Kitabı oku: «Historia y arte de la Baja California»
Índice de contenido
Agradecimientos
Presentación
María Alicia Mayer González
Prólogo
Miguel León-Portilla
Introducción
Capítulo I
La historia de la península a través de sus cronistas
Capítulo II Una visión antropológica de la antigua población peninsular
Orígenes y características
Organización social
Alimentación
Cosecha de la pitahaya
Gobierno
Capítulo III Prácticas ceremoniales y religiosas
Fiestas y bailes
Religión y mitologías
Los guamas o chamanes
Prácticas y ceremonias mortuorias
El sacrificio del águila
Los relatos históricos y la pintura rupestre
Capítulo IV La pintura rupestre
El norte de la península
Los grandes murales
Análisis de cúmulos
La Cueva de la Serpiente y El Batequi
A manera de conclusión
Bibliografía
Aviso legal

AGRADECIMIENTOS
Es un lugar común decir que un libro no es empresa de una sola persona y eso es la verdad. Si enumeramos a todos aquellos que han pasado por nuestras vidas y que fueron dejando algo que después nos hizo concebir una idea, que tomó forma, que se hizo palabras y se transformó en un texto, que a su vez se convirtió en libro, tal vez esa narración sería una obra en sí misma.
Este libro empezó hace muchos años, 38 para ser precisos. Estuvo mucho tiempo guardado en un anaquel y Anita Williams mi entrañable amiga me lo mandó. Al recibirlo revolotearon por mi cabeza las palabras de mi maestro y director de lo que fue la tesis de licenciatura, el doctor Miguel León- Portilla: "Usted tiene los huesos de una batalla, pero no su narración." Le había traído a México –porque a la sazón vivía en Mexicali– la primera versión de mi trabajo que había logrado hilvanar mientras esperaba la llegada de mi hijo Diego.
Pasaron meses antes de retomar mi empresa, pero lo logré y durante todos estos años, no encontré nunca la oportunidad de convertirla en libro. Hace tres años tomé la decisión, lo que habían sido mis tesis de licenciatura y maestría, bien podrían configurar un texto que guardara al menos memoria de un legado artístico incalculable que se abriga en las sierras de la Baja California, y que inscribiera en la historia y antropología de México la saga de los misioneros que conquistaron la península, empresa en la que el doctor León-Portilla ha sido líder.
Debo agradecer al doctor León-Portilla y a la doctora Beatriz de la Fuente, mis inigualables maestros, que dirigieron ambas tesis.
Al señor José Luis López Martínez quien me ayudó a darle forma, a Karime Castillo quien con su inteligencia y dedicación me ayudó a incorporar todas las anotaciones que hicieron los investigadores que tuvieron la gentileza de emitir sus dictámenes sobre la misma. A Javier Martínez y César Aguilar quienes me auxiliaron en el proceso editorial y a tantos amigos que me animaron a continuar.
De manera especial debo agradecer a mi esposo Francisco, porque fue el que más me alentó, a mis hijos que desde siempre han vivido con la carencia de una mamá de tiempo completo Rafa, Moni, Diego, gracias.
A Rafael mi primer nieto y a los que siguieron, Marina, Santiago, María, Jimena, Julia y Mauricio, les dedico este trabajo que recoge mi amor por México y por su pasado.
PRESENTACIÓN
El libro Historia y arte de la Baja California de María Teresa Uriarte Castañeda, que sale de la imprenta gracias a la colaboración editorial del Instituto de Investigaciones Históricas y de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México, se suma a la ingente colección bibliográfica de estudios históricos –varios de ellos producidos en nuestro Instituto– sobre esta región tan importante del noroeste del territorio mexicano: la península de Baja California.
Hubo más que buenas razones para publicar esta obra. No sólo tiene ésta su propia originalidad y novedad temática; aporta también interpretaciones clave para la mejor comprensión del desarrollo histórico de esta región. Es una generosa contribución que ha resultado de una investigación muy profesional en que la autora ha hecho una revisión puntual de datos y de textos, amén de que le ha dado al volumen una mayor dimensión estética con el estudio del arte y la presentación iconográfica. Precedido por un magnífico prólogo de don Miguel León-Portilla, el estudio da cuenta de la historia de la península desde diversas perspectivas, la historiográfica, con el análisis de la versión de las crónicas, la antropológica, respecto a la población originaria, sus prácticas ceremoniales y religiosas y, desde luego, la estética, pues la autora, como sabemos, es una de las más distinguidas especialistas en historia del arte en nuestro país.
Flanqueada por el mar de Cortés o golfo de California y el océano Pacífico, fue la Antigua o Baja California una región donde habitaron grupos indígenas que dejaron manifestaciones de sus formas de vida basadas en la caza y la recolección. Con el arribo de los europeos, se dieron interesantes procesos de aculturación, que resultaron del mutuo contacto a partir de la tercera década del siglo XVIII. Las condiciones geográficas y climáticas, aunadas al intercambio cultural, hicieron florecer lenta y paulatinamente formas de organización que constituyen un objeto de interés de la especialista que se dio a la tarea de desentrañarlas y explicitarlas al lector, dando sugerentes propuestas.
María Teresa Uriarte hace reflexiones que entrañan un profundo conocimiento de los temas tratados, resultado no sólo de la investigación misma, sino también del acucioso cuidado con que revisó y cotejó las referencias bibliográficas y, a su vez, de la manera en que atendió con gran puntualidad y modestia profesional las sugerencias y observaciones de nuestro comité editorial. Por todo ello, estoy convencida de que este libro que ahora tenemos el privilegio de sumar a nuestra excerpta de obras publicadas con el sello universitario será del interés tanto de especialistas como del gran público.
María Alicia Mayer González
PRÓLOGO
Dos han sido los campos principales en los que ha concentrado su atención como investigadora y docente la doctora María Teresa Uriarte Castañeda. Uno es el arte prehispánico de Mesoamérica, de modo muy especial el de la pintura mural, tarea en la que ha proseguido, asumiendo con gran éxito las investigaciones de quien fue su maestra, la recordada doctora Beatriz de la Fuente. Elocuente testimonio de lo alcanzado en este campo por la doctora Uriarte lo ofrecen varias de sus aportaciones, libros, artículos, cursos, ponencias y conferencias a lo largo de varios años.
El otro ámbito de su interés –contrastante con el anterior– es el de la historia y el arte de la península de California. De hecho sus tesis de licenciatura y maestría, presentadas respectivamente en 1974 y 1980, ambas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, versaron sobre costumbres y ritos funerarios entre los indígenas de Baja California y acerca de la pintura rupestre de esa misma región.
Expresaré que en su dedicación profesional, larga y cuidadosa que abarca estos dos campos, no ha sido ella ni la primera ni la única. Tenemos el ejemplo de Francisco Xavier Clavijero, el humanista mexicano del siglo XVIII exiliado en Italia que escribió su Historia antigua de México y asimismo la que tituló Historia de la Antigua o Baja California. Y me atreveré a añadir que a mí me han atraído grandemente los estudios mesoamericanos y lo tocante a la gran península californiana.
He calificado de contrastante este doble interés precisamente porque por un lado atiende lo que fue el desarrollo de una gran civilización originaria, la de Mesoamérica y, por otro, se concentra en la experiencia histórica de una cultura, la de los indígenas bajacalifornianos.
Subsistieron ellos hasta que ocurrió la penetración de los europeos, en una especie de paleolítico fosilizado, en un medio ambiente áspero y poco favorable para la subsistencia humana.
Consultando el currículum vitae de María Teresa podemos ver que, si bien ha concedido atención preferente a Mesoamérica, nunca ha abandonado su interés en torno a la Baja California. Tan contrastantes intereses, lejos de implicar dispersión, han exigido, a mi parecer, una considerable apertura de espíritu. Son ellos los que, dando entrada a asuntos cuyo estudio y apreciación presuponen conocimientos y métodos que confieren agilidad y capacidad de comprensión, contribuyen a un más adecuado desarrollo de una investigación.
El presente libro, como lo señala su autora, es fruto de retomar, ampliar y dar nueva vida a las que fueron sus tesis, la de licenciatura, que tuve el gusto y honor de dirigir, y asimismo la de maestría sobre la pintura rupestre. En cuanto a la primera, estuvo circunscrita a la presentación y análisis de costumbres y ritos funerarios de los nativos californianos. Ahora este libro abarca eso y mucho más. En la segunda es más amplio y hondo su acercamiento al tema antes ya tratado.
Revisadas y enriquecidas tales aportaciones y distribuido el texto en una introducción y cuatro grandes capítulos, ofrece ahora María Teresa una bien documentada presentación acerca de lo que puede llamarse la antigua California indígena. Se ocupa en el primer capítulo de los primeros contactos entre los nativos y los europeos, tanto de las expediciones propiciadas por Hernán Cortés, como de la que personalmente emprendió él. El relato acerca de todo esto adquiere por momentos un tono de aventuras no imaginadas sino reales.
En el segundo capítulo María Teresa Uriarte atiende con ampliada perspectiva, el tema de los orígenes de los californios y describe sus formas de organización, su alimentación, costumbres y gobierno. Importa destacar aquí que, a diferencia de los que presentó en su tesis de licenciatura, los testimonios que aduce son mucho más numerosos y variados.
En lo que fue su tesis, los principales testimonios provinieron de las obras de los jesuitas Miguel Venegas, Historia de la conquista temporal y espiritual de California, aparecida a mediados del siglo XVIII, y la aportación ya mencionada de Francisco Xavier Clavijero. Aunque la obra de Venegas incluía informes de otros misioneros que habían estado en la península y la de Clavijero fue un resumen bien logrado de una obra más grande que es la del padre Miguel del Barco, hay que reconocer que ninguno de los dos autores en que entonces se apoyó –Venegas y Clavijero– habían estado en California. La limitación derivada de esto, inevitablemente influyó en el trabajo de María Teresa.
Ahora, en este libro amplia ella considerablemente sus fuentes. En primer lugar toma en cuenta en forma directa el caudal de informaciones del padre Miguel del Barco, cuya obra había permanecido inédita hasta que yo pude rescatarla y publicarla tiempo después de aquel en que la doctora Uriarte preparaba su tesis.
Además de acudir al manantial de noticias ofrecidas por Del Barco, aduce ahora las investigaciones realizadas por etnólogos, lingüistas y otros estudiosos a lo largo de los siglos XIX y XX hasta la actualidad. Y junto con éstas aprovecha lo que tales trabajos modernos han aportado sobre las costumbres, creencias y ritos de otros "californianos". Me refiero así a grupos situados más al norte pero emparentados con los cochimíes peninsulares. El trabajo de María Teresa adquiere así, en este segundo capítulo y también en el tercero, el carácter de una obra comparativa que abarca un considerable número de grupos nativos.
Y he dicho lo anterior porque precisamente en el tercer capítulo, al presentar lo tocante a la religión y mitología de los varios grupos –pericúes, guaycuras y cochimíes– no se circunscribe a ellos sino que se fija también en lo que podemos conocer de otros más septentrionales como los kiliwas, paipais, diegueños, cucapás y otros. El resultado es que la obra de nuestra autora constituye una introducción bien documentada a lo que llamaré las variantes culturales de grupos que vivieron –y algunos de ellos hasta hoy perduran– desde el paralelo 13 de latitud norte, o sea el cercano a cabo San Lucas, hasta cerca del 33 donde se halla el hábitat de los mencionados grupos septentrionales.
Importa también poner de relieve el empeño de María Teresa por reunir información sobre las creaciones culturales de estos indios cuya existencia muchos han tenido como muestra de formas de vida extremadamente precarias. Y esto es lo que ha llevado a conjuntar la temática de su antigua tesis de licenciatura con lo que aportó en la de maestría. Me estoy refiriendo al extraordinario arte rupestre, petroglifos y en especial pinturas muy numerosas en abrigos rocosos y otros lugares sobre todo entre los paralelos 28 y 29 latitud norte de la península.
Dedicando el capítulo cuarto a la pintura rupestre reúne en él un gran caudal de información con pertinentes apreciaciones. Primeramente expone cómo se obtuvieron las primeras noticias sobre ese arte, y en forma pormenorizada presenta a los más destacados investigadores que desde principios del siglo XX hasta el presente se han interesado en tales manifestaciones –seguramente sagradas y rituales– que hoy calificamos de artísticas.
Lo abarcado en este capítulo cuarto y las ilustraciones que incluye de pinturas rupestres, es introducción a un tema en verdad fascinante. De él puede decirse en pocas palabras que es muestra irrefutable de la capacidad creadora de los seres humanos, aun cuando subsistan en un medio tan hostil como es el que constituyó el hábitat de estos indígenas. El catálogo que aporta María Teresa acerca de los principales sitios donde se ubican estas pinturas es asimismo muy pertinente.
Creo que ha llegado el momento de expresar una apreciación que abarque la totalidad de este libro. Es él un paso adelante en conjunto de los trabajos de su autora sobre lo que llamaré nuestra querida península californiana. Para quienes la conocemos por haberla recorrido varias veces y la conocemos también por haberle dedicado mucho tiempo de investigación, sobre todo en torno de su historia y de los pueblos que ahí han vivido, este libro tiene un valor muy grande.
Confío, por ello, en que lo que aquí nos ofrece María Teresa no sólo será muy bien recibido por quienes ya tienen conocimientos acerca de la California mexicana sino también despertará en otros diversas formas de interés. Baja California con sus múltiples escenarios naturales, desde desiertos hasta montañas con bosque de pináceas, la riqueza sin fin de sus cactus y sus inmensos litorales –cerca de tres mil kilómetros– a lo largo del océano Pacífico y en el mar de Cortés. Sigue siendo escenario magnífico de lo que algunos han llamado geografía de la esperanza. Y en paralelo, su historia más rica de lo que podría imaginarse, constituye también otro gran hilo de atracción. Si las aguas de su mar de Cortés o golfo de California hasta ahora perduran como el más grande acuario del mundo o "las minas marinas" de las que habló Clavijero, un trabajo como el que estoy comentando, no deberá pasar inadvertido. Nos introduce él, en forma atrayente, a lo que expresa su título Historia y arte de la Baja California.
Miguel León-Portilla
INTRODUCCIÓN
Poco es lo que se ha publicado sobre la historia y el arte de la península de Baja California y es más poco aún lo que de esta región se ha publicado en México. Se trata de una zona que tal vez por la comparación que hicieron los primeros conquistadores con lo que conocemos como Mesoamérica, no tenía los méritos para ser conquistada, hasta que se supo de sus riquezas. Para entonces ya habían pasado casi dos siglos de infructuosos esfuerzos por dominar a sus pobladores.
Mi objetivo al escribir este libro fue poner al alcance del mayor número posible de personas la información más completa hasta el momento sobre las costumbres de los indígenas que poblaron la península y que no pudieron ser colonizados sino a través de la obra de los misioneros, quienes a la vez se convirtieron en los principales cronistas de los usos y costumbres peninsulares. Asimismo, me interesaba presentar a detalle las pinturas rupestres que los indígenas peninsulares nos legaron para facilitar su estudio e interpretación.
A lo largo de esta obra veremos las diferentes visiones de los narradores sobre los grupos indígenas que poblaron la península y que fueron diezmados con su llegada. Este acercamiento nos permitirá entrar en contacto con las sociedades de cazadores recolectores cuyas costumbres fueron transcritas a la luz de la ideología que los cronistas llevaron consigo.
En el primer capítulo se presentan las diferentes descripciones que los misioneros del siglo XVIII hicieron de la península y de sus habitantes. Este capítulo nos permite vislumbrar el momento de contacto entre los indígenas de la zona y los exploradores europeos, además de relatar cómo fue la interacción entre ambos conforme el área se fue poblando de europeos y se fueron estableciendo las misiones. Los relatos de los cronistas presentados en esta sección también son un buen ejemplo de cómo cada texto era escrito dependiendo de los intereses de cada individuo o agrupación. También se presentan las primeras descripciones que se hicieron de la pintura rupestre de la península, elaboradas por los misioneros.
El segundo capítulo está dedicado a la antigua población de la península y se desarrolla con referencia a distintas ramas de la antropología, como son la arqueología, la lingüística y la antropología cultural, además de acudir nuevamente a los relatos de los cronistas. Primero se presentan las etapas cronológicas de acuerdo con los estudios arqueológicos que se han llevado a cabo en la zona y se expone una hipótesis de su poblamiento según estudios lingüísticos. Se habla también de los diferentes grupos que poblaron la península así como de sus costumbres, cultura material, sistema calendárico, organización social, hábitos alimenticios, y gobierno.
El tercer capítulo se enfoca en el aspecto religioso y ceremonial de los grupos peninsulares. Comienzo presentando las danzas y festividades que llevan a cabo los indígenas de Baja California, así como sus ritos de iniciación, y la posible relación de la pintura mural con los mismos, utilizando como ejemplo la Cueva de la Serpiente y El Batequi. Este capítulo también trata de la religión, los mitos de creación y del papel que han jugado los chamanes en las sociedades indígenas peninsulares. Asimismo, se describen las prácticas y ceremonias mortuorias según fueron descritas en las fuentes y en trabajos antropológicos más recientes.
Una vez expuesto el trasfondo cultural de los habitantes de Baja California, procedo, en el cuarto capítulo, al estudio de la pintura rupestre de la península. Presento inicialmente las primeras noticias que tenemos de estas pinturas por parte de un misionero jesuita, seguidas de los estudios y registros que se han llevado a cabo de estas manifestaciones artísticas desde finales del siglo XIX. Después presento las diversas interpretaciones que varios autores han hecho de las pinturas, así como mi propio punto de vista, como preámbulo para la descripción detallada de los principales sitios con pintura rupestre que se han registrado al norte de la península, además de los grandes murales que se encuentran en la Sierra de San Francisco, la Sierra del Aguaje, la Sierra de San Juan, la Sierra de Guadalupe, y la Sierra de San Borja. Posteriormente, por medio de la técnica del análisis de cúmulos, analizo los patrones que pueden encontrarse en la pintura rupestre peninsular, lo cual me lleva a establecer el estilo Sierra de San Francisco. Para cerrar el capítulo me dedico con más detalle a dos de las pinturas más espectaculares de la zona: la Cueva de la Serpiente y El Batequi, las cuales resumen los rasgos prototípicos de este estilo. Finalmente, presento una breve conclusión de los asuntos tratados a lo largo de esta obra.
Capítulo I
LA HISTORIA DE LA PENÍNSULA A TRAVÉS DE SUS CRONISTAS
California apareció en el mapa del "nuevo mundo" en la tercera década del siglo XVI, una vez que Hernán Cortés se dio a la tarea de cumplir su propósito de "descubrir países muy ricos y grandes", expuesta al emperador Carlos V en carta fechada el 15 de octubre de 1524. Según el jesuita Francisco Xavier Clavijero, los californios habían permanecido "encerrados en su miserable península, privados de toda comunicación externa y en la más espantosa barbarie" hasta que "la sed del oro" llevó a los españoles a conquistar América y así pusieron los ojos en aquel territorio.1
La historia de la Baja California es apasionante, no sólo por los numerosos relatos que existen del siglo XVIII al respecto, con los consiguientes y eruditos estudios que el doctor Miguel-León Portilla ha realizado en relación a ellos, sino porque a través de estas crónicas podemos imaginar ese territorio despreciado por su geografía y cuyos habitantes nómadas conservaban prácticas que hoy describimos como chamánicas y cuya forma de vida no se parecía a la de los pueblos mesoamericanos.
Existen distintas versiones en torno al origen y significado de California. Miguel del Barco, un misionero jesuita que por tres décadas –de 1738 a 1768– se dedicó a la evangelización de los habitantes de la península, apuntó que en realidad el nombre correspondía a la formación similar a una bóveda cercana al cabo, conocida hoy en día como el Arco:
[…] a tal bóveda o arco llaman los latinos fórnix. A aquellas cortas entradas, que el mar hace dentro de la tierra, los españoles antiguos llamaron cala, y aun ahora no es desusado este nombre. Estando Cortés en este pequeño puerto o cala, y observando el arco de la roca, es muy verosímil que a aquel paraje le diera el nombre de Califórnix, como si dijera: cala y arco, o cala donde hay un arco. Y corrompido por el vulgo de sus soldados o marineros (como es ordinario en tales casos), dijeron Californias, o California, en lugar de Califórnix.2
Don Miguel León-Portilla tuvo la enorme deferencia de escribirme un relato breve sobre el nombre de la Antigua California y lo transcribiré haciendo constar que no es un documento publicado, sino que él lo escribió para ahorrarme más disertaciones al respecto.
En su tercera carta de Relación a Carlos V, informó Hernán Cortés que un enviado suyo había llegado en 1523 a la mar del Sur, es decir al océano Pacífico. Ahí le dijeron los nativos que más al poniente existía una gran isla poblada de mujeres, rica en oro y perlas. Tal noticia obtenida en la provincia que llamaban Cihuatán, "lugar de mujeres", no sólo interesó al conquistador sino que despertó en él un afán de descubrir y penetrar dicha isla.
Curiosamente entre los hombres de Cortés había algunos que habían leído el libro titulado Las sergas de Esplandián por Garcí Ordóñez de Montalvo, según el cual "a la mano diestra de las Indias hubo una isla llamada California, la cual fue poblada de mujeres […] y sus armas eran todas de oro que en toda la isla no había otro metal alguno".
De ese relato que parecía coincidir con lo que su enviado le había informado, a la larga se derivó el nombre que le dio a la península. El relato y lo escrito en Las sergas de Esplandián serían el aliciente que determinó a Cortés a marchar en pos de esa isla. Así se iniciaron sus varias expediciones a California.
La primera con Diego Hurtado de Mendoza al frente, zarpó con rumbo a esa isla en 1532. Perdida su embarcación, Cortés envió otra expedición con Diego Becerra y Hernando de Grijalva en 1533. En tanto que el primero descubrió las islas llamadas hoy de Revillagigedo, Grijalva que comandaba la otra nave, moría asesinado por su piloto Fortún Jiménez. Éste continuó el viaje y arribó al extremo sur de la península donde perdió la vida con la mayoría de sus hombres al ser atacado por los indios.
Fue en 1535 cuando el mismo Hernán Cortés emprendió en persona una nueva expedición. Llegó así al puerto de La Paz el 3 de mayo de 1535, por lo cual llamó a ese lugar Tierra de Santa Cruz en razón de la fiesta celebrada ese día.
Hasta aquí el texto de Don Miguel escrito en Ciudad Universitaria en enero de 2013.
Después de este texto quiero agregar que Clavijero en su obra quiso aclarar, "algunos geógrafos se han tomado la libertad de comprender bajo esta denominación el Nuevo México, el país de los apaches y otras regiones septentrionales y muy distantes de la verdadera California".3 La Historia de la Antigua o Baja California fue publicada en 1789, muerto ya el historiador y dos décadas después de su expulsión de México junto con sus correligionarios jesuitas. En primera instancia, la labor de evangelización fue encomendada a misioneros franciscanos y poco después a dominicos. De entre ellos, Luis Sales redactó en tres cartas sus Noticias de la provincia de California, publicadas cerca del fin del siglo a partir de sus experiencias de 20 años en la península. "La grande extensión de esta Provincia –escribió– ha movido al Superior Gobierno á dividirla en dos partes: la una […], desde el grado 32 hasta el 38 […] se llama California nueva; la otra […] se llama California Antigua".4
Su opinión luego de dos décadas de servicio en ese territorio es por demás elocuente: "Soy de parecer, que en el mundo tal vez no habrá Naciones tan pobres, tan infelices y tan faltas de especies intelectuales como estas".5 Y es que, relataba, sus habitantes no "han probado el pan" antes de ser bautizados, pues se alimentaban de yerbas, frutas silvestres o animales del monte, vagabundeando sin "establecerse en parages fixos", sin "gobierno" ni "Rey". Agregó: "A la gula dan toda la libertad posible […]. Todos andan desnudos, aunque las mugeres suelen cubrir su naturaleza con unos delantalillos" y, para colmo, "todos usan de embixes ó pinturas en su cuerpo, pero las más ridículas".6
No muy distinta es la versión de otros historiadores o cronistas. Por ejemplo, Clavijero quien a pesar de no haber estado nunca en la península escribió:
El aspecto de la California es, generalmente hablando, desagradable y hórrido, y su terreno quebrado, árido, sobre manera pedregoso y arenoso, falto de agua y cubierto de plantas espinosas donde es capaz de producir vegetales, y donde no, de inmensos montones de piedras y de arena. El aire es caliente y seco, y en los dos mares pernicioso a los navegantes […]. Los torbellinos que a veces se forman son tan furiosos, que desarraigan los árboles y arrebatan consigo las cabañas. Las lluvias son tan raras, que si en el año caen dos o tres aguaceros, se tienen por felices los californios. Las fuentes son pocas y muy escasas.7
También es similar el punto de vista del misionero Wenceslao Link, quien llegó a California en 1761 y realizó varias expediciones con objeto de explorar el territorio en busca de sitios donde establecer nuevas misiones. En un texto de 1778, escrito como introducción de la versión en alemán de la obra del sacerdote Benno Franz Ducrue sobre la salida de los jesuitas y su viaje a Europa, refirió que no había en aquella tierra "ni un campo productivo ni un bosque; nada, excepto el mar para dar soporte a la vida humana. Nada hay a la vista excepto rocas, farallones, montañas escarpadas y desiertos arenosos, cuya monotonía sólo es interrumpida por cumbres de piedra".8
De acuerdo con Ernest J. Burrus, estudioso de los escritos que dejaron los jesuitas sobre aquel territorio, éstos van de las cuentas alegres en los relativamente buenos tiempos al franco pesimismo durante los periodos difíciles, por ejemplo largos años de sequía, como el que refiere el propio Wenceslao Link, de una década de duración.9 En el primer caso destaca sin duda la versión de Francisco María Piccolo en su Informe del estado de la nueva cristianidad de California que rindió en 1702 a la Real Audiencia de Guadalajara por órdenes del rey Felipe V:10
La calidad de la tierra, parece que al influjo de la Nueva Estrella María, que apareció en su Santa Imagen de Loreto, se ha mudado en otra mejor de la que era antes: porque en los cinco años todos hemos vivido sanos, y solo dos personas han muerto, y la una que fue una mujer española, murió por un desorden de bañarle estando en cinta, y muy próxima al parto.
A continuación, agregaba:
En las Playas en tiempo de Verano es recio el calor, y llueve poco; pero adentro el temperamento es benigno y templado: ay calor a su tiempo, que no es excesivo, y lo mismo es del frío a su tiempo: en el tiempo de aguas lluebe muy bien, como en todas partes, y fuera de las lluvias […] es tan copioso el rocío de las mañanas que parece lluvia: con tan continuo y abundante riego, los campos agradecidos están todo el año vestidos de muy buenos pastos […]. Ay muy grandes y espaciosas llanadas, hermosas Vegas, Valles muy amenos, muchas Fuentes, Arroyos, Ríos muy poblados en las orillas de muy crecidos Sauces, entretejidos de mucho y espeso Carrizo, y muchas Parras silvestres. Tierra tan fértil había de llevar frutos.
Esta visión, casi idílica, se parece más a la que Link, Del Barco o Clavijero atribuyeron a los enemigos de los jesuitas, a quienes acusaron de ocultarle a la corte de España las riquezas de aquel territorio con aviesas intenciones,11 que a la que ellos mismos consignaron en sus testimonios y escritos. Hammond, en su introducción a la edición del Informe, lo explica así: "la evangelización de California requería paciencia sin límite, coraje y maña", de modo que el texto en cuestión de Piccolo hay que leerlo "como un argumento dirigido a diseminar la fe", porque incurrió en tales exageraciones que, ahí donde otros vieron rocas o cactos, él describió tierras fértiles y sus habitantes, tachados de "miserables" y hasta de "medio racionales" en otros testimonios, al informante jesuita le parecían en cambio "inteligentes".12
En los 70 años que permanecieron en California los jesuitas establecieron un total de 18 misiones, si bien cuatro de ellas fueron suprimidas y agregadas a otras. La última, Santa María, fue fundada en mayo de 1767 –unos meses antes de su expulsión– aunque hacía más de una década que buscaban dónde implantarla. Refiere Clavijero que pese a insurrecciones de los indígenas que incluso les costaron la vida a algunos misioneros y las condiciones adversas que encontraban a su paso, "deseaban promover el cristianismo hacia el Norte" con nuevas misiones, pero "no se habían hallado lugares donde plantarlas", con excepción de Calagnujuet, sitio descubierto por el padre Fernando Consag en las postrimerías de 1753, "mas la falta de agua potable parecía un grande obstáculo".13
Es por ello que se le encomendó a Link internarse en el territorio, rumbo al río Colorado, y lo infructuoso de su búsqueda llevó a fundar en 1766 la de San Francisco de Borja en el mencionado lugar. Su responsable, Victoriano Arnés, se convenció de que era imposible subsistir en un "lugar tan estéril y falto de todo" y se dio a la tarea de "buscar por todas partes otro más tolerable" hasta que "después de muchos viajes lo halló cerca del arroyo Cabujacaamang". A decir verdad, era "igualmente falto de frutos, pastos y leña", pero su terreno no era "tan estéril como el que se dejaba" y el agua era "muy buena", a diferencia de la de Calagnujuet, "cargada de caparrosa", que al ser utilizada para el riego dañó las tierras y su producto.14
El historiador jesuita calculó que en enero de 1768, cuando sus correligionarios fueron expulsados, los pobladores de California sumaban alrededor de siete mil, algo así como "siete habitantes por legua cuadrada". Atribuía tan escasa densidad poblacional a la "vida salvaje" de sus habitantes, a las "continuas guerras" entre ellos y a "la escasez de víveres en aquel árido terreno", pero también a la proliferación de enfermedades "después de la introducción del cristianismo […] señaladamente en la parte austral". Por lo demás, en las siete décadas que estuvieron los jesuitas –y por mucho tiempo más– la conquista de la península distaba mucho de la de otros territorios. Sirva el siguiente párrafo como botón de muestra:
El lugar principal de cada misión donde residía el misionero, era un pueblo en que a más de la iglesia, la habitación del misionero, el almacén la casa de los soldados y las escuelas para los niños de uno y otro sexo, había varias casas para los neófitos que vivían allí de pié. Los otros lugares, más o menos distantes del principal, en los cuales vivían los restantes neófitos pertenecientes a la misma misión, carecían regularmente de casas y sus habitantes vivían a campo raso, según su antigua costumbre. Los pueblos de la península eran unos veinte, todos edificados por los misioneros a grande costa.

Foto 1. Morada del jesuita Ignacio Tirsch en la costa de California.
En el aspecto financiero, pese a que −según Clavijero− el rey Felipe V dispuso "que los misioneros de la California se pagasen del real erario como los de las otras misiones", la orden "no se ejecutó". Su manutención provino entonces "de los fondos propios de las misiones" las cuales, por otra parte, tenían también a su cargo funciones administrativas. Así, había un procurador "que residía en México" y cuyas atribuciones consistían en "tratar con el virrey y con los oidores los negocios de las misiones", "sacar del real erario" los sueldos destinados a soldados y marineros, "proveer de nuevo buque a la California" cada vez que las circunstancias lo exigieran, así como "comprar y despachar todo lo necesario para los misioneros y sus iglesias, para los soldados y marineros, para los buques y aún para los indios".
Otro procurador, en Loreto, además de misionero –es decir, encargado de "bautizar, predicar, confesar y otros semejantes"– era responsable de entenderse de "lo temporal": recibir el cargamento proveniente de los buques, abastecer a otros misioneros, pagar sueldos, cuidar el almacén general y hasta despachar "oportunamente los buques a los puertos de la Nueva España" con "los géneros que se enviaban de México". A éste lo auxiliaba "en el cuidado de las cosas temporales" un hermano coadjutor y había además un capitán al mando de los soldados, 60 por ese entonces, con funciones de gobernador, juez y "supremo comandante de aquellos mares". Ahora bien, al superior de las misiones le correspondía "nombrar al capitán y admitir y licenciar a los soldados", de modo que los jesuitas eran la máxima autoridad y la ejercieron a tal grado que evitaron a toda costa lo que entonces parecía el único negocio redituable en aquellos lares, la explotación de las perlas de los mares de California.
La paciente exploración del territorio por parte de los jesuitas y más tarde por otros misioneros no hizo más que confirmar cuanto encontraron aquellos primeros expedicionarios que, desde Hernán Cortés –en 1535– hasta Sebastián Vizcaíno –1596 y 1602– se toparon con un territorio inhóspito, difícil de colonizar. ¿Qué motivó entonces el interés por la California? La ambición, en primera instancia. Por ejemplo, luego del fallido intento de Hernán Cortés de colonizarla, el entonces virrey de la Nueva España se entusiasmó con reportes que hablaban de que en su golfo abundaban las perlas e, imaginando que superaría en gloria a Cortés, "hizo salir dos armadas" en 1539, una por tierra y otra por mar, "pero ni las armadas se reunieron jamás ni hicieron cosa digna de memoria".15
Otro intento fracasó en 1543 y luego, por medio siglo, los españoles se olvidaron del tema hasta que la presencia del pirata inglés Francis Drake se hizo demasiado incómoda. Según el relato de Clavijero, el "célebre corsario […] abordó a la parte septentrional de la península y le puso el nombre de Nueva Albión". Su atrevimiento fue tal que el rey Felipe II ordenó al virrey "poblar y fortificar los puertos de la California".16 La misión le fue encomendada a Sebastián Vizcaíno, quien a fin de cumplirla partió del puerto de Acapulco en 1596, en tres navíos donde viajaban numerosos soldados y cuatro religiosos franciscanos. Escribió el historiador jesuita:
Después de haber arribado a algunos lugares de la costa interior […] y de haberlos abandonado por la esterilidad de su terreno, anclaron finalmente en un puerto situado a los 23º 20', o poco más, al cual dieron el nombre de La Paz porque en él fueron recibidos pacíficamente por los indios […]. Entre tanto el general de aquella armada queriendo tener conocimiento de toda la costa […] hizo salir a uno de sus navíos a reconocerla […]. Así lo hicieron, navegando como cien leguas […] pero habiendo saltado en tierra cincuenta hombres de los mejores […] perecieron diecinueve de ellos, parte matados por los indios y parte ahogados […]. De ahí regresaron al puerto de La Paz, en donde hicieron saber al general lo muy estéril que era la costa. Viendo éste que no podía subsistir allí por falta de víveres, celebró una junta de oficiales, en la cual se resolvió abandonar la empresa yvolverse a México […]17
Por órdenes del rey de España Felipe III se le encomendó a Vizcaíno en 1599 otra expedición, también fallida, pero esta vez en la costa occidental de la península. Dicha empresa que hubiera podido realizarse en un mes, tardó nueve, pues navegaron en contra del viento favorable del noroeste, dominante en aquellos mares, y se detenían a sondear puertos o a reconocer la costa. El mayor provecho de tan penosa travesía fue el de descubrir las propiedades de una fruta llamada xocohueztli o xocueistle para combatir el escorbuto. Vizcaíno no quitó sin embargo el dedo del renglón y gestionó el permiso para una nueva tentativa de exploración en la península, esta vez financiada por él mismo. Sus argumentos parecían sólidos: más allá de la pesca de perlas o de la explotación de los recursos minerales que, se daba por descontado, existían en aquel lugar, o de evitar que los piratas utilizaran la península para hostilizar "las costas y los navíos españoles", era necesario encontrar ahí un puerto en dónde abastecer a los barcos provenientes de Filipinas tras "tan larga y penosa navegación".
Una vez que el virrey le negó el permiso viajó hasta España para insistir ante las cortes sobre la pertinencia de obtener la autorización que, de nuevo, fue rechazada. Entonces, según Clavijero, "volvió a México con el propósito de pasar tranquilamente el resto de sus días" pero, apenas había regresado, cuando llegó la orden del rey, intempestiva, de "que se buscase y poblase en la California un cómodo puerto que sirviese de escala a los navíos de Filipinas". La muerte, sin embargo, sorprendió a Vizcaíno cuando realizaba los preparativos para el viaje.18
De entre muchos otros intentos infructuosos realizados en el siglo XVII destaca el que realizó, en 1683, el almirante Isidoro Atondo por órdenes directas del rey Carlos II. Esta vez integraron la expedición más de 100 hombres, incluyendo tres jesuitas, uno de ellos Eusebio Francisco Kino. Es cierto que, tres años después y a costa de una inversión de 225 mil pesos por cuenta del real erario, Atondo decidió que no había modo de sobrevivir allí y regresó a la Nueva España. Y también que, tras analizarse el informe del almirante, se llegó a la conclusión de que aquel territorio era "inconquistable" por los medios hasta entonces empleados. Sin embargo, en ese tiempo los misioneros hicieron avances en el aprendizaje de una de las lenguas que hablaban los habitantes de la península, el cochimí, y en consecuencia, en la enseñanza del catecismo entre ellos, llegando a sumar alrededor de "cuatrocientos catecúmenos dispuestos para recibir el bautismo", según Clavijero. Al respecto abundó:
Los misioneros estaban muy contentos con la docilidad de los indios y su buena disposición para el cristianismo; pero el almirante no lo estaba con un país en que no le era tan fácil mantener la población y en que los soldados le hacían ver las molestias que les ocasionaban la esterilidad de la tierra y la intemperie del aire.19
Por ello, en repetidas ocasiones se le pidió al superior de la Compañía de Jesús que se encargara de la conversión de la población con el apoyo financiero de la Corona y aunque en igual número de veces éste respondió negativamente, el padre Kino se encargó de promover entre sus correligionarios la causa de la conversión de los californios. Juan María de Salvatierra, visitador general de las misiones, abrazó dicha causa y durante una década hizo gestiones, incluso ante el rey, para que se le autorizara realizar tal empresa. Al fin, en 1696, la Audiencia de Nueva Galicia consintió secundarlo y Salvatierra recibió a su vez la autorización de la Compañía de recolectar limosnas con objeto de sufragar los gastos. El virrey dio su permiso con dos condiciones: que nada se le pidiese para los gastos y que los misioneros tomaran posesión de la península en nombre del rey. Fue entonces que, además de permitirles llevar soldados que se hicieran cargo de su seguridad, se les asignaron funciones como las de "nombrar el capitán y gobernador para la administración de la justicia y licenciar a cualquier oficial o soldado siempre que lo creyesen necesario".
En octubre de 1697 partió Salvatierra en compañía de tres indígenas, un cabo y cinco solados, llegando a tierra el 19 de aquel mes y estableciéndose días después en un lugar al que bautizarían como Loreto, nombre que recibió también en honor de esa virgen la primera misión que establecieron los jesuitas en su estancia de 70 años en la península, tiempo en el que varios de ellos escribieron testimonios puntuales sobre lo que ahí vieron y encontraron, consignando el clima, la geografía, la historia natural, características y costumbres de sus habitantes, las lenguas que hablaban y sus creencias religiosas, etcétera. No obstante, pasó mucho tiempo antes de que tuvieran indicios suficientes de que, en palabras de Clavijero "aquella vasta península estuvo antes habitada por gentes menos bárbaras de las que hallaron en ella los españoles".20 Y es que, de acuerdo con el relato de Miguel del Barco, poco antes de su salida de California, "comenzó a correr la noticia de que antiguamente hubo gigantes en esta tierra", aunque "no nativos de ella, sino venidos de la parte del norte".21 Esta versión tuvo su origen en Joseph Rothea, misionero por 19 años, en ese entonces encargado de la misión de San Ignacio, quien supo por un niño que no muy lejos de ahí, en una ranchería llamada San Joaquín, "se hallaban rastros de esa antigüedad extraordinaria", consistentes en varios huesos de un cuerpo humano, entre los cuales había fragmentos de un cráneo, dientes, costillas y vértebras. Tras recoger algunos de estos hallazgos y ya de vuelta en la misión comparó las vértebras, que eran los restos en mejor estado, con los de otros esqueletos y resultó que eran al menos de un tamaño tres veces superior.
El propio Rothea supo de la existencia de pintura rupestre en algunas cuevas de la zona y se dio a la tarea de inspeccionarlas. Una en particular llamó su atención por sus dimensiones, por lo bien conservadas que estaban las pinturas y por lo que en ellas vio dibujado. Así lo describió:
Ésta tendría de largo como diez o doce varas, y de hondo unas seis varas: abierta de suerte que toda era puerta por un lado. Su altura (según me acuerdo), pasaba de seis varas. Su figura como de medio cañón de bóveda, que estriba sobre el mismo pavimento. De arriba hasta abajo toda estaba pintada con varias figuras de hombres, mujeres y animales. Los hombres tenían un cotón con mangas: sobre éste un gabán, y sus calzones; pero descalzos. Tenían las manos abiertas y algo levantadas en cruz. Entre las mujeres estaba una con el cabello suelto, su plumaje en la cabeza, y el vestido de las mexicanas, llamado güipil. Las de los animales representaban ya a los conocidos en el país, como venados, liebres, etcétera, ya otros allí incógnitos, como un lobo y un puerco. Los colores eran […] verde, negro, amarillo y encarnado. Se me hizo notable en ellos su consistencia; pues estando sobre la desnuda peña a las inclemencias del sol y agua, que sin duda los golpea al llover, con viento recio o la que destilan por las mismas peñas de lo alto del cerro, con todo eso, después de tanto tiempo, se conservan bien perceptibles.22
Estos hallazgos lo llevaron a tratar de averiguar qué sabían los indígenas de las pinturas y su origen, así que reunió a los más ancianos para interrogarlos y pidió a los padres de las misiones de Guadalupe y Santa Rosalía que hicieran lo mismo.
Todos convinieron en la sustancia, es a saber que de padres a hijos había llegado a su noticia, que, en tiempos muy antiguos, habían venido del norte porción de hombres y mujeres de extraordinaria estatura, venían huyendo unos de otros. Parte de ellos tiró por la costa del mar del sur […] La otra parte tiró por lo áspero de la sierra, y ellos son los autores (decían), de dichas pinturas. A la verdad las que yo vi, lo convencen; porque, tantas, en tanta altura, sin andamios ni otros instrumentos aptos para el efecto, sólo hombres gigantes las pueden haber pintado.23
No sin cierto humor, Barco agregó que "la fama, mientras más se dilata, más aumenta las cosas", de modo que la leyenda "ha crecido tanto que dicen los de aquella tierra que los gigantes eran tan grandes, que cuando pintaban el cielo raso de la cueva, estaban tendidos de espaldas en el suelo de ellas y que aun así alcanzaban a pintar lo más alto". Muchos años después, en sus Noticias de la provincia de California, Sales no recogió ni hizo mención siquiera a la historia de los gigantes, si bien encontró verosímil aquella de que habitantes anteriores llegaron del norte. Se apoyaba en el supuesto de que América había sido poblada por migraciones que llegaron a través del estrecho de Bering, pero sobre todo en las creencias de los indígenas, quienes sostenían "que cuando mueren todos, vuelan para el Norte á ver los primeros y antepasados que los pusieron en la California".24
Las leyendas acerca de míticos gigantes que en tiempos remotos poblaron aquellas tierras subsisten hasta nuestros días. Los indios seris de Sonora, cuentan que ellos fueron sus ancestros y que llegaron cruzando el golfo de California, cosa que hacían con gran facilidad gracias a su estatura. Pero aunque en el presente existen todavía muchas incógnitas por resolver con respecto a los primeros pobladores de California, también se ha avanzado algo en el conocimiento sobre su origen o la antigüedad de tales asentamientos.
NOTAS
1 Francisco Xavier Clavijero, Historia de la Antigua o Baja California, México, Editorial Porrúa, 2007, p. 71. [regresar]
2 Miguel del Barco, Historia natural y crónica de la Antigua California, México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 1973, p. 382. [regresar]
3 Francisco Xavier Clavijero, op. cit., pp. 9 y 10. [regresar]
4 Luis Sales, Noticias de la provincia de California, 1794, Madrid, Ed. José Porrúa Turanzas, 1960, p. 15. [regresar]
5 Ibidem, p. 32. [regresar]
6 Ibidem, pp. 33-36. [regresar]
7 Francisco Xavier Clavijero, op. cit., pp. 11-12. [regresar]
8 Wenceslaus Link's reports and Letters 1762-1778, traducida al inglés con anotaciones de Ernest J. Burrus S. J., Los Ángeles, Dawson's Book Shop, 1967, p. 64. [regresar]
9 Ibidem, p. 59. En la misma página, véase la nota 8 de Burrus. [regresar]
10 Francisco María Piccolo, Informe on the New Province of California, 1702, traducido y editado por George P. Hammond, Los Ángeles, Dawson's Book Shop, 1967, pp. 40, 60 y 61. [regresar]
11 En su prefacio a la Historia de la Antigua o Baja California (pp. 3-8), Clavijero se ocupó en extenso de los "errores simples, mentiras formales y calumnias temerarias" que se escribieron sobre la península o acerca de la labor de los jesuitas. Entre los varios ejemplos que apuntó, el siguiente es un botón de muestra: los viñedos sembrados por los misioneros producían tal cantidad de vino "que podían proveer a todo México y aun embarcar muchos barriles para las islas Filipinas". [regresar]
12 Ibidem, p. 24. [regresar]
13 Francisco Xavier Clavijero, op. cit., p. 222. [regresar]
14 Ibidem, pp. 222-228. [regresar]
15 Ibidem, p. 74. [regresar]
16 Ibidem, p. 75. [regresar]
17 Ibidem, pp. 75 y 76. [regresar]
18 Ibidem, pp. 77 y 78. [regresar]
19 Ibidem, p. 84. [regresar]
20 Ibidem, p. 49. [regresar]
21 Miguel del Barco, op. cit., pp. 209 y 210. [regresar]
22 Ibidem, p. 211. [regresar]
23 Ibidem, p. 212. [regresar]
24 Luis Sales, op. cit., pp. 20 y 21. [regresar]

Capítulo II
UNA VISIÓN ANTROPOLÓGICA DE LA ANTIGUA POBLACIÓN PENINSULAR
ORÍGENES Y CARACTERÍSTICAS
En 1971, el geógrafo Morlin Childers descubrió en el desierto de Yuja, al norte del valle de Mexicali, los restos de un ser humano que, de acuerdo con las pruebas del carbono 14 a que fueron sometidos en un laboratorio de Massachusetts, databan de al menos 24 mil años a.C. La investigación del sitio la dirigió la antropóloga Erlinda Burton y al hallazgo se le bautizó como el "Hombre de Yuja",1 si bien la validez del dictamen ha sido cuestionado porque, al parecer, los huesos estaban contaminados con caliche. Por su parte, al realizar excavaciones en las montañas Cálico y el lago Manix, también al norte de Mexicali, la arqueóloga Ruth Dee Simpson encontró escombros de lo que supuso una fogata que, sometidos a diversas pruebas, arrojaron la conclusión de que en efecto correspondían a un fuego producido por el hombre cuya antigüedad era superior a los 50 mil años.2
Los anteriores, sin embargo, son datos aislados y estudios de mayor alcance sólo logran dar cuenta de civilizaciones más recientes. De entre éstos sobresale el de Malcolm Rogers, quien en 1929 clasificó a partir de diversos implementos líticos descubiertos en la zona las etapas de las ocupaciones humanas en San Diego,3 clasificación aceptada hasta la fecha y extensiva a los grupos nómadas del norte de la península.4 En resumen, se dividen en dos, San Dieguito y la Jolla, mismas que a su vez se subdividen en tres etapas cada una:
La primera fase, San Dieguito, va de los 11000 a los 7500 años a.C. y parece haberse originado en emigraciones desde distintos puntos: el oeste de Utah, Nevada, Oregón, el norte de la actual California. Mientras que en una primera etapa se caracteriza por la ausencia de industria lítica, en la segunda aparecen puntas de proyectiles, raspaderas, etcétera, y en la tercera hay cuchillos, además de que las raspaderas se volvieron más elaboradas y las puntas eran alargadas, en forma de hoja. Estos utensilios, hallados hasta la parte central de la actual Baja California, hacen pensar que se trataba de cazadores.
La fase de La Jolla, en tanto, comprende de los 7500 hasta los 2000 años a.C. y tiene su origen en nuevas migraciones, relacionadas con cambios climáticos producto de la última glaciación en los actuales desiertos del Colorado y del Mojave. La aridez de la tierra explicaría, por ejemplo, que los antiguos recolectores fabricaran instrumentos como el metate con objeto de triturar semillas y preparar alimentos. El cada vez más refinado trabajo en la elaboración de instrumentos de piedra marca las distintas etapas de esta fase y, junto con la aparición de otras prácticas funerarias –entierros en panteones, ofrendas–, es signo de nuevos éxodos provenientes del norte y de las islas del canal del Pacífico. La cultura material propia de este periodo, de nueva cuenta, se extiende hasta la parte media de la península.
Según Rogers, la arqueología evidencia en la última etapa de este periodo la aparición de dos formas de sobrevivencia bien diferenciadas entre sí: la de los jollanos y la de los amargosas. Desde el punto de vista lingüístico, estos últimos se emparentaban con los uto-aztecas y eran sobre todo cazadores. Más tarde, hacia los 4000 años a.C., ocurrió otra ola migratoria, presumiblemente desde el este, la cual desplazó hacia el sur a los habitantes del lugar. Este periodo es el de la cultura yumana, beneficiaria del intercambio cultural con los grupos vecinos y, en especial, con los hohokanas, cuya influencia se hizo notar hacia los años 700 d.C. y de quienes aprendieron la cerámica y adoptaron su costumbre de cremar a los muertos.
En cuanto a la zona central de la península, el arqueólogo William C. Massey, respaldado por varios años de investigaciones, ha sostenido la hipótesis de sucesivos acomodos de migraciones humanas en dicho territorio, de modo que pequeños grupos dedicados a la caza, la pesca o la recolección fueron descendiendo por la península, proceso en el que absorbieron o eliminaron a los anteriores habitantes. Esto quiere decir que los nuevos moradores no empujaron hacia el sur a los antiguos, como se venía suponiendo a partir de los testimonios recogidos por los misioneros jesuitas, sino que se movieron en distintas direcciones, obedeciendo a sus necesidades de subsistencia.5 Lo anterior resulta verosímil una vez que los migrantes eran pequeños grupos patrilineales que deambulaban libremente por el territorio y porque, sin la interacción que esto permitía, es difícil explicar cómo algunos conocimientos y prácticas eran comunes entre comunidades muy alejadas geográficamente entre sí.
Así, las ceremonias mortuorias de conmemoración, comunes en toda la península, eran compartidas con los indígenas mojave y los luiseños. En cuanto a la ya mencionada cremación, esta práctica hohokana extendida por casi toda la Antigua California tenía lugar en el oeste de las Rocallosas, desde Oregón hasta el sur de la actual California. No obstante, en las zonas meridionales de la península subsistió la inhumación, lo que habla de la interacción más que del desplazamiento de pobladores. A su vez, costumbres como el uso de capas elaboradas de cabellos humanos por parte de los hechiceros es exclusiva de los peninsulares, si bien la hechicería y la utilización en ella de algunos objetos como pipas también ocurría entre los grupos yumanos.6
Según Massey, el estrato más antiguo en esta zona habría sido el guaicura, contemporáneo a la Cultura de las Palmas en el extremo sur de la Antigua California, al cual siguió la Cultura Comondú, raíz de la población cochimí, que es la que habrían encontrado los conquistadores españoles. Amén de hallazgos arqueológicos, es posible diferenciar grupos lingüísticos distintos, el guaicura y el yumano peninsular o cochimí. A este respecto, a partir de su propia experiencia y la de sus correligionarios, el jesuita Miguel del Barco escribió:
Sobre las naciones7 que pueblan la California ha habido variedad de dictámenes, porque la ha habido sobre sus lenguas. Algunos misioneros han escrito que las lenguas […] son seis; otros dicen que son cinco, y finalmente el padre Taraval,8 con otros, las reduce a solas tres. Esta diferencia nace de que las que unos han juzgado lenguas entre sí diversas, otros, haciendo examen más profundo, han creído que sólo son dialectos de una misma, tan poco diferentes que no merecen el nombre de idioma distinto.
Según Taraval, las lenguas se reducían a tres: "la cochimí, la pericú y la de Loreto", de la cual se derivaron "la guaycura y la uchití". Agregaba Del Barco: "verdad es que la variación es tanta, que el que no tuviera conocimiento de las tres lenguas, juzgará no sólo que hay cuatro lenguas, sino que hay cinco. Los indios no se entienden sino en unas cuantas palabras que significan lo mismo en las tres lenguas […] Y estas son bien pocas". Con perspicacia, el misionero concluyó: "Puede ser que, de dos lenguas, se formasen estas tres variaciones".9 Años después, Sales discrepó de esta postura en sus Cartas, pues "se advierte mucha diversidad, no solo en quanto á lo accidental, sino también en quanto á lo substancial".10 Y aunque el tiempo le dio la razón al primero, el segundo también apuntó observaciones importantes; por ejemplo, en torno al por qué de tal diversidad de lenguas o acerca de las diferencias más notables entre las dos principales:
La articulación de las voces en el Departamento del Sur ó Mediodía es bastantemente suave; pero en el Departamento del Norte es gutural y desagradable. La diversidad de idiomas en un Pueblo ó Misión depende de que todos los hijos han de aprender el idioma de su padre; por lo que una muger que tenga ó haya tenido muchos maridos, y de todos haya tenido hijos, ya se vé quánta diversidad tendrá dentro de su familia.11
En otro de sus testimonios detalló:
Su modo de contar es muy diminuto y corto, pues apenas llegan á cinco, y otros a diez, y van multiplicando según pueden. Quando en la cuenta entra una multitud, la explican echando puñados de tierra al ayre, mirando y soplando al Cielo; pero esta acción es algo equívoca, pues sirve para manifestar alegría en la llegada de un amigo. Los nombres que […] ponen á sus hijos son los que se les ponen por delante: caña, piedra, lodo, y así los demás. Quando se encuentran en los caminos jamás se detienen, á no ser que sea asunto de guerra o de murmuración; pero cuando es para saludarse y darse algunas noticias, sin detenerse se las dan, y siguen cada qual su camino, hablándose desde que se ven, hasta que dexan de oírse. Otros se suben a los montes y desde allí comunican con los de abaxo lo que hay de nuevo.12
Por desgracia, el misionero dominico fue poco claro acerca de a qué grupo específico se refería o en qué región de la California se ubicaba éste. En este sentido, Del Barco fue mucho más metódico y hasta puntilloso, enredándose en ocasiones en disertaciones escolásticas incluso enfadosas, pero a veces esclarecedoras acerca de la historia natural de la península y de las costumbres de sus habitantes. Gracias a ello es que, también, llegó a una clasificación bastante certera de las distintas "nacionalidades" en la península, misma que complementó Francisco Xavier Clavijero:13
La de los pericúes, quienes habitaban el sur, desde el cabo de San Lucas hasta los 24º, y poblaron también las islas de Cerralvo, el Espíritu Santo y San José.
La de los uchitíes, coras, aripes, guaycuros y monquis, más al norte, hasta Loreto, entre los paralelos 23º y 26º.
La de los cochimíes, que moraban entre los grados 25 y 33 y en algunas islas del Pacífico.
Puesto que los misioneros jesuitas tuvieron escaso contacto con los indígenas del norte de la Antigua California, Del Barco no pudo dar cuenta de la existencia de los diegueños o tipais en el noroeste de la península, los cucupás en el delta del río Colorado, los paipáis y los kiliwas o quiliwas, ambos de la región montañosa al sur del territorio diegueño. A lo más, alcanzó a señalar que cuando Wenceslao Linck estuvo alrededor del paralelo 33 "ni él mismo ni los indios que llevaba consigo, pudieron entender palabra de cuanto hablaba la gente de aquel país". Y respecto a los monquis, un grupo reducido de por sí, consignó que merced a diversas epidemias prácticamente desapareció y entre los sobrevivientes, reunidos en Loreto, consideraba que muy pocos conservaban su lengua.14
Por otra parte, resumió así las características físicas de los diversos pobladores:
Los californios de todas las naciones hasta ahora reconocidas, son bien formados y de talla medianamente corpulenta y bien hecha. El rostro no es desapacible, aunque en los gentiles y en los cristianos, que se bautizaron adultos, los afean los grandes agujeros con que horaban las orejas y aun también las narices. El color de los playanos es por lo común más tostado y oscuro, que el de los otros californios que viven en las sierras, retirados del mar; porque estos últimos son en su color como los indios de Nueva España. También son, por lo general, robustos, de buenas fuerzas y de sana complexión.15

Foto 2. Cuatro indígenas cazadores con arco y flecha,observan una misión jesuita en California. Uno de ellos lleva un bebé.
En otra parte de su Historia, Del Barco precisó que el color de los pericúes era en general mucho más claro que el del resto de los habitantes de la península, dato que confirman otros testimonios, como el del padre Ignacio María Nápoli, en 1721:
[…] no he visto gente más alta désta, de cuerpo bien proporcionado, gordos y muy blancos y bermejos […], los muchachos parecen ingleses o flamengos por la blancura y colorados. Juzgo que algunos […] sean hijos de ingleses, porque en este cabo [de San Lucas] han pasado y se han detenido varias embarcaciones inglesas […], y como estos desdichados tienen por estilo de cortesía ofrecer sus mujeres, no me parece sospechoso sin fundamento en gente herética.16
También poseían, claro está, algunos puntos a su favor: no tenían el vicio de la embriaguez ni se robaban, y tratándose de familiares o de miembros de una misma tribu,17 no peleaban entre sí, sólo combatían con los pueblos o tribus enemigas. Además, no eran obstinados ni tercos, "sino dóciles y fáciles de ser conducidos a lo que se quiere".18
Miguel del Barco reportó, asimismo, que no había indicios de que los indígenas conocieran la escritura y que, incluso, les producía "grande admiración que se pudiese hablar a los ausentes de otro modo que por la viva voz". Para ejemplificar "cuán lejos estaban los californios de tener noticia del artificio de las letras", relató la siguiente anécdota: a un niño indígena se le encomendó llevar unas cartas y unos panes a otra misión pero, en el camino, se comió los panes. Cuando le preguntaron qué había sido de ellos dijo que sólo le habían dado las cartas y, ante la insistencia del padre, que sabía de ellos por una de las misivas, preguntó: "¿quién dice que me han entregado eso para ti?" El misionero respondió: "éste lo dice", mostrándole el papel. Poco después la escena se repitió sólo que, antes de devorarlos, el niño dejó la carta en un peñasco y luego se escondió para dar cuenta de la comida. Al ser interrogado, replicó otra vez que quién decía lo de la comida, a lo que de nuevo, el padre respondió: "éste lo dice", refiriéndose al papel. Entonces el niño agregó: "la otra vez es verdad que yo comí el pan delante de él, mas ahora yo le escondí y me puse donde él no me viera; pues si ahora dice que yo lo comí, miente; porque él no me ha visto comer ni sabe lo que yo hice…"19
En cuanto a la numeración, al igual que Luis Sales, Del Barco reportó que era bastante limitada. Su calendario, en tanto, era lunar y para referirse a periodos mayores de tiempo utilizaban las estaciones del año que, según ellos, eran seis, cada una de alrededor de dos meses y relacionada lo mismo con los cambios que observaban en la naturaleza que con sus hábitos de recolección. Así, una estación correspondía a la de la abundancia de la pitahaya, desde mediados de junio hasta mediados de agosto; otra a la época de lluvias, de las últimas semanas de agosto a mediados de octubre, que es cuando había tunas y pitahayas agridulces; otra, entre octubre y diciembre, era aquella en que la hierba se secaba, y la siguiente, de diciembre a febrero, se caracterizaba por el clima frío.20 Una característica más, compartida por los varones hasta el paralelo 33, es que sin importar si eran niños o adultos iban desnudos y sólo era posible distinguir a qué pueblo o nación pertenecían merced a los adornos que utilizaban. En el cabo de San Lucas, los pericúes se enredaban en el pelo perlas y plumas, mientras los indígenas de Loreto traían una faja en la cintura, usaban una redecilla en la cabeza21 y portaban collares y brazaletes hechos de nácar. A su vez, los cochimíes no tenían cabellos largos y llevaban coronas de nácar en la cabeza, moda que se extendió en el sur, si bien los pericúes hacían las coronas con "caracolillos pequeños, blancos y redondos".

Foto 3. Ejemplos de flora californiana. Agaves, cirio, biznaga, maravillas, doradilla y palo fierro.
Entre las mujeres, en cambio, "era grande el cuidado con la decencia, para defensa y reparo de la honestidad".22 En otras palabras, todas usaban ropa, incluyendo a las recién nacidas. Las más recatadas, según Del Barco, eran las pericúes de cabo San Lucas, quienes utilizaba hasta tres prendas elaboradas de palma: un capotillo desde los hombros hasta la cintura, y las otras dos para cubrir de la cintura a las piernas, una por delante y la otra por detrás. Llevaban suelta la larga cabellera y adornaban sus cuellos y brazos con collares que les llegaban a la cintura y pulseras, elaborados ambos con nácar, perlas, caracolillos y carrizos.
El vestuario de las cochimíes, en cambio, era más pobre, pues sólo se cubrían el frente, de la cintura a las rodillas o poco más abajo, con faldas de carrizos muy delgados –"una cortinilla defensiva del pudor, ya que no de las inclemencias del tiempo"–, y la parte posterior con pieles de venado u otro animal. Una vez por año, los indígenas realizaban fiestas en las que se repartían entre las mujeres las pieles "con que poder malcubrir su desnudez" e, incluso cuando estrenaban una simple falda de carrizos, se les veía tan satisfechas como cualquier española "con un costoso vestido". Las guaycuras, en tanto, a falta de pieles recurrían a delantales o faldas de carrizos y palma.23
No muy diferente es el testimonio de fray Luis de Sales, lo que permite inferir que las costumbres entre los indígenas más al norte de la California Baja eran similares en lo que toca a vestimenta o adornos:
Todos andan desnudos, aunque las mujeres suelen cubrir su naturaleza con unos delantalillos de hilos de pita, y de pieles forman como un medio capotillo para el pecho. Los hombres, á excepción de los Capitanes, que llevan estos mismos capotillos, nada se cubren: el adorno de la cabeza en las mujeres se reduce á un casquete de juncos, y en los hombres de plumas: y algunas veces forman como unos gorros de barro y se los ponen sobre la cabeza. En el cuello llevan una sarta de caracoles muy pequeños, ó conchitas ó piedrecitas con el mayor primor.24
Abundó, además, en la tradición que tenían de pintarse el cuerpo –"unos la cara negra, el pecho amarillo y las piernas blancas; otros al contrario"– o realizarse perforaciones en distintas partes del cuerpo –"unos se cortan un pedazo de oreja, otros las dos; otros agugerean el labio inferior, otros las narices, y es cosa de risa, pues allí llevan colgando ratoncillos, lagartijas, conchitas".25
Una de las primeras preocupaciones de los misioneros fue, por supuesto, vestir la desnudez de los indígenas, aunque "tenían por afrenta y deshonra" que los obligaran a llevar ropa y "para ellos el ver uno de sus paisanos vestido" representaba "espectáculo de tanta risa como puede ser entre nosotros el ver vestido un mono". Así las cosas, ocurría que los niños, mientras estaban dentro de la misión, utilizaban las ropas que les habían confeccionado los padres pero, en cuanto salían de ella, volvían a desnudarse.26
En sus campamentos andaban descalzos, pero cuando los dejaban y debían caminar largos trechos o si el sol era tan intenso que la tierra y las piedras sobre las que andaban literalmente ardían, utilizaban sandalias hechas de cuero, de cuyos extremos salían cuerdas gruesas que anudaban al empeine. Las hacían sobreponiendo varias suelas de piel de venado y, más tarde, tras el establecimiento de las misiones, también de la de las reses.27
ORGANIZACIÓN SOCIAL
Su organización social era la de bandas o clanes, integrados por grupos patrilineales exógamos, cada uno de ellos asociado a una localidad geográfica específica dentro de la cual deambulaban libremente, recolectando alimento o cazando y, en algunos casos, pescando.28 Otros autores, como el antropólogo las parejas de recién casados se unían a la banda del hombre y sus hijos crecían en el clan del padre. La otra característica de estas sociedades, la exogamia, Service la explicaba por la necesidad de establecer alianzas con bandas vecinas.29
Los misioneros y exploradores llamaron ranchería al territorio en el cual rondaba cada banda, en particular en el norte de la Nueva España, si bien el término no hacía referencia al establecimiento formal de un grupo en un lugar determinado, aldea o pueblo, sino a aquella zona en la que varias familias emparentadas entre sí –de 20 a 50, escribió Francisco María Piccolo–30 se movían de acuerdo con sus necesidades, en particular en busca de alimentos. Según el testimonio de Del Barco, "se acogían a la sombra de los árboles" durante el día para resistir "los bochornos del sol" y ahí mismo se guarecían de las inclemencias del tiempo o en la noche. En invierno, en tanto, se protegían del frío "en sus grutas de los montes" o construían "cuevas subterráneas".31
Consignó además que en las cercanías del cabo de San Lucas y más al norte, hacia el paralelo 30º, hacían con ramas chozas rudimentarias "semejantes a las cabañas de los pastores, habiendo aprendido acaso de las barracas que vieron formar en tierra a los navegantes". Estas eran pequeñas, de menos de dos varas32 de diámetro, por lo que "dormían encogidos o medio arqueados". También entre los indígenas del norte había quienes pernoctaban enterrando el cuerpo en la tierra, "en donde estaban defendidos del aire pero a cielo descubierto". No obstante, en la mayor parte de la península que conocieron los jesuitas, cuando mucho construían cercos de piedras, apilando unas sobre otras. En los más grandes cabían por la noche los padres y sus hijos pequeños, pero había otros tan estrechos que "pueden llamarse palacios las sepulturas": para dormir ni siquiera podían tenderse en el suelo, sino que debían hacerlo sentados.33
No muy distinta era la versión de Sales, quien apuntó que "la necesidad de bagamundear para lograr su alimento" les llevaba a mudarse "de un sitio á otro, y en distancia de muchas leguas". Y sólo los más astutos "hacen una ranchería compuesta de la familia de sus parientes" en donde "cada qual se gobierna según su antojo, y todos se unen para los bayles, fiestas y guerras".34
Estos que viven en rancherías forman dos ó tres casas largas de catorce o quince varas les echan por el techo ramas y un poco de tierra; son muy baxas, y las puertas semejantes á una ratonera, y sin respiradero, y todas están siempre llenas de humo; y esto lo hacen para que si alguno pasa la puerta los que están dentro: otros hacen unas barracas pequeñas semejantes á aquellas que tienen en los campos los que guardan viñas.35
Una vez que los misioneros iniciaron su labor, relató Del Barco, algunos indígenas construían en las cabeceras de las misiones chozas pequeñas, cubiertas de paja, sin otro fin que el de darle gusto a los padres, pues no las habitaban "ni había forma de reducirlos a ellas", pues "se angustiaban debajo de techado", si bien, con el paso del tiempo, se habituaron a vivir bajo su sombra, con excepción de algunos viejos, renuentes a cambiar sus costumbres.36
Puesto que no poseían "fincas, casas, bienes raíces" ni tenían "forma de Pueblos", lo que los misioneros llamaban su ajuar era bastante reducido, propio de su condición nómada:37

Foto 4. La misión y el incipiente poblado de San José del Cabo, Baja California Sur, con el barco de Filipinas llegando a sus costas.
Las alhajas de sus casas se reducen á una pequeña red de hilo para guardar semillas, un poco de tabaco silvestre con su pipa de barro, unos pedazos de pedernales para flechas, unos huesos para labrarlas, algunas plumas de páxaro para su adorno, un plato de juncos para recoger las semillas, dos palos para sacar fuego, lo que consiguen con facilidad restregándolos entre sí, un arco y saetas, un palo de tres palmos para matar Conejos, y si es pescador algunos cordeles y anzuelos.
Ello, agregaba Sales, si eran "muy ricos", porque había "otros que nada tienen":
[…] á estos jamas se les oye una palabra cuando conversan los demás; se ponen en un rincón, comen los desperdicios de los otros, son obedientes á todos, y si acaso los maltratan mucho, huyen á los bosques, y allí viven solos como fieras.38
Y a la hora de mudarse, decía, "todo lo lleva la muger encima, solo el hombre debe llevar el arco y las saetas". Miguel del Barco coincidió en que correspondía a ellas cargar en sus espaldas la red que contenía "muebles y utensilios", a cuya lista agregó pedernales, un recipiente en donde guardaban las plumas de gavilán que utilizaban en las flechas, una concha para beber entre los "más delicados y prevenidos", además de grandes redes para pescar si se trataba de habitantes de las costas y sus cercanías. Los retículos en que transportaban toda esta carga los colgaban de su frente mediante cordones gruesos, utilizando un trozo de piel de venado con objeto de evitar que la cuerda las lastimara, mismo sistema que utilizaban para cargar la leña, la cual simplemente amarraban con cuerdas y se la echaban a cuestas. La forma en que caminaban era con el tronco del cuerpo inclinado, de modo que los bultos descansaran sobre la espalda.39
La descripción del jesuita, además, incluyó otros detalles. Por ejemplo, que los platos de junco o bateas40 eran similares "a una taza u hortera, como copa de sombreo", y las había también puntiagudas; que su manufactura correspondía a los hombres –en particular a aquellos viejos que no tenían ya condiciones físicas para ayudar en la caza–; que las mujeres tenían la tarea de remendarlas. Los hombres, por su parte, además de arcos y flechas llevaban la red empleada en la recolección de frutas o semillas y, "por no hallarse en todos los parajes", guardaban en el pelo, encima de una de las orejas, el palillo con el que producían fuego al frotarlo contra dos palos de madera. Entre otras consecuencias de la conversión de los indígenas, ocurrió que "en su gentilidad" los hombres también se hicieron cargo de "los nervios de venado para los arco", mismos que "por ir desembarazados y libres" llevaban en carrizos colgados de las orejas.41

Foto 5. Californio cargando un recipiente y español a caballo.
La poligamia, en tanto, era una práctica extendida entre los distintos grupos que habitaban la península, si bien a este respecto los testimonios difieren en ciertos matices. Así, mientras Del Barco escribió que tal práctica era propia de los pericúes, Sales refirió que sólo en algunos lugares ésta no era admitida, porque creían que quien "tenía muchas mujeres, no podía ser feliz y pronto moriría". Y agregó: "lo más común es tener […] quantas mujeres quieren: el adulterio es muy común. Con todo, es un delito que miran con alguna delicadeza; pues ó repudian á la mujer ó la matan infelizmente".42 Miguel del Barco puntualizó otros detalles, como el hecho de que entre los pericúes correspondía a ellas el sustento de las familias, a grado tal, que se ocupaban de la recolección de frutas y semillas en los montes con tal de tener a sus maridos satisfechos ya que, "una vez desechadas, cosa que pendía de sólo su capricho y antojo, no hallaban fácilmente quien las admitiese". Los maridos, a su vez, "cuanto mayor número de mujeres tenían "estaban tanto más bien provistos y regalados".43
Entre el resto de los californios, en cambio, sólo "los principales tenían dos mujeres" y el resto se conformaba con una sola.44 En cuanto al adulterio, apuntó que se le consideraba un delito y, por tanto, la venganza era justificada con dos excepciones: en sus fiestas y bailes o cuando, como consecuencia de un enfrentamiento entre rancherías, las mujeres de quienes habían sido derrotados se convertían en el premio para los vencedores. Tales costumbres, escribió, no existían entre los cochimíes que, de acuerdo con el testimonio de otro jesuita, el padre Everardo Helen, "no obstante la entera libertad que gozaban […], no se veía en ellos desenfrenamiento y liviandad", tal vez "por la aspereza de vida" que padecían "en medio de la serranía, con hambre, frío, desnudez y falta de toda conveniencia".45
En cuanto a sus casamientos, Sales los calificaba como "ridículos", describiéndolos así:
[…] unos para casarse enseñan sus cuerpos á las mujeres, y éstas á ellos; y adoptándose a su gusto, se casan: otros en fin, que es lo más común, se casan sin ceremonia: se encuentra en un monte ó en un barranco, se juntan á su salvoconducto, y luego avisan que ya están casados: estos y los primeros mudan la mujer quando y como quieren, pero todos las miran como esclavas. Jamás se ven dos parientes casados, excepto en algunas partes que conservan la costumbre que tenían los Hebreos: á saber, que muerto el marido, su hermano ó pariente mas inmediato se casa con la viuda.46
También aquí Del Barco fue más específico y narró otros usos. Por ejemplo, decía que en Loreto se verificaba una ceremonia que consistía en que el novio presentaba a la novia una batea y, para dar su consentimiento, ella la aceptaba y correspondía al regalo del pretendiente con una redecilla, con lo que se daba por celebrado el matrimonio. En otras naciones, en cambio, lo usual era que el novio invitaba a un baile a toda la ranchería y, al término de éste, "se hacía el ajuste". Eso sí, aclaró que "por más solemne que fuese este contrato, era fácilmente rescindible por cualquier ligero motivo", aún entre quienes no practicaban la poligamia.47
Una vez encintas, según el jesuita, las mujeres no parecían saber cuánto tiempo duraba el embarazo y, en consecuencia, cuándo darían a luz, por lo que muchas veces parían en el monte, a donde habían ido a cumplir su tarea de buscar alimento. Después del alumbramiento solían descansar "algún tanto, aunque no mucho". A falta de ropa, a los recién nacidos solían cubrirles el cuerpo con un betún que elaboraban mezclando carbón molido con orines. Wenceslao Linck le contó a Del Barco que, hacia los 31º, donde se estableció la misión de Santa María, para proteger al bebé del frío los indígenas escarbaban en la arena haciendo un agujero, el cual calentaban con fuego y, una vez que ésta alcanzaba una temperatura templada, enterraban ahí al niño, sólo dejando al descubierto el rostro para que pudiese respirar.48
Sobre el mismo tema, Sales agregó que después del parto las mujeres acostumbraban bañarse con agua tibia y después se recostaban boca arriba "en un hoyo, el que está ya templado con el fuego" y su cuerpo era cubierto con tierra, ramas y piedras a fin de que sudara, operación que era repetida por espacio de tres o cuatro días, lo que no impedía "que la mujer acabando de parir vaya por los montes buscando leña, agua y semillas".49 El fraile dominico reportó también la costumbre de proteger a los niños de las inclemencias del tiempo sumergiéndolos en un agujero o cubriendo con ceniza su cuerpo:
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