Kitabı oku: «Parálisis onírica»

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Contenido

1  Contenido

2  Créditos

3  Prólogo

4  Nota del autor

5  Cita

6  1996

7  1973

8  1990

9  1991

10  1996

11  1997

12  1998

13  1999

14  2000

15  2001 / 2002

16  La familia

17  2003

18  2004

19  2005

20  2006

21  2007

22  2009

23  2010

24  2011

25  2012

26  2013

27  2014

28  2015

29  2016

30  Epílogo

Parálisis onírica

© 2019 Matías Villareal

© de esta edición, Tequisté ediciones, 2020

Coordinación editorial: M. Fernanda Karageorgiu

Corrección: Janice Winkler

Diseño editorial: Alejandro Arrojo

Arte de tapa: Mato Saw

1ª edición: enero de 2019

Producción editorial: Tequisté ediciones

contacto@txtediciones.com.ar

www.tequiste.com

ISBN: 978-987-4935-20-5

No se permite la reproducción total o parcial de

esta obra, ni su tratamiento informático, ni su

distribución o transmisión de forma alguna, ya

sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia

u otros medios, sin el permiso previo por escrito

de su autor o el titular de los derechos.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

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Villareal, Matías

Parálisis onírica / Matías Villareal. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4935-20-5

1. Novela. 2. Noveles Autobiográficas. I. Título.

CDD A863

PRÓLOGO

El niño está leyendo diarios, su tele está rota. Se pasa los días en su sillón de cuero consumido, del color de un caqui que no llega a madurar. Ya no hay miles de preguntas que rebotan en su cabeza. Descubre que se pierde en la lectura. Que leer es mirar letras y armarse todo el show en la cabeza. Ahora, da vuelta la página del diario y lee los avisos fúnebres. Se pregunta qué es la muerte y por qué la gente expresa su dolor en pequeños avisos.

Quiere ir a preguntárselo a su mamá, que descansa en su habitación después de haber soportado un golpe en la nariz que le costó sangre e hinchazón.

Piensa en la muerte y sólo se le ocurre ver a una persona muerta: su padre. Sus ojos se llenan de lágrimas, deja el diario sobre el cuero carcomido del sillón. Mira la puerta del living y recuerda como la noche anterior su padre salió disparado como un rayo mientras su madre gritaba de dolor. Recuerda el momento justo en el que su padre atropella el pequeño taburete en el que descansaba el televisor que tanto amaba. Ahora vacío, insulso e incompleto. De la misma forma que estaría la estatua de la libertad sin su antorcha. Recuerda la mirada de su padre, ese último contacto visual antes del horror, después del estallido que se escuchó producto del impacto del televisor contra el piso. Ahora, las lágrimas le brotan desde los ojos hasta la boca y puede saborearlas. No sabe qué es la muerte, pero debe ser algo más salado o quizás más amargo que el gusto de sus lágrimas y la pus imaginaria que se aloja en su garganta antes de llorar. Las paredes de su pequeño corazón se contraen, la dureza empieza a expandirse de a poco. Siente amargura, y esto recién empieza, aunque él no lo sepa ni esté preparado para lo peor. El chiquito llora y escucha a su mamá: lo está llamando, seguramente le va a pedir más hielo.

Se limpia las lágrimas, rápido, y respira profundo. En su mente, las palabras de su abuela “Ahora sos el hombre de la casa. Las vas a tener que cuidar”. Se acuerda de que los hombres de casa no lloran. Son rudos. Se asoma a la habitación y las ve durmiendo a las dos. A su madre, hermosa, con la nariz inflada y restos de sangre seca sobre un repasador con flores blancas. Y a su lado, su hermanita bebé. A quien prometió cuidar para siempre; se asegura cada diez minutos de que esté respirando. El niño se acerca y besa la frente de su madre. Luego acerca la mejilla a la nariz de su hermana y siente el suave respirar de un ángel sin memoria.

Se aleja en puntas de pie. Mira la tele rota y vuelve a llorar un poco más. Observa el diario abierto y se acuerda de que en la contratapa hay historietas y hasta puede saber qué le depara el día de hoy porque también está el horóscopo. Pobre niño, todavía no sabe que las tragedias no se anuncian en los horóscopos. Pero él ya conoce una y quiere mantenerse alerta por si otra llega y no la ve venir.

Él ahora es el hombre de la casa y se tiene que cuidar de las cosas malas. Desdichado infante, que ahora está revisando los horóscopos de la pila de diarios que tiene. Intentando, de esa forma, averiguar si en algún momento de la vida va a sufrir otra vez.

Invierno, 1996 (llueve)

NOTA DEL AUTOR

Todos los personajes que aparecen en este libro son reales. Los nombres fueron cambiados, ya que muchos se han ido de mi vida de diferentes formas: acompañados de la muerte, la traición o la distancia inevitable. No es un libro de denuncia, al contrario, me parece la mejor forma de entender mi infancia y abrazarla, mi desarrollo a través de los años, y es la única forma que tengo de agradecerles a mis padres por haberme dado la vida, por haber hecho lo mejor que pudieron. Y a cada libro en los que posé mis ojos y me supieron guiar, llenar de confianza para poder vivir la experiencia de escribir uno propio y entender la vida como un cuento, el pasado como un lienzo que se puede pintar con tonalidades oscuras y lumínicas.

“Cualquiera que viva un infierno durable o pasajero puede, para enfrentarse a él, recurrir a la técnica mental más gratificante de cuantas existen: contarse un cuento. El trabajador explotado imagina que es un prisionero de guerra, el prisionero de guerra imagina que es un caballero del Grial, etc. Toda miseria comporta su emblema y su heroísmo. El infortunado que puede llenar su pecho con un soplo de grandeza levanta la cabeza y ya no encuentra motivos para quejarse.”

Amélie Nothomb (Ácido Sulfúrico)

1996
CARLOS

En 1969, siendo las 20:35 en Buenos Aires, un bebé llegaba al mundo para ser parte de una camada de ocho hermanos. Lo llamaron Carlos y se acostumbró a ser el último en todo.

Su opinión no era tenida en cuenta, sufría por ser uno de los hijos del medio. No había chances de recibir atención por parte de sus padres. Estaban demasiado ocupados dándoles órdenes a los hermanos mayores y consintiendo a los más pequeños.

Guillermo Villarreal, “Guillo” para sus conocidos, fue el responsable de formar esa familia numerosa. Junto a Pánfila Rodríguez, su esposa, se encargaron de poblar la pequeña casa que tenían. La llenaron de hijos. Hacinados críos que, sin saberlo, fueron víctimas de la frustración alcohólica de un padre que no pudo mantenerlos y los mandó a trabajar a todos por igual. Guillo había incursionado en la creencia del proletariado y sus hijos fueron los encargados de pagar ese precio.

En 1977, con ocho años, Carlos empezó a trabajar en una panadería. Lavaba latas y comía masa cruda cuando nadie lo veía. A veces trabajaba más horas de lo que le pagaban. No le gustaba volver a su casa. Su padre había caído en una depresión que trató de mitigar con alcoholismo y golpes. Esos golpes los recibían las hermanas de Carlos. Incluso Pánfila logró ser un escudo humano para proteger a sus hijos de las agresiones etílicas de su marido. Carlos buscaba estar fuera de su casa la mayoría del tiempo posible. Lloraba mientras limpiaba latas y pensaba en sus compañeros de segundo grado, a quienes había tenido que renunciar para llevar unos pesos a su casa y que su padre pudiera comprar arroz y osobuco para todos. Y tres botellas de vino para él solo.

En 1989 Carlos se había convertido en un joven de veinte años y pelo largo; estaba dejando su vida en la panadería donde trabajaba desde los ocho. Su educación había quedado dinamitada y sepultada. Jamás retomó la escuela y trataba de anestesiar el maltrato que había recibido por parte de su padre incursionando en sus primeras borracheras, una íntima relación con el alcohol que lo convenció de salir de casa y no volver por días.

Era común verlo flaco, con las costillas a la vista, sin hambre y con una lata de cerveza en la mano. Era el combustible que había elegido en esos doce años de su vida para anestesiarse y no sentir tanto la destrucción que se había programado a sí mismo cada vez que armaba una línea de cocaína y usaba un billete de 2 australes para ingerirla por la nariz: veinte minutos de euforia y reviente neuronal.

Ese mismo año, una ola de saqueos sacudió a la nación Argentina y Carlos Villarreal estaba decidido a cuidar lo que consideraba que era su fuente de trabajo, su hogar, su escape de la violencia y las escenas corrosivas que les hacía vivir su padre en esa pequeña casa hacinada de cuerpos adolescentes golpeados y llenos de rabia.

Había decidido defender con uñas y dientes esa panadería. No podía imaginarse trabajando en otro lado. Esa panadería le permitía un sueldo para comprar drogas y no dejar de drogarse. La década del ochenta y la cocaína eran como un espíritu seductor que poseía a las personas que estaban vacías o rotas, haciéndoles creer que podían ser arregladas, y Carlos estaba convencido de que podía proteger el lugar.

Roberto Morelli era el dueño de la panadería y jefe de Carlos. A su vez, su trabajo secundario era vender bolsitas de cocaína. También les vendía a sus empleados, de esa forma él jamás perdía el dinero que les pagaba por trabajar. Había logrado inventar un sistema de esclavitud que funcionaba a la perfección con Carlos y sus compañeros, convertidos en adictos a la coca.

Era fría la noche y Roberto puso un bolso sobre la mesa y lo abrió. Los ojos de los cuatro empleados se iluminaron con temor.

—Una pistola para cada uno. Si acá no entra ninguna lacra a robar pan, al final de la noche o de la semana les prometo que reciben aumento y 10 gramos para cada uno.

Eran deformes y no se parecían a las de las películas. Clavó su mirada en Carlos y los otros empleados, que no articulaban frases.

—Son caseras… Me enseñaron a fabricarlas cuando estuve preso. Ya saben: se mete alguien y disparan al techo. Nada de disparos en torso, cabeza o cara.

En los siguientes 15 minutos, Carlos Villarreal y sus compañeros aprendieron a manipular armas tumberas, armas caseras, fabricadas en cárceles. Se sentía poderoso de tener una escopeta aunque no fuera parecida a las que él había visto en manos de la policía o los militares.

Estas escopetas eran diferentes. Daba miedo tenerlas en los brazos. La sensación de que al dispararlas, las balas podrían traicionar al destino y estallarles en las manos, la cara o la cabeza.

Roberto Morelli los hizo tomar cocaína cuando a las doce y media de la noche ya asomaban en la calle las primeras personas que iban en busca de almacenes o negocios para saquear. Al país le dolía la panza. Las personas salían con bolsas a gritar que querían alimentos. Carlos y sus compañeros estaban en el balcón, custodiando todo como si fuesen centinelas, aunque en el fondo sentían miedo de dañar a otras personas, de que los dañaran a ellos, de que todo se acabara para siempre.

Empezaron a levantar las persianas. Un tumulto de gente se conglomeró frente a la persiana de la panadería y entre todos trataron de levantarla. Querían ingresar al interior del local y llevarse algo de lo que había ahí. Lo que se podía comer y lo que no se podía comer también; lo que no se comía, se robaba y luego se vendía. Cuando el grupo de personas agitadas por el hambre furioso llegó a levantar hasta la mitad de la persiana, Carlos Villarreal estaba luchando con la euforia en su cabeza y dio la orden de disparar al aire, al techo. Los cuatro empezaron a gritar y a disparar al aire. Se miraban entre ellos con miedo. Disparaban armas caseras en un balcón mientras ahí abajo un grupo de zombis dominados por el hambre hacía todo lo posible por conseguir un pedazo de pan.

Y de forma súbita un grito puso a todos en silencio. Los centinelas del rey panadero y la población que aclamaba alimentos se paralizaron. El grito era de una mujer que estaba tirada en la vereda y se agarraba una de sus manos con la otra. Salía sangre a borbotones y en la mano herida faltaban el dedo pulgar y el índice. Comenzaron a llover piedrazos para los centinelas. Que se metieron en la casa de Roberto Morelli y temblaban tratando de entender lo que había pasado.

Alguien le había disparado a una señora y le había arrancado los dedos. Empezaron a acusarse entre ellos mutuamente al mismo tiempo que lloraban. Carlos sabía, muy en su interior, que él había sido el responsable. Ya que había visto el momento justo en el que gatilló hacia el cielo, pero el perdigón rebelde de su escopeta casera dio de lleno en el techo del balcón y salió rebotando de forma violenta contra los dedos de esa mujer. Los vio desprenderse en cámara lenta, los vio siendo arrancados por el impacto del plomo al mismo tiempo que la mujer fruncía la cara y, presa de un dolor jamás experimentado, aceptaba que alguien o algo le había disparado.

Estaban sentados en el living de la casa de Roberto Morelli. Lloraban del miedo, y los piedrazos en la ventana sonaban cada vez con más intensidad. Afuera, una muchedumbre indignada pedía que salieran a dar la cara, mientras agitaban los dedos arrancados de la señora que había sido disparada por error.

Levantaron la persiana de la panadería y entraron a saquear todo lo que había dentro. Desde una ventana del balcón, con la persiana baja, Roberto veía lo que sucedía, cómo se llevaban todo. Lloraba y gritaba de la bronca. Sus lágrimas se estancaban en la comisura de sus labios y bajaban pastosas de cocaína que sobraba de sus fosas nasales.

A las tres de la madrugada, los vecinos corrieron lejos de la panadería. Se escuchaban sirenas de policías. Carlos y sus compañeros asomaron la cabeza por uno de los ventanales que daba al balcón, y vieron camionetas. Uno de ellos gritó: —Son los del Grupo Halcón, son el Grupo Halcón. Avisen a Roberto. Vino el Grupo Halc…

La frase quedó incompleta y fue a causa de un estallido que se escuchó en la habitación que Roberto Morelli compartía con Leticia, su esposa.

Corrieron a la habitación y los cuatro gritaron de horror. Lloraban y se sacudían sin saber qué hacer.

En la cama, y todavía con el arma en la mano, Roberto miraba hacia el techo con los ojos abiertos y muertos. Un hueco en la carne, todavía largando un humo débil, en su sien derecha dejaba en evidencia que había decido escapar de este mundo por no tolerar que le saquearan sus pertenencias. La sangre manaba de su cabeza y empapaba la cama matrimonial. Carlos Villarreal supo que ahora conocía el fin de todo. Bastó con verlo muerto en la cama para que el tiempo se detuviera y su cabeza se separara de su cuerpo.

Cuando volvió en sí, estaba en una camioneta de La División Especial de Seguridad Halcón, con las manos esposadas y mirando a sus tres compañeros. Todos lloraban y eran presos del miedo de no saber a dónde los llevaban. Los fantasmas de los setenta se hicieron presentes y bailaron una danza macabra junto con el mismo miedo que emanaba de los cuatro ahí.

Los llevaron a una comisaría, los desnudaron y revisaron, los golpearon como nunca los habían golpeado. Los llevaron, sin ropa, al patio y se reían de ellos mientras tiritaban del frío cuando les tiraban agua con una manguera que parecía estar conectada a un iceberg.

Los tiraron en una celda oscura. Sin comida, sin cigarrillos, sin la posibilidad de poder hablar con sus familiares. A los veinte años, Carlos Villarreal comenzaría su primera estadía en la cárcel de San Miguel. Su bautismo trágico fue sólo el inicio. Estuvieron encerrados cinco meses hasta conseguir salir de ahí.

1973
BEATRIZ

El 27 de febrero de 1973, a las siete y media de la mañana, un poco al norte y en el jardín de la República Argentina, daba su primer grito de vida Beatriz García, hija de Olga Abasse y Guillermo García; hermana de Sandra y José Luis.

Sus primeros seis años los vivió en Tucumán, donde conoció las puestas de un sol norteño y comió praliné de la mano de su padre, que la llevaba a pasear y le mostraba distinto animales que aparecían en los campos aledaños a su casa. Cuando cumplió siete años, se trasladó a Buenos Aires junto a su hermana y sus padres vivieron en la localidad de San Martín, en los conventillos de Villa Martelli.

Durante su estadía en Buenos Aires, Beatriz tuvo que afrontar un gran desafío, que incluía ir a un colegio que no le gustaba porque extrañaba constantemente a sus pequeños amigos de Tucumán.

Iba al colegio llorando y volvía de la misma forma. Su nariz sangraba cada vez que eso pasaba. Y la tristeza de haber salido de su lugar de origen logró que repitiera segundo grado.

Los errores que cometía Beatriz se pagaban con gritos constantes: su mamá, Olga Abasse, la retaba a cualquier hora, en cualquier momento del día.

A los 7 años, Beatriz no podía acostumbrarse a los ritmos de Buenos Aires. Su manera de demostrarlo era mojando la cama cuando estaba dormida. Lo que irritaba y crispaba los nervios de su madre.

Le habían dado una última chance de no mojar la cama. Si lo hacía, las medidas de castigo iban a cambiar. Así que Beatriz dejó de tomar líquido por la noche para no hacerse pis. Y dejó de dormir tranquila. A veces, iba al baño y se quedaba haciendo presión con su uretra para expulsar hasta la última gota de orina contenida en su interior. De esa forma, se aseguraba de no recibir un castigo.

Estaba durmiendo y soñaba con sus compañeros de clase, con las sonrisas que había dejado allá.

Todas las noches soñaba con una de mis mejores amigas de Tucumán. Ese día fue como siempre. Ella, la vino a visitar en sueños y se hicieron cosquillas hasta el estallido. Y la ensoñación de Beatriz se interrumpió cuando entendió que no se había hecho pis sólo en un sueño, era lo que había ocurrido también en el plano de los que estaban despiertos. Abrió los ojos en la oscuridad y sintió pánico. Su cama estaba nuevamente empapada con orina. Beatriz temblaba, estaba amaneciendo y su madre tenía la costumbre de despertarla para arrancar el día. Se quedó paralizada en su cama y volvió a dormirse hasta que alguien le tiró del pelo y le preguntó con gritos por qué se había vuelto a hacer pis. Estaba muerta de terror y temblaba ante la cara iracunda de su madre. Y volvió a pasar. Volvió a mojar su cama porque tenía miedo. Su madre lo tomó como una provocación y accionó para “tratar de curarla”, como se justificó después. En el piso de su cuarto, Beatriz vio a su madre traer una pila de diarios y armar una pira con bollos de papel. Cuando la pira fue lo suficientemente grande como para que ella se pudiese sentar, la prendió fuego. Se dirigió a Beatriz, que empezó a llorar gritando que no, que por favor no. Cuando estuvo cerca, su madre la tomó del pelo y la arrastró al fuego con la intención de hacerla sentar sobre la pira, que ardía. Beatriz lloró gritando que no le hicieran nada. Su madre la soltó del pelo cuando estaban muy cerca del fuego, se echó a reír y le dijo: Espero que ahora entiendas como se cura a las meonas. Te va a servir el día que decidas traer hijos al mundo. Beatriz tenía doce años cuando su madre la obligó a comer y ella no quería. El menú, como el de hacía cinco días venía siendo el mismo: arroz con huevos fritos y papas hervidas. Comé, dale. No te hagas la artista que hay miles de chicos que no tienen para comer —le decía su madre mientras observaba el plato lleno. Beatriz detestaba esa comida por repetirla todos los días. Negaba con su cabeza mientras la miraba. Sus ojos se empaparon de lágrimas, su madre había estallado de furia y le había tirado el plato de arroz con huevos en la cabeza. Harta de la situación y al grito de —Comé, comé, hija de puta. A los dieciséis años, Beatriz pasaba fuera de su casa la mayoría del tiempo. Mentía que iba al colegio y se escapaba con su banda de amigos “Los dueños de la chacra”. La pandilla se bautizaba con ese nombre porque habían encontrado la forma de meterse en una chacra abandonada. El bendito punto de encuentro para reírse, tomar vino y fumar marihuana mientras escuchaban a Los Pasteles Verdes. En ese grupo de personas Beatriz se volvió la mejor amiga de Julio, “el chileno”. El chileno tenía veinte años cuando conoció a Beatriz. En menos de tres meses se enamoró de ella para siempre y se lo confesó años después, pero sólo recibió un rechazo rotundo. La familia de Julio era numerosa e integrada por muchos menores de edad y sus hermanas, todas madres solteras. Las bocas tenían hambre combinada con carencia de trabajos. Julio y sus cuatro hermanos salían a robar para tener ingresos y mantener a la familia de nueve hermanos. Los saqueos fueron un alivio para ellos. Ya no robaban con armas de fuego, ahora sólo tenían que meterse en los negocios y sustraer mercadería ajena. Habían salido a saquear el 05 de junio del año que corría, 1989. La pandilla entera y las chicas también. Beatriz no tenía la necesidad de hacerlo, pero quería ser rebelde y robarse algo que no tenía. Ella quería pañales para su primer sobrino, Emanuel. Se habían organizado con los “dueños de la chacra” y por la noche, en caravana, fueron todos al mismo comercio mayorista. El blanco perfecto para un montón de bocas hambrientas desesperadas en la noche. Más de cien personas esperaban en la puerta. Agitadas por el sentimiento de entrar y llevarse cada paquete de harina, azúcar, yerba y fideos. Cuando lograron, entre las personas amotinadas, tirar la puerta principal del mayorista, entraron a llevarse todo. Los hombres de la pandilla fueron por las cosas más pesadas. Beatriz corría llorando de felicidad de un lado a otro, libre como un murciélago en la noche estrellada, bajo sus brazos había bolsas de pañales. Su corazón se sacudió con violencia cuando la policía ya asomaba por las calles. Intentó llamar a sus amigos y alertarlos, pero ellos estaban ensañados con llevarse carritos llenos de mercadería. Alertados por sus gritos, corrieron con los carritos a cuestas y no pudieron escapar de la ley. Balas de goma se incrustaron en algunas piernas, en espaldas y brazos. Ella salió ilesa pero los veía caer uno por uno, como una bandada de pájaros que se cruzaban con un destino poco amigable. Algunos heridos, otros presos del susto. Beatriz corrió llorando, sentía que los había traicionado en la noche de los saqueos. Llegó a su casa con dos bolsones de pañales. Besó en la frente a su sobrino y se tiró en la cama a llorar hasta que se quedó dormida. A la mañana siguiente, Beatriz fue a la casa de su mejor amigo y se enteró de que “los dueños de la chacra” estaban presos en la comisaría de San Miguel. No podían recibir visitas. Sólo podían tener contacto con el mundo exterior mediante cartas que, además, eran entregadas con la mitad de los paquetes de cigarrillos y galletitas que ella les mandaba todas las semanas a Julio y sus amigos. Entre las cartas que recibió, empezaron a aparecer otras dirigidas hacia ella, pero de ninguno de sus amigos. Cartas firmadas con las iniciales C. V. le empezaron a llegar cada vez que iba a la visita. Empezó a contestarlas, ya que se encontró hablando con un muchacho cuatro años mayor que ella, que en pocas palabras le había explicado la sacudida violenta que dio su corazón cuando Julio le había mostrado una foto de ella una de esas noches en las que sólo les quedaba hablar de sus asuntos en el exterior y mirar fotos, extrañando hasta que dolía intensamente. Carlos quedó fascinado con la foto de aquella chica, y en silencio le escribió la primera carta a Beatriz. La primera de tantas en esos cinco meses de furia y encierro. Un lazo invisible y luminoso salía desde el corazón de Carlos Villarreal, aprisionado en la minúscula celda de la comisaría de San Miguel, y llegaba hasta el cuerpo de Beatriz García y la envolvía. El lazo del amor que la revitalizaba y la hacía pedalear con bolsas de comida hasta la prisión que la separaba de sus amigos, mientras sonreía y era feliz por sentir el sol en la cara. Se juraron esperarse cuando él saliera de ese pozo. Algunos días pasaban volando y otros de forma muy lenta. Y Beatriz seguía escuchando “Los Pasteles Verdes” mientras se probaba ropa, abrazada al pensamiento de la cantidad de cosas que tenían para hacer con Carlos. Se prometieron ir directamente a un hotel a tener sexo. A despojarse de la ropa y de la ansiedad. Un auténtico apetito que a los dos los comprometía al mismo tiempo que les generaba deseos desenfrenados en el corazón. Una mañana, no muy lejana, Beatriz despertó con una sonrisa en la cara y el canto de los pájaros en sus orejas. Se bañó y controló que su cuerpo estuviera liso y sin vellos. Se lavó los dientes dos veces y practicó caras de sensualidad frente al espejo. Ese día no fue a la comisaría en bici. Se subió a un colectivo y su cuerpo olía a perfume importado (el único perfume que su madre guardaba en un ropero). Fue sonriendo y practicando lo que iba a decir llegado el momento en que el sol empezase a caer y por fin, después de cinco meses, liberaran a Carlos Villarreal junto con todos los demás que esa noche habían caído.

1990

El 25 de octubre de 1990, después de una temporada de romance intenso, Carlos Villarreal y Beatriz García contrajeron matrimonio.

Él, con veintiún años y ella pisando los dieciocho, decidieron pronunciarse votos y se prometieron amor en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Se juraron amor de por vida hasta que la muerte los separe. Sellaron la unión con aplausos, lágrimas y risas. Dejaron su marca en el tiempo con fotos, vestidos de gala, y comiendo a lo grande, bailando hasta el amanecer, interactuando con las dos familias involucradas en la unión. Ahora en sus dedos descansaban unas alianzas de oro, gemelas, que los vinculaba de forma directa y legal.

1991

El calendario hace hincapié en el día catorce del mes de febrero, cuando Beatriz empezó a sentir náuseas y que una vida se alojaba en su vientre. Lo sentí desde mi primer atraso. Creyó que había un bebé en su interior, y una prueba de embarazo le dio la razón. Esperó sentada a Carlos y cuando lo vio atravesar la puerta, lo hizo sentar en la mesa. Le hizo un mate y, con los ojos llenos de lágrimas, anunció que estaba embarazada. —Si es varón, le vamos a poner Carlos Fabián —le dijo él totalmente decidido. —Se va a llamar Matías. Es un varón, lo sé ya. Algo me lo dice en todo el cuerpo —le respondió Beatriz y se fue corriendo a vomitar. Cuando hubo terminado con sus espasmos, desde el baño gritó: —Se va a llamar Matías Ezequiel. Ah, Feliz Día de los enamorados. Su voz sonaba con eco. Carlos ya se había acostado en el sillón y estaba sumido en un profundo sueño reparador que acompañaba con ronquidos, que apagaron el trayecto de la voz de Beatriz.

22 de octubre de 1991

Beatriz García se despierta a las cuatro de la madrugada. Su panza es enorme y un bebé ya formado del todo nada por sus entrañas y le recuerda que está vivo. Que están vivos los dos. Ella se toca la panza y sonríe. ¿Hoy salís, no?, se pregunta en voz alta. Carlos, a su lado, descansa con olor a alcohol en la boca. Ella lo mira, lo observa cuando duerme y se da cuenta de que puede amarlo sólo cuando está así de inerte y cuando no está haciendo estupideces o volviendo tarde a casa con los ojos enrojecidos. Se da cuenta de que está dejando de sentir ese lazo que los unía. Mientras tanto, toca su panza y sonríe. No quiere amar a un hombre borracho y pestilente. Ella sólo tiene amor incondicional para el hijo que lleva en el vientre. El sol amenaza con salir muy tímido y ella siente una punzada que le asegura que las contracciones no van a parar. Intenta despertar a Carlos y, como no consigue resultados, se levanta para preparar el bolso. Mete pañales, ropita de recién nacido, un perfume Baby Johnson, mientras se sostiene contra la pared porque una contracción asestó contra su estabilidad. Abre la canilla de la ducha y pone la radio a todo volumen en el equipo de música que ambos habían recibido como un regalo cuando se casaron. Carlos salta de la cama sin entender nada. Como si depositaran a un ser vivo en una olla llena de realidad líquida e hirviente, libre de toda anestesia y borrachera que apaga el cuerpo junto con la cabeza. La mira y abre grande los ojos. Entiende lo que está pasando y comienza a ayudarla. Las contracciones se vuelven más constantes a eso de las seis y media. Pero le llama la atención que no le duele como pensaba que le iba a doler. Quizás, sus expectativas del dolor de parir eran muy altas. También revolotea, en su cabeza, la idea de que si su bebé no le hace doler es porque algo malo está sucediendo. Piensa en un bebé flaco y sin fuerzas. Sin ganas de salir a conocer el mundo. La angustia invade su pecho. No siente dolores. Las contracciones disminuyen, pero el médico no puede entenderlo, el bebé parece venir en camino de todas formas. Siendo las 07:32 de la mañana, y con una tormenta de primavera que estallaba en el cielo con relámpagos parecidos a raíces de luz, Beatriz alzó su grito de guerra en el mundo sólo dos veces para que su bebé pudiera ser expulsado de su cuerpo y así poder transitar el camino de la maternidad, al que adornaría con gemas de experiencia. Un camino que ya se había descubierto desde los inicios, con esas nauseas tan premonitorias, y que ahora estaba preparado para ser transitado. La ausencia de dolor extremo que imaginaba sólo le dejó más tiempo para sonreír mientras se lo acercaban. Vio un cuerpo con muchos pelitos, un pelo negro azabache que adornaba la cabeza del recién nacido, que solamente lloró cuando le cachetearon las nalgas. Quedó enamorada de tan preciosa e hinchada creación que tenía en sus brazos. Le besó la frente para darle inicio al mismo lazo que los unía cuando él. Ahora estaban juntos para caminar en la vida. Carne con carne. Unidos para siempre en un mundo que se caía a pedazos, y del que mucho no importaba. Eran ellos dos, contra lo que pudiera pasar. Beatriz lloró de felicidad y bañó a su hijo en lágrimas. Carlos no había hecho el curso para presenciar el parto. Se adjudicó débil para esas cosas. Y durante esas horas se la pasaba tomando vino y comiendo asados con amigos nuevos que conseguía todo el tiempo. Cuando por fin pudo ver a su bebé en brazos, un brillo le iluminó los ojos, aunque no parecía entender lo que veía. —Está hinchado, ¿no? —dijo el reciente padre, dudando, pero siendo sincero. Se notaba a leguas que jamás había tenido un bebé en brazos, ni a sus hermanos menores. —Sí. Y es hermoso. Ahora está hinchado —le dijo Beatriz, reacia con cualquier crítica que pudiera deformar el concepto de su obra de arte viviente y chiquita. —Se va a llamar Matías Ezequiel —dijo Carlos para apaciguar la cara de ira de su esposa—. Tiene carita de Matías. Mi flaquito, hermoso. Con su pelo negro, parece un renacuajo. Ambos rompieron en llanto y besaron al bebé en la frente. Sus corazones palpitaban excitados y los hilos de sus almas empezaron a enredarse los unos con los otros, a unirse en un mundo que era uno y parte de los tres al mismo tiempo, en una burbuja y una comunicación eterna entre sus miembros. La familia se había formado. Unidos para siempre. Tres que eran uno. ¿El amor era eso?, se preguntaron los dos por dentro. Cada uno por su lado volvió a mirar al bebé de pelo negro que respiraba profundo y casi ni había llorado. No hizo falta responderse nada. La respuesta estaba presente siempre que posaran sus ojos sobre ese pequeño ser.

1996
Primeras parálisis

Papá tiene un gran problema con el alcohol y la cocaína, y yo estoy pisando los seis años de edad y sé que hay algo malo en mi casa. Ya no somos tres en la familia, mi hermana Belén llegó al mundo la calurosa mañana del veintisiete de febrero. Pero ni su neonata presencia, ninguna espada, pistola con sebitas ni los chasquibum pueden ahuyentar a semejante monstruo. Lo siento asomarse por la noche y caminar por la casa. Es una sombra negra, con olor a cerveza, que balbucea en un idioma desconocido.

La primera vez que lo vi fue cuando mamá estaba sumida en un sueño profundo y yo esperaba a que papá volviera de su noche de euforia y reviente. Tenía esperanzas de que lo iba a escuchar entrar por la puerta del living antes de poder apagar mis ojos.

Mi papá siempre aparecía cuando yo estaba dormido y después lo encontraba desmayado en la cama. Pero esa noche lo vi por primera y única vez. Entró en la casa y yo estaba espiando por la puerta de mi habitación. Su mirada, perdida; su paquete de cigarros, casi vacío.

Estaba sentado en la mesa y jugaba con una tarjeta. Daba golpes frenéticos y después apoyaba su nariz acompañada de lo que parecía un tubo chiquito. Respiraba profundo y tomaba cerveza.

Papá no se percataba de que yo espiaba sus rituales. Mamá dormía demasiado relajada, como si realmente buscara bucear en otros mundos en esas horas de descanso, de punto muerto. Nada estaba bien, esa noche empecé a sentirlo.

A medida que papá se sonaba la nariz contra la mesa, unas telas negras que había traído colgando de sus ropas se lograron separar de su cuerpo y formaron una cosa negra que se arrastraba por el piso. Largué un pequeño grito de terror cuando vi la forma en la que esa cosa serpenteaba alrededor de mi padre. La cosa negra adquirió el tamaño necesario para aprisionar a mi papá sin que él se percatara de nada. Yo me fui a la cama y lloré contra la almohada. Mi papá me daba miedo. Tenía pesadillas recurrentes con esa escena. Lo amaba, pero sin esa cosa que se le había tirado encima. Entró a mi cuarto. Me dio un beso en la frente, cargado de un olor etílico, antes de sentarse a mirar televisión. Durante todas las noches en las que papá no llegaba y yo lo esperaba, esa cosa, que se había pegado a él y a sus ropas paseaba por nuestra casa. Paseaba por las habitaciones y decía palabras que jamás llegué a entender. Cuando me dormía, enojado y decepcionado porque él no llegaba, sentía a esa cosa sentada sobre mi cama. El olor a lo que ahora sabía que se llamaba cerveza o birra, que embriagaba la atmósfera opresiva que se presentaba en la oscuridad. Mi cuerpo no se podía mover, fuerzas invisibles me apretaban los huesos y me cerraban la boca: no podía gritar un suplicio a mi mamá. Los días de jardín y preescolar habían llegado, pero perdía mis fuerzas durante la noche, cuando esa cosa aparecía y me paralizaba. Había noches en las que mamá me llevaba a dormir con ella. Le daba miedo mi relato sobre la sensación que sentía en la oscuridad. Ella creía en un amplio catálogo de demonios que le había presentado la iglesia. Al mismo tiempo que también le temía a la frágil mente de un niño de cinco años que podría devenir en locura. Su pequeño hijo se sentía morir por las noches, escuchaba voces y sentía sus huesos quebrarse. ¿Qué le está pasando a mi hijo?, era la pregunta que rebotaba en su cabeza. Una noche River Plate, el equipo de fútbol por el cual papá había desarrollado una pasión folclórica y exagerada, había perdido la copa. Papá llegó con su olor habitual: una mezcla entre cigarros, sudor y alcohol. Mamá estaba cansada de protestar contra su accionar, pero ya no conseguía hacer nada. Cuando papá se emborrachaba, necesitaba tener la razón, y no hay nada más peligroso que un ser humano ebrio peleando por tener la razón. En la tele, en el canal Nickelodeon, pasaban La vida moderna de Rocko, y yo observaba atento, hipnotizado, todo lo que pasaba en el capítulo, aunque mis orejas estaban pegadas a la puerta del cuarto de mis padres. Estaban discutiendo. Papá arrastraba las palabras, mientras que mamá aumentaba el tono, y los insultos se hacían más frecuentes. Me perdí el capítulo por no prestar atención. Sentí rabia y miedo. Empecé a tener la sensación de que algo no estaba bien. Escuché gritos al mismo tiempo que se abrió la puerta del cuarto de mis padres. Papá salió corriendo y se llevó por delante el taburete donde descansaba nuestra tele de veinte pulgadas. La tele se estrelló contra el piso, y se rompió. Papá llegó a la puerta del living y me miró. Sus ojos estaban perdidos. Me los clavó dos segundos mientras yo seguía con la boca abierta. Rompiste la tele. ¿Por qué?, fue la primera frase que no pude decir. Algo me anuló la boca, mi habla estaba desaparecida y disfuncional. El shock de verlo capaz de destruir cosas. Como había empezado a destruir nuestros lazos. Papá se fue corriendo y mamá gritaba mi nombre. Mi hermanita, bebé en ese momento, pegaba alaridos propios del miedo y de haber sentido todo lo que pasaba. Me acerqué a la habitación y las vi: Mamá estaba tirada contra la pared. Sostenía a Belén en sus brazos. Lloraba y de su nariz goteaba sangre que manchaba la ropa de su hija. Mi cabeza se había desprendido de mi cuerpo y no entendía lo que estaba pasando. Se rompieron mis esquemas. Mi-papá-acaba-de-romperle-la-nariz-a-mi-mamá. Cuando me encontré con esta escena, mis cinco años y la desesperación no coincidían. Era un ser humano demasiado pequeño para albergar y procesar todo lo que estaba pasando en ese momento. Estaba conociendo el lado B de un matrimonio. Ese lado B en donde todo el amor que se juraron al casarse ya no existe. Desaparece, se deteriora. Sólo convivían las agresiones y los golpes. Corrí hacia la casa de mi abuela, con lágrimas en los ojos, pensando en mi mamá y su nariz, su sangre, mi hermanita llorando, el viento me daba en la cara y el invierno me avisaba que llegaba para congelar todo a su paso. Mientras el barrio, sumido en un completo silencio propio de una noche helada, era el único que me acompañaba en ese instante en que el dolor y la desesperación tomaban control de mi cuerpo. Mi abuela vino conmigo, y llamamos a la policía. No tardaron más de diez minutos en venir. Mi mamá le contó a mi abuela que mi papá le había dado un golpe cuando ella lo acusó de robarle plata. Cosa que era verdad. Mientras tanto, yo le preparaba hielos en un repasador con flores blancas para que se lo pusiera en la nariz. Mi mamá me pidió perdón. Yo trataba de procesar lo ocurrido, cuando una luz azul que titilaba llegó a mi casa y se metió por la ventana. Mi abuela le resumió lo que había pasado, y subimos al patrullero. La primera vez que pisé una comisaría fue por causa de mi papá, mientras mi mamá hacía una declaración de esa película de terror que habíamos vivido, yo sostenía a mi hermanita en brazos. Cuando la declaración se acercaba a su fin, escuchamos gritos en la recepción de la comisaría. A mi papá lo traían esposado al grito de ¿Así que te gusta pegarles a las mujeres? Ya vas a ver, mientras él, cuando me vio sentado y con mi hermanita en brazos, abrió los ojos haciendo una mueca extraña, como si hubiese empezado a sentir el peso de sus errores. Su mirada, tratando de forcejear con los policías mientras me gritaba hijo, perdoname, perdoname, por favor, y luchaba por quedarse a explicarme algo que a mí me había dejado aturdido y disociado. Esa fue la última vez que vi a mi papá y la última vez que quise verlo.

Buscando a papá en el horóscopo, esos años de odio hacia mi madre

En octubre, cuando cumplí seis años, aprendí a leer. A mi mamá se le ponían los ojos brillosos cada vez que me escuchaba unir letras y pronunciar cómo sonaban. Todo el tiempo me decía que era superdotado y hermoso. Pronto iba a empezar primer grado y me sentía feliz de saber leer. Mi mamá me decía que debía tener cuidado con las matemáticas.

No arreglaron el televisor, pero lo sacaron del living. Verlo ahí tirado y roto me hacía recordar a mi padre y no dejaba de llorar por días.

Para distraerme, mi abuela aparecía todos los viernes en casa y me traía diarios que sus empleadores acumulaban en bolsas de consorcio.

En casa no había libros, pero practicaba lectura leyendo los diarios y así me enteré de que existía el horóscopo y que, según mi mamá, yo era de libra. Agarraba los diarios e iba directo al horóscopo.

Tenía la esperanza de que el diario me fuera a avisar si papá quería volver para golpearnos o romper aún más nuestra televisión.

La primavera rompió con el esquema invernal de ese año y todo floreció ahí afuera, menos en mí. Volví a casa un lunes por la mañana después de haber pasado un fin de semana en lo de mis primos que vivían en Saavedra. En el sillón color caqui inmaduro descansaba Eli, una de las mejores amigas de mamá. Le di un beso en la frente. Aumentó muchísimo de peso y verla tapada con la frazada gris me recordó a esas ballenas que habitan en el sur de Argentina. Quería tanto a Eli, siempre que la veía llorar por su padre, muerto de cáncer de garganta, me preguntaba cómo había hecho para quererlo tanto. Me perturbaba pensar en ataúdes, corrí al cuarto de mamá.

Cuando entré, presioné la perilla de la luz, y la escena que vi me desencajó, me despertó un odio y una agresividad que no me cabían en el cuerpo. Mi nariz empezó a chorrear sangre y al mismo tiempo todo mi cuerpo quería actuar. Pero me quedé quieto, paralizado de ver a mi mamá compartiendo su cama con otra persona que ya no era papá. Mamá había decidido tener un novio y no me había dicho nada. La descubrí in fraganti. Empecé a odiarla desde ese día. Me parecía una puta de mierda que no respetaba los tiempos ajenos. Mis tiempos. Me habían nombrado “el hombre de la casa” y, sin embargo, ahí estaba ella, rompiendo mi corazón con su ingratitud. Cuando la luz le molestó al punto de despertarla, gritó “Hijo, vení que te expli…” Mis tímpanos estaban sellados, así que levanté uno de sus zapatos con taco aguja y se lo tiré en la cara a su novio. Salí corriendo. La sangre manaba de mi fosa nasal derecha. Corrí hasta la casa de mi abuela y lloré sin parar, hasta que pude explicarle lo que había visto. Mamá llegó a la media hora y discutió con mi abuela. Se olvidaron de que yo estaba escuchando todo. Mamá quería ser feliz, intentar una nueva vida. Mi abuela le decía que era muy pronto. Que pensara en mí y en mi hermanita. No se pusieron de acuerdo y la tensión se sentía en el aire. Cuando mamá salió de la habitación de mi abuela, vino y se sentó, mirándome a los ojos. —Mati, tengo novio. Se llama Diego. —me dijo ella buscando el contacto de sus pupilas negras con las mías. —Qué me importa. Es tu vida. Hacé lo que quieras. Sos una put… —un cachetazo en mi mejilla derecha cortó la última palabra. Ella me miró llorando. Yo también lloraba, pero en silencio, mientras sentía al odio hacerse cargo de mi sistema. Nacía desde lo más profundo de mi corazón de niño y se desparramaba por todo mi cuerpo. Sentía impulsos horribles por todo mi torrente sanguíneo. Había una electricidad de malestar constante que oprimía mi cerebro, y voces que por dentro me decían ella es una puta, ella es una puta, se buscó a otro hombre, vos no sabés ser el hombre de la casa. Y así empezaron los años en los que odié a mi mamá.

1997
Psicólogos y hemorragias en los brazos de mamá

No puedo dormir. Los nervios me carcomen mi pequeña cabeza de niño. Cuando salga el sol y la noche se termine, estaré empezando primer grado. Tengo ansias de abandonar mi casa por un rato. Odio a mi mamá y a su estúpido novio, que trata de hablarme y caerme bien pero se le dejo bien en claro: es imposible que lo logre.

Te robaste mi puesto, muchacho, y soy tan flaco y chico que no puedo golpearte, destrozarte la cara y que mamá llore cuando te vea muerto a golpes. No puedo recuperar mi puesto de “el hombre de la casa”, prefiero irme por un rato y dejarlos vivir su farsa.

Pienso en mi papá y en dónde estará. Cuando lo hago, un torbellino me recorre el sistema nervioso y el cuerpo me pincha en todos lados. Me da escozor recordarlo. Empiezo a tratar de olvidarme de él. Pero es imposible. Su cara aparece en los pizarrones cuando quiero copiar sumas y restas. Su voz, cuando cantaba canciones de River Plate, esos cánticos de hinchada. Su manera de cortar las papas y darme de comer cuando hacía su estofado.

Es imposible no llorar en la escuela. Están todos tan excitados con conocerse que nadie se da cuenta de mi tristeza. Sólo lo hace mi maestra, la señorita Gabriela.

Levanto la cabeza y la veo. Me está mirando con la cara arrugada y se acerca hacia donde estoy sentado. Me pregunta si me siento bien. Le digo que sí, que me duele un poco la panza. Y es ahí que me lleva a dirección y mandan a llamar a mi mamá.

Llega a la media hora. Le explican que me duele la panza. Pero en el interior de su ser, yo sé que mamá no cree la excusa tonta que puse.

Me piden que espere afuera de la oficina de la directora, una señora lenta y arrugada como un dinosaurio, aunque me mira con amor de madre y siento su calidez.

Mamá sale de la oficina cuando pasan unos minutos. Me agarra de la mano y salimos del colegio. Se prende un cigarrillo y me dice que voy a empezar a ir al psicólogo.

—¿Sabés qué es un psicólogo, hijo? —dijo mi mamá mientras pitaba hondo de su cigarro.

—No —le dije—. Igual no quiero ir.

—Tenés que ir. Te guste o n… —Interrumpí a mamá. Estaba furioso.

—Andá vos, pelotuda. Yo no quiero ir. Eso es para locos. —le grité eso a mamá y corrí a mi casa.

Cuando llegó estaba furiosa. Me sentó en una silla y me miró a los ojos:

—La próxima vez que me digas “pelotuda”, vas a conocer a esta, que es hermana de esta —levantó sus puños cerrados y me los acercó a la cara— pendejo de mierda y la puta madre que te parió. ¿Qué te pasa? ¿Qué te hice? Dejá de tratarme así. ¿No te das cuenta? Vas a ser igual que tu papá. ¿Vos querés tratar mal a las mujeres y quedarte solo como él? Vas a ser una mierda, igual que tu papá. Te voy a mandar al psicólogo para que te cure porque no entendés nada de lo que está pasando. Nada.

Fueron gritos que me estamparon contra la pared. No hizo falta violencia física para que mi armadura se rompiera. Mamá parecía decidida a golpearme si realmente fuera necesario para que todo en mi interior se ajustara. Pero decidió contenerse, y a la semana siguiente tuve mi primera sesión con un psicólogo, que para mi sorpresa, no era un hombre. Era una mujer hermosa y cálida que se llamaba Silvia.

Mientras tanto, en el colegio se sabía que mis padres estaban separados y que, además, yo estaba bajo tratamiento psicológico. Ese año arrancaron los comentarios incisivos sobre mi vida y la de mi familia. Odiaba a mamá. Estaba logrando todo lo que quería: arruinarme la vida. Poniéndonos en boca de gente que tenía familias unidas y normales. ¿Acaso ella era feliz con eso que hacía? Me exponía frente a niños que se reían de mí y decían que estaba loco. Mamá me miraba sin entenderme. Yo cada día la odiaba un poco más.

Un jueves a la mañana la señorita Silvia, me hizo dibujar a mi familia. También un objeto al que le temiera y un animal.

Miró el papel y me miró a mí. Se quedó perpleja y me pidió que le explicara los dibujos.

Donde estaba graficada mi familia, había dibujado a mi hermanita en brazos de mi mamá. A mamá la hice sin rostro. Mis pelos eran puntiagudos, como filosos. Mientras que papá aparecía detrás de nosotros. Cerca, un árbol de navidad con moscas.

A mi papá lo dibujé con un tridente y cola de demonio.

El objeto al que le temía era una muñeca con tutú y con los ojos deteriorados que descansaba en una cómoda de la habitación de mi abuela. Había sido su primer juguete. Cuando dibujé al animal, hice un elefante blanco. Algo en mi corazón se paraba cuando los veía en fotos. Había algo en los elefantes que me despertaba un amor inexplicable.

Cuando mamá me hablaba, yo sólo pensaba: la odio. La odio, la odio, puta de mierda, puta de mierda, puta de mierda, hija de puta, y lograba escaparme de la charla. Un día me sacudió de los brazos. Mi nariz sangraba y no había nada que me movilizara a encontrar un pañuelo. Mamá lloraba y me decía que la perdonara que mi papá le había pegado fuerte. Me pedía compasión, mientras el paño en mi nariz acumulaba sangre y yo lloraba sin ruido, mirando a la nada. Mamá se cansó de intentarlo y salió de mi habitación gimoteando. Mientras ella cerraba la puerta con resignación, yo sonreía con sorna. Mi nariz empezó a sangrar porque los nervios de mi cuerpo y de mi cabeza necesitaban buscar una vía por donde salir. Una tarde de domingo estábamos jugando con mis primos mientras nuestros padres tomaban café en el living. En el patio había una escalera de cemento que conectaba a la terraza, desnuda y sin revestimiento. Solo un pasamano que hacía de protección. Estábamos jugando a la mancha y, en el afán de no dejarme atrapar, corrí obviando mis cordones desatados. Mi cabeza se estrelló contra uno de los escalones. Lo más perjudicado fue mi tabique, que sin romperse, dio rienda suelta a un mar de sangre que encontraba salida por mis fosas nasales. Corrí a la cocina, me puse un pañuelo sobre la nariz, y cuando me preguntaron qué me pasaba, contesté que lo de siempre. Para ese entonces, ante cualquier sangrado, me sabía manejar con libertad. Me quedaba presionando hasta que la sangre se coagulaba y se formaba un tapón. Mamá se acercó a revisarme y le dije que no hacía falta, mientras me alejaba de su caricia reparadora. No tenía miedo de estar sangrando, al contrario, me sentía vivo. La sangre, para ese entonces, no me molestaba ni me impresionaba. Si nadie estaba cerca, me daba golpes en la nariz solamente para verme sangrar. El sangrado se extendió y fui juntando pañuelos empapados de sangre. Empezaba sentir de a poco cómo mi cuerpo perdía peso, cómo se volvía más liviano. Me escondí en el garaje con un manojo de servilletas de cocina que ponía en el piso mientras las pintaba con gotas de sangre que chorreaban desde mi nariz, víctimas de la gravedad, e impactaban en la absorción del papel. Me sentía débil pero no me importaba, tenía muchas ganas de morir. Cada gota de sangre que se estrellaba, silenciosa y mortecina, contra el papel era lo equivalente a lo que sentía cuando se burlaban de mí por tener padres separados y por ir al psicólogo. En cada gota escuchaba risas, escuchaba la palabra loquito, escuchaba preguntas como ¿Tus papás nunca se pudieron querer, no? Perdí la noción del tiempo. Lo que contó mi mamá fue que me encontraron tirado y rodeado de servilletas hinchadas de sangre. Me pusieron una toalla en la nariz y me cargaron en la camioneta de Julio, el mejor amigo de mamá. Iba acurrucado en sus brazos, cuando abrí los ojos y la vi. Ella me miraba y sus lágrimas caían en mi rostro ensangrentado. Cada tanto alguna entraba en mi boca, mientras ella lloraba y gritaba histérica que teníamos que ir urgente a un hospital. La sangre manaba de mi nariz y se hacía parte de una toalla más roja que blanca. Mis ojos se cerraban solos y mi campo visual se hacía negro. Estaba tan cerca de irme a otro lugar, eso pensaba en los días posteriores, que levanté una mano para tocar la cara de mi mamá. Para despedirme. Ella me agarró la mano. Me la besó. Después me miró a mí y, con su mano libre, optó por cerrarme los ojos, como aceptando que mi paso por la muerte era inminente, totalmente incapaz de observar cómo se iban cerrando lentamente. Los cerré justo cuando la camioneta se paró, con un movimiento brusco, y no arrancaba. Mamá se agitó y me pedía que aguante. Estuvo diez minutos gritando en la ruta, conmigo en brazos, por ayuda. Nadie se quería involucrar demasiado. Pero Julio logró que la camioneta volviera a arrancar, y fuimos al hospital. Para ese entonces, mi cuerpo y mi conciencia estaban profundamente dormidos. Ese día mamá pensó que había perdido a un hijo por sus descuidos. Ese día mamá perdió a un hijo pero ganó a otro.

La esencia del otoño y el gobierno de la culpa

El verano quedó sepultado por un otoño que empezaba a manchar las veredas de amarillo. El aire en el barrio olía a hojas secas ardiendo a fuego lento. Mamá iba a hacer milanesas con puré. Camino a la verdulería, pensé en el fuego y en lo que me dijo ella cuando le pregunté qué pasaba con la gente mala.

—Se van al infierno. Un lugar donde vive el diablo. La gente mala cae ahí: los pecadores, los asesinos, los homosexuales y los travestis. —dijo ella, mientras cosía un botón que me habían arrancado del delantal.

—¿Y si me porto bien a dónde voy? —le expresé con temor.

—Al cielo. A donde vamos todas las personas buenas. A vivir con dios y los animales. En ese lugar no muerden y podés subirte a elefantes las veces que quieras. —me dijo mamá tratando de entusiasmarme.

Caminaba por el barrio pensando en si yo había sido bueno y después malo, o si en realidad era malo y me estaba convirtiendo en bueno. Me confundí y dejé la respuesta para otro día.

Mamá seguía de novia con Diego, a quien le empezamos a decir “Tete”, y era feliz porque ya no nos faltaba nada. Me hice amigo de Tete y me empezó a caer muy bien que no le importara ser mi papá, pero igual necesitaba que me respetara como a un hombre. Una tarde me pidió la mano de mi mamá. No para casarse, simplemente para marcar su territorio y que yo lo aceptara como un posible miembro de mi desarticulada familia. Le cedí la mano de semejante reina, mientras puse miradas recelosas.

Establecí la paz de esa forma: aceptando sus condiciones, y después del sangrado exacerbado, y de ver a mamá llorar hasta que los ojos se me apagaron, sentí que no era capaz de hacerle ningún mal.

La amaba, mirarla me producía culpa. ¿Cómo pude odiarla? ¿Cómo pude odiarla? ¿Cómo pude odiarla? No lo sé, de pronto el amor me invadía al verla reír y hacerme chistes. El olor a hojas secas y quemadas me embriagaban de felicidad aquellas tardes. Cada puesta del sol parecía un cuadro totalmente distinto al del día anterior: esa era la esencia del otoño, que sólo podía observar cuando era feliz, muy feliz.

A Francisco, donde esté

En el colegio me seguían llamando loco, pero no me pesaba tanto. Tenía un grupo de pequeños amigos que me querían por eso y yo me sentía contenido. Entre ellos, había uno que era alto (demasiado para nuestro curso) y era el que más me atraía cuando lo miraba. Su nombre era Francisco y me producía chispas en la panza cuando hablábamos o jugábamos a la mancha en las clases de educación física. A veces me despertaba confundido porque soñaba que jugábamos un partido de fútbol y metíamos goles. Soñaba que nuestro festejo eran besos, como los que veía en el canal I.Sat después de las 23:00 cuando mamá salía y me dejaba con la televisión prendida toda la noche. Nos empezamos a sentar juntos y yo le hacía la tarea de inglés. Era muy lindo verlo sumar manzanas y contar con los dedos, o cómo se acomodaba los anteojos cuando quería concentrarse. A veces nos decían que parecíamos novios, pero a mí no me molestaba. Ese chico realmente me gustaba y me producía lo mismo que veía que le pasaba a mis compañeros con las nenas. Soñaba una vida con él. Siendo amigos y novios para siempre. Con seis años para siempre. Pero todo plan se me destruía cuando recordaba las palabras de mamá sobre el infierno. El amor que le tenía iba a durar lo mismo que las hojas secas en esas montañas que mis vecinos, los más ancianos, hacían arder por las tardes. Pensar en amarlo para sufrir eternamente en el infierno me daba miedo, y todas las noches le pedía perdón a dios por ser así. Quería curarme, que mamá nunca lo supiera. El otoño había dado paso al invierno, y empezamos a usar muchos abrigos para ir al colegio. Francisco llevaba una bufanda que odiaba y yo le prestaba la mía, que tenía el escudo del colegio, porque quería verlo feliz. Cuando sonreía, su cara entera lo demostraba, su pelo rubio me recordaba a los dibujitos japoneses que mirábamos en esos años. Verlo con corbata y camisa me producía sensaciones en el corazón, un latido acelerado. Con solo verlo, la atmósfera cambiaba: el aula ya no era el aula, ahora era él y el aula, lograba resaltar en todos lados, en cualquier lugar donde estuviera. Empecé a ir a su casa. A mi casa no lo invitaba porque me daba vergüenza que las paredes no estuvieran pintadas ni el baño terminado. Me parecía una descortesía hacer pasar por esas condiciones inferiores a la persona más linda que había conocido. Mamá no sabía que yo le revisaba el ropero cuando no estaba. Cuando pude hacer mis expediciones con más tiempo, encontré un mazo de naipes porno (tiempo después, me enteré que era el mazo con el que Tete jugaba al truco en su trabajo de playero en una estación de servicio). Lo llevé a la casa de Francisco y empezamos a entender cómo funcionaban las relaciones entre seres humanos desnudos. Veíamos penetraciones, y nuestras mentes disparaban fuegos, ideas quemándose una y otra vez como hojas en las tardes de otoño. Nuestros conceptos de la vida se renovaban a medida que veíamos los naipes. Al parecer, que una mujer se pusiera tu pene en la boca daba placer. Y meterles el pene a mujeres aseguraba un gran placer para ambos. Eso se veía en las muecas de las fotos. Cuando había pasado media hora de estar mirando eso, Francisco y yo estábamos excitados. Era la primera vez que sentíamos el peligro de estar mirando algo prohibido y al mismo tiempo compartiendo el ritual. Nos empezamos a poner más cerca uno del otro hasta que él, más alto que yo, se puso detrás de mí y empezó a refregarse contra mi espalda. Cuando chocaba con mi espalda, largaba respiros cortitos, mientras yo miraba los naipes sin moverme de mi lugar. Su mamá entró en la habitación. No nos había encontrado en el patio y se preocupó. Para ese momento, era tarde. Su hijo y el amigo habían conocido qué significaba tener sexo. Nos encontró mientras yo pasaba las cartas de mano a mano y Francisco las miraba apoyando su cabeza sobre mi hombro y con sus brazos alrededor de mi cintura. La bandeja que sostenía con dos vasos de leche y Oreos se cayó al piso. Los ojos de la señora Galdberg se llenaron de lágrimas y dirigió una mirada fulminante (primero a mí, después a los naipes). Se acercó gritando “¡¿Qué mierda es eso?!”, y se ofuscó cuando vio las imágenes pornográficas. Se fue llorando. Mamá vino a buscarme a los diez minutos, o quizás tardó menos. Sus ojos se veían llorosos. La mamá de Francisco me acompañó hasta la puerta. Intercambiaron miradas sin decir nada y cuando me di vuelta, la imagen de Francisco al fondo del living desapareció tras un portazo de furia que su mamá no dudó en hacernos llegar a modo de mensaje, de código. Fuimos caminando en silencio con mamá. Ella no decía nada y yo sólo podía pensar en lo que habíamos hecho con Francisco. ¿Sólo yo me quemaría en el infierno por haberlo provocado o él también iba a ser castigado por abrazarme y fregarse sobre mi espalda? Esa noche me desperté gritando. Había tenido una pesadilla en la que él estaba con la ropa del colegio. Atado a una piedra. Había fuego por todas partes, se completaba la escena con gritos y llantos. Yo quería ayudarlo pero no podía. Las sogas estaban atadas muy fuerte. Él lloraba, yo también. Lo veía desarmarse, convertirse en un pequeño esqueleto negro que suplicaba por su vida. Al día siguiente, la maestra nos reubicó en lugares distintos. No nos permitían sentarnos juntos. A la semana siguiente tampoco nos permitían hablar. Francisco estaba rígido y me ignoraba. Durante las clases me dirigía miradas de odio y no le interesó que le devolviera las 50 figuritas de Dragon Ball que le había pedido prestadas para dibujarlas. Lo veía tan incómodo con su bufanda, y como me acordé de que siempre él decía que le hacía picar el cuello, no tuve mejor idea que esperar a que todos se fueran al recreo y, cuando el salón se encontraba vacío, le dejé mi bufanda que tenía el escudo del colegio y las letras M y V bordadas con hilo rojo. A la mañana siguiente vino con las manos quemadas. En su versión, apoyó las manos, sin saberlo, en los cubre hornallas, que ardían. Tiempo después nos enteramos de que fue un castigo de su padre. Con las manos quemadas y llenas de pomada, Francisco asistía sólo para escuchar las clases. Con el tiempo dejó de venir y cuando ya habían pasado más de dos meses, lo vi con otro uniforme. En otro mundo, en otra escuela. Conquistando chicas. Sin loquitos. En cambio, yo, me quedé en el mismo lugar de siempre. Siendo “el loquito hijo de padres separados” y ahora una nueva palabra para la tortura diaria: maricón.

1998
Reconstrucción de mi primera fobia

Mamá se había separado de Diego, Tete, y argumentaba que no podía amarlo. Que no le salía. Durante esa temporada, mi casa fue habitada por tres mujeres que vivían, trabajaban y ayudaban a que la casa siempre estuviera limpia. Eli, con su hija Ivana, y Analía siempre estaban predispuestas a cumplir mis caprichos. Las dos más grandes me trataban como a un hijo más. El problema era Ivana. Ivana estaba enamorada de mí. Teníamos siete y ocho años y nos peleábamos todo el tiempo porque esa era nuestra forma de gustarnos. Más tarde me daría cuenta de que mucha gente, sin importar la edad, pelea a otras para buscar una tensión. Van al choque sólo para pelear, reconciliarse y vivir del abrazo corto que se genera después de aclarar los tantos, de solucionar los problemas hasta la nueva pelea. Compartíamos la habitación y cada uno dormía en una cama distinta. A veces ella se enganchaba mirándome mientras yo leía el horóscopo de los diarios que traía mi abuela. Buscaba, en todos, mi signo: Libra, y leía atentamente que no anunciara ninguna tragedia ni la llegada de papá. La parte de salud y amor la pasaba por encima. Esa tarde Ivana estaba muy histérica y me peleaba. Le pregunté qué le pasaba y si ya estaba en la edad en la que le sangraba la concha. Ella se ofendió y se fue llorando a contarle a la madre. Yo no entendía qué la había ofendido, era algo muy común en las mujeres: sangrar y volverse ciclotímicas, según había leído en un trabajo de “Salud y Adolescencia” que mi prima Micaela había olvidado sobre una mesa. También advertía cambios hormonales y dolor de ovarios. Aunque no me podía imaginar a los ovarios. En mi cabeza eran dos albóndigas. Al rato llegó mamá y me gritó que cómo puede ser que le diga semejantes cosas a la pobre Ivana. Yo me puse rojo de furia, pero ya no sentí odio hacia mamá por lo que nos había hecho. De pronto sentí que si empezaba a tratar bien a Ivana podría convertirla en mi novia, y así dejaría de pensar en el infierno. El colegio se seguía llenando de chicos lindos y todos me resultan atractivos. En los recreos pensaba si habría más personas como yo y fantaseaba con quiénes serían, quiénes podrían serlo. Al cerrar los ojos, me imaginaba un infierno con poco fuego y personas que hacíamos una ronda y bailaba en celebración de la libertad. Le pedí perdón, y ella me sacó la lengua desde lejos, sonriendo de satisfacción. A la hora de la siesta, agarré mi bici y salí a ver a mis amigos del barrio. A mamá eso no la hacía muy feliz, pero a mí no me importaba, necesitaba verlos y que me enseñaran cómo conquistar a una mujer sangrante y hormonal como Ivana. Uno de ellos, Charo, un niño lleno de cicatrices en la cara y con dientes saltones, me dijo «Lo mejor que podés hacer es lograr que se ría. Hay que hacerle una joda». Lo dijo buscando complicidad con los demás. Al cabo de dos segundos, el entusiasmo se volvió contagioso y todos me ayudaron a cumplir con mi objetivo: conquistarla y que sea mi novia, mi secreta salvación. Empezamos a idear el plan. —Hay que llamarla, tiene que ser en la canchita. Tiene que venir sola. Entonces vos le decís que cierre los ojos y ahí es cuando la hacés reír. —dijo Charo mientras se mordía los labios y miraba de reojo a los chicos más grandes. —¡¿Cómo, cómo?! —le decía yo a él y a todos. —Como conquistó mi tío a mi tía. Le puso un sapito en la cabeza y la despeinó. —Se empezaron a reír a carcajadas—. Que ella le partió la jeta de un beso. —Hay que buscar un sapo —dijo Bebu, uno de los chicos más grandes. El más serio y el más callado. Encontraron un sapo negro y grande. Lo pusieron en una servilleta de papel que yo traje de casa cuando volví de decirle a Ivana que en media hora la esperaba en la canchita. Ella sonrió y miró hacia el piso. Su cara se puso roja de forma paulatina. ¿Acaso eso era sentir amor, ponerse rojo y sonreír porque el corazón te galopa con fuerza cuando alguien te quiere ver un rato, lejos del mundo para tener un poco de intimidad? Me lo dieron envuelto como si fuese una piedra. El sapo envuelto era húmedo y se asemejaba a tener una bombita llena de agua. Todos corrieron a esconderse entre los pastos más crecidos para mirar la escena desde la primera fila. Ivana vino. Trajo su bici Aurora, que tanto me gustaba pero que jamás accedía a prestarme y sólo la podía usar a la mañana, cuando ella estaba en el colegio. Se acercó hacia donde yo estaba y no paraba de sonreír. Me arrebató un sentimiento de entusiasmo. Ya quería probar los labios de una mujer sangrante y hormonal. Verla con esa bici, con su pelo largo y sus ojos marrones, su remera rosa y los pantaloncitos con flores celestes y blancas hizo que empezara a actuar como si realmente me gustara ella, mientras hacía esfuerzos para no reírme de aquello que después recordaría como crueldad. Ivana se acercó más, podía ver que estaba nerviosa y masticaba chicle. —En “Mi primer beso” lo hacen con los ojos cerrados —dijo ella. Se sentía olor a menta saliendo de su boca. —Bueno. A ver cómo sale —le dije yo. Y la vi cerrar los ojos en cámara lenta. Me acerqué lentamente a su boca mientras, con los ojos cerrados, tanteaba en mis bolsillos en busca del sapo. Cuando por fin lo tuve agarrado del lomo, lo saqué y se lo puse en la cabeza. El sapo se infló por toda la situación tortuosa y el estrés al que lo había sometido hasta cumplir mi misión. Ella se quiso escapar, pero fue imposible. Tomé su pelo con las dos manos y empecé a enredar los mechones con el sapo. Ella gritaba y se revolcaba en el piso. Todos los chicos asomaban la cabeza por el pastizal crecido y se reían. Ivana gritó de terror una vez más y empezó a sacudirse en el piso. De su boca salía una espuma débil. Todos salieron corriendo. Me habían dejado solo con ella sacudiéndose frenéticamente y un sapo en su cabeza. Corrí a casa y avisé a todos. Tenía lágrimas en los ojos y remordimiento en la sangre. La había matado. La maté. Maté a Ivana, la pobre inocente que no llegó a besar a un hombre antes de morir. ¿Qué hicimos? ¿Qué hice? Todos se habían ido corriendo y me habían dejado solo con su cuerpo tirado en la canchita. Y el sapo. El sapo de mierda, que no tenía ninguna culpa y fue tan víctima de mi maldad como ella. Había matado a Ivana, pero no sabía cómo explicarlo. Eli corrió detrás de mí y en su mano tenía un cinto. Llegó a donde estaba Ivana y se sentó en el piso al mismo tiempo que trataba de abrirle la boca. El sapo saltaba, a la distancia. Mamá llegó al minuto. Traía agua y me miraba como buceando en mi mente, tratando de sacar la verdadera razón por la que Ivana estaba así. Yo no podía mirarla a los ojos. Temblaba de pies a cabeza mientras Eli me pedía que pusiera el cinto sobre los dientes de la pequeña Ivana cuando lograra acomodarle la lengua. Su cara, su lengua enrollada hacia su garganta. Sus gritos. La espuma en su boca. Su pantalón mojado con orina. Sus pelos despeinados. Su cuerpo sacudiéndose como si alguien la hubiese sometido a una terapia de electroshock. Yo la sometí a eso. ¿Qué le hice? Yo sólo quería hacerla reír y que fuera mi novia. ¿Qué le hice? ¿Por qué todo me sale mal? ¿Por qué? El sapo saltaba a lo lejos y me miraba fijo, antes de sumergirse en los pastos, donde reinaba comiendo mosquitos. —Ya está. Ya está, mi cielo —le susurraba Eli mientras la acurrucaba en sus brazos, y se oía la sirena de la ambulancia. — ¿Qué le pasó, Mati, vos no tuviste nada que ver, no? —me dijo Eli mientras yo comencé a llorar y acepté mi culpabilidad, porque nunca pude mentirle a ninguna madre que me mirara a los ojos. Ni a la mía ni a las que pudiera llegar a sentir como mías. —Fue un accidente, yo no sabía que le podía pasar eso. —se lo dije y rompí en llanto. —Es que desde los cinco años que Ivi no tenía un ataque de epilepsia. Pensamos que era cosa del pasado. Pero no —dijo Eli con amargura. La ambulancia ya estaba afuera y los médicos bajaban para llevarse a Ivana. Mamá no quiso acompañarlas. Se quedó conmigo mientras la ambulancia se iba. No me hablaba y sus ojos estaban chinos, como rendijas. Estaba planeando algo. Lo sabía. Miró el piso y levantó una botella de agua. También estaba el cinto con el que evitamos que Ivana se ahogara con su propia lengua. Mamá juntó todo y sólo dijo «vamos». Cuando llegamos a casa, me tomó por la remera y me llevó a su cuarto. Dos cachetazos en la cara y unos «¿por qué?» para que los golpes tuvieran más fuerza. Mamá estaba fuera de sí y me gritaba si me gustaba eso que estaba pasando. Yo sólo pensaba en Ivana largando espuma por la boca y el sapo depositado en su cabeza. Lloraba, no por los golpes que estaba recibiendo, lloraba por ser un fracasado de mierda igual que mi papá. Estaba siendo igual que él. La profecía que me gritaba mamá cuando se enojaba era real. No había forma de escapar de ahí. Eli se fue de casa al día siguiente y antes de irse me estrechó contra sus pechos y me besó la cabeza. Derramamos lágrimas entre los dos. Aunque las mías tenían el condimento amargo, una esencia de culpa y remordimiento, recibido como castigo por haber provocado un tsunami de convulsiones en el cuerpo de su hija. Mamá estuvo sin hablarme un par de días y la tensión se rompió el día que Julio, su mejor amigo, nos contó que tenía novia.

Noche bisagra VOL I

Se llamaba Mirtha. Era una mujer de pelo corto y rubia gracias a la tintura barata que usaba. Con tatuajes en sus brazos y una M en su dedo índice.

Su carácter era explosivo y nos hacía reír. Mamá siempre le remataba sus anécdotas con «Estás loca, mujer, loca», mientras ella se reía y sacaba la lengua, adornada con un aro, una pelota plateada y chiquita que, sin disimulo, llamaba mi atención. Jamás había visto a alguien con la lengua perforada. Se le notaba en los ojos: estaba rota, su espíritu lucía roto y fragmentado. Sin embargo y una vez más, las puertas de mi casa se abrieron para recibirla.

Todos éramos felices con la noticia de que Julio, el tío Julio, había conseguido una mujer para transitar la vida. Yo los miraba reírse y añoraba con esperanzas que eso me pasara alguna vez a mí. Todavía me acordaba del infierno, de Francisco y la bufanda que le prestaba para que se sintiera cómodo.

Mamá y el tío Julio habían empezado a salir casi todos los días. Mientras yo cuidaba a mi hermanita y al mismo tiempo éramos supervisados por mi abuela Olga. Quién además pagaba por mi educación y apostaba a que siguiera leyendo con tanto ímpetu.

El inicio de un fin de semana largo, la mejor fecha elegida para salir en familia, mamá organizó una gran caravana con sus amigos y amigas. Fuimos todos a Salto Argentino y nos quedamos varios días. Dormíamos en carpas y durante el día corríamos detrás de una pelota con todos mis primos y los hijos de los amigos de mamá. Lo que había pasado con Ivana ya no me atormentaba tanto. Pero había desarrollado un rechazo muy grande hacia los sapos. Ya no podía verlos ni en imágenes porque un escozor se manifestaba en mi cuerpo y los nervios se movilizaban enviando sangre revoltosa hacia mi cabeza y luego despedida por la nariz.

A medida que pasan los años, uno va descubriendo símbolos y situaciones que le remiten a una época en particular. En mi caso, mi niñez es una gran bolsa con frases como “pica para todos mis compañeros” y “catorce la perdí”. En ese mismo saco hay tardes enteras viendo cómo el sol descendía mientras tus días sólo se trataban de andar en bicicleta, ensuciarte, bañarte y dormir para repetir lo mismo al día siguiente. En el saco de mi niñez siempre hay lugar para los bichitos de luz, que pululaban en las noches veraniegas de José C. Paz. Aunque hay algo de la niñez que jamás se olvida: ese truco de magia que sucedía cuando, exhausto de tanto jugar y correr, te dormías —en casas ajenas o en la tuya— y despertabas en tu habitación. A salvo y en tu cama, con el olor de tus sábanas y el suave roce de tu almohada, ese pedazo de nube dentro de una funda con planetas y estrellas.

Y ese domingo, volviendo de Tigre, me quedé dormido en los brazos de mamá y aparecí en su habitación. En la oscuridad, me bastó con tocar su frazada que me hacía picar el cuerpo para darme cuenta de que estaba durmiendo en su lecho.

A mi lado, se sentía una presencia y un vaho que resultaba de la mezcla entre sudor y alcohol. Tuve miedo, pensé que la cosa negra que papá había dejado en casa nos había encontrado de nuevo y me quería torturar. Pero no. Esta vez no se trataba de una parálisis de sueño. Tenía los ojos abiertos y me podía mover, era algo real.

Estiré un brazo y con la mano toqué una cabeza. Lo primero que entendí fue que era alguien de pelo corto quien descansaba cerca de mí. Una mano ajena agarró la mía y se la empezó a refregar por todo el pelo. Mi corazón empezó a acelerarse de miedo cuando descubrí que esa cabeza además tenía labios y dientes. Una lengua áspera me empezó a lamer los dedos. Mi quietud era total, el miedo me ataba a la cama con cuerdas invisibles.

El cuerpo se acercó más al mío. Su cabeza pegada a mi espalda. El perfume barato que se compraba en las revistas de Avon. Logré identificar a Mirtha acostada y no entendía por qué me estaba chupando los dedos. Su aliento etílico ahora inundaba todo el cuarto, o el pequeño cuarto donde se alojaba mi cerebro paralizado por el miedo.

Puso su nariz a la altura de mi nuca y empezó a darle lengüetazos suaves. Era similar a que te pongan una babosa hervida que, desenfrenada, recorre tu cuello.

Siguió con sus manos. Las sentí recorrer mi cuerpo, primero mis costillas, después mis piernas. Volvieron a subir y dieron un paseo por mi pelvis. Intentó meterse en mi slip de Pokemon. Y fue ahí cuando me moví un poco. Captando el mensaje y con astucia de serpiente, sacó sus manos de ahí y continuó saboreando mi cuero cabelludo.

Esperaba con ansias el momento en el que alguien prendiera la luz y me salvara de lo que estaba pasando. Pero eso no pasaba, no llegó a pasar. Ella se puso sobre mí y su lengua quería avanzar hacia mi boca. Su aliento alcohólico en la oscuridad fue una pesadilla recurrente en los años que siguieron.

Cuando sus labios tocaron los míos, tuve una erección. Cuando sus manos por fin se abrieron pasos a mis pequeños genitales, sentí que lo disfrutaba. En la oscuridad, con una mujer borracha que estaba abusando de mí y la esperanza de que ese fuese mi bautismo para dejar de gustar de chicos y no quemarme en el infierno. Intentaba meterme su lengua pero no había caso, su aliento me llegó a producir arcadas y tosí, rompiendo el silencio cargado de tensión que se percibía en el aire.

Ella dejó de aprisionar su cuerpo contra el mío y me liberó. Me senté en la cama y traté de distinguirla en la oscuridad. Mamá me había hablado de la primera vez y qué significaba tener sexo. Se lo pregunté cuando leí la frase “hacer el amor” en un programa que veíamos en el canal I.Sat.

Pero yo no había tenido ni mi primera vez ni había tenido sexo con ella. Una tipa que durante todo ese tiempo me había sonreído y a la que yo, de forma afectuosa, llamaba “tía”, me había tocado, besado e instaurado el secreto que en los años siguientes hizo de mí alguien corrupto, odioso y de sueños rotos. Mi vida había sido embarcada en un túnel oscuro sin fin. Durante los años siguientes, vivir para mí fue insoportable, me apegaba al dolor y buscaba golpearme sin parar. Sin esperanzas de volver a ver luz, sin chance de esconderme del caos.

1999
Aquellas preguntas, mutantes, antes de dormir

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué me eligió a mí? ¿Dónde estaba mi mamá cuando eso pasó? ¿Dónde estaban todos cuando eso pasó? ¿Por qué me sentía incapaz de contárselo a alguien? ¿Por qué tenía erecciones cuando recordaba aquello que pasó? ¿Por qué tenía pesadillas con eso que pasó? ¿Cuándo me iban a empezar a gustar las mujeres? ¿Por qué cuando sentía olor a vino o cerveza, una angustia se despertaba en mi interior y me golpeaba las paredes de la garganta y anudaba todo a su paso? ¿Por qué Mirtha apareció, al día siguiente de lo que me hizo, en casa con la cara desfigurada por golpes, y mi tío, por la noche, lloraba gritando que era una puta de mierda que se había hecho un aborto? ¿Qué mierda era un aborto? ¿Por qué todos hablaban de Mirtha como si fuese una asesina que había roto los sueños de mi tío? ¿Por qué Mirtha había desaparecido para siempre de nuestras vidas sin decirme aunque sea “chau, pendejito, chau”?

Diariamente una de estas preguntas aparecía en mi cabeza y me carcomía la atención. Pero no encontraba respuestas, y las preguntas mutaban en otras preguntas que me carcomían más, cuyos recuerdos estaban salpicados de miseria, asco y culpa.

Nunca sabré su verdadero motivo, jamás voy a saber por qué me tocó. No recuerdo su apellido, quizás jamás se lo pregunté. Mamá estaba en la casa de mi abuela. Habían dejado a Mirtha durmiendo en mi habitación, pero ella insistió en colarse en el cuarto de mamá para dormir conmigo, para romperme por dentro y llenarme de mierda.

Sentía vergüenza por pensar o querer expresar lo que me había pasado, había un miedo invisible mientras me sumergía cada vez más en un imaginario paranoico, contárselo a mi mamá resultaba catastrófico. Entonces, sólo me quedaba en silencio, haciéndome preguntas sin respuestas. Analizando toda esa situación de aquella noche, separando cada momento y tratando de entender por qué lo había hecho, por qué me lo había hecho. Eso es un abuso, una ruptura en el pensamiento de alguien que todavía no ha crecido y no puede procesar todo lo que le pasa. Terminar con su inocencia, llevarlo a un terreno desconocido y no apto, tirarlo ahí y abandonarlo.

Las erecciones eran puramente producto del estímulo que recibí y la presión que me auto-ejercía para no gustar nunca más de un chico. Al fin y al cabo, no me quería quemar en el infierno.

Las pesadillas eran el resultado de una gran masa oscura que mi mente trataba de procesar y olvidar.

Las mujeres me empezaron a gustar, pero la mayoría tenían más de treinta años y eran las amigas de mi mamá. A las que les hacía bailes de stripper mientras ellas aplaudían y las hacía reír. No me gustaban las mujeres, las amaba.

El olor a vino y cerveza me angustiaba porque me recordaban a las dos personas que quería ver muertas y destrozadas: Mi papá y Mirtha. En el mismo ataúd si fuese posible, cortados en pedazos.

Mirtha estaba embarazada del tío Julio pero decidió hacerse un aborto con una vecina que los hacía en la otra punta del barrio. A mi mamá le dijo, llorando, que no estaba preparada para ser madre.

Un aborto, según me explicó mi mamá cuando Mirtha se había ido de casa con la cara rota por los golpes de mi tío cuando se enteró, era «una operación para sacarte un “casi-bebé” que tenías por hacer el amor sin cuidarte, y porque a veces las cosas no funcionan y es mejor matar a la semillita antes de que se convierta en un bebé y llegue al mundo para sufrir». Como me había pasado a mí, pensé. Quizás yo hubiese querido un aborto para mi vida. Le pregunté a mi mamá si ella me hubiera abortado antes de verme sufrir. Sus ojos se inundaron de un brillo lacrimoso y me abrazó fuerte. Me dijo que me amaba y sentí la necesidad de contarle lo que Mirtha me había hecho. Pero las palabras se quedaban atoradas en mi cabeza y no descendían por mi garganta. Sentí que en ese momento era mejor cederle el espacio al “casi-bebito” que esa perra inmunda había elegido sacar de su cuerpo. Abracé fuerte a mamá, pensé en un bebé cortado en pequeñas partes. Mis arcadas empezaron a invadirme la mente.

Mamá me preguntó si me sentía bien y le dije que sí. Que estaba impresionado. Esa tarde aprendí que había mujeres que pagaban para sacarse bebés y otros reciben dinero por hacerlo.

Cuando, acostado, me tapaba hasta la cabeza y quería dormir, comenzaban las preguntas de siempre, y algunas nuevas: ¿Por qué me hizo esto a mí y además asesinó a su bebé? ¿Por qué? ¿Tiene algo con los niños? Los odia. Ella me odiaba.

Palabras afiladas y nuevos odios

Estuve sin poder decirlo y levantándome todos los días con la misma sensación: Mirtha me había tocado el cuerpo, me había hecho cosas feas. En la tele veía casos similares. Pero no podía hablarlo. Cada vez que intentaba buscar el momento, algo me interrumpía. A veces era mi propia mente que gritaba: te salvó del infierno. Ya no vas a ser puto nunca más. Otras veces la palabra “abuso” aparecía en todos los lugares, en todas las noticias.

Y como una marea que sube por la noche y obedece los deseos de una luna, cubrí toda mi superficie con cosas que trataran de no anclarme en ese momento, en esa noche, aunque fallaba muchísimo. Mamá me había dicho que ese año en el colegio haríamos la promesa a la bandera. En su cara vi el deseo más profundo en mucho tiempo: quería que sea abanderado. Me lo repetía todos los días: que yo era un chico muy inteligente y que me amaba. Me miraba con sus ojos negros, y un manto oceánico de cariño me bañaba y me sentía renovado.

Iba a lograrlo. Me propuse sacar buenas notas y a tratar de hacer todo lo posible para que mamá estuviese feliz.

De día estudiaba intensamente y por las noches, me sentaba con mamá frente al televisor a tomar café (me servía porciones minúsculas en tazas de porcelana berreta) y mirábamos películas en I.Sat.

Ella estaba soltera de nuevo y se sentía tan sola que me convertí en su amigo. Y mi principal sorpresa para celebrar nuestra amistad era que iba a ser todo lo posible para estar parado frente al mundo sosteniendo la bandera, siendo una figura de orgullo para ella, grabándome en su memoria por siempre.

Belén ya iba al jardín. Era vivaracha y hablaba de todo y con todos. Me encantaba verla; su piel morena y sus rasgos oculares eran similares a los míos. Y al mismo tiempo, los dos éramos un poco —demasiado— parecidos a mamá. Nuestra relación oscilaba entre explosiones de ira y enojo, pero a los tres minutos ya nos estábamos riendo de nuevo. Hay algo en la sangre que te une a tus hermanos, el mero hecho de crecer juntos, y es lo mismo que te puede hacer odiarlos en un par de segundos.

Mi abuela Olga nos mantuvo varios años, se encargó de pagarnos la educación. Aunque cuando ya estaba en cuarto grado, ella y mamá tuvieron una gran pelea y dejaron de hablarse.

Mamá empezó a mantenernos con la ayuda del tío Julio. Y volvieron a salir por las noches. El destino elegido era una inmortal “rockería” que ambos frecuentaban desde tiempos remotos, desde que eran chicos. Un antro lleno de historias donde sonaba música country y de estilo Rockabilly. Se expresaba mediante una danza extraña que se basa en pasamanos y en ocuparte de llevar de acá para allá a tu pareja. Mirarse a los ojos y sentir que ambos se manejan al mismo ritmo mientras a tu alrededor el tiempo sigue avanzando. Mamá me había enseñado a bailar. Y nuestros días se iban entre abrazos y música country, que escuchábamos a un volumen alto mientras ella limpiaba la casa.

El destino empezó a sonreírme el día en que estaban anunciando los próximos abanderados para el acto de promesa a la bandera y dijeron mi nombre:

Matías Villarreal. Un grupo de pequeñas cabezas giraron, al mismo tiempo, y más de cincuenta ojos estaban depositados en mí. Salté de la silla, a modo de festejo, y en el recreo todos se acercaron a felicitarme. No podía esperar hasta llegar a casa y contarle a mamá que lo había logrado. Si la felicidad y la buena suerte pudieran enfrascarse, juraría que ese día había tomado un poco de esa pócima. Mi sangre se sentía menos contaminada, como si todas mis células tuvieran una sonrisa grabada en alguna parte de sus microscópicas existencias.

Esa tarde en casa me esperaba ella, mi hermana y, además, un hombre que jamás había visto en mi vida.

Entré, los vi riéndose y saludé de forma tímida al hombre sentado a la mesa y compartiendo café con mi mamá. Ella dirigió sus ojos dulces hacia mí y dijo:

—Coco, él es mi hijo, Matías. —en los ojos de mamá había cierta especulación sobre mi forma de reaccionar. —Mati, él es Coco, nos conocimos en la rockería.

Coco me extendió la mano y, mientras me miraba a los ojos, abrió la boca y conocí su guardiana voz.

—Hola, campeón. Hoy vine a conocerlos. Tenía muchas ganas de saber cómo eran los hijos de ella —ladeó su cabeza hacia mi madre— …y también vine a pedirles la mano de ella. Quiero ser su novio. Quiero ser su marido algún día. Quiero respetarla, ayudarla y hacerla sentir la verdadera mujer que es. Yo no quiero que piense que los hombres que pasaron por su vida la maltrataron. Es una mujer hermosa, con unos hijos hermosos y se merecen lo mejor. Si me dejan, yo quiero ayudar.

—¿Vas a ser nuestro nuevo papá? —dijo Belén, mientras tomaba un Baggio de Manzana.

Todos nos echamos a reír. Coco se puso rojo, un brillo de bondad bañaba sus pupilas. Unas lágrimas salieron de sus ojos y nos contó que no tenía hijos.

Nos contó que trabajaba manejando colectivos y mi hermanita le preguntó cuánto ganaba por mes. Mamá la retó y Coco prefirió no responder. De todas formas, algo me decía que además de quererlo, mamá había buscado a un nuevo marido para que nos ayudara económicamente. Me odié por pensar en eso, así que decidí mitigar ese pensamiento contando mi novedad.

Alcé una taza con restos de café y le pegué con una cucharita.

—Atención, familia y Coco, les tengo que contar algo… —el suspenso nunca fue lo mío así que directamente fui al grano —voy a ser el abanderado del acto de la promesa a la bandera. Me eligieron, mamá, me eligieron.

Mi madre se abalanzó sobre mí y me estrechó con fuerza a su cuerpo. Sus lágrimas, calientes; su olor, tan rico en el pelo; su suéter, negro; y el corazón latiendo con fuerza y orgullo. Nos fundimos en un abrazo que no pasaba hacía muchísimo. De esos abrazos que reviven la suma infinita de abrazos que uno se puede dar con quienes ama.

El lazo que nos unía ahora se multiplicaba en múltiples filamentos que enlazaban su cuerpo con el mío. Amaba a mamá, de nuevo y como nunca lo había hecho.

Hicimos un asado para festejar y vinieron personas a saludarme. Todos los que me querían. Esperé hasta las doce de la noche con la esperanza de que alguien le contara y él decidiera venir corriendo a verme. Pero no pasó. Mi papá estaba desaparecido de nuestras vidas y un hijo abanderado no iba a lograr que viniera.

De todas formas, qué importaba. Esa misma tarde, un señor bajito, morocho y con un jopo que caía sobre su frente había tenido la cortesía de pedirme la mano de mi madre y ayudarme a ser un verdadero “hombre de la casa”.

Abanderado y con nuevo padre. La vida me soplaba brisas de tranquilidad, y un aroma dulzón empezó a manifestarse en los días siguientes. Aunque cada tanto me despertaba y pensaba en ¿por qué? ¿Por qué nos hizo esto a nosotros?

El día había llegado y mi pelo no estaba bien crecido del todo. Mamá siempre había optado por llevarme a la peluquería y pedir que me pasaran una maquinita porque mi pelo crecía de una forma horrible y no era maleable. Motivo por el cual siempre me sentí burlado y feo. Mis orejas tienen una forma particular, cuanto menos pelo había en mi cabeza, más apariencia de taza con doble manija tenía.

Sin embargo, ese día había usado colonia y me había cepillado los dientes dos veces. Practiqué miradas de triunfo frente al espejo y me repetía que todo iba a salir de maravillas.

Llegamos al colegio y las maestras me miraban como si portara una corona imaginaria. Todas me sonreían, todos lo hacían. ¿Eso era a los 10 años: una figura que despertaba un sentimiento de superación y disciplina? Aunque iba mucho al psicólogo porque la ausencia de mi papá me producía desequilibrios emocionales, ese día no podía parar de pensar en él. En lo que se estaba perdiendo.

Me dieron instrucciones de cómo sostener la bandera, de cómo incrustarla en esa lata forrada que se pegaba a la franja honorífica del abanderado. Tenerla entre mis manos era como llevar un mástil sagrado. Sentía poder, como si se tratara de una varita mágica gigante que multiplicaba la sonrisa y el orgullo de mi madre.

«Demos un fuerte aplauso a quien hoy tiene el honor de portar la bandera, y a quienes la escoltan, asegurando libertad y amor por la patria: de cuarto grado, Matías Villarreal, y Daniela Visconti y Federico Trinidad».

Los aplausos enviaban electricidad por todo mi cuerpo. Se multiplicaban cada vez más. La sangre subía y bajaba, así como mis náuseas y en mi interior ardía la caprichosa esperanza de ver a mi papá entre los cientos de rostros que esperaban vernos ahí parados celebrar a la patria.

El himno había comenzado a sonar y ahí estábamos los tres, rígidos y serios como las maestras nos habían pedido. Entre las personas que nos miraban había flashes de fotos. Yo cantaba buscando a mi padre entre la gente. Pero no estaba. ¿Por qué pensé que iba a venir? …y los libres del mundo responden al gran pueblo argentino salud… ¿Dónde estaba? ¿Con quién? ¿Tendría nuevos hijos? ...coronados de gloria vivamos… ¿Esa piña que le pegó a mi mamá fue todo lo que nos dejó? ¿De eso se trataba todo, de que te engendren y te lastimen para siempre, para luego irse de tu vida? ¿Odiaba a mi papá? Sí, lo odiaba. Lo odiaba tanto que deseaba verlo muerto. Enterarme de cómo había muerto. Quería poner un aviso en el diario que dijera “Despedimos a Carlos Fabián Villarreal. Mal padre, sorete gigante”. Entre la gente que me fue a ver pude ver los rostros de mamá, de Coco, mi hermanita, mi abuela y mi madrina. La sien me titilaba demasiado y la cabeza me dolía, ¡Oh! Juremos con gloria morir, cantaba mientras una gota de sangre se asomaba por mi nariz. ¡Ohhh! Juremos con gloria morir, ahora sangraba por las dos fosas mientras que por mis cuencas oculares volvían a aparecer las lágrimas que había derramado cuando aquella noche me tiró la televisión. Podía ver los rostros de todos los que tenía enfrente, sus caras estupefactas por culpa de un niño de diez años que sostenía la bandera mientras lloraba y sangraba. Gran papelón. Todo por esperar ver a mi papá entre esas personas que ahora se llevaban sus manos a la boca mientras yo sangraba de forma continua. ¡Ohhh! Juremos con gloria morir, grité con todas mis fuerzas antes de apagarme y ver cómo todo se fundía a negro.

2000
Aquellos tesoros de la niñez, el que le roba a un(a) ladrón(a) tiene cien años de perdón

Me quiero cambiar de colegio. —le dije a mi mamá. —en el colegio todavía me joden por lo que pasó el día que juramos la promesa a la bandera, y me tienen harto.

—En este momento está medio difícil. ¿Qué te parece para el año que viene? Te quedan tres meses nomás. Aguantá. —mamá me acarició el pelo y me miró de forma dulce.

Me besó la cabeza y se fue a limpiar. Me quedé tirado en la cama leyendo y jugando con un libro de “Elige tu propia aventura” que se trataba del Titanic. Aunque trataba de elegir las opciones que me aseguraban morir, de alguna u otra forma siempre quedaba vivo y eso me daba rabia. Lo tiré a un costado de la cama y me puse a contar mis figuritas de Dragon Ball. Eran más de 250. Mi propio tesoro, los billetes de mi infancia. Las miraba todos los días y las clasificaba por tipo, por repetidas, por hologramas. Las amaba realmente, como cualquier niño que descubre el sentimiento de atesorar cosas.

La señorita Griselda era una mujer rechoncha y de cara seria, y nos llamaba la atención por todo. Estar en su curso de Lengua era como practicar el arte de quedarse quieto y trabajar en silencio, porque ella no toleraba los ruidos. Sus clases eran como velorios sin llantos. El lenguaje de basaba en miradas y movimientos de labios. Cada tanto una risita. Pero siempre hablando con el compañero que tuvieras cerca, muy cerquita.

Mientras ella corregía pruebas, y después de que nos dictara las consignas para trabajar, yo me dedicaba a intercambiar figuritas repetidas.

Había una sensación de adrenalina muy fuerte cada vez que lo hacíamos; una simple mirada de esa mujer, que no perdonaba y nos gritaba con su voz finita e infernal, podía arruinar toda la jugada. Nos paralizaba y, mientras se acercaba, nos estudiaba el cuerpo y la cara, para luego sacarnos el tesoro, que devolvía al final de la clase.

Pero nosotros: Federico Trinidad, Diego Montenegro y yo, nos asegurábamos de que la señorita Griselda no estuviera al tanto del mercado negro de figuritas que manejábamos en sus clases.

Pero un día pasó. No lo veíamos venir. Pensábamos que era imposible porque conocíamos todos sus movimientos. Pero yo nos mandé al muere: dejé escapar un grito ahogado cuando me ofrecieron la figurita de Giru, un robot blanco que formaba parte de los personajes principales de Dragon Ball. Me producía una ternura inexplicable y necesitaba esa figurita. La tenía en mis manos, la satisfacción se sentía en todo mi cuerpo, por fin estaba sonriendo de nuevo.

—¿Qué están haciendo… tarea, no? —la voz de la señorita Griselda se metió en nuestro pequeño círculo de travesuras y lo rompió.

Ninguno podía hablar, estábamos paralizados. No queríamos mirarla a los ojos. Su presencia estaba cerca y se podía sentir su enojo, su respirar tan pronunciado.

Dos manos gordas, de dedos adornados con anillos feos, se encargaron de quitarnos nuestros mazos abarrotados de materia prima que nos servía de charla y unión en el recreo.

—Esto es para mí y se los voy a dar a fin de año. Por rebeldes y maleducados. —La señorita Griselda les puso nuestros nombres a los mazos y se los guardó en la cartera. Nos miró con una sonrisa y, aunque no lo dijo en voz alta, la vi decir—: pónganse a trabajar.

Pasaron semanas y no nos devolvía los mazos. A Federico se lo devolvieron antes de terminar las clases pero el mío seguía sin aparecer, guardado en el bolso de la ogra. Mamá reclamó dos veces por mi mazo, pero cada vez que buscaba a la señorita Griselda para charlar, ella no estaba o se escapaba. Después dejó de intentarlo porque se ponía agresiva, y me dijo que no me preocupara. Me secó las lágrimas y me dijo que mi maestra iba a recibir su merecido.

Esa noche tomamos café y vimos una película llamada “Mi vida en rosa”, en la que un niño llamado Ludovic, demasiado andrógino, tenía la mentalidad de una niña. La película muestra cómo el niño acepta el género que tiene en la mente y no presta atención al de su cuerpo, aunque su familia se horrorice cada vez más y más. Cuando terminamos de verla, mamá tenía lágrimas en los ojos y me buscó con la mirada.

—Mati, ¿te puedo hacer una pregunta? —me dijo, seria y bastante incómoda.

—¿Qué? —dije sabiendo lo que me iba a preguntar.

—¿Si en algún momento sentís que te gustan los chicos, confiarías en mí como para contármelo? —su voz sonaba dudosa pero no dejaba de flotar un tono de nervios ansiosos por una respuesta.

—Obvio que te lo diría. Pero no me gustan los chicos. Ahora mismo me gusta una chica que se llama Mayra Pereira.

—Ah, bueno. Qué bueno. —mamá parecía convencida. Se levantó para ir al baño.

Me quedé mirando el piso, hacia la nada y perdido en el vacío de unas cerámicas rojas y negras que se desplegaban por toda la habitación. Repitiéndose, como la mentira enorme que había dicho. Podía sentir, en el silencio, cómo esa mentira se volvía cada vez más mentira y me inmovilizaba, como un tablero de Damas donde mis razones entraban en juego. Si se lo decía, mamá iba a sentirse mal, aceptando que me iría al infierno. Y si no se lo decía, iba a empezar a tener secretos. Los secretos, pensaba yo, se volvían cargas después de mucho tiempo. Después de esa charla, lo comprobé.

Mamá volvió del baño y le toqué el tema de mis figuritas confiscadas por la señorita “Grimierda”. Ella, muy decidida y con sabiduría me aconsejó que esperara hasta la última clase con ella y que le robara algo. Podía ser plata, un aro, una foto, un recuerdo, su documento de identidad.

—Cuando salgan todos al recreo, si deja el bolso, se lo revisás rápido. Y le sacás algo. Sólo para recordar cuando lo mires y lo tengas en tu mano, que el que le roba a un ladrón tiene cien años de perdón —me dijo mamá.

Y eso hice la última clase que tuvimos con la señorita Griselda. Estuve rogando toda la hora que saliera disparada a fumar, a la sala de profesores, y se olvidara el bolso.

La campana sonó y ella, usando su dedo como si fuese una batuta, dio la orden de salir. Todos mis compañeros salieron disparados como perdigones de un mismo cartucho. En cambio, yo me quedé y planifiqué mi estrategia. Disponía de unos escasos minutos hasta que la señorita Griselda se diera cuenta de que no tenía su bolso y volviera para llevárselo. Esperé a que Daniela Visconti agarrara su revista de chismes y entonces sí me quedé completamente solo. Me sentía en paz, había algo en la soledad que se podía apreciar por la simple quietud. El silencio reinaba y el salón parecía estar durmiendo. El sol atravesaba las ventanas.

Me acerqué al bolso negro, muy feo y desgastado, lo abrí y miré su contenido: una crema para manos, un paquete de cigarrillos Jockey Club, una agenda, tres lapiceras, una petaca de anís “Los 8 hermanos” (con el tiempo entendí porque la señorita Griselda tenía ese aliento pasado por alcohol que tanto rechazo me daba cuando salía de la boca de una mujer grande) y por último, en una bolsa de papel madera descansaba un libro de tapa blanda, con un muchacho en la portada. Iba tras el rastro de una pelota con alas, mientras que en el fondo se veía un lago sin fin, que besaba las costas de un castillo custodiado por un perro de tres cabezas que parecía mirar a la media luna y el cielo salpicado de estrellas. Un unicornio terminaba de completar la escena, se lo veía corriendo en el bosque. Los anteojos y la cicatriz en forma de rayo sobre ese niño que montaba una escoba fueron el toque final para que mi corazón se acelerara de forma brusca.

Abrí el libro y en una hoja en blanco rezaba “Para mi hija Gabriela, con amor de mamá 15/12/2000”.

Leí la dedicatoria y algo en mi interior me gritó que eso era lo que necesitaba llevarme de ella. Era algo que me haría recordar que yo una vez tuve un tesoro y ella decidió arrebatármelo. Se lo robé. Lo metí en mi mochila y estuve temblando toda la tarde hasta que la señorita Griselda se fue a dar clases a otro colegio, sin antes despedirse y agradecernos por el buen año que tuvimos. Ofrecía su sonrisa más irónica y me miró a los ojos dos veces. Yo jugaba a que todavía sentía culpa por lo de las figuritas. Pero eso era una mentira, estaba fingiendo dolor por algo irrecuperable.

Poco me importaban las figuritas, cuando esa tarde llegué a casa sintiendo que en la mochila cargaba con algo que valía su peso en oro, mientras mamá me convidaba un mate

—Mirá, mamá, le robé este libro. Se lo iba a regalar a la hija. —le dije mientras engullía un pedazo de tortilla.

—Harry Potter y la piedra filosofal. ¿De qué será, no? —mamá estaba decepcionada, o eso parecía, quizás esperaba mi aparición acompañado de un monedero o cosméticos.

—No sé, pero yo me voy a leerlo ya. —le dije mientras me metía en mi cuarto y encendía mi velador con forma de calabaza de Halloween.

Siempre imagino que una voz anuncia el inicio del despegue cuando uno se sube a un barco, crucero o un avión. “Buenos días, queridos pasajeros, están a punto de sentir el despegue hacia el destino que eligieron. Ahora, necesitamos que se pongan cómodos y disfruten el viaje. Gracias”. Ese pensamiento lo tuve desde el primer momento en que abrí mi ejemplar, mi nuevo tesoro, y leí el cuarto párrafo del capítulo uno, “El niño que vivió”:

“Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región…”

De esa forma había empezado mi despegue e iniciación al verdadero mundo de la literatura. Ya no se trataba de pequeños libros de elegir aventuras prediseñadas y buscar la muerte en los finales. Había empezado a leer un verdadero libro, mi desafío era llegar al final y seguir por los otros, las continuaciones. Un fervor me recorría el cuerpo y una sensación tibia que penetraba por mi cabeza y bajaba hasta el corazón a medida que avanzaba por los capítulos y, entre páginas, caminaba por los castillos de Hogwarts. También hubo días en los que le decía “Wingardium Leviosa” a mi cartuchera, esperando que se levantara y comenzara a levitar. Había desatado un torbellino de emociones a medida que leía. También había recuperado la capacidad de volver a imaginar, de salirme de ese mundo donde mis días orbitaban hacia los amargos recuerdos que asociaba con adultos. Ese mundo donde tu padre te abandona por un poco de droga y las mujeres grandes te tocan la entrepierna cuando están borrachas, con el único fin de romperte el alma en pedazos. Había encontrado en mi primer libro las ganas de llegar al final y empezar otro. Me esperaba, en la página 215, un poco del brillo de vida que sentí que había perdido o me habían robado. Leí “Harry Potter y la piedra filosofal” catorce veces. En cada lectura encontraba detalles nuevos y me había llegado un rumor: la película venía en camino. Ese verano, con mis primos, nos pusimos a juntar cobre de cables que no servían y que encontrábamos en las calles o, en todo caso, robábamos. Tenía que buscar la forma de conseguir el segundo libro. Mamá me regaló “Harry Potter y la cámara de los secretos” para año nuevo y, sin saberlo, participó activamente de que empezara a leer para sanarme. Sin entender cómo funcionaba, y hasta admirando mi capacidad para estar quieto y volando al mismo tiempo, pasaba por al lado mío y me besaba la cabeza cuando me veía con un libro abierto y los ojos buceando entre letras; en los territorios curativos de mi imaginación. Y así fue como muté por primera vez, y muy a lo lejos y cada vez más cerca. Abrir un libro se convirtió en un gran alivio para los recuerdos que me perseguían, leer se convirtió en mi actividad favorita, a la que descuidaba sólo porque me había fanatizado con “Nevermind”, un disco de Nirvana que se había olvidado un amigo de mamá hacía mucho. El día que se fue tomó prestada una bicicleta que jamás devolvió y yo me tomé la libertad de apropiarme de ese disco, valía mucho más. Había empezado una nueva etapa en mi vida. Era malo y odioso durante el día, la voz de Kurt Cobain expresaba los desgarros internos que sentía en el pecho. Mientras que por la noche, J. K. Rowling me curaba con sus párrafos y conjuros, actuando como un bálsamo.

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320 s.
ISBN:
9789874935205
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