Kitabı oku: «Atracción prohibida»

Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Marie Rydzynski-Ferrarella. Todos los derechos reservados.
ATRACCIÓN PROHIBIDA, Nº 1540 - noviembre 2012
Título original: The Bride Wore Blue Jeans
Publicada originalmente por Silhouette® Books
Publicada en español en 2005
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
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® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
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I.S.B.N.: 978-84-687-1188-1
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
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Capítulo 1
Los echaba de menos.
Kevin Quintano colocó la fotografía que había estado mirando durante más de diez minutos sobre el aparador y dejó escapar un suspiro. Casi podía escuchar la risa con sólo mirar al retrato de la graduación de Jimmy de la facultad de Medicina. Alison, Lily, Jimmy y él. Realmente los echaba de menos.
Echaba de menos el sonido de sus voces, la alegría de la casa, el buen humor entre sus hermanos pequeños. Echaba a faltar la vida de antes.
Había veces en las que el silencio se hacía demasiado opresivo. Para alejarse de él, encendía la radio o la televisión, o las dos cosas con tal de oír el ruido de voces por la casa.
Pero el silencio no era lo peor; lo peor era la soledad.
Se podría decir que a la edad de treinta y siete años, sin deudas y más dinero del que podía necesitar, por primera vez en su vida, uno se podía divertir y pasárselo bien.
—¡Qué envidia, Kevin! Ahora sí que puedes pasártelo en grande —le había dicho Nathan en su fiesta de despedida. El hombre grande y alto y los demás taxistas que habían trabajado para él se habían reunido y le habían dado una fiesta.
El problema era, pensó Kevin, que tenía que prepararse la comida cuando en realidad no tenía ganas de comer y tampoco quería pasárselo en grande.
Lo único que quería era estar ocupado; llevar una vida que no le dejara tiempo libre.
Kevin miró fijamente al frigorífico. Estaba vacío. Había olvidado hacer la compra en el supermercado. Otra vez. Lily solía encargarse de eso porque él siempre estaba muy ocupado.
Demasiado ocupado.
Siempre había sido así desde que cumplió los diecisiete años. Desde entonces, aunque había necesitado hacer alguna trampa con su certificado de nacimiento, se había ocupado de sus hermanos. De la noche a la mañana, se había convertido en el padre y la madre de tres niños.
Y ahora, pensó, también de golpe, estaba experimentando el síndrome del nido vacío.
Ése era probablemente el motivo por el que había vendido la compañía de taxis. En un momento de debilidad, Nathan y Joe le habían convencido de que quizá lo que necesitaba era un gran cambio en su vida.
La empresa de taxis le había permitido sacar a su familia adelante y pagar la universidad de Jimmy. En su momento, también había servido para pagar los estudios de enfermería de Alison, la pequeña, y colocar a Lily en su primer restaurante.
¿Y para qué le había servido todo aquello?
Para estar bien solo.
Solo mientras todos los demás, las tres personas más importantes para él, se habían ido, uno a uno, a vivir en Alaska, en un lugar perdido llamado Hades.
Kevin volvió al salón y se sentó enfrente de la televisión donde una mujer intentaba desesperadamente escapar de una multitud de arañas. Los programas de mediodía eran una basura.
Se sentía muy solo.
Sabía que tenía que sentirse orgulloso de sus hermanos y de la generosidad que habían demostrado. Alison se había ido la primera porque en Hades necesitaban una enfermera y ella necesitaba trabajar. En principio sólo iba a ser algo temporal, hasta que apareciera algo más cerca de casa; pero el problema llegó cuando se enamoró.
Cuando Jimmy fue a verla, le ocurrió lo mismo; también perdió su corazón. Pero no por el paisaje sino por April Yearling, la nieta de la jefa de correos. Hades y sus alrededores necesitaban un médico urgentemente y Jimmy encontró su puesto.
Lily, cuando rompió con su novio, fue a verlos para recuperarse. Pensaba quedarse allí durante dos semanas, pero el alivio a sus heridas y a su corazón partido lo encontró en el sheriff de Hades, Max Yearling, casualmente el hermano de April.
Era como si el destino estuviera conspirando contra él para llevarse a su familia a un lugar remoto, alejado de la civilización, donde se pasaban seis meses al año a temperaturas bajo cero.
Kevin había esperado que Alaska sólo fuera una fase transitoria para Lily. Ella siempre había sido muy cambiante y nunca se arriesgaba a entregar su corazón del todo para que no le hicieran daño. La última vez que había hablado con ella le había dicho que estaba pensando en llevarles comida de verdad a los habitantes de Hades y que tenía pensado abrir allí un restaurante. Y él conocía aquellas señales porque ya las había vivido antes. Lily, al igual que Alison y Jimmy, estaba instalándose para quedarse.
Incapaz de seguir mirando cómo las arañas destruían otro campamento y a varios de sus ocupantes, Kevin cambió de canal. Las noticias de la tarde tampoco resultaban muy entretenidas. Dejó el mando sobre la mesa y desistió.
La inquietud persistía.
Era aquella inquietud la que lo había dejado tan susceptible a la sugerencia de Nathan y Joe para que vendiera el negocio. Al principio se había tomado todo el asunto como una distracción; pero, luego, la oferta que le llegó había sido tan buena que hubiera sido una locura rechazarla.
Así que allí estaba, un hombre ocioso que no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Estaba empezando a odiar aquella inactividad porque él no era un hombre que pudiera estar con los brazos cruzados.
Ése era el motivo por el que había estado buscando en el periódico del domingo, negocios para invertir su dinero, para hacer algo que lo alejara de aquella casa solitaria; la casa donde sus hermanos y él se habían criado.
—Lo que tú necesitas es una mujer bien guapa que te haga olvidarte de todo —ésa había sido la solución que Nathan le había dado a sus problemas mientras tomaban una cerveza.
Las mujeres guapas eran la solución a todos los problemas, según Nathan, incluyendo el calentamiento global de la tierra y la amenaza de invasión alienígena. Sin embargo, ésa no era su solución, pensó Kevin. Ni siquiera remotamente.
Se levantó y apagó el televisor y volvió al periódico. Quizá hubiera algo que hubiera pasado por alto la primera vez.
La apariencia nunca había significado nada para él. El corazón sí. El corazón y el alma y la paciencia. Pero todas las mujeres a las que conocía con esas características estaban casadas desde hacía mucho tiempo.
Además, tampoco había muchas posibilidades de que una mujer fuera a su puerta y ésa sería la única forma de conocer a alguien. No creía en los modos tradicionales de conocer a personas del sexo opuesto. Nunca había creído en ellos. Y ahora que no conducía un taxi, ni siquiera de manera ocasional, no tenía la más mínima oportunidad de conocer a nadie.
Kevin hizo una pausa, intentando recordar la última vez que había salido con alguien.
Pero ése no era el motivo por el que buscaba un negocio en el que invertir su flamante fortuna. Simplemente quería hacer algo. Algo productivo.
Lo que fuera.
Llevaba fuera del negocio del taxi cinco días y se estaba volviendo loco.
El teléfono sonó y él agarró el auricular como un náufrago que se aferra a una tabla de salvamento.
Si era un vendedor, ése iba a ser su día de la suerte, decidió él. Pensaba comprar, siempre que comprar significara escuchar el sonido de la voz de otra persona.
—¿Diga?
—¿Kev?
Kevin sintió que se encendía como si fuera un árbol de Navidad. La voz de su hermana Lily era lo mejor que le podía suceder.
—¡Lily, qué alegría oírte!, ¿cómo estás? —se mordió la lengua para no hacerle la pregunta que merodeaba por su mente: «¿Vas a volver a casa?» Él ya conocía muy bien la respuesta y por preguntar no iba a cambiar nada.
—Estoy genial, Kev. Más que genial: estoy radiante.
Él no tenía que verla para saber que estaba brillando. Se le notaba en la voz y aquello significa que no volvería a Seattle.
También había otra cosa en su voz que reconoció de inmediato.
—¿Vas a casarte, verdad?
Al otro lado hubo una pausa.
—Pero.. pero ¿cómo has sabido lo que iba a decirte?
Él soltó una carcajada.
—Ya he tenido esta conversación antes, ¿sabes? Dos veces, para ser exactos —le recordó—. Cuando Alison llamó para decirme que se casaba con Luc y cuando Jimmy llamó para decirme que se quedaba allí de médico, que se casaba.
Si Jimmy, un tipo conocido por ser un soltero empedernido, sucumbía a los encantos de una nativa del lugar, Kevin había intuido que Lily no tardaría mucho. Especialmente, cuando no hacía mucho que lo había llamado para hacerle una descripción completa de Max Yearling. Sólo había sido cuestión de tiempo.
Kevin estaba feliz por ella; pero, triste por él. Hizo todo lo que pudo por sonar alegre.
—¿Así que el sheriff te hace feliz?
Lily dejó escapar un suspiro. Es su voz había tanta satisfacción que era imposible no notarlo.
—Mucho más de lo que te puedas imaginar.
Kevin no pudo evitar sonreír.
—No necesito detalles, Lily.
—No pensaba darte ninguno —le informó ella entre risas—. Pero quiero que vengas. Para la boda. Es dentro de tres semanas y no sentiría que me caso a menos que te tuviera a ti de padrino.
Él pensó que iba a echarla de menos.
—Estaré muy orgulloso, Lily.
Él la escuchó aclararse la garganta; Lily odiaba ponerse sentimental.
—Sé que no te gusta alejarte del negocio, pero quizá Nathan o Joe puedan hacerse cargo mientras...
Él la interrumpió.
—No hay problema. Lo he vendido.
Al otro lado no se escuchó nada. Sólo silencio por respuesta. Todo había sucedido tan rápidamente que no había tenido ni tiempo de decirle a ninguno de ellos que estaba pensando en vender o que ya había firmado el contrato de venta y que Taxis Quintano era algo del pasado.
—Lily, ¿sigues ahí?
Él la escuchó tomar aliento.
—Sí, me imagino que la conexión falló. Me pareció oírte decir que...
Él no quería escucharlo de sus labios. No podía explicar el motivo exacto, pero no quería oír a ninguno de sus hermanos mencionar lo que él había hecho de manera tan impulsiva.
—Has oído bien.
—Pero, Kevin, ¿por qué?
Lo último que le apetecía en aquel momento era hablar de aquello por teléfono. Primero, tenía que reconciliarse con el asunto él mismo.
—Me pareció lo más oportuno —dijo y cambió de tema—. ¿Dentro de tres semanas, eh? Eso es muy poco tiempo. Seguro que vas a tener que hacer un montón de cosas.
—Lo sé —dijo ella con un suspiro, como intentando hacerse a la idea de lo que le esperaba—. Me las puedo arreglar...
De repente, él supo lo que hacer para pasar el tiempo; por lo menos, durante las próximas tres semanas.
—Sobre todo si tienes ayuda. Iré antes para ayudarte.
—¿Ah, sí? —preguntó ella sin salir de su asombro—. ¿Cuándo?
Si no estaba equivocado, acababa de sorprender a Lily por segunda vez esa tarde.
—En este momento no estoy haciendo nada. Llegaré lo antes posible —dijo de camino al aparador donde guardaba las guías de teléfono—. Voy a reservar un vuelo y te llamaré para decirte la hora a la que llego.
Lily todavía estaba muda.
—Vale —dijo de manera casi inaudible.
—Genial. Te llamo después, adiós.
Lily colgó el auricular lentamente; después, se giró para mirar al resto de la familia que estaba con ella. Sus hermanos estaban con sus respectivas parejas. También estaban allí Max y June, que se negaba a que la dejaran fuera de nada que tuviera que ver con la familia. Alison y Jimmy la miraron sorprendidos, claramente molestos por no haber tenido la oportunidad de hablar con Kevin.
Jimmy se quedó mirando al teléfono de la clínica, uno de los pocos de Hades en los que no había que meter el dedo en el disco para marcar. Después miró a su hermana.
—Has colgado.
—Él colgó primero —murmuró ella, mirando al auricular sintiendo como si una parte de su mundo se hubiera colapsado.
Max se acercó a ella.
—Lily, ¿qué pasa? ¿No va a venir?
Ella asintió lentamente. Había vendido el negocio. ¡Vaya! Jamás pensó que su hermano fuera a deshacerse del servicio de taxis.
—Oh, sí. Sí va a venir —levantó los ojos y miró a los otros.
—¿Qué pasa entonces? —preguntó Max.
Lily se dirigió a él.
—Kevin me ha dicho que ha vendido el negocio.
—¿Que qué? —preguntó Jimmy con los ojos muy abiertos. Había pasado siete veranos de su vida conduciendo uno de los taxis de Kevin. De repente, sintió como si alguien de la familia hubiera muerto.
Lily se volvió a mirarlo.
—Ha vendido el negocio —incapaz de hacerse a la idea, movió una mano en el aire—. Le pareció oportuno.
Los miró de uno en uno, como esperando que alguno descifrara el misterio, que alguno tuviera la explicación. ¿Por qué iba Kevin a hacer algo así? Él adoraba su trabajo.
June Yearling levantó sus hombros redondeados, preguntándose por qué parecían todos tan extrañados. La gente vendía negocios todos los días. De hecho, no hacía mucho que ella había vendido el suyo: el único taller de coches en doscientos kilómetros a la redonda. Se había deshecho del taller porque le había parecido lo más indicado en aquel momento.
—Quizá lo era —le dijo a la prometida de su hermano—. Quizá tenía una intranquilidad y ésa ha sido la única manera que tenía de liberarse de ella.
Lily dejó escapar un suspiro. Aquello no tenía ningún sentido para ella. Kevin se había precipitado y ése no era su estilo. ¿Por qué no le había pedido opinión a ninguno de ellos? Miró a Jimmy y a Alison, pero ellos parecían tan atónitos como ella.
Lily se acarició los brazos, a pesar de que no hacía frío.
—Pero es que ha tenido ese negocio desde siempre.
June pensó en ella misma, en sus sentimientos cuando tomó la decisión de vender.
—Siempre es mucho tiempo. Quizá necesitaba algo nuevo. Quizá se cansó y... —se mordió el labio al darse cuenta de que estaba dando sus propios motivos para vender el taller y que quizá aquello no tuviera nada que ver con él—. Bueno, en realidad hay un dicho que dice que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, ¿no?
Max se rió sin poder evitarlo, meneando al cabeza. June, June. Quizá tuviera la cara de un ángel, pero era la más salvaje de la familia, especialmente desde que April había dejado de trotar por el mundo y había vuelto a Hades. June nunca había dicho nada de marcharse, algo que las tres cuartas parte de la juventud hacía. A pesar de todo, siempre había sido muy inquieta. De una manera u otra. Era una mujer llena de sorpresas.
—Si ése fuera el caso —le dijo—. Tú no habrías vendido el taller a Walters Haley y no habrías anunciado que ibas a sacar adelante la granja familiar.
La granja familiar.
Aquello casi era un eufemismo a aquella alturas. En realidad, la tierra llevaba años abandonada. La habían dejado sin pensárselo dos veces cuando Alison, June y Max se mudaron con su madre a casa de su abuela después de que su padre se marchara con rumbo desconocido. La idea de sacar adelante la propiedad también había cruzado por la mente de Max en alguna ocasión, pero en seguida la había desechado. El pueblo necesitaba un sheriff y a él le gustaba el puesto; había sido muy afortunado al encontrar el trabajo que realmente quería hacer.
June se miró las manos con el ceño fruncido. Ahora estaban muy limpias, de tanto frotárselas, pero todavía tenía marcas oscuras. Nunca había sido una chica a la que le gustara arreglarse mucho y nunca había intentado competir con su hermana, ni con ninguna otra chica del pueblo. Pero incluso ella tenía sus límites.
—Estaba cansada de quitarme aceite de las manos —respondió. Miró acusadora a su hermano mayor, al que adoraba—. Una mujer tiene derecho a tener las manos limpias.
Max la miró con inocencia.
—Yo nunca he dicho lo contrario.
Alison seguía preocupada por su hermano.
—Quizá esté pasando la crisis de los cuarenta —dijo pensativa.
Luc no puedo evitar una carcajada por la ocurrencia de su mujer. Siempre le había gustado Kevin.
—Sólo tiene treinta y siete; no le pongas años.
June lo miró. Quizá fuera la más joven del grupo, pero parecía que la edad no tenía nada que ver con la comprensión.
—Bueno, quizá tengas razón y treinta y siete no sea una edad para tener una crisis —dijo condescendiente—. Quizá lo único que necesitaba era un cambio —con la franqueza de la juventud, miró a los hermanos de Kevin—. Después de todo, todos vosotros recogisteis y lo dejasteis.
Aquello sonó como una acusación. Lily intercambió una mirada con Jimmy.
—Ninguno de nosotros lo planeó —protestó Alison por todos ellos.
June se encogió de hombros. Tenía que volver al trabajo. La tierra no iba a cuidar de sí misma. Y todavía tenía que ordeñar a las vacas.
—Pero eso es lo que ha ocurrido. Quizá él piense que ha llegado el momento de empezar de cero.
Jimmy la miró pensativo.
—Para Kevin sería empezar por primera vez. Él nunca ha tenido mucho tiempo para sí mismo —le dijo a sus cuñados—. Siempre estuvo trabajando para todos nosotros y nunca se dedicó ni un momento.
June lo miró triunfante.
—Misterio resuelto —anunció.
Alison miró a Jimmy con una sensación extraña.
—De todas formas, me siento muy rara al saber que ha vendido los taxis.
Jimmy asintió. Los tres habían conducido los taxis alguna vez, hasta Lily lo había hecho en alguna ocasión. Y en un taxi fue como Alison conoció a Luc. Luc había ido a Seattle en busca de alguien que se hiciera pasar por su mujer para cubrir una mentira piadosa. Había acabado salvando a Alison de un atracador y recibiendo un golpe a cambio. Para agradecérselo, especialmente después de descubrir que había una plaza de enfermera en Hades, Alison había aceptado el papel encantada. June se dirigió hacia la puerta y antes de abrir se volvió.
—Quizá se sienta él más raro sin ninguno de vosotros allí —abrió la puerta—. Bueno, tengo que irme a trabajar. Hasta luego.
Max meneó la cabeza. Le pasó un brazo por la cintura a Lily y la apretó para apartar de sus ojos aquella mirada de culpabilidad.
—Siempre dije que June era la alegría de la casa.
Jimmy se había quedado muy pensativo. La última vez que Kevin había ido a Hades había sido para asistir a su boda. Por aquel entonces, June, con veinte años, le había parecido demasiado joven. Ahora, ya no lo era tanto
—Quizá eso es lo que podemos hacer para alegrar a Kevin.
—¿Hacer? —repitió Lily—. ¿Hacer qué? ¿De qué estás hablando?
Pero Alison ya había pillado su intención.
—Le diremos a Kevin que June necesita que la alegren un poco —dijo encantada—. Cuando se trata de solucionar los problemas de los demás, Kevin es el mejor —miró a los otros—. Echa de menos tener que ayudarnos.
Lily respiró hondo.
—Podría funcionar.
—Quizá —opinó su prometido.
Capítulo 2
Kevin miró lentamente a la gente que le rodeaba en el aeropuerto de Anchorage. Acababa de descender del avión proveniente de Seattle hacía unos quince minutos.
Parecía mucho más tiempo. Tenía la sensación de que ya echaba de menos su casa, lo cual era extraño porque Seattle nunca había sido para él nada más que vigas de acero ascendiendo hacia un cielo plomizo.
Suponía que debía ser por su necesidad de estar rodeado de algo familiar. Él no era un hombre al que le gustaran los cambios, aunque no estuviera dispuesto a admitirlo.
Mientras seguía buscando a alguien conocido, pensó en la ironía de todo aquello. A él no le gustaban los cambios y, sin embargo, en aquel instante estaba metido de lleno en uno.
¡Cambio!
La estructura de la familia había cambiado desde que todos se habían mudado a Alaska, dejándolo a él solo. Ahora, al vender su negocio, un negocio en el que había pasado los últimos veinte años, hasta el último detalle de su vida había cambiado.
Su primer trabajo había consistido en conducir un taxi. Había empezado como conductor de una compañía, ahorrando y trabajando sin descanso, hasta que, con la ayuda de un dinero que sus padres le habían dejado, había logrado comprar el negocio cuando éste salió a la venta.
Cuando él se hizo cargo, la empresa sólo tenía tres coches y el negocio parecía arriesgado; pero él sentía que aquélla era la única manera de asegurar el futuro de las tres personas que dependían de él.
Aquel pensamiento lo entristeció. Hoy en día, nadie dependía de él. Ni su familia, ni la gente del trabajo, porque ya no había nadie trabajando para él.
Se sentía realmente extraño al estar tan libre.
La libertad, decidió Kevin mientras tomaba otro pasillo en el concurrido aeropuerto, era algo que no le llenaba en absoluto.
Miró el reloj irritado. El vuelo había salido tarde y, al hacer transbordo había perdido aún más tiempo. Miró a su alrededor buscando a alguno de sus hermanos.
Quizá les había sucedido algo y no habían podido ir a recogerlo. Quizá había habido algún problema en la mina y todo el pueblo se había visto envuelto en una operación de rescate.
No sería la primera vez.
No entendía por qué no podían volver todos juntos a Seattle.
Volvió a mirar a su alrededor. Esa vez, buscando algún mostrador de alquiler de coches. Era finales de verano y todavía no había empezado a nevar por lo que el pueblo donde su familia había decidido vivir todavía no estaría aislado. Si al final nadie se presentaba a recogerlo, tendría que ir el solo con la ayuda de algún mapa. Por suerte, era una persona que se orientaba bastante bien.
—¿Kevin?
No reconoció la voz de la mujer que sonó a sus espaldas. Se giró y tampoco la reconoció a ella. Al menos, no inmediatamente. Se trataba de una mujer pequeña y esbelta que llevaba una camisa con las mangas enrolladas y unos vaqueros muy gastados que debían pertenecer a otra persona o que eran la señal de que había perdido muchísimo peso. Kevin sospechaba que debía ser lo primero. La mujer tenía el pelo del color del amanecer y los ojos eran tan azules que lograron disipar las últimas gotas de soledad que aún sentía dentro de él. El pelo lo llevaba recogido en una trenza dejando al descubierto una cara bañada por el sol que era lo más parecido a un corazón que había visto jamás. Después, se acercó a él.
Hacía dos años, la última vez que la había visto, sólo era una niña. Con veinte años y con rasgos aún sin definir. Dos años durante los que había dado un cambio espectacular.
No llevaba maquillaje ni nada artificial. Kevin pensó que era la mujer más guapa que había visto jamás.
—¿June?
Ella sonrió de inmediato y su sonrisa le llegó a lo más hondo. Mientras estaba allí de pie, mirándolo, su expresión se fue transformando y fue adquiriendo una expresión cálida. Kevin sintió que algo en su interior se aceleraba.
Recordaba que en una ocasión Jimmy le había dicho que si a June Yearling le gustabas, ya tenías una amiga de por vida, alguien en quién poder confiar para siempre. Sin embargo, ella seleccionaba a las personas con mucho cuidado, como si fueran pepitas de oro que tuviera que separar del oropel.
June agarró su mano y se la estrechó con fuerza antes de que él se percatara de que se la había ofrecido.
—Hola, me han enviado a buscarte —se giró hacia la mujer rubia que tenía detrás—. Bueno, en realidad nos han enviado a las dos.
June ladeó la cabeza como decidiendo si la recordaba o tendría que presentarla; pero él la había reconocido rápidamente. Se trataba de Sidney Kerrigan, la mujer del médico que había convencido a Jimmy para que se quedara en Hades. El mismo que había animado a su hermana a ir para allá.
No, se corrigió, aquello no era del todo cierto. Luc había sido el que había convencido a Alison para que se quedara y April había sido el factor decisivo en la vida de Jimmy. En realidad, más que por trabajo, lo dos se habían quedado por amor.
El amor, según parecía, hacía dar vueltas al mundo. Aunque aquél no era su caso.
Él ya había perdido ese tren y lo sabía. Había hecho su elección. Había tenido que decidir entre Dorothy o sus hermanos; pero no fue una decisión difícil de tomar: Dorothy no había tenido ninguna oportunidad. Cualquiera que le diera a elegir entre él y su familia no era una persona con la que quisiera pasar el resto de su vida.
Simplemente, a veces se sentía solo. Eso era todo. Especialmente, ahora con tanta vida a sus espaldas.
La joven que tenía enfrente, pensó, tenía toda la vida por delante.
Se preguntó por qué no se habría marchado de Alaska igual que hacían la mayoría de los jóvenes, según Jimmy. Su hermano le había contado que la mayoría de los adolescentes de Alaska soñaban con marcharse de allí en cuanto tuvieran la edad suficiente. La propia esposa de Jimmy, April, la hermana de June, había salido disparada de allí al cumplir los dieciocho años. Sólo había vuelto por la enfermedad de su abuela, pero, aunque lo había hecho de manera temporal, aún seguía allí.
Él no entendía qué tendría aquel lugar, qué clase de magia ejercería sobre las personas como April, Max y June. ¿Por qué estaban todavía allí cuando fuera había tanto que ver?
—Jimmy y Alison no podían venir —le estaba explicando June—. La vacuna que estaban esperando ha llegado y necesitaban empezar a ponerla inmediatamente.
Al menos, eso era lo que Jimmy le había dicho a ella. Todavía pensaba que la excusa era un poco rara; pero, de todas formas, le había venido bien aquel respiro y no le había importado ir. Si no fuera porque a ella no le gustaba ser vencida en ningún terreno, se replantearía lo de cambiar de ocupación. Dedicarse a la agricultura y la ganadería no era lo que más le apetecía en el mundo; pero evitar que se perdiera la finca de la familia se había convertido en una cuestión de honor para ella.
June dio un paso al frente y agarró la maleta de Kevin.
—Y Lily está muy ocupada.
La mujer parecía muy resistente; pero no iba a permitir que llevara su maleta.
—Gracias, June, yo la llevaré. ¿Con los preparativos de la boda? —dijo volviendo al tema de Lily.
—No, con los tuyos —dijo Sidney.
—¿Los míos? —aquello no tenía ningún sentido—. Por mí no tiene que preocuparse, yo no necesito mucho.
Sidney lo miró con una sonrisa bastante enigmática.
—Es un poco complicado —le confesó; pero he prometido guardar el secreto —levantó una mano para acabar con el tema—. Lo siento, no me sacarás ninguna información.
—Bueno —dijo él y miró a su futura cuñada. Ella volvió a intentar llevarle la maleta—. Yo puedo llevarla, June —insistió él—. Todavía no estoy tan viejo.
June levantó las manos rindiéndose. Pensó que Kevin no llevaba mucho equipaje lo cual era una cualidad. Aunque, si hubiera sido invierno, habría sido una tontería, pensó en silencio.
—Tú no tienes nada de viejo —le dijo. Se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos—. Simplemente, es que estoy acostumbrada.
—¿Acostumbrada? —preguntó él.
—A todo —respondió ella y levantó la barbilla—. Sólo porque sea una chica no significa que no puedo arreglármelas sola. Mejor que muchos chicos —añadió.
Kevin y Sidney se miraron. La última parecía bastante divertida y él, sorprendido. Desde luego, no había pretendido ofenderla.
—Eso está fuera de duda —le dijo a June—. Pero a mí también me gusta arreglármelas solo.
Sidney meneó la cabeza. Quizá aquello no fuera a funcionar tan bien como los demás esperaban. Por su parte, creía que lo mejor era dejar que la naturaleza hiciera su parte. Si algo tenía que ocurrir, ocurriría. Ella era una prueba de ello: al ir allí a casarse con un hombre que se había ganado su corazón mediante sus cartas, había acabado casándose con su hermano.
—Bueno, cuando dejéis de pelearos por llevar una maleta —les informó Sidney— podéis seguirme para tomar el avión.
Se giró y caminó hacia la salida. Kevin le hizo una señal a June quien, con un suspiro tolerante, se giró y siguió a Sidney. Kevin miró su pelo rubio y decidió que era precioso. Después, se encontró mirando más abajo. Al darse cuenta, sonrió y meneó la cabeza apresurándose para alcanzarlas. Cualquiera diría que parecía un adolescente, se dijo sin poder evitar una sonrisa.
Kevin fue todo el camino mirando por la ventana. Abajo, el mundo era una alfombra verde con pequeñas cintas azules aquí y allá. En la distancia apareció una cadena montañosa que iba creciendo por momentos.
Golpearon una bolsa de aire y la avioneta se sacudió. Sidney miró por encima del hombro para ver si su pasajero estaba bien. La última vez que el hermano de Alison había ido a Hades había sido con Shayne.
Se alegraba al ver que Kevin estaba ocupado disfrutando del paisaje y que no se aferraba al asiento temiendo por su vida.
—No te pones verde como muchas otras personas cuando viajan en este aparato tan pequeño —dijo ella con tono aprobador.
Kevin se echó para adelante para oírla mejor.
—Confío en el piloto. Además, me gusta volar. Tengo el carné de piloto.
A ella le había encantado volar desde la primera vez.
—Quizá te gustaría llevarlo un rato.
Claro que le gustaría, pensó. Pero tenía mucho respeto por las cosas de los demás y aquel avión era el que Shayne utilizaba para llevar medicamentos a Hades y para llevar algunos pacientes al Anchorage Memorial cuando necesitaban tratamiento urgente.
—Quizá —respondió él.
Sidney giró para rodear un cúmulo de nubes y a él le gustó su estilo.
—¿Seguís siendo los únicos pilotos de Hades? —preguntó. Si no recordaba mal, Shayne era el que le había enseñado a volar a Sidney. Aunque lo había hecho a regañadientes, aquello había resultado muy bien para él porque fue ella la que lo llevó a Anchorage cuando necesitó que lo operaran de apendicitis.
—No —respondió ella—. El hijo del señor Kellogg decidió hacer la ruta, así que ahora tenemos dos aviones; pero aún necesitamos más —le confió ella—. Hemos crecido mucho desde la última vez que estuviste aquí.
Él volvió a mirar por la ventana. La avioneta se estaba acercando a Hades. A él no le parecía que el pueblo, con apenas quinientos habitantes, estuviera creciendo mucho. Desde allí, todavía se veía como un pequeño punto de color en la tierra. Ni siquiera tenía la extensión de un barrio de Seattle.
June, que iba sentada a su lado, creyó leerle el pensamiento.
—Todavía no somos una gran ciudad; pero vamos creciendo poco a poco. Despacio.
Él se movió en el asiento.
—¿Todavía tienes el único taller del pueblo?
—No —a pesar de que nunca lo admitiría, tenía que reconocer que había veces que lo echaba de menos. Sobre todo aquel sentimiento que le producía lograr que un coche volviera a ponerse en marcha—. Ahora lo lleva Walter.
—¿Quién es Walter? —preguntó él, intentado recordar si alguno de sus hermanos le habían hablado de él en alguna ocasión. Hizo la primera pregunta que se le ocurrió—. ¿Es tu marido?
Kevin miró a su mano y vio que no llevaba ningún tipo de anillo; estaba como hacía dos años. Entonces, se le ocurrió que no parecía del tipo de mujer al que le gustara tener que llevar un anillo como símbolo de su compromiso.
Al pensar en el hombre alto y desgarbado que siempre había intentado convencerla de que estaban hechos el uno para el otro, June casi se ahoga.
—No. Le vendí el taller hace unos meses.
Al principio, Kevin había tenido que hacer un esfuerzo para ocultar su sorpresa al enterarse de que tenía un taller. Después, le había parecido que estaba muy capacitada para aquel trabajo y que poseía todos los conocimientos necesarios. Y lo que era más: le había dado la impresión de que aquello era con lo que más disfrutaba del mundo.
—¿Por qué lo vendiste? Pensé que te gustaba reparar coches.
—Y me gustaba —dijo ella encogiéndose de hombros. Nunca le había gustado tener que dar explicaciones. Y hablar de sus sentimientos le gustaba aún menos—. Me pareció lo más oportuno en aquel momento —fue todo lo que dijo.
Las palabras exactas que él había utilizado para explicarle su propia situación a Lily. Y para él mismo, pensó. La coincidencia le hizo sonreír. Quizá tenía más en común con aquella mujer de lo que pensaba.
—Yo también.
June sonrió.
—Sí, lo sé. Sé que vendiste la empresa de taxis.
Vio que él parecía sorprendido de que ella lo supiera. Obviamente, no tenía ni idea de cómo era la vida en un pueblo. Incluso en un pequeño pueblo muy extendido como era el caso de Hades, cualquier noticia volaba como la pólvora.
June inclinó la cabeza hacia él para que él pudiera escucharla.
—Estaba con Lily cuando se lo contaste. Se quedaron todos de piedra. Algo así sucedió cuando le dije a Max que había vendido el taller a Walter —volvió a recostarse en su asiento—. Creo que la gente tiene una imagen de ti y no le gusta cambiarla.
Kevin la miró. Aquello que decía parecía muy maduro para su edad.
—Creo que todavía eres muy joven para que tengan una imagen de ti. Mi caso es diferente.
Ella volvió a sonreír. Aquella vez, el rayo de su sonrisa le cayó un poco más cerca, chamuscándole un poco la piel. Se preguntó si la altitud le estaría afectando.
—Claro, tú eres un hombre viejo. Casi tan viejo como las montañas, ¿verdad?
Quizá había hablado demasiado, pensó él y comenzó a dar marcha atrás.
—Bueno, si lo pones así...
Ella se echó un poco para atrás para mirarlo mejor. Sabía que era el mayor de los tres hermanos pero no sabía la edad exacta. No parecía mucho mayor que Max o Jimmy.
—¿Te sientes muy viejo? —le preguntó.
Lo estaba taladrando con la mirada y él tuvo que pestañear para poder apartar los ojos del azul de los de ella.
—Demasiado —fue todo lo que le dijo.
No era que quisiera esconder su edad. Cualquiera podía decirle que tenía treinta y siete. Treinta y siete, repitió pensativo. ¿Cómo había llegado a los treinta y siete si ni siquiera recordaba haber cumplido los treinta y cinco? No recordaba haber sido joven nunca.
—Vamos a tener que hacer algo al respecto —decidió June—. Hades logra igualar a la gente. Los jóvenes se sienten mayores y los mayores, jóvenes. Fíjate que mi abuela y yo parecemos de la misma edad.
Él no pudo evitar una carcajada. Había algo en los ojos de June que lo hacía sentirse más joven.
«Ten cuidado, Quintano. Eso es uno de los primeros signos de que uno se está haciendo viejo: cuando tiene a una mujer joven al lado y se cree que es un quinceañero».
—¿Qué haces ahora? —preguntó él para cambiar de tema.
—Llevo la finca de la familia.
Kevin conocía la historia de su familia; Jimmy se la había contado. El padre de June siempre había deseado viajar y, al final, había sucumbido a aquel deseo cuando ellos todavía eran muy pequeños. June había crecido sin su padre y Max, que no era mucho mayor que ella, no había podido hacerse cargo de ellos como él había hecho con sus hermanos.
Sintió pena por ella.
—Me imagino que eso hace que tengamos algo en común.
Ella también conocía la historia de él.
—Pero tu padre no te abandonó, murió.
—Pero al final el resultado es el mismo: la soledad. Además, mi padre también nos abandonó. Él decidió morirse cuando mi madre murió; no nos tuvo en cuenta.
Kevin paró de repente y la miró sorprendido. Nunca había dicho aquello en voz alta. Nunca. Había estado demasiado ocupado encargándose de todo como para preocuparse de sus propios sentimientos.
Bueno, obviamente, ahora no estaba muy ocupado.
Kevin se rió avergonzado.
—Nunca le había dicho eso a nadie.
June pretendió que no se daba cuenta de su incomodidad.
—Es Alaska. Hace que la gente se confiese. Te da ese tipo de sentimiento de intimidad que te hace sentir que todos sois amigos.
Aquello era una explicación, pensó él. Y ahora que lo pensaba, la más lógica.
—¿Listos para aterrizar? —les dijo Sidney, despertándolo de sus pensamientos.
Kevin miró a June y se preguntó si aquello sería cierto. A él no le parecía que estuvieran aterrizando; tenía la sensación de que todavía estaban volando.
Capítulo 3
Qué opinas?
Intentando contener su entusiasmo, Lily señaló hacía la expansión de terrero donde había decidido que construiría su restaurante. Había ido a enseñárselo a Kevin en cuanto éste llegó a casa. Sólo habían hecho una parada en la clínica para saludar a Alison y a Jimmy que estaban a punto de cerrar después de un día de trabajo largo y duro.
Kevin estaba mucho más emocionado con la alegría de Lily que con el lugar donde iba a abrir el primer restaurante oficial de Hades.
—Lo que opino es que nunca te había visto tan emocionada —ella le regaló una gran sonrisa mientras Max, que estaba detrás de ella, la rodeaba por la cintura.
—Es que creo que nunca lo había estado —confesó.
Hacían buena pareja, pensó Kevin. Como si estuvieran hechos el uno para el otro.
—Quizá sea la tierra, o la gente —añadió girando la cabeza hacia atrás para mirar al hombre de hombros anchos que tenía detrás de ella.
—O quizá sea el hecho de que no duermes bien —dijo él para tomarle el pelo.
Todavía era de día y Kevin tuvo que mirar el reloj para ver qué hora era. Las siete.
—¿A qué hora oscurece?
—No oscurece —le había llevado algún tiempo acostumbrarse. Ahora no pensaba que pudiera volver a los días y las noches tradicionales con facilidad—. Al menos, en esta época del año ni te enteras porque el sol se pone sólo un rato.
Kevin la miró con el ceño fruncido.
—¿Y eso te gusta?
—La luz del día hace que te sientas feliz —le dijo ella.
Max inclinó la cabeza hacia ella.
—Y la oscuridad hace que sientas otra cosa —le susurró contra el pelo.
Pero Kevin lo había escuchado.
—¿Depresión? —dijo sin poder evitarlo.
—No, si tienes la compañía adecuada —dijo Lily con el ceño fruncido—. Kevin, ¿te pasa algo?
Él pensó que no había sido justo al decir aquello porque podía afectar a su hermana como, de hecho, la había afectado.
Lily parecía bastante feliz y él no tenía ningún derecho a aguarle la fiesta. Así que se obligó a cambiar de actitud.
—¡Qué va! Me siento genial —miró a Max—. Veo que por fin has encontrado a alguien que te dome un poco.
—A alguien que lo va a intentar —lo corrigió ella.
Kevin miró a su cuñado con una sonrisa.
—Creo que no sabes dónde te vas a meter.
Max le besó el pelo a Lily.
—Ya me he peleado con osos antes —respondió él.
—¡Caramba! Qué simpáticos estáis.
Ella no podía enfadarse; era demasiado feliz para sentirse ofendida. Toda su familia estaba allí con ella, se iba a casar e iba a construir un restaurante con vistas al río y a las montañas. Nada podía molestarla.
—¿No me has dicho qué opinas?
—Creo que necesita paredes.
Ella le dio un empujón.
—Quiero decir del sitio —él sabía muy bien a qué se refería—. Mira qué vistas, Kev —su voz sonó casi reverente—. ¿No te parece una maravilla?
—Por supuesto que sí —asintió él. No podía negarlo. Pero, ¿qué aspecto tendrían esas vistas cubiertas de nieve? Se mordió la lengua y no dijo nada.
Dio un paso hacia el frente y la abrazó.
—Me alegro por ti, Lily —miró a McGuire y a Jimmy, que se acababa de unir al grupo—. Por todos vosotros.
Su comentario sonaba muy excluyente; como si él estuviera al otro lado de la barrera. Como si ellos fueran felices y él no, pensó Lily. Aquello le sonó familiar pues así se había sentido ella la primera vez que había ido a Hades, huyendo de un fracaso amoroso.
Entonces se le ocurrió una idea. Lily miró al principal motivo de su felicidad.
—Max, ¿no crees que deberíamos empezar a arreglarnos?
Max no sabía de qué estaba hablando, pero decidió seguirle la corriente.
—¿Ahora?
Max, sin lugar a dudas, era su alma gemela, pensó ella y lo amaba por eso y por un millón de cosas más.
—Claro —miró a su hermano mayor—. Vamos a llevarte al Salty. Es la tradición, ¿sabes? Cualquiera que se queda más de una semana recibe una fiesta en su honor en el Salty.
—Vine a la boda de Jimmy —le recordó él—. Y no hubo ninguna fiesta.
—Porque no estuviste el tiempo suficiente —le contestó ella—. Ahora sí, y queremos presentarte a todos.
—Estoy bastante cansado, Lily.
Lily no estaba dispuesta a dejarlo escapar, así que se agarró de su brazo.
—No hay excusas que valgan. ¿No querrás saltarte la tradición, verdad?
Kevin dejó escapar un suspiro.
—Por supuesto que no —murmuró él pensando que tal vez no estaba tan mal—. ¿Quién va a ir?
—Todos —le dijo Max—. Dentro no hay sitio para todos, pero como todavía no hace frío, la gente puede quedarse fuera.
El tiempo allí era imprevisible y, aunque no se hacía de noche y estaban en agosto, la temperatura podía caer de manera imprevista y sin avisar hasta los cinco grados centígrados.
A pesar del crecimiento del pueblo y la llegada de nuevas empresas, el Salty todavía era el bar favorito de los habitantes de Hades y de los alrededores. Los propietarios eran Ike Le Blanc y su primo Luc, el marido de Alison. El éxito del local había ayudado a que restauraran el cine del pueblo y que hubieran comenzado las renovaciones del único hotel. También les había dado para invertir en el restaurante de Lily.
Lily tenía que pensar rápidamente en todos los preparativos para la fiesta y lo primero que tenía que hacer era avisar a Ike de sus intenciones. Después, Luc sería el encargado de correr la voz.
—Jimmy te dejará en casa y yo vendré a buscarte dentro de una media hora o así.
Kevin frunció el ceño. ¿Por qué no iban todos directamente al bar?
Pero sabía que no podía pedirle explicaciones a Lily. Ella siempre había hecho las cosas a su manera y nunca le había gustado dar explicaciones. Por otro lado, era agradable tener unos cuantos minutos para él para hacerse a la idea de aquella fiesta sorpresa. Le encantaba estar con los suyos, pero no le apetecía tener que relacionarse con todos los habitantes del pueblo. Más le valía prepararse mentalmente para el acontecimiento.
—Lo que tú digas —le dijo a su hermana con una sonrisa.
—Muy bien —dijo ella. Agarró la mano de Max y caminó de vuelta al vehículo.
Kevin se quedó mirándolos. Aunque se alegraba por ellos, también sentía envidia.
Había gente por todas partes. El ruido de las voces se mezclaba con la música y el olor a alcohol lo impregnaba todo. Kevin se giró hacia la mujer que Lily había enviado a recogerlo.
—¿Estás segura de que esto no se va a hundir?
June sonrió y meneó la cabeza mientras se abría camino a codazos.
—La mayoría de los bomberos están aquí —dijo ella elevando la voz sobre el ruido de fondo—. Y parece que no ponen ninguna objeción.
Él no tenía ni idea de quiénes eran, pero la tranquilidad de la gente era evidente.
—Eso debe ser porque no sienten nada —comentó él.
June lo miró. ¿Lo había dicho en forma de crítica? Debido al ruido, no podía estar segura. Intentó recordar si alguna vez lo había visto con una copa en la mano. Sólo lo había visto una vez, en la boda de Jimmy, con una copa de champán para brindar por la felicidad de los novios. Los detalles de la boda los tenía borrosos, sin embargo, recordaba muy bien que él le había parecido uno de los hombres más atractivos que había visto jamás. Con su pelo negro, sus ojos verdes penetrantes, sus pómulos pronunciados... Se parecía a Jimmy; pero era mucho más guapo.
—¿Tú no bebes? —preguntó ella.
Justo en aquel momento, le apetecía tomarse algo.
—Yo nunca he dicho eso.
—Entonces, sígueme —lo tomó de la mano y empezó a abrirse camino hacia la barra entre el mar de cuerpos.
—¿Qué te apetece?
Él no pudo oírla.
—¿Qué?
June se paró. Se giró hacia él y se acercó a su oído. Al hacerlo le rozó la cara con el pelo que se lo había dejado suelto.
—¿Qué te apetece? —repitió ella.
«Tú», pensó él.
La respuesta de su propia mente lo pilló por sorpresa. ¿De dónde había salido aquello? Comparada con él; ella todavía era una niña, ¡por el amor de Dios! ¿Cómo se le habría cruzado aquella idea por la cabeza?
Se aclaró la garganta y la mente al mismo tiempo.
—Whiskey con soda —dijo demasiado alto.
Ella asintió. El pelo le brillaba sobre los hombros y Kevin se horrorizó ante la repentina necesidad de introducir los dedos entre sus mechones.
June aún lo llevaba agarrado de una mano y él se metió la otra en el bolsillo para evitar impulsos.
Cuando llegaron a la barra, ella se intentó hacer un hueco; pero no le resultó fácil. El hombre que estaba a su derecha no se movía. Era alto y musculoso y ocupaba más sitio del que necesitaba. Al ver a June intentando acercarse a la barra soltó una carcajada. June lo miró con el ceño fruncido.
—Oye, Haggerty, deja un sitio para el invitado de honor.
—Prefiero dejarte sitio sólo a ti. ¿Qué te parece esto? —dijo señalando un hueco entre él y la barra.
Kevin fue a dar un paso al frente, pero ella le impidió el avance con el brazo.
—Sólo si quieres cantar como una soprano, Haggerty.
El hombre rió encantado.
—En unos minutos podría hacerte cantar yo a ti, June —le dijo el hombre con una mirada indecente.
Kevin sintió que todos los instintos de protección que había desarrollado a lo largo de los años se activaban de inmediato.
—La señorita le ha pedido que se mueva —dijo él, poniéndose delante de ella—. Le sugiero que lo haga mientras todavía pueda hacerlo solo.
La sonrisa del hombre se tornó irónica mientras miraba a Kevin de arriba abajo.
—Me traería mala suerte darle un puñetazo al invitado de honor en su primera noche —se bebió la jarra de un trago y la dejó sobre el mostrador con un golpe—. Me imagino que tendré que esperar.
Kevin no apartó los ojos.
—Me imagino que sí.
De repente, Ike apareció delante de ellos rompiendo la tensión con su voz sosegada.
—Te invita la casa, Haggerty — puso un vaso alto de cerveza delante del minero—. Siempre que te lo bebas allí —le dijo señalando un hueco al otro extremo del bar.
El hombre miró la bebida, cuando levantó los ojos se podría decir que su mirada era casi amistosa.
—Nunca digo que no cuando me ofrecen algo gratis.
Cuando el hombre estuvo lo suficientemente lejos, Ike se giró hacia ellos.
—¿Qué va a ser? —preguntó mientras limpiaba la barra.
—Whiskey con soda —le dijo Kevin.
El propietario del bar se puso a servirle la bebida.
—No hace falta que te diga que a la tuya también invita la casa, Kevin —le dijo, acercándole el vaso—. Y la próxima vez elige alguien de tu tamaño —le aconsejó.
Kevin levantó su copa.
—Estaba molestando a June.
June se puso muy erguida; aunque no abultaba demasiado pues sólo medía un metro cincuenta y cinco.
—Yo puedo arreglármelas sola.
Él no pensaba discutir con ella.
—Pero encontrarás agradable tener a alguien que te cubra las espaldas, ¿no?
Ike sonrió y se inclinó sobre la barra.
—Cariño, escucha a este hombre —le dijo y miró hacia el hombre que estaba tomándose su cerveza al otro extremo y que no apartaba los ojos de ellos—. En mi opinión, Haggerty no es un buscador de camorras; pero siempre hay una primera vez.
Ella se encogió de hombros y agarró la jarra espumosa que Ike le puso delante.
—Si las cosas se ponen feas —explicó ella—, puedo decirle a Max que lo arreste.
—No te servirá de mucho si eso ocurre después de los hechos, cariño —le comentó Ike. Alguien lo llamó desde el otro lado de la barra—. Me tengo que marchar.
Kevin dio un buen trago a su copa y miró hacia Haggerty que había dejado de mirarlos.
—¿Te ha dado alguna vez problemas? —preguntó Kevin.
June le dio un trago a su cerveza.
—¿Haggerty? —preguntó—. No más que otros.
—¿Otros?
¿Cuántos hombres iban detrás de la hermana de Max?
Ella no se lo había planteado nunca; ahora se paró a pensar.
—Otros hombres —a pesar de la luz tenue del bar, June pudo leer en los ojos de Kevin el pensamiento que le estaba pasando por la cabeza. No sabía si debía sentirse ofendida o conmovida. Decidió darle una explicación—. Kevin, los hombres superan con mucho el número de mujeres en Hades, casi siete a una, y en las noches de invierno se sienten muy solos —volvió a encogerse de hombros—. A veces, se ponen un poco pesados; pero nunca han asaltado a ninguna mujer, si eso es lo que estás pensando. Aquí no pasan esas cosas.
Era muy joven e inocente, pensó él. Pero el mundo no era igual.
—En cualquier lugar pueden pasar esas cosas.
Ella meneó la cabeza y le dio un trago a la cerveza.
—Hablas como un hombre de la gran ciudad.
—No. Hablo como un hombre que ya tiene cierta edad y sabe que la naturaleza humana no es siempre tan amable como a nosotros nos gustaría.
Todavía había más, pero aquél no era el lugar para hablarle de Alison, para contarle cómo un amigo de la familia, con la excusa de consolarla por la muerte de su padre, había llegado demasiado lejos y la había asustado tanto que a ella le había costado volver a confiar en los hombres. Si no hubiera sido por la ternura y el amor de Luc, su hermana probablemente seguiría sola y resentida. Aquella historia habría demostrado que tenía razón; pero no tenía la intención de revelar los asuntos de Alison para lograrlo.
—¿Por qué hablas siempre como si fueras un viejo?
—Porque en cierta forma lo soy. Al menos si me comparo contigo.
—Yo no soy tan joven —protestó ella, cansada de que la consideraran una niña.
—A mí me lo pareces.
Ella se sintió molesta.
—¿Es que crees que no puedo cuidar de mí misma?
—Claro que puedes.
Ella, molesta con su condescendencia, soltó un soplido e hizo un esfuerzo para no perder la compostura.
—Entonces, ¿podemos hablar de otra cosa?
A Kevin le recordó a sus hermanas cuando se ponían cabezotas.
—De lo que tú quieras.
Atravesaron el bar y se dirigieron hacia la puerta.
—De acuerdo —dijo ella—. ¿Por qué estás triste?
Él meneó la cabeza.
—No te andas con rodeos, ¿verdad?
Ella sabía que era muy directa, pero no pensaba pedir disculpas por ello.
—Aquí vamos a otro ritmo. No nos movemos deprisa, pero tampoco desaprovechamos la oportunidad de decir lo que pensamos —lo miró fijamente—. Y estás evadiendo la pregunta. ¿Por qué estás triste?
Cuando lo miraba de aquella manera, él tenía dificultades para pensar con claridad.
—No estoy triste.
—Ahora estás mintiendo —dijo ella sin tapujos—. Da igual, no tienes que responder si no quieres. Para ti, sólo soy una extraña.
Él no quería que ella pensara eso. Ni tampoco cerrarse a ella de manera deliberada. June era parte de la familia y la familia era lo más importante para él.
—Toda mi familia está aquí y los echo de menos.
La solución era simple.
—Quédate.
—Las cosas no son tan fáciles.
Ella decidió que le gustaba. Que le gustaba mucho. Y, por lo tanto, decidió que iba a ayudarlo. Tenía que hacer que se divirtiera un poco o se iba a hacer más viejo antes de tiempo.
Le puso una mano en el hombro para atraer toda su atención.
—Las cosas sólo son lo complicadas que tú quieras que sean, Kevin.
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