Kitabı oku: «Magia en el mar »

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28001 Madrid
© 2020 Maureen Child
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Magia en el mar, n.º 2142 - diciembre 2020
Título original: Temptation at Christmas
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-954-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Si te ha gustado este libro…
Capítulo Uno
Sam Buchanan odiaba la Navidad.
Siempre la había odiado, pero este año tenía más motivos que nunca para desear hacer desaparecer del calendario la temporada navideña.
–Venga, vete a hacer un crucero navideño –murmuró furioso–. Muy buena idea.
Había sabido que sería duro, pero él no era de los que se desentendían de sus obligaciones. Tenía un negocio del que ocuparse y no permitiría que sus asuntos personales se interpusieran.
Pero eso no significaba que tuviera que agradarle.
Desde su suite privada del Noches de Fantasía, uno de los barcos de Cruceros Fantasía, miró hacia la curvada proa con su cubierta color azul cielo y el mar extendiéndose tras ella. Miró en esa dirección porque no quería mirar hacia el muelle.
El puerto de San Pedro, California, estaba abarrotado de pasajeros emocionados por partir hacia Hawái y lo que menos le apetecía era ver a gente feliz y de celebración. Una vez el crucero zarpara, podría encerrarse en su suite y salir únicamente para controlar a sus empleados.
Hacía cuatro viajes al año en distintos barcos de la línea Buchanan porque siempre había pensado que experimentar los cruceros en persona era el mejor modo de estar al corriente de lo que necesitaban tanto sus clientes como sus empleados y de asegurarse de que el trabajo de esos empleados satisfacía sus expectativas.
Con una taza de café entre las manos miraba fijamente el océano. Una vez estuvieran en mar abierto, iría a ver al capitán del barco y después daría una vuelta por los restaurantes.
Pero no le apetecía lo más mínimo.
Sus cruceros eran exclusivos para adultos, aunque en Navidad se permitían niños a bordo para que las familias pudieran disfrutar en sus barcos más pequeños e íntimos.
Así que durante ese crucero no solo tendría que enfrentarse a kilómetros de guirnaldas navideñas, árboles iluminados y villancicos, sino que también tendría que aguantar a docenas de niños. Y aun así, eso sería mejor que estar en su casa, donde la ausencia de Navidad lo atormentaría más todavía.
–¿Diga? –preguntó cuando le sonó el teléfono.
–Señor Buchanan, el capitán dice que zarpamos en una hora.
–Bien. Gracias –colgó y escuchó el silencio de su suite. Ahí habría mucho silencio durante las próximas dos semanas. Y era algo que deseaba y temía a la vez.
Un año atrás las cosas habían sido distintas. Había conocido a una mujer en otro crucero y dos meses después habían celebrado una boda navideña y habían hecho este mismo crucero en su luna de miel. Sí, por Mia había sido capaz incluso de darle una oportunidad a la Navidad.
Ahora ese matrimonio y ella habían quedado atrás, pero la Navidad había vuelto como para torturarlo.
Dejó la taza de café sobre la barra del minibar, se metió las manos en los bolsillos y contempló su precioso camarote. Eran ciento diez metros cuadrados de lujo con suelos de teca que resplandecían bajo la luz del sol y una pared de vidrio unidireccional que le ofrecía unas vistas incomparables del océano y de la amplia terraza privada que se extendía a lo largo de la suite.
Además tenía dos dormitorios y tres cuartos de baño. El dormitorio principal y el baño adjunto tenían también paredes de vidrio unidireccional. Él podía ver lo que había fuera, pero nadie podía ver lo que había dentro.
Y a pesar del entorno en el que se encontraba, Sam se sentía… al límite. Salió a la terraza y al mirar abajo, hacia la cubierta de proa casi vacía, se fijó en una mujer con el pelo largo, ondulado y pelirrojo y sintió un fuerte golpe en el pecho.
–No es ella. ¿Por qué iba a estar aquí?
Aun así, no era capaz de desviar la mirada. La mujer llevaba unos pantalones blancos y una camisa verde de manga larga. El cabello se le alzaba y sacudía con el viento. Entonces se puso de perfil y Sam vio que estaba embarazada. La decepción y el alivio se entremezclaron en su interior hasta que la pelirroja se detuvo y miró arriba.
¿Mia?
Le dio un vuelco el corazón y cerró los puños con fuerza sobre la fría y blanca baranda.
¿Estaba embarazada? ¿Por qué no le había dicho nada? ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Y por qué no se quitaba las gafas de sol para dejarle ver esos ojos verdes que lo habían embrujado durante meses?
Sin embargo, no le concedió ese deseo. Al contrario; sacudió la cabeza claramente disgustada y echó a andar, desapareciendo de su vista en un instante.
Mia. Embarazada. Y ahí.
Sam necesitaba respuestas. Salió corriendo de la habitación y bajó a la cubierta principal, donde aún había pasajeros embarcando. El sobrecargo estaba ahí, junto con dos miembros del equipo de animación, para dar la bienvenida a los viajeros al Noches de Fantasía.
–Señor Wilson –dijo, y el sobrecargo se giró.
–Señor Buchanan. ¿Puedo ayudarle en algo?
–Sí. ¿Se ha registrado una mujer llamada Mia…? –estuvo a punto de decir «Buchanan», pero entonces recordó que su exmujer usaría su apellido de soltera–. ¿Mia Harper?
Rápidamente, el hombre comprobó la lista de pasajeros.
–Sí, señor. Así es. Hace media hora. Ha…
Así que sí era Mia. Y una Mia embarazadísima.
–¿En qué suite está?
Sabía que tenía una suite porque todos los camarotes del Noches de Fantasía eran suites. Algunas estaban decoradas y equipadas con más lujos que otras, pero todas eran espaciosas y acogedoras.
–En la Poseidón, señor. Dos cubiertas más abajo en la zona de babor y…
–Gracias. Es todo lo que necesito –Sam se abrió paso entre la multitud que ya abarrotaba el atrio, la zona de bienvenida principal de cualquier barco.
En el Noches de Fantasía el atrio eran dos pisos de escaleras de cristal y madera, ahora cubiertas por guirnaldas de pino. En el centro había un árbol de Navidad gigantesco con miles de lucecitas de colores y adornos que los pasajeros podían comprar en la tienda de regalos. En un extremo había un coro cantando villancicos y, rodeando todo el espacio, kilómetros de más guirnaldas de pino.
Del techo colgaban cientos de tiras de brillantes luces blancas que simulaban una nevada, y a lo largo de una pared había mesas abarrotadas de galletitas navideñas y chocolate caliente.
Sam apenas se fijó en todo eso y tampoco se entretuvo esperando el ascensor, sino que fue hacia la escalera más cercana y subió los escalones de dos en dos. Se conocía cada barco de la flota como la palma de su mano, así que no necesitó consultar los mapas que había en las paredes para saber adónde dirigirse.
La suite Poseidón era una de las más grandes. ¿Por qué Mia se habría molestado en reservar una de dos dormitorios? Y si estaba embarazada, ¿por qué no había ido a hablar con él directamente meses atrás? No tenía respuestas a todas las preguntas que se le pasaban por la cabeza, pero se prometió que resolvería ese misterio cuanto antes.
Las animadas conversaciones y las carcajadas de los niños y sus padres lo persiguieron por el primer vestíbulo de la zona de babor. Los pasillos de los Cruceros Fantasía eran más anchos de lo habitual y especialmente luminosos, con suelos de teca y placas en cada puerta representando el nombre del camarote en cuestión. Por ejemplo, la puerta de la suite de Mia tenía una imagen de Poseidón subido a una ballena y sujetando su tridente como preparado para atacar a un enemigo. Preguntándose si sería un presagio de lo que iba a suceder, llamó a la puerta y un instante después esta se abrió.
Cabello largo y pelirrojo. Ojos verdes. Camisa verde. Pantalones blancos. Tripa de embarazada.
Pero no era Mia.
Era Maya, su gemela.
¿Estaba sintiendo alivio, decepción o las dos cosas? Se la quedó mirando, pero no se le ocurrió nada qué decir.
Maya, en cambio, lo miró y dijo con brusquedad:
–Feliz aniversario, capullo.
Casi al instante Mia apareció detrás de su gemela.
–Maya. Para ya.
Su hermana la miró.
–¿En serio? ¿Vas a defenderlo?
–¿Defenderme de qué? –preguntó Sam.
–¿De qué? –repitió Maya fulminándolo con la mirada antes de dirigirse a su hermana–. ¿En serio? ¿Incluso ahora quieres que me haga la simpática?
Mia tiró del brazo de su hermana.
–Te quiero, pero lárgate.
–Muy bien –respondió Maya levantando las manos. Miró a Sam una última vez y añadió–: Pero no me iré lejos…
–¿Pero qué…? –murmuró Sam mirándola con recelo mientras la mujer se alejaba.
Ese no era el modo en que Mia había querido manejar la situación, aunque en realidad nada de lo relacionado con ese viaje estaba saliendo como había querido. Por ejemplo, no había tenido pensado llevarse a toda su familia con ella, pero ya no había nada que pudiera hacer al respecto excepto, tal vez, mantener a Maya lejos de Sam.
–Ya, no puede decirse que sea tu mayor fan –admitió Mia antes de salir al pasillo. Cerró la puerta, se apoyó en ella y miró al hombre de sus sueños.
O, mejor dicho, al exhombre de sus sueños.
Era alto. Siempre le había gustado eso de él. Es más, había sido una de las primeras cosas en las que se había fijado cuando se conocieron. Ella medía un metro setenta y cinco, así que había sido genial conocer a un hombre que midiera más de metro noventa. Aquella noche llevaba unos tacones de casi ocho centímetros y aun así había tenido que levantar la mirada para poder mirarlo directamente a los ojos.
Y eran unos ojos fantásticos, por cierto. Azules, muy muy claros, que pasaban del hielo al fuego en un instante. Tenía el cabello demasiado largo para tratarse del pelo del director de una empresa tan importante, pero era tupido y de un negro brillante y hubo un tiempo en el que le había encantado enredar los dedos en él. E incluso después de todo lo que había pasado, sus dedos aún anhelaban hacerlo.
Llevaba traje, por supuesto. Sam no tenía un estilo de vestir «relajado». Él lucía sus elegantes trajes sastre como si hubiera nacido para ellos. Y debajo de ese traje azul oscuro de raya diplomática sabía que habría un cuerpo que parecía esculpido por los ángeles.
El corazón le daba brincos y no era de extrañar. Lo había conocido y se había casado con él en cuestión de dos meses, y aunque el matrimonio había durado técnicamente solo nueve, sabía que podría tardar años en olvidar a Sam Buchanan.
–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó él.
Mia frunció el ceño.
–Vaya, qué agradable bienvenida, Sam. Gracias. Yo también me alegro de verte.
–¿Qué pasa, Mia? ¿Por qué está mi exesposa en este crucero?
Era más «esposa» que «ex», pensó Mia, aunque de eso ya hablarían más adelante.
–Porque necesitaba verte a solas el tiempo suficiente para hablar.
Él se pasó una mano por su precioso pelo.
–¿En serio? ¿Es que no podías haber levantado el teléfono simplemente?
–¡Por favor! ¿Crees que no lo he intentado? Tu asistente no hacía más que darme largas diciéndome que estabas en una reunión o en el jet de la empresa volando hacia Katmandú…
–¿Katmandú?
–O algún sitio exótico muy lejano y, al parecer, fuera del alcance de mi teléfono.
Sam se metió las manos en los bolsillos.
–¿Así que vas a hacer un crucero de quince días?
Mia se encogió de hombros.
–En su momento me pareció una buena idea.
–Con Maya.
–Y con su familia.
Sam miró hacia el pasillo y después hacia la puerta cerrada, como esperándose que Joe y los niños salieran de su escondite.
–Es una broma.
–¿Por qué iba a bromear?
La puerta se abrió y ahí estaba Maya, mirándolo.
–¿Por qué no iba a traerse a su familia como apoyo para enfrentarse a ti? –preguntó Maya.
–¿Apoyo? –Sam se sacó las manos de los bolsillos, se cruzó de brazos y miró al reflejo exacto de Mia–. ¿Por qué narices iba a necesitar apoyo?
–¡Como si no lo supieras! –contestó Maya con brusquedad–. Y te voy a dar otra noticia: mamá y papá también están aquí y no están muy contentos.
Sam miró a Mia.
–¿Tus padres están aquí?
Ella levantó las manos con gesto de impotencia. No había invitado a su familia a acompañarla al viaje, simplemente había cometido el error de contarle a su gemela lo que tenía planeado y Maya había hecho el resto. Su familia estaba cerrando filas para protegerla y evitar que volvieran a hacerle daño.
–¿También están aquí Merry y su familia? ¿Primos? ¿Amigos?
–Merry no se fiaba de lo que pudiera hacer al verte –respondió Maya.
Gracias a Dios que Merry, su hermana mayor, hubiera decidido quedarse en casa con su familia porque de lo contrario las cosas se habrían puesto mucho más feas. Resultaba reconfortante ver que al menos un miembro de su familia era sensato.
–Maya –dijo Mia con un suspiro–, no estás ayudando. Cierra la puerta.
–Vale, pero estaré escuchando de todos modos –advirtió y cerró la puerta con tanta fuerza que el sonido resonó por el pasillo.
–Merry se ha quedado en casa para ocuparse de la panadería. La Navidad es nuestra época de más trabajo.
–Sí, lo recuerdo.
–Siempre estamos muy ocupados estos días –continuó como si él no hubiera dicho nada–. Mi madre y mi padre irán hasta Hawái, pero luego volarán a casa desde allí para ayudar a Merry.
–No lo entiendo.
–¿Qué parte?
–No entiendo nada –Sam la agarró del brazo y la apartó de la puerta porque sabía que Maya estaba escuchando todo lo que decían–. Sigo sin saber por qué estás aquí y por qué pensaste que necesitas un ejército para hablar conmigo.
–No es un ejército. Solo es gente que me quiere.
Se soltó el brazo porque el calor que le estaba produciendo su mano resultaba toda una distracción. ¿Cómo iba a centrarse en lo que había ido a hacer allí cuando él era capaz de disolverle el cerebro con tanta facilidad?
Y esa era precisamente la razón por la que su familia la había acompañado.
–Tenemos que hablar.
–Sí, eso ya me lo había imaginado –respondió él mirando hacia la puerta aún cerrada.
Estar tan cerca de Sam estaba despertando todo su interior y sabía que iba a necesitar a su familia como parapeto porque su impulso natural era acercarse a él, rodearlo por el cuello y acercarle la cara para que le diera uno de esos besos que había estado anhelando los últimos meses… e intentando olvidar.
Pero eso no solucionaría nada. Seguirían siendo dos personas vinculadas solo por un papel. Nunca habían estado casados del modo en que lo estaban sus padres. Los Harper eran una unidad, un equipo en el mejor sentido de la palabra.
Sam y ella, por el contrario, habían compartido una cama pero poco más. Él siempre estaba trabajando y cuando no estaba en el trabajo, estaba o encerrado en su despacho repasando documentos y haciendo llamadas o de viaje para reunirse con clientes y constructores de barcos y… con cualquiera menos con ella.
La pasión aún bullía entre los dos, pero Mia había aprendido por las malas que una vida no podía edificarse sobre el deseo. Necesitaba un marido con quien poder hablar y reír, y eso ellos apenas lo habían hecho. Quería un hombre que no estuviera oprimido por sus propias normas internas y Sam no sabía ser flexible. No sabía ceder.
Ella lo había intentado. Había luchado por su matrimonio, pero se había rendido al darse cuenta de que era la única que lo estaba haciendo.
Si Sam se hubiera mostrado dispuesto a trabajar en su matrimonio, aún seguirían juntos.
–Vale, pues hablemos –dijo él mirando aún hacia la puerta con recelo como si esperara que Maya fuera a aparecer en cualquier momento–. Pero no aquí donde Maya pueda oír todo lo que decimos… –se quedó pensativo y añadió–: Por cierto, ya de paso, tengo que reunirme con parte de la tripulación y comprobar unas cosas…
Ella suspiró.
–¡Cómo no!
–Sabes que hago estos cruceros para reunir la información que necesito sobre cómo están funcionando nuestros barcos.
–Sí, lo recuerdo –y recordaba los cruceros que habían hecho juntos después de casarse, uno a las Bahamas y otro a Panamá. Y en ambos solo había visto a su marido por la noche, en la cama. Viajar con Sam, un adicto al trabajo demasiado ocupado, había sido como viajar sola–. Por eso estamos aquí. Sabía que vendrías.
Él se rio.
–¿Aun sabiendo que odio los cruceros navideños?
–Sí, porque eso te ayuda a evitar tener que estar en casa pasando unas «no Navidades».
Sam odiaba la Navidad.
Durante la celebración de su boda se había visto rodeado de hojas de acebo, flores de Pascua y guirnaldas de pino, y después había accedido a que Mia pusiera en casa un árbol, luces y una guirnalda, pero de no haber sido por ella, en su casa no se habría celebrado la Navidad.
Por el contrario, la familia de Mia comenzaba la temporada navideña el día después de Acción de Gracias. Ponían las luces y villancicos, compraban y envolvían los regalos, y sus sobrinos escribían a Santa Claus.
Había intentado que le contara por qué odiaba tanto esas fiestas, pero como era de esperar, Sam no le había dicho nada. ¿Y cómo podía llegar hasta un hombre si cada vez que traspasaba sus muros él los construía más altos?
Por todo ello había sabido que Sam haría el crucero para evitar estar en una casa carente de alegría navideña. No le había visto mucho sentido hasta que se había dado cuenta de que, aunque para él la decoración navideña no significara nada, una casa desprovista de esos adornos le haría recordar que era distinto a la mayoría de la gente; que había elegido vivir en un mundo gris mientras los demás estaban de celebración.
–Estos cruceros se reservan con meses de antelación. ¿Cómo has conseguido suites para toda la familia?
–Mike se ha ocupado.
–¿Mike? ¿Mi propio hermano?
–Me estaba ayudando, no traicionándote. Espero que ahora no la pagues con él.
–¿Qué crees que le haría? –le preguntó indignado.
–¿Quién sabe? ¿Volar hasta Florida y arrojarlo al océano? ¿Pasarlo por la quilla? ¿Encerrarlo en una mazmorra? ¿Encadenarlo a un muro?
Él abrió los ojos de par en par y soltó una carcajada.
–Vivo en un ático, ¿lo recuerdas? Y por desgracia no viene equipado con una mazmorra.
Sí, claro que recordaba el ático: espectacular y con unas vistas increíbles del océano al otro lado de una pared de cristal. Aunque también recordaba haber pasado demasiado tiempo sola en ese lujoso y espacioso lugar porque su marido había preferido sumergirse en el trabajo.
Ese recuerdo la ayudó a no flaquear.
–Bueno, entonces arreglado. No le des la lata a Mike por esto.
–Ni tampoco le daré la paga de Navidad –murmuró Sam.
–Es tu socio, no tu empleado. Se lo vas a hacer pasar mal de todos modos, ¿verdad?
–Estaba de broma.
–¿Sí?
–Prácticamente. ¿Sabes? Olvídate de Mike –la miró fijamente a los ojos y le preguntó–: ¿Por qué estás aquí, Mia? ¿Y por qué te has traído a tu familia?
Necesitaba el apoyo de su familia porque, sinceramente, no se fiaba de lo que pudiera hacer estando a solas con Sam. Solo con mirar su cara y su cuerpo se le nublaba la mente. Tenía que ser fuerte y no estaba segura de poder serlo sin ayuda. Pero eso a él no se lo diría.
–Querían hacer un crucero y yo tenía que venir a hablar contigo, así que hemos decidido venir todos juntos.
–Sí, claro, qué feliz coincidencia. ¿Y para qué tenías que verme?
–Esa va a ser una conversación más larga.
–¿Incluye el motivo por el que has elegido nuestro aniversario para tenderme una emboscada en mi propio barco?
Si en ese momento hubiera tenido delante a su gemela, le habría dado un puntapié.
Que Maya le hubiera deseado a Sam un feliz aniversario no había sido muy apropiado. Le encantaba que su familia fuera tan protectora con ella y que estuvieran tan furiosos con Sam, pero era su vida y tenía que manejarla a su modo.
Por cierto, ¿Sam había mencionado lo de su aniversario únicamente porque Maya acababa de recordárselo? De pronto la enfureció pensar que hubiera podido olvidarlo. ¿Tan fácil de olvidar era su breve matrimonio? Desde luego, ella no había olvidado nada del tiempo que habían pasado juntos.
Solo recordar aquellas noches en sus brazos hacía que se le acelerara el corazón y le ardiera la sangre. ¡Qué duro era estar tan cerca de él y no acercarse para besarlo! O para acariciarle la mejilla o apartarle el pelo de la frente.
Contuvo un suspiro.
Todo habría sido mucho más sencillo de sobrellevar si no fuera tan guapo.
Desde el momento en que se conocieron en uno de sus cruceros, se había sentido atraída por él. Había sido como una atracción eléctrica y, al parecer, eso no había cambiado. Esos ojos azules claros aún la miraban como si fuera la única mujer del mundo, su boca aún le provocaba ganas de mordisquearle el labio inferior y el recuerdo de esos brazos fuertes y musculosos rodeándola… ¡Ay! ¡Le encantaría volver a sentir todo eso aun sabiendo que sería un error enorme!
–¿Estás bien?
La pregunta de Sam despertó a su cerebro de una maravillosa fantasía.
–Sí, estoy bien. No elegí a propósito la fecha de nuestro aniversario, surgió así, sin más. Y, como te he dicho, tenemos que hablar y no creo que este pasillo sea el lugar más apropiado para hacerlo.
–Tienes razón –Sam miró hacia la puerta cerrada tras la que, sin duda, estaría acechando Maya–. Pero tampoco pienso hacerlo con tu hermana delante.
Mia se rio.
–No. No es un buen plan. Iré a buscarte cuando me asegure de que mis padres están instalados y ayude a Maya con los niños…
–De acuerdo. Una vez estemos en mar abierto, dame una hora y después ve a mi suite.
Lo vio irse y se le secó la boca. Odiaba que su instinto le pidiera seguirlo y abalanzarse sobre él. Lo había estado haciendo muy bien hasta ahora y ya solo soñaba con él unas tres o cuatro veces a la semana, pero volver a verlo y pasar las dos próximas semanas juntos en el mismo barco iba a reavivar las fantasías y el deseo.
Y no había ningún modo de evitarlo.
Capítulo Dos
Que Mia estuviera a bordo de ese barco había afectado a su concentración. Durante una hora habló con el capitán, estudió las condiciones meteorológicas con la oficial de la navegación y tuvo una reunión con el jefe de seguridad.
Durante ese tiempo oyó a sus empleados aunque no los escuchó con la atención habitual. ¿Cómo iba a hacerlo cuando su cabeza no dejaba de pensar en su exmujer?
¿Por qué tenía que estar tan guapa y oler tan bien? Ese delicioso y sutil aroma a verano que había intentado olvidar seguía pegado a ella. ¿Sería su crema hidratante? ¿El champú? En realidad nunca se había parado a investigarlo porque no le había importado su origen, simplemente lo había disfrutado.
Y ahora volvía a invadirlo.
Volvía a perseguirlo.
–Y todo es culpa de Michael –murmuró.
De pie en la cubierta privada de su suite, sacó el móvil, dijo: «Llamar a Michael» y esperó impaciente a que su hermano contestara.
–¡Hola, Sam! ¿Cómo va todo?
–Sabes perfectamente cómo va todo –contestó con brusquedad.
Michael se rio.
–Ah… Así que ya has visto a Mia.
–Sí, la he visto. Y a su gemela. Y, al parecer, el resto de la familia también está a bordo. ¿En qué narices estabas pensando? –agarró con fuerza la barandilla. Quería sentir el viento contra su rostro esperando que eso lo calmara–. No me puedo creer que hayas hecho esto. Soy tu hermano. ¿Qué pasa con la lealtad?
–¿Por qué no iba a haberlo hecho? Me gusta Mia. Y me gustaba quién eras cuando estabas con ella.
–¿Qué significa eso?
Su hermano suspiró.
–Significa que era buena para ti. Por entonces te reías más.
–Sí, y todo fue genial hasta que dejó de serlo.
Tal como había sospechado, lo suyo con Mia no había durado. Pero aun sabiendo que probablemente la relación terminaría mal, se había casado porque no había logrado imaginarse la vida sin ella. Se había arriesgado a fracasar y había fracasado. Y ahora además de no tener a Mia, los recuerdos lo asfixiaban durante las largas y vacías noches.
–Estamos divorciados, Michael. Ha terminado. Que hayas organizado esto no ayuda en nada.
–Ayuda a Mia. Además, si ha terminado, ¿por qué te está agobiando tanto?
«Buena pregunta».
–Mira, no sé para qué tiene que verte, pero cuando me pidió el favor, por supuesto que hice lo que pude.
Por supuesto que Michael se había ofrecido a ayudar. Así era él.
Parte de la furia que lo invadía se esfumó mientras pensaba en lo distintos que eran su hermano pequeño y él. Cuando sus padres se divorciaron, Michael se marchó a Florida con su madre y Sam se quedó en California con su padre.
Aunque los habían separado, se habían esforzado por mantenerse unidos incluso a pesar de que solo se veían cuando les correspondían las visitas establecidas por el juez. Su padre había sido un hombre severo con normas estrictas que habían marcado el modo en que Sam vivía su vida y su madre había sido una mujer bondadosa incapaz de vivir con ese hombre tan duro.
Por eso Sam había crecido pensando que el matrimonio era una trampa y que nunca duraba; después de todo, su padre se había casado cuatro veces. Como padre no había mostrado mucho interés por él y apenas se había percatado de su existencia. Michael, por el contrario, había visto el otro lado de las cosas, con una madre que con el paso del tiempo se había vuelto a casar y lo había hecho con un hombre que lo quería como si fuera su propio hijo.
Ahora Sam estaba divorciado y Michael comprometido, y sinceramente esperaba que su hermano pequeño tuviera mejor suerte que él en el terreno matrimonial.
–¿Por qué no disfrutas de la situación?
Sam se quedó mudo un breve momento.
–¿Que disfrute de tener a mi ex y a su familia, que por cierto me odia, viajando conmigo durante las dos próximas semanas? Eso es imposible.
Michael se rio.
–¿Es que te dan miedo los Harper?
–No.
Sí.
En su momento no había sabido cómo tratar con una familia en la que se defendían los unos a los otros, en la que se escuchaban y se preocupaban por los demás. Y aún seguía sin saber cómo hacerlo.
Su hermano lo conocía demasiado bien. Una vez se habían hecho mayores, se habían preocupado de sacar tiempo para estar juntos, de construir la relación que podrían haber perdido por el modo en que los habían criado. Y cuando su padre murió y heredaron el negocio, habían diseñado una solución práctica y factible para los dos.
Michael se encargaba de los cruceros de la Costa Este y Sam, de la Costa Oeste. Juntos tomaban las decisiones importantes y confiaban el uno en el otro y en que ambos siempre harían lo mejor para el negocio.
–De acuerdo, admito que tener a su familia ahí puede resultar algo problemático.
–Sí, podría decirse que sí.
–Bueno, pues ignora a la familia y disfruta de Mia.
¡Cómo le encantaría disfrutar de Mia! Su instinto le pedía a gritos que fuera a buscarla, la metiera en su cama y no la dejara salir jamás, pero ir por ese camino no era beneficioso para ninguno de los dos. Durante su breve matrimonio había quedado claro que Mia quería más de lo que él podía darle. En definitiva, no estaban destinados a estar juntos y los dos se habían dado cuenta de ello en menos de un año. ¿Por qué remover las ascuas solo para volver a quemarse?
–Por Dios, Sam –continuó Michael–. Hace meses que no la ves.
Era bien consciente de ello.
–Sí, bueno, pronto vendrá a decirme por qué está en el crucero.
Y estaba deseando oírlo. ¿Había planeado que coincidiera con su aniversario o había sido solo una casualidad, tal como había dicho? De cualquier modo, su aniversario no era una celebración, sino más bien un recordatorio de los errores cometidos.
Jamás debería haberse casado con Mia y lo sabía. Pero lo había hecho de todos modos y al hacerlo le había causado mucho dolor. No había sido su intención, pero al parecer había sido inevitable. Tal vez por eso estaba ahí. Para dejarle claro que estaba preparada para seguir adelante con su vida.
¿Pero por qué iba a querer decirle eso?
Y aun en el supuesto de que Mia quisiera que lo supiera, ¿por qué iba a reservar un crucero simplemente para decírselo?
Mirando hacia un océano al que no le importaba qué estaba sintiendo o pensando, oyó la voz de Michael como en la distancia.
–Es genial. Habla con ella de lo que sea que quiera hablar y después sigue hablando.
–¿Y qué digo?
–¿Eres mi hermano mayor y no sabes cómo hablar con una mujer con la que has estado casado? –Michael respiró hondo y suspiró–. A lo mejor podrías decirle que la echas de menos.
–¿Y de qué me iba a servir eso? Me dejó ella, ¿lo recuerdas?
Él sí lo recordaba muy bien y no quería reavivar ese recuerdo.
–Sí, lo recuerdo. ¿Y alguna vez le preguntaste por qué?
–La razón no importa. Se marchó y yo seguí con mi vida. Punto.
–Pero habla con ella de todos modos. A lo mejor os sorprendéis el uno al otro.
–No me gustan las sorpresas.
–¿En serio somos hermanos?
Sam sonrió ante el comentario de su hermano.
–Es algo que me sobrepasa. No le encuentro explicación.
–Yo tampoco –respondió Mike riéndose–. Buena suerte en el crucero. Espero que Mia te vuelva loco.
–Gracias.
–No hay de qué. Ah, y ¡feliz Navidad, Sam!
–No tiene gracia.
–Sí que la tiene, sí –respondió Mike aún riéndose mientras colgaba.
Y Sam se quedó a solas con el viento, el mar… y el sonido de los villancicos que subía desde la cubierta inferior. Perfecto.
Los cruceros Buchanan eran mucho más pequeños que los megabarcos fletados por la mayoría de las compañías.
En lugar de miles de personas abarrotando un barco que en ocasiones ofrecía camarotes muy pequeños, en un crucero Buchanan solo había doscientos pasajeros en total y cada camarote era una suite que impedía que te sintieras como si las paredes se te echaran encima.
Para Mia también significaba sentir el movimiento del océano más que en los barcos más grandes. A algunos eso les daría igual, pero a ella le encantaba y lo había descubierto durante el primer crucero que había hecho. Cuando había conocido a Sam y toda su vida había cambiado.
Un año atrás se había enamorado y había sentido que el crucero era algo casi mágico. Ahora la magia había desaparecido, pero ella volvía a navegar en un barco con el hombre que había creído que sería su futuro. Había sido una tonta al pensar que el amor a primera vista era real y que los dos juntos podrían hacer cualquier cosa.
No había tardado mucho en darse cuenta de que ella era la única implicada en esa relación. Estaba en una casa preciosa con un hombre reacio a hacer lo que fuera por salvar su matrimonio.
–Señora Buchanan.
Mia levantó la mirada y sonrió al ver pasar a un miembro de la tripulación que conocía de otros cruceros.
–Es un placer tenerla a bordo.
–Gracias, Brandon –respondió sin molestarse en corregir el «señora Buchanan» porque hasta que Sam firmara esos papeles, seguía siendo la señora Buchanan.
El hombre prosiguió con su tarea y ella lo vio alejarse mientras se preguntaba a cuántos empleados conocería de su época con Sam. Por otro lado, sabía que incluso aunque Brandon fuera el único rostro familiar, cuando la travesía de catorce días a Hawái terminara, el Noches de Fantasía sería como una pequeña aldea insular donde todo el mundo se conocía.
–Eso tiene su lado bueno y su lado malo –murmuró mientras avanzaba por la cubierta hacia la escalera más cercana.
Sin duda, la gente hablaría de Sam y de ella, al igual que habían hablado un año antes en aquel primer crucero.
Sacudiendo la cabeza se obligó a dejar de pensar en él e intentar disfrutar del barco y del infinito océano; del viento en su rostro y su cabello, y de las risas y voces de los niños.
La Navidad envolvía cada rincón del elegante barco y sabía que eso tenía que estar enfureciendo a Sam. No le gustaba nada esa época del año y a regañadientes había accedido no solo a que celebraran una boda con temática navideña, sino también a que ella pusiera un árbol de Navidad en su piso.
Desde que era niño, la Navidad había sido para él un ejercicio de soledad.
Ahora que lo pensaba, Mia se preguntaba si el hecho de que no le gustara la Navidad era en parte la razón por la que su matrimonio no había funcionado. Y aunque tal vez no hubiera sido la razón, sin duda sí debía de haber sido una señal de lo que pasaría. A ella le encantaban la Navidad y la esperanza, la alegría y el amor que simbolizaba, mientras que Sam tendía más al lado oscuro.
Bueno, en realidad tampoco podía decirse que fuera una especie de ser maléfico, aunque sí que era un hombre cínico y predispuesto a ver siempre lo malo antes que lo bueno, lo cual resultaba extraño, ya que era un empresario magistral, y ¿no hacía falta ser optimista para dirigir una empresa de éxito?
De todos modos, era inútil intentar descubrir qué sentía o pensaba ese hombre, porque no permitía a nadie acercarse lo suficiente como para poder llegar a conocerlo bien.
–Ya has pasado meses intentando comprenderlo, Mia –se dijo–. Ahora es demasiado tarde, así que ríndete.
Respiró hondo y decidió desprenderse de esos pensamientos enrevesados. Aunque la razón por la que estaba haciendo el crucero no era muy agradable, no había motivos para no disfrutar de lo que la rodeaba.
Había maceteros con flores de Pascua anclados a la cubierta, guirnaldas de pino recorriendo las barandillas y los cojines de las sillas y tumbonas eran blancos y rojos. Sonrió para sí al pensar que todo el barco parecía una esfera de nieve, con los adornos navideños y la gente feliz atrapados dentro del cristal esperando a que una mano gigantesca la agitara.
Habría sido perfecto del todo si no tuviera que decirle a su exmarido que no eran tan ex como creían. Pero ya que estaba en ese barco para dejar el tema solucionado, lo mejor que podía hacer era ponerse manos a la obra.
Tenía planes para enero y debía ocuparse de este problema para poder llevarlos a cabo. Quería un futuro y solo lo conseguiría si ella misma se lo construía.
Se detuvo para contemplar el mar. Mientras oía las olas golpeando la quilla, inhaló el frío y salado aire y sonrió a pesar de la inquietud que la invadía.
Su familia estaba arriba en el atrio, y seguro que bien arrimados a la mesa de galletas y chocolate caliente. Sabía que Charlie y Chris, los hijos de Maya, ya tenían planeado explorar la sala de la nieve. Esa actividad con nieve artificial sería muy popular, sobre todo habiendo niños californianos que no tenían muchas oportunidades de jugar a lanzar bolas de nieve.
Siguió avanzando y subió por las escaleras porque desde el ascensor no se podía ver el océano.
Aunque, por mucho que se dijera que quería contemplar las vistas, la realidad era que estaba buscando modos de entretenerse para prolongar el momento todo lo posible. La idea de volver a ver a Sam la inquietaba. La desequilibraba. Siempre la había hecho sentirse así y, al parecer, nada había cambiado.
Una vez ya en la cubierta superior, fue hacia la suite del propietario. Sabía perfectamente dónde se encontraba porque se ubicaba exactamente en el mismo lugar en cada barco Buchanan. Cuanto más se acercaba a esa amplia puerta cerrada, más vueltas le daba el estómago y más se le aceleraba el corazón.
–Mierda.
Había sacado a Sam de su vida hacía meses. Su matrimonio había acabado. Así que, ¿por qué narices solo pensar en él la afectaba tanto?
–Porque, al parecer, tengo una vena masoquista –murmuró, y llamó a la puerta.
Cuando Sam abrió, se miraron directamente a los ojos. Suspiró. Sam era el único hombre que la había mirado así; que la había mirado como si nada más importara en ese momento. El único hombre que podía hacer que le temblaran las rodillas solo con una mirada. El único hombre que le hacía querer meterse en su cama y no salir de ella jamás.
«Y esa es precisamente la razón por la que estás metida en este lío», le susurró su mente.
Un año atrás había seguido a su corazón… y a sus hormonas, y se había casado con el hombre de sus sueños, pero al final había acabado viendo esos sueños desmoronarse y convertirse en polvo.
Con ese pensamiento en la cabeza, dijo:
–Hola, Sam.
Entró en la suite y miró alrededor. Era imposible no admirar aquello. Las vistas y el muro de cristal eran impresionantes y le recordaban a las del piso de la playa.
Eran sobrecogedoras, al igual que el resto del camarote.
Se giró para mirarlo y, manteniendo unos metros de distancia, añadió:
–Sam, tenemos un problema.
–No creo que tú y yo tengamos nada ya.
Se cruzó de brazos sobre su musculoso torso y agachó la cabeza para mirarla. Era una técnica que solía usar, esa mirada de profesor a alumno estúpido. Pero por mucho que hubiera podido emplearla con todos los demás, con ella jamás había funcionado.
–Te equivocas –contestó Mia con brusquedad.
Sam enarcó una ceja.
–Bueno, ahí va. ¿Sabes cómo firmamos los papeles del divorcio?
–Lo recuerdo.
–¿Recuerdas que los enviamos mediante un mensajero por envío rápido?
–¿Qué tal si vamos directos al grano? –bajó los brazos–. ¿A qué viene todo esto, Mia?
–Bueno, al parecer no estamos tan divorciados como creíamos.
A Sam se le cortocircuitó el cerebro.
Lo que Mia estaba diciendo era absurdo. Ridículo. Por supuesto que estaban divorciados.
Aunque ¿y si no lo estaban…? De pronto algo parecido a la esperanza se iluminó en su interior, pero lo aplacó en un instante. ¡No! Estaban divorciados. Lo suyo estaba acabado.
–¿Cómo es posible? –sacudió la cabeza y levantó una mano–. No. Da igual. No es posible.
–Al parecer sí –Mia se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones blancos y volvió a sacarlas.
Cuando movió la mano izquierda, él se fijó en que no llevaba los anillos de boda y compromiso y eso le provocó una punzada de… no sabía qué. Se preguntó qué habría hecho con la alianza de oro y diamantes y el anillo de compromiso a juego que le había regalado, pero se dijo que eso no era asunto suyo.
Además, lo que tenía que hacer era escucharla y dejar de fijarse en cómo se movían sus manos y en cómo esa camisa de seda verde esmeralda hacía que sus ojos parecieran más verdes de lo habitual. Llevaba su melena pelirroja y ondulada suelta cayéndole sobre los hombros y rozándole el cuello. Tuvo que controlarse para no alargar la mano y acariciarla.
–Pues resulta que el mensajero que tenía que haber entregado nuestros papeles del divorcio en el juzgado…
–¿Qué?
–No lo hizo –Mia se encogió de hombros–. Sufrió un infarto al corazón en el trabajo y cuando fueron a vaciar su apartamento, encontraron montañas de documentos que no habían sido enviados. Supongo que el pobre tendría síndrome de Diógenes o algo así y acumulaba la mayoría de los paquetes que tenía que enviar.
Sam no se lo podía creer.
–Al parecer encontraron incluso ¡muñecas Repollo de hace cuarenta años! –sacudió la cabeza y suspiró–. Pobres niñas que nunca llegaron a recibir las muñecas que querían.
–¿En serio te preocupan esas niñas que ahora tendrán cincuenta años?
–Pues sí. Están contactando con los afectados y yo me enteré la semana pasada.
–¿La semana pasada? ¿Y por qué no me han informado a mí?
–Probablemente porque era mi nombre el que aparecía en el remitente del sobre que enviamos por correo urgente.
Sam dio unas largas zancadas que lo alejaron más aún de ella y después se giró para mirarla. Para mirar a su esposa. No ex.
–Así que seguimos casados.
–Sé cómo te sientes. Yo tampoco me lo podía creer. Bueno, entonces ya entiendes que hay un problema.
–Sí, lo entiendo, sí –dijo avanzando hacia ella lentamente–. Lo que no entiendo es a qué viene tanta urgencia y por qué Michael tuvo que anular varias reservas para haceros hueco a tu familia y a ti. ¿Por qué era tan importante subir a este barco para decirme algo que podrías haber solucionado desde casa con una maldita llamada de teléfono?
–No era algo que quería tratar por teléfono y la semana pasada estabas en Alemania. Este crucero era la primera oportunidad que tenía de hablar contigo en persona.
–Vale, entendido.
Admitía que últimamente no había estado muy accesible. Desde que Mia y él se habían separado, se había mantenido más ocupado que antes, lo cual ya era complicado. Había intentado viajar, trabajar y alejarse de casa todo lo posible porque por su piso aún resonaban recuerdos en los que prefería no pensar.
Mia lo miró fijamente mientras metía una mano en su bolso y sacaba un sobre.
–Mi abogado ha redactado la documentación otra vez. Es igual que la anterior. Lo único que tienes que hacer es firmar los papeles y, cuando lleguemos a casa, yo misma los entregaré en el juzgado.
Él miró el sobre, pero no hizo intención de agarrarlo. Seguían casados. No sabía qué pensar o sentir al respecto. Michael había tenido razón al decir que la había echado de menos. La había echado de menos más de lo que se había esperado, más de lo que había querido admitir. Y ahora ella había vuelto y lo sucedido no haría más que prolongar el dolor del fracaso.
–¿Por qué no sirven los primeros documentos? ¿Por qué redactar unos nuevos?
–No lo sé. Mi abogado pensó que era mejor así y la verdad es que después de lo que ha pasado tampoco me apetecía hacer muchas preguntas. Lo único que quiero es que esto termine ya.
Al mirar esos ojos color verde bosque, Sam sintió un golpe de calor y de pesar. Siempre la desearía. Durante los últimos meses había intentado olvidarla, pero incluso recorriendo el mundo, el recuerdo de Mia lo había perseguido. Y ahora ahí estaba, frente a él, y debía contenerse para no abrazarla. ¡Seguían casados! Y tenían por delante un crucero de catorce días. ¿Por qué no pasaban juntos ese tiempo a modo de despedida por todo lo alto? Mia quería los papeles del divorcio firmados, así que tal vez podían llegar a un acuerdo, pensó de pronto. Todo dependía de lo importante que ese divorcio fuera para ella.
–Pareces muy ansiosa por tenerlos firmados.
–Sam, terminamos hace meses. Este es el último paso, uno que creíamos que ya habíamos dado. ¿Por qué razón no iba a querer que termine todo de una vez?
–Por ninguna –murmuró preguntándose si era mala idea plantearle el trato. Por supuesto que lo era, pero eso no significaba que no fuera a proponerlo. Tenía que admitir que le molestaba verla tan impaciente por apartarse de él. Aún recordaba aquella época en la que lo único que habían querido era estar juntos. ¡Él aún quería eso! Y por el calor que veía en los ojos de Mia, sabía que ella sentía lo mismo.
Seguían casados.
Estaba ahí, con su esposa, y de pronto el divorcio le parecía algo muy lejano. Al acercarse y verla contener el aliento, supo que ella estaba sintiendo lo mismo. Tenía los ojos brillantes y los labios separados mientras respiraba entrecortadamente.
–¿Qué estás haciendo?
–Saludando a mi esposa –respondió Sam con media sonrisa.
Ella le plantó una mano en el pecho con brusquedad.
–Que sigamos casados es solo un tecnicismo.
–Siempre me han gustado los tecnicismos.
Sobre todo ese.
Ni aun sabiendo que su matrimonio estaba acabado, había logrado librarse del deseo que palpitaba en su interior, pero el dolor que había estado arrastrando todo ese tiempo ahora estaba cesando porque la tenía a su lado. Porque su aroma lo estaba envolviendo. Y solo con mirarla a los ojos veía que ella sentía lo mismo.
–Sam, ¿por qué hacer esto más complicado de lo que ya es?
Él posó las manos sobre sus hombros y el calor del cuerpo de Mia se filtró en el suyo. Agachó la cabeza y se detuvo cuando sus bocas estaban a escasos centímetros. Estaba esperando a que ella lo aceptara, a que le avisara de que estaba sintiendo y pensando lo mismo.
–Podría ser un gran error –añadió Mia sacudiendo la cabeza.
–Probablemente.
Pasaron unos segundos y él siguió esperando. Al final, ella dejó caer el bolso al suelo, le rodeó la cara con las manos y dijo:
–¿Qué importa un error más?
–¡Esa es la actitud!
La besó, la llevó contra sí, la envolvió en sus brazos y la abrazó con fuerza.
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