Kitabı oku: «Las hadas si existen»

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Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

Ilustración de la cubierta: Almudena Ruiz

Instagram: @almuruizilustracion

ISBN: 978-84-1114-052-2

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A mi madre,

y a todas las hadas de mi vida.

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He creado una lista de Spotify con todas las canciones que me han acompañado durante el proceso de creación de este libro, y me gustaría compartirla contigo.

Espero que la disfrutes igual que hice yo.

La lista de Spotify se llama: Las hadas sí existen – María Páez



mariapaezguerrero

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¿Cuándo fue la última vez que te paraste a observar lo extraordinario de lo ordinario?

Prólogo

Hoy era una noche especial. Martina lo sentía en cada poro de su piel. A pesar de no ser luna llena, la forma menguante del crepúsculo brillaba con una luz especial, nítida, armoniosa. Tan intensa, que se colaba por las persianas de la casa y se reflejaba en el espejo del salón, los vasos de la cocina, el cristal de la puerta. Parecía que estaba por todas partes. En cada rincón, su poder.

Estaba demasiado mayor, se decía. Serían imaginaciones suyas. Además, era imposible. Llevaba sin tener esta sensación desde hacía años. Tanto, que se le había olvidado ya. Se levanta de su viejo sofá y se dirige hacia la otra punta de la estancia, donde está la cocina. Levanta el brazo para coger del estante de arriba una bolsita de lavanda y hacerse una infusión. Eso la relajaría. Se acerca a la pila de vasos que hay debajo de la ventana de la cocina cuando una fuerte brisa se cuela en el interior de la casa y le recorre el cuerpo entero. Fría, pero a la vez reconfortante. Peculiar. Familiar. Con un olor imposible de explicar. Se gira hacia la puerta y se da cuenta que está entreabierta. Juraría que la dejó cerrada. Siempre lo hace.


Como por inercia, se gira y se dirige hacia ella. La abre del todo, y para su sorpresa se encuentra a Nkisi volando a un metro de distancia de ella mientras la mira con sus pequeños ojos azul agua marina, girando la cabeza. Nunca la visita de noche. Siempre la despierta cada mañana, al alba, con su canto, pero nunca antes del amanecer.


Sin esperar un momento, se gira dirección al jardín trasero. Martina lo sigue torpemente, tocando las piedras de la pared y apoyándose en ellas, mientras rodea la casa lentamente. Le cuesta andar con tanta oscuridad. Llega al patio trasero mientras sus ojos se acostumbran a la penumbra, pero no consigue ver a Nkisi. Se ha marchado. Se concentra, intentando captar algún movimiento entre la densidad de su jardín y el negro de la noche.


Estaba a punto de darse por vencida y volver dentro cuando, de repente, lo siente. Todo ese poder que surge de la tierra y que le llega hasta cada rincón de su ser. Se queda paralizada, sintiendo su acelerada respiración con los brazos cruzados en el pecho.


Cuando se tranquiliza, vuelve lentamente otra vez hacia dentro, mientras va pensando en lo que acaba de ocurrir. De una cosa estaba segura. Había sido una señal. Algo estaba a punto de suceder. La cuestión era, ¿el qué?


1

—¡Sh, sh! —una mujer de setenta años la llama desde el otro extremo de la cafetería, señalando su plato vacío mientras sonríe y le guiña un ojo.

Águeda coge otro trozo de bizcocho y se lo lleva a la mujer, que anda enseñándole algo en su móvil a la otra mujer que está sentada al lado.

—Mira, Antonia, mi nieta que está en Londres me ha mandado este vídeo lloviendo. Para que luego digan que aquí llueve… Ah, grazas, hija, esta figura no se mantiene sola —dice, ahora dirigiéndose a Águeda.

Ella le sonríe y se va a recoger la mesa de al lado, pensando en la mujer a la que acababa de servir. Era una vecina del barrio a la que sus nietos le habían regalado un teléfono móvil el año pasado para que pudieran mandarle fotos mientras vivían en el extranjero, y ella lo guardaba como su bien más preciado. Para ella era una caja de recuerdos interactiva. Una ventana abierta que le permitía estar en contacto con los suyos por muy lejos que estuvieran.

Se dirige hacia la barra y mira el reloj de pared encima de la cafetera. Las once y media. Todavía le faltan algunas horas para salir. Piensa en lo que va a hacer luego. No le apetecía seguir estudiando ni tampoco quedar con Marcos. Sinceramente, ni siquiera sabía por qué seguía viéndose con él. Ya hace mucho tiempo que los límites quedaron claros, y a ella, que no sentía más que atracción física por él, le empezaba a aburrir la situación.

Distraída en sus pensamientos mientras ordenaba las tazas del café, se le acerca su compañera, Sofía.

—Ay, tía, ¿cómo tengo la cara? Me encuentro fatal —le dice masticando el chicle que lleva en la boca de forma exagerada y abriendo mucho los ojos.

—Estás estupenda, como siempre, Sofía.

—¡No entiendo por qué tengo que trabajar un sábado por la mañana! Claro, anoche nos fuimos al Frida y se nos hizo tarde… Bueno, bueno, no te lo he contado. ¿Te acuerdas de Dani, ese que te dije que vivía a dos manzanas de aquí y que era el primo de Marta? Pues anoche…

Y como es habitual los sábados por la mañana, comenzó a relatar con pelos y señales quién se lio con quién, quién bebió más de la cuenta y qué ropa llevaba cada una de sus amigas la noche anterior. Todo esto acompañado de exageraciones con los brazos y movimientos del cuerpo. Sin duda, el teatro podría ser una salida profesional para ella. Águeda, la escuchaba atenta, como si lo que le estaba contando fuera lo más interesante del mundo, e incluso ponía cara de asombro y se reía a carcajadas con alguna de las chorradas que hacían sus amigos. Le caía bien Sofía. Su amistad se había convertido en una especie de cariño maternal. Ella estaba trabajando en la cafetería porque había repetido segundo de bachiller y sus padres, con ademán de hacerle aprender lo que era tener una responsabilidad, le habían buscado un trabajo los fines de semana. Tenía dieciocho años recién cumplidos y los cinco años de diferencia que se llevaba con Águeda hacían que la hubiera adoptado y la cuidaba como a sus hermanos pequeños. Era caprichosa, nerviosa y muy niña aún, pero tenía que reconocer que las mañanas se le pasaban más rápidas con su compañía. Además, era trabajadora y sabía lidiar con los clientes.

Mientras limpiaba la barra y Sofía seguía hablando, le llegó un mensaje al móvil. Era Aline, que le preguntaba si le apetecía quedar esta tarde. Se guarda el móvil en el bolsillo y promete que le contestará más tarde. Aún no sabe si irá a visitar a Tibu hoy.

La mañana estuvo tranquila, porque una lluvia constante y fría se había asentado en la ciudad y había poca gente andando por la calle. A pesar de estar a mediados de septiembre, el tiempo había cambiado radicalmente, dejando entrever que el invierno iba a ser frío. A las tres, cuando Sofía y ella cerraron el local, aún seguía lloviendo.

—He llamado a mi padre para que venga a por mí. ¿Seguro que no quieres que te llevemos a tu casa?

—No, no, no te preocupes, si traigo mi chubasquero. ¡No me van a asustar tres gotas de nada! Nos vemos mañana.

—Estás loca, tía, tres gotas dice… Bueno, ¡adiós! —Y se despide con la mano mientras se mete en la cancela de al lado con el móvil en la mano para llamar a su padre.


Águeda coge su bicicleta azul, apoyada en la acera de en frente donde siempre la coloca para poder vigilarla bien, y se pone su chubasquero verde. A ella la lluvia nunca le molestó. Se prepara, pone su mochila en la cesta de mimbre que tiene delante del manillar y sale dirección a su casa, que está a unos quince minutos en bici de la cafetería. Mientras va de camino a casa, las gotas le caen por el gorro y se le quedan pegadas a las pestañas. Para ella, la lluvia era una forma que la naturaleza tenía para limpiar el cielo, las montañas y a la gente.

Era como si, cuando volviera a despejarse, el sol les estuviera diciendo: «Vamos, tienes una nueva oportunidad para hacer las cosas de otra manera, aprovéchala». Los errores, las malas decisiones o los problemas más cotidianos parecían desvanecerse, absorbidos por la tierra, las hojas y los ríos, o a través de las alcantarillas. A ella especialmente le transmitía paz. A veces, cuando no hacía mucho frío y la lluvia no era muy fuerte, salía al jardín de su casa y se ponía bajo ella. Sentía cómo se le metía bajo la piel, depurándola y llenándola de tranquilidad. Tenía la sensación de que le recorría las venas, la llenaba de energía e intensificaba sus sentidos: los olores le llegaban más claros y podía escuchar la brisa de forma más nítida.

Ella, su madre y sus hermanos vivían en una casa adosada por la zona de Nosa señora das Nieves, en Vigo. Llegando a su casa, escuchó a su madre gritarle a uno de sus hermanos pequeños que se metiera dentro de casa. Tenía dos hermanos mellizos, Tomás y Roi, con ocho años. Aunque ya habían pasado casi dos años, la separación de los padres de Águeda no la estaban llevando muy bien y todavía estaban en la fase de hacer cualquier trastada para intentar llamar la atención. No se parecían para nada a ella, ni en la personalidad, ni en el físico. Aunque bueno, era de entender, teniendo en cuenta que no compartían la misma sangre.

Águeda no entendió muy bien la ruptura de sus padres. Eran una familia feliz, tranquila y común. El nacimiento de los mellizos había supuesto para la vida de la familia Quiroga Lago un gran cambio. Para ser sinceros, nadie se lo esperaba. Sus padres, ya rondando los cuarenta, habían pensado alguna vez en agrandar la familia. Sin embargo, cuando ese pensamiento ya parecía estar olvidado, una mañana de verano tranquila y corriente cuando Águeda tenía quince años, le anunciaron que iba a ser la hermana mayor de no solo uno, sino de dos diablillos rubios que tendría que cuidar y proteger. Fue un gran cambio en la casa, porque Águeda, desde que llegó a la vida de Manu y Sabela con dos años, había sido una niña muy tranquila, que se entretenía con cualquier cosa, viendo cantar a los pájaros en el jardín o jugando con sus muñecos.


Con el nacimiento de los mellizos, todo fue llantos, risas, peleas y desorden por toda la casa, lo que hacía que estuviera viva todo el tiempo. Águeda los acomodó en su vida, aprendiendo a ser paciente y descubriendo un amor incondicional que no había sentido nunca. Además, sus padres se llenaron de vitalidad y este nuevo gran reto pareció unirlos y compenetrarlos en el día a día.


Sin embargo, hace más de un año y medio, la cosa cambió. Manu, el padre de ellos, empezó a comportarse de manera extraña, sus padres se distanciaron y la cosa no volvió a ser la misma. Águeda no sabía exactamente el motivo de su ruptura, porque en ese momento se encontraba estudiando en Santiago y no comprendía muy bien la situación. Su madre nunca hablaba del tema y su padre la esquivaba, por lo que decidió dejar que el tiempo pasara, hasta que estuvieran preparados para hablar con ella. De adulto a adulto.


Abre la puerta de su casa, empapada y distraída en sus propios pensamientos, cuando se encuentra de frente a su madre recogiendo el patinete que Roi había dejado en medio.


—Un día de estos voy a pisar un chisme de estos y me voy a matar. Lo que me faltaba, ¡otra vez vienes empapada! ¿Cuántas veces te he dicho que los días que llueva te lleves el coche? De verdad que nadie me escucha en esta casa… —Y se aleja hablando sola dirección a la cocina donde los mellizos están haciendo los deberes.


Águeda se quita las botas y el chubasquero y los deja en la percha que hay a la entrada. Sube a su habitación, se desviste y se coloca una sudadera que le prestó Marcos la última vez que se vieron. Todavía olía a él. Tendría que devolvérsela. O tal vez no. Se sienta en la cama mientras intenta arreglarse un poco sus rizos empapados y se hace una media coleta con el pelo que le llega hasta la nuca. Recuerda haberle insistido a la peluquera «solo cinco centímetros».


Coloca la almohada junto a la pared y apoya su espalda en ella mientras estira las piernas. Abre la ventana que tiene encima de su cama y apoya la cabeza en el alféizar mientras escucha el sonido de la lluvia. Sin duda, la parte que más le gustaba de su habitación era la pared que tenía en frente. Le encantaba la fotografía y por eso tenía cubierta la pared con cientos de instantáneas que llevaba haciendo desde hace años. La afición empezó hace más de diez años cuando su padre le regaló su primera cámara de fotos. Sobre todo, le gustaba inmortalizar la naturaleza. Los misteriosos, pequeños y maravillosos regalos que esta nos daba: una estrella fugaz, cómo caen las gotas de lluvia en una hoja, el brillo de las mariposas al volar, el arcoíris… Sus fotos eran la mayoría imágenes del pueblo de Tibu, Donón, intercaladas con alguna de los mellizos y del resto de su familia.

Escucha un hocico en la puerta de su habitación, y aparece Obi-wan, su bretón español marrón y blanco. Se sube a la cama y se echa encima suya. A veces parece que no se da cuenta del tamaño que tiene. Cuando el vecino de Tibu se lo regaló hace tres años, era nada más que un peluchito blanco y gordo, pero ahora había crecido, y se había convertido en un perro grande y musculoso, con unas orejas colgantes que movía de un lado a otro sin parar. Normalmente no lo dejaba subirse a la cama, pero tenía frío y el calor de su cuerpo la reconfortaba.


Estaba quedándose casi dormida, cuando la música de su móvil la despierta. Va hacia la mochila, que la había dejado al lado de la puerta y busca, de prisa y aletargada, el móvil. Era Aline. Se le había olvidado contestarle.

—¿Sí?

—¡Oye! ¿Qué pasa? ¿No lees mis mensajes o qué?

—Si, bueno… Es que justo estaba saliendo de la cafetería y como estaba lloviendo, salí pitando y se me pasó. Perdona.

—Es igual. —Llevaban siendo amigas demasiado tiempo como para pelearse por eso—. ¿Quedamos entonces? Tengo que contarte algo.

—¿Y eso? ¿Qué ha pasado? Tu madre está bien, ¿verdad? —A la madre de Aline le habían diagnosticado cáncer de pecho hacía cinco meses y su familia no estaba pasando un buen momento.

—Sí. No es eso, no te preocupes —se le notaba nerviosa al hablar—. Venga, te recojo con el coche a las nueve, nos cogemos una pizza y nos vamos a monte O Castro si deja de llover.

—Venga, vale. Luego nos vemos.

Se da una ducha y se coloca unos calcetines altos de rayas de colores. Siempre dispares. Tenía una colección de calcetines, de todos los colores, patrones y tejidos. Aunque siempre llevaba uno diferente en cada pie. Se pone unos vaqueros de color blanco y un jersey amarillo con una chaqueta beige de pana. Luego se coloca sus desgastadas Converse grises y se empieza a peinar frente al espejo de cuerpo entero que tiene en su habitación. Nunca sabe qué hacer con su pelo, y después de varios intentos sin éxito, se lo deja suelto para que cada rizo pelirrojo se coloque de la forma más cómoda y natural que le apetezca. Parecía que tenía dieciséis años. La falta de maquillaje, las pecas de las mejillas, las pestañas largas y los labios rosados hacían contraste con la palidez de su piel y la delgadez de su cintura le daban un aspecto de niña.


Se escucha el potente motor del coche de Aline desde la planta de arriba de la casa, y a continuación el claxon que le avisa que su amiga ya está esperando fuera.

—¡Mamáaaaaaaaa! ¡Me voy con Aline! —Y cierra la puerta tras ella mientras corre dirección al coche.

Aline había cogido el Range Rover negro de su padre. Águeda no entendía cómo se lo seguía dejando, lo tenía lleno de arañazos por todos lados. Al subirse al coche, le da un beso en la mejilla a su amiga y se dirigen hasta el centro.

—Para tu cumpleaños te voy a comprar un espejo, a ver si te dignas a mirarte en él de vez en cuando. ¡Vaya pelos! —Y empieza a reírse sin parar mientras le tira de los rizos.

—¡Cállate ya, imbécil! Ya sabes que lo intento, pero es imposible.

Y aunque Aline, al ser latina, tenía el cabello aún más rizado que ella, siempre lo llevaba perfectamente peinado. Últimamente, llevaba todo el pelo recogido con trenzas que le llegaban casi a la cintura. Le quedaba genial, y junto a su coche y su chaqueta de cuero, le daban un aspecto de peligrosa, que Aline disfrutaba interpretando.

Aline y ella no podían ser más diferentes. Águeda era pelirroja, con la piel muy blanca, los ojos marrones y vestía todo el tiempo faldas y vestidos de colores pastel y zapatillas de deporte. Además, era tranquila, natural, callada e independiente. En cambio, Aline tenía la piel oscura, unos ojos rasgados de color verde intenso y los labios muy gruesos. Siempre iba maquillada, normalmente con rabillo de ojos y los labios pintados. Su ropa era extravagante, atrevida y casi siempre iba de negro. Tenía una mirada intensa, siempre con cara desafiante, como si se riera del mundo y siguiera siempre sus propias normas. Era descarada, enérgica y atrevida. A Águeda le recordaba a Woopi Goldberg, la protagonista de Sister Act.

Se acercaron a su pizzería de siempre, Il mare, donde se pidieron unas pizzas. Águeda como siempre, de cuatro quesos y Aline, de peperonni. Aparcaron cerca del monte O Castro y subieron andando hasta que llegaron a la parte del jardín. A pesar del día de lluvia, la noche se había quedado tranquila y el viento no soplaba con demasiada fuerza. La brisa del océano y las vistas al mar y a la ciudad hacían que fuera la atmósfera ideal para sentarse y contemplar las estrellas. Se acomodaron en uno de los bancos de piedra redondos que había por todo el parque y empezaron a comer.

—Bueno, ¿qué es eso que tenías que decirme? Que llevas haciéndote la tonta todo el camino —pregunta Águeda. En ese momento Aline estaba intentando recoger con la lengua todo el queso fundido que se le estaba derramando de su trozo de pizza.

—Mira, es Marcos, que es un capullo. —Ella siempre tan directa. No le gustaba Marcos. Eso ella ya lo sabía. Habían tenido varias discusiones por su culpa, pero siempre eran en vano.

—Ya, ya lo sé. Se que no me merece, que solo está jugando conmigo, que es…

—No es eso. Esta vez no es simplemente una opinión mía. —Estaba muy seria. Y eso no era normal de Aline.

—Bueno, ¿entonces qué pasa?


Aline empieza a ponerse nerviosa e intenta evitar la mirada de Águeda.


—Es que verás… La otra noche salimos a tomar una cerveza al Atlántico, Patri, María y yo, y nos encontramos a Marcos. Fuimos a saludarlo, por educación nada más, porque a ninguna nos cae bien y él se puso muy nervioso, mirando para todos lados, como ocultando algo. No le dimos más importancia y nos sentamos en una mesa cerca. Pensábamos que estaba solo, pero al rato salió una muchacha del baño y se sentó junto a él. Él seguía mirándonos de reojo a nosotras hasta que al final se terminaron yendo. Sé que no significa nada, pero es que no me fio de él. No es trigo limpio, Águeda, que yo lo sé…

—No me importa —dijo Águeda, sin más.

Hubo unos segundos de silencio.

—¡¿Cómo?! —La había pillado desprevenida. Aline tenía una concepción del cariño que sentía Águeda por Marcos muy distinta de la realidad.

—Que de verdad me da igual. Si hace casi tres semanas que no nos vemos. Ha sido divertido. Es verdad que he estado ilusionada, pero desde hace un par de meses la cosa se ha enfriado, apenas quedamos y ya no tenemos el mismo interés, ni él ni yo. Supongo que ya sé el verdadero motivo. —Incluso ella se estaba sorprendiendo de lo poco que le importaba que Marcos estuviera conociendo a otra persona. No había sido hasta ese momento cuando se había dado cuenta que en realidad ya no sentía nada especial por él—. Además, ahora que pienso en frío, era un poco imbécil.

—Pero, pero… —Y de repente empieza a pegarle pequeñas bofetadas a su amiga por todos lados.

—¡Ah, estate quieta! ¡Que me vas a tirar la pizza! ¿Qué mosca te ha picado? —le contesta Águeda intentando defenderse de sus ataques con los brazos.

—Esto por no contarme que ese subnormal ya no te importaba, esto por casi no vernos en los últimos meses y no saber nada de ti, y esto por… —Ella seguía pegándole sin escucharla.

—¡Está bien! ¡Está bien! Perdón. —Y la coge por los brazos para hacerla parar—. No se va a repetir, lo prometo.

—Más te vale. —Mientras se coloca bien la chaqueta de cuero y la mira con cara de rencor mientras sigue comiendo.

Águeda había estado bastante ausente estos meses. Entre el nuevo trabajo en la cafetería, cuidar a sus hermanos y que ella era, en general, una chica solitaria que le gustaba pasar tiempo en el pueblo de Tibu, no había socializado mucho últimamente. Se hizo un silencio mientras comían, cuando de repente:

—Además, no era tan bueno en la cama —dice Águeda muy seria.

En ese momento Aline se atraganta con un trozo de pizza mientras la mira escandalizada y con los ojos muy abiertos.

—¡Pero bueno con la mosquita muerta!


Comienzan a reírse, mirando la infinidad del mar y las luces de la ciudad, mientras hablan de todo y de nada, o se quedan en silencio y escuchan las olas chocar contra las negras rocas del puerto.

2

Como casi todos los domingos, Águeda se levanta sobre las diez, se viste y va a la panadería a por un poco de tarta de Santiago, que Manuela, la panadera, recién saca del horno. Es la favorita de sus hermanos y le montan una fiesta cada vez que la trae.

Luego saca el Opel Astra rojo del 2005 que le regaló su padre cuando tenía dieciocho años. Era muy viejo y el sonido que hacía el motor no daba muy buenas señales. Sin embargo, llegaba sin demasiadas dificultades al pueblo de Tibu, y con eso le bastaba. Llama a su perro mientras se coloca su cámara de fotos al hombro y se monta en el coche. Obi-wan conocía ya su sitio de memoria, así que Águeda abre la puerta del copiloto, se sube directamente y se sienta mirando a su dueña, impaciente, con sus grandes ojos castaños, mientras mueve enérgicamente la cola.

—Buen chico, guapetón —le dice mientras le ata el cinturón para perros que tiene en el asiento y le acaricia la cabeza. Él le da un lametón en la nariz como respuesta.

Donón estaba a unos cuarenta minutos en coche desde Vigo, por una carretera no muy buena, pero con unas vistas preciosas al campo. No le gustaba conducir muy rápido, y si alguna vez veía algo que le llamara la atención, se bajaba del coche y sacaba alguna foto. Le gustaba disfrutar ese momento de tranquilidad. Obi-wan solía sacar la cabeza por la ventana y disfrutar del viento en la cara. Las orejas se le movían como cometas y parecía que iba a salir volando en cualquier momento.

El día había amanecido muy despejado, con un sol radiante en el cielo y ni una sola nube. Donón es un pueblo de doscientos habitantes situado en la cima del acantilado de Costa da Vela, en Pontevedra. Para Águeda era su sitio favorito en el mundo. Las vistas a mar abierto, desde donde se puede ver las islas Cíes, la tranquilidad, el aire, los árboles, el acantilado, los pájaros. Todo. Era el lugar donde se sentía más a gusto que en ninguna parte. Su rincón secreto.


La casa de Tibu era la más cercana al acantilado y la más lejana al pueblo, aunque solo trescientos metros la separaban del resto de las viviendas. Era una casa de tres plantas, en las dos primeras se situaban el salón, la cocina y las habitaciones, y la última solo se utilizaba de desván. Era de ladrillo color canela, y tenía unas enredaderas de buganvilla en el lateral de la casa que ocupaban toda la pared. Estaba rodeada por una valla de color verde a la altura de la cintura. La pequeña puerta de madera daba a un caminito de piedras que te llevaban hasta la entrada principal de la casa, que era grande y de madera de roble de un color marrón oscuro. En la primera planta se encontraba el salón-cocina y el estudio de pintura de Tibu. En la segunda planta estaba la habitación de invitados, la habitación de Águeda, en la que pasaba muchas noches, y la habitación de Tibu. Todas ellas decoradas con muebles antiguos y sábanas bordadas que Martina había ido confeccionando a lo largo de los años. Sin duda alguna, lo que más le gustaba a Águeda era el jardín. Detrás de la casa había una explanada de aproximadamente una pista de baloncesto lleno de plantas, árboles y flores. Siempre se había fascinado por la sensación que desprendía ese jardín. Era el más bonito de todo el pueblo. Parecía que no necesitara cuidado, que de forma natural creciera y floreciera, convirtiéndose de forma armoniosa y elegante en una pequeña maravilla del universo. El padre de Águeda había colocado una hamaca entre dos árboles y a ella le encantaba pasarse horas ahí contemplando el cielo, durmiendo la siesta o leyendo un libro. El favorito de Águeda era el haya tricolor, cuyas hojas se volvían de un color rojo cereza en otoño y hacía que el jardín se convirtiera en una expresión viva de los colores de la naturaleza.

Águeda entra en la casa junto a Obi-wan y se encuentra a Tibu cerca de los fuegos de la cocina preparando algo para comer. Qué mayor estaba ya. Y cuánto la quería. A pesar de no ser su abuela, la trataba como así fuera. Era la hermana de la madre de su padre, pero esta murió cuando Manu tenía apenas seis años y ella se había encargado de criarlo desde ese momento. Era muy especial para todos en la familia: cariñosa, risueña, buena y con un don para transmitir tranquilidad como nadie lo hacía nunca.

La estancia se constituía por un salón, formado con un pequeño sofá marrón cubierto por una manta de piezas de croché de colores que había tejido Tibu, un sillón de dos piezas amarillo y una pequeña mesita de madera encima de una alfombra de lana de colores beiges. Tenía una ventana que daba al jardín y una vieja televisión Sonic. La pared de la derecha estaba cubierta por una estantería, ocupada mayormente por libros: algunos en gallego, revistas y muchos cuadernos de pintura. Justo enfrente de la puerta, al otro lado de la sala, estaban las escaleras que subían al piso superior y la puerta que conducía al estudio de pintura. A la izquierda se encontraba la pequeña cocina, con la encimera de madera oscura y las puertas y cajones de color verde oscuro. Tenía una mesa con cuatro sillas también de madera, pintadas de verde menta, con cojines de colores, donde Tibu siempre tenía puesto un jarrón con flores que cogía de su jardín. La flor preferida de Tibu era la Cichorium intybus, una flor de pétalos muy finos con forma de pico de color azul cielo y largos estambres del mismo color azul.

Lo que más le gustaba a Águeda de esa habitación eran los cuadros que Tibu tenía colgados por todas partes. Sobre todo, los cuatro pequeños lienzos que tenía junto a la puerta, dispuestos verticalmente con marcos blancos bordados de flores. Eran dibujos de pájaros en acuarela: volando, posado sobre una rama, bebiendo agua en la fuente del jardín y mirando fijamente hacia ella. Aunque el color de sus plumas era diferente en cada cuadro, la profundidad de la mirada de los pájaros le decía a Águeda que era el mismo pájaro retratado en los mismos cuadros. El resto de las pinturas de la habitación eran sobre naturaleza: el acantilado donde vivía, árboles con sus preciosos colores en diferentes estaciones del año, el jardín de detrás…

Deja la mochila encima del sillón, le indica a Obi que se siente en el cojín que tiene debajo de las escaleras, suelta un paquete en la mesa de la cocina y se acerca a su Tibu para besarle la mejilla:

—Hola, miña nena —le dice, mientras le sonríe y se limpia las manos en el delantal que tiene puesto—. Estás igual de guapa que siempre.

—Hola, Tibu —contesta mientras mete la nariz en lo que estaba cocinando Martina. Qué bien olía—. Te he traído un poco de tarta recién hecha de la panadería de Manuela.

—Que bien, moitas grazas. Esa mujer tiene manos de santo para los dulces. —Se acerca a la tarta que está encima de la mesa, la abre, le pega un pellizco y se lo mete en la boca mientras cierra los ojos y lo saborea—. Deliciosa. ¿Quieres algo antes de comer, cariño? ¿Una coca-cola, un té o un poquito de chocolate? —le pregunta.

—No gracias, Tibu, estoy bien. Nos podríamos sentar en el jardín un poco. Hace muy buen día para tomar el sol.

—Está bien, déjame que termine de hacer el caldo y vamos.

El jardín tenía además una mesa de piedra con la patas de metal y dos sillas a juego donde normalmente se sentaban a comer juntas. Quitaron, para poder sentarse, todas las hojas que se habían caído de los árboles y que cubrían las sillas.

—Ya se nota que estamos en otoño. Los árboles están empezando a mudar sus hojas. Mira cómo está ya todo el jardín —dijo Tibu señalando al suelo.

Todo el césped estaba cubierto por una alfombra compuesta por cientos de hojas de colores amarillos, anaranjados y rosas. Era la estación favorita de Águeda y también de Tibu. Los colores, los olores, la temperatura y los paisajes que estos formaban hacía que fueran los meses más bonitos y especiales del año.

—Tienes razón, qué bonito se está poniendo ya el haya —dijo mirando el árbol tricolor, su favorito de todo el jardín. En otoño sus hojas se volvían de un rosa rojizo, como la lengua de un gato o las mejillas coloradas de un niño cuando se sonroja.

—Bueno, ¿cómo llevas ese trabajo en la cafetería? —le pregunta su Tibu.

—Bien. Es un trabajo tranquilo y no es muy complicado. Además, tengo una compañera que es muy divertida y me cuenta unas historias de ella y sus amigas que me mondo de risa —le contesta mientras le sale una sonrisa pensando en Sofía.

—Me alegro mucho. —La mira con ese brillo en los ojos tan diferente del resto.

—Tibu, te veo cansada, ¿qué te pasa? —le dice con un poco rastro de preocupación en la voz.

—Nada, hija, es que llevo unas semanas durmiendo un poco revuelta. Tengo sueños algo extraños y me levanto por la noche y luego no hay quien me acueste. Se me ha terminado la lavanda y tengo que ir a buscar más… —Martina no ha podido descansar bien desde esa noche. No la deja tranquila. Nkisi se le aparece cada noche en sueños, visitándola, y advirtiéndola que estuviera atenta, que pronto algo grande iba a suceder.

—¡Yo te la traigo! Sé el sitio donde me dijiste que la plantaste. Cerca del monte do Facho ¿verdad? No vas a subir hasta ahí tú sola. Además, hoy hace un día precioso para hacer fotos.

—¡Pero ten cuidado! Ayer llovió y las rocas pueden estar resbaladizas. ¡Presta atención de no tropezar! Esta niña siempre corriendo…

A pesar de ser muy tranquila, cuando iba sola, le gustaba correr y que el viento le diera en la cara y le desordenara el pelo. Águeda va a por su cámara de fotos al coche, entra a la casa y sube al piso de arriba hacia la habitación que lleva usando desde siempre. Le gustaba casi más que la de su casa en Vigo. Se pone las botas de montaña y baja corriendo. Llama a Obi-wan y se encamina hacia el sendero que lleva hacia lo alto de la cima. El olor a sal y a humedad le llenaban los pulmones y se le metía bajo la ropa. Mientras iba por el sendero, iba sacando fotos: de las flores, de su perro oliendo una piedra o del acantilado. Después de veinte minutos andando encontró la lavanda que su Tibu plantó hace años. Había crecido un montón y se había convertido en un gigantesco arbusto de flores lilas, que resaltaban entre el resto de las plantas verdes. Subir hasta ahí le daba la sensación de estar en el punto más alto de la Tierra. De estar más cerca del cielo que nadie más. Incluso que lo podía tocar con la yema de sus dedos.

Se sienta en una roca observando el mar y observa los barcos veleros a lo lejos y a los pescadores faenando en sus navíos. Le gustaban mucho las historias de piratas y contrabandistas, y en esta zona existían miles de ellas. En ese momento se acordó de la leyenda del rey marinero: «Se dice que había una vez un rey de un país muy lejano al que le encantaba navegar. Era tal su pasión, que tenía la flota más grande jamás vista. Miles de barcos, grandes, imponentes y poderosos. Surcaban las aguas como bestias marinas, y no había tormenta ni vendaval que los detuviera. El objetivo principal del monarca era conseguir navegar todos los mares del planeta. Conocer cada rincón de este mundo y conquistarlo. Así pues, junto con su mejor tripulación, se lanzaron rumbo a la aventura a completar su deseado mapa. Navegaron y navegaron, hasta que llegaron a las costas gallegas. Para aquellos entonces, habitaban en las turbias aguas unas sirenas de largo pelo plateado y corona de conchas que, con su canto y su belleza, hipnotizaban a cualquier navegante que surcara las aguas. El rey se quedó tan maravillado con su belleza, que se volvió loco. Tan loco que se tiró al agua para encontrarse con estas maravillosas criaturas, y no se supo nada de él nunca más. La tripulación, que sin su soberano y mejor marino no supo cómo salir de estas complicadas aguas, naufragaron y se hundieron para siempre en el fondo del mar. Se dice que, a veces, el mapa reaparece en las playas, para que, aquel que lo encuentre, se convierta en el heredero del rey y continúe el objetivo que el empezó.»

Águeda empezó a tener hambre, así que se levantó, llamó a Obi-wan y empezó a bajar la empinada cuesta dirección a la casa de su Tibu. Cuando estaba bajando por uno de los caminos que los pastores habían dejado a lo largo de los años, notó un sonido en la oreja. Más bien el roce de unas alas. Fue una milésima de segundo. Casi imperceptible. Como el aleteo de un pájaro al lado de su cabeza. Se giró, pero no había nada. Solo un cielo raso azul intenso y las casas de los vecinos de Donón que se veían a lo lejos. Decidió no darle importancia y siguió caminando. Pero, de repente, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Algo imposible de descifrar. Como si un relámpago de energía, fuerza y poder le atravesara todo el cuerpo. Jamás había sentido una sensación como aquella. Se quedó paralizada, en medio del camino, mirando hacia los lados, asustada y con los brazos cruzados sobre su cuerpo. No era frío lo que había sentido. Era como si hubiera emergido de la tierra y se le hubiera metido en las venas. Había entrado por la punta de los dedos de los pies, y se había colado en ella y en lo más profundo de su alma. Obi-wan parecía haberse dado cuenta de lo que acababa de pasar. La estaba mirando muy quieto y con la cabeza levemente inclinada. Miraba asustada y desconcertada a los lados, sin saber qué hacer. Águeda se puso a caminar de nuevo, aún con el cosquilleo en los pies de lo que acababa de pasar y se dirigió a casa sin dejar de pensar en la sensación que acababa de sentir.

Al llegar a la casa, se encontró a Tibu montando la mesa. Olía al plato favorito de Águeda, empanada de jamón y queso. Se acercó a la encimera de la cocina y colocó la lavanda en el recipiente de porcelana que Tibu tenía para guardarla.

—Venga, hija, siéntate que se te va a enfriar la comida. Has tardado mucho, ¿que te has puesto a regar los arbustos que ibas encontrando por el camino? —le dice sonriendo—. Espera… ¿Qué te pasa? Cariño, estás más blanca de lo normal.

—Nada, nada, Tibu, que me ha entrado un poco de frío al subir allí arriba. Cuando coma me voy a sentir mucho mejor —le dice mientras baja la cabeza y se pone a comer.

Los ojos de ella y los de Tibu se encuentran por un momento y le es suficiente para saber que no era el frío lo que hacía que Águeda estuviera tan descompuesta. No podía engañarla, a ella no. Decide no insistir y se ponen a comer en silencio, mientras los rayos de sol entran por la ventana y se escucha de fondo el silbido del viento chocar contra las hojas de los árboles.

3

El sonido del despertador junto con el repique de la lluvia chocando con el alféizar de la ventana despertaron a Águeda a las ocho de la mañana. Era viernes y hoy entraba a la cafetería a las nueve. Se levanta y va arrastrando los pies hacia el cuarto de baño que estaba en la otra punta del pasillo. Tiene quince minutos de paz antes de que sus hermanos se despierten. Qué mal se le daba madrugar. Se quita el pijama y pone el agua lo más caliente posible. No soportaba el agua fría para ducharse, ni siquiera en verano. Se comienza a enjabonar todo el cuerpo, despistada y pensando en sus cosas, cuando se mira el brazo y se da cuenta de que le ha salido una pequeña mancha de color rosado en el brazo derecho, en la parte interior, cerca del codo. Se acerca el brazo a los ojos, apartándose el pelo mojado y el agua de la cara mientras mira la mancha fijamente, estrechando el entrecejo. Coge la esponja y empieza a frotar suavemente, y después más enérgicamente. No se va. Se la toca y se da cuenta de que no es un moratón, porque no le duele. Mete el brazo bajo el cálido torrente y deja correr un poco el agua sobre ella, sin resultado. Como tiene prisa, no le da más importancia, se termina de duchar y va a su habitación a vestirse.

Baja corriendo y sale hacia la cafetería con su bicicleta. Llega con la hora justa para abrir. Por la mañana está ella sola, hasta que Sofía sale del instituto. Fue una mañana muy ajetreada y casi no le dio tiempo ni a respirar. A eso de las doce y media cuando la cosa se estaba empezando a calmar un poco, entra un chico vestido con un vaquero, unas Converse negras y una camisa de lino color azul marino con los dos botones de arriba desabrochados. Lleva unas gafas de sol y, por su paso lento y su pelo despeinado, parecía que se acababa de levantar. Se sienta en un taburete en el pico de la barra. Águeda se acerca y el chico le pide un café con leche mientras se quita las gafas. Puede ver un intenso color verde que se le queda mirando durante unos segundos. Ella se da cuenta y aparta la mirada, dirigiéndola a la cafetera. Le lleva el café con leche mientras él le dirige una sonrisa y un suave «gracias», sin dejar de mirarla. Saca un par de monedas y le paga el café. La estaba poniendo nerviosa. Es muy guapo. Tenía el pelo rizado y de color castaño, una sonrisa preciosa que le quedaba genial con sus labios carnosos, y un lunar en la parte izquierda de la cara, justo encima de la arruga de la felicidad. Águeda decide salir de la barra y ponerse a recoger las mesas para no sentir la constante presencia del chico detrás de ella. Llegan un par de clientes más y se distrae atendiéndolos, olvidándose de él.

Una mesa de cuatro personas se acababa de levantar, así que empieza a recoger los restos que habían dejado en la mesa. Con la bandeja llena de botellas, tazas y platos, se gira rápidamente y sin darle tiempo a reaccionar, se choca con el chico que estaba tomando café en la barra, que se estaba dirigiendo a la puerta. El tiempo parece ir a cámara lenta, mientras Águeda ve todos los vasos y platos caer al suelo, formando un ruidoso alboroto, y una de las tazas, que estaba medio llena, derramarse sobre la camisa del chico, provocando una gran mancha marrón en el torso del muchacho.

—¡Oh, dios mío!¡Cuánto lo siento! Estaba pendiente de que no se me cayeran los vasos y no te he visto. ¡Oh, tu camisa! Déjame que te ayude, un momento —las palabras salen de la boca de Águeda amontonadas unas sobre otras. No puede parar de moverse y comienza a recoger rápidamente todo el estropicio del suelo, siendo incapaz de mirarlo a los ojos.

—No te preocupes, ha sido mi culpa. Tendría que haberme dado cuenta de que estabas girándote. —Se agacha nervioso y ayuda a Águeda a recoger los vasos y platos rotos del suelo.

Se dirigen los dos hacía la barra, donde Águeda le da un paño húmedo para que se pueda secar la mancha de café de la camisa.

—Mira tu camisa, te la he destrozado. De verdad que lo siento mucho… —Águeda estaba muy avergonzada. Era relativamente nueva en el oficio y lo pasaba fatal cada vez que tiraba algo delante de algún cliente. Además, este chico la intimidaba.

—De verdad, no importa. Vivo aquí al lado y puedo ir a cambiarme en un segundo. Muchas gracias por tu ayuda…

—Águeda, me llamo Águeda —le dice, todavía roja.

—Bonito nombre. Yo soy Ander. Encantado. —Se queda un rato mirándola y se pasa una mano por la nuca, un poco nervioso—. Bueno, aquí tienes tu trapo. Muchas gracias por la ayuda. Ah, y, por cierto, bonita flor. —Y sale de la cafetería medio corriendo.

Águeda se queda mirándole cómo se iba, entre avergonzada por lo que acababa de pasar y desconcertada con la última frase que le acababa de decir. Bonita flor. ¿Qué flor? Mira a los lados buscando cuál era el objeto al que se estaba refiriendo, y entonces se mira el brazo. No se había dado cuenta. La mancha que le había salido esta mañana en el brazo tenía forma de flor. Si te fijabas bien, era como una petunia difuminada de color rosa. Se la vuelve a acariciar, mientras le sale una media sonrisa, preguntándose qué sería eso.

Si por la mañana había estado ajetreada, por la tarde hubo aún más gente. Incluso con la ayuda de Sofía, que se incorporaba a las cuatro, no pararon de trabajar ninguna de las dos. En un momento de descanso, Sofía salió a fumarse un cigarro. Águeda le había insistido docenas de veces que dejara de fumar, pero ella no escuchaba a nadie, y le daba igual. Águeda miró por la ventana y le pareció ver a Ander pasar por la cafetería. Un cosquilleo le subió por el estómago y se acercó para ver si lo veía bien. Ya no estaba. Cuando entró Sofía, tenía una sonrisa sospechosa en la cara. Se acerca a ella y le dice:

—No sabía yo que tenías tan buen gusto, chica —le dice sin poder ocultar su cara de satisfacción.

—¿Pero qué dices, Sofía? —le pregunta Águeda, sin saber a lo que se estaba refiriendo su compañera.

—Sí, sí, no te hagas la tonta. El tío bueno ese que vive a dos calles de aquí. Yo ya lo tenía fichado. Pero parece que te me has adelantado.

—Sofía, de verdad que no sé de qué me estás hablando —dice riéndose y obviando los comentarios tan infantiles que estaba diciéndole Sofía.

—¿Ah, no? Un chico alto, con los ojos verdes, el pelo rizado y un lunar aquí. —Y se señala la mejilla.

—¿Ander? —dándose cuenta de que esta describiendo al chico con el que había tenido el percance esta mañana.

—¿Así se llama? Vaya, qué nombre tan sexy. Le pega mucho —dice, insistiendo—. Y bueno, ¿de qué lo conoces? ¿Habéis quedado ya? ¿Cuántos años tiene?

—No lo conozco de nada, Sofía. Ha venido esta mañana a tomarse un café y sin querer le he tirado una taza encima. Ya está —le dice, siendo muy paciente.

—Vaya historia de amor. —Se queda mirándola fijamente para ver si Águeda le suelta algo más, pero al ver que está distraída recogiendo una mesa le suelta—. Pues le he dado tu teléfono.

—¿¡Que has hecho qué?! —le dice histérica mirándola con los ojos muy abiertos.

—Pues sí. Se ha acercado a mí, me ha preguntado si trabajo aquí y si te conozco. Le he dicho que sí y me ha pedido tu teléfono. Y se lo he dado. Ahora me dirás que no tendría que haberlo hecho.

—¡Pues no! ¡Tendrías que haberme preguntado antes! ¿Y si yo no quería que se lo dieras, qué? —le dice pensando que no le apetecía volver a hablar con nadie, y en general, tener contacto con ninguna persona del género contrario.

—¡Carallo, pues si no quieres, cuando te llame, le das largas y listo! No exageres las cosas, que pareces una abuela. —Se da media vuelta, y la deja ahí, plantada.

Águeda se queda con el ceño fruncido, limpiando la barra y diciéndose a sí misma por qué Sofía había hecho tal cosa y por qué tenía que aguantar las tonterías de una niña de dieciocho años. Aunque, más tarde, ya más relajada y pensándolo bien, se alegraba de que lo hubiera hecho. Se pregunta… ¿Y por qué no?

* * *

El domingo por la tarde, como no tenía nada que hacer, le mandó un mensaje a Aline, pero se encontraba fuera de la ciudad. Águeda no tenía muchas amigas de verdad. No porque no fuera amable, ni generosa con sus amigos, sino porque simplemente tenía unos gustos peculiares al resto de la gente, y normalmente no solía quedar en grupo para ir a discotecas o tomar cervezas. Lo hacía de vez en cuando con Aline y sus amigos, que les caían bastante bien, pero no era su pasatiempo favorito. Prefería pasar su tiempo con su perro, hacer fotos, o ir a visitar a Tibu.

El día no era muy frío, además, la lluvia era intermitente y no muy fuerte, así que decidió coger la cámara y salir a pasear con Obi-wan. Se fueron juntos dirección al Paseo da Praia de Guía. El paseo recorría parte del monte Da Guía, y de la playa. Cuando estaba entrando al camino por la parte del puerto, le gustó el color que el sol reflejaba a través de los árboles, y se paró a hacer algunas fotos. Le hizo algunas a Obi mientras olisqueaba y bebía en un charco formado en el camino. Siguió caminando y decidió pararse en la Cala do Faro, una pequeña incisión que hacía la tierra, formada de rocas y arena, donde se podía divisar todo el puerto de Vigo además de pueblos al otro lado de la ría como Moaña, Reibón o Tirán. Se sentó en una de las rocas menos mojadas que encontró a contemplar el mar. El agua estaba intranquila, y chocaba con las piedras levantando un fuerte olor a sal. Eso hacía que, con cada colisión, todo ese perfume del océano se adentrara dentro de Águeda a través de su nariz y pareciera que estuviera sumergida dentro, como una sirena. Se levantó a buscar caracolas y conchas entre las rocas. Traía consigo la pelota de Obi-wan, así que comenzó a lanzarla para que su perro corriera tras ella. En uno de los intentos la tiró un poco más adentro del mar, y Obi, sin pensarlo, se tiró tras ella nadando con sus fuertes patas hacia la pelota. Águeda comenzó a reírse a carcajadas tras la ocurrencia de su perro e intentó no volverla a tirar tan fuerte, para evitar que este cogiera un resfriado.

Las rocas seguían luchando contra las olas, fuertes e incansables, mientras Águeda se balanceaba entre las piedras, con un pie y con otro, buscando las conchas. A veces el aire le hacía perder el equilibrio y hubo un par de momentos en los que se tambaleó a punto de caerse, pero era bastante ágil y consiguió mantenerse recta. Vio una caracola brillar entre uno de los charcos formados entre dos rocas y se acercó para poder cogerla. Se agachó y pudo ver que era una concha con espirales de colores beiges brillantes. Se inclinó un poco más para poder cogerla. Las olas seguían chocando agresivamente contra las rocas. Águeda, que estaba distraída mirado la caracola, no se dio cuenta que una ola de un tamaño más grande que el resto se estaba formando desde lo hondo del mar e iba directamente hacia ella. Cuando miró hacia el océano, solo tuvo tiempo de cerrar los ojos y ponerse los brazos en la cara para recibir el impacto. Se quedó en esa posición durante varios segundos esperando que el agua le empapara todo el cuerpo, pero no pasó nada. Abrió uno de los ojos y miró hacia la ola. No había nada. Era imposible. La ola estaba prácticamente encima de ella. No podía haber desaparecido. Se toco todo el cuerpo comprobando si le había caído algo de agua encima, pero estaba completamente seca. Ni una gota. Segundos después, volvió a percibir el escalofrío que tuvo la semana pasada en el monte do Facho. La misma energía que le subió por los pies y le recorrió el cuerpo hasta dejarla sin aliento. Se volvió a quedar paralizada, y con la respiración entrecortada, sin saber muy bien qué estaba pasando. Se levantó y salió de las rocas, analizando lo que acababa de pasar. ¿Cómo podía haber desaparecido la ola sin más? ¿Tenía algo que ver la sensación de energía que le recorría con esto? ¿Había sido ella la que había parado la ola?

Volvió caminando a casa sin dejar de pensar en todas esas preguntas. Cuando llegó, cenó con sus hermanos y su madre una pizza que habían estado preparando ellos mismos durante toda la tarde y subió rápidamente a su habitación. Cuando se puso el pijama y se metió en la cama la noche se había convertido en un recital de estrellas que ocupaba todo el cielo. Se tumbó boca arriba y la imagen de la ola a punto de caer encima de ella volvió a ocupar su mente. Se miró hacia el brazo y observó la pequeña petunia que le había salido hace dos días. ¿Tendría esto algo que ver con lo que le estaba sucediendo últimamente? No pudo evitar acordarse de Ander. Una pequeña sonrisa le apareció en la cara. ¿La llamaría? Siguió así, dándole vueltas a unas cosas y otras, con un remolino de emociones en su interior, hasta que se quedó profundamente dormida.

4

Ander estaba terminando de recoger su cuarto cuando vio la camisa azul marino que la camarera de la cafetería le había manchado cuando le tiró el café encima. Le divirtió volver a recordar esa escena, no por la situación, sino por el comportamiento que había tenido la chica. No paraba de moverse y se veía realmente avergonzada. La verdad es que le había llamado la atención. Había hecho bien en pedirle el teléfono a su compañera. ¿Cómo se llamaba? Andrea, Amanda… Águeda. Sí, eso. No era el tipo de chicas con las que él estaba acostumbrado a salir. A esas normalmente las conocía en los bares donde solía ir con sus amigos o en el club de golf al que iba con sus padres los domingos por la tarde. Aunque le gustaba conocer gente diferente, sobre todo chicas guapas, y ella lo era, sin duda. Se dijo que la llamaría más tarde y bajó a ver si encontraba algo en la cocina que devorar. Se había levantado tarde, así que se le había pasado la hora de desayunar. Abrió el frigorífico para comprobar si su madre había hecho algo para almorzar ese día, pero al no encontrar nada que le convenciera, decidió hacerse un sándwich de pavo con queso y pepinillos. Estaba terminándoselo de comer en la barra americana que tienen añadida a la encimera cuando entra su hermano Luis con cara de recién levantado y muchas ojeras. Pasa por delante suya y va directamente a por un vaso del estante para echarse agua del grifo, sin dirigirle la palabra a Ander.

—Buenos días, ¿eh? —le dice Ander—. Con cuánta educación nos levantamos por la mañana.

—Hola —le contesta malhumorado su hermano. Está abriendo todas las puertas de la cocina buscando algo.

Últimamente no le estaba gustando el comportamiento de Luis. Tenía dieciocho años, había terminado el instituto en mayo, y aunque no con unas notas extraordinarias, consiguió obtener el título de bachiller y poder realizar el examen de acceso a la universidad. Sin embargo, este lo suspendió y ahora se encontraba en un limbo académico y personal que afectaba a su humor, su comportamiento y su forma de ser. Ni siquiera sabía lo que quería hacer el año que viene. Simplemente se dejaba llevar y no estaba tomando ninguna decisión ni pensando al respecto.

Para no estar sin hacer nada hasta que pudiera entrar a la universidad, el hermano de su padre, el tío Miguel, se había ofrecido a llevárselo con él al puerto algunos días, donde trabajaba de mantenimiento y arreglo de los barcos de los pescadores y algún que otro yate. La verdad es que a Luis siempre le había gustado el mar, pero los padres de Ander y de él siempre se habían sentido muy reacios a la idea de navegar. Les parecía muy peligroso y querían una vida mejor para sus hijos que pasar el resto de sus días en la bahía. Aunque no muy grande, el tío Miguel poseía un barco, que lo tenía para alquilar a los turistas de la zona y navegar él mismo en su tiempo libre. Eso es lo único que parecía provocar un poco de ilusión a Luis, que su tío le permitiera navegar con él, y a veces conducir él mismo.

Su hermano empieza a buscar en la cajonera de los medicamentos de la cocina alguna pastilla, y Ander, para romper el hielo, decide intentar entablar alguna conversación:

—Bueno, y hoy, ¿cómo es que te has levantado tan tarde? ¿No tienes que ir al puerto con el tío Miguel?

—No, hoy no tenía mucho trabajo y me dijo que podía descansar – le contesta metiéndose un ibuprofeno en la boca.

—¿Y entonces por qué llegaste anoche tan tarde? – le pregunta recordando que escuchó a su hermano entrar a su habitación cerca de las dos y media de la madrugada.

—Pues estaba por ahí. Además, ¿a ti que más te da? ¿A qué vienen tantas preguntas? No tengo el cuerpo para que me interrogues como si fueras mamá y papá. Ya tengo suficiente con ellos —y se va sin decir nada más.

Ander se queda en la cocina terminándose su sándwich, enfadado y pensando cómo el imbécil de su hermano le acababa de contestar. Solo estaba intentando ser simpático, ¿qué le pasaba? Ellos solían tener muy buena relación. Es verdad que nunca habían sido de contarse las cosas el uno al otro, pero siempre se protegían y se cubrían las espaldas cuando surgía algún problema.

* * *

Se arrepiente de haber ido a esa clase. Historia Internacional podía ser la asignatura más interesante de la carrera si no fuera por el profesor que la estaba impartiendo. Era un hombre de casi sesenta años, con diapositivas de hacía dos décadas, que se dedicaba a sentarse en la silla y leerlas en voz alta con la voz más monótona y aburrida que había escuchado en la vida. Al terminar la clase, Ander sale el primero hacia la puerta en dirección al aparcamiento cuando escucha una voz detrás de él que lo llama.

—¡Sh, sh, Ander! —Marta se le acerca por detrás mientras mete el ordenador en el bolso y se echa el pelo hacia un lado—. Chico, no hay quien te vea. Cuando vienes a clase sales disparado hacia la puerta y no hay quien hable contigo ya.

—Bueno, intentaba librarme lo antes posible de ese tostón de clase. ¿Cómo estás, Martuqui? —Ella y él habían tenido algo en primero de carrera, pero eso era más diversión que otra cosa. Ahora en quinto, el grupo con el que solía salir se había disipado y no quedaban casi nunca.

—Yo genial, como siempre. Oye, esta noche vamos a ir algunos de la clase a tomarnos algo juntos. Como en los viejos tiempos. Te apuntas, ¿no?

—¿Esta noche? —La verdad es que no se había planteado ir a ningún lado hoy y tampoco tenía muchas ganas—. Bueno vale, sí, allí nos vemos —le dijo, sin embargo. Siempre podía rechazar la invitación más tarde si no le apetecía.

—Eso, eso, te esperamos. —Y le guiña un ojo mientras le toca el hombro y se va en dirección contraria meneando sutilmente las caderas.

Ander había escuchado que había roto con su novio hace poco, y le había dado la sensación de que lo había invitado esta noche por otra razón diferente a pasar tiempo juntos con el resto de la clase. La observa alejándose mientras la mira de arriba abajo, imaginándose cómo sería volver a coger esa cintura de nuevo sin nada de ropa. Ya lo vería, él estaba soltero y le gustaba disfrutar del momento, y a ella también.

***

Águeda se sentía disfrazada con el vestido que le había prestado Aline. Qué cabezona era. Primero la había obligado a salir con su grupo de amigos porque esta noche era su cumpleaños. Aunque se sentía un poco fuera de lugar cuando se encontraba con demasiada gente que no conocía, la verdad es que le apetecía poder pasar tiempo con su amiga y verla disfrutar de su cumpleaños. Acostumbrada a una vida tranquila y diurna, Águeda no tenía un gran repertorio de ropa de fiesta, y como su amiga lo sabía, se había plantado en su casa con un vestido negro, pegado y de una sola manga y no le había dado más explicaciones. Para añadirle al look un toque un poco más personal, se había puesto sus converses grises y una chaqueta de color gris azulado.

A eso de las once Aline la recoge en su casa con el Range Rover de su padre. Ella iba espectacular: se había puesto una falda negra larga y pegada, que tenía una abertura que le llegaba casi a la cadera y un top también negro de palabra de honor con una chaqueta de cuero negra. Llevaba los pendientes dorados más grandes que había encontrado en el Zara y sus carnosos labios latinos pintados de un rojo intenso que hacía que parecieran una fresa brillante y fresca. Además, iba montada en unos taconazos de doce centímetros.

Al mirar a su amiga y montarse en el coche se sintió ridículamente vestida y se arrepintió de no haberse puesto algo de ropa de su armario.

—¡Pero qué ven mis ojos! Mi Águeda con un vestido negro y que enseña un poco los hombros. ¡Se han alineado los astros! Bueno, la próxima vez te traigo también unos zapatos. Pero las converses te dan un toque informal y en cuanto te quites esa chaqueta se te van a pegar como moscas, amiga. Estás preciosa.

—Porque es tu cumpleaños y no he tenido más remedio, que eres una dictadora —le dice mientras busca algo en el bolso—. Bueno, te he traído un regalo. —Y le da un sobre envuelto en un lazo rojo. Cuando Aline lo abre descubre una caracola junto con un colgante de fino oro.

—¡Oh, Águeda, es precioso! ¿Lo has hecho tú? —lo dice mientras se lo intenta poner.

—Más o menos. La caracola la encontré en uno de mis paseos con Obi-wan y la mandé a la joyería para que le añadieran el colgante.

—Me encantan todos tus regalos. Siempre son mágicos —le dice mientras le besa repetidamente la cara—. Y ahora…¡Vámonos! ¡La noche nos espera!

***

Ander se había bebido unas cuantas cervezas y estaba un poco borracho. Había comenzado a beber muy pronto, a eso de las nueve, y la verdad es que estaba disfrutando mucho la noche. La gente de su clase siempre les había caído bien y las mejores fiestas habían sido con ellos. Estaban en un bar en el centro de Vigo donde había un billar y buena música. Marta estaba especialmente cariñosa con Ander, y él se estaba dejando llevar por la situación y llevaban toda la noche de bromas y tonterías, con algún que otro roce. Los chicos lo invitaron a jugar al billar y él se levanta, estira el brazo para que ella se lo coja, mientras le dice:

—Venga, Martuqui, que te enseño a jugar, verás que fácil. —Parecía un poco molesta porque se hubiera levantado, pero enseguida se le pasa y va detrás de él.

—Yo soy un paquete con estos juegos, pero venga, voy a intentarlo. —Él le da el taco a Marta se coloca detrás de ella mientras los dos se inclinan hacia delante y él le empieza a susurrar algo al oído mientras los dos se ríen. Ella, disfrutando la situación, se pega aún más a él, se pone el pelo hacia un lado y tira de cualquier manera mientras sigue escuchando lo que Ander le dice al oído.

Siguen jugando todos juntos y Ander, al darse cuenta de que se le había acabado la bebida, se acerca a la barra a pedir una cerveza. Distraído, mira a los lados esperando a que le atiendan cuando de repente, la ve. Era ella. No se había dado cuenta de que hubiera entrado. No la había reconocido en ese vestido negro, acostumbrado a verla con su uniforme en la cafetería. Estaba muy guapa. El grupo de gente con el que estaba eran la mayoría latinos o de piel oscura y ella estaba bromeando con una deslumbrante chica que parecía sudamericana. El camarero le da la cerveza, y sin pensárselo, va a hacia ella. Le toca el hombro y le dice mientras se toca la nuca.

—Ey, hola… ¿Águeda? ¿Qué tal? No sé si te acuerdas de mí, soy Ander, el chico que… —Ella se gira y lo mira sin ningún atisbo de sorpresa en su cara.

—¡Hola! Sí, claro que me acuerdo, te he visto al entrar —le dice Águeda recordando la escena de entrar al bar y ver a Ander coger de la cintura a la chica rubia con la que estaba jugando al billar.

—¿Por qué no te has acercado? No creo que hoy corriera ningún peligro, no tienes ningún café en la mano —le dice intentado ser gracioso. Se arrepiente de haber dicho esa estupidez justo después de que las palabras salieran de su boca. La bebida le hacía decir cosas que no diría sobrio.

—Bueno… Te he visto un poco ocupado —le dice mientras mira hacia Marta, que claramente no dejaba de mirar hacia ellos dos preguntándose por qué Ander se había ido a hablar con esa chica de pelo rizado y cara de ángel. Águeda no suele ser así de directa, pero se había sorprendido a sí misma sintiendo un poco de rencor hacia la chica cuando la había visto con él.

—Bueno, sí, estoy con mi clase que llevamos mucho tiempo sin salir y hemos venido a echar un rato —le contesta un poco avergonzado por cómo lo había visto comportarse con Marta.

Aline, que estaba viendo lo que estaba pasando desde lejos, se acerca y le dice:

—¿Y tú quién eres? —Mientras lo analiza de arriba abajo.

—Este es Ander, es un chico que viene de vez en cuando a la cafetería —le contesta Águeda, empezándose a sentir un poco incómoda. Conocía a su amiga y sabía que podía liarla en cualquier momento.

—Ya veo… Bueno, ¿y qué se supone que quieres de Águeda? Como ves ahora no está trabajando, así que supongo que habrás venido a otra cosa —le dice mientras se ríe y disfruta de la situación.

—Nada, nada, solo venía a saludar. —Cada vez está más nervioso—. Bueno, mejor me voy ya, que me están esperando. Estas muy guapa, Águeda. —Y se va hacia la otra punta de la sala con el resto de sus amigos.

Cuando Ander se aleja, Águeda se queda mirando a Aline enfadada:

—¿Tenías que ser tan borde? ¡Lo has asustado!

—¿No te estaba molestando? ¡Yo que sé! No lo había visto en mi vida y pensaba que estaba siendo un poco pesado – le dice mientras Águeda la mira inquisitiva —Espera… ¿te gusta? Oye, es muy guapo ¿eh? Pero bueno, ¡estas cosas se avisan!

—¡No me gusta! Solo intentaba ser simpática. No lo conozco de nada. Además, parece que tiene novia —lo dice mirando a la chica rubia con la que estaba al principio. Aunque desde que Ander se había acercado a ella para hablar, se había distanciado de Marta y ahora estaba hablando con un par de amigos, mientras no paraba de mirar hacía donde estaban ella y su amiga.

—Sí, pues desde que te ha visto, parece que no le está haciendo mucho caso a la novia que dices que tiene. Me apetece un cigarro, vamos a salir.

Una vez en la calle, y como hacía mucho viento, se resguardaron en un portal justo al lado de la discoteca. Cuando llevaban un rato hablando, una silueta sale de la discoteca y se acerca a ellas. Era Ander de nuevo. A Águeda un cosquilleo le sube por la barriga, una mezcla de emoción y alegría.

—Vaya, vaya, parece que tu amigo no pierde la esperanza —le susurra su amiga mientras le hinca el codo en la barriga.

—Sh, cállate, que te va a escuchar —le reprocha Águeda.

Ander se sorprende al verlas las dos metidas en el portal y dice:

—Vaya, qué sorpresa, ¿qué hacéis aquí, chicas? —habla en plural, pero mira directamente a Águeda.

—Pues, ¿tú qué crees? Resguardarnos del frío en el primer rincón que hemos encontrado. Además, eso mismo te tendríamos que preguntar nosotras que has venido detrás, ¿no crees? —Aline siempre tan directa.

Ander estrecha el entrecejo y con una media sonrisa, añade:

—Bueno, pues, de hecho, es que vivo aquí. Venía a entrar a mi casa, si me dejas claro.

Águeda no puede evitar reírse por el corte que le acababan de dar a su amiga, que a veces necesitaba que le pararan los pies. Aline se pone roja como un tomate y se queda callada mientras Ander se queda mirando a Águeda y le dice:

—Me ha encantado verte esta noche. Me gustaría volver a hablar contigo, pero sin tanto ruido y sin gente que bueno… Puede ser un poco molesta —dice mientras mira a Aline. Águeda se vuelve a fijar en el lunar de su mejilla—. Si tú quieres, claro.

—Bueno, yo… Sí, vale. Claro. Tienes mi teléfono. Puedes escribirme y ya vemos —Las palabras se quedan medio atrancadas en su lengua gracias a los nervios.

—Genial. Yo te escribo. Ya conseguí tu teléfono. —Le guiña un ojo, saca las llaves del bolsillo y entra en el bloque—. Buenas noches, chicas.

Aline se queda boquiabierta con lo que acababa de pasar y le dice a Aline:

—¡Pero bueno! Mírala ella, que callado se lo tenía. ¿Cómo que ya tiene tu teléfono? Qué fuerte que no me hayas contado nada.

—Se lo pidió a Sofía la última vez que estuvo en la cafetería. ¡No lo conozco de nada, Aline, te lo prometo!

—Pues tiene buen gusto la niña: alto, guapo, y mira dónde vive… ¡Tiene que estar forrado! Yo estuve una vez con un chico que vivía por aquí. La verdad es que no salió muy bien porque…

Águeda contempló la calle vacía mientras su amiga seguía hablando, pensando en la mirada de Ander y lo que acababa de decir. ¿La llamaría?

—Vamos dentro, Aline. Me está empezando a entrar frío —le dice a su amiga, y se dirigen las dos otra vez hacia el local.

5

Durante las últimas semanas, los sucesos extraños como el que tuvo en las rocas cerca del puerto le habían vuelto a suceder a Águeda en diferentes ocasiones. Por ejemplo, en una de las veces, estaba andando por la calle camino al ayuntamiento para recoger unos papeles que necesitaba su madre. Hacía mucho viento y cuando iba camino a casa, se tropezó y los papeles salieron volando. Empezó a correr tras ellos, y, como si el tiempo se hubiera parado, la brisa dejó de correr y los papeles se quedaron quietos en el suelo. Era como si, por el simple hecho de pensarlo, ocurriera.

Otro de los sucesos extraños ocurrió paseando con sus hermanos. Iban por un camino secundario cerca de su casa. Ellos con la bicicleta, y Obi-wan y ella detrás andando. Su hermano Roi iba distraído hablando con Tomás cuando no vio una piedra en mitad del camino con la que se iba a tropezar. Águeda estaba a punto de llamar a su hermano para avisarle que la esquivara cuando la piedra se desplazó levemente hacia un lado y su hermano siguió hacia delante pedaleando en la misma dirección sin tropezarse con nada. Nadie pudo ver a la piedra moverse. Ella era la única que se daba cuenta de lo que acababa de pasar.

Todos estos sucesos estaban acompañados de los escalofríos de energía que sentía por todo el cuerpo y de la sensación de que estaba siendo acompañada por un aleteo distante durante muchos momentos de su día.

Por otro lado, Ander y ella llevaban ya varias semanas hablando por mensajes en el móvil. Se habían llamado por teléfono alguna que otra vez, pero aún no habían quedado en persona. Él le había sugerido encontrarse hoy en el centro para poder ir a tomar un helado o pasear juntos, pero a Águeda le apetecía ir a ver a su Tibu y decidió dejarlo para otro día.

Una fina manta de lluvia se había asentado durante el día, lo que hizo que durante el viaje a Donón pudiera disfrutar de todos los olores intensificados que desprendía la naturaleza cuando llovía. Iba un poco más lento de lo normal, pero no era una lluvia muy molesta y llegó a la casa de Martina al medio día. Bajó del coche junto con Obi-wan, y entró en la casa. El salón estaba vacío y no había nadie en la cocina. Águeda sabía perfectamente donde estaba su Tibu. Cruzó el salón mientras los olores a amoníaco y a acuarelas se iban intensificando cada vez más. A pesar de que el día estaba nublado, la estancia contaba con un gran ventanal que daba al jardín que hacía que la claridad se extendiera a cada rincón sin necesidad de encender la luz. Tibu estaba sentada en su viejo taburete de madera inclinada hacia delante y centrando la vista en el lienzo que tenía apoyado en el caballete. Se acerca a ver lo que estaba dibujando y se encuentra con varias imágenes de flores sutilmente dibujadas, cada una de un color diferente. Podía reconocer varias: una petunia, una rosa, una amapola… Automáticamente se acordó de la pequeña mancha que le había salido en el brazo y se pasa la mano suavemente sobre ella. Tenía un don para dibujar y capturar en el lienzo la parte más bonita de la vida, la que te llenaba de paz y energía. Era como si pudiera reflejar en el lienzo la más pura belleza, dejando atrás cualquier índice de tristeza, odio o cualquier adjetivo negativo que ensucia nuestros días.

—Qué bonito, Tibu, ojalá tuviera el don que tienes tú para dibujar —le dice mientras le da un beso en la mejilla a su Tibu.

—Se trata de un poco de perspectiva, hija. Además, tú también lo tienes, pero a través de esa cámara tuya que siempre llevas a todos lados.

Se sienta en la mecedora que hay en el otro extremo de la habitación, y se queda contemplando a su Tibu mientras dibuja. La ventana estaba medio abierta y había parado de llover, lo que hacía que pequeños rayos de luz se colaran a través de los cristales. Se escucha fuera el pequeño aleteo de un pájaro y entonces, un pequeño petirrojo llega batiendo sus alas, posándose en la parte de arriba del lienzo que está dibujando Martina. Ella abre muy bien los ojos y se queda sin respiración. Es Nkisi. Nunca se dejaba mostrar delante de nadie que no fuera ella u otras de su condición y en cambio, ahí está, delante suya y de Águeda, tan tranquilo.

Águeda se da cuenta del precioso pájaro que acababa de entrar por la ventana, así que cuidadosamente, saca la cámara de su mochila y acerca el zoom para poder capturarlo.

—Tibu, mira qué preciosidad. —No se da cuenta del nerviosismo de Martina.

A pesar de ser un petirrojo, tenía las plumas de colores vivos y brillantes, que parecían cambiar de color dependiendo de la luz que le diera en ese momento. Águeda recordó los retratos que tenía su Tibu colgados en el salón y le pareció que eran de ese mismo pájaro. Se queda mirando a Martina con la cabeza inclinada, pía levemente, como si quisiera contarle un secreto y echa a volar dirección a Águeda. Se posa en el brazo donde tiene apoyada la cámara. Ella, muy lentamente, deja el brazo apoyado en la mecedora y se queda observándolo, maravillada. No había visto pájaro más bonito. Mientras tanto, Martina no puede dar crédito a lo que está viendo. Se acerca a Águeda y pone el brazo para que Nkisi se apoye en él, cuando ve lo que su nieta tenía en la parte interior de antebrazo. Reconoce en la piel de su nieta una pequeña petunia. La mira fijamente a los ojos mientras Águeda se da cuenta de lo que su Tibu acababa de descubrir y no entendía porque se había quedado tan atónita. Nkisi, que parece haberse quedado satisfecho con el objetivo que venía a realizar, sale volando hacía la ventana y desaparece en el profundo jardín.

—Tibu, ¿qué ocurre? Parece que has visto un fantasma. —La mira preocupada ante la cara blanca que se le acababa de poner a Martina.

Martina no podía dar crédito a lo que estaba viendo. No podía ser que su niñita fuera una de las suyas. Ni siquiera era sangre de su sangre. Una oleada de sentimientos le recorrieron todo el cuerpo: incertidumbre, sorpresa, emoción, e incluso un poco de miedo. Es verdad que durante su vida había esperado a que alguna de las mujeres de su familia desarrollara esas ‘capacidades especiales’, pero ya, a sus casi ochenta y dos años, había asumido que ese momento no iba a llegar. Y ahora tiene, delante de sus ojos, a la hija de su querido Manu, ese diablillo criado como si fuera suyo. Todavía recuerda el día que trajo a Águeda en brazos para que la conociera. Era una mañana de tormenta, y al contrario de la mayoría de los niños que se asustan y miran a todos lados con expresión de miedo, ella estaba con los ojos muy abiertos intentando capturar cada movimiento que sucedía delante de ella. No tendría apenas dos años y Martina recuerda mirar cómo caminaba torpemente de la mano de su nuevo padre, y ver a una preciosa niña de pelo como el fuego y unos bonitos grandes ojos oscuros. Desde ese momento supo que era especial. Casi veintidós años después, el destino le acababa de decir que no se equivocaba.

Se dio cuenta que se había quedado absorta en sus pensamientos mientras Águeda la seguía mirando con cara de preocupación.

—Nada, miña nena, es que te he visto esta mancha en el brazo que no me había dado cuenta que tenías —le dice, disimulando.

—La verdad es que llevo con ella unas tres semanas. Me levanté una mañana y la tenía en el brazo. Pero como no se ha hecho más grande, no me he preocupado. La verdad es que incluso me gusta. Tiene forma de…

—Petunia. Tiene forma de petunia, sí. —Y Martina acerca los dedos y acaricia suavemente la mancha de su nieta. En ese momento las dos sienten un escalofrío por el cuerpo. Es el mismo escalofrío que Águeda lleva sintiendo desde hace unas semanas. En ese momento Tibu lo tiene claro. Es una de las suyas. Ahora solo tiene que averiguar cómo decírselo.

***

A lo largo de la tarde, Tibu y Águeda decidieron hacer un ramo de flores para Sabela, la madre de Águeda, a la que también le fascinaban. Estuvieron toda la tarde eligiendo las más bonitas del jardín y colocándolas en un precioso tarro de cristal de color verde agua, que Águeda había comprado en el mercadillo de Coia que hacen en Vigo cada miércoles en Praza Rei. Para hacerlo habían elegido narcisos, orquídeas y margaritas. A las dos se les daba muy bien las plantas así que el resultado fue un ramo parecido al que se puede encontrar en una floristería.

Luego prepararon la cena juntas y después de comer se sentaron en el sofá en la misma posición de siempre. Martina, sentada, con la espalda apoyada en el sofá, y Águeda con la cabeza apoyada en las piernas de su Tibu, mientras esta le acariciaba el pelo.

—Oye, Tibu, qué pájaro tan bonito ha entrado esta mañana a tu taller, ¿verdad? – le dice Águeda mientras recuerda el pequeño petirrojo de antes. —Parecía tener en sus plumas todos los colores que existen.

—Miña nena, esos pequeños animales son un reflejo de cómo deberíamos ver la vida —le contesta Martina—. A través de miles de colores.

6

Tenía que reconocer que estaba nervioso. A pesar de estar acostumbrado a quedar con chicas, no eran como ella. Su círculo de amigos siempre se ha movido entre sus compañeros del colegio privado, y las chicas con las que había estado siempre habían sido niñas de papa, acostumbradas a tener todo lo que quisieran, cuando quisieran, y a cualquier precio. La última novia que tuvo fue hace dos años y esta era una celosa compulsiva que no le dejaba ni respirar. Después de eso, se prometió que no iba a tener una relación en mucho tiempo. Aunque no sabía por qué, quería impresionar a Águeda. Ella desprendía algo diferente. Le dijo que iba a recogerla en coche a su casa a las ocho y media y se irían a cenar por la zona de la praia de Samil.

Cuando llegó a la dirección que ella le había dado, se encontró con una casita adosada de dos plantas y un pequeño jardín trasero. Se preguntaba si tendría hermanos, si vivía con sus padres y qué profesión tendrían. La verdad es que le apetecía saber todo sobre ella: cuál era su comida favorita, que hobbies tenía o qué le daba miedo de pequeña.

La respuesta de los hermanos no tardó en llegar. Justo cuando Águeda estaba saliendo de su casa, dos niños de unos nueve o diez años salieron junto a ella para poder ver quien era la persona que estaba recogiendo a su hermana. Eran muy rubios y a primera vista, Ander no les encontró ningún parecido a Águeda. Ella salió corriendo detrás de ellos antes de que llegaran al coche y los llevó a la puerta otra vez mientras les daba un beso a cada uno en la cabeza y se despedía. Entró al coche sonriendo y colocándose su revoltoso pelo detrás de las orejas. Estaba muy guapa. Iba con unos vaqueros pitillos y unas converse amarillas. Llevaba una camiseta de tirantes lencera de color beige y una chaqueta de lino marrón oscuro.

—Hola —dijo mientras se montaba en el coche—. Tengo unos hermanos un poco curiosos.

—Veo que tienes dos pequeños guardianes que tienen que comprobar con quién anda su hermana —le dice mientras arranca el coche y se dirige hacia el oeste de la ciudad.

Llegaron al lugar en veinte minutos y Ander decidió elegir uno de los restaurantes más caros que había por la zona. Quería impresionarla. Lo que él no sabía es que a ella esas cosas le daban igual. Cuando llegaron se sentaron en una mesa mirando hacia el mar. Aunque había atardecido, las vistas y el olor a sal, junto con la decoración del lugar, lleno de luces y bombillas de colores, creaban un entorno mágico. Pidieron algo para comer. La cena fue muy agradable. Hablaron sobre cada uno, sus familias y a lo que se dedicaban en ese momento.

—Entonces, ¿te gusta la fotografía? —le pregunta a Águeda, mientras se está peleando con un trozo de calamar que no consigue cortar. Ella intenta disimular lo mejor que puede su torpeza, mientras Ander la mira sin parar de sonreír.

—Sí, me gusta mucho. Creo que es una forma de capturar un momento que se puede volver eterno. Es lo más parecido que tenemos a una máquina del tiempo. Además, cada fotógrafo refleja en su trabajo la forma que tiene de ver la realidad. Incluso siendo la misma escena, cada persona puede fotografiarla de una forma totalmente diferente. Y eso para mí es mágico. —Ander la escuchaba mientas se fijaba en la mancha en forma de petunia que tenía en el brazo y en los labios pintados de color rosa fuerte.

—Nunca lo había visto de ese modo. Pero tienes razón, ahora que lo pienso. Es como si cada fotografía tuviera una historia detrás. —Le gustaba la pasión y el brillo de los ojos que tenía cuando hablaba de eso. Se notaba que le importaba de verdad.

—Más bien un secreto —le contesta Águeda—, ya que poca gente llega a conocer la verdad que hay detrás de una foto. A veces ni siquiera los que la hacen. —Le estaba gustando la cena. Ander estaba siendo muy amable y realmente se veía interesado por lo que le contaba—. Bueno, y a ti, ¿qué es lo que realmente te gusta hacer?

—Me encanta la historia y viajar para conocer qué hay detrás de una cultura o ciudad. El por qué las cosas son como son. Qué las hicieron ser así. Leo mucho por mi cuenta porque en cuatro años de carrera no te da tiempo a aprender ni el cinco por ciento de la historia del mundo.

—Bueno, entonces tenemos aquí a una especie de Indiana Jones, ¿no es cierto? – dijo Águeda intentando parecer graciosa. Se arrepiente en el momento.

—Sí, bueno, algo así. —Se vuelve a tocar la parte de detrás de la cabeza y Águeda se da cuenta de que es un gesto característico que tiene cuando está un poco nervioso. Se vuelve a fijar en el lunar que tiene en la mejilla.

Piden la cuenta y se dirigen hacia el coche, pero a Águeda no le apetece volver a casa aún. Estaba muy a gusto con él.

—Oye, ¿te apetece que demos un paseo por la playa? —le pregunta mientras siente que su cara empieza a ponerse roja—. Hace muy buena noche para pasear.

—Me encantaría. —Ander estaba deseando esa proposición. Eso quería decir que realmente ella estaba disfrutando del momento, igual que él.

Se dirigieron hacia la praia de Samil, se quitaron los zapatos y comenzaron a andar por la arena. El agua estaba muy fría, así que se alejaron un poco de la orilla y comenzaron a andar hacia unas rocas que había al final de la bahía. Cuando llegaron a ellas, buscaron una de las más elevadas y se sentaron allí, frente al mar. El choque de las olas junto a la roca hacía que el olor a sal fuera más intenso, se impregnara por todo el aire y les llenara los pulmones. Vieron cómo una pequeña nube tapaba la luna, que en ese momento se situaba justo encima de sus cabezas.

—Espero que no empiece a llover —dijo Ander mirando la nube que se había colocado encima.

—No lo creo. Es una nube muy pequeña —lo dice mientras se llena los pulmones de aire y disfruta de la brisa del mar.

—¿Quieres que te cuente una historia? —Ander se arrepintió de esas palabras desde el momento en que salieron de su boca. Además de la historia, le apasionaban las leyendas, mitos y cuentos, sobre todo los de su tierra. Pero nunca se los contaba a nadie. No quería parecer ridículo, ni infantil. Pero Águeda le trasmitía una tranquilidad sin apenas conocerla que era casi antinatural. Tenía la necesidad de compartir con ella todo lo que gustaba, las cosas que le hacían sentir vivo, incluso sus miedos.

—Claro, me encantaría. —Águeda lo mira con los ojos muy abiertos, emocionada. Disfrutaba mucho escuchando a su Tibu contarle cuentos cuando era pequeña, muchos de ellos todavía recuerda.

—No, bueno, es un poco aburrido. Olvídalo, no creo que te guste... —Otra vez rascándose la cabeza. Águeda no podía evitar sonreír. Ander le gustaba más de lo que quería admitir.

—No, ¡venga! Mi Tibu me contaba muchos cuando era pequeña y yo disfrutaba mucho escuchándolos. —Le roza la mano inconscientemente—. Por favor.

—¿Quién es tu Tibu? —le pregunta sin poder evitar sentir un escalofrió cuando ella le roza la mano.

Ella se incorpora, gira el cuerpo hacia él y lo mira desafiante:

—Primero la historia —le dice decidida— y luego te lo cuento.

—Está bien, está bien. —Coge aire, se aclara la garganta y comienza—. «Se dice que hubo una vez, un tiempo, hace mucho, un periodo de sequía, donde en Galicia no llovía. Esto empezó tras una gran época de lluvias. La gente no había visto nada igual, torrentes y torrentes de agua cada día. Los lugareños se quejaban de no poder salir a navegar o dar un simple paseo por el campo. Todo el mundo estaba malhumorado, triste y enfadado. Entonces, una mañana, como si alguien cerrara el grifo de una ducha, todo paró. El primer mes, la gente más joven se alegró, ¡qué maravilla! Los pescadores podían salir al mar sin ningún peligro, el sol calentaba la cara de los gallegos y todo el mundo parecía más guapo, feliz y simpático. Las plazas estaban llenas y en la mar no cabía ni un velero. Pero los sabios abuelos de los pueblos estaban preocupados. «Non é normal, non é normal», decían. Y pasó otro mes, y otro mes, y otro mes, y ni una gota caía. Los bosques se empezaron a secar y el agua de los ríos no corría con tanta fuerza. Un grupo de sabios del bosque de Fragas do Eume se reunió para buscar una solución y decidieron que debían regalarle una ofrenda al cielo, para así, volver a reconciliarse con él.

Decidieron pues, que cada gallego debía de soltar una lágrima en un frasco de cristal y el día del comienzo de la primavera, las verterían a los ríos y a los mares gallegos para pedirle perdón al cielo y que este les devolviera su preciada lluvia. Ese día todos se reunieron alrededor de los ríos y océanos de sus pueblos y ciudades y soltaron su lágrima. Ese día el agua de Galicia se volvió más salada, pero a la vez más dulce. Se provocó un silencio sepulcral y todos miraban al cielo buscando una respuesta. Pasaron los minutos y las horas, pero no pasaba nada.

La gente volvía a sus casas pensando qué iban a hacer a partir de ahora, cómo le darían de comer a sus niños o con qué regarían la siguiente cosecha. Entonces, de repente, una gota cayó en la mejilla de una anciana, en la pata de un gato, encima de un tejado, resbalando por una hoja... Y así, las gotas se convirtieron en llovizna y la llovizna en su añorada lluvia densa y fría. La gente miraba al cielo agradecida, y las lágrimas de sus ojos se mezclaban con las que descendían desde las nubes. Se escuchó a lo lejos a alguien gritar: «¡Si chove, que chova!» y la frase se fue contagiando a todos los gallegos que la repetían bajo la primera lluvia de la primavera.»

Después de que Ander terminara la última frase se produjo durante un momento un silencio entre ellos, hasta que Águeda dice:

—Ander... es precioso. —Todavía tenía los bellos de punta, e incluso una pequeña lágrima le había aparecido en los ojos. No era en sí el cuento lo que le había emocionado, sino la manera en que él había contado la historia. La emoción de su voz, como transmitía cada palabra. Había conseguido rozarle el alma—. Tienes un don para esto. Parece que sale de dentro de ti, directamente desde el corazón.

Ander estaba con el corazón a mil. No le había pasado nunca algo así y por un lado se sentía tranquilo al saber que a ella le había gustado de verdad. Quería dejar de ser el centro de atención. Además, se acordaba lo que le había dicho ella antes de empezar, así que dijo:

—Bueno, ahora te toca a ti. ¿Quién es Tibu?

—Bueno, se podría decir que es mi abuela. En realidad, es la tía de mi padre. Mi abuela murió cuando mi padre era muy pequeño y ella se encargó de criarlo junto con su otro hermano.

—Lo siento mucho —le contesta Ander.

—Gracias. Ella es la persona más especial que tengo. Aunque sea mayor, es la que mejor me entiende y con la que más tiempo me gusta pasar.

—Se nota por la forma en la que hablas de ella que es muy importante para ti.

—Lo es... Bueno, creo que deberíamos irnos. Mañana madrugo y se está haciendo tarde —dijo esto porque si se quedaba más tiempo no iba a poder aguantar las ganas de besarlo, y él no había hecho ningún gesto que indicara que eso fuera a pasar.

—Sí, claro, vamos —dice, decepcionado. Él se podría haber quedado toda la noche en esa roca, junto a ella.

Se acercaron al coche sin hablar mucho, Águeda todavía pensando en la historia que le acababa de contar, y él pensando cómo esa chica había conseguido que se abriera de esa forma.

Estaban llegando al lateral del coche y Águeda se dirigía hacia el lado del copiloto, cuando Ander la coge del brazo y la apoya suavemente sobre la puerta. Le pasa la mano por su rizado pelo rojo y acerca sus labios a los suyos. Sabía a sal y mar.

7

Martina daba vueltas en su cama, no podía dormir. No después de lo sucedido con Águeda hace unos días. Su niña, la luz de sus ojos, su pequeña debilidad, era una de ellas. No se lo podía creer. Parecía un sueño. Había estado meditando durante estos días qué iba a pasar a partir de ahora. Cómo actuar a partir de este momento. ¿Debería contárselo ella misma o dejarla que los descubriera ella sola? Si elegía la segunda opción, se exponía a que ella nunca conociera la verdad. No sería la primera ni la última mujer que pasaba el resto de su vida ajena a todo a pesar de haber desarrollado las mismas cualidades.

Se dio cuenta de que no iba a poder pegar ojo, así que cogió su bata, se la enrolló alrededor del cuerpo y bajó despacio las escaleras. Se dirigió hacia una estantería que estaba en el lado derecho de la cocina y buscó algo en el último cajón. Llevaba años sin mirar en ese sitio, pero recordaba haberlos guardado ahí hace mucho tiempo. Metió la mano en el cajón y ahí estaban. Un viejo y descolorido paquete de cigarrillos Winston. Era tabaco de contrabando, recuerda haberlo comprado en uno de los bares del pueblo cuando todavía estaba bien visto el tabaco ilegal en Galicia. La perdición y a la vez supervivencia de muchos jóvenes años atrás, e incluso de hoy en día.

Cogió un mechero y se dirigió hacia el jardín para sentarse a que el fresco de la noche le despejara la mente. Se encendió un cigarro e inspiró lentamente. Tosió cuando el humo le llegó a los pulmones. Llevaba años sin fumar. Prácticamente desde que Manu y Sabela adoptaron a Águeda. Aunque lo hizo durante muchos años, no era asiduamente. Se quedo mirando el haya tricolor que tenía en frente y escuchó el leve sonido del aleteo de unas alas. Era otra vez Nkisi viniendo a visitarla de noche. Se notaba que ella también estaba nerviosa.

—Hola, querida, ¿tú tampoco puedes dormir? —Levanta el brazo levemente y se posa suavemente en su dedo anular. El pájaro gira la cabeza y pía suavemente mientras la mira directamente a los ojos.

Siguieron en esa posición durante un rato, como si se estuvieran trasmitiendo la energía entre las dos. Sintiendo una conexión imposible de explicar. Ya estaba empezando a amanecer cuando Martina se levantó de la silla. Había tomado una decisión con respecto a su nieta, y esperaba que fuera la acertada.

***

Águeda se despertó de muy buen humor por la mañana. La cita con Ander había sido muy especial para ella y si cerraba los ojos podía seguir sintiendo el calor de sus labios pegados a los suyos. Cómo le gustaba, y apenas lo conocía. Bajó las escaleras y encontró a su madre sentada en uno de los taburetes de la cocina, sosteniendo una taza de café en las manos. El olor a café y a tostadas por las mañanas hacía a Águeda sentirse como en casa. Vio a su madre absorta en sus pensamientos mientras miraba a la puerta que daba al jardín. Allí estaban sus hermanos jugando a los ninjas con unos antifaces negros y unas espadas de madera que les construyó el vecino de Tibu. Probablemente uno de ellos terminaría enfadado o llorando, como ocurría la mayoría de las veces. Sabela no escucha a Águeda entrar en la cocina, así que ella se acerca a su madre y le da un beso en la mejilla. No le hace falta más para saber que a su madre le preocupa algo.

—Buenos días, mamá. Estás todavía dormida —le dice mientras se acerca a la cafetera para servirse otro café y se sienta al lado de ella.

—Ah, hola, hija. No, solo estaba mirando a tus hermanos. Esos dos diablillos van a terminar peleándose otra vez. ¿No habrá más juegos aparte de pelearse? Quién me diría a mí de ponerles la película de las tortugas ninja. Ahora solo piensan en jugar a eso.

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