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Cuentos góticos


Cuentos góticos (1976) Mary Shelley

Editorial Cõ

Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

edicion@editorialco.com

Edición: Marzo 2022

Imagen de portada: Rawpixel

Traducción: Benito Romero

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Índice

1  El mortal inmortal

2  Roger Dodsworth: el inglés reanimado

3  Ferdinando Eboli

4  Historia de pasiones

5  La transformación

6  El sueño

7  El heredero de Mondolfo

8  Valerio, el romano reanimado

El mortal inmortal

El día 16 de julio de 1833 es un día muy importante para mí. ¡En esta fecha cumplo trescientos veintitrés años!

¿El Judío errante? Me temo que no, ya que él ha vivido su más de dieciocho siglos. En comparación, yo soy apenas un pequeñuelo. Entonces, ¿soy inmortal? Es una pregunta que ronda en mi cabeza, día y noche, desde hace trescientos años, y aún no he podido dar con la respuesta. Hoy encontré una cana entre mi pelo castaño que, sin duda alguna, da entrada a la decrepitud . No obstante, puede ser posible que haya permanecido oculta durante todos estos años; pues no es extraño que algunas personas hayan encanecido por completo antes de cumplir los veinte años.

Contaré mi historia y usted, querido lector, será aquel que decida por mí. Sí, contaré mi historia, y así podré pasar algunas horas de esta terrible eternidad a la que me encuentro encadenado. ¡Para siempre! ¿Puede ser? ¡Vivir para siempre! He escuchado hablar de brujería y encantamientos en los que las personas fueron obligadas a pasar un profundo sueño, para despertar, cien años después, tan jóvenes como aquel día en que cerraron los ojos; he oído hablar de los siete durmientes, sin que sea agotador ser inmortal: pero, ¡desgracia!, la carga del interminable tiempo, el tedioso paso de las horas, que parece no avanzar. ¡Qué feliz era el legendario Nourjahad! Pero será mejor que regrese a mi historia.

Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan inmortal como sus trucos me hicieron a mí. Todo el mundo también ha oído hablar de su alumno, quien, sin saberlo, cayó en las garras de la terrible bestia durante la ausencia de su maestro y fue destrozado por él. El informe, cierto o falso, de este accidente fue escuchado con grandes inconvenientes para el renombrado filósofo. Todos sus alumnos le abandonaron en el acto, sus sirvientes desaparecieron. No tenía a nadie cerca para que alimentara con carbón sus fuegos, que siempre debían estar vivos, mientras dormía; o cuidara de los colores cambiantes de sus medicinas mientras estudiaba. Experimento tras experimento fracasó, ya que un par de manos no bastaba para acabarlos: los espíritus oscuros se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su servicio.

Entonces yo era muy joven y terriblemente pobre; además, estaba muy enamorado. Había sido, durante casi un año, el pupilo de Cornelius, aunque me encontraba ausente cuando sucedió el terrible accidente. Al regresar, mis amigos me imploraron que no me quedara en la morada del alquimista. Temblé mientras escuchaba la historia que me narraron; no me hizo falta una segunda advertencia. Y cuando Cornelius llegó y me ofreció una bolsa de oro si permanecía bajo su techo, sentí como si el mismo Satanás me estuviera tentando. Me castañetearon los dientes, el pelo se me puso de punta y corrí a la velocidad que me lo permitieron las débiles rodillas.

Mis titubeantes pasos me condujeron al mismo lugar al que durante dos años había sido atraído cada noche: una fuente de puras aguas blancas y burbujeantes junto a la cual había una muchacha de cabellos oscuros, cuyos ojos brillantes estaban clavados en el sendero que yo solía recorrer todas las noches. No puedo recordar la hora en que no amé a Bertha. Habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde la infancia; sus padres, como los míos, eran humildes pero respetables, y nuestra relación había sido una fuente de gozo para ellos. En una hora nefasta, una fiebre maligna se llevó a su padre y a su madre, dejando a Bertha huérfana. Habría encontrado un hogar bajo mi techo paterno, pero, lamentablemente, la vieja dama del castillo próximo, rica, sin hijos y solitaria, declaró su intención de adoptarla. A partir de ese instante Bertha vistió con sedas, habitó en un lugar de mármoles y se le consideró favorecida por la fortuna. Sin embargo, en su nueva familia, Bertha siguió siendo leal al amigo de días más humildes; a menudo visitaba la cabaña de mi padre, y cuando se le prohibió venir, se desviaba hacia el bosque cercano y se encontraba conmigo junto a su umbría fuente.

A menudo declaró que no le debía una lealtad a su nueva protectora, igual de sagrada a la que nos unía a nosotros. No obstante, yo seguía siendo demasiado pobre para casarme, y ella se cansó de verse atormentada por mi culpa. Tenía un espíritu altanero pero impaciente, y se encolerizó por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos encontrábamos después de un periodo de ausencia, y ella había estado profundamente molesta mientras yo me encontré lejos; se quejó con amargura y casi me reprochó el ser pobre. Yo me apresuré a responder:

—¡Aunque pobre, soy honesto! ¡Si no, pronto podría ser rico!

Esta exclamación provocó mil preguntas. Temí asustarla contándole la verdad, mas logró sacármela; y entonces, lanzándome una mirada de desdén, dijo:

—¡Dices amarme, pero temes enfrentarte al Diablo por mí!

Protesté que sólo había temido ofenderla, pero ella siguió pensando en la magnitud del premio que recibiría. Así animado, humillado por ella, empujado por el amor y la esperanza, riéndome de mis últimos temores, con pasos rápidos y corazón ligero, regresé a aceptar la oferta del alquimista y al instante me instalé en mi puesto.

Pasó un año. Me convertí en poseedor de una considerable cantidad de dinero. La costumbre había desterrado mis temores. A pesar de la más dolorosa vigilancia, jamás había detectado rastro de un pie satánico, ni el estudioso silencio de nuestra morada se vio perturbado alguna vez por un aullido demoníaco. Aún mantenía mis citas robadas con Bertha, y la esperanza vivía en mí, pero no el gozo perfecto, pues Bertha imaginaba que el amor y la seguridad eran enemigos, y su placer era el de dividirlos en mi pecho. Aunque de corazón leal, tenía una naturaleza algo coqueta, y yo era celoso como un turco. Me menospreciaba de mil maneras, aunque jamás reconocía estar equivocada. Me enloquecía de ira, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces manifestaba que yo no era demasiado sumiso, y entonces me contaba alguna historia de un rival, favorito de su protectora. Estaba rodeada por jóvenes vestidos con seda —ricos y despreocupados—, ¿qué posibilidad tenía el humilde aprendiz de Cornelius comparado con ellos?

En una ocasión, el filósofo me exigió tanto tiempo personal que fui incapaz de reunirme con ella tal como era mi deseo. Éste se hallaba ocupado en un importante trabajo y yo me vi obligado a quedarme, día y noche, alimentando sus hornos y vigilando sus preparados químicos. Bertha me aguardó en vano junto a la fuente. Su altivo espíritu se encendió ante mi descuido, y cuando por fin logré escaparme durante los pocos minutos que se me concedían para dormir, esperando consolarla, me recibió con desdén, me despidió con desprecio y juró que cualquier hombre poseería su mano en lugar de aquel que no podía estar en dos lugares al mismo tiempo por su amor. ¡Sería vengada! Y en verdad que lo fue. En mi sucio refugio oí que había ido de caza en compañía de Albert Hoffer. Éste tenía el favor de su protectora, y los tres pasaron montados en sus caballos delante de mi humeante ventana. Me pareció que mencionaban mi nombre, seguido por una risa despectiva mientras sus oscuros ojos se alzaban con menosprecio hacia mi morada.

Los celos, con todo su veneno y su miseria, entraron en mi pecho. Derramé un torrente de lágrimas al pensar que jamás la llamaría mía, y lancé mil maldiciones a su inconstancia. No obstante, aún tuve que avivar los fuegos del alquimista y atender los cambios de sus ininteligibles medicinas.

Cornelius había guardado vigilia durante tres días y tres noches, sin cerrar nunca los ojos. El progreso de sus alambiques era más lento de lo que esperaba: a pesar de su ansiedad, el sueño le pesaba en los párpados. Una y otra vez hacía a un lado la somnolencia con energía más que humana; una y otra vez penetraba en sus sentidos. Observó sus crisoles con añoranza.

—Todavía no están listos —murmuró—; ¿ha de transcurrir otra noche antes de que el trabajo esté conseguido? Winzy, tú eres vigilante, eres leal... tú has dormido, muchacho, tú has dormido anoche. Mira ese frasco de cristal. El líquido que contiene es de un rosa pálido, en el momento en que su tonalidad cambie, despiértame; hasta ese momento podré cerrar los ojos. Primero se volverá blanco, y luego emitirá destellos dorados, pero no aguardes hasta entonces. Cuando el rosa se desvanezca, levántame.

Apenas oí las últimas palabras, ya que habían sido musitadas casi en sueño. Y aun así no cedió del todo ante la naturaleza.

—Winzy, muchacho —repitió—, no toques el frasco... no te lo lleves a los labios; es un filtro... un filtro para curar el amor; tú no quieres dejar de amar a tu Bertha... ¡cuídate de beberlo!

Y durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho, y oí débilmente su respiración regular. Durante unos minutos observé el frasco; la tonalidad rosada del líquido permaneció inalterada. Luego, mis pensamientos vagaron: visitaron la fuente y repasaron mil escenas encantadoras que jamás serían renovadas... ¡jamás! Víboras y culebras se cobijaban en mi corazón mientras la palabra “¡jamás!” se formaba a medias en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y cruel! Nunca más me sonreiría como le sonrió aquella noche a Albert. ¡Mujer despreciable, detestable! No me quedaría sin ser vengado, vería morir a Albert a sus pies, ella moriría también bajo mi venganza. Había sonreído con desdén y triunfo, sabía de mi desgracia y de su poder. Sin embargo, ¿qué poder poseía? El de estimular mi odio, mi absoluto desprecio, mi... ¡oh, todo menos mi indiferencia! Si tan sólo pudiera conseguir eso, mirarla con ojos indiferentes, transfiriendo mi amor rechazado a una mujer más hermosa y más leal, ¡eso sí que sería una victoria!

Un relámpago brillante surgió ante mis ojos. Había olvidado la medicina del adepto; la miré maravillado: relámpagos de admirable belleza, más brillantes que los destellos que emite un diamante cuando se posan los rayos del sol en él, salían de la superficie del líquido, un olor de lo más fragante y grato invadió mi olfato; el frasco parecía un globo de brillo vivo, adorable al ojo y de lo más invitador al paladar. El primer pensamiento que tuve, inspirado por los sentidos menos nobles, fue: “beberé... debo beber”. Alcé el frasco a los labios.

—¡Me curará del amor, de la tortura!

Ya había vaciado la mitad del licor más delicioso que jamás hubiera probado un paladar humano cuando el filósofo se agitó. Me sobresalté y dejé caer el frasco de cristal: el líquido llameó y danzo sobre el suelo mientras yo sentía la mano de Cornelius en mi cuello al tiempo que gritaba:

—¡Desgraciado! ¡Has destruido el trabajo de mi vida!

El filósofo ignoraba que yo hubiera bebido algo de su droga. Creía, con mi asentimiento tácito, que había levantado el frasco por curiosidad y, asustado por su brillo y los destellos de intensa luz que emitía, lo había dejado caer. Nunca le saqué de su engaño. El fuego de la medicina estaba apagado, la fragancia desapareció... y él se calmó, como todo filosofo bajo la prueba más dura, y me mandó a descansar.

No intentaré describir el sueño de gloria y felicidad que bañó mi alma en el paraíso durante las restantes horas de aquella noche memorable. Las palabras serían opacas y huecas para explicar mi gozo o la alegría que dominaba mi pecho cuando desperté. Caminaba en el aire... mis pensamientos moraban en el cielo. La tierra parecía el cielo, y mi herencia en ella era la de un trance de júbilo.

“Esto es estar curado del amor —pensé—. Veré a Bertha hoy y encontrará a su amor frío y distante; demasiado feliz para ser desdeñoso, ¡pero terriblemente indiferente hacia ella!”.

Las horas transcurrieron rápidamente. El filósofo, seguro de que había tenido éxito en una ocasión y creyendo que podría tenerlo de nuevo, comenzó a mezclar la misma medicina una vez más.

Se encerró con sus libros y drogas, y yo disfruté de vacaciones. Me vestí con esmero, me miré en un viejo pero bruñido escudo que me sirvió de espejo. Creí que mi apariencia había mejorado de manera maravillosa. Me apresuré a salir de los límites de la ciudad, con el alma bañada por el júbilo y rodeado por la belleza del cielo y de la tierra. Encamine mis pasos haca el castillo, y ya podía ver sus altas torreras con corazón ligero, pues estaba curado del amor. Mi Bertha me vio lejos mientras subía por la avenida. No supe qué impulso súbito animó su pecho, pero al verme bajó con la agilidad de un fauno por las escaleras de mármol y corrió hacia mí. Sin embargo, otra persona me había observado. La vieja bruja de noble cuna, esa que se llamaba su protectora, y que era su tirana, también me había visto. Cojeó, jadeante, terraza arriba, mientras un paje, tan feo como ella, la ayudaba y la abanicaba mientras avanzaba, y detuvo a mi hermosa niña con las siguientes palabras:

—¿Adónde vas, mi intrépida señora, adonde con tantas prisas? De regreso a tu jaula, ¡los halcones andan sueltos!

Bertha juntó las manos, con los ojos aún clavados en mi silueta cada vez más próxima. Vi el enfrentamiento. Cuánto odié a la vieja bruja que frenaba los amables impulsos del suavizado corazón de mi Bertha. Hasta ahora, el respeto por su posición social me había hecho evitar el castillo de la anciana dama; en esta ocasión desdeñé tales consideraciones triviales. Estaba curado del amor y elevado por encima de todos los temores humanos. Aceleré el paso, y pronto llegué a la terraza. ¡Qué hermosa se veía Bertha! Sus ojos lanzaban llamas, las mejillas le brillaban con impaciencia y furia, estaba mil veces más encantadora y grácil que nunca. Yo ya no la amaba. ¡Oh, no! ¡La adoraba, la idolatraba!

Aquella mañana había sido hostigada con algo más que la vehemencia habitual para que consintiera en un matrimonio inmediato con mi rival. Se le reprochó el aliento que le había mostrado, y se la amenazó con echarla en desgracia y humillación. Ante esa amenaza, su orgulloso espíritu se sublevó; pero cuando recordó el desdén con que me había tratado y cómo, quizá, de esa manera había perdido a la única persona que ahora consideraba su único amigo, lloró con remordimiento y con furia. En ese momento aparecí yo.

—¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a la cabaña de tu madre; rápido, deja que abandone los lujos odiados y la perfidia de esta noble morada, llévame a la pobreza y la felicidad.

La abracé con arrebato. La vieja dama estaba muda de ira, y comenzó a soltar imprecaciones cuando nos encontramos ya de camino hacia mi casa natal. Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, que había escapado de una jaula de oro en busca de la naturaleza y la libertad, con ternura y júbilo; mi padre, que la amaba, le dio una calurosa bienvenida. Fue un día de gozo que no necesito la adición de la poción celestial del alquimista para sumirme en el deleite.

Poco después de aquel memorable día, me convertí en el marido de Bertha. Dejé de ser el alumno de Cornelius, pero seguí siendo su amigo. Siempre sentí gratitud hacia él por haberme conseguido, aunque involuntariamente, esa espléndida pócima de un elixir divino, que, en vez de curarme del amor (¡triste cura!, solitario e infeliz remedio para males que parecen bendiciones al recuerdo), me había inspirado valor y decisión, haciéndome ganar un inestimable tesoro en la persona de mi Bertha.

A menudo recordaba maravillado ese periodo embriagador casi de trance. La bebida de Cornelius no había cumplido la misión para la que él afirmaba que había sido preparada, pero sus efectos eran más potentes y felices de lo que pueden expresar las palabras. Poco a poco habían pasado, aunque aún permanecían, y coloreaban la vida con tonalidades de esplendor. A menudo Bertha se preguntaba por mi ligereza de corazón y mi inusual júbilo, ya que antes yo había sido más bien de disposición seria, incluso triste. Me amaba más por mi temperamento vivaz, y nuestros días estuvieron en alas de la alegría.

Cinco años después fui llamado repentinamente al lecho del moribundo Cornelius. Me había mandado buscar, solicitando mi presencia inmediata. Le encontré tumbado en su camastro, debilitado hasta la muerte. La vida que aún le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban clavados en un frasco de cristal, lleno con un líquido rosado.

—¡Mira —dijo, con voz rota y remota— la vanidad de los deseos humanos! Por segunda vez mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas, y por segunda vez fueron destruidas. Mira ese licor... ¿recuerdas que hace cinco años también lo preparé con el mismo éxito? Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban probar el elixir de la inmortalidad... ¡tú me lo quitaste! Y ahora ya es demasiado tarde.

Habló con dificultad, y volvió a caer sobre la almohada. No pude evitar preguntar:

—¿Cómo, reverendo maestro, puede una cura para el amor restaurar la vida?

Una débil sonrisa le iluminó la cara mientras escuchaba con atención su respuesta apenas inteligible.

—Una cura para el amor y para todas las cosas: el elixir de la inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beber, viviría para siempre!

Mientras hablaba, el líquido lanzó un destello dorado: una fragancia que recordaba perfectamente inundó la atmósfera. Cornelius se incorporó, débil como estaba —la fuerza pareció invadir milagrosamente su cuerpo—, alargó la mano... una explosión sonora me sobresaltó. ¡Una lengua de fuego salió disparada del elixir y el frasco de cristal que lo contenía quedó reducido a átomos! Giré los ojos hacia el filósofo; había vuelto a echarse: tenía los ojos vidriosos, las facciones rígidas... ¡estaba muerto!

¡Pero yo vivía, y viviría para siempre! Eso dijo el desafortunado alquimista, y durante unos días creí sus palabras. Recordé la gloriosa ebriedad que había seguido a la pócima que tomé. Reflexioné en el cambio que había sentido en mi cuerpo... en mi alma. La extraordinaria elasticidad del primero, la vigorosa ligereza de la segunda. Me observé en un espejo y no pude percibir ningún cambio en mis facciones en el periodo de cinco años que había transcurrido. Recordé los colores radiantes y el grato aroma de aquella pócima deliciosa: era valioso el don que concedía. Entonces, ¡yo era inmortal!

Unos pocos días después me reí de mi credulidad. El viejo proverbio de que “uno no es profeta en su propia tierra” era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Lo amé como hombre y lo respeté como sabio, pero despreciaba la noción de que podía dominar los poderes de la oscuridad, y me reí de los temores supersticiosos con que lo contemplaba el vulgo. Era un filósofo sabio, pero no tenía relación alguna con ningún espíritu salvo los de carne y hueso. Su ciencia era, sencillamente, humana; y la ciencia humana, pronto me convencí a mí mismo, jamás sería capaz de conquistar las leyes de la naturaleza, hasta llegar a aprisionar el alma para siempre en su morada carnal. Cornelius había preparado un brebaje que tonificaba el alma —más embriagador que el vino— más dulce y aromático que cualquier fruta: probablemente poseía fuertes poderes medicinales que impartían júbilo al corazón y vigor a las extremidades, pero sus efectos pasarían... ya estaban disminuyendo en mi cuerpo. Yo era afortunado por haber bebido salud y gozo, y quizá larga vida, de manos de mi maestro, pero mi suerte terminaba ahí. La longevidad era bastante diferente de la inmortalidad.

Seguí manteniendo esa creencia durante muchos años. A veces me invadía un pensamiento... ¿De verdad había estado engañado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que me encontraría con el destino de los hijos de Adán a su debido tiempo... quizá un poco más tarde, pero a una edad natural. No obstante, no cabía duda de que mantenía un aspecto maravillosamente juvenil. Se reían de mí por mi vanidad de consultar el espejo tan a menudo, pero lo consultaba en vano: mi frente permanecía sin arrugas, mis mejillas, mis ojos, toda mi persona continuaba tan impecable como en mi vigésimo cumpleaños.

Me sentí atribulado. Miraba la belleza desvanecida de Bertha... más bien parecía su hijo. Poco a poco nuestros vecinos comenzaron a realizar observaciones similares, y al final descubrí que se me conocía por el nombre de El sabio encantado. La misma Bertha empezó a sentirse inquieta. Se volvió celosa e irritable, y por último empezó a cuestionarme. No teníamos hijos; estábamos solos los dos. Y aunque a medida que envejecía, su espíritu vivaz se tornaba un poco malhumorado, y su belleza disminuía tristemente, yo la amaba en mi corazón como la amante que había idolatrado, la esposa que había buscado y ganado con un amor tan perfecto.

Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable. Bertha tenía cincuenta años... yo veinte. Con vergüenza, yo había adoptado en cierta medida los hábitos de una edad más avanzada. En el baile ya no me mezclaba con los jóvenes y alegres, sino que mi corazón se unía a ellos mientras contenía los pies, y me convertí en una penosa figura entre los jóvenes de nuestra villa. Pero antes del tiempo que ahora menciono, las cosas se vieron alteradas y nos encontramos universalmente aislados. Se decía que nosotros —al menos yo— habíamos mantenido una relación perversa con alguno de los supuestos amigos de mi antiguo maestro. Sentían pena por la pobre Bertha, pero la abandonaron. A mí se me observó con horror y odio.

¿Qué debía hacer? Nos sentábamos delante del fuego invernal: la pobreza se había hecho sentir, pues nadie compraba los productos de mi granja, y a menudo me había visto obligado a viajar treinta kilómetros hasta algún lugar donde no era conocido para venderlos. Es verdad que habíamos ahorrado algo para un día aciago... y ese día había llegado.

Nos sentábamos junto a nuestro solitario fuego invernal: el joven de corazón viejo y su vieja esposa. Una vez más, Bertha insistió en conocer la verdad; rememoró todo lo que había oído decir acerca de mí, y añadió sus propias observaciones. Me invocó a soltar el hechizo; describió cuánto más hermoso era el cabello cano que mis rizos castaños; habló sobre el respeto y el honor que se ganaban con la edad... cuán preferibles a la poca consideración que se le prestaba a los jóvenes: ¿es que yo imaginaba que los despreciables dones de la juventud y la buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desdén? No, al final se me quemaría como un practicante del arte negro, mientras que ella, a quien no me había dignado comunicarle ni una parte de mi buena fortuna, podría ser lapidada como cómplice mía. Por último, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los mismos beneficios de los que yo disfrutaba, de lo contrario, me denunciaría... Entonces prorrumpió en lágrimas.

Así, acosado, consideré mejor contar la verdad. Se la revelé con toda la ternura que fui capaz de mostrar, y sólo hablé de una vida muy larga, no de inmortalidad... representación que, por cierto, coincidía más con mis propias ideas. Cuando finalicé, me levanté y dije:

—Y ahora, Bertha mía, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tú debas sufrir por mi mala suerte y las malditas artes de Cornelius. Te dejaré; tienes suficientes riquezas, y los amigos regresaran con mi ausencia. Me iré, joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el sustento entre extraños, desconocido y sin despertar sospechas. Te amé en la juventud; Dios es testigo de que no te abandonaría en la vejez, pero tu segundad y felicidad así, lo requieren.

Cogí la gorra y me dirigí hacia la puerta. Al instante los brazos de Bertha me rodearon el cuello y presionó los labios contra los míos.

—No, esposo mío, mi Winzy —dijo—. No te irás solo... llévame contigo. Nos iremos de este lugar y, como tú afirmas, entre extraños pasaremos desapercibidos y estaremos seguros. No soy tan vieja como para avergonzarte, mi Winzy, y me atrevo a decir que el hechizo pasará pronto, y, con la bendición de Dios, adquirirás un aspecto mayor, como es lo correcto. No me dejarás.

Devolví el abrazo con calor.

—No lo haré, mi Bertha. Sólo por tu bien había pensado en algo semejante. Seré tu esposo leal y fiel mientras estés conmigo, y cumpliré con mi deber hacia ti hasta el último momento.

Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra partida. Nos vimos obligados a realizar grandes sacrificios pecuniarios... no pudo evitarse. Por último, conseguimos una cantidad suficiente para mantenernos, como mínimo, mientras Bertha viviera; y, sin despedirnos de nadie, abandonamos nuestro país natal para refugiarnos en un lugar remoto de la Francia occidental.

Fue cruel trasladar a la pobre Bertha de su ciudad natal y de sus viejos amigos a un nuevo país, un nuevo idioma y nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que este traslado fuera insignificante para mí, pero sentí gran compasión por ella, y me alegró ver que encontraba compensación a sus desgracias en una variedad de circunstancias ínfimas y ridículas. Lejos de todos los chismosos, se afanó por reducir la aparente disparidad de nuestras edades con mil artes femeninas: maquillaje, vestidos juveniles y vivacidad de modales. No podía enfadarme: ¿acaso yo mismo no llevaba una máscara? ¿Por qué irritarme con la de ella por tener menos éxito? Me afligió profundamente recordar que ésta era mi Bertha, a quien tanto había amado y a quien había ganado con tanto arrebato: la joven de ojos y cabello oscuros, con sonrisas de encantadora astucia y paso de fauno... esta anciana remilgada, bobalicona y celosa. Debía haber reverenciado sus rizos grises y mejillas marchitas, ¡pero esto! Era mi obra, lo sabía, pero no por ello deploraba menos esta clase de debilidad humana.

Sus celos jamás descansaban. Su principal ocupación era descubrir que a pesar de la apariencia exterior yo mismo envejecía. Sinceramente, creo que la pobre alma me amaba de verdad en su corazón, pero jamás una mujer tuvo una manera más atormentadora de expresar afecto. Veía arrugas en mi cara y decrepitud en mi andar, mientras que yo marchaba con vigor juvenil, siendo el más joven de entre los jóvenes. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, imaginando que la bella del poblado me contemplaba con ojos de aceptación, me compró una peluca gris. Su discurso constante entre sus conocidos era que aunque yo parecía tan joven, mi cuerpo estaba enfermo. Y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y que debía estar preparado constantemente, si no para una muerte súbita y terrible, al menos sí para despertar una mañana con el pelo cano, y encorvado con todas las marcas de los años avanzados. Sus advertencias se mezclaban con mis interminables especulaciones respecto a mi extraño estado, y adquirí un vivo interés, aunque doloroso, en escuchar todo lo que su rápida inteligencia y excitada imaginación podían decir sobre el tema.

¿Por qué seguir con estas nimias circunstancias? Vivimos durante muchos y largos años. Bertha tuvo que permanecer en cama por una parálisis: la cuidé como una madre lo haría con su hija. Se tornó irritable y aún seguía obsesionada con el tiempo que yo la sobreviviría. Siempre ha sido una fuente de consuelo para mí el hecho de que realicé mi deber con escrupulosidad hacia ella. Había sido mía en la juventud, y era mía en la vejez, y por fin, cuando la cubrí con la mortaja, llore al sentir que había perdido todo lo que de verdad me unía a la humanidad...

Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y aflicciones y cuán pocos y vados mis gozos! Me detengo aquí en mi historia, no continuaré más. Un marinero sin timón o compás arrojado a un mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo, sin hito o estrella para guiarle... ése he sido yo, pero más perdido y desvalido que ellos. A éstos podría salvarlos un barco que se acerca o una cabaña lejana, pero yo no tengo ningún faro, excepto la esperanza de la muerte.

¡Muerte! ¡Misteriosa amiga de cara lúgubre de la débil humanidad! ¿Por qué a mí, de entre todos los mortales, has apartado de tu abrazo protector?

¡Oh, por la paz de la tumba, el silencio del féretro, deja de trabajar en mi cerebro y que mi corazón no lata más con emociones afectadas sólo por diversas formas de tristeza!

¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En primer lugar, ¿no es más probable que la pócima del alquimista tuviera más bien longevidad que vida eterna? Tal es mi esperanza. Y ha de recordarse que sólo bebí la mitad de la poción. ¿No era necesaria la totalidad para completar el encantamiento? Haber bebido la mitad del elixir de la inmortalidad sólo es ser medio inmortal; así, mi siempre se ve truncado y anulado.

Pero, una vez más, ¿quién es capaz de numerar los años de media eternidad? A menudo trato de imaginar por qué regla puede dividirse el infinito. A veces tengo la fantasía de que los años caen sobre mí. He encontrado una cana. ¡Necio! ¿Me lamento? Sí, a menudo el temor de la edad y la muerte reptan fríamente en mi corazón; y, cuanto más vivo, más temo a la muerte, aunque aborrezca la vida. Ese enigma es el hombre nacido para perecer, cuando lucha, como yo, contra las establecidas leyes de su naturaleza.

Pero seguro que por esta anomalía de sentimiento quizá muera: la medicina del alquimista no será resistente al fuego, a la espada o a las asfixiantes aguas. He mirado las azules profundidades de muchos lagos plácidos, y el tumultuoso torrente de muchos ríos poderosos, y he dicho: la paz mora en esas aguas. Sin embargo, me he alejado de allí para vivir un día más. Me he preguntado si el suicidio sería un crimen para alguien al que sólo de esa manera se le abrirían los portales del otro mundo. He hecho todo, salvo presentarme como soldado o duelista, un objeto de destrucción para mis... no, no mis compañeros mortales, razón por la que lo he evitado. No son mis compañeros. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo, y su efímera existencia, nos separa como los polos. No podría alzar una mano contra el más débil de los más poderosos de entre ellos.

De este modo he vivido durante muchos años, solo y cansado de mí mismo, deseoso de la muerte, pero sin morir jamás, un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden invadir mi mente, y el amor ardiente que roe mi corazón jamás será devuelto, jamás encontrará un igual en quien abrasarse... vive sólo para atormentarme.

Hoy he ideado un plan con el que tal vez acabe con todo, sin la autodestrucción y sin hacer de otro hombre un Caín; una expedición a la que ningún cuerpo mortal podrá sobrevivir, incluso imbuido con la juventud y fuerza que habitan en mí. Así atacaré mi inmortalidad y descansaré para siempre... o retornaré para ser la maravilla y benefactor de la especie humana.

Antes de partir, una miserable vanidad me ha hecho escribir estas páginas. No moriré sin dejar un nombre atrás. Tres siglos han pasado desde que bebiera la fatal poción. No transcurrirá otro año antes de que, encontrando gigantescos peligros, luchando con los poderes de la helada en su propio terreno, asolado por el hambre y la tempestad, entregue este cuerpo, una jaula demasiado tenaz para uno que anhela la libertad, a los elementos destructivos del aire y el agua... o, si sobrevivo, mi nombre será grabado como uno de los más famosos entre los hijos de los hombres. Y, una vez conseguido mi objetivo, adoptaré unos medios más decisivos y, esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi cuerpo, liberaré la vida aprisionada en su interior, tan cruelmente frenada para partir de esta sombría tierra a una esfera más afín con su esencia inmortal.

Roger Dodsworth: el inglés reanimado

Quizá se recuerde que el cuatro de julio pasado apareció un párrafo en los periódicos indicando que el doctor Hotham, de Northumberland, cuando regresaba hace unos veinte años de Italia, sacó de debajo de una avalancha en el Monte St. Gothard, en las proximidades de la montaña, a un ser humano cuya animación había sido suspendida por la acción de las bajas temperaturas. Al aplicársele los remedios habituales, el paciente fue resucitado para descubrirse que se trataba del señor Dodsworth, hijo del anticuario Dodsworth, que falleció en el reinado de Carlos I. Tenía treinta y siete años de edad en el momento de su inhumación, que había tenido lugar durante su regreso de Italia en 1654. Se añadió que, tan pronto como se hubiera recuperado lo suficiente, volvería a Inglaterra bajo la protección de su salvador. Desde entonces no hemos oído hablar más de él, y varias iniciativas para el interés público, que se habían iniciado en mentes filantrópicas al leer la noticia, ya han retornado a su prístina nada. La sociedad de anticuarios se había abierto camino a varios votos de medallas, y ya había comenzado, en idea, a considerar qué precios podía permitirse ofrecerle al señor Dodsworth por sus viejas ropas y a conjeturar qué tesoros en cuanto a panfletos, canciones antiguas o cartas manuscritas podían contener sus bolsillos. Desde todos los puntos se empezaron a escribir poemas de todas las clases, elegiacos, congratulatorios, burlescos y alegóricos. En favor de dicha información auténtica, el señor Godwin había suspendido la historia de la Commonwelth que acababa de iniciar. Es duro no sólo que el mundo se vea privado de esos destinados dones de los talentos del país, sino también que se le prometa y luego se le niegue un nuevo tema de romántica maravilla e interés científico. Una idea novel vale mucho en la rutina corriente de la vida, pero un hecho nuevo, un milagro, una desviación del curso palpable de las cosas hacia la aparente imposibilidad es una circunstancia a la cual la imaginación debe aferrarse con deleite, y de nuevo repetimos que es duro, muy duro, que el señor Dodsworth se niegue a aparecer, y que los creyentes en su resurrección se vean obligados a soportar los sarcasmos y argumentos triunfalistas de aquellos escépticos que siempre se mantienen del lado seguro de la barrera.

Ahora bien, nosotros no creemos que haya ninguna contradicción o imposibilidad unida a las aventuras de esta joven reliquia. La animación (creo que los fisiólogos se muestran de acuerdo) se puede suspender con facilidad durante unos cien o doscientos años, o unos pocos segundos. Un cuerpo herméticamente sellado por la helada se ve, por necesidad, preservado en su primitiva totalidad. No se le puede añadir nada o quitarle algo a aquello que se halla absolutamente aislado de la acción de un agente exterior: no puede acontecer ninguna descomposición, pues algo jamás se puede volver nada. Bajo la influencia de ese estado que nosotros llamamos muerte, el cambio, mas no la aniquilación, nos quita de la vista el mundo corpóreo, la tierra recibe sustento de él, el aire se alimenta de él, cada elemento toma lo suyo, forzando así el pago de lo que ha prestado. Sin embargo, los elementos que flotaban sobre la helada mortaja del que nunca podría escapar un aliento. Y entonces se le liberó, la tenebrosa sombra fue desterrada para su propia perplejidad. Su víctima se había quitado el gélido hechizo y se levanta un hombre tan perfecto como el que se tumbó hace ciento cincuenta años. Con ansiedad hemos deseado que se nos comunicaran algunos detalles de sus primeras conversaciones y la manera en que ha aprendido a adaptarse a su nuevo escenario de vida. Pero como se nos niegan los hechos, permítasenos esbozar una conjetura. Se puede adivinar cuáles fueron sus primeras palabras de las expresiones usadas por las personas expuestas a accidentes más cortos de similar naturaleza. Pero a medida que recupera toda su capacidad, la trama se hace más densa. Su ropa ya ha estimulado el asombro del doctor Hotham: la barba puntiaguda, los rizos sobre la frente, que, hasta que se descongeló, se mantenían rígidos bajo la influencia de la escarcha y la helada; su traje hecho como el de los retratos de Van Dyck, o (una similitud más familiar) como el disfraz del señor Sapio en Winters Opera of the Oracle, sus zapatos en punta... todo hablaba de otra época. La curiosidad del salvador le descubrió que el señor Dodsworth estaba a punto de despertar. Mas para ser capaces de conjeturar con cierto grado de veracidad el rumbo de sus primeras preguntas, hemos de esforzarnos por descifrar qué papel desempeñó en su vida anterior. Vivió en el periodo más interesante de la historia inglesa: se hallaba perdido al mundo cuando Oliver Cromwell ya había alcanzado la cúspide de su ambición, y a los ojos de Europa entera, la Commonwealth de Inglaterra parecía tan establecida como para durar toda la eternidad. Carlos I estaba muerto; Carlos II era un proscrito, un mendigo, pobre incluso, en esperanzas. El padre del señor Dodsworth, el anticuario, recibía un salario del general republicano, lord Fairfax, un gran amante de las antigüedades, y murió el mismo año en que su hijo se sumió en ese sueño largo pero no definitivo... una curiosa coincidencia ésta, pues da la impresión de que nuestro amigo preservado por el frío regresaba a Inglaterra cuando murió su padre, para, probablemente, reclamar su herencia. ¡Cuán efímeros son los puntos de vista humanos! ¿Dónde se encuentra ahora el patrimonio del señor Dodsworth?

¿Dónde sus coherederos, sus albaceas y legatarios? Su prolongada ausencia, suponemos, ha proporcionado a los actuales poseedores de sus propiedades; la cronología del mundo es ciento setenta años más vieja desde que él abandonara la escena, mano tras mano ha arado sus acres, convirtiéndose luego en más terrones de tierra; se nos puede permitir dudar si una sola partícula de su superficie es individualmente la misma que aquellas que iban a ser suyas... la misma tierra joven rechazaría la antigua reliquia de su reclamador. El señor Dodsworth, si podemos juzgarlo por la circunstancia de que se encontrara en el extranjero, no era un celoso hombre de la Commonwealth; no obstante, haber elegido Italia como el país a visitar y su proyectado retorno a Inglaterra a la muerte de su padre, torna probable que no fuera un violento colono leal a Gran Bretaña. Sí parece ser (o haber sido) uno de esos hombres que no seguían los consejos de Catón como están registrados en la Farsalia; un grupo, si el no pertenecer a grupo alguno admite semejante término, que Dante nos recomienda despreciar por completo, y que en no pocas ocasiones cae entre los dos taburetes, asiento que se evita con sumo cuidado. Sin embargo, el señor Dodsworth apenas podía dejar de sentirse ansioso por las últimas noticias procedentes de su país natal en un periodo tan crítico; su ausencia podría haber puesto en gran peligro su propia propiedad; por lo tanto, podemos imaginar que una vez que sus miembros hubieron sentido el gozoso regreso de la circulación, y después de haberse estimulado con tales productos de la tierra como jamás hubiera podido esperar vivir para comer, una vez que se le hubiera informado de qué peligro había sido rescatado y haber dicho una oración que incluso le pareció enormemente larga al doctor Hotham, podemos imaginar, repito, que su primera pregunta habría sido:

—¿Ha llegado últimamente alguna noticia de Inglaterra?

—Recibí cartas ayer —bien se puede presumir que fue la respuesta del doctor Hotham.

—¡De verdad! —exclama el señor Dodsworth—. Por favor, señor, ¿ha acontecido algún cambio, para bien o para mal, en ese pobre y confundido país?

El doctor Hotham sospecha la presencia de un radical, y con frialdad contesta:

—Señor mío, sería difícil decir en qué consiste su confusión. La gente habla de fabricantes que se mueren de hambre, bancarrota y de la caída del capital social de las compañías... excrecencias, excrecencias que existirían en un estado de buena salud. De hecho, Inglaterra jamás se ha encontrado en una condición más próspera.

Entonces, el señor Dodsworth sospecha la presencia del republicano, y, con lo que hemos supuesto ser su cautela habitual, oculta durante un rato su lealtad y, con voz moderada, pregunta:

—¿Nuestros gobernantes miran con ojos descuidados los síntomas del exceso de salud?

—Nuestros gobernantes —responde su salvador—, si se refiere a nuestro ministro, se encuentran demasiado vivos para la turbación temporal —(Pedimos el perdón del doctor Hotham si le ofendemos convirtiéndole en un Tory; tal cualidad corresponde a nuestro entendimiento puro y anticipado de un doctor, y tal es el único conocimiento que poseemos de este caballero)—. Sería deseable que se mostraran más firmes... ¡el rey, Dios le bendiga!

—¡Señor! —exclama el señor Dodsworth.

El doctor Hotham continúa, sin darse cuenta del excesivo asombro exhibido por su paciente.

—El rey, Dios le bendiga, dedica sumas inmensas de su dinero personal para la ayuda de sus súbditos, y su ejemplo ha sido imitado por toda la aristocracia y clase alta de Inglaterra.

—¡El rey! —exclama el señor Dodsworth.

—Sí, señor —responde con énfasis su salvador—, el rey, y me siento feliz de decir que los prejuicios que tan desgraciada e inmerecidamente poseían los ingleses con respecto a Su Majestad ahora han sido transformados, con la excepción de unos despreciables ejemplos —con añadida severidad—, en un amor respetuoso y la reverencia que merecen sus talentos, virtudes y amor paternal.

—Querido señor, usted me divierte —replica el señor Dodsworth, mientras su lealtad, últimamente sólo un capullo, de repente florece por completo—; sin embargo, no consigo comprenderlo. El cambio es tan súbito, y el hombre, Carlos Estuardo, ahora puedo llamarlo Carlos I, ¿confío en que su asesinato haya sido condenado como se merece?

El doctor Hotham le toma el pulso al paciente... temía un acceso de delirio debido a semejante desviación del tema. Era regular y tranquilo, y el señor Dodsworth continuó:

—Ese infortunado mártir que nos mira desde el cielo esta, espero, aplacado por la reverencia que se le tributa a su nombre y las plegarias dedicadas a su recuerdo. ¿Ningún sentimiento, creo que puedo aventurarme a afirmar, está tan generalizado en Inglaterra como la compasión y el amor en que se tiene la memoria de ese desventurado monarca? ¿Y su hijo, que reina ahora?

—Seguro, señor, que lo habéis olvidado. Ningún hijo; eso, por supuesto, es imposible. Ningún descendiente suyo está en el trono inglés, ocupado ahora con todo merecimiento por la casa de Hanover. La despreciable raza de los Estuardo, hace tiempo proscrita y perdida, ya está extinta, y los últimos días del último pretendiente a la corona de esa familia justificaron a los ojos del mundo la sentencia que lo echó para siempre del reino.

Ésas debieron haber sido las primeras lecciones en política del señor Dodsworth. Pronto, para asombro del salvador y del salvado, el verdadero estado del caso debió haber sido revelado. Durante un tiempo, la extraña y tremenda circunstancia de su largo trance puede haber amenazado la pérdida total de cordura del señor Dodsworth. Mientras atravesaba el Monte St. Gothard, había lamentado la muerte de un padre... y ahora todo ser humano que había visto alguna vez se hallaba bajo tierra, convertido en polvo, cada voz que había oído estaba silenciosa. El mismo sonido de la lengua inglesa ha cambiado, tal como le informa su experiencia en conversación con el doctor Hotham. Los imperios, las religiones, las razas de hombres probablemente han surgido y desaparecido; su propio patrimonio (el pensamiento resulta ocioso; no obstante, sin él, ¿cómo podría vivir?) se ha hundido en el voraz abismo que se abre codicioso para tragarse el pasado; sus conocimientos y sus logros casi seguro que son obsoletos; con sonrisa amarga piensa: “He de volcarme en la profesión de mi padre y convertirme en un anticuario. Los familiares objetos, pensamientos y hábitos de mi niñez ahora son antigüedades”. Se pregunta dónde están ahora los ciento sesenta volúmenes de folios manuscritos que su padre había compilado, y que él, siendo muchacho, contemplaba con reverencia. ¿Dónde... dónde? Dónde su compañero de juegos favorito, el amigo de años posteriores, su destinada y hermosa prometida; las lágrimas largo tiempo heladas entonces se descongelan y fluyen por sus mejillas jóvenes y viejas.

Pero no deseamos ser patéticos. Seguro que desde los días de los patriarcas ningún amante ha lamentado la muerte de su hermosa dama tantos años después de que ésta haya acontecido. La necesidad, tirana del mundo, en cierto sentido reconcilia al señor Dodsworth con su destino. Al principio se convence de que la generación posterior del hombre se encuentra muy deteriorada respecto a sus contemporáneos; no es ni tan alta, ni tan hermosa ni tan inteligente. Luego, poco a poco, comienza a dudar de su primera impresión. Las ideas que se habían apoderado de su mente antes del accidente, y que habían permanecido congeladas tanto tiempo, empiezan a descongelarse y a disolverse, dejando espacio a otras. Se viste al estilo moderno, y no pone mucha objeción a nada salvo el cuello de camisa y el sombrero duro. Admira la textura de sus zapatos y calcetines, y mira con admiración el pequeño reloj de Ginebra, que a menudo consulta, como si aún no estuviera seguro de que el tiempo había avanzado a su manera habitual, y como si en su esfera debiera encontrar una demostración ocular de que había cambiado su treinta y siete cumpleaños por su doscientos y más, y había dejado el 1654 d.C. detrás para encontrarse de repente como un observador de los modos del hombre en este iluminado siglo XIX. Su curiosidad es insaciable; cuando lee, sus ojos no son capaces de transmitir con rapidez a su mente, y muy a menudo se detiene en un pasaje inexplicable, en algún descubrimiento y conocimiento familiares a nosotros, pero ni siquiera soñados en su época, que le dejan maravillado y meditabundo. Ciertamente, se puede suponer que pasa gran parte de su tiempo en ese estado, interrumpiéndose de vez en cuando para cantar una canción monárquica en contra del viejo Noli y los Cabezas Redondas, interrumpiéndose de pronto y mirando a su alrededor con temor para ver quién le está escuchando y, al contemplar la apariencia moderna de su amigo, el doctor, suspira y piensa que ya a nadie le importa si canta una canción de caballeros o un salmo puritano.

Fue una tarea interminable desarrollar todas las ideas filosóficas que, naturalmente, dio a luz la resurrección del señor Dodsworth. Mucho nos gustaría conversar con este caballero, y aún más observar el progreso de su mente y el cambio de sus ideas en una situación tan nueva. Si fuera un joven vivaz, propenso a las exhibiciones del mundo y ajeno a las metas humanas más elevadas, puede proceder de manera sumaria para continuar el camino de su antigua vida, deseando sumirse de inmediato en la corriente de humanidad que fluye ahora. Sería bastante curioso observar los errores que cometería y la mezcolanza de costumbres que ello produciría. Puede pensar en entrar en la vida activa, convertirse en Whig o Tory, según sea su inclinación, y conseguir un asiento en la —incluso para él— una vez llamada capilla de St Stephens. Puede contentarse con convertirse en un filósofo contemplativo y hallar suficiente alimento para su mente en el seguimiento de la marcha del intelecto humano, los cambios que se han labrado en las disposiciones, deseos y capacidades de la humanidad. ¿Será un defensor de la perfección o del deterioro alcanzados? Debe admirar nuestras creaciones, el avance de la ciencia, la difusión del conocimiento y el espíritu vigoroso de empresa característico de nuestros compatriotas. ¿Hallará a algún individuo que pueda compararse con los espíritus gloriosos de su época? Moderado en sus puntos de vista, como le hemos supuesto ser, con toda probabilidad en el acto adoptará ese tono mental temporizador tan de moda ahora. Se sentirá complacido de hallar tranquilidad en la política; admirará mucho el ministerio que ha tenido éxito en reconciliar a casi todos los partidos... en encontrar paz allí donde él dejara enemistad. El mismo carácter que tenía hace doscientos años influirá en él ahora; seguirá siendo el mismo señor Dodsworth moderado, pacífico y no entusiasta que fuera en 1647.

Pues, a pesar de que la educación y las circunstancias pueden bastar para dirigir el tosco material de la mente, no pueden crear ni proporcionar intelecto, aspiraciones nobles y constancia enérgica allí donde implantados por la naturaleza se hallan los objetivos apagados e indecisos y los deseos bastos. Analizando esta creencia, a menudo hemos (olvidando durante un rato al señor Dodsworth) realizado conjeturas sobre cómo actuarían esos héroes de la antigüedad si renacieran en estos días; entonces, la fantasía despertada ha proseguido para imaginar que algunos de ellos sí han renacido; que, según la teoría explicada por Virgilio en el libro sexto de su Eneida, cada mil años los muertos retornan a la vida y sus almas están dotadas con las mismas sensibilidades y capacidades de antes, son arrojadas desnudas de conocimiento a este mundo, de nuevo recubriendo sus esqueletos con las habilidades que la situación, la educación y la experiencia les proporcionen. Se nos dice que Pitágoras recordó muchas transmigraciones de este tipo que le habían sucedido, aunque para ser un filósofo hizo muy poco uso de sus anteriores recuerdos. Resultaría ser una escuela muy útil para reyes y estadistas, y de hecho para todos los seres humanos, llamados para interpretar su papel en el escenario del mundo, si pudieran recordar lo que habían sido. Así, seríamos capaces de obtener una visión del cielo y del infierno mientras, estando el secreto de nuestra anterior identidad confinado en nuestros propios pechos, hiciéramos una mueca o nos exaltáramos en la culpa o alabanzas concedidas a nuestros anteriores “yo”. Mientras que el amor a la gloria y reputación póstuma es tan natural para el hombre como su lazo con la misma vida, éste ha de encontrarse bajo tal estado de cosas temblorosamente vivo a los registros históricos de su honor o vergüenza. El plácido espíritu de Fox se habría visto aliviado por el recuerdo de que había desempeñado una valiosa parre como Marco Antonio... las anteriores experiencias de Alcibíades o incluso del afeminado Steeny de Jacobo I podrían haber hecho que Sheridan se negara a recorrer de nuevo el mismo sendero de asombrosa pero fugaz brillantez. El alma de nuestra moderna Corina se habría visto purificada y exaltada por la conciencia de que una vez le había dado vida a la forma de Safo. Si en la actualidad hubiera un hechizo que hiciera que toda la generación presente recordara que unos diez siglos atrás habían sido otros, ¿no habría muchos de nuestros mártires librepensadores que se maravillarían al descubrir que habían sufrido como cristianos bajo Domiciano, mientras que el juez, al dictar sentencia de repente, se daría cuenta de que en el pasado había condenado a los santos de la Iglesia a la tortura por no renunciar a la religión que él defendía ahora? De esta ordalía sólo saldrían actos benevolentes y verdadero bien. Así como sería caprichoso percibir cómo algunos hombres grandes en asuntos civiles se pavonearían con la conciencia de que sus manos en una ocasión habían sostenido un cetro, un artesano honesto o un criado ladrón descubrirían que se habían visto poco alterados al ser transformados en un noble ocioso o en un director de una compañía; en todos los aspectos podemos suponer que el humilde sería exaltado y que el noble y el orgulloso sentirían que sus estrellas menguaban y no eran más que un juego de niños al rememorar las posiciones bajas que ocuparon una vez. Si las novelas filosóficas estuvieran de moda, imaginamos que se podría escribir una obra excelente sobre el desarrollo de una misma mente en diversos estratos y diferentes periodos de la historia del mundo.

Pero volvamos al señor Dodsworth para ofrecerle unas cuantas palabras de despedida. Ya no le instamos a sepultarse en la oscuridad; o, si declinara modestamente la publicidad, le suplicamos que se nos dé a conocer en persona a nosotros. Tenemos mil preguntas que formularle, dudas que despejar hechos que indagar. Si existe algún temor de que las viejas costumbres y la extrañeza de aspecto le tornaran ridículo ante aquellos habituados a asociarse con exquisitos modernos, le aseguramos que nosotros no somos propensos a ridiculizar la mera apariencia exterior y que la excelencia valiosa e intrínseca siempre obtendrá nuestro respeto.

Decimos esto si el señor Dodsworth se encuentra vivo. Quizá ya no esté entre nosotros. Tal vez abrió los ojos sólo para volver a cerrarlos con más obstinación; quizá su antigua arcilla no podía florecer en las cosechas de estos días. Después de un poco de asombro y temblor al verse como un muerto resucitado, sin hallar afinidad entre su persona y el presente estado de cosas, ha dicho un último y eterno adiós al sol. Seguido a su tumba por su salvador y los atónitos aldeanos, puede que duerma el sueño verdadero de la muerte en el mismo valle donde durante tanto tiempo reposó. Quizá el doctor Hotham haya erigido una simple lápida sobre sus restos dos veces enterrados, donde se lee:

A la memoria de R. Dodsworth

Un inglés Nacido el 1 de abril de 1617

Muerto el 16 de julio de 1826 a la edad de 209 años

Una inscripción que, si quedara preservada durante cualquier convulsión terrible que hiciera que el mundo iniciara de nuevo su vida, provocaría muchas disquisiciones instruidas e ingeniosas teorías sobre una raza que los registros auténticos muestran que se aseguró el privilegio de alcanzar una edad tan amplia.

Ferdinando Eboli

Durante este apacible tiempo de paz, olvidamos con rapidez las tribulaciones y sorprendentes acontecimientos de la última guerra, y los mismos nombres de los conquistadores de Europa empiezan a sonar anticuados a los oídos de nuestros hijos. Aquéllos fueron días más románticos que éstos, pues los cambios causados por la revolución o la invasión estaban llenos de aventura; y los viajeros en aquellos países en que tales escenas tuvieron lugar oyen historias extrañas y maravillosas, cuya verdad tanto se asemeja a la ficción que, mientras nos hallamos inmersos en la narración, jamás le damos crédito implícito al narrador. De esta clase es una historia que oí en Nápoles. Los avatares de la guerra quizá no influyeron en sus actores; sin embargo, parece improbable que cualquier circunstancia tan alejada de la rutina habitual pudiera haber acaecido bajo la deslumbrante luz diurna que la paz derrama sobre el mundo.

Cuando Murat, entonces llamado Gioacchino, rey de Nápoles, levantó a sus regimientos italianos, varios jóvenes nobles, que antes se dedicaban a la cosecha de la vid, se vieron inspirados con el amor por las armas y se presentaron como candidatos a los honores militares. Entre ellos se hallaba el joven Conde Eboli. El padre de este noble había seguido a Ferdinando a Sicilia, pero sus terrenos se encontraban principalmente cerca de Salerno, y tenía un deseo natural de preservarlos; al tiempo que las esperanzas que el gobierno francés albergaba por la gloria y prosperidad de su país a menudo le hacía lamentar el haber seguido a su legítimo pero imbécil rey al exilio. Por lo tanto, al morir recomendó a su hijo que regresara a Nápoles para presentarse a su viejo y leal amigo, el marques Spina, que ostentaba un alto cargo en el gobierno de Murat y por medio de su intervención, reconciliarse con el nuevo rey. Todo esto se consiguió con facilidad. Al joven y galante conde se le permitió tomar posesión de su patrimonio; y, por un golpe de fortuna, fue prometido a la única hija del marqués Spina. La boda se postergo hasta la finalización de la siguiente campaña.

Mientras tanto, el ejército se puso en marcha, y el conde Eboli sólo consiguió un permiso que le dejó visitar durante unas pocas horas la villa de su futuro suegro con el fin de despedirse de él y de su prometida. La villa se hallaba situada en uno de los Apeninos, al norte de Salerno, y daba sobre la llanura de Calabria, en la que se encuentra emplazada Pesto, de cara al azul Mediterráneo. Un precipicio en un lado, un ruidoso torrente de montaña y una densa arboleda de encinas le añadían belleza a la sublimidad del lugar. El conde Eboli subió por el sendero montañoso con todo el júbilo y la esperanza de la juventud. Su estancia fue breve. Una exhortación y bendición del marqués, una tierna despedida, agraciada con dulces lágrimas, de la hermosa Adalinda, fueron los recuerdos que llevaría con él para inspirarle valor y fe en el peligro y la ausencia. El sol acababa de hundirse detrás de la lejana isla de Istria cuando, besando la mano de la dama, dijo su último adiós y, con pasos lentos y semblante melancólico, descendió camino de Nápoles.

Esa misma noche, Adalinda se retiró temprano a sus cámaras, despidiendo a los criados; luego, inquieta con una mezcla de temor y esperanza, abrió la puerta de cristal de la terraza, que daba la cara a la colina encima de la corriente, cuyo tumultuoso descenso a menudo la ayudaba a dormir, aunque sus aguas se hallaban ocultas a la vista por las encinas que alzaban sus ramas superiores sobre el parapeto del balcón.

Apoyando su mejilla contra la mano, pensó en los peligros que encontraría su amado, en su propia soledad durante la espera de las cartas y en su retorno. Un crujido llamó su atención: ¿era la brisa entre las encinas? El viento no conseguía quitarle el velo, e incluso sus rizos, sujetos únicamente por su propia belleza, no se apartaron de sus mejillas. De nuevo los sonidos. La sangre invadió su corazón y le temblaron las extremidades. ¿Qué podría ser? De repente, las ramas superiores del árbol más próximo se agitaron: se abrieron y la tenue luz de las estrellas mostró la silueta de un hombre entre ellas. Éste se preparó para saltar al muro de la terraza. Sería una maniobra peligrosa. Primero, la suave voz de su amado le pidió que no temiera nada, y al siguiente instante lo tuvo a su lado, calmando sus terrores y haciéndola recuperar el espíritu que casi había abandonado su delicado cuerpo con una mezcla de sorpresa, pavor y júbilo. Le rodeó la cintura con los brazos, y dejando escapar mil expresiones apasionadas de amor, ella se reclinó en su hombro y lloró por la agitación. Él le cubrió las manos de besos y la contempló con ardiente adoración.

Luego, más tranquilos, se sentaron. El triunfo y el gozo iluminaron los ojos del conde, y un modesto rubor brilló en las mejillas de su amada, pues nunca antes había estado sentada con él ni oído sin respuesta sus apasionadas afirmaciones de afecto. Ciertamente, fue la hora del amor. Las estrellas titilaban en el techo de su templo eterno; el ruido del torrente, la suave atmósfera de verano y el misterioso aspecto del paisaje oscurecido se hallaban en perfecta armonía para inspirar seguridad y voluptuosa esperanza. Hablaron de cómo sus corazones, a través de la mediación de la divina naturaleza, podían estar en comunión durante la ausencia; de los gozos de la reunión y de su perspectiva de perfecta felicidad.

Finalmente, llegó el momento en el que el conde tuvo que marcharse.

—Colocaré un rizo de este sedoso cabello —dijo, alzando uno de los muchos mechones que se arremolinaban en torno al cuello de Adalinda— junto a mi corazón, un escudo para que me proteja contra las espadas y balas del enemigo —desenfundó su daga afilada—. Arma impropia para una misión tan gentil —comentó, cortando el rizo, al tiempo que varias gotas de sangre cayeron sobre el blanco brazo de la dama.

Entonces el conde contestó a sus temerosas preguntas mostrando un corte que se había infligido en la mano izquierda. Primero insistió en guardar su premio, y luego permitió que ella le vendara la herida cosa que hizo con una mezcla de risa y pesar con una cinta que llevaba en su propio brazo.

—Y ahora, adiós —exclamó—, he de cabalgar treinta kilómetros antes de que amanezca, y la posición de la Osa Mayor indica ya que es más de medianoche.

Su descenso fue difícil, pero lo consiguió sin ninguna dificultad, y la melodía de una canción, procedente del valle, cuyos suaves sonidos se elevaron como el humo del incienso de un altar, aseguró a los impacientes oídos de Adalinda que su amado estaba a salvo.

Como siempre es el caso cuando una narración se obtiene de testigos presenciales, jamás pude averiguar la fecha exacta de estos eventos. Sin embargo, sucedieron mientras Murat fue rey de Nápoles. Cuando reunió a sus regimientos italianos, el conde Eboli, como antes se ha mencionado, se convirtió en un oficial subalterno en ellos, sirviendo con gran distinción. Aunque me es imposible nombrar el país o la batalla en la que desempeñó un papel tan relevante, sí puedo mencionar que fue ascendido.

Poco después de este acontecimiento, y mientras se hallaba destinado en el norte de Italia, Gioacchino le envió a buscar a altas horas de la noche para que lo llevaran al cuartel general, y le confió una misión confidencial en la que debía atravesar el campo atestado con las tropas del enemigo con rumbo a un pueblo ocupado por los franceses. Era necesario emprender la expedición durante la noche, y se esperaba que regresara aquel mismo día. El rey en persona le dio los despachos y las instrucciones verbales, y el joven noble, con modesta firmeza, aseveró que tendría éxito o moriría en el cumplimiento de la confianza depositada en él.

Ya había caído la noche, y la luna creciente se hallaba baja en el oeste, cuando el conde Fernando Eboli, montando en su corcel favorito y al galope rápido, cruzó las calles del pueblo. Luego, siguiendo la dirección que se le había marcado, atravesó el campo lleno de viñedos, evitando con cautela el camino principal. Era una noche hermosa y apacible; la tranquilidad y el sueño invadían la tierra; la guerra, ese perro de presa, dormitaba, y sólo el espíritu del amor tenía vida a aquellas horas silenciosas. Exultante con la esperanza de gloria, nuestro joven héroe comenzó su viaje, y las visiones de engrandecimiento y amor daban forma a sus pensamientos. Un sonido lejano le hizo prestar atención; tiró de las riendas del caballo y escuchó: se acercaban voces. Al reconocer el habla de un alemán, se apartó del sendero que estaba siguiendo y emprendió un camino aún más recto. Pero de nuevo oyó la voz de un enemigo y los cascos de caballos. Eboli no titubeó; desmontó, ató el corcel a un árbol y, dando un rodeo por el borde del campo, confió en poder escapar sin ser observado. Lo consiguió después de una hora de fatigoso avance y llegó a la orilla de un río, que, como frontera entre dos estados, era la marca que indicaba que había eludido el peligro. Descendiendo por la ribera empinada del río, que quizá hubiera podido vadear con su caballo, se preparó a nadar. Después sostuvo el despacho en una mano y se quitó la capa. Estaba a punto de lanzarse al agua cuando desde la sombra de los árboles que le habían ocultado fue frenado de pronto por unas manos invisibles, tirado al suelo, maniatado, amordazado y vendado los ojos. Luego le colocaron en un bote pequeño que fue impulsado con infinita rapidez corriente abajo.

Parecía haber tanta premeditación en el acto que impedía cualquier conjetura; no obstante, debía creer que era prisionero de los austríacos. Mientras así seguía reflexionando en vano, amarraron el bote y lo desembarcaron, y el cambio de atmósfera le hizo darse cuenta de que habían entrado en alguna casa. Con extremado cuidado y celeridad, pero en un absoluto silencio, le desnudaron y le quitaron los dos anillos que llevaba en los dedos y le cubrieron con otras prendas. Después, cuando se marcharon, no le resultó audible ninguna pisada. Pero pronto escuchó el ruido de un único remo y se sintió solo. Yacía tumbado, incapaz de moverse; el único alivio que permitieron sus captores fue el cambio de la mordaza por un tirante pañuelo en la boca. Durante horas permaneció de esa manera, con mente torturada, lleno de cólera, impaciencia y decepción, retorciéndose todo lo que podía en su esfuerzo por liberarse, y luego quedándose quieto dominado por la desesperación. Le quitaron los mensajes y rápidamente pasó el periodo en el que con su presencia hubiera podido remediar en cierto grado esa fechoría. La mañana llegó, y aunque el resplandor del sol no caía de lleno en sus ojos, lo simio sobre el cuerpo. A medida que avanzaba el día, el hambre se apoderó de él, pero sumido en el centro de algo más poderoso, al principio desdeñó ese mal menor; sin embargo, hacia el anochecer, a pesar de sí mismo, se convirtió en la sensación predominante. La noche se acercaba, y el temor de que fuera a quedarse e incluso a morir de hambre en esta soledad, en más de una ocasión le recorrió el cuerpo con un escalofrío... cuando unas voces femeninas y la risa de un niño llegaron hasta sus oídos. Percibió que unas personas entraban en la estancia y se le preguntó en su lengua natal, mientras le quitaban el pañuelo de la boca, la causa para su presente situación. Se la atribuyó a los bandidos. Rápidamente le cortaron las ligaduras y le devolvieron la luz a los ojos. Pasó un rato antes de que se restableciera, pero obtuvo refresco con agua que le trajeron del río, y poco a poco recuperó el uso de los sentidos y vio que se hallaba en la cabaña destartalada de un pastor, deshabitada salvo por la campesina y el niño que le habían liberado. Le frotaron los tobillos y las muñecas y el pequeño le ofreció un poco de pan y huevos. Después de comer y de reposar una hora, Ferdinando se sintió lo suficientemente recuperado para resolver la aventura en su mente y determinar qué conducta debía tomar.

Observó la vestimenta que le habían dado en lugar de las ropas que llevaba antes. Era de una clase de lo más humilde y tosca. Sin embargo no había tiempo que perder; tenía la convicción de que el único paso que podía dar era retornar a toda velocidad al cuartel general del ejército napolitano e informar al rey de su desastre y de su pérdida.

Era un camino largo desandar el sendero, dominado su corazón por la indignación y la decepción. Anduvo dolorosamente pero con decisión toda la noche, y a las tres de la madrugada entró en el pueblo donde por entonces se encontraba Gioacchino. Los centinelas le pidieron la contraseña y él pronunció la que Murat le había confiado, y al instante fue hecho prisionero por los soldados. Declaró su nombre y rango y la necesidad que tenía de ver de inmediato al rey. Fue llevado a la caseta de guardia y el oficial al mando oyó sus alegatos con desprecio, diciéndole que el conde Ferdinando Eboli había regresado tres horas antes de ordenar que lo encerraran para ser interrogado por espía. Eboli insistió con voz sonora en que algún impostor había tomado su nombre, y mientras relataba la historia de su captura entró otro oficial que reconoció su persona. Otros individuos relacionados con él se unieron al grupo, y como el impostor sólo había sido visto por el oficial de guardia, su historia ganó credibilidad.

Un joven francés de rango superior, que tenía órdenes de ir a ver al rey a primeras horas de la mañana, le llevó a Murat en persona un informe de lo que estaba sucediendo. La historia resultaba tan extraña que el rey mandó llamar al joven conde. Entonces, a pesar de haber visto y creído a su doble unas pocas horas antes, y habiendo recibido un relato de su misión, que había sido ejecutada con lealtad, la aparición del joven le hizo vacilar, y ordenó la presencia de aquel que, como el conde Eboli, había estado ante él unas horas atrás. Mientras Ferdinando se hallaba junto al rey, sus ojos se posaron en un espejo grande y espléndido. Su cabello revuelto, sus ojos inyectados en sangre y su aspecto harapiento negaban su nobleza; no se parecía en nada al magnífico conde Eboli cuando, para su absoluta confusión y asombro, se plantó ante él su doble.

Era perfecto en todos los signos exteriores que denotaban una alta cuna, y tan parecido a aquel al que representaba que habría sido imposible discernir a uno del otro. El mismo pelo castaño caía sobre su frente, los dulces y vivos ojos color avellana eran los mismos, la voz resultaba un eco de la otra. La compostura y dignidad del impostor ganó el voto de los que les rodeaban. Cuando le contaron la extraña aparición de otro conde Eboli, se rio con sincero buen humor y, volviéndose hacia Ferdinando, dijo:

—Me honras mucho al elegirme para tu personificación, pero hay dos o tres cosas que me gustan mucho de mí mismo, razón por la que debes perdonar mi renuencia a intercambiarme por ti.

Ferdinando le habría contestado, pero el falso conde, con gran celeridad, se dirigió al rey:

—¿Decidirá Su Majestad entre los dos? No puedo intercambiar palabras con un individuo semejante.

Irritado por el desprecio, Ferdinando demandó permiso para retar al impostor, quien dijo que si el rey y sus camaradas oficiales no consideraban que se degradaría a sí mismo y deshonraría al ejército enfrentándose a un vagabundo vulgar, estaba dispuesto a castigarle, incluso a riesgo de su propia vida. Pero el rey, después de unas pocas preguntas más, convencido de que el infeliz noble era el impostor, con términos severos y amenazadores le reprendió por su insolencia, afirmando que sólo a su misericordia debía el no ser ejecutado por espía, ordenando al instante que le condujeran fuera de las murallas del pueblo con amenazas de recibir un castigo ejemplar si alguna vez se atrevía a someter sus imposturas a otro juicio.

Requiere una gran imaginación y la experiencia de mucha desgracia entrar de lleno en los sentimientos de Ferdinando. Desde un alto rango, gloria, esperanza y amor fue arrojado a la absoluta mendicidad y miseria. Las insultantes palabras de su rival victorioso y las degradantes amenazas de su, hasta hace poco, gracioso soberano repicaron en sus oídos, y cada nervio de su cuerpo se retorció de agonía. Pero, afortunadamente para la resistencia de la vida humana, la peor gracia en la juventud a menudo sólo es un sueño doloroso que destierra cuando el sueño abandona nuestros ojos.

Después de una lucha con la angustia intolerable, la esperanza y el valor renacieron en su corazón. Con rapidez tomó una decisión. Regresaría a Nápoles, le contaría la historia al marques Spina, y por medio de sus influencia al menos obtendría una vista imparcial del rey. No obstante, no resultaba una tarea sencilla en su peculiar situación llevar tal decisión a efecto. Se hallaba sin una moneda, sus ropas indicaban pobreza, carecía de amigos o familiares cercanos, salvo aquellos que verían en él al más desvergonzado de los timadores. Pero su valor no le abandonó. La amable tierra italiana en la estación otoñal se aproximaba, llena de castaños, bayas y vides. Tomó el camino más directo por las colinas, evitando los pueblos y toda morada; viajó principalmente durante la noche, cuando, salvo en las ciudades, los oficiales del gobierno se habían retirado de sus puestos. Cómo consiguió ir de un extremo de Italia al otro es difícil de decir; pero es cierto que, después del intervalo de unas pocas semanas, se presentó en la Villa Spina.

Con considerable dificultad obtuvo permiso para acudir a la presencia del marqués, quien le recibió de pie, con mirada inquisitiva y sin reconocer al joven noble. Ferdinando solicitó una entrevista privada, pues había varios visitantes presentes. Su voz sobresaltó al marqués, el cual aceptó y le condujo a otra cámara. Una vez allí, Ferdinando reveló su personalidad y, con rápidas y agitadas palabras, le estaba relatando la historia de sus desgracias cuando se oyó el sonido de cascos de caballos, el repicar de la campana y un criado anunció:

—El conde Ferdinando Eboli.

—Es él —gritó el joven, poniéndose pálido.

Las palabras resultaron extrañas y aún lo parecieron más cuando el hombre anunciado entró. El perfecto parecido con el joven noble cuyo nombre asumía se notó cuando atravesó la sala. Con gracia le hizo una reverencia al marqués, dirigiéndole una mirada de cierta sorpresa, pero desdeñosa, a Ferdinando, al tiempo que exclamaba:

—¡Tú aquí!

Ferdinando se irguió en toda su altura. A pesar de la fatiga, las desventuras y las vulgares ropas, sus modales estaban llenos de dignidad. El marqués le miró fijamente y se quedó asombrado al contemplar su orgulloso semblante y ver en sus facciones expresivas la cara misma de Eboli. Pero de nuevo quedó perplejo cuando se volvió y distinguió, como en un espejo, la misma cara reflejada en el recién llegado, quien soportó su escrutinio con cierta impaciencia. Con palabras breves y despectivas, le contó al marques que se trataba del segundo intento por parte del intruso de imponerse como el conde Eboli; que el engaño había fracasado antes y volvería a fallar; añadiendo con una sonrisa que era duro demostrar que él era quien decía ser contra la afirmación de un briccone, cuyo parecido con su persona y desvergüenza sin igual eran lo único que tenía a su favor.

—Vaya, mi buen amigo —continuó con mofa—, me pones en un aprieto al pensar que alguien tan parecido a mí no pueda obtener nada mejor del mundo.

La sangre subió a las mejillas de Ferdinando ante las amargas palabras de su enemigo. Con dificultad se contuvo de arrojarse sobre su adversario, al tiempo que de sus labios escapaban las palabras: “¡Traidor, impostor!”. El marqués le ordenó al fiero joven que guardara silencio y, conmovido por una expresión que recordaba de Ferdinando, con suavidad añadió:

—Por respeto a mí, le pido que sea paciente; no tema, que seré imparcial.

Luego, volviéndose al pretendido Eboli, añadió que no podía dudar de que se trataba del verdadero conde, y se disculpó por su indecisión anterior. Al principio, este último pareció irritado, pero al fin estalló en una carcajada y, luego, excusándose por su mala educación, siguió riéndose con sincero humor por la perplejidad del marqués. Es cierto que su alegría le ganó más crédito ante su oyente que las miradas indignadas del pobre Ferdinando. Entonces, el falso conde dijo que después de las amenazas del rey, había creído que la farsa desaparecería. Había recibido un permiso, del cual se aprovechó para visitar a su futuro suegro después de pasar unos días en su propio palacio de Nápoles. Hasta ese momento Ferdinando había escuchado con un gran sentimiento de curiosidad, ansioso por aprender todo lo que pudiera de los actos y motivos de su rival, pero ante esas últimas palabras ya no fue capaz de contenerse.

—¡Qué! —exclamó—. ¿Has usurpado mi lugar en la propia casa de mi padre y te atreviste a asumir mi poder en los ancestrales salones?

Un torrente de lágrimas se apoderó del joven, que ocultó la cara entre las manos.

La fiereza y el orgullo iluminaron el semblante del impostor.

—Por el Dios eterno y la sagrada Cruz juro que ese palacio es el palacio de mi padre. ¡Que esos salones son los salones de mis antepasados!

Ferdinando alzó la vista con sorpresa.

—Y la tierra no se abre —dijo— para tragarse al perjuro. Entonces, por petición del marques, relató sus aventuras, mientras el desprecio cubría las facciones de su rival. El marqués, mirando a ambos, no pudo liberarse de la duda. Se volvió de uno a otro. A pesar de la indómita y desordenada apariencia del pobre Ferdinando, había algo en él que impidió a su amigo condenarlo como el impostor, pero resultaba completamente imposible pronunciar como tal al galante joven de aspecto noble, quien únicamente podía ser reconocido como el verdadero conde gracias a la incredulidad del relato del otro. El marqués llamó a un criado y ordenó que fueran a buscar a su hija.

—Esta decisión —dijo— será tomada por el sutil juicio de una dama y la aguda penetración de una mujer que ama.

En ese momento, los dos jóvenes sonrieron —la misma sonrisa, la misma expresión— en anticipado triunfo. El marqués estaba más perplejo que nunca.

Adalinda había oído hablar de la llegada del conde Eboli, y entró en la sala, resplandeciente en su juventud y felicidad. Se giró veloz hacia aquel que más se parecía a quien esperaba ver, cuando una voz bien conocida pronunció su nombre y, atónita, miró a la doble aparición de su amado. Su padre, cogiéndole la mano, le explicó brevemente el misterio y le pidió que se asegurara de quién era su futuro esposo.

—Signorina —dijo Ferdinando—, no me desdeñe porque aparezca ante usted con esta vergüenza y miseria. Su amor y su bondad me devolverán la prosperidad y felicidad.

—No sé cómo —indicó la perpleja muchacha—, pero seguro que usted es el conde Eboli.

—Adalinda —intervino el joven rival—, no desperdicie sus palabras en un villano. Hermosa y engañada criatura, confío, y lo digo tembloroso, que con una sola palabra pueda convencerla de que soy Eboli.

—Adalinda —dijo Ferdinando—, yo coloqué el anillo nupcial en su dedo; ante Dios pronunció sus juramentos.

El falso conde se acercó a la dama y, apoyando una rodilla en el suelo extrajo de su corazón un rizo sujeto con una cinta dorada, que ella reconoció como suya, señalando una pequeña cicatriz en su mano izquierda.

Adalinda se ruborizó intensamente, se volvió hacia su padre y señaló al joven arrodillado.

—Él es Ferdinando.

Todas las protestas emitidas por el desgraciado Eboli fueron en vano. El marqués lo habría arrojado a una mazmorra, pero, ante la vehemente petición de su rival, no se le detuvo, sino que le echaron ignominiosamente de la villa. La furia de una bestia recién encadenada era menor que la tempestad de indignación que ahora llenaba el corazón de Ferdinando. El sufrimiento físico debido a la fatiga y al ayuno se añadió a su angustia interior. Durante algunas horas la locura, si se trataba de una locura que jamás olvida su mal, le poseyó. En el tumulto de sensaciones predominó una idea: tomar posesión de la casa de su padre e intentar, mitigando las fortuitas circunstancias de su suerte, obtener ventaja sobre su adversario. Agotó el resto de sus energías en llegar a Nápoles. Entró en la casa de su familia y fue recibido y reconocido por sus asombrados criados.

Una de sus primeras acciones fue sacar de un pequeño gabinete una miniatura de su padre, toda rodeada de joyas e invocar la ayuda del espíritu paterno. La comida y un baño le devolvieron parte de su habitual fuerza, y anheló casi con deleite infantil poder pasar una noche de paz bajo el techo de la casa de su progenitor. Pero tal cosa no le fue permitida. Antes de la medianoche sonó la gran campana: su rival entró en el palacio como amo, acompañado por el marqués Spina. Se puede adivinar el resultado. El marqués pareció más indignado que el falso Eboli. Insistió en que el desgraciado joven debía ser encarcelado. El retrato, cuyo marco era muy costoso, que se encontró en su persona, le declaró culpable de robo. Fue entregado a manos de la justicia y encerrado en una mazmorra.

No me detendré en las escenas posteriores. Fue juzgado por el tribunal, declarado culpable y sentenciado a trabajos forzados a perpetuidad.

La víspera del día en que sería trasladado de la prisión napolitana para trabajar en los caminos de Calabria, su rival le visitó en la celda. Durante unos momentos ambos se miraron en silencio. El impostor contempló al prisionero con una mezcla de orgullo y compasión: era evidente que en su corazón se libraba una batalla. La respuesta en los ojos de Ferdinando fue sosegada, libre y digna. No estaba resignado a su duro destino, pero desdeñaba manifestar una exhibición de desesperación ante su cruel y victorioso enemigo. Un espasmo de dolor pareció sacudir el pecho del impostor, y se volvió, tratando de recuperar la dureza de corazón que hasta ahora le había sustentado en la realización de su culpable empresa. Ferdinando habló primero.

—¿Qué desea el criminal triunfante con su inocente víctima? Su visitante replicó con altivez.

—No dirijas tales epítetos contra mí o te abandonaré a tu destino. Yo soy quien digo ser.

—Sólo ante mí te atreves a soltar esa baladronada —espetó Ferdinando con desprecio—; pero quizá estos muros tengan oídos. —Al menos, el Cielo no está sordo —dijo el impostor— al favorecer la justicia de mi causa, pues conoce y admite mi reclamación. Pero pongámosle una tregua a esta inútil discusión. La compasión... el desagrado de ver a alguien tan parecido a mí en tan mala condición... un capricho, quizá, por el que te puedes felicitar, me ha traído hasta aquí. Los cerrojos de tu mazmorra están abiertos, aquí tienes una bolsa con oro: cumple una fácil condición y quedas libre.

—¿Y cuál es?

—Firma este documento.

Le dio a Ferdinando un escrito que contenía una confesión de los crímenes que se le imputaban. La mano del joven culpable tembló al entregárselo; su semblante exhibía confusión y los ojos no paraban de moverse inquietos. Ferdinando deseó con una palabra fuerte, potente como el rayo, sonora como el trueno, transmitir su ardiente desdén por la propuesta: pero la expresión es débil, y la calma está más llena de poder que la tormenta. Sin decir una palabra, rompió el papel en dos pedazos y lo arrojó a los pies de su enemigo.

Con un repentino cambio de actitud, su visitante le instó con términos volubles e impetuosos a acceder. La única respuesta de Ferdinando fue pedir que le dejara solo. Varias veces una palabra estuvo a punto de salir incontrolada de sus labios, pero se contuvo. Sin embargo, no fue capaz de esconder su agitación cuando, como un argumento para hacerle ceder, el falso conde le aseguró que ya se había casado con Adalinda. Una amarga agonía sacudió el cuerpo de Ferdinando; no obstante, mantuvo el semblante sosegado e inalterada la resolución. Habiendo agotado toda amenaza y persuasión, su rival le dejó, sin haber conseguido el propósito por el que había ido a verle. A la mañana siguiente, con muchos otros —los desechos de la humanidad—, el conde Ferdinando Eboli fue conducido encadenado a las insalubres llanuras de Calabria para trabajar en los caminos.

Debo apresurarme en los acontecimientos posteriores, pues una narración detallada de ellos llenaría volúmenes enteros. La aseveración que había hecho el usurpador sobre Ferdinando, que estaba casado con Adalinda, era, como todas las demás, falsa. Sin embargo, ya se había fijado el día para su unión, celebración que hubo de postergarse por la enfermedad y posterior muerte del marqués Spina. Durante los primeros meses de luto, Adalinda se retiró a un castillo perteneciente a su padre, y que no se hallaba muy lejos de Arpiño, un pueblo del reino de Nápoles, en el corazón de los Apeninos, a setenta kilómetros de la capital. Antes de partir, el impostor trató de convencerla para que consintiera en realizar un matrimonio íntimo. Probablemente temía que, en el largo intervalo que iba a transcurrir antes de que pudiera asegurarla como suya, la joven descubriera la impostura. Además, había llegado el rumor de que uno de los compañeros de prisión de Ferdinando, un reputado bandido, había escapado, y que el joven conde era su acompañante en la huida. No obstante, Adalinda se negó a acceder a las súplicas de su amado, y se retiró a la soledad con una anciana tía, ciega y sorda, pero excelente dama de compañía.

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