Kitabı oku: «Secretos de una adopción», sayfa 2

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CAPÍTULO 2

La carta decía así:

«7 de abril de 1990

Después de estudiar detenidamente toda la documentación en mi posesión y la aprobación de los numerosos interrogatorios y visitas, al igual que la comprobación de los informes psicológicos y todos los requisitos a tener en cuenta, me es grato anunciarles que su petición de adopción ha sido APROBADA. Por lo tanto, pueden ponerse en contacto de nuevo con nosotros a la mayor brevedad posible.

Atentamente le saluda,

DIRECTOR GENERAL, JOSÉ DE LOS RÍOS

Hospital de Asturias».

* * *

Las lágrimas rodaban y caían por las mejillas. Leyó la carta una y otra vez: «adopción, Asturias, Dios mío, lo sabía, pero ¿por qué, por qué lo sabía?».

Olivia por momentos sentía perder la cabeza: «Papá, mamá, ¡oh, Señor, ayúdame! ¿Cómo les voy a mirar a los ojos? No son mis padres, y ¿por qué me tenía que pasar esto a mí? Parece de película, ¡Dios mío!, ¿quién soy?, ¿quién es mi madre? ¿Por qué soy adoptada, tengo otra familia quizás?», la cabeza de Olivia parecía que iba a estallar. «¿Cómo será la cara de mis padres? ¿Por qué me abandonaron?», todo esto pasaba por la cabeza de Olivia, tal vez demasiado deprisa. Algo se había roto en su interior, su cabeza se le iba, estaba tan trastornada…

No podía parar de pensar, ¿qué iba hacer ahora?

Cerró la caja y como cegada salió de la caseta. Ni siquiera se molestó en guardar la caja en su sitio, cruzó el jardín como una sonámbula, continuó caminando, sintió el frío de la noche. Grandes y silenciosas montañas la observaban, continuó caminando, no entendía nada. Era muy tarde, las casas dormían. La oscura noche se había convertido en testigo de su tragedia. Como hipnotizada, se vio en el umbral de la casa de Laura. Lloraba a mares, por un momento no supo cómo llego allí, le estaba costando respirar. Poco a poco se encendieron las luces.

Ana y Marc abrieron la puerta, habían oído sollozos, sus ojos no daban crédito.

Olivia se encontraba en su jardín con tan solo un camisón, una bata y sus graciosas zapatillas. Su cara estaba desencajada, su mirada era vacía y estaba empapada por sus propias lágrimas.

—¡Dios mío, Olivia! ¿Qué te ha pasado?, ¿qué haces aquí a estas horas?

La madre de Laura, mientras le preguntaba, ordenaba a Marc que llamara a sus padres.

—Pasa, Olivia, vas a coger una pulmonía —cogida de la mano y sin hablar, Olivia entró. Laura, con todo el jaleo, bajaba las escaleras.

—¿Qué pasa, papá?

Marc no le contestó, estaba hablando por teléfono.

—¡Pedro!, ve a su habitación y verás que no está —dijo Marc—. ¿Qué ha pasado? Está bien, Pedro, venid enseguida.

Marc colgó el teléfono y se quedó mirando a su hija.

—¿Qué pasa, papá? ¿Estabas hablando con Pedro, el padre de Olivia? ¿Ocurre algo malo?

—Pues no lo sé, hija, ven conmigo al salón, Olivia está ahí, algo le ha ocurrido. Se ha presentado en casa y ni siquiera va vestida de calle, lleva puesto el camisón.

—¡Oh, papá! ¿Qué está pasando? Me parece casi increíble lo que me dices —Laura y su padre entraron en el salón.

Ana estaba arrodillada enfrente de Olivia, y esta no paraba de llorar, aún no había dicho nada.

Laura la abrazó.

—¿Qué te pasa, Olivia? Por favor, háblame.

Olivia levantó la vista, sentía cada vez mayor su tragedia.

—¡Laura!, por favor, dime que no es verdad, no me puedo creer que esto me esté ocurriendo a mí, acabo de descubrir que soy adoptada.

—Pero Olivia, ¿qué has hecho? —dijo Laura—, ¿te has escapado de casa? Tus padres vienen hacia aquí, y ¿qué es eso de que eres adoptada?, ¿te lo han dicho tus padres?

Con la voz entrecortada por los llantos, Olivia relató sus inquietudes y cómo se había enterado. Los tres trataron de consolarla mientras llegaban sus padres.

—Olivia —le decía Laura—, si es verdad que eres adoptada, no pasa nada, no te preocupes, tus padres te explicarán, están al llegar.

Pedro y Pasión entraron corriendo en la habitación de Olivia. Era verdad, Olivia no estaba, pero ¿cómo podía ser?, una niña tan sensata, ¿qué estaba ocurriendo?

Se cambiaron rápidamente, cogieron las llaves del coche y tras haberles dado Marc la dirección de su casa, salieron como si les fuera la vida en ello.

En unos minutos llegaron a casa de Laura. Marc les estaba esperando fuera, sorbiendo el último trago de café; la noche iba a ser larga.

—¿Dónde está? ¿Sabes qué ha pasado? —dijo Pedro.

Marc les acompañó, Olivia continuaba llorando, estaba sentada en el gran sofá, junto a Laura y Ana.

Pasión corrió al encuentro de Olivia pero inmediatamente notó la rigidez hacia con ella de su hija.

—Vosotros sois unos padres de mierda —soltó sin pensar la boca abierta de Olivia. A Pasión casi le da un ataque, y Pedro no daba crédito a lo que acababa de oír—. ¿Cuándo pensabais decirme que soy adoptada?

¡Contestadme! —casi gritó Olivia.

Pasión y Pedro se miraron, en sus ojos había desconcierto y tristeza.

Convencieron a Olivia para que regresara a casa, allí contestarían a todas sus preguntas. Ya un poco más calmada, después de que Ana le ofreciera una tila y una valeriana, Olivia salió con sus padres hacia casa.

—Siento mucho que hayáis presenciado todo esto, Marc, no sé qué decir —dijo Pedro. —No te preocupes, Pedro, y ojalá todo os vaya bien cuando lleguéis a casa. Pobrecita, está trastornada, ha sido un gran golpe para ella, pero nada que no se pueda arreglar con una pareja como vosotros. Suerte.

Pedro y Marc se estrecharon muy afectuosamente las manos. Con el cielo lleno de estrellas claras y vivas, llegaron los tres a casa con el corazón partido.

Olivia, como poseída por el diablo, subió corriendo las escaleras y se encerró en su habitación. Pasión y Pedro le suplicaban que les abriera la puerta, y sentados al lado uno del otro en el pasillo, pasaron su primera noche abrazados y llorando, esperando a que Olivia cediera y quisiera hablar con ellos.

A la mañana siguiente Olivia salió, sus padres continuaban acorrucados en el pasillo uno a lado del otro. Como si fuera otra persona y muy distante, Olivia les anunció que quería buscar a su verdadera madre y quería saber cómo la habían adoptado, dónde había nacido y por qué se lo habían ocultado.

Pasión, que después de tanto tiempo se creía que la había parido ella, pues la tenían desde el primer mes de vida, quería morir cuando escuchó de Olivia que quería conocer a su verdadera madre; sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas y en su corazón una angustia despertó.

Los días y los acontecimientos se sucedieron rápidamente. Se acercaban las vacaciones de Pascua y Pedro disponía de cinco días libres. Olivia pasaba los días silenciosa, esperando esas vacaciones, ya que habían dispuesto que saldrían los tres y Laura en busca del paradero y datos de la madre biológica de Olivia. Pasión y Pedro se apoyaban el uno al otro, se sentían cada día más unidos, tenían que recuperar a Olivia y su amor por ella era tan grande que decidieron, aunque con mucho temor por ella ya que tenían miedo de lo que pudieran encontrar, ayudarla.

Olivia y Laura pasaban las tardes juntas, siempre hablaban del mismo tema: ¿cómo serían sus padres?

Olivia sabía ahora que había nacido en Gijón, había sido adoptada cuando tenía tan solo un mes. Al parecer su madre no podía tener familia, había seguido varios tratamientos y aun así no funcionaron.

Ella fue quien decidió adoptar una niña y, después de luchar mucho, recibió una carta del director del hospital de Asturias, les comunicaban que su petición había sido aprobada.

Una noche, durante la cena, Olivia, que había cambiado mucho con sus padres, se había vuelto maleducada, egoísta, y además parecía que cada vez tenía más rarezas, les preguntó sin avisar y a bocajarro por cómo fue cuando fueron a buscarla.

—Pues… ¡Verás! —contestó su padre—, llegamos a Gijón sin conocer a nadie ni nada de la ciudad. Nos hospedamos en una casona, tardamos tres días en poder verte, teníamos conocimiento de que había dos niñas y un niño esperando a ser adoptados. Tenías entonces veinte días, pero debido a una gastroenteritis por no aceptar bien la leche, no nos permitieron verte hasta tres días después. Tu madre y yo, impacientes, estábamos de los nervios, teníamos muchas ganas de ver tu carita, estuvimos de compras. Todo te lo habíamos preparado ya en casa, tu cuna, tu habitación, tus peluches y trajecitos… Pero decidimos, para honrarte, comprarte tu primera muda en Gijón, allí habías nacido. Ibas a ser nuestra hija y estábamos agradecidos a Gijón el que te viera nacer; te compramos un conjunto todo de color de rosa con la diadema incluida y los péucos también...

—Continúa, papá, ¿quieres?, no hace falta lo de la ropita, solo quiero saber qué pasó ese día —dijo Olivia.

Pasión, que estaba también escuchando a su marido y los recuerdos llenos de alegría le asomaban, miró con cariño a Pedro.

—Ya se acostumbrará, no se lo tengas en cuenta, está disgustada pero con el tiempo se le pasará —dijo Pasión.

Pedro miró a su hija y esta, como desafiándolo, esperaba impaciente.

—Eran las nueve de la mañana, tu madre y yo estábamos preparados, o por lo menos, lo intentábamos. Salimos a la calle y nos dirigimos a pie hacia el hospital, era un mes de abril aún fresco, el mar estaba quieto y sus arenas muy limpias. El puerto de pescadores que se adentraba hasta el corazón de la ciudad también parecía en calma, caminamos cogidos de la mano, nerviosos y apenas sin hablar. Te cuento todo esto para que entiendas lo importante que eras para nosotros aun sin conocerte, y la ilusión que teníamos.

»Fachadas ricas y nobles, edificaciones altas y esbeltas nos veían pasar.

Estábamos llegando al hospital, una gran escalinata al pie del antiguo edificio nos esperaba. Cuando entramos nos dirigimos a una pequeña mesa donde había un letrero que anunciaba Información. Un señor con uniforme gris bostezaba, lo recuerdo como si fuera ayer. Tras presentarnos y enseñarle la carta del director, nos acompañó, cruzamos un sinfín de estrechos pasillos.

—Papá, ¿es preciso que me cuentes todo con tanto detalle?, quiero que me cuentes lo más importante, ¿es que no me has entendido?

Pedro continuó como si no hubiera escuchado a su hija:

—Los pasillos estaban comunicados entre sí, subimos y bajamos varias plantas, y por fin dimos con la parte vieja y antigua del edificio. Nos invitó a pasar a una gran sala de espera una joven, viejas máquinas de café y refrescos, un teléfono público, una mesa central y pequeños sillones amueblaban la gran sala. En unos minutos apareció una enfermera, nos acompañó al despacho del director, el señor José de los Ríos.

»En pocos minutos charlábamos jovialmente. Nosotros cada vez estábamos más nerviosos. Una vez que el director revisó toda la información, nos acompañó a visitar el nido. También nos informó de que aunque había más niños, había una pequeña que tenía tan solo veintitrés días y estaba perfectamente de salud; esa iba a ser nuestra pequeña. Tu madre y yo sentimos una alegría más allá de lo que puedas imaginar. Parecías tan indefensa, las lágrimas nos cayeron y cuando te tuvimos en brazos, te sentimos nuestra, un amor como ninguno despertó en nosotros.

»¿Eso es lo que querías saber, Olivia? ¿Hay alguna cosa más que nos quieras preguntar? —dijo Pedro alzando un poco la voz.

Olivia observaba a los dos con ojos inquietantes, quedó silenciosa.

Pasión se le acercó despacio, con su mano acarició suavemente su cabeza.

—Cariño, ¡eres nuestra hija!, no te mortifiques, por favor, te queremos más que a nadie en el mundo, daríamos la vida por ti. No hay ningún padre en el mundo que no hiciera lo mismo que nosotros haríamos.

Siempre has sido una niña muy buena, especial, no dejes que esto te cambie, y no consientas que tus sentimientos ahora no sean lo mismo con nosotros, ¿me estás escuchando, hija?

Olivia se quedó mirando a sus padres y con el corazón vacío, soltó:

—¿Cuánto dinero disteis por mí? ¿Cuánto tuvisteis que pagar?

Los dos se pusieron de pie a la vez, no daban crédito a sus oídos. Con tristeza en los ojos, Pedro y Pasión miraron a su hija, a su pequeña, ¿o ya no era su pequeña? Parecían no reconocer a su hija, todo había cambiado, comprendieron que nunca más sería lo mismo; aunque sus palabras dolían mucho, muchísimo, ellos la querían más si cabe que el primer día.

—No tuvimos que dar nada por ti, Olivia —contestó su padre—, nada nos costaste, ya que esto no fue una compra. Te abrazamos, te vestimos, firmamos todos los papeles que había que firmar y antes de salir regalamos unos pequeños peluches a otros niños ya más mayorcitos que con la mirada te pedían que te los llevaras a ellos también. ¿Y sabes?, ellos lo iban a tener mas difícil que tú, ya que en su espera estaban creciendo sin unos padres y cada vez sería más complicado para ellos.

Pasión y Pedro salieron al jardín, necesitaban respirar un poco de aire, aún faltaban unos días para salir hacia Gijón.

—Pedro, ¿qué vamos hacer?, me siento angustiada.

—No podemos hacer nada, supongo que iremos al hospital donde nació Olivia, pero no sé si allí habrá algún dato. Muchas veces, madres que dan a sus hijos en adopción no dejan ningún rastro para que no puedan dar con ellas.

—Ya lo sé —dijo Pasión—, lo estaba pensando yo también. Si te digo la verdad, espero que ocurra eso. Olivia entonces se conformaría y, con un poco de suerte y tiempo, a lo mejor pensaría que la hemos ayudado hasta en lo más difícil para noso tros. Tiene que, en lo posible, volver a ser la que era, ¡Pedro!, tiene que volver a ser nuestra pequeña.

Pasión no podía evitar las lágrimas, que caían incesantes por sus mejillas. Pedro abrazó a su mujer –la quería tanto–. Olivia estaba siendo terriblemente injusta con ellos. A pesar del trastorno que suponía para una adolescente enterarse de que era adoptada y por una parte entender que quisiera conocer a su madre biológica, no era justo para ellos.

Era sábado, faltaban dos días para salir hacia Gijón, Pedro estaba de guardia todo el día en el hospital.

Pasión se encontraba en la cocina desayunando, miró el reloj, y como Olivia no bajaba, subió en su busca; todo era silencio. Pasión se inquietó ya que no era habitual en Olivia dormir tanto. Dio unos golpecitos a la puerta, no contestó.

Pasión volvió a probar, esta vez llamándola, la puerta estaba cerrada por dentro. Olivia no contestaba, empezó a inquietarse. Continuaba sin contestar, como una jarra de agua fría, sintió en todo su ser que algo estaba pasando. Pasión intentó abrir la puerta, no pudo, fue imposible, bajó las escaleras corriendo. Llamó al hospital, dejó el mensaje a Pedro cuando en centralita le cogieron el teléfono; el móvil de Pedro comunicaba. Salió desesperada a la calle y fue en busca del vecino, era sábado y estaría en casa, pensó. Alguien tenía que ayudarla abrir la puerta, a romperla si hacía falta, estaba fuera de sí.

Pasión aporreaba la puerta de sus vecinos, gritaba como una histérica.

—¿Qué haces, mamá? ¿Es que te has vuelto loca? —dijo Olivia. Por un instante Pasión no atinaba a pensar. Se giró y vio en medio de la acera a Olivia mirándola con los ojos abiertos, iba acompañada de Laura.

—¿Qué le ocurre? ¿Les pasa algo a sus vecinos? —preguntó Laura, quien no entendía nada. Pasión lloraba, y lloraba... sin poderse explicar.

—¡Oh, Olivia!, ¿cómo me puedes hacer esto? Yo creía, yo pensaba que algo te había ocurrido. No contestabas en la habitación, y ¿cómo puede estar la habitación cerrada, si tú no estás dentro?

Olivia la miró, parecía como si disfrutara del momento, sus vecinos no abrieron la puerta ya que parecía que no estaban.

—No sé de qué me hablas, hace horas que salí a pasear, luego me acerqué a casa de Laura y su madre me invitó a desa yunar. ¡Ah, por cierto!, no me esperes a comer, tengo planes.

Laura, casi tímidamente y con la cabeza baja, se despidió de Pasión y las dos se fueron hacia el centro, habían quedado con unos amigos del instituto, comerían en la hamburguesería, cerca de la plaza Sancho, y luego pensaban ir al cibercafé.

Pasión se encontraba cruzando para entrar de nuevo en su casa, llamaría otra vez al móvil y le diría a Pedro que no pasaba nada. En ese instante, a sus espaldas oyó un frenazo.

Pedro salía disparado del coche.

—¿Qué ha ocurrido? Me dijeron que volara hacia casa —dijo Pedro.

Los ojos de Pasión estaban cansados, también hinchados, y empezaban a tener unas pequeñas bolsas debajo de ellos, continuaba llorando.

—¡Pasión!, cariño, ven aquí, cuéntame —la cogió de la mano, sintió el pulso de su mujer y el temblor de esta.

Su hogar estaba en peligro, todo aquello que con tanto amor, alegría y cariño habían construido, ahora parecía tambalearse y, sintiéndolo mucho, Olivia era la causa. Debía de estar contenta, quererlos y agradecer que un matrimonio la adoptase; le dieron sus apellidos, había sido tratada como una hija de verdad, ya que así la sentían.

¡Cómo había cambiado su hija!, entendían lo que ella estaba pasando, habían hablado de ello, pero no se merecían lo que les estaba ocurriendo.

—Verás, Pedro, la niña no bajaba a desayunar, esperé un rato, subí y llamé. No contestaba, intenté abrir la puerta, estaba cerrada.

¿Comprendes lo que te digo?, ¡no se oía nada! No pude abrir, insistí llamándola, no contestaba a mis llamadas. ¡Dios mío! Pensé... que quizás... había hecho alguna locura.

Pasión se abrazó a su marido, le contó cómo Olivia había aparecido con Laura y le llamó diciéndole que parecía una loca aporreando la casa de los vecinos.

Pedro subió las escaleras, Pasión lo siguió.

Pedro intentó abrir la puerta, pero tampoco pudo. Lanzó una mirada a Pasión, se hizo hacia atrás y empujó con todas sus fuerzas la puerta. El ruido de una silla que cayó al suelo les hizo entender que Olivia había hecho palanca con esta. Entraron en la habitación, la ventana estaba entreabierta.

Olivia había descendido por la enredadera situada al lado de la ventana. No podían entender cómo esa niña a la que querían tanto ahora se había vuelto en contra de ellos, y no po dían dejar de pensar en cómo ahora estaba siendo tan cruel.

—Olivia merece un castigo, Pedro, esto no puede quedar así, y además debería darnos una explicación —dijo Pasión.

Pedro estaba pensativo.

—No le diremos nada. Nos comportaremos como si nada hubiera sucedido, y cuando vuelva, me gustaría que no sacaras el tema. A lo mejor, si lo dejamos pasar y ve que nada le decimos, no intentará de nuevo llamar la atención de estas maneras volviendo hacer una gamberrada semejante.

—¡Claro, Pedro! —dijo Pasión—, así la próxima vez dirá: como no me dijeron nada, hoy la voy hacer más gorda.

Los dos se miraron, por primera vez se sintieron confusos, ¿qué camino deberían tomar?

Pasión acompañó hasta la puerta a Pedro. Se había tranquilizado bastante, estaba de guardia y debía volver al hospital.

—Un beso, cariño, volveré en cuanto termine el turno. Recuerda, si vuelve antes que yo, demuéstrale tranquilidad.

—Está bien, Pedro, a lo mejor tienes razón, no sacaré el tema, quizás se sienta arrepentida.

Pedro subió al coche. Durante el camino hacia el hospital se sintió terriblemente disgustado. ¡Su pequeña Olivia, era una niña que quería tanto! ¿Qué estaría pasando por su cabeza? Hablaría con ella pero no esa noche, esperaría a ver cómo sería al día siguiente; el lunes se iban a Gijón. Sintió un escalofrío, todo podía pasar o simplemente y con un poco de suerte, no pasaría nada. En ese aspecto se sentía muy contradictorio, ya que por una parte, tenía miedo de encontrar lo que Olivia buscaba, ¿y si era así?, si la encontraba, ¿qué pasaría? Con esos pensamientos llegó al hospital, el día se iba hacer largo.

Pasión entró en la cocina, se sirvió un té frío y con la taza en las manos salió al jardín. Su vestido estampado a tablas se movía suavemente con la ligera brisa de la mañana. Se detuvo largo rato contemplando una pequeña rosa que brotaba con el resplandor de la primavera, resaltaba su color rojo.

Cuando terminó su té, fue en busca de la manguera, le relajaba mucho cuidar de sus plantas. Regó los narcisos, las rosas y las dalias, luego se puso a desprender alguna que otra hoja muerta. Saco el cortabordes y repasó todos los bordes del césped, y cuando terminó con el cortacésped, se sentó en su mecedora, complacida del aspecto que tenía todo por fuera.

Al día siguiente tenían que estar las maletas hechas y preparadas, pensó en hacerse un pequeño bocata y luego subiría a preparar el equipaje.

Dobló con cuidado toda la ropa que tenía preparada encima de la cama, lo ordenó todo en la maleta, y cuando todo estuvo preparado, se sentó al borde de la cama.

Se sintió angustiada pensando en el lunes, jamás se le pasó por la cabeza que un día saldrían a buscar a la madre biológica de Olivia.

Quizás ella hubiera hecho lo mismo que su hija, ¡pero le costaba tanto!

Sintió que por Olivia no le quedaba más remedio que hacerlo, pero el sentimiento de madre, que con ella había crecido hacía diecisiete años, se rebelaba en su interior «¡Yo soy tu madre, Olivia, soy yo! Ella te abandonó». Unas lágrimas caían incesantes por su rostro, el ruido de la puerta devolvió en un instante a Pasión y a sus pensamientos a la habitación. Olivia acababa de llegar. Se secó los ojos.

—Olivia, ¿eres tú? Sube, estoy en mi habitación.

Olivia asomó la cara por la puerta entreabierta y contempló a Pasión sentada en la cama.

—¿Qué estás haciendo? —dijo Olivia casi en un susurro. Su mirada era inquieta.

Pasión contempló a su hija, quería decirle tantas cosas, pero fue incapaz, no se sentía con fuerzas.

—Estoy preparando el equipaje, mañana dejaremos la casa recogida y así todo estará preparado para el lunes. ¿Tienes ahora tiempo para preparar el tuyo?

—Sí, ya lo tengo casi todo listo —contestó Olivia.

—Entonces, mientras se hace la cena, voy a darme un baño. Tu padre no tardará en llegar.

—Está bien, me parece que voy a ir a mi habitación, en un rato lo tendré listo.

Olivia, sin decir nada más, se dirigió a su cuarto. Pasión dejó la maleta al lado de la puerta y bajó a la cocina, preparó en una bandeja chuletas de cordero con patatas, pimientos y vino blanco, dispuso unas especias por encima y lo metió al horno.

Subió otra vez, la puerta de la habitación de Olivia estaba abierta, se acercó.

—¿Necesitas ayuda, cariño? ¿Quieres que te ayude?

—No, ya lo tengo casi todo listo.

—Está bien, me quedaré un rato leyendo mientras llega papá —dijo Olivia.

Pasión se dirigió al baño; las palabras de Olivia, aunque no eran cariñosas, tampoco reflejaban nada de lo que había sucedido por la mañana.

Tal vez Pedro tenía razón en no sacar el tema, pensó Pasión, y deseó tanto que todo volviera a la normalidad…

Llenó la bañera, dispuso unas bolas perfumadas y fue generosa cuando echó el aceite perfumado relajante. Preparó su camisón y su bata de color azul en la banqueta, fue a su habitación en busca de las zapatillas blancas y se recogió su larga melena en un pequeño broche marrón y con dos grandes pinzas. Cuando se sumergió en la bañera, se sintió agradecida al ser acariciada por el agua caliente. Durante media hora y con los ojos cerrados, se abandonó a la paz que sintió y consiguió en esos momentos. Cuando bajó a la cocina, Pedro y Olivia charlaban como si nada hubiera pasado ese día.

—Hola, Pasión —dijo Pedro—, ahora mismo iba a subir a buscarte. La nena me ha dicho que estabas en la bañera y no he querido molestarte.

—Hola —contestó Pasión—, la cena estará en un momento, sube si quieres mientras a darte una ducha y te cambias, esperaremos a que bajes.

—Está bien, tardaré solo un momento, podríais mientras pensar en qué os apetecería hacer mañana.

—Pues yo —comentó Pasión— había pensado que po dríamos pasar el día los tres juntos haciendo alguna pequeña excursión. Nos llevaríamos las mochilas con la comida preparada; ya que está haciendo buen tiempo, me apetecería mucho.

—Fantástico, me parece una buena idea —dijo Pedro—. Olivia, ¿qué opinas?

—Lo que queráis, pero no lo alargaremos mucho, quiero estar descansada y despejada para el lunes —contestó Olivia.

Pedro y Pasión se miraron pero nada dijeron. La cena fue como otras tantas pero un poco más silenciosa. Olivia se retiró a su habitación excusándose por estar cansada. Pasión y Pedro también subieron a su cuarto detrás de Olivia, necesitaban estar juntos, abrazarse y quererse, y entrelazados y en silencio, aplacar su reciente angustia despertada.

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