Kitabı oku: «De pasiones y otros fantasmas»

Yazı tipi:

De pasiones y otros fantasmas

María Paz Ruiz Gil


© María Paz Ruiz Gil, 2021

© Sobre la presente edición: Editorial Alt autores

Diseño y maquetación: © Sergio Verde (www.sergioverde.com)

Correción textos: Esther Carretero

ISBN: 978-84-17400-72-9

Para más información sobre la presente edición, contactar a:

Editorial Alt autores

Henao, 60. 48009 Bilbao (España)

CIF: B95888996

www.altautores.com

Índice

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Capítulo diecisiete

Capítulo dieciocho

Capítulo diecinueve

Capítulo veinte

Capítulo uno

Había cumplido treinta y cinco años y no sabía si sentirse joven o viejo. Con esa ambigüedad confeccionaba sus días: unos atiborrados de experiencias que solo un cuerpo ebrio de locuras podía aguantar, y otros lentos, a medio vivir, pensando en la venta que se traía entre manos, enfermo de cansancio y enfilando resacas con soldaditos de Ibuprofeno para no perder su trabajo.

Para combatir esa tediosa vida que jugaba de lunes a jueves, Nacho adoraba la fiesta, se rendía ante los castigos y poderes del alcohol que le hacían ver a las mujeres más hermosas y divertidas de lo que eran; y a esas malditas noches en las que él mismo se transformaba en un cuerpo admirado del que estallaba una sonrisa con la que regaba encanto por esa boca con la que a todas, o a casi todas, enamoraba por horas.

La que no se creía el cuento era su madre, que a sus cincuenta y nueve años continuaba esperando que llegara el día en que su presumido hijo sentara la cabeza y, conseguido esto, de una buena vez decidiera casarse para empezar a encender cuanto antes la máquina de hacer hijos. Y mientras ese día llegaba —porque las madres por el mero hecho de haber fabricado a sus hijos muy internamente saben qué será de ellos—, Nacho gozaba de ser un matón de amores, un ladrón de sexo casual y un atareado coleccionista de orgasmos, afición que descubrió efectiva para calcinar los recuerdos y las montañas de amor convertido en fétido compost después de pasar tres años al lado de una mujer, una que lodejó contagiado de dolor, a la que despojó de su nombre y que cada dieciséis de marzo lo hacía llorar.

Todos los demás días, Nacho, que tenía calentita la máquina de reproducción, pero de momento forrada siempre en látex, insistía en complicárselos conociendo mujeres, arrebatándoles el cariño a mordiscos y bañándolas en besos tan excitantes como sus palabras de amor, usurpadas a Vallejo sin sus correspondientes comillas.

Era analista de banca de inversión y, según decían sus compañeros, de los mejores; un chico rápido y con una intuición de torero que le permitía entenderse con el riesgo para hacerle las mejores faenas, y así exprimir dinero con la venta de compañías sin preocuparse por la sangre que pudiera salpicar al desgarrarlas, fusionarlas o liquidarlas.

Los viernes, al terminar su jornada con los demás de su especie, gente que había empapelado su español con vocablos del inglés para enunciarlo todo y que le aburrían hasta el abatimiento, Nacho Corbacho salía disparado como una flecha hacia su casa, se arrancaba la corbata, se duchaba hasta que su pene olía a jabón y se iba a probar suerte en cualquier bar que estuviera a tono con sus deseos.Esa noche de noviembre lo que le apetecía era un bar en el que pudiera pescar a una chica como la que finalmente quedó enganchada a su anzuelo: Fini, una mujer de padre español y madre norteamericana, dueña de un estrafalario castellano que salía por unos dientes divorciados en los que se podía ver atascada la caña de pescar de Corbacho, y que convertían su escindida sonrisa en una provocación a los sentidos que, a coro, empinaron la fábrica de hijos de Nacho para hacerla suya.

Fini había entrado a ese bar para mejorar su español «de mierdo», pero ese viernes, y el sábado que le siguió, tras una convulsiva noche, lo único que ejercitó la rubia de cejas perfiladísimas fueron palabras obscenas del inglés gritadas una y otra vez con la misma cadencia que las más despernancadas actrices porno. Y a Corbacho le gustó confirmar que esas mujeres existían fuera de su portátil. Se divertía estudiando lo que unas y otras hacían durante los minutos de placer con él, por eso se aficionó al juego erótico que idearon un par de checas turnándose para dejarlo dos tallas más flaco; se deleitaba al recordar las irrepetibles poses que le enseñó una brasileña que no llevaba ropa interior; y soñaba con los azotes de melena de una que nunca le dijo su nombre y que en dos horas que les duró la cópula más animal no emitió el más leve sonido.

Todas saboteaban su mente con fragmentos de sexo. Y ese domingo, después de que Fini se despidiera en inglés con un par de uñas rotas, Nacho la incluyó en su memoria por sus edificantes lecciones de inglés y se dio cuenta de que nadie le había hecho sentir lo mismo que la innombrable, la misma que una vez desaparecida, hacía un año y medio, había convertido el sentimiento del amor en algo nauseabundo.

A Ignacio le habían dejado probar el amor a las carreras. Era una delirante combustión celular que no se extinguía cuando se agotaba la ginebra ni cuando consumía sin freno su último cigarrillo o, incluso, cuando la copia de Eva en su cama se empezaba a dormir y dejaba que su ajetreado pene pusiera su sábana de piel en señal de descanso. El amor era como estar enfermo y jodido porque creaba adicción, y el cuerpo cambiaba y la boca sonreía sin querer por horas en un hábito estúpido. El amor era como volver a ser niño y estar de cumpleaños todos los días.

Lo más difícil de entender de este amor fue admitir que una desconocida de sopetón se hubiera convertido en la criatura más relevante de su vida, en un ser caliente y apetecible, que sus extraños pies terminaran bajo sus mismas sábanas, su aliento en su boca, su pelo en la ducha y su ropa en las cuerdas del patio; y que todo este proceso fuese celebrado por dentro con creciente alegría, cada discusión apagada por besos largos de perdón... Y cada mañana le costaba creerse que todo esto le estuviera sucediendo a él.

A Nacho se le olvidaban con facilidad los nombres de las mujeres que llevaba a la cama y sabía que olvidar un nombre era una forma de convertirlo en silencio. Él se divertía proponiéndole a sus chicas que se dejaran llamar Victoria: algunas se lo permitían y otras pensaban que era una locura, pero en el ardor delsexo la mayoría se dejaba llamar de cualquier forma, y por lo mismo entraban en su teléfono móvil como Victoria_Padel, Victoria_Chile, Victoria_lunar_boca, o Victoria_MojitoyDiazepam.

Él sentía que su colección de mujeres era una debilidad heredada de su padre, el difunto Ulises Corbacho, un hombre que todos aseguraban que hasta su última hospitalización siguió siendo guapo y seductor y, por lo mismo, detestado por la fiebre de amores que contagió a las dos mujeres que se lo disputaron antes de que la muerte lo «cableara» por todos sus orificios.

La historia de Ulises Corbacho como galán comenzó muchos años atrás en su graduación como arquitecto a la que acudieron en manada sus familiares presenciando cómo una de las estudiantes, con el cartón en la mano, lo llamó maricón delante de todo el público. Ulises destapó al máximo sus ojos, pero no fue capaz de contestar ni una palabra porque su padre se precipitó hacia él y, ofendido en su orgullo Corbacho más genital, lo coloreó a bofetones y esa misma noche lo llevó de putas.

Y entre presionado y conmovido por lo que había escuchado, el tímido Ulises Corbacho consiguió su diploma como copulador con una mujer que, como una ilusión, desapareció de aquella casa de citas sin dejar ni su olor en los cajones de su ropa.

Desesperado al no encontrar a su prostituta y adicto al cigarrillo, el apuesto Ulises terminó por acceder a las artimañas de su madre para casarlo con Felisa Ballesteros, la hija de un banquero amigo de la familia. De aquella forzosa unión nació Nacho, quien tendió siempre a querer y admirar a su padre, aquel hombre que no había podido decidir nada en su vida y a mantener una relación de larga distancia con su madre, a quien le unía un trágico cariño vestido de pena.

En suma, la afición al sexo de Nacho derivaba tanto de Ulises como de Felisa, su exquisita madre con olor a laca de pelo, que cada dos días, en su llamada nocturna, alentaba a su hijo a que tuviera un bebé aunque fuera con una extranjera, «porque lo único que cuenta en esta vida son los hijos, de ellos no se puede uno divorciar y mucho menos pueden ser infieles a sus padres; ellos sí comparten la misma sangre, no como los esposos, que son un accidente tan azaroso y difícil de explicar como el mismo amor». A esa conclusión había llegado Felisa después de que su marido, Ulises, le confesara su histórico amor extraconyugal.

Y en ese rosario de sexo estéril, Nacho pasó de Fini a Rosana y después de la insaciable Rosana vinieron otras hasta que una noche de sábado, entre malas copas y cigarrillos de más, Nacho vio salir a una chica que al rozarlo para escapar del baño de hombres soltó una risotada que se le clavó dentro. Al cerrar la puerta Nacho pudo darse cuenta de que aquella chica de risa con aroma a fresas había olvidado su bolso en el lavamanos. Intentó atraparla, pero la muchacha se escabulló entre la gente y en cuanto cruzó por la puerta se metió en un taxi desvaneciéndose entre la luz mineral de la madrugada. Más de media hora tardó Corbacho en coger un taxi y al llegar a su casa abrió el bolso. La chica llevaba un llavero roto, una caja de chicles, un teléfono móvil destartalado y un documento de identidad que la presentaba como Virginia de Mayo, esto último hizo reír a Nacho antes de quedarse dormido.

A las ocho y diez de la mañana el móvil de aquel bolso empezó a sonar.

—¿Sí? —respondió Corbacho con voz de oso.

—Hola. Mira, soy Virginia, la dueña del móvil. ¿Quién eres?

—Soy Nacho. Tengo tu bolso también.

—¡Ya lo sé! Dime cuándo puedo pasar a recogerlo porque me he quedado sin llaves y no puedo entrar a casa.

—Puedes pasarte por la mía. No tenía pensado salir.

—Vale, Pancho, voy para allá.

Un cuarto de hora más tarde, la eufórica Virginia, con voz de no necesitar dormir nunca, llamaba de nuevo a Nacho desde un taxi porque había olvidado pedirle su dirección.

Los minutos que tardó el timbre en sonar fueron agónicos. Nacho los gastó en hacer la cama, lavarse los dientes, recoger los calzoncillos húmedos del tendedero, ponerse unos zapatos, darse cuenta que desentonaban con su ropa, y al final decidir recibirla descalzo. Una costumbre arriesgada que su madre hubiese tildadode pésima educación, pero que a él, como conquistador sin pudores, le había resultado infalible con su amplia cosecha de mujeres.

La mayoría de los hombres tienen los pies horribles, agarrotados, con penachos negros y peludos creciendo entre sus dedos, por no hablar de sus uñas que por lo general dan la impresión de haber sido cortadas por algún roedor, todas tan afiladas e irregulares que pareciera que cada una proviniese de hombres distintos. Pero los pies de Nacho no eran así, los tenía cuidadísimos, tersos como una bufanda de lana blanca y con las uñas redondas, perfectas, coronando sus dedos dibujados con primorosa simetría escultórica. Una lástima que al llegar Virginia con sus botas de mosquetero se los pisase hasta destrozarle el meñique. Nacho se quedó sin aire al tener de cerca a la chica electrizante, ahora más pálida de piel y con el pelo dos tonos más negro, oscuro como el universo.

Al recibir su bolso, la mujer le regaló la segunda de sus sonrisas y quizá la más desquiciante, porque mientras Virginia se movía con insólita comodidad por el apartamento revisando todo a golpe marcial de bota, Nacho empezó a sentir que su guarida se hacía más diminuta a cada paso que ella daba, y terminó por apoltronarse en el sofá cuando sintió que ese espacio le pertenecía más a la chica de Virginia de Mayo que a él mismo.

—Me gustan esas fotos —alcanzó a comentar la chica—, ¿son tuyas?Nacho, aplacando su agitada respiración, dudó si debía fingir una arteria de fotógrafo, pero prefirió decirle la verdad.

—Las fotos son de Fidel, un amigo. ¿Te apetece un té o un café?

—¡Vale! —respondió Virginia con la alegría de los que empiezan a disfrutar de un plan improvisado. El muchacho le calentaba las hormonas, pero apenas recibió su tacita verde de té, Virginia se lo tomó en tres sorbos.

—¿Se te ha olvidado otro bolso? —preguntó Nacho acercándose a ella con ojos de querer zampársela a bocados.

—¡Mis padres! ¿Hoy es 22, verdad?

—Sí. Domingo 22 —respondió Ignacio sin subir la mirada—. Juega el Manchester contra el Barcelona.

—Tengo que conducir tres horas para verlos. Hoy es la bendita comida del mes, la última se me olvidó y no sé si ya me habrán perdonado. Soy hija única, ¿sabes?

—No lo había notado —dijo Nacho.

—Bueno Nacho, más que encantada —lo despidió solo con un beso porque se produjo un tremendo chispazo al juntarse sus mejillas, y casi de un salto Virginia desapareció por el pasillo.

Nacho no podía mover su dedo del pie, pero no dudó en salir a tomar el aperitivo con su amigo Fidel; y cuando cojeó para comprar el periódico, y mientras siguió cojeando de bar en bar hasta terminar de ver el partido de fútbol casi borracho, se acordó de suextraña mosquetera, que iba a pasarse seis horas conduciendo para luchar contra sus olvidos.

—¿Pero no me dices nada?

—¿De qué? —le respondió Nacho a Fidel mientras intentaba zambullirse de nuevo en la conversación.

—Del trabajo que me han ofrecido.

—Ah. Pues si te pagan lo que te han dicho, hazlo. ¿Qué tiene de malo trabajar en una productora de porno?

—Ya te lo he dicho Nacho, no me apetece hacer carrera en ese mundo. ¿Te imaginas que aparece mi nombre y la gente empieza a saber que ando metido en esa industria?

—Nunca he visto que incluyan a los editores en los créditos finales en ese tipo de películas. Aparte, ¿quién se los va a leer? Esas pelis son como lo que comen los argentinos: el dulce de leche, con un poquito te basta. Si te preocupa mucho, pues cámbiate el nombre o ponte el de alguien a quien detestes.

—¡Por fin me das una idea cojonuda! ¿Qué tal anoche?

—Raro —respondió Nacho sin saber qué más decir—. Conocí a una despistada que terminó en casa esta mañana y que me tiene trastornado.

—¿Quién es?

—Tiene un nombre feísimo, se llama Virginia.Fidel empezó a reírse hasta que en el último minuto el Manchester empató y a los dos se les quedó cara de tontos; especialmente a Nacho, que no pudo ponerse de pie sin sentir dolor después de haber conocido a aquella mujer.

La chica de eléctrica sonrisa de fresas que sabía doblar el tiempo, hubiese podido tomarse tres tazas de té, comerse un par de pastelitos y hasta dedicarse a elegir alguna de las películas de Nacho antes de salir a buscar su coche destartalado por la velocidad, pero lo que descubrió en aquel apartamentito le anulaba su nerviosa voluntad por permanecer con ese encantador rescatador de bolsos. Virginia pudo oler los pensamientos de su cuerpo. Aspiró esos espirales de deseo por tocarla o por sentirla cerca y acostarse en su regazo de virgen posmoderna, pero no, algo le olió mal, a rancio, a engaño y a que estaba coqueteando con alguien que no andaba soltero. Sus ojos habían reparado en una mascarilla para rizos que había en el baño, no tardaron en ver aquella cajita de madera con pinta de joyero y en sospechar que las pastillas de algas que vio de refilón tenían toda la pinta de conjuro adelgazante pero, en cualquier caso, lo más insoportable vino al cerrar la puerta y encontrar que, en efecto, en su buzón del correo, Ignacio Corbacho aparecía acompañado por una tal Abril.

Virginia tardó más del doble de lo que solía en llegar al pueblo de sus padres porque los antojos la detuvieron: un poco de queso en una gasolinera, más tarde una caja de galletas, una ración de morcilla para matar el hambre y hasta cuatrocervezas se encargaron de hacerle más pesado el viaje, pero al final, y ya con el apetito escondido, entró en aquella casa oscura con olor a madera vieja y a cuadritos de punto de cruz vestidos con telarañas en la que creció y de la que huyó sin remordimiento tras anunciar que quería estudiar Bellas Artes.

Los padres de Virginia continuaban como dos cuadros, con la quietud hermosa de los viejos y la conversación anclada en los años anteriores, como si más que dos seres vivos fueran dos recuerdos. El cocido estaba bajo en sal, como desde el año 93 en el que algo por fin experimentó un cambio y los señores tuvieron que hacerle caso a la hipertensión.

En realidad, no eran tan viejos como parecían, pero la vida se había encargado de hacerles llover canas, de romperles la piel de pera amarilla con arrugas trazadas con cincel y, más que otra cosa, les había guardado los días de risas, juegos y paseos en un cofrecito que se les había perdido treinta años atrás.

—Estás muy flaca, hija —le dijo su padre.

—Peso lo mismo que hace diez años, papá.

—¿Y qué tal la exposición? ¿Se vendió algún cuadro? —susurró con voz parsimoniosa su madre.

—Dos, pero quizá sean tres —apuntó con orgullo Virginia—. La galerista me ha programado otra exposición para dentro de ocho meses. Me ha ido bien, y esta vez creo que sí os habría gustado.—No es que no nos guste lo que pintas —añadió el viejo tomándola de la mano—. Es que no lo entendemos. Tu madre directamente dice que tus pinturas están sin terminar, pero te apoya tanto como yo.

—Ya sabes que a mí me hubiese gustado que te quedaras con nosotros aquí en el pueblo. Muchas de tus amigas están trabajando: una está de maestra de escuela y la otra, la morenita, está encargada del vivero que abrieron en la carretera. Chicas normales no visten con esos trajes tan locos como los que llevas tú —sentenció la madre poniendo unos hojaldres en la mesa—, pero es que la ciudad es así: las manifestaciones, las tiendas, los bares, los novietes, los atentados y los inmigrantes... No hay tranquilidad como aquí. Pero bueno, así es nuestra vida, tenemos dos hijas y las dos decidieron irse de nuestro lado.

—¿Ya estamos otra vez? —dijo el padre golpeándose la frente.

—Deja papá, a mamá le viene bien hablar de eso.

—No es verdad, por el contrario, ahora anda hablando a todas horas de Virginia, que por cierto, cumplió treinta y cuatro años y no fuiste a verla al cementerio.

Virginia no necesitaba ir al cementerio a ponerle flores a su hermanita muerta. La veía y la sentía cada día. Sin embargo, por ironías del azar, el único lugar que su hermana muerta no visitaba, ni siquiera asomaba la cabeza, era la casa de sus padres. Allí no quedaban más que los vivos que, vistos desde lejos, mientras Virginia robaba frascos de mermelada de membrillo de su mamá, parecían dos almas inertes sufriendo por una desaparecida niña que seguía subiendo las escaleras sin jadeary que se mantenía en los mismos dieciséis kilos que pesaba antes de morir, sin necesidad de probar la comida.

Capítulo dos

Rosana no desistía. Buscaba a Nacho los domingos con la misma pasión de los miércoles y era incapaz de entender que el analista de banca no se desprendía del traje de oficina hasta que el viernes empezaba a mojarse con la tinta azul de la noche. La mujer se plantaba en las escaleras de su edificio con un paquete de cigarrillos light y aguantaba horas de frío e incomodidad hasta que por esa puerta asomaba el empleado estrella que la rechazaba con algo de culpa rebozada en deseo y que al final, después de suponer que no iba a ser posible hacerla desistir, le acababa dando media hora de placer con la condición de que no se quedara a dormir en su cama. Si incumplía el trato, le advertía, jamás volvería a darle sexo.

Rubia del tono 9.1, con los pechos grandes desde la pubertad y con un cuerpo modelado por privaciones, montones de productos y horas de ejercicio, Rosana se había matado por conseguir su figura de florero, su trasero en el que podía apoyarse en equilibrio un vasito de alcohol, y esos brazos delineados que la hacían parecer fuerte, pero que a Nacho jamás consiguieron engañarlo, pues intuía que Rosana sufría lo indecible y que su apariencia era una herramienta para descargar una tonelada de frustraciones y decepciones por haber perdido a su madre, de la que sabía solo cosas horribles.

La madre de Rosana no era una mala mujer, pero como mamá era una tragedia. A través de su generosa hermosura y su cérvix más que complaciente había conseguido casi todo en su vida: terminar el bachillerato regalando orgasmos,pillar el marido con el coche más caro que había visto y montar un novedoso imperio para cuidar el cuerpo con el que apiló una fortuna que le permitió sentirse exitosa hasta los cuarenta años. Su hija, que le deformó la silueta por casi dos años, era para ella un intento frustrado de «nenita clon». No solo había sacado la cara de pajarillo de su padre, con esos ojos aplastados y esa nariz de pico que tan tentada estuvo de mandar operar a la fuerza mientras dormía, sino que rehusó seguir sus consejos para modelar todo aquello que la disociaba del pájaro. Y entre la naturaleza, el reproche o el deseo de romper formas, la joven Rosana empezó a mostrar unos pechos grandísimos desde pequeña, pechos que colgaban como globos de leche y que cubría como podía con chaquetas y camisetas de artistas de rock, y empezó a acumular grasita de torso para abajo que la terminó redondeando entera, dándole una peculiar forma de caminar de pingüino que la acompañó siempre. A su padre las formas de Rosana le traían sin cuidado, él sentía que había heredado lo más importante: su gusto por aprender, por entender lo que otras ni con profesor entendían, y su capacidad para sorprender con sus preguntas.

Era curiosa. Tuvo la facilidad para hacer el único avión con hélice con peso inferior a 300 gramos que consiguió volar en su colegio, y se pudo dar el lujo de entrar en la facultad más prestigiosa de Estados Unidos para estudiar ingeniería mecánica, pero tres meses después de haber empezado el curso, su madre enfermó y, despojada de sus pechos duros de plástico y con una raja que le atravesaba el costado, se despidió de Rosanita con la condición de que cuidara de su padre y la promesa de que quemara su sobrepeso.

Lo cierto es que Rosana cumplió con la primera parte del trato a cabalidad. Se olvidó de hacer carrera en Estados Unidos y empezó a acompañar a su padre para que la soledad no lo devorara vivo. Pero aquel hombre experimentó un proceso de «frankeinsteinización» acelerado, su voz se le hundió en el cuerpo anestesiado, y sus escasos amigos dejaron de ir a visitarlo porque no concebían que el que fuera el mago de la industria farmacéutica terminara como un zombi hipnotizado frente a una caja de cenizas y tomando consomé de pollo, sin volver a tomar una decisión propia y viviendo de los beneficios de su compañía que otros, con menos acierto, dirigían.

Así que Rosana hizo lo que pudo por cumplir con la primera condición y congeló sus lágrimas cuando tuvo que empezar a pasear a su padre en una silla de ruedas. Vendió el gimnasio de su madre en el mejor momento y, cinco años después, se hizo cargo de la empresa de medicamentos paterna hasta que el cuerpo le aguantó. Aquella vida era un castigo sin premio, trabajaba sin descanso y por las noches llegaba fulminada para escuchar a su padre, ya senil y todavía enamorado de su difunta esposa que, si bien como madre nunca iba a pasar a la historia, como mujer sí marcó su territorio con el mejor pis.

A los cuarenta y un años, Rosana, hastiada de entregar su vida, su cerebro y sus horas de sueño a lo que llamaban familia, arrancó a llorar. No había saboreado más que veinte besos tristes, no había tenido un solo novio porque trabajabamucho y daba la sensación de que nunca se fijaba en el espejo. Toda ella era para los demás, convirtiéndose en esa obesa que fumaba sin parar y que bebía sola en su cuarto cuando se aproximaba su maldito cumpleaños.

Pero al cumplir cuarenta y dos años edad —la edad en la que su madre se convirtió en esas cenizas que alguien removía a diario esperando encontrar respuestas— Rosana tomó el primer paso para renovarse tanto que ni ella misma pudiera reconocerse. Invirtió parte de su dinero en despedazar todas las letras de la palabra «sobrepeso» en su vida y mandó al infierno a la compañía de su padre subastándosela a la competencia. Fue así como la báscula de Rosana conoció los 49 kilos, las estrías de haber perdido un montón de pellejo desaparecieron por medio de la cirugía plástica, entró con temor a la peluquería para ser tan rubia como la señora de la foto, y se dedicó a buscar dentro de su cuerpo las líneas perdidas de su madre hasta que, con el tiempo, alguno llegó a decir que alcanzó a superarla. La cara no se la tocó por su mala cicatrización, continuó con su pico de pajarito y aprendió a sacarle provecho al maquillaje para que sus ojos no parecieran dos bolitas sucias de plastilina. Y cuando el proceso de reconversión terminó, puso su cerebro en remojo dentro de un cuerpo soñado, y con esa acción condenó su bendecida cabeza a quedarse con las mismas preocupaciones de su madre, convencida de que podía llevar ambas vidas sin que su personalidad se fracturara.

Se sintió lista para su segunda relación sexual, pues la primera había sido un compendio de tirones dolorosos que le dejaron una inquietante duda de saberse lesbiana, pero mientras llegó el día de comprobarlo hizo uso y abuso de consoladores de grandes tallas y juguetitos sexuales que compraba siempre que viajaba a Londres.

De no conocer el tacto de los hombres a los cuarenta y dos, podría decirse que a los cuarenta y tres se había acostado con ciento y pico tíos menores que ella. Ofrecía con sensualidad sus pechos carnosos que caían como bolsas blancas y pesadas sobre sus costillas y le encantaba excitar a los hombres desde su cama haciendo muestras de todo lo que ella y sus consoladores habían aprendido a hacer en veintidós años de juego, aunque para eso necesitara muchas veces de algo de alcohol o incluso de cocaína. El trabajo se convirtió en su pasatiempo, y para tener un oficio que pudiera darle una ventaja a su carrera por capturar esa belleza que siempre la había esquivado, montó un centro de adelgazamiento y masajes con todos los lujos.

Y su padre, al ver que su hija le empezaba a recordar cada día más a esa madre de cenizas, mantenía ligeras dosis de felicidad al verla, pero era poco lo que Rosana pasaba por la residencia de ancianos cinco estrellas donde terminó recluido.

La insatisfecha Rosana se obsesionó por las posibilidades del sexo y empezó a practicarlo como un deporte, casi a diario y con chicos distintos. Le gustaban los jóvenes inexpertos a los que sentía que debía adoctrinar. Por eso terminó contratando a un chico de dieciséis, que le presentaba muchachitos con la libido saliéndoseles por los ojos, humanos tan jóvenes que estrenaban su virginidad y sus eyaculaciones veloces con ella. Para ponerlos a prueba les untaba el escroto con cocaína y así conseguía enloquecerlos y hacerlos estremecerse de creciente deseo. Al llegar el verano descubrió excitantes los tríos y para provocarlos sacaba citas con jóvenes a diferentes horas, de forma que el que llegaba el último se encontraba las llaves en la puerta, y una flamante escena sexual lo invitaba a lanzarse en plancha sobre el colchón. Ninguno de los doce chicos que fueron sometidos a esta prueba se resistió a formar parte de su inacabable juego.

Rosana también empezó a entretenerse con las clientas que solicitaban sus manos de seda para masajearlas y pasar sus dedos aceitosos por sus pantorrillas y sus ingles nerviosas. Alguna que otra, al percibir cierta excitación, le pedía que cerrara la puerta con cerrojo para que, además de dejar correr sus melosos dedos por sus vientres, siguiera bajando para hacerlas estremecer con sus caricias y lengüetazos en la vagina, siempre con la condición de que las chicas que se lo pedían con bastante frecuencia no gimieran profundamente a la hora de llegar al orgasmo. Las primeras veces Rosana lo hizo sin esperar nada a cambio, pero luego una de ellas, la que más disfrutaba, empezó a ir al centro para darle placer a Rosana, y así se fue convirtiendo Rosana en un pequeño monstruo dependiente de la droga del sexo de todos los colores.

Capítulo tres

La maldición de Virginia se conjuró antes de que ella existiera formalmente, es decir, el día en que su hermana mayor murió. Lo que empezó con una fiebrecilla y una manchita en sus mejillas en forma de mariposa roja, terminó por transformarse en un lupus de una voracidad tan incalculable que la consumió antes de que la pequeña pudiera mostrar su hermosa sonrisa con dientes que no fueran de leche. En un verano su largo pelo azabache se había ido cayendo hasta que su madre confirmó que se había quedado calva y, al sentir que su último pelo se le movía como se mueven los hilos descosidos de la ropa, supo que iba a dejar de sentir el calor en sus manos blanditas y el olor a leche frita de su aliento.

Casi un año después de que la pequeña Virginia fuese enterrada en un ataúd diminuto, su madre descubrió con ilusión que su vientre se movía involuntariamente. El padre, en cambio, reaccionó con una tristeza contagiosa ante la noticia de que esperaban otro hijo.

El parto fue rápido y la mujer, que ya sabía resistir los latigazos de las contracciones con unos soplidos feroces, lloró de dicha al ver la cara de su hija bañada en sangre caliente, y en aquellos ojos de topacio negro y en su boca hambrienta reconoció a su hija Virginia. El pueblo hizo silencio al conocer que la pequeña iba a recibir el mismo nombre de su hermana muerta, pero con resignación le bordaron el mismo ajuar que a la primera y, por alguna respuesta social que no se supo si fue consensuada, empezaron a mezclar las imágenes de la fallecida con las de la niña viva y, cuando suspiraron de alivio cuando esta últimasopló las velas de su cuarto cumpleaños, pudieron hacer una simbiosis perfecta entre ambas Virginias, hasta el punto de no llegar a mencionarlas por separado jamás.

Por el contrario, los padres de Virginia jamás superaron el haber sepultado a una hija y, aunque la segunda les parecía también graciosa y casi tan guapa como la primera, siempre fue vista como una mímesis coja de la Virginia original y nunca se esforzaron por ocultarlo: le dieron su mismo cuarto, los mismos lápices de colores, el mismo puesto en el comedor y, para hacer de la comparación una forma de vida, su madre puso las pocas fotos que había tomado de su primogénita en marcos que compartía con la segunda. A la que seguía viva le hablaba de la pequeña como un modelo perfecto a seguir, le corregía su forma de hablar, de reírse y hasta de patalear, para que le saliera lo más parecida posible a su Virginia muerta. Lo que no sabía esa madre es que, con el fin de desmarcarse de una vida prestada, la viviente Virginia de Mayo un día decidió ser única, totalmente distinta a aquello que se esperaba de ella.

Empezó a descubrirlo la primera vez que su hermana se le apareció cuando tenía seis años, quizá intentó hacerlo antes, pero lo cierto es que Virginia no consiguió verla hasta que tuvo esa edad y pudo encontrarle explicación a esa ventana que se abrió sola después de que su madre la llamara encolerizada en una noche de verano —estación a la que la pequeña Virginia, esa que no pudo llegar a crecer, profesaba un odio tan inclemente como el infantil—, a ese ramalazo de jazmines que sentía en sus cuadernos cuando hacíalos deberes y a esos horrorosos gritos al despertar que hacían retumbar los cimientos podridos de la casa y que, según parece, se debían a que algo se le metía a la pequeña por la garganta hasta extinguirle el aire.

Con los años, las apariciones, desapariciones y la costumbre, supo que su hermanita no era tan mala como le pareció al principio, pero estaba a noventa reencarnaciones de convertirse en beata, como la creían sus padres y, además, jamás iba a cumplir ni treinta y cuatro, ni treinta y cinco años, como sus padres recordaban con llanto: la pequeña Virginia iba a ser para siempre una criatura de cuatro años, juguetona, risueña, pero al mismo tiempo enfermiza y dolorida.

Cuando la pequeña se despertaba con buen pie y charlatana destapaba confidencias de la gente del pueblo o de los compañeros de clase de su hermana, pues la mayoría de los días se animaba a salir de casa para acompañarla a sus clases de grabado o de fotografía: le parecía apasionante el cuarto oscuro en el que se divertía haciendo virguerías para enloquecer al pobre profesor Aranguren cubriendo con su cuerpo, casi invisible, la ampliadora hasta volver borrosas las fotos, o sumergiéndose en los líquidos de revelar hasta cambiarles la composición; tonterías que a nadie parecían preocupar mucho, pero que a Aranguren le estaban costando horas de insomnio.Virginia de Mayo le repetía que no tenía ningún interés en conocer detalles íntimos de sus amigas de la Facultad, o en enterarse de que el panadero hacía unas cosas en la cama que a la niña le parecían muy extrañas, pero sabía que lo que su pequeña hermana podía «ver» le iba a servir de mucho en algún momento; y no se equivocaba.

Aún así, la insaciable curiosidad de su hermanita mortificaba a Virginia, quien consideraba que debía estar prohibida la muerte de los más pequeños, pues, los que seguían apegados a este mundo tenían que vivir con su escasa comprensión, sus limitados juicios y su conocimiento prematuro: una injusticia, porque el mundo no es lugar para ellos y tienen que deambular por él llenos de dudas y corrompiéndose con las libaciones de los adultos, viendo, a diario, un cabaret infinito de golpes, insultos, pecados capitales y todo un cosmos íntimo de atrocidades ocurriendo en las casas y en sus esquinas: un enorme muestrario de la escatología humana para el que no existía censura previa.

—Estoy segura de que papá no hace lo que hace el panadero con mamá —dijo esa tarde la pequeña.

—Vamos a ver, ¿y tú para qué sigues husmeando en lo que hace el panadero? —le recriminó Virginia intentando contener la risa mientras frenaba el coche.

—Porque todo el mundo se cree que él está tan contento con su mujer, pero nadie ve que por la noche se pone detrás del chico que le ayuda con elpan y terminan ambos gritando como si les doliera mucho el estómago. Además, se les pone el pito grandísimo. Yo creo que papá no lo tiene así.

—Eso es mejor que no lo sepas. Además, como no quieres ir a ver a nuestros padres, pues ese detalle no te lo puedo contar yo. Con lo curiosa que eres, sigo sin entender por qué no quieres visitarlos.

—He pensado que quizá entre en casa en la próxima comida, es improrrogable.

—¿Y a ti quién te ha enseñado esa palabra? —preguntó Virginia invadida de asombro.

—La dice siempre el profesor Aranguren. El pobre, me cae bien. Además, tú le gustas mucho. Eso se lo dijo a otro profesor, uno que se mancha con café el bigote.

—Sí, ya sé quién es. Pero Aranguren es un poco mayor para mí —dijo susurrando Virginia al tiempo que guardaba su mochila en la taquilla y otros alumnos la miraban divertidos al confirmar que hablaba en soliloquio.

—Aranguren está tan coladito por ti que se hacía cuatro estaciones de metro de más para verte cuando dejamos el coche en el taller.

—¿En serio? —preguntó aplacando el grito Virginia, mientras veía que su hermanita se sentaba a pintar con el dedo y se desvanecía a la misma velocidad con que ella clavaba su atención en el aturdido Aranguren.

Virginia ya no sufría como antes al ver que su hermanita no podía pintar, ni tan siquiera rasgar el papel, probar las galletas que muy rara vez horneaba la abuela o elcocido soso de su madre, encender la televisión, ni mucho menos llamar el ascensor. En cambio, podía subir las escaleras sin hacer sonar los pies —porque eso de que los muertos se desplazan sin mover los pies es una inocentada de las películas—, bajarse del coche si se aburría en un atasco o dormir de pie si se cansaba de ver tanto el mundo. Por lo que había deducido Virginia, los muertos no se cansan físicamente porque no tienen ningún órgano para fatigarse, pero eso no los convierte tampoco en súper hombres voladores. Cuando desaparecen o se hacen invisibles en este mundo se debe a que se desconectan de él, estado en el que no ven ni luces ni sombras y que, según se lo había explicado con su lógica infantil la pequeña Virginia, se corresponde con la sensación de estar dentro del ataúd en el que entran al morir: un lugar en donde no se escucha ningún ruido, perfecto para dormir si se está vivo, pero que a su hermana, una menudencia de cuatro años, le parecía un sitio aburridísimo en el que solo estaban sus huesos.

La apertura de aquella famosa ventana era algo que le causó tanto miedo a la niña que le quitó las ganas de volver a pisar su casa. Según ella, la ventana se abrió cuando su madre pasó por allí y dijo su nombre con tanta fuerza que hasta el vecino supo que no estaba llamando a su segunda Virginia sino a la primera. En ese momento, la pequeña Virginia se estremeció al ver que su silueta se movía sin su consentimiento y la ventana se abría de par en par dejando pasar el soplo hirviente de un julio abrasador, obligando a la pequeña a ponerse ante los ojos de su madre, con la mirada inyectada en rabia como perra enfurecida.

Capítulo cuatro

—¿Pero entonces, la llamo o no la llamo? —preguntó Nacho a Fidel palpándose los brotes de barba.

—Mañana es viernes. ¿Qué piensas hacer? —dijo Fidel diluyendo un copo de wasabi en la soja.

—Me gustaría verla otra vez, pero no voy a ir a esa discoteca para ver si la vuelvo a encontrar en el baño de hombres, me sentiría como un idiota.

—Llámala. ¿Hace cuánto que no invitas a una chica a salir?

—A la única que he invitado a salir ya sabes quién fue.

—¿Desde… aquella? —aulló Fidel—. Pues sí que ha pasado tiempo, sí. ¿Te acuerdas de cómo se hace?

Hasta el hecho de ponerle puntos suspensivos a la innombrable le seguía produciendo escalofríos a Nacho. Su antigua mujer se había convertido en una borrasca furiosa del destino, en una piel de sabores imposibles, en unos ojos de un marrón extinto y en un bendito vientre acolchado que se podía besar un sinnúmero de veces porque, aunque pareciera un vientre con cojines de grasa, fue el que realmente le permitió doblegarse ante una mujer, entregarse erizado hasta la última gota y llorar, extasiado y atontado, por necesitarla más que al agua.

Todo ese sentimiento en ebullición continúa después de tres años, hirvió y solo dejó una costra de recuerdos. Cuando ella le dijo adiós, su fantástica piel de azúcar se fermentó hasta volverse un tejido putrefacto de fruta desesperada y, en cuestión de horas, se derrumbó el altar que Nacho había levantado para ella, para adorarla hasta más allá de lamuerte. Un dieciséis de marzo, al dejar de escuchar su voz, esa que creyó que oiría hasta conquistar la vejez, Nacho se vio a sí mismo como un pagano adorando un colosal templo de mierda. De su naciente diosa de caca —la misma que en una cafetería le soltó que había dejado de quererlo— conservó sus falsos ornamentos, ese joyero en el que ahora guardaba los condones y lo que no le permitió sacar de su ropero: unos zapatos y dos camisas que le prestaba a sus ninfas de viernes a domingo para hacer rabiar al demiurgo de sus amores, al que encabronaba hasta convertirlo en un ángel espantado de tanto orgasmo programado; tan seco, que se quedaba dentro a la espera de un útero que no apestara a alcohol.

—Mañana después del trabajo la llamaré —concluyó Nacho después de colgar a su indigesta madre, quien continuaba hablando de esa nieta a la que pensaba llevar a una cabaña en la Polinesia francesa.

Virginia se estaba quitando las botas cuando sonó el teléfono. Había pensado en Nacho como se piensa en un examen, con la incómoda sensación de tener un asunto pendiente, asunto por el que ya había discutido un par de veces con su hermana. Mientras Virginia, la mayor, percibía a Nacho como un claro candidato para deshidratarla de amor por la viveza con la que convivía con un romance del pasado —o tal vez más de uno—, la pequeña Virginia había experimentado la sensación de que ese chico le gustaba. Afirmó que le habían puesto unos ojos verdes preciosos, del color de las botellas, ojos potentes como los de los niños y que,por primera vez, alguien en su vida le parecía digno de su hermana y de ella misma; por eso cuando sonó el teléfono corrió al cuarto de su hermana para decirle que era Nacho quien estaba llamando.

Virginia intentó hacerse la sorda, dejando que el bendito aparato sonara y sonara, y cuando Nacho llamó de nuevo a los cuarenta minutos, más nerviosa que emocionada, aceptó ir esa noche al cine con él. Por ser una película para mayores de edad, tuvo que prohibirle la entrada a su hermana quien, poco acostumbrada a la censura impuesta por su única autoridad, se quedó llorando en casa, pataleando sin producir el más mínimo ruido en el piso de madera, y con los mocos escurriendo por su cara.

Con su abrigo negro y el pelo intencionadamente despeinado llegó Nacho a las taquillas del teatro. Sacó un cigarrillo y, segundos antes de encenderlo, apareció Virginia con el pelo recogido en un moño y luciendo unas botas de tacón que la hacían más alta que él.

En lugar de las típicas palomitas infiltraron una caja de chocolates rellenos, y en lugar de refrescos compraron un par de latas de té helado. La película resultó larga para ambos y Nacho, que no sabía dejar volar el tiempo, se dedicó a hacer una lista de restaurantes con cierto tufillo hippie para llevarla a cenar. Sin mayores rodeos y dejando claro que no le gustaba la pasta, Virginia lo convenció para que escogieran un restaurante indio en el que la conocían y donde servían el mejor curry de la ciudad.—¿Tienes hermanos? —preguntó Virginia al recibir su pan de queso.

—No. Mis padres no se quisieron tanto como para cometer dos veces el mismo error —respondió Nacho como si llevara años esperando soltar esa frase.

—Eso sigue pasando. Yo tampoco sé cómo describir el amor de mis padres. Cuando era menor los percibía como una pareja de enamorados, pero ahora los veo como dos animalitos enjaulados que se miran atónitos desde sus mecedoras. Dudo mucho que tengan relaciones.

—Mi madre enviudó hace unos años, pero no tiene la más mínima intención de buscar pareja. Y cada día creo que es más infeliz, la pobre —añadió sin vergüenza Nacho.

—Pues yo pienso que si alguno de mis padres desapareciera, el otro despertaría un poco.

—Por cierto, ¿qué tal te fue en tu comida? ¿Llegaste a tiempo? —recordó Nacho.

—El cocido de mi madre sigue estando bueno, un poco soso, pero bueno. Y yo cada vez que voy a verla me convenzo más de que es esa jodida casa la que los mantiene así de mal.

—¿Están enfermos?

—Digamos que sí. Ninguno de los dos parece entender que se les murió una hija.Nacho pidió una cerveza y se mordió tres veces la lengua para no preguntar nada sobre el tema que le parecía demasiado íntimo, pero vio a Virginia hablando con tanta naturalidad de su hermana y hasta cierto punto dibujando un puntito de alegría al referirse a ella, que le llegó a parecer macabra; algo que, lejos de hacerle perder puntos a Virginia de Mayo, se los multiplicó. Por suerte estaba la mesa para ocultar esa protuberancia que se hinchó en sus pantalones, incómoda por lo inoportuna y por ese tamaño tan tremendo que no consiguió reducir en veinte minutos de tensión y salivación excesiva.

El postre llegó medio derretido: una bola de helado de mango para cada uno. En el momento en que Nacho estaba recogiendo con la cuchara el último sorbo de crema amarilla, la pequeña Virginia ocupó el asiento de al lado.

—¿Qué tal la peli? —preguntó molesta.

Virginia, que había empleado veintitrés años de su vida en enseñarle a su hermana que no interrumpiera las conversaciones, se limitó a contestar como pudo a Nacho mientras intentaba espantar a su hermana. El empleado de banca empezó a sentir a su compañera desesperada: parecía como si algo de su ropa le picara, batía la servilleta sin venir a cuento, sus mandíbulas bruxaban y, de repente, reía como una diva en pleno trastorno bipolar.

Al ver que le había estropeado la cena a su hermana, la pequeña Virginia desapareció y la mayor, convencida de que Nacho no había notado nada raro, salió tan campante del restaurante, como si nada, arrastrando su abrigo para ir a tomar unas copas.—No bebas más —dijo de pronto la pequeña Virginia cuando tuvo la oportunidad de asomarse al oído de su hermana en el baño.

—¿Qué hemos dicho Virginia? ¡Ni bares ni piscinas, joder!

—Ya lo sé. Pero es que ya estás borracha.

—Eso a ti no te debería importar. ¿Qué pasó con tu amiguita? —preguntó Virginia.

—Sofía, se llama Sofía. Pues justo este fin de semana se tuvo que marchar con su madre.

—¿Y no te invitó? —preguntó con una carcajada Virginia.

—No.

—Vale, vete a casa. La tele está puesta desde ayer.

—No quiero ver más tele. Es que ahora pasas de mí, hace dos días que no me cambias la página del libro.

—¡Perdona! Pero es que si no me lo dices, no me acuerdo. —Y para sus adentros pensó que hubiera sido mejor no haberle enseñado a leer.

—Antes no era así —dijo canturreando la pequeña, con el rostro más pálido que la nieve, señal de que se estaba sintiendo enferma otra vez. La enferma imaginaria, que era como se podía enfermar la pequeña y frágil Virginia: primero empalidecía, luego se le iba la voz, y horas más tarde empezaba a quejarse por las calenturas de la fiebre, también imaginaria y, por último, ocurría algo que ni su propia hermana podía soportar.Con el maquillaje retocado con su pulso tembloroso y con el aliento refrescado por dos chicles de fresa, Virginia continúo bailando con Nacho en aquel barcito cubano en el que un moreno de menos de metro y medio enseñaba a las parejas el «dile que no»: el paso cubano más básico para iniciarse en la salsa de salón.

Entrelazaron sus manos, un poco sudorosas, y pegaron todo el tiempo sus mejillas como cortinas de piel. Virginia pensaba que era pronto para cederle su boca, pero se le escurrían las ganas de besarlo. Empezó a menear su cintura dando ochos sensuales y Nacho puso su efervescente mirada con poderes para enloquecer a vivas y muertas, y pensó que, así, conseguiría un polvo de los buenos.

La noche se cerró en casa de Virginia. Nacho entró a su cuarto pintado de cabo a rabo de color rojo y negro con letras chinas y, mientras paseaba sus ojos por esos trazos que semejaban pájaros negros. confirmó que ahí mismo abriría su piel de pergamino; pero instantes después de que Virginia entrara y apagara la televisión cayó, cual princesa envenenada, con ropa y botas sobre su cama doble. Nacho, que no quería irse hasta confirmar que eso había sido todo, le soltó el lacito que le enmarcaba la cintura y se fue al salón a revisar, sin pudor. los curiosos trabajos manuales de la chica, los libros infantiles de su estantería, las fotos que tenía colgadas... y cuando vio que no tenía con quién hablar ni a nadie a quien abrazar, se fue.

Caminar podía haber sido el remedio para olvidar esa cara de niñata sexy y esos ojos de tierra húmeda: preciosa Virginia de piel brillante, de cuerpo para tocar por horas… Y cuando su mente no le permitió borrar la nítida imagen de Virginia ni por un minuto, supuso que se estaba enamorando. ¿Tan rápido? —se preguntó a sí mismo mientras rascaba su cabeza, recordándola aún cuando no quería verla más. Elevó sus ojos para limpiarlos de imágenes y enseguida Virginia se le apareció a la perfección como si fuera imposible cambiar el canal.

Como buena hembra humana, Virginia supo sacar ventaja de su posición dominante sobre Nacho y si bien sus primeras llamadas fueron recibidas con silenciada euforia, las siguientes fueron rechazadas por el azar. Esa reacción le provocó al muchacho una mayor necesidad de su voz en directo, de su respiración y, sobre todo, de su risa que funcionaba como un cohete hacia los placeres en Nacho, que colgaba atacado de angustia y marcaba a cualquier hora cuando esos ojos y esa risa perdida le sacudían la mente hasta que le dolía; porque si pensar en algo puede doler, intentar no pensar en ese mismo algo puede doler el doble.

Una semana después de imaginarla a la fuerza, quiso cortarse la cabeza para no tener que pensar más en Virginia de Mayo y, para recordar vagamente su olor, se compró una caja de chicles de fresa como los que ella se solía llevar en la boca, pero, en lugar de masticarlos, Corbacho empezó a tragárselos uno a uno.

Sus ventas se congelaron. Su jefe lo atribuyó en un principio a la situación de crisis económica global, a los pésimos balances de la bolsa, y a los escándalos de corrupción que se cantaban con preocupación en los diarios, pero lo cierto es que el analista debanca estaba cometiendo errores inadmisibles en alguien con su posición y su desmedido prestigio. Su mente se anudó con ideas absurdas de si su querida Virginia había sido una víctima más de las autovías del mundo, o de si había recibido el beso de la muerte mientras veía la televisión en la cama.

Después de llamar a su puerta como un animal y de pasarse un lunes entero frente a su portal para ver si la veía salir, pendiente de los rayos de luz que sin parar emitía la televisión en su apartamento, y con la incómoda certeza de que Virginia lo había visto un par de veces por la ventana, el atormentado Ignacio desistió.

—Me voy de vacaciones —confesó a la mañana siguiente con el aliento manchado de cigarrillo.

—¿Y eso? —respondió Fidel desde el autobús.

—Me han exigido que me las tome. Tengo ocho días para ir donde yo quiera.

—¿Pero estás bien? Es la primera vez en más de diez años que te piden que te largues de vacaciones. Y pensar que cuando nos hemos querido ir juntos nunca te las han dado. ¿Por qué no miras algo como las Islas Mauricio o Sudáfrica? Me han recomendado ambos sitios.

—Ya he estado en Sudáfrica y no me apetece ir a ninguna isla. Sinceramente, ¿a dónde irías tú, Fidel?

—Bueno, ya sabes, mi sueño está en la República Checa. En el famoso reino prohibido. No pienso morirme sin visitar ese castillo de mujeres dominantes. Después de reírse a carcajada limpia —la primera en ocho días—, Nacho le dijo que en lo único que no había pensado en una semana era en sexo.

—Entonces no estás mal, estás fatal —tosió su amigo Fidel—. ¿Quieres que nos veamos cuando termine de editar?

—Pasaré por tu casa a las nueve —afirmó Nacho antes de colgar.

Para contener el creciente impulso de llamar a Virginia, Nacho tiró su móvil en un contenedor de basura. Hacía frío, salía un chorro de vaho blanco cada vez que respiraba por la boca, y con la exposición de una hora al aire del parque se resfrió. Aquella mañana terminó en una librería de ocasión. Se entretuvo revisando ejemplares polvorientos, leídos por cientos de ojos: libros viejos, gastados y prescindibles para los que fueron alguna vez sus dueños. Se compró uno de Auster y le dedicó cuatro horas de intensa lectura. Ahora el tiempo le parecía una invención inmanejable, larga, pesada y tupida porque crecía como el césped en su soledad.

Faltaba mucho tiempo para que dieran las nueve. No tenía ni idea de qué hacer fuera de la oficina, sin esa llamada urgente, lejos de esa presión por apostar por la decisión correcta, de esos millones dibujados en Excel y de esos cinco minutos para el café que siempre parecían cortitos, pero eran los justos para sentir que tenía un racimo de asuntos vitales por resolver. El tiempo de lunes a viernes durante los últimos diez años se había medido en ceros unidos a otros ceros en cadenas de trece, catorce y quince: contaba el dinero como si fuesen uvas. Qué importante se sentía cuando su pecho se hinchaba al ser considerado necesario porque atendía a cuatro emisores simultáneamente, porque intuía que todas las compañeras querían tener sexo con él, y loscompañeros lo miraban con el gesto propio de estar ante un futuro millonario que se paseaba por los pasillos afirmando, con unas galletas de avena en la mano, que no tenía ni tiempo para comer. ¿Cómo era posible que ahora pudiera leer sin detenerse, como los abuelos o las recién paridas?

Entre tanto, Virginia se encontraba en casa de sus padres resistiendo el frío que bañaba la cara de ese pueblo diminuto y rogándole al destino para que esos dolores que le quemaban el estómago a su padre y lo hacían devolver la comida a baldazos no fueran síntomas de cáncer, palabra que se mencionaba con los ojos cerrados porque en esa casa los enfermos traían de la memoria la última foto atroz de la pequeña Virginia.

Y junto a su madre, que ahora parecía una figura de Modigliani, con la cara alargada y reteñida de negra tristeza y llanto, se sentaron frente a una televisión del Paleolítico que travestía los colores y convertía las escenas del telediario en sucesiones de planos puntillistas. Todo era tan viejo, tan increíblemente viejo en aquella casa, que los enchufes seguían siendo los de la era anterior y los electrodomésticos, ejemplares de anticuario de aquella era de 120 voltios, rivales de diseño del teléfono móvil de Virginia que al llegar con una rayita de batería se vio relegado a apagarse dentro de la maleta.

El doctor entró al salón masajeándose el cuello y meneando la cabeza, se detuvo cerca de la madre de Virginia para confirmar el horroroso presagio de laenfermedad con tilde en la «a». Ajustó la puerta de la calle para que juntas, madre e hija, con las piernas en el brasero, lloraran, se besaran y gritaran de rabia al pensar que el viejo de la casa no iba a llegar a sus bodas de plata ni a la exposición más importante de su hija y, quizás, ni siquiera a la Navidad.

La pequeña Virginia no se enteró de que su padre iba a morirse pronto porque incumplió su palabra de entrar a la casa y, aprovechando que casi ningún mortal podía ver su estado decrépito, se pasó ocho días vagando por las calles, leyendo portadas de periódicos, espantando palomas de las plazas y entrando y saliendo al metro para llegar puntual a la clase del profesor Aranguren, al que empezó a ver como un señor entrañable y un gran maestro, un poco melancólico y llorón; aunque esa parte no pensaba contársela a nadie.

Ya no gastaba inútiles horas viendo la televisión porque se había pasado media muerte pegada a ese aparato, llegando a culparlo por haberle hecho perder su niñez, por hacerla sentir que no podía comprar ninguna de esas muñecas llamativas que orinaban y por acumular kilos de ilusión esperando lo que vendría después de esos anuncios tan tontos. Lo cierto es que a la pequeña Virginia los programas infantiles le parecían un insulto a su inteligencia y a la de los niños vivos, de paso. El único espacio que aceptaba su censura era uno dedicado a la ciencia, un programa que incluía entrevistas en inglés y que no hería su sensibilidad porque la hacía aprender un montón sobre cosas que su hermana consideraba poco propias para su edad, porque le habían hecho cuestionarse siera posible materializarse, viajar en el tiempo y empezar a dilucidar la teoría de redes del universo.

Le había hecho poco caso a su hermana, quien le había fotocopiado Gulliver, hoja por hoja, desperdigándolas meticulosamente a lo largo del corredor, dando vuelta en la cama y empapelando hasta el techo de la cocina: sesenta y tres folios puestos como una serpiente de papel por toda su casa para que se pasara los días leyendo; pero la niña Virginia no quiso desperdiciar esos ocho días encerrada, y pedirle a un fantasma que se quede en casa resulta inútil.

Esa noche, cuando Virginia terminó de guardar los frascos de mermelada, se estremeció al toparse con su hermana menor. La había visto así de mal decenas de veces, pero le costaba acostumbrarse a ese aspecto tan enfermizo, a esa piel de oblea rota, esos ojos reventados por la fiebre, esa boca plagada de llagas purulentas y sin un pelo en la cabeza para disimular tanto espanto. Esta vez hasta los dientes se le cayeron y solo le quedaron dos piezas amarillentas que se intuían cuando hablaba con la voz a punto de extinguirse aplacada por los mocos.

—¿Por qué has tardado tanto? —le preguntó la pequeña sentándose en el taburete de la cocina.

—¡Caray Virginia!, esta vez te has quedado hasta sin dientes.

—Muy graciosa. Pues tú tienes mucho que ver con mi depresión —respondió la niña sacando la lengua.—No me hables de depresiones. Tendrías que ver a mamá. Pero no, como la niña no ha querido ir a verlos, pues no se ha enterado de que papá se está muriendo.

—¿Es en serio? —preguntó la pequeña mordiéndose sus labios tostados como cortezas de cerdo.

—Tiene cáncer —respondió con la garganta llorosa Virginia.

—¡Pobre papá! Si supiera que ni muerto se le va a quitar.

—Mejor que no se entere. Aparte, lo mismo papá sí se muere del todo.

—¿Quieres decir que yo no estoy del todo muerta? —gritó llorando la niña.

—Muerta estás, pero me preocupa que no haya más muertos como tú. Yo solo te veo a ti. ¿Por qué?

La pequeña aumentó la carga de su llanto y la voz se le agotó en un graznido ronco. Ese tema era el que le destapaba sus peores temores y odios hacia sí misma, el génesis de su tristeza y del proceso de decrepitud que le cambiaba el aspecto para recordarle lo que había sido su paso por el mundo. No poder ver o sentir a los demás muertos la perturbaba horrores; casi tanto como Virginia la perturbó ver a su hermana difunta a los seis años. Pero la diferencia estaba en la edad evolutiva; mientras Virginia de Mayo lo había elaborado con el paso del tiempo, la madurez de sus neuronas y la transformación de su cuerpo, la niña Virginia seguía padeciendo el miedo irracional a la soledad y se preguntaba por qué había sido maldecida con el conjuro de la enfermedad, la singularidad de estar peor que los demás y, por si eso fuera poco, con el destierro de los vivos y elaislamiento de los muertos. ¿Adónde los había mandado el Dios del que tanto le había hablado su padre? ¿Estarían todos como ella, buscándose entre las sombras? Su única esperanza de no ser un fantasma al borde de la extinción se la había dado Sofía, pero su única amiga viva no quería verla nunca más.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 ocak 2025
Hacim:
171 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788417400729
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar