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El capital odia a todo el mundo

MAURIZIO LAZZARATO

No se trata de revisar una de las conquistas del pensamiento del 68, la articulación de la micropolítica y la macropolítica, sino de afirmar que la situación cambió radicalmente. La acción bélica y represiva del capital se ha venido manifestando claramente desde 2008 y el estancamiento de la economía “real” […] requiere más bien que la imbricación de la política y la economía vire hacia la “guerra”. Lo que está en juego detrás del surgimiento de los nuevos fascismos es este viraje.

“Vivimos tiempos apocalípticos”, sostiene con tono urgente Maurizio Lazzarato frente al ascenso de los nuevos fascismos y la renuncia del pensamiento crítico a pensar en términos de revolución. Son tiempos que “ponen de manifiesto, que dejan ver”. Y de forma clara y contundente, analiza diversos procesos del mundo contemporáneo: los chalecos amarillos en Francia, la primavera árabe, la presidencia de Donald Trump, las dictaduras latinoamericanas de los años setenta, el ascenso al poder de Jair Bolsonaro.

Vivimos tiempos que ponen de manifiesto que la alternativa “fascismo o revolución” es asimétrica y desigual. El fascismo, el racismo y el sexismo se inscriben de manera estructural en los mecanismos de acumulación del capital al tiempo que el ciclo de revoluciones mundiales quedó clausurado a fines del siglo pasado: el neoliberalismo se encargó de borrarlo del mapa y de la memoria.

Vivimos tiempos de un creciente neofascismo –la otra cara del neoliberalismo– y las “guerras contra las poblaciones” son los mecanismos para lograrlo. Lazzarato, uno de los intelectuales más originales y agudos del presente, aporta herramientas para pensar cómo salir de este aparente destino, en diálogo y discutiendo con Rancière, Foucault, Marx, los feminismos, para elaborar estrategias que nos permitan crear hoy nuevos posibles.

El capital odia a todo el mundo

MAURIZIO LAZZARATO

Fascismo o revolución

Traducción de Fermín A. Rodríguez


INTRODUCCIÓN
TIEMPOS APOCALÍPTICOS

Al margen del pensamiento del límite no hay ninguna estrategia, por tanto ninguna táctica, por tanto ninguna acción, por tanto ningún pensamiento o iniciativa verdaderas, ninguna escritura, ninguna música, ninguna pintura, ninguna escultura, ningún cine, etc., posibles.

LOUIS ALTHUSSER

Vivimos tiempos “apocalípticos”, en el sentido literal del término: tiempos que ponen de manifiesto, que dejan ver. (“Apocalipsis” significa, etimológicamente, quitar el velo, descubrir o desvelar). Lo primero que revelan es que el colapso financiero de 2008 abrió un período de rupturas políticas. La alternativa “fascismo o revolución” es asimétrica y desigual: estamos inmersos en una sucesión en apariencia irresistible de “rupturas políticas” ejecutadas por fuerzas neofascistas, sexistas y racistas; y la ruptura revolucionaria resulta ser por el momento una mera hipótesis dictada por la necesidad de reintroducir lo que el neoliberalismo logró borrar de la memoria, de la acción y de la teoría de las fuerzas que luchan contra el capitalismo. Esa ha sido su victoria más importante.

Lo que los tiempos apocalípticos también ponen de manifiesto es que el nuevo fascismo es la otra cara del neoliberalismo. Wendy Brown sostiene con mucha seguridad una verdad de signo opuesto: “Desde el punto de vista de los primeros neoliberales, la galaxia que engloba a Trump, el Brexit, a Orbán, a los nazis en el Parlamento alemán, a los fascistas en el Parlamento italiano convierte al sueño neoliberal en una pesadilla. Hayek, los ordoliberales o incluso la Escuela de Chicago repudiarían la forma actual del neoliberalismo y especialmente su aspecto más reciente”.1 Esto no solo es erróneo desde el punto de vista de los hechos, sino que también resulta problemático para entender el capital y el ejercicio de su poder. Al borrar la “violencia fundadora” del neoliberalismo, encarnada por las sangrientas dictaduras de América del Sur, cometemos un doble error político y teórico: nos centramos solo en la “violencia conservadora” de la economía, las instituciones, el derecho, la gubernamentalidad –experimentados por primera vez en el Chile de Pinochet– y presentamos al capital como un agente de modernización, como una potencia de innovación. Además, dejamos de lado la revolución mundial y su derrota, que son el origen y la causa de la “mundialización” como respuesta global del capital.

La concepción del poder que se deriva de ello queda pacificada: acción sobre una acción, gobierno de las conductas (Foucault) y no acción sobre las personas (de las cuales la guerra y la guerra civil son las expresiones más acabadas). El poder estaría incorporado a dispositivos impersonales que ejercen una violencia soft de manera automática. Por el contrario, la lógica de la guerra civil que se encuentra en la base del neoliberalismo no ha sido reabsorbida, eliminada ni reemplazada por el funcionamiento de la economía, el derecho y la democracia.

Los tiempos apocalípticos nos hacen ver que, aunque no haya ningún comunismo amenazando al capitalismo y a la propiedad, los nuevos fascismos están reactivando la relación entre violencia e institución, entre guerra y “gubernamentalidad”. Vivimos una época de indistinción, de hibridación entre estado de derecho y estado de excepción. La hegemonía del neofascismo se mide no solo por la fuerza de sus organizaciones, sino también por su capacidad de odiar al Estado y al sistema político y mediático.

Los tiempos apocalípticos revelan que, bajo la fachada democrática, detrás de las “innovaciones” económicas, sociales e institucionales, está siempre el odio de clase y la violencia de la confrontación estratégica. Basta un movimiento de ruptura como el de los chalecos amarillos, que no tiene nada de revolucionario o incluso de prerrevolucionario, para que el “espíritu de Versalles” se despierte y reaparezcan las ganas de disparar contra esa “basura” que amenaza al poder y a la propiedad, aunque no sea más que simbólicamente. Cuando el tiempo del capital se interrumpe, hasta un columnista burgués puede captar la emergencia de algo del orden de lo real: “El imperio actual del odio resucita fronteras de clase y de castas que han sido borrosas desde hace mucho tiempo […]. Y de repente, el ácido del odio corroe la democracia y envuelve súbitamente a una sociedad política descompuesta, desestructurada, inestable, frágil e impredecible. El viejo odio reaparece en la Francia tambaleante del siglo XXI. Debajo de la modernidad, el odio”.2

Los tiempos apocalípticos también ponen de manifiesto la fortaleza y la debilidad de los movimientos políticos que, desde 2011, han estado tratando de desafiar el poder monolítico del capital. Terminé este libro durante el levantamiento de los chalecos amarillos. Adoptar el punto de vista de la “revolución mundial” para leer dicho movimiento (pero también la Primavera Árabe, Occupy Wall Street en Estados Unidos, el 15-M en España, los días de junio de 2013 en Brasil, etc.) bien puede parecer pretencioso o alucinado. Y sin embargo, “pensar en el límite” significa volver a empezar a partir no solo de la derrota histórica sufrida en los años sesenta por la revolución mundial, sino también de las “posibilidades no realizadas” que fueron creadas y levantadas como bandera por las revoluciones, de manera diferente en el Norte que en el Sur, tímidamente movilizadas por los movimientos contemporáneos.

La forma del proceso revolucionario ya se había transformado en los años sesenta, pero se había encontrado con un obstáculo insuperable: la incapacidad de inventar un modelo diferente al inaugurado en 1917 por la larga sucesión de revoluciones del siglo XX. En el modelo leninista, la revolución todavía tenía la forma de la realización. La clase obrera era el sujeto que ya contenía las condiciones para la abolición del capitalismo y la instalación del comunismo. El pasaje de la “clase en sí” a la “clase para sí” debía ser realizado por medio de la toma de conciencia y la toma del poder, organizadas y dirigidas por el partido que aportaba desde afuera lo que les faltaba a las prácticas “sindicales” de los obreros.

Sin embargo, desde los años sesenta, el proceso revolucionario tomó la forma del acontecimiento: el sujeto político, en lugar de estar ya allí en potencia, es un sujeto “imprevisto” (los chalecos amarillos son un ejemplo paradigmático de esta imprevisibilidad); no encarna la necesidad de la historia, sino la contingencia del conflicto político. Su constitución, su “toma de conciencia”, su programa y su organización están basados en un rechazo (a ser gobernado), una ruptura, un aquí y ahora radical que ninguna promesa de democracia y de justicia por venir es capaz de satisfacer.

Por supuesto, por mucho que le pese a Jacques Rancière, la sublevación tiene sus “razones” y sus “causas”. Los chalecos amarillos son más inteligentes que los filósofos porque han “entendido” que la relación entre “producción” y “circulación” se ha invertido. La circulación –de dinero, bienes, personas e información– prevalece actualmente sobre la “producción”. Ya no ocupan más las fábricas, sino las calles y las plazas de la ciudad, y atacan la circulación de la información (la circulación del dinero es más abstracta: será necesario, para alcanzarla, otro nivel de organización y de acción).

La condición de la emergencia de un proceso político es evidentemente una ruptura con las “razones” y las “causas” que lo generaron. Solo la interrupción del orden existente, solo la salida de la gubernamentalidad puede asegurar la apertura de un nuevo proceso político, porque los “gobernados”, incluso cuando resisten, son el doble del poder, su correlato, su pareja. Al crear nuevos posibles inimaginables antes de su aparición, la ruptura con el tiempo de la dominación constituye las condiciones de la transformación del yo y del mundo. No es necesario recurrir a ninguna mística de la revuelta ni idealismo de la insurrección.

Los procesos de constitución del sujeto político, las formas de organización, la producción de conocimiento para la lucha que la interrupción del tiempo del poder hizo posible se enfrentan inmediatamente con “razones” como el beneficio, la propiedad y la herencia, que la revuelta no hizo desaparecer. Por el contrario, son más agresivos, invocan inmediatamente la restauración del orden, anteponiendo su policía, continuando como si no hubiera pasado nada con la implementación de las “reformas”. Las alternativas son entonces radicales: o bien el nuevo proceso político logra cambiar las “razones” del capital, o bien estas mismas razones terminarán por cambiarlo. La apertura de posibles políticos queda frente a la realidad de un problema doble y formidable: el de la constitución del sujeto político y el del poder del capital, porque el primero solo puede tener lugar en el interior del segundo.

Las respuestas que las Primaveras Árabes, Occupy Wall Street, junio de 2013 en Brasil, etc., ofrecieron para estas preguntas son muy débiles; los movimientos continúan buscando y experimentando sin encontrar una verdadera estrategia. No hay ninguna chance de que este impasse pueda ser superado por el “populismo de izquierda” practicado por Podemos en España. Su estrategia logró la liquidación de la revolución iniciada en el pos-68 por muchos marxistas cuyo marxismo había fracasado. La democracia como lugar de conflicto y subjetivación reemplaza al capitalismo y a la revolución (Lefort, Laclau, Rancière) en el mismo momento en que la máquina del capital literalmente engulle la “representación democrática”. La afirmación de Claude Lefort –“en una democracia, el lugar del poder es un lugar vacío”– ha sido desmentida desde principios de la década de 1970: este lugar está ocupado por el capital como “soberano” sui generis. Cualquier partido que se instale allí solo puede funcionar como su “apoderado” (muchos se han burlado de la “simplificación” marxiana, que ha sido completamente realizada de manera casi caricaturesca por el actual presidente de Francia, Emmanuel Macron). El populismo de izquierda le da una nueva vida a algo que ya dejó de existir. En el neoliberalismo, la representación y el Parlamento no detentan ningún poder, y el poder está tan concentrado en el Ejecutivo que no obedece las órdenes del “pueblo” o del interés general, sino las del capital y la propiedad.

La voluntad de politizar los movimientos posteriores a 2008 aparece como reaccionaria, ya que impone precisamente lo que la revolución de los años sesenta rechazó y lo que cada movimiento que ha surgido desde entonces rechaza: el líder (carismático), la “trascendencia” del partido, la delegación de la representación, la democracia liberal, el pueblo. El posicionamiento del populismo de izquierda (y su sistematización teórica por parte de Laclau y Mouffe) impide nombrar al enemigo. Sus categorías (la “casta”, “los de arriba” y “los de abajo”) están a un paso de la teoría de la conspiración y a dos pasos de su culminación, la denuncia del “judaísmo internacional” que controlaría el mundo a través de las finanzas. Esta confusión, que los líderes y los teóricos de un inviable populismo de izquierda están interesados en mantener, continúa atravesando los movimientos. En el caso de los chalecos amarillos, la confusión viene de los medios de comunicación y del sistema político, lo cual expresa la vaguedad que aún caracteriza la modalidad de la ruptura. Hay que decir que en el desierto político contemporáneo, labrado por cincuenta años de contrarrevolución, no es fácil orientarse.

Al igual que los límites de todos los movimientos que se han venido dando desde 2011, los límites del movimiento de los chalecos amarillos son evidentes, pero ninguna fuerza “externa”, ningún partido puede hacerse cargo de enseñar “qué hacer” y “cómo”, como lo habían hecho los bolcheviques. Estas indicaciones solo pueden venir desde adentro, de manera inmanente. El interior está constituido, entre otras cosas, por los saberes, la experiencia, los puntos de vista de otros movimientos políticos, porque las luchas de los chalecos amarillos, a diferencia de las de la “clase obrera”, no tienen la capacidad de representar a todo el proletariado, ni de expresar las críticas de todos los dominios que constituyen la máquina del capitalismo.

Constituido sobre la división Norte/Sur, el movimiento de los “colonizados internos” que reproduce un “tercer mundo” en el seno de los países centrales implica necesariamente, además de la crítica de la segregación interna, una crítica de la dominación internacional del capital, la explotación global de la fuerza de trabajo y los recursos del planeta. Algo que está ausente en los chalecos amarillos. Privado de este componente “racial” e internacional del capitalismo, el movimiento ofrece a veces la imagen de un nacionalismo “franchute”. Pero no es posible ilusionarse con un espacio nacional: el Estado-nación, en el siglo XIX, debió su existencia a la dimensión global del capitalismo colonialista, y el estado de bienestar a la revolución mundial y a la escala planetaria de la confrontación estratégica de la Guerra Fría.

La fractura racial sufrida por los “colonizados” dividió no solo la organización mundial del trabajo, sino también la revolución de los años sesenta. Hoy, las condiciones para la posibilidad de una revolución mundial radican, por una parte, en la invención de un nuevo internacionalismo que los movimientos de neocolonizados (inmigrantes, en primer lugar) incorporan casi físicamente y que los movimientos de mujeres, gracias a sus redes alrededor del mundo, movilizan de manera casi exclusiva; y, por otro lado, en la crítica de las jerarquías capitalistas, que no deben limitarse a la esfera del trabajo. Las divisiones sexuales y raciales estructuran no solo la reproducción del capital, sino también la distribución de las funciones y los roles sociales.

Hoy en día, un movimiento centrado en la “cuestión social” no puede ser espontáneamente socialista como en los siglos XIX y XX por el hecho de que la revolución mundial y social (que implica el conjunto de las relaciones de poder) haya pasado por allí. Sin una crítica de las divisiones raciales y sexuales, el movimiento queda expuesto a todas las recuperaciones posibles (desde la derecha y la extrema derecha), a las que hasta aquí, a pesar de todo, ha podido resistirse. Si las subjetividades que encarnan las luchas contra estas diferentes formas de dominación no pueden ser reducidas a la unidad del “significante vacío” del pueblo, como desearía el populismo de izquierda, el doble problema de la acción política común y el poder del capital permanece intacto. La incapacidad de pensar en el capital como una máquina global y social, cuya explotación y dominación no se limitan al “trabajo”, es una de las causas fundamentales de la derrota de la década de 1960. Desde este punto de vista, la estrategia no ha cambiado: hoy como ayer, estamos lejos de tener una.

Desde 2011, los movimientos son “revolucionarios” en cuanto a sus formas de movilización (inventiva en la elección del espacio y el tiempo de la lucha, democracia radical y gran flexibilidad en las modalidades de organización, rechazo de la representación y del líder, sustracción a la centralización y totalización por parte de un partido, etc.) y “reformistas” en cuanto a sus reivindicaciones y a la definición del enemigo (nos “liberamos” de Mubarak, pero no tocamos su sistema de poder, de la misma manera que las críticas se concentran en Macron cuando él simplemente es, sin ninguna duda, un componente de la máquina del capital). La ruptura no produce cambios notables en la organización del poder y la propiedad, sino en la subjetividad de los insurgentes. Y si, a corto plazo, los movimientos son derrotados, los cambios subjetivos seguramente continuarán produciendo efectos políticos. A condición de no caer en la ilusión de que una “revolución social” pueda producirse sin “revolución política”, es decir, sin superación del capitalismo.3 El pos-68 ha demostrado que cuando la revolución social se separa de la revolución política, puede integrarse a la máquina capitalista sin ninguna dificultad como un nuevo recurso para la acumulación de capital. El “devenir revolucionario” inaugurado por estas transformaciones subjetivas no puede separarse de la “revolución”, bajo pena de convertirse en un componente del capital, por lo tanto de su poder de destrucción y autodestrucción, que se manifiesta hoy en el neofascismo.

1 Wendy Brown, “Le néolibéralisme sape la démocratie”, AOC, 5 de enero de 2019. Disponible en: https://aoc.media/entretien/2019/01/05/wendy-brown-neoliberalisme-sape-democratie-2.

2 Alain Duhamel, “Le triomphe de la haine en politique”, Libération,9 de enero de 2019.

3 Tal como Samuel Hayat explica en relación con los chalecos amarillos: “Se trata de un movimiento revolucionario, pero sin revolución en el sentido político del término: es más bien una revolución social, al menos en ciernes” (Samuel Hayat, “Les mouvements d’émancipation doivent s’adapter aux circonstances”, Ballast, 20 de febrero de 2019. Disponible en: https://www.revue-ballast.fr/samuel-hayat-les-mouvements-demancipation).

1. CUANDO EL CAPITAL SE VA A LA GUERRA

El poder de una clase dominante no es simplemente el resultado de su fuerza económica y política, o de la distribución de la propiedad, o de la transformación del sistema productivo: siempre implica un triunfo histórico en el combate contra las clases subalternas.

MICHAEL LÖWY

DE PINOCHET A BOLSONARO Y VICEVERSA

La elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil marca una radicalización de la ola neofascista, racista y sexista que barre el planeta, cuyo único mérito es el de aclarar su sentido político de manera definitiva –eso es lo que esperamos–. Llamarla “populista” o “neoliberal-autoritaria” es una forma de mirar para otro lado.

Si la victoria de Bolsonaro es escalofriante, es porque reenvía directamente al acto de nacimiento político del neoliberalismo: el Chile de Augusto Pinochet. El gobierno de Brasil, con generales en puestos clave y un ministro de Economía y Finanzas ultraliberal, alumno de los Chicago Boys, es una mutación de la experimentación neoliberal construida sobre los cadáveres de miles de militantes comunistas y socialistas en Chile y en toda América Latina. Milton Friedman, líder de los Chicago Boys, conoce a Pinochet en 1975; Friedrich Hayek, el adalid de la “libertad”, es recibido en Chile en 1977. Declara que “la dictadura puede ser necesaria” y que “con Pinochet, la libertad personal es mayor que con Allende”. Según se infiere de estas afirmaciones, en los “períodos de transición”, en los que se tiene el derecho de matar a todo aquel que no se someta a la libertad del mercado, es “inevitable que alguien detente poderes absolutos para evitar y limitar el poder absoluto en el futuro”. Sobre estas bases, durante una década (1975-1986), los economistas neoliberales gozaron de las condiciones “ideales” para experimentar con sus recetas, y la sangrienta represión de la revolución eliminó todo conflicto, toda oposición, toda crítica.

Otros países latinoamericanos han seguido estas políticas “innovadoras”. Los Chicago Boys han ocupado cargos clave en Uruguay, Brasil y Argentina. A partir de la toma del poder por parte de Jorge Rafael Videla, responsable con la Junta Militar de otra masacre, tal vez más atroz aún, los neoliberales se incorporan al gobierno de los militares y tratan de replicar las políticas chilenas de reducciones masivas de los salarios, recortes del gasto social, puesta en marcha de la privatización de la educación, la salud, las jubilaciones, etc. Estas políticas fueron inmediatamente reconocidas y adoptadas por el Banco Mundial con el nombre que sigue identificándolas: “ajustes estructurales”. Luego se aplicarán en África, el sur de Asia y llegarán mucho más tarde al Norte.

¿Cómo pensar estos fenómenos? La tradición de análisis que domina hoy, iniciada por Michel Foucault, ignora por completo la genealogía oscura, sucia y violenta del neoliberalismo, donde los torturadores militares se codean con los delincuentes de la teoría económica. El problema que esto plantea no es “moral” (la indignación con respecto al aniquilamiento armado de los procesos revolucionarios en América Latina), sino ante todo teórico y político. La gubernamentalidad, el empresario de sí mismo, la competencia, la libertad, la “racionalidad” del mercado, etc., todos estos bellos conceptos que Foucault encontró en los libros y que jamás cotejó con procesos políticos reales (¡una elección metodológica deliberada!) poseen un presupuesto que nunca se explicita y que, por el contrario, resulta cuidadosamente omitido: la subjetividad de los “gobernados” solo puede construirse en condiciones de una derrota, más o menos sangrienta, que la haga pasar del estado de adversario político al de “vencido”.

América Latina constituye en este sentido un caso de manual. Sus luchas fueron parte del ciclo de la revolución mundial de posguerra contra el colonialismo y el imperialismo, un ciclo que ha desestabilizado profundamente al capitalismo y a su economía-mundo. Se produjeron, en intensidad y extensión, niveles de organización y de lucha incomparables con los de Occidente. A estas subjetividades revolucionarias comprometidas en la superación del capitalismo y sus formas de dominación hubiera sido imposible imponerles o solo proponerles que se conciban como “capital humano”, que se involucren en la competencia de todos contra todos, cultiven el egoísmo y codicien los “logros” y el “éxito” individual. Jamás se les podría haber hecho creer que si aceptaban el mercado, el Estado, la empresa, el individualismo, gozarían de “un control de su propia vida”, jamás hubiera sido posible controlarlas y conducirlas individualmente hacia la “realización de uno mismo”.

Después de que Salvador Allende ganara las elecciones y tomara el poder por la vía democrática, los estadounidenses decidieron destruir militarmente este proceso y eliminar físicamente a los revolucionarios que lo llevaron adelante. Fue esta tabula rasa subjetiva, a costa de miles de muertes, la que hizo que los experimentos neoliberales pudieran implantarse y que los “vencidos” quedaran “disponibles” para un imposible devenir empresario de sí mismo.

El neoliberalismo no cree, como su antecesor, en el funcionamiento “natural” del mercado; sabe que, por el contrario, hay que intervenir continuamente y respaldarlo a través de marcos legales, estímulos fiscales, económicos, etc. Pero hay un “intervencionismo” previo llamado “guerra civil”, que es el único que puede crear las condiciones para “disciplinar” a los “gobernados” que tienen la osadía de querer la revolución y el comunismo. Por eso los Chicago Boys se abalanzaron como buitres sobre América Latina. Había allí una subjetividad devastada por la represión militar, cuyo proyecto político había sido derrotado y sobre el cual podían operar “libremente”. Esta historia, que desapareció rápidamente de la memoria del pensamiento crítico, no es específica del neoliberalismo: antes, el ordoliberalismo solo había podido desplegar sus recetas sobre las subjetividades alemanas aniquiladas por la experiencia nazi.

En el Occidente de la posguerra, la lucha revolucionaria nunca alcanzó la intensidad y extensión que tuvo en América Latina y en el “Sur global” (de Vietnam a Argelia, de Cuba al Congo, de Yemen a Angola, Mozambique, etc.). Las organizaciones del movimiento obrero estaban plenamente integradas a la gubernamentalidad keynesiana, y los nuevos sujetos políticos surgidos durante la Guerra Fría resultaron incapaces de pensar y organizar un proceso de ruptura con el capitalismo, de manera que la derrota se produce de forma diferente. Más que en el Sur, la “revolución imposible del 68” fue anticapitalista tanto como antisocialista. Criticó enérgicamente la acción política codificada por las revoluciones rusa y china, pero también las estrategias de la socialdemocracia y los partidos comunistas. Atrapada entre un modelo revolucionario que era aún el del siglo XIX y una revolución del siglo XXI que no supo inventar, terminó en una derrota histórica sin ninguna auténtica estrategia confrontativa. A pesar de la magnitud de los conflictos (millones de huelguistas en fábricas, rebeliones en las universidades, revueltas en familias y hospitales psiquiátricos, insubordinación en el ejército, etc.), los capitalistas y el Estado no tuvieron que enfrentarse con verdaderas revoluciones. Bastó que Margaret Thatcher derrotara a los mineros y Ronald Reagan a los controladores aéreos para que el “enemigo” colapsara.

La ruptura no vino de la multiplicidad de movimientos de protesta (los intentos revolucionarios se desarrollaron en los márgenes o de manera aislada, como en Italia, donde la represión fue inmediata y brutal), sino de las empresas, el Estado, los círculos conservadores que, a medida que se iban dando cuenta de que no tenían enfrente a enemigos políticos, sino solo a rebeldes y contestatarios, sacaron todavía más ventaja elaborando, en diez años, una verdadera teoría y práctica de la “contrarrevolución”. Los métodos no eran los mismos que los del Chile de Pinochet, de Friedman y de Hayek, pero los modos de gestión de los poderes ejercidos a partir de las victorias logradas de manera diferente sobre los “vencidos” en múltiples derrotas convergieron rápidamente.

Los capitalistas y sus respectivos Estados siempre conciben sus estrategias (guerra, guerra civil, gubernamentalidad) en relación con la situación del mercado mundial y los peligros políticos que allí se presentan. Son estrategias que se construyen en el curso de los conflictos y que son dosificadas de acuerdo con las resistencias, el grado de oposición y las confrontaciones con las que se encuentran en el camino. Pero no debemos cometer el error de separar un Sur “violento” y un Norte “apaciguado”: se trata del mismo capital, del mismo poder, de la misma guerra. Los neoliberales, guiados por un odio de clase del que carecen sus oponentes, no se equivocaron al movilizarse en América Latina. No solo porque el capitalismo es un “mercado global” de forma inmediata, sino también porque la revolución, que por primera vez en la historia aparece como mundial, tenía en el Sur su hogar más activo. Tenía que ser aplastada como requisito previo de cualquier “gubernamentalidad”, incluso si tenía que aliarse con fascistas, torturadores y criminales –y, por ende, legitimarlos–. Algo que los liberales (neo o no) están siempre dispuestos a hacer y a volver a hacer cada vez que la “propiedad privada” esté amenazada, incluso de manera virtual.

En el siglo XX, el capital no solo se enfrentó con la conflictividad del trabajo, sino también con el ciclo revolucionario más amplio e intenso de la historia. La revolución mundial fue portadora de novedades que los revolucionarios no reconocieron, valoraron ni organizaron: la revolución no depende del desarrollo de las fuerzas productivas (trabajo, ciencia, tecnología), sino del nivel y la intensidad de la organización política; dejó de ser el coto de la clase obrera, ya que desde la Revolución francesa, una gran parte de las revoluciones victoriosas han sido llevadas adelante por “campesinos”.

Para tratar de entender lo que nos está sucediendo, debemos volver a principios del siglo XX. La cita de Michael Löwy en el epígrafe de este capítulo es una buena síntesis, fiel y eficaz, del pensamiento de Walter Benjamin, uno de los pocos marxistas que fue capaz de captar plenamente la ruptura que representan la guerra total y el fascismo. La definición que brinda del capitalismo amplía y radicaliza la de Marx, ya que el capital es para él tanto producción como guerra, poder de creación y poder de destrucción: solo el “triunfo sobre las clases subalternas” hace posible las transformaciones del sistema productivo, del poder, de la ley, la propiedad y el Estado.

Esta dinámica es la que se encuentra en la base del neoliberalismo, cuyo “triunfo histórico” –un triunfo en el que el fascismo desempeña una vez más un papel preponderante– remite a la “revolución mundial”. Victoria sobre clases subordinadas muy diferentes a las que Benjamin tenía en mente: como la mayoría de los marxistas europeos de esa época, le costaba apreciar la importancia de la lucha anticolonial. Y, sin embargo, si el París de entreguerras ya no era la capital de la época, como en el siglo XIX, desempeñó un papel decisivo en las revoluciones por venir como “capital del tercer mundo”. La gran mayoría de los dirigentes que lideraron las luchas de liberación nacional contra el colonialismo,4 motor de la revolución mundial, se formó en la encrucijada de las migraciones asiáticas, africanas y sudamericanas.

Las guerras totales de la primera mitad del siglo XX transformaron la guerra en guerra industrial y el fascismo en una organización de masas de la contrarrevolución. Tenemos detrás de nosotros un siglo que nos permite afirmar que la guerra y el fascismo son las fuerzas políticas y económicas necesarias para la conversión de la acumulación de capital, algo que no era obvio en la época de Marx. Sin la guerra civil y el fascismo, sin la “destrucción creativa”, no hay reconversión de dispositivos económicos, jurídicos, estatales y gubernamentales. Desde 2008, hemos entrado en una nueva secuencia de este tipo.

Por lo tanto, la diferencia entre mi análisis del neoliberalismo y los de Michel Foucault, Luc Boltanski y Eve Chiapello o de Pierre Dardot y Christian Laval es radical: estos autores borran los orígenes fascistas del neoliberalismo, la “revolución mundial” de los años sesenta –que está lejos de limitarse al 68 francés–, pero también la contrarrevolución neoliberal, el marco ideológico de la revancha del capital. Esta diferencia radica en la naturaleza del capitalismo que estas teorías “pacifican” al borrar la victoria político-militar como condición de su expansión. El “triunfo” sobre las clases subalternas es parte de la naturaleza y la definición del capital, como lo son la moneda, el valor, la producción, etc.

LA FINANCIARIZACIÓN DE LOS POBRES

La confrontación entre enemigos políticos durante el siglo XX terminó con la victoria del capital que convirtió a los vencidos en “gobernados”. Una vez que las alternativas revolucionarias fueron derrotadas y destruidas, una vez que se completó la tabula rasa subjetiva, pudieron establecerse nuevos dispositivos capaces de instaurar nuevos estándares para conducir y someter a los hombres. En la era de la dominación de las finanzas, el gobierno de las conductas no inaugura un período de paz: la relación gobernante-gobernado, que parece sustituir a la guerra, es en realidad su continuación por otros medios.

Unos días antes de la segunda vuelta de la última elección presidencial, una periodista brasileña, Eliane Brum, escribió:

Cuando comenzábamos a discutir un proyecto original para el país, cuando los indígenas, los negros y las mujeres comienzan a ocupar nuevos espacios de poder, el proceso resulta interrumpido. Cuando comenzamos a disfrutar de la paz, se reanuda la guerra. Porque, de hecho, la guerra contra los más vulnerables jamás se detuvo. Tal vez por momentos se suavizó, pero nunca se detuvo. Esta vez, la perversión es que, hasta el momento, el proyecto autoritario se instaló bajo los hábitos de la democracia.5

Brum destaca una realidad que todos parecen denegar: la guerra nunca se detuvo. Su intensidad solo se modula según las coyunturas de la confrontación política. Desde el interior de estas relaciones “pacificadas”, las contradicciones del régimen de acumulación financiera y las luchas que llevan adelante los gobernados determinan las condiciones de nuevas polarizaciones que, a partir de la secuencia política que se abrió en 2008 con el colapso del sistema financiero, llevarán a la ruptura de la gubernamentalidad establecida con Reagan y Thatcher.

En Brasil, podemos seguir este proceso paso a paso: desde el final de la dictadura hasta la implementación de los mecanismos de gobernanza financiera durante los mandatos de Lula da Silva y Dilma Rousseff y, a partir de la crisis de este último, a modalidades inéditas de estrategias confrontativas, cristalizadas por la elección de Bolsonaro. Lo que Brasil revela fácilmente es la incompatibilidad radical del reformismo con el neoliberalismo, ya que el neoliberalismo fue concebido y construido deliberadamente contra la experiencia “keynesiana”. Vamos a analizar estas diferentes secuencias políticas desde un punto de vista específico, el de las “políticas sociales” elegidas por el capital financiero para imponer su dominio y que resultaron ser exactamente las mismas que en los países del Norte.6

El Partido de los Trabajadores (PT) tenía el proyecto de “redistribuir” la riqueza basándose en el “gasto social”; sin embargo, terminó financiándolo y, en parte, privatizándolo. La transformación de los pobres y de una fracción de los trabajadores asalariados en “hombres endeudados”, que se consolida y se extiende a partir del primer mandato de Lula, tendrá consecuencias catastróficas después de la crisis de 2008. La lucha entre enemigos está nuevamente a la orden del día, pero, después de cuarenta años de neoliberalismo, en un marco completamente inédito: la ruptura de la gubernamentalidad se debe al uso de las instituciones democráticas por parte de la extrema derecha y a la gran debilidad de los movimientos anticapitalistas, incapaces de reorganizar y definir una nueva estrategia y nuevas modalidades de organización revolucionarias.

Uno de los pilares del “desarrollismo social” del PT –con el aumento del salario mínimo y de los salarios en general y con la creación de la Bolsa Familia (programa de ayuda a las familias más pobres)– fue el fomento del consumo, que estalló gracias al acceso al crédito de los pobres y los estratos más bajos de los trabajadores asalariados (el otro pilar de este desarrollismo fue la exportación de materias primas). Durante el último ciclo económico, el crédito parece haberse vuelto casi tan importante como los salarios para estimular el crecimiento de la demanda. Los salarios se duplicaron, pero el crédito al consumo se cuadruplicó –hasta representar casi el 45% del crecimiento de los ingresos familiares y un tercio del crecimiento del PBI–.

El acceso al crédito, que tenía como fin reducir la pobreza, funcionó también como caballo de Troya a través del cual la financiarización se introdujo en la vida cotidiana de millones de brasileños, especialmente los más pobres (“la inclusión por medio de las finanzas”). La relación acreedor-deudor como técnica que permite conducir y controlar las conductas es transversal a los grupos sociales, ya que funciona tanto con los pobres como con los desempleados, los asalariados, los jubilados. Técnica de una eficacia formidable, y que desplaza la lucha de clases a un nuevo terreno, donde las organizaciones de trabajadores asalariados tienen dificultades para posicionarse.7

La captura de nuevos grupos sociales (trabajadores, pobres y trabajadores pobres) en el circuito de la deuda fue facilitada por la introducción del “crédito consignado” por parte del PT: los bancos deducían los intereses de la deuda directamente de los salarios, las jubilaciones y las transferencias de ingresos, asegurando a los bancos contra cualquier tipo de “riesgo”. Para los bancos, esto indujo una disminución de los costos que hizo posible reducir el precio de los préstamos y, por lo tanto, ampliar el circuito del crédito.

El PT ha logrado imponer uno de los objetivos estratégicos del neoliberalismo: en la acumulación liderada por las finanzas, la “demanda efectiva keynesiana” y la redistribución de la riqueza por parte del Estado deben ser reemplazadas progresivamente por la privatización del gasto público y los servicios sociales (salud, educación, seguro de desempleo, jubilación, etc.). El financiamiento de estos gastos está garantizado por una creación de dinero que recurre a bancos privados e instituciones financieras, que multiplican las técnicas para facilitar el acceso al crédito. Así, el gobierno de izquierda favoreció otro objetivo de la agenda neoliberal aún más importante: la privatización de la creación de dinero, de la cual se deriva todo el resto de las privatizaciones. Esta estrategia de mercantilización de los servicios sociales constituye tanto una máquina para capturar las riquezas que se escapaban todavía de la valorización del capital financiero, un dispositivo formidable de producción de una subjetividad para el mercado y un proyecto de redefinición de las funciones del Estado.

Con el reemplazo creciente de la “demanda efectiva” keynesiana y las políticas redistributivas por la privatización de los servicios y el dinero, el capital financiero, tanto en Brasil como en otros lugares, tomó el control de la “reproducción social” y su financiarización. Ni el movimiento obrero ni el movimiento feminista han podido oponerle alternativas reales a esta apropiación/privatización de una “reproducción” que las corrientes feministas que piden la remuneración del trabajo doméstico (Wages for Housework) vienen diagnosticando como estratégica desde los años setenta.

Lena Lavinas describió específicamente la sintonía del gobierno del PT con las directrices de las instituciones financieras de la gobernanza global, que, al menos desde el año 2000, han abogado por la “inclusión a través de la financiarización” y la estimulación del crecimiento a través de créditos al consumo, que consideran el medio más eficaz para combatir la pobreza. Después del colapso financiero en 2008, el Banco Mundial, el FMI y el G20 querían acelerar el desarrollo de “sistemas financieros inclusivos” para reducir las desigualdades y establecer “igualdad de oportunidades”. La demencia autodestructiva –el fundamento suicida del capital–, cuidadosamente ocultada por una izquierda que le atribuye un poder de progreso y modernización que jamás tuvo, se manifiesta una vez más: resolver la crisis gracias a las técnicas financieras que la provocaron.

Pero la estrategia neoliberal es “económica” sin dejar de ser al mismo tiempo subjetiva: “Las ciencias económicas son el método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma”, decía Margaret Thatcher. Las nuevas políticas de protección social rompen radicalmente con los principios del estado de bienestar de posguerra, ya que apuntan a “proteger los medios básicos de subsistencia a la vez que fomentan la toma de riesgos” individuales. Incitan a los pobres a transformar sus conductas para poder asumir individualmente los riesgos que comporta una deuda.

Los “riesgos sociales” asumidos colectivamente, primero por la mutualización de los trabajadores y luego por el estado de bienestar, se vuelven ahora responsabilidad del individuo (el bienestar, aunque sea un medio de controlar a los trabajadores estatizando las formas de solidaridad entre ellos, mantenía el principio de socialización de los riesgos). Esta cobertura del sistema de riesgos sociales mediante el riesgo individual de endeudamiento es concebida por las instituciones financieras como una técnica de sujeción; los desembolsos regulares les imponen a los deudores una disciplina, una forma de vida, una forma de pensar y de actuar. A los ojos del Banco Mundial, este control de uno mismo es esencial para transformar a los pobres en empresarios capaces de manejar la irregularidad de sus flujos de ingresos gracias al crédito.

Estas nuevas técnicas de gubernamentalidad, muy diferentes de los dispositivos de poder fordistas, están destinadas a crear condiciones (incentivos económicos, estímulos fiscales, etc.) para orientar las “elecciones” de los individuos hacia el sector privado a través de una ingeniería social micropolítica que es fundamentalmente financiera: en lugar de prestar servicios, es necesario distribuir dinero o, mejor aún, el crédito que el individuo gastará en un mercado de proveedores de servicios abierto a la competencia. Así, el usuario de servicios sociales se transforma en un cliente endeudado.

El PT también realizó, sin saberlo, otro elemento del programa neoliberal que rápidamente se volvió contra él: la reconfiguración del Estado y sus funciones. Lejos de los neoliberales está la idea de un “Estado débil”, de un Estado mínimo, y mucho menos una de “fobia al Estado”. Por el contrario, la privatización de los servicios debe liberar al Estado de la presión que ejercen las luchas sociales sobre sus gastos. En lugar de ser el lugar de ejercicio de la soberanía, necesario para el buen desarrollo de la propiedad privada, durante la Guerra Fría el sistema político fue desbordado por demandas que socavaron la autoridad del Estado y extendieron sus funciones administrativas (este es el significado del informe de la Comisión Trilateral de 1975)8.

Privatizar la “oferta” de servicios significa eliminar la dimensión política de la “demanda social” y su forma colectiva. El Estado, una vez liberado de las “expectativas”, los derechos y la igualdad que conllevan las luchas, podrá asumir las funciones que el neoliberalismo le tiene reservadas: se convertirá en “un Estado fuerte, para una economía libre”, “un Estado fuerte con los débiles (los desposeídos) y débil con los fuertes (los propietarios)”. No debe ser mínimo, sino organizar y administrar “prestaciones mínimas”, es decir, garantizar una cobertura mínima de riesgos, porque el resto debe adquirirse en el mercado de las aseguradoras. Aquellos que no mantienen el ritmo de la competencia, y se quedan afuera del mercado laboral, tienen a su disposición un “mínimo” a partir del cual podrán volver a entrar en la competencia de todos contra todos (workfare). Por otro lado, es el propio Estado el que debe trabajar para lograr esta transformación, mediante la subfinanciación de los servicios, dejando que se degraden para introducir en su lugar políticas fiscales que fomenten el uso del crédito. Esto es precisamente lo que el Estado brasileño fue ejecutando gradualmente.

En Brasil, durante los mandatos de Lula, las consecuencias fueron formidables: endeudamiento, individualización y despolitización, sin que el “crecimiento” y la redistribución modifiquen la estructura de clases, aunque sea marginalmente. La inclusión por medio de las finanzas no subvirtió la desigualdad de las estructuras sociales y productivas, sino que, por el contrario, las ha reproducido, ya que la distribución por el crédito solo ha producido un “consumismo superficial”. Lavinas señala que “en solo una década, la propiedad de bienes duraderos como teléfonos celulares, plasmas y heladeras se ha vuelto casi universal”, independientemente del nivel de ingresos disponibles, mientras que Perry Anderson destaca los límites de esta estrategia consumista: “Hemos descuidado el suministro de agua, las rutas asfaltadas, la eficiencia del transporte público, las redes cloacales, las escuelas y los hospitales decentes. Los bienes colectivos no tienen ninguna prioridad ideológica o práctica”.9 Las grandes movilizaciones de 2013, que se desarrollaron por afuera del PT y en contra de él, fueron una manifestación de la frustración, la cólera, la decepción con los resultados de estas políticas sociales. Las demandas fueron precisamente la degradación del transporte, de los servicios de salud y de la educación. Firmaron la sentencia de muerte del “reformismo soft” del PT.

El PT serruchó la rama en la que estaba sentado porque sus políticas de “redistribución” crearon un individualismo despolitizante que, de hecho, era el objetivo político perseguido por los neoliberales. Según Anderson, “[l]os pobres fueron los beneficiarios pasivos del poder del PT, que nunca los educó ni organizó, y mucho menos movilizó como fuerza colectiva. La redistribución estaba allí, elevando el nivel de vida de los más pobres, pero fue individualizada”. Lavinas levantó la apuesta, dándole a la experiencia del PT una definición que podría sintetizarse de la siguiente manera: socialismo de tarjeta de crédito. “Una vez en el poder, el Partido de los Trabajadores sintió que era posible reconstruir la nación creando nuevas identidades sociales, basadas no en vínculos de pertenencia colectiva o solidaridad comunitaria, sino en el acceso al crédito, a una cuenta bancaria personal o a una tarjeta de crédito”.

La ilusión de un crecimiento (o, más exactamente, de una acumulación de capital) que no produjera más que ganadores, capaz de reconciliar a las clases y movilizarlas en pos del proyecto de un gran Brasil, se estrelló contra las consecuencias del colapso financiero de 2008 y las inconsistencias internas de un proyecto de redistribución basado en las finanzas (pero también en la caída de los precios de los commodities del capitalismo “extractivo”, que Bolsonaro va a revivir expandiendo los procesos de deforestación de la Amazonia, que el propio PT había favorecido).

El neoliberalismo no llegó al final de los mandatos de Lula; la ironía quiso que fuera cultivado por el Partido de los Trabajadores. El capital también goza de excelentes relaciones con las instituciones del movimiento obrero, ya que la financiarización hubiera sido inconcebible sin los “fondos de pensión” de los trabajadores estadounidenses (profesores, funcionarios, obreros, etc.), grandes inversores institucionales en la Bolsa.

Pero tan pronto como existe el peligro, incluso si es creado por el capital mismo, se reconstruyen las alianzas entre las finanzas internacionales y nacionales, el fascismo, los terratenientes del agrobusiness, los militares y los religiosos (los católicos reaccionarios en la época de la dictadura, hoy los evangelistas), según la clásica estrategia que los neoliberales no tuvieron ningún problema en refrendar.

Junto a estos movimientos del gran capital, la revuelta y la voluntad de venganza de las elites blancas y de las clases medias altas encontraron el espacio político para manifestarse. El odio de clase causado por un trabajador presidente, por las cuotas que garantizan la inscripción de ciudadanos negros en la universidad o por la obligación de establecer un contrato de trabajo para las empleadas domésticas (rigurosamente no blancas) se expresó en ocasión del fracaso de las políticas económicas. Pero eso no excluye que las pasiones bajas del hombre endeudado, culpable y frustrado, temeroso y aislado, ansioso y despolitizado hayan puesto a una parte de los pobres y trabajadores a disposición de las aventuras fascistas. La micropolítica del crédito creó las condiciones de una micropolítica fascista.

Las confrontaciones estratégicas vuelven a estar a la orden del día después de que la locura de las recetas neoliberales fracasaron en todas partes, y no solo en Brasil. Pero esta ruptura de la gubernamentalidad no encontró bien preparados a los movimientos políticos, que desde 1985, el año del fin de la dictadura, dejaron de pensar en las nuevas condiciones de la guerra, la guerra civil y la revolución. La ola mundial de movilizaciones de 2011, en la cual se inscribe el movimiento brasileño de 2013, carece por completo de pensamiento estratégico –la gran ventaja de los movimientos revolucionarios en los siglos XIX y XX–.

La experiencia de América Latina en la era neoliberal se basó en un gran malentendido sobre el “reformismo”. El “reformismo” no es una alternativa a la revolución porque depende de su realidad o de la amenaza (de una posible revolución). Sin un capitalismo en peligro, no hay “reformismo”. Todos los movimientos políticos del siglo XIX, socialistas, anarquistas, comunistas, buscaron la superación y la destrucción del capitalismo. A pesar de las sangrientas derrotas “políticas” sufridas a lo largo del siglo, las conquistas sociales ganaron terreno. La Revolución rusa completó este ciclo de luchas y, a pesar de su fracaso político, sirvió, junto con el ciclo de revoluciones anticoloniales, para la conquista de nuevos derechos, incluso en Occidente (el bienestar, el derecho al trabajo, etc.). Los movimientos políticos contemporáneos están muy lejos de amenazar la existencia del capital, por lo que, durante cuarenta años, las derrotas económicas y sociales equivalen a derrotas políticas. América Latina está despertando de un sueño: poder practicar el reformismo sin la posibilidad de una revolución, sin que esta última, o su potencialidad, constituya una amenaza para la supervivencia del capitalismo.

Pensar en reducir la pobreza y mejorar la situación de los trabajadores y los proletarios a través de los mecanismos “financieros” fue más que una ingenuidad o una “paradoja”: fue una perversión. Uno no puede hacer del “crédito” un simple instrumento, adaptable a cualquier proyecto político, ya que constituye el arma más abstracta y formidable del capitalismo. Como siempre, la financiarización, la introducción de lo “ilimitado” (infinito) en la producción, desembocó en una crisis económica y política. Y, como siempre, las crisis financieras abrieron una fase política marcada por la lógica de la guerra o, más precisamente, por el resurgimiento de las guerras de clase, raza y sexo que, desde el principio, son la base del capitalismo.

LOS NUEVOS FASCISMOS

Si los conservadores [estadounidenses] se convencen de que no pueden ganar democráticamente, no van a abandonar el conservadurismo. Van a rechazar la democracia.

DAVID FRUM

Los nuevos fascismos conquistaron la hegemonía política de dos maneras: declarando una “ruptura” con el “sistema” neoliberal (más en palabras que en los hechos) y, sobre todo, señalando al inmigrante, al refugiado, al musulmán como el enemigo. A través del racismo, las polarizaciones políticas que las desigualdades de clase no dejan de alimentar, especialmente a partir de 2008, se recomponen en un “pueblo” fantasmático pero “real”, que toma forma e identidad en oposición a un enemigo común.

La guerra, como el racismo, el fascismo y el sexismo, cambia, se transforma. Después de cuarenta años de políticas neoliberales, lo que viene no será una simple repetición de la entreguerras. El neofascismo es el resultado de una doble mutación: por un lado, del fascismo histórico y, por otro, de la organización y la violencia contrarrevolucionaria. A este fenómeno muchos lo llaman hipócritamente “populismo”. Las razones para “no ver” son profundas, arraigadas en las modalidades de producción y de consumo capitalistas.10

El fascismo contemporáneo es una mutación del fascismo histórico en el sentido de que es nacional-liberal en lugar de nacional-socialista. Hoy en día los movimientos políticos del 68 son tan débiles que ni siquiera es necesario retomar sus reivindicaciones tergiversándolas, como hicieron los fascistas y los nazis en la década de 1930. En ese momento, el sentido y la función que tenía la palabra “socialista” en sus bocas era precisamente los de integrar afirmaciones a las que la dictadura les quitaba toda carga revolucionaria. No hay nada de eso en el nuevo fascismo, que, por el contrario, es ultraliberal. Está a favor del mercado, la empresa, la iniciativa individual, incluso si quiere un Estado fuerte, por un lado, para “reprimir” a las minorías, “extranjeros”, delincuentes, etc., y, por otro, como los ordoliberales, para construir literalmente el mercado, la empresa y especialmente la propiedad. Usa la democracia, que, sin el impulso igualitario de las revoluciones, es una cáscara vacía que se presta a cualquier aventura. El sistema parlamentario y las elecciones le convienen perfectamente, porque en estas circunstancias le son favorables. Su racismo es “cultural”. No tiene nada del “conquistador” o imperialista, como en la época de la colonización: prefiere replegarse dentro de los límites del Estado-nación. Es más bien defensivo, temeroso, ansioso, consciente de que el futuro no está de su lado. El antisemitismo ha dado paso a la fobia del islam y el inmigrante.

El fascismo histórico fue una de las modalidades de actualización de la fuerza destructiva de las guerras totales; el fascismo que está creciendo ante nuestros ojos, por el contrario, es una de las modalidades de la guerra contra la población. El nuevo fascismo ni siquiera tiene que ser “violento”, paramilitar, como el fascismo histórico cuando trataba de destruir militarmente a las organizaciones de trabajadores y campesinos, porque los movimientos políticos contemporáneos, a diferencia del “comunismo” de entreguerras, están muy lejos de amenazar la existencia del capital y de su sociedad: en las últimas décadas no ha habido movimientos políticos revolucionarios en Estados Unidos, Europa o América Latina, ni en Asia.

El fascismo histórico, una vez eliminadas las fuerzas revolucionarias, fue el agente de un proceso de “modernización” (Gramsci) que, “integrando” el socialismo, reprimió con violencia toda manifestación de conflictividad. En Italia, reestructuró la industria tradicional y creó la industria del cine, reformó la escuela y el código civil (todavía vigente) y estableció un estado de bienestar (que, con los nazis, fue todavía más “radical” que el de Estados Unidos). Con los nuevos fascismos, la agenda sigue siendo la del neoliberalismo, con un toque de nacionalismo.

La recomposición del pueblo en torno a su unidad fantasmática se ve fuertemente perturbada por la acción de las subjetividades gay, lesbianas y transgénero que escapan del modelo mayoritario que la nostalgia de los neofascistas quisiera reconstruir en torno a la heterosexualidad. El ascenso de las fuerzas neofascistas está siempre acompañado de feroces campañas de “odio” contra la llamada “teoría de género”. La reconstrucción de la familia y el orden heterosexual constituye el otro vector poderoso de la subjetivación fascista.

Lo que comparten el viejo y el nuevo fascismo es un fondo de autodestrucción y un deseo suicida que el capital les ha transmitido: un capital que no es “producción” sin ser al mismo tiempo “destrucción” y “autodestrucción”. Después del suicidio de Europa en la primera mitad del siglo XX, cuando el capitalismo alcanzó el grado más alto de desarrollo de sus fuerzas productivas, ¿estamos presenciando el de Estados Unidos, donde las fuerzas productivas han superado otro umbral de crecimiento? En cualquier caso, hay una continuidad, un aire de familia que atraviesa el capital y el fascismo, que el siglo XX ha sacado a la luz y que el siglo XXI propone nuevamente, bajo nuevas formas.

La evolución de esta ola fascista es difícil de prever: se caracteriza por notables diferencias internas –Erdogan y Bolsonaro por un lado, el neofascismo europeo por el otro, y Trump en el medio–. Lo que puede afirmarse con certeza es que los fascismos históricos no han resuelto las contradicciones y los impasses del capital. Por el contrario, los exasperaron y, por lo tanto, llevaron al mundo hacia la Segunda Guerra Mundial. Trump está desestabilizando al capitalismo neoliberal al querer acelerar la desregulación de las finanzas, fortalecer los monopolios de las empresas estadounidenses (especialmente las digitales), reducir los impuestos en beneficio de una “plutocracia”, mientras pretende proteger a las víctimas de estas mismas desregulaciones y monopolios (la clase trabajadora blanca). Por no mencionar su política exterior.

El renacer del fascismo en Europa no data de hoy. Es simultáneo al comienzo del neoliberalismo (mientras que en América Latina, el fascismo fue su condición de posibilidad), debido a que la denuncia de la solución fordista de los “Treinta Gloriosos” requería nuevas modalidades de división, de control y de represión. Incitada, solicitada, organizada por el Estado, la gestión del racismo, el sexismo y el nacionalismo pasó a estar en manos de los nuevos fascismos.

Desde la perspectiva de Foucault, no hay ninguna dificultad para comprender su proliferación global: en cierto modo, los fascismos siempre han estado allí, son parte de la organización del Estado y del capital. Foucault los llama “excrecencias del poder”, que existen virtualmente “de manera permanente en las sociedades occidentales”, que son “en cierto modo estructurales, intrínsecos a nuestros sistemas y pueden revelarse a la menor oportunidad, lo que los vuelve perpetuamente posibles”.11 Cita, a modo de “ejemplos ineludibles”, “el sistema mussolinista, hitlerista, estalinista”, pero también Chile y Camboya. El fascismo no hizo más que prolongar “una serie de mecanismos que ya existían en el sistema social y político de Occidente”. Pero si Foucault captó bien la relación entre Estado y fascismo, no vio su vínculo con el capital, que los vuelve componentes de su máquina de guerra.

No es solo una cuestión de decir como Primo Levi que si el fascismo y el nazismo ocurrieron una vez, pueden volver a suceder, sino afirmar que los fascismos, el racismo, el sexismo y las jerarquías que producen se inscriben de manera estructural en los mecanismos de acumulación del capital y de los Estados.

LOS FASCISTAS Y LA ECONOMÍA

Los liberales “progresistas” y “democráticos” no pueden creer en la alianza de ciertos sectores del mundo de los negocios, y en primer lugar el sector financiero, con los nuevos fascismos. No podemos sorprendernos por el “retorno” del fascismo con el neoliberalismo a menos que hagamos del fascismo una excepción y omitamos su certificado de nacimiento político. No puede sorprendernos el “retorno” de la guerra que conlleva la financiarización a menos que sigamos concibiendo al capital como un simple “modo de producción”.

No hay ninguna incompatibilidad entre las dictaduras y el neoliberalismo. Los neoliberales no tienen ninguna duda acerca de esto. El libertario Ludwig von Mises declaró que el fascismo y las dictaduras salvaron la “civilización europea” (entendida como la propiedad privada), mérito que, según él, quedaría grabado en la historia para siempre. En cuanto al inefable Hayek, prefería una “dictadura liberal” a una “democracia sin liberalismo”, en nombre de una propiedad privada sinónimo de libertad. Pinochet la garantizaba; con Allende, no estaba tan seguro.

Contrariamente a una opinión ampliamente compartida, difícil de erradicar, el fascismo no constituye un obstáculo para la economía, el comercio y las finanzas. En los debates del Parlamento francés previos a 1914 se escuchaban los mismos argumentos que hoy: la guerra es imposible porque la interdependencia de las economías nacionales es demasiado fuerte; la globalización penetró profundamente en la producción y el comercio como para que la guerra fuera posible. ¡Conocemos el resto! Después de la Primera Guerra Mundial, el fascismo italiano mantuvo buenas relaciones con Wall Street, a pesar de la “autarquía” económica que reivindicaba, y aunque Estados Unidos, bajo la presión de una xenofobia creciente, hubiera impuesto cuotas de inmigración que afectaban particularmente al régimen mussoliniano.

“Nacionalismo”, autarquía, xenofobia no conciernen más que a la gestión interna de las diferentes poblaciones de los diferentes países e intervienen solo marginalmente en los asuntos económicos a escala planetaria. Incluso si las coyunturas son diferentes, la lección del período de entreguerras puede seguir siendo útil.

Las políticas nacionales de desarrollo económico están lejos de ser incompatibles con la promoción del comercio internacional y las redes financieras. Hay que tomar en serio lo “nacional” en lo “internacional”. Las elites empresariales de Italia nunca consideraron el desarrollo de su país separado de la economía global. El efecto inmediato de la Primera Guerra Mundial no es tanto habilitar la desmundialización como reconfigurar los intercambios económicos internacionales.12

Hoover y Roosevelt, como por lo demás Churchill, hablan muy favorablemente de Mussolini, quien restaura el orden, “moderniza” la industria y el país, y aleja el peligro bolchevique, el único problema real para todas las elites capitalistas.

“El acuerdo sobre las deudas de guerra negociado en 1925 es el acuerdo más generoso que Estados Unidos haya alcanzado con sus aliados […]. Las inversiones estadounidenses en Italia superan rápidamente los 400 millones de dólares”. Cuando el presidente Hoover quiso relanzar un gobierno global, la Italia fascista fue uno de sus socios privilegiados. La armonía de la década de 1920 entre liberales, finanzas y fascismo no se rompe debido a la intensificación de la dictadura fascista, sino por la crisis de 1929. Adam Tooze señala que la historia del vínculo entre la “democracia” y las finanzas con el fascismo fue reescrita y falsificada a lo largo la Guerra Fría, para “pasa[r] por alto el hecho de que, desde 1935, instituciones tan importantes como JP Morgan han colaborado estrechamente con hombres que hoy merecen el tratamiento de criminales fascistas”.13

Una vez más, hay que ir a Hayek y a las razones que aduce para legitimar el fascismo. La dictadura –está hablando de Pinochet– desmantela las “libertades políticas” y permite que proliferen las “libertades personales” (la libertad de la economía, la libertad de comprar y vender, la libre empresa y, especialmente, la libertad de las finanzas para invertir, especular y saquear a través de la renta).

El único peligro, confirmado por la historia, es el de la autonomización de las políticas fascistas, que pueden convertirse en máquinas de guerra independientes y autodestructivas; pero es un riesgo que los capitalistas y los liberales no dudaron en correr cuando la propiedad privada estuvo en peligro y que no dudarán en correr cada vez que lo juzguen necesario. El capital no es solo economía, sino también poder, proyecto político, estrategia de confrontación política, enemigo jurado de las revoluciones políticas lideradas por sus “esclavos” (obreros, pobres, mujeres, colonizados). Contrariamente a otra idea aceptada, el capital no es “cosmopolita”, y su desterritorialización, su indiferencia a los territorios y fronteras es muy relativa. Su propósito es desarrollar las fuerzas productivas, pero solo a condición de producir beneficios. Esta condición (claramente establecida por Marx) está en clara contradicción con el desarrollo “en sí” de la ciencia, el trabajo, la tecnología, etc. El beneficio requiere que la reterritorialización que asegura su existencia se realice a través del Estado-nación, el racismo, el sexismo y, cuando corresponda, la guerra y el fascismo, los únicos capaces de asegurar la continuidad política de la expropiación y la expoliación cuando la situación se endurece. Es ingenuo creer que la subordinación de las fuerzas productivas al beneficio sea puramente inmanente al funcionamiento de la economía, la ley, la tecnología. Sin Estado, sin guerra, sin racismo, sin fascismo, no hay beneficio alguno. El “triunfo” sobre las clases subalternas no ocurrió una vez para siempre, debe repetirse y reproducirse continuamente.

EL RACISMO CONTEMPORÁNEO, UNA MUTACIÓN DEL RACISMO COLONIAL

Ah, escúchame bien, si te cruzas con “jóvenes” o no tan jóvenes de los barrios pobres, diles de parte mía que si hay algo que me enseñó este movimiento, es a reconsiderar completamente la mirada que yo tenía sobre esta “escoria” y su supuesta violencia. Hace un mes y medio que estoy ligando todas las semanas, y ya estoy harto, así que no puedo imaginar la furia que pueden tener en ellos por sufrir lo que sufren o dicen sufrir. En resumen, creo que esta es la primera vez que me siento cerca de ellos, y me digo casi todos los días que era un estúpido, con mi mirada de blanco promedio privilegiado.

UN CHALECO AMARILLO

El fascismo histórico no constituye la primera actualización de las técnicas de poder represivas, destructivas y genocidas. Mucho antes de él, fueron la modalidad de control y regulación del sujeto colonial. La “regulación” de las poblaciones por medio de la esclavitud tiene su auge mucho antes del despliegue del biopoder europeo y mucho antes de su actualización en la Alemania nazi. La “pesada” máquina del colonialismo siempre mantuvo “entre la vida y la muerte –siempre más cerca de la muerte que de la vida– a aquellos que están forzados a moverla”.14 La incorporación del “racismo” al control de las poblaciones como arma de jerarquización y de segregación no fue un invento del fascismo, ya que fue ampliamente ejercido en las colonias donde se inventó la “raza”.

El racismo contemporáneo es una mutación del racismo colonial y de la guerra contra las poblaciones colonizadas. El negro, el musulmán, el migrante no están del otro lado de la barrera racial, separados por el mar o el océano. Son ciudadanos que pueblan las ciudades del Norte, donde cubren a menudo los puestos más duros en el mercado laboral que los occidentales no quieren ocupar.

Desde la conquista de América, el capitalismo se ha regido por un gobierno mundial, cuya tarea principal es la producción y reproducción de la división entre las poblaciones de la metrópoli y las poblaciones de las colonias. La economía-mundo se estructuró a partir de la división racial que atravesó el planeta cumpliendo funciones tanto políticas como económicas. Una división dramática, al abrigo de la cual se constituyen los agenciamientos de poder y de saber europeos, pero también del movimiento obrero, que se “benefició” con esta estrategia imperialista, como les recuerda Engels a los obreros ingleses.

La fuerza y el rol estratégico de esta división se vuelven evidentes cuando, a partir de la Primera Guerra Mundial y, de manera más acelerada, después de la Segunda, esta cae bajo los sucesivos golpes de las revoluciones anticoloniales y antiimperialistas. Debido a su derrumbe, el capital se ve forzado a cambiar de estrategia y a transformar la separación entre las poblaciones del Norte y del Sur en competencia entre todas las poblaciones del planeta. La globalización es este acto estratégico de poner a competir la fuerza de trabajo a escala global.

Durante la época de la colonización, las migraciones iban de Europa al resto del mundo para explotarlo y, al exportar poblaciones, evitar las guerras civiles europeas. En la actualidad, el porcentaje muy pequeño de flujos migratorios que no van de sur a sur basta para desestabilizar al Norte, de modo que las divisiones raciales de las cuales son víctimas los migrantes se instalaron como medio de control de las poblaciones del Norte y se añaden a la segregación ya experimentada por los ciudadanos europeos de origen “colonial”. El racismo, una técnica de gubernamentalidad del mercado de trabajo, va a cumplir también un rol fundamental en la gobernanza política, donde constituye uno de los mecanismos más potentes de la subjetivación identitaria nacionalista.

Contra cualquier concepción modernizadora del capital, esta separación debe reproducirse de manera absoluta, de modo que si el capital ya no puede distribuir “trabajo libre” y “trabajo forzado”, según la división entre colonia y metrópoli, tratará de producir la división dentro de esta última. Es por esta razón que el trabajo precario toma la forma de “trabajo de servicios” y gana, año tras año, nuevos sectores y nuevas capas del antiguo salariado.

Desde esta perspectiva, se podría afirmar que la globalización consistió en transferir a Occidente la heterogeneidad de las formas de sujeción y dominación característica de la producción en las colonias, organizada y controlada por el poder superior de las finanzas, más que una generalización del trabajo asalariado, según lo previó el marxismo. La estructuración de nuestras sociedades es formalmente similar a la realidad colonial: “proteiforme, desequilibrada, donde coexisten la esclavitud, la servidumbre, el trueque, el artesanado y las operaciones bursátiles”.15 El geógrafo Guy Burgel, de manera muy significativa, ve en la Francia contemporánea divisiones que reenvían a una forma de explotación colonial: “[L]a ‘periferia’ está más cerca de los análisis tercermundistas de un Celso Furtado o Samir Amin, que en los años sesenta se oponían al ‘centro’ del sistema capitalista, que de una simple cartografía y una sociología de los territorios”.16 La segregación “racial” es una modalidad de gubernamentalidad que algunos Estados (como Israel) inscriben en su constitución formal, mientras que para otros (como Estados Unidos) constituye desde sus orígenes la base de su constitución material.

La primera función de lo que Foucault llama “excrecencias de poder” es producir relaciones de sometimiento. En el pasado, la relación entre “colonizados” y “colonizadores”; en la actualidad, la de los migrantes y los racistas occidentales. El colonialismo, aunque es un ejercicio de violencia, se caracteriza por una forma específica de producción de subjetividad. De la misma manera, el racismo contemporáneo asegura una producción de sometimiento que le es propia.

Si es cierto, tal como lo señala Foucault, que los sometimientos “no son fenómenos derivados, efectos de otros procesos económicos y sociales”, la producción del “racista” mantiene un vínculo muy estrecho con el capitalismo, especialmente con su motor más letal, la propiedad privada. El racismo hace posible la promesa que el liberalismo siempre ha hecho y que jamás podrá cumplir: hacer de cada individuo un propietario. Esta es la brillante intuición de Jean-Paul Sartre, que explica de esta manera el antisemitismo. Los antisemitas, dice Sartre, “pertenecen a la pequeña burguesía urbana [que] nada posee. Pero es precisamente irguiéndose contra el judío como adquieren de súbito conciencia de ser propietarios: al representarse al israelita como ladrón, se colocan en la envidiable posición de las personas que podrían ser robadas; puesto que el judío quiere sustraerles Francia, es que Francia les pertenece. Por eso han escogido el antisemitismo como un medio de realizar su calidad de propietarios”.17

El objeto de odio y de rechazo cambió, pero el mismo mecanismo sigue funcionando: los inmigrantes, los emigrados, los musulmanes, etc., “nos roban nuestros trabajos”, “nuestras mujeres”, “invaden nuestros territorios”. El miedo a ser robado, el miedo en general, este poderoso afecto constitutivo de la política europea desde sus orígenes, define al racista: “Es un hombre que tiene miedo. No de los judíos, por cierto: de sí mismo, de su conciencia, de su libertad, de sus instintos, de sus responsabilidades, de la soledad, del cambio, de la sociedad y del mundo; de todo, menos de los judíos”.18 Los millones de propietarios y pequeños propietarios que ven la posibilidad real de perder lo poco que tienen a causa de los “delirios” de la Bolsa de valores encuentran su “propiedad” material y espiritual en la afirmación fantasmática de la nación, en la identidad del pueblo, en la soberanía.

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