Kitabı oku: «El hielo en el fin del mundo»

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Mark Richard, de ascendencia cajun-creole-francesa, nació en Louisiana y pasó buena parte de su infancia en hospitales para niños tullidos. Debido a la deformidad de sus caderas le dijeron que a partir de los treinta estaría condenado a vivir en una silla de ruedas. No fue así. El día que los cumplió le pilló haciendo autoestop para mudarse a Nueva York y ser escritor. No lo tuvo fácil. Su padre, un hombre violento e impredecible, les abandonó una noche de borrachera. Sus motivos: la mala tierra, una mujer triste, varios bebés perdidos, un hijo «extraño» y la marcha del general Sherman. A los trece Mark se convirtió en el locutor de radio más joven del país. Abandonó sus estudios, se metió en problemas y se pasó tres años faenando en barcos pesqueros. Fue fotógrafo aéreo, pintor de brocha gorda, camarero e investigador privado. Asistió al taller literario de Gordon Lish, que le compró un gorro de artillero forrado de lana para sobrevivir al duro invierno de Nueva York y le publicó su primer libro de cuentos. El libro se vendió poco, pero después de que la editorial le transmitiera su poca fe, Norman Mailer le entregó el PEN/Hemingway Foundation Award y Barry Hannah le llamó para dar clases en Oxford, Mississippi. Por las noches se acercaba con su perro a la vieja casa de Faulkner y se asomaba a las ventanas esperando ver fantasmas. Un día, al volver de su paseo, se encontró a Larry Brown sentado en la mesa de la cocina, fumando y bebiéndose su bourbon. En el sur nadie cierra la puerta de atrás. Al verle, Larry simplemente le dijo: «Hey». Actualmente vive en Los Ángeles con su mujer y sus tres hijos. El día de su boda se dio cuenta de que había conocido a todos sus amigos en bares. Es autor de dos colecciones de relatos, una novela y un libro de memorias.

EL HIELO EN EL FIN DEL MUNDO

EL HIELO EN

EL FIN DEL MUNDO

Mark Richard

Traducción de Tomás Cobos


Título original:

The Ice at the Bottom of the World: Stories

First Anchor Books

February 1991

Primera edición:

Abril 2016

The Ice at the Bottom of the World: Stories

© Mark Richard by 1989

© 2016 de la traducción: Tomás Cobos

© 2016 de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig

Ilustración: Iban Sainz Jaio

Correcciones: Marta Velasco Merino

Traducción: Tomás González Cobos, con la amable ayuda

de Tracy Rucinski, Marta Velasco y Javier Lucini. Gracias

también a Mark Richard por su paciencia y generosidad

a la hora de responder a todas mis dudas.

ISBN: 978-84-19288-03-5

Producción del ePub: booqlab

Para Claire

Índice

Abandonados

Su cuento favorito

En la cuerda

Alegría al estilo de la huerta

Aquí estamos, genial

El hielo en el fin del mundo

Genius

Niño Pez

La teoría del hombre

Banquete de la tierra, recompensa de la arcilla

Gracias, Dios, porque todos mis amigos siempre tienen para mí una almohada y una manta, un lugar en la mesa, unos dólares que meterme en el bolsillo. Benditos sean especialmente los chicos del Thunderbird Lounge original: Brian, Scott, Melvin, Terry, John, Joe, Carl y Stan. Benditos sean Eminent Cheese y Hola, Casey y Denise. Bendito sea Gordon; también Tom. Descanse Jim Boatwright. Benditas las chicas Maggie y Temperance y Julie, y bendita esa chica, Pamela Sue, de fe inquebrantable y amor siempre luminoso. Benditos todos y gracias de nuevo.

Con cariño, M.R.

Abandonados

Por la noche, se meten perros abandonados por debajo de nuestra casa a lamer los caños que gotean. Les oímos toser y gruñir debajo de la habitación donde dormimos mi hermano y yo, restriegan los lomos enmarañados contra los tablones que hay bajo nuestras camas. Nos quedamos tumbados, despiertos, escuchando, y mi hermano piensa en el nombre que le va a poner al perro que se dispone a atrapar. Entre sus favoritos están Saludo y Chicarrón.

Le digo a mi hermano que son perros salvajes y miedosos. Basta un pisotón con el pie descalzo en el suelo, junto a la cama, para que salgan disparados, arqueando el espinazo, por el hueco que hay bajo nuestra ventana abierta. A veces mi hermano se asoma y, si se da mucha prisa, alcanza a tocar uno mientras se escabulle.

Nuestro padre tiene pensado volver a poner las mosquiteras en primavera. Las ha sacado ya del cobertizo y las ha apilado en el camino de entrada. Las pone una a una sobre caballetes para apretar más los marcos y coser los agujeros para que no entren mosquitos. O esa era su intención, porque una mañana nuestra madre se pone a tirar al suelo todas las conservas que estaban en las estanterías, se mete los dibujos que habíamos hecho para el Domingo de Pascua mi hermano y yo en la boca y se echa a correr por el campo que habían despejado la semana pasada para el maíz al lado de nuestra casa.

El tío Basuras es nuestro pariente más cercano con coche y nuestra madre le saca una ventaja de más de medio día a nuestro padre cuando llega el tío Basuras. El tío Basuras llega por el camino a toda velocidad y pasa por encima de todas las mosquiteras, separándolas de sus marcos. Hay un pollo espachurrado en la rejilla del coche del tío Basuras. Ni siquiera apaga el motor cuando el tío Basuras sale del coche y se pone al volante nuestro padre, que retrocede por encima de las mosquiteras y se lanza en busca de nuestra madre.

El tío Basuras se da cuenta de que se ha dejado su botella debajo del asiento del coche. Se va a la cocina y arrasa con todas las estanterías que nuestra madre no había tocado. Luego está en el armario de las toallas del pasillo, amontonando todo lo que saca. Está en la habitación de nuestros padres, abriendo armaritos. Está en el cobertizo, donde abre y olisquea un frasco de gasolina para el cortacésped. Viene el tío Basuras y pregunta: ¿Por dónde se va al pueblo para ir a echar un trago? Le señalo el camino por la carretera. El tío Basuras se marcha diciendo: Y ojito no vayáis a quemar la casa.

Mi hermano y yo nos quedamos en el patio lateral, haciendo el pino hasta que anochece. Agarramos luciérnagas a puñados y nos embadurnamos las camisetas de amarillo brillante. Es tarde. Nos lavo los pies y me encargo de meternos en la cama. Esperamos que alguien vuelva pero no viene nadie. Por suerte para mí, cuando mi hermano comienza a lloriquear para que venga nuestra madre los perros abandonados se meten debajo de casa. Mi hermano comienza a inventar listas de nombres nuevos para los perros, hasta que su propio nombre cae rendido.

Con hambre, nos despertamos al oír un sonido en la cocina que no parece que sea nuestra madre preparándonos el desayuno.

Es el tío Basuras. Está vomitando, escupiendo sangre en el fregadero de bomba manual. Le pregunto si ha tenido un accidente y manda a mi hermano que suba a por antiséptico y bastoncillos de algodón. Tiene la cara torcida desde la cabeza por un lado, así que el ojo de ese lado está cerrado. El ojo bueno le llora cuando se toca los dientes sueltos con los dedos destrozados.

El tío Basuras dice que sí, que ha tenido un accidente. Dice que iba ganando en una partida de cartas y luego iba ganando más en una partida de cartas, así que se apostó el coche, sin darse cuenta de que nuestro padre se lo había llevado para buscar a nuestra madre. El tío Basuras dice que de todas maneras el hombre que ganó la partida le partió la cara al tío Basuras porque le dio la gana.

Todo el día el tío Basuras duerme en la habitación de nuestros padres. Desde el patio delantero podemos oír sus ronquidos. Mi hermano y yo escarbamos en la tierra con cucharas, haciendo caminos y carreteras para mis camiones de latón. Por la noche, el tío Basuras baja con una de las camisas de nuestro padre, sucia, pero más limpia que la que tenía cuando le partieron la cara. De cena tenemos sándwiches de plátano. El tío Basuras pregunta si tenemos una baraja en casa. Dice que quiere ver si puede flexionar los dedos, llenos de heridas de mordiscos, para trabajar bien. Me veo obligado a decirle que mi madre no permite cartas en casa pero que mi hermano tiene una baraja para jugar a Culo Sucio en algún lugar de la caja de juguetes. Mientras mi hermano va a buscarla, me jacto de cómo le doy para el pelo siempre a mi hermano cuando jugamos a Culo Sucio y el tío Basuras dice: ¿Ah, sí?, y busca en su bolsillo una moneda de cinco centavos que pone en la mesa. Vamos a jugar a cinco centavos la partida, dice. Voy a la habitación donde dormimos mi hermano y yo a por la lata de tiritas donde guardo las monedas que a veces siso del cepillo de la iglesia el domingo.

El tío Basuras hace aspavientos de dolor mientras dobla los dedos, pintarrajeados de rojo, en torno a las cartas de Culo Sucio, con sus estrellitas de circo, pero aún puede barajar, cortar y repartirnos a los tres con una sola mano… y en menos que canta un gallo pierdo mi lata de tiritas con sus monedas y todos los camiones de latón del patio delantero. El tío Basuras me ordena que salga a por ellos y los pongo en su lado de la mesa. Mi hermano pierde unos bolos y un águila de peluche. Tras dos manos más, apilamos nuestras botas de invierno y abrigos con capucha en el lado de la mesa del tío Basuras. En la última mano, mi hermano y yo nos quitamos los pantalones y calzoncillos mientras el tío Basuras sonríe al decir: Y ahora, caballeros, si nos les importa, quítense las camisas.

El tío Basuras junta todas las cosas que nos pertenecían a mi hermano y a mí para meterlas en las fundas de nuestras almohadas y dice: Que esto te sirva de lección. Sale por la puerta del porche delantero y, sentados a la mesa en cueros, oímos sus últimas palabras desde el camino, botín al hombro: Y ojito no vayáis a quemar la casa.

Me entra una rabia de mil demonios contra el tío Basuras.

Luego me entra una rabia de mil demonios contra nuestro padre por dejarnos con él para irse a buscar a nuestra madre.

Luego me entra una rabia de mil demonios contra mi madre por largarse y dejarme con mi hermano, que contrae la barbilla y arruga el rostro antes de romper a llorar.

Solo falta una cosa por hacer y es agarrar todo lo que todavía queda que aún es nuestro y tirárselo a mi hermano, y es lo que hago, y las cartas de Culo Sucio se estampan en su cara, desatando una llorera de las gordas.

Le digo a mi hermano que como siga montando tanto jaleo los perros abandonados no van a venir y se lo cree, y luego empiezo a creérmelo yo cuando se hace más tarde de lo normal, cuando pasa la hora de los grillos y se alza una luna inmensa sobre los árboles, pero al final vienen, después de que mi hermano caiga por fin dormido, así que espero hasta que sé que hay varios perros abandonados debajo de los tablones de la cama, restregando su pelambre de rata, gruñendo, y doy un pisotón en el suelo, y es que esta es mi parte favorita de los perros, dar un pisotón y mirar luego cómo se dispersan en cien direcciones y ver luego cómo se reagrupan, uno a uno, al borde del campo, junto a la arboleda.

Por la mañana reconozco enseguida el traqueteo de ruedas de bicicleta que llega por el patio delantero. Es la bici del chico de color que manda Cuts a llevarles hielo y comida a los hombres del camión que el señor Cuts tiene trabajando con troncos en las afueras del pueblo. El chico de color que suele ir en la bicicleta nos tira chapas a mi hermano y a mí cuando vamos donde Cuts con mi madre a comprar comida. Tenemos que esperar fuera, junto al surtidor de queroseno, en el exterior del cobertizo con techo forrado de tela asfáltica, un sitio lleno de cajas de botellas donde se sientan los hombres y el tío Basuras trabaja con sus cartas. Los blancos no suelen ir donde Cuts a no ser que tengan que pedir fiado.

En el colegio sabemos que el señor y la señora Cuts vienen de una familia que se come a los niños. Como señuelos tienen un árbol rojo de metal con juguetes envueltos en plástico en el escaparate y dentro un mostrador largo repleto de dulces. El señor y la señora Cuts no tienen niños propios. Se los comieron un invierno duro y salaron el resto para bocadillos que el chico de color lleva a los hombres del aserradero a mediodía. A veces me pongo a contar los niños de color que entran a comprar chucherías para ver cuántos logran salir, pero por lo general mi madre ha terminado de comprar antes de que yo haya acabado. No nos fían mucho donde Cuts.

La llanta delantera tropieza en uno de los túneles subterráneos para nuestros camiones de latón y el tío Basuras se la pega. Del cesto atornillado a los manillares de la bicicleta se vuelcan al patio paquetes de papel marrón sellados con cinta aislante, junto con una caja de licor de malta y otra de puros. El tío Basuras se queda tirado en el punto exacto donde cae. Duerme todo el día bajo el árbol del patio delantero y solo se arrastra de cuando en cuando para recuperar la sombra ambulante.

De cena tenemos filetes, licor de malta y puros. El tío Basuras nos enseña a cruzar las piernas sobre la mesa después de cenar, pero dice que, si no nos importa, va a dejar sin encender los puros de mi hermano y mío. No tiene pinta de que vayamos a recuperar nuestros juguetes ni mi lata de monedas por lo que veo al revisar todos los paquetes, y eso que reviso varias veces el cesto atornillado en la parte delantera de la bicicleta. El tío Basuras nos enseña cómo hacer el pino en la mesa y al mismo tiempo beber de una botella de licor de malta, luego se sube encima del fregadero y canta «Gather My Farflung Thoughts Together». Mi hermano y yo mordemos nuestros puros y damos palmas, pero en el corazón sentimos pena y soledad.

Y ojito no vayáis a quemar la casa, dice el tío Basuras mientras empieza a pedalear hacia donde Cuts.

Mi hermano se asoma por la ventana con un rollo de soga y trozos de filete que cuelgan de cordeles. Está sumido en un sueño de dedos grasientos cuando caen los cordeles de nuestra cama, se deslizan como serpientes blancas por encima del alféizar y salen hacia los campos que hay fuera.

Ya está el maíz de julio y sin noticias de nuestros padres.

El tío Basuras no se acuerda de la fiesta del Cuatro de Julio ni del desfile del Cuatro de Julio. El tío Basuras apelotona espadañas en los guardabarros de su bici, pone nuestras cartas de Culo Sucio seccionadas en los radios y desfila detrás del camión de bomberos por el pueblo mientras mi hermano y yo, en el cesto delantero, tiramos chucherías al público. ¿Qué tratas de hacer?, le preguntan los hombres de color donde Cuts al tío Basuras cuando acabamos allí el desfile. Identifico uno de mis camiones de latón con una rueda rota en manos de uno de los niños de color, lo conduce en círculos en los escalones de la puerta de Cuts. El tonto, dice el tío Basuras.

El tío Basuras no recuerda haber ganado en una partida que venga la señora Cuts a limpiar la casa y a nosotros. La señora Cuts mueve los muebles mientras barre con la escoba y dice que somos una abominación. Hay un cubo con jabón para lavarnos la cabeza y una tinaja de crema con olor acre para nuestras picaduras infectadas, de las pulgas que hay bajo la casa y los mosquitos que entran por las ventanas. Las mosquiteras son cuadrados oxidados entre la basura de la entrada. El tío Basuras le deja a la señora Cuts su navaja de afeitar abierta, es tan larga como mi brazo. La mujer se pone a perseguirnos a mi hermano y a mí con la navaja, para cortarnos el pelo, dice. Pero a nosotros no nos la cuela. Mi hermano se esconde debajo de la casa y yo me subo a un árbol.

El tío Basuras no se acuerda de julio, pero, cuando le explicamos lo que es, dice que seguramente julio fue una buena idea en su momento.

***

Es agosto y el maíz se alza marrón y torcido en el campo de al lado de casa. Hay noticias de nuestros padres. Están en la capital del estado. Uno de los dos ha estado en la cárcel. El tío Basuras sigue prometiendo que pondrá mosquiteras. Pero lo único que hace es darnos un espray para bichos de Cuts.

Me despierto en mitad de la noche. Mi hermano sale flotando por la ventana. En el patio, él y una perra abandonada tiran de una cuerda, cada uno de un extremo. Mi hermano la va enrollando hacia él y yo atrapo a la perra con un placaje. Ya siento las pulgas abandonar su lomo zarrapastroso y escalar por mis brazos hasta el cuello. Rocío a la perra con un bote entero de espray para bichos hasta que el pelo le hace espuma como si fuera jabón. Mi hermano saca unas cerillas para quemar una garrapata del tamaño de una uva en su oreja. Un jersey de llamas azules envuelve a la perra al entrar en contacto con la cerilla. Convertida en bola de fuego, se mete zumbando bajo la casa.

Para cuando llegan el tío Basuras y el resto del pueblo, los bomberos dicen que la casa está Siniestro Total.

Por la mañana veo que pasa un coche en el que van nuestros padres por delante de donde antes estaba nuestra casa. Veo que pasan otra vez, hasta que por fin reconocen el patio. El tío Basuras está intentando sacar a mi hermano del trance en que se encuentra enseñándole unos trucos al lado izquierdo de los escalones de la veranda. El tío Basuras le enseña la Sota Escondida, la Reina en el Burdel y Sin Dinero Abajo. Nuestro padre dice que se ponga de pie para que pueda tumbarle de un puñetazo. El tío Basuras dice que igual se lo merece. Nuestro padre tumba al tío Basuras de un puñetazo y le dice que no se levante. Como te levantes, te mato, dice nuestro padre.

El tío Basuras se arrastra a cuatro patas por el patio hacia el camino.

Adiós, tío Basuras, digo.

¡Adiós, hombres!, dice el tío Basuras. ¡Y ojito no vayáis a quemar la casa!, dice, y yo le contesto: Claro que no.

Con la historia de los puñetazos nadie repara en nuestra madre. Corre patosa entre los maizales abrasados por el sol del verano.

Su cuento favorito

En indio, llaman a este sitio Donde el Rayo Da Paseos Largos. Y no diré yo que no tiene algo de verdad. Lo que tiene de particular es que es el primer sitio donde toman tierra los cúmulos cargados de agua que suben azotando en ráfagas rápidas desde la bahía. Llegan largas piernas de luz ahuesada y patalean entre los pinos de hoja corta más altos, desgarrando miembros y partiendo copas. Cuando ya han pasado, te retumban los oídos por los truenos y percibes el olor de la sabia chamuscada por la electricidad. Se te encoge el corazón si te ocurre de día, y de noche aún sientes chasquidos susurrantes, silbidos de ramas, en esa oscuridad total que crean las copas al caer pesadamente, invisibles, tan cerca que empujan aire hacia tu cara y pegas un bote en el suelo.

Lo que estoy haciendo aquí fuera, en este sitio donde el rayo da paseos largos, tiene que ver con lo que nos ocurrió a mí y a Margaret cuando vivíamos río arriba, a un buen rato a pie por lo inaccesible del camino. Mi cabaña está, para ser precisos, a tres curvas y un requiebro por la orilla desde aquí y supongo que ahora está plagada de mapaches y ratones de campo y serpientes negras que vienen a comérselos. Supongo que nadie ha entrado a robar nada y es que el carril que baja hasta mi cabaña está casi siempre cubierto por la marea, anegado las tres millas que se alarga hasta la carretera del condado. Nadé por la zona un día no hace mucho y parece que todo está en orden, salvo el tronco clavado en el tejado y una de las cristaleras, que está reventada, seguramente porque alguien le pegó un tiro desde una barca. El perro cabezón que traje a casa para Margaret no andaba por allí, me supongo que se habrá vuelto al pueblo.

El pueblo es de donde vino, allí lo encontré, era de un camionero con uno de esos tráileres enormes que solía pegar con un bate de béisbol al animal con el cuento de que el perro era malo. El perro cabezón no era malo sino estrábico y ser estrábico no es lo mejor para un perro, porque se ve que esos perros no son muy listos, ni buenos para rastrear o seguir una pista. El conductor del tráiler se agarró una curda en la ciudad –era viernes– y le dio al perro cabezón con el bate de béisbol hasta que sangró por las orejas y el rabo, y luego dejó al perro tirado al final del muelle de Rusty Shackleford. Por suerte para el perro la marea estaba baja, así que no se ahogó, tendido como estaba sobre unos centímetros de agua. Yo no tenía ningún pleito con el camionero del tráiler con el bate de béisbol, pero el perro no estaba muerto ni mucho menos y se iba a morir malamente en aquella agua tan fría por una helada de cuatro días, así que tumbé al viejo chucho apaleado en una red de almadraba que tenía en el fondo de mi canoa de color purpurina metalizado y remé hasta casa.

En casa, abrí el horno, bajé la portezuela y puse allí la cabeza del perro, bajo el grill, para que se calentara y se secara, y mira tú por dónde que lo primero que hizo al despertarse fue tirarse a arrancarme el brazo del hombro y a perseguirme en mi propia casa, y me tuve que subir a la mesa de merendero que tenía en el salón y él venga a ladrarme hecho una fiera desde abajo, que del calor del horno le salía humo del lomo como si fuera un demonio del infierno.

Nunca sabré cómo fue aquello, pero Margaret calmó al perro cabezón y, con lo salvaje que era y todo, se puso a resoplar a su alrededor como un cachorrillo. A partir de entonces, como yo le levantara la voz a Margaret, el perro me pegaba un gruñido desde el sitio donde solía dormir casi siempre, junto a la chimenea alpina. Todo por cómo era ella, por ese algo que tenía, ese efecto en la gente, lo mismo hombres que perros. No era guapa y lo mismo daba, en el pueblo no es que dijeran que era guapa, aunque yo sabía, por cómo la miraban por el hueco del sobaco de la camisa Rusty Shackleford y Danny Daniels Shackleford y Scoop, que veían que tenía el cuerpo todo moreno, al menos por arriba, y yo sabía que tenía locos a los hombres del pueblo. A lo que me refiero cuando digo pueblo no es más que la tienda de pesca de Rusty Shackleford al final de un muelle medio desvencijado con dos surtidores, uno diésel y el otro gasolina. El pueblo es donde Rusty tiene un cabrestante para llenar los remolques grandes de la zona, una caseta de hormigón y palés, y una máquina de motel para el hielo, y además tiene, entre el último sitio en el que puede uno plantar el pie sin caerse por los tablones podridos y la plataforma de conchas aplastadas, una mesa a la que le llama despacho, en una tienda de un solo cuarto con cinco paredes, y una caja de zapatos a un lado donde duerme un gato que se llama Pescadilla, junto a la ventana, y ese es el sitio donde recibirías una carta si es que algún día te mandasen una desde algún lugar del mundo, seguramente después de que todos se la hayan leído ya en voz alta a Rusty, mientras beben las noches de los viernes en este sitio al que digo pueblo.

Es en el pueblo donde, antes de Margaret, saciaba mi anhelo de vida humana, cuando llegaba allí con buen viento, acompañando la marea río abajo, remando en mi canoa purpurina a por comida en la tienda de cinco paredes y a recoger las redes que necesitaran arreglo.

Era mi mejor cliente el medio-primo de Rusty, Earl Shackleford Hayes, y es que siempre se le rajan las redes pescando verrugatos y truchas cerca de Punta Chaparra, que todo el mundo sabe lo malo que es el fondo allí, pues hasta Rusty le dice: ¿Y por qué te crees que le llaman Punta Chaparra?, y luego nos dice a nosotros: Earl solo es medio-primo, medio-medio, solo a medias. Los inviernos, cuando ya me había hecho con comida y redes para trabajar, echaba una mano metiendo pescado en cubetas en la caseta de hormigón y palés, y los veranos paleaba hielo, siempre los viernes al caer la noche, a la hora de echar un trago. Danny Daniels y Scoop se mamaban lo necesario para liarse a palos el uno con el otro en la plataforma de conchas aplastadas si es que no había camioneros con quien partirse la cara, y yo me juntaba con ellos como hermanos cuando los había. Podía pasarme un día y una noche en este lugar al que llamo pueblo con el trabajo y luego la pelea fraternal a la espera del primer cambio de la marea tras el anochecer. Así que esto era a lo que me refiero cuando digo que era el pueblo al que a veces llevaba a Margaret, que no era muy guapa pero que traía locos a los hombres duros con su cuerpo todo moreno, que la ayudaban a salir cual princesa india de la canoa en la que llegábamos deslizándonos por el río, y a mí me dejaban que cargara solo con tres montones de almadraba remendada hasta la tienda de cinco paredes, yo solito, y es que ella tenía ese efecto en los hombres duros del muelle del pueblo.

El efecto que tenía en mí, decía Rusty Shackleford, era camisa limpia y cabeza repeinada. Y no diré yo que no tenía algo de verdad, que a fin de cuentas esa es la parte de mí que él veía lejos de mi cabaña apartada del mundo. Tan apartada del mundo que yo solía caminar por la orilla arcillosa desnudo, embadurnado de buen barro en la espalda y las partes contra el sol, una pluma de águila pescadora en la oreja para niguas y garrapatas, que así fue como Margaret y yo nos conocimos, mientras ella escarbaba antiguallas para el estado, porque pensaba que donde yo vivía tuvieron antaño un campamento los indios, y por eso ella tenía que recorrer casi dos leguas de mala orilla con la marea baja hasta aquel sitio en que llenaba bolsas de plástico y bolsillos con cacharros de cerámica y trozos de pipas, tantos hay que muchas veces los rompo al pasar andando. Me dijo que por su especial interés por los indios se quedó estupefacta al levantar la vista y verme, a casi dos leguas de la carretera, desnudo, embarrado y emplumado, y como yo andaba sin novia desde seis u ocho estaciones antes, tengo que confesar que mi interés especial por ella se reflejó en un abultamiento y un descascarillar de copos de barro seco a mis pies, como migajas, y es que ese era uno de los efectos que Margaret me provocaba al mirarla.

Lo otro que Rusty Shackleford no sabía del efecto que tuvo en mí fue que, cuando empecé a conseguir que se quedara en mi casa después de excavar antiguallas para el estado, empezó a sacar del salón de mi cabaña las cosas de uso exterior. Los primeros en irse fueron un montón de nasas cangrejeras escacharradas, unos caballetes para sujetar la quilla de un esquife que pensaba fabricar desde hacía tres años, cuatro toneles de chatarra y morralla, una montaña de madera carcomida para quemar en la chimenea alpina y medio montón de tablones que había encontrado en la playa para hacer, algún día, un porche delantero. Incluso hizo que pusiera todas mis sierras eléctricas y hachas en el cobertizo, y es que no sabía lo que me gusta aserrar y cortar cosas dentro de casa. Cosas que quedaran, estaba la mesa de merendero para bailar encima cuando bebíamos y escuchábamos discos latinos, también el viejo sillón acolchado, mi favorito, y mis cordajes verticales para atar y remendar redes en casa, aunque volvió a poner mosquiteras en las ventanas para que no revolotearan pájaros por la casa, no fuera que se hicieran daño al engancharse en las mallas colgadas. Hasta limpiamos la vieja chimenea alpina, de modo que las tardes que llegaba la pleamar al jardín a barlovento y caía la lluvia a cubos, y había mil doscientas gaviotas encogidas cual pelotas blancas en la hierba a sotavento, esas tardes nos tendíamos sobre una colcha junto al fuego a beber vino caliente y jugar al Monopoly desnudos, arrullados por el ronquido del perro cabezón. De todo esto Rusty Shackleford nada podía saber, que en este hogar apartado del mundo Margaret moldeaba mi vida mucho más que una camisa limpia y la cabeza repeinada.

En verano, el secreto de su cuerpo todo moreno era que remábamos la mitad de camino a Punta Raya en mi canoa purpurina, yo echaba el ancla Danforth que había encontrado en la caseta de hormigón y palés de Rusty Shackleford, y desnudos los dos bebíamos cerveza fría tumbados en el fondo de la canoa, piernas entrecruzadas y de costado, y yo le contaba los cuentos indios que me sabía, como el del sitio donde el rayo da paseos largos, el que cuenta cómo le dieron el nombre a Punta Raya. Ese era su favorito y yo se lo contaba las veces que hiciera falta, el cuento del capitán John Smith de Jamestown, que le picó una raya, un cuento bueno que cuenta que estaba arponeando peces con la espada y le picó una raya, se le hinchó el brazo y la lengua se le salía de la boca, un cuento en el que pensaron que se les moría, así que atracaron en la orilla y, cuando ya le habían cavado una tumba y todo, resulta que Smith se había emborrachado con el ron del médico, se comió la raya y vivió, y navegando se fueron todos tan contentos, dejando un hoyo enorme en el suelo para que los indios salieran del bosque a asomarse a su interior, sin poder descifrar el propósito de la fosa. Así que, como este cuento de la raya era el favorito de Margaret, se lo contaba las veces que hiciera falta y ella escuchaba mientras daba sorbitos a la cerveza y toqueteaba mis partes con el dedo de su pie desnudo todo moreno.

En invierno, yo tenía que llevar un soplete de butano a la caseta del pozo para descongelar la bomba de agua, con cuidado no fuera que al calentar las rocas del suelo se despertaran las serpientes que hibernaban debajo, y también estaba lo otro, que en medio del aguanieve y la niebla, en algún lugar entre la cabaña y la caseta del pozo, podías toparte en medio del vendaval con una bandada de gansos rumbo al sur que descansaban sobre la hierba a sotavento, de cuellos tan grandes como tu brazo, alas musculosas endurecidas por el vuelo Canadá-Cuba, tan grandes y poderosas que te tumbaban si te topabas con ellos y les sobresaltabas despistado como a veces iba yo, tan temprano bajo la niebla de la mañana al salir a descongelar la bomba.

Ese invierno que Margaret se quedó, me enseñó que sujetando una bombilla a la bomba eléctrica para calentarla, el aire no se congelaba y así no molestaba uno a las serpientes, y después sacó fotos para postales de Navidad de los gansos comiendo el maíz que les echaba, y por las mañanas con el café preparaba huevos fritos y jamón de la tienda de cinco paredes de Rusty Shackleford, en lugar de la barra de chocolate o el sándwich de crema de cacahuete al que yo estaba acostumbrado, todo después de una ducha caliente juntos, borbotones de agua caliente bombeada desde la caseta del pozo, y mientras le enjabonaba a Margaret la espalda me preguntaba por qué no se me habría ocurrido a mí antes el truco de la bombilla.

La primavera de después, una mamá mapache tuvo bebés en el montón de leña, así que al salir a por leña te arriesgabas a que te hiciera trizas, pues ni siquiera se asustaba del perro cabezón, ya un perro grande hecho y derecho con tantos cuidados que le prodigaba Margaret. Sacar un trozo o dos de madera para quemarlo en la chimenea alpina era como un juego de palillos chinos, con mucho cuidado de no mover ni trastornar el resto del montón, no fuera que mamá mapache se lanzara a bufar y a perseguirme a mí y al perro cabezón hasta la casa. Esto divertía mucho a Margaret, que a veces sacaba fotos, a veces fingía que nos cerraba la puerta mientras mamá mapache nos pisaba los talones hecha una fiera. Acabé dejando de ir a por leña y empecé a utilizar madera a la deriva que acababa en la playa, aunque me costaba Dios y ayuda recogerla. Pero la arena que soltaba volvía verdes las llamas del fuego y era bonito mirarlas de noche, tumbados desnudos sobre la colcha. De todas maneras se hizo pronto primavera y ya no hacía falta el fuego y mamá mapache y sus mapachetes, que así los llamábamos, empezaron a subir los escalones para entrar en casa y, por ese efecto que tenía Margaret en todo el mundo, muy pronto los mapachetes estaban por todos lados, comiendo de la escudilla del perro y persiguiéndole el rabo después alrededor de la mesa de merendero que pude conservar en el salón. Solo dije hasta aquí hemos llegado cuando se comieron las cortezas de lima que habíamos dejado de una tanda de gin tonics y se pusieron a desvariar, bufando borrachos, y rajaron el sillón grande acolchado, mi favorito, y le sacaron todo el relleno. Creo que lo de perseguirles por toda la casa con una escoba y un palo no le hizo ninguna gracia a Margaret y si lo pienso ahora me arrepiento.

Esa es la primavera de la que quiero hablar, de la primavera de los recuerdos de mamá mapache y sus bebés, lo último que recuerdo. Y en concreto de estas otras cosas: la noche que oíamos el pisoteo y el pataleo de una de esas ráfagas tormentosas de azote rápido en el lugar donde el rayo da paseos largos, nosotros tumbados en la cama del dormitorio de atrás y el perro cabezón sentado en el sillón de respaldo recto para mirarnos como le gustaba, nosotros que nos decíamos los secretitos que se dice la gente que hace lo que nosotros, y yo podía sentir el pelo erizado en mi brazo como por una corriente fría, mientras el pelo de Margaret pendía desde su cabeza como las alas de un ángel en un árbol de Navidad, mientras seguíamos haciéndolo quedamente, a la espera, y entonces una patada descarriada del rayo atravesó la copa del árbol junto a la puerta trasera de mi cabaña. Todo ocurrió muy rápido, el perro se subió a la cama y Margaret rodó a un lado desnuda y el techo se abrió de par en par al recibir el tronco como un poste de teléfono que se clavó y siguió después taladrando el suelo. Y luego la calma tras la explosión, el tronco del árbol al fin parado, humeante, con ese olor azul eléctrico de sabia quemada, yo y el perro cabezón enredados en la cama rota, Margaret contusionada en la espalda junto al agujero que en el suelo dejó el tronco empotrado, con un pataleo sensual de sus largas piernas al aire, una imagen todavía más sensual cuando me asomé desde el colchón para verla toda entera junto al tronco, una imagen sensual que me excitó todavía más al pensar que ahora tenía un motivo para utilizar la sierra dentro de casa.

Pero no todo estaba en orden. Cuando Margaret se incorporó dijo: Ah, como al acordarse de algo olvidado, presionó sus dedos contra el vientre, las luces se apagaron con un parpadeo y en la oscuridad dijo que teníamos que ir al pueblo a ver a Della, la mujer de Rusty, Della que es quien hace las veces de partera y remendadora de pieles rajadas por estas partes. Della, que había ayudado a traer al mundo a casi todos los bebés cercanos que pudieron ser atendidos y trajo ella misma dos suyos sin más ayuda que Rusty.

No podía ir todo bien, porque que yo supiera Margaret no tenía aspecto de llevar nada nuestro en sus entrañas y el pequeño cúmulo de azote rápido parecía más bien todo un frente que se acercaba y hacía estragos río abajo, dejando a su paso rayos que paseaban largo entre los árboles. Ya a oscuras, mientras me vestía y me preparaba, sin encontrar linterna alguna que funcionara, sabía que había mucha sangre por el olor y la forma en que el perro estaba nervioso. Ya de camino a la canoa, Margaret se sintió débil y le costaba más todavía por la marea baja, así que tuve que hacer dos viajes hasta donde el agua estaba lo suficientemente profunda, un viaje para arrastrar la canoa purpurina y un viaje para llevarla.

Nos golpeaban goterones de lluvia como uvas ya antes de empujar la canoa en la oscuridad y el perro cabezón se puso a aullar y gañir desde la orilla. El frente que subía se abalanzaba directo a nosotros por el río revuelto, trayendo consigo el cambio de marea y oleaje sucio. No podía ver ni siquiera el faro de Wolftrap, ni siquiera la boya número cuatro del canal con la que me solía orientar. Al separarme de la orilla y dejar atrás Punta Raya se levantó una brisa más fuerte, así que pensé que mejor arrimarme a la costa y cruzar más al sur con la esperanza de que el viento amainara, pero no paraba de arreciar ni yo de pensar en qué sería lo mejor, y ni siquiera veía la proa de la canoa ni a Margaret tumbada, envuelta en nuestra colcha de la chimenea, callada sobre un suelo de red de almadraba.

La lluvia redoblaba y se acumulaba en la canoa, las olas lamían las regalas, las rodillas se me mojaban y se me encharcaban los tobillos, pero tenía la esperanza de que al menos la red aislara a Margaret un poco del fondo mojado. El rayo fustigaba con regularidad en algún punto de la orilla sur y esa era mi única esperanza de ver, cuando iluminaba el cielo con luz ahuesada. Yo hundía el remo tan fuerte como podía, con mi mejor palada, pero me daba cuenta de que, apenas lo levantaba para sumergir la pala, otra vez el viento nos empujaba de vuelta atrás. Traté incluso de orillarme en busca de un respiro pero no lograba acercarme a tierra.

Margaret se removió un par de veces, apretando lo que tuviese más a mano donde la sangre no paraba de manar, y aun en medio de todo aquello, aunque se sentía empeorar, se movió para no estorbar cualquier avance que yo pudiera lograr con la canoa, pues quizá ella no sabía que no estaba logrando ninguno. En un relumbrar de relámpago me vine abajo un segundo, al ver que aún no habíamos pasado Punta Raya del todo, y Margaret, al erguir la cabeza y verlo también, me pidió que me pusiera a hablar con ella, que le contara el cuento del capitán Smith, y aunque se lo había contado miles de veces, aquella noche me era imposible recordar ni una palabra, me costaba tanto como avanzar contra el viento, de modo que lo contó ella, lo contó como nunca antes yo lo había oído, acompañando cada parte con una pregunta, como cuando cuentas un cuento a un niño, entonando preguntas con la voz, ¿Te acuerdas ya bien de esa parte? Y entonces al acabar empezó a contarlo otra vez, hasta que volví a acordarme y pude contarlo yo mismo, y se lo conté y me acordé también de lo que trata el cuento.

Remé toda la noche, atrás y adelante, avanzando finalmente hasta que justo antes de clarear logré cruzar donde el río tiene una milla de ancho, justo encima del pueblo, donde el muelle medio desvencijado de Rusty Shackleford. La luz naciente era de esas en las que después del paso de una borrasca todo cobra un color diferente al rayar el alba. Los charcos de agua en el fondo de mi canoa purpurina tenían variados tonos de sangre mezclada, colores que me cubrían entero desde las piernas, colores que corrían por mis muñecas como viñas desde los jirones de mis manos, despellejadas de remar toda la noche, negro, rojo oscuro y marrón por todos lados salvo en la cara envuelta en la colcha de mi Margaret, quieta sobre la red tendida en el fondo de mi canoa purpurina.

Apenas recuerdo nada después, salvo ver que Danny Daniels Shackleford cerraba los ojos a Margaret al tiempo que se tocaba los suyos, que Scoop se arrodillaba junto a nosotros en el barro, al lado de la canoa, tratando de poner orden en el caos de colores con sus simples conocimientos pero sin poder hacer nada, y que después se iba corriendo en busca de Della. Creo que yo aún andaba por allí cuando vinieron las autoridades y llegó el alguacil, pero me envuelve una bruma, recuerdo quizá pelear con alguien por la colcha de la chimenea que le habían quitado a Margaret, peleé quizá con Rusty por sacarme la ropa con todas las autoridades delante, diría que es bastante posible, y después me puse a caminar las casi dos leguas de mala orilla con la colcha a rastras, desnudo hasta Donde el Rayo Da Paseos Largos, donde he estado hasta el día de hoy.

De esto debe hacer tantas estaciones que no las puedo ni contar. Las pocas veces que me han visto desde entonces ha sido cubierto de barro en verano y envuelto en la colcha en invierno. Soy el espectro que los niños vienen a espantar de noche con sus linternas, y yo corro palmoteando, chapaleando en el barro cuando suben por la bahía las tormentas de azote rápido, y me dirijo donde crecen los pinos de hoja corta más altos, para quedarme de pie tan recto como puedo, los brazos extendidos, la cara vuelta al cielo, rogando por favor que las piernas largas de luz ahuesada me den una patada, solo una, justo entre los ojos.

Pero desde hace algún tiempo vengo viendo que me tumbo en cavidades profundas excavadas en el bosque, a las afueras del pueblo de Rusty Shackleford, y me he visto merodear por la noche por donde Rusty tiene mi canoa purpurina atada al techo en la caseta de hormigón y palés, para que yo la agarre cuando quiera, y me he visto colarme por la puerta de atrás de la tienda de cinco paredes de Rusty, hambriento de oír una o dos voces humanas.

Y últimamente, me veo perdiendo el gusto por el pescado crudo y cansado de tanto robar de las redes de los hombres y los nidos de animales, y me veo solitario por culpa de ese perro cabezón que a veces veo olisquear el rastro que he dejado en marea baja, meneando el rabo pero demasiado estrábico para pensar en seguir la pista, y yo, yo me pongo a pensar en Punta Raya y en el cuento de la tumba que cavaron para aquel hombre que nunca les dejó rellenarla, y veo hoy desde mi nuevo agujero excavado en el bosque a las afueras del pueblo de Rusty Shackleford que debe ser viernes por la noche con todos esos camioneros de tráiler que beben con Danny Daniels y Scoop, que ya no son tan jóvenes, y al ver que hay tantos camioneros de tráiler que se enfrentan a ellos, pienso que tan pronto como caiga esa segunda botella y se alcen los puños, bajaré tan campante del bosque, a partirme la cara junto a mis amigos, a saciar mi anhelo de vida humana, dando un largo paseo de vuelta a este pueblo.

En la cuerda

Tengo que decirle a mi tío que no es más que un papel de envolver pan, un papelito de nada arrojado a la valla por el viento. Salgo corriendo para mostrarle desde fuera que eso es todo lo que es, pero el maleficio se ha apoderado ya de mi tío y cuando vuelvo a entrar de enseñárselo, más hubiera valido quedarme fuera.

Mi yaya dice que la barcaza en la que bajaron por el pantano a recoger a mi tío con su bote arrimó el morro al borde de nuestro jardín trasero. Dijo que la barcaza llegó deslizándose, silenciosa en la oscuridad, con el agua de la crecida hirviendo bajo su proa cuadrada, y que aquello era un aviso de Dios, que le mandaba una señal: Mira cómo hierve esa barcaza, como si fuera la cabeza de un hombre que sobresale de un caldero en el que están hirviendo al hombre vivo. Yaya dijo que se oía el borboteo del agua por el calor y que por la forma en que la crecida se agitaba bajo la proa parecía que la barcaza se quería acercar más, pero que solo la voluntad de mi yaya frenaba la barcaza y le impedía entrar en nuestro jardín para llevarse a mi tío y su bote.

Unos hombres de uniforme verde izaron el bote de mi tío con una grúa y lo metieron en la barcaza. A mi tío le daba miedo que rayaran la superficie pulimentada. Yaya dijo que después, cuando mi tío regresó de donde la crecida hirviente había arrasado con todo sobre la faz de la tierra, a mi tío ya no le importaba el aspecto del bote. Yaya dijo que parecía que le habían dado latigazos con alambres al bote, como si lo hubieran puesto sobre la barcaza y lo hubieran azotado con alambres, y por la cara que traía mi tío parecía que le habían obligado a hacerlo los hombres de uniforme verde. Dijo que, por la expresión que traía, era como cuando un hombre se emborracha y da de latigazos a un perro sin ton ni son y luego cuando el hombre está sobrio no puede ni mirar al perro, aunque él sea un hombre y el perro no sea más que un perro, esa es la forma que, según mi yaya, no podía ni mirar el bote mi tío.

Mi tío dijo que al principio, cuando la barcaza hizo un alto y los hombres de uniforme verde soltaron su bote en el agua, pensó que se habían desviado demasiado al sur, que quizá la crecida los había arrastrado hasta el golfo. Dijo que por la noche lo único que veías era la luz ámbar en la proa de la barcaza y lo único que oías era el bullir del agua hirviente de la crecida por todos lados, arrasando todo sobre la faz de la tierra.

Mi tío dijo que toda la noche navegó en su bote sobre al agua hirviente mientras se preguntaba por qué le habían puesto los hombres de uniforme verde tan cerca del golfo, hasta que alumbrando con su linterna vio una isla de diamantes centelleantes. Cuando mi tío acercó el bote a la isla vio que era la copa de un árbol que hervía en la corriente de la crecida y los diamantes eran los ojos de todas las serpientes enrolladas en las ramas. Mi tío dijo que las serpientes se arrojaron al agua para nadar hasta su bote pero las aguas se las llevaron hacia la oscuridad. Dijo que después de aquello tuvo mucho cuidado con las islas y no se dejó engañar otra vez por sus luces de diamantes centelleantes.

Mi tío dijo que cuando llegó la hora en que debería salir el sol, no salió en absoluto sino que la lluvia arreció más fuerte, tanto que apenas podía respirar mientras navegaba en su bote. Tuvo que ahuecar una mano contra la boca, como si fuera a llamar a un pato, pero en lugar de soplar con la lengua era para respirar por el tubo que formaban sus dedos. Fue entonces cuando pasó el cebú tumbado hacia atrás. Por la forma en que pasó, pues solo sobresalía del agua la cabeza erguida con los cuernos largos y planos, mi tío dijo que parecía un gran pájaro marrón hecho de madera maciza, planeando sobre el agua hirviente en busca de desayuno. Mi tío acercó el bote al cebú y le enrolló una cuerda de arrastre en torno a los cuernos largos y planos, pero dijo que, al tratar de tirar del animal hacia la barcaza, no servía de nada porque a veces la cuerda de arrastre tiraba hacia abajo de la cabeza del cebú, de modo que sus cuernos largos y finos se hundían en el agua y de la nariz del cebú salía agua en lugar de aire, y para cuando mi tío logró llegar al punto donde la barcaza se le acercaba, la cuerda de arrastre se sumergió en el agua junto al bote de mi tío como si estuviera atada a un ancla que mi tío no pudo levantar. Cuando los hombres de uniforme verde le preguntaron a mi tío qué era aquello, dijo que nada y cortó la cuerda de arrastre y siguió navegando sobre las aguas hirvientes.

Cuando se suponía que era mediodía, dijo mi tío, encontró al bebé en la cuerda. Dijo que parecía como si alguien hubiera atado una cuerda fuerte a la cintura del bebé y aún estuviera sujetándola, porque el otro extremo parecía sumergido muy al fondo del agua. El bebé surcaba la corriente con los brazos y la cabeza inclinados hacia atrás como si acabara de emerger a la superficie para tomar una gran bocanada de aire que aún estaba tomando. Mi tío dijo que cuando sacó la cuerda de donde estaba sumergida en el agua, no parecía que cediera sino que más bien parecía que la estuvieran soltando. Cuando mi tío subió a la barcaza con el bebé en la cuerda, los hombres de uniforme verde le dieron café y un donut y un sándwich de magro de lata. Dijo que el donut se disolvió y el sándwich se licuó y el café sabía a lluvia.

Mi tío dijo que la niña que nadaba sobre la valla de alambre de espino tenía una piel que no se le deshizo en las manos como la de los otros. Dijo que al verla al principio, como tenía el brazo derecho torcido sobre la cabeza y el brazo izquierdo a la zaga, con la cabeza girada como si fuera una nadadora en las aguas hirvientes, parecía que daba brazadas para alejarse de aquel lugar donde se cocía todo lo que había sobre la faz de la tierra. Dijo que comenzó a gritarle: ¡Nada hacia mí, venga, nada!, mientras dirigía el bote hacia ella. Dijo que incluso al desengancharla de la valla de alambre de espino le habló a la niña y desvió la mirada de su pudor, porque la ropa se le había disuelto, así que fijó su mirada en una marquita de la mejilla, como una picadura de serpiente que había dejado el alambre, aunque no sangraba porque toda la sangre se había cocido, también. La cubrió, protegiendo su pudor, hasta que subieron a la barcaza y los hombres de uniforme verde le ayudaron a subirla desde el bote, para tumbarla después encima de las demás personas cocidas que habían amontonado en un extremo de la barcaza como leña apilada.

Mi tío dijo que después de tres días, cuando el único sol era aquella luz ámbar, la barcaza estaba repleta. Los hombres de uniforme verde remontaron pantano arriba y aunque a veces veían cosas colgadas en los árboles y enganchadas en las vallas no se detenían. Los hombres de uniforme verde esparcieron un polvo blanco que sacaron de barriles verdes sobre la gente apilada bajo grandes lonas verdes. Los botes de los hombres, como el de mi tío, estaban colocados sin orden ni concierto sobre la barcaza, magullados todos como un baúl de juguetes con los que unos niños brutos hubieran jugado sin cuidado alguno. Todos los hombres, como mi tío, los dueños de los botes, estaban de pie en los bordes de la barcaza, alejados de las grandes lonas verdes, alejados de los botes que ni mirar podían, y tan alejados los unos de los otros como les era posible sin caer al agua hirviente. Se quedaban quietos, mirando el agua en busca de rostros de gente cocida que emergiera un instante a la superficie, como a veces ocurría, como si solo quisieran echar un vistazo antes de sumergirse de nuevo. Luego los hombres se quedaban quietos, mirando los árboles y las vallas en la orilla del pantano donde se quedaban enganchadas las personas cocidas. Se quedaban quietos mirando, miradas largas y atentas, porque sabían, y así lo sabía mi tío, que cuando volvieran pantano arriba no podrían mirar nunca más una cacerola en la que hirviera un guiso, ni mirar de la misma manera algo atrapado en alambre de espino, nunca más, ni siquiera aunque alguien como yo vaya a mostrarles que no es nada más que un trocito de nada arrojado a la valla por el viento.

Alegría al estilo de la huerta

Me sentí fatal por lo que tuvimos que acabar haciendo hoy con Buster, el caballo de Vic, aunque la verdad, si lo pienso, es que nada de todo esto tuvo remedio, todo esto que empezó cuando Steve Willis y yo estábamos desmontando un tejado viejo de la cabaña junto al canal en las tierras de Vic. Vic se había ido a Norfolk otra vez, a ver una lavadora para su esposa de hijos numerosos, mientras Steve Willis y yo nos quedamos a desmontar el tejado y clavar el nuevo revestimiento. Lo hacíamos a cuenta del alquiler que tenemos que pagar a Vic. El mes pasado tejimos cinco kilómetros de red de almadraba con dril y tapones de corcho. Lo que nosotros aportamos a cuenta del alquiler normalmente es mucho más de lo que estoy seguro que cuesta el alquiler de nuestra cabaña con porche delantero y cuatro cuartos junto al canal, en la trasera de las tierras de Vic, pero a Steve Willis y a mí nos gusta Vic y Vic nos deja utilizar su lancha y su camión para nuestros trapicheos de noches de luna nueva.

Pero atended, que os voy a contar algo que empeora más todavía lo que acabamos haciéndole a Buster, el caballo de Vic. Que no es que nos importe Vic menos que Buster; yo, personalmente, y sé que Steve Willis también, odiaba a Buster, y es que Steve Willis había visto de lejos cómo mataba Buster a dos perros de Vic. Se vio un pataleo y una polvareda y luego un chapoteo en el canal, y allí los cangrejos se pusieron las botas con el viejo Golfo y con Manchota. Además Buster nos mordía y nos arreaba coces a los humanos, que a mí me mordió una vez en el hombro, llegó por detrás mientras estaba raspando percebes en un esquife de Vic a cuenta del alquiler y después ni siquiera se inmutó cuando fui a por él con un azadón afilado. Y a Steve Willis le pasó que Buster empotró de una coz una puerta de su coche, eso fue una vez que Buster se comió unas hierbas malas porque Vic les había echado unos polvos que eran para otra cosa. Buster le dio tal coz a la puerta que ahora Steve Willis se tiene que meter gateando en el asiento del conductor desde el otro lado. Fue esta costumbre de comer cualquier cosa lo que al final acabó con Buster, y por otra parte hay que decir que el hecho de que Vic no supiera leer la etiqueta para ver qué polvos estaba echando era un motivo por el que a Vic le convenía tenernos cerca.

A esto es a lo que me refiero, cuando hablo de Vic y de que hay algo que empeora más todavía lo que le hicimos a su caballo: Vic no sabía leer ni escribir y claro, era una cosa de Vic que influía en cómo nos relacionábamos todos con él. A lo que me refiero con todos es a la mujer de Vic y a sus hijos y a Buster y a sus perros y a todas las tierras en las que vivíamos allí abajo, junto al canal, y a todas las cosas que había en todas sus tierras, y a todas las cosas que habían en todas aquellas tierras pintadas de aguamarina, porque lo que tiene Vic, y lo digo para explicar por qué lo habíamos empeorado todo más todavía Steve Willis y yo, es que como Vic no sabía leer ni escribir no parece que pensara las cosas como cuando te acuerdas de cómo se escriben, sino que parece que Vic pensara las cosas en conjuntos, en plan aquí está un conjunto de cosas que son mis humanos, aquí un conjunto de cosas que son mis animales, aquí un conjunto de cosas que me salieron gratis, aquí un conjunto de cosas que fueron un chollo y aquí está un conjunto de cosas que tengo que conservar muchos años porque las conseguí de una gente que las había conservado muchos años, y quizá, si juntamos un par de estos conjuntos, sale que Vic tenía otro conjunto de cosas pintadas de azul aguamarina porque había comprado a precio de chollo dos barriles de doscientos litros de pintura aguamarina y todo –hasta los humanos y los animales de Vic que sin querer se habían rozado o se habían sentado en algún sitio, porque todo estaba empapado–, todo estaba pringado de color aguamarina, aunque lo llamábamos acuarina, porque, por mucho que lo deletreáramos y lo pronunciáramos bien, de la boca de Vic seguía saliendo así, acuarina, porque acordaos de que estamos hablando de un hombre que no sabe ni leer ni escribir, y Steve Willis y yo decíamos acuarina como Vic, porque nos hacía gracia, porque además parecía que siempre, por una cosa o por la otra, estábamos dando una capa de aquel color a cuenta del alquiler.

De modo que lo que empeoró lo que le hicimos a Buster fueron ciertas formas de pensar de Vic que le venían de no saber leer ni escribir. Solo porque alguien había conservado a Buster muchos años, Vic pensaba que Buster valía mucho, pero lo que pasaba es que aunque el caballo tenía ya su historia, la razón de verdad por la que aquella gente había conservado a Buster tantos años era porque eran viejos y se ve que no eran capaces de matar al caballo a perdigonazos, por muchos que le tiraron, que solo sirvió para que Buster fuera más malo y más barato para Vic cuando los dos viejos se encontraron a Vic en la iglesia y le preguntaron si quería un caballo histórico a precio de chollo. La historia con la que venía Buster era que era el último de los caballos que utilizaron en la estación de Wicomico para arrastrar botes de rescate al mar. A Steve Willis y a mí, cuando nos lo dijeron, fue como: ¿Y qué?, pero para Vic era una historia que podía entender, algo que apreciaba, y es que había sido marinero y además eran hechos que no venían de un libro de historia, que de todas maneras no hubiera podido leer.

De lo que me enteré más tarde era que este amarre emocional que tenía Vic con el viejo caballo venía de cuando Vic era niño, que el padre de Vic había metido unos caballos de rescate marítimo en una parte de la casa en la que dormía Vic cuando niño, porque todos los hijos de los padres de Vic se desparramaban por la dunas alrededor de la casa de tablillas de dos cuartos, lo que no dista mucho de cómo viven los hijos del mismo Vic, y es que desde que Steve Willis y yo hemos vivido aquí no creo haberlos visto a todos todavía porque siguen desparramándose alrededor de la casa descalzos todo el año, y a lo mejor resulta que el que Vic no se acuerde muchas veces de sus nombres es porque son tantos y no porque no pueda encontrar en su cabeza los nombres al no saber leer ni escribir.

Sea como esa, a lo que voy sobre el amarre emocional es que de niño Vic dormía con otros dos hermanos en un pajar, justo encima de esos caballos viejos de rescate marítimo, y era un pajar casi vacío además, no ya porque no hubiera paja en aquella isla de arena sino porque los caballos siempre comían pasto de playa en las dunas, y esto es lo que empeora lo que hicimos, este amarre emocional de Vic a sus días de infancia que traía Buster, que yo le oí a Vic contárselo a Buster un día cuando Vic no sabía que le escuchaba, y le contaba que de lo que mejor se acordaba era de acurrucarse con sus hermanos, todos amontonados para estar calentitos durante las tormentas de invierno que remecían la casa de tablillas de dos cuartos y la caseta aneja de los caballos, donde dormían ellos, se acordaba de que al amanecer se quedaban allí, calentitos, pensando en el desayuno mientras abajo los caballos, impacientes por salir, soltaban bostas y subía el olor a los hermanos calentitos y amontonados, el olor cálido del pasto de playa que había pasado por los dos caballos robustos que respiraban aliento de niebla marina.

Pues ese era el amarre emocional que traía Buster y con esto no quiero que parezca que Vic era raro porque le gustara el olor de las ventosidades de un caballo viejo, creo que si se piensa no hay nada en esa historia que no cuadre con un hombre que no piensa pensamientos de los que se leen o se escriben, y además cuadra bien con un hombre que piensa que una cosa es buena cuando es humana o animal sobre todo si te sale gratis o es un chollo.

Supongo que eso es lo que vemos en Vic, además de que nos deja su lancha y su camioneta para los trapicheos de las noches de luna nueva, para quedarnos con él, nosotros, que estamos en un par de conjuntos en la cabeza de Vic, el principal que somos un chollo, porque tejemos redes, desmontamos tejados y también porque pintamos todo lo que no respira del color que llamamos acuarina, y ese es el motivo principal por el que lo que acabamos haciendo acabó empeorando.

Pues como decía, todo empezó cuando Steve Willis y yo desmontábamos, a cuenta del alquiler, el viejo tejado de la cabaña con porche delantero y cuatro cuartos junto al canal. Vic se había ido a Norfolk porque en la iglesia le habían dicho algo de un chollo que tenía que ver con lavadoras y Vic, que una vez cuando andaba descalzo en el suelo mojado mientras enchufaba la lavadora vieja le había pegado tal calambre que le mandó contra la pared, por su forma de pensar lógicamente pensó que estaba rota y había que arreglarla. Vic se había ido por la mañana, no sin antes venir a que Steve Willis y yo nos levantáramos, al alba, a acabar el tejado, y dijo solo otra cosa muy sencilla, de lo más fácil, que hiciéramos lo que hiciéramos no dejáramos que Buster entrara en el huerto. Luego Vic salió por la cancela en su camioneta, un chollo que había pintado de acuarina una noche después de cenar la semana anterior.

Hacía calor de julio y, antes de empezar, Steve Willis y yo caminamos por el tejado de nuestra cabaña, para echar un vistazo sin más, porque la isla en la que vivimos es plana, no hay otra cosa que pinos de Virginia y dunas ondulantes, y desde el tejado de la casa, aunque solo tiene una planta, se ve el faro de Wicomico, el puente de la ensenada y las dunas enormes donde rompe el océano al otro lado. Era una mañana buena, sabíamos que la mujer de Vic saldría pronto a traernos palitos de pescado frito envueltos en papel marrón, porque ella sabía que nosotros solíamos desayunar un cigarro y una gaseosa. Hacía tiempo que Steve Willis y yo no nos acercábamos a hacer un trapicheo de luna nueva a Punta Chaparra, de modo que no teníamos que vigilar la pista que baja a las tierras de Vic por si acaso venía un coche cuya pinta no nos gustara, así que yo podía mirar tranquilamente a Steve Willis y Steve Willis podía mirarme tranquilamente, y estábamos contentos por ser parte de los humanos de Vic en una casa ubicada en las tierras de Vic.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
10 temmuz 2025
Hacim:
141 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788419288035
Yayıncı:
Tercüman:
Telif hakkı:
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