Kitabı oku: «Las aventuras de Huckleberry Finn»

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Capítulo I

No sabréis quién soy yo si no habéis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero no importa. Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre. Algunas cosas las exageró, pero casi siempre dijo la verdad. Eso no es nada. Nunca he visto a nadie que no mintiese alguna vez, menos la tía Polly, o la viuda, o quizá Mary. De la tía Polly —es la tía Polly de Tom— y de Mary y de la viuda Douglas se cuenta todo en ese libro, que es verdad en casi todo, con algunas exageraciones, como he dicho antes.

Bueno, el libro termina así: Tom y yo encontramos el dinero que los ladrones habían escondido en la cueva y nos hicimos ricos. Nos tocaron seis mil dólares a cada uno: todo en oro. La verdad es que impresionaba ver todo aquel dinero amontonado. Bueno, el juez Thatcher se encargó de él y lo colocó a interés y nos daba un dólar al día, y todo el año: tanto que no sabría uno en qué gastárselo. La viuda Douglas me adoptó como hijo y dijo que me iba a cevilizar, pero resultaba difícil vivir en la casa todo el tiempo, porque la viuda era horriblemente normal y respetable en todo lo que hacía, así que cuando yo ya no lo pude aguantar más, volví a ponerme la ropa vieja y me llevé mi pellejo de azúcar y me sentí libre y contento. Pero Tom Sawyer me fue a buscar y dijo que iba a organizar una banda de ladrones y que yo podía ingresar si volvía con la viuda y era respetable. Así que volví.

La viuda se puso a llorar al verme y me dijo que era un pobre corderito y también me llamó otro montón de cosas, pero sin mala intención. Me volvió a poner la ropa nueva y yo no podía hacer más que sudar y sudar y sentirme apretado con ella. Entonces volvió a pasar lo mismo que antes. La viuda tocaba una campanilla a la hora de la cena y había que llegar a tiempo. Al llegar a la mesa no se podía poner uno a comer, sino que había que esperar a que la viuda bajara la cabeza y rezongase algo encima de la comida, aunque no tenía nada de malo; bueno, sólo que todo estaba cocinado por separado. Cuando se pone todo junto, las cosas se mezclan y los jugos se juntan y las cosas saben mejor.

Después de cenar sacaba el libro y me contaba la historia de Moisés y los juncos, y yo tenía ganas de enterarme de toda aquella historia, pero con el tiempo se le escapó que Moisés llevaba muerto muchísimos años, así que ya no me importó, porque a mí los muertos no me interesan.

En seguida me daban ganas de fumar y le pedía permiso a la viuda. Pero no me lo daba. Decía que era una costumbre fea y sucia y que tenía que tratar de dejarlo. Eso es lo que le pasa a algunos. Le tienen manía a cosas de las que no saben nada. Lo que es ella bien que se interesaba por Moisés, que no era ni siquiera pariente suyo, y que maldito lo que le valía a nadie porque ya se había muerto, ¿no?, pero le parecía muy mal que yo hiciera algo que me gustaba. Y además ella tomaba rapé; claro que eso le parecía bien porque era ella quien se lo tomaba.

Su hermana, la señorita Watson, era una solterona más bien flaca, que llevaba gafas, acababa de ir a vivir con ella, y se le había metido en la cabeza enseñarme las letras. Me hacía trabajar bastante una hora y después la viuda le decía que ya bastaba. Yo ya no podía aguantar más. Entonces pasaba una hora mortalmente aburrida y yo me ponía nervioso. La señorita Watson decía: «No pongas los pies ahí, Huckleberry» y «No te pongas así de encogido, Huckleberry; siéntate derecho», y después decía: «No bosteces y te estires así, Huckleberry; ¿por qué no tratas de comportarte?» Después me contaba todos los detalles del lugar malo y decía que ojalá estuviera yo en él. Era porque se enfadaba, pero yo no quería ofender. Lo único que quería yo era ir a alguna parte, cambiar de aires. No me importaba adónde. Decía que lo que yo decía era malo; decía que ella no lo diría por nada del mundo; ella iba a vivir para ir al sitio bueno. Bueno, yo no veía ninguna ventaja en ir adonde estuviera ella, así que decidí ni intentarlo. Pero nunca lo dije porque no haría más que crear problemas y no valdría de nada.

Entonces ella se lanzaba a contarme todo lo del sitio bueno. Decía que lo único que se hacía allí era pasarse el día cantando con un arpa, siempre lo mismo. Así que no me pareció gran cosa. Pero no dije nada. Le pregunté si creía que Tom Sawyer iría allí y dijo que ni muchísimo menos, y yo me alegré, porque quería estar en el mismo sitio que él.

Un día la señorita Watson no paraba de meterse conmigo, y yo empecé a cansarme y a sentirme solo. Después llamaron a los negros para decir las oraciones y todo el mundo se fue a la cama. Yo me fui a mi habitación con un trozo de vela y lo puse en la mesa. Después me senté en una silla junto a la ventana y traté de pensar en algo animado, pero era inútil. Me sentía tan solo que casi me daban ganas de morirme. Las estrellas brillaban y las hojas de los árboles se rozaban con un ruido muy triste; allá lejos se oía un búho que ululaba porque se había muerto alguien y un chotacabras y un perro que gritaban que se iba a morir alguien más, y el viento trataba de decirme algo y yo no entendía lo que era, de forma que me daban calofríos. Después, allá en el bosque, oí ese ruido que hacen los fantasmas cuando quieren decir algo que están pensando y no pueden hacerse entender, de forma que no pueden descansar en la tumba y tienen que pasarse toda la noche velando. Me sentí tan desanimado y con tanto miedo que tuve ganas de compañía. Luego se me subió una araña por el hombro y me la quité de encima y se cayó en la vela, y antes de que pudiera yo alargar la mano, ya estaba toda quemada. No hacía falta que me dijera nadie que aquello era de muy mal fario y que me iba a traer mala suerte, así que tuve miedo y casi me quité la ropa de golpe. Me levanté y di tres vueltas santiguándome a cada vez, y después me até un rizo del pelo con un hilo para que no se me acercaran las brujas. Pero no estaba nada seguro. Eso es lo que se hace cuando ha perdido uno una herradura que se ha encontrado, en vez de clavarla encima de la puerta, pero nunca le había oído decir a nadie que fuese la forma de que no llegara la mala suerte cuando se había matado a una araña.

Volví a sentarme, todo tiritando, y saqué la pipa para fumar, porque la casa estaba ya más silenciosa que una tumba, así que la viuda no se iba a enterar. Bueno, al cabo de mucho tiempo oí que el reloj del pueblo empezaba a sonar: bum… bum… bum… doce golpes y todo seguía igual de tranquilo, más en silencio que nunca. Poco después oí que una rama se partía en la oscuridad entre los árboles: algo se movía. Me enderecé y escuché. En seguida escuché apenas un «¡miau! ¡miau!» allá abajo. ¡Estupendo!, yvoyy digo «¡miau! ¡miau!» lo más bajo que pude y después apagué la luz y me bajé por la ventana al cobertizo. Entonces me dejé caer al suelo y me fui arrastrando entre los árboles, y claro, allí estaba Tom Sawyer esperándome.

Capítulo 2

Fuimos de puntillas por un sendero entre los árboles que había hacia el final del jardín de la viuda, inclinándonos para que no nos dieran las ramas en la cabeza. Cuando pasábamos junto a la cocina me tropecé con una raíz e hice un ruido. Nos agachamos y nos quedamos callados. El negro grande de la señorita Watson, que se llamaba Jim, estaba sentado a la puerta de la cocina; lo veíamos muy claro porque tenía la luz de espaldas. Se levantó, alargó el cuello un minuto escuchando y después dijo:

–¿Quién es?

Se quedó escuchando un rato; después salió de puntillas y se puso entre los dos; casi podríamos haberlo tocado. Bueno, apuesto a que pasaron minutos y minutos sin que se oyera un ruido, aunque estábamos muy juntos. Me empezó a picar un tobillo, pero no me atrevía a rascármelo, y después me empezó a picar una oreja, y después la espalda, justo entre los hombros. Creí que me iba a morir si no me rascaba. Desde entonces lo he notado muchas veces. Si está uno con gente fina, o en un funeral, o trata de dormirse cuando no tiene sueño, si está uno en cualquier parte en que no está bien rascarse, entonces le pica a uno por todas partes, en más de mil sitios. Y en seguida va Jim y dice:

–Eh, ¿quién es? ¿Dónde estás? Que me muera si no he oído algo. Bueno, ya sé lo que voy a hacer: voy a quedarme aquí sentado escuchando a ver si lo vuelvo a oír.

Así que se sentó en el suelo entre Tom y yo. Se apoyó de espaldas en un árbol y estiró las piernas hasta que casi me tocó con una de ellas. Me empezó a picar la nariz. Me picaba tanto que se me saltaban las lágrimas. Pero no me atrevía a rascarme. Después me empezó a picar por dentro. Luego por abajo. No sabía cómo seguir sentado sin hacer nada. Aquella tortura duró por lo menos seis o siete minutos, pero pareció mucho más. Ahora ya me picaba en once sitios distintos. Pensé que no podía aguantar ni un minuto más, pero apreté los dientes y me preparé para intentarlo. Justo entonces Jim empezó a respirar de forma muy regular, y en seguida me sentí cómodo otra vez.

Tom me hizo una señal —una especie de ruidito con la boca— y nos fuimos arrastrando a gatas. Cuando estábamos a unos diez pies, Tom me susurró que sería divertido dejar atado a Jim al árbol. Pero le dije que no; podía despertarse y armar jaleo, y entonces verían que yo no estaba en casa. Tom dijo que no tenía suficientes velas y que iba a meterse en la cocina a buscar más. Yo no quería que lo intentase. Dije que Jim podría despertarse y entrar. Pero Tom prefería arriesgarse, así que entramos gateando y sacamos tres velas, y Tom dejó cinco centavos en la mesa para pagarlas. Después salimos, y yo estaba muerto de ganas de que no fuéramos, pero Tom estaba empeñado en que antes tenía que ir a gatas adonde estaba Jim y gastarle una broma. Esperé y me pareció que pasaba mucho rato, con todo aquello tan callado y tan solo.

En cuanto volvió Tom nos echamos a correr por el sendero, dimos la vuelta a la valla y por fin llegamos a la cima del cerro al otro lado de la casa. Tom dijo que le había quitado a Jim el sombrero y se lo había dejado colgado en una rama encima de la cabeza, y que Jim se había movido un poco, pero no se había despertado. Después Jim diría que las brujas lo habían hechizado y dejado en trance, y que le habían estado dando vueltas por todo el estado montadas en él y después le habían vuelto a colocar debajo de los árboles y le habían colgado el sombrero en una rama para indicar quién lo había hecho. Y la siguiente vez que lo contó, Jim dijo que lo habían llevado hasta Nueva Orleans y después cada vez que lo contaba alargaba más el viaje, hasta que al final decía que le habían hecho recorrer el mundo entero y casi le habían matado de cansancio y que le había quedado la espalda llena de forúnculos. Jim estaba tan orgulloso que casi ni hacía caso de los demás negros. Había negros que recorrían millas y millas para oír lo que contaba, y lo respetaban más que a ningún negro de la comarca. Había negros que llegaban de fuera y se quedaban con las bocas abiertas contemplándolo, como si fuera una maravilla. Los negros se pasan la vida hablando de brujas en la oscuridad, junto al fuego de la chimenea, pero cuando uno de ellos se ponía a hablar y sugería que él sabía mucho de esas cosas, llegaba Jim y decía: «¡Bueno! zy tú qué sabes de brujas?», y aquel negro estaba acabado y tenía que quedarse callado. Jim siempre llevaba aquella moneda de cinco centavos atada con una cuerda al cuello y decía que era un talismán que le había dado el diablo con sus propias manos diciéndole que podía curar a cualquiera con él y llamar a las brujas cuando quisiera si decía unas palabras, pero nunca contó lo que tenía que decir. Llegaban negros de todos los alrededores y le daban a Jim lo que tenían, sólo por ver aquella moneda de cinco centavos, pero no la querían tocar, porque el diablo la había tenido en sus manos. Jim prácticamente ya no valía para sirviente, porque estaba muy orgulloso de haber visto al diablo y de que las brujas se hubieran montado en él.

Bueno, cuando Tom y yo llegamos al borde del cerro miramos desde allí arriba hacia el pueblo y vimos tres o cuatro luces que parpadeaban, donde quizá había gente enferma, y por encima las estrellas brillaban estupendas, y al lado del pueblo pasaba el río, que medía toda una milla de ancho y que corría grandioso en silencio. Bajamos del cerro y nos reunimos con Joe Harper y Ben Rogers y dos o tres chicos más, que estaban escondidos en las viejas tenerías. Así que desamarramos un bote y bajamos dos millas y media por el río, donde estaba la gran hendidura entre los cerros, y desembarcamos.

Fuimos a una mata de arbustos y Tom hizo que todo el mundo jurase mantener el secreto, y después les enseñó un agujero en el cerro, justo en medio de la parte más espesa de los arbustos. Después, encendimos las velas y entramos a cuatro patas. Recorrimos unas doscientas yardas y después la cueva se abrió. Tom estudió los pasadizos y en seguida se metió debajo de una pared donde no se notaba que había un agujero. Pasamos por un sitio muy estrecho y salimos a una especie de sala, toda húmeda, sudorosa y fría, y allí nos paramos. Entonces va Tom y dice:

–Ahora vamos a fundar una banda de ladrones que se llamará la Banda de Tom Sawyer. Todo el que quiera ingresar tiene que hacer un juramento y escribir su nombre con sangre.

Todos querían. Entonces Tom sacó una hoja de papel en la que había escrito el juramento y lo leyó. Cada uno de los chicos juraba ser fiel a la banda y no contar nunca ninguno de sus secretos, y si alguien le hacía algo a algún chico de la banda, el chico al que se le ordenara matar a esa persona y su familia tenía que hacerlo, y no podía comer ni dormir hasta haberlos matado a todos y marcarles con el cuchillo una cruz en el pecho, que era la señal de la banda. Nadie que no perteneciese a la banda podía utilizar esa señal, y si lo hacía había que denunciarlo, y si volvía a hacerlo, había que matarlo. Y si alguien que pertenecía a la banda contaba los secretos, había que cortarle el cuello y después quemar su cadáver, tirar las cenizas por todas partes y borrar su nombre de la lista con sangre, y nadie de la banda podía volver a mencionar su nombre, sino que quedaba maldito y había que olvidarlo para siempre.

Todo el mundo dijo que era un juramento estupendo y le preguntó a Tom si se lo había sacado de la cabeza. Dijo que sólo una parte, pero que el resto lo había sacado de libros de piratas y de ladrones y que todas las bandas de buen tono tenían un juramento.

Algunos pensaron que estaría bien matar a las familias de los chicos que contaran los secretos. Tom dijo que era una buena idea, así que sacó un lápiz y la escribió. Entonces va Ben Rogers y dice:

–Pero está Huck Finn, que no tiene familia; ¿qué haríamos con él?

–Bueno, ¿no tiene un padre? —preguntó Tom Sawyer.

–Sí, tiene padre, pero últimamente no lo encuentra nadie. Antes estaba siempre borracho con los cerdos en las tenerías, pero hace un año o más que no lo ve nadie. Siguieron hablando del tema, y me iban a dejar fuera de la banda, porque decían que cada chico tenía que tener una familia o alguien a quien matar, porque si no no sería justo para los demás. Bueno, a nadie se le ocurría nada que hacer; todos estaban callados y pensativos. Yo estaba por echarme a llorar, pero en seguida se me ocurrió una salida y les ofrecí a la señorita Watson: podían matarla a ella. Todos dijeron:

–Ah, estupendo. Eso está muy bien. Huck puede ingresar.

Después todos se clavaron un alfiler en un dedo para sacarse sangre para la firma y yo dejé mi señal en el papel.

–Bueno —va y dice Ben Rogers—, ¿a qué se va a dedicar esta banda?

–Nada más que robos y asesinatos —dijo Tom.

–Pero, ¿qué vamos a robar? Casas o ganado, o…

–¡Bah! Robar ganado y esas cosas no es robar de ver dad; ésos son cuatreros —va y dice Tom Sawyer—. No somos cuatreros. Eso no resulta elegante. Somos salteadores de caminos. Paramos las diligencias y los coches en la carretera, con las máscaras puestas, y matamos a la gente y les quitamos los relojes y el dinero.

–¿A la gente hay que matarla siempre?

–Pues claro. Es lo mejor. Algunas autoridades no están de acuerdo, pero en general se considera que lo mejor es matar a todos… salvo a algunos que se pueden traer aquí ala cueva y tenerlos hasta que queden rescatados.

–¿Rescatados? ¿Qué es eso?

–No lo sé. Pero eso es lo que hacen. Lo he visto en los libros, así que desde luego es lo que tenemos que hacer nosotros.

–Pero, ¿cómo vamos a hacerlo si no sabemos lo que es?

–Bueno, maldita sea, tenemos que hacerlo. ¿No os he dicho que está en los libros? ¿Queréis hacerlo distinto de los libros y que salga todo al revés?

–Bueno, Tom Sawyer, eso está muy bien decirlo, pero, ¿cómo diablos van a quedar rescatados esos tipos si no sabemos cómo se hace? Eso es lo que me gustaría saber a mí. ¿Qué crees tú que es?

–Bueno, no sé. Pero a lo mejor si nos quedamos con ellos hasta que queden rescatados significa que nos tenemos que quedar con ellos hasta que se hayan muerto.

–Bueno, algo es algo, es una respuesta. ¿Por qué no podías haberlo dicho antes? Nos los quedamos hasta que se queden muertos de un rescate, y vaya una pesadez que van a resultar: comiéndolo todo y tratando de escaparse todo el tiempo.

–Qué cosas dices, Ben Rogers. ¿Cómo van a escaparse cuando hay una guardia que los vigila dispuesta a pegarles un tiro si mueven un dedo?

–¡Una guardia! Ésa sí que es buena. O sea que alguien tiene que quedarse sentado toda la noche sin dormir nada, sólo para vigilarlos. Me parece una bobada. ¿Por qué no podemos darles un garrotazo y que se queden rescatados en cuanto los traigamos?

–Porque no es lo que dicen los libros, por eso. Vamos, Ben Rogers, ¿quieres hacer las cosas bien o no? De eso se trata. ¿No crees que la gente que ha escrito los libros sabe lo que está bien hacer? ¿Crees que tú vas a enseñarles algo? Ni mucho menos. No, señor, vamos a rescatarlos como está mandado.

–Bueno. Me da igual; pero de todas maneras digo que es una tontería. Oye, ¿matamos también a las mujeres?

–Mira, Ben Rogers, si yo fuera tan ignorante como tú trataría de disimularlo. ¿Matar a las mujeres? No; nadie habrá visto nada parecido en los libros. Las traes a la cueva y te portas con ellas de lo más fino del mundo, y poco a poco se enamoran de ti y ya no quieren volver a sus casas.

–Bueno, si es así, estoy de acuerdo, pero tampoco me dice mucho. En seguida tendremos la cueva tan llena de mujeres y de tipos esperando al rescate que no quedará sitio para los ladrones. Pero adelante, no tengo nada que decir.

El pequeño Tommy Barnes ya se había dormido, y cuando lo despertaron tenía miedo, se echó a llorar y dijo que quería volver a su casa con su mamá y que ya no quería ser bandido.

Así que todos se rieron mucho de él, y cuando lo llamaron llorón él se enfadó y dijo que iba a contar todos los secretos. Pero Tom fue y le dio cinco centavos para que se callase y dijo que todos nos íbamos a casa y nos reuniríamos la semana que viene para robar a alguien y matar a alguna gente.

Ben Rogers dijo que no podía salir mucho, sólo los domingos, así que quería empezar el domingo que viene; pero todos los chicos dijeron que estaría muy mal hacerlo en domingo, y se acabó la discusión. Decidieron reunirse para determinar la fecha en cuanto pudieran y después elegimos a Tom Sawyer primer capitán y a Joe Harper segundo capitán de la banda y nos fuimos a casa.

Subí por el cobertizo a rastras hasta mi ventana justo antes del amanecer. Mi ropa nueva estaba toda llena de manchas de barro, y yo, cansado como un perro.

Capítulo 3

Bueno, por la mañana la vieja señorita Watson me echó una buena bronca por lo de la ropa, pero la viuda no me riñó, sino que limpió las manchas y el barro, y parecía estar tan triste que pensé que si podía, me portaría bien durante un tiempo. Después la señorita Watson me llevó al gabinete a rezar, pero no pasó nada. Me dijo que rezase todos los días y que todo lo que pidiera se me daría. Pero no era verdad. Lo intenté. Una vez conseguí un sedal para pescar, pero sin anzuelos. Sin anzuelos no me valía para nada. Probé a conseguir los anzuelos tres o cuatro veces, pero no sé por qué aquello no funcionaba. Así que un día le pedí a la señorita Watson que lo intentase por mí, pero me dijo que era tonto. Nunca me explicó por qué y yo nunca pude entenderlo.

Una vez fui a sentarme en el bosque a pensarlo con calma. Me dije: «Si uno puede conseguir todo lo que pide cuando reza, ¿por qué no le devuelven al diácono Winn el dinero que perdió con lo de los cerdos? ¿Por qué no le devuelven a la viuda la cajita de plata para el rapé que le robaron? ¿Por qué no puede engordar la señorita Watson? No, me dije, todo eso no tiene sentido». Fui y se lo conté a la viuda, y me dijo que lo que podía conseguirse rezando eran los «bienes espirituales». Aquello era demasiado para mí, pero me explicó lo que significaba: tenía que ayudar a otra gente y hacer todo lo que pudiera por ellos y cuidar siempre de los demás y no pensar nunca en mí mismo. Según me pareció, aquello incluía a la señorita Watson. Fui al bosque y me lo estuve pensando mucho tiempo, pero no le veía la ventaja, salvo para la otra gente; así que por fin calculé que no me iba a preocupar más, sino que lo olvidaría. A veces la viuda me llevaba con ella y me hablaba de la Providencia de forma que se le hacía a uno la boca agua, pero a lo mejor al día siguiente la señorita Watson lo volvía a deshacer todo. Me pareció que podía ser que hubiera dos Providencias y que a uno, pobrecillo, le iría muy bien la Providencia de la viuda, pero que si era la de la señorita Watson, no tenía nada que hacer. Me lo pensé todo y calculé que si ella quería, me iría con la de la viuda, aunque tampoco veía qué iba a sacar con tenerme de su lado que no tuviera antes, dado lo ignorante y lo poca cosa y corrientucho que era yo.

A padre hacía más de un año que nadie lo veía, y yo tan contento; no quería volver a verlo. Siempre me atizaba cuando estaba sereno y podía echarme mano, aunque cuando él andaba cerca yo solía largarme al bosque. Bueno, hacia entonces lo encontraron en el río ahogado, unas doce millas arriba del pueblo, decía la gente. Por lo menos, creían que era él; decían que aquel ahogado medía igual que él y estaba vestido de harapos y llevaba el pelo muy largo, todo igual que padre, pero por la cara no sabían nada, porque llevaba tanto tiempo en el agua que ya no parecía en absoluto una cara. Dijeron que flotaba de espaldas en el agua. Lo sacaron y lo enterraron en la ribera. Pero yo no me quedé tranquilo mucho tiempo, porque se me ocurrió una cosa. Sabía muy bien que un ahogado no flota de espaldas, sino de cara. Así que entonces comprendí que no era padre, sino una mujer vestida de hombre. Y volví a ponerme nervioso. Pensé que el viejo aparecería algún día, aunque por mí ojalá que no.

Jugamos a los bandidos durante un mes, de vez en cuando, y después yo me salí. Todos los chicos hicieron lo mismo. No habíamos robado a nadie, no habíamos matado a nadie, no habíamos hecho más que fingir. Salíamos de un salto del bosque y cargábamos contra los porqueros y las mujeres que llevaban las cosas de sus huertos al mercado en carros, pero nunca les hacíamos nada. Tom Sawyer llamaba a los cerdos «lingotes» y a los nabos y eso «joyas», y nos íbamos a la cueva y hablábamos de lo que habíamos hecho y de cuánta gente habíamos matado y marcado con nuestra señal. Pero yo no le veía ninguna ventaja. Una vez Tom mandó a un chico que fuera corriendo por el pueblo con un palo encendido que él decía que era una «consigna» (señal de que la banda tenía que reunirse) y después dijo que sus espías le habían mandado noticias secretas de que al día siguiente un montón de comerciantes españoles y árabes ricos iba a acampar en la Boca de la Cueva con doscientos elefantes y seiscientos camellos y más de mil mulas de carga, todas transportando diamantes, y que sólo llevaban una guardia de cuatrocientos soldados, así que teníamos que ponerles una emboscada y matarlos a todos. Dijo que debíamos preparar las espadas y las escopetas y estar listos. Nunca podía llevarse ni siquiera una carreta de nabos, pero se empeñaba en que las espadas y las escopetas estuvieran todas limpias, aunque, como no eran más que listones de madera y palos de escoba, podía uno limpiarlas hasta morirse del aburrimiento y no valían ni un centavo más que antes. Yo no creía que pudiéramos vencer a tantos españoles y árabes, pero quería ver los camellos y los elefantes, de forma que al día siguiente, que era sábado, me presenté a la emboscada, y cuando nos dio la orden salimos corriendo del bosque y bajamos el cerro. Pero no había españoles ni árabes ni camellos ni elefantes. No había más que una gira de la escuela dominical, y encima de los de primer curso. Los dispersamos y perseguimos a los niños por el cerro, pero no sacamos más que mermelada y unas rosquillas, aunque Ben Rogers se llevó una muñeca de trapo y Joe Harper un libro de himnos y un folleto de propaganda, y entonces llegó corriendo el maestro y nos hizo dejarlo todo y salir corriendo. No vi ningún diamante, y se lo dije a Tom Sawyer. Me contestó que de todos modos los había a montones y que también había árabes y elefantes y cosas. Entonces le dije que por qué no podíamos verlos. Me dijo que si no fuera tan ignorante y hubiera leído un libro que se llamaba Don Quijote, lo sabría sin preguntar. Dijo que todo lo hacían por arte de magia. Dijo que allí había cientos de soldados y elefantes y tesoros y todo eso, pero que teníamos enemigos que él llamaba magos y que lo habían convertido todo en una escuela dominical para niños, sólo por despecho. Entonces yo dije que bueno, que lo que teníamos que hacer era atacar a los magos. Tow Sawyer me llamó palurdo.

–Hombre —dijo—, un mago puede llamar a un montón de genios, que te podrían hacer picadillo en medio minuto. Son igual de altos que árboles y cuadrados como armarios de tres cuerpos.

–Bueno —digo yo—, zy qué pasa si conseguimos que algunos de esos genios nos ayuden a nosotros? ¿No podríamos vencer entonces a los otros?

–¿Cómo vas a conseguirlo?

–No sé. ¿Cómo lo consiguen ellos?

–Pues frotan una lámpara vieja de estaño o un anillo de hierro, y entonces llegan los genios, acompañados de truenos y rayos y de todo el humo del mundo y van y hacen todo lo que se les dice que hagan. Les resulta facilísimo arrancar de cuajo una torre y darle en la cabeza con ella a un superintendente de escuela dominical, o a cualquiera.

–¿Quién les obliga a hacer todo eso?

–Hombre, el que frota la lámpara o el anillo. Pertenecen al que frota la lámpara o el anillo y tienen que hacer lo que les diga. Si les dice que construyan con diamantes un palacio de cuarenta millas de largo y lo llenen de chicle, o de lo que tú quieras, y que traigan a la hija de un emperador de la China para casarte con ella, tienen que hacerlo, y además antes de que amanezca el día siguiente. Y encima tienen que transportar ese palacio por todo el país siempre que se lo diga uno, ¿comprendes?

–Bueno —dije yo—, creo que son idiotas por no quedarse con el palacio, en lugar de hacer todas esas bobadas. Y además, lo que es yo, si fuera uno de ellos me iría al quinto pino antes de dejar lo que tuviera entre manos para hacer lo que me dijese un tipo que estaba frotando una lámpara vieja de estaño.

–Qué cosas dices, Huck Finn. Pero si es que tendrías que ir cuando la frotase, quisieras o no.

–¡Cómo! ¿Si yo fuera igual de alto que un árbol y cuadrado como un armario de tres cuerpos? Bueno, vale; iría, pero te apuesto a que ese hombre tendría que subirse al árbol más alto que hubiera en todo el país.

–Caray, es que no se puede hablar contigo, Huck Finn. Es como si no supieras nada de nada, como un perfecto idiota.

Me quedé pensando en todo aquello dos o tres días y después decidí probar, a ver si era verdad o no. Me llevé una lámpara vieja de estaño y un anillo de hierro al bosque y me puse a frotar hasta sudar como un indio, calculando que me construiría un palacio para venderlo; pero nada, no vino ningún genio. Entonces pensé que todo aquello no era más que una de las mentiras de Tow Sawyer. Supuse que él se creía lo de los árabes y los elefantes, pero yo no pienso igual que él. Aquello parecía cosa de la escuela dominical.

Capítulo 4

Bueno, pasaron tres o cuatro meses y ya estaba bien entrado el invierno. Había ido a la escuela casi todo el tiempo, me sabía las letras y leer y escribir un poco y me sabía la tabla de multiplicar hasta seis por siete treinta y cinco, y pensaba que nunca llegaría más allá aunque viviera eternamente. De todas formas, las matemáticas no me gustan mucho.

Al principio me fastidiaba la escuela, pero poco a poco aprendí a aguantarla. Cuando me cansaba demasiado hacía novillos, y la paliza que me daban al día siguiente me sentaba bien y me animaba. Así que cuanto más tiempo iba a la escuela, más fácil me resultaba. También me estaba empezando a acostumbrar a las cosas de la viuda, que ya no me molestaban tanto. El vivir en una casa y dormir en una cama me resultataba casi siempre molesto, pero antes de que empezara a hacer frío solía escaparme a dormir en el bosque, de forma que me valía de descanso. Me gustaban más las cosas de antes, pero también me estaban empezando a gustar las nuevas un poco. La viuda decía que yo progresaba lento pero seguro y que lo hacía muy bien. Dijo que no se sentía avergonzada de mí.

Una mañana por casualidad volqué el salero a la hora del desayuno. Pesqué un poco de sal en cuanto pude para tirarla por encima del hombro izquierdo y alejar la mala suerte, pero la señorita Watson se me adelantó para impedírmelo. Va y me dice: «Quita esas manos, Huckleberry; ¡te pasas la vida ensuciándolo todo!» La viuda trató de excusarme, pero aquello no iba a alejar la mala suerte, y yo lo sabía. Después de desayunar me fui, preocupado y temblando, preguntándome dónde me iba a caer y qué iba a hacer. Hay formas de escapar a algunos tipos de mala suerte, pero ésta no era una de ellas, así que no traté de hacer nada, sino que seguí adelante, muy desanimado y alerta a lo que pasaba.

Bajé por el jardín delantero y salté la puertecita por donde se pasa la valla alta. Había en el suelo una pulgada de nieve recién caída y vi las huellas de alguien. Venían de la cantera, se detenían ante la portezuela y después le daban la vuelta a la valla del jardín. Era curioso que no hubieran pasado después de haberse quedado allí. No lo entendía. En todo caso, resultaba extraño. Iba a seguirlas, pero primero me paré a examinarlas. Al principio no vi nada; después sí. En el tacón de la bota izquierda había una cruz hecha con clavos para que no se acercara el diablo.

En un segundo me levanté y bajé corriendo el cerro. De vez en cuando miraba por encima del hombro, pero no vi a nadie. Llegué a casa del juez Thatcher en cuanto pude. Me dijo:

–Pero, chico, estás sin aliento. ¿Has venido a buscar los intereses?

–No, señor —respondí—; ¿me los tiene usted?

–Ah, sí, anoche llegaron los del semestre: más de ciento cincuenta dólares. Para ti, toda una fortuna. Más vale que me dejes invertirlos con tus seis mil, porque si te los doy te los vas a gastar.

–No, señor —dije—. No quiero gastármelos. No los quiero para nada; y tampoco los seis mil. Quiero que se los quede usted; quiero dárselos a usted: los seis mil y todo.

Pareció sorprenderse. Era como si no lo pudiera comprender. Va y dice:

–Pero, ¿qué quieres decir, muchacho?

Y voy y le digo:

–Por favor, no me pregunte nada. Se lo queda usted; ¿verdad?

Y va y dice:

–Bueno, no sé qué hacer. ¿Pasa algo?

–Por favor, quédeselo y no me pregunte nada… así no tendré que contar mentiras.

Se lo pensó un rato y después dijo:

–¡Ah, ah! Creo que ya entiendo. Quieres venderme todos tus bienes; no dármelos. Eso es lo correcto.

Después escribió algo en un papel, que me leyó y que decía:

–Mira; verás que dice «por la suma convenida». Eso significa que te lo he comprado y te lo he pagado. Ten un dólar. Ahora fírmalo.

Así que lo firmé y me fui.

Jim, el negro de la señorita Watson, tenía una bola de pelo del tamaño de un puño que habían sacado del cuarto estómago de un buey, y hacía cosas de magia con ella. Decía que dentro había un espíritu que lo sabía todo. Así que aquella noche fui a verlo yle dije que había vuelto padre, porque había visto sus huellas en la nieve. Lo que quería saber yo era qué iba a hacer y dónde pensaba dormir. Jim sacó su bola de pelo y dijo algo por encima de ella, y después la levantó y la dejó caer al suelo. Cayó de un solo golpe y no rodó más que una pulgada. Jim volvió a probar una vez y otra vez, siempre lo mismo. Se arrodilló y acercó la oreja para escuchar. Pero nada; no quería hablar. Jim dijo que no hablaría si no le dábamos dinero. Le dije que tenía un viejo cuarto de dólar falso y liso que no valía nada porque se le veía un poco el cobre por debajo de la plata y nadie lo aceptaría, aunque no se le viera el cobre, porque estaba tan liso que se resbalaba y todo el mundo lo notaba (pensé no decirle nada del dólar que me había dado el juez). Le dije que era un dinero muy malo, pero que quizá la bola de pelo lo aceptaría, porque a lo mejor no entendía la diferencia. Jim lo olió, lo mordió, lo frotó y dijo que conseguiría que la bola de pelo creyese que era bueno porque iba a partir por la mitad una patata irlandesa cruda y a meter en medio la moneda y dejarla toda la noche, que a la mañana siguiente no se podría ver el cobre y ya no estaría tan resbaladiza, de forma que cualquiera del pueblo la aceptaría, conque más una bola de pelo. Bueno, yo ya sabía que las patatas valían para eso, pero se me había olvidado.

Jim colocó la moneda debajo de la bola de pelo, se agachó y volvió a escuchar. Esta vez dijo que la bola de pelo estaba bien. Dijo que me diría la buenaventura si yo quería. Voy y le digo que adelante. Entonces la bola de pelo le habló a Jim, y Jim me lo contó. Va y dice:

–Tu padre no sabe entodavía lo que va a hacer. A veces piensa que se va a ir y aluego va y piensa que se queda. Lo mejor es dejar las cosas y que el viejo haga lo que quiera. Hay dos ángeles que le dan güeltas. Uno de ellos es blanco y resplandeciente y el otro es negro. El blanco le hace ir por el buen camino un rato y después viene el negro y lo fastidia to. No se puede saber cuál va a ser el último que lo coja. Pero a ti te irá bien. Vas a tener muchos problemas en la vida y muchas alegrías. A veces te lo vas a pasar mal y a veces te vas a poner malo, pero cada vez te vas a poner bueno. Hay dos hembras que importan en tu vida. Una es clara y la otra oscura. Una es rica y la otra es probe. Tú te vas a casar primero con la probe y luego con la rica. Tienes que tener mucho cuidiao con el agua y no tener aventuras, porque está escrito que te van a ahorcar.

Aquella noche, cuando encendí la vela y subí a mi habitación, allí estaba padre, ¡en persona!

Capítulo 5

Yo había cerrado la puerta. Entonces me di la vuelta y allí estaba. Antes le tenía miedo porque me pegaba todo el tiempo. Pensé que ahora también se lo tendría, pero al cabo de un minuto vi que me había equivocado, o sea, después del primer susto, como quien dice, cuando me quedé sin aliento, porque no me lo esperaba para nada; pero en seguida me di cuenta de que no le tenía tanto miedo.

Tenía casi cincuenta años y los aparentaba. Llevaba un pelo largo, enredado y grasiento que le colgaba hasta el cuello, y por el medio se le veían los ojos que le brillaban como si estuviera escondido detrás de una parra. Lo tenía todo negro, sin canas; igual que la barba larga y desordenada. No tenía nada de color en la cara, donde se le veía; estaba todo blanco, no como otros hombres, sino de un blanco que daba asco, un blanco que le daba a uno picores, un blanco de sapo de árbol, de vientre de pez. Y de ropa: harapos y nada más. Tenía apoyado un tobillo en la otra rodilla; la bota de aquel pie estaba rota y se le veían dos de los dedos, que movía de vez en cuando. Había dejado el sombrero en el piso: un viejo chambergo con la copa toda hundida, como una tapadera.

Me quedé mirándolo; él siguió sentado mirándome, con la silla echada un poco atrás. Dejé la vela en el suelo. Vi que la ventana estaba levantada, así que había subido por el cobertizo. No hacía más que mirarme. Al cabo de un rato va y dice:

–Buena ropa llevas, muy buena. Te debes creer un pez gordo,¿no?

–A lo mejor sí y a lo mejor no —respondí.

–No te pongas chulo —va y dice—. Desde que me marché te das muchas ínfulas. Ya te voy a bajar yo los humos antes de terminar contigo. Y me han dicho que estás educado: que sabes leer y escribir. Te crees que ahora vales más que tu padre, ¿no?, sólo porque él no sabe. Ya te enseñaré yo. ¿Quién te ha dicho que fueras por ahí, dándote aires? ¿Quién te ha dado permiso?

–La viuda. Me lo dijo ella.

–La viuda, ¿eh? Y, ¿quién ha venido a darle a la viuda vela en este entierro?

–No se la ha dado nadie.

–Bueno, ya le voy a enseñar yo a meterse en sus cosas. Y mira lo que te digo: deja de ir a la escuela, ¿te enteras? Ya voy a enseñar yo a ésos a educar a un chico para que se dé aires delante de su propio padre y haga como que vale más que él. Que no te vuelva a coger cerca de esa escuela, ¿te enteras? Tu madre no sabía leer, y tampoco sabía escribir y se murió tan tranquila. En la familia nadie aprendió a leer antes de morirse. Yo no sé, y ahí estás tú dándote aires. Y yo no soy hombre para aguantar eso, ¿te enteras? Oye, a ver cómo lees.

Saqué un libro y empecé a leer algo que hablaba del general Washington y de las guerras. Cuando llevaba leyendo aproximadamente medio minuto, me arrancó el libro de golpe y lo tiró al otro lado de la habitación. Y va y dice:

–Es verdad. Sí que sabes. Tenía mis dudas cuando me lo dijiste. Pues mira, déjate de ínfulas. No te lo voy a aguantar. Voy a estar muy atento, listillo, y si te pesco por esa escuela, te doy una paliza. Si sigues así, también te va a dar religiosa. Nunca he visto un chico igual.

Agarró un cromo azul y amarillo con unas vacas y un chico, y va y dice:

–¿Qué es esto?

–Me lo han dado por saberme bien la lección.

Lo rompió y va y dice:

–Yo te voy a dar algo mejor: te voy a dar una buena tunda.

Se quedó sentado murmurando y gruñendo un rato y luego va y dice:

–Pero estás hecho todo un dandi, ¿no? Cama y sábanas, espejo y tu alfombra en el suelo, mientras que tu propio padre tiene que dormir con los cerdos en las tenerías. Nunca he visto un chico así. Seguro que tendrás menos ínfulas cuando acabe contigo. Pero si es que no paras de darte aires… Me han dicho que eres rico. ¿Eh?… ¿Cómo ha sido eso?

–Es mentira… así ha sido eso.

–Mira, ten cuidado cómo me hablas. Ya te estoy tolerando demasiado, así que no te pongas insolente. Llevo dos días en el pueblo y lo único que me han dicho todos es que eres rico. Y también lo he oído decir por el río. Por eso he venido. Mañana me traes ese dinero: lo quiero yo.

–No tengo dinero.

–Mentira. Lo tiene el juez Thatcher. Sí que lo tienes. Y yo lo quiero.

–No tengo nada de dinero. Te lo estoy diciendo. Pregúntaselo al juez Thatcher y te dirá lo mismo.

–Muy bien. Voy a preguntárselo y voy a hacer que apoquine, y si no ya me enteraré por qué. Oye, ¿cuánto llevas en el bolsillo? Dámelo.

–Sólo tengo un dólar y lo quiero para…

–No importa para qué lo quieras… Dámelo y basta.

Se lo di y lo mordió para ver si era bueno, y después dijo que iba a ir al centro del pueblo a tomarse un whisky; que no había bebido en todo el día. Cuando salió al cobertizo, volvió a meter la cabeza por la ventana y me maldijo por tener ínfulas y tratar de ser más que él, y cuando calculé que se había ido ya, volvió a meter la cabeza por la ventana y me dijo que cuidado con aquella escuela, porque iba a estar muy atento y me zurraría si no dejaba de ir.

Al día siguiente estaba borracho y fue a ver al juez Thatcher, a darle la lata tratando de hacer que le diese el dinero, pero no lo consiguió, y después juró que iba a hacer que la ley lo obligara.

El juez y la viuda fueron a la ley para que el tribunal le quitase la custodia y que uno de ellos fuera mi tutor, pero había llegado un juez nuevo y no conocía a mi viejo, así que dijo que los tribunales no debían intervenir para separar familias si podían evitarlo; dijo que prefería no separar a un hijo de su padre. Así que el juez Thatcher y la viuda tuvieron que renunciar al asunto.

El viejo estaba más contento que unas castañuelas. Dijo que me iba a estar zurrando hasta dejarme lleno de cardenales si no le conseguía algo de dinero. Le pedí prestados tres dólares al juez Thatcher, y padre se los llevó y se emborrachó y armó un lío por todas partes con sus palabrotas, sus gritos y sus escándalos, y así siguió por todo el pueblo, dándole a una cacerola hasta casi medianoche; entonces lo encarcelaron y al día siguiente lo llevaron al juzgado y lo volvieron a meter en la cárcel una semana. Pero dijo que estaba contento, que era quien mandaba en su hijo y que ya me arreglaría las cuentas.

Cuando salió, el nuevo juez dijo que iba a convertirlo en otro hombre. Así que se lo llevó a su casa, le dio ropa buena y limpia y lo invitó a desayunar y a comer y a cenar con la familia, y se portó como un hermano con él, como quien dice. Y después de cenar le habló de la templanza y cosas así hasta que el viejo se echó a llorar y dijo que había sido un idiota y que había desperdiciado su vida en idioteces, pero que ahora iba a cambiar totalmente y ser un hombre del que no se avergonzara nadie, y esperaba que el juez lo ayudara y no lo despreciara. El juez dijo que aquello le daba ganas de abrazarle y hasta él y su mujer se pusieron a llorar; padre dijo que había sido un hombre al que nadie había comprendido hasta entonces y el juez dijo que lo creía. El viejo dijo que lo que necesitaba un hombre caído era solidaridad, y el juez dijo que era cierto; así que se pusieron a llorar otra vez. Y cuando llegó la hora de acostarse el viejo se levantó y alargó la mano y va y dice:

–Mírenla, señoras y caballeros; tómenla en las suyas, dénselas. Esta mano era la de un cerdo, pero ya no lo es; es la de un hombre que ha empezado una nueva vida y que morirá antes que volver a la antigua. Recuerden estas palabras: no olviden que las he dicho yo. Ahora es una mano limpia; denme las suyas, no tengan miedo.

Así que todos le dieron la mano, uno tras otro, y lloraron. La mujer del juez se la besó. Después el viejo firmó una promesa: hizo su señal. El juez dijo que era el momento más sacrosanto que recordaba, o algo parecido. Después hicieron acostarse al viejo en una habitación muy bonita, que era la de los invitados, y aquella misma noche, un rato después, le dio una gran sed y se bajó por el tejado del porche, por una de las columnas, y cambió su chaqueta nueva por una jarra de whisky matarratas y volvió a la habitación y se lo pasó estupendamente, y hacia el amanecer volvió a salir, más borracho que una cuba, y se cayó rodando por el tejado del porche y se rompió el brazo izquierdo por dos sitios, y casi había muerto de congelación cuando alguien lo encontró después de salir el sol. Y cuando entraron a ver lo que había en aquella habitación para los invitados, tuvieron que buscar un piloto para que les indicara el camino.

El juez se sintió un poco amargado. Dijo que calculaba que alguien podría reformar al viejo con una escopeta, a lo mejor, pero que no sabía ninguna otra forma.

Capítulo 6

Bueno, el viejo no tardó en curarse y entonces se metió con el juez Thatcher en los tribunales para obligarle a que le diese aquel dinero, y luego conmigo por no dejar de ir a la escuela. Me agarró un par de veces y me zurró, pero de todos modos yo iba a la escuela y casi todas las veces me escondía de él o corría más. Antes no tenía tantas ganas de ir a la escuela. Pero ahora pensé que iría para fastidiar a padre. Lo del juicio iba muy despacio: parecía que nunca iba a empezar; de forma que de vez en cuando le pedía prestados dos o tres dólares al juez para dárselos y librarme de una paliza. Cada vez que tenía dinero se emborrachaba, y cada vez que se emborrachaba armaba un jaleo en el pueblo, y cada vez que armaba un jaleo le metían en la cárcel. Y él tan contento: ese tipo de vida era el que le gustaba.

Empezó a pasar demasiado tiempo rondando por casa de la viuda, así que ella por fin le dijo que si no dejaba de rondar por ahí le iba a buscar algún problema. Diablo cómo se puso. Dijo que iba a demostrar quién mandaba en Huck Finn. Así que un día me estuvo esperando en la fuente, me agarró y me llevó río arriba tres millas en un bote y cruzó al lado de Illinois, donde había bosques y no había más casas que una vieja cabaña de troncos en un sitio con tantos árboles que no se podía encontrar si no se sabía el camino ya antes.

Me llevaba siempre con él y nunca tuve la oportunidad de escaparme. Vivimos en aquella cabaña y siempre cerraba la puerta con llave; por las noches se acostaba con ella debajo de la almohada.

Tenía una escopeta que creo que había robado y me llevaba de pesca y de caza, que era de lo que vivíamos. De vez en cuando me dejaba encerrado y se iba a la tienda, que estaba a tres millas, donde pasaba el transbordador, y cambiaba pescado y caza por whisky, y se lo llevaba a casa y se emborrachaba, se lo pasaba muy bien y me daba una paliza. La viuda se enteró de dónde estaba y al cabo de un tiempo envió a un hombre para tratar de que me llevara, pero padre lo echó con la escopeta y no tardé mucho en acostumbrarme a estar donde estaba, y me gustaba… salvo la parte de las palizas.

Todo era muy tranquilo y se pasaba bien, tumbado todo el día, fumando y pescando, sin libros ni estudios. Pasaron dos meses o más y toda la ropa se me hizo jirones y se me puso sucia, y no entendía cómo me había gustado estar en casa de la viuda, donde había que lavarse y comer en un plato y peinarse e irse a la cama y levantarse a horas fijas y pasarse la vida con un tostón de libro mientras la vieja señorita Watson se metía con uno todo el tiempo. Ya no quería volver. Había dejado de decir palabrotas porque a la viuda no le gustaban, pero ahora volvía a decirlas porque padre no le veía nada de malo. Lo pasé bastante bien allí en el bosque, si se tiene todo en cuenta.

Pero poco a poco padre empezó a aficionarse demasiado a darme de palos y yo no podía aguantarlo. Estaba lleno de cardenales. También empezó a pasar mucho tiempo fuera, y me dejaba encerrado. Una vez me encerró y desapareció tres días seguidos. Me sentí horriblemente solo. Pensé que se había ahogado y que yo ya no iba a salir de allí nunca más. Tuve miedo. Decidí buscar alguna forma de marcharme. Había tratado de irme de aquella cabaña muchas veces, pero no encontraba la forma. No había una ventana lo bastante grande para que pasara ni un perro. No podía salir por la chimenea porque era demasiado estrecha. La puerta era gruesa, de planchas de roble macizo. Padre tenía mucho cuidado y nunca dejaba un cuchillo ni nada en la cabaña cuando se iba; supongo que yo había registrado por allí lo menos cien veces; bueno, la verdad era que me pasaba buscando todo el tiempo, porque era la única forma de entretenerse. Pero una vez, por fin encontré algo; encontré un viejo serrucho oxidado y sin mango; estaba metido entre una viga y las tejas de arriba. Lo limpié y me puse al trabajo. Había una manta de caballo clavada en los troncos a un extremo de la cabaña, detrás de la mesa, para que el viento no entrase por las ranuras y apagase la vela. Me metí debajo de la mesa, levanté la manta y me puse a aserrar una sección del gran tronco de abajo, lo bastante grande para que cupiera yo. Bueno, me llevó mucho tiempo pero ya estaba llegando al final cuando oí en el bosque la escopeta de padre. Escondí las huellas de mi trabajo, dejé caer la manta y el serrucho y en seguida llegó padre.

Padre no estaba de buen humor, o sea, que estaba como de costumbre. Dijo que había ido al centro del pueblo y que todo le iba mal. Su abogado le había dicho que calculaba que ganaría el pleito y conseguiría el dinero si el juicio empezaba alguna vez, pero que siempre había formas de irlo aplazando, y el juez Thatcher se las sabía todas. Dijo que según la gente iba a haber otro juicio para separarme de él y hacer que la viuda fuera mi tutora, y calculaban que esta vez ganaría ella. Aquello me puso muy nervioso, porque ya no quería volver a casa de la viuda y a tanta disciplina y cevilización, como la llamaban. Entonces el viejo se puso a maldecir todas las cosas y a la gente que se le ocurría, y después volvió a maldecirlos otra vez para estar seguro de que no se le había olvidado nadie, y terminó con una especie de maldición general contra todos, hasta un montón de gente que no sabía cómo se llamaba, así que cuando llegaba a ellos decía como se llame, y seguía maldiciendo.

Dijo que ya le gustaría a él ver cómo se me llevaba la viuda. Dijo que iba a estar atento y que si trataban de hacerle esa faena, conocía un sitio a seis o siete millas de distancia donde esconderme, y donde podrían buscar hasta caerse muertos sin encontrarme. Aquello volvió a ponerme nervioso, pero sólo un minuto; calculaba que para entonces yo ya no andaría por allí.

El viejo me hizo ir al bote a buscar lo que había traído. Había un saco de cincuenta libras de avena de maíz y un cuarto de tocino entreverado, municiones, una jarra de whisky de cuatro galones y un libro viejo y dos periódicos para rellenar ranuras, además de algo de estopa. Llevé una carga y luego volví a sentarme en la proa del bote a descansar. Volví a pensármelo todo y decidí escaparme con la escopeta y algunos sedales, y cuando me escapara me iría al bosque. Pensé que no me quedaría en un sitio fijo, sino que iría de un lado para otro del país, sobre todo de noche, cazando y pescando para tener comida, hasta llegar tan lejos que ni el viejo ni la viuda me pudieran encontrar nunca. Calculé que podía terminar de serrar y marcharme aquella noche si padre se emborrachaba lo suficiente, como suponía que iba a pasar. Me entusiasmé tanto que no me di cuenta del tiempo que pasaba hasta que el viejo se puso a gritar y me preguntó si me había dormido o ahogado.

Llevé todas las cosas a la cabaña y luego ya oscureció. Mientras yo cocinaba la cena el viejo se echó un par de tragos como para irse calentando y empezó a armar jaleo otra vez. Ya se había emborrachado en el pueblo y había pasado la noche en la cuneta, y verdaderamente era un espectáculo. Cualquiera pensaría que era Adán: no se veía de él nada más que barro. Cuando estaba bastante bebido casi siempre se metía con el gobierno. Aquella vez va y dice:

–¡Y a esto lo llaman gobierno!, pues no hay más que mirar para ver lo que es. Hacen una ley para quitarle a un hombre su hijo: su propio hijo, con todo el trabajo y todas las preocupaciones y los gastos que me ha llevado criarlo. Sí, y justo cuando ese hombre por fin ha criado a su hijo que ya está en edad de ponerse a trabajar y empezar a hacer algo por él para que pueda descansar, va la ley y se lo quita. ¡Y a eso lo llaman gobierno! Y no es todo. La ley apoya a ese viejo del juez Thatcher y le ayuda a quitarme mis bienes. Fijarse lo que hace la ley: la ley agarra a un hombre que tiene seis mil dólares o más y lo encierra en una vieja cabaña como ésta y deja que vaya vestido con una ropa que no es digna ni de un cerdo. ¡Y a eso lo llaman gobierno! Con un gobierno así no hay forma de que uno tenga derechos. A veces me da la tentación de marcharme del país para siempre. Sí, y se lo he dicho; se lo he dicho al viejo Thatcher a la cara. Me lo oyeron montones de personas y pueden decir que lo dije. Voy y digo: «Por dos centavos me iría de este maldito país y no volvería ni aunque me pagasen». Eso fue exactamente lo que dije; «Mirar este sombrero —si es que se le puede llamar sombrero—, que se le levanta la tapa y el resto se baja hasta que se cae debajo de la barbilla y ya no es ni un sombrero ni nada, sino más bien como si me hubieran metido la cabeza en un tubo de chimenea. Mirarlo», voy y digo: «Vaya un sombrero para un tipo como yo, uno de los hombres más ricos de este pueblo si me se reconocieran mis derechos».

»Ah, sí, este gobierno es maravilloso, maravilloso y no hay más que verlo. Yo he visto a un negro libre de Ohio: un mulato, casi igual de blanco que un blanco. Llevaba la camisa más blanca que hayáis visto en vuestra vida y el sombrero más lustroso, y en todo el pueblo no hay naide que tenga una ropa igual de buena, y llevaba un reloj de oro con su cadena y un bastón con puño de plata: era el nabab de pelo blanco más impresionante del estado. Y, ¿qué os creéis?» Dijeron que era profesor de una universidad, y que hablaba montones de idiomas y que sabía de todo. Y eso no es lo peor. Dijeron que en su estado podía votar. Aquello ya era demasiado. Digo yo: «¿Qué pasa con este país? Si fuera día de elecciones y yo pensara ir a votar si no estaba demasiado borracho para llegar, cuando me dijeran que había un estado en este país donde dejan votar a ese negro, yo ya no iría». Y voy y digo: «No voy a volver a votar». Eso fue lo que dije, palabra por palabra; me oyeron todos, y por mí que se pudra el país: yo no voy a volver a votar en mi vida. Y los aires que se daba ese negro: pero si no se abría del camino si no le hubiera dado yo un empujón. Yyo voy y le digo a la gente: «¿Por qué no mandan a subasta a este negro y lo venden? Me gustaría saberlo». Y, ¿sabes lo que dijeron? Pues dijeron que no se podía vender hasta que llevara seis meses en el estado y todavía no llevaba tanto tiempo. Pero vamos, para que veas. Y llaman a eso un gobierno cuando no se puede vender a un negro libre hasta que lleva seis meses en el estado. Pues vaya un gobierno que dice que es gobierno y hace como que es gobierno y se cree que es un gobierno y luego se tiene que quedar tan tranquilo seis meses enteros antes de echarle mano a un negro libre que anda por allí al acecho, robando, infernal, con sus camisas blancas, y…»

Padre estaba tan enfadado que no se dio cuenta de adónde le llevaban las piernas, así que se tropezó con el barril de cerdo salado y se despellejó los tobillos y el resto de su discurso fue una serie de insultos de lo más terrible, sobre todo contra el negro y el gobierno, aunque también le dedicó algunos al barril, intercalados de vez en cuando. Daba saltos por la cabaña como un loco, primero con una pierna y luego con la otra, agarrándose primero un tobillo y luego el otro, y por fin soltó una patada de repente con el pie izquierdo contra el barril. Pero no hizo bien, porque pegó con la bota por la que se le salían dos de los dedos del pie, así es que empezó a gritar de manera que se le ponían a uno los pelos de punta y se cayó al suelo, se echó a rodar agarrándose los dedos del pie y soltó peores maldiciones que todas las anteriores. Él mismo lo dijo después: había oído al viejo Sowberry Hagan en sus buenos tiempos y afirmó que también lo había superado, pero a mí me parece que a lo mejor exageraba algo.

Después de la cena padre le dio a la garrafa diciendo que allí tenía suficiente whisky para dos curdas y un delírium trémens. Era lo que decía siempre. Pensé que estaría totalmente borracho dentro de una hora, y entonces yo robaría la llave o me escaparía, una de las dos cosas. Siguió bebiendo y bebiendo y al cabo de un rato se tumbó encima de las mantas; pero no tuve suerte. No se durmió del todo, sino que se despertaba a ratos. Se pasó mucho rato gimiendo y quejándose y dando vueltas de un lado para otro. Por fin, me dio tanto sueño que no puede seguir con los ojos abiertos y sin darme cuenta me quedé totalmente dormido, con la vela encendida.

No sé cuánto tiempo estaría dormido, pero de pronto sonó un grito horrible y me desperté. Era padre, que parecía loco y saltaba de un sitio para otro gritando que allí había serpientes. Decía que se le subían por las piernas, y después daba un salto y un grito y decía que una le había mordido en la mejilla, pero yo no veía ninguna serpiente. Empezó a correr dando vueltas por la cabaña, gritando: «¡Quítamela de ahí! ¡Quítamela de ahí! ¡Me está mordiendo el cuello!» Nunca he visto a nadie con una mirada así de loca. En seguida se agotó y cayó al suelo jadeando; entonces se puso a dar vueltas a toda velocidad, pegando patadas por todas partes y golpeando el aire y agarrándolo con las manos, gritando y diciendo que se lo estaban llevando los diablos. Poco a poco comenzó a cansarse y se quedó callado un rato, quejándose. Después se mantuvo quieto y no hizo ni un ruido. A lo lejos, en el bosque, se oían los búhos y los lobos y todo parecía estar en un silencio terrible. Él estaba acostado en un rincón. Después de un rato se levantó en parte a escuchar, con la cabeza hacia un lado. Y va y dice, en voz muy baja:

–Paaam… Paaam… Paaam…; son los muertos, paaam… paaam…; vienen a buscarme, pero yo no me voy. ¡Ah, ahí están! ¡No me toquéis… no! Fuera esas manos… están frías; que me suelten. ¡Dejad en paz a este pobre diablo!

Después se puso a cuatro patas y se fue gateando, pidiéndoles que lo dejaran en paz, y se envolvió en la manta y se metió como pudo bajo la mesa de pino, mientras seguía rogándoles, y después se echó a llorar. Se le oía por debajo de la manta.

Luego salió rodando y se puso en pie de un salto con aire de loco, me vio y se me tiró encima. Me persiguió por toda la cabaña con una navaja de resorte, llamándose el Ángel de la Muerte y diciendo que me iba a matar, y ya no podría volver a buscarlo. Le rogué; le dije que no era más que Huck, pero se echó a reír con una risa chirriante, y no paró de rugir, de maldecir y perseguirme. Una vez, cuando frené de golpe y lo iba a esquivar por debajo del brazo, me echó mano y me agarró por la chaqueta entre los hombros y creí que allí acababa yo, pero me quité la chaqueta rápido como el rayo y me salvé. En seguida volvió a agotarse y se dejó caer de espaldas contra la puerta y dijo que iba a descansar un momento antes de matarme. Escondió la navaja donde estaba sentado y dijo que iba a dormir para recuperar fuerzas y después ya se vería quién era quién.

De forma que se quedó dormido muy rápido. Entonces yo saqué la silla vieja que tenía el asiento roto y me subí en ella con mucha calma, para no hacer nada de ruido, y bajé la escopeta. Le metí la baqueta para asegurarme de que estaba cargada y después la coloqué encima del barril de nabos, apuntando a padre, y me senté detrás de ella hasta que él se moviera. Y el tiempo fue pasando muy despacio, siempre en silencio.

Capítulo 7

—¡Arriba! ¿Qué haces?

Abrí los ojos y miré por todas partes, tratando de ver dónde estaba. Ya había salido el sol y yo me había dormido como un tronco. Padre estaba en pie a mi lado, con cara agria y aspecto de sentirse mal. Va y dice:

–¿Qué haces con esa escopeta?

Pensé que no sabía nada de lo que había pasado, así que fui y le dije:

–Trató de entrar alguien, así que estaba vigilando.

–¿Por qué no me has despertado?

–Bueno, lo intenté, pero no pude; no te enterabas.

–Está bien. No de quedes ahí de charla todo el día, vete afuera a ver si hay algún pescado en el sedal para el desayuno. Voy dentro de un momento.

Abrió la puerta y salí a la orilla del río. Vi pedazos de ramas y otras cosas que bajaban flotando y algunas cortezas de árbol, así que comprendí que el río había empezado a subir. Pensé que de haber estado en el pueblo me lo habría pasado estupendo. La crecida de junio siempre me traía suerte, porque en cuanto llega esa crecida bajan maderos cortados y pedazos de balsas de troncos: a veces una docena de troncos juntos; así que no hay más que cogerlos y vendérselos a la serrería y los carpinteros.

Subí por la orilla con un ojo atento a padre y otro a lo que pudiese traer la crecida. Va y de pronto llega una canoa; y además estupenda, de unos trece o catorce pies de largo, navegando muy tiesa como un pato. Salté de cabeza al agua como una rana, vestido y todo, y nadé hacia la canoa. Me imaginaba que llevaría alguien dentro, porque es lo que a veces hacen algunos para engañar a la gente, y cuando alguien está a punto de sacar un bote a la orilla, se levantan y se echan a reír. Pero aquella vez no. Era una canoa que iba a la deriva de verdad y me metí en ella y la llevé a la orilla. Pensé que el viejo se alegraría cuando la viera: valdría diez dólares. Pero cuando llegué a la orilla todavía no se veía a padre, y como yo me estaba metiendo con ella en un arroyo medio escondido, todo cubierto de sauces y de lianas, se me ocurrió otra idea: pensé en dejarla bien escondida y después, en lugar de irme al bosque cuando me escapara, bajaría unas cincuenta millas por el río y me quedaría acampado en un sitio para siempre, sin los problemas que da andar a pie de un lado para otro.

Aquello estaba muy cerca de la choza y todo el tiempo me parecía que oía llegar al viejo, pero logré esconderla y después salí y miré por entre un grupo de sauces y vi al viejo sendero abajo, apuntando a un pájaro con la escopeta. Así es que no había visto nada.

Cuando llegó, yo estaba tirando con todas mis fuerzas de un sedal puesto a la rastra. Me insultó un poco por ser tan lento, pero le dije que me había caído al río y que por eso había tardado tanto. Sabía que se iba a dar cuenta de que estaba mojado y que entonces se pondría a hacer preguntas. Sacamos de la rastra cinco peces gato y nos fuimos a casa.

Cuando nos echamos la siesta después de desayunar, porque los dos estábamos agotados, me puse a pensar que si podía arreglármelas para que ni padre ni la viuda trataran de seguirme, estaría más a salvo que si confiara en la suerte para llegar muy lejos antes de que me echaran de menos; ya se entiende, podían pasar miles de cosas.

Bueno, durante un rato no se me ocurrió nada, pero después padre se levantó un momento a beberse otro barril de agua, y va y dice:

–Si vuelve otro hombre a espiarnos por aquí me despiertas, ¿te enteras? Ese hombre no ha venido para nada bueno. Yo le habría pegado un tiro. La próxima vez me despiertas, ¿te enteras?

Después se acostó y se volvió a dormir; lo que había dicho me dio la idea exacta que yo quería, así que me dije: «Puedo arreglarlo para que a nadie se le ocurra seguirme».

Hacia mediodía nos levantamos y subimos por la ribera. El río crecía a toda prisa y con el agua bajaban montones de cosas. Al cabo de un rato apareció un pedazo de una balsa: nueve troncos atados. Salimos con el bote y nos lo llevamos a tierra. Después comimos. Cualquiera que no fuese padre habría esperado a ver qué pasaba aquel día para llevarnos más cosas, pero ése no era su estilo. Con nueve troncos le bastaba para una vez; tenía que ir inmediatamente al pueblo a venderlos. Así que hacia las tres y media me encerró y se fue con el bote y empezó a remolcar la balsa. Calculé que aquella noche no volvería. Esperé hasta que me pareció que ya estaba lo bastante lejos y entonces saqué el serrucho y me volví a poner a trabajar en aquel tronco. Antes de que él terminara de cruzar el río yo ya había salido por el agujero; él y su balsa no eran más que una mancha en el agua, allá a lo lejos. Agarré el saco de harina de maíz, lo llevé adonde estaba escondida la canoa y aparté las hojas de parra y las ramas y lo metí; después hice lo mismo con el cuarto de tocino ahumado, y luego con la garrafa de whisky. Me llevé todo el café y el azúcar que había, y todas las municiones. Me llevé el papel de relleno, el cubo y la cantimplora; saqué un cazo, una taza de metal y mi viejo serrucho y dos mantas, la sartén y la cafetera. Agarré los sedales y las cerillas y otras cosas: todo lo que valía algo. Vacié la cabaña. Necesitaba un hacha pero no había más que la del montón de leña y sabía por qué iba a dejarla allí. Saqué la escopeta y terminé.

Había dejado toda la tierra apisonada con la salida del agujero y con el transporte de tantas cosas. Así que lo arreglé como pude, echando tierra por encima, con lo que se disimulaba la parte apisonada y el serrín que había caído. Después volví a dejar en su sitio el pedazo de tronco y le puse dos piedras por debajo y otra de lado para que no se cayera, porque de esa parte era irregular y no daba del todo en el suelo. Si se quedaba uno a cuatro o cinco pies de distancia, sin saber que estaba aserrado, no se veía, y además aquélla era la parte trasera de la cabaña y no era probable que nadie se pusiera a mirar por allí.

Hasta llegar a la canoa no había más que hierba, así que no había dejado huellas. Di una vuelta para estar seguro. Me quedé en la ribera y miré río arriba y abajo. No había peligro. Así que agarré la escopeta y me metí un poco en el bosque. Estaba buscando pájaros que cazar cuando vi un cerdo asilvestrado; los cerdos se asilvestraban en seguida por aquella parte cuando se escapaban de las granjas de la pradera. A éste le pegué un tiro y me lo llevé al campamento.

Agarré el hacha y salté la puerta. La destrocé todo lo que pude. Metí dentro al cerdo y lo arrastré casi hasta la mesa y le corté el cuello con el hacha y lo dejé en tierra para que sangrara; digo en tierra porque era tierra: apisonada y sin tablones en el suelo. Después saqué un saco viejo y lo llené de piedras grandes —todas las que podía arrastrar—, empecé donde estaba el cerdo y lo arrastré a la puerta y por el bosque hasta el río, donde lo tiré; se hundió y desapareció. Era fácil ver que se había arrastrado algo por el suelo. Pensé que ojalá hubiera estado Tom Sawyer allí; sabía que le interesaban estas cosas y que él pondría los detalles precisos. Nadie sabía adornar las cosas como Tom Sawyer en un asunto así.

Bueno, lo último que hice fue arrancarme algo de pelo, manchar el hacha de sangre y dejarla en la trasera, tirada en un rincón. Después agarré el cerdo y me lo tapé contra el pecho con la chaqueta (para que no goteara) hasta llegar bien lejos de la casa, y lo tiré al río. Después se me ocurrió otra cosa. Así que fui a sacar el saco de harina y el viejo serrucho de la canoa y los llevé a la casa. Dejé el saco donde solía estar y le hice un agujero en el fondo con el serrucho, porque allí no había cuchillos ni tenedores: padre lo cocinaba todo con la navaja. Después llevé el saco unas cien yardas por la hierba, entre los sauces, hacia el este de la casa, a un lago poco profundo que tenía cinco millas de ancho y estaba lleno de juncos y también de patos cuando era temporada. Había un riachuelo o un arroyo que salía de allí por el otro lado y que recorría millas y millas, no sé por dónde, pero no iba al río. La harina iba moviéndose y dejando una pequeña huella todo el camino del lago. Allí tiré también la piedra de afilar de padre, para que pareciese algo accidental. Después cerré el agujero del saco de harina con un cordel para que no cayera más y me lo volví a llevar con el serrucho a la canoa.

Ya hacía casi oscuro, así que dejé la canoa río abajo tapada por unos sauces que caían sobre la ribera y esperé a que saliera la luna. Amarré la canoa a un sauce; después comí algo y al cabo de un rato me eché en la canoa a fumar una pipa y a hacer un plan. Y voy y me digo: «Van a seguir la pista de ese saco de piedras hasta la orilla y después dragarán el río para buscarme. Van a seguir la huella de harina hasta el lago, buscar por el arroyo que sale de él para encontrar a los ladrones que me mataron y se llevaron las cosas. No van a buscar en el río nada más que mi cadáver. Después se cansarán en seguida y ya no se preocuparán más por mí. Muy bien, puedo quedarme donde me apetezca. Con la isla de Jackson me basta; la conozco muy bien y aquí nunca viene nadie. Y después puedo ir al pueblo por las noches, buscar por ahí y llevarme lo que necesite. La isla de Jackson está bien».

Estaba bastante cansado y sin darme cuenta me quedé dormido. Cuando me desperté no supe durante un momento dónde estaba. Me senté y miré a los lados, un poco asustado. Después me acordé. El río parecía tener millas y millas de ancho. La luna brillaba tanto que podían contarse los troncos que bajaban a la deriva, negros y silenciosos, a cientos de yardas de la orilla. Todo estaba en un silencio total y parecía ser tarde, olía a que era tarde. Ya sabéis a qué me refiero… No se con qué palabras decirlo.

Bostecé y me estiré a gusto, y estaba a punto de desamarrar para ponerme en marcha cuando oí un ruido en el agua. Escuché. En seguida comprendí lo que era. Era ese ruido acompasado y sordo que hacen los remos en los toletes en el silencio de la noche. Miré entre las ramas de los sauces y allí estaba: un bote en el río. No veía cuánta gente llevaba. Seguía acercándose, y cuando llegó frente a mí sólo llevaba a un hombre. Y yo voy y pienso: «A lo mejor es padre», aunque no lo esperaba. Fue pasando río abajo con la corriente y al cabo de un rato llegó balanceándose a la orilla, donde el agua estaba tranquila, y pasó tan cerca que podría haberlo tocado alargando la escopeta. Bueno, pues sí que era padre, y encima sereno, por la forma en que dejó los remos.

No perdí el tiempo. Al momento siguiente iba río abajo, en silencio pero rápido, a la sombra de la ribera. Recorrí dos millas y media y después me aparté un cuarto de milla más hacia el centro del río, porque en seguida iba a pasar por el desembarcadero del transbordador y podía verme gente y llamarme. Me puse entre las maderas que bajaban a la deriva y después me tumbé en el fondo de la canoa y dejé que ésta flotara sola. Allí me quedé, descansé bien y me fumé una pipa, contemplando el cielo; no había ni una nube. El cielo parece siempre tan profundo cuando se echa uno de espaldas a la luz de la luna; nunca me había dado cuenta hasta entonces. ¡Y cuántas cosas se oyen de lejos en noches así! Oí a gente que hablaba en el desembarcadero. Y oí lo que decían: cada una de sus palabras. Un hombre comentó que ya llegaban los días largos y también las noches cortas. El otro dijo que ésta no era de las cortas, calculaba, y después se echaron a reír y lo volvieron a decir una vez y otra y se volvieron a reír; después despertaron a otro y se lo dijeron riéndose, pero él no se rió; soltó algo de muy mal humor y lo dejaron en paz. El primero de ellos dijo que seguro que se lo decía a su vieja porque le iba a hacer mucha gracia, pero dijo que aquello no era nada en comparación con las cosas que había dicho en sus tiempos. Oí decir a un hombre que casi eran las tres y esperaba que la luz del día no tardara en llegar más de una semana. Después la conversación se fue alejando cada vez más, y yo ya no podía distinguir las palabras, pero sí el ruido y de vez en cuando también una risa, sólo que ahora todo parecía muy lejos.

Ya había pasado el transbordador. Me levanté y allí estaba la isla de Jackson, unas dos millas y media río abajo, llena de árboles y levantándose en medio del río, grande, oscura y sólida, como un barco de vapor sin ninguna luz. No había ni una señal en la barra de la punta: ahora todo aquello estaba sumergido.

No me llevó mucho tiempo llegar allí. Pasé junto a la punta a gran velocidad, dada la rapidez de la corriente, y después llegué a las aguas calmadas y desembarqué del lado que daba a la orilla de Illinois. Metí la canoa en una hendidura profunda de la ribera que ya había visto antes. Tuve que separar las ramas de los sauces para entrar, y cuando amarré nadie podía verla desde fuera.

Subí y me senté en un tronco en la punta de la isla a contemplar el gran río y el maderamen que pasaba y el pueblo, a tres millas de distancia, donde se veían parpadear tres o cuatro luces. Había una balsa enorme de troncos que flotaba una milla aguas arriba y que iba bajando con un farol encendido en medio. Vi cómo llegaba poco a poco, y cuando estaba casi enfrente de mí oí que un hombre decía: «¡Ohé, remos de popa! ¡virad la proa a estribor!» Lo oí igual de bien que si aquel hombre hubiera estado a mi lado.

Ahora ya se veía algo de gris en el cielo y yo me metí en el bosque y me eché una siesta antes de desayunar.

Capítulo 8

El sol estaba ya tan alto cuando me desperté que pensé que sería después de las ocho. Me quedé tumbado en la hierba a la sombra fresca, pensando en cosas y sintiéndome descansado y muy cómodo y satisfecho. Se veía el sol entre uno o dos agujeros, pero lo que había sobre todo eran grandes árboles por todas partes y en medio de ellos muchas sombras. Había sitios moteados en el suelo donde la luz se filtraba entre las hojas, y los sitios moteados cambiaban un poco, lo cual demostraba que soplaba algo de brisa. Un par de ardillas se sentaron en una rama y me parlotearon en plan muy amistoso.

Me sentía muy perezoso y cómodo: no quería levantarme a hacer el desayuno. Bueno, pues estaba a punto de volverme a dormir cuando me pareció que oía un «¡bum!» a lo lejos, río arriba. Me despierto y me apoyo en el codo y escucho; en seguida lo vuelvo a oír. Di un salto y fui a mirar por un hueco entre las hojas, y voy y veo un montón de humo por encima del agua, muy lejos río arriba: aproximadamente frente al transbordador. Y allí estaba el transbordador, lleno de gente, que bajaba flotando. Entonces comprendí lo que pasaba. «¡Bum!» Vi el humo blanco que salía del costado del transbordador. O sea, que estaban disparando el cañón por encima del agua, tratando de hacer que mi cadáver saliera a la superficie.

Tenía bastante hambre, pero más me valía no hacer una hoguera, porque a lo mejor veían el humo. Así que me quedé sentado mirando el humo del cañón y escuchando el «bum». Allí el río medía una milla de ancho y siempre está muy bonito en una mañana de verano, así que me lo pasé bastante bien viendo cómo buscaban mis restos, y sólo me faltaba algo que comer. Bueno, entonces se me ocurrió pensar que siempre ponían mercurio en barras de pan y las echaban a flotar, porque suelen ir derechas adonde está el cadáver del ahogado y se quedan allí. Así que voy y digo: «Estaré atento, y si alguna de ellas me pasa cerca flotando, lo intento». Me cambié al lado de la isla que daba a Illinois para ver qué suerte tenía, y no me salió mal. Pasó una hogaza grande flotando y casi la agarré con un palo largo, pero se me resbaló un pie y siguió flotando. Naturalmente, yo estaba donde la corriente más se acercaba a la ribera, porque sabía que era lo mejor. Pero al cabo de un rato pasó otra, y esta vez la enganché. Le quité el tapón para sacarle el trocito de mercurio y le hinqué el diente. Era «pan de tahona»: del que come la gente fina; nada de pan de borona barato.

Me busqué un buen sitio entre las hojas y me quedé sentado en un tronco, mascando el pan y contemplando el transbordador, muy contento. Y entonces se me ocurrió algo. Voy y digo: «Ahora supongo que la viuda o el párroco o alguien ha rezado para que este pan me encontrase, y eso es lo que ha pasado. Así que no cabe duda de que algo de verdad tiene esa historia: de que tiene algo de verdad cuando alguien como la viuda o el párroco rezan, pero conmigo no funciona, y supongo que sólo funciona con cierta gente».

Encendí una pipa y estuve un buen rato fumando mientras seguía mirando. El transbordador flotaba corriente abajo y pensé que tendría una oportunidad de ver quién iba a bordo cuando se acercase, porque se quedaría casi al lado, igual que había hecho el pan. Cuando avanzaron lo suficiente hacia mí, apagué la pipa y fui adonde había enganchado el pan y me escondí detrás de un tronco en la ribera en un pequeño claro. Podía mirar por la parte en que el tronco se bifurcaba.

Al cabo de un rato llegaron, y el barco se acercó tanto que podían haber echado una plancha para bajar a tierra. En el barco estaban casi todos: padre y el juez Thatcher y Becky Thatcher, y Joe Harper, y Tom Sawyer y su vieja tía Polly y Sid y Mary y muchos más. Todo el mundo hablaba del asesinato, pero el capitán va y les interrumpe y dice:

–Atentos ahora; aquí es donde más se acerca la corriente y a lo mejor ha llegado flotando a la orilla y está enredado entre la maleza al borde del agua. Por lo menos, eso es lo que yo espero.

Yo no lo esperaba. Se amontonaron todos para mirar por encima de la barandilla, y casi me daban en la cara, y no hacían más que mirar, mirar con todas sus fuerzas. Yo los veía de primera, pero ellos a mí, no. Entonces el capitán gritó: «¡Apártense!», y el cañón soltó tal zambombazo justo a mi lado que me dejó sordo del ruido y casi ciego del humo, y creí que me iba a morir. Si hubieran puesto algo de carga, calculo que habrían conseguido el cadáver que buscaban. Bueno, vi que no estaba herido, gracias a Dios. El barco siguió flotando y desapareció por la punta de la isla. De vez en cuando oía los cañonazos, cada vez más lejos, y al cabo de un rato, una hora o así, ya no los oía. La isla tenía tres millas de largo. Pensé que habían llegado al final y renunciaban; pero todavía no. Dieron la vuelta a la isla y subieron a vapor río arriba por el lado de Missouri, soltando cañonazos de vez en cuando según avanzaban. Pasé a aquel lado y los miré. Cuando llegaron a la otra punta de la isla dejaron de disparar y fueron hacia la ribera de Missouri y volvieron al pueblo.

Ahora comprendí que ya estaba a salvo. Nadie iba a venir a buscarme. Saqué las trampas de la canoa y me preparé un buen campamento en medio del bosque. Hice una especie de tienda con las mantas para poner mis cosas debajo de ella y que no las mojara la lluvia. Pesqué un pez gato, lo abrí con el serrucho y hacia el anochecer encendí mi hoguera y cené. Después eché un sedal para pescar algo que desayunar.

Cuando oscureció del todo me quedé sentado, fumando junto a la hoguera, y me sentí muy satisfecho; pero después de un rato empecé a sentirme solo, así que fui a sentarme a la ribera a oír el chapotear del agua y conté las estrellas y los troncos que bajaban a la deriva y las balsas y después me acosté; no hay mejor forma de pasar el tiempo cuando se siente uno solo; no se puede continuar así y al cabo de un rato se pasa.

Y así pasaron tres días con sus noches. Ningún cambio: siempre lo mismo. Pero al día siguiente fui a explorar toda la isla. Yo era el amo; todo era mío, como quien dice, y quería conocerla entera, pero sobre todo quería pasar el rato. Encontré montones de fresas, maduras y estupendas, y uvas verdes de verano y moras verdes, y ya estaban a salir las moras negras. Pensé que todo me vendría muy bien con el tiempo.

Bueno, fui entreteniéndome por dentro del bosque hasta que me pareció que no estaba lejos de la punta de la isla. Había llevado mi escopeta, pero no había disparado contra nada; era para protegerme; pensé que ya encontraría algo que cazar cerca de casa. Entonces casi pisé una serpiente de buen tamaño, que se fue reptando entre la hierba y las flores, y yo detrás de ella, tratando de pegarle un tiro. Iba a buena marcha cuando de repente me encontré con las cenizas de una hoguera que todavía echaba humo.

Me dio un salto el corazón entre los pulmones. No esperé a seguir mirando más allá, sino que armé la escopeta y fui en silencio de puntillas a toda la velocidad que pude. De vez en cuando me paraba un momento entre las hojas y escuchaba, pero respiraba tan fuerte que no podía oír nada más. Seguí avanzando algo y volví a escuchar, y así una vez después de otra. Si veía un tocón creía que era un hombre; si pisaba una ramita y la rompía, me sentía como si alguien me hubiera cortado el aliento en dos y no me quedase más que la mitad, y encima la más corta.

Cuando llegué al campamento no me sentía muy tranquilo ni muy valiente, pero voy y digo: «No es momento para hacer el tonto». Así que volví a meter todas mis trampas en la canoa para que nadie las pudiera ver, apagué la hoguera y esparcí las cenizas por ahí para que pareciese un campamento antiguo, del año pasado, y después me subí a un árbol.

Creo que pasaría dos horas en el árbol, pero no vi nada. No oí nada; sólo me parecía haber oído y visto por lo menos mil cosas. Bueno, tampoco me podía quedar allí eternamente, así que por fin me bajé, pero seguí en el centro del bosque y alerta todo el tiempo. No podía comer más que moras y lo que quedaba del desayuno.

Cuando se hizo bien de noche tenía bastante hambre, así que cuando estaba oscuro del todo me metí en silencio en el agua antes de que saliera la luna y fui a remo a la ribera de Illinois: aproximadamente un cuarto de milla. Salí al bosque, me cociné algo que cenar y prácticamente me había decidido a pasar allí toda la noche cuando oí un clip clop y me dije que venían caballos; y después oí voces de gente. Metí todo en la canoa lo más rápido que pude y me arrastré por el bosque a ver si me enteraba de algo. No había avanzado mucho cuando oigo decir a alguien:

–Más nos vale acampar aquí si encontramos un buen sitio; los caballos están muy cansados. Vamos a mirar. No esperé, sino que me aparté y comencé a alejarme en silencio. Volví a amarrar en el sitio de antes y calculé que dormiría en la canoa.

No dormí mucho. No sé por qué, pero no podía, porque estaba pensando. Y cada vez que me despertaba creía que alguien me tenía agarrado por el cuello. Así que el sueño no me valió de nada. Al cabo de un rato voy y me digo: «No puedo seguir viviendo así; voy a enterarme de quién está en la isla conmigo; o me entero o me muero». Bueno, inmediatamente me sentí mejor.

Así que agarré el remo y bajé a sólo uno o dos pasos de la ribera, y después dejé que la canoa se metiera sola entre las sombras. Brillaba la luna, y donde no había sombra casi era como la luz del día. Estuve buscando casi una hora, en medio de un silencio como una tumba, mientras todo dormía. Bueno, para entonces ya había llegado casi a la punta de la isla. Empezó a soplar una brisa suave, rizada y fresca, que era como decir que estaba a punto de terminar la noche. Di un golpe de remo y acerqué la canoa a la ribera; después saqué la escopeta y fui deslizándome hasta el borde del bosque. Allí me quedé sentado en un tronco, mirando entre las hojas. Vi que la luna terminaba su turno y que el río empezaba a ponerse oscuro. Pero al cabo de un rato vi una franja pálida por encima de los árboles y supe que llegaba el día. Así que saqué la escopeta y avanzé hacia donde me había encontrado con aquella hoguera, parándome a escuchar cada minuto o dos minutos. Pero no sé por qué no tuve suerte; era como si no pudiera encontrar el sitio. Pero al cabo de un rato, por fin, vi un resto del resplandor del fuego entre los árboles. Fui hacia él, con mucho cuidado y calma. Poco después ya estaba lo bastante cerca para echar un vistazo, y allí había un hombre tumbado en el suelo. Casi me da un telele. Tenía la cabeza envuelta en una manta, justo al lado del fuego. Me quedé sentado junto a unos matojos a unos seis pies de él sin parar de mirarlo. Ya estaba empezando a verse una luz gris del día. Poco después bostezó, se estiró y se quitó la manta, ¡y era Jim, el de la señorita Watson! ¡Vaya si me alegré de verle! Voy y digo:

–¡Hola, Jim! —y salí de un salto.

Él se levantó de golpe y me miró con los ojos desorbitados. Después se dejó caer de rodillas, juntó las manos y dijo:

–No me hagas daño, ¡por favor! Yo nunca le he hecho daño a un fantasma. Siempre he sido amigo de los muertos y he hecho lo que podía por ellos. Vuélvete al río otra vez, que es tu sitio, y no le hagas nada al viejo Jim, que siempre fue amigo tuyo.

Bueno, no tardé en hacerle comprender que no estaba muerto. Estaba muy contento de ver a Jim. Ya no me sentía solo. Le dije que no me daba miedo que él dijese a la gente dónde me había visto. Yo seguía hablando, pero él continuaba allí sentado, mirándome, sin decir ni una sola palabra. Entonces voy y digo:

–Ya es de día. Vamos a buscar el desayuno. Atiza bien la hoguera.

–¿De qué vale atizar la hoguera para cocinar fresas y cosas así? Pero tú tienes una escopeta, ¿no? Así podemos comer algo mejor que fresas.

–Fresas y cosas así —voy y digo yo—. ¿Estás viviendo de eso?

–Es lo único que encuentro —dice él.

–Pero, ¿cuánto tiempo llevas en la isla, Jim?

–Vine la noche después que te mataran.

–¿Cómo, tanto tiempo?

–Sí, señor.

–¿Y no has comido más que cosas de ésas?

–No, señor; nada más.

–Bueno, debes estar muriéndote de hambre, ¿no?

–Calculo que me podría zampar un caballo. De verdad que sí. ¿Cuánto tiempo llevas tú en la isla?

–Desde la noche que me mataron.

–¡No! y, ¿de qué has vivido? Pero tienes una escopeta. Ah, sí, tienes una escopeta. Está muy bien. Ahora tú matas algo y yo hago una hoguera.

Así que fuimos adonde estaba la canoa y mientras él organizaba la hoguera en un claro de la hierba entre los árboles, yo fui a buscar harina y tocino y café, y cafetera y sartén y azúcar y unas tazas de hojalata, y el negro se quedó muy asombrado, porque pensó que todo lo hacía por brujería. También atrapé un buen pez gato y Jim lo limpió con su navaja y lo frió.

Cuando el desayuno estuvo listo nos tumbamos en la hierba y lo comimos mientras estaba calentito. Jim se puso a comer con mucha gana, pues estaba medio muerto de hambre. Cuando nos quedamos bien llenos, descansamos y nos tumbamos.

Poco después va Jim y dice:

–Pero, oye, Huck, ¿a quién mataron en la cabaña si no fue a ti?

Entonces le conté toda la historia y me dijo que había sido muy astuto. Dijo que Tom Sawyer no podía inventarse un plan mejor que el mío. Después voy yo y digo:

–Y, ¿cómo es que estás tú aquí, Jim, cómo has llegado? Pareció ponerse nervioso y no dijo nada durante un minuto. Después va y dice:

–A lo mejor más vale que no te lo cuente.

–¿Por qué, Jim?

–Bueno, hay motivos. Pero tú no te chivarías si te lo contara, ¿verdad, Huck?

–Por éstas que no, Jim.

–Bueno, te creo, Huck. Me… me he escapado.

–¡Jim!

–Pero acuérdate que dijiste que no lo dirías… sabes que dijiste que no lo dirías, Huck.

–Bueno, es verdad. Dije que no y lo mantengo. De verdad de la buena. La gente me llamará maldito abolicionista y me despreciará por no decir nada, pero no me importa. No voy a acusarte y de todos modos nunca voy a volver allí. Así que ahora cuéntamelo todo.

–Bueno, mira, pasó así. La moza vieja, o sea, la señorita Watson, se pasa el tiempo metiéndose conmigo y me trata muy mal, pero siempre dijo que no me vendería en Orleans. Pero he visto que había un tratante de negros que pasaba mucho tiempo por casa y empecé a ponerme nervioso. Bueno, una noche me acerco a la puerta muy tarde y la puerta no estaba cerrada del todo y oigo a la moza vieja que dice a la viuda que me va a vender en Orleans, aunque no quería, pero que me podía sacar ochocientos dólares, y era tanto dinero que no podía resistirse. La viuda trató de hacer que prometiese que no, pero yo no esperé a oír el resto. Te aseguro que me marché a toda velocidad.

»Me largué zumbando cuesta abajo, con la esperanza de robar un bote en la orilla, en alguna parte por arriba del pueblo, pero todavía había gente despierta, así que me escondí en el taller viejo del tonelero que está medio derrumbado en la orilla, a esperar que se fueran todos. Bueno, allí me pasé la noche. Siempre había alguien. Hacia las seis de la mañana empezaron a pasar botes, y hacia las ocho o las nueve todos los botes que pasaban contaban que tu papá había venido al pueblo a decir que te habían matado. Estos últimos botes estaban llenos de señoras y de caballeros que iban a ver el sitio. A veces amarraban a la orilla para descansar antes de empezar el cruce, y me enteré de tu muerte por lo que decían. Sentí mucho que te hubieran matado, Huck, pero ahora ya no.

»Me quedé allí escondido todo el día, debajo de las virutas y el serrín. Tenía hambre, pero no miedo, porque sabía que la moza vieja y la viuda iban a ir al sermón del campamento poco después del desayuno y faltarían todo el día, y ellas sabían que yo salía con el ganado al amanecer, así que no esperarían verme por la casa y no me echarían de menos hasta después de la oscurecida. Los otros criados tampoco, porque se iban a ir de fiesta en cuanto las viejas no estuvieran en casa.

»Bueno, cuando oscurició subí por la carretera del río, unas dos millas o más hasta donde ya no había casas. Había decidido lo que iba a hacer. O sea, si trataba de escaparme a pie, los perros me encontrarían; si robaba un bote para cruzar, lo echarían de menos, comprendes, y sabrían que iba a dar al otro lado y dónde buscarme la pista. Así que digo: «Lo que necesito es una balsa; eso no deja huellas».

»Vi una luz que pasaba por la punta, así que me metí y empujé un tronco delante de mí y nadé más de la mitad del río y me metí entre el maderamen que bajaba, con la cabeza baja, y como que nadé contracorriente hasta que parició la balsa. Entonces nadé a la popa para agarrarme. Llegaron nubes y estuvo oscuro un rato. Así que me subí a tumbar en las planchas. Los hombres estaban todos en el medio, donde el farol. El río estaba creciendo y había buena corriente, así que pensé que para las cuatro de la mañana estaría veinticinco millas río abajo y entonces volvería al agua antes de echarme otra vez a nadar y meterme en el bosque del lado de Illinois.

»Pero no tuve suerte. Cuando habíamos llegado casi a la punta de la isla un hombre empezó a venir a popa con el farol. Vi que no valía de nada esperar, así que me dejé caer y me eché a nadar hasta la isla. Bueno, creía que podía hacer pie casi en cualquier parte, pero no; la ribera estaba demasiado empinada. Tuve que llegar casi al final de la isla antes de encontrar un buen sitio. Me metí en el bosque y pensé que no volvería a subirme en más balsas mientras siguieran andando por ahí con el farol. Tenía la pipa y un poco de picadura en la gorra que no se habían mojado, así que no había problema.

–¿Así que no has comido ni carne ni pan todo este tiempo? ¿Por qué no buscaste tortugas de río?

–¿Y cómo las iba a agarrar? No se les puede uno echar encima y agarrarlas; y, ¿cómo va uno a matarlas de una pedrada? ¿cómo se hace eso de noche? Y no iba a dejar que me vieran en la orilla de día.

–Bueno, es verdad. Claro, has tenido que seguir en el bosque todo el tiempo. ¿Oíste cómo disparaban el cañón?

–Ah, sí. Sabía que te buscaban a ti. Los vi pasar por aquí… los miré entre los arbustos.

Pasaron unos pajaritos que volaban una yarda o dos cada vez y se volvían a posar. Jim dijo que era señal de que iba a llover. Dijo que eso significaba cuando lo hacían los pollitos, así que pensaba que era lo mismo cuando lo hacían los pajaritos. Yo iba a cazar algunos, pero Jim no me dejó. Dijo que traía la muerte. Dijo que su padre se puso muy enfermo una vez y alguien de su familia atrapó un pájaro y su abuelita dijo que su padre se moriría y eso fue lo que pasó.

Y Jim dijo que no había que contar las cosas que iba uno a cocinar para la cena, porque traía mala suerte. Lo mismo que si se sacudía el mantel después de anochecer. Y dijo que si un hombre tenía una colmena y se moría ese hombre, había que decírselo a las abejas antes de que volviera a salir el sol a la mañana siguiente, porque si no las abejas se ponían enfermas y dejaban de trabajar y se morían. Jim dijo que las abejas no picaban a los idiotas, pero yo no me lo creí, porque me había metido con ellas docenas de veces y a mí nunca me picaban.

Algunas de esas cosas ya las había oído yo decir antes, pero no todas ellas. Jim se sabía montones de señales de ésas. Dijo que se las sabía casi todas. Yo dije que me parecía que todas las señales traían mala suerte, así que le pregunté si había alguna señal de buena suerte. Y va y dice:

–Muy pocas, y no le valen a nadie. ¿Para qué quieres saber cuándo viene la buena suerte? ¿Quieres que no llegue? —y añadió—: Si tienes los brazos peludos y el pecho peludo, es señal de que vas a ser rico. Bueno, eso vale de algo, porque siempre es para dentro de mucho tiempo. Sabes, a lo mejor tienes que ser pobre mucho tiempo antes, y entonces podrías desanimarte y matarte, si no supieras por esa señal que con el tiempo vas a ser rico.

–¿Tú tienes pelos en los brazos y en el pecho?

–¿Y para qué me lo preguntas? ¿No ves que sí?

–Bueno, ¿eres rico?

–No, pero fui rico una vez y voy a volver a serlo. Una vez tuve catorce dólares, pero me dediqué a especular y me arruiné.

–¿En qué especulaste, Jim?

–Bueno, empecé con valores.

–¿Qué clase de valores?

–Bueno, valores de verdad: ya sabes, ganado. Invertí diez dólares en una vaca. Pero no volveré a arriesgar dinero en valores. La vaca fue y se me murió.

–O sea, que perdiste los diez dólares.

–No, no los perdí todos. Sólo unos nueve. Vendí la piel y la cola por un dólar y diez centavos.

–Te quedaban cinco dólares y diez centavos. ¿Seguiste especulando?

–Sí. ¿Te acuerdas de ese negro del viejo señor Bradish que sólo tiene una pierna? Bueno, pues puso un banco y dijo que todo el que depositara un dólar recibiría cuatro dólares más al final del año. Bueno, todos los negros depositaron, pero no tenían mucho. Yo era el único que lo tenía. Así que deposité más de cuatro dólares y dije que si no me daba lo que me tocaba, yo abría mi propio banco. Bueno, claro que aquel negro no quería que yo le hiciera la competencia, porque decía que no había negocio bastante para dos bancos, así que dice que yo podía meter mis cinco dólares y él me pagaría treinta y cinco al final del año.

»Así que eso hice. Después pensé que invertiría los treinta y cinco dólares para que las cosas siguieran moviéndose. Había un negro que se llamaba Bob que tenía una barca plana y su amo no lo sabía, y se la compré y le dije que le daría los treinta y cinco dólares a fin de año; pero alguién robó la barca aquellas noche y al día siguiente el negro cojo dijo que el banco había quebrado, así que todos nos quedamos sin el dinero.

–¿Qué hiciste con los diez centavos, Jim?

–Bueno, iba a gastármelos, pero tuve un sueño y el sueño me dijo que se los diera a un negro que se llama Balum, que lo llaman Asno de Balum; ya sabes, uno de esos medio tontos, pero dicen que tiene suerte, y ya estaba visto que yo no la tenía. El sueño dice que Balum invierta los diez centavos y haga que crezcan. Bueno, pues Balum se llevó el dinero, y cuando estaba en la iglesia oyó que el predicador decía que quien daba a los pobres prestaba al Señor y con el tiempo recibiría el dinero multiplicado por cien. Así que va el Balum y les da los diez centavos a los pobres y se queda esperando a ver qué pasa.

–Bueno, y, ¿qué pasó, Jim?

–No pasó nada. No conseguí que me devolviera ese dinero pa na, y Balum tampoco. No voy a volver a prestar más dinero hasta que me den un aval. ¡Y decía el predicador que te devolverían el dinero cien veces! Si me devolviera los diez centavos quedaríamos en paz y yo tan contento.

–Bueno, Jim, de todas maneras no importa, si vas a volver a ser rico tarde o temprano.

–Sí, y ya soy rico ahora si lo piensa uno bien. Soy dueño de mí mismo y valgo ochocientos dólares. Ojalá tuviera el dinero; ya no querría más.

Capítulo 9

Me apetecía ir a buscar un sitio que estuviera hacia el centro de la isla y que había visto cuando estaba explorando, así que nos pusimos en marcha y en seguida llegamos, porque la isla sólo medía tres millas de largo y un cuarto de milla de ancho.

Aquel sitio era un cerro bastante largo y empinado, de unos cuarenta pies de alto. Nos costó trabajo llegar arriba, de empinados que eran los lados y espesos los árboles. Anduvimos buscando por todas partes y por fin encontramos una buena caverna en la roca, casi arriba del todo, en el lado que daba a Illinois. La caverna medía tanto como dos o tres habitaciones juntas, y Jim podía estar de pie sin darse en el techo. Era fresca. Jim era partidario de guardar allí nuestras trampas inmediatamente, pero le dije que no nos convenía andar subiendo y bajando todo el tiempo.

Jim dijo que si teníamos la canoa escondida en un buen sitio y teníamos todas las trampas en la caverna, podríamos escondernos a toda prisa en ella si llegaba alguien a la isla, y que sin perros nunca nos encontrarían. Y, además, dijo que los pajaritos habían dicho que iba a llover y, ¿quería yo que se nos mojaran todas las cosas?

Así que volvimos, sacamos la canoa y llegamos frente a donde estaba la caverna y llevamos allí todas las trampas. Después buscamos un sitio cerca donde esconder la canoa, en medio de los grandes sauces. Algunos peces habían picado en los sedales; los cojimos y volvimos a poner el cebo y empezamos a prepararnos para la cena.

La entrada de la caverna era lo bastante grande para meter un barril, y a un lado de la entrada el piso estaba un poco más alto y era liso, o sea, un buen sitio para encender una hoguera. Así que allí la encendimos y preparamos la cena.

Dentro tendimos las mantas para que hicieran de alfombra y para comer allí. Pusimos todo lo demás a mano en la trasera de la cueva. Poco después oscureció y empezó a tronar y relampaguear, o sea, que los pájaros tenían razón. Inmediamente después empezó a llover y a llover con ganas, y nunca he visto un viento soplar así. Fue una de esas buenas tormentas de verano. Estaba tan oscuro que fuera todo parecía de un azul—negro precioso, y la lluvia caía tan densa que los árboles a poca distancia parecían sombras como de telarañas, y llegaban soplidos del viento que doblaban los árboles y hacían levantarse las hojas por el lado pálido de abajo, y después seguía una ráfaga feroz que hacía a las ramas agitar los brazos como si se hubieran vuelto locas, y después, cuando estaba de lo más azul y más negro, ¡fist! Se veía un resplandor como el de la gloria y las copas de los árboles que se agitaban a lo lejos en medio de la tormenta, a centenares de yardas más de distancia de lo que se podía ver antes; volvían a quedar negras como el pecado en un segundo y entonces se oía la vuelta del trueno con un tamborileo espantoso que continuaba gruñendo, rodando y tambaleando por el cielo hacia el otro lado del mundo, como si estuvieran haciendo rodar barriles escaleras abajo, ya sabéis, unas escaleras muy largas, donde los barriles rebotan mucho.

–Jim, esto está muy bien —dije—. No querría estar en ninguna otra parte del mundo. Dame otro trozo de pescado y algo de pan de borona caliente.

–Bueno, pues no estarías aquí si no fuera por Jim. Estarías ahí fuera en el bosque y encima casi ahogado; te lo aseguro, mi niño. Las gallinas saben cuándo va a llover y los pájaros también, niño.

El río siguió creciendo diez o doce días hasta que empezó a inundar las riberas. El agua tenía tres o cuatro pies de profundidad en la isla en los sitios bajos y en la ribera de Illinois. Por aquella parte medía muchas millas de ancho, pero del lado de Missouri era la misma distancia de siempre —media milla—, porque la costa de Missouri era como una muralla de acantilados.

De día dábamos la vuelta a la isla remando en la canoa. En medio del bosque hacía mucho fresco y siempre había sombra, auque fuera nos quemara el sol. íbamos dando vueltas entre los árboles y a veces las lianas caían tan gruesas que teníamos que retroceder y seguir otro camino. Bueno, en cada viejo árbol hendido se veían conejos y serpientes y esas cosas, y cuando la isla llevaba uno o dos días inundada estaban tan mansos, del hambre que tenían, que se podía llegar adonde estaban y acariciarlos si quería uno, pero no a las serpientes ni las tortugas, que se deslizaban por el agua. El cerro en el que estaba nuestra cueva estaba lleno de ellas. Podríamos haber tenido mascotas de sobra si hubiéramos querido.

Una noche cogimos un trozo de una balsa de troncos: buenos troncos de pino. Medía doce pies de ancho y quince o dieciséis de largo, y la parte más alta estaba a seis o siete pulgadas por encima del agua: una superficie sólida y nivelada. A veces veíamos cómo pasaban troncos aserrados a la luz del día, pero los dejábamos pasar, pues de día nunca salíamos.

Otra noche, cuando estábamos en la punta de la isla, justo antes de amanecer, apareció una casa de madera del lado del oeste. Tenía dos pisos y estaba muy inclinada. Fuimos remando y subimos a bordo: nos metimos por una de las ventanas de arriba. Pero todavía estaba demasiado oscuro para ver, así que amarramos la canoa y nos quedamos sentados a esperar el amanecer.

Empezó a llegar la luz antes de que alcanzáramos el otro extremo de la isla. Entonces miramos por la ventana. Vimos una cama y una mesa y dos sillas viejas y montones de cosas tiradas por el suelo, y había ropa colgada junto a la pared. En el piso del rincón más alejado había algo que parecía un hombre. Así que Jim dice:

–¡Eh, tú!

Pero no se movió. Así que volví a gritar yo, y después Jim dice:

–Ése no está dormido: está muerto. Tú quédate ahí, voy a ver.

Se acercó, se agachó a mirar y dijo:

–Está muerto. Sí, señor; y desnudo. Le han pegado un tiro por la espalda. Calculo que lleva muerto dos o tres días. Ven, Huck, pero no le mires a la cara. Es demasiado horrible.

No miré en absoluto. Jim le echó unos trapos viejos encima, pero no hacía falta; yo no quería verlo. Por todo el piso estaban tirados montones de cartas de baraja viejas y grasientas, y viejas botellas de whisky y un par de máscaras hechas de paño negro, y las paredes estaban llenas de letreros y dibujos de lo más torpe, hechos a carbón. Había dos viejos vestidos de calicó sucio y un bonete y algo de ropa interior de mujer colgado junto a la pared, y también ropa de hombre. Lo metimos todo en la canoa: podía servir de algo. En el suelo encontré un viejo sombrero de paja para muchacho; también lo recogí. Y además había una botella con leche y un tapón de trapo para que mamara un niño. Nos habríamos llevado la botella, pero estaba rota. Había una cómoda vieja y estropeada y un baúl viejo con las cerraduras rotas. Estaban abiertos, pero no quedaba nada que mereciese la pena. Por la forma en que estaban tiradas las cosas calculamos que la gente se había ido a toda prisa, sin tiempo para llevarse la mayor parte de sus cosas.

Nos llevamos un viejo farol de hojalata y un cuchillo de carnicero sin mango y una navaja Barlow completamente nueva que valdría veinticinco centavos en cualquier tienda y un montón de velas de sebo; una palmatoria de hojalata y una cantimplora; una taza de estaño y una vieja colcha deshilachada de la cama; un ridículo con agujas y alfileres y cera de abeja y botones e hilo y todas esas cosas; un hacha y unos clavos y un sedal gordo como mi dedo meñique con unos anzuelos enormes; un rollo de piel de ante y un collar de perro de cuero y una cerradura y muchos frascos de medicina que no tenían etiqueta, y cuando nos íbamos me encontré una almohaza bastante buena y Jim un arco de violín viejo y gastado y una pierna de madera. Se le habían caído los tirantes, pero salvo eso era una pierna bastante buena, aunque demasiado larga para mí y no lo bastante para Jim, y no logramos encontrar la otra, aunque la buscamos por todas partes.

Así que, en general, conseguimos un buen cargamento. Cuando estábamos listos para marcharnos, ya nos encontrábamos a un cuarto de milla por debajo de la isla y era pleno día, así que hice que Jim se tumbara en la canoa y se tapara con la colcha, porque si se sentaba la gente podía ver desde lejos que era negro. Fui remando hasta el lado de Illinois y entre tanto gané media milla a la deriva. Subí por las aguas muertas bajo la ribera y no tuve accidentes ni herí a nadie. Llegamos a casa sanos y salvos.

Capítulo 10

Después de desayunar yo quería hablar del muerto y suponer cómo lo habrían matado, pero Jim no quería. Dijo que traía mala suerte, y además, dijo, podía venir a perseguirnos, porque un hombre que no estaba enterrado tenía más probabilidades de andar haciendo el fantasma que uno bien plantado y cómodo. Aquello parecía bastante razonable, así que no dije más, pero no pude dejar de pensar en aquello ni de tener ganas de saber quién le había pegado un tiro a aquel hombre y por qué.

Buscamos entre la ropa que nos habíamos llevado y encontramos ocho dólares en monedas cosidas en el forro de un viejo capote. Jim dijo que según él la gente de la casa había robado el capote, porque si hubieran sabido que estaba el dinero, no lo habrían dejado. Dije que seguro que también ellos lo habían matado, pero Jim no quería hablar de aquello. Voyy digo:

–Bueno, tú crees que trae mala suerte, pero, ¿qué dijiste cuando traje la piel de serpiente que encontré en el cerro ayer? Dijiste que era la peor mala suerte del mundo tocar una piel de serpiente con las manos. Bueno, ¡pues mira la mala suerte! Nos hemos traído todo esto y encima ocho dólares. Ojalá tuviéramos una mala suerte así todos los días, Jim.

–No pienses más, mi niño, no pienses más. No te animes demasiado. Ya llegará. Recuerda lo que te digo, ya llegará.

Y sí que llegó. Fue un martes cuando hablamos de eso. Bueno, el viernes después de comer estábamos tumbados en la hierba en la cima del cerro y nos quedamos sin tabaco. Fui a la cueva a buscar algo y me encontré con una serpiente de cascabel. La maté y la puse enroscada al pie de la manta de Jim, de lo más natural, pensando lo que me divertiría cuando Jim la encontrase. Bueno, por la noche se me olvidó lo de la serpiente, y cuando Jim se tumbó en la manta mientras yo encendía un farol allí estaba la compañera de la serpiente y le picó.

Pegó un salto y un grito, y lo primero que vimos a la luz fue al bicho enroscado y listo para volver a picar. Lo maté en un segundo con un palo y Jim agarró la damajuana de whisky de padre y empezó a verterla.

Estaba descalzo y la serpiente le había picado en el talón. Y todo eso porque yo había sido tan idiota que no recordé que siempre que mata uno a una serpiente aparece su compañera, que se le enrosca encima. Jim me dijo que cortase la cabeza a la serpiente y la tirase y después le quitara la piel al cadáver y asara un trozo. Fue lo que hice, y se lo comió y dijo que serviría para curarlo. Me hizo quitar los cascabeles y atárselos a la muñeca. Dijo que eso también lo aliviaría. Después salí en silencio y tiré las serpientes muy lejos entre los arbustos, porque no iba a dejar que Jim se enterase de que todo era culpa mía, si podía evitarlo.

Jim chupó y chupó de la damajuana y de vez en cuando le daba la furia y se retorcía gritando, pero cada vez que volvía en sí chupaba de la garrafa. Se le hinchó mucho el pie y lo mismo le pasó con la pierna. Pero al rato le empezó a llegar la borrachera, así que pensé que estaba bien, aunque yo hubiera preferido que me mordiese una serpiente que el whisky de padre.

Jim estuvo acostado cuatro días con sus noches. Después le desapareció la hinchazón y empezó a andar otra vez. Decidí que nunca jamás volvería a agarrar una piel de serpiente con las manos, ahora que había visto lo que pasaba. Jim dijo que calculaba que la próxima vez le creería, porque andar tocando pieles de serpiente traía tanta mala suerte que a lo mejor todavía no se había terminado. Dijo que prefería ver la luna nueva por encima del hombro izquierdo aunque fueran mil veces antes que tocar una piel de serpiente con la mano. Bueno, yo también estaba empezando a opinar lo mismo, aunque siempre he pensado que mirar a la luna nueva por encima del hombro izquierdo es una de las cosas más tontas y absurdas que se pueden hacer. El viejo Hank Bunker lo hizo una vez y presumió mucho de ello, y menos de dos años después se emborrachó, se cayó de la torre del agua y se quedó tan aplastado que parecía una hoja, por así decirlo, y lo tuvieron que poner de lado entre dos puertas de establo en lugar de ataúd y lo enterraron así, según dicen, pero yo no me lo creo. Me lo contó padre, pero de todas formas es lo que pasa por andar mirando así a la luna, como un idiota.

Bueno, fueron pasando los días y el río bajó otra vez entre las orillas, y una de las primeras cosas que hicimos fue cebar uno de los anzuelos grandes con un conejo despellejado y echarlo, y pescamos un pez gato igual de grande que un hombre, porque medía seis pies y dos pulgadas y pesaba más de doscientas libras. Claro que no podíamos tirar de él, porque nos hubiera lanzado a Illinois. Nos quedamos sentados mirando cómo se revolvía y se agitaba hasta que se ahogó. En el estómago le encontramos un botón de cobre, una pelota redonda y montones de cosas. Partimos la pelota con el hacha y dentro había un carrete. Jim dijo que se lo había tragado hacía mucho tiempo y por eso había ido haciendo una bola con él. Era uno de los peces más grandes que jamás se hubieran pescado en el Mississippi, creo. Jim dijo que nunca había visto otro mayor. En el pueblo habría valido mucho dinero. Esos peces los venden por libras en el mercado; todo el mundo compra algo; tienen la piel blanca como la nieve y fritos están muy buenos.

A la mañana siguiente dije que todo se estaba poniendo muy aburrido y que querría ver algo de movimiento. Dije que creía que iba a cruzar el río a ver qué pasaba. A Jim le gustaba la idea; pero dijo que tenía que ir de noche y estar muy atento. Después lo siguió pensando y añadió que podría ponerme algo de la ropa que teníamos y vestirme de niña. También aquello era una buena idea. Así que acortamos uno de los vestidos de calicó y yo me arremangué las piernas de los pantalones hasta las rodillas y me lo puse. Jim me lo abrochó por detrás con los corchetes, y me caía bien. Me puse el bonete y me lo até bajo la barbilla, y si alguien me miraba y me veía la cara era como mirar por un tubo de chimenea. Jim dijo que nadie me conocería, ni siquiera de día. Estuve entrenándome todo el día para acostumbrarme, y al cabo de un rato me quedaba bastante bien, sólo que Jim dijo que no andaba como las chicas, y que tenía que dejar de subirme las faldas para meterme las manos en los bolsillos. Le hice caso y me quedó mejor.

Me fui al lado de Illinois en la canoa justo después de oscurecer.

Salí hacia el pueblo desde un poco más abajo del desembarcadero del transbordador y la deriva de la coriente me dejó al extremo del pueblo. Eché amarras y me puse a andar por la orilla. Había una luz encendida en una cabaña en la que hacía mucho tiempo que no vivía nadie y me pregunté quién estaría allí. Me acerqué para mirar por la ventana. Había una mujer de unos cuarenta años que hacía punto a la luz de una vela colocada sobre una mesa de pino. No la había visto nunca; era una desconocida, porque en aquel pueblo no había ni una cara que no conociera yo. Aquello fue una suerte, porque yo empezaba a sentir dudas. Me empezaba a dar miedo haber venido; la gente podría reconocerme por la voz. Pero si aquella mujer llevaba en un pueblo tan pequeño sólo dos días podría contarme todo lo que yo quisiera saber, así que llamé a la puerta y decidí no olvidar que era una niña.

Capítulo 11

—Adelante —dijo la mujer, y obedecí—. Siéntate.

Me senté. Me miró muy atenta con unos ojillos brillantes, y va ydice:

–Y, ¿cómo te llamas?

–Sarah Williams.

–¿Por dónde vives? ¿por aquí cerca?

–No, señora. En Hookerville, siete millas más abajo. He venido andando todo el camino y estoy cansadísima.

–Y te apuesto a que tienes hambre. Voy a buscar algo.

–No, señora. No tengo hambre. Tenía tanta que tuve que pararme dos millas más abajo de aquí en una granja, así que ya no tengo. Por eso llego tan tarde. Mi madre está mala y se ha quedado sin dinero ni nada y he venido a decírselo a mi tío Abner Moore. Vive en la parte alta del pueblo, me ha dicho mi madre. Yo nunca he estado aquí. ¿Usted lo conoce?

–No, pero todavía no conozco a todo el mundo. No llevo aquí ni dos semanas. De aquí a la parte alta del pueblo queda mucho camino. Más vale que pases aquí la noche. Quítate el sombrero.

–No —dije—; voy sólo a descansar un rato y luego seguir. La oscuridad no me da miedo.

Dijo que no me dejaría marcharme solo pero que su marido llegaría más tarde, quizá dentro de una hora y media, y le diría que me acompañase. Después se puso a hablar de su marido y de sus parientes río arriba y de sus parientes río abajo y de que antes vivían mucho mejor y que no sabían si no se habían equivocado al venir a nuestro pueblo, en lugar de conformarse con seguir como estaban, y así sucesivamente, hasta que temí haberme equivocado pensando que ella me iba a dar noticias de lo que pasaba en el pueblo, pero luego se puso a hablar de padre y del asesinato y ahí sí que estaba yo dispuesto a dejar que siguiera dándole a la lengua. Me contó cómo Tom Sawyer y yo habíamos encontrado los doce mil dólares (sólo que ella dijo que eran veinte) y toda la historia de padre, y lo malo que era y lo malo que era yo y por fin llegó a la parte en que me asesinaban, y yo dije:

–¿Quién fue? En Hookerville se ha hablado mucho de todas esas cosas, pero no sabemos quién fue el que mató a Huck Finn.

–Bueno, supongo que aquí hay montones de gente que querrían saber quién le mató. Algunos dicen que fue el viejo Finn en persona.

–No … ¿eso dicen?

–Al principio era lo que creían todos. Nunca sabrá lo cerca que estuvo de que lo lincharan. Pero en seguida cambiaron de opinión y decidieron que lo hizo un negro fugitivo que se llama Jim.

–Pero si él…

Me callé. Calculé que era mejor no decir nada. Siguió hablando y no se dio cuenta de que yo la había interrumpido:

–El negro se escapó la misma noche que murió Huck Finn. Así que ahora ofrecen una recompensa por él: trescientos dólares. También hay una recompensa por el viejo Finn: doscientos dólares. Fíjate que vino al pueblo la mañana después del asesinato y lo denunció, y se fue con los otros a buscarlo en el transbordador e inmediatamente va y se marcha. En seguida querían lincharlo, pero fíjate que ya había desaparecido. Bueno, al día siguiente se enteraron de que había huido el negro y de que nadie lo había visto desde las diez de la noche del asesinato. Así que entonces ofrecieron una recompensa por él, ya entiendes, y cuando estaban todos convencidos al día siguiente vuelve el viejo Finn y se fue llorando al juez Thatcher a pedir dinero para buscar al negro por todo Illinois. El juez le dio algo y aquella noche se emborrachó y se quedó hasta después de medianoche con dos desconocidos de muy mal aspecto y después se fue con ellos. Bueno, desde entonces no ha vuelto ni lo esperan hasta que esto se haya pasado un poco, porque ahora la gente piensa que mató a su hijo y arregló las cosas para que todo el mundo se creyera que lo habían hecho unos ladrones y así podría llevarse el dinero de Huck sin tener que molestarse mucho tiempo con un pleito. La gente dice que no sería nada raro en él. Bueno, calculo que es muy listo. Si no vuelve en un año no le pasará nada. No se le puede probar nada, ya sabes; para entonces las cosas estarán más tranquilas y podrá marcharse con el dinero de Huck sin ningún problema.

–Sí, calculo que sí, señora. No creo que tenga problemas. ¿La gente ya no cree que lo hiciera el negro?

–Ah, no, no todos. Muchos creen que fue él. Pero al negro lo van a agarrar muy pronto y a lo mejor le meten miedo para que lo cuente.

–Pero, ¿todavía lo están buscando?

–Bueno, ¡sí que eres inocente! ¿Te crees que nacen trescientos dólares en los árboles todos los días? Algunos creen que el negro no ha ido muy lejos. Y yo tampoco… Pero no se lo he dicho a nadie. Hace unos días estaba yo hablando con un par de viejos que viven al lado en la cabaña de troncos y dijeron que casi nadie va a esa isla de allá que llaman la isla de Jackson. «¿Y ahí no vive nadie?», pregunto yo. «No, nadie», dicen. Yo no dije más, pero he estado pensándolo. Estaba casi segura de que había visto humo por allí, hacia la punta de la isla, hacía un día o dos, así que me digo: «A lo mejor el negro está escondido ahí; en todo caso», digo yo, «merece la pena buscar en esa isla». Desde entonces no he visto más humo, así que a lo mejor se ha ido, si es que era él; pero mi marido va a ir a verlo, con otro. Tuvo que ir río arriba, pero volvió hoy y se lo dije en cuanto llegó hace dos horas.

Me había puesto tan nervioso que no podía estarme quieto. Tenía que hacer algo con las manos, así que saqué una aguja de la mesa y me puse a enhebrarla. Me temblaban las manos y lo hice muy mal. Cuando la mujer dejó de hablar levanté la mirada y me estaba mirando muy curiosa y sonriendo un poco. Dejé la aguja y el hilo y puse cara de interés —y la verdad es que estaba interesado— y voy y digo:

–Trescientos dólares es un montón de dinero. Ojalá que lo tuviera mi madre. ¿Va a ir allí su marido esta noche?

–Ah, sí. Ha ido a la parte alta del pueblo con el hombre que te he dicho, a buscar un bote y ver si les prestan otra escopeta. Van a cruzar después de medianoche.

–¿No verían mejor si esperasen hasta que fuera de día?

–Sí. Y, ¿no vería también mejor el negro? Después de medianoche lo más probable es que esté dormido, y se pueden meter por el bosque ybuscar su hoguera mejor si está oscuro, si es que tiene una hoguera.

–No se me había ocurrido.

La mujer me seguía mirando muy curiosa y yo no me sentía nada cómodo. Y después de un momento va y pregunta:

–¿Cómo habías dicho que te llamabas, guapa?

–M … Mary Williams.

No sé por qué pero no me parecía haber dicho que era Mary antes, así que no levanté la vista… Me parecía que había dicho que era Sarah, así que me sentí como acorralado y tenía miedo de que a lo mejor se me notara. Tenía ganas de que la mujer dijera algo más; cuanto más tiempo pasaba callada más incómodo me sentía. Pero entonces va y dice:

–Guapa, creí que al llegar habías dicho que te llamabas Sarah.

–Ay, sí, señora, es verdad. Sarah Mary Williams. Me llamó Sarah de primer nombre. Algunos me llaman Sarah y otros Mary.

–Ah, ¿eso es lo que pasa?

–Sí, señora.

Ya me estaba sintiendo mejor, pero con ganas de marcharme de allí de todas maneras. Todavía no me atrevía a levantar la mirada.

Bueno, la mujer se puso a hablar de lo difíciles que estaban los tiempos y lo pobres que eran y cómo corrían las ratas por todas partes, como si la casa fuera de ellas, y de esto y de aquello, y me empecé a sentir más tranquilo. Tenía razón en lo de las ratas. A cada rato se veía una que asomaba el hocico por un agujero en un rincón. Dijo que tenía que tener cosas a mano para tirárselas cuando estaba sola, porque si no, no la dejaban en paz. Me enseñó una barra de plomo retorcido en forma de nudo y dijo que en general tenía buena puntería, pero que hacía uno o dos días se había dislocado un brazo y no sabía si ahora podía apuntar bien. Esperó una oportunidad y en seguida le tiró la barra a una rata, pero le falló por mucho y dijo, «¡ay!», que le dolía mucho el brazo. Entonces me pidió que probara yo con la siguiente. Yo quería marcharme antes de que volviera su viejo, pero claro que no lo dije. Agarré la barra y a la primera rata que asomó el hocico se la tiré, y de haberse quedado donde estaba no se habría sentido nada bien. Dijo que yo tiraba de primera y que calculaba que a la siguiente le daría. Se levantó a buscar la barra y la trajo y también una madeja de lana con la que quería que la ayudara yo. Levanté las dos manos y ella me puso la madeja y siguió hablando de cosas suyas y de su marido. Pero se interrumpió para decir:

–Sigue atenta a las ratas. Más vale que tengas la barra a mano, en el regazo.

Así que me echó el trozo de plomo al regazo justo en aquel momento y yo apreté las piernas para acogerlo y ella siguió hablando. Pero sólo un minuto o así. Después me quitó la madeja y me miró a los ojos y me dijo muy amable:

–Vamos, ahora dime cómo te llamas de verdad.

–¿Cooo? ¿Cómo, señora?

–¿Cómo te llamas de verdad? ¿Bill o Tom, o Bob? ¿Cómo te llamas?

Creo que me puse a temblar como una hoja, sin saber qué hacer. Pero dije:

–Por favor, no se ría de una pobre chica como yo, senora. Si le molesto, me…

–No, nada de eso. Siéntate y quédate donde estás. No voy a hacerte nada ni voy a delatarte. Me cuentas tu secreto y confias en mí. Yo te lo guardo, y lo que es más, te ayudo. Mi hombre, lo mismo, si tú quieres. Ya entiendo que eres un aprendiz y te has escapado y nada más. No es nada. No tiene nada de malo. Te han tratado mal y has decidido escaparte. Hijo mío, yo no te delataría. Ahora cuéntamelo todo, sé buen chico.

Así que dije que no servía de nada seguir fingiendo y que me dejaría de mentiras y se lo contaría todo, pero que tenía que cumplir su promesa. Después le dije que mi padre y mi madre habían muerto y que la ley me había asignado a un campesino viejo y mezquino que vivía por lo menos a treinta millas del río y que me trataba tan mal que no lo pude seguir aguantando; se había ido un par de días y yo aproveché la oportunidad para robar un vestido viejo de su hija y largarme, y había tardado tres noches en recorrer las treinta millas. Viajaba de noche y me escondía a dormir de día, y la bolsa de pan y de carne que me había llevado me había durado todo el camino, y todavía me quedaba. Dije que creía que mi tío Abner Moore se haría cargo de mí y que por eso había venido a este pueblo de Goshen.

–¿Goshen, chico? Esto no es Goshen. Esto es Saint Petersburg. Goshen está diez millas río arriba. ¿Quién te dijo que esto era Goshen?

–Bueno, un hombre con el que me encontré al amanecer esta mañana, justo cuando iba a meterme en el bosque para dormir, como siempre. Me dijo que los caminos se dividían y que debía seguir el de la derecha y al cabo de cinco millas estaría en Goshen.

–Debía de estar borracho. Te dijo exactamente lo contrario de lo que es.

–Bueno, sí que parecía que estuviera borracho, pero ya no importa. Tengo que seguir. Llegaré a Goshen antes de que amanezca.

–Espera un momento. Voy a darte algo de comer. A lo mejor te hace falta.

Así que me preparó algo de comer y dijo:

–Oye, cuando una vaca se echa, ¿por qué parte se levanta? Responde rápido, vamos; no te pares a pensarlo. ¿Por qué lado se levanta?

–Por el de atrás, señora.

–Bueno, ¿y un caballo?

–Por el de delante, señora.

–¿De qué lado de un árbol crece el musgo?

–Del norte.

–Si hay quince vacas pastando en una cuesta, ¿cuántas de ellas comen con las cabezas mirando en la misma dirección?

–Las quince, señora.

–Bueno, supongo que es cierto que has vivido en el campo. Creí que a lo mejor pensabas engañarme otra vez. ¿Y cómo te llamas de verdad?

–George Peters, señora.

–Bueno, George, trata de recordarlo. No te vayas a olvidar y a decirme que es Elexander antes de irte y luego quieras arreglarlo diciendo que es George Elexander cuando te pesque. Y no te acerques a mujeres con ese vestido viejo. Haces bastante mal de chica, pero quizá puedas engañar a los hombres. Y recuerda, hijo, que cuando te pongas a enhebrar una aguja no tienes que sostener el hilo quieto y llevar la aguja hacia él: ten quieta la aguja y pasa el hilo por ella; así es como lo hacen prácticamente todas las mujeres, pero los hombres siempre lo hacen al revés. Y cuando le tires algo a una rata o algo así, recuerda que te tienes que poner de puntillas y levantar la mano por encima de la cabeza lo más torpe que puedas y fallarle a la rata por seis o siete pies. Tira con el brazo tieso a partir del hombro, como si tuvieras un eje, como las chicas, y no con la muñeca y el codo con el brazo a un lado, como hacen los chicos. Y recuerda que cuando una chica trata de recoger algo en el regazo separa las rodillas, no las junta como hiciste tú cuando te tiré la barra de plomo. Pero hombre, si me di cuenta de que eras un chico en cuanto te pusiste a enhebrar la aguja, y las demás cosas las hice para estar segura. Ahora, vete corriendo con tu tío, Sarah Mary Williams George Elexander Peters, y si te metes en algún lío manda un recado a la señora Judith Loftus, que soy yo, y haré lo que pueda por sacarte de él. Sigue siempre por el camino del río, y la próxima vez que te eches a andar lleva zapatos y calcetines. La carretera del río tiene muchas piedras y calculo que vas a tener los pies hechos polvo cuando llegues a Goshen.

Fui por la ribera unas cincuenta yardas y deshice el camino para volver donde estaba mi canoa, bastante lejos por debajo de la casa. Me metí de un salto y salí corriendo. Fui río arriba lo bastante lejos para llegar a la punta de la isla, y después empecé a cruzar. Me quité el bonete, porque no quería ir como con orejeras. Cuando estaba hacia la mitad del camino oí que el reloj empezaba a dar las horas, así que me paré a escuchar; el ruido se oía débil por encima del agua, pero con claridad: las once. Cuando llegué a la punta de la isla no me paré a descansar, aunque estaba sin aliento, sino que me metí directamente donde estaba mi antiguo campamento y encendí una buena hoguera, en un sitio alto y seco.

Después salté a la canoa y fui a nuestro sitio, una milla y media más abajo, todo lo rápido que pude. Desembarqué y avancé entre los árboles hasta el cerro y llegué a la cueva. Allí estaba Jim, dormido como un tronco en el suelo. Lo desperté y le dije:

–¡Levántate y prepárate, Jim! No hay ni un minuto que perder. ¡Nos están buscando!

Jim no hizo ninguna pregunta ni dijo una palabra; pero por la forma en que trabajó la media hora siguiente se veía que estaba asustadísimo. Para entonces teníamos en la balsa todo lo que poseíamos en el mundo y estábamos listos para sacarla de entre los sauces donde estaba escondida. Lo primero que hicimos fue apagar la hoguera de la cueva, y después ya no encendimos ni una vela.

Aparté la canoa de la orilla un poco y me puse a mirar; pero si por allí había un bote no podía verlo, porque las estrellas y las sombras no valen para ver mucho. Luego sacamos la balsa y bajamos entre las sombras, hasta el pie de la isla en total silencio, sin decir ni una palabra.

Capítulo 12

Debía de ser casi la una cuando por fin pasamos el final de la isla y la balsa parecía avanzar muy lenta. Si se acercaba un bote, el plan era meternos en la canoa y avanzar hacia la orilla de Illinois, y menos mal que no llegó ninguno, porque no se nos había ocurrido poner la escopeta en la canoa, ni un sedal para pescar, ni nada que comer. Teníamos demasiada prisa para pensar en tantas cosas. No había sido muy inteligente ponerlo todo en la balsa.

Si los hombres iban a la isla, supongo que encontrarían la hoguera que había hecho yo y que esperarían toda la noche a que llegara Jim. En todo caso no se nos acercaron, y si aquella hoguera no los engañó, no era culpa mía. Yo había hecho todo lo posible por despistarlos.

Cuando se empezó a ver la primera luz del día amarramos a una barra de arena que había en una gran curva del lado de Illinois, cortamos ramas de alamillo con el hacha y tapamos la balsa con ellas para que pareciese que había habido un corrimiento de tierras por aquella orilla. En esas barras de arena hay alamillos tan apretados como los dientes de un rastrillo.

Veíamos montañas en el lado de Missouri y mucho bosque en el de Illionois, y el canal, por aquella parte, corría del lado de Missouri, de forma que no teníamos miedo de encontrarnos con nadie. Nos quedamos allí todo el día viendo las balsas y los barcos de vapor que bajaban por el lado de Missouri y los barcos de vapor que subían río arriba peleando contra la corriente en el centro. Le conté a Jim todo lo que había pasado cuando estuve hablando con la mujer y Jim dijo que era muy lista y que si fuese ella quien nos buscara no iba a quedarse sentada vigilando una hoguera; no, señor, iría con un perro. Bueno, entonces, dije yo, ¿por qué no podía decirle a su marido que buscara un perro? Jim dijo que seguro que se le ocurría cuando los hombres se pusieran en marcha, y que suponía que debía de haber ido a la parte de arriba del pueblo a buscar un perro, de forma que habían perdido todo aquel tiempo, o si no, no estaríamos allí en la barra de arena a dieciséis o diecisiete millas por debajo del pueblo; no, señor, estaríamos otra vez en el pueblo. Así que yo dije que no me importaba por qué no llegaban, mientras no llegaran.

Cuando empezó a oscurecer asomamos las cabezas entre los alamillos y miramos arriba y abajo y a los lados pero no vimos nada, así que Jim sacó algunos de los troncos de arriba de la balsa y construyó un wigwam muy cómodo para refugiarnos cuando hiciese mucho calor o lloviera y para tener las cosas en seco. Jim preparó un suelo para el wigwam y lo levantó un pie más por encima del nivel de la balsa, de forma que las mantas y las trampas estaban fuera del alcance del oleaje de los barcos de vapor. Justo en medio del wigwam pusimos una capa de polvo de cinco o seis pulgadas de grueso y la rodeamos con un bastidor para que no se saliera; era para hacer fuego cuando lloviese o hiciera frío; con el wigwam no se podría ver. También preparamos un timón de repuesto, porque uno de los que teníamos podía romperse o engancharse o lo que fuera. Preparamos un palo con una horquilla del que colgar el viejo farol, porque siempre tendríamos que encenderlo cuando viéramos un barco de vapor que venía río abajo, para que no nos pasara inadvertido, pero no teníamos que encenderlo para los que iban río arriba salvo que nos viéramos en lo que ellos llaman «entre corrientes», porque el río seguía muy alto y las riberas bajas continuaban sumergidas, de forma que los barcos que lo remontaban no subían siempre por el canal, sino que iban buscando aguas más fáciles.

La segunda noche navegamos entre siete y ocho horas, con una corriente que iba a más de cuatro millas por hora. Pescamos y charlamos y de vez en cuando nos echamos a nadar para no quedarnos dormidos. Era bastante solemne aquello de bajar por el gran río silencioso, echados de espaldas y mirando a las estrellas, y no nos daban ganas de hablar en voz alta ni nos reímos mucho, sólo alguna risa en voz baja. En general nos hizo muy buen tiempo y no nos pasó nada, ni aquella noche ni la siguiente ni la otra.

Todas las noches pasábamos junto a pueblos, algunos de ellos a lo lejos en cerros negros, sin ver nada más que el resplandor de unas luces, y ni una sola casa. La quinta noche pasamos junto a Saint Louis y era como si el mundo entero estuviera iluminado. En Saint Petersburg decían que Saint Louis tenía veinte o treinta mil habitantes, pero yo nunca me lo creí hasta que vi aquella maravillosa cantidad de luces a las dos de una noche silenciosa. No se oía ni un ruido: todo el mundo dormía.

Todas las noches yo me iba ala orilla junto a alguna aldea y compraba diez o quince centavos de harina o de tocino salado u otras cosas que comer, y a veces me llevaba prestado un pollo que no parecía sentirse cómodo. Padre siempre decía que había que llevarse un pollo cuando se tenía la oportunidad, porque si no lo quiere uno es fácil encontrar a alguien que lo quiera, y una buena obra nunca se olvida. No vi ni una sola vez que no lo quisiera padre, pero en todo caso eso es lo que decía.

Por las mañanas, antes del amanecer, me metía en los campos de maíz y me llevaba prestada una sandía, o un melón, o una calabaza, un poco de maíz nuevo o cosas así. Padre siempre decía que no tenía nada de malo llevarse prestadas cosas si se tenía la intención de pagarlas alguna vez; pero la viuda decía que aquello no era más que robar, por mucho que se disfrazara con palabras, y que las personas decentes no lo hacían. Jim dijo que calculaba que la viuda tenía una parte de razón y papá otra, así que lo mejor sería que escogiéramos dos o tres cosas de la lista y no las volviéramos a tomar prestadas, y entonces calculaba que no tendría nada de malo tomar prestadas las otras. Así que nos pasamos toda una noche hablando de eso, mientras íbamos río abajo, tratando de decidir si eliminábamos las sandías, las cantalupas, los melones, o qué. Pero para el amanecer lo teníamos todo resuelto satisfactoriamente y concluimos que eliminaríamos las reinetas y los caquis. Antes no nos habíamos sentido bien del todo, pero ahora ya estábamos tranquilos. Yo me alegré de haberlo resuelto así, porque las reinetas nunca están buenas y los caquis no estarían maduros hasta dentro de dos o tres meses.

De vez en cuando matábamos un ave acuática que se levantaba demasiado temprano por las mañanas o no se acostaba lo bastante temprano por las tardes. En general, vivíamos muy bien.

La quinta noche, río abajo de Saint Louis, hubo una gran tormenta después de medianoche, con montones de truenos y de relámpagos, y la lluvia caía como una sábana. Nos quedamos en el wigwam y dejamos que la balsa se manejara sola. Cuando brillaba un relámpago veíamos el río enorme y recto por delante y grandes acantilados a los dos lados. Y una vez voy yo y digo:

–Caray, Jim, ¡mira ahí!

Era un barco de vapor que había naufragado contra una roca. Nosotros íbamos directos hacia él. Con los relámpagos se veía muy claro. Estaba todo escorado, con una parte de la cubierta superior por encima del agua, y se veía cada uno de los cables de la chimenea con toda claridad y una silla junto a la campana grande, con un viejo chambergo que colgaba en el respaldo, cuando llegaban los relámpagos.

Bueno, como era tan tarde, había aquella tormenta y todo parecía tan misterioso, se me ocurrió lo mismo que a cualquier otro chico cuando vi aquel barco embarrancado tan triste y solitario en medio del río. Quería abordarlo y explorarlo un poco a ver lo que tenía dentro. Así que dije:

–Vamos a abordarlo, Jim.

Pero al principio Jim estaba totalmente en contra. Va y dice:

–No quiero andar metiendo las narices en un barco muerto. Nos va muy bien y más vale dejar que siga así, como dice el Libro. Seguro que hay un vigilante en ese barco.

–Vigilante, tu abuelita —dije yo—; no hay nada que vigilar más que la timonera y la camaretas superiores y, ¿te crees que nadie va a arriesgar la vida por una timonera y unas camaretas en una noche así, cuando lo más probable es que se parta en dos y se vaya río abajo en cualquier momento?

Jim no podía responder a aquello, así es que no lo intentó.

–Y además —dije yo—, podríamos tomar algo prestado que mereciese la pena en el camarote del capitán. Seguro que hay puros, de los que cuestan cinco centavos cada uno y en dinero contante. Los capitanes de barco de vapor siempre son ricos y cobran sesenta dólares al mes y les importa un pito lo que cuesten las cosas, ya lo sabes, si les apetecen. Ponte una vela en el bolsillo, Jim; no me puedo aguantar hasta que lo hayamos registrado. ¿Te crees que Tom Sawyer se iría sin más de un sitio así? Ni hablar. Diría que era una aventura, eso es lo que diría, y abordaría ese barco aunque fuera lo último de su vida. Y seguro que lo haría con estilo; o, ¿no te crees que organizaría una de las buenas? Hombre, te creerías que era Cristóbal Colón descubriendo el Otro Mundo. Ojalá estuviera aquí Tom Sawyer.

Jim gruñó un poco, pero cedió. Dijo que no teníamos que hablar más que lo inevitable, y eso en voz muy baja. Los relámpagos volvieron a mostrarnos el barco naufragado justo a tiempo y nos agarramos a la cabria de estribor y amarramos allí.

La cubierta estaba muy alta de aquel lado. Bajamos despacio por la pendiente hacia babor, en la oscuridad, hacia las camaretas altas, tanteando el camino muy despacio con los pies y con los brazos muy abiertos para apartar las cuerdas, porque estaba tan oscuro que no veíamos nada. En seguida llegamos a la parte de delante de la claraboya y nos subimos a ella, y al paso siguiente nos quedamos enfrente de la puerta del capitán, que estaba abierta, y, ¡qué diablos, al otro extremo de las camaretas vimos una luz! ¡Y en el mismo momento pareció que oímos voces bajas a lo lejos!

Jim me susurró que se sentía muy mal y me dijo que nos fuéramos. Yo dije que de acuerdo, e íbamos a volver a la balsa cuando oí una voz que lloriqueaba y decía:

–¡Ay, por favor, no, muchachos! ¡Juro que no lo diré nunca!

Otra voz dijo, muy alta:

–Es mentira, Jim Turner. Ya has hecho lo mismo antes de ahora. Siempre quieres más que tu parte del botín, y siempre te la has llevado, porque juraste que si no nos delatarías. Pero ahora lo has dicho una vez de más. Eres el perro más asqueroso y más traidor de este país.

Para entonces, Jim se había ido a la balsa. Yo estaba hirviendo de curiosidad. Y me dije que Tom Sawyer no se echaría atrás ahora, así que yo tampoco, y que iba a ver lo que pasaba. Así que me puse a cuatro patas en el pasillo y avancé en la oscuridad hasta que no había más que un camarote entre el cruce de las camaretas y yo. Entonces vi un hombre tirado en el suelo y atado de pies y manos y otros dos encima de él, y uno de ellos llevaba una linterna sorda en la mano y el otro tenía una pistola. Éste no hacía más que apuntar la pistola a la cabeza del que estaba en el suelo y decía:

–¡Ya me gustaría, y es lo que tendría que hacer, chivato de porquería!

El hombre del suelo se encogía, diciendo:

–Ay, por favor, no, Bill; no voy a delataros nunca.

Y cada vez que decía aquello el del farol se reía y decía:

–¡Desde luego que no! En tu vida has dicho una verdad mayor, te lo aseguro —y una vez dijo—: ¡Escuchad cómo suplica! Pero si no lo tuviéramos dominado y atado, nos habría matado a los dos. ¿Y por qué? Por nada. Sólo porque defendimos nuestros derechos, por eso. Pero te apuesto, Jim Turner, a que no vas a volver a amenazar a nadie. Deja esa pistola, Bill.

Bill dice:

–No me apetece, Jake Packard. Estoy de acuerdo con matarlo, ¿no mató él al viejo Hatfield así, y no se lo merece?

–Pero yo no quiero matarlo, y tengo mis motivos.

–¡Bendito seas por esas palabras, Jake Packard! ¡No las olvidaré mientras viva! —dice el hombre del suelo, como tartamudeando.

Packard no hizo caso, sino que colgó el farol de un clavo y avanzó hacia donde estaba yo en la oscuridad y le hizo un gesto a Bill para que se le acercara. Yo retrocedí unas dos yardas lo más rápido que pude, pero el barco estaba tan escorado que no podía ir muy deprisa, así que para que no tropezase conmigo y me cogieran me metí en un camarote de la parte alta. El hombre vino a tientas en la oscuridad, y cuando Packard llegó a mi camarote dijo:

–Aquí, ven aquí.

Y allí entró, con Bill detrás. Pero antes de que entrasen ellos yo me había subido a la litera de arriba, arrinconado y lamentando haber ido. Entonces se quedaron allí con las manos en el borde de la litera, hablando. Yo no podía verlos, pero sabía dónde estaban por el olor a whisky que habían tomado. Me alegré de no beber whisky, aunque tampoco habría importado mucho, porque era casi imposible que me olieran porque no respiraba. Estaba demasiado asustado. Y además, uno no podía respirar mientras oía aquello. Hablaban en voz baja y muy serios. Bill quería matar a Turner. Dice:

–Ha dicho que nos delataría y lo hará. Si le diéramos ahora a él nuestras partes, ya no importaría después de la pelea y de lo que le hemos hecho. Puedes estar seguro de que haría de testigo de cargo; ahora, escúchame. Yo soy partidario de quitarle las penas para siempre.

–Y yo también —dijo Packard, muy tranquilo.

–Maldita sea, había empezado a creer que no. Bueno, entonces no hay problema. Vamos con ello.

–Aguarda un momento; todavía no he dicho mi parte. Escúchame. Está bien pegarle un tiro, pero hay formas más discretas si es necesario hacerlo. Pero lo que yo digo es esto: no tiene sentido andar buscando que nos pongan una soga al cuello cuando puede uno conseguir lo mismo y no correr ningún peligro. ¿No es verdad?

–Seguro que sí. Pero, ¿cómo te las vas a arreglar esta vez?

–Bueno, he pensado lo siguiente: buscamos por todas partes y recogemos lo que se nos haya olvidado en los camarotes, nos vamos a la orilla y escondemos el botín. Después esperamos. Yo digo que no van a pasar más de dos horas antes de que esta ruina se parta en dos y baje flotando río abajo. ¿Entiendes? Se ahogará y no podrá denunciar a nadie. Me parece que es mucho mejor que matarlo. Yo no soy partidario de matar a alguien mientras se pueda evitar; no tiene sentido y no es moral. ¿Tengo razón o no?

–Supongo que sí. Pero, ¿y si no se rompe ybaja flotando?

–Bueno, de todas formas podemos esperar dos horas a ver qué pasa, ¿no?

–Está bien; vamos.

Así que se pusieron en marcha y yo me largué, empapado de sudor frío, tambaleándome hasta la proa. Estaba oscuro como boca de lobo pero dije en una especie de susurro ronco: «Jim!» Respondió justo a mi lado con una especie de gemido y dije:

–Rápido, Jim, no hay tiempo que perder con quejidos; ahí hay una banda de asesinos, y si no encontramos su bote y lo echamos al río para que no se puedan marchar del barco, uno de ellos va a pasarlo muy mal. Pero si encontramos el bote podemos dejarlos a todos muy mal: los va a encontrar el sheriff. ¡Rápido… aprisa! Yo busco por el lado de babor y tú por el de estribor. Empieza por la balsa, y…

–Ay, señor mío, señor mío. ¿Balsa? Ya no queda balsa. ¡Se ha roto o ha desaparecido! ¡Y nosotros aquí!

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
28 ocak 2025
Hacim:
360 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9783959281348
Yayıncı:
Telif hakkı:
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