Kitabı oku: «¡Arriba las manos!»

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¡ARRIBA LAS MANOS!

“Cualquier teoría de la inteligencia humana que ignore la interdependencia de la mano y la función cerebral, los orígenes históricos de tal relación o el impacto de esa historia en la dinámica del desarrollo de los humanos modernos resulta altamente inconducente y estéril”, dice el neurólogo Frank R. Wilson. A lo largo de la historia, se impuso una visión que separó el desarrollo del pensamiento y la inteligencia humana de las acciones corporales, del trabajo y de las técnicas asociadas a él. Sus vinculaciones fueron olvidadas o ignoradas durante mucho tiempo y perduran en el siglo XXI, en plena era digital (valga la paradoja). Y si hay una disciplina en particular que ha soslayado el papel de las manos, del hacer y del trabajo en general, ella ha sido la filosofía, como si se pensara sólo con el cerebro, en actitud contemplativa.

Este libro sintetiza y procura compartir parte de una investigación de muchos años en torno a la relación del trabajo manual e intelectual en los orígenes de la cultura occidental y de los muchos prejuicios instalados a lo largo de los siglos, muchos de los cuales aún perviven, como el de la analogía computacional, que asimila el hardware al cuerpo y el software al cerebro, la mente o la inteligencia.

Un enfoque multidisciplinario nos propone una manera muy diferente de comprender la interacción entre manos y cerebros, las actividades manuales y las intelectuales. Advertir esto puede cambiar profundamente nuestra manera de ver las cosas. El camino a recorrer, por momentos arduo y sinuoso, conduce a paisajes inesperados y sorprendentes.

Marta Abergo Moro. Egresada de Filosofía (Universidad de Buenos Aires) con especialización en Epistemología e Historia de la Ciencia. Desde 2002 ha organizado numerosos talleres y cursos de filosofía por autogestión y en diversas instituciones (Centro Cultural Rojas, Centro Cultural Borges, Sociedad Científica Argentina, Asociación Médica Argentina, Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y otras). También ha desarrollado tareas de investigación en forma independiente, con el reconocimiento institucional de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y como integrante de equipos del Instituto Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la misma universidad.

Desarrolla una perspectiva interdisciplinaria, para lo cual realiza permanentes actualizaciones en distintas áreas de la ciencia y la cultura. Procura brindar herramientas que permitan ayudar a comprender y actuar con sentido crítico en el mundo contemporáneo, construyendo puentes tanto entre las diferentes disciplinas como entre el ámbito académico y la sociedad.

MARTA ABERGO MORO

¡ARRIBA LAS MANOS!

Sobre el papel de las manos y el trabajo en el desarrollo del pensamiento y la filosofía


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Epígrafe

  Agradecimientos

  Punto de partida

  ¡Arriba las manos!

  1. Un mundo hecho a mano Manos que ven, oyen… … ¡Y hablan!

  2. Un paseo por la mano Las manos de Lucy Golpear, aporrear y lanzar De Lucy al enter Contraprueba al canto: las manos de Madeleine

  3. Anaxágoras recargado La mano no es un instrumento dócil El tacto primero Las manos de Ian Un equipo multitasking Del queso a las neuronas espejo Las ideas en la punta de los dedos La mano: primera máquina de calcular

  4. El velo

  5. Dioses artesanos en el Olimpo Dioses como hombres Dioses artesanos Prometeo en la memoria mítica Los trabajos de Odiseo El trabajo como virtud Artesanos como dioses La técnica: saber pensar y saber hacer

  6. ¡Manos a la obra! Noticias de Samos (siglo VI a. C.) Instrucciones para perforar una montaña ¿Qué hubo de nuevo? Ponerle una muralla al mar Sorpresas bajo tierra El coloso: un rompecabezas para armar El mármol delator Algunos recursos técnicos de la época

  7. Las técnicas en las ideas de los primeros filósofos Noticias de Mileto, Jonia, Asia Menor, siglo VI a. C Las técnicas: clave del conocimiento del cosmos Anaximandro: “Estamos en un horno” Anaxímenes y el fieltro o batán Pitágoras: los números y las cosas El origen de las ideas

  8. Los unos y los otros La esclavitud: explicación por defecto El desprecio en el péndulo Noticias de Atenas (siglo V a. C.) El mito de la ciudadanía ociosa Esclavitud y progreso técnico Noticias de Laurión (siglos V y IV a. C.) Usted está aquí Una red subterránea singular Cincel, maza y geometría Un problema crucial: respirar bajo tierra Complejo minero de Laurión: organización del trabajo Progreso y sistema tecnológico

  Final del recorrido

  Créditos de las figuras

  Bibliografía citada

  Créditos

Cualquier teoría de la inteligencia humana que ignore la interdependencia de la mano y la función cerebral, los orígenes históricos de tal relación, o el impacto de esa historia en la dinámica del desarrollo de los humanos modernos, resulta altamente inconducente y estéril.

Frank R. Wilson, neurólogo

Agradecimientos

A lo largo del recorrido algunas personas ofrecieron generosa contribución en cuanto a sugerencias y bibliografía.

Expreso mi profundo agradecimiento al Dr. Néstor L. Cordero, a los investigadores del Equipo Interdisciplinario de Estudios e Investigaciones Arqueológicas de Minas Antiguas y Patrimonio Industrial de Grecia (ERMINA) Denis Morin, Patrick Rosenthal, Richard Herbach, Denis Jacquemot y Adonis Photiades, así como a quienes participaron de los primeros avances en la investigación en los cursos ofrecidos en el Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires. Vaya también mi agradecimiento a Viviana Sacco por su dibujo de la mano en flexión ulnar.

Marta Abergo Moro

mayo de 2019

Punto de partida


La obra El pensador, del escultor Auguste Rodin, usada para ilustrar muchos manuales de filosofía, representa al hombre que piensa con un cuerpo musculoso, atlético, con manos poderosas (figura 1). Poco se repara en ello, aunque el mismo escultor dijo que “lo que hace que mi pensador piense es que piensa no sólo con el cerebro, con las cejas fruncidas, las aletas de la nariz distendidas y los labios apretados, sino también con cada músculo de los brazos, la espalda y las piernas, con los puños cerrados y los dedos de los pies encogidos”.


1. Auguste Rodin, El pensador.

Pese al uso reiterado de la imagen de esa escultura, cuesta advertir el contraste de ese cuerpo con la representación mental del pensador, de figura frágil y desgarbada, que predomina en el imaginario de la cultura occidental. De hecho, a lo largo de la historia se impuso una visión que escindió el desarrollo del pensamiento y la inteligencia humana de las acciones, del trabajo y de las técnicas a él asociadas. Sus vinculaciones fueron olvidadas o ignoradas durante mucho tiempo y perduran en el siglo XXI, en plena era digital (valga la paradoja). Y si hay una disciplina en particular que ha soslayado el papel de las manos, del hacer y del trabajo en general, ella ha sido la filosofía, como si se pensara sólo con el cerebro, en actitud contemplativa.

Este libro invita a examinar algunos aspectos del malherido vínculo, a la vez que procura disipar muchos de los prejuicios que lo han oscurecido. Hoy la antropología, la arqueología, las neurociencias, las ciencias del comportamiento, la historia de la ciencia, de las técnicas y de la filosofía, entre varias disciplinas, nos proponen una manera muy diferente de comprender el papel de las manos, del trabajo y las técnicas en relación con el desarrollo del pensamiento. Advertir esto puede cambiar profundamente nuestra manera de ver las cosas. El camino a recorrer, por momentos arduo y sinuoso, conduce a paisajes inesperados y sorprendentes.

¡Arriba las manos!

¡Tranquilícese! Esto no es un asalto. Es un llamado de atención hacia esas partes de nuestros cuerpos que están unidas al antebrazo y que van desde la muñeca inclusive hasta la punta de los dedos y a la inversa.

Si dispone de dichas partes anatómicas, intente el siguiente ejercicio: reconstruya todos sus movimientos, desde los más bruscos hasta los más delicados al comenzar su día. Quizá lo primero que hizo fue tantear nerviosamente con una de sus manos buscando la tranquilizadora presencia de su teléfono celular. O quizá comenzó sintiendo el roce de las sábanas en las yemas de sus dedos, los dobló y tomó los bordes de la tela para apartarlos de su cara, tiró con un poco más de fuerza porque se le habían enredado entre sus piernas y las cobijas se resistían a soltarlas, hasta que sus manos lograron apartarlas. Arqueó sus dedos índices y se frotó sus párpados. Pasó sus dedos por su cabello como peinándolo y con uno o algunos de ellos oprimió la tecla o el botón del velador y casi al mismo tiempo la del reloj despertador para impedir que sonara, pues se había despertado un poco antes. Quizá se manejó sin sus manos para ubicar sus pantuflas y calzarlas, pero no tuvo más remedio que volver a usarlas para tomar su bata o algún tipo de abrigo, y deslizarlas –junto con sus brazos, claro– a lo largo de las mangas.

Todas esas acciones se desarrollaron en menos de noventa segundos sin que usted siquiera advirtiera la imprescindibilidad de sus manos. Ocurre con las manos como con muchas otras presencias en las que sólo reparamos cuando se ausentan.

Ya lo había advertido Charles Bell (1774-1842), eximio anatomista, cirujano y pintor inglés, autor del primer tratado anatómico sobre la mano:

La mano humana está tan bellamente conformada, tiene una sensibilidad tan fina, gobierna sus movimientos de manera tan correcta, que cada esfuerzo de la voluntad es respondido de manera instantánea, como si la mano misma fuera el asiento de dicha voluntad; sus acciones son tan poderosas, tan libres, y sin embargo tan delicadas, que parecería poseer un instinto de calidad en sí misma, y no se piensa en su complejidad como instrumento, o en las relaciones que la subordinan a la mente; la usamos del mismo modo que respiramos, inconscientemente, y hemos olvidado los esfuerzos débiles y torpes de sus primeros ejercicios, a través de los cuales se ha perfeccionado […] Usamos los miembros sin ser conscientes o, al menos, sin idea de las miles de partes que interactúan en un solo acto […] debemos despertarnos y observar cosas y acciones cuyo sentido se ha perdido por la prolongada familiaridad.1

En efecto, con las manos percibimos, manipulamos, aprehendemos, tomamos contacto, nos comunicamos, valoramos.

Percibimos a través de los 3.000 receptores que tenemos en las puntas de los dedos: distinguimos frío y calor, suavidad y aspereza, seco y húmedo, plano y curvo, pesado y liviano, forma, identidad del objeto.

Con las manos valoramos; descubrimos agrado y desagrado, placer y dolor.

Con las manos actuamos. Ello nos da una gran ventaja sobre otros seres vivos que deben ingeniárselas para hacer con la boca o con sus patas algo que nosotros hacemos con las manos. Curiosamente, cuando no queremos sacar provecho extra de alguna ventaja damos hándicap (del inglés handicap):2 una desventaja artificial para emparejar las diferencias entre competidores. En sus orígenes, allá por el 1600, el término se remonta a un juego de apuestas en el cual las manos de los apostadores se ocultaban en una gorra (más tarde en los bolsillos) y extraían o no alguna moneda en señal de aceptación o rechazo de la eventual transacción en juego. La palabra luego pasó a utilizarse en otros juegos y deportes de competición. En la imaginaria carrera en la que el veloz Aquiles compitió con una tortuga, le dio a ella 5 kilómetros de ventaja, lo que equivale a decir que él tuvo 5 kilómetros de desventaja, hándicap o changüí.3

Con las manos pensamos. Trasladamos a nuestras cabezas muchas acciones que realizan nuestras manos. De ahí que con nuestras mentes captemos, aprendamos; en el lenguaje coloquial, “cacemos”, “pesquemos”, aprehendamos o agarremos. A menudo el uso de esas palabras referidas a ideas abstractas se acompañan de gestos manuales.

Finalmente, con las manos nos comunicamos. La mano es la fuente de la palabra. ¿Se le ocurrió alguna vez que, “sin manos, los sistemas de escritura y lectura podrían no haber surgido”?4

Si aún duda de la importancia de sus manos, le sugiero el siguiente ejercicio: al irse a dormir, en lugar de contar ovejas, intente contar las veces que usó las manos durante la jornada. Otro posible ejercicio práctico es repasar sus acciones habituales sin emplear las manos. ¿Cuántas de ellas podría efectivamente realizar?

Mejor aún (lo de “mejor” es sólo a los efectos de este ejercicio de imaginación), haga de cuenta que usted es sordo, ciego y mudo; que está en medio de una profunda oscuridad y un completo silencio…

1. Charles Bell, The Hand, its Mechanism and Vital Endowments, as Evincing Design, William Pickering, Londres, 1834, Introduction, pp. 14-16.

2. Original en inglés de 1653 de hand i’ cap, or hand in the cap: mano en gorra.

3. En la Argentina y Uruguay es de uso coloquial la palabra changüí, que significa ventaja u oportunidad, en especial la que se da en el juego.

4. Jesse J. Prinz, “Foreword: Hand manifesto”, en Zdravko Radman, The Hand an Organ of the Mind: What the manual tells the mental, The MIT Press, Cambridge, 2013, p. XV.

1. Un mundo hecho a mano

Acabo de tocar a mi perro. Se estaba revolcando en el pasto con placer en cada músculo y cada miembro. Quise captar su imagen con mis dedos y lo toqué tan levemente como si palpara telarañas, pero su cuerpo regordete giró, se paró tieso como una estatua y me dio un lambetazo en mi mano. Se apretó contra mí, como si fuera a comprimirse en mi mano. Demostró su alegría con su cola, sus patas y su lengua. Si pudiera hablar, creo que diría conmigo que el paraíso se alcanza mediante el tacto, ya que todo el amor y la inteligencia están en el tacto.

Helen Keller, The World I Live In

Manos que ven, oyen…

Helen Keller nació el 27 de junio de 1880 en Tuscumia, Alabama, Estados Unidos. A los diecinueve meses, luego de una enfermedad que entonces llamaron “congestión de estómago y cerebro”, quedó ciega, sorda y muda. Su vida fue ejemplo de una superación constante de tamañas dificultades. A los siete años ya había inventado más de sesenta distintas señas para comunicarse con su familia y su posterior y arduo recorrido exhibe enormes logros, desde la lectura de varios idiomas en sistema Braille, la obtención de un título universitario, devenir autora y oradora famosa, luchadora social y por los derechos de las personas con discapacidades sensoriales, hasta ser miembro activo del Partido Socialista y de la Organización de los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW, por su sigla en inglés). Murió a los ochenta y ocho años y nos dejó profundos y bellos testimonios de su pensamiento y experiencia vital.

Este pequeño episodio me impulsó a discurrir sobre las manos y si mis palabras resultan acertadas, deberé agradecérselo a mi perro-estrella. En cualquier caso es agradable tener algo para decir sobre un tema que nadie antes ha monopolizado; es como abrir un sendero nuevo en un bosque virgen, inaugurando un sendero en un terreno nunca antes hollado. Me agrada tomarlos de la mano y llevarlos por un camino sin pisadas a un mundo donde la mano es suprema. Pero en el inicio mismo encontramos una dificultad. Ustedes están tan acostumbrados a la luz que temo que trastabillarán cuando yo intente guiarlos a través de un mundo de oscuridad y silencio. No se supone que los ciegos sean los mejores guías. Sin embargo, aunque no puedo asegurar que no se extraviarán, prometo que no los conduciré ni al fuego ni al agua, ni a un pozo profundo. Si me siguen pacientemente, descubrirán que “hay un sonido tan sutil que nada vive entre él y el silencio”5 y, sin embargo, es más significativo que lo que el ojo capta.

Mi mano es para mí lo que el oído y la visión juntos son para ustedes. En gran medida viajamos por las mismas carreteras, leemos los mismos libros, hablamos el mismo lenguaje y, no obstante, nuestras experiencias son diferentes. Todas mis idas y vueltas giran en torno a la mano como un eje. Es la mano la que me conecta con el mundo de hombres y mujeres. La mano es mi antena, con la cual alcanzo, atravesando el aislamiento y la oscuridad, cada placer, cada actividad que mis dedos encuentran. Cuando una mano, con un leve aleteo de los dedos, dejó caer una pequeña palabra en la mía, comenzó la inteligencia, la alegría, la plenitud de mi vida.6

… ¡Y hablan!

En su libro La historia de mi vida, dedicado a Alexander Graham Bell,7 relata el momento más importante de toda su vida, en el que su profesora Anne Mansfield Sullivan ingresó a su vida, tres meses antes de cumplir siete años. Al día siguiente, le entregó una muñeca, regalo de los niños ciegos del Instituto Perkins donde ella había trabajado.

Miss Sullivan lentamente deletreó en mi mano la palabra d-o-l-l [muñeca]. De inmediato me interesó este juego con los dedos y traté de imitarlo. Cuando al final logré hacer las letras correctamente, me ruboricé con placer y orgullo infantil. Corrí escaleras abajo adonde estaba mi madre, levanté mi mano e hice las letras de doll. Yo no sabía que estaba deletreando una palabra, ni siquiera que las palabras existían; simplemente imité algo con mis dedos, a la manera de un mono. En los días que siguieron aprendí a deletrear de esta manera incomprensible una gran cantidad de palabras, entre ellas pin [alfiler], hat [sombrero], cup [taza] y unos pocos verbos como sit [sentarse], stand [pararse] y walk [caminar]. Pero mi maestra tuvo que estar conmigo durante muchas semanas antes de que yo comprendiera que todo tenía un nombre.8

En efecto, Anne pudo enseñar a Helen a comunicarse (hablar y entender el discurso de otros) usando el método Tadoma, consistente en tocar los labios y las mejillas de otros mientras hablan para percibir las vibraciones, combinado con el deletreo de los caracteres alfabéticos en la palma de la mano (alfabeto dactilológico táctil).9 Más tarde aprendió el sistema de lectura y escritura Braille (figura 2).

Más claramente lo describe la misma Helen.

Explicaré nuestro uso del alfabeto manual, que resulta un gran enigma para las personas que no nos conocen. Yo coloco suavemente mi mano en la mano del hablante de manera de no impedir sus movimientos. La posición de la mano es tan fácil de sentir como es el ver. Yo no siento cada una de las letras, del mismo modo que ustedes no ven cada letra por separado cuando leen. La práctica constante torna los dedos muy flexibles y algunos de mis amigos deletrean tan rápido como una persona experta escribe con una máquina de escribir. Por supuesto, deletrear no es un acto más consciente que cuando se escribe.10

En todas mis experiencias y pensamientos soy consciente de una mano. Todo lo que me mueve, todo lo que me emociona es como una mano que me toca en la oscuridad, y ese tacto o toque es mi realidad. Considerar irreales todas las impresiones que he acumulado por medio del tacto sería lo mismo que considerar irreales la visión de algo que te agrada o el golpe que te provoca lágrimas en tus ojos. El delicado temblor de las alas de una mariposa en mi mano, los suaves pétalos de las violetas que se enroscan en los fríos pliegues de sus hojas o se yerguen dulcemente sobre el pasto de la pradera; el claro y firme contorno de rostros y miembros; el suave arco del cuello de un caballo y el tacto aterciopelado de su hocico, todas estas y las múltiples y posibles combinaciones que cobran forma en mi mente constituyen mi mundo […] Recuerden que ustedes, dependientes de su vista, no se percatan de cuántas cosas son tangibles.11


2. Lenguaje de señas británico.

Resumen

El testimonio existencial de Helen Keller nos introduce en un mundo en que el tacto es supremo y las manos devienen órganos de visión, oído y habla. Nos invita a reparar en ellas y conocerlas.

5. Keller cita textualmente un verso de la obra de James Sheridan Knowles, Virginius: A tragedy in five acts, acto V, escena III, “I hear a sound so fine - there’s nothing lives / «Twixt it and silence»”.

6. Helen Keller, The World I Live In.

7. Los padres de Helen Keller se habían puesto en contacto con Alexander Graham Bell, quien además de ser el inventor del teléfono y muchos otros dispositivos, trabajaba con jóvenes sordos. Por su intermedio conocieron a la profesora Anne Sullivan, del Instituto Perkins para Ciegos en Massachusetts, entonces de veinte años, para estimular a Helen y enseñarle el lenguaje de signos o señas (figura 2). Así comenzó una relación de amistad y trabajo que se prolongó por casi cincuenta años.

8. Helen Keller, The Story of My Life, Edited by John Albert Macy, Nueva York, Doubleday, Page & Co., cap. IV.

9. Dactilología: arte de hablar con los dedos o con el abecedario manual. En el caso de los sordos, es visual; en el caso de los ciegos, es a través del tacto.

10. Helen Keller, H., The Story of My Life, cap. XIII.

11. Helen Keller, The World I Live In, cap. I.

2. Un paseo por la mano

Usamos [la mano] del mismo modo que respiramos, inconscientemente, y hemos olvidado todos nuestros esfuerzos débiles y torpes de sus primeros ejercicios, a través de los cuales ha sido perfeccionada.

Charles Bell, The Hand, its Mechanism and Vital Endowments, as Evincing Design

Hubo un tiempo en el inicio de nuestras vidas en que las manos fueron objeto de asombro y minuciosa atención (¡y degustación!). Más tarde –salvo circunstancias muy particulares–, como Charles Bell nos lo hace notar, su uso se tornó tan habitual que pasó inadvertido.

Ensayemos una nueva observación.

¡Fíjese cómo podemos tocar con el pulgar la punta de todos y cada uno de los dedos! ¿Notó que al hacerlo podemos apretar las yemas de los dedos entre sí? Otra cosa: ¿vio que el pulgar es más ancho en la punta que en la base? (figura 3).


3. Relación pulgar-meñique en la mano humana.

Mire el largo del pulgar con relación al resto de los dedos: ¿advirtió que el pulgar es más largo que el meñique? ¿Le parece que no es así? Mídalos con la mano extendida como en el dibujo y después divida la longitud del pulgar por la del meñique. Si le da más de 1, ¡usted es efectivamente humano!

Sólo en la mano del humano el largo del pulgar es más largo que el meñique (externalizados y medidos en posición dorsal). Todos nuestros parientes primates, entre quienes se encuentran bonobos, chimpancés, gorilas, orangutanes y muchos más, tienen un índice menor. Los bonobos nos pisan los talones, pero apenas llegan aproximadamente a un índice de 0,9.

Nuestros cinco dedos guardan la siguiente relación: 3D > 4D > 2D > 1D > 5D, donde los números 1D a 5D corresponden a los dedos pulgar (1), índice (2), mayor (3), anular (4) y meñique (5). La fórmula significa, pues, que el dedo mayor es mayor que el anular, mayor que el índice, mayor que el pulgar, mayor que el meñique. ¿Constatación obvia? No parece, en la medida en que esto indica una característica de la especie. Los simios tienen la fórmula 3D > 4D > 2D > 5D > 1D y los prosimios (lémures, potos, etc.) 4D > 3D > 5D > 1D > 2D (figura 4).


4. Mano de chimpancé (izquierda) y mano humana (derecha).

Comparada con la del chimpancé, la mano humana tiene los dedos y la palma más corta y el dedo pulgar más largo y flexible. La mayor longitud del pulgar con relación al índice en los humanos permite que los dedos se acomoden de modos muy diversos, con un agarre más firme y preciso.

Tener pulgares perfectamente oponibles ha sido reconocido como un rasgo humano típico. Por oponibilidad completa se entiende el contacto yema con yema de los dedos. El resto de los primates la tienen de manera no completa o directamente no la tienen. El pulgar largo y oponible, con músculos más fuertes y más flexibles, es esencial para poder ahuecar la mano y tomar objetos con firmeza. El pulgar humano tiene mayor movilidad y fuerza.

¿Advirtió que el pulgar está inserto cerca de la muñeca y se extiende más allá de la palma de la mano? ¿Notó que, en comparación con las de nuestros parientes cercanos, nuestros dedos y palma son más cortos? Esto permite mayor estabilidad y mejor resistencia a la presión y tensión en los agarres.

La marcada asimetría de la mano posibilita mayor rotación y conectividad de sus dedos.

Sin abundar en mayores detalles anatómicos, los rasgos mencionados son acaso los principales para lograr las más variadas posiciones y manipulaciones que pueden adoptar y realizar nuestras manos, tanto para las tareas más delicadas y precisas como para constituir poderosas armas ofensivas y defensivas. Los investigadores estadounidenses Michael H. Morgan y David R. Carrier han realizado un pormenorizado estudio de la conformación del puño. Aparentemente incompatibles, ambas funciones son intrínsecamente humanas (figura 5).


5. Puño, de izquierda a derecha: vistas palmar, radial y de superficie de golpe.

¿Ha sido siempre así la mano humana? ¿Qué ha pasado con las manos de nuestros antepasados homínidos desde su aparición sobre el planeta hace unos –millón más, millón menos– 6 a 8 millones de años?

Las manos de Lucy

En 1974 el paleontólogo estadounidense Donald Johanson descubrió en Etiopía el primer esqueleto casi completo de un homínido que vivió en el África oriental hace entre 3 y 4 millones de años. La nueva especie fue bautizada con el nombre de Australopitecus afarensis, y el esqueleto, perteneciente a una hembra, recibió el nombre de Lucy. Posteriormente se descubrieron fósiles de alguna especie aun más antigua. Sin embargo, la australopitecina Lucy es uno de los homínidos primitivos más completos hallados hasta el momento. Como el resto de su grupo familiar, era pequeña; a juzgar por su cráneo, tenía un cerebro similar en tamaño al de los simios, y caminaba en forma erecta. Tanto por la estructura de su pelvis y huesos de las extremidades inferiores, no hay duda de que era bípeda.

Mary Marzke, antropóloga estadounidense contemporánea, ha estudiado detenidamente los huesos de la mano y la muñeca de Lucy y ello le ha permitido inferir los aspectos funcionales y sus capacidades potenciales.12

Lucy no podía tocar el anular y meñique con la punta del pulgar.

Tampoco podía, como los otros primates, flexionar los dedos de la mano del lado del meñique hacia la base del pulgar. Cada vez que tomamos el mango de un martillo, un maletín, un palo de golf o una raqueta de tenis y los balanceamos, hacemos este movimiento sin experimentar asombro alguno.

El pulgar de Lucy era casi tan largo como en los humanos actuales.

El pulgar de Lucy era oponible a la mano…

… aunque de manera incompleta.

Lucy podía hacer con su mano como una pinza de tres puntos, con el pulgar, el índice y el dedo mayor (lo que antes se describió como “agarre de precisión”, aunque no completo). Esto le permitía el agarre, la retención y manipulación de una gran variedad de objetos de diferentes tamaños y formas, aun irregulares como las piedras.

Bajo esa modalidad, sus manos podían hacer un control fino de los objetos sostenidos entre el pulgar y las puntas de los dedos índice y mayor.

Podía sostener piedras dentro de su mano y golpear repetidamente sobre otros objetos duros (nueces, por ejemplo), o cavar buscando raíces. Esto era posible porque su mano poseía una estructura diferente de la de otros primates. Uno de los rasgos más notables es el de las articulaciones conjuntas en la base del pulgar, el índice y el dedo mayor, y en los cambios en el tamaño y la orientación de las articulaciones de los huesos de la muñeca cercanas a esos dedos, lo que permitía una rotación de ellos. Esto también le permitía absorber o amortiguar el efecto de los golpes, evitando daños y heridas. Los cambios correspondientes en los ligamentos sugieren que Lucy tenía la capacidad de realizar largas tareas de percusión usando pequeñas piedras.

Finalmente, podía realizar lanzamientos en dirección arriba-abajo, con el brazo levantado.

Como se ha dicho antes, por la conformación de la pelvis y las piernas se sabe que su postura natural, no ocasional, era bípeda.

Sin embargo, sus piernas no eran muy largas y probablemente no podía correr más rápido que otros primates.

El cambio en la estructura corporal (especialmente el desarrollo de los glúteos) probablemente fue de gran valor para la sobrevivencia y sugiere que Lucy estaba en condiciones no sólo de golpear y machacar piedras, sino también de lanzarlas con precisión y rapidez. Los chimpancés pueden y de hecho lanzan piedras, principalmente con el fin de alertar o agredir. Casi siempre las lanzan en dirección abajo-arriba (por abajo) porque no pueden usar la rotación de caderas para orientar el torso al balancear el brazo. Lucy no tenía esta limitación. Ella podía lanzar por arriba porque su hombro podía realizar una pendulación completa (incluyendo levantar el antebrazo); su mano podía realizar el agarre de precisión (imperfecto, como hemos señalado antes) y su pelvis y musculatura le habría permitido el movimiento de vaivén del eje total del cuerpo para girar y lanzar.

Marzke concluye que las manos de Lucy eran casi modernas; casi…

Golpear, aporrear y lanzar

¿Hizo el ejercicio de contar los movimientos de sus manos en una noche de insomnio? Seguramente se durmió antes de lo imaginado.

El médico, paleoantropólogo y experto en primates John Russell Napier (Reino Unido, 1917-1987) permaneció bien despierto e investigó los movimientos de las manos consideradas en su totalidad. Distinguió entre movimientos prensiles (de agarre) y no prensiles (que no implican agarre, sino sólo empuje, elevación, sea con la mano entera o con algún dedo en particular). Se dedicó a estudiar los prensiles y descubrió que hay dos movimientos básicos a partir de los cuales se despliegan todos los demás: 1) agarre de precisión, y 2) agarre de fuerza (figura 6).13

En el primer movimiento, el de agarre de precisión, el objeto es tomado entre los flexores de los dedos y el pulgar, permitiendo un agarre firme y mayor precisión en caso de arrojar el objeto. En el segundo, el de agarre de fuerza, los dedos y la palma son parcialmente flexionados mientras el pulgar hace contrapresión. De este modo se impide que el objeto se escape de la mano, permite golpear evitando el eventual daño del impacto. Estos dos tipos de agarre también se han llamado “de bola” y “de cilindro”, en asociación directa con cierto tipo de objeto y no con la función del movimiento.


6. Agarre de fuerza (izquierda) y agarre de precisión (derecha).

Napier concluyó que estos dos tipos de agarres fundamentales subyacen en todas las variaciones y habrían posibilitado tanto las acciones de defensa y ataque (golpes, aporreos, arrojo de piedras, etc.) como también la fabricación de herramientas.

Así, las acciones de golpear, aporrear y lanzar, que hoy nos pasan en general inadvertidas, podrían ser consideradas como la primera especialización de las manos, y este comportamiento habría aumentado las posibilidades de sobrevida y reproducción. Los movimientos de la muñeca en los humanos, que exceden ampliamente las capacidades de la muñeca de los chimpancés, también muestran cambios que pueden ser explicados como adaptaciones para golpear y tirar.

Los registros fósiles indican que la adaptación para golpear y lanzar comenzaron a influir en la estructura de la mano en el mismo origen o muy cerca de él, y continuaron por millones de años. Durante este prolongado período de la evolución, la mano habría vivido una profunda remodelación que mejoró las posibilidades de agarre, lanzamiento y resistencia frente a un impacto violento.

Las herramientas de piedra más antiguas halladas hasta ahora datan de apenas 2,6 millones de años, mientras que manos como las del Australopithecus afarensis, como Lucy, muy similares a las modernas, corresponden a 3,2 millones de años. Esto fortalece la idea de que las acciones de golpear, aporrear y lanzar, que le pueden ser adjudicadas, antecedieron en muchos millones de años al uso y la creación de herramientas.

De Lucy al enter

Con la mano vacía, las cosas son demasiado fuertes.

Gastón Bachelard, La tierra y los ensueños de la voluntad

¿Acaso se modificó la mano con el uso y la fabricación de herramientas? Ya el mismo Darwin había considerado esta cuestión, a propósito de los efectos del uso y desuso de las partes del cuerpo humano.

Aun martillar con precisión no es fácil, como admite cualquiera que haya tratado de aprender carpintería. Arrojar una piedra con tanta puntería como un aborigen fueguino para su defensa, o para matar pájaros, requiere la mayor y consumada perfección en la acción correlacionada de los músculos de la mano, el brazo, el hombre y, además, un fino sentido del tacto. Para arrojar una piedra o lanza y en muchas otras acciones, un hombre debe pararse firmemente sobre sus pies, y esto nuevamente requiere la perfecta coadaptación de numerosos músculos. Transformar una lasca de piedra en la herramienta más tosca, o hacer una lanza dentada o un anzuelo con un hueso exige el uso de una mano perfecta […] Los arqueólogos están convencidos de que transcurrió un enorme intervalo de tiempo antes de que nuestros ancestros pensaran en afilar lascas de pedernales para hacer utensilios pulidos […] En este sentido la estructura de la mano puede ser comparada con la de los órganos vocales, que en los monos son usados para proferir gritos como señales o, en algunos casos, cadencias musicales, pero en el hombre similares órganos vocales se han adaptado, por efectos heredados del uso, al lenguaje articulado.14

Si bien no existen pruebas concluyentes al respecto y todavía hay numerosos interrogantes a elucidar, hay acuerdo generalizado en que la evolución anatómica de la mano estuvo vinculada al uso de herramientas. Como hemos visto anteriormente, Lucy habría estado en condiciones de defenderse y atacar con mucho mayor grado de eficiencia que los chimpancés. Pese a ello, según el neurólogo Frank R. Wilson, su capacidad de aporreo estaba limitada por la falta de desarrollo de la parte cubital (ulnar) de su mano y muñeca, lo que vino luego del Australopithecus afarensis.

Flexión ulnar es el movimiento de doblar la muñeca hacia el lado del meñique, o hueso ulnar o cubital. Es el movimiento de la mano derecha que hacemos cuando oprimimos la tecla enter (figura 7).

Enfatiza este investigador que justamente la oposición ulnar o cubital es única de los humanos modernos, como broche de oro de una serie de transformaciones que afectaron toda la extremidad superior, desde el hombro hasta la punta de los dedos. La oposición de los dedos anular (4) y meñique (5), en combinación con la desviación cubital de la muñeca, permite sujetar firmemente un palo con la mano, alineado con el eje longitudinal del brazo, de manera que el balanceo del brazo-con-palo (y en consecuencia la fuerza de un golpe) aumenta. Con la habilidad para desplegar el brazo hacia afuera obtendría una ventaja letal en los combates, y una vez que este agarre de fuerte presión oblicua fue incorporado a la mano homínida, ningún adversario o presa del mismo peso habría estado a salvo en su presencia, sin resultar derribado, con un fuerte golpe en la cabeza o despellejado.

Un segundo efecto de la oposición cubital es el perfeccionamiento del agarre de precisión, que permite la manipulación de pequeños objetos entre los dedos sin tocar la palma de la mano. Con esta habilidad biomecánica, la mano habría podido no sólo golpear por un largo tiempo y manipular y arrojar piedras, sino también usar los cinco dedos para el control fino de objetos pequeños. Esta “pequeña” modificación habría incrementado enormemente el potencial funcional de la mano tanto en cuanto al combate como a la destreza digital del individuo.15


7. Flexión ulnar. Dibujo de Viviana Sacco.

Sabemos que en algún momento después de Lucy se desarrolló una articulación más móvil en la base del dedo meñique, pero se desconoce el origen de esta modificación. Hasta ahora tampoco es posible relacionar el pasaje de 400 gramos a 1,100 gramos de masa cerebral y determinar si ocurrió antes o después de este cambio en la estructura de la mano.

Lo cierto es que se produjo una coordinación de nuevas conexiones neurológicas, visuales y táctiles-motrices; también nuevas tareas para brazos y manos que requirieron uso diferenciado de manos derecha e izquierda; a la vez que capacidad de coordinación de las dos manos en tareas bimanuales.

Herramientas complejas como hachas y cuchillos muy probablemente se fueron desarrollando en comunidad, con algún tipo de división de tareas. Estos esfuerzos cooperativos habrían requerido modos de comunicación, en la forma de gestos manuales y otras expresiones corporales o vocalizaciones, o ambos. Dicho de otro modo, la fabricación cooperativa de herramientas habría provisto una precondición crucial para la evolución del lenguaje. Una comunicación emergente basada en el crecimiento de estas actividades habría conducido a una fabricación más sofisticada y también una cultura social más compleja y un lenguaje más refinado. Estos dos comportamientos, mutuamente interdependientes, también habrían sido capaces de cobrar una mejor representación en el cerebro. El lenguaje y el uso de herramientas habrían modificado profundamente las perspectivas de sobrevivencia para todos aquellos individuos con esta carga genética.

Es muy difícil decidir cuánto de estas modificaciones correlacionadas son el resultado de la selección natural y cuánto de efectos heredados por el aumento del uso de ciertas partes, o de la acción de una parte sobre otra. Sin duda estas formas de cambio a menudo cooperan: así, cuando ciertos músculos y las crestas óseas a las que están adheridos son agrandados por el uso frecuente, esto muestra que algunas acciones son realizadas habitualmente y resultan útiles. Por lo tanto los individuos que mejor las hagan tenderán a sobrevivir en gran número […] El uso libre de brazos y manos, en parte la causa y en parte el resultado de la posición erecta del hombre, parece haber conducido de manera indirecta a otras modificaciones estructurales.16

Contraprueba al canto: las manos de Madeleine

El neurólogo y escritor británico Oliver Sacks (1933-2015) refiere el caso de Madeleine, una mujer de sesenta años, ciega de nacimiento y con parálisis cerebral, para quien sus manos eran, según ella, “inútiles pedazos de masa”.

Lúcida, culta y bastante locuaz, había vivido sus sesenta años al cuidado total de su familia. Su formación en la lectura y la cultura había sido mediante la escucha de libros que le habían sido leídos, ya que ella ni siquiera leía textos en Braille. Tampoco había usado sus manos para sus necesidades personales básicas (comida, baño, etc.). Sus manos estaban inertes, inactivas.

Le habían dado siempre de comer, nunca había hecho por sí sola sus necesidades, nunca había intentado valerse ella, siempre había dejado que la ayudaran los demás. Se había comportado, durante sesenta años, como si fuese un ser sin manos.

Aunque ellas eran absolutamente normales en cuanto a la sensibilidad (tacto, dolor, temperatura, etc.), carecían de capacidad perceptiva. ¿Podría ser ello por falta de uso?

Y si era así (parecía insólito, pero era la única hipótesis que se me ocurría), ¿podría ahora, a los sesenta años, adquirir lo que debería haber adquirido en las primeras semanas y meses de vida?

Luego de tratar a la paciente con una serie de estímulos y ejercitaciones, se produjo el proceso de descubrimiento de sus propias manos que la impulsó a explorar y sentir por primera vez los objetos y las personas que le rodeaban. El proceso se coronó con un hallazgo para todos sorprendente: ¡la habilidad de Madeleine para la escultura! Pasó a ser conocida como la Escultora Ciega de St. Benedict’s.

¿Quién podría haber soñado que aquella mujer ciega y paralítica, marginada, desactivada, excesivamente protegida toda la vida, guardase en su interior el germen de una sensibilidad artística asombrosa (tan insospechada por ella como por los demás) que germinaría y florecería en una realidad extraña y bella, tras permanecer inactiva, malograda, durante sesenta años?17

“Al parecer la inteligencia como tal no tiene ningún rol; lo esencial y único es el uso”, concluyó el profesional.

Desde el fondo de la historia, Anaxágoras aplaudió con gran entusiasmo.

Demos vuelta la hoja. Del pulgar al meñique, ¿se fijó cómo lo hace?

Resumen

De estudios comparativos surgen las diferencias de las manos humanas con las de nuestros antepasados y las de otros primates.

Agarre de precisión y agarre de fuerza: dos tipos de agarres fundamentales que habrían posibilitado las acciones de defensa y ataque, como también la fabricación de herramientas, aumentando así las posibilidades de sobrevida y reproducción.

Si bien no existen pruebas concluyentes al respecto, hay acuerdo generalizado en que la evolución anatómica de la mano estuvo vinculada al uso de herramientas. La flexión ulnar, exclusiva de los humanos modernos, habría ampliado considerablemente la capacidad de supervivencia y resolución de problemas.

¿Se relaciona el ejercicio o uso de las manos con el desarrollo de la inteligencia?

12. Mary W. Marzke, “Tool making, hand morphology and fossil hominins”, Philosophical Transactions of the Royal Society B, 368 (1630): 20120414, 2013, dx.doi.org; Mary W. Marzke y R. F. Marzke, “Evolution of the human hand: Approaches to acquiring, analysing and interpreting the anatomical evidence”, Journal of Anatomy, núm. 197, 2000, pp. 121-140, entre muchas otras publicaciones.

13. John Russell Napier, “The prehensile movements of the human hand”, The Journal of Bone and Joint Surgery, 38 B.04, 1956, pp. 902-913; Richard W. Young, “Evolution of the human hand: The role of throwing and clubbing”, Journal of Anatomy, vol. 202, núm. 1, 2003, pp. 165-174.

14. Charles Darwin, Charles, The Descent of Man, cap. II, darwin-online.org.uk.

15. Frank R. Wilson, The Hand: How its use shapes the brain, language, and human culture, Pantheon Books, Nueva York, 1999.

16. Charles Darwin, The Descent of Man, cap. II.

17. Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Anagrama, Barcelona, 2008, primera parte, § 5 “Manos”, pp. 71-77.

3. Anaxágoras recargado

¿Es el ser humano inteligente porque tiene manos o tiene manos porque es inteligente?

Mientras usted lo piensa, le avisamos que esa pregunta ya se la hicieron los antiguos griegos. Se atribuyó a Anaxágoras, filósofo griego del siglo V a. C., haber afirmado que “el hombre es el más inteligente de los animales por el hecho de tener manos”.

Nacido a comienzos del siglo V a. C. en Clazomene, una pólis de Jonia, en la península de Anatolia (hoy Turquía), siendo joven se trasladó a Atenas, donde devino amigo y protegido de Pericles, hasta que fue acusado y condenado por impiedad y se exilió en Lámpsaco, donde murió. Se le atribuye un libro que, según cuenta Platón por boca de Sócrates en su obra Fedro, se vendía entonces por un dracma.

Probablemente nunca se sabrá por qué Anaxágoras propuso que las manos eran fundamentales para el desarrollo de la inteligencia, ya que lamentablemente no disponemos del texto original del que habría formado parte la frase, pero, a 2.500 años de distancia, esas palabras parecerían ser toda una anticipación. Constituyen un muy temprano y original reconocimiento al papel que las manos han desempeñado en el desarrollo material e intelectual humano. Su autor se habría sorprendido del derrotero de su afirmación a lo largo de la historia.

El famoso anatomista Charles Bell, ya mencionado, admitió que no debía sorprender que, al ver la perfección de la mano, algunos filósofos hubieran compartido su opinión con la de Anaxágoras.

Que la superioridad del hombre está en su mente, y no meramente por lo provisto por su cuerpo, es sin duda verdad; pero, a medida que avancemos, encontraremos cómo la mano provee todos los instrumentos y, por su correspondencia con el intelecto, le da el dominio universal. […]

Al ver la perfección de la mano, apenas nos puede sorprender que algunos filósofos hayan compartido la opinión de Anaxágoras en cuanto a que la superioridad del hombre se debe a su mano […] es en la mano humana que tenemos la consumación de la mayor perfección de un instrumento. En esto radica su poder, que es una combinación de fuerza con variedad y extensión de movimientos; lo vemos en las formas, relaciones y sensibilidad de sus dedos y pulgar; en las posibilidades de sostener, tirar, girar, tejer y construir; propiedades que pueden ser halladas en otros animales, pero que son combinadas para formar este instrumento más perfecto.18

Algunas décadas después, en 1871, el mismísimo Charles Darwin relacionó el desarrollo humano con el uso de las manos… y los pies:

El hombre no podría haber alcanzado su actual posición dominante en el mundo sin el uso de sus manos, las cuales están tan admirablemente adaptadas para actuar obedeciendo a su voluntad. Sir Bell insiste en que “la mano provee todos los instrumentos, y por su correspondencia con el intelecto le otorga dominio universal”. Pero las manos y los brazos no se podrían haber perfeccionado lo suficiente para fabricar armas, o lanzar piedras y lanzas con verdadera puntería, en la medida en que hubieran sido usados habitualmente para la locomoción y para sostener todo el peso del cuerpo, o, como ya fue señalado, de haber estado adaptados especialmente para trepar a los árboles. Ese tosco empleo tampoco habría permitido afinar el sentido del tacto, de cuyo uso delicado depende en gran medida. Sólo por estos motivos habría sido ventajoso para el hombre devenir bípedo, pero para muchas acciones es indispensable que los brazos y toda la parte superior del cuerpo sean liberados; con este fin debe pararse firmemente sobre sus pies. Para lograr esta gran ventaja, los pies se han debido aplanar y el dedo gordo del pie ha sido modificado de modo peculiar, a pesar de que esto ha implicado la pérdida casi total de su poder de prensión. Esto acuerda con el principio de la división de trabajo fisiológico prevaleciente en todo el reino animal; si las manos son perfeccionadas para la prensión, los pies deben ser perfeccionados para el soporte y la locomoción.19

Los humanos actuales somos sobrevivientes de un conjunto de ramas evolutivas del género Homo. El resto de nuestros congéneres sucumbieron a pesar de haber compartido con nosotros muchas características. Justamente un rasgo común a todos ha sido la postura erguida y el bipedismo, contradiciendo así una representación tan popular como falsa que muestra la evolución del hombre en una serie lineal de primates que adoptan gradualmente la postura erecta.

Bell y Darwin coinciden en la necesidad de tener una perspectiva que integre las diversas interacciones entre las partes y el todo.

La mano no es un instrumento determinado, ni una parte sobreañadida. Toda la estructura debe ajustarse a la mano y actuar con relación a ella. Nuestro propósito [investigativo] no será alcanzado si la examinamos en forma aislada; debemos extender nuestra perspectiva a todas las partes del cuerpo que están en estricta conexión con la mano.20

Pero el asombro de Anaxágoras sería verdaderamente mayúsculo frente a las investigaciones neurocientíficas contemporáneas.

En primer lugar, encontraría calificaciones de la relación mano-cerebro y mano-mente como estas: “la mano como un cerebro” (Keleman), “la mano, un órgano de la mente” (Radman y otros), “la mente hecha a mano” (Radman), “la mano: modeladora del cerebro, el lenguaje y la cultura humana” (Wilson). Si además hiciera una búsqueda rápida por internet, encontraría casi un millón de resultados para la “relación mano-cerebro”.

Nos detendremos sólo en algunos hallazgos que guardaremos en una preciosa caja de herramientas para el pensamiento crítico.

La mano no es un instrumento dócil

Las neurociencias permiten hoy en día conocer mejor el rol de la mano tanto en la evolución como en su relación con el conjunto del cuerpo. Lejos de ser un mero instrumento que “obedece” al cerebro, se ha detectado que mano y cerebro han cultivado una correlación o relación recíproca.

A medida que se expandieron la capacidad exploratoria, de manipulación y de movimiento de la mano, también lo hicieron las áreas de la corteza cerebral motora vinculadas a ella y sus áreas sensitivas, particularmente en la yema de los dedos (figura 8). Los investigadores han comprobado las conexiones sensorias y motrices entre la corteza cerebral y la mano, las cuales hacen posibles numerosas destrezas. Como contrapartida, cuando se producen daños en las áreas cerebrales sensoriomotrices, surgen dificultades no tanto en la fuerza o el movimiento de la mano, sino en la realización de tareas simples que antes del daño se cumplían adecuadamente (afecciones genéricamente denominadas apraxias).21


8. Corteza motora del cerebro humano. AMS: área motora suplementaria.

El tacto primero

Mal que le pese a la visión, que ha gozado de un prolongado reinado en la cultura occidental, hoy se le reconoce al sentido del tacto una función central en nuestra interacción con el mundo, incluso desde antes del nacimiento. Actualmente se sabe que el tacto es el primer sentido que se desarrolla en el embrión humano, mientras la visión es el último y continúa su evolución luego del nacimiento hasta la entrada del individuo en la edad adulta.

La figura del homúnculo sensitivo diseñado por Wilder Penfield en 1950 muestra la relación totalmente desproporcionada que guarda la sensibilidad de cabeza y manos con los procesos en la corteza somatosensorial: ocupan casi la mitad del procesamiento cortical (figura 9). Otras zonas del cuerpo de mayor extensión, como la espalda, ocupan sólo una pequeña parte. Basta recordar el dolor que nos provoca un pinchazo en un dedo de la mano o en la boca, comparado con el mismo producido en otras zonas del cuerpo.


9. El homúnculo sensitivo o cortical de Wilder Penfield.

A diferencia de otros sentidos, el sentido del tacto está presente en todo el cuerpo y abarca tanto las percepciones externas como las internas, desempeñando así un rol crucial en la vinculación con el mundo exterior y con el cuerpo propio. Más aún, no podemos evitarlo de manera voluntaria. Podemos cerrar los ojos para no ver, taparnos la nariz para no oler, los oídos para no oír, o la boca para evitar sentir un cierto sabor, pero no podemos impedir adrede nuestras percepciones táctiles.

El estudio de lesiones cerebrales que acarrean la pérdida de sensibilidad de la mano aportan claridad al respecto. La pérdida de la capacidad sensorial de la mano ocasiona consecuencias graves que alteran críticamente la autonomía de las personas. Pese a tener movilidad normal o nervios motores y de ahí poder normal en los músculos, los pacientes que han perdido la propiocepción (percepción, conocimiento o conciencia del cuerpo propio y los cambios en respuesta a variaciones en sus condiciones físicas y químicas)22 están impedidos de coordinar el movimiento. Sin sentido del movimiento y de la posición, todo movimiento controlado se torna imposible. La falta de propiocepción conlleva la imposibilidad de alcanzar y agarrar. En general requiere asistencia permanente.

Las manos de Ian

Si viéramos a Ian Waterman sentado en un bar, no nos llamaría la atención. Sin embargo, debe concentrarse no sólo en los movimientos a realizar con sus manos, sino también en los movimientos a evitar. En esa tarea están involucrados también sus brazos, codos y hombros. Con palabras del neurólogo Jonathan Cole, quien lo atendió e hizo conocer el caso, “cuando no puede ver sus manos o dedos, no sabe dónde están. Así, cuando trata de tomar una taza, puede enganchar con sus dedos algo que esté detrás. Tuvo que aprender a observar que no haya algo atrás de lo que agarra. Con las tazas de cerámica no tiene mayores problemas, pero sí con los vasos descartables de plástico porque no puede medir bien la presión del agarre”.23 Cuenta que en una oportunidad estrujó un vaso de plástico de tal modo que el líquido caliente se le volcó en su mano y en el escritorio. Esa noche tomó una pila de vasos descartables y la pasó sin dormir practicando el mejor modo de tomarlos, a la par de disimular sus limitaciones.

Ian enfermó a los diecinueve años y, como consecuencia de una infección, su organismo produjo anticuerpos que atacaron su sistema nervioso. Perdió el tacto y el sentido del movimiento y de posición del cuerpo del cuello para abajo. Si no veía su cuerpo, no tenía idea de dónde su cuerpo estaba y no podía coordinar los movimientos. No podía moverse de manera controlada y estaba de hecho paralizado no por debilidad, sino por imposibilidad de realizar un movimiento bajo comando. Aunque podía sentir cambios de temperatura, dolor y conservaba la capacidad motriz, quedó totalmente inhabilitado por pérdida de la propiocepción o percepción del movimiento y posición del cuerpo propio o sus partes. Sin embargo, se empeñó en su rehabilitación de modo intensivo. Tuvo que aprender a moverse de otras maneras hasta recuperar la movilidad mediante la concentración en cada movimiento. No obstante, pese a todos sus esfuerzos, nunca pudo recuperar su capacidad sensorial.

Si se le observa caminar por la calle, casi no advertiremos algo extraño en su forma de desplazarse. Sin embargo, él debe mantener su cabeza algo inclinada hacia adelante, sus brazos ligeramente hacia atrás y separados de los lados, con una pierna recta y dura porque no puede confiar en el sostén firme de sus rodillas. Si bien su andar, algo chaplinesco, parece casi normal, debe pensar en él todo el tiempo. Si estornuda, corre el riesgo de caerse.

Ian tampoco puede buscar algo con sus manos en sus bolsillos. No le es posible articular tacto y movimiento. Por lo tanto, nunca lleva monedas en sus bolsillos. Cuando compra algo mediante una nota escrita en un papel, pide le coloquen el cambio sobre el mostrador; entonces lo desliza en su palma y lo coloca en el bolsillo de su billetera. Quien lo observa no puede imaginar el largo y duro aprendizaje que le ha permitido hacer eso, como tantos otros logros que ha incorporado a su vida cotidiana a través de un prolongado reaprendizaje para recuperar su independencia: vestirse él mismo aunque demore una hora, comer por sus propios medios aunque la comida se le enfríe, inventarse juegos para reutilizar sus dedos…

Cada uno de sus movimientos debe ser analizado, repensado y luego fríamente calculado. Para desesperación de los experimentadores neurocientíficos, ¡Ian no elige siempre la misma estrategia para una misma tarea, sino que frecuentemente la modifica!

Otra dificultad a sortear por Ian fueron los gestos. ¿Nos detuvimos alguna vez a pensar en nuestros gestos manuales integrados al lenguaje verbal? Ian lo hizo: por ejemplo, para acompañar su descripción de alguien como “loco”, lleva su mano a una oreja, señalando a su cabeza con un dedo índice girando. Esto que nos parece sencillo y habitual, para él es tremendamente complicado, ya que no puede ver su mano durante este proceso y ha tenido que practicar mucho para perfeccionarlo. Lo mismo le ocurre con otros gestos que requieren la coordinación de las dos manos, como dibujar un cuadrado en el aire. A eso le agrega su permanente obsesión por disimular todo atisbo de artificialidad y predeterminación intencional de los movimientos.

Un equipo multitasking

El caso de Ian nos ayuda a comprender no sólo la importancia de las percepciones táctiles, sino también su indisoluble relación con el movimiento y la acción. Aun las más elementales sensaciones de aspereza o suavidad requieren determinadas acciones de fricción o roce, ambos aspectos vinculados en un sustrato neural de estrecha vecindad de la corteza primaria motora y la somatosensorial primaria.

Nos ayuda también a comprender algo que en neurociencias ha cobrado fuerza en las últimas décadas: la integración sensorial multimodal. Contrariamente a lo que se pensaba hasta no hace mucho, en cuanto a la conexión de una particular zona del cerebro con una particular modalidad sensomotriz, se advierte ahora que varias regiones cerebrales están implicadas en más de un sentido. Por ejemplo, en estudios de imágenes por resonancia magnética, la corteza visual primaria responde también a estímulos táctiles, incluso en ausencia del objeto percibido, sobre la base de experiencias anteriores similares que el sujeto pudiera haber tenido. Se trata entonces de procesos multimodales en los cuales las diferentes áreas neuronales, perceptivas y motrices interactúan, incluyendo componentes motores, perceptuales de visión y sonido, de interacción entre el cuerpo y el objeto, localización en el espacio, etcétera.

Esto da cuenta de una notable plasticidad de la corteza somatosensoria, incrementada por el ejercicio. De otro modo no podrían explicarse los sorprendentes logros de Helen Keller o de Ian Waterman, o la extraña experiencia de Madeleine, quien “estrenó” sus manos a los sesenta años.

Del queso a las neuronas espejo

Desde hace siglos la ciudad italiana de Parma es la cuna del queso parmesano. Ahora también puede ser considerada como el lugar de origen de las neuronas espejo, identificadas por primera vez por Giacomo Rizzolatti y su equipo de investigadores a mediados de la década de 1990. Avocados al estudio de un área específica del cerebro de los monos macacos encargada de comportamientos motores de las manos (asir, sostener, rasgar, acercar objetos o alimentos a la boca), descubrieron un fenómeno a nivel cerebral que ha tenido múltiples derivaciones.

El neurofisiólogo Vittorio Gallese caminaba por el laboratorio durante una pausa del experimento. Había un mono sentado, tranquilo, en la silla, esperando que se le asignara la próxima tarea. De pronto, justo cuando Vittorio tomó algo con la mano –no recuerda qué– oyó una descarga de actividad en la computadora que estaba conectada a los electrodos implantados en el cerebro del mono. Al oído inexperto, tal descarga le hubiera sonado similar a la estática; al oído de un neurocientífico avezado, señaló una activación de la célula pertinente del área F5.24 De inmediato, Vittorio creyó que la reacción era inusitada. El mono estaba sentado, quieto, sin pretender asir nada, y, sin embargo, esta neurona vinculada con el acto prensil se había activado.25

La novedad que asombró a los investigadores fue que esa zona cerebral se activaba (se encendía en el registro de imágenes) no sólo cuando el animal realizaba ciertos movimientos prensiles o de la boca, sino al percibir movimientos similares en otro sujeto, animal o humano.

Llamaron a las neuronas de esa zona neuronas espejo, como si ellas reflejaran la representación motriz de la misma acción en el observador. Cabe aclarar que se activaban cuando las acciones eran significativas para el observador y tendientes a lograr un objetivo, no simples movimientos. Luego detectaron la presencia del sistema de neuronas espejo también en los humanos. Con el correr de los años, el mecanismo fue corroborado en gran cantidad de experimentos y se amplió en la detección de respuestas no sólo a las percepciones visuales, a contrapelo de la preeminencia otorgada habitualmente al sentido visual y las imágenes.

En verdad fuimos los primeros en mostrar que las mismas áreas corticales activadas por la experiencia de ser tocado en el propio cuerpo se activan también al presenciar la experiencia táctil de otros. Antes y por debajo de la lectura de la mente está la intercorporeidad, la resonancia mutua de conductas sensoriomotrices intencionalmente significativas, como fuente principal del conocimiento sobre los otros que adquirimos directamente.26

Que los mismos circuitos neuronales somatosensoriales y de acción estén en la base del vínculo intersubjetivo es un descubrimiento con profundas repercusiones en muy diversas áreas del conocimiento. Tampoco es un dato menor que, en las circunstancias particulares del descubrimiento, la conexión ocurriera entre especies diferentes.

Estudios posteriores en humanos sumaron otros resultados sorprendentes. Se pudo advertir que esas mismas áreas cerebrales se activaban no sólo al realizar ciertas acciones, no sólo al percibirlas en otros, sino también al imitarlas, recordarlas o imaginarlas.

El simple hecho de que un subconjunto de las células del cerebro –las neuronas espejo– se activen cuando una persona patea una pelota, ve que alguien patea una pelota, oye que alguien patea una pelota, y aun cuando sólo pronuncia u oye la palabra “patear”, conlleva consecuencias asombrosas y nuevos modos de comprensión.27

En suma, los resultados de las investigaciones de las neurociencias y en particular los mecanismos espejo pusieron de relieve la importancia del sistema sensorial y motor para la constitución de los vínculos sociales entre individuos no sólo dentro de determinada especie, sino incluso a nivel interespecífico. Esto no significa que esos mecanismos neurales expliquen totalmente la cognición y la relación social en toda su complejidad, pero bien pueden considerarse los cimientos que sustentan la sofisticada construcción de habilidades sociales, cognitivas y también emocionales. Constituyen su “condición de posibilidad”, como le gustaba decir a Kant de otros procesos.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
195 s. 42 illüstrasyon
ISBN:
9789878140520
Yayıncı:
Telif hakkı:
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