Kitabı oku: «A 150 años de la Guerra Guasu»
Mary Monte de López Moreira
a 150 años de la guerra guasu
grupo editorial atlas
prólogo
Con buena razón, los paraguayos piensan en la Guerra de la Triple Alianza como el momento clave de su historia. Esta opinión está totalmente justificada. El precio que los paraguayos pagaron por la defensa de su país fue increíblemente alto tanto en términos de vidas perdidas como de recursos gastados. Y, sin embargo, como he argumentado durante muchos años, el impacto de la guerra fue mucho más amplio que algo que las fronteras de la República pueden delinear. De hecho, estimuló el surgimiento del nacionalismo moderno en muchas áreas de América del Sur, cambiando los contornos del desarrollo político en varios países y de manera notable. Este hecho merece ser subrayado siempre que reflexionemos sobre la guerra. En pocas palabras, el conflicto de 1864-1870 fue importante y no solo para el Paraguay.
Los lectores que buscan patrones fundamentales en la historia pueden argumentar que la Guerra de la Triple Alianza ilustra una regla general que Hegel y Herder ya habían sugerido: que las nuevas identidades nacionales se fusionan como resultado de la guerra y estas identidades, a su vez, se formarán para hacer que los desafíos futuros sean más aguantables y más fácil de superar. La violencia de la Segunda Guerra Mundial, según este concepto, dio lugar a un nuevo orden internacional que aseguró una paz y prosperidad más amplia a través de negociaciones en organismos como la ONU y la OEA. Incluso donde las confrontaciones eran inevitables, como en Corea, Yugoslavia y el Sinaí, tendían a estar confinadas dentro de claras demarcaciones que los beligerantes de generaciones anteriores habrían encontrado absurdamente inapropiadas o poco realistas. Las guerras podrían volverse “frías” cuando antes eran casi siempre “calientes”. Esta dialéctica, tal vez ingenuamente, ofrece una cierta tranquilidad hoy, ya que plantea un vínculo causal entre la peor manifestación del comportamiento humano (es decir, la guerra) y la realización final de una amplia paz.
Pero, para volver a la Triple Alianza, parece que encontramos su impulso más catalítico no en sus enfrentamientos más graves, como en las batallas de Tuyutí, Boquerón y Curupayty, sino en los periodos mucho más largos de relativa incertidumbre entre las batallas. Argumentar que las pausas crean más que batallas parece ser una premisa novedosa, ya que desafía la formulación clásica que enfatiza el sacrificio a gran escala, lo que Juan E. O’Leary llamó “recuerdos de gloria”.
Al tratar de encontrar la gloria en tal sacrificio, ambos, los historiadores tradicionales y revisionistas, a veces han representado la guerra como una tragedia griega en la que ya sabemos el final mucho antes de que termine la obra y los participantes también lo sepan. En el fondo, el coro se lamenta por los males de la vida, mientras que el público agotado debe reflexionar sobre el significado de la obra antes de que los actores abandonen el escenario. Y cuando se recitan los elogios finales, las palabras transmiten un sentimiento de alivio tanto como ofrecen la señal de que es locura contraponerse de la voluntad de los dioses.
Hay ciertas atracciones en esta forma clásica de ver las cosas. Pero nunca debemos olvidar los muchos pequeños detalles que se incluyen todos los días, cómo estos afectaron el desarrollo de la guerra y cómo prepararon el escenario para el mundo de la posguerra. Para ilustrar el punto, cada vez que a un soldado se le asignó el deber de guardia en Humaitá no estaba pensando en las complejidades de las negociaciones diplomáticas con las potencias aliadas, ni tampoco le preocupaba mucho la eficacia de los globos de observación, ni la posible intervención de los Estados Unidos. Estaba pensando en cosas más simples: hambre, fatiga y lo que su esposa en Yaguarón podría estar haciendo en ese momento. Esos fueron los factores que se imprimieron en su mente y que, diría, fueron fundamentales para una comprensión real de la guerra. En una campaña de desgaste, después de todo, las pequeñas cosas eran las más cruciales. La guerra de desgaste puede ser un proceso profundo y simultáneamente catalítico. Ciertamente fue así en Paraguay en la década de 1860.
Es por eso que deberíamos dar la bienvenida a la aparición de este nuevo estudio de Mary Monte de López Moreira. Al catalogar los eventos día a día durante todo el periodo de seis años de la guerra, ella nos ayuda a enfrentar el conflicto como adultos, para ir más allá de la imagen de la lucha que es todo flash, explosión y coraje bajo fuego. Como lo hizo Efraím Cardozo en una generación previa, Monte de López Moreira nos ayuda a ver que la Guerra de la Triple Alianza también era algo que involucró trabajo muy duro, de soledad y conflictos emocionales, y del dolor en el estómago que se deriva de no tener suficiente para comer.
Ya deberíamos reconocer esto, por supuesto, pero en nuestro propio tiempo, que está dominado por las imágenes asociadas con la televisión e internet, a veces debemos recordar que no todo es un “recuerdo de gloria”. La mayoría de las veces el conflicto en Paraguay fue como un rompecabezas cuyas piezas merecen ser ensambladas en una composición dinámica. Algunas de esas piezas son muy pequeñas y aun así merecen nuestra atención. Ya intenté hacer algo de esto en mis trabajos publicados anteriormente. Pero equivaldría a una arrogancia insostenible de mi parte pensar que la historia está terminada. Nada de Francis Fukuyama en este caso. Al contrario, debemos alentar más trabajo sobre este tema. Y tener A 150 años de la Guerra Guasu en la mano me parece un buen lugar para comenzar. No solo es útil como obra de referencia, sino que también proporciona inspiración para buscar nuevas maneras de investigar cómo Paraguay se enfrentó a la Triple Alianza y lo que eso significó a largo plazo. Sí, sin duda, han pasado un siglo y medio desde Cerro Corá, pero quedan muchos, muchos años aun antes de que el tema pierda su interés para los paraguayos o para las personas en otras partes del mundo.
Thomas Whigham
Watkinsville, Georgia, EE. UU.
Diciembre, 2019
año 1864
introducción
En el mes de diciembre del año de 2014 se cumplieron un siglo y medio del inicio de la guerra que el Paraguay sostuvo contra las fuerzas bélicas, primero del Brasil y posteriormente de la Argentina y del Uruguay, contienda conocida como la Guerra contra la Triple Alianza. A ese efecto, se han compilado todos los acontecimientos que formaron parte de ese lustro tan luctuoso para nuestra historia, con el propósito esencial de brindar al lector las efemérides más importantes en forma resumida, es decir, como hitos cronológicos, cuyos prolegómenos se iniciaron años antes con los episodios sucedidos en el Río de la Plata y muy especialmente en la Banda Oriental del Uruguay.
Desde 1830, año de la instauración de la República Oriental del Uruguay, dos partidos políticos: el Blanco y el Colorado se disputaban el poder. Al principiar la década de 1850, fue elegido presidente el general Venancio Flores, quien pertenecía a la segunda de las agrupaciones citadas. Durante su mandato, permitió que algunos brasileños se estableciesen en el norte del país con sus empresas agropecuarias solventadas por los ricos terratenientes de Rio Grande do Sul. Una revuelta iniciada por los dirigentes del Partido Blanco, en agosto de 1855, obligó a Flores a dimitir y a trasladarse a la Argentina. En 1860, fue electo Bernardo Berro, quien preconizó una política de defensa del interés nacional y despojó a los brasileños de sus bienes. En consecuencia, estos fueron expulsados del territorio uruguayo.
Entretanto, desde abril de 1863, comenzaba a gestarse desde la Argentina un proceso revolucionario destinado a sustituir a los blancos en la dirigencia del Uruguay, liderado por el caudillo colorado Venancio Flores con la ayuda y simpatías del partido gobernante de Buenos Aires, dirigido por Bartolomé Mitre. En ese sentido, el 2 de setiembre de ese año, el gobierno de Montevideo, representado en Asunción por Octavio Lapido, se había dirigido al presidente paraguayo Francisco Solano López para denunciar tales maniobras sediciosas y agregaba que la actitud argentina entrañaba una amenaza contra la independencia uruguaya, puesto que tendía a la fundación de un nuevo Estado rioplatense sobre la base de los territorios del antiguo virreinato. En consecuencia, el 16 de setiembre de 1863, el Gobierno del Paraguay envió una nota al de la Argentina con el objetivo de solicitar explicaciones sobre los acontecimientos que se estaban desarrollando en la República Oriental del Uruguay, hechos conocidos como la Crisis Uruguaya y que en el futuro iban a tener vastas y trascendentales repercusiones en la historia contemporánea.
A raíz de este motivo, el general Solano López resolvió introducir un cambio fundamental en la política internacional paraguaya. Hasta entonces el Gobierno se había abstenido de inmiscuirse en los asuntos internos de los otros Estados de la región, pero ante las denuncias uruguayas, López entendió que el Paraguay, sin perjuicio de sus intereses fundamentales, no podía permanecer indiferente y que debía actuar en defensa de la independencia oriental, pues, de lo contrario, se pondría en grave peligro el equilibrio entre los países del Río de la Plata.
Un año más tarde, el emperador del Brasil, Pedro II, empezó a presionar al Gobierno oriental, exigiendo severas sanciones a los funcionarios que habían causado malos tratos a sus súbditos. Al mismo tiempo, demandaba compensaciones para los damnificados. El Gabinete imperial, dominado por el liberalismo e influenciado por los hacendados riograndenses, agraviados en sus intereses por el Gobierno blanco uruguayo, debatía a favor de una intervención militar en la Banda Oriental.
Ante esta circunstancia, una nueva misión diplomática uruguaya, a cargo del doctor Antonio Vázquez Sagastume, llegaba al Paraguay, denunciando las amenazas del Imperio. En ese contexto, el diplomático brasileño Antonio Saraiva era enviado a Montevideo para exigir la compensación por las reclamaciones de su Gobierno con la amenaza de un ataque bélico, en el caso de una recusación por parte de los blancos. Saraiva pasó a Buenos Aires y buscó un acuerdo con Mitre.
Mientras el agente brasileño trataba tácitamente de conciliar con Buenos Aires, Berro abandonaba la presidencia y era sustituido por Atanasio Aguirre. A poco de asumir, el nuevo mandatario decidió enviar una tercera misión al Paraguay en procura de una efectiva alianza. Se trataba del doctor Antonio de las Carreras, quien arribó a Asunción y reveló al presidente Solano López el plan argentino-brasileño de someter al Uruguay, distribuyendo su territorio entre ambos países, hecho que atentaba directamente contra la soberanía paraguaya. Los acontecimientos se precipitaron cuando en agosto de 1864 Saraiva dio un plazo de seis días a Aguirre para el cumplimiento de las citadas exigencias y amenazando con la entrada de tropas imperiales en caso de que estas fuesen denegadas. El Gobierno blanco rechazó el ultimátum con la seguridad de que contaría con el respaldo paraguayo. En efecto, el 30 de agosto de ese año, el Gobierno paraguayo, por medio de su ministro Berges, envió una nota al ministro residente del Brasil en Asunción, Viana de Lima, protestando contra cualquier intervención armada al territorio uruguayo. La misiva en cuestión argumentaba que esa intromisión por parte del Gobierno imperial atentaría contra el equilibrio de los Estados del Río de la Plata y declaraba que el Paraguay recurriría a la guerra si el Brasil no atendía su advertencia. En Río de Janeiro se pensó que la nota era una oratoria más del mandatario paraguayo y que jamás su Gobierno procedería en forma drástica.
El Imperio desconoció el ultimátum paraguayo y el 12 de setiembre de 1864 una brigada brasileña invadió el Uruguay. Poco después, el 20 de octubre, el vizconde de Tamandaré, jefe de las fuerzas navales brasileñas en las costas uruguayas, firmó un convenio con Venancio Flores por el cual se establecía la cooperación mutua entre el Partido Colorado uruguayo y las fuerzas imperiales del Brasil. El Gobierno paraguayo se consideró en estado de guerra, al no recibir por parte del Gobierno brasileño contestación de la nota enviada el 30 de agosto y, en consecuencia, el 23 de diciembre de 1864 se inició la guerra contra el Brasil, con la Campaña de Mato Grosso, de la cual el Paraguay salió victorioso.
No obstante, se debe aclarar que las causas de la guerra no radicaron precisamente en el cúmulo de circunstancias sucedidas en la ya citada Crisis Uruguaya, sino también coadyuvaron otros factores, entre ellos, las ambiciones mitristas de instaurar un nuevo Estado con las naciones integrantes del antiguo virreinato y los afanes del presidente Solano López de participar activamente de los conflictos de los Estados del Plata, que afectaban fundamentalmente a los intereses económicos y políticos del Paraguay. Esto implicaba solucionar los litigios territoriales y mantener el equilibrio de fuerzas entre los dos poderosos vecinos, el Brasil y la Argentina. Además, en la conflagración aparece un cuarto aliado de los tríplices que participó tras bambalinas: el imperio británico, a través de su ministro Edward Thornton, acreditado en Buenos Aires. Toda esa coyuntura de fuerzas políticas ocasionó la terrible guerra desigual y sangrienta. Fue el primer caso de guerra total registrado en la historia universal contemporánea.
La presente obra posiblemente no sea nueva, pues testigos presenciales de los sucesos como Juan Crisóstomo Centurión, Jorge Thompson, Jorge Federico Masterman y, posteriormente, especialistas nacionales y extranjeros, entre ellos, Efraím Cardozo, Julio César Chávez, Miguel Ángel De Marco, Thomas Whigham, Francisco Doratioto y otros ilustres historiadores, recogieron evidencias y publicaron sobre el tema, cuyos escritos, a más de la profusa documentación proveniente del Archivo Nacional de Asunción y ciertos datos proporcionados por los investigadores Jaime Grau y Carlos Von Horoch, hicieron posible la realización de dichas efemérides.
hitos cronológicos de 1864
27 de febrero
Ese día las autoridades uruguayas atentaron contra el barco paraguayo Paraguarí. El incidente había ocurrido cuando la nave había arribado al puerto de Montevideo llevando a bordo a tres políticos disidentes del Partido Blanco que habían sido expulsados por el presidente Berro, acusados de gestar una subversión. Los agentes del Gobierno allanaron la embarcación y colocaron una guardia armada y un buque de guerra se apostó enfrente del Paraguarí, impidiendo toda comunicación. En consecuencia, el capitán Pedro V. Gill dio la orden de zarpar inmediatamente hacia Asunción, llevando consigo a los tres exiliados que desembarcaron en Buenos Aires.
15 de marzo
El presidente Francisco Solano López designó a Cándido Bareiro como encargado de negocios del Paraguay ante los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, con el propósito de adquirir armamentos modernos y contratar la construcción de acorazados. La razón de su nombramiento se debía a la gravedad de la situación internacional y por el mal estado y calidad deficiente del armamento paraguayo. Los viejos fusiles a chispa no eran utilizables en épocas de lluvia y tenían la mitad de alcance de los fusiles a percusión, manejados por otros ejércitos. Además, algunos cañones eran de la época colonial y toda la artillería era anacrónica de ánima lisa.
31 de marzo
El presidente Francisco Solano López, acompañado de su Estado Mayor, se trasladó al campamento Cerro León, ubicado en un paraje al pie de la cordillera de Azcurra. En dicho sitio se adiestraban unos 6000 reclutas, instruidos por 1500 veteranos venidos de la guarnición de Humaitá. Al día siguiente pasó revista a la tropa y, en esa ocasión, el ministro norteamericano Charles Washburn describió al general-presidente expresando que lo dominaba un silencio fúnebre; ni juegos groseros ni broma entre los soldados, nada disonante, ni gritos, risas ni aun sonrisas, sino observaba todo con un aspecto serio como si se esperaba una inmediata calamidad.
6 de abril
El ministro de Relaciones Exteriores, José Berges, envió una nota de protesta al Gobierno del Uruguay por el atentado cometido por las autoridades de ese país contra el barco paraguayo Paraguarí. El incidente ocurrido dos meses atrás cobró importancia por los difíciles momentos que vivía el Río de la Plata.
4 de mayo
Se conoce en Asunción la noticia sobre la intervención brasileña en el Uruguay. En medio de intensos debates en la Cámara de Diputados del Brasil, se denunciaban las barbaridades cometidas por las fuerzas policiales del Gobierno uruguayo contra los súbditos del Imperio radicados en el norte del territorio uruguayo. A ese efecto se anunciaba una invasión militar a las costas orientales, si las reclamaciones de los hacendados brasileños no eran atendidas.
6 de mayo
El enviado especial del Gobierno brasileño al Uruguay, José Antonio Saraiva, había llegado a Montevideo acompañado de una poderosa escuadra de guerra dirigida por el comandante Tamandaré. El agente imperial esperó unos días, asegurándose primero de que las fuerzas militares brasileñas estuviesen apostadas en la frontera, antes de presentar la nota de indemnización al presidente Bernardo Berro.
11 de mayo
Conocedor de las exigencias que el consejero Saraiva presentaría al presidente Berro, el canciller uruguayo Juan José de Herrera resolvió enviar una segunda misión a Asunción, encargando dicho cometido a José Vázquez Sagastume, para informar al presidente Solano López de las intenciones del Brasil. Sin embargo, el diplomático oriental debió esperar unos días para iniciar sus entrevistas, porque el presidente López todavía se hallaba muy contrariado por los acontecimientos sucedidos con el Paraguarí.
18 de mayo
Conforme a las instrucciones de su Gobierno, Saraiva hizo entrega de una nota al presidente Bernardo Berro, que contenía las siguientes demandas: 1.º. Que el Gobierno uruguayo castigase a los agentes policiales que atentaron contra los brasileños durante el desalojo; 2.º. Que los citados agentes fuesen degradados públicamente; 3.º. Que se indemnice a los súbditos del Imperio por las expropiaciones; 4.º. Que de inmediato fuesen puestos en libertad los riograndenses aprehendidos. La notificación refería, además, que el Gobierno brasileño apelaba amistosamente a su par uruguayo para que las reclamaciones fuesen atendidas.
19 de mayo
Recién en esta fecha Vázquez Sagastume inició sus conferencias con el ministro paraguayo José Berges, a quien denunciaría el concierto del Imperio del Brasil con la República Argentina para luego sojuzgar al Uruguay y luego al Paraguay. Al mismo tiempo, debía solicitar una gestión diplomática paraguaya ante el Brasil en defensa de la independencia uruguaya, similar a la que el propio López había efectuado años antes en la Argentina. No obstante, el enviado uruguayo entendió que antes de comunicar los objetivos de su misión tenía que resolver sobre la forma de solucionar el conflicto del Paraguarí, que tanto había agraviado al presidente López.
3 de junio
Las noticias llegadas desde Buenos Aires acerca de los potenciales acuerdos entre Saraiva y Mitre eran sobradamente alarmantes y el presidente Solano López se negaba a tratar con el diplomático uruguayo mientras el Gobierno paraguayo no recibiera las dignas satisfacciones por el atropello a la bandera nacional sufrido en el puerto de Montevideo. En consecuencia, Vázquez Sagastume decidió zanjar la situación y recurrió a los buenos oficios del ministro norteamericano en Paraguay, Charles Washburn, y de esta manera se llegó a un acuerdo. El presidente Solano López se comprometió a vigilar los altos intereses del Uruguay e intentar la consolidación de los derechos comunes, con el propósito de mantener el equilibrio entre los Estados del Río de la Plata.
13 de junio
Solucionada la situación sobre el incidente del Paraguarí, Vázquez Sagastume creyó que había llegado el momento de solicitar al Paraguay una alianza política defensiva entre ambos Estados contra las pretensiones del Brasil y, al mismo tiempo, pretendía obtener de Solano López la mediación en el conflicto que su país soportaba contra el Imperio, análoga a la que él había realizado con la Argentina. A ese efecto, sin estar autorizado por su Gobierno, remitió al ministro de Relaciones Exteriores la nota en cuestión, urgiendo la intervención paraguaya en dicha crisis. Al día siguiente, Berges contestó la nota aceptando mediar en las graves circunstancias en que se hallaba la República Oriental con el Imperio del Brasil.
18 de junio
A instancias de Edward Thornton, ministro inglés acreditado en Buenos Aires, se realizó una reunión en Puntas del Rosario, situado en el campamento del jefe revolucionario uruguayo Venancio Flores. Asistieron a la misma el ministro de Relaciones Exteriores argentino, Rufino de Elizalde; el agente brasileño José Antonio Saraiva; el citado caudillo oriental y los representantes del Gobierno del Uruguay, Florentino Castellanos y Andrés Lamas. Luego de un breve debate, los asistentes a la conferencia firmaron un remedo de convenio mediante el cual se resolverían las dificultades en el Uruguay con las garantías del Brasil, la Argentina y del ministro británico. El corolario de esta reunión originó la alianza tripartita, que más tarde vendría contra el Paraguay.
24 de junio
El ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, Juan José de Herrera, supuso que todos los problemas existentes entre su país y el Imperio brasileño se habían solucionado con el acuerdo firmado en Puntas del Rosario. Por ese motivo, desaprobó categóricamente la solicitud de mediación que había efectuado Vázquez Sagastume al presidente paraguayo y ordenó que inmediatamente regresara a Montevideo. Además, por su parte, el Brasil también rechazaba la intervención de Solano López en la Crisis uruguaya.
7 de julio
En esa fecha, los ministros mediadores que firmaron el acuerdo en Puntas del Rosario comunicaron al Gobierno uruguayo que las negociaciones no prosperaron y, por lo tanto, el compromiso asumido quedaba sin efecto. En consecuencia, los revolucionarios orientales colorados volvieron a enfrentarse con los blancos. En esa coyuntura, Saraiva se dirigió de inmediato a Buenos Aires con el propósito de buscar un acuerdo con Mitre para afrontar juntos la situación uruguaya. Nuevamente, el Gobierno de Aguirre puso su mirada hacia el Paraguay.
14 de julio
El canciller uruguayo Herrera había rechazado con términos exasperados la oferta de mediación del presidente Solano López. Ahora que se avecinaba el peligro, era necesario reparar el desatino y obtener, por cualquier medio, la mediación paraguaya. Era esta la única posibilidad que le restaba al Gobierno uruguayo, apremiado por una revolución interna y amenazado por una invasión brasileña. Ante esta disyuntiva, el propio canciller decidió enviar al Paraguay al más enérgico político, el famoso Antonio de las Carreras, conocido como el Tigre de Quinteros por su actuación en la matanza de 1858, para entrevistarse personalmente con el general Solano López y a quien debía convencer de la ya evidente alianza brasileño-argentina contra la independencia del Uruguay y del Paraguay, y que, por lo tanto, incumbía al Paraguay intervenir con todo su poderío para frenar e1 grave peligro.
4 de agosto
El agente del Imperio del Brasil José Antonio Saraiva remitió un ultimátum al Gobierno del Uruguay, en donde le comunicaba que dentro de un lapso improrrogable de seis días se debían satisfacer los reclamos que había formulado con anterioridad, a fin de terminar con los vejámenes que estaban sufriendo, en territorio uruguayo, los súbditos brasileños con motivo de la guerra civil. De incumplirse el plazo, las fuerzas del ejército brasileño, asentadas en la frontera, recibirían órdenes para proceder militarmente. Además, el almirante Vizconde de Tamandaré adoptaría similar medida y con la fuerza de la escuadra bajo su mando atacaría las costas orientales.
19 de agosto
El emisario especial Antonio de las Carreras llegaba a Asunción y ese mismo día presentó un memorándum con el objetivo de denunciar el peligro que para la independencia, tanto del Uruguay como del Paraguay, significaba la intervención del Brasil y las evidentes conexiones con el Gobierno argentino del general Mitre. Enfáticamente, el agente uruguayo explicaba la necesidad de la ayuda y la alianza mutua entre ambas naciones amenazadas por los dos imperios. El canciller Berges se negó a considerar las proposiciones de De las Carreras, a las que califico de “exageradas”.
30 de agosto
En esta fecha el Gobierno paraguayo decidió adoptar una conducta que más tarde tendría el trascendental desenlace bélico de vastas y apocalípticas consecuencias para el país. El ministro de Relaciones Exteriores, José Berges, despachó una nota al ministro plenipotenciario del Brasil, residente en Asunción, César Vianna de Lima, protestando contra cualquier intervención armada al territorio uruguayo. La nota en cuestión argumentaba que esa intromisión por parte del Gobierno imperial atentaría contra el equilibrio de los Estados del Río de la Plata y declaraba que el Paraguay consideraría “casus belli” si el Brasil no atendía su advertencia. En Río de Janeiro se pensó que la nota era una oratoria más del mandatario paraguayo y que jamás su Gobierno procedería en forma drástica. El menoscabo que se tenía acerca de su persona en el concierto rioplatense tanto como las denuncias orientales, sobre la supuesta connivencia argentino-brasileña contra la independencia nacional, movieron al presidente Solano López a plantarse frente al Imperio del Brasil buscando con tan grave acción infundir el respeto de las naciones poderosas, que en poca consideración tenían al Paraguay. Y para que el decisivo paso que acababa de tomar el Paraguay no pudiera ser interpretado como el fruto de una alianza con el Gobierno de Montevideo, en esa misma fecha, se cursó al ministro Sagastume otra misiva en donde se enjuiciaba severamente la política seguida por la diplomacia uruguaya, mencionando uno por uno los pasos que dio para arrastrar al Paraguay a la guerra contra la Argentina, así como de sus inconstancias y desaires que había ocasionado al Gobierno de Asunción. Con esta actitud se infiere que el Paraguay tomaba por sí solo la determinación de estar presente en el Rio de la Plata, y no meramente con su voz, hasta entonces menospreciada, sino también con todo su poderío militar.
12 de octubre
Vianna de Lima comunicó de inmediato a su Gobierno sobre la nota del 30 de agosto, pero este desconoció la notificación paraguaya y dispuso que su ministro en Asunción contestase a su par paraguayo expresando que el Gobierno de su país no iba a retroceder y recurriría a todos los medios a su alcance para defender los intereses y los derechos de los súbditos brasileños en el Uruguay. En consecuencia, ese día una brigada brasileña compuesta de unos 1600 hombres, al mando del general Mena Barreto, cruzó la frontera uruguaya y dos días más tarde se apoderó de la Villa de Melo, capital del departamento Cerro Largo.
20 de octubre
Después de haber cumplido su misión, Saraiva se retiró y el almirante Tamandaré, jefe de las fuerzas navales brasileñas en las costas uruguayas, había quedado como árbitro de la situación. En la localidad de Santa Lucía, firmó un convenio con Venancio Flores por el cual se establecía la cooperación mutua entre el Partido Colorado uruguayo y las fuerzas imperiales del Brasil. En el mismo se estipulaba que el general revolucionario se comprometía a satisfacer, una vez en el gobierno, todas las reclamaciones exigidas por el Imperio.
30 de octubre
El presidente Solano López, sin conocer aún los últimos sucesos, acompañado de su Estado Mayor, se trasladó al campamento Cerro León, donde decidió esperar el desarrollo de los acontecimientos. El barco Ygurey, de la flota nacional, llegaría en los primeros días de noviembre con noticias acerca del desenlace provocado por el ultimátum brasileño.
1 de noviembre
La noticia de la invasión brasileña al Uruguay estuvo algún tiempo oculta hasta que ella se supo en Montevideo y en Buenos Aires a finales de octubre. Entre los políticos uruguayos reinaba una gran expectación, pues no se dudaba de que el Paraguay cumpliría sus declaraciones y que, en consecuencia, estallaría la guerra entre el Paraguay y el Brasil. Sin embargo, en algunos círculos porteños no creyeron que el general Solano López llegaría al rompimiento de las hostilidades, por las dificultades que encontraría para llevar sus fuerzas hasta el Río de la Plata.
En tanto, el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, quien hasta entonces había visto con simpatía la actitud asumida por el presidente paraguayo frente al Brasil, comisionó a José de Caminos para que se trasladara urgentemente a Asunción con una nota personal para el presidente López, en la cual expresaba que el Gobierno del Paraguay estaba en el deber de hacer efectivas sus nobles declaraciones contra el Brasil, si este invadiese el territorio de la República Oriental y acreditaba a su amigo el presidente López todas las seguridades de su sincera adhesión.
Por su parte, el ministro oriental Vázquez Sagastume instaba, una vez más, al Gobierno paraguayo a enfrentarse al Imperio del Brasil, sin necesidad de declaración de guerra, “para libertar así a la República Oriental, garantizando el porvenir de su propia patria, cubriría su sien de gloriosos laureles y la historia de estos países tributaría a su nombre dignos y merecidos aplausos”.
9 de noviembre
El 3 de noviembre zarpaba de Buenos Aires el Ygurey, trayendo la información de los agentes oficiales del Paraguay y conduciendo a José de Caminos y su importante mensaje. El barco atracó en el puerto de Asunción seis días más tarde trayendo consigo un considerable número de correspondencias y periódicos que anunciaban la nefasta noticia sobre la invasión brasileña al Uruguay. Uno de esos órganos porteños, La Tribuna, en su editorial formulaba votos para que “el zar del Paraguay” hiciera efectivas “sus quijotescas promesas” y así el Brasil pudiera consumar “la noble tarea de arrancar al Paraguay del abatimiento en que yace liberándolo de sus opresores y dejándolo en actitud de constituirse en pueblo libre y civilizado”. En tanto, el portavoz oficial del Gobierno argentino, La Nación, propugnó la alianza con el Imperio y con el general Flores “para evitar que las conquistas de la civilización fueran destruidas por la barbarie”.
En cuanto a la carta de Urquiza, Solano López no estuvo enteramente convencido con las promesas del general entrerriano, las cuales le parecían dudosas. Luego de algunas vacilaciones, decidió cumplir con lo estipulado en la nota del 30 de agosto y, por consiguiente, iniciar las hostilidades.
No obstante, se debe registrar que una de las causas que complicó este conflicto radicaba precisamente en que el Paraguay no contaba con un cuerpo diplomático experto en el exterior que pudiera realizar convenios, tratados o actos importantes de gran valía para el país. Se disponía solo de unos cuantos agentes consulares en Buenos Aires, Santa Fe, Paraná y Montevideo, con escasas capacidades para negociar y cuyo principal trabajo consistía en enviar correspondencias al mandatario, que en la mayoría de las veces eran poco confiables.
11 de noviembre
En esa madrugada echaba anclas en el puerto de Asunción el buque mercante brasileño Marqués de Olinda, que realizaba regularmente el servicio de cargas y pasajeros entre Montevideo y Corumbá, con escalas en Buenos Aires y Asunción. Traía como pasajeros al coronel Federico Carneiro de Campos, recién designado gobernador y capitán de armas de la provincia de Mato Grosso, y a diez militares brasileños, además del nuevo cónsul general argentino Adolfo Soler y otros dos colonos italianos.
Al arribar a la bahía capitalina, desembarcó el diplomático porteño y, mientras el barco se reaprovisionaba de carbón, el comandante bajó a tierra y fue a la legación del Brasil, donde se entrevistó con el ministro Vianna de Lima. Una vez terminado el suministro carbonífero, el navío zarpó a las dos y cuarenta y cinco de la tarde, prosiguiendo el viaje sin ningún contratiempo. Poco después, llegaba a la estación ferroviaria el teniente coronel Antonio de la Cruz Estigarribia con órdenes escritas del presidente, impidiendo la salida del barco brasileño o capturarlo si el mismo hubiese zarpado. De inmediato, se dispuso que el Tacuarí, el más veloz cañonero de la Armada, saliera en persecución del Marqués de Olinda. Pero como no se hallaba dispuesto, se necesitaron varias horas para iniciar el seguimiento juntamente con el Río Apa, otro barco de la Armada nacional.
12 de noviembre
El Marqués de Olinda fue a1canzado a las once de la mañana en el paraje de Curuzú Chicá (actual puerto Antequera). Acto seguido, el teniente Remigio Cabral, comandante del Tacuarí, presentó una intimación escrita para que se detuviera y volviera de inmediato a la capital. Sin otra opción, el capitán de la nave brasileña retornó escoltado por los dos barcos paraguayos. La pequeña flotilla llegó a las diez de la noche del mismo día y el Marqués de Olinda apagó inmediatamente sus fuegos, después de que le fuera denegada la solicitud de comunicarse con la legación brasileña. El ministro de Guerra despachó un chasque hasta Cerro León comunicando la importante noticia. En esa misma fecha, el mayor Alén era portador de otra orden: el cierre del puerto de Asunción, hecho que impedía la salida de todo barco al exterior. La medida incluyó a quince navíos, la mayoría con bandera argentina. Con este acto de hostilidad, el Gobierno paraguayo infirió que no era necesario declarar la guerra, pues consideró que esta ya había sido expresada por el Brasil al omitir la protesta del 30 de agosto e invadir el territorio del Uruguay.
13 de noviembre
En las primeras horas de ese domingo, el presidente López envió el borrador de la nota que el Ministerio de Relaciones Exteriores del Paraguay debía entregar a la legación del Brasil. Al mismo tiempo, Vianna de Lima solicitaba una explicación sobre el grave hecho sucedido el día anterior. Casi al concluir la tarde, Berges remitió la comunicación al representante brasileño en donde se hacía una relación de los hechos desde la protesta del 30 de agosto que culminaron con la ocupación del territorio oriental por las fuerzas del Imperio y declaraba lo siguiente: “Este acto violento y la marcada falta de consideración que esta República merece al gobierno imperial han llamado seriamente la atención del gobierno del abajo firmado sobre sus ulteriores consecuencias, sobre la lealtad de la política del gobierno imperial; y sobre su respeto a la integridad territorial de esta República, tan poco recomendado ya por las contínuas y clandestinas usurpaciones de sus territorios, y ponen al gobierno nacional en el imprescindible deber de echar mano de los medios reservados en su protesta del 30 de agosto, de la manera que juzgue más conveniente para alcanzar los objetivos que motivaron aquella declaración; usando así el derecho que le asiste para impedir los funestos efectos de la política del gobierno imperial, que amenaza no solo dislocar el equilibrio de los Estados del Plata, sino los más grandes intereses y la seguridad de la República del Paraguay”. En consecuencia, con este episodio quedaban rotas las relaciones entre el Brasil y el Paraguay.
14 de noviembre
En esa mañana, el ministro del Brasil hizo llegar a su par paraguayo una nota en la que acusaba recibo de la que en la noche anterior le fuera entregada sobre la ruptura de las relaciones entre los dos países y en nombre de su Gobierno protestaba contra el acto de hostilidad practicado en plena paz contra el referido paquete Marqués de Olinda en violación de lo que fue convenido entre el Paraguay y el Brasil años atrás, respecto del tránsito fluvial y por las pérdidas y daños que pudiera ocasionar la interrupción de los viajes a consecuencia de la decisión tomada por el Gobierno de la República del Paraguay. Al mismo tiempo informaba de su inmediato retiro del país y solicitaba los respectivos pasaportes tanto para él como para su familia y demás integrantes de la legación.
14 de diciembre
El día antes, Solano López salió del campamento Cerro León y se dirigió a la capital para ultimar los detalles sobre los sucesos que se avecinaban después de la toma de Marqués de Olinda. De hecho, no figuraba en los planes del presidente acudir en auxilio de los orientales que desesperadamente clamaban por la asistencia paraguaya tanto en armas como en soldados para enfrentar a la revolución liderada por el general Flores, apoyada por el Gobierno argentino y, al mismo tiempo, expulsar a los brasileños que habían invadido su territorio. Pensó que debía cubrirse las espaldas atacando la provincia brasileña de Mato Grosso, para de paso recuperar los límites históricos del Paraguay. A ese efecto preparó las expediciones que por agua y tierra debían marchar hacia el norte.
El ejército, integrado por tres mil hombres, se hallaba bajo el mando del coronel Vicente Barrios. Es de señalar que en esa oportunidad dichos efectivos estrenaban el nuevo uniforme, consistente en pantalón blanco, camiseta de bayeta roja y una gorra también colorada adornada con un ceñidor negro y una borlita que colgaba a1 costado izquierdo. La hueste militar partió a las cuatro de la tarde del puerto capitalino a bordo de ocho vapores, cuatro buques de vela y tres cañoneras pequeñas. El Marqués de Olinda fue agregado a la expedición, conservando su nombre. El presidente López, acompañado de su Estado Mayor, despidió a los soldados desde el edificio de la Aduana. Simultáneamente con la expedición fluvial, debía salir de Concepción una división comandada por el coronel Francisco Isidoro Resquín para atacar los fuertes de Miranda y Noaqui, y otra, bajo el mando del capitán Martin Urbieta, para actuar sobre las colonias de Dorados y Diamantina. La escuadrilla tenía que operar sobre Coímbra, Albuquerque, Corumbá y Cuiabá.
23 de diciembre
Después de enviar el poderoso ejército hacia el norte del país, Solano López dispuso el entrenamiento a unos diez mil soldados, entre veteranos y reclutas que se alistarían en el campamento de San José, a la izquierda del Paraná. Posteriormente, decidió continuar su intercambio epistolar con Justo de Urquiza, quien tan repetidamente había manifestado su adhesión a la causa paraguaya. A ese efecto, resolvió comisionar a José Tomás Ramírez, agente paraguayo, quien gozaba de la amistad del general entrerriano. En carta el presidente López le manifestaba que: “La violación del territorio oriental por parte del Brasil ha puesto al Paraguay en el deber de usar de los recursos militares para neutralizar los sucesos y la acción del Brasil en aquel Estado, y me han decidido a hacer marchar una división de operaciones sobre la provincia brasileña de Mato Grosso y otra de expectación al territorio de la República a la izquierda del Paraná. En el deseo de que esta última no excite dudas sobre su objeto, y para prevenir interpretaciones malévolas o apreciaciones menos correctas de los sentimientos que siempre he profesado a V. E. me es grato asegurarle que esta disposición no es emanada sino del cumplimiento de los deberes militares que la situación impone a la República, y no una amenaza a las provincias amigas de Entre Ríos y Corrientes, ni al gobierno nacional argentino, aun cuando la política del general Mitre y el apoyo moral con que protege los desmanes del gobierno imperial, justificarían cualquier prevención. Convencido de que V. E. no puede mirar con indiferencia el peligro de la situación que amenaza todos los intereses y todas las existencias, convendrá, sin duda, en la necesidad en que me hallo de proveer a la seguridad de mi Patria y espero que esta franca manifestación satisfará a V. E. bajo todos respectos”.
Sin embargo, la real misión de Ramírez consistía en averiguar si Urquiza cumpliría sus promesas y qué actitud asumiría Urquiza en caso de que las fuerzas paraguayas cruzaran las regiones que el Gobierno de Mitre consideraba argentinas para marchar al encuentro de los brasileños en territorio uruguayo.
26 de diciembre
La escuadra al mando del coronel Vicente Barrios fondeó a cinco kilómetros al sur del Fuerte Coímbra, sitio donde desembarcaron las tropas de infantería y la artillería. Una vez en tierra, el conductor militar envió bajo bandera de parlamento una nota al comandante de la fortaleza, invitándole a rendirse en el término de una hora. En respuesta, el jefe de la guarnición, teniente coronel Hermenegildo Alburquerque Porto Carreiro, contestó que, según los reglamentos que regían al ejército brasileño, solo por orden superior podía rendirse. En consecuencia, el coronel Barrios ordenó el inicio del bombardeo, el cual fue intensamente contestado por las once piezas de artillería con que contaba el fuerte. Este fue el primer fuego cruzado entre las fuerzas paraguayas y brasileñas, que se prolongaría por largo y terrible lustro.
27 de diciembre
El combate de artillería continuó el día siguiente. A las dos de la tarde, el 6.º Batallón, al mando del sargento mayor Antonio Luis González, realizó un ataque de reconocimiento en las cercanías del fuerte y, a pesar de la lluvia de disparos de fusiles y de metrallas, consiguió llegar por el lado sur hasta el pie de los muros que tenían más de cuatro metros de altura. Los atacantes no pudieron treparlos porque carecían de escaleras, elemento que no fue previsto en la expedición. No obstante, el asalto fue tan audaz que siete paraguayos consiguieron saltar dentro de la fortaleza, pero lastimosamente fueron acribillados. Al obscurecer, se dio la orden de repliegue. La acción del día había costado doscientos muertos y un número mayor de heridos.
28 de diciembre
A llegar la noche, el comandante paraguayo decidió llevar al día siguiente un ataque general sobre la fortaleza. Esta se hallaba erigida en la falda de una montaña sobre la margen derecha del río Paraguay y solo podía ser embestida por el lado sur, pues en los otros costados contaba con defensas naturales, hacia el norte y este se hallaba rodeada por cerros inaccesibles y por el oeste estaba resguardada por una profusión de fosos, cercos de tuna, piedras y troncos que los asaltantes debían atravesar bajo el fuego del enemigo para poder llegar a la fortaleza que se hallaba a setenta metros de elevación desde el llano. Observando el comandante Porto Carreiro el ímpetu e intrepidez de los soldados paraguayos no creyó prudente esperar la embestida final y esa misma noche resolvió desocupar la fortaleza, embarcándose con el resto de su tropa a bordo de los barcos Jauru y Amambay.
29 al 31 de diciembre
En plena oscuridad de la madrugada del día 29, el ejército paraguayo ocupó la fortaleza de Coímbra y su comandante, el coronel Barrios, enarboló la bandera paraguaya en la torre más alta del citado bastión. De esta manera, el sitio quedaba reintegrado como primer fruto de la guerra, una secular posesión paraguaya. Posteriormente, Barrios fue avanzando asombrosamente. Primero envió una expedición al mando del teniente de marina Andrés Herreros para perseguir a los fugitivos, quienes fueron capturados de inmediato. El 30 cayó el fuerte de Alburquerque y al día siguiente, poco antes de terminar el año 1864, el ejército paraguayo se posesionaba de Corumbá. Tanto las tropas dirigidas por Barrios como las de Resquín ocuparían las otras fortalezas matogrossenses a inicios del siguiente año.
epílogo
La campaña de Mato Grosso se constituyó en el preludio de la gran conflagración que duraría cinco largos años de una cruenta guerra que no tuvo tregua. No hubo retaguardia. Todo el país se convirtió en un reducto de un extremo al otro lado de la República. No solo hombres, sino mujeres; no solo adultos, sino también niños empuñaron las armas. Pese a todo, la sociedad civil empezó recién a sentir los rigores de la contienda a partir de 1868, año en el que la tenaza aliada empezó a cercar el Paraguay. Sin embargo, el bloqueo no hizo mellas en la estructura económica, pues se produjo en el país todo cuanto se necesitaba. En los dos primeros años de contienda, mientras los hombres luchaban en el frente, las mujeres se convirtieron en las abastecedoras de alimentos y vestimentas. Más tarde, a partir del cerco aliado, combatieron a la par que los varones y, como residentas o destinadas, escribieron las páginas de gloria de esta hazaña.
Si bien hubo alguna intención de ayuda en hombres y armamentos por parte de algunos países, esta no llegó a concretarse y así, sin amparo, sin protección o sin nadie que auxiliara la causa paraguaya, la guerra prosiguió su marcha hasta concluir en el triste y deplorable epílogo de Cerro Corá.
año 1865
introducción
Concluidas las acciones bélicas en Mato Grosso, en diciembre de 1864, el presidente Francisco Solano López ordenó la marcha del ejército en dirección a Rio Grande do Sul. La ruta obligada para llegar a destino era el litigioso territorio de Misiones. A ese efecto se notificó al general Justo José de Urquiza el traslado de las tropas paraguayas por aquella región, hecho que no representaba una amenaza a las provincias argentinas y mucho menos a su gobierno, pero, al mismo tiempo, también solicitó permiso al Gobierno de Buenos Aires. Considerando que las Misiones Orientales históricamente pertenecían al Paraguay, aquel permiso era innecesario, pero Solano López, deseando asegurar la cooperación de Urquiza, de suma importancia dentro de sus planes, accedió en hacerlo. La petición fue recibida en la Cancillería argentina al tiempo que el general entrerriano, por su parte, trataba de interceder ante Mitre para que concediera la autorización del tránsito de las milicias paraguayas, pero el Gobierno argentino la denegó.
Por ese tiempo, la guerra civil uruguaya llegaba a su fase final con el triunfo de las fuerzas en coalición brasileño-coloradas. Venancio Flores ascendió al poder de su país y se avino a pactar con el Imperio del Brasil en su lucha contra el Paraguay, recibiendo de Río de Janeiro todo el apoyo político y material para mantenerse en el gobierno.
Esta situación disgustó en demasía a Mitre, quien, tras informarse de la forma en que terminó el conflicto uruguayo, se negó a aliarse con aquellos en una eventual guerra contra el Paraguay. Mitre no solamente pretendió mantenerse neutral, sino que prohibió la autorización para que la escuadra brasileña remontase el Paraná y bloquease al Paraguay. Sin embargo, su firme posición se vería modificada en breve tiempo.
En tanto, Urquiza reflexionaba sobre sus anteriores promesas y comisionó a Julio Victorica a Asunción con el fin de persuadir a Solano López de que no entrase en conflictos con la Argentina, cuya neutralidad aseguraba al Paraguay, si este no violaba el territorio argentino en su conflagración con el Brasil. López, sorprendido por la actitud de Urquiza, quien en principio le había ofrecido su apoyo, se mantuvo expectante, sin manifestar promisión alguna.
En Buenos Aires, Mitre se resistía a los asedios de concertar una alianza que insistentemente le proponía el enviado imperial a la capital porteña, José María da Silva Paranhos. Sin embargo, la fuerte influencia que ejercían ante su Gobierno el canciller Elizalde y el ministro de Guerra, Gelly y Obes, partidarios de la guerra, animaba al agente brasileño, quien también pertenecía a la línea belicista de su país, dirigida por el vizconde de Tamandaré, a no desistir en sus propósitos.
Al iniciarse el año de 1865, las noticias llegadas al Paraguay sobre los posibles contubernios en el escenario rioplatense eran inquietantes. Los informes recibidos por Solano López y su ministro José Berges daban por segura la concreción de la alianza argentino-brasileña. Grave error diplomático, pues la presencia de un representante oficial del Gobierno paraguayo en Buenos Aires o la de su par en Asunción hubieran obviado tal vez todas las desavenencias posteriores que desembocaron en la terrible guerra que postró al Paraguay por más de un siglo en todos los órdenes.
El año 1865 es la etapa en que los líderes de los países integrantes de la Alianza acuerdan un pacto contra el Paraguay. El Gobierno nacional llama a un Congreso Extraordinario. Se inicia la guerra contra la Argentina. Se firma el Tratado Secreto de la Tríplice. Se desarrollan las campañas de Corrientes y de Uruguayana, donde los cuatro ejércitos combaten en diversas batallas. En ese contexto, los eventos del año se inician con la petición enviada por Solano López a Bartolomé Mitre para que el ejército paraguayo pasase por el territorio de Misiones con el propósito de auxiliar al Gobierno blanco uruguayo, solicitud que fue denegada, originándose así las hostilidades con la Argentina y, ulteriormente, con el Uruguay.
hitos cronológicos de 1865
14 de enero
El delegado paraguayo, José Tomás Ramírez, quien había sido enviado, a fines de diciembre de 1864, ante Urquiza para negociar una posible alianza paraguayo-argentina contra el Imperio del Brasil, regresaba al país en los primeros días de 1865 con la propuesta del general entrerriano que, si bien este no se expedía sobre dicha oferta, sugería que el presidente Solano López solicitara oficialmente al presidente Mitre el paso de las tropas paraguayas por el territorio de las Misiones —aún en litigio entre ambos países—. Urquiza prometió apoyar la petición paraguaya, pues pensó que sería otorgada. En consecuencia, Solano López aceptó el consejo de Urquiza, aunque le disgustaba gestionar la autorización para transitar por regiones que legítimamente pertenecían al Paraguay.
A ese efecto, el 14 de enero de 1865, fue nombrado Luis Caminos, quien sería el encargado de llevar la petición firmada por el ministro de Relaciones Exteriores, José Berges, al canciller Rufino de Elizalde. El documento en cuestión expresaba que el Gobierno argentino consentiría sin dificultad la solicitud, sin alterar su política, ni crear complicaciones o reclamaciones con el Brasil, teniendo en cuenta que ya existían precedentes al respecto, cuando en 1855 la Argentina había autorizado el tránsito de la poderosa escuadra brasileña hacia el Paraguay.
Al mismo tiempo, Caminos era portador de otra comunicación, la del presidente Solano López al general Urquiza, residente en Paraná, comunicándole sobre la citada solicitud. Sin embargo, la nota paraguaya no hablaba de enviar ejércitos al Uruguay, sino a Rio Grande do Sul. Además, contenía una importante modificación de las sugestiones de Urquiza: no se requería autorización para cruzar territorio litigioso de Misiones, que era ocupado por el Paraguay hasta las tranqueras de Loreto, al otro lado del Paraná; sino por e1 territorio de la provincia argentina de Corrientes.
16 de enero
El Gobierno paraguayo ordenó que una fuerza de diez mil hombres, integrada por unidades de infantería, artillería y caballería, al mando del mayor Pedro Duarte, cruzase el río Paraná para establecer un campamento de base en Misiones. Para ese objetivo se escogió un sitio a orillas del arroyo Pindapoy, al sur del pueblo de Candelaria, antigua capital de las ex misiones jesuíticas. De inmediato los soldados cubrieron las malezas con cobertizos, tiendas y semicírculos de carros. Y en esa área se iniciaron los entrenamientos y prácticas que Solano López había adoptado de manuales franceses.
20 de enero
Las noticias de las prácticas militares paraguayas a orillas del Paraná llegaron al Brasil, aunque bien distorsionadas, pues se creyó que el contingente ingresado a Misiones era mucho mayor de lo que en realidad era. Algunos miembros del Parlamento carioca opinaban que se trataba de unos cien mil efectivos.
6 de febrero
El barco que transportaba al enviado paraguayo, después de su estancia en Paraná, arribó al puerto de Buenos Aires. De inmediato, Luis Caminos se dirigió a la Cancillería argentina y entregó la petición paraguaya al canciller Rufino de Elizalde. Ínterin a este hecho, el general Urquiza intercedía ante el presidente Mitre para que accediera a otorgar el permiso requerido por el presidente Solano López.
9 de febrero
La mediación de Urquiza no tuvo el éxito esperado, pesó más la diplomacia porteña y la intervención de su canciller, quien firmó dos notas de respuesta. En la primera denegaba formalmente la solicitud paraguaya y en la segunda dejaba entrever que el Gobierno argentino estaba en conocimiento sobre los fuertes contingentes armados que se hallaban asentados en la zona misionera, dispuestos a marchar contra el Brasil y contra las fuerzas coloradas dirigidas por el líder de la Revolución Oriental, Venancio Flores, quien además era partidario de Mitre. La citada comunicación concluía expresando que el Gobierno argentino tenía la esperanza de que su homólogo paraguayo propendiese a evitar cualquier circunstancia que pudiese alterar las relaciones amistosas entre ambas naciones.
15 de febrero
Conocida en Asunción la negativa del Gobierno argentino a la solicitud presentada por el canciller José Berges del libre tránsito de las tropas paraguayas por el territorio de Misiones, el presidente Solano López convocó a un Congreso Extraordinario, a celebrarse el 5 de marzo. En el decreto no se expresaba el motivo de la convocatoria, pero de su texto se deducía que por la grave situación internacional se hacía necesaria la reunión para deliberar sobre los asuntos concernientes a la política externa a seguir.
16 de febrero
Presagiando que se avecinaba la guerra, el general Urquiza envió hasta Asunción a su secretario privado, el joven Julio Victorica, con el propósito de persuadir al presidente paraguayo de que la neutralidad argentina ayudaba, antes que dañar la causa paraguaya. Al mismo tiempo, le aseguraba la imparcialidad de su Gobierno en el conflicto paraguayo-brasileño, si se respetaba su territorio. El enviado encontró a Solano López apesadumbrado y si bien revelaba en su conducta una irreprochable cultura y rectitud, pero sin vislumbres de amigabilidad, pues acababa de recibir las dos misivas del canciller Elizalde.
17 de febrero
El presidente Solano López volvió a recibir a Julio Victorica en su despacho exhibiéndole recortes de periódicos porteños que representaban la campaña de Mato Grosso como payasadas de un bufón en una escarapela de plumas. Declaraciones de neutralidad a nivel oficial, insultos y burlas en la prensa.
26 de febrero
Julio Victorica regresó a la Argentina llevando consigo la respuesta de Solano López al general Urquiza. En ella, el presidente paraguayo lo recriminaba por haber abandonado sus anteriores promesas de apoyarlo en la cuestión del tránsito. Con el propósito de apaciguar los ánimos, Urquiza ofreció su mediación entre el Paraguay y el Brasil, pero su oferta ya no fue escuchada por ambos contendientes.
5 de marzo
Se inauguraron las sesiones del Congreso Extraordinario convocado por el presidente Solano López, quien informó sobre la actitud del Gobierno argentino de negar el pedido efectuado por el Paraguay para que dicho tránsito se realizara sin inconvenientes y con las debidas garantías para la Argentina. En su extensa alocución, el presidente Solano López expresaba sobre las relaciones con el Imperio del Brasil y sobre la gravedad de la situación que se presentaba con la Argentina, pues “… ultrajada se hallaban la honra y la dignidad nacional y comprometida la seguridad e integridad de la República…”. Antes de concluir la sesión del día se constituyeron comisiones especiales para dictaminar sobre los temas planteados por el Ejecutivo, pero el sentimiento general de los congresistas era que en poco tiempo surgiría la declaración de guerra a la Argentina. Las reuniones continuaron por espacio de dos semanas.
11 de marzo
En esta fecha, el Gobierno paraguayo supo sobre el inminente arribo de la escuadra imperial para bloquear al Paraguay, situación sumada a la maliciosa campaña periodística porteña, no se dudó ya del acuerdo argentino-brasileño. En consecuencia, López decidió adelantarse a los acontecimientos y se propuso ocupar Corrientes.
18 de marzo
El Congreso, por unanimidad, aprobó la conducta desempeñada por el Ejecutivo frente al Brasil y autorizó la declaración de guerra a la Argentina por los siguientes motivos: 1.º) Negación del paso por territorio argentino de las tropas paraguayas. 2.º) Desconocimiento de los derechos de la República del Paraguay al territorio de Misiones. 3.º) Protección al comité revolucionario paraguayo en Buenos Aires y “apoyo a los traidores de la patria”. 4.º) Abierta defensa al Brasil en la prensa oficial contra la causa paraguaya. 5.º) La indudable mancomunidad del Gobierno argentino con el del Imperio del Brasil “para dislocar el equilibrio político de los estados del Plata”.
Antes de disolverse las sesiones, el Congreso concedió al presidente Solano López el grado de mariscal de los Ejércitos Paraguayos y tenía la facultad de crear un nuevo cuerpo de oficiales con seis brigadieres y tres generales de división; el derecho de firmar la paz con uno u otro beligerante cuando él lo creyese oportuno; la autorización de emitir papel moneda para solventar los gastos emergentes de la situación y además se le facultaba a la contratación de un empréstito en Europa de veinticinco millones de pesos.
25 de marzo
El Semanario anunció la declaración de guerra a la Argentina, hecho que motivó en toda la población un intenso fervor patriótico. Las calles y plazas se llenaron de ciudadanos exaltados aclamando al mariscal López y al ejército. Una atmósfera festiva alentaba oficialmente invadiendo la capital paraguaya. Hubo fiestas tanto en Asunción como en las localidades del interior. Los emocionados vecinos pedían las cabezas de Mitre, Elizalde, Gelly y Obes y de los demás kurepi.
29 de marzo
La comunicación oficial de declaración de guerra del Paraguay a la Argentina fue despachada por el canciller José Berges a su par argentino, Rufino de Elizalde. Con relevante detalle el diplomático paraguayo explicaba por qué su Gobierno había tomado tal medida, sin omitir la cuestión del tránsito, las referencias insultantes de la prensa porteña hacia el Paraguay, la supuesta ayuda otorgada a los revolucionarios antilopistas y el favoritismo hacia el Brasil.
2 de abril
En esta fecha partía del puerto de Santos una expedición al mando del coronel Carlos de Morais Camisão. El contingente, integrado por dos mil trescientos hombres, entre quienes se hallaban indígenas de las parcialidades Guaicurú y Tereno, debía atravesar las selvas paranaenses para arribar a Mato Grosso. El ejército logró llegar a destino dos años más tarde, después de recorrer dos mil quinientos kilómetros.
3 de abril
El documento que contenía la declaración de guerra del Paraguay a la Argentina fue llevado por el general Wenceslao Robles hasta Humaitá y de allí fue enviado a Buenos Aires. Para ese cometido fue comisionado el teniente Cipriano Ayala, quien, vestido de civil, partió al día siguiente a la capital porteña en el vapor de guerra Jejuí. Dos días más tarde cambió de embarcación en Rosario.
8 de abril
El teniente Cipriano Ayala arribó a Buenos Aires e inmediatamente se dirigió a la residencia del agente comercial paraguayo Félix Egusquiza para entregarle el documento que contenía la declaración de guerra del Paraguay a la Argentina. Versiones históricas revisionistas aseguran que Ayala entregó varios documentos, pero que ninguno de ellos contenía tal declaración de guerra, hecho inferido por la reclamación efectuada por el Gobierno de Mitre cuando una flota paraguaya compuesta por cinco naves de guerra se apoderó de dos pequeñas embarcaciones ancladas en el puerto de Corrientes, suceso con el cual se iniciaban las hostilidades con la Argentina.
11 de abril
El teniente Ayala permaneció en Buenos Aires solo un día y raudamente abordó el vapor que lo trasladaría de vuelta al Paraguay, pero fue apresado en la localidad de Goya, acusado de espía retornó a la capital argentina, donde fue recluido y procesado dos años más tarde. En tanto, la noticia de la declaración de guerra había circulado no solo en los medios gubernamentales, sino también en los círculos de la sociedad porteña. En la fecha el periódico La Nación Argentina, órgano oficial del Gobierno de Mitre, publicaba que “el tirano del Paraguay había llegado al paroxismo de la locura después de haber declarado la guerra al general Flores y al Brasil, lo hacía también a la Argentina”. Por su parte, La Tribuna aseguraba la existencia de un acuerdo tripartito contra el gobierno de Solano López.
Ese mismo día zarparon del puerto de Asunción los vapores Tacuarí, Ygurey, Paraguarí, Marqués de Olinda y el Yporá, conduciendo al ejército paraguayo rumbo al sur.
13 de abril. Inicio de la Campaña de Corrientes
Era el Jueves Santo, a las siete y treinta de la mañana, la escuadrilla de guerra divisó el puerto de Corrientes, en cuyo frente se hallaban fondeados los barcos argentinos 25 de Mayo y Gualeguay, este último en reparaciones cerca de la costa. De inmediato, las fuerzas paraguayas empezaron a disparar sobre la costa logrando derribar algunos edificios cercanos al puerto correntino y, en menos de una hora, los soldados se apoderaron de las dos pequeñas embarcaciones y de la ciudad. Con este suceso se iniciaba la Campaña de Corrientes y la guerra contra la Argentina. Varias autoridades locales partidarias de la causa nacional invitaron al capitán Meza, comandante de la escuadra, a que bajase a tierra, pero este decidió esperar una comunicación oficial de sus superiores.
14 de abril
Una columna de 3000 soldados dirigida por el general Wenceslao Robles y ochocientos hombres de caballería al mando de Isidoro Resquín se adueñaban de la ciudad de Corrientes. Ocupada esta localidad, el ejército siguió avanzando con gran celeridad apoderándose de posiciones estratégicas, donde eran recibidos amistosamente. Un gran sector de la población, contrario a la política de Mitre, desaprobaba la guerra e, inclusive, muchos de los allegados a Urquiza pretendieron unirse al ejército de Robles y hubo intentos de incorporarlos.
15 de abril
Sin demora las fuerzas del general Robles invadieron las calles de la ciudad, sin resistencia. Algunos ciudadanos atemorizados buscaron refugio en las iglesias, pero el comandante paraguayo les hizo saber que no tenían nada que temer y podían retornar a sus hogares sin ser molestados.
Solano López, complacido con la conquista militar de Corrientes, entendía que, si bien tuvo un resultado exitoso, con esta acción no conseguía aún la victoria sobre Buenos Aires y el Imperio del Brasil, pero necesitaba colaboradores en las provincias del litoral. Por consiguiente, desde el principio buscó cimentar una alianza política con aquellos correntinos que justificaban la causa paraguaya.
16 de abril
La noticia de la ocupación de Corrientes y el apresamiento de los barcos 25 de Mayo y Gualeguay por el ejército paraguayo llegó a Buenos Aires, generando una reacción muy diferente. Los periódicos porteños reflejaron la opinión general presentando a Solano López como un “tirano irracional”. El presidente Mitre, al entesarse de dicha ocupación, lanzó una proclama expresando que en medio de la paz y con violación de tratados anteriores, sin previo aviso, el Paraguay declaraba la guerra a la Argentina, aunque desde el 8 de abril el Gobierno porteño ya había estado al tanto de la declaración oficial de la guerra, pero ella fue ocultada a la ciudadanía. Ante una multitud indignada, el gobernante porteño prometió que estarían “en veinticuatro horas en los cuarteles, en tres semanas en las fronteras y en tres meses en Asunción”. Los jóvenes reaccionaron con entusiasmo a favor de la guerra. Al mismo tiempo, Mitre se apresuró a escribirle a Urquiza para informarle que López había iniciado la contienda en forma “verdaderamente salvaje”.
17 de abril
Tras la ocupación de Corrientes, el canciller José Berges fue enviado al sitio por el mariscal Solano López para promover la formación de un gobierno provisorio, ya que no pretendía establecer una administración netamente militar. Para ese efecto, los principales vecinos de la ciudad fueron convocados a una asamblea, donde el general Robles les propuso el proyecto. En consecuencia, se resolvió destituir al gobernador Manuel Lagraña, quien había abandonado el poder, y establecer una Junta Gubernativa integrada por caracterizados ciudadanos correntinos. El nuevo Gobierno anunció su alianza con el Paraguay en la guerra contra el Imperio de Brasil y Buenos Aires.
18 de abril
La noticia del inicio de las hostilidades entre el Paraguay y la Argentina fue conocida por el ministro brasileño Francisco de Octaviano, quien se hallaba en Montevideo. De inmediato se trasladó a Buenos Aires y presentó sus cartas credenciales ante el Gobierno de Mitre en esta fecha y se puso a trabajar con el objetivo de lograr una alianza entre el Imperio, la Argentina y el Uruguay.
19 de abril
Ante estos acontecimientos, el general Urquiza, que siempre había mantenido buenas relaciones con el Paraguay y sus gobernantes —los dos López—, cambió de actitud y prometió su apoyo irrevocable al Gobierno central y combatir de nuevo “bajo la bandera que unió a todos los argentinos en Caseros”. Con estas declaraciones los disidentes entrerrianos, que al inicio dieron su apoyo y que pudieron haberse unido a López, combatieron al lado del jefe confederado. El gobernante porteño no perdió tiempo y ordenó de inmediato la formación de nuevas unidades de infantería para la Guardia Nacional, cuatro batallones de quinientos hombres de la ciudad de Buenos Aires y otros cuatro de la provincia.
24 de abril
El primer batallón de infantería porteña comandado por el general Wenceslao Paunero partía rumbo al norte de la Argentina. La efervescencia bélica cundía por todo el país e, inclusive, los líderes de la ciudad de Rosario, quienes al principio se manifestaron a favor de la causa nacional contra el Imperio del Brasil, demostraron su desagravio y arrestaron al cónsul paraguayo José Rufo Caminos. También arrancaron del edificio del Consulado el escudo paraguayo y lo arrastraron por las calles con un retrato del mariscal Solano López.
25 de abril
Mitre llamó a las provincias del norte y del litoral a contribuir con once batallones —unos nueve mil quinientos efectivos— y formar así la columna vertebral del ejército argentino. Estas tropas se reunirían con los diez mil soldados de caballería que se estaban concentrando en Entre Ríos. De esta manera, los planes de Solano López se frustraron de raíz, pues las tentativas paraguayas de movilizar a los disidentes se malograron y ninguna provincia y ningún caudillo del norte argentino se sublevaron a favor del Paraguay, oportunidad aprovechada por el gobernador correntino para organizar la resistencia con la formación de una fuerza denominada Vanguardia Correntina.
27 de abril
El nuevo comandante de Encarnación, el teniente coronel Antonio de la Cruz Estigarribia, había llegado a Pindapoy para suplantar al mayor Pedro Duarte, quedando este como segundo en el comando.
28 de abril
Entretanto, desde el campamento instalado en Riachuelo el general Robles constantemente enviaba varias patrullas al interior de la provincia con el propósito de investigar el movimiento de las fuerzas correntinas y, al mismo tiempo, procurar ganado vacuno destinado al aprovisionamiento de las tropas. En esta fecha tuvo lugar el primer enfrentamiento entre ambas fuerzas en la ribera del río San Lorenzo y en cercanías de la ciudad de Empedrado. Las acciones duraron menos de una hora, pero propiciaron el triunfo de las tropas dirigidas por el general Robles.
30 de abril
Después de extensas discusiones para formar una alianza contra el Paraguay, entre los representantes de las cancillerías argentina y brasileña finalmente llegaron a un acuerdo. El Gobierno de Mitre aceptaba garantizar la independencia paraguaya, pero solo por cinco años, después de concertar la paz.
1 de mayo
Una vez más el Imperio lograba sus objetivos de extender sus dominios hacia el Plata. Dicho convenio, conocido como el Tratado de la Triple Alianza, fue firmado el 1 de mayo de 1865. Los representantes fueron: por el Imperio, Francisco Otaviano de Almeida Rosa; por la Confederación Argentina, su ministro Rufino de Elizalde, y por el Uruguay, Carlos de Castro. Sus principales artículos atestiguaban que los tres Estados se unirían en “alianza ofensiva y defensiva en la guerra promovida por el Gobierno del Paraguay, para lo cual concurrirían con todos los medios que puedan disponer en tierra y en los ríos”, y no cesarían las hostilidades hasta la deposición de su gobernante (arts. 1.º y 2.º). Los aliados no depondrían las armas sino de común acuerdo y no negociarían con el enemigo por separado (art. 6.º). Se comprometían a respetar “la independencia, soberanía e integridad del Paraguay”, solo por cinco años (art. 8.º). Se arrebataría al Paraguay la soberanía de sus ríos (art. 11.º). La nación paraguaya debería de cargar con las deudas de la guerra y sus respectivas derivaciones económicas (art. 14.º). Con estas cláusulas los países firmantes decretaban el aniquilamiento del Paraguay. Igualmente, el Brasil y la Argentina, “para evitar discusiones y guerras que traen consigo las cuestiones de límites” al terminar el conflicto, se repartirían una inmensa extensión de territorio paraguayo. Finalmente, una cláusula declaraba secreto el Tratado, pero por una indiscreción su texto fue conocido en Inglaterra un año más tarde.
5 de mayo. Inicio de la Campaña de Uruguayana
Simultáneamente a las acciones del general Robles, desde Encarnación, el coronel Estigarribia despachaba los partes al mayor Pedro Duarte, con el objetivo de iniciar un reconocimiento de los terrenos situados en el noreste argentino, región abandonada por los pobladores al iniciarse la guerra. Dos días más tarde los soldados llegaron a Santa María, antigua localidad jesuita, también desierta y en ruinas. Noticiado que más hacia el sur se hallaban algunos efectivos enemigos, Duarte solicitó ayuda a Estigarribia, quien le envió dos escuadrones de lanceros.
9 de mayo
Después de transitar cuarenta y cinco kilómetros por la selva, la brigada de Duarte avistó el río Uruguay y ordenó a sus mejores hombres que avanzaran hacia Santo Tomé, sitio donde se suponía que se hallaban los aliados. Llegaron hasta allí y se encontraron con unas ancianas y dos comerciantes italianos, quienes les informaron que las fuerzas brasileñas se hallaban más al sur. El subcomandante decidió esperar a que llegasen los refuerzos solicitados.
11 de mayo
Mientras tanto, las tropas paraguayas del Paraná comandadas por Robles, después del enfrentamiento a orillas del río San Lorenzo, repentinamente cambiaron de rumbo y se dirigieron lejos del río para engañar a los piquetes argentinos. Luego volvieron a girar al este y más tarde hacia el sur y cuatro días más tarde tomaron la ciudad de Empedrado.
15 de mayo
La columna paraguaya de Robles, bien organizada, se dirigía hacia el sur, rumbo a la localidad de Bella Vista. La vanguardia dirigida por el coronel José María Aguiar marchaba entusiasmada, juntamente con la artillería, hasta que empezó el enfrentamiento con los correntinos a corta distancia. Gracias a la hábil maniobra de los artilleros, la victoria paraguaya fue contundente después de cinco días de arduo combate.
20 de mayo
Las victoriosas tropas de Robles tomaron Bella Vista y hallaron el poblado mayormente desierto. Sus habitantes habían abandonado el sitio ante el avance del ejército paraguayo; sin embargo, dejaron una considerable cantidad de comestibles a disposición de los soldados paraguayos, quienes pudieron llenar sus alforjas a más de naranjas y mandarinas. Después de transitar unos ciento veinte kilómetros por los pantanos, las tropas estaban exhaustas y, por consiguiente, Robles les permitió un descanso de dos días.
21 de mayo
El mariscal Solano López envió un mensaje a Estigarribia para proseguir la avanzada hacia San Borja, donde se hallaban las guarniciones brasileñas. El coronel paraguayo debía trasladar su comando al sur, sobre el río Uruguay, y hacer cruzar a sus fuerzas en el Paso de los Garruchos y tomar el citado pueblo. Una guarnición de soldados al mando de Duarte debía marchar por la margen derecha del río, protegiendo la línea de comunicación entre ambas columnas nacionales.
23 de mayo
Mientras, los soldados de Robles marchaban con un excelente ánimo e iban tomando nuevas posiciones a lo largo del río Santa Lucía, unos sesenta kilómetros al sur de Bella Vista. Listos para avanzar sobre Goya. En tanto, el almirante brasileño Tamandaré había enviado hacia Bella Vista una flota de diez barcos al mando del vicealmirante Barroso para ayudar al general Paunero, quien había recibido noticias de que el ejército paraguayo se había retirado de Empedrado y abandonado además su campamento en Riachuelo. Esa noche, los brasileños capturaron una pequeña embarcación paraguaya que estaba intentando llegar hasta Robles por el Paraná. Fue así como el jefe argentino se enteró de que Corrientes se hallaba desguarnecida.
25 de mayo
El general Paunero, aprovechando la marcha hacia el sur de las fuerzas de Robles, llegó a Corrientes al mando de tres mil quinientos hombres de infantería y cinco mil de caballería, venciendo en sangrientos combates a las escasas fuerzas paraguayas que allí se encontraban, cuyos resultados alentaron a los partidarios de la guerra, pero, por otra parte, ocasionaron funestas represalias a la población civil. Los aliados fueron dueños de la ciudad y cometieron toda clase de desmanes, sobre todo en las casas abandonadas de las familias correntinas. Al día siguiente, Paunero, temiendo que Robles regresara con su ejército, solicitó auxilio a Barroso, comandante de la escuadra brasileña, quien no acudió al llamado del general argentino.
27 de mayo
Como el comandante brasileño, que se hallaba con sus naves en el fondeadero del Riachuelo, se había negado a acudir al llamado de su aliado, arguyendo que carecía de prácticos, Paunero resolvió desocupar Corrientes y lo hizo en las primeras horas de la mañana.
Ese mismo día, el mayor Pedro Duarte, que temporalmente abandonó Santo Tomé y se enfrentó en algunas escaramuzas con soldados argentinos, decidió retornar al pueblo y reportar sobre la situación a Estigarribia, quien todavía dudaba de comprometer la totalidad de sus hombres retrasando su partida hacia San Borja.
31 de mayo
Pese a la urgencia de las órdenes enviadas por Solano López, Estigarribia recién partió en esta fecha. Su División Uruguay contaba con unos ocho mil hombres en ocho batallones de infantería de setecientos hombres cada uno, tres regimientos de caballería de seiscientos cada uno, un escuadrón de artillería con cinco cañones y varias unidades de ingenieros para manejar las canoas y cuarenta carros de suministros. En ese tiempo, los brasileños no contaban con soldados al oeste del río Uruguay y dependían de los esporádicos reportes de los refugiados correntinos que huían de esos territorios para obtener alguna información de inteligencia.
2 de junio
Debido a las circunstancias del momento, Solano López resolvió dirigir la guerra desde un punto más cercano al escenario de las operaciones y, en consecuencia, partió con destino a Humaitá, dejando instalado en Asunción un gobierno provisorio, a cargo del vicepresidente Domingo Francisco Sánchez. Antes de hacerlo, pronunció una proclama justificando tal actitud e instigando a una movilización general de voluntarios. El mariscal presidente nunca más regresaría a la capital del país.
7 de junio
Estigarribia llegó a las cercanías de Santo Tomé, habiendo evitado el Paso de los Garruchos y haciendo caso omiso a las directivas de Solano López. Durante dos días el cuerpo del ejército acampó en ese lugar, mientras se reparaban algunas canoas para cruzar el río Uruguay. Por su parte, las tropas brasileñas se habían establecido a trece kilómetros de San Borja.
10 de junio. Combate en el río Uruguay
A la media mañana, los piqueteros brasileños divisaron las columnas paraguayas que se hallaban vadeando el río Uruguay. El cruce del ejército a la luz del día no era prudente, pero la noche anterior Estigarribia había despachado un batallón de infiltrados en la costa este del río. Tres horas más tarde, se iniciaron los bombardeos entre ambos contendientes. Los soldados paraguayos, bajo las órdenes del capitán José del Rosario López, arremetieron contra los hombres del Batallón I de Infantería de Voluntarios del Brasil. Las acciones duraron hasta el atardecer. Las bajas enemigas fueron más que las paraguayas.
11 de junio. Batalla de Riachuelo
Entretanto, con el propósito de romper el bloqueo fluvial brasileño sobre el Paraná, Solano López encargó al capitán Pedro Meza que realizase un audaz ataque a la escuadra brasileña apostada a quince kilómetros al sur de Corrientes, enfrente del Riachuelo. El golpe, de resultar exitoso, hubiera cambiado la suerte de la guerra. Ese día, Meza, al mando de la flota paraguaya compuesta por nueve buques —solo dos de ellos, el Tacuary y el Paraguarí, eran de guerra, el resto eran barcos mercantes equipados para el fin—. Con una tripulación de dos mil soldados y un armamento de treinta y cuatro cañones, la flota paraguaya llegaba a las Tres Bocas. Una avería sufrida por una de sus naves causó un retraso de tres horas en la iniciación del ataque. La demora fue fatal, pues los brasileños, al mando del vicealmirante Barroso, tuvieron tiempo de prevenirse para el combate. La lucha fue violenta y, al principio, favoreció a la escuadra de Meza, pero al final se impuso la superioridad del armamento imperial. Quedaron fuera de combate tres embarcaciones. Esa misma tarde, el resto del convoy paraguayo se retiraba a Humaitá. Triunfantes los brasileños se replegaron hacia el sur. El Paraguay, con la pérdida de su flota, quedaba bloqueado y debió bastarse a sí mismo durante el transcurso de toda la contienda.
12 de junio
Luego del combate en el río Uruguay, y ante el avance de las fuerzas paraguayas, los comandantes brasileños decidieron que San Borja no podía mantenerse sin una fuerte custodia militar, con la que en esos momentos ellos no contaban. Por consiguiente, evacuaron a los pobladores civiles y se retiraron del pueblo, dejándolo a merced de los paraguayos, quienes ocuparon el lugar de inmediato. Lastimosamente, los soldados depredaron en breve tiempo la antigua reducción jesuítica.
13 de junio
El capitán López y sus hombres se dirigieron hacia el sur del pueblo vigilando a las fuerzas brasileñas. Cruzaron el río una vez hacia la costa occidental y solo hallaron a algunos pobladores civiles que en su retirada intentaban llegar al Paraná.
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