Kitabı oku: «Un segundo amor»



NOTA
DE LA AUTORA

La garantía sangrienta, la diversidad cultural y étnica, así como los sucesos históricos relatados en este libro, están inspirados en tradiciones, lugares y sucesos verídicos, pero no representan mis creencias ni reflejan las de ninguna persona en particular; ésta es una obra de ficción.
Que siempre encontremos el sol después de la lluvia.
Bienvenidos de nuevo a Nueva Orleans.
Para todos aquellos que necesitan
una segunda oportunidad.

CAPÍTULO I
INUNDACIÓN


La primera vez que fijé un ojo en ti, supe de inmediato que tenías algo especial, a pesar de no ser más que un simple humano. No sé si fue por cómo tu sombra, proyectada sobre el asiento del coche, parecía más viva que tú, o por la manera en la que revisaste el tambor de tu pistola para asegurarte de que estuviese cargada.
Hoy en día aún me pregunto qué me pareció tan maravilloso de todo el paisaje hostil en el que consistía tu persona o qué tenía de hermoso ese semblante eternamente irritado, pero lo que sí tengo claro es que si nuestros caminos se habían cruzado esa noche era por algo más que una coincidencia.
Apagaste el motor y bajaste del coche con calma. La lluvia golpeó con fuerza contra tu gabardina y el agua goteó con tanta furia a través de tus pestañas que cualquier otro se habría resguardado. Pero tan sólo pasaste una mano por la cara para limpiártela y avanzaste sin más por la calle vacía, apenas iluminada por un par de farolas que no tardarían en reventar bajo la tormenta. Te seguí, serpenteando entre las flechas de agua mientras escuchaba sorprendido cómo tu palpitar permanecía tranquilo, impertérrito.
Los truenos cocían las nubes a latigazos y la inundación rebasaba el filo de la banqueta; podías oler la peste de las alcantarillas atiborradas de basura e incluso divisaste cómo una rata luchaba por trepar sobre un árbol enclenque, ansiosa por salvar la vida. Pero nada de eso podía amedrentarte; pronto escucharías gritos por encima de la tormenta.
Chapoteaste en el agua sucia con la pistola bien sujeta en el arnés. Sabías que adentrarte solo y en mitad de la noche en Dixon era una idea estúpida, pero no había algo en el este de Nueva Orleans que lograra asustarte. No cuando crecer en Las Viñas tampoco había sido precisamente el paraíso.
Decidido a no detenerte en recuerdos de tierra árida y alacenas vacías, avanzaste un par de cuadras más. Una lúgubre fila de casas diminutas que llevaban años aferrándose a sus cimientos decoraba ambos lados del vecindario, como si fuesen un pasillo del cementerio de Saint Louis cuyas cercas metálicas no podían proteger a sus inquilinos de bestias peores que la lluvia.
Conmovido, cerré goteras, soplé con aliento caliente bajo las puertas y repartí bendiciones en las ventanas a medida que tu gabardina se sacudía con el viento. Ver a mis niños agazaparse en la oscuridad, abrazados a sus hijos mientras sus techos se sacudían, nunca era fácil; ser un Loa como yo, un espíritu regente del vudú, consistía, en gran medida, en vivir la eternidad con el corazón compungido.
Después de pasar de largo aquellos sepulcros, te detuviste en una esquina para observar a lo lejos una casa de dos pisos, la única que parecía tener el brío suficiente para erguirse ante semejante tormenta.
La luz fúnebre traspasando los cristales de la primera planta resaltaba como un faro en la noche, pero no era su resplandor cetrino el que te hacía saber que estabas en el lugar correcto: eran las ventanas del segundo piso, tapizadas por plástico negro y lo que parecía ser un sistema de ventilación mal instalado en una de las habitaciones del fondo.
Entornaste los ojos, incapaz de creer que las señales fuesen tan obvias.
Estabas a punto de moverte cuando un murmullo cargado de estática te hizo chasquear la lengua; la vocecita desesperada de tu capitán llamándote desde la radio colgada del cuello de tu gabardina, suplicándote que no avanzaras más por tu cuenta.
Bajaste el volumen del aparato al mínimo y seguiste caminando, a sabiendas de que, para cuando el grupo de inútiles que tenías por refuerzos llegase, ya sería demasiado tarde.
Tu informante te había dicho que no tenías mucho tiempo.
Al acercarte a la casa, percibiste la silueta de un hombre sentado en una silla al lado de la puerta de entrada, mirando hacia la lluvia con actitud serena, como si fuese lo más normal del mundo salir a contemplar un huracán a medianoche.
Torciste el mentón: si alguien vigilaba la entrada sería porque, efectivamente, la casa debía estar vacía y había algo dentro qué cuidar.
Decidido, cruzaste la calzada, pero viraste en la esquina y camino abajo para poder aventurarte en los callejones lodosos de las casas a espaldas de tu objetivo, a sabiendas de que la tormenta y el deficiente alambrado público ocultarían tu presencia de los curiosos vecinos.
Tras brincar un par de cercas y esquivar pilas de chatarra acumuladas en los jardines, alcanzaste el patio trasero de tu objetivo. El lugar estaba repleto de maleza, electrodomésticos oxidados y muebles podridos apilados entre bolsas de basura, por lo que no te fue difícil agazaparte contra un sillón roído —que por el ruido que escuchabas dentro, ahora debía ser un adorable nido de ratas— para dar un buen vistazo a tus posibilidades de entrar.
Me impresionó mucho la manera en la que mantuviste la calma al ver cómo un hombre robusto, que fácilmente te sacaba veinte centímetros de estatura, resguardaba la desvencijada puerta trasera de la casa, empapándose bajo la lluvia. No te apetecía arriesgarte a pelear contra el sujeto, sin contar que entre ese apretado impermeable negro bien podría descansar oculta un arma, así que buscaste un punto adecuado para entrar en el edificio sin terminar desnucado en el intento.
Resoplaste al ver que todas las ventanas, tanto de arriba como de abajo, estaban cerradas. El ruido de la tormenta era implacable, pero eso no significaba que pudiese amortiguar el de un cristal rompiéndose dentro de la casa.
Estabas a punto de calcular tus posibilidades de enfrentarte a aquel grandulón, cuando algo llamó tu atención: una rendija de metal asomándose en las faldas de concreto de la vieja casa; un sótano elevado que, con el paso de los años, se había terminado hundiendo en el suelo pantanoso de Nueva Orleans.
Con los sentidos alertas, te dirigiste en cuclillas hacia aquella abertura, colocada justo en medio de la construcción. Después de esquivar tubos oxidados y botellas de vidrio hechas añicos, pegaste tu espalda al concreto y miraste a ambos lados para asegurarte que ninguno de los dos delincuentes que custodiaban las entradas se hubiese percatado de tu presencia.
La ventana era algo estrecha, pero estabas en muy buena forma, por lo que apretujarte por esa grieta no supondría gran problema. Abrir la rendija tampoco fue complicado, debido al hundimiento, los tornillos ya habían cedido, por lo que sólo hicieron falta un par de vueltas de tu navaja suiza para poder removerla.
Lo que te preocupaba era lo que encontrarías una vez que cruzaras ese umbral.
—Dios, amo mi puto trabajo —el sarcasmo fue tan natural que no pude evitar reír un poco.
Sin más, te sentaste sobre el fango para deslizarte con las piernas por delante. Y una vez que caíste sobre lo que se sintió como una alfombra pastosa, un olor pestilente, como a orina de gato, inundó de inmediato tu nariz.
Sonreíste someramente, porque sabías bien lo que significaba ese tufo tan distintivo.
Encendiste tu pequeña linterna de mano. El suelo estaba encharcado, atestado de bolsas de basura, filtros de café, rollos de plomería, papeles manchados de rojo y muchos, muchos bidones vacíos… todo mojado debido al agua filtrada a través de las grietas del concreto; las paredes de tapiz enmohecido exhibían marcas de quemaduras y humo que ni siquiera la humedad había sido capaz de limpiar.
No cabía duda alguna: cuando el sótano se volvió inútil, pasó de ser un laboratorio de metanfetaminas a un depósito de basura. Y para poder seguir fabricando la droga debieron haber llevado todo arriba, al maldito segundo piso, arriesgándose a volverlo un blanco fácil.
A veces te sorprendía lo inepta que podía ser la gente, incluso cuando se trataba de hacer cosas de por sí estúpidas.
Avanzaste por el sótano con el objetivo de alcanzar la corta escalera de madera. Una vez que te abriste paso hasta la puerta, susurraste una última indicación a través de tu radio. Después, la apagaste por completo y sacaste la reluciente arma del arnés en tu cintura, asegurándote de echar el seguro hacia atrás.
Al girar la perilla, te encontraste con un pasillo y una cocina desastrosa del otro lado, con la puerta trasera de la casa incrustada en el fondo y aún custodiada por aquel grandulón. Todo estaba a oscuras a excepción de una luz parpadeante que provenía de la sala, mientras que la escalera que daba a la planta alta se erguía frente a la entrada principal. Desde afuera, la construcción parecía más grande, pero por dentro, la basura y la suciedad habían consumido casi todo el espacio.
De pronto, la estática de un televisor zumbó hasta tus oídos.
—Me lleva la chingada —murmuraste muy bajo en español cuando, al acercarte a la sala con la espalda junto al muro, viste de reojo a dos sujetos echados sobre un largo sillón de tartán verde, cabeceando y con los ojos tan hinchados que apenas podían mantenerlos abiertos. El suelo estaba plagado de colillas de cigarro y bolsas de plástico manchadas de pintura en aerosol, lo que era señal de que tenían largo rato sumidos en su fiestecilla.
Sentiste deseos de rodear el cuello del informante con tus manos.
El sonido de una puerta azotándose en la segunda planta duplicó el flujo de sangre en tus venas. Regresaste sobre tus pasos hasta escabullirte en la cocina, con la vista fija hacia la escalera. Al agazaparte junto a una mesa repleta de botellas de vidrio, viste por el borde cómo un tipo vestido sólo con sandalias y un pantalón deportivo bajaba con absoluta serenidad, para luego asomarse hacia la sala. De inmediato comprendiste que ese hombre sobrio, atlético y de perfecta dentadura era el pez gordo del lugar, puesto que la regla número uno de los traficantes serios es nunca embarrarse en…
De pronto, unas luces rojas y azules se dispararon a través de las ventanas de la sala, congelando hasta la última gota de tu sangre.
—¡Maldita sea, la policía!
La puerta a tus espaldas se abrió con violencia y te arrancó el corazón.
—¡HIJO DE PERRA!
Una bala casi se incrusta en tu cabeza. El disparo encontró la puerta del sótano mientras volcabas la mesa para cubrirte. Las botellas se rompieron estrepitosamente y el olor del amoníaco ardió en tu nariz al empapar tu ropa. El enorme guardián del patio trasero había entrado, alertado por las patrullas y los gritos de los hombres en la sala.
Disparaste por encima del borde de la mesa sólo para hacerle saber al grandulón que también estabas armado. El tipo se acuclilló detrás de la puerta y detonó otro tiro, abriendo un agujero en la madera de la mesa a sólo centímetros de tu cadera.
Aquel estruendo fue suficiente para desencadenar un desastre.
—¡POLICÍA, ALTO! —escuchaste que alguien gritó desde afuera de la casa. En medio segundo, la puerta delantera se abrió de una patada; el hombre que la custodiaba cayó de espaldas contra el mugriento tapete del pasillo, aplastado bajo el peso de un miembro del escuadrón SWAT.
El enorme guardián se olvidó de ti en cuanto un puñado de hombres lo rodearon, apuntándole con rifles de asalto, y cuando una lluvia de disparos inundó tanto la sala como la cocina, no perdiste ni un instante. Te pusiste de pie y corriste hacia el pasillo sólo para ver cómo el pez gordo huía despavorido escaleras arriba.
Te lanzaste detrás de él mientras la cuadrilla inundaba la casa entre gritos y disparos como si hubiesen traído dentro la tormenta con ellos. El tipo alcanzó una puerta al fondo de la planta, y la abrió con una embestida de su hombro. Una luz ultravioleta alumbró el corredor.
Entraste al laboratorio clandestino con el arma por delante; la amplia habitación ocupaba casi todo el segundo piso y estaba llena de mesas con piletas, bidones, mecheros y recipientes que despedían un olor nauseabundo aún más potente que el del sótano.
—¡Alto, cabrón!
El tipo se estrelló de espaldas contra una puerta al final de las mesas. Sudando a chorros, giró para enfrentarte, con las manos aferradas a la madera y la cara contraída a causa del miedo.
—¡Aléjate, aléjate! —exclamó, como perseguido por un espíritu maligno.
La escena fue desconcertante, pero te bastó ver los recipientes redondos y aplanados de las metanfetaminas completamente vacíos para comprender que el hombre no temía por su vida, temía por su mercancía, la cual debía estar oculta detrás de esa puerta.
—No vale la pena —dijiste, tranquilo, pero sin bajar el arma—, ya sea aquí afuera o en prisión, tus “clientes” te lo harán pagar muy caro, así que mejor acabemos con esto por las buenas.
Los ojos llorosos de aquel hombre te hicieron entornar los tuyos y ladear la cabeza. Pero lo que sentiste no fue lástima, sino un súbito mareo provocado por los gases tóxicos del laboratorio al mezclarse con el amoníaco en tu ropa.
Tu brazo se balanceó por unos instantes y el sujeto frente a ti no dudó ni un segundo más. Alargó su mano hacia una mesa y, debajo de un recipiente volteado, sacó un revólver que apuntó directo hacia ti.
—Lo siento, ¡no dejaré que te lo lleves, mon Seigneur!
Y entonces, disparó.
La bala atravesó tu bíceps izquierdo y, como si yo mismo te hubiese clavado los colmillos, el dolor te empujó con fuerza hacia atrás. Cuando tu propia arma rugió en el aire, el sujeto no tuvo oportunidad de disparar una segunda vez.
Caíste de espaldas, sosteniendo un grito mientras el pez gordo se derrumbaba contra la puerta. La madera se pintó de carmín y los ojos de aquel sujeto se desorbitaron bajo el agujero que habías abierto en su frente.
Un silencio prolongado prosiguió al zumbido en tus oídos, para luego ser llenado por unos pasos que estremecieron el suelo de madera.
—¡Detective Hoffman, por Dios! ¡Hombre herido, hombre herido! —gritó una agente SWAT al verte en el suelo, con la sangre manando de tu herida.
Quisiste sentarte para retirar la gabardina, pero el impacto te había acalambrado todo el brazo. La puerta detrás del cadáver seguía sólidamente cerrada, y la mujer a tus espaldas no dejaba de pedirte que esperaras a los paramédicos para moverte.
La mandaste al diablo y te pusiste en pie. No es que ya te hubieses acostumbrado a la mordida de una bala, pero no era la primera vez que te disparaban ni sería la última, así que avanzaste hasta la puerta con los dientes apretados.
Tu visión se nubló, por lo que te frotaste los ojos con los dedos índice y pulgar, lo que te permitió percatarte de que sendas lágrimas cubrían el rostro del hombre en el suelo. Sentí mucha compasión por ti cuando el escozor de haber tomado una vida amenazó con quemarte al igual que el amoníaco en el ambiente, pero lo resististe apelando al dolor de tu brazo. Ahora lo único que querías era terminar con todo aquello, ver el maldito botín y asegurarte de que no te habías ganado una cirugía de extracción sólo para confiscar un puñado de meth.
Pero al pasar por encima del cuerpo y abrir la puerta, el desconcierto hizo que todo diera vueltas de nuevo.
El olor de los químicos tóxicos fue opacado de inmediato por la fetidez de un cadáver. No había drogas ni armas en la habitación, nada qué confiscar o guardar dentro de una bolsa para evidencias.
Tan sólo un niño moribundo, mirándote recostado desde la inmundicia de un colchón.

CAPÍTULO 2
CORAZONADA


Después de aquella noche, me fue muy difícil quitarte la mirada de encima, más cuando el capitán de tu división te mandó a descansar siete días completos. Tres para que te acostumbraras a tu nueva herida, tres por haber apagado el intercomunicador y uno más por decir que el pendejo que había arruinado la operación había sido él. Que mandar a las patrullas con las sirenas encendidas estando tú de encubierto había costado la vida de un hombre y abierto una cicatriz en tu brazo izquierdo.
¡Cuánto le hubiera gustado al capitán haberte impuesto un castigo mayor! Pero me causó mucha satisfacción el comprobar que, aun tras la sarta de improperios que le escupiste en la cara, el hombre prefirió ver su ego hecho añicos por tu florido léxico a sacarte de las calles por demasiado tiempo.
Después de semejante ajetreo, lo único que te consoló al final del día fue el contundente puñetazo que le propinaste en la nariz a tu informante, junto con la dulce promesa de meterlo a prisión un buen par de décadas por traicionar la confianza de un agente.
Así que, resuelto a hacerle la vida un infierno a cualquiera que decidiera respirar el mismo aire que tú, estacionaste tu fiel coche en la jefatura de policía. La mañana, fría como una lápida y con el cielo arropado de nubes, te recibió con una incesante llovizna que no dejaba de arruinarte el calzado.
Habría sido mejor que te ciñeras un buen par de botas, pero como tu padre siempre detestó la imagen estereotipada de detective, te daba igual que el agua te pudriera los zapatos con tal de conservarla.
Las gruesas columnas blancas de la entrada te recibieron con más alegría que los hombres uniformados que se refugiaban bajo ellas, y cuando te abriste paso por el edificio como si fueras el mismísimo huracán irrumpiendo en la comisaría, las cosas no fueron distintas. Todo mundo se mantuvo con la cabeza inclinada hacia sus papeles, encogiéndose a medida que pasabas a su lado.
Aguantaste el deseo de poner los ojos en blanco, no porque anhelaras que alguien te diera los jodidos buenos días, sino porque te irritaba que todo mundo tuviese la suficiente boca para decir pestes a tus espaldas, pero muy pocos cojones para escupirte de frente.
Con el tiempo aprendí que, aunque no eras la adoración de tus compañeros de distrito y tenías el humor de un caimán, la gruesa carpeta archivada en la gaveta principal del superintendente era motivo suficiente para mantener a todos a raya; doscientos noventa casos resueltos en tus doce años de carrera —una barbaridad, siendo que cada detective del departamento lidiaba a lo mucho con siete u ocho crímenes por año—, y una sucesión de alcaldes fanáticos tanto de tu trabajo como de tu cuestionable personalidad eran los ingredientes necesarios para mantenerte en el puesto.
Así que, sin más, llegaste hasta tu lugar de trabajo, un pequeño cubículo que, si bien tenían años sin aprobar presupuesto para cambiar el destartalado escritorio, al menos estaba al lado de un ventanal que tenía una maravillosa vista al callejón de los contenedores de basura.
Bueno, tal vez el capitán sí se desquitaba de tu mal humor, pensaste.
Arrojaste tu impermeable húmedo en el perchero y te remangaste tu gabardina nueva, sin importar que las gotas de lluvia salpicaran la carpeta azul acomodada sobre tu escritorio. Era el expediente del siguiente caso por resolver y, curiosamente, el único, siendo que por lo general tenías cuatro o más esperándote cada que terminabas uno.
Te resultó extraño. No sabías si te habías acostumbrado tanto a la violencia de Nueva Orleans que una semana tranquila de trabajo te parecía un desperdicio, lo cual era preocupante, no sólo porque hablaba mucho de tu salud mental, sino porque, conforme pasaban los años, ese oficio emocionante que te mantenía aferrado a la vida parecía comenzar a volverse… rutinario.
Enredándome en los brazos del perchero, te observé dejarte caer en la silla deshilachada y encender con pereza la computadora portátil. Al alargar la mano para tomar el expediente nuevo y empezar a capturar datos, un tirón en los puntos de tu bíceps te hizo proferir una palabrota.
—Vaya, ¿quién dejó entrar el huracán?
Ni siquiera levantaste la barbilla cuando un joven alto, delgado y de uniforme impecable colocó sobre tu escritorio una taza de café no solicitado. Y cuando miraste con fastidio los dibujos de rosquillas en la pulida cerámica, el chico se encogió de hombros.
—Sin azúcar y extraamargo, para que combine con su personalidad, jefe.
—Es demasiado temprano para mandarte a la mierda, Broussard.
Tu asistente sonrió con gentileza. Desde que conseguiste el puesto de detective dejaste en claro que trabajabas mucho mejor solo, pero el capitán de tu división siempre encontraba la manera de endilgarte a alguien que aspirara al puesto de compañero, de preferencia, una persona con poca experiencia y carácter blandengue que lo único que provocaría en ti serían deseos de patearle el trasero.
Hasta ahora, siempre habías logrado hacer que todos los reclutas renunciaran a las pocas semanas, pero para tu desgracia, Malen Broussard tenía la mala costumbre de ser el único novato que hasta ahora prefería poner la taza de café sobre el escritorio en vez de vaciártela encima. Ese chico de veintipocos años, de uniforme prestado y que desde hacía más de siete meses llegaba puntual todos los días al trabajo en autobús había resultado ser inteligente, organizado y, peor aún, tremendamente paciente, lo suficiente como para soportar tus ladridos sin salir azotando la puerta, así que hasta ahora no habías logrado sacudírtelo de encima.
Siendo honestos, tampoco buscabas nuevas maneras de hacerlo. O al menos, no tanto como antes. Su presencia era casi tolerable y el café que hacía no estaba mal, además…
—Imaginé que querría ver esto a primera hora, jefe, antes de comenzar con el nuevo caso.
Malen colocó delante de ti una carpeta amarilla a reventar de papeles. Y al leer la etiqueta del borde aguantaste el deseo de maldecir, porque justamente ibas a pedirle eso: el informe forense del laboratorio clandestino.
Ignoraste la cara de satisfacción del chico y omitiste el “gracias” que conceden las personas decentes cuando alguien hace su trabajo, aunque tu asistente no lo echara en falta. Él también había empezado a entenderte poco a poco, después de todo.
Abriste la carpeta y un análisis completo de la morgue se desplegó frente a ti. Había un paquete de fotografías engrapado dentro de los papeles y, por unos segundos, te preguntaste si realmente estabas de humor para ver eso con el estómago vacío.
La noche en la que abriste la puerta empapada en sangre y viste a aquel niño postrado en el repugnante intento de cama, la luz ultravioleta del laboratorio clandestino volvió todo aún más macabro, puesto que sendas manchas blancas, rastros de sangre y quién sabe qué otras inmundicias, plagaban las paredes, el suelo y las mantas que envolvían a aquella criatura.
El cuarto era poco menos que un chiquero, repleto de la misma basura que el resto de la casa. El sistema de ventilación que habías visto desde afuera estaba instalado a cal y canto en las ventanas, pero las aspas giraban tan despacio que habría sido igual si hubiesen rellenado los vanos con concreto.
Te acercaste, tambaleándote, para observar a la víctima. El pequeño no debía tener más de cuatro años de edad, y la forma en la que viró la cabecita para mirarte te provocó un escalofrío. Tenía una costra rosácea cubriendo toda su mejilla derecha y los ojos casi en blanco. Tampoco se movía demasiado, apenas lo suficiente para hacerte saber que estaba consciente de tu presencia.
Miraste sobre tu hombro, hacia el cadáver del traficante, y no supiste cómo proceder. Al menos, no de la manera profesional, y eso fue lo que más te inquietó.
Alargaste la mano hacia el pecho de la criatura a sabiendas de que estabas cometiendo un error al alterar la escena del crimen, pero no te importó porque sabías bien que a ese niño no le quedaba mucho tiempo.
Lo tocaste por encima de la tela y su cuerpo se sintió tan frío que casi te hizo retraer los dedos. No podías entender que un hombre como el que yacía muerto a tus espaldas, un desgraciado que ordenó ejecuciones, traficó con mulas y que había montado un lucrativo negocio de metanfetaminas que se embolsó la mitad de los drogadictos de Dixon, había estado dispuesto a matar a un detective con tal de que no se acercaran a su hijo.
Y hasta que un paramédico se acuclilló a tu lado para colocarte una mascarilla de oxígeno, te percatase no sólo de que el mareo te había hecho deslizarte por el borde de la cama hasta sentarte en el suelo, sino que el niño ya no se movía, con los ojos ahora cerrados; había muerto frente a ti sin que hubieras podido hacer algo al respecto.
Estaba bien. Nadie había dicho que tu trabajo fuera agradable y rara vez desembocaba en heroísmo. Por lo general, sólo terminabas atestiguando una tragedia, y esa impotencia era algo a lo que nadie podía acostumbrarse.
Ni siquiera un hombre como tú.
Te masajeaste los ojos ante el desagradable recuerdo y sacaste las fotografías del sobre, dispuesto a cerrar el caso y añadir el expediente número doscientos noventa y uno a tu carpeta.
¡Oh, Hoffman! En esos momentos me habría gustado enroscarme en tus hombros para darte un apretón, pero yo sabía muy bien que nada sería suficiente para prepararte para lo que estabas por descubrir.
Las imágenes granuladas y a color te hicieron arrugar la nariz.
El rigor mortis del cadáver del niño había desaparecido, y la hinchazón en el vientre ya empezaba a notarse. La autopsia revelaba que la intoxicación por los gases letales había reventado algunos vasos sanguíneos de la garganta, lo que explicaba la mancha seca en la mejilla. La elasticidad de la piel, el conducto anal húmedo, las larvas depositadas en las cavidades…
No cabía duda. El niño que te había mirado esa noche, sobre la cama, llevaba más de tres días muerto cuando lo encontraste.
—Caray —dijo de pronto tu asistente—, no entiendo cómo es que ese hombre dejó que su hijo muriera ahogado con la droga que él mismo fabricaba, ¿ qué diablos tenía en la cabeza ese monstruo?
Ante tu tenso silencio y la manera en la que dabas vueltas una y otra vez a las fotografías, Malen carraspeó.
—¿Pasa algo, jefe?
—Si te quedaras callado un maldito segundo, lo sabría —murmuraste.
Tu asistente tan sólo alzó ambas palmas, sin tomarse a mal tu desplante. Rodaste un poco la silla para mirar hacia la ventana, tronando tus dedos frente a tu pecho. ¿Acaso estabas delirando esa noche? ¿Los gases del laboratorio, de alguna manera, te habían hecho ver y sentir cosas que no estaban allí, creer que ese niño estaba vivo cuando en realidad sólo era un cuerpo muerto? Eso explicaría la peste a cadáver, pero…
No. El amoníaco causaba desorientación, no alucinaciones, y no había forma en la que alguna droga se hubiera podido meter en tu sistema en forma de gas, pero las pruebas eran irrefutables, los análisis químicos no se equivocaban, y aun así… había algo dentro de ti, una corazonada poderosa que te decía que algo no terminaba de encajar.
Y fue entonces cuando supe que había dado con la persona correcta para enfrentarse a las sombras que amenazaban con cernirse sobre Nueva Orleans.
Te levantaste bruscamente, desestimando el nuevo caso que solicitaba tu atención al tomar el informe forense bajo tu brazo. Con un bramido, hiciste que Malen corriera detrás de tus pasos.
En cuestión de segundos, el tímido chisporroteo de las nubes se convirtió en una potente lluvia mientras salías de la estación a toda velocidad.

CAPÍTULO 3
SÍMBOLO


A pesar de la lluvia, la cinta policial todavía se sostenía con firmeza de las columnas frontales de la casa, aunque con un par de trozos ya arrancados a lo largo del barandal. Con las manos en los bolsillos, chapoteaste por el jardín del frente, ese pedazo de tierra lleno de chatarra que no tuviste el gusto de conocer la noche del altercado, hasta llegar al porche con los hombros empapados.
—Maldito impermeable de mierda —susurraste por lo bajo, insultando a la pobre prenda que habías dejado olvidada en tu oficina.
Malen te observaba desde el asiento del copiloto de tu coche, frustrado porque no le hubieras permitido bajar con el pretexto de que lo necesitabas vigilando por cualquier cosa que pudiera presentarse.
Bueno, era una mentira a medias. Al no haber pedido las llaves de la casa a la jefatura, tendrías que entrar usando métodos menos ortodoxos, y necesitabas que alguien te cuidara las espaldas.
Rompiste la perilla de la puerta de una patada. La casa era tan oscura de día como de noche ya que los vidrios habían quedado empañados por el humo de los químicos y el cigarro. El intenso olor a productos de limpieza te hizo saber que el equipo todavía no había terminado con la escena, puesto que una buena cantidad de cubetas y cepillos estaban repartidos por la sala ahora vacía.
El alivio te recorrió, porque significaba que todavía podrías encontrar aquello que tu instinto te insistía en buscar, aun cuando no estuvieras muy seguro de lo que era.
Sacaste unos guantes de látex de tu bolsillo y subiste por la escalera llena de recipientes de cloro, bicarbonato y sosa cáustica, ahora con la suficiente calma para observar el deplorable estado del edificio. Lo que más te desagradó no fueron las tuberías asomándose por pedazos roídos del techo, ni las manchas asquerosas repartidas por toda la alfombra, sino el tapiz amarillento del pasillo, con una parte decorada con dibujos infantiles hechos con lo que parecían ser crayones rojos.
Al subir al laboratorio, lo encontraste igualmente vacío. Las mesas, las bandejas, los bidones, las cajas de basura y hasta la puerta donde la sangre de aquel hombre había quedado embarrada; todo se había ido, pero a través del umbral pudiste ver que el colchón mugriento seguía allí.
Tal vez era el último cuarto que faltaba por limpiar.
Una sensación desagradable te inundó todo el cuerpo al cruzar, pero preferiste adjudicárselo a la humedad de tu ropa y no al recuerdo de cuando ese niño te miró. Te acercaste para pasar una mano enguantada por donde había estado el cadáver; ya se habían llevado las mantas.
Presionaste el botón de la radio sobre tu hombro.
—Broussard —llamaste—, ¿qué dice el reporte sobre el colchón? Y si me contestas dándome la marca del fabricante, como cuando te pregunté sobre las cortinas en el caso de Algiers Point, te haré regresar a la estación a gatas.
Tras un largo minuto, la suave voz de tu asistente serpenteó entre la estática.
—Los fluidos de la descomposición no traspasaron hacia la sobrecubierta —contestó.
—¿Lo que indica que…? —le animaste a responder.
—Que el traficante cambiaba la ropa de cama frecuentemente.
O que dichos fluidos no se derramaron fuera del cuerpo porque, para empezar, nunca estuvo muerto, pensaste en silencio.
La sensación de que algo estaba fuera de lugar se acrecentó. Si el traficante quería evitar ser inculpado por asesinato, lo que explicaría por qué no quería que te acercaras al niño, ¿no habría sido más sencillo deshacerse del cadáver desde que el pequeño murió? Además, la fiereza con la que estaba dispuesto a defender el cuerpo era inexplicable. El hombre ni siquiera estaba drogado en el momento del enfrentamiento.
Al comprender que allí no encontrarías algo útil, te levantaste para salir de la habitación. Pero a unos pasos de la entrada, miraste de nuevo sobre tu hombro, hacia el colchón.
No podías entenderlo. ¿Para qué carajos había muerto ese hombre, en semejante muestra de “amor”, si para empezar hizo sufrir a su hijo hasta las últimas consecuencias?
La familiaridad de la idea desbordó tu paciencia, por lo que apretaste los puños por lo bajo y decidiste mandar todo a la mierda. El niño llevaba días muerto por negligencia y el cabrón de su padre se había vuelto demente, negándose a aceptarlo. Eso había sido todo.
Saliste trotando por el pasillo, furioso contigo mismo por haber perdido el tiempo en algo que sólo había sido una alucinación, pero cuando bajaste la escalera, dispuesto a salir de la casa, decidí ayudar.
Un frasco de bicarbonato rodó desde un escalón hasta romperse sobre la alfombra del pasillo. Diste la vuelta y desenfundaste tu pistola del cinturón con un movimiento tan limpio como letal. Entornaste los ojos y repasaste el perímetro con la mira, para después avanzar con cuidado por el corredor. Y al acercarte a los restos del cristal, un extraño rechinido vibró bajo tu zapato, muy distinto a la sensación que te dejaba la alfombra mugrosa tras pisarla.
Alzaste una ceja al mirar hacia abajo y descubrir que el equipo forense había cortado un trozo del afelpado; un pequeño recuadro de no más de veinte centímetros que yacía dentro de la silueta de una gran mancha blanquecina.
Percibiste un olor muy desagradable cuando te pusiste de cuclillas para examinar el subsuelo descubierto. Con la cara arrugada por el asco, llamaste de nuevo por la radio.
—¿Qué hay del corte en la alfombra, muchacho? —preguntaste, tocando con la yema de tus dedos enguantados el trozo descubierto. El material estaba muy húmedo, casi podrido, y la mancha blanquecina se expandía desde el tapete hacia la pared, cuyo tapiz ya había comenzado a descarapelarse. Frunciste el ceño al comprender que el rastro se concentraba justo donde estaban los dibujos de crayones.
Estabas tan absorto que ni siquiera gruñiste por los tres largos minutos en los que Malen tardó en contestar.
—Eh, según el laboratorio —respondió al fin—, localizaron una mancha que parecía sangre seca, pero que al analizarla resultó ser sólo humedad.
Arrugaste el entrecejo, porque bien sabías que aquel olor no podía ser sólo madera podrida. Era increíblemente desagradable, como si te hubieras sentado en una pila de cadáveres putrefactos.
Tocaste la pared tres veces y el ruido hueco que hicieron tus nudillos contra el muro te hizo sonreír.
—¿Pasa algo, jefe? —insistió el chico a través de la radio.
—Mueve tu trasero aquí, Broussard —contestaste con una veta de emoción—, y trae el hacha de emergencia del maletero. Encontré algo.

Cuando Malen entró en el edificio, quedó paralizado al verte arrancando grandes áreas del tapiz con un trozo del frasco roto. El pobre chico apretó el hacha contra su pecho, consternado, pero aun así, no dejaste de rascar la pared.
—¿Jefe?
—¿Hueles eso? —preguntaste, para luego observar uno de los pedazos marcados con crayón rojo. Él te miró un segundo con el ceño fruncido para luego expandir las fosas nasales.
—¿Una alcantarilla?
Con un bufido, le quitaste el hacha de las manos.
—¿Cómo va a ser una alcantarilla? ¿Acaso no has aprendido nada en la morgue?
Malen retrocedió con los ojos bien abiertos.
—No, no puede ser un cadáver —exclamó—, ¡trajimos a los perros y no encontraron nada!
—Tal vez porque todavía no era uno en ese momento.
El chico palideció cuando clavaste el hacha sobre el muro y la cabeza de metal no rebotó con violencia, como debería hacerlo si se hubiese estrellado contra una viga u hormigón. Al contrario. El filo del arma se clavó contra la superficie y la astilló en un sonido hueco y lastimero.
El olor a cadáver se intensificó tanto que Malen tuvo que cubrirse la nariz.
—¿Corcho? —exclamó.
Terminaste de abrir un agujero del tamaño de una cabeza para luego recargarte en el hacha a modo de bastón. Te habías jalado los puntos de sutura una vez más, pero la adrenalina de saber que habías encontrado algo interesante te hizo ignorar el dolor.
—Una pared falsa —dijiste con satisfacción ante semejante hallazgo—, abrieron un hueco y luego volvieron a cubrirlo. Y como el corcho es de tan mala calidad, se arruinó con lo que sea que se esté pudriendo allí dentro.
Malen no parecía compartir tu entusiasmo.
—Jefe, ¿no debería dejarle esto a los de homicidios? —preguntó con justificado nerviosismo. En esos tiempos eras detective en la división de narcóticos, así que no había motivo para que te metieras en problemas a menos que lo que estuvieras buscando fuese un almacén de drogas. Ahora que estaba claro que el olor que emanaba de aquella pared no venía exactamente de un paquete de metanfetaminas, no tenías nada más qué hacer allí.
El pulso dentro de tus venas te hizo continuar. Levantaste el hacha de nuevo y con el filo empezaste a arrancar trozos gruesos de corcho hasta que aquello que buscabas por fin se reveló.
—Pero mira qué tenemos aquí…
Era un bulto de tela color rojo, incrustado en una de las vigas horizontales de la pared y cerrado por gruesos filamentos de estambre negro.
Por instinto, echaste un poco el cuello hacia atrás al percibir algo obsceno en la apariencia de aquella cosa, aunque no sabías bien qué. La tela de franela lucía sanguinolenta por la humedad, además de que estaba llena de cosas que parecían ser unos recipientes.
Malen se acercó a tu lado para asomarse por la abertura. Todo el color de su cara desapareció.
—¡No, deténgase! —gritó cuando alargaste la mano para tomar el paquete—, ni se le ocurra tocarlo, ¡esa cosa es muy peligrosa!
—Pero, ¿qué…?
—Conjure…* —susurró con los ojos bien abiertos y a punto de jalarte de la gabardina. Miraste de nuevo hacia el bulto oculto en la pared.
No era la primera vez que veías algo de aquella naturaleza, y mucho menos en las zonas turbulentas de Nueva Orleans, pero algo en el olor de aquel objeto te hizo saber que esa ocasión las cosas eran distintas. No sabías si era porque la imagen de aquel niño se te había quedado clavada en la psique, o porque seguías sin explicarte la desesperación de aquel hombre por proteger un supuesto cadáver.
Pero fuera lo que fuese, sabías que estabas a punto de involucrarte en algo peligroso, un misterio inquietante que no sería fácil de resolver.
Y para ti, no había sensación en el mundo más maravillosa que ésa.
* También conocido como hoodoo, es una forma de magia utilizada por la población afrodescendiente del sur de los Estados Unidos que no se relaciona necesariamente con las prácticas vudú.

CAPÍTULO 4
MAGIA IMPROCEDENTE


—¿No deberíamos esperar a los auxiliares?
—La puerta está abierta si quieres largarte, Broussard —respondiste, para luego ponerte un par de guantes de látex nuevos—, además, éste sigue siendo mi caso. Y a menos que encontremos restos humanos aquí dentro, no pienso dárselo a los pendejos de homicidios hasta que llegue al fondo del asunto.
Tu asistente tragó saliva y luego asintió, con el presentimiento de que, aún si encontraras una cabeza dentro del bulto, no dejarías el asunto en otras manos. La morgue estaba vacía, pero él sabía que tampoco te importaría mucho si uno de los forenses llegaba y te sorprendía usando los instrumentos; no sería la primera vez y de seguro encontrarías la forma de hacer sentir al especialista que él era el invasor en su propio espacio de trabajo.
El muchacho ya conocía tu metodología lo suficiente para saber que eras más implacable —o testarudo— que la tormenta que golpeaba con insistencia el tragaluz, haciendo titilar las lámparas blancas del techo.
Ante su ligero temblor, me enrosqué con ternura alrededor de los hombros del pobre chico para protegerlo y no precisamente de la temperatura de la habitación fúnebre. Sus ojos oscuros se clavaban en el bulto que acababas de poner sobre la larga mesa de disección, como si creyera que de un momento a otro fuera a moverse por sí solo.
Durante los meses que tenía trabajando contigo, él había visto cosas desagradables, pero aquello le provocaba unas náuseas inmensas, un miedo gélido que insistía en meterse bajo su piel.
Cuando te vio tomar con firmeza un bisturí y una pinza de la charola, para luego arquearte sin una pizca de repulsión hacia el pestilente objeto, Malen hizo todo lo posible por erguirse y mostrar un semblante tan profesional como el tuyo. Tenías cuatro meses dándole largas sobre el puesto oficial de compañero, pero hasta el momento, no le importaba ser sólo tu asistente; podrías ser un cabrón de lo peor, pero eso no cambiaba el hecho de que sentía una admiración auténtica por ti, por tu afilada inteligencia y frialdad para resolver casos, cosa que no sabías si convertía a Malen en el hombre más santo de Nueva Orleans o en el más masoquista.
Sin más, clavaste el bisturí, pero en cuanto la navaja cortó el primer estambre, te enderezaste con el ceño fruncido.
—¿Jefe?
Cercenaste otra costura de aquel grueso hilo y lo jalaste con la pinza para traerlo frente a tus ojos. Una de tus cejas se levantó al comprender que no era hilo. Era cabello.
—Qué creativos —soltaste con ironía, para luego dejar el filamento a un lado y comenzar a cortar los otros—. ¿Sabes, Broussard? Durante años he confiscado ngangas,* sacado muñecos de ataúdes diminutos e, inclusive, he visto a gente venir a este mismo lugar a pedir el agua con la que lavan los cuerpos, y aun así estos hijos de puta nunca dejan de sorprenderme.
Aunque a Malen no le gustó el comentario despectivo, prefirió guardar silencio, convencido de que había cosas de las que no era su responsabilidad educarte. Por más morena que fuese tu piel, tal cual lo fue la de tu madre, seguías teniendo mucho de tu padre por dentro…
Sonreí con ironía al pensar en lo mucho que te habría “agradado” esa comparación.
El bulto se abrió como un estómago sobre la mesa y la peste brotó cual vísceras derramadas. Tu asistente se llevó el dorso de la mano a los labios y tú ladeaste la cabeza con decepción al ver que allí dentro había todo menos un cadáver.
Siete botellas pequeñas de licor, vacías y sin etiqueta, con navajas de afeitar y restos de chiles rojos en su interior, además de mamilas de hule a modo de tapa. El bulto también tenía tierra húmeda, colillas de habanos y unas monedas repartidas entre la suciedad, pero nada más.
Tomaste una y distinguiste el dibujo de una palmera grabada en una de sus caras.
—¿Un gourde? —susurró tu asistente.
—Dinero haitiano. Un clásico —espetaste, encerrando aquella moneda en tu palma enguantada.
Tomaste un puñado de bolsas de plástico y metiste un poco de todo lo que había en el bulto dentro de ellas, incluyendo uno de los grotescos biberones.
—Lleva estas muestras al laboratorio —ordenaste a Malen, alargándole los paquetes—. Quiero saber por qué demonios hieden a mierda. Y presiona a Alphonine para que se apresure en traer su trasero aquí. Necesito que eche un vistazo a todo esto.
Al ver que tu asistente no tomaba las bolsas, mirándolas como si estuviese hipnotizado, las estampaste en su pecho con brusquedad. El joven reaccionó como si le hubieras puesto un trozo de hielo sobre la piel.
Me causó una pena inmensa ver su gesto contrariado, pero no pude hacer mucho más que ayudarlo a sostener el peso de aquel temor entre sus manos. Yo sabía bien que, entre todas las personas de la ciudad, mi pobre Malen era el que menos merecía sentirse de esa manera.
Avergonzado por la severidad de tu mirada, dio la media vuelta y se marchó a paso veloz. Al verlo tropezar con la puerta, moviste la cabeza con lástima al saber que el chico había resultado supersticioso.
Pero el miedo no era lo que dolía en el pecho de Malen, sino la humillación; esa horrible sensación de saber que acabas de decepcionar a alguien que te importa demasiado.
No fui tras él porque sabía que tú me necesitabas aquí, pero decidí ayudarlo más tarde.
Cuando te volcaste hacia la mesa de autopsia, una severa voz a tus espaldas te hizo erguirte.
—Me pregunto si atormentar a sus asistentes es parte de algún ritual para evitar que lo echen de la policía, agente Hoffman. Y agradezca que Malen me parece un muchacho encantador, de otra manera, ni de broma traería aquí “mi trasero” para ayudarlo a usted.
Una mujer de poco menos de cincuenta años de edad, de mirada firme y piel tan oscura como la de Malen, apareció por el umbral de la morgue, cerrándose su saco azul con encono.
Tamborileaste los dedos sobre el metal. Alphonine era una de las pocas personas que no temían a tus desplantes, motivo por el cual preferías trabajar con ella que con cualquier otro inútil que sólo supiera decir que sí a cualquier cosa que saliera de tu boca, incluyendo los insultos.
La antropóloga estaba a punto de recriminarte de nuevo tu actitud, cuando el hedor que despedía el bulto sobre la mesa la hizo desestimar el incidente. Se acercó para asomarse sobre tu hombro.
Al mirar el artilugio, arrugó el entrecejo. Sacó un par de guantes de su bolsillo y tomó una de las botellas de ron para girarla entre sus manos.
Su expresión se tornaba cada vez más sombría a medida que observaba las monedas y examinaba la tierra con los dedos, y cuando decidiste que ya había manoseado demasiado la evidencia, soltaste un bufido.
—¿Y bien? ¿Qué quieren decir esos malditos biberones?
Ella dejó todo de vuelta en la mesa y te miró sobre sus gafas con severidad.
—Sabe muy bien que ni siquiera debería estar aquí sin una orden formal, detective.
—Perfecto. Te ordeno formalmente que me digas qué carajos significa este bulto.
Alphonine sintió deseos de dar media vuelta y marcharse, por lo que decidí rozar la mano que ella mantenía sobre la mesa para que volviera a mirar el monstruoso objeto. Aunque creo que igual no hubiese hecho falta.
Mi niña era demasiado lista para dejarlo pasar.
—Por los ingredientes, se trata de vudú —dijo, descartando el conjure o cualquier otro tipo de práctica—. Parece ser una ofrenda o un objeto hecho en honor a un Loa Guédé; un miembro de la familia de espíritus que rigen la muerte, para que usted me entienda.
—Me importa un rábano si lo hicieron para Santa Claus, lo que quiero saber es para qué sirve.
Ella se encogió de hombros.
—Es difícil descifrarlo si no sabemos primero quién lo creó —contestó, y al verte poner cara de fastidio, tomó aire y prosiguió con más paciencia de la que creía tenerte—: ya se lo he dicho antes, detective, el vudú es una monolatría práctica y libre, no una religión estricta con procedimientos y rituales rigurosos como el cristianismo. No tenemos textos sagrados ni credos que todos debamos de aceptar por igual, por lo cual, la función de los ingredientes seleccionados para un hechizo puede variar dependiendo de la intención del sacerdote o la sacerdotisa y sus métodos de trabajo. Para ellos es como estar en un laboratorio; experimentan y a veces hacen fórmulas con distintos elementos para conseguir los mismos resultados, y los artilugios creados son tan diversos que pueden ser tan únicos como su creador.
—¡Por favor! No me vengas a decir que esta porquería nada tiene que ver con todo lo que pasó en ese maldito lugar.
—Los biberones son una muestra innegable de que el artilugio estaba conectado con un infante y con un Loa de la muerte —confirmó—, pero pudo haber sido utilizado tanto para matar al niño que usted encontró en esa habitación como para protegerlo; los Guédé son señores de la muerte precisamente porque permiten o niegan el paso de las almas al otro lado, detective.
Soltaste una risa socarrona.
—Bueno, si este trozo de mierda era para protegerlo, a estas alturas ya sabemos que no funcionó.
El cruel comentario hizo a la mujer erguirse sobre la mesa. Aunque tenías razón y algo en los ingredientes de ese bulto no le acababa de convencer, tu actitud le parecía de lo más ofensiva.
—¿Y a usted qué más le da saber para qué sirve este artefacto? —dijo con el mismo tono que acababas de usar con ella—. No entiendo qué es lo que usted intenta ganar con todo esto.
—¿Cómo que qué quiero ganar? ¡Es mi jodido caso!
—A lo que me refiero es, ¿qué más da para qué pusieron ese objeto en la pared? El que haya encontrado eso dentro de la casa no lo conecta con la muerte de ese niño y, aun si fuera así, jamás podría usarlo en un juicio decente —insistió con agudeza—. La autopsia lo decía bien claro, detective: esa pobre criatura murió a causa de una exposición prolongada a los químicos de las drogas, y a la única persona a la que podía culparse por eso, usted le metió una bala en la frente.
Apretaste los puños.
—… esto apesta a cadáver… —soltaste entre dientes como último recurso.
—Pues a menos que hayan puesto un cuerpo en una trituradora para usarlo como fertilizante para esta tierra, ya no tiene ningún caso entre manos, detective.
Debo admitir que me sorprendió mucho comprobar que esa vez ya no tuviste con qué responder, porque dentro de la lógica humana, ella tenía razón. Cerraste la boca con firmeza y miraste hacia el bulto con una comisura apretada, comenzando a pensar que tal vez estabas cometiendo una estupidez, que estabas perdiendo el tiempo por una simple corazonada que al final, no te llevaría a ninguna parte.
Al verte perder esa energía tan agresiva que tanto te caracterizaba, la piadosa mujer suspiró.
—Es tarde, agente Hoffman —dijo—. Sólo le queda esperar por los resultados de laboratorio a ver si al final puede sacar algo de todo esto; trataré de ayudarle en lo posible, pero no le prometo hallar algo que le sirva. De momento, vaya a casa a dormir un poco y a lavarse ese brazo.
Al ver hacia donde el dedo de la antropóloga apuntaba, descubriste que los puntos de sutura que se te habían abierto dejaron una buena mancha de sangre en tu gabardina nueva. No habías sentido el dolor, pero al percatarte del desastre, éste empezó a calar.
—Ah, genial —resoplaste, pero al mirar hacia Alphonine para agregar algo más, descubriste que ella ya se había marchado del lugar, dejándote completamente solo con tu cadáver hecho de biberones.

Fue la primera vez que, en años, dejaste que otra persona terminara la discusión, porque en vez de lanzarte detrás de la pobre mujer para gritarle hasta de lo que se iban a morir sus ya difuntos ancestros, saliste de la morgue y fuiste hasta la estación de policía, a tu cubículo, para tomar la carpeta azul del nuevo caso que habías dejado enfriar allí desde la mañana.
Sin darle explicaciones a Malen —quien, para empezar, ni siquiera estaba en la oficina—, te marchaste bajo la suave llovizna nocturna, la cual al menos te tuvo la suficiente compasión para dejarte llegar medio seco a casa. Pero cuando te estacionaste en la acera frente a la vivienda de dos pisos y miraste la madera oscura de tu puerta, te arrepentiste de inmediato de haber salido tan temprano del trabajo.
Llevabas más de diez años viviendo allí, pero odiabas ese lugar, y el tener un trabajo tan ocupado como el de detective al menos te daba la ventaja de utilizarlo únicamente para dormir de vez en cuando. Por eso, el peor castigo que te podía dar tu capitán no era rebajarte el salario, asignarte muebles de mierda en la oficina o cargarte con el doble de trabajo.
Era enviarte a casa a descansar.
Refunfuñando, bajaste de tu fiel automóvil y caminaste hacia tu porche con la carpeta azul bajo el brazo. Al subir por los escalones, notaste que había un recipiente de plástico colocado al pie de la puerta, envuelto con una colorida tela.
Miraste hacia la casa contigua, una construcción blanca de un solo piso y casi tan vieja como el inquilino que, en esos momentos, te saludaba a través de la ventana de su cocina con una dulce sonrisa.
Moviste la cabeza de un lado a otro y entraste a tu vivienda, pasando por encima del recipiente como solías hacer todas las noches en las que el anciano procuraba dejarte algo de comida caliente, angustiado por lo estresado que parecías todo el tiempo.
El gesto te irritaba sobremanera; nunca cruzabas palabra con el hombre, además de que no te sentías como un perro callejero para ameritar que la gente te diera sus sobras.
Cruzar el pasillo para llegar a la escalera te costó un poco de trabajo. Siete voluminosas bolsas de basura obstruían la entrada como una pila de rocas, esas bolsas que te prometías, semana tras semana, que sacarías en cuanto tuviera algo de tiempo para que se las llevara el camión recolector. Que para eso las dejabas junto a la entrada, aunque siempre encontrabas una buena excusa para olvidar hacerlo, aun cuando apenas diez metros separaran la acera y la puerta.
De reojo, viste la enorme cantidad de platos que había dentro del lavabo de la cocina, pero de ésos no te preocupabas mucho. La mitad estaban limpios al igual que las pilas de ropa que te recibieron en el piso una vez que llegaste a tu habitación.
Al mirar el desastre, contemplaste la posibilidad de ponerte por fin a doblar todo, a lanzar lo sucio a la lavadora y acomodar cada prenda en el armario, pero estabas demasiado cansado.
Arrojaste la carpeta sobre la cama desarreglada y fuiste hacia el baño. Una a una, te quitaste las prendas hasta quedar desnudo, procurando colgar la gabardina de manera impecable en el perchero, junto a la que se había quemado con el amoníaco una semana atrás.
La mancha de sangre en la manga te hizo suspirar.
—Eras nueva, cabrona —le reclamaste para luego mirar la costura de tu bíceps en el espejo, nuevamente magullado. Te dio igual y abriste la llave de la regadera; la herida sanaría a fin de cuentas y mañana comprarías una gabardina nueva de paso a la estación.
Eso requeriría menos trabajo que lavarla.
No pude evitar notar que, en todo el tiempo que esperaste a que el agua se calentara, en ningún momento te detuviste a mirar tu cuerpo más allá de la herida. A tus treinta y cuatro años de edad eras tan atlético como a tus veinte, con un rostro maduro y masculino, interesante a pesar de su aspecto de matón, pero eso no parecía importarte. No te interesaba el sexo —o las personas— lo suficiente como para poner de tu parte en buscarlo; te mantenías en forma porque tu físico era una herramienta que necesitabas mantener aceitada para ser eficiente en tu trabajo.
Para mantener tu cabeza ocupada y no desquiciarte un día.
La terapeuta, esa mujer insufrible que el capitán te obligaba a ver una vez al mes para hacerte una evaluación reglamentaria, te dijo que tuvieras cuidado, que esa costumbre que habías desarrollado de comprar cosas nuevas en vez de limpiar las que ya tenías, poniendo excusas para no deshacerte de nada, era una bandera roja que debías vigilar.
Que se jodiera la desgraciada. Tu soledad era necesaria para tu carácter, tu trabajo, la única pareja demandante que necesitabas. No tenías tiempo ni deseos de preocuparte por nada más.
No tenías tiempo de sacar la basura o de podar el césped.
No tenías energías para lavar la ropa o la vajilla.
Lo único para lo que deseabas tener fuerza era para hacer tu trabajo de manera impecable, así que, después de darte una ducha prolongada —la higiene corporal era lo único que sí mantenías en regla, por ahora—, te pusiste un pantalón de pijama y te echaste sobre la cama para leer el informe del nuevo caso.
—Abel Aguillard —leíste, murmurando para ti mismo—. Treinta y ocho años, antecedentes de robo a mano armada. Posible actividad delictiva dentro de su hogar. Dos hijastras…
Soltaste un suspiro de aburrimiento y arrojaste la carpeta al suelo. Después de diez años en homicidios y dos en narcóticos, el anhelo de desenmascarar delincuentes comenzaba a disiparse.
Desviaste la mirada para observar la lluvia golpear contra esa ventana a la que ya le hacía falta una sacudida, cuando volviste a pensar en aquel bulto rojo sobre la mesa de autopsias; en ese chispazo de incertidumbre que te había dado la esperanza de que no estabas al borde de dejar de tener energías hasta para lo único que parecía dar sentido a tu vida.
No. Tenías qué lograrlo. Debías continuar, aunque no te gustara, porque albergabas la esperanza de reencontrarte con el sentimiento que motivó a ese recluta de veintipocos años a darle su merecido a su padre y demostrarle que era mucho mejor que él, de una manera que jamás aprobaría.
Tu estómago rugió con fuerza, por lo que te levantaste una vez más para bajar hacia la cocina a buscar algo. Tu refrigerador estaba atiborrado de comida congelada y contenedores de poliestireno que hacía días que no tocabas, pero nada te apeteció.
Miraste hacia la entrada de tu casa por el rabillo del ojo. Apagaste todas las luces y, en completo silencio, fuiste hacia allá para abrir la puerta y tomar el recipiente de plástico.
Aún estaba tibio. Si lo comías, no tendrías necesidad de sacar lo que sea que hubieras dejado olvidado en el microondas en la mañana.
Pero al llegar a tu mesa, lo pensaste mejor y chasqueaste la lengua. Vaciaste la comida en el lavabo y pusiste el contenedor encima de la barra de granito, junto a los otros tantos y tantos recipientes de plástico que te prometiste, algún día, devolver al entrometido viejecillo que tenías por vecino.
* Caldero perteneciente a un Tata o Padre de la religión Palo Mayombe.
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