Kitabı oku: «Cásate conmigo... de nuevo»

Yazı tipi:

MARIOLINA CERIOTTI MIGLIARESE

CÁSATE CONMIGO… DE NUEVO

Crisis y renacimiento de la pareja

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Risposami!

© 2020 by EDIZIONI ARES

© 2022 de la versión castellana traducida por ELENA ÁLVAREZ

by EDICIONES RIALP S. A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com

Preimpresión y realización eBook: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-6029-5

ISBN (edición digital): 978-84-321-6030-1

Depósito legal: M-78-2022

Impreso en Anzos, S. L. - Fuenlabrada (Madrid)

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ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

INTRODUCCIÓN

I. EL MATRIMONIO COMO VÍNCULO ESPECÍFICO

II. TRES RELATOS

Primera historia: Marta y Luca

Segunda historia: Costanza y Gregorio

Tercera historia: Chiara y Matteo

III. LA FORMACIÓN DE LA PAREJA. EL ENAMORAMIENTO

Un poco de teoría

Marta y Luca: el encuentro

Costanza y Gregorio: el encuentro

Chiara y Matteo: el encuentro

IV. IDEALIZACIÓN Y DES-IDEALIZACIÓN

Un poco de teoría

Imaginación y realidad

V. LA REORGANIZACIÓN DE LA PAREJA. ACOGER LA AMBIVALENCIA

Personalidad y carácter

La ambivalencia relacional

No todo es lo que parece

Los desafíos de la vida en común

VI. EL FRACASO EN LA REORGANIZACIÓN DE LA PAREJA: LA CRISIS

La confianza destrozada

La decisión

Valor subjetivo, valor objetivo

VII. ENTENDER LA CRISIS

¿Entender o “justificar”?

Entre el pasado y el futuro

VIII. “EL SEGUNDO MATRIMONIO”: DE LA COMPLEMENTARIEDAD A LA ALIANZA

Juntos y solos

¿Amor verdadero o paciencia estúpida?

“Te necesito”

El placer de la alianza y el “privilegio de la presencia”

IX. EL DESAFÍO DEL AMOR PARA SIEMPRE

¡Hay que quererlo!

¿Mejor o único? La persona “justa”

La felicidad, tarea personal

Siempre se puede recomenzar

CONCLUSIONES

APÉNDICE. LA MISERICORDIA EN LA FAMILIA

Misericordia en la familia

Actitudes humanas necesarias para el perdón

Vida en familia

Valor subjetivo y valor objetivo

El perdón en la pareja

Anna y Marco

BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL

AUTOR

INTRODUCCIÓN

A nosotros

Todos estamos invitados a «ser creativos en el amor.

El amor no es un oficio. Por eso, aquí no se proponen

indicaciones, ni se aplican expedientes.

El amor se activa ante la realidad; pero es siempre

nuevo, en situaciones que se forman constantemente,

sin que ninguna se parezca a otra.

[El amor se realiza] frente a esta exigencia

de vida, a esta demanda... a este conflicto...

tal y como están en la existencia

concreta y como se me presentan. El amor

tiene algo de vidente: una capacidad para entrever

lo que yace escondido ... de vaticinar lo que

todavía debe suceder. Es algo creativo...

es irrepetible y carece de modelo»[1].

ME PARECE QUE EL MEJOR MODO de empezar este libro es compartiendo estas palabras de Romano Guardini sobre la creatividad del amor. La creatividad es ese principio que da al amor la posibilidad de perdurar y ser fuente de felicidad. Le hace capaz de «crear y recrear el mundo», como decía el psicoanalista D. Winnicott. Pero el amor también es frágil, y son pocos los que conocen su secreto.

Han pasado siete años de la publicación de mi libro La pareja imperfecta. Desde entonces, muchas más parejas con dificultades me han pedido que las acompañara, para ayudarles a comprender sus situaciones de crisis. Hemos seguido buscando caminos juntos, y alternando momentos de esperanza y de desasosiego, éxitos y fracasos. He aprendido mucho de ellos y con ellos. Poco a poco, he sacado a la luz los pensamientos que me propongo compartir ahora. Gracias a sus historias, he llegado a entender que las crisis importantes, las que ponen en duda la continuidad de la vida de pareja, casi siempre son consecuencia de una dificultad prolongada para comprender y hacer frente a los momentos críticos de naturaleza fisiológica, que forman parte de toda relación.

El libro anterior estaba dirigido, sobre todo, a parejas que empezaban su camino. Este libro está destinado a quienes desean reflexionar sobre sus vivencias a partir de la senda iniciada. Es para quienes luchan con dificultades que no habían previsto, para quienes se preguntan si han elegido bien. Pero también está destinado a quienes quieren profundizar en su relación y se proponen vivir su matrimonio con mayor conciencia, con todas sus luces y sombras.

Las parejas de hoy en día sufren una contradicción, cada vez más acusada, entre sus expectativas legítimas de felicidad, sus proyectos de vida, y las dificultades concretas que se encuentran al querer realizarlos. Todos empezamos a dudar de que sea realmente posible estar juntos toda la vida, sin que la convivencia se reduzca, en el mejor de los casos, a un soportarse, recíproco y resignado.

La crisis tan profunda en la que se encuentra el matrimonio es una situación nueva y difícil. Pero, como todas las crisis, no es por sí misma, ni necesariamente, solo negativa. Nunca es buen principio lamentar el pasado, y menos un pasado que tenía muchas sombras, como en este caso. Al contrario, si observamos con atención, tenemos por delante una oportunidad espléndida. Es la de ser capaces de interpretar, de modo más consciente, el auténtico significado de esta relación tan especial. Con ello, podemos comprender por fin la promesa de felicidad de la que es portadora.

No obstante, por su novedad, la situación exige nuevas competencias y una nueva sensibilidad, que no pueden darse por descontadas, y tampoco se pueden improvisar. Por un lado, se ha elevado el nivel de exigencia de una madurez afectiva suficiente para vivir bien el matrimonio. Por otro, es cada vez más difícil para las familias y para el contexto social acompañar a los hijos hacia esa madurez. En consecuencia, se multiplican las parejas enamoradas pero frágiles, poco preparadas para afrontar el desafío que tienen por delante. Por eso, me parece importante sacar a la luz los matices que hacen que el matrimonio sea una relación tan específica, que es a la vez rica y compleja.

Para reflexionar sobre los diferentes aspectos del matrimonio, he querido que me acompañen los relatos de algunas parejas con las que he hecho un recorrido de ayuda. Sus historias hablan de crisis importantes: situaciones que han llegado a un extremo de dificultad que hacía necesario pedir un apoyo externo. Sus experiencias nos permiten descubrir algunas dinámicas que, en realidad, son comunes a todas las parejas, con sus momentos inevitables de incomprensión. Gracias a ellas, descubriremos la continuidad que existe entre crisis «fisiológicas» y crisis «patológicas». Casi siempre, el origen de las situaciones más graves está en no haber encontrado el modo de hacer frente a los pequeños momentos de crisis cotidiana. También está en que se ha minusvalorado la necesidad de cuidar conscientemente la relación, que hay que volver a amoldar de forma inteligente, varias veces a lo largo de la vida. De hecho, y precisamente por sus particularidades, en el matrimonio (en cualquier matrimonio) se presentan situaciones críticas. No son necesariamente patológicas, pero siempre requieren la capacidad para descubrir qué adaptaciones son necesarias hacer para que la relación siga siendo sólida y vital a lo largo del tiempo. Cada uno de nosotros evoluciona continuamente a lo largo de la vida. Pero esta dinámica se opone a la tendencia natural de la pareja, a mantener constantes los equilibrios iniciales. Es decir, se opone al cambio, con un estado inconsciente de inercia. Eso hace que sea muy importante que el marido y la mujer aprendan a reconocer a tiempo los signos de malestar en uno o en otra, y a tratarlos abiertamente, con total libertad, para buscar nuevos equilibrios.

En cambio, lo más frecuente es que, con intención de proteger la relación y mantener su equilibrio, prefiramos retrasar, esperar, minimizar. Al igual que cualquier otra realidad viva, también la relación de pareja es incapaz de aguantar sin consecuencias el sometimiento a la rigidez y a la compresión en esquemas predeterminados. A falta de una adaptación progresiva y recíproca, pierde la capacidad de dar respuesta satisfactoria a la necesidad vital de desarrollo que tienen los dos.

Cada pareja tiene una identidad propia. Es como un cuerpo vivo, que tiene que crecer y transformarse, y que, para hacerlo, necesita mucha flexibilidad e imaginación. Para vivir bien juntos hemos de aprender a interpretar las dinámicas que están en juego, sin conformarnos con lo que ya creemos saber. Cuando no estamos abiertos al cambio, la relación conyugal tiende a perder la vitalidad y la creatividad del principio. Se vuelve asfixiante e insatisfactoria, y puede desembocar en problemas más graves, que hacen que la situación explote. Es lo que les ha pasado a las parejas que presento. Pero esas historias también nos ayudan a comprender que no hay nada realmente perdido cuando se quiere seguir adelante. Se puede recomenzar. Siempre se puede, también cuando nos encontramos ante crisis que pueden parecer, a primera vista, definitivas.

Una crisis importante, aunque no acabe en separación, siempre marca de alguna forma un final en la relación o, más precisamente, el final de un cierto modo que tenía esa pareja de relacionarse. Para que la relación pueda revivir en plenitud es necesario, entonces, hacer una labor concreta de decodificación y de reconstrucción. Y esta solo puede empezar a partir de la decisión consciente de volver a fundar la propia relación, sobre nuevas bases.

Por eso es necesario plantearse la relación en los términos de un segundo matrimonio: un pacto renovado con la misma persona, a quien se le vuelve a regalar el amor y la confianza. Pero ahora se hace en el marco de una comprensión más profunda de lo que une de una forma tan exclusiva precisamente a esas dos personas que se han elegido al principio.

Si se observa detenidamente, todas las parejas tendrían que hacer un recorrido como ese, sin necesidad de pasar por la experiencia de una crisis grave. La persona elegida por vez primera tendría que ser elegida de nuevo, siempre, cada vez de forma más consciente. Y, por lo menos, una segunda vez.

El resultado de un segundo matrimonio con la misma persona es que la relación se hace más sólida, y también que se renueva. Es una relación que se pone al servicio de una alianza verdadera y definitiva, que sea también capaz de dar una nueva plenitud a la vida juntos.

[1] ROMANO GUARDINI, Volontà e verità, Morcelliana, Brescia 1978, p. 144.

I.

EL MATRIMONIO COMO VÍNCULO ESPECÍFICO

UNA DE LAS SECUENCIAS MÁS IMPORTANTES de la película Shall we dance, con Richard Gere y Susan Sarandon, tiene un interesante intercambio de ideas entre la protagonista y el detective privado, al que ella misma ha contratado para averiguar si su marido la está traicionando.

La mujer pregunta al detective: «En su opinión, ¿cuál es el motivo para casarse?».

El hombre responde: «¡La pasión!». «No», replica ella. Él añade: «Es interesante. Habría dicho que usted era romántica. ¿Cuál es, entonces?». Y la mujer le responde: «Porque necesitamos un testigo de nuestra vida… hay miles de millones de personas en el planeta. En total, ¿qué valor puede tener una sola vida? Pero un matrimonio tiene una promesa de ocuparse de todo… tanto de las cosas buenas, como de las terribles o frívolas. De todo, siempre, cada día. Quien hace la promesa, dice: “Tu vida no va a pasar inadvertida, porque yo voy a ser tu testigo”».

¿Significa esto que la pasión no tiene cabida en el matrimonio? ¿Que el sentimiento no cuenta?

Tal vez, simplemente, es que la pasión y el sentimiento no son suficientes por sí solos para justificar una relación tan compleja como el matrimonio.

En la historia que es el matrimonio, cada uno de los dos es el único testigo auténtico de la vida del otro. Le conoce como nadie más, hasta en los repliegues secretos de su ser. Le conoce y le ve también en esos momentos que él mismo no es capaz de ver. En el matrimonio vemos, cada día, al otro en acción, en todo tipo de situación, en la relación consigo mismo y con el mundo. Podemos observarle como “de espaldas”, es decir, conocer esos aspectos de los que él no es consciente. Le vemos envejecer, le vemos sufrir, le vemos en sus momentos alegres y tristes, cuando está desanimado o confiado. Le admiramos, le detestamos, le amamos, le rechazamos. En todo caso, la verdad es que, cuando la relación es auténtica, el paso del tiempo va a hacerle más valioso e importante, a pesar de las dificultades.

Pero, para que esto llegue a suceder, es necesario volver a definir el matrimonio como lo que es: una relación pensada para perdurar, sin fecha de finalización. Esta característica hace que sea, en el plano afectivo y psicológico, un vínculo muy específico, muy distinto de otras formas de relación, que puedan ser también intensas y significativas, y que no tengan como presupuesto compartido el compromiso recíproco por la continuidad y la duración.

En el caso de los creyentes, este aspecto del matrimonio adquiere una evidencia todavía mayor, porque se fundamenta explícitamente en la promesa libremente otorgada de un vínculo “para siempre”. Aunque todo amor humano contiene la aspiración a la eternidad, el cristiano cree que el sacramento puede actuar para hacer que sea indisoluble. En este sentido, la indisolubilidad es un evento: mediante la intención sincera y la promesa de amor entre un hombre y una mujer, limitados y frágiles, el sacramento da origen a un cuerpo nuevo, inédito e indivisible, en el que la vocación personal de cada uno encontrará la mejor vía para llegar a su plenitud.

También para quien no se identifica como creyente, la duración del matrimonio representa el objetivo al que apuntar: solo cuando el horizonte en el que nos situamos es “para siempre”, la relación entre el hombre y la mujer adquiere el sabor especial de las grandes aventuras, aquellas en las que se despliegan la imaginación y el valor, y que nos obligan a confrontarnos constantemente con nosotros mismos. El matrimonio “para siempre” es el desafío relacional más alto, porque pone en juego todo el amplio espectro de nuestras emociones y de nuestras capacidades: nos pone indefensos ante la otra persona, sin posibilidad de engaño.

La puesta en escena es esa multiplicación generosa e imprevisible de la vida, que se reconoce como el fruto de aquellas historias que solo la muerte ha interrumpido.

Desde el punto de vista psicológico, lo específico del matrimonio en cuanto relación es que tiene el proyecto de perdurar, y que este es un elemento constante e “invariable” del matrimonio mismo, independientemente del contexto. De esta característica dependen algunas dificultades que se encuentran en la relación y que, por ello, se consideran fisiológicas. A ellas se añaden hoy nuevas dificultades, que dependen de la actual situación sociocultural, hostil a la idea del matrimonio en cuanto vínculo estable.

La pareja de hoy en día ya no se encuentra en el cauce de reglas “fuertes” y compartidas socialmente. No puede darse nada por descontado: ni la diferencia entre masculinidad y feminidad, ni la atribución de tareas y de roles, ni el proyecto de generación.

Además, hay ciertos “modos de sentir” ampliamente difundidos que condicionan, aunque sea inconscientemente, nuestra posición hacia los proyectos afectivos. Entre ellos, está, por ejemplo, nuestro modo de considerar el amor, con una interpretación muy idealizada, que destaca su componente emotiva, en detrimento del realismo en los proyectos. Está además la convicción difundida de que la salud de una relación se manifiesta en la ausencia de conflictos, más que en la capacidad de mantener una sana conflictividad, controlada y constructiva, que es necesaria a la confrontación.

A esto se suma la idea de que la relación de pareja debe ser una respuesta a la necesidad de felicidad personal que cada uno tiene. Cuando la relación se vuelve difícil o decepciona nuestras expectativas, la consecuencia es la decisión de interrumpirla para buscar en nuevas relaciones lo necesario para sentirnos bien.

De este modo, se hace coincidir el concepto de felicidad, por un lado (en las relaciones afectivas), con el del bienestar subjetivo; por otro lado (en el entorno laboral) con el de la “autorrealización”, que se identifica con el éxito y la visibilidad personales. En cualquiera de los dos campos, nos exponemos continuamente a la comparación desigual entre nuestras altas expectativas y lo que la vida nos puede regalar concretamente.

El proyecto de que el vínculo de amor permanezca “para siempre” tiene, como consecuencia igualmente específica, la necesidad de desarrollar algunas competencias, que son necesarias para afrontar las situaciones de crisis que algún día habrán de llegar, pero sin que destruyan la relación misma. Esto exige que el hombre y la mujer acojan el matrimonio como un largo camino, que contiene el desafío de un crecimiento personal y como pareja. Para que la relación pueda ser portadora de felicidad, van a ser necesarios muchos momentos de renegociación y cambios personales, porque la decisión inicial solo es el primer acto de una aventura, larga e interesante.

La relación de pareja tiene una naturaleza dinámica. Quienes la han estudiado en profundidad observan que en el matrimonio hay, desde el principio, una alternancia de fases específicas, que se denominan de idealización, desilusión y reestructuración. Sus características y la sucesión entre ellas se hacen especialmente evidentes en el primer periodo de la historia de una pareja. Pero cada una de estas fases, aunque con ciertas diferencias, vuelve a repetirse con el tiempo, durante todo el ciclo de la vida.

Es muy importante entender el matrimonio como un proceso dinámico. No es correcto pensar en la relación de pareja como una realidad estable y definida de una vez para siempre. Los cambios en las condiciones de la vida con el paso del tiempo, y la evolución personal de cada uno, hacen necesarias las adaptaciones recíprocas y continuas. El desafío de fondo consiste en encontrar y mantener la fisionomía y la identidad de esa relación, en un cambio que permite la evolución vital sana de cada uno, en el respeto al otro.

Precisamente por este motivo, la aparición de momentos críticos no se puede considerar como un hecho excepcional, ni indica tampoco necesariamente que se presente una disfunción o una patología de la pareja misma. En cambio, cada crisis sirve para indicar que hay que hacer algún cambio, y que hemos de ser capaces de cuestionar el vínculo, para reorganizarlo según los nuevos equilibrios. Así podremos introducir los cambios que sean necesarios para que la relación siga siendo estable y vital al mismo tiempo.

La salud psíquica de la pareja exige que seamos capaces de mantener una relación lo suficientemente flexible como para permitir que cada uno siga siendo él mismo, en plenitud, en el contexto de una relación de gran intimidad. Esto supone que, en una relación, cada uno de los dos cónyuges debe tener la posibilidad de desarrollar su personalidad de la mejor forma, con sus características, sus dones, su vocación personal. Pero no por ello puede perder de vista el contacto y el intercambio con el otro. Es necesario mantener en relación vital la parte más profunda y personal de ese hombre y de esa mujer, sabiendo que cada uno de los dos, a su vez, busca constantemente el equilibrio entre la continuidad y el cambio. Es un reto realmente difícil.

Aunque a primera vista, los comentarios que estamos haciendo puedan parecer bastante teóricos, en realidad se aplican a la infinita variedad de las decisiones prácticas, grandes y pequeñas, de la vida cotidiana: el reparto de tareas (¿quién cocina? ¿quién limpia? ¿quién hace la compra?); la definición de los ritmos vitales, entre trabajo y familia (¿qué espacio se debe dar a la familia y cuál a la profesión?); la gestión económica (¿en qué cuenta corriente? ¿dónde domiciliamos el sueldo? ¿cómo decidimos sobre los gastos? ¿mío / tuyo / nuestro?). Solo son algunos de los ejemplos más comunes entre las muchas cosas que hay que acordar, definir y compartir. Las decisiones no son solo concretas, sino que también están dotadas de un alto valor simbólico. Así, mediante estas y otras decisiones que pueden ser pequeñas y cotidianas, la pareja va adquiriendo su fisionomía propia y define aspectos como el espacio y el valor que va a reservar a los proyectos personales de cada uno, o la forma en que esos legítimos proyectos personales se van a compaginar, de forma equilibrada y satisfactoria, con el nuevo proyecto compartido de la familia. Muchas veces, el nacimiento de los hijos supone, en este terreno, un momento importante de toma de decisiones, no exento de dificultad.

Por eso, es evidente que los primeros acuerdos no pueden ser suficientes. A lo largo de la vida, va a ser necesario hacer adaptaciones mutuas y continuas, que tendrán que superar el encuentro y enfrentamiento, a veces, con las situaciones de la vida diaria. Pero precisamente este elemento puede abrir paso a un “trabajo psíquico”, complejo y estimulante a la vez, en el que la pareja se encuentra y se enfrenta, media y llega a acuerdos. Es típico de cualquier relación que se pueda llamar vital.

Este “trabajo psíquico”, entre continuidad y cambio, es el que permite que la relación se modifique con el tiempo, pero sin perder nunca su configuración específica más profunda.

Confío en poder mostrar con claridad que las crisis más graves se producen precisamente cuando esa confrontación es, por cualquier motivo, insuficiente. A veces es por una dificultad prolongada, quizá no reconocida, para hacer frente y superar de forma abierta los momentos críticos, desde el punto de vista fisiológico, que tiene el vínculo. Esto lleva consigo una insatisfacción crónica que puede crecer solapadamente, y que distancia progresivamente al hombre y a la mujer, hasta que estalla la crisis.

II.

TRES RELATOS

El que sabe todas las respuestas

no se ha hecho todas las preguntas

Confucio

LA SEPARACIÓN SE HA CONVERTIDO en un hecho muy común del horizonte cultural actual, socialmente aceptado. Esta situación reclama el desarrollo de una nueva forma de pensar: ¿es posible seguir amándose, también cuando en la pareja pasa algo grave? ¿Qué hacemos cuando suceden hechos que no son fisiológicos, como una traición, el enamoramiento de otro, u otras situaciones importantes, que ponen en seria crisis la confianza recíproca?

¿Se puede reconstruir la relación, realmente, en casos como estos? ¿Podemos volver a enamorarnos tras una desilusión profunda? Entre los creyentes, es frecuente que una crisis matrimonial importante dé paso a preguntas más amplias, relacionadas con la fe y con el significado vocacional de la elección: ¿cómo se pueden conjugar la desilusión y el amor? ¿Cómo se puede continuar con la relación, tras la ruptura de la promesa o cuando la gravedad de la desilusión parece hacer que se esfumen por completo los proyectos que habíamos soñado cuando nos enamoramos? ¿Puede Dios querer esto? ¿Es posible que quiera que seamos infelices?

La respuesta a estas preguntas no es sencilla. No hay respuestas estandarizadas, o válidas para todos y por igual. Solo existen las historias personales. Pero en cualquier historia, por muy diferente que sea de otras, salen a la luz elementos que se repiten significativamente y que permiten identificar algunas claves de interpretación que tienen una utilidad transversal y válida para todas las situaciones. Y contar con una clave de lectura nos permite mantener siempre abierta la esperanza.

Por este motivo, he decidido que las partes más teóricas del libro vayan de la mano de ejemplos concretos, tomados de la historia de tres parejas. Las he seleccionado entre las muchas que han acudido a mí en momentos de crisis más aguda, y a las que he acompañado en el recorrido de comprensión de su propia historia.

Quisiera aclarar que no se trata de parejas “patológicas”, sino de parejas completamente normales, como las que nos encontramos a diario: personas que se han enamorado, que han decidido casarse, y que han tenido hijos. Son personas que se quieren. Pero, a pesar del amor mutuo, algo en su historia se ha roto: algo que ellos, por sí solos, no pueden reparar.

Al igual que en otros casos, también en estos, los dos cónyuges han sido incapaces de abrir a lo largo del tiempo un encuentro lo suficientemente franco y abierto entre ellos. Este es necesario para negociar la relación, reorganizarla y darle una nueva forma que sea más satisfactoria para ambos. Los motivos son variados; muchas veces se evita la discusión con la intención declarada de proteger al otro, a uno mismo y a la relación. Pero la dificultad para comprender las dinámicas que están en juego y modificarlas de forma flexible ha llevado a endurecer y a dejar sin salida la estructura misma de la relación. En ausencia de una buena comunicación y de una recíproca y progresiva adaptación, la relación se ha vuelto paulatinamente asfixiante e insatisfactoria, y desemboca en el problema que ha hecho estallar la situación.

En este capítulo, me propongo empezar por presentar las tres situaciones tal y como me las encontré en el momento de la petición de ayuda. He elegido nombres imaginarios y he procurado que los protagonistas no sean reconocibles, aunque han dado su consentimiento al uso de su historia. Por razones de espacio, no podremos seguir sus historias hasta el final. A lo largo del libro, voy a recuperar elementos de una o de otra, para ilustrar las partes más teóricas con ejemplos más concretos.

Primera historia: Marta y Luca

Marta y Luca tienen la misma edad; los dos son profesionales, y tienen a sus espaldas un largo matrimonio: llevan casados 27 años y tienen tres hijos mayores, que todavía viven en su casa. Cuando vienen a verme, están atravesando una crisis importante: Marta ha descubierto que Luca le traiciona. No es una traición episódica, sino una relación que había empezado casi tres años antes de que Marta la descubriese por casualidad. En ella no hay nada especialmente original: «la otra» es una compañera de trabajo más joven, con quien Luca comparte buena parte de su tiempo. Marta, que tenía plena confianza en él, nunca ha sospechado nada. Ahora está destrozada por la profundidad de la decepción y del dolor: tiene delante a un extraño, un hombre al que no conocía. Pero ella y su marido tienen una larga historia en común, tres hijos, y una vida juntos, que todavía tiene valor para ambos. Además, los dos son creyentes, y esto les mueve a hacer un intento serio de tratar de superar la crisis y de reencontrarse.

En el primer encuentro, Marta se muestra muy dolida y enfadada. Aunque está decidida a tratar de reconciliarse, afirma que no sabe si va a ser capaz de perdonar a su marido. Luca, en cambio, parece sobre todo agobiado y confundido: reconoce que siente el mal que le ha hecho a Marta, pero solo parece darse cuenta plenamente en este momento. Sobre todo, parece preocupado ante la posibilidad de una separación, que no quiere: la posibilidad de perder a Marta y su vida representa, en este momento, una hipótesis aterradora.

Segunda historia: Costanza y Gregorio

Costanza es la primera que viene a mi consulta, y lo hace sola. También ella ha descubierto recientemente que su marido la ha traicionado varias veces. Costanza y Gregorio llevan casi 10 años casados. Son las personas más diferentes que se pueda imaginar: ella es italiana, él es originario de un país africano; entre ellos hay tradiciones, cultura y costumbres completamente diferentes. Pero Costanza dice: «Cuando decidimos casarnos, éramos muy conscientes de nuestras diferencias, y durante todo el noviazgo cuidamos de forma especial nuestra relación. Quisimos que nos acompañara, paso a paso, un sacerdote que goza de la confianza de ambos. Después, casi enseguida, nacieron los niños: dos, de edades muy cercanas. La vida nos ha arrollado, y nos hemos alejado. Ahora he descubierto que él me ha traicionado varias veces, con chicas muy distintas a mí».

Costanza está destrozada, desconfiada, enfadada. Pero decide proponer a su marido un encuentro conmigo. El fuerte vínculo que él también tiene con sus hijos, y su marcado sentido de la familia le dan un pequeño margen de esperanza.

Unos meses después, Costanza y Gregorio vienen a mi consulta, y empezamos un recorrido, breve pero intenso, que les conduce al reencuentro.

Tercera historia: Chiara y Matteo

Chiara y Matteo llevan 13 años casados, y hace poco que han tenido a su tercer hijo. Matteo es seis años mayor que Chiara, y el trabajo le obliga a ausentarse de casa con frecuencia, a veces durante varios días. Durante una pelea bastante dura, Chiara le ha dicho a Matteo que se ha enamorado de otro: no admite que le haya traicionado (aunque él lo sospecha), pero Matteo se siente como si lo hubiera hecho. Siempre ha pensado en Chiara como una chica joven, sobre la que él tenía cierto ascendiente, ni se le había ocurrido que ella pudiera pensar en otro.

Matteo está herido, airado, incrédulo. Pero su unión con Chiara es muy fuerte y la sola posibilidad de perderla no entra, por ahora, entre las opciones que quiere considerar.

También él encontraba dificultades en la relación con Chiara. Sobre todo, tenían que ver con que ella es muy reservada, poco capaz de compartir sus pensamientos y sus emociones, en la forma afectiva que le gustaría a él. Por este motivo, se siente aún más herido por el hecho de que ella se pueda haber “emocionado” con otro. Para él, es impensable la infidelidad en las relaciones, porque él es muy fiel en sus sentimientos cuando se vincula a alguien. Chiara lo ha sumido en una incertidumbre dolorosa.

En cambio, Chiara parece confundida. Ella también se siente muy unida a Matteo, y no llega a entender lo que le está pasando, el porqué de esta sensación de haber “perdido la cabeza” precisamente ahora que acaban de tener otro hijo. Al mismo tiempo, está convencida de que esta situación debe significar algo, y que su matrimonio llevaba tiempo sin funcionar bien. Es cierto que no consigue abrirse mucho con él, pero esto también sucede porque la emotividad de Matteo le parece, a veces, excesiva. No sabe por qué, pero esto hace que se sienta como en peligro. Además, en la última temporada, la inteligencia crítica de Matteo, que tanto le entusiasmaba, se ha convertido en una actitud hipercrítica que le hace sufrir. Dice que Matteo tiene que tratar de entenderla, si quiere evitar que el matrimonio se rompa. Ella quiere mantenerlo, porque sabe que todavía les quiere, a él y a sus hijos.

Brevemente, esta es la situación en que se encontraban las tres parejas en el momento de pedir ayuda. Son personas dolidas y desorientadas, a quienes les cuesta hablarse y que confían al terapeuta su historia herida.

La primera expectativa y la más común, sobre todo para quienes han padecido un daño, es la de encontrar a alguien que “haga justicia”. A veces es una expectativa un poco mágica, como si la intervención externa de un especialista pudiera reajustar lo que se ha roto, y pusiera cada cosa en su sitio. Hay un deseo latente de que existan palabras capaces de anular el dolor, de dar la razón a quien la tiene, y de hacer que quien ha hecho daño se dé cuenta de lo que ha hecho.

Pero el trabajo de ayuda a la pareja en crisis no tiene nada que ver con una atribución de razón y de error. El verdadero punto de partida es la acogida como paciente a la relación misma, tal y como es; a la relación de pareja con su historia, sus vicisitudes y sus contradicciones. Esta es el sujeto al que hemos de tratar de comprender y curar entre todos. Para eso, tenemos que suspender momentáneamente el juicio.

Es importante aclarar que esto no significa de ninguna forma “justificar” los comportamientos objetivamente negativos (como, por ejemplo, la traición). Se definen como tales, y deben seguir siéndolo, sin ambigüedad. Más bien significa compartir la necesidad de moverse poco a poco hacia un plano distinto al juicio, para llegar a comprender juntos qué es lo que ha podido pasar para que dos personas que se querían se hayan distanciado tanto.

Cada pareja es algo más que la simple suma de dos individuos: cada uno de los dos, en el marco de otro encuentro, habría dado origen a un sistema-pareja completamente diferente. Esto es así porque cada pareja es un sujeto en sí mismo, con una fisionomía propia y específica. Para comprenderla a fondo, es necesario recorrer con curiosidad y paciencia la historia común, desde el punto de vista de cada uno.

Esto supone que lo más importante a lo largo del recorrido no es definir los hechos en su objetividad, o esforzarse por reconstruir de qué forma han ido las cosas (quizá buscando en el terapeuta a alguien que sentencie sobre quién tiene razón). En cambio, es importante presentar una lectura nueva y compartida de las dos subjetividades, para aprender a dar plena legitimidad a dos puntos de vista que pueden ser, a veces, muy diferentes entre sí.

El marido y la mujer tienen, cada uno, su historia personal, que ha empezado mucho antes de que se conozcan. Esta historia personal condiciona sus expectativas sobre la relación, y también las formas que tiene cada uno de relacionarse. Por eso, se debe empezar por ahí.

Es frecuente que, una vez superada la fase inicial, en la que cada uno cuenta a su manera la crisis que les ha traído a mí, y una vez establecida una alianza que lleve a que ambos se sepan acogidos y no juzgados, invito a cada uno a hablar de sí mismo, en presencia del otro. Cuenta su historia personal y la historia de la pareja desde su punto de vista y desde su vivencia. Invito también a cada uno a escuchar el relato del otro con una escucha nueva, atenta y, si es posible, más libre. Se posiciona junto al terapeuta, en una dimensión abierta que es distinta del juicio.

Un paso muy importante en este proceso es el de pedir, por turno, que cada uno cuente cómo nació su historia: sus recuerdos del primer encuentro, sus impresiones, las preocupaciones y expectativas de la fase del enamoramiento. Este momento siempre es muy significativo y casi siempre lo sitúo al principio de la intervención de ayuda, aunque lo retomo varias veces a lo largo de las sesiones. El modo en el que cada uno presenta su encuentro con el otro, las palabras que escoge para contarlo, la memoria de las emociones sentidas, las emociones que suscita el recuerdo: el conjunto de estos aspectos nos aporta, a mí y a ellos, una clave para recuperar los elementos sobre los que podamos fundar la esperanza, si los hay. Con un poco de experiencia, muchas veces se puede reconocer, a través de las palabras y de las emociones, que se transparenta la intuición inicial más profunda que han tenido, en su día, el uno de la otra. Si dejamos espacio al relato del enamoramiento, podemos captar un sentido de unidad y de valor recíprocos. Podemos, entonces, volver a empezar desde ahí, porque ahí se encuentra la fuente de la energía positiva que ha alimentado la decisión de vivir juntos: es una energía que está adormecida, pero que tal vez no ha desaparecido, como un pequeño fuego silencioso que late bajo las cenizas.

III.

LA FORMACIÓN DE LA PAREJA. EL ENAMORAMIENTO

¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!

¡Palomas son tus ojos!

¡Qué hermoso eres, amado mío, qué delicioso!

Puro verdor es nuestro lecho.

Las vigas de nuestra casa son de cedro,

nuestros artesonados, de ciprés

Cantar de los Cantares 1, 15-17

Un poco de teoría

El modelo de funcionamiento de toda relación de pareja tiene sus raíces en el enamoramiento. Es un acontecimiento imprevisible, que trae consigo emociones muy fuertes: entre las muchas personas que tenemos la suerte de conocer, una en concreto consigue activar ese conjunto de deseos y emociones que hacen que queramos compartir con ella nuestro tiempo, nuestros pensamientos y nuestros proyectos.

El enamoramiento es un acontecimiento muy específico, fuertemente anclado en las vicisitudes de la historia personal de cada uno. Ya Freud, en sus Tres ensayos sobre teoría sexual, observaba que «encontrar el objeto (es decir, encontrar a la persona que se convierte en objeto de nuestro amor, que hace que nos enamoremos de ella) es, sencillamente, recuperarlo». Freud decía que en el enamoramiento tiene lugar una especie de “reconocimiento” del objeto: hay algo del otro que nos impresiona especialmente, como si esa persona, que en realidad es desconocida, no fuera totalmente nueva para nosotros, como si presentase características que la hacen “familiar”.

El punto de referencia básico para este “reconocimiento” inesperado es la relación con los primeros objetos de nuestro amor en la vida, que son nuestros padres. Aunque adopta formas diferentes, la relación con ellos es esa referencia fundamental, en gran parte inconsciente, sobre la que hacemos nuestra elección: ya sea en sentido positivo (por semejanza) o negativo (por diferencia). No se apoya necesariamente en el progenitor del sexo opuesto, como sostiene la creencia común, con algo de simplificación. A veces es el progenitor de nuestro mismo sexo el que aporta la impronta que rige nuestro deseo. Además, son muchos los casos en los que, más allá de las características específicas y personales del propio objeto, adquiere una importancia decisiva el tipo de relación que se instaura con él. Con sus características más profundas, ese objeto vuelve a proponer el modo de funcionar de la pareja de progenitores, o, por el contrario, lo rechaza drásticamente y nos opone a ella.

El encuentro entre dos personas que se enamoran es un acontecimiento complejo, entre otras cosas, porque se produce sobre dos niveles de funcionamiento afectivo. Por un lado, se encuentra la organización libidinosa (el así llamado “ideal del Yo”): hace que elijamos en el otro esos aspectos que nos atraen y nos gustan, las características que nos parecen agradables y positivas. Por otro, en lo más profundo se encuentra un nivel de atracción menos evidente y consciente, que está relacionado con la historia de nuestro desarrollo y con el modo en que hemos organizado la que se define como nuestra “organización defensiva”: es decir, el inconsciente nos orienta hacia alguien cuyas características “funcionan bien” para mí. Su modo de ser es, en cierto sentido, complementario al mío, y estar con él hace que me sienta estable en el plano de mi funcionamiento, además de salvaguardar el equilibrio psíquico alcanzado hasta ese momento.

Como he mencionado antes, se trata de un nivel principalmente inconsciente. Por eso, el tema es complejo y un poco técnico. Pero voy a tratar de aportar, en la medida de lo posible, una explicación comprensible.

Cada niño (y todos lo hemos sido) necesita, ante todo, amor, seguridad y atención. El cachorro humano solo puede desarrollarse en la relación y es completamente dependiente de su ambiente de pertenencia. Por este motivo, su instinto le lleva a tratar de modelarse según las expectativas que percibe en las personas que le cuidan y por las que quiere ser considerado.

Esas expectativas son, muchas veces, inconscientes. Se transmiten de modo imperceptible, por medio del rico intercambio de retroalimentaciones comunicativas entre el niño y el ambiente: el tono de voz, la mirada, la forma de ser abrazado o de dejar de serlo, el ser tenido cerca o lejos; o, por el contrario, ser rechazado por sus características y sus comportamientos. Esto le empuja a adoptar progresivamente una forma de ser que le capacite para atraer sobre sí la atención y el interés, según expectativas que reconoce. Aunque sea inconsciente, esto supone un continuo trabajo de mutua influencia entre el niño y el ambiente, en el que el niño usa los recursos que tiene a su disposición en cada momento específico de su desarrollo para obtener una respuesta a sus necesidades.

Podríamos decir que, a medida que crecemos, cada uno de nosotros “se organiza” psicológicamente, por una parte, para atraer la benevolencia y la atención de los demás; por otra, para defenderse de la frustración que nace cuando el ambiente no nos entiende o no nos aprecia según lo que desearíamos.

Puedo tratar de ilustrarlo con un ejemplo: ser acomodaticios y condescendientes o, por el contrario, tendencialmente agresivos con las personas que nos parecen hostiles, son dos modos de ser (nosotros diríamos “dos caracteres”) opuestos, pero que tienen su origen en dos modalidades de defensa aprendidas precozmente.

Cualquiera de estas dos modalidades es “funcional” a nuestro bienestar psíquico. Ser condescendientes y estar siempre atentos para satisfacer al otro nos permite obtener su aprobación (y con ello hace que nos sintamos valiosos y amados). Aunque a veces obliga a reprimir algunas de nuestras emociones más negativas, también hace que evitemos el dolor psíquico que podría derivar de sentirnos poco considerados o desaprobados. Pero el estilo agresivo también tiene sus ventajas: a pesar de que pueda provocar desaprobación, la agresividad puede obtener esa atención que se desea como el bien más valioso; por otra parte, el sentimiento de rabia permite que no sintamos el dolor psíquico relacionado con la temida indiferencia del otro.

Así, se va construyendo paulatinamente un ámbito de normalidad, que se podría definir como un “estilo caracterial” personal, que es resultado de las mejores estrategias que cada uno ha logrado activar en cada momento del desarrollo. Son estrategias que se podrían definir como “de supervivencia”, porque procuran un equilibrio entre las necesidades, las competencias posibles en cada edad y la respuesta del ambiente. Es este un modo de funcionar que tiende a estructurarse y estabilizarse, y que la persona va a poner en práctica, sin darse cuenta siquiera, en la mayoría de las relaciones siguientes, y sobre todo las que sean afectivamente importantes. Cada adulto lleva siempre, en su interior, la huella del niño que ha sido, con sus éxitos y fracasos, pero también con las inevitables heridas que surgen de la imperfección natural de las relaciones. Ya sean grandes o pequeñas, estas heridas determinan el modelo defensivo que adopta cada uno, también según la edad en la que se hayan producido.

Volviendo a la relación de pareja, el encuentro que desencadena el enamoramiento es el que responde mejor a la forma que ha asumido la vida psíquica de cada uno hasta ese momento preciso.

Para profundizar en el significado de lo que estoy diciendo, puede ser útil hacer que hable, brevemente, una de nuestras parejas. De este modo, puede resultar más claro lo que me propongo explicar. Como es lógico, son solo elementos muy parciales, porque en este contexto resulta inevitable. Voy a usar las palabras de Marta y Luca (la primera de las parejas que he presentado) cuando relatan la situación familiar de la que proceden.

Marta: «Yo tengo una familia normal, unida. Mis padres discuten a veces, pero después hacen las paces. Siempre me han dejado muy libre, pero también me han hecho muy responsable, desde pequeña. Cuando tenía 9 años mi madre sufrió un agotamiento nervioso y yo he tenido que hacerme cargo de mi hermana pequeña. Siempre he sido la buena y responsable de la familia, considerada como un recurso para todos».

Luca: «Mi madre se casó muy joven, a los 17 años, porque estaba embarazada de mí. Papá tenía 25 años. Vivíamos con mi abuela, que me ha criado. Papá traicionaba a mamá, y ella se confiaba conmigo muchas veces y lloraba. Mi madre tiene un carácter posesivo y aprensivo, hasta hoy tiende a tratarme como a un niño».

Son pocas palabras, pero nos dejan entrever a Marta y Luca de niños, e imaginar las expectativas del ambiente en el que han crecido, y cómo las sentían recaer sobre ellos. Marta, con el deber de ser responsable, fiable y autónoma, evitando ser un peso para una madre con dificultades, de la que quería recibir, a cambio, el afecto y la sensación gratificante de ser “buena”. Luca, con la misión de estar cercano siempre a una madre joven y triste, de ser su confidente y de procurar que se sintiera mejor: así, ha sido un niño afectuoso, pero también limitado por una relación de dependencia.

Como he dicho antes, sobre la base de sus temperamentos, edades y de las exigencias del ambiente, ambos se han “organizado” inconscientemente en el plano psicológico. Han optimizado sus propios recursos para hacerse querer y para configurar su propio “estilo caracterial” profundo, que ha dejado huella en sus modos de ser.

Cuando se conocieron, la historia de cada uno ha tenido un peso importante en la confirmación de la elección recíproca, aunque de modo totalmente inconsciente. Más adelante voy a ilustrarlo mejor.

Y precisamente a partir de Marta y Luca podemos pasar a la escucha del relato que hace cada una de nuestras tres parejas sobre el momento del primer encuentro. Para cada historia, voy a tratar de sacar a la luz el elemento que ha hecho nacer la percepción profunda de una “complementariedad”, tanto en el nivel que he denominado “libídico”, como en el que he llamado nivel “defensivo”.

Es, sobre todo, esta percepción de ser complementarios a un nivel profundo lo que desencadena el enamoramiento.

Marta y Luca: el encuentro

Marta y Luca se conocieron en el comedor de la empresa donde ella trabajaba. Los dos tenían 25 años. Él llevaba varios meses haciendo prácticas en una empresa cercana, e iba a comer al self-service de la empresa de Marta. El encuentro ha sido fortuito.

Marta: «Un compañero me había dicho, unos días antes: fíjate, hay un tipo que no deja de mirarte. Me entró la curiosidad, entre otras cosas, porque era un chico realmente guapo. Hasta que un día me encontré detrás de él en la fila del autoservicio… ¡y como es un tipo algo torpe me pisó un pie! Enseguida se disculpó, por supuesto. Tenía el brazo escayolado por una fractura, y por eso yo le eché una mano con la bandeja. Después nos sentamos en la misma mesa y empezamos a hablar. Además de guapo, enseguida me pareció que era muy agradable e interesante».

Luca: «Ella también era muy guapa: me había llamado la atención desde hacía un tiempo, pero no sabía qué excusa poner para acercarme. Me parecía muy dulce, me daba una sensación familiar. Antes de hablar con ella, ya sentía una atracción fuerte, y hasta he pensado: ¡si me quedo por aquí, me caso con esta! En realidad, no sé por qué. Aquel brazo escayolado fue mi ocasión privilegiada».

Marta y Luca empiezan a comer juntos habitualmente; luego, a verse también después del trabajo, y se confirman los motivos de interés recíproco.

Marta: «Yo vivía sola, después de una relación importante que había ido mal. Era una persona con un fuerte sentido del deber; trabajaba mucho, me importaba mucho mi carrera y no había tenido mucho tiempo para hacer amigos. Cuando estaba con él, notaba un sentimiento agradable de ligereza y me divertía: él siempre estaba alegre, y tenía grandes habilidades para la relación; era un chico muy sociable, a quien le gustaba estar con los demás. Todo el mundo le quería. Además, enseguida hubo entre nosotros una fuerte atracción física: una constante de nuestra relación».

Luca: «Marta también me atraía mucho físicamente. Yo estaba en mi primera experiencia fuera de casa; hacía poco que había terminado una relación que había empezado en el instituto y que había durado más de seis años, entre crisis periódicas. Surgió una especie de simbiosis, yo estaba totalmente volcado en ella, casi hasta ahogarme. Marta me parecía muy madura, muy mujer. Enseguida he sentido que era una persona fuerte, capaz, valiosa. Era una persona independiente: precisamente eso que yo estaba buscando».

Por lo que respecta a la organización libídica (eso que me ha impresionado, eso que me ha gustado del otro), en el caso de Marta y Luca es bastante sencillo identificar cuáles son los elementos.

Marta: «Cuando estaba con él notaba un agradable sentimiento de ligereza y me divertía: siempre estaba alegre y tenía grandes habilidades para la relación; era un chico muy sociable, al que gustaba la compañía de los demás».

Luca: «Marta me pareció muy madura, muy mujer. He sentido enseguida que es una persona fuerte, capaz, valiosa. Era una persona independiente: justo lo que yo estaba buscando».

Además de la atracción mutua en el aspecto físico, a Luca le atrajeron la independencia y la seguridad de Marta (que a él le faltaban); mientras que a Marta le atrajo un modo de vivir la vida más relajado y menos “centrado en el deber” que el que había conocido en su familia.

Por lo que respecta, en cambio, a la organización defensiva (el otro considerado como alguien que contribuye de forma concreta a mantener estable mi modelo de funcionamiento), los elementos inconscientes de la atracción mutua se refieren al hecho de que cada uno de los dos resulta “perfecto” para favorecer la estabilización de la estructura defensiva del otro: cada uno de los dos encuentra en el otro la expresión de una parte “ausente” y/o incompleta de sí mismo. Junto a esto, encuentra en el funcionamiento del otro una confirmación y un refuerzo del propio “modo de funcionar” (que es el mejor que cada uno ha llegado a encontrar en el curso de su historia, en busca de un equilibrio entre las propias exigencias y las de su ambiente vital).

El encuentro entre Marta y Luca es “especial” porque supone el inicio de una nueva realidad, una “mente común” en la que las exigencias de ambos se expresan y reciben apoyo. Para Marta, el modo de ser de Luca expresa, por una parte, lo que ella no puede o no sabe expresar (es decir, atenúa su excesivo sentido del deber, que tiene su origen en sus vivencias de niña), y, por otro, justifica y refuerza su necesidad de ser fuerte/competente, en continuidad con su misma historia: Luca necesita que ella siga siendo exactamente la que es.

Para Luca, como en un reflejo, el modo de ser de Marta completa lo que él no puede o no sabe expresar (la plena autonomía, que le deje salir totalmente del mundo de su madre), pero también justifica y refuerza la positividad de su ser alegre, “ligero”, aunque también un poco dependiente; capaz de una socialidad que hace que Marta se sienta bien: Marta, de hecho, necesita que él siga siendo precisamente quien es.

Costanza y Gregorio: el encuentro

Costanza y Gregorio se conocieron en un avión entre Milán y París. Es difícil imaginar dos mundos de proveniencia más diferentes: Costanza es una chica italiana originaria del sur, la primera de cuatro hermanos, de una familia muy creyente; es licenciada en filosofía y tiene un trabajo de prestigio. No tiene a sus espaldas ninguna relación afectiva importante, porque siempre ha esperado la llegada de un encuentro lo suficientemente serio como para comprometerla de por la vida.

Gregorio, en cambio, es originario de un país africano; proviene de una familia en la que está vigente la poligamia y su padre ha tenido unos treinta hijos de muchas esposas. Su madre es la tercera de ellas. En su país, los niños son hijos de la comunidad y no necesariamente son criados por sus progenitores. Gregorio ha sido criado por un tío que no tenía hijos varones y que se ocupó de que él estudiase en una institución religiosa católica. Era un chiquillo inteligente, al que le gustaba mucho estudiar y que llegó al grado de licenciatura. Ha encontrado un trabajo muy bueno en Milán, que le hace viajar. Cuando conoce a Costanza está volviendo de París: un viaje que los dos recuerdan como un momento decisivo de su historia. Sin saber por qué, enseguida han empezado a hablar de cosas importantes; Costanza ha mostrado mucha curiosidad e interés por las vivencias de Gregorio. Ha percibido que es un chico especialmente inteligente, poco convencional. Han hablado hasta de la fe: él ha dicho que lleva tiempo en búsqueda, que recuerda con nostalgia su tiempo en el colegio y las enseñanzas que recibió entonces.

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