Kitabı oku: «La sed»
LA SED
MARINA YUSZCZUK

Índice
Cubierta
Portada
Dedicatoria
Epígrafe
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Segunda parte
Marina Yuszczuk en Blatt & Ríos
Sobre la autora
Créditos
A mi madre,
el fantasma que vive conmigo.
En cuanto a Burton, en la Inglaterra del siglo XVI, ve cómo la melancolía “se dilata como un gran río que brota del corazón de la propia vida y se extiende a todas las orillas”.
En cada ocasión, el extraño goce recaía sobre sí misma; y la fuerza perdida, y el cansancio, no le dejaban más que la oscura certidumbre de que tendría que volver a empezar.
Valentine Penrose, La condesa sangrienta
Primera parte
Es un día blanco, la luz quema los ojos si se mira directo al cielo. El aire no se mueve. Contra las nubes encendidas, el ángel que pliega sus alas en lo alto de una de las bóvedas se ve completamente negro. Parece un depredador, un pájaro al acecho. Podría extender las alas y bajar en vuelo rasante si no fuera porque la piedra lo fija en su lugar. Hace muchos años la misma peste se hubiera representado así, como un ángel oscuro recortado contra un cielo de ceniza.
A nadie parece llamarle la atención. Como si las estatuas no fueran más que piedra, una multitud de turistas avanza con sus cámaras sobre el cementerio. Esto pasa todos los días y siempre es igual, aunque ellos no sean los mismos. No gritan, no se ríen, no hablan en voz alta. Respetan algo que no saben bien qué es, y buscan su camino entre las tumbas con un interés moderado. Se detienen en lo histórico: los presidentes, escritores, nombres importantes. Hacen de la lectura de las lápidas un juego de reconocimiento escolar. O si no, dejan que el atractivo de las formas los guíe en su paseo por el laberinto: alas extendidas como en un movimiento de ballet, manos que sostienen una cabeza delicadamente, venciendo la rigidez de la piedra.
A veces se pierden entre los corredores que agrupan las bóvedas en manzanas y replican la forma de una ciudad. Aunque el cementerio es pequeño, es el conjunto de diagonales que se irradia desde un punto cercano a la entrada el que los lleva a rincones insospechados y los hace perder la orientación. Pero también es el hecho de caminar mirando hacia lo alto, bajo la sombra de estatuas como la Dolorosa, que se cubren el rostro para ocultar el sufrimiento y finalmente parecen ocultar algo mucho peor.
Este es el cementerio más antiguo de la ciudad, y el único que conserva para la muerte la elegancia de otra época. Un sueño de mármol hecho con dinero, el de las familias ricas. Solo los que podían comprar su derecho a la poesía de la muerte están acá; para los otros, las fosas comunes o las piedras desnudas que sellaron definitivamente su insignificancia sobre la tierra. Esta tarde recorro los pasillos de baldosas grises y me pregunto dónde me sepultarán, si me pudriré lentamente bajo tierra o en uno de esos nichos apilados como en estanterías, uno de los más altos, donde un único clavel marchito dé testimonio del olvido. Pero los visitantes parecen tranquilos, divertidos incluso, mientras disparan la cámara hacia una lápida de renombre, una bóveda más lujosa que las otras.
Es la ausencia de olor a podredumbre lo que los ayuda a abstraerse. Como son muchos los recaudos que se toman para que la putrefacción no chorree y se escape de los cajones en forma de líquido o de gases, este es el único cementerio de la ciudad que no tiene ese olor rancio, dulce, ofensivo, de la lenta descomposición de los cuerpos. Las flores nunca consiguen taparlo. Se te mete en la nariz, y sabés que no lo vas a olvidar nunca. Es más insidioso que los excrementos, que la basura, quizás porque podría, si no se conociera su procedencia cargada de espanto, ser un perfume. Es solo la carne la que conoce el horror; los huesos, cuando están limpios, bien podrían ser fósiles, pedazos de madera, objeto de curiosidad. Pero la carne es lo que me desvela en estos días.
Hace unas semanas que vengo compulsivamente al cementerio y esta vez trato de conjurar, de día y acompañada por mi hijo, un recuerdo que me perturba. Él corre varios metros adelante mío y no imagina lo que estoy pensando. Tiene cinco años; al principio se enamoró del cementerio que parece un laberinto, de esta ciudad en miniatura, y en un momento me pidió por favor que no lo trajera más. Le dije que hoy sería la última vez, prometí comprarle un regalo si me acompañaba y accedió. Ahora juega a perseguir a un esqueleto que se llama Juan, le puso nombre. Busca, entre todas las bóvedas, la que tiene grabadas en el vidrio de la puerta un par de tibias y una calavera: cree que adentro hay enterrado un pirata.
Quiere jugar a las escondidas y grita de entusiasmo, pero le digo con firmeza que acá no se puede gritar, que no corra. Que puede chocarse con alguien, y que en los lugares donde hay personas enterradas hay que mostrar respeto. No sé cómo pero lo entiende. A pesar de sus pocos años, es sensible a ese aire distinto que se impone acá, como en los museos y las iglesias. Cuando lo llevé al Museo de Bellas Artes o a la Catedral le enseñé, antes de cruzar la puerta y llevándome un dedo a los labios, que a algunos lugares se ingresa en silencio, pisando despacio.
Elegimos un camino diferente al de los grupos de turistas, que avanzan muy lento mientras escuchan las explicaciones de un guía. Pronto nos perdemos hacia el fondo del cementerio. Santi tiene un pantalón rojo, es lo más vivo en este lugar y corre entre mármoles y granito hasta que, de repente, para. Se queda duro frente a la estatua altísima de una mujer que apoya su espada en el suelo, dándose por vencida; tiene que alzar mucho los ojos para mirarla. Enseguida se desprende de esa primera fascinación y sigue. Un poco más allá, en la entrada de una bóveda, agarra con las dos manos el llamador que sostiene en la boca un león de bronce, trata de tirar de la puerta para abrirla. Le digo que no se puede. Él acata, entiende que las reglas acá son distintas, aunque no sepa exactamente de qué lo protejo. Corre otra vez, se arrodilla junto a la abertura de vidrio en el costado de una de las bóvedas y señala con el dedo hacia el interior. Me acerco para mirar con él. Espía. Me pregunta si los cajones más chicos son ataúdes de bebés. Le digo que no siempre, que cuando las personas pasan mucho tiempo enterradas quedan solo los huesos y se pueden guardar en una caja más chica. No quiero decirle que a veces los cuerpos se meten en un horno para reducirlos a cenizas.
Más tarde encuentra por fin la bóveda de la calavera y las tibias, se sienta en el escalón de la entrada y me pide que le saque una foto. Por momentos me pregunto si está bien que esté arrojado a la muerte de esta manera, a sus cinco años. Si no debería ocultársela más. Pero no elegimos que la muerte viniera a nuestra casa, y sin embargo vino.
Seguimos caminando por el cementerio y trato de tener un ojo en él mientras me dejo capturar por cada cosa que me sale al encuentro. Me detengo en las bóvedas donde hay una rajadura, una grieta. Todo lo que miro está roto. Puertas de hierro de doble hoja a las que les faltan los vidrios, mal cerradas por una cadena improvisada. Bóvedas donde el piso cedió y es posible, desde el exterior, ver las filas de cajones depositados sobre los estantes que cubren la pared hasta el último subsuelo. Cajones con la tapa corrida o destrozada, como si un hacha, y no solo el tiempo, hubiera caído sobre ellos –y a veces, efectivamente, así fue–. Me imagino la presencia furtiva de los cuerpos vivos a la noche, entre susurros, cubiertos solo a medias por la oscuridad, mientras buscan algo que pueda venderse en esas tumbas abandonadas.
Yo también busco algo, y por momentos siento que traje a Santiago para asegurarme de no encontrarlo. Como si fuera un amuleto. Lo llamo para señalarle los cajones adentro de una bóveda que tiene los vidrios partidos. Hay yuyos que surgen de entre las baldosas, como si en el futuro la escala de grises del cementerio, la solidez de sus materiales, fueran a ser invadidas por una fuerza que viene de lo más profundo de la tierra. Adentro las paredes están marrones, la pintura rajada. Hay olor a humedad y una planta que trepa desde una grieta en la pared. A través de la tapa quebrada de un cajón se puede ver un hueso largo, quizás un húmero o una tibia, limpio de todo resto de carne, igual que esos huesos que dejan los perros después de masticarlos y lamerlos a más no poder, solo que sin el brillo. La superficie es de color marrón y en el extremo tiene un par de cavidades de otra textura, apenas rosadas. Me pongo didáctica y le señalo a Santi:
—¿Ves?, así quedan los huesos después de mucho tiempo.
—¿Lo puedo tocar? —pregunta.
—No porque no está limpio, puede haber gusanos.
Él hace que sí con la cabeza y se aleja. Por un segundo se me cierra la garganta. Quiero ponerle una imagen real a su fantasía con los esqueletos pero al mismo tiempo no sé lo que quiero, si estoy perdiendo el equilibrio. No me importaría si fuera por mí, pero los hijos merecen la normalidad, la necesitan.
Me levanto después de mirar esta bóveda en cuclillas, agarrada a las rejas, y sigo a Santiago. Le paso la mano por el pelo castaño, siempre despeinado. Me gusta en él todo lo que es de niño: el pelo revuelto cuando se despierta a la mañana, las pestañas espesas, los ojos enormes. Lo miro para absorberlo tal como es ahora, sabiendo que esto dura un segundo.
Nos paramos frente a un ángel que, de brazos cruzados, espera junto a la entrada de una bóveda. Tiene una túnica con pliegues y la nariz rota. Más tarde descansamos sentados junto a una joven que lleva rosas en las manos. El ramo se desarma para dejar caer algunas sobre el piso, hasta los escalones que conducen al monumento. Flores que nadie pudo recoger, ya petrificadas. Una posibilidad perdida. Me agarra una tristeza súbita por lo preciso de esa imagen, por la persistencia en creer que cualquier vida interrumpida antes de tiempo es una flor arrancada, una especie de error de la naturaleza. A otra estatua femenina que mira hacia un costado con pudor mientras inclina la cabeza, oscurecida por el verdín, le sacamos una foto. Lo mismo que a la chica, casi una niña, que sostiene un libro entre las manos, aunque una de ellas esté cortada a la altura de la muñeca.
Cuando llegamos al otro extremo del cementerio nos quedamos mucho tiempo frente a una de mis estatuas preferidas: una dama que, envuelta en un lienzo hasta la altura del pecho, se recuesta gentil sobre la tumba de Marco Avellaneda, con los brazos extendidos como las bailarinas cuando se pliegan sobre sí mismas para imitar el movimiento de un cisne. Tiene las manos entrelazadas y entre los dedos, a medio caer, una rosa. Si se la mira de perfil, se puede ver que la tela apenas alcanza a cubrirla y que uno de sus pechos, grande y firme, asoma casi hasta el pezón.
Hay sexo en la piedra, y esa estatua es hipnótica como el sexo. Se entiende por qué alguien, un hombre muy rico, pagó para tener a una mujer semidesnuda reclinada sobre su tumba por los siglos de los siglos, distrayendo a los visitantes de toda corrupción. Me impresiona –porque no es tan lejano en el tiempo, pero pertenece a un mundo que no existe más– el erotismo furioso de las estatuas femeninas, la profusión de formas que intenta construir un edificio de símbolos sobre la destrucción. Acá en la superficie, bajo las alas de los ángeles protectores, la muerte es una cosa blanca, preservada del tiempo.
Caminamos un poco más, nos detenemos frente a una hiedra de un verde brillante que baja en cascada por el costado de una bóveda, de una abundancia inexplicable. Una pareja de extranjeros me hace señas con las manos y me pregunta en inglés si sé dónde está la tumba de Evita, les señalo la dirección. Llevan botellas de agua en la mano, me agradecen, siguen su camino. De pronto miro alrededor y no veo a Santiago. Es algo que hace todo el tiempo por más que lo rete con furia, se adelanta corriendo y desparece a la vuelta de una esquina. Camino rápido en la misma dirección en que veníamos, miro a un lado y al otro. No está. En todas partes veo personas que no son mi hijo. No sé si seguir adelante o doblar. Decido quedarme donde estoy para que él pueda encontrarme pero de pronto me doy cuenta de que puede haber ido hacia esa zona del cementerio que estoy tratando de evitar y la desesperación me sube desde las rodillas.
Hay una bóveda en particular que está en desuso. Nadie que yo haya conocido está sepultado ahí pero ahora se me clava en la frente una pregunta: si la puerta que durante décadas permaneció bajo llave, y que hace poco se abrió por primera vez en mucho tiempo, estará cerrada o abierta.
Me doy cuenta por fin de la locura de haber venido esta vez con mi hijo; decido que en cuanto aparezca nos vamos sin demora. Solo que no aparece. No sé cuántos minutos pasan, quizás solo uno. Empiezo a gritar su nombre. A los pocos segundos aparece agitado desde el fondo del pasillo en el que estoy esperando, me mira con intensidad, trata de adivinar si estoy enojada. Tengo el cuerpo tenso y listo para retarlo pero me desarma ese destello de comprensión. Me arrodillo y lo abrazo. Me dice que se asustó, le digo que yo también y que nos vamos ya mismo. Lo tomo de la mano y empezamos a buscar la salida.
Me sobresalta el tañido de las campanas, insistente, que señala la hora de cierre. No me di cuenta de que había pasado la tarde. El cielo sigue compacto y nublado pero no va a llover, es solo un manto cada vez más espeso que lo cubre todo. Vamos hacia el pórtico pero no podemos atravesarlo porque un mar de gente se agolpa en los pasillos que conducen a la entrada. Allá arriba en el friso, muy por encima de nuestras cabezas, se lee “Esperamos al Señor” en un idioma muerto. De repente me pone nerviosa estar entre la multitud, tengo ansiedad por irme. Santi me tironea para que avancemos. Todo pasa como en un parpadeo: entre las caras de los extraños aparece una que me llama la atención, porque me está mirando. En realidad no aparece, me doy cuenta de que ya estaba ahí, inmóvil en medio de la gente que la esquiva y trata de alcanzar la salida. Hay algo desafiante en la manera en que no desvía la mirada cuando fijo la mía en ella. Tiene el pelo largo y oscuro, desordenado como el de una ciruja, pero no es eso; hay algo en ella que no pertenece acá. No a este lugar sino, cómo decirlo… a la realidad. Siento el golpe del corazón contra las costillas cuando comprendo por qué me parece conocerla. La angustia me cava un hueco en el pecho. Sostengo fuerte la mano de Santiago y empiezo a empujar para que nos dejen salir, es preciso que lo hagamos ya. Empujo entre los cuerpos con el hombro, con los codos, pongo a Santiago atrás mío para que no lo aplasten y lo arrastro conmigo. Varias personas me miran con odio, una me insulta. Cuando ya estamos por pasar bajo el pórtico me doy vuelta desesperada para ver si la mujer todavía sigue en su lugar y me encuentro con esos ojos salvajes, cargados de intención. Está absolutamente inmóvil, los últimos visitantes le pasan por al lado y siguen. Todos buscamos abandonar el cementerio, pero ella gira y empieza a caminar hacia las tumbas.
Capítulo 1
La tarde en que llegué a Buenos Aires, el barco se deslizó por una superficie interminable de agua marrón, a la que llamaron “río”. Comprendí con estupor que era el final del viaje. Los marineros se gritaban a través de la cubierta, concentrados en el esfuerzo de no encallar. La luz era tan plena que todo parecía flotar en el aire. Solo a medida que nos acercamos a la costa pude ver con nitidez desoladora, entre los altos mástiles que interrumpían la visión, el perfil de la ciudad. Los edificios chatos, rectangulares, estaban expuestos al borde de ese río que parecía mar abierto. Más atrás se elevaban las cúpulas de iglesias y campanarios, pero lo que dominaba la escena era un edificio semicircular, de varios pisos, coronado por un faro. Era la Aduana, después lo supe, y le daba a la ciudad el aspecto de una construcción antigua, emplazada por error en el extremo más reciente del mundo.
Frente a Buenos Aires, una multitud de goletas y bergantines ocupaba desordenadamente el río. Algunos llevaban las velas desplegadas todavía, otros se mecían aletargados. En vano la vista buscaba el puerto. La ciudad se extendía hacia ambos lados pero en algún momento la costa era conquistada por el barro y tuve la impresión, además del evidente desplazamiento en el espacio que se había prolongado por varias semanas, de haber viajado en el tiempo. Al pasado, quizás, pero también a algo demasiado nuevo. ¿Qué era eso? Supe también que al otro lado la ciudad se deshacía en tierra, mataderos, lodazales y cementerios, y luego estaba la planicie interminable en la que descansaban huesos de otras eras.
Hubo tiempo de contemplarlo todo mientras esperábamos el turno para el desembarco, a medida que la luz de la tarde menguaba. A lo lejos, donde la costa era de barro y piedras, un grupo de mujeres se afanaba en una tarea que al principio no comprendí; las veía moverse con cierta lentitud, veía cómo algunas se sostenían con una mano el ruedo del vestido y en la otra cargaban algo que debía pesarles, porque sus figuras tambaleantes hacían equilibrio para caminar entre las piedras. El agitarse de lienzos blancos me dio la clave; se trataba de ropa que habían lavado en el río y luego puesto a secar al sol. Cuando el barco se acercó más a la costa, deslizándose moroso sobre el río, pude ver que llevaban delantales y cofias de colores claros que resaltaban, sobre todo, en los rostros de las negras, una raza que en ese momento mis ojos contemplaban por primera vez.
Al rato la luna tomó posesión del cielo, una luna del color de un fuego pálido, suavizado por las nubes. En las embarcaciones, y en las carretas que esperaban en la costa, empezaron a encenderse lámparas y faroles.
Al parecer los barcos no podían acercarse a la tierra, ni disponía la ciudad de un muelle que facilitara la descarga de humanos y equipajes. Habituada a las ciudades europeas, apenas podía recordar la última vez que había visto un espectáculo tan primitivo. Los marineros se dedicaron a acarrear baúles y cajas desde la bodega a la cubierta; los escasos viajeros, a punto de convertirse en inmigrantes, conversaban en polaco o en alemán. De las extrañas marcas que llevaban en el cuello, cubiertas por sus pañuelos y los bordes de sus camisas, estaba segura, ninguno diría una palabra. No quedaban muchos; la mayoría había desembarcado varias semanas atrás, en otros puertos igualmente desconocidos, al cabo de un viaje en el que dos temporales y un mástil roto habían sido los eventos más destacados.
Por mi parte vi todo desde la ventana de un camarote vacío, sustrayéndome a las miradas. Afuera, tanto las personas como las cajas repletas de mercancías eran descargadas en botes que las llevaban remando casi hasta la costa. Allí unos carros de altísimas ruedas, que parecían a punto de zozobrar, se esforzaban por rodar en la poca profundidad de esa parte del río para arrastrar sobre ellos a un puñado de pasajeros que trataba de proteger su equipaje, y las ropas, de la salpicadura del líquido marrón. En tierra firme los esperaban carretas tiradas por caballos para completar el trayecto.
El bullicio de la llegada me permitió salir por última vez del rincón oscuro que había ocupado en la bodega. Solo lo había abandonado en algunas oportunidades para alimentarme. No fue difícil, ni cazar ni seducir a las presas, pero sí lo fue espaciar los ataques lo suficiente como para que no llegara a la consciencia de todos, pasajeros y tripulación, el hecho de que alguien se los estaba comiendo.
Ahora tenía que ser cuidadosa y no dejarme ver. No era prudente aparecer por primera vez al final del viaje, una pasajera nueva a la que nadie había notado en semanas. Después de contemplar la ciudad durante unos minutos decidí volver a la bodega y elegí el baúl más voluminoso para esconderme, no sin antes romper el candado que lo aseguraba y vaciar parte del contenido en otro baúl también enorme. Solo quedaba hacer silencio, y esperar. No sabía lo que me deparaba este país desconocido y aunque estaba segura de que por lo menos tenía garantizada la supervivencia, traté de darme valor con el recuerdo del peligro que había dejado atrás, y al que creí poner punto final cuando el barco zarpó desde el puerto de Bremen.
El pasado se me aparecía como un dibujo iluminado por las llamas. No quería verlo: la persecución, la sed. Los gritos. La consciencia aguda de que algo se había terminado, de que era preciso que me fuera. Durante siglos me había alimentado sin problemas, primero en el aislamiento del castillo, luego en los bosques. Tenía pocos años de edad cuando mi madre, desesperada de hambre y a cambio de unas monedas, me había arrastrado hasta la enorme puerta de roble que se abrió ante nosotras con un crujido infernal. Todos en el pueblo sabían lo que pasaba allá arriba, nadie se atrevía a combatirlo. Los hijos desaparecían de sus cunas, se internaban en el bosque para no volver jamás. Los cuerpos nunca aparecían. Tuve que atravesar yo sola, temblando, la puerta demasiado alta que llevaba a la casa del Señor. Mi madre me dijo que entrara, y me hizo jurar que no me daría vuelta para mirarla. No lo hice.
Caí en un mundo oscuro, como si me hubiese tragado el infierno. Había muchos como yo, niñas y niños presos en habitaciones heladas, impregnados de su propia suciedad, a los que se arrojaba un pedazo de comida de vez en cuando para mantenerlos vivos. Ese borde siniestro entre la vida y la muerte era el dominio sobre el cual gobernaba aquel que sería mi Hacedor. Así y todo, algunos morían de debilidad. Estábamos a disposición del Amo para satisfacer cada uno de sus impulsos, todos asesinos. A algunos los descartaba después de extraerles hasta la última gota de sangre, a otros nos hacía durar. Yo tuve suerte. Crecí enloquecida de miedo y furia contenida, con el único consuelo de otras niñas con las que me acurrucaba durante las noches para darnos calor. Dormía con los dedos enredados en el pelo de mis compañeras, y me sobresaltaba el más mínimo ruido. Al resto de humanidad que nos quedaba lo tuvimos aferrado como algo precioso durante todos esos años, hasta que nos fue robado. Cuando nuestros cuerpos fueron de mujer, una por una, el Amo nos convirtió. Debíamos estar agradecidas porque su servicio nos elevaba, y ser sus amantes era un lujo.
Durante años estuve rabiosa de venganza. Aullaba por las noches y miraba, desde lo alto del castillo, la villa de unas pocas casas en las que brillaba la luz del fuego y donde, quizás, todavía vivía esa mujer que había llamado “madre”.
Fue la sangre lo que me salvó. La sangre, que me enloqueció desde el primer contacto y me convirtió, poco a poco, en una bestia. El pasado retrocedió, hasta olvidé mi nombre, y a su debido tiempo recibí uno nuevo en un lenguaje maldito. Lo único verdadero era esa necesidad de saciarme, una y otra vez, y la generosidad con que mi Hacedor me ofrecía sus propias víctimas. Desnuda, con el cuerpo cubierto de sangre seca, me arrastraba entre sombras y mis hermanas conmigo, esperando esas noches en las que el Hacedor nos invitaba a sus orgías de sangre y cópulas furiosas. Podíamos comer, siempre que fuéramos suyas. Yo existía para ese instante en que clavaba los dientes en un cuello palpitante y el líquido rojo me llenaba la boca.
Pero los siglos pasaron y los humanos, allá abajo, ya no tuvieron miedo. Cuando se llevaron a mi Hacedor, la cabeza separada del cuerpo por el filo de la espada, hubo que esconderse. Venían por nosotras, y el instinto nos llevó hasta lo más profundo del bosque. Aullábamos como lobas. No habíamos aprendido a cazar, porque la comida se nos daba servida. Mujeres, niños, a veces hombres, que llegaban desprevenidos, y no teníamos más que esperar una señal del Amo que nos autorizaba a rodear, a morder. Todo lo que quisiéramos, hasta caer rendidas. Había cierta lujuria en la abundancia, después lo entendimos. Fue cuando, famélicas en el bosque, tuvimos que aprender los movimientos de la caza por primera vez, como si los inventáramos. La espera, el silencio extremo, el sigilo. La velocidad de ataque y el zarpazo. El segundo preciso de hincar los colmillos, mientras duraba la sorpresa, a veces bajo el influjo de unos ojos demasiado abiertos.
Eran matanzas caóticas, los restos quedaban esparcidos en el suelo. Si de vez en cuando los encontraba algún campesino que, como nosotras, se adentraba en el bosque para cazar, pensaba que eran las sobras del festín de los lobos. Pero aun en la bruma de nuestras mentes llevábamos intacta la visión de la matanza que habíamos presenciado, el choque de las espadas, las estacas atravesando los pechos desnudos, el río de sangre que había estado a punto de arrastrarnos. Ya no podíamos seguir alimentándonos según las leyes y costumbres que nuestro Hacedor había conservado por siglos, en su largo dominio de silencio y terror desde lo alto del castillo; si queríamos sobrevivir, teníamos que mezclarnos entre los humanos.
Con el tiempo perfeccionamos el mecanismo, agregamos la seducción a la violencia. Dejamos de parecer animales. Mis hermanas y yo nos trenzábamos el pelo unas a otras, adquirimos los modales de la nobleza, aprendimos a vestirnos. En cada sitio al que íbamos aprendíamos el idioma de los hombres, lo comprendíamos al instante. Recorríamos pueblos y aldeas y en cada uno permanecíamos el tiempo justo como para no levantar sospechas. Nos calmábamos la sed, y las madres desesperadas no podían más que llorar frente a la dolencia misteriosa que se llevaba a los hijos. Comíamos y los médicos no tenían nombre para esa agonía que pronto terminaba en un cajón improvisado, camino al cementerio. Después se oían los ruidos más extraños procedentes de las tumbas, y nacían las historias.
Fuimos la plaga, durante demasiado tiempo. Nos llamaron con muchos nombres. Intentaban protegerse con amuletos y crucifijos, con ristras de ajo colgadas en el marco de las puertas, y nosotras las atravesábamos riendo. Con el tiempo supimos que era posible consumir a la víctima de a poco, debilitar sin dar la muerte, extraer la medida justa y esperar a que la sangre se renovara. Pero todo empezó a cambiar, y mientras tratábamos de entenderlo perdí a mis hermanas. Lo que pasó… no podíamos imaginarlo. Las leyendas se convirtieron en noticias. Empezaron a creer en nosotras.
Estábamos escondidas en el bosque, adonde volvíamos de vez en cuando para rememorar, desnudas, lo salvaje que había en nosotras. Las ramas de los árboles se extendían como esqueletos suplicantes, huesos ennegrecidos; el suelo estaba cubierto de nieve. No había el más mínimo rastro de luna en el cielo y en la oscuridad aparecieron los fuegos. Los vimos cuando ya era tarde. Tratamos de escapar, pero estábamos rodeadas. Nos iluminaron con antorchas y, antes de que pudiéramos atacar, nos tomaron del pelo y nos llevaron a la rastra frente a un hombre de la iglesia, un sacerdote, cuya misión –no lo pude comprender– era salvarnos o arrojarnos al infierno. Estaba vestido de negro, con un tocado del mismo color y una cruz dorada colgando en el pecho. Los ojos eran negros como dos carbones sobre una larga barba blanca y, cuando levantó los brazos, pareció un ave de carroña a punto de arrojarse sobre nosotras. Era el que comandaba la cacería y estaba enardecido, en los ojos le brillaba el deseo de destruir. A mis hermanas las tendieron en el piso mientras los más fuertes de esos hombres les aferraban los brazos y las piernas para inmovilizarlas. Mientras ellas se retorcían y los hombres apenas alcanzaban a dominarlas vi cómo el sacerdote, después de dibujarse sobre el cuerpo la señal de la cruz, les hundía una estaca en el pecho y descargaba el hacha sobre sus cuellos. Miré por última vez los rostros de mis hermanas, los cabellos que ahora estaban mojados de barro y nieve, el espanto cincelado en los ojos abiertos. Mientras los cuerpos decapitados teñían el suelo de rojo, sospeché que el fin estaba cerca. No lo lamenté. Quería morir con ellas, que eran mi única familia. Pero en cambio me ataron y me llevaron al pueblo.
Pobres de ellos, querían examinar a uno de mi especie. Todavía era de noche cuando llegamos a la casa del médico. Me metieron a la fuerza en un cuarto iluminado con velas y me ataron a la cama. Mientras los brutos que me habían traído abandonaban la habitación, tuve tiempo para mirar todo. El crucifijo en la pared, la mesa donde un cuaderno abierto esperaba anotaciones sobre mí, la Biblia. Mientras lo hacía la puerta se abrió de un golpe y apareció la figura negra del sacerdote que había matado a mis hermanas. Me miró con soberbia y se acercó a la cama. Me informó que la Santa Iglesia había exterminado a miles como yo, criaturas de Satanás, y que era el turno de salvar mi alma. Dije que era la misma Iglesia la que había protegido a mi Hacedor durante décadas, a lo largo de cientos de crímenes. No había salvación ni piedad para los cuerpos de los niños que se arrojaban a un despeñadero a los pies del castillo y atraían a las aves de carroña. Lo recordaba todo: el sacerdote que visitaba las humildes cabañas y sugería a las madres, atormentadas por no poder alimentar a sus hijos, la manera de beneficiarlos a ellos y al resto de la familia. Los ruegos en voz alta para que las mujeres tuvieran fortaleza y resignación, si acaso se enteraban del destino de los niños.
Ante esto el sacerdote levantó los brazos, las mangas de la túnica negra se convirtieron en alas de murciélago y empezó a rezar en una voz alta y vibrante que llenó toda la habitación, lo suficiente como para que mis palabras dejaran de escucharse. Estaba tratando de probar si sus poderes y su autoridad funcionaban sobre mí. Quizás pensaba que su dios existía. Me reí en voz alta, me puse de pie y le acerqué mi cuerpo desnudo; siguió diciendo su oración mientras abría más los ojos y se agitaba visiblemente hasta que se percató de lo inútil de sus esfuerzos, me puso las manos alrededor del cuello y comenzó a estrangularme. Era fuerte y estaba lleno de odio, pero yo también. Lo miré con rabia al mismo tiempo que trataba de liberar el cuello y con la uña del pulgar, que llevaba afilada como una garra, le crucé la cara con un largo corte.
Cuando se llevó las manos al rostro logré soltarme y abandoné la casa del médico; fui al bosque. Lo más rápido que pude, quise volver a ese lugar en el que habían destrozado los cuerpos de mis hermanas. Quería verlas. Me guio el humo de una hoguera reciente. Allí estaban, en el mismo claro donde la noche anterior se habían desangrado sin remedio mientras mis manos estaban atadas, los cuerpos chamuscados, a medio quemar. Las cabezas, extrañamente intactas, miraban algo más allá de las copas negras de los árboles. Quizás las hubieran dejado como un mensaje para todos los de nuestra especie. Las tomé entre mis manos y les quité como pude los restos de barro; si esto era todo lo que me quedaba, entonces lo llevaría conmigo. Las bocas seguían abiertas y no era difícil imaginar que de ellas estaba por salir un grito, pero no; el silencio era absoluto.
Por años las llevaría conmigo sintiendo que todo lo que ocurría no era más que una pausa entre su gesto de abrir la boca y ese grito, que no llegaba nunca. El mundo se había quedado en silencio para mí.
Y no sabía adónde ir. Alimentarme cerca de los pueblos o ciudades era demasiado peligroso, y en la soledad del campo o la montaña tampoco había suficientes oportunidades para hacerlo. Volver a adentrarme en la espesura no parecía la solución. Decidí avanzar en sentido contrario, moviéndome solo de noche y ocultándome de día. Si era necesario, dejaría de comer. Estaba débil, pero tenía mis recursos.
Así conocí las ciudades por primera vez, y supe que no había mejor lugar para esconderse. A nadie le llamaba la atención una vagabunda. Por la noche, en las calles de piedra, yo era una más entre las almas perdidas que buscaban refugio. Hasta de día me atreví a mostrarme algunas veces, cubierta con velos oscuros que sostenía con una mano, como enlutada, y algún pasante casual en medio de la multitud se quedaba prendado de mí como si ocultara secretos dulcísimos en lugar de terribles.
Pronto comprendí que era más fácil viajar como una dama de alta sociedad y conseguí quienes quisieran llevarme a cambio de la mejor compañía, la de la extranjera misteriosa que conocía todas las lenguas. En Varsovia aprendí a tocar el piano, en Viena frecuenté por primera vez museos y bibliotecas. Aunque mi mente no dejaba de volver a ese período en el que mis hermanas y yo habíamos vagado juntas como animales, sin pensar en otra cosa más que en alimentarnos, comprendí los esfuerzos de los hombres para ser algo más que esa carne sufriente que temblaba bajo mi boca. Ese conocimiento me volvió doblemente monstruosa: podía cazar como un lobo pero ahora sabía que esa necesidad de alimentarme no cesaría jamás, no dejaría de repetirse a sí misma ni tendría otro propósito más que el que yo misma, sin creer en él, fuera capaz de asignarle. Cuando todo está quieto alrededor, todavía puedo sentir esa certeza atravesándome el pecho como garras.
Me hice llamar condesa, baronesa, señora, mientras atravesaba Europa con dos cabezas escondidas en una valija. En todas partes maté, porque no quería alimentarme y dejar que mis presas siguieran vivas con mis marcas al cuello, y deshacerme de los cuerpos se tornaba cada vez más difícil. Me cambiaba de nombre en cada nuevo destino, y ni siquiera a los que fueron amables conmigo les perdoné el defecto de tener sangre viva corriendo por las venas. Me hacía llevar en trenes o carruajes, alojar en los hoteles más lujosos, y luego dejaba esparcidos a mis amantes por suburbios o callejones perdidos, como cáscaras vacías. Desde Bratislava hasta Praga me moví tan rápido como si me persiguieran; después pasé por Dresde y remonté el curso del Elba hasta Hamburgo, donde conseguí una amante que me llevó hasta Bremen.
Entonces me asusté. La noche en que entré desnuda a su habitación en el hotel donde nos alojábamos cometí la locura de dejarme llevar y la consumí entera sobre la cama, sin tomar ninguna clase de recaudo. Quizás porque era hermosa, quizás porque me sentí embelesada por su cuerpo pálido que era parecido al mío. Después me puse su ropa y salí; ella era una mujer poderosa y la policía no tardó en esparcirse por la ciudad para buscar al asesino que la había dejado tendida en la cama, con extrañas marcas en el cuello. También encontraron, entre nuestro equipaje, las cabezas de mis hermanas, y se las llevaron como evidencia. Para recuperarlas tuve que dejar un reguero de sangre y arruiné en una noche el sigilo de años. Irrumpí en la estación de policía como una fiera y destrocé todo lo que se interpuso en mi camino hasta apoderarme de esos restos que me pertenecían; jamás permitiría que los conservaran como trofeos. Después de eso, ya no hubo vuelta atrás. Me costó sortear la vigilancia y, desorientada, llegué hasta el puerto. La visión de los barcos me hizo entender que la única manera de estar a salvo era alejarme hasta el otro lado de la tierra, donde no pudiera ponerme en peligro ese rastro de crímenes que había dejado a través de medio continente. Por otra parte no había vuelto a cruzarme con uno de mi especie, lo que me hacía pensar que la cacería había alcanzado a muchos aunque, recluida durante siglos, nunca había tenido una idea cabal de cuántos éramos. Solo porque éramos una leyenda que los relatos ubicaban en un pasado lejano, superado por el mundo moderno, imaginaba que no quedábamos muchos, y que los pocos que sobrevivían lo harían aislados, como yo. Al parecer, Europa se había liberado de la plaga. Eran las revoluciones y las guerras entre imperios lo que ahora ocupaba la atención.
Esa noche definitiva, frente al agua que duplicaba sobre su superficie el perfil de los barcos, sentí una extraña calma. Me detuve ante una embarcación cualquiera en la que estaban terminando de cargar equipaje. Era una goleta que esperaba, con las velas arriadas, el momento de hacerse a la mar. Pregunté cuál era su destino y un marinero me dijo palabras que nunca había escuchado: Nueva York, Brasil, Argentina. Puerto de Buenos Aires. Era un buen presagio; hasta esos nombres parecían provenir de un idioma desconocido. Le pedí que me mostrara el interior de la nave y se rio, mientras juraba con voz ronca que era imposible. Pero cuando me descubrí la cabeza, que llevaba oculta bajo la capa, me tomó la mano y, después de quedarse paralizado durante unos segundos, me hizo cruzar con él el puente que me separaba para siempre de ese continente en el que había pasado siglos.
Lo último que hice, a medida que el barco se alejaba del puerto, fue arrojar al agua las cabezas de mis hermanas; comprendía que lo que para mí era un tesoro bien podía tomarse por un elemento acusatorio, y no era algo que debiera llevar conmigo a un mundo nuevo. Las contemplé por última vez mientras se hundían en el agua negra, y entonces ya no tuve nada.
Sumida en esta clase de pensamientos, esperaba que descargaran el baúl en el que estaba escondida. Si aprendía a moverme sin dejar huellas en esta tierra nueva, a ser imperceptible, y sobre todo a mantenerme en el reino de la ilusión, que era mi refugio, tendría una oportunidad, aunque más no fuera de sobrevivir.
En un impulso, me cubrí con algo de ropa que quedaba en el fondo. Pasó mucho tiempo hasta que se escucharon voces en la bodega y levantaron el baúl con cierta brusquedad. Sentí cómo lo descargaban sobre un bote, el movimiento ondulante y el ruido de los remos al golpear el agua. Después de un tiempo que me pareció largo comprendí que traspasaban el baúl a otra clase de transporte, seguramente uno de esos carros que había visto desde el barco a juzgar por el violento balanceo y el ruido, una vez más, del agua. Supe que había llegado cuando, con otro movimiento brusco, me depositaron sobre suelo firme. Al cabo de un rato me volvieron a levantar, y me llevaron a lo que parecía una suerte de depósito.
En esta ciudad nueva tendría que ser más cuidadosa que nunca. Alimentarme con mucha frecuencia y dejar un reguero de víctimas a mi paso era lo peor que podía hacer y una amenaza para mí, porque en ese caso se volvería imposible que no me descubrieran. Quizás el tiempo de mi especie sobre la faz de la tierra estaba llegando a su fin, pero a mí me bastaba con poder saciar de vez en cuando esta sed que lastimaba.
Cuando se acallaron los sonidos a mi alrededor, amparada por la noche, salí de mi escondite.
Capítulo 2
Nadie sabe lo que es ser como yo. Nadie se lo imagina. Los humanos han inventado una multitud de historias en las que los de mi clase no tenemos vida propia, si se me permite la licencia poética: solo existimos para estar en sus pesadillas. Dudo de que puedan entender esta sed, que es imposible de saciar. Y mucho menos esta voluntad insólita, pertinaz, de no entregarnos a la muerte final, que solo puede explicarse por el hecho de que somos bestias.
Mis primeros años aquí fueron odiosos. No tenía adónde ir y vagaba por la ciudad, de noche, buscando lugares para esconderme, aunque tenía que cambiarlos cada varios días. Buenos Aires era estrecha y todo en ella estaba a medio hacer. Las casas más antiguas eran bajas, de paredes anchísimas. Parecían agujeros húmedos con las paredes pintadas a la cal, oscuras tras altísimas rejas. En otras partes de la ciudad se construían edificios para dar alojamiento a los recién llegados, se cubrían las plazas de baldosas, se terminaba la fachada de la Catedral. En Buenos Aires había personas como nunca había visto. Negros que transitaban las calles, y en el transcurso de los meses supe que los habían traído como esclavos de un continente lejano, aunque luego habían sido liberados. Otros a caballo que vestían una prenda llamada poncho, solo un trozo de lienzo con una abertura por donde pasar la cabeza. Venían de las afueras de la ciudad, del lugar al que llamaban desierto; ellos, como yo, aprendían el español y lo miraban todo con desconfianza. También había europeos que parecían atónitos, fuera de lugar. Disimulada entre la gente y vestida con la sencilla moda que llamaban “criolla”, a nadie le llamaba la atención una extranjera más. Yo me movía por las calles entre soldados, estudiantes, sirvientas y vendedores, y de las conversaciones que oía al pasar, o preguntando yo misma, trataba de comprender las reglas de este mundo novedoso.
Me acuerdo del cielo, que por entonces se podía ver, antes de que la ciudad se convirtiera en una contrincante demasiado luminosa. Estrellas diferentes a las que conocía, y en el medio de todas La Vía Láctea, que mis ojos no vieron nunca más. Es imposible recordar la presencia del cielo cuando el cielo no está. Y con la conquista de la oscuridad llegó, también, el fin las pesadillas. Cuando las noches eran negras como el ala de un cuervo los terrores reptaban desde el suelo, se enredaban en los pies. En la ciudad iluminada débilmente por faroles de gas, yo me fundía con la noche.
Me gustaba recorrer la zona del puerto, llegar hasta el borde del río para imaginar el viejo castillo en el que habían transcurrido mis primeros siglos y saber que un océano nos separaba. El murmullo del agua volcada sobre sí misma, o entre las piedras de la costa, era calmo. Nunca había vivido tan al borde de la tierra. A veces me preguntaba si en alguno de esos barcos que mecían sus velas en la paz de la noche no habría llegado alguno como yo. O contemplaba los desembarcos y trataba de adivinar qué traían esos baúles que se descargaban en los botes: ¿Libros? ¿Terrores?
En aquel tiempo el barro se adueñaba de todo. Buenos Aires tenía unas pocas calles empedradas pero el resto era tierra, y en las noches de lluvia se me hundían los pies. Me acostumbré a estar siempre cubierta de barro, o del polvo que levantaban los carros con sus ruedas, los caballos. Lo sentía en el pelo, sobre la cara. Se metía en los ojos. Cubierta por una capa raída deambulaba bajo los faroles de gas, que parecían nuevos. Por las noches la ciudad era silenciosa, aunque no faltaban los gritos, la música de un baile o el traqueteo de algún carro que cruzaba las calles desparejas con sus ruedas enormes. De vez en cuando llamaba la atención la presencia de una mujer sola en las calles, a la noche, cuando todas las damas decentes estaban recluidas hacía varias horas en sus casas. Pero yo me encargaba de que el impertinente que se acercaba para dirigirme la palabra no volviera a preguntar nada más en su vida.
Lo primero que comprendí al llegar fue que la ciudad era poco más que un pueblo, a pesar de sus pretensiones, y eso me convenía. A veces atacaba y consumía a mi presa hasta que se desangraba sobre el suelo, otras era más medida y la dejaba vivir. Me alimentaba con indiferencia; necesitaba sangre y la obtenía. Eso era todo. No era difícil cazar y luego disponer los restos de la víctima de tal modo que pareciera haber tomado parte en una pelea callejera, un ajuste de cuentas. Los hombres morían todos los días en esa ciudad aún salvaje, y a nadie le importaba mucho. Algunos eran inmigrantes que habían llegado solos; otros, negros y mulatos, descendientes de esclavos, indios, cuyas vidas valían menos que la ropa que llevaban puesta. Las familias de bien pretendían gobernar el país, asistían al teatro o a tertulias donde alguna dama los deleitaba con el sonido del piano, que llegaba hasta mí a través de las ventanas iluminadas. Los que estábamos en la calle nos jugábamos la vida.
Mientras tanto terminaba de adquirir los sonidos de esa lengua que me parecía algo vulgar, como demasiado blanda. Pronto pude hablarla con fluidez y dejar de sonar como una extranjera. Ni siquiera traté de hacerme pasar por una dama de sociedad, como había hecho antes. Este lugar era reducido y no podía correr el riesgo de que la población más notable de Buenos Aires, que era un círculo reducido, se preguntase por mí. Me dediqué a cazar entre lo más bajo del pueblo, aguateros, matarifes y lavanderas, mendigos incluso. Me abstuve de bautizar a otros con mi sangre y hacerlos como yo para no contar con una horda de criaturas iguales a mí que, tarde o temprano, terminaría por ser descubierta.
Tenía que moverme con astucia, administrar las mordeduras, pensar con frialdad. Así tuve que hacerlo desde entonces cada vez que me alimentaba. Me ponía furiosa, eso y tener que deshacerme con cuidado de los cuerpos, como si fuera una asesina. Pero pronto, a pesar de que era más trabajoso, se volvió rutinario. Anhelaba un lugar en el que pudiera simplemente cazar y comer sin tener que esconder los restos, borrar las huellas. Pero sabía que semejante lugar no existía en este mundo.
De día me ocultaba en alguna casa abandonada, pero eran un bien escaso en la ciudad. A veces elegía una habitación de hotel desocupada, el subsuelo del teatro, incluso habitaciones de servicio al fondo de las casas. Llegué a resguardarme en corrales, sumergida en ese olor inmundo. De noche volvía, una y otra vez, a la vera del río.
Allí encontré cierta noche a una muchacha que, igual que yo, estaba cometiendo la transgresión de vagar en esa hora vedada a la población femenina. Me vio de pie sobre un promontorio de rocas que de día ocupaban las lavanderas y me habló. Era una noche clarísima y las dos, imaginé, estábamos ahí para admirar el espectáculo de la luna llena, cuyo reflejo ondulaba en el río. Ella parecía inocente como un pájaro, y me habló con una sencillez con la que nunca nadie se había dirigido a mí.
—Oiga, señorita, el suelo es un poco resbaloso, le conviene tener cuidado. Las lavanderas están acostumbradas, pero usted no parece serlo…
Su voz era plateada, como la luna cuando tocaba el río. Le dije que tendría cuidado y pregunté si era lavandera. Con una pizca de soberbia me respondió que sí, pero que había nacido, eso dijo, en cuna de oro. Solo al llegar a la adultez se había visto obligada a ganarse la vida. Prosiguió, contándome que estaba destinada a una vida de holgura, y que su padre se dedicaba a la política.
—Era gobernador, el hombre más poderoso de estas tierras —agregó, como si hablara para sí misma—. Pero se ha ido.
Me di vuelta para mirarla a los ojos. Era hermosa, de grandes ojos negros y la piel muy blanca a pesar de que, como lavandera, seguramente pasaría horas al sol. Tenía el pelo trenzado y recogido sobre la cabeza. No me podía explicar qué estaba haciendo esa muchacha en un lugar tan solitario.
—No me cree, ya veo —me dijo con un reproche que escondía una risa—. ¡No la culpo! Si parezco una pordiosera. Ojalá pudiera verme en mis ropas de antaño, allá en la quinta donde pasé mi infancia. Me llamo Justina, ¿y usted?
Preferí perder la vista en el río en lugar de responder.
—¡Ah, secretea! Está disculpada. Quizás sea una locura hablar con una desconocida a estas horas de la noche pero, sabe… un poco de locura tengo en mí, desde que mi vida se derrumbó. No tiene que extrañarle.
—¿Quién no tiene su cuota de secretos? —le pregunté, y estiré mi mano para rozar la suya.
La sentí estremecerse al lado mío, como si la hubiera atravesado una ráfaga helada, y supe que la estaba asustando. Decidí tranquilizarla para que se quedara conmigo. Inventé una historia, dije que yo también había perdido la posición en que había sido criada y ella supuso que debía tener un pasado triste, que una mujer elegante y con acento extranjero no terminaba vagando por las noches en esta ciudad a menos que le hubiera ocurrido una desgracia. Como toda respuesta incliné la cabeza, simulando pesar. Lo insólito era que Justina no estaba tan lejos de la verdad, aunque yo nunca me hubiera pensado como una víctima de la suerte mientras me esforzaba por adaptarme a este nuevo lugar, a las condiciones en que llevaba a cabo la caza.
Justina continuó la conversación de la que yo, en mi mente, me había alejado.
—Va a pensar que soy una atrevida pero, ¿me permite que le muestre un lugar especial? El más espléndido de Buenos Aires, por si no lo ha visto. Eso sí, será necesario caminar unas cuantas leguas. Quizás tengamos suerte y hasta pueda encontrarle algo mejor para vestirse.
Esa noche la hubiera seguido a cualquier parte. Había algo en su atrevimiento, en la naturalidad con que paseaba por la ciudad como si fuera la Plaza Victoria a pleno día y no un territorio hostil, sembrado de peligros, que me atraía. De pronto me tomó la mano y me condujo hacia el bajo a la luz mortecina de los faroles. Subimos por las calles empedradas con lentitud, a pesar de que nos separaban varias leguas de ese lugar prometido en las afueras de la ciudad. Dos jóvenes oficiales nos cruzaron en dirección opuesta y nos dedicaron una reverencia, al tiempo que nos recordaban que a esas horas de la noche la calle no era lugar para dos señoritas. Justina soltó una carcajada rítmica. Yo me hundí más adentro de mi capa y reprimí el impulso de saltarles encima.
Seguimos caminando hasta que el empedrado quedó atrás y las calles se hicieron de tierra. Las casas eran cada vez más bajas, algunas solo chozas de madera, y empezaban a escasear. En el interior de algunas brillaba la luz, y los perros ladraban junto a la puerta. Pronto estuvimos en el campo. Justina me señaló un largo camino de tierra y dijo que llevaba al Cementerio del Norte. No hubiéramos podido avanzar en ese descampado de no ser por la claridad de la luna, que todo lo bañaba de una luz tenue.
Mientras Justina me hablaba de su niñez en medio de la opulencia yo le miraba el ruedo del vestido, lleno de barro, y las trenzas que en la agitación de la caminata se deshacían cada vez más. Todo me lo contó, a gran velocidad y con gran énfasis: el nacimiento como hija bastarda de un hombre poderoso, la belleza de su madre, la canción de cuna que entonaba por las noches con una voz dulcísima y que Justina tarareó para mí, en medio del silencio más completo.
Había tenido horas felices la vida en esa especie de palacio de cuento oriental, según lo imaginaba, con avestruces y flamencos. De niña le gustaba correr por los jardines semisalvajes detrás de los monitos y las liebres, a los que llevaba unos granos de maíz o un pedazo de fruta. La madre la retaba por arruinarse los vestidos y robar de la cocina, pero sus reproches eran suaves. El miedo real, que la paralizaba, era cuando llegaba él, con su vozarrón y esa presencia que modificaba todo. Entonces les ordenaban, a ella y a sus hermanos, permanecer en las habitaciones destinadas a los niños y guardar silencio.
—Pero mentiría si dijera que lo recuerdo —dijo pensativa—. No tengo siquiera una imagen de su cara. Solo sé que lo odiaba, porque nos divertíamos hasta que llegaba él, y porque fue la única persona a la que vi despreciar a mi madre.
El resto del tiempo podían vagar libremente por la quinta, comer a su antojo de los árboles frutales, bañarse en el lago artificial donde a veces se deslizaban pequeñas embarcaciones a remo y hasta un barco de vapor. Era posible que Justina estuviera inventando un lujo desconocido solo para mí, pero no me lo parecía. Ni siquiera sabía leer; a nadie le había parecido que valiera la pena enseñarle. Su niñez había tenido la cuota de libertad destinada a los niños de los que no se espera nada y, aunque la mía había transcurrido en cautiverio, en eso nos parecíamos. Por un instante, y como una imagen que llegaba desde muy lejos, velada por varias capas de oscuridad, vi a mi madre llevándome de la mano, cuesta arriba hacia el castillo, para entregarme a Él, yo una niña inocente que solo protestaba por el esfuerzo de la caminata.
Justina me sacó de mi ensoñación para decirme que ya estábamos por llegar. Detrás de una larga hilera de palmeras que se desplegaba frente a nosotras estaba la casa. Avanzamos unos pasos más, y de pronto la tuve frente a mis ojos.
Era una visión inesperada. Una gran villa italiana, de planta baja coronada por azoteas bordeadas de rejas, se alzaba en medio de jardines abandonados, iluminada únicamente por la luna. La maleza lo invadía todo y la sensación de soledad era extrema, como si de pronto todos los habitantes de esa quinta fantástica hubieran tenido que abandonarla ante el acecho de alguna peste. De algunos árboles colgaban esqueletos o partes de ellos, como el decorado de una fiesta macabra, y en el terreno frente a la casa era posible tropezar con alguna calavera oculta entre los pastos demasiado altos.
Justina se acercó con naturalidad y me indicó una entrada lateral, bordeando una galería donde las puertas estaban tapiadas. La seguí sin dudarlo. Frente a mis pies pasó ondulando una pequeña víbora, que pronto desapareció entre la vegetación salvaje.
—Es por acá, ¡vení! —me ordenó ella, y acepté su invitación embelesada por esa familiaridad nueva con que se dirigía a mí. Justina conocía una entrada secreta.
Ingresar a la casa fue hundirnos en la oscuridad, con apenas un reflejo desmayado que se colaba desde las ventanas. Adiviné, más que vi, los altos techos de madera, las lámparas con caireles que pendían de ellos como joyas olvidadas. Los destellos en el vidrio eran lo único brillante en el interior de la casa, además de algunos espejos extrañamente intactos.
Justina estaba de pie delante mío, inmóvil, según imaginaba, en la contemplación de sus recuerdos. Me acerqué por detrás y me atreví a levantar una mano para tocarle el pelo. Ella me dejó hacer. Despacio, como si fuera la materia más preciosa que hubiera tocado jamás, le deshice el peinado. La mata de cabello oscuro le cayó sobre la espalda. La visión de mis hermanas y sus largas cabelleras, tan similares, me llenó de una extraña euforia, pero enseguida recordé la última vez que había visto esos cabellos esparcidos en la nieve. De pronto Justina reaccionó, se dio vuelta para mirarme divertida y se sacó la parte superior del vestido. Su camisa blanca resaltaba con la poca claridad que había en esa estancia. Justina me explicó que allí tenían lugar los bailes y empezó a ejecutar los movimientos del minué.
—A nosotros no nos dejaban asistir, éramos niños, pero espiábamos todo desde la ventana. Luego jugábamos al baile en nuestra habitación. ¡Era magnífico! Además, en los días de fiesta sobraban el chocolate y las masitas y siempre nos tocaba un poco. Pero, ¡vamos al lago! ¡A bañarnos!
Antes de que pudiera negarme me sacó la capa y me miró largamente. Me quedé paralizada, esperando su próximo movimiento. Pero sin decir una palabra se desabotonó la camisa, con algo de torpeza, luego se desató la pollera y la dejó caer junto con las enaguas. Su ropa interior era blanquísima, inmaculada. Se la sacó también, con mucha naturalidad, y después se acercó para hacer lo mismo conmigo. Pude sentir el olor acre y humano que despedía su cuerpo, un perfume que tuve ganas de aspirar directamente de su cuello, como si pudiera beberlo. Me desvistió muy despacio. Yo cargaba con la suciedad de años, parecía una mendiga al lado de ella, vestida con ropa sencilla pero limpia. Entre risas, Justina hizo un bollo con mi ropa, la cargó en sus brazos y me ordenó que la siguiera.
Salimos y la pude ver bajo la luz de la luna, blanca y aniñada, con pechos diminutos. El latido de la sangre cercana se estaba haciendo insoportable para mí, pero quería mirarla todavía un rato más. Tenía todo el tiempo del mundo, en ese paraje abandonado, para hacerla mía.
Atravesamos juntas la explanada que terminaba en una hilera de sauces; más allá de los árboles estaba el agua, una especie de lago artificial con paredes de ladrillos. Justina la rodeó por un camino de tierra para llegar al otro lado, donde la costa hacía un suave declive que terminaba en el lago. Se agachó en la orilla y entonces, con mucha concentración, se puso a fregar mi vestido y mi capa. Le miré la espalda mientras lo hacía, fina y musculosa, acostumbrada a esa tarea. El pelo le caía sobre un hombro y dejaba al descubierto la línea que bajaba hasta la cintura. Era justo ahí, y también en la nuca, cubierta de una pelusa suave que terminaba en un triángulo casi imperceptible, donde ardía por apoyar los labios. Me gustaba su capacidad para mostrarse indiferente, desentenderse de mí, tanto que me llevaba a dudar de mi presencia.
Cuando terminó se puso de pie y me invitó a entrar al agua con ella; así lo hice. Estaba fría. No me importó, pero ella tiritaba y se pasaba las manos por los pezones erguidos. Se acostumbró un poco a la temperatura, y entones se hundió más. Con una mano me atrajo hacia ella y me dio vuelta para lavarme el pelo. Lo tenía muy largo, lleno de tierra. Duro. Justina lo fregó con delicadeza mientras intentaba desenredarlo, y se reía. Era casi imposible soportar la tentación de morderla, pero ¿a quién quería engañar? Hacía demasiado tiempo que no me tocaban, y lo sentí hasta la última gota. Ella jugaba, me arrojaba agua con las manos. Yo levantaba los ojos al cielo y miraba la luna.
De pronto cambió de opinión y me tomó de la mano para sacarme del agua. Volvió corriendo hasta la casa y fui detrás de ella. Se escabulló por una puerta, y luego otra, para hundirse más en la oscuridad. Yo escuchaba sus risas pero no la veía. Seguía ese sonido de plata y el perfume de su cuerpo, ahora mojado. No fue difícil, para un animal habituado a la caza, dar con ella. Estaba apoyada contra una pared, jadeante. Tenía el pelo húmedo.
La abracé y nos acostamos en el suelo. Cuando bajé por su cuerpo para hundirme entre los pliegues de su carne, tuve mucho cuidado de no morderla. La di vuelta y le lamí la espalda mientras buscaba su entrepierna y le separaba los labios, abriéndome paso entre el vello. Pude tocar esa humedad casi olvidada, un estuche palpitante en el que deslicé las puntas de los dedos para buscar los lugares que la hacían gozar más. Quería lamerla ahí, pero Justina gemía de placer y sentí el arrebato de la sangre, que me llamaba. Me incliné sobre su nuca y la mordí en el costado del cuello lo más fuerte que pude. La sangre empezó a fluir y me llenó la boca de calor. Yo estaba en éxtasis. Ella se sacudió, tratando de zafarse de mi abrazo, pero no por mucho tiempo. Pronto relajó el cuerpo hasta el desmayo, y pude llenarme como no lo había hecho en mucho tiempo. La chupé en un rapto de placer, desesperada. Me pasé la mano por la boca para esparcir la sangre, que seguía tibia, me la desparramé por el pecho y aluciné a la vista de mis manos rojas. Quería bañarme en ella.
Me sentía otra vez como la criatura de la noche que era.
Por fin separé la boca del cuello de Justina y, satisfecha, salí al encuentro de la luna. Tendí los brazos al cielo y le grité, en una súplica que fue tan inútil como todas las súplicas. Le pedía que me recibiera.
Cuando los primeros rayos del sol se insinuaron sobre la hierba recogí mi ropa, que todavía estaba húmeda. Entré a la casa y la puse a secar encima de una silla. Después me paré al lado de Justina y la miré con intensidad. Tenía que vigilarla, sobre todo para impedir que huyera. Se había puesto más blanca, si es que eso era posible, y la sangre coagulada le formaba una costra oscura sobre el cuello. La di vuelta para verle la cara. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, en un gesto que aluciné era de placer. El pelo la rodeaba como un manto. La tomé en mis brazos y la llevé hasta una de las habitaciones, dominada por un lecho de caoba en el centro.
La casa, se podía ver, había sido saqueada pero no por completo, como si una maldición pesara sobre los objetos que contenía, o sobre el edificio mismo, e impidiera que lo ocuparan, a lo que había contribuido hasta cierto punto la clausura de las galerías exteriores. En los días que siguieron tuve tiempo de recorrerla a mis anchas. Había espejos venecianos en algunos cuartos, un detalle absurdo cuando resultaban ser el único objeto en toda la estancia. Ninguno fue testigo de mi paso fugaz. Pensé en Justina, obligada a abandonar este palacio que quizás, durante sus primeros años, era todo lo que conocía. Perdida en la ciudad, de noche. Quizás loca.
En una habitación de pesados cortinados rojos cargados de polvo, un piano dormía el sinsentido de que ninguna mano levantara su tapa y le diera uso. Lo abrí para hacer sonar algunas notas. Estaba desafinado, y esa música chirriante parecía la única apropiada en ese lugar, que existía para nadie.
Justina no tardó en despertar. Cuando escuché su voz fui rápido hasta la cama donde descansaba y la encontré llevándose la mano al cuello, con un gesto de dolor. Me apuré a abalanzarme sobre ella. Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba pasándole la mano por el cuerpo, frenética, y tomando de nuevo esa sangre que me había embelesado. Quería beberla toda, aunque sabía que eso equivalía a quedarme sin Justina. Le puse la mano en el pecho y pude sentir que el corazón latía más despacio, se callaba delicadamente, pero eso no me detuvo. Me incliné sobre el cuello y tomé más, más de esa sangre preciosa, hasta que el cuerpo se sintió inerte. Entonces levanté los ojos de la cama y alcancé a ver una niña vestida de blanco que se dio a la fuga a través de la puerta.
Puesto que estábamos solas en la casa, me resultó inexplicable la presencia de esa niña, pero no la seguí; el cadáver de Justina, ahora vaciado, me retuvo en esa habitación donde la oscuridad iba cambiando de parcial a total mientras los días daban paso a las noches, cada vez más negras. Me quedé durante mucho tiempo.
A veces cerraba los ojos y al abrirlos creía percibir la blancura pálida del vestido de la niña en la penumbra, el sonido de su respiración quieta. El día y la noche terminaron por fusionarse en el letargo de la espera, o acaso era la prisionera de una fuerza desconocida que me mantenía en un estado de confusión, sin entender si tenía los ojos abiertos o cerrados, si había pasado el tiempo, o solo el sueño.
Pero la naturaleza siguió su curso. Llegó el momento en que el vientre se hinchó, como si en él llevara el fruto insospechado de nuestras relaciones, y empezó a despedir un perfume que ya no era el de Justina sino el de todos los que, ganados por la muerte, desatan por fin el trabajo de destrucción que llevan dentro. Yo deambulaba por esa especie de castillo, esperando la aparición de la niña que, sospechaba, estaba enojada por el destino de Justina. Seguía desnuda, tal como había quedado aquella noche, y el hambre me estaba mordiendo por dentro una vez más. Quería irme pero, por alguna razón, el cadáver era un imán, una piedra que me retenía en la casa contra todo instinto.
Si acaso me pregunté qué era un cuerpo, el cadáver de Justina se negaba a contestarme, se envolvía como una larva en su silencio.
Llegó la luna nueva y cuando el círculo se completó otra vez, sentí que algo se estaba cerrando. En esas noches claras subía a la azotea y me dejaba bañar por la luna, como si pudiera elevarme al contacto de la luz.
Pasaron las semanas. Líquido negro le brotó a Justina de los labios y cayó por la comisura de la boca, como si se hubiera alimentado del charco más infecto y estuviera demasiado llena. No era sangre impura, era el líquido de putrefacción. Ahora ella se parecía a mí, pero en la muerte. Sentí que había llegado la hora. No quería quedarme para ver cómo esa carne se resecaba hasta pegarse a los huesos, se volvía color caramelo y emanaba la melancolía infinita de los cuerpos convertidos en un descarte, una cáscara vacía. Quizás lo intolerable, incluso para mí, era la superposición de las imágenes: Justina viva, Justina desnuda junto al agua, el mecanismo de sus músculos en acción, suave y seguro. Justina cadáver esculpido, borroneado por la destrucción.
Una vez más vi a la niña de vestido blanco, desde la altura. Yo estaba en la terraza y ella atravesaba el parque frente a la mansión. Cuando notó mi presencia se detuvo y se quedó mirando en dirección a mí, pero no estaba segura de que fuera yo lo que miraba. Entonces pude verle la cara por primera vez y me paralizó; se parecía a Justina, los mismos ojos negros y la boca pequeña, la expresión divertida y al mismo tiempo arrasada por una tristeza prematura. O mejor dicho, todavía no era Justina.
Una figura surgió de las sombras detrás de los árboles y se le acercó mansamente. La niña no se movió; a pesar de que el animal era feroz, parecía obedecerla. Se veía como una especie de tigre pero luego supe que venía de la selva y era un yaguareté. Creí adivinar que me mostraba los dientes, pero quizás fue un truco de la oscuridad, solo un brillo.
Ya no estaban cuando bajé al jardín. Volví a entrar en la casa para cubrir mi desnudez después de tantos días, pero en lugar de mi vestido viejo me llevé la ropa de Justina. Me puse su camisa, su pollera, los botines, y abandoné la quinta en dirección a la ciudad. Muchos años después, cuando la dinamitaron, yo estuve ahí. Fue un espectáculo magnífico.
Capítulo 3
No sé cuánto tiempo pasé en el castillo abandonado de Justina pero, cuando volví a la ciudad, la encontré transformada. La mayoría de los hombres había partido a la guerra en un lugar llamado Paraguay, apenas se hablaba de otra cosa. Las mujeres lloraban por las calles, se retorcían de preocupación, esperaban a los barcos en el puerto para recibir noticias de sus maridos, sus hermanos, sus hijos. Muchos no volverían o lo harían mutilados, rotos. En la mayoría de las casas faltaban los hombres, y el desamparo de las mujeres me convenía. Los pocos médicos que había, por otra parte, estaban ocupados atendiendo a los que regresaban enfermos del norte. Apenas podían prestar atención a los cuerpos que aparecían desmayados, con dos orificios en el cuello.
Buenos Aires no creía en fantasmas. Los únicos habitantes en cuya mirada había visto, de tanto en tanto, un destello de reconocimiento fugaz, eran los indios. Pero me tenían miedo, no eran una amenaza para mí.
Con respecto a los otros, en lugar de salir a cazar a veces me bastaba con pararme frente a una casa, cubierta con una mantilla blanca que había tomado de las lavanderas a la orilla del río, y esperar a que me invitaran a pasar, creyéndome extraviada. Entonces cruzaba el zaguán, luego el patio, perfumado por el aroma mortuorio del jazmín, y seguía a las damas hasta una sala fresca, sombría. Algunas llamaban a las criadas y les ordenaban que me trajeran una bebida. Otras me hacían sentar y después de conversar un rato tocaban el piano para mí, o declaraban que querían dibujar mi retrato, cosa que por supuesto no podía permitir. Todas eran hermosas y estaban aburridas. Me gustaba inventar historias para ellas, contarles vidas imaginadas que podían haber sido la mía.
A veces me hacía pasar por la esposa desdichada de un oficial del ejército de cuyo paradero no se tenían noticias. Lloraba a mi enamorado, lamentando mi viudez prematura, y las jóvenes casaderas suspiraban conmigo, o las madres me consolaban y derramaban profusas lágrimas pensando en el destino de sus hijos. Era difícil saber si en ellas pesaba más la tristeza por los varones ausentes o la fascinación de estar inmersas en un episodio novelesco. Muchas veces pensé que era esto último por el entusiasmo con que respondían a mis declaraciones de pasión, cuando acaso decidía seducirlas antes de atacar. Sin embargo fui cuidadosa; la población era reducida y no podía permitir que mis cacerías llamaran la atención de una prensa que, si bien era escasa y estaba absorbida por la guerra, no dejaba de lanzarse hambrienta sobre cualquier historia medianamente truculenta o atractiva.
Hasta el fin de la guerra, las semanas pasaron sin sobresaltos. Me alimenté hasta quedar hastiada, y solo espacié las cacerías a partir de la noche en que escuché a un estudiante algo borracho contar a una ronda de colegas, en la mesa de un café, la leyenda de la dama de mantilla blanca que lloraba frente a las casas de mujeres decentes y se hacía recibir con fines sangrientos.
Pero faltaba mucho tiempo todavía para que Buenos Aires volviera a la normalidad, porque entonces se desató la peste. Fue durante el Carnaval, días odiosos en que los habitantes de la ciudad, además de disfrazarse y organizar bailes de máscaras, se dedicaban a arrojarse agua unos a otros, y que yo aproveché para cazar a mi antojo. Detrás de los antifaces de colores, las miradas se congelaban de espanto en el instante del reconocimiento.
Las muertes habían empezado mucho tiempo antes, pero en menor escala. La ciudad había crecido desordenadamente; los miles que bajaban de los barcos provenientes de Europa iban a parar al sur, amontonados en casas infectas, cerca de un Riachuelo que, igual que la parte más indecente del cuerpo, se llevaba los desechos, la basura y los animales muertos que irían a teñir de inmundicia el agua de por sí nada plateada del río. Buenos Aires tenía olor a agua podrida, a cadáveres expuestos al sol; los patios de las familias ricas y las plazas se llenaban con toda clase de plantas que perfumaran el aire y fingieran otra cosa, pero toda la ciudad era un gran cementerio de putrefacción. Un cementerio melancólico, además, porque sus habitantes apenas podían olvidarse de los escasos resultados de esa lucha incesante contra la decadencia.
Así llegó el vómito negro, la fiebre amarilla, menos cromática que su nombre, y se esparció primero por esa zona más pobre de la ciudad irrigada de podredumbre. Pero la desesperación inundó todos los barrios, y pronto fue más común atravesar las calles en un carro rumbo al cementerio que estar vivo. Los que podían, huyeron.
Buenos Aires colapsó bajo un volcán de cadáveres, como si las entrañas mismas de la tierra, ahí donde se intentaba por todos los medios ocultarla, se hubiesen abierto para exponer la muerte en una llaga inmensa.
Los pobres intentaban escapar de la ciudad en tren o en barco; los ricos desaparecieron de la vista, refugiados en el campo. Se fueron, no solo para no morir, sino para no ver. Y de los que sí vieron, dudo que alguno haya dejado de tener pesadillas donde los cuerpos desfilaban incesantemente, pesadillas solares, que coincidían con la vista de las calles a plena luz del día.
No pasa muy seguido que los sueños coincidan con la realidad, y cuando lo hacen es atroz. Un nuevo cementerio fue inaugurado en el Oeste y el tren, que debía traer el progreso, le llevaba cuerpos a montones. Muchas casas quedaron abandonadas. Y después del estallido frenético del Carnaval, pronto sofocado por las autoridades que además impidieron toda reunión pública, se hizo un extraño silencio.
Estaban cerrados los negocios y los cafés; nadie en las iglesias, nadie en las plazas. Los barcos no llegaban al puerto.
Para los días a los que la religión cristiana se refería como Semana Santa, las calles estaban desiertas. Solo el ruido esforzado de las ruedas de carros rumbo al cementerio imponía, letárgico, otro ritmo. Impotentes, olvidados por su Dios, los sacerdotes caían como moscas. Los médicos no daban abasto para recorrer las casas asistiendo a los enfermos. Por momentos el humo de las hogueras llenaba el aire; las casas de los pobres se vaciaban y muebles, ropa, objetos de lo más variados se prendían fuego en grandes pilas frente a las familias que lloraban. Muchos que no hablaban el idioma ni siquiera entendían lo que estaba pasando, por qué el saqueo. Algunos de los que conseguían lugar en un barco para volver a sus países de origen morían en altamar, doblemente desterrados.
Algunas noches, cuando recorro la ciudad, me pregunto cómo reaccionarían todos si a la mañana se despertaran y abrieran las puertas a calles donde los cadáveres estuvieran a la vista, envueltos solo con una sábana en las puertas de las casas. O pasaran apilados en un carro, en una masa indiferenciada de brazos, piernas, caras de dolor. Quizás la perfección para ocultar la muerte sea la victoria más contundente de este siglo.
En aquellos días estuve ocupada, arrastrándome entre moribundos para quitarles la última porción de vida. No era la mejor sangre que mis labios hubieran bebido sino la peor, impura, pero se encontraba en abundancia. Me asqueaba, pero me aplacaba la sed. Sacaba mi tajada como los abogados que ofrecían por módicas sumas firmar un testamento, los ladrones que irrumpían en casas desiertas para proveerse a sus anchas, los sepultureros que negociaban cada ataúd a precios de lujo. Algunos, con la lucidez del último aliento, me pidieron morir, como si yo fuera un ángel piadoso. Alzaban la vista desde el lecho y, en su delirio, me daban la bienvenida. Era eso o la fiebre, el calor insoportable, el dolor que doblaba el estómago.
Era el caos y a nadie le llamaba la atención que caminara por las noches, sola, con la camisa manchada de sangre. Sentí por primera vez algo parecido a la degradación; me estaba convirtiendo en un ave de carroña, alimentada con desechos. ¿De qué manera me fundí con el paisaje? Había sangre en cantidad, pero también experimenté el hastío.
Por esos días ocupé una casa vacía en San Telmo, solo para mí. Era oscura, de una sola planta, se extendía en varios patios hacia el fondo y me gustaba resguardarme en la penumbra, junto a las ventanas que daban a la calle, para contemplar el paso de los carros que llevaban los cuerpos. Los dueños, o quizás los saqueadores, se habían llevado muchas de sus pertenencias, pero encontré varios vestidos olvidados en un baúl. Elegí uno de terciopelo bordó ribeteado en negro con un miriñaque enorme, algo anticuado. La falta era amplia y debajo llevaba varias enaguas con puntillas, más tela de la que nunca había tenido encima, como una armadura. No conseguí atarme yo sola el corset, por lo que decidí descartarlo y usé solo camisa, como las mujeres pobres. Me peiné con raya al medio y el pelo recogido en la nuca, y en las orejas me puse unos largos pendientes dorados.
Había velas de sebo como para iluminar un pequeño apocalipsis y encendí varias, en candelabros y candiles. Las ventanas estaban cerradas y así habrían de seguir. En la sala descansaba un piano de ébano, lustroso como un ataúd, y lo pude tocar a mi gusto en esa casa llena de sombras.
Fue entonces cuando lo conocí. Él también estaba solo en la ciudad y, cuando llegó hasta mí, fulguraba con el aura de la muerte. Estaba convencido de que pronto iba a morir, y no se equivocaba.
Una noche, mientras volvía a la casa que ocupaba en el Bajo después de jornadas agotadoras de atender enfermos casi en vano, me escuchó tocar y entreabrió la puerta sin pensarlo, guiado por la música.
—¿Hay alguien? —lo escuché decir desde el zaguán.
Mi voz resonó por encima del piano cuando le respondí que pasara a su voluntad.
Me di vuelta para mirarlo, sin dejar de tocar, mientras él atravesaba la puerta de la sala. Era alto y caminaba ligeramente encorvado, tenía una barba crecida y un bigote que se adivinaban suaves, a pesar de que venía cubierto de polvo y cansancio. Se sacó el sombrero antes de inclinarse.
—Señora, me temo que no debería estar aquí. Toda la ciudad está en cuarentena…
Se detuvo de pronto cuando me miró con más detalle. De alguna manera debió intuir que yo no estaba sometida al peligro de la fiebre, porque abandonó el tono protector.
—No se preocupe por mí. Puede seguir su camino si así lo desea —dije desde mi lugar frente al piano.
Pero estaba claro que no iba a seguir. Después de guardar silencio durante unos segundos se acercó despacio, atraído por la luz de las velas, y se desplomó sobre un sillón. Desde allí me habló con los ojos cerrados.
—Mi conducta es imperdonable, lo sé bien. No la conozco, pero sé que si no me alejo durante unos minutos de ese infierno voy a enloquecer, y loco no serviría de nada. Esta casa, la música, usted… parecen de otro mundo. Cuanto menos el de antes de la fiebre.
Le dije que podía quedarse si así lo deseaba, que incluso agradecía la compañía, demostrando una amabilidad insospechada hasta para mí. Me senté frente a él, sacando la punta de mi zapato de raso por el ruedo del vestido, y le ofrecí una copa de coñac; cuando se la extendí, la apuró de un trago. Me incliné hacia él para volver a servirle. Llevaba días corriendo de un lado al otro para atender a todos los enfermos que pudiera, me explicó mientras abandonaba en el suelo su maletín. Pero estaban faltando los suministros y, en todo caso, la mayoría de las veces no eran de ninguna utilidad. No podían hacer nada, solo juntar los restos. Había llegado a preguntarse si no sería de más utilidad como sepulturero.
Se interrumpió para mirarme largamente y nuestros ojos se encontraron. Él los tenía oscuros, de cejas y pestañas espesas, con ojeras dibujadas por el cansancio. El pelo era ondulado, peinado hacia atrás, y estaba aplastado sobre la frente por el sudor, el calor, el esfuerzo. Solo el labio inferior le asomaba debajo del bigote, de un rojo cálido, como un ofrecimiento, una muestra de carnalidad que intentara cubrirse con recato.
No tenía nada para decirle, pero quería que siguiera hablando. Me atraía su voz atormentada.
—Usted no sabe… —continuó—. Tengo estos olores metidos en la nariz, de los que haría cualquier cosa por librarme. Cualquier cosa. No es posible aguantarlo más. Tengo el impulso de escapar ya mismo al campo, y sin embargo me quedo. Por las noches sueño que vienen a buscarme en un carro para llevarme al cementerio. Era solamente un sueño, pero hoy… por fin lo vi… en un carro repleto de cuerpos que pasó a mi lado, una mano se movió… era cuestión de tiempo, y me pregunto cuántos más se habrán despertado así, en una fosa o en un ataúd, solo para volver a morir de espanto.
Se tapó la cara con las manos y se frotó los ojos con fuerza. Cuando los volvió a abrir, se veía desquiciado. El sonido de cascos sobre el empedrado llegó hasta nosotros. Lo miré fijo y guardé silencio para darle a entender que esperaba el final de su relato.
—Es lo que imagina, había un hombre vivo entre la pila de muertos —dijo mientras se desabotonaba el cuello de la camisa, olvidado de que estaba frente a una dama.
El dolor que lo atravesaba era palpable.
—Le grité al cochero y frenó al instante —prosiguió—. Tuvimos que subirnos los dos a la caja y tirar de ese brazo con todas nuestras fuerzas para sacarlo de entre los cuerpos. Lo bajamos con cuidado y lo acostamos sobre la calle. El hombre abrió los ojos despacio… estaba confundido. Demasiado débil, no pudo decir palabra. Mejor para él. Le ordené al cochero que siguiera su camino y como pude cargué con él hasta el Hospital General de Hombres. Las enfermeras y los internados celebraron cuando les conté que el hombre había sido rescatado de entre los muertos, pero estoy seguro de que a estas horas estará de nuevo en un carro, y esta vez con justicia. Ya no sé quiénes estamos vivos.
Mientras hablaba me acerqué lentamente hasta él, porque percibí que lo deseaba. Tenía olor a sangre amenazada. La luz de la vela quedó a mis espaldas, y mi cara se hundió en la sombra. Le rocé la cara con los dedos, le hundí las uñas en la barba. El cuerpo le vibraba con una intensidad que resultaba embriagadora. Adiviné que podía bajar por el pecho, desabrocharle la camisa. Podía hacer lo que quisiera con él, o al menos eso creí: estaba desesperado.
—Señora, ¿quién es usted? —interrogó con urgencia—. ¿Cómo puede ser que viva a unas calles de distancia y no la haya visto nunca?
—Usted lo acaba de decir, ya no se sabe quiénes son los vivos. Quizás sea un fantasma.
Con un movimiento brusco él, que hasta ahora había sido muy suave, me aferró la muñeca con toda la mano.
—Ni en las visiones más extremas del opio tuve una sensación parecida. Quiero saber quién es. Normalmente no sería tan impertinente, pero desde la fiebre… las normas sociales están en suspenso.
—Entonces, me llamo María —le mentí—. Y en cuanto a lo que hago aquí… a usted no le importa.
Ante esta provocación, que dije mirándolo directo a los ojos, me tiró de la muñeca y me hizo sentar encima suyo. No se inmutó ante mi rostro demasiado blanco; estaba atravesando un desierto donde la muerte era una presencia cotidiana. Con la mano libre me desabrochó los botones de la chaqueta, uno por uno, con movimientos lentos. Después me tomó con fuerza la cabeza y la inclinó hacia él para besarme. Estaba tibio, tenía olor a menta y alcanfor mezclado con algo más amargo, quinina tal vez. Pero el gusto era entrañable y me llenó la boca, como si quisiera fusionarse con algo que consideraba vivo.
Una de las velas se extinguió.
Yo también le abrí la camisa y le pasé los labios por el cuello. Jadeaba bajo mi boca. Se entregaba con la cabeza echada hacia atrás, y recorrí una y otra vez la nuez de Adán, el borde entre la piel y el nacimiento de la barba. Por fin lo obligué a recostarse en el suelo y le abrí el pantalón. Me levanté la pollera y las enaguas y me senté en cuclillas encima de él, dándole la espalda, así no tendría que mirarlo. Me deshizo el rodete con una mano y tiró fuerte del pelo. Cerré los ojos y me perdí mientras me movía sobre él, tratando de metérmelo más adentro, con sus manos en mi cadera. Me froté el clítoris con dos dedos hasta hacérmelo doler mientras me imaginaba que la vida de él abandonaba el cuerpo en ese mismo instante, dejándolo caliente entre mis piernas. Grité, y me hundí en la oscuridad completa. Deseaba la sangre, pero no todavía.
Me quedé acostada, con el cuerpo doblado sobre el estómago. La luz de las velas se volvía más débil y le iluminaba el tórax, cubierto de vello y sudor, que bajaba y subía con la respiración. Se llamaba Francisco y era el hijo de una familia acaudalada; los padres tenían campos, los habían recibido de parte de Rosas por los servicios prestados en el resguardo de la frontera con los indios. Exportaban cueros y tenían varias propiedades en la provincia. Ya ancianos, habían abandonado la ciudad en dirección al campo durante los primeros días de la fiebre, pero de todos modos la peste los había alcanzado. El hijo médico se había apurado a ir en su ayuda y solo había llegado a tiempo para el entierro, que tuvo lugar en el cementerio del pueblo. El hermano mayor era General del Ejército y había muerto en Paraguay, el menor era religioso. Se llamaba Joaquín y muchas veces, durante las últimas semanas, habían recorrido juntos las casas de los enfermos; Francisco se ocupaba de atender los cuerpos y Joaquín las almas, que le parecían más valiosas. Decía que la peste se debía tomar como una señal de Dios, que expresaba su voluntad. Francisco, como hombre de ciencia, estaba en desacuerdo pero tendía a ser protector con su hermano, la pureza moral que conservaba, su inocente interpretación del mundo.
Él había estudiado medicina casi como un acto de rebeldía, pero ahora no estaba tan seguro de que no hubiera sido mejor idea quedarse en Europa, donde había conocido la vida bohemia junto a un grupo de colegas. A pesar de que la leyenda heroica se difundía por entonces entre los que se habían quedado en la ciudad a combatir la peste, no le interesaba ser un héroe. Tuve la sensación de que estaba asqueado, de que no sabía cómo iba a hacer para seguir viviendo una vez que la fiebre se terminara, si es que lo hacía.
Antes de que la primera luz del amanecer entrara a través de los postigos, me levanté despacio y me puse la ropa. Francisco se fue.
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