Kitabı oku: «Clínica con la muerte»
Alcira Mariam Alizade
Clínica con la muerte
SEGUNDA EDICIÓN

Para mi hermano Miguel Ángel Alizade.
Para Eduardo Palá.
Índice de casos
Alan
Alberto
Camila
Carla
Federico
Ignacio
Ileana
Iris
Leo
Leonarda
Marcos
Mariela
Natalia
Nora
Oscar
Paula
Pedro
René
Roberto
Sara
Sofía
Teo
Valeria
Vera
Yvonne
Prólogo a la segunda edición
Ha pasado más de una década y Clínica con la muerte sigue viva, transitando caminos. Me llegan ecos de agradecimiento desde diversos lugares con el relato de la ayuda que ciertas líneas aportaron a distintas personas en diversas circunstancias, y en la cercanía de la finitud, tanto propia como de un ser querido.
Es un placer presentar esta segunda edición. La primera data de 1995 y fue publicada por Amorrortu Editores. Agradezco a Ediciones Biebel el interés que mostró en volver a dar a luz este libro.
Una segunda edición es un segundo nacimiento. Y también es una renovación. Las páginas son las mismas, pero el tiempo ha dejado marcas en las letras y este prólogo pretende agregar algunas palabras más acerca de la clínica con la muerte.
En este libro cuento mi experiencia en el contacto con seres que estaban por morir. Me enseñaron, ayudé, nadé en aguas de angustia, me alejé y acerqué alternativamente… conviví mentalmente con ellos.
Un día, moriremos. Uno a uno, en diversos momentos y circunstancias. Este universal de existencia deja huellas, visibles o invisibles, en nuestro diario transcurrir. No sabemos cuándo, no sabemos de qué exactamente, no sabemos cómo. Abarajamos hipótesis: ¿Enfermedad? ¿Accidente? ¿Longevidad?
En general, nadie quiere morir… la mayoría se aferra a las raíces terrenales y desea permanecer en su carácter de viviente. Es natural y comprensible. La muerte se presenta como una enemiga acechante que nos hace sufrir. Nos amenaza con quitarnos lo que más amamos. Nos ausentará del mundo definitivamente y perderemos el precioso don de la vida.
Sabemos que somos pasajeros pero, ¿no será mejor no pensar en eso? Nos arraigamos a nuestro hábitat conocido, por duras que sean las circunstancias que nos toquen transitar. Lo desconocido de la muerte aterra. La desesperación por la extinción incentiva patologías de poder y creencias ciegas de dominio que facilitan actividades destructivas tanto a nivel individual como social y político.
Por otra parte, es tan maravillosa la existencia cuando aprendemos a apreciar las mil maravillas que nos rodean: el sol, la luna, la sonrisa, el verde de tal árbol, mi pisada en la vereda, la pequeña compra de alimentos, el cruce con otro, el niño que vemos… ¿por qué habríamos de dejarla?
Enemiga desprolija, la muerte no respeta edades, da sorpresas feas. Es intempestiva, irrespetuosa, no avisa. Nada le importa: si tenemos hijos por criar, proyectos a medio cumplir, una boda en puertas… ¿será mala la muerte? Esta pregunta me ronda a veces.
Y por sobre todo, es enemiga porque la tememos. ¿Qué podría ella enseñarnos?
Pienso en el Diálogo de Fedón de Platón, cuando Sócrates, ya próximo a ingerir la cicuta, retoma su famoso “no sé” y lo aplica al morir. ¿Por qué estar tristes y llorar si no sabemos qué nos espera allende la vida? Propone un morir sereno, noble, valiente, curioso, incluso feliz.
¿Reencarnación? ¿Resurrección de la carne? ¿Juicio final? ¿Descanso pacífico en la nada? ¿Trasmutación de energía? Todo es posible y misterioso.
Escuchemos a Montaigne en una célebre página de sus Ensayos:
“No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos, por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa... Si hubiese alguna manera de resguardarse de los golpes de la muerte, no soy yo aquel que no lo haría... Pero es una locura pensar que se pueda conseguir eso...
Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte, a ellos, a sus esposas, sus hijos, sus amigos, y los sorprende desprevenidos, qué tormentas de pasión no los abruman entonces, qué llantos, qué furor, qué desesperación...
Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte... No sabemos dónde nos espera la muerte así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo”.
¿Será posible “aprender a morir”, como indica el filósofo? ¿Cómo convivir en el día a día con la expectativa de la finitud?
Una alternativa es amigarse con la idea de la transitoriedad. Este trabajo, lento y seguro, cultivado de muchas maneras, iría desatando los excesivos lazos de apego a lo terrenal y develaría que vivir es atravesar un tiempo de aventura y de privilegio por haber nacido. Partir equivaldría a un nacimiento al revés, al cierre de un ciclo natural. De ocurrir esta especie de milagro mental, fruto de una profunda elaboración, la vida entera se irá transformando para bien. La muerte estará presente en cada bello amanecer, en cada instante de vida lúcida y agradecida. Empezamos a morir al nacer y terminaremos de morir al extinguirnos definitivamente. La muerte incluso podrá perder su nombre y se convertirá en un pasaje, un salto vital a otro lado, una trasmutación de energía… una fuente de extraña vitalidad.
La conciencia de transitoriedad inmediata, el movimiento constante y lúdico ser-no ser más, nos acerca a estados psíquicos de mayor lucidez, modifica la cosmovisión y nos humaniza al sensibilizarnos a la gran ola de lo efímero. La conciencia se expande y se aproxima a un plus de realidad que linda con lo impensable. La mente se libera de temores y se armoniza con la totalidad. Nos aproxima una y otra vez al otro, al extranjero que forma parte del todo en que estamos inmersos. Aprendemos a corregir errores de pensamiento, a domesticar impulsos negativos fruto de hábitos de cultura milenaria regidos por el miedo y la creencia en el poder de acopiar, de tener, de competir, de consumir, de quitarle al prójimo en provecho propio. La angustia por sabernos mortales es fuente de múltiples errores humanos.
La educación desde la infancia en el arte de vivir sin temor a la muerte y en estado de gratitud y amor por el don recibido, familiarizará a las futuras generaciones con la naturalidad de la travesía por la vida, con un principio y un fin. Al aprender, en forma lenta y sostenida a aceptar la impermanencia, bordearán la sabiduría y se incrementará el vivir generoso, humilde, valiente.
Imagino que morir ha de ser como atravesar una cuarta o quinta dimensión, como lanzarse a un vacío infinito. En el acto de soltar amarras con la tierra, el ser se lanza a lo desconocido.
El adiós será suave, pese a las apariencias, la desaparición una evanescencia natural, sin tragedia, y, de alguna manera difícil de explicar, la irradiación de este trabajo abrirá en muchos otros, pequeñas puertas incipientes hacia una solidaridad interminable, y un mundo rescatado de las luchas fratricidas y de la ignorancia.
Quizá vivir sea un periplo en busca de un saber oculto: que somos eternos, milagrosos, dignos de felicidad, privilegiados por tener la oportunidad de experimentar una vida terrenal.
“Luz, más luz”, pedía Goethe al morir. Yo pido luz cada día, porque cada día es día magnífico para vivir y morir. Reclamo la consubstanciación en el alma de vida y muerte para librarnos de vanos derroteros mentales secos y yermos, para abrirnos al gran misterio de estar vivos, a la delicia de existir, al amor en plural hacia el universo inagotable, al abrazo con el más allá, hoy, y en el instante del gran viaje.
Prólogo a la primera edición
Este libro fue naciendo de a poco, por efecto de la reflexión entre una clínica que lidiaba con la muerte y una teoría que se entrelazaba con ella. Fue creciendo a través de múltiples notas y observaciones llevadas a cabo a lo largo de los últimos quince años. Darlo a conocer se trasforma en una suerte de imperativo. Tengo la impresión de que podrá ser de utilidad no solamente para los especialistas en el campo de la psicología, sino también para el equipo tratante que enfrenta a diario una multiplicidad de situaciones difíciles que requieren de la mayor cantidad de herramientas posibles. Toda clínica, en tanto aproximación a un sujeto viviente, implica la participación de la ausente presencia de la muerte. En el registro de pacientes que forman parte de este libro, la muerte física tanto se yergue como realidad inminente como se asoma en el horizonte de las posibilidades mediatas. Su título podría también haber sido “Clínica con la muerte natural”. El agregado de la palabra “natural” enfatiza que no habrá de tratarse de la muerte intencional en cualquiera de sus formas, sino de aquella muerte que, inevitable, nos ha de alcanzar un día a todos los aún vivos. Dejamos de lado la consideración de la fascinación por la muerte y la importante temática del potencial genocida humano. Es un libro acerca de la cotidianidad de la muerte. Esta habrá de emerger en su vertiente dramática y escandalosa, por un lado, y en su vertiente natural o “familiar”, por el otro.
Una pregunta se impone en esta semiología introductoria de la muerte: ¿vamos a vérnoslas en estas páginas sólo con la muerte física, con la amenaza al estado de viviente, con el aniquilamiento del cuerpo orgánico, o vamos a considerar también los vericuetos de la muerte psíquica, vale decir, la dimensión de lo inerte, de lo destruido, de lo “aniquilado” en el mundo interno?
Si bien el énfasis de este libro está puesto en considerar al “por morir” en su condición humana de mortal, enfrentado a la inminencia de la descomposición de su carne, no he podido evitar la inclusión de un capítulo de reflexiones acerca de la muerte psíquica. En esas líneas se hace presente la otra muerte, la de adentro, la que mata potencialidades vivientes, la que nos enseña acerca de la visita de la muerte dentro de nuestras mentes, muerte que empobrece la calidad de la vida.
Vivir implica un constante combate lúdico contra las amenazas de la pulsión de destrucción vertida sobre nosotros mismos. El “oficio de vivir”, como lo denominaba Pavese, exige un reto perpetuo, un afianzar palmo a palmo el estado de viviente, cultivando la vida y sorteando los obstáculos negativos. La muerte misma puede ser experimentada como una experiencia final mayor dentro del contexto de la vida o servir de pretexto para empobrecer la calidad de la vida cotidiana.
El dualismo freudiano opone la vida y la muerte, la construcción y la destrucción, lo positivo y lo negativo. Muchos conceptos del campo de la teoría, tales como masoquismo, principio del Nirvana, dolor psíquico, pulsión desobjetalizante (Green, 1986), núcleos aletargados (Cesio, 1958), hacen hincapié en los procesos que desgarran, rompen, sideran el aparato psíquico. Lo “no vivido”, lo “no permitido vivir” constituyen espacios del dominio de lo muerto.
Mi experiencia clínica con pacientes “por morir” se realizó principalmente en el campo de la oncología. En 1980 asistí en la ciudad de Boston a un workshop sobre “Stress, factores emocionales y cáncer”. Lo lideraba el grupo Simonton. En su centro de trabajo, las estadísticas revelaban una sobrevida en pacientes graves del doble de lo esperado. Mi veta de investigadora recibió un estímulo y ya en Buenos Aires decidí intentar corroborar por mí misma ciertas premisas planteadas. Me acerqué con esos fines a Lalcec (Liga Argentina de Lucha Contra el Cáncer), donde el doctor di
Paola fomentó mi interés invitándome a tomar contacto con el Hogar San Francisco. Allí empecé a entrevistar pacientes. Concomitantemente asistía a la sala de Ginecología del Hospital de Clínicas, cuyo jefe era el doctor di Paola hijo, y luego trabajé en el Hospital Rivadavia con el doctor Dante Calandra. Un nuevo proyecto de investigación tuvo lugar en un servicio de oncología del Hospital de Clínicas con los doctores Perazzo, Brosio y Sparrow. A todos ellos les debo el haber podido moverme cómodamente explorando en sucesivas entrevistas distintas situaciones y distintos aconteceres psíquicos.
El cuerpo, ese poderoso regidor de nuestro destino, emerge en estas páginas en primer plano imponiendo su viva presencia mortal. El mundo de las representaciones frente a la muerte, el campo de los afectos donde la angustia juega un rol predominante habrán de ser investigados. Pero el libro no se detiene en el muerto mismo. Va a explorar también el duelo, o sea, el territorio del dolor psíquico en los sobrevivientes, e igualmente considerará, desde los aportes de la antropología, los idearios de la muerte para ubicarla en diversos contextos socioculturales. Se abre camino entonces hacia el luto, los rituales de la muerte, el concepto del cadáver, las ceremonias funerarias, los actos eutanásicos, el tiempo de la agonía, el problema del dolor. En algunas de estas temáticas me detendré especialmente. Otras aflorarán al correr de la pluma dando cuenta de la complejidad del fenómeno muerte.
Es inherente a la vida lidiar con el sufrimiento que, como bien señalaba Freud en 1930, procede de múltiples fuentes: del mundo externo natural, donde la catástrofe es moneda siempre posible bajo múltiples formas (maremotos, inundaciones, incendios, terremotos, tornados, huracanes, tormentas, etc.); del mundo externo humano (guerras, asesinatos, accidentes, pérdida de seres queridos, etc.); del propio cuerpo (enfermedades, amenazas de muerte, etc.); de las relaciones entre los hombres (desamparos, peleas, rivalidades, abandonos, separaciones, malos tratos, etc.). El sufrimiento en tanto lucha frente a los obstáculos de la existencia invoca a la vida. La muerte, en cambio, se dirige a la inmovilidad y al “nunca más”.
También está el hombre como un gran matador ya sea en la realidad ya sea en la fantasía. El deseo vehemente de ejercer la muerte se expresa a través de sus deseos inconcientes o concientes de dar muerte a otros o a sí mismo. La naturaleza violenta humana se manifiesta de diversas formas. Muerte física y muerte psíquica se entrelazan. Freud (1915a, p. 684) enuncia al respecto impactantes frases como: “Somos los descendientes de una incontable sucesión de asesinos” o “La sed de matar está en nuestra sangre”.
La pulsión de vida (Eros) triunfa decididamente cuando el sujeto opera intrapsíquicamente el movimiento de trasformación del narcisismo (Alizade, 1987, véase cap. V) que da acceso a un cierto montante de sabiduría y a un estar en positivo en la vida tomando en consideración al semejante. La alteridad cobra relevancia en el marco de una ética. La existencia se inserta en la primacía del principio de la relatividad y la pulsión de destrucción logra ser domesticada (Freud, 1937). A esta trasformación del narcisismo habré de dedicarle un lugar de importancia.
Como en un rompecabezas, los capítulos se irán ordenando desde un caos inicial. Un cierto comando inconciente dictará las secuencias de escritura dando forma final al libro. Al lector le está encomendada la tarea de hojear el índice y elegir de acuerdo con sus intereses y su inserción científica qué líneas habrá de leer, cuáles le podrán servir en el manejo de sus pacientes, ya provenga del territorio de la medicina, de la enfermería, de la asistencia social, de la psicología, del psicoanálisis, etc., y cuáles le podrán servir quizás en el sendero de reflexión acerca de su propia vida.
PRIMERA PARTE Uno morirá
1.
Los idearios de la muerte
I. Introducción
En este primer capítulo se enriquece el psicoanálisis con aportes de otras disciplinas que destacan la complejidad fenoménica que rodea al suceso “muerte”.
La antropología de la muerte pone sobre el tapete el entramado entre vertientes intrapsíquicas y socioculturales. En sus avatares constitutivos se entrecruzan la filogenia y la ontogenia.
Los idearios de la muerte comprenden las ideas y los afectos que determinado contexto sociocultural engendra respecto de ella. La manera de considerar a la muerte depende enormemente de los aspectos sociales del superyó determinado por las creencias sociales y “la opinión pública” (Freud, 1914).
En estas páginas se tomarán en cuenta el pasaje entre la vida y la muerte, la manipulación del cadáver, los ritos funerarios y la categoría de ex viviente.
La tipología de las muertes muestra cuánto depende el hombre de su entorno tanto para vivir como para morir. Cuesta pensar, inmersos en el trajín de una vida de Occidente de fines del siglo XX, que morir pudiera haber constituido alguna vez una experiencia de máxima trascendencia, manejada en gran medida voluntariamente, con un mínimo de angustia y un máximo de cortesía en un ámbito de natural familiaridad.
La demarcación entre vida y muerte no es siempre demasiado precisa. Los que se van influyen sobre los que quedan y los que quedan dialogan imaginariamente con los que ya han partido. Se constituyen territorios psíquicos intermedios donde vivos y muertos interactúan y se comunican. Las religiones y las creencias primitivas facilitan esta circulación. Los rituales del luto y el proceso de duelo están impregnados de un intercambio necesario con el muerto como presencia psíquica con quien deben llevarse a cabo determinadas ceremonias en el mundo externo y en el mundo interno. El muerto está activo y “vive” desde su lugar de muerto.
La inmortalidad, privilegio de los dioses, es considerada un máximo bien desde una fantasía que inventa un lugar sin sufrimiento alguno. Es interesante al respecto consignar lo que en nuestro medio ha investigado Cordeu (1983) en sus trabajos de campo con los ishir y chamacocos, quien concluye que la condición edénica resaltada por Mircea Eliade como la “nostalgia del paraíso” no es en el fondo tal pues –a la manera del retorno de lo reprimido–, en los mitos paradisíacos, “la inmovilidad primordial es semejante en todo a la de la muerte”. La muerte vuelve a aparecer allí donde la creíamos destituida para siempre. La vida edénica, libre, plena, donde no hay pesares ni esfuerzos, resulta una vida no-humana, aburrida y carente de interés, ya que no favorece el despliegue de las fuerzas vitales. En la vida terrena, con sus obstáculos y luchas, la muerte emerge como “una experiencia extrema fundante de sentido” y adquiere valor en su contrapunto existencial con la vida.
Muerte y vida constituyen un par dialéctico en interacción permanente; cada uno de estos términos obtiene su riqueza semántica en su vinculación con el otro.
La historia da pruebas de la circulación entre vivos y muertos. En la lengua medieval, la palabra “iglesia” comprendía “la nave, el campanario y el cementerio”. Estos lugares se fueron convirtiendo en lugares públicos. El cementerio era también un lugar de asilo que con el tiempo se convirtió en lugar de encuentros y reuniones, como el foro de los romanos. Pegados a los osarios, se instalaban a veces mercachifles y tenderetes. En 1231 el concilio de Ruán prohíbe que se baile en el cementerio o en la iglesia so pena de excomunión. En 1647, un texto expresa el malestar generado por la coexistencia en un mismo lugar de sepulcros y de “las quinientas diversiones que abundan bajo estas galerías [...]. En medio de tanto barullo (escritores públicos, lenceras, libreros y merceras) había que proceder a una inhumación, abrir una tumba y sacar cadáveres que aún no se habían consumido, dándose el caso de que, aun en época de mucho frío, el suelo del cementerio exhalara olores mefíticos” (Aries, p. 30).
Durante un milenio la gente había tolerado perfectamente lo que Aries denomina “la promiscuidad entre vivos y muertos”. Y lo que es más importante aún es que “el espectáculo de los muertos, cuyos huesos afloraban a la superficie de los cementerios, como la calavera de Hamlet, no despertaba entre los vivos más sobresalto que la idea de su propia muerte. Tan familiares les eran los muertos como familiarizados estaban con su propia muerte”.
II. Antropología de la muerte
a. El primitivo y la muerte
He de distinguir el hombre primitivo, por un lado, y el pensamiento primitivo, por el otro, perteneciente este al hombre de antaño y muchas veces presente en el hombre moderno como restos inconscientes vinculados con afectos e ideas arcaicas.
Lévy-Bruhl (1922) se ha ocupado de recabar información sobre la mentalidad primitiva. Al leer su obra, uno debe intentar penetrar en formas de pensamiento que nos resultan bizarras en tanto se alejan de los procesos de pensamiento habituales del hombre civilizado y se manejan por un pensamiento mágico que es indiferente a las causas mediatas y que aplica un juicio de máxima certeza fundado en un imaginario bizarro. Indígenas de distintas partes del planeta experimentan a la muerte de la misma manera: no se muere de muerte natural, uno es siempre muerto por una potencia mística invisible. Coexisten para ellos el mundo de la percepción sensible (visible) y el mundo de los espíritus (invisible). El cuerpo se presta como receptáculo para dar entrada o salida a un espíritu en una suerte de circulación sin fronteras. Al soñar, uno se trasforma en un recién muerto y el espíritu visita a los ancestros y dialoga con el otro mundo. Por eso Lévy-Bruhl es taxativo cuando enuncia que (p. 65) “para comprender la mentalidad primitiva es necesario renunciar de antemano a la idea que nosotros tenemos de la muerte y de los muertos...”. Una persona es declarada a veces muerta antes de morir cuando se considera que su espíritu ya ha partido y es enterrada viva; una persona gravemente enferma, de no morir de inmediato, es abandonada a sí misma pues el estado de pre-muerte inminente e incierta inspira terror. El muerto se convierte en malo y daña, castiga, etcétera.
¡Cuán extrañas nos parecen estas formas de pensamiento! Freud (1919) nos enseña que estos mecanismos “superados” en el hombre civilizado no lo están totalmente y retornan adoptando el carácter de lo siniestro en múltiples ocasiones. Impera en esos momentos la omnipotencia de las ideas, el pensamiento mágico, el reinado de lo sobrenatural, el animismo, etc. Los límites entre fantasía y realidad se desdibujan. Los seres civilizados no han desalojado por completo al hombre primitivo con su narcisismo ilimitado y su trato con las fuerzas naturales y sobrenaturales.
Lo siniestro se mezcla con lo espeluznante cuando entra en relación con cadáveres, con el animismo de lo muerto, con espectros, con fantasmas. La vida de los muertos emerge en su doble carácter de invisible y de eficaz. Se juega con prácticas de muerte y resurrección para curar enfermedades (magia homeopática o imitativa). Escribe J. Frazer, (1890, p. 48): “Hay una rama prolífica de la magia homeopática que obra por medio de los muertos; del mismo modo que un muerto no puede ver, oír ni hablar, así se puede, basado en la regla de la magia homeopática, dejar a la gente ciega, sorda y muda por el uso de huesos de difuntos o de cualquier otra cosa que esté contagiada por la corrupción de la muerte: por ejemplo, entre los galeses, cuando un mozo va a galantear por la noche, coge un poco de tierra de una tumba y la esparce sobre el techo de la casa de su novia exactamente sobre el lugar donde los padres duermen. Imagina que así prevendrá que no se despierten mientras él habla con su amada, puesto que la tierra de la tumba les dará un sueño tan profundo como el de la muerte”.
Muerto no quiere decir inexistente o ineficaz. Lo muerto hace. Hace con lo que queda de él, con la materialidad sobrante (huesos, cenizas, restos), y con una parte de sí que no desaparece nunca. Me refiero al espíritu, al “alma” que sigue planeando sobre la superficie de la tierra. Invisible acorporeidad que debe temerse, reverenciarse y llamar a veces en nuestro auxilio.
El pensamiento salvaje (Lévi-Strauss, 1962) está dominado por la ciencia de lo concreto. En los ritos funerarios de los fox, por ejemplo, tienen lugar ceremonias de adopción por medio de las cuales se sustituye un pariente muerto por otro vivo, lo que permite la partida definitiva del alma del difunto. Los ritos funerarios muestran la gran preocupación por deshacerse de los muertos, para asegurarse de que el “fantasma” del muerto no retorne a vengarse o a molestar a los vivos. Los vivos “deben mostrarse firmes ante los muertos: los vivos harán comprender a estos que no han perdido nada al morir, pues recibirán regularmente ofrendas de tabaco y de alimentos. En cambio, se espera de ellos que a título de compensación de esta muerte, cuya realidad recuerdan a los vivos, y del pesar que les causan por su deceso, ellos les garanticen una larga existencia, vestido y algo que comer” (pp. 56-57).
El alma y el cadáver interactúan. Sus poderes deben ser controlados.
También se simboliza a la muerte con propiedades de la naturaleza. En Portugal, a todo lo largo de la costa de Gales y en algunas partes de la costa bretona prevalece la creencia de que los nacimientos se verifican cuando sube la marea y de que la gente muere cuando está bajando (Frazer, p. 53). El fenómeno muerte recibe desplazamientos y concretizaciones en los múltiples sucesos de vida y muerte que ocurren en la vida natural.
Todo en la naturaleza vive, muere, y renace bajo formas metamorfoseadas. El fantasma o espíritu del muerto implica una metamorfosis imaginaria. El cadáver también se trasforma, el alma emigra y se trasmuta.
Los muertos constituyen una suerte de especie oculta: eficaces, eternos, positivos o negativos, omnipresentes...
b. Tipología de la muerte (semantización cultural de la muerte)
Una mirada a vuelo de pájaro sobre distintas formas de encarar la muerte en diferentes épocas de la humanidad posibilita relativizar el contrapunto vivo-muerto.
Aries (1977), en sus investigaciones sobre tumbas y ritos funerarios, ha contribuido en gran medida a echar luz acerca de esta fascinante cuestión. Distingue la muerte amaestrada, la muerte propia, la muerte ajena y la muerte prohibida, en el orden enunciado. Habré de repasarlas brevemente e incluiré también otras dos formas: la muerte desorbitada y la muerte súbita.
La muerte amaestrada
Esta muerte es difícil de representar hoy día. Así tuvo lugar la muerte durante un milenio, vale decir que es la forma de vivir con la muerte que más tiempo ha ocupado. Puede llamársela también “la muerte avisada” dado que los seres humanos están “avisados” de antemano de que van a morir.
Escribe Aries (1977): “La antigua actitud para quien la muerte es a la vez algo familiar, cercano y atenuado, indiferente, se opone sobremanera a la nuestra, temerosa de la muerte hasta el punto de que no nos atrevemos a pronunciar su nombre. Por eso, esta muerte familiar recibe aquí el título de muerte amaestrada. No quiero decir con ello que antes la muerte se hallara en estado salvaje, por haber dejado de serlo. Quiero decir, al contrario, que hoy se ha vuelto salvaje”.
Acerquémonos a ella: el caballero se apresta a morir. Estamos en el siglo de los romances medievales, de las canciones de gesta. La muerte amaestrada es una muerte noble en la mejor acepción del término.
Aprestarse a morir constituye un acto fundamental en la vida de un hombre de aquellos tiempos. Toda su vida se le ha enseñado que “su ser en el mundo”, “su esencia misma de ser viviente”, “su dignidad” dependen de la grandeza con que lleve a cabo las ceremonias de la despedida. Se ansía ser: protagonista de la propia muerte. Nada más triste y torpe que morir abruptamente sin haber asistido a los rituales de la antesala de la muerte. De la muerte súbita (pestes, accidentes, etc.) no hay nada que decir. Está signada por un criterio desvalorizante. El muerto se ha perdido su muerte y eso es lamentable. Todos ansían protagonizar el momento de pasaje de vivo a muerto, conmemorar los rituales de la despedida y ser recordados por los sobrevivientes en la grandeza de esta gesta máxima que se denomina “morir”.
Tratábase de una muerte sencilla, de un tranquilo movimiento final. Esta es la muerte de Rolando de la canción de gesta, la del Quijote, de Tristán, de Lanzarote. Uno muere “atento a sí mismo”, familiarmente.
Cuando Aries cita a Rolando, describe los pasos tragicómicos con que prepara su muerte. La primera parte de la ceremonia consiste en lamentar la vida ya pasada, evocando los logros alcanzados y la travesía realizada (las tierras conquistadas, la dulce Francia, Carlomagno que lo crió, etc.). El personaje llora con intensidad pero muy brevemente pues, como bien precisa Aries, “el momento pertenece al ritual” y debe pasar de inmediato a la segunda parte: trátase del perdón de los compañeros que rodean al moribundo por cualquier pesar que le hubieran podido causar en vida. El agonizante encomienda a Dios a los que sobreviven. El cuarto del “por morir” está repleto de visitas que asisten a las pompas finales. No es cuestión de defraudar al público. Nunca faltan niños en esas habitaciones. La muerte amaestrada es una muerte en compañía, es una muerte-ejemplo, socialmente valorizada. Es una muerte-nacimiento. Tanto el “por morir” como el “recién nacido” gozan de prerrogativas narcisistas.
Saldadas las cuentas con la vida, llega luego la hora de pensar en Dios. El “por morir” inicia sus plegarias. Primero un mea culpa, el gesto de los penitentes, y luego la plegaria por la salvación del alma. Acto seguido, el sacerdote le concede la absolución.
Escribe Aries (1977): «Después de la última plegaria, ya sólo queda esperar la muerte que ha de venir sin tardanza. Y así Oliveros: “El corazón le falla, su cuerpo entero se desploma. El conde ha muerto, no le alcanzó más demora”. Si ocurre que la muerte tarda algo en venir, el moribundo la espera callado: “Dijo (su última oración) y luego ya no soltó prenda”».
El silencio no habrá de ser llenado con palabra vana. No es cuestión de romper la estructura ritual de los actos de la partida.
¿Dónde quedaba el miedo, la angustia ante lo desconocido? El propio nombre de muerte domesticada remite a la contención de las ansiedades de muerte en aras de un bien mayor: morir como el superyó (la opinión pública) lo estipula. Si se siente miedo, se lo oculta. La angustia es dominada, lo que permite que el moribundo se retire en calma con la paz del deber cumplido (cumplir la vida).
La muerte amaestrada implica una “concepción colectiva del destino” (Aries, p. 32). El individualismo llegará más tarde para modificar el significado de la muerte y desvirtuar su naturalidad.
La muerte propia
Esta tipología de la muerte aparece en el siglo XII. Distintos fenómenos observados por Aries en los ritos funerarios y en el minucioso registro de lápidas y sepulturas lo conducen al trazado del camino hacia la personalización de la muerte.
La representación del Juicio final sufre modificaciones.
En un principio los muertos pertenecientes a la Iglesia habrán de despertar un día en el Paraíso. No hay juicio ni condena. No hay responsabilidad individual. Más tarde, una balanza rigurosa pesa las buenas y las malas acciones. La vida se extiende. Ya no cuenta tanto el momento preciso del morir sino el último día del mundo al final de los tiempos.
Otro elemento que interviene junto al lecho del agonizante es la última prueba que sustituye al Juicio final. Los grabados de época (siglo XV) así lo atestiguan. Esta prueba «consiste en una última tentación. El agonizante verá la totalidad de su propia vida, tal como la contiene el libro, y se sentirá tentado, bien sea por la desesperación de sus faltas, o por la “gloria vana” de sus buenas acciones, o por el amor apasionado de las cosas y los seres. Su actitud, en la exhalación de este momento fugaz, borrará de golpe los pecados de toda su vida, si rechaza la tentación, o, por el contrario, anulará todas sus buenas acciones, si cede».
Empiezan los tiempos de la interrogación personal. Coincide con el interés por lo macabro. La descomposición de la carne, la figura del cadáver cobran relevancia. «La “morte secca” (huesos, esqueleto) se propaga por todas las tumbas y hasta penetra en el interior de las casas, instalándose en muebles y chimeneas» (Aries, 1977, p. 37).
Algunos autores (Tenenti, Aries) entienden este horror de la muerte como un síntoma del amor a la vida. El horror a la descomposición se hace presente en la poesía (siglos XV y XVI). Pero el horror no se reserva a la putrefacción sino que “está intra vitam en la enfermedad y en la vejez” (Aries, p. 37).
Se toma conciencia de la presencia universal de la corrupción. El esquema cristiano se altera. El hombre de fines de la Edad Media tenía una conciencia aguda de ser un muerto a plazo fijo y al mismo tiempo sentía una pasión intensa por vivir, lo que le hacía rechazar con espanto todo indicio de su fin siempre próximo. Ese hombre sentía un desaforado amor por lo que se entendía por las temporalia que englobaban a las personas, los animales, el jardín, vale decir, todos los enseres terrenales que procuraban placer de vivir.
La muerte propia implica un reencuentro con la tumba propia. Con ella surge la vivencia de fracaso. El hombre deja de estar consustanciado con la naturaleza y se instala en la mentalidad que impera en la segunda Edad Media, donde prima un mundo ávido de riquezas y honores, mundo que cubre los siglos XIV y XV, cuando el carácter perecedero de la vida provoca desilusión y sensación de fracaso. La muerte deja de ser rendición de cuentas para transformarse en la muerte física, la carroña, la muerte macabra.
La muerte ajena
A partir del siglo XVI, el hombre ya no se preocupa tanto por su propia muerte y la muerte es ante todo la muerte ajena. “Se trata de la ausencia del otro cuya añoranza y recuerdo inspiran durante los siglos XIX y XX el nuevo culto de tumbas y cementerios” (Aries, p. 43). Sobre el otro se dibuja la muerte y se la colma tanto de romanticismo como de lo macabro. La muerte queda asociada al amor; la agonía, al trance amoroso. Sexo y muerte se alían intensamente. El duelo adquiere un carácter ostentoso.
Se hace del morir un culto y se lo adorna de atributos magníficos. Cuenta Aries (p. 45): «Dos novios de esta familia que no llegan a veinte años, se pasean por los maravillosos jardines romanos de Villa Pamphili. “Nos pasamos una hora hablando -comenta el muchacho en su diario- de religión, de inmortalidad y de qué dulce sería morir, decíamos, en estos jardines tan hermosos”. Y añadía: “Morir joven, siempre lo deseé”. Se cumplirían sus deseos. Unos meses después de su boda, el mal del siglo, la tuberculosis, lo llevaría a la tumba. Su mujer, una alemana protestante, cuenta así su último suspiro: “Sus ojos, ya fijos, se habían vuelto hacia mí... y yo, su mujer, sentí lo que nunca hubiese creído, sentí que la muerte era la felicidad”“. Y comenta enseguida Aries: “¿Quién se atrevería a leer semejante texto en la América actual?”.
El culto a los muertos les confiere una suerte de inmortalidad en el recuerdo. Abundan los monumentos conmemorativos que indican la idea de perennidad.
La muerte prohibida
Según Aries, los cambios a través de los siglos en lo que a la muerte respecta son tan lentos que no son advertidos por los contemporáneos. Desde hace un tercio de siglo, la muerte, otrora familiar, “se ha convertido en algo vergonzoso que es causa de interdicto”.
El embuste, la mentira al enfermo acerca de su enfermedad, el cerco de silencio, se tornan moneda corriente. Ya no se muere en casa sino en el hospital, a solas. La vida obligadamente feliz debe alejar toda idea de muerte. Las apariencias de “siempre vivo” predominan en la sociedad.
“Todas estas muertecillas silenciosas han remplazado y eclipsado la gran acción dramática de la muerte” (p. 56). Se esconde el paso de la muerte, se la disfraza a los niños. El muerto debe ser evacuado lo antes posible. Entonces el luto se hace en la intimidad y se comparte poco el dolor.
Escribe Aries: “Se equivocaría por completo quien identificara esta huida ante la muerte con una indiferencia hacia los muertos. En realidad, lo que de verdad ocurre es al revés. En la sociedad de antaño, los clamores del duelo ocultaban apenas una resignación rápida: cuántos viudos volvían a casarse pocos meses después del fallecimiento de su mujer. Hoy, en cambio, prohibido ya el luto, comprobamos que la mortalidad de viudos y viudas al año siguiente de la defunción del cónyuge es mucho más frecuente que la de la muestra testigo de la misma edad”.
La muerte prohibida pertenece a una sociedad industrializada donde priman los valores narcisistas de felicidad, poder, lucro.
La muerte desorbitada
Observada en diferentes culturas –amok malayo, olón de los tunguses, locura ártica (Cordeu y Montevechio, 1992)– , esta muerte se singulariza por carecer de toda norma y, como su nombre lo indica, por presentar características de desborde: crisis de despersonalización, convulsiones, efusiones emocionales intensas, etc. Son duelos trágicos donde se manifiesta un terror sagrado, un sentimiento de derrota ante la muerte, y se padece la “sumersión desidentificante de los seres primordiales” (Pagés Larraya, 1982, p. 50, citado por Cordeu y Montevechio, 1992, p. 16).
La muerte súbita
Quiero agregar esta forma de morir dentro de la tipología de las muertes. El individuo es tomado por sorpresa sin rituales de despedida y sin agonía previa. Es una muerte totalmente imprevista que impregna de estupor a los deudos. Trátase, para los sobrevivientes, de una experiencia de brusca y sorpresiva máxima ruptura.
Desde un saber inconsciente, poco antes de morir suelen iniciar movimientos de despedida sin entender ellos mismos por qué lo hacen, como si presintieran oscuramente (inconscientemente) que la muerte se avecina. En apariencia súbita, a nivel inconsciente la muerte fue haciendo señales que fueron registradas y que llevaron a que esa persona actuase de una manera que luego, una vez muerta, será resignificada por los sobrevivientes como de aviso y preparación para la partida.
Esta muerte suele ser envidiada por muchos pacientes que padecen enfermedades largas e invalidantes como el cáncer, ya que evita el sufrimiento de tomar conciencia del deterioro orgánico, el dolor físico y el dolor psíquico ante la proximidad de la muerte.
c. La muerte en la actualidad: una mirada desde el psicoanálisis
Resuenan en mi pensamiento la diversidad de muertes en este breve e intenso recorrido a través de la historia y sus costumbres.
En el fenómeno muerte se entrecruzan niveles: somático, psicológico, social, cultural.
Reflexiono acerca de la muerte desde mi praxis. Si bien es cierto que la muerte prohibida impera, las tabicaciones no son rígidas. También hoy día alguien muere en forma domesticada. La muerte del ser humano del siglo XX ha sido atravesada por esta profusa legión de tipologías. Las formas se imbrican y los movimientos de englobamiento y de discriminación entre unas y otras se suceden. Encontramos así sujetos que mueren de muerte propia (individual) domesticada en una conjunción sincrónica y diacrónica correspondiente a estas dos formas. Están solos (como el timonel al frente de su barco) y se despiden con adecuados rituales no necesariamente religiosos. En todo caso, son muertes dignas y singulares para ese sujeto y nadie más.
La consideración de los fenómenos del inconciente amplía el abanico conceptual de las maneras de morir. El psicoanálisis presenta así su contribución a la investigación de los fenómenos psíquicos a la hora de morir.
En cuanto a la muerte ajena, siempre constituyó un espejo donde uno miraba la muerte del otro y en ese espejo aprehendía vivencialmente en forma parcial que también era mortal aun en los casos de negación extrema. Lo perecedero (hombre, animal, árbol, casa, etc.) de la materia viviente e incluso de lo inanimado pone “ante los ojos” la realidad de la polaridad vivo-muerto.
La muerte ajena es muerte propia proyectada y provoca curiosidad. A veces una parte del propio cuerpo que muere (amputación, anestesia parcial, etc.) también es catalogada del lado de la muerte ajena.
En el imaginario se puede jugar fácilmente la fantasía de inmortalidad. Las religiones apuntalan el psiquismo y aportan aliviadoras respuestas. Aun así, al acercarse a morir el cuerpo, el sujeto al final se entrega pero no sin cierto escozor ante tanto desconocido acechante, tanta aventura de desintegración, de trasmigración, de viaje al más allá todavía por vivir. La muerte se convierte en el tiempo de otra vida, en el inicio de una temporada diferente donde se espera persistir en el “ser” y en el “estar” no importa cuáles sean las condiciones imperantes.
Al psicoanálisis le interesa prioritariamente esclarecer los efectos que la representación de la muerte ejerce en la vida.
Sobre todo en lo que respecta a las vicisitudes del narcisismo y a la perversidad humana (véase cap. 5). La “locura razonante” de los hombres en pugna por poseer bienes terrenales en desmesura como si fueran eternos o como si esta posesión calmase las ansiedades de muerte da cuenta de numerosos estragos sociales.
La omnipotencia narcisista interviene en las patologías del racismo y de los nacionalismos destructivos. En la cresta del furor narcisista, mato al enemigo por poder. El individuo experimenta la omnipotencia en el aparente dominio de la muerte.
La muerte en sí es un momento mítico (Aulagnier, 1979). Nadie sabe a ciencia cierta de antemano cómo habrá de atravesar la última jugada. El cuerpo entero somete a veces al psiquismo a estados de confusión o de dolor que impregnan los últimos instantes tornando imposible toda buena despedida. Otras veces, el psiquismo desobedece, por así decir, al dolor y al deterioro y el sujeto extrema los actos de la partida.
Al pie del lecho del muriente caen todas las tipologías de la muerte y en esa experiencia única, definitiva, se plasma un mosaico de conductas, emociones y palabras singulares.
2.
Uno morirá
«La muerte, siguiendo un orden admirable, crea el espacio vital para los que nacen. Muerte, amor y vida están ligados y tienen un lugar bien determinado en el tiempo y en la gran corriente del reino viviente sobre lo tierra, del cual nosotros somos gotas».
W. Fliess (1906)
I. Introducción
En el anterior capítulo consideré «las muertes» según los tiempos y las ideologías, lo cual permitió observar el amplio margen en que la muerte se inserta y las innumerables fantasmagorías que la acompañan.
Morir es un acontecimiento cierto futuro que incide manifiesta o subrepticiamente en los aconteceres del presente. En nuestro fin del siglo XX es difícil observar su sabia aceptación y al «orden admirable» descrito por Fliess se contrapone un mundo en admirable desorden y confusión donde proliferan muertes provocadas y violencias ultrajantes.
En un trabajo anterior dije (Alizade, 1988): «Morir está reservado al otro, al extraño. “Uno morirá” no es nunca uno mismo, o, en el mejor de los casos, es uno inmensamente diferido en el tiempo. “Uno morirá” es la muerte en la crónica de los diarios, el conocido de alguien, algún ser querido en cuyo sufrimiento ante la pérdida quedamos marcados en profundo duelo». Es por lo tanto una muerte ajena que remite tangencialmente a la muerte propia. Paralelamente, el yo recrea su inmortalidad desde sus raíces inconcientes.
La idea de dejar de existir es rechazada, negada, y la muerte se convierte en un acto no propio, mentiroso, temido. Cuando su representación emerge, la fuerza vivencial lleva a extremar mecanismos defensivos, y aun cuando la apariencia sea de indiferencia, la idea de «ser mortal» ejerce importantes efectos. Es así frecuente observar en la vida cotidiana a hombres y mujeres en la edad media de la vida buscando febrilmente la unión con seres mucho más jóvenes, hipotéticos garantes de salud y juventud, en un movimiento de huida de la intolerable realidad de la muerte. En los signos de envejecimiento que se rechazan asoma el espanto ante el irremediable sendero hacia la tumba.
Al respecto dice Tolstoi en La muerte de Iván Illitch: «El hecho en sí del fallecimiento de una persona muy conocida despertaba en todos, como siempre, un sentimiento de alegría, pues resulta que “ha muerto otro y no yo”».
En nuestro medio occidental predomina una «voluntad de ignorancia» (G. Raimbault, 1975) que deja ver sus efectos en la sociedad mientras un cierto saber sobre la muerte circula silencioso. Nuestra cultura preconiza los valores narcisistas (prestigio, poder, entre otros), y morir, dentro de ese contexto exitista y pujante, es, burlonamente hablando, una desprolijidad.
Es «con el otro allí muerto» con quien «hago la muerte», o con el otro a mi lado amenazado. Hay un otro necesario vivo o muerto con quien bordear una experiencia que aproxima a lo imposible, a lo irrepresentable. Gracias a la circulación de seres muertos, a la mirada en «lo cadáver», algo se vivencia de la certera aniquilación. Se roza lo impensable y uno aprehende que también uno morirá.
Escribe Heidegger (1926, p. 260), desde la filosofía: «El “ser ahí” (Dasein) puede conseguir una experiencia de la muerte sobre todo dado que es esencialmente “ser con” los otros». El otro, ya cadáver, posibilita una imaginería de intercambio entre vivos y muertos.
Si bien «nadie puede tomarle a otro su morir» (Heidegger, 1926, p. 262), cada uno se escuda con un saber superficial sobre la universalidad de la muerte del saber profundo, vivencial. El ambiguo saber no vivencial acerca de la cotidianidad de la muerte ayuda a encubrirla. Cuando se trasforma en cierta, adopta la forma de una amenaza que se hace carne.
Retomo la palabra de Heidegger (1926, p. 176): «Día a día y hora a hora “mueren” desconocidos. “La muerte” hace frente como sabido accidente que tiene lugar dentro del mundo. En cuanto tal, permanece en el “no sorprender” característico de lo que hace frente cotidianamente» […] «El encubridor esquivarse ante la muerte domina la cotidianidad tan encarnizadamente que en el ser “uno con otro” se dedican los “allegados” a hablarle y convencerle justamente al “moribundo” de que escapará a la muerte y de que pronto volverá a la tranquila cotidianidad...».
Una topología espacial permite circunscribir el ámbito en que la muerte tendrá lugar. Surge la cuestión de dónde se hace la muerte. Mientras el muriente hace su propia muerte, los que lo acompañan hacen la muerte ajena. No sólo se lleva a cabo en el espacio concreto de los cuerpos (cuerpo-cadáver por un lado, cuerpos en llanto por el otro), y en el lugar geográfico donde alguien muere, sino también en el mundo interno de los que quedan vivos, en el circuito íntimo de sus representaciones y afectos que se entrelazan entre sí y que envuelven al cadáver. Se genera un espacio vivo-muerto intrapsíquico donde circula la comunicación entre la muerte cierta y la muerte demorada. Toda muerte (súbita o lenta, conciente o inconciente) reclama su espacio necesario. La muerte como broche de la vida da testimonio acerca del alma del sujeto que la vive. Vivir la muerte es un arte especial que solicita un montante de creatividad. Las muertes eróticas se entremezclan con las muertes tanáticas. Si bien la muerte sumerge al hombre en la universalidad de un suceso inevitable, su inserción como sujeto hablante le otorga un amplio margen desde donde hacer con su muerte un poema o un acto cobarde. Respetar los límites del otro forma parte de la tarea de quien habrá de acercarse a escuchar y a acompañar la travesía hacia «el otro mundo». No es fácil asistir a la propia desintegración material del cuerpo. Se tiene derecho al miedo y a la pusilanimidad. Cervantes pone en boca del famoso Quijote la expresión «qué vida para mi muerte y qué premio a mis servicios» (vol. 2, p. 210) al referirse a una muerte gloriosa gracias a las hazañas en vida. No hay melancolía sino orgullo de enfrentar el fin con esplendor.
Dos valores opuestos se inscriben sobre el «pensar la muerte»: uno, de máximo coraje en tanto se enfrenta el miedo y se mira de frente lo perecedero de la existencia y la castración universal de la especie. Otro, de máxima cobardía en tanto constituiría una defensa frente a un miedo más grande aún que el de morir: el miedo a la vida. Resulta claro que la relación vivencial del hombre con la muerte genera un complejo campo de representaciones y de afectos. La muerte presenta dos facetas siguiendo la dualidad pulsional: una positiva, constructiva; otra negativa, destructiva. Desde la primera faceta se constituye en una compañía psíquica que ayuda a sortear los obstáculos de la vida y a tolerar las frustraciones. Conduce en muchos casos a la sabiduría. Desde la segunda faceta, es vehículo de destrucción. En este punto se abre el tema de la fascinación por la muerte presente en múltiples experiencias (deportes riesgosos, traumatofilia, actos fallidos que rozan la muerte, etcétera). El hombre primitivo que yace en nuestro interior presa de mecanismos no superados (Freud, 1919) revive en la magia y en la omnipotencia del pensamiento vivencias de daño, de castigo, de violencia, de amenazas espantosas, de cuerpo despedazado. El hombre narcisista, en cambio, pregona desde el inconciente que «nunca morirá». Con furia y dolor narcisista enfrenta las señales del paso del tiempo que desmienten y ponen en jaque desde el principio de realidad la fantasía del inconciente. Los sistemas de creencias y el fértil mundo de las religiones intentan confirmar una cierta inmortalidad procurando alivio y seguridad interior.
II. Las marcas de ser mortal
Toda vida implica necesariamente toparse con las «marcas de ser mortal». Por tales entiendo situaciones que aproximan vertiginosamente al sujeto la idea de su finitud a través de experiencias o vivencias directas que lo ponen en contacto con su estado viviente de ser perecedero. Las marcas que quiero privilegiar son las «carnales» o somáticas. Pero están también las marcas de la muerte que emergen en la vida erótica y en los sucesos que obligan al psiquismo a enfrentarse con las pérdidas: duelos, ausencias. Estas marcas graban en el psiquismo improntas de «ser mortal». No se trata de un saber intelectual o de un vivenciar la muerte mediante el cadáver ajeno o la mirada sobre hipotéticos muertos en los filmes, en los diarios, en la muerte de objetos o en los aconteceres de muerte de la naturaleza. La «marca de ser mortal» siempre se ejecuta sobre la propia carne. Un lugar, una función del cuerpo son señalados con la muerte. Es más, mueren. Numerosos ejemplos salen al paso. Marcan una localización de pérdida, una suerte de antesala de la pérdida general que acaecerá con la muerte total. Estas marcas pueden asimismo denominarse «muertes parciales». A veces son temporarias, otras definitivas. Así, una fractura puede restablecer la función del miembro ad integrum o dejar una lesión permanente. En ambos casos, el individuo atraviesa una experiencia de ruptura con la imago de un cuerpo entero y sano, no importa cuán niño, joven o viejo sea. La vulnerabilidad corporal se manifiesta. Se sigue adelante, se niega, se apela a los mecanismos defensivos más variados, pero la marca está o estuvo y el psiquismo recibió efluvios de un saber que hiere y a la vez enseña, un saber que teje el delicado hilo de la sabiduría, por un lado, pero que obliga dolorosamente a atravesar los senderos psíquicos de la castración.
Enfermedades, accidentes imprevistos, disfunciones, envejecimiento anudan una trama de marcas que escriben sobre la carne un discurso difícil de asimilar. Los momentos de recepción de la «marca de ser mortal» acaecen en toda vida, tarde o temprano. Ahora presente, la muerte toca el cuerpo e imprime su signo de cercanía. La vivencia es de amenaza. Se despiertan fantasías primarias (depresivas, paranoides), penosas por un lado y enriquecedoras por el otro. El yo recibe un cimbronazo que lo enfrenta a su condición perecedera. Esto puede dar lugar a la elaboración y resignificación de la historia vivida. Se redimensiona el pasado y se relativiza la existencia. Las distintas marcas forman episodios de «aprehenderse mortal» que pueden ampliar la cosmovisión al introducir un quantum más de principio de realidad y, por ende, de principio de relatividad (véase cap. 5, sección II). Insisto: no se trata de un saber intelectual sino de un saber corporizado, hecho carne, saber de un cuerpo propio que será despojo, de un tiempo finito. Estas marcas pueden llegar a imprimir una nueva dinámica a la cotidianidad de un sujeto al facilitar la trasformación narcisista y una cierta mayor lucidez frente al misterio de la existencia. Crece la osadía con la conciencia de la posible llegada inesperada del fin de la vida. El mero hecho de estar vivo es fuente de bienestar y alguien emprenderá actos psíquicos nuevos, jamás imaginados. Como si la cualidad de lo perecedero se hubiese incorporado al yo en forma positiva. En la clínica no hay que apresurarse siempre en considerar negativo un hecho corporal que ataque la integridad material. Trabajar con la idea de una integración psicosomática e incluso psicosomático-social permite evaluar los accidentes sobre el cuerpo con una visión que relativiza su efecto dañino. E. Pichon-Rivière solía destacar que el psicótico en un medio familiar era, por un lado, el más vulnerable situacionalmente; también era el más sano en tanto denunciaba la enfermedad familiar imperante. Con el cuerpo sucede lo mismo. Las «muertes parciales», cuando no revisten un carácter destructivo importante, pueden actuar como catalizadores enzimáticos psíquicos que aceleran o propician la cristalización de determinado cambio psíquico para mejor provecho de la vida y, aun cuando suene paradojal, para experimentarla con mayor alegría.
Cuando el cuerpo erógeno es atravesado por vivencias de mortandad, advienen las experiencias de despersonalización en la vida amorosa. El goce pone en juego la pulsión de muerte: tiene lugar la regresión hacia el sueño, el viaje hacia la entrega donde uno se pierde, la fusión de erotismos en los orgasmos (Alizade, 1992a). Se ha llamado al orgasmo «pequeña muerte». La experiencia es de triunfo sobre la muerte, de muerte y resurrección, de placentero desafío y victoria. La vida sexual puede tanto constituir una fuente protectora frente a ansiedades de muerte como ser vehículo de angustia al poner en evidencia el carácter perecedero de la carne.
III. La vejez como pre-muerte (una marca de ser mortal fisiológica)
«Alta edad mentíais, carretera de brasas y no de cenizas…»,
Saint John-Perse (Crónica, 1961).
El rechazo por la vejez no solamente se explica por causas estéticas que ponen a determinada persona fuera del circuito de deseo de lo joven; las señales de vejez apuntan en dirección a un cuerpo profundamente repelente, temido, causa de espanto. Trátase del cuerpo-cadáver. En lo viejo asoman los indicios tempranos de la futura descomposición, en una suerte de preaviso de la podredumbre futura del cuerpo. La muerte de la célula, la muerte de la tersura de la piel, la muerte de la firmeza muscular, la muerte de la agilidad, la muerte de la agudeza de los sentidos (en especial, la vista y el oído), la menopausia, metaforizan «pequeñas muertes» irreversibles que anuncian, desde el deterioro del cuerpo vivo, el advenimiento inexorable del cuerpo muerto. En la juventud puede proyectarse imaginariamente la inmortalidad, en la vejez no puede dejar de «concretarse» la marca sobre la carne de la certeza de la mortalidad. Gabriela Mistral lo pone así en poesía: «en mis sienes jaspea la ceniza precoz de la muerte».
La desesperación por mantenerse joven que se observa con tanta frecuencia en nuestra civilización occidental obedece al furioso rechazo narcisista (dolor mediante) a aceptar sobre sí las marcas de la castración que escriben sobre una arruga o sobre la elasticidad de la carne la ley de la castración. El espejo deja asomar el incipiente perfil de la degradación corporal. La «opinión pública» desde el superyó (Freud, 1914) observa con susto y rechazo a ese cuerpo que empieza a denominarse «viejo». La representación intolerable evocada remite siempre a una exigencia de trabajo de elaboración. La madurez biológica es un buen tiempo para el advenimiento de la madurez psíquica.
La vejez se dirige alternativamente hacia el campo de lo abyecto y hacia el de la sabiduría. Es un tiempo fértil, rico en la aventura de la vida, que indica el final y permite poner en juego una cosmovisión nueva.
Saber vivencialmente acerca de las limitadas posibilidades de gozar de la vida la tornan todavía más preciosa al convertirse entonces la muerte en la sabia compañera de la vida. Habla de la instantaneidad y fugacidad de los días y susurra consejos para disfrutarlos, alejados de ideales superyoicos, expectativas narcisistas y querellas estériles. Enseña a mirar de frente un destino de olvido, despojados de ropajes empobrecedores. Los representantes narcisistas se yerguen y caen en este trabajo de elaboración por donde asoma la condición mortal del ser. La energía ocupada en sostener la representación de His o Her Majesty the Baby (Freud, 1914) es drenada hacia una mayor exogamia, delegación narcisista, excentración del sujeto y consiguiente trabajo en la cultura.
El sujeto puede asimismo preguntarse acerca de su supervivencia simbólica, a través de los hijos, de las creaciones, todas formas de pensar en una prolongación de la vida en la memoria de los hombres por un tiempo más. Es lo que P. Aulagnier (1979) conceptualiza como «una pequeña parte separable de la muerte». Las religiones ocupan un lugar primordial al proponer el prolongamiento de la vida en una vida eterna.
El levantamiento de la desmentida respecto de la muerte, ese «ya lo sé... pero aun así» (Grinberg de Ekboir, 1982), con que se suele transitar los días invita a atreverse a profundos cambios. Por de pronto implica atreverse a escuchar y a sentir repercutir en uno el solitario grito en el vacío de ser humano herido en la fibra narcisista más íntima, la inmortalidad del yo. Aquí se abre la dimensión del hombre desgarrado en las incógnitas de lo real de su cuerpo, atravesado por el saber de un destino que lo conduce a una segura disolución.
Escribe Portella Nunes (1988): «Creemos que la perspectiva más importante abierta por Freud con la introducción del instinto de muerte ha sido poco utilizada en el sentido del trabajo clínico. No se acostumbra aprovechar el material de la muerte, que casi diariamente nos llega. El verdadero trauma del nacimiento consiste en lanzar al ser humano a la muerte». Las bastardillas son mías. Esta frase puede servir de introducción al abordaje de las temáticas clínicas, con la muerte. El autor echa una mirada a la perspectiva del tiempo futuro en un análisis, integrando pasado, presente, futuro. En el mañana podrá estar la dicha, el cumplimiento de ideales, lo nuevo, la continuación de la aventura de vivir, así como también, y con certeza, la muerte.
Esta certeza es a veces una idea, otras veces un afecto, una sensación, un extraño sentimiento.
IV. Ética y muerte
¿Qué bien, qué virtud subyace al tener que morir? ¿Qué promesa, qué idea, qué interjuego de instancias podrá provocar su aceptación y otorgar el valor necesario para enfrentar a la muerte y acercarse a los múltiples sentidos que adquiere a lo largo de una vida?
Desde la vertiente aristotélica, la ética es una ciencia basada en el sentido común. Indica el estilo de vida necesario para lograr la felicidad, que es el bien por excelencia.
Parece difícil hacer comparecer a la felicidad en la experiencia del tener que morir. Escribe Aristóteles en la Ética a Nicómaco: «[…] el bien propio del hombre es la actividad del alma dirigida por la virtud; y si hay muchas virtudes, dirigida por la más alta y perfecta de todas. Añádase también que estas condiciones deben ser realizadas durante una vida entera y completa porque una sola golondrina no hace verano, como no lo hace un solo día hermoso y no puede decirse tampoco que un solo día de felicidad, ni aun una temporada, baste para hacer a un hombre dichoso y afortunado». «Una sola golondrina no hace verano» es una bella imagen para pensar el último acto de la vida –el morir– engarzado en la dinámica de «todos los veranos» de una vida. Ya cerca de morir, los proyectos identificatorios se derrumban, salvo en lo atinente a la delegación narcisista trófica en los hijos, la obra realizada, el recuerdo en los sobrevivientes. También pierden consistencia los atributos que derivan del tener. Si uno pronto no estará más con vida, todo lo que uno posea no es más que un resto que poco sostiene. El atributo de ser adquiere preeminencia en este momento. Ser, y en esta insistencia del ser, abrirse a lo real de la muerte, al cambio impensable por donde se retoma a lo inorgánico.
Junto con Heidegger, podemos enunciar que «la angustia ante la muerte es angustia “ante” el “poder ser” más peculiar, irreferente e irrebasable. El “ante qué” de esa angustia es el “ser en el mundo” mismo». Más adelante agrega: «No hay que confundir con el temor de dejar de vivir la angustia ante la muerte. Este no es un sentimiento cualquiera y accidental de “debilidad” del individuo, sino, en cuanto fundamental encontrarse del “ser ahí”, el “estado de abierto” […] En la angustia ante la muerte resulta puesto el “ser ahí” ante sí mismo en cuanto entregado a la responsabilidad de la posibilidad irrebasable» (1926, p. 274).
En su estudio sobre la ética, Spinoza (citado por Fullat, 1984) plantea que en la naturaleza no existen ni el Bien ni el Mal, tampoco libertad, sino necesidad, un orden lógico al que se debe acceder. El único imperativo ético es la ley del conatus, por la cual «cada cosa se esfuerza […] por perseverar en su ser». La virtud reside en el poder, en la potencia de acción del ser.
¿Qué acción debe ejercer ese ser cuando el final de la vida se aproxima inexorable? ¿Qué alegría, qué deseo puede conjugarse con el saberse mortal desde la carne herida en las horas de la muerte?
La apelación ética resulta harto insuficiente. Aun cuando, en tanto coronación de una vida, la muerte, siempre demasiado temprana, siempre injusta, abra un espacio para el despliegue de virtudes éticas tales como valentía, magnanimidad, dignidad, y ponga en juego al ser trascendiéndose, fiel a sí mismo. El sujeto se contempla entero, capaz de atravesar «con los ojos abiertos» esa experiencia difícil, escapado de la falta de virtud (cobardía, pusilanimidad, negación extrema). El individuo puede hacer con ella un «don identificatorio» para los que lo sobreviven. En esa función de sostener al otro, al que seguirá viviendo «hasta con la propia muerte», se ejerce la base de la ética (Amati-Sas, 1992). La muerte así entendida es acción y perfección. Pero no siempre la muerte da tiempo a este despliegue.
La autoestima se eleva. El «por morir» ha de elegir sus últimos actos y palabras, decidir sobre su fin, impartir órdenes y deseos, exigiendo, libre e imbuido de la dolorosa importancia del paso que media entre estar en el mundo y no estarlo nunca más. Dueño de sí, reafirma de esta manera la dignidad de su ser, más allá del dolor, la mutilación o la herida corporal. Él es más que su cuerpo y se sostiene en sentimiento de integridad. La muerte con su cortejo de ansiedades desbordantes ha sido domada. El sujeto se ha apropiado de ella, él conduce y dirige el último tramo. Conciente de la inminencia de su partida, sostiene la mirada en el límite. Está alternativamente en su mundo de despedida, de angustia ante el cambio que lo devolverá a lo inorgánico, y también está «del lado del mundo», en esa antesala de la desaparición, desde donde se contempla en una dimensión histórica, elaborando, desarrollando el espacio de relativización y observando el carácter mortal de todo ser viviente. Este punto nos invita a discurrir sobre el rol de la eutanasia como libre elección de la muerte cuando el cuerpo deviene un campo de tortura y el despedazamiento doloroso inunda al yo impidiéndole las adecuadas ceremonias de su muerte.
¿Acaso no pone Platón en boca de Sócrates que «es necesario […] que mantengáis la esperanza ante la muerte, y la consideréis como una verdad única, confiando en que no existe ningún mal para el hombre bueno, ni mientras vive ni cuando muere»? E incluso, instantes antes de ingerir la cicuta mortal, proclama: «Os lo diré: lo que me está aconteciendo debe ser un bien, y no debemos estar en lo cierto cuando creemos que la muerte es un triste destino, pues cabe la esperanza de que sea algo favorable».
En esta Apología de Sócrates se encuentra también una frase inmensa en sus alcances: «Temer a la muerte, amigos, es confiar en una falsa sabiduría, y aparentar saber lo que se desconoce. Nadie conoce la muerte, ni se considera para el hombre el mayor de todos los bienes, pues todos la temen al comprender que es el mayor de todos los males. ¿Y no se cae en la mayor ignorancia cuando se piensa saber lo que no se sabe? Yo, atenienses –y en ello me diferencio de la mayoría de los hombres–, si dijera que soy más sabio que otros, lo sería en esto, ya que, desconociendo cuanto sucede en el Hades, afirmo ignorarlo».
No intento hacer una apología de la muerte pero sí mostrar un hombre «que se diferencia de la mayoría de los hombres», vale decir, mostrar cómo, en tanto sujetos pensantes, la muerte formará parte de nuestros valores y anhelos y cada cual irá hacia ella de acuerdo con la trama psíquica íntima de su vida. Desde esta vertiente de pensamiento, hay cualidades adscritas a la muerte de un sujeto. Hay muertes mejores y peores, dignas y cobardes. La frase de Sócrates en el diálogo de Fedón cuando dice «Siempre oí que es necesario morir con alegría» puede parecer excesiva. Sin embargo, comporta un dejo de verdad. A partir de ella se pueden distinguir las muertes alegres o vitales de las muertes melancólicas o mórbidas.
Aunque suene extraño, se puede enunciar la «grandeza de morir» o el «amor del destino» cualquiera este sea que pregona Nietszche.
En la misma línea podemos incluir la dimensión del silencio en el sentido (véase cap. 8) de un imperativo ético frente a lo desconocido.
La dimensión de vacío se asoma al ser al reconocer lo contingente de su estadía en la tierra. Pero no se trata del vacío que nihiliza, sino del Vacío con mayúsculas que «abre el espacio del ser» (Laporte, 1975). En un cuento de J. P. Sartre titulado «El muro», un condenado a muerte reflexiona frente a sus verdugos: «Estos dos tipos adornados con sus látigos y sus botas eran también hombres que iban a morir. Un poco más tarde que yo, pero no mucho más». Lucidez implacable, aparente privilegio de los que de una u otra manera reconocen su marca de mortales y, si el tiempo aún es generoso, se sirven de este impactante reconocimiento para incrementar la alegría de vivir.
Escribe A. Kojève (1987), refiriéndose a la idea de la muerte en Hegel: «La Muerte es lo que engendra al Hombre en la Naturaleza y es la muerte la que lo hace progresar hasta su destino final, el del Sabio plenamente autoconciente y, por tanto, conciente de su propia finitud. De tal manera, el Hombre no llega a la Sabiduría o a la plenitud de la autoconciencia mientras, como el vulgo, finja ignorar la Negatividad; que es el fondo mismo de su existencia humana, y que se manifiesta en él y a él no sólo como lucha y trabajo, sino también como muerte o finitud absoluta. El vulgo trata la muerte como algo de lo cual se dice: “no es nada o no es cierto”; y volviéndose rápidamente se apresura a pasar a lo cotidiano. Pero si el filósofo quiere alcanzar la Sabiduría, debe “mirar lo Negativo de frente y permanecer cerca de él”; y es en la contemplación discursiva de la Negatividad que se revela por la Muerte donde se manifiesta la “potencia” del Sabio autoconciente que encarna el Espíritu» (p. 63).
Si dedico este breve apartado al lado filosófico de la muerte, es porque considero que adquiere desde esa disciplina una jerarquía que muestra la importancia de “mirar la muerte” y sus benéficos efectos. Propongo reflexionar sobre las posibles consecuencias en nuestra cultura de la rígida renegación con que se la aborda. Es probable que la incapacidad de tolerar la propia muerte y su negación extrema hagan su camino en la destructividad humana. En el otro que muere (de hambre, de frío, de bala) yo ratifico mi inmortalidad en mi poder de dar muerte. Es el otro quien muere, a quien mato, en quien proyecto la sentencia de muerte natural intolerable de aceptar para mí mismo.
V. La representación de la muerte
La cuestión de la «representación de la muerte» es un tema complejo. Freud fue taxativo: «…la muerte es un concepto abstracto de contenido negativo para el cual no nos es posible encontrar nada correlativo en lo inconciente» (1923). Nadie «vive su muerte» e imprime una huella mnémica de ese acontecer. La muerte, al no poder constituirse en experiencia, queda excluida del universo representacional. Por sustitución metafórica, la idea de la muerte remitiría siempre a la representación de la castración. Esto se encuentra en concordancia con la definición de representación introducida por Lalande (citado en el Diccionario del Psicoanálisis): «lo que uno se representa, lo que forma el contenido concreto de un acto de pensamiento y especialmente la reproducción de una percepción anterior». No hay percepción de la muerte propia por definición de la muerte misma en tanto suceso que aniquila por siempre el aparato psíquico.
«La muerte propia era, seguramente, para el hombre primordial, tan inimaginable e inverosímil como todavía hoy para cualquiera de nosotros» (Freud, 1915b).
La diferencia es un organizador psíquico. Señalo las principales diferencias: hombre/mujer, ausencia/presencia, vivo/ muerto. Cada uno de estos pares excluye al otro. Son términos absolutos, precisos. En lo referente a los sexos es frecuente observar desplazamientos entre uno y otro de estos términos, ya sea en el rechazo al propio sexo, en la asunción de una bisexualidad real o imaginaria, en la lucha por la apropiación del otro sexo, en las patologías del travestismo, etcétera.
La polaridad vivo/muerto no admite alternancias. Se puede «jugar a la muerte», desafiarla, buscarla, pero, una vez que adviene, no hay retorno. En la muerte se patentiza una moneda imposible de intercambiar. Implica un corte definitivo. Es exactamente lo que desafían las teorías de la reencarnación. La continuidad que establecen es incesante y la muerte constituye simplemente un cambio de estado, un «descarne» que promete un nuevo «reencarne». El hombre pasa a ser mujer; el muerto, vivo; la mujer, hombre; el vivo, muerto, etc., en un engendramiento circular infinito. Estos sistemas representacionales son altamente aliviadores frente a las ansiedades de muerte.
La muerte propia no tiene representación.
En psicoanálisis se ha confundido «representación» con «experiencia». Nadie tiene experiencia de su propia muerte en forma directa, sí en cambio representaciones del objeto «muerte» que se inscriben en los sistemas mnémicos. De la misma manera en que se tienen representaciones de lugares que no se conocen, de estados que no se han vivenciado, de sucesos que no han acaecido y de la muerte del otro, del extraño o del ser querido. Ante la muerte de un amado, «el hombre primitivo ya no podía desmentir la muerte, pues por sí mismo ya la había experimentado parcialmente en su dolor, pero no quería reconocerlo porque no podía pensarse a sí mismo muerto» (Freud, 1915a). Sin embargo, «experimentaba entonces en sí mismo que se puede morir, pues cada uno de estos seres queridos era una porción de su propio yo, pero por otro lado, en cada una de estas personas queridas también había algo de alteridad. En estas líneas, Freud ya esboza la idea de una cierta forma peculiar que el sujeto tiene para experimentar-representar su muerte. Experiencia parcial y representación «parcial» así como representación anticipada de un futuro inevitable.
De este modo se entiende la aparente contradicción de Freud, quien por un lado sostenía que no existe posibilidad alguna de representarse la muerte propia, pero por otro lado hacía alusión a representaciones de la muerte al escribir por ejemplo (1909): «la mudez se hizo en este sueño representación de la muerte», o: «El silencio ha de ser entendido como representación de la muerte». Para Freud, palidez, mudez, silencio, flores cortadas son algunas de las representaciones que remiten a muerte.
G. Raimbault (1975) destaca otras representaciones en su escucha de niños próximos a morir: soledad, despedazamiento, vacío, temor a no despertar, pérdida del movimiento, de los sentidos, del mundo, del pensamiento, etcétera.
La muerte constituye una representación «especial» junto a otras representaciones, tales como la castración o el vientre de la madre (Le Guen, 1992). Lo irrepresentable asoma en estas privilegiadas representaciones que tienden a un absoluto que se ejerce desde la imaginación, que no deriva de experiencia pero sí de percepción sobre el otro. Representaciones nacidas no de lo directamente vivido sino bajo la forma de la anticipación imaginaria de un acontecer futuro.
Se puede, pues, enunciar que no hay representaciones de la muerte pero sí, en cambio, representaciones acerca de la muerte.
Quiero considerar ahora otra cuestión: la representatividad del afecto. Sabido es que la pulsión está representada por representaciones y por afectos, y que los destinos de los afectos son los más importantes. M. Fain (1985) ha observado las repercusiones de un traumatismo ocasionado por una pérdida de memoria. Mostró cómo una preocupación afectiva inconciente motiva una serie de desplazamientos y trasformaciones de la representación con miras a resolver el conflicto psíquico. El afecto y la representación están íntimamente entrelazados aun cuando se manifiesten desde diversas instancias psíquicas y a veces sólo una de esas dos vertientes de la pulsión pueda ser objetivada.
Freud (1923) enuncia que «a diferencia de las representaciones no existe, en lo que respecta al afecto, pasaje obligado a través del preconciente». Green (1984, citado por C. David) considera que esta aseveración es rica en consecuencias. Dice: «Si el afecto puede cortocircuitear el preconciente, puede entonces plantearse como un representante del inconciente en estado puro, vale decir como un representante del sistema memoria, dado que el sistema perceptivo está ligado a la conciencia». La memoria inconciente del afecto queda establecida. El afecto, para exteriorizarse y «comprenderse», requiere de una mediación: imagen o palabra. En el inconciente planean «afectos puros», «afectos aislados, culturas puras de afecto cuya función específica de representación, la representatividad que les es propia, se exacerba por el hecho mismo del aislamiento, de la desinserción (C. David, 1985). Se crea en la escuela francesa la categoría de representante del afecto. El afecto, desde esta óptica, es el portador de un saber latente, inconciente. Lo inefable, lo no figurable, pero al mismo tiempo lo activo desde un registro otro, se incluyen desde esta perspectiva teórica. Las representaciones de cosa y de palabra sirven de soporte para desarrollos posteriores.
Pero, ¿y la muerte? ¿Cómo intervienen estas acciones en lo que concierne a los afectos que despierta? Lo intolerable de su representación conciente y la desmesura de los afectos displacenteros que evoca dan cuenta de combinatorias. En primer lugar, la muerte emerge como un nombre cuyas letras generan significantes. Los significados que irán germinando en el cultivo de estas combinatorias se enlazan con múltiples afectos que van desde el espanto máximo, las vivencias de lo siniestro y de la despersonalización hasta la aquiescencia de la muerte, el sentimiento de heroísmo o, simplemente, la dignidad y serenidad.
Precisemos más: Freud, en sus trabajos de metapsicología, utiliza dos términos para referirse a la representación: representante de la pulsión y representante-representativo. Como bien lo indican Laplanche y Pontalis (1968), unas veces ambos términos son empleados como sinónimos, otras veces el representante de la pulsión adquiere un sentido más amplio incluyendo también al afecto. Se puede conjeturar desde esta diversificación conceptual que la pulsión de muerte (no la muerte misma sino la energía que tiende hacia ella) busca una expresión psíquica, y que la encuentra en el dominio del afecto y de una representatividad de un orden diferente de la representación convencional.
A. Green (1984, citado en C. David) ha escrito: «Se dice: existe la representación y no hay que olvidar el afecto que la acompaña. Pero ¿qué nos asegura tanto que el afecto tenga el rol de acompañante? ¿Y por qué no pensar por el contrario que la naturaleza profunda del afecto consiste en acontecimiento psíquico ligado a un movimiento en espera de una forma?». Desarrolla a continuación su teoría sobre un representante-afecto emanado de la inducción afectiva de un otro mediador que aporta el potencial representacional.
Puede ser de utilidad incorporar la rica distinción de los tres registros (imaginario, simbólico y real) aportada por Lacan al campo del psicoanálisis. Ciertas representaciones de la muerte habrán de seguir las vertientes de conformación del orden imaginario (mudez, silencio, flores cortadas, etc.); otras, las leyes de organización del orden simbólico, sustentadas en la idea de castración. Remiten a corte, límite, fin, ley inapelable de «tener que morir». En lo referente a lo real, más allá de la realidad tangible de la muerte expresada por el cadáver, por un dedo separado del cuerpo, etc., asoma lo irrepresentable, lo imposible, lo inaprehensible.
Cuando la representación de la muerte adquiere carácter traumático, el sujeto expuesto a un dolor psíquico intenso destroza espacios internos representacionales y se sumerge en el campo de lo irrepresentable. El dolor hace agujero y el sujeto rompe series de pensamiento. Retomaré este punto desde la vertiente clínica al considerar los mecanismos de defensa extremos. El individuo clama por «anestesia» frente a la intolerabilidad del dolor. A veces en el grito de dolor físico se esconde este otro dolor «sin palabras» ante la muerte. El dolor hace de afecto.
La muerte de cada sujeto será siempre su muerte posible.
VI. La sacralidad de la muerte
El cuerpo muerto ha sido alcanzado por un acto trascendente. Le ha sucedido algo del orden de lo misterioso e inquietante. Ritos previos y ritos posteriores al momento final marcan la importancia del suceso. Lo más alto, lo más poderoso imaginado por mente humana se hace presente. Es una hora de Dios, de ángeles, de espíritus, de santidad o de maleficio. A la quietud del cadáver se contrapone la agitación de las almas de los sobrevivientes frente al espectáculo abrupto de la ruptura, del corte definitivo.
La religión interviene en forma manifiesta o marginal, latente. Es muy difícil sustraerse de la apelación a un orden superior, a la magia suprema de unos seres míticos, ultraterrenos, supranaturales, lejanos, eternos... Inconcebible un mundo sin sacralidad, sin rituales ordenadores plenos de sentido. Cuando se lo piensa sin dios, abandonado a sí mismo, surgido de la nada, de un azaroso big-bang, lo real de lo que no se puede ni comprender ni aprehender amenaza con hacer brotar un manantial de angustia del corazón del hombre.
Las ideas acerca de dioses y demonios, de premios y castigos más allá de la vida alivian la existencia. Conforme un espacio psíquico ordenado, que explica hasta lo inexplicable y que organiza los caóticos vislumbres de una creación desconocida.
VII. La festividad de la muerte
«No hay ninguna fiesta, aunque esta por definición sea triste, que no incluya al menos un principio de exceso y francachela; basta evocar los banquetes funerarios en el campo. Ayer y hoy, la fiesta se caracteriza por la danza, el canto, la agitación, el exceso de comida y de bebida. Hay que darse el gusto, hasta agotarse, hasta caer enfermo. Es la ley misma de la fiesta»
Roger Caillois (1939, p. 110).
La fiesta es una «apelación a lo sagrado» (Caillois, 1939). Son numerosos los ejemplos en distintas culturas en las cuales se festeja la muerte. Con ella irrumpe el exceso, la violencia, la trasgresión, el desborde.
En la palabra «fiesta» subsumo los elementos de transgresión y desborde así como un cierto afecto de alegría que contrabalancea el rigor doliente de la situación.
La categoría de lo frenético constituye una suerte de eco o de respuesta del hombre vivo frente a la violencia disruptiva de la muerte. A la violencia de la muerte se responde con la violencia de la vida. Al exceso puesto en acto en de muerte se contrapone el exceso maníaco festivo.
El baile del angelito en la Argentina es un ejemplo de fiesta a consecuencia de la muerte de un niño. Los entierros con música (jazz en el de L. Armstrong) también acercan la fiesta a la muerte. En las islas Sandwich, al conocerse la muerte del rey el pueblo se lanza a cometer todos los actos considerados criminales en tiempos de rutina: incendia, saquea, mata y obliga a las mujeres a prostituirse públicamente. Al exceso desorganizativo de la muerte se contrapone el exceso transgresivo de lo festivo. Lo frenético de la fiesta hace eco al frenesí impactante del paso vivo-muerto, a la sorpresa de la aparición brusca del cadáver.
El tiempo se suspende, el mundo se recrea, se vuelve a jugar al caos primigenio. El cese de la fiesta señala el retorno al orden.
Los opuestos se tocan: vida y muerte, como caras de una misma moneda.
Quiero detenerme a considerar al elemento festivo intrapsíquicamente en los tiempos de hacer la muerte con alguien. Hacer una fiesta de la propia muerte es un acto mítico que sirve como representación narcisista trófica. En vez de temerla, avanzar hacia ella con tranquila sonrisa exorcizando a los fantasmas agresivos de despedazamiento corporal y de aniquilamiento. Es retornar a la «muerte amaestrada» (véase p. 24) y constatar la propia elaboración de la muerte.
Kubler-Ross (1984) ha escrito que la muerte es un nuevo amanecer. Al recorrer las cortas páginas del libro pareciera que morir es una delicia y uno no quisiera por nada perder el acceso a ese maravilloso acontecer. La autora presenta a la muerte como un acto de trasformación, de creación hacia una forma nueva. Desde esta óptica, «se muere y no se muere cuando se muere». Cierta continuidad queda garantizada por esa otra forma prometida que espera después de la muerte: detritus de vida, descomposición para recomponer nueva materia, reencarnación, etcétera.
A la oportunidad de haber nacido, de haber «hecho la vida», se suma ahora la muerte como otra oportunidad (J. Ruggieri, 1980, comunicación personal). Al describirla como oportunidad queda ubicada en un sitial lúdico, como un acontecer trófico, como destino final a toda orquesta. He aquí resonancias de lo festivo. La despedida adquiere un tono lúdico. A la lágrima se mezcla la sonrisa y el adiós se expresa sin melancolía.
«Siempre oí que es necesario morir con alegría», dice Sócrates en el Fedón. ¿De qué alegría podría tratarse si uno vivencia que está muriendo y por ende perdiendo todo, perdiéndose uno mismo como ser viviente? No habría de qué reírse, qué festejar a menos que se considere la serena satisfacción por la vida realizada. La fiesta es la del cierre, la del acto trascendente por consumarse, la del gran ritual festivo de la despedida. Ahuyentada la melancolía, el muriente mismo dispone sus últimos saludos y consejos. Su muerte deja marca positiva en los sobrevivientes, sin propiciar duelos patológicos.
La muerte emerge como acontecimiento. En el espacio para morir que se constituye para cada sujeto, la retirada de la vida acaece con saludos finales, aplausos y hasta abucheos. La muerte es vivida creativamente y en su intimidad hay lugar para la sublimación y para desplegar el arte de morir.
3. Los tiempos con la muerte
Cronología de la muerte
I. La muerte durante la vida
Está siempre presente aunque en apariencia muda y a menudo se ignore su influencia sobre el cotidiano vivir.
El niño pregunta (Freud, 1908): «¿De dónde vienen los niños?». Latente subyace una segunda pregunta: «¿De dónde viene la vida?». Emerge el vivir como pregunta y la dupla existencial princeps: vida-muerte.
La muerte se exterioriza en la planta, en el animal, en un ser humano muerto. El estado de cadáver, el esqueleto, el desecho se ofrecen a la mirada y al saber. La descomposición de la materia es un hecho inevitablemente visible. Los objetos mismos pueden morir en el sentido de romperse, destrozarse, desaparecer.
La naturaleza también presentifica a la muerte. En su violencia emerge la amenaza letal.
Las crisis de la mitad de la vida llevan implícita en la palabra «mitad» la problemática del tiempo de vida. Por ende, dependen en gran medida de los efectos que el saber sobre la muerte y la finitud provocan en las profundidades del alma humana.
Las marcas de ser mortal a las que me referí páginas atrás confrontan al hombre con la posibilidad de ser «inmediatamente muerto» en cualquier instante. Esta mortalidad desligada del tiempo puede en ciertos casos negarse con facilidad (rápida recuperación de un accidente, por ejemplo). El drama del envejecimiento consiste en la cronicidad del deterioro físico y su irreversibilidad, que impiden negar tan fácilmente que el sendero de la vida tiene un fin.
II. Las pre-muertes
Lo que denomino pre-muerte es un movimiento psicofísico que deriva de una «amenaza», vale decir, de un hecho que demuestra que la vida peligra (enfermedad, catástrofe natural, guerras, situaciones límites diversas). Las defensas habituales que permiten negar la mortalidad se debilitan.
Los avisos anticipados de la pre-muerte convierten a la muerte en una realidad y disipan la negación y las distintas fantasías.
El vivo deja de estar «completamente vivo» al estar amenazado por la aniquilación. Queda instalado en una suerte de antesala de la desaparición.
La pre-muerte puede ser nada más que una falsa alarma y el sujeto o bien se salva del peligro o bien en forma más o menos lenta avanza hacia el fin. Las pre-muertes pueden clasificarse en: a) transitorias, b) definitivas, y a su vez subdividirse en: lentas y rápidas.
El tiempo de la pre-muerte varía en duración. Puede fluctuar desde un par de segundos (cuando la muerte es súbita pero da un margen de conciencia de su inminencia, como por ejemplo en un derrumbe), meses (en una enfermedad terminal con vaivenes de mejoría y empeoramiento) e incluso años cuando a raíz de un padecimiento el sujeto se instala en la espera de la muerte. En otros casos, la amenaza cesa o da un respiro al amenazado y, atravesado por esta experiencia fundamental, el sujeto continúa sus días sobre la tierra.
La antesala de la muerte genera sufrimiento. Los otros (parientes, amigos) acompañan como mejor pueden al amenazado que yace en su estadio de pre-muerte. El saber (véase cap. 6) sobre el fin circula. Los cercos de silencio o el saber compartido son distintos perfiles vinculares que la familia intercambia con el paciente.
«La manera de sufrir es el mejor testimonio que un alma da acerca de sí misma», escribió alguien alguna vez. En la horas póstumas el sujeto atestigua su templanza, su valor, su dignidad, su fuerza, su debilidad, su miedo, su necesidad de ser engañado, la calidad de su atravesamiento por los desfiladeros del narcisismo.
Cuanto más haya incluido en sí el saber sobre su muerte más preparado lo encontrará esta cuando vaya en su busca.
La conciencia frecuente de la mortalidad posible e inmediata durante la travesía de la vida en salud suele ser un poderoso preventivo de derrumbe psíquico cuando la muerte se convierte en una realidad.
Me interesa considerar los estados de larga pre-muerte que obligan a una persona a convivir por meses o años con una enfermedad de mal pronóstico y desagradable nombre (cáncer, sida, etc.). Cuando las remisiones no son totales, el organismo está vulnerable y ciertas actividades o funciones corporales no pueden llevarse a cabo en forma normal. El avance de la enfermedad va produciendo cambios: dolores varios, amputación de una parte del cuerpo, discapacitación en ciertas áreas de funcionamiento (trabajo, vida sexual, autonomía, etc.). Los familiares y el propio paciente deben realizar el duelo de la irreversibilidad de la situación. Nunca más esa persona recobrará la salud y con ella el estilo de estar en el mundo que lo caracterizaba. A lo sumo mejorará, pero ciertas secuelas lo acompañarán por el resto de sus días.
En el consultorio, un familiar se conduele, desesperado de no poder reencontrar «al ser querido de antes». El duelo que se instala no es frente a alguien que ya no está vivo sino frente a alguien que ya no es más como hacía poco era, alguien que ha modificado su carácter, su cuerpo, en forma negativa. El duelo de la muerte es precedido por este duelo anticipado que incluye elementos de despersonalización «ya no lo reconozco, ya no es el de antes». El enfermo y sus familiares asisten a la pérdida de la «imagen del paciente en estado de salud». El cuerpo enfermo se refleja en el espejo con sus metamorfosis insalubres. Llamo, a este duelo, pre-duelo. Lo diferencio del duelo anticipatorio (Lindeman, 1944; Fonnegra de Jaramillo, 1989), que implica un duelo anticipatorio de la muerte. El pre-duelo, en cambio, es un duelo completo en sí mismo que consiste en que ha muerto definitivamente el ser querido «en estado de salud». El que está ahora a nuestro lado ha sido trasformado por la enfermedad a tal punto que en algunos casos no se lo reconoce más. Se abre un hiato taxativo entre el de antes y el actual. La misma persona ha perdido irremediablemente atributos positivos y se presenta distinta. El cuerpo enfermo se presenta con sus metamorfosis insalubres. El pre-duelo se da en un contexto de intercambio entre el paciente y sus seres queridos. Dentro del límite de sus potencialidades el amenazado puede, aun afeado, deteriorado en su estado de pre-muerte, sustraer al entorno de un pre-duelo negativo. En esos casos embellece a su entorno, ayudando él a sus seres queridos y al mundo a elaborar el estado de amenaza y la muerte que ya se dibuja sobre su biología. El enfermo logra sustraerse a su propia muerte más o menos cercana para atender a sus seres queridos y facilitarles la despedida inevitable. Los fantasmas de la melancolía se alejan: un consejo, una admonición sabia, un reto a los dolientes futuros deudos, son todas posibles formas de combatir la «piedad patógena» (Dolto, 1982).
Vivir la muerte quiere decir aproximarse en estado de vigilia, de curiosidad lúcida, a una experiencia que no es nunca la experiencia de la muerte misma sino más bien la experiencia de las vivencias de los tiempos previos a su advenimiento. Es participar de la pre-muerte propia forjando acciones con miras al dejar de vivir que se aproxima.
Cuando alguien accede al hecho de vivir su muerte, ese alguien puede dirigir su atención a los preparativos del tránsito vivo-muerto. Habrá de atender los movimientos internos de un cuerpo ora desfalleciente, ora dolido, etc., el cual, por múltiples carriles endógenos, comunica en una suerte de partes instantáneos los cambios biológicos que están sucediendo. El cuerpo dice que está transitando el camino que lleva al final de su vida y, a pesar de ello, la catectización del entorno no cesa y el último acto recibe tumultuosos y numerosos sucesos anímicos.
El sujeto que vive su muerte, actúa. La muerte por venir es esperada en forma activa. Existe una toma de decisiones, una serie de actos que espontáneamente exigen ser llevados a cabo. Conforman estos el trabajo preparatorio de la muerte. Trátase de un territorio psíquico que pone a prueba al sujeto en tanto lo insta a ejercer figuras de despedida: testamento, legados, donaciones, regalos en vida, consejos, aprestos familiares, venganzas finales, justicias, etc. Lo externo se pone en orden como una vía preparatoria para que a su vez lo interno también lo esté. La casa se ordena, las valijas para la partida se preparan. Lejos de estar vacías, contienen preocupaciones, dudas, avisos, esperanzas, opiniones, ilusiones, proyectos para los que quedan, creencias en el más allá.
El moribundo habita su tiempo de morir y ejerce la pulsión de vida hasta casi último momento. El tiempo de estar muriendo permite que se lleve a cabo cierta elaboración del duelo de perder la vida y que penetre en el alma el sentimiento de aceptación de la finitud. Cuando la muerte se aproxima, esta elaboración ayuda a que la pulsión de vida renuncie ya a su actuar preparatorio y dé cabida a la invasión necesaria de la pulsión de muerte, la cual, de manera cabal, conduce a ese sujeto a su morada final. Distingo en este punto netamente la pulsión de muerte con su función desobjetalizante trófica (Green, 1986) de la pulsión de destrucción que no trabaja en el sentido de retorno natural a lo inorgánico (véase cap. 7) sino que trabaja en el sentido de una producción de horrores humanos. En este punto se abre la puerta a la convocatoria de lo siniestro, a la pulsión asesina, a la destructividad gratuita, a los fenómenos de exterminio de un hombre contra el otro, al goce en el sufrimiento extremo, a la búsqueda del espanto en vida.
En el advenimiento de una buena muerte, la aventura de morir se convierte en un acontecimiento interesante, inédito e importante por el mero hecho de su carácter relevante, irreversible. Se presenta como un arrojarse a la aventura del no ser, un asomarse al inaudito cercano tiempo de dejar de existir.
Los otros, los que constituyen el entorno del «por morir», le ayudan a hacer la valija. Son los que lo mantendrán en estado de supervivencia simbólica a través del recuerdo y de los afectos residuales. Muchas veces se erigen en obstáculo en tanto no allanan el camino hacia la muerte del moribundo sino que lo frenan con sus propios miedos, con sus pequeñeces psíquicas, asustados e incrédulos al asistir al espectáculo de un ser que puede partir entero, imbuido de la trascendencia de su último paso, aun a pesar de la fatiga, de la debilidad del cuerpo, de dolores múltiples, etc. El sujeto patentiza en este acto su condición de animal de lenguaje, de ser humano elevado de su cuerpo instintivo hacia dominios donde la bestialidad ha sido domesticada. En intercambio con los otros que lo miran morir, se enfrenta, grupalmente a la realidad de la mortandad universal.
Los vivientes dirán sus palabras, solicitarán tal bien del próximo muerto, expresarán su pesar y su agradecimiento si tal hay.
La codicia, las envidias, el deseo de apropiarse de lo que el por morir va a dejar, vale decir, de sus bienes terrenales que permanecerán en herencia de los vivos, estallan muchas veces. A la hora de la cercanía de la muerte, el por morir continúa aprendiendo. A veces, el cuerpo del cadáver es sede de fantasmas familiares que se materializan en el «cuerpo del dinero». Como si el mismo cadáver y su carga transgeneracional se repartiesen en los pedazos de bienes, en la forma que adopta la imagen de la sucesión y lo que habrá de corresponderle a cada deudo.
Hay vida hasta en la muerte. Y lo que queda exorcizado en el morir erótico no es la muerte en sí, concreta, en su facticidad, sino la muerte psíquica, el devastamiento melancólico, la muerte antes de la muerte. Una parte de vida se conserva cual chispa encendida que da sabor a la muerte, que la enhebra en el collar de los días transcurridos y que proclama la primacía de Eros sobre Tánatos.
Morir deviene un arte, un trabajo creativo, una epopeya fascinante. Es el aspecto festivo de la muerte que linda con lo sagrado. Vivir la muerte genera optimismo en los que asisten a esa muerte cuando se transmite vida y se eslabona la muerte como un paso natural. El «no temáis», «no es nada, es simplemente la muerte» alivia a los espectadores. El muriente oficia de mediador entre la vida y la muerte, de trasmisor de un real inaprensible. La muerte física acaece en presencia de vida psíquica. El sujeto es más humano que nunca, su disociación córporo-psíquica es máxima. Mientras el soma se va deteriorando, el psiquismo se sostiene íntegro. La dignidad deviene una constelación representacional-afectiva. Más tarde el cuerpo y la psiquis se reúnen en la común descomposición. La masa persona se entrega a lo desconocido. El gran protagonista ahora es esa materia que va a dejar de latir con vida. Se crea una expectativa en el entorno acerca de la proximidad del instante fatal que marcará la entrada en el camino hacia lo inorgánico. Increíble metamorfosis, asombrosa realidad trastornante. Lo sencillo y lo misterioso se dan la mano. ¿Quién es ese que yace ya casi sin conciencia de sí, débil y agonizante? ¿Hacia dónde se dirige con sus quejidos y estertores? ¿Qué dice esa vida que aún es vida aunque se halle en el borde de no ser más?
El asombroso enigma de la creación es atravesado por miradas sorprendidas.
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