Kitabı oku: «La Argentina: La conquista del Rio de La Plata»

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Martín del Barco Centenera

La Argentina: La conquista del Rio de La Plata

Poema histórico


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664131256

Índice

ARGENTINA,

CONQUISTA DEL RIO DE LA PLATA,

POEMA HISTÓRICO

ARCEDIANO D. MARTIN DEL BARCO

CENTENERA.

DISCURSO PRELIMINAR

ARGENTINA DE BARCO CENTENERA.

AL MARQUES DE CASTEL RODRIGO,

D. MARTIN DEL BARCO CENTENERA,

LA ARGENTINA.

CANTO PRIMERO.

CANTO SEGUNDO.

CANTO TERCERO.

CANTO CUARTO.

CANTO QUINTO.

CANTO SEXTO.

CANTO SEPTIMO.

CANTO OCTAVO.

CANTO NONO.

CANTO DECIMO.

CANTO UNDECIMO.

CANTO DUODECIMO.

CANTO DECIMO-TERCIO.

CANTO DECIMO-CUARTO.

CANTO DECIMO-QUINTO.

CANTO DECIMO-SEXTO.

CANTO DECIMO-SEPTIMO.

CANTO DECIMO-OCTAVO.

CANTO DECIMO-NONO.

CANTO VIGESIMO.

CANTO VIGESIMO-PRIMERO.

CANTO VIGESIMO-SEGUNDO.

CANTO VIGESIMO-TERCIO.

CANTO VIGESIMO-CUARTO.

CANTO VIGESIMO-QUINTO.

CANTO VIGESIMO-SEXTO.

CANTO VIGESIMO-SEPTIMO.

CANTO VIGESIMO-OCTAVO.

TABLA

RIO DE LA PLATA.

DE LA ARGENTINA

NOTAS

ARGENTINA,

Índice

O LA

CONQUISTA DEL RIO DE LA PLATA,

Índice

POEMA HISTÓRICO

Índice

POR EL

ARCEDIANO D. MARTIN DEL BARCO
CENTENERA.

Índice

BUENOS-AIRES.

IMPRENTA DEL ESTADO.

1836.

  DISCURSO PRELIMINAR

  AL MARQUES DE CASTEL RODRIGO

  LA ARGENTINA. CANTO PRIMERO. CANTO SEGUNDO. CANTO TERCERO. CANTO CUARTO. CANTO QUINTO. CANTO SEXTO. CANTO SEPTIMO. CANTO OCTAVO. CANTO NONO. CANTO DECIMO. CANTO UNDECIMO. CANTO DUODECIMO. CANTO DECIMO-TERCIO. CANTO DECIMO-CUARTO. CANTO DECIMO-QUINTO. CANTO DECIMO-SEXTO. CANTO DECIMO-SEPTIMO. CANTO DECIMO-OCTAVO. CANTO DECIMO-NONO. CANTO VIGESIMO. CANTO VIGESIMO-PRIMERO. CANTO VIGESIMO-SEGUNDO. CANTO VIGESIMO-TERCIO. CANTO VIGESIMO-CUARTO. CANTO VIGESIMO-QUINTO. CANTO VIGESIMO-SEXTO. CANTO VIGESIMO-SEPTIMO. CANTO VIGESIMO-OCTAVO.

  TABLA

  NOTAS

DISCURSO PRELIMINAR

Índice

a la

ARGENTINA DE BARCO CENTENERA.

Índice

Cuando salió á luz este poema sobre la conquista del Rio de la Plata, las musas castellanas habian desplegado, en las obras de Garcilaso, Herrera y Luis de Leon, un estilo culto y elegante. Ni la lucha intestina de Fernando el Catòlico contra los Moros, ni las guerras exteriores de su sucesor Carlos V, fueron bastantes à detener los progresos de las letras, que sin proteccion y estìmulo florecieron en el reinado sombrío é inquisitorial de Felipe II. El gusto de la literatura italiana, que à mediados del siglo XVI. se habia generalizado en España, y el verso endecasilabo, introducido por Boscan, pusieron en voga à los grandes modelos que se ilustraron en la epopeya, y Ariosto, Camoens, y Taso, tuvieron sus émulos è imitadores.

Mientras que Zapata, Urrea y Samper celebraban à porfia las glorias de Carlos V, Pinciano escribia el Pelayo; Cueva, la Conquista de la Bética; Hojeda, la Cristiada; Mosquera y Zamora, la Numantina y la Saguntina; y el fèrtil è inagotable Lope de Vega, la Dragontea, el Isidro y la Jerusalen. Entre tantos ensayos desgraciados, ocupaba un lugar eminente el poema de D. Alonso de Ercilla, que al relatar los sucesos de Arauco, podia decir como Enea

quorum pars magna fui.

El mismo objeto se propuso D. Martin del Barco Centenera en su Argentina, en que describiò los acontecimientos que presenciaba, sino con toda la escrupulosidad de un historiador, almenos con un fondo de candor que le grangea crédito y confianza. Nació en Logrosan, en el partido de Trujillo en Extremadura, cerca del año de 1535, cuando se fundò por primera vez Buenos Aires, de la que estaba destinado á cantar la reedificacion. Abrazò el estado eclesiástico, y en clase de capellan acompañò la expedicion que, en 1572, saliò del puerto de San Lucar, bajo los auspicios del Adelantado Juan Ortiz de Zárate. La descripcion de este viage, una de las partes mas interesantes del poema, los amagos de una tempestad, y los estragos del hambre que estallò en Santa Catalina, son pinturas animadas de los incidentes de una larga navegacion.

En los veinticuatro años que pasò en Amèrica, el deseo de observar tantos objetos nuevos y curiosos, le hizo tomar parte en varias empresas, en las que arrostrò grandes peligros, siendo testigo de infinitas desgracias: y al cuidado que tuvo de relatarlas debemos las únicas memorias que nos quedan de un perìodo importante en la conquista de estas regiones. Acompañó á Melgarejo y á Garay en casi todas sus expediciones, y, segun parece indicarlo, fué uno de los que concurrieron à la fundacion de Buenos Aires en 1580.[1]

De todas las privaciones que sufrió, la que mas le molestò fué el hambre. Sus efectos fueron sobre todo terribles en Santa Catalina, donde á los horrores de una escasez absoluta se agregaron los de una crueldad refinada en los gefes, que enviaban al cádalso á los que luchaban con la muerte por falta de alimentos. El autor deplora estos rigores culpables; porque

La cosa á tal extremo habia llegado

Que carne humana ví que se comia.[2]

El mismo tuvo que echar mano de lagartijas, que no le parecieron tan sabrosas como ciertos gusanos que comiò despues en las márgenes del rio Huybay. Los habia de dos especies, y se criaban en cañas mas corpulentas que los robles:

En muy poco difieren sus sabores:

Estando el uno y otro derretido,

Manteca fresca á mi me parecia;

¡Mas sabe Dios el hambre que tenia![3]

En uno de estos apuros tuvo que usar de su influjo para tranquilizar la conciencia de una muger, que habia hurtado un perro sin atreverse à echar mano de él. Este episodio puede servir á dar una idea del génio festivo del poeta.

Viniendo de la iglesia una mañana

Que habia sacrificio celebrado,

Una comadre mia, Mariana,

De su pequeña choza me llamaba

En una isla, dó antes la tirana

Le habia á su marido sepultado:

Y oid lo que me dice muy gozosa,

Aunque del hecho suyo recelosa.


Un solo perro habia en el armada,

De gran precio y valor para su dueño:

Llamado, entró ese dia en su posada,

Mas nunca mas salió de aquel empeño;

Porque ella le mató de una porrada,

Al tiempo del entrar, con un gran leño.

Mostrándolo, me dice: ¿Qué haremos? Yo dije:—Asad, Señora, y comeremos.

Estos lances de la vida estàn descritos en un estilo fácil y natural, que es el tono ordinario del poeta; sin que le falte vigor para elevarse, cuando su alma se halla profundamente conmovida. Si no fuera por no multiplicar citas, reproduciriamos varios trozos que nos parecen dignos de competir con los modelos mas acabados de la poesia castellana. Sirva de egemplo la octava, en que describe el hambre que asaltó à los compañeros de D. Pedro de Mendoza en Buenos Aires:

Comienzan á morir todos rabiando,

Los rostros y los ojos consumidos.

A los niños que mueren sollozando

Las madres les responden con gemidos:

El pueblo sin ventura lamentando

A Dios envia suspiros dolorosos:

Gritan viejos y mozos, damas bellas

Perturban con clamores las estrellas.[4]

Estos versos son tiernos, pero mas llenos de sensibilidad son los que le inspira la muerte de su compatriota Ana de Valverde.

Llore mi musa y verso con ternura

La muerte de esta dama generosa;

Y llórela mi tierra, Extremadura,

Y Castilla la Vieja perdidosa:

Y llore Logrosán la hermosura

De aquesta dama bella, tan hermosa,

Cual entre espinas, rosa y azucena,

De honra y de virtudes tan bien llena.


Las Argentinas Ninfas, conociendo

De aquesta Ana Valverde la belleza,

Sus dorados cabellos descojendo,

Envueltas en dolor y gran tristeza,

Estan á la fortuna maldiciendo,

Las flechas y los dardos, la crueza

Del indio Mañuá, que así ha robado

Al mundo de virtudes un dechado.[5]

No es nuestro propósito exagerar el mérito poético de la Argentina; y mas bien quisiéramos que quedase reducido à lo que es puramente indispensable para no fastidiar al lector que la consulta como monumento histórico de la época á que pertenece. Cuando se considera que los acontecimientos de un perìodo, que comprende toda la administracion de Garay y la de su sucesor Mendieta, no tienen mas historiador que un poeta, se siente la necesidad de acreditar, que

.........aunque su musa en verso canta,

Escribe la verdad de lo que ha oido

Y visto por sus ojos y servido.[6]

Este empeño en que se constituyò voluntariamente el autor, justifica su principal defecto, que es cierto aire prosaico, que es natural que prevalesca en una obra, despojada del brillante cortejo de las ficciones. Quítese todo lo que hay de fantàstico en los grandes poemas épicos, antiguos y modernos:—bórrense de la Eneida, de la Jerusalen y de la Lusiada, las pinturas de los Campos Eliseos, de los palacios y de las islas encantadas que tanto nos arrebatan, y no quedará mas que una fria narracion del viage de Eneas, de las guerras de Palestina y de la navegacion de Vasco de Gama.

Esta especie de crónicas rimadas tienen todos los vicios de los gèneros bastardos, cuyo carácter ambiguo es el mayor obstàculo à su perfeccion. Moratin en una de sus mejores sàtiras se declara contra esta clase de escritores, à los que dirige irònicamente los siguientes consejos.

Sigue la historia religiosamente,

Y conociendo á la verdad por guia,

Cosa no has de decir que ella no cuente.


No fingas, no; que es grande picardia: Refiere sin doblez lo que ha pasado, Con nimiedad escrupulosa y pia; Y en todo cuanto escribas ten cuidado De no olvidar las fechas y las datas, Que así lo debe hacer un hombre honrado.[7]

Pero Moratin habla como poeta, y no piensa que pueda haber una sociedad que busque, en las pocas memorias coevas, tradiciones ciertas de su infancia: porque en este caso los defectos que ridiculiza le hubieran parecido otras tantas recomendaciones. Si algo falta al autor de la Argentina es la nimiedad escrupulosa, que tanto desagrada al Terencio español.

Aun así, la autoridad de Centenera ha sido de tanto peso para sus sucesores, que hasta han adoptado sus fábulas; y si por mucho tiempo se ha creido en las Sirenas, en los Carbunclos y en otras patrañas del mismo quilate, es porque él aseguró que los habia visto con sus propios ojos.

Los servicios que prestò en la conquista de estas provincias, mas reales que estos juegos de una imaginacion acalorada, le merecieron el titulo de arcediano de la Asumpcion, en cuyo caràcter acompañó à Fray Alonso Guerra (recien promovido à la silla episcopal del Paraguay), al concilio convocado en Lima en 1582, por el Arzobispo Melgarejo, mas conocido en los fastos de la iglesia bajo el nombre de Santo Toribio con que fué canonizado.

Para introducir alguna variedad en la relacion de estas tareas, pinta la hermosura y el lujo de las damas limeñas, de las que hace un retrato seductor.

Por las calles y plaza y las ventanas

Se ponen, que es contento de mirarlas,

Con ricos aderezos muy galanas,

Y pueden los que quieren bien hablarlas.

No se muestran esquivas ni tiranas,

Que escuchan á quien quiere requebrarlas:

Y dicen só el rebozo chistecillos,

Con que engañan á veces los bobillos.[8]

En estos episódios, y en los que le ministran los acometimientos de Drake y Candish, acaba su poema, imitando en esto à Ercilla, que tambien se distrae en describir las batallas de San Quintin y Lepanto. Centenera, que no ponia mucha importancia en conservar la unidad del poema, estuvo tentado de tratar de las guerras de Chile; y si no lo hizo, no fué por respeto à los preceptos de Aristóteles, sino por el que le inspiraba el mérito de la Araucana. El elógio que hace de Ercilla es honroso para entrambos.

Y pues que á Chile cupo tal belleza

De pluma, de valor, de cortesia,

No es justo que se atreva mi rudeza

Decir de Chile cosa: que seria

Muy loca presumpcion y gran simpleza

Meter hoz en la mies no siendo mia.[9]

Su morada en Lima, y la obligacion de sostener con decoro su rango, agotaron su peculio y lo dejaron sumido en la indigencia. Acostumbrado à vivir en la mediocridad, hubiera sobrellevado con resignacion esta desgracia, si hubiese podido renunciar igualmente al deseo de volver á su patria. Esta idea, que se habia apoderado de su espíritu, lo dispuso á la tristeza; y se hallaba en el mayor abatimiento, cuando

La Inquisicion le hizo comisario,

Y el Obispo de Charcas su vicario.[10]

En estas nuevas funciones pasó los ùltimos años de su residencia en Amèrica, hasta que en 1596 se resolvió á regresar á Europa. Al deseo de reunirse à su familia debiò agregarse el de dar publicidad á su poema, siendo imposible que lo verificase en Amèrica, donde aun no habia penetrado el arte tipográfico. Desembarcó en Lisboa, en donde dió á luz la Argentina, en 1602, bajo los auspicios del Marques de Castel Rodrigo, que gobernaba entonces el Portugal, à nombre de Felipe III: otra edicion publicó Barcia en el tercer tomo de sus Historiadores primitivos de las Indias occidentales; y ambas tan llenas de errores, que bastaria esta circunstancia á justificar su reimpresion.

Los ejemplares de que nos hemos valido, nos han sido franqueados, con su acostumbrada liberalidad, por el Sr. Canònigo Dr. D. Saturnino Segurola; y no creemos que se halle en Buenos Aires otra copia de la edicion de Lisboa. La que cita Pinelo[11], del año de 1631, si existe, debe ser mucho mas rara que la primera; puesto que ha quedado ignorada á los demas bibliògrafos.

El juicio de Azara, sobre el autor de la Argentina, no solo es severo, sino injusto: porque de todos los cargos que se le pueden hacer, el que nos parece mas infundado es, no haber puesto el menor cuidado en averiguar la verdad de los hechos.[12]

Ciertamente, no son exactos todos los que alega; pero este defecto parcial, y excusable, por ser comun à todos los escritores de aquel siglo, no le quitan el mérito de habernos transmitido con fidelidad muchas noticias que ignorariamos sin èl; en lo que no puede menos de convenir el mismo Azara.[13]

Tambien se equivoca cuando dice que la Argentina comprende los acontecimientos de la conquista de estas provincias, hasta el año de 1581: porque en el canto XXIV se describen minuciosamente las circunstancias de la muerte de Garay, que acaeció en 1584; y en el ùltimo se habla de la victoria de los portugueses sobre Candish, que corresponde al año de 1592.

Una segunda parte, de la que se ocupaba el autor cuando publicó su poema[14], quedó interrumpida por su muerte, que lo acometiò poco despues, en una edad avanzada, y fuera de su patria, adonde habia deseado tanto volver.

Buenos Aires, Junio de 1836.

PEDRO DE ANGELIS.

AL MARQUES DE CASTEL RODRIGO,

Índice

Virey, Gobernador y Capitan General de Portugal, por el Rey D. Felipe III, Nuestro Señor.
D. MARTIN DEL BARCO CENTENERA,

Índice

ARCEDIANO DEL RIO DE LA PLATA.

Habiendo considerado y revuelto muchas veces en mi memoria el gran gusto que recibe el humano entendimiento con la lectura de los varios y diversos acaecimientos de cosas, que aun por su variedad es la naturaleza bella; y que aquellas amplísimas provincias del Rio de la Plata estaban casi puestas en olvido, y su memoria sin razon obscurecida, procuré poner en escrito algo de lo que supe, entendì y vì en ellas, en veinticuatro años que en aquel nuevo orbe peregrinè:—lo primero, por no parecer al malo é inutil siervo que abscondiò el talento recibido de su señor:—lo segundo, porque el mundo tenga entera noticia y verdadera relacion del Rio de la Plata, cuyas provincias son tan grandes, con gentes tan belicosas, animales y fieras tan bravas, aves tan diferentes, víboras y serpientes que han tenido con hombres conflicto y pelea, peces de humana forma, y cosas tan exquisitas, que dejan en éxtasis à los ánimos de los que con alguna atencion las consideran.

He escrito, pues, aunque en estilo poco pulido y menos limado, este libro, á quien intitulo y nombro Argentina, tomando el nombre del subjecto principal que es el Rio de la Plata; para que V. E., si acaso pudiera tener algun rato como que hurtado à los necesarísimos y graves negocios de tan grande gobierno como sus hombros tienen, pueda con facilidad leerle, sin que le dè el disgusto y fastidio que de las largas y prolijas històrias se suele recibir; y héme dispuesto à presentarla y ofrecerla á V. E., como propia suya; pues, segun derecho, los bienes del siervo son vistos ser del señor.

Y así confio que, puesto en la posesion del amparo de V. E., cobrará nuevo ser y perpetuo renombre mi trabajo; y pido à Dios te siga solo haber acertado á dar à V. E. algun pequeño contento con este mi paupèrrimo servicio: lo que será para mi muy aventajado prémio, y crecerán en mì las alas de mi flaco y débil entendimiento para volar, aspirando siempre à cosas mas altas y mayores: enderezadas todas à su fin debido, que es el servicio de Dios, de S. M. y de V. E., à quien Dios nos guarde por largos y felicísimos tiempos, para el buen gobierno y amparo de este reino, y como yo siervo y perpetuo capellan de V. E. deseo.

De Lisboa, 10 de Mayo de 1601.

LA ARGENTINA.

Índice

CANTO PRIMERO.

Índice

En que se trata del órigen de los Chiriguanas ó Guaranís, gente que come carne humana, y del descubrimiento del Rio de la Plata.

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Del indio Chiriguana encarnizado

En carne humana, orìgen canto solo.

Por descubrir el ser tan olvidado

Del Argentino reino, ¡gran Apolo!

Envìame del monte consagrado

Ayuda con que pueda aquí, sin dolo,

Al mundo publicar, en nueva historia,

De cosas admirables la memoria.


Mas ¡qué digo de Apolo, Dios eterno!

A vos solo favor pido y demando.

Què mal lo puede dar en el infierno

El que en continuo fuego está penando.

Haré con vuestra ayuda este cuaderno,

Del Argentino reino recontando

Diversas aventuras y estrañezas,

Prodigios, hambres, guerras y proezas.


Tratar quiero tambien de sucedidos

Y estraños casos que iba yo notando.

De vista muchos son, otros oidos,

Que vine à descubrir yo preguntando.

De personas me fueron referidos

Con quien comunicaba, conversando

De cosas admirables codicioso,

Saber por escribirlas deseoso.

Perú de fama eterna y estendida Por sus ricos metales por el mundo; La Potosì imperial ennoblecida, Por tener aquel cerro tan rotundo;[15] La tucumana tierra bastecida[16] De cosas de comer, con el jocundo Estado del Brasil, daràn subjecto A mi pluma que escriba yo prometo. Que aunque en esta obra el fundamento Primero y principal, Rio de la Plata, Y así es primero su descubrimiento; Con todo no serà mi pluma ingrata: Que aquí pintarà al vivo lo que siento Del nuevo orbe al Marques Mora:[17] y si trata Contrario à la verdad, yo sea borrado De su libro, y à olvido condenado. Tambien dirè de aquel duro flagelo, Que Dios al mundo diò por su pecado, El Drake que cubrió con crudo duelo[18] Al un polo y al otro en sumo grado. Trataré de castigos, que del Cielo Parece nuestro Dios nos ha enviado: Temblores, terremotos y señales Que bien pueden juzgarse por finales. En todo hallará bien, si lo quisiere, A su gusto el lector, gusto sabroso. Y guste lo que mas gusto tuviere, Y deje lo sin gusto y disgustoso. Hará al fin lo que mas gusto le diere: Què esto de escribir es azaroso. En nombre de Jesus comienzo agora, Y de la Vírgen para Emperadora. Despues del gran castigo y gran justicia, Que hizo nuestro Dios Omnipotente, Por ver como crecia la malicia Del hombre que compuso sabiamente, Habiendo recibido la propicia Señal del amistad, Noé prudente, De Japhet, hijo suyo, así llamado, Tubal nació valiente y esforzado.[19] Aqueste fué el primero que en España Pobló: pero despues viniendo gentes Con la de aqueste Tubal y otra estraña Mas, del mismo Noè remanecientes, España se pobló, y tanta saña Creció entre unos hombres muy valientes Tupìs, que por costumbre muy tirana Tomaron á comer de carne humana. Creciendo en multitud por esta tierra Estremadura bella, aquesta gente De tan bestial designio y suerte perra, Por atajar tal mal de incontinente Hicieron los Ricinos grande guerra[20] Contra aquestos caribes fuertemente; En tiempo que no estaba edificada La torre de Mambrós tan afamada.[21] Ni menos el alcazar trujillano, En que vive la gente trujillana: Ni la puente hermosa, que el Romano En Merida nos puso á Guadiana. Ni habia comenzado el Lusitano,[22] Que habita en la provincia comarcana. Empero habia Ricinos en la tierra, Muy fuertes y valientes para guerra. Aquestos son nombrados Trujillanos; Cual pueblo Castrum Julii fuè llamado:[23] Qué cuando le poblaron los Romanos El nombre de su Cèsar le fuè dado. Fronteros de estas tierras los profanos De aquel designio pèrfido, malvado, Caribes inhumanos habitaban, Y toda la comarca maltrataban. Corriendo las riberas del gran Tajo, Y à veces por las sierras de Altamira,[24] Ponian en angustia y en trabajo La gente con su rabia cruda y dira. No dejan cosa viva: que de quajo, Cuanto puede el Caribe, roba y tira; A cual quitan el hijo y los haberes, Y á otros con sus vidas las mugeres. Vistos por los Ricinos trujillanos, Con ánimo invencible belicoso, Contra aquellos caribes inhumanos Formaron campo grande y poderoso. Venido este negocio ya á las manos, De entre ambas partes fuè muy sanguinoso: Mas siendo los caribes de vencida, Las reliquias se ponen en huida. Espulsos de la tierra, fabricaron Las barcas y bateles que pudieron, Y à priesa muchos de estos se embarcaron Y sin aguja al viento velas dieron. A las furiosas aguas se entregaron, Y asì de Estremadura se salieron; Y à las islas, que dicen Fortunadas, Aportan con sus barcas destrozadas. Platon escribe y dice, que solia El mar del norte, Atlàntico llamado, Ser islas lo mas de él, y se extendia La tierra desde España en sumo grado. Y que en tiempos pasados se venia Por tierra mucha gente; y se han llamado Las islas Fortunadas que quedaron, Cuando otras del mar Norte se anegaron.[25] Y asì à muchos pilotos yo he oido, Que navegando han visto las señales Y muestras de edificios que han habido,[26] (Cosas son todas estas naturales, Que bien pueden haber acontecido) Por donde los Tupis descomunales, Irian facilmente à aquellas partes, Buscando para ello maña y artes.[27] Llegando, pues, allí ya reformadas Sus barcas y bateles, con gran pio, Tornàronse à entregar á las hinchadas Ondas del bravo mar á su albedrío. Las barcas iban rotas, destrozadas, Cuando tomaron tierra en Cabo Frio, Que es tierra del Brasil, yendo derecho Al Rio de la Plata y al Estrecho. Comienzan á poblar toda la tierra, Entre ellos dos hermanos han venido. Mas presto se comienzan à dar guerra, Que sobre un papagayo ha sucedido. Dejando el uno al otro, se destierra Del Brasil, y á los llanos se ha salido. Aquel que queda ya Tupí se llama, Estotro Guaranì de grande fama.[28] Tupì era el mayor y mas valiente, Y al Guaraní menor dice que vaya Con todos sus soldados y su gente, Y que él se quedará allí en la playa. Con la gente que tiene incontinente El Guaraní se parte y no desmaya: Que habiendo con su gente ya partido, La tierra adentro y sierras ha subido. Pues estos dos hermanos divididos, La lengua guaranì han conservado: Y muchos que con ellos son venidos, En partes diferentes se han poblado, Y han sido en los lenguages discernidos, Que por distancia nadie ha olvidado. Tambien con estos otros, aportaron, Que por otro viage allà pasaron. Mahomas, Epuaes y Calchines, Timbues, Cherandies y Beguaes, Agaces, y Nogoès, y Sanafines, Maures, Tecos, Sansones, Mogoznaes. El Paranà abajo, y à los fines Habitan los malditos Charruaes, Naues y Mepenes, Chiloazas: A pesca todos dados y à las cazas. Los nuestros Guaranís, como señores, Toda la tierra cuasi dominando, Por todo el Paraná, y alrededores Andaban crudamente conquistando. Los brutos, animales, moradores Del Paraguay, sugetan à su mando. Poblaron mucha parte de esta tierra, Con fin de dar al mundo cruda guerra. Poblando y conquistando han alcanzado Del Perú las nevadas cordilleras; A cuyo piè ya tienen subyugado El rio Pilcomayo y sus riberas.[29] Muy cerca de la sierra han sugetado, A gente muy valientes y guerreras En el rio Condorillo y Yesuì, Y en el grande y famoso Guapaí. Una canina rabia les forzaba A no cesar jamas de su contienda. Qué el Guaraní en la guerra se hartaba, (Y así lo haria hoy, sin la rienda, Que le tenemos puesta), y conquistaba, Sin pretender mas oro, ni hacienda, Que hacerse como vivas sepulturas De símiles y humanas criaturas. Que si mirar aquesto bien queremos, Caribe dice, y suena sepultura De carne: que en latin caro sabemos Que carne significa en la lectura. Y en lengua guaranì decir podemos Ibí, que significa compostura De tierra, dó se encierra carne humana: Caribe es esta gente tan tirana. Teniendo, pues, la gente conquistada, En mil parages se poblaron de hecho. El Guaraní con ansia acelerada A los Charcas camina muy derecho. La cordillera y sierra es endiablada: Parece le será de gran provecho Parar aquì, y hacer asiento y alto, Con fin de allí al Perù hacer asalto. Muy largos tiempos y años se gastaron, Y muchos descendientes sucedieron, Desde que los hermanos se apartaron. De Tupì en el Brasil permanecieron Tupìes, y destotros que pasaron Guaranìes se nombran, y así fueron Guerreros siempres aquestos en la tierra, Que el nombre suena tanto como guerra.[30] Aquestos Guaraníes se han mestizado Y envuelto con mil gentes diferentes, Y el nombre Guaranì han renunciado, Tomando otro por casos y accidentes. Allà en las cordilleras, mal pecado, Chiriguanaes se dicen estas gentes, Que por la poca ropa que tenian, De frio muchos de ellos perecian. La costa del Brasil es muy caliente, Y el Paraguay y toda aquella tierra. Camina aquesta gente del oriente, Y para en las montañas y la sierra, Caminando derechos al poniente, Haciéndoles el frio cruda guerra. Que mal puede el desnudo en desafio Entrar y combatirse con el frio. Llegaron, pues, al fin á aquel parage Dó el frio les hizo guerra encarnizada, Y frio chiri suena en el lenguage Del Inga, que es la lengua mas usada; Guana es escarmiento de tal trage. Aquesta gente iba mal parada, Y el frio que tomaron, escarmiento Fué para el Chiriguana y cognomento.[31] En este tiempo ya habian venido Por otra parte y via al Perú gentes: Por ser tan exquisitos, no he querido Sus nombres referir tan diferentes. En una lengua muchos se han unido, Que es quichua, y los hidalgos y valientes, De aqueste nombre Inca se han jactado, Y à todos los demas han sugetado. Estando de esta suerte apoderados Los Incas, los Pizarros allegaron, Y siendo del Perù bien enterados, La tierra en breve tiempo conquistaron. Los Guaranís sus dientes acerados Alegres con tal nueva aparejaron, Pensando que hartarian sus vientres fieros, De la sangre de aquellos caballeros. El corazon pedia la venganza De sus pasados padres, que habian sido De la tierra Estremeña à espada y lanza Expulsos, como arriba habeis oido. Mas viendo de Pizarro la pujanza,[32] Temieron de pasar; y así han tenido Por seguros los montes despoblados, Sin ser á gente humana sugetados. De allí hacen hazañas espantosas, Asaltos, hurtos, robos y rapiñas, Contra generaciones belicosas, Que estan al rededor circunvecinas. En sus casas estan muy temerosas, Como unas humillisimas gallinas, Con sobrado temor noche y mañana, Temiendo de que venga el Chiriguana. Usan embustes, fraudes y marañas,[33] Tambien tienen esfuerzo y osadía, Y así suelen hacer grandes hazañas, Que arguyen gran valor y valentía. A aquestos ví hacer cosas estrañas En tiempo que yo entre ellos residía: Y el que no me quisiere á mi escuchallo, Al de Toledo vaya á preguntallo. Dejemos esto agora:—navegando Magallanes tambien vino derecho, La costa del Brasil atras dejando En busca fuè y demanda del Estrecho. Salió del mar del sur atravesando, Y hàllase contento y satisfecho, Y al mundo dà una vuelta con Victoria, Ganando en este caso fama y gloria. Despues à los quinientos y trece años, Contados sobre mil del nacimiento De aquel que padeció por nuestros daños, Dió Juan Diaz de Solìs la vela al viento, Al Paraná aportò, dó los engaños, Del Timbú le causaron finamiento, En un pequeño rio de grande fama, Que á causa suya de Traicion se llama. Por piloto mayor de Magallanes Al Estrecho venido aqueste habia; No harto de pasar penas y afanes, La conquista á D. Carlos le pedia. Entró el rio arriba con desmanes, Hasta que ya el postrero le venia, En que su alma del cuerpo se desata, Poniendo al Paraná nombre de Plata.[34] No fué sin causa, creo, de secreto, Y señal de misterio y buen agüero.[35] Aunque es así que todo está sugeto Al divino juicio verdadero, Y aunque usó este nombre por respeto, Que vido cierta plata allí primero, Yo entiendo que ha de haber grande tesoro Algun tiempo de plata allí y de oro. La muerte pues de aqueste ya sabida, El gran Carlos envia al buen Gaboto,[36] Con una flota al gusto proveida. Como hombre que lo entiende y que es piloto. Entró en el Paraná, y ya sabida La mas fuerza del rio le ha sido roto Del Guaraní, dejando fabricada La torre de Gaboto bien nombrada. Algunos de los suyos se escaparon De aquel río Timbus dó fué la guerra, Al rio San Salvador despues bajaron, Donde la demas gente estaba en tierra. A nuestra dulce España se tornaron, Huyendo de esta gente infiel y perra. Mas no pone temor esta destroza A D. Pedro Guadix y de Mendoza. D. Pedro de Guadix, como diremos, Despues de haber de Roma malvenido, Cuando hubo disencion en los supremos, El gobierno Argentino hubo pedido. Empero algun tanto ahora descansemos, Que no le dejaremos por olvido, Pues su hambre rabiosa y grande ruina Ayuda á lamentar á la Argentina. De nuestro rio Argentino y su grandeza Tratar quiero en el canto venidero, De sus islas, y bosques y belleza, Epilogo haré muy verdadero. Ninguno en lo léer tenga pereza, Que espero dar en él placer entero, De cosas apacibles y graciosas, Y dignas de tenerse por curiosas.

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CANTO SEGUNDO.

Índice

En este canto se trata de la grandeza del Rio de la Plata, del Paraguay, y de las islas, peces, aves que hay en ellos.

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La obra excelentísima y grandiosa

Arguye grande artifice y maestro:

Que no puede hacer obra preciosa

El hombre que en el arte no está diestro.

Como la creacion maravillosa

Enseña, Señor mio, el poder vuestro,

En su tanto tambien aqueste rio

Muestra grande saber y poderío.

Inmensas gracias, Dios Señor, os damos,

Pues todo á nuestra causa lo criastes;

Y á nosotros que mal os lo pagamos,

Para vuestro servicio nos formastes.

Cuanto sois, mi Señor, si bien miramos

Las cosas que en el mundo vos plantastes,

Nos da bien á entender, y la grandeza

De vuestro gran saber y la riqueza.

El rio que llamamos Argentino,[37] Del indio Paraná ó mar llamado, De norte á sur corriendo su camino En nuestro mar del norte entra hinchado. Parece en su corriente un torbellino, O tiro de arcabus apresurado. Más con el viento sur placidamente Se vence navegando su corriente. De mas de treinta leguas es su boca, Y dos cabos y puntas hace llanas. Al tiempo que en la mar brava se emboca, Al un cabo dos islas, como hermanas, Estan, que cada cual parece roca. Los Castillos se dicen, muy cercanas Al cabo que nombré Santa Maria, Que poco de estas islas se desvía. Al otro cabo, Blanco le llamamos, El cual en la mar entra mas derecho Y mas bajo, y por esto navegamos, Por mas seguro este otro, un poco trecho. Despues al otro cabo nos tornamos, El cual está á la banda del Estrecho: Entrambas costas son muy peligrosas, Y de futuros casos portentosas. Pasadas estas islas de Castillos, Adelante estan dos algo mayores: De los Lobos se dicen, que lobillos Como becerros hay, poco menores. Un poco mas arriba dos islillos Estan, nombrados islas de las Flores, Y habiendo treinta leguas caminado, Al puerto San Gabriel hemos llegado. Siete islas hay en él, altas, graciosas,[38] Un poco de la tierra desviadas, De palmas y laureles muy copiosas, Estan aquestas islas bien pobladas. Aquí llegan las naves poderosas, Como salen de España despachadas. Frontero es Buenos Aires ya poblado, Y del sur importuno resguardado. De ancho nueve leguas ó mas tiene El rio por aquí, y muy hondable. La nave hasta aquí segura viene: Que como el ancho mar es navegable, Pasado este parage le conviene Al piloto mirar el gobernable, En la mano llevando siempre sonda, O seguir la canal que va bien honda. Doce leguas de aquí Martin Garcia,[39] Una isla de este nombre está llamada: Una legua de tierra se desvía, Y mas de legua y media es prolongada. A partes por el bosque está sombria, Y á partes tierra alta y asombrada, Don Pedro, y Juan Ortiz allí poblaron, Y de hambre mucha gente sepultaron. Aquí llegó Eduardo de Fontano, El año sobre mil y los quinientos De ochenta con mas dos, con viento sano, Mas no supo de pueblos ni de asientos: Que si acaso supiera el luterano Que allí habia poblados y cimientos, Sin duda en pesadumbre nos pusiera, Que habia el aparejo en gran manera. Cuatro leguas de aquí ya navegadas Las islas de San Lázaro estan juntas, De tierra media legua desviadas A dó enderezan ambas sendas puntas. Estan aquestas islas separadas, Aunque al parecer no estan disjuntas, Y habiendo media legua navegado, Está el Uruguay, rio afamado. Es rio de caudal y poderoso, Su boca legua y media casi tiene. Entra en este parage muy furioso, Que de peñas y riscos altos viene. En él entra otro rio con reposo, Que al parecer entrando se detiene; Al cual San Salvador llamó Gaboto, Antes que de los indios fuese roto. A dos leguas entra otro, que es nombrado El Rio Negro, que Hum tenia por nombre. Aquí en nuestros tiempos se han hallado Pescados semejantes mucho al hombre.[40] Aquesto de pasada lo he tocado, Ninguno de léerlo aquí se asombre, Que, siendo Dios servido, en otro canto Diré cosas de vista y mas espanto. Dejemos este rio, que corriendo De allá hácia el Brasil viene derecho; Y en él se vienen otros mil metiendo, Que le tienen famoso y grande hecho. Al nuestro de la Plata revolviendo, Desde aquí él comienza á ser deshecho, Y en once brazas grandes se reparte, Tirando cada cual su larga parte. Del rio Nilo refieren escritores Lo mismo: pero es tanta la grandeza De aqueste y de sus brazos, que mayores Los juzgo, que no estiman la braveza Del Nilo en tanto grado los autores. Y si del Nilo fuera la estrañeza Tan grande como este, y se escríbiera, Al mundo admiracion mayor pusiera. En el nuestro se forman muy hermosas Islas, de á doce leguas y mayores: En sus tiempos muy frescas y frondosas, Pobladas de mil rosas y de flores: De caza y bastimentos abundosas; En ellas Guaranís son pobladores, Sin que alguna nacion otra se atreva En él poblar, en ella hacer prueba. Pasadas estas islas, torna el rio A su primera madre acostumbrada. De una y otra parte gran gentío La tierra firme tiene bien poblada. El Guaraní les manda con gran brio, Que tiene la mas tierra sujetada: Entre ellos Yamaudú, gran hablador, Que se titula y nombra Emperador. Este malvado y perro como artero, A todos los mas indios comarcanos Los trae á su opinion al retortero: Y como son los indios tan livianos, Y el pica su poquillo en hechicero, Donde el pone los pies ponen las manos: De suerte que si quiere hacer la guerra, Al punto le vereis juntar la tierra. Y no piense el que lea aquesta história Que al falso Yamandú perecedero Le falta quien levante su memoria, Que en mi tiempo murió: mas su heredero Levantar procurò su fama y gloria: Y lo hizo en mas grado que el primero. Así que Yamandú, es el dictado, Y nombre que se pone el que ha heredado. De aquelle trataremos adelante, De sus embustes, falsos y marañas. De cuerpo y parecer era gigante, Y así lo demostraban sus hazañas. Un poco tiempo fuí su doctrinante, Teniendole en prision, á dó sus sañas Procuré doctrinar: trabajé en vano, Porque era muy malvado este pagano. De aquí el rio arriba, navegadas Ciento y veinte leguas ya del rio, Otras islas estan tan bien pobladas De gentiles naciones y gentío. Timbues las mas de ellas son llamadas, Que muy poco temor tienen al frio. La torre de Gaboto está cercana Y la gente llamada Cherandiana. De allí á veinte leguas, otro asiento, Que Santa Fé se dice, está poblado: Garay le dió principio y fundamento, Cuando Martin Suarez ha mandado. Tratarse ha en otra parte aqueste cuento: Volvamos al negocio comenzado. El rio hace aquí muchos islones, Poblados de onsas, tigres y leones. Al pié de ochenta leguas adelante El grande Paraguay entra famoso, Con mas quietud se muestra, y mas semblante A este rio corriendo con reposo. El Paraná se aparta allá á levante, De á dó corre con fuerza muy furioso; Del norte corre el otro, consumiendo Las aguas que el Perú viene virtiendo. Entrando el Paraná está Santa Ana, De Guaranís provincia bien poblada. Es tierra aquesta firme buena y llana, Que mucha de la dicha es anegada. Empero esta enjuta es muy galana, De nuestros españoles conquistada; Y así tienen aquí repartimiento Los que en el Paraguay tienen asiento. La peña pobre está mas adelante: Es alta como roca muy crecida. Aquí han visto muchos un gigante De gran disposicion y muy crecida. No está, segun yo supe, el aquí estante: Que allá la tierra adentro es su guarida; Mas viene aquí á pescar muy á menudo, De sus redes cargado, mas desnudo. Arriba de aquí están los remolinos, Que es cosa de admirar y gran espanto. En el medio del agua hay torbellinos, Como suele acá en tierra: y esto tanto, Que navegando algunos, los vecinos Celebran sus exéquias con gran planto, Diciendo que Caribdis está á punto, Para lo que viniere tragar junto. Aquí muchas canoas se han perdido, Y muchos en mi tiempo se anegaron. Muy mal al de la Puente ha sucedido, Y á aquellos que con él aquí bajaron. Que habiéndoles Caribdis sumergido, Las vidas y haciendas trabucaron, Y aquellos, que mejor les fué en la féria, Aun lloran todavia su miseria. El Salto ya me está gran priesa dando, Diciendo este lugar ser propio suyo: Y yo, solo en lo estar imaginando, De miedo, y de pensarlo de mí huyo. Decir aqueste cuento procurando La mano está temblando, y lo rehuyo; Por ser la cosa horrible y espantosa, Y en todo el Paraná maravillosa. Por aquí el Paraná dos leguas tiene, Y peñascos y sierras hasta el cielo: Y al pié de una gran legua de aquí viene Con impetu furioso y crudo vuelo. Cualquiera que navega le conviene Con tiempo tomar tierra, que en el suelo De mil picas en alto dará cierto: Por tanto muy de atras se toma puerto. De legua mas atras encanalado El Paraná desciende poderoso: Un peñasco terrible está tajado De á dó se arroja y cae muy furioso. El estruendo que hace es muy sobrado, Y el humo al aire tiene tenebroso, Una noche dormí en una sábna, Dos leguas de él, mas fué la Toledana. Yo proprio lo he oido á naturales, Tratando de este salto y su grandeza, Que estaban con temores desiguales, A oir aquel sonido y su braveza. Las aves huyen de él; los animales, Oyendo su estruendo, sin pereza Caminan, no parando apresuradas, Y con temor las colas enroscadas. Despues está Guaira, ciudad enferma, Y que por Malgarejo fué poblada. Mas él, podrá decir cierto Belerma, De mi para mi mal fué engendrada. Es causa que Rui Diaz nunca duerma, La gente Chiriguana levantada, Por donde el pobre viejo anda á la guerra Con tino, por tener en paz la tierra. Poblada está tambien otra ciudad, Cuarenta leguas mas arriba de esta. En ella hay de metales cantidad, Empero, aunque los haya ¿de que presta?— Hablando como es justo la verdad, Que el hombre es lo que solo allá les resta, Pues vemos plomo saca Melgarejo, Y hierro, con tener poco aparejo. Al Paraná es ya tiempo que dejemos, Y al Paraguay ameno revolvamos; En el cual á la clara bien veremos, Que está cifrado el bien que deseamos. El bien, digo, que en tierra pretendemos, Que agora del divino no hablamos; Que aquese solo y sumo bien superno, Está solo en gozar de Dios eterno. Entrando al Paraguay á izquierda mano, El Ipití se vé, que es rio famoso: Muy plácido desciende por un llano De palmas y laureles muy copioso. El Paraná-miri está cercano, Que al Paraná traviesa caudaloso, Haciendo triangular una isla llana, De doce leguas casi de sabána. Si en este riachuelo el otro fuera, Que dicen á buscar su muger iba, El rio arriba espanto no pusiera; Pues vemos que este corre hácia arriba Algunas veces, y es de esta manera, Que es justo la razon aquí se escriba: Está cuando uno crece el otro bajo, Y el chico corre arriba y corre abajo. No corre el Paraguay tanto furioso, Y es un rio mayor que él de Sevilla, De vista y parecer es muy gracioso, Con ribera vistosa y linda orilla. De frescas arboledas muy copioso, Y en partes prado verde á maravilla. Tambien tiene en los valles mas cercanos Lagunas, negadizos y pantanos. Una laguna tiene de gran fama Llegada al Ipití que dicho habemos. De los Mahomas es, y así se llama, Que aquesta gente habita sus extremos. En el rio Bermejo se derrama, Y que esta tenga perlas lo sabemos, El Mahoma, Señor de esta laguna, Estando en la Asumpcion me diò mas de una. En gran precio las perlas estos tienen; Empero ellos no saben horadarlas. Si en su asiento españoles se detienen, De los hostiones procuran de sacarlas, Y al español con ellas luego vienen. El órden pues que tienen en pescarlas Es facil; que en pequeños redejones, A veces sacan veinte y mas hostiones. Antes de la Asumpcion hay angostura Del rio, y así corre allí furioso. Alegre es por allí y de frescura, De muchas arboledas muy umbroso: Con islas que hay en él de hermosura Estraña, y parecer muy deleitoso. Entra aquí Pilcomayo que, vertiendo Sus aguas, del Perú viene corriendo. Cuatro leguas arriba está situada La gran ciudad, antigua y populosa, Que es dicha la Asumpcion, que fué poblada, Por Salazar en era muy famosa. Es aquesta ciudad tan regalada, Que mi pluma escribirlo aquí no osa: Algunos, por baldon con mal aviso, La llaman de Mahoma paraiso. Poblóse de muy buena y noble gente, En tiempo de D. Pedro de Mendoza, Aunque hay, como sabemos, al presente En abundancia ya de toda broza. La causa de este mal inconveniente Pareceme será la gente moza, Que, aunque salen valientes y esforzados, Al mal y no al bien son muy inclinados. Gran copia de mestizos hay en ella, Pero mas abundancia de mugeres: Porque la guerra hace en ellos mella, La cual sin interes y sin haberes, Con solo el fin la siguen de tenella. Y así, lector curioso, si quisieres El número saber de las doncellas De cuatro mil ya pasan como estrellas. De frutos de la tierra y de Castilla, De pan, y vino, y carnes y pescado Hay copia; pero oid la maravilla, Que sé que aconteció un dia pasado. Un peje palometa, que freilla Pensaba una muger enharinado, De la sartén saltó muy derrepente, Y el dedo le cortó redondamente. Un palmo y mas tendrá la palometa, Y mayor en el ancho que una mano. A donde hace presa fuerte aprieta, Como suele hacer el crudo alano. Es cosa de notar ver que acometa Este pequeño pez á todo humano. Del rio ví salir un dia un soldado Gritando, y en el muslo un gran bocado. Jugóse allí al presente que faltaba De carne media libra al desdichado, Y el peje palometa lo llevaba En la boca redondo aquel bocado. Mas de otro oí decir que lamentaba Su suerte desastrosa y triste hado, Que en la boca de un pez perdido habia, Lo que el pez le cortó con gran porfia. Dorados hay enormes y crecidos, Mandís, rayas, pacues amarillos: Muchos pescados hay desconocidos, Por tanto determino no escribillos. Los indios naturales mantenidos Los mas son de pescado y venadillos, Los Guaranís son solo labradores, Los mas dados á caza y pescadores. Aves la tierra cria diferentes, Que habitan por las islas de este rio, Pavas y avestruces muy valientes, Neblies y falcones de gran brio. Culebras hay y vívoras, serpientes, Que han tenido con hombres desafio: En otro canto aquesto contaremos, Y cosas admirables trataremos. Que aquesto ahora tocamos de pasada; Y cierto que en pensar yo la estrañeza De las cosas que he visto, embelezada Me queda la memoria, y mi rudeza En estasis se pone enagenada, De toda la humana naturaleza: Y habiendo de escribirlo todo en suma La mano está temblando con la pluma. Dejemos, pues, ya el rio, que corriendo Por èl quinientas leguas sin contento, Del enemigo á veces yo huyendo, Jamas pude hallarle nacimiento. De otros con porfia les siguiendo, He hallado el principio y fundamento; Y quiero darle ya al canto tercero, Que cosas espantosas cantar quiero.

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CANTO TERCERO.

Índice

En que se trata de la calidad de la tierra, animales reptiles, y espantosìsimas víboras y serpientes; de la sirena, del carbunclo, de unas mariposas, que se tornan en gusanos, y despues en ratones, y otras maravillas.

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Demas de que en nosotros señalada

La lumbre està de Dios como creemos,

Y el alma por él mismo fué criada

A su bendita imagen, lo leemos.

Para que de esta suerte doctrinada

En bien fuese así mismo; si queremos

Mirar las corporales criaturas,

Veremos que son vivas escripturas.

La flor de la granada ó granadilla

De Indias, y misterios encerrados,

¿A quien no causarà gran maravilla?

Figúranse los doce consagrados,

De una color verde y amarilla:

La corona y los clavos tresmorados

Tan natural estan, y casi al vivo,

Que yo me admiro agora que lo escribo.

Un àrbol hay pequeño de la tierra

Que tiene rama y hoja menudita:

En tocando la hoja ella se cierra,

Y en el punto se pone muy marchita.

Yo he visto yendo veces à la guerra

Por los campos aquesta yerbecita,

Caycobé se llama, y es tenida Por yerba viva, y nòmbranla de vida.[41] Quièn no se admirarà luego en oyendo Que hay un papagallo muy hermoso, La hembra cuando huevos va poniendo, Tres pone, que es el nùmero gracioso. Al punto que los pollos van saliendo Conoce el papagallo el que es vicioso Y sobra; y asì le mata en aquel dia, Dejando macho y hembra para cria. Al Micuren diò Dios una bolsilla[42] Por medio de los pechos, en que encierra Siete ù ocho hijuelos: si seguilla Procura otro animal, le hace guerra A quien le sigue; y guarda su cuadrilla Como suele hacer la brava perra: Y en viendose de mal libre y de duelos, Abre la bolsa y salen los hijuelos. El Yumirì, que es oso hormiguero, ¿A quien no espantará su compostura? Por boca tiene un muy chico agujero, Como un novillo grande, y de hechura Del oso acà comun: no es carnicero, Y prívale de serlo el angostura De la boca: mas vence al tigre fuerte, Causàndole por hambre cruda muerte.[43] El instinto de un vil animalejo, Eyra ha por nombre, me ha admirado; De suerte es y de forma de un conejo, Mas mata, como vemos, un venado. Salta y aferra firme en el pellejo, Y en el seseso dá fiero bocado, Haciendo con las uñas tal camino, Que saca al animal el intestino. Lo mismo hace al hombre y otra cosa Una horrenda culebra, que es nombrada Curiyú; muy grande y espantosa,[44] De largo, y de grosor descompasada. Lo que ha comido y traga no lo bosa, Ni echa por abajo: mas posada En tierra la barriga, se abre y echa Aquello que de nada le aprovecha. Las víboras que son mas ponzoñosas, Cascabel en la cola tienen puesto, De diversas colores son vistosas, Saltando de la tierra, y de su puesto, Arremeten al hombre muy furiosas. Hasta morder con rabia el rostro y gesto. A dó las hay criò Dios una yerba, Que es dicha por su nombre contrayerba. El hombre ò animal á quien le hiere Algunas de estas víboras malvadas, En un dìa natural, sin falta, muere, Y en él son medicinas escusadas. Empero si la yerba el tal bebiere, Antes que doce horas sean pasadas, Escapa. Aquesta yerba Dios le ha dado, El mismo cascabel muy apropiado. ¡A quien no admiraràn las cosas tales! Pues mas he de decir en este canto: Que contarè en él cosas desiguales, Muy raras, peregrinas y de espanto. Agora de la tierra y naturales De la Asumpcion digamos tanto cuanto; Y luego escribiremos mil cosillas, Que bien podrè llamarlas maravillas. El temple la Asumpcion tiene gracioso, Apacible, sereno y claro cielo; Invierno frio; estio caloroso, Algunas veces nieve, tambien yelo. De invierno y de verano está hermoso El campo todo el año, verde el suelo, Porque de cuando en cuando bien se moja, Y casi siempre està de verde hoja. La gente natural y comarcana, Es de muchas naciones diferentes. Empero la mas es la Chiriguana, Que estàn à los cristianos obedientes. Ya no comen aquestos carne humana, Si no es por exquisitos accidentes En guerras y conquistas con paganos, Empero no de carne de cristianos. Una pestilencia grande hubo venido, De que muchos Guaranìs se murieron, Que carne de cristianos han comido, La peste les sucede atribuyeron. Tambien por desabrida aborrecido La tienen, segun muchos me dijeron: Que mas les sabe carne de un pagano, Que no la de español ó castellano. Los Guaycurús habitan la otra banda: Es gente muy valiente y belicosa. Cuando nuestro español en guerras anda, Alquila Guaycurús por donde osa Al Guaranì seguir, que le dán tanda Aquestos de tal suerte, que medrosa La gente Guaraní queda y deshecha, Que el Guaycurú jamas teme su flecha. Los Agaces estaban bien poblados En tiempo de D. Pedro de Mendoza, Y aun eran muy valientes y esforzados. Los cristianos hicieron tal destroza En ellos, que los indios y soldados Mataban sin piedad à toda broza: Y así vino la cosa à tal estado Que no hay hoy del Agaz pueblo poblado. Tambien habia muchos Guatataes, Que es gente muy amiga de cristianos, Y otros que se llaman Mogolaes, Que viven en esteras por los llanos; Aquestos, y tambien Coñamequaes, Estàn de la ciudad algo cercanos: Acuden á servir con gran contento, Aunque de ellos no hay repartimiento. Los Guaraníes solos repartidos Están, que las demas generaciones, Aunque lo estàn, y han sido sometidos Al español, mas son por ocasiones, Que tienen los que mandan eximidos Del servicio, y acuden con mil dones; De suerte que hablando mas de vero, Es de estos el que manda encomendero. Junto à la Asumpcion está una sierra, Nombrada Lambaré, sierra afamada; En gran parte de toda aquesta tierra, Ninguna tan alta hay, tan encumbrada. Allì diò Salazar muy cruda guerra A Lambaré, y su gente rebelada. Y muy cerca de allí, bajando al rio, Oid una batalla y desafio. Habiendo Salazar aquì vencido El bravo Lambaré y toda su gente; A los pies de alta sierra le ha salido Una terribilísima serpiente. Con ànimo gallardo y muy crecido Embraza la rodela diligente, Y comenzando á darla con la espada, En tierra echa una mano destroncada. La sierpe con la cola revolviendo, Al buen Capitan diera muy airada Un golpe tan terrible, que cayendo Venia el Capitan, y con la espada, En el suelo se tuvo, y acudiendo Con una venturosa cuchillada, Tal golpe de reves dà con destreza, Que ahì la sierpe queda sin cabeza. La del tigre no fué tan grande hazaña, Aunque era muy terrible y espantoso: Matòlo antes que fuese à nuestra España Aqueste Capitán tan valeroso. Y habiendo ido, volviò, cosa estraña, Que siendo tan valiente y poderoso, Muriò pobre, dejando muchos hijos, Con pleitos y demandas y litijos. Por armas le dió el Rey el tigre fiero Con Lambarè, la sierra que he contado, Y un hàbito y señal de caballero, Con que á las Indias vuelve muy honrado. Mas como nunca dió en tener dinero, Murió sin dejar solo ni un cornado: Que aquesto de tener la plata à sobra, Yo tengo firmemente que Dios obra. De que me sirve á mi querer riqueza, Y andar aperreado por habella, Si Dios por me azotar me dà pobreza. ¿A quien presentarè yo mi querella, Si la Suprema Causa y Suma Alteza Dispone que no haya de tenella? De arriba, de lo alto todo viene: Dejadlo al que poder en todo tiene. Volviendo á nuestra história; rio arriba Una laguna está muy afamada: Itapuà se llama una peña viva, Está en medio de aquella levantada. Compèleme el temor que no lo escriba, Mas no lo dejarè: es prolongada De cien codos la piedra, y muy derecha, Y arriba en lo supremo una vesecha. Es como el ave Fenix muy graciosa, Que pintan los autores y su nido, Compuesto es de especiosa y olorosa Madera, que en mis manos la he tenido; La Sirena tambien bella, y hermosa Como una bella dama, ha parecido En medio esta laguna, y aun gemiendo, Y sus doradas crines esparciendo. Otra laguna grande mas crecida, De mas admiracion que aquesta vemos, Que està la tierra adentro algo metida; Los indios del Acay en sus extremos[45] Habitan, y ellos dicen que fundida Antiguamente fué gente, y creemos, Nos dicen, està el diablo atormentando Aquellos que pecaron en nefando. Gran grita y alarido y gran estruendo Allá dentro parece que resuena; Cuando se allega junto, estremeciendo El cuerpo queda todo con gran pena. Algunos de temor vuelven huyendo; Pajas, se les antoja, y el arena Que son diablos que vienen en pos de ellos, Y vuelven erizados los cabellos. Y no lejos de aquí, por propios ojos, El Carbunclo animal veces he visto:[46] Ninguno me lo juzgue por antojos, Que por cazar alguno anduve listo. Mil penas padecí, y mil enojos En seguimiento de èl; ¡Mas cuan bien quisto, Y rico y venturoso se hallàra Aquel que Anagpitan vivo cazára! Un animalejo es, algo pequeño, Con espejo en la frente reluciente, Como la brasa ignita en recio leño. Corre y salta veloz y diligente: Asì como le hirieren echa el ceño, Y entùrbiase el espejo de repente: Pues para que el Carbunclo de algo preste En vida el espejuelo sacan de este. ¡Cuan triste se hallò, y cuan penoso Rui Diaz Melgarejo! que hallado Habia, à mi me dijo, de uno hermoso; Perdiólo por habérsele volcado Una canòa en que iba muy gozoso. Yo le ví lamentar su suerte y hado, Diciendo—"si el carbunclo no perdiera, Con él al Gran Philipo yo sirviera." Andando por la guerra, y escuadrones, De mì fueron mil cosas conocidas. Trataré de una forma de ratones, Y de vista hablaré y no de oidas. Unas cañas he visto, y cañutones Tran gruesos como piernas muy crecidas; Catorce y quince tiene pocos menos Cada caña, y de agua todos llenos. El agua es muy sabrosa, clara y fria, Mas yendo ya la caña madurando, Un gusano se engendra adentro y cria, Y al cañuto el gusano horadando Afuera mariposa parecia. Con las alas comienza de ir volando, Y por tiempo las pierde, y queda hecho De forma de raton hecho y derecho. Al tiempo que en la caña estan metidos, A gente natural son nutrimento. Frutos sabrosos son: mas ya salidos A luz, causan dolor, pena y tormento, Porque tornados ya y convertidos En ratones, consumen el sustento; Y privan muchas veces de la vida Al natural, quitando su comida. De veinte mil pasaron, naturales, Que murieron á causa del estrago Que hicieron aquestos animales: Que en todo el Ubay dejaron pago De planta, ni maiz, ni sementales, Sin pasar por aquel tan crudo trago. Dejando desta vez tan asolada La tierra, que tardó de ser poblada. No hay bruco, ni langosta perniciosa, Ni erugo, ni otra plaga que yo entienda, Que iguale á esta maldita mariposa, Terrible, si comienza su contienda. Así està desta plaga tan medrosa La gente del Ubay, que viendo senda Por do huir su tierra y nacimiento, La dejan por tener algun contento. Tambien hay otras cañas muy mayores, (Del grueso son de un roble bien crecido) En que se crian gusanos, y mejores. De los unos y de otros he comido: En muy poco defieren sus sabores. Estando el uno y otro derretido, Manteca fresca à mi me parecia, ¡Mas sabe Dios el hambre que tenia! En los mojos de aquestas cañas vimos, Con agua bien sabrosa, mas gusanos, Ni dentro ni de fuera los sentimos En toda la montaña ni en los llanos. Las cañas por cumbreras las pusimos, Con tener otros palos muy cercanos, Mas no habia que temer, que la corteza Tenian de terrible fortaleza. Es tanta la espesura de las cañas, A dò las hay, que es cosa de gran grima: Y aunque dentro se crian alimañas, Estan tan encerradas como encima. Quien á cortar va cañas, por mil mañas Que tenga, á las veces se lastima, Con puas, con espinas, con abrojos, Y el mal sale mil veces à los ojos. Mas ya estoy enfadado en este canto, ¡Cuanto mas lo estarà quien le leyere! Degemos de contar cosas de espanto, Volver quiero á D. Pedro. Quien quisiere Las mudanzas saber y crudo llanto De fortuna, y de aquel que las siguiere, Con mucha atencion lea diligente El canto lastimoso aquí presente.

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CANTO CUARTO.

Índice

En que se trata de la mas cruda hambre que se ha visto entre los cristianos, la cual padecieron los de D. Pedro de Mendoza en Buenos Aires, y como se pobló el Argentino.

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Lo que ha sido muy justo y bien ganado

Muchas veces se pierde, como vemos:

Pues de lo que con mal se ha grangeado,

Que se pierda y el dueño esperaremos.

Don Pedro de Mendoza fué soldado

Cuando hubo disencion entre Supremos,

Y al tiempo de pillar hinchò la mano;

Mas todo su trabajo salió en vano.

Borbon perdió la vida; Juan de Urbina

Entrò en Roma cantando la victoria:

De aqueste asalto y saco, y grande ruina

D. Pedro enriquecido, en vana gloria,

A D. Carlos pedia la Argentina

Provincia, pretendiendo su memoria

Levantar en conquista de paganos,

Con dinero robado entre romanos.

Como fuese de suyo gran guerrero,

Viéndose de riquezas abastado,

Ofrecióse à gastar mucho dinero,

Y el Rio de la Plata ha demandado.

Don Carlos, en valor claro lucero,

El título le da de Adelantado;

Y asì hizo una gruesa y rica armada,

De gente muy lucida y extremada.

Dos mil soldados salen de Castilla,

Sin gente de la mar y marineros.

Juntáronse en alarde allà en Sevilla,

Y viendo tan lucidos caballeros, Salian á los ver á maravilla Tan apuestos à punto de guerreros: Mas dicen: "pues se van estos soldados, Recemos los oficios de finados." Al fin salió de España aquesta armada Muy rica, muy hermosa y muy lucida; De todos adherentes abastada, Aunque hubo despues hambre muy crecida. La gente que embarcó era extremada, De gran valor, y suerte muy subida, Mayorazgos è hijos de Señores, De Santiago y San Juan comendadores. Es Maestre de Campo un caballero Juan Osorio, que es hombre muy valiente, Tambien va Juan de Oyolas el guerrero, Medrano, Salazar, Lujan prudente. Otros muchos que van decir no quiero, Que cada cual bien puede ser regente: Mas Osorio entre todos se señala, Y en todo lleva à todos palma y gala. A Neptuno y sus ondas carniceras, Se entregan invocando à Santiago. Las naves van corriendo muy lijeras, Rompiendo con gran furia el ancho lago. ¡O lastima, y angustias lastimeras, Horrendo, y gran temor, ó crudo trago! Que tan brava tormenta se levanta, Que el mas fuerte y bizarro mas se espanta. D. Pedro con buen celo y pecho pio, En Dios pongamos, dice, la esperanza, Y pues es para mas su poderío, El nos darà muy breve mar bonanza, Los pilotos con grande desvarìo, Dicen que la tormenta va en pujanza: El tríste marinero con gran pena, No acierta al aparejo ni á la antena. Iza el trinquete, amaina la mesana, Aferra ese timon que imos perdidos; A la bomba, à la bomba muy de gana, Que seremos de presto sumergidos, Cual llama San Lorenzo, cual Santa Ana, San Telmo dicen otros afligidos, Otros San Nicolas, que puso quilla Y costado, de nos tenga mancilla. El sexo feminil y lacrimoso Levanta hácia el cielo vocería. Con la furia del viento tan furioso La una nave de otra se desvía; Mas volviendo la mar en su reposo Conviertese el dolor en alegría, Y llegan á Canària muy ufanos, Dò toman tierra, y salen muy galanos. Despues de haberse aquí ya refrescado, A proseguir tornaron su viage. Habiendo ya diez dias navegado, Hallàronse muy cerca del parage De las islas, y Cabo que es llamado Verde; enfermo asiento y estalage; Cansados del sañoso y largo lago, Tomaron la que dicen de Santiago. No estaba en este tiempo tan poblada, Como al presente está de Lusitanos: No está mucho la costa desvíada, Poblada de valientes Africanos: De color negra y son muy tisnada, Los que mas á Cabo Verde son cercanos, Y tienen en comun carniceria, De los negros haciendo anotomía. Tomòse de estas islas bastimento, Tambien se refrescaron los soldados, Y diòse con presteza vela al viento, Los ánimos de todos bien osados. Mas ¡Ay dolor! cuan presto à mas de ciento De poco prestarà ser esforzados, Que la hambre pasando de la zona A roso ni velloso no perdona. Con pròspero nordeste favorable Camina alegremente nuestra armada, Y el mar mas sosegado navegable, La lìnea en breve tiempo fué pasada Con viento en popa próspero y amigable, De Cabo Frio la punta ya doblada, En costa del Brasil tierra tomaron, Y aun isla Santa Bàrbara nombraron. Del gran Carlos las armas le pusieron Y posesion por él allì tomando, Y luego su viage prosiguieron, Y en el puerto de Vera le encerrando, Bien comiendo alegres estuvieron. Continuò por la playa mariscando, Que hay en aquel puerto grande suma De hermosos pescados como espuma. Estando pues aquí, ha comenzado El demonio sus cosas tan usadas; Salazar que con otros se ha juntado A Juan de Osorio dan de puñaladas. Envidia y cobardia lo han causado,[47] Por ser las obras dèl tan señaladas: A don Pedro hicieron que creyese Que le iba en esta muerte el interese. Al principio el error, aunque pequeño, Grandìsimo se hace al fin y cabo. Era este caballero halagüeño Con todos; y en aquesto mas le alabo, Que en verle sacudido y zahareño Con nobles, de lo cual le desalabo: Que al mas pobre soldado en mas tenia, Que diez de presumpcion de hidalguia. Fué causa, segun dicen, esta muerte Tan fuera de razon, contra justicia, Del funesto suceso, horrible, y fuerte Del infeliz D. Pedro y su milicia. Que echada esta envidiosa y cruda suerte Con tanta cobardía y gran malicia, Comenzò à castigar Dios el armada, Con un grave flagelo y cruda espada. Desde que empieza el mundo está sabido El castigo que hace Dios eterno; Por vista de los ojos conocido, Está cuando la estima el Sempiterno: La muerte del que es justo y bien creido, Tenemos la castiga con infierno: Que la sangre de Abel el inocente Clamando está ante Dios omnipotente. Al fin de aquesta isla se ha pasado, Con algunos descuentos que no digo, Y el Rio de la Plata se ha tomado, Y el puerto San Gabriel de desabrigo. De allí luego pasóse al otro lado, A Buenos Aires, que es de mas abrigo, A dó fué el lastimoso acabamiento, De tanta bizarria, cual yo cuento. De ver era salir en aquel llano Al soldado valiente y caballero, De sedas y brocado muy galano, A guisa y parecer de perulero. Salìa con contento muy ufano, Y hasta el pobrecito marinero Aquella bella tierra contemplaba, Y à España no volver jamas juraba. A Juan de Oyolas hubo despachado Don Pedro el rio arriba, porque asombre Al indio. Va con èl un buen soldado, Llamado Salazar, valiente y hombre. Don Pedro en este tiempo hubo enfermado Del morbo, que de Galia tiene nombre: Con miedo de morirse en aquel rio, A Castilla se vuelve en un navío. Volvia, pues, D. Pedro en su viage A España sin haber puerto tomado: Empero á vueltas ya de aquel parage, Que llaman las Terceras, ha acabado. Asì no gozó bien ni su linage, El tesoro que en Roma habia pillado. Dichoso el que atesora allá en el cielo, Que es burla atesorar acà en el suelo. Quedò por Capitan y por Teniente, Y en muerte sucesor de aquella tierra, Oyolas, que fué arriba con la gente: Acà Francisco Ruiz hace la guerra En Buenos Aires, y anda diligente, Mas poco le aprovecha, que la perra Pestífera cruel hambre canina, A todos abandona y los arruina. La gente ya comienza à enflaquecerse, Las raciones se acortan cada dia, No puede el padre al hijo socorrerse, Que cada cual su muerte mas temia; Y aunque es muy natural el condolerse, Y cada cual del otro se dolia, Empero mas su vida procuraba, Y caridad de sì la comenzaba. Un hecho horrendo, digo lastimoso, Aquì sucede: estaban dos hermanos; De hambre el uno muere, y el rabioso Que vivo està, le saca los livianos Y bofes y asadura, y muy gozoso Los cuece en una olla por sus manos, Y còmelos; y cuerpo se comiera, Si la muerte del muerto se encubriera. Comienzan à morir todos rabiando, Los rostros y los ojos consumidos: A los niños que mueren sollozando Las madres les responden con gemidos. El pueblo sin ventura lamentando, A Dios envia suspiros doloridos: Gritan viejos y mozos, damas bellas, Perturban con clamores las estrellas. Es hambre enfermedad la mas rabiosa Que puede imaginar ningún cristiano: La mano està temblando temerosa, No quisiera de tal ser escribano. Mi Dios, por vuestra sangre tan preciosa, Libradme de este azote, que el tirano Que llegaba à tentaros, bien sabia Que es grave mal la hambre en demasia. Fuè cierto celebrada allí su saña, De aquesta matadora sin medida, Con tanta crueldad y tan estraña, Que no podrá de alguno ser creida, No hizo ella jamàs tal otra hazaña En Roma, ni en Judea referida, Como esta: de dos mil que se contaron, Con la vida doscientos no escaparon. No quiero referir estrañas cosas Causadas de esta perra y vil tirana, Que bien pudiera yo muy dolorosas. Una muger habia, llamada Ana, Entre otras damas bellas y hermosas; Tomò paga del cuerpo una mañana, Forzada de la hambre, y hecha iguala, Al pretensor envia en hora mala. Era el galan pretenso un marinero, El precio una cabeza de pescado; Acude à la posada muy ligero, Y viendo que la Dama le ha burlado, Al capitan Ruiz, buen justiciero, De la dama se habia querellado; El cual juzga que cumpla el prometido, O vuelva lo que tiene recibido. Maldito seas, juez, si no quisieras Mirar á nuestro Dios omnipotente, Y de esto à buen juzgar te conmovieras, Y à quitar el pecado subsecuente Por evitar la muerte, lo hicieras. Que claro està que el casto y continente Mejor pasa la hambre que el vicioso, Y dado al vicio y acto lujurioso. Sabemos, semejante á esta bajeza, Que causa otras dos mil esta traidora, Que aunque dice el refran, que no es vileza, Y ser con nuestro Dios merecedora Creemos la virtud de la pobreza:[48] Sin su favor la perra es causadora, De hambre, que es un mal tan sin medida, Que darà el padre al hijo por la vida. Mas volvamos á Oyolas y su gente, Que sube el rio arriba muy gozoso. El puerto Paraguay, que es al presente, Hallaron del caribe belicoso. Poblado estaba aquì el fuerte y valiente, Yanduazubì, en la tierra poderoso Capitan, y cabeza que regía, Y toda la comarca le temia. Aqueste fuè en favor de los cristianos, Y hizo à Salazar que allí poblase. Oyolas pasò el rio y los pantanos, Diciendo á Salazar que le aguardase. Llegó donde hinchó muy bien las manos, Mas Dios no fué servido que tornase; Que Salazar no cumple el prometido, Por dó el pobre de Oyolas se ha perdido. El Paraguay arriba poco trecho Habia Juan de Oyolas navegado; Saltó en tierra, y camina bien derecho La vuelta del Perú, y bien cargado De plata, y à su gusto satisfecho, Volvió dò à Salazar habia dejado Con barcos y navios esperando, En tanto que la tierra iba talando. Salazar como viese que tardaba, Bajóse al Paraguay dó ya dijimos, El gran Yanduazubi-Rubicha estaba[49] Con el gran Lambaré; y entrambos primos Le dicen, de lo cual mucho gustaba, "En tanto que nosotros dos vivimos, Ayuda te daremos como à hermano, A tí y todo nombre de cristiano." En esto vuelve Oyolas diligente Con plata, mas no halla los navios. El hecho viendo el indio derrepente, La carga de la plata deja y lios, Y acude contra Oyolas y su gente: No puede escabullirse, que los ríos Estan delante de él, y asì murieron El pobre, y los demas que con él fueron. Los indios, que esta gente aquí mataron, Payaguaes se dicen, belicosos: A muchos en mi tiempo cautivaron, Y yo tambien lo fuì de estos furiosos. Salazar, y los otros que bajaron Poblaron en el puerto muy gozosos. Las familias aumentan con sus hijos, Y se entregan à dulces regocijos. El guaranì se huelga en gran manera De verse emparentar con los cristianos: A cada cual le dan su compañera Los padres, y parìentes mas cercanos. ¡O lástima de ver muy lastimera, Que de aquestas mancebas los hermanos, A todos los que estan amancebados, Les llaman hoy en dia sus cuñados. A tal tèrmino llega aquesta cosa, Que cada cual vivia à su albedrio; Aquel que india tenia mas hermosa, Se juzga por mejor, y de mas brio. Y en siendole la india enfadosa Libello de repudio con desvio Concede, y toma á otra mazacára, Que manceba la llama á la clara. Mazacàra es un pece muy sabroso, Y tanto que los indios cosa rica Le dicen, por ser pece tan gustoso; Y el nombre de este pece el indio aplica Al amiga que tiene, deseoso De siempre la gozar, que significa Mazacàra la cosa que es amada, Que no enfada por ser muy estimada. No habia en este caso alguna enmienda, Por ser en general costumbre mala, Que aquel que convenia poner la rienda, Sin guarda de excepcion todo lo tala; Aprenden de la escuela y de la tienda En esto los demas todos de Irala; Que aunque era en muchas cosas concertado, En esto de la carne desfrenado. Y el mal era mayor y mas crecido: Que los gobernadores se han jactado De tener mazacàras; y ha venido A terminos la cosa, que tratado Con ellas han, é hijos han tenido En público, y por suyos los han criado. ¡Ved los pequeños tal que documento Habian de tomar de tal descuento! Cuanto convenga en tierra, cuando es nueva, Sembrar buena semilla, labradores, Era en los principios à dar prueba De virtud y bondad, predicadores. El dicho del poeta lo comprueba; Que el vaso en que una vez echan licores Guarda bìen el sabor siendo reciente: Así ni mas ni menos es la gente. Estando pues el pueblo muy ufano Al gusto, y paladar de su medida, Juzgaron por consejo bueno y sano A Irala obedecer toda su vida. Sobre esto muchos dicen ser tirano: Serà bien esta cosa conocida. De todo aquel curioso que leyere, El canto que tras este se siguiere. Que yo no he de juzgar aquì sus hechos, Decir lo bueno y malo me conviene. Confieso que hizo Irala mil provechos,[50] Por dó en aquella tierra fama tiene. Algunos perseguidos y deshechos Por él fueron, y quiera Dios no pene En pago de sus culpas, y los males Que hizo á Diego de Abreu y leales. Mandando, pues, la tierra como digo Irala, y Buenos Aires despoblado,[51] Cesado habia la hambre, y mucho trigo Tenian, y otras cosas que han sembrado. A la Asumpcion se suben al abrigo, Los unos y los otros se han juntado: Que la virtud estando bien unida Mas fuerte vemos que es que desparcida. Estando así, cualquiera procuraba Hacer casas, estancias y hacienda: Y aunque la dulce España deseaba, Y mas el que tenia alguna prenda, El imposible visto, trabajaba Cualquiera, por no haber plaza ni tienda: Por donde todos eran labradores, Monteros, hortelanos, pescadores. D. Carlos V. en esto ha proveido Por su Gobernador y Adelantado, A Cabeza de Vaca, que ha salido De allá de la Florida, donde ha estado Cautivo de los indios, y metido La tierra adentro à fuerza de su grado. Diremos de èl despues, en entretanto Cesemos hasta ver el quinto canto.

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CANTO QUINTO.

Índice

En este canto se dice como vino Alvar Nuñez Cabeza de Vaca al Rio de la Plata, y de su prision y trabajos que de ella sucedieron, y del gran Moxo, Señor del Paytití.

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Segura vida llaman la pobreza,[52] Y de santos, de santas es amada; Tambien la Magestad y sacra Alteza Amándola, le dió suerte estimada. Aquel que en poco tiene la riqueza Por cierto vive vida sosegada; Y el que con su pobreza se contenta Mas rico es que el que tiene mucha renta. Las guerras y las grandes disenciones El interes las causa, como vemos. Motines y revueltas, rebeliones, ¡Qué de mal por la plata padecemos! Autores de las santas religiones, Que amastes la pobreza por extremos, Decid, ¿no es mas segura la pobreza, Pues por ella gozais de la riqueza? Cualquiera en la Asumpcion está gozoso, Con solo su comer vive contento: No andaba por la plata codicioso: Metido en su morada y aposento Labrado, muy pulido, muy costoso, Sin curar de tapiz ó paramento. Y al fin por interes la furia ingrata, Discordia, su contento desbarata. ¡Qué fuera si tuvieran plata y oro! Que aquesto mas conmueve en esta vida. Que al fin aquel que tiene gran tesoro Procura su contento sin medida, Aqueste fin le fuerza el triste lloro, Y llanto al navegante en su corrida, Y aquesta á veces causa en este mundo A muchos que desciendan al profundo. Mas oro, y plata es lo que lo vale:[53] Y bien es honra, mando, poderío, Cualquiera de estas cosas equivale, Y trae al retortero, al albedrio. Que aunque no sea forzada, empero sale La voluntad de madre como rio, Y lleva á la razon tras sí rendida, Y á su diccion y gusto sometida. Al fin, pues, interes les fuerza tanto En la Asumpcion sin plata ni dinero, Que su placer se vuelve en triste llanto, Los cuellos entregando al carnicero. Pensaron de salir de un gran quebranto, Y dieron en un hondo sumidero: Como verá cualquiera que esté atento, A la historia presente que yo cuento. Habiendo aquel que al mundo dió de mano En trueco del eterno y gran reposo, Dejándole primero todo llano Y en paz, al heredero muy dichoso,[54] Juzgado por consejo bueno y sano, De dar hombre valiente y belicoso, Al Argentino envia Adelantado, Que Cabeza de Vaca fué nombrado. Del cual su armada á prisa abastecida De todo el necesario, y sus pertrechos, De la ciudad de Cádiz fué partida, Y á las Canarias llegan bien derechos. Los mas de todos es gente lucida, Algunos con insignias en los pechos, De nobles y lutrosas encomiendas, Y muchos de valor y grandes prendas. Pasada la famosa y gran Canarìa, En Cabo Verde, que es de Lusitanos, Entraron; y aunque era tan contraría Entonces su nacion á Castellanos, No le fué á la nuestra allí adversaria, Que á todos los reciben como á hermanos: Que al fin la diferencia es de tal guisa, Que para las mas veces todo en risa. Despues de haberse aquí ya refrescado, La gente del armada muy gozosa, Con algun bastimento que ha tomado Se embarca, por le ser muy deseosa La fin de su viage comenzado, Juzgándole por cosa provechosa: Que vemos que cualquier descubrimiento Es al tono de boda ò casamiento.[55] La Torrida, que alguno inhabitable Escribe, traspasaron derrepente. No ser en todo tiempo navegable Sabemos, que el sol hiere crudamente. Un viento hace á veces amigable, Navégase con él al occidente: Despues de aquesta tórrida doblada, Está casi ya hecha la jornada.[56] La costa del Brasil reconocida, Y un isla, Santa Bárbara, tomada. Por la insignia imperial que de corrida Allí fué por D. Pedro bien fijada, Conocen que su armada fué surgida En ella, mas tocando de pasada, El rumbo enderezaron muy aína Al isla dicha Santa Catalina. De aquí el Gobernador ha despachado Con gente que descubran el camino, A Dorantes de Bejar, buen soldado; El cual fué, y con presteza mucha vino. Noticia del camino cierta ha dado; Por donde caminando con buen tino, La tierra adentro entraron muy gozosos, Mas de los naturales recelosos. No quiero referir la gran miseria, Trabajos, infortunios que sufrieron En aqueste camino, y su lazeria, Y hambre y sed que todos padecieron. Pues vemos no murió en aquella feria Alguno de trecientos que allá fueron. Que aquesto de las hambres y su queja, Solo á Mendoza y á Zárate se deja. En tanto que Alvar Nuñez caminaba Al Paraguay con guias muy derecho, Su gente con salud toda llevaba A manos el camino de indios hecho. Sabido por Irala que llegaba, Con maña, que la usaba en su provecho, Envia á cierta gente de corrida, Que el parabien le dén de su venida. Sobre cuarenta el quinto año corria, Cuando el buen Alvar Nuñez ha llegado, Y no el cuarenta y siete se cumplia, Cuando se vé de grillos rodeado. La causa de este mal y tirania, Y de caer el pobre de su estado, Envidia fué, que suele, dó se ofrece,[57] Aquello combatir que mas florece. Llegado al Paraguay se determina De ir el rio arriba descubriendo, Y sin hallar noticia de oro ó mina, Con barcos y navíos fué subiendo. Trecientas y mas leguas pues camina, Hasta saber de plata: pero viendo Que la rabiosa muerte andaba suelta, Por no perder su gente dió la vuelta. San Fernando se dice este parage, Dó se tuvo notícia de riqueza: Mas era tan enfermo el estalage, Que cobran los soldados gran tibieza. Dejaron á esta causa su viage, Que promete sacarlos de pobreza: Que la piel por la piel el mentiroso, Nos dijo, que dá el hombre y el reposo. Si la muerte no teme aquesta gente, El Argentino fuera mas somoso El dia de hoy, que nueva ciertamente, Se tuvo aquí de un indio belicoso. La plata y oro bello reluciente Se ha visto, no es negocio fabuloso, Que cántaros de oro á maravilla Tenia aqueste indio y gran vajilla. En una gran laguna este habitaba, Entorno de la cual están poblados Los indios, que á su mano él sugetaba En pueblos por gran órden bien formados. En medio la laguna se formaba Un isla, de edificios fabricados, Con tal belleza y tanta hermosura, Que exceden á la humana compostura. Una casa el Señor tenia labrada[58] De piedra blanca toda hasta el techo, Con dos torres muy altas á la entrada, Habia del una al otra poco trecho. Y estaba en medio de ellas una grada Y un poste en la mitad della derecho, Y dos vivos leones á sus lados, Con sus cadenas de oro aherrojados. Encima de este poste y gran coluna, Que de alto veinte y cinco pies tenia, De plata estaba puesta una gran luna, Que en toda la laguna relucía. La sombra, que hacia en la laguna, Muy clara desde aparte parecía. ¿Quien hay que no tomára una tajada De la luna, aunque fuera de menguada? Pasadas estas torres, se formaba Una pequeña plaza bien cuadrada; En el mayor estío fresca estaba, Que de árboles está toda poblada, Los cuales una fuente los regaba, Que en medio de la plaza está sitiada, Con cuatro caños de oro gruesos, bellos, Que yo sé quien holgára de tenellos. La pila de la fuente mas tenia De tres pasos en cuadra su hechura: De mas que de hombre mortal parecía En talle, perfeccion y compostura. En estremo la plata relucía Mostrando su fineza y hermosura. El agua diferencia no mostraba De la fuente y pilar dó se arrojaba. La puerta del palacio era pequeña, De cobre, pero fuerte y muy fornida: El quicio puesto, y firme en dura peña, Con fuertes edificios guarnecida. Seguro que del pelo y de la greña, Del viejo del portero, que es crecida, Pudieramos hacer un gran cabestro: Oid pues del viejazo el mal siniestro. Aquellos que por dicha ya han pasado Por medio de las torres y coluna, Habiendo las rodillas ya postrado, Levantando los ojos á la luna, Aqueste viejo así les ha hablado, Con una muy feroz voz importuna, Y dice: "A este adorad, que es solo uno El Sol, y fuera dél otro ninguno." En alto está un altar de fina plata, Con cuatro lamparillas á los lados Encendidas, y alguna no se mata, Que estan cuatro ministros diputados. Un sol bermejo mas que una escarlata, Allí está con sus rayos señalados: Es de oro fino el sol allí adorado, ¿Mas hay de quien él sea deshechado? Aqueste gran Señor de esta riqueza El gran Mojo se dice, y es sabido Muy cierto su valor y su nobleza: Su ser, y señorío enriquecido De sus vasallos, fuerzas, y destreza, Por nuestro mal habemos conocido: Que pocos tiempos ha que en cortas trechas, Probamos la fiereza de sus flechas. ¡A que no fuerzas, hambre detestada Del oro, que los ánimos perdidos Tras tí llevas con ànsia tan nefanda, Que ciega las potencias y sentidos! Con todo désque ven que la muerte anda De priesa, con temor los doloridos, Que habian emprendido este viaje, Se vuelven para atras de este parage. Volviendo pues la gente de su entrada, Sucede en la Asumpcion una tormenta: Dos hombres la levantan, que escusada La tal ó motin es, si no lo inventa El pecado, que cosa es muy usada. Lebron el uno es, el otro Armenta: Desde que el Gobernador preso tenia, Muy bueno ha andado Armenta, les decia. Sucede á prima noche el desbarate: El pobre caballero está durmiendo. Entrégales la puerta Juan Oñate, Y así de golpe entraron con estruendo. A voces dicen todos ser dislate Que con la vida quede, que viviendo, Habrá de causar mal, pues está cierto El hombre no hablarà despues de muerto. Rasquin con un arpon enarbolado Le apunta amenazando que se diese. De la cama se ha el pobre levantado, Sin saber de este caso como fuese. La espada con gran ánimo ha empuñado; Mas ¿quien era posible resistiese A tantos, pues que Hércules el griego No pudo contra dos entrar en juego? Irala astuto, sabio, cauteloso, Del enfermo se hizo en este punto, Y por quedar él libre y ganancioso, Segun pude saber, y lo barrunto A Cáceres agudo y bullicioso, Le dice, con Venegas vaya junto, Y Cabrera, del Rey tres oficiales, Principio y causadores de estos males. El pueblo conmovieron ignorante, Y en odio le encendieron como brasa. Acude á la prision, y en un instante Le sacan muy asido de su casa. Irala se ha hallado muy triunfante, Que cierne, hiñe, y masa aquesta masa, Y siendo el preso puesto en tal aprieto, Por caudillo de todos es electo. Comienza gobernando pues Irala Su negocio á entablar, y aficionaba A todos, y en mil cosas se señala, Y al pobre con mas veras ayudaba. Empero corta, abrasa, hiende, tala Al que el contrario bando acompañaba: De suerte, que el leal era tenido Por hombre vil, infame y abatido. A muchos ahorcó de los leales, Diciendo que la tierra perturbaban. A tal punto se vino, que los tales En los montes y bosques habitaban. Los que eran causadores de estos males, Lo bueno de la tierra se gozaban; Los otros hambreaban suspirando, Y á Dios justa venganza suspirando. Entre otros que prendió fuera Vergara, Hermano de Ruy Diaz Melgarejo: Y á aqueste sino huye le ahorcára, Que voluntad no falta y aparejo. Al otro con su hija le casára; Ruy Diaz nunca fué de tal consejo, Y así con los leales se ha huido, Andando por los bosqués escondido. Había Diego de Abreu tomado La mano en señalarse con cuadrilla, Contradiciendo á Irala por alzado. Son Abrego y Ruy Diaz de Sevilla: Consigo mucha gente han congregado; Irala ha procurado de seguilla, Y algunos los conmueve por regalo, Y á muchos cuelga y pónelos de un palo. Irala sale en esto con armada, Y el rio arriba yendo bien se aleja; Y porque la ciudad sea gobernada, A D. Francisco de Mendoza deja. Lazcano muy malvado de celada, Con ánimo endiablado se le queja, Diciendo no conviene que tuviese Por un tirano el mando, y desistiese. Y que él con los leales trataría, Que en nombre del Gran Carlos se eligiese, Y aquesto facilmente lo haría, Sin que persona alguna lo impidiese. Tratólo de tal suerte, que hacia Que el triste D. Francisco le creyese: Con este engaño y falso compellido, Mendoza de su mando ha desistido. Al punto que desiste luego viene La gente de leales de los sotos, Y el Abrego leal no se detiene, Que espera de tener aquí mas votos: El Lazcano malvado pues no tiene Los filos del intento, malos votos, Que con presteza á muchos sobornando, Al Abrego procura dén el mando. Malvado llamo á Lazcano yo en mi verso Por ser causa primera de un gran daño, Que nunca se perdiera el universo, Por Mendoza mandar siquiera un año: Que si buen celo tuvo al fin fué adverso A Mendoza causando un mal tamaño, Y al Abrego de muerte, y gran fatiga A todos cuantos eran de la liga. El Abrego por votos fuè elegido, Que cédula real dispone de esto: Y siendo ya del pueblo recibido, Comienza de envidar todo su resto. El Mendoza se vé tan afligido, Y acaso le fué Abrego muy molesto, Que no pudo sufrir verse burlado; Y oid en lo que para este nublado. Con sus pocos amigos, dicen, quizo Tratar de recobrar con nueva traza El mando. Mas este otro tiene aviso Del caso, y con presteza dále caza: Y préndele al punto de improviso, Y la cabeza cortánle en la plaza.[59] Al tiempo que cortar se la querian, A sus hijos habló que allí venian. A D. Diego el mayor habló primero, Diciendo en alta voz: "Mira que seas Vasallo de tu Rey, muy verdadero, Porque en aqueste trance no te veas: Y pues, hijo, tú ves como yo muero, Así la gloria eterna tu poseas, Que cures de vivir siempre de suerte, Que no mueras tambien de aquesta muerte." El presagio del padre, que moria, Dejado por postrero testamento, Al D. Diego de poco le servia, Pues tuvo en Santa Cruz atrevimiento, Y pagó en Potosí su tiranía. Diré en otro lugar este alzamiento: Al Abrego volvamos, que sabiendo Que Irala vuelve, al monte vá huyendo. Irala habiendo tiempo navegado El Paraguay arriba con su gente, Y al buen Nuño de Chaves despachado A que salga al Perú muy diligente, Se vuelve á la Asumpcion, que el que ha pecado No puede asegurar jamás la mente: Que no puede hallarse mejor ciencia, Ni prueba, que le iguale á la conciencia. Llegando á la ciudad al fin Irala, Con grande regocijo es recibido; De Mendoza la muerte le desala El corazon, y entrañas le ha rompido. Tras Abrego con priesa el monte tala, Y á Escaso aquesta causa ha cometido: Mas no le fué en el tiro de su mano, Que un tiro que tiró no sale vano. Al Abrego á prender Irala envia, Porque él con los leales retirado Andaba por los bosques á porfia, Del remedio de España confiado. El Escaso, que supo dó dormia, Una noche le halla descuidado, Y al blanco pecho apunta, y fué tan cierto, Que el corazon le parte, y deja muerto. Muchos de los leales desmayaron, Por verse sin cabeza y perseguidos, Y algunos al Irala se pasaron, Y fueron con amor dél recibidos. Los otros, que mas tiempo porfiaron, Vinieron con dolor muy afligidos: Que el nombre de leal era nefando, Y en trisca le nombraban, y burlando. A tal punto llegó el atrevimiento, Del bando del Irala, que casando Su hija con Vergara, por contento Y placer, un soldado suspirando En una farsa sale descontento, Y roto y pobre, y otro preguntando, Y él responde, diciéndole ¿quien era? De los leales soy, que no debiera. ¿Qué, de leales sois, le dice luego: Mirad pues bien el pago que sacado Habeis de esa contienda y triste juego, Que tan contra razon habeis jugado? Hermano, por ventura estais tan ciego, Que no veis que es andar de pié quebrado: El triste del leal dice temblando, Hermano, lo que sé que estoy penando. El valeroso Chaves caminaba La vuelta del Perú donde ha salido, Con trabajo sobrado que pasaba, De gente que el camino le ha impedido. A muchos fuertemente conquistaba, Y á su diccion y mando ha sometido, Rompiendo fuertes y altas palizadas, Con obras muy heroicas y afamadas. Conquistò los Chiquitos, que es frontera Del gran Mojo, Señor de la Laguna: Y entiendo que si mas adentro fuera, A cuestas nos sacára la coluna; Y Hércules segundo Chaves fuera, Y por mas le imitar, el sol y luna A cuestas sustentára, como al cielo El otro, por le dar á Atlas consuelo. Al fin salió al Perú, donde ha hallado Al licenciado Gasca el venturoso. Despues de su negocio relatado, Procura de volverse muy gozoso. Un pueblo en el camino hubo poblado, Por extender su fama deseoso, Santa Cruz de la Sierra le nombraba, Que el sitio al de su tierra semejaba. A Cabeza de Vaca ya volviendo, Lleváronle á Castilla aherrojado. Agora que lo estoy aquí escribiendo Me admiro, como nunca castigado Aqueste caso fué, atroz y horrendo, Y el gran levantamiento confirmado. En mi tiempo yo ví se recelaba El pueblo del castigo que esperaba. Venegas y Cabrera, pues, al preso Llevaron á Castilla, y lo entregaron Al Consejo Real con gran proceso, Y causas, que á su gusto fulminaron. De aquestos dos el uno pierde el seso, Al otro en breve tiempo lo enterraron, El preso por sentencia fué privado Del título y blason de Adelantado. En su lugar habiendo proveido A Sanabria el gobierno, va á Sevilla,[60] Casóse, y el casamiento le ha impedido Que no pueda salir ya de Castilla: Que en breve se murió; y ha partido Con el resto de gente y la cuadrilla Que en armada Sanabria puesto habia, Entregada á la mar, Doña Mencía. Tomaron de la costa á San Vicente Después á San Francisco, dó estuvieron Algun tiempo viviendo alegremente. Por tierra al Paraguay despues vinieron. La mas de toda aquesta poca gente, Que nombre del Socorro les pusieron, De Estremadura son, dó influye Marte De sus sacros tesoros tan gran parte. Sanabria en Medellin nacido habia, Con hijos y muger allí ha vivido, Viudo ya una vez, Doña Mencía En Sevilla por suerte le ha cabido. Movida de su vana fantasía, Con sus hijas de España se ha partido, Con fin de las casar; y así sucede, Que en la muger la honra vale y puede. Tambien Diego Sanabria, el heredero, Despues salió con gente en mala extrena; Que erraron dos pilotos su rotero, Y dieron en el puerto Cartagena. En Potosí le ví hecho minero, Mas nunca tuvo el pobre mina buena: Busquemos una agora en otro canto, Que ya cansa decir en este tanto.

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CANTO SEXTO.

Índice

Viene Obispo al Paraguay. Muere Domingo de Irala. Eligen por Gobernador á Francisco Ortiz de Vergara, y sale con el Obispo al Perù.

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Los hijos de este siglo, la Sapiencia

Nos enseña, que son muy mas prudentes,

Que no los muy dotados de inocencia,

Para el vivir y trato de las gentes.

Aquellos que no tienen tal prudencia

Perecen con dos mil inconvenientes,

Llevándoles ventaja los osados,

Astutos y sagaces y treznados.

Tan sábio era, y astuto y cauteloso

En su trato y vivienda nuestro Irala,

Que no tiene algun hombre dél quejoso,

Que á todos en amor parece iguala.

Con esto y con su pecho valeroso,

Contrasta cualquier mal, y suerte mala,

Y á su diccion y mando muy rendidos,

A sus contraríos tiene y sometidos.

En paz tiene la tierra, gobernando

Con gran sagacidad y señorío,

La gente rebelada castigando

Con fuerza, maña, y arte y poderío.

Los leales su causa ya juzgando

Por vana presumpcion y desvarío,

Por no tener de España nueva cierta,

Se le entran cada dia por la puerta.

Filipo el Sábio, rey muy poderoso,

Que en suerte el Nuevo Mundo le ha cabido,

Del aumento cristiano codicioso,

Al Paraguay obispo ha proveido, Del órden Franciscano religioso, D. Pedro de la Torre es su apellido: Urue por General vá de la armada, Que fué para este efecto congregada. Apréstase el armada muy hermosa, Y sale de San Lucar, y se entrega A las ondas del mar brava y sañosa; Y con un viento próspero navega. Ha sido en su viage tan dichosa, Que al Rio de la Plata presto llega, Sin refriega de mar y sin tormènta, Que al bueno Dios le ayuda y le sustenta. Desde Castilla al Rio de la Plata, Cuarenta dias solos se gastaban, Y no echaba el piloto en ello cata, Y el rio los navios embocaban. El General, llegando, desbarata De dos navios las obras que sobraban, Hermosos bergantines quedan hechos, Y en breve á la Asumpcion fueron derechos. No quiero aquí tratar el gran contento Que toda la ciudad ha recibido, Ni menos la tristeza y el lamento Del malo, que se vé ya sometido. Y aunque esto de pasada yo lo cuento, Muy bien fué en el suceso conocido, Pues cualquiera rehusa ser mandado; Que el buey suelto se lame por el prado. Irala como vé que está con miedo El triste del Obispo, y que la féria Por él corre, contento, alegre y ledo, Mudando muy en breve la materia, Le dice, mi Señor, en cuanto puedo Trabajo, que salgamos de lacéria, Buscando si hay riquezas en la tierra, Mas tengo gran trabajo con la guerra. El santo del Obispo sonriendo, Con un blando semblante respondia A lo que Irala iba repartiendo, Que ya su condicion bien conocia: Bien á la propia suya resistiendo, Porque de Irala mucho se temia, Procura de sufrir, pues se vé solo, Y todos contra él con fraude y dolo. En esto de Castilla, ¡Dios eterno, Cuan grande es, y cuan alta tu sapiencia! Al Irala le envian el gobierno; Mas sobreviene luego una dolencia, Y no pudo durar solo un invierno: Que el que con fraude obtuvo la potencia Los veinticuatro años con tal daño, No dura con derecho solo un año. Despues de Irala muerto, se juntaron En una iglesia todos, y eligieron, De doce caballeros que nombraron, Los cuatro, cuyos nombres escribíeron: Por opuestos aquestos señalaron, Los vecinos sus votos aquí dieron. Salió Francisco Ortiz, el de Vergara, Que con hija de Irala se casára. Su hermano, que es Rui Diaz, habitaba En Guayra en este tiempo, retirado De Irala, que con él mal se llevaba: Allí poblando se ha fortificado, Y de allí con su gente conquistaba Los indios, y en la tierra apoderado Procura atravesar á San Vicente, Con ánimo crecido y poca gente. La costa del Brasil está temblando, Sabiendo de Rui Diaz la venida, Que piensan que se viene apoderando De todo lo que halla de corrida: Pues saben como ha andado conquistando, Y que tiene la tierra así rendida; Y no sabe que quiere Melgarejo: Mas ved en que ha parado su consejo. Allega á San Vicente, dó Cupido Desembraza cruel su flecha dira, Y hácele quedar preso y rendido Al rostro angelical de Doña Elvira. Quien indios y españoles ha vencido, Vencido y muerto queda, porque mira. ¡Y piensas tú, Cupido, no lo fueras, Mirando á Doña Elvira de Contreras! De Medellin saliò la dama bella, De conocida, casta y gente clara: Y aunque fué en hermosura linda estrella, Fortuna se mostró con ella avara. Procura el capitan luego con ella Casarse, mas la muerte la llevára Entonces, y no diera mala cuenta, Causándose á si misma tanta afrenta. Casóse en mal punto, y en hora mala, Dios sabe lo que siento en escribillo. Amor, que con lo bajo lo alto iguala, La hace aficionarse á Juan Carrillo. Cojélos Melgarejo en una sala, Y como no es el caso de sufrillo, Aunque la dama es tal, y el galan viejo, A entrambos los ha muerto Melgarejo. Entrando el capitan en su aposento, Al adultero mató de una estocada: La dama viene al grito con lamento, La gente viene al grito alborotada: Ayudanla á matar, ó crudo cuento, ¡Qué no hay quien te defienda, desdichada! Fenece la extremada hermosura En el colmo de extrema desventura. Vergara y el Obispo se han movido, En esto de salir, que no debieran, Al Perú: pero habiendo ya venido A Santa Cruz, dó nunca ellos vinieran; Allí les fuè por Chaves impedido El camino: yo creo que si pudieran Pasar, ellos pasáran; mas yo hallo Que en propio muladar bien canta el gallo. El Chaves á los Charcas va y camina, Dejándose á los pobres muy llorosos. Tras él salen despues, y de una mina Llevaron grandes muestras muy gozosos. Ensayase el metal, y plata fina Se saca, que movió á los codiciosos; Y entre ellos Juan Ortiz Pica, pensando Ganar honra y dinero gobernando. El licenciado Castro gobernaba; Y vista la intencion del perulero, Y que en aqueste caso el importaba Por tener abundancia de dinero. El gobierno argentino le encargaba Quitándosele al pobre caballero: El cual como se vido descompuesto A Castilla se vino muy dispuesto.[61] Matienzo el Presidente no repugna En esto; que formando una quimera, En el cuerno le pone de la luna Al Argentino reino y su ribera: Y dice, que no puede haber alguna Provincia de riqueza en tal manera, Cual esta; aunque rodeen todo el mundo Entre el polo primero y el segundo. Y aun dice un dicho necio, y he de decillo, Pues ví con juramento yo afirmarlo, Y prometí yo á muchos de escribillo, Ni quiere mi Argentina aquí callarlo. "Si fuera yo Filipo, á ese Turquillo[62] Habia con España de dejallo, Decia, por gozar de tanta tierra, Tan bella y apacible, y tan sin guerra." Con estos desatinos que decia, Que muy grande aficion al Argentino Mostraba el Presidente que tenia, Procuran de volverse en su camino El Obispo, y teniente que ponia En su lugar Ortiz el zaratino; Que es Cáceres, un hombre bullicioso, Amigo de mandar y sedicioso. El Juan Ortiz se parte para Lima, Con título y blason de Adelantado: De barras lleva hecha grande rima, Que sabe Dios cual él las ha juntado. Aquesto le causaba gran estima, Y ser de todo él mundo respetado: Que tanto de valor cualquiera abarca, Cuanto tiene dineros en el arca. De Lima se partió muy placentero Por ver que le es fortuna favorable; A Panamá camina muy ligero, Con viento en popa suave y amigable Allega á Panamá con su dinero, Y en breve lo vereis muy miserable: Que fé ninguna tengo, ni confianza En fortuna, que es cierta su mudanza. En nombre de Dios parte á Cartagena, Y entrega su fortuna á una fragata. El Francés esto tiene á dicha buena, Que le ha sido la presa muy barata. Encuéntrale, "y amaina vela, antena, Le dice, y deja, amigo, aquí la plata, Sino quieres dejar tambien la vida, A vueltas de la plata aquí perdida." Amainan á pesar vela y trinquete, Rendidos del Francés y su pujanza, Ni queda marinero ni grumete, Que no pierda del todo la esperanza. La vida á Juan Ortiz allí promete, Mas pierde de la plata la confianza. La vela dá el Francés, desque le quita La plata, y con placer picando grita. Quien vido á Juan Ortiz lo que hacia, Pudiera no moverse á crudo duelo. Los suspiros que daba los ponia Con gran sentimiento allá en el suelo: Sus carnes tan heladas las tenia Como la pura nieve y duro yelo, Y dice: "¡Cuan en breve aquí he perdido, Lo que en tan largos años he adquirido!" De mas de ochenta mil pesos pasaron Los que el Francés sacó de aquesta feria. En Cartagena amigos ayudaron A Zarate á salir de su laceria: Qué muchos de su mal se constritaron, Por verle haber venido á tal miseria: Que para asar, cocer, freir, decia, Que en mucha cantidad barras tenia. Con este desastrado desbarate, Y desdichado fin y mal suceso, A Castilla se viene el de Zarate, Sin sacar de su plata un solo peso. No teme que el Francés le desbarate: Qué el pobre del ladron jamas es leso; Mas antes caminando á su albedrio, Delante del ladron canta vacio. Llegado á España, el Rey le ha confirmado Lo que Castro le dió, y por mas pago A Zarate vereis ya señalado En los pechos con cruz de Santiago. Habiendo mucha gente congregado, Se entregan al feroz y hondo lago. Diráse en su lugar de aquesta armada, Volvamos á la história comenzada. Al Cáceres y Obispo revolviendo, Llegan á Santa Cruz, que de la Sierra Se llama; dó discordia, descogendo Sus velas, ha causado tanta guerra Entre los dos, que el odio ya creciendo, Los huesos uno al otro desentierra, Y mas que unas berceras en cantillo Se tratan, que es vergüenza de escribillo. De Santa Cruz salieron, procurando Llegar al Paraguay con gran presteza; Y aunque las dos cabezas caminando Van juntos por la tierra de aspereza, No van cosa ninguna conversando, Que en mala voluntad tienen firmeza. Llegando á la Asumpcion muy brevemente Lo que pasó dirá el canto siguiente.

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CANTO SEPTIMO.

Índice

Llegan à la Asumpcion el Obispo y General. Prende el General al Obispo, y despues el Obispo al General, y llevàndole á Castilla, muere el Obispo.

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Sentencia es celebrada, llana y clara,

Que todo hombre que anda en malos pasos

Al fin de la jornada siempre pára

En mal con desastrado fin y casos.[63] Con el mando, poder, y con la vara, El Cáceres echaba contrapaso, Al santo del Obispo: mas tenia Un provisor que mal los recibia. Aunque el Obispo era mal sufrido, No era codicioso de venganza. Segovia, el provisor, no ha consentido A Cáceres crecer en su pujanza; Mas antes con un odio encrudecido Le mete, como dicen, bien la lanza, Tomando informaciones y testigos: A Cáceres lo dicen sus amigos. Un hombre, que Daroca se llamaba, Que del Perú sacó en su compañía El Obispo, en el pueblo publicaba Contra el Obispo mal en demasía: Mil cosas en escrito denunciaba Al Cáceres, que bien las recibía: Con que publican todos por estenso, Que el bueno del Obispo está suspenso. Al provisor metió en un aposento El General, con grillos remachados, El comer al Obispo y el sustento Le quita; que no son hombres osados A darle un jarro de agua, que al momento El servicio y los indios son quitados: Y por mayor baldon y mas afrenta, Al Obispo le priva de su renta. A Pedro de Esquivel, un caballero De bella compostura y bella traza, Amigo del Obispo y compañero, (Por sola su pasion) le prende y caza. Con el Obispo ser particionero En su prisión afirma, y en la plaza Le corta la cabeza, y en picota La fija, y de traidor le reta y nota. La traicion de Esquivel está fundada En una informacion que ha fulminado, En que el Obispo y él, de mano armada Conciertan de prenderle: ha concertado Que el triste del Obispo en su posada Estè sobre fianzas encerrado. En la iglesia el Obispo está rezando, Y oid lo que está el malo publicando. En pregon dice: "Pena de la vida, A la Iglesia mayor nadie se atreva Por hoy ir, porque es cosa conocida, Que el Obispo intencion muy mala lleva. Y pues que la tenemos ya sabida, No habernos menester, dice, mas prueba." Ayala su alguacil vá prestamente Al templo para echar fuera la gente. ¡O Marqués! destos casos escribano, En dó toda maldad pura se encierra, Secáriase primero aquesta mano, Que escribiera escriptura mala y perra. Mas ¡ay! como el juicio soberano Para castigo tuyo envia á Guerra Obispo, que poniéndote en cadena[64] A tí, y tu hacienda lleva pena. Al fin, pues, ya del templo consagrado, Diciendo mil oprobios y baldones, Y falsos testimonios del Prelado, Por solos sus rencores y pasiones, Expelen al cristiano arrodillado, Haciéndole que salga á rempujones. Forzándola á salir la puerta afuera, Una dama hablò de esta manera. ¡Pues no son poderosos los maridos! Pidamosles las armas, y volvamos Por la honra de Dios. Y con gemidos Decía:—no conviene consintamos Aquestos maleficios conocidos; Y todas al prelado defendamos.[65] Que mas vale morir honrosa muerte, Que un mal disimular de aquesta suerte. Poblado está de màrtires el cielo Que por honra de Dios han padecido; De su sangre està lleno todo el suelo, Que infieles y tiranos han vertido: Tomemos pues con esto gran consuelo, Que Dios dà gloria à aquel que ha merecido. Y pues sabemos que este es un tirano, Volvamos por el nombre de cristiano. Con sobrado valor y pecho osado, Otra dàma hablò de esta manera:— De aqueste lugar santo consagrado, Nadie me hará salir de aquì afuera; Ni consentir yo tengo que al Prelado Agravien, sin que yo primero muera: Que à mí, que soy su oveja, su fatiga, A condolerme de ella bien me obliga. A mis padres, hablando de Castilla Y de santas histórias, tengo oido De la sábia Judith, si sè decilla, Que bien veis que en la tierra soy nacida; Aquella grande hazaña y maravilla Que hizo, por dò nombre ha merecido Tan alto, que la Iglesia la pregona Por dechado de fuertes y corona. Holofernes soberbio, crudo, altivo, Tenia la ciudad desta cercada; Al nombre hebraico era muy nocivo Con su fuerza, poder y cruda espada: Estaba al punto ya de ser cautivo El pueblo, y la ciudad desconsolada; Judith de remediarla deseosa Saliò por el ejército animosa. La gente de Holofernes que la vido, Al punto se la hubo presentado, Diciendo, á buena parte hemos venido, ¿Quien hay que no pelee muy de grado? Al Holofernes bien le ha parecido, Y cenando y bebiendo, se ha embriagado: La noche sobreviene, y se dormia Con el vino abundante que bebia. Judith, que esta ocasion consideraba, La cabeza le corta, y con secreto Saliò con la criada que llevaba: Librando de esta suerte del aprieto A su pueblo, en que vió ella que estaba. El prémio ha recibido, mas perfecto; Y pues vemos que el prèmio ya nos llama, Dejemos de nosotras grande fama. El triste doloroso del Prelado A su casa se vuelve, no cesando De gemir y llorar muy congojado, Por ver su oveja irse condenando. Allí le hace estar emparedado; Con barro las ventanas le tapando: Fianzas dà el Obispo que estaria En su casa, y que de ella no saldria. Mas teniendo noticia que querian Echarle de la tierra, se ha salido Huyendo á media noche, y acudian Algunos en su busca, dò escondido Estaba, y los mosquitos le comian, Que en toda aquella noche no ha dormido. A su casa le vuelven, dó se queda, En tanto que fortuna vuelve y rueda. El Cáceres estaba tan furioso, Tan altivo, soberbio y endiablado, Que no tiene en sì mismo algun reposo, Ni puede estar momento reposado. Del Provisor estando receloso, Por ver que era sagaz y redoblado, Acuerda de embarcarle en un navìo, Y él bajase así mismo por el rio. Bajò con intencion de despacharle Al Perú, por sacarle de la tierra; Mas no halla manera de enviarle: Por dó su voluntad en esto cierra, Que dos ò tres procuren de fiarle: Con esta condicion no lo destierra, Mas suelto el Provisor del crudo lazo, Sacude, como dicen, zapatazo. Teniendo, pues, la causa fulminada, Juntaron de mancebos gran canalla, Que es gente para todo aparejada, De españoles tambien parte se halla, A quien noticia fuè del caso dada: No hace Fray Francisco Ocampo falla, Que aunque al principio fué de la otra parte, Aquì lleva el guion y el estandarte. En casa de Segovia se juntaron De noche, con secreto sin ruido; Entre todos allí se concertaron, Y el caso fué de breve concluido. Que Cáceres se prenda concertaron, Y esperan á que sea amanecido. Una vision al punto que amanece Encima de la iglesia se aparece. A mirar la vision los que salieron A un patio dò el Segovia reparaba, Un Angel relumbrando todos vieron, Que parece una espada desnudaba. Muchos aquesto mismo me dijeron; Y el Angel parecia que amagaba Con la espada desnuda que tenia, Y golpes hàcia abajo sacudia. El Cáceres venido pues à misa, Entrò la turba multa muy derecha, Echó à Càceres mano muy à prisa, Y algunos de los suyos no aprovecha; Que el negocio seguìa ya de guisa, Que cada cual à puja mano le echa; Y al fin preso le llevan muy de vuelo, Sin dejarle llegar los pies al suelo. Con voz del Santo Oficio y apellido Le prenden, y eso suena su proceso: En un punto se vé el pobre afligido, Con miserable fin del mal exceso. ¡Quien duda que estaba arrepentido, En contemplar el triste aquel suceso! Que el solo conocer su grave culpa, Es lo que al pecador mas le disculpa. Su pompa, presuncion, y bizarria, Fenece con muy vìl abatimiento: Que cosa cierta es que no podia Para siempre durar su ensalzamiento. Un negro que este Càceres tenia Habiendo visto aqueste acaecimiento, Tened dijo, Señor, la barba queda, Que el mundo de esta suerte corre y rueda. Teniéndole pues preso y arecado, Nombrado otro teniente entra en consejo, Y tratan quien lo lleve aprisionado A España con presteza y aparejo; Que vaya luego fuè determinado El capitan Rui Diaz Melgarejo, Que no se huelga poco de este hecho, Y piensa sacar de ello algun provecho. El Obispo tambien se determina Con ànimo de ver à nuestra España: Y aunque dicen algunos desatina, Y que su ida á la tierra mucho daña, Empero dicen otros que lo atina, Porque él preso no use alguna maña, Con que se suelte y libre de cadena, Y cause al santo Obispo cruda pena. El teniente que nombran se decia Martin Suarez, noble caballero: Al Càceres muy mucho aborrecia, A asì en le desechar es el primero. De presto un navichuelo componia, Y puesto brevemente en astillero Despacha al preso en este, procurando Quedarse por señor, y gobernando. Tambien en compañia fué ordenado Que saliese Garay que lo desea: Aquì tuvo principio, y ha probado En la guerra muy bien y en la pelea; Mas nunca supo ser considerado. Su tiempo le vendrá, cuando se lea El fin en que paró su desventura, Por quererse seguir por su locura. Saliò de la Asumpcion la caravela Con otro bergantin acompañada, Izan antenas, dan al viento vela, La nave por el sur es gobernada. Con el viento y corriente tanto vuela Que en breve à S. Gabriel fuera llegada, A dó se declaró para Castilla, Con Cáceres, Obispo y su cuadrilla. Garay el rio arriba se ha tornado, Y puebla á Santa Fé ciudad famosa:[66] La gente que está en torno ha conquistado, Que es de ànimo costante y belicosa. Los Argentinos mozos han probado Allì su fuerza brava y rigurosa, Poblando con soberbia y fuerte mano La propia tierra y sitio del pagano. Estando Santa Fé ya bien poblada, Garay bajó à Gaboto por el rio, Geronimo y su gente en la llanada[67] Estaban, que venian con gran pio De hacer en el rio su morada. Garay no osa salir de su navio, Aunque es de los de Córdoba rogado: Del agua y de la tierra se han hablado. Del una parte y de otra ha habido dones, Los ánimos mostrando halagueños, Empero por quitarse de pasiones, No salen del batel los paragueños. Partieron sin mostrar los escuadrones, A nuestro parecer, torcidos ceños: Mas dejan los de Còrdoba fijada, Por señal una cruz de su llegada. A Córdoba llegando el de Cabrera, La nueva le ha llegado que ha venido Abrego à gobernar, que no debiera, Pues tan mal á los dos ha sucedido. El Abreu como llega le prendiera, Y preso su negocio ha fenecido; De suerte, que quitandole la vida Le deja su memoria obscurecida. Garay quitó la cruz de aquel asiento, Dó quedó por Cabrera levantada, Que sabe que es su intento y fundamento Dejar la posesion allì tomada. Con esto, él y su gente con contento Se vuelven à su asiento, y su morada, Que es dicho Santa Fé, tierra muy llana, Y à Tucuman y Córdoba cercana. El Obispo al Brasil en breve llega Con su preso, y la gente, aunque temieron En golfo y alta mar la gran refriega, En San Vicente alegres pues surgieron, A dò al preso el Obispo da y entrega A gentes, que encerrado le tuvieron: El cual de la prision se ha escabullido, Y anduvo algunos dias escondido. De à poco, precediendo excomuniones, El Càceres ha sido descubierto, Y puesto en un navio con prisiones, Para Castilla sale de aquel puerto. De enfermedad, congojas y pasiones, Fray Pedro de la Torre ha sido muerto, Dejando grande fama en San Vicente, De grande religioso y continente. Muy pùblico en la costa se decia, Que al tiempo que murió aqueste prelado La pieza y aposento mucho olia,[68] Y el sepulcro dó fuera sepultado. Aquel que en la mortaja le envolvia, Conjuramento lo ha testificado, Y así lo dicen hoy los lusitanos, Que muerto, bien le olian pies y manos. Ya Juan Ortiz de Zàrate está dando Gran priesa, y que me acuerde que ha partido, Me dice, y que ya viene navegando; Que cumpla lo que tengo prometido. De solo me acordar ya está temblando La mano; que en pensar que he padecido Calamidad tan grande y tal miseria, Temor tengo de verme en otra feria. Y así por no acordarme de tal llanto, De tan crudo dolor y triste suerte, Quisiera fenecer con este canto, Que dudo que mi pluma bota acierte. Que puesta la memoria en el quebranto, Cuando me ví tan cerca de la muerte, Temo se ofuscarà; pero digamos Las tristes desventuras que pasamos.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
16 ocak 2025
Hacim:
320 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
4057664131256
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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