Kitabı oku: «Más allá de las cenizas»

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Más allá de las cenizas

Una historia real de supervivencia y triunfo

Marlyn OlsenVistaunet - Phyllis George McFarland


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Dedicatoria

Prefacio

Reconocimientos

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Epílogo

Más allá de las cenizas

Una historia real de supervivencia y triunfo

Marlyn Olsen Vistaunet, Phyllis George Mc Farland

Título del original: Beyond Ashes, Pacific Press Publishing Association, Boise, ID, E.U.A., 2018.

Dirección: Natalia Jonas

Traducción: Natalia Jonas

Diseño de tapa: Giannina Osorio

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración: Propiedad de Shutterstock

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. © 2018 Pacific Press Publ. Assn. © 2020, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-403-3


Olsen Vistaunet, MarlynMás allá de las cenizas : Una historia real de supervivencia y triunfo / Marlyn Olsen Vistaunet ; Phyllis George Mc Farland / Dirigido por Natalia Jonas. - 1ª ed - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Natalia Jonas.ISBN 978-987-798-403-31. Relatos. I. Mc Farland, Phyllis George II. Jonas, Natalia, dir. III. Jonas, Natalia, trad. IV. Título.CDD 230

Publicado el 30 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

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Dedicatoria

Este libro está dedicado a mis amados hijos: Laura, Ernie y Tamara. Gracias por darme el regalo más dulce de todos: a mis nietos, Justin, Brittany (Travis), Joshua (Mercedie), Jared (Jessie), Tanner, Paul y Genie. Su energía, devoción y entusiasmo me mantienen centrada y aportan un gozo increíble a mi vida. ¡Los amo hasta la luna y más allá!

Prefacio
“Amor que no me dejarás”

Hielo en la carretera. “¡Un ángel tiene que detener este vehículo!”, grité mientras el vehículo se deslizaba cuesta abajo en una carretera zigzagueante de montaña. El vehículo se detuvo justo al borde de un precipicio. Del lado del acompañante, mi hija Lori dio un grito ahogado al ver la empinada caída del helado precipicio. La letra del himno en la radio, “Amor que no me dejarás”, penetraba en nuestros corazones palpitantes. Silenciosamente, inclinamos la cabeza en agradecimiento por el cuidado de Dios.

¿No es así la vida? A menudo nos encontramos al borde de un precipicio: peligro, enfermedad, muerte, conflicto, fracaso, tristeza, injusticia, y más. Como cristianos, tenemos el ADN espiritual del Dios Todopoderoso, del Autor y Consumador de nuestra fe. Aferrarnos a su amor en momentos de dificultades es la clave para conocerlo y amarlo.

El salmista David escribió la colección más increíble de canciones y oraciones. En esas oraciones, compartió libremente sus emociones con Dios: amor, gozo, adoración, exuberancia, compasión, ira, fracaso, duelo, angustia, depresión, terror… emociones con las que me puedo identificar. Fue en momentos como esos que comencé a entregarle a Dios los sentimientos más sinceros de mi corazón. Y milagrosamente entraba a la presencia del Dios amante y misericordioso, mucho más allá de mis expectativas.

Todos tenemos diferentes huellas dactilares. Venimos de diversos trasfondos, y cada uno es único y especial. Dios conoce y respeta lo que nos hace únicos. Es tolerante ante nuestras limitaciones. Cuando era más joven tendía a pensar que las dificultades, las presiones y los desastres que había experimentado eran intrusiones injustas a lo que debería haber sido mío por defecto: un lindo paquete de amor y existencia idealista de parte de un Dios que dice que me ama. A veces me sentía incómoda y fuera de lugar, como si no fuera suficientemente buena para acercarme a Dios hasta que probara ser una persona decente; pero no podía hacerlo por mí misma. Quizá tú has tenido momentos similares en tu vida.

En este libro, compartiré los primeros treinta y dos años de mi vida; historias que revelan una presencia divina que me guio a la fe que hoy tengo. Aunque algunas historias pueden parecer inverosímiles, todas son ciertas.

Cuando llegues al final del libro, no llegarás al fin de mi historia. En realidad, esos primeros treinta y dos años preparan el terreno para el resto de mi vida. Al seguir mi caminar, no importa en qué etapa de la vida te encuentres, deseo que reflexiones y te maravilles por la manera milagrosa en que Dios está entretejiendo un hilo de amor en tu propia vida. Con Dios, tu historia y mi historia terminarán en triunfo.

Es mi oración que este libro sirva de inspiración para que entres en la presencia de un Dios amante y misericordioso que convertirá tus cenizas en belleza, con un amor que no te dejará. Antes de que des vuelta la página, debo contarte sobre el mundo en el que nací. Sí, tuve la bendición de tener personas increíbles en mi vida; una madre y un padre con un diario espiritual que podría titularse “Valientes aventureros pioneros de Dios”.

Mi padre, Monrad E. Olsen, un inmigrante de Noruega, creció en una granja. De jovencito, cuando no estaba arreando ovejas, enlazaba y entrenaba caballos salvajes. Más adelante llegó a ser conocido como un campeón de rodeo que montaba caballos y enlazaba novillos salvajes para ganar suficiente dinero para sostener a su familia de ocho hijos. La mano de Dios estaba con papá todo el tiempo. Su espíritu aventurero y su deseo de trabajar para el Señor lo guiaron a renunciar a su plan de ser abogado y dedicarse a lo que Dios tenía en mente para él: ser misionero en México, donde sirvió fielmente al Señor por diecinueve años. Sus años como vaquero lo habían preparado para viajar por senderos que a menudo requerían que montara a caballo sobre terreno montañoso, a veces por tres días completos, hasta llegar a un poblado. A la noche, dormía en el suelo.

Llegó a México como colportor, en 1929, y a principios de 1932 fue empleado por el Comité de Unión como secretario de campo para la Misión del Golfo. Allí entra en escena mi madre. Años antes, mi padre había soñado con una hermosa joven con un vestido rosado, que le sonreía. Se despertó de ese sueño con la fuerte impresión de que esta era la mujer con la que Dios quería que se casara. Papá no olvidó ese sueño; siempre tenía latente aquel pensamiento y esperaba el día en que conocería a la mujer de sus sueños.

Mi madre, Ana María (Anita), era la única hija de Juan Alba y Edith Vega Alba. Descendientes del duque de Alba en España, un aristócrata en su época, la familia de su padre había emigrado a México en el siglo XVIII. Juan Alba, como senador estatal, a menudo viajaba con el presidente de México como su piloto personal y consejero. Edith Alba era dueña de una exitosa tienda de ropa, y la familia vivía cómodamente. Cuando mi madre tenía diez años, México fue tomado por el comunismo y, tristemente, mi abuelo fue capturado y desapareció de sus vidas. Cuando mi abuela Edith y mi mamá abandonaron el catolicismo y se unieron a la Iglesia Adventista, renunciaron a su vida de riqueza para ser colportoras itinerantes. Con dos perros y dos loros, viajaban en burro de pueblo en pueblo vendiendo libros y dando estudios bíblicos.

Por siete años consecutivos, la abuela Edith fue campeona colportora en todo México. Cuando papá, ahora director de colportaje de la Misión del Golfo, escuchó sobre el éxito de Edith, viajó a Torreón, donde ella vivía con mamá, para pedirle que lo ayudara a capacitar a los colportores. Pero cuando tocó la puerta de la casa, la vio… la mujer de sus sueños: una hermosa mujer en un vestido rosado, que le sonreía. Fue amor a primera vista, y así comenzó la relación. Se casaron seis meses después, en una casa en Saltillo. Juntos servían al Señor.

En Guadalajara les nació un hijo, Franklin; y luego una hija, Wanda. Cuando a papá le asignaron un nuevo trabajo en Mérida, Yucatán, la familia se mudó. Se formó una nueva Misión con papá como presidente. Cuando vivían allí, nací yo. Un año después, transfirieron a nuestra familia de nuevo a Guadalajara, donde papá trabajó como presidente de la Misión. Mientras él estaba de viaje, mamá tuvo que afrontar una traumática dificultad sola… y allí es donde comienza la primera historia.

Marlyn Olsen Vistaunet

Reconocimientos

Se necesita una comunidad para escribir un libro. Un agradecimiento sincero a cada persona que me ha ayudado a escalar esta montaña.

Primero, a mis padres, quienes me convencieron de registrar las historias de mi niñez desde una edad temprana; sin esa información detallada no hubiera podido escribir este libro. Agradezco que hayan amado la Palabra de Dios, que nos hayan amado incondicionalmente a nosotros, sus hijos, y que me hayan recordado que mi tesoro más preciado se encuentra en la Biblia.

A Philip Samaan, orador, autor y profesor de Religión en la Universidad Adventista Southern, quien luego de escuchar mi testimonio sobre mi secuestro en México, me animó a escribir la historia. La primera versión condensada fue publicada en la Adventist Review en septiembre de 2007.

Gracias a Phyllis George McFarland, escritora/editora, por la camaradería que compartimos al colaborar en la redacción de las historias de mi niñez temprana; especialmente en la segunda versión detallada de “La pequeña niña perdida” (capítulo 1). Atesoraré para siempre sus habilidades expertas de edición, su perspectiva sobre el universo de las palabras, su sentido del humor y sus incansables palabras de ánimo. También agradezco al autor y editor Ken McFarland, quien en ocasiones le echó una mirada al trabajo de Phyllis para ofrecer el consejo perfecto.

A Camille McKenzie, autora, mentora y amiga, quien me convenció de que realmente tenía un libro, y que cada experiencia debía registrarse: las buenas, las difíciles y las dolorosas. “Escribe pensando en tus lectores. Tus experiencias pueden beneficiar a otros”, me decía. Gracias, Camille, por dos años de ánimo y de “vistos buenos” hasta que el trabajo estuvo completo.

A mi esposo, el pastor Loren, por estar a mi lado en esta aventura, por escucharme recitar historias, hacer comentarios y alentarme a avanzar. Gracias por tu consuelo cuando la narrativa era dolorosa. Mi gratitud no tiene límites.

A todas las hermosas personas que fueron ejemplos a imitar mientras yo crecía; por su poderosa influencia en cada conversación, por cada acto de bondad y por mostrar que hay gozo en la vida… gozo que se puede encontrar en estas páginas.

A mis queridos amigos en mi comunidad de redes sociales, que continuamente me inspiran, me animan y me iluminan; cuyos mensajes personales y palabras amables son como rayos de luz que brillan entre las nubes. Muchas gracias por mantener vivo mi sueño.

Finalmente, y por sobre todo, a mi Señor y Salvador, Jesucristo, quien susurró en mi oído el deseo de escribir; quien me consoló constantemente, secó mis lágrimas, danzó de gozo, y me guio y apoyó cuando quería darme por vencida. ¡Él es el Héroe en este libro!

Introducción

Conocí a Marlyn en el colegio secundario Pine Hills en Auburn, California, donde fuimos compañeras. Yo estaba en octavo grado y ella en noveno. Yo era una alumna nueva allí, y cuando escuché la historia del catastrófico incendio de su familia quedé horrorizada. ¿Cómo podía esta muchacha hermosa y vivaz, que siempre estaba riendo y sonriendo, haber pasado por una tragedia tan grande?

Marlyn y yo nos conocimos mejor el año siguiente, cuando compartimos el salón de clases de noveno y décimo grados. Fue un año que ninguna olvidará. Nuestro profesor era Lloyd Funkhouser, un hombre con doble amputación, lleno de risa y amor del Cielo. Por medio de su ejemplo, el Sr. Funkhouser me enseñó valor; pero su mensaje para Marlyn fue que sin importar cuán grande fuera la tragedia, Dios puede convertirla en un gozo extraordinario.

Marlyn y yo asistimos a diferentes colegios con internado y perdimos contacto hasta varios años después, cuando ella encontró mi número telefónico y me invitó a visitarla a Village Chapel en McDonald, Tennessee, donde su esposo, Loren, servía como pastor. Ella dio un salto para saludarme apenas entré; era la misma persona hermosa y amable que recordaba. Mientras charlábamos después del culto, entendí que su vida no había sido nada fácil; pero aun así, era evidente que las dificultades no la habían aplastado. ¡Al contrario! Hizo de ser esposa de pastor su ministerio personal. Se desempeñó como directora de Ministerio Joven, coordinadora de oración, maestra de Escuela Sabática, anfitriona, colaboradora en el Ministerio Carcelario y consejera voluntaria, por nombrar algunas actividades.

Luego de eso, Marlyn y yo mantuvimos el contacto. Cuanto más conocía sobre su historia, más me asombraba. Cuando me confió que estaba pensando en escribir un libro, la alenté con entusiasmo; esta era una historia que debía ser contada. De su rescate milagroso de una red de trata de niños, cuando tenía tres años, a la terrible pérdida de su hermano menor y a una serie de incidentes, muchos de los cuales podrían haber sido fatales sin intervención divina, su vida sería la base de un libro apasionante y yo lo sabía. Quería especialmente que el mundo conociera a su hermanito, Milton, un niño en contacto tan íntimo con Dios que a los siete años, con su casa en llamas y su piel quemada, consolaba a su hermana al decirle suavemente: “Marlyn, no tengas miedo”.

Durante los últimos dos años, Marlyn y yo hemos trabajado juntas para contar su historia. Realmente quiero que la leas. Quiero que conozcas a Milton y sepas de su valor; quiero que te rías con Marlyn cuando ella comparte sus recuerdos íntimos de la inocencia juvenil de una adolescente imaginativa e increíblemente curiosa, con una propensión a los problemas y contratiempos; y especialmente quiero que te asombres por la liberación milagrosa de Dios, vez tras vez.

Phyllis George McFarland

A menos que se especifique de otro modo, las citas bíblicas se han tomado de la Nueva Versión Internacional (NVI).

Otras versiones utilizadas: RVR 95, PTD, DHH, NTV.

Capítulo 1
La pequeña niña perdida

Los rayos deslumbrantes de sol danzaban por las paredes exteriores de nuestro hogar en Guadalajara, y unos loros chillones parloteaban mientras yo entraba a la casa dando saltitos. Desde la cocina llegaba el dulce aroma a canela. ¡Sí! Mamá estaba al lado de la cocina, revolviendo un arroz con leche con un palito de canela. ¡Mi boquita de niña de tres años quería inmediatamente probar un poco!

–Por favor, mamita, ¡quiero un poco ahora!

–No, Marlyn, esto es para el almuerzo. Tendrás que esperar hasta entonces.

Yo hice una mueca, pero no me duró mucho. La abuela Edith, con su cabello castaño lleno de rulos recogidos en una trenza enrollada en la nuca, entró deprisa en la cocina.

–Voy a Zapopan a darle un estudio bíblico a la señora Figueroa.

La abuela Edith era una colportora cristiana y también instructora bíblica.

–Ella tiene dos niños de las edades de Frank –mi hermano de 9 años– y de Wanda –mi hermana de 5 años–. ¿Crees que a los niños les gustaría venir conmigo y jugar mientras doy el estudio bíblico?

Antes de que mamá pudiera responder, yo comencé a saltar y a dar grititos de entusiasmo.

–¡Yo también quiero ir, mamita! Por favor, ¿puedo ir?

La abuela Edith estaba dispuesta a llevarme, pero mamá dudaba.

–¿Estás segura? No quiero que sea una molestia…

–No la molestaré; ¡seré buena! ¡Lo prometo! –rogué.

–Bueno, está bien –dijo mamá resignada–. ¡Doña Triné! –llamó. Un momento después, nuestra niñera entró a la cocina–. ¿Podría preparar a Marlyn para ir a Zapopan? Va a ir con la abuela Edith. Póngale su vestido rosado; se ve muy bonita en él. Y prepare a Wanda porque ella también irá, a menos que no quiera. Y dígale a Frank que se ponga ropa limpia y se peine.

¡Iba a ir! Doña Triné me llevó a la habitación que compartíamos con Wanda y comenzó a prepararme.

–Quédate quieta, Marlyn, y levanta los brazos.

Yo levanté los brazos, pero estaba demasiado entusiasmada como para quedarme quieta. Me puso el vestido, pero luego tenía que peinarme y sujetar mi cabello con una hebilla.

–Quédate quieta, Marlyn –me rogó.

Pero ¿cómo podía quedarse quieto alguien con tanto entusiasmo adentro?

Unos minutos más tarde, los cuatro estábamos subiendo al autobús. De alguna manera, la abuela Edith consiguió tres asientos juntos para que nos sentáramos en el autobús abarrotado, y nos acomodamos. Yo iba segura sobre su falda. Los árboles y las personas en bicicleta parecían pasar volando al lado del autobús, que zigzagueaba en medio del tráfico, y en muy poco tiempo paraba en el pueblo de Zapopan.

La señora Figueroa, alta y delgada, con el rostro encendido por el buen humor, nos saludó en la puerta de su casa mientras sus dos hijos espiaban detrás de ella.

–¡Entren, por favor! –nos invitó, y pasamos a una habitación repleta de chucherías e imágenes que podían mantener entretenido a un niño por horas. Sus hijos, José y Rosita, rápidamente corrieron al patio con nosotros tres para jugar. Los cuatro niños mayores encontraron muchas cosas divertidas para hacer, pero yo, por otro lado, era considerada una acompañante no deseada que debía ser ignorada. Era muy pequeña para entender sus juegos.

Pero no importaba: ese patio era un lugar fascinante. Enredaderas tachonadas de flores azules trepaban por los muros, un cantero de crisantemos rojos me sonreía tímidamente, y un grupo de pajaritos bajaba en picada para posarse en una estatua. Cuando traté de atrapar uno, volaron fuera de mi alcance en un santiamén. Pero entonces atisbé una sección del muro cubierta de mosaicos azules y blancos, con una fuente de agua que fluía del medio. Traté de alcanzarla y jugar en el desaguadero, pero estaba demasiado alto, así que me contenté con remojar mis manos en la pileta.

–¡Marlyn! ¡Sal del agua! –gritó Wanda. La miré no muy feliz. ¡Ella no era mi jefa! Pero de todas formas me levanté y me dirigí hacia la puerta que daba a la sala de estar de la casa. Sabía que la abuela Edith estaba en esa habitación llena de chucherías interesantes.

–¡No, Marlyn, ahí no! ¡No tenemos que molestar a la abuela Edith!

¡Ahora era Frank quien me gritaba! Quizá podía jugar con los niños más grandes, pero ellos me echaron y siguieron con su juego. Disgustada, me desplomé bajo una pequeña palmera en el centro del patio. Esto estaba tardando demasiado y yo estaba comenzando a tener hambre. Un poco de arroz con leche sabría muy bien en este momento. Lo mejor que podía hacer era caminar hacia casa y almorzar.

Encontré el portón que llevaba a la calle. El cerrojo estaba muy alto, así que me estiré todo lo que pude. Estaba a unos pocos centímetros de alcanzarlo. Encontré una piedra tirada por allí y la arrojé desde abajo para golpear el cerrojo. ¡El siguiente intento tuvo éxito! Pateé la piedra, abrí el portón y salí saltando hacia la calle.

La siguiente tarea era encontrar mi casa. No habíamos tardado mucho en llegar en autobús, así que probablemente estaba solo un poco más adelante. Caminando en sentido contrario por la calle polvorienta venía una niña adolescente con una pollera colorida. Cuando nos cruzamos, se agachó para hablar conmigo.

–Niñita, ¿a dónde vas? –me preguntó.

Confiando que ya casi llegaba a casa, respondí:

–Voy a casa.

Señalé hacia delante, al pueblito cercano. La niña se enderezó, me sonrió de nuevo y siguió su camino.

Yo seguí caminando. Parecía que estaba tardando en llegar a aquel poblado más de lo que había imaginado. Pero finalmente llegué. Miré a un lado de la calle y al otro. Ninguna de las calles se veían como la mía, pero con seguridad las personas que vivían en ellas sabrían dónde vivía mi familia. Elegí una gran casa blanca, me acerqué a la puerta y golpeé.

Una joven de mirada dulce abrió la puerta. Detrás de ella, un poco agachado, mirando desde atrás, estaba el hombre más desagradable que hubiera visto alguna vez, con un bigote sobre su labio superior. Así que me dirigí a la joven:

–Tengo hambre, y quiero un poco de arroz con leche. ¿Puedes llevarme donde está mi mamá y el arroz con leche?

–Entra, pequeña. ¿Cómo te llamas?

–Soy Marlyn.

–Bueno, Marlyn, no tenemos arroz con leche, pero sí un poco de frijoles y tortillas. ¿Qué tal suena eso?

Eso sonaba bien, y pronto estaba devorando frijoles y tortillas muy feliz. Cuando me llené, le dije a la mujer que estaba lista para ir a ver a mamá. Ella prometió llevarme, pero dijo que primero necesitaba dormir una siesta. Me llevó a una habitación y me ayudó a subir a la cama. Yo me acurruqué muy contenta para dormir una siesta.

Cuando me desperté, nuevamente anuncié que estaba lista para ir a ver a mamá. La mujer prometió llevarme pronto, pero no en ese momento. ¿Todavía no? ¿Por qué no?, me pregunté. Entonces me sentí muy somnolienta, y eso es lo último que recordé hasta mucho más tarde en el día.

El resto de la historia se desarrolló cuando yo no estaba, así que la contaré como me la contaron a mí.

Cuando la abuela Edith terminó el estudio bíblico, recogió sus cosas y salió al patio para llamar a los niños. Wanda y Frank acudieron corriendo. Pero ¿dónde estaba Marlyn? Wanda y Frank se miraron perplejos; sus rostros empalidecieron al darse cuenta de que no habían visto a su hermana desde hacía un buen rato. El rostro de la abuela Edith, al darse cuenta de que ellos no sabían dónde me encontraba, también empalideció. Todos, incluidos la señora Figueroa y sus dos hijos, comenzaron a buscarme por todas partes: en cada rincón de cada habitación de la casa, revisando varias veces el patio, y finalmente en la calle.

“¡Marlyn! ¡Marlyn!” gritaban desesperadamente, mientras recorrían las calles y los campos. Entonces, la abuela Edith encontró a una adolescente que caminaba por la calle y que reconoció inmediatamente el nombre Marlyn.

–¡Señora! ¡Señora! Mi nombre es María, y vi a una pequeña que se llamaba Marlyn caminando solita por la calle –María dio las noticias, casi sin aliento.

–Sí, María. ¿Has visto a una pequeña con un vestido rosado caminando sola por la calle?

–¡Sí, un vestido rosado!

–¿En serio? ¿Cuándo? ¿Dónde? –exclamó la abuela Edith con gozo incontenible.

–Fue hace como una hora, a un kilómetro y medio, más o menos, por esta calle. Dijo que estaba yendo a su casa, al siguiente poblado.

Animado por las buenas noticias, el grupo de búsqueda corrió hasta llegar a la parte de la calle que María había mencionado. Allí comenzaron una cuidadosa búsqueda casa por casa, y las personas en la mayoría de las casas se unieron a la búsqueda de buena gana. La única excepción fue la pareja de una de las casas: una mujer de rostro dulce y un hombre de bigote fino. No solo no fueron serviciales; fueron totalmente desagradables.

La abuela Edith buscó y oró, oró y buscó. Lo último que quería era volver a casa y decirle a su hijo que su pequeña estaba perdida. Enferma de remordimiento y temor, finalmente tuvo que tomar a Frank y a Wanda y subir al autobús para volver a casa, no sin antes notificar a la policía y al periódico local. Revolvió su cartera hasta encontrar una foto mía para dejar en cada lugar.

Antes de irse de la estación policial, la policía le comunicó una noticia aterradora: “Señora Vega, debo decirle que hay una banda de secuestradores que trabaja aquí en Guadalajara. Docenas de niños han desaparecido y han sido vendidos en el mercado negro”. Esta noticia hacía que una situación intolerable fuera aún más aterradora.

Y entonces ella tuvo que dirigirse a la parada del autobús con Wanda y Frank y, una vez en casa, confesarle a su hija la terrible noticia de que su hijita más pequeña había desaparecido y no se la encontraba por ningún lado. Mi madre escuchó anonadada por varios segundos antes de dejarse caer en una silla.

–¿Miraste por todas partes? ¿Dónde? ¿Dónde es “en todas partes”? ¿Estás segura de que no se estaba escondiendo debajo de una cama o en un ropero? ¡Tú sabes cómo es ella! ¡Podría estar en cualquier lado!

Entonces, cuando la verdad de las palabras que había pronunciado la golpeó, comenzó a sollozar. Sí, su pequeña era aventurera, confiada e intrépida, así que podría estar en cualquier lado… ¡en cualquier lado!

–Buscamos en todos esos lugares varias veces, ¡así como en cada casa en kilómetros a la redonda! Pero llamemos a Monrad. ¡Con seguridad él sabrá qué hacer!

Mi padre era el presidente de la Asociación de Guadalajara (en ese entonces Misión de Guadalajara). Había salido de viaje esa mañana para visitar varias iglesias y a miembros de iglesia en la zona, y no esperábamos su regreso por varias semanas.

–Sí, sí. Los líderes de la Asociación sabrán dónde encontrarlo; ellos tienen su itinerario. ¡Llamaré a la Misión ahora mismo!

Las personas en la Asociación quedaron estupefactas ante la noticia de la pérdida de nuestra pequeña, e inmediatamente comenzaron a hacer llamadas telefónicas para ubicar a mi padre. Sin embargo, él estaba en las montañas, a caballo, y todos los esfuerzos para encontrarlo fueron en vano.

Esa noticia fue un segundo golpe para mi madre, y casi acaba con ella. Su hijita no aparecía y nadie podía encontrarla, y peor aún, su esposo no estaba por ninguna parte. Estaba sola, excepto por Dios.

¡Excepto por Dios! ¡Exactamente! Era miércoles, noche de reunión de oración, y la mayoría de los miembros de iglesia estaría allí. Juntos podían formar un ejército invencible.

–¡Vamos, todos! Vamos a ir a la reunión de oración. ¡Ya casi es la hora! Doña Triné, ¿puede prepararle algo de comer a los niños? Yo no tengo hambre. ¿Y tú, abuela Edith? ¿No? Me imaginé. Pero Frank y Wanda quizás sí. Deles de comer, y después deberían cambiarse la ropa y ponerse algo más limpio.

La reunión de oración de esa noche fue una súplica agonizante por el regreso de una pequeña en un vestido rosado, que se había ganado el corazón de cada miembro de iglesia. Luego, Nacho Ponce, el tesorero de la Misión, anunció que iba a ir adonde se me había visto por última vez, y me buscaría hasta encontrarme. Frank, de nueve años, preguntó si él también podía ir. Mi madre y el señor Ponce estuvieron de acuerdo, y los dos se alejaron en el vehículo del tesorero.

Nadie durmió esa noche. La abuela Edith se quedó toda la noche golpeando la puerta del Cielo por el retorno seguro de la pequeña Marlyn. Mamá no podía consigo misma de tanto miedo y angustia, al punto que se enfermó. La abuela Edith interrumpió su oración para hacerle un té de hierbas e intentar calmarla. Aparentemente ayudó, pero no mucho. Incluso Wanda, que solo tenía cinco años, compartía la angustia generalizada. Sollozaba una y otra vez: “La piscina. Estaba jugando en la piscina. Debe haber caído en la piscina y se debe haber ahogado. Mi culpa. Es mi culpa porque no la estaba mirando. Oh, Jesús, ¡perdóname, por favor!”

Finalmente llegó la mañana. Con ojos enrojecidos y exhaustos, la familia se vistió para comenzar el día. Frank regresó, decepcionado y cansado, sin Marlyn. Wanda salió a buscar el periódico a la puerta.

–Mira, mamá, ¡Marlyn está en el periódico!

Mamá miró el periódico, y así era. Allí, en primera plana, estaba la foto que la abuela había dejado en el periódico, junto con el gran titular: “Niña robada”. La historia bajo el título contaba sobre mi desaparición e incluía la información: “La niña es ciudadana estadounidense. La policía mexicana entregará a los secuestradores a las autoridades estadounidenses, y la pena por secuestro en los Estados Unidos es la muerte”. Mamá leyó la historia rápidamente, y le entregó el periódico a la abuela Edith sin decir palabra. La abuela también leyó la historia, y luego dijo:

–Si alguien se ha llevado a Marlyn, quizá… quizá esto lo convencerá para devolverla.

De repente, alguien golpeó con fuerza la puerta del frente. Rafa, una de las secretarias de la Misión, tenía una historia que contar. Había tenido la intención de orar toda la noche, según le contó a las dos mujeres, pero se había quedado dormida y había tenido un sueño. “Estaba en un campo donde había artemisa por todas partes, y muchos pozos en el suelo. ¡En el fondo de uno de los pozos estaba Marlyn! Entonces me desperté repentinamente. ¿Saben? Creo que el Señor me envió este sueño. Cuando le conté a mi hermana, se rio y dijo que soñé por tener indigestión. ¡Pero estoy segura de que está equivocada!”

La abuela Edith y mamá habían estado escuchando atentamente. Ahora permanecían en silencio mientras pensaban. Entonces, la abuela Edith dijo: “Es de Dios”.

–Sí –coincidió mamá–. Él te despertó justo después del sueño, para que no lo olvidaras. Así es como actúa Dios.

La abuela Edith tomó su cartera y se acomodó el cabello con la mano.

–Yo voy a ir, y voy a buscar en cada pozo de ese poblado hasta que la encuentre. Rafa, ¿vendrás conmigo? Pero Anita, creo que deberías quedarte aquí por si Monrad llama, así le podrás contar sobre el sueño. Eres la mejor para estar con Wanda y Frank y levantarles el ánimo.

Rafa y mamá asintieron.

Todavía sollozando, mamá abrazó con fuerza a la abuela Edith.

–Ve a buscar a Marlyn y tráela a casa.

El viaje en autobús hasta el poblado donde me habían visto por última vez parecía interminable, pero no tardaron mucho en llegar. Las noticias de la búsqueda rápidamente se esparcieron por el poblado, y los amigables lugareños se unieron. Lo mejor fue que María también apareció y se ofreció a ayudar.

–Señoras –les dijo–, hay una gran compañía aquí que hace ladrillos. Ellos hacen pozos en el suelo para obtener arcilla. Hay muchos campos llenos de pozos que han dejado los trabajadores. Sé dónde están todos los campos, ¡buscaremos juntas hasta que encontremos a la pequeña!

Con la ayuda de María, revisaron campo tras campo, corriendo de pozo en pozo bajo el sol abrasante, con bastones, y rodeando las matas de artemisa. María era rápida y no era fácil seguir su ritmo, pero la urgencia las hacía avanzar. El hombre desagradable con bigote fino también apareció, y dijo que quizá sabía lo que le había ocurrido a la pequeña.

–Algunos viajantes pasaron esta mañana en burros, y tenían a una pequeña que estaba llorando. Creo que podría haber sido la pequeña que están buscando –gesticuló desde donde la abuela y Rafa habían venido.

Le agradecieron al hombre, pero siguieron buscando en los pozos. Si el sueño era de Dios, como ellas creían, entonces estaban avanzando en la dirección correcta. ¡Y ese hombre no parecía confiable!

¡Tantos campos, tantos pozos, y ninguna pequeña! Ya era de tarde cuando, camino a otro campo más, se encontraron con un anciano.

–Estamos buscando a una niña de tres años vestida con un vestido rosado. Creemos que puede estar en un pozo en uno de los campos por aquí. ¿Tiene idea de dónde podría estar?

–Sí, señora –el anciano se fregó el mentón pensativo–. Temprano esta mañana vi a una mujer arrojar un saco de arpillera en un pozo. ¿Quién sabe? ¡Su pequeña podría estar en ese saco!

Y salió trotando por un sendero semicubierto de matorrales de manzanita. Las tres mujeres se esforzaron por seguirle el ritmo, a la vez que se agachaban para pasar por debajo de los matorrales. Estaban cansadas por todo un día de búsqueda, y cubiertas de sudor y polvo. Finalmente, terminaron de cruzar las manzanitas y se encontraron en un campo de artemisas y pozos. ¡Era exactamente como el que Rafa había visto en su sueño!

El anciano hizo una seña con la mano.

–Prueben en ese pozo de allí.

Y entonces, simplemente desapareció. Rafa corrió al pozo que les había indicado y dio un grito.

–¡Aquí! ¡Hay algo en el fondo de este pozo!

La abuela y María corrieron y vieron a la pequeña en su vestido rosado, con arpillera enredada en sus piernas y pies. María, la más joven y ágil, bajó al pozo y levantó a la niña. “¡La niñita perdida fue encontrada!” El mensaje se esparció entre la multitud expectante.

“¿Está bien?” Esa era la siguiente pregunta. ¡Sí, todavía respiraba! Pero estaba inconsciente, y mi cuerpito estaba demasiado caliente.

La abuela Edith me llevó mientras corrían a la estación de policía para compartir las buenas noticias y pedir ayuda para transportarme hasta el hospital de la Misión. La policía encontró algunos trapos frescos para poner sobre mi cabeza, y entonces la abuela Edith, Rafa y yo tuvimos el privilegio de viajar a toda velocidad en un vehículo policial hasta el hospital de la Misión en Guadalajara, con las sirenas encendidas. Sin embargo, yo no pude disfrutarlo porque todavía estaba inconsciente: me habían drogado.

En el hospital, las enfermeras me pusieron en una bañera llena de hielo para bajarme la temperatura. El médico sacudió su cabeza, incrédulo. “Tiene una temperatura de 40,5 ºC, y sufre de un golpe de calor. Una hora más en ese pozo y la perdíamos. ¡Todo lo que puedo decir es que tienen mucha suerte de que esta niña esté viva!”

María, el sueño, el anciano… todo en el momento justo. La mano de Dios era evidente en todo. Yo había estado perdida, pero nunca verdaderamente perdida, porque Dios sabía dónde estaba a cada momento, y él le mostró mi ubicación a quienes me amaban.

Una y otra vez he perdido el camino y me he metido en circunstancias que podrían haber sido mi ruina. Pero nunca he estado perdida para Dios; él siempre ha sabido dónde estoy. Vez tras vez me ha atraído a él y me ha rescatado para una vida de servicio a su causa.

“El Señor me sacó del pozo de la destrucción; me sacó del barro y del lodo. Me puso los pies en la roca, en tierra firme, donde puedo andar con seguridad” (Sal. 40:2, PDT).

Capítulo 2
California, ¡aquí vamos!

Mamá rara vez me sacó la vista de encima en los meses posteriores a mi secuestro. No puedo decir que la culpe. Yo hubiera hecho lo mismo. Y parecía que la experiencia, incluyendo lo que fuera con que me drogaron, me había quitado el ánimo. Yacía inmóvil en el suelo o en el sofá. Luego de trabajar en la Misión cada día, mamá me masajeaba los brazos y las piernas, y preparaba comida especial para mí.

Tiempo después, la policía nos contó que la mujer de rostro dulce y el hombre desagradable eran dueños de una empresa de producción de ladrillos en Zapopan y, lo más importante, estaban a cargo de la banda de trata de niños en esa región. Aparentemente, el artículo del periódico los había atemorizado, y eso hizo que me tiraran en ese pozo y me dejaran allí para que muriera. Ellos desaparecieron repentinamente, y las autoridades nunca pudieron encontrarlos.

Mientras yo me recuperaba de mi estado letárgico, papá luchaba su propia batalla. En alguno de sus viajes había contraído disentería amebiana y no podía recuperarse. Él había estado enfermo muchas veces antes: había tenido malaria, fiebre de las aguas negras, y una vez, cuando dormía en el suelo, lo picó un escorpión de corteza y lo salvaron unos indios, que lo enterraron en el suelo para que el barro sacara el veneno letal. Con la ayuda de Dios, siempre había salido adelante.

Pero esta vez era diferente. La disentería no es divertida, pero en estos días no suele matar a las personas. Sin embargo, la ameba había ingresado al torrente sanguíneo de papá y había afectado sus órganos internos. Ahora, claramente, no podía mantener la carga laboral que había llevado en el pasado. Para mamá era difícil ver a su esposo luchar cada día para hacer su trabajo. Como no podía digerir bien su comida, se había vuelto delgado y pálido… un esqueleto del hombre que había sido. El proceso había estado avanzando por varios años, pero nunca había sido un hombre que se quejara o bajara los brazos cuando había trabajo que hacer. Pero ahora era evidente para todos, e incluso para él, que si quería sobrevivir debía descansar y recibir atención médica. Finalmente hizo un pedido de licencia a la Asociación General. Su médico hizo eco al pedido, y escribió: “Se necesitará un gran esfuerzo para reconstruir su vitalidad y nutrición. Podrá hacer algunos trabajos livianos, pero necesitará al menos un año de cuidados para lograr el resultado deseado”.

Entonces, un día papá recibió la carta que estaba esperando. ¡Su pedido había sido aprobado! De repente había mucha emoción en la casa; ¡nos estábamos mudando a los Estados Unidos!

–¿Qué es Estados Unidos? –quería saber yo.

–Es el lugar al que vamos –me dijeron–. Papá se recuperará allí, ¡y tú harás nuevos amigos!

Doña Triné se sentó en el suelo con Wanda y conmigo y nos ayudó a revisar todas nuestras muñecas y juguetes para decidir cuáles amábamos lo suficiente como para llevarlos con nosotras a los Estados Unidos, y cuáles regalaríamos. Empacamos los juguetes y la ropa que nos quedaba chica y llevamos todo a Dorcas para regalarlo a personas necesitadas.

Algunos hombres vinieron a casa y comenzaron a empacar cosas. No podíamos llevar mucho, porque estaríamos viviendo en un tráiler pequeño. Estábamos dejando la mayor parte de nuestros muebles para la familia que vendría en nuestro lugar. Pero yo estaba demasiado entusiasmada como para llorar por la pérdida de nuestras posesiones.

Finalmente llegó el día en que los siete fuimos hasta la estación ferroviaria: mamá, papá, la abuela Edith, la bisabuela María, y nosotros, los niños: Frank, Wanda y yo. Doña Triné y nuestra ama de llaves, Doña Goyita, nos abrazaron una y otra vez, mientras se enjugaban las lágrimas. Yo estaba triste de dejarlas, pero también saltaba de emoción. ¡Nunca antes había estado en un tren! Trepamos los altos escalones y papá encontró un lugar donde sentarnos. Inmediatamente reclamé un asiento al lado de la ventanilla. El vagón en que estábamos temblaba un poquito, y me dio un temblorcito hermoso. El silbato sonó, el tren comenzó a moverse lentamente, y a medida que nos alejábamos de la estación empezó a acelerar. Miré las colinas, los poblados y las montañas Sierra Madre, pico tras pico… los más altos desaparecían en la niebla azulada.

En las paradas, veíamos nativos vestidos con atuendos coloridos y con grandes canastas sobre la cabeza; insistían que compráramos comida o artesanías. La abuela Edith era muy buena negociando, y compró unos loritos y unas muñecas mexicanas para Frank, para Wanda y para mí. Por supuesto, papá dijo que podíamos quedarnos con ellos; les encontraríamos algún lugar en nuestra apretada nueva vivienda.

Aventuras en National City

A la mañana siguiente, los cinco volvimos a subir al tren para el último tramo, de ocho horas, hasta National City. Cuando el tren llegó a la estación, todos comenzaron a recoger sus pertenencias; mamá le dio algunas cosas a Wanda para que llevara y me dio otras a mí.

Bajamos del tren a una estación repleta de gente, y allí nos esperaban el Sr. y la Sra. Moon. El cabello de ambos era plateado; y sus rostros, amables. Me cayeron bien inmediatamente. Ellos habían trabajado en México como misioneros por muchos años, así que nos entendían mejor que la mayoría de los estadounidenses. Y el hecho de que hablaran español era especialmente bueno. Nos llevaron a su casa y nos ayudaron a instalarnos en el pequeño tráiler en su propiedad.

Esa primera mañana en los Estados Unidos me desperté, me estiré y miré por la ventana de nuestro tráiler. Pétalos de flores flotaban por el césped cubierto de sol, y algunas palmeras se mecían en un extremo. Palomas y aves trepadoras revoloteaban y trinaban con felicidad. Yo di un salto y corrí afuera. ¡Me gustaba nuestro nuevo hogar!

La Sra. Moon, que pronto se convirtió en “abuela” para nosotros, se acercó caminando por el patio. “¡Vengan a desayunar!”, exclamó. Al darse cuenta de que no habíamos tenido tiempo de ir a comprar comida, había preparado un desayuno maravilloso para nosotros: frutas, cereal, tostadas y huevos revueltos. El Sr. Moon, nuestro nuevo “abuelo”, nos contó sobre National City mientras comíamos.

–Los llevaré a ver la iglesia y el hospital un poco más tarde. Y hablando de hospital, ¿has pensado en trabajar? Con tu preparación, Anita, podrías obtener un empleo en el hospital o en una residencia para ancianos. En realidad, podrías disfrutar más de la residencia para ancianos porque está aquí cerca y podrías estar cerca de los niños.

–Por supuesto, yo puedo cuidarlos mientras trabajas, Anita –interrumpió la Sra. Moon–. No necesitas preocuparte por eso. Pero sé como es; te gustará estar lo más cerca posible de tus niños mientras trabajes.

–Y una gran ventaja para ti es que siempre están buscando trabajadores que hablen español con fluidez –agregó el Sr. Moon.

Mamá levantó la mirada de su plato y sonrió. Vi que le había gustado la idea.

No tardamos mucho en ordenar las pocas pertenencias que habíamos traído. Mamá salió a comprar algunas provisiones, y Wanda y yo salimos a explorar nuestro nuevo hogar. ¡Era precioso! Una ardilla regordeta trepó un árbol a toda velocidad, paró a la mitad del tronco, movió su cola un par de veces, y siguió trepando. Las mariposas revoloteaban entre los iris y los lirios atigrados. Una suave brisa salada llegaba desde el océano.

Un rato después volvimos al tráiler. Mamá había vuelto. Había colgado las jaulas con los dos loritos que la abuela Edith había comprado en dos ganchos al costado del tráiler, y ahora estaba colgando ropa en el diminuto ropero. La abuela Edith estaba sentada en la pequeña mesa, haciendo sándwiches para el almuerzo. Le pedí algo para beber, y mamá fue hasta el fregadero para buscarme un vaso. Pero para que llegáramos al fregadero, la abuela Edith y Wanda tenían que correrse, así nosotras podíamos pasar.

Almorzamos apretados en la pequeña mesa. Yo me senté en la falda de mamá. Luego del almuerzo, las tres mujeres se levantaron para limpiar la mesa, pero pronto descubrieron que en este tráiler el trabajo de la cocina era para una persona a la vez; no cabían más en el lugar. Así que Wanda y yo volvimos a la zona del dormitorio y nos sentamos sobre la cama, fuera del camino de los demás. Las dos abuelas salieron a dar un paseo en el enorme patio, dejando a mamá para que limpiara la loza del almuerzo. ¡Vivir en un espacio así de pequeño requeriría mucha cooperación!

Finalmente llegamos al punto en que si una persona necesitaba ir de un lado del tráiler al otro, los demás automáticamente nos corríamos a un lado y nos apretábamos contra la pared para que la persona pasara.

Unos días después, papá y Frank regresaron. Papá, que se veía más demacrado que nunca, se dejó caer en una silla, exhausto. Pero Frank estaba entusiasmado por su aventura con papá.

–Me desperté y papá la estaba apuñalando con su cuchillo. Yo tenía miedo de que se escapara, pero no. ¡Papá no la dejó!

–¿Qué era? –preguntamos las niñas al mismo tiempo, como si lo hubiéramos practicado así.

–Era así de larga –dijo extendiendo sus brazos un poco más de medio metro–. ¡Y tenía unas hermosas rayas rojas, amarillas y negras!

–¿QUÉ ERA? –demandaron saber las tres mujeres.

–¿Qué? Oh, era una serpiente.

–¡Oh, no! –exclamó mamá–. ¿Era venenosa?

–Era una serpiente coral –dijo papá suavemente–. Si te muerde, eres historia.

Él estaba demasiado cansado como para saltar y gritar como Frank.

–Así que, antes de acostarme en mi catre, pensé que sería mejor revisarlo también. Y allí, debajo de la almohada, había otra serpiente coral aún más grande. Fue una verdadera batalla cortarle la cabeza con mi cuchillo, pero al final pude.

–No es extraño que te veas cansado –exclamó mamá, acariciándole la cabeza.

–No dormí nada esa noche. Ni siquiera me atreví a apagar la luz. Me senté allí con mi cuchillo para ver si aparecía otra. No tenía idea de cómo estaban entrando en la habitación. Todo lo que podía hacer era observar.

–Ven, Monnie, vamos a la cama. Necesitas un buen descanso. Aquí no hay serpientes corales, ¡te lo garantizo! –le dijo mamá.

Y así comenzó la vida en California. Mamá empezó a trabajar en la residencia para ancianos, donde su aptitud y su espíritu amoroso le hicieron ganar una multitud de amigos. Mientras nosotros hacíamos amigos y aprendíamos inglés de ellos, empezamos a dirigirnos a mamá y papá en inglés, y papá poco a poco comenzó a recuperar su salud en el Sanatorio Paradise Valley. Frank asistía a un colegio adventista que estaba a un kilómetro y medio de distancia, e iba en bicicleta todos los días.

Recuerdo esos días como los mejores: días que pasamos disfrutando la cálida y dulce brisa, corriendo por el césped, observando las aves y las ardillas, y trepando los fuertes brazos de nuestro árbol preferido: un enorme árbol de pimienta ubicado a la entrada de la propiedad. Alrededor del perímetro de la propiedad había árboles de damasco, de membrillo y vides silvestres. Nosotras recogíamos frutas en baldes y se las llevábamos a mamá. Con los membrillos, mamá preparaba atole, una bebida española que es espesa y dulce.

Llegó el día, luego de un mes en el sanatorio, en que papá regresó a casa. Los niños corrimos hacia él y lo abrazamos todos juntos. ¡Qué bueno era que ya no se viera pálido y demacrado! Todavía debía seguir con cuidados ambulatorios, pero ya podía ser amo de casa. Él se acomodó a la tarea y se ocupaba de comprar semillas y trabajar con nosotros para plantar lechuga, tomates, papas, frijoles y más. Nuestra huerta florecía todo el año, y prácticamente vivíamos gracias a lo que recolectábamos de ella. Él también economizaba de otras maneras. Compraba dos kilos de miel de un apicultor local, frascos enormes de mantequilla de maní y cachos de bananas de una tienda de precios bajos cercana. Los sándwiches de mantequilla de maní, miel y banana eran una de las bases de nuestra alimentación.

Aun así, era un poco difícil para nuestra familia, y cualquier cosita pequeña nos ayudaba. Cuando mamá volvía de trabajar a las tres de la tarde, papá se ponía su traje y salía a trabajar como colportor, vendiendo libros cristianos de casa en casa. Y a veces predicaba en Escondido. Mamá preparaba una canasta con chiles, sándwiches y ensalada de papas. Luego del servicio, encontrábamos un lugar donde estirar un mantel debajo de algún árbol, y almorzábamos estilo picnic.

Papá creía en la importancia del trabajo. En México, como él estaba de viaje la mayor parte del tiempo, y mamá trabajaba en la oficina de la Asociación, los criados hacían casi todas las tareas del hogar y de crianza. Como resultado, los niños casi no habíamos tenido responsabilidades. El sistema de papá era muy diferente. Teníamos nuestras tareas acorde a nuestra edad y a nuestras habilidades, y recibíamos un pequeño estipendio. Yo ahorraba mis centavos para comprar caramelos… cuando solo costaban monedas.

La abuela Edith se mudó a Tijuana, donde usó su energía para construir la iglesia local, enseñar a los niños del vecindario y ayudar a los enfermos usando hierbas y métodos naturales. Los niños nos entristecimos al ver partir a los loritos con ella, pero los podíamos ver cuando la íbamos a visitar, cada uno una semana, por turnos. ¡Cómo amábamos esas visitas! La abuela Edith nos hacía unirnos a sus clases para niños, y enseñábamos español. Ella quería asegurarse de que no olvidáramos cómo hablar español.

Entonces, la bisabuela María viajó a Tijuana para estar con la abuela Edith y ayudarla con su trabajo. Mientras la abuela Edith trabajaba durante el día, la bisabuela María se ocupaba del patio meticulosamente arreglado, de limpiar la casa y preparar las comidas. La bisabuela María era especial para mí, y siempre creí que yo también era especial para ella. Era alta, delgada y erguida. Le encantaba estar al aire libre, y cuando se arrodillaba en el césped, trabajando en el jardín con una pala, yo me sentaba al lado de ella y escarbaba en la tierra con mi pequeña palita. Caminábamos por el vecindario juntas, tomadas de la mano, mientras ella tarareaba alguna melodía. Recogíamos mangos y papayas y los comíamos; y teníamos sesiones de belleza, en las que yo cepillaba y trenzaba su largo cabello, y ella cepillaba el mío y lo arreglaba en rodetitos.

Mamá se estaba moviendo un poco más lento estos días, y los niños sabíamos por qué: ¡mamá iba a tener otro bebé! Una noche, mamá entró despacito a nuestra habitación y susurró que ella y papá estaban yendo al hospital, y que Frank quedaba a cargo. Para cuando nos despertamos a la mañana siguiente, papá había vuelto con el sensacional anuncio de que teníamos una nueva hermanita: ¡Mildred!

Desde el comienzo fue Millie para nosotros. Tenía cabello oscuro, mejillas regordetas, y su piel era de un color oliva perfecto. Yo solo tenía cuatro años, y era demasiado pequeña para cuidar de Millie, pero Wanda tenía seis. A ella le encantaba ayudar con Millie. Desde el comienzo, ellas dos compartieron un vínculo especial.

Poco a poco, papá estaba mejorando. Ya no arrastraba los pies; ahora caminaba a paso rápido en su trabajo, y su rostro comenzaba a estar más redondo y saludable. De hecho, estaba mejorando tanto que le pidieron que pastoreara una iglesia en Tijuana y comenzara una iglesia de habla hispana en una ciudad cercana. Pero eso significaría estar lejos de su hogar muy a menudo, como antes. Ahora que estaba experimentando lo que era estar con su familia, no quería renunciar a ello. Terminó aceptando un trabajo como enfermero en el Sanatorio Paradise Valley.

Solo seis semanas después del nacimiento de Millie, mamá tuvo que regresar a trabajar. Mamá y papá hicieron arreglos para que ella trabajara de 7 a 15; y papá trabajara por las tardes, de 15 a 23. Así, uno de ellos casi siempre estaba en casa con nosotros y, si por alguna razón no podían estar, los Moon no tenían ningún problema de cuidar de nosotros.

Si nosotros disfrutábamos de ese arreglo, papá lo disfrutaba aún más. Recuerdo su suave y feliz risa mientras bañaba a Millie en el fregadero, la vestía y salía afuera con ella y conmigo; Wanda ahora estaba en la escuela. Millie daba grititos de alegría cuando él la lanzaba al aire. Luego, él hacía lo mismo conmigo, aunque yo ya era una niña grande de cuatro años. Era una faceta de él que yo no había visto mucho, ya que él viajaba tanto y había estado tan enfermo en México.

Se estaba haciendo más y más evidente que yo era propensa a los accidentes. Por ejemplo, un día, Wanda, Frank y yo estábamos afuera jugando a las escondidas cuando tropecé con un cable con corriente y caí al piso, inconsciente. Frank me tomó de la pierna, pero rápidamente me soltó por la patada que le dio la electricidad al pasar a su cuerpo. Él y Wanda comenzaron a gritar:

–¡Marlyn! ¡Marlyn! ¡Despierta!

Mamá escuchó los gritos y vino corriendo. Al ver lo que estaba ocurriendo, tomó un palo y lo usó para alejarme del cable.

–Mamá, ¿Marlyn está muerta? ¿Qué le ocurrió?

Mamá me tomó un brazo y buscó el pulso. Encontró que todavía tenía pulso, pero era débil e irregular.

–No está muerta, pero me temo que pronto lo estará si Dios no hace un milagro. ¡Oremos con tanta fuerza como podamos!

El sanatorio más cercano no tenía una sala de emergencias, así que era Dios o nada. Luego de varios minutos de ferviente intercesión conjunta, mamá vio que uno de mis párpados comenzaba a moverse, y luego una pierna. Ella me tomó en brazos y me llevó al tráiler. Para la hora de la cena, yo me encontraba como si nada hubiera pasado.

Una casa nueva

Se estaba haciendo evidente que necesitábamos un lugar más grande donde vivir. Una vivienda que apenas funcionaba con tres niños se hacía imposible con cuatro. En un tráiler diminuto ¡el lugar se ensuciaba rapidísimo! En poco tiempo se desordenaba, y el piso se volvía demasiado sucio para la pequeña Millie, que estaba gateando por todas partes. Por supuesto, en unos pocos minutos se podía ordenar, barrer y trapear; pero un par de horas después había que hacerlo todo de nuevo. Y con las cosas tan apretujadas, especialmente cuando llovía, no era extraño que alguien le pisara una manito a Millie, o se tropezara con ella, y ella gritara.

Todos comenzamos a orar por una casa más grande, y papá comenzó a buscar una propiedad apropiada para comprar. Apropiada implicaba que estuviera cerca del trabajo y la escuela, y que no fuera cara. Recibimos una respuesta a nuestras oraciones cuando un lote se puso a la venta a solo un kilómetro y medio de la escuela a la que asistían Frank y Wanda (y con el tiempo, yo), de la residencia para ancianos y del sanatorio donde trabajaban mamá y papá. ¿Y lo mejor? Papá pudo negociar el precio hasta setecientos dólares. ¡Incluso en ese tiempo era un precio increíble! Ahora, todo lo que necesitábamos era una casa para la propiedad. Unos meses después, papá encontró un anuncio en el periódico sobre casas del ejército a la venta. Eran bastante básicas, pero con un carpintero habilidoso y una talentosa decoradora de interiores en la familia, ese no sería un problema. Así que papá seleccionó una casa y la compró.

Recuerdo estar parada sobre un montículo con Wanda y Frank, a una distancia prudencial del lote, mirando cómo salían volando rocas y tierra en todas direcciones cuando la dinamita explotaba para formar un hueco rectangular para el sótano. Cuando el sótano estuvo terminado, llevaron la casa hasta nuestra propiedad, y la asentaron sobre el sótano. Entonces, se instaló un baño externo temporal y se levantó una gran carpa, y todos nos mudamos a la carpa para estar cerca de la casa.

Mamá y papá trabajaban en la casa varias horas por día. Papá construyó dos dormitorios en nuestro nuevo sótano: uno grande para las tres niñas, y uno más pequeño para Frank. Arriba, tiró abajo varias paredes y construyó nuevas para crear una nueva cocina, una sala de estar, un dormitorio para él y mamá, y un baño para todos. Mamá pintó todo, con un poco de ayuda de Frank, y eligió los pisos, que papá instaló. Luego, mamá hizo cortinas y eligió hermosos (a mis ojos, al menos) muebles de segunda mano. Antes de que empezaran las lluvias de invierno, nuestra nueva casa estaba lista para ser un hogar. Un día muy feliz abandonamos la carpa y nos mudamos a la casa. Luego de vivir todos apretujados por casi un año y medio, nuestro nuevo hogar parecía increíblemente espacioso.

Pasó el tiempo, y llegó el momento de que yo empezara el primer grado en la escuela. ¡Cuánto amaba la escuela! La Sra. Fuller fue mi maestra de primer grado en el instituto San Diego, una escuela/iglesia en National City. Me encantaban las historias, colorear, cortar y pegar; ¡pero lo mejor de todo era que estaba aprendiendo a leer! Vivíamos a un kilómetros y medio del instituto, y Frank, que ya estaba en sexto grado, nos llevaba a Wanda y a mí en bicicleta ida y vuelta. Nos llevaba de a una, una cuadra por vez; dejaba a la que había llevado y volvía a buscar a la otra, hasta que llegábamos a salvo a la escuela.

Un día, después de terminadas las clases, cuando yo todavía estaba en primer grado, fui corriendo detrás de Wanda, como un metro y medio detrás de ella, para cruzar la calle. Mamá estaba del otro lado de la calle, caminando hacia nosotras para encontrarnos y volver a casa. Siguiendo a Wanda, corrí detrás de un autobús escolar que estaba estacionado. Un vehículo venía desde la dirección contraria y la conductora no podía verme, ni yo a ella, a causa del autobús. Me choqué de lleno contra el costado del auto que pasaba y terminé de espaldas sobre el pavimento. Abrí mis ojos a tiempo para ver el rostro horrorizado de la mujer que conducía el auto, y el grito desesperado de mamá. Mamá me contó después que cuando me vio corriendo hacia la calle, oró, gritó y se cubrió los ojos todo al mismo tiempo. Cuando abrió los ojos y me vio tirada en el pavimento, pensó que seguro me habían atropellado. Una vez más vimos que Dios me había estado protegiendo.

“Vacía tu corazón delante del Señor, déjalo que corra como el agua; dirige a él tus manos suplicantes y ruega por la vida de tus niños” (Lam. 2:19, DHH).

Capítulo 3
El siete es el número perfecto

Había algo nuevo en el horizonte: el regalo más maravilloso que me hubieran dado alguna vez. El primer indicio llegó una cálida mañana de verano, en julio, antes del amanecer… aunque yo no supe lo que presagiaba. Mamá le clavó un codo a papá.

–Monnie, despierta. Quiero comer tacos. Por favor, levántate y busca tacos.

Sobresaltado, papá se sentó en la cama.

–¿Qué? ¿Anita, estás embarazada?

Él sabía lo que significaba que mamá tuviera antojos así.

–No lo sé… Monnie… tacos, ¡rápido, por favor! (Mamá estaba tratando de aprender inglés, y a menudo mezclaba español con inglés cuando hablaba. Este fue uno de esos momentos.)

Vistiéndose rápidamente, papá se preguntó dónde podría encontrar tacos tan temprano por la mañana.

–Está bien, Anita. Está bien. Voy a buscar.

Papá abrió la puerta, estiró los brazos en la mañana veraniega e inhaló el aire fresco. Tuvo que hacerse sombra contra el brillante sol que ya aparecía. Había aves por todas partes, que trinaban y revoloteaban sobre su cabeza. Los árboles se mecían en la brisa con aroma a madreselva. ¡Iba a ser un día hermoso!

Él soltó una risita al entrar al auto, recordando el viejo adagio que dice que cuando una mujer embarazada tiene antojos de comida picante, el bebé será un varón. “Oh, sí, por favor, Dios, que sea un bebé y que sea varón. Al menos”, musitó, “como son las seis de la mañana no hay mucho tráfico”. No encontró nada en National City. Finalmente, encontró un restaurante mexicano abierto las 24 horas en San Diego.

El doctor confirmó que mamá estaba embarazada, pero nuestros padres lo mantuvieron en secreto. Entonces, una tardecita, Millie y yo estábamos jugando en el piso de la sala de estar con nuestras muñecas. Mamá se sentó en el piso, tomó una muñeca, y comenzó a cantar “Tengo un bebecito, tengo un bebecito. Está en mi pancita. Está en mi pancita” al ritmo de la canción de cuna “Arrorró”. Papá sonreía de oreja a oreja.

–¿Un bebé en tu pancita? –pregunté.

–¡Un bebé! ¡Un bebé! –Millie no paraba de saltar.

–¿Un bebé? ¿Cuándo, mamá? –Wanda, que había estado sentada en el sofá, soltó su tejido.

–El doctor dijo que en marzo. Mi panza está creciendo muy hacia adelante, igual que cuando estaba embarazada de Frank. Creo que va a ser un varón.

–¿En marzo? ¿En mi cumpleaños? ¿Un varón? –yo danzaba de alegría y esperanza.

–Ya veremos… –mamá reía.

El día en que yo cumplí siete años, la panza de mamá parecía una sandía gigante. Ella puso mi mano en su panza, y pude sentir cómo se movía el bebé.

–Tu regalo de cumpleaños todavía está envuelto en mi panza, pero por cómo está pateando, creo que pronto nacerá.

Diez días después, el 16 de marzo, papá salió corriendo con mamá hacia el hospital de madrugada, y el bebé Milton nació. Como era la costumbre en esos días, mamá se quedó en el hospital por varios días. Esperando en la vereda que papá trajera a Milton y a mamá a casa, miré a mi alrededor. ¡la naturaleza estaba llena de bebés! Los lirios lanzaban ramitas exploratorias desde la tierra y las aves trabajaban construyendo nidos. Mis manos exploraban las ramas bajas del árbol de damasco para encontrar brotes que pronto se abrirían para liberar flores con pétalos suaves.

Finalmente, nuestro auto paró en la entrada. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, con una emoción que nunca antes había sentido. Cuando vi la carita regordeta del bebé, no pude pensar ni notar nada más a mi alrededor; el mundo parecía detenerse y parar el tiempo, solo por ese momento perfecto.

–Hola, Milton. Soy tu hermanita mayor.

Mis manos temblaban al acercarse lentamente para tocar sus pequeños deditos. Cuando sus dedos apretaron el mío, con un agarre firme, supe que él era fuerte. Acaricié suavemente su rostro con las yemas de mis dedos. Me enamoré.

Nuestra familia de seis ahora era una familia de siete. Todos nos apretujamos alrededor de mamá.

–Hagan lugar –nos retó papá–, así pasamos.

Y guio a mamá, que sostenía al dulce bambino, hasta adentro, donde se sentó en el sofá.

Yo corrí y me senté al lado de ella.

–Mamá, ¿él puede ser mi bebé?

–Bueno, apenas tenga suficientes fuerzas, yo voy a volver a trabajar. Wanda cuida de Millie como si fuera su segunda mamá; y como Millie solo tiene tres años, Wanda se mantiene bastante ocupada. Sí, ya tienes edad suficiente para ayudarme con Milton. Puedes ser su segunda mamá.

–Oh, mamá. ¿Puedo sostenerlo? –chillé con entusiasmo.

Mamá puso gentilmente a Milton en mi falda y me mostró cómo sostener su cuello.

–Ten cuidado de no tocar ese lugar blando en su cabecita –señaló–. Tendrás que esperar hasta que sea grande y fuerte para jugar con él.

–Sí, mamá. Esperaré –prometí.

–Pesa cuatro kilos, al igual que tú cuando naciste, y se parece a ti.

Ella me acarició el brazo.

Milton irradió felicidad desde el comienzo. Era curioso por naturaleza, y veía cada momento como una nueva aventura. Yo brillaba con orgullo filial. Él era mi gozo, mi precioso hermanito bebé, una réplica de mí. Sonreía al pensar en eso. A veces iba en silencio a la habitación de los varones durante el día para verlo dormir. La ternura que sentía era tan fuerte que dolía.

¡Crecía tan rápido! Un día volví de la escuela y en el piso encontré a Milton, que avanzaba lentamente y se daba envión con los dedos de los pies. Su primer intento por gatear. Al crecer y aprender a erguirse en la cuna, empezó a saltar y saltar con entusiasmo, ansioso por jugar. A la hora de la comida, Milton era enérgico. Tragaba un bocado y ya estaba abriendo la boca de nuevo como un petirrojo bebé. Comía casi todo, pero cuando había arvejas, tomaba la cuchara, me la ofrecía a mí, y se reía. Era un dulce bodoque de felicidad, una mezcla de gozo e hilaridad, un hermano pequeño que, al igual que yo, amaba estar al aire libre. Mamá dijo que debía vigilar cuidadosamente a Milton. Nunca debía perderlo de vista. Nunca debía alejarse y perderse como yo lo había hecho.

Yo lo vigilaba de cerca. A veces él se escondía. Yo lo buscaba y él saltaba y decía: “¡Bú!” A veces se metía entre mis cosas. ¡Qué desastre que hacía en mi habitación! Pero no me importaba; él era mi pequeña sombra.

El convertible

Era verano, así que no teníamos clases. Mamá y papá habían estado ahorrando y habían comprado un auto nuevo: un convertible. Era un auto usado, y papá obtuvo un buen precio porque lo habían dañado y tenía un hueco arriba del asiento delantero. Por supuesto, en California nunca llueve en el verano; pero cuando termina el verano, llueve… ¡y cómo llueve!

Una tardecita, en el culto familiar, papá dijo: “Necesitamos una nueva cubierta para el convertible antes de que lleguen las lluvias, pero no tenemos dinero. Las clases están por comenzar, y hay suficiente dinero para pagar las cuotas de Frank, Wanda y Marlyn. Pero luego de pagar la escuela, no tendremos dinero para comprar una nueva cubierta para el convertible. Tendremos que pedirle a Dios que nos ayude”.

Y cada noche, eso fue lo que hicimos.

Como una semana después, unos trabajadores con ropa llena de tierra tocaron la puerta de nuestra casa.

–Disculpe, señor –dijo un hombre petiso y robusto, que parecía ser el líder–. Vamos a estar dinamitando el campo de allí.

Señaló el gran campo que estaba al lado de nuestra casa, y continuó:

–Será mejor que se queden dentro de la casa hasta que terminemos. Pero no se preocupe, nos mantendremos a una buena distancia de su casa. Seremos muy cuidadosos.

Conociendo el peligro, papá se aseguró de que todos estuviéramos adentro, a salvo, aunque disfrutábamos al ver cómo las rocas y la tierra volaban por todas partes cada vez que los hombres hacían explotar una carga. Entonces, repentinamente…

–¿Vieron eso? –exclamó Frank.

–¿Qué? ¿Qué? –me lo había perdido.

–¡Esa sí que fue grande! ¡Y aterrizó justo sobre nuestro auto nuevo!

Los tres niños salimos corriendo hacia el auto para investigar. Allí, sentada en el asiento del conductor, había una piedra enorme, y sobre ella estaba el hueco, que ya no era pequeño. De hecho, ¡era enorme!

Levantamos la vista y vimos que los trabajadores se acercaban corriendo por el campo hacia nosotros. Miraron los daños con pesar. El hombre a cargo le dijo a papá, que había salido a investigar también:

–Señor, no puedo decirle cuánto lamento lo que ha sucedido. Por supuesto que nuestra compañía le comprará una nueva cubierta para el auto.

Papá, sonriendo, le contó cómo Jesús había respondido nuestras oraciones. Los trabajadores estaban atónitos. El hombre exclamó:

–En todos los años en que he trabajado con dinamita, nunca vi una roca volar tan lejos. Un ángel la debe haber llevado para responder a sus oraciones. ¡Estoy feliz de ser parte de la respuesta!

Una docena de puntos

Frank y Millie compartían la afinidad por los animales. Frank encontró un perro labrador negro perdido, y se convirtió en nuestra mascota familiar. Lo llamamos Muchachote.

Frank construyó una jaula y criaba palomas, y Millie lo ayudaba a cuidarlas. También disfrutaban de cuidar a animalitos lastimados, como ardillas, conejos y aves, hasta que recuperaban la salud. Me encantaba estar con Millie, ahora que tenía cuatro años. Nos sentábamos bajo los árboles por horas a jugar a las muñecas.

Mamá y papá le habían enseñado a Wanda a cocinar, y ella era muy buena, así que la pusieron a cargo de preparar una comida por día. Yo había aprendido a hacer tareas básicas del hogar, así que asumí el rol de asistente de ama de casa. Frank estaba a cargo de mantener entretenidas a las niñas. Era muy bueno haciendo esto, y nos encantaban las ideas que se le ocurrían. Desarmaba cajas viejas de cartón, y las usábamos como trineos para deslizarnos por la colina que estaba al lado de nuestra casa. Nos daba paseos en su bicicleta y jugaba a la mancha con nosotras. También traía a sus amigos a casa después de la escuela para jugar al béisbol. Le pegaba a la pelota con muchísima fuerza. Me encantaba verlos jugar, y me encantaba que fuera mi hermano mayor.

Un día, mientras los miraba jugar, me entretuve con mi propia pelota. En cierto momento, se me escapó la pelota y se fue rodando hasta la base del bateador. Le tocaba batear a Frank y, como no quería que mi pelota interrumpiera su juego, salí corriendo tras ella. De repente, sentí un dolor agudo y todo quedó negro.

Recobré la conciencia en el hospital. Sentía que la cabeza me explotaba de dolor como nunca antes lo había sentido. Papá estaba sentado a mi lado, mirándome pero sin verme… como cuando se miran cosas a lo lejos un día muy caluroso. Su rostro estaba pálido. Un hombre hablaba con él, pero su voz estaba mal; sonaba como las voces en un fonógrafo que está fallando: distorsionado y lento. Me pareció escucharlo decir: “Puede dormir, pero despiértela cada dos o tres horas”. Volví a quedar inconsciente mientras alguien me sentaba en una silla de ruedas.

Nuevamente en casa, dormía casi todo el tiempo. Me despertaba esporádicamente y por poco tiempo. Siempre había un rostro ansioso a mi lado. Frank lloraba y decía cuánto lo sentía. Papá decía que sabía que no era culpa de Frank. Papá le decía a mamá cuán milagroso era que el bate de Frank me hubiese golpeado a un milímetro de la sien.

Finalmente me desperté y encontré que todo se veía y oía normal de nuevo.

–¿Qué pasó, papi? –pregunté.

–¡Gracias a Dios! ¡Estás consciente! Recibiste un golpe en la cabeza con un bate, el bate de Frank. Se ha estado sintiendo terrible, pensando que te mató, pero no fue su culpa; no te vio. Yo salí corriendo cuando escuché que todos gritaban.

–¡Oh, papi! Yo estaba tratando de sacar mi pelota del camino…

–Simplemente fue una de esas cosas que pasan, querida. ¡Pero sí que me asustaste! Había sangre brotando por todas partes, y Frank estuvo presionando sobre la herida todo el camino hasta el hospital, tratando de que no perdieras tanta sangre. Y yo, yo oré todo el camino. ¿Y sabías que tu cabeza está cosida como una pelota de béisbol? ¡Tienes una docena de puntos en la cabeza! ¡Gracias a Dios que estás bien!

¡Así que eso es lo que sucedió! No me sorprende que me llamaran un gato con siete vidas. Me quedé allí acostada pensando en eso ¡y preguntándome cuántas de mis siete vidas ya había usado!

El tiempo estaba pasando. Yo tenía nueve años, Milton tenía dos, Millie ahora tenía cinco, Wanda tenía once, y Frank acababa de cumplir quince. Ese verano, la vida estaba por cambiar de nuevo… ¡y de qué manera!

“El Señor te cuidará en el hogar y en el camino, desde ahora y para siempre” (Sal. 121:8).

Capítulo 4
Nuevos lugares, nuevos rostros

Mamá y papá se estaban preocupando por la influencia negativa de algunas familias que se habían mudado a la zona. Mis padres siempre ponían a sus hijos en primer lugar, así que comenzaron a orar para pedir dirección a Dios en cuanto a qué hacer.

Una compañera de trabajo de papá le contó sobre un hermoso pueblo llamado Weimar, ubicado en las laderas de las sierras de California. Era un lugar lleno de belleza, tanto histórica como natural, y un lugar maravilloso para criar hijos, dijo ella. También comentó que había parcelas disponibles a precios muy razonables. De hecho, su propia familia había comprado una propiedad y estaba planeando mudarse allí.

Mamá y papá se dedicaron a orar por el asunto mientras investigaban la situación. Papá visitó el área y conversó con agentes inmobiliarios que manejaban las ventas de propiedades de la zona. Regresó a casa con el abrumador anuncio de que había comprado una casa de dos pisos, de cien años de antigüedad, ubicada en un terreno de cuatro hectáreas de bosque, a un precio escandalosamente barato… ¡y que pronto nos estaríamos mudando!

¿Qué? ¿Mudarme y dejar atrás a todos mis amigos? Pero yo siempre estaba dispuesta a vivir una aventura; de hecho, toda nuestra familia era así. Papá puso nuestra casa en venta, y en muy poco tiempo estaba vendida. Contratamos un camión de mudanzas y comenzamos a empacar.

Los niños pronto descubrimos que el norte de California no era para nada parecido al sur de California. Primero, había árboles. Los árboles tenían un largo tronco pelado con hojas en la parte alta de la copa, que salían en todas direcciones. Estos árboles tenían millones de hojas un poco raras, largas y angostas, como agujas hipodérmicas. De hecho, se llamaban agujas. Los árboles eran anchos en la base y angostos en la cima; algo triangulares. Me encantaba el aroma intenso y picante que tenían.

También había robles, un granero, un corral para algunas cabras que adquirimos, un gallinero (también compramos algunas gallinas) y un pozo. Pero lo mejor de todo, desde el punto de vista de los niños, era el gran tanque de agua de cemento, de 2,5 metros de profundidad y 3 metros de diámetro, donde nos permitían nadar.

Todavía recordaba la Sierra Madre en México. Ahora vivíamos al lado de su par en el norte: Sierra Nevada. A veces, después de la iglesia, conducíamos a esas montañas. Nunca había experimentado algo como el aroma de esos bosques de coníferas.

Rápidamente nos acostumbramos a la vida en la casa de campo. Si el tráiler había sido diminuto, esto era el extremo opuesto: espacioso y lleno de rincones. Los muchachos tenían una habitación grande para ellos en la planta alta; y las niñas teníamos otra. Tenía un encanto muy antiguo, como el de una dama distinguida en un vestido con volados. Necesitaba pintura y un nuevo empapelado, pero luego del trabajo que habíamos hecho en la casa del ejército, éramos habilidosos en esas áreas.

Por supuesto que teníamos una huerta, ¡y era enorme! Todos trabajamos juntos en ella durante el verano. A diferencia de National City, en el norte de California solo podíamos cosechar una vez al año; pero de todas formas nos arreglamos para comer de ella todo el año, ya que Wanda y yo ayudábamos a hacer conservas con los productos. Los niños éramos responsables de alimentar a los animales, de ordeñar las cabras y de recoger los huevos de gallina. También ayudábamos con las tareas del hogar, y cuando papá necesitaba ayuda afuera, a menudo me llamaba a mí y a Milton, cuando fue un poquito más grande.

Nuestros dos perros, Kaiser y Jip, disfrutaban muchísimo de nuestro nuevo hogar. Jip era un pequeño mestizo negro, y Kaiser era mitad ovejero alemán y mitad chow chow; tenía la constitución de un ovejero alemán, y el color de un chow chow. Le encantaba deambular por las colinas, y una vez volvió a casa con la cara llena de púas de puercoespín. ¡En otra ocasión volvió con olor a zorrino!

Mamá y papá encontraron trabajo en el Sanatorio de Weimar. La escuela de iglesia en Weimar era pequeña, pero buena, y papá me inscribió en cuarto grado, y a Wanda en sexto. Me caía bien mi profesor, el Sr. Heath.

Empezamos a asistir a una iglesia en Meadow Vista, una iglesia amigable de unos cien miembros y unas dos docenas de adolescentes. Era una iglesia viva y activa, llena de actividades para los niños: fiestas, Club de Conquistadores, reuniones para jóvenes, actividades especiales para la Navidad, y muchas oportunidades de hacer partes especiales y recoger ofrendas en la iglesia. No tardé mucho en tener un montón de amigos.

Del “dígalo con mímica” al parloteo

Milton tenía 18 meses, y no había intentado hablar. Su nombre para nuestro perro era Atú, y para nuestro gato, Atutú. Ahora seguía sin intentar hablar. Sus habilidades de resolución de conflictos parecían mucho más avanzadas que las de la mayoría de los niños de su edad. Evidentemente, era muy inteligente y entendía todo lo que alguien decía.

Milton se comunicaba con nosotros por medio de su propia versión de lenguaje de señas. Llegó a convertirse en una forma de entretener a sus hermanos mayores, como una especie de “dígalo con mímica”. Sus ojos brillaban cada vez que acertábamos. Sin embargo, a mamá y a papá no les parecía chistoso y estaban pensando en llevarlo a un fonoaudiólogo.

Un día, cuando nuestros padres se habían ido a la ciudad, le dije a mi hermano menor:

–Milton, ya tienes tres años. Mamá y papá están pensando en llevarte a un fonoaudiólogo. Pero yo sé que tú puedes hablar, así que es hora de que comiences. Cuando mamá y papá vuelvan a casa, esto es lo que debes decir: “Mamá y papá, ¡estoy tan feliz de que estén en casa!”

Lo practicamos varias veces.

Cuando escuchó el sonido del auto que llegaba a casa, Milton corrió afuera y empezó a dar saltos alrededor del auto.

–¡Mamá y papá, estoy tan feliz de que estén en casa! ¡Mamá y papá, estoy tan feliz de que estén en casa!

Mamá y papá lo abrazaron fuertemente. Luego de eso, Milton charlaba constantemente, utilizando un vocabulario muy avanzado para un niño de tres años.

Aunque Milton era alegre y optimista y mantenía una actitud generosa en el círculo familiar, a veces cuando yo iba a buscarlo me decía: “Está bien, mamá”, y luego repetía lo que yo decía en broma. Él copiaba todo lo que yo hacía. Yo no quería decepcionarlo, así que era muy cuidadosa con cada movimiento que daba. Si yo ignoraba mis tareas hogareñas, él ignoraba las suyas. Si yo tomaba atajos, él hacía lo mismo. Traté de ser un buen ejemplo.

El trabajo duro rinde sus frutos

–Papá, ¡tengo tanto calor! ¿Puedo ir a nadar al río?

–Por supuesto, Marlyn. Iremos todos después de comer, si llegamos a nuestro objetivo diario para ese entonces. Por ahora, busca un poco de agua para beber y sigue trabajando con la azada.

Era un trabajo agotador y hacía mucho calor, pero disfrutaba de trabajar junto a mis padres y hermanos. Papá tenía un contrato para trabajar para el Estado de California en un programa estatal para el tratamiento de roya vesicular en pinos blancos de la cordillera de Sierra Nevada, sobre Emigrant Gap. La roya vesicular es una afección producida por un hongo que ataca a los pinos, pero requiere una planta huésped, que en esa parte del terreno eran las matas de grosellas. Si te deshacías de las grosellas, te deshacías de la roya.

Se nos asignó un territorio para limpiar las matas de grosellas. Cada uno de nosotros tenía una azada de dos puntas. Cinco días a la semana trabajábamos arduamente, arrancando las plantas de grosella de la tierra y formando grandes pilas con ellas. Papá y Frank se encargaban de las matas más grandes, que a veces tenían el tamaño de árboles. Las amas de casa preparaban pasteles con las grosellas; ¡pero nosotros llegamos al punto de no querer verlas más!

Cuando terminábamos por el día, bajábamos la montaña a pie hasta nuestro campamento, donde mamá tenía un festín para nosotros, preparado en el fogón: chiles, papas horneadas y pan de maíz eran algunos de nuestros favoritos. Luego íbamos a nadar al río que quedaba cerca de nuestro campamento, y allí nadábamos, chapoteábamos y reíamos. Para el final del verano habíamos limpiado toda nuestra zona asignada.

Papá puso el diezmo de las ganancias familiares, y luego distribuyó el resto entre todos. Me pagó cincuenta dólares por mi parte del trabajo; ¡la mayor cantidad de dinero que había ganado en mi vida! Los niños teníamos que comprar nuestra ropa escolar con lo que habíamos ganado. Yo decidí comprar la mía en una tienda de segunda mano. Fui muy cuidadosa con mis compras, y al final pude comprar más ropa por la mitad de lo que hubiera pagado en una tienda grande.

Cuando terminé cuarto grado, la pequeña escuela a la que había asistido cerró por baja matrícula. Había una buena escuela en Auburn, a unos 16 kilómetros de Meadow Vista, pero no había autobuses que hicieran el recorrido, y con mamá y papá trabajando, no teníamos cómo llegar hasta esa escuela. Así que Wanda y yo comenzamos a asistir a una escuela pública y tomábamos un autobús a Meadow Vista.

Experiencias con la fauna local

“Los hijos del medio hacen su propio camino” es un dicho que se aplica a mí. Me encantaba dar caminatas solitarias mientras tarareaba. Mamá y papá no tenían objeciones, siempre que llevara a Kaiser conmigo y caminara por el sendero contiguo al canal de irrigación, para no perderme. Un día, en una caminata, me asusté al ver un gran ciervo con cuernos que corría directamente hacia mí a toda velocidad. ¿Acaso pensaba que quería llevarme a su esposa e hijos? No había tiempo para meditar en la pregunta. Di media vuelta y comencé a correr más rápido que nunca. El sonido de sus cascos finalmente se desvaneció, y estuve a salvo.

Nancy, que vivía cerca, se estaba convirtiendo en mi mejor amiga de los veranos. Ella era hija única, y le encantaba pasar tiempo en nuestra casa, donde siempre había tantas cosas sucediendo. Me ayudaba a terminar mis tareas para poder salir a jugar. En el otro extremo de nuestra propiedad había un canal de irrigación, nuestro lugar preferido para jugar. Juntábamos piedras grandes y hacíamos una represa para crear una pileta, y allí chapoteábamos en el agua.

Un día de primavera, cuando llegamos, la pileta estaba llena de renacuajos. ¡Tenían unas colitas tan tiernas!

–¿Cuánto falta para que sean ranas? –pregunté.

–No mucho. Solo un par de semanas.

Día tras día íbamos hasta el canal de irrigación para admirar a los renacuajos. Yo no tenía idea de que crecían tan rápido.

–Ojalá pudiéramos tenerlos en algún lugar donde pudiéramos verlos crecer mejor –dije–. Porque ¿no sería genial si pudiéramos verlos cuando se conviertan en pequeñas ranas?

Las dos salimos corriendo de vuelta a la casa, donde encontramos varios frascos grandes y los llenamos de renacuajos. Entonces los llevamos cuidadosamente hasta el tanque de agua, con mucho cuidado, para no derramar nuestra agua con renacuajos, y nos trepamos al tanque. ¡Splash! Cincuenta y siete renacuajos estaban ahora dentro del tanque de agua. Pero el tanque no estaba lleno, así que sabíamos que necesitaríamos muchos renacuajos más para llenarlo de manera apropiada. Hicimos seis o siete viajes más, y al final terminamos impresionadas por nuestro acuario de renacuajos.

Era divertido ver a nuestros renacuajos comenzar su transformación en ranas. Sus pequeños cuerpos gradualmente comenzaban a tomar la forma, sus patas crecían, y sus colas se acortaban cada día. Un día, cuando subimos la escalera y observamos el agua del tanque, la metamorfosis estaba completa: ¡el tanque estaba lleno de ranitas diminutas!

Pero, espera: donde habían nadado cientos de renacuajos, ahora solo había un par de docenas.

–¿Qué sucedió? ¿Dónde se fueron? –quiso saber Nancy.

Y ella obtuvo su respuesta un minuto después, cuando tres pequeñas ranas salieron del tanque de un gran salto y terminaron en el suelo, a dos metros y medio de distancia. ¿Murieron por la caída? ¡No! Aterrizaron sobre sus patas e inmediatamente comenzaron a saltar hacia… ¡oh, no! ¡La cocina!

Nancy y yo bajamos por la escalera tan rápido como pudimos, y corrimos hacia la cocina. ¡Ya estaba llena de ranas! Di un grito cuando mi pie aterrizó en algo blando, lo que me hizo resbalar y caer hacia atrás. Me senté cuidadosamente, tratando de no apoyarme en ninguna rana, y volví a gritar al darme cuenta de que había aplastado a varias con mi cuerpo.

Nancy, compasivamente, comenzó a despegar ranas muertas de mi espalda. Cuando me levanté, vi a Frank que sonreía burlonamente, y a Wanda, que no paraba de reírse. Estaba comenzando a compartir la gracia de la situación. Mamá entró a la cocina para preparar el almuerzo, pero paró en seco cuando vio las ranas que trataban de saltar sobre ella, como pequeños perros que saludan a su amo. Ella permaneció allí de pie, sin decir palabra alguna, con una mirada muy seria. Milton apareció después, y comenzó a levantar ranitas. “Tú te llamarás Don; y tú, Bob; y tú, Tom; y tú…”

Papá se rascó la cabeza al entrar.

–¿Qué es esto? ¡Es la plaga de ranas de Egipto! ¿De dónde salieron estas cosas?

Wanda logró interrumpir su carcajada lo suficiente para delatarnos:

–¡Míralas a ellas dos! ¿Alguna vez viste a alguien con más cara de culpable? ¿No las has visto en lo alto de la escalera, mirando el tanque de agua por horas cada día? ¡Marlyn y Nancy lo hicieron, papá!

Papá nos miró, incrédulo.

–En el nombre de todas las plagas de Egipto, ¿por qué hicieron algo así?

Yo bajé la mirada, entristecida, pero cuando vi de reojo a papá, vi que tenía un esbozo de sonrisa en su rostro.

–Bueno –dijo él, tratando de mostrarse serio–. Ustedes dos fueron las responsables de traerlas acá, así que serán las responsables de atraparlas y llevarlas adonde las encontraron al inicio.

–Diviértanse –dijo Frank–. ¿Saben que también están en el baño, y en las habitaciones? ¡Están por toda la casa!

Frank estaba en lo correcto. Comenzamos a rastrearlas en toda la casa, lo mejor que pudimos. Prácticamente no podías dar un paso sin pisar una rana. Encontramos cinco en el inodoro, y un montón más en la bañera. Y estaban en nuestras camas y en los aparadores de la cocina. No sé cómo entraron a la casa, y a todos esos lugares después, pero así fue. Nancy y yo pensamos que nunca terminaríamos de atraparlas, tirarlas en un balde cubierto, y llevarlas de nuevo al canal de irrigación, pero finalmente lo hicimos.

Mi siguiente encuentro con la fauna local fue un día en que Wanda y yo estábamos corriendo por un sendero hacia nuestra casa. De repente, a mitad de un paso, miré hacia abajo y vi horrorizada que mi pie estaba a centímetros de caer sobre una enorme serpiente de cascabel que sacudía la lengua, se enrollaba y hacía sonar su cascabel. Su boca apuntaba directamente a mi pie. De alguna forma, mi pierna pareció elevarse y alejarse de la serpiente, y caí del otro lado de ella. Di un salto enorme, corrí hacia Wanda y la alejé del sendero y de la serpiente.

Wanda no estaba tan desconcertada por la serpiente como yo. Estaba demasiado ocupada pensando qué broma podía hacer a partir de la experiencia.

–¡Marlyn! –dijo entusiasmada–. ¡Digámosle a mamá que te mordió una serpiente! ¡Será la mejor broma del Día del inocente!

Yo dudé.

–Wanda, no creo que sea una buena…

Pero Wanda ya había comenzado a correr. Antes de poder alcanzarla, vi a mamá, que salía corriendo de la casa, tropezando del apuro, y escuché que Wanda gritaba: “¡Feliz día de los inocentes!”

Wanda estaba riendo, pero no era gracioso. Mamá había empalidecido, y estaba temblando y sollozando. Parecía que se caería en cualquier momento.

–Wanda, ven aquí y ayúdame a llevar a mamá a casa –dije–.

Las dos la guiamos hasta el dormitorio de nuestros padres, donde la ayudamos a acostarse en la cama.

–Tráeme un cuenco –dijo débilmente.

Yo tomé un pequeño cuenco decorativo del tocador y lo puse debajo de su mentón justo a tiempo.

“Querido Señor”, la escuché susurrar cuando terminó de vomitar, “por favor ayúdame a criar esta niña sin que pierda la vida”.

De repente vi lo que todas mis catástrofes le habían hecho a mamá. Una y otra vez Dios me había salvado de lo que parecía una muerte segura. Yo estaba viva, y bien, pero ahora mamá vivía atemorizada por lo que podría sucederme después. Siempre había sabido que me amaba, pero nunca me había dado cuenta de que su amor era tan apasionado. Me sentí apreciada y terrible al mismo tiempo.

Para cuando papá volvió de trabajar, mamá estaba mucho mejor, pero Wanda y yo estábamos en graves problemas. La charla que nos dio papá ese día fue una de las más duras que recibí en mi vida. “Las bromas dejan de ser graciosas cuando lastiman a las personas, y su madre ha sido muy lastimada”, nos dijo. “Vieron cuánto reaccionó su cuerpo por el miedo que sintió. Ella no puede soportar ni siquiera la idea de perder a uno de sus hijos. Prométanme, ambas, que nunca tratarán de hacer algo así otra vez. Habrá consecuencias por lo que ustedes dos hicieron”.

–Papá, por favor, no; no fue mi idea, fue idea de ella, y yo traté…

–Pero, Marlyn, tú no la detuviste, y eso te hace tan culpable como ella. Lo siento, pero ambas recibirán el mismo castigo, porque ambas fueron parte de eso.

En ese momento sentí que me estaban tratando injustamente, pero después llegué a darme cuenta de que fue una lección valiosa que aprendí y nunca olvidé.

“Muchas veces lo que percibimos como un error o un fracaso en realidad es un regalo. Y con el tiempo descubrimos que las lecciones que aprendimos de esa experiencia desalentadora prueban ser de gran crecimiento”.1

1 Richelle E. Goodrich, Smile Anyway (CreateSpeace, 2015), p. 33.

Capítulo 5
“Sra. Cardoza, quiero llevarla conmigo”

Era mi turno de limpiar la cocina esa semana, y se veía reluciente. Esa tarde, luego de trabajar afuera, papá entró a la cocina. Sus ojos revisaron el lugar.

–Marlyn, cuando limpias la cocina, espero que termines tu tarea.

–Pero, papi, sí terminé…

–¡No me respondas así, jovencita! Hay platos que no lavaste, y migas y comida sobre la mesada.

Se acercó a mí. Sabiendo que yo era inocente, le tomé el brazo para detenerlo.

–Pero, papi. ¡Sí terminé! Ese lío no es mío.

Y siguió la discusión.

–¿Qué está sucediendo aquí? –mamá entró en la cocina.

–¡Marlyn no terminó de limpiar la cocina! Lo está negando, por más de que hay clara evidencia aquí mismo en la mesada. No toleraré mentiras ni argumentos. ¡Debe ser castigada!

–Monrad: Marlyn terminó su tarea. Yo vine y me hice una merienda antes de ir a trabajar. Esos son mis platos y esas son mis migas.

Mamá habló con firmeza.

Papá quedó con la boca abierta. Sin otra palabra, salió de la cocina. Yo estaba aturdida por la situación, y respiré aliviada. ¡Había pensado que estaría en graves problemas por haberme enfrentado a él!

Dos horas después, papá me encontró sola en la sala de estar.

–Marlyn, por favor, perdóname. No tenía derecho a hablarte así. Debería haber escuchado tu explicación primero.

Entonces juntó las manos y miró hacia el cielo.

–Padre, por favor, perdóname por perder la paciencia con mi hija. Sabes que no quiero que mis hijos paguen por mi temperamento cuando estoy cansado. Por favor, dame la victoria, Señor.

Me encontré preguntándome cuántos otros padres se hubieran disculpado así con sus hijas. Es cierto que papá perdía la paciencia con nosotros de vez en cuando, generalmente cuando estaba cansado o estresado, pero siempre se disculpaba y nos pedía perdón, y luego oraba en voz alta pidiéndole a Dios perdón y ayuda para vencer su temperamento.

Mejores amigos

Millie y Milton se llevaban tres años y eran muy compañeros. Como yo, eran naturalmente curiosos, y siempre miraban con ojos frescos un mundo que esperaba ser explorado. A menudo juntábamos flores silvestres y piedras lindas para llevarle a mamá. A ellos les encantaba ayudarme a hermosear hormigueros con pequeñas piedras y flores. Llenábamos grandes tapas de botellas con agua y creábamos piletas con pequeñas hojas flotantes.

Nancy y yo a menudo incluíamos a mis hermanos menores en nuestra diversión al aire libre. Uno de nuestros pasatiempos preferidos era jugar a los piratas. Juntábamos pedazos coloridos de vidrios rotos para nuestro cofre de tesoros: nuestros diamantes, rubíes y esmeraldas. En nuestra propiedad había un armatoste enorme de metal y madera, que se convirtió en nuestro “barco”, con el que jugábamos a navegar por los mares. Nos vestíamos como piratas. Milton y Millie eran los rivales que trataban de robar nuestras joyas. Nosotras los capturábamos, les atábamos las manos muy despacito con sogas, y los hacíamos caminar por el tablón.

Milton era muy curioso y estaba lleno de preguntas. Le interesaban mis libros y estaba ansioso por aprender. Yo le leía historias con moraleja del libro Cuéntame una historia, de Arthur Maxwell, y él nunca se cansaba de escucharlas. Cuando Milton cumplió cinco años, me pidió que le enseñara a leer. Yo tomé prestado uno de los libros de inicio a la lectura de la escuela, y en poco tiempo él había aprendido a leer y escribir, y a resolver problemas matemáticos simples.

Una nueva escuela

Cuando el Sr. Johnston, el nuevo maestro para los grados noveno y décimo, se mudó a Weimar, lo contrataron para conducir el autobús escolar. Ahora teníamos transporte hasta la escuela, y yo estuve feliz de volver a la escuela con mis mejores amigos. En esa época, la escuela hizo un concurso para elegir un nuevo nombre para la escuela. Papá me dio la idea de Pine Hills Junior Academy [Colegio secundario Colinas de pino]. Yo lo propuse, y gané un premio de dos dólares.

Frank entra en la marina

Poco después de cumplir 18 años, Frank se fue de casa para unirse a la Marina. Parecía disfrutarlo; incluso el campo de entrenamiento. En la marina lo hicieron operador de radio y lo enviaron a la base en Okinawa, en el portaaviones USS Lexington. Parecía extraño que no estuviera con nosotros, pero él nos escribía muchas cartas, y a veces hasta enviaba regalitos.

Primer grado, octavo grado… ¡al fin!

Cuando Milton cumplió seis años, papá anunció que podría comenzar primer grado en septiembre. Después de eso, cada mañana Milton había observado con anhelo a sus hermanas mayores mientras se preparaban para la escuela. Su rostro alegre nos daba la bienvenida cuando volvíamos a casa, y siempre nos llenaba de preguntas.

Un frescor en el aire señaló el final del verano. La escuela comenzaría pronto. Las bellotas crujían bajo nuestros pies cuando caminábamos por el sendero hasta la parada del autobús. Yo tenía energía adicional porque este año era una alumna especial de octavo grado y tenía ciertos privilegios, incluidos un viaje de curso y la graduación.

En la parada del autobús, el rostro de Milton brillaba. Yo le acomodé el cabello según la dirección que le daba el remolino a la derecha de su cabecita. Wanda le acomodó a Millie los gruesos bucles marrones que caían sobre sus hombros. Finalmente subimos al autobús y comenzó el viaje de veinte kilómetros con el Sr. Johnston detrás del volante.

De tanto en tanto, uno puede encontrarse con un niñito tan maduro emocionalmente, tan lleno de valor, tan bendecido con empatía y percepción de asuntos espirituales, que lo deja a uno sin aliento. Mi hermanito era uno de esos niños. A menudo había quedado asombrada ante su precocidad emocional y espiritual, y ahora lo veía con más claridad aún.

Algunas veces, después de la escuela, me acercaba al aula de Milton para hablar con su maestra, la Srta. Lund. Sus ojos brillaban al describirlo como el más entusiasta de todos sus alumnos. Sonriendo, me contó cómo absorbía todos los cuentos y luego agitaba vigorosamente su brazo para responder a todas las preguntas. Las palabras nuevas nunca eran un problema. Descubría los significados rápidamente, terminaba la tarea, y luego ayudaba a los compañeros más lentos. Pasara lo que pasara, Milton estaba involucrado: recitaba versos, pintaba con acuarelas, o escribía los números hasta el cien.

Ella contaba cómo durante el momento devocional de la mañana, Milton fue uno de los primeros alumnos de la clase en reunir suficiente valor para ir al frente y orar. Cuando dirigía el momento de cantos, su voz y su rostro demostraban el entusiasmo que sentía por las letras de los himnos. Podía darme cuenta, por la expresión del rostro de la maestra, que él era el favorito. No me sorprende, pensé.

El recreo siempre era un campo renovador para los alumnos, para descansar de los libros. Apenas sonaba el timbre, todos salíamos rápidamente de nuestras aulas; primero hacia los bebederos y baños, y luego al campo abierto, donde los altos pinos parecían centinelas que vigilaban la propiedad.

Durante mi recreo de la tarde, me gustaba ver al curso de Milton jugar. Él siempre era un participante exuberante, ya sea que estuvieran jugando a la pelota o a la mancha. Un día, vi a Milton hacer algo que involucró al más petiso de su clase y al bravucón de su clase; y me dejó con la boca abierta. Billy, que venía de una familia pobre y tenía once hermanos, era más pequeño que los demás muchachitos. Mac, que era más grande que los demás, no siempre quería incluir a Billy en el juego, porque no podía jugar tan bien como Mac esperaba. Un día, Mac empujó a Billy y lo tiró al suelo. Milton inmediatamente le dio un golpe a Mac y lo sujetó contra el suelo. Dobló el brazo de Mac detrás de su espalda y, en términos muy precisos, le informó que no lo soltaría hasta que prometiera no volver a molestar a Billy. Cuando vi esto, me llené de orgullo de hermana mayor.

Con el paso de los días, el otoño comenzó a enfriar el aire. Los verdes del verano dieron paso a los rojos y dorados del otoño. En tan solo unas pocas semanas, los árboles estaban desnudos en el aire frío. Caminábamos hasta la parada de autobús con abrigos gruesos con capuchas, y guantes de lana.

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22 ekim 2025
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ISBN:
9789877984033
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