Kitabı oku: «Siempre tú. El despertar»

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Primera edición: octubre de 2021

© Copyright de la obra: Marina Marlasca Hernández

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-123754-0-4

Código ISBN digital: 978-84-123754-1-1

Depósito legal: B-7988-2021

Ilustración portada: Celia Valero

Corrección: Teresa Ponce

Maquetación: Cristina Lamata

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

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SIEMPRE TÚ. EL DESPERTAR

Marina Marlasca Hernández

A mi hijo Genís.

A todos los que, como él, han afrontado o tienen que afrontar una realidad adversa y dura de un día para otro.

Tan pronto como confíes en ti mismo, sabrás cómo vivir.

Goethe

PRIMERA PARTE

Jugar con vosotros

INFANCIA

Antecedentes

Ona. Este es el nombre que ha alborotado mi vida siempre.

Una vida cuyo inicio fue una singular trashumancia. Un peregrinaje trimestral de casa de mis abuelos paternos a casa de mi abuela materna y viceversa. Debo decir, sin embargo, que tuve suerte, ya que todos ellos vivían en poblaciones costeras. El mar estuvo siempre presente en mi vida y pronto empecé a quererlo como parte de mí mismo. Durante el verano pasaba unos días en casa de mi padre, aprovechando que él estaba de vacaciones y aún no se había ido de viaje con su amiguita de turno. Mientras estaba con él, llevaba una vida solitaria y bastante independiente. Me refugiaba en mi habitación y leía. Me encantaba leer. Podía fantasear con mundos y lugares diferentes y simulaba que era el personaje principal de las historias. Era como vivir fuera de aquellas cuatro paredes. Tenía una vida propia y llena de aventuras. Además, podía escoger la vida que más me gustara.

Mi padre se preocupaba poco de mí. Estaba demasiado ocupado con sus negocios. Siempre decía: «Ahora no Álex, esto que estoy haciendo es más importante». Alguna vez, fingía una rabieta. Reconozco que me ponía insoportable, pero nunca conseguí nada. Llegó un momento en que comprendí que era inútil.

A mi madre la veía muy poco. No tengo recuerdos de ella estando en casa. Mi memoria la sitúa siempre en la clínica donde sigue internada por una enfermedad mental grave. Desde entonces, siempre que he ido a verla, ella me reconoce y sale de su mundo para acariciarme. Parece que se alegra de verme y me repite una y otra vez que soy su tesoro. A veces le cuento cosas, pero ella nunca me contesta.

Los abuelos siempre mostraron más interés y preocupación por mí. Me contaban cuentos (cosa que me encantaba), me llevaban al parque... Pero a pesar de que recibía su estima, el hecho de que me fueran pasando de unos a otros me hacía sentir que aquel amor era circunstancial. No comprendía que alguien que me quisiera se desprendiera de mí tan fácilmente. No me cuadraba... Empecé a pensar que era por algo que había hecho mal y me esforzaba en ser un niño obediente. Pero, fuera como fuera, al final siempre acababa marchándome de donde estaba.

No era una situación buscada y deseada por mí, y la asumía más bien a regañadientes. Vivía aquellas separaciones de forma traumática. ¿Por qué no podía tener unos padres como todo el mundo? ¿Por qué no podía tener un lugar al que pudiera considerar mi hogar? Alguna vez lo había preguntado abiertamente, pero saber que mi madre estaba enferma y mi padre tenía que trabajar mucho no me consolaba. Después de un tiempo, me habitué a mi trashumancia familiar, pero nunca la acepté. Estaba rebotado y mi comportamiento empeoró notablemente. Reconozco que les compliqué mucho las cosas. Les contestaba, no obedecía, les llevaba la contraria... En el cole empecé a insultar y a zurrar a algún compañero, mis calificaciones bajaron estrepitosamente y los avisos y notificaciones escolares informando de mi mal comportamiento llegaban a casa cada dos por tres. Esto provocó que mi padre me viniera a ver un par de veces para darme un buen sermón, que yo, después del susto inicial, me pasaba por el forro. A partir de entonces, cuando iniciaba una nueva estancia con alguno de mis parientes, estos me acogían con caras largas y llenas de preocupación, mientras que los que se despedían de mí lo hacían con un alivio nada disimulado. No soportaba aquel rechazo y se lo hacía pagar con mi rebeldía. Se creó una dinámica extraña en la que cada vez me sentía más rechazado y por tanto cada vez me comportaba peor para mortificarlos aún más. Pero esa dinámica se rompió mientras pasaba una temporada con mis abuelos paternos. Yo aún no tenía once años.

Empecé a conocer gente del barrio, chicos de mi edad y algunos bastante más mayores. Yo prefería la compañía de estos. Me parecía que hacían cosas más interesantes y nuevas. Hablaban de temas que no entendía y parecían secretos, fumaban... De vez en cuando, alguno traía alguna cosa que se había «encontrado», como una botella de cerveza ―que ellos llamaban birra―, una navaja, algún cómic, un reloj, unas gafas de sol demasiado grandes, una pelota de baloncesto y otras cosas que siempre «encontraban» en los lugares más insospechados. Después de un tiempo me di cuenta de que esas cosas no las encontraban exactamente como yo me imaginaba, pero no me importó.

Fumar resultó fácil. Al principio tosía mucho, pero después me acostumbré. Me enseñaron a hacer la letra O con el humo.

Un día, el cigarrillo que me pasaron tenía un gusto diferente. Era de otra marca. Una marca más fuerte. «Para hombres», dijeron. Me mareé de tal manera que vomité. Casi no me aguantaba de pie. Los otros rieron y se alejaron de mí. Quedé bien mareado y frustrado para todo el día.

Al día siguiente les pedí que me dejaran fumar otra vez de aquella marca más fuerte de tabaco. Los otros me miraron con cara burlona, pero Paco, que era el mayor y el que mandaba, me dio unas caladitas. Me volví a marear y tenía la cabeza como un bombo, pero no vomité y supe disimular para aparentar que lo aguantaba bien. No sé por qué, pero me dio por reír... Me sentía mareado, divertido y relajado. Desde entonces Paco me daba una caladita de vez en cuando. Aquello cada vez me gustaba más. Ya no me mareaba y descubrí que me ayudaba a soñar y a sentir cosas diferentes. Era parecido a lo que conseguía con los libros, pero fumando las sensaciones eran más vívidas. Paco nunca me dijo que aquellos cigarrillos eran en realidad droga, pero yo lo intuía. Me daba igual.

Cuando llegó el verano y me tuve que ir con mi padre echaba de menos aquellos cigarrillos. Estaba enganchado a la maría. Para pasar el ansia de fumar le pispaba, de vez en cuando, algún cigarrillo. Pero no era lo mismo. Aquellos cigarrillos no eran «de la misma marca». A pesar de todo, el día de mi cumpleaños lo celebré fumando unos cigarrillos que mi padre dejó olvidados en un pantalón que iba a ir a la tintorería. Lo consideré mi regalo de aniversario, ya que pasé el día solo y nadie se acordó de mí.

Después del verano, quedé varias veces con Paco cerca de la casa de mi otra abuela para que me enseñara a hacer aquellos cigarrillos y empezó a cobrarme por darme droga. Acabé con mis ahorros y cuando volví a casa de los abuelos empecé a robar pequeñas cantidades de dinero. Ellos ya eran mayores y algo despistados. El uno por el otro, nunca sabían exactamente cuánto dinero había en casa. Al menos, eso era lo que yo quería creer.

Un día, Paco trajo un polvo blanco que se aspiraba por la nariz. Decía que aquello era mejor que el tabaco. Ya me había calado y sabía lo que yo buscaba en la droga. Me dijo que con aquella sustancia vería cosas maravillosas que nunca antes había sentido. Solo había un problema. Valía más dinero, mucho más dinero que la maría.

Tenía que probar aquel polvo como fuera... Estaba preocupado pensando cómo conseguiría el dinero cuando, un día, se presentó la oportunidad delante de mis narices.

Había ido al supermercado de al lado de casa a comprar lo que me había pedido mi abuela para poder hacer la cena. Estaba en la cola de la caja, esperando que una mujer mayor pagara a la cajera. Cuando se disponía a pagar, le resbaló de las manos el billetero y se le cayó al suelo. Al caer salió disparado un billete de dos mil pesetas que fue a parar bajo el mueble de la caja. Me agaché rápidamente y mientras con una mano cogía el billetero con la otra cogí el billete y, con un gesto rápido, me lo guardé en el bolsillo del pantalón disimuladamente. Fue un gesto instintivo y, cuando me levanté para devolverle el billetero a la mujer, no podía creer lo que acababa de hacer. Estaba petrificado. Pensaba que todo el mundo me había visto coger el billete y, además, ¡era plenamente consciente de que estaba robando! No me gustaba nada la idea. Y menos el hecho de robar a una señora tan mayor como mi abuela que, por lo que reflejaba su aspecto, no iba demasiado sobrada de dinero. Pero ya estaba hecho y no había marcha atrás. Sacar el billete del bolsillo en aquel momento era como sacar la prueba del delito. Me quedé quieto como un pasmarote, esperando que alguien reaccionara. No pasó nada. La mujer me dio las gracias, pagó y se fue mientras la cajera registró mi compra y me pedía doscientas pesetas.

Al salir del supermercado corrí como un poseso hasta el portal de casa y entré rápidamente. Después de un rato, ya más sereno, me di cuenta de que... ¡lo había conseguido! Estaba muy contento y nervioso, sabiendo que pronto probaría aquel polvo tan especial. Esa noche casi no dormí.

Al día siguiente llegué el primero al parque antes que el resto de mis amigos. Estaba impaciente. Al cabo de un rato, que me pareció eterno, llegó Paco. Fui directamente hacia él con el billete de dos mil pesetas en la mano. Me sentía triunfal y lo iba exhibiendo para que lo viera bien.

—¡¿Qué haces estúpido?! ¿Quieres que nos pillen? —dijo.

Con urgencia me llevó detrás de unos matorrales. Nos sentamos y cogió el billete. Sacó un paquetito de papel con una pequeña cantidad de aquel polvo blanco. En otro papel que tenía puso una parte y, tras envolverlo con cuidado, me lo pasó. Me dio una rápida explicación de cómo debía tomarlo. Después, hizo una demostración práctica simulada, comprobando que no nos veía nadie. Por último, me dijo: «Hazlo en casa cuando no te vea nadie». Y, rápidamente, se alejó.

No podía volver a casa tan temprano, mi abuela lo encontraría extraño. Yo era de los que intentaban siempre alargar al máximo el tiempo establecido para el juego y, si volvía demasiado pronto, se preocuparía pensando que estaba enfermo o que me pasaba algo y no me perdería de vista en todo el día. Me quedé jugando solo al balón. De vez en cuando comprobaba si en el bolsillo llevaba aún el apreciado paquetito de polvo blanco.

Al llegar a casa fui directamente a mi habitación. Mi abuela me avisó que íbamos a cenar en diez minutos. ¡Tenía tiempo suficiente! Desenvolví el paquetito con mucho cuidado para no tirar su contenido al suelo. Lo coloqué sobre el escritorio, hice una raya bien dibujada pasando una regla por ambos lados y luego, con la parte exterior de un bolígrafo de plástico que había partido en dos, aspiré el polvo por la nariz como Paco me había enseñado. Bien. Solo recuerdo una explosión en el cerebro y de repente todo estaba blanco y en silencio.

Cuando me desperté estaba en la sala de un hospital, lleno de tubos y rodeado de monitores. Nunca olvidaré la cara de todos los que me vinieron a ver mientras estuve en esa especie de habitación de paredes de vidrio y llena de máquinas extrañas. Todos, absolutamente todos, empezando por el mismo médico, las enfermeras que me vigilaban día y noche, mis abuelos, mis tíos y mi padre, me mostraron su rechazo. Estaban decepcionados, tristes, frustrados y enrabiados. Yo no acababa de entender qué me había ocurrido y pensaba que habían descubierto el robo de las dos mil pesetas. El día en que me trasladaron a una habitación, con parte de mi familia delante, intenté hablar para meter aún más la pata.

—Devolveré el dinero —comenté con voz débil y apagada.

Al decir esto, mi padre enrojeció, soltó unos cuantos tacos de los gordos y salió de la habitación sin mirarme. Me sentía aún muy cansado y débil y con su reacción me acabé de hundir.

—¿Qué he hecho? —pregunté de forma casi inaudible y los ojos llorosos.

—¿Qué has hecho? —dijo mi abuelo en voz alta.

Mi abuela le puso la mano sobre el brazo en un intento de apaciguar su reacción y él calló. Entonces habló ella.

—Has estado a punto de morir por una sobredosis de cocaína y, por lo que la policía ha encontrado en tu habitación, parece que eres adicto a la marihuana. Sin contar el dinero que debes haber robado para poder pagarla. ¡¡Eres un delincuente de once años!! ¡Dios mío! ¿Cómo es posible? Todo esto es demasiado gordo para nosotros, Álex.

Se tapó la cara con las manos para contener los pensamientos y las emociones que le brotaban de su interior.

Unos inspectores de policía vinieron un par de veces para preguntarme cómo había conseguido la droga y quién me la había proporcionado. Yo les respondí a todo, lleno de miedo, temiendo que me metieran en la cárcel y con el alma rota de sentir cómo molestaba todo aquel asunto a mi familia. Realmente, esa estupidez mía marcó la vida de todos. A partir de ese momento sentí que había perdido la confianza de los que me querían y la libertad.

Inglaterra

Cuando salí del hospital ―afortunadamente sin tener que ir a la cárcel―, mi padre ya lo tenía todo decidido y organizado. Llegamos a casa y tuvimos la única conversación o el único monólogo que se dignó a dirigirme. Yo le escuchaba sin tener el valor suficiente de contradecirlo. Me informó de que iría a estudiar a Inglaterra, en un internado especial para «chicos difíciles como tú», dijo. Me explicó también que, a la mañana siguiente, me llevaría para que me despidiera de mi madre, mis abuelos y tíos. Por la tarde iríamos al aeropuerto a coger un vuelo que nos llevaría a ese país y, desde ese otro aeropuerto, alquilaríamos un coche para llegar a Chelmsford, donde, a diez kilómetros de distancia, se encontraba el internado. Después de explicarme todo esto, no volvió a dirigirme la palabra en ningún momento. Tampoco me habló en el avión, donde la excitación no me dejaba estar quieto y le preguntaba sobre todo lo que para mí era nuevo, ya que era la primera vez que volaba. Al final, me hizo callar dedicándome una dura mirada y todas mis preguntas quedaron sin respuesta. Permanecí mudo el resto del viaje y durante el trayecto en coche, consciente de que, si abría la boca, solo sentiría mi voz y su mirada llena de odio. Intenté fijarme en el paisaje, pero estaba ya demasiado oscuro para apreciar nada. Así pues, terminé mirando por mirar sin ver nada, únicamente para no verlo a él.

El internado era un edificio antiguo, de piedra gris y oscura, sucia por los años y la humedad. Su techo estaba formado por dos vertientes muy pronunciadas. Era una construcción desangelada, rectangular, de planta baja y dos pisos, con hileras de pequeñas ventanas en cada piso. La edificación estaba rodeada por un enorme jardín, cuyos setos, esmeradamente recortados, dibujaban formas rectilíneas y curvas, circundados por caminos de grava hábilmente trazados. A pesar de ello, en aquel momento me pareció un lugar muy lúgubre y desagradable. El recinto, a su vez, estaba rodeado de una gran reja de barrotes negros terminados en punta de lanza de color dorado. Paramos ante la gran puerta de entrada. Mi padre bajó del coche y dijo algo por el interfono. La doble hoja se abrió de par en par, chirriando ruidosamente. Cuando ya estábamos en el interior del recinto se cerró de la misma manera, golpeando fuertemente al juntarse de nuevo las dos partes. Resultó bastante siniestro y tenebroso.

Al llegar a la entrada del edificio mi padre paró el coche. No parecía que allí pudiera molestar a nadie. Subimos la escalinata y, cuando se disponía a pulsar el botón del timbre, la puerta se abrió. Un señor muy estirado y bien vestido salió a recibirnos. Habló con él en un idioma que yo casi no conocía y, para sorpresa mía, mi padre pareció entender y le contestó. Nos hizo pasar a un despacho mientras esperábamos a alguien. Nos sentamos ante una gran mesa que parecía tener más años que el propio edificio. Nuestros asientos y el sillón orejero del otro lado de la mesa evocaban, también, un pasado anticuado y rancio. Eran oscuros, retorcidos y forrados de una tela aterciopelada y deslucida que en su tiempo debió ser del color de la sangre. La tela estaba ribeteada por unas chinchetas doradas y gastadas. Incluso la mesa estaba forrada de esa tela en la parte que se utilizaba para escribir.

Un poco más allá, en una esquina de la habitación, destacaba un archivador donde debían estar los historiales de todos los internos. Unos estantes repletos de libros cubrían las despintadas paredes y una única e insignificante ventana era su exigua fuente de luz natural. En aquel momento, la estancia estaba iluminada por un doble fluorescente, dando una luz pálida y fría que no favorecía en absoluto las ganas de estar allí dentro.

Entró otro señor de edad más avanzada que el primero. También tenía un aspecto muy pulido y también iba con traje chaqueta. Saludó a mi padre con un apretón de manos y se sentó al otro lado de la mesa. Empezaron a hablar en aquel idioma que no entendía. De vez en cuando, aquel hombre me miraba con severidad para después volver a dirigir la mirada a mi padre mientras conversaban. Pasado un buen rato, el señor sacó de un cajón unos documentos y un bolígrafo de plata y se los ofreció a mi padre para que firmara. Por su parte, mi padre sacó un fajo de billetes desconocidos para mí. Se los acercó mientras le daba las últimas indicaciones y se levantó para irse. Yo intenté hacer lo mismo, pero me cogió del hombro, con fuerza, para obligarme a permanecer sentado mientras él se marchaba sin decirme nada. Sentir que me abandonaba así me dolió mucho, pero su reacción no me extrañó. Siempre me había tratado mal y, en sus momentos más oscuros, me acusaba abiertamente de ser el culpable de la enfermedad de mi madre. Más tarde averigüé que los primeros síntomas de esa enfermedad aparecieron justo antes de mi nacimiento y lo que en un principio pareció ser una severa psicosis posparto con el paso de los meses fue derivando a una grave y crónica enfermedad mental. Pero yo no fui el culpable.

Aquel señor cogió mi maleta e hizo que le acompañara. Subimos una ancha y desgastada escalera de caracol hasta el segundo piso donde parecía que estaban las habitaciones y paró ante la puerta de una de ellas. Al abrirla, siete cabezas se levantaron de sus almohadas para mirarme. Fueron siete miradas intensas y hostiles, desagradables. Aquello era todo menos una bienvenida. El hombre me indicó una cama vacía y sacó mi exiguo equipaje de la maleta para colgarlo en un pequeño armario que había al lado. Después de ponerme el pijama me acosté. Y así, sin cenar y sintiendo las miradas de mis compañeros de habitación como una losa, cerré los ojos para apartar de mi vista la tiniebla en que se había convertido la realidad. El cansancio acumulado a lo largo del día de viaje me ayudó, y poco rato después ya dormía profundamente. Al día siguiente, el ruido de unas voces me despertó. Algunos de los chicos se estaban vistiendo, otros habían salido de la habitación para ir al baño y lavarse. Yo me dispuse a hacer lo mismo. Fui al armario donde estaba mi ropa, pero todo había desaparecido. Empezaron a reírse de mí y a hablar en tono burlón en aquel idioma que no entendía. Algunos chicos de otras habitaciones miraban desde la puerta, como si allí hubiera un espectáculo. El espectáculo era yo. Los que estaban más cerca empezaron a darme empujones y a tirar del pijama para quitármelo. Empecé a dar patadas mientras intentaba aferrarme fuertemente al pijama, adivinando lo que pretendían hacer. Los chicos que estaban en la puerta se sumaron a la juerga y, aunque ofrecí toda la resistencia de que fui capaz, en un momento me habían desnudado y llenado de golpes. El alboroto que se produjo debió alertar a un hombre que, cuando entró en la habitación, solo me encontró a mí desnudo y meado en el suelo, sangrando por la nariz y visiblemente conmocionado. Recuerdo que me cogió para meterme en la cama mientras yo volvía a cerrar los ojos a la realidad.

De alguna manera capté que a mis compañeros de habitación les habían castigado por la bienvenida que me habían dado, no sé decir si lo deduje por las miradas que me dedicaban cargadas de odio después del incidente; porque todo el mundo se apartaba de mí y callaba, como si fuera un apestado; porque mi ropa volvía a estar en su lugar y nadie nunca más se atrevió a tocarla, o por todo a la vez.

En clase no entendía casi nada. A los compañeros tampoco los entendía. No solo por el idioma, sino también por su actitud hostil. Cuando no había ningún profesor o adulto cerca me daban patadas, me escupían o me hacían la zancadilla. En la habitación no se atrevían a hacerme nada, ya que los podían identificar. Pero fuera de allí aprovechaban cualquier oportunidad. Para ser sincero, debo decir que entre ellos tampoco parecía que se apreciaran demasiado. Todos aquellos muchachos eran como enchufes sobrecalentados, de los que salían chispas por cualquier motivo. Todos estaban frustrados, enojados y amargados. Todos luchaban para ser el más feroz y poder pasar por encima de los demás, a pesar de la firme disciplina que se imponía en aquella institución.

Nadie se molestó en explicarme cómo funcionaban las cosas allí. Todo lo aprendí a base de observar lo que hacían o no hacían mis compañeros y también a base de recibir algún tortazo.

Fue duro, muy duro. Añoraba las historias de mis libros, la comida casera de la abuela, la calle, el clima, el mar... Lloraba. Lloraba mucho cuando nadie me veía y no tardé en ponerme enfermo. Allí no estaban para tonterías y me encerraron en la enfermería, que era una triste habitación de paredes amarillentas con una pequeña ventana igual a las de todo el edificio. La ventana daba a la parte norte de la finca y, como mobiliario, únicamente una cama donde me encontraba postrado y que pronto se convirtió en una herramienta de tortura por su incomodidad.

Peter, el doctor que me venía a ver cada día, sabía un poco de español y me explicó que tenía una neumonía importante. También me hizo saber que mi familia estaba al tanto de mi enfermedad, pero que habían dicho que no vendrían, alegando alguna excusa. De mis abuelos puedo entender que no viajaran hasta allí, pero de mi padre… Así pues, tuve que pasarlo solo. Peter procuraba quedarse un poco más de la cuenta para hacerme compañía e intentaba distraerme haciendo juegos de magia y malabares. Sabía un montón y pronto empecé a esperar al doctor con ansia para disfrutar de sus habilidades. Él aprovechaba mi entusiasmo para hacerme chantaje y así conseguía que me dejara pinchar y me tomara toda la medicación. Finalmente me fui recuperando de la enfermedad. ¡Recuperar el peso resultó imposible! Quedé escuálido, pero yo sentía que después de aquella enfermedad era más fuerte.

Plantaba cara a los que se metían conmigo. No siempre lo conseguía, pero llegué a zurrar duro a seis de mis compañeros y recibí el mismo número de castigos, que, básicamente, consistían en estar encerrado en una habitación, esta vez sin la ventana de siempre, durante unos días. Una luz que se apagaba indicaba cuándo era la hora de ir a dormir a la sencilla cama que allí había. También había un minúsculo apartado que se podía considerar el baño. Yo aprovechaba mis estancias en aquella habitación para salir de la oscuridad de mi vida y dar un paseo por las historias y aventuras que recordaba de mis queridos libros y de mis sueños más felices.

Después de aquello, los compañeros me dejaron en paz. Algunos no se atrevían a mirarme a la cara, donde se veía claramente reflejada mi resolución de enfrentarme a cualquiera. Sencillamente, me dejaron de lado. No tenía amigos, pero tampoco enemigos. Comencé a hacer lo que quería dentro de la más estricta vigilancia institucional, claro. Pero tenía momentos para mí y los aprovechaba para disfrutar a mi manera. Empecé a leer. Al principio resultó muy complicado. Iba a la pequeña biblioteca del recinto, en la que nunca había nadie, y cogía un libro. Me ayudaba con un diccionario españolinglés inglésespañol que me había dado Peter antes de abandonar la enfermería. Todo el tiempo estaba con el diccionario arriba y abajo, buscando el significado de las palabras y la lectura se hacía muy lenta y pesada. Pero con el tiempo empecé a entender, a leer, a escribir y a hablar el inglés. Y lo más importante de todo, empecé a entender aquellos libros con historias increíbles y a soñar en inglés, of course.

En aquella biblioteca encontré historias interesantes que me llevaron a protagonizar aventuras inesperadas. Uno de esos hallazgos fue la historia de Robin Hood. Era divertido y reconfortante ver que un ladrón podía ser querido por los demás, aunque fuera en la ficción, solo por el hecho de que daba lo que robaba a los pobres. Esa historia me inspiró una idea.

El caso era que allá imperaba un orden superior a la disciplina feroz que nos imponían a los internos. Esa fuerza suprema estaba encabezada por uno de los bedeles del instituto, mister Green. Aquel hombre escuálido por la envidia, con nariz de buitre y mirada pequeña y fugitiva, ocupaba oficialmente un cargo medio entre el director, el profesorado y los internos, pero ejercía su poder a voluntad. Tenía un ayudante, Jeremy, el interno más malintencionado, salvaje y temido de todos. Mister Green se ganaba un sobresueldo con el dinero que, bajo coacciones y amenazas, robaba de los internos. Jeremy era su ayudante y, a cambio de unas cuantas libras, le hacía el trabajo sucio atemorizándonos o descargando su rabia a base de golpes con todo aquel que no accedía a pagar. El bedel, para reforzar su posición de poder sobre nosotros, nos atemorizaba diciendo que nos vigilaba y que, si intentábamos delatarlo, el chico se encargaría de nosotros. Todos conocíamos la fuerza de Jeremy. Yo mismo sufrí alguno de sus ataques y tengo que decir que fue uno de los pocos que pudieron conmigo.

Decidí que yo también podía ser como Robin Hood, defendiendo un tipo de justicia social. Por lo menos, sería un ladrón que se vengaría de otro. Parecía divertido. No esperaba que los compañeros lo apreciaran, pero quizá lograría sentirme un poco menos solo. Tenía claro que no podía acusar abiertamente a mister Green sin tener pruebas. Además, no tenía amigos. Así que debía idear algo que pudiera hacer yo solo. Mister Green guardaba el dinero que nos robaba en su habitación y aprovechaba su día de fiesta para llevárselo. Lo guardaba escondido entre sus pertenencias, dentro de un maletín de cuero blando, desgastado y negro, similar al que utilizan los médicos que visitan a domicilio. Un día, aprovechando una de mis estancias en solitario en la biblioteca, me deslicé dentro del despacho del director para hurtar el bolígrafo de plata que guardaba en su cajón. Él, tal vez pensando que su autoridad lo amparaba, nunca cerraba la puerta del despacho ni los cajones. Luego, con cuidado de que nadie me viera, subí escaleras arriba para llegar al segundo piso donde el bedel ocupaba la última de las habitaciones. Normalmente aquella estancia estaba cerrada con llave, pero dos mujeres de la limpieza venían cada quince días para dar un repaso y tenían permiso para entrar. Mientras una de las mujeres estaba haciendo los cristales de la habitación de al lado y la otra estaba limpiando el baño, cogí el llavero que estaba encima del carro de la limpieza para introducir una llave tras otra en la cerradura hasta que la puerta se abrió. Dentro, todo estaba en penumbra y tuve que esperar a que se me habituaran los ojos para poder buscar el maletín. Como suponía, estaba cerrado. No sabía si el dinero estaba ya en su interior o no, pero parecía estar preparado, ya que se veía bastante lleno. Lo volteé para, con una de las llaves que parecía más afilada, apretar fuertemente y rasgar la piel en un lado de la base que se veía más desgastado, siguiendo la costura interna. Introduje el bolígrafo de plata por la incisión y la cerré con un poco de adhesivo. A simple vista no se notaba nada y esperaba que el bedel no se diera cuenta.

El día siguiente era el día de fiesta de mister Green. Habitualmente, antes de marcharse se despedía muy educadamente del director. Mientras el bedel todavía estaba en su habitación, me dejé pillar saliendo del aula de música con un metrónomo escondido bajo la ropa. Me condujeron al despacho del director y allí me obligaron a cantar. Cuando me preguntaron por qué había robado el metrónomo, les comenté que mister Green me obligaba a hacerlo. Les dije que Jeremy y yo extorsionábamos a los demás internos para que nos dieran su dinero y que, después, se lo entregábamos al bedel, el cual lo sacaba de allí escondido en su maletín. El director, incrédulo, me hizo esperar en el despacho y ordenó ir a buscar a Jeremy, que al encontrarse en presencia del director parecía atemorizado. Lo interrogó. El chico lo negaba todo, pero su nerviosismo le delataba y el director empezó a dudar de su inocencia. Cuando llegó mister Green para despedirse, le hizo entrar en el despacho con una expresión muy seria. El bedel se mostró un poco sorprendido al vernos retenidos allí a Jeremy y a mí. El director le explicó lo que había pasado y que yo les acusaba abiertamente de obligarme a ser su cómplice. Mister Green lo negó todo, muy enfurecido y defendiendo también la inocencia de Jeremy. Todos me miraron con mala cara, pero a mí únicamente me hizo falta sugerir que lo comprobaran y dar a conocer la cantidad exacta de dinero que había robado aquella semana, aunque no mencioné el bolígrafo de plata. Mister Green cambió su expresión, que se tornó en un gesto congestionado y lleno de terror. El director tuvo que insistir para que le dejara comprobar el contenido del maletín. La tensión se podía palpar en el ambiente cuando empezó a sacar lo que había dentro. Mister Green fue capaz de sobreponerse y consiguió dar una explicación más o menos creíble de por qué llevaba, justamente, aquella cantidad de dinero escondido entre sus cosas. Pero, cuando el director extrajo del maletín el bolígrafo de plata que reconoció inmediatamente, mister Green se puso pálido y su rostro se desencajó, ofreciéndonos una imagen esperpéntica. Cuando se repuso, de nada le sirvió intentar defenderse diciendo que alguien se lo había puesto en el maletín. El director sabía que el bedel cerraba siempre la puerta de su habitación y que la llave que abría el maletín la llevaba colgada del cuello.

Mister Green fue despedido inmediatamente y a Jeremy y a mí nos encerraron en aquellas habitaciones sin ventanas durante diez días. Cuando abandonamos nuestro encierro los compañeros nos miraron de manera diferente. A él como a alguien que había perdido su estatus de intocable y a mí con una especie de respeto, como el que se sentiría por un loco capaz de hacer cualquier cosa. Saber que había sido capaz de robar al director su bolígrafo de plata y de inculparme en unos robos que no había hecho para poder desembarazarme del bedel los desconcertaba. A Jeremy le veía resentido conmigo, pero no fue capaz de enfrentarse abiertamente como antes. Creo que se sentía un poco intimidado. Al principio hubo un poco de mal ambiente, pero cuando apareció el nuevo bedel, mister White, un hombretón charlatán y apacible, la cosa se tranquilizó.

Fueron pasando los trimestres y con ellos las fiestas señaladas en las que, normalmente, las familias se reúnen. Yo estuve solo tanto los días escolares como los festivos. Los otros chicos se marchaban, si no en unas fiestas, en las otras. Fui el único que nunca se movió de allí. Suponía que la familia aún estaba enfadada conmigo por el mal trago que les había hecho pasar y que las nuevas acusaciones de robo no ayudaban en nada a apaciguar su enojo, pero añoraba tanto volver a casa...

Cuando se terminó el curso escolar me avisaron que volvía a casa. Entonces, mi padre me vino a buscar y, sin decir una palabra, fuimos al aeropuerto. Fue un viaje frustrante y doloroso. ¡Ojalá no hubiera venido! Mientras estaba en el internado imaginaba cómo sería el reencuentro con él y la familia. Les pediría perdón y me esforzaría en portarme bien. Ayudaría en todo y no protestaría por nada. Me había hecho esa solemne promesa. En el avión intenté empezar a cumplirla. Mirando a mi padre le pedí perdón en voz baja, para no molestar a los otros pasajeros. Él me ignoró y se quejó de mis calificaciones escolares. Sabía que le habían explicado que eso se debía, básicamente, a mi desconocimiento del idioma, pero que había mejorado y en el último trimestre ya comprendía las materias y mi rendimiento era bueno. Además había cambiado mi actitud. Le dije que el curso siguiente me esforzaría mucho. En el colegio de Mataró el idioma no sería un problema. Entonces, mi padre me lo soltó sin rodeos.

—¡No, Álex, no! El curso próximo, volverás al internado, y el otro y el otro...

Me hundí... Hundido literalmente en mi asiento y en lo más profundo de mi corazón, ya no tuve fuerzas para decir nada más. Dejé que las cosas fueran pasando.

No sé por qué, pero me empeñé en mantener mi promesa. Intentaba ayudar, portándome bien y no quejándome de nada. Cumplir mi promesa fue lo que me mantuvo entero. Era lo único que tenía, yo y mi maldita promesa. Fue un verano bien triste.

Mi padre era de los que piensan que todo se arregla con disciplina. No intentaba entenderme, solo me daba órdenes. «¡Come!», «¡A dormir!», o «¡Apaga la tele!» eran sus conversaciones más largas conmigo.

Tenía prohibido ir a la playa o bañarme en la piscina. No podía ir en bici y sobre todo no podía quedar con amigos. Me hizo trabajar duro llenando media docena de cuadernos de verano. Y cuando él se fue de vacaciones me apuntó a una especie de campamento, donde caminar quince kilómetros diarios a pleno sol era de lo más normal. Me llevó una vez a ver a mi madre y otra a ver a los abuelos, pero ellos no parecieron muy entusiasmados de verme después del disgusto que les había dado. Tenían bien presente que cuando me drogaba vivía con ellos.

No me lo podía creer, pero antes de que acabara el verano ya deseaba volver al internado, donde, al menos de vez en cuando, tenía tiempo para mí y mis sueños. Y así, sin ningún cambio destacable aparte de la muerte de la abuela materna; de mi dominio del inglés; de alguna que otra pelea; de mi gran capacidad para leer, aprender y soñar, y las gafas que finalmente tuve que llevar, pasaron casi tres años.

Un día, cuando faltaban pocos meses para que cumpliera catorce años, me llevaron al despacho del director. No sabía qué había hecho mal. Llevaba una temporada tranquila sin provocar incidentes. Los otros me ignoraban y a mí me parecía perfecto, porque no me gustaba aparentar que nos teníamos algún aprecio cuando era evidente que no nos entendíamos. Ellos estaban en un mundo y yo en otro.

Tampoco parecía posible que el director quisiera hablar conmigo sobre mi rendimiento académico. Después de un primer curso nefasto en este aspecto, mis calificaciones habían ido mejorando poco a poco y, en aquellos momentos, me constaba que eran de las mejores de todo el internado.

Cuando entré al despacho el director me esperaba sentado en la butaca orejera. La luz natural que invadía la estancia nunca adquiriría la presencia, cuerpo y luminosidad de la que se filtraba en mi casa. Bueno, en casa de mi padre. Yo añoraba esa luz...

La cosa tenía que ser muy seria, porque la cara del director estaba en tensión, con la frente arrugada y la boca apretada. Sentí un latigazo de miedo que me atravesó de arriba abajo.

—Mr. Martinez, I have terrible news to tell you. Sit down, please —empezó.

Me senté pálido y sudoroso. ¿Qué demonios pasaba?

—I am sorry to inform you that your father has passed away.

Yo continué callado en mi asiento. Estaba pálido, pero ya no sudaba. De repente tenía frío. Temblaba exageradamente y empecé a sufrir convulsiones. No recuerdo nada más.

De nuevo, en la enfermería el doctor Peter estuvo muy atento conmigo. Me mantuvo en observación dos días, para estar seguro de que estaba bien antes de darme el alta. Poco a poco, mientras iba asumiendo lo que había pasado me iban explicando detalles de la muerte de mi padre. Parecía un accidente. Lo encontraron muerto en la piscina de su casa con un golpe en la cabeza, como si se lo hubiera dado al caer del trampolín. A mí me extrañó un poco. Mi padre nunca se había tirado del trampolín delante de mí.

Cuando salí de la enfermería alguien había puesto todas mis pertenencias en la maleta. El director me la dio junto con un billete de avión y una carta para mi familia. Me explicó que mis abuelos habían decidido que volviera a casa. Se despidió de mí con un apretón de manos y aquel fue el final de mi etapa en el internado. Bye bye!

Adaptaciones familiares

Los dos días que había estado en observación fueron la causa de que no llegara a tiempo al entierro de mi padre. De hecho, lo preferí así. Todavía me encontraba bastante trastornado y eso me enfurecía porque el trato con él había sido pésimo y escaso. Más aún durante aquellos tres últimos años. ¿Por qué carajo me sentía así, pues?

Mis abuelos no sabían qué cara poner. Todo aquel asunto les sobrepasaba. Se veía claramente que no estaban convencidos de las posibles causas de la muerte de mi padre, su hijo, el cual, además, había dejado muchas deudas y lo había perdido todo. La policía había cerrado el caso por falta de pruebas y argumentaba que lo más probable era que hubiera resbalado del trampolín y se hubiera dado un golpe en la cabeza al caer. Pero ni en el trampolín ni en el contorno de la piscina se encontró algún indicio de ese posible golpe. Además, la forma de las heridas tampoco coincidía exactamente con las que causaría un borde recto.

Estaba claro que no les hacía ni pizca de gracia la idea de tener que cuidar a un bala perdida como yo. Ya no estaban para muchos trotes. Además, también había una asistenta social incordiando para ver quién se hacía cargo de mí. Era demasiado para ellos y yo mismo les ofrecí una solución.

Podía ir a vivir con mis tíos, Anna y Jordi. Ella era hermana de mi madre. No sé por qué, pero nunca se había llevado bien con mi padre. Decía que mi madre estaba enferma por su culpa. Yo casi no los conocía y no sabía si era una buena o una mala opción, pero no quería hacer más pesada la vida a los abuelos. Ellos eran gente sencilla y ya tenían suficiente. Me ofrecí para hablar por teléfono con los tíos, ya que mis abuelos no sabían por dónde empezar.

—Hola, Anna, soy tu sobrino Álex. Seguramente te sorprenderá que te llame, pero me gustaría hablar con vosotros de un tema importante. ¿Podemos ir a veros este sábado por la tarde? Por favor.

—¿No puedes decirme de qué se trata por teléfono?

—Bueno. Es un tema complicado. Será mejor hablarlo cara a cara.

—Eh... De acuerdo. Nos vemos el sábado. ¿Sabes nuestra dirección? No estoy segura de que tus abuelos la recuerden.

—Sí, sí. Los abuelos la tienen apuntada en la agenda. Hasta el sábado y muchas gracias. Bye. ¡Ay! Adiós.

—Adiós.

Los pocos días que pasaron hasta que llegó el sábado estuve con mis abuelos, procurando portarme lo mejor posible. No salía a la calle para no preocuparlos y me pasaba el día leyendo y mirando documentales sobre fauna salvaje, que siempre me habían gustado. Ayudaba a la abuela llevándole la compra y cosas así. Ellos no me dijeron nada, pero creo que, después de aquellos días, me perdonaron.

Llegó el sábado y empecé a ponerme nervioso. No tenía muchas alternativas. Mi madre estaba ingresada en una clínica, mi padre muerto, los abuelos eran demasiado mayores y yo no quería ir a ningún centro de acogida. Me lo jugaba todo a una carta y no me podía permitir el lujo de que saliera mal.

Me duché a conciencia y tuve cuidado con la ropa que me puse para tener buen aspecto. Repasaba mentalmente, una y otra vez, lo que les quería decir y todo lo que pensaba ofrecer a cambio.

Apenas comí. Tenía los nervios en el estómago y no me entraba nada. Mi abuela insistió en que comiera un plato de sopa. Pero cedió cuando vio que realmente no me la podía tragar.

Cogimos el tren desde Mataró (el pueblo de los abuelos) hacia El Masnou (el pueblo de mis tíos), a unos kilómetros de distancia. Al salir del tren empezamos a caminar por una calle empinada. Yo iba tirando de la abuela y, de vez en cuando, nos parábamos para descansar y esperar al abuelo. Mientras lo esperábamos miraba más allá, al final de la calle, abajo, donde se veía un trozo de mar de un azul intenso que hacía tiempo que no veía... y que añoraba. Finalmente, conseguimos llegar a la altura de la calle transversal donde vivían mis tíos. Después de torcer a la derecha y caminar una treintena de metros llegábamos a la casa. Llamamos a la puerta y me coloqué bien el pelo con un gesto casi involuntario y lleno de nerviosismo.

Mi tía abrió la puerta. No la había visto mucho a lo largo de mi vida, pero era fácil de reconocer, tenía las facciones de mamá. Aunque era la hermana mayor, su aspecto era más joven y saludable. Este hecho me trastornó un poco e hizo que me diera cuenta del sufrimiento que padecía mi madre, y de cómo se reflejaba en su aspecto tan desmejorado.

Los saludos fueron cordiales, pero sin besos de familia.

—Hola, Álex. Hola, Pepita y José. ¿Cómo estáis?

—Bien, bien... Oye, ¿podrías darme un poco de agua? ¡Esta subidita me ha dejado seco! —dijo el abuelo.

—¡Claro! Pasad, pasad. ¡Jordiii! ¡Ya han llegado! ―hizo saber Anna, mientras se dirigía a la cocina a buscar agua.

Caminamos medio pasillo y de una puerta salió a saludarnos Jordi. Bueno, debía ser él si vivía allí. Yo lo recordaba más delgado y con más cabello. Tampoco tenía presentes las gafas de pasta que llevaba ahora.

—Hola. Pasad y sentaos, por favor. Debéis estar cansados con el camino de subida.

—¡Sí que lo estamos! —dijo la abuela mientras se dejaba caer en el sofá de dos plazas de diseño muy funcional.

Mi abuelo prefirió sentarse en una silla.

—Por las piernas, si me siento en el sofá, no habrá quien me levante.

Yo me senté en una silla, al igual que Jordi.

Anna apareció con una jarra de agua y vasos, y nos los ofreció. Yo tenía la boca seca de los nervios. Ella se sentó junto a la abuela como muestra de cordialidad y dijo:

—Bueno, vosotros diréis.

Mis abuelos se miraron. No sabían cómo empezar. Antes de tomar la iniciativa, bebí un sorbo de agua, aclaré la garganta, tomé aire y, finalmente, empecé a hablar con mi acento marcadamente anglófono.

—Mirad, la propuesta que os queremos hacer ha sido idea mía. Reconozco que es una idea atrevida y por eso os pido que me escuchéis hasta el final. Después podréis decir lo que pensáis.

Estaban ambos expectantes y serios. Anna asintió con la cabeza.

—Bueno, mi padre está muerto, mi madre enferma, los abuelos son..., necesitan una vida tranquila. Además, se ha puesto en contacto con nosotros una asistente social interesada en saber si tengo algún familiar que se ocupe de mí a partir de ahora. Me gustaría que fueseis vosotros.

Empezaron a decir que no con la cabeza.

—Por favor, esperad a que termine... En el banco nos han dicho que mi padre ha dejado una cuenta a nombre del abuelo y al mío, que no pueden tocar los acreedores. En la cuenta hay dinero suficiente para poder estar bien cuidados mi madre y yo. No pido que me cuidéis para siempre, solo hasta cumplir los dieciocho años. Luego me buscaré la vida. De hecho, solo serían cuatro años. Tampoco pido que me queráis. Sé que hemos estado muy distanciados y también sé que mis antecedentes no despiertan precisamente los sentimientos de estimación y confianza que ahora necesitaría que me avalaran. Mi presencia puede romper vuestra vida tranquila y organizada... Sé que todo está en mi contra y que no soy la opción más fácil... Si me acogéis, os doy mi palabra de que procuraré en todo momento comportarme bien. Os obedeceré siempre, me esforzaré en los estudios y ayudaré en casa todo lo que pueda. No saldré con amigos si no queréis. Solo iré donde vosotros me dejéis ir. Yo... Haré lo que sea necesario. ¡De verdad!

En este punto se me acabaron las palabras o, mejor dicho, la voz. Anna habló.

—¡Caramba! Parece que estar en aquel internado no te ha ido tan mal. Nunca había oído hablar a un chico de tu edad como tú lo acabas de hacer, con esa claridad y decisión. Debes estar muy desesperado.

Bajé la mirada confundido y avergonzado. Cuando vio mi reacción, ella añadió:

—Sí. Sí lo estás.

Hubo un silencio que aprovechó Jordi para hablar.

—Debéis comprender que esta propuesta nos coge por sorpresa y nos va grande. Queréis que pasemos de la ignorancia mutua que hemos mantenido los unos hacia los otros a que nos hagamos cargo de un adolescente con las hormonas subidas y unos antecedentes de escándalo.

En ese momento intervino la abuela.

—Bueno... Han sido pocos días, pero tengo que reconocer que Álex ha hecho exactamente en casa lo que os está prometiendo y a nosotros no nos lo ofreció como trato, ha salido de él mismo. La verdad, pienso que lo debe haber pasado muy mal últimamente. Quizá se lo ha buscado él mismo o quizá pecó de ignorante. Lo cierto es que no ha tenido mucha suerte con los padres y la vida que le ha tocado vivir. Probablemente entre todos podríamos darle la familia que nunca tuvo.

—¡No podéis pedirnos esto! No después de lo mal que trató Jaime a Eulalia. Sabéis perfectamente que ella se puso enferma cuando descubrió que su marido le engañaba con otra mientras estaba embarazada y vosotros, en lugar de apoyar a Eulalia cuando estaba hundida, le apoyasteis a él —dijo Jordi.

—Mi hermana siempre ha sido una persona muy sensible y de carácter frágil y depresivo. Eso lo sabíamos nosotros, vosotros y, por supuesto, Jaime también. Fue muy feo que le apoyarais a él después de lo que había hecho —dijo Anna.

—En aquel momento no estaba claro que fuera verdad. Debéis entenderlo, ¡era nuestro hijo! —dijo la abuela.

—Espero que ahora sí lo tengáis claro, después de ver como él siguió hasta el último día con sus aventuras y líos amorosos sin ningún pudor o intención de contenerse. El hecho de que Eulalia estuviera convenientemente atendida y encerrada en aquel sanatorio le fue muy bien —dijo Jordi.

—Lo evidente es que era Eulalia quien lo estaba pasando mal y no vuestro hijo. Él nunca la trató bien y el nacimiento de Álex le vino muy bien para echarle la culpa de todo y seguir con su vida. El niño también ha…

No dejé acabar de hablar a Anna. Aquellos reproches no me los esperaba y me sentí muy angustiado de ver lo mal que se llevaban y, sobre todo, por conocer aquellos acontecimientos que marcaron la vida de mis padres y la mía propia. En aquel momento entendí muchas cosas, cosas que nunca me había atrevido a preguntar. Pero entenderlas no hacía que fueran menos dolorosas.

—Por favor, ¡no habléis así de mis padres! —dije yo.

Después de un momento de tenso silencio habló Anna.

—Tiene razón. De todos modos, discutir ahora no va a resolver nada —dijo Anna, muy apesadumbrada.

Hubo otro silencio. Esta vez no se respiraba tensión en el ambiente. Aquel silencio parecía ser aprovechado por todos para ordenar los pensamientos y mirar de dirigirlos hacia un bien común. Cuando pareció que la abuela ya los tenía todos ordenados, volvió a hablar, reconduciendo la conversación hacia el tema que nos importaba.

—Bien. Sé que parece una propuesta que os puede complicar mucho la vida, pero yo había pensado en repartir un poco el trabajo, por decirlo de alguna manera. Es evidente que entre semana sería bueno que estuviera cerca de la escuela donde irá. También es verdad que a nosotros se nos haría un poco pesado tenerlo cinco días a la semana siguiendo la dinámica del instituto y todo. Perdona que lo diga tan claro, hijo ―dijo la abuela mirándome―. Pero, si aceptáis tenerlo entre semana, nosotros podríamos asumir que viniera a pasar los fines de semana a casa. De hecho, podría venir el viernes por la tarde y quedarse hasta el domingo por la noche. Así vosotros podríais estar más libres los fines de semana. Entre semana, que ambos trabajáis, creo que tampoco os rompería mucho el ritmo.

Miré a la abuela con un gesto de agradecimiento por sus palabras. Aquella fue la primera vez en mucho tiempo que alguien me apoyaba. Mi abuela continuó la conversación con un aire más práctico.

—Como él ha dicho, hay una buena cantidad de dinero en el banco para destinarlo al cuidado de la madre y el chico. Si está bien gestionado, es difícil que se acabe con los intereses que genera. Al menos, eso lo hizo bien mi hijo. Creo que incluso una vez al año os podríais pagar un viajecito. Pienso que a Álex no le molestaría. ¿Verdad que no, Álex?

—Claro que no. Mientras a mamá no le falte de nada, a mí no me importa. Pienso trabajar si hace falta para pagarme los estudios.

¡No me lo podía creer! Mi abuela había llevado la conversación de tal manera que ahora la idea incluso resultaba tentadora. La posibilidad de hacer un viaje de vez en cuando era una oferta demasiado seductora para dejarla pasar.

—No sé. No lo veo. Viajar nos gusta mucho, pero ¿a este precio? ―dijo Jordi.

―No es un trato. Ha llegado el momento de actuar como la familia que somos. Si seguimos justificando nuestras discrepancias sobre las actuaciones de Jaime para eludir la responsabilidad que tenemos con su hijo, estaremos actuando como él. Las circunstancias son las que son y no podemos seguir dándonos la espalda unos a otros. Es verdad que Álex ha dado mucha guerra, pero también es verdad que no lo ha tenido fácil. Deberíamos pensar en lo que es bueno para el chico.

Después de pensarlo unos instantes, intervino Anna.

—Tienes razón. Que Álex viva con nosotros parece la mejor opción —dijo Anna, dándome unos golpecitos tranquilizadores en la espalda―. Bien. Casi se ha acabado el curso escolar. Desde ahora hasta finales de agosto haremos una prueba. Estarás en casa entre semana e irás a casa de los abuelos los fines de semana. Mientras tanto, buscaremos un buen instituto y hablaremos de cómo puedes recuperar estos últimos días de curso si fuera necesario. El treinta de agosto valoraremos y decidiremos algo definitivo.

—De acuerdo —dijo la abuela, intentando disimular el tono triunfal que impregnaba su voz.

—Sí, en agosto —dijo el abuelo.

Llegados a este punto, casi lo estropeo todo.

—Pero pongo una condición. Me gustaría comer vegetariano.

Jordi me miró con mala cara. Anna sopesó mi petición y finalmente habló.

—Lo intentaremos, pero algún día comerás pescado.

—De acuerdo.

Me sentí muy agradecido y les prometí que no les fallaría. Nos fuimos enseguida, ya que la abuela quería llegar antes que oscureciera. Quedamos en que iría a vivir con ellos en quince días. Anna quería adecuar un poco la habitación de invitados y la abuela quería comprarme ropa y alguna otra cosa que pudiera necesitar. Al llegar a casa abracé a la abuela y le di las gracias de corazón. Ella me dio unas palmaditas en la espalda.

—Aprovéchalo, Álex. Tal vez no vuelvas a tener otra oportunidad como esta.

Cuando llegó el momento, mi vestuario se había incrementado de forma considerable y, además, la abuela me compró un ordenador por su cuenta.

—Lo necesitarás para hacer los trabajos del instituto —dijo.

Yo estaba que no cabía de alegría.

El día acordado vino Jordi con su coche para recoger todas mis cosas. Los cargamos en el auto en dos minutos y me despedí de los abuelos hasta el fin de semana. El corto trayecto transcurrió en silencio. Era evidente que Jordi no estaba nada cómodo con la nueva situación y además no estaba muy acostumbrado a hablar. No lo quería incomodar más de lo que ya estaba, así que no abrí la boca. Al llegar, Anna vino a ayudarnos a entrar las cosas a casa. La habitación que me asignaron me encantó. Era amplia, muy luminosa y ¡tenía vistas al mar! Bueno, se veía una pequeña porción, pero era mi querido y añorado mar y aquellas cuatro paredes eran mucho más de lo que había tenido en mucho tiempo. Estaba recién pintada de un agradable y luminoso verde pistacho. Delante de la ventana con estor había un escritorio sencillo pero moderno con una silla a juego y, como lámpara, un flexo de color negro. Eso y una cama, que en realidad era un colchón sobre un canapé sin cabezal y cubierto por una colcha de tonos tostados, era el único mobiliario de la estancia, ya que el armario estaba empotrado a la pared. Anna me dijo que pondrían una estantería para que pudiera poner los libros, los CD y cosas así.

Empecé a colocar mi equipaje en el armario, tratando de poner la ropa de una manera organizada. Mis libros y un estuche con utensilios para escribir los dejé sobre la mesa. También instalamos el ordenador. Esta tarea fue la más complicada, pero Jordi tenía habilidad para estas cosas y enseguida lo terminó.

—¡Hala! ¡Ya está instalado!

Se lo agradecí. Salimos ambos de la habitación y, cuando fui a cerrar la puerta, miré al interior y sonreí satisfecho.

Me ofrecí para poner la mesa, pues parecía que Anna tenía la comida casi preparada. Después de aprender dónde estaban los utensilios en la cocina empecé a hacerlo. Respetando mi petición de comer vegetariano, Anna me preparó una comida diferente a la de ellos. Comimos en silencio, escuchando el informativo. Mientras la ayudaba a lavar los platos me preguntó si podía añadir huevos y lácteos en mi dieta. Le hice la concesión de dos huevos a la semana, pero nada de lácteos, ya que no me sentaban bien. Le hablé de los frutos secos, del muesli y también le dije que buscaría por internet información y recetas fáciles de comida vegetariana.

Cuando les pedí permiso para ir a mi habitación quedaron sorprendidos, pero intuí que esa muestra de respeto les gustó. No fue difícil mantener ese hábito, ya que costumbres como esta las tenía bien asumidas de mi estancia en el internado.

En la habitación retomé una de mis historias favoritas: Robinson Crusoe. Era una versión inglesa. Me la sabía de memoria, pero me gustaba releerla de vez en cuando para deleitarme en las descripciones de los paisajes de la isla, sus playas y de cómo el protagonista tenía que usar el ingenio para salir adelante y sobrevivir. Me cautivaban especialmente los momentos en los cuales Robinson confeccionaba algún objeto de utilidad o sabía aprovechar los recursos de la naturaleza y las cosas que le llegaban del mar. Admiraba como se organizaba para no dejar que el caos y la soledad le hundieran.

«Mira qué listo», pensaba. Era la historia de una persona que en momentos difíciles era capaz de sobreponerse y seguir adelante. Y también era la historia de alguien que estaba solo, pero que, al final, encuentra un amigo. En cierta manera yo era un poco como él. Ahora mismo estaba tratando de aprovechar los recursos que tenía para salir adelante. Debía organizarme en mi particular isla desconocida y también necesitaba algún amigo.

Las cosas aquel verano fueron muy bien. Cumplí con mi palabra de no crear problemas, obedecer y colaborar. Al principio, mostraban un poco de desconfianza y parecían no creer que mi buena voluntad durara mucho tiempo. Yo hacía ver que no me daba cuenta y me mostraba contento y agradecido. Eso era verdad, no fingía. Mi acento inglés tampoco ayudaba mucho, ya que aparte de hacerlos sonreír de vez en cuando, también marcaba una cierta distancia o lejanía entre nosotros. Hacía que me vieran más como un extraño que como uno más de la familia. Pero poco a poco se fueron acostumbrando. Los fines de semana iba a casa de los abuelos y allí también intentaba ayudar. La abuela dejaba para esos días las tareas más físicas como descolgar las cortinas para lavarlas y volverlas a colgar, limpiar los cristales, las luces o las partes altas de los armarios y cosas así. A mi abuelo le ayudaba a cuidar el jardín, a mover los tiestos y a cultivar un pequeño huerto que tenía al lado de casa. Me encantaba ver crecer las judías, los tomates... Las plantas son muy agradecidas si las tratas bien. Todo lo hacía bien a gusto. Por la tarde, si el día era bueno, iba a pescar con el abuelo al rompeolas. Me gustaba ver los peces, pero no pescarlos y, muchas veces, dejaba la caña en el agua consciente de que ya no tenía cebo. Lo que me gustaba realmente era estar allí, disfrutando de la brisa del mar, de su olor, de su ruido y sus salpicaduras.

Algún domingo por la mañana les pedía permiso para bajar a la playa y nadar un rato. Mi abuelo me acompañó alguna vez al principio, pero después me dejó ir solo cuando vio que nadaba bien y que no estaba mucho rato, ya que cuando empezaba a venir la gente me marchaba.

Tampoco intenté salir a la calle y hacer algún amigo. Después de cómo terminaron las cosas la última vez que viví con ellos sabía que la idea les desagradaba. Creo que ellos se sentían un poco responsables de aquel episodio de mi vida. De hecho, no volví nunca más a aquella plaza que ahora me traía recuerdos dolorosos. Era un náufrago solitario que iba de una isla a otra, de fin de semana.

Los cuatro parecían contentos y pronto noté que depositaban más confianza en mí. Tanto en Mataró con mis abuelos como en El Masnou con Anna y Jordi, empezaron a delegar en mí tareas que requerían un nivel más alto de confianza mutua. Iba a comprar solo, trayéndoles después la cuenta y el dinero del cambio. Me daban las llaves de casa para que pudiera entrar si ellos estaban fuera. Iba solo al cine o a la biblioteca y cosas así. Parecen cosas muy normales para un muchacho de catorce años, pero para mí eran cosas diferentes a las que no estaba acostumbrado y que tenían un significado muy importante.

En El Masnou, Anna, ya de por sí más emotiva que Jordi, empezó a darme un beso de buenas noches cuando iba a dormir. Después de más de tres años sin recibir ninguna manifestación cariñosa de parte de nadie ese gesto me impresionó y, la primera vez que lo hizo, no pude disimular una expresión de sorpresa y satisfacción. A ella no le pasó por alto y me sonrió mientras guiñaba el ojo. Jordi se mostraba más reticente a darme cualquier muestra de estimación, pero su actitud fue cambiando. Se mostraba más confiado y no me vigilaba tanto como al principio.

En Mataró, la abuela se veía feliz y pronto me demostró abiertamente su aprecio. El abuelo, muy vivaracho, estaba contento de tener un compañero de pesca que no le representara una clara competencia. En cuanto a sus sentimientos, él estaba acostumbrado a esconderlos, pero diría que también empezó a apreciarme.

Parecía que iba bien mi supervivencia en las dos islas. Me había esforzado mucho y me di cuenta de que había conseguido más de lo que había llegado a imaginar. Únicamente esperaba su aceptación, como cuando vas a un albergue y tienes que compartir habitación con alguien que no conoces. No esperaba nada más que el roce superficial de una relación familiar impuesta. Pero aquello se convirtió en algo más. Pronto establecí unos lazos de dependencia emocional. Notaba por ellos algo muy especial y necesitaba desesperadamente sentirme querido. Durante aquellos días mis sentimientos se removieron y salieron de la cajita donde los tenía escondidos. Posiblemente esta necesidad me hacía sentir que, en algunos momentos, ellos me recompensaban con su estima, y esa sensación no la quería perder por nada del mundo. Fue por eso por lo que, cuando se fue acercando el día designado para tomar la decisión final, empecé a ponerme nervioso. Estaba inquieto, no podía tragar la comida y sentía un peso en el pecho que hacía que a veces me sintiera como ahogado. Empecé a despertarme por las noches, asustado por una pesadilla que nunca recordaba. Me levantaba cansado, pero procuraba que no se notara. Finalmente, el día 29 de agosto mi aspecto estaba tan desmejorado que Anna me llevó al médico. Como también tenía el vientre descontrolado el médico pensó que tenía un virus intestinal.

El día 30 se reunieron los cuatro en casa. Yo me encontraba fatal. Estaba mareado y había vomitado por la noche. Al ver mi estado, Anna me ofreció cambiar a otro día la reunión para decidir sobre mi futuro. Yo sentía que no me encontraría bien hasta que la decisión estuviera tomada y, además, me veía incapaz de estar presente en el momento en que podía cambiar mi vida. Así pues, le dije que no pospusieran la reunión y que en el fondo era mejor que yo no estuviera para que pudieran tomar la decisión más libremente.

Se reunieron en la estancia más alejada de la habitación para no estorbar mi descanso y estuvieron hablando un buen rato. No intenté averiguar a qué conclusiones llegaban en su conversación. Me dejé llevar por una sensación de rendición y agotamiento total y quedé profundamente dormido.

El ruido de la persiana que se movía me despertó. Ya era de noche y Anna la bajaba. Al verme despierto se acercó a la cama y me preguntó cómo estaba.

—Después de esta dormidita parece que me encuentro mejor —dije, aunque con voz débil.

Me quedé mirándola, esperando que fuera ella quien hablara. Me había prometido a mí mismo que no me opondría a su decisión, fuera cual fuese.

PRIMER INSTITUTO

Inicio de curso

El Masnou, 1998

Lunes, 14 de septiembre

07:30 h

Hoy empiezo tercero de ESO en un nuevo instituto. Está en las afueras y he de ir en autobús. Por lo que dicen Anna y Jordi, es uno de los institutos de más prestigio de la zona y vamos todos uniformados.

He pensado que era una buena fecha para empezar a escribir mi diario. Parece el comienzo de una nueva etapa.

Este cuaderno que ahora empiezo a escribir es un regalo que me hizo mi madre, el único que yo recuerdo. Qué comienzo más triste y estúpido para un diario, pero es mi base. ¡Solo mi diario y yo! Bueno, solo solo tampoco estoy. Ahora vivo unos días con los tíos y otros con los abuelos.

No me compadezco y tampoco pienso escribir cada día. Solo lo haré cuando me haga falta.

A ver qué me depara el día.

20:00 h

El día no ha sido muy bueno. Mis compañeros de clase han estado estudiándome con la mirada como lo harían con un bicho raro en un laboratorio. Eran miradas de recelo y alguna también burlona.

Supongo que mi aspecto no ayuda mucho. Mi pelo rojo y mi altura por encima de la normal junto con mi peso, muy por debajo de la media, me dan un aspecto muy descompensado y parezco un lápiz con brazos que camina con unos pies del 45. Por si eso fuera poco, debo añadir a mi aspecto otro complemento: mis megagafas de cristales gruesos, que dan a mi rostro alargado un contrapunto de caricatura. Mi acento inglés tampoco me ayuda.

Creo que al final del día muchos ya se han formado una opinión sobre mí y me deben haber colgado la etiqueta de empollón o..., no sé, algo así.

Aunque entre ellos se conocen por el nombre, a mí me llaman Martínez.

De acuerdo, yo también les he estado observando y también he empezado a hacerme alguna opinión. Creo que son un grupo de niños consentidos. Móviles punteros, cortes de pelo a la última y las niñas todas maquilladas y las uñas pintadas.

¡Parezco un pulpo campando por el desierto! Muy pero que muy fuera de lugar. Eso sí, es divertido ser el pulpo. El uniforme obligatorio es lo único que me hace parecer igual a ellos.

Viernes, 18 de septiembre

Hemos hecho equitación. Es la única ventaja que veo a ir a un instituto de esta categoría. Me ha encantado la clase. Los caballos son unos animales magníficos. Subido a uno de ellos, me siento invencible. He querido hacer una galopada al estilo Indiana Jones, pero el profesor ha parado mi caballo y he pasado el resto de la clase mirando desde fuera. Los demás se han reído de mí, pero he disfrutado tanto de esta pequeña galopada que no me ha importado mucho. Espero con ansia la próxima clase de equitación.

Parece que los compañeros se decantan por el trato burlón. Se meten conmigo por mi forma de hablar y mi acento peculiar. Además he tenido la mala suerte de que en clase de Mates la profe, la señorita Gertrudis, me ha preguntado la solución de un problema un poco liado y he contestado bien, claro... Ha quedado gratamente sorprendida y me ha puesto como ejemplo para los demás. Así pues, seguro que estoy en la lista negra de los clasificados como repelentes. ¡Ahora sí que me los he metido en el bolsillo!

Estoy viendo que será un curso difícil si mi propósito era pasar desapercibido y encontrar algún amigo/a. Lo seguiré intentando. Aún no me conocen. Seguro que cuando lo hagan conseguiré entablar alguna amistad.

Yo también he empezado a conocer más a mis compañeros. No por la conversación que me dan, que es tan escasa que se podría decir que no existe. Soy buen observador. De acuerdo, tal vez no lo soy tanto, pero es lo único que he podido hacer y no ha ido tan mal.

En clase somos veintitrés alumnos. Por la manera en que se relacionan entre sí, los podría dividir en tres grupitos y yo, que de momento voy por libre.

El grupo más numeroso está integrado por la popular people y su séquito, que les ríen todas las gracias y les obedecen en todo. Los líderes de este grupo siguen, evidentemente, el estereotipo de personas físicamente atractivas y representan a las familias más importantes de los alrededores. En realidad, los líderes del grupo son solo tres: Roberto Camprubí, Eloy Casamitjana y Ona Puig Domènech.

Roberto es alto y rubio, tiene pinta de nórdico y parece muy inteligente, aunque lo que mejor sabe hacer es manipular a los demás. Tiene madera de líder y lo que él dice va a misa. Con estas cualidades, su ego está por las nubes y es un narcisista y un creído de categoría.

Eloy también es alto, pero es más corpulento y tiene el cabello negro siempre de punta. No parece tan inteligente, pero es más atrevido y solo se deja mandar por Roberto. Lleva un pequeño tatuaje en el brazo que le gusta enseñar a las niñas porque sabe que las impresiona. El tatuaje es un grafismo oriental. Él dice que es ninja.

Y Ona... Oh, my God! ¡Es guapísima! De piel morena y cabello azabache, largo y brillante como si fuera de hilos de seda negra. Sus ojos son oscuros, de mirada muy intensa y pícara. Es alta y su figura esbelta no esconde la sinuosidad de sus pechos redonditos como dos naranjas. Su físico destaca sobre el de las demás compañeras de curso. Diría que es inteligente, pero sus conversaciones son muy superficiales y todo el día se está mirando en cualquier superficie que la refleje. ¡Ah!, tiene un tic nervioso en la cabeza que mueve constantemente para ponerse bien el cabello. Evidentemente es consciente de que todo el mundo se fija en ella, y parece que este hecho le encanta. Como todas las otras chicas, va muy pintada. Creo que, si no fuese tan retocada, aún resultaría más bonita. El maquillaje le oculta algo sincero y espontáneo. Bueno, I don’t know.

Otro grupo es el de los puritanos y empollones. De hecho, son cuatro: tres chicas y un chico. Son tan callados y tímidos que aún desconocería sus nombres si no fuera porque algún profe les ha llamado en algún momento. Solo se relacionan tímidamente entre ellos. Miran con desconfianza a los demás. Desconfianza que se vuelve mayúscula cuando se fijan en mí. Supongo que en algún momento han sido víctimas de alguna bromita por parte de los compañeros y deben pensar que yo también me divertiré a su costa. Cuando hablan entre ellos lo hacen en voz baja y en una actitud extraña, como si siempre estuvieran criticando. No parecen tan felices con su rol como los del primer grupo.

Por último está el grupito de los extraños. Son muy raros y no solo por su aspecto. Destacan dos personas. Una es Sira Carbonell, que lleva el cabello a lo afro. Unas gafas demasiado pequeñas y redondas, de pasta negra, logran encapsular su mirada penetrante en una jaula de cristal grueso. Siempre lleva colgado del cuello, con una cinta de terciopelo negro, un crucifijo de tamaño exagerado que busca y toca constantemente con la mano, como si temiera perderlo. Está decorado con unas bolitas de diferentes tamaños y colores llamativos, desgastadas por la fricción constante. También pertenece a este grupo Carlos Mir, que tiene el cabello pelirrojo, algo más claro que el mío, y es un chico enorme. Lleva la camisa abrochada hasta arriba aunque siempre está sudado. Tiene los ojos demasiado juntos y una boca pequeña, o unas mejillas muy grandes, dilo como quieras. Aunque por la manera de abrocharse la camisa puede parecer un chico cohibido, en realidad hace lo que sea necesario para imponer su presencia a los demás. La primera vez que me habló yo estaba sentado en el comedor del instituto. Se acercó y sin que hubiera abierto la boca se me puso delante como un luchador de sumo, con las piernas abiertas y poniendo las manos sobre las rodillas flexionadas. Me observó fijamente de arriba abajo mientras masticaba su chicle de forma exagerada. Después, se marchó diciendo: «Espaguetis más largos que tú me los desayuno yo en un pispás». Tal vez dice estas cosas para que los demás no nos metamos con él. Yo, por si acaso, no pienso acercarme mucho. No me gusta la idea de ser su bocadillo de media mañana.

Los miembros de este grupo se relacionan con los demás, pero guardando las distancias y dejando muy claro que son diferentes.

Supongo que, para los otros, pertenezco a este último grupo, el de los extraños, pero yo no me identifico. Tendré que crear mi propio grupo aunque, de momento, solo esté yo. Será un grupo abierto, no como los demás. Será el grupo de los normales, los que no se esconden bajo falsa apariencia, los que viven la vida y dicen las cosas tal como las sienten. ¡Hala! ¡Venga, chicos! Venid a engrosar las filas de este grupo.

Martes, 20 de octubre

El grupo de los populares ―o, mejor dicho, Ona y Roberto― están preparando una fiesta de Halloween al estilo americano.

Curiosamente, han invitado a toda la clase menos a mí. Reconozco que no sé cómo tomármelo, si como un cumplido, como un insulto o como un desafío. Me sigo sintiendo como un pulpo fuera de lugar que trata de encontrar su océano. Durante todo este tiempo he intentado caerles bien, entenderlos. He hecho un poco el payaso para que se rieran conmigo y no de mí. Debo confesar que incluso he intentado pertenecer a un grupo, el de los extraños, claro, pero no ha resultado. Primero parecía que funcionaba, pero de pronto los compañeros se han cerrado, como si hubiera hecho alguna cosa mal. Ahora, cuanto más intento acercarme, más lejos me siento de ellos. La verdad es que estoy enfadado porque no lo entiendo. ¡No quieren conocerme!

Además, Ona me mira de manera extraña, con los ojos cargados de odio. Bueno, todos me miran mal, pero su mirada es la que me hace más daño. Siento su desprecio como una pesada carga que llevo cuando estoy en el instituto. Cuando me marcho a casa se convierte en una profunda tristeza. A la hora de ir a dormir no me la puedo quitar de la cabeza. Intento averiguar cómo empezó todo. Encontrar el motivo de su odio... Quisiera que me lo explicara, tal vez así lo podría arreglar... Pero no me atrevo a preguntárselo. Ya la conozco un poco para saber que sus palabras pueden tener un tono afilado y lleno de rencor que no podría soportar. ¡Caray, me gusta mucho esta chica!

¿Cómo puedo averiguar qué demonios he hecho mal?

Bueno, hoy me ha quedado claro que en mi grupo, de momento, solo estaré yo. Como diría mi abuela, mejor solo que mal acompañado.

Sábado, 31 de octubre

Hoy es la fiesta de Halloween. Me he enterado de que la haces en tu casa, Ona. Deseo que lo pases muy bien, de corazón.

Lunes, 2 de noviembre

Todos habéis llegado a clase radiantes y felices. Parece que la fiesta os gustó. Incluso se podría decir que los tres grupos parecéis más cohesionados entre vosotros. Algún miembro de los extraños ha conversado de forma inusual con seguidores de los populares y parecían conversaciones bastante amistosas. Todo parece un poco diferente. Todo menos las miradas de desprecio que tú y los demás me dedicáis. Puede que nuestra relación haya cambiado un poco, pero a peor. Ahora, además de odio y desprecio, capto de vuestra parte un tono de burla. Parece que has aprovechado la fiesta para dejarme como un trapo sucio y poner al día a los demás de lo que sea que haya hecho mal.

He de acabar con esto de una vez. Al menos quiero saber de qué va. Tengo que preguntártelo. Sea lo que sea no podrá causarme más daño del que ya me hace.

Lunes, 16 de noviembre

¡No lo he podido aguantar más! Hoy, por fin, el dolor de sentir tu odio me ha dado el empuje para enfrentarme y preguntarte de qué vas. Debo confesar que me has dejado de pasta de boniato, aunque supongo que eso ya lo sabes porque la expresión de mi cara te lo debe haber dejado bien claro.

Jamás habría imaginado que tienes vocación de detective y que te pone tanto conocer los detalles más tristes de la vida de los demás para airearlos a los cuatro vientos. Lo tuyo ha sido un gran trabajo de investigación periodística. Chica, ¡tienes futuro! Lo has hecho muy bien. Habrás disfrutado mucho buscando información sobre mí y mi familia. Te habrás quedado bien ancha, cacareando que mi madre está internada por padecer una enfermedad depresiva y que mi padre murió en extrañas circunstancias. Ahora que cuando me ha parecido que disfrutabas más ha sido cuando me has acusado de delincuente y drogata.

Sí, chica. Me has desmontado por completo. Afortunadamente, he tenido un momento de lucidez para decirte que eso pasó hace ya tiempo y que no me conoces ni me conocerás lo suficiente para entender por qué lo hice. Después me he hundido en un tortuoso abismo de impotencia y desesperación, del que espero que me veas salir algún día.

¿Por qué? ¿Por qué te has puesto a buscar detalles de mi vida? ¿Lo haces con todo el mundo? ¿Intentas controlar a todos para ponerte por encima de ellos, dejándoles bien clarito que conoces hasta el último detalle de sus vidas? ¿O es que sientes un interés especial por mí? Si es eso, yo realmente esperaba que tu interés por mí fuera de otra manera.

Bien. Ya está todo dicho. Ahora no tengo más ganas de escribir.

Jueves, 10 de diciembre

Sigo solo en el grupo de los delincuentes drogadictos. Parece que ya os habéis hartado de mostrarme vuestra aversión, o tal vez soy yo que ya no me entero. Disimulo y me hago el fuerte ante ti y los demás, haciendo ver que paso de vosotros. En casa trato de ser el de siempre para no preocupar a Anna y a Jordi. Ya hacen bastante por mí. En todo caso, no sé si lo consigo. Anna, siempre tan observadora, me estudia con la mirada y de vez en cuando pregunta si tengo algún problema. Yo me hago el despistado.

Hoy nos han dicho que el día 18 de diciembre haremos el amigo invisible. Ya han repartido las papeletas para que sepamos a quién le debemos dar nuestro regalo. A mí, como muestra de mi mala suerte, me ha tocado hacerle el regalo a Roberto. Supongo que le haré un regalo simbólico, tipo gorra de policía o una porra para que esté preparado si quiere enfrentarse conmigo. Seguro que hay alguien que se habrá sentido muy decepcionado al ver que le ha tocado hacerme el regalo. También supongo que será un regalo simbólico, como unas esposas o un pasamontañas. No espero nada mejor.

El tiempo me pasa como en una nube. Todo es disperso y todos estáis distantes. Y en medio de esta niebla espesa estás tú, como una lucecita a lo lejos que se aparta más si intento acercarme. Guardaré las distancias solo por miedo a que, si me acerco demasiado, te alejes tanto que todo quede oscuro.

Viernes, 18 de diciembre

El regalo del amigo invisible han sido las esposas. Todo el mundo estaba enterado y esperaban ver mi cara al abrir el regalo. Yo he hecho como si nada. Me las he puesto colgando del bolsillo del pantalón y me he quedado tan ancho. Mi reacción parece que les ha sorprendido. También le ha sorprendido su regalo a Roberto. ¡Tal vez ha sido él quien me ha regalado las esposas!

Feliz Navidad, Ona.

Día de Navidad

Lo hemos celebrado en casa de los abuelos. Es mi primera fiesta familiar en mucho tiempo. Ha estado bien, aunque me hubiera gustado tener una familia más larga llena de primos. Me han dado una gran sorpresa cuando Jordi y Anna me han regalado una bici de montaña y los abuelos el casco. Aunque parezca mentira, es mi primera bicicleta y me hace mucha ilusión. Jordi dice que haremos alguna salida él y yo.

Año 1999

Lunes, 25 de enero

Ha pasado algo diferente. Por primera vez en todo este tiempo no me has dirigido una mirada de rencor o resentimiento. No porque hayas cambiado de opinión sobre mí. Más bien parecía que tú, como yo, también vives en una nube. Estás en otro sitio. Tu mirada y tu pensamiento se alejan cada dos por tres del mundo real. Revives una y otra vez algo que te angustia y no te deja tranquila. ¿Qué te pasa, Ona?

Miércoles, 27 de enero

Sigues intranquila y distraída. Los demás no se dan cuenta porque intentas disimular cuando los tienes cerca. Pero a mí no me engañas. El tono de tu piel bajo los párpados es un poco azulado, como si no durmieras mucho. Tu aspecto, siempre excepcional, tiene ahora unos sutiles matices de descuido. Tu cabello, siempre suelto y que luces de forma llamativa, ahora lo llevas recogido en una sencilla cola, escondiendo así parte de su brillo. Parece que te quieras esconder, pasar desapercibida. Tú no lo sabes, pero yo de esto entiendo un poco.

Lunes, 1 de febrero

Hoy he hablado contigo. No sé de dónde he sacado el valor para hacerlo. He elegido un momento que no había ningún compañero cerca. He dejado caer mis libros a tu lado y mientras los recogía te he hablado. Después de tanto tiempo sin hacerlo me he sentido extraño. Te has sobresaltado. A mi estúpida pregunta «¿Qué te pasa, Ona? ¿Te puedo ayudar?», me has contestado con un ridículo y cortado «No, gracias, estoy bien». No es una respuesta digna de tu natural elocuencia y da a entender claramente que no estás nada bien y que sí que te ha pasado algo. Después me has mirado incrédula, al entender que te he pillado y has huido corriendo por miedo a que pudiera descubrir de qué se trata. Me has estado evitando durante todo el día y casi ha resultado divertido. Este ha sido el primer síntoma de debilidad que has mostrado desde que estoy en el instituto y, aunque no me gusta saber que estás mal, estoy feliz de ver que no eres de hierro, chica.

Jueves, 11 de febrero

Has estado un par de días sin venir al insti. Parece que has pasado una gripe intestinal de esas que están tan de moda. Realmente hoy todavía tenías mala cara. He visto como me buscabas con la mirada y como, cuando me has encontrado, en tus ojos ha refulgido una chispa de pánico.

Chica, ¡no hay quien te entienda! Un día te deleitas dejándome como un criminal y al otro, el hecho de verme te produce pánico. Bueno, dicho así tiene cierta lógica. Es una reacción bien normal tener miedo de los criminales... En todo caso soy un criminal de buena pasta y he optado por darte un poco de tiempo y espacio. No quiero molestarte.

Viernes, 12 de febrero

¡Casi lo estropeo todo! Eloy ha venido a buscarme a la hora de comer con ganas de pelea. Me ha provocado metiéndose con mi comida vegetariana mientras yo intentaba comer algo. Al ver que no le hacía caso, se ha enfadado mucho y ha empezado a meterse con mi familia y con mi madre. Finalmente, ha conseguido sacarme de quicio y ha habido un momento en que no he podido más. Le he mirado fijamente a los ojos con la convicción de que, si no callaba, lo haría callar. Le he dicho: «¡Deja de meterte con mi madre, ninja de mierda!». Él ha dudado un momento. Más que mis palabras, creo que lo que le ha detenido ha sido el cambio de expresión en mi mirada. Pero se ha rehecho y ha continuado provocándome. Tengo que admitir que es valiente. En Inglaterra no encontré a muchos que se enfrentaran a mí cuando me ponía de mala leche. Me he levantado de la silla y me he encarado, empujándolo fuertemente. Él ha hecho lo mismo conmigo y me he desequilibrado. He caído y se me ha echado encima para empezar a darme golpes. Yo también lo golpeaba duro. Dos profesores de tercero se han acercado y nos han separado. Cuando han preguntado por qué nos estábamos peleando, Eloy ha dicho que he empezado a atizarlo cuando él iba hacia su mesa tranquilamente y todos los presentes le han avalado. A mí nadie me ha creído. Finalmente ha venido el director y, tras oír las explicaciones de los dos profesores, me ha dado una buena bronca delante de todos y me ha dicho que haría constar esta falta en mi expediente. Me ha hecho saber que, si volvía a hacer algo semejante, sería expulsado del instituto. Lo peor ha sido después, cuando he tenido que dar la nota a Jordi para que la firmara y demostrar así que mi familia quedaba al corriente de estos hechos. Se ha enfadado mucho conmigo y me ha castigado sin poder salir en dos semanas.

Lo que más me ha dolido es lo que le ha dicho a Anna cuando creía que no le escuchaba: «Ya te decía yo que este gilipollas nos daría problemas muy pronto». Anna ha tratado de quitar importancia al asunto, pero también parecía molesta.

El secreto de Ona

Aquel viernes de finales de febrero había empezado nublado. Desde la ventana de mi habitación veía como el cielo se reflejaba en el mar para reverberar una gran gama de grises y azules pesados. Todo ello, junto con la pizca de niebla baja que se diseminaba por todo el litoral, creaba una atmósfera triste, húmeda y melancólica. Esos días no me gustaban. Me recordaban demasiado mi estancia de oscura reclusión en Inglaterra. Mi estado de ánimo en días como aquellos también estaba un poco tocado, aunque trataba de sobreponerme.

Cuando llegué a clase, Ona estaba sentada en su mesa y hablaba distraídamente con unas amigas. Al ver que yo la miraba se volvió un poco para darme la espalda y se puso el pelo hacia delante para que no pudiera verle la cara. Como ya era habitual en ella desde hacía un mes, me esquivaba. Ahora, sin embargo, se veía más tranquila y serena.

No había vuelto a hablarle desde el día que dejé caer los libros a su lado y aún no sabía qué demonios le había pasado. Pero, fuera lo que fuera, ahora parecía llevar el control de su vida y había vuelto a ser la misma de siempre. Solo había cambiado una cosa. No me miraba ni con odio, ni con desprecio, ni siquiera con pánico. Simplemente no me miraba. Fue un alivio para mí, pero a la vez, el hecho de que me ignorara no me gustó. A pesar de todo, desde mi estancia en Chelmsford, estaba acostumbrado a este tipo de trato y lo prefería a las muestras de aversión. Así pues, me resigné. Volvía a estar solo en medio de un sinfín de personas. El mío ahora era el grupo de los indeseables ignorados.

Yo también estaba más calmado. Continuaba sintiendo algo por Ona, pero asumí la situación sabiendo que cualquier intento de hablar con ella sería igual que tirar leña a un fuego en el que me acabaría quemando. Me refugié otra vez en los libros. Tanto en los libros del insti como en los libros de aventuras o viajes increíbles, los cuales leía ávidamente y me duraban un suspiro. Esto me obligaba a ir a menudo a la biblioteca o las librerías para adquirir nuevos libros. Había decidido que al día siguiente, aprovechando que sería sábado y ya no estaba castigado, iría a comprar mis provisiones de lectura para un mes. Además, como algunos de los autores que me gustaban eran anglófonos, me compraría sus libros en la versión original. Este era el aspecto positivo de mi estancia en Inglaterra.

Después de una hora de Física y otra de Matemáticas, la profesora de Inglés, la señorita Ingrid, nos puso un examen sorpresa. En realidad el examen consistía en una redacción donde se debía explicar un hecho que nos hubiera marcado o que fuera importante para nosotros.

Tenía tantos hechos importantes que me habían marcado que debía escoger qué quería contar, consciente de que, a veces, después nos hacía leer la redacción ante toda la clase.

Mientras pensaba qué explicaría vi como Ona se quedaba paralizada ante la hoja en blanco. Su expresión volvía a ser la de una persona atormentada por el pánico y el dolor. Era evidente que ella también tenía un hecho destacable que explicar, aunque también resultaba evidente que no quería hablar sobre el tema. Parecía que, durante unos momentos, se había quedado atrapada por sus pensamientos más dolorosos. Poco a poco fue recobrando la calma. De forma inconsciente comenzó a hacer ejercicios de respiración para relajarse, ajena al hecho de que yo la observaba. En una de esas respiraciones levantó la cabeza y fue plenamente consciente de que le había pillado. Volvió rápidamente a mirar la hoja de papel y, cuando yo iba a hacer lo mismo, de repente me miró, sonrió y me guiñó un ojo. Volvió a mirar su folio en blanco y empezó a escribir como si nada. Oh, my God! ¡Ahora sí que tenía un hecho importantísimo sobre el cual escribir mi redacción! Pero también, como ella, decidí hablar de otro tema.

Cuando se acabó la clase fui directamente hacia su pupitre y sin pensarlo dos veces le hablé, ignorando a todos los compañeros que nos rodeaban.

—Mañana quería ir a comprar unos cuantos libros para leer. ¿Quizá te gustaría acompañarme?

—¿Por qué debería acompañarte? —dijo ella con aires de superioridad y algo burlona.

—No sé... Tal vez te gustaría hablarme de alguna historia que te haya impactado.

Esta última palabra la recalqué con demasiado énfasis. Para disimular seguí.

—Me la podrías recomendar...

Ella lo pensó durante unos momentos y, contra todo pronóstico, aceptó. ¡Caray! ¡Si lo llego a saber antes de escribir la redacción, seguramente la hubiera cambiado!

—De acuerdo. Quedamos en Mataró mañana a las diez y media, en la plaza de la iglesia —dije tranquilamente y sonriendo de oreja a oreja.

Me fui todo chulo ante la mirada atónita de los que estaban más cerca. Después de dar unos cuantos pasos oí como alguien le decía:

—¿De qué va todo esto?

Yo tampoco lo entendía. Pero, en realidad, no me importaba. Parece mentira como un día que había empezado tan triste pudiera cambiar para convertirse en el más feliz desde que tenía conciencia.

Llegué a casa pletórico y Anna, que enseguida lo notó, no pudo aguantarse y decirme:

—¡Caramba, chico! ¿Te ha tocado el gordo?

—¡Algo parecido! —le respondí y nos pusimos a reír juntos.

Ella no preguntó más, pero supongo que con su intuición femenina había descubierto ya de qué iba el tema.

Por la tarde, ya en casa de los abuelos, mi diario echaría chispas de felicidad y emoción. Durante aquella noche, medio dormí y medio soñé. Medio dormí porque de vez en cuando me despertaba inquieto pero feliz. Medio soñé, porque era consciente de que estaba soñando mientras lo hacía. Soñaba que estaba con ella y que caminábamos juntos por la plaza de la iglesia de la mano, ante la mirada de todos los del pueblo, que parecían contentos por ello. Era un sueño tan inverosímil que ni yo mismo me lo creía y, por eso, era consciente de que lo estaba soñando.

Aquel sábado seguramente volvía a ser un día gris y triste, y el mar y el cielo estaban iguales que el día anterior. Incluso los tonos de azul y gris eran más oscuros y el suelo estaba mojado debido a una lluvia torrencial que había caído durante la noche. A mí, sin embargo, me pareció un día excepcional, lleno de posibilidades y cargado de ilusiones. Sentía algo parecido a lo que siente un niño pequeño el día de Navidad.

Desayuné con más ansia de lo normal. También fue anormal la velocidad con la que me duché, arreglé mi habitación e hice los encargos que me pidió la abuela. Cuando llegué a casa con la compra y cara de velocidad, ella me dedicó una sonrisa y dijo:

—¡Anda! Ya puedes marcharte. Seguro que te están esperando.

―¡Sí! —le dije mientras daba media vuelta y me iba corriendo hacia la puerta.

Ya estaba en la calle cuando tuve que volver, ya que, con las prisas y la emoción, me había olvidado la cartera con el dinero para comprar los libros. La abuela me esperaba en la entrada con la cartera en la mano y una pose exagerada de condescendencia.

—¡Algún día perderás la cabeza! —dijo cuando me marchaba de nuevo.

Llegué corriendo a la plaza. Eran las once menos cuarto. No conseguía encontrarla y no sabía si ya se había ido molesta por tener que esperarme, o si aún no había llegado. Después vi como su figura emergía de la zona más oscura de un rincón del porche de la iglesia. Bajó las escaleras y se dirigió hacia mí con paso decidido. Cuando estuvo a mi altura soltó, sin mirarme a la cara, un categórico y seco «¡Vamos!» y continuó su marcha. Tuve que dar la vuelta y la seguí un poco como pude, agobiado por la emoción y su extraña reacción. Cuando conseguí acompasar mi paso al suyo, dijo:

—Creo que alguna chica de la clase ha venido para espiarnos.

—¡Caray! Nunca habría imaginado que este también sería un acontecimiento importante para los demás.

Ella se dio la vuelta enfurecida y me miró por primera vez para decirme de forma clara, contundente y algo pedante:

—Puede que para ti sea importante. Y tal vez para los demás también lo sea. Pero quiero que tengas claro que para mí no lo es.

—No lo será para ti. Pero algo ha cambiado y ha tenido la suficiente importancia para que hayas bajado del burro y quieras hablar conmigo. ¿O no?

—¡No sé de qué me hablas!

—Yo sí que no lo sé, pero confío en que me lo contarás.

—¡No sé qué quieres que te cuente! He venido aquí para hablar de libros.

—¡Vamos, Ona! Ambos sabemos que hay algo que te preocupa. Los libros son la excusa. Sé de qué te hablo. Tus reacciones han sido las mías en algún momento.

—¿Qué reacciones?

—Tienes miedo. Sientes pánico por algo que te ha pasado. Algo que te ha pasado hace poco, un mes o mes y medio.

—Veo que me tienes bien controlada.

—¡O sea que es verdad!

—¡Y qué, que sea verdad! No es de tu incumbencia.

—Tienes razón. No es de mi incumbencia. Pero, si me lo explicas, tal vez te pueda ayudar. Por lo menos escuchándote. Si tú quieres, claro.

—¿Por qué debería explicártelo? ¿Quién eres tú para darme consejos? ¡Eres un chico estúpido con un historial criminal de primera!

—Tienes razón, Ona. No lo niego. Soy un chico estúpido con un buen historial. He cometido muchas equivocaciones y te aseguro que lo he pagado. Pero soy el único en todo el instituto que se ha dado cuenta de que tienes un problema y, si puedo, te quiero ayudar.

—Y… ¿por qué me quieres ayudar?

Me quedé mudo. No sabía cómo contestar a esa pregunta. Bueno..., sí lo sabía, pero no tenía claro si se lo quería decir. Ella, al ver mi reacción insistió.

—¿Por qué? Si te he de explicar mis problemas tengo derecho a saber por qué me quieres ayudar, ¿no?

—Porque... me importas. Me importas mucho.

—¿Quieres decir que te gusto?

—No, Ona. Gustas a todo el instituto. Es más que eso. A mí me importas... mucho.

Ella se quedó pensando en lo que le acababa de decir. Parecía que le costaba captar la sutil diferencia que para mí había entre gustar o importar a una persona.

—¿Cómo es eso? Casi no nos conocemos. Y te he dejado por los suelos delante de todos en más de una ocasión.

—No lo sé. Supongo que son cosas que pasan.

—¿Seguro que quieres ayudarme? ¿No será que quieres conocer mis puntos débiles para airearlos a los cuatro vientos y devolverme así la pelota?

—Posiblemente alguien tan retorcido como tú sí que lo haría, pero yo no soy así.

—Y… ¿cómo puedo ser tan importante para ti, si piensas que soy retorcida y te puedo jugar un mala pasada?

Por su expresión, ahora parecía que ella se divertía haciendo este tipo de preguntas. En ese punto mi estado de ánimo cambió. Empecé a perder la paciencia y a pensar que aquel no sería el día excepcional que había imaginado.

—Mira, Ona, seguramente soy aún más estúpido de lo que ambos nos imaginamos. Tal vez tengas razón y no soy la persona más adecuada para ayudarte. Puede que te haga daño, aunque sea sin darme cuenta. Será mejor que no me meta en tu vida y que soluciones tus problemas tu sola. Que yo me haya dado cuenta de que los tienes no me da ningún derecho a meterme. Lo siento. No te quería molestar. ¡Adiós!

Me marché dirigiendo mis pasos hacia la librería, pero sin saber hacia dónde encaminar mis pensamientos.

—¡Eh! ¿Adónde vas?

—Voy a la librería. No te engañé cuando te dije que quería comprar libros.

—Te acompaño. —Su tono no era de pregunta ni de pedir permiso.

—Si no quieres estar conmigo, lo entiendo. No hace falta que lo pases mal por miedo a que te haga algún tipo de chantaje. No padezcas. No diré a nadie que tienes problemas. De hecho, tampoco hay nadie que me quiera escuchar. Puedes marcharte tranquila.

Pero ella no hizo caso de mis palabras y continuó a mi lado. Volvió a decir un «¡Vamos!» categórico, pero esperó a que yo iniciara la marcha para volver a caminar a mi lado.

Estaba muy desconcertado. No sabía cómo tomarme todo aquello. Opté por cambiar de tema y hablar de los libros que quería comprar. Cuando empecé a hablar advertí que ella no me escuchaba, pero, después de todo lo que nos acabábamos de decir, no osé preguntarle en qué pensaba. Continué mi disertación sobre libros con conciencia plena de que hablaba a las paredes, o mejor dicho a las calles. De pronto se detuvo a mi lado.

—Tienes razón. Tengo un problema.

—¿Te puedo ayudar? O… ¿quieres que te ayude?

—Me gustaría.

—Explícame de qué se trata.

—No. No me siento preparada para hacerlo.

—De acuerdo. Si en algún momento sientes la necesidad de hablar, puedes contar conmigo.

—Gracias.

—Y ahora... ¿te puedo ayudar de alguna otra manera?

—Solo necesito saber que hay alguien a mi lado.

—¡Puedes contar conmigo!

—De acuerdo.

—¡Una pregunta! ¿Puedo estar a tu lado también en el instituto?

Lo pensó un poco, pero finalmente dijo un «sí» tan grande como una casa y me sonrió. No pude ahogar una exclamación parecida a un «yujujuuu», similar a la expresión que hace algún personaje de dibujos animados cuando está contento. Se rio de lo lindo y me dio la mano mientras yo contemplaba extasiado su sonrisa. Por enésima vez volvió a decir: «Va. ¡Vamos!». Y tuvo que tirar de mí para que caminara.

Fuimos a la librería y escogimos varios libros que nos interesaban. Descubrí que teníamos gustos bastantes diferentes en la lectura. Ella se decantaba por historias más sentimentales. Cuando salimos de la librería la invité a tomar algo. Desestimó la invitación, pero me pidió que la acompañara a la estación del tren. Fue entonces cuando me enteré de que vivía en una urbanización cerca de El Masnou. Supongo que muchos de los compañeros de clase vivían en urbanizaciones como la suya, pero yo, hasta entonces, no me lo había planteado. La acompañé a la estación y esperé a que llegara su tren. Cuando se fue me quedó un vacío que no había sentido nunca. ¡Qué estupidez sentir un vacío como aquel por una persona con la que solo has estado un par de horas! Dos horas, sin embargo, que me trastornaron por completo. Llegué a casa a la hora de comer, nervioso y a la vez feliz. No hizo falta ninguna explicación para que la abuela adivinara lo que me pasaba.

—¡Espero que la chica con la que has estado no te haya quitado el apetito! ¿Cómo se llama?

—Mmm... ¿Qué chica?

—¡La que ha conseguido que tus ojos vuelvan a brillar!

A veces resulta muy incómodo convivir con personas tan intuitivas como la abuela o Anna. Pude eludir la respuesta aliviado, pues mi abuelo llegó en ese momento y cortó el hilo de nuestra conversación.

—¡Caramba! ¿Qué hace tan buen olor? ¡Tengo mucha hambre!

—Para nosotros he hecho estofado de ternera y para Álex, pasta a la milanesa con algas y tofu cocinado con mucho amooooor.

En ese momento me hubiera gustado ser el desayuno de Carlos Mir. La abuela intentaba hacer gracia con aquel comentario, pero a mí no me gustó. Por suerte, el abuelo no prestó mucha atención y finalmente ella lo dejó estar, al comprobar que yo no abría la boca.

Sábado, 27 de febrero

Hoy por fin he conseguido hacer una amiga, Ona. ¡Sí, sí! ¡¡Mi amiga es Ona!! Mis sospechas de que tiene problemas son ciertas. Creo que la podré ayudar. ¡Si me deja! Es muy terca, pero creo que en eso le gano.

¡Estoy encantado! Hoy he llegado a sentirla muy cerca de mí.

Estuve nervioso el resto del fin de semana, esperando impaciente que llegara el lunes para ir al instituto y poder estar con ella de nuevo. Nunca había deseado tanto que llegara un lunes. Y finalmente... llegó.

Sí. El lunes llegó y todo el mundo estaba allí, en clase, menos Ona.

No pude evitar perder los nervios y maldecir en voz alta. Los otros me miraron y tuve que disimular haciendo ver que me había dado un golpe fuerte en el pie con la pata de la mesa. Mientras la señorita Gertrudis iba explicando la clase de Mates con un tono monótono y aburrido, yo intentaba serenarme y pensar con claridad por qué Ona no había venido. Podía ser que estuviera enferma, pero el sábado no dio muestras de encontrarse mal. Hacía unos días que también había faltado, pero entonces se decía que estaba enferma. Ahora no circulaba ningún rumor sobre ella y su salud. No quería ser mal pensado, pero... ¿sería esto una especie de jugada burlona para reírse de mí? No podía ser. Parecía sincera y nuestra conversación no fue superficial como las que ella solía tener. Intenté averiguar si alguien sabía por qué no había venido, pero parecía que yo era el único que había notado su ausencia. No era normal que un grupo no echase de menos a uno de sus líderes. No lo entendía, no entendía nada. En aquel momento, el hecho de pertenecer a otro grupo no me ayudaba a la hora de averiguar qué le podía estar pasando.

Fueron unos días interminables en los que el vacío que sentía por ella se fue llenando de pensamientos extraños y malos augurios. Y mientras mi mente tapaba aquel agujero con toda esa carga negativa, mi cuerpo pasaba por el mundo como el de un zombi y no se daba cuenta de nada que no tuviera que ver con aquella chica. En clase de equitación mi caballo hacía lo que quería y Tomás, el profesor, más de una vez tuvo que venir a espabilarnos a mi caballo y a mí. Creo que los profesores me llamaron la atención a menudo en clase por mi falta de concentración. En una de estas ocasiones oí la voz de Eloy que se metía conmigo diciendo algo como «se debe haber quedado tonto, esnifando pegamento o algo así». Los otros le rieron la gracia. Y yo, en vez de contestarles con mi habitual locuacidad y dejarlos cortados, los dejé hacer.

Mi humor cambió durante aquellos días y, aunque en clase nadie lo percibió debido al poco trato que había entre nosotros, en casa mi cambio de humor no pasó desapercibido. Anna no entendía cómo podía haber cambiado mi ánimo de aquella manera de un día para otro. Me lo preguntó abiertamente el martes por la tarde. Sentía una necesidad muy grande de hablar con alguien, pero no quería que Anna y Jordi se preocuparan por mí más de lo que ya lo hacían. Opté por no dar demasiada información. No diría ninguna mentira, pero tampoco diría toda la verdad.

—¿Qué te pasa? Pareces triste y desconcertado. ¿Ha pasado algo con tu amiga? ¿Habéis discutido?

Era evidente que la abuela había hablado con Anna.

—No. No hemos discutido.

—Entonces, ¿por qué vas con esa cara de amargura?

—Son cosas mías.

—¿Quieres que hablemos?

—No, gracias. Ya se me pasará.

Como no la vi muy convencida añadí:

—De verdad. No te preocupes, no es nada.

Me esforcé en mostrarle una sonrisa que diera credibilidad a mis palabras. No sé si lo logré, pero ella me dejó tranquilo y no preguntó más.

Martes, 2 de marzo

¿Por qué no vienes? ¿Qué te ha pasado? No te imaginas lo preocupado que estoy. No puedo dejar de pensar en ti y en lo que te puede estar pasando. ¿Es culpa mía? ¡Vuelve por favor!

Finalmente, cuando llegué a clase el jueves, la vi sentada en su pupitre, hablando con Roberto. Ambos parecían muy divertidos. Me acerqué sin pensarlo. Cuando llegué a su altura, Roberto me miró despectivamente.

—Míralo. ¡Ya lo tenemos aquí!

—¿Tienes algún problema conmigo, Roberto?

—No, pero tal vez tú sí que lo tendrás conmigo si no vigilas.

Le quería contestar con algo fuerte, pero me contuve. No quería dar pie a una situación que, de nuevo, me trajera problemas. Él captó el motivo de mi indecisión y aprovechó para poner más leña al fuego.

—¿Qué pasa, Martínez? ¿Se te ha acabado la cuerda o es que no has esnifado suficiente cola para enfrentarte a mí?

—No he venido a pelear. Sabes que no me lo puedo permitir.

—Lo que pasa es que no tienes cojones y te escudas detrás de esas gafas de vidrio grueso y de cualquier excusa para esconderlo.

—De acuerdo, no tengo cojones. ¿Ahora puedes dejarme en paz? Quiero hablar con Ona.

—Ella no quiere hablar contigo. ¡Aléjate!

—Eso debería decidirlo ella, ¿no crees?

Ambos la miramos.

Durante nuestro tira y afloja, ella se mantuvo al margen. Me pareció que su rostro reflejaba una mezcla de sentimientos contrapuestos: miedo y excitación, desaprobación y satisfacción... Todo entrelazado y explotando como las chispas de diferentes colores de un cohete. En ese momento, Ona nos miró.

—¡¿Queréis parar de hacer el imbécil?! ¿Qué quieres, Álex?

—Quiero saber por qué no has venido a clase estos días.

—¿Y a ti que te importa? —dijo Roberto.

—¡Me importa mucho y ella lo sabe!

Roberto con cara de incrédulo, tono burlón y voz demasiado alta dijo:

—¿Es que salís juntos?

—Sí —dije yo.

—¡¡No!! —dijo ella.

—¡Caramba! Qué divertido —dijo Roberto.

Roberto tenía razón, era una situación realmente cómica. Además, la cara de Ona era la esencia personificada y exagerada de la mala leche, una auténtica caricatura. A mí me hubiera hecho tanta gracia como a él, si no fuera porque mis sentimientos y yo estábamos involucrados. Todos los compañeros de la clase nos miraban con curiosidad morbosa. En ese momento llegó Juan, el profe de Física, y tuvimos que dejar el tema para después de clase. Pasé la hora nervioso y tenso y ella parecía estar igual que yo. Cuando terminó la clase me acerqué a ella. Todo el mundo nos miraba y Roberto se situó muy cerca. Ona, sin mirarme a la cara, no me dejó hablar.

—Mira, Martínez, no sé de dónde has sacado que tú y yo salimos juntos. En la plaza solo te dije que te dejaba estar cerca de mí, pero si te pones tan tonto me parece que paso.

Dio a sus palabras la connotación de quien ha sido benévolo concediéndote un favor, de alguien que está por encima de ti.

—¿Quieres decir que has cambiado de opinión?

—Sí.

—¿Qué es lo que ha cambiado?

—Todo.

—¡Yo no he cambiado!

—¡Todo ha cambiado! Ahora márchate y déjame tranquila.

En aquel momento me pareció entrever un sentido escondido en aquellas palabras.

—¿Es por eso que ha cambiado por lo que no has venido estos días?

Me miró a los ojos fijamente.

—¡Vete de una vez, Martínez!

—Me marcho. Pero que sepas que lo que te dije sigue en pie.

Toda la clase estaba pendiente de nosotros, llenos de curiosidad y llevados por el morbo de pensar que podía haber algo entre Ona y un delincuente como yo. Era evidente que ella sufría más que yo por aquella situación. Me alejé y le di espacio y vía libre para que lo terminara como quisiera.

Hice campana de las otras clases de ese día y me escondí en el gimnasio, ya que no podía salir a la calle. Me senté en un colchón que había en el suelo y empecé a pensar en todo lo que Ona me había dicho. Curiosamente, la inquietud y el malestar de los días anteriores habían desaparecido, y ahora mi estado de ánimo era sereno y tranquilo, aunque sentía una especie de tristeza profunda. Por alguna razón que no comprendía ella había cambiado de opinión. Pero yo sentía que ese cambio no tenía nada que ver con nosotros, sino con aquello que tanto le preocupaba. En toda esa conversación, que en apariencia significaba el rechazo que ella sentía por mí, me pareció que en realidad había un mensaje cifrado en que me daba la razón a todo lo que le preguntaba. Sus palabras decían una cosa, pero sus gestos, su mirada y también los momentos en que me ignoraba parecían escogidos para decirme algo diferente.

«¡Todo ha cambiado!». ¿Qué quería decir con aquello? Habían pasado cinco días desde que nos vimos en la plaza. ¿Qué había cambiado en ese tiempo? Desde luego no era nada relacionado con el instituto, ya que no hubo tiempo de que pasara nada y ella no se había presentado. Lo que fuese había pasado fuera, en su casa o en el pueblo. Pero ¿qué?

El sábado me dijo que podía estar a su lado. ¿Por qué había cambiado ahora de parecer? Si lo que le pasaba estaba relacionado con el instituto, ¿cómo es que todo había cambiado mientras ella había estado fuera? Si al menos me lo pudiera explicar...

Salí del instituto para ir a casa cuando me pareció que todo el mundo se había marchado y faltaban pocos minutos para que cerraran el edificio. Dejé escapar el autobús que me habría acercado al pueblo con los otros compañeros para hacer el camino a pie, atajando por aquí y por allá. Por el camino la brisa de la tarde me refrescó, y la mente, que hasta entonces la había tenido espesa, se fue aclarando poco a poco. Antes de llegar a casa me senté un rato en la playa, cerrando los ojos y escuchando al mar. Hacer aquello siempre me ayudaba a sentirme mejor. Al llegar a casa Anna y Jordi me esperaban con cara seria. Enseguida me di cuenta de que alguien del instituto les había informado ya de mis ausencias en clase. Me vi atrapado. No los quería engañar, pero, sobre todo, no los quería decepcionar.

—¿Qué has estado haciendo desde las once de la mañana?

La pregunta de Jordi fue directa y clara.

—He estado en el gimnasio del instituto.

—¡¿Que has estado en el gimnasio?! ¿Y qué demonios hacías allí?

—Necesitaba aclarar las ideas y en clase no podía.

—¿Qué ideas tenías que aclarar?

—Cosas que siento... Cosas que no entiendo.

—¿Para aclarar las ideas has necesitado perder todo un día de clase?

Mis respuestas no parecían apaciguar el mal humor de Jordi ni el desconcierto de Anna, más bien al contrario. Cuando decidí hacer campana, no pensé en ningún momento que ellos seguramente se enterarían y en las reacciones que esto podía provocar. ¡Qué estúpido!

—No volverá a pasar, os lo prometo.

—¡Te aseguro yo que no volverá a pasar porque no lo pienso tolerar! ¿Me has entendido bien?

—Sí, señor.

—Ya puedes ir a tu habitación a reflexionar sobre lo que has hecho. ¡¡Así nos aseguraremos de que lo entiendes!! Hoy te quedas sin cenar. ¡Ah! Y ya te puedes olvidar de nuestra inmersión por las islas Medas. ¡¡No pienso ir con un irresponsable como tú!!

La inmersión en las aguas de las islas Medas era lo que me hacía más ilusión del mundo. Hacía dos o tres meses que ambos lo estábamos preparando con entusiasmo. Era la primera actividad que planeábamos hacer juntos. Estaba programada para Semana Santa. Perder la posibilidad de ir me dejó muy tocado. No solo por el hecho en sí, sino porque daba a entender la magnitud del enojo de Jordi. Lo miré a la cara y pude constatar su decepción en la amargura de su mirada.

—Sí..., señor.

Me fui a la habitación. Él vino detrás y, sin decir palabra, se llevó todos los libros de lectura que tenía. Le dejé hacer sin oponerme.

Pasé varias horas solo en la habitación acostado sobre la cama, pensando en el disgusto que había dado a Jordi y a Anna y maldiciendo mi estúpida idea de hacer pellas. En realidad no tenía ningún motivo que lo justificara. Solo me quise alejar de Ona y pensar en lo que había pasado. Podía simplemente haber ido a mi pupitre y haber esperado a la hora de comer para pensar. Además, ahora me daba cuenta de que mis faltas a clase tampoco me habían beneficiado mucho de cara a la reacción con los compañeros. Sería otra excusa para despreciarme. Estaba seguro de que al día siguiente lo comprobaría con sus risotadas burlonas y algún chiste sobre mí. ¡Vaya estupidez!

Jueves, 4 de marzo

Todo ha cambiado según ella. Pero no sé el qué. Yo sigo siendo el mismo. Bueno... Sigo siendo el mismo atontado de siempre que se deja llevar por sus impulsos y no se da cuenta del daño que hace. Hoy he hecho enfadar a Anna y a Jordi. ¡He hecho campana porque tenía que pensar! ¡¡Ha sido una estupidez y no me ha servido de nada!!

Cuando el reloj que estaba sobre el escritorio marcaba las doce menos cuarto entró Anna sin hacer ruido y encendió la luz. Traía un tazón de leche de espelta con galletas.

—He supuesto que no has comido nada desde la hora del desayuno, si es que realmente has estado en el gimnasio todo el día.

Hasta ese momento no me había dado cuenta de ese hecho. Lo cierto era que no tenía hambre. Pero me preocupaba que dudara de mi estancia en el gimnasio.

—Sí. Tienes razón. No he comido nada en todo el día. Pero no te preocupes, no tengo hambre.

—¿Cómo es posible que un chico en plena adolescencia no tenga hambre después de pasar todo el día sin comer?

—No lo sé, pero es así.

—¿Quieres explicarme qué te pasa?

—¡Me pasa que soy un zopenco!

—Bueno... ¡Eso ya lo sé! Pero, aparte de eso, ¿qué problema tienes?

Su mirada era de franca preocupación. Me hizo daño verla tan afligida.

—No tengo ningún problema de drogas ni de nada ilegal, Anna. No debéis preocuparos por eso. Tengo la lección bien aprendida. Es más tonto y más sencillo. Me gusta una chica, pero no la entiendo. Necesitaba pensar y no se me ha ocurrido nada mejor que saltarme las clases e ir al gimnasio. Soy tan burro que no he pensado en las consecuencias de lo que hacía hasta que no me han caído encima. Lo siento mucho.

La cara de Anna experimentó un cambio repentino y parecía más aliviada por mis explicaciones.

—Bueno. El mal de amor explica tu desgana, pero eres demasiado joven, Álex. No debes dejar que esas cosas te afecten. A tu edad los sentimientos a menudo cambian y los enamoramientos duran poco. En cambio, tu historial académico te acompañará toda la vida. Bueno, no me quiero poner melodramática ni darle más importancia de la que tiene. Te dejo la leche y las galletas.

Ella no lo sabía, pero lo del historial no era nuevo para mí. Lo estaba viviendo en primera persona con el tema de mi drogadicción infantil.

—De verdad que no tengo hambre. Además, no quiero enfurecer más a Jordi. No cenar forma parte del castigo y no quiero desobedecer.

—De acuerdo. Pero hablaré con él de la salida a las islas Medas.

—Déjalo estar. Ya iremos más adelante.

—¡Pero te hacía mucha ilusión!

Yo sonreí y le dije:

—¡Después de esto todavía me hará más!

Anna se quedó sorprendida por la manera en que me lo tomaba y finalmente sonrió conmigo. Se acercó, me dio un beso de buenas noches en la frente y dijo mientras iba hacia la puerta:

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2025
Hacim:
300 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788412375411
Editör:
Telif hakkı:
Bookwire
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