Kitabı oku: «Misteriosa Argentina»

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A Luisa Leal Lobo

Un tour lleno de magia y misterios

Son muy pocas las recopilaciones de hechos, geografías y protagonistas como la que El Ateneo tiene el gusto de presentar en este libro. Es que, posiblemente, son muy pocos los que han recorrido el país como lo ha hecho Mario Markic a lo largo de cerca de quince años en su tarea como periodista en medios gráficos y en televisión.

Markic no solo llega a los lugares más recónditos de nuestro país –a la Argentina profunda, como gusta decirse ahora− sino que en cada uno de ellos es capaz de intuir y sacar a la luz historias que para otros pasarían inadvertidas. Su curiosidad inagotable se combina con su recorrido de más de un millón y medio de kilómetros por el país y con su experiencia como periodista que bucea en la psicología de la gente y las sociedades, y en los hábitos y costumbres de cada región. Desde ya, esa búsqueda que nunca termina se anima en cierto espíritu aventurero que, por cierto, nos muestra dos caras de ese camino: el de su sociabilidad, su trato ameno con personas de las más diversas procedencias a las que entrevista y, a la vez, un espíritu solitario, que mira las distintas realidades y se impacta con los hechos curiosos para reflexionar sobre ellos en silencio, un gesto que lo distingue cuando se lo ve a la vera de un camino o conduciendo su camioneta mientras cruza un páramo o se detiene para contemplar un paisaje que lo impresiona. En ambas caras hay, sin embargo, un lugar en común, el de indagar en los sentimientos. “Prima en mí una mirada subjetiva –señala Markic–, porque eso me permite relacionar una situación actual con el pasado”.

En las últimas décadas los historiadores de profesión –lo mismo que los geógrafos− hemos superado ciertos prejuicios que, antes, nos remitían a determinadas fuentes como únicas confiables –como los documentos escritos− y hemos aprendido a valorar otros abordajes. Los lectores de “historias” y quienes gustan de conocer distintas geografías han podido así acercarse a otras realidades no muy próximas en el tiempo y el espacio por medio de múltiples miradas, como las que provienen del periodismo, más cercanas a la crónica y a descubrir detalles de la vida cotidiana. De este enfoque todos hemos salido beneficiados; se ha enriquecido notablemente el gusto por conocer. En efecto, el periodismo busca esas mismas verdades pero las potencia y las ennoblece con el placer y el disfrute de lo cotidiano, de lo “corriente”: compartir una guitarreada con parroquianos y saborear unas empanadas acompañadas por un buen tinto conversando sin tiempo sobre algún tema que se quiere indagar es un modo de explorar una realidad incorporando toda su riqueza humana.

Mario Markic es un explorador moderno que, en las páginas que siguen, devela secretos de una Argentina misteriosa. Un país multicultural, multirracial y de enorme extensión esconde miles de pequeñas historias que merecen rescatarse para acercarlas al gran público. Y nuestro autor tiene ese ojo, el de saber qué piedra hay que levantar para que, debajo, aparezca aquello que no ha sido contado y que él rescatará. Ese mismo relato, además, se nutrirá con investigación seria, con la bús­queda de la documentación que fundamente cada palabra que se diga sobre ella y que, en todo caso, abra la curiosidad de otros investi­ga­dores para continuar profundizando. Si la tradición y el boca en boca afirman algo, habrá tiempo para dilucidar cuánto de cierto hay en ello; mientras tanto, es una verdad, por lo menos para quienes la sostienen.

Los invito a compartir este apasionante viaje por la Argentina. ¿Iremos por un camino sinuoso? Tal cual, como las curvas de los caminos que Markic trepó con su 4 x 4 en la alta montaña o los meandros de los ríos que, en canoas, le permitieron adentrarse en El Impenetrable. En efecto, en el trayecto del libro, sin itinerario fijo, recorreremos tanto montañas y volcanes como llanuras y selvas y extensas mesetas y mares bravíos; sufriremos extravíos, cruzaremos senderos con cuidado y seremos atacados por temporales que nos harán palpitar verdaderos naufragios. Y, entre esos recorridos, aparecerán tiernas historias de animales, de artistas, de locos, de pueblos, de tradiciones, de creencias. Y, también, de presidentes argentinos sufriendo cárcel y destierro y de increíbles sueños concretados en obras gigantescas, en ciudades enteras, en competencias inauditas. De la mano de Markic cada capítulo, de un modo casi mágico y atemporal, logra transportar al lector al sitio donde la historia nació, fuera este la gélida e inhóspita Antártida, los humedales de Corrientes, los tórridos ambientes que rodean el Pucará de Tilcara, la pequeña isla Martín García, que Sarmiento quiso nombrar capital de tres países, el particular orgullo de los londinenses de Catamarca o el intento de robo, en el Chaco, de un meteorito de casi cuatro toneladas de peso. Nos permiti­remos también –por qué no–, ascender hasta la inmensidad de nuestro cielo, ese mismo que a diario exploran los astrónomos desde El Leoncito, en la sierra sanjuanina.

En este libro, Mario Markic ha peregrinado por recónditas huellas en los lugares más alejados de la Argentina con el arma del grabador y la entrevista, con la fuerza de la mirada incisiva, del saber escuchar y hacer silencio para plasmar cada rincón de la Argentina con una historia que la represente. Los invito a subirse a este libro de ecoturismo, seguro de que se apasionarán con algunos de sus relatos, se sorprenderán con otros y, sin duda, al final del recorrido, conocerán más y mejor este maravilloso país. Como plus, tendrán en su haber nuevas vivencias, historias y leyendas –incluso de lugares que ya han visitado– para compartir con familiares y amigos. Será así, con certeza, porque con la última página de Misteriosa Argentina. Diario de viaje, se culmina una gira mágica –como aquella que inmortalizaron Los Beatles− de miles y miles de kilómetros casi imposibles de recorrer si no es por este medio y con este guía tan cercano como inusual. Ajuste su cinturón y prepárese para la sorpresa.

Ricardo de Titto

Historiador

1
Antártida: el otro mundo

Si alguna vez estuve en un lugar irreal, donde llegar es una hazaña, vivir es una lucha contra los elementos, el cielo muestra soles y arco iris y todo el entorno parece ajeno a la tierra, ese lugar es el continente helado.

La Antártida es el polo de frío supremo del mundo, el polo de inaccesibilidad del planeta, con temperaturas de hasta ochenta y cinco grados bajo cero y una superficie barrida por vientos de más de doscientos kilómetros por hora. Tierra secreta, encriptada e indómita que todavía se niega a ser conquistada por el hombre.

Raro: no hay árboles, no hay población autóctona y las formas de vida son escasas. A la vez, esta inmensidad blanca es una mimada de la ecología: es la mayor reserva de agua dulce del planeta. Un mundo de misterios al que viajé dos veces, gracias al bendito oficio de periodista, porque no todos pueden acceder con facilidad a lo que llamaríamos el fin del mundo.

El salto desde el continente comienza en Río Gallegos. En pleno invierno, de madrugada, vi al personal trepado en las altas alas del Hércules para despojarlas de hielo. La tripulación, después, preparó el despegue: los cuatro motores, trabajando a plena potencia, rompieron el sueño de la ciudad cercana.

Enfundado en un buzo térmico de color anaranjado, embarqué con una sensación de inquietud y curiosidad.

En esos momentos uno tiene la sensación de que viaja a lo más recóndito del planeta, a la terra incognita, donde solo un puñado de argentinos conviven en una base militar lejos del afecto y el abrigo de la familia. Sueñan con eso durante todo un año, pensé, cuando el avión, después de cuatro horas de vuelo, hundió la trompa perforando la espesa capa de niebla para aterrizar. El procedimiento para hacerlo escapa a las reglas y a los manuales, y crea una atmósfera de concentración extrema en la cabina.

El avión se acerca con cautela y toda la tripulación está alerta. Los que van a bordo ven el cielo azul arriba, el cielo blanco abajo. El mar que apenas se adivina, en los desgarros de las nubes, con los témpanos gigantescos que la naturaleza fue modelando con los años. Es una imagen que parece irreal.

Desde el momento en que el Hércules rompe el velo nuboso, la consigna es “profesionalismo y mente fría”. Las manos tensas sobre los controles, los ojos bien abiertos, los sentidos alerta. Hay solo ochocientos metros desde el lugar del golpe con la tierra para que varias toneladas de metal se deslicen en la nieve y el barro.

El avión baja hasta sobrevolar el mar. La Base Antártica Gustavo Marambio –anteriormente Base Aérea Vicecomodoro Marambio− está sobre una isla pequeña, aunque es difícil comprobarlo porque todo está rodeado de hielo. Los veteranos antárticos siempre hablan de las malas condiciones climáticas que se dan sobre la base.

En efecto, la Antártida entera puede estar despejada, pero no Marambio, cubierta por una impenitente nubosidad. Al fenómeno local lo llaman “el capuchón”.

Como casi siempre el capuchón está sobre la isla, hay que ir volando a baja altura, mirando sin cesar la pared que se levanta del mar como un alto barranco y entonces, en el último instante antes de estrellarse, el piloto toma la altura necesaria para ver la cabecera y comprobar si han puesto los dos tachos con trapos embebidos en gasoil que arden como antorchas y señalan el comienzo de esa superficie imprecisa y blanca que llaman “pista”.

Cuando los ve, literalmente tira el pesado avión sobre la nieve y una vez que la rueda de nariz toca tierra comienza la difícil tarea de frenaje. Todo se hace rápido y como si fuera una emergencia: el avión se sacude, vibra con la fuerza de los reversores, hasta que se detiene muy cerca del borde de la isla, donde otro barranco señala el final de la carrera.

Uno baja y no solo siente frío −cuarenta o cincuenta grados bajo cero es lo normal− como nunca antes en la vida; inmediatamente después piensa que está abandonado a su suerte. Y todo se potencia cuando el avión rápidamente vuelve a despegar y se piensa: “Bueno, acá estamos, solos, a más de mil kilómetros del continente americano, rodeados por mares profundos y tempestuosos, donde nada parece amigable”. Uno comprueba dolorosamente que está parado sobre una enorme masa de hielo sin bosques, ríos o formas de vida compleja. Es un infinito desierto blanco.

Como dije, estuve dos veces en ese mundo extremo. La primera vez, en verano. Días largos, tan largos que no se puede dormir, con temperaturas apenas por arriba del cero y una luz transparente que dejaba ver a unos pocos pingüinos en la bahía cercana a la base.

El cruce no había sido fácil. El avión abortó –peligrosamente, los viví desde la cabina− tres intentos de aterrizaje, porque las nubes estaban al ras de la pista, de modo que tuvimos que regresar al punto de partida y volver al otro día. Y en ese segundo viaje, después de dos intentos fallidos, tuvimos que aterrizar en la base chilena Presidente Eduardo Frei −que está a una hora de vuelo− y esperar hasta que el capuchón se abriera; entonces sí, pudimos “hacer tierra” en Marambio.

Viajé con un importante equipo profesional y logístico, y tuve el honor y el orgullo de conducir la primera transmisión en vivo de la televisión desde la Antártida. Fue muy emocionante para mí y para la dotación de la Fuerza Aérea: por un momento tuvimos la idea de que no estábamos tan lejos de los nuestros y de que éramos parte de un hecho histórico.

La segunda vez fue en invierno. Juro que en aquellos días no se veía nada a tres metros de distancia y los vientos huracanados formaban remolinos con la nieve suelta, sobre un fondo oscuro y tenebroso: siempre era noche, y las temperaturas superaban los cincuenta y cinco grados debajo del cero de sensación térmica.

Todo se congelaba. Nos advirtieron claramente de algunas cosas esenciales. Permanecer a la intemperie poco tiempo, no salirse de las pasarelas con pasamanos que comunican las distintas instalaciones de la base y no dejar sin abrigo las manos ni las orejas. “Treinta segundos de exposición al frío son suficientes para que los lóbulos de las orejas se desprendan con solo un tirón no muy fuerte”, me alertó uno de los meteorólogos.

En invierno, salir a la intemperie significa exponerse a riesgo de vida. La última vez que estuve, me saqué el guante protector para despe­dirme del jefe de la base. La exposición, que habrá durado menos de un minuto, me trajo consecuencias: durante dos días estuve frotándome el arco que se forma entre el pulgar y el índice de mi mano derecha, paralizada por un dolor persistente.

La escasa luz nos hace vivir la angustia en carne propia: una tenue claridad se descorre a eso de las diez y media de la mañana y se va, con brutal decisión, alrededor de las tres de la tarde.

Marambio, es importante subrayarlo, es una isla. La parte alta, donde están la base y la pista de aterrizaje, es una meseta de doscientos cincuenta metros de alto, que tiene ocho kilómetros en su parte más ancha y dieciocho kilómetros de largo.

Las playas son de abruptos acantilados. Que se sepa, Marambio es el lugar de mayor acumulación de fósiles de toda la Antártida; por eso, no es casual que durante las campañas de verano haya, de modo permanente, científicos trabajando.

La primera vez que fui, encontré a un geólogo, al que le pregunté qué diablos podía investigar en ese mundo blanco. Me aclaró que allí se conservaba uno de los pocos perfiles completos del mundo del Cretácico y del Terciario. No por nada se habían encontrado en ese lugar el primer dinosaurio fósil y la primera flor fósil.

El geólogo me dijo, como si hubiera salido de un capítulo no publicado de El Principito: “El dinosaurio y la flor son importantes. No para datar la fecha de antigüedad: es por la delicadeza, por soñar con los procesos que se necesitaron para que ambos se conservaran. Por eso, yo como geólogo aquí busco un avance mirando el pasado. Buscamos lo distinto de lo normal”.

La Antártida tiene un lema: es difícil no volver. Uno de los hombres de la base, militar, llevaba más de veinte años en la Antártida. Quise saber el porqué y la respuesta fue contundente: “Porque aquí uno se mira más adentro que en ninguna otra parte”. Pensé entonces: Debe de haber algo enfermizo en él. No va a quedarse aquí para mirarse adentro. Pero no se lo dije. En ese corto silencio el hombre precisó su idea: “Encuentro en la gente mucha fe. Y eso me llena interiormente”. Definitivamente, era algo místico lo que lo impulsaba; lo que lo ataba y no lo dejaba ir.

La espesa capa de hielo que cubre a la Antártida enmascara sus dimensiones, su verdadero relieve. Todo es difícil, todo es frágil y provisorio. El clima cambia en cuestión de minutos.

Y todo es extremo, hasta el asombro de que es posible ver tres lunas y un sol que sale por este lado y se esconde por este otro y tomar contacto con una realidad única, los desprendimientos en verano de témpanos de noventa kilómetros de largo.

Una y otra vez me pregunté qué interés podría generar en un ente sociable como un ser humano esa inmensa desolación vestida de blanco; sin embargo, los hombres y mujeres que la pisan sienten hacia esta tierra una atracción particular y excluyente para quienes “no pertenecen”.

“Yo tengo dos casas −me dijo un ingeniero y veterano antártico que viajó conmigo­−: mi hogar en Buenos Aires y mi hogar en Marambio. Cada vez que vengo a Marambio la toco, la respiro, la sufro. Me siento en casa. Sí –afirma, sin dudar−, estamos un poco locos… ¿y quién no está un poco loco?”.

Es cierto, porque… ¿en qué piensa uno cuando se va a dormir con el viento soplando a doscientos kilómetros por hora? Yo mismo lo pensé, atemorizado en medio de la noche, tapado hasta la cabeza, escuchando el silbido en las salientes de los techos, sintiendo el batir de las ventanas, cuán solo estaba en ese mundo desolado y hostil: soñé que vivía en un gigantesco bloque de hielo que esa misma noche se desprendía y comenzaba a navegar como un barco errante y condenado.

La Base Marambio es la puerta de entrada al sector antártico que reclama la Argentina.

Antes de que los argentinos le pusieran el nombre de un militar que se animó con los primeros vuelos de reconocimiento en 1951, y que se habilitase la base en 1969, ese pedazo de tierra se llamaba “Isla del Diablo”. Pero atención: la parte plana, de meseta –donde está la base, con una docena de galpones rojos−, solo ocupa tres kilómetros de largo por uno de ancho. Y ahí está la pista, claro. Y el avión nunca se queda en la Antártida. Descarga, carga y se va, aunque en verano puede darse el lujo de apagar los motores, cosa que no ocurre, bajo ningún concepto, en invierno. Los fluidos se congelarían inmediatamente por las bajas temperaturas. Al respecto, debe tenerse en cuenta que si hay una temperatura de treinta grados bajo cero y sopla un viento de sesenta kilómetros, se produce una sensación térmica de sesenta grados bajo cero.

El agua, desde luego, no falta, pero es trabajoso obtenerla. Una pala mecánica trabaja todos los días cargando nieve y volcándola en un piletón de tres mil litros de capacidad que es calentado por una caldera. Por eso, el combustible es el oro en la Antártida. Si faltara, todos morirían de frío.

¿De dónde viene su nombre? Veamos. Del griego artkos (oso) derivó Ártico y anti-arkos (Antártico) al sur de la estrella polar, en la Osa Menor.

Todo es sorprendente en el continente blanco, en cuyo subsuelo se presume que hay desde petróleo hasta yacimientos de hierro, plomo, uranio y zinc.

La Antártida se formó hace quinientos millones de años. Era un todo junto con África, América, Australia e India, un inmenso continente al que científicos y geólogos bautizaron Gondwana. Cuando se originaron los continentes actuales, la Antártida conoció climas sub­tropicales antes de quedar establecida en el polo sur, donde se congeló. Sin embargo, hasta hace unos ocho millones de años, fue una selva, lo que explica la extraña presencia de aquellos furtivos cazadores de dino­saurios durante los largos días del verano. No por nada, durante la campaña de verano trabaja Rodolfo Coria, el descubridor del Argentinosaurus, el dinosaurio más grande del mundo. Él me anticipó que, en breve, espera tener anuncios sorprendentes para hacer.

Llegar a la Antártida es llegar al confín de la tierra. Al lugar más virgen del planeta. En ese mundo vacío, no hay dinero que valga, ni codicia, ni ambición, ni asesinatos, ni perros, ni mosquitos. Y decirle adiós es como despedirse de la infancia. Ese lugar extraño al que ya no se regresará jamás y al que, sin embargo, siempre se vuelve.

¿A qué vienen los que vienen a la Antártida? Son voluntarios, es cierto; militares, la gran mayoría, que obtienen un plus por el destierro, el desarraigo, la falta de todo durante un año. Y que, antes que nada, son sometidos a un riguroso examen psicofísico. Y habría que agregar que, sin embargo, van por un impulso vanidoso: es un desafío que afrontan pocos, una empresa épica que los convierte en héroes, luchando contra los elementos desatados y contra los propios fantasmas de la soledad y la locura.

Yo mismo, aunque solo pasé diez días de mi vida allí, experimenté algo de esa vanidad: fui protagonista de un hito de las comunicaciones en el continente helado. Estoy en la lista de récords y, la verdad, me siento muy orgulloso de ello.

Hay media docena de bases argentinas permanentes en la Antártida, y algunas más que operan temporalmente en verano. En Marambio, cada año una dotación de treinta y tres veteranos deja la posta a otros tantos que renovarán el desafío.

Cada dotación, cada camada, deja una frase que abrevia, desde lo emocional, la experiencia. Recordé una que dice: “No es raro que quieras irte de aquí; tampoco es extraño que quieras volver”.

Muchos países −entre ellos, la Argentina− reclaman la soberanía sobre territorios antárticos, pero ese es un tema congelado por el Tra­tado Antártico. La letra también prohíbe contaminar el continente y conmina a mantenerlo en su estado natural. Le ecología ha calado fuerte, porque la Antártida es la mayor reserva de agua dulce del planeta. Había perros allí años atrás, pero hubo que retornarlos al continente. Ese tratado prohíbe la introducción de fauna y flora, excepto para experimentos científicos, bajo estricto control.

No es fácil saber por qué hay seres humanos que viven en un lugar como este, aunque creo que es una combinación de motivos.

Los soldados son los únicos que se quedan a vivir todo el año; hay que ser joven y tener espíritu espartano para aguantar esas condiciones. La verdad es que la mayor parte del año no tienen mucho para hacer, fuera de asegurar la supervivencia a través de la comida, la ca­lefacción y el funcionamiento de las cosas. Pero prestan ayuda a los científicos –biólogos, paleontólogos y otros− y apoyan sus estudios sobre recursos minerales, medio ambiente, observaciones glaciológicas, de la capa de ozono y la radiación ultravioleta. Eso hacen; además de sentar pre­cedente de ocupación por si algún día se descongela el tratado y cambian las reglas del juego.

Un día, volví al continente americano.

Todo es rápido en la partida. El avión se estremece sobre el suelo nevado −la pista de ripio es corta, peligrosa− y, a plena potencia de sus cuatro motores, el avión carretea y levanta vuelo con lo justo. De hecho, los viejos aviones usaban cohetes descartables para ayudarse a despegar.

En la profunda meditación que promueve el vuelo de regreso, sobreviene una temprana nostalgia, se agolpan los recuerdos, todavía frescos, de la estadía. Como los del cura itinerante, por ejemplo, peregrino de la nieve, que recorre unos veinte mil kilómetros por mes, desde Viedma hasta el polo llevando un poco de espiritualidad a esa gente sola. O los del hombre que nunca se va, acaso porque ese es su lugar en el mundo.

Tal vez porque la Antártida, fría y solitaria, devuelve al continente hombres distintos, que quedan flechados tras el encuentro. Uno de ellos llegó al polo sur en 1965 –en la mítica expedición encabezada por el coronel Jorge Leal− y ahora estaba de vuelta, mirando viejas fotos ya amarillentas. Él era un anciano, pero no quería irse de este mundo sin regresar al otro, el que había marcado su vida como adulto.

Algo hay en la Antártida, un indescifrable misterio, una atracción que los engancha y no los suelta. El hombre que acompañó a Leal recordaba muy bien sus vivencias de 1965 en las cercanías del polo sur: “He visto fenómenos atmosféricos como en ninguna otra parte del planeta. El sol, poniéndose en el horizonte como un pilar de luz; he visto dos arcos iris en el horizonte; he visto nueve soles en el cielo, por un fenómeno que se llama parahelio; he visto auroras australes. He visto todo lo que tenía que ver en el mundo”.

Mientras el avión ronronea a velocidad crucero sobre el ancho pasaje de Drake, me viene a la memoria la frase que alguien colgó sobre un letrero en el comedor de la base: “Cuando llegaste, no me conocías, cuando te vayas, me llevarás contigo”.

2
El antiguo Camino Real de Córdoba

Un legendario camino de más de tres siglos, con postas cada veinticinco kilómetros, donde se cuentan episodios de batallas y de próceres, historias de amor y de poetas exiliados.

Los padres de la patria, José de San Martín y Manuel Belgrano; las espadas más temibles, Juan Lavalle y Gregorio Aráoz de Lamadrid; el final sangriento de Juan Facundo Quiroga; el fusilamiento del héroe de la Reconquista y traidor de la Revolución de Mayo, Santiago de Liniers; el cura confesor y amigo de Eva Perón, Hernán Benítez; los poetas exiliados Rafael Alberti y Pablo Neruda; un joven Ernesto “Che” Guevara y el patriarca del folclore argentino, Atahualpa Yupanqui: todos ellos, con distinta suerte, atravesaron los senderos y las borrosas huellas del Camino Real de Córdoba; conocieron y vivieron en sus postas, dejaron su impronta en pueblos y aldeas, y son parte ya de su rica y antiquísima historia.

En ningún otro lugar como en Córdoba puede admirarse el viejo camino que vinculaba el Alto Perú, las ricas minas del Potosí y sus estribaciones hasta el virreinato con sede en Lima con el Virreinato del Río de la Plata y su boca de salida al mar, Buenos Aires.

Resulta algo insólito, pero es así. A pocos kilómetros de una ciudad capital que pelea con Rosario el segundo puesto de ciudad más populosa del país, la ruta 9 conserva la traza –con algunos desvíos por caminos vecinales− que exhibía cuando los criollos se comunicaban a diario con el Alto Perú.

La he recorrido y experimenté la maravillosa sensación de haber sido testigo de los avatares de la historia. Porque fue camino del indio primero, lo usaron después los conquistadores y, más tarde, los ejércitos libertadores. Fue escenario de las sangrientas luchas entre unitarios y federales. Y por aquí y por allá, en iglesias y capillas de piedra, pero también en tajamares, viñedos y grandes extensiones de tierra para el cultivo y la ganadería −o sea, en lo que fueron sus factorías−, los jesuitas dejaron marcado a fuego su poder religioso y material.

Silencio y soledad dominan ahora los polvorientos caminos, ya no hay retumbo de entreveros, ni ruidos de sables y lanzas.

En el Camino Real de Córdoba nos queda el sereno horizonte de las sierras chicas, el sonido cantarín de los arroyos, los días plácidos y perfumados, los pueblecitos aletargados donde sobreviven el color local y los relatos de transmisión oral, que cuentan sobre duendes, hierbas afrodisíacas y de lo buen vecino que fue don Atahualpa Yupanqui, que tan bien describió su querencia en los versos de una canción simple y emotiva:

Caminiaga, Santa Elena, El Churqui, Rayo Cortado…

no hay pago como mi pago, ¡viva el Cerro Colorado!

Los cordobeses han recuperado ciento ochenta kilómetros de la tra­za original que reúne a las postas de mayor valor histórico: catorce de ellas retornaron a esa antigua función de paraderos para admiración de los tu­ristas. Los primitivos hoteles ahora son museos de información histórica y arqueológica.

El Camino Real tenía un “maestro de posta” en cada una de las paradas. Era el responsable de proveer caballos y postillones –jinetes auxiliares− a los viajeros.

Las primeras postas, cercanas a la ciudad de Córdoba, han perdido la gracia de la antigüedad, porque quedaron apresadas por las urbani­zaciones, pero desde Jesús María y Colonia Caroya, a unos cincuenta kilómetros de la capital provincial, ya es otra cosa.

En Jesús María, famosa por su Festival de Doma y Folclore, que se celebra en febrero, está la estancia jesuítica San Isidro Labrador, con su iglesia, la residencia y las bodegas, que conservan la magia de las construcciones de la época.

El caserío creció alrededor de la estancia con españoles, aborígenes, esclavos, mestizos y criollos.

El lugar está bien conservado y nos habla del poder que tuvo la orden en los siglos xvii y xviii en esta parte de América: hay que imaginarse que los campos cercanos estaban repletos de ganado. Y otra cosa curiosa: la producción de vino se desarrolló a tal punto que su fama llegó hasta la mesa real de Felipe V en Madrid, quien degustó el Lagrimilla, un exquisito vino elaborado en Jesús María.

Caroya, que ronda los veinte mil habitantes, fue fundada por colonos italianos en 1878 y está a unos seis kilómetros de Jesús María. Pero, para ingresar, uno tiene que atravesar una calle de diecinueve kilómetros de largo flanqueada por plátanos: con razón, los caroyenses dicen que es la calle arbolada más larga del mundo.

También dicen que tienen el mejor salamín del planeta y sus alrededores, y también puede que sea cierto.

En la Casa Histórica de Caroya funcionó una de las estancias de los jesuitas, y a partir de 1814, la primera fábrica de armas blancas del Ejército de la Independencia.

Sin seguir exactamente la antigua traza del Camino Real pueblo por pueblo, un día luminoso de fines del invierno llegué a Villa Tulumba, un lugar inolvidable.

El pueblo, quieto. Abajo, las calles vacías, adoquinadas; arriba, las tejas de los techos en las casas antiguas, pero recién pintadas en tonos de color pastel. Los árboles estaban desnudos, pero la atracción era la arquitectura de esas casas bajas, de aspecto colonial. Con sus balcones con rejas y las celosías que resguardaban las ventanas. Los faroles, al atardecer, encienden los recuerdos. Y la iglesia del Rosario, claro, que, situada en el corazón de la villa, parece regir los destinos de Tulumba.

Según recuerdo, tenía un gran fresco en la cúpula con un ojo de luz en el centro, y en la sacristía, porque solo lo sacaban para Semana Santa, un Cristo doliente de madera, articulado y ensangrentado, de ojos verdosos y rostro mestizo: tal vez, el modelo haya sido alguno de los indios sanavirones. Y tiene un tabernáculo espléndido, con monograma de la Compañía de Jesús. Una pieza tallada en cedro paraguayo, considerada una obra maestra del barroco, que anduvo por cuatro iglesias antes de quedar en Tulumba.

Al lado, la placita lleva el nombre de José Márquez, el primer tulumbano que murió por la patria en el combate de San Lorenzo.

Aunque no está justo en medio del Camino Real, está cerca: Villa Tulumba, pueblo de 1675, tiene un aire muy especial con su luz, sus esquinas, sus rincones, ese plácido entorno. Deslumbrante y sencillo a la vez, sobre todo en Cuatro Esquinas, el lugar de encuentro y reunión de amigos y parada de muchos artistas plásticos que siempre están pintando en ese lugar.

Si fue muy importante en el remoto pasado −era el lugar de engorde de mulas, vacas y caballos que se llevaban al norte− y después languideció, curiosamente ese adormecimiento ahora la ha hecho resurgir con una “chapa” notable: como el pueblito que más se parece a sí mismo.

Por eso, supongo, cuelga, para que todos lo vean y que nadie osa­ría cambiar, un cartel –una artística mayólica− con una leyenda: “Lindo el nombre, bello el pueblo, buena gente, fragante el pan. Quien le ame por todo ello, deje las cosas como están”.

Recorrer sus calles implica conocer los mágicos senderos de la historia, admirar los paisajes de casitas coloniales que surgen del empedrado, introducirse en un mundo de dominio religioso, pugnas políticas y leyendas de misterio.

Está, por ejemplo, la casa de Hernán Benítez, porque aquí nació y vivió el cura que fue confesor y amigo de Eva Perón. Y la de los Reinafé, los hermanos que gobernaban Córdoba cuando mataron a Juan Facundo Quiroga.

Porque esas cosas tiene el Camino Real. Uno de los sucesos más conmocionantes en la vida política del país ocurrió cerca de allí, en un paraje polvoriento denominado Barranca Yaco, donde una partida encabezada por el gaucho Santos Pérez emboscó y asesinó al caudillo riojano Facundo Quiroga. Las nueve cruces que pusieron al costado del camino testimonian la masacre.

El temible jefe federal regresaba de Santiago del Estero, adonde había ido a mediar en una disputa política. Sabía –se lo habían adver­tido− que en alguna parte del camino iban a intentar matarlo. Pero confió en su fiera fama y en un poder de disuasión que no alcanzó a usar, porque, cuando sacó la cabeza del carruaje para alzar la voz, ya era hombre muerto.

Dicen las lenguas y los libros que en esa casa de los Reinafé en Tu­lumba se urdió la trama del asesinato.

Lo velaron en la capilla de la posta de Sinsacate. La vi muy simple, austera y vacía, de nave única y espadaña de tres campanas. Aun así, estremece nomás entrar: el espíritu del Tigre de los Llanos parece ocuparla.

Sinsacate recibió a encumbrados personajes de la época colonial y de los tiempos de la Independencia: allí, por ejemplo, vivió José de San Martín cuando viajaba para hacerse cargo del Ejército del Norte.

Es una posta, acaso la más importante que queda en el país. Está construida con muros de piedra asentados en adobe, pisos de ladrillo y cubierta armada con maderas de algarrobo, acaña y tejas musleras.

El conjunto está formado por una larga serie de habitaciones cubiertas por una galería común soportada por pilares, y remata en el extremo norte con la capilla. En las habitaciones de la posta hay ahora recuerdos de la evolución histórica: se conservan baúles de los viajeros, acaso cofres; armaduras de acero, vetustas armas de fuego y, también, una pequeña colección de armas blancas.

Sinsacate está impregnado de magia y misterio. El circuito de las postas –o, como lo llaman en Córdoba, “el camino de la historia”– no presenta dificultades para recorrerlo y, en muchos de sus rincones, resulta saludable que se aparte de la bulliciosa ruta 9 para adentrarse en caminos vecinales donde reina el silencio en el aire y acompañan el polvo, el monte y la soledad.

En ese escenario más intimista, puede uno imaginar las recuas de mulas que iban a las minas de plata y oro del Potosí, y el trabajo sin descanso de los maestros de postas, de los aborígenes, los baqueanos y gauchos que llevaban las cargas, los arrieros, puesteros y comerciantes que aprovechaban las paradas para hacer negocios y, a la vez, ponerse al día con las noticias que llegaban.

Otra de las postas, cuando ya estamos a ciento ochenta kilómetros de Córdoba capital, es Villa de María del Río Seco. Allí nació el poeta Leopoldo Lugones, en junio de 1874.

Lugones fue el primero que, con pluma de periodista, describió el valor arqueológico −y turístico, se diría− de Cerro Colorado. En efecto la zona se caracteriza por las treinta y cinco mil pinturas que los indios comechingones y sanavirones hicieron en las cavernas del cerro, representando escenas de la vida cotidiana: costumbres, rituales, escenas de guerra, la representación del conquistador español montado a caballo y signos aún no descifrados. Imperdible.

No está lejos la posta de Santa Cruz, que también fue restaurada y puesta en valor por el gobierno de Córdoba. Se me apareció blanca, blanquísima en la luz dorada de la tarde. Con un viejo carro al frente, su galería, su inmaculada soledad, su techo de tejas, el aljibe… todo está allí, casi como entonces. Y la posta, tan paisajística que parece un cuadro.

Este paraje desolado fue la vía de escape trágica para el conde de Buenos Aires y penúltimo virrey del Plata Santiago de Liniers, que, cuando ocurrieron los sucesos de mayo de 1810, tramó una contrarrevolución desde Córdoba y llegó a dar forma a un ejército con cerca de mil quinientos conjurados antes de caer detenido a la vera del Camino Real. La historia posterior es conocida: Liniers y otros cabecillas fueron fusilados por orden de la Primera Junta. Volveremos sobre esto cuando el Camino Real nos aproxime al lugar de los hechos.

Entre posta y posta la distancia es de unos veinticinco a treinta kilómetros. La cosa funcionaba rutinariamente más o menos así: cuando un viajero llegaba a una posta, lo recibían con una comida −huevos, cabrito, cordero, carne seca y en algunos casos frutas secas o de estación− mientras los peones preparaban el recambio de caballos.

Por lo general, las habitaciones para el descanso eran apenas unos ranchos con techos de paja. El cargo de maestro de postas no era para cualquiera: tenía que saber leer y escribir, porque debía firmar los pasaportes del correo.

Su obligación principal era proveer caballos y tener dispuestos permanentemente dos postillones, que harían el viaje más seguro y por la huella adecuada. El postillón era un chico que acompañaba el viaje, guiándolo entre las postas; era auxilio y apoyo.

Antes hice referencia al poeta Lugones, que describió al mundo en 1903 el tesoro de Cerro Colorado. Y esta, prefiero insistir al respecto, es una visita imperdible para el viajero de hoy, porque, entre otras cosas, es uno de los centros arqueológicos más importantes de América del Sur.

Pero, además de eso, en un rincón de esos hermosos y profundos cajones levantó su casa argentina don Atahualpa Yupanqui.

Viajar por el Camino Real me permitió encontrarme con su historia. Si hay algo que siempre quise hacer, si hay alguien a quien hubiera querido conocer, es a ese hombre, y si hay un lugar que quería pisar, era esa, su tierra. En una palabra, “sentir” a Atahualpa Yupanqui y su mundo. Don Ata, que ha perdido ya su nombre artístico y el real. Que nació como Roberto Héctor Chavero, y se convirtió en el artista más importante del folclore argentino.

Y Cerro Colorado, que aún hoy es un pueblito lindo, sosegado, mínimo. El paisaje es bucólico: arroyos con lecho de piedras, aguas cristalinas y saltarinas que bajan de las sierras. En las orillas, montes de algarrobos, piquillines, quebrachos y matos.

La casa del artista está en la base del cerro. En el patio está su tumba sencilla, y a su lado, la de su amigo “El Chúcaro” –otro cuyo nombre de bautismo quedó en el olvido−, el gran bailarín de las danzas nativas.

Chavero mamó desde chico las tareas del hombre de campo, su psicología de silencios y soledades, el rigor del trabajo, la injusticia que rodeaba su vida. Los caminos llevarían a Yupanqui en la senda de las canciones anónimas y más antiguas, las que reflejaban el sentir de los hombres y mujeres de la Argentina profunda: el verdadero rostro de su patria. Sus experiencias, a partir de entonces, se hicieron uni­versales, en versos sencillos, en el lenguaje propio de los humildes de la tierra, pero que encerraban hondos sentimientos repletos de sabiduría.

Puna, valles, sierras, toda esa inmensidad agreste cruzada por él a lomo de mula, hacia recónditos senderos detenidos en el tiempo: Don Ata anda y anda por la geografía generosa del norte argentino, y allí rescata coplas, descubre cantos y sonoridades y encuentra los motivos que lo inspiran. Yupanqui fue un paisano trashumante, dueño de una poesía despojada con la cual hizo una obra monumental. Su casa, con su río, ese refugio llamado El Silencio, en una altura desde donde se domina toda la quebrada geografía, parece ser un santuario.

Y es así nomás: el Camino Real enhebra poblados y parajes; es imperdible como paseo histórico, porque es como meterse en el túnel del tiempo, y recordar hechos y personajes que nos enseñaron en la escuela.

En la posta Pozo del Tigre, la última dentro de territorio cordobés y muy cerca de Santiago del Estero, se redactó el parte de la detención del ex virrey Liniers. Tres semanas más tarde, fue fusilado sin miramientos, lejos de allí, en otra posta del sudeste provincial. En esas soledades se para uno para cavilar bajo la sombra de algún sauce sobre este ingrato destino: cuatro años atrás, era el héroe, admirado y querido por todos, que había reconquistado Buenos Aires de las manos invasoras y ahora, un traidor que no merecía vivir. La ejecución se realizó para que no hubiera imitadores y para enviar un mensaje categórico: la Revolución no tenía regreso.

Por eso, la noticia corrió rápido por el Camino Real, el medio más veloz y efectivo para transmitir informaciones en aquel tiempo.

En otra posta, en lo que hoy conocemos como San Francisco Viejo, unos veinte kilómetros al sur de Pozo del Tigre, cayó en combate el caudillo Francisco “Pancho” Ramírez. El audaz entrerriano andaba por estos pagos buscando apoyo para oponerse al gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos. Pero, a su vez, a Pancho Ramírez, “el Supremo”, lo perseguía el caudillo santafesino Estanislao López.

Su muerte tuvo algo de romántico, porque, después de perder una batalla contra las huestes santafesinas y mientras estaba huyendo a todo galope, se enteró de que sus opositores habían capturado a su compañera, la Delfina, que además era coronela de sus ejércitos.

Entonces, sin hesitar, volvió sobre sus pasos y presentó nuevamente batalla. Una batalla desesperada, solo fundamentada en el amor: una bala asesina terminó en su cabeza, que Estanislao López mostró como macabro trofeo dentro de una jaula durante un par de semanas, en Santa Fe.

Pero para que no se crea que todo se reduce a sables y fusiles, referiré también otros atractivos del Camino Real en el norte cordobés, zona que tiene un encanto especial y es un lugar soñado por aquellos que buscan una tranquilidad mayor y contacto directo con la naturaleza y las tradiciones: las construcciones clásicas están enmarcadas por paisajes de bosques autóctonos, espejos de agua cristalina, salinas, ríos, sierras de palmas y cerros rocosos.

Las estancias, construcciones antiguas de gran valor histórico y arquitectónico, han sido transformadas en hoteles rurales y atesoran cuentos y leyendas de los tiempos fundacionales del país, y las siempre presentes pugnas políticas, cuando no abiertas guerras civiles.

Villa del Totoral tiene un enorme portal y calles amplias y arboladas, pero las que se destacan son sus casonas señoriales. Allí, a unos setenta y siete kilómetros de Córdoba, tuvieron su residencia el pintor y poeta Octavio Pinto y el profesor Deodoro Roca, protagonista principal de la Reforma Universitaria de 1918. También, fue uno de los lugares de descanso de la familia Guevara Lynch, incluido un joven Ernesto, antes de ser el Che y de que le creciera su profusa barba. Digamos, ya que el rincón tiene sobrada historia, que fue lugar de residencia también y nada menos que del fundador de Córdoba, Jerónimo Luis de Cabrera.

No lejos de la casa de Octavio Pinto, estaba la residencia de verano del doctor Rodolfo Aráoz Alfaro, el padre de la pediatría en la Argentina. A su muerte la heredó su hijo Rodolfo, presidente del Partido Comunista, que dio albergue en la casona al reconocido escritor español Rafael Alberti, exiliado de la Guerra Civil Española. El premio Nobel de literatura, el chileno Pablo Neruda −perseguido por su militancia comunista en Chile−, también vivió allí entre 1955 y 1957.

Con esa ocurrencia típica de los cordobeses, a la casona se la conocía como “El Kremlin”. Como verdadera contraparte –nos pinta aquella Córdoba que era, a la vez, conservadora pero movilizada−, justo enfrente, cruzando la calle, pasaba sus vacaciones una familia muy tradicional de la provincia, hombres de comunión diaria y naciona­listas de derecha, por lo que en la villa se la definía como “El Vaticano”.

Por esos tiempos, allá por 1940, alguien en el pueblo le contó al poeta Rafael Alberti que, como testimonio de la admiración que le tenían, pensaban levantarle una estatua. “Entonces planten un árbol”, les contestó. Y plantaron una encina.

Dos años antes de su muerte, y acaso presintiéndola, el poeta es­pañol quiso volver a ese pueblito de Córdoba, y encontró la encina que habían plantado en su nombre. Se despidió jubiloso del Totoral: crecía fuerte y sana, en el medio de la plaza.

En la calle Moyano se agrupan las grandes casonas del siglo xix que aún hoy son utilizadas como casas de veraneo por familias tradicionales. Las guías turísticas pueden mostrar al visitante más de veinticinco casonas que guardan estilos similares. Por lo general, se accede a ellas a través de un zaguán o pasillo largo que da a un gran patio adornado con flores y plantas y alrededor del cual se encuentran todas las habitaciones.

La posta de San Pedro Viejo data de 1602; está en manos privadas y abierta al turismo. Los propietarios la restauraron consultando antiguos planos. Tiene cuatro hectáreas, un lago artificial, una capilla del siglo xviii y la fachada de lo que fue la posta. Pero hoy es un hotel de campo temático: todas las habitaciones llevan el nombre de personajes que tienen que ver con la formación de la patria.

Juan Galo de Lavalle, “la espada sin cabeza”, y Gregorio Aráoz de Lamadrid, el hombre al que dieron por muerto dos veces en el campo de batalla, dos de los guerreros más notables de la Independencia, se jugaron la vida del lado unitario y estuvieron refugiados en la posta de San Pedro Viejo antes de algunas de sus memorables batallas.

Un detalle no menor es la tropilla de caballos de paso peruano o marchadores peruanos. Dicen que eran los caballos que usaban los reyes y virreyes porque su andar es muy señorial. Es así, lo pude comprobar: cuando marchan parecen ir despatarrados, moviendo exageradamente las patas, pero uno va sobre ellos decididamente más cómodo, lo cual ayuda a comprender el viejo dicho de estar o sentirse “a cuerpo de rey”.

Si echamos la vista atrás reflexionando sobre todas las reliquias visitadas, por lo que hace mucho tiempo era solo un sendero polvoriento transitaron los conquistadores, los misioneros, los criollos con los ejércitos patriotas, y tanto los comerciantes con sus carretas llenas de productos –muchos, “importados”− como también los humildes arrieros o troperos.

Y es el mismo camino que más tarde fue transitado por los famosos chasquis, llevando el correo. Con la llegada del ferrocarril y las rutas modernas, el antiguo Camino Real fue quedando en el olvido.

Ahora se mira con otros ojos. Con emoción. Con respeto. Con los ojos del alma.

3
La correntinidad

Pocas provincias pueden mostrar rasgos y matices tan intensos y personales: desde el mito del Pombero hasta el culto al coraje, pasando por el chamamé, el idioma guaraní, los carnavales y el paraíso animal de los esteros del Iberá.

Conservadores, religiosos, musiqueros, supersticiosos y con una fuerte vocación por exaltar el culto al coraje. Y como arrastran cierto espíritu guerrero ancestral y de rebeldía frente a los poderes constituidos, los correntinos repetidas veces han andado a contramano de las tendencias políticas del país. Por eso cada generación repite eso de que “si la Argentina entra en guerra, Corrientes la va a ayudar”, como si ellos fueran un país aparte.

En un rapto de humor, el gobierno decidió entregar un pasaporte a los que ingresen a la provincia, como para reafirmar esa idea de que uno es visitante bienvenido en la República de Corrientes. En efecto, algo hay: después de muchos viajes y exploraciones, he descubierto que la “correntinidad” tiene, en cierto sentido, una idiosincrasia que la acerca más al Paraguay que a la Argentina.

En esto cuenta un pasado común −con una guerra incluida, que dejó gran división interna y años de silencio culposo−; el chamamé, con claras influencias de la guarania y la polca paraguaya; la alimentación, en la que el chipá, bollo de mandioca y queso, es tan popular y necesario como en Asunción, y, desde ya, el idioma guaraní, que ha salido del ostracismo rural al que había sido confinado y ahora ha comenzado a enseñarse en las escuelas.

En la provincia hay una muy fuerte réplica del carnaval carioca, como influencia directa de sus vecinos brasileños. Por otro lado, Corrientes, vista en general, se caracteriza por una fuerte personalidad, sobre todo si repasamos su a veces violenta historia política, panteón en el que conviven caudillos, conservadores de toda laya, y hasta un indio intruso cuando despuntaba el siglo xix. Atesora, además, episodios francamente llamativos: por ejemplo, fue la primera provincia en alzarse contra Rosas y la única donde no ganó Perón en 1946.

Es preciso tener en cuenta que, cuando los jesuitas fueron expulsados de América y, en todas las reducciones de Misiones, el sur del Brasil y el Paraguay, los indios guaraníes quedaron al garete, sin jefes ni protectores; perseguidos por los bandeirantes portugueses que los querían vender como esclavos, buena parte de ellos escapó hacia lo que sería hoy el nordeste de Corrientes. Por eso en pueblos muy pequeños como Loreto −pegado a los esteros del Iberá−, se pueden encontrar ca­pillas y antiguas casas con altares particulares donde todavía existen tallas religiosas de madera que hicieron con gran maestría los imagineros guaraníes.

Pero, para no perder el foco, digamos que solo en el siglo xx Corrientes tuvo veintisiete gobernadores elegidos en las urnas y cuarenta y cinco que fueron puestos a dedo o arrebataron el poder por la vía de las armas. Tal cual: la lucha por el poder ha sido una constante en su historia, lo mismo que el culto al coraje y que las persistentes desigualdades sociales.

Repasemos rápidamente algunos datos. En 1806, cuando los ingleses invadieron el Río de la Plata, Corrientes se destacó por la rapidez con que decidió intervenir y enviar tropas: el cuerpo de Cazadores Correntinos es recordado por la bravura con que combatió en la Re­conquista, en 1807.

A no olvidar que en Yapeyú nació José de San Martín, nuestro guerrero reverenciado, y cerca de allí, en Saladas, el sargento Juan Bautista Cabral, el hombre que le salvó la vida en la batalla de San Lorenzo, y que don Manuel Belgrano, con un ejército entusiasta pero rotoso, acampó en Corrientes cuando llevó los nuevos aires de la Revolución de Mayo hasta el Paraguay. Allí, más precisamente en Concepción, donde una estatua firmada por el maestro Luis Perlotti lo recuerda en el centro de la plaza, reclutó como tamborilero a Pedro Ríos, el héroe más joven que tuvo la patria naciente. El tamborcito −que todos recordamos de nuestros años escolares− perdió la vida en una batalla desigual entre un ejército improvisado a cargo de un hombre que no era militar y los realistas del Paraguay, a orillas del río Tacuarí, muy cerca de Asunción. Con su derrota, don Manuel sembró la semilla de la victoria y, tal vez, fue entonces cuando nació la leyenda de la osadía y el coraje correntino: el 9 de marzo –día en el que cayó Pedro Ríos con un tiro de fusil en el pecho− celebran el Día del Niño Correntino.

La guerra contra el Paraguay, sin dudas, atraviesa la historia correntina como ninguna otra cosa.

Fue el 13 de abril de 1865, Jueves Santo.

Las tropas del dictador paraguayo Francisco Solano López –colérico, porque el gobierno argentino no dejaba pasar a su ejército por la provincia para pelear contra los brasileños− invadieron Corrientes con cuatro mil soldados, tras un bombardeo de ablande desde las cinco embarcaciones de guerra que apostaron en el Paraná. La resistencia del gobernador Manuel Ignacio Lagraña duró un día −tenía apenas ciento veinte soldados− y se retiró con sus jefes militares al interior de la provincia. “La invasión –me comentó el director del Museo Histórico, Miguel González Azcoaga− convierte a Corrientes en el primer escenario de la guerra y fracciona terriblemente a la sociedad correntina. Familias enteras se dividen. Y después de la guerra cae un manto de olvido. Como tema de historiografía prácticamente no se escribió nada sobre esa guerra tan terrible, todo se silenció”.

Sin declaración de guerra empezó una contienda que unió al Brasil, el Uruguay y la Argentina contra el Paraguay, que duró cinco años, y en la que murieron decenas de miles de personas; entre ellas, casi todos los varones adultos del Paraguay, país que se quedó sin hombres por más de una generación.

Un capítulo trágico, de los muchos que hubo, fue la detención de cinco mujeres en julio de 1865 y su cautiverio por más de cuatro años en los que pasaron penurias de todo tipo. ¿Quiénes eran las cautivas? Un grupo de damas relevantes de la sociedad que fueron llevadas como prisioneras para extorsionar a sus esposos militares.

Dos de ellas, con sus hijos, una chica de cuatro años y un varón de cinco, vivieron todo un escarnio. Primero estuvieron presas en el viejo cabildo y después las trasladaron al Paraguay, donde fueron obligadas a caminar junto con el ejército paraguayo noche y día, sin calzado ni comida. Presenciaron lo inimaginable: todo el horror de la guerra, los crímenes más aberrantes, todos los excesos.

El monumento a la guerra contra el Paraguay, bronce, mármol y base de laja en homenaje al jefe de los ejércitos aliados, Bartolomé Mitre, que está en la costanera de la capital provincial, mirando al río, incluyó, en la parte posterior, a las cinco figuras femeninas, de cuerpo entero, vestidas con túnicas de aire grecolatino. “Las Cautivas” son el paradigma por excelencia de la guerra contra el Paraguay: en ellas se encarna el sufrimiento de los civiles en el conflicto armado. Una de ellas murió durante la guerra.

Heroínas históricas de la provincia, prometieron a la Virgen de la Merced volver al final de la guerra para agradecer su protección. Lo hicieron, incluso antes de saludar a sus familiares. Jamás hablaron de esos cuatro años en los que vivieron cautivas, y sus cenizas están en un panteón especial dentro de la iglesia Nuestra Señora de la Merced desde 2007.

Por eso, digo, las historias de sables y muertes abundan en la historia correntina. Y el pueblo, en la vida presente, profesa una extendida religiosidad que tiene su punto máximo cuando doscientos cincuenta mil feligreses van a Itatí a venerar a la virgen morena, patrona de la provincia.

Genaro Berón de Astrada era gobernador en 1839. Se convirtió en una especie de héroe romántico y justiciero porque, harto de que Juan Manuel de Rosas controlara desde Buenos Aires la renta por la navegación de los ríos, se sublevó. Cosas de la vida y la política, el rival que salió en defensa de Rosas fue su vecino, el gobernador entrerriano Pascual Echagüe, quien contó con la jefatura militar del entonces coronel Justo José de Urquiza, que años más tarde sería el verdugo del Restaurador.

El choque entre ambos ejércitos fue encarnizado: cinco horas de terror y de espanto, cerca de la actual Curuzú Cuatiá. González Azcoa­ga rememora que en la batalla de Pago Largo mueren más de dos mil correntinos. Fue una masacre, los rosistas no querían prisioneros. Cuando la derrota ya era inevitable, un ayudante se le acercó a Berón de Astrada casi rogándole que huyera. Pero allí le contestó con su frase célebre: “Seguid vosotros, yo he venido a vencer o morir”. Y la tradición oral de los correntinos dice que fue así, nomás: el coronel Berón de Astrada quedó tendido en el campo de batalla: se le contabilizaron dieciocho lanzazos en el cuerpo.

Es raro que, en un territorio signado por el machismo −porque el culto al coraje correntino esconde cierta afición a resolver los entredichos a cuchillo limpio, como si fuera un interminable cuento de Borges−, las mujeres no estén opacadas. Todo lo contrario: si rastreamos a los personajes más importantes en la vida de la ciudad de Goya, los cuatro más destacados son mujeres.

Mi viaje a Goya fue realmente sorprendente por varios motivos. Pero, en primer lugar, debo decir que no he visto vecinos organizados como estos para cuidar el patrimonio histórico de su pago chico.

Goya es la segunda ciudad en importancia de Corrientes; hoy araña los ochenta mil habitantes. Por las casas señoriales y de estilo que abundan en sus calles y, consecuentemente, por la elegancia y la hermosura de sus mujeres, alguna vez fue llamada “la pequeña París de Sudamérica”.

Comencemos por reseñar a Sinforosa Rolón y Rubio, prima de Juan Manuel de Rosas y mujer muy adinerada: desde que degollaron a su prometido, el coronel Tiburcio Rolón, durante la cruenta batalla de Pago Largo, decidió permanecer soltera y dedicar su vida a la caridad. Como tenía mucho dinero, hizo construir asilos y hospitales y una hermosa iglesia de estilo neorrenacentista, cuya cúpula nos recuerda a la capilla de La Sorbona en París.

Gregoria Morales de Olivera fue la primera pobladora de quien se tiene noticia. Ella organizó un pequeño comercio y boliche a la vez, ubicado frente al río, donde vendía quesos y tabaco, aprovechando un recodo donde atracaban los barcos. Gregoria es tan importante que, como la ciudad no tiene fecha de fundación, se acepta como lo más probable que la aldea haya empezado a crecer desde que ella se instaló en ese lugar estratégico: no por nada, Goya es el sobrenombre de Gregoria.

Otra de las mujeres importantes fue Isabel King, norteamericana: ella fue una de las sesenta y cinco maestras que trajo Sarmiento para educar a los argentinos y una de las pocas que aceptó trasladarse a un destino inhóspito, en el interior más lejano.

Y la más famosa de todas, claro, fue Camila O’Gorman, una jovencita de la alta sociedad porteña, que a los dieciocho años se enamoró del cura de su parroquia, en tiempos de Juan Manuel de Rosas. Descubierta la relación escandalosa en Buenos Aires ambos huyeron, cambiaron sus nombres y se instalaron en Goya.

Anónimos, se insertaron rápidamente en la sociedad local. El cura fundó una escuela y empezó a dar clases como maestro. Todo fue feliz hasta que una noche, durante una fiesta, un sacerdote que viajaba en un barco desde Asunción reconoció a su hermano de seminario y lo denunció, porque en aquellos tiempos hasta los curas jugaban por uno u otro bando. La historia del final es bastante conocida desde que María Luisa Bemberg hizo una película que llegó a competir por el Oscar: ambos, Camila y su amado Uladislao, fueron fusilados en Santos Lugares, en las afueras de Buenos Aires. El Restaurador de las Leyes no tuvo piedad ni con Camila, que aparentemente estaba embarazada, ni con el cura Gutiérrez: la ilustre Goya había sido una tregua para ese amor prohibido.

En Goya también tuve el privilegio de conocer al teatro más antiguo del país, que data de 1879. Yo creo que los habitantes de la ciudad ni siquiera saben el tesoro que guardan –o esconden−, porque la fachada está tapada por unos indeseables locales comerciales.

El arquitecto Tomas Mazanti demoró cinco años en construirlo: le puso madera de fina pinotea blanca y cedro de Canadá, materiales eléctricos de Alemania, mobiliario de Viena, arañas y apliques de Italia. Dios sabe dónde estará la araña principal de fino bronce labrado con veintidós luces de tulipa de cristal tallado.

El teatro nació como Teatro Club 25 de Mayo, después se llamó Elsa, más tarde Teatro Solari y hoy se denomina Teatro Municipal. Acaso su mayor virtud no sea su rica historia ni los personajes famosos que trajinaron sus tablas: es la rara virtud que tiene de esquivar la bola de la grúa de la demolición varias veces en su vida. Algo que no es poco, tratándose de un teatro.

Aunque la historia que me contó Ana María Trainini, directora del teatro de Goya, escenógrafa y profesora de danzas clásicas, sentados en los sillones de pana púrpura, me sugestionó bastante.

Refiere Ana que hace muchísimos años una bailarina se colgó en el entreacto de uno de los tirantes que soportan el peso del escenario al descubrir en los camarines una carta de su novio donde le decía que amaba a otra mujer y que esa carta era el largo adiós. Y acto seguido, para mi sorpresa, me relata:

Su fantasma vive en este teatro. Un día, de golpe sentí un frío terrible, que me envolvía, y después la vi. En el escenario, se corporizó delante de mí. Larga, delgada, muy etérea, con un vestido blanco, hecho de gasa transparente. No se le veía la cara; era como si su cuerpo flotara sobre las tablas.

Muchos también han visto a un hombre, una figura muy alta, con un sombrero negro. A ese lo ha visto medio mundo y siempre va por el segundo piso y es muy alborotador, corre, va, vuelve por los pasillos, y la capa es una cosa que vuela y desaparece en segundos. A veces, el señor se cruza en medio de los ensayos. Le pusimos Otelo. Son esas cosas que tiene el teatro; parecen locas, pero existen. Yo digo que son energías corporizadas. Bueno, llamale fantasmas. Pero no son malos.

Otro teatro que conozco es el Vera, de la capital correntina, que lleva el nombre del fundador de la ciudad, Juan Torres de Vera y Aragón, y que en 2013 cumplió cien años. Es un teatro espléndido, completamente restaurado y con una cúpula corrediza, que deja ver el cielo en cada función en esos días sofocantes del verano. Pero, para mi desgracia, en este caso negaron la existencia de fantasmas.

A los esteros del Iberá, que es otro de los rasgos más salientes de la cuestión identitaria correntina, los conocí por arriba y por abajo. Navegar entre los juncos es algo maravilloso.

En vuelo, la primera comprobación que hice es que los esteros son inmensos. La segunda es que en pocos lugares uno ve realmente agua. El resto también es agua, pero disfrazada por una vegetación que le da tonos verdes y amarronados a la superficie. O sea: uno cree que está sobrevolando tierra cuando en realidad es una laguna que parece infinita.

Intento darme una idea de la majestuosidad del lugar: son quince mil kilómetros cuadrados de superficie. Para hacernos una idea, aunque sea lejana, tengamos presente que la Capital Federal tiene doscientos kilómetros cuadrados.

Los esteros del Iberá −que en guaraní quiere decir “aguas que brillan”− son el segundo humedal más grande del mundo, la mayor reserva de agua dulce del planeta después de Pantanal, en el Brasil.

El multimillonario y conservacionista norteamericano Douglas Tompkins –resistido con los previsibles argumentos ideológicos de siempre− quiere que los esteros sean un parque nacional y está dispuesto a regalar sus propiedades correntinas. Compró unas ciento cincuenta mil hectáreas de tierra en el Iberá −donde vive gran parte del año desde 2000− y abrió un camino escénico que da toda la vuelta alrededor de la laguna, en su afán por generar pasos desde unos trece pequeños pueblos que podrían, en el futuro, vivir del recurso turístico. Tan multimillonario como humano, tiene bien pensado su plan:

Nuestro programa es restaurar campos dañados por sobre­pastoreo de hacienda y reintroducir animales como el venado de las pampas, el oso hormiguero, el tapir y el yaguareté. Ya tra-jimos una manada de venados, y tenemos veinte osos hormigueros con sus crías. El yaguareté tomará un tiempo. La meta que me impuse desde hace años es usar las riquezas de mis empresas, comprar tierras de privados con la esperanza de hacer parques nacionales. Así logramos hacerlo en el sur de Chile y en Monte León, provincia de Santa Cruz, en la Argentina. Tal vez parezca raro, tal vez no haya muchas personas haciendo esto, pero es lo que me gusta.

Ahora, está tratando de reinsertar el yaguareté −extinguido por la caza− en los lugares más remotos del Iberá. Si alguien quiere estar en contacto directo con la mayor cantidad de animales silvestres en la Argentina, ese lugar son los esteros del Iberá. El número y la variedad de pájaros son incalculables, y los venados, los carpinchos, los zorros, los yacarés, por decir los animales terrestres más visibles, han atravesado bastante bien el tiempo del gatillo fácil de los cazadores furtivos. Aho­ra la idea predominante es que hay que mantenerlos vivos e interesar al turismo.

Pero, todavía, los esteros no están siendo aprovechados turísticamente como lo amerita su importancia. Por lo general los turistas internos ignoran todas las posibilidades de gratificarse en los enormes humedales naturales, y prefieren los sensuales carnavales de febrero.

Hay en Corrientes muchas otras opciones de interés, como Paso de la Patria, que es un lugar encantador y con buenas playas. Y algunos otros, no lejos de la capital, como el famoso Puente Pexoa, a unos diecisiete kilómetros, sobre el riachuelo Las Palmas. Es un puente viejo, pero responsable de un rasguido doble que inmortalizó don Tránsito Cocomarola en 1953, y que, con unos versos sencillos, cuenta una historia de amor entre un hombre y una mujer:

¿Te acordás mi chinita / del Puente Pexoa / donde te besé?

Que extasiada en mis labios / tú me repetías: / No te olvidaré.

Pasé un día y lo vi. Un puente viejo, de setenta y cinco metros, tenía arcos que lo cruzaban por arriba, pero los sacaron para que pudieran pasar los camiones. Construido totalmente por maderas y barandas, los pilotes se entrecruzan formando vistosas “X” de un lado al otro del río. Las orillas están cubiertas con ceibos, palos blancos y jacarandáes.

Lo mismo que Cocomarola, el autor de la letra había muerto, pero busqué con dedicación de periodista y encontré a la viuda, o sea, a uno de los dos protagonistas. Vivía en el Gran Buenos Aires. Obviamente, me contó la historia, pero al final se emocionó y comenzó a hacerme preguntas. “Me trae lindos recuerdos escuchar esa canción. Si estoy sola, me pongo a llorar. ¿Estuvo usted en el puente? ¿Vio el río desde arriba? ¿Si he vuelto yo al puente? No, ni me animo a volver. Por los recuerdos, ¿sabe? Era tan lindo todo No sé qué me sucedería. Él me cantaba la canción al oído”.

No voy a hablar de las religiones populares, que en Corrientes tienen una potencia extraordinaria a partir del Gauchito Gil y San La Muerte, el santo pagano de los tumberos argentinos, pero sí de los mitos, co­mo el del Pombero, suerte de sátiro que persigue doncellas durante las siestas de fuego del verano y es solo uno entre decenas de duendes más o menos bribones que pueblan el imaginario correntino.

Ahora está de moda decir que “Corrientes tiene payé”. Payé viene a ser como magia y, a la vez, embrujo. Así me lo explicó el historiador Jorge Díaz Colodrero en el amplio patio con aljibe de una casona de Goya:

Es un hechizo que se materializa en un objeto. Y está la “payesera”, que hace el trabajo, la bruja. La payesera provee el talismán capaz de hacer prodigios. Por ejemplo, la pluma del caburé, que es un ave rapaz que se alimenta de otras aves más pequeñas a las que hipnotiza con su canto. Una pluma de caburé otorga una irresistible actitud de convocar el amor del otro sexo. Al varón que tiene una pluma de caburé le caen en los brazos las mujeres. Y hay payé para la guerra, sobre todo para salir victorioso en el duelo a cuchillos, que era muy común en el ámbito rural.

Todas esas cosas provienen de la herencia del pueblo guaraní. En la zona rural el guaraní es el idioma coloquial dominante. En las ciudades, todavía se están formando los profesores para transmitirlo.

Nadie dice que estuviera prohibido, pero era algo así como un idioma “vergonzante”. Idioma de gente baja, que venía de los indios: “Si usted habla guaraní, les advertían a los chicos −cuenta Díaz Colodrero−, no va a hablar bien el castellano”.

De todo ello me habló en Goya el historiador, que me enfatizó, co­mo señalé antes, que cuando se desató la Guerra de la Triple Alianza la opinión pública estaba muy dividida:

Había mucha gente que apoyaba a Solano López, y se entiende que fue una especie de guerra civil. Porque los correntinos, por cultura, por idioma, por raza, tenían más familiaridad con los paraguayos que con los porteños. Así que la guerra era cosa de los porteños. Fíjese que cuando Urquiza se pronuncia contra Rosas la única provincia que lo acompaña es Corrientes, y el estado mayor del Ejército Grande estaba integrado por treinta oficiales jóvenes correntinos. Sarmiento, que estuvo como periodista y cronista, porque hacía los boletines de la guerra, dice en uno de sus libros: “El idioma del estado mayor del ejército era el guaraní. Hablaban en castellano por cortesía cuando yo ingresaba”.

El historiador también atribuye la idea de “República de Corrientes” a su condición mesopotámica, al forzoso aislamiento que causa el abrazo de los ríos Paraná y Uruguay, por la falta de puentes y caminos vinculantes.

Por eso, muchas cosas de Corrientes se conocieron tarde en Buenos Aires, como el chamamé.

No podía ser más humilde el origen de la música que, como el tango representa a los porteños o la chacarera a Santiago, identifica claramente a la correntinidad, porque, según Díaz Colodrero:

El término significa algo que está sin terminar, como improvisado, algo no bien hecho. Según parece, un cantor paraguayo residente en la Argentina redactó los versos de una polca y se la mandó en una esquela a otro músico acá en Corrientes. Con cierta humildad le decía: “Te mando este chamamé para que lo examines y, si te gusta, para que lo toques”. Así parece haber sido el origen, como una cosa a medio hacer Sin embargo, nosotros estamos orgullosos del chamamé.

A Corrientes le han pasado cosas muy singulares. Por ejemplo, en 1818, durante algunos meses fue gobernada por un personaje que provenía de Misiones y pasó como una ráfaga poderosa y fugaz en el escenario: el indio Andresito.

Este señor, cuyo recuerdo aún aturde a los apellidos resonantes de la capital, entró con su ejército guaraní y puso a la provincia bajo la dominación del oriental José Gervasio de Artigas. “Andresito no es para nada querido en Corrientes −me aclaró Miguel González Azcoaga−, por lo menos en lo que respecta a la costa del Paraná. Su gobierno duró algunos meses, y aunque respetó a la iglesia y a los sacerdotes, hostigó a las familias más pudientes y mandó sus hijos a limpiar la plaza”. El director del Museo Histórico también precisó que, en los pocos meses que duró la usurpación del poder, motorizó ese tipo de revanchas, como meter presos a varios cabildantes; a otros, Andresito los secuestró y pidió rescate por ellos, “y fueron famosas sus borracheras y su manera despótica para ejercer el mando cuando estaba en ese estado”.

Todo puede ocurrir en Corrientes.

Es una pena que haya dejado de andar el “trencito económico” que aún se exhibe en Santa Ana, a quince kilómetros de la capital. Una verdadera reliquia ferroviaria. Era tan lento, que tardaba un día para recorrer algunos kilómetros. Viaje y aventura que narró excepcionalmente el periodista Rodolfo Walsh en la revista Georama, y del cual rescato un pasaje esclarecedor:

El trencito paró junto al linyera que descansaba al costado de la vía.

–Si venís de fogonero –le gritó el maquinista–, te llevo hasta Corrientes.

El otro meditó antes de rehusar.

–¿Sabe lo que pasa –dijo–, es que estoy apurado.

Dicen que Corrientes tiene payé. Y eso significa que todos los que alguna vez visitaron Corrientes ya están como engualichados −tengan o no pasaporte correntino− y, más tarde o más temprano, volverán a esta tierra.

4
Laguna Brava y Corona del Inca

En La Rioja, entre otras cosas, me sorprendieron dos: la historia de un angelito milagroso y el espectacular viaje hasta un fantasmagórico cráter ubicado a cinco mil cuatrocientos metros de altura

La Corona del Inca es una de las aventuras más ambiciosas y desafiantes para todos aquellos que mueren por llegar con su vehículo bien lejos y bien alto, con una recompensa asegurada: se trata de un lugar remoto, solitario, virginal y sobrecogedor, que se alza a cinco mil cuatrocientos metros de altura.

Para mí, es el premio mayor de una vuelta por el oeste riojano que debe incluir el Parque Nacional Talampaya, con sus formas de arenisca roja que parecen animales, monjes y piezas de ajedrez, y sus laberínticos pasadizos por el medio del gran cañón argentino. No es tan famoso a nivel mundial como el gran cañón del Colorado, pero es igualmente fascinante.

El periplo incluye a Villa Unión como cabecera y, sin duda, una visita al cementerio local, donde tuvo lugar la extraña historia −una metamorfosis, diría− de Gaitán, el niño muerto que parece vivo.

Y anoto también a la Laguna Brava −¡vaya nombre!–, a mitad de camino hacia la Corona del Inca, porque ese viaje, con sus abismos y colores, con sus peripecias, avatares y vicisitudes, es una aventura bien accesible.

Villa Unión, en el oeste riojano, es un pueblo distribuidor; desde allí se puede ir en distintas direcciones, lo que le da características de estratégico.

Sus vinos compiten con los de Chilecito, sobre todo el torrontés, aunque a menor escala, y hasta son más antiguos. Vale la pena demorarse un momento allí: cerca del poblado tiene lugares realmente hermosos como Banda Florida y sus petroglifos; y en Guandacol está aún en pie la casa del último caudillo montonero, Felipe Varela.

Pero la mayoría de los visitantes, sin embargo, privilegia la visita al cementerio, para conocer la tumba del angelito, Miguel Ángel Gaitán.

Antes de avanzar en el relato, es preciso aclarar lo de “angelito”. En el norte argentino, como herencia de la conquista española, y de acuerdo con una antigua tradición cristiana, si un niño bautizado muere antes de haber cumplido los siete años, como su alma está pura y libre de pe­cados, irá directamente al Cielo como angelito y desde allí intercederá ante el Señor para velar y proteger a la familia y a la comunidad donde vivía de enfermedades, pestes y otros males.

Para los creyentes, esta muerte se convierte en motivo de fiesta de despedida del angelito, una fiesta acompañada con oraciones, cantos, baile, juegos, comidas y bebidas. En ese tenor reza una copla santiagueña: “Cuando muere un angelito, en la tierra santiagueña no se llora, se baila. Las lágrimas podrían mojar sus alitas e impedirle volar hacia las alturas”.

En 1967, quince días antes de cumplir un año, Miguel Ángel Gaitán –hijo de Argentina Nery Olguín y de Bernabé Gaitán− murió de meningitis.

La leyenda empieza a desarrollarse siete años después, en 1973, luego de una violenta tormenta que se desató sobre Villa Unión y que, entre otras cosas, destruyó el túmulo de ladrillos y cemento que cubría el pequeño féretro del bebé.

El cuidador del cementerio descubre los destrozos y, al mirar el interior de la tumba, observa que el cadáver está intacto, como si Miguel Ángel estuviera dormido.

La tumba, por supuesto, fue reconstruida. Al tiempo, un día, el hombre comprueba que las paredes se habían caído misteriosamente, esta vez sin tormenta ni vientos huracanados de por medio.

Hubo una segunda reconstrucción de la tumba, pero los ladrillos volvieron a aparecer desparramados.

Fue entonces que los familiares decidieron dejar el cajón en el exterior.

Sin embargo, notaron que la tapa del ataúd había sido removida por la noche. La volvieron a cerrar una y otra vez, y aunque ponían objetos pesados sobre ella, como piedras y pesas de hierro, cada mañana aparecía removida. “Finalmente decidimos que Miguel no quería ser cubierto, quería ser visto”, me dice su madre, Argentina Gaitán, sin dejar de mirar el cuerpito y la cara como de plástico de su hijito.

Se trata de un bebé que se momificó naturalmente. Lleva más de cuarenta años muerto, pero desde 1990 la gente lo comenzó a considerar como milagroso, exactamente desde que el panteonero de Villa Unión le hizo una bóveda con vidrio. Esa fue la solución que encontró la familia para terminar con las tapadas y destapadas, y según expresa su madre, interpretando los deseos del angelito.

Al poder ser observado, la fama del niño milagroso se difundió por todo el país e incluso el extranjero.

La tumba es una urna de vidrio. Está repleta de flores de papel, de plástico, de estampitas y vírgenes.

El angelito, momificado, parece dormido. Lleva puesto un gorro blanco, que la madre cambia todas las semanas.

Desde aquella tumba que misteriosamente se derrumbaba y el féretro que se movía, todo ha cambiado. Ahora la cripta tiene dos plantas: el primer piso está lleno de juguetes. Y las paredes están repletas de placas de agradecimiento.

He visto cuadernos con anotaciones, diarios de chicas adolescentes. He visto familias que se inclinan ante la urna de vidrio trayendo osos de peluche y que obligan a sus chicos a mirar al angelito.

Todos se sacan fotos… y todos le sacan fotos.

Uno lee las cosas más insólitas. Hay papeles colgados donde un club de fútbol regional le implora que le vaya bien en el torneo, y hasta pide su intercesión un candidato a vicegobernador para que lo ayude en las elecciones.

Los adolescentes le piden por materias que adeudan en el colegio, aún de lugares tan distantes como Comodoro Rivadavia, y para recuperar amores perdidos en Eldorado, provincia de Misiones.

“Las ofrendas −me dijo Javier Reinoso, director de Turismo−, como para hablar fríamente, son como una contrapartida por los favores re­cibidos. Cuando el angelito hace un milagro o lo que la gente considera un milagro, ellos le dejan un juguete. Eso después va para las escuelas carenciadas de La Rioja; a esos lugares van a parar estos juguetes”.

Ahora, con el obvio permiso de ustedes, mis lectores, voy a apelar a las anotaciones de mi diario para contar mi viaje a Laguna Brava, y un poco más allá, hasta Corona del Inca.

He salido de Villa Unión de madrugada, cuando el sol está empezando a levantarse sobre los cerros del este para cruzarse hacia a las remotas soledades de la cordillera riojana.

La primera etapa del viaje es Vinchina, una localidad del antiguo poblamiento aborigen, que dejó un enigmático testimonio: en las afueras, asoma una enorme estrella dibujada en el piso con piedras rojizas, azulinas y blancas. No hay certezas sobre qué significa, pero muchos prefieren vincularla con cuestiones del más allá.

En ese antiguo sitio ceremonial de los pueblos milenarios, puntual, me espera Walter, el baqueano que va a guiarme en el ascenso, y de paso, me enseña las estrellas diaguitas. Explica: “Son cúmulos de tierra formados con piedra que fueron construidos por los indios: era su manera de agradecerle a la Pachamama por sus cosechas”.

Las estrellas son tres: una grande y dos más chicas. La grande es una figura de once puntas sobre un terraplén, hecha con piedras blancas, grises y rojizas y un diámetro de veintiocho metros.

El ascenso hacia la Cordillera será trabajoso y cansador.

La camioneta suma kilómetros y metros de altura zigzagueando en el imponente marco de la Quebrada de la Troya. Por aquí y allá asoman salientes en ángulo de noventa grados: los plegamientos son colosales. En el manejo hay que tener especial cuidado con los derrumbes que se producen cuando corre mucho viento o cuando llueve.

La caprichosa geografía sorprende en cada recodo del camino, la variedad de formas es algo indescriptible, y la imaginación vuela hasta concluir que un fantástico cataclismo ordenó las cosas tal como uno las ve.

Por cierto, es uno de los paisajes más hermosos de la Argentina.

Después de unos ochenta kilómetros de marcha hemos llegado a Jagüé, o Alto Jagüé, el último caserío del oeste riojano.

En este puesto hay que avisar a los guardafaunas que uno subirá hasta la Laguna Brava: “A las siete de la tarde, si alguien no ha regresado, salen a buscarlo”, aclara Walter.

Jagüé es un pueblo muy curioso. Toda la calle principal es como si fuera el cauce de un río; las veredas y las casas están a más de dos metros de altura de la calle. “Es que es un río −me reafirma Walter−, solo que ahora está seco. En época de lluvias, como enero y febrero, el agua baja por acá y a través de los años fue socavando el lecho más y más hasta lograr una diferencia de dos o tres metros de altura con los márgenes”. Es la primera vez que veo en un pueblo de la Argentina cuya calle principal es un río.

El punto culminante de altura es un camino de cornisa que llega a los cuatro mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar. Da la sensación de que uno está en la puerta del cielo. La vista es como la paleta de un pintor: si uno mira hacia un lado, ve cerros verdes; hacia el otro, colorados, ocres, azules.

Este sitio endiabladamente hermoso se llama El Portezuelo y ahí va la camioneta, despacio, en marchas bajas, caracoleando entre los abismos multicolores.

Después de horas de andar y andar, llegamos a la orilla. El escenario es grandioso: una extensa altiplanicie de tierra, una gigantesca mancha blanca de unos veinte kilómetros de largo por cuatro de ancho, y el imponente recorte de las montañas, altísimas, azules y blancas, coronadas por las nieves eternas.

A un costado de nuestra camioneta, hay una pequeña caleta, donde la sal no ha logrado cristalizar el agua. Se llama El Golfito y brinda refugio a una poblada colonia de flamencos rosados que llega en diciembre, con el verano, para volar hacia otros rumbos en el otoño. Walter comenta:

Este viento es permanente, en invierno sopla más fuerte. Los antiguos del lugar cuentan que cuando algunos subían a estos parajes, que estaban vírgenes, la laguna producía un aterrador sonido. Bramaba, como dicen ellos, y ese sonido tan poderoso se llegaba a escuchar hasta Jagüé. Lo que hacía la laguna era rechazar a la gente, la asustaba. Y a la vez se producían temporales de nieve súbitamente, que impedían a los visitantes permanecer en el lugar. De allí quedó la idea de que era una laguna brava por sus humores con los forasteros.

A unos trescientos metros de la orilla, se pueden observar los restos retorcidos de un avión Curtiss C-46 que tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en abril de 1964 y que es también protagonista de uno de los tantos relatos que pueblan de realidad y fantasía los fogones de los arrieros. El avión, apenas reconocible porque ha sido desguazado, había salido de Lima y traía en la bodega ocho yeguas árabes de pura sangre, todas preñadas. Se salvaron los seis tripulantes y solo uno de los animales, que se escapó y se convirtió en leyenda. Durante años se ha dicho en La Rioja y otras provincias cercanas que los caballitos que ganan las cuadreras son hijos de la yegua que cayó del cielo.

Al rodear la laguna, nos encontramos con un refugio de piedra, que usaron históricamente los arrieros que cruzaban con ganado la cordillera. A lo largo de la ruta entre la Argentina y Chile hay catorce de estas construcciones de piedra y argamasa −mezcla de cal y tierra−, techo curvo y anchos muros, de paredes gruesas, y sin ventanas. Son casuchas circulares que semejan nidos de horneros. El ingreso dibuja la forma de un caracol para evitar la entrada del viento.

Lo llamativo de ellos es que están impecables y fueron construidos allá por 1860 y 1870, cuando eran presidentes Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento, cuyo padre, justamente, fue un experto arriero y baqueano y transitó durante muchos años por aquellos senderos y pasos cordilleranos.

Al lado de la puerta de entrada y a la intemperie, hay una tumba de piedra medio abierta, en la que se observa el esqueleto de un hombre. Tiene una cruz que solo reza “El destapado”. Los lugareños y trashumantes solo saben que fue un arriero que cayó muerto apenas salió del refugio. El cadáver fue sepultado precariamente y, cuando yo anduve por ahí, todavía se le veían las botas que usaba el finado. Todos los que frecuentan el refugio se persignan antes de entrar para no contrariar el ánima del difunto.

Y por más que manos piadosas una y otra vez intentaron ocultar a los ojos el cadáver, misteriosamente, siempre aparece destapado...

Si la experiencia de Laguna Brava es intensa, llegar hasta Corona del Inca es un desafío superior, y no está recomendado para cualquiera que quiera hacerlo.

Nunca hay que ir en un solo vehículo hasta ese lugar, siempre hay que asegurarse de notificar el ascenso en Vinchina y, dentro de lo posible, hay que llevar alimentos, agua, bebidas calientes, chocolates y un tubo con oxígeno. Esto último es de vital importancia. Todas las veces que he sobrepasado los cuatro mil quinientos metros me sentí muy seguro sabiendo que tenía a mano el tubo y la mascarilla con oxígeno puro, porque una de las peores consecuencias del mal de altura es la sensación de ahogo, a lo que le sucede, inevitablemente, el aumento de las pulsaciones del corazón y, finalmente, un estado de pánico que puede ser contagioso entre los miembros del grupo. Todo lo registré en mi diario.

A las tres de la mañana está todo oscuro, como boca de lobo, y el pueblo de Villa Unión duerme. El equipo de expedicionarios ya está convenientemente abrigado y las camionetas van con el depósito de combustible lleno, además de bidones complementarios.

Pelusa, guía de montaña, va en una camioneta; yo, en otra.

Hay un monótono asfalto por delante, y nadie en la ruta 76. Tengo buena luz hacia adelante, y adentro, solo el fulgor azul de los instrumentos: velocímetro, demás relojes del tablero y el necesario GPS.

Por handy, Pelusa me informa: “Ya pasamos lo que es la precordillera, estamos cerca del cañón de Santo Domingo. Con un poco de luz tal vez podríamos ver algunos zorros, no mucho más. Ahora, las plantas ya están siendo cada vez más petisas. Cerca de los tres mil metros vamos a empezar a ver guanacos y por arriba de los tres mil seiscientos, las vi­cuñas. Después, nada”.

Con Pelusa hacemos alusión a la noche que no se va, a la Laguna Brava que está más adelante y a la relativa comodidad del viaje, que llega hasta aquí mismo. De ahora en adelante, me anticipa, vamos a encarar una de las grandes aventuras que hay en la Argentina.

Pelusa viaja con el baqueano Aldo Ruiz, que recogimos en Vinchina, un poco más allá de Villa Unión, y con el profesor Jesús Cerezo. También es de la partida Reinoso, el director de Turismo de Villa Unión, que viene conmigo.

Recuerdo que cuando empezó a clarear hicimos una parada. A lo lejos se podía divisar la inmaculada claridad de la Laguna Brava.

Al alba, Jesús me enseñó el panorama: “A la derecha –indicó− tenemos los volcanes, el Bonete Grande, el Bonete Chico, y se ven unas puntas del volcán Piscis, que es el volcán apagado más alto del mundo. Hacia allá nos vamos a dirigir para llegar al cráter Corona del Inca. Después vamos a ver el volcán Reclus y, más a la izquierda, el Veladero”.

Por el frío intenso di algunas vueltas alrededor de la camioneta y eso me agitó un poco. Así fue como empecé a usar el tubo de oxígeno que Pelusa me había dado para casos como este. El sol empezaba a trepar en el cielo, pero la temperatura bajaba.

Íbamos solos, absolutamente, en un escenario desolado, magnífico y desmesurado para dos camionetas. El GPS marcaba más de cuatro mil seiscientos metros cuando estábamos aún a quince kilómetros del cráter. Desde hacía horas no había nada vivo a la vista, ni vegetación ni animales. Nos faltaba todavía cruzar unos riachos congelados y parte del pedregal, donde las camionetas sufrían mucho y había que ir esquivando piedras filosas, trámite que nos retrasaba considerablemente la marcha.

Después, hubo que hacer un culto de la paciencia. Primero, un pesadísimo arenal, que solo puede atravesarse con camionetas con tracción en las cuatro ruedas, y después se nos presentaron otro interminable pedregal y un río congelado. Los miembros de la expedición debían bajarse para guiar a las camionetas. Mucha piedra filosa y traicionera, una tentación para las pinchaduras.

Finalmente, llegamos.

Me bajo de la camioneta. La imagen del cráter me sorprende. Ante mi vista tengo un gigantesco embudo que parece irreal. Camino despacio hasta el borde, y aun así estoy jadeando por la altura.

El GPS marca cuatro grados bajo cero. Con el viento que corre furioso, la sensación térmica es de once grados bajo cero. Estoy flameando como una bandera.

Estamos a cinco mil cuatrocientos metros de altura. Nunca en mi vida estuve tan alto. El grupo de volcanes y el muro de nubes que los entretapa conforman un espectáculo fantasmagórico. Todo lo que vemos da la idea de la superficie de un planeta muerto. Abajo, el viento sopla sobre la Laguna del Inca y forma una pequeña marea. La temperatura es shockeante; las nubes se mueven, amenazantes. Resulta algo así como incómodo estar en el cráter, se tiene una sensación de expulsión. Nos sacamos las fotos de rigor; no siempre uno llega a destinos semejantes.

Observo y apunto estos términos: “Visión de la Corona del Inca. Un profundo lago rodeado de glaciares, que cuelgan de las paredes que caen casi a pique. Un volcán en depresión, una gigantesca boca de fuego dormida. Allá abajo, a unos trescientos metros está la solitaria laguna”.

Bajar hasta la laguna es inconveniente por el mal clima que pronostica el baqueano. Pero no solo por eso. Uno podría llegar a bajar, pero después hay que multiplicar por cinco el tiempo que demandará subir. Y, desde luego, sería una locura caminar en estas alturas sin haber hecho una aclimatación previa.

La nuestra es la última subida autorizada del otoño, y el objetivo ha sido cumplido.

Pelusa ordena la retirada justo cuando el cielo se oscurece súbitamente, las rachas de viento helado cobran fuerza y la primera aguanieve se descuelga de las nubes bajas. Los nativos de la zona afirman que, en estas alturas, las tormentas suelen desencadenarse en menos de quince minutos.

Nos vamos, porque así empieza todo. Cómo sigue, solo Dios lo sabe.

5
El gaucho Molina: héroe y villano de la patria

Cuesta pensar que el hombre que lideró un malón e incendió la ciudad de Dolores, sea el mismo personaje que a fuerza de coraje nos llevó a la victoria en una batalla contra el Brasil.

Pasando el río Salado, unos doscientos kilómetros al sur de Buenos Aires, está Dolores, antigua frontera entre los blancos y los indios. Para llegar, antes hay que pasar por el palacete de Felicitas Guerrero, conocida como la mujer más linda de la Argentina del siglo xix, la millonaria asesinada por su pretendiente. Y a unos treinta kilómetros está la Esquina de Crotto, donde sobrevive una pulpería con reja de protección para el bolichero que luce un par de muescas en sus barrotes de acero por los balazos perdidos de algún duelo entre parroquianos.

Todos estos sitios los conocí mientras trabajaba −fueron tres meses largos− en la cobertura de un asesinato. Mi tiempo libre lo aprovechaba yendo de un lado a otro buscando historias. Para mi sorpresa, la monotonía de la llanura pampeana resultó solo geográfica, porque el escenario sí que fue movido: toda la pampa verde que abraza a la ciudad de Dolores fue escenario de sangrientas batallas en el pasado.

Dolores, a mitad de camino entre Buenos Aires y Mar del Plata, era en el siglo xix el sur remoto, el confín de la civilización, frontera asediada por los malones pampas. Y, en los montes cercanos, se guarecían los gauchos alzados, contrabandista o exiliados políticos con cuentas pendientes en Buenos Aires o en Montevideo.

Hasta las piedras saben en Dolores que su pueblo fue el primero que se rebeló contra Juan Manuel de Rosas. Los conjurados se llamaron a sí mismos “Libres del Sud”, pero no les fue muy bien contra “el Tirano”.

“El levantamiento también fue llamado ‘La revolución de los hacendados’ −me comentó el historiador José Uriarte− y aunque había estancieros, en su mayor parte eran peones de estancia, gente muy humilde que se rebelaba contra el poder mismo de Rosas, contra el despotismo: querían un gobierno de orden dentro de la ley”.

El jefe del levantamiento fue Pedro Castelli, hijo de Juan José, el prócer de la Revolución de Mayo. Por entonces, la frontera contra el indio, por el sur, se ubicaba en el río Salado y sus inmediaciones. Las estancias se instalaron en la zona a comienzos de 1800 y se convirtieron en factor de producción, en punto de reunión de la población del campo y, obviamente, su hacienda era el principal objetivo de los malones indios.

Pedro Castelli, que había combatido en San Lorenzo bajo las órdenes de San Martín, arengó a su tropa formada en la plaza de esta manera:

Compatriotas: el día grande de la libertad ha llegado: ya no hay tiranos, ya no hay esclavos.

Soldados: ¡un antiguo veterano que ha combatido con vosotros por la independencia os habla! ¿Podréis acaso ser indiferentes a su llamado? ¿No correrá en vuestras venas la sangre de los libres?

Valientes: ¡a las armas! ¡Ya no hay tiranos!

Milicianos: ya se oye el clarín de reunión. ¡A sus puestos, valientes paisanos! ¡Libertad o morir con honor!

La batalla entre los rosistas y los Libres del Sud se libró en Chasco­mús. Castelli logró reunir mil doscientos hombres, una escuálida fuerza armada con un arsenal rudimentario: lo sacaron del juzgado de paz y estaba constituido por algunos fusiles viejos, algunos arcabuces y muchas lanzas.

“La rebelión −narra Uriarte− se declaró el 29 de octubre de 1839 en lo que hoy es la plaza Castelli, en pleno centro de la Dolores actual, y duró hasta el 7 de noviembre, cuando fueron derrotados en Chascomús. Ahí se produjo la gran desbandada, porque Rosas tenía tropas muy bien armadas y adiestradas. Prudencio Rosas vino desde Azul con dos mil hombres, el coronel Granada vino desde Mulitas con un ejército igual, y había otras tropas acantonadas a la espera de los acontecimientos”.

Hoy, la plaza Castelli, donde pegaron el grito los Libres del Sud, es el paseo de los dolorenses, el centro de la ciudad, y está rodeada por los principales edificios.

Solo está libre de árboles el centro mismo de la plaza, donde se levanta una afilada pirámide, similar a la de Plaza de Mayo en Buenos Aires. Es un símbolo, y tiene que ver con aquella sublevación contra el Restaurador de las Leyes. Es más, gracias a la curiosidad que me des­pertó esa pirámide es que ahora estoy escribiendo esto.

“La represión fue muy cruenta −evoca el historiador− porque, además de muertes, que ocurren en todo hecho armado, la persecución posterior fue sangrienta. A Castelli lo persiguieron, lo alcanzaron en los Montes Grandes, le cortaron la cabeza, y la trajeron enlazada en una soga al pescuezo de un caballo. La cabeza de Castelli estuvo expuesta en la pica durante siete años en el lugar donde hoy se encuentra la pirámide”.

En los tiempos de aquella investigación policial que me llevó a conocer estas historias, el intendente era Omar Meckievi, un empedernido recopilador de sucesos y personajes pintorescos de la comarca, algunos, con historias “de novela”. Por las tardes, como a la siesta, hacía un alto en su trabajo y me llamaba al hotel para tomar un café y contarme nuevos descubrimientos.

“Martín Fierro realmente existió”, me dijo con firmeza una de esas tardes. Como otros caracterizados vecinos, Meckievi avalaba la existencia real de un tal Martín Fierro, que estuvo preso en la cárcel del pueblo –y me mostró un documento y todo−, gaucho arisco que vuelta a vuelta terminaba en problemas con la policía: al parecer sirvió de modelo a José Hernández para que escribiera el libro capital de la literatura argentina. Meckievi me lo explicó de esta manera:

Es que José Hernández solía venir los veranos a la estancia que tenía su hermano cerca de Dolores. Consideramos que el escritor se inspiró en ese hombre, ya que el libro coincide con un relato que obra en un expediente, del cual yo tengo una copia, por lo menos de una de sus partes. Allí dice que Martín Fierro es detenido en Dolores por un homicidio en riña a la salida de una pulpería y que luego pasó a engrosar las filas de los soldados de la frontera.

Otra tarde me habló de otro personaje de la literatura gauchesca también famoso, Santos Vega, de quien se duda si existió o no, y que también tiene que ver con Dolores. En la iglesia parroquial hay un acta del 29 de octubre de 1839 que habla de una boda entre un santafesino llamado Gómez y una mujer de Lobos de apellido Ayala, viuda de don Santos Vega. Meckievi conoce bien esa historia:

El general Mitre tenía una estancia muy cerca de Dolores donde venía a pasar sus vacaciones. En cierta ocasión, al regresar a Buenos Aires, escribió un artículo sobre un personaje que se llamaba Santos Vega. Hay un relato oral también que dice que en la plaza Castelli después de una misa lo escucharon cantar y payar a Santos Vega. Y hasta el célebre payador Gabino Ezeiza en una de sus rimas dice que Santos Vega existió y que era oriundo de Dolores.

En otra de las historias que el intendente gustaba desempolvar mentaba al célebre artista Florencio de los Ángeles Molina Campos, que solía pasar largas temporadas en los pagos de Dolores, atento siempre a las observaciones camperas. Su mirada escrutadora le permitió trasladar rasgos y costumbres al papel, con dibujos filosos y coloridas pinturas, llenas de detalles, muchas veces llevados al grotesco. Trazó así un gigantesco retrato de la Argentina rural haciendo pie en la provincia de Buenos Aires, imágenes que se convirtieron por décadas en los almanaques de la empresa Alpargatas.

Yo estaba a punto de pensar que todo había pasado en Dolores, cuando Meckievi me habló de un lejano pariente suyo que, en la historia argentina, encarna un caso extraño: se lo aborrece en un pueblo y es héroe en otro.

El gaucho del que hablo era mano derecha del terrateniente Francisco Hermógenes Ramos Mejía, que tenía estancias extensísimas en Dolores y buenas relaciones con la indiada. Casualmente –acotemos al pasar− su hijo Matías será después uno de los jefes de los escuadrones de los Libres del Sud, que combatieron en la batalla de Chascomús en 1839.

Pero esto que me contó pasó bastante tiempo antes, a principios de los años veinte. El gobierno de la provincia encabezado por Martín Rodríguez tenía problemas para extender las fronteras al sur de Buenos Aires y optó por hacer un acuerdo con los indios. El representante de ese acuerdo fue Ramos Mejía, que lo concretó en nombre de dieciséis jefes pampas, en su estancia Miraflores.

Pero duró poco.

Las turbulencias de la época y la falta de tacto para negociar pusieron a los bandos en pie de guerra y empezaron los malones. Ramos Mejía pasó a ser mala palabra: acusado de planear las incursiones de los indios, fue apresado y conducido a Buenos Aires, mientras la soldadesca del gobierno hacía tronar el escarmiento: ya en el camino, Ramos Mejía vio a ochenta indios degollados, y la peonada más fiel fue fusilada en el acto.

Pero el gaucho José Luis Molina, ex soldado de San Martín y capataz de Miraflores, que era muy astuto, logró salvarse de la masacre y, rumiando bronca, en busca de refugio seguro se fue “tierra adentro”, a las tolderías pampas. Desde allí organizó la represalia.

Dicen de Molina: robusto, alto, fuerte, de mirada algo melancólica pero implacable, gaucho entre los indios, indio entre los gauchos. Llevaba la barba negra, y una melena aleonada, como de crin de caballo. “Era un baqueano que desertó después de la campaña de Chile −destacó Meckievi de su pariente–. Era un hombre de mucho coraje, un gran combatiente y mano derecha de Francisco Ramos Mejía”. Además, hablaba perfectamente las lenguas indígenas de la pampa y conocía los hábitos y las mañas de cada una de las tribus.

En la mañana del 30 de abril de 1821, al frente de un malón como no se recuerda otro en aquellos años, con mil quinientos indios que atronaban el espacio con sus alaridos, arrasó Dolores. Enceguecido por el odio, quemó la ciudad, hizo matar a todo el que se interpusiera, se llevó a las mujeres y la hacienda, unas ciento cincuenta mil cabezas, y se fue, como una catástrofe que pasa, como relató el intendente.

Hizo incendiar el pueblo, antes de retirarse a vivir en las tolderías y casarse con una princesa pampa. Entre la indiada se transformó en un capitanejo de importancia. Ya como guerrero, atacó Pergamino, Salto y otras localidades de Buenos Aires, hasta que perdió la batalla de Arazá el 1º de noviembre de 1823, combate en el que se destacó un joven comandante de campaña, Juan Manuel de Rosas. El prestigio de Molina entre los indios, que eran muy supersticiosos, se vino abajo: dejó de ser capitanejo y huyó más al sur.

Molina llevaba las credenciales del auténtico gaucho. No tiene fecha de nacimiento ni familia. Se fue lo más lejos que pudo de aquella ciudad ingrata, que todavía humeaba por la venganza.

Dios sabe por qué el presidente Rivadavia lo indultó de sus depredaciones en 1826, y lo destinó a las filas del coronel de origen prusiano Federico Rauch: bien lejos, donde pesaría más su larga fama de eximio baqueano por sobre sus legajos ominosos de cuatrero y bandido.

Y ese lugar era Carmen de Patagones.

Su llegada allí coincidió con un hecho importante: los brasileños venían decididos a poner pie en territorio argentino, con una poderosa fuerza naval para sitiar la ciudad y, acaso, apropiarse de la Patagonia.

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Litres'teki yayın tarihi:
27 mart 2025
Hacim:
284 s. 8 illüstrasyon
ISBN:
9789500210843
Telif hakkı:
Bookwire
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