Kitabı oku: «Nerviosos y neuróticos en Buenos Aires (1880-1900)»

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Edición: Primera. Mayo de 2021

Lugar de edición: Barcelona, España / Buenos Aires, Argentina

ISBN: 978-84-18095-57-3

Depósito legal: M-30548-2020

Código THEMA: MBX [Historia de la medicina]; MKJ [Neurología y neurofisiología clínicas]; MKMT [Psicoterapia]

Diseño gráfico general: Gerardo Miño

Armado y composición: Laura Bono

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Índice de contenido

Introducción. Spleen diplomático

Capítulo 1. Un bazar para las neurosis. Aceites, píldoras y medallones magnéticos

Excesos de bacalao y un poco de cocaína

Instrucciones para bromiómanos

Boticas, regentes y falsificadores

Capítulo 2. Duchas, poleas y pedicuros en los institutos médicos

Testículos de carnero y planchas de zinc

Nombres bárbaros e hidrópatas domesticados

Sopapas y abdominales sarmientinas

Electrodos y sugestiones

Capítulo 3. Charlatanes profesionales, liberales y gitanos

Médicos de ala ancha

Parásitos y buhoneros

Capítulo 4. Las neurosis en las cabezas de los doctores

Neuróticos de importación

Degenerados, dispépsicos e imantados

Plaga y desacople

Capítulo 5. Ramos Mejía y la anti-neurosis de un hombre célebre

Neurosis pequeña y desmentida

Un malogrado relevo para el asilo

Desgano, rabona e inmortalidad

Epílogo. De mercader a confesor

Agradecimientos

Referencias bibliográficas

A Hugo Vezzetti

“Un prestigioso psiquiatra parisino recibió un día la visita de un paciente al que veía por vez primera. El paciente se quejó de la enfermedad de la época, la desgana vital, la profunda desazón, el tedio. «No le falta nada −dijo el médico después de una

exploración detallada−. Solamente debería descansar y hacer algo para distraerse. Vaya una tarde a [ver al cómico] Deburau y enseguida verá la vida de otra manera». «Pero, estimado

señor −respondió el paciente−, yo soy Deburau»”.

(Walter Benjamin, Libro de los Pasajes, p. 134 [D 3a, 4]).

Introducción
Spleen diplomático

“Hubo una época en que estuvieron de moda los desmayos; por cualquier motivo, por la cosa más insignificante, una mujer sensible caía desmayada y no podía ir a ninguna parte sin el reparador pomito de sales. A los desmayos sucedieron los ataques de nervios y hoy la pícara neurosis nos ha traído los insomnios”. (“El insomnio”, El Nacional, 25 de octubre de 1889).

A comienzos de la década de 1890, el joven escritor de origen mexicano Federico Gamboa residió en Buenos Aires cumpliendo funciones diplomáticas. Muy a gusto se codeaba con los apóstoles y mecenas de la literatura local (Calixto Oyuela, Carlos Vega Belgrano, Rafael Obligado), quienes devolvían las gentilezas dedicándole versos que hoy nos parecen exagerados, cuando no empalagosos. Con el relato de esos días porteños comienza su Diario, publicado a partir de 1907 en varios volúmenes. La mitad del primer tomo está dedicada a aquella estadía en la capital argentina, que se extendió entre inicios de 1892 y agosto del año siguiente. Casi como un autómata que se deja llevar por una ciudad de ensueño, Gamboa deambula por veladas literarias, excursiones al campo para cazar perdices (donde se topa con algún peón disfrazado de gaucho, y festeja que una costumbre tan indecorosa como el mate “tiende a desaparecer”), ceremonias de recambio presidencial y brindis con champagne en la cubierta de algún buque de guerra ruso o chileno.

Tales eventos apenas si logran distraerlo de su preocupación excluyente; Gamboa se desespera por conocer la opinión de los demás escritores sobre su novela Apariencias, que la editorial de Jacobo Peuser imprimió en agosto de 1892. Aún no ha cumplido 28 años, y su obra de 600 páginas merece una acogida despareja: un reseñador de El Diario lo define como “exuberante y aburridor”. Oyuela lee durante una hora, en una velada realizada en la casa del mexicano, una crítica mordaz. Otros hombres de letras (Joaquín V. González y Ernesto Quesada) son un poco más ecuánimes, y el libro le depara incluso un “triunfo inesperado”. Movida por su lectura, una mujer casada se confiesa ante él y le regala “enloquecedoras caricias”. En ese estado de ánimo, el 30 de agosto de 1892 Gamboa escribe en su diario:

¿Cuándo podrá uno consultar, con probabilidades de alivio, á especialistas de enfermedades del espíritu? (…) Nuestro decantado progreso los reclama ya, y, sin embargo, no existen todavía. (Gamboa, 1907: 50).

La queja del mexicano contiene un diagnóstico doblemente acertado. En la Buenos Aires de fin de siglo no había nada que se pareciera a un “especialista en enfermedades del espíritu”. Sí había médicos más o menos industriosos, que intentaban aproximarse a esa zona peligrosa donde los infortunios del alma y del cuerpo parecían reclamar la emergencia de un sanador. Existían doctores que, de modo personal y casi cual aventureros, se adentraban en ciertas parcelas de esos malestares que nada tenían que ver con los microbios ni con la anatomía, y menos aún con los chalecos de fuerza de los asilos de locos. Esas avanzadas individuales no alcanzaban, empero, para fundar una zona de especialización que asegurara a la medicina el dominio de esas afecciones que ya comenzaban a tener nombre propio en la ciudad capital: neurastenia, neurosis, neurosismo o histeria. Tampoco existían centros especializados en esas afecciones; lo que sí abundaban, como veremos, eran consultorios e institutos de hidroterapia o aeroterapia, que ofertaban sugerentes remedios para una amplia gama de malestares, pero que no valían estrictamente como clínicas para enfermedades nerviosas leves. Poco antes que el mexicano, un médico local (discípulo de José María Ramos Mejía) señalaba esa ausencia para el caso de la histeria:

Es necesario pues, quitarlas [a las histéricas] de su medio ordinario de vida, ponerlas en una casa de sanidad donde haya un personal ad hoc, que no se enternezca de falsas apariencias (por desgracia aún no existe entre nosotros este género de establecimientos, no obstante el considerable número de histéricas que tenemos), donde lleven una vida ordenada, donde estén tranquilas, donde no puedan llamar la atención por sus extravagancias y por sus puerilidades, lo que ha bastado muchas veces para conseguir curaciones radicales. (Arévalo, 1888: 27).

El lamento de Gamboa demuestra ser atinado en un segundo sentido. Al emitir aquella afirmación, establece sin titubear que a pesar de que esos especialistas aún no existen, proliferan ya sujetos que reclaman sus servicios. El mexicano era uno de los muchos ciudadanos neuróticos que, con sus angustias vagas y sus desdichas espirituales, se mostraban listos para zambullirse en un mercado de sanadores o remedios que prometieran algún alivio para esos malestares. No podía ser de otro modo en una ciudad que se mostraba tan atenta a las modas y a sus lógicas de consumo (ya en 1881 José Wilde había concluido: “Nuestros lectores bien saben que es y ha sido siempre inútil, la prédica contra ese déspota llamado la moda” [Wilde, 1881: 184]). En efecto, tal y como será desarrollado más adelante, para amplios sectores de la vida urbana, los recién estrenados epítetos que se usaban para nombrar esas afecciones (neurastenia, debilidad nerviosa, etc.) eran apenas algo más que pomposos sinónimos de modernidad o de cosmopolitismo (Forth, 2001). Hacían suya esa función no solamente por el imaginario que recubría la provocación de la enfermedad, sino también por la naturaleza atractiva y confortable de los productos y procedimientos con que ella quedaba asociada. En el mismo momento en que Gamboa formulaba su diagnóstico, una de las primeras médicas egresadas de la facultad local afirmaba lo siguiente:

El neurosismo, que tanto desarrollo ha adquirido en esta época, al extremo que es raro encontrar una mujer que no sea histérica, epiléptica o neurópata, producto muchas veces de la educación, los vicios, la herencia y hasta la moda; porque no se puede ser chic si no se es exquisitamente nerviosa. (Rawson de Dellepiane, 1892: 40).

El vagabundeo local de esas histéricas fue retratado más de una vez por los cronistas sociales de aquella época. Recordando la fauna humana que se hacía ver por los bosques de Palermo en el cambio de siglo, Manuel Castro se refirió a “las damiselas que pasean su ‘spleen’ por la aristocrática avenida de las Palmeras (…), reclinadas lánguidamente en cupés y landós que arrastran braceadores trotones” (Castro, 1949: 44).

En 1893, desde Madrid, un médico español que venía de dirigir en Buenos Aires un exitoso consultorio especializado en neurosis, esbozó un paisaje similar de la salud mental de sus pasados anfitriones: “Recientemente −pues de ella llego− hago idéntica observación en la República Argentina; todos, ó la mayor parte de los bonaerenses, padecen de la Neurastenia” (Díaz de la Quintana, 1893: 12). Igual de valiosa es la continuación de esa sentencia, pues allí se deja ver el motivo por el cual el diplomado extranjero se obstinó en permanecer cuanto pudo en una ciudad que había hecho todo para expulsarlo: “despachan el bromuro potásico por toneladas, el éter por cuarterolas y las tinturas madres y glóbulos de ignatia por litros, exagerada cantidad, tratándose de minisculez tan sobresaliente como lo son las dosis homeopáticas” (Díaz de la Quintana, 1893: 12). Haciendo eco a la reclamación de Gamboa, el español entendió de modo acabado que la profusión de neuróticos era equivalente a la implantación y desarrollo de un negocio lucrativo.

Este libro trata sobre la emergencia casi simultánea de una experiencia (o una sensibilidad) y de un mercado. En el tramo final del siglo XIX, Buenos Aires fue el escenario de la irrupción de un nuevo personaje, que también alteraba la fauna humana y patológica de otras grandes urbes del mundo moderno. Ese nuevo sujeto, el neurótico, era el punto de confluencia o el reflejo atribulado de múltiples transformaciones: nominaba una nueva forma de sentir el propio cuerpo y de relacionarse consigo mismo; pero mentaba al mismo tiempo la oportunidad de atizar un mercado de servicios profesionales y objetos de consumo, capaces de poner fin (o eternizar) la condición mórbida. Ese nuevo habitante constituía, en fin, el baluarte de la exigencia de alterar la presencia urbana y cotidiana de la medicina.

Estas páginas abordan algunas de las superficies o tramas culturales en que esa novedad fue modulada en la ciudad de Buenos Aires. El mercado de remedios (con sus avisos publicitarios, sus objetos y sus agentes), los institutos médicos privados (con sus afanes de lucro, sus escaleras de mármol y sus estrategias de marketing), y las salas hospitalarias o cátedras universitarias (donde algunos diplomados con ínfulas de investigadores decían mirar de reojo a sus colegas filisteos) conforman el trípode parcial en que aquella experiencia pudo alojarse y expandirse en la Capital durante los últimos años del siglo XIX. Monstruo híbrido, mezcla de un nuevo yo y de un hábito de consumo, la neurosis porteña estuvo también enhebrada de palabras y discursos; esa sensibilidad tuvo mucho que ver con los motes que las propagandas de aceite de bacalao querían dar al nuevo espécimen nosográfico, pero también con las figuraciones que esa condición proteica recibía en las páginas de una literatura ficcional que ya se mostraba hastiada de los locos degenerados. Artículos y tesis de los médicos también colaboraron en la forja de ese retrato esquivo. Ninguna de esas fuentes es capaz de recobrar en su plenitud aquello que podríamos colocar del lado de la experiencia vivida; de aquella época no han sobrevivido historiales clínicos o diarios íntimos de sujetos que hubieran hecho suya la aventura neurótica. Aun a pesar de sus limitaciones y cegueras, los documentos disponibles pueden ser usados para ensamblar una mirada alternativa y compensadora de esa experiencia perdida.

Los capítulos que componen este volumen exhuman las acciones curativas, los idearios, las disciplinas y los dispositivos de observación movilizados alrededor de una experiencia mórbida que hasta el momento ha merecido una atención muy dispar de parte de la historiografía local. Sin dejar de ser una contribución a la historia de la medicina mental rioplatense, este ensayo aprovecha la emergencia de un nuevo rostro en la cultura patológica para reconsiderar elementos que desbordan las fronteras de esa rama científica, y que tienen que ver en sentido más general con el mundo del mercado, la vida urbana y el universo letrado. El neurótico fin-de-siècle recogió su identidad en la estela de las acciones y discursos de boticarios, curanderos, magnetólogos, médicos inquietos y novelistas. Su hábitat natural fue algo muy distinto al asilo o al hospital; debe ser hallado, por el contrario, en la amalgama sincopada entre la farmacia, los centros de hidroterapia, los gabinetes de hipnosis y las marquesinas de los teatros de moda.

Esta obra resulta de una investigación acerca de la fragua de un nuevo sujeto, el neurótico, correlativo o envés de flamantes dispositivos curativos, nuevos lenguajes y circuitos comerciales. Estamos ante un (cuasi) enfermo cuyos malestares no eran traducibles al lenguaje de la locura o el delirio, y cuya visibilidad no se debía tanto a la versátil y escurridiza categoría de peligrosidad social, sino más bien a su forma de habitar un mercado pujante. Tercer rasgo del individuo neurótico, coextensivo al recién señalado: si el loco, en tanto que enajenado, nunca era del todo un yo, o no podía jamás responder del todo por sí mismo −y por ese motivo la necesidad de su tutela, su encierro, o de ahí la exigencia de quedar siempre en dependencia de otro que respondiera por él: policía, juez, psiquiatra−, el neurótico, por el contrario, era aquel que podía realizar constantemente un trabajo de repliegue sobre sí; trabajo que, amén de resaltar las virtudes auscultadoras o consumidoras de su yo, lo reforzaba y lo debilitaba al mismo tiempo.1 El neurótico sufre, de alguna forma, de una hipertrofia del yo, que opera en detrimento de una disminuida atención a su entorno. No puede dejar de sentir su cuerpo, las mínimas variaciones de su funcionamiento, siempre alerta a que algo anda mal. Para decirlo con los términos de una fuente que habremos de recuperar en esta obra, es posible afirmar que

(…) la conciencia sobre todo de los fenómenos subjetivos especialmente la que se refiere al funcionamiento de los órganos, se encuentra considerablemente agrandada, y como los fenómenos de la vida vegetativa están bajo la dependencia del sistema del gran simpático, podemos decir que éste deja de ser inconsciente para entrar en el dominio de la conciencia (…); pero la conciencia que el neurasténico tiene de sí mismo, como entidad moral, está también reducida en grandes proporciones, contempla su personalidad como a través de una bruma. (Orías, 1895: 54).

Por un lado, entonces, el neurótico era capaz de reconocer por sí mismo que algo andaba mal en su salud; tenía, por definición, la destreza de identificar como patológicos signos e indicios más o menos sutiles o equívocos (insomnio, dolores de cabeza, cansancio, accidentes en su vida sexual, etc.). Vivía atormentado por males que, tenues o resueltos, no ponen en peligro su vida ni caben en el molde del concepto estricto de enfermedad. Son, más bien, amenazas “diplomáticas” y conciliadoras. El neurótico, casi sin darse cuenta, acepta la trampa tendida por un dispositivo de consumo y de autorreconocimiento, merced a la cual se patologiza el cuerpo natural; la neurosis es el nombre de aquella forma de habitar el mundo, a resultas de la cual el cuerpo ordinario y sus traspiés pasajeros ingresan al muestrario de lo enfermizo.2 Sumergido en ese universo en que la nueva enfermedad queda equiparada con la debilidad o la fatiga, el neurótico recobra su identidad mediante esa pericia que le permite aislar su yerro espiritual o corporal como síntoma malsano (Correa, 2014b). Esa pericia denota, por supuesto, su inmersión en un universo de sentido en que hay acceso a un vocabulario técnico, acuñado para nombrar esos indicios.

Tal y como veremos en lo que sigue, la proliferación de esos términos sofisticados en la trama cultural, o la difusión de esa pericia de auto-auscultación, no deben ser imputadas únicamente a un proceso compacto de medicalización. La circulación de lenguajes médicos (en artículos periodísticos, en la literatura naturalista, en obras de teatro) o de avisos de medicamentos, así como la lenta difusión de dependencias sanitarias (centros de vacunación, hospitales, etc.), prestaron un gran auxilio para la emergencia de aquella pericia. Cabe recordar, empero, que esa campaña de colonización semántica no se debió siempre a la profesión médica. Igual de valioso pudo ser el rol cumplido allí por las propagandas de droguerías, de curanderos o de mercaderes. En esas publicidades, sin ir más lejos, era posible hallar categorías diagnósticas (“neurastenia”, por ejemplo) que no habían sido usadas hasta entonces por la literatura galénica. Dicho en otros términos, los porteños podían recibir de parte de anónimos farmacéuticos o comerciantes la invitación a asignar a su padecimiento el nombre de neurastenia, mucho antes de que los médicos apelaran a ese rótulo en su práctica cotidiana. Si se quiere ver allí el síntoma mediato o colateral de algo que no deja de ser una medicalización, habrá que conceder, no obstante, que esta última reclama una definición más sutil que la comúnmente aceptada.

Por otro lado, el neurótico debía tener un segundo talento: tenía que salir a la caza de sus remedios. Si el asilo psiquiátrico es el lugar que, más que alojar al loco, lo define y lo construye en tanto que tal, al neurótico le es asignada otra superficie de emergencia u otro hábitat identificatorio: el mercado. El neurótico es ante todo un potencial consumidor de remedios (y de publicidades). No es un accidente o un traspié de la sociedad de consumo; fue su primer laboratorio de prueba, y uno de los garantes de su expansión. Los diarios de Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX son una demostración fehaciente. Cuando las bondades del sistema agro-exportador hicieron posible el nacimiento de una economía interna anclada en el consumo, en el instante en que la oferta de productos renovó constantemente las vidrieras de los negocios locales, la gran mayoría de esos productos tenían que ver con el cuidado de sí (y una parte significativa provenía del extranjero). Cuando las páginas publicitarias de los diarios comienzan a inundarse de avisos de productos comerciales, la mitad de esos anuncios tenían que ver con esa franja imprecisa del yo saludable: tónicos, energizantes, aparatos de electroterapia, remedios contra el dolor de cabeza o el reumatismo.3

Ya en 1884, una columna de la Revista Médico-Quirúrgica denunciaba la excesiva libertad de acción de los actores del mundo de la salud, y allí se advertía que en “la tercera página de los diarios (…) no se refiere otra cosa que anuncios de remedios y específicos que curan todas y cada una de las enfermedades” (Anónimo, 1884a: 203). La maquinaria del consumo burgués nace en el instante en que esos avisos han logrado crearse el comprador que precisan: un sujeto adulto, preocupado por un bienestar sólo asequible mediante la posesión de productos materiales. Este ensayo trata precisamente sobre las dinámicas y actores que sostuvieron ese mercado neurotizante, al que se volcaron en busca de un incierto alivio tantos porteños insomnes, impotentes, dispépsicos y neurasténicos.

El primer capítulo explora los circuitos de promoción y venta de las sustancias señaladas como remedios contra las neurosis (aceites, lociones, jarabes, medallas magnéticas, cinturones eléctricos, etc.); repararemos en las publicidades, los agentes sociales que estuvieron detrás de esa comercialización y los imaginarios que allí se gestaban. El capítulo dos tomará en consideración las acciones llevadas adelante por los médicos para competir en esa feria de bálsamos para neuróticos porteños; nuestra atención recaerá exclusivamente en los servicios profesionales que fueron creados y divulgados como objetos de consumo, y que se acoplaron a esa lógica mercantil. En esas páginas documentaremos la incontrolable proliferación de institutos de electroterapia, hipnoterapia, aeroterapia y cosas parecidas. El capítulo tres pone de relieve las fricciones generadas en el gremio médico a propósito de la consolidación de ese costado lucrativo del arte de sanar.

Los últimos dos capítulos suponen un desplazamiento hacia la órbita de los discursos científicos y letrados. Por un lado, en el capítulo cuatro analizaremos las definiciones heterogéneas que los médicos porteños construyeron acerca de tópicos como la nerviosidad o la neurastenia; habremos de examinar qué tipo de subjetividad emerge en ese saber cambiante, y prestaremos especial atención a los dispositivos clínicos desde los cuales esos diplomados llevaron a cabo su labor teórica. En sintonía con derivas doctrinarias que primaron en el Viejo Continente, en esa literatura médica anterior a 1900 la nerviosidad no es aún sinónimo de degeneración o herencia malsana; representa más bien el nombre a través del cual el discurso médico narra y tematiza su nueva función ante las contingencias de la modernidad. Por otro lado, en el capítulo cinco estudiaremos la obra de José María Ramos Mejía, con el afán de pesquisar qué sentidos (paradójicos y añejados) asignó a lo neurótico en su producción teórica más temprana; procuraremos asimismo deslindar de qué manera sus iniciativas al frente de la cátedra de enfermedades nerviosas y de la sala hospitalaria en el Hospital San Roque, contribuyeron o no en la implantación local de un estudio y tratamiento de las afecciones neuróticas. La figura de Ramos nos sirve a su manera para sopesar hasta qué punto un médico que desde siempre experimentó una contumaz aversión hacia el mundo del mercado (y hacia sus virtudes imaginariamente democratizantes) estaba condenado al mismo tiempo a quedar ciego ante la novedad de la experiencia neurótica.

Este ensayo contiene un relato vidrioso de una experiencia que precisó de varias zonas de agenciamiento y visibilización. Antes que forzar un entrelazamiento pacífico entre ellas, optamos por una narración que haga justicia a sus constantes desacoples, y no menos frecuentes ensambladuras precarias. Esas disyunciones atañen al solapamiento entre, por un lado, el abanico de productos comerciales, muchas veces lanzados al mercado en circuitos profanos (droguerías, boticas, agentes de firmas internacionales, libros de autoayuda, etc.), y por otro, la medicina en sentido amplio. No sería justo hablar de dos mundos paralelos que jamás se cruzan; es obvio que entre la zona de la medicina clínica o académica y el terreno del consumo de productos de ortopedia subjetiva, hay ostensibles mixturas y préstamos. Sería muy errado empero confundir esos dos circuitos; a pesar de sus hibridizaciones, cada uno tenía sus agentes, sus lógicas o sus vías de desplazamiento en la trama cultural.

Es menester, de todos modos, prestar su debida significación a desa­coples más sutiles; por ejemplo, los que afectaron a la propia medicina. Los trabajos teóricos que, con obtusa erudición, daban cátedra sobre esos nuevos desarreglos, apenas si podían brindar ilustraciones clínicas de sus verdades; ello sucedía al mismo tiempo que en folletos hechos a las apuradas y con afanes propagandísticos, otros colegas, más aventureros que doctos, podían apilar historiales de neurasténicos o masturbadores atendidos en sus institutos. Será necesario hallar el vocabulario que mejor se preste para la comprensión de eso que por ahora nombramos desacople. Pero más allá del rótulo que convenga, esas discrepancias pueden ser miradores con que observar rasgos poco transitados del mundo profesional y letrado de aquellos años.

1 El 13 de febrero de 1903 Julia Valentina Bunge anotaba en su diario: “Estoy nerviosa, rabiosa, exaltada, agitada, y todo contra mí misma. Estoy harta de ocuparme de mí, de desfigurar todo lo que pienso y siento, a fuerza de querer analizarlo (…). ¿Puede un capricho convertirse en realidad y llegar a ser lo único verdadero?” (Bunge, 1965).

2 Una crónica satírica de aquella época lo captó muy bien: “La mujer moderna (…) ha inaugurado la era moderna de la neurosis. La neurosis es nada y es todo; es la enfermedad dentro de la salud y la salud acomodándose con la enfermedad”; “Las mujeres inquietantes. La neuropatía”, Sud-América, 6 de marzo de 1890.

3 No hemos realizado un estudio cuantitativo o sistemático sobre la abundancia de avisos de productos sanitarios o higiénicos en las páginas publicitarias de los diarios porteños. Valga, a título aproximativo, dos ejemplos tomados casi al azar (ambos de 1890). De un total de 46 avisos publicitarios incluidos en la página 4 del ejemplar de El Diario del 13 de noviembre de ese año, 21 corresponden a objetos de consumo destinados al cuidado de la propia salud (no se incluyen en el recuento alimentos, bebidas o cosméticos). De los 43 avisos impresos en la página 3 de Sud-América del 7 de abril de 1890, 18 aluden al tipo de mercadería que interesa a nuestro examen.

Capítulo 1
Un bazar para las neurosis. Aceites, píldoras y medallones magnéticos

“La primera vez que cae bajo nuestros ojos un aviso, no lo vemos; la segunda vez lo vemos, pero no lo miramos, la tercera vez nos damos cuenta de lo que existe; (…) la sexta hacemos un gesto al notarlo, la séptima vez lo leemos con más atención y exclamamos: ¡Oh bobería! (…) La novena vez nos damos a pensar si la cosa valdrá la pena, la décima vez decidimos preguntarle al vecino si ha ensayado el producto anunciado; (…) la duodécima vez reflexionamos que acaso servirá para algo, la décimatercia deducimos que debe ser producto aplicable a algún uso bueno, la décimacuarta vez recordamos que justamente lo que se anuncia es un artículo que de tiempo en tiempo venimos necesitando, la décimaquinta vez determinamos que luego hemos de comprarlo, (…) la décimaséptima vez nos desesperamos porque la escasez de nuestros recursos no nos permite comprarlo”. (Sud-América, 5 de septiembre de 1890).

El mexicano Gamboa prestó su voz a una decepción que podía resultar generalizada entre las víctimas nerviosas de la metrópoli porteña. Pero el desencanto hacia lo que los médicos no podían dar, estaba llamado a ser una lamentación olvidable. Una mirada rápida a las páginas de avisos de los muchos diarios de la ciudad, devolvía cotidianamente el alma al cuerpo a los neuróticos locales. Allí encontraban, en recuadros de dudosa composición gráfica, la confirmación de que un abultado mercado de productos podía traerles, a precios módicos y a cambio de un esfuerzo mínimo, el alivio que los diplomados ni siquiera podían prometer. Esas publicidades, que aprovechaban con sigilo el mudable prestigio del saber médico, eran al mismo tiempo el soporte de un novedoso pacto de consumo, el catalizador de una construcción subjetiva, y el índice de una trama social conformada por farmacéuticos, importadores, inventores, curanderos y vendedores ambulantes (y también diplomados, que hacían lo imposible para no quedarse afuera a la hora del reparto de los dividendos).

Casi en los mismos días en que Gamboa decía aquella verdad, y al mismo tiempo que Rawson de Dellepiane denunciaba que ser nervioso era una forma de estar a la moda, un doctor extranjero −que de esa manera se anticipaba a Díaz de la Quintana− veía en la profusión de publicidades una preocupante radiografía del estado sanitario de la ciudad: “Una ojeada a los anuncios de los diarios cotidianos basta para demostrarnos esta pobreza nerviosa y sanguínea. Pululan en ellos avisos y réclames de todo género, medios reconstituyentes, fortificantes, anti-nerviosos, etc.” (Marcus, 1892: 30). Esas voces recortan con precisión la amalgama que atraviesa este capítulo, aquella que diluye la distancia entre mercado y salud. Y al mismo tiempo restituyen los nombres de los hilos que tejieron la red en que la experiencia neurótica trazó su camino: progreso, moda y publicidad.

Nos ocuparemos ahora del costado más material, visual y sustancial del mercado neurótico de la ciudad, costado que muchas veces es difícil de separar de todo lo relacionado con el gremio galénico. La presencia de doctores en ese mercado de ortopedias subjetivas no debe llamarnos al error de superponer lógicas y rituales diferenciados. El mundo de los remedios contra las neurosis puede ser analizado con relativa independencia del andamiaje teórico que los profesionales intentaban construir sobre las nuevas patologías. No se trata de una autonomía inveterada, pues los recursos sanadores ofertados en ese mercado podían estar en sintonía con las definiciones teóricas presentes en las páginas de la erudición médica, o más comúnmente, con las definiciones científicas ya perimidas (pero que habían logrado una amplia difusión por su capacidad de adaptarse a representaciones legas o populares del funcionamiento orgánico).1 A la inversa, la proliferación de sustancias presuntamente indicadas contra ciertas enfermedades legitimaba ante la mirada pública la existencia real de esas patologías (y, como corolario, la necesidad de una ciencia que las estudiara). Sin embargo, esa traducción o reenvío no siempre era seguro o posible; más importante aun, la oferta de productos debe ser leída desde un registro que le es propio. Su lenguaje es el del consumo, y su destinatario, el comprador.

En las últimas décadas, sobre todo gracias al impulso dado por Roy Porter al estudio de esa problemática, la historia de los cruces entre medicina y mercado de productos curativos ha dado lugar a ensayos muy documentados (Porter, 1989). Aquel historiador mostró de modo convincente que durante el siglo XVIII, en un contexto de franco crecimiento del consumo, el mercado de la salud aparecía constantemente tensionado entre la demanda de alivio de parte de los sujetos enfermos (entendidos como agentes activos que reclamaban respuestas y remedios para sus muchas dolencias) y un escenario donde los médicos competían, muchas veces con desventaja, con una gran variedad de sanadores, que intentaban por todos los medios prestigiar sus conocimientos y pericias en el arte de curar. En tal situación, los médicos aparecían como protagonistas entre marginales y poco afortunados a nivel competitivo. Otros estudiosos han mostrado que ese proceso de extensa comercialización de mercaderías sanitarias puede incluso ser remontado a los siglos anteriores para regiones como Inglaterra u Holanda (Curth, 2002, Cook, 2007). Sea como fuere, todas esas reconstrucciones han puesto en evidencia que la historia de la amalgama entre salud y mercado debe ser entendida desde una perspectiva de larga duración. Sería un error suponer que esa mixtura es privativa de la sociedad contemporánea, e igual de equivocado sería sostener que nada ha cambiado con el paso de los siglos. Muchos factores (la irrupción de las grandes empresas de productos químicos, la creciente profesionalización y consolidación social de la medicina, la difusión global de la cultura de patentes y marcas, etc.) han hecho que, hacia finales del siglo XIX, ese mercado haya comenzado a adquirir los rasgos que mantendría hasta nuestros días (Marland, 2006).

En este capítulo no pretendemos sino ofrecer un mapa algo desordenado del cúmulo de productos curativos que los neuróticos porteños tuvieron al alcance de la mano en las décadas finales del siglo XIX. Sería difícil establecer con precisión cuándo desembarcan en las páginas de avisos las publicidades de cada una de las sustancias que habrán de retener nuestra atención. Lo que sí podemos afirmar con cierta seguridad es que desde comienzos de la década de 1880 la cantidad de esos avisos ha crecido de modo significativo, y también se ha reforzado su sofisticación en términos gráficos. En los inicios de nuestro arco temporal, lo nervioso, muchas veces declinado como debilidad, aparece como una condición mórbida apenas circunscripta. Son promocionados como remedios contra esas afecciones muchos productos que sirven en verdad para revertir variados procesos de decaimiento, pérdida de fuerzas o agotamiento. Las enfermedades nerviosas quedan confundidas, en el mensaje de promesa curativa enunciado por esas publicidades, con malestares que han ganado ya una entidad más segura: tuberculosis, clorosis o digestiones difíciles. Poco a poco, tal como veremos, no solamente comienzan a recibir nombres propios más claros (neurastenia, histeria, etc.), sino que quedan asociadas a sustancias que les son privativas en esa farmacopea casi plebeya.2

La expansión del mercado de remedios constituye tan sólo una pequeña muestra de las alteraciones que se producen hacia fines de siglo en las pautas de consumo de los argentinos. La modernización económica, sumada al crecimiento demográfico y al afianzamiento de la urbe, trajeron como corolario la conformación de un mercado interno que dejó atrás la vieja lógica del auto-abastecimiento, y que pasó a estar regido por la espiral del consumo (Rocchi, 1999; Szir & Félix-Didier, 2004). Según algunos cálculos aproximativos, entre 1880 y el inicio de la Primera Guerra, el tamaño del mercado interno local creció unas nueves veces; en ese mismo lapso, los sectores medios, al menos en lo que respecta a la región del litoral del país, pasaron del 15 al 30 por ciento de la población total, y su poder adquisitivo se triplicó (Hora, 2010). La vida cotidiana de los habitantes de Buenos Aires comenzó a estar teñida por el acceso creciente a una amplia gama de productos (alimentos, vestidos, muebles, adornos, bebidas, etc.), despachados por una extensa red de negocios y agentes sociales. José Wilde fue un testigo privilegiado de esa metamorfosis; en sus memorias de 1881 se encargó de subrayar el contraste entre la vieja sociedad de 1830 o 1840, de ritmos aún coloniales, y la que él llegó a conocer en su vejez, en la cual el “furor por la novedad” alimentaba un mercado infinito de objetos (Wilde, 1881). Ese proceso se vio reflejado y fortalecido por el desarrollo de la publicidad visual, que en los últimos años ha recibido una fuerte atención de los estudiosos de la cultura gráfica de fin de siglo (Szir, 2009a, 2009b; Tell, 2009; Bonelli Zapata, 2017).

Excesos de bacalao y un poco de cocaína

Las publicidades que tanto escándalo generaron en Hugo Marcus llenaban las páginas finales de los periódicos (que en los de menor tiraje, como los de comunidades extranjeras, eran las páginas tercera y cuarta). El formato habitual de estos avisos puede ser descrito del siguiente modo. Solían ser rectangulares, con mucha información escrita, y a veces iban acompañados por alguna ilustración precaria, que en los inicios aparecía en segundo plano o en tamaño pequeño.3 Uno de los obstáculos técnicos más notorios para la inclusión de elementos iconográficos en la prensa general residía en la dificultad de imprimir, en una misma página, texto e imágenes. Ese impedimento afectaba, por ejemplo, a la litografía, que fue la técnica de reproducción de imágenes más difundida a nivel local durante el siglo XIX. Recién en la década de 1890 fue adoptado aquí el sistema de fotograbado tramado o de medio tono, que sí permitía la convivencia de los dos elementos (Szir, 2009b; Tell, 2009).

Los recursos para atraer la atención del consumidor (y para legitimar el valor del producto) eran reiterativos: por un lado, la enumeración de las dolencias que serían disueltas por la mercadería; por otro, la mención de supuestas autoridades médicas extranjeras que o bien habían comprobado la utilidad del objeto, o bien recomendaban directamente su uso; tercero, la información sobre las firmas extranjeras que estaban detrás de su producción o distribución. De hecho, la gran mayoría de las mercaderías que abultaban esa miscelánea farmacopea era de procedencia foránea, o al menos era vendida como tal.4 En un contexto en que la producción farmacéutica local era aún muy débil, el mercado estaba dominado por esos productos que habían atravesado el océano.5 A ello se agregaba muchas veces alguna advertencia sobre la existencia de falsificaciones o imitaciones (Correa, 2018). Todo ello podía ir o no acompañado por la indicación de alguna farmacia local que estuviera autorizada a comercializar el remedio.

Si bien en nuestro análisis nos concentramos en la publicidad gráfica impresa en los periódicos, no podemos dejar de señalar que los remedios también fueron promocionados, tal y como se desprende de algunas de las fuentes que revisaremos, en otros soportes que formaron parte de esa pujante cultura visual: carteles en la vía pública, en tranvías, en coches, etc.

La comercialización de estas sustancias contra los problemas nerviosos se amparaba en el uso local de publicidades estandarizadas; su difusión dependía de la utilización de planchas tipográficas distribuidas por los mismos agentes que garantizaban la importación de los específicos. En tal sentido, esa zona de la propaganda se mostró menos contaminada por las torpezas y rusticidades que solían cometer los dueños de otros negocios a la hora de elaborar sus carteles, tal y como fue satirizado por una crónica:

Lo que más llama la atención de los paseantes en esta Buenos Aires son los letreros de las casas de comercio menor, de los carros, coches, etc.

Y a la verdad que ellos forman una de las cosas más curiosas. Juzgue el lector por esta treintena de letreros:

Almacén de la hija de Giacumina.

Fonda del hijo de la tía Ambrosia.

Café y Billardo del Peringundín.

(…) Almacén ¿Quién lo diría? – Almacén ¿Quién lo pensara?

Casino de Pancho el Gordo.

(…) En los carros se leen letreros como estos: Si te perdés chiflame – Soy un güen mozo – Ay juna que sos compadre.6

Esa relativa tosquedad de la cultura publicitaria fue notada, por ejemplo, por Rubén Darío, que en 1901 desde Madrid comentó lo siguiente: “Al escribir mis primeras impresiones de España, a mi llegada a Barcelona, hice notar que una de las particularidades de la ciudad condal era la luminosa alegría de sus calles, enfloradas en una primavera de affiches. Así como en Buenos Aires se está aún con el biberón a este respecto, en España no se ha salido de la infancia” (Darío, 1901: 324).

Un ingrediente que no podemos pasar por alto está dado por los agregados que intentaban realzar el tenor apetecible del remedio. La reiterada mención al buen sabor de las pastillas o jarabes, a su carencia de olor o a su fácil digestión, eran intentos por exorcizar los temores que podía despertar en el imaginario porteño un objeto desconocido o novedoso, verbigracia una “cápsula” −máxime cuando estaba lanzado a un circuito que dependía en gran medida del autoconsumo−. Las píldoras o pastillas, en aras de devenir objetos de consumo cotidiano, debían batallar por ganar su derecho de ciudadanía en un mercado en transformación. Por ejemplo, en el aviso publicitario de las “Cápsulas Thévenot” para “enfermedades confidenciales”, se informaba que eran “sin olor ni gusto” y de “absorción fácil”.7 La publicidad de las “píldoras de Catramina Bertelli” advertía que eran “muy solubles y bien digeridas por los estómagos más delicados”; a renglón seguido se agregaba: “No hay instrucciones particulares que observar para el uso de estas píldoras. Se dejan disolver en la boca, de una a dos (que se pueden también tragar directamente enteras de dos en dos horas)”.8 Uno de los múltiples remedios ofrecidos para combatir la tenia o lombriz solitaria (la “Pelletierina de Tanret”) era “el más fácil de tomar” y cada dosis iba acompañada de “una instrucción detallada”.9

Podemos recuperar el ejemplo de un producto muy conocido en la época, el “Aceite de hígado de bacalao de Berthé”, indicado contra la debilidad y el raquitismo.


Bajo el generoso paraguas de la “debilidad” podían ubicarse variadas condiciones difusas, y muchos de los remedios que estamos estudiando apelaban a esas categorías vagas. Las “Píldoras Restauradoras Formiguera”, “recomendadas por las eminencias médicas americanas y españolas”, curaban la “clorosis, anemia, debilidad general” y servían para dar “fuerza y vigor a los ancianos, convalecientes y personas débiles y decrépitas”.10 Un remedio podía ser ofertado, por el contrario, para entidades diagnósticas un poco más acotadas, pero en ese caso el listado de condiciones mórbidas era tan extenso que lograba similar poder de inclusión que la “debilidad”. Por ejemplo, otro aceite de hígado de bacalao era anunciado como remedio contra la anemia, la clorosis, la bronquitis, la tisis, la diátesis escrofulosa y un largo etcétera.11 En igual sentido, las “píldoras de Damiana del Dr. J. Welton de Nueva York” eran vendidas por la Droguería Nacional de la calle Rivadavia como el “único remedio conocido hasta la fecha para la infalible y completa curación de la impotencia”; según el mismo aviso, pareja eficacia tenían contra la espermatorrea, la diabetes, la gota militar, debilidad del cerebro, dispepsia, “decadencia y laxitud de todo el sistema nervioso”.12 La “Antipirina de Troeutte” agregaba a ese generoso listado las “enfermedades nerviosas”:


Sucede como si una astuta estrategia de marketing estuviera detrás de esa competencia de remedios similares (y surtidos probablemente por una cantidad reducida de distribuidores). Para un lector mejor informado, o quizá más proclive a buscar con un diccionario de medicina en la mano el nombre de su mal, se despachaban avisos que no ahorraban tecnicismos galénicos (incluso algunos que empezaban a envejecer, como el de “clorosis”, una categoría que los médicos de Buenos Aires ya casi no empleaban para fines de siglo).13 Para un consumidor menos pretencioso se echaba mano de descripciones más globales o impresionistas, donde términos como “debilidad” o “cansancio” bastaban para captar la atención.


La dimensión de lo nervioso podía figurar en el espectro de esas medicinas de manera más bien difusa o vaga, sobre todo en los años previos a la última década del siglo. Antes de recortarse como un campo generoso de patologías bien delimitadas, lo nervioso quedó anexado al tópico de la debilidad y el mal desarrollo. Los nervios parecían guardar mayor parentesco con un sistema orgánico a fortalecer, que con la posibilidad de constituir la sede de afecciones rotuladas. A esa meta iban apuntados, por ejemplo, algunos productos basados en el hígado de bacalao, como la Emulsión Defresne:


Pareja difusión tuvieron otros productos, como las “perlas de quinina del Dr. Clertan”, indicadas para tratar la fiebre, o las “perlas de éter” del mismo “profesional”, que contaban además con la “aprobación” de la Academia de Medicina de París y que servían para atacar las palpitaciones y “calambres de estómago”.14 También de la capital francesa provenían las “pastillas y polvo de carbón del Dr. Belloc”, que ayudaban para combatir las “digestiones difíciles”. Los “verdaderos granos de salud del Dr. Franck” servían para idéntico fin.15

Detrás de esos rudimentarios avisos había, claro está, una compleja maquinaria de distribución y venta de productos, una aceitada red de importadores, publicistas y minoristas que abastecía a un público que se mostraba deseoso de consumir las mismas sustancias que llenaban las vidrieras de las droguerías parisinas o londinenses. Entre esas últimas novedades estaba, por ejemplo, la cocaína, y las farmacias de Enrique Krauss se encargaron de poner a disposición de los porteños inyecciones de esa nueva droga (indicada contra la gonorrea).16 Hablar del deseo de emular hábitos de consumo de otras metrópolis es otro modo de mentar la réplica local del poder distintivo de estos desarreglos nerviosos. En efecto, es probable que para muchos de los consumidores de estas publicidades, los rótulos de “nerviosidad” o de “neurastenia” fueran sinónimo de modernidad, cuando no de refinamiento, tal y como señaló acertadamente Rawson de Dellepiane en su tesis. Antes de que esas categorías diagnósticas fueran recubiertas con el estigma de la degeneración, tuvieron el extraño encanto de otorgar simultáneamente sufrimiento y distinción social. Para un sector importante del imaginario fin-de-siècle, sufrir de los nervios era pertenecer por derecho propio a la agitación de la ciudad moderna. Los publicistas lo advirtieron más pronto que tarde, y a ello obedeció seguramente que muchos avisos dejaran de enumerar síntomas y pasaran en cambio a ofrecer como carnada el mote capaz de seducir: “histeria”, “enfermedades nerviosas”, etc.

Instrucciones para bromiómanos

Con el correr de los años, como dijimos, las “enfermedades nerviosas” en su conjunto, o algunas de ellas en particular, comenzaron a figurar en esos avisos de milagros. Ya a mediados de la década de 1880 hallamos ese tipo de publicidades, y no cabe duda de que muchas de ellas se remontan a años anteriores. La “solución anti-nerviosa de Laroyenne”, por ejemplo, figurará en esa sección de los diarios durante muchos años. Con ella se conseguía una “curación frecuente” y “alivio siempre” para la epilepsia, el “histérico” o las convulsiones. El aviso tiene valor paradigmático, por otro lado, por el balance disparejo que establece entre el texto, claro y en letras bien visibles, y la imagen (que representa a un hombre caído, presa de un ataque convulsivo), pequeña, ubicada en el vértice superior derecho.


La misma alusión al “histérico” aparece en otro remedio que además prometía una “curación segura” de la epilepsia o la corea: las “Grajeas Gelineau”. El producto estaba indicado para condiciones un poco más difusas, pero que de todos modos ya comenzaban a ser deletreadas en la literatura médica del período y a abultar los registros estadísticos, como el “nervosismo”:


El jarabe Henry Mure, distribuido por esos mismos días, apuntaba a una población similar, pero se atrevía a dar un extenso listado de las “enfermedades nerviosas” que podían ser contrarrestadas. Aquí también podemos sospechar que no hay una mano médica detrás: no debido a lo añejo de los rótulos, sino a su carácter extravagante (o a su denominación errática). Por ejemplo, este jarabe debía servir contra el “baile de San Víctor” –recordemos que la enfermedad lleva el nombre de “baile de San Vito”−, o contra la extraña dupla “Epilepsia-histérico, histero-epilepsia”.


Muchas de estas publicidades guardaban silencio acerca de la composición de los productos lanzados al mercado. Otras pocas, en cambio, daban un esquivo detalle de su fórmula activa. El “elixir antinervioso polibromurado Dr. Baudry” reunía “en perfecta combinación” drogas que eran muy utilizadas por esos años por los médicos en sus abordajes de las patologías nerviosas: bromuro de potasio, de sodio y de amonio. Este elixir en particular prometía la curación o el alivio del insomnio, la jaqueca, la agitación nocturna, “el histérico”, el baile de San Vito y las convulsiones infantiles; convenía, por último, “a las señoras que padecen de espasmos, vapores y ataques de nervios”.17 No todas las sustancias provenían de Francia. Algunas eran de origen inglés, como las “Beecham’s Pills”. Por otro lado, la toma en consideración de la circulación de esta última mercadería en el mercado porteño sirve para efectuar un señalamiento que puede ser extensivo a otros productos. La emergencia de lo “nervioso” como parcela de un mercado de bienes de consumo no se tradujo en la inmediata irrupción de drogas que se aplicasen exclusivamente a esa nueva esfera. En algunas ocasiones, a los remedios que eran vendidos para enfermedades más tradicionales o para condiciones que no respetaban la progresiva sectorización de los sistemas orgánicos de la medicina, se les quiso agregar mágicamente un poder anti-nervioso. Es lo que comprobamos en esas píldoras de Beecham. Además de remediar las pústulas en la piel o el escorbuto, “refrescar la sangre, rechazar las calenturas y prevenir las inflamaciones en los climas cálidos”, eran provechosas asimismo “para los desórdenes biliosos y nerviosos” como jaquecas, vértigos, sofocaciones, “rojeces súbitas”, pesadillas y “todas las demás sensaciones nerviosas y temblorosas”.18

Otro ejemplo ilustrativo está dado por el “Hierro del Dr. Girard”, entre cuyas indicaciones estaban la histeria, la clorosis, la anemia, el empobrecimiento de la sangre, la constipación y los dolores de estómago.19 Las “Píldoras tocológicas del Dr. Bolet” (fabricadas en Nueva York y distribuidas en Buenos Aires por la farmacia de Otto Recke, según rezaba su anuncio) eran el “remedio infalible” para el histerismo, los “catarros uterinos”, los “malos embarazos” o los tumores de ovario.20 Por su parte, el “Sirop du Dr. Forget” era anunciado como un antídoto contra “resfriados, insomnios y enfermedades nerviosas”.21


Algo similar puede ser señalado quizá respecto de los “Cigarrillos Espic”. Además de “calmar el sistema nervioso”, eran recomendados contra el asma, la tos, las constipaciones y las neuralgias.22


Para el caso de las enfermedades nerviosas podemos hacer valer asimismo la distinción entre avisos como los recién recuperados, que iban dirigidos a condiciones singulares, y algunos otros que no renunciaban a una confusa mescolanza. Entre estos últimos cabe colocar a las “cápsulas Thévenot”, compuestas de antipirina, bromuro de alcanfor, bromuro de potasa y éter; según el aviso que se imprimió en esos años, esas cápsulas servían de remedio contra “enfermedades nerviosas de toda clase”.23 Para “todos los afectos nerviosos”, y para las jaquecas y calambres de estómago, iban destinadas también las “píldoras antineurálgicas del Dr. Cronier”.24


Para mediados de la década de 1890 una entidad diagnóstica invade los avisos de específicos; conquista esas propagandas más rápidamente que las páginas eruditas de los doctores. Nos referimos a la neurastenia (o la neurosis a secas). Estamos ante una entidad que llegó para quedarse, pues los productos para atacar ese mal abundarán en el mercado sanitario durante largas décadas. En el capítulo cuatro abordaremos las figuraciones que acerca de esa condición circularon en la medicina local a fines de siglo. Anticipemos meramente que ella tenía la virtud de recuperar y resignificar las clásicas representaciones del debilitamiento, aunándolas a modelos y lenguajes que insistían en el carácter perjudicial de la vida moderna (el aceleramiento del tiempo, el desgaste por sobre-estimulación, etc.).

En el cierre del siglo XIX los flamantes neurasténicos de Buenos Aires tuvieron al alcance de la mano múltiples remedios para su mal. En muchos casos debieron consolarse con píldoras que servían para todo, pues a los tradicionales “tónicos” o reconstituyentes se les atribuyó, de un día para otro, virtudes anti-nerviosas. Las páginas de La Semana Médica supieron ser una inmejorable vidriera de esas novedades del mercado. Allí se anunció la “Contradolina”, un innovador “antineurótico”, que además estaba indicado contra el reumatismo, la gota, la gripe, la fiebre tifoidea y la fiebre amarilla.25 O el “Fosfato Vital de Jacquemaire”, en solución inyectable, útil para la neurastenia, la tisis y las enfermedades de los niños.26 Encontramos también la versátil “Cerebrina”, que en su versión “bromada y yodada” servía para combatir la neurastenia, la neurosis y las neuralgias rebeldes.27 Las sílabas “neuro” aparecían en los rótulos de los productos más diversos, incluso en los que incluían sólo tangencialmente las enfermedades nerviosas en el largo listado de las dolencias a revertir: el “Hemoneurol Cognet”, que amén de la neurastenia, curaba la tuberculosis y las afecciones de los huesos;28 o el reconstituyente “Neuroiodina Tegami” que, al igual que muchas sustancias de esos años, era promocionado como un excelente reemplazo para los “repugnantes y desagradables” aceites de hígado de bacalao;29 el “Neurosine Prunier”, en cambio, apuntaba más directamente a los desequilibrios nerviosos.30


No todos los productos ofertados para sanar vagas condiciones nerviosas se amoldaban al hábito del consumo de sustancias (por vía oral o mediante inyecciones). Si bien su difusión fue más marginal antes del cambio de siglo, en los años que nos ocupan circularon asimismo implementos o artefactos de auto-consumo ligados al universo del magnetismo o la electricidad. Reaprovechando fantasías y representaciones que atribuían a pilas, imanes o mercancías electrificadas un poder curativo inmaterial, distintos actores sociales, en muchos casos magnetizadores no-diplomados, pusieron a la venta objetos portátiles y accesibles: medallas imantadas, cinturones eléctricos o plantillas magnetizadas. En un contexto en el que, tal y como veremos en el capítulo que sigue, los propios médicos promocionaban abiertamente las virtudes bienhechoras de los magnetos, la electro-terapia o las máquinas vibratorias, sus competidores lanzaron al mercado objetos que tenían la ventaja de poder ser llevados en las prendas de vestir, y que podían ser utilizados sin la costosa mediación de los galenos (Correa, 2014b). Algunos de estos objetos prescindían incluso de toda referencia técnica a su presunto mecanismo eléctrico −en sus publicidades no había información sobre el tamaño o potencia de la “pila” o del inductor de energía−, y apelaban más bien a un imaginario cuasi religioso o pagano, acostumbrado a los amuletos o talismanes. Tenemos, como primer ejemplo, un collar cuyo nombre buscaba la aleación entre los dos universos de significación, uno ligado a lo técnico (Volta) y el otro a la fe (Cruz). El producto tenía, según su vistosa publicidad, efectos benéficos en casos de “nerviosidad”, insomnio, dispepsia u otras condiciones mórbidas.


Un segundo ejemplo está dado por la medalla “electro-magneto-terapéutica” de Borsani, en cuya publicidad se apelaba sin medias tintas a un ideario religioso. Ese producto fue comercializado por un hipnotizador, José Borsani, que hacia 1890 tuvo algunos altercados con las autoridades sanitarias locales (Vallejo, 2017b). La medalla curaba “todas las enfermedades nerviosas”, y era acompañada, sin costo adicional, por un librito explicativo.31


A medida que nos acercamos al cambio de siglo, algunas tendencias en esta fauna publicitaria se tornan reconocibles. Por un lado, son cada vez más numerosos los productos que apuntan a desarreglos que aparecen definidos con un apego más claro al lenguaje de la medicina contemporánea. Por otro lado, se ve un avance en la calidad gráfica de los anuncios, sobre todo un protagonismo mayor de las ilustraciones. Valga como ejemplo la publicidad de la “Sirop” (o jarabe) de Follet, anunciado como remedio contra el insomnio producido por cualquier tipo de causa.


Más de un elemento del contenido visual apunta en la dirección señalada más arriba. El vestido de la mujer, así como su calzado y su peinado, indican claramente su pertenencia al sector acomodado. Otro tanto hace el sillón en que se recuesta, de madera ornamentada. La imagen, en tal sentido, parece jugar con el carácter equívoco de la escena presentada: antes que ilustrar el efecto sanador del remedio, opta por resaltar la posición deseable de su consumidora (elegante, adinerada). El mensaje icónico se inclina por ensalzar la condición envidiable de la mujer, antes que la naturaleza bienhechora del jarabe, y al hacerlo enaltece lo que se muestra como envés (en tanto que signo y no como consecuencia) de esa distinción: la neuralgia o la irritación nerviosa. Por otro lado, el aviso se muestra fiel a una recomendación que los publicistas hacen en el cambio de siglo: cada vez con mayor insistencia sugieren contextualizar los objetos o los hábitos a difundir. En vez de ofrecer la imagen de la botella o el piano a vender, es menester evocar su tenor deseable a través de un trayecto oblicuo, indirecto, visualizando una escena donde el objeto en sí mismo quede asociado a su ámbito natural de consumo (Szir & Félix-Didier, 2004). Siguiendo esa lógica, el sillón, el vestido y los bastidores son indicadores inconfundibles de que estamos en el interior de un hogar de clase media o alta. Así, el porte relajado de la mujer se debe menos a su cansancio que al goce de la tranquilidad del hogar. El insomnio queda así en un segundo plano.

Le Sirop de Follet queda delineado como una mercancía apetecible, no porque cure el insomnio, sino porque forma parte del hábito de consumo de quien se ha ganado ese derecho de distinción. A todo ello cabe quizá sumar una conjetura alternativa. Si el centro de la escena está ocupado por una figura humana −y por una figura que poco tiene que ver con la mortificante convulsión que habíamos recortado en una publicidad más vieja− y no por un producto, ello se debe a que para esa fecha (1895) lo nervioso ha ganado mayor derecho de ciudadanía. El neurótico ya tiene un rostro reconocible. Gracias a la confluencia de un mercado inquieto y de una medicina no menos imaginativa, existe ya el contorno de ese nuevo personaje, que puede buscar en los avisos impresos una imagen en que identificarse.

En síntesis, las dolencias nerviosas no tardaron en alimentar ese pujante mercado de productos curativos, gestionado en gran medida por firmas internacionales que importaban drogas y remedios desde Francia, Inglaterra y Alemania. Las farmacias, droguerías y boticas eran algunos de los puntos de distribución y venta de esas mercaderías. Si hemos de prestar su debida significación a la sostenida y abultada difusión de esos avisos publicitarios en todos los diarios de Buenos Aires, no podemos sino concluir que estamos frente a un circuito de venta exitoso. Los neuróticos porteños, los individuos que se sentían víctimas de esas dolencias nerviosas un tanto inmateriales, debilidades difusas, o simplemente de síntomas que poco tenían que ver con el vetusto y vergonzoso mundo de la locura, se lanzaban diariamente a esa feria de remedios y novedades.32

Mediante la compra de esas mercaderías, los porteños decaídos hacían mucho más que amontonar en sus botiquines sustancias de controvertible efectividad. Se daban a sí mismos la identidad que la medicina académica les denegaba. No es momento de zambullirnos en conjeturas contrafácticas, pero ¿dónde, si no en la seducción de esas publicidades, los neuróticos de Buenos Aires pudieron descubrir (y forjar) su verdadera condición, dado que los médicos locales apenas empezaban a escribir correctamente los nombres de esas afecciones en sus tesis a veces grandilocuentes? Esos avisos dieron a sus lectores la lección que ningún otro dispositivo cultural podía en aquel entonces reproducir; divulgaron, de modo obstinado y convincente, que lo nervioso era un territorio del auto-cuidado, siempre proclive a desarreglos y disfunciones. En un comienzo sancionaron que esa parcela era un rostro más de la debilidad orgánica, y en consecuencia debía ser revertida con productos reconstituyentes. Muy pronto acometieron una catalogación más pretenciosa, y dieron en deletrear afecciones que tenían el brillo de la moda. Autonomizaron el redil mórbido de lo nervioso mediante un mensaje que era asaz atractivo para su destinatario: el neurótico no sólo aprendió que su mal tenía un nombre, sino que merced al mismo gesto entendió que un simple consumo era su tramposa redención. De todas formas, lo más importante de todo esto es que jamás se lo confundía con el loco. El dispositivo de generación del neurótico tuvo el cuidado, desde el más temprano inicio, de colocar a sus criaturas a resguardo del estigma de la alienación. Cuanto más realimentaba su condición de comprador (artífice de un auto-consumo deliberado), más lo tranquilizaba respecto de su no pertenencia al universo del delirio.33

El enunciado de Sud-América ubicado como epígrafe de este capítulo decía en tono de sorna algo más que una ocurrencia divertida; lanzaba una verdad sobre la génesis cultural del neurótico. Dada la naturaleza endeble de la medicina nerviosa porteña, y ante la carencia de otros artefactos culturales que se mostraran capaces de alojar una demanda y una experiencia que una temprana globalización comercial ya había hecho arraigar, el neurótico estableció su diálogo generatriz con el mercado. Mucho antes de buscar su hábitat natural (que legitimara su rostro y le hablara en su propio lenguaje) en el diván, y bastante antes de que una medicina entre moral y tecnificada se mostrara a la altura de las circunstancias, a la experiencia neurótica le cupo ser el corolario quejumbroso de un mercado. Quien estuvo dispuesto a llevar hasta sus últimas consecuencias el estudio de la neurosis halló más tarde que esa experiencia tenía siempre algo de interminable; nadie puede poner en duda esa verdad, pero a condición de agregar que ella afecta más al dispositivo que le dio vida, el mercado, que a la propia experiencia patológica.

Boticas, regentes y falsificadores

La sostenida proliferación de avisos de productos sanitarios en la prensa gráfica indica sin ambages la buena salud de ese mercado. Y dado que éste, según nuestro entender, fue uno de los artífices esenciales de una novedosa experiencia subjetiva y patológica, conviene atender a las lógicas que regían el desenvolvimiento de esa cultura comercial. Para empezar, cabe recordar algo ya señalado por otros autores: desde 1870 crece de modo acelerado el número de farmacias en la ciudad, y al mismo tiempo distintos actores sociales (médicos, comerciantes y químicos) deciden invertir en ese rubro que computan como lucrativo (González Leandri, 1999: 156-160). Por otra parte, la pujanza de ese negocio, así como las frecuentes noticias sobre clausuras de farmacias ilegales, hacen presumir que en Buenos Aires se dio el mismo proceso que en otras ciudades: esas mercaderías eran vendidas en una extensa variedad de puntos (“oficinas” de adivinas, cantinas, almacenes, consultorios médicos) que quedaban por fuera de los legalmente habilitados (farmacias registradas) (Correa, 2016; Palma, 2016).34 No faltaron, por ejemplo, puestos ambulantes de expendio de drogas, y al objeto de poner fin a ese tráfico, en diciembre de 1890 el Departamento Nacional de Higiene pasó una nota al jefe de policía exigiendo que los vigilantes impidieran la labor ilegal de esos sujetos que ofrecían “remedios secretos para la curación de numerosas afecciones” en plazas y otros lugares públicos.35

A la inversa, las propias farmacias, según testimonian algunas crónicas, podían funcionar casi como almacenes de ramos generales y clubes sociales. Refiriéndose a la década de 1870, Daniel Cranwell afirma:

Por aquellos tiempos de gentes sencillas y modestas, la farmacia era el sitio preferido de reunión. Se discutía política; se jugaba algún partido amistoso de naipes; se gustaban los refrescos a base de orchata y los aperitivos a base de tinturas; se conversaba sobre las novedades de los teatros y las comadrerías sociales eran comentadas con fruición. (Cranwell, 1939: 23).

Dos décadas más tarde, la recién inaugurada Farmacia Franco-Inglesa vio en esa posibilidad de vender productos de otros rubros una exitosa estrategia de mercado; en su salón de ventas se alineaban diversos “aparatos (…) de indudable atracción en su época: la famosa gallina que ponía huevos con caramelos, el negro que brindaba sabrosos chocolates, el vaporizador mecánico de perfumes” (Anónimo, 1942: 13).36 No se trata de un fenómeno que afectara sólo a los comercios de productos farmacéuticos o higiénicos. A resultas de un mercado cuyo ritmo de expansión fue más acelerado que su posibilidad de sectorizarse en rubros diferenciados, era frecuente que un mismo local de un género cualquiera sirviera de punto de despacho de una infinita variedad de mercancías. El Censo de la ciudad de 1887 incluía al respecto una queja furibunda:

En ninguna plaza comercial del mundo podrá ser más difícil la clasificación por ramos de las casas de negocio que la formen, que en la plaza de Buenos Aires. En primer lugar, en nuestro mercado, son raras excepciones, las casas que se consagran a negociar con una sola clase de artículos y sus verdaderos anexos, y, por el contrario, numerosos son los establecimientos que abarcan y reúnen ramos de comercio de bien distinta clase y género. Muchas casas introductoras venden al mismo tiempo al por mayor y en detalle los artículos que introducen directamente de las plazas extranjeras, y los artículos que introducen pertenecen a todas las clases que produce la industria humana.

(…) Es muy general en Buenos Aires, ver perfumerías en las cuales se expenden, por cascos y cajones, vinos y licores finos, así como trajes confeccionados en el extranjero, y mil objetos diversos de fantasía.37

El descontento era también para con las farmacias autorizadas, pues ellas expendían sin receta una gran cantidad de medicamentos y preparados, funcionando de esa manera como centros donde se ejercía ilegalmente el arte de curar.38 No faltaron incluso denuncias contra farmacéuticos que, cual curanderos inescrupulosos, revisaban, auscultaban y atendían a los enfermos.39

Ese desarrollo mercantil de la profesión farmacéutica fue objeto de una dura autocrítica, confeccionada desde los foros más eruditos o académicos de la farmacia porteña. Las páginas de la Revista Farmacéutica sirvieron para lanzar una reiterada condena contra ese hábito de transformar las farmacias en un “bazar de expendio de panaceas comerciales, y en negocio de competencias rastreras”.40 Esa campaña se materializó, por ejemplo, en la advertencia sobre la necesidad de prescindir del añejado término botica para designar a la oficina de farmacia; tal y como se encargaba de puntualizar Estanislao Zubieta en 1888, la botica constituía sólo una de las tres secciones de toda farmacia: aquella en donde el encargado del despacho tenía contacto con el público. Las otras dos (la rebotica, donde se preparaban las recetas, y el laboratorio) eran en verdad las más significativas, pues eran los indicadores de que la profesión había dejado atrás su vieja rusticidad.41

Resulta entendible esa queja, pues desde hacía mucho tiempo un sector de los farmacéuticos sostenía una batalla por lograr el reconocimiento del status científico de su profesión, y por prestigiar la embrionaria industria local, azotada por la continua invasión de esas “especialidades” extranjeras. Estas últimas mercancías colocaban a la profesión farmacéutica en una posición paradójica. Al tiempo que significaban un porcentaje significativo de las ventas o las ganancias de los locales, atentaban contra los intereses de muchos actores del gremio, sobre todo de su elite académica (deseosa de realzar el tenor científico de su quehacer) y de los empresarios capaces de solventar la fabricación de sus propios “preparados” (González Leandri, 1999: 157). Tal y como afirmamos más arriba, carecemos de recuentos exactos del volumen de mercaderías importadas en este sector comercial. Varios elementos indican, de todas maneras, que hacia fines de siglo, la comercialización de esos productos foráneos constituía una parte esencial de la actividad de las farmacias porteñas. Así, en plena crisis de 1890, los redactores de la Revista Farmacéutica ofrecieron una enumeración de los factores que explicaban el fuerte impacto del crack económico en su profesión, y entre ellos figuraba: “su carácter esencialmente comercial, motivado a que además de no existir en el país los elementos e industrias que dan a este gremio el carácter nacional, estriba su principal ramo de explotación en preparados y especialidades extranjeras”.42

Ya en 1887 la misma revista tildaba al tráfico de específicos de “verdadera plaga”, compuesta por productos que “en su mayor parte no contienen nada de la base o principio activo que deben contener según el anuncio de la etiqueta que los acompaña”.43 Sabemos que se trata de una batalla perdida de antemano: todavía en 1929, en una de sus Aguafuertes, Roberto Arlt sentenciaba que “la profesión ha sido muerta por el específico”.44 Unos años más tarde, en 1935, Fernández Verano interpretaba como el máximo peligro sanitario

(...) la multitud de pretendidos “específicos”, que llena las estanterías y depósitos de las boticas, cuyos avisos ocupan gran parte de los periódicos de toda clase, que cubre con carteles y “affiches” de propaganda los muros de las calles e invade hasta los mismos hogares con volantes y folletos. (Fernández Verano, 1935: 13).

En 1891 el Departamento Nacional de Higiene encargó al químico Nicolás Levalle un análisis de los específicos; según Sud-América, comprobó que no poseían “ni un adarme de las materias que dicen tener”.45 Dos años más tarde, un examen metódico de algunas sustancias muy populares en el tratamiento de trastornos digestivos, las pepsinas y papaínas comerciales, fue llevado a cabo por Miguel Puiggari (1893). Los resultados eran demoledores. Del análisis de 115 pepsinas de distintas marcas, se comprobó que sólo 9 eran buenas en cuanto a su poder de acción. El examen de las papaínas arrojó resultados aun peores:

Nada hay tan variado, como los caracteres físicos y químicos que presentan las papaínas que circulan en el comercio. (…) Estas variedades deben preocuparnos algún tanto, por la duda que llevan al espíritu, respecto de la bondad de un producto que debiendo ser destinado al mismo objeto, se le encuentra bajo diversos aspectos; sin embargo, debo confesarlo, aquella duda y esta preocupación disminuyen de grado, al observar, que estudiando su poder peptonizante en los ensayos fisiológicos por la digestión artificial, se obtienen resultados completamente negativos de todos ellos. Y a pesar de todo, éstas son las papaínas usadas entre nosotros, y las mismas tal vez que se emplean en todas partes, haciéndose de ellas un inmenso consumo, y que dado su elevado precio, representa una suma considerable puesta al servicio de enfermos que pretendieron quizá recuperar con ella su salud, y que sólo han perdido su tiempo. (Puiggari, 1893: 87-88).

Los voceros de los intereses farmacéuticos responsabilizaron a los médicos de la bochornosa proliferación de esas panaceas curativas. Con su constante recomendación de esos productos foráneos, los galenos cometían varios pecados. Por un lado, se rebajaban al nivel del curanderismo, pues aconsejaban el consumo de preparados cuya composición o dosificación les era absolutamente desconocida. Por otro lado, forzaban al farmacéutico a hacer de su local una tienda de talismanes: “para mayor irrisión está obligado el farmacéutico a ser su agente y aún a exhibirlas, para que no le pongan en entredicho los médicos y el público, que se han empeñado en convertir las boticas en un bazar de fruslerías”.46 Si bien ese enunciado es un síntoma de un vano intento de resolución −vía inculpación de la medicina− de una contradicción interna del gremio farmacéutico (tensionado irresolublemente entre la ciencia y el comercio), tiene el mérito de señalar la activa participación de los doctores en el desenvolvimiento de un mercado que, a primera vista, parecía transitar un sendero ajeno a las faenas de los galenos.

Siguiendo la propuesta enunciada por María José Correa (2018), podemos recortar la posición incierta y productiva de la figura del médico en ese mercado de consumo y en las publicidades que lo atizaban. En un plano más inmediato, la referencia a la profesión médica servía en muchos de estos productos como una vía de legitimación de su modernidad, de su autenticidad o de su efectividad. Recordar que tal o cual sustancia contaba con el improbable aval de una Academia de Medicina, o que era el fruto de la labor investigativa o humanitaria de un médico de vacilante renombre, parecía denotar un doble proceso: por un lado, ratificaría el prestigio público del saber médico, pues éste era convocado como el más seguro sostén del producto comercial, y por otro, demostraría hasta qué punto una empresa o iniciativa en el mundo de la salud dependía de su ligazón a ese mundo galénico donador de autoridad. Aquellas publicidades en las que un médico local o extranjero manifestaba su opinión favorable a propósito de un específico o remedio particular, constituirían otro ejemplo transparente de ese círculo de distribución de prestigios.

Ahora bien, la trama que sostiene este mercado asigna localizaciones menos previsibles o sencillas a los elementos que allí aparecen reunidos. Esto último es válido especialmente para el caso de los médicos. Al mismo tiempo que simulan acreditar el saber o la pericia de los diplomados, las publicidades en verdad incitan una tramitación de la enfermedad que prescinde de la intervención de los primeros. No sólo porque favorecían de manera abierta el autoconsumo, indicando dónde debían ser adquiridos los remedios o cómo debían ser ingeridos, sino también porque instaban a los enfermos/consumidores a reconocer por sí mimos su patología, o a circunscribir y nombrar sus síntomas. De esa forma lo que estaba en juego no era, en rigor de verdad, la reutilización del prestigio ya adquirido por los profesionales, sino algo más sutil y hasta contrario: si bien no se renunciaba a ese constante reenvío al lenguaje o los oropeles de la medicina, el enunciado que esos avisos transmitían en silencio rezaba que la visita a la botica era más provechosa y sanadora que la costosa consulta con el doctor.

Unos años más tarde, en su denuncia de la extensión del curanderismo en la Capital, Pedro Barbieri captó con sutileza esa confusa argamasa de agentes. Luego de advertir que muchas veces los diplomados pecan de torpeza a la hora de utilizar los recursos disponibles de la terapéutica, advirtió lo siguiente:

Y de ahí los fracasos, de ahí la prescripción de específicos, tan nociva para el médico, pues llega, a la larga, a herir su reputación, desde que el enfermo pretende muchas veces que para comprar un específico le hubiera bastado consultar con el farmacéutico próximo o con la página de anuncios de cualquier diario político.

A la próxima enfermedad el paciente acude al farmacéutico y, o le pide directamente un específico determinado, o le induce a curandear consultándolo sobre su mal. [¿]Acaso, dice, no conoce el farmacéutico tanto o más que el médico los específicos y su aplicación a las enfermedades? (Barbieri, 1905: 69).

Al mismo tiempo, ese elogio del autoconsumo resultaba atractivo para el enfermo por un doble motivo: primero, porque realzaba sus potestades (de regular por sí mismo su salud o sus drogas), y segundo, porque lo exculpaba de su padecimiento nervioso. Cabe suponer que esas publicidades se encargaron de popularizar a nivel local la certeza que otros historiadores han documentado para otros contextos, según la cual esas patologías eran de origen orgánico (y no mental), y que por ende nada tenían que ver con la vergonzante condición de la locura (Sengoopta, 2001; Thompson, 2001). Invitar a revertir una neurosis con un aceite o un específico era garantizar que la afección dependía de un desarreglo material (y no de la imaginación), y en simultáneo reforzar la vanidad del paciente que, cual buen sujeto moderno, tomaba las riendas de su cuidado personal.

Esa espiral del autoconsumo era estimulada asimismo por la comercialización de otros productos, que tenían un afán presuntamente aleccionador. Nos referimos a la difusión de folletos o pequeños libros explicativos, destinados en realidad a promocionar ciertos específicos o remedios. Esos materiales, de precio accesible, estaban redactados en lenguaje corriente, sin demasiados tecnicismos, y debían auxiliar a los lectores, por un lado, en el reconocimiento de los síntomas, y por otro, en la correcta administración de las drogas de venta libre. Algunos de esos volúmenes podían ir dirigidos a los médicos, a quienes buscaban instruir sobre las bondades de tal o cual específico; pero no sería errado aventurar que eran consumidos tanto por profesionales como por legos. A ese grupo pertenece una obra que circuló en la ciudad por esos años. Titulada Algunas afecciones del sistema nervioso en las cuales el Jarabe de Hipofosfitos de Fellows es beneficioso, e impresa en Londres en 1884 según su portada, esta obrita de 60 páginas contenía tres grandes secciones: en la primera de ellas se describían las afecciones nerviosas que podían ser sanadas mediante el remedio; en la segunda, se ofrecía la transcripción, cansina y redundante, de cartas de supuestos facultativos que habían probado con éxito la sustancia en sus pacientes; por último, se ofrecían precisiones sobre el modo de consumir la sustancia y acerca de los agentes que la distribuían a lo largo y ancho del planeta (Fellows, 1884).

De un tenor más popular, y con un contenido más parecido al de los folletos publicitarios, fueron los manuales del Dr Humphreys de Nueva York. De acuerdo con un aviso, esos manuales serían distribuidos gratuitamente a los interesados que contactaran al agente E. De la Balze, domiciliado en Cuyo 1837. Según esa publicidad, explicaban “los síntomas de cada enfermedad y modo de curarlas con los específicos de dicho autor, cura de la sífilis, debilidad nerviosa, etc.”. En palabras de esa fuente, las medicinas garantizaban “curas simples, eficaces, seguras y las más económicas”.47

Podemos aventurar, además, que el embrollo de identidades e intereses que vertebraba este mercado era aun más complejo. No alcanza con afirmar que las publicidades usaban y manipulaban de modo a veces descarado la figura del médico. Por alguna razón, que ciertamente excedía su gusto por el dinero, los doctores nunca dejaron de prescribir esos específicos, o de buscar diversas maneras de involucrarse en su comercialización. Sucede que los avisos no solamente servían al cometido de acercar al público más extenso la terminología médica, sino que propiciaban, aun a pesar suyo, una soldadura que podía resultar atractiva para los doctores. De manera subrepticia, las publicidades ligaban el campo de lo médico (su lenguaje, sus categorías diagnósticas) a una promesa tangible de sanación. Efectuaban un maridaje que la medicina por sus propios medios aún no podía garantizar. Invitaban a ver, tras los tecnicismos del vocabulario científico, la posibilidad de una cura, asequible mediante una acción muy simple ligada al consumo.

Por otro lado, esto último nos sirve para entender el motivo por el cual las publicaciones periódicas del gremio médico se hayan transformado, sobre todo a partir de la década de 1890, en una vidriera privilegiada de los “específicos”. Nos referimos sobre todo a La Semana Médica, fundada en enero de 1894. Las páginas de esa revista estuvieron desde el inicio atestadas de avisos publicitarios de tónicos y jarabes milagrosos. No cabe suponer que los médicos fueran consumidores contumaces de esas sustancias, sino que más bien oficiaban de eficaces e imprescindibles mediadores en ese mercado. Carentes de drogas capaces de sanar las enfermedades que llegaban a su consultorio, los doctores no podían dejar partir a sus pacientes con las manos vacías. Según las palabras de un autor que desempeñó un papel vital en este mercado:

(...) ciertos enfermos de los nervios (hipocondríacos, histéricos, personas pertenecientes a las clases inferiores) no pueden prescindir de la preocupación de que a las enfermedades hay que combatirlas con medicamentos, y que se consideran mal asistidos o descuidados si no se les administran medicamentos. (Marcus, 1892: 195).

Una década antes, en su temprana tesis acerca de la hipocondría, Francisco Mendioros hacía una observación similar. A pesar de que el autor interpretaba la polifarmacia −esto es, el hábito de atiborrar a los pacientes con todo tipo de remedios− como un indicador nefasto de la falta de conocimientos firmes sobre la enfermedad, confesaba que: “el enfermo quiere ser tratado de su mal, y para esto quiere remedios, es pues esencial prescribirle aun cuando no fuese más que para satisfacer su imaginación” (Mendioros, 1880: 52-53).

Ni Marcus ni Mendioros tenían forma de saber que aquello que tomaron por un capricho de los enfermos, y al mismo tiempo por una pecaminosa condescendencia de los diplomados, era el reflejo locuaz de una sedimentación generatriz. Por un lado, si los neuróticos no estaban dispuestos a abandonar el gabinete de los profesionales sin una receta en la mano, ello tenía una explicación histórica muy sencilla: el lenguaje de los productos de consumo había sido el responsable de su bautismo en la trama cultural; el neurótico había llegado a ser lo que era gracias a un dispositivo de promoción del auto-consumo, y poner en entredicho esa alienación constituyente era anular toda posibilidad de un lenguaje compartido. Por otro lado, al plegarse a los engranajes de esa comercialización, los médicos no buscaban otra cosa que empujar hacia su propia cantera una experiencia que se había forjado casi sin su mediación.

Incluso en las salas de los hospitales los diplomados concedían el estatuto de remedio a objetos de consumo que estaban muy próximos a los específicos.48 Tal y como denunciaron los propios farmacéuticos, los médicos prescribían y recomendaban a mansalva esas mercancías de composición dudosa, y de esa forma ayudaban a mantener vivo un circuito de consumo en el que todos salían ganando: los médicos resguardaban su prestigio y clientela, las farmacias seguían siendo locales concurridos, y los importadores y droguerías pagaban el favor financiando, merced a sus avisos, las revistas profesionales. Nadie iba a andar preocupándose de que ese tipo de propagandas estuvieran prohibidas por una vieja ordenanza sancionada en abril de 1882 por el Departamento de Higiene, la cual condenaba y castigaba las publicidades de remedios “específicos” que incluyeran mención a las enfermedades en que debían ser empleados.49


A resultas de esos convenios, se producían a nivel visual contigüidades y composiciones que no tienen nada que envidiar a esos “encuentros fortuitos” preconizados por el surrealismo. Por ejemplo, una informada reseña del hallazgo de Wilhelm Röntgen, ilustrada con una prolija litografía del busto del científico alemán, quedaba casi opacada por las grandes publicidades que llenan la página derecha: el “Vino Nourry”, el “mejor medio de administrar el Yodo” para el linfatismo, la anemia y las enfermedades pulmonares, o el “Licor del Dr. Laville” para la gota y el reumatismo.50


Un motivo adicional por el cual las farmacias solían quedar bajo la lupa de los guardianes del orden higiénico, concernía a un mal hábito que mostraban tanto farmacéuticos como médicos diplomados. Infringiendo una prohibición explícitamente contemplada en la ley de 1877, esos dos agentes sanitarios solían establecer asociaciones mutuamente provechosas.51 Estamos ante un pecado que retorna una y otra vez. Ya en una resolución del Departamento de Higiene de mayo de 1882 se denunciaba:

(...) que en la actualidad sucede en Buenos Aires con frecuencia que los médicos abren gabinete de consultas en la misma oficina de la farmacia o al lado, donde a título de asistencia gratuita atraen gran número de enfermos, a los que recetan de modo que no puedan ser despachados sino en la misma farmacia o farmacia vecina, donde lo son a precios muy elevados para partir los beneficios entre médicos y farmacéuticos.52

En septiembre de 1879, la redacción de la Revista Médico-Quirúrgica afirmaba que no había “botica que no tenga oficialmente establecido un consultorio médico”;53 unos años más tarde, Emilio Coni sostuvo que a resultas de esas asociaciones prohibidas, “esos establecimientos son verdaderas minas para sus dueños” (Coni, 1885: 277). En su novela más célebre, publicada en 1884, Antonio Argerich describió con ironía ese hábito en el capítulo acerca de la amistad que unía a D. Isidro, el dueño de una botica, y el Dr. Catay, un médico mujeriego y fanfarrón. De este último personaje, la narración agregaba que “concurría a la botica para encontrar enfermos de ocasión” (Argerich, 1884: 87).

Esas relaciones ilegales podían tomar diversas formas, que una normativa del Departamento Nacional de Higiene de julio de 1890 se encargaba de detallar y condenar: desde el liso y llano “establecimiento de consultorios médicos en las oficinas de farmacia” (advertidos con chapas y letreros colocados en la puerta de estas últimas), hasta el más sutil artilugio de diseñar vías de comunicación que unieran por el interior un consultorio y una farmacia contigua (Departamento Nacional de Higiene, 1890b: 9-12; Barbieri, 1905: 717). La modalidad más extendida de esa infracción consistía, por supuesto, en el deshonroso ademán de los médicos que aconsejaban o exigían a sus pacientes la compra de los remedios en tal o cual establecimiento farmacéutico.54 Al aplaudir aquella última ordenanza del Departamento de Higiene, la Sociedad Nacional de Farmacia lamentó que fuera “casi moneda corriente el que la farmacia tuviera su respectivo consultorio, bien dentro de ella, bien en la casa más inmediata”.55 La prensa general se hizo eco, de tanto en tanto, de quejas a propósito de ese reiterado delito. Por ejemplo, una nota publicada en El Diario en abril de 1891 responsabilizaba ante todo a los falsos médicos extranjeros de esa infracción. En sintonía con un prejuicio muy extendido en la opinión pública, según el cual se multiplicaban en la ciudad inmigrantes que poseían diplomas falsificados, el artículo advertía que la llegada de “miles de honorables seudo-diplomados médicos, que nos llegaban con el fin honesto di far l’América”, era tan solo la antesala de “asociaciones de médicos y boticarios (…) que se hospedan en una misma casa, y del estudio del médico a la oficina del farmacéutico es pasado el cliente”.56

Otro motivo de queja de las autoridades sanitarias tenía que ver con la extendida existencia de los regentes. Con ese rótulo se nombraba a los farmacéuticos que, al menos en los papeles, estaban al frente de farmacias de las que no eran dueños. Según la queja de la elite farmacéutica, esos profesionales prestaban su firma a cambio de un honorario, y en realidad no participaban de ninguna de las actividades de la casa comercial, y en ocasiones ni siquiera vivían en la misma ciudad.57 Cabe agregar, de todos modos, que ya a comienzos de 1870, cuando el tema generó un encendido debate, había quedado en evidencia que no todos los miembros de la corporación farmacéutica miraban con malos ojos la existencia de las regencias (González Leandri, 1999: 162-163). A pesar de que una normativa del Consejo de Higiene de 1871 había pretendido ordenar el papel de esos actores sociales, y a pesar de que su status era reconocido por la ley de ejercicio de la medicina de 1877 (artículo 20), algunos sospechaban que la regencia era muchas veces un artilugio usado por un individuo no diplomado (por ejemplo un curandero) que, escudándose en el título de su regente, podía llevar adelante su negocio de expendio de remedios ilegítimos.58

En un informe elaborado en marzo de 1890 por el doctor Patricio Martínez Rufino a pedido del Departamento Nacional de Higiene, se dejaba constancia de que en sólo 97 de las 218 farmacias de la Capital los dueños eran farmacéuticos y atendían personalmente el negocio. En las 112 restantes, quien estaba al frente era un regente, careciendo el dueño de título profesional. Al respecto, el redactor agregaba:

La regencia de las farmacias (…) no debe ser tolerada por más tiempo, pues a la sombra de éstas se permite ejercer una profesión científica a personas que no tienen sino un interés comercial. Afirma el informe que la frecuencia con que esa categoría de farmacéuticos flotantes, conocidos con el nombre de regentes, cambian de una farmacia a otra, es increíble, ejerciendo casi todos ellos actos de curanderismo.59

En la misma dirección, la difundida existencia de los regentes fue notada por el publicista genovés Ferdinando Resasco en su visita a la ciudad en 1889:

Justo es decir que en la República Argentina la fortuna tiene esos caprichos raros (…). Algunos desesperados, no sabiendo a qué Santo encomendarse, se hicieron mancebos de botica, y una vez adquirido un poco de crédito, abrieron oficinas de farmacia por su propia cuenta, sin poseer título de ninguna clase, y realizaron grandes fortunas por haber comprendido al público y conocido la localidad. Supe de otros que por haber establecido en Buenos Aires boticas con un capital llevado de Europa, y con otro capital mayor en títulos y en conocimientos profesionales, se arruinaron y acabaron muy desdichadamente, siendo criados y practicantes de sus mancebos. (Resasco, 1890: 403-404).

A los fines de introducir algún ordenamiento en esas asociaciones sospechosas, en abril de 1891 el Departamento Nacional de Higiene dispuso algunas medidas, entre ellas la obligación de que los contratos entre las partes fueran celebrados con la intervención de esa repartición sanitaria.60

La proliferación de falsificadores, puntos de venta ilegales y productos de composición dudosa puede hacer pensar, a primera vista, en una competencia desregulada o salvaje.61 Nada más lejos de la realidad. Incluso un aspecto como la publicidad estaba sometido a regulaciones que con el tiempo se tornaron más estrictas. En efecto, ya para el cambio de siglo fueron frecuentes las denuncias, formuladas muchas veces por los agentes o representantes de firmas internacionales, contra fabricantes o distribuidores que hacían imprimir propagandas que en su diseño, contenido o tipografía, emulaban las de productos de buena reputación.62

Resulta necesario comprender que el repetido señalamiento de esas infracciones es un síntoma de la existencia de controles ideados para regular infructuosamente un mercado denso y en constante expansión. Las propias autoridades no se cansaban, por su parte, de protestar por la insuficiencia de esos mecanismos de control. Podemos recordar, a tal propósito, la queja manifestada por el Departamento de Higiene en un informe publicado en 1896. Quedan allí en evidencia no solo la rotunda difusión y promoción de esas mercancías sospechosas, sino la vasta cantidad de actores sociales implicados en ese embrollado tráfico:

“Se analizan los vinos, se ha dicho, ¿por qué no se someten al mismo control los específicos que en inmensa cantidad existen? Creemos que si para el vino es necesario un examen, con más razón debe establecerse para las drogas” – De acuerdo con esa opinión, conviene a los mismos fabricantes de especialidades exigir ese requisito para evitar que los que sin conocimientos de ninguna clase lancen productos sin acción de ninguna clase cuando no nocivos [sic]. Ahí están los tranways, las paredes, los teatros, llenos de avisos de unas famosas píldoras hechas aquí, bautizadas con un apellido alemán, que no son otra cosa que aloes y harina, sin dosis fija, y que son preconizadas con certificados falsos contra todas las afecciones (…). Desgraciadamente en estos tiempos, ha adquirido el negocio de las especialidades un desarrollo exagerado a tal punto que puede decirse que no hay un farmacéutico que no tenga su vino, su elixir, su jarabe, sus polvos (hasta los médicos los tienen!), sus cachets, etc. (Anónimo, 1896: 15-16).63

No todos los creadores de esos sospechosos preparados o específicos se movían de espaldas a la ley. Muchos de ellos, deseosos quizá de promocionar con alguna libertad sus invenciones, cumplían con la obligación de dar aviso a las autoridades sanitarias sobre sus productos, sometiéndolos a un análisis químico.64 Lo hacían también con el objeto de poder colocar su mercancía en las farmacias habilitadas, pues la ley de 1877 establecía, en su artículo 21, que los farmacéuticos “responden de la buena calidad” de las drogas que expendan en sus locales (Coni, 1891: 249-250). Así, si algún día se lograse recabar el catálogo completo de los productos presentados ante la repartición de higiene, se tendrá una idea más clara no sólo del indomesticable universo de remedios que circulaban en la ciudad, sino también de la dispar identidad de sus promotores.

En mayo de 1891, Sud-América informaba que el Departamento de Higiene había recibido la más reciente creación del “Dr. Navá, el autor de la Perlarina, medicamento que lo mismo curaba un dolor de muelas que uno de tripas”.65 Este individuo había acercado “un frasco de otra nueva composición que denomina mitrina, en honor según parece del general Mitre. El nuevo medicamento, según Navá, cura las enfermedades del estómago, la parálisis, los callos y la calvicie”.66 Casi por las mismas fechas llegó al Departamento otra elaboración, el “Agua del Salvador”, para obtener su permiso de comercialización. El pedido fue efectuado por un médico extranjero de apellido Sorrentino, pero las autoridades sabían muy bien que ese profesional era una suerte de pantalla o portavoz del verdadero creador: el curandero y mistificador Hugo Salvador Baschieri, quien por esas fechas, y bajo el amparo de aquel doctor, explotaba un “consultorio nigromántico” en la calle Rodríguez Peña.67 En ese establecimiento, no sabemos si a resultas del consumo de aquella agua, “murieron dos o más [personas] por envenenamiento y varias otras causas”, lo cual motivó la intervención de la justicia.68

La existencia de productos que, además de ser falsificados, suponían un peligro para la salud no pertenecía sólo al terreno de la imaginación paranoica de los higienistas. Se trataba de una realidad cotidianamente verificada por los encargados del análisis químico de los objetos de consumo de los porteños. Si tomamos los resultados de las comprobaciones efectuadas en 1884, vemos que circulaban en la ciudad más vinos “malos peligrosos” que “buenos” o “regulares” (por ejemplo, durante el mes de mayo, el análisis arrojó como resultado 110 vinos malos peligrosos y ¡sólo 17 buenos!). Los números respecto de confituras, materias colorantes o café eran un poco mejores, pero de todas formas señalaban la prevalencia de falsificaciones que atentaban contra la salud (Arata, 1885).69

En síntesis, la comercialización de específicos contra afecciones nerviosas formó parte de la consolidación de ese mercado que, aun con sus desórdenes y tensiones, abastecía cotidianamente a esos porteños que para fines de siglo se habían habituado, movidos por la fuerza de las cosas, a amalgamar el cuidado de la salud con un ademán de (auto) consumo. Tal y como veremos, los boticarios no fueron los únicos en sacar provecho de esa fusión. Por lo pronto, conviene subrayar que el estudio de esa profusa circulación de remedios atañe, de un modo íntimo y en una medida difícil de sobreestimar, a la historia de la experiencia de la enfermedad en una ciudad cuyos habitantes tenían cotidianamente una relación fría y distante con la profesión médica. Más que la distancia, lo que marcaba el contacto con la medicina era la decepción; nunca viene de más repetir que durante el último cuarto del siglo XIX, y aun a pesar de los estrepitosos avances efectuados en bacteriología o en cirugía, la ciencia médica seguía siendo lo de siempre: una profesión que no curaba. Su arsenal terapéutico para las enfermedades más mortíferas y extendidas, como por ejemplo la tuberculosis, no era más efectivo que el hígado de bacalao. Una de las luminarias de esa ciencia había escrito en su tesis de juventud una confesión que encerraba esa verdad. En palabras de Enrique del Arca, la medicina “no cura sino algunas veces” (Del Arca, 1877: 9). El vacilante optimismo del “algunas veces” no sólo era incapaz de roer la contundencia del primer mensaje (“no cura”), sino que más bien lo realzaba.

En su novela Sin rumbo, Cambaceres puso en boca de una comadre torpe y supersticiosa, un parecer que fue compartido por los muchos enfermos que pudieron comprobar en carne propia la estrechez de la eficacia médica: “Güenos alarifes son los médicos; pa saquiarlo al pobre y mandarlo más antes a la sepoltora es para lo que sirven, ¡masones, condenados!” (Cambaceres, 1885: 79). Unos años más tarde, un autor de folletos populares repitió esa diatriba en un escrito aparentemente testimonial:

Lector, si tienes la desgracia, lo que Dios no quiera, de estar enfermo no cometas la simpleza de consultar a un Mata-sanos, pues es dinero tirado y tiempo perdido. Lo que a mí me ha sucedido te sirva de lección, en caso apurado, cualquier vecino, una curandera, el más obscuro veterinario, te servirá mejor que un Doctorete que tan solo busca tu dinero, no tu salud. Y al hospital, no vayas jamás, si en algo estimas tu existencia. Allí sólo servirías de objeto de estudio, de carne de bisturí (…) ¡te matarían de hambre! (Lecea, 1909: II).

Es la recuperación ecuánime de esa verdad, y no cualquier conjetura sobre la intrepidez o el desparpajo de farmacéuticos y mercaderes, lo que debe comandar la reflexión acerca de la aplastante presencia de los remedios y su autoconsumo en la cultura sanitaria porteña a fines del siglo XIX. La progresiva acumulación de conocimientos históricos a propósito de la profesión médica, el saber de los doctores o la implementación de sus campañas de higiene, nos ha acercado valiosas intelecciones sobre el pasado de esa ciencia o acerca de la intrusión de los artefactos médicos en los aparatos de acción estatal. Esa ganancia de saber jamás puede ser traducida, sin embargo, como un avance certero en la comprensión de las experiencias, prácticas y representaciones suscitadas realmente alrededor del cuerpo enfermo. Solo un estudio material del mercado de objetos y servicios movilizados cotidianamente en torno a la enfermedad puede otorgar ese discernimiento faltante. Sobre todo cuando lo que está en juego es una condición que en sus inicios halló en el mercado su único interlocutor o caja de resonancia.

1 Fue el caso del humoralismo de principios de siglo, cuya terapéutica se basaba muchas veces en purgantes y vomitivos destinados a expulsar del organismo los elementos impuros o corrompidos. Ello aparece denunciado por Inocencio Torino en un breve texto de 1884, cuyo cometido era denostar las inexactitudes de un tratado publicado en Buenos Aires en 1829. Al respecto concluía: “La medicación Le Roy que cuenta aún con sostenedores inteligentes en la turbamulta de los no iniciados en la medicina, reviste hoy formas distintas de las que adoptó primitivamente, pero las ideas teóricas entonces predominantes subsisten aún, si bien latentes, en los que todavía la preconizan y en los que sustituyéndola con fórmulas distintas le adaptan denominaciones nuevas −aunque no sistemáticas− con el objeto de explotar la candidez ajena. El sin número de píldoras purgantes: de Brandreth, píldoras depurativas, cápsulas de taurina, etc., que se espenden al público con éxito más o menos justificable, sirven para establecer la filiación histórica de la medicina popular actual, con las rancias y extravagantes doctrinas de edades que, si bien muy próximas, parecen remotísimas por la estructura cerebral que revelan” (Torino, 1884a: 505). Acerca de la difusión del sistema Le Roy en la región, véase (Di Liscia, 2003).

2 El libro de Diego Armus sigue siendo el estudio más completo e informado sobre la comercialización y difusión publicitaria de remedios y productos higiénicos en el cambio de siglo (Armus, 2007: 305-314; véase asimismo Armus, 2016). Existen monografías sobre recortes más puntuales de ese mundo de la publicidad médica o farmacéutica (Carbonettí & Rodríguez, 2007; Carbonetti et al, 2014).

3 En las publicaciones ilustradas, las imágenes comerciales tenían un grado mucho mayor de sofisticación visual, y en algunos casos el contenido gráfico, abigarrado y cuidadosamente compuesto, se autonomizaba respecto del mensaje verbal (Román, 2017: 130-154).

4 En su estudio sobre el mercado de productos terapéuticos en Chile, María José Correa comprobó que hacia 1902 el volumen de artículos de farmacia importados era el doble que el de perfumería, y casi equivalente al número de mercaderías alimenticias ingresadas al país (Correa, 2014a). El censo de Buenos Aires de 1887 arroja cifras distintas, pero que de todas maneras reflejan la significación de las sustancias importadas en el mercado farmacéutico porteño. Según aquel recuento, el valor total de las “Sustancias y productos químicos y farmacéuticos” importados durante 1887 ascendía a $ 2.380.505. El valor de los alimentos importados era de poco más de 13 millones de pesos; el de bebidas llegaba a 12 millones; el de tabacos era de 1.370.000 (Censo General, 1887, Tomo 2, pp. 156-164).

5 El Censo de 1887 contabilizaba la existencia de una única fábrica de productos químicos en la ciudad, que recién comenzaba a funcionar (Censo General, 1887, Tomo II, p. 336). Se trata seguramente de la firma Demarchi, Parodi & Cía., que en 1886 se había transformado en la primera fábrica de sustancias farmacéuticas (Cignoli, 1953: 316). Ese estado de cosas no puede ser desligado, por supuesto, de la tardía autonomización de la química en el país (Matharan, 2016). Para 1904, solamente el 14% de las sustancias farmacéuticas del mercado interno era de producción local; el 84% restante provenía de la importación. En 1939 se alcanzó una segura sustitución de esas importaciones, y la industria local era la responsable de la elaboración del 91,5% de los productos (Campins & Pfeiffer, 2011).

6 “Títulos y letreros risueños”, Sud-América, 23 de julio de 1890.

7 Sud-América, 13 de marzo de 1891.

8 Sud-América, 14 de marzo de 1891.

9 Sud-América, 14 de marzo de 1891.

10 El Diario, 28 de marzo de 1890. Las “Grajeas de hierro Rabuteau” estaban indicadas para tratar esas mismas condiciones; El Censor, 11 de febrero de 1892.

11 La “Trefusia (Albuminado de hierro natural)” era ofertada como un remedio eficaz contra “anemia, clorosis, y en general todas las distrofias del tejido sanguíneo, debilidades, cualesquiera que sean los individuos o las causas de que provienen; las diversas formas de leucemia, raquitismo, escrofulosis, pelagra (…), consecuencias de malaria, de la sífilis y de los envenenamientos crónicos”; Sud-América, 12 de julio de 1892.

12 “Impotencia”, Sud-América, 13 de noviembre de 1890. En el mercado porteño circularon muchos otros remedios de venta libre contra la impotencia; por ejemplo, las “píldoras tónico-genitales del Dr. Morales, de Madrid”, que eran publicitadas también como el “único remedio conocido para la infalible y completa curación” de esa condición; esas mismas píldoras, según el aviso, tenían resultados positivos en la esterilidad de la mujer; El Diario, 11 de diciembre de 1890.

13 La clorosis podía ser también combatida con las “Píldoras de Vallet” (véase Sud-América, 10 de enero de 1889). En ese aviso, que al igual que otros incluía frases en francés y referencias a direcciones postales de París, se habla en verdad de “chlorosis”. Ese detalle nos hace presumir algo que quizá resulte obvio: en muchas de estas publicidades no se hacía sino reutilizar ‘clichés’ (o planchas tipográficas) adquiridos en el exterior (Bonelli Zapata, 2017). En efecto, estas mismas publicidades llenaban las páginas de los diarios y revistas de muchos países de ambos hemisferios.

14 Véase Sud-América, 27 de junio de 1890.

15 Véase Sud-América, 13 de julio de 1889.

16 Véase El Correo Español, 15 de octubre de 1892. Poco después circuló en Buenos Aires la “Cocaína Midy”, indicada para molestias en la garganta, laringe y boca; Semana Médica, Año IV, 182, 8 de julio de 1897.

17 Véase El Diario, 9 de diciembre de 1890.

18 Véase Sud-América, 28 de noviembre de 1889.

19 Véase Tribuna, 2 de enero de 1893.

20 Véase La Patria Argentina, 1 de julio de 1885.

21 Para luchar contra la dificultad de conciliar el sueño, los porteños podían también recurrir al “Elixir de Cloralamido de Gibson”; El Nacional, 8 de noviembre de 1890.

22 También los cigarros Joy eran vendidos como remedio contra el asma por esa época; véase El Correo Español, 3 de febrero de 1893.

23 Véase Sud-América, 10 de julio de 1889.

24 Véase Sud-América, 13 de julio de 1889.

25 La Semana Médica, 24 de diciembre de 1896, p. DCCCXX.

26 La Semana Médica, 2 de enero de 1896, p. XI.

27 La Semana Médica, 17 de enero de 1895, p. XXIV.

28 La Semana Médica, 15 de julio de 1897, p. CCCCXLVII.

29 La Semana Médica, 18 de noviembre de 1897, p. DCCXLIII.

30 La Semana Médica, 24 de junio de 1897, p. CCCCII.

31 A ese listado podríamos sumar los “Verdaderos Collares electro-magnéticos Royer”, indicados contra las convulsiones y para facilitar la dentición de los niños (El Nacional, 19 de agosto de 1889), o el “braguero electro-médico” de los doctores Marie (de París), “que contrae los nervios, fortalece sin conmoción y sin dolor, y asegura la curación radical” de las hernias; El Diario, 18 de marzo de 1891.

32 Quizá haya que encadenar la consolidación de ese mercado sanitario con la irrupción de una nueva entidad patológica: el consumo problemático o la adicción. Ramos Mejía acopió desde bien temprano (1884) informes referidos a estos nuevos consumidores de sustancias, con los que se topó durante su trabajo en el servicio de enfermedades nerviosas del Hospital San Roque (al respecto, véase infra, capítulo 5). El médico se detuvo sobre todo en los bebedores irreprimibles del bromuro de potasio (los “bromiómanos”), una droga muy usada en el tratamiento de la epilepsia, así como de la nerviosidad o la histeria (Ramos Mejía, 1889c; 1893b). El caso más ilustrativo es el del joven de 30 años, de buena familia, que tras años de intenso trabajo intelectual, comenzó a sufrir molestos síntomas nerviosos, característicos de la neurastenia (insomnio, palpitaciones, tedio, falta de memoria, cansancio, vértigo). Consultó a un médico, quien restó importancia al cuadro; “Pero como el paciente insistiera, recetóle una poción con bromuro de potasio” (Ramos Mejía, 1889c: 155). Ese fue el inicio de su calvario, pues de inmediato se hizo adicto a esa droga. Solía entrar a cualquier botica, pedir un frasco de su sustancia, y beber de un trago hasta la última gota. Otro paciente, un conocido abogado, había desarrollado una tan notoria dependencia al bromuro, que siempre llevaba consigo una botella con el medicamento. La sola conciencia de poseer su remedio en el bolsillo, bastaba muchas veces para devolverle la tranquilidad (Ramos Mejía, 1889c: 161). Su adicción había tenido un origen similar: una noche, luego de un baile en el Club del Progreso, se vio preso de tal excitación nerviosa, que un médico le recomendó la ingesta de bromuro de potasio; desde ese día fue incapaz de prescindir del elixir, al que llamaba “el agente vivificador de su vida”. Incluso la prensa general se hizo eco de esas nuevas adicciones. A modo de ejemplo, a comienzos de mayo de 1890 una mujer de 32 años ingresó al servicio de enfermedades nerviosas que Ramos Mejía dirigía en el Hospital San Roque; deseosa de combatir su asma, hacía tiempo había comenzado a consumir morfina por medio de inyecciones, y en el momento actual no podía vivir sin esa sustancia; “Un caso de morfinomanía en Buenos Aires”, Sud-América, 8 de mayo de 1890. Ya en 1886 Meléndez había tratado en el Manicomio a otro asmático que, a resultas de la prescricpión realizada por un facultativo, había desarrollado una triste adicción a la morfina. Alertada del hecho, la familia del sujeto lo obligó a suspender de improviso su consumo, a raíz de lo cual desarrolló un cuadro de excitación maníaca (Meléndez, 1886).

33 Meléndez, el gran alienista porteño de fin de siglo, supo captar con mucha sutileza el estigma que llevaba consigo el diagnóstico de locura. En uno de sus textos señaló: “Más de una ocasión me ha acontecido encontrar en la calle a un ex-orate, que no quiso mirarme a la cara, demostrando en su rostro la vergüenza de algo que ya pasó; y sin embargo, esa persona es uno de los locos que más trabajo me dió y el que me prodigó palabras más groseras y soeces, amenazó y escupió en la cara. Estas circunstancias no son las que le avergüenzan; es el recuerdo de la vesanía!” (Meléndez, 1881b: 243).

34 A modo de ilustración, cabe citar el negocio de Jorge Tuati y Cía., ubicado en Cerrito 158. Según el anuncio aparecido bajo el rubro “Electro-homeopatía” de la Guía Kraft de 1889, ese local oficiaba de “Depósito General de Electro homeopatía, botiquines, libros, vino puro de Jerez para enfermedades, Tratamientos especiales” (Guía Kraft, 1889: 398).

35 “Remedios secretos”, Sud-América, 6 de diciembre de 1890.

36 Según la fuente que estamos siguiendo aquí, esa farmacia fue pionera en una estrategia de marketing que interesa particularmente a nuestra argumentación: el servicio de reparto a domicilio (efectuado a partir de 1893 en un vistoso coche tirado por caballos, cuya fotografía puede ser consultada en [Anónimo, 1942: 11]). Ese servicio realzaba aun más, a nuestro entender, el estatuto de producto de consumo de las mercaderías despachadas en una farmacia; las transformaba en un objeto que uno podía recibir en su domicilio, anulando las mediaciones (guardapolvos, recetas, libros de registros) que recordaran su inscripción en un universo profesional sanitario.

37 Censo General, 1887, Tomo II, pp. 213-214.

38 “Farmacéutico apercibido”, El Correo Español, 29 de diciembre de 1889; “Los farmacéuticos y las parteras”, Sud-América, 7 de marzo de 1890; “Por ejercer la medicina”, Sud-América, 24 de enero de 1890. Unos años antes, un médico había sentenciado: “Vienen a aumentar el número de individuos que ejercen el arte de curar, notablemente los farmacéuticos que ordenan y expenden al mismo tiempo remedios contra un sin número de males; el campo de las afecciones venéreas y de niños, es para los últimos el terreno más fértil” (Wernicke, 1880: 80).

39 “Boticario-médico”, Sud-América, 2 de febrero de 1891; “Farmacéuticos curanderos”, Sud-América, 22 de abril de 1891; “Multa a un farmacéutico”, El Correo Español, 8 de abril de 1892. Al respecto, véase González Leandri (1999: 154).

40 “La farmacia en decadencia”, Revista Farmacéutica. Órgano de la Sociedad Nacional de Farmacia, Año XXXI, Tomo XXVIII, 1, 1 de enero de 1889, p. 2; véase también “Redacción”, Revista Farmacéutica, Año XXIX, Tomo XXVI, 6, 1 de junio de 1887, pp. 185-187. Esa utópica autopercepción de los farmacéuticos daría lugar a descripciones de abnegación igual de bucólicas que las utilizadas por los médicos; así, la Sociedad Nacional de Farmacia clamaba por una unión de todos los que “hacen de la farmacia un sacerdocio, no un comercio”; “La unión constituye la fuerza”, Revista Farmacéutica, Año XXXII, Tomo XXIX, 3, 1 de marzo de 1890, p. 82.

41 Estanislao Zubieta, “Equívoca interpretación de las palabras botica y farmacia, boticario y farmacéutico”, Revista Farmacéutica, Año XXX, XXVII, 9, 1 de septiembre de 1888, pp. 311-314.

42 “La farmacia en su carácter comercial, científico e industrial”, Revista Farmacéutica, Año XXXII, Tomo XXIX, 9, 1 de septiembre de 1890, p. 310.

43 “Intereses profesionales”, Revista Farmacéutica, Año XXIX, Tomo XXVI, 11, 1 de noviembre de 1887, p. 366.

44 Roberto Arlt, “La decadencia de la receta médica”, El Mundo, 9 de enero de 1929.

45 “Departamento Nacional de Higiene”, Sud-América, 14 de abril de 1891.

46 “La farmacia, los médicos y las especialidades”, Revista Farmacéutica, Año XXXI, Tomo XXVIII, 8, 1 de agosto de 1889, p. 270; véase también “Las especialidades y la farmacia”, Revista Farmacéutica, Año XXXI, Tomo XXVIII, 9, 1 de septiembre de 1889, pp. 308-311; “Especialidades farmacéuticas”, Revista Farmacéutica, Año XXXIII, XXX, 4, 1 de abril de 1891, pp. 136-139.

47 El Diario, 8 de abril de 1891.

48 Julio Méndez no trepidó en utilizar, con los pacientes del Hospital San Roque, el Fernet Branca para tratar la constipación (por vía oral y rectal), tal y como quedó consignado en un informe de la principal revista galénica; “Tratamiento de la constipación por el Fernet Branca”, La Semana Médica, 20 de septiembre de 1894, p. 278.

49 La ordenanza (del 29 de abril de 1882) puede ser consultada en la Guía Médica Argentina, Año I, 1899, pp. 16-17.

50 Un autor al que volveremos en el capítulo 4 denunció el éxito de la venta de vinos y licores con supuestos agentes terapéuticos: “En parte influye la moda en la generalización de su empleo, no habiendo casi madre de familia que no compre a sus hijos anémicos o dispépticos, los vinos aperitivos o tónicos de tal o cual fabricante, lo cual será muy bueno para el droguista como objeto de lucro; pero muy malo como prescripción medicamentosa” (Paladini, 1891: 181). Para citar tan sólo un ejemplo, el “Vino uraniado Pesqui” era promocionado para la “curación del Diabetes”, pues hacía “disminuir de un gramo por día el azúcar diabético”; El Diario, 11 de marzo de 1891.

51 Aludimos a la ley de ejercicio de la medicina sancionada el 18 de julio de 1877 en el ámbito de la provincia de Buenos Aires (que unos años más tarde adquirió vigencia en el ámbito de la Capital) (Coni, 1879: 111-120).

52 “Departamento Nacional de Higiene”, Revista Médico-Quirúrgica, 1882, 19, p. 51.

53 “El curanderismo”, Revista Médico-Quirúrgica, Año XVI, 12, 23 de septiembre de 1879, p. 243.

54 “Redacción”, Revista Farmacéutica, Año XXXI, 6, 1 de junio de 1889, Tomo XXVIII, pp. 191-194.

55 “Médicos y farmacéuticos”, Revista Farmacéutica, Año XXXII, Tomo XXIX, 8, 1 de agosto de 1890, p. 271.

56 “Médicos y farmacéuticos”, El Diario, 23 de abril de 1891.

57 “El ejercicio de la farmacia y la venta de los medicamentos”, Revista Farmacéutica, Año XXXIII, XXX, 4, 1 de abril de 1891, pp. 125-128.

58 La Revista Farmacéutica ya había condenado esa práctica, reclamando “disposiciones que limiten el vergonzoso tráfico de las regencias, y de las especialidades de componentes desconocidos, que hacen del farmacéutico agente del curanderismo”; “La farmacia en decadencia. Las causas”, Revista Farmacéutica, Año XXXI, Tomo XXVIII, 2, 1 de febrero de 1889, p. 43; véase también “Redacción”, Revista Farmacéutica, Año XXX, XXVII, 12, 1 de diciembre de 1888, pp. 410-413. Otra infracción frecuente era que los “dependientes” o empleados de las farmacias carecieran de la autorización para ejercer, que debía ser obtenida mediante un examen; según Ramos Mejía, cuando en enero de 1892 se hizo cargo del Departamento de Higiene, pudo comprobar que solamente en 36 de las 204 farmacias de la Capital los dependientes contaban con la respectiva habilitación (Ramos Mejía, 1898: 505). Recién en 1905, con la sanción de la ley 4687, se alcanzó una primera regulación de la actividad farmacéutica, poniendo serias restricciones al lugar ocupado por los “idóneos” y dependientes (Otero González, 2013; Dussaillant, 2015).

59 “Farmacéuticos, dentistas y parteras”, La Nación, 7 de marzo de 1890.

60 “Farmacia. Relaciones entre los regentes y propietarios de farmacia”, Anales del Departamento Nacional de Higiene, Año 1 (4), p. 212; “Departamento Nacional de Higiene”, Sud-América, 24 de abril de 1891.

61 El Censo, en sus “Estudios de los resultados del censo de las industrias”, elaborados por Manuel Chueco, daba cuenta de cuán extendido estaba el hábito de la falsificación de productos farmacológicos o similares. Refiriéndose a las fábricas de perfumería, señalaba que la mayoría de ellas “trabajan principalmente en falsificaciones más o menos groseras de los productos de las más afamadas fábricas extranjeras; falsificaciones que venden para las casas de negocio de la campaña y pueblos de la provincia”, Censo General, 1887, Tomo II, p. 335. Carecemos de estudios históricos acerca de la falsificación de sustancias higiénicas o farmacológicas en Buenos Aires, pero la lectura de las sentencias firmadas por el juez Francisco Astigueta permite extraer dos conclusiones preliminares: por un lado, la gran extensión del delito en la ciudad, y por otro, la dificultad de probarlo. En muchos casos lo único que las pesquisas logran certificar es que el denunciado poseía los productos falsificados para su venta o distribución (Astigueta, 1905: 134).

62 Al respecto pueden consultarse las sentencias del Dr. Francisco Astigueta en algunos casos célebres, como por ejemplo el de Fernet Branca contra Verocai y Chissoti (Astigueta, 1905).

63 El iracundo texto que acabamos de citar, redactado con total seguridad por Ramos Mejía, evitaba mencionar que las publicidades de esos aborrecidos productos también llenaban las páginas de las propias revistas médicas. Sin ir más lejos, en el mismo volumen de La Semana Médica que contiene aquel texto, es posible hallar publicidades como la de “Rob Boyveau Laffecteur” (de yoduro de potasio), que cura “todas las enfermedades que resultan de vicios de la sangre, como escrófulas, eczema, soriasis, herpes, líquen, empétigo, gota, reumatismo”, además de los accidentes sifilíticos antiguos o rebeldes; véase La Semana Médica, 20 de febrero de 1896, p. CXXI.

64 La normativa sobre ejercicio de la medicina y de la farmacia prescribía lo siguiente: “Art. 28. Tanto a los farmacéuticos como a los drogueros o a cualquier otra persona, queda absolutamente prohibida la venta de todo remedio secreto, específico o preservativo de composición ignorada, sin previa autorización del Consejo [de Higiene]. Se comprende por remedio secreto, específico y preservativo de composición ignorada, toda preparación que se aplique exterior o interiormente en forma de medicamento y cuyo nombre no exprese claramente su naturaleza y composición, o cuya fórmula no exista en farmacopea o no haya sido publicada por el Consejo. Art. 29. Los que deseen expender remedios secretos se presentarán al Consejo de Higiene Pública por escrito, acompañando la fórmula o composición de dicho remedio y demás comprobantes que pueda aducir” (Coni, 1891: 250).

65 “Departamento Nacional de Higiene”, Sud-América, 26 de mayo de 1891.

66 “Departamento Nacional de Higiene”, Sud-América, 26 de mayo de 1891.

67 Toda esa información figura en una nota redactada por José María Ramos Mejía el 13 de marzo de 1894, y enviada al juez que entendía en la acusación de ejercicio ilegal de la medicina lanzada por el Departamento Nacional de Higiene contra Baschieri; Archivo General de la Nación, Juzgado del Crimen, Siglo XIX, Caja B-63, “Baschieri, Salvador Hugo por ejercicio indebido de la medicina”, 1894-1895, foja 3. Acerca de Baschieri, véase Vallejo & Correa (2019).

68 Ibíd.

69 Véase también “Higiene alimenticia”, El Censor, 22 de abril de 1890.

Capítulo 2
Duchas, poleas y pedicuros en los institutos médicos

“Si uno quería vivir del tratamiento de enfermos nerviosos, era evidente que debía ser capaz de prestarles alguna asistencia. Mi arsenal terapéutico comprendía sólo dos armas, la electroterapia y la hipnosis, puesto que enviarlos tras una sola consulta a un instituto de cura de aguas no significaría un ingreso suficiente”. (Freud, 1925: 15).

La visita cotidiana a la droguería no era el único recurso disponible para esos neuróticos de fines de siglo. La botica no fue el único emplazamiento mercantil en que los nerviosos porteños fueron reconocidos en su verdadera identidad. Existió también un segundo bazar de mercaderías curativas, y esta vez los remedios corrían por cuenta de los médicos diplomados. En efecto, desde bien temprano los doctores hicieron todo lo posible para intervenir en ese promisorio mercado, sostenido por una clientela sufriente y consumidora. Los hombres de guardapolvos extrajeron la misma conclusión que su colega Sigmund Freud, y entendieron que esa conjunción (“y”) hacía mucho más que listar o secuenciar atributos desligados; todo lo contrario, comprendieron que ella mentaba una relación causal y casi reversible. Para mantener a los neuróticos la identidad patológica que se habían ganado, era menester volver a confirmarles que sólo con una acción de consumo lograrían desprenderse de esa condición sufriente que, paradoja mediante, les daba acceso y derecho a un florido rosario de objetos y servicios apetecibles y bien promocionados.

Los egresados de la escuela de medicina vieron la posibilidad de participar en esa feria neurótica haciendo algo más que prescribir específicos o compartir ganancias con los boticarios. Adivinaron que como todo mercado, el de la neurosis soportaba o precisaba una estratificación. A la democratización neurotizante del específico sumaron la distinción expulsiva del instituto (o de la consulta). Plegándose a un fenómeno que conoció en Europa y en América del Norte su desarrollo más consumado, los médicos de Buenos Aires intentaron responder a la presencia de los nerviosos −o intentaron favorecer su multiplicación− mediante la fundación de centros privados que poco tenían que ver con los manicomios, y mucho con las boticas que ya conocemos.1

En este capítulo nos vamos a referir a las empresas particulares que los médicos llevaron a cabo para atacar esos padecimientos nerviosos, a las estrategias publicitarias que las ampararon, y al imaginario sobre el cuidado de sí que de esa forma ayudaron a propagar. En el capítulo tercero haremos un breve examen de las tensiones que esa iniciativa despertó al interior del propio gremio profesional, y en los dos capítulos finales nos ocuparemos, por último, de los ensayos teóricos que esos mismos diplomados emprendieron para comprender o analizar aquellas afecciones.

Los doctores de la Capital se lanzaron sin titubear a ese universo de avisos publicitarios y venta de servicios de ortopedia yoica. A través de la fundación de clínicas e institutos, o de la oferta pública de tratamientos algo rimbombantes, los galenos salieron a la caza de histéricos, neurasténicos e insomnes que no se conformaban con las drogas o los collares magnéticos, y que podían darse el lujo de tratamientos más personalizados. En lo que sigue nos referiremos mayormente a las intervenciones galénicas que salieron a competir de modo abierto en ese océano de mercaderías y servicios, y que lo hicieron a través de publicidades que se dirigían al potencial cliente. Dicho con otras palabras, a lo largo de este capítulo examinaremos un recorte muy preciso de la terapéutica confeccionada por los doctores para los nerviosos, pues haremos foco exclusivamente en aquellas ofertas curativas que, continuando el surco abierto por una cultura sanitaria ya revisada, dependían de (y propiciaban) una ceremonia de consumo. En estas páginas documentaremos los modos exitosos con que los médicos respondieron al curioso desafío de arrastrar hacia el redil de su mundo profesional, a esos sujetos que, por costumbre y por coacción, se habían habituado a tramitar sus desarreglos corporales y espirituales en los vericuetos de un proceso mercantil.

Testículos de carnero y planchas de zinc

No nos ocuparemos aquí, por lo tanto, de todos los ensayos terapéuticos (que también fueron variados desde comienzos de la década de 1880) que los profesionales porteños realizaron, de modo más o menos sostenido o metódico, en los hospitales, laboratorios o consultorios particulares, y que luego fueron recuperados en escritos científicos de distinto calibre. Mapear de modo exhaustivo tales abordajes terapéuticos reclamaría una pesquisa independiente y más extensa. De todas maneras, y a los fines de ilustrar cuán generoso supo ser el abanico de ofertas curativas de parte de los médicos, nos permitimos tan sólo recuperar dos de esos remedios que, a diferencia de los ejemplos que serán analizados a la brevedad, no llegaron a ser más que ensayos exploratorios, y por ende no fueron casi promocionados como objetos de consumo masivo. El primero de ellos pertenece al inicio del arco cronológico de nuestra investigación, y estuvo en manos de un solitario experimentador local. El segundo, por el contrario, tuvo su momento de gloria unos diez años más tarde, y correspondió a una oferta curativa que, luego de emigrar al mundo plebeyo de las boticas, tardaría largas décadas en desaparecer.

A comienzos de 1880, Bartolomé Novaro (1846-1904), un médico porteño con pasado militar y que en 1885 se haría cargo de la materia “Medicina operatoria”, sorprendió a sus colegas con sus experiencias en el uso de imanes y metales para sanar algunas enfermedades nerviosas y para producir fenómenos muy llamativos en el área de la sensibilidad. Se trataba de la recepción local de un campo de estudio, la metaloterapia o magnetoterapia, que había provocado una pequeña convulsión en el mundo médico parisino unos años atrás. El empleo de imanes u otros metales para la curación de patologías había sido una práctica habitual a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, en pleno auge del magnetismo animal (Darnton, 1968; Rausky, 1977). Para mediados de esa última centuria, unos pocos practicantes que aún se sentían atraídos por los postulados de Mesmer continuaban ensayando los poderes de esos elementos. Entre ellos se contaba Victor Burq, quien hacia mediados de la década de 1870 logró llamar la atención de los médicos de París mediante su propuesta de encarar un nuevo estudio científico y desapasionado de la influencia de los metales.

Ya en 1851, en su tesis inaugural, Burq había propuesto la aplicación de imanes en la superficie corporal para el tratamiento de la histeria. Prosiguió tales aventurados ensayos, y en 1876 nada menos que Claude Bernard designó una comisión para que supervisara y examinara las experiencias, y luego informara a la Société de Biologie. La comisión estaba compuesta por tres médicos de renombre: Jules Luys, Amédée Victor Dumontpallier y Jean-Martin Charcot. A pesar de mostrarse escéptico acerca del nuevo método, Charcot aceptó la tarea, y muy pronto se convenció de la efectiva y visible influencia de imanes y metales en la modificación de los accidentes histéricos. Tal y como ya ha sido determinado por los estudiosos, ese encuentro con la metaloterapia fue uno de los principales motivos por los que Charcot dirigió su atención al tópico del hipnotismo (Harrington, 1988; Goetz, Bonduelle & Gelfand, 1995; Walusinski, 2017).2

Como tantos otros temblores del mundo científico de ultramar, la moda de los metales no tardó en llegar a las costas bonaerenses.3 En 1880, apenas tres años después del primer informe redactado por Charcot y sus colegas, Bartolomé Novaro comenzó a efectuar experiencias con imanes en sus pacientes de la capital argentina. Publicó al respecto un pequeño informe en la Revista Médico-Quirúrgica, en el cual detallaba los beneficios producidos por el nuevo remedio en dos mujeres aquejadas de histeria, con marcados síntomas físicos (anestesias, palpitaciones, disnea, etc.) (Novaro, 1881). En el primer caso, la aplicación, durante dos días consecutivos, de un imán en forma de herradura sobre los antebrazos de la joven trajo una mejoría inmediata: cesó la anestesia del mismo lado, y recuperó la capacidad de escuchar y de ver. En el segundo, la aproximación del imán a la zona abdominal desencadenó una notoria mejoría “como por encanto”.

Unos meses antes, el 9 de octubre de 1880, el médico había dictado una conferencia sobre esta temática en los salones del Círculo Médico Argentino, publicada en los Anales unas semanas más tarde (Novaro, 1880a).4 Recuperando las teorías con tufillo mesmérico de Burq, Novaro proclamó que, por una razón que no dejaba de ser misteriosa, cada ser humano “tiene una sensibilidad metálica especial, y el metal que le curará es el que corresponde a esta sensibilidad” (Novaro, 1880a: 90). La primera parte del trabajo, tendiente a hallar esa sensibilidad personal, constituye la metaloscopía; la segunda, consistente en la suministración del metal adecuado, es el corazón de la metaloterapia.

Pues bien, a diferencia del artículo aparecido en la Revista Médico-Quirúrgica, este extenso trabajo era eminentemente teórico, a punto tal que a los fines de ilustrar la sintomatología histérica, y para poner de relieve los efectos de los metales, se basa todo el tiempo en una ficción. Novaro pide a sus colegas que imaginen que allí enfrente hay una histérica aquejada de hemianestesia, y se dedica a relatar la florida sintomatología de su mujer imaginaria. Acto seguido ofrece explicaciones teóricas algo especulativas sobre los sorprendentes fenómenos provocados por los metales, deteniéndose particularmente en el hecho conocido como transfert: en muchos casos, la colocación de un trozo de metal en una zona corporal no sólo devuelve la sensibilidad (táctil, visual, auditiva, etc.) de ese lado del cuerpo, sino que puede desencadenar la anestesia del lado contrario, que hasta entones mostraba un funcionamiento normal.

El brevísimo escrito aparecido en la Revista Médico-Quirúrgica era mil veces más elocuente que la conferencia, sobre todo porque el primero iba acompañado de evidencias clínicas más directas. ¿Por qué motivo Novaro apeló a esa decepcionante enferma imaginaria? ¿Por qué razón, después de ese entusiasmo inicial, abandonó de inmediato el campo de la metaloterapia? Quizá ambas preguntas remiten a una única respuesta, visible en eso que los colegas no pudieron ver el 9 de octubre de 1880. En Buenos Aires escaseaban aún esos cuerpos histéricos plagados de sensibilidades paradójicas, fisiologías disparatadas y contorsiones anti naturales. No sólo se echaban en falta esas corporalidades; tampoco abundaban los dispositivos teóricos y académicos que las produjesen o las tornaran creíbles (Vallejo, 2019a). Debido a la falta de una tradición ligada a la experimentación en fisiología, y ante una medicina mental que no podía abordar lo nervioso más que con el lenguaje del delirio, la ciencia porteña de comienzos de la década de 1880 no ofrecía un buen terreno de implantación o recepción de experiencias ligadas a los automatismos nerviosos, la hipnosis o la histeria charcotiana −tal y como desarrollaremos con más extensión en el cierre de esta obra−.5 En tal sentido no ha de extrañarnos que la incursión de Novaro en el mundo de los metales haya quedado como una experiencia trunca y aislada, que de todos modos sirve para ilustrar que aun en ese contexto los médicos de la ciudad podían mostrarse deseosos de ensayar con sus pacientes neuróticos las novedades que traían las revistas del Viejo Continente.

El segundo remedio que ilustra el afán industrioso de la medicina porteña tiene que ver con un episodio muy curioso de la historia de esa disciplina. Nos referimos al tratamiento basado en la inyección de extractos orgánicos, propugnado y popularizado por el afamado fisiólogo franco-inglés Charles-Édouard Brown-Séquard (1817-1894). Luego de ejercer y enseñar en diferentes latitudes (sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos), en 1878 Brown-Séquard sucedió a Claude Bernard en el Collège de France, y ese nombramiento vino a significar un firme reconocimiento a sus investigaciones experimentales referidas al sistema circulatorio y al funcionamiento nervioso (Celestin, 2014). Pues bien, a mediados de 1889 se produjo un sorpresivo giro en su carrera, cuando presentó ante una prestigiosa sociedad científica sus recientes experimentos (hechos inicialmente sobre sí mismo), ligados a las virtudes vigorizantes y reconstituyentes atribuidas a la inyección subcutánea de testículos de mamíferos triturados (perros y carneros). La propuesta no era ajena a una concepción tradicional de la sexualidad masculina, basada en la presunción de que la pérdida excesiva o la inexistencia del semen en el cuerpo, iban acompañadas de estados de debilidad o problemas de salud. Los viejos, los eunucos y los masturbadores eran, según esta visión, la confirmación más lapidaria.6

En esos experimentos, que no dejaron de marcar un hito en la historia de la endocrinología, Brown-Séquard se sostenía en la idea según la cual todas las glándulas (e incluso los demás órganos) aportan a la economía vital, a través de la sangre, sustancias o nutrientes que ayudan a mantener la fuerza y la salud, y cuya carencia ocasiona el deterioro y la debilidad.7 Tan pronto como esas comunicaciones científicas fueron difundidas, los experimentos del fisiólogo fueron replicados en distintos puntos del globo, y no tardó en demostrarse la inocuidad (si no la peligrosidad) de la inyección de esas sustancias. Si bien hubo sabios de renombre que hicieron un uso personal del nuevo remedio (tal fue el caso de Louis Pasteur o Karl Vogt), la comunidad académica optó por burlarse del supuesto hallazgo (Celestin, 2014: 203). Las polémicas eruditas y la mala recepción de los trabajos de Brown-Séquard no impidieron que de inmediato comenzaran a comercializarse por todo el mundo distintas versiones del mágico jugo testicular. Durante un par de décadas, aquel “elixir” hecho a partir de testículos de perros, toros y carneros, se comercializó en todas las ciudades del mundo, recomendado sobre todo como un remedio contra la debilidad nerviosa o la neurastenia.

Buenos Aires, por supuesto, no iba a mantenerse al margen de esa curiosa moda. Sin demora se habrían efectuado aquí intentos de comprobar los beneficios del milagroso descubrimiento realizado en París. A comienzos de diciembre de 1889, un diario local dedicaba una orgullosa columna a informar que, fiel a su tradición, Buenos Aires sería la sede de las primeras réplicas de la novedad de Brown-Séquard:

[Buenos Aires] fue la primera que tuvo un Instituto Pasteur cuando en el mundo solamente lo tenía París, fue la primera donde se hicieron serios experimentos de hipnotismo y hoy será la primera que ensayará la inyección de Brown Séquard para devolver al cuerpo desgastado por los años y por el uso, el vigor y la fuerza.8

La nota agregaba que ese día, a las tres de la tarde, en el Hospital de Clínicas se efectuaría el ensayo sobre un hombre de 79 años, oriundo de Santiago del Estero, llamado Manuel Guerra. De la experiencia, realizada gracias a gestiones del médico polaco Ricardo Sudnik (quien en 1869 había asistido en París a las clases del gran fisiólogo), participaron algunos de los nombres más célebres de la medicina porteña: Pirovano, Güemes, Ayarragaray, Susini, Costa y Wernicke (Sudnik, 1893). No sabemos cuál fue el desenlace de ese prematuro estudio, aunque el diplomado de origen polaco aclaró años más tarde que, por razones ajenas a su voluntad, no fue posible darle continuidad en el marco de ese nosocomio (Sudnik, 1893). Así y todo, el nuevo método cautivó rápidamente la curiosidad y la imaginación de los porteños. Un escritor muy sensible a la magia del rumor público, se hizo eco de la novedad apenas unas semanas más tarde, ironizando acerca de Brown-Séquard “con sus inyecciones de quién sabe qué cosa macerada, alambicada hasta tener el extractum vital que rebaja de a diez años, ad beneficium vitae, o sea para sacarle el jugo y la miel a la vida”.9

De todas maneras, podemos asegurar que en lo inmediato otros profesionales de la ciudad continuaron aquellas experiencias, tanto en instituciones públicas como en consultorios privados.10 Entre los defensores locales del método de Brown-Séquard cabe consignar, por un lado, a Diógenes Decoud (1857-1920), un médico de origen paraguayo, que ya en 1888, a través de un ensayo sobre hipnosis experimental, había demostrado su interés por estudiar metódicamente cuestiones de actualidad científica (Decoud, 1888a).11 Según informaba en un largo escrito aparecido en marzo de 1893, y en el que se mostraba muy al corriente de los estudios efectuados a favor y en contra de la hipótesis del fisiólogo francés, había empleado las inyecciones de líquido testicular en 14 pacientes, durante cuatro meses, en el Hospital Militar (Decoud, 1893). Se trataba de 14 enfermos bien distintos, aquejados de patologías claramente diferenciadas: 3 casos de ataxia locomotriz asociada a un estado sifilítico, 2 de tuberculosis, 2 casos de cáncer, 2 de impotencia de origen neurótico, 1 de senilidad precoz, 1 de paludismo, 1 de dispepsia, 1 de hemiplejía y 1 de linfoadenoma. Las aplicaciones de líquido testicular se realizaron en algunos pacientes con frecuencia diaria; en otros, cada cuatro o cinco días. Los resultados obtenidos por Decoud no fueron muy alentadores.

En algunos enfermos una mejoría inicial dio lugar a una rápida recaída; en otros, por el contrario, no se verificó ningún beneficio de manera objetiva, a pesar de que los pacientes referían una sensación de bienestar como consecuencia de las inyecciones. De todas maneras, en unos pocos sujetos el hallazgo de Brown-Séquard surtió un efecto terapéutico positivo y ostensible. Esas mejorías tuvieron lugar, de hecho, en los tres casos referidos a patologías claramente nerviosas (dos hombres aquejados de impotencia sexual y una mujer con síntomas digestivos o dispepsia). Citemos, a título ilustrativo, uno de dichos historiales clínicos:

Observación Nº 5. Hombre de 25 años, alto y de buena constitución. Infancia sana. En 1887 blenorragia, prolongada bajo la forma de gota militar, cuatro años. Sirve en el ejército desde hace ocho años y soporta sin fatiga los ejercicios más prologados. Desde hace un año, disminución del sentido genital, cada vez más acentuado, sin erección. (…) Noviembre 30.- El tratamiento iniciado a la dosis trisemanal de 1 c. c. dura sólo quince días. El sujeto manifiesta que desde la tercera inyección se encontró bien y que ha recuperado la integridad de sus funciones. No ha sido visto después, por haberse ausentado a la frontera. (Decoud, 1893: 88).

El autor concluía su informe lamentando la pobre acción curativa de la novedad, pero agregaba que si las inyecciones mostraban de modo tan seguro su “acción tónica sobre el sistema nervioso”, era evidente que muy pronto las enfermedades de esa naturaleza serían tratadas con feliz resultado mediante el extraño líquido testicular.

Por otro lado, debemos recuperar las experiencias llevadas adelante por quien había sido el verdadero introductor de la novedad: Ricardo Sudnik (quien, emulando a su maestro Brown-Séquard, también utilizó en sí mismo las inyecciones de material orgánico). De acuerdo con una larga comunicación leída en dos sesiones de la Sociedad Médica Argentina entre agosto y octubre de 1893, el doctor polaco nunca había interrumpido su estudio de las inyecciones desde fines de 1889. A diferencia de su colega de origen paraguayo, Sudnik se mostró mucho más optimista respecto de la potencial eficacia terapéutica del remedio, sobre todo en el tratamiento de la impotencia de origen neurasténico. En efecto, los resultados casi milagrosos obtenidos en 1889 en dos sujetos aquejados de esa condición, habían alentado al polaco a proseguir sus ensayos. Su primer paciente había sido un español de 32 años, de profesión comerciante, quien a pesar de haber abandonado hacía unos años el hábito de la masturbación, jamás había logrado una erección fisiológicamente viable. Luego de algunas aplicaciones de electroterapia, Sudnik prescribió la inyección de tejido orgánico obtenido mediante la trituración de testículos de conejo. Al cabo de 10 inyecciones, efectuadas a lo largo de un mes, el atribulado español logró tener una relación sexual, y dos meses más tarde se pudo hablar de una curación completa (Sudnik, 1893: 347).

Desde el punto de vista de este autor, las inyecciones testiculares traen para la neurastenia un alivio mucho mayor que el aportado por otros abordajes (incluida la electroterapia) debido a que inciden en el fundamento orgánico de esa enfermedad, constituido por una alteración nutritiva. A los fines de otorgar un basamento más sólido a esa conjetura terapéutica, Sudnik había encarado un estudio metódico de indicadores objetivos de esa acción. Periódicos exámenes de orina a los enfermos sometidos a su tratamiento, le brindaron esas cifras concluyentes. Gracias a todo ello, concluía su disertación con un balance más que positivo de un remedio que, sin ser un elixir mágico, significaba un avance en la terapéutica de ciertas patologías: “En resumen, pienso que el tratamiento de Brown-Séquard, que recién pisa los dinteles de la ciencia, tiene un fondo indiscutible de verdad terapéutica, dentro de los límites que su mismo creador le ha trazado” (Sudnik, 1893: 470-471).

Sabemos que poco tiempo antes Sudnik, en sociedad con Miguel Ferreira (que años más tarde sería un pionero entusiasta de los rayos X), habían instalado en Esmeralda 870 un “consultorio especial para el tratamiento de la impotencia y debilidad nerviosa por las inyecciones de Brown-Séquard”, al que habían dotado de “todos los aparatos necesarios” (Vallejo, 2019c).12 Casi por esos mismos días, otro doctor les hacía la competencia con una empresa similar:13


De todas maneras, no tardaron en llegar a la ciudad voces contrarias al nuevo método. Uno de los contrincantes más pertinaces fue José Esteves. En el mismo número de la Revista de la Sociedad Médica Argentina en que se publicó la primera conferencia de Sudnik (efectuada el 18 de agosto), Esteves incluyó, en la sección dedicada a reseñas, un breve análisis de tres recientes trabajos en lengua francesa, contrarios todos ellos a la innovación de Brown-Séquard: tanto Bareden como Mossé y Cozin habían mostrado que, o bien las inyecciones no traían ninguna mejoría, o bien producían modificaciones que eran enteramente atribuibles a la auto-sugestión (Esteves, 1893). El médico argentino amplió esas objeciones con experiencias de su propia cosecha. Él también había comprobado el peso excluyente del factor sugestivo, y no por azar había tenido la oportunidad de observar que las inyecciones desencadenaban alivio exclusivamente en sujetos neuróticos (esto es, proclives a la trampa sugestiva): “no observando el más mínimo fenómeno en los individuos [en] que las practicábamos, sin que ellos supieran de lo que se trataba, y verdaderos prodigios en un neurasténico abásico, que desde un mes y medio antes forjaba los más halagüeños proyectos” (Esteves, 1893: 418-419).

Esteves guardaba todavía un as en la manga: él había recibido a uno de los pacientes tratados, presuntamente con éxito, por Diógenes Decoud; pues bien, aquel paciente estaba en pésimo estado, lo cual ratificaba que las inyecciones en verdad no lo habían beneficiado (o, a lo sumo, que esa mejoría había sido un falaz producto de su imaginación). También había sido consultado por un sujeto enfermo de impotencia, que había sido asistido anteriormente por otro colega mediante electricidad e inyecciones testiculares. Si bien Esteves allí no lo indica, se está refiriendo claramente a un antiguo paciente de Sudnik. El impotente no había logrado recobrar la salud en manos del doctor polaco, cosa que sí alcanzó gracias a una sencilla dieta prescrita por Esteves.

Unas semanas más tarde, el 27 de octubre, la segunda parte de la conferencia de Sudnik fue seguida por un extenso debate, del cual participó activamente Esteves.14 En esa oportunidad, este último insistió en su argumento sobre la auto-sugestión, relatando una de sus experiencias, en la cual reemplazó, sin conocimiento del paciente, el líquido testicular por una solución de sal ferrosa. A pesar de esa sustitución, los resultados fueron idénticos. A renglón seguido, Esteves recupera el caso del enfermo impotente, argüido en la reseña, pero esta vez indica que Sudnik había dirigido previamente el tratamiento: con él “no se había producido ningún cambio favorable, y sometido por mí a otro tratamiento, cuya parte fundamental consistía en el uso de los tónicos del sistema nervioso, vi en quince días desaparecer todos los fenómenos mórbidos”.15 Sudnik intentó defenderse de la encerrona preparada por su colega, afirmando que aquel paciente había enumerado explícitamente las ganancias clínicas que las inyecciones le habían deparado. El polaco concluía, a ese respecto: “Yo creo, pues, que fue éste uno de los enfermos que más [se] benefició del tratamiento”.16 Sudnik decidió emprender un contraataque, objetando a Esteves que éste reseñara solo los trabajos de los adversarios del método, pero guardara silencio a propósito de los textos que iban en una dirección contraria. El médico polaco, deseoso de jugarse el todo por el todo, cerró su intervención con la manifestación enfática de su credo: “Yo he obtenido la desaparición de la parálisis motriz en un hemipléjico y una histérica parapléjica camina ahora perfectamente”.17

Para el momento de la muerte del fisiólogo, ocurrida en abril de 1894, sus inyecciones se habían transformado en un hazmerreír en los ambientes académicos. En la necrológica enviada desde París por Benjamín Larroque, el médico argentino tildaba a las inyecciones de “un imposible”, “una ilusión dorada”, una “piedra filosofal de las quimeras de los viejos impotentes que llegan al fin de la vida” (Larroque, 1894). El autor del obituario festejaba que “la furia de inyectar el líquido Brown-Séquard ha cesado y todo parece entrar en el camino del olvido”. Si mediante ese diagnóstico se refería a los laboratorios médicos, Larroque tenía razón. Pero si lo que tenía en mente era el mundo más amplio de los remedios, se equivocaba de punta a punta. El repudio lanzado por los foros científicos no obstaculizó en lo más mínimo la comercialización de productos que recuperaban, de un modo u otro, el invento de Brown-Séquard. Los porteños, por ejemplo, aprovecharon durante mucho tiempo las virtudes regeneradoras de la “Iperbiotina Malesci”, elaborada, según rezaba un aviso a página entera aparecido en Caras y Caretas durante años, con “el principio activo del jugo orgánico testicular de animales jóvenes vigorosos, a grado máximo de concentración, según el método del Profesor Brown-Séquard de la Academia de Medicina de París”.18


La metaloterapia y las inyecciones testiculares fueron apenas dos ejemplos de los artefactos curativos implementados por los médicos porteños con sus pacientes neuróticos en las décadas finales del siglo XIX. Esos dos abordajes no alcanzaron, empero, mayor visibilidad en el mercado de Buenos Aires; si bien nutrieron algunos consultorios de poca fortuna, esos ensayos casi no rebasaron las fronteras de las revistas galénicas. Así y todo, hallaron de inmediato sus consumidores y usuarios. Ya volveremos con detalle a ese argumento: a un profesional le bastaba con adoptar un presunto remedio contra las neurosis, y con promocionar tímidamente sus virtudes, para que los neurasténicos y nerviosos locales se lanzaran en tropel a abultar su clientela. Ello tenía lugar en los mismos años en que otros médicos, mas frecuentadores de hospitales y bibliotecas que de gabinetes privados, morían de ganas de ver con sus propios ojos la tez pálida de al menos un neurasténico. Otros emprendimientos terapéuticos muestran, por el contrario, que en esa época los médicos salieron a competir de igual a igual con las droguerías y los vendedores de aceite de hígado de bacalao, y gracias a ello logaron llamar la atención de sus conciudadanos más afligidos.

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