Kitabı oku: «Arquitectura y género»

© María Novas Ferradás, 2021
© Editorial Melusina, s.l.
www.melusina.com
© Ilustración de cubierta: Martín Loureiro
Diseño de cubierta: Araceli Segura
Reservados todos los derechos de esta edición
Primera edición: noviembre de 2021
eisbn: 978-84-1840-338-5
contenido
Prólogo. El valor del descubrimiento
Leer antes de leer o «la obra, instrucciones de uso»
1. Introducción
2. Género y arquitectura, la evidencia de una relación
3. El sesgo androcéntrico en la producción de conocimiento
Causas y consecuencias: la historia del presente
Breve recuperación de referentes históricos
Nuevos modos de construir referentes
4. El sesgo patriarcal del diseño del espacio
La crítica feminista: la división (espacial) del trabajo como germen
La vida afuera: diseño urbano y planificación
La vida adentro: vivienda y otros espacios interiores
5. Desigualdad en el ejercicio de la profesión
6. Ideas finales
Epílogo
Agradecimientos
Bibliografía
Para Sofía y Martín
«No tenemos una sociología de la arquitectura».
Room at the Top? Sexism and the Star System in Architecture
Denise Scott Brown
Prólogo El valor del descubrimiento
Este texto escrito por la joven María Novas tiene el gran valor del descubrimiento, de la caída de la venda de los ojos que no nos permite ver. María escribe desde el asombro y el enojo, pero a la vez desde la esperanza de encontrar otros caminos para su carrera, para su profesión, que ya habían sido andados por otras muchas mujeres, pero que la formación académica —con el sesgo androcéntrico que la caracteriza— había ocultado.
La valentía y la honestidad de María continúan con su propio prólogo, en el que nos advierte de cómo y cuándo creó este libro, de sus limitaciones, pero también de su gran potencial. Yo recuerdo haber leído este texto en ese momento, enviado por la misma autora, y haberme sorprendido positivamente por su claridad y profundidad. Hoy estoy nuevamente honrada por la posibilidad de presentarlo.
El trabajo que realizó María en 2014 revestía de gran complejidad, ya que era más difícil que en 2021 encontrar material publicado, y muchos de los blogs que han servido para dar gran visibilidad al papel de las mujeres en la arquitectura no empezaron hasta a 2015, especialmente Un día Una arquitecta, que comenzó ese mismo año y del que la autora ha sido colaboradora desde el inicio.1
El trabajo se posiciona; no se trata de seguir con un relato falsamente neutral, sino que la autora explica desde dónde y cuándo escribe el texto, y comienza de manera sintética y clara explicando los conceptos básicos para la construcción de un relato feminista, para continuar en los siguientes capítulos explicando cómo el androcentrismo supera la supuesta igualdad que hemos alcanzado mujeres y hombres en el siglo xxi. El texto nos desvela las aportaciones de una infinidad de mujeres a nuestro conocimiento compartido de arquitectura, diseño y paisajismo, reconociendo así mismo que, aunque todas las que están merecen estar, aún nos faltan muchas por conocer.
Valoro positivamente, y señalo especialmente, el esfuerzo realizado por María Novas en incorporar la bibliografía aparecida entre el final de su trabajo académico y esta versión actualizada. Las referencias bibliográficas de este trabajo son muy valiosas, pues ayudan a desenmascarar la mentira, que por haber sido mil veces repetida no llega a ser cierta, de que no hay bibliografía, de que no se puede explicar algo sobre lo que no hay base. Y este trabajo demuestra nuevamente que bases y referencias no nos faltan, lo que posiblemente escasea en muchos entornos académicos es su propia esencia, que no es otra que el afán de conocimiento y redescubrimiento.
Sin duda, este libro que tenéis en las manos presenta un panorama de reflexiones y nombres propios sobre la participación de las mujeres en la producción del entorno construido, teórica y materialmente, que será sumamente útil para todas las personas interesadas en reparar una desigualdad aún presente.
zaida muxí
Barcelona, 31 de mayo de 2021
1. «Quiénes somos», Un día / una arquitecta, https://undiaunaarquitecta.wordpress.com/quienes-somos/.
Leer antes de leer o «la obra, instrucciones de uso»
Hablaré de la escritura de las mujeres: de lo que hará. La mujer debe escribirse: debe escribir sobre las mujeres y debe llevar a las mujeres a la escritura, lugar del que han sido expulsadas de forma tan violenta como de su propio cuerpo, y por las mismas razones, por la misma ley, con el mismo funesto objetivo. La mujer debe colocarse en el texto —al igual que en el mundo y en la historia— por su propio movimiento.
«Le rire de la Méduse»
Hélène Cixous, 1975
Toda publicación es una foto fija de su tiempo. Y esta que tienes entre tus manos es una muy concreta, situada y particular que, en el caminar del tiempo, me ha costado mucho aceptar y materializar. Será el primer libro en papel para mí, su autora. Y me enfrenta a mi yo anterior de manera radical. Creedme, en mi caso esto es algo nada fácil de procesar. Luego me acuerdo de Hélène Cixous y de los problemas que todavía arrastramos y me vengo arriba. Y así vivo día a día, asumiendo la montaña rusa, haciendo sufrir a mi editor.
Escribí Arquitectura y género: una reflexión teórica en el verano de 2014, a la edad de veintisiete años. Y lo hice relativamente rápido, con la ingenuidad de una estudiante más que buscaba ahondar en su trabajo fin de máster1 sobre un tema que le apasionaba. Recuerdo que por aquel entonces trabajaba como arquitecta en el Departamento de Urbanismo del Concello de Bueu desde el plan de prácticas de la Deputación de Pontevedra para personas recién tituladas. Por las mañanas, tocaba la inmersión en lo puramente técnico y legislativo del Plan Xeral de Ordenación Municipal, en pleno proceso de ebullición; y, por las tardes, el buceo por el feminismo filosófico y las apasionantes vidas de la otredad. Dos mundos paralelos, pero ¿en realidad tan distantes?
Las intersecciones entre la disciplina de la arquitectura y la teoría feminista han sido algo que siempre ha atraído nuestra atención, si bien nunca ha estado claro qué camino podían llegar a ser. Y escribo nuestra porque esta travesía nunca ha sido solitaria: la comenzamos juntas mi compañera Sofía Paleo y yo cuando ambas éramos estudiantes en la Escola Técnica Superior de Arquitectura de la Universidade da Coruña, en Galicia, de donde somos, pero donde no siempre hemos podido estar. Los pocos libros relacionados con el asunto en la biblioteca, los leíamos. Otros que llegaban a nuestras manos de manos amigas, los compartíamos. Las visitas a las facultades de Sociología y de Ciencias de la Educación ya no eran solo porque tuvieran mejor menú. Allí íbamos si había un curso o una ponencia, sin entender muy bien de dónde sacábamos un tiempo que nunca era lo suficientemente elástico. Luego, aquel primitivo blog de Dexeneroconstrución gestado entre A Coruña y Compostela vio la luz,2 y de aquellos polvos, estos lodos...
Cuando José Pons, editor de Melusina, me escribió en el verano de 2019 interesado en publicar Arquitectura y género, confieso que sentí vértigo. Desde mi posición como doctoranda de último año en la Universidad de Sevilla y docente en el máster de arquitectura de la Universidad Técnica de Delft en los Países Bajos, inmersa de pleno en el mundo académico, ahora todo me parece insuficientemente bueno. Publicar un trabajo de 2014, anterior al (extremadamente intenso) periodo de intensificación y globalización del debate feminista que ha tenido lugar sobre todo desde 20173 y que precisamente ha tenido especial incidencia en el mundo de la arquitectura, ¿tiene ahora sentido?
El trabajo es sin duda muy humilde, pero debo ser justa y reconocer que me fue útil en un momento en particular en el que ni siquiera sabía por dónde empezar. José me dijo: piensa que a otras personas también les puede servir, y ahí me rendí a la evidencia, todavía queda mucho por hacer y cambiar. Ahora el trabajo ya no contiene las preguntas a las que sigo buscando explicación, ni siquiera se corresponde con lo que a veces pienso —y cómo y desde dónde lo pienso—, pero sí es cierto que su publicación en papel puede constituir una referencia útil de un momento algo anterior a la ingente explosión de estudios e investigaciones en el campo de la arquitectura, que precisamente puede servir a contextualizar su evolución.
Por mi parte —afortunadamente—, he aprendido mucho en este tiempo. Arquitectura y género fue, sencillamente, una puerta de entrada; una foto fija de un momento inicial de un trabajo en proceso, invariablemente inacabado. Quien hoy escribe ha aprendido que los valores del feminismo son dinámicos, su jerarquía varía según el tiempo y el contexto y los pasos que se dan hacia delante y hacia atrás; se detectan, discuten y adaptan estratégicamente para subvertir de la manera más efectiva posible las situaciones de desigualdad. Las prioridades del feminismo hoy —de los feminismos— eran inimaginables hace tan solo unas décadas y, las de hace un siglo, ahora nos podrían parecer de la mínima radicalidad. Y esto no es necesariamente un hecho negativo; significa la superación de desafíos y la asunción de nuevos retos, o la adecuación a nuevas situaciones que el desarrollo tecnológico nos obliga a abordar.
Sin duda, este tipo de reflexiones me han ayudado a tomar la dramática decisión de materializar Arquitectura y género en papel, en un objeto perpetuo. Pero debo admitir que tampoco esto ha sido suficiente. Arquitectura y género es un trabajo realizado desde una perspectiva eurocéntrica, concretamente desde la de un lugar periférico del sur de Europa (Galicia) que mira anhelante a Occidente, y de la que básicamente parte mi conocimiento disciplinar. Por los sesgos de mi formación como arquitecta por aquel entonces, el trabajo no está lo suficientemente atravesado por una perspectiva interseccional que tenga en cuenta la teoría crítica de la raza, las teorías anti/post/de-coloniales o la teoría queer o de las disidencias. En ese sentido, todavía sigo (des)aprehendiendo. Pero sabiendo lo que ya sabía en el verano de 2019, os confesaré que, para poder publicarlo sin cargo de conciencia, me puse a trabajar de manera urgente en una revisión profunda del texto. El resultado fue paradójicamente contraproducente; un nuevo texto actualizado, con más datos, infinitamente más riguroso y cuyo número de páginas a mitad del proceso ya se había cuadruplicado. La idea original se diluyó, y entonces me enfadé conmigo misma por ser incapaz de hacer honor a su esencia, ¿no se supone que ahora escribo mejor? Luego intenté remediarlo, y el resultado ha sido este: una introducción posible.
Dilemas, paradojas y objetos perpetuos en un mundo fugaz. Y venga a rascar. Pero siendo justa, Arquitectura y género no solo me permitió titularme de un máster oficial universitario. Gracias a él pude comenzar a sumergirme en algo que cada vez se ha hecho más grande y complejo. De alguna manera, lo que con él empezó, lo ha inundado todo. Y como una especie de teoría viajera ha continuado tomando diferentes formas en los textos que escribo, en los dibujos que hago, en las personas a las que enseño. Estudiantes con tanto entusiasmo, siempre lo pienso, que me hubiera encantado haber tenido a mi lado cuando era una alumna más de una escuela gris con contadas mujeres maestras. La escuela gris que maldigo y amo sigue en el mismo lugar, pero a mí Arquitectura y género me ha abierto un mundo de posibilidades. Ahora que he tenido la oportunidad de llegar a ser la enseñante que siempre ansié, pero nunca tuve, se merece que me reconcilie con él.
Y así lo he intentado. Y a pesar de todos sus defectos, a lo largo de este tiempo he aprendido a valorar las virtudes de un texto que no estaba contaminado por mi actual yo —mayor y con más miedos—, y las tradiciones academicistas. Arquitectura y género fue un trabajo honesto, pensado como algo que a mí como estudiante me hubiera gustado leer, con un lenguaje accesible y no elitista. Fue creado en un tiempo en el que todavía no leía con soltura en inglés, y bebe principalmente de fuentes de culturas castellanohablantes, pone en valor una tradición iberoamericana que tan a menudo permanece en los márgenes de estudios en lengua inglesa, y esto es también una riqueza. Desde mi ingenuidad como ávida lectora —e inexperta narradora—, no buscaba autorías significantes, sino simplemente buenas ideas. Y tuve la buena suerte de encontrar algunas.
Ahora publico este texto que tienes en tus manos con el deseo de que algún día deje de tener sentido leerlo, porque significará que ha dejado de ser necesario.
No habrá mejor noticia que su transitoriedad.
De cando comecei a escribir este preámbulo no verán na casa,
En Argo Navis, Bueu, Galicia
16 de agosto de 2019
Toen ik in de lente met het schrijven van dit boek klaar was,
En Delft, los Países Bajos,
31 de mayo de 2021
1. Arquitectura y género: una reflexión teórica fue el trabajo fin de máster para la obtención del título de Máster Universitario en Investigación Aplicada en Estudios Feministas, de Género y Ciudadanía de la Facultat de Ciències Humanes i Socials de la Universitat Jaume I. El trabajo, que obtuvo una calificación cualitativa de sobresaliente, fue dirigido por la profesora titular del Departament d’Història, Geografia i Art Rosalía Torrent Esclapes.
2. A sumar a otras experiencias previas, el primitivo blog de Dexeneroconstrución se establecería definitivamente en 2012, hoy, Dexenero: dexenero.com.
3. En el año 2017 el movimiento feminista alcanzó niveles de influencia insospechados hace tan solo una década, ejemplificados en la elección de feminismo como palabra del año por el diccionario Merriam-Webster —tras haber recibido un 70 por ciento de consultas más en su edición online— o las históricas movilizaciones contra el acoso y la violencia sexual en las que destaca el caso de la manada en España (hermana #yotecreo), a las silence breakers del movimiento #metoo —reconocidas como «Person of the Year» en la influyente revista Time—. En ese mismo año, surgiría el éxito de una distopía contra la misoginia y los fundamentalismos con el estreno de productos culturales de masas como la serie de hbo El cuento de la criada, basado en la novela homónima de Margaret Atwood de 1985. Inmediatamente en 2018 y comienzos de 2019, la efervescencia latinoamericana se ejemplificaría en las masivas manifestaciones por la despenalización del aborto en Argentina (#SeráLey), el repudio a la misoginia de Estado y el asesinato de la activista Marielle Franco en Brasil (#MarielleVive), o la huelga del movimiento feminista contra el machismo en Chile (#LaHuelgaFeministaVa). El feminismo en Chile tendrá una especial virulencia con la iniciativa «Un violador en tu camino» iniciada por el colectivo LasTesis y replicada por miles de mujeres a lo largo del globo desde el 25 de noviembre de 2019, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.
1. Introducción
Ese intangible sentimiento de nostalgia de lo que pudo ser la vanguardia de la arquitectura de comienzos de siglo se convierte en admiración reverencial hasta cuando se ejerce la crítica. Ni siquiera el rencor postmoderno hacia los postulados más discutidos de [...] grandes arquitectos, habría permitido consentir, en las puertas del siglo xxi, la hipótesis temeraria de admitir entre los arquitectos y urbanistas que la ausencia de la lectura de género es una de las mayores faltas en la teoría del conocimiento arquitectónico de este siglo.
La ciudad compartida: el género de la arquitectura
Carlos Hernández Pezzi
La sociología de la arquitectura, la historia social de la arquitectura o el estudio de la sociedad humana con relación a esta disciplina, abarca numerosas áreas que desde hace algunos años se demuestran como necesarias para su eficaz interpretación. Las cada vez más ineludibles demandas sociales exigen hoy de un conocimiento transversal en la profesión que debe implicar mejoras efectivas en la calidad de la práctica y del saber arquitectónico. Dichas demandas, salvo excepciones, han estado ausentes durante siglos. El entendimiento hegemónico de la arquitectura como una técnica de estrictos patrones funcionalistas, estéticos y constructivos, ha olvidado demasiado a menudo a las personas; la propia razón de su existir.
Amparándose en una rigurosa objetividad científica, la teoría y práctica de la arquitectura ha derivado en una mecanización del funcionamiento de actores y saberes que —en el contexto de una sociedad patriarcal— ha obviado a la gran mayoría de la población. Las mujeres y los grupos sociales no privilegiados, alejados del canon de estandarización, se ven abocados a la otredad, en un círculo vicioso que refuerza opresiones estructurales de raíces remotas.
En el contexto de una constante crisis climática, financiera e inmobiliaria, el camino hacia una sociología de la arquitectura es hoy más necesario que nunca. En ella, reconocer el papel de las mujeres que, durante siglos —y a pesar de constituir más de la mitad de la población mundial—, han sido excluidas de la práctica y teoría arquitectónica, se convierte en un requisito básico. Los estudios de género en relación con la arquitectura, cada vez más presentes, representan fórmulas de análisis social, cultural y espacial, que no nos podemos permitir obviar por más tiempo si lo que pretendemos es avanzar hacia la consecución de una sociedad más justa.
A lo largo de la historia, muchas han sido las personas que han puesto en cuestión esta grave carencia. Desde la crítica de las feministas materialistas en la revolución industrial, pasando por las pioneras del movimiento moderno, hasta teóricas del diseño urbano en la postmodernidad como Jane Jacobs o Denise Scott Brown. Hoy son varias las iniciativas que reflexionan y hacen propuestas sobre esta área de estudio, si bien todavía no se puede afirmar que sus discursos se hayan integrado transversalmente en el statu quo disciplinar.
El objetivo de este trabajo es, por lo tanto, dilucidar las implicaciones transversales implícitas en la relación de los conceptos arquitectura y género, haciendo una revisión amplia sobre lo recorrido en este sentido; contextualizando desde la producción de la teoría de la arquitectura occidental hasta la práctica espacial y cómo esta condiciona culturalmente a las personas en función del género. Llegaremos también a tratar la realidad ocupacional de la arquitecta en el Estado español y las desigualdades de género presentes en la profesión.
El interés no es otro que identificar los déficits y sesgos culturales que van en detrimento de una arquitectura válida, que nazca y sea generadora de un contexto de justicia social independientemente del género. La igualdad de género es un derecho humano; la perspectiva de género es una categoría analítica imprescindible a la hora de concebir, crear y transformar el mundo en el que vivimos, pues (de momento) solo allí donde se discute se tiene en cuenta. El estudio de la sociedad humana y la arquitectura y, en él, de las relaciones de género, no puede ser por más tiempo una carencia si lo que queremos es construir un mundo en el que la igualdad pase de ser un derecho a convertirse, de manera efectiva, en un hecho real.
2. Género y arquitectura, la evidencia de una relación
A veces me he sentido irritada en una discusión abstracta cuando un hombre me dice: «Usted piensa tal cosa porque es una mujer»; yo sabía que mi única defensa era contestar: «Lo pienso porque es verdad».
El segundo sexo
Simone de Beauvoir
El alegato de Simone de Beauvoir que encabeza esta página pertenece a su obra más influyente, en la cual anticipó en 1949 el concepto género. El segundo sexo es, sin duda, una de las principales obras filosóficas del pasado siglo. Su influencia ha ido en aumento hasta constituir uno de los pilares sobre los que se ha desarrollado la teoría feminista en las últimas décadas. A partir de los años sesenta, con la generalización de su traducción, y sobre todo durante los setenta, la considerada segunda ola del feminismo en los estudios en lengua inglesa1 hizo suya la tajante sentencia de la autora «No se nace mujer: se llega a serlo»2 para comenzar a cuestionar las teorías biologicistas arraigadas en Occidente y que durante miles de años —desde la cultura clásica, pasando por el pensamiento medieval, hasta llegar a la Ilustración— habían estado presentes naturalizando la desigualdad basada en la diferencia sexual.
«Conforme a la naturaleza». Ya lo apuntaba Aristóteles en Política, con una idea que se perpetuaría nada menos que desde el siglo iv antes de la Era Común:
[…] resulta evidente que es conforme a la naturaleza y conveniente para el cuerpo ser regido por el alma, y para la parte afectiva ser gobernada por la inteligencia y la parte dotada de razón, mientras que su igualdad o la inversión de su relación es perjudicial para todos.
También ocurre igualmente entre el hombre y los demás animales, pues los animales domésticos tienen una naturaleza mejor que los salvajes, y para todos ellos es mejor estar sometidos al hombre, porque así consiguen su seguridad. Y también en la relación entre macho y hembra, por naturaleza, uno es superior y otro inferior, uno manda y otro obedece.3
En un contexto de naturalización de la desigualdad, de la desvalorización de las mujeres en términos globales y la creación de una ideología perpetuada en virtud de la cual las mujeres no eran seres completamente humanos, sino seres no dotados de razón4 o inferiores, el desarrollo conceptual del sistema sexo-género constituyó una revolución sin precedentes que desde mediados del siglo xx cuestionó radicalmente este principio de necesidad. Mientras que el sexo vendría determinado por las diferencias biológicas entre seres humanos, la categoría analítica género se consolidó como constructo sociocultural asignado en función del primero5 —implicando, por lo tanto, su posible deconstrucción.6 Hoy, ya no solo. Especialmente desde la última década del siglo xx, determinados aportes teóricos apelan a ir más allá del género, cuestionando la dualidad del sistema sexo género (binarismo) como forma de de-generización.7 En el proceso, el reconocimiento de la diferencia, expresado en alianzas políticas, hace que la socialización del género sea hoy más diversa, sabotee su concepción dicotómica y explore identidades y expresiones más allá de las categorías varón y mujer.8 Desde entonces, la suficiencia del género como categoría de análisis ha sido ampliamente discutida, y el uso de esta ya no implica que no existan realidades insumisas (o no-binarias) más allá de esta forma de leer la realidad social.9
Junto a esta puesta en cuestión dicotómica sobre la configuración social, política y económica de los roles tradicionales femenino y masculino a través de la historia, se ha ido conceptualizando otro concepto básico, el de patriarcado. En el año 1986 Gerda Lerner definió el patriarcado de manera amplia como «la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y los niños de la familia y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres en la sociedad en general».10 En 1990, Sylvia Walby reflexionó sobre cómo el auge del capitalismo transforma las interrelaciones entre clase y género, y advirtió sobre la capacidad del patriarcado para cambiar de forma, incorporando los avances logrados por el feminismo, creando nuevas trampas para las mujeres.11 En 1998, Mabel O. Wilson puso el foco en el esquema del patriarcado racial recuperando lo escrito por la teórica literaria Laura Doyle. La autora enfatiza así su conceptualización como la formación social que se basa en una distinción metafísica; aquella entre una cabeza gobernante y un cuerpo trabajador y aquella que engendra el género y racializa esta distinción.12 El concepto de interseccionalidad trabajado por Kimberlé Crenshaw desde los años ochenta ahonda en esta misma reflexión y apunta a la necesidad de tener en cuenta cómo las diferentes formas de opresión se intersecan y exacerban entre sí;13 racismo, clasismo, sexismo, capacitismo, edadismo, etc. El género no es la única categoría que estructura las desigualdades sociales, y estos nexos deben ser considerados consistentemente. Entendido, pues, el patriarcado, como el sistema que organiza los espacios y relaciones de poder que están detrás del género, las cuales a su vez se ven alteradas por las relaciones de clase y los procesos de racialización; que asigna una jerarquía implícita y categoriza todo lo que no responde a una determinada masculinidad hegemónica14 como lo que está al margen o alteridad. El sistema patriarcal explica y sirve para visibilizar la opresión de las mujeres y sujetos subalternos15 a lo largo de la historia de la humanidad —tanto en su versión fuerte como en su versión débil—, y es origen de las prácticas injustas y de los hábitos perversos que van en detrimento de la dignidad e igualdad entre seres humanos desde su diversidad y diferencia.16
De este modo, la alteridad absoluta de la que nos hablaba De Beauvoir, ha determinado históricamente la construcción social del mundo que hoy habitamos. Y la construcción del género, al igual que la construcción de la raza17 o la clase, se ha ido definiendo en función de un determinado sujeto absoluto de referencia. Un sujeto que, como explica Oihane Ruiz, «tiene la virtud de segregar en minorías a la mayoría y de hacer universal la vida de una minoría».18 Esto es, como veremos, el androcentrismo o la definición del statu quo a partir de la posición central en el mundo del varón privilegiado en el sistema cultural.
Pero, para comprender la especial incidencia de este canon tenemos que remontarnos atrás en el tiempo, a los orígenes de la arquitectura como disciplina científica. En el siglo xix, con la consolidación de la Historia del Arte como disciplina académica, se bautizará como Renacimiento al renacer cultural surgido en el norte de la península itálica en el siglo xv. Durante esta etapa se desarrollaría el movimiento humanista, también conocido como Humanismo.19 Tradicionalmente, se ha extendido la idea de que el Humanismo constituye un movimiento cultural que nace en contraposición al teocentrismo medieval, cuando la cosmovisión del mundo cambia en Europa y el hombre y no Dios pasa a ser el centro de todas las cosas. Desde entonces, la doctrina del antropocentrismo ha arraigado profundamente en nuestro sistema de valores. Sin embargo, no ha sido suficientemente discutido cómo la revisión de este movimiento cultural, originado en un determinado contexto social de puesta en valor de las fuentes de la Antigüedad clásica, mitificado durante los siglos posteriores (Romanticismo), ha arrastrado un categórico sesgo androcéntrico y colonial.20 No era lo humano, sino exclusivamente el varón privilegiado lo que ocupaba dicha posición central; un arquetipo de lo humano muy minoritario que estableció un canon o módulo excluyente que es origen de desigualdades efectivas.
Como evidencia la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), la figura masculina se convertiría así en medida de todas las cosas a la que atribuir la representación del estándar de universalidad, la esencia original de la realidad humana. Con el paso de los siglos, este canon ideal de lo humano definido desde la masculinidad hegemónica continuó siendo el sujeto central de la cultura occidental, no siendo exclusivamente su condición masculina la que lo determinaría. La norma universal (o norma mítica,21 en palabras de Audre Lorde) acabó así representando la realidad de un sujeto humano minoritario —aquel por el que fue creada: la del hombre, pero también la de la blanquitud, la de lo occidental, la de lo burgués, la de lo heteronormativo, la de la mediana edad y la de lo saludable y lo capaz.22
Es importante comprender que el androcentrismo, a lo largo de los siglos, ha implicado sesgos —explícitos e implícitos— que invalidan la supuesta neutralidad de la producción y transmisión del conocimiento académico. Esta presunta objetividad científica viene siendo puesta en cuestión desde la crisis de representación, sobre todo desde del último tercio del siglo xx.23 A partir de ese momento, la introducción de la perspectiva de género, así como la revisión crítica de todo lo producido hasta el momento, se ha reivindicado como condición necesaria en la promoción de una mayor rigurosidad y calidad del saber. Poulain de la Barre, pensador ilustrado en contacto con el Preciosismo, ya denunciaba en el siglo xvii este sesgo: «Todo lo que han escrito los hombres sobre las mujeres es digno de sospecha, porque son a un tiempo juez y parte».24 En 1984, Audre Lorde explicaría cómo el racismo, el edadismo, el clasismo y el sexismo producen «distorsiones» endémicas en la sociedad.25 En 1988, Donna Haraway escribiría que la objetividad feminista simplemente significa «conocimiento situado».26 Sobre el cuestionamiento, descalificación y destrucción de conocimientos alternativos que puedan cuestionar el privilegio de la ciencia moderna desde el Eurocentrismo reflexionaría Boaventura de Sousa Santos, denominándolos «epistemicidios».27 En el caso de la historia de la arquitectura, todavía resta pendiente una revisión formal que, además, llegue de manera efectiva a las aulas. La voluntad de aproximarnos a cómo avanzar en este aspecto será el primer punto en el que incidirá este trabajo.
Como siguiente punto a abordar analizaremos, primero, la construcción de una disciplina exclusivamente masculina y, luego, la incorporación paulatina de las mujeres a la profesión y los estudios de arquitectura, que desde una perspectiva androcentrista —con independencia del género de la persona que la ejerce—, deriva en prácticas profesionales que arrastran sesgos patriarcales, que desde los años setenta vienen siendo discutidas como origen de desigualdades efectivas.28 La construcción de los espacios que habitamos tiene una dimensión cultural —del mismo modo que la producción de conocimiento—; y por lo tanto no es neutra; su diseño se limita, jerarquiza y valora desde las estructuras de poder androcéntricas; ha sido codificado a partir de una identidad cultural hegemónica patriarcal; es el producto de la intersección de las relaciones sociales29 y, en consecuencia, puede perpetuar sistemas de dominación.
En los años noventa, la filósofa Cristina Molina Petit lo expresó de la siguiente manera: «los principios de la arquitectura no son neutrales al género: el diseño arquitectónico ha sido realizado fundamentalmente por varones, atendiendo a las necesidades de los varones y los valores inherentes han sido transmitidos por varones que dominan las escuelas de arquitectura y escriben los libros de teoría arquitectónica»30 —en un momento, recordemos, en el que la que ha sido denominada «división sexual del trabajo» y los roles de género estaban todavía más dualmente definidos. A partir de este análisis, veremos que la incorporación de la perspectiva feminista en los estudios e investigaciones de arquitectura —y como consecuencia en la práctica del diseño espacial—, es una cuestión inapelable que ya está llevándose a cabo en algunos lugares, y a la que esta investigación también procura contribuir.
Para finalizar este trabajo introductorio que estudia las relaciones entre la categoría género y la disciplina de la arquitectura, es importante tomar conciencia de que el patriarcado sigue vigente hoy a pesar de la convicción política en diversas geografías de que la igualdad entre mujeres y hombres es un hecho alcanzado. Es lo que se ha denominado el espejismo de igualdad: se nos dice que lo hemos conseguido, pero no obtenemos lo mismo.31 Violencias machistas, explotación sexual y/o reproductiva, feminización de la pobreza, brecha salarial, suelo pegajoso, techo de cristal, desigualdad en el uso del tiempo... Son solo algunos síntomas de lo que todavía hoy sigue siendo una realidad objetiva incluso en los lugares que pueden parecer ejemplares. Y lo cierto es que, después de una lucha de siglos y a pesar de todos los avances, ni un solo país del mundo es todavía igualitario.32 Para seguir construyendo este camino se hace por tanto necesario analizar la realidad profesional de las arquitectas en el Estado español.
En cualquier caso, sería necesario precisar que estos ejes de desarrollo pretenden abarcar un amplio análisis de las implicaciones transversales del factor género en el ámbito de la arquitectura, si bien no son los únicos posibles, pues tal y como indica Mark Wingley en su texto «Untitled: The Housing of Gender»:
La producción activa de distinciones de género se puede encontrar en todos los niveles del discurso arquitectónico: en sus rituales de legitimación, prácticas de contratación, sistemas de clasificación, técnicas de impartición de lecciones, imágenes publicitarias, creación del canon, división del trabajo, bibliografías, convenciones de diseño, códigos legales, estructuras salariales, prácticas editoriales, lenguaje, ética profesional, protocolos de edición, créditos de proyectos, etc.33
1. Esto no quiere decir que la teoría feminista comience con las olas y solo se reproduzca a través de la producción teórica de determinados grupos en determinados contextos, aunque desde una perspectiva histórica, este marco teórico ha sido el dominante. La genealogía feminista debe entender cómo el capitalismo exacerba las relaciones racistas, patriarcales y heterosexistas. En este sentido, se reproduce la idea de Chandra Talpade Mohanty en relación con lo occidental entendido no como categoría geográfica o espacial encarnada, sino como el lugar político y analítico de las metodologías empleadas por cualquier persona a lo largo del globo que trasluce lo colonial. Cómo pensamos desde lo local en/de lo global y viceversa sin caer en tópicos colonizadores es complejo. Este trabajo no escapa a esta misma dificultad. La autora sugiere que «los estudios feministas comparativos» o la «solidaridad feminista» es el modelo más útil para el trabajo transcultural feminista, reconociendo las relaciones y tensiones entre las diferencias y similitudes feministas globales, que existen en todos los contextos. Solidaridad feminista para enfatizar las relaciones de reciprocidad, corresponsabilidad e intereses comunes en las luchas por la justicia. Chandra Talpade Mohanty, «Under Western Eyes Revisited: Feminist Solidarity through Anticapitalist Struggles», Signs 28, 2(2003): 499-535.
2. Beauvoir, El segundo sexo, (Madrid: Cátedra, 2019), 341.
3. Aristóteles, Política (Madrid: Editorial Gredos, 1988), 57-58.
4. Silvia Federici, El patriarcado del salario: críticas feministas al marxismo (Madrid: Traficantes de Sueños, 2018), 19.
5. El influyente libro Política Sexual de Kate Millet (basado en su tesis de 1969 y publicado en 1970 en inglés) reflexiona, entre otras cosas, sobre las ideas de Simone de Beauvoir y de Robert J. Stoller (Sex and Gender, 1968) que luego predominaron en la creación de los estudios de género. Esta ruptura epistemológica se fue asimilando a lo largo de las conferencias mundiales que siguieron a la proclamación del año 1975 como el Año Internacional de la Mujer por la Asamblea General de Naciones Unidas, y que alcanzaron su punto álgido en la cuarta conferencia en Pekín en 1995. Entonces el concepto de «género» se trasladó de la teoría feminista —con mayor o menor fortuna— al campo institucional. A lo largo del tiempo, esta crítica operativa ha sido altamente productiva y crecientemente se han ido desnaturalizando los constructos de orden social que oprimían a las mujeres. Algunos apuntes sobre esta cuestión: Lourdes Méndez, «Una connivencia implícita: perspectiva de género, empoderamiento y feminismo institucional» en Antropología Feminista y/o del Género. Legitimidad, poder y usos políticos, ed. Rosa Andrieu Sanz y Carmen Mozo González (Sevilla: Fundación El Monte, 2005), 203-226.
6. «No se nace mujer: se llega a serlo». Ya desde sus momentos más álgidos, el movimiento feminista se ha enfrentado a la paradoja de deconstruir el género teniendo que reiteradamente usar para ello esta misma categoría. Y aunque pueda resultar un contrasentido, entraña construir procesos de igualdad precisamente a partir del reconocimiento de la diferencia. En esta tensión probablemente radique su potencialidad. Este trabajo también navega en ese mismo conflicto: el del reconocimiento de la diversidad y lo infinitamente heterogéneo de las otras feminidades y las mujeres, en nombre de la construcción del eterno femenino a lo largo de la historia como objeto de la investigación. Para ello, y en la medida de lo posible, se ha optado por una concepción materialista de la reproducción social o modo en que son producidas y reproducidas las relaciones sociales. Siguiendo a Silvia Federici: «Reconocer que la subordinación social es un producto de la historia, cuyas raíces se encuentran en una organización específica del trabajo, ha tenido un efecto liberador para las mujeres. Ha permitido desnaturalizar la división sexual del trabajo y las identidades construidas a partir de ella, al concebir las categorías de género no solo como construcciones sociales, sino también como conceptos cuyo contenido están en constante redefinición, que son infinitamente móviles, abiertos al cambio, y que siempre tienen una carga política». Federici, El patriarcado del salario, 87.
7. Sobre esta cuestión, ver los trabajos de Judith Butler El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad (Madrid: Ediciones Paidós, 1990) y Cuerpos que importan. Sobre los límites discursivos y materiales del sexo (Madrid: Ediciones Paidós, 2018). También Judith Lorber, Paradoxes of gender (New Haven, London: Yale University Press, 1994) y «Using Gender to Undo Gender: A Feminist Degendering Movement», Feminist Theory 1, 1(2000): 79-95, www.doi.org/10.1177/14647000022229074. En castellano, entre los estudios de sexualidad y género, ha escrito Paul B. Preciado: Manifiesto contrasexual (Madrid: Opera Prima, 2002), Testo Yonqui (Madrid: Espasa, 2008) o Pornotopía: Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría (Barcelona: Anagrama, 2010).
8. Se reproduce aquí la idea de la categoría mujeres como aquella que considera a la mayoría, abierta a significados todavía no previstos, a riesgo de que pueda ser equivocada. El imperativo político requeriría el uso de errores necesarios. Tatiana Llaguno (citando a Butler), «Feminismo del 99 %: haciendo política, construyendo subjetividad», en varias autoras, Un feminismo del 99 % (Madrid: Lengua de Trapo & Ctxt, 2018), 65-82.
9. Como sustantivo, género también se emplea para referirse a identidades o grupos sociales que generalmente se organizan en torno al género/sexo asignado a una persona o el sexo legal, su sexo físico o encarnación sexual; el género/sexo con el que se identifican (identidad de género) o viven; su expresión de género y/o rol de género. Claiming*Spaces, «Queer Feminist Glossary», (2019).
10. Gerda Lerner, La creación del patriarcado (Barcelona: Editorial Crítica, 1990), 340-341.
11. Sylvia Walby, Theorizing Patriarchy (Oxford, Cambridge: Basil Blackwell, 1990), 200-201.
12. Mabel O. Wilson, «Dancing in the Dark: The Inscription of Blackness in Le Corbusier’s Radiant City», en Places Through the Body, ed. Heidi J. Nast and Steve Pile (London: Routledge, 1998), 133-152.
13. Sobre interseccionalidad: Kimberlé Crenshaw, «Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine», Feminist Theory, and Antiracist Politics. University of Chicago Legal Forum 1(1989), 139-167, y Kimberlé Crenshaw, «Mapping the Margins: Intersectionality, Identity Politics, and Violence against Women of Color», Sranford Law Review 43, 6(1991), 1241-1299. Años después, vería la luz el influyente libro de Patricia Hill Collins y Sirma Bilge, Intersectionality (Cambridge, Malden: Polity Press, 2016).
14. El concepto de masculinidad hegemónica surgió en los ochenta como una forma de diferenciar el patrón de masculinidad que emerge del patriarcado y que, aunque pueda ser minoritario, es normativo: «Encarna la forma más valorada de ser hombre en la actualidad, exige a todos los demás hombres que se posicionen en relación con ella, y legitima ideológicamente la subordinación global de las mujeres a los hombres». Una revisión interesante, incluida su crítica y mutación, en: Raewyn W. Connell y James W. Messerschmidt, «Hegemonic Masculinity: Rethinking the Concept». Gender and Society 19 6(2005): 829-859. https://doi.org/10.1177/0891243205278639.
15. Interesa aquí introducir el concepto de esencialismo estratégico acuñado por la autora Gayatri Chakravorty Spivak, o el uso estratégico del esencialismo como forma eficaz de acción con un escrupuloso interés político. El esencialismo estratégico tendría un carácter operacional y temporal, influyendo en la construcción de la unidad y la diferencia desde el feminismo. Sobre esencialismo estratégico ver: Gayatri Chakravorty Spivak, en conversación con Elizabeth Grosz, «Criticism, Feminism, and the Institution», en The Post-Colonial Critic. Interviews, Strategies, Dialogues, ed. Sarah Harasym (New York, London: Routledge, 1990), 1-16, y Gayatri Chakravorty Spivak en conversación con Ellen Rooney, «In a Word: Interview» en Outside in the Teaching Machine (Routledge: New York, London, 1993; 2009), 1-26.
16. Cristina Molina Petit, «Género y poder desde sus metáforas. Apuntes para una topografía del patriarcado». En Del sexo al «género»: los equívocos de un concepto, ed. Silvia Tubert (Madrid: Cátedra, 2003), 123-160.
17. Para una aproximación a la invención y desarrollo del concepto raza como categoría de clasificación jerarquizada que segmenta las sociedades humanas —ideada por los europeos a partir del siglo xv como forma de justificar el colonialismo y la esclavitud—, ver: Lesley Lokko, «Introducción», en White Papers, Black Marks: Architecture, Race, Culture, ed. Lesley Lokko (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2000), 10-35.
18. Oihane Ruiz, «¿Qué pasa con la casa? (y las violencias contra mujeres y niñas)?» Píkara Magazine, Junio 16, 2021. https://www.pikaramagazine.com/2021/06/que-pasa-con-la-casa-y-las-violencias-contra-mujeres-y-ninas/
19. A mediados del siglo xx, Paul Oskar Kristeller incidiría en que el término Humanismo, usado por los historiadores del siglo xix, reflejaba la falsa concepción moderna del Renacimiento como nuevo movimiento filosófico (nueva cosmovisión), opuesta a la tradición escolástica medieval. «Por Humanismo nos referimos simplemente a la tendencia general de la época a otorgar la mayor importancia a los estudios clásicos y a considerar la antigüedad clásica como el estándar y modelo común por el cual guiar todas las actividades culturales». El movimiento humanista se nutre del resurgir de las filosofías de la Antigüedad. Según el autor: «El admirable desarrollo de las Bellas Artes, que es la principal gloria del Renacimiento italiano, no surgió de ninguna noción exagerada sobre el genio creativo del artista o sobre su papel en la sociedad y la cultura. Tales nociones son producto del movimiento romántico y sus precursores del siglo xviii, y eran en gran parte ajenas al Renacimiento italiano». Paul Oskar Kristeller, «Humanism and Scholasticism in the Italian Renaissance», Byzantion 17 (1944-1945), 346-374.
20. La historia occidental basada en principios antropocéntricos no sería posible sin la historia de desposesión, extracción y destrucción de la tierra que encarna el proyecto de la colonialidad. Los mapas o la estandarización de la representación del mundo hacen visible esta forma hegemónica de crear conocimiento; Europa, en el centro y arriba, como máxima expresión de poder colonial. En este sentido, siguiendo a Walter Mignolo: «La colonialidad es el patrón de poder que nos gobierna y por tanto la comprensión decolonial de la colonialidad nos conduce a la búsqueda de procesos de desenganche y liberación. La colonialidad es un concepto decolonial». Walter Mignolo y Rolando Vázquez, «Pedagogía y (de)colonialidad», en Pedagogías Decoloniales: Prácticas Insurgentes de Resistir, (Re)Existir y (Re)Vivir, ed. Catherine Walsh (Quito: Ediciones Abya-Yala, 2017), 489-508, 493.
21. Audre Lorde, «Edad, raza, clase y sexo: las mujeres redefinen la diferencia», en La hermana, la extranjera. Artículos y conferencias (Madrid: Horas y horas, 1984; 2003), 123.
22. De este modo y siguiendo los postulados de la Grecia clásica en las artes y en la arquitectura, el auge del antropomorfismo significó la resolución del canon o regla de las proporciones ideales del hombre occidental adulto como definitorias de la escala humana universal a la que adaptar la arquitectura. Bebiendo de las fuentes de la Antigüedad, el resurgir de la razón y la revitalización cultural no se cuestionaría la naturalización de la desigualdad o subordinación de las mujeres y los grupos sociales que no participaban de esta resolución. Esta conceptualización cultural ilustrada definida por la experiencia del mundo desde la masculinidad hegemónica tiene importantes consecuencias en la teoría feminista desde una perspectiva interseccional, implica un proceso de selección y, en consecuencia, también de exclusión. De este modo, la no adecuación de las personas al canon puede suponer discriminación por razón de género (sexismo o misoginia); si no se es blanca y/o occidental debido a razones de origen, etnia o raza (racismo, xenofobia), si no se ha acumulado riqueza por razones de estratificación social (clasismo); si no se encaja en los estándares heteronormativos o categorías binarias del sistema sexo-género debido a razones de orientación o identidad (heterosexismo, homofobia, transfobia, lgtbiq+fobia, etc.); si se es menor (infancia) o mayor (vejez) debido a razones de edad (edadismo); si se trata de personas con discapacidad, debido a razones de percepción de capacidad (capacitismo), etc.
23. Carmen Gregorio Gil, «Contribuciones feministas a problemas epistemológicos de la disciplina antropológica: representación y relaciones de poder», AIBR Revista de Antropología Iberoamericana 1, 1 (2006): 22-39.
24. Poulain de la Barre en De Beauvoir, El segundo sexo, 53.
25. Lorde, La hermana, la extranjera, 123.
26. Conocimientos situados o la necesidad de transformar los debates sobre objetividad ya que la historia es una historia. Donna Haraway, «Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective», Feminist Studies, 14(1988), 575-599, https://doi.org/10.2307/3178066.
27. Boaventura de Sousa Santos, Epistemologies of the South: Justice against Epistemicide (London, New York: Routledge, 2014; 2016).
28. Teresa de Valle, Andamios para una nueva ciudad. Lecturas desde la antropología (Madrid: Cátedra, 1997), 27-28.
29. Doreen Massey, Space, Place, and Gender (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1994).
30. Cristina Molina Petit, «La metáfora espacial doméstica en la definición de lo femenino», en Urbanismo y mujer: nuevas visiones del espacio público y privado, Málaga 1993-Toledo 1994, ed. Adriana Bisquert e Isabel Navarro (Madrid: Seminario Permanente «Ciudad y Mujer», 1995), 339-343, 342.
31. Amelia Valcárcel, Feminismo en un mundo global (Madrid: Cátedra, 2008), 201.
32. Con motivo del 8 de marzo de 2020, las Naciones Unidas presentó Equiterra, un lugar utópico con el que comparar nuestra realidad: https://medium.com/@UN_Women/welcome-to-equiterra-where-gender-equality-is-real-6fc832c383fe.
33. Mark Wigley, «Untitled: The Housing of Gender», en Sexuality & Space, ed. Beatriz Colomina (New York: Princeton Architectural Press, 1992), 327-389.
3. El sesgo androcéntrico en la producción de conocimiento
«No me deben un premio Pritzker, sino una ceremonia Pritzker de inclusión. Rindamos homenaje a la noción de creatividad conjunta.»
Denise Scott Brown
Causas y consecuencias: la historia del presente
La arquitecta Denise Scott Brown continúa, a fecha de escribir estas palabras, pendiente de reconocimiento equitativo. Su lucha por un justo respeto profesional y crédito tuvo especial visibilidad en su crítica al premio Pritzker —el galardón arquitectónico que emula al Nobel, considerado el de mayor prestigio a nivel global— que en 1991 sí recibió su compañero y también coautor del afamado ensayo Aprendiendo de Las Vegas, manteniendo la discusión sobre la legitimidad del reconocimiento en arquitectura abierta.1
En el contexto actual, el ejemplo de Denise Scott Brown continúa perpetuando esta realidad palpable que ya evidenciaba la conocida frase de Beatriz Colomina «las mujeres son los fantasmas de la arquitectura moderna, presentes en todas partes, cruciales, pero extrañamente invisibles».2 Un fenómeno común a otras áreas del conocimiento que las científicas ya catalogaron como efecto Matilda.3 Para Scott Brown, este hecho es uno más a sumar a toda una experiencia vital discriminada recogida en su ensayo de los años setenta —no publicado hasta 1989—: «Room at the Top? Sexism and the Star System in Architecture». Allí, mediante sus propios testimonios, se evidencia cómo la mayoría de mujeres profesionales puede contar «historias de horror» sobre la discriminación que sufren durante su carrera.4 Discriminación que se manifestaba, por ejemplo, en hechos como que en entrevistas de trabajo la presencia de «la mujer del arquitecto» disgustaba a las personas allí reunidas o que añadir su nombre a la sobrecubierta de una publicación iba en perjuicio del diseño de la misma. En su análisis, señala las similitudes de la profesión de arquitectura con un men’s club, o club de caballeros, insistiendo en que:
El star system, que ve los estudios de arquitectura como una pirámide con un diseñador en la cima, tiene poco que ver con las complejas relaciones entre arquitectura y construcción de la actualidad. Pero, así como el sexismo me define como una escriba, mecanógrafa y fotógrafa de mi marido, el star system define a las personas asociadas a nuestra firma como segundones y a nuestro personal como lápices.5
Este caso nos sirve para ilustrar de qué manera la producción androcentrista de reconocimiento —y, por tanto, de conocimiento—, a través del mito del genio creativo individualizado, maestro o héroe de la arquitectura, ha limitado y restringido la incorporación y visibilidad de las arquitectas (y, en consecuencia, su posterior reconocimiento en la esfera pública), y no solo eso. Sesgos racistas y coloniales intensifican la exclusión de las personas tradicionalmente oprimidas, nutriendo instituciones que operan como imperios de capital cultural y material.6 En pleno siglo xxi, la prevalencia de este estereotipo implica sesgos implícitos7 que impulsan la parcialidad, yendo en perjuicio de la propia justicia en el crédito, y de la rigurosidad y calidad del saber. Estos mecanismos han retroalimentado un sistema clasista, racista y misógino que busca ensalzar gurús, aun cuando estos no existen únicamente por sí mismos. Pero, para avanzar en la igualdad efectiva y en el reconocimiento más justo, se hace preciso comprender algunos de los factores que han influido en esta situación heredada, muchos de los cuales continúan hoy en plena vigencia.
Actualmente, continúan sin ser analizadas en profundidad las repercusiones de un hecho tan fundamental como que, a las mujeres, por el mero hecho de serlo, históricamente se les haya sido negado activa o pasivamente el derecho a la educación y a realizar un trabajo asalariado,8 incluyendo el acceso a los estudios y a la profesión de arquitectura. Hasta que hace poco más de un siglo un decreto estableciese lo contrario en el Estado español,9 las mujeres no podían acceder en igualdad de condiciones que los hombres a la universidad; la competencia del raciocinio y el acceso al conocimiento estaba asignada en exclusiva a los hombres. Todavía hasta bien entrado el siglo xx, los altos índices de analfabetismo femenino representaban la norma.
Por otro lado, la división sexual del trabajo o el histórico reparto diferenciado del trabajo entre los hombres (remunerado) y las mujeres (no pagado o mal pagado), el fenómeno de la promoción del rol ideal de la mujer como ángel del hogar o guardiana de la familia no es algo nuevo, pero presenta una sorprendente continuidad durante casi todo el siglo xx en el Estado español.10 Este modelo de producción y reproducción de la fuerza de trabajo fue especialmente potenciado durante la posguerra y más allá, durante la transición al Estado capitalista moderno principalmente gracias a la labor formativa de la Sección Femenina —la organización femenina de la Falange—, en alianza con la Iglesia Católica.11 En este contexto, la posibilidad de estudiar y ejercer una profesión liberal como la arquitectura no era considerada adecuada para ninguna mujer, y solo unas pocas —y privilegiadas— pudieron culminar los estudios y/o ejercer la profesión.
El ejercicio de la arquitectura se consolidó así como un ámbito inherente al espacio público (tradicionalmente ligado a lo masculino) mientras que a las mujeres les fue asignada la esfera doméstica, categorizada como privada. Con ello, no solo se estableció la dependencia de las mujeres del salario masculino para sobrevivir, sino también la imposibilidad para ejercer el trabajo remunerado, lo que implicaba asumir en exclusiva el trabajo de reproducción social no pagado. Y todo ello a pesar de que la teoría feminista no se ha cansado de señalar la compleja interdependencia entre ambas esferas, tradicionalmente consideradas dicotómicas,12 y que a grandes rasgos insisten en la concepción burguesa13 de estructurar el espacio como público —el lugar del trabajo productivo o trabajo remunerado, exterior, reputado, adscrito al género masculino— o privado —caracterizado como doméstico: el del trabajo reproductivo o trabajo no remunerado, interior, anónimo o femenino.
Por otro lado, en un segundo momento en el que las mujeres son todavía minoría, pero ganan un mayor acceso a la práctica formal de la arquitectura, la alteridad asignada a las mujeres se extiende a su labor profesional en la esfera pública como método para devaluar el trabajo que realizan. Esto es, implicando su menor remuneración, una mayor invisibilización al realizar trabajo colaborativo o adjunto, así como su contención en rangos de menor jerarquía. En concreto en el ámbito arquitectónico, las mujeres se enfrentaron a menos barreras ocupando nichos considerados menores en la jerarquía de valores disciplinar, en los que podían aportar su conocimiento experto —definido por la división del trabajo, su rol de género y su vinculación con el trabajo doméstico—, como el diseño de interiores, mobiliario, tejidos o utensilios, entre otros. La depreciación de su trabajo, o su estereotípica alienación como emocional, delicada o detallista, sin embargo, nunca ha tenido ninguna fundamentación científica que no fuera la propia desvalorización misógina de su conocimiento aprehendido. En este sentido, cabe citar que en la exaltación del trabajo exclusivamente arquitectural y del proyecto constructivo de los gigantes de la historia, el trabajo que históricamente han realizado las mujeres continúa siendo suprimido o devaluado.
Pero además de ocupar nichos relacionados con la mística de la domesticidad tradicionalmente situados en la parte baja de la jerarquía disciplinar, un hecho común que permitió a las mujeres superar barreras para su integración en la profesión consistió en formar parte activa en equipos de género mixto con sus compañeros de vida y socios profesionales. En un mundo en el que las mujeres casadas se veían abocadas al abandono de su profesión para idílicamente pasar a trabajar gratuitamente en el ámbito doméstico, esta fórmula presentaba cierta flexibilidad para compaginar profesión y crianza, en el caso de tener común descendencia. Estas arquitectas que trabajaron en coautoría, pero que en muchos casos criaron en soledad, se ven —y continúan viéndose— perjudicadas por la asimetría de un proceso de reconocimiento androcéntrico en el que son automáticamente asimiladas a la figura masculina para la mayor gloria de esta. Por otro lado, en el caso de excepcionales mujeres no casadas y/o sin descendencia que han logrado ejercer igualmente, es común que sus aportaciones sean depreciadas por el simple hecho de ser realizadas por una mujer o haber sido consideradas femeninas. En este sentido y desde una perspectiva genérica, el justo crédito a su trabajo y su papel en la historia comprende como mínimo dos dimensiones: el reconocimiento del trabajo invisible y depreciado resultante de asignación a la esfera de lo privado por su rol de género —incluyendo la extensión de lo doméstico en el espacio público—, y la reparación de quien ha contribuido desde la esfera pública del poder, tradicionalmente considerada masculina, y en la que sus contribuciones han sido devaluadas por el simple hecho de ser mujeres.14
En relación con este último fenómeno, cabe señalar el tradicional sesgo androcentrista de los historiadores de la arquitectura del que emana un reconocimiento desigual de las aportaciones de las mujeres, al establecer como vara de medir la norma masculina. Ya lo escribió Gerda Lerner: «lo han denominado Historia y la declaran universal».15 Y a pesar de la crítica avivada en las últimas décadas que señala los peligros de la historia única,16 la historiografía del sujeto moderno, fuertemente arraigado en la noción de independencia y en la acumulación de éxito y riqueza, tiende a continuar esta escalada. La biografía o el método del formato monográfico tiene importantes implicaciones que oscurecen el trabajo colaborativo o el impacto social en las disciplinas y, en particular, las contribuciones de las mujeres a lo largo de la historia, cuyas vidas y carreras no se ajustan a los contornos prescritos.17 Y aunque sabemos que «el poder educa»,18 las pedagogías normalizadas, así como las estrategias de marketing y comunicación, continúan basadas en este mito del «great men doing great things»,19 promoviendo una visión poco realista de la disciplina y perpetuando un estereotipo que afecta a generaciones futuras de estudiantes, profesionales de la arquitectura y público en general.20
Por último, en relación con las problemáticas heredadas cabe citar la discriminación que sufrían las mujeres en instituciones oficiales y/o sociedades, o directamente, su no aceptación. Las organizaciones profesionales (Colegios de Arquitectura) son asociaciones de carácter gremial que históricamente han sido claves para reconocer la validez de los estudios (academias, títulos), y ejercer la profesión: ordenan, reglamentan y registran el ejercicio de la práctica. El origen de la profesión segregada (arquitectura versus ingeniería, por ejemplo) tuvo lugar en los países en los que el nuevo contexto industrializado tomó fuerza, como el Reino Unido o los Estados Unidos de América durante el siglo xix. El arquitecto como intelectual y artista liberal, al servicio de la comisión privada, se constituye como profesional formado en determinados estándares en ese momento particular. Desde su inicio, tanto en las academias como en las organizaciones profesionales, las mujeres eran activa o pasivamente excluidas,21 y el poder del conocimiento era por definición masculino.
Pese a las desfavorables circunstancias históricas, la producción y el conocimiento en arquitectura no han cesado, tampoco desde la crítica. El conocimiento entendido como un acto de creación, en el que construimos lo que sabemos, en un contexto determinado por la naturaleza de nuestras relaciones con el mundo.22 Teniendo en cuenta la naturaleza de esas mismas relaciones, que históricamente han sido de desigualdad, resulta fundamental tener en cuenta la representación heredada de las mujeres en la historia y teoría de la arquitectura. Y, desde esta perspectiva, será a partir del último tercio del siglo xx, con la crisis de representación, que la crítica feminista intensifica su puesta en cuestión de la atribuida imparcialidad científica occidental, evidenciando los valores culturales implícitos en la producción y transmisión del saber. A través de las ciencias sociales se evidencia que, en palabras de María Ángeles Durán:
La ciencia no es un regalo gratuito legado por nuestros antecesores: al contrario, se ha producido socialmente y la han hecho nacer grupos sociales específicos para fines igualmente específicos. […] Si la ciencia de hoy ha nacido de la ciencia que hubo y ya está condicionando la ciencia que habrá, la tarea de recuperar críticamente la historia y el proyecto futuro de la ciencia no admite espera.23
Por suerte, la producción de conocimiento en arquitectura no solo se ha limitado al espacio de la academia, aunque esta ha jugado un rol fundamental. Progresivamente, diversas activistas, intelectuales y arquitectas han introducido esta cuestión específicamente en el campo de la arquitectura. En las últimas décadas, esta puesta en cuestión se ha intensificado. Por citar un ejemplo, en 2003 Mónica Cevedio especificaba que «si analizamos la Historia de la Arquitectura (y en general la Historia), vemos que esta no ha recogido las contribuciones y participaciones de las mujeres, lo que invalida por lo tanto la pretensión de universalidad que se nos quiere transmitir».24 En 2007, Carmen Espegel expondría el objetivo de hacer crítica de la propia crítica.25 Una tarea que, sin duda, hace imprescindible el cuestionamiento de los valores pasados y presentes de las prácticas historiográficas en arquitectura. Como explica Cevedio:
Hacer crítica es denunciar. Denunciar a la democracia capitalista, que falsea la realidad y crea a través de la ideología dominante valores en los que nos vemos inmersas/os, valores de relación, de clase, de género, sociales, de familia, de religión, de comportamientos. Valores que nos inducen a la alienación y que se reflejan en otras variables en la arquitectura.26
Esta denuncia ha continuado tomando forma a principios del siglo xxi en el contexto iberoamericano, especialmente desde la creación en 2015 de la iniciativa de visibilización Un día / Una arquitecta.27 En su tesis de 2018, La construcción del relato arquitectónico y las arquitectas de la modernidad. Un análisis feminista de la historiografía, la arquitecta Daniela Arias Laurino evidencia cómo en los libros convencionales del estudio de la Historia de la Arquitectura,28 el reconocimiento explícito de las mujeres arquitectas es por regla general menor al dos por ciento.29 Sin embargo, a pesar de permanecer al margen de las narrativas hegemónicas, como ha recalcado en numerosas ocasiones Zaida Muxí, las mujeres han estado siempre presentes en la arquitectura, definiendo y diseñando espacios como clientes, asesoras, teóricas o decoradoras,30 incluyendo autoconstructoras, reformadoras sociales, mecenas y/o arquitectas. Su libro Mujeres, casas y ciudades. Más allá del umbral, publicado en 2018, es clave en este sentido.
Recuperar los contenidos de la historia y la teoría de la arquitectura reconociendo en ella a aquellas mujeres que dieron pasos fundamentales en esta actividad humana, a pesar de todas las barreras que tuvieron que enfrontar, así como la puesta en valor de sus teorías e ideas, es tener presente la denuncia implícita en la simple demanda de su justo reconocimiento.
Breve recuperación de referentes históricos
Hay, pues, que entender la narración como producción de significado y no solo como vehículo de transmisión de una información preexistente. Solo podemos hablar del sentido o del significado del pasado a la luz de un futuro, nuestro presente. Siempre que narramos una historia lo hacemos desde la perspectiva de su conclusión. La mirada al pasado está condicionada por nuestro presente, pero la historia de este no ha sido escrita todavía y, por lo tanto, una de las formas de conocernos es ver lo que somos capaces de repensar, de narrar, o de hacer con nuestro pasado: al narrar retrospectivamente introducimos cambios, creamos sentido, añadimos algo propio al mundo.31
El antiguo régimen en Europa y la primera arquitecta conocida como punto de partida
No representa novedad alguna afirmar que, durante el Antiguo Régimen (o Edad Moderna en Europa),32 un contexto social de gran desigualdad, la situación de las mujeres era bien distinta que en la actualidad. Desde el punto de vista económico y social, en todos los estratos de la sociedad estamental la unidad familiar representaba la base, y en ella las mujeres permanecían sometidas al poder masculino, ya fuera ejercido por sus padres o por sus hermanos, maridos o hijos. Su día a día estaba basado en relaciones de desigualdad fundadas en la naturalización de la inferioridad de las mujeres. En España, influyentes obras como La Perfecta Casada escrita por Fray Luis de León en el siglo xvi divulgaban los atributos ideales de las mujeres, afirmando su rol exclusivo de madres y esposas en la esfera doméstica, y convirtiendo en objeto de censura social sus inquietudes intelectuales y cualquier intento de acceso a la esfera pública o espacio de poder. La casa y el silencio:
Porque, así como la Naturaleza, como dijimos y diremos, hizo a las mujeres para que encerradas guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca. […] así como a la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico, así les limitó el entender, y por consiguiente, les tasó las palabras y las razones; [...] Y así solía decir Demócrito que el aderezo de la mujer y su hermosura era el hablar escaso y limitado.33
Algunas mujeres nobles (principalmente viudas), así como religiosas (abadesas), llegaron a desempeñar liderazgos y ostentar cierto grado de autonomía a expensas de las doctrinas de la época, pero lo cierto es que su acceso a la educación, muy minoritario, se fundamentó en valores religiosos, reforzando valores como la sumisión, la abnegación o la obediencia al varón.34 Entre estas mujeres instruidas, aparecerán las constructoras pioneras, arquitectas y/o promotoras de la arquitectura en Europa, en la mayoría de los casos, gracias a contar con recursos económicos, culturales y propiedades.35
Será justamente en las cortes italianas, en el contexto del movimiento humanista, cuando se publique una obra pionera del feminismo premoderno europeo titulada Le livre de la Cité des Dames, escrita por Christine de Pizan en 1405. En ella, la autora expone su querella ante la misoginia de la época, rebate argumentos en contra de los derechos de las mujeres y pone en cuestión su supuesta inferioridad. La “Ciudad de las Damas” es, además, una alegoría urbana; un espacio utópico hecho por y para mujeres en el que tres figuras femeninas principales, la Razón, la Rectitud y la Justicia, erigen con la autora los muros de la ciudad.
Precisamente es en este mismo escenario en el que se suele enmarcar el nacimiento de la figura moderna del arquitecto36 motivado por un importante cambio conceptual: a diferencia del medievo, la persona encargada de la fase de ideación y proyección se distancia de la responsable de su ejecución y se reivindica como artista e intelectual individual.37 Así, durante el barroco italiano encontramos probablemente una de las primeras arquitectas que ejerció de manera profesional.38 Plautilla Bricci (Roma, 1616-1705) proyectó la desaparecida Villa Benedetta, iniciada en 1663 y demolida en 1849, elaboró trabajos de decoración interior y colaboró con su hermano, también arquitecto, realizando el Palazzo Testa-Picollomini en Montecavallo a partir de 1670.39 Al igual que ha acontecido con otras creadoras italianas, como la pintora renacentista Sofonisba Anguissola (1535-1625) o la barroca Artemisa Gentileschi (1593-1654), sus nombres han podido llegar hasta nuestros días. Todos estos ejemplos constituyen, sin embargo, una excepción a la norma, y hasta el siglo xix, de momento no nos han llegado muchas más mujeres que ejercieran como tal.
Los cambios culturales iniciados con el movimiento humanista y la generación del método científico abrirían el camino a la última etapa de la Edad Moderna: la Ilustración. En respuesta al estado absolutista y las disputas religiosas que definirían la crisis de ideas del Antiguo Régimen, especialmente en países como Francia e Inglaterra, el racionalismo y el laicismo volverían a ocupar un nuevo protagonismo promoviendo la transformación de las artes, el desarrollo de la filosofía o el surgir del enciclopedismo y la popularización de las Academias. Nace así una nueva voluntad pedagógica que le valdría al siglo xviii el apelativo de Siglo de las Luces, a pesar de las numerosas sombras que impugnarían esta misma vocación. En esta etapa, atravesados por la revisitación romántica de la civilización griega y romana y del Renacimiento, los ilustrados buscan encontrar la realización del hombre a través del conocimiento y la luz de la razón.40 Bajo la influencia clave de las ideas de filósofos como Montesquieu o Rousseau cristalizadas en el lema «liberté, égalité, fraternité», la crítica al absolutismo se propagaría. Se reivindicaron así conceptos como el de soberanía popular, todavía hoy considerados como los fundamentos del desarrollo de las democracias modernas. Estos hechos desembocarían en la publicación de los Derechos del Hombre y del Ciudadano durante la Revolución Francesa de 1789.
En esa época que algunos filósofos ilustrados, como Condorcet, quien en 1790 publicó Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía, influyentes filósofos, como Rousseau (autor de Émile ou de l’éducation, 1762), dedicaron esfuerzos en argumentar teorías biologicistas que demostraran la naturaleza de la mujer como ser no capaz de raciocino y, en consecuencia, en justificar su no pertenencia a la ciudadanía. Anteriormente, en 1671, Paulin de la Barre publicaría De l’égalité des deux sexes, discours physique et moral où l’on voit l’importance de se défaire des préjuges, una obra que incide en la no justificación natural de la inferioridad de las mujeres afirmando que el espíritu no tiene sexo y reclama su derecho a la educación.
Al calor de este debate ilustrado,41 asistiremos al nacimiento de imprescindibles textos fundacionales de la teoría feminista europea, como la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, de Olympe de Gouges (1791), y Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft (1792), en Francia y el Reino Unido respectivamente. Gran parte de la teoría feminista en castellano identifica este momento como el origen definitivo de la vindicación de igualdad que engendra el movimiento feminista (primera ola), pese a que posteriormente fuese ampliamente reprimido y que, efectivamente, hubiera que esperar hasta el siglo xix a que el movimiento sufragista sentara las bases para continuar la batalla por los derechos educativos, civiles y políticos de las mujeres.
Es precisamente en uno de estos países, en el Reino Unido, donde han ejercido algunas de las mujeres ilustradas relacionadas con la arquitectura cuyo nombre nos ha llegado. En Ramsgate, Mary Townley (1753-1839) proyectó varias obras, y entre ellas la reconocida Townley House (ca. 1792). Una mansión que, además de ser lugar de debate ilustrado, hoy está listado como edificio protegido.42 En Devon, las primas Jane Parminter (1750-1811) y Mary Parminter (1767-1849) idearon y promovieron su propia vivienda, la casa de dieciséis lados conocida como A la Ronde (ca. 1799).43 Esta singular obra, hoy abierta al público, fue legada específicamente a las mujeres de su familia que, al igual que ellas, decidieran no casarse. Años más tarde en Wreay, Sarah Losh (1785-1853) proyectó y construyó una serie de edificaciones de corte religioso y funerario. Entre ellas se encuentra St. Mary Church (1840-1842),44 erigida en memoria de su hermana, hoy declarada patrimonio de especial interés.45
En los dos últimos casos, las autoras se formaron realizando un Grand Tour por el continente europeo, una estrategia pedagógica que también seguían sus compañeros, pero especialmente clave para ellas en un momento en el que las academias las excluían explícitamente bajo variados y múltiples argumentos misóginos.46 Jane y Mary Parminter viajaron durante más de diez años con la hermana de Jane y una amiga londinense, entre 1784 y 1795.47 Sarah Losh visitó varios países europeos con su hermana y su tío en el año 1817.48 Por tanto, las mujeres que ejercieron la arquitectura con anterioridad al siglo xix, estaban inmersas en la cultura europea, fueron viajeras e independientes y sobre todo contaban con recursos económicos y propiedades con los que poder promover sus diseños. El factor clase continuó siendo fundamental.
Reformistas sociales, primeras arquitectas tituladas y diseñadoras
de vanguardia en el transcurso del siglo xix al siglo xx
El sufragismo continuará con la lucha que las mujeres europeas del siglo xviii inauguraron sin llegar a conquistar sus derechos. Y será a partir de una fecha clave, en 1848, cuando, a partir de la convención de Seneca Falls en Nueva York, se intensifique definitivamente el debate feminista por los derechos civiles, incluyendo su derecho al voto. Ese mismo año, la escritora Louisa Caroline Tuthill (1789-1879) publicó History of Architecture from the Earliest Times; Its Present Condition in Europe and in the United States; With a Biography of Eminent Architects and a Glossary of Architectural Terms, el que ha sido considerado el primer libro sobre historia de la arquitectura estadounidense publicado en el país.49 La Declaración de Sentimientos impulsada por Elizabeth Cady Stanton constituyó el texto fundacional del sufragismo estadounidense y sembró una importante semilla que daría sus frutos a lo largo de las décadas siguientes. Así, en las últimas décadas del siglo xix en determinados países occidentales, las mujeres conquistaron progresivamente más espacio en la esfera pública, llegando a lograr ser aceptadas en asociaciones o colegios de arquitectura y a ser formadas en algunas firmas y universidades de manera efectiva, aunque excepcional. El factor clase, así como el contexto social de sus lugares de origen, continuó siendo determinante. Más aún la discriminación racial: hasta que el fallo de Brown de 1954 dictó el fin de la segregación entre estudiantes afroamericanos y blancos en las aulas estadounidenses, el sistema educativo continuó siendo sistémicamente desigualitario. La ley de Derechos Electorales para eliminar la discriminación racial en los procesos electorales no se aprobó hasta 1965, y para esto el movimiento por los derechos civiles, como veremos, fue fundamental.
Aunque hasta finales del siglo xix nos han llegado noticias de mujeres excepcionales que superaron las barreras impuestas e hicieron de la arquitectura su profesión, cabe señalar que en el clima imperante del culto a la mística de la feminidad de la moral victoriana hubo muchas otras que concentraron su labor en tareas consideradas más propiamente femeninas. Esta estrategia permitía abordar trabajos que tenían una mayor aceptación social por su vinculación al mundo doméstico; aquellos desarrollados en su condición de expertas en el espacio de la vivienda —tales como la ingeniería doméstica y la reflexión sobre el diseño de interiores y de mobiliario— o, de nuevo, aquellos desarrollados desde la filantropía y el matronazgo —propuestas de reforma social, regeneración urbana y rehabilitación—.
Precisamente en la mejora del espacio de la vivienda destacarían tratadistas norteamericanas como Catharine Beecher (1800-1878), autora del influyente A Treatise on Domestic Economy for the Use of Young Ladies at Home and at School (1841), cuya controvertida figura fue estudiada en profundidad por la historiadora Dolores Hayden ya en los años setenta del siglo xx.50 Otras «ingenieras domésticas»51 que se han aproximado a la gestión científica del hogar desde principios del siglo xx han sido Christine Frederick (1883-1970) y Lillian Gilbreth (1878-1972), de la que destaca su aproximación a la mejora de las condiciones de trabajo de las mujeres en el mundo doméstico desde la diversidad funcional.52 Estados Unidos ya partía de la base de otras pioneras que habían investigado la gestión científica del espacio doméstico (Home Economics). En 1905, Ellen H. Swallow Richards (1842-1911) publicaría en Nueva York The Cost of Shelter, que vendría seguido en 1915 de The principles of domestic engineering, de Mary Pattison (1869-1951). En este entendimiento de la vivienda como un laboratorio, la paradoja está servida: el conservacionista ideal victoriano se refuerza a través de la ciencia, que no deja de tener su dimensión feminista en la mejora de la salud y en las condiciones del trabajo doméstico de las mujeres, un asunto completamente invisibilizado hasta el momento. El alcance de esta conceptualización continuará siendo clave durante décadas, y en Estados Unidos durante el siglo xx se recuperará en su versión moderna: la mujer que creando mejores familias eleva a la sociedad.53
Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo xix, autoras como Melusina Fay Peirce (1835-1923) o Charlotte Perkins Gilman (1860-1935) irán un paso más allá de la promoción del ahorro del tiempo. Para liberar a las mujeres, además de un diseño eficiente, propondrán la colectivización del trabajo doméstico fuera del espacio del hogar. Dolores Hayden ha estudiado ampliamente la tradición de las feministas materialistas en el imprescindible The Grand Domestic Revolution. A History of Feminist Designs for American Homes, Neighborhoods, and Cities, publicado en 1982.54 En una creciente sociedad urbana e industrial, estas activistas reconocieron el trabajo no remunerado de las mujeres y propugnaron la transformación de la familia patriarcal, el establecimiento de su independencia económica y el apoyo a sus esfuerzos en la vida pública. Para ello, propusieron diseños de arquitectura urbana y doméstica que fueron desde las casas sin cocina y cocinas centrales o comunitarias, a las viviendas cooperativas y las ciudades socialistas utópicas. Una estrategia que proponía un cambio estructural en la socialización del trabajo de reproducción social en la esfera pública pero que, de nuevo, no incidió en la no corresponsabilización por parte de los varones ni del Estado, sino que solo implicaba a más mujeres. Sobre la permanencia de esta paradoja —el no cuestionamiento de la división del trabajo— escribiría el colectivo feminista Matrix en su publicación de 1984 Making Space: Women in the Man Made Environment.55 Por otro lado, incluso a pesar de lo pionero de la reivindicación de la socialización del trabajo doméstico, lo cierto es que en aquel momento la sociedad no pensaba que este fuera un trabajo significativo, simplemente proyectaba un futuro en el que estuviera reducido al mínimo. Y como ha escrito Silvia Federici:
Tuvo que haber una rebelión de mujeres en las décadas de los años sesenta y setenta para demostrar que el trabajo doméstico es trabajo socialmente necesario en el sentido capitalista, que es extremadamente productivo aunque no esté organizado según el modelo industrial, y que en gran medida no se puede mecanizar. Reproducir a los individuos en los que reside la fuerza de trabajo requiere de una serie de servicios emocionales y físicos que son interactivos por naturaleza y, por lo tanto, exige de mucha mano de obra.56
Otra estrategia para poder contribuir al mundo de la arquitectura consistió en actuar sobre la ciudad y la vivienda obrera desde una aproximación filantrópica, un rol social aprobado socialmente para las mujeres con alto poder adquisitivo. En este sentido, a mediados del siglo xix en el Reino Unido destacaron figuras como la de Angela Burdett-Coutts (1814-1906), Octavia Hill (1838-1912) y Henrietta Barnett (1851-1936),57 reformadoras sociales de su época que se aproximaron a los problemas de la ciudad en la transición de la filantropía a la profesionalización del trabajo social. En concreto, Octavia Hill y su equipo gestionaron alrededor de dos mil viviendas en Londres, contribuyendo a la creación de nuevas áreas de trabajo para las mujeres de clase media como administradoras de vivienda.58 Cabe señalar que el activismo de mecenas y grupos de mujeres voluntarias organizadas y su rol en el desarrollo de las ciudades norteamericanas ha sido un tema introducido mayoritariamente por las académicas en la historia urbana. Gerda Lerner documentaba en 1974 cómo los clubs de mujeres negras fueron claves en la provisión de servicios comunitarios a finales del siglo xix y principios del xx.59 Siguiendo esta estela, Daphne Spain publicaría en 2001 How Women Saved the City. Un trabajo, el de estas activistas, que puede ser considerado menos glamuroso que el de la construcción de rascacielos o la proyección de grandes planes de desarrollo urbano,60 pero que sin duda contribuyó a la creación de urbes más humanas en las que la vida ocupaba una posición central.
En este período, en el contexto de los movimientos historicistas en la arquitectura europea y estadounidense, algunas mujeres comenzaron a romper las barreras estructurales que les impedían entrar en los lugares de enseñanza y luego trabajar como arquitectas, aun siendo esto un hecho muy inusual. En un primer momento, el aprendizaje de la profesión consistía en hacer trabajos de apoyo en firmas de arquitectura, y no necesariamente a través de la Academia. Este hecho permitió en casos excepcionales que los organismos oficiales aceptaran a mujeres y les concedieran la licencia para ejercer como arquitectas. Este es el caso de Louise Blanchard Bethune (1856-1913), quien creció cerca de Seneca Falls. Louise Bethune fue la primera arquitecta en abrir su propio estudio en Buffalo, en 1881, en ser admitida en la Western Association of Architects (waa), en 1885 y, en 1888, en la American Institute of Architects (aia).61
Al igual que ella —considerada la primera arquitecta con licencia para ejercer la arquitectura—, las primeras arquitectas tituladas se forman en la costa este de los Estados Unidos, aunque continuarán siendo la excepción.62 También en los Estados Unidos, en la ciudad de Chicago, en 1891, es donde se organiza el primer concurso conocido restringido para arquitectas. El motivo era diseñar y construir el Woman’s Building de la World’s Columbian Exposition de 1893. A pesar de que las condiciones eran altamente desigualitarias, se presentaron trece propuestas, y resultó ganadora la arquitecta de origen chileno y primera titulada en el mit en 1890 Sophia Hayden Bennet (1868-1953). Sophia Hayden Bennet recibió una remuneración mucho menor que la de sus compañeros varones. Louise Blanchard Bethune, por aquel entonces establecida business-woman y única arquitecta profesional aceptada en la aia, denunció públicamente las condiciones del concurso. En su artículo de 1891 «Women and Architecture» escribió sobre cómo violaba las directrices y ética de la profesión.63 Los continuos conflictos sufridos durante todo el proceso y la falta de redes de apoyo provocaron que Sophia Hayden Bennet sufriera un burnout y nunca volviera a construir una obra de arquitectura.64
En Europa, la primera y la segunda arquitectas en ser admitidas en el Royal Institute of British Architects (riba) fueron las hermanas Ethel Mary Charles (1871-1962) y Bessie Ada Charles (1869-1932), en 1898 y 1900, respectivamente. Anteriormente, en 1893, su solicitud de acceso como estudiante de arquitectura fue denegada por la Architectural Association (aa), que no admitió mujeres hasta 1917.65 Además, como era común, esta medida excepcional encontró oposición por parte de muchos de los arquitectos; en 1920 solo había cuatro arquitectas asociadas a la riba, y no fueron miembros de pleno derecho hasta 1931.
Con toda probabilidad, las primeras tituladas europeas se graduaron en Finlandia, concretamente en el Instituto Politécnico de Helsinki (Polyteknillinen opisto). En 1887, fue por primera vez aceptada con un permiso especial Signe Hornborg (1862-1916), graduada en 1890. La arquitecta Wivi Lönn (1872-1966), quinta titulada en el país, en 1896, fue también la primera en establecer su propio estudio. Wivi Lönn consiguió desarrollar una prolífica carrera, diseñó alrededor de ochenta edificios públicos y privados, ganó múltiples concursos de arquitectura y trabajó para organizaciones de mujeres finlandesas. Además de construir numerosas escuelas en casi todas las grandes ciudades del país, en la década de 1920 diseñó el edificio central de la Asociación Cristiana de Mujeres Jóvenes en Helsinki (Helsingin Nuorten Naisten Kristillinen Yhdistys o nnky, en línea con la Young Women’s Christian Association fundada en Inglaterra). Fue oficialmente homenajeada por la asociación de arquitectas de Finlandia, Architecta, en el año de su fundación, 1942, coincidiendo con su setenta cumpleaños.66 Los países nórdicos mantendrán su papel precursor durante sucesivas generaciones de arquitectas, quizás por la existencia de referentes previas.67
Además del papel pionero del país nórdico, resulta imprescindible mencionar el caso escocés. En escuelas de artes como la de Glasgow con políticas de admisión menos discriminatorias, se formaron relevantes representantes de vanguardia del movimiento Arts & Crafts. Este es el caso de las hermanas Margaret (1864-1933) y Frances Macdonald (1873-1921), que trabajaron en la definición de espacios interiores y elementos decorativos como miembros del grupo Los Cuatro de Glasgow —si bien es cierto que entre 1880 y 1914 existieron más de 360 grupos de mujeres, muchos de ellos de clase obrera, cuyo protagonismo fue menor.68 Una pionera en el Reino Unido es la también escocesa Edith Mary Wardlaw Burnet Hughes (1888-1971) quien, después de estudiar arquitectura, se graduó en la Escuela de Artes de Aberdeen en 1914, y trabajó en su propia firma a partir de 1920. Entre otras obras, se le atribuye la autoría de la Mercat Cross de Glasgow de 1930,69 la torre octogonal de corte historicista que señala el espacio público del mercado en el corazón de la ciudad.
En Europa también cabe señalar el papel pionero de los Balcanes. Jelisaveta Načić (1987-1955) formó parte de la primera generación graduada en arquitectura en la Universidad de Belgrado en 1900, convirtiéndose, automáticamente, en la primera arquitecta titulada del país. Desarrolló una intensa carrera en el sector público y privado, aunque a pesar de obtener su licencia en 1902, por ser mujer y no poder realizar el servicio militar, no fue contratada en el Ministerio de Construcción. Buscó entonces trabajo en el ayuntamiento de la ciudad, siendo admitida y abriendo la puerta a otras mujeres. Su obra más conocida es el edificio de la escuela primaria King Petar I (1906), hoy bien patrimonial. Después de la Primera Guerra Mundial, trabajó en la reconstrucción de Belgrado hasta que fue enviada al campo de concentración austrohúngaro de Nežider. Después de dar a luz a su hija y ser liberada, no volvió a trabajar como arquitecta. Nunca recibió su pensión. Por su parte, Milica Krstić (1887-1964) es considerada una importante representante del periodo entre guerras. Después de graduarse en 1910, en 1915 comenzó a trabajar en el Ministerio de Construcción hasta retirarse en el año 1941, tras ser ascendida al cargo más elevado de inspectora. En su larga trayectoria, construyó varios edificios educativos monumentales en la ciudad de Belgrado (entre ellos, el que hoy es el Instituto electrotécnico Nikola Tesla, en 1933), trabajó como consultora y supervisora y recibió varios reconocimientos. Además, fue miembro activa de organizaciones de mujeres y trabajó en la mejora de la visibilidad, crédito y posición de sus colegas femeninas.70
El caso berlinés, estudiado por Despina Stratigakos, revela un inusual número de proyectos de arquitectura realizados por mujeres con anterioridad a la Primera Guerra Mundial.71 Estos datos están sin duda en conexión con que, durante los años 1890 y 1918, las mujeres alemanas impulsaron la agenda por la igualdad bajo la influencia de figuras claves del Partido Socialdemócrata de Alemania —inesperadamente en el poder desde 1918— como Clara Zetkin. Aquí, un caso insólito para la época lo constituye Emilie Winkelmann (1875-1951). Winkelman estudió en la Universidad Técnica de Hannover entre 1902 y 1907, aunque se le negó la admisión al examen final de grado y no pudo recibir su título. Ejerció la arquitectura en Berlín en su propio estudio desde 1907 —el primero dirigido por una mujer en Alemania— y llegó a tener hasta quince personas empleadas a su cargo entre las que incluyó a otras compañeras. Así mismo, formó parte del movimiento de mujeres y entre sus proyectos se incluyen numerosas obras relacionadas con este movimiento. Entre ellas, la residencia de estudiantes femenina de corte monumental Victoria Studienhaus (1914) o la vivienda cooperativa para trabajadoras solteras retiradas Haus in der Sonne (1914). Emilie Winkelmann también diseñó un hospital no mixto para doctoras y pacientes femeninas, una propuesta ideada en 1908 por las primeras doctoras de la ciudad de Berlín que consiguió ser financiada en 1913, si bien la guerra truncó su realización inmediata.
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