Kitabı oku: «Por un cine patrio»
POR UN CINE PATRIO
CULTURA CINEMATOGRÁFICA Y
NACIONALISMO ESPAÑOL (1926-1936)
POR UN CINE PATRIO
CULTURA CINEMATOGRÁFICA Y
NACIONALISMO ESPAÑOL (1926-1936)
Marta García Carrión
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Marta García Carrión, 2013
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2013
Publicacions de la Universitat de València
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Diseño de la maqueta: Inmaculada Mesa
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-370-9326-0
Edición digital
ÍNDICE
Introducción: cine y nación como problema historiográfico
La construcción de la nación española: un balance historiográfico
Cine y nación: aproximaciones teóricas y líneas de investigación
Cine español, discursos nacionalistas y construcción nacional
Cultura cinematográfica y nacionalismo entre dos décadas
Capítulo 1. La aparición y consolidación de una cultura cinematográfica en España en el primer tercio del siglo XX
1.1. Las reacciones intelectuales iniciales ante el cinematógrafo (1896-1914)
1.2. La primera crítica cinematográfica y el cambio en la apreciación intelectual del cine
1.3. Hacia la configuración de una cultura cinematográfica: losaños veinte
1.4. La cultura cinematográfica en los años treinta
Capítulo 2. Nacionalismo en la cultura cinematográfica en los años finales de la dictadura de Primo de Rivera
2.1. Una nación para el cine, un cine nacional para España
2.2. Latinismo e hispanoamericanismo en el discurso cinematográfico
2.3. Nacionalizar la industria: la presencia de extranjeros en el cine español y el debate proteccionista
2.4. La españolidad vs. la españolada
Capítulo 3. El desafío del cine sonoro: hispanoamericanismo y nacionalismo lingüístico
3.1. El imperio español contraataca: nacionalismo e hispanoamericanismo contra Hollywood
3.2. Nacionalismo lingüístico y cine sonoro
Capítulo 4. El cine nacional como problema durante los años de la República
4.1. La reflexión crítica sobre el concepto de cine nacional
4.2. Tres versiones del cine nacional: Mateo Santos, Juan Piqueras y Florentino Hernández Girbal
4.3. Costumbrismo y folclore: la representación del «pueblo» español entre la autencidad y el tópico
Conclusiones
Bibliografía
Para Ana, Miriam y Nieves,
friends and associates
INTRODUCCIÓN: CINE Y NACIÓN COMO PROBLEMA HISTORIOGRÁFICO*
“Hacer cinematografía nacional es hacer patria”.1
Con esta contundencia se expresaba en 1926 el escritor y periodista cinematográfico Ramón Martínez de la Riva, quien poco después se introduciría también ocasionalmente en el campo de la realización fílmica. 2 De la Riva defendía la labor patriótica que suponía construir una cinematografía nacional argumentando que el séptimo arte estaba llamado a ser el arma y el medio de expresión de las naciones: «Dentro de unos años, nación sin cinematografía nacional propia será lo mismo que nación sin escuadras, ya que sólo la cinta de celuloide sobre el lienzo de plata podrá transmitir al mundo el espíritu, el progreso, la fuerza, la riqueza de los pueblos».
La fusión de cine y nación, de la labor cinematográfica y la misión patriótica, que hacía este crítico cinematográfico, plantea algunas cuestiones de interés, como qué se entendía por cinematografía nacional, qué presencia tuvo el nacionalismo español en el mundo del cine o qué discursos nacionalistas se desplegaron en la cinematografía, tanto en la producción como en la crítica. En un sentido más amplio, esta reflexión obliga a plantear qué relación hay entre la nación como construcción política y cultural y el séptimo arte.
Este libro pretende situar explícitamente el estudio del cine en la investigación historiográfica relativa a los nacionalismos y la construcción de las identidades nacionales. Para ello se analizará un ámbito específico del mundo del celuloide, la cultura cinematográfica, entre los años 1926 y 1936. El cinematógrafo había llegado a España en 1896 y en los años siguientes se convirtió en uno de los símbolos más representativos de la evolución de la cultura de masas protagonizada por la transformación de la sociabilidad urbana y la revolución de las comunicaciones. A la altura de los años veinte, el cine se había estabilizado desde la década anterior como uno de los espacios de ocio preferidos por el público, y el competitivo precio de sus entradas en comparación con otros espectáculos lo convertía en una oferta lúdica muy popular y así continuó siéndolo durante la década siguiente.3 Este nuevo y moderno lenguaje contribuyó (junto con otros como el de la radio) a modificar la relación con la cultura de una creciente masa de españoles.4
Estas décadas vieron el desarrollo de la cinematografía española (si bien en una trayectoria muy irregular y con fuertes crisis)5 en un periodo marcado por los intentos dirigidos a crear un cine nacional, una producción fílmica que estuviera en consonancia con la identidad española, sus tradiciones y cultura.6 pero los años veinte vieron asimismo la afirmación del cinematógrafo como medio que merecía atención intelectual, un arte sobre cuya naturaleza y posibilidades cabía reflexionar y una representación cultural que había que juzgar a partir de criterios estéticos o políticos. A partir de estos discursos se configuraría lo que christian Metz denominó «la tercera máquina» cinematográfica, la esfera del escritor cinematográfico (crítico, historiador, teórico, etcétera) que se añadiría a las de la industria y el espectador.7 Así, en la segunda mitad de la década de los veinte, se produce en España la conformación de una cultura cinematográfica que maduraría en la década siguiente. Las revistas especializadas se convirtieron en la principal plataforma que articuló esta cultura cinematográfica, pero ésta también se manifestó en la prensa general, en monografías, congresos cinematográficos, cineclubs, etcétera.
Este ámbito concreto, el de la cultura cinematográfica, es el que centra la reflexión de este libro, cuya investigación es resultado de la elaboración de una tesis doctoral.8 Esta elección se basa en la consideración de que la historia de los discursos teóricos y críticos forma una parte esencial en la historia cultural del cine9 y que su estudio es imprescindible para analizar el funcionamiento de las películas en el espacio público, su relación con los lenguajes políticos y su participación en los procesos de construcción de identidades.
El empleo del cine como fuente no es una novedad en la historiografía,10 y en los últimos años el cinematógrafo se ha convertido en un objeto de estudio historiográfico habitual, fundamentalmente desde la historia cultural.11 no obstante, el medio fílmico permanece llamativamente ausente en las principales síntesis sobre nacionalismos e identidades nacionales, y el caso español es representativo de esta tendencia. como se expondrá en las páginas siguientes, en este trabajo se ha procurado elaborar un marco interpretativo que permita establecer una perspectiva útil para el estudio del cine español y la identidad nacional en los años veinte y treinta con el objetivo de situar en la reflexión sobre la construcción nacional y los nacionalismos en España el medio que encarnó como ningún otro a la moderna cultura de masas de las primeras décadas del siglo XX.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ESPAÑOLA: UN BALANCE HISTORIOGRÁFICO
El objetivo de este libro es estudiar los discursos del nacionalismo español en el cine y la cultura cinematográfica española durante la segunda mitad de los años veinte y la segunda República, pero ello sólo es posible teniendo en cuenta el contexto de construcción y consolidación de la identidad española a lo largo del primer tercio del siglo XX. Así, no tendría sentido plantear esta reflexión si no es relacionándola con los debates que sobre la construcción de la identidad nacional española se han venido desarrollando en las últimas décadas. Todo balance sobre los estudios de la construcción de la nación española como problema historiográfico ha de destacar que, si bien ha sido un tema que en los últimos años ha generado una cantidad considerable de estudios, su consolidación es relativamente reciente, no anterior a la década de los años noventa.12 En los años setenta y primeros ochenta empezaron a aparecer diversos estudios sobre los nacionalismos periféricos realizados con una perspectiva renovada, pero no sucedió lo mismo con el nacionalismo español, que permanecía casi invisible como objeto de estudio para la historiografía.13 Aunque algunos trabajos parciales de Antonio Maravall o José María Jover en los años cincuenta y sesenta plantearon las bases para convertir el nacionalismo español en un fenómeno histórico capaz de ser analizado, lo cierto es que esto no se convirtió en un ámbito historiográfico a desarrollar. Mucho más importante fue el trabajo de un sociólogo, Juan José Linz, desde sus obras publicadas a inicios de los años setenta y sobre todo en la década siguiente. Los elementos clave de su análisis se cifran en la débil capacidad de penetración del Estado español en el siglo XIX, la ausencia de un verdadero nacionalismo español y el mantenimiento de identidades regionales que servirían de base para los nacionalismos periféricos en la época finisecular. A lo largo de la década de los ochenta aparecieron diversos trabajos sobre lo que se definía explícitamente como nacionalismo español, pero que ocuparon un espacio marginal dentro de los grandes debates historiográficos. Entre ellos destaca la aportación de Andrés de blas, quien defendió también la debilidad del nacionalismo español en el XIX, si bien afirmaba su existencia y que la nación no fue contestada hasta bien entrada la Restauración, cuando, a raíz de la emergencia de los nacionalismos periféricos, surgiría un nacionalismo español reactivo.14 Asimismo, De blas señaló en trabajos posteriores que la izquierda española tuvo un pensamiento nacional irrenunciable.15
Fue en la década de los noventa cuando se transformó el escenario de los estudios sobre la construcción de la identidad nacional española, que se convirtió en objeto de estudio por derecho propio. En este sentido, fueron decisivos los trabajos de borja de Riquer y la elaboración de la que se ha llamado tesis de la débil nacionalización española. Esta interpretación del proceso nacionalizador español fue planteada en origen como una propuesta para el debate16 y acabó por convertirse en el paradigma historiográfico dominante.
A principios de la década de los noventa, borja de Riquer publicó algunos textos que marcarían su pauta interpretativa, desarrollada en años posteriores.17 Retomando implícitamente algunos de los planteamientos de Linz, de Riquer argumentaba que la escasa eficacia del proceso de nacionalización del siglo XIX, su lentitud y superficialidad, habría provocado una débil conciencia de identidad española, lo que posibilitó que a final de siglo se consolidaran identidades nacionales alternativas a la española.18
Las posiciones de borja de Riquer alcanzaron un amplio eco, y la caracterización del proceso de construcción nacional español como débil o fracasado se convirtió en la pauta general tanto en el contexto internacional19 como en el español.20 Ello no quiere decir que la tesis de la débil nacionalización fuera un bloque homogéneo, pues lo cierto es que en ella convergieron autores con diferente fundamentación teórica e ideológica. Pero sí compartían una interpretación común, basada en que el proceso de construcción nacional en España a lo largo del siglo XIX (y hasta inicios del XX) habría sido un fracaso, producto de una revolución liberal insuficiente y un Estado débil, consecuencias de una trayectoria histórica anómala durante el XIX.21 Ello diferenciaría la evolución histórica de España de la de otros países europeos, especialmente del caso francés, empleado habitualmente como modelo normativo de construcción nacional exitosa.
Sería la publicación en 2001 de la obra de José Álvarez Junco Mater Dolorosa, que culminaba un conjunto de trabajos publicados en años anteriores, 22 escrita con la voluntad manifiesta de «relativizar» el significado de la identidad española y del españolismo como ideología nacionalista, la que se convertiría en la obra de referencia en el debate sobre la construcción de la identidad nacional española.23 Aunque en esta obra Álvarez Junco introducía algunos matices de importancia, en su conjunto avalaba la tesis de la débil nacionalización a lo largo del siglo XIX. Para Álvarez Junco, la tarea cultural de construcción de la nación estaba bastante conseguida hacia los años ochenta del XIX, pero, no se había producido una nacionalización efectiva más allá de ciertas elites, debido a la falta de voluntad nacionalizadora y a la debilidad del Estado, consecuencia de la inestabilidad política decimonónica. La interpretación de Álvarez Junco confirmaba, pues, las limitaciones de la nacionalización española, si bien de forma menos contundente que otros trabajos, y la circunscribía al siglo XIX, sentando las bases para el cuestionamiento de su aplicación en el XX.
El «paradigma» de la débil nacionalización española fue sometido a crítica ya desde finales de los años noventa, en trabajos que señalaron que estaba fundamentado en una interpretación de la historia política y social del XIX español de la que se desprendía una visión de la revolución liberal en exceso limitada y peculiar.24 La renovación historiográfica de las últimas décadas ha impugnado tanto desde la historia económica como desde la historia política la imagen de una trayectoria «anómala» y «fracasada».25 En el caso de borja de Riquer, además, el autor mantiene un esquema dual muy rígido en el contraste entre España y cataluña a los efectos de su construcción identitaria como resultado de unas trayectorias socioeconómicas opuestas, así como una contraposición extrema con otros países europeos, singularmente francia. En el análisis de Álvarez Junco, en cambio, la historia económica ocupa un lugar marginal y la atención se desplaza a la actuación del Estado y al análisis de proyectos políticos y culturales. Así Álvarez Junco señala que se hizo de manera efectiva la construcción de una cultura nacional, pero ésta sólo fue aceptada por unas élites.26
En los últimos años parece apuntarse cierta tendencia a un cuestionamiento general del paradigma del fracaso y la diferencia a la hora de abordar la construcción de la identidad nacional española contemporánea, y parece abrirse paso la idea de no centrar su estudio en torno al éxito o fracaso.27 Ello no quiere decir que haya disponible un relato alternativo completo al de la tesis de la débil nacionalización (probablemente tampoco sería deseable); así, los autores que han planteado críticas lo han hecho de manera parcial y no necesariamente coincidente. Sin embargo, podemos señalar diversos puntos que contribuyen a construir esa interpretación alternativa. En primer lugar, la reconsideración de la naturaleza y alcance de la revolución liberal española, una cuestión asentada en una sólida tradición historiográfica que se ha desarrollado en las últimas décadas. En segundo término, una redefinición del papel del Estado, no sólo por lo que respecta a discutir su rol de actor principal en el proceso de nacionalización, sino a la hora de plantear un mayor alcance de su tarea nacionalizadora.28 En tercer lugar, la importancia de la construcción de la nación desde los ámbitos regionales y locales que, lejos de plantearse como contrapuestos a la identidad nacional, funcionan como fundamento de la misma.29 En cuarto lugar, la consideración de una esfera pública y cultural nacional integrada (desde los ámbitos de la literatura y la historiografía hasta las artes plásticas) que habría contribuido a fijar el imaginario de la nación. Por último, la valoración de las distintas culturas políticas activas a lo largo del siglo XIX identificables como discursos del nacionalismo español, desde el liberalismo al conservadurismo, pasando por los discursos del republicanismo.
Así, la tesis de la débil nacionalización parte del supuesto de que la construcción de la identidad nacional y su difusión social son responsabilidad casi exclusiva del Estado a través de aparatos como la escuela o el ejército, excluyendo otros mecanismos no formalizados de nacionalización. Se sustentaría, así, en una visión muy limitada de los procesos de construcción identitaria, que los estudios más recientes han empezado a impugnar. Asimismo, cabe destacar que el hecho de que la tesis de la débil nacionalización fuera el paradigma dominante en torno al cual se desarrollaba el debate historiográfico situó al siglo XIX en el centro del debate sobre la construcción de la identidad nacional española contemporánea. De hecho, fueron pocos los trabajos que, a lo largo de la década de los años noventa, se ocuparon del estudio del proceso de construcción nacional en el siglo XX. Sin embargo, la interpretación global del fracaso y las anomalías fue asumida también por algunos historiadores que analizaban el siglo XX, proyectando así algunas de las inercias interpretativas en la historiografía española.30 En este sentido, el cuestionamiento de los fundamentos de la tesis de la débil nacionalización por lo que respecta al XIX debería servir igualmente para discutir su prolongación hacia el XX, y especialmente hacia las cuatro primeras décadas del mismo. No hay que olvidar que a la hora de analizar el siglo XX ha ocupado un lugar destacado, y particularmente en la producción de los autores extranjeros dedicados a analizar la historia española más reciente, la consideración de la guerra civil como auténtica culminación de la trayectoria de fracasos y anomalías de la historia española.
En nuestra opinión, para abordar el estudio de los discursos del nacionalismo español y la construcción de la identidad nacional en las primeras décadas del siglo sería necesario someter a una profunda revisión esta idea de la herencia de una trayectoria fracasada teleológicamente trazada a partir del supuesto fracaso final que sería la guerra civil. Así, estas cuatro décadas habría que vincularlas al que habría sido un proceso activo, y al menos parcialmente eficaz, de difusión de la identidad nacional española y de presencia de los discursos nacionalistas en la esfera pública.
Si intentamos trazar un balance de los estudios que han abordado el análisis de la construcción de la identidad nacional española para las primeras décadas del siglo XX, nos encontramos con un escenario desigual tanto en el interés por temas o marcos cronológicos como por la naturaleza de las valoraciones. Probablemente, la historia política sigue siendo el ámbito preferente o al menos el referente teórico más destacado de los estudios sobre nacionalismo e identidad nacional española, mientras que las perspectivas de la historia cultural han sido aplicadas de modo mucho más limitado.31
En este sentido, y aunque falte aún mucho por analizar, cabe destacar los trabajos dedicados al análisis de los discursos nacionalistas32 de las distintas culturas políticas y, en menor medida, a su labor nacionalizadora. 33 curiosamente, tal vez se haya avanzado más en el ámbito de las culturas políticas de la izquierda que en las de la derecha, probablemente porque se tiende a dar por descontado el carácter nacionalista de ésta mientras que el de las culturas políticas izquierdistas ha resultado un «descubrimiento» más reciente. Una de las monografías más relevantes en este sentido es el estudio de xosé Manuel núñez seixas referido al periodo de la guerra civil. En él, el autor ha analizado cómo tanto en el discurso político de las izquierdas como de las derechas estuvo muy presente la dimensión nacionalista.34 Aunque núñez seixas no lo apunta específicamente, cabe afirmar que esa retórica sería, sin embargo, imposible de entender sin tener en cuenta que el periodo de la guerra civil, aun con la especificidad que supone el conflicto bélico, no sería sino la culminación de una trayectoria más larga y que sin duda debe ocupar las primeras décadas del XX, tanto de interiorización de la retórica del nacionalismo español como de la dimensión nacionalizadora de estos mismos discursos.
Probablemente uno de los ámbitos de estudio en que se ha avanzado más es el del estudio de los discursos nacionalistas entre uno de los sectores más característicos encargados de su producción y difusión: los intelectuales. con todo, hubo que esperar hasta la publicación en 1997 de La invención de España de inman fox, primera obra que hablaba del trabajo de los intelectuales a la hora de «inventar» la nación española.35 Desde entonces, los estudios se han multiplicado, y esta reconsideración del papel de los intelectuales en relación con la elaboración del discurso nacionalista español se produce en relación con las conmemoraciones del centenario del desastre colonial. Es por ello que corresponde a la reconsideración de la «generación del 98» los primeros estudios sobre esta naturaleza nacionalista de su discurso. Posteriormente se han ido desarrollando trabajos como los de Javier Varela, ismael saz y santos Juliá, que desde perspectivas distintas y ámbitos analíticos que no son coincidentes han planteado una revisión en profundidad del escenario de la relación entre los intelectuales y los discursos del nacionalismo español.36 por supuesto, ello no significa ni que todos los intelectuales ni que todas las producciones de los mismos hayan recibido el mismo tipo de atención. Por una parte, siguen existiendo autores cuya valoración resulta ambivalente (por ejemplo, José ortega y gasset o Manuel Azaña),37 y en ocasiones hay grupos generacionales que parecen estar fuera de este tipo de análisis (la generación del 27 o, más en general, la de los intelectuales republicanos). Por otra parte, ha tendido a primarse un cierto tipo de historia intelectual tradicional, más centrada en el análisis específico de los discursos que no en la configuración de los campos intelectuales o de las prácticas discursivas (con la excepción de la difusión en prensa de algunas de estas producciones). En este sentido, se ha avanzado notablemente en el estudio de algunos de los discursos específicamente referidos a cuestiones políticas de la identidad nacional, pero menos en lo que respecta al análisis de otro tipo de manifestaciones culturales, como pueda ser la producción novelística.38
Por otra parte, y de forma tal vez paradójica, el estudio de las acciones emprendidas por el Estado y la voluntad nacionalizadora del mismo se han convertido en una llamativa ausencia. La única excepción destacable sería el importante trabajo de Alejandro Quiroga sobre la dictadura de Primo de Rivera.39 bastante más se ha avanzado, sin embargo, en el estudio de algunas conmemoraciones como las vinculadas al centenario de la Guerra de la independencia,40 aunque seguimos prácticamente sin estudios sobre otros posibles casos, así como sobre buena parte de las conexiones locales de las mismas. Más ambivalente es, todavía, el ámbito que corresponde a las representaciones y al estudio de los símbolos (ya sean impulsados por el Estado y fruto de la propia sociedad civil), aunque éste parece ser un ámbito de creciente importancia.41
Todavía queda una larga lista de temas para los cuales disponemos de pocos estudios para las primeras décadas del siglo XX. Tal vez sea el ámbito de la educación donde pueden localizarse algunas de las aportaciones más destacadas.42 por el contrario, el ámbito de la cultura popular, en su relación con la construcción de la identidad nacional, resulta un campo donde hay interesantes aportaciones parciales43 pero donde sigue faltando todavía un trabajo sistemático u ordenador. En este ámbito, el de la cultura popular y de masas, es donde el cine se sitúa como un elemento de enorme interés analítico. No obstante, lo cierto es que en los trabajos históricos sobre la identidad nacional, la ausencia del cine es generalizada y sólo puede reseñarse alguna excepción aislada.44
CINE Y NACIÓN: APROXIMACIONES TEóRICAS Y LíNEAS DE INVESTIGACIÓN
El estudio del cine en la configuración de las naciones es una línea de trabajo bastante reciente y que todavía no se ha incorporado de forma manifiesta en los principales estudios sobre nacionalismo e identidades nacionales. El caso español es especialmente significativo en este sentido, pues sólo en fechas muy recientes y de forma aislada puede encontrarse algún trabajo que analice el medio cinematográfico como espacio para la creación y difusión de imaginarios nacionales.
Las perspectivas teóricas que están en la base de esta investigación se sitúan en tres ámbitos analíticos. En primer lugar, este libro se sitúa dentro de los marcos de la historia cultural, cuya renovación en las últimas décadas la ha colocado en el centro de la discusión historiográfica.45 A partir de la renovación de la historia social, la influencia de la antropología y la teoría literaria, el impacto decisivo de la historia del «género» y los estudios postcoloniales y el desarrollo de los cultural studies se produjo un «giro» hacia la cultura en el panorama historiográfico internacional (que, a su vez, contó con variaciones y expresiones nacionales propias, no siempre coincidentes). Si bien sería muy difícil definir unas características que delimiten de forma unívoca la renovada historia cultural, pueden apuntarse algunos rasgos generales. El giro cultural ha dado lugar a una concepción de cultura no como un ámbito prefijado sino como un espacio en el que tiene cabida la recuperación de la acción de los sujetos. Por otra parte, la historia cultural busca romper (radicalizando el impulso de la historia social) el privilegio del documento impreso y del archivo de autoridades públicas como fuentes históricas, abriéndose a todo tipo de materiales. Asimismo, la historia cultural va más allá de realizar una simple llamada a la necesidad de contextualizar la producción cultural para poner en primer plano el examen de los circuitos de mediación del objeto cultural, la reconstrucción de las etapas de elaboración de una obra y la localización de las pautas preliminares de lectura o las reglas propias de cada tipo de discurso. Todo discurso sobre lo cultural ha de tener en cuenta factores materiales (técnicos o económicos), simbólicos y políticos, sin que ello signifique que su asociación agote la explicación de los fenómenos estudiados. Por último, la historia cultural ha abierto la posibilidad de interpelar los discursos y representaciones que sirven para construir (desde complejas formulaciones del poder) las identidades colectivas e individuales.
En segundo término, esta investigación se fundamenta en el papel central que ha pasado a ocupar el mundo de la cultura en los análisis sobre nacionalismo e identidades nacionales en los últimos años.46 Los estudios sobre las naciones se han visto completamente transformados en las últimas décadas y uno de los cambios más importantes ha sido, sin duda, el paso de nociones primordialistas a teorías constructivistas y modernistas de la nación.47 Estos desarrollos teóricos, así como estudios empíricos sobre movimientos nacionales, han incidido en el carácter «artificial», en cuanto manufacturado, de las naciones de los siglos XIX y XX. Así, las naciones responden a complejos procesos de imaginación creativa y elaboración ideológica, a la vez que son fijadas como entidades arraigadas, ahistóricas, esenciales o naturales. Desde estas perspectivas, se ha puesto de manifiesto el carácter «inventado» (en el sentido de «creado», no de «falso») de las culturas nacionales, reproducidas a través de manifestaciones literarias y artísticas, rituales, símbolos, prácticas, etcétera.
La aparición del libro de benedict Anderson, Comunidades imaginadas, fue un hito clave para la reflexión sobre la cultura en las teorías sobre nacionalismo.48 El impacto de la obra de Anderson difícilmente puede ser minimizado, no sólo su definición de nación como «comunidad imaginada» se ha convertido prácticamente en un lugar común en los trabajos sobre nacionalismo, sino que situó en el centro de la reflexión sobre nacionalismo el estudio de las representaciones culturales de la nación, especialmente en la novela.
La publicación de trabajos como los de benedict Anderson y Ernest gellner supuso un verdadero cambio de paradigma en los años ochenta y propició una eclosión de trabajos en Europa y también de los que cuestionaban las perspectivas europeas, los postcoloniales.49 sin embargo, los estudios de caso no se desarrollaron con la misma intensidad, pues el término «nacionalista» se reservaba mayoritariamente a los movimientos así autodenominados y no tanto a los procesos de construcción nacional de los Estados-nación consolidados. La nación continuó siendo el centro de los relatos historiográficos, pero se hizo invisible como objeto de estudio perdida la respetabilidad del nacionalismo desde final de la segunda guerra Mundial.50
En los más recientes desarrollos teóricos, cada vez son más quienes plantean la imposibilidad de formular una teoría general para el nacionalismo y han abandonado la búsqueda de un único factor explicativo omnicomprensivo. El nacionalismo ha pasado a ser entendido como una forma particular de construcción social y una «formación discursiva»,51 una «narración»,52 «un marco de referencia que nos ayuda a dar sentido y a estructurar la realidad que nos rodea».53 Este énfasis en la dimensión narrativa y cognitiva del discurso nacionalista implica que el nacionalismo es más que una doctrina política, ya que el discurso nacionalista afecta a toda la experiencia social de los individuos, a su forma de entender el mundo. Michael billig introdujo el concepto de «nacionalismo banal» para explicar los hábitos ideológicos que permiten a las naciones establecidas reproducirse día a día.54 Más allá de las manifestaciones culturales autoconscientes y abiertas, la identidad nacional está cimentada en el día a día, en los detalles mundanos de la interacción social, hábitos, rutinas y conocimiento práctico. Profundizando en esta línea, Thomas Edensor ha puesto de manifiesto que las formas y prácticas populares están rodeadas de múltiples significados, constantemente en cambio y competición, y contrastan con una identidad nacional que es presentada comúnmente proyectada hacia una herencia y un pasado comunes.55 Edensor ha criticado que los principales teóricos del nacionalismo han mantenido una concepción de la cultura muy estática en la que han quedado excluidas sus expresiones populares y cotidianas. Esta apreciación de Edensor puede aplicarse al caso del medio fílmico, pues si bien la propuesta de analizar el cine es ampliamente aceptada a nivel teórico por su papel como medio cultural dentro de la estructura de comunicación pública de medios de masas característica del siglo XX, son pocos los estudios de caso que lo tienen en cuenta.
Curiosamente, sí se ha producido un interés a la inversa, y la aplicación al cine de estas perspectivas teóricas sobre la nación se ha llevado a cabo desde la esfera de conocimiento de los estudios cinematográficos, en esencial los anglosajones. En este sentido, el tercer ámbito analítico que se encuentra en la base de este libro se encuentra en el acercamiento de los estudios fílmicos y la historiografía cinematográfica a algunas de las nuevas perspectivas de la teoría de las naciones. Es ésta una línea de investigación bastante reciente, pues en los primeros tiempos de la institucionalización del estudio del cine como disciplina académica, las películas eran analizadas como productos artísticos sin relación con una identidad nacional o una nación, a pesar del uso habitual de la noción de «cine nacional» como una categoría descriptiva.
Hasta los años setenta aparecieron de forma aislada algunos estudios que exploraban las películas como manifestación de los caracteres nacionales, o cómo las políticas y las condiciones económicas dentro de un determinado Estado-nación condicionaban la producción y la recepción fílmica.56 no obstante, fue a finales de los ochenta cuando la concentración en lo nacional emergió como una esfera de actividad crítica dentro de los estudios cinematográficos, especialmente en ámbito anglosajón. Esta orientación puede situarse dentro de una reflexión más amplia sobre las identidades políticas, en torno a de qué forma los significados colectivos son construidos por el cine e interiorizados por los espectadores. Dicha reflexión se ha desarrollado paralelamente a la insatisfacción con las respuestas ofrecidas por la llamada «gran teoría», caracterizada por el imperio de la semiótica y del paradigma del psicoanálisis, que había dominado los estudios cinematográficos en décadas anteriores.57 se trataba, así, de proveer a las investigaciones fílmicas de instrumentos que proporcionaran interpretaciones más solventes que las ofrecidas desde las categorías del psicoanálisis, tan abstractas y generales que conducían a explicaciones ahistóricas y tan firmes en su fuerza explicativa que no ofrecían lugar para prácticas de negociación o resistencia. La consideración de la experiencia cinematográfica en un sentido cultural y social más amplio llevó a cuestionar la actitud pasiva atribuida al público y su consideración como un espectador ideal. Para la teoría fílmica más reciente, el estudio de una película no puede ser aislado de su funcionamiento en el espacio público y de la naturaleza específica de la experiencia de ir al cine (la familiaridad del espectador con el medio, las prácticas de lectura y los hábitos de visionado históricamente constituidos, el papel de los espacios de exhibición…).58 Asimismo, si se ha producido un regreso metodológico al análisis textual del film, éste se entiende como una especie de escenario conflictivo de discursos en pugna por la hegemonía.
Así, en las últimas décadas, el interés creciente por cuestiones de nación, raza59 o género,60 junto con la influencia de los estudios culturales,61 ha conducido a una importante renovación teórica en los estudios cinematográficos, que han pasado a incluir también métodos y perspectivas de otras disciplinas. Respecto a las identidades nacionales, la teoría cinematográfica se ha aproximado a los planteamientos de Ernst gellner, Eric Hobsbawm, Karl Deutsch y benedict Anderson. Especialmente significativas han sido las influencias de los estudios de comunicación de Deutsch y, sobre todo, de las perspectivas sobre la cultura en la construcción de las naciones desarrolladas por Anderson.
Uno de los impulsos fundamentales para la inclusión de una reflexión sobre la identidad nacional en los estudios cinematográficos vino a partir de la emergencia del llamado «Tercer cine» como proyecto cinematográfico y marco teórico62 y de la aplicación de perspectivas postcoloniales al análisis cinematográfico.63 stuart Hall planteó en 1989 una reflexión sobre la relación entre identidad cultural y representación cinematográfica a partir de la experiencia colonial y postcolonial que explica esa nueva forma de pensar la relación del cine con las identidades.64 Hall plantea pensar las identidades culturales, no tanto como el reflejo de las experiencias históricas comunes y códigos culturales compartidos que proporciona a «un pueblo» marcos de referencia y significado estables y continuos, sino como puntos de identificación o sutura inestables que son siempre construidos dentro de los discursos de la historia y la cultura, no una esencia fija y trascendental que existe de forma ajena a ellas. En este sentido, Hall propone situar al cine no como un espejo de segundo orden que refleja una identidad cultural ya existente, sino como una forma de representación que es capaz de constituirnos como nuevos tipos de sujetos, construir puntos de identificación. Estas perspectivas han sido fundamentales a la hora de analizar las cinematografías de los países postcoloniales, 65 pero también son aplicables al estudio del cine producido dentro de los Estados-nación europeos.
A partir de mediados de los años ochenta, la aparición de trabajos como los de philip Rosen, Andrew Higson y stephen crofts fue decisiva a la hora de desestabilizar la noción de «cine nacional» como un aparato cultural monolítico, una totalidad sin fisuras que de algún modo expresa y tematiza los rasgos distintivos e intereses de una cultura nacional dada.66 Desde entonces, esta categoría ha sido repensada especialmente, si bien no en exclusiva, en el espacio anglosajón y se ha puesto de relieve la necesidad de no hacer de la idea de cine nacional una categoría ideal abstracta, aplicable en todos los contextos, que identifica a una población homogénea dentro de una frontera nacional.67 La noción de cine nacional contiene la idea de que un cuerpo particular de películas comparte una identidad única y coherente, lo que se produce a costa de la subordinación de otras identidades posibles, asumiéndose una relación directa entre artefacto cultural-identidad culturalnación: el artefacto cine habla de, para o como la nación.68 La simple asociación rutinaria entre producción cinematográfica y nación genera una especie de sentido común que contribuye a naturalizar la existencia de una determinada entidad nacional como un hecho objetivo y esencial que se mueve a lo largo de la historia en su propio desarrollo particular.
Estas consideraciones han afectado a las reflexiones teóricas y metodológicas sobre las historias del cine de base nacional, señalando la exigencia de una clarificación teórica que descentre la consideración de los cines nacionales como entes existentes per se y pase a considerarlos como construcciones culturales y, por tanto, sea necesario analizar su proceso de elaboración histórica a través de la compleja interrelación entre cuestiones industriales y culturales.69
En conjunto, pues, puede señalarse que los cambios en las teorías fílmicas, el impacto de los estudios postcoloniales y la influencia de los nuevos paradigmas en el estudio del nacionalismo, muy especialmente la obra de benedict Anderson, han situado la nación en la agenda de problemas de los estudios sobre cine a partir de los años ochenta. Desde entonces, puede reseñarse un número creciente de trabajos y estudios de caso que abordan el análisis del cine en relación con la definición de una identidad nacional o con los discursos nacionalistas.70 Las aportaciones teóricas han sido más limitadas y muchos de los trabajos se limitan a invocar la fórmula de «comunidades imaginadas» sin profundizar en una reflexión sobre la especificidad del medio fílmico. Ella shohat y Robert stam han sido dos de los autores que más se han dedicado a desarrollar las perspectivas apuntadas por Anderson aplicadas al cine.71 Ambos han destacado que las películas de ficción heredaron el papel social de la novela realista decimonónica respecto a los imaginarios nacionales: como las novelas, el cine transmite un sentido del tiempo y de su paso, sitúan acontecimientos y acciones en una línea temporal que se mueve hacia una conclusión, dando forma así al modo de pensar el tiempo histórico y la historia nacional. Los modelos narrativos en el cine son coordenadas de experiencias a través de las que la historia puede ser escrita y la identidad nacional, figurada. El cine puede transmitir los «cronotopos» bajtinianos, 72 tiempo que se materializa en el espacio, que media entre lo histórico y lo discursivo, dando entornos ficticios donde se hacen visibles entramados de poder específicos.
Algunos estudios han incidido en señalar que el cine juega un papel similar al que Anderson atribuye a la imprenta como vehículo para producir un horizonte espacio-temporal común73 y participa en la creación de un espacio comunicativo nacional.74 El cine (tanto como una experiencia cultural y forma de entretenimiento general, como las películas individuales que contribuyen a esa experiencia) es uno de los sistemas de comunicación de masas por los que la esfera pública se construye a escala nacional. Un grupo diverso de gente son así invitados a reconocerse como un cuerpo singular con una cultura común diferente a otras comunidades. Pero, además, el cine conlleva un ritual de congregación de espectadores en un espacio común, la sala cinematográfica, que puede servir como reunión simbólica que fomenta la identificación horizontal de la comunidad imaginada. otras características del medio fílmico que introducen una diferencia sustantiva respecto a la novela son que el primero no requiere un público alfabetizado y que la imagen permite una identificación más directa e intuitiva. En este sentido, la aparición del cine como nuevo medio de masas pudo ayudar a transformar el propio significado de nación y nacionalismo como signos culturales.75
Por otra parte, y al igual que otras formas artísticas, las películas contribuyen a transmitir un sentido de tradición cultural compartida y continuidad histórica de la nación, así como a la construcción de una memoria colectiva que fija un relato sobre el pasado nacional como indiscutible.76 Así, determinadas prácticas culturales que han emergido en condiciones históricas específicas son re-imaginadas por el medio cinematográfico como tradiciones nacionales auténticas, intemporales e incontestables.77 por supuesto este trabajo nunca está conseguido completamente, todos los textos fílmicos son lugar de tensiones ideológicas.
El análisis de la identidad nacional en el cine ha de ser puesto en relación con la representación de otras identidades, como las de género,78 raza79 o proyección colonial.80 De la misma forma, no puede dejar de examinarse la interacción entre el cine y otras formas culturales, extendiendo así el problema a los debates sobre el mundo de la cultura en la construcción de la identidad nacional.81
Una de las líneas de análisis más interesantes de los estudios sobre cine y nación ha sido el desarrollo de la consideración del cine en un sentido más amplio, más allá de los textos fílmicos, incluyendo su producción, consumo, públicos, discursos extracinematográficos, etcétera.82 En este sentido, hay algunos trabajos que han hecho hincapié en la necesidad de una historia de los discursos críticos que forman una cultura cinematográfica, no sólo una historia de las películas.83 Las culturas cinematográficas juegan un papel clave en la articulación del concepto de identidad nacional, y su estudio abre un espacio para aproximarnos al cine y a la identidad nacional que nos permite señalar la contingencia y el conflicto. Una forma de estudiar los cines nacionales sin reducir la compleja y contradictoria naturaleza del objeto de estudio es la investigación de los discursos hechos sobre nacionalidad, identidad nacional y cine nacional en momentos históricos específicos y en determinados Estados-nación.84 Esos discursos emanan de una pluralidad de fuentes (prensa, crítica, trabajos académicos, instituciones políticas y culturales, etcétera) que movilizan el concepto de cine nacional en diferentes direcciones y, a la vez, tratan de contenerlo y darle un sentido, valorando unas películas, directores o tradiciones de representación por encima de otras. Así, un «cine nacional» no es simplemente algo que es descrito por académicos, periodistas, historiadores y otros comentaristas, sino que es de hecho el producto imaginativo de una cultura fílmica. Por ejemplo, la elaboración de las historias del cine con base nacional ha jugado también un papel fundamental, y lo cierto es que la mayoría de las historias fílmicas seminales eran estudios de cines nacionales europeos o del cine mundial organizados en torno a líneas nacionalistas.85 La enunciación de un cine nacional implica la definición de un estilo cinematográfico, la selección de un canon de realizadores y filmes que lo representen o la promoción de una serie de valores como los característicos de la identidad nacional que debe encarnar la cinematografía. La construcción de un canon nacional supone un ejercicio de selección y exclusión, en la mayoría de casos se dicta la consideración para filmes que, de una forma u otra, son vistos como la expresión de las características (estéticas, económicas, culturales o históricas) de un cine nacional; en este sentido, los textos seleccionados están de hecho imbuidos con valores críticos y/o culturales específicos. Por ello, el concepto de cine nacional es fluido y está sujeto a incesantes negociaciones, como las definiciones de la identidad nacional.
CINE ESPAÑOL, DISCURSOS NACIONALISTAS Y CONSTRUCCIÓN NACIONAL
La incorporación de todas estas perspectivas al estudio del caso español es un desarrollo muy reciente86 y que en gran medida se encuentra todavía en estado incipiente, con la excepción del estudio de los años relativos al franquismo. Así, hasta 2003 no apareció la primera monografía que abordaba explícitamente el tema con la voluntad de ofrecer una visión global al respecto: Spanish National Cinema, de nuria Triana-Toribio.87 Esta investigación forma parte de la National Cinemas Series de Routledge y comparte con los otros volúmenes de la colección una serie de elementos característicos: toma como referentes teóricos de la nación y el nacionalismo a Ernest gellner, Eric Hobsbawm y benedict Anderson; realiza una revisión crítica de la idea de cine nacional más allá de visiones de sentido común, y plantea un recorrido histórico (sucinto, pues la obra cubre un amplio arco cronológico) por cómo se ha representado España en las pantallas y qué elementos han sido movilizados tanto en las películas como en la cultura cinematográfica para definir la «españolidad ». Así, al análisis fílmico se añade un examen del sistema discursivo generado en la prensa cinematográfica, la legislación, el papel de la estrella cinematográfica, la censura o los premios.
El impacto de estos desarrollos teóricos en el ámbito español ha sido prácticamente nulo hasta fechas muy recientes. Aunque España como espacio nacional era el marco de referencia para manuales y monografías, éste no era cuestionado o problematizado, se asumía como evidente o natural. De hecho, sólo a partir de 2000 la historiografía cinematográfica española ha comenzado a revisar el concepto de cine nacional para plantear su posible aplicación a la historia del cine español,88 si bien de forma bastante limitada, pues no ha supuesto la incorporación de una reflexión sobre la nación. Santos Zunzunegui ha sido uno de los autores que ha planteado explícitamente la cuestión de si se podría identificar una serie de elementos que sirvieran de base para caracterizar la singularidad de una cinematografía que podrían autorizar a que la denominación «cine español» recubra algo diferente a una mera adscripción administrativa de las películas realizadas en el interior de un Estado-nación concreto.89 La propuesta de Zunzunegui plantea no sólo tener en cuenta los elementos temáticos manejados por las diferentes maneras de concebir la españolidad y su manera de plasmarse en películas, sino interesarse por el nivel de las formas, intentar descifrar «bajo qué apariencias y con qué instrumentos en determinados films españoles hacen su aparición unos estilos (voluntariamente en plural) propios en los que se exprese la herencia cultural nacional».90 señala que la más importante de las reinscripciones transculturales que lleva a cabo la cinematografía española es la de una serie de «formas culturales propias», en muchos casos procedentes de la tradición popular o de vetas marginales de la cultura oficial. Si otros movimientos internacionales se cruzaron sobre el sustrato del cine español, lo hicieron sobre la base de «unas formas culturales propias, enraizadas en la tradición nacional y dotadas, en la mayoría de los casos, de gran raigambre popular». En conjunto, su planteamiento afirma que «el estudio del cine español no puede realizarse haciendo economía del conocimiento en profundidad de la historia y la cultura que dan sentido a las obras, de la línea general [cursiva original] en la que se inscriben», por lo que un análisis coherente del cine y las películas españolas «sólo es pertinente si se lleva a cabo mediante la inmersión en la especificidad cultural de la nación española».91 Zunzunegui asume que la noción de cine nacional no puede circunscribirse a una definición administrativa, pero si bien se declara de acuerdo con la idea de que la identidad nacional es un «puro constructo histórico al que el cine colabora»,92 su análisis, sin embargo, trasluce una asunción acrítica de una identidad española de la que el arte español sería su expresión a lo largo de la historia, para lo que se remonta al siglo xV. En este sentido, desde la crítica de unas interpretaciones ciertamente poco históricas como pueden ser las de Marsha Kinder, puede caerse en una visión igualmente esencialista de España en la que no hay un distanciamiento ni una reflexión sobre la nación y la idea de cine nacional como resultado de un proceso histórico en constante reelaboración. En las reflexiones de Zunzunegui, España parece presentarse como una entidad con una cultura e idiosincrasia características con siglos de antigüedad y los filmes que el autor considera que los representan son los que se engloban bajo la etiqueta de cine nacional. Dichos temas o formas expresivas como el realismo o el popularismo se definen como la manifestación de la identidad española como una realidad aparentemente evidente. 93 En este sentido, tal vez sería más interesante y, para profundizar en la perspectiva crítica que propone Zunzunegui, reconsiderar que la representatividad de estos filmes como elementos de una identidad nacional responde en realidad a un proceso previo de selección e imputación de significado en el que la propia historiografía y crítica cinematográfica han participado.
Más allá de este tipo de reflexiones sobre la idea de cine nacional aplicada al caso español,94 puede constatarse la ausencia de investigaciones empíricas que aborden el papel del cine en la construcción de la identidad española o la vinculación con los discursos nacionalistas. Hasta 2007 no se publicó en español un volumen específicamente dedicado a explorar las relaciones entre cine y nación, obra colectiva que bajo el título Cine, nación y nacionalidades en España, recogía las actas de un encuentro celebrado el año anterior en la casa Velázquez.95 Dentro del tema general, el volumen recoge participaciones de diferente orientación y cronologías, así como desigual solvencia; puede señalarse la ausencia de perspectivas teóricas sobre la nación en muchos de los capítulos así como una omisión general de los debates historiográficos sobre la construcción de la identidad nacional española.
Como se apuntaba con anterioridad, si son escasos los trabajos dedicados a cine y nación en España, cabría añadir que entre ellos una amplia mayoría se ha centrado en los periodos históricos del franquismo y la transición, siendo muchos menos los que han investigado los años anteriores. 96 Así, son muy escasas las investigaciones que se han centrado en las primeras décadas del siglo XX, a pesar de ser un momento de especial interés para examinar el papel del cine en la construcción nacional. En primer lugar, por tratarse de unas décadas clave en el proceso de nacionalización de las masas en toda Europa.97 Los (por otra parte también escasos) trabajos que han estudiado los procesos de nacionalización durante los años veinte y treinta en España se han centrado en el análisis de mecanismos formalizados de nacionalización, de la acción del Estado, y no tanto en la cultura de masas.98 Asimismo, en esas décadas se desarrolló y asentó el cinematógrafo como forma de entretenimiento y medio artístico en un momento en que se está transformando la sociabilidad y la cultura popular con la entrada de formas características de la sociedad de masas.
Posiblemente la aproximación más elaborada la encontramos en la obra general de nuria Triana-Toribio. Apoyándose en determinados estudios sobre la construcción de la identidad (básicamente los referentes bibliográficos accesibles en inglés),99 el punto de partida de Triana-Toribio es que a principios del XX, la idea de una identidad nacional española era aceptada por la clase política, pero apenas por las masas, pues los procesos de nacionalización habían sido insuficientes, el proyecto de nación-Estado había fracasado y las referencias locales en cada comunidad te nían un gran peso para la identificación de la población.100 Desde esta perspectiva, la autora cuestiona que, cuando el cine nació, pudiera servir como instrumento de construcción nacional, para reelaborar y mantener la imaginación de la comunidad nacional, en primer lugar porque tal vez «there was no nation to be reborn».101 En este sentido, pues, el análisis de Triana-Toribio está fuertemente condicionado por la aceptación inicial de la tesis de la débil nacionalización y una perspectiva que sitúa como principal principio explicador la acción institucional, a pesar de la multiplicidad de fuentes empleadas y del recurso a referentes teóricos que van en otra dirección. Esas premisas le llevan a afirmar que hasta los años cuarenta no hubo un esfuerzo por crear un cine nacional consolidado y deliberadamente patrocinado por el Estado, por lo que las «semillas» de una identidad nacional en el cine anterior sólo pueden ser «plantadas» retroactivamente. 102 Los apuntes que pueden hacerse a esta interpretación son varios, desde la aceptación acrítica de la tesis de la débil nacionalización (que parece extenderse hasta prácticamente el franquismo), hasta el mantenimiento de un esquema «institucionalista» que determina unos análisis reductores de los complejos procesos de naturalización de las identidades y asigna un papel muy reducido al cine en ellos. La propia Triana-Toribio se encarga de cuestionar sus afirmaciones, pues lo cierto es que al hablar de los años veinte y treinta reseña la presencia de discursos sobre España y la Spanishness en las películas, en diálogo con la novela, teatro y zarzuela; la existencia de una estrategia en la cinematografía española de «nacionalizar» los filmes, de recurrir a elementos populares identificados con una idea de lo español para conectar con el público y la importancia que en la crítica y la prensa cinematográfica del periodo adquirió la evaluación de la españolidad como elemento de juicio valorativo. En conjunto, pues, su análisis le lleva a apuntar que el cine español en los años veinte y treinta trató de erigir una identidad distintiva basada en la españolidad, pero no considera que esta filmografía jugara ningún papel nacionalizador por tratarse de una cuestión comercial más que de una política nacionalista consciente.
En la misma línea, pero llevando los argumentos al extremo, puede situarse la reflexión global que ha presentado Jean-claude seguin sobre el papel del cine en la formación de la conciencia nacional.103 seguin también parte de una consideración del proceso nacionalizador español como fracasado, aunque sin apoyarse en ningún referente historiográfico y ampliando la debilidad de la identidad nacional española hasta la actualidad. A partir de los renovados estudios sobre nacionalismo español que se exponían en el primer apartado de esta introducción, esta interpretación de España como un Estado-nación fracasado o inexistente resulta insostenible.104 Así, la existencia de otras identidades nacionales que cuestionan la española no puede ser utilizada como argumento para defender la inexistencia de la nación española.105 por otra parte, cabe añadir que la nación está siempre en continuo proceso de reelaboración; la identidad nacional no es algo dado ni en los estados nación más consolidados, como Estados unidos o francia, que seguin parece tomar como modelo de construcción nacional exitosa. Por último, resulta del todo paradójico que el historiador francés considere la presencia de elementos folclóricos, costumbristas o la insistencia casticista de la cinematografía española en determinados momentos históricos como los años veinte y treinta como argumentos que demuestran el alejamiento del cine de proyectos de representación de la nación española.
Desde las perspectivas teóricas sobre el nacionalismo que se han repasado anteriormente, la investigación sobre cine y nación no debería fijar la atención únicamente en la utilización del cinematógrafo por parte del Estado u otros agentes políticos como instrumento nacionalizador, sino situar en el centro del análisis elementos como el interés de la industria por apostar por una nacionalización del cine o la reiterada presencia de referentes nacionales en las películas.106 El hecho de que fueran empresas privadas las que elaboraran discursos cinematográficos de contenido españolista con un fin comercial y no político no invalida que jugaran un papel nacionalizador; de hecho, el que se verificara como una estrategia con gran éxito de público ratifica todo lo contrario.
Asimismo, el espacio de la cultura cinematográfica se abre como un ámbito de enorme interés para analizar los discursos nacionalistas, los debates sobre lo español y el papel que ha jugado históricamente la idea de cine nacional. Una investigación pionera en este sentido fue la llevada a cabo por Valeria camporesi en su análisis de los diferentes argumentos que se han dado históricamente para defender la necesidad de «españolizar » el cine y las diversas interpretaciones que sobre lo español se han desarrollado sobre todo desde la crítica cinematográfica.107 En su estudio sobre los años cuarenta y cincuenta, camporesi señala la presencia de un debate sobre las esencias nacionales en la cinematografía con diferentes discursos que buscaban legitimar una determinada práctica fílmica como la verdaderamente nacional, trazando una tradición en la cultura española, a través de otras manifestaciones artísticas como la pintura o la literatura, o la defensa de determinados atributos como consustanciales con el ser español. Así, el trabajo de camporesi, si bien no abordaba explícitamente el papel cine en la construcción nacional o su relación con los discursos nacionalistas, abría el espacio para la consideración del cine nacional como producto imaginativo de la cultura cinematográfica y planteaba la necesidad de estudiar los discursos críticos en relación con la definición de la españolidad del cine, un tipo de análisis que no ha tenido mucha continuidad en la historiografía española.108
En relación con estos últimos aspectos, quisiera destacar otro ámbito de análisis que me parece importante para la problemática planteada, los estudios que han analizado una idea casi omnipresente en los debates intelectuales y críticos sobre cine español: la españolada. Pocos conceptos sobre el cine español han tenido tanto éxito y longevidad como el de españolada, empleado para calificar determinadas películas prácticamente desde los orígenes del cine hasta la actualidad, y que ha pasado a formar parte del lenguaje común y cotidiano. A pesar de ello, se trata de un concepto que ha sido más bien poco sometido a una reflexión rigurosa por parte de los trabajos historiográficos y analíticos dedicados al cine español. 109 no obstante lo extendido que ha estado su empleo en relación con las películas, son numerosas las confusiones e inexactitudes que se derivan de los diferentes usos que se le atribuyen, así como de las interpretaciones históricas del concepto.110 De nuevo cabría resaltar la aportación de Valeria camporesi, una de las pocas investigadoras que se ha planteado la importancia de estudiar el concepto de españolada en su evolución histórica.111 según esta historiadora, aunque de modo general se entiende como españolada una visión deformada de la realidad española con connotación más o menos peyorativa, es preciso considerar los diferentes sentidos que se le imputan en cada momento y por diversas personas. camporesi señala los años veinte como el momento crítico de su empleo, si bien la polémica continuó ampliamente presente en el cine español en las décadas siguientes. La cuestión es examinar qué se considera español y qué se (des)califica como españolada, porque lo que está en juego en torno a esta expresión no es otra cosa que una disputa por establecer las esencias nacionales, el significado auténtico de España.
Asimismo, no puede obviarse que el término surgió a mediados del siglo XIX para calificar determinadas novelas sobre España, fundamentalmente de procedencia francesa, de las que Carmen de prosper Merimée era el mayor exponente. Esta literatura creó un estereotipo romántico que, con una visión fuertemente orientalista, se basaba en la caracterización de España como un país exótico, representado principalmente por sus mujeres. Algunos analistas han señalado la importancia de la aplicación de las perspectivas planteadas por los estudios postcoloniales al estudio del proceso de construcción de la identidad nacional española.112 si bien España no es un país colonial o postcolonial, sí es situado en los márgenes de Europa por los que escriben desde su centro. En ese sentido, los postcoloniales, descritos por el discurso occidental hegemónico como los «otros», construyen su identidad nacional en relación con ese discurso, con el que se mantiene una relación ambivalente en un complejo proceso de negociación. 113 Algunos autores han aplicado esta perspectiva en el caso del XIX español para analizar cómo la imagen romántica de España forjada en Europa influyó en las formas en que los intelectuales, escritores y artistas españoles de mediados de siglo definieron a la nación española.114
Teniendo en cuenta estas consideraciones, en esta investigación la idea de españolada será analizada como un elemento discursivo dentro del diálogo entre las diferentes narraciones sobre la identidad española que fueron desplegadas en las pantallas y debatidas en la cultura cinematográfica en el momento histórico preciso de finales de los años veinte y los años treinta.
CULTURA CINEMATOGRÁFICA Y DISCURSOS NACIONALISTAS ENTRE DOS DÉCADAS
A partir de los presupuestos teóricos expuestos, y siempre dentro del problema historiográfico de la construcción nacional española, este libro analiza los discursos nacionalistas en la cultura cinematográfica española entre 1926 y 1936. La cronología podría resultar un tanto sorprendente, pues no se ajusta a los límites delimitados para ningún periodo de la historia política española. No obstante, y según se expondrá a lo largo del libro, 1931 no es ningún «año cero» para el mundo del cine español a pesar de la importante ruptura política que conllevó la proclamación de la República. En realidad, los ritmos de la historia cultural son más lentos y largos que los de la historia política. Lo cierto es que las bases de la cinematografía española de los años treinta tienen mucho que ver con las de la década anterior en cuanto al tema que es objeto de interés en esta investigación, la creación de un cine nacional y popular. Asimismo, la cultura cinematográfica de la República, los críticos, el modelo de revista, se fraguó en el lustro anterior. De hecho, la cronología 1926-1936 fue apuntada ya en 1958 por el crítico y teórico cinematográfico Manuel Villegas López, quien señalaba que fue en esos años cuando surgieron y se consolidaron las revistas de mayor autoexigencia en la consideración cultural del cine, y cuando la crítica cinematográfica se profesionalizó en España, abandonando servidumbres publicitarias anteriores.115
Por otra parte, es imprescindible situar la cultura cinematográfica de los años veinte y treinta en un contexto histórico europeo caracterizado desde mediados de los años diez por la afirmación de los cines nacionales. La fijación del cine como arte narrativo y espectáculo de masas, el predominio del cine de Hollywood en las pantallas europeas y la efervescencia nacionalista marcaron el desarrollo cinematográfico de los años de entreguerras en sus vertientes de producción y especulación. Según ha señalado Robert stam, la teoría del cine debe contemplarse a la luz del crecimiento del nacionalismo, en cuyo seno el cine se convirtió en instrumento estratégico para «proyectar» imaginarios nacionales.116 Así, cabe subrayar que la idea de cine nacional nació en torno a los años de la primera guerra Mundial, y en la época de entreguerras disfrutó de una posición privilegiada en la producción y reflexión cinematográfica de toda Europa. Los debates teóricos sobre el cine se iniciaron en una época en la que no sólo la existencia de las naciones y de las identidades nacionales era un elemento «banalmente» aceptado en los Estados-nación europeos, sino que hacer apología de ellas se valoraba como algo positivo y culturalmente enriquecedor. En este sentido, no es extraño que cuando el cine se convirtió en un elemento que merecía una reflexión rigurosa, sus analistas dividieran y buscaran otorgar una coherencia a la producción e historia fílmica en consonancia con las fronteras nacionales. Más aún, que se asumiera que el espíritu intrínseco y atemporal atribuido a la nación era el que debía animar a sus películas.117
En relación con el concepto de cultura cinematográfica, cabría explicitar algunas consideraciones. En los años veinte y treinta no hay en España ámbitos de tipo académico que analicen el cine; es en periódicos, semanarios, revistas especializadas o culturales donde ésta se desarrolla. En esta investigación se ha preferido trascender las distinciones tradicionales entre escritura sobre cine «seria» y «periodística» o «popular», por dos motivos. El primero es que en un momento en el que el modelo híbrido de revista es el que predomina, establecer ese tipo de distinción es un tanto problemático. Disociar los escritos orientados a la dimensión artística o cultural del cine de los dirigidos más bien a vertientes frívolas del espectáculo cinematográfico nos daría una visión sesgada y engañosa, pues lo cierto es que ambos coexistieron en la mayoría de las revistas. En este sentido, algunas revisiones sobre la cultura cinematográfica española han señalado a Nuestro cinema como la única publicación cinematográfica especializada anterior a la guerra civil,118 un enfoque que se basa en un modelo de revista más propio de años posteriores y que resulta poco coherente si tenemos en cuenta que todos los que escribieron en ella lo hicieron también en otras publicaciones. Asimismo, el oscurecimiento del grueso de las revistas cinematográficas del periodo responde a un cierto menosprecio hacia la cinefilia «popular» presente en las consideraciones que equiparan cultura cinematográfica a crítica. Sin embargo, en el contexto preciso de los años veinte y treinta, no puede entenderse el mundo de las publicaciones cinematográficas sin tener en cuenta, por ejemplo, el importante papel que en ellas jugó la cultura del estrellato. Así, en esta investigación se ha considerado más adecuada una noción de cultura cinematográfica escrita contemplada como un espacio cultural compuesto tanto por los artículos de reflexión y las críticas de películas como por el aparato discursivo de la fan culture o cultura de fan, el material promocional. En segundo término, esta investigación analiza el nacionalismo español en la cinematografía, y la prensa especializada se aborda como uno de sus terrenos discursivos, por lo que la calidad o relevancia de su aportación a la reflexión fílmica no es el punto de referencia analítico.
En el primer capítulo se analiza el proceso histórico de construcción de una cultura cinematográfica en España a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. En este sentido, se abordarán las apreciaciones de los intelectuales hacia el cine, los principales discursos que surgieron en torno al fenómeno cinematográfico y la aparición de plataformas culturales que supondrán la institucionalización de la cultura cinematográfica. El objetivo es trazar algunas líneas generales de este proceso que permitan ubicar la cultura cinematográfica especializada que se fragua a partir de los años veinte y su desarrollo durante la República en el contexto cultural e intelectual del momento.
El capítulo segundo está dedicado a examinar la cultura cinematográfica del último lustro de los años veinte, atendiendo a las visiones sobre el cine español como cine nacional expuestas desde la industria y la crítica cinematográfica. En el capítulo se analizarán los discursos nacionalistas desplegados en monografías sobre cine, prensa especializada y general, y se prestará singular atención a un evento de gran interés como fue el i congreso cinematográfico Español celebrado en 1928. Se abordarán elementos como los debates en torno a qué es lo español y cómo debía ser su traducción cinematográfica, las argumentaciones esencialistas sobre la identidad española o los temas relacionados con la consecución de una industria cinematográfica nacionalizada. Asimismo, se analizará la retórica nacionalista y se prestará atención a la presencia de un discurso hispanoamericanista.
Los dos capítulos restantes se centran en los años treinta. El tercero se ha dedicado íntegramente a analizar el impacto que provocó la introducción del cine sonoro, la reacción de industria y cultura cinematográfica ante la nueva situación. con el cambio de década, el cine español tuvo que afrontar (ya antes pero también después de la proclamación de la República) una drástica transformación: el cambio del cine mudo al sonoro. Las dificultades de reconversión de la industria hicieron que, durante los primeros años de la década, la producción española prácticamente se paralizara y los cines se llenaran de filmes hablados en otro idioma, subtitulados o no, o de películas en español realizadas en Hollywood, a lo que se añadiría pronto la cuestión del doblaje. Las consecuencias finales que el cine sonoro tendría sobre las industrias cinematográficas nacionales o las lenguas fueron temas ampliamente debatidos. El capítulo se articula en torno a dos cuestiones que se han revelado centrales en la investigación realizada. Por una parte, el análisis del hispanoamericanismo, un discurso ya presente con anterioridad pero que la introducción del sonoro reactivará con gran potencia y nuevos desarrollos. Respecto a esta cuestión, se prestará especial atención al congreso Hispanoamericano de cinematografía celebrado en 1931, un evento que tuvo gran resonancia en su momento aunque sus consecuencias efectivas fueron más limitadas. En este apartado se analizarán los diversos discursos sobre Hispanoamérica, la idea de Hispanidad y la comprensión de la raza hispana, siempre dentro de una narrativa nacionalista sobre España y su cine. En segundo lugar, se estudiará cómo el elemento lingüístico pasó a ocupar un papel fundamental en la definición del cine nacional. El hispanoamericanismo tenía una fundamentación lingüística clara, pero la defensa de la lengua española se convirtió en un elemento central del discurso nacionalista referido al cine más allá de la reivindicación de la civilización hispana, como se analizará en la segunda parte del capítulo cuarto. En este apartado se prestará atención a la aparición de un discurso sobre la pureza del español hablado en España frente a sus versiones americanas, a la defensa de ese español «puro» por parte del mundo cinematográfico e incluso de la filología. Asimismo, se valorará la impronta castellanista que adquirió el discurso nacionalista sobre el cine y se examinará qué peso tuvo la presencia de otras lenguas peninsulares.
Por último, en el capítulo cuarto se estudiará, por un lado, la presencia de un discurso patriótico en relación con la labor crítica, las reflexiones en torno al concepto de cine nacional y los diferentes discursos empleados para justificarlo. Asimismo, se planteará un recorrido por las interpretaciones sobre el cine nacional y lo español que desarrollaron a lo largo de los años treinta tres de los críticos más importantes del momento, Mateo santos, Juan piqueras y florentino Hernández girbal, cuya influencia es más que notable ya que eran los principales representantes de las publicaciones cinematográficas más relevantes de la época, respectivamente Popular film, Nuestro cinema y Cinegramas. Por último, el capítulo se cerrará con un apartado dedicado a analizar la presencia del costumbrismo y el folclore en los discursos críticos dentro de una narración sobre lo nacional y lo popular, examinando las visiones (en muchos casos ciertamente ambivalentes) desplegadas en la cultura cinematográfica en torno a conceptos como folclore y pueblo.
Este libro es resultado de parte de mi tesis doctoral, que con título «cine e identidad nacional española durante la segunda República» fue defendida en julio de 2011. Quisiera agradecer a los miembros del tribunal que la juzgó, los profesores pedro Ruiz, Jordi casassas, nancy berthier, Juan Antonio Ríos carratalá y Vicente sánchez biosca, el interés que todos ellos demostraron por mi investigación, así como sus comentarios críticos y sugerencias, que me han ayudado no sólo a la elaboración del presente texto sino a perfilar futuras líneas de trabajo.
Por otra parte, en mi investigación han contribuido de una forma u otra muchas personas, a quienes querría agradecer su colaboración. Los primeros agradecimientos son para mis directores de tesis, Manuel Martí e ismael saz, quienes han mostrado una confianza total en mi trabajo, con una comprensión infinita hacia mis inseguridades, y han estado siempre dispuestos para prestarme su ayuda y colaboración. He tenido el privilegio de poder formar parte de un grupo de investigación y de un departamento en los que trabajan un buen número de historiadores de merecido prestigio, cuyo trabajo me ha servido de referente. En el departamento, además, coincidimos un grupo de jóvenes investigadores que trabajamos de forma muy próxima como becarios (los «paleos») y entre los que hemos mantenido siempre una estupenda relación.
En la elaboración de la tesis he consultado material diseminado en diversos archivos, bibliotecas y filmotecas. Quisiera agradecer particularmente la amabilidad que ha tenido siempre conmigo el personal de filmoteca Valenciana, tanto en biblioteca y hemeroteca como en videoteca y archivo fílmico. También quiero dar las gracias a mi amigo José David sá, quien me prestó su ayuda y sus conocimientos informáticos, y a Mónica granell por ayudarme a mejorar este libro.
Entre mis compañeros quisiera destacar a quien ha sido mi «hermano » en el no siempre fácil camino de la investigación, xavier Andreu, un excelente historiador de quien he aprendido mucho. y muy especialmente quiero reconocer y agradecer la ayuda y el apoyo constante que a lo largo de todo este tiempo me ha prestado ferran Archilés, quien, además, me acompaña en el juego. Por último, quisiera mencionar a mi familia y a mis amigos, de quienes la realización de la tesis me tuvo apartada en muchas ocasiones a pesar de que son lo más importante.
* La autora participa en el proyecto de investigación «De la dictadura nacionalista a la democracia de las autonomías: política, cultura, identidades colectivas» (HAR2011-27392).
1 R. Martínez de la Riva: «La cinematografía española en el film latino», ABC, 10 de octubre de 1926. Todos los artículos de Martínez de la Riva en ABC y Blanco y negro a los que se hace referencia a lo largo del libro están recogidos en R. Martínez de la Riva: El lienzo de plata. Ensayos cinematográficos, Madrid, Mundo Latino, 1928, obra en la que el autor recopilaba treinta y nueve de sus artículos sobre cine, de temática diversa y sin fechar.
2 Escribió y dirigió los filmes En tierra del sol (1928) y El nocturno de Chopin (1932).
3 C. Serrano y S. Salaün (eds.): Los felices años veinte. España, crisis y modernidad, Madrid, Marcial pons, 2006; A. Aguado y M. D. Ramos: La modernización de España (1917-1939). Cultura y vida cotidiana, Madrid, síntesis, 2002.
4 Sobre la aparición de una cultura de masas en España, véanse J. f. fuentes: «El desarrollo de la cultura de masas en la España del siglo XX», en A. Morales (coord.): Las claves de la España del siglo XX. La cultura, Madrid, España nuevo Milenio, 2001, pp. 287-305; J. Uría: La España liberal (1868-1917). Cultura y vida cotidiana, Madrid, síntesis, 2008.
5 sobre el cine español de los años veinte, véanse J. cánovas belchi: El cine en Madrid (1919-1930): hacia la búsqueda de una identidad nacional, Murcia, universidad de Murcia, 1990; J. pérez perucha: «narración de un aciago destino (1896-1930)», en R. gubern (coord.): Historia del cine español, Madrid, cátedra, 1995, pp. 19-121; J. pérez perucha: «Cine español: 1918-1929», en g. Domínguez y J. Talens (dir.): Historia General del Cine. Europa y Asia (1918-1930), Madrid, cátedra, 1997, pp. 95-117; E. C. García fernández: El cine español entre 1896 y 1939. Historia, industria, filmografía y documentos, barcelona, Ariel, 2002; i. Lahoz: La construcción de un cine nacional. Fracaso industrial y éxito popular entre 1921 y 1930, Madrid, Liceus, 2005. sobre el cine español durante la segunda República los trabajos de referencia siguen siendo las ya clásicas obras de Romà gubern, Manuel Rotellar y José M.ª caparrós Lera. Véanse R. gubern: El cine sonoro en la Segunda República, 1929-1936, barcelona, Lumen, 1977 (una síntesis posterior en R. gubern: «El cine sonoro (1930-1939)», en Historia del cine español, Madrid, cátedra, 1995); M. Rotellar: Cine español de la República, Donostia, XXV festival de cine de san sebastián, 1977; J. M. caparrós: El cine republicano español, 1931-1939, barcelona, Dopesa, 1977 y J. M. caparrós: Arte y política en el cine de la República, barcelona, Ediciones siete y Medio, 1981. Véase también la importante monografía sobre cifesa de f. fanés: El cas Cifesa: vints anys de cine espanyol (1932-1952), Valencia, filmoteca de la generalitat Valenciana, 1989. Desde esas fechas, los estudios generales sobre el cine de la segunda República han sido más bien escasos, cabe destacar el riguroso trabajo de recopilación de datos referidos a los tres sectores de la industria cinematográfica (producción, distribución y exhibición) en E. c. garcía fernández: El cine español entre 1896 y 1939, cit. un breve pero muy interesante recorrido por el cine en cataluña en esos años puede encontrarse en Història de la cultura catalana. Vol. 9, 1931-1939, barcelona, Edicions 62, 1998, pp. 243-258. En 2011, el XIII congreso de la Asociación Española de Historiadores del cine se dedicó al periodo republicano. Véase Aurora y melancolía: el cine español durante la Segunda República (1931-1939), A coruña, Vía Láctea, 2011. por otra parte, se hace imprescindible la consulta de los catálogos que recopilan la filmografía de ficción producida en España durante ambas décadas, p. gonzález López y J. T. cánovas belchi: Catálogo del cine español. Películas de ficción 1921-1930, Madrid, filmoteca Española, 1993; J. B. Heinink y A. Vallejo: Catálogo del cine español. Films de ficción, 1931-1940, Madrid, filmoteca Española, 2008.
6 En este sentido, véanse J. cánovas belchi: El cine en Madrid, cit.; M. García carrión: Sin cinematografía no hay nación. Drama e identidad nacional en la obra de Florián Rey, Zaragoza, institución fernando el católico, 2007.
7 c. Metz: El significante imaginario. Psicoanálisis y cine, barcelona, paidós, 2001, p. 25.
8 He publicado una primera aproximación al tema en M. García carrión: «Escribir sobre cine para hablar de España. cultura cinematográfica y nacionalismo español en los años veinte y treinta», en i. Saz y f. Archilés (eds.): Estudios sobre nación y nacionalismo en la España contemporánea, Zaragoza, prensas universitarias de Zaragoza, 2011, pp. 169-202.
9 En la consolidación de esta línea de trabajo ha sido decisiva la aportación de Antoine de baecque en sus estudios sobre la cinefilia y la crítica cinematográfica, véase A. de baecque: La cinéphilie. Invention d’ un regard, histoire d’ une culture, 1944-1968, parís, fayard, 2003.
10 En este sentido, cabría destacar los trabajos pioneros de Marc ferro y pierre sorlin en los años setenta. Véanse M. ferro: «Le film. Une contre-analyse de la société?», en J. Le goff y p. Nora (dirs.): Faire de l’ histoire. Vol. 3. Noveaux objets, parís, gallimard, 1974, pp. 315-341; M. Ferro: Analyse de film, analyse de sociétés: une source nouvelle pour l’histoire, parís, Librairie Hachette, 1975; M. Ferro: Cine e historia, barcelona, gustavo gili, 1980; M. Ferro: Historia contemporánea y cine, barcelona, Ariel, 1995; p. Sorlin: «clio à l’ écran ou l’ historien dans lenoir», Revue d’ histoire moderne et contemporaine, 21-2, 1974, pp. 252-278; p. Sorlin: Sociología del cine. La apertura para la historia de mañana, México D. f., fcE, 1992 [ed. original, 1977].
11 para una evolución de la mirada del historiador hacia el cine, véase «Le cinéma: de la source à l’ objet culturel», en p. Poirrier: Les enjeux de l’histoire culturelle, París, Editions du Seuil, 2004, pp. 159-169. Dos balances en español son s. de pablo: «introducción. cine e historia: ¿La gran ilusión o la amenaza fantasma?», Historia Contemporánea. Cine e historia, 22, 2001, pp. 9-28; M. García carrión: «Historiografía y medios audiovisuales: el ejemplo del cine», en A. Barrio, J. de Hoyos y R. Saavedra (eds.): Nuevos horizontes del pasado: culturas políticas, identidades y formas de representación, santander, publican, 2011, pp. 127-140.
12 Como balance historiográfico, véase f. Molina: «Modernidad e identidad nacional. El nacionalismo español del siglo XIX y su historiografía», Historia social, 52, 2005, pp. 147-172. Un trabajo que analiza exhaustivamente tanto el debate sobre la identidad nacional española como el contexto historiográfico y cultural en el que surgió es F. Archilés: «Melancólico bucle. Narrativas de nación fracasada e historiografía española contemporánea», en i. Saz y f. Archilés (eds.): Estudios sobre nación y nacionalismo en la España contemporánea, Zaragoza, Publicaciones universitarias de Zaragoza, 2011, pp. 245-330.
13 Véase el balance bibliográfico de X. M. Núñez Seixas: «Los oasis en el desierto. Perspectivas historiográficas sobre el nacionalismo español», Bulletin d’ Histoire Contemporaine de l’Espagne, 26, 1997, pp. 483-533.
14 A. de Blas: Nacionalismo e ideologías políticas contemporáneas, Madrid, Espasa-calpe, 1984.
15 A. de Blas: Tradición republicana y nacionalismo español, Madrid, Tecnos, 1991.
16 Debate planteado entre borja de Riquer y Juan pablo fusi en 1990, b. de Riquer: «Sobre el lugar de los nacionalismos-regionalismos en la historia contemporánea española», y J. P. Fusi: «Revisionismo crítico e historia nacional (a propósito de un artículo de borja de Riquer)», Historia social, 7, 1990, pp. 105-134.
17 B. De Riquer: «Reflexions entorn de la dèbil nacionalització espanyola del segle XIX», L’Avenç, 170, 1993, pp. 8-15; B. de Riquer: «La débil nacionalización española en el siglo XIX», Historia social, 20, 1994, pp. 97-114. Este autor amplió y desarrolló con posterioridad sus perspectivas en b. de Riquer: Identitats contemporànies: Catalunya i Espanya, Vic, Eumo, 2000, y b. de Riquer: Escolta Espanya. La qüestió catalana en l’ època liberal, Madrid, Marcial Pons, 2001.
18 Esa debilidad de la nacionalización se vinculaba con las «peculiaridades» de la revolución liberal en España, que habrían impedido la consolidación hegemónica de una burguesía liberal que formulara un proyecto nacional coherente y consensuado. incidía igualmente en la limitada capacidad del Estado para impulsar una acción unificadora y en una visión de España como un país poco vertebrado económica y socialmente. Asimismo, De Riquer señalaba que la nacionalización española en el siglo XIX había sido ya percibida como débil en su momento, especialmente en el contexto finisecular.
19 Por ejemplo, c. Mar-Molinero y A. Smith: Nationalism and the Nation in the Iberian Peninsula, Oxford-Washington, berg, 1996; s. Balfour: The End of Spanish Empire, 1898-1923, Oxford, Oxford university press, 1997; c. Boyd: Historia Patria. History, Politics and National Identity in Spain, 1875-1975, princeton, princeton university press, 1997; diversas colaboraciones en c. Serrano (dir.): Nations en quête de passé. La peninsule ibérique (XIXE-XXe siècles), parís, presses de l’université de Paris-Sorbonne, 2000; J. L. Guereña: «État et nation en Espagne au XIXe siècle», en f. campuzano (coord.): Les nationalismes en Espagne. De l’État libéral á l’État des autonomies (1876-1978), Montpellier, université paul Valéry-Montpellier iii, 2001, pp. 17-38.
20 x. M. Núñez seixas: «Los oasis en el desierto. Perspectivas historiográficas sobre el nacionalismo español», Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 26, 1997, pp. 483-533; J. Beramendi: «identidad nacional e identidad regional en España entre la guerra del francés y la guerra civil», en Los 98 ibéricos y el mar. El Estado y la política, vol. 3, Madrid, sociedad Estatal Lisboa 98, 1998, pp. 187-215; c. Serrano: El nacimiento de Carmen: símbolos, mitos, nación, Madrid, Taurus, 1999; x. M. Núñez seixas: «La construcción del Estadonación español en el siglo XIX: ¿Éxito incompleto o fracaso relativo?», en VV. AA.: L’Estatnació i el conflicte regional: Joan Mañé i Flaquer, un cas paradigmàtic, 1823-1901, barcelona, publicaciones de la Abadía de Montserrat, 2004.
21 Véase f. Archilés: «Melancólico bucle», cit.
22 J. Álvarez Junco: «The nation-building process in nineteenth-century spain», en C. Mar-Molinero y A. Smith: Nationalism, cit., pp. 89-106; J. Álvarez Junco: «El nacionalismo español como mito movilizador. cuatro guerras», en R. cruz y M. Pérez Ledesma (eds.): Cultura y movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza Editorial, 1997, pp. 35-68; J. Álvarez Junco: «La nación en duda», en J. Pan-Montojo (coord.): Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo, Madrid, Alianza Editorial, 1998, pp. 405-475.
23 J. Álvarez Junco: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 2001.
24 En este sentido, jugó un papel crítico clave el grupo de investigación dirigido por ismael Saz desde Valencia. Véase M. Martí y f. Archilés: «La construcción de la nación española durante el siglo XIX: logros y límites de la asimilación en el caso valenciano», Ayer, 35, 1999, pp. 171-190; f. Archilés y M. Martí: «un país tan extraño como cualquier otro: la construcción de la identidad nacional española contemporánea», en M. c. Romeo e i. Saz (eds.): El siglo XX. Historiografía e historia, Valencia, universitat de València, 2002, pp. 245-278; VV. AA.: «Un debate sobre el Estado de la nacionalización», Spagna contemporanea, 14, 1998, pp. 139-148. Véase también la reseña de Identitats contemporànies: Catalunya i Espanya que realizó I. Saz en Recerques, 41, 2001, pp. 238-242.
25 A. Schubert: A Social History of Spain, Londres, Routledge, 1990; D. R. Ringrose: Spain, Europe and the «Spanish Miracle», 1700-1900, cambridge, cambridge University Press, 1996. Sobre la pervivencia de una trayectoria de anomalía y fracaso como paradigma de la historia española desde el siglo XIX y su refutación a partir de los años setenta, véase s. Juliá: «Anomalía, dolor y fracaso de España», Claves de razón práctica, 66, 1996, pp. 10-21. Ha insistido en situar el debate sobre la construcción nacional en una metanarrativa sobre el atraso y anomalía de España f. Archilés: «Melancólico bucle», cit.
26 Sin embargo, en este sentido, cabría aducir que en ningún país europeo hubo, antes del último tercio del siglo XIX, una voluntad de nacionalización de las masas, por lo que el caso francés no sería tan diferente; así lo señalaron f. Archilés y M. Martí: «una nació fracassada? La construcció de la identitat nacional española al llarg del segle XIX», Recerques, 51, 2005, pp. 141-163.
27 En este sentido parece apuntar J. Moreno Luzón: «El fin de la melancolía», en J. MorenoLuzón (ed.): Construir España. Nacionalismo español y procesos de nacionalización, Madrid, Marcial pons, 2007, pp. 13-24. Ha advertido de cerrar ese debate en falso f. Archilés: «Melancólico bucle», cit.
28 s. calatayud, J. Millán y M. c. Romeo: «El estado en la configuración de la España contemporánea. Una revisión de los problemas historiográficos», en s. calatayud, J. Millán y M. C. Romeo: Estado y periferias en la España del siglo XIX. Nuevos enfoques, Valencia, PUV, 2009, pp. 9-130.
29 x. M. Núñez seixas: «The region as the essence of the fatherland: regional variants of spanish nationalism», European History Quaterly, 31-4, 2001, pp. 483-518; f. Archilés y M. Martí: «La construcció de la regió com a mecanisme nacionalitzador i la tesi de la dèbil nacionalització espanyola», Afers, 48, 2002, pp. 265-308; f. Archilés: «Hacer región es hacer patria. La región en el imaginario de la nación española de la Restauración», Ayer, 64, 2006, pp. 121-147.
30 S. Holguín: República de ciudadanos. Cultura e identidad nacional en la España republicana, barcelona, crítica, 2003; c. Boyd: Historia Patria, cit.
31 son muy escasas las obras que se pueden citar en este sentido. Una temprana excepción es la recopilación de trabajos publicada por J. c. Mainer: La doma de la quimera (ensayos sobre nacionalismo y cultura en España), barcelona, servei de publicacions uAb, 1988.
32 un ámbito de estudio específico por su naturaleza transversal a diversas culturas políticas es el que afecta al estudio de los discursos del hispanoamericanismo. Un trabajo más clásico es i. Sepúlveda: El sueño de la Madre Patria: Hispanoamericanismo y nacionalismo, Madrid, Marcial pons, 2005; otro estudio más reciente es D. Marcilhacy: Raza hispana. Hispanoamericanismo e imaginario nacional en la España de la Restauración, Madrid, centro de Estudios políticos y constitucionales, 2010.
Todavía más singular podrían resultar las aportaciones que relacionan los discursos del nacionalismo español con los sefarditas, E. Touboul: Séphardisme et Hispanité. L’Espagne à la recherche de son passé (1920-1936), París, PUPS, 2009. Mención aparte sería el del estudio de los discursos y prácticas colonialistas, especialmente las vinculadas al africanismo, en relación con los discursos del nacionalismo español. Aunque parece fuera de duda la íntima conexión que existe entre los discursos africanistas, el regeneracionismo y los discursos nacionalistas, sobre todo entre los sectores más conservadores, esta perspectiva no se ha desarrollado específicamente a pesar de que los estudios sobre el africanismo cuentan con una larga tradición en España. como trabajo destacado sobre la construcción de estereotipos, véase E. Martín Morales: La imagen del magrebí en España. Una perspectiva histórica siglos XIX-XX, barcelona, bellaterra, 2002.
33 f. Archilés: «una nacionalización no tan débil: patriotismo local y republicanismo en castellón (1891-1910)», Ayer, 48, 2002, pp. 283-312; p. Salomón: «El discurso anticlerical en la construcción de una identidad nacional española republicana (1898-1936)», Hispania Sacra, 54, 2002, pp. 485-497; p. Salomón: «Anarquisme i identitat nacional espanyola a l’inici del segle XX», Afers, 48, 2004, pp. 369-382; J. de Diego: Imaginar la República. La cultura política del republicanismo español, Madrid, centro de Estudios políticos y constitucionales, 2008; c. forcadell: «Los socialistas y la nación», en C. forcadell, i. Saz y p. Salomón (eds.): Discursos de España en el siglo XX, Valencia, puV, 2009, pp. 15-34; p. Salomón: «Republicanismo e identidad nacional española: la república como ideal integrador y salvífico de la nación», ibid., pp. 35-64. Algunas consideraciones sobre el concepto de cultura política y su aplicación para el estudio del nacionalismo español en i. Saz: «La historia de las culturas políticas en España (y el extraño caso del “nacionalismo español”)», en b. Pellistrandi y J. f. Sirinelli (dirs.): L’histoire culturelle en France et en Espagne, Madrid, casa de Velázquez, 2008, pp. 215-234, concretamente pp. 225 y ss.
34 x. M. Núñez seixas: ¡Fuera el invasor! Nacionalismos y movilización bélica durante la Guerra Civil española (1936-1939), Madrid, Marcial pons, 2006. Véase también J. Álvarez Junco: «El nacionalismo español como mito movilizador. cuatro guerras», en R. cruz y M. Pérez Ledesma (eds.): Cultura y movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza Editorial, 1997, pp. 35-67.
35 I. Fox: La invención de España, Madrid, cátedra, 1997.
36 J. Varela: La novela de España. Los intelectuales y el problema español, Madrid, Taurus, 1999; i. Saz: España contra España. Los nacionalismos franquistas, Madrid, Marcial Pons, 2003; S. Juliá: Historias de las dos Españas, Madrid, Taurus, 2004.
37 En el caso de ortega, y a pesar de las interesantes aportaciones de Javier Valera, Ismael Saz y Andrés guerrero, no disponemos todavía de una monografía específica sobre su pensamiento nacional. La única excepción, claramente insuficiente, es el trabajo de E. Aguilar: Nación y nacionalismo en el pensamiento de Ortega y Gasset, buenos Aires, ciudad Argentina, 1998. Puede verse una valoración de la bibliografía que ha trabajado este tema en f. Archilés: «La nación de las mocedades de José ortega y gasset», en c. forcadell, I. Saz y P. Salomón (eds.): Discursos de España, cit., pp. 65-121. La ausencia de bibliografía sobre Azaña y el nacionalismo español es todavía más significativa.
38 En contraste con algunos análisis sobre la novela durante la Restauración, véase F. Archilés: «La novela y la nación en la literatura española de la Restauración: región y provincia en el imaginario nacional», en c. forcadell y M. c. Romeo (eds.): Provincia y nación. Los territorios del liberalismo, Zaragoza, prensas universitarias de Zaragoza, 2006, pp. 161-190.
39 A. Quiroga: Haciendo españoles: la nacionalización de las masas en la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), Madrid, centro de Estudios políticos y constitucionales, 2008.
40 C. Demange: El dos de mayo. Mito y fiesta nacional, 1808-1958, Madrid, centro de Estudios políticos y constitucionales, 2004; J. Moreno Luzón: «Entre el progreso y la Virgen del Pilar. La pugna por la memoria en el centenario de la guerra de la independencia», Historia y Política, 12-2, 2004, pp. 41-78; J. Moreno Luzón: «Mitos de la España inmortal. Conmemoraciones y nacionalismo español en el siglo XX», en C. Forcadell, I. Saz y P. Salomón (eds.): Discursos de España, cit., pp. 123-146; I. Peiró: La Guerra de la Independencia y sus conmemoraciones (1908, 1958, 2008), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2008.
41 J. F. Fuentes: «La idea de España en la iconografía de la derecha española», Claves de la razón práctica, 140, 2004, pp. 74-80; M. A. Fernández: «La imagen de España en la prensa obrera durante el primer tercio del siglo XX», Cercles. Revista d’ història cultural, 8, 2005, pp. 196-213.
42 M. M. del pozo: Currículum e identidad nacional. Regeneracionismos, nacionalismos y escuela pública (1890-1939), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; M. M. del Pozo: «La construcción de la identidad nacional desde la escuela: el modelo republicano de educación para la ciudadanía», en J. Moreno Luzón (ed.): Construir España, cit., pp. 207-232. Véase asimismo el monográfico dedicado a «Educación y construcción de las identidades nacionales» de Historia de la educación. Revista interuniversitaria, 27, 2008.
43 c. Serrano: El nacimiento de Carmen, cit.; J. P. fusi: España. La evolución de la identidad nacional, Madrid, Temas de Hoy, 2000, pp. 189-196. Para el caso específico de los toros, véase A. Shubert: A las cinco de la tarde. Una historia social del toreo, Madrid, Turner, 2002, ypara la zarzuela, s. Salaün: «La zarzuela finisecular o el consenso nacional», en L. García (ed.):Ramos Carrión y la zarzuela, Zamora, instituto de Estudios Zamoranos florián de ocampo, 1993; s. Salaün: «Zarzuela e historia nacional», en J. covo (ed.): Las representaciones del tiempo histórico, Lille, presses universitaires de Lille, 1994, pp. 179-186.
44 Es el caso de s. Holguín: República de ciudadanos, cit., que dedica un capítulo al empleo del cinematógrafo por parte de los poderes públicos en la tarea nacionalizadora.
45 sobre la historia cultural pueden verse las obras J. serna y A. pons: La historia cultural. Autores, obras, lugares, Madrid, Akal, 2005; P. Burke: ¿Qué es la historia cultural?, Barcelona, Paidós, 2006; P. Ory: L’ histoire culturelle, París, PUF, 2004; U. Daniel: Compendio de historia cultural, Madrid, Alianza Editorial, 2005; A. Arcangeli: Che cos’ è la storia culturale, Roma, Carocci, 2007. Una importante obra reciente que plantea una perspectiva comparada es la de p. poirrier (dir.): L’histoire culturelle: un «tournant mondial» dans l’historiographie?, Dijon, Editions universitaires de Dijon, 2008.
46 Una visión general en G. Eley y R. G. Suny: «Introduction: from the moment of social history to the work of cultural representation», en G. Eley y R. G. Suny (eds.): Becoming National: A Reader, Oxford-Nueva York, Oxford University Press, 1996, pp. 3-37. Véase asimismo el excelente repaso crítico por las teorías del nacionalismo U. Özkirimli: Theories of Nationalism. A Critical Introduction, nueva york, palgrave, 2010. Dos balances en español son los de J. M. Faraldo: «Modernas e imaginadas. El nacionalismo como objeto de investigación histórica en las dos últimas décadas del siglo xx», Hispania, 61-209, 2001, pp. 933-961; y J. Andrés y F. Archilés: «naciones y nacionalismos: un balance teórico e historiográfico», Ágora. Revista de ciencias sociales, 7, 2002, pp. 89-122.
47 Entre las principales aportaciones a esta reconceptualización de la nación pueden destacarse los trabajos de E. Kedourie: Nationalism, Londres, Hutchinson, 1960; K. Deutsch: Nationalism and Social Communication: An Inquiry into the Foundations of Nationality, cambridge, MIT press, 1966; E. Gellner: Thought and Change, Londres, Weidenfeld & nicolson, 1964; E. Gellner: Nacionalismo, barcelona, Destino, 1998; E. Hobsbawm: Naciones y nacionalismo desde 1780, barcelona, crítica, 1991; M. Hroch: La naturalesa de la nació, catarroja, Afers, 2001.
48 B. Anderson: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México D. F., FCE, 1993.
49 P. Chatterjee: The Nation and Its Fragments: Colonial and Postcolonial Histories, Princeton, Princeton University Press, 1993.
50 S. Berger, M. Donovan y K. passmore: «Historians and the nation-state. some conclusions », en S. Berger, M. Donovan y K. Passmore (eds.): Writing National Histories: Western Europe since 1800, Londres, Routledge, 1999, pp. 281-304; S. Berger: «A Return to the National Paradigm? national History Writing in germany, italy, france and britain from 1945 to the present», Journal of Modern History, 77-3, 2005, pp. 629-678. francia es un caso especialmente significativo de esta tendencia, pues además el impacto de las nuevas perspectivas sobre nacionalismo ha sido menor que en otros países, y hasta prácticamente los años noventa el nacionalismo francés quedaba reducido a sus manifestaciones reaccionarias en el contexto finisecular y se negaba que existiera un nacionalismo que arrancara en los siglos XVIII o XIX. El primer trabajo que acusó la influencia de la obra de Anderson, aunque no aplicada a francia, fue A. M. Thiesse: La creation des identités nationales. Europe XVIII-XX siècle, París, Edition du Seuil, 1999. con anterioridad, un trabajo pionero para el caso francés fue S. Citron: Le mythe national, París, Les Éditions ouvrieres, 1991.
51 C. Calhoun: Nacionalisme, Catarroja, Afers, 2008.
52 H. Bhabha: «Introduction: narrating the nation», en H. Bhabha: Nation and Narration, Londres, Routledge, 1990.
53 U. Özkirimli: Contemporary Debates on Nationalism. A Critical Engagement, Nueva York, palgrave, 2005.
54 M. Billig: Nacionalisme banal, catarroja, Afers, 2006.
55 T. Edenson: National Identity, Popular Culture and Everyday Life, Oxford-Nueva York, Berg, 2002.
56 El trabajo pionero en esta línea es s. Kracauer: De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán, Barcelona, Paidós, 2002 [ed. original, 1947]. Cabe mencionar también M. Wolfenstein y N. Leites: Movies: A Psychological Study, glencole, free press, 1971 (1950);F. Courtade: Les malédictions du cinema français, París, Alain Moreau, 1978. Aunque no abordaba explícitamente la cuestión, hay algunas consideraciones relativas al tema en p. sorlin: Sociología del cine, cit.
57 Sobre los desafíos presentados a la «gran teoría», véase D. Bordwell y n. carroll (eds.): Post-Theory: Reconstructing Film Studies, Madison, university of Wisconsin press, 1996.
58 J. Staiger: Interpreting films. Studies in the Historical Reception of American Cinema, Princeton, Princeton university press, 1992. Un excelente estudio sobre la experiencia de ir al cine en gran bretaña en los años treinta según sus espectadores es A. Kuhn: An Everyday Magic. Cinema and Cultural Memory, Londres, I. B. Tauris, 2002.
59 Uno de los primeros estudios sobre la función y producción de estereotipos raciales en el cine, situándolo en relación con procesos históricos y políticos más amplios, prácticas de la industria fílmica e ideologías de sexualidad y género es E. f. Wong: On Visual Media Racism. Asians in American Motion Pictures, Nueva York, Arno press, 1978. Véase asimismo la introducción al primer número especial de la revista Screen dedicado a cuestiones de raza, R. Stam y L. Spence: «Colonialism, racism and representation: an introduction», Screen, 24-2, 1983, pp. 2-20.
60 En mi opinión, la teoría fílmica feminista ha sido mucho menos renovadora que, por ejemplo, los estudios postcoloniales debido al gran peso que han jugado en ella los paradigmas de las teorías psicoanalíticas de la representación, a pesar de que en los años noventa se produjo un «giro hacia la historia». Dos trabajos que supusieron una nueva forma de abordar la articulación de la feminidad y la identidad de género en el cine (no sólo en las películas, sino desde una consideración de la experiencia cinematográfica en un sentido más amplio) son p. petro: Joyless Street: Women and Melodramatic Representation in Weimar Germany, princeton, princeton University press, 1989; y M. Hansen: Babel and Babylon: Spectatorship in American Silent Film, cambridge, Harvard universtiy press, 1991. Ella shohat ha realizado interesantes aportaciones sobre la interrelación del género con otras identidades, véase E. shohat: «Gender and culture of Empire: toward a feminist ethnography of the cinema», en M. Bernstein y G. Studlar (eds.): Visions of the East: Orientalism in Films, new brunswick, Rutgers university press, 1997, pp. 19-66. una revisión de las teorías feministas en los estudios cinematográficos en las últimas décadas en A. butler: «feminist perspectives in film studies», en J. Donald y M. Renov (eds.): The SAGE Handbook of Film Studies, Thousand oaks, sage, 2008, pp. 391-407.
61 Sobre el desarrollo de los estudios sobre cine y su relación con los cultural studies, véase G. Turner: «cultural studies and film», en J. Hill y p. church gibson: Film Studies. Critical approaches, Oxford, Oxford University Press, 2000, pp. 193-199.
62 Véase J. Pines y P. Willeman (eds.): Questions of Third Cinema, Londres, BFI, 1989; A. R. guneratne y W. Dissanayake (eds.): Rethinking Third Cinema, Londres, Routledge, 2003.
63 Un trabajo imprescindible es el de E. Shohat y R. Stam: Multiculturalismo, cine y medios de comunicación. Crítica del pensamiento eurocéntrico, barcelona, paidós, 2002 [ed. original, 1994].
64 S. Hall: «cultural identity and cinematic representation», Framework, 36, 1989, pp. 68-82.
65 El cine de la india ha sido uno de los más estudiados desde estas perspectivas, dos trabajos de interés son s. S. chakravarty: National Identity in Indian Popular Cinema, 1947-1987, Austin, university of Texas press, 1994; J. Virdi: The Cinematic ImagiNation. Indian Popular Film as Social History, new brunswick, Rutgers university press, 2003. Véase también R. Armes: Postcolonial images: Studies in North African Film, bloomington, indiana University Press, 2005.
66 P. Rosen: «History, textuality, nation. Kracauer, burch and some problems in the study of national cinemas», Iris, 2-2, 1984, pp. 60-83; A. Higson: «The concept of national cinema», Screen, 30-4, 1989, pp. 36-46; s. crofts: «Reconceptualizing national cinema/s», Quarterly Review of Film and Video, 14-3, 1993, pp. 49-67.
67 Entre los trabajos que han abordado específicamente el tema, p. Sorlin: «¿Existen los cines nacionales», Secuencias. Revista de historia del cine, 7, 1997, pp. 33-40; T. Elsaesser: El concepto de cine nacional. El sujeto fantasmal del imaginario de la Historia del cine, Valencia, Episteme, 1985; J. Hill: «The issue of national cinema and british film production», en D. Petrie (ed.): New Questions of British Cinema, Londres, BFI, 1992; «European culture, national cinema, the Auteur and Hollywood», en T. Elsaesser: European cinema: Face to Face with Hollywood, Ámsterdam, Amsterdam university press, 2005, pp. 35-81; J. White: «national belonging. Renewing the concept of national cinema for a global culture», New Review of Film and Television Studies, 2-2, 2004, pp. 211-232; M. Tortajada: «Du “national” appliqué au cinéma», 1895, 54, 2008, pp. 9-27; así como los trabajos recogidos en V. Vitali y P. Willemen (eds.): Theorising National Cinema, Londres, BFI, 2006; I. Jarvie: «national Cinema. A theoretical assessment», en M. Hjort y s. Mackenzie:Cinema and nation, Londres-nueva york, Routledge, 2000, pp. 75-87.
68 S. Hayward: «framing national cinemas», en M. Hjort y S. Mackenzie: Cinema and nation, cit., pp. 88-102.
69 Por ejemplo, esta necesidad crítica es destacada en M. Lagny: Cine e historia, Barcelona, Bosch, 1997. Los trabajos que de forma más clara representan esta tendencia son los comprendidos en la colección National Cinema Series de Routledge.
70 De nuevo, es en el ámbito anglosajón donde se sitúan la mayoría de estos trabajos. Por ejemplo, en la historiografía francesa sólo puede reseñarse una monografía, J. M. frodon: La projection nationale. Cinéma et nation, parís, odile Jacob, 1998. Véase también p. Arbus y F. Bousquet (eds.): Cinéma et identités collectives, parís, Éditions Le Manuscrit, 2006. En la historiografía italiana, véase g. P. Brunetta: Identità italiana e identità europea nel cinema italiano del 1945 al miracolo economico, Turín, Fondazione Agnelli, 1996.
71 E. Shohat y R. Stam: Multiculturalismo, cit., pp. 117 y ss.
72 El concepto de cronotopo en «Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela. Ensayos sobre poética Histórica», en M. Bajtin: Teoría y estética de la novela, Madrid, Taurus, 1989. Su aplicación al cine ha sido propuesta en R. Stam: Subversive Pleasures: Bakhtin, Cultural Criticism and Film, baltimore, John Hopkins university press, 1989.
73 P. Sorlin: Italian National Cinema, 1896-1996, Londres, Routledge, 1996. Sorlin sitúa en el centro de su reflexión una concepción histórica de la audiencia nacional (cambiante y diversamente constituida y reconstituida): la clave para entender el cine nacional es el consumo de películas a través de las diferentes configuraciones de la experiencia de sucesivas generaciones.
74 P. Schlesinger: «The sociological scope of “national cinema”», en M. Hjort y S. Mackenzie: Cinema and nation, cit., pp. 19-31.
75 M. Silberman: «What is german in the german cinema?», Film History, 8-3, 1996, pp. 297-315.
76 Un análisis que relaciona el retrato cinematográfico de la identidad nacional con los temas y modos de expresión historicista de la pintura histórica es A. Smith: «Images of the Nation: Cinema, Art and National Identity», en M. Hjort y S. Mackenzie: Cinema and nation, cit., pp. 45-59.
77 En este sentido, según ha señalado Andrew Higson, podemos localizar al cine alineándose a sí mismo con ese sentido de antigüedad que (en paradoja con su carácter decididamente moderno) caracteriza las narrativas nacionales. Véase A. Higson: Waving the Flag. Constructinga National Cinema in Great Britain, Oxford, Clarendon, 1995.
78 Algunos ejemplos son A. Linde-Laursen: «Taking the national family to the movies: changing frameworks for the formation of Danish identity, 1930-1990», Anthropological Quaterly, 72-1, 1999, pp. 18-33; u. Sieglohr: Heroines Without Heroes. Reconstructing Female and National Identities in European Cinema, 1945-1951, Londres-Nueva York, Cassell, 2000; M. Donapetry: Imagi/nación: la feminización de la nación en el cine español y latinoamericano, Madrid, fundamentos, 2006; D. A. Gerstner: Manly Arts. Masculinity and Nation in Early American Cinema, Durham-Londres, Duke university press, 2006.
79 D. Bernardi: The Birth of Whiteness: Race and the Emergence of U. S. Cinema, New Brunswick, Rutgers University Press, 1996.
80 D. H. Slavin: Colonial Cinema and Imperial France, 1919-1939, Baltimore, John Hopkins university press, 2001; M. Storelly: Alternative Empires: European Modernists Cinemas and Cultures of Imperialism, Exeter, Exeter university press, 2000.
81 J. Richards: Films and British National Identity, Manchester, Manchester university press, 1997.
82 S. Mcintyre: «national film cultures: politics and peripheries», Screen, 26-1, 1985, pp. 66-76.
83 S. Hayward: «framing national cinemas», cit. S. Hayward: French National Cinema, Londres, Routledge, 1993; J. Middens: Writing National Cinema: Film Journals and Film Culture in Peru, Hanover-Londres, university press of new England, 2009. En mi opinión, el trabajo que mejor ha realizado la articulación del análisis fílmico con el estudio de los discursos de la cultura cinematográfica es el de A. Higson: Waving the Flag, cit.
84 D. Eleftheriosis: Popular Cinemas of Europe: studies of texts, contexts and frameworks, Londres-Nueva York, Continuum International Publishing Group, 2001, pp. 25-45.
85 Al respecto, véase G. Vicendeau: «Issues in European cinema», en J. Hill y p. church gibson: Film Studies, cit, pp. 440-448.
86 Un trabajo pionero en este sentido fue M. Kinder: Blood Cinema. The Reconstruction of National Identity in Spain, berkeley-Los Angeles, university of california press, 1993. Esta obra, a pesar de tener el valor de ser la primera que aplica las perspectivas abiertas por benedict Anderson al estudio del cine español y que considera los filmes como espacio narrativo para la construcción y difusión de imágenes sobre la identidad nacional, resulta un trabajo tremendamente problemático por tratarse de una investigación realizada sin la menor perspectiva histórica y que deja traslucir una visión de España fuertemente orientalista y determinada por la guerra civil. Esta obra ha sido también sometida a rigurosa crítica por parte de la historiografía cinematográfica española, véase s. Zunzunegui: El extraño viaje. El celuloide atrapado por la cola, o la crítica norteamericana ante el cine español, Valencia, Episteme, 1999.
87 N. Triana-Toribio: Spanish National Cinema, Londres-nueva york, Routledge, 2003.
88 R. Utrera: «El concepto de cine nacional. Hacia otra historia del cine español», Comunicación, 3, 2005, pp. 83-97; n. Berthier: «cine y nacionalidad. El caso del remake», en b. Pohl y J. Türschmann (eds.): Miradas glocales. Cine español en el cambio de milenio, Madridfrankfut am Main, iberoamericana Vervuet, 2007, pp. 337-346.
89 Estos argumentos han sido expuestos en s. Zunzunegui: El extraño viaje, cit., pp. 99-113, y s. Zunzunegui: Historias de España. De qué hablamos cuando hablamos de cine español, Valencia, Ediciones de la filmoteca (iVAc), 2002, pp. 12-24, y resumidos de nuevo en s. Zunzunegui: «Epílogo. La línea general o las vetas creativas del cine español», en J. L. castro, J. Pérez perucha y s. Zunzunegui (dirs.): La nueva memoria. Historia(s) del cine español, 1939-2000, A coruña, Vía Láctea, 2005, pp. 489-501.
90 S. Zunzunegui: Historias de España, cit., p. 13.
91 Ibid., p. 24.
92 S. Zunzunegui: El extraño viaje, cit., p. 28.
93 En este sentido, parece que el autor asume de forma tal vez un tanto acrítica las afirmaciones de José ortega y gasset sobre el populismo casticista en el arte español y el entusiasmo por lo popular desde el XVIII. Una reconsideración sobre la atracción por «lo popular» en el siglo xViii español, en X. Andreu: «De cómo los toros se convirtieron en fiesta nacional: los «intelectuales» y la «cultura popular», Ayer, 72, 2008, pp. 27-56.
94 Cabría destacar también los trabajos de Josep Lluís fecé, quien ha planteado algunos interrogantes de interés (aunque su interés no es tanto analítico como dirigido a proponer cambios en la cinematografía española) en torno a los discursos relativos a cuestiones de identidad en el cine español contemporáneo, J. L. fecé: «El tabú de las identidades: el «otro» en el cine español contemporáneo», en V. Domínguez (ed.): Tabú, la sombra de lo prohibido, innombrable y contaminante. Ensayos de cine, filosofía y literatura, Madrid, ocho y Medio, 2005, pp. 109-129. Véase también J. L. fecé: «La excepción y la norma. Reflexiones sobre la españolidad de nuestro cine reciente», Archivos de la filmoteca, 49, 2005, pp. 83-95.
95 N. Berthier y J. C. Seguin (dirs.): Cine, nación y nacionalidades en España, Madrid, casa de Velázquez, 2007.
96 Puede ser indicativo de esta tendencia el hecho de que de los veintiún artículos recogidos en n. Berthier y J. C. Seguin (dirs.): Cine, cit., sólo dos trabajen cronologías anteriores a la Guerra Civil.
97 Aunque se trata de un trabajo absolutamente centrado en la experiencia alemana, el trabajo de george Mosse fue una obra decisiva a la hora de plantear el problema de la nacionalización de las masas, G. L. Mosse: La nacionalización de las masas: simbolismo político y movimientos de masas en Alemania desde las Guerra Napoleónicas al Tercer Reich, Madrid, Marcial pons, 2005.
98 Es el caso del, por otra parte muy riguroso, trabajo de A. Quiroga: Haciendo españoles,
99 J. Álvarez Junco: «The nation-building», cit.; c. Mar-Molinero y A. Smith: Nationalism, cit.
100 N. Triana-Toribio: Spanish National Cinema, cit., pp. 15 y ss.
101 Ibid., p. 16.
102 Ibid., p. 18.
103 J. C. Seguin: «El cine en la formación de la conciencia nacional», en J. C. Sequin y N. Berthier (eds.): Cine, cit., pp. 3-10.
104 En este sentido, creo que merece la pena destacar la influencia de la tesis de la débil nacionalización española en los estudios sobre cine, a pesar de que ésta se refiere básicamente al siglo XIX, y en trabajos de fechas muy recientes [por ejemplo, L. Alonso garcía: «De quimeras, engaños y pendencias: el problema de España y la cuestión de los cines nacionales en 1900», en i. Lahoz (coord.): A propósito de Cuesta. Escritos sobre los comienzos del cine español, 1896-1920, Valencia, Ediciones de la Filmoteca-Institut Valencià de l’ Audiovisual i la cinematografia, 2010, pp. 279-288], cuando ese paradigma ha sido ampliamente sometido a crítica y revisado por la historiografía. Asimismo, algunos de los estudios de referencia sobre el cine español mantienen una interpretación global de la historia contemporánea de España basada en el paradigma del atraso, como ha apuntado p. Ruiz: «El contexto histórico de los inicios del cine en España: economía, sociedad, cultura», ibid., pp. 491-509.
105 «Las cuestiones vascas y catalanas muestran perfectamente que lo nacional sigue siendo para España una forma de entelequia, una perspectiva siempre propuesta», en J. C. Seguin: «El cine», cit., p. 4, nota 1.
106 Elementos que han sido analizados en n. Triana-Toribio: Spanish National Cinema, cit.; M garcía carrión: Sin cinematografía, cit.; J. cánovas belchi: «cultura popular e identidad nacional en el cine español mudo de los años veinte», en n. Berthier y J. c. Seguin (dirs.): Cine, cit., pp. 25-36; J. cánovas belchi: «folclore y tipismo en el cine mudo español: La controvertida imagen de España», en Image et hispanité, Lyon, publication du GRIMH/GRIMIA, 1998, pp. 279-284.
107 V. Camporesi: Para grandes y chicos. Un cine para todos los españoles. Madrid, Turfan, 1994. Véase también V. camporesi: «una nazione sullo schermo. Definizioni di spagnolità tra l’isolamento del franchismo e l’europeizzazione della spagna democratica», Memoria e Ricerca, 10, 1997, pp. 35-44.
108 N. Berthier: «Crítica cinematográfica y nacionalidad», en n. Berthier y J. C. Seguin (dirs.): Cine, cit., pp. 11-24; C. pujol: Cinefilia y crítica de cine en España (1990-2000). Una aproximación sociocultural, Tesis doctoral inédita, barcelona, universitat Ramon Llull, pp. 169-175.
109 La primera sistematización crítica la hizo Romà gubern, véase R. Gubern: El cine sonoro, cit., p. 126-127. ya en 1998, Jenaro Talens y santos Zunzunegui señalaban la necesidad de realizar un estudio riguroso de la «españolada». Véase J. Talens y s. Zunzunegui: «History as narration. Rethinking film history from spanish cinema», en J. Talens y s. Zunzunegui (eds.): Modes of representation in Spanish cinema, Minneapolis, university of Minnesota press, 1998, pp. 1-45. con posterioridad, Luis navarrete ha dedicado diversos trabajos al estudio de la españolada, entendida como género cinematográfico, véase R. Utrera y L. Navarrete: «Españoladas y españolados: dignidad e indignidad en la filmografía de un género», en R. Gubern (coord.): Un siglo de cine español, Madrid, cuadernos de la Academia, 1997; L. Navarrete: La españolada y Sevilla, sevilla, padilla Libros, 2003; L. Navarrete: «La españolada en el cine», en p. Poyato (coord.): Historia(s), motivos y formas del cine español, córdoba, plurabelle, 2005; L. Navarrete: Historia de un género cinematográfico: la españolada, Madrid, Quiasmo Editorial, 2009.
110 En mi opinión, es el caso de la primera monografía que se ha planteado el estudio de la españolada, L. Navarrete: Historia de un género cinematográfico, cit. A pesar de las aportaciones de interés de la obra, las tesis de este autor resultan muy problemáticas por fundamentarse en afirmaciones históricamente insostenibles como que en el siglo XVI «España se alza como entidad» y se fijan una serie de caracteres que conformarán la identidad nacional española. De este modo, en su análisis no se concibe la identidad nacional dentro de un proceso en constante reelaboración, sino como algo fijado al menos desde el siglo XVI y que puede rastrearse desde entonces en sus manifestaciones culturales.
111 V. Camporesi: Para grandes y chicos, cit., pp. 29 y ss; V. camporesi: «La españolada histórica en imágenes», en A. yraola (ed.): Historia contemporánea de España y cine, Madrid, uAM, 1997, pp. 137-148.
112 J. F. colmeiro: «El oriente comienza en los pirineos (La construcción orientalista de Carmen), Revista de Occidente, 264, 2003, pp. 57-83; x. Andreu: «La mirada de carmen. El mite oriental d’Espanya i la identitat nacional», Afers, 48, 2004, pp. 347-367; x. Andreu: «¡cosas de España! nación liberal y estereotipo romántico a mediados del siglo XIX», Alcores, 7, 2009, pp. 39-61. Susan Martin-Marquez ha señalado que España se sitúa a ambos lados del discurso orientalista, a la vez orientalizada y orientalizante (especialmente respecto a África del norte), s. Martin-Marquez: Disorientations. Spanish Colonialism in Africa and the Performance of Identity, new Haven-Londres, yale university press, 2008.
113 Las obras básicas son las de H. Bhabha: The Location of Culture, Londres-nueva york, Routledge, 2004; p. chatterjee: The Nation and its Fragments. Colonial and Postcolonial Histories, princeton, princeton university press, 1995.
114 Véanse las obras citadas de x. Andreu así como J. Álvarez barrientos: «Aceptación por rechazo. Sobre el punto de vista extranjero como componente del costumbrismo», en J. R. Aymes y s. Salaün: Le métissage culturel en Espagne, parís, presses de la sorbonne nouvelle, pp. 21-36.
115 M. Villegas López: «Diez años decisivos del cine español, 1926-1936», Film Ideal, 21-22, julio-agosto de 1958.
116 R. Stam: Teorías del cine, barcelona, paidós, 2001.
117 C. Gauthier: «Le cinéma des nations: invention des écoles nationales et patriotisme cinématographique (années 1910-années 1930)», Revue d’histoire moderne et contemporaine, 51-4, 2004, pp. 58-77.
118 Por ejemplo, I. Tubau: Crítica cinematográfica española. Bazin contra Aristarco: la gran controversia de los años sesenta, Barcelona, EUB, 1983.
CAPÍTULO 1
LA APARICIÓN Y CONSOLIDACIÓN DE UNA CULTURA CINEMATOGRÁFICA EN ESPAÑA EN EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX
Durante los años veinte y treinta se produjo la consolidación del espectáculo cinematográfico entre los hábitos de ocio de los españoles, pero también su afirmación como medio artístico y ámbito cultural. No hay que perder de vista que el cinematógrafo nació al margen de las instituciones culturales tradicionales y en sus primeros desarrollos como industria y espectáculo no jugaron un papel determinante intelectuales y artistas. El cine se situó en sus orígenes en el ámbito de las atracciones de feria y los espectáculos lúdicos, sin que se planteara que pudiera pertenecer al campo de la estética, la cultura o el arte, en un momento en el que artes institucionales y espectáculos populares eran concebidos como dos campos autónomos e incompatibles entre sí. Pero a lo largo de las primeras décadas del siglo, el desarrollo extraordinariamente rápido de la técnica cinematográfica y las fórmulas narrativas fílmicas, la estabilización de los sistemas de exhibición y explotación y el entusiasmo del público hicieron que el cine captara la atención de los intelectuales. En un ambiente intelectual preocupado por definir y explicar el fenómeno de la cultura de masas (y las masas como sujeto social y político),1 el cine suscitó encontradas reacciones. Desde el principio coexistieron los discursos que atribuían al cine un sinfín de posibilidades con los que lo demonizaban. Entre estos últimos, prevalecía la asociación del cinematógrafo a un público de «clases bajas», inculto y frecuentemente feminizado, y la expresión del temor de que el cine pudiera degradarlo y envilecerlo más aún.2 El alto porcentaje de mujeres en el primer público fílmico fue percibido como un alarmante fenómeno social que confirmaba la descomposición de los valores tradicionales y desafiaba las divisiones tradicionales entre esferas culturales y domésticas. La cultura de masas fue comúnmente personificada como «femenina», con capacidad para inducir pasividad, vulnerabilidad e incluso corrupción.3
De forma paralela, fueron apareciendo una serie de discursos escritos, fundamentalmente en la prensa, que se interrogaban sobre la naturaleza y posibilidades del medio cinematográfico, obra de una serie de intelectuales y periodistas que promovieron el cine y se preocuparon de garantizarle un puesto en el sistema de las artes. Esta práctica de escribir sobre cine hizo posible la integración en el sistema cultural de un medio expresivo que había nacido en sus márgenes.
La bibliografía especializada ha estudiado la aparición e institucionalización de la escritura cinematográfica como un campo diferenciado, lo que nos permite trazar, de modo muy sucinto, un bosquejo de este proceso. 4 El primer germen de una reflexión sobre el cine se puede rastrear en la pluralidad de discursos que acompañaron su nacimiento y primera difusión, un periodo que se situaría aproximadamente entre 1907 y 1914 y en el que, según Richard Abel, puede localizarse algo parecido a lo que Michel Foucault definió como el umbral inicial de una práctica discursiva. 5 Si bien pueden inventariarse reflexiones de interés anteriores, 1907 representa un año crucial para la historia del pensamiento sobre el cine. Por una parte surgió en diversos ámbitos geográficos una prensa cinematográfica especializada, aunque de tipo corporativo, pues a menudo las publicaciones estaban ligadas a las casa de producción y se dirigían principalmente a los responsables de los sectores de producción, distribución y exhibición. A este tipo de prensa se sumaron pronto las revistas dirigidas al público (que podríamos denominar fan magazines). Por otra parte, el cine se convirtió en objeto de una serie de discursos que certifican, por su propia heterogeneidad, un interés creciente hacia él. entre los responsables de esos discursos, ocuparon un lugar destacado los periodistas (el espacio fijo dedicado a la recensión de películas en la prensa favoreció rápidamente el nacimiento de una especialización cinematográfica), a los que se añadió el trabajo de hombres de cine y, finalmente, algunos intelectuales y nombres de la cultura en general, cuyas intervenciones fueron esporádicas pero significativas.
En la segunda mitad de los años diez se asistió a un evidente salto cualitativo en el pensamiento sobre el cine. Por una parte, junto a las revistas corporativas y fan magazines comenzaron a aparecer algunas publicaciones no ligadas directamente a la industria cinematográfica ni a las editoriales de masas y orientadas hacia la reflexión teórico-estética y a la crítica independiente. Por otra, el espacio creciente que se dedicaba a la discusión sobre el cine en la prensa cotidiana y en las revistas literaias y culturales pone de manifiesto la consideración que la nueva forma de expresión estaba adquiriendo en el ambiente de la cultura oficial. Y, además, en este periodo se comienzan a publicar en Europa y Estados Unidos, aunque todavía esporádicamente, los primeros libros de tipo especulativo enteramente dedicados al cine. Según se aproxima el final de la década, el discurso formulado sobre el cine tiende a hacerse más complejo y profundo. Los tratados centrados en los aspectos tecnológicos y productivos del nuevo medio y la polémica sobre su valor moral y su función educativa fueron perdiendo interés de forma paralela a la afirmación de la primacía de la dimensión estética que caracterizó mayoritariamente las reflexiones de los años veinte. En la tercera década del siglo, el cine se confrontó y comparó con formas artísticas acreditadas (teatro y literatura sobre todo, pero también pintura, música o danza), se combatió por su plena admisión en el sistema institucional del arte al mismo tiempo que se procuraba su individualización por contraste.
Una muestra de la consolidación e institucionalización de la reflexión teórica a lo largo de los años veinte la constituye su progresiva diferenciación geográfica, la formación de verdaderas y propias escuelas nacionales, caracterizadas, junto con la divergencia entre cada autor, por la presencia de un sustrato unificado de ideas compartidas. Son ejemplares en este sentido los casos de Francia y la Unión Soviética, que durante esta década se impusieron como los dos centros mundiales del debate sobre el cine, de los que provinieron (con excepciones) las contribuciones más relevantes de esos años. No puede obviarse, asimismo, el nacimiento a lo largo de los años veinte del cineclubismo y las salas especializadas.6 en la década siguiente no se produjeron grandes innovaciones en el terreno teórico, pues la revolución tecnológica que supuso la transición del mudo al sonoro no se tradujo en el plano teórico en un verdadero cambio de paradigma, si bien generó encendidas discusiones entre los partidarios del sonoro y sus numerosos detractores. El rápido desarrollo y difusión del sonoro condujo a una todavía mayor cobertura del cine en la prensa diaria y semanal en los años treinta, década en la que la prensa general y especializada continuó proporcionando el principal espacio para la discusión sobre el cine.7 así, en los años treinta el cine estaba ampliamente integrado en la vida cultural e intelectual, y la crítica cinematográfica era, en buena medida, una forma establecida de escritura.
La historia de este proceso por el que el cine se convierte en cultura a lo largo del primer tercio del siglo XX está todavía por hacer en el ámbito español, si bien los trabajos de rafael Utrera, Joan M. Minguet, C. Brian Morris o romà gubern han sido decisivos para el estudio de la reacción de los intelectuales ante el cinematógrafo.8 asimismo, en los últimos años puede constatarse un interés renovado de la historiografía española por la prensa cinematográfica de la primera mitad del siglo XX (más como objeto de estudio en sí mismo que como parte de un proceso cultural), si bien no ha sucedido lo mismo con otros fenómenos como el cineclubismo o los congresos cinematográficos.9 Por los estudios con que contamos, el caso español encaja en la cronología que hemos trazado anteriormente; asimismo, al igual que en el resto de europa, su penetración en la vida cultural se hizo por medio de la prensa, en ella se desplegaron las preocupaciones más diversas (científicas, morales, técnicas, pedagógicas o estéticas) en torno al cine. A partir de mediados de la segunda década del siglo, secciones, publicaciones y periodistas especializados, junto con personas del mundo del cine y de nombres de la cultura en general, fomentaron cada vez más el interés por el cine y lo convirtieron en un objeto digno de ser analizado. Se creaba así una cultura cinematográfica, clave para la comprensión del fenómeno cinematográfico y su participación en los procesos de construcción de identidades. en este sentido, como se ha señalado anteriormente, la cultura cinematográfica juega un papel fundamental en la definición de los cines nacionales. Por la cronología planteada en esta investigación, no puede obviarse que quienes escribieron sobre el cine español en los años treinta estaban inmersos en ese proceso de «invención» de una cultura, de legitimación a través de prácticas y criterios culturales de un espectáculo que había sido subestimado o ignorado por buena parte del mundo intelectual.
en este capítulo se tratará de trazar algunas líneas generales de este proceso para situar la cultura cinematográfica especializada que se fragua a partir de los años veinte y su desarrollo durante la república en el contexto cultural e intelectual del momento. Un proceso en el que, salvo contadas ocasiones, no participa el estado, sino que responde a intereses culturales o comerciales emergentes de la sociedad civil. en este sentido, se abordarán las apreciaciones (positivas y negativas) de los intelectuales hacia el cine, los principales discursos que surgieron en torno al fenómeno cinematográfico y la aparición de plataformas culturales que supondrán la institucionalización de la cultura cinematográfica. desde esas plataformas, especialmente las revistas especializadas, periodistas y críticos se preocuparon de elaborar y defender la idea de cine nacional, a través de lo cual reflexionaron sobre españa y sus esencias.
1.1. LAS REACCIONES INTELECTUALES INICIALES ANTE EL CINEMATÓGRAFO
1.1. (1896-1914)
El cinematógrafo de los hermanos Lumière llegó a España en 1896. En la prensa fue descrito con expresiones como «ingenioso aparato», «maravillosa invención», «espectáculo sorprendente», «grandioso invento » o «realmente curiosísimo».10 Merece la pena destacar, por la temprana fecha en la que se hizo, la opinión del crítico literario, teatral y artístico del Diario de Barcelona Francesc Miquel i Badia, quien justo tras la presentación del cinematógrafo en Barcelona en diciembre de 1896 le dedicó un artículo entusiasta en el que otorgaba categoría artística al nuevo invento por su capacidad para reproducir la realidad.11 Esa valoración positiva del cinematógrafo derivaba de la defensa de un realismo objetivista, constante en la labor crítica de un antimodernista como Miquel i Badia;12 no obstante, no deja de ser destacado que un crítico conservador nacido en 1840 manifestara una apreciación en términos artísticos hacia el invento de los Lumière. Pero es ésta una consideración prácticamente excepcional en este momento. En la recepción en prensa del cinematógrafo convivían las apreciaciones de «espectáculo» y «novedad científica».13 Si en un principio la prensa hablaba sobre todo del nuevo invento como un adelanto científico, en poco tiempo el cine apostó por el espectáculo antes que por la ciencia.14 Pronto las proyecciones cinematográficas comenzaron a aparecer en todos los espacios dedicados al ocio, desde teatros y cafés a proyecciones ambulantes en ferias y fiestas locales, y en las discusiones sobre el nuevo medio en prensa primó su consideración como puro entretenimiento.
La popularidad que rápidamente alcanzó el espectáculo cinematográfico dio pie a la aparición de las primeras publicaciones específicamente dedicadas al mismo. La prensa cinematográfica apareció en España en 1907 (fecha clave en la historia de la cultura cinematográfica, pues marca la aparición de la prensa de información cinematográfica por toda Europa) con la publicación de El cinematógrafo ilustrado en Barcelona. A lo largo de los años siguientes aparecieron diversos tipos de publicaciones que divulgaban cuestiones relativas al cine. Entre las primeras revistas importantes hay que destacar las barcelonesas Arte y cinematografía (1910), El mundo cinematográfico (1911) y El cine (1912), que tendrán además una larga vida. En Madrid, una de las primeras fue Artístico-Cinematográfico, boletín quincenal surgido hacia 1907, y unos años después Madrid cinematográfico, revista gratuita de la industria dedicada a la publicidad.15 estas primeras revistas alternaban en sus primeros años la información cinematográfica con la de otros espectáculos, como el teatro o los toros, y la publicación de poemas o folletines. Progresivamente se fueron especializando en el medio fílmico y enriquecieron su material gráfico. Desde sus inicios, la prensa cinematográfica jugó un papel fundamental en la difusión de la mitología cinematográfica, en la creación de una fascinación cultural hacia el mundo del celuloide, que a partir de los años diez quedó encarnado especialmente en las estrellas de cine. En las primeras décadas del siglo XX sería muy problemático establecer una distinción entre lo que podríamos denominar prensa corporativa y prensa especializada, pues las revistas se nutrían de la publicidad subvencionada por productoras o distribuidoras (al igual que los espacios que podían dedicarse al cine en la prensa regular) y no puede decirse que existiera una crítica independiente. De hecho, ésta nació en la prensa no especializada, como se expondrá más adelante. Estas primeras publicaciones cinematográficas tenían una función informativa y propagandística, no especulativa.
El cinematógrafo se estaba estableciendo, así, como un espectáculo popular, fuera del mundo intelectual español. Hay que señalar que el cine nace cuando se está construyendo la figura del intelectual moderno en España, al igual que en toda Europa.16 Es necesario insistir en que la emergencia del cine se produjo al margen de ese campo de poder intelectual que se estaba fraguando desde las décadas finales del siglo XIX, al margen de una serie de escritores que estaban adoptando nuevas posturas hacia la cultura y la política.17 El interés de los intelectuales españoles por el discurrir cinematográfico fue un proceso lento y muy diverso. Rafael Utrera se encargó hace ya tiempo de matizar la afirmación comúnmente extendida de que la generación finisecular no prestó la menor atención al cine, pero lo cierto es que los autores que se interesaron por él, como pueden ser los casos de Ramón M. del Valle Inclán, Azorín o Manuel Bueno, no lo hicieron al menos hasta la segunda década del siglo, mientras escritores como Miguel de Unamuno o antonio Machado manifestaron una actitud abiertamente hostil al cine.18 de igual modo, de los denominados por la historiografía literaria como poetas modernistas, sólo Manuel Machado hizo referencia al cine, y ya a partir de 1916. Para buena parte del mundo cultural, lo que había sido recibido como un adelanto científico se había convertido en un entretenimiento para los sectores sociales más bajos, y en este sentido el cinematógrafo recibió la indiferencia o el desprecio de muchos medios periodísticos y de la mayoría de intelectuales.19 Los discursos sobre la baja consideración del cinematógrafo incluyeron la denuncia de la perniciosa influencia del cine en el comportamiento de los espectadores, particularmente en los niños, de los peligros sociales que conllevaban las salas de proyección, por su oscuridad y por la proximidad de hombres y mujeres, y de la inseguridad de los locales (los accidentes e incendios en las salas de cine fueron un argumento recurrente empleado por los enemigos del cinematógrafo).20 Así, estos discursos contrarios al cine que se centraban en la inseguridad y en la inmoralidad expresaban una preocupación por la incidencia del espectáculo cinematográfico en lo que repetidamente se denomina como clases bajas.
El blanco principal de los que atacaban al cine eran las películas «de argumento», mientras los filmes de información de actualidades prácticamente no fueron cuestionados. Incluso entre quienes negaban al cinematógrafo cualquier cualidad artística, muchos valoraban positivamente su capacidad para reproducir la realidad, su funcionalidad documental e informativa. Por ejemplo, Emilia Pardo Bazán se confesaba en 1908 admiradora de las películas «limitadas a reproducir espectáculos y cuadros de la naturaleza y la realidad», que demostraban que las «teorías ortodoxas» de la estética podían aplicarse hasta a los cinematógrafos, mientras los filmes de ficción le provocaban un terrible desdén.21 también ramiro de Maeztu valoró el cine como una técnica capaz de sintetizar o prolongar los fenómenos de la naturaleza que incluyeran movimiento, pero consideraba que el problema empezaba cuando el cine invadía el terreno de la literatura, de la novela y el drama. Por ello Maeztu no fue nunca un entusiasta del cinematógrafo, juzgaba que el espectador sólo se quedaba con los efectos de «la ambición, la codicia, la sexualidad y la sangre».22
Una de las primeras reflexiones en extenso sobre el fenómeno cinematográfico fue la conferencia del escritor y periodista Luis Bello titulada «La moral en el cine», leída en el teatro de la Comedia en noviembre de 1912 y publicada en 1919 en el volumen Ensayos e imaginaciones sobre Madrid.23 en ella, Bello calificaba el cine como una «fuerza social», el nuevo teatro popular que había triunfado por su mezcla de melodrama y folletín:
Ha creado un mundo nuevo que no exige otra cosa sino un lienzo blanco; que ahorra la molestia de leer; que en las invenciones más estúpidas da pedazos de vida y que transporta hasta las almas más humildes que no tienen alas. Nos le trae una industria mundial muy poderosa, con todas las artes del reclamo. Está patrocinado por los niños y por las señoras. Todo lo cual quiere decir que ya no puede ser destronado.24
A lo largo de la conferencia se refrenda una postura de desaprobación hacia el cine como espectáculo que mezcla proyecciones, variedades y género mínimo (forma de exhibición todavía habitual en el momento), advirtiendo de los efectos turbadores que podía provocar en las «gentes pueblerinas» que asistían a contemplarlo en Madrid, especialmente por la presentación de costumbres de otros países de moral distinta a la española. Sin embargo, Bello añadía que consideraba errónea la actitud de desdeñar por completo el cinematógrafo y apuntaba que el cine podía «redimirse » desligándose de la «barbarie castiza» de los otros espectáculos, convirtiéndose en un medio de arte y cultura. En este sentido, la aportación de Bello tiene enorme interés, pues manifiesta, por una parte, la actitud de menosprecio hacia los espectáculos populares pero, a la vez, introduce la consideración del cine como medio artístico y cultural, una apreciación prácticamente inédita entre los intelectuales de su generación a la altura de 1912.
Puede detectarse una especial preocupación por el cinematógrafo en el ámbito intelectual catalán, posiblemente porque en torno a 1906 y 1923 es el momento en el que Barcelona era el centro de producción y distribución cinematográfica más importante de España, y la ciudad tenía una destacada densidad de salas dedicadas a la exhibición de películas.25 El modernismo catalán, con su reivindicación de un arte de elites frente a lo popular, no vio con buenos ojos el éxito social del cinematógrafo, y algunos intelectuales como Santiago Rusiñol o Joan Maragall dedicaron varios escritos a atacar al cine directamente. Rusiñol consideraba que todo el cine era antiartístico y perjudicial, una reproducción fría y mecánica de la vida, cuyo carácter democratizador igualaba (en sentido negativo) en la sala a la gente de diferente nivel cultural y condición social: «tots, sense distinció, poden gaudir amb democràcia de la mateixa lletgesa, de la mateixa tontería, de la fosca i del mal exemple».26 El cine representaba la invasión de «l’ art de les majories» y de la democracia, con la consecuencia de la generalización de la incultura. Como se señalará más adelante, poco más de una década después la opinión de Rusiñol hacia el cine había experimentado un giro radical, hasta el punto de formar parte de la junta directiva de un cineclub. Maragall señalaba que el cinematógrafo era un buen invento que, sin embargo, estaba provocando el «rápido embrutecimiento de las gentes», pues se había pervertido y apartado de su fin, informativo, para entrar en el ámbito de la creación. Y eso por culpa de los gustos del público, que disfrutaba de la vileza de los dramas y las pantomimas, «esto es lo que quiere la bajeza natural del público, y esto se le da».27 En estos autores, aunque son catalanistas, no encontraremos ninguna reivindicación de un cine nacional catalán, pues rechazaban completamente el cinematógrafo.
No obstante, pueden encontrarse excepciones en esa apreciación negativa del cine dentro del modernismo catalán, algunas de gran relieve. Éste es el caso de Adrià Gual, quien desde una fecha tan temprana como la temporada 1904-1905 incorporó proyecciones de películas cómicas breves a sus espectáculos. De esta parte cinematográfica se encargó el pionero Segundo de Chomón. En la década siguiente, fue madurando la idea de realizar él mismo películas con el proyecto de crear un film de arte catalán al estilo de los que se hacían en Francia. Para ello, buscó asociados y consiguió implicar a personas relacionadas con el poder político. Así nació a finales de 1913 la productora Barcinógrafo.28
Otro escritor catalán que manifestó también una actitud abierta hacia el cinematógrafo fue el dramaturgo Àngel Guimerá, quien, según manifestaciones de los cineastas de la época, proporcionó sus obras con interés cada vez que le fueron solicitadas para ser adaptadas a la pantalla29 (de hecho, fue el dramaturgo catalán que vio más obras adaptadas al cine en los primeros veinticinco años del cine catalán, hasta seis). Con motivo del estreno de La festa del blat (J. de togores, 1914), escribió una carta felicitando al director de la película en la que reconocía que se había conmovido al verla y destacaba el potencial del filme en dar una representación verídica de Cataluña:
Quines masies i quins pobles més de nostra terra! Quina veritat per tot, fins els últims termes dels paissatges, plens de llum, i l’aire que sab greu veure desaparéixer! Quin… tot més a la catalana, que farà conèixer pel món la individualitat d’aquesta regió ibérica on la bellesa és ben propia i ben varia dintre la unitat que la caracteritza. La meva felicitació més entusiasta, amic Togares, més encara que per mi, per la nostra aimada Catalunya.30
El Noucentisme catalán fue un movimiento especialmente implicado en la crítica al cinematógrafo, e intelectuales como Eugeni d’Ors, Ramón Rucabado o Josep Carner se manifestaron públicamente en contra del cine alegando motivos estéticos y morales. Aunque el noucentisme se presentaba como un movimiento contrario al modernismo, puede verse una continuidad entre ambos en los argumentos contra el cine, de claro contenido elitista. Los noucentistas vieron en el cine, con su vertiginosa expansión, un enemigo cultural y social de su programa.31 Entre 1906 y 1908, D’Ors publicó diversos artículos en los que dejaba clara su opinión negativa sobre el cinematógrafo, que quedaba asociado al caos y la oscuridad, una visión que trasladaba a la sociedad:
Són visions anguniosament trontollantes: una convulsió gris al capdavall d’una llança de claror, de blancor brutal, entre tenebres. En la convulsió gris, un món: món de deliri. Dins una llum lívida, les presses, les angúnies, els esveraments, les decisions súbites, les solucions boges, la dansa epilèptica de la natura i dels homes, de la vida i la mort. Esclava aquest món delirant, del no-res. Viu un minut. De seguida, de sobte, impensadament, mor. Fa un tremolor últim i la negra boca del caos se’l menja… Un dia, enfront de la claror del llenç blanc, lluu altra sinistra claror. I el deliri de la pel·lícula s’encomana a la vida.32
D’Ors insistió en negar cualquier valor artístico al cinematógrafo, si bien defendía su funcionalidad documental, que podía permitir un conocimiento más directo de la realidad, y en alertar sobre sus perniciosos efectos (apoyándose en los incendios de locales de proyección).33 Asimismo, solicitó reiteradamente una política intervencionista y de censura en todas las formas «menores» de espectáculo como era el cine, un «arte industrial » diferente a las «artes clásicas».34
Pero sin duda el nombre del noucentisme más implicado en la denuncia pública del cinematógrafo fue Ramón Rucabado, un destacado introductor del catolicismo social.35 Desde 1908 publicó con frecuencia artículos en la prensa barcelonesa en los que planteaba su oposición al medio cinematográfico, basada no tanto en motivos estéticos, como D’Ors, sino morales. Además de formar parte del círculo «d’orsiano», Rucabado tuvo una importante influencia del pensamiento de Josep Torras i Bages, figura clave del catalanismo católico durante la restauración.36 En 1911 inició en la revista La Cataluña, que en esos años dirigía, una encuesta entre diversos intelectuales catalanes y españoles para «comprobar» la percepción del grado de inmoralidad que estaba provocando el cine en la sociedad del momento.37 La formulación de las preguntas dejaba muy clara la posición de Rucabado:
El cinematógrafo, que tanta popularidad disfruta, es acusado de perturbar y disolver lentamente la conciencia moral del público, de excitar morbosamente el sistema nervioso de los asiduos espectadores, de envenenar el alma de los niños, infiltrándoles con alarmante persistencia sugestiones de índole sexual y criminal. I.- En vista de ello, ¿debe fomentarse el apartamiento del cinematógrafo, o bien someter este espectáculo a algún control especial? II.- ¿Debiérase cuando menos alejar de este espectáculo a los niños? III.- ¿Por qué otro espectáculo o diversión popular podría ser substituido con ventaja el cinematógrafo?38
Esta iniciativa alcanzó una importante dimensión, pues el cuestionario fue repartido entre muchas personalidades de la vida política y cultural española y catalana, si bien los que finalmente contestaron pertenecían al ámbito catalán y mayoritariamente simpatizaban con el ideario noucentista. 39 En conjunto, las respuestas publicadas (entre diciembre de 1911 y febrero del año siguiente) suscribían mayoritariamente la opinión de que el cine envilecía la moral y se mostraban partidarias de solicitar intervención institucional, al menos para prohibir a los niños su asistencia. Rucabado siguió realizando su campaña «anticinematográfica» con escritos y conferencias hasta los años treinta y, en 1920, se publicó la que es su reflexión más acabada contra el cine, el opúsculo El cinematògraf en la cultura i en els costums, impresión de una conferencia dada por el autor en diciembre de 1919 en l’Institut de Cultura i Biblioteca Popular per a la dona.40 a lo largo del texto, Rucabado toma continuamente como referencias la revista italiana Civiltà Cattolica y al jesuita Mario Barbera, que desde Italia se había convertido en uno de los principales impulsores del discurso sobre la inmoralidad del cinematógrafo, para denunciar que el cine era un «arma terrible» que trasladaba al público los peores vicios e inmoralidades:
no hi ha audàcia a què els editors de pel·lícules no hagin gosat, ni pudícia que no hagin ultratjat, ni refinament criminal que no hagin imaginat, ni vici o degeneració humana que no hagin representat, ni cap violència contra l’ordre natural i moral que no hagin fet figurar en l’argument d’alguna pel·lícula.41
Asimismo, denunciaba que el cinematógrafo generaba los efectos perversos en la mente del espectador, provocando alucinaciones, sobreexcitación cerebral y perturbaciones mentales varias. Una tercera impugnación que hacía Rucabado era que el cine alteraba la organización de la actividad social, su generalización había trastornado el orden consuetudinario y social:
es va al cinema no sols les festes, sinó cada dia. Es parla, es pensa, es menja, es somnia, amb el cinema. No sols hi van els grans, sinó també els petits de les cases, sovint encoratjats per la inconsciència de llurs pares. No hi ha per ell rics ni pobres, és l’espectacle de tothom i ningú no sap estar-se’n. Ja es necessita com el pa, i àdhuc, segons podem judicar pels tristos dies actuals, més que el pa, perquè els cinemes són plens de obrers que fa tres dissabtes que no cobren setmanada.42
A ello se añadía la promiscuidad que fomentaba la oscuridad de las salas, el incremento de la delincuencia infantil por el efecto de los filmes de crímenes y el trastorno del orden estético y el gusto, ya que el cinematógrafo embotaba las capacidades sensitivas y pervertía el criterio estético. Los desafíos que planteaba el cine eran, pues, de tal magnitud que el establecimiento de una censura no sería sino un parche que no solucionaría el problema (aunque Rucabado lo consideraba un primer paso y daba cuenta detallada de las diversas medidas adoptadas en otros países), como tampoco la selección cuidadosa del film o la vigilancia de las salas. La única solución para los que quisieran «salvarse» era la abstención, resistir las «tentaciones» del cinematógrafo y no asistir a sus proyecciones. Rucabado hacía esta recomendación muy especialmente a su público femenino: «esteu convençudes que el més gran favor que podeu fer a Catalunya per a la millora de la nostra gent, pel bé de vosaltres mateixes, pel bé de vostres germans i fills, actuals o futurs, és l’abstenció del cinema».43
Rucabado es, seguramente, el representante más destacado de la postura anticinematográfica por motivos morales desde el catolicismo, pero no el único; además de los comentarios aparecidos en la prensa se publicaron opúsculos anticinematográficos como La moral en la calle, en el cinematógrafo y el teatro, del capuchino Francisco Barbéns, en el que profundizaba unos argumentos ya expuestos en Revista de estudios franciscanos.44 Los argumentos de los sectores católicos se centraban en los nocivos efectos de orden físico y psicológico, sobre todo en los niños, en la inseguridad de los locales, para lo que se recurría a los incendios, y en la inmoralidad de los filmes, que pervertían la moral e incitaban al crimen.45
En realidad, argumentos similares fueron empleados desde posiciones ideológicas opuestas, las socialistas. Como han destacado Julio Montero y Maria antonia Paz, los socialistas españoles tendieron a ignorar el cinematógrafo. Entre 1915 y 1918 sólo apareció en las páginas de El Socialista en relación con incendios de locales o con sus negativos efectos en el público, en artículos con títulos como «La mano que aprieta y el cine que embrutece», «La influencia del cine. Estragos de las películas criminales» o «alarma funesta. Los cinematógrafos».46 tampoco parece que el republicanismo prestara atención al cine, aunque la cuestión no ha sido estudiada específicamente, con excepciones como la de Vicente Blasco Ibáñez, si bien el interés del escritor valenciano por el cine (del que hablaremos más adelante) de modo tal vez un tanto sorprendente no se cifraba en su potencial social o político. Un caso particular puede ser el de antoni rovira i Virgili, quien puso en cuestión que el cine tuviera alguna cualidad artística. Consideraba que no era más que una mezcla desvirtuada de otros medios expresivos como la fotografía y el teatro a los que, además, podía dañar. Asimismo, creía que aunque el cine había conseguido el favor del público era un espectáculo completamente opuesto a su educación:
Podem anar parlant d’educar al públic, d’enlairar a la multitut, de desenrotllar el sentiment de la bellesa en el poble! Poden alguns dramaturgs y literats esforçar-se noblement en fer art!… La gentada se’n va cap als cinematògrafs, a veure pallasades y a emocionar-se amb tragèdies imbècils.47
Sin embargo, rovira i Virgili llegó a aceptar que, debido a su éxito popular, era mejor no oponerse al cine, sino convertirlo en un instrumento para la formación del pueblo. Para ello, proponía que los centros obreros establecieran cinematógrafos por su cuenta, sin finalidad industrial.48 Es decir, el cine era en general una mala influencia, pero podía transformarse y servir a las organizaciones políticas y sociales, dentro de un republicanismo que contemplaba, además de la incorporación del hecho nacional catalán, la introducción de políticas socializantes para conseguir el cambio social.49
El cine comenzaba así a llamar la atención del mundo cultural e intelectual español, una tendencia que se intensificaría durante la segunda mitad de la década. La catalogación del cine como arte por Ricciotto Canudo en «El manifiesto de las siete artes» de 1911 y su difusión en los años siguientes tuvo su influencia también en España.
1.2. LA PRIMERA CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA Y EL CAMBIO EN LA
1.2. APRECIACIÓN INTELECTUAL DEL CINE
El año 1915 constituye una fecha clave en la historia de la cultura cinematográfica española y abre una nueva etapa en la consideración intelectual del cine, ya que a partir de ese momento se publicó en la revista España la que puede considerarse como la primera crítica cinematográfica. En este sentido, y como ha señalado Rafael Utrera, en el ámbito intelectual español no se retrasó respecto del contexto europeo la valoración crítica del cine desde las perspectivas de las revistas literarias y de los periódicos culturalmente comprometidos.50 no obstante, a pesar de la importancia que tiene la aparición de una crítica intelectual y el que se desarrolle en una revista tan destacada, la crítica cinematográfica siguió siendo una forma de escritura minoritaria, y más si comparamos el caso español con otros países europeos.
El hecho de que la primera publicación «seria» que dedicó un espacio específico a la crítica de cine fuera una publicación insignia de la «generación del 14», España51 y, según parece, encargada por el propio José Ortega y Gasset,52 puede ser significativo de un cambio en la estimación del cinematógrafo entre los intelectuales españoles. Aunque la formación intelectual de Ortega era elitista, la presencia de crítica y reflexión cinematográfica en las principales publicaciones que pueden considerarse bajo su influencia parece mostrar un interés por el cine, tal vez por influencia europea, si bien no llegó a realizar ninguna reflexión explícita sobre el medio cinematográfico más allá de alguna referencia aislada en los años veinte.53 En España hubo tres autores que se encargaron de escribir sobre cine: Federico de Onís, Alfonso Reyes y Martín Luis guzmán. Los tres tuvieron en común que se acercaron al cine sin los prejuicios de otros intelectuales, considerándolo un medio autónomo que merecía un interés intelectual, ya fuera por su potencial estético o por su calado social.54
En los cuatro primeros números del semanario, el escritor y crítico literario Federico de Onís publicó artículos de tema cinematográfico firmados por «El Espectador». En el primero de ellos dejaba clara su posición intelectual de interés hacia el cine como un fenómeno social característico de la modernidad que tenía la capacidad de reunir frente a una misma película a personas de todas las partes del mundo y de diferente extracción social y cultural:
Muchas personas serias creen adoptar una actitud digna no tomando en serio el cinematógrafo. […] No cabe ante el cinematógrafo otra actitud digna que encararse con él, considerándolo como un instrumento nuevo de la humanidad, poderoso y terrible, lo mismo para su bien que para su mal; como uno de los fenómenos más extraordinarios de la vida moderna.55
Onís incluyó en sus artículos diversos temas relacionados con el séptimo arte, que incluyeron comentarios sobre las posibilidades pedagógicas del cine, su relación con la literatura, su vertiente económica o las nuevas estrellas de la pantalla.
Desde octubre de 1915 a enero de 1916 la sección cinematográfica de España quedó a cargo de dos mexicanos que firmaron indistintamente con el seudónimo de «Fósforo»: el escritor y político Martín Luis guzmán y el ensayista y diplomático Alfonso Reyes, que tenían en común su condición de exiliados voluntarios.56 Entre junio y julio de 1916 se institucionalizó una sección de crítica cinematográfica en El Imparcial bajo la rúbrica de «Fósforo», ahora escritos únicamente por Reyes, también por invitación de Ortega. en 1918 este seudónimo firmaba de nuevo dos artículos en la publicación cultural Revista General.
En su primera intervención, «Fósforo» (Reyes) daba una explicación previa sobre la necesidad de crear una crítica cinematográfica: «Conviene crear lo que exige la vida: una nueva literatura, una nueva crítica –la del cinematógrafo– es ya indispensable».57 Como objetivos, señalaba, la crítica tenía que seguir las novedades cinematográficas, así como vigilar de cerca los intereses del público, pues como todo arte el cine tenía un componente mercantilizado. Reyes apuntaba la inexistencia de una crítica de ese tipo en España («hasta hoy las impresiones periodísticas sobre el cine se resuelven –con rarísimas excepciones– en discursillos sentimentales, a que tanto se presta el drama cinematográfico»), y defendía la seriedad de ese cometido por considerar al cine un arte, aunque menor: «Algunos pensarán que estamos perdiendo el tiempo en niñerías. Con el espíritu de pesadez, no queremos trato. Día llegará en que se aprecie la seriedad de nuestro empeño».58
Los artículos de «Fósforo» proporcionaban informaciones breves de rodajes y estrenos y valoraciones de filmes (basadas en guión, fotografía, actores y cuestiones técnicas). Junto con ello, mostraban interés por el cine como el entretenimiento popular por excelencia de la vida moderna59 y como arte, si bien como una promesa más que una realidad:
Tratase de una realidad social innegable. Algunos todavía le niegan valor estético porque «no les gusta el cine», como si la pintura dejara de ser un arte porque hay malos pintores. Vemos en el cine una nueva posibilidad de emociones, y eso basta. Más nos importa lo que promete que lo que ya lleva realizado, y esperamos el día en que se disocien definitivamente el cine y el teatro.60
Reyes comparaba el cine con otras artes, como la música, la danza o el teatro, pero lo consideraba como un medio autónomo. Sus planteamientos cinematográficos defendían una absoluta independencia del cine de la dramaturgia tradicional y de la literatura en beneficio del dinamismo de la acción y el ritmo de las imágenes.61 La valoración del cine de Reyes se producía también desde un punto de vista puramente estético, afirmaba que el cine podía superar la estética del realismo naturalista, que rechazaba explícitamente proponiendo una absoluta distinción entre la naturaleza y el arte.62
De los artículos firmados por «Fósforo», merece la pena destacar por su tema el titulado «Las naciones en el cine», de Guzmán, pues en él planteaba el internacionalismo y nacionalismo complementarios como característicos del cinematógrafo. Por una parte, apuntaba el crítico, la ausencia de palabra proporcionaba al cine una notable capacidad cosmopolita («Todas las películas, así sean yanquis, rusas, danesas o italianas, dan la vuelta al mundo y donde quiera se las entiende»); pero por otra, todas las películas poseían las particularidades de su nación de origen como sello distintivo e identificador: «Cada país, cada marca, tiene su especialidad y su significación».63 Según guzmán, para el espectador ese reconocimiento era muy importante a la hora de apreciar los filmes y generaba un interés entre el público que superaba la curiosidad de contemplar otras culturas, ya que el cine llegaba más allá de los rasgos externos hasta el ánima misma del pueblo que representaba: «Hace más que dejarse interesar por el simple espectáculo de otros pueblos y otros paisajes; insensiblemente va hasta el fondo del asunto, hasta el dato espiritual último, y en éste suele fundar su preferencia por las vistas de tal o cual nacionalidad».64 Por ello, valoraba los filmes como el medio idóneo para divulgar los atributos de cada nación: «Según se ha repetido mil veces, más que al libro y al teatro, está a ellas encomendada la tarea de popularizar en cada país –popularizar en sentido absoluto–, el espíritu y las costumbres de los países extraños».65 Es decir, Guzmán consideraba algo evidente y generalizado en el sentido común de los espectadores que los filmes venían definidos por su nación de origen y que la cinematografía de cada país se identificaba por unas características determinadas que llegaban hasta su espíritu, particularidades que permitían un mayor conocimiento entre naciones gracias a su circulación masiva más allá de las fronteras.
También Reyes mostró que tenía clara la asociación de temas y géneros con una determinada nación. Así, al comentar las producciones españolas señalaba que las casas barcelonesas seguían las formas italianas y la productora madrileña Patria Films se inspiraba en los films norteamericanos (en referencia a las películas de Benito Perojo con el personaje de «Peladilla», claramente basado en el vagabundo de Chaplin), una situación que consideraba desafortunada: «Lamentamos que siga tan de cerca a Charlot, cuando por toda la calle de Toledo se pueden hallar quince o veinte tipos nacionales tan aprovechables como aquél».66 Consideraba que en un momento en que la cinematografía española estaba empezando a alcanzar importancia en términos industriales era deseable que encontrara pronto personalidad artística y espiritual, dejando de imitar modelos extranjeros: «Por lo visto no falta ya cuerpo. Ojalá que pronto cobre espíritu propio y pronto pueda emanciparse de la funesta imitación del cine italiano, a cuyos influjos ha nacido».67 Así, Reyes expresaba su convicción de que el cine español debía tener referentes nacionales y un estilo propio, característico. Como posible fuente de temas, sugería a las productoras españolas la literatura del Siglo de Oro, por lo «externo» de su acción, así como la propia historia de la época.68 Aunque sean reflexiones puntuales realizadas en un momento en el que todavía no existe una cultura ni una crítica cinematográfica en España, es interesante subrayar que los escritos de los considerados como los primeros críticos cinematográficos españoles manifestaban, por un lado, la asociación indiscutible del cine a las naciones y, por otro, que el cine español tenía, en consonancia, que tener un contenido y estilo nacional, basado en España.
Aparte de los artículos publicados en España, en la segunda mitad de los años diez el cine ocupó ocasionalmente espacio en revistas culturales como Hermes o periódicos como El Sol, en el que, por ejemplo, en abril de 1918 Ramón Pérez de ayala dedicó dos folletones a reflexionar sobre la historia del cine y su independencia artística.
Puede ser significativo de un cambio en la relación de los escritores hacia el cine el caso de Manuel Machado, quien como crítico teatral para El liberal, dedicó dos artículos al cine en 1916 y 1917.69 En ellos, Machado hacía una defensa entusiasta del cinematógrafo, aceptándolo como un nuevo arte autónomo e independiente del teatro, y destacaba su capacidad para captar la vida y eternizarla. Su victoria estaba en la acción sin palabra, sin literatura. Defendía el cine de las generalizadas acusaciones que tan frecuentemente se le habían hecho (desde sus abusos melodramáticos a ser una escuela de vicio o pervertir el gusto) y destacaba que el cine había logrado reproducir con interés artístico las obras de grandes autores como D’Annunzio, Rostand, Guimerá o Dicenta, además de permitir reconstrucciones históricas que sería imposible realizar en teatro. Machado terminaba el artículo deseando que la figura del Quijote y el paisaje de las ciudades españolas acabaran dominado las pantallas de los cines europeos:
En España… España de las agrias sierras y las pardas llanuras castellanas; españa de los verjeles [sic] andaluces y los divinos paisajes gallegos, campesinos y marineros. españa de las catedrales y los castillos; de Toledo, la única; de Sevilla, incomparable; de la Alhambra y Generalife. España de las flores y las mujeres más hermosas del mundo. España, que vive aislada de Europa por el idioma, ¡cómo podría darse a conocer y a admirar y a querer, por ese gran transportador de la vida que es el cinematógrafo! Y en el terreno puro y universal de Arte, ¿cuándo flotará más alta nuestra bandera y nuestro nombre que el día que –en la tela encantada y encantadora de los cinemas europeos– pueda aparecer sobre el llano manchego la inmortal figura de Nuestro Señor Don Quijote?70
Frente a tantos intelectuales y artistas de su generación, Manuel Machado aparecía como un entusiasta del cinema, sus comentarios sobre películas demuestran que acudía frecuentemente. Sin embargo, en sus textos posteriores a 1919 dejó de citar filmes concretos y parece que todo el entusiasmo depositado por el escritor en la etapa dorada del cine mudo se perdió y pasó a considerarlo un mal sucedáneo del teatro, un espectáculo sin originalidad.
Entre los escritores que en la segunda década del siglo, no ya sólo mostraron interés por el cine, sino que participaron en él directamente, cabe destacar dos nombres: Jacinto Benavente y Vicente Blasco Ibáñez. el primero había manifestado su atracción por el nuevo arte, pero no se relacionó directamente con él hasta que la productora Cantabria Cines le ofreció la adaptación de Los intereses creados (1919). A pesar de su decepción con el resultado de ese film, Benavente decidió incorporarse plenamente a la actividad cinematográfica fundando la productora Madrid-Cines, que rodó La madona de las rosas (1919). El dramaturgo no cesó en las décadas siguientes de participar en la cinematografía, con la creación de la productora Films Benavente en 1924 y, ya en 1932, con su importante participación en la Cea. Benavente representa una posición que pretendía reproducir los mecanismos dramáticos del teatro en el cinematógrafo, lo que generó una amplia controversia con los que defendían un cine «puro», alejado completamente de los géneros teatrales.
Blasco Ibáñez tuvo también una intensa relación con el cine. Además de proporcionar argumentos para las cinematografías estadounidense, mexicana y española, el novelista fue productor de dos filmes, dirigió uno, escribió una docena de guiones originales y adaptó para el cine dos de sus propias novelas. Según ha señalado R. Ventura, Blasco se preocupó por el nuevo medio, leyó a teóricos como R. Canudo, y durante años le acompañó la idea de crear un cine histórico nacional.71 En una entrevista en el diario valenciano y blasquista El Pueblo, señalaba que el cine le interesaba por motivos artísticos y patrióticos: «Para mí el sentido utilitario es secundario, trabajo por el Arte y por la Patria».72 Asimismo, en diversas cartas hizo referencias al cine como un medio con un gran futuro y un «negocio seguro».73 Su primer proyecto cinematográfico fue Sangre y arena y tenía preparado el guión de su novela Flor de mayo, que pretendía fuera toda una superproducción con abundantes rodajes en exteriores y la participación de más de cuatro mil pescadores o marineros, pero no llegó a realizarlo por la quiebra de la empresa Prometeo Films. Otros proyectos que tenía eran la adaptación de Don Juan Tenorio, El lazarillo de Tormes, Don Quijote (el que tenía más avanzado) y Le romancier.
Por otra parte, empezaba a abrirse paso un discurso que defendía las posibilidades pedagógicas del cinematógrafo. Mientras desde diferentes sectores se denunciaban los efectos corruptores del cine, algunas voces apuntaban que las películas podían ser también un poderoso instrumento para educar; así lo hacía, por ejemplo, Luis Araquistáin en El Liberal, poniendo como ejemplo que en la Sociedad de Maestros de Magdeburgo se proyectaban filmes educativos para los niños.74 Una organización como la Associació Protectora de l’Ensenyança Catalana proyectó en 1919 la constitución de una productora de films educativos y científicos. El valenciano Carles Salvador se hizo eco del proyecto con entusiasmo: «Hasta ahora, la cinematografía ha sido la escuela del crimen, del robo, de la maldad, de las banalidades; pero de ahora en adelante, y gracias al seny de nuestra raza, será la escuela de la cultura y de la civilización».75 Salvador, intelectual muy influido por el programa orsiano, le daba la vuelta al argumento de D’Ors y situaba al cine dentro de un programa educativo (un discurso que no era nada obvio ni para el nacionalismo valenciano ni para el catalán). También emilia Pardo Bazán mostraba su confianza en que el cinematógrafo (hacia el que mostraba en 1920 una visión notablemente más positiva que la expresada en 1908) podía cumplir una función educadora, con un argumento que ligaba la conversión del cine en instrumento pedagógico a su nacionalización:
Resumiendo mi opinión sobre el cinematógrafo añado que es cosa entretenida y el más sabio podrá aprender en él, de lo que entra por los ojos, que no está en los libros, es cosa que puede ser educadora, si se expurga de lo lascivo, lo grosero, lo truculento, lo demasiado falso; y es ya un elemento imprescindible de la vida social, sorprendiendo su ductilidad y flexibilidad para adaptarse a todo y cuando se haya nacionalizado (lo cual tarde o temprano ha de suceder), adquirirá una gran dignidad pedagógica y patriótica.76
Merece la pena destacar que en 1918 el Ministerio de Instrucción creó una comisión encargada de estudiar la implantación del cinematógrafo en las escuelas nacionales así como la realización de filmes educativos. Una de las iniciativas que propuso dicha comisión fue la de sugerir a los ayuntamientos y diputaciones provinciales que financiasen películas de paisajes, arte, industrias o costumbres típicas que pudiesen ser proyectadas en las escuelas primarias nacionales como apoyo del programa escolar.77 Nuria Álvarez ha destacado que este proyecto, que no pasó de ser una idea, estaba fuertemente relacionado con la importancia dada por los institucionalistas al desarrollo del método intuitivo.78
Aunque no tenemos constancia de un proyecto similar, también la Mancomunitat de Catalunya mostró interés por divulgar cuestiones cinematográficas y encargó a Josep Massó Ventós la publicación de una obra en la colección Minerva (dirigida por el Consell de Pedagogia de la diputació de Barcelona), titulada Com es confecciona un film?79 La obra tenía como finalidad divulgar los pasos en la realización de una película y describía la actividad de directores, artistas y técnicos en las diferentes fases de elaboración de un film. Asimismo, se explicaban algunas palabras del vocabulario cinematográfico en catalán, con algunas consideraciones de interés como la aceptación de la palabra inglesa film o la preferencia del término de origen francés cinema frente a la abreviatura que se había generalizado en castellano cine, justificada por responder mejor a la prosodia catalana. Massó hacía también un llamamiento a que las empresas cinematográficas situadas en Barcelona, primer centro productor de negativos de España, se lanzaran a tirar copias de filmes con títulos en catalán, pues así el público se acostumbraría a ello y lo pediría.80 La significación de esta obra es doble; por una parte, representa el primer texto destinado a la divulgación sobre el cinematógrafo impulsado desde una institución política. Por otra, realizaba una defensa de la lengua catalana, tanto en la terminología especializada referente al cine como en los rótulos de las películas. Massó llegaba a hablar de trabajar en pro de una cinematografía catalana («Belles coses hi ha a fer a Catalunya per a la glòria de la cinematografia catalana»),81 y de lo que Cataluña podría aportar a las películas: «Moments admirables, drames cruels i emocionants de la nostra història on el paisatge de les nostres encontrades podría servir de marc magnífic, tot això podria fer-se, i més coses encara…».82
1.3. HACIA LA CONFIGURACIÓN DE UNA CULTURA CINEMATOGRÁFICA:
1.3. LOS AÑOS VEINTE
La década de los veinte es el momento clave en el que el cinematógrafo se inserta de manera definitiva en la esfera cultural e intelectual española, en especial en la segunda mitad del decenio. Los fundamentos de este nuevo escenario son varios: la aparición de un importante grupo de intelectuales para los que el cine es una parte esencial de su visión del arte, la consolidación de la figura del crítico cinematográfico, la mayor apertura de espacios dedicados al cine en la prensa general y cultural y la aparición de revistas que supusieron un salto cualitativo en la prensa especializada.
Por una parte, prácticamente ningún intelectual o artista en los años veinte fue ajeno al cinematógrafo y cada vez eran menos los que se mostraban contrarios a él. El cine interesó a muchos escritores y artistas, si bien fueron aquellos afines a una sensibilidad vanguardista quienes demostraron mayor inclinación hacia el arte que consideraban característico de la modernidad.83 Los vanguardistas insistían en la vitalidad, el perspectivismo, la fragmentación, la ubicuidad y el sentido colectivo, aspectos que encontraban en el cine.84 La vanguardia tenía también como característica la práctica diversa de sus autores: las barreras entre teatro, narración o poesía se borraban y muchos escritores llegaban también al cine.85 El concepto de arte se «desacralizó» y se abrió, el campo de las actividades artísticas se ensanchaba por la complicación de su mercado de venta y los objetos industriales comenzaban a tener entidad artística.86 Para muchos intelectuales el cine se convirtió en un nuevo medio para descubrir o poetizar la realidad e influyó en las técnicas representativas de la novela, teatro y poesía. Asimismo, el mundo del celuloide y sus estrellas estuvieron presentes de forma muy evidente en la literatura española de esos años. Hollywood se convirtió en fuente de inspiración y fascinación literaria, como muestra, por ejemplo, la novela que ramón Gómez de la Serna le dedicó en la que la ciudad del cine, bautizada como Cinelandia, quedaba convertida en un mundo absurdo y lleno de falsedades, casi grotesco.87
El interés por el ya denominado como séptimo arte salpicó en los años veinte a escritores de diversas edades e intereses. Algunos intelectuales de la generación finisecular se vieron atraídos por el cine como no lo habían estado antes. Es el caso de Ramón del Valle Inclán, quien de paso en estados Unidos a su vuelta de México en 1921 concedió una entrevista a la publicación Cine Mundial, editada en Nueva york, en la que hacía una serie de reflexiones sobre la estética del cine, que definía como primariamente visual y, por tanto, alejada del teatro y más próxima a las artes plásticas:
Hay dos sentidos estéticos, de los que ya hablaba Platón: el sentido de la vista y el del oído. El cinematógrafo pertenece, por excelencia, al primero de ambos. Todo en él es objetivo, plástico-místico y entra estrechamente por los ojos, tratando de recrear por esta línea estética. El oído se inhibe como anulado. […] El cine habla a los ojos y nada más. Pudiéramos decir que la pantalla es lo plástico animado en donde el movimiento y el color son los únicos componentes. Ahora bien, se comprenderá que la obra más ingeniosa de Jacinto Benavente resulte un fracaso traspuesta al cinematógrafo… porque los personajes del eximio dramaturgo hablan, se dirigen, con inmediato fin, al sentido estético del oído, producen sonidos que entran por las puertas auditivas para seguir después su proceso sentimental.88
Y en 1928 Valle Inclán respondía en una entrevista que asistía frecuentemente al cine, al que no dudaba en calificar como el arte de la modernidad frente al teatro: «Y a los Cinemas, ya lo creo que voy. Ése es el Teatro nuevo, moderno. La visualidad. Más de los sentidos corporales; pero es un arte. Un nuevo Arte. El nuevo arte plástico. Belleza viva».89
También Azorín firmó algunos artículos dedicados al cine en los años veinte, aunque fue después de la guerra y especialmente en los años cincuenta cuando se convirtió en un comentarista habitual de cine. En el primer texto que escribió sobre cine se interrogaba por el papel del cinematógrafo en la evolución humana y, si bien señalaba que todavía era pronto para determinarlo, llegaba a compararlo con la imprenta. Azorín señalaba que el cine podía suscitar frivolidad y pasiones malsanas, al tiempo que afirmaba su capacidad para propagar luces y cultura, para ser instrumento pedagógico, científico y social:
No hay ningún libro que tenga la fuerza de sugestión de este espectáculo vivo y lleno de movimiento. […] Y por encima del designio científico, hay una misión social que el cinematógrafo puede realizar: misión análoga a la misión de la letra de molde. Los pueblos, por la pantalla del cine se conocen mejor –sin tratarse a distancia– se aumenta el intercambio social; salimos de nuestro aislamiento; vemos tipos, regiones, costumbres, paisajes que no habíamos visto.90
Significativamente, ramón Menéndez Pidal destacó la relación existente entre público de la comedia del Siglo de Oro y el espectáculo cinematográfico y comparó el teatro de Lope de Vega con el cinematógrafo,91 tema que posteriormente se convertiría casi en tópico literario, repetido por diferentes autores. Incluso Pío Baroja se dejó finalmente seducir por el cine hasta el punto de intervenir brevemente en la película Zalacaín el aventurero, que presentó él mismo en el Cineclub español.92 Su hermano, ricardo Baroja, actuó en varios filmes, experiencia que sirvió de base al relato Arte, cine y ametralladora, publicado por entregas en 1936 en el diario Ahora.93 Otro noventayochista, Manuel Bueno, dedicó una serie de artículos al séptimo arte en ABC entre 1928 y 1930, en los que mostraba su interés por el cine como medio expresivo, si bien en sus comparaciones con la literatura ésta siempre salía vencedora.
Por el contrario, Unamuno representaría la posición de los que siguieron teniendo una visión muy negativa del cine, dejó claro que no sólo no le atraía, sino que le disgustaba, y que le molestaba especialmente que los literatos escribieran para el cine.94 Lo consideraba un arte sin literatura y criticó su influencia negativa en la juventud, así como su vertiente exhibicionista. Unamuno llegó a reprochar a Ortega y gasset que estuviera pasando por una «fase de cinematografía, de buscar el espectáculo y la danza y la juglería», comentario que transluce su peyorativa apreciación del cine.95 Como apuntábamos antes, Ortega mostró más bien una actitud complaciente hacia el séptimo arte, y en su obra seminal La deshumanización del arte apuntaba al cinematógrafo como un arte propio de la juventud: «el triunfo del deporte significa la victoria de los valores de juventud sobre los valores de senectud. Lo propio acontece con el cinematógrafo, que es, por excelencia, arte corporal».96 asimismo, Ortega asistió a alguna de las veladas cinematográficas organizadas por Luis Buñuel en la residencia de estudiantes en 1927 en las que se proyectaban películas francesas de vanguardia. Según contó el propio Buñuel, al día siguiente de la asistencia a una velada cinematográfica Ortega le llamó entusiasmado y le comentó: «Si tuviera veinticinco años, me dedicaría al cine».97 Si Ortega, a pesar de su interés, parecía considerar que el cine era un arte que no le correspondía por generación, Luis araquistáin no sólo se revela como un espectador asiduo, sino que además publicó algún artículo en la prensa cinematográfica98 e incluso, al parecer, realizó un film documental, ¿Qué es España?99
Tal vez más importante aún sea la fascinación común que los autores de la denominada generación del 27 tuvieron por el cine, con el que se identificaban incluso biográficamente a partir de la consciencia de haber nacido en la misma época, una concurrencia que proclamaban con orgullo. 100 romà gubern ha sintetizado los aspectos del cinematógrafo que generaban la fascinación de los intelectuales de la generación del 27 por el séptimo arte: era considerado como un arte síntesis suprema de las restantes y como punto de encuentro de la modernidad maquinista y de la estética; valoraban el cine como un medio capaz de producir una nueva belleza, que reflejaba la velocidad y el ritmo de la modernidad urbana y aparecía como una culminación coherente de una cultura visualista; por otra parte, su postura antiburguesa les distanciaba del teatro tanto como les aproximaba al cine, que consideraban un espectáculo popular, dinámico, sin tradición e industrializado (por eso sus preferencias se orientaban hacia el cine norteamericano y sus géneros comerciales); por último, consideraban que el cine era un arte de masas, como la radio o el jazz, y jugaba, además, la función modernizadora de liberador de costumbres e incitador erótico.101 el cine norteamericano era el preferido por estos autores y el mundo de Hollywood pasó a formar parte de su imaginario literario, como puede verse en las biografías de greta garbo y los cómicos del cine de César arconada, en el relato de Francisco ayala «Polar estrella» o los poemas de rafael alberti Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos y El paseo de Buster Keaton de Federico garcía Lorca.102
También los humoristas de la llamada «otra generación del 27», como enrique Jardiel Poncela, edgar neville, Miguel Mihura o José López rubio, que tuvieron sus inicios en ámbitos vanguardistas, se dejaron seducir por el cine y participaron incluso en la industria cinematográfica. 103 Lo mismo puede decirse de numerosos artistas, especialmente pintores como Salvador dalí,104 Maruja Mallo, Pablo gargallo, Josep renau y alfonso Ponce de León, pero también escultores como adolfo aznar y ramón acín y músicos como Manuel de Falla.105
En consonancia con este interés por parte del mundo intelectual y artístico, las revistas culturales se abrieron al cine, ejemplo de ello son Ultra, Hélix, d’Ací i d’Allà, Post-guerra o La Nova Revista. Revista de Occidente contó con los ensayos sobre cine de Fernando Vela, Francisco ayala, antonio espina o Benjamín Jarnés.106 y entre ellas ocupa un papel especialmente relevante La Gaceta Literaria, no sólo por la importancia que dio al cine (incluso le dedicó un número monográfico en octubre de 1928),107 sino por el papel que desempeñó como órgano del Cineclub Español. El Cineclub, fundado por Ernesto Giménez Caballero en 1928, supuso el inicio en España del movimiento cineclubístico, un espacio fundamental para la difusión de la cultura cinematográfica como ámbito de exhibición alternativo a los circuitos comerciales y foro para la discusión de temas cinematográficos. Puede considerarse como un antecedente a las veladas cinematográficas organizadas por Luis Buñuel en la Residencia de Estudiantes en 1927 y 1928, que fueron las primeras exhibiciones de cine no comercial llevadas a cabo en españa por una institución cultural, la Sociedad de Cursos y Conferencias (si bien la revista Residencia no dio constancia ninguna de ellas, a diferencia de otras actividades organizadas). 108 Parece que esas reuniones cinematográficas animaron a giménez Caballero a fundar el Cineclub español, nacido con la vocación de ofrecer un «cinema para minorías» y anunciado por primera vez en septiembre de 1928.109 Sus primeras programaciones fueron seleccionadas desde París por Buñuel; después le sucedería en estas tareas Juan Piqueras. Se constituyó un Patronato del Cineclub y entre sus vocales desempeñaron importantes labores Juan Piqueras, César arconada y Miguel Pérez Ferrero, a los que pronto se uniría Luis gómez Mesa. desde octubre de 1928 a enero de 1932, La Gaceta Literaria informó de todas las actividades del Cineclub con ensayos, críticas, resúmenes de las sesiones y transcripciones de las conferencias allí dadas.
Con todo, el discurso que estigmatizaba al cine por su inmoralidad siguió teniendo en los años veinte algunos defensores, como Ramón Rucabado, quien siguió publicando artículos contra el cine hasta 1936 en la revista católica Catalunya Social.110 Desde sectores católicos se publicaron también libelos contra el cine, como el escrito publicado en 1924 por el sacerdote Ramon M. de Bolós con el expresivo título És pecat anar al cinema?111 Pero también dentro del mundo católico puede observarse un cambio en la relación con el cine, pues la revista La Estrella del mar, órgano de expresión de las Congregaciones Marianas nacido en 1919, incorporó regularmente una sección de crítica cinematográfica.112 La revista justificaba la presencia de comentarios cinematográficos con la finalidad de orientar moralmente al espectador (especialmente a los jóvenes) y sanear el medio cinematográfico, que tenía un potencial educativo y cultural: «El templo de los ídolos en la época moderna es el teatro y el cinematógrafo; pero que, bien purificados y saneados, serán fuente de educación y cultura».113 La publicación estableció un sistema de crítica que graduaba los filmes con colores según su calificación moral para guiar al espectador católico. Asimismo, la revista fomentó desde sus páginas la creación de una distribuidora vinculada a las Congregaciones Marianas que seleccionara los filmes para distribuirlos a teatros, casas religiosas o proyecciones a domicilio; realizó campañas sobre la necesidad de prohibir la entrada de los niños al cine, y promovió, ya al final de la década, la creación de una asociación «Pro cine cristiano». En este sentido, La Estrella del Mar impulsó una nueva forma de abordar el fenómeno cinematográfico desde posiciones católicas, con un discurso que mantenía la inmoralidad del cine pero que dejaba la hostilidad para adoptar una postura cifrada en aconsejar al espectador, regular la asistencia y promover un cine de contenido católico, para lo cual la revista estuvo muy atenta, especialmente entre 1929 y 1930, a las iniciativas que realizaban organizaciones católicas en Europa.
No obstante, en general la cuestión de la moralidad del cinematógrafo y sus posibles influencias en el espectador quedó relegada en favor de las discusiones sobre su carácter artístico, sus posibilidades estéticas o su relación con la literatura y el teatro.114 En este sentido, el cine actuó como catalizador de la insatisfacción general que producía el panorama escénico del momento, que era considerado un horizonte muy limitado por su fidelidad a los presupuestos estéticos del naturalismo.115 Para muchos intelectuales, desde Azorín116 y Valle Inclán a los movimientos vanguardistas, el lenguaje fílmico podía servir de referente para renovar y reformular el teatro español, que veían como una forma de representación caduca y estancada. Por otra parte, muchos dramaturgos se acogieron de diverso modo a los beneficios que ofrecía el medio cinematográfico, que estaba desplazando al teatro en el favor del público. Entre los más destacados pueden listarse los nombres de Gregorio Martínez Sierra, Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, Carlos Arniches o Rafael Marquina.
El cine, pues, se había convertido en un punto de interés para el entramado cultural y literario de España, una tendencia que ya no se interrumpiría. No sólo en la prensa escrita o en la literatura estaba presente el cinematógrafo, también en las tertulias intelectuales de la vida cultural madrileña como la del Pombo o la del Bar Pidoux. Escritores e intelectuales aparecían en las revistas cinematográficas dando sus opiniones en artículos o encuestas, como se verá en páginas posteriores.
En la prensa general, el espacio dedicado al cine era cada vez mayor conforme avanzaba la década, y comenzaron a generalizarse las secciones fijas dedicadas al cine, independientes de las de espectáculos o teatro. Ello condujo a una especialización de periodistas en temas cinematográficos. Nombres como José Sobrado de Onega «Focus», Antonio Armenta (El Sol), Ramón Martínez de la Riva (ABC), Alfredo Serrano (El día Gráfico), Damián Molino (El Diluvio), Antoni Furno «anfurso» (Las Noticias), Jaume Carreras (La Veu de Catalunya), María Luz Morales (que firmaba con el seudónimo de Felipe Centeno en La Vanguardia) o Sabino A. Micón (El Imparcial) se convirtieron en firmas especializadas en las secciones cinematográficas de la prensa diaria, además de colaborar en las revistas cinematográficas. Una muestra de esta profesionalización fue la creación en 1928 de la Asociación de Periodistas Cinematográficos de Madrid, cuyo primer presidente fue Sabino A. Micón. Por otra parte, la aparición rutinaria de noticias o artículos de opinión sobre cine, así como reseñas de estrenos en la prensa diaria de forma generalizada, marcó una pauta fundamental para el asentamiento del cine en la esfera pública.
De forma paralela, la prensa cinematográfica experimentó una gran expansión en los años veinte; además de ampliarse los centros editores, hasta el momento únicamente Madrid y Barcelona, se produjo una avalancha de nuevos títulos, con más de ochenta revistas publicadas a lo largo de la década de los veinte.117 Además, en la segunda mitad de la década se produjo un salto cualitativo en la prensa especializada gracias, especialmente, a la aparición de dos publicaciones clave: La pantalla y Popular film. Ambas revistas dieron mayor envergadura a la reflexión sobre la cinematografía desde la prensa especializada y se convirtieron en un espacio privilegiado para opiniones y debates. De Popular film hablaremos con detalle en el siguiente apartado, pues su actividad se prolongó hasta el año 37.
La pantalla fue una publicación clave para el desarrollo de la cultura cinematográfica en la segunda mitad de los años veinte. editada en Madrid, salió semanalmente desde noviembre de 1927 a agosto de 1929. A pesar de su corta duración, ejerció una gran importancia dentro del mundo del cine, hasta el punto que Juan Piqueras llegó a afirmar que con la aparición de La Pantalla se dignificó y se modernizó la revista cinematográfica española.118 Su propietario era Luis Montiel Balanzat, antiguo diputado a Cortes por el partido conservador (entre 1918 y 1923), que estaba iniciando una fulgurante carrera en el terreno de las artes gráficas. Propietario de los talleres editores Rivadeneyra, se introdujo en la prensa de masas con colecciones de novelas de quiosco (La Novela Mundial), revista humorística (Gutiérrez) y cinematográfica (La pantalla). Sus empresas más importantes fueron la revista Estampa (fundada en 1928) y el diario gráfico Ahora.119 Como director de la publicación, Montiel designó a Antonio Barbero, uno de los críticos con más prestigio del momento, quien, si bien no acostumbraba a firmar artículos, fue el responsable de la orientación y contenidos de la publicación. entre sus colaboradores habituales estaban Antonio Gascón, director de la revista Proyección,120 Mauricio Torres, Carlos Fernández Cuenca y Rafael Marquina. Asimismo, contó con corresponsales en diferentes ciudades: el novelista Germán Gómez de la Mata en París, Fritz Matthes en Berlín, Anfurso en Barcelona, Francisco Novais Castro en Lisboa o Edgar Neville desde Hollywood. La revista tenía una amplia ambición y, a pesar de incluir material publicitario de productoras y distribuidoras, hizo de la crítica independiente su bandera. Entre sus contenidos se incluían secciones de diverso tipo, con noticias del mundo cinematográfico, crítica, argumentos cinematográficos y artículos de opinión. No se encuentran en ella artículos de signo teórico o reflexiones muy elaboradas ni con contenido político. a lo largo de sus dos años de vida, La pantalla propuso algunas encuestas de gran interés, como la de «¿Qué opina usted sobre el cine?», realizada al principio de su aparición a diversas personalidades del mundo de la cultura (Concha Espina, Alberto Insúa, Azorín, Manuel Rivas Cherif, Armando Palacio Valdés…), en la que pueden verse las polémicas relaciones entre cine, teatro y literatura del momento; y, sobre todo, la encuesta sobre «¿Qué orientación debe darse a la producción cinematográfica nacional? », llevada a cabo entre marzo y junio de 1929. asimismo, la publicación procuró fomentar la participación de los lectores a través de diversos concursos: para elegir al artista más popular, un concurso de críticas (que ganaría un entonces desconocido Piqueras), o un concurso de argumentos, en el que actuaron como jurado los principales directores del momento. El cine español fue, sin duda, uno de los grandes protagonistas de La pantalla, que planteó los problemas de la industria y se convirtió en un espacio para la confrontación de opiniones. Además, la revista tuvo la voluntad de participar directamente en la vida cinematográfica española y, entre otras iniciativas, propuso el Congreso Español de Cinematografía que tuvo lugar en octubre de 1928. Desde marzo de ese año y hasta meses después de su celebración, aparecieron de forma regular en la revista todas las informaciones relativas al Congreso.
En éstas y otras publicaciones cinematográficas comenzaron en esos años a desarrollar su actividad una serie de autores que se autodenominaban como críticos para distanciarse de lo que consideraban gacetillerospublicistas, con la voluntad explícita de llevar a cabo una crítica independiente. Muy jóvenes (podrían haber suscrito el «Yo nací con el cine, ¡respetadme!» de Alberti), comenzaron escribiendo sobre cine de forma esporádica para acabar haciendo de ello su principal ocupación. Los conformadores y principales protagonistas de la cultura cinematográfica de esos años (Luis Gómez Mesa, Juan Piqueras, Mateo Santos, Antonio Barbero, Fernando Méndez-Leite, Juan Antonio Cabero…) no eran grandes nombres del panorama intelectual, pero su papel fue esencial en la configuración de un entramado cultural dedicado a difundir la afirmación del cine como manifestación artística.
Aparte de la prensa, la escritura sobre cine generó en esos años varios libros, entre los que cabe destacar la publicación en 1925 de Las películas españolas, del crítico cinematográfico de El día gráfico alfredo Serrano, primera monografía dedicada exclusivamente al estudio del cine español. 121 Asimismo, se publicaron dos recopilaciones de artículos periodísticos, la de ramón Martínez de la Riva y sus artículos en ABC y Blanco y Negro y la de Francisco Ayala, que recopilaba en Indagación de cinema sus artículos de Revista de Occidente.122 Aparecieron asimismo algunas obras cuyo interés era más bien técnico, como Fotogenia y Arte, de Carlos Fernández Cuenca, Manual de cinematografía de Luis González Alonso, y Teorías sobre la impresión. Cómo se hacen las películas, de Sabino Micón.123
Para terminar este apartado, es preciso hacer mención de un acontecimiento de importancia que tuvo lugar en 1928: la celebración del Congreso Español de Cinematografía, primer evento de ese tipo dedicado al cine que se celebraba en España, y más concretamente dedicado al cine español. De alguna manera, es el símbolo del crecimiento y consolidación de una cultura cinematográfica y de la preocupación creciente por la cinematografía española. La iniciativa partió de Gabriel Ricardo España, ex gobernador de Orense (en 1901) y ex diputado del grupo conservador, y de Luis Montiel y Balanzat, propietario de La pantalla, y obtuvo el apoyo explícito de las esferas gubernamentales, si bien no intervinieron en su organización.124 ya en 1927, Gabriel Ricardo España había intentado realizar un Congreso Ibero-americano en San Sebastián, pero la iniciativa no cuajó.125 en esta ocasión, el proyecto salió adelante con el apoyo de Montiel y su grupo editorial y La pantalla actuó como órgano oficial del Congreso.
En marzo de 1928 apareció en La pantalla, bajo el subtítulo de «De interés nacional», la propuesta de celebrar el Primer Congreso Español de Cinematografía:
Nadie se atreve a dudar de la enorme importancia de la industria cinematográfica en el mundo, pero pocos se dan cuenta de lo que ya es, vale y representa en España. Los hechos, mejor que las palabras, demuestran el inmenso valor financiero y artístico que ha llegado a alcanzar entre nosotros esta nueva fuente de riqueza y, por tanto, de trascendencia y oportunidad del primer Congreso Español de Cinematografía que vamos a celebrar en Madrid.126
Para los convocantes del Congreso, el cine se había convertido en una industria económica y cultural de tal magnitud que era preciso reflexionar sobre la cinematografía española. Como anexos al Congreso se celebrarían una Exposición General del Séptimo Arte en el Palacio de Cristal del Retiro, concursos técnicos de películas y concursos de fotogenia femenino e infantil. Se anunció que las labores culturales del Congreso estaban auspiciadas por un Alto Patronato bajo la presidencia de honor de Alfonso XIII y otro Patronato de Relaciones Exteriores presidido por Miguel Primo de Rivera. Como presidente del Consejo Técnico fue nombrado Saturnino Huguet, presidente de la Mutua de Defensa Cinematográfica. en sucesivos números de La pantalla se fueron publicando notas de adhesión al Congreso de algunas sociedades como «Amigos de España» o la Real Sociedad Geográfica y un numeroso y heterogéneo grupo de nombres, algunos no vinculados directamente al cine como Alberto Insúa, Gregorio Marañón, Azorín o el Conde de Romanones, y una mayoría de directores, productores, críticos, actores y demás personal de la industria, como Rafael Marquina, Antonio Calvache, Maximiliano Thous, Florián Rey, Luis Buñuel, Rafael López Rienda, Mateo Santos, José Buchs, «Focus» (Sobrado de Ónega), nemesio Sobrevila y un largo etcétera.127
En esos años la celebración de congresos de tema cinematográfico estaba empezando a convertirse en una actividad habitual en europa, práctica que los organizadores del Congreso Español tenían como referente. De hecho, expresaron la voluntad de ligar el Congreso a dos reuniones internacionales, el Congreso Internacional de Cinematografía celebrado en París en 1926 y el que había sido convocado en Berlín: «Del primer Congreso hemos de recibir sus enseñanzas. examinaremos y revisaremos sus numerosas conclusiones desde un punto de vista nacional. todo ello servirá para formar el ideario cinematográfico netamente español que necesitamos para poder concurrir al segundo Congreso».128
El Congreso se llevó a cabo en octubre de 1928, para coincidir con la gran Fiesta de la raza, concurrencia simbólica que dejaba patente el ideario nacionalista que lo inspiraba. entre los temas tratados pueden enumerarse el proteccionismo económico para la industria, la consideración del cine como un bien cultural que debía ser conservado, como una fuente para historia (espejo de la sociedad) y como un medio didáctico que había de ser potenciado en la enseñanza, y la voluntad de mejorar la calidad de la producción, de profesionalizar la labor de realización de películas. en capítulos siguientes comentaremos por extenso algunas de las cuestiones debatidas a lo largo del Congreso y sus resoluciones.
1.4. LA CULTURA CINEMATOGRÁFICA EN LOS AÑOS TREINTA
Como se ha señalado en el apartado anterior, en los años veinte y especialmente en la segunda mitad de la década se fraguó una cultura cinematográfica que seguirá tras el cambio de década y la proclamación de la República con muchas continuidades y algunos cambios sustantivos. A pesar de la importante ruptura política que se produjo en 1931, puede observarse una continuidad entre los años finales de la dictadura y los de la República en cuanto a los críticos y el tipo de publicaciones, si bien el marco de libertades establecido por el régimen republicano propició una mayor presencia de contenido político en la prensa cinematográfica. Madrid y Barcelona se sitúan como los dos grandes centros de la cultura cinematográfica (si bien no eran las únicas ciudades),129 en ellas se localizan las redacciones de la gran mayoría de revistas sobre cine, así como los cineclubes.
Como caracterización general del periodo, en primer lugar puede constatarse la consolidación de la prensa especializada y los cineclubes, así como de la figura del crítico cinematográfico, al tiempo que otras plataformas, como la Universidad, se abrían también al cinematógrafo. Por otra parte, el cine había quedado legitimado como arte y, por tanto, objeto de reflexión estética. A este tipo de discursos se añadieron con gran intensidad los que incidían en considerar el papel del cine en la sociedad y su potencial para transformarla, ya fuera como medio de educación o de acción política.
1.4.1. La prensa especializada
Las publicaciones periódicas continuaron proporcionando el espacio preferente para la escritura sobre cine. En esos años pocos medios de la prensa general no incluían de forma habitual una sección cinematográfica mientras que la prensa especializada afianzaba su presencia y calidad. Los años treinta han sido denominados por Aitor Hernández como la edad de oro de las revistas cinematográficas españolas, no tanto en términos cuantitativos como cualitativos.130 Según este mismo autor, circularon unas sesenta publicaciones, pero con más estabilidad y mayor calidad gráfica y de contenidos que en la década de los veinte. De años anteriores continuaron editándose Arte y cinematografía, El cine y Popular film, a ellas se añadieron como títulos destacados Films Selectos, Cinema, Nuestro Cinema, Cinema Amateur, Cine-Arte, Cine español, Sparta, Cinegramas, Filmor, Cinema Variedades, Proyector, Cine-Star y Celuloide Madrileño. Entre ellas encontramos algunas que podríamos catalogar como fan magazines, revistas dirigidas a un público amplio que se basaban fundamentalmente en crónicas, informaciones y atención al estrellato; una dedicada exclusivamente a la especulación y crítica, Nuestro cinema; y otras que seguían un modelo híbrido, incluyendo ambos tipos de contenidos. Como se ha señalado anteriormente, las revistas cinematográficas de la década se cuentan por decenas, a continuación esbozaremos una caracterización de las publicaciones más relevantes.
Las decanas de la prensa cinematográfica: Arte y cinematografía (1910-1936) y El cine (1912-1935)
La barcelonesa Arte y cinematografía era en los años treinta la decana de la prensa cinematográfica española. Fundada en 1910, se publicó hasta 1936. En los años treinta su director artístico era Joaquín Freixas Saurí, y tenía periodicidad mensual, aunque un tanto irregular. Fue una publicación con gran alarde tipográfico y lujo editorial. Fue el órgano predilecto del comercio y de la industria del sector y contó siempre con mucha publicidad. Más atenta a los intereses comerciales que a una crítica cinematográfica rigurosa, evitaba habitualmente lanzar juicios negativos sobre las películas estrenadas y dio cabida al estrellato fílmico, mientras los artículos de opinión fueron más escasos.
El cine, también editada en Barcelona, se publicaba semanalmente desde 1912, y en los años treinta era dirigida por J. Pérez de la Fuente. En ella comenzaron su labor algunos críticos que luego alcanzarían gran renombre, como Luis Gómez Mesa. Entre sus colaboradores habituales estuvieron Antonio Furió «Anfurso», Santiago Aguilar, Mauricio torres y Fernando Méndez Leite, quien actuó como corresponsal desde Berlín y desde Madrid. Hollywood fue la gran protagonista de la publicación, si bien el cine español ocupó también un espacio considerable. Los editoriales, por ejemplo, estuvieron habitualmente dedicados al cine español, y son especialmente destacables, por su combatividad, los firmados con el seudónimo de «Sancho de España».
Popular film (1926-1937)
Revista semanal editada en Barcelona, desde agosto de 1926 hasta 1937, en total llegaron a publicarse más de quinientos cincuenta números. 131 Su director literario y verdadero alma mater fue Mateo Santos (sustituido en la dirección por Lope F. Martínez de ribera en 1934, sin que ello supusiera un cambio en el estilo del semanario), quien marcó las pautas de la revista: divulgar los diferentes aspectos del cine y enriquecer los conocimientos cinematográficos de sus lectores, luchar porque se reconociera la importancia del cine como creación artística, fomentar las polémicas y adoptar una actitud de estímulo y crítica hacia la cinematografía española. Sin duda, uno de los factores clave del éxito de Popular film que explica su longevidad fue el amplio espacio que dedicó siempre al montaje de los aspectos más mundanos del cine. En sus páginas podían encontrarse secciones dedicadas a la crítica de estrenos, a las más diversas informaciones sobre el mundo cinematográfico, espacios destinados explícitamente a las lectoras femeninas y artículos de opinión y especulación de todo tipo, desde aspectos técnicos a políticos.132
Santos concibió un semanario abierto a diferentes posturas ideológicas, si bien es cierto que las firmas mayoritariamente pertenecieron a un espectro ideológico de izquierda, con una especial participación de anarquistas como el propio Santos. Lo cierto es que una gran mayoría de los críticos cinematográficos del momento pasaron, en uno u otro momento, por sus páginas. A partir del número 14 se puso en funcionamiento una redacción en Madrid, dirigida en los primero años por Luis Gómez Mesa. Otros periodistas con presencia destacada hasta finales de la década de los veinte fueron los escritores y periodistas Clemente Cruzado133 y Antonio Suárez Guillén.134 también Juan Piqueras publicó en los años a caballo entre las dos décadas numerosos artículos en la revista. Popular film contó, asimismo, con un nutrido grupo de corresponsales en el extranjero como Jean desjardins y Juan Piqueras desde París, Isabel roy desde Berlín o Aurelio Pego y Miguel de Zárraga y Hernández desde Nueva york.
Desde 1931, Popular film aumentó el número de colaboradores y empezó a escribir en ella gente muy joven, algunos sin experiencia ni como periodistas ni como profesionales del cine. Uno de ellos, Alberto Mar, bautizó a este grupo como «la generación de Popular film» y entre ellos destacan nombres como Rafael Gil, Antonio del amo y Carlos Serrano de Osma. Por esas fechas, dos nombres de importancia habían abandonado la publicación por desavenencias ideológicas con Santos: Piqueras y Gómez Mesa. Tras la dimisión de este último, Antonio Guzmán fue el jefe de la redacción de Madrid y firmó con frecuencia artículos, con un estilo muy literario y no sin definirse ideológicamente de forma clara.
Popular film es una publicación de enorme interés por la amplia nómina de escritores con los que contó y por la diversidad de aspectos del cinematógrafo que trató, así como por su constante preocupación por el cine español. La heterogeneidad de sus contenidos, que hace que encontremos apartados dedicados a contar chismes de las estrellas de Hollywood página con página con artículos muy combativos que defienden un cine social de inspiración soviética, hace que la revista parezca en ocasiones un tanto esquizofrénica, pero la convierte en un ejemplo modélico del tipo de publicación híbrida de la época. A lo largo de sus once años de vida son muchas las secciones de interés de la revista, entre ellas pueden destacarse la serie de entrevistas que con el título de «La generación del cine y de los deportes» llevó a cabo Gómez Mesa a Ernesto Giménez Caballero, Luis Buñuel, César arconada, Fernando Vela, Benjamín Jarnés, Miguel Pérez Ferrero, Francisco Ayala, Antonio Espina y Samuel Ros;135 así como la encuesta sobre la cinematografía española anunciada en diciembre de 1927.136 También son destacables las «terceras» de Gómez Mesa con el encabezamiento «De la españa cinematográfica», las editoriales de Santos y la sección de «España cinematográfica»,137 en la que se comentaban películas españolas que iban a estrenarse o acababan de hacerlo con un tono general muy positivo, un tanto sorprendente en una publicación tan crítica con el cine español.
Nuestro cinema (1932-1935)
Nuestro cinema. Cuadernos internacionales de valoración cinematográfica nació en 1932 por iniciativa de Juan Piqueras, quien dirigió la publicación desde París.138 Con periodicidad mensual, la revista tuvo dos etapas, la primera entre junio de 1932 y octubre de 1933, en la que se publicaron trece números, y la segunda entre enero y agosto de 1934, con cuatro números.
La orientación de Nuestro cinema quedaba expuesta por Piqueras en el primer número de la publicación:
Nuestro cinema no puede admitir –amistosamente– más que un cinema capaz de librarle de la pobreza ideológica del de hoy. es decir, un cinema con fondo, con ideas amplias, con contenido social. […] nos hace falta un cinema que enfoque ampliamente el tema social, el tema documental sin falsearlo, el tema educativo desde el punto de vista sincero. Un cinema que nació con eisenstein, con Pudovkin, con alejandro room […] Un cinema que no sea la opereta cinematográfica, ni la comedia salpicada de canciones absurdas, ni el documental al aire libre realizado en los estudios, ni el inspirado en las estrellas, ni en los divos, ni en los códigos puritanos de William Hays.139
En esta línea, la revista se caracterizó por el empleo habitual de un lenguaje marxista, la crítica al cine considerado de inspiración burguesa, asimilado con Hollywood pero también con buena parte del cine europeo, y la reivindicación de un cine de contenido social, que se identificaba únicamente en el cine soviético. La revista se caracterizó por su fuerte coloración política comunista, suscrita abiertamente por Piqueras y otros de sus colaboradores como Antonio del Amo, Fernando G. Mantilla o Juan Manuel Plaza, si bien también colaboraron en ella firmas que no se adscribían a esa cultura política y que, de hecho, quedaban muy lejos de ella, como Luis Gómez Mesa o Rafael Gil.
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