Kitabı oku: «La cábala»

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Mario Javier Saban

La cábala

La psicología del misticismo judío


© 2015 by Mario Saban

© Fotografía de cubierta: Oleg Ivanov IL / Shutterstock.com

© de la edición en castellano:

2015 by Editorial Kairós, S.A.

www.editorialkairos.com

Composición: Pablo Barrio

Diseño cubierta: Katrien Van Steen

Primera edición en papel: Febrero 2015

Primera edición en digital: Julio 2020

ISBN papel: 978-84-9988-487-5

ISBN epub: 978-84-9988-816-3

ISBN kindle: 978-84-9988-817-0

Todos los derechos reservados.

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Índice

1  Agradecimientos

2  Introducción a la psicología del misticismo judío: marco teórico-metodológico

3  PARTE 1 Las Sefirot del Árbol de la Vida 1. ¿Qué son las Sefirot? (Dimensiones) 2. Las verdades y su relación con cada dimensión 3. Lo junguiano y su relación con el misticismo judío 4. La tendencia al dogmatismo 5. Las Sefirot cosmogónicas y las Sefirot psicológicas 6. El Inconsciente/La Conciencia 7. El mapa del Árbol de la Vida (Etz Ha Jaim) 8. Tipos de Daat (el Conocimiento) 9. La relación entre la cosmogonía y la psicología en el judaísmo 10. El problema de la entropía en la Psicología 11. El Tetragrama como símbolo de la concatenación de los universos 12. Las Sefirot psicológicas dentro del Universo de Yetzirá

4  PARTE 2 El Yo 13. ¿Qué es el Yo? 14. Clases o niveles del «Yo» (Bruner, Wundt, Kantor, Watson, Skinner, Castila del Pino) 15. La relación entre la Biná (Freud) y la Jojmá (Jung) en el Universo de Yetzirá 16. Las Sefirot como los diez «arquetipos» objetivos de toda la realidad 17. Los Palacios en el Universo de Yetzirá 18. Las amenazas al Yo interior. El rol maestro-alumno 19. El Yo interior 20. La Biná y la Jojmá en el Universo de Yetzirá 21. Las posibilidades del Yo interior 22. El mal dentro de la percepción del Yo 23. La soledad del Yo y la ilusión de seguridad de la Biná psicológica 24. La conciencia «ketérica» y los conflictos derivados de la Biná psicológica 25. Los conflictos potenciales en defensa de mi subjetividad estática 26. La operatividad del Yo en los diferentes niveles dimensionales 27. La función de la Biná psicológica 28. El Kli de Keter 29. El vacío del Ein Sof como Kli fundamental 30. Las posibilidades infinitas de ampliar mi vacío interior 31. El desgaste de las energías psíquicas en defensa de la identidad inferior del Yo 32. Las potencialidades ocultas y las potencialidades futuras 33. Los dos tipos de felicidad 34. La coordinación entre el mundo superior de Alef y el mundo inferior de Bet 35. El problema del mal como resultado del tiempo y el espacio 36. El Mesías interior 37. La inexistencia del mal en el Universo de Atzilut 38. La diferencia del Sod real y el Inconsciente 39. La Merkabá real y la Merkabá psicológica 40. El sistema de oscilación entre la Alef (Jojmá cosmogónica) y la Bet (Biná cosmogónica) 41. Los siete sistemas de percepción dentro de la Biná psicológica (Los Palacios) 42. El funcionamiento del Yo en las dimensiones superiores 43. La Devekut: ¿unificación o aproximación al Ein Sof? 44. El estado de oscilación entre el Yo y el No-Yo y la consciencia Yo/No-Yo 45. El Alma 46. Las protecciones del Yo y mi autoconstrucción 47. La Consciencia 48. La Vanidad 49. El sentido de la existencia 50. ¿Jojmá o Biná? 51. La teoría del descubrimiento de las resquebrajaduras de la Biná 52. Una psicología para la “Eternidad” 53. La búsqueda de mi personalidad en el Keter psicológico 54. Alcanzando el estado de consciencia Alef 55. Las ilusiones de seguridad de la Biná psicológica 56. La felicidad en los niveles trascendentes 57. El Ein Sof, ¿una necesidad psicológica o una realidad física? 58. La superación de la reafirmación constante de la subjetividad 59. Los equilibrios y desequilibrios dimensionales dentro del Yo 60. El Universo de Atzilut 61. ¿Hasta dónde ampliar nuestro Kli? 62. Diferencias entre la verdad y el conocimiento 63. El trabajo posterior a la autonomía del sujeto 64. El abandono transitorio de mi centro subjetivo 65. Diferencias entre la posición de Spinoza y el misticismo judío 66. La expansión de nuestro vacío interior y el peligro de la dogmatización 67. ¿Qué percibe el alma? 68. El orden subjetivo de exteriorización 69. El desarrollo de una Klipá como elemento extremo de una Midá 70. El problema de la conceptualización 71. La soledad radical del Yo 72. La conciencia de Eternidad 73. ¿Libre albedrío o predestinación? 74. El camino de la autorrealización del Yo 75. El problema de la ortodoxización 76. La destrucción de todas las seguridades cognitivas 77. La búsqueda del perfeccionamiento permanente 78. La idea judía de la Devekut 79. El problema/virtud de las contradicciones 80. Los niveles del Alma 81. Las conceptualizaciones de la Biná y las simbolizaciones de la Jojmá 82. ¿Cómo ingresar en el Universo de Atzilut? 83. El Conocimiento dentro de las diferentes magnitudes dimensionales 84. El concepto de «coherencia» 85. Los conflictos provocados por la perspectiva de la conciencia Bet 86. Las dependencias objetales como causa del mal 87. La identidad fragmentaria como vehículo hacia el Ein Sof 88. La conducta como reflejo del sistema cognitivo 89. Las Kelipot ocultas detrás de algunas interpretaciones 90. La función espiritual de Israel 91. Expansión y restricción

5  PARTE 3 El vacío interior 92. El Yo y el vacío interior 93. La liberación de la psique de su percepción entrópica 94. La trascendencia del Yo 95. El problema del ocio y las energías excedentes 96. El vacío existencial y el sentido existencial 97. El Ego y el control del Yo 98. El nihilismo del vacío existencial 99. El momento de cruzar el Abismo (Tejom) 100. El sentido en la interioridad del Yo 101. Los aumentos constantes de los niveles de conciencia 102. La percepción de la Eternidad 103. El Yo frente al Yo: la disociación 104. El dogmatismo de las instituciones 105. La destrucción del último miedo del Yo: la muerte física 106. La libertad del Yo o la dogmatización 107. Diferencia entre el vacío existencial y los deseos inferiores insatisfechos 108. La opción de llenar el vacío interior con los objetos inferiores 109. El sentido existencial es transpersonal 110. La soledad radical del Yo y su finitud 111. El Yo en el camino hacia lo no-conceptualizable 112. La trascendencia: Maslow-Frankl 113. La imposibilidad de explicar la sensación de trascendencia 114. El vacío existencial 115. La feliz oportunidad del vacío existencial 116. El círculo vicioso o el círculo virtuoso 117. La materia como necesidad del Universo de Asiá 118. La represión de los niveles superiores 119. La felicidad superior y la felicidad inferior 120. El sentido de las dimensiones inferiores 121. El avance del Yo 122. La anulación de las dualidades 123. La oscilación entre el espacio-tiempo, la Eternidad 124. Funcionamiento del vacío existencial/análisis de Wilber 125. El funcionamiento de la Jojmá y el problema de las divisiones científicas modernas 126. La existencia simultánea de todos los universos 127. El Imún (el Entrenamiento) 128. ¿Dónde se encuentra la Merkabá psicológica? 129. La conciencia subjetiva (Biná) y las pulsiones biológicas (Yesod/Maljut) 130. Freud/Jung/Einstein/Maslow: diferentes percepciones del Árbol de la Vida 131. El Yo esencial y la Nada 132. Israel: la superación constante de las limitaciones

6  PARTE 4 La «felicidad trascendente» 133. Tiferet frente a Keter: Cuando el Yo asciende hacia su máxima potencialidad 134. Los deseos finitos y la felicidad infinita 135. Las potencialidades del Yo 136. Las etapas del desarrollo de las potencialidades del Yo 137. La felicidad trascendente 138. Una subjetividad inflexible como problema 139. Las dos vías para la felicidad: la trascendencia y la inmanencia

7  PARTE 5 Conclusiones 140. Conclusiones prácticas

8  Glosario

9  Bibliografía

Esta tercera tesis doctoral está dedicada a la memoria de mi madre, Violeta Cuño (1943-2008), con todo el amor de mi alma

Agradecimientos

No tengo espacio suficiente en el que poder agradecer a tantos familiares y amigos la ayuda que me han brindado en estos últimos años para terminar este trabajo doctoral.

Una tesis representa un esfuerzo muy grande para quien lo lleva a buen puerto, pero es también el resultado de muchos factores adicionales.

Quiero dar las gracias en primer lugar a mis padres, a mi madre Violeta Cuño (1943-2008), fallecida hace ya siete años y que sigue guiando mis pasos desde el más allá, y a mi padre, David Saban (1942), quien desde la lejanía geográfica de la Argentina siempre está allí acompañándome en el camino de la vida. Un recuerdo muy afectuoso a mis dos queridas hermanas, Roxana Rebeca y Lis Judith, a quienes siempre recuerdo con todo mi corazón.

A mi esposa, Jacqueline Claudia Freund Arditti, y a mis dos hermosos hijos, Max David Saban Freund y Lucas Elí Saban Freund, quienes siempre han estado ahí dándome el amor que todo ser humano necesita para sostenerse en esta existencia; espero que cuando crezcan estén orgullosos del esfuerzo de su padre. Max y Lucas representan para mí la continuidad histórica del judaísmo.

A mi querida Nelly Díaz, que hace de abuela de mis dos niños, a quien le agradezco el amor que nos entrega todos los días.

A quien debo dar las gracias, con letras bien grandes, es a mi amigo, a mi tutor de tesis doctoral, a mi querido doctor Francesc Xavier Marín Torné, por las horas que hemos compartido en estos últimos años, por sus consejos intelectuales, por su calidez humana, y por ayudarme con sus permanentes consejos. Siempre recordaré nuestros encuentros debatiendo y analizando el pensamiento judío moderno. Querido Xavier te agradezco muchísimo todo lo que has hecho por mí…

En segundo lugar tengo que recordar al doctor Jordi Segura Bernal, quien fue el hombre que me abrió las puertas dentro del área de la Psicología de la Universitat Ramon Llull (URL). En realidad, esta tesis doctoral fue una buena excusa para vernos y compartir nuestros intereses comunes. Siempre lo recordaré con mucho afecto. Gracias doctor Segura Bernal por su amabilidad, su gentileza y su comprensión.

En tercer lugar, no puedo dejar de nombrar a mi amigo el doctor Josep Gallifa i Roca, porque siempre tendré en mi memoria nuestro primer encuentro donde no podíamos abandonar nuestras conversaciones sobre la herencia mística de Catalunya, personalmente desde la vertiente hebrea, y el doctor Gallifa desde la vertiente cristiana. Cuando finalizamos nuestra primera reunión, que tenía que extenderse a solo una hora, advertimos que habíamos pasado más de dos horas compartiendo un grato y feliz momento. Fue allí donde pensamos la posibilidad de que el doctor Josep Gallifa i Roca pudiera participar en el honorable tribunal de tesis doctoral que ha asumido la evaluación de este trabajo. Gracias querido amigo Josep por las inolvidables citas que hemos tenido, y por la apertura intelectual que siempre me has demostrado. Sin duda, el doctor Josep Gallifa i Roca representa lo mejor de la más antigua tradición cristiana de Catalunya.

No puedo dejar de nombrar a los otros dos miembros titulares del tribunal de tesis, al doctor Manuel Almendro, quien me abrió con la lectura de sus obras el gran campo de la Psicología transpersonal, y quien desde Madrid trabaja de modo incansable en la difusión de estas nuevas perspectivas en el área de la Psicología, y a mi amigo el doctor Joan Prat i Carós, a quien conocí hace muchos años en uno de mis viajes a Israel, y quien a su vez me abrió las puertas para impartir mis seminarios de misticismo judío en la Universitat Rovira i Virgili (URV), y con quien compartí en su momento un largo camino de estudio entre los años 2011 y 2012 para concluir mi segunda tesis doctoral en Antropología. Gracias, querido Joan, por los momentos que hemos compartido juntos debatiendo sobre el sentido de la vida del ser humano.

Quiero nombrar también a mis cuñados, a Daniela Freund y a Jorg Klumbis, quienes me ayudaron a instalarme en el año 2002 en Barcelona, a ellos les debo el comienzo de mi nueva etapa en Catalunya después de abandonar la Argentina. Gracias Daniela, gracias Jorg…

Tengo que recordar a mis dos grandes amigas, a Matilde Rufach y Lina Camí, quienes construyeron desde el año 2006 la organización Tarbut Sefarad, la primera red cultural judía de España; ellas han sido en todos estos años mis dos grandes amigas. La historia del judaísmo en Europa hablará de ellas.

A Lina Camí le debo su ayuda en el formato de la tesis doctoral y una amistad que se ha construido a lo largo de los años. Gracias amiga por estar siempre ahí.

Quiero dar las gracias a mi querida suegra Ester Arditti de Freund, quien dedicando una gran cantidad de horas y un enorme esfuerzo personal me ayudó en la última corrección final de todo el trabajo.

Quiero especialmente destacar también la ayuda que he recibido de mi alumna y amiga Ramona Pous Riu, la creadora de los cuadros simbólicos que he agregado dentro de la tesis doctoral.

Deseo dar las gracias a mis más de trescientos alumnos de mis cursos privados de cábala en Barcelona, a todos los integrantes del grupo de Sod 22/Madrid y del grupo Sod 22/Buenos Aires, porque he aprendido muchísimo con todos ellos durante estos últimos años, y una bendición especial a sus coordinadores, a mi amigo Jorge Barros y a mi amiga Patricia Wanda Frachia Zaidel.

La tesis doctoral que presento representa indudablemente un enorme trabajo de sistematización de gran parte del pensamiento místico del judaísmo aplicado a la Psicología, y entiendo que a partir de esta investigación se abrirán en el futuro muchas líneas de estudio sobre la psique humana.

Quiero dar las gracias especialmente a mi amiga Magda Amorós Perdigó quien me abrió las puertas de su corazón y las puertas de Barcelona, a ella le debo gran parte de la difusión de mis enseñanzas en Catalunya. Gracias Magda, de todo corazón.

MARIO JAVIER SABAN

En Sefarad, año 5775

Barcelona, mayo de 2015

«El hombre está constituido por todas las entidades espirituales, conteniendo todos los atributos, fue creado con una gran sabiduría, pues comprende todos los secretos de la Merkabá».

SEFER HA NEELAM (anónimo)

«Hay una Torá entera en una letra adicional que ahora falta».

SEFER HA TEMUNÁ del siglo XIV (anónimo)

«Toda la creación es una severa limitación».

Frase anónima de los cabalistas medievales

«Cuando comencé a estudiar Ética me enojé con todo el mundo pero no conmigo, posteriormente, me enojé también conmigo, y finalmente solo me enojé conmigo».

RABÍ ISRAEL SALANTER

«Lo más importante nunca está escrito».

RABÍ DAVID IBN ZIMRA

«Para evadirse del problema real de la Merkabá, los cabalistas trabajaron la interioridad del ser humano de modo que provocaron simbólicamente la psicoanalización de la cábala muchos siglos antes del nacimiento de la Psicología moderna».

MARIO SABAN

Introducción a la psicología del misticismo judío: marco teórico-metodológico

«Nunca desesperarse, nunca caerse».

NAJMÁN DE BRATSLAV

Uno de los más importantes temas del misticismo judío es la explicación del funcionamiento del ser humano y su sentido cosmogónico. El judaísmo a lo largo de la historia ha intentado comprender la realidad divina de todo lo creado (el Maasé Bereshit), y profundizó sobre el misterio de la psique del ser humano. En ese sentido, podríamos decir que una parte de los grandes cabalistas judíos advirtieron de la importancia de comprender al ser humano, y de comprender el sentido de su existencia, no solamente dentro de un plano individual, sino en el plan general de la creación.

El trabajo que presento ante el Honorable Tribunal de la Universidad Ramón Llull es el diseño de las aplicaciones psicológicas de la cábala hebrea y, en particular, sobre el símbolo del Árbol de la Vida.

Lamentablemente, como el trabajo requiere de una traducción del lenguaje místico antiguo y medieval a los nuevos términos de la modernidad, he intentado buscar detenidamente las equivalencias conceptuales para que el análisis científico sea lo más riguroso posible. Tampoco tengo dudas de que mis propias experiencias personales, tanto de mi vida privada como de la relación con mis alumnos en los cursos sobre la cábala, son las que realmente me ayudaron a comprender mejor la psique humana y a establecer las conexiones adecuadas entre los antiguos conceptos del misticismo judío tradicional con las nuevas formas de comprensión de las escuelas psicológicas modernas. A pesar de la extensión del marco teórico de mi trabajo doctoral, quiero dejar constancia de que todos los conceptos vertidos son el fruto de la interacción entre el análisis teórico y la realidad práctica de un buen número de mis alumnos.

La búsqueda del sentido de la existencia en el ser humano no debe ser considerada como una patología, lo que sí se puede convertir en patológico es justamente el hecho de la aparente imposibilidad del ser humano de encontrar dicho sentido. Trabajar el sentido de la existencia del ser humano desde la infancia para extraer, como decimos dentro de la cábala la «raíz del alma» de la persona, es fundamental para realmente alcanzar la felicidad interior; una felicidad interior no dependiente de nuestro exterior, sino de nuestra autopercepción. Elevar los niveles de autopercepción a través de las estrategias que nos legaron los antiguos sabios del judaísmo es la clave para alcanzar los mayores niveles de felicidad y de intensidad existencial. Por ese motivo, hemos trabajado la unificación científica entre los elementos derivados del misticismo judío y los elementos de la Psicología clásica. Es más, podemos decir, sin equivocarnos, que muchos cabalistas fueron pre-psicólogos porque trabajaron su propia psique y estudiaron la psique para comprender mejor el diseño divino. Lo que estudiaremos representa la contribución psicológica que ha realizado durante siglos el misticismo judío.

Debemos ser conscientes de que dentro del judaísmo se trabajó exegéticamente para elevar poco a poco el nivel de conciencia del sujeto. Y dentro del trabajo de elevación de dicho nivel de conciencia, el estudio directo o indirecto de la psique fue esencial.

Ha quedado en suspenso la labor de comprender la Psicología desde la cábala hebrea, y este trabajo creemos que recién comienza. Un estudio serio y profundo del misticismo judío (la cábala) nos puede llevar a una comprensión psicológica transpersonal de la psique. El aporte del misticismo judío al campo de la Psicología es fundamental y debe ser expuesto, estudiado y analizado minuciosamente. Por lo tanto, debemos considerarlo como un aporte más al crecimiento general del ser humano.

Ya muchos autores, como Moshé Idel, advirtieron de que la relación entre la Psicología y la cábala aún no ha sido estudiada en profundidad. Idel dice sobre este asunto:1

«Pero no hay razón para prohibirse un uso prudente de otras ramas de las ciencias humanas, por ejemplo, la Psicología. Este campo ha proporcionado una gran variedad de teorías respecto de la psique humana y sus procedimientos. Como algunos cabalistas se refieren abierta o alusivamente a experiencias espirituales, no podemos descuidar la contribución de una u otra teoría psicológica para describir ciertos fenómenos cabalísticos. Una vez más, Scholem evitó utilizar conceptos o teorías psicológicas. Es cierto, por otra parte, que las citas de la literatura cabalística y su análisis por parte de uno de los grandes contemporáneos de Scholem, Carl Gustav Jung, son problemáticos».

«Jung alimentaba un gran interés por la cábala, incluso tuvo un sueño cabalístico. Pero este interés e incluso esa identificación con concepciones cabalísticas no pueden hacer olvidar su verdadera incomprensión de las fuentes y su enfoque reduccionista a los textos. Aunque se pueda hacer la misma crítica al análisis realizado por Jung a obras de otro tipo, como los escritos sobre alquimia, gnosticismo o textos hindúes, dudo, en lo que a la cábala se refiere, que se pueda sacar algo sustancial del examen que hizo de los pasajes particulares que menciona en sus libros».

El Árbol de la Vida entonces sirve (y debemos utilizarlo de este modo) para resolver algunos problemas psicológicos de difícil resolución, o que no pudieron ser satisfactoriamente analizados por falta de elementos simbólicos suficientes. También el símbolo del Árbol de la Vida es muy útil para comprender el funcionamiento del sistema universal y cómo las diversas escuelas de pensamiento se han acercado a la realidad del Yo.

Puedo afirmar sin temor a equivocarme que el Árbol de la Vida es una de las representaciones más profundas del ser humano y su dinámica existencial. Como dicho símbolo opera tanto en lo físico como en lo metafísico, y como el mismo símbolo opera tanto en lo macro como en lo micro, cuando estamos trabajando con el Árbol de la Vida, nos encontramos operando tanto dentro de términos psicológicos como de aspectos cosmogónicos de forma simultánea.

El transpersonalismo de la mística judía produce así elementos simbólicos claves para una nueva interpretación existencial del ser humano, y he trabajado con estos elementos, llevándolos hasta las máximas consecuencias subjetivas, teóricas y prácticas, de acuerdo con mi propia capacidad.

Mi objetivo es comparar algunas teorías modernas con las más antiguas tradiciones del misticismo judío, con la idea de obtener como resultado una comprensión más elevada del «Yo». Pero no un «Yo» reducido a la psique, sino un Yo que abarca la psique y la trasciende.2 Reitero que el concepto del «alma» en el campo del misticismo judío no se reduce al nivel intelectual (Neshamá) o psique.3 A dicho nivel intelectual o psique lo denominaré como el Yo mental. Dicho Yo mental se encuentra dentro de la dimensión de la Biná cosmológica como ya explicaremos más adelante.

Expondré no solamente en esta tesis doctoral el funcionamiento simbólico del Árbol de la Vida y la Merkabá a nivel psicológico, sino que plantearé desde esta simbología los problemas que se presentan dentro de las diversas escuelas de la Psicología tradicional del siglo XX y las de principios del siglo XXI. ¿Cuáles son las fortalezas de los diversos sistemas modernos y cuáles son las debilidades de estos sistemas a la luz de la sabiduría antigua y medieval del judaísmo?

Intentaré enfocar dentro de la simbología del Árbol de la Vida en qué dimensiones trabajaron las diferentes escuelas del Psicoanálisis tradicional, demostrando que las escuelas parcializaron el estudio sobre algunas dimensiones del Árbol de la Vida, haciendo que unas prevalezcan sobre las otras; por ese motivo realizaron formulaciones parciales de la misma problemática humana, y por lo tanto no pudieron ver más allá de sus fronteras conceptuales. Idolatraron los conceptos, de modo que no pudieron comprender la flexibilidad y la complejidad del sistema general. Entiendo que este factor de especialización científica del siglo XIX dio como resultado una escisión del ser humano y del conjunto de la sociedad que lamentablemente hizo mucho daño. Al retornar a la sabiduría judía antigua y medieval del misticismo hebreo, encontramos una conexión profunda con una visión holística del Yo. Este tipo de pensamiento plantea que el misticismo judío abarca todas las perspectivas dimensionales para una comprensión superior del Yo.

Las escuelas de Psicología tradicional crearon «modelos racionales de comprensión», o «modelos simbólicos de comprensión», cerrando estos modelos dentro de ciertos límites dimensionales. Sin embargo, dentro de cada nivel dimensional existen verdades propias. Es decir, que si trabajamos dentro de un nivel determinado no podemos invalidar a quienes se encuentran trabajando desde otra dimensión. Debemos percibir la validez de cada visión de acuerdo con la dimensión energética del Árbol de la Vida que dicha escuela esté trabajando.

Toda crítica a cada escuela de pensamiento se fundamenta en que no se puede percibir la realidad desde dicha perspectiva. Al comprender mejor el sistema general de conexión (Daat, la comprensión, el conocimiento) podemos percibir que existe «conocimiento» dentro de cada nivel dimensional.

El misticismo judío puso en duda estos límites conceptuales que reducen el Yo dentro de unos límites anticipatorios a los límites estructurales, porque en realidad la «persona» no está limitada por sus propios límites, sino que existe una conexión de la persona con el universo. Esta conexión perdida por la modernidad redujo por la vía de la supuesta justificación racional toda la comprensión general.

Al detectar dentro del Árbol de la Vida estos límites, podremos ver con mayor claridad el problema real de estas escuelas, que fue el de parcializar o seccionar al ser humano encerrándolo dentro de ciertas dimensiones del Árbol de la Vida, no pudiendo admitir que el ser humano es un sistema complejo integrado de estas diez dimensiones básicas. Esta falta de integración entre deseos subjetivos y trascendencia, entre el «Yo» y los «otros», entre la materialidad y las energías que operan subyacentes dentro de la materia, hace que los análisis tradicionales sean insuficientes para una comprensión general del sujeto dentro del contexto general del universo.

El contexto universal se puede comprender a través del Maasé Bereshit, y el contexto subjetivo a través del análisis del Árbol de la Vida en el Universo de Yetzirá,4 y este será el modo de comprender la conexión entre el sujeto y el universo, porque debemos percibir la unicidad subyacente del mundo de la Alef (eterno) y el de la Bet (espacio-temporal).

La desesperada aspiración de la Psicología por ser considerada una «ciencia» produjo que se perdiera en muchos casos la flexibilidad del objeto de estudio, y que, por lo tanto, en ese intento científico de conceptualizar, en esa búsqueda del afán de rigurosidad, se terminaran de destruir potenciales campos de estudio. ¿Cómo comprender el Yo fuera del sistema? Ciertos grupos de la Psicología tradicional han ingresado dentro de la psique como si fuera un objeto de estudio completamente aislado de la realidad general, y lo que la psicología del misticismo judío propone es comprender la psique como una estructura completamente unida al sistema general. De modo que el sentido de la existencia no se puede encontrar dentro de la psique, aunque tiene que ser la psique la que debe modificar sus estados de consciencia para captar mejor la realidad general, porque el sentido de la existencia de cada psique tiene una relación directa con la comprensión cosmogónica general.

Si la consciencia del Yo es lo que determina la realidad exterior, esa misma consciencia del Yo escindida de la realidad determina también la realidad del mismo Yo. Si el Yo se percibe «escindido» de la realidad general, entonces no existe ningún tipo de conocimiento real de la psique, ya que el supuesto conocimiento de la psique en su forma subjetiva no alcanza para percibir el estado de trascendencia que se oculta detrás de todo Yo. Por lo tanto, antes de avanzar, mi pretensión será la de conceptualizar el Yo tal como lo comprendemos dentro del misticismo judío para que no existan confusiones posteriores en el análisis que vamos a emprender. El Yo se encuentra definido por las diez dimensiones del Árbol de la Vida psicológico, y aunque la psique corresponde a una dimensión especial del Yo general (la dimensión del Entendimiento o la Biná), el Yo se define dentro de la psicología del misticismo judío como un sistema que posee diez dimensiones básicas denominadas con el nombre hebreo de «Sefirot».5

Debemos explicar cada una de las dimensiones (Sefirot) para que se pueda comprender de modo organizado el sistema general de la realidad según la cábala, y luego comprender la psicoanalización de las diferentes dimensiones.

Volviendo al término «Sefirá» (dimensión), este se compone de dos elementos básicos para su comprensión. Toda dimensión tiene que tener necesariamente un recipiente de contención (a este concepto lo llamamos en hebreo Kli). El Kli es una vasija o recipiente de contención de energías. El Kli es también un tipo de energía más densa que la energía sutil que debe recibir. Cuando una persona recibe, decimos que es un receptor (es un Kli de recepción). Toda Sefirá o dimensión (de estas diez dimensiones que explicaremos) tiene un sistema de recepción o Kli. Cada dimensión de estas diez tiene en consecuencia diez recipientes. A su vez, cada Kli recibe un nivel de Or (de Luz). Por lo tanto, ya podemos comprender en líneas generales lo que denominamos como «Sefirá», y es un tipo de energía que es recibida por un tipo de vasija o receptor. Cuando existe un receptor (Kli) que recibe un nivel de luz (Or) de acuerdo con la capacidad de dicho receptor, decimos que existe una «dimensión» (Sefirá). Toda la realidad creada ha recibido un tipo de energía que se ha transformado en un gran Kli de recepción de energías más sutiles. Todo el vacío donde se ha creado esta realidad6 es un gran recipiente de las energías provenientes del Infinito.

En definitiva, si el Yo puede percibirse vinculado al entorno y ser parte de la realidad, su consciencia se transforma en un nivel de consciencia superior para comprender el estado del Yo en su aspecto trascendente. El Yo, si se separa de la realidad, provoca un nivel de comprensión inferior entre el Yo mental (Biná) y el Yo interior (Tiferet). Pero si el Yo puede integrar dentro de sí la percepción de su subjetividad interior (Tiferet) y de su no-subjetividad (Jojmá), alcanza una comprensión del Yo en un grado superior. Este es uno de los puntos que estudiaremos en este trabajo.

Las escuelas de pensamiento impusieron límites formales a los modelos de trabajo creando un problema grave, y fue (y es) el de conceptualizar como «anomalías» todo aquello que no se ajustaba (ajusta) al campo limitado de análisis. Esto provocó un control excesivo de cada sistema, y la aparición de una ortodoxia interior que produjo una parcialización de la visión integral del ser humano. Por ese motivo podemos decir que la cábala hebrea fue un intento anticipado, desde la época antigua y medieval, para lograr una comprensión integral y transpersonal del ser humano. Frente a esta posición se alzan dentro de la Psicología algunos autores que sostienen que la «autonomía de la Psicología» como ciencia se ve afectada por las relaciones interdisciplinarias, y establecen dentro de sus análisis (con la excusa de la rigurosidad conceptual) importantes confusiones epistemológicas, como, por ejemplo, pretender que toda conexión de la Psicología con otras disciplinas distorsiona el conocimiento de la psique (como si la psique fuera un ente desconectado de la realidad). Es más, el mismo Freud advertía la fuerte conexión entre la Psicología y la Biología. No estamos diciendo que la Psicología no posea autonomía, sino que no se pierde la autonomía científica por sus interrelaciones dinámicas con otras disciplinas. (¿Y si eventualmente se pierden todas las autonomías científicas para comprender el Todo en su Totalidad? ¿Por qué no comprender la psique en función del Todo?).

Sin embargo, aquellos que entienden que las conexiones interdisciplinarias afectan a la autonomía de la Psicología, en realidad, lo que demuestran es su temor interior a una serie de interrogantes que no se pueden responder dentro de un sistema cerrado (dogmático). Es interesante que estos autores no tengan conciencia de que, en su búsqueda de autonomía científica para la Psicología, lo que han terminado de construir es una dogmática propia de la misma naturaleza que las antiguas teologías. Confundir el misticismo espiritual con la dogmática teológica es un grave problema de muchos de estos autores.7

En realidad, estos autores se encuentran situados en el paradigma racionalista de la Ilustración y no comprenden el cambio de paradigma actual. Nos encontramos en un periodo donde las herramientas de una ciencia se ven afectadas por los avances de otras disciplinas. Simplemente podemos observar el efecto de la evolución informática en todas las disciplinas científicas.

Ya no podemos seguir construyendo «autonomías científicas» al servicio de la construcción de nuevas dogmáticas conceptuales, donde en el interior de dichos sistemas cerrados perdemos toda conexión con la «Totalidad». El misticismo judío propone percibir la psique desde la «Totalidad», como un producto más del sistema general cosmogónico (sin la pretensión de destruir ninguna autonomía científica), pero con la pretensión de comprender mejor la naturaleza de la psique. (¿Acaso la Neurología no afecta la Psicología? Y, ¿acaso la Psicología no afecta y se conecta con la Antropología?). La propuesta del misticismo judío, a través de uno de sus símbolos más potentes (El Árbol de la Vida), conecta las diferentes disciplinas autónomas con un «Todo integrado». La nueva visión de la psique a partir del campo cosmogónico (no confundir con las fantasías teológicas que también son dogmáticas) nos otorga una visión de «trascendencia» que propone un paradigma de interconexión completa de los fragmentos existentes dentro de nuestra realidad conceptual.

La modernidad con todos sus avances ha creado una super-especialización negativa, porque ha perdido la visión global cosmogónica. El nuevo paradigma que está surgiendo regresará indudablemente a la sabiduría antigua y medieval donde la psique operaba dentro de un marco conceptual cosmogónico. Si la «Modernidad» producto de la Ilustración nos hizo avanzar conceptualmente hacia la especialización en cada una de nuestras disciplinas, ha llegado el momento de aplicar un marco conceptual integrador de todas las fragmentaciones científicas. La psicología transpersonal se enmarca en la necesidad de conexión general de la Psicología con el resto de las disciplinas científicas. No existe, por lo tanto, una pérdida de autonomía científica, sino una muestra de madurez conceptual, donde ya ha quedado desterrado el temor de muchos a la pérdida de la independencia científica. Si desde el siglo XIX hasta ahora (XXI) hemos operado dentro de la psique, es hora de relacionar la psique con el sistema general para una mayor comprensión de ella.

El Árbol de la Vida fue utilizado por los místicos hebreos antiguos y medievales para proponer un análisis transpersonal del ser humano con las herramientas simbólicas de la cultura judía.

Las características de la mentalidad judía están ancladas en un cierto tipo de psicología específica desarrollada a partir de las premisas de comprensión del simbolismo del Árbol de la Vida. La flexibilidad de dicho sistema simbólico ha permitido crear uno de los sistemas más potentes de comprensión del ser humano.

Ahora, lo que he desarrollado en esta tesis doctoral que presento en el campo de la Psicología es una revisión general de los conceptos tradicionales a través del misticismo judío, especialmente tomando como clave simbólica central el Etz Ha Jaim (El Árbol de la Vida).

Quiero establecer claramente la intención anticipada de mi trabajo doctoral. Es mi deseo encontrar los «puntos débiles» de los sistemas de análisis de la Psicología moderna, no con un objetivo nihilista, sino, por el contrario, con el objetivo de «armonizar» las diferentes dimensiones de la estructura del ser humano, y comprender mejor la dinámica del «Yo». También es mi deseo que tras la exposición del marco teórico pueda presentar pruebas empíricas de la transformación personal que han tenido muchos de mis alumnos a lo largo de los últimos años de trabajo en Barcelona.

Es mi intención intentar percibir la eficacia del estudio de la cábala en términos psicológicos, la aplicación del misticismo judío y sus símbolos para determinar con la más alta precisión las energías operativas dentro del ser humano. Por ese motivo, al final de este trabajo expondré los resultados empíricos de los cambios cognitivos y conductuales que se produjeron entre mis alumnos al reflexionar sobre sí mismos dentro de una simbología tan potente como es la del Árbol de la Vida.

Es mi deseo exponer desde el misticismo judío el sentido existencial y las diversas fórmulas que se han elaborado para la construcción del sujeto.

El judaísmo ha elaborado a través de los siglos un sistema abierto que permite encontrar el sentido de la vida a cada ser humano y lograr el objetivo de comprender la felicidad a pesar de la existencia del mal.

Esta es la potencia psicológica de la cábala.

En la Ciudad Condal de Barcelona, diciembre de 2014

Fiesta de Januká del año 5775

MEIR BEN DAVID BEN MEIR SABAN

Parte 1 Las Sefirot del Árbol de la Vida Aspectos cosmogónicos y psicológicos

«Que Dios me perdone por el nivel de revelación de la Merkabá».

MARIO SABAN

«Llegará el día en que los tres universos espacio-temporales de Asiá, Yetzirá y Briá serán unificados en Atzilut».

MARIO SABAN

1. ¿Qué son las Sefirot? (Dimensiones)

«Las Sefirot son los puntos en los que se debe descansar».

ARYEH KAPLAN

En realidad, para comprender el Misterio de la Creación (Maasé Bereshit) desde donde se produjo la manifestación general de las energías del Ein Sof dentro del vacío me remito a mi obra anterior.8 Allí explico detalladamente la secuencia de la Creación hasta llegar a las Sefirot.

En este trabajo que presento intento explicar el orden psicológico de acuerdo con la cartografía del símbolo del Árbol de la Vida y sus dimensiones.9

Vamos a reproducir una de las mejores definiciones del concepto de Sefirá según el sabio cabalista judío Aryeh Kaplan:

«El texto (Sefer), la forma física de la letra, pertenece al continuo del espacio, puesto que la forma sólo se puede definir en el espacio. Esto es el Universo. El número (Sefar) implica secuencia, y tal es la secuencia del tiempo, que es el continuo del “Año”. Finalmente, comunicación (Sippur) se aplica a la mente, y ésta se halla en el continuo espiritual que es el Alma.

»Estas tres palabras definen el término Sefirá. En primer lugar, la palabra Sefirá comparte la raíz con Sefer, que significa libro. Como un libro, cada Sefirá puede registrar información. Las Sefirot sirven entonces como un banco de memoria en el dominio de lo Divino. En las Sefirot queda así construido un registro permanente de todo lo que alguna vez ha tenido lugar en toda la creación.

»En segundo lugar, la palabra Sefirá comparte la raíz con Sefar, que significa número. Son las Sefirot las que introducen un elemento de número y pluralidad en la existencia. El Creador, el Ser Infinito, constituye la más absoluta unidad y el concepto de número no se le aplica en modo alguno. Por eso, hablando del Ser Infinito, el Sefer Yetzirá se pregunta: “Antes del uno ¿Qué has de contar? (1:7). El concepto de número sólo viene al ser con la creación de las Sefirot.

»De este modo, todo suceso y acción es medido y sopesado con las Sefirot y con ellas se concibe y calcula la respuesta apropiada. Así, usando la analogía de un computador, las Sefirot funcionarían como la unidad procesadora en el Dominio Divino.

»Por última, la palabra Sefirá comparte raíz con Sippur, que significa “comunicación” y “narrativa”. Las Sefirot son los medios con los que Dios se comunica con su creación. Son también los medios a través de los que el hombre se comunica con Dios. Si no fuera por las Sefirot, Dios, el Ser Infinito, sería absolutamente incognoscible e inalcanzable. Sólo a través de las Sefirot puede Él ser aproximado.

»Por supuesto, y tal como todos los cabalistas advierten, no se debe en modo alguno adorar u orar a las Sefirot. Se puede, sin embargo, usarlas como un canal. Nadie pensaría en dirigir una petición al cartero, por ejemplo. Pero sí se le puede usar para que lleve un mensaje al rey. En sentido místico, las Sefirot constituyen una escalera o árbol que se puede “subir” y aproximarse así al Infinito».10

Luego agrega Aryeh Kaplan:11

«La palabra Sefirá significa literalmente “cuenta”. Se distingue así de Mispar, que significa número. Aunque se dice que las Sefirot representan los diez dígitos básicos, de hecho no son números. Más bien, son las fuentes en las que los números se originan. El Sefer Yetzirá no da sus nombres, pero estos son bien conocidos en la Cábala clásica.

»Los nombres de las diez Sefirot derivan todos de la Escritura. Al enumerar las capacidades de Betzalel, Dios dice: “Le he llenado con el espíritu de Dios, con Sabiduría,12 con Entendimiento13 y con Conocimiento14” (Éxodo 31:3). Como el Sefer Yetzirá establece posteriormente (1:9), “el espíritu de Dios” se refiere a Keter (la Corona), la primera de las Sefirot. Sabiduría y Entendimiento se refieren entonces a las dos Sefirot siguientes.

»También se alude a estas Sefirot en el versículo “Con Sabiduría Dios estableció la tierra, con Entendimiento afirmó los cielos y con su Conocimiento las profundidades fueron hendidas” (Proverbios 3:19-20). Igualmente está escrito: “Con Sabiduría se construye una casa, con Entendimiento se afirma y con Conocimiento sus cámaras se llenan” (Proverbios 24:3-4)

»Todas estas fuentes enumeran tres cualidades: Sabiduría, Entendimiento y Conocimiento. Sin embargo, el Conocimiento no es una Sefirá sino meramente el punto de confluencia entre la Sabiduría y el Entendimiento. No obstante, de muchos modos se comporta como una Sefirá y así a menudo aparece incluido entre ellas”

»Las siguientes siete Sefirot se nombran en el versículo. “Tuyos, ¡Oh Dios!, son la Grandeza,15 la Fuerza,16 la Belleza,17 la Victoria,18 y el Esplendor,19 por Todo20 en el cielo y en la tierra; tuyo ¡Oh Dios! Es el Reino…21 (1 Crónicas 29:11). Es aquí donde son definidos los nombres de todas las Sefirot inferiores”

Ahora bien, como el Árbol de la Vida se compone de diez dimensiones cuyas energías son válidas en dicho nivel de acuerdo con el tipo de energía que se desarrolla en su interioridad, podemos decir que cada dimensión constituye un «dominio de la realidad diferente», y por ese motivo quiero citar al doctor Humberto Maturana en su trabajo:22

«… En consecuencia, en este camino explicativo, las explicaciones son constitutivamente no reduccionistas y no trascendentales, ya que en este camino no hay una búsqueda de una única explicación fundamental para todo. Del mismo modo, cuando un observador acepta este camino explicativo, se da cuenta de que dos observadores que traen a la mano dos explicaciones mutuamente excluyentes, frente a lo que para un tercer observador parece ser la misma situación, no están dando diferentes explicaciones de una misma situación, sino que los tres observadores están operando en diferentes, aunque igualmente legítimos, dominios de la realidad y están explicando diferentes aspectos de sus respectivas praxis del vivir. El observador que sigue este camino explicativo se da cuenta de que él vive en un multiverso, es decir, en muchas realidades explicativas diferentes, igualmente legítimas, pero no igualmente deseables, y que en el multiverso un desacuerdo explicativo constituye una invitación a una reflexión responsable acerca de la coexistencia y no a una negación irresponsable del otro. Como resultado, en este camino explicativo una ilusión es el enunciado de una distinción escuchada desde un dominio de realidad diferente de aquel en el que tiene lugar y donde es válida, y la experiencia de una ilusión es una expresión en el observador de su confusión de dominios explicativos».

Podemos decir que cada Sefirá es un «dominio explicativo diferente»; sin embargo, a pesar de que dichos dominios explicativos sean diferentes, son objetivos en sí mismos, es decir, intrínsecamente constitutivos del universo y de la psique. Por lo tanto, siendo la realidad existente un «multiverso», es decir, una realidad multidimensional donde cada dimensión es válida en su propio nivel, existen verdades en cada realidad dimensional, pero cuando obligamos a una verdad válida de una dimensión en particular a trabajar fuera de su marco constitutivo, entonces estamos operando de modo negativo, ya que intentamos aplicar a un sistema objetivo una energía diferente, porque dicha energía es válida únicamente en la dimensión de la cual es sustancialmente compatible. Si bien existen interconexiones dimensionales a través del sistema de los 22 senderos de las letras hebreas, estas conexiones no implican la mezcla de las energías válidas en cada nivel dimensional, sino las influencias que se generan de una dimensión sobre otra.

De este modo, podemos decir que las Sefirot (dimensiones energéticas específicas) poseen energías válidas dentro de dicho universo, y energías que influencian sobre las otras dimensiones. Estas influencias dimensionales simbólicamente están representadas en los 22 canales. Cada energía (de cada letra hebrea) simboliza en realidad no simplemente un tipo de energía de conexión, sino una energía específica en sí misma. Por este motivo, en el misticismo judío decimos que existen 32 caminos de la Sabiduría, ya que englobamos, en esos 32 caminos, las 10 dimensiones y las energías de los 22 canales del Árbol de la Vida. Por eso los canales son considerados como energías en sí mismos.


2. Las verdades y su relación con cada dimensión

«El alma divina de la persona tiene acceso a cierta información, que no le es transmitida por el pensamiento».

MOSHE JAIM LUZZATTO

En un debate debemos ser conscientes en qué dimensión están operando las explicaciones que se argumentan, de lo contrario, si nuestra posición dimensional es otra, entonces todo el sistema argumental no es correctamente interpretado. Para poder comprender un sistema de interpretación debemos buscar su correspondencia dimensional específica, para encontrar, de ese modo, cómo se autojustifican los argumentos esgrimidos. Aunque cada dimensión tenga sus propios axiomas, lo que entendemos como altamente positivo de la cábala hebrea aplicada a la Psicología es la toma de consciencia del nivel dimensional en que estamos operativos para comprender la realidad dimensional específica y sus argumentaciones en dicho nivel. A esta característica le podemos agregar la simultaneidad de verdades válidas en cada nivel dimensional, ya que esta coexistencia de dominios explicativos diferentes (según Maturana) provoca una comprensión mayor de la realidad y no una reducción de la realidad de acuerdo con el dominio explicativo de mi subjetividad. Ser conscientes de esta flexibilidad de la psicología del misticismo judío es fundamental a la hora de comprender de manera integral el sostén de las aparentes paradojas que propone el campo del misticismo judío. La paradoja surge entonces cuando lo que es una verdad válida en una dimensión carece de validez en otra, y cuando somos conscientes de que la psique debe trabajar en las diez dimensiones diferentes otorgando validez e invalidez simultáneamente a diferentes marcos argumentales. Por este motivo, la comprensión del Daat (el Conocimiento) como la energía sustancial de los 22 canales y como la energía que alimenta toda la estructura del Árbol de la Vida es fundamental porque permite una flexibilidad mental para subir o bajar de cada universo dimensional. Un dominio explicativo (Sefirá) no puede ser dogmatizado porque provocamos la consiguiente invalidez del resto de las dimensiones. Todo dominio explicativo es válido en su nivel dimensional específico, y esa validez es objetiva. Por lo tanto, tenemos dos estructuras de objetivación de la realidad anteriores a nuestra perspectiva subjetiva. La realidad eterna del Ein Sof es la primera realidad objetiva, y la clasificación de las Sefirot representa un segundo estadio de realidad objetiva.

Así que podemos comprender cada Sefirá y la relación de cada acto subjetivo de la realidad dentro de dicha dimensión, y podemos integrar dentro del Árbol de la Vida todas las teorías explicativas del ser humano porque cada Sefirá representa un símbolo arquetípico de cada energía dentro de la realidad general. Las diez dimensiones representan diez realidades objetivas diferentes, y la diferencia de la magnitud energética que opera dentro de cada dimensión se fundamenta sobre la diversa correlación de las dos variables fundamentales del Universo contraído de la Briá (el tiempo y el espacio). En cada dimensión en particular, al modificarse la correlación entre tiempo y espacio, se produce una magnitud energética diferencial, y esta diferencia no pertenece al grado de subjetividad de la psique, sino que son diferencias objetivas. Por lo tanto, si pudiéramos modificar las variables de tiempo y de espacio, entonces podríamos físicamente operar en cualquiera de las realidades objetivas al cambiar la magnitud de las energías en cada nivel dimensional.

Así pues, aunque existe la «objetividad» dentro de la Eternidad, desde nuestra perspectiva operamos sobre diez diferentes grados de objetividad diferencial, por lo que no es simplemente la subjetividad del sujeto la que altera el grado de percepción de la realidad, sino la posición objetiva dentro de un marco conceptual específico (Sefirá). Aunque hipotéticamente dos personas piensen exactamente igual, si se encuentran posicionadas en marcos objetivos diferentes, por el grado de magnitud energética los argumentos serán diferentes. Si traducimos lo que estamos explicando dentro del misticismo judío en términos de la psicología junguiana podemos decir que la realidad eterna del Ein Sof, es decir, el grado de máxima realidad objetiva, se denominaría con el nombre del «Self», que representa el arquetipo de la «Totalidad» y la trascendencia, y aunque Jung declaró la existencia de un «arquetipo», para la mística judía aplicada a la psicología, en realidad el Self no es «arquetipable». Si el Self es arquetipable, entonces no hace referencia a la realidad objetiva del Ein Sof, sino a una dimensión en particular. Como para Jung el Self es arquetipable, entonces no estamos trabajando dentro del marco de la realidad objetiva fundamental del Ein Sof, sino dentro de la dimensión de Keter (la más alta de las dimensiones del Árbol de la Vida).

Cuando hacemos referencia entonces a la realidad objetiva y eterna del Ein Sof, no podemos pensar en ningún grado de simbolización arquetípica posible. El Ein Sof es, en realidad, la raíz única no-simbolizable de todas las realidades simbolizables.


3. Lo junguiano y su relación con el misticismo judío

«Habría que hacer una zambullida profunda en la historia de la mente judía, esto nos llevaría más allá de la ortodoxia judía en los funcionamientos subterráneos del Jasidismo, y luego en las complejidades de la cábala que aún permanece sin explorar psicológicamente».

JUNG

¿Por qué motivo lo junguiano se aproxima tanto al estilo de la aplicación del misticismo judío a la Psicología? Porque Jung ha reconocido (a diferencia de otras escuelas) la pluralidad de dimensiones del ser humano. Y mientras no aceptemos esta pluralidad, todo análisis será válido exclusivamente en un marco conceptual cerrado dentro de una dimensión. Ahora bien, la tendencia a validar dentro de un sistema cerrado hace que se creen inevitablemente dogmatismos antagónicos. Como dice Robin Robertson en su obra:23

«Después de ser excomulgado de la pequeña comunidad psicoanalítica, Jung intentó comprender por qué él y Freud habían discrepado tanto. ¿Cómo podía ser que tanto Freud como Adler insistieran sobre una única fuerza motivadora? Jung, al contrario, creía que tenemos múltiples instintos que nos van impulsando por la vida. La sexualidad y el deseo de poder son impulsos innatos, pero ninguno de ellos necesariamente excluye a los otros. Ni tampoco se trataba únicamente de impulsos. Siempre creyó que existía una llamada del espíritu que determinaba el curso de nuestra vida, y no pensaba que el espíritu fuera necesariamente más débil que los impulsos instintivos. Si lo fuera, nunca hubiéramos construido ninguna catedral».

La mística judía aplicada a la Psicología entiende, siguiendo la posición junguiana, que existen muchas dimensiones en el ser humano, porque en realidad dentro del Cosmos participan diversas fuerzas objetivas que se interrelacionan y nuestro ser subjetivo y finito es un pequeño Cosmos. Posicionarse exclusivamente desde una idea/dogma es validar una serie de verdades dentro de un sistema específico. Por lo tanto, si la mente del sujeto adquiere mayor flexibilidad, no puede situar en un punto único (dogma) el fundamento de toda la realidad. Y no podemos decir que el Ein Sof es un dogma, porque el Ein Sof es la raíz de todas las diferentes energías que operan dentro de la realidad, y todas se encuentran en potencia dentro de Él.

Cuando cualquier posición subjetiva finita quiere reducir la realidad manifestada de acuerdo a un impulso único, entonces otorga validez a sus verdades dentro de su sistema cerrado; lo que lamentablemente sucede entonces es que, cuando se quiere percibir la totalidad de las manifestaciones en un solo nivel superior, todo se vuelve incomprensible. Además, debemos agregar el gran problema del lenguaje, que en cierto modo complica la situación, ya que operamos dentro de las fuertes restricciones de cada concepto; y como todos operamos con sentidos subjetivos diferentes, dentro de cada concepto pueden surgir contradicciones que no se corresponden necesariamente con los diferentes niveles operativos, sino con los diversos grados interpretativos que el sujeto introduce en cada concepto.

4. La tendencia al dogmatismo

«Las respuestas ocultan la esencia de las cosas».

NAJMÁN DE BRATSLAV

Es preferible declarar nuestra ignorancia de las interconexiones reales de las diferentes energías, que explicar la totalidad a través de una variable exclusiva, como si dicha variable fuera el fundamento total y único de todo el sistema. El problema es que todo sujeto empatiza automáticamente con su situación espacio-temporal; y esto provoca que sin una intención deliberada toda situación fija subjetiva se convierte en un dogma.

Hemos pasado del dogmatismo pagano al dogmatismo monoteísta, y del dogmatismo medieval al dogmatismo ilustrado, y del dogmatismo teológico al dogmatismo psicológico. En realidad, vamos cambiando los nombres, pero en el fondo se mantiene la misma actitud dogmática, porque toda concepción dogmática aparece cuando la psique del sujeto se sitúa fijamente en un punto determinado de la realidad espacio-temporal.

¿En qué cambia un psicólogo encerrado en su escuela de pensamiento de un religioso ortodoxo encerrado dentro de su sistema? Los dos parecen que piensan (y en verdad piensan, y mucho), pero el problema es que otorgan validez a sus ideas dentro de un sistema cerrado autorreferencial. El misticismo judío aplicado a la Psicología debe destruir todo dogmatismo,24 porque el dogmatismo es la visión cerrada, consecuencia inevitable de posicionarse de modo estático desde algunas de las dimensiones como si fuera la dimensión elegida el único fundamento de toda la realidad.25

La diferencia objetiva de estos diez dominios explicativos diferentes (Sefirot) es la que produjo la primera fragmentación dentro de la realidad antes de la aparición de las fragmentaciones subjetivas de la psique.

Esta fragmentación se produjo según los grandes cabalistas dentro del propio Ein Sof, creando el Universo de Atzilut (la Emanación). En la información interior del Ein Sof existía en potencia la posterior realización material de las diez manifestaciones. En realidad, las diez dimensiones no se manifiestan en Atzilut, sino en el Universo de Briá porque, para que puedan ser manifestadas, se necesita de las variables del tiempo y el espacio, es decir, se necesita de la aparición del vacío. El vacío es la causa de la aparición del tiempo y el espacio; o dicho de modo inverso, al reducir de modo finito los niveles de energía aparecen el tiempo y el espacio. En realidad, para crear el vacío, el espacio aparece primero, ya que el vacío es «espacio vacío»; y de acuerdo con la velocidad del movimiento dentro de dicho vacío se crea la variable del tiempo. Por ese motivo, la relación primigenia es Keter-Maljut, porque es la relación que causa la aparición del espacio, y tras la tensión entre Jojmá-Biná, se produce el nacimiento del factor tiempo. Y como las velocidades dentro del espacio vacío son diferentes, entonces se crean las diferentes realidades objetivas dimensionales que denominamos como Sefirot. En realidad, existen millones de grados dentro de estas realidades objetivas de acuerdo con las diferentes relaciones existentes dentro del vacío del espacio-tiempo.

Si el Daat (el Conocimiento) es la interconexión de las dimensiones, debemos entonces percibir la realidad tomando en consideración tres puntos fundamentales:

1 Existen diez realidades objetivas diferentes producto de la primera gran fragmentación de la manifestación del Ein Sof dentro del vacío. Esto produjo la aparición de verdades válidas en cada nivel e inválidas si son aplicadas en niveles diferentes.

2 Existe una psique subjetiva, que siempre opera (por su propia tendencia de acuerdo con la raíz de su alma) desde una Sefirá en particular, lo que hace que tengamos dos variables que distorsionan la comprensión de la realidad en el campo de la fragmentación: por una parte, la división objetiva del primer punto y, por la otra, la fragmentación subjetiva del fragmento finito de nuestra posición.

3 Y existe un estado objetivo real de unidad detrás de toda la realidad fragmentaria (Alef) que es lo que realmente se oculta, y que puede ser extraído a pesar del problema que provocan las dos fragmentaciones anteriores.

Si toda fragmentación subjetiva eleva exponencialmente el estado paradojal de nuestra existencia, entonces la coordinación de los argumentos en el marco de una dimensión en particular puede lograr como resultado conclusiones válidas en dicho nivel. Y si somos conscientes de estas «vestimentas» que ocultan la verdadera realidad del Ein Sof, entonces podemos comprender mejor nuestra situación. Nuestra situación subjetiva finita provoca una aguda distorsión de la realidad objetiva.

Si en una segunda etapa conciliamos la fragmentación objetiva de las Sefirot comprendiendo el estado de simultaneidad dimensional, donde operan todas las dimensiones y donde cada una de las Sefirot requiere un tipo de energía en particular, entonces logramos la armonía interior necesaria para alcanzar el tercer estadio al que debemos intentar acceder, que es el de la paz interior al adquirir la consciencia de nuestra sustancia divina eterna. En este último nivel (que no es un nivel estático) es donde logramos la experiencia de la trascendencia.

5. Las Sefirot cosmogónicas y las Sefirot psicológicas

«Existían secretos de tan alto nivel en la cábala medieval que es posible que solo conozcamos la punta del iceberg; los cabalistas controlaban un material de un nivel de Sod muy elevado, más alto del que podemos imaginar».

MOSHE IDEL

Antes de comenzar a definir la energía que se encuentra dentro de cada dimensión o Sefirá debemos dividir el asunto en dos partes:

1 Las Sefirot que se corresponden al sistema cosmogónico

2 Las Sefirot que se corresponden al sistema psicológico

1 El sistema cosmogónico. Cuando hacemos referencia al plan general de la creación (Adam Kadmón), decimos que el Ein Sof (el Infinito) estructuró esta realidad en un orden de cinco universos. Cada uno de estos universos tiene características propias. Aunque todos los universos derivan su sustancia energética del Ein Sof, son diferentes de acuerdo con la magnitud energética que cada uno de ellos posee producto de las autocontracciones del infinito. De los dos primeros universos (Adam Kadmón y Atzilut) decimos que son universos «de información» dentro del Ein Sof (Infinito); a estos dos universos muchos cabalistas los designan como el pensamiento divino.26 Los tres últimos universos (Briá, Yetzirá y Asiá) pertenecen al orden espacio-temporal, mientras que los dos primeros universos se encuentran dentro de la Eternidad del Ein Sof. El sistema cosmogónico de la cábala explica la concatenación de estos cinco universos. Existe un salto cualitativo fundamental entre los dos universos interiores del Ein Sof y los tres universos que se desarrollan dentro del vacío. De las diez dimensiones cosmogónicas del Árbol de la Vida general, las tres superiores pertenecen a tres universos diferentes: la dimensión del Keter cosmogónico pertenece al universo del Adam Kadmón, la dimensión de la Jojmá cosmogónica al Universo de Atzilut (la Emanación), y la dimensión de la Biná cosmogónica al Universo de Briá (la Creación). Los otros dos universos: el de Yetzirá (la Formación) engloba dentro de sí mismo las seis dimensiones cosmogónicas inferiores del Árbol de la Vida general, y el Universo de Asiá (Acción) se corresponde con la dimensión de Maljut en el orden cosmogónico. El primer Árbol de la Vida es indudablemente el mapa cosmogónico, y, por lo tanto, cada dimensión debe ser estudiada en el orden de los universos.

2 El sistema psicológico. Cuando hacemos referencia al orden psicológico, que es lo que vamos a tratar en este estudio, nos situamos en el universo de la Formación (Yetzirá) que se corresponde con las seis dimensiones inferiores cosmogónicas del Árbol de la Vida general (Tiferet, Jesed, Guevurá, Netzaj, Hod y Yesod). Sin embargo, como dentro de cada universo existen a su vez diez dimensiones que reflejan las diez dimensiones cosmogónicas, cuando hacemos referencia a las energías psicológicas de nuestra interioridad decimos que operamos dentro del Árbol de la Vida subjetivo, es decir, dentro del universo cosmogónico de Yetzirá. Nuestras almas (como energías con consciencia subjetiva) nacen dentro del Universo de la Briá27 porque ya pertenecen al orden espacio-temporal.

Como se puede percibir es importante la división que hemos realizado entre las Sefirot cuando actúan como energías universales en el orden cosmogónico, y cuando actúan como energías subjetivas en el orden psicológico, debido a que no es lo mismo cuando hacemos referencia a la Biná cosmogónica (que se corresponde con el Universo de Briá o la Creación) que cuando hablamos de la Biná psicológica (que se corresponde con el Universo de Yetzirá o de la Formación). Si el estudioso de la psicología del misticismo judío no comprende este punto, todo el análisis posterior será realmente muy dificultoso.

Aunque las energías psíquicas del sujeto actúan dentro del Universo de Yetzirá, debemos dejar claro que cuando tenemos el conocimiento de los tres universos superiores, sobre todo cuando podemos percibir el Universo de Briá, entonces aparece el sentido de trascendencia dentro de la psique que se deriva automáticamente de comprender la correspondencia de la psique subjetiva que se encuentra operativa en el Universo de Yetzirá y el conocimiento cosmogónico que nos eleva más allá de nuestra realidad psicológica.

6. El Inconsciente/La Conciencia

«Si usted está buscando un camino, usted ya está en el camino».

SHALOM SHARABI (1720-1777)

No existe psique desvinculada del Cosmos, por el contrario, la psique es el resultado de la evolución de la consciencia dentro del orden cosmogónico. El Ein Sof pretende que podamos acceder a niveles de consciencia superiores, hasta alcanzar la mayor cercanía al Ein Sof posible. Y al alcanzar tal nivel de consciencia comprenderemos (por el efecto de la empatía entre nuestros niveles inferiores de consciencia dentro del vacío) el más alto grado de consciencia del Ein Sof. Este nivel de cercanía nos llevará a tal vinculación esencial con el Ein Sof, que podremos percibir los niveles de la Jaiá y la Iejidá que actualmente son muy difíciles de percibir.28 Y si el Ein Sof se oculta detrás del vacío, nuestras existencias extraen la información del infinito y las revelan dentro de esta manifestación finita. Somos nosotros, como consciencias fragmentarias existentes y reveladas, las pruebas de la realidad de información oculta dentro del Ein Sof. La propia revelación de nuestra consciencia es la que provoca el reconocimiento de todo el nivel de consciencia oculta (Ein Sof), que se va revelando a través del sistema finito y fragmentario dentro del cual nos revelamos. Existimos para revelar la consciencia oculta del Ein Sof, y mientras mayores niveles de consciencia alcancemos (provocando mayores grados de revelación), accederemos a una mayor cantidad sustancial de información consciente del Ein Sof.

Jung29 escribió:

«Freud deriva el inconsciente del consciente… Yo lo pondría al revés: yo diría que lo que viene primero es obviamente el inconsciente… En la temprana infancia somos inconscientes; las funciones más importantes de naturaleza instintiva son inconscientes, y la consciencia es más bien el producto del inconsciente».

Esta descripción junguiana se puede verificar desde una perspectiva antropocéntrica. La conciencia humana deriva de un Inconsciente divino.

Ahora bien, si decimos que la conciencia se escinde de la existencia, estamos diciendo que entonces se revela; así el Inconsciente divino puede ser estudiado como la conciencia general oculta dentro de la misma existencia. Pero para que la Conciencia fragmentaria humana se pueda revelar, necesariamente tiene que continuar de forma oculta la Conciencia general divina; por ese motivo, Jung la denomina como «Inconsciente». Sin embargo, la denominación como «Inconsciente» está fundamentada desde la perspectiva de la revelación de nuestra conciencia.

Freud tiene que necesariamente derivar el inconsciente del consciente porque el inconsciente freudiano aparece como la representación de las partes oscuras de la Conciencia que deben ser reprimidas; en cierto modo, todo es consciente en términos freudianos. Jung deriva la Conciencia del Inconsciente, porque el Inconsciente junguiano no representa lo reprimido sino lo oculto. En ese sentido, el Inconsciente junguiano se acerca al concepto de «Sod» (Secreto) del misticismo judío. Freud percibe lo «inconsciente» como lo reprimido de la Conciencia, y Jung percibe lo «inconsciente» como lo oculto o lo desconocido, que al revelarse se autoconoce. El autoconocimiento implica automáticamente el nacimiento de la conciencia.

En realidad, el Ein Sof es la raíz de todo lo existente (tanto lo inconsciente como lo consciente), es más, podríamos decir desde la psicología del misticismo judío que el nivel de «Sod» de la cábala va más allá de lo inconsciente, porque lo inconsciente se encuentra latente como información oculta dentro de la consciencia pero revelada en nuestra interioridad, y el nivel de Sod de la cábala hebrea es lo que nosotros ignoramos, lo que se encuentra más allá de lo Inconsciente. Por ese motivo, debemos ser muy cautos a la hora de un análisis profundo de la situación. El «Sod» de la psicología del misticismo judío supera indudablemente el marco conceptual del «Inconsciente» tradicional de la Psicología.

El problema central de este análisis radica en que percibimos la realidad de modo subjetivo. Si logramos percibir la realidad desde la posición del Ein Sof, entonces toda la percepción se modifica. Por ese motivo, los grandes cabalistas estudiaron en primer lugar el Maasé Bereshit (el Misterio de la Creación), para poder percibir «la psique» dentro del orden cosmogónico general.

Ahora bien, intentemos descentrar al sujeto de su subjetividad y percibir el orden cosmogónico integral. El Ein Sof se reveló dentro del vacío después que Él mismo se retiró de sí mismo. La energía más densa dentro del campo de las manifestaciones creó lo que nosotros denominamos como materialidad. Dentro de dicha materialidad (energía en el máximo nivel de densidad posible) se ocultó la información proveniente del Ein Sof, y el proceso de revelación se produjo a través de los cambios dentro de la materialidad que escondían modificaciones energéticas subyacentes. Esto produjo el proceso de revelación de la información del Ein Sof en el campo de las fragmentaciones finitas de la materialidad. Nació la consciencia.

Cuando la consciencia fragmentaria se reveló, llegó a tal nivel de revelación que logramos ser conscientes del material del «Inconsciente» (Psicología); sin embargo, los cabalistas dentro del judaísmo lograron percibir el nivel de Sod de toda la realidad manifestada. Si la consciencia se reveló, en realidad el aumento de la consciencia no proviene de extraer del inconsciente lo ya existente, sino de extraer del «Sod general del universo» todo lo ya existente, porque lo que «ignoramos científicamente» es un material de información mayor que nuestro inconsciente subjetivo finito.

La cábala comprendió entonces que, a pesar de que extraigamos hipotéticamente todo nuestro inconsciente subjetivo de nuestra interioridad, nos enfrentamos con un desafío mayor, la extracción (y, por lo tanto, la revelación) de toda la información cosmogónica que se nos oculta por nuestra ignorancia. Y entonces la consciencia fragmentaria advirtió que toda la información oculta detrás de la materialidad manifestada es el canal de acceso a toda la información infinita que existe oculta dentro del Ein Sof.

7. El mapa del Árbol de la Vida (Etz Ha Jaim)

«El hombre es el último compuesto que comprende a todas las dimensiones».

ABRAHAM ABULAFIA

El mapa objetivo que revela la estructura de todas las energías existentes dentro de nuestro vacío es el Árbol de la Vida y sus diferentes Sefirot.

Un autor que se acerca mucho al concepto de «Sefirá» y que las denomina como «bandas o niveles de vibración» es Ken Wilber, quien escribe en su obra El espectro de la conciencia:30

«Si consideramos la conciencia como un espectro, cabe esperar que distintos investigadores, en particular los comúnmente denominados «orientales» y «occidentales», debido a la diversidad de instrumentos lingüísticos, metodológicos y lógicos utilizados por ellos, conecten con distintas bandas o niveles de vibración del espectro de la conciencia, al igual que los primeros científicos que estudiaron la radiación conectaron con distintas bandas de la gama electromagnética. También cabe suponer que los investigadores, tanto orientales como occidentales, no son conscientes de que conectan con distintas bandas o niveles del mismo espectro, por lo que la comunicación entre ellos llega a ser particularmente difícil y ocasionalmente hostil. Cada investigador puede estar en lo cierto cuando habla de su propio nivel y, por consiguiente, todos los demás investigadores conectados a distintos niveles pueden parecer completamente equivocados. La controversia no se resolvería consiguiendo que todos los investigadores se pusieran de acuerdo entre sí, sino si se dieran cuenta de que todos hablan de un mismo espectro visto desde distintos niveles».

¿Cuál es el espectro dentro del misticismo judío? El espectro o modelo donde operan los diferentes niveles es el Árbol de la Vida, y los niveles energéticos diferentes son las Sefirot (Dimensiones). Por ese motivo, dentro de la aplicación psicológica del misticismo judío, encontramos que el primer trabajo importante es saber en qué punto del mapa del Árbol de la Vida nos situamos, porque es desde allí donde estamos percibiendo todas las dimensiones.

El gran desafío que propone la cábala en términos psicológicos es el de determinar desde qué punto del espectro, según palabras de Wilber, estamos operando dentro de la realidad.

El mapa del Árbol de la Vida y sus diferentes dimensiones son la respuesta que otorga la sabiduría ancestral del judaísmo a la propuesta de que nuestra existencia necesita de un «molde» (en realidad, un molde inicial de ascenso y descenso). Como bien lo explica el doctor Manuel Almendro:31

«Da la impresión de que unos seres humanos sufren por no tener molde y otros por comprimirse dentro de él».

«Entendemos que la neurosis aparece, en primer lugar, cuando el molde humano se tambalea aunque no se desestructure. Profundizar en esta reflexión requeriría de por sí todo un libro. Al parecer, la sabiduría tradicional propone que nuestra existencia necesita de un molde que permita un sitio al individuo como recorte holográfico del cosmos, para poder disponer de unos mínimos límites, un molde que permita establecer una orientación en el espacio, el tiempo y la materia. Tal vez la iluminación, el satori,32 etc., suponga conseguir que ese molde llegue a ser innecesario, se sepa vivir sin límites, sin molde, y sin terror a diluirse ni en el infinito cósmico ni en el finito telúrico. Habría, pues, un proceso evolutivo de constitución del molde del hombre como un proceso de aprendizaje físico, biológico, psicológico, espiritual, etc., concibiendo este molde no como estructura estática sino como proceso, molde necesario para poder asentarse en la Tierra. Un molde universal y, al mismo tiempo, personal, osmótico y adecuado a las circunstancias existenciales, habiendo en ese proceso estadios evolutivos más bien de premoldes, de moldes, y de transmoldes o supramoldes, como una ontogénesis en la que aparecen las tendencias del instinto, el sentimiento, el pensamiento, la intuición y la voluntad, que irían desde un nivel de indiferenciación pleromática a un nivel de diferenciación yoica, y luego a una superindiferenciación transyoica, de naturaleza cósmica, pero ya consciente».

No es lo mismo percibir la realidad desde una dimensión del Árbol que de otra. Nuestro Yo (y el Cosmos en general) debe ser percibido desde todos los puntos fijos al mismo tiempo, y como esto es imposible, entonces, ¿qué debemos hacer?33

La energía del Daat (el Conocimiento) es la que nos otorga la flexibilidad necesaria para movernos dentro de todas las dimensiones del Árbol de la Vida, y siempre debemos «sospechar» cuando ya estamos operando con «respuestas», porque dichas respuestas son para el misticismo judío producto de nuestra falta de movimiento dentro del sistema del Árbol de la Vida. Por lo tanto, las respuestas pueden ser válidas en el nivel operativo en que se encuentran, pero si salimos de dicho nivel, pueden no ser coherentes en otro nivel. La pérdida de coherencia (o la aparición de las contradicciones) significa que estamos comparando energías de niveles dimensionales diferentes. Las respuestas son indudablemente las bases donde se construyen todos los dogmas inamovibles. Por este motivo, las preguntas se relacionan con la Sabiduría (Jojmá) y las respuestas, con la dimensión de la Inteligencia (Biná).

Debemos comprender el Yo en cada nivel dimensional (Sefirá). Tenemos que analizar el Yo no desde una dimensión en particular, sino desde todo el complejo unificado, y, por lo tanto, no podemos atrapar el «Yo» dentro de una estructura fija, porque entonces algunas partes de la estructura general del «Yo» quedan ocultas simplemente porque no operamos en un nivel diferente. El mapa del Árbol de la Vida y sus diferentes dimensiones debe ser recorrido por completo, y varias veces a lo largo de la existencia de una persona, para que se pueda comprender realmente su funcionamiento interior. Los niveles de consciencia aumentan en la medida en que podamos recorrer los senderos del Árbol de la Vida con la mayor frecuencia posible, y no quedar atrapados dentro de un punto fijo.

Sin embargo, la posibilidad de percibir desde nuestro Entendimiento (Biná) el conjunto total en su complejidad intrínseca es imposible si no dividimos sus partes, o fragmentos. Así, podemos analizar los fragmentos del Yo a partir de sus diez dimensiones energéticas básicas (Sefirot). Ahora bien, al conocer fragmentariamente las diferentes dimensiones del Yo, no por ese motivo podemos decir que conocemos realmente el Yo en su estructura integral, sino que simplemente conocemos sus fragmentos. Para lograr aproximarnos al «Yo» desde la psicología del misticismo judío debemos operar dentro de toda la estructura del Árbol de la Vida.

La idea de este trabajo que presentamos es estudiar cada una de las dimensiones (Sefirot), para luego estudiarlas en su funcionamiento interno, es decir, analizarlas como un todo integrado. El problema que presenta Wilber sobre las diferentes escuelas deriva del hecho de que cada uno de los pensadores habitualmente determina un punto fijo dentro de la realidad, y, por consiguiente, el problema es que toda la realidad es analizada y estudiada a partir de dicho punto fijo. El propio Wilber puede haber seguido la tendencia oriental de una inclinación a la evasión espiritual, al coger el «ascenso a lo transpersonal» como un método inconsciente de fuga de la materialidad. Porque el materialismo reinante en Occidente (Klipá de Maljut) nos puede llevar (a veces inevitablemente) al extremo de un espiritualidad radical desesperada, y la tentación en la que podemos caer es la de utilizar lo «espiritual» como justificación de una irracional fuga de la materialidad. Nunca el judaísmo llego al ascetismo corporal para escapar del problema que surge de los límites de la sexualidad ordenada.

En cambio, la psicología del misticismo judío sigue operativa desde la animalidad biológica freudiana, hasta los niveles más elevados de la autorrealización de Maslow.

No existe, pues, una distorsión de la realidad, sino una «fragmentación» de la realidad, y todo es válido dentro de dicho análisis fragmentario. Y así como existe cognitivamente la fragmentación de la realidad, existe la fragmentación de nuestro «Yo». Sin embargo, si conocemos en profundidad los caminos de nuestras dimensiones interiores, podemos «integrarnos» dentro de un Yo sólido. La solidez del Yo no está dada por el carácter dogmático o fijo, sino por la comprensión de la complejidad interna de sus interrelaciones.

Este es el problema de los sistemas cerrados, ya que son lineales y no circulares.34 Podemos clasificar el Árbol de la Vida como un sistema abierto, porque se abre de forma permanente hacia el Ein Sof y esto hace que sea de imposible cierre. En cierta manera, toda respuesta fuera del Ein Sof es provisional, y provoca automáticamente la aparición del dogmatismo (asunto fundamental que trataremos más adelante en este trabajo).

Los niveles de consciencia siempre pueden ser potencialmente más altos,35 y podemos observar la realidad desde las diez dimensiones al mismo tiempo. Este es un trabajo muy difícil, porque debemos pensar la realidad operando al mismo tiempo en los diez niveles, y entonces podemos comenzar a vislumbrar las conexiones internas de dichos niveles dimensionales. Los 22 canales del Árbol de la Vida36 que son los que relacionan las 10 dimensiones prueban que tenemos caminos de ascenso y descenso entre las diferentes dimensiones. Podemos, pues, bajar y subir de acuerdo con nuestra necesidad de comprensión de una dimensión a otra, porque debemos oscilar dentro de todo el Árbol de la Vida.

En su origen, todas las dimensiones (Sefirot) pertenecen al mismo punto fundamental37 de donde surge toda la información de esta realidad (tanto la revelada como la oculta), sin embargo, en el despliegue general de la información del plan divino (Adam Kadmón) aparecen las diez dimensiones,38 y así nosotros podemos comprender fragmentariamente la realidad. Debemos entrenar a nuestra mente (Biná)39 a trabajar en la unificación constante de la realidad (Jojmá) con el fin de percibir en esencia la unidad que subyace detrás de todo este mundo de la fragmentación (mundo de la Bet).

Tenemos, pues, dentro de la tradición antigua del judaísmo un elemento simbólico muy claro donde convergen en un mismo punto todas las escuelas de Psicología que trabajan en diferentes niveles de la realidad.

Cada Sefirá (Dimensión) cumple una función, y lo que es verdad en una dimensión no necesariamente es verdad en otra. Como Wilber explica, las investigaciones o estudios son válidos en el nivel en que se encuentran. Por este motivo decimos dentro de la psicología del misticismo judío que se pueden encontrar la felicidad y la comprensión dentro de cada nivel dimensional. No podemos ni debemos obligar a un sujeto a cambiar de nivel si no se encuentra preparado. Cada uno se encuentra en el nivel que se merece, y si no lo merece, realizará todos los esfuerzos posibles para salir de dicho nivel. Un sujeto deja su nivel cuando a pesar de su comodidad (mal llamada felicidad) logra avanzar hacia niveles superiores.

Cuando una persona se encuentra feliz en un nivel, no puede ser movilizada externamente hacia un nivel superior. Nadie puede soportar un nivel de luz (Or) superior a su nivel de recepción (Kli). Por lo tanto, y con esto exponemos uno de los grandes secretos del misticismo judío antiguo, nada depende del «Or» sino del «Kli», y nosotros somos capaces de obtener el «Or» de acuerdo con la extensión de nuestro Kli.40

Sin embargo, debemos saber que para alcanzar la Jojmá (la Sabiduría) debemos trabajar profundamente el Daat (el Conocimiento) con el fin de obtener de este modo una mayor flexibilidad mental. La flexibilidad mental es fundamental para percibir la realidad de forma simultánea desde las diferentes dimensiones. Cualquiera que sostenga un punto fijo (y, por lo tanto, dogmatice una dimensión) está creando un sistema cerrado válido, cuya validez se encuentra fundamentada en su propio cierre. La validez del Árbol de la Vida es un símbolo potente de comprensión porque se encuentra abierto en dirección al Ein Sof y no sitúa la comprensión en un punto fijo, ya que cada nivel dimensional automáticamente opera sobre otra estructura de comprensión diferente. En realidad, para operar dentro del símbolo del Árbol de la Vida debemos recorrer todos los senderos y todas las dimensiones, y debemos ir percibiendo toda la realidad a medida que avanza el recorrido, por lo que siempre nuestro punto de vista debe ser «móvil». Al situar nuestro punto dentro del movimiento general del Daat (el Conocimiento) y operar en todos los senderos y en todas las dimensiones del Árbol de la Vida, el conocimiento no se vuelve estático y, por lo tanto, no existe un dogmatismo en ningún momento. Si alguna persona se vuelve dogmática en el estudio del Árbol de la Vida implica que ha fijado un punto estático dentro de algunas de las diferentes dimensiones. Cada vez que un sistema se vuelve cerrado, sabemos que no trabajamos bien el Árbol de la Vida; y en cada punto estático donde descansamos, debemos ser conscientes de que se puede convertir en el punto del inicio de algún tipo de idolatría. Hay dos formas de derrumbar la idolatría, que siempre se nos presenta como una amenaza al avance del conocimiento (Daat): la primera es la meditación en el Ein Sof, porque su infinitud nos abre ante un sistema abierto de forma permanente, y la segunda es el movimiento constante dentro de la secuencia del tiempo-espacio. No podemos fijar un punto dentro de la secuencia del tiempo-espacio porque es imposible; cualquier intento mental de definir esta realidad inferior de acuerdo con un punto estático puede provocar la ilusión de control de la realidad. La característica básica de esta realidad inferior del mundo de la fragmentación (mundo de la Bet) es que nos encontramos dentro de la secuencia del tiempo-espacio, y hasta que alcancemos la Eternidad real del Universo de Atzilut (la Emanación) todos los intentos de situar puntos fijos dentro de esta realidad serán aniquilados por el movimiento. Para comprender esta realidad, tal como hoy la percibimos, debemos desplazar nuestra percepción en el constante cambio que se opera dentro de la secuencia del tiempo y el espacio.

8. Tipos de Daat (el Conocimiento)

«Siempre se puede ascender en el Conocimiento porque a cada nivel que llegamos somos imperfectos frente a Dios».

RABÍ ISAAC LEVÍ DE BERDICHEV

El Conocimiento superior (Daat Elyon) se caracteriza por la unificación constante de todas las fragmentaciones, hasta llegar a la unificación del tiempo y el espacio dentro de la Eternidad que es la clave del Sod del Tetragrama.

El Conocimiento inferior (Daat Tajton) se caracteriza por la comprensión de los diferentes niveles energéticos (Sefirot) en el orden del movimiento espacio-tiempo. El Conocimiento superior se encuentra en la conexión máxima que podemos percibir dentro de la secuencia espacio-tiempo y su relación con la Eternidad; en términos de la cábala, dentro de la oscilación entre el Universo de Briá (la Creación) y el Universo de Atzilut (la Emanación). El Conocimiento inferior se encuentra en la comprensión diferencial entre los tipos de energías que operan en los dos universos inferiores de Yetzirá (la Formación) y Asiá (Acción). Todo el Conocimiento inferior algún día se debe unir al Conocimiento superior, porque ambos pertenecen en su origen a la misma raíz.

9. La relación entre la cosmogonía y la psicología en el judaísmo

«El Tikun Olam comienza con la Teshuvá de un solo hombre».

EL BAAL SHEM TOV

La principal estructura simbólica que debemos estudiar, antes de ingresar a los problemas hermenéuticos que supone un análisis del Yo, debe ser indudablemente el Árbol de la Vida. ¿A qué denominamos como el Árbol de la Vida? Aunque literalmente el término aparece en el contexto del primer libro de la Torá en Bereshit (Génesis) donde se le prohíbe al ser humano comer de dicho árbol, en realidad el símbolo que actualmente utilizamos como Árbol de la Vida tuvo su origen en las especulaciones cosmogónicas de los antiguos místicos del judaísmo. Sin embargo, a partir de la Edad Media, y por la excepcional influencia del cabalista judío Abraham Abulafia, que centró su atención en las condiciones espirituales subjetivas para ascender a grados mayores de consciencia, se produjo la psicoanalización de este símbolo. Si el pensamiento abulafiano quedó mudo durante tres siglos, fue luego, en Safed, donde cabalistas de la talla de Moshe Cordovero lograron sistematizar el pensamiento de Abulafia e interpretarlo de modo que se pudiera comprender como un todo integral. El jasidismo, posteriormente, en la Europa oriental extrajo todas las consecuencias de una cábala aplicada a la interioridad del ser humano. Tanto en el siglo XIII con Abulafia como en el siglo XVI con Cordovero, el sistema psicológico de la cábala quedó reducido a un grupo de la elite intelectual del judaísmo. Es el movimiento jasidico el que, a partir del siglo xviii, desarrolla un tipo de cábala completamente psicológica (que mantiene sus rasgos cosmogónicos indudablemente), pero que reduce a lo meramente especulativo el campo de la cosmogonía general.

Lamentablemente, en la actualidad nos encontramos con un verdadero problema, ya que el Árbol de la Vida ha sido utilizado tanto en términos cosmogónicos como en términos psicológicos, y en general dentro de la bibliografía existente se mezclan ambos análisis. Esto genera un verdadero problema a la hora de comprender realmente el funcionamiento del Árbol de la Vida, ya que si no se comprenden las diferencias entre los universos (ya que cada universo posee un tipo de energía diferente), lo que se provoca es que exista mucha confusión conceptual cuando debemos analizar un tema en especial, o cuando hacemos referencia a una dimensión en particular. Si algún libro de cábala hace referencia a una dimensión debería explicar en qué universo está operando la dimensión, que está siendo estudiada, de lo contrario podemos encontrar explicaciones que pertenecen al universo yetzirático mezcladas con explicaciones que pertenecen al universo briático.

En este trabajo que presentamos, todas las definiciones conceptuales de las diferentes dimensiones (Sefirot) serán explicadas a partir de su actuación yetzirática (es decir, en el orden subjetivo-psicológico). Lo que sucede es que, al final del trabajo, cuando las diversas dimensiones subjetivas se logren comprender y se alcance cierto equilibrio,41 automáticamente tendremos que estudiar la relación de nuestra psique con el orden cosmogónico, porque es cuando el sujeto descubre dicha relación que opera la energía psíquica de lo que podríamos denominar «trascendencia». Y si no comprendemos la energía psíquica de la trascendencia (no como un miedo infantil de protección paterna, sino como una energía real de la más alta categoría), no podremos realmente comprender cómo se alcanza el sentido de nuestra existencia en términos reales.

Ahora bien, tenemos que explicar la relación íntima entre cosmogonía y psicología ya que es imposible profundizar sobre los temas psicológicos del misticismo judío si no partimos de la idea central, por la cual debemos saber que el trabajo antiguo y medieval del judaísmo fue fundamentalmente cosmogónico. Toda la cábala cosmogónica se centró en los aspectos teosóficos de la realidad; en cambio, cuando apareció el Árbol de la Vida en la Escuela de Girona, ya podemos decir que los aspectos cosmogónicos se mezclaron con los aspectos psicológicos. En realidad, el camino natural de lo «cosmogónico» fue el de introducirse en la naturaleza de la psique, y si la psique era una copia fiel del «Cosmos», toda la cosmogonía conducía inevitablemente a cierto tipo de psicología.

La relación cosmogónica y psicológica a veces aparece como confusa en muchos textos, y lamentablemente la gran mayoría podemos caer en la confusión de no saber cuál es el análisis simbólico que estamos realizando del Árbol de la Vida, ya que es posible que este análisis pertenezca a lo “cosmogónico” y otras veces estemos realizando un análisis psicológico. Es más, lo lógico es pensar que al operar sobre una sabiduría antigua y medieval, como lo es la “Kabalá”, lo psicológico y lo cosmogónico se encontraban completamente mezclados. Y en realidad, cuando estudiamos y profundizamos sobre las bases fundamentales del misticismo judío nos encontramos con que trabajamos ambos aspectos de forma simultánea. Debemos trabajar desde una percepción circular y no lineal de la realidad, porque la realidad por su esencia compleja es básicamente circular. La linealidad del pensamiento es un problema de nuestro pensamiento, pero no se ajusta a la realidad en su complejidad intrínseca.

Por ese motivo, debemos ser muy cautos a la hora de leer textos de la cábala antigua y medieval porque en aquella época la especulación intelectual tenía como centro la teosofía y no la psicología (tal como la conocemos hoy). Es verdad que podemos eventualmente psicoanalizar la teosofía medieval judía, pero los sabios medievales (con raras excepciones) no eran conscientes de que estaban trabajando el estudio de la psique, sino como una derivación de los aspectos cosmogónicos del universo.

Tengo que advertir que este problema se solucionaría si comprendiésemos el sistema de concatenación de los diferentes universos dentro de la manifestación del Ein Sof en el interior del vacío, y si logramos comprender el sistema de «Partzufim» (o estructuras globales de personificación, o las personificaciones), porque debemos tener en cuenta un factor de importancia fundamental, y es que la psique desde el punto de la psicología mística del judaísmo no puede ser autorreferencial, sino que debe ser estudiada en relación directa con el sistema general de la realidad circundante.

No existe una psicología en el judaísmo desvinculada del entorno natural en el que esta psique se ha desarrollado. En definitiva, debemos comprender la destrucción de la entropía científica en el estudio de la psique, porque para el misticismo judío las energías interiores de la psique son el reflejo de las energías externas que operan en el orden cosmogónico general, y las energías externas se encuentran reflejadas dentro de la psique del sujeto.

10. El problema de la entropía en la Psicología

«El alma comprende diez existencias superiores surgidas de las diez existencias celestiales».

ABRAHAM ABULAFIA

El segundo gran problema que se presenta cuando trabajamos el Árbol de la Vida de forma arquetipal es que cada sefirá representa una energía determinada dentro del «Inconsciente colectivo». Entonces debemos ser cuidadosos porque el inconsciente colectivo junguiano no se encuentra en el orden cosmogónico general, sino en el orden psicológico. Jung sigue operando dentro de la psique; en cambio, la psicología del misticismo judío, que comprende la influencia ancestral de los arquetipos sobre el Yo, es consciente de que Jung no trabaja sobre el orden cosmogónico en este nivel de análisis, sino que sigue trabajando en el orden psicológico. Para que la psique trabaje libremente debemos liberarla de su posición central dentro del espacio-tiempo.

Este es el trabajo fundamental de la psicología del misticismo judío, en el sentido de que si el sujeto (Yo) no encuentra su sentido trascendente más allá de sí mismo, todos los supuestos sentidos de su existencia son espacio-temporales, y por lo tanto sujetos a la destrucción. No se pueden establecer «sentidos existenciales» espacio-temporales porque atrapamos la psique en una especie de juego macabro, buscamos dentro de las terapias convencionales atarnos a las dimensiones inferiores de la realidad.

La existencia del sujeto no puede establecer una relación desequilibrada con el mundo inferior, porque entonces la existencia material en esta vida se encuentra atada a la velocidad del vacío existencial. Al carecer de sentido todo lo que se hace, simplemente se realiza en términos del mundo inferior. Y sabemos, dentro de la cábala, que toda relación con el mundo inferior es desequilibrada en sí misma. La psicología mística del judaísmo busca soluciones reales a la psique destruyendo su centralidad. Toda sensación de centralidad del Yo en esta existencia hace que el sentido de la existencia se encuentre en función del Yo, y justamente es esto lo que debemos evitar a toda costa, porque en el mundo inferior la psique encuentra elementos anestésicos que suspenden el enfrentamiento con el interrogante del sentido de la existencia personal.

No debemos confundir el Árbol de la Vida cuando opera como «símbolo psicológico» («símbolo de las energías arquetípicas»), y cuando opera como «símbolo cosmogónico». Así, podemos decir que existen dos operaciones que se realizan dentro del mismo símbolo del Árbol de la Vida. Podemos utilizar el Árbol de la Vida como una estructura simbólica en el orden cosmogónico, o podemos trabajar con la misma estructura simbólica en el orden psicológico.

En cierto modo, el Árbol de la Vida no es una estructura compleja sino que es una estructura simple de análisis; lo complejo es que la estructura funciona en diferentes niveles de la realidad, de modo que debemos saber exactamente cuándo estamos trabajando las diferentes dimensiones del Árbol de la Vida para no cometer el error de mezclar los niveles donde estemos operando. Si en algún momento del análisis nos confundimos de nivel operativo, entonces estaremos aplicando conceptos que no podrán ser comprendidos ni aplicados dentro de dicho nivel. En este caso, no estamos haciendo referencia a un problema del lenguaje (Hod), sino que estamos diciendo que las energías espacio-temporales como son de diferentes magnitudes producen un sistema operativo diferente en cada nivel. Por lo tanto, no es un problema lingüístico sino un problema real, lo que puede producir como resultado una confusión derivada de aplicar un tipo de energías que no se corresponden en ese nivel dimensional. De este modo, al situar correctamente el problema en su dimensión correspondiente logramos visualizar mejor la situación analizada, y operamos con las energías que requieren dicho nivel.

Entonces, ¿cómo podemos saber cuándo estamos trabajando en cada nivel? En primer lugar, debemos saber que la manifestación original del Ein Sof fue la que provocó la existencia de los cinco universos fundamentales dentro del vacío. Lo que podríamos denominar como «el Árbol de la Vida original». ¿Dónde existía este Árbol de la Vida original? En el plan general que el Ein Sof poseía dentro de sí mismo.42 Esto lo expliqué en mi segunda tesis doctoral en Antropología.43 Entonces dibujamos el símbolo del Árbol de la Vida donde se pueden encontrar los universos que reflejan el orden cosmogónico general.

Por lo tanto, toda la existencia, desde los niveles más altos de la manifestación hasta los niveles más bajos, se compone de estas diez dimensiones del Árbol de la Vida original (al plan general de la divinidad en este nivel se le denomina como Adam Kadmón). A medida que estas energías dimensionales van descendiendo a las realidades más densas de la materialidad, entonces ingresan en el mundo de la fragmentación a partir del Universo de la Briá, y es allí donde se provocan las diferencias. Sin embargo, aunque las «diferencias subjetivas»44 (dentro de los sujetos) y las diferencias en la totalidad de la creación son diferencias producto del mundo de la fragmentación (universo de Bet), en realidad, se mantiene la sustancia original del mundo de la unidad (universo de Alef), y, por ese motivo, toda la realidad está diseñada según el modelo del Árbol de la Vida.

11. El Tetragrama como símbolo de la concatenación de los universos

«La meta no es ponerse ante ninguna forma finita aunque sea del máximo orden».

ABRAHAM ABULAFIA

Ahora bien, como la manifestación general de la realidad cosmológica se fundamenta en el sagrado nombre divino (el Tetragrama) Iod Hei Vav Hei, entonces, cada una de las dimensiones representa un grado o un nivel distinto de la misma manifestación sustancial, simplemente lo que cambia es el nivel en el que se encuentra dicha manifestación. En sustancia, cada dimensión es igual que la otra, simplemente las diferencias dimensionales pueden ser visualizadas de acuerdo con la magnitud (o límites) que tiene dicha dimensión. Por supuesto, Keter, siendo la dimensión más alta, desde nuestra finitud es la que posee la máxima magnitud, y Maljut, la última dimensión, la magnitud menor, pero siempre debemos tener presente que todas las dimensiones poseen la misma sustancia. Este es un punto clave porque si creemos erróneamente que las dimensiones tienen distintas sustancias, podemos idolatrar una dimensión en particular y, por lo tanto, percibirla más importante que las demás. Las dimensiones del Árbol de la Vida, tanto las más altas como las bajas, son igual de importantes para comprender la realidad general y la realidad de la estructuración del Yo en particular. Reitero que si cometemos el error de subordinar una dimensión a otra por el grado de importancia, no comprendemos que la sustancia divina de todas ellas es la misma. Nosotros captamos las dimensiones como diez dentro del mundo de la fragmentación, pero estas diez si las percibimos dentro del mundo de la unidad constituyen una sola energía raigal.

Entonces, el Árbol de la Vida original es el que corresponde al orden cosmogónico y es donde podemos situar los cinco universos (Adam Kadmón/Keter cosmogónico, Atzilut/Jojmá cosmogónica, Briá/Biná cosmogónica, Yetzirá/las seis dimensiones inferiores cosmogónicas menos la dimensión de la Maljut y, finalmente, el universo más denso de la materia Asiá/Maljut cosmogónica). El mundo superior se encuentra en los primeros tres universos, en la Briá (la Creación), donde nace el espacio y el tiempo, en el de Atzilut (la Emanación), donde nacen las Sefirot como las raíces arquetipales y energéticas de toda la realidad diferenciada, y en el Adam Kadmón (El hombre primordial), que representa el punto central que apareció dentro del Ein Sof donde se encuentra toda la información eterna. El mundo inferior se sitúa en los dos universos inferiores: Yetzirá (la Formación) y el universo de Asiá (Acción). Nuestro Árbol de la Vida psicológico se encuentra dentro del Universo de la Formación o Yetzirá, por lo cual, cuando hacemos referencia a nuestra Biná psicológica, siempre nos encontramos dentro del Universo de Yetzirá y, por lo tanto, dentro del mundo inferior cosmogónico. Una de las diferencias fundamentales es que a nosotros, al existir dentro del mundo inferior, nos es más difícil comprender el mundo superior dado que allí las energías tienen un nivel de energía tan elevado que nuestra mente no logra registrar estas magnitudes.

Debemos acostumbrar a nuestra «psique» a operar cada vez más alto en la comprensión de los grados energéticos más elevados; estas estrategias conforman dentro de la cábala los sistemas de unificación constantes. Al reducir toda la realidad a las diez grandes dimensiones básicas que operan dentro de todo el universo manifestado, los grandes místicos del judaísmo comprendieron la realidad en una forma más amplia, y, por lo tanto, al integrar dicha realidad cosmogónica dentro de la psique, hizo que inevitablemente nuestra psique se pudiese adaptar a una realidad de orden superior. Cuando la psique alcanza a comprender la realidad de orden superior, en cierto sentido se encuentra dentro de dicho nivel en términos de abstracción. Al alcanzar la mente niveles más elevados de comprensión fuera de su propias proyecciones interiores, se ajusta dentro de la realidad existencial, de modo que alcanza una comprensión de sí misma completamente diferente si realiza un reduccionismo a la estructura propia de la psique.

La relación 1/10 es la que marca la representación inicial con la cual trabaja la cábala para comprender cómo funcionan los dos mundos. La letra que representa al 1 es la Alef y al 10 es la Iod.

La letra Iod representa la parte superior de la letra Alef, como letra (la Iod) constituye una sola unidad y representa una sola energía unificada. Por ese motivo podemos decir que en el nivel del Adam Kadmón (del plan general de la creación) todo era una unidad de luz fundida (el Or Ein Sof). Nosotros, cuyas estructuras espirituales (las almas) nacemos dentro del Universo de Briá, no podemos captar la realidad en su unidad y, por ese motivo, nosotros captamos la energía de la Iod de forma múltiple, y por esta razón visualizamos las diez Sefirot (Dimensiones). Es más, Abraham Abulafia dice que existe lo que se conoce como el misterio del número 111, porque nosotros en el Keter Cosmogónico del Adam Kadmón operamos con el 1 de la Alef, en la Jojmá cosmogónica de la Iod operamos con el 10 (Atzilut) y en la Biná cosmogónica con la Kuf donde operamos con el 100 (Briá). Nosotros, que somos fragmentos del Ein Sof (y como almas, Neshamot), operamos visualizando la realidad en el orden fragmentario del 100, lo cual obedece a que no solo ya visualizamos las Sefirot, sino las sub-Sefirot, es decir, las 10 subdimensiones que se encuentran dentro de cada una de las 10 Sefirot. El Misterio del 111 de Abraham Abulafia hace referencia a la capacidad de la mente de unificar desde 100 a 10 y desde 10 al 1, donde el 1 se mantiene en todos los niveles a pesar de la fragmentación. Imaginemos que si ya comprendemos la realidad fragmentada, a partir del nacimiento de nuestra alma en el nivel de 100, lo que sucede dentro del Universo de Yetzirá donde operamos por debajo del nivel de fragmentación 100, algunos autores dicen que ya operamos sobre el nivel de fragmentación 1000. Cada nivel de fragmentación provoca mayor confusión con el fin de lograr las unificaciones necesarias que nos permitan elevarnos hacia el mundo superior.

Entonces podemos decir que la letra Iod es, al mismo tiempo, una y diez (porque en realidad todo es 1 y algo mas), es una como luz unificada dentro del nivel proveniente desde el Or Ein Sof, y es diez desde nuestra percepción inferior. Pero, pese a nuestra percepción inferior (la Iod es diez), somos conscientes de que la Iod es una sola letra que en términos superiores (del Universo de Atzilut) es una luz unificada. Porque sabemos que los colores pueden ser diferenciados desde el Universo de Briá, pero que dentro del Universo de Atzilut no existen los colores porque todos se unifican dentro de una luz unificada. Esta luz unificada no posee tiempo ni espacio, y reduce toda la realidad dentro de sí misma. Por ese motivo, Atzilut no posee tiempo ni espacio, porque los niveles son tan altos que tiempo y espacio desaparecen al operar en magnitudes tan elevadas.

Por eso, cuando el Tetragrama como modelo de manifestación de toda la realidad cosmogónica ya opera en un nivel más bajo de la realidad se manifiesta en diferentes magnitudes.

Primera manifestación del Adam Kadmón (plan general de la manifestación). La primera manifestación interior dentro del Ein Sof es el punto; este punto representa el propio plan general del Adam Kadmón todavía no desplegado y que corresponde a la sefirá de la Keter cosmológica.

La segunda manifestación interior dentro del Ein Sof es la extensión del punto original, donde el 1 pasa a ser 10, y las 10 dimensiones de la letra Iod se encuentran completamente unidas dentro de una unidad, a esto lo denominamos como el Universo de Atzilut (la Emanación). Allí no existe el tiempo ni el espacio y corresponde a la sefirá de la Jojmá cosmológica.

La tercera manifestación ya se encuentra dentro del vacío, es decir, la Iod interior del Ein Sof ahora se va a desplegar dentro del mundo del vacío y entonces las diez Sefirot se van a duplicar dentro del mundo de la dualidad; en un primer nivel, la primer Hei quedará como el futuro y se formará el tiempo, y en otro segundo nivel, la segunda Hei establecerá el punto material del espacio. Así, cuando se produce la tercera manifestación del Universo de Briá (la Creación), correspondiente a la sefirá de la Biná cosmológica, este tercer universo se expande seis veces (los seis días de la creación) provocando la aparición de la cuarta manifestación universal (o como se denomina en el misticismo judío, el Universo de Yetzirá-la Formación), y, finalmente, la última manifestación de la segunda Hei o quinta manifestación universal, denominada como el Universo de Asiá (la Acción), correspondiente a la Maljut cosmológica.

Así tenemos la extensión cosmológica del Tetragrama que corresponde a la expansión de los universos desde las primeras dos manifestaciones dentro del mismo Ein Sof, y las tres grandes manifestaciones dentro del vacío. Los cinco universos que tienen dentro de sí mismos la luz del infinito (Or Ein Sof).

Ahora bien, manifestados todos los grandes universos generales, nos encontramos ya en el segundo nivel de manifestación; en este momento el Árbol de la Vida se encuentra operativo dentro de todo el sistema de manifestaciones del universo de la fragmentación. Ahora, cada dimensión (Sefirá) posee una resonancia energética diferente una de otra y entonces el Tetragrama (que representa el despliegue de toda la información existente dentro de la manifestación) operará de una forma diferente. Dice el sabio cabalista Iejiel Bar Lev en una de sus obras:45

«Cada sefirá posee también numerosos nombres y apelativos los cuales se dividen en dos: Toda sefirá corresponde a una variante del nombre de las cuatro letras pero con diferente puntuación. Por ejemplo, la sefirá de Keter, es Iud, Hei, Vav, Hei, mas con la puntuación denominada kamatz, Jojmá con la puntuación denominada pataj; Biná con trire; Jesed con segol, Guevurá con shva; Tiferet con jolam; Netzaj con jirik; Hod con shuruk; Yesod con kubutz, y Maljut sin puntuación. La puntuación recalca una característica especial del nombre de las cuatro letras, y por eso, la falta de puntuación en Maljut se debe a que ésta no posee nada por sí misma. En el libro de rezos basado en la sabiduría de la Cábala encontramos una puntuación diferente cada vez que aparece el nombre de las cuatro letras en las distintas bendiciones. Por ejemplo, en la bendición “Tu otorgas conocimiento al hombre”, el nombre de las cuatro letras está puntuado con pataj, ya que estamos apuntando a la Luz infinita que se revela en la sefirá de Jojmá. En la bendición “Quien bendice los años”, el nombre está puntuado con jirik, porque apelamos al Creador, al Ein Sof revelado en la sefirá de Netzaj».

Debemos realizar aquí una importante aclaración conceptual antes de continuar avanzando en el análisis del Árbol de la Vida. Tenemos hasta ahora el despliegue de los diferentes universos que representan a cada una de las letras del Tetragrama. Entonces, ¿qué simboliza el Tetragrama? Es la manifestación del Ein Sof. El Ein Sof no manifestado no puede ser simbolizado ni conceptualizado de ningún modo. Deberíamos decir de manera más precisa que el Tetragrama representa la simbolización de la divinidad dentro de la manifestación. En parte, dentro de la manifestación y, en parte, en su interioridad. Si estudiamos la letra Iod del Tetragrama, nos damos cuenta de que simboliza el conjunto de los dos universos no manifestados dentro del vacío, sino manifestados en la interioridad del propio Ein Sof. Así que, si realizamos un análisis minucioso del Tetragrama, encontramos que la primera letra de este (la Iod) representa el conjunto de los dos universos manifestados dentro del mismo Ein Sof (cuando aún no se encontraba creado el vacío donde se manifestará la existencia).

Recordemos que los dos primeros universos eternos dentro de la Eternidad del Ein Sof son el mismo plan general, o Adam Kadmón, y el Universo de Atzilut (la Emanación). Queda como problema conceptual resolver el asunto de cómo se produjo la existencia de una luz unificada del Ein Sof que se pudiera captar dentro del mismo Ein Sof, porque esto representaría una dualidad imposible para la esencia del Ein Sof. Entonces debemos llegar a la conclusión de que todo el Ein Sof es Or Ein Sof y no pueden existir diferencias entre ambos. Solamente que nosotros no podemos percibir todo el Ein Sof, y lo que denominamos como «Or Ein Sof» son los diversos grados de restricción de la esencia. Entonces, para nuestra mente finita se conceptualiza como una dualidad. En realidad, si el Or Ein Sof es todo el Ein Sof en sí mismo, lo que nosotros llamamos Or Ein Sof es lo que podemos percibir en la manifestación, pero hay un nivel de Or al infinito que no podemos percibir justamente por ser infinito. Ahora bien, regresando al tema central de esta explicación, si la primera manifestación del Tetragrama determinó la estructura general de todo lo que se ha manifestado y manifestará en el futuro, ahora en un segundo nivel el Árbol de la Vida en funcionamiento opera con la misma sustancia divina (que se encuentra simbolizada por el Tetragrama); por ese motivo podemos decir, que, dentro del plan general del Ein Sof (Adam Kadmón), el Keter representa un punto del Tetragrama, pero dentro del funcionamiento operativo ahora el Keter funciona como el Tetragrama vocalizado con la Kamatz. Si dentro del plan general del Ein Sof la Jojmá representa la Iod del Tetragrama (Universo de Atzilut), ahora la Jojmá en su funcionamiento se encuentra simbolizada por el Tetragrama vocalizado con la letra pataj; si dentro del plan general del Ein Sof, la Biná representa la primera letra Hei del Tetragrama (Universo de Briá), ahora en su funcionamiento la Biná se encuentra representada por el Tetragrama con la vocalización de trire. Por otra parte, si dentro del plan general de la manifestación divina las seis Sefirot inferiores se encuentran representadas por la letra Vav del Tetragrama (Universo de Yetzirá),46 ahora cada una tendrá una vocalización diferente, y, finalmente, si la última letra Hei del Tetragrama representa la dimensión de la Maljut cosmológica (Universo de Asiá), en realidad tendrá un Tetragrama sin vocales en su funcionamiento. Como se puede percibir, cuando aplicamos las diferentes vocalizaciones del Tetragrama a cada dimensión ya nos encontramos realizando una descripción de la magnitud de energía que opera dentro del funcionamiento de dicha dimensión, pero no hacemos referencia a la dimensión cuando apareció por primera vez dentro del despliegue general del plan general divino.

12. Las Sefirot psicológicas dentro del Universo de Yetzirá

«La razón principal por las que se crearon las Sefirot fue para proporcionar una escalera para ascender a los más altos niveles espirituales».

MOISÉS CORDOVERO

Vamos a exponer las diez «Sefirot» tal como funcionan dentro del Universo de Yetzirá (es decir, en su percepción psicológica y no en su percepción cosmogónica). Recordemos que las Sefirot actúan cosmogónicamente en los Universos de Atzilut/Emanación (donde nacen) y en el de Briá/Creación (donde aparecen dentro del orden espacio-temporal). En el Universo de Yetzirá/Formación es donde las dimensiones actúan dentro de nuestra estructura humana.

Las «Sefirot» en su funcionamiento «psicológico» son:

1. Keter (la Corona)

Es la dimensión más alta, y la más compleja para ser explicada conceptualmente. Keter significa la «Corona». ¿Quién tiene la Corona? Solamente Dios es el poseedor de la «Corona». Entonces, ¿el hombre tiene acceso a este nivel divino? La respuesta resulta paradójica, ya que simultamente es un sí y un no. ¿Cómo es posible no acceder y acceder al mismo tiempo? Keter representa la extracción de todas mis potencialidades ocultas, y el interrogante que nos hacemos es: ¿No tengo siempre mayores potencialidades ocultas que no he extraído aún desde mi interioridad? Siendo Keter el arquetipo indefinible, donde todos los arquetipos no funcionan porque allí se encuentra la máxima aspiración ideal de mi Yo. En Keter se encuentra la «Verdad», ¿y quién puede conocer la Verdad? ¿Quién puede conocer la Torá en términos absolutos? Si todos nos encontramos en «Daat» (el Conocimiento), Keter es el conocimiento unificado de toda mi realidad psíquica en su conjunto. En Keter me he vaciado de mi subjetividad para acceder a los universos superiores de Briá y de Atzilut, porque no puedo conocer nada si yo soy algo; entonces, debo autocomprenderme como parte de la «Gran Nada» (Ein Sof) del Infinito para así destruir mi subjetividad en los niveles superiores y así acceder a Keter, porque a Keter no puedo acceder sintiéndome un sujeto (Tiferet). Si deseo acceder al deseo infinito, entonces debo renunciar a mi autorrestricción constante (que puede llevar a la autoculpabilidad) derivada de mi finitud. Debo aceptar mi «finitud» y aceptar que a través de mi «finitud» solamente puedo acceder al Daat (el Conocimiento). Pero para acceder a Keter exclusivamente lo tengo que hacer aniquilando mi finitud en términos mentales, y al ser parte del Ein Sof, entonces puedo conectar mi vacío interior con el vacío interior cosmogónico del Ein Sof. Mi centro del Yo se encuentra en el Universo de Yetzirá, pero ahora voy a dar un salto cualitativo entre mi Yo como centro y mi Yo como «nada». A pesar de que no podré renunciar físicamente al mundo inferior (universos de Yetzirá y Asiá), sí puedo comprender un grado superior a mi propia subjetividad. No estamos haciendo referencia a un pensamiento lateral desde otro ángulo espacio-temporal, sino desde la «Eternidad» donde no existe ya ningún condicionamiento subjetivo a la liberación de mis energías.

La pregunta en Keter es: ¿Quién realmente ha llegado? Nadie ha llegado a ningún lugar porque en realidad no existe «el lugar». Y uno asume que camina sin llegar y que trabaja no por los resultados, sino por el placer del esfuerzo para aumentar los niveles de conciencia, porque avanzamos sobre el Ein Sof para simplemente captar en mayor medida la Luz divina, y así extraemos todas las potencialidades subjetivas de nuestra interioridad con el objetivo de ampliar un Kli (recipiente). Sabemos que nadie ha llegado a ninguna parte porque se llega al No-Lugar. El disfrute constante de mi voluntad al absorber los niveles superiores de la Luz del Ein Sof puede verse afectado cuando los límites de mi propia subjetividad operan y me distorsionan automáticamente la realidad cósmica tal cual es.

En mi Keter psíquico es cuando me encuentro simultáneamente en el Daat cosmogónico que percibe algo del Keter cosmogónico del Adam Kadmón. Encerrados en los niveles más bajos de los universos inferiores podemos percibir los niveles de la Eternidad. Mi limitación como fragmento del Ein Sof no me lleva a la frustración, y tampoco a la aceptación simple de la realidad, sino que, por el contrario, mi limitación me lleva a comprender que en los niveles más altos de mi conciencia puedo acceder a una comprensión «Eterna» de la realidad, porque mientras me mantenga percibiendo el orden espacio-temporal siempre estaré en posición inmanente; en cambio, cuando percibo la realidad desde la «Eternidad», entonces es cuando percibo la trascendencia. Keter no significa simplemente que he vencido psicológicamente la muerte física, sino que en realidad no existe muerte física porque todo es energía. Y que si la conciencia general más allá de mi subjetividad continúa existiendo, entonces la misma «conciencia es trascendencia». Solamente la existencia material (física) es inmanente; en cambio, las energías reales que operan en los universos superiores y que se encuentran ocultas detrás de los universos inferiores son todas «trascendentes», porque son conscientes de su estado de «Eternidad». No hemos llegado a Keter, porque la sensación de haber llegado es propia de la conciencia finita; en cambio, el Infinito nunca llega a ninguna parte porque allí no existe ni el espacio ni el tiempo. Porque el Yo no tiene que ir hacia ninguna parte para ser Yo, el Yo es Yo en cada sitio que el Yo ocupa, porque si el Yo se subordina al lugar que ocupa, deja de ser un sujeto para convertirse en un objeto determinado siempre por su situación espacio-temporal. El Yo debe pasar de su conciencia histórica a una conciencia atemporal de eternidad.

Si te preguntas, ¿has llegado a Keter?, y respondes que no has llegado, entonces misteriosamente se produce la última paradoja existencial, y entonces has llegado. Pero si respondes que has llegado, en realidad paradójicamente no has llegado a ningún lado. Por lo tanto, si crees haber llegado en el orden espacio-temporal, no has llegado en el orden de la trascendencia y sientes que nunca llegaras al Ein Sof, entonces misteriosamente te encuentras en Keter, porque la sensación de «nunca-llegar» te extrae de tu interioridad todas las potencialidades.

En Keter no hay avance ni hay retroceso, todo es avance, pero un avance hacia el Ein Sof, un avance que nunca termina, porque el sentido de la existencia del ser humano se encuentra en llevar el Daat (el Conocimiento) a su máximo nivel (a Keter); por ese motivo, algunos cabalistas denominan a Daat como el Keter caído. Si has llegado a la sensación de ser feliz a pesar de no llegar nunca, entonces te encuentras en Keter; pero si has llegado a la sensación de ser infeliz por no llegar nunca, es que opera tu mente en el orden espacio-temporal y no en el orden de la eternidad.

Toda la infelicidad se deriva de los aspectos finitos de la conciencia que se desarrollan dentro del orden espacio-temporal; en cambio, la felicidad real se deriva del aspecto infinito del ascenso constante de la consciencia.47 Aunque algunos puedan pensar que la intensidad existencial es equivalente a la escasez de tiempo material en esta realidad, el misticismo judío entiende que el sentido de la existencia es intrínseco a la misma existencia y no tiene relación directa con la limitación espacio-temporal.

En definitiva, en un orden hipotético de eternidad física, el ser humano podrá encontrar un sentido esencial independiente de los niveles de escasez temporal. En la «eternidad material» de la existencia, el sentido de la vida se independizará de la escasez.

2. Jojmá (la Sabiduría)

La sabiduría es el nivel de conciencia más alto que podemos alcanzar, dado que ya hemos visto nuestra imposibilidad de llegar a Keter. Sin embargo, podemos decir que es posible acceder a la Jojmá y superarla. Hay un antiguo refrán de los grandes cabalistas que dice que quien llega a una dimensión llega a todas. Esto encierra un gran asunto. No se accede a la Jojmá como una escalera desde las más bajas dimensiones, sino que se puede acceder de forma directa. Por ejemplo, existen (y han existido personas sabias a lo largo de la historia) que no han pasado por la Biná (el Entendimiento). Vamos a intentar explicar la naturaleza de la sabiduría. La sabiduría puede captar el conocimiento sin pasar por la conceptualización rígida de nuestras estructuras mentales. En la Jojmá psicológica existe todo el campo de las simbolizaciones, es un área metafísica, pero que contacta con las estructuras simbólicas generales. Algunos cabalistas la asocian con el inconsciente colectivo junguiano, aunque entiendo que la Jojmá psicológica es un campo más extenso que dicho concepto. Dentro de la tradición judía aunque existe la palabra «Sabio» (Jajam) se utilizan dos palabras «Talmid jajam» (Aprendiz de Sabio). El verdadero sabio en el misticismo judío es quien nunca se considera a sí mismo como sabio. Si la Sabiduría absoluta se encuentra en el Ein Sof, ¿cómo un ser humano limitado puede pretender ser «Sabio»? La categoría del «Sabio» puede constituir un tipo de idolatría encubierta. Nadie es «Sabio», porque dentro de la finitud todos somos aprendices de Sabio. (Ni al Ein Sof lo podemos denominar como «Sabio» porque en realidad lo limitamos conceptualmente). ¿Quién alcanza la Sabiduría? Jojmá, para algunos cabalistas, designa el «Koaj Ma» (la fuerza de la pregunta). Es aprendiz de Sabio el que constantemente se interroga. Quien se interroga sobre su condición subjetiva no puede ser cerrado, no puede ser dogmático; justamente el Aprendiz de Sabio jamás puede ser dogmático. El dogmático no puede ingresar en la Jojmá, simplemente porque no ha resuelto el aspecto negativo de la Biná (Klipá de la Biná). El dogmático ha construido una zona de seguridad idolátrica. En cambio, el aprendiz de Sabio ha renunciado a toda soberbia subjetiva y a toda subjetividad para admitir sus propios límites. (¿Cómo es posible que un pequeño fragmento del Ein Sof pueda ser soberbio?, probablemente como compensación a su desesperación finita estructural derivada de su no-aceptación de tal estado).

La Jojmá es la dimensión donde «unificamos» constantemente la realidad y nuestra conciencia. En la «Sabiduría» podemos percibir las dos caras y los millones de caras de toda la realidad. Todo el trabajo existencial es destruir las contradicciones, pero no destruirlas a partir del enfrentamiento, sino a partir de la fusión esencial. En «Jojmá», el mal ha sido derrotado en la percepción porque sabemos que el «Bien y el mal», como decían los antiguos mekubalim, tienen un origen común. Si todo el «Mal» que recibimos lo podemos transformar en Bien y si podemos captar el Mal oculto detrás de todo Bien, entonces hemos ingresado en la Jojmá. No existe ni Bien ni Mal, sino una raíz común. «El Mal es el bien situado de forma incorrecta», decía Yosef de Gikatilla (alumno de Abraham Abulafia).

El arquetipo que se corresponde a la Jojmá es el del Padre (Adam). El Padre que tiene la energía de fecundar, pero que si no encuentra el sitio adecuado (la Madre-Biná), entonces puede perder energías que no se materializan. El problema del aprendiz de Sabio en Jojmá es que puede perder la organización conceptual, y llegar así a la locura sino es consciente de su ser finito, y debe siempre regresar a su finitud estructural. Quien no se autolimita en la expansión de la Sabiduría se puede autodestruir. La autodestrucción en la Jojmá se puede producir (como los dos hijos de Aarón) por la excesiva Luz divina. ¿Es necesario captar toda la Luz divina? Es un residuo de orgullo imaginar que podemos captar más energía de la que estamos capacitados. ¿Por qué motivo el aprendiz de Sabio se puede volver «Loco»? Porque el «Loco» pretende captar la realidad superior anticipadamente sin entrenamiento. Por lo tanto, el aprendiz de Sabio conoce sus límites y, a partir de este conocimiento de su finitud, trabaja para seguir adelante. El aprendiz de Sabio (el Talmid jajam) conoce la naturaleza de la luz divina, y así como es posible ser destruido por la «Oscuridad», así también la luz infinita puede destruirnos. Ahora bien, no es responsabilidad de la Luz infinita nuestra destrucción, sino la incapacidad de reconocer nuestros propios límites.

Cuando el «aprendiz de Sabio» reconoce sus limitaciones, automáticamente está reconociendo el carácter absoluto del Ein Sof, o, dicho en términos inversos, cuando reconocemos la supremacía del Ein Sof, entonces se adquiere la categoría de aprendiz de Sabio; y nuevamente se produce la paradoja de esta dimensión: cuando un aprendiz de Sabio se cree Sabio no es ni aprendiz de Sabio, y cuando un aprendiz de Sabio no se cree ni aprendiz de Sabio, entonces logra llegar a la Sabiduría. Por lo que cada vez que un sujeto cree que ha llegado a experimentar dicha dimensión, entonces no ha experimentado nada. Por ese motivo, el verdadero aprendiz de Sabio trabaja más para ocultar que para revelar. Ya que cada vez que revela avanza hacia una luz de la que debe ser consciente de que la podrá soportar. Y es justamente por el nivel de lo que oculta por lo que se le revela.

Quiera Dios que todos los que avanzan en el conocimiento no se pierdan en el camino hacia el Ein Sof. Para no perdernos en el camino del Padre (Jojmá) debemos siempre llamar a la Madre (Biná).

3. La Biná (el Entendimiento)

Decimos que la Biná es la madre de las formas. El «Útero» simboliza la primera forma de contención de la energía que va a trascender en otros seres humanos. Pero el «Útero es la Tumba», ya que todo lo que nace con formas va modificando sus formas dentro de la realidad de la existencia. Se dice dentro del misticismo judío que la «forma es la fuerza organizada». Es decir, que la forma establece los límites de las energías que provienen de la Jojmá. La Biná (como la Madre arquetípica) organiza conceptualmente toda la realidad. Es allí donde se dan las formas que contienen la información. La Biná crea «sistemas cerrados» de pensamiento, para poder captar algo de la realidad compleja. La complejidad de la realidad se encuentra en la Jojmá, donde se establece una relación directa con la realidad, pero la «Mente» (a través de la Biná) es la conciencia mediadora entre mi Yo y la existencia. La Biná es la dimensión que escinde la realidad, es la que establece las diferencias y, dentro de sus formas, absolutiza los límites. Es la primera dimensión de los límites mentales que organizan toda la realidad. Entonces, grandes fragmentos de la realidad se pueden incorporar a la mente humana a través de las formas, pero en lo oculto (en la Jojmá) sabemos que todas las formas están intrínsecamente enlazadas, y que este entrelazamiento carece de toda forma (en la Jojmá). Sin embargo, cada palabra, cada objeto, cada sujeto es percibido bajo la idea del límite. Cada fragmento de la realidad se encuentra definido a partir de sus propios límites. El límite entonces crea una nueva paradoja: comprendemos la realidad a partir de las formas que esencialmente poseen límites, pero terminamos de no comprender la realidad en su conjunto porque seccionamos la realidad a partir de dichos límites. Los límites, pues, me aseguran la existencia de las «formas», pero las «formas» pueden crear una realidad espacio-temporal imaginaria cuando nos encerramos dentro de sus fronteras. Como dice Wilber: «cada frontera es una línea de batalla». Los límites de las formas nos otorgan seguridad conceptual (y podríamos decir que los límites de los símbolos nos otorgan también la misma seguridad). Lo que buscamos en el arquetipo de la Madre (la Biná) es la seguridad, intentamos todas las explicaciones posibles que nos otorgan seguridad. Por esta razón, las formas con sus limitaciones son tan importantes para desarrollar nuestra capacidad cognitiva. Sin embargo, a medida que vamos construyendo más formas y, por ende, más límites, construimos zonas de seguridad que se pueden transformar en dogmas sin lograr la percepción de la interconexión que nos otorga la Sabiduría. Mientras que la Sabiduría (Jojmá) nos libera de las limitaciones de las formas, el Entendimiento (Biná) nos introduce en el mundo de las formas para poder captar la realidad desde nuestra finitud. Siendo además nosotros mismos (sujetos) una forma objetiva dentro de esta realidad material. Las formas son realidades en la dimensión de la Biná, pero no existen en la dimensión de la Jojmá. Por ese motivo, la Biná, siendo la Madre de todas las formas, es el origen de las siete dimensiones inferiores (y las 49 puertas de la Biná). Como dice el sabio cabalista Eduardo Madirolas, la Biná «es el aspecto receptivo y femenino del intelecto divino». Aunque podemos agregar que toda dimensión tiene un aspecto femenino porque Jojmá, siendo masculina con relación a la Biná, es femenina respecto a Keter, y Keter es femenina respecto al Ein Sof o, en el caso del Keter psicológico, con relación a los universos superiores. De todos modos, estamos completamente de acuerdo con Madirolas (2005) en que Biná es la primera fuerza de contracción básica de la realidad, y que puede ser considerada la dimensión donde operan las energías de la limitación femenina. El psicólogo trabaja profundamente la Biná porque debe conceptualizar de forma constante, pero cuidado si se dogmatiza dentro de un sistema conceptual de «verdades supuestamente absolutas» (dogmatismo) porque de ese modo estaría operando dentro de la Biná en su aspecto negativo.

Entonces comenzamos a idolatrar las zonas de seguridad conceptuales que hemos creado a partir de la rigidez de las formas. El «Útero» contiene, pero a su vez debe ser flexible. La energía expansiva de la Jojmá debe flexibilizar las formas de la Biná, para que la Biná (el Entendimiento) pueda captar niveles más elevados de comprensión. Los límites no deben construirse, pues, para cerrarnos a la realidad general, sino que deben crear espacios de control que nos permitan, llegado el momento, destruir dichos límites como obsoletos para alcanzar mayores grados de conciencia. Las «formas» deben poseer una energía interna de mantenimiento de dichas formas; sin embargo, si las energías de sostén de la forma se van modificando, también cambian las formas. Todas las formas dependen absolutamente de los límites, y los límites dependen de nuestras percepciones internas de seguridad.

No son entonces los límites conceptuales objetivos, sino que son el resultado de nuestras percepciones de seguridad materna las que operan en este arquetipo. La Biná separa y diferencia con el fin de organizar la realidad a nivel mental; este es el objetivo de esta dimensión. Aquí podemos trabajar en el mundo de la letra hebrea Bet (la dualidad, el dos), y es aquí donde existe la Luz y la Oscuridad. En la Jojmá conocemos el origen común, y es en la Biná donde la paradoja y las contradicciones aparecen como irresolubles. En la Biná existen las aporías, mientras que en la Jojmá se trabaja sobre la constante unificación intrínseca de la realidad. En la Biná todo se divide, todo se clasifica, en la Biná existen las culturas, los pueblos, los objetos diferentes, los colores diferentes, los sujetos diferentes, las religiones, etc. Todo lo diferente es producto de las formas. Las formas nos hacen pensar conceptualmente, detienen el flujo de energía de la Jojmá y lo canalizan. Como dice Madirolas (2005): «Pues así como no existe forma sin fuerza, esta, sin la forma, es invisible, incognoscible e inútil, una nada vacía y estéril». Todas las formas son reales en la dimensión de la Biná, y todas son energías sin formas en la dimensión de la Jojmá. Todas las fragmentaciones se pueden percibir dentro del mundo de las formas (Biná). Todas las clasificaciones existen dentro de este mundo de la diferenciación. La propia existencia subjetiva, al distanciarse de la existencia general, genera una escisión básica en la percepción de la realidad. Solamente puedo acceder de la Biná a la Jojmá cuando mi Yo se desintegra dentro de las energías generales, y más allá de las formas conceptuales. En la Biná, toda la realidad la comprendemos dentro del orden espacio-temporal; en cambio, para trabajar dentro de nuestra Jojmá debemos percibir el orden de la Eternidad. La Biná psicológica se encuentra en una posición de reflejo de la Biná cosmogónica (el Universo de Briá); por el contrario, la Jojmá psicológica se encuentra en una posición de reflejo de la Jojmá cosmogónica (el Universo de Atzilut).

4. Daat (el Conocimiento)

En realidad, no debemos situar esta energía aquí porque el Daat (el Conocimiento) se encuentra detrás de todas las dimensiones. Todas las dimensiones se conocen a través de la elevación de nuestro Conocimiento.

Debemos decir que Daat se puede definir de varios modos. El primer modo es la unión de la Jojmá y la Biná. Cuando la energía sin formas se une a las formas, entonces aparece el Conocimiento. Por ese motivo, el texto bíblico dirá que Adán conoció a Java (Eva), porque la energía conoció la forma y entonces se pudo revelar dentro del orden de la manifestación. Otro modo para definir el Daat es comprender que el Conocimiento no es teórico, sino la unión entre Biná (la Madre arquetípica) y Maljut (la Hija arquetípica). Esta segunda unión es clave, porque Maljut, que representa la materialidad más densa, se debe unir con el Entendimiento mental. Maljut, en este caso, representa la experiencia de lo material y el «Conocimiento derivado de la experiencia práctica». Por lo tanto, no existe dentro del misticismo judío un conocimiento teórico en contradicción con el conocimiento práctico. Todo el Conocimiento (Daat) es teórico-práctico, porque la teoría y la práctica son dos elementos aparentemente contradictorios desde la percepción de la Biná, pero desde la percepción de unificación de la Jojmá son elementos esencialmente unidos. Por ese motivo, llamamos Daat superior a la unión de la Jojmá y la Biná, y Daat inferior a la conexión de las dos dimensiones superiores con la materialidad de Maljut.

El Daat (el Conocimiento) representa un problema filosófico profundo en el texto de la Torá, porque en realidad la transgresión mítica original se produjo a partir de comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Sin embargo, cuando hacemos referencia al Etz Ha Daat (Árbol del Conocimiento) nos situamos en el Daat cosmogónico del Árbol de la Vida general, y no del Árbol de la Vida psicológico del Universo de Yetzirá. Nuestra psique se desarrolla dentro del Universo de Yetzirá; por ese motivo, nuestro Daat, a pesar de que se llegue a elevar al Keter psicológico, no nos libera de las ataduras del Universo de Yetzirá. Es el Daat cosmogónico (más allá del Universo de Yetzirá) el que nos eleva desde nuestro Keter psicológico al campo cosmogónico, donde nuestra psique deja de ser el centro de observación de la realidad. Todo el Universo de Yetzirá se encuentra bajo el dominio del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, debido a que nos encontramos debajo del Universo de Briá que es el creador del Tiempo y del Espacio. La conciencia del Tiempo y del Espacio nos lleva a la conciencia de finitud (muerte física).

Las energías operativas dentro de la Jojmá psicológica son intuitivas y las energías operativas dentro de la Biná psicológica son racionales, de modo que en Daat hacen confluencia ambas. Daat es considerado como el Keter psicológico que ha caído a un nivel inferior. Daat une por debajo lo que Keter une por arriba. El equilibrio entre las energías masculinas y las energías femeninas es la clave de la existencia del Daat. Si creemos que las energías del «Dar» son superiores, entonces no comprendemos que se «Da cuando alguien recibe», y que todo «Dar» (de la Jojmá) se revela cuando algo recibe (en la Biná). Daat es entonces el equilibrio y unión de lo masculino y lo femenino, entre la unificación y la diferenciación, entre la Alef y la Bet, es el núcleo de comprensión no solamente de la paradoja dentro de la Jojmá, sino también de el sostén y oscilación (que estudiaremos más adelante) entre la unidad absoluta del sistema (Jojmá) y de las formas existentes, tal como percibimos la realidad (Biná). Daat (el Conocimiento) conoce en todas las dimensiones. Daat es la energía de interconexión de todas las realidades dimensionales. El símbolo es la sangre que fluye por todo el cuerpo. Daat se asocia a Dam (sangre en hebreo). Si no fluye la sangre, no llega la información necesaria a los diferentes miembros. Daat se relaciona también con la letra Dalet (cuarta letra del alfabeto hebreo) que proviene del término Delet (puerta). El Conocimiento es la puerta de acceso a Keter. Por eso decimos que la «redención» proviene del conocimiento (no por la fe asociada a la ignorancia). Cuando «conozco» ejerzo el Daat, y abro así las puertas a mis dimensiones superiores.

5. Jesed (la Misericordia)

«El mundo está construido con Jesed», así comienza el Salmo 89:3. El nivel emocional comienza con esta dimensión. Tenemos tanto para «Dar», que puede sobrepasar nuestra estructura. Por lo tanto, debemos saber en primer lugar que existe el Jesed en el lado de la abundancia de la Luz divina que se restringe. La misericordia está conectada con la sabiduría. Es más, podríamos decir que la «misericordia» es la sabiduría dentro del ámbito emocional. Se debe aplicar la misericordia tanto a los demás como a uno mismo. Esta es la energía básica de la misericordia. Uno está diseñado para hacer el «Bien», porque el máximo bien que tiene es su propia existencia física, la posibilidad de materializar las energías ocultas. La existencia material es la oportunidad de revelar las energías más altas del Ein Sof dentro de los niveles de densidad más bajos de la materialidad. La primera «Misericordia» que hemos recibido es la «Gracia de la existencia». Hemos sido llamados a esta existencia por la misericordia del Ein Sof, y este nivel de misericordia no puede ser imitado de ningún modo en el campo de la finitud, siendo una misericordia de grado superior. En esta dimensión existe el «Perdón», no puedo vivir con la carga de la culpabilidad de la conciencia. La «Conciencia» también debe ser liberada de sus propias autoexigencias. Si me culpo de todo, entonces se produce una caída brutal de mi autoestima, pero si me absuelvo de todo, no soy responsable de nada de lo que hago. La verdadera misericordia me perdona, pero no anula mi responsabilidad. Tengo miles de oportunidades. Aunque miles de oportunidades de mi existencia las haya perdido, siempre existe la posibilidad de recuperarlas, esta dimensión es la energía de la Teshuvá, del retorno a la esencia bondadosa. El «Arrepentimiento» es una gracia divina que todos llevamos dentro. La culpa no debe existir como carga, sino como elemento de responsabilidad (ya veremos la dimensión de Guevurá, que restringe la misericordia). La Misericordia siempre nos otorga una nueva oportunidad de comenzar, y este retorno siempre nos lleva a autorreforzar la autoestima. Si debemos imitar los atributos divinos, decimos que así como Dios es misericordioso, así debemos serlo nosotros. Por supuesto, que existe mi autocritica y mi enjuiciamiento de conciencia, pero esto no me debe llevar a una culpa infinita que me haga insoportable mi existencia. La «Misericordia» no borra la transgresión, pero la repara, porque siendo el ser humano finito no puede cargar con la idea absoluta de una perfección imposible. Lo finito y fragmentario siendo incompleto transgrede por su naturaleza estructural (sin intencionalidad), y el misericordioso se absuelve después de reflexionar sobre su existencia. Obtiene responsabilidad para lograr su transformación, pero no para cargar con una culpa indefinida que jamás lo repara. Si no existe la «Misericordia», todos, como entes finitos, seríamos constantemente culpables de algo debido a nuestra imperfección básica. La Misericordia me libera de mi sufrimiento interior, y libera a los demás de su sufrimiento. Comprender mi finitud fragmentaria es el elemento clave para comprender el objetivo central de la Misericordia. Me otorgaron el máximo Jesed posible, que es darme la vida, pero a partir de ahí, ¿cómo devolver a los otros el nivel de misericordia que nos han otorgado? El «Dar» sin una retribución es la marca de la Misericordia, pero Dar jamás olvidándose de uno mismo. Si uno «Da» más allá de sus posibilidades, la mística judía advierte que podemos transgredir.

6. Guevurá (la Fortaleza)

No hubiera existido nada en la creación sin límites. El propio Ein Sof (Infinito) crea los primeros límites del vacío, y es entonces, cuando crea dichos límites, cuando crea algo fuera de sí mismo (y dentro de sí mismo).

Por lo tanto, para otorgar Jesed tuvo que crear los límites estructurales de la Guevurá. El Ein Sof tuvo que autorrestringirse. Solo lo infinito pudo contener infinitamente su energía y volverla finita. Pero cuando se autorrestringió creó los límites. Los límites son las bases fundamentales de toda la creación. No existe nada dentro de la manifestación dentro del vacío que no tenga límites. Por eso nosotros nos hemos desarrollado dentro de esta existencia, dentro de un sinfín de límites. Los límites de mi materialidad (mi cuerpo), los límites sociales (en mi relación con el entorno), los límites del lenguaje (y la posibilidad que siempre se escape el sentido último), los límites para ascender hacia el Ein Sof (para no destruirnos). Todo opera sobre la base de los límites de la estructura, y nosotros como estructura subjetiva debemos aprender dentro de nuestra existencia cómo funcionan estos límites, porque si logramos aprender cómo operan estas limitaciones, entonces sabremos las formas de las transgresiones que son producto de una negativa relación con los elementos que limitan nuestra existencia.

En Guevurá adquiero la conciencia de los límites. Ni puedo dar en exceso, ni puedo recibir en exceso, ni puedo no dar por defecto, ni puedo no recibir. Aquí aprendo los mecanismos de ajuste y corrección (Madirolas, 2005). Las fuerzas que operan en Guevurá son muchas veces destructivas porque imponen un mal para restablecer el equilibrio que se ha perdido. Quien no logra equilibrarse a sí mismo, entonces el mal aparece para reequilibrarlo. Si todas las formas tienen límites (y nuestra subjetividad es una forma mental), debemos reconocer cuáles son y dónde se encuentran. Esta dimensión se denomina como «Din» (el Juicio). El límite se impone aunque uno no quiera. El deseo debe ser canalizado a través del sistema predeterminado por los límites. La Guevurá (la Fortaleza) aparece cuando operamos las energías que establecen los límites al Dar misericordioso, porque las energías dadoras del Jesed deben ser siempre canalizadas por las limitaciones. Ser conscientes de los límites no debe hacernos creer que no existe nada más allá de ellos. Sin embargo, la conciencia de los límites no es lineal; en el misticismo judío sabemos que cada dimensión posee sus propios límites de energía. Cada dimensión tiene su propia magnitud energética. Entonces, no podemos operar con los mismos límites en todas las energías, y la sabiduría oculta se encuentra detrás de la energía de quien es verdaderamente «fuerte», porque debemos situar los límites de acuerdo con el tipo de energía con la que estamos operando. Guevurá representa la manifestación de la Torá exterior, que divide lo puro y lo impuro, mientras en Jesed todo el Dar es puro porque existen límites más extensos. En la «Fortaleza» también encontramos el «Poder». Si no tuviéramos un cierto poder, no podríamos marcar las fronteras. Si Biná representa los límites de las formas mentales, Guevurá representa los límites emocionales. Conozco como ponerles límites a los demás y como autolimitarme. Si puedo limitar a los demás, siempre lo tengo que hacer con misericordia. La Fortaleza y la Misericordia no son excluyentes, sino complementarias. Justamente, cuando soy extremadamente misericordioso, sin límites, entonces me autodestruyo. La Fortaleza del «Rigor» que me otorga la Guevurá es la que hace que pueda canalizar adecuadamente la Misericordia, no existe un equilibrio real de la misericordia sin los límites. Si soy más misericordioso con los demás que conmigo, entonces no le he puesto límites a los demás, y si soy más misericordioso conmigo que con los demás, no he autoimpuesto límites a mi subjetividad. Así que la verdadera fortaleza paradójicamente aumenta la misericordia, y la falsa regulación desequilibrada de no saber poner los límites termina por afectar a los equilibrios necesarios del Jesed. La buena exteriorización del Jesed proviene del nivel de límites que puedo lograr en Guevurá. Porque el verdadero «Poder» no es el ejercicio autoritario de la energía de Guevurá, sino la posibilidad de limitar hasta el propio poder personal para canalizarlo de la forma más adecuada. Porque hasta los límites se deben limitar, ya que podemos idolatrar a los mismos límites transformando la canalización de la energía misericordiosa en una represión de la misericordia y una idolatría de la fuerza de imposición de los límites. Aceptar mi finitud estructural es aceptar los límites de mi propia subjetividad. Uno puede llegar (con su esfuerzo personal) hasta donde los límites le advierten no transgredir. Limitar una energía específica en una dimensión determinada no implica que la energía excesiva no sea utilizada, sino que puede ser utilizada en las dimensiones que requieren de mayor nivel energético. ¿Por qué motivo vamos a utilizar las energías mayores para las dimensiones inferiores? Las energías de mayor magnitud deben ser utilizadas en las dimensiones superiores, e ir analizando cada energía que vamos a utilizar de acuerdo con cada magnitud dimensional.

Cada vez que uno estudia las limitaciones estructurales puede intentar comprender en los niveles dimensionales superiores nuevas formas más expansivas, y al comprender estas formas más amplias entonces podemos operar sobre otro tipo de limitaciones. Muchas veces, las limitaciones que percibimos no tienen relación con las formas limitadas existentes en la realidad objetiva, sino con las limitaciones subjetivas de nuestra percepción subjetiva. Debemos liberarnos de las limitaciones subjetivas para comprender las limitaciones objetivas. Por lo tanto, el sujeto de acuerdo con sus limitaciones (su ignorancia, falta de Daat) puede percibir límites que no son objetivos, sino producto de su propia percepción. En definitiva, cada vez que ascendemos hacia Keter, debemos saber que aunque existen límites objetivos (porque nos encontramos dentro del vacío limitado), muchas veces no avanzamos dentro del Daat (el Conocimiento) por nuestras limitaciones subjetivas anticipadas. Por lo tanto, no es lo mismo operar sobre los límites dimensionales objetivos que auto-imponerse limitaciones subjetivas anticipadas, que reprimen las energías expansivas y que son las que nos deben llevar a los límites objetivos naturales de una dimensión determinada.

7. Tiferet (la Belleza)

Esta es la dimensión de la interioridad. Nosotros la denominamos como «el Yo interior», frente a la dimensión de Yesod, a la que denominamos como el «Yo exterior». Por ese motivo, la «Tiferet» representa la energía de la interiorización o de la introspección personal. Najmán de Bratslav dice que la «verdad de uno muere con uno». Este espacio privado es el ser interior incomunicable. Otras definiciones posibles sobre la Tiferet: cuando decimos que logramos equilibrio en la coordinación de Jesed con Guevurá, entonces es cuando logramos alcanzar la «Tiferet». ¿Qué es la belleza interior? ¿Eres bello en tu interioridad? ¿Realmente alcanzas a disfrutar de ti mismo? Si respondes afirmativamente que disfrutas con tu interioridad, entonces decimos en el misticismo judío que has alcanzado la máxima virtud de la Tiferet, la paz interior. La palabra hebrea que define esta dimensión es Shalom (paz), palabra relacionada con Shalem (quien se siente completo). Aquel que se encuentra completo tiene paz interior. Si no hay paz interior, entonces no existe completitud. Por supuesto, no debemos confundir la insatisfacción constante para elevarnos hacia el Ein Sof con el sentimiento de paz interior, porque uno vive insatisfecho para ascender mientras disfruta de forma simultánea de quién es.

El núcleo de la felicidad «trascendente» de la interioridad se encuentra dentro de esta dimensión. Es el «ser feliz en su interior» y la relación de no-dependencia de la felicidad de los acontecimientos exteriores. La no-dependencia de los acontecimientos exteriores de ningún modo produce una «apatía» con relación a la exterioridad del Yo, sino que se logra controlar que el Yo no caiga en la idolatría de la exterioridad. Por supuesto, no podemos caer en la idolatría del propio Yo (la jactancia como transgresión de la Tiferet), porque sabemos que una de las peores idolatrías es la auto-idolatría. Esta sería la desviación del Yo. La felicidad del Yo interior consigo mismo no implica el narcisismo del Yo. La interiorización del Yo produce la aceptación de las zonas oscuras que se deben corregir de forma permanente, pero esas zonas oscuras aceptadas dejan de ser oscuras, y entonces se logra el comienzo de la capacidad de corrección personal. El Yo en la Tiferet no es el Yo perfecto, porque el Yo perfecto no existe, es un Yo en movimiento constante hacia el Ein Sof. Cada movimiento del Yo hacia el Ein Sof produce indudablemente dificultades en el proceso de construcción del Yo, siendo el Keter psicológico el Yo ideal o la proyección de todas las energías potenciales del Yo hacia el Ein Sof.

Me gustaría explicar los arquetipos con los que el misticismo judío trabaja las tres dimensiones de la tríada emocional. En Jesed, el arquetipo es Abraham, porque se dice que el primer patriarca hebreo era un hombre muy misericordioso, y el arquetipo de Guevurá es Isaac; este segundo patriarca hebreo asumió con dignidad la posibilidad de ser sacrificado, y sabemos que no existía misericordia ninguna en este pedido divino, hasta que finalmente llegó la misericordia que detuvo dicho sacrificio. En Tiferet, el arquetipo es el tercer patriarca Jacob. Ahora bien, Jacob heredaba la misericordia de su abuelo Abraham y el rigor de su padre Isaac. ¿Acaso el abuelo no debe ser misericordioso con el nieto y el padre no debe ser riguroso? Cada uno de los arquetipos (Abraham e Isaac) cumple una función específica que tiene una influencia determinada sobre el arquetipo de la Tiferet (Jacob). Jacob, en cuanto su rol de nieto, debe ser misericordioso como su abuelo Abraham y, en cuanto a su rol de hijo, debe aprender a ser riguroso como su padre Isaac. Sin embargo, ¿quién es realmente Jacob? Es simplemente un producto de la educación de sus padres y sus abuelos. Jacob desea saber quién es Jacob. Quizás, en la primera etapa de la existencia Jacob asume la tradición, pero cuando Jacob se transforma porque conoce a Dios cara a cara, entonces ya no hereda la tradición de la creencia en Dios, sino que ahora lo conoce de forma directa. Cuando se cree que la existencia es lo que hemos heredado, uno es Jacob, sin embargo, cuando uno experimenta por sí mismo la existencia, entonces Jacob se transforma en Israel. La dimensión de la Tiferet es la única que posee dos arquetipos, el de Jacob y el de Israel, y ambos arquetipos sobre la misma personalidad física. Mi Tiferet es hija de Jesed y de Guevurá, o mi Tiferet puede ser construida a partir de mi mirada hacia Keter. Jacob debe conquistar su propia Guevurá y su propio Jesed, entonces ya la herencia no le funciona, ahora funciona su propia experiencia personal, y es cuando Jacob desde su interioridad se pregunta ¿Quién soy? Entonces realmente se transforma en Israel. Israel representa el arquetipo de la Tiferet cuando extrae sus potencialidades interiores para ascender hacia Keter. Cuando mi Tiferet recibe y acepta la herencia, no experimenta la existencia por sí misma, sino tal como los otros me han explicado que funciona; pero cuando es mi experiencia personal en Tiferet la que se eleva hacia Keter, entonces alcanzo realmente mi verdadero Daat (mi autoconocimiento), y así elevo la Tiferet a la posición en que se encuentra Daat. Y si Daat (ya sabemos) es el Keter caído, entonces alcanzo a través de mi auto-conocimiento mi Keter subjetivo (Daat).

Al aceptar quién soy, comienza el inicio de mi liberación interior, porque ya no cargo con las culpas de mi finitud, sino con la responsabilidad de mi propia autoconstrucción. ¿Cómo se responde entonces a la pregunta sobre quién soy? En primer lugar, no existe situación estática en el orden espacio-temporal, ya que todo es dinámico, soy el que estoy siendo. Entonces, ¿quién estoy siendo dentro del proceso de construcción permanente? Si Tiferet mira hacia Keter (de forma ascendente), entonces la pregunta es: ¿Quién quiero ser? Pero si la Tiferet mira hacia Maljut/Yesod (de forma descendente), entonces la pregunta cambia y se formula como: ¿Qué ven los demás que soy? Y uno puede percibir que mi Yo en cada nivel es completamente diferente, porque mi Yo percibido en la materialidad del exterior no coincide con mi autopercepción personal dentro la Tiferet. ¿Cuánto de mi Yo interior se puede manifestar en la exterioridad social?

Dentro del misticismo judío, decimos que cada nivel tiene algún reflejo de la luz del nivel superior, así que indudablemente algo de lo que soy en el nivel de la Tiferet se terminará de reflejar en las dimensiones inferiores, pero jamás en la totalidad de mi Yo interior.

Cuando me siento completo (Shalem) con mi Yo, entonces es cuando no percibo las insatisfacciones como obstáculos, sino como potencialidades. Porque si las insatisfacciones se convierten en elementos negativos, es que tengo una baja autoestima en mi Tiferet, porque cargo con la culpabilidad al Yo de sus imperfecciones estructurales. Debo aceptar las imperfecciones humanas como constantes desafíos a un progreso permanente de mi nivel de consciencia. La imperfección derivada de mi finitud no puedo cargarla como «culpa», sino que la debo percibir como una oportunidad de crecimiento mesiánico constante hacia los niveles más elevados.

El perfeccionista se carga de una culpa permanente, y esto nos conduce inevitablemente a un gran problema del Yo, el creerse dicho Yo un Ein Sof en sí mismo. El perfeccionista siempre carga con una baja autoestima, al pretender ser el Ein Sof absoluto; y al no poseer la conciencia de su finitud, entonces siempre se percibe en un grado mayor de inferioridad del que realmente se encuentra. Cuando un sujeto logra la paz interior es que tiene su autoestima en equilibrio. Una autoestima en equilibrio es fundamental para concentrar luego todas las energías psíquicas en elevarme en los niveles de consciencia; en cambio, una autoestima baja o demasiado alta nos extrae energías importantes que se desgastan en la entropía del Yo.

Si la autoestima es muy elevada, podemos caer en la jactancia, y si la autoestima es muy baja, podemos siempre percibirnos en la descalificación constante de nuestro Yo.

En la psicología del misticismo judío decimos que el Yo interior debe ser estimulado por la educación exterior para subir a Keter, y al mismo tiempo para reconocer los errores de la imperfección estructural de nuestra finitud para que el Yo en Tiferet comprenda que jamás va a llegar a Keter, pero que siempre tiene las posibilidades de autosuperación constante, aquella que nos impulsa a continuar el ascenso espiritual.

Cuando el sujeto acepta su imperfección y, dentro de los límites de su imperfección, acepta simultáneamente las potencialidades ocultas que existen (a pesar de su imperfección), entonces alcanza la paz interior de la Tiferet. Para aceptar su estado de imperfección necesita del Jesed (la Misericordia) y para ascender de su Tiferet imperfecto y limitado hacia el Keter debe organizarse con cierta disciplina desde Guevurá (la Fortaleza). Tiferet representa la energía del ascenso a Keter a pesar de nuestras imperfecciones, producto de nuestra propia estructura predeterminada.

8. Netzaj (la Victoria)

Esta es la dimensión de la exteriorización de las emociones. Lo que comúnmente denominamos como «lenguaje emocional», el arte, la música, la danza, etc. Netzaj es la dimensión de la «Victoria», ¿la victoria sobre qué? La única victoria que tenemos es la victoria sobre la mediocridad. Uno debe ser uno mismo, y en Netzaj existe el campo de la creatividad. El Yo interior de la «Tiferet» desea exteriorizarse y entonces se exterioriza o se manifiesta en el lenguaje emocional (donde se encuentra el abrazo, un beso, la caricia, la mirada, etc.) ¿Cómo describir conceptualmente el sentimiento? Imposible, sin embargo, los símbolos son expresables en Netzaj. La victoria de que nuestro Yo interior se exteriorice con todo lo que tiene a su alcance. Dice el gran cabalista Ione Szalay (1966-2014) (Z “L):

«Netzaj está asociada, en el plano del alma, con el poder de vencer aquellos obstáculos que se encuentran en el camino de la realización de las propias aspiraciones, de Jesed».48

Para que las emociones no se desborden debo tener un cierto tipo de lenguaje emocional específico que me permita canalizarlas. Por eso el arte aspira a comunicar lo que conceptualmente no se puede comunicar. Las sensaciones interiores del artista que se encuentra en su soledad dentro de la Tiferet tienden a manifestarse de algún modo, y es allí donde se logra la victoria sobre las limitaciones estructurales de nuestro Yo. A pesar de los límites de nuestro Yo interior para salir al exterior, tenemos muchas opciones en Netzaj de manifestarnos exteriormente. Si todo me lo guardo para mí mismo dentro de la Tiferet, entonces mi interiorización, en vez de producir mi autoconocimiento, genera mi implosión. Puedo explotar por dentro si no tengo unas vías de exteriorización de mis emociones interiores.

El introvertido puede tener un problema en Netzaj, porque a pesar de que trabaja su introspección, esta se puede volver paradójicamente un desequilibrio si no logra algún tipo de exteriorización.49 Netzaj representa la exteriorización del lenguaje emocional. En realidad, las cuatro dimensiones inferiores a Tiferet son las energías de manifestación. Netzaj manifiesta el Yo interior por el lenguaje emocional, Hod manifiesta el Yo interior por el lenguaje estructurado, Yesod manifiesta el Yo interior por el lenguaje sexual, y finalmente Maljut manifiesta el Yo por todas las acciones materiales de mi realidad corporal. Siendo Netzaj la primera forma de manifestación, es energéticamente la más potente de las cuatro anteriormente citadas. En esta dimensión podemos percibir dos etapas, el reconocimiento de nuestros sentimientos y su necesidad de exteriorizarlos. En Tiferet logramos el reconocimiento de nuestros sentimientos, pero si no empleamos Netzaj, el solo reconocimiento no implica necesariamente su exteriorización. Pero el reconocimiento del sentimiento es una forma de exteriorización para mí mismo, sin embargo, debo proyectar mis sentimientos como «creaciones» hacia el exterior de mi subjetividad. Toda creación refleja en cierto modo al creador de dicha creación. Y aunque los sentimientos internos del creador (Tiferet) nunca podrán ser absolutamente expresados exteriormente, es necesario descargar hacia el exterior las proyecciones emocionales interiores. Netzaj representa un tipo de descarga de las energías que se acumulan en mi interioridad. Es la primera forma de exteriorización que tenemos cuando nacemos al campo físico.

9. Hod (la Gloria)

Hod representa el lenguaje estructurado. Es la dimensión de la conceptualización en acción. Decimos «conceptualización en acción» para diferenciarla de la Biná, que es la conceptualización mental. En Hod buscamos «la verdad» dentro del discurso racional, cuando en realidad nos debemos preguntar ¿Qué verdad? ¿Hay verdad en las palabras limitadas dentro de la finitud humana? Sabemos que la única verdad real y eterna se encuentra en el Ein Sof, entonces nos preguntamos: ¿Qué verdad se puede percibir dentro del mundo de la fragmentación? El concepto puro que va descendiendo desde la Biná cada vez posee menos luz, las miles de interpretaciones subjetivas de cada Tiferet borran la pureza esencial del mensaje que lleva la palabra. Y entonces el concepto que venía para ayudarnos a comprender la realidad, justamente nos distancia de la realidad. Y entre nosotros y la realidad se interpone el mundo conceptual que, siendo un intermediario, minimiza la luz. Como dice Madirolas (2005): «La ilusión de Hod es elevar este orden lógico a la categoría de absoluto, es decir, la ilusión de que todo sigue un orden que puede ser explicado. La luz de la razón proyecta la ilusión de la razón». Hod es el mundo de seguridad que cree en los conceptos en su calidad de formas axiomáticas. La única posibilidad real que tenemos en Hod es la honestidad; aunque no pueda acceder a lo esencial del concepto, sí puedo coordinar sobre un mismo eje, el pensamiento (Biná), el sentimiento interior (Tiferet) y la acción material (Maljut). La confianza en la palabra dada es la clave ética de Hod, por más que sabemos que existen miles de interpretaciones subjetivas de los conceptos, lo que sí sabemos es si un concepto refleja del modo más cercano posible la realidad. Porque un grave problema de Hod es la intencionalidad de la mentira. Este es el mayor desequilibrio de esta dimensión. Por supuesto, sabemos que toda esta realidad inferior condicionada por el tiempo y el espacio es una mentira absoluta frente al Ein Sof, pero dentro del sistema del vacío esta realidad es verdadera. Por lo tanto, aunque el concepto pueda ser millones de veces interpretado a la luz de nuestra subjetividad, lo «honesto» es situar el concepto en el mismo eje que la realidad material. Es verdad que nuestra ignorancia (como en la totalidad de las dimensiones) puede ser un obstáculo fundamental a la hora de comprender el concepto que estamos utilizando. Pero también sabemos si la intencionalidad interior que tenemos al utilizar el concepto se encuentra en una posición coherente en relación con la realidad material. Si la intención es destruir al «Otro», entonces se pueden utilizar negativamente las energías de Hod. Por ejemplo, la difamación, el rumor, incluso si se propaga una información verdadera cuyo objetivo es destruir al «otro» entonces estamos utilizando de forma inadecuada este tipo de energía. Ahora bien, si logramos la «honestidad» de Hod, obtenemos una clave importante para nuestro autoconocimiento en la Tiferet. ¿Cómo puede el Yo interior de la Tiferet trabajar su interiorización si no es honesto? No se puede ser deshonesto con los demás y honesto con uno. La honestidad es integral a la estructura subjetiva. Si logramos la honestidad conceptual de Hod (lo más cercano a la verdad subjetiva que tenemos), entonces el trabajo de autoconocimiento se puede llevar hasta las máximas consecuencias, que es perder el miedo a reconocer el lado oscuro (en hebreo, Yetzer Ha Ra, la tendencia al mal). Así lo explica el sabio cabalista Eduardo Madirolas (2005):

«La honestidad es, por último, una virtud imprescindible para tener acceso al propio Tiferet. No hay verdadera introspección sin honestidad con uno mismo, y esto es algo que hay que aprender: a analizarnos con verdad, a no mentirnos ni autoengañarnos sobre nuestras verdaderas motivaciones y sentimientos, a reconocer nuestra verdadera forma de ser, con virtudes y defectos, desmontando los mecanismos de defensa que hemos construido para evadirnos del dolor de ver claramente cómo somos y cómo hemos actuado en el pasado. El Ego siempre está buscando excusas y echar la culpa a otros o las circunstancias de lo que no le gusta de sí mismo. O bien busca apoyarse en teorías y razones que justifiquen ante sí y ante los demás su conducta. Esto no es compatible con Tiferet, que empieza por aceptar sin lamentaciones ni victimismo la verdad sobre el propio ser».50

10. Yesod (el Fundamento)

Antes de llegar a la dimensión de la materia (Maljut) tenemos que pasar por Yesod. Porque no llegamos a la materialidad si no unimos, en primer lugar, las energías del receptor (femeninas) y del dador (masculinas). Y esta unión se produce en la Yesod.

Yesod representa la energía sexual, y toda la sexualidad no es solitaria ya que desea al «Otro» para manifestar la unidad. El misticismo judío ha trabajado de forma muy intensa las simbologías de la copulación permanente entre lo masculino y lo femenino.

El receptor desea del Dador, y viceversa. En Yesod se produce la unificación total de todas las energías que se van a materializar en el plano de la Maljut (el Reino).

En el Árbol de la Vida de la tradición judía (a diferencia del utilizado por el espiritismo inglés y otros grupos ajenos a la tradición de la cábala), el último sendero finaliza entre las dimensiones de Yesod y Maljut. Es decir, si se encuentran símbolos del Árbol de la Vida donde los últimos tres senderos finalizan en Maljut, entonces este símbolo aunque se denomine con el mismo nombre de Árbol de la Vida no pertenece a la tradición mística del judaísmo, y, por lo tanto, estamos operando erróneamente la simbología.

Yesod representa la unión sexual, la energía unificada de los polos femenino y masculino de toda la realidad: el equilibrio entre el Dar y el Recibir que termina en el verbo «Compartir», y cuando comparto creo otro ser humano. En Yesod encuentro lo que se denomina el Yo exterior (o el Ego en otras terminologías). El Yo exterior (lo que percibe la sociedad y lo que yo muestro a mi entorno) es diferente del Yo interior de la Tiferet. Los extrovertidos tienen su eje de identidad en la Yesod, pero cuidado ya que la utilización extrema de la Yesod nos puede conducir a una fuga de la interioridad del Yo a una exterioridad sin sentido. Entonces puedo utilizar la Yesod no para relacionarme con el entorno, sino para utilizar el entorno social como fuga de mi interioridad. Como no quiero autoconocerme y me evado de mí mismo, entonces utilizo las relaciones sociales como sistemas de fuga del Yo interior.

El arquetipo de la psicología del misticismo judío que se utiliza es el de Yosef (José). Yosef durante gran parte de su vida tuvo que ocultar su condición de «semita» ante los ojos de la sociedad egipcia. En cierto modo, podríamos considerar a Yosef el primer criptojudío de la historia del pueblo de Israel. Su verdadera identidad interior (Tiferet) es que era israelita, sin embargo, gran parte de su existencia actuó como egipcio. Sostener la identidad de «egipcio» en Yosef era mantener una máscara social. El «Ego» de Yosef fue creciendo hasta que llegó a ser el segundo del faraón. Yesod simboliza la energía del «Ego». Una energía muy importante, porque el «Ego» al desear para sí mismo hace que trabaje para mi reconocimiento personal, y esta es una energía válida en el nivel de la Yesod. Sin embargo, si siempre vivo en el nivel egoico, entonces no opero en todos los niveles dimensionales, creando desequilibrios muy profundos en mi Yo y en mi entorno. El Yo exterior desea mostrarle algo a la sociedad que muchas veces no tiene relación con el Yo interior. Es más, lamentablemente el «Ego» se apodera de tal modo del sujeto que reduce las aspiraciones de ascenso espiritual. El «Yo interior» debe luchar contra el «Ego» y la herramienta del auto-conocimiento es fundamental. No debemos destruir el «Ego» que tiene su función en el nivel yesódico en el que se desarrolla, sino canalizar su fuerza. El «Ego» me permite tener la suficiente autoconfianza para ascender; sin embargo, si el «Ego» me otorga un nivel excesivo de autoconfianza puede provocar que el «Ego» reduzca el Yo interior, y que mi existencia se fundamente sobre lo que dicen y piensan los demás de mí. Cuando la interiorización de la crítica social es superior a mi autoconocimiento interior, me encuentro con un problema serio, ya que ya no vivo para mi ascenso de conciencia, sino para desgastar mis energías en toda la exterioridad. Si Yesod mira hacia arriba (hacia la Tiferet), entonces mi Yo exterior (el Ego) se pone al servicio de mi Yo interior; en cambio, si la Yesod mira hacia abajo (hacia Maljut), entonces mi Yo exterior opera mostrando de forma permanente algo a los demás que en realidad no soy. En Yesod, mi Yo exterior (el Ego) puede engañar de tal modo al entorno que termina finalmente engañándonos a nosotros mismos. Cuando la Yesod mira a Tiferet decimos que el arquetipo de Yosef busca su identidad real (la israelita), pero si Yesod mira a Maljut, entonces Yesod busca el cargo real en la corte del faraón, no busca su identidad real, sino que busca el reconocimiento material del exterior social. Es interesante que la pareja de Yosef fuera una egipcia, una hija del sacerdote pagano de On, es decir, la exterioridad total, en cambio, cuando educó a sus hijos (Efraím y Manases) lo hizo como israelitas. A su descendencia le entregó su verdadera identidad, a pesar del condicionamiento de todos los contactos sociales exteriores donde tenía que obligadamente mostrar una imagen distorsionada de su Yo interior.

11. Maljut (el Reino)

Maljut representa la más pura materialidad, la densidad de toda la energía. Este es un elemento clave de toda la tradición judía. La acción práctica en la materialidad. La importancia de los hechos. No solamente pensar, no solamente sentir, sino lograr la materialización del Reino de los Cielos aquí en la Tierra. El misticismo judío no es pura metafísica, sino que en Maljut demuestra lo «conductual». La realidad material representa el desafío de la práctica. Debo llevar las teorías y los pensamientos (de la Biná), la sabiduría (de la Jojmá), todas las emociones de la tríada intermedia (Jesed, Guevurá y Tiferet), a través de las dimensiones inferiores, hasta la acción transformadora de la materia. La «acción material» es fundamental. No hay Keter (no hay Corona) si no hay Maljut (si no hay Reino).

Tengo que aceptar el grado de divinidad que existe dentro de la materia (Shejiná). No puedo considerar la materia como mala por sí misma, ya que ninguna energía dimensional es mala en sí, sino que cada energía es lo que es; lo que la transforma en negativa es el uso que realizamos de ella. Las transgresiones en la materia son el materialismo y el espiritualismo (que no significa espiritualidad). El materialismo es creer que la materia es la única realidad existente, como si las energías ocultas que operan detrás de la realidad material no existieran. ¿Cómo se puede pesar y valorar materialmente la amistad? Imposible. El materialismo, al reducirnos a la materia, nos distorsiona la percepción de toda la realidad. Aceptamos la materia como una realidad objetiva, pero debemos sospechar de llevar al exceso el grado de su utilidad, no sea que idolatremos la materia como un Dios en sí mismo.

Maljut representa la dimensión de las necesidades corporales (materiales), el comer, el beber, etc. Pero no debemos confundir las necesidades materiales de Maljut con los deseos materiales más allá de dichas necesidades. Lamentablemente, nuestra sociedad actual ha realizado una mezcla entre las necesidades biológicas y los deseos materiales que no son estrictamente necesidades, y nos ha creado la ilusión de transformar muchos deseos materiales en verdaderas necesidades. Al crear esta confusión, muchos sujetos con la justificación real del sostén económico (satisfacción de las necesidades materiales) llevan sus deseos materialistas al extremo. Pero si la transgresión del materialismo es un problema real del ejercicio subjetivo de la percepción de la materialidad, el polo opuesto es el espiritualismo radical donde, al renunciar a la materia, lo que hacemos es negar las reales necesidades materiales de la existencia física, lo cual provoca una patología espiritual a la que podemos denominar como espiritualismo. El espiritualismo se fuga de la realidad material, considerándola como intrínsecamente negativa. Es decir, el espiritualista representa la contracara y la misma cara que el materialista.

El espiritualista niega Maljut por Keter, y entonces no comprende cómo funciona Keter en la materialidad; y el materialista niega Keter por Maljut, y entonces no comprende cómo funciona Maljut. Si Maljut representa el realismo filosófico y Keter el idealismo más elevado (mesianismo), si Maljut es la pura inmanencia y Keter la pura trascendencia, la psicología del misticismo judío trabaja la compatibilidad y coordinación de la inmanencia y la trascendencia como dos caras de la misma realidad estructural. Una inmanencia materialista imposibilita la explicación de la realidad, y una trascendencia idealista desligada de la materia tampoco explica la realidad. ¿Cuál es el error de ambas tendencias? Absolutizar esta realidad fragmentaria del mundo inferior, cuando la única posibilidad de absolutización se encuentra fuera del vacío, en el Ein Sof. La absolutización (dogmatización) de una dimensión situándola de forma preeminente frente a las demás causa inexorablemente una distorsión total de la realidad.

La aceptación de la materialidad, la aceptación de la biología (de la animalidad), es comprender cómo las energías más altas se pudieron comprimir en las formas más densas para traer luz. La materia puede causar por sus niveles de contracción muchos tipos de oscuridad, pero en la interioridad esencial de la materia (dentro de Maljut) existe la Luz divina del nivel más alto del Or Ein Sof (la luz del Infinito).

Por lo tanto, debemos satisfacer las necesidades biológicas (aceptación de la materia) y no huir de nuestras obligaciones en el campo material, y al mismo tiempo no obsesionarnos con la materia como si fuera la única realidad existente porque estaríamos negando la idolatría con el pensamiento, y entonces nos transformaríamos en idólatras por la actuación material. El materialista, pues, se transformaría en un falso monoteísta porque endiosaría los fragmentos del mundo material. Ni negación de la materia (por fuga) ni obsesión por la materia (por deseos descontrolados). Porque la pobreza material representa un problema en esta dimensión, ya que no se pueden satisfacer las necesidad materiales, así como la riqueza, ya que no se sabe cuál es el sentido de la materia. Y así dice el texto bíblico (Proverbios 30:7-9):

«Sólo dos cosas te he pedido, oh Dios; concédemelas antes de que muera: 8aleja de mí la falsedad y la mentira, y no me hagas ni rico ni pobre; dame sólo el pan necesario, 9porque si me sobra, podría renegar de ti y decir que no te conozco; y si me falta, podría robar y ofender así tu divino nombre.

Ni la materia en exceso, ni la insatisfacción de las necesidades materiales básicas. Con la primera puedo cometer la idolatría de las formas materiales, con la segunda puedo violar todos los mandamientos con tal de sostener a mi familia. Porque si me sobra y si me falta puedo perder el equilibrio. Por ese motivo, a quien le sobra debe pensar en quien le falta, para que ninguno de los dos materialice una transgresión. Porque si me falta todo o lo pierdo todo, maldeciré y me rebelaré como lo hizo Job, y porque si me sobra todo o lo tengo todo, no comprenderé el sentido de la existencia como lo hizo el autor del Eclesiastés.


Parte 2 El Yo

«Rabí Simón bar Iojai explica que una de las preguntas a las que la persona responderá tras su muerte es si investigó la razón por la cual su alma vino a este mundo y qué ha venido a rectificar».

ZOHAR JADASH, Shir a Shirim 70b

«El Paraíso y el Infierno se encuentran en nuestro interior».

MARIO SABAN

«Toda patología se deriva del hecho de negar el Yo mental por los palacios o negar el Yo exterior por la interioridad. Cualquiera de las dos negaciones niega la estructura predeterminada de la existencia humana».

MARIO SABAN

«Los maestros de la cábala no nos ocupamos de las raíces de las cosas sino que trabajamos para que las ramas crezcan».

ALEXANDRE SAFRAN

13. ¿Qué es el Yo?

«Cada frontera es una línea de batalla».

KEN WILBER

Podríamos decir que el «Yo» es la unión entre el «Yo mental» y los «palacios» (o lo que podemos denominar como el Yo exterior). De ese modo, ahora debemos conceptualizar el «Yo mental» y los «palacios» con el fin de dilucidar el concepto del «Yo».

¿Qué son los Palacios? En la terminología de la cábala hebrea, «los Palacios» hacen referencias a los diferentes tipos de percepción que se producen dentro del Yo mental en relación con las siete dimensiones inferiores del Árbol de la Vida psicológico (dentro del Universo de Yetzirá). Aunque realmente los «Palacios» antiguos de la mística de las Hejalot (los Palacios del Trono Divino) se encuentran dentro del Universo de Briá.

Es así y no podemos reducir el «Yo» ni el «Yo interior mental» exclusivamente, ni a los palacios ni al «Yo exterior mental». Nosotros definimos el «Yo interior mental» con el nombre de la «Merkabá».51

Nuestra Merkabá se encuentra en lo más profundo del Yo mental, en cambio «los Palacios» son las siete percepciones exteriores que se producen dentro del Yo mental. Por ese motivo podemos denominar los «Palacios» con el nombre de «Yo exterior mental».

14. Clases o niveles del «Yo» (Bruner, Wundt, Kantor, Watson, Skinner, Castila del Pino)

«Ser feliz es percibirse a sí mismo sin miedo».

WALTER BENJAMÍN

Quiero hacer algunas aclaraciones, antes de continuar, para que el análisis conceptual sea riguroso. Voy a establecer las cinco clases de Yoes con los que trabajaremos:

1 El Yo mental interior representa el núcleo duro o interior de la Biná (es decir, Keter de Biná, Jojmá de Biná y Biná de Biná), esto habitualmente lo denominamos como la Merkabá. Pero siempre recordemos que este «Yo» se corresponde con nuestra Merkabá psicológica y que no tiene relación con la Merkabá real que se encuentra en el Universo de Briá. Cuando los cabalistas medievales hacían referencia a los niveles de las diferentes «almas» dentro de cada Palacio (como lo realizará Moshe de León) aquí se hacía alusión a los «palacios» más antiguos del Universo de Briá. Luego, con la psicoanalización de la cábala, los Palacios pasaron a formar parte de las siete estructuras básicas del Yo mental exterior.

2 El Yo mental exterior que se encuentra representado por las siete sub-dimensiones de la Biná, habitualmente denominadas dentro de la tradición mística del judaísmo como los «Palacios» en términos yetziráticos. Probablemente, en este nivel dimensional del Yo podamos hacer referencia a la escuela de Jerome Bruner (Nueva York, 1915) denominada como «cognitivismo puro». La categorización del proceso de información de Bruner52 se asocia dentro de la psicología del misticismo judío a la función de la Biná psicológica. La simplificación conceptual de Bruner53 es una herramienta de la Biná para obtener seguridad en el campo conductual, ya que la cognición inicial tiene que ordenar la complejidad de la realidad. Los conceptos de la Biná (Yo mental) simplifican la realidad para otorgar una seguridad imaginaria al Yo.

3 El Yo emocional interior que se corresponde con la dimensión de la Tiferet,54 y es aquí donde se encuentra el centro del ser humano en términos emocionales y donde se debe conectar de forma directa con la Merkabá. La Biná más profunda (El Yo mental interior) tiene que contactar directamente con la Tiferet. La «Tiferet» o el Yo emocional es la región del Yo donde algunos terapeutas le otorgan al sujeto la máxima autonomía posible.55 En este nivel podríamos situar a Wilhelm Wundt (1832-1920) con su escuela de psicología experimental y su trabajo de interiorización. Wundt reconoce el centro tiferético del que habla hace siglos la mística hebrea.

4 El Yo emocional exterior que se corresponde con la dimensión de la Yesod representa las vinculaciones del Yo con el entorno social. Las relaciones de presión o adaptación del Yo al entorno se encuentran en este nivel. En este nivel opera todo el conductismo de Watson56(1878-1958) y en cierto modo el interconductismo de Kantor57(1888-1984), sin embargo, este último es más moderado que Watson, al afirmar que existe un flujo del sujeto con el entorno de forma bidireccional, lo que implica que confirma la conexión que establece la psicología del misticismo judío, entre el Yo emocional interior de la Tiferet con el Yo emocional exterior de la Yesod. Kantor por lo menos reconoce que existe el sujeto en su interioridad (Tiferet), en cambio, Watson plantea un «condicionamiento total» del entorno sobre el sujeto. En realidad, Watson está percibiendo la realidad psíquica estrictamente desde la dimensión de Yesod. Ahora bien, como Watson no puede dejar de reconocer un cierto nivel de interioridad (un hablarse a sí mismo de la Tiferet) dice que el hablar es también una conducta y, por lo tanto, mezcla la dimensión de Tiferet dentro de la Yesod.58 Desde el punto de vista de la psicología del misticismo judío, Watson estaría operando exclusivamente dentro de la dimensión de Yesod (el condicionamiento social como superior a la autonomía del sujeto, negando, en cierto modo, el libre albedrío), y Kantor expresa (a través del interconductismo) que el sujeto trae su «centro emocional interior» (Tiferet) y que este interactúa con el entorno, salvando así cierto nivel de libre albedrío en el sujeto. Para Kantor, la conducta es siempre un producto de la interacción (acepta el canal de conexión de Tiferet con la Yesod).59 De todos modos, el que realmente representa el conductismo radical es Burrhus Skinner (1904-1990), quien directamente le niega a la Tiferet (Yo interior) su influencia sobre la conducta, porque para esta escuela toda la conducta está completamente determinada por el entorno. Nosotros no podemos validar esta posición porque niega las diferencias subjetivas, y, como sabemos, todo sujeto en el ejercicio de su libre albedrío y por su diferencia de percepción interna no reacciona del mismo modo.

5 El Yo animal (del nivel de Maljut), el cuerpo y sus instintos animales. El Ello freudiano, en términos de la cábala, el nivel del alma que se corresponde con «Nefesh» (lo que habitualmente denominamos como cuerpo físico). Dentro del judaísmo no existe el cuerpo físico, sino que el cuerpo físico es el nivel más bajo60 del alma, pero sigue siendo parte del alma, por ese motivo lo denominamos como el alma animal.

Una escuela de psicología moderna que se ha acercado61 a la idea de los diferentes yoes en el sujeto es la del doctor Carlos Castilla del Pino (1922-2009). Transcribimos a continuación un fragmento de la obra del doctor Joan Prat i Carós (1947) que lo cita, y luego estudiaremos las relaciones conceptuales entre esta postura y el misticismo judío:62

«Castilla del Pino inicia su reflexión considerando que la habitual identificación entre sujeto y yo siembra la confusión en psicología y psicopatología. Para superarla propone una tesis en la que: “… una misma persona puede manifestarse bajo diferentes yoes, a veces incluso contradictorios […] todos del mismo sujeto”» [1998, pág. 48].

«Un sujeto, por consiguiente posee un conjunto de yoes que utiliza en su vida social y cada uno de nosotros usa un yo distinto… para cada situación. Nadie duda de que estos yoes pertenecen al sujeto, ni el propio sujeto los cuestiona en situaciones normales. Pues bien, ese alguien al que pertenecen el conjunto de yoes es el sujeto». «Cada sujeto construye, vigila y controla sus yoes, y si alguien deja de tener esta capacidad de instrumentalizar y coordinar, “mandar” −dice Castilla del Pino−, deja de ser sujeto. Este es el caso del recién nacido, con yoes aún confusos, o, en el otro extremo, cuando alguien por demencia senil, por ejemplo, pierde la capacidad de control sobre su persona».

«El yo, o mejor dicho, los yoes son el instrumento que utiliza el sujeto para presentarse o representarse a sí mismo en sociedad».

Aquí sostenemos una diferencia fundamental con el doctor Castilla del Pino, porque si los yoes son máscaras que utiliza el sujeto para presentarse a sí mismo dentro de la sociedad, entonces no estamos haciendo referencia a las dimensiones (Sefirot) psicológicas, sino a una sola dimensión del Árbol de la Vida, y esta es indudablemente la que denominamos como «Yesod».

La Yesod es la dimensión cuya energía establece una relación de mi Yo con la sociedad, pero siguiendo al doctor Castilla del Pino, si la construcción de mis yoes está metabolizada por el entorno, y la clave del desarrollo de mis yoes se encuentra condicionada exclusivamente por mi relación con el entorno, entonces no podemos hablar de «dimensiones psicológicas», porque las dimensiones psicológicas del sujeto son yoes esenciales a la estructura (es decir, son «objetivos») y no son yoes metabolizables por el entorno social.

Por lo tanto, inferimos de este análisis que el doctor Castilla del Pino ha estudiado la psicología desde la dimensión psíquica de Yesod (la relación del Yo con el entorno), sin embargo, para la psicología del misticismo judío la estructura objetiva psíquica se corresponde a diez dimensiones básicas (Sefirot). En cierto modo, todas las dimensiones psíquicas de la estructura subjetiva se tienen que enfrentar/adaptar a las condiciones del Árbol de la Vida social. Entonces, ya no estamos haciendo referencia a las dimensiones del Árbol de la Vida subjetivo, sino a las subdimensiones de la dimensión de Yesod (donde cada uno de nosotros adapta la energía de una dimensión determinada a los condicionamientos sociales de las energías exteriores).

Todo el Universo de Yetzirá (la Formación) representa el universo psíquico, y allí existen diez «yoes». Por lo tanto, cuando nosotros hacemos referencia a los diferentes «yoes» del sujeto, no debemos relacionar estos yoes como formas de relación entre el sujeto y su entorno, porque todas las relaciones del sujeto con el entorno se encuentran dentro de lo que podemos denominar como el «Yo social» (también denominado como «Yo egoico»).

Dicho «Yo social» es un yo más de los diez tipos de yoes existentes. Así que lo que se denominan como «yoes» en la teoría del doctor Castilla del Pino no son los mismos yoes desde la psicología del misticismo judío.

Castilla del Pino hace siempre referencia a los yoes de un Yo subjetivo en su interacción social y que es único. Ahora bien, el doctor Castilla del Pino puede percibir dentro de su teoría los que los antiguos cabalistas del judaísmo pudieron explicar como la «Tiferet» cuando dice:63

«… el sentimiento de identidad es también del sujeto, que se sabe el mismo a pesar de la multiplicidad fenoménica que se representa al actuar (para los demás o para sí)» [Op.cit., 1998, pág. 49].

La «multiplicidad fenoménica» del doctor Castilla del Pino hace referencia (como ya hemos visto) a la dimensión de Yesod, pero ahora se expresa la noción de la existencia de «un sentimiento de identidad» que se encuentra más allá de esta multiplicidad, y esto es justamente lo que denominamos dentro de la cábala hebrea como la Tiferet. El gran cabalista Najmán de Bratslav decía que cada uno muere con su propia verdad interior que es incomunicable, y este es justamente el «sentido de identidad del sujeto» que propone Castilla del Pino.





Como se puede ver, el Yo mental (tanto el interior como el exterior) se denomina dentro de la cábala como la «Neshamá» o el alma intelectual. La Merkabá es, pues, el centro de la Neshamá que nos contacta con la Jaiá en el nivel de la voluntad, y por lo tanto hace de puente con la Jojmá psicológica.

El Yo emocional (tanto el interior como el exterior) se corresponde con lo que en la cábala denominamos como el Ruaj (el alma emocional), y por ese motivo el Ruaj abarca las seis dimensiones inferiores del Árbol de la Vida.

Ahora bien, podríamos decir que realmente el Yo emocional exterior de la Yesod no es exclusivo de la Yesod, sino de las cinco dimensiones inferiores que dependen de la Tiferet. Por ese motivo, todas estas dimensiones pertenecen al Universo de Yetzirá (la Formación). Todo el Ruaj (el alma emocional) depende (o debería depender) para su canalización de la Neshamá, y más específicamente del núcleo duro de la Neshamá (la Merkabá).

En términos freudianos podríamos decir que Maljut64 correspondería al «Ello» de los instintos básicos de la animalidad (el alma animal o Nefesh), el «Super-Yo» freudiano pertenece a la Yesod del árbol (la influencia externa o social sobre el yo real), y finalmente la «Tiferet» representaría al «Yo» freudiano, ya que el «Yo» (Tiferet) debe ser mediador entre las pulsiones animales (biológicas) del Ello (Maljut) y la influencia social (moral social) internalizada por el Super-Yo que representa dentro del misticismo judío las fuerzas de Yesod. El «Yo mental» de la Biná (Conciencia e Inconsciente: Biná de la Biná y Jojmá de la Biná) es el que debe resolver los equilibrios en las tres dimensiones inferiores del Yo (Tiferet), del Super-Yo (Yesod) y del Ello (Maljut).

15. La relación entre la Biná (Freud) y la Jojmá (Jung) en el Universo de Yetzirá

«En la cábala, la subjetividad y la objetividad se unen de forma inextricable».

EDUARDO MADIROLAS

Los niveles conscientes freudianos corresponderían a los Palacios (el Yo mental exterior) que se encuentran controlados por la consciencia (La Biná de la Biná) y que canalizan los niveles del inconsciente del Yo mental (la Jojmá de la Biná). Sin embargo, debemos hacer una importante aclaración antes de continuar con nuestras explicaciones, y es que de ningún modo podemos realizar una equivalencia entre el «Inconsciente freudiano» y el «Sod» del misticismo judío. El «Inconsciente freudiano» se encuentra subyacente dentro de la realidad psíquica del sujeto; en cambio, el «Sod» es la realidad que el sujeto no logra percibir porque se encuentra más allá de sus posibilidades finitas. La extracción de los niveles inconscientes hacia la consciencia es el trabajo de la terapia tradicional; en cambio, el misticismo judío propone la expansión de los niveles de finitud (la apertura de los límites del Kli65 de recepción).

Cada dimensión inferior posee un vehículo de comunicación consciente y otro vehículo de comunicación de lo inconsciente. En otros términos, toda la información objetiva de la realidad no puede ingresar en la psique, ya que a la psique se ingresa estrictamente según los límites finitos de esta. La energía exterior que fluye hacia la psique es la que puede el sujeto captar de acuerdo con los límites de su propia finitud estructural.

A partir de ahí, la Biná comenzará el proceso de clasificación, lo que irá por una parte hacia la Conciencia y lo que quedará oculto en el orden del Inconsciente. Pero debemos saber que sube a la Biná toda la información (de acuerdo con la estructura de cada Kli), y luego la Biná clasificará el material que se dirigirá a la Biná de la Biná (Conciencia) y el material que terminará dentro de la Jojmá de la Biná (Inconsciente) por efecto de la represión. El inconsciente freudiano se encuentra dentro del sujeto, el Sod de la cábala se encuentra fuera del Kli de recepción subjetivo.

Ahora bien, debemos tener mucho cuidado aquí, porque Freud llegó hasta el inconsciente subjetivo, y está dentro de la subdimensión que denominamos como Keter de la Biná lo que une este inconsciente subjetivo con el inconsciente colectivo arquetípico de la Jojmá. Así que existe un nexo freudiano-junguiano en el nivel superior de la Biná, que se correspondería con la subdimensión de Keter de la Biná. Por la subdimensión de Keter de la Biná fluirá el material del Inconsciente colectivo (todo lo simbólico) desde la Jojmá psicológica. Por lo tanto, la Jojmá psicológica no puede ser considerada como «Inconsciente» (ni subjetivo/freudiano ni colectivo/junguiano), sino que la Jojmá psicológica es el nivel de entrenamiento que hacemos de nuestro Kli para captar mayores niveles de energías cosmogónicas. La Jojmá psicológica, entonces, puede ser considerada de dos modos: 1) como la base simbólica del Inconsciente colectivo, en tanto esta representaría la información oculta detrás de la realidad, y 2) o como un Sod superior al Inconsciente colectivo, porque para los cabalistas este «Sod» superior no es inconsciente sino que es «Conciencia pura».

Desde mi perspectiva, la Jojmá psicológica tiene el poder potencial de captar las energías exteriores cosmogónicas de los universos superiores (Briá y Atzilut) más allá de las simbologías que operan en el Inconsciente colectivo junguiano. Es tan expansivo el nivel de conocimiento (Daat) de la realidad cosmogónica que nuestra Jojmá psicológica debe reconocer que, para captar la información esencial de la realidad infinita, debe operar fuera del marco espacio-temporal de la Briá, a fin de comprender las energías objetivas dimensionales (Sefirot) del Universo de Atzilut.

Lo que puede suceder entonces es que desde el Keter de la Biná se pueda llegar a la Jojmá de la Biná y luego ingresar dentro de la Biná de la Biná. Si el nivel dimensional simbólico es tan extraño o amenazador para la Biná de la Biná, entonces todo el material de la Jojmá psicológica ingresará por el Keter de la Biná, pero quedará oculto también dentro de la Jojmá de la Biná debido a la represión de la Biná de la Biná. Esta es la descripción dentro de la psicología del misticismo judío de lo que denomina Ken Wilber como «la represión de los niveles trascendentes». Por lo tanto, todo lo «simbólico» queda estancado en el mismo sitio donde se oculta la información reprimida de los niveles inferiores.

Es como si nuestra Conciencia (Biná de la Biná) se encontrase reprimiendo tanto lo que viene desde arriba como lo que le llega desde abajo. Para aceptar la trascendencia temporal de la descendencia biológica, el ser humano contacta con su nivel animal, pero la trascendencia real de su energía esencial se encuentra en los niveles de comprensión más allá de la materialidad que opera como una vestimenta que oculta la verdadera esencia de la realidad. Si la división consciente/inconsciente se produce por efecto de la represión de los niveles inferiores, para el misticismo judío la división consciente/inconsciente se produce también por la negación de las energías cosmogónicas que nuestra psique capta más allá de nuestra comprensión actual en el orden espacio-temporal.

Ahora bien, si lo que existe «Arriba» (Keter) es equivalente a lo que existe «Abajo» (Maljut), entonces nosotros intermediamos entre dos factores que esencialmente son «uno».

En cierto modo, la psique se encuentra en la doble tarea de enfrentar la biología (Freud) como de enfrentar la cosmogonía (Wilber). Es como si el Universo de Yetzirá se encontrase en medio de las tensiones del universo inferior y el superior. Cuando hacemos referencia al universo inferior, hablamos del Universo de Asiá (lo material/biológico) y cuando hacemos referencia al universo superior hacemos referencia al Universo de Briá (lo energéticamente más sutil del campo mental).

Esta función de la Conciencia (Biná de la Biná) es problemática, debido a que está permanentemente ajustando un modelo de «normalidad» de acuerdo con los niveles de represión existentes. En otras palabras, una psique que descienda a lo instintivo abandonando los controles de la Conciencia o una psique que ascienda a la abstracción más elevada de nuestra capacidad mental se encuentra en problemas. Sin embargo, a partir del desarrollo de la Conciencia subjetiva, la psique no tiene otro camino que continuar ascendiendo y descendiendo constantemente integrando los dos aspectos de la realidad. Si exclusivamente la psique sube sin límites, entonces se puede llegar a la locura, y si exclusivamente la psique baja a la animalidad, entonces se puede perder la conciencia humana. Por lo que a la psique no le queda otro camino que la «oscilación constante» entre Keter y Maljut, descendiendo para aceptar sus límites y ascendiendo para destruir dichas limitaciones.

Es un doble esfuerzo, porque debemos integrar, por una parte, lo que proviene desde abajo y lo que proviene desde arriba. Lo que proviene de abajo es el conjunto que engloba tres factores básicos, el «instintivo» corporal (Nefesh en el nivel de Maljut), el nivel «social» (Ruaj en Yesod) y la interioridad emocional (Ruaj en Tiferet), y lo que proviene de arriba, que engloba los niveles simbólicos (Jaiá en Jojmá) y lo oculto inexpresable ni de forma simbólica ni en formal conceptual (El nivel del No-Yo o Iejidá). Es en el centro de esta interacción (Merkabá), esto es, en la Neshamá, donde tenemos que trabajar adecuadamente la oscilación entre lo que hay arriba y lo que hay abajo, nunca desconociendo lo de abajo por lo de arriba, ni lo de arriba por lo de abajo, porque en cuanto el ser humano tiende exclusivamente a lo de arriba, o exclusivamente a lo de abajo, no llega a la esencia de la realidad.

Podemos entonces considerar desde la simbología del Árbol de la Vida la posibilidad de unificación de los dos sistemas, tanto el freudiano como el junguiano, porque ambos operan desde dimensiones diferentes: mientras que Freud operaba desde la Biná hacia Maljut y conceptualizaba los mecanismos del mundo inferior, Jung y, luego, Maslow comenzaron a operar sobre los mecanismos del mundo superior e intentaron conceptualizar lo simbólico trascendente. Allí encontraron que el sentido de la existencia no estaba anclado en el mundo inferior (o mundo de la fragmentación), sino en el mundo superior.

La aparición de la Conciencia (Biná de la Biná) no crea mentalmente el mundo superior, sino que, por el contrario, lo descubre en la interioridad cosmogónica general. Por ese motivo, los cabalistas hacen referencia al descubrimiento de la Neshamá en la edad adulta.

Mientras Freud descendió de la Biná pasando por los «Palacios», y trabajó la relación entre la Conciencia (Biná de la Biná) con el Inconsciente (Jojmá de la Biná), Jung comenzó a trabajar directamente en la Jojmá psicológica, y allí operó dentro del Inconsciente colectivo.

Cuando comenzaron a operar en el mundo superior de los «arquetipos» aparecieron, en palabras de Maslow, las «metamotivaciones»,66 que no tenían una relación con el mundo inferior freudiano, y que tampoco representaban una huida infantil de dicho mundo inferior. Y si la escuela freudiana nos hizo conscientes de la relación de la psique con las dimensiones inferiores, tenemos que ser conscientes ahora de nuestra relación con las dimensiones superiores. Los freudianos se asustaron desde la Biná de la Biná cuando avanzaron afrontando las categorías simbólicas junguianas porque en cierto modo percibían en esto una huida de la realidad instintiva.

Sin embargo, lo que debemos aceptar es que cuando la «Conciencia subjetiva» de la Biná de la Biná ya se encuentra operativa, no puede sino continuar aumentando sus niveles de consciencia. Los aumentos constantes de los niveles de Consciencia no son huidas de la realidad material (aceptación del cuerpo físico y sus instintos biológicos), sino que constituyen la característica esencial de la propia naturaleza de la Consciencia. Después de expresar los niveles inferiores de la materialidad, la Consciencia continúa su propia evolución ascendente. Esta elevación de los niveles de la conciencia humana ya no podrá ser frenada por la pulsión animal. Un adecuado reconocimiento de los instintos animales del ser humano podrá permitir la canalización de las energías inferiores (satisfechas en su nivel), operar sobre los niveles de conciencia superiores.

Gran parte del trabajo (fundamental labor) de la Psicología tradicional ha sido indudablemente el reconocimiento de lo «corporal» (los instintos biológicos).67 Sin embargo, ahora que ya estamos en proceso de reconocimiento de lo biológico instintivo (Nefesh) y de los niveles emocionales (Ruaj), tenemos que aceptar que la Consciencia no se quedará contemplando eternamente nuestra animalidad material.

La naturaleza de la Consciencia es su crecimiento permanente porque desea elevarse más allá de la existencia, ya que la aparición misma de la Consciencia (el descubrimiento de la Neshamá) hace que ella por su naturaleza tienda a su propio crecimiento. Por ese motivo, la Consciencia es en sí misma «Trascendencia» de la propia existencia. Y la Consciencia por su propia naturaleza continuará «autotrascendiéndose», y esto no nos llevará a la negación de lo corporal, sino a la integración de lo biológico-corporal (Nefesh) a los niveles más elevados de Consciencia alcanzados. La aceptación de lo corporal (Nefesh) no constituirá un reduccionismo de lo humano a lo animal, porque la Consciencia como escisión de la existencia desea mayor nivel de Consciencia.

El reconocimiento del Nefesh (en tanto alma animal-cuerpo físico) no implica que necesariamente debamos aceptar que el ser humano no posee otros niveles del alma. Porque no podemos hacer un reduccionismo corporal a lo instintivo de la estructura integral del ser humano. La aceptación de lo corporal/animal no implica necesariamente que debamos concentrar nuestra atención exclusivamente en este nivel del alma. La psicología del misticismo judío no puede negar (ni lo debe negar) el nivel corporal del alma (Nefesh).

Y si Keter está en Maljut y Maljut se encuentra en Keter, tanto lo biológico como lo cosmogónico en el fondo pertenecen a la misma realidad sustancial. Sin embargo, en medio de ambos (de Keter y Maljut) nos encontramos nosotros con nuestra Conciencia, y gracias a la aparición de la Conciencia (Neshamá) ahora percibimos el universo como «dual», porque la consciencia subjetiva es una escisión mental de la existencia.

Por ese motivo, si contemplamos detenidamente el Árbol de la Vida, podemos encontrar allí que comenzamos con Keter como unidad y concluimos con Yesod como unidad (antes de llegar a Maljut) y, en medio del camino, tenemos tres dualidades: la primera dualidad inferior o biológica, la segunda dualidad intermedia o emocional, y la tercera dualidad superior o intelectual.

La Consciencia, pues, opera sobre la dualidad porque en realidad su propia existencia es la creadora de dicha dualidad en el orden psicológico. La dualidad objetiva en el orden cosmogónico la creó el mismo Ein Sof cuando realizó su autocontracción (Tzimtzum).

Por ese motivo, decimos que nosotros somos el fiel reflejo de la dualidad objetiva Ein Sof/vacío (Imagen y Semejanza). Por lo que debemos aceptar que la primera dualidad se produjo mucho antes de la aparición de las almas dentro del Universo de Briá (la Creación), y que la dualidad originaria aparece en el contexto del Maasé Bereshit cuando el Ein Sof crea el vacío. Esta es la primera manifestación de la dualidad (aunque no la dualidad en sí misma). La dualidad interior dentro del Ein Sof se puede establecer cuando podemos diferenciar entre las diez dimensiones existentes en el interior del Ein Sof y que crean el Universo de Atzilut. Aunque si decimos que Atzilut (la Emanación) es coeterna al Ein Sof, entonces podríamos decir que existe una paradoja dentro del mismo Ein Sof, porque existen las Sefirot infinitamente consustanciales a la misma Eternidad e Infinitud del Ein Sof. Así que paradójicamente podríamos hablar de dualidad y, al mismo tiempo, de unidad esencial.

Retornando del Maasé Bereshit al Maasé Merkabá debemos decir que no podemos ser «Consciencia» sin comprendernos dentro de la dualidad, ya que la propia consciencia alteró la unidad de la existencia, por lo que podemos decir que la propia aparición de la consciencia subjetiva crea una visión dual inevitable. ¿Cómo podemos pensar como el Ein Sof sin un vacío que implique dualidad? Porque la Consciencia sabe que en realidad todo es consciencia al infinito fuera del vacío. Y es dentro del vacío donde se reveló la existencia, que, a su vez, aparece imaginariamente como consciencia subjetiva diferenciada de la consciencia general del Ein Sof. Cuando la manifestación del Ein Sof se produce dentro del vacío, entonces existe conciencia diferenciada del propio Ein Sof. Y es más, el Ein Sof al manifestarse dentro de un vacío puede ser percibido por su propia autoconciencia. El vacío entonces se transforma en el primer Kli (vasija de recepción) que nace a la existencia.

Descendamos a nuestro nivel animal (Nefesh) como proponía Freud, o subamos hacia el Ein Sof (Iejidá) operando la unificación con el Todo superior, parece ser que esto constituye la pérdida de la consciencia subjetiva antes de la aparición de la consciencia, es decir, el retorno al estado Alef. Sin embargo, esto es imposible en términos reales, porque la propia Consciencia nos sitúa en el marco de la existencia dual. La única forma aparente de una unificación real estaría dada por la disolución de toda subjetividad en el marco del Ein Sof (en otros términos, la desaparición del vacío).

La realidad en la que existimos a partir de la consciencia es la fragmentación, y dentro de esta fragmentación operamos con una dualidad inevitable con relación al marco existencial percibido por parte de nuestra consciencia subjetiva.

Por lo tanto, lo que ha creado una dicotomía entre lo superior con lo inferior es nuestra propia «Consciencia», que desea reintegrarse al Todo, pero que ya no puede reintegrarse a través del camino de la pérdida de la Conciencia, sino por un aumento constante hacia el infinito. No nos podemos unir al Todo por lo inferior de la naturaleza animal (Freud) ya que no tenemos más escapatoria que seguir ascendiendo en nuestros niveles de consciencia, escindiéndonos más y más de la existencia, hasta alcanzar el máximo grado de actualización material de nuestras potencialidades. El único camino es el ascenso mesiánico hacia el Ein Sof, porque esta es la naturaleza de la consciencia, su máxima ampliación.

A partir de la existencia de un Kli subjetivo debemos trabajar no solo para la ampliación de nuestra subjetividad, sino para la ampliación del Kli general cosmogónico. Si la Teshuvá (como concepto de perfectibilidad constante) representa la expansión de mi Kli subjetivo, el Tikun Olam representa la expansión del Kli general de todas las manifestaciones de las energías existentes dentro del vacío.

Aparentemente, el camino tendrá que ser el recorrido radical de la «dualidad» de la Conciencia/Existencia para llegar a una «Consciencia» divina, es decir, a la sensación de Keter.

El único modo de reintegrarme dentro del orden general cosmogónico sería mi propia desaparición subjetiva, siendo esto una imposibilidad real en el campo material. Sin embargo, la Consciencia subjetiva se resiste a dicha reintegración (la muerte física o energética) porque la Consciencia al ser consciente de la existencia desea continuar existiendo en términos subjetivos.

A partir de la existencia de la autorrevelación de la conciencia, no tenemos más alternativa que vivir dentro de la dualidad, porque la dualidad es producto de nuestra propia consciencia y de la duplicidad estructural objetiva entre el vacío/y el Ein Sof. Sin embargo, a pesar de que tenemos que existir constantemente dentro de una dualidad permanente, nuestra Conciencia puede operar dentro de la realidad con «Consciencia Alef»68 donde percibimos la realidad objetiva como si la consciencia no nos pondría en una posición dual. Los niveles más altos elevados de nuestra alma (Jaiá y Iejidá) pueden operar en las máximas unificaciones posibles en dirección al Ein Sof.

Porque sabemos que detrás de toda dualidad existe una esencia sustancial de sentido que une ambos polos de la dualidad, ¿qué significa realmente la consciencia Alef? Si percibimos detenidamente el símbolo de la letra Alef, podemos ver que en su interior existen dos letras Iod (una superior y otra inferior); por lo tanto, la Consciencia Alef es, por una parte, la consciencia de unidad y la simultánea aceptación de la dualidad potencial, por otra parte, porque si ya soy capaz de percibir la Alef, es que existe un mundo inferior (la Iod inferior de la letra Alef) que puede percibir el mundo superior (la Iod superior de la letra Alef).

Pero si Keter está en Maljut, se puede cometer el error de Spinoza de confundir a Dios con la Naturaleza, y… ¿por qué motivos Spinoza se equivocó aquí? Simplemente porque confundió a Keter con el Ein Sof. Si Keter es el vacío donde se manifiesta la totalidad divina, no es el Ein Sof en sí mismo. Lo que dijo en realidad Spinoza se deriva de la concepción mística judía donde la «Shejiná» se encuentra dentro de la realidad material. Spinoza confundió entonces la Shejiná (la manifestación del Ein Sof dentro de la materialidad) con el Ein Sof en cuanto una totalidad absoluta e infinita, y esto lo llevo directamente hacia el panteísmo. Porque, en realidad, cuando el misticismo judío hace referencia al concepto de «Shejiná» se encuentra en una posición claramente panteísta. Sin embargo, cuando advertimos que la Shejiná es una parte fragmentaria de la manifestación del Ein Sof dentro de la realidad material podemos comprender que el judaísmo no sea panteísta. De este modo, podemos decir que el misticismo judío redujo su concepción panteísta a la sefirá de Maljut.

Si Dios en la materia se encuentra representado por la Shejiná (el aspecto receptor femenino de la Divinidad), entonces Spinoza tenía razón cuando afirmó que «Dios es la Naturaleza»; sin embargo, dentro del misticismo judío sabemos que la Shejiná es la manifestación de Dios dentro de la Naturaleza, es decir, «Dios es y no es la Naturaleza».

El Ein Sof entonces se revela dentro de toda la manifestación del vacío, pero se encuentra más allá de dicho vacío. Ahora bien, si el concepto de «Naturaleza» de Spinoza abarcaría incluso a las energías cosmogónicas del Ein Sof, entonces estaríamos obligados a decir que Spinoza tenía razón. El interrogante es: ¿A qué denominaba Spinoza como la «Naturaleza»? ¿Al campo material dentro del vacío, o a la totalidad de las energías infinitas y eternas en el nivel del Ein Sof? Estos interrogantes quedan en suspenso en este trabajo que corresponde a un estudio filosófico futuro y que no se debe enmarcar en una obra de psicología.

16. Las Sefirot como los diez «arquetipos» objetivos de toda la realidad

«El Árbol de la Vida es un organigrama que armoniza nuestras tendencias y que busca equilibrar nuestras pulsiones y energías».

MARIO SATZ

Las fuerzas dimensionales arquetípicas de la Jojmá son las Sefirot. En realidad, las Sefirot (Dimensiones) son las raíces energéticas de todos los arquetipos. La Jojmá es la matriz arquetipal de todos los arquetipos del inconsciente colectivo. Por ese motivo, los cabalistas han establecido diversas figuras arquetípicas en cada una de las dimensiones (Sefirot), por ejemplo, en Maljut (La materialidad del Reino) establecieron como arquetipo al Rey David por su permanente vinculación con la guerra material y los instintos naturales; en la Yesod (la pulsión sexual y la relación con el entorno social) establecieron como arquetipo a Yosef (José) debido a que fue sexualmente tentado por una mujer egipcia y porque desarrolló su identidad dentro de la cultura egipcia y se mostraba exteriormente a los demás (en su nexo social) como un súbdito egipcio siendo en su interioridad de origen israelita. El arquetipo de la dimensión de Hod es Aron, el primer sacerdote, ya que Hod simboliza la «palabra», y Aron siendo hermano de Moisés era quien hablaba con el faraón y controlaba las palabras, mientras que el arquetipo de la dimensión de Netzaj (el lenguaje emocional) será Moisés porque será quien comunique sus sentimientos interiores, y exteriorice sus emociones (a pesar de ser muy malo para pronunciar las palabras, no como su hermano Aron). El arquetipo de la Tiferet es Jacob (o Israel) debido a que es el Yo en su autonomía. Jacob (el tercer patriarca) tenía una identidad heredada de su padre (Isaac) y de su abuelo (Abraham), sin embargo, aún no era él mismo, no había encontrado su propio Yo, y al encontrar su verdadera identidad interior independiente de su familia, es cuando logra su autonomía (estructura su identidad) y es de ese modo como Jacob se transforma en Israel. Por lo tanto, es interesante que el único arquetipo que se modifica es el de la Tiferet (el Yo emocional o el centro del Yo entre lo mental y lo instintivo); cuando Jacob se transforma en Israel, el mismo arquetipo que dependía de sus ancestros ahora pasa a tener una autonomía como sujeto, ahora Jacob no creerá en el Dios de sus padres, sino que su relación con el Ein Sof será directa, es decir, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se transformará en el Dios de Israel. El arquetipo que se corresponde con Guevurá (la Fortaleza o la disciplina) es el segundo patriarca, Isaac. Fue Isaac quien siendo consciente de que iba a ser llevado al sacrificio aceptó el mandato de su padre; Isaac conocía la consciencia de los límites, la severidad de Dios. La orden de Dios indudablemente no era misericordiosa, llevar al hijo a la muerte física, y es entonces cuando se establece la severidad de esta realidad, cuando aparece la misericordia de Dios (Jesed); y el Jesed será de Abraham, del primer patriarca. El arquetipo de la misericordia (Abraham) será quien siempre reciba a los ángeles en su campamento. Si seguimos subiendo por el Árbol de la Vida encontramos, como arquetipo de la Biná, a Javá (a Eva), porque es la mujer quien trae las almas al mundo, y quien trae, además del nacimiento, la posibilidad de la muerte física. La Biná que pertenece al mundo de la restricción nos otorga una existencia limitada en el tiempo. A Eva le debemos toda nuestra existencia, porque nos ha traído al mundo. Todo ser humano ha nacido de una mujer, así que el Entendimiento de la Biná nace con lo femenino, y con lo femenino nace la organización y nuestros límites mentales, y nuestros límites reales. El arquetipo de la Jojmá será Adam, el primer hombre, en calidad del arquetipo masculino, y su aparición será consecuencia de la contracción de la Biná.

La Jojmá (la Sabiduría) poseía el arquetipo del Adam andrógino cuando aún no existía la polaridad de la Bet. La sabiduría tiene relación con el mundo de la conciencia Alef, donde todo se unifica. El Adam original se encuentra completamente unificado hasta que le seccionan su lado femenino para construir la Biná. Originalmente, el Adam real unificaba los aspectos femeninos y masculinos, en realidad pertenecía más a Keter que a la Jojmá, porque la Jojmá se puede diferenciar en su arquetipo masculino a partir de la existencia de lo «femenino» de la Biná.

A partir de la construcción de la Biná arquetípica, Adam (la Jojmá) debe manifestarse en la realidad de la existencia siempre abrazando a Eva (la Biná). Y como dice el Zohar deben abrazarse en un «abrazo eterno». Es, pues, «sabio» quien unifica todas las cosas y puede percibir la realidad como la percibió Adam en su perspectiva andrógina. Y finalmente el arquetipo de Keter; allí donde no existe ningún arquetipo definido, en Keter nos encontramos con la sorpresa de que allí no hay arquetipos, y si no existen los arquetipos, ¿cuál es el arquetipo de Keter? Entonces, es en nuestro Keter psicológico donde tenemos que construir nuestro propio arquetipo; a partir de un equilibrio de todos los arquetipos de todas las dimensiones debemos construir el que nos pertenece. Solamente podemos decir que, a pesar de que en Keter no existen arquetipos debido a nuestra propia construcción autónoma, sin unificar los elementos masculinos con los femeninos no podremos acceder a construir un arquetipo en Keter.

17. Los Palacios en el universo de Yetzirá

«Nuestra tarea en este mundo es encontrar las energías esenciales detrás de la materialidad».

MARIO SABAN

La falta de coordinación entre el «Yo emocional» (el Ruaj) y el «Yo mental» (la Neshamá) no debe constituir el fundamento para anular una de las dos partes del «Yo». El punto de unión de ambos «Yo», entre el Yo mental de la Biná y el yo emocional interior de la Tiferet, es los Palacios. Y los Palacios son las siete diferentes percepciones mentales que tenemos de nuestras dimensiones inferiores. Lograr las mejores percepciones subjetivas de la realidad en cada dimensión es lo que se denomina como la mística de ascensión por los Palacios celestiales (Hejalot). Reiteramos que esto se produce por la psicologización que sufre la cábala cuando se abandonan las especulaciones cosmogónicas del Universo de Briá.

18. Las amenazas al Yo interior. El rol maestro-alumno

«Los pacientes deben experimentar sus introspecciones por sí mismos, en la vida cotidiana fuera de la consulta de su terapeuta».

CARL ROGERS (1902-1987)

El «Yo interior»69 es el «Yo» liberado de todos los condicionamientos70 (condicionamientos actuales, ya que no estamos haciendo referencia a los condicionamientos internalizados dentro de la educación infantil del sujeto, que son imposibles de ser retirados de la estructura del sujeto, porque no sabemos el nivel de profundidad que poseen dentro de la estructura).

Los condicionamientos internalizados ya son parte integrante del Yo general del sujeto y no existe forma alguna de conocer la línea divisoria con el «Yo original», que proviene de la raíz del alma, porque los condicionamientos internalizados operan absolutamente mezclados dentro del sujeto.

Es esencial dentro de la terapia tradicional trabajar los aspectos pertenecientes a los condicionamientos internalizados, pero desde la psicología del misticismo judío afirmamos que es imposible trazar una división tajante dentro de la psique entre los condicionamientos internalizados y la esencia de la raíz del alma. La esencia de la raíz del alma solamente la podemos percibir a través de un trabajo de interiorización profundo que le corresponde realizar a cada sujeto. Es la línea entre Tiferet y Keter en el Universo de Yetzirá.

Es más, creemos que el terapeuta que trabaja desde la psicología del misticismo judío (¿psico-cabalista?) no debe interferir como «amenaza», sino describiendo el Árbol de la Vida, de modo que cada sujeto realice su propio trabajo de introspección personal. Cada intervención del terapeuta tradicional constituye una amenaza y provoca un continuo trabajo de construcción de sistemas mentales defensivos en el sujeto.

Entre el terapeuta y el paciente se puede llegar a una situación determinada donde el paciente se resista a las aperturas que el terapeuta está realizando, y los que hemos sido «pacientes» sabemos las estrategias que tenemos para saltar estratégicamente las «amenazas» del terapeuta. La propia existencia de un terapeuta representa un problema amenazador en el orden del inconsciente, y que llega a ser consciente (después de muchos años) por parte de muchos pacientes. ¿Cómo, entonces, neutralizar la amenaza inconsciente o consciente que provoca la sola presencia del terapeuta?

Es más, para la cábala, la Psicología tradicional trabaja hace años reforzando los sistemas defensivos del sujeto. Podemos haber llegado a un punto muerto en relación a la población sana. Realmente, la Psicología tradicional ha avanzado en los casos patológicos (donde los desequilibrios de la estructura personal son evidentes), pero el «sano» justamente es quien tiene más herramientas disponibles para reducir las amenazas conscientes e inconscientes de la presencia del propio terapeuta.

En definitiva, el misticismo judío trabaja la psicología desde la pedagogía, porque el carácter «pedagógico» del cabalista destruye las potenciales amenazas que un terapeuta le puede producir al paciente; ya que cuando el paciente conoce los sistemas de análisis del terapeuta se establecen círculos viciosos donde se puede llegar a un punto muerto en el análisis. Y se produce entonces la paradoja que la Biná (el Entendimiento) se pone al servicio de la parálisis del ascenso de los niveles de consciencia. La Biná puede crear autojustificaciones bien elaboradas que permiten que el sujeto desarrolle estrategias de evasión de los métodos terapéuticos tradicionales. El centro tiferético del Yo se pregunta: ¿Por qué motivos tengo que desnudar los aspectos más privados de mi personalidad oculta? Es entonces, en ese momento, cuando la Biná comienza a trabajar al servicio de la protección de su Hijo (la Tiferet), y crea las herramientas de autojustificación necesarias para que la información interior del Yo no salga de su ámbito de privacidad.

El paciente conoce, entonces, el discurso y las estrategias de su propio terapeuta, y el «sano» ya se encuentra en un punto muerto. Si la terapia tradicional ha logrado que muchos desequilibrios profundos fueran corregidos, no ha logrado que el «sano» obtuviera mayores niveles de consciencia. El futuro de la Psicología se encuentra en un plan de mejoramiento constante de la población sana.

El terapeuta intenta (y logra) comprender los mecanismos del paciente, pero el paciente también comprende los mecanismos del terapeuta. Entonces, se produce un permanente cambio de roles, donde el paciente, conocedor de las estrategias de «intromisión» del terapeuta, puede neutralizar todo el proceso de autoconocimiento.71 La defensa del centro tiferético por parte de cada uno de nosotros representa una realidad objetiva.

El maestro que trabaja con las enseñanzas de la psicología del misticismo judío, al no operar de forma directa con el paciente (porque no existe un paciente, existe un alumno), se aleja de su rol amenazador, y el alumno se encuentra completamente solo proyectando su existencia dentro de los símbolos que son explicados en la pizarra. Y en silencio, el alumno encuentra sus desajustes interiores sin manifestarlos públicamente, ni al maestro ni a sus compañeros. Sin embargo, en la dinámica de grupos de cábala experimental que he tenido a lo largo de mis últimos años, he comprendido que toda pregunta de un alumno representa directa o indirectamente una preocupación subjetiva que puede permitir una respuesta, la cual, siendo aparentemente objetiva, incluya la propia posición del sujeto. Los interrogantes que aparecen como «objetivos» son siempre directa o indirectamente «subjetivos», y si el maestro logra percibir el grado de subjetividad implícita en el interrogante, puede responder del mismo modo supuestamente «objetivo» para ayudar a resolver el problema oculto de la subjetividad. Son elementos subjetivos que se disfrazan como objetivos no porque son esencialmente objetivos, sino porque protegen la máxima interioridad de la Tiferet del sujeto.

Sin embargo, el sujeto no se desnuda dentro de la clase, sino que mantiene su anonimato, incluso he llegado a oír «a un amigo mío, muy personal, le ha sucedido lo siguiente:…» (Y el amigo imaginario es él mismo). Y aunque el maestro logre comprender que tal amigo no existe, para no crear una amenaza, debe continuar trabajando en clase con dicho amigo imaginario. La proyección del problema en dicho «amigo imaginario» es clave para defender un centro tiferético que desea mantenerse oculto de la mirada exterior. Y la psicología del misticismo judío debe respetar dicha interioridad, porque probablemente el sujeto no está aún en condiciones de percibir la realidad subjetiva manifestándola de forma exterior; algunos aspectos de su interioridad tiferética quedarán siempre ocultos para la sociedad general, porque la clave no es la manifestación exterior social, sino la manifestación individual interior que el sujeto debe realizar de su propia interioridad. La conciencia subjetiva desea exteriormente proteger en la Yesod la imagen social del sujeto de las críticas del entorno, sin embargo, a pesar de esta energía yesódica, siempre opera en un nivel superior la energía tiferética donde el sujeto reconoce su interioridad máxima ajeno a toda posibilidad de exteriorización.

Lo que debemos lograr es que el alumno alcance un grado de honestidad radical interior que le permita trabajar de forma autónoma sus desequilibrios subjetivos. El Yo se defiende de toda amenaza a su interioridad y el misticismo judío respeta la máxima privacidad del sujeto; y al no producir una amenaza determinada libera al sujeto de sus energías psíquicas defensivas.

El maestro, al tratar los asuntos como cuestiones «objetivas» dentro del Árbol de la Vida y sus diferentes dimensiones, hace que el alumno pueda operar con unas herramientas simbólicas y conceptuales aptas para su propio desarrollo individual. Porque uno de los elementos fundamentales de la aplicación psicológica del misticismo judío es el carácter no intrusivo del maestro. El terapeuta deja de ser terapeuta para ser un Maestro (incluso el Maestro va modificando su rol y muchas veces no debe temer ser alumno, creando así un nivel relacional de igualdad con todos los sujetos).

No existe un principio de neutralidad con un terapeuta frente al paciente, porque dicha neutralidad es imposible en términos inconscientes. Por lo que la psicología del misticismo judío propone llevar a las más extremas consecuencias la neutralidad.

El terapeuta puede «auto-engañarse» de su supuesta neutralidad para seguir trabajando, pero es un autoengaño para sostener económicamente su trabajo profesional. El único principio de neutralidad posible que se puede alcanzar es cuando el terapeuta no representa realmente ninguna amenaza, y esto exclusivamente opera dentro de una clase abierta donde el alumno no se siente un «paciente».

El concepto de «paciente» se debe admitir para los casos estrictamente patológicos que requieran de las terapias tradicionales, pero como nosotros trabajamos con la población sana no debemos hacer referencia al concepto de «paciente» sino de alumno.

El rol de paciente debe encuadrarse exclusivamente para lo psicopatológico, pero para la población sana la relación debe ser estrictamente pedagógica. La pedagogía de la psicología del misticismo judío es la llave maestra que nos conducirá a un desarrollo elevado de los niveles de conciencia de los alumnos a partir de su propio crecimiento personal.

Todo paciente, a pesar de encontrar una comprensión terapéutica, puede percibir en el terapeuta un elemento de intromisión dentro de su psique (y no podemos llegar a percibir qué niveles de proyección puede tener el terapeuta sobre sus pacientes).

Al final, lo que se puede provocar es que el terapeuta libere al paciente de sus condicionamientos familiares o sociales para (sin intencionalidad) crear nuevos condicionamientos derivados de las proyecciones del propio terapeuta. Los niveles de manipulación de la psique por parte del terapeuta72 se pueden volver tan peligrosos como los niveles de manipulación religiosos, sociales o ideológicos. Y tenemos que advertir que esto puede suceder sin ningún tipo de intencionalidad por parte del terapeuta.

Si la terapia se transforma en un elemento de dependencia del paciente, entonces hemos modificado la situación de dependencia hacia la figura del terapeuta. El principal problema es que el nivel de manipulación del terapeuta se fundamenta sobre la liberación del sujeto y su independencia. La verdadera liberación de la raíz del alma se produce cuando el Yo, por su propio esfuerzo, trabaja para liberarse del penúltimo manipulador, su propio terapeuta, porque debe intentar superar al último manipulador real que es su propio Yo mental y sus mecanismos de autojustificación racional. Este es el último obstáculo real para un crecimiento indefinido en los niveles de conciencia.

Ahora bien, si el terapeuta desea aplicar los conocimientos derivados de la psicología del misticismo judío, entonces debe lograr que los mecanismos de autoconocimiento sean de tal grado que el sujeto pueda lograr la «honestidad radical» de su raíz del alma. El Yo entonces debe reconocer su esencia en su interioridad. La cábala aplicada a la psicología propone la búsqueda de la máxima interiorización del Yo, o lo que podemos denominar el proceso por el cual el sujeto hace de la Tiferet el centro de identidad. Lo que la psicología del misticismo judío tiene que lograr es que el sujeto pueda operar con mecanismos de crecimiento constante en su interioridad, y no solamente lograr su autonomía.

Dentro del Árbol de la Vida es el centro tiferético73 donde se encuentra nuestra autopercepción no comunicable.74 Los cabalistas (por ejemplo, Najmán de Bratslav) dicen que cada uno muere con su propia verdad y que es imposible comunicar este nivel de verdad interior. El problema no es la comunicación de dicha verdad interior, el problema es conocer la esencia de la raíz del alma, y cuando alcanzamos dicho conocimiento, nos liberamos de todos los condicionamientos existentes.

19. El Yo interior

«Uno debe recluirse a sí mismo dentro de sus pensamientos hasta el máximo grado posible».

RABÍ JAIM VITAL

El Yo no le debe temer al reconocimiento de la identidad de la raíz del alma, al contrario, la raíz del alma en su máxima profundidad aniquila un Yo que cree imaginariamente (al existir en el mundo inferior de la Bet) ser un Yo real. El Yo es un producto del orden espacio-temporal y, por lo tanto, una ilusión si la percibimos desde el mundo superior, y es real dentro de las variables del mundo inferior. En cambio, cuando el Yo aniquila «las imágenes del Yo», entonces se dirige al núcleo real del Yo que es la esencia de la raíz del alma y allí encuentra el sentido de su existencia, porque el Yo no tiene respuestas al sentido de la existencia. La única respuesta a este sentido se encuentra en la comprensión del centro tiferético.

La única verdad es la que sentimos nosotros dentro de nosotros mismos, no existe otra verdad, y este nivel de verdad interior no es necesario comunicarlo. Ser consciente de nuestros niveles ocultos en el inconsciente no necesariamente implica su verbalización. Es lo que denominamos, dentro de la cábala, nuestra realidad interior tiferética. Esta verdad interior es incomunicable a los otros. Esta es la verdad de mi Yo que muere conmigo.75 Solo «Yo» llego a conocer las oscuridades y luces de mi Yo.

Y si bien no podemos obligar al Yo a una exteriorización social de su totalidad identitaria, podemos liberar al Yo de toda obligación de exteriorización que provoque el máximo grado de autoconocimiento interior.

Al anular la amenaza a la exteriorización social (incluso con el terapeuta), el Yo se encuentra liberado absolutamente de todos los condicionamientos exteriores; sin embargo, nos preguntamos: ¿Cuántos condicionamientos exteriores se encuentran ya internalizados en la interioridad del Yo y provocan la continuidad de los condicionamientos? Entonces ingresamos en la última etapa de liberación del Yo, y es la liberación de las imágenes subjetivas construidas por el Yo a través de su propia historia. Debemos, pues, operar desde la Biná psicológica para percibir nuestro centro tiferético, y es entonces cuando ingresamos a la Merkabá.

Aunque yo intente comunicar todo mi Yo, jamás lo puedo comunicar al exterior. El trabajo más importante para conocer en profundidad dicho Yo interior lo tiene que realizar el núcleo más profundo del Yo mental (la Merkabá). Y para que la Merkabá funcione debemos esforzarnos en tres niveles simultáneos. En el primer nivel debemos extraer toda la información que se encuentra en la Jojmá de la Biná (inconsciente subjetivo) y llevarlo a la consciencia (la Biná de la Biná); en el segundo nivel debemos extraer toda la información energética superior de la Jojmá y bajarla a través del Keter de la Biná para llevarla a la subjetividad de nuestra Merkabá; finalmente, el tercer nivel, el más profundo y el más difícil, y allí donde justamente la psicología del misticismo judío supera a la psicología tradicional de cualquier escuela, es el del reconocimiento de las energías cosmogónicas (no las energías metafísicas de los arquetipos junguianos),76 sino las energías reales físicas de la realidad universal (el conocimiento profundo del Maasé Bereshit).

En este tercer nivel, la Psicología ya no puede avanzar porque aquí nos encontramos con las ciencias físicas y matemáticas. En el nivel superior al conocimiento de la psicología debemos operar dentro de la física y la química, porque comprenderemos que los elementos constitutivos cosmogónicos son los factores de construcción de la psique.

A medida que exista un conocimiento científico exterior a la psique, entonces estaremos operando en este tercer nivel que supera el reduccionismo psicológico a la psique individual y entiende que la estructura subjetiva está basada en las estructuras generales macro del diseño universal. Este es el nivel del Sod de la cábala.

La esencia de mi Yo quedará siempre para mi Yo, así como la esencia del Ein Sof quedará siempre para sí mismo. El Yo, pues, conoce su propia condición en su máxima soledad. El Yo está solo consigo mismo, y todo lo que los «otros» pueden hacer es percibir perspectivas de mi Yo, así como todos nosotros podemos percibir perspectivas del Ein Sof de acuerdo con nuestra propia naturaleza y de acuerdo con nuestra posición en el espacio-tiempo. Este es el modelo de funcionamiento básico del Daat (el Conocimiento). Cualquier dogmatismo (o posición fija dentro de cualquier estructura o sistema de pensamiento) paraliza el desarrollo del Daat.

Si hasta ahora la Psicología tradicional se había movido en el campo del Daat inferior hacia el centro de la psique subjetiva, ahora la psicología del misticismo judío se deberá mover hacia la integración de la psique subjetiva con el sistema general cosmogónico, comprendiendo las equivalencias energéticas entre el Yo y el No-Yo (la totalidad fuera del Yo) porque tanto mi Yo como el No-Yo se encuentran participando de la misma realidad natural del Todo manifestado. En realidad, la posición mental del No-Yo es un estado más avanzado de conciencia del mismo Yo, ya que la psique debe reconocer que es una estructura relacionada con la totalidad exterior a dicha estructura.

Comprender, como hasta ahora, la psique como un ente fuera e independiente del sistema general nos trae graves consecuencias para una comprensión real de esta, como un producto de la propia naturaleza. El interrogante debe partir de la siguiente pregunta: ¿Cuáles son los motivos de orden cosmogónico para que la psique sea como sea? En realidad, la psique es una consecuencia del orden cosmogónico, y todos los niveles de ascenso de la consciencia de la psique son manifestaciones de la autocomprensión del «Cosmos», por lo tanto, podemos decir que el Ein Sof se manifiesta dentro del vacío de forma fragmentaria porque no tiene otro modo de manifestarse; pero cuando dicho fragmento dentro del vacío alcanza un nivel de autoconsciencia, entonces el Ein Sof adquiere consciencia de existencia porque ya dentro de sí mismo poseía consciencia en el orden de la esencia, y ahora el fragmento finito revela de forma fragmentaria la consciencia general del Ein Sof.

La esencia es el orden que se corresponde al Ein Sof dentro de su infinitud; en cambio, la existencia es el orden que le corresponde al Ein Sof cuando se divide en la multiplicidad de manifestaciones fragmentarias dentro del vacío.77

Sin embargo, y he aquí la paradoja, para que la identidad fragmentaria de cada fragmento finito se pueda sostener, se tiene que reprimir78 la sustancia del Ein Sof dentro de nuestra materialidad porque entonces no podríamos percibir una identidad fragmentaria. La conciencia del alma (Neshamá) existe cuando el «Yo» se desvincula de la realidad general fragmentándose y asumiendo mentalmente esta fragmentación. Y así cuando algo carece de un nivel elevado de Conciencia es parte del «Todo» por la materialidad; lo transpersonal es parte del «Todo» justamente por la elevación máxima de nuestro nivel de conciencia. No existe entonces una regresión a la naturaleza por la pérdida de la Conciencia, sino que, de forma inversa, se produce una sensación de Totalidad y unificación a través del aumento de todo el potencial de los niveles más altos del alma. Por lo tanto, no existe una disolución del Nefesh dentro del campo material, sino una conexión de la Neshamá con el nivel de la Jaiá dentro del campo energético más elevado.

Y a medida que extraemos la sustancia divina (consciencia de existencia) de nuestra interioridad se produce una menor preocupación y desgaste de energía psíquica, desgaste que es una consecuencia directa del sostén de la identidad fragmentaria, porque se comprende que la identidad fragmentaria es una ilusión necesaria para que el Ein Sof se pueda manifestar en el mundo de las fragmentaciones finitas.

Si liberamos la energía psíquica con la cual operamos para defender nuestra identidad fragmentaria tomando consciencia de la totalidad de la consciencia universal dentro de la manifestación, ahorramos energías psíquicas para crecer en el orden de la consciencia general, y no en el orden de la defensa egoica en el plano de la fragmentación. Lamentablemente, se desgasta una gran cantidad de energía psíquica en la defensa del nivel egoico.

Existe, pues, una manifestación sefirótica divina dentro de la realidad macrocósmica eterna, y dentro de la realidad subjetiva microcósmica (que se manifiesta tanto dentro del orden espacio-temporal como en el orden de la Eternidad) ¿Por qué el Yo nunca debe renunciar al No-Yo? Y ¿por qué el No-Yo no puede ser sostenido por el Yo de forma permanente? Este es uno de los grandes secretos de la cábala, y que podemos aplicar a la psicología.79

Es probable que cuando alcancemos la sensación de acercarnos a esa «verdad interior» se encuentre el Yo interior (la esencia de la raíz del alma). La verdad de uno muere con uno mismo, y no existe forma alguna de comunicarla al exterior, esto ya lo enseñó el sabio cabalista Najmán de Bratslav. Para los antiguos cabalistas, todas las estrategias para buscar y encontrar ese «Yo interior» se denominan con el nombre de «Maasé Merkabá». Este trabajo es completamente subjetivo.80 No hay forma de acceder a la Merkabá sino a través del ascenso de mi Yo o, mejor dicho, del cambio de percepción de mi Yo. Y la principal modificación de dicha percepción es la autopercepción. La percepción de mi Merkabá interior no se encuentra sujeta a las percepciones exteriores, sino a mis propias percepciones, como saber si mi Yo que asciende a la Merkabá es el propio Yo a través de su autoconocimiento profundo.

Por lo tanto, no es posible acceder a una comprensión del ascenso a través de las comparaciones del mundo inferior (mundo de la Bet). Al contrario, todas las comparaciones de mi Yo, en realidad, lo que manifiestan es el bajo nivel de mi Yo. La única forma de saber si mi Yo se encuentra operativo en el mundo superior (Alef) es la de percibir que estoy trabajando en el proceso de extracción de todas mis potencialidades interiores (a pesar de todos los obstáculos exteriores e interiores); por el contrario, entre los cabalistas sabemos que todos los obstáculos están diseñados con el objetivo específico de extraer todas las potencialidades. La heroicidad real del ser humano, y de todas las formas de existencia, es la de elevarse mesiánicamente sobre los niveles inferiores en dirección al Ein Sof. La mayor grandeza del ser humano es su potencia de perfectibilidad constante a pesar de sí mismo (porque para el judaísmo con ese objetivo hemos sido creados). En realidad, el problema se encuentra en confundir los límites de nuestra propia capacidad de percepción de la realidad con los límites verdaderos de la realidad misma.

El nivel de autosuperación constante que posee el judaísmo constituye la verdadera potencia espiritual que hace que todo ser humano alcance la felicidad dentro de su existencia fragmentaria. Cuando uno percibe que en el máximo sufrimiento, en la máxima oscuridad, Israel81 extrae la luz del Ein Sof, contra esto no se puede luchar, porque la energía de la luz que proviene del Ein Sof siempre es (y será) superior a la oscuridad. La oscuridad simplemente está diseñada para que podamos captar limitadamente la luz del Ein Sof, ya que no existe otra función para la existencia de la oscuridad.

Existir en conexión permanente con la esencia (la comprensión de la magnitud del Ein Sof) es lo que hace que realmente podamos alcanzar la felicidad, porque alcanzamos una felicidad desvinculada del mundo inferior, como estudiaremos en detalle a lo largo de este trabajo.

Para comprender la «Merkabá» debemos tener un dominio excelente del Árbol de la Vida (Etz Ha Jaim) y sus diferentes dimensiones, y la secuencia de la aparición de los diferentes universos concatenados. No se puede comprender el Maasé Merkabá sin comprender profundamente el Maasé Bereshit. Necesitamos comprender las manifestaciones del Ein Sof, y cuál fue la forma en que se creó este vacío, así como conocer profundamente el despliegue de las diferentes dimensiones para poder lograr comprender el misterio de la Merkabá. Todos estos asuntos los he desarrollado en mi segunda tesis doctoral en Antropología.82

¿Es posible liberar al Yo de todos sus condicionamientos? ¿No son los condicionamientos exteriores y los genéticos interiores los que provocan que seamos como somos? Suponiendo que nuestro «Yo» se encuentra completamente «condicionado» y que ya no tenemos forma alguna de extraer de nuestro ser todos los condicionamientos acumulados, entonces: ¿Cuál es la forma de transformarnos a partir de lo que tenemos? ¿Somos lo que somos o somos lo que hacemos con lo que somos? Nosotros no somos los que somos, somos en realidad lo que hacemos con lo que somos. Llevar toda la potencialidad a la realización es el mayor acto espiritual, porque espiritualizamos la materialidad al extraer la luz interior debajo de la materialidad en la que existimos. No podemos sostener una espiritualidad desvinculada de la materialidad.

¿Es nuestro Yo producto absoluto de los condicionamientos o podemos encontrar un Yo liberado de dichos condicionamientos? No podremos liberarnos jamás de los condicionamientos estructurales que se encuentran internalizados dentro de nuestro Yo, porque indudablemente ya se confunden estos condicionamientos con la esencia. Es más, cuando hacemos referencia a la raíz del alma, estamos diciendo que nuestra raíz está absolutamente predeterminada. Ahora bien, mi libre albedrío se encuentra en el nivel de esfuerzo que voy a desarrollar para extraer la luz de la raíz de mi alma. Cuando busco y encuentro mi máxima interioridad de la raíz del alma, encuentro el fragmento del Ein Sof dentro de mi ser.

En definitiva, podríamos decir que la estructura del ejercicio de nuestro propio libre albedrío está determinada por nuestras primeras influencias infantiles. Sin embargo, para los cabalistas existe una información que proviene de nuestra alma, más allá de nuestra existencia física actual. Jung denominaba a esta información como «el inconsciente colectivo». En realidad, la cábala supera dicho concepto junguiano en la medida que considera las «Sefirot» (Dimensiones) como las estructuras básicas de toda la manifestación y de todo lo oculto no revelado. En realidad, el concepto de las Sefirot tendría relación con las «raíces arquetípicas».

Entonces, existe para la cábala un Yo que tiene información de existencias físicas pasadas y que sabe cuál es su identidad más allá de todos los condicionamientos infantiles. Esta es la Merkabá, el Keter de la Biná cosmogónica, el sitio santo donde nacieron las almas a la existencia. Y aunque pueda mentalmente (a través de la comprensión del Maasé Bereshit) acceder a un tiempo fuera de nuestro orden espacio-temporal, mi nacimiento subjetivo como «alma» (fragmento del Ein Sof) se encuentra dentro de este espacio vacío.

Como el «alma» ha sido creada dentro del Universo de Briá (la Creación), entonces debemos advertir que el alma se encuentra dentro del orden espacio-temporal.

Sin embargo, nosotros (cada una de las manifestaciones fragmentarias conscientes de existencia dentro del vacío) materializamos la información que existe oculta en el Ein Sof. Si el alma está capacitada para acceder a la información oculta en el Universo de Atzilut, podemos percibir la «Eternidad» a pesar de encontrarnos dentro del espacio-tiempo.83

Por lo tanto, cada vez que comprendamos mejor el sistema general del Cosmos (el vacío donde se manifiesta el Ein Sof) llegaremos a comprender con mayor precisión el sistema fragmentario de nuestra existencia psíquica, y, por otra parte, a medida que logremos avanzar en la comprensión de nuestra psique, mejor comprenderemos el Ein Sof.

Siendo nosotros «imagen y semejanza», somos la información externa materializada dentro del vacío, proveniente de un nivel de información oculta dentro de la esencia del Ein Sof.

Nosotros no necesitamos «revelar» a Dios, porque nuestra existencia en sí misma es una revelación fragmentaria de la Divinidad. Por lo tanto, cada vez que la psicología del misticismo judío trabaja en el análisis de la psique, en realidad está realizando un verdadero trabajo teológico, el único trabajo teológico posible, que es el de comprender el funcionamiento de la psique en relación al sistema general cosmogónico; porque es la «consciencia subjetiva» la única que puede comprender la existencia de la «consciencia objetiva». Dentro de la fragmentación siempre seremos consciencias subjetivas, pero sabemos que en realidad para conocer esencialmente la realidad debemos «pensar» fuera de nuestro punto subjetivo. Si la consciencia de existencia se ha revelado en nosotros, se puede continuar revelando eternamente dentro del sistema general, y dicha consciencia constituye la revelación del Ein Sof (Dios) en la realidad material.

El Ein Sof no necesita de nuestra especie para continuar revelándose. La revelación de la consciencia objetiva que ahora se revela fragmentariamente en nuestra subjetividad continuará revelándose más allá de nuestra historia. La consciencia del Ein Sof es eterna (atemporal) e infinita (sin espacio) y puede revelarse en todas las magnitudes imaginables.

Si tomamos en consideración lo anteriormente expuesto, el misticismo judío de la Merkabá propone que el ser humano (nuestro Yo) tiene la posibilidad de modificar la percepción de dichos condicionamientos externos a través del ejercicio del libre albedrío. Y el primer condicionamiento es la propia subjetividad, la propia posición del sujeto dentro del espacio-tiempo, y desde una posición fija. ¿Somos realmente libres si percibimos la realidad desde un punto fijo? Realmente, la libertad se ejerce en la medida en que podemos desvincularnos de nuestro propio centro subjetivo.

Pero conocemos un secreto, y es que el libre albedrío lo que busca en realidad es la conexión con la esencia del alma; por lo tanto, la naturaleza de nuestra alma se encuentra predeterminada por completo, y todo el trabajo de nuestra existencia es utilizar el libre albedrío para liberar la esencia del alma de todos los condicionamientos históricos que sufre. Todas las causas de los desequilibrios interiores provienen de la guerra interior entre el alma que conoce interiormente su propia naturaleza frente a los condicionamientos que sufrió el Yo en todos los niveles.

La psicología del misticismo judío desea hacer «conscientes» los condicionamientos culturales (Yesod), los condicionamientos instintivos (Maljut), pero sobre todo los condicionamientos subjetivos (Tiferet), porque al centrar al sujeto en su propia subjetividad este pierde contacto con la realidad y solamente proyecta su Yo en la realidad misma.

Si le extrajésemos al Yo todos los condicionamientos sociales, nos quedaríamos realmente con el «Ello» freudiano o, como decimos en la cábala, con el alma animal (Nefesh). Sin embargo, ya no existe forma de dividir el «Ello» y el «Yo» freudianos, porque ahora operamos sobre un Yo integral. La interrelación entre el Ello y el Yo freudianos se encuentra tan consolidada en una única unidad que podemos perder los límites exactos entre ambos campos, ya que lo ideal es integrar los diferentes niveles del alma. Y este es el verdadero trabajo de la psicología del misticismo judío, el trabajo de integración de todos los fragmentos del Yo. Y si consideramos que cada Sefirá en sí misma debe ser considerada una dimensión en particular, entonces debemos integrar todas las dimensiones en una estructura única. La estructura única (oculta) que se encuentra detrás del Árbol de la Vida es el verdadero «Yo». Es quien decide en qué dimensión debemos operar y en qué grado energético. Por ese motivo, debemos aprender la potencia energética de cada dimensión en particular para saber cómo debemos operar en cada una de ellas.

20. La Biná y la Jojmá en el Universo de Yetzirá

«En cada hombre hay algo precioso que no se encuentra en otro hombre».

RABÍ PINJAS DE KORETZ

Todas las conceptualizaciones que realizamos en realidad son para comprender desde nuestra Biná la realidad del Yo, pero el Yo está completamente fundido en una estructura única integral (no integrada), y como no se encuentra integrada en la psique he ahí el problema, porque lo que debe unir al alma en todos sus niveles es su propia raíz (la Merkabá o núcleo duro de la Biná). ¿Cómo decimos que, por una parte, se encuentra integrada y, al mismo tiempo, decimos que no se encuentra integrada?

Porque la psique trabaja desde la Biná desintegrando las partes para comprender la realidad, y la realidad opera desde una unidad consolidada, por lo que, nos encontramos ante el problema de trabajar fragmentariamente sobre un sistema integrado, y no queremos trabajar de forma integrada porque sabemos que, como cada fragmento conduce automáticamente a otro, la Biná no quiere avanzar más porque pretende comprender de modo autónomo el fragmento que mentalmente ha dividido, de manera que toda división o fragmentación de la realidad le otorga a la psique la ilusión de un control de la realidad, pero no le otorga un conocimiento integral del sistema integrado.

Porque dada la complejidad de la realidad, nuestra Biná (el Entendimiento) no podría soportar un pensamiento donde todas las relaciones existentes entre las partes aparezcan automáticamente dentro de nuestra mente.

La Biná se resiste a comprender la realidad en su totalidad, porque trabaja sobre cada idea de forma fragmentaria, y si bien puede establecer relaciones de dicho fragmento con el resto de la realidad, la Biná es consciente de sus límites a la hora de establecer una relación de dicho fragmento con la totalidad de la realidad. Siendo imposible comprender un «fragmento» en relación a todos los otros fragmentos existentes en la realidad, la Biná nos otorga una seguridad ilusoria al comprender cada fragmento de modo entrópico. Cualquier disolución de los límites de dicho fragmento dentro de la realidad general cosmogónica da como resultado la ineficacia de los sistemas de seguridad mental que nos otorga la Biná. Siendo (por ahora) imposible percibir la interacción de todos los fragmentos entre sí en el marco de una totalidad relacional, la Biná es consciente de su propia insuficiencia a la hora de percibir la realidad si no es de modo entrópico. Estas diferencias de percepción psicológicas entre el funcionamiento de la Biná y la Jojmá del Universo de Yetzirá fueron explicadas magistralmente por el sabio cabalista Ione Szalay (1966-2014) en una de sus obras:84

«El Árbol enseña a distinguir. Distinguir no es solo separar: es saber cómo las cosas se expresan con matices, pero a partir de una unidad. El kabalista distingue para después unificar; pero unificar, desde un lugar verdadero, no es mezclar.

»Uno puede tener mayor propensión a la Biná, y por ende, ser más racionalista, más tradicionalista o disciplinado, y otro puede inclinarse más hacia la Jojmá, esto es, ser más intuitivo, menos formal. Estas son tendencias del intelecto, que resultan necesarias para que las almas se encuentren con el destino o Karma; de lo contrario, no existiría la evolución. Si uno no tuviese que aprender, ¿para qué encarnaría, pues? Se reencarna porque el alma, en su camino, tiene alguna tendencia en particular y otra no resuelta; entonces busca la unidad. La Kabala, precisamente, enseña a reconocer la tendencia básica que uno tiene para después unificarla con la otra. En otras palabras, el aprendizaje del Árbol de la Vida es el aprendizaje de la unidad, de la integración de las fuerzas de tal manera que uno llega a constituirse como un árbol: el árbol es el ser humano; tiene un tronco; y así como las raíces están conectadas a la tierra, nuestros pies también caminan sobre ella, mientras nuestros brazos buscan el cielo.

»Los kabalistas dicen que Keter es la esfera más evolucionada, la más unificada, la más cercana a lo divino. Se la podría comparar con la savia de un árbol, que lo recorre todo, que se encuentra en todo, desde las raíces hasta el fruto y la semilla. Análogamente, el espíritu no está solo en la cabeza, sino también en el pie. Los pies tienen conciencia y uno puede percibir a través de ellos o de sus manos, o a través de todo su cuerpo.

»En resumen, hay una unidad dinámica y el kabalista se sirve de la distinción para llegar a esa unidad. Biná es la distinción, el pensamiento que distingue las cosas, y Jojmá es la unidad, pero siempre van a estar relacionadas, porque si uno percibe, solo la unidad absoluta no puede comunicarse, no puede compartir con el otro, no puede distinguir. Un loco tampoco puede distinguir. Necesitamos distinguir. Necesitamos la razón; no hay, pues, que despreciarla: hacerlo es un gran error.

»Un kabalista decía que hay dos formas de locura: una es perder la razón,85 y la otra es quedarse solamente con la razón.86 Ninguna de estas dos cosas, por separado, sirve; lo que hay que lograr es, como dice la Kabala, una fe razonada, esto es, unir dos cosas, la fe y la razón, en un corazón inteligente. Este es el objetivo del kabalista. Y está representado en el Árbol, a nivel humano, por la interacción de Biná y Jojmá. Cuando ambas columnas se integran armónicamente se revela la esfera de Keter y se produce la gran coronación de nuestra vida».

La psicología, por lo tanto, como todas las disciplinas ha optado por el camino entrópico que otorga seguridad al análisis interior de la psique. La psicología del misticismo judío propone elevarnos de los marcos limitativos entrópicos de la psicología tradicional, para operar sobre magnitudes energéticas superiores en marcos relacionales de la psique con su entorno general.

Sin embargo, cuando operamos desde la Jojmá (la Sabiduría) realizamos el esfuerzo consciente de unificar la realidad comprendiendo (o intentando imaginar) las interconexiones de los diversos fragmentos dentro de una realidad unificada. Cuando uno opera desde la Jojmá psicológica (en el Universo de Yetzirá) está trabajando con un tipo de simbolización que permite comprender las partes como fragmentos de un «Todo integrado». Y justamente el «Yo» es el «Todo integrado» en los universos inferiores. Si somos conscientes de que existe un Árbol de la Vida completo dentro de nuestra estructura, debemos posicionarnos desde fuera de nuestro propio Árbol de la Vida para realmente percibir todas las dimensiones y sus conexiones.

El problema de percibir realmente el sistema como «integrado» es el de conocer las relaciones de los fragmentos, y es justamente aquí donde nos encontramos perdidos dentro de la Biná, debido a que la Biná se concentra y focaliza sobre un fragmento específico de la realidad, y no logra percibir sus relaciones. El problema es más profundo ya que todo «fragmento» se encuentra automáticamente relacionado con el conjunto como un Todo integrado. El problema adicional es que trabajando sobre las «relaciones» del fragmento con los otros fragmentos, la Biná pueda verse desbordada y descontrolada por la cantidad de información que debe relacionar, ya que todas las relaciones de influencia lo son al infinito, y cada vez que algo se mueve provoca automáticamente un movimiento general en el orden cosmogónico, y lo que es más, existen movimientos de todos los fragmentos de forma simultánea, por lo que el funcionamiento de los fragmentos se puede comprender exclusivamente por los niveles de influencia del resto de los fragmentos.

Nuestra Biná (el Entendimiento) puede enloquecer intentando demostrar las influencias de cada fragmento sobre la totalidad del sistema de fragmentación. Como nuestra Biná no puede operar en este complejo nivel relacional, entonces opera situándose dentro de unos dogmas determinados para no perderse dentro de la realidad.

Sin embargo, el sistema de unificaciones constantes que se opera desde la Jojmá es el que puede percibir desde «arriba» las conexiones entre los fragmentos. Como sería un trabajo arduo operar la comprensión de las relaciones fragmentarias desde la Biná, entonces operamos desde arriba, situándonos dentro de las variables más altas de comprensión física.

Siendo las Sefirot las primeras realidades objetivas fragmentadas, entonces podemos decir que todas las fragmentaciones menores se pueden siempre agrupar dentro del símbolo del Árbol de la Vida.

Para comprender nuestro Árbol de la Vida subjetivo (nuestra estructura integral del Yo), debemos situarnos desde el universo superior a Yetzirá, es decir, debemos comprender la realidad desde el Universo de Briá, y sin embargo allí el Árbol de la Vida objetivo opera aún con las variables de tiempo y espacio que condicionan la percepción de la realidad. Entonces subimos más arriba del Universo de la Briá, y nos situamos en el Árbol de la Vida del Universo de Atzilut donde solo existen las puras simbolizaciones de toda la estructura objetiva.

El máximo esfuerzo posible debería ser captar algún destello de la visión objetiva del Ein Sof fuera del vacío. Entonces, para comprender realmente la «psique» (Merkabá) en su máxima interioridad, debemos captar la estructura general del universo (Maasé Bereshit), porque nuestra psique es la conciencia de la existencia producto de las energías provenientes del Ein Sof.

La cábala entiende que el sistema que se manifiesta constituye una integración de sus componentes, es más, visto desde el orden cosmogónico no existen componentes independientes, sino un único sistema integrado.87 La única forma de comprender la realidad (desde la consciencia Alef) es trabajando en la integración constante de la realidad, y este trabajo amenaza directamente el funcionamiento de la psique tal como se viene trabajando hasta ahora, porque la psique divide para comprender,88 y toda división genera automáticamente incomprensión del sistema general que opera como un «Todo integrado». Se podría objetar a este trabajo de unificación constante que es un «imposible» dada la dualidad permanente que vivimos por la escisión de la consciencia y la existencia, sin embargo, para los cabalistas esta dualidad estructural en la que vivimos no debe representar un obstáculo para acceder a los niveles más elevados de la consciencia. Porque el camino de la consciencia subjetiva es infinito. Siendo la consciencia un producto de la misma existencia, la dualidad existencial no es real en términos de la consciencia Alef. En realidad, cuando ya establecemos el objeto de la paradoja, la misma paradoja ha sido resuelta. Las paradojas juegan en el campo de los extremos conceptuales, sin embargo, sabemos que los extremos conceptuales se disuelven cuando encontramos la misma raíz que los sustenta.

Por eso, solamente percibiendo el universo (y la psique dentro de este) como un todo integrado realmente podemos comprender todo el orden manifestado dentro de esta realidad. Realizar el esfuerzo desde la Biná es casi imposible (aunque algún día se pueda llegar con gran esfuerzo a la comprensión racional de las interconexiones generales de todos los fragmentos). El esfuerzo lo debemos realizar en el orden de la Jojmá psicológica operando las Sefirot como raíces arquetipales donde podemos unificar por «arriba» la realidad fragmentaria general.

21. Las posibilidades del Yo interior

«No todo ser humano tiene el privilegio de reconocer su lugar específico en el Universo».

RABÍ MOSHE CORDOVERO

No somos exclusivamente Nefesh, sino que el «Ruaj» es nuestro Yo interior que se crea a partir de las influencias culturales. Sin embargo, el trabajo de liberación interior real se debe producir en la Biná donde se encuentra nuestro nivel intelectual (la Neshamá).

No nos liberamos de los condicionamientos externos, sino que evaluamos integralmente nuestro Yo (como la unión de la esencia y los condicionamientos).

Lo que decimos cuando expresa que nuestro Yo se quiere liberar de los condicionamientos externos expresamos una idealización porque esto constituye un trabajo imposible; porque todos los condicionamientos externos incorporados a mi Yo son expresables subjetivamente como partes de mi propia identidad incorporados dentro de mi proceso de crecimiento. El «Yo» absolutamente esencial se vuelve imposible de captar dentro de una definición conceptual, pero si podemos captar el «Yo» que se oculta89 detrás de todo el sistema simbólico del Árbol de la Vida. Este «Yo» es el que coordina las diversas dimensiones (Sefirot) de la estructura.

El Yo actualizado es lo que se produce dentro de la Biná, donde se modifican constantemente nuestras autopercepciones. El acceso a estas profundidades se corresponde con el Maasé Merkabá. Sin embargo, la consciencia «Merkabá» es aquella que se desarrolla en primer lugar dentro de la Biná psicológica, pero que, luego, debe necesariamente desdoblarse de todo el Universo de Yetzirá, para alcanzar la Biná cosmogónica (raíz de las almas) porque es a partir de un nivel superior a nuestra subjetividad donde realmente podremos comprender todos los fragmentos interiores de nuestro Yo. Las dimensiones psicológicas del universo yetzirático se deben comprender desde un nivel superior, y dicho nivel superior se corresponde con el Universo de la Briá.

22. El mal dentro de la percepción del Yo

«El Bien y el Mal tienen un origen común».

RABÍ ISAAC, EL CIEGO DE GIRONA

La revisión de la historia del Yo puede hacer que el Yo perciba elementos negativos para su estructuración actual y tienda a extraer o confirmar estos condicionamientos, porque no todos los condicionamientos son negativos. Sin embargo, lo que causa «dolor» es lo que debemos corregir,90 y por lo tanto, tenemos una tendencia negativa a visualizar exclusivamente lo negativo sin potenciar y reconocer la herencia positiva de nuestra estructura familiar. Todo lo positivo que nos han brindado: el amor de nuestros padres (a pesar de todas sus equivocaciones), el amor de nuestros abuelos (a pesar de sus equivocaciones con nuestros padres), incluso todo el dolor que hemos tenido que experimentar para poder crecer; porque el «mal» debe ser incorporado como un elemento fundamental dentro del sistema de aprendizaje. Siempre se ha criticado el transpersonalismo de evadir el asunto del «mal», en cambio, la psicología del misticismo judío no puede evadirse del «mal» y sus consecuencias. Existe un carácter pedagógico en el bien y en el mal, y cuando realmente aplicamos la pedagogía al mal, en realidad extraemos lo «bueno» del mal, y en consecuencia derrotamos al mal dentro de la Biná, aunque continuemos sintiendo dolor en los niveles más bajos de la realidad. El dolor es el precio que se ha de pagar por existir dentro de la realidad física, sin embargo, cuando el «Bien superior» se hace cargo de los niveles inferiores, entonces podemos lograr una transformación radical del mal. Esta posición no anula de ninguna manera el dolor que causa el «mal» en los niveles inferiores, porque debemos afirmar que el mal es real dentro del orden más denso de la materialidad.

Si aprendemos del bien y del mal, ya nos encontramos más allá del bien y del mal. Si la totalidad de la existencia es percibida como un aprendizaje, entonces automáticamente todo se vuelve positivo; en este punto podemos decir que el «mal ha sido derrotado» porque lo hemos transformado en bien, no porque lo hemos afrontado, ya que cada vez que afrontamos el mal le otorgamos una solidez más elevada. El propio desgaste energético del enfrentamiento provoca que el mal se haya transformado en una entidad real cuando carece por completo de realidad (desde la percepción del mundo superior).

Dicho en otros términos, el mal es un producto de nuestra imposibilidad de comprensión. Cada vez que aumentemos el nivel de comprensión derrotaremos al mal, porque el mal es simplemente una percepción errónea de la realidad por nuestra ignorancia. El mal surge por falta de Daat (el Conocimiento); por ese motivo, la redención subjetiva (para la cábala) se asocia con el aumento de nuestro Daat. Un aumento constante del Daat automáticamente constituye nuestra propia redención. Debemos considerar el concepto del «Daat» (desde la perspectiva del judaísmo) como un conocimiento teórico-práctico (lamentablemente, en Occidente asociamos el conocimiento exclusivamente al marco teórico) y, en segundo término, el concepto de «Unión», porque el verdadero Daat tiende a la unión y no a la fragmentación.

Sabemos que el trabajo de modificación de nuestras percepciones es muy difícil porque estos elementos se han incorporado a nuestra identidad de tal modo que tenemos una alta dificultad para poder extraerlos.

Hay que situar el dolor o el placer que nos provocan estos mecanismos. Si el mecanismo es doloroso, no estamos en el nivel de aceptación del funcionamiento de nuestro Yo. Es preferible buscar la raíz secreta o la causa secreta de los dolores que percibimos, porque siempre debemos saber, por el conocimiento de la cábala, que las energías más potentes se encuentran detrás de esta realidad aparente. Y cuanto más ocultas estén dichas energías más potencia tienen.91 Porque al revelarlas reconocemos la potencia de dichas energías, y al conocer su nivel energético podemos trabajar con ellas. Mientras algo se mantiene oculto, nos causa un mal porque no conocemos la aplicación de la energía psíquica que necesitamos para canalizar dichas energías. Al revelar lo «oculto» lo hacemos existente a nuestra consciencia, porque mientras se mantenía en dicho estado de ocultamiento la consciencia no lo percibía y operaba de un modo desequilibrado por desconocimiento. Por esa razón, muchos desequilibrios (la gran mayoría) provienen de la falta de Daat (el Conocimiento), aunque sabemos que existen «desequilibrios» a pesar del «Daat» (pero de un conocimiento teórico, porque si fuera un Daat real, estaría completamente insertado dentro de la experiencia material del sujeto).

Cuando revelamos (Niglé), entonces ascendemos nuestra Tiferet a la posición de Daat en el Árbol de la Vida. Y cuando alcanzamos «Daat», en realidad, nos encontramos percibiendo indirectamente a «Keter»; por ese motivo, sabemos que a Daat se la denomina como el «Keter caído». Elevar «Daat» hacia Keter es anular el «Pan de la vergüenza»;92 para «merecer» Keter debemos trabajar desde Daat.

23. La soledad del Yo y la ilusión de seguridad de la Biná psicológica

«Los días pasan y se han ido y uno encuentra que nunca tuvo el tiempo suficiente para estar con uno mismo».

NAJMÁN DE BRATSLAV

Si el Yo sufre, indudablemente se encuentra en una situación de contradicción que no logra resolver. El sufrimiento esencial se encuentra en la base del vivir dentro de la dualidad del sistema inferior del Árbol de la Vida, porque el primer sufrimiento es la conciencia de nuestra subjetividad solitaria. La soledad del Yo es la representación de la conciencia del mundo inferior. El precio que el Yo tuvo que pagar para ser Yo es su estado de soledad estructural porque ahora es un ente «diferente» del resto de la naturaleza, en la medida en que debe sostener una consciencia subjetiva. Esta «subjetividad» lo atrapa dentro de su soledad estructural. El Yo se siente solo porque en tanto Yo está realmente solo, porque su subjetividad psíquica no le deja percibir que es un fragmento del Ein Sof dentro de las manifestaciones.93 El Yo es al mismo tiempo parte de la misma naturaleza, y a la vez es diferente. La diferencia la establece la Biná del Yo, porque la Jojmá psicológica es la que continúa con la consciencia de unificación del Yo con el resto del sistema (No-Yo). La Biná nos reafirma en nuestra identidad, y la Jojmá nos libera de toda identificación subjetiva haciéndonos conscientes de ser partes de la manifestación general.

Cada vez que la Biná psicológica del Universo de Yetzirá nos provoca un aumento de la subjetividad, automáticamente creamos una sensación mayor de soledad estructural. Si solo percibimos la realidad desde la más pura subjetividad, el estado de soledad radical nos lleva automáticamente a un egoísmo material y fragmentario dentro del mundo inferior.

Las limitaciones subjetivas que conforman toda subjetividad se encuentran dentro del Yo mental (Biná psicológica), sin embargo, dicho Yo mental puede (debe) ser resituado en otra posición por un Yo extra-mental (o mentalmente intuitivo de la Jojmá psicológica).

Cuando percibimos las dicotomías como reales, toda nuestra percepción es dolorosa, todo se transforma en un mundo de blancos y negros (el mundo de los absolutos fuera del Ein Sof, de los dogmas, de los axiomas, etc.) donde no existen síntesis, ni matices ni conciliaciones, es el mundo de las «idolatrías» de todo tipo (la percepción inferior del mundo inferior, porque debemos lograr la percepción superior del mundo inferior, ya que nunca se anula el mundo inferior).

Si la psique se vuelve un ente limitado por sus fronteras mentales de la que se excluyen las zonas grises, entonces fijamos dogmas o líneas de defensa subjetivas. Y todos sabemos que el sujeto (como todo ente finito dentro de la realidad espacio-temporal) es un ser transicional. Establecer un solo concepto fijo dentro de la realidad mental es dogmatizarnos de forma inevitable. Todos los conceptos deben ser interpretables, y todo asunto debe ser producto de una serie de matices permanentes. Sin un trabajo de interpretación eterno, los conceptos mentales de la Biná se pueden transformar automáticamente en dogmas fijos.94

Todo este trabajo lo hace la Biná psicológica con el objetivo de defender nuestra supervivencia subjetiva. Sin embargo, estas defensas excesivas de los niveles de subjetividad se pueden convertir en herramientas negativas (y de hecho realmente se convierten) para la propia elevación psicológica del sujeto.

Toda palabra que pronunciamos nunca es específica si no se encuentra dentro de un sistema permanente de generalizaciones. Todos los conceptos son en realidad operativamente «dogmas» a los que se les ha dado un sentido absoluto. Nuestras propias palabras dentro de este mismo texto pueden ser consideradas «absolutas», y esto provoca que la Biná se sienta segura y cómoda operando sobre dogmas limitados y supuestamente controlables. Sin embargo, si profundizamos en cada concepto, podemos percibir que la cantidad de zonas grises son mayores que los límites impuestos a través del lenguaje por la necesidad de seguridad mental que tiene nuestra Biná psicológica.

Todas las generalizaciones son dogmáticas, y toda palabra debe necesariamente generalizar, lo que hace que cada palabra adquiera una potencia negativa por sí misma si no se la comprende a partir del sistema general y en tanto fragmento dependiente.

Denominamos como conciencia tiferética aquella por la cual el Yo se refuerza constantemente, y la conciencia ketérica aquella por la cual el Yo desea unirse y fundirse al No-Yo. La conciencia tiferética es la que une mi Yo interior al Yo mental de la Biná. La Biná controla mi Tiferet, y le otorga seguridad emocional, lo cual es positivo en un estadio del desarrollo humano, pero se vuelve negativa dicha seguridad en tanto se puede producir una falta de creatividad. La Biná psicológica al operar como Madre arquetípica nos otorga a toda costa la seguridad que necesitamos para operar de forma mínima sobre la realidad general.

24. La conciencia «ketérica» y los conflictos derivados de la Biná psicológica

«El hombre no cambia con la muerte de su parte inmortal, sino que es mortal e inmortal incluso en vida, al ser tanto Ego como Self».

CARL GUSTAV JUNG

En cambio, la conciencia ketérica es la que une la Biná con la Jojmá en un plano superior, es la que eleva el Daat al máximo nivel posible de mi subjetividad, y al mismo tiempo recorre el camino de la desubjetivizacion del sujeto.

Por lo tanto, la conciencia ketérica se produce por la intervención de la Jojmá psicológica que destruye transitoriamente los límites psicológicos que otorgan un tipo de seguridad proveniente de la Biná psicológica.

El mundo o el universo de la fragmentación nos hace percibir la realidad como diferenciada y, por lo tanto, habitualmente puede ser conflictiva, y nosotros (nuestro Yo) nos situamos en algún punto espacial y temporal del conflicto. Es interesante ver cómo nace dentro de la Biná psicológica la paradoja que estamos explicando: por una parte, la necesidad de seguridad de la Biná hace que se «dogmaticen» las realidades percibidas a través de la conceptualización (Hod), pero al mismo tiempo, al realizar este proceso de dogmatización conceptual, inevitablemente creamos conflictos permanentes con todos aquellos fragmentos exteriores al concepto que, en el intento de relacionarlos, lo que hacen es destruir las fronteras conceptuales.

¿Cómo sostener la individualidad subjetiva de mi Yo y simultáneamente a partir de mis diferencias reconciliarme con el universo de los otros o, mejor dicho, con el Universo en su totalidad? Sosteniendo la diferencia subjetiva en el plano inferior, y trabajar en una conciliación constante de mis fragmentos en el plano superior. ¿Cómo ser un fragmento del Ein Sof y no defender mis fronteras subjetivas que provocan el conflicto permanente con el entorno? ¿Cómo sostener mis diferencias subjetivas en una empatía constante con el entorno y no como un sistema defensivo de conflictos potenciales o reales?

Si mi «Yo» percibe a los «otros» como enemigos, entonces la identidad de mi Yo es muy débil, porque toda diferencia es percibida automáticamente dentro de un conflicto. Si mi «Yo» percibe a los «otros» como amigos, entonces mi identidad no tiene temor a ser destruida por las diferencias y, por consiguiente, no debe defender nada ya que no existen amenazas a la identidad. Además, ¿para qué tengo que defender una subjetividad que lo que provoca es una distorsión permanente de la realidad? No debo defender mi «subjetividad» como un elemento fijo, porque lo que realmente estoy provocando es un conflicto permanente con el entorno; lo que realmente debo construir es una «subjetividad dinámica», que destruya constantemente los límites fijos de mi subjetividad estática.

El principal problema de mi subjetividad es el deseo de la Biná de fijar de modo estático dicha subjetividad. Si puedo lograr dinamizar mi subjetividad y, por medio de la autocrítica constante, destruir de forma permanente los límites de mi propia identidad con el objeto de ampliar mi Kli de recepción, todo supuesto ataque exterior a mi subjetividad queda anulado de modo anticipado, debido a que mi propio Yo mental puso en tela de juicio las fronteras fijas de su propia subjetividad.

Por lo tanto, cualquier ataque exterior a mi subjetividad se debe volver ineficaz porque en realidad no ataca a ningún sujeto, en tanto considero que mi subjetividad representa una verdadera distorsión para alcanzar mayores niveles de consciencia. Un proceso constante que lleve al Yo a reconocer las «seguridades» de la Biná como ilusiones en el mundo superior, y que estas seguridades son las que causan mi falta de crecimiento definiendo mi subjetividad en un punto estático dentro de la realidad.

La verdadera amenaza a la identidad del Yo es cuando el Yo percibe las diferencias como amenazas, es decir, cuando son las percepciones negativas de mi Yo las que constituyen realmente la verdadera amenaza. Y mi Yo percibe las amenazas a su subjetividad en cuanto considera al sujeto como un punto fijo y dogmático, porque si el sujeto destruye su subjetividad en la máxima medida posible, la flexibilidad que adquiere es de tal nivel que no existe ataque a ningún punto fijo dogmático.

El mal antes de atacar debe establecer un punto fijo; y si en un plano superior disolvemos transitoriamente nuestra subjetividad dentro de las manifestaciones cosmogónicas del Ein Sof, entonces no existe el mal ni el bien como entidades estructuradas y conceptualizables. Cuando reducimos dogmáticamente un concepto dentro de la realidad (y no trabajamos en las constantes matizaciones), el mal puede atacar, porque, en realidad, la misma dogmatización es un elemento de seguridad ilusoria de la Biná que distorsiona la realidad, y entonces se produce el efecto contrario al buscado por la Biná. Si la Biná psicológica buscaba seguridad a través de las dogmatizaciones conceptuales, lo que ha dado como resultado es el ataque más radical a entes fragmentarios que se autoconsideran como absolutos.

25. Los conflictos potenciales en defensa de mi subjetividad estática

«Podemos vivir sin un padre que nos acepte, pero no podemos vivir sin un mundo que tenga sentido».

ROLLO MAY (1975)

En realidad, cuando mi Yo se cree que es algo es cuando debe defender ese algo. Cada vez que defiendo mi Yo en su estructura finita de identidad se crean las bases del conflicto. En realidad, mi Yo no tiene que defender ningún Yo, ya que todas mis energías deben encontrarse al servicio de direccionarme hacia el Ein Sof, pues cualquier defensa de mi Yo por parte del Yo constituye indudablemente una pérdida de energía psíquica considerable que debe estar al servicio del ascenso y mejoramiento constante que nos conduce en dirección a Keter. Si mi Yo se concentra exclusivamente en su trabajo específico, que es la extracción de todas sus potencialidades interiores (incluso en la relación social de la dimensión de Yesod), entonces no desgasta sus energías psíquicas en estos conflictos.

Cuando los «Otros» no encuentran su propia definición subjetiva y «atacan» a nuestro Yo, debemos aprender que siempre tenemos la tendencia (que debemos superar) de definir nuestra identidad estática a través de una dogmatización agresiva con el entorno.

Cada vez que mi Yo pierde toda su energía psíquica en los conflictos, lo que demuestra es que no se sabe definir a partir de su propia identidad interior dentro de la Tiferet. Esta actitud, por la cual el Yo no se estructura a partir de su interioridad sino del reconocimiento exterior, se da cuando el Yo tiferético desciende al yo yesódico. Existen, pues, altas dependencias de mi Yo en relación al entorno (elogios de los demás, criticas, agresiones, etc.). Si mi Yo se defiende, entonces no crece mi Kli de recepción; en cambio, si mi Yo acepta las diversas situaciones, aumenta constantemente mi Kli.

Paradójicamente, defendiendo la identidad de mi Yo a través del conflicto demuestro el bajo nivel de mi propia potencia identitaria, ya que mi Yo no se encuentra anclado en su Tiferet, sino en su dependencia social en el nivel más bajo de la Yesod. Es cuando decimos en la psicología del misticismo judío que el Yo desciende al «Ego». Lamentablemente, muchos sujetos trabajan toda su existencia en ampliar el nivel egoico (el Yo yesódico) que les otorga una felicidad dependiente del entorno. La superación del nivel egoico es clave para adquirir niveles de felicidad relacionados con nuestra propia interioridad.

Percibiendo las diferencias de los «otros» como oportunidades de comprensión de mi propia interioridad es, entonces, cuando refuerzo mi identidad, porque mi verdadera identidad debe estar fundamentada en la flexibilidad del Daat Elyón (el Conocimiento superior), y no en los puntos fijos de seguridad del Daat Tajtón (el Conocimiento inferior). La diferencia entre el Conocimiento superior y el inferior se encuentra dada porque en el superior existe un equilibrio constante de oscilación entre la Biná y la Jojmá, en cambio, el Conocimiento inferior está exclusivamente sujeto a las seguridades imaginarias que le otorga la Biná psicológica.

El «otro» siendo parte integrante del Ein Sof me tiene que aportar un tipo de conocimiento de la realidad (una perspectiva de verdad) del que mi Yo carece al encontrarse condicionado por el tiempo y el espacio.

Si puedo comprender la posición de los «otros» a partir de dichos condicionamientos de tiempo y espacio, entonces, logro verificar qué características son esenciales y cuáles son las temporales. Los condicionamientos son temporales y espaciales, lo que hace que me encuentre aún operando dentro del Universo de Briá; en cambio, si logro percibir la esencia de la posición dejando de lado todos los condicionamientos espacio-temporales, he logrado percibir el nivel del Universo de Atzilut.

Toda expansión de mi Yo hacia el No-Yo fortalece el Yo. Cada vez que el Yo intenta defender un Yo estático, entonces baja de nivel de consciencia, y cada vez que el Yo toma conciencia de su estado real de No-Yo frente al Ein Sof, automáticamente el Yo no defiende ni ataca, porque en realidad todo el potencial energético se encuentra al servicio del ascenso constante y no tiene tiempo que perder en conflictos del mundo inferior. Cuando el Yo trabaja exclusivamente en reforzar su subjetividad fija, entonces opera con el Daat Tajtón (el Conocimiento inferior), y cuando el Yo destruye los límites fronterizos inexistentes de una subjetividad fija, y establece una dinámica de ruptura de los límites identitarios de forma permanente, crea un estado de subjetividad dinámica, y es entonces cuando decimos que estamos operando sobre el Daat Elyón (el Conocimiento superior).

Estos conflictos del mundo inferior se fundamentan sobre la base de una desmedida expansión de todo Yo y por un trabajo agotador de autodefinición constante de cada Yo en relación a los demás. Esta locura comparativa en la identidad del Yo rebaja nuestra Tiferet a los estados de Yesod y Maljut. Toda competitividad del Yo en relación a los «Otros» me hace descender a los niveles inferiores; en cambio, si busco en mi interioridad todo el potencial subjetivo de mi Tiferet y lo sitúo en una posición elevada, es decir, percibiendo la Tiferet en dirección a Keter, entonces extraigo de mi interioridad todo el potencial para atarme al Infinito (en palabras de Abulafia).

Abraham Abulafia dijo que uno es a lo que se ata, y cuando uno se desata de los nudos del mundo inferior, entonces automáticamente se debe atar necesariamente con el Ein Sof, y cuando uno se encuentra atado al infinito y su crecimiento es infinito, entonces no tienen sentido las comparaciones con los otros porque el camino del «Otro» es su camino.

Mi Yo debe, entonces, extraer sus potencialidades abriéndose su propio camino, porque no existen dos recorridos iguales para cada Yo en esta existencia.

Cada alma tiene su propio sendero para ascender hacia el Ein Sof, y cuando dicha alma sube por su propia vía, encuentra necesariamente el sentido de su existencia, porque el sentido de la existencia del alma surge como consecuencia del mismo derrotero que ha tomado.

Si el camino es incorrecto, el alma lo sabe, y si lo sabe y percibe que no tiene las posibilidades de modificar la situación, entonces el cuerpo enferma, pero si el alma logra cambiar el camino erróneo, entonces no se produce la enfermedad, sino la muerte natural por el desgaste de la materia (Nefesh).

Entonces, la raíz del alma aparece cuando nuestra potencia interior nos eleva hacia el Ein Sof, porque sabemos que todo camino que no nos conduce hacia el Ein Sof representa la falta de aprendizaje (y la reiteración de la misma situación hasta que el Yo toma consciencia de su solución); en cambio, cuando a pesar del camino que hemos tomado (en apariencia equivocado) ha sido cuando justamente hemos aprendido, al recorrer dicha vía, lo hemos convertido en un camino hacia el Ein Sof.

Todos los caminos equivocados son erróneos si no hemos aprendido de ellos, pero cuando uno aprende del mal, entonces comprende por qué motivos el Ein Sof incluyó el mal dentro de esta realidad. Así, el mal, cuando se percibe como un camino de aprendizaje necesario, hace que nuestra alma se eleve hacia mayores grados de consciencia, y provoque lo que en la mística judía denominamos como «el refinamiento de la persona».

Para lograr el ascenso de nuestra Tiferet de nivel de consciencia debemos lograr una autodefinición interior (dinámica y no fija), y no una autodefinición en una relación comparativa con los demás. A cada aumento del nivel de consciencia, mayor percepción del mal en nuestro interior y mayores posibilidades de aprendizaje (es decir, mayor transformación del mal en una percepción positiva).

Todo Yo encuentra su potencia ilimitada cuando se posiciona en dirección al Ein Sof, y no cuando sus energías se malgastan en los conflictos inferiores del mundo de la fragmentación. Si fuéramos capaces de otorgar la correcta perspectiva de los problemas del mundo inferior, no solamente minimizaríamos los problemas, sino que estos desaparecerían. Sin embargo, para ello debemos producir un aumento del Daat (el Conocimiento) a fin de lograr la transformación constante del mal en bien, no el bien dependiente del mundo inferior, sino el «Bien» supremo que es la consciencia de nuestra existencia. La conciencia Ketérica aparece entonces cuando fijamos nuestra acción hacia los grados más elevados de conciencia.

Los conflictos del Yo pueden ser tanto interiores como exteriores. Cuando el Yo participa de un conflicto exterior, proyecta sus propios conflictos interiores y los desplaza. Si el Yo asume su propia subjetividad sin desplazar sus conflictos al exterior, entonces estos se traducen en conflictos interiores no proyectados y, por lo tanto, el Yo asume su propia responsabilidad de autoconocimiento. El Yo maduro que se entrena dentro de los diversos sistemas de autoconocimiento es el que ha dejado de proyectar toda su conflictividad interior en el exterior, es decir, no desplaza a la Yesod ni a Maljut sus desequilibrios tiferéticos y, al mismo tiempo, puede neutralizar las agresiones objetivas externas. Si la Tiferet no logra la neutralización de dichas agresiones exteriores y comienza a operar la defensa egoica, esto no implica necesariamente que ha bajado de nivel de consciencia, sino que opera naturalmente en los niveles de seguridad de la Biná. Se debe ser en verdad muy fuerte interiormente95 para sostener el nivel de conciencia ketérica a pesar de las agresiones del entorno exterior. Porque sabemos que cada agresión de un «Otro» exterior en realidad es siempre una autoagresión.

Cuando el Yo asume su propia Tiferet, intenta subir a la Biná o al palacio de la Biná96 que se corresponde con su Tiferet para desdoblarse y autoconocerse. Toda renuncia al autoconocimiento constituye un descenso, y todo esfuerzo encaminado al autoconocimiento constituye un ascenso. Solo Daat nos lleva al ascenso. En términos simbólicos, en el Gan Edén todo estaba dado por anticipado, y el ser humano no podía desarrollar así su propio esfuerzo. Daat (el Conocimiento) es un esfuerzo, pero el premio es automático, ya que Daat me eleva en mi nivel de consciencia, y cada vez que me elevo entonces encuentro la esencia de mi alma (en el orden de la Jaiá).

Cuando pretendemos encaminar nuestro conocimiento al exterior de mi Yo dentro del mundo inferior, nos evadimos de nuestro Yo; en cambio, cuando direccionamos nuestro avance hacia Keter en sentido ascendente, entonces todo nuestro autoconocimiento se sitúa al servicio del conocimiento general.

Cada vez que ingreso en la interioridad de mi propio Yo, encuentro mi conexión con la Totalidad que se encuentra más allá del Yo y me conduce automáticamente a la consciencia del No-Yo (Jojmá).

Mi Yo, para poder aumentar su Kli de recepción, debe comenzar a expandir su vacío interior, es decir, que el Yo debe vaciarse de su Yo interior, siguiendo la misma secuencia de lo que realizó el Ein Sof al vaciarse de sí mismo para poder crear el vacío donde se manifiesta toda nuestra realidad.

Si el Yo no se vacía de su propio Yo, entonces no puede ascender hacia Keter porque no tiene vacío que llenar (en otros términos, no expande su Kli).

El único problema real para comprender cómo «transformar» nuestro Yo está en conocerlo en profundidad, esto es, conocer cuáles son sus características fundamentales y cuál es la dinámica de cada una de las dimensiones. Al conocerlas se las debe integrar en el centro tiferético de equilibrio.97

Al «Yo» lo tenemos que liberar de sí mismo, de su autoconvencimiento, de que no puede ser otra cosa que lo que es, del dogmatismo de su parálisis, de su idea estática y dogmática del no-cambio. Sin embargo, es muy difícil realizar este trabajo porque el alma surge a la existencia en el Universo de Briá que es donde se desarrolla la secuencia espacio-tiempo. Por lo tanto, cuando decimos que el alma debe captar el nivel de su Jaiá (el nivel del alma en el Universo de Atzilut), estamos diciendo que el alma puede percibir la realidad del Maasé Bereshit. Aunque la consciencia del alma como alma en sí misma sea del orden del Universo de Briá, sin embargo, el alma cuando adquiere consciencia de No-Yo se encuentra en el nivel de su Jaiá. La consciencia de No-Yo no es una consciencia de no-existencia, sino de una existencia completamente relacionada con el entorno. El Yo asume su carácter de No-Yo porque entiende que no existe el Yo en su subjetividad radical, ya que los límites que marcan dicho Yo son límites materiales densos (potenciados por los límites conceptuales de la Biná), y cada vez que aumento la comprensión de la sustancia de mi Yo, puedo percibir la sustancia de ser un fragmento del Ein Sof.

Un «Yo» estancado en sí mismo se produce por falta de autoconocimiento, (Daat inferior), sin embargo, dicho autoconocimiento es posible. Más allá del autoconocimiento personal, y del conocimiento general (Daat), podemos lograr la autotransformación. Así reducimos nuestros aspectos negativos y ampliamos los positivos, de modo que vamos trabajando en un proceso de ascensión constante al «ideal del Yo». Hay dos métodos posibles que tenemos dentro de la cábala para comprender esta situación que estamos describiendo:98

1 Se puede comprender el Maasé Merkabá para desde allí ascender hasta el Maasé Bereshit.

2 Se puede comprender el Maasé Bereshit para desde allí descender hasta el Maasé Merkabá.

Escoja uno un camino u otro, debe ser consciente de que esta diferencia entre el Maasé Bereshit y el Maasé Merkabá es una diferencia de nuestra Biná en el orden de la Neshamá, porque tanto el Bereshit como el Merkabá corresponden al mismo secreto unificado. Y quien logra unificar estos dos secretos alcanza la verdadera sabiduría.99

Mi propuesta es conocer, en primer lugar, el Maasé Bereshit para así avanzar sobre el Maasé Merkabá. La secuencia sería estudiar, en primer lugar, el Maasé Bereshit, en segundo lugar, el Maasé Merkabá psicológico, en tercer lugar, el Maasé Merkabá real, y finalmente, en cuarto lugar, la unión de los tres secretos nombrados para alcanzar el Sod total de la Torá.100

De todos modos, en este trabajo explico el Maasé Merkabá psicológico porque los cabalistas pretenden, en primer lugar, la elevación de los niveles de consciencia de la humanidad para lograr un refinamiento del ser humano compatible con la utilización de conocimientos superiores. Utilizar los conocimientos superiores sin nuestra elevación de los niveles de consciencia puede suponer la autodestrucción de la especie. Por este último motivo, el Maasé Merkabá psicológico entonces antecede al estudio del Maasé Merkabá real.

La existencia del Ein Sof hace que todo nuestro Yo siempre pueda extraer de sí mismo una energía suficiente para encontrarse en un nivel superior. Todo Yo, por sus propias limitaciones en el campo de la finitud, siempre puede acceder a niveles superiores de consciencia. El mejoramiento del Yo es infinito porque infinito es el camino hacia el Ein Sof. Por lo tanto, el sentido de la existencia de todo sujeto es el proceso de mejoramiento constante y de un aumento permanente del nivel de consciencia. Es lo que en la cábala denominamos como el refinamiento de la persona. El objetivo, pues, de la psicología mística del judaísmo es que el Yo pueda siempre acceder a niveles superiores de consciencia y, por lo tanto, pueda ascender en un permanente proceso de ascenso y de mejoramiento personal. Siempre podemos acceder a un nivel superior del que nos encontramos. Si en cada nivel de consciencia el Yo adquiere mayores niveles de felicidad, entonces automáticamente el Yo engendra la energía para esforzarse a subir a los niveles superiores; llegará un momento en que no podremos comprender este ascenso dentro del concepto de «esfuerzo» más que como un ascenso fluido y natural del alma a su raíz, porque cuando el alma como fragmento del Ein Sof desea ascender al Ein Sof no hace sino buscar el origen de su propia existencia. Cada aumento del nivel de consciencia es entonces la búsqueda de la consciencia de su propio origen.

26. La operatividad del Yo en los diferentes niveles dimensionales

«El verdadero propósito de la existencia del hombre en este mundo es unificar las Sefirot a través de la actividad mística».

ISAIAH TISHBY (1949)

Todo «Yo» insatisfecho101 con su propia situación tiende a mejorar para anular dicha insatisfacción. En definitiva, todo Yo quiere sobrevivir y alcanzar algún grado de felicidad existencial. Sin embargo, cuando se encuentran sólidamente instalados los sistemas de desequilibrio emocional de nuestro Ruaj dentro de la Tiferet, entonces se vuelve casi imposible el trabajo de ascender a la Biná para provocar el desdoblamiento.

El desdoblamiento del Yo se produce cuando el Yo mental de la Biná puede verse a sí mismo como objeto de conocimiento. Es en ese momento donde el sujeto (Yo) de la Tiferet se transforma en objeto de estudio de un Yo superior en la Biná.

Se debe realizar el intento de cortar el Yo en dos partes de forma temporal para percibir el Yo emocional de la Tiferet (o Yo interior) desde un nivel superior, desde la visión cosmológica.

Para lograr dicho objetivo, debo provocar la destrucción de la idea de centralidad de mi propio Yo como eje del universo para situar mi Yo como parte del sistema general y reducir mi Yo a la importancia que debe tener. Porque una sobreestimación del Yo en los niveles inferiores puede provocar que el Yo no pueda alcanzar una expansión real en los niveles superiores. Es más, se puede provocar que el Yo quede atrapado en su propia imagen inferior de la Yesod (Ego), y esto provoca la confusión entre las dimensiones de Tiferet y Yesod. Se pueden mezclar ambas dimensiones de modo que el Yo se identifique exclusivamente con el nivel egoico del Yo (Yesod), y entonces la dimensión de Tiferet quedaría anulada por dicha confusión.

El Yo puede mirar hacia abajo, y entonces lo que define a mi Yo será el nivel de posesión material de Maljut, o el nivel social alcanzado por mi imagen exterior en Yesod. Mi Tiferet (mi identidad real) se puede ver distorsionada en los niveles inferiores. Para poder establecer una diferencia entre el Yo interior de la Tiferet respecto a los niveles inferiores, debo ser consciente de que lo que tengo (Maljut) y lo que los demás dicen que soy (Yesod) esencialmente no puedan provocar una distorsión de la esencia interior de mi Yo. Sin embargo, las distorsiones de Maljut sobre la Tiferet y de Yesod sobre la Tiferet son reales. Una identificación del Yo interior con el nivel de posesión externa material o una identificación del Yo interior con el nivel de reconocimiento social (que aumenta el Ego) distorsionan mi propia imagen interior.

Debo ser consciente de la diferencia que existe de mi Yo en cada nivel, no es que mi Yo yesódico (mi Yo en relación con el entorno) no sea real, es real en su nivel, pero no es real en el nivel de la Tiferet. En cada nivel dimensional, la realidad es diferente y mi Yo debe saber adaptarse al nivel dimensional en que se encuentra operativo. Las energías psíquicas operativas en cada nivel dimensional deben ajustarse a la Sefirá en que se encuentra en ese momento determinado.

Por lo tanto, antes de desplegar mis energías psíquicas dimensionales, debo ajustar dichas energías psíquicas a la situación dimensional que se ha establecido de hecho. Este análisis es fundamental para desarrollar las diferentes energías psíquicas. Cada momento se encuentra determinado por una Sefirá que influencia sobre dicha situación. A pesar de que sabemos que en cada situación dentro de la realidad material se encuentran todas las energías dimensionales operativas, siempre existe una preponderancia dimensional específica que hace que nuestras energías psíquicas deban operar en dicho nivel dimensional. Por lo tanto, el Yo debe reconocer qué dimensión en especial opera en un momento determinado para posteriormente desplegar las energías psíquicas de la magnitud correspondiente a dicha dimensión. Esto implica necesariamente un profundo conocimiento de cada dimensión en su función yetzirática.

Cuando mi Yo se encuentra en el nivel yesódico, debe operar allí dentro del campo de verdad/falsedad de dicho nivel. Cada una de las dimensiones (Sefirot) sitúa el Yo en una posición diferente. El grado de adaptación del Yo se encuentra íntimamente relacionado con el nivel de flexibilidad que tiene el Yo para llegar a ser consciente en el nivel operativo en que se encuentra. Desarrollar un tipo de energía en una dimensión que pertenece a otra dimensión puede causar daño.

Es la Biná (el Entendimiento) en su estructura psíquica superior102 (la Merkabá) la que debe ser el centro de flexibilidad para establecer una equivalencia en la ecuación entre las energías desarrolladas en cada Palacio celestial (energía de la Biná en relación con una dimensión inferior). La Merkabá psíquica es el centro general del Yo, y es la que establece la conexión general entre el mundo superior y el mundo inferior (es la que regula el nivel energético que tendrá cada energía cosmogónica que opera dentro de nuestra subjetividad).

27. La función de la Biná psicológica

«Si estuvieras siempre alegre, nunca verías el infierno».

RABÍ NOSON

Ahora, si mi Yo desea elevarse de su Tiferet a la Biná y lograr disminuir (y si es posible con el tiempo anular) los condicionamientos inferiores de la Maljut y del Yesod en el sistema de percepción de los palacios, debe mirar de forma ascendente.

En realidad, el centro de la Biná (yo mental) debe regular todo el sistema inferior, y su trabajo principal es coordinar el nivel energético de cada Palacio con el nivel de soporte de recepción (Kli) de cada dimensión inferior. Es el nivel de receptividad del Kli inferior el que marca el tipo de energía que la Biná psicológica debe desarrollar; un aumento de la energía dentro de un Palacio que no se corresponda con el nivel de soporte del Kli genera automáticamente una ruptura de la vasija a nivel subjetivo.

Cada dimensión debe soportar la energía que su Kli le permita recibir. Por ese motivo, toda regulación de la frecuencia energética de un Palacio celestial en la Biná psicológica depende del conocimiento real del Kli de recepción dimensional que va a recibir esta energía. Nos podríamos preguntar entonces: ¿Cómo conocemos nuestro Kli de recepción en cada dimensión? Nosotros debemos aprender los límites de cada Kli. Porque si un Kli existe en realidad, es porque posee «límites bien definidos». Esto es justamente lo que diferencia una vasija de recepción de otra. La capacidad de recepción energética es la que define a dicho Kli. ¿Cómo ser conscientes de los límites de cada Kli en cada situación existencial determinada? Y el asunto es más complejo debido a que todas las dimensiones se encuentran simultáneamente operativas en todo momento. Esto nos lleva a un profundo trabajo dentro de nuestra Biná. La variedad de dimensiones se puede percibir desde la Biná, ya que desde la Jojmá lo que se percibe es la conexión íntima de todas las dimensiones de forma simultánea.

Ahora bien, esto funciona exclusivamente en el marco del mundo inferior, porque como los Kelim de la Biná y la Jojmá son tan amplios allí podemos operar casi sin consciencia de límites, y, a pesar de que sabemos que Keter posee un Kli frente a la magnitud del Ein Sof, desde nuestra percepción subjetiva finita, y por lo tanto limitada, podemos decir que nuestro avance hacia Keter es ilimitado, y no debemos preocuparnos de los límites del Kli de recepción. Este es el problema real que presentan los niveles superiores de ascenso, y es que nuestros límites mentales pueden no llegar a comprender estados de abstracción de tal magnitud porque estamos acostumbrados a fijar conceptualizaciones en nuestra Biná psicológica.

Al utilizar la Biná psicológica como sistema de seguridad, creamos límites anticipatorios que se convierten en dogmas estáticos que anulan nuestra creatividad en la Jojmá psicológica y detienen nuestro ascenso. Pero, a su vez, un ascenso apresurado sin límites claramente definidos nos puede conducir a la locura. El trabajo de los cabalistas es elevarse a medida que se puedan ir estableciendo de forma paulatina ciertos límites conceptuales dinámicos que pueden ser destruidos (deben ser destruidos) para continuar el ascenso de nuestros niveles de consciencia. Sin embargo, no podemos ascender a niveles de consciencia superiores perdiendo la cordura (el equilibrio de la Biná psicológica).

Tanto un iniciado, como un alumno o un maestro, jamás deben recorrer el camino sin restablecer el campo conceptual de la Biná. Así, podemos utilizar la Biná psicológica de forma dinámica para acceder a la Jojmá psicológica y para canalizar las energías excedentes de los niveles superiores.

Establecer los límites dimensionales a partir de nuestra Biná es fundamental para operar en las dimensiones inferiores, sin embargo, es un trabajo interminable porque en todo momento debemos ser conscientes de que todas las energías dimensionales se encuentran en permanente interrelación y que esto obstruye una comprensión en las definiciones dimensionales inferiores. Entonces sucede que existimos dentro de una nueva paradoja (aparente, porque si la percibimos desde el mundo superior, en realidad sabemos que no existe), y es que, por una parte, debemos ser conscientes de los límites de nuestro Kli en cada una de las dimensiones para actuar correctamente en cada momento determinado desplegando las energías psíquicas correspondientes a dicho nivel dimensional, y al mismo tiempo, al operar dentro de la Jojmá, debemos ser conscientes de que todas las dimensiones se encuentran unidas en un punto superior común.

La única dimensión que ordena y limita el mundo superior es la Biná. Por lo tanto, es el Entendimiento conceptual (Biná) el organizador de nuestra realidad mental, sin embargo, existe una organización simbólica en el campo de la Jojmá, aunque sea menos definible en términos conceptuales. La conceptualización (de la Biná) sobre los niveles simbólicos (de la Jojmá) no debe anular nuestra percepción superior intuitiva que se desarrolla en la Jojmá. Conceptualizamos lo simbólico simplemente para comunicarlo a través de las palabras (con sus serias limitaciones estructurales). No obstante, debemos saber un gran secreto del misticismo judío y es que lo «simbólico» puede representar todo lo conceptualizable; porque así como «descendemos» a lo conceptualizable desde lo simbólico, así podemos «ascender» a lo simbólico desde lo conceptualizable.

28. El Kli de Keter

«Todo hombre debería tener su desierto privado, algún refugio donde pudiese retirarse a reflexionar sobre sí mismo».

VÍCTOR FRANKL

Como todo avance se produce desde nuestra finitud al Ein Sof, todo avance es infinito, y entonces el Kli de Keter representa un vacío donde se pueden manifestar nuestras energías psíquicas subjetivas de forma infinita. Aquí se pueden producir dos situaciones paradójicas: una que lleva a la Midá de Keter, y otra que lleva a la Klipá de Keter. La Midá de Keter es lograr ser feliz en el camino infinito hacia el Ein Sof, la Klipá de Keter es enloquecer por dicho camino infinito, o, en otros términos, al encontrarme en un camino infinito pensar que la existencia no tiene sentido, o que el proceso de la existencia produce una frustración continuada. Es como si en Keter nos encontráramos ante dos opciones extremas, el sentido trascendente absoluto y el nihilismo extremo. Ahora bien, no existe ni lo uno ni lo otro.

No existe un sentido trascendente absoluto porque en realidad el sentido lo otorga el propio recorrido de nuestro camino subjetivo, y no existe un no-sentido absoluto porque en la medida en que la consciencia ha nacido, entonces la consciencia, por su propia naturaleza, desea elevarse a mayores niveles de consciencia. El sentido trascendente siempre debe descender a lo inmanente y entonces crear una inmanencia trascendente, que en términos del misticismo judío se puede traducir como la santificación de la materia, o la revelación de la Shejiná dentro de la densidad material más absoluta.

En el Keter psicológico encontramos la felicidad de la autotrascendencia, donde el sentido existencial está dado por el aprendizaje continuo que me lleva inexorablemente a grados más elevados de consciencia.

La paradoja es que el Yo se encuentra en el mismo camino infinito hacia el Ein Sof, y en la situación positiva el Yo disfruta de sus niveles ascensionales finitos hacia el infinito, y en la situación negativa el Yo pretende forzar sus límites finitos hacia el infinito, y al no encontrar un resultado tangible (como cuando opera en la realidad física inferior) siente que nada tiene sentido.

Un interrogante que puede aparecer aquí es el siguiente: ¿Cómo es posible que un Yo en el nivel de Keter pueda forzar sus límites finitos hacia el Ein Sof, si ya ha pasado por la Jojmá y se supone que es un sabio? ¿Acaso forzar los límites de la finitud del Yo no implica automáticamente que no se haya logrado percibir realmente la Jojmá? Sin embargo, el «aprendiz de sabio» (el Talmid Jajam, como se le denomina en el judaísmo al «Sabio») puede no reconocer a pesar de su sabiduría la naturaleza del vacío existencial del nivel de Keter. Además, en Keter no estamos «forzando» nuestros límites estructurales, sino que estamos ampliando nuestros niveles de recepción.

Keter representaría entonces el vacío de conexión entre el Ein Sof y nuestro vacío interior, donde mi Yo es Nada, y donde el Ein Sof ha creado la Nada para que mi Yo pueda tener comunicación con Él.

Gracias al vacío en la interioridad del Ein Sof existen los fragmentos como nuestro Yo; en realidad, nosotros somos producto del vacío del mismo Ein Sof que hace de Kli de contención. Y gracias a nuestro vacío existencial, mi Yo se puede comunicar con el Ein Sof. El Ein Sof puede crear algo fuera de sí mismo en el interior de sí mismo, y nosotros como copias del Ein Sof en la finitud podemos crear sobre la interioridad de nuestro vacío.

El aprendiz de Sabio (Talmid Jajam) podía comprender aún la naturaleza simbólica de la Jojmá porque incluso dentro de esta dimensión hay contenido definible (las Sefirot psicológicas, porque las cosmogónicas son indefinibles); sin embargo, en Keter hay vacío, y el vacío por definición es indefinible, es nada. Sabemos (por nuestro estudio del Maasé Bereshit) que en todo «vacío» existe algún componente energético residual «Reshimó». El «Reshimó» del vacío general que produjo el Ein Sof es el enlace energético con nuestro Yo, en realidad nuestro Yo es la organización gevúrica de aquel Reshimó original.

¿Cómo definir la nariz por sus agujeros? ¿Qué son los agujeros de la nariz sino una estructura de agujeros vacíos? Y toda nuestra existencia depende de «agujeros» de comunicación con el exterior. Mi «Yo» se encuentra físicamente «agujereado», porque en realidad mi Yo existe porque existe la «nada» que se ahueca para dejar que ingresen las energías exteriores fuera de mi Yo. ¿Qué es el Yo sin los agujeros vacíos que lo hacen existir? Es el nivel de Keter el que, a pesar de encontrarse vacío, nos hace existir. Nuestra existencia depende de «agujeros» donde no hay nada, y gracias a estos conductos vacíos nuestro Yo se conecta con las energías cosmogónicas exteriores. De ese modo, existimos gracias a las energías exteriores cosmogónicas que ingresan en nuestro interior, de manera que las energías psíquicas son transformadas de forma permanente por la conexión con nuestra exterioridad.

El Keter psicológico es el canal de toda la información cosmogónica que podemos captar de acuerdo con nuestro Kli.

En Keter, el problema (y paradójicamente la virtud) es que ya no existe Kli, no existen las categorías de definición conceptual de las nueve dimensiones inferiores, sino que Keter hace de vehículo de manifestación de mis dimensiones en el orden cosmogónico. Y así como el agujero del oído escucha el sonido exterior, así el Keter psicológico del Universo de Yetzirá debe reconocer su situación de dependencia de los universos de Briá y de Atzilut, universos que se encuentran más allá de mi Yo. Mi Keter psicológico, siendo la dimensión superior del Universo de Yetzirá, se encuentra en la misma posición que el Daat cosmogónico del Adam Kadmón.

Mi Yo existe dentro del vacío del Ein Sof y mi fragmento del Ein Sof lo puedo percibir justamente dentro de mi vacío existencial. Mi vacío existencial se puede llenar de Ein Sof porque justamente se encuentra vacío, y mi Yo asciende por su vacío interior dentro del vacío general que provocó el Ein Sof dentro de sí mismo. Porque, como sabemos por las ciencias físicas, el vacío dentro de la realidad es lo más extenso que existe.

En el Keter psicológico me he vaciado de mi Yo para acceder a los niveles más altos del orden cosmogónico. Mi psique es un Kli de recepción de información del exterior de mi Yo. Mi Yo, por lo tanto, no puede ser definido psicológicamente como hasta ahora por toda su estructura, sino por el nivel de vacío que posee para captar las energías cosmogónicas exteriores, y transformarlas dentro de la psique en energía psíquicas, porque debemos saber que nuestras energías psíquicas son energías existentes en el orden universal. La psique refleja en el orden subjetivo el universo en el orden objetivo. Todas las dimensiones subjetivas del Universo de Yetzirá son el reflejo de las dimensiones objetivas del Universo de Briá (la Creación). Y como nuestra alma (como psique fragmentada) aparece en el Universo de Briá y desciende a Yetzirá, podemos decir que nosotros reflejamos las dimensiones existentes en el orden cosmogónico exterior.

Nuestro vacío interior es el reflejo del vacío exterior que ha creado el Ein Sof para que nuestro Yo tenga consciencia de Yo. Es más, no existe nuestro Yo si no existe un vacío en el interior del Ein Sof, es decir, que nosotros como entes fragmentados existimos gracias al vacío del propio Ein Sof. Sin el vacío del Ein Sof todo sería Ein Sof y no podría existir un Yo fragmentado.

29. El vacío del Ein Sof como Kli fundamental

«Y quienes buscan a Dios entenderán Todo».

PROVERBIOS 28:5

Así que el Yo no existe fragmentariamente por su propia consciencia subjetiva, sino que existe porque el Ein Sof ha dejado un espacio vacío. A partir de dicho espacio vacío dentro del Ein Sof se pueden desarrollar todas las fragmentaciones inferiores. Sin embargo, el Kli fundamental es el vacío universal que creó el Ein Sof. Si nosotros como fragmentos del Ein Sof no dejamos un espacio vacío en nuestro interior (Keter psicológico), no tenemos forma de captar las energías cosmogónicas exteriores, y hacerlas parte de nuestra psique. Por lo tanto, nuestra psique debe crear el máximo vacío interior para expandir la magnitud del Kli de recepción de las energías cosmogónicas exteriores y hacerlas energías psíquicas (aunque la diferencia de energías cosmogónicas y psíquicas pertenece al orden de la Biná psicológica, porque sabemos que desde la Jojmá psicológica las energías cosmogónicas y las psíquicas son de la misma naturaleza).

He aquí la importancia de nuestro vacío existencial (que es el estado de Keter), que permite que el interior de mi subjetividad (mi No-Yo de la Jojmá) pueda ascender a través del vacío general para conectarse con el Ein Sof. El No-Yo de mi Jojmá psicológica sigue siendo en algún sentido «Yo», sin embargo, en el Keter psicológico existe un No-Yo real porque constituye el vacío por el cual todas mis energías psíquicas interiores se comunican en un flujo constante con las energías cosmogónicas.

Entonces, entre mi Keter psicológico en el Universo de Yetzirá y el Daat cosmogónico de todo el Adam Kadmón se produce una equivalencia dentro del mapa general. Si mi Keter psicológico del Universo de Yetzirá constituye mi vacío interior, el Daat cosmogónico del Adam Kadmón que se encuentra en la posición entre los tres universos de Atzilut, Briá y Yetzirá constituye el vacío interior general del Ein Sof. Por lo tanto, al llegar a mi vacío interior, al mismo tiempo accedo al vacío general del Ein Sof. Al llegar a mi Keter psicológico en el Universo de Yetzirá puedo comenzar a percibir los dos grandes universos de Briá y de Atzilut.

Es entonces cuando dentro del misticismo judío debo abandonar las consideraciones psicológicas para pasar a la comprensión de las condiciones físicas del universo, porque la estructura física del universo (Maasé Bereshit) es la base fundamental donde mi psique (Merkabá) se ha desarrollado.

Así, el Ein Sof se puede reconocer a través de su vacío y mi Yo, a través de mi vacío existencial. Los vacíos son, pues, «vasos comunicantes» de las energías cosmogónicas, que se transforman en energías psíquicas cuando ingresan en nuestra fragmentación subjetiva. La máxima extensión de mi vacío interior no constituye en realidad un sinsentido nihilista, sino la apertura máxima de mi Kli hacia la captación de las energías cosmogónicas. La esencia del judaísmo se encuentra en este punto clave, en el «Imun» (el Entrenamiento) de mi Yo para alcanzar los mayores niveles de vacío interior (ampliación del Kli de recepción) con el objetivo de aumentar mis niveles de consciencia.

El Ein Sof se puede manifestar en el vacío que ha creado y la grandeza del Ein Sof se encuentra dada por la magnitud del vacío expandido que se produce en su interioridad, y así la grandeza de todo fragmento del Ein Sof (nosotros) será la magnitud del vacío subjetivo que hemos creado en nuestra interioridad. La mayor revelación del Ein Sof se encuentra en la mayor extensión de su propio vacío interior, y así nosotros de forma fragmentaria al extender nuestro vacío logramos crear el mayor Kli de recepción posible.

Este será nuestro nivel de Keter. Nuestro Keter psicológico se expande dentro de mi Yo dejando cada vez un vacío más amplio donde se puedan captar las energías cosmogónicas exteriores. El Keter psicológico representa un desafío a las condiciones de alta o baja autoestima de mi Tiferet. Un Tiferet con cierto desequilibrio en su autoestima difícilmente podrá soportar el vacío que representa Keter. La Tiferet debe estar suficientemente segura para ingresar en la sensación de vacío.

30. Las posibilidades infinitas de ampliar mi vacío interior

«Para expresar el mundo, primero hay que absorberlo en nuestro interior».

KEYSERLING

Porque justamente todo mi Yo se va ahora a definir de acuerdo con lo que mi Yo desarrolle dentro de dicho vacío interior. Es la sustancia con la que voy a llenar mi vacío interior la que definirá mi identidad. Mientras más vacío se pueda expandir dentro de mi interioridad, mayores posibilidades de transformar las energías cosmogónicas en energías psíquicas dentro de mi Yo. La única condición de mi Yo para elevarse es entonces (paradójicamente) sentir el vacío de la nada interior. Mientras más se vacíe de sí mismo el Yo, indudablemente más energías exteriores cosmogónicas operaran en su interior.

Todo Yo debe ser consciente de que sus límites de definición conceptual son transitorios (para otorgarnos una seguridad ilusoria proveniente del arquetipo materno), y que mientras más vacuidad interior pueda provocar en mi Yo, mayores posibilidades de ampliación del Kli.

Sin embargo, antes debo reconocer mi vacío interior, de lo contrario no se puede llenar lo que se considera lleno. (Y siempre la Luz divina para ser llenado mi vacío interior se encuentra fuera de mi Yo). Entonces, antes de considerar el contenido cosmogónico con el que voy a llenar mi vacío interior, en lo que debo trabajar fundamentalmente es en la ampliación constante de mi vacío subjetivo. Las energías dimensionales inferiores de mi estructura subjetiva (El ego en Yesod, el instinto de supervivencia material de Maljut, el Yo subjetivo de la Tiferet, etc.) pueden oponer resistencia a esta ampliación de mi vacío interior en el orden del Keter psicológico. Por esa razón, debo situar las energías inferiores operando sobre dichas dimensiones sin anularlas porque cada una de ellas satisface un Kli en el orden inferior. Si a cada energía inferior le otorgo un sentido trascendente para llenar el vacío superior, entonces las transformó en energías operativas en el nivel de Keter.

El esfuerzo existencial central de mi Yo consiste en ampliar la magnitud de mi vacío interior. Así, a medida que mi Keter psicológico se expande, toda la información exterior puede ingresar dentro de mi estructura subjetiva, y llegamos así a la gran paradoja: mientras más vacío se encuentra mi Yo de mi subjetividad, más se expanden las posibilidades de ser llenado con mayor contenido interior. Entonces, se agranda mi Yo a medida que dejo que todo el Ein Sof manifestado dentro del vacío ingrese en mí; y para que pueda ingresar dentro de mi Yo, debo necesariamente suspender las supuestas verdades de mi Yo, y debo comprender realmente que mi Yo es en realidad un fragmento del Ein Sof, y hasta que no logré comprender el carácter ilusorio de mi Yo, su calidad de fragmento del Ein Sof, no me será posible expandir mi vacío interior.

Solamente un Yo capaz de expandir su vacío interior es el que sabe reconocerse como fragmento del Ein Sof y no como un Yo. Cuando el Yo se considera un Yo específico en su identidad subjetiva fija los límites de su Kli de recepción y se vuelve inflexible. La verdadera forma de flexibilidad del Yo es anulando su identidad de «Yo», y cuando toma consciencia de ser un «fragmento», entonces, al reconocer su verdadera identidad fragmentaria, deja de lado sus consideraciones defensivas, porque no existe ahora un Yo que debe defender su identidad.

Toda defensa identitaria es una defensa de los límites, y cada vez que se defienden los límites se desgastan energías psíquicas considerables. Se debe desgastar el mínimo de energías psíquicas en las dimensiones inferiores ya que no podemos excedernos en otorgar mucha energía a dimensiones que no la requieren. Por lo tanto, si somos conscientes de que las dimensiones inferiores requieren de energías psíquicas equivalentes en su inferioridad y que las dimensiones superiores requieren de energías psíquicas superiores, no debo trabajar mis energías psíquicas superiores en las dimensiones inferiores, porque la consecuencia directa de esta situación puede provocar una explosión de las dimensiones inferiores dado que sus Kelim de recepción no son aptos para recibir estos niveles tan excelsos de energías psíquicas. Las energías psíquicas superiores deben operar en las dimensiones superiores. Y mientras más amplio sea el Kli de recepción, como lo es en el Keter psicológico, debemos disponer de la máxima cantidad de energía psíquica en el orden trascendente. Las modificaciones en la percepción cognitiva (Biná) se producen en las dimensiones más elevadas. Recordemos siempre que Daat (el Conocimiento) es la confluencia de la Biná psicológica (lo cognitivo) de la Maljut psicológica (lo conductual). Y así como el Yo aprende en sentido descendente de la Biná a Maljut (cognitivismo), así también aprendemos en orden ascendente de la Maljut a la Biná (conductismo). La conducta como hecho material se eleva hacia el Daat, y los elementos cognitivos de la Biná descienden hacia el Daat.


31. El desgaste de las energías psíquicas en defensa de la identidad inferior del Yo

«El extremismo en cualquiera de sus formas es totalmente innecesario».

NAJMÁN DE BRATSLAV

El Yo debe focalizar sus energías psíquicas con el objetivo de expandir el vacío interior dentro de su subjetividad, y así captar las energías cosmogónicas exteriores. Si el Yo exclusivamente trabaja en el sistema defensivo de su propia identidad, el desgaste que se produce es considerable. Hay existencias subjetivas que simplemente existen para defender y delimitar el Yo, y todas las energías psíquicas se ponen al servicio de un refuerzo constante de la identidad. Si bien esto es positivo en la estructuración de la Tiferet psicológica (y es donde trabajan la mayoría de las escuelas de Psicología tradicional), nosotros proponemos que para el «sano» (aquel que tiene solidez identitaria en su centro tiferético) el desafío máximo es el crecimiento constante por su expansión ilimitada de su propio Kli. Sin embargo, no podemos continuar durante toda nuestra existencia desgastando las energías psíquicas en el campo de la defensa del Yo (Tiferet), porque lo que demuestra esta obsesión, en la interioridad subjetiva, es un problema de autoafirmación identitaria. Una constante autoafirmación subjetiva nos puede llevar al narcisismo que paradójicamente posee la misma cara de la baja autoestima. Debemos tener cuidado con que la espiritualidad no sea considerada una excusa en aras de un aumento de una entropía del Yo con la creación de un tipo de egoísmo espiritual.

Como mi vacío existencial me conecta con el vacío general donde se desarrollan todas las manifestaciones del Ein Sof, en realidad, es a causa de mi vacío existencial donde mi Yo al sentir la Nada adquiere su mayor potencial, y es a partir de ahí, donde cada uno puede alcanzar la consciencia de la magnitud de su potencialidad.

Ahora sí estamos en condiciones de comprender la gran enseñanza del judaísmo cuando dice:103

«Haz su voluntad como si fuera la tuya, para que Él haga tu voluntad como si fuera la suya. Supedita tu voluntad a la de Él, para que Él supedite la voluntad de los demás a la tuya».

En primer lugar, ¿cuál es su voluntad? En realidad, toda la manifestación dentro del vacío manifiesta la voluntad del Ein Sof. Nuestra propia existencia existe como una manifestación fragmentaria del Ein Sof. Ahora bien, además de existir dentro de la existencia, existimos para saber que existimos, es decir, tenemos, pues, consciencia de existencia. En segundo lugar, ¿cuál es mi voluntad? Aquí, depende, ya que puedo desgastar mis energías psíquicas en el mundo inferior, o puedo vaciarme interiormente para comprender cuál es la voluntad superior. En tercer lugar, ¿cómo puedo conocer la voluntad de Él si no comprendo la realidad general donde se manifiestan todas las energías? Entonces opera la elevación constante de mi Daat (el Conocimiento) para acceder a mayores niveles de consciencia. Cualquier ser humano que trabaje en el Daat (el Conocimiento) está extrayendo las energías ocultas subyacentes detrás de la materialidad y, por lo tanto, está realizando un trabajo trascendente (más allá de sus creencias subjetivas, porque para el misticismo judío las creencias pueden llevar a la falta de Daat).104

Si mi «Daat» se ajusta exclusivamente a mis límites subjetivos fijos, entonces no puedo acercarme al Ein Sof, debo liberarme en primer lugar de mi propia subjetividad para trascender mi «Yo» y, en consecuencia, operar dentro del sistema general. Amplío, pues, mi «psique» (Neshamá) no por entropía, sino por el carácter relacional de mi Yo con el universo, siendo mi Yo un producto consciente de la misma naturaleza universal de la manifestación del Ein Sof.

32. Las potencialidades ocultas y las potencialidades futuras

«A cada persona le corresponde una letra de la Torá, sin embargo el problema está en encontrarla; cuando uno encuentra su letra en la Torá comprende por qué ha regresado a la existencia física».

MARIO SABAN

Todas las potencialidades del Yo se encuentran ocultas, sin embargo, no existen potencialidades fijas sino modificables. Si decimos que el Yo oculta sus potencialidades, el Yo también oculta el desarrollo de sus potencialidades futuras.

Quiero explicar esta diferencia sutil (y muy importante) para que se comprenda la diferencia entre las potencialidades existentes y las potencialidades futuras. Las potencialidades existentes en el Yo se encuentran dentro de la Jojmá psicológica, y es en la Biná donde podemos hacer conscientes estas energías psíquicas, pero las potencialidades futuras son aquellas que aparecen cuando logramos la ampliación del Kli de recepción dentro del Keter psicológico.

Las potencialidades existentes105 en la dimensión de la Jojmá psicológica se deben organizar dentro de la Biná psicológica, para así llevarlas al centro tiferético. Esto constituye el primer trabajo de la psicología del misticismo judío; el segundo trabajo es indudablemente aprender a focalizar mis energías psíquicas en la ampliación del Kli de recepción creando la máxima expansión del vacío interior del Keter psicológico. Es lamentable percibir cómo la gran mayoría de los seres humanos pierden toda su energía psíquica en establecer la identidad y defensa de su Yo. La tarea de una Psicología de alto nivel será en el futuro elevar la consciencia del ser humano, y reencauzar las energías psíquicas que ahora trabajan al servicio del fortalecimiento del Yo y su defensa, para que se amplíe la capacidad de recepción del Kli. Al ignorar el ser humano (por falta de Daat) la posibilidad de establecer objetivos de alto nivel dentro de las dimensiones superiores, este puede creer de un modo equivocado que exclusivamente existen las dimensiones inferiores, pues entonces ajusta sus objetivos y sus energías psíquicas a dicho orden inferior. Cuando sucede esto se verifica la existencia de la consciencia Bet. Salir de la Conciencia Bet a la Conciencia Alef es un problema existencial de difícil solución, porque hasta en los niveles más elevados de la Biná estamos operando dentro de la Conciencia Bet de forma permanente.

La importancia de no evadirse del vacío existencial es fundamental, la Biná (el Entendimiento) puede confundirse creyendo que la sensación de vacío existencial configura una patología, cuando la patología, en realidad, se configura cuando el sujeto nunca ha sentido dicho vacío existencial.

El que un sujeto nunca haya sentido el vacío existencial se puede deber a dos grandes motivos: el primero es que al existir dentro del mundo de la fragmentación crea ilusoriamente (y muera pensando) que este mundo es el único mundo real, y el segundo motivo es que sintiendo un miedo interior se refugie en el mundo material (exterior) para evadirse del sufrimiento que provoca el reconocimiento de la fragilidad física de su existencia.

Esto demuestra el grado de evasión del sujeto en el mundo inferior.106 Quien asciende en sus niveles de conciencia logra alcanzar el vacío existencial, y quien lo supera (logra pasar el Tejom) unifica el sentido y el sin-sentido existencial en un grado de felicidad de orden superior, en un grado de felicidad extrasubjetiva, una felicidad que podríamos denominar como cosmogónica. La reflexión del alma (psique), como dice Hillman, no debe ser un campo exclusivo de la psicología, sino que el material cosmogónico (los aspectos físicos de la creación del universo) debe ser contemplado para comprender mejor la psique. Siendo un fragmento del Ein Sof, y teniendo en cuenta que, más allá de la Neshamá, el misticismo judío opera con grados o niveles más elevados del alma (Jaiá y Iejidá), la psicología del misticismo judío no puede reducir su comprensión del alma de forma cerrada al interior de la propia psique.

Las Sefirot (o dimensiones energéticas universales) en el orden cosmogónico son las raíces desde donde surgirán las «almas», y siendo el Árbol de la Vida un mapa cosmogónico y a su vez psicológico, no podemos reducir la psicología a la psique, cuando en su origen la psique representa el desarrollo de una consciencia cosmogónica en el modo fragmentario de materialización. El diseño de nuestra psique es una estructura fragmentaria del diseño universal proveniente del interior del Ein Sof antes de la existencia del vacío.

33. Los dos tipos de felicidad

«El ocio no suprime, sino que, por el contrario, intensifica la sensación de vacío del hombre».

JOSEPH FABRY

Entonces podemos percibir dos tipos de felicidad de acuerdo con cómo el sujeto se encuentre operativo, el Yo en el orden inferior posee una felicidad condicionada por los objetivos alcanzados dentro de dicho orden. Todas las sensaciones de felicidad del mundo inferior son transitorias porque dependen de resultados; en cambio, la sensación de felicidad continua (en el orden transcendente) se alcanza cuando el Yo es feliz por su expansión constante de su vacío interior independientemente del reconocimiento exterior. El sabio cabalista judío Yehudá Albotini dijo: «que cuando la crítica y el elogio no te afecten», has ingresado a percibir la cábala. La felicidad del mundo inferior es dependiente de resultados exteriores, en cambio la felicidad del mundo superior es constante y no es dependiente ni del bien ni del mal. En el mundo inferior cuando existe el bien se es feliz, y cuando opera el mal se es infeliz; en el mundo superior, en cambio, ni el bien ni el mal pueden afectar a la felicidad constante en el orden trascendente, ya que siendo el Ein Sof lo inalcanzable, la felicidad trascendente se fundamenta sobre el deseo infinito de alcanzar el Ein Sof.

Lamentablemente, la felicidad del orden inferior es dependiente del exterior social. La necesidad de un «honor exterior» de muchas personas hace que las energías psíquicas fundamentales para el crecimiento interior se pierdan malgastadas en la búsqueda constante del reconocimiento exterior. Sin dicho reconocimiento exterior social, entonces el Yo se siente menor, y he aquí que si la autoestima depende del otorgamiento del honor exterior, entonces creamos un tipo de felicidad inferior dependiente de factores externos, y no logramos una felicidad interior.107

El éxtasis de la consciencia de un fragmento finito cuando se siente parte integrante del Ein Sof es de una magnitud indescriptible porque se alcanza la felicidad constante. Este éxtasis es independiente de los logros finitos en el campo de la materia.

Es permisible y altamente deseable para el misticismo judío el estímulo a los jóvenes (hasta los 40 años) dentro del mundo inferior, pero mientras tanto, debemos entrenarlos para que el sentido de la existencia de cada ser humano sea independiente de los estímulos fragmentarios y finitos de la materialidad inferior. Lamentablemente, muchos continúan en la segunda etapa de la existencia atados a la felicidad inferior dependiente del exterior, y no logran percibir otro tipo de felicidad que la que se encuentra atada a los fragmentos finitos de la realidad inferior.

Los dolores reales del mundo inferior no son anulados por dicha felicidad constante (el misticismo judío sostiene el realismo material de Maljut), sino que son resituados, es decir, reinterpretados a la luz de la percepción del mundo superior. El dolor opera en cada nivel dimensional, y no existe el no-dolor, sino que existe el aprendizaje constante (incluso un aprendizaje dentro del dolor).

En cada nivel de percepción, una persona se encuentra en un nivel diferente de consciencia porque en cada nivel dimensional existe otra relación de tiempo-espacio. No existimos dentro de una sola relación tiempo-espacio, sino que, sin saberlo, para los antiguos místicos judíos podemos acceder de forma abstracta a estos niveles dimensionales superiores. Es más, sabemos que podemos superar todas las relaciones dimensionales del Tiempo-Espacio para acceder a un tipo de pensamiento en el nivel de Atzilut (dentro de la Eternidad). Lograr el acceso a dicha Conciencia Alef más allá de los condicionamientos de tiempo y espacio es adquirir la felicidad interior constante independiente de los factores externos.

Existen personas cuyo nivel de consciencia es bajo comparativamente frente a otras, pero siempre debemos recordar que todos los niveles de consciencia, tanto los comparativamente superiores como los comparativamente inferiores, son «nada» frente al Ein Sof, y a pesar de que cualquier persona (incluso el Mesías)108 parezca ser «algo», en realidad es nada frente al Ein Sof. Cada uno puede expandir su Kli de acuerdo con la naturaleza de la raíz de su alma y de acuerdo con su propio esfuerzo personal.

Es muy confuso establecer una definición conceptual del grado de conciencia que tiene cada sujeto debido a que cada uno opera dentro de una dimensión diferente en cada momento de su existencia, y en general operamos en muchas dimensiones sincronizadas. Debemos establecer la comparación de los diferentes momentos históricos del mismo sujeto para lograr un cuadro de resultados de sus cambios de percepción.

Alcanzar un grado de conciencia superior no implica dentro de la cábala hebrea la renuncia a ninguna de las dimensiones del Árbol de la Vida. Muchos sujetos con un alto desarrollo espiritual pueden pasar desapercibidos dentro de la realidad material, porque no es la difusión pública del sujeto lo que lo engrandece, sino que es justamente su vida interior lo que hace que una persona alcance dicha felicidad interior, porque todos debemos operar en todas las dimensiones al mismo tiempo. Lo que realmente alcanza un grado de conciencia superior se oculta detrás de todos los niveles dimensionales en los que operamos, porque debemos operar dentro de todos ellos, porque hemos sido predeterminados estructuralmente para trabajar en todas las dimensiones.

Nunca el trabajo en las dimensiones inferiores me rebaja a un nivel inferior, (si pensamos de este modo, estaríamos creando una elite espiritual), sino que, por el contrario, todo trabajo en las dimensiones inferiores me eleva; por ese motivo se han creado las dimensiones inferiores, porque todas las dimensiones, desde las más bajas en la densidad de la materia hasta las más altas de acuerdo con nuestra capacidad y esfuerzo, son oportunidades de crecimiento, y así logramos operar con la conciencia de ascenso espiritual constante, donde lo más bajo de la materia puede ser elevado y se puede poner al servicio de nuestra felicidad interior.

Porque, en realidad, no hay nada «abajo» ni hay nada «arriba»,109 ya que todo lo que existe abajo es fiel reflejo de las energías que operan arriba, fuera del espacio vacío. En otros términos, en cualquier nivel dimensional en que nos encontremos trabajando estamos operando en todos al mismo tiempo. Porque cada energía, por más limitada que sea en el campo de las dimensiones inferiores (las más densas de la materia), tiene efectos generales en todo el sistema cosmológico.

Todos los cabalistas están de acuerdo en que no es posible obligar a una persona a elevarse del nivel de consciencia que posee si no es por su propio «Entendimiento».110 Existe, pues, un «motor interior» (algunos cabalistas lo denominamos como la «Voluntad») dentro de cada sujeto. Pero cada sujeto debe extraer esta voluntad potencial y llevarla al «acto». No existe dentro del misticismo judío una teoría desvinculada de la acción material, y por ese motivo no se puede especular en los mundos superiores sin llegar al acto material.

El trabajo de todo místico judío es unir Keter con Maljut, y demostrar que las aparentes contradicciones entre las dimensiones más bajas frente a las más altas no existen. Las «contradicciones» parecen existir en el mundo inferior porque nosotros ignoramos el sistema de relaciones objetivas que se oculta debajo de la realidad general.

Por más que una persona aprenda teóricamente la cábala, no alcanzará a experimentarla sino a través de su propio esfuerzo personal, de su propio Entendimiento, ya que nadie puede reemplazar el Kli del otro, nadie puede extraer la misma Luz a pesar de que dicha Luz tenga la misma fuente (el Ein Sof). Nadie puede extraer la Luz que solamente el otro puede extraer. Porque la misión de cada «fragmento del Ein Sof» es extraer la parte de Luz del Ein Sof que solamente ese sujeto específico puede extraer. Todos estamos llamados al trabajo de iluminación del mundo (la redención mesiánica).

Debe existir, pues, un tipo determinado de energía interior que haga que el Yo pueda disfrutar elevándose en su nivel de percepción. Esa energía que al principio parece ser el producto de la «subjetividad», en realidad, termina unificándose con el entorno. Porque existe un gran secreto de la cábala «y es que todo lo que aparentemente lo hacemos bajo nuestro nombre, por nuestra subjetividad, y por nuestra exaltación del Yo, si quiere elevarse, debe elevarse más allá de sí mismo».

Existe un nivel de felicidad dentro de nuestra consciencia subjetiva que supera finalmente nuestra propia subjetividad. Y el mérito real del trabajo subjetivo es llegar a la destrucción de la centralidad subjetiva. Cuando el sujeto alcanza la felicidad a través de la salida de su subjetividad, entonces se produce un refuerzo de su voluntad subjetiva y, al mismo tiempo, de forma paradójica, un aumento de su vacío interior. Se amplía el Yo por el autorreconocimiento de su propio vacío interior.

Si existe un «dolor específico» (y por lo tanto no existe el disfrute), se debe comprender que el nivel al que se ha accedido no es el que nos corresponde. No se debe forzar al Entendimiento a subir de nivel si no se encuentra con la preparación adecuada. Cuando el nivel compensatorio del disfrute supera al del dolor, la persona se encuentra preparada para cambiar de nivel. El aprendizaje del dolor, aunque no lo anula, lo trasciende para permitir al sujeto elevarse hacia mayores niveles de consciencia.

Si la felicidad del ascenso del nivel de conciencia es superior al esfuerzo, entonces el camino de ascenso se potencia. Todo esfuerzo en el orden material y dentro de los otros niveles dimensionales es compensado automáticamente por un nivel de felicidad interior trascendente que no tiene relación alguna con ningún fragmento del orden inferior. Al acceder a dicho estado constante de felicidad, el Yo abandona todos los intentos defensivos de su propia subjetividad, y sitúa todas sus energías psíquicas para el constante crecimiento. En este punto, nada obstruye a la voluntad del Yo a continuar su ascenso imparable para lograr la extracción de las máximas potencialidades de su interioridad; en este nivel, hasta la sensación de vacío existencial se transforma en parte integrante de la felicidad, y no en causa de dolor y frustración. El sostén del vacío y su permanente ampliación son ahora una condición fundamental para lograr la felicidad interior constante.

En dicho nivel superior, todo es ascenso, y por lo tanto, aunque exista materialmente el esfuerzo, el grado de felicidad interior al que llega el Yo anula todo concepto de «esfuerzo», y entonces el esfuerzo de los niveles dimensionales inferiores se transforma en un «flujo permanente» hacia los niveles superiores. En este punto, todo lo inferior deja de ser inferior y pasa a formar parte de una misma unidad de consciencia.

Porque en los niveles más elevados de consciencia todo esfuerzo deja de ser esfuerzo, y a partir de ahí desde este punto, la felicidad interior se convierte en un flujo constante de energía que va desde el Ein Sof a través de nuestro Yo, donde apartada la subjetividad expandimos el canal del flujo de Luz divina proveniente del Ein Sof. Entonces nos convertimos en lo que realmente somos «conciencias unificadas» en la raíz general del Ein Sof.

El dolor (como todo mal) opera desde la ignorancia, por ese motivo, un aumento del Daat, temporalmente, también aumenta el dolor, pero otorga como resultado un placer tan alto que se anula el dolor inicial porque se puede percibir la existencia de un modo diferente. Es como si en algún momento de nuestra existencia convivimos con la paradoja de placer/dolor, donde el «placer» de nuestro crecimiento interior termina ganando sobre todo posible dolor, a pesar de su magnitud. Vencer todos los males y convertirlos en «Bien» es la tarea del judaísmo en este mundo.111

Existe, pues, dolor real en las siete dimensiones inferiores, y existe felicidad interior real a pesar del dolor en las tres dimensiones superiores. En la dimensión de Biná comprendemos la raíz de la estructura de las dimensiones inferiores, en la Jojmá alcanzamos la percepción de la vanidad del mundo inferior (o de la fragmentación),112 y en el nivel de Keter, anulamos toda conciencia del Yo en función de un centro psíquico, para pasar a ser un fragmento del Ein Sof dentro del Ein Sof, y al alcanzar la conciencia de la Nada destruimos toda distorsión real en la comprensión general cosmogónica.

Alcanzar «Keter» tiene un alto precio, y en realidad como allí nos encontramos en el «Daat Cosmogónico» subjetivamente no alcanzamos nada concreto, lo que alcanzamos es un estado donde opera la modificación permanente de nuestros estados de percepción de la realidad. Entonces somos una parte del No-Yo, y es entonces cuando modificamos la percepción general en todas las dimensiones, porque todas ellas ahora trabajan para un crecimiento espiritual constante de toda la estructura. Todas las energías psíquicas ya no se encuentran distraídas en los mundos inferiores, sino focalizadas en la elevación trascendente de dichos mundos inferiores.

En la psicología del misticismo judío sabemos que si una persona modifica su estado de percepción, entonces dispone de una estrategia global que altera sus estados de consciencia. En un nivel superior (en el estado psicológico de la Merkabá), el Yo toma el control de sus percepciones hasta tal punto que las puede modificar para anular el dolor. No estamos diciendo que el dolor no continúe existiendo en los niveles inferiores, sino que el dolor queda suprimido a nivel mental.

34. La coordinación entre el mundo superior de Alef y el mundo inferior de Bet

«El Mal no es una realidad autónoma sino un mensaje de Dios».

RABÍ ALEXANDRE SAFRAN (1910-2006)

En este nivel, cesa de trabajar el sistema de compensaciones constantes del mundo inferior, porque en un grado de felicidad interior, ya nada hay que compensar. Se compensa en una dimensión cuando sufrimos dolor en otra, y nos gratificamos por compensación. Pero en un nivel superior, entre la Jojmá y Keter, toda compensación dentro del mundo inferior cesa, desaparece. Por lo que, en ese nivel, uno existe en función de un aumento permanente en los niveles de consciencia. Se podría objetar que la espiritualidad se puede transformar en una espiritualidad de fuga (evasión de la realidad material), y entonces se produce la transformación de la espiritualidad como un mecanismo también compensatorio. En realidad, cuando sucede esto lo podemos verificar porque los desequilibrios inferiores se magnifican en el orden superior. Si la espiritualidad representa un método de fuga de los mundos inferiores, entonces realmente no estamos operando dentro de la verdadera espiritualidad del misticismo judío, ya que este obliga al Yo a afrontar la realidad material de las dimensiones inferiores. Así pues, la espiritualidad en el judaísmo no es un elemento de fuga de los mundos inferiores, sino un compromiso trascendente con dichos niveles.

El mal, pues, en un nivel superior, queda subyugado por la Merkabá. En realidad, el mal puede desaparecer por efecto del cambio de percepción que se puede operar desde la Merkabá. Si no respondemos al mal,113 sino que aprendemos de él, entonces decimos que hemos extraído «el bien del mal».

La desaparición física (la muerte) es un mal desde la perspectiva material, sin embargo, ¿cómo sabemos si dicha alma no ha cumplido su función? ¿Quiénes somos nosotros para determinar los años temporales dentro de la materialidad y relacionarlos con el sentido existencial? Es un absurdo pensar que existe una relación entre los años biológicos y el sentido existencial. Por más años biológicos dentro de la materia que posea un sujeto, no implica necesariamente que haya alcanzado el sentido existencial. Quiero citar las palabras del joven judío mexicano Jonathan Salomón Rosental Masri (Z “L) (1987-2013):114

«Yo creo que la felicidad es algo relativo, pero es un estado en el cual estamos a gusto con lo que somos y lo que tenemos, no tiene que ser tan complicado como pensamos, ya que para algunas personas podría ser el hecho de comerse una paleta de dulce y para otras ser el hombre más rico del mundo. Estos son los 7 puntos que creo que son lo más importante para poder llegar a ser felices: Ser tú mismo, estar relajado, sonreír, ponernos metas, Karma, relaciones sanas y hacer a alguien mas feliz».

Más allá del contenido del escrito, me gustaría proponer el siguiente interrogante: ¿No ha cumplido el sentido existencial el alma de este joven? Claro que queda el dolor biológico, por supuesto que su familia ha quedado afectada, todo esto es de una lógica imposible de negar. Sin embargo, el interrogante sigue en pie: ¿No vino el alma de Jonathan Salomón Rosental Masri a enseñarnos algo? Dice en su escrito, la felicidad es el estado donde estamos a gusto «con lo que somos». Este nivel de autoconocimiento se puede alcanzar con 20 años, y a veces existen sujetos con 90 años de existencia biológica que no han logrado estar a gusto consigo mismos.

Llegamos entonces a la conclusión de que la felicidad (paz interior) no necesariamente tiene que ser equivalente a la cantidad de años biológicos que acumulamos en esta existencia material. La intensidad existencial no se relaciona de ninguna manera con el tiempo biológico, y el aumento de la intensidad existencial lo otorga el nivel de autoconocimiento personal.

Y por ese motivo dice el texto hebreo bíblico del Eclesiastés, capítulo 6, versículo 3:

«Aunque un hombre engendre cien hijos, y viva muchos años, y los días de su vida sean numerosos; si su alma no se sació del bienestar… yo digo que un abortivo es mejor que él»

Los años biológicos en la vida material no se corresponden con el cumplimiento del sentido existencial del alma. Y entendido este asunto, podemos afirmar que realmente lo que importa es concentrarnos en nuestro sentido existencial que se encuentra cuando alcanzamos la consciencia Alef. Sin embargo, vivimos biológicamente dentro de las dimensiones inferiores del mundo de la fragmentación como si estas fueran la única realidad en sí mismas.

Por ese motivo, los cabalistas han explicado que en el mundo superior más allá del Universo de Briá, el mal desaparece ya que no tiene entidad propia. Pues si los ataques que recibe mi «Yo» en su dignidad subjetiva no me rebajan a los niveles inferiores de conciencia he logrado vencer el mal realmente dentro de mi interioridad. Así pues, la existencia subjetiva debe trabajar simultáneamente en el plano del mundo superior para seguir creciendo a pesar de que la sociedad general intente rebajarme por su presión exterior a los niveles inferiores.

Porque si la presión social exterior (Yesod) o el mal natural biológico (Maljut) logran rebajarme a los niveles inferiores de la realidad, es que nunca he alcanzado los grados superiores de consciencia (que teóricamente creía haber alcanzado). Por ese motivo, los ataques del mal exterior dentro de la realidad inferior (de las siete dimensiones inferiores) deben elevar mi conciencia hacia los niveles más altos.

Porque si he derrotado al mal exterior, pero dicho mal exterior se me ha incorporado dentro de mi estructura subjetiva, en realidad el mal ha vencido sobre mí. Vencer realmente al mal no es simplemente vencerlo en el exterior, sino vencerlo en mi interioridad (incluso si continúo siendo atacado por los «Otros» dentro del mundo exterior).

Porque conceptualmente el «Bien superior» representa la comprensión real de que el bien y el mal corresponden a dos caras de la misma moneda en el orden inferior.

El mal, por lo tanto, no queda derrotado porque lo hemos afrontado, sino porque lo hemos extraído de la realidad modificando nuestra percepción mental. Cada vez que afrontamos el mal, entonces le otorgamos entidad, y no solo eso, además de otorgarle «entidad», le aumentamos su potencia.

Sin embargo, cuando explicamos que «afrontamos el mal» es cuando le otorgamos entidad en el plano cognitivo. Lo puntualizo porque la subjetividad material (la vida biológica) se debe defender del mal en el plano material, lo que debemos vencer es nuestro instinto de mal dentro de nuestra interioridad. El mal exterior y nuestras reacciones físicas a dicho mal exterior no tienen que hacernos descender en el nivel de conciencia alcanzados.

Defendernos del mal exterior en el orden conductual es un grado importante de la Midá de Guevurá (la virtud de los límites), porque no podemos dejar que nos hagan daño físico ni psicológico desde el exterior. Así que destruir el mal al no entregarle más fuerza es el trabajo que debemos realizar en el orden cognitivo para alcanzar la conciencia Alef. Sin embargo, la defensa de mi subjetividad atacada (a veces físicamente) constituye la aceptación de la realidad material donde allí soy un sujeto determinado que lucha por su propia supervivencia biológica. No obstante, el precio que he de pagar por mi propia supervivencia biológica no debe convertir mi conciencia en un tipo de conciencia Bet, sino sostener y elevar mi conciencia en el nivel Alef a pesar de todos los problemas que puedan surgirle a mi Yo dentro del orden de la fragmentación (mundo de la Bet).

El trabajo dentro del mundo de la Bet no debe presionarnos para adquirir la conciencia Bet, sino que mi Yo se debe elevar a pesar del nivel de agresividad exterior dentro del mundo de la fragmentación. Toda la violencia que se pueda producir en el orden inferior de las siete dimensiones pertenecientes al mundo de la fragmentación nunca puede rebajar mi conciencia a un tipo de conciencia Bet.

Por lo tanto, a veces el sujeto debe escindirse temporalmente entre ambos mundos (Alef y Bet) y defender su subjetividad en el mundo de Bet, pero al mismo tiempo alcanzar los niveles más elevados de su consciencia Alef, y no estancarse dentro del mundo de Bet con consciencia Bet; debemos, por lo tanto, operar en el mundo inferior de la fragmentación (de Bet) con consciencia Alef, y los problemas inferiores del mundo de la Bet no deben rebajar nuestro nivel de consciencia.

¿Cómo resuelve la tradición mística del judaísmo este problema psicológico? En los niveles superiores opera dentro del mundo Alef y allí, por supuesto, puedo indudablemente actuar con consciencia Alef; sin embargo, el problema se nos presenta cuando operamos dentro del mundo de la Bet y allí se nos hace más difícil trabajar dentro de la estructura de la consciencia Alef. ¿Por qué no operamos dentro del sistema Alef con consciencia Alef y dentro del sistema Bet con conciencia Bet?

Porque, en realidad, el objetivo final de nuestra existencia es elevar físicamente el mundo de la fragmentación (Bet) al mundo de la unidad (Alef). Nuestro trabajo existencial no es simplemente elevar nuestra conciencia interior de la conciencia Bet a la conciencia Alef, sino que, al operar de forma permanente dentro de una conciencia Alef, logremos transformar este mundo de la fragmentación en un mundo unido donde todos operemos finalmente con conciencia Alef, y entonces elevaremos Maljut a Keter, y reintegraremos la secuencia espacio-temporal al orden de la Eternidad.

El problema práctico en términos psicológicos de todos modos continúa, el interrogante no se dilucida: ¿Cómo resuelve la psicología del misticismo judío el problema de existir materialmente en el mundo inferior de la Bet y, al mismo tiempo, operar con consciencia Alef? Vamos a citar aquí al erudito estudioso e historiador de la cábala, el doctor Gershom Scholem (1897-1982):

«Pero el autor del Raya Mehemna y de los Tikunim proporcionó a esta simbolística un giro nuevo y rico en consecuencias. El Árbol del Bien y del Mal actúa para él como símbolo de aquella esfera de la Torá en la que se encuentran mutuamente limitados el bien y el mal, lo puro y lo impuro, etc. Al mismo tiempo, representa también el poder que el mal puede conseguir sobre el bien en tiempos de pecado, y principalmente en los tiempos del exilio. Con ello el Árbol de la Ciencia se transformó en el árbol de las limitaciones, de lo prohibido y de lo separado, mientras que el Árbol de la Vida quedaba como signo de la libertad, en el que el dualismo del bien y del mal todavía no era perceptible (o al menos ya no lo era), sino que todo en él aludía a la unidad de la vida divina, la cual aún no había experimentado nada de las limitaciones, del poder de la muerte y de los restantes aspectos negativos de la vida que sólo se manifestaron tras el primer pecado. Estos aspectos represivos y limitadores de la Torá son absolutamente legítimos en el mundo del pecado, en el mundo irredento, y la Torá no podía en absoluto presentarse de manera diferente. Sólo después de la primera caída y sus vastas consecuencias adoptó la Torá el limitado aspecto material y sensible bajo el que ahora la conocemos. Dentro de esta simbolística, y según lo expuesto, se puede afirmar, en cierto modo, que el Árbol de la Vida representa el aspecto propiamente utópico de la Torá. Y vistas así las cosas, era lógico que se equiparase a la Torá en cuanto Árbol de la Vida con la Torá mística, y que se considerase, por el contrario, a la Torá en cuanto Árbol del Bien y del Mal como la Torá en su manifestación histórica. Nos hallamos aquí, naturalmente, ante un caso muy bello de exégesis tipológica por la que el autor del Raya Mehemna y de los Ticunim muestra una manifiesta preferencia. Pero hemos de dar un paso más. El autor relaciona este dualismo de los árboles con los dos tipos de tablas que le fueron dadas a Moisés en el Monte Sinaí. Según una vieja idea talmúdica, el veneno de la serpiente que había emponzoñado a Eva y a toda la humanidad a través de ella había perdido su fuerza con la revelación del Sinaí, pero la volvió a recobrar cuando Israel se entregó a la adoración del becerro de oro. El autor cabalista interpreta esto a su manera. Las primeras tablas, que fueron entregadas antes del pecado del becerro del oro, pero que nadie llegó nunca a leer aparte de Moisés, procedían del Árbol de la Vida. Las segundas tablas, que fueron entregadas después de que las primeras fueran rotas, procedían del Árbol de la Ciencia. El sentido de esta concepción está claro: las primeras tablas contenían una revelación de la Torá según el primitivo estado del hombre, en el cual éste debiera haberse dejado guiar por el principio materializado en el Árbol de la Vida. Hubiera sido ésta una Torá absolutamente espiritual, entregada a un mundo en el que revelación y salvación habrían sido realidades coincidentes, en el que todo era sagrado y la fuerza de lo impuro y de la muerte no necesitaban ser refrenadas por medio de prohibiciones y límites. En este estado de la Torá habría sido revelado sin deformaciones el misterio que encierra. Pero este momento utópico pasó fugazmente. Cuando fueron rotas las primeras tablas, desaparecieron en el aire las letras en ellas grabadas, quiere decir que el elemento puramente espiritual se retiró y desde entonces sólo es visible para el místico, que está capacitado para reconocerlo bajo el nuevo ropaje externo según el cual se ha manifestado en las segundas tablas. En las segundas tablas aparece la Torá con atavío y fuerza históricos. Claro es que sigue conservando sus ocultos planos de infinitos misterios. La luz se transparenta a través de la bondad, mientras la maldad ha de ser refrenada y combatida por medio de aquellas prohibiciones que le han sido imaginadas como antídoto. Esta es la cáscara dura de la Torá, la cual es inevitable en un mundo donde reinan las potencias del mal. Pero no se puede tomar la cáscara por el total. En cumplimiento de los mandamientos, el hombre puede perforar la cáscara externa y penetrar hasta el núcleo…».

«El ser auténtico de la Torá sólo es uno, aquel que se encuentra sintetizado en el concepto de Torá de Atzilut. Pero el ropaje o la forma externa que ha adoptado, en un mundo en el que el lema que impera es combatir las fuerzas del mal, son del todo legítimos e incuestionables».115

Las autoridades rabínicas a lo largo de la historia, al aplicar la jurisprudencia halájica, indudablemente han operado dentro del mundo de la fragmentación (Bet) porque tenían a su cargo la organización de las comunidades judías. Entonces, aparecían los místicos del judaísmo (los cabalistas) operando sobre la conciencia Alef para elevar el sistema de fragmentación hacia el mundo superior.

Sin la necesidad de organización comunitaria, los místicos judíos como Abraham Abulafia podían ejercitar su percepción de consciencia Alef y operar dentro del Árbol de la Vida y sus dimensiones; sin embargo, los rabinos institucionales como Ben Adret y otros (a pesar de su conocimiento del misticismo) al trabajar dentro de la realidad histórica y social de sus comunidades podían caer dentro de la consciencia Bet al encontrarse de forma permanente relacionados con los problemas cotidianos del mundo de la fragmentación. El trabajo histórico fundamental de los rabinos fue el sostén de la identidad nacional judía a través de las limitaciones religiosas, mientras que los místicos judíos deseaban elevarse en sus niveles de conciencia tomando el judaísmo como una vía cultural de ascenso constante de conciencia con miras a percibir alguna Luz proveniente del Ein Sof.

La tarea del místico fue la de modificar su propia percepción personal; en cambio, la tarea del rabino institucional se centraba en los problemas habituales de sus congregaciones. Sin la presión de la vida social de una comunidad, el místico podía buscar dentro de sí mismo la elevación constante para alcanzar mayores niveles de consciencia. Por su parte, el rabino institucional116 no podía encontrarse enfocado de forma exclusiva en la elevación de sus niveles de consciencia, sino en la resolución jurídica por medio de la Halajá de los problemas de sus respectivas comunidades religiosas. Mientras que el rabino institucional se encontraba intentando resolver los problemas del Universo de Asiá, el místico deseaba elevarse a través de todos los universos.

Aumentar los niveles de conciencia para lograr una consciencia de tipo Alef implica necesariamente un tiempo de soledad con nuestra propia interioridad (una interiorización del estilo del movimiento religioso de Bratslav), y cuando en nuestro trabajo de elevación interior logramos transformarnos, entonces estamos preparados para actuar dentro del plano cotidiano de la realidad material del mundo de la fragmentación. Entonces llegamos a una transacción entre los dos mundos, para por fin concluir que cognitivamente debo operar en el trabajo de unificaciones constantes dentro de las dimensiones superiores, resolviendo las aparentes contradicciones del mundo de la fragmentación.

El místico, entonces, no debe refugiarse en el mundo superior fugándose de los planos inferiores de la materialidad, sino operar dentro del mundo de la fragmentación a partir de una modificación constante de los niveles de consciencia. La conciencia Alef es el ideal al que debemos focalizar la dirección de nuestras energías psíquicas, y, al mismo tiempo, el mundo de la fragmentación (las siete dimensiones inferiores cosmogónicas o los dos universos de Asiá y el de Yetzirá) debe ser percibido de forma trascendente al operar en él de acuerdo conl ideal de nuestra consciencia Alef. La psicología mística del judaísmo no puede renunciar a los estados más altos de la espiritualidad trascendente de la conciencia Alef, a pesar de operar dentro de las dimensiones más densas de la materialidad del mundo de la fragmentación. Y toda resistencia que el sujeto desarrolle para no caer en la conciencia Bet es la que causa el refinamiento de la persona y la elevación de nuestros más elevados niveles de conciencia.

La consciencia Alef debe aumentar su potencia por más golpes psicológicos que el sujeto reciba dentro del mundo de Bet. Justamente se debe operar de forma inversa a la tendencia natural, porque si bien la tentación dentro del mundo de la fragmentación es bajar a la conciencia fragmentaria, a pesar de mi lucha existencial física, en los grados más bajos de la materialidad del mundo de la Bet, tengo que sostener y trabajar para elevar la conciencia Alef de unificación constante.

El gran desafío de la cábala es transformar todo en «Bien supremo», unificando las aparentes contradicciones del mundo inferior, porque al resolver las contradicciones y las paradojas todo el mundo inferior es encadenado y sujeto a las percepciones del mundo superior.

Es más, debemos ser conscientes de que las contradicciones operan para que nosotros podamos comprender su coexistencia, ya que el sentido oculto se oculta detrás de dichas contradicciones. En realidad, no debemos resolver las contradicciones (este es el error de Occidente), sino que dichas contradicciones son la respuesta misma, debido a que la contradicción se sustenta sobre nuestras limitaciones de percepción.

Las contradicciones son un reflejo directo de nuestras propias limitaciones finitas en el mundo de la fragmentación al percibir la dualidad vacío/Ein Sof como una estructura dual básica, o la existencia de la dualidad tiempo-espacio, o la dualidad consciencia/existencia. Todas estas dualidades son aparentes, percibidas desde el Ein Sof. Por ese motivo, podemos decir que debemos observar la realidad como si la pudiéramos ver desde Dios, y aunque esto es imposible, es relativamente posible, ya que aunque no podemos llegar a ser, al mismo tiempo, consciencia subjetiva y conceptualmente el Ein Sof, sí podemos percibir el universo de la «Eternidad» de Atzilut (como ya hemos visto).

Debemos ser conscientes de cómo opera todo el mundo inferior (mundo de la Bet) para comprender que en dicho nivel no debemos trabajar para resolver las contradicciones, sino para convivir con ellas, y comprender que es a partir de la percepción del mundo superior (nuestra consciencia Alef) desde donde podemos realmente resolver dichas contradicciones y paradojas, porque allí se encuentra el sentido unificador del sistema general. En realidad, se podría explicar que existimos en un estado de escisión permanente debido a nuestra dualidad entre el mundo de la Alef (donde alcanzamos los mayores grados de conciencia) y el mundo de la Bet (donde existimos dentro de la contradicción permanente).

Es el mundo de la Bet el que nos sitúa ante la primera contradicción entre mi subjetividad (mi Yo) y la exterioridad de mi Yo. Cuando alguien me agrede físicamente, está subjetivándome de forma obligatoria, porque me sitúa automáticamente dentro de mi Yo, y cuando mi Yo se defiende, entonces se encuentra en el mundo de la Bet, y no podemos negar el sistema de contradicciones permanentes del mundo de la Bet cada vez que defendemos nuestra subjetividad real en el mundo inferior, ya que, por el contrario, debemos existir dentro de dicho sistema de contradicciones.

No hay posibilidades de fuga del sistema que impera en el mundo de la Bet, sino una percepción diferente a través de una conciencia Alef.

Si de cada supuesto «mal» extraemos una enseñanza, entonces lo hemos automáticamente transformado en bien. No podemos negar el «mal», porque la espiritualidad del judaísmo no niega el mal y sus consecuencias dolorosas, sino que lo comprende como el precio que hay que pagar por existir dentro del plano de la materialidad. Pero siempre existe la Shejiná oculta dentro de toda densidad material, esto quiere decir que siempre habitan destellos de energías provenientes del Ein Sof encerradas y ocultas en la materialidad.

La existencia en sí misma en tanto existencia con conciencia117 conlleva una defensa inexorable de la subjetividad, porque es justamente la conciencia la que crea la subjetividad, y en cuanto la subjetividad se vuelve una realidad en sí misma, debe ser indudablemente defendida del entorno que la puede aniquilar en el orden de la materia. La consciencia subjetiva de existencia se defiende en el plano de la materia, y dado que en el orden inferior la consciencia no debe defender ningún orden espacio-temporal (y por consiguiente ninguna subjetividad), entonces puede desarrollarse como consciencia Alef.

Todo entorno amenaza la existencia, en tanto que la consciencia desea la continuidad de la existencia física. La existencia natural sin consciencia existe dentro del orden general de la naturaleza, pero es la conciencia la que desea continuar existiendo para aumentar los niveles de consciencia; en realidad, la consciencia obliga a la existencia a desear la continuidad existencial para poder continuar creciendo.

Si en el futuro pudiéramos modificar el Kli de forma biológica para adquirir mayores niveles de recepción material, lograríamos un aumento mayor de nuestra consciencia, y llegará el día en el que extraeremos la consciencia del orden espacio-temporal y la elevaremos al Universo de Atzilut.118

En realidad, sabemos que todo mal ha sido instaurado dentro del sistema para nuestro bien, el problema que tenemos es que el mal siempre oculta el bien que trae, y que el bien siempre oculta el mal que trae. Si anulamos el concepto de bien y de mal del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, entonces alcanzamos el verdadero Árbol de la Vida. Sin embargo, debemos advertir que tanto el Árbol de la Vida como el del Conocimiento del Bien y del Mal coexisten. Dentro de un pensamiento relacionado con el mundo de la fragmentación de Bet, nos asociamos mentalmente al Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal; en cambio, cuando accedemos al nivel de consciencia del mundo de Alef, debemos realizar un proceso espiritual difícil, que es el de unir el bien y el mal en una raíz común. Si logramos superar las fragmentaciones inferiores, entonces operamos sobre el mundo superior.

Sin embargo, no podemos nunca abandonar la defensa de nuestra subjetividad, ya que si no lo hiciéramos, violaríamos el mandamiento de «Amarás a tu prójimo como a Ti mismo». El sujeto en tanto un Yo con consciencia subjetiva nunca debe renunciar a sí mismo (dentro del judaísmo) porque esto constituye la condición fundamental para poder amar a todos los «Otros» que se encuentran fuera de mi Yo subjetivo. Es un desequilibrio grave asociado al mal el abandono de uno mismo por la radicalización espiritual.119 El mundo de la fragmentación de la Bet fue construido para que nuestra subjetividad producto de la consciencia se desarrolle hasta alcanzar los mayores niveles de unificación en los niveles más excelsos del mundo de la Alef. Si no defendiésemos la existencia física del sujeto en el mundo de la fragmentación, no se podría desarrollar ni la conciencia Bet ni la conciencia Alef. Para que exista, pues, una conciencia «Alef», el sujeto debe de modo realista aprender a existir en las dimensiones más bajas de la realidad. Y justamente es en las dimensiones inferiores donde se puede aprender el mejor ascenso a una conciencia Alef.

La «Vida» destruye los conceptos inferiores del Bien y del Mal. Y aunque los sistemas inferiores decidieron elevar el «mal» hacia el mundo superior (Alef) a partir de la muerte física, jamás el mal logrará destruir el Bien del orden superior que es la Conciencia divina automanifestándose en una constante revelación existencial. Y estamos haciendo referencia a una conciencia más allá de nuestra conciencia subjetiva específica.

A pesar de esto, debemos ser conscientes de que el entorno (muchas veces agresivo con mi Yo) puede provocar una distorsión tal, que me haga «creer» que el único mundo real es el de la Bet. Mi Yo tiene que (a pesar de sostener su subjetividad) no caer en la trampa social de la presión del entorno o en la trampa material de la exclusividad dimensional de Maljut, sino «crecer» subjetivamente para alcanzar la extracción mayor de la potencialidad oculta de cada sujeto. Si el Yo logra percibir el «Entorno» (Yesod), sea a través de la agresión, o del elogio como opciones de crecimiento del Yo, entonces nos encontramos modificando nuestras percepciones interiores.

Es, por lo tanto, un trabajo doble, defendernos de las presiones del entorno social hasta alcanzar la máxima liberación del Yo y defender mi subjetividad pero sin caer en una construcción subjetiva producto de dicha defensa, porque entonces mi Yo no está construido a partir de mis verdaderas potencialidades interiores, sino a partir de las cicatrices sociales dentro de mi Yo. Debo crear las defensas de mi personalidad interior en la Tiferet para sobrevivir y adaptarme al entorno social y, al mismo tiempo, debo cuidar mi sensibilidad interior para continuar mis ascensos en los diferentes niveles de conciencia. Mi elevación cognitiva en la Biná no debe encontrarse obstaculizada por los problemas inferiores, sino que, por el contrario, los aumentos de mis niveles de consciencia deben continuar y potenciarse justamente por aprender de las dimensiones más bajas del Árbol de la Vida.

La raíz del alma (la esencia de mi Yo), es decir, los niveles más elevados del alma deben ser expresados exteriormente incluso frente a las agresiones (explícitas o implícitas del entorno). La construcción de una felicidad interior independiente de todas las actividades externas es la clave para acceder al interior de la Merkabá.

Aunque sabemos, los que trabajamos dentro de la Jojmá Nistará (sabiduría oculta del judaísmo), que no existe ni el bien ni el mal en la Eternidad, pero sí que existen dentro del mundo de la Bet. Al existir con consciencia en el mundo de la Bet, el mal y el bien operan como realidades, y, por lo tanto, debemos conocer que el bien y el mal son productos directamente de mi consciencia subjetiva, porque debo defender mi Yo del entorno, y cada vez que defino los límites de mi subjetividad automáticamente estoy creando un bien y un mal con relación a mi subjetividad. Y no es tan simple como lo presentamos; a pesar de que un sujeto esté realizando el esfuerzo de elevar su conciencia al nivel Alef, puede ser presionado por el entorno para rebajarse al nivel Bet, entonces son los «otros» los que definen mis límites (y no mi propio Yo). A pesar de que me puedan imponer límites identitarios en las siete dimensiones inferiores, el poder mental de mi Yo y su capacidad de modificación cognitiva dentro de la psique (en el nivel del alma de la Neshamá) siguen estando bajo nuestro control y dominio.

La consciencia es la que crea al sujeto y, a partir de ahí, el Yo (ya creado) desea la defensa de la existencia subjetiva, y esto conlleva automáticamente a que el Yo se encuentra gastando las energías psíquicas en la defensa de su subjetividad, y no en su propio crecimiento. Entonces aparece una de las paradojas fundamentales de la existencia: a mayor conciencia subjetiva, mayor es la subjetividad que debemos defender, pero paradójicamente cuando dejamos de defender la subjetividad, es entonces cuando realmente elevamos la conciencia hacia nuestra máxima potencialidad porque ya no obligamos a nuestras energías psíquicas a operar exclusivamente (o mayoritariamente) en el mundo de la fragmentación, sino en la unificación constante de nuestro Yo con toda la realidad cosmogónica.

Entonces debemos trabajar en dos frentes simultáneamente: por una parte, desgastar el mínimo de energías psíquicas en la defensa de nuestra subjetividad frente al entorno social, y, por la otra, concentrar el máximo de energías psíquicas en nuestra elevación constante aumentando los niveles de consciencia.

Lo ideal sería que exclusivamente concentremos nuestras energías psíquicas en la ascensión de los niveles de consciencia de forma permanente, pero este «ideal» en realidad choca con la defensa de nuestra existencia subjetiva en el mundo de la fragmentación (Bet).

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