurrieron a la Secretaría, además, todos ellos junto a la psicóloga del INCUCAI, que ya había sido previamente convocada desde el hospital y aun antes de que en el Juzgado nosotras tuviéramos noticia de los hechos. Ella había estado trabajando el tema de la decisión con aquella familia, que estaba sumida en una inconmensurable angustia.
La psicóloga me pareció una profesional fuerte y decidida y también cálida en su manera de expresarse, condiciones especiales por cierto, porque ella fue la encargada de llevar a cabo las conversaciones con los familiares de aquella joven, y al propio tiempo fue quien junto al personal policial nos proporcionó a nosotras toda la documentación que debía suscribirse para las presentaciones ante el INCUCAI, ya que este instituto además debía realizar otras diligencias por su parte, para poder coordinar todas las actividades médicas que se iban a desplegar, a partir de este suceso.
¡Ya existían en esos momentos “listas de espera”…!
La donación de órganos no obstante no era por aquella época un procedimiento muy habitual, sino más bien algo excepcional y aún muy discutido desde lo jurídico y diría también que desde lo filosófico y lo religioso.
Sin embargo, pese a sus cuestionamientos era ya un procedimiento legal y en este caso tuvimos cierta tranquilidad en relación con cómo había sucedido el hecho.
Se había producido en un accidente doméstico, la caída por una escalera, justamente, como consecuencia de ese aneurisma y la circunstancia de que los padres de aquella jovencita coincidieran con el consentimiento que debía brindar exclusivamente el esposo, quien además cumplía con los deseos de ella, que alguna vez les hubiera transmitido a todos, esa circunstancia nos ofreció un marco de cierto sosiego.
Por otra parte, tomamos conciencia de que además el joven estaba apoyado en la decisión que había tomado por sus progenitores, y todo ello nos brindó la certidumbre de que no estábamos en presencia del encubrimiento de una muerte violenta, dolosa o culposa, sino ante una verdadera tragedia familiar.
Diría que la Secretaría se transformó desde ese mediodía, lentamente y hasta el anochecer, en una sala de velatorio, en cuyo espacio, cruzado por el dolor, había personas presentes y también otras personas ausentes, por qué no decirlo.
Fue un lugar de acompañamiento íntimo, irremediable y fatal, que culminó ese día, luego de labrarse todas las actuaciones que correspondían en presencia del esposo, la psicóloga del INCUCAI, los padres de la joven y otros familiares más, en el Hospital Fernández, en la entonces Capital Federal.
Allí, en la guardia, me estaban esperando los médicos, y entregué personalmente la autorización judicial para la realización de los procedimientos que se habrían de practicar, es decir, la ablación de órganos y, al propio tiempo, su implante en pacientes receptores de estos, en uno o varios quirófanos ya preparados especialmente, en el que aguardaban los cirujanos, instrumentadores quirúrgicos y otros colaboradores.
En ese momento tenía 30 años de edad, era muy joven en años y en apariencia aún más. Recuerdo que los médicos del Hospital Fernández que me recibieron me invitaron a presenciar alguna de esas intervenciones quirúrgicas que realizarían, ellos también corrían contra el tiempo y, al escucharlos, el susto invadió mi persona, por supuesto rechacé ese ofrecimiento y raudamente me fui en mi autito, con la pavura a cuestas, y en soledad.
Toda la experiencia vivida había sido muy fuerte e intenté esa noche refugiarme y encontrar consuelo, en un lugar amigo.
Fue en vano, no alcanzó la calidad ni calidez de los dueños de casa –Beatriz y Hugo– para que yo pudiera atajar los sablazos que aquella noche recibí. Allí se encontraban reunidos un grupo de personas, algunas de ellas muy soberbias y las palabras de un engreído, que denotó una gran incomprensión e insensibilidad, en relación con lo que lamentablemente comenté que había vivido, quien por cierto apareció ante mis ojos como algo así como un “refrigerador”, ello me obligó nuevamente, a salir despavorida, llorando, huyendo en mi autito para, en definitiva, recluirme como hubiera correspondido haberlo hecho de inicio, en mi casa, aunque fuese sola y con el corazón partido.
Nuestra intervención en aquel caso para mí –aunque necesaria– fue horrible y resultó ser otra de las experiencias que me marcaron en el ejercicio profesional, por la precisión con la que tuvimos que confeccionar la documentación que debimos realizar, junto a mis fieles colaboradoras Haydeé y Graciela y por lo que, obviamente, subyacía en ese papeleo.
Por cierto hoy, no recuerdo exactamente qué órganos fueron donados además del corazón, y nuevamente me reservo otros detalles de aquel acontecer, que conmovieron diría que hasta el infinito mi sensibilidad, ya que algunas personas tuvieron el tupé, desde la ignorancia o desde la soberbia –en realidad no lo sé–, o desde la ausencia –tampoco lo sé, exactamente–, de poner en cuestionamiento el contenido de aquella ley, sobre la base para mí de sus convicciones cortas.
Ese día, con mis amigas Graciela y Haydeé estuvimos transitando durante diez horas un difícil sendero, el de la muerte cerebral, un certificado que acreditaba el inicio del proceso de la muerte y también por qué no mencionarlo, el de la esperanza de la prórroga de la vida o de la calidad de vida de una o más personas –como las dos caras de una misma moneda– y por supuesto agradezco a ellas dos aquel “predestinado acompañamiento”.
Y digo esto porque tal vez no haya sido casual habernos encontrado “de guardia”, juntas, ese sábado de turno, en la Secretaría nro. 3 del Juzgado en lo Penal nro. 2, sito en la calle Bartolomé Mitre al 900 de Morón, cuando en aquel nosocomio de la Capital Federal se sucedían aquellos tremendos hechos.
Las vueltas o, mejor dicho, el camino de la vida me cruzó nuevamente con aquel profesor, el Dr. Manuel García Reynoso, que me había enseñado y anoticiado de la existencia de la Ley de Trasplantes, y ese cruce ocurrió siendo ambos jueces de cámara, en los Encuentros anuales que reunían a todos los que nos desempeñábamos en los Tribunales Orales Criminales de la justicia nacional y federal de todo el país, cuando comenzaron a funcionar esos tribunales orales en 1993 y allí iniciamos con Manolo una hermosa amistad, en la que el relato de ese suceso, por supuesto, se hizo un lugar, oportunidad en la que le agradecí sus claros conceptos.
Vaya este relato y sin más correcciones en homenaje a Manolo García Reynoso, primero mi profesor y luego mi entrañable colega y amigo que falleció el 26 de junio de 2019, y acompaño aquí una foto que nos sacaron en uno de los Encuentros que mencioné, en Bariloche.
Acompaño además otra foto informal junto a mis amigas luchadoras: Haydeé y Graciela.


Han transcurrido muchos años, ha habido nuevas leyes vinculadas al trasplante de órganos…, la última nro. 24. 447, sancionada el 26 de julio de 2018, reglamentada el 7 de enero de 2019, se la llama Ley Justina por Justina Lo Cane que falleció el 22 de noviembre de 2017 esperando un trasplante de corazón. ¡Este es mi humilde homenaje a aquella niña!
Pero hay más...
Dije al inicio de este relato que, en aquella película de Pedro Almodóvar, Todo sobre mi madre, que luego supe que ganó el Oscar a la mejor película extranjera, hubo otro tema que me atrapó, y este fue aquel monólogo improvisado del personaje de “Agrado”, que hacía la actriz española Antonia San Juan.
En una escena que protagonizó, explicaba al público del teatro, en el que resultaba asistente de las actrices estelares, que esa noche no podría verse la función por razones de fuerza mayor y que quien quisiera podía retirarse y se le devolvería el precio de la entrada o permanecer allí y escucharla, ya que ella hablaría de sí misma y haría una improvisación.
Y al cabo de unos momentos, en que se terminó el movimiento de aquellos que optaron por retirarse de la sala, Agrado comenzó a decir que se llamaba así, porque siempre quiso agradar a los demás, que se había rasgado los ojos, colocado prótesis de siliconas en las mamas, se había levantado los pómulos, etc., para ser una mujer más linda y precisaba, graciosamente, las cantidades de dinero que había gastado en aquellas operaciones, todo esto de un modo muy simpático y risueño, escuchándose de fondo, que el público reía a carcajadas durante aquella fabulosa para mí interpretación y la cámara además había registrado los gestos de algunos rostros de los integrantes del público.
Pero lo que más me gustó fue aquella frase que dijo casi al final: “No hay mujer más auténtica que aquella que más se parece a lo que soñó para sí misma”.
No sé si esta frase la escribí, exactamente... ¡¡¡pero su profundo mensaje me resultó sorprendente!!! Es que siempre pensé que las personas, cada una dentro de sus posibilidades, se construyen a sí mismas. Y, en definitiva, son lo que son, en gran parte, por lo que hicieron consigo.
Que es cierto también, que el entorno facilita mucho el camino, pero no es lo definitivo. La circunstancia personal ayuda y también en parte el azar, cuando cada quien desea ser como decide ser y trabaja para ello.
Repasando mis notas, advierto que cada día estoy más convencida de lo que afirmaba aquel personaje Agrado y pienso yo misma en el camino que he transitado en mi propia vida al respecto.
También vaya este homenaje a ese personaje. ¿Será de ficción o no?

Antonia San Juan
La danza, y otras cosas...
Escuché a un periodista en televisión decir que todo el mundo tiene una biografía que puede ser interesante para los demás y que solo deberíamos estar dispuestos a escucharlas. Me pareció una genialidad, como tantas otras cosas que percibo a diario, leo o escucho, y si bien no sé por qué ni cuáles habrán sido los disparadores, lo cierto es que aquí estoy, en esta tarde de confinamiento forzoso, trayendo a mi mente el recuerdo de mi profesora de danzas Luisa Grinberg.
Cuando la conocí, era una mujer grande, según los muy jóvenes, diría que de más de cincuenta años, yo tendría 6 años de edad y así la veía desde mi estatura, lo cronológico, y hoy debo decir que era también grande desde un punto de vista humanístico y artístico, sencillamente encantadora y su secretaria, que se llamaba Isabel, era su pareja y resultaba ello en esa época algo así como una relación prohibida que, no obstante constituir un secreto a voces, todos los que las rodeaban las respetaban.
El estudio de Danzas estaba en Ramos Mejía, sobre la calle Bolívar, un departamento muy antiguo en un primer piso, al que se accedía por una escalera de mármol blanca, que contaba con un despacho de recepción con escritorio, en el que atendía Isabel. Una habitación adyacente que funcionaba como vestuario, donde nos poníamos la malla de danza y las zapatillas y allí, en ese lugar que a su vez era como una sala de espera, justamente nos esperaban conversando quienes nos llevaban a las clases, ya que éramos todas niñas pequeñas.
A mí me llevaba mi tía Tota y no he podido dejar de valorar y admirar la paciencia y el compromiso que asumió conmigo… íbamos dos veces por semana, los martes y los viernes desde las 18. 00 horas y esto de llevarme a la clase de baile lo hizo por cierto durante varios y consecutivos años, diría muchos años, y debo reconocer que era un gesto de amor monumental, no lo hace cualquier persona por una sobrina, pero ella sí… ¡Cuántas cosas habrá dejado de hacer por mí!
Volviendo al estudio de danza, recuerdo que contaba aquel departamento con una sala de baile propiamente dicha, con barras en una de las paredes laterales y en las enfrentadas había colocados espejos muy grandes, que las cubrían íntegramente y hasta una altura de por lo menos 2 metros, lo que hacía ver el lugar más espacioso de lo que era en realidad.
Dentro del mismo salón, había una arcada y ella delimitaba dos espacios, uno más pequeño en el que también había colocadas barras y espejos, desde el cual la profesora nos enseñaba y marcaba los movimientos y pasos que nosotras, las alumnas, debíamos reproducir, en ese otro espacio más amplio en el que nos situábamos. No éramos más que seis o siete en la clase y una de ellas, la de más edad, se llamaba Rosa, un día dejó de venir. Al cruzar por un paso a nivel, del ferrocarril Sarmiento en Haedo, cuando se dirigía sola a la escuela fue atropellada por el tren y aquella tragedia fue algo que Luisa Grinberg nos debió comunicar y por supuesto fue algo muy fuerte para nosotras que nunca la pudimos olvidar.
Es más, creo que el miedo que me produce cruzar un paso a nivel aún hasta ahora se vincula con aquel episodio e incluso, si una película comienza con la visión de una vía de tren y la presencia de chicos cerca de esta, esa sola escena me causa una gran intranquilidad, en realidad un estado de alerta que solo se disipa cuando verifico que el ferrocarril pasó y ningún niño fue atropellado por la formación.
Regresando a las clases de danza, viene a mí que siempre la iniciábamos con una rutina y todos los días íbamos incorporando nuevos movimientos, con una música muy suave de fondo. Si bien allí estudiábamos danza clásica con esas zapatillas de punta, de color rosa, bellas y odiosas que son las responsables de mis actuales juanetes, hacíamos además en la segunda parte de la clase danza moderna.
Esta era algo nuevo, y Luisa Grinberg en esa época fue una de las pioneras en la Argentina, y debo decir que además de bailarina era coreógrafa y directora de conjuntos artísticos infantiles, discípula de Ana Itelman y de muchos otros que buscaban en la danza nuevos modos de expresión. María Fux, en ese tiempo, trabajó en el desarrollo de la danza terapia y todo esto ocurrió para mí y lo viví en la década de los años sesenta.
Siguiendo con el lugar en el que bailábamos, recuerdo que los pisos del estudio eran de madera y estaban muy bien cuidados, ya que no podía haber en ellos alguna astilla que nos alcanzara a lesionar, no sé cómo los tratarían en ese tiempo, ya que no existía el plastificado, bueno… recuerdo esos pisos siempre impecables. Esta academia a la que iba desde tan pequeña era en realidad como una sucursal o apéndice de un estudio enorme e importante que tenía montado Luisa Grinberg, en su propia casona, en la zona del barrio de Flores.
Allí concurrí algunas veces, a ensayos de lo que sería un ballet especial, creado por ella misma y otros colegas, incluso de otras nacionalidades que conformaron el Centro de Investigación, Estudio y Experimentación de la Danza, era un ballet de danza moderna, que entre otras cosas se destacaba porque no todos los bailarines hacían los mismos pasos al unísono, sino que si bien había normas, estas no eran tan rígidas como en la danza clásica y para mi gusto resultaban un arte y estilo mucho más expresivos.
Sin duda era algo singular, muy creativo y avanzado para la época. Las mallas de danza de distintos colores, brillantes, que iban adheridas a los cuerpos conformaban, junto a telas glamorosas, gasas y sedas que las cubrían de modo irregular, algo estéticamente muy hermoso y allí la improvisación y el movimiento de las telas tenía un lugar preponderante, todo ello conformaba un lenguaje que tenía efectos visuales espectaculares.
Recuerdo alguna vez haber ido a ver bailar a mi profesora Luisa Grinberg y a aquel ballet que integraba y dirigía, sobre una plataforma en los lagos de Palermo, fue de noche y me resultó aquello un espectáculo realmente maravilloso. Durante aquellos años bailamos en teatros e incluso en televisión y esas experiencias para mí resultaron importantes.
Supe por entonces quiénes eran Rudolf Nuréyev y su pareja de baile Margot Fonteyn, luego quiénes eran Maya Plisétskaya y Jorge Donn.
Recuerdo especialmente al primero, porque me había parecido asombroso que, estando en París, se hubiera rebelado contra la Unión Soviética y pedido asilo político a los policías franceses, y del último porque era argentino, nacido en El Palomar, muy cerca de mi domicilio de la infancia, había sido alumno de María Fux y se había ido a bailar a Europa donde triunfó junto a la bailarina rusa mencionada, entre otras, y lo pude llegar a apreciar muchos años después, cuando en 1981 demostró todo su estilo en aquella memorable película Los unos y los otros, en la que bailó de un modo exquisito “El bolero de Ravel”.
Sin embargo, a la danza la dejé. Abandoné esos estudios a los 14 años de edad, porque creo que me pasaron muchas cosas.
Por un lado, sentía vergüenza en aquel momento de la exhibición de las formas de mi propio cuerpo ante el público. Aunque había bailado con este cubierto con la clásica malla negra, resultaba para mí una sensación de incomodidad que me era difícil superar, el exceso de pudor me venció. Por el otro, para ese momento odiaba las zapatillas de punta, eran muy bonitas, pero me hacían doler mucho los pies.
Todo esto no se lo dije a nadie, ni siquiera a mi tía Tota, que por supuesto lamentó mucho mi decisión.
Pero, además, esa determinación coincidió con hechos muy puntuales en mi vida, la muerte de mi abuela Teresa, la primera pérdida importante. Con el cambio del colegio secundario. De uno religioso, privado y solo de mujeres pasé al público y mixto, el Manuel Dorrego de Morón. También me retiré de la Iglesia católica como institución, todo ello por mis propias y secretas decisiones.
Obviamente sufrí en ese momento una crisis muy grande, abandoné aquella etapa mística que atravesamos muchos jovencitos y jovencitas en ese tiempo, el mío era el deseo de convertirme en monja para servir a Dios y a los niños, en mi imaginación del África, para pasar luego al alejamiento total, primero de la capilla del colegio, de la parroquia de Ramos Mejía después y como ya lo dije de la Iglesia en general.
Habían sucedido algunas cosas. Alguien me hizo saber que el cura con quien habitualmente nos confesábamos no había respetado el celibato y apostaba a las carreras de caballo, lo que resultó para mí como un choque frontal, en el que se imponía como un enorme disvalor la hipocresía; a una compañera mía, la única internada en el colegio, la descubrí una mañana haciendo la limpieza de sus pisos, siendo víctima de lo que percibí como una explotación por parte de las religiosas, como que era obligada a hacerlo por haberle dado acogida allí, realizando lo que hoy se calificaría como un duro “trabajo infantil”, un síntoma de la explotación. Otra compañera, de raza negra, era discriminada por el resto de las alumnas porque decían que tenía “olor” y ni las monjas ni las profesoras hicieron nada, para defenderla y yo ese tercer año que estuve en ese colegio me sentaba junto a otra de las chicas, que sufría también algún tipo de diferencia de trato, por su color de piel, y obviamente lo hacía para brindarle protección.
Todo lo que vivía en ese momento era muy fuerte, estaba bloqueada en el idioma inglés, y la profesora Miss Hamilton tuvo una muy buena idea, me hizo leer alguna obra de William Shakespeare en castellano. Hoy, con sinceridad, no recuerdo cuál de ellas, pero lo cierto fue que esa profesora me resultó ¡supercomprensiva! Creo que ella intuía todo mi dolor.
En ese tiempo Luisa Grinberg había viajado a Roma, a dar un seminario en la Accademia Nazionale di Danza de aquella ciudad y yo aproveché su ausencia por unos meses, para no ir más al estudio de danzas de la calle Bolívar en Ramos Mejía.
A su regreso, me fue a buscar a mi casa junto a su secretaria Isabel. Recuerdo que la presencia de ambas, que llegaron en un automóvil Peugeot 403, me impactó, no me imaginaba que podía ser importante en sus vidas y entonces avergonzada les prometí que retornaría a las clases y volvería a formar parte del grupo de ballet. Pero la verdad es que no pude hacerlo, no tuve fuerzas suficientes y siempre me quedé con la culpa de haberles fallado.
Luisa Grinberg fue una persona a la quería muchísimo, a tal punto que recibió de mis manos, como un regalo precioso, la trenza de cabello más gorda, cuando cumplí los doce años de edad y me las dejaron cortar, y esto fue así cumpliendo la promesa que le hice desde chiquita. La otra trenza aún la conservo en mi poder, en una vieja caja en la que se presentó, alguna vez, una importante corbata.
Entre los 14 y 15 años de edad veía tantas injusticias en el colegio de monjas, en la vida familiar y en general a mi alrededor, que creo ese fue el momento en el que confirmé mi destino profesional, decidí ser abogada y “pelear” desde ahí, y esta elección la hice, más allá del placer que me producía ir a aprender danza y bailar.
No obstante, agradezco en mis sueños y en mis pensamientos las enseñanzas de aquellas maravillosas mujeres, me refiero a mi tía Tota, por su compromiso y tenacidad en mi formación, a mi abuela Teresa, por ser una experta en dulzura y en dedicación a los otros, ella me hacía los mejores huevos fritos que he comido en mi vida, que son por cierto mi plato favorito, y a mi profesora de danzas y su secretaria por presentarme desde pequeña la existencia de otras perspectivas de la vida, las relacionadas con el arte, la belleza y la libertad. Todas juntas me enseñaron el camino de la estética, del cariño y del amor.

En esta se aprecian las trenzas.

Aquí de bailarina rusa

Mi adorable tía Tota.
Acerca de los premios, los castigos y que el diablo mete la cola
En algún tiempo tuve una amiga y colaboradora, que me criticaba porque a su entender yo no hacía un uso debido de los castigos, y entonces, más allá de reconocer sin duda alguna que la entrega de premios a su criterio yo no escatimaba, en una ocasión en que, por esa situación se sintió como ofuscada, molesta por mi manera de ser y de actuar, en una circunstancia en que, raramente, permanecíamos calladas, supongo que era porque estábamos muy cansadas, ocurrió algo, diría que muy especial y que ahora lo voy a contar.
Íbamos, como tantas veces, creo que regresando del trabajo. La recuerdo a ella manejando su automóvil y yo de acompañante y en razón del pesado silencio, instaurado entre ambas, que percibía como que excedía el cansancio, no se me ocurrió otra cosa que decirle, amigablemente, “que le compraba el pensamiento” y la sorpresa para mí fue que muy rápidamente, en un tono y un modo muy serios me contestó que “su pensamiento no estaba en venta” y ante ello seguimos nuestra marcha hacia no sé dónde, en respetuoso y absoluto silencio.
No quise indagar más, seguramente sus pensamientos deberían ser tan feos respecto de mi persona, y mi actuación, que no se podían exhibir y, como tantas otras veces en mi vida, aquello lo dejé pasar.
No me arrepiento, es probable que, si hubiera en ese momento insistido para saber más, hubiera permitido que el diablo metiera la cola y hoy creo que aún no era la hora de su aparición en nuestra relación.
Mi amiga “Prudencia” existía, aunque era un ser ideal, era una verdadera amiga sin que yo lo supiera hasta muchísimos años después de aquel episodio, y anónimamente se había presentado en mi auxilio a fin de que aquella relación no cayera, ese día, cuanto menos en un abismo diría infernal.
Gracias, “Prudencia”, este es un homenaje a vos, mi amiga ideal y nuevamente gracias a tu oportuna intervención.
Leemos desde quienes somos
Los otros días participé como oyente en el Festival Internacional de Literatura Policial, BAN, siglas estas del Buenos Aires Negra, el séptimo festival que organizó el Gobierno de la Ciudad en el Centro Cultural Recoleta, dirigido por el escritor Ernesto Mallo, y en homenaje a Roberto Fontanarrosa. Un encuentro que se desarrolló entre el 5 y 8 de noviembre de 2019.
En esa oportunidad, en una de las intervenciones, un periodista, creo hoy que fue Reynaldo Sietecase inició su exposición con esta frase: “leemos desde quienes somos” y esas palabras me llegaron, mejor dicho, me “pegaron” y por eso las apunté inmediatamente en Notas, en mi teléfono celular, recurso que adopté porque ya no tengo forma de escribir manual, ni con letra cursiva ni en imprenta.
¡Sí, efectivamente, me quedé sin poder escribir prácticamente a mano, y aclaro que lo hacía con la derecha!
Y acá me permito una digresión, a los quince años abandoné la escritura en letra cursiva, porque una persona de mi entorno familiar me dijo que tenía una letra infantil y como en ese momento ya estaba empezando el cuarto año de la secundaria, tal aseveración me pareció horrible y entonces por eso directamente la abandoné.
Fue así como comencé a escribir con letra de imprenta, más o menos dibujaba las palabras y quedaba muy bien, pero luego, ya en la facultad, la rapidez necesaria para tomar notas manuscritas en las clases hizo que afloraran al mismo tiempo los restos de la escritura en cursiva y en imprenta, y por supuesto a estas últimas ya no tenía tiempo de realizarlas muy prolijamente, y a esto se agregó el uso de la máquina de escribir, luego el teclado de la computadora y todas estas circunstancias completaron el camino para atrás, que en ese sentido, había iniciado a los quince años de edad.
Ahora, de regreso al relato debo decir que aquella frase “leemos desde quienes somos” me llamó a la reflexión, porque justamente uno de los capítulos de la segunda parte de mi primer libro, lleva el título “Leer y escribir” y lo había escrito antes de concurrir a ese festival, por lo que obviamente aquella aseveración me sorprendió y me llevó a atreverme a dar un paso más, por creer que también en muchos casos, por no decir en todos, también “escribimos desde quienes somos”, y ahondando un poquito más acerca de todo esto, también llegué a pensar que al escribir no podemos dejar de hacerlo de un modo autorreferencial, aunque en ello no vaya completamente nuestra voluntad.
Esto por cierto lo empiezo a pensar porque nuevamente me asalta la idea de que, sea que se escriba en la ficción, o en relatos de no ficción, se termina siendo autorreferencial, porque el ser humano no es una abstracción, sino que somos cuerpo, mente y espíritu y desde ahí nos expresamos, indefectiblemente.
La verdad relativa única, singular o especial, que pueda contar un escritor referido a una persona que existe o existió realmente en el mundo, o al personaje inventado creado por él mismo, lleva un sello de identidad y en estos días confieso que he descubierto mi absoluta ignorancia respecto de la literatura y de las letras en general.
Concurrí entre el 28 y 30 de noviembre a escuchar a famosos periodistas, escritores, y editores, nacionales y extranjeros que participaron en el CCK, exponiendo en la tercera edición del Festival Basado en Hechos Reales (BaHR) que se llevó a cabo en este 2019 dedicado a la escritura de no ficción, con la que más me identifico, y en su transcurso comencé a registrar conceptos, para mí nuevos, y esto me llevó a aceptar las enormes limitaciones que tengo en lo relativo a las “Letras” y a su mundo. En síntesis, a aceptar mi única, singular y especial ignorancia, respecto de este quehacer, que emprendí como una nueva aventura personal.
Una periodista, en otra charla en ese festival habló de la responsabilidad de las palabras, dentro de su profesión y yo, en este tramo, de este nuevo sendero que se abrió en mi vida, el de pretender convertirme en una escritora, y encontrándome en la primera estación, a la que bauticé “la del aprendiz”, comprendo que las palabras que pronuncie por escrito, justamente, debo asentarlas con responsabilidad, no por el rol que alguna vez cumplí en la sociedad, sino porque a estas no se las habrá de llevar el viento, sino que permanecerán en el mundo y en los tiempos, registradas, sea en un libro –aunque olvidado– en una biblioteca pública o en una personal, en una librería, o en una nube, dispuestas a bajarse de ella si alguien las busca, y sea además, por el motivo loable o no, que fuere.
En un relato que titulé “Fechas trágicas”, en las que hablé del atentado de la AMIA y de la muerte de Natalio Alberto Nisman, con quien fuimos compañeros de trabajo, hice mención de una carta que me escribió Hernán Longo, prosecretario de la Fiscalía Federal nro. 1 de San Martín, en la que Alberto fue su titular, con motivo de mi traslado desde el Tribunal Oral nro. 1 al nro. 4 de San Martín, en diciembre de 1998, y me permito aquí transcribir textualmente esa carta porque para mí es una JOYA que Hernán me regaló en mi carrera judicial, que decía así:
“Para quienes creemos, más allá de toda razón, en la justicia (extraña deidad cuya presencia se intuye, no se razona), es siempre una tranquilidad, una íntima y secreta confianza, advertir que hay personas que con valiente dignidad cumplen el arduo rol de ser jueces. Sean las que fueren sus decisiones, uno descansa en el pensamiento de que son acertadas; acaso no tanto por lo que dicen, sino por quien las dice. Quizás sean un exceso estas palabras, que dirige un humilde empleado a una jueza. Pero si me he valido de esta resma para decirlas, es porque creo que no ha de ser vano para usted escucharlas. Respetuosamente. Hernán Longo”.
Qué puedo decir de esto, que su lectura me hizo llorar antes y también me emociona cada vez que la recuerdo. Esa carta la guardo como un tesoro porque Hernán en ella, nuevamente, me remonta a lo que siempre fui, soy y seguiré siendo, un ser humano sensible que habrá, en esta nueva etapa, desfachatada de la vida si se quiere, en la que me he propuesto desasnar a mi persona y escribir, llegar a hacerlo con responsabilidad.
En fin, empecé diciendo que “leemos desde quienes somos”, continué señalando que “escribimos desde quienes somos “ y me resulta hermoso pensar acaso que lo que alguna vez pude decir ofreció a algunos un cierto descanso dentro de la agitación permanente que la vida produce para tantos.
Gracias, Hernán Longo, este es un homenaje a tu persona y como vos lo vaticinaste creo que este reconocimiento tampoco ha de ser en vano que lo leas o escuches alguna vez. Respetuosamente. María Lucía Cassain.

Los festivales mencionados de 2019.
Las guerras y las mujeres
Anoche vi el programa televisivo El corresponsal, en el que el periodista Nelson Castro entrevistaba a una colega llamada Karen Marón. Yo no la conocía y como la presentación me resultó muy inquietante me dispuse a escuchar el reportaje y ahí me enteré que aquella mujer trabajaba como corresponsal de guerra, y esa tarea a la que se había dedicado, según lo dijo toda su vida, me pareció algo monumental.
De un lado, por la valentía que considero debía tener para hacer ese trabajo, y desde otra perspectiva por la fortaleza necesaria para poder afrontarlo por el riesgo personal que debe significar estar inmersa en situaciones tan extremas como un frente de batalla y desde allí, dispuesta a comunicar al resto del mundo aquello que pudiera ver y, además, la necesidad de informarlo con objetividad.
Siempre la actividad desarrollada por un corresponsal de guerra de cualquier sexo me pareció una de esas tareas que, si pudiera calificarse diría que merece, en lo que al periodismo se refiere, un respeto superior.
Desde que era una niña y vi por primera vez una película de guerra–al igual que ahora–, pensé y pienso que no cualquier persona puede estar ahí, en ese lugar, sea un frente de batalla o en un campamento de refugiados sin ser militar, sino alguien muy, muy especial. Así, esa noche esa periodista me recordó a su colega del diario Clarín, Alberto Amato, a quien descubrí no hace demasiado tiempo, pero el suficiente como para comenzar a seguirlo y a admirarlo.
Karen Marón afirmaba, en la charla con Nelson Castro, que era fundamental en los campos de refugiados lograr empatía con aquellas personas sufrientes y ello requería una amplia formación, no solo la académica relacionada con el periodismo, sino que además las circunstancias exigían el conocimiento de la historia, la geografía, su permanente actualización, conocimientos de antropología, idiomas y que todo aquello en su conjunto era necesario, como para comprender a aquellas personas, de otras culturas, a veces tan distintas a la nuestra, la occidental o cristiana.
Decía, en consecuencia, que todo ese aprendizaje resultaba imprescindible y esencial como para realizar un trabajo serio y tan riesgoso desde lo físico y lo emocional, y finalizó aquella conversación entre colegas manifestando la corresponsal que su mayor deseo era la PAZ, aquel estado en el que la humanidad deje la guerra inspirada a su criterio en el poder y la codicia y yo me permito agregar –humildemente–, que generalmente aquella viene acompañada por años de odio, venganza, crueldad, fanatismo, desde lo religioso y lo racial.
Pues bien, ese reportaje me recordó aquella otra actividad, la que realizan los Médicos Sin Fronteras y que, a una de las médicas la conocí personalmente, en una charla que dio en la Argentina, hace ya varios años, cuando todavía me desempeñaba como jueza y en esa ocasión aquella médica nos explicaba a nosotras, las que formábamos parte de la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina (AMJA), el trabajo que realizó en un campo de refugiados en Montenegro, durante la guerra de las Balcanes.
El relato de su experiencia como médica y mujer fue un testimonio que me impactó y también lo hizo aquello otro que nos transmitió, su percepción acerca del comportamiento de las mujeres víctimas de la guerra en esos campos de refugiados. Ella tendría apenas treinta años e hizo hincapié en su exposición en el trabajo delicado que hacían aquellas mujeres en Montenegro, en pésimas condiciones, y que pese a todo vio cómo ellas llevaban adelante la crianza y educación de los hijos y se dedicaban amorosamente al cuidado de sus “viejos” y recuerdo que esa sencilla exposición me sirvió personalmente para no pecar de arrogante, en mi propia tarea de jueza, a partir de esa misma tarde.
También este recuerdo me transportó a otras dos conferencias, una, la que brindó en nuestro país la jueza que presidió la Corte Penal Internacional que juzgó los crímenes de guerra del genocidio ocurrido en Ruanda, entre abril y julio de 1994, guerra étnica de la que se dijo que resultó una carnicería, en la que se intentó el exterminio de la población tutsi y se estimó que murieron cerca de 800. 000 personas, las que fueron asesinadas por los miembros de la etnia hutus, utilizando precisamente machetes para descuartizar familias enteras y en donde las mujeres que sobrevivieron al genocidio fueron violadas.
Esta jueza era una mujer perseguida y al propio tiempo fue muy cuidada en esa función y con sinceridad nos informó que no pudo dormir nunca en una misma casa, durante el desarrollo de ese juicio. Recuerdo que ella, con su exposición, cerró el Encuentro Internacional de Mujeres Jueces que se desarrolló por primera vez en la Argentina, mientras su presidencia estaba a cargo de la Dra. Lidia Soto.
Con la custodia que cabía ofrecerle a aquella valiente jueza, en un vehículo blindado que puso a disposición la empresa Mercedes–Benz de la Argentina, la fundadora de la AMJA, Dra. Carmen Argibay, fue a recibirla a Ezeiza y desde allí prácticamente esta mujer directamente asistió a la cena que en su honor se hizo en Parque Norte, en la ciudad de Buenos Aires en la que recibió el aplauso de algo así como mil personas. ¡Un acontecimiento sin igual!
La otra conferencia que recordé fue la que brindó justamente la doctora Carmen Argibay luego de haber integrado como juez ad litem, ella misma del Tribunal Penal Internacional para el juzgamiento de los crímenes de guerra o lesa humanidad de la ex–Yugoslavia, circunstancia que la llevó a La Haya.
En esa disertación Carmen, con la sencillez y la humildad que la caracterizaron siempre –quien nos impuso la costumbre de que la llamáramos así, simplemente por su nombre–, en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho de la UBA nos informó, en marzo de 2001, acerca de los horrores vividos por las mujeres durante otra guerra. En esta conferencia, “Crímenes de guerra, crímenes de la humanidad”, Carmen contó su experiencia como miembro del Tribunal Internacional que juzgó la esclavitud sexual durante la Segunda Guerra Mundial, en los países invadidos por Japón, cuando aún no se había considerado que las violaciones durante su transcurso fueran delitos de lesa humanidad, sino solo consecuencias de la guerra.
Nunca olvidaré la calidez con la que Carmen Argibay nos convocaba para nutrirnos y capacitarnos en las cuestiones de género y, por cierto, le estoy eternamente agradecida, porque sus palabras siempre fueron una invitación para adquirir, desde nuestra función de magistradas, un mayor y especial compromiso con la sociedad.
La guerra, su antónimo la paz, y esa palabra resuena en mi cabeza en estos últimos días de diciembre, en que nos deseamos PAZ para el año 2020 que se inicia, y en eso veo un cartel en la vidriera de un comercio que decía que “para que haya paz además del deseo tiene que existir la voluntad de concertarla”.
No creo que la casualidad o el azar hubiera colocado a las mujeres que mencioné en los lugares en que desempeñaron sus trabajos en el mundo y, por lo visto, ellos han sido justamente el de solidarizarse con “los inocentes de la humanidad” como la periodista Marón lo expresara, tantos que luego del cese del fuego y como lo contó a modo de ejemplo, aquellos inocentes debían aceptar haber perdido a uno o veinte miembros de su familia luego de un bombardeo u otra atrocidad, en apenas minutos o algunas horas, quedándose así, sin hijos, sin maridos o esposas, sin familia junto a otros sobrevivientes, aturdidos…, en una situación de desamparo de tal magnitud que los llevaba a arrastrarse por la vida, a veces por el camino de la locura.
Este dato que me dejó esa corresponsal nunca lo había llegado a pensar detenidamente y esto directamente me conduce a la reflexión de que la locura en esos lugares, debe representar para muchos la puerta de salida para huir del dolor que significa tan catastrófica realidad. ¡Qué lejos estamos muchos de nosotros de esos “presentes tan injustos” para tantos seres humanos en la actualidad!
Esto lo terminé de escribir el 22/12/2019 y hoy, en este 8/1/2020, veo nuevamente a la periodista Marón en televisión, es mediodía y justamente es el momento en el que brinda su mensaje al mundo Donald Trump, quien por lo visto ha decidido no seguir adelante en la pulseada iniciada con Irán y esta circunstancia me llevó a reabrir este archivo.
Vaya este relato en homenaje a las mujeres que he mencionado y a aquellas anónimas que sufrieron y sufren tanto.
Quinta Conferencia Internacional (año 2000) realizada en el Teatro San Martín de la ciudad de Buenos Aires.

Aquí las fotografías de la Dras. Carmen Argibay y Lidia Soto.
En este sábado 11 de abril de 2020, por segunda vez reabro este relato. Me encuentro en la isla de Palma de Mallorca, confinada desde el 14 de marzo pasado, en el que el Gobierno español decretó el estado alarma y lo hago porque justamente este acontecer es algo así como una guerra y en esta, a mi criterio, las mujeres nuevamente deben ser honradas.
Covid–19. Una “peste moderna,” ignota hasta ahora, global y afamada en pocos días, por la cantidad de seres humanos contagiados y fallecidos, que nos obliga nuevamente a realizar un nuevo recorrido por nuestro interior y no me refiero al espacio físico del obligado confinamiento que llevamos casi todos, sino al del espíritu, para seguir aprendiendo cuáles son nuestras posibilidades y nuestros límites, como mujeres, madres, abuelas, hijas y profesionales, ya que, además de arrastrar los mandatos del esfuerzo que nos inculcaron, adaptarnos a los cambios tecnológicos e informáticos brutales que se han producido, derribando al mismo tiempo prejuicios y muchísimos temas tabúes, llegamos a hoy, para adquirir la certeza de que además conformamos un gran grupo de riesgo, dirían los sociólogos “el colectivo de las mayores”, desde el que trataremos también en esta oportunidad de sortear la enfermedad, la locura y la muerte de las mujeres que aún hoy siguen siendo “mujeres marginadas”.
Han transcurrido veinte años desde aquella conferencia internacional que mencioné y, no obstante, los grandes cambios propiciados y esperados no se han producido. Muchas mujeres siguen realizando trabajos informales que seguramente perderán durante esta pandemia, otras serán víctimas de la violencia de género, ya que el encierro obligado despertará la ira de los “maltratadores”. Otras, las más pobres, no podrán ofrecerse a sí mismas ni a sus hijos los medios elementales y necesarios para evitar el contagio del virus. Me preocupan además las refugiadas, las enfermas y las ancianas. Tampoco me olvido de aquellas otras que están siendo víctimas de la trata.
Solo puedo en estos momentos desde lo material contribuir económicamente para paliar tanta desgracia, y solo puedo con mis palabras ofrecer consuelo a la distancia a aquellas que se sienten solas y que están presentes en mis rezos.
Gracias a todas las mujeres médicas, enfermeras y asistentes que luchan en estos momentos en la trinchera de la salud, aun a costa y riesgo de sus propias vidas, como vos, Teresita Díaz, que lo hacés desde tu espacio en el Hospital San Juan de Dios de Bogotá.
Ellas por cierto merecen mucho más que el aplauso internacional y este es mi humilde homenaje. ¡¡¡Nuevamente GRACIAS!!!

Teresa Díaz
La estatuilla
Corría 2012, un día cualquiera, estábamos llegando con Jorge de Espada, mi custodia de la Policía Federal, al Tribunal Oral en lo Criminal Federal nro. 4 de San Martín cuando, a un costado del portón metálico de acceso a él, aclaro, el único existente para peatones y vehículos, vemos una pequeña estatuilla, del tamaño de aquellos enanos de jardín que desde chica me producían fea impresión.
No obstante, no pensé nada malo en ese momento, no nos detuvimos a observarla, su presencia la habíamos advertido muy fugazmente, en el instante en el que, doblando el volante hacia la derecha ingresábamos con el auto al garaje para dejarlo estacionado allí.
Luego de descender y ya dentro del edificio, como de costumbre después de algunos saludos formales y de otros más cariñosos a “mis chicas”, me dirigí a mi despacho y como siempre me sumergí en el trabajo, olvidándome de aquella visión. Al rato Jorge de Espada entró en la oficina para informarme que la estatuilla que habíamos visto al llegar era la del famoso “san la muerte”.
Por supuesto que esto no me agradó, en esos momentos estábamos haciendo varios juicios, con muchos procesados –detenidos la mayoría de ellos– y por hechos muy graves.
Uno de esos juicios resultaba el relacionado con la efedrina, su ilegal exportación a México vía aérea, camuflada como un producto dietario, el que era seguido a personas de esa nacionalidad que en nuestro país habían montado un laboratorio de producción de metanfetamina y a otras personas más, hechos que durante la investigación del caso habían sido relacionados con el cartel de Sinaloa, recordando que cuando leí por primera vez la causa apareció en ella la foto del Chapo Guzmán. En ese momento reconozco que no sabía quién era y mi falta de información en esa oportunidad, como en tantas otras pienso hoy, me ayudó a trabajar diría con cierta tranquilidad y audacia sin tener en cuenta el grave riesgo que podía estar corriendo.
El otro debate oral que se estaba sustanciando en ese momento se vinculaba con una banda de delincuentes que habían cometido varios secuestros extorsivos y este llamado “san la muerte” es de conocimiento público que es el que invocan los “delincuentes” para agradecer sus proezas y también para hacer daño a los demás, cuando las cosas no les salían bien.
Ello podría decirse que estaba sucediendo en ambos casos, ya que las pruebas que se iban produciendo en ambos debates no eran alentadoras para ninguno de los detenidos implicados en esos juicios.
En fin, ante la desagradable noticia, de que habían colocado la estatuilla de “san la muerte” en el ingreso al tribunal, lo que vaticinaba sin dudas que alguien estaría direccionando alguna maldad hacia los que lo integrábamos, lo primero que se me ocurrió fue decirle a Jorge que sacaran la estatuilla de allí y la arrojaran a la basura, pero para mi sorpresa me contestó que ninguno de los hombres se atrevía a ello.
¡Me estaba diciendo que no se animaban ni los policías ni los prefectos ni los agentes penitenciarios a desalojar a aquel personaje siniestro!
No podía salir de mi asombro por un lado y por otro sentí una gran comprensión. Rápidamente consideré que aquello no pasaba por un tema vinculado a la autoridad ni a la desobediencia, tampoco a una cuestión de género sino que, simplemente, la idea de tocar esa estatuilla era algo así como ponerse en contacto directo con algo contaminado hasta la muerte.
Nadie quería correr ningún riesgo, pero lo cierto fue que no podíamos dejarla ahí. Era en mi opinión, como una exhibición obscena para el pudor del tribunal y su permanencia en ese lugar un triunfo para quien la plantó allí. Entonces, fueron barajadas distintas hipótesis para resolver la cuestión y finalmente quienes se animaron al desalojo fueron los hombres del camión municipal que recogía la basura.
Así, su chofer, convocado para tan extravagante misión, luego de efectuar un reconocimiento del suelo y la ubicación del visitante se subió al camión y desde el volante contando con la ayuda de un compañero, hizo unas maniobras tan certeras que, con aquel escalón en el que normalmente va parado el recolector logró descuartizar la estatuilla, quedando sus pedazos diseminados en la vereda.
Ya con aquel procedimiento heroico del descuartizamiento de la estatuilla, simultáneamente, se desarticularon en nuestras mentes los maleficios, y los restos de aquel “san la muerte” fueron cargados entre otra basura y trasladados hacia un vertedero, lejos de la sede del Tribunal y nosotros pudimos seguir haciendo nuestro trabajo en paz.
Vaya este relato en homenaje a los recolectores de basura de la Municipalidad de San Martín.
Fotos de 2020 del camión de la basura y de mi fiel custodia y amigo, Jorge de Espada, cuidándose del covid–19.
Los bastones, las muletillas, las palabras que sobran y además los barbijos
Se me ocurre pensar en los bastones y en realidad llegué a ellos por encontrarme pensando en las muletillas que muchas personas utilizan al hablar.
Esto es, a la necesidad que tienen algunos de sostenerse en alguna palabra o una frase, que van repitiendo de manera constante, durante cualquier conversación. Estas son como bastones en los que se apoyan, mientras la mente va buscando las palabras que se quieren decir y el tono con el que se quieren expresar.
Las muletillas serían como los bastones que ayudan a caminar, pero en realidad pienso que son recursos equivocados del habla.
Viene a mí el recuerdo de la frase que pronunciaba una mujer “de todas maneras” y la decía y repetía constantemente, como concluyendo, pero sin que arribara a ninguna conclusión, en este caso nada pude hacer al respecto, solo aprender a soportarla.
Pero me ha ocurrido en otra oportunidad tener que intervenir en relación con el uso de otra de ellas, la que hacía un colaborador mío y como sonaba tan feo, me atreví con el mayor de los respetos a poner el tema en consideración, y esa persona inteligente, con un mínimo esfuerzo dejó de aplicarla y luego me lo agradeció, me contó que lo logró solo prestando un poco de atención.
No está demás decir que por mi entrometimiento no hubo entre nosotros ofensas ni repulsión, todo se desarrolló en el marco de una relación laboral a la que, aunque vertical, traté de imprimirle siempre toques de horizontalidad y creo que lo hice bien, mejor dicho, lo hicimos bien.
Últimamente, se ha puesto de moda otra muletilla “te digo la verdad” y cuando la escucho reiteradamente, ello me mueve a risa, aclaro a una risa interior, porque me lleva a pensar que la persona que pronuncia esa frase, si no lo hace, es porque me está mintiendo y eso me causa mucha gracia porque sé de su absoluta sinceridad y esto más allá de que “algún secreto” todos podemos guardar, alguna vez escuché que se referían a él como el séptimo velo.
Y así como hay diversas muletillas, también hay bastones de distintos tipos, marrones, blancos, más recientemente surgieron los de color verde para las personas que, sin ser ciegas, tienen una importante dificultad visual.
Los bastones cubren diferentes necesidades y también supe que algunos de estos solo se utilizan como complementos de un atuendo que se pretende elegante o, sencillamente, son usados como adornos en decoración.
Y pensando en los bastones no puedo dejar de evocar a Jorge Luis Borges sentado y apoyado en su bastón.
En estos días me detuve además en otra cosa. En que hay una palabra, que observo que se usa demasiado frecuentemente –esto viene ocurriendo desde hace mucho tiempo– y para mí denota inseguridad en quien la pronuncia, me refiero a la palabra “bolu...”. Esa repetición constante del “ bolu...” no es agradable a los oídos, sobre todo porque además del sinsentido con que se dice, si la pronuncian las mujeres es como que les quita la gracia en su hablar y si la repiten los hombres denota mediocridad.
Y esto de los bastones, las muletillas y el uso de algunas palabras que siempre sobran me lleva a otro tema que es la repetición en la expresión de conceptos groseros, peyorativos, y a la generalización que se hace, respecto de lo distinto a lo de uno mismo y ello también me obliga a preguntarme: ¿qué inspira a las personas a ser tan despectivas con sus palabras, refiriéndose a los otros?
Nunca había llegado a pensar que un bozal podía utilizarse para lo que no fuera por ejemplo, un perro y para evitar una mordedura.
Pues bien, hace un tiempo ya que a los humanos “ famosos” en nuestro país y en el mundo se les ha impuesto por sus desconsideraciones y ofensas públicas a otras personas un bozal mediático. ¡Qué cosa...!, y yo misma estoy considerando la necesidad de implementarlo en otras situaciones distintas a la judicial, diría a algunas situaciones familiares y sociales, desde que hay conceptos que se escuchan, gratuitamente, que lastiman los oídos y no es fácil para muchos de nosotros tolerarlos.
Me pregunto entonces qué está ocurriendo con los seres humanos, ya que además de no saber a qué generación pertenecemos, y que tenemos que descubrirlo consultando por internet, allí donde nos anoticiamos de que llevan nombres –en idiomas distintos al castellano–, nos enteramos también por ese medio, que modernamente seguimos siendo tan clasistas que no sería raro que, si seguimos así, volvamos al apartheid.
Tolerancia 0 nuevamente se instala en mi vida y sugiere que vuelva a pensar y, en todo caso, a empezar a cambiar algunas cosas, ella cree que es momento de mezclar y barajar de nuevo y me sugiere ver cuáles son, ahora, claramente las nuevas reglas del juego, para decidir jugar o no hacerlo. Es importante no perder el tiempo ni el respeto.
Hoy ha surgido el uso de los barbijos que pienso que pueden ser los nuevos accesorios para la incomunicación. Nos tapan el decir a los charlatanes, como a los que no lo son y, lo más grave, más allá de los beneficios a nivel de la salud es que impiden visualizar la sonrisa, esa herramienta que tantas veces tiene el efecto de tornar la mayoría de los encuentros en algo amigable.
Esto da para pensar, imaginar y más.
Vaya este relato en homenaje a quienes son amables.
El colectivo de los mayores
Anticipos de temporada
Venís coqueta por la vida, haciendo lo que te tocó, por ejemplo, vendiendo zapatos, trabajando en un puesto de flores en una esquina, atendiendo pacientes en tu consultorio médico, haciendo un tratamiento de conducto, cobrándole a un cliente en la caja de un supermercado o simplemente mirando una serie en Netflix, frente a tu televisor.
Es invierno o verano, primavera u otoño, es lo mismo cuando de pronto, parece que un dragón de esos que exhalan fuego por la boca hace su aparición en tu camino.
La verdad es que no lo ves. Solo lo sentís, porque el dragón en realidad te sale de adentro de tu cuerpo, te empapa la piel, la ropa, se te moja el cuero cabelludo y si te miras en un espejo te das cuenta de que, de golpe te sube a la cara un fuego –te ponés colorada como un tomate–, seas blanca o morocha, da igual, y ¡te querés matar! porque si llegás a estar acompañada, los que están al lado tuyo pueden… a lo mejor percibirlo. Al cabo de unos segundos o un minuto los que alcanzan para descolocarte ese día, estés donde estés o hagas lo que hagas, porque el dragón no perdona ni respeta, así como vino, se va…
Sí, lentamente vas comprobando que el monstruo se fue y te quedás rara, como no sabiendo qué es lo que te ocurrió, o sí. Luego, te das cuenta de que hizo su aparición un síntoma de la menopausia y si alguna mujer ya lo vivió y en algún momento te hizo el comentario de lo que puede sucedernos a las mujeres –ese que se hace solo en confianza–, comenzás a pensar que lo que te dijeron era efectivamente así.
Confieso que ese primer episodio “natural” me ocurrió en un avión, cuando regresaba desde Brasil. Era de noche, tenía 50 años y tuve la suerte de que las luces del Boeing estaban apagadas y todos los pasajeros, incluida mi familia, dormían, y también recuerdo que solo por pudor no llegué al desnudo total. ¡Me moría de calor!
Para mí fue terrible y lo fue más aún cuando este episodio comenzó a repetirse. El dragón me asaltaba en cualquier parte, era tan atrevido que incluso lo hizo en la sala de audiencias de mi tribunal, cuando dirigía un juicio. En esos momentos empezaba a sentir que las gotas de sudor caían por mi espalda…, etc. Y, al acudir a mi médico, obviamente diagnosticó, como correspondía, el famosísimo cambio hormonal.
Sí, lectores, hay cosas que nos pasan a las mujeres, sin el más mínimo aporte de nuestra voluntad, cuando nos vamos poniendo más grandes y aunque no lo queramos. Lo único que nos queda, para esas situaciones incómodas “naturales” que nos ha impuesto la vida, es hacernos las distraídas o las tontitas, irnos de los lugares donde estamos, al baño, los aseos, los servicios o al toilette y si fuera necesario, como en mi caso, suspender o levantar por unos minutos la audiencia para “refrescarnos” y luego regresar a ella, haciendo como que no hubiera pasado nada.
No es mentir, solo es disimular nuestro “accidente natural”, no podemos hacer más y por supuesto sugiero que tratemos de que la presencia del “fantástico” no cambie nuestro buen humor y que sigamos manteniendo con los otros un trato cordial.
La compactación
Debía hacerme y lo hice, en el lugar de siempre, los estudios ordenados por mi médica ginecóloga, es decir, la cruel mamografía, la ecografía de las preciadas “lolas” y la otra eco, aquella correspondiente a la zona de mayor intimidad, ustedes, mujeres lectoras, saben de lo que hablo y que razones de pudor me impiden hacer referencias más específicas.
A todas nos ocurre lo mismo una o dos veces por año, ya lo tomamos como un compromiso femenino preventivo y diría en estos tiempos EXISTENCIAL. Aclaro, el de poder atajar a tiempo alguna célula depravada y no aquello otro, que se refiere a “la crisis que se atraviesa por no encontrarle un sentido a la vida “, la famosa crisis existencial por la que también pasamos los que pensamos un ratito, nada más.
En eso estaba cuando, además debí someterme a otro examen que me ordenó mi médica, un estudio de los huesos y con esto aludo aquí a la famosa densitometría.
Lo cierto fue que esa tarde antes de colocarme en esa camilla que, bajo los influjos de ese aparato de tipo espacial, mágicamente dice lo que corresponde a nuestro estado óseo y que por suerte no era cerrado, fui sometida a un sutil interrogatorio, por la médica o técnica que me atendía, es decir, debí declarar la fecha de nacimiento, la altura y el peso y sin mentir anuncié los 67 años, que medía un metro sesenta y que pesaba en mi balanza 53 kilos y estos dos últimos datos fueron rectificados inmediatamente por aquella mujer que me atendió, quien me midió y me pesó. Su conclusión fue que medía dos centímetros menos y pesaba dos kilogramos más.
Por supuesto me pareció un horror, tuve un disgusto esa tarde difícil de soportar y entonces, al regresar a casa, durante la cena le comenté a mi esposo con mucho pesar lo que me había ocurrido y él me manifestó rápidamente que estaba siendo afectada por la “compactación”.
Sí, chicas, lo que leyeron y esto sucedió por culpa de mi ginecóloga que me obligó a someterme a tan descarnados procedimientos.
Moraleja: hay que aceptar este nuevo fenómeno diría que estructural. Pregunto: ¿este fenómeno llegará también a los hombres?... Seguiré investigando…
Los envejecimientos
Conversando con amigos, amigas, compañeros de trabajo, parientes, vecinos, es decir, con la gente en general, he llegado a la conclusión –no original– de que envejecer no tiene ninguna ventaja, sino al contrario mucha pesadumbre y también he concluido –como buena mujer occidental que soy– que este fenómeno se vive de manera diferente diría que en cada parte, tanto del cuerpo como del alma, y esto me parece así, sin que me permita confrontar con la idea de que el hombre sea una unidad como suele afirmarse en lo biológico, lo mental y lo espiritual.
Ambas cosas son verdad, la vejez y la unidad para todos los humanos. Ejemplos de todo esto que esbozo hay de sobra y empezaré por lo más visible.
La cara
Mas allá de la belleza o la fealdad o de alguna armonización que se logra con el uso de las cremas, tratamientos cosméticos y aun de actos quirúrgicos, ella es quien permanentemente delata nuestra edad y sin duda contribuye el cabello, por su aspecto, largo, corte y su color.
Es así, la cara confiesa más o menos la edad que tenemos y además expresa nuestro yo más íntimo, somos personas pesimistas u optimistas, se aprecia claramente en los gestos. Somos deportistas o fans de escritorios, según los tostados o el color cetrino de aquellos que nunca se exponen a los rayos del sol.
El rostro allana caminos cuando sonreímos aunque, si lo hacemos por demás, nos toman por tontos.
En la cara se refleja ampliamente lo que no nos gusta. Es así, “ponemos cara de cul...” o civilizadamente diríamos: cara de disgusto.
El rostro cuando se sonroja puede expresar muchas cosas, pudor, virtud, vergüenza, que nos pescaron en un “renuncio “ o diciendo una mentira o que comenzó la menopausia, justamente por el cambio de color. El rostro refleja nuestro adentro, la alegría, los momentos de felicidad, también la tristeza de lo que no tenemos y de aquello que tuvimos y pudimos haber perdido y aquí me refiero a la muerte, el dolor, la amistad y por qué no, el dinero y el cabello también acompaña esos estados, está brilloso y reluciente u opaco, grasoso, sucio, gris o desprolijo.
Por cierto la cara y el pelo son protagonistas del acometimiento, a veces salvaje del transcurso del tiempo y de nuestros humores, que suelen ser tantos como variados, en el correr de los días, de los años y las décadas.
La “cola” y las “lolas”
Estas suelen ser juntas las “misses” de las mujeres y auguran muchas veces el éxito. Con el envejecimiento, son las candidatas firmes a la caída, la de los glúteos, dependerá de los años de estudio, del trabajo sentada, sea frente a una máquina de coser o a una computadora –para el caso es lo mismo– o la simple vagancia, vivir sentada o acostada, sin hacer nada.
Respecto de las segundas los embarazos y el amamantamiento serán un factor para tener en cuenta, ya que para el estado de las “lolas” no es lo mismo tener un solo hijo que ir teniendo varios hijos, dado que la consecuencia para este último caso suele pronosticar un derrumbe mayor o eficaz.
Los hombres en relación con estas partes del cuerpo zafan, aunque si están muy excedidos en el peso, en ambas zonas ello se notará. ¡¡¡Cuidado!!!
Las piernas
Empecemos aquí por el principio, naciste chueco o chueca o no, tus piernas son largas o cortas, del tipo estilizadas como las de los bailarines o como adoquinadas, todo eso, así nomás, como algo constitucional.
Le siguen por orden de aparición las famosas arañitas, como se las llama, casi como cariñosamente, cositas finitas como agujitas que el día que las mujeres descubrimos la primera ¡nos queremos matar!
A estas las suceden si engordaste y adelgazaste más de 500 gramos reiteradamente, lo que ocurre con habitualidad, las conocidas estrías, esas que se erigen como las “bandidas” más rebeldes y difíciles de apresar.
Ni que decir de la celulitis, que te empieza a mortificar desde pequeña siempre, como un soldado que quiere ascender en el ejército, la aeronáutica, la marina y que también abarca la marina mercante. La celulitis, más típica en las mujeres que en los hombres, no está dispuesta a parar jamás, y entonces los expertos te la califican por grados: primero, segundo, tercero o “desastre total”.
Y qué de la flaccidez, que te acosa en cuanto te descuidaste un poco y que con la otra, la que nombré anteriormente, juntas son tan perversas que creo… que son capaces de seguir molestando aun después de la muerte.
Los brazos
Son como las piernas, extremidades, y en este sentido también de inicio son largos o cortitos, si fuera lo primero es una incomodidad porque es como que te sobran un poco, si fuera lo segundo te complica porque te resulta a veces difícil abrazar completamente, cada situación tiene sus pros y sus contras, según se lo mire.
Por suerte para todos apareció la moda, que cuando sos joven no importa tanto, pero que con los años puede llegar a ser un perfecto auxiliar, sobre todo para nosotras, las mujeres, que somos tan exigentes con nosotras mismas. Es que con los años si no trabajamos los músculos de los brazos tristemente te empiezan como a colgar. Sí, en realidad es más que eso, se descuelgan de los huesos y son como flancitos. O sea, ¡¡¡de terror!!!
Entonces gracias a la moda de manga larga, tres cuartos o al codo, zafamos de lo mejor, con elegancia y discreción, tapando la real destrucción, sin embargo, mientras vas atravesando ese sufrimiento nunca falta alguien que para tu cumpleaños te regala una remera musculosa, que tenemos que aceptar con una sonrisa deseando desde el vamos “el ticket de cambio” abrochado a la bolsita que la contiene. ¡Esta es la pura verdad!
Por favor, lectores, reparen en este texto con detención para saber qué regalo de cumpleaños elegir. Lo mejor para todas las mujeres son las pulseras, los relojes, el pañuelo de cuello, las billeteras y si es posible todo con mucho color.
Respecto de los hombres, para ellos tampoco resulta tan sencillo el transcurso del tiempo, aunque no se les exijan los mismos requisitos que a las chicas, porque parece que nacen con permiso para ser un poco feos o por lo menos para no ser tan lindos y después… hasta tienen algún permiso para engordar.
Se me ocurre que el problema principal de ellos para considerar sería el tema de la pérdida del pelo, pero la mayoría de las veces ello no se produce todo junto, sino de a poquito y, generalmente, las canas que amanecen en las sienes parecen beneficiarlos, nosotras mismas, las mujeres, somos las que afirmamos que ellas los hacen más interesantes y entonces no todos se empiezan a preocupar.
La panza les sigue en el orden de sus inquietudes corporales, junto a los “flotadores”, pero tampoco todos se preocupan demasiado, y no obstante que sus deterioros también se instalan en otros sectores, ellos son más vivos que nosotras, son más inclinados a callar y al propio tiempo comienzan a reparar en otros aspectos de la vida en general, justamente, poniendo el foco en los cuerpos y actitudes de los demás.
Conclusiones
Mas allá de todo lo que asenté aquí con cierto sarcasmo, pienso al contrario, que los seres humanos seamos lindos o feos, chuecos o derechos, rubios o morochos, gorditos o flaquitos, somos maravillosos si queremos serlo, y siempre podemos mejorar para agradarnos y para agradar, para ser mejores personas en todo sentido, en lo estético y en lo espiritual.
Lo importante para mí sería caminar para encontrarnos con el otro yo de verdad, y pienso que no debemos esperar a aburrirnos completamente de nosotros mismos para empezar a mejorar, el esfuerzo sostenido siempre ofrece excelentes resultados.
El rostro y la mirada pueden ofrecer comprensión, las piernas y los brazos pueden sostenernos y ayudar a sostener y contener a los demás.
La cola a las mujeres y también a los hombres nos sirve para empujar algunas puertas muy pesadas que nos abre el conserje del edificio, cuando regresamos del supermercado y tenemos las dos manos ocupadas, y las “lolas” de las chicas, con un sutil escote, pueden ofrecer un momento de fascinación a cualquier chico mayor.
Y, todo esto puede lograrse aún pese al envejecimiento, tiempo en el que debemos reconocer que hemos perdido la tersura de la piel y en el que tomamos conciencia de que hemos perdido la tersura de nuestro corazón.
Es que la mayoría de nosotros sufrimos choques y hasta vuelcos por la pérdida de algún amor o algunos amores y las abolladuras que sufrimos, seguramente, nos han dejado huellas que atentaron contra su suavidad.
¡¡¡Este es un humilde homenaje al colectivo de los mayores!!!
El insomnio
El insomnio es el tiempo del pensar.
En mi concepto y desde una perspectiva no científica, por cierto, se me ocurre pensar en esta etapa de la vida que hay distintos tipos o clases de insomnio.
Aquellos que son anteriores al dormir como acto en sí mismo, momento en el que perdemos la conciencia –la noción de presencia y de realidad–, y aquellos otros insomnios, los que voy a señalar como estados posteriores, que se producen al despertar, cuando volvemos a tomar contacto con el mundo o mejor dicho con la vida, desde lo físico y lo mental.
Durante el primero, los pensamientos están como desordenados, nos sentimos como agitados, nos es difícil la relajación y la entrega al sueño porque parece que nuestra cabeza aún tiene trabajos que realizar, diría que cosas para elaborar y es posible que, si no logramos con cierta rapidez alcanzar la comprensión acabada de aquellas cosas que nos están pasando, empecemos como a ascender involuntariamente por un espiral, a una etapa del pensar y del sentir en la que se combinan primero la ansiedad, después los “feos” pensamientos y luego posiblemente la angustia y en estos casos, que para muchos resultan tiempos horribles, algunos terminan por refugiarse en el rezar, como un método eficaz para lograr aplacar el alma.
A este fenómeno se lo suele llamar “trastorno del sueño” y en realidad para mí debería catalogarse como “trastorno del alma”.
A contrario, cuando esa transición se produce directamente desde los sueños, en el despertar, a veces afloran recuerdos de personas y situaciones especiales y nos encontramos ahí, como suspendidos, buscando respuestas a cosas de nuestro pasado y nuestro presente.
Diría que allí suelen aparecer las “cuentas pendientes” que todos tenemos, las frustraciones y la miserabilidad de algunas conductas propias y de terceros. Aparecen la rabia contenida y también, por qué no decirlo, “las culpas”, por no haber hecho a tiempo alguna cosa o acaso haber dejado pasar los hechos tal vez sin actuar, es decir, simplemente asoman en esos momentos las facturas, que hemos ido acumulado en nuestro camino sin cobrar o sin pagar.
Estos son esos despertares tenebrosos, por decirlo de alguna manera, que nos impiden ponernos “a pie de cama” con excelente actitud porque por cierto muchos de nosotros tenemos ese dejo masoquista oculto, en el que nos enlodamos cuando no debemos salir apurados a cumplir obligaciones laborales o de otro tipo y entonces… remoloneamos en la cama por demás, cayendo en esos momentos aún –sin quererlo– en una trampa, casi mortal.
Hoy, en tiempos de cuarentena, estos trastornos del cuerpo y del alma se agudizan, porque el enemigo invisible nos acecha y el poder público nos asusta aún más, sea que esto ocurra en España o en la Argentina, como me ha ocurrido, allí, acá o en cualquier lugar.
Y así, entre cabildeos y fantasías en estos días la mayoría de nosotros atravesamos esos momentos de riesgo y de miedo a la muerte que acompañan nuestra edad.
Esta idea acerca de que los insomnios son un tiempo del pensar comenzó a gestarse en Buenos Aires, viajó junto a mí a Santa Ponsa, en Mallorca, y me ha acompañado hasta Buenos Aires, en ese viaje de “repatriación” durante la cuarentena, que jamás habría de imaginar.
Las perlas de la vida
A veces, cuando leemos un libro, miramos una película o escuchamos música o una conversación, aparecen las perlas. Estas pueden ser o son solo algunas palabras escritas en el papel, las escenas de una película. Pueden serlo las miradas o algunos gestos en los diálogos que acompañan la actuación. Otras perlas, pueden surgir de las letras de una canción como aquella parte en el tango “Nada”, en la que se dice “y el rosal tampoco existe y es seguro que se ha muerto al irte tú”.
Esas perlas pueden aparecer en la realidad o en nuestra imaginación cuando leemos, cuando oímos una melodía o en la visión directa cuando resultamos espectadores de algo muy particular.
Diría que las perlas... son aquellas “joyas” que tienen la responsabilidad de sostener para cada uno de nosotros momentos especiales, las palabras que se pronuncian y también el silencio, lo que no llega a decirse porque sería sobreabundante y en ambos casos representan sus profundos significados, pueden ser algunos estribillos de canciones o simplemente algunas notas en el teclado de un piano.
Creo que alcanza con el hallazgo de una sola de esas perlas, para que aquel libro o película, melodía o conversación dejen en nuestra mente y espíritu una prueba fehaciente de que vale la pena vivir y también muchas veces alcanza para tener otra perspectiva, la de que, seguramente, no todo se termina aquí, en este plano.
Tal vez esto último no sea más que una cuestión de fe y, si no lo fuera, acaso, es maravilloso solo pensarlo, mirando el cielo como lo estoy haciendo ahora, en compañía de un pájaro, en esta terraza en la que corre una agradable brisa y en la me dispuse a escribir en notas en el celular.
Ese pájaro, que por momentos se deja ver y que también canta, me acompaña mientras tomo sol y escucho los temas de Camila Cabello, en uno de los cuales va repitiendo la palabra “enjoy” en varios tonos y así debo reconocer y decir que el cantar de este pájaro es una de esas “perlas” que puedo disfrutar, en este solárium del piso 23.
Los camisones
Se me ocurre pensar una noche en cómo dormimos las mujeres, y del censo que hube de realizar entre nosotras (2018 y 2019) descubrí que la mayoría usa camisones, algunas pijamas, otras solo una remera y otras duermen casi completamente desnudas. Estas serían la excepción.
Entretanto debo decir que la variedad de los camisones es impresionante, y con esto me refiero a los modelos, telas, color. En este sentido suele suceder que algunos se convierten en nuestros “favoritos “ y de nuestros favoritos es muy difícil separarse.
Me ha ocurrido en mi vida tener que organizar con algunas amigas una ceremonia para desprendernos de esos camisones viejos. Es que, si íbamos a dormir a la casa de alguna, o compartíamos vacaciones en alguna casaquinta o departamento en la costa del mar, teníamos la oportunidad de ver que, por años, usábamos los mismos camisones, algunos ya estaban descoloridos, otros tenían el encaje o la seda desgarrada y se notaba que por allí habían pasado algunas puntadas de costura.
Fue así como un día, viendo que nos vestíamos como para pasar una noche de indigencia, propuse que hiciéramos el desprendimiento de esos camisones. Mi propuesta fue muy resistida al principio. La cosa no pasaba porque no pudiéramos comprar otros o usar los que todas teníamos guardados. No, allí en esos camisones viejos se instalaban nuestros recuerdos más gratos por supuesto, si no fuera así seguramente ya los hubiéramos tirado, o sacado de nuestro placar.
Pero es que, dejarlos de usar nos parecía, y lo conversamos, como dejar de ser un poquito aquello que habíamos sido y vivido, separarnos de momentos y noches felices. Luego de esa charla acordamos realizar una quema de esos camisones y en ella decretamos inaugurar una nueva etapa de felicidad.
Tuve la suerte de tener amigas muy divertidas, todas éramos así, más o menos alegres y ocurrentes, más o menos cariñosas, pero cariñosas al fin, más o menos comprensivas, más o menos envidiosas, por qué no admitirlo, y la vida nos llevó por muy diversos caminos, algunas dejamos de pertenecernos en la actualidad, pero no importa, lo mejor de ellas y de mí seguramente permanecerá en el recuerdo de cada una de nosotras.
Lo peor o lo feo será olvidado, porque ya no tenemos tiempo de rumiar, por lo menos en lo relacionado con la amistad, tal vez lo sigamos haciendo respecto de los parientes, o de los amores perdidos.
El otro día leí que Borges había dicho que “los argentinos estamos más dotados para la amistad que para el amor o el parentesco” y la verdad me pareció algo genial. ¡¡¡Sigamos entonces celebrando la amistad!!!
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