Kitabı oku: «Gaijin»

Yazı tipi:

GAIJIN

Maximiliano Matayoshi

GAIJIN

Maximiliano Matayoshi

COLECCIÓN

AVALANCHA

Odelia

Editora

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

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Epílogo


Matayoshi, MaximilianoGaijin / Maximiliano Matayoshi ; fotografías de Victoria Abalde. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : María Eugenia Krauss, 2020.Libro digital, EPUB - (Avalancha ; 1)Archivo Digital: onlineISBN 978-987-86-7053-91. Narrativa Argentina. 2. Inmigración. 3. Japón. I. Abalde, Victoria, fot. II. Título.CDD A863

Primera edición: Alfaguara, 2003.

ODELIA EDITORA

facebook.com/odeliaeditora

e-mail: odeliaeditora@gmail.com

Diseño gráfico de tapa e interiores:

che.ca diseño

che.ca.dg

© GAIJIN Maximiliano Matayoshi 2017

No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.

Su infracción está penada por la ley 11.723 y 25.446.

Primera edición en formato digital: diciembre de 2020

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Dedico esta edición a Victoria,

mi compañera en todo esto.

Y a Bruno, quien al fin

le puso nombre a todo esto.

Estos agradecimientos son todos

para mamá, Regina Arakaki.

1

La profesora Hiroko nos dio un lápiz a cada uno para después decir que podíamos irnos, que los cuadernos aún no habían llegado pero estaba segura de que los tendríamos la semana siguiente. Nos levantamos de los bancos ―placas de acero apiladas― y salimos de la carpa. Al tomar el camino de los cinco tanques, Tatsuo me alcanzó para preguntarme si iría a la plaza. Me mostró cuatro proyectiles de cañón y sonrió. Aquellas municiones eran un gran tesoro entre nosotros, pocas se encontraban nuevas y cuando teníamos alguna nos reuníamos en la plaza para el gran ritual: las enterrábamos boca abajo y les colocábamos clavos a los casquillos para luego soltar una piedra o algo pesado desde lo alto del tobogán. Cuando la piedra golpeaba los clavos, la explosión dejaba un pozo enorme y quedábamos sordos durante horas. Pero ese día no me importaban las explosiones. Tatsuo dijo que yo era un tonto y corrió hacia otro grupo de chicos. Seguí por el camino mientras mis pies descalzos se cuidaban de no cortarse con piedras o esquirlas de granadas. De a ratos me detenía a descansar y a cubrirme del sol del verano. Detrás de un árbol y debajo de una piedra vi algo que brillaba. Pensé que era uno de esos gruesos vidrios que se usaban en los tanques, como los que tenía guardados en mi caja secreta, pero no, era un cuchillo. En realidad una navaja, pero entonces creí que era un cuchillo. Me pareció el objeto más hermoso del mundo, mejor que los rifles, los cascos, las municiones y las otras cosas que juntaba. Bajé al río por un sendero que apenas se distinguía por entre las plantas. En cuclillas junto al agua que mamá no me dejaba tomar porque de seguro estaba envenenada, limpié el cuchillo hasta que pude verme reflejado en su hoja. Más tarde, al llegar a casa, saludé a mi hermana que comía sola. Yumie tenía cinco años y mamá siempre la hacía comer primero y le guardaba los pedazos de carne y todas las cosas ricas. Me serví arroz ―dejé un poco para mamá― y una batata de la olla. Hacía meses que comíamos solo eso, lo único que podíamos comprar. Terminé lo más rápido que pude y lavé las tazas con el agua del balde. Después le dije a Yumie que esperara a mamá, que yo ya regresaba. A mamá no le gusta que estés afuera todo el tiempo, dijo. Salí sin decir nada.

Subí por el camino viejo, el que pasaba por el mercado y la carpa de la Cruz Roja. Mamá había trabajado ahí, pero ahora atendía a los pacientes en las casas; por eso, en el pueblo, todos la conocían y algunas veces nos regalaban un poco de comida, ropa y otras cosas. La comisaría, la ex comisaría, estaba ocupada por soldados americanos con su bandera americana y sus uniformes americanos. Poca gente se atrevía a decir gud mooning o geroo o algo por el estilo, la mayoría solo agachaba la cabeza y hacía de cuenta que la comisaría, al igual que sus casas, había desaparecido con los bombardeos. Cerca de la plaza, donde antes había una escuela, se levantaba un comedor que habían puesto los americanos: servían comida occidental, era gratis y podías comer casi todo lo que quisieras. En un invierno en que la cosecha fue pobre, mamá me obligó a ir al comedor con Yumie. Dijo que era estúpido no comer, que una cena siempre era una cena. Cuando le pregunté por qué no venía con nosotros solo dijo que no tenía hambre.

El camino del norte comenzaba detrás de la plaza y terminaba más allá del bosque. El viejo que vivía cerca de ahí tenía una cosecha nueva de zanahorias; las guardaba en la parte de atrás de la casa, apoyadas en la pared sin ventanas ni puertas. Pasé el alambrado, gateé hasta la casa y me asomé: él no estaba. Di la vuelta y tomé todas las zanahorias que pude. Llené la camisa, los pantalones, sostenía veinte en cada brazo y hasta tomé una con la boca. Volví a correr hasta el alambrado y, al salir al camino, el viejo me esperaba. Me aferró de la camisa. Intenté soltarme, pero no pude. Me sostuvo hasta que levanté la vista para mirarlo a los ojos. Entonces me abofeteó y regresó a su casa. Recogí del suelo las zanahorias ―solo dejé tres― y corrí hasta cruzar el pueblo. La plaza, el comedor, la comisaría y la carpa pasaron sin que los viera. Vendí las zanahorias en el mercado, pero guardé una para mi hermana porque le encantaban. Con el dinero compraría un pescado en el puerto. Hacía meses que no comíamos pescado y los que yo conseguía en el río no podían comerse. Pero antes de llegar encontré un negocio nuevo: era una heladería. Aunque no sabía que se llamaba así, había visto a los americanos con esas cosas rojas en la boca y siempre había querido saber qué eran. Pensaba que los traían de allá, no imaginaba que podían conseguirse en el pueblo. Saqué todas las monedas del bolsillo, pero cuando pedí tres helados la señora dijo que solo me alcanzaba para uno. Le dije que me devolviera las monedas, no podía dejar a mi hermana sin helado. Ella me miró para luego darme dos envoltorios de papel de la caja de metal. Llevátelos, pero no le cuentes a nadie, dijo. Antes de salir del negocio abrí uno de los paquetes y probé algo que era frío, rojo y dulce, no tan dulce como el azúcar pero sí más rico. En ese momento pensé que los americanos eran las personas más afortunadas del mundo y me dije que con razón habían ganado la guerra. Cuando me di cuenta de que el helado se hacía agua, miré el otro paquete que aún estaba cerrado, y comencé a correr a través del pueblo empujando personas y pidiendo disculpas; terminé mi helado en el camino y llegué a casa. Mi hermana, sentada en el escalón de la entrada, jugaba con las hormigas. Abrí el paquete para darle su helado y aunque estaba derretido aún quedaba un poco. Yumie lo olió y después intentó morderlo. Gritó y lo tiró al piso. Lo levanté para volver a ponerlo en su mano. Le expliqué que era frío y muy rico, que no fuera tonta, que los americanos lo comían todo el tiempo, y al fin aceptó. A ella nunca le gustó el helado.

2

No pudimos comer pescado, pero aún quedaba arroz, batatas y media zanahoria. Mi hermana dormía y yo esperaba en el escalón de la puerta mientras abría y cerraba mi cuchillo, y pensaba que ningún americano tenía uno así. Mamá llegó por el camino y entró a casa sin saludar. Le serví la comida en dos tazas y le llevé agua en un vaso. Mientras acariciaba mi mejilla y mi oreja como solía hacer, preguntó si aún quería ir a la Argentina. Yo conocía a unos chicos que se habían ido y a otros que decían que era como América pero mejor: los argentinos no matan a los japoneses. Quiero que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y me tomó de las manos. No podemos ir todos, no tenemos el dinero, además Yumie es chica para viajar y yo debo quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá estuviera sería diferente, dijo.

Fue un año de ver a mamá empeñada en conseguir dinero: préstamos, ventas de terrenos y casas derruidas, y hasta negocios con los americanos. Durante la última semana antes de viajar les regalé a mis amigos casi todas las cosas que guardaba en mi caja secreta. Me quedé con los zapatos que nos habían dado el año anterior y que mamá me dejaba usar en invierno, unos chicles que encontré en el bolsillo de un uniforme americano y un libro escrito en inglés que me había regalado la profesora Hiroko. Al colegio no fui más. Acompañaba a mamá en sus visitas, le llevaba el maletín y ayudaba a lavar las cosas. Después de almorzar me decía que fuera a casa a ver cómo estaba Yumie. Por la tarde recibía a familiares y amigos de mamá y papá que pasaban a visitarme. Tía Momoko, la hermana de papá, estuvo solo unos minutos. Se arrodilló, puso sus manos en mi rostro y se quedó así. Al salir me dijo que era igual a papá y me dejó un paquete en el escalón de la puerta. Antes de que me diera cuenta, Yumie ya había desatado el pañuelo que lo envolvía: una agenda y una pluma que no hacía falta mojar en tinta. Nunca pude agradecerle el regalo.

Dos días antes de que saliera el barco, mamá me mostró los dólares que había conseguido al vender la casa del abuelo y el documento que había tramitado con unos hombres que habían venido desde Suecia, un papel con una foto mía en el frente. Me pregunté por qué el gobierno de un país más lejano que Argentina me daba el documento que necesitaba para salir de Japón y por qué tenía que viajar solo a mis trece años. De su botiquín sacó un papel más chico: mi pasaje.

Salimos antes del amanecer. Mamá cargaba mis bolsas en la espalda y yo llevaba a mi hermana dormida. Caminamos durante horas esquivando los senderos minados que estaban señalados con carteles y cuidando de no meter el pie en los pozos que habían dejado los morteros. Me costaba caminar con los zapatos, eran demasiado grandes y no estaba acostumbrado a usarlos. Como mamá no había preparado nada para tomar porque ya cargábamos demasiado peso, de vez en cuando llamábamos a la puerta de alguna casa y pedíamos agua. Antes del mediodía llegamos a un llano donde se levantaban cientos de montículos, algunos con lápidas pero la mayoría solo de tierra. Mamá lo cruzó lo más rápido que pudo y mi hermana y yo la encontramos poco después bajo la sombra de un árbol. Nos sentamos para sacar de la bolsa los paquetes de comida: batata, un poco de arroz y pescado. Cuando le pregunté a mamá dónde había conseguido la comida dijo que era un regalo y que podía comer todo lo que quisiera. Comí mucho ―me gustaba el pescado― pero dejé un poco para ellas, para el camino de regreso. Reanudamos la marcha; desde el camino se veían cada vez menos casas y las pocas que encontrábamos estaban vacías o incendiadas. Un par de horas antes del atardecer, desde una loma, vimos el final del camino, una aldea en la costa oeste de la isla. No seguimos hasta el pueblo, nos desviamos a través de un bosque que podía estar minado y encontramos un sendero oculto bajo las plantas. Mamá dijo que faltaba poco. Antes de ver el mar, vi una chimenea por sobre las copas de los árboles.

El Ruys, así se llamaba el barco, estaba atracado en un abandonado puerto secreto. Era más grande de lo que imaginaba: recorrerlo de punta a punta me hubiese tomado unos cien pasos. En el muelle, muchas personas formaban dos filas que pasaban junto a una mesa con hombres de uniforme, subían por rampas y entraban por puertas diferentes. Mamá dijo que nos pusiéramos en la fila más larga, la que iba hacia la parte inferior. Le dije que regresaran, que si partían en ese momento llegarían de noche, pero si se quedaban más tiempo tendrían que dormir en el camino. No me contestó y no insistí. Antes de que oscureciera llegamos a la mesa de oficiales, tres gaijin (1) y un chino. Me pidieron el documento del gobierno sueco y el pasaje, y le dijeron a mamá que debía esperar afuera de la fila. Ella me abrazó para después alisar mi camisa arrugada. Mi hermana dijo adiós como si me fuera al colegio o a la plaza. Saqué los chicles del bolsillo de mi pantalón para dejarlos en su mano y le di un beso. Me devolvieron los papeles, subí por la rampa y entré al barco.

1. Gaijin: persona de afuera, extranjero.

3

Seguí a las personas que iban delante, no sabía hacia dónde, pero en la mesa del muelle habían dicho que todos dormiríamos en un mismo sitio. Las paredes de los pasillos ―algunas de metal y otras de madera― dejaban poco espacio para caminar. Dos personas no hubiesen podido pararse una junto a la otra, y con las bolsas al hombro resultaba difícil pasar por las puertas. Solo podía ver el piso y la espalda del hombre que caminaba adelante: las luces se encontraban muy alejadas una de la otra y entre ellas solo había oscuridad. Después de doblar a la derecha y de bajar por una escalera empinada, comencé a escuchar un murmullo de voces y algo que sonaba como el quejido de un animal grande. A medida que avanzaba pude distinguir risas y llantos de niños y voces de mujeres, pero al llegar a la última puerta todo volvía a ser confusión. Era un depósito enorme, casi tan largo como el barco, y de sus paredes de metal colgaban tres pisos de literas. Por el centro, el eje de la hélice giraba y dividía la sala en dos pasillos largos. Todo el lugar resonaba con un estruendo que hacía vibrar las cadenas de las literas, las paredes y el piso. Unas pocas luces, que colgadas de remaches en el techo se sacudían todo el tiempo, no alcanzaban a iluminar un tercio del lugar. Apenas podía distinguirse a hombres de mujeres. Cuando me empujaron desde atrás avancé por el pasillo de la derecha. Como todos los lugares cercanos a la puerta ya estaban ocupados, avancé hasta el final y elegí la única litera de abajo que se encontraba vacía: una plancha de metal con una manta enrollada en uno de sus extremos. Cuando dejé mi bolsa en el suelo para desatar el cordón que la mantenía cerrada, un hombre mayor se acercó, me golpeó el hombro y dijo que ese era su lugar, que debía usar el de arriba. Miré la litera que colgaba sobre mí y arrojé el bolso. Me aferré de las cadenas para poder subir. Me quité los zapatos y los guardé, desenrollé la manta y me quedé sentado.

Algunas personas aún buscaban lugar, los chicos permanecían juntos en las literas más altas mientras los mayores intentaban ubicar sus bolsos donde ocuparan menos espacio. El murmullo persistía, yo no podía determinar su origen y aunque nadie hablaba, las voces permanecían. Un hombre arrojó su bolso junto a mí y trepó para mirarme a los ojos. Más arriba, ordenó. Tomé mis cosas para subir a otra litera, igual de dura y fría. Los altavoces que colgaban de las paredes sonaron con un ruido agudo: alguien con un japonés mal pronunciado nos anunció que saldríamos en media hora y que teníamos prohibido subir a cubierta hasta nuevo aviso. Cuando las puertas se cerraron, el lugar quedó más oscuro todavía. Busqué la manta para ponerla alrededor de mi espalda y cubrirme la cabeza. Aunque no hacía frío, imaginé que muchos estarían haciendo lo mismo.

Cuando el eje comenzó a girar más rápido y a hacer más ruido, algunos se cubrieron las orejas con las manos y otros nos escondimos entre las mantas. Pensé que se rompería, que el barco quebrado nunca llegaría a Argentina y que mamá aún estaría en el muelle esperando que yo partiera. Pero aunque el ruido se hizo insoportable, nada se rompió. Sentía que avanzábamos despacio, que las olas nos levantaban y bajaban con suavidad; antes de que me diera cuenta me había inclinado para que mi cabeza sobresaliera de la litera y así poder vomitar. Luego de limpiarme la boca con la manga de la camisa vomité otra vez. Me recosté, junté las rodillas contra el pecho y abracé mis piernas. Intenté pensar en otra cosa, en cómo sería Argentina sin tanques, sin soldados americanos y sin muerte. Pero al volver a vomitar, acostado bajo de la manta, recordé la canción que papá cantaba para que me durmiera. Fue con ella que habían llegado las explosiones de los bombardeos y los incendios que iluminaban la ventana de mi habitación. Al fin me quedé dormido.

El ruido del altavoz me despertó: ya podíamos salir a cubierta, la comida comenzaría a servirse una hora más tarde. Al salir del depósito, un par de tripulantes chinos entregaban un pedazo de papel con un número escrito. Las comidas eran servidas en cinco turnos, cincuenta personas por vez. Una señora me preguntó si podía cambiar mi lugar en el tercer turno para que ella pudiese comer con su hija. Como tendría media hora más para recorrer el barco y en ese momento no podía ni pensar en comida, acepté. La señora me agradeció, alzó a su hija y pronto se perdió entre la gente.

La cubierta de segunda clase que estaba en el frente del barco era el único lugar al aire libre donde podían ir los de tercera y había cuatro tripulantes chinos con garrotes que se encargaban de que fuera así. Tenía el piso de madera y algunos bancos donde las madres se sentaban con sus hijos dormidos en el regazo. Los pasajeros de segunda y tercera clase solo se diferenciaban por la ropa. Todos mostrábamos cansancio y resignación en nuestra forma de caminar y de bajar la mirada. Zapatos del mismo tamaño que el pie era lo único que nos distinguía y los tripulantes chinos no veían siquiera esa diferencia. Cuando estaba en tercer grado, un general se había presentado en mi clase para mostrarnos un mapa de Asia, con Japón en un color rojo que abarcaba también algunos territorios de China. Nos habló de los chinos que mataban a sus hijos y golpeaban a sus esposas, de los niños chinos que les pegaban a sus padres y maestros, y de los abuelos chinos que debían trabajar todo el día sin descanso. Eran los mismos chinos que nos envidiaban por ser superiores y que desde siempre nos odiaban. Pero la mayoría no quiere vivir así, dijo, y por eso llevamos esta guerra, para liberarlos y que puedan vivir como nosotros. Mientras decía esto, mostraba cuadros de un joven soldado japonés que luchaba contra decenas de soldados chinos, de estudiantes chinos que se burlaban de sus maestros y de niños chinos que escupían a sus padres. Durante la cena de aquel día, papá nos contó que lo habían despedido ―él enseñaba en la misma escuela en la que yo estudiaba― y que al día siguiente intentaría conseguir otro trabajo, tal vez en el puerto. Preguntó si en mi clase había estado el general, quiso saber lo que nos había dicho y si yo le había creído. Claro que le creí, dije. Me tomó la cabeza para asegurarse de que lo miraba a los ojos y preguntó si me acordaba del señor Chow ―el hombre que hacía juguetes y vivía cerca de casa― y si yo creía que él lastimaba a su esposa o si alguna vez nos había tratado mal. Cuando preguntó si su muerte me había parecido justa, no pude responder. Papá se incorporó para alcanzar el avión de madera que colgaba del techo y lo dejó sobre la mesa. Él era chino, dijo.

4

Los tres primeros días de viaje fueron difíciles: cuando no me quedaba en cama sintiéndome enfermo, subía a cubierta para respirar aire fresco y vomitar. Al no poder retener la comida por más de dos horas, después del segundo día decidí dejar de comer hasta acostumbrarme al movimiento del barco. A veces jugaba tenis de mesa; a pesar de que era difícil hacerlo con el movimiento de las olas, me las arreglé para ganar casi todos los partidos. Hice algunas apuestas y conseguí una lapicera ―una pluma que no manchaba los dedos―, una caja de veinte sobres y un par de cordones nuevos para los zapatos. Kei, un chico dos años mayor que yo, organizaba los partidos, conseguía a los contrincantes y hacía sus propias apuestas. De seguro apostaba dinero.

La tercera noche, acostado en el piso de la cubierta, intentaba no pensar en comida cuando Kei subió para decirme que a la mañana siguiente llegaríamos a Hong Kong y que él pensaba bajar. Le pregunté si estaba loco, aseguré que lo matarían antes de regresar al barco, ¿o se había olvidado de que la guerra apenas había terminado? Es una ciudad enorme, casi tan grande como Tokio, y nunca fui a Tokio, dijo. Además, las mujeres de Hong Kong son las más hermosas del mundo, ¿no lo sabías? No, y no pensaba arriesgar mi vida para ver a una mujer, por más hermosa que fuera.

Llegamos al puerto de Hong Kong antes del almuerzo. Algunos hombres, los más valientes, bajaron a la ciudad. Cuando Kei preguntó si estaba seguro de quedarme, no respondí. Caminó por la rampa siguiendo a los demás y corrió por el muelle para alcanzarlos. Quise acercarme a la barandilla, pero un tripulante gaijin me tomó del hombro. No bajes, es peligroso, dijo en un japonés perfecto, y me soltó para subir por las escaleras que llevaban a la cubierta de primera clase. Una piedra apareció de ningún lado y rozó mi oreja. Cuando otra y otra golpearon el suelo, las madres llevaron a sus hijos al otro lado del barco. En el puerto, un grupo de veinte personas tomaba cascotes del suelo para partirlos y arrojar los pedazos a la gente que se asomaba por la barandilla. Al seguir a los que se alejaban de las piedras, vi cómo una mujer cuya cabeza sangraba caía al piso junto con sus hijos. Luego de ayudarla a incorporarse, abrazó a los niños y volvió a correr. Ya a salvo me agradeció y se sentó en el piso. Con un pañuelo y el cuchillo hice vendas que até a su cabeza, y le dije que las mantuviera apretadas. Era algo que había visto hacer a mamá cuando un chico caía en alguna zanja o alguna casa se desmoronaba sobre una familia. Quédese sentada hasta que deje de sangrar, dije.

Fideos, alguien gritaba desde el agua. Una pequeña embarcación con una familia a bordo se acercó y un hombre volvió a gritar fideos, vendo fideos, en un dialecto japonés casi incomprensible. Me di cuenta de que tenía hambre y de que no había comido nada en los últimos dos días. ¿Cuánto?, pregunté. Uno, dijo. Dudé unos segundos. ¿Y si la cuerda bajaba con mi billete y subía vacía? Después de todo, sus compañeros nos arrojaban piedras desde el muelle. Al fin decidí arriesgarme. El hombre arrojó una cuerda con un gancho y me hizo señas para que lo pusiera en la barandilla. Dejé un dólar en un alambre que llevaba la cuerda y que él, desde abajo, hacía avanzar. Una canasta con un tazón subía al tiempo que mi billete bajaba. Cuando la comida llegó hasta la barandilla, probé los fideos. ¿Son ricos?, preguntó alguien. Sí, eran los fideos más ricos que había probado en mi vida. Por la cuerda bajaron billetes y subieron tazones hasta que el hombre se quedó sin comida para vender.

Cuando dejaron de arrojar piedras, pude ir al otro lado a ver a la gente que estaba en el puerto. Habían colocado una escalera que iba hasta la cubierta de primera clase. Kei decía que él había subido y que era increíble: habitaciones enormes, baños en todos los pasillos, ventanas que iluminaban hasta el último rincón, los pisos alfombrados, no se escuchaba ni un solo ruido del motor y era seguro que te llevaban la comida al cuarto. Yo sabía que la mitad de las cosas que decía no eran ciertas y dudaba de la otra mitad. No podía recordar un sueño sin el ruido del eje, sin el cosquilleo de la cama y con la luz suficiente como para leer. Por la rampa subían personas con trajes europeos que habían llegado en grandes coches, los más grandes que yo había visto. Aunque me fui antes de que terminaran de subir, me pareció que todos eran chinos.

En el depósito ―otro lugar sin el ruido del eje― había pocas personas, y la mayoría estaba durmiendo. Tomé el pasillo de la derecha y comencé a contar las literas, era la única forma de saber cuál era la mía. Antes de llegar encontré a un hombre que, sentado en el piso, cantaba una canción de guerra y sostenía una botella de sake. Él nunca había salido del depósito, tal vez ni comía: se pasaba todo el tiempo sentado y bebiendo; le faltaba el brazo derecho, la manga de la camisa le colgaba suelta del hombro. Al darse cuenta de que lo miraba, gritó para que me fuera. Avancé hasta contar veintinueve y subí los tres pisos de literas para sentarme. Luego de haberme quitado los zapatos, busqué el bolígrafo y la agenda para abrirla en la primera página. No había escrito mucho, mi plan era narrar todas las historias del viaje en esas hojas, pero en los primeros días había estado enfermo. Se las mandaría a mamá para que supiera que estaba bien y que intentaría regresar pronto. Luego de escribir durante media hora, me quedé dormido pensando en mi viaje de vuelta, en un crucero y en un pasaje de primera clase.

5

Subí a cubierta para esperar a los que habían bajado a la ciudad. Cuando Kei llegó por la rampa faltaba solo una hora para que zarpara el barco. Con una pierna lastimada, un ojo morado, la nariz con sangre y una sonrisa, caminaba con la ayuda de otros que lo felicitaban y le palmeaban la espalda, algunos también lastimados, pero ninguno como él. Al acercarme dijeron que lo cuidara, que aunque él fuera valiente ahora necesitaba un descanso. Cuando lo arrastraba hasta el depósito ya no sonreía, se tocaba las costillas y parecía a punto de llorar. Dormía en el pasillo de la izquierda, a doce camas de la puerta y en la litera de abajo. Había ganado ese lugar al apostar en uno de mis partidos y estaba orgulloso de conservarlo: ningún joven tenía una cama tan cerca de la puerta y menos aún en la fila de abajo. Luego de buscar agua, lavé sus heridas lo mejor que pude ―parecían leves, pero no podía saber si tenía alguna costilla rota―. Esa noche tuvo fiebre y vomitó la comida que le llevé a la cama. Fue la primera noche en que pude comer sin sentirme enfermo.

La comida era muy buena y abundante. No recordaba haber comido así en toda mi vida. Nos traían ollas de arroz con verduras, bandejas con cerdo y pescado y algunas frutas. Todo se servía en una mesa atornillada al piso y uno se sentaba en una banca para diez personas, también fija al piso del barco. Como la comida sobraba, las primeras noches me llevaba un poco pensando que no siempre sería así, pero estaba equivocado. Dos días después, cuando Kei se levantó sin ayuda y sin fiebre, me agradeció a su manera ―haciendo chistes y riéndose por cualquier cosa― para luego pedirme que lo siguiese. Pensé en no hacerle caso, pero al fin me di cuenta de que un pedido suyo era como una súplica. Caminamos por pasillos que nunca había visto ante puertas siempre cerradas. Un tripulante chino que cuidaba la última puerta lo saludó y Kei le dio un billete que sacó de algún lugar de entre sus ropas. Cuando pasamos a la cubierta de primera clase, comprobé que algunas cosas que él me había contado eran ciertas: las personas iban vestidas como si asistieran a un casamiento y cualquiera de las mesas para jugar al tenis de mesa ―no tenían una, sino cuatro― era mejor que la nuestra. Kei me condujo por un pasillo hasta llegar a otra cubierta más chica que quedaba en la parte de atrás. Había algunas sombrillas, asientos reclinables, pero menos personas que en la otra cubierta, y la mayoría mujeres. Ahí está el amor de mi vida, dijo, mientras señalaba a una chica de mi edad que estaba apoyada en la barandilla.

Kei la había conocido en el puerto de Hong Kong, cuando regresaba al barco. Al verla bajar de uno de esos coches grandes intentó acercarse a ella, y entonces alguien lo golpeó en la cara y luego en el estómago y otra vez en la cara para, ya en el piso, patearlo. Los hombres que estaban con él acudieron en su ayuda y lo subieron al barco, eso era lo único que recordaba. Le dije que no podíamos estar ahí, que si alguien nos encontraba tendríamos problemas. Aquella vez nos retiramos pronto, pero Kei volvió a subir todos los días mientras yo me quedaba en la cubierta de segunda clase. Una tarde, antes de llegar a Manila ―el siguiente puerto― dos tripulantes gaijin lo trajeron al depósito, estaba inconsciente y sangraba. Cuando preguntaron dónde dormía, los guié a su cama. Dijeron que unos jóvenes chinos lo habían encontrado en la cubierta de primera clase. Varios chicos se reunieron alrededor de Kei para escuchar la historia. Cuando se hizo silencio, todas las miradas se dirigieron hacia mí. Las dejé atrás, subí y me guié por los pasillos que me llevaban a la cubierta de primera. Al subir las últimas escaleras apenas oí los pasos de los que me seguían. Un tripulante se fue corriendo después de decirnos que no podíamos pasar aquella puerta, que pasamos para ver que varios jóvenes chinos hablaban y se reían de algo que yo no podía entender. Caminé hasta ponerme frente al que estaba más cerca ―un chico alto―, lo tiré al piso y lo golpeé hasta que alguien me pateó las costillas y después la cabeza, y me desperté en una dura y fría litera.

Me dolía todo el cuerpo, sentía la cara hinchada y me costaba abrir los ojos. Sos un estúpido, dijo el hombre de la botella de sake, para luego cantar otra vez aquella tonta canción. Me senté en la litera, el eje estaba inmóvil y el lugar silencioso. Subí a cubierta cuidando cada paso, no parecía tener ningún hueso roto, pero sí las piernas débiles. Cuando encontré a Kei sentado en el piso, me senté junto a él. Sos un estúpido, dijo, y era gracioso verlo hablar con la cara deformada. Tenía una venda en la cabeza y dos dientes menos. El tripulante gaijin que hablaba muy buen japonés caminó hasta nosotros y nos hizo prometer que no haríamos nada parecido durante el resto del viaje. Juramos no volver a provocar una pelea y a él le pareció suficiente, pero nos dijo que si faltábamos a nuestra palabra nos tiraría al mar. Comencé a reírme y Kei pronto me acompañó. De alguna forma, la imagen de Kei intentando mantenerse a flote me pareció graciosa. No bajamos en el puerto de Manila, los japoneses no éramos bienvenidos en esa ciudad y desde el muelle ya nos habían arrojado piedras. Ahí también había familias que vivían en pequeñas embarcaciones y vendían cosas. Muchos compraron licores, ropa y comida. Yo compré un par de bananas.

Kei y yo no volvimos a subir. Algunos chicos que buscaban problemas querían ponernos como jefes o algo así, pero nosotros los evitábamos y escapábamos de todas las peleas. No me asustaba recibir una paliza ―tampoco me agradaba―, pero lo que hacían era ridículo. Algunas veces lastimaban a alguien solo porque tenían la oportunidad de hacerlo, porque los otros chinos no estaban cerca. Pero después ellos bajaban y les daban una paliza. Lo cierto era que los chinos nos superaban en número, peleaban mucho mejor y eran más fuertes. Yo intentaba evitarlos pasando la mayor parte del tiempo con Kei, que componía poemas y le pagaba a un tripulante para que le enseñara un poco de chino. Aunque él solo hablaba de la muchacha, era mejor que andar con esos idiotas.

Al caminar por uno de los pasillos del depósito, me tropecé con el viejo que, sentado en el mismo lugar de siempre, cantaba su canción. Cuando quise disculparme dejó de cantar para decir una vez más que yo era un estúpido. Solo lo había visto hablar conmigo y esas eran casi las únicas palabras que pronunciaba. No escapes de todas las peleas, dijo. ¿Por qué no?, pensé decirle, pero pronto volví a subir, busqué a Kei y le dije que me siguiera. No podemos hacer nada, nos echarán del barco, dijo él, pero igual me siguió. Llegamos a cubierta en el mismo momento en que ellos bajaban y pedí a Kei que tradujera lo que yo les diría. No sé casi nada de chino, respondió, pero insistí. Hagamos una apuesta, dije. ¿Qué apuesta?, preguntó en japonés un chico ―tal vez el mismo al que golpeé aquella vez― que era mucho más alto que los demás y llevaba en la muñeca un reloj dorado. Jugamos un partido de tenis de mesa: si yo gano hacemos una tregua hasta llegar a Buenos Aires y dejan que Kei vaya una vez a su cubierta para hablar con esa chica que viaja con ustedes, dije. ¿Y cuando pierdas? Si pierdo, se lo quedan, respondí, y les mostré el cuchillo. Él aceptó y yo gané.

6

El siguiente puerto era Singapur. En la escuela, luego de informarnos de la captura de esa ciudad por la armada japonesa, el director decidió suspender las clases de la tarde para realizar un festejo. No teníamos mucho con qué festejar, la comida escaseaba y la poca que llegaba de Tokio era consumida días después de su entrega. Debía durar quince días ―la frecuencia con la que llegaban los barcos de abastecimiento―, pero si después de la primera semana aún quedaba un poco, podíamos considerarnos afortunados. Al menos aquella tarde no debí asistir a la clase de Historia.

Aún faltaban tres días para llegar a puerto, pero Kei ya intentaba convencerme de que bajara con él. Cada media hora hacía algún comentario sobre lo placentero que sería pisar tierra firme después de pasar tanto tiempo en el barco y de lo aburrido que era jugar al ping-pong. Decía que Singapur era la ciudad más grande que visitaríamos y que de seguro podríamos conseguir un regalo para Lin; aunque apenas conocía su nombre por un tripulante chino que ahora disfrutaba de uno de sus habanos, Kei hablaba de la chica como si la conociera desde siempre. Cansado de él, del movimiento del piso y de tener que esconderme de las piedras que nos arrojaban, acepté. Durante esos días intentamos vender las cosas que habíamos ganado en las apuestas. Cigarrillos, un libro, una camisa, dulces y una caja de té: diez dólares. Kei tenía quince y consiguió diez más al intercambiar su litera por una del tercer piso y lejos de la puerta. Teníamos treinta y cinco dólares para el regalo; en Japón hubiese sido una pequeña fortuna imposible de gastar en un solo día. Le di el dinero, que él guardó en un bolsillo cosido en la parte interna de su camisa. Aseguraba que me lo devolvería antes de llegar a Buenos Aires. Cuando Lin sea mi novia, dijo.

Cruces flotaban sobre el agua. La primera imagen de la bahía de Singapur fueron los mástiles de los barcos hundidos que salían a la superficie, pero todos pensábamos en cruces sobre el agua. Algunos sostenían las banderas del sol, las antiguas banderas de guerra; pedazos de tela ya sin el color que alguna vez habían tenido. Una mujer señalaba el escudo en el casco de un barco encallado cerca de la costa. En el acero corroído por las olas se leía, y luego se adivinaba tras el agua, el nombre: Matsudaira. Mi hijo, decía, mientras otras mujeres leían otros nombres y lloraban por otros hijos y otros maridos.

En el puerto había barcos de todos los tamaños, pero pocos más grandes que el nuestro. A pesar de que nadie se reunía en el muelle para arrojar piedras ―las personas parecían no tener interés alguno en este barco que llevaba personas extrañas a tierras más extrañas todavía―, la mayor parte de los pasajeros prefirió quedarse a bordo. Kei y yo fuimos los primeros en bajar por la rampa. Corrimos por el puerto saltando escombros de edificios para llegar pronto a la ciudad. Nunca había visto tantas personas juntas y de tantos pueblos diferentes. Un enviado japonés había ocupado el gobierno durante algún tiempo y aún existían carteles que, detrás de insultos pintados luego de la guerra, indicaban en japonés direcciones y calles. La mayoría de los comerciantes intentaban hablar con nosotros para ofrecernos uniformes de soldados, cascos, rifles y otros equipos de la armada japonesa. Rechazamos todas las ofertas cuidando que nadie más nos escuchara hablar en un idioma odiado. Los edificios parecían a punto de derrumbarse y muchos a los que les faltaba todo el frente descubrían el comedor que alguna vez había reunido a una familia, o la habitación que algún niño habría usado para dormir. Llegamos a una parte de la ciudad que se extendía sobre un monte: podía verse el mar y todos los barcos del puerto, incluyendo el Ruys. En esa zona no había tanta gente y los negocios parecían más elegantes.

Seguí a Kei, que había entrado a un local de antigüedades. El lugar casi vacío mostraba en los estantes llenos de polvo alguna escultura, unos sombreros, collares, relojes y no mucho más. ¿Se les ofrece algo?, preguntó en japonés un hombre que vestía un traje blanco. Se parecía a un profesor que cuando daba clases solía ponerse unos anteojos solo para impresionarnos. Estamos mirando, dije. Una mujer entró por la puerta de atrás para discutir con el hombre que nos atendía. Mientras la mujer nos hacía entender que no éramos bienvenidos, el vendedor dijo que debíamos irnos, que si la persona equivocada nos encontraba en su local habría problemas. Me llevo esto, dijo Kei, mostrando un collar de plata prendido a una piedra con forma de gota que brillaba con luz amarilla. El anticuario dijo que no podía atendernos, que por favor nos fuéramos, pero mi amigo insistió. Le doy treinta y cinco dólares, dijo mientras sacaba los billetes de su bolsillo interno. Pero treinta y cinco dólares no alcanzaban. Esa era una piedra de ámbar y por la forma en la que el hombre lo pronunció, el ámbar debía ser algo muy valioso. Mi amigo prometió traer por la tarde el resto del dinero, solo tenía que volver a buscarlo al barco. Pero el hombre respondió que ya no podíamos permanecer en su negocio y que si regresábamos no nos dejaría entrar. Se acomodaba los anteojos con el dedo índice, como solía hacerlo mi profesor. Hagamos una apuesta, dije, y saqué mi cuchillo. Lo hago girar: si la hoja apunta hacia usted, se queda con los treinta y cinco dólares y nosotros nos vamos; si la hoja apunta hacia mi amigo, nos da el collar por el dinero que tenemos. Papá a veces me leía una historia de señores feudales que terminaban de aquella forma una guerra que había durado décadas. Los dos me miraron. Luego de acomodarse los anteojos, el vendedor dijo que aceptaba la apuesta si la navaja la hacía girar él mismo. Y eso que llaman cuchillo es una navaja, señaló.

En la calle, Kei miraba el sol líquido a través de la piedra semitransparente. La hora del almuerzo había pasado y el olor que salía de algunas casas me recordaba que mi última comida había sido la cena. Debemos regresar al barco para el almuerzo, dije. Él respondió que me invitaba a comer, que era mejor aprovechar el tiempo en la ciudad. No pude ver de dónde sacó unos billetes, pero ahora teníamos poco más de cinco dólares. Un tazón de arroz con verduras y una salsa verde, pescado y un poco de cerdo frito, y todo muy picante. Kei lo acompañó con cerveza y yo con el jugo de una fruta roja. Con los estómagos llenos caminamos para buscar un pañuelo y una caja en donde envolver el regalo. Al llegar a los negocios cercanos al puerto, entramos a uno que parecía tener lo que necesitábamos. Compramos una pequeña caja de madera ―nos garantizaron que venía de Japón, y en efecto se parecía a las que mamá guardaba en casa― y un pañuelo azul casi transparente. Además del poco dinero que nos quedaba, Kei debió dejar dos de sus habanos.

A la salida del negocio se había reunido mucha gente que gritaba y arrojaba piedras. Tres hombres que habían bajado de nuestro barco intentaban cubrirse de los golpes, uno sangraba por un corte en la frente. Cuando quise ayudarlos, mi amigo me tomó del brazo y me arrastró por la calle. ¿Sos estúpido?, preguntó. Te matarán, y si nos quedamos acá y nos ven, nos matan a los dos. Nuevos gritos ahora dirigidos a nosotros. Corrimos alejándonos de la gente y del puerto. Pasamos por una calle estrecha, después por una más ancha y cuesta arriba y por otra calle estrecha que presentaba varias curvas. El sol proyectaba largas sombras que se adelantaban a nuestros pasos. Hacía horas que estábamos perdidos, sin poder decidir si bajar a la costa para buscar el puerto y la seguridad del Ruys, o si seguir alejándonos del barco y de nuestros perseguidores. Al caer la noche nos refugiamos en un callejón y esperamos en el silencio de la ciudad dormida que nuestro temor se desvaneciera. Al fin, seguros de estar a salvo, comenzamos una larga y oscura caminata hasta la costa. Llegamos al puerto a medianoche. Kei, luego de mirar a su alrededor, comenzó a silbar el himno japonés, que nos acompañó hasta subir al barco.

7

Los hombres que habían sido golpeados volvieron tres días más tarde; la policía, luego de haberlos encontrado en un terreno baldío, los encerró por su propia seguridad, o eso fue lo que dijeron. Nos recomendaron que ningún pasajero japonés volviese a salir del puerto. Pero ese consejo ya no era necesario: después de lo ocurrido en las calles todos permanecíamos en el Ruys. La cubierta de primera estaba vacía, los pasajeros chinos se habían ido a la ciudad para gastar algo de dinero y luego mostrar relojes dorados y zapatos brillantes. Aunque aún faltaban dos días para zarpar, ya me sentía aburrido. Jugaba un poco al tenis de mesa pero casi no apostaba, intenté leer unos libros que me habían prestado y escribí un par de hojas en mi diario de viaje. Por suerte ya nadie me palmeaba la espalda ni me felicitaba por aquella tarde en que me habían dado una paliza. Solo un chico que viajaba en segunda y que siempre vestía con camisa y saco hacía algún comentario. Kiyoshi, dos años menor que yo, se parecía a un chico que había vivido cerca de casa y que había muerto junto con su familia durante los bombardeos. Mi vecino siempre intentaba comportarse como alguien mayor; a veces, cuando me escapaba de la escuela, preguntaba si podía venir conmigo y aunque me negué siempre, nunca dejó de preguntar. Tendría que haber dejado que me acompañara al menos una vez. Kiyoshi parecía mucho más agradable y tenía un don natural para saber cuándo era bienvenido y cuándo no. En Japón había estudiado en una escuela bilingüe y le gustaba decir alguna frase en inglés para demostrar que era cierto ―a great game cuando ganaba un partido o see you later cuando la abuela lo llamaba para que fuese a estudiar―. Ella era profesora de idiomas y había conocido a papá; decía que yo era igual a él y que si tenía suerte también podía llegar a ser un gran hombre.

Aunque faltaban solo dos meses para llegar a Argentina, aún no sabía cómo me comunicaría con la gente. Argentina queda en América, los americanos hablan inglés, el castellano debe ser parecido, pensé. De modo que le pedí a Kiyoshi que me enseñara inglés; a cambio le enseñaría a jugar al ping-pong y le prestaría mi navaja cuando quisiera. Luego de aceptar, lo primero que hizo fue pedirme la navaja. El día en que zarpamos de Singapur tuve mi primera clase: Kiyoshi era mejor profesor que los que había tenido en el colegio y además podíamos estudiar mientras jugábamos al tenis de mesa o hacíamos otras cosas.

Con la ayuda de un tripulante al que le había dado algunos habanos, Kei escribía una carta para Lin. Al llegar a Singapur el pañuelo y la caja ya envolvían el regalo, pero la carta aún estaba sin terminar. Les tomó varias horas más corregirla hasta que Kei estuvo conforme. Ahora solo faltan las flores, dijo, y caminó hacia los pasillos de segunda clase. Durante dos días intentó conseguir un ramo de flores, pero en el barco no había nada que se pareciera a una planta y menos aún a una flor. No puedo ir así, dijo. Un hombre no va hablar con una chica si no tiene flores para darle. Cuando dije que el regalo sería suficiente respondió que yo era un tonto, que no entendía nada y que en lugar de decir estupideces lo ayudara a buscar. Le dije que sabía un poco de origami, y que si él quería podía hacer una flor de papel. Esperé un nuevo insulto, pero no. Dijo que era una gran idea, que para esa misma tarde conseguiría papeles de todos los colores y que me pagaría por el favor.

Cuando regresó, después de mi clase de inglés, le dije good afternoon y él respondió bien, gracias. Había conseguido una docena de hojas de papel de todos los tamaños y de varios colores, algunas escritas en un idioma que no conocía y otras en japonés. Con la tijera de la navaja recorté una de color violeta, una roja y una verde. Le dije a Kei que mientras yo hacía la flor, él fuera a la cocina a buscar un palillo. No hizo preguntas, salió corriendo. La abuela me había enseñado origami y en el colegio seguí practicándolo. Algunos de mis compañeros se burlaban de los animales y flores que hacía. Es para bebés y para mujeres, decían, pero para mí era lo único en lo que podía pensar luego de la muerte de mi padre. La primera pelea que recuerdo fue a causa del origami. Había hecho una caja de papel para que Yumie pudiera guardar sus lápices y otras cosas. Luego de terminarla en la escuela, mientras regresaba a casa, un chico un año mayor que yo me la quitó y la tiró al piso para aplastarla. Ni siquiera alcé la mirada. Tomé sus piernas y lo hice caer. Mientras golpeaba su cabeza contra el suelo, recibí muchas patadas, pero no me detuve hasta que un profesor se acercó a separarnos. Estuve castigado durante casi un mes y no había ganado esa pelea, pero nadie volvió a burlarse de mi origami.

La hoja de la flor con el papel verde, los pétalos y la copa con los otros dos. Muy bien, dijo Kei cuando regresó de la cocina. Usé el palillo como tallo y até la hoja con un poco de hilo de mi camisa. ¿Cuánto te debo?, preguntó. Me quedo con los papeles y estamos a mano. Son tuyos, dijo Kei, mientras se incorporaba para salir corriendo hacia la escalera que llevaba al depósito.

¿Cómo me veo? De saco, camisa y corbata, y con un pantalón azul que nunca supe de dónde lo había robado, Kei parecía mayor. El saco y la corbata eran de Kiyoshi, en realidad de su hermano, que al morir le dejó mucha ropa. La camisa era mía ―solo la había usado en algunos funerales― y combinaba bien con el resto. Te ves muy bien, dije y Kiyoshi estuvo de acuerdo. Kei, con la flor, el regalo y la carta en sus manos, salió del depósito. Lo seguimos hasta la cubierta de segunda clase y antes de que subiera las escaleras le deseamos suerte. Lin terminaba de comer a esa hora y después daba una caminata de unos veinte minutos antes de ir a su cuarto a leer, o al menos eso aseguraba un tripulante al que le habíamos dado dos dólares. Gracias, dijo Kei mientras acomodaba una vez más el saco sobre sus hombros.

8

Las nubes cubrían el cielo y el viento soplaba fuerte. Nos inclinábamos hacia adelante para jugar a que el aire nos sostenía. Un barrilete, pensé. A Yumie, que le encantaba remontar barriletes en la plaza, le hubiese gustado. Kiyoshi dijo algo que no pude entender. Las olas se hicieron más grandes, el barco se inclinaba en todas direcciones y era difícil mantenerse en pie. Comenzó a lloviznar. Intentamos regresar al depósito, pero el suelo se levantaba y sacudía sin dejarnos avanzar. Comenzó a llover más fuerte. Un tripulante gaijin atado a una soga nos tomó de los brazos para arrastrarnos hasta los pasillos que llevaban al depósito. Otro hombre que esperaba detrás de la puerta nos ordenó bajar para dar aviso de que nadie subiera hasta nueva orden. Cerraron la puerta de acero y la manivela del seguro giró para trabarla.

El ruido que hacía el eje era insoportable. Algunos se habían atado ropa en la cabeza para no tener que taparse las orejas con las manos. Kiyoshi intentó hacer lo mismo, pero al parecer no funcionaba. Pasaron solo unos minutos y ya me dolía la cabeza. Los niños lloraban y abrazaban a sus padres, nadie podía subir a las literas superiores. Algunas lámparas cayeron estrellándose contra el piso de metal y una tubería, al romperse, comenzó a chorrear agua. Saqué la navaja para cortar una tira de mi camisa; esperaba que al poner la tela mojada en mis oídos el ruido del eje se amortiguaría. Aunque aún era insoportable, al menos no me dolía tanto. Corté otros dos pedazos para Kiyoshi, que me imitó, y juntos indicamos a quienes teníamos cerca que hicieran lo mismo, mojando los pedazos de tela que yo les daba en el agua que se juntaba en el piso. Pronto, la mayoría de la gente en el depósito usaba pedazos de telas mojadas, pero nos dimos cuenta de que cuando el agua se escurría el artilugio perdía todo efecto. Debíamos mojar la tela en forma constante, de modo que cada quien se hizo de dos pares para no quedar desprotegido cuando se secaba uno. Aunque las horas pasaron, la puerta siguió cerrada.

El ruido disminuyó junto con el movimiento del barco. El piso seguía inclinándose, pero ahora podíamos estar en pie sin tener que apoyarnos en una pared o aferrarnos a alguna cadena. Poco después, el capitán, seguido de varios tripulantes, se presentó para decirnos que había intentado comunicarse por los altavoces, pero que de seguro el ruido del eje había tapado cualquier otro sonido. Nos explicó que hacía unas horas habíamos entrado en una tormenta, que para mayor seguridad habían tenido que bloquear las compuertas y era por eso que habíamos estado encerrados. Era peligroso que entrase demasiada agua al depósito, o que algún pasajero intentara subir durante la tormenta. Una señora que viajaba en primera clase había caído del barco para ser rescatada una hora más tarde. Tuvimos suerte de que nadie más cayera y de que el barco haya quedado en tan buenas condiciones, dijo; el oleaje es intenso, les recomiendo que aten sus pertenencias y que permanezcan sentados o acostados la mayor parte del tiempo. Cuando el capitán y los tripulantes salieron por la puerta del depósito, la gente, en silencio, comenzó a ordenar las cosas que se habían desparramado por el piso. Me cambié de ropa y le ofrecí a Kiyoshi una camisa seca y un pantalón. Él se quitó su camisa y con un pañuelo secó un collar de plata que le colgaba del cuello. Le dije que para regresar con su abuela era mejor esperar a que fuera de día, que durmiera en mi cama. Yo usaría la de Kei.

Me despertaron. Kei sonreía. Ve a tu cama, dijo. Le expliqué que allí dormía Kiyoshi, y pregunté cómo le había ido. Bien. Esperaba que dijera algo más, pero se quedó mirándome y me empujó para que le hiciera lugar. Insistí, pero él repitió lo mismo: me fue bien.

Me desperté con un golpe: me había caído de la cama. Me levanté; con el eje junto a mi cabeza vi a otros hombres que también se incorporaban. Me dolía el hombro y la espalda y era extraño que no me doliera nada más: la litera colgaba a más de dos metros de altura y cualquiera podía romperse un hueso al caer desde ahí. Desperté a Kei y fui a buscar a Kiyoshi. Él también se había caído. Con la espalda golpeada, estaba sin aire pero no muy lastimado. Es mejor que vayamos ahora con tu abuela, dije. Cuando se recuperó, salimos a cubierta y vimos el cielo azul y un océano mucho más azul que el cielo. Las olas se levantaban a la altura de nuestra cubierta y rompían contra el casco. El barco escalaba una montaña tras otra, y nos detuvimos a sentir la nueva calma. Le dije a Kiyoshi que debíamos apurarnos. Cuando llegamos a la habitación, la abuela ya estaba levantada y abrazó con fuerza a su nieto, que le contó todo: el juego con el viento, el ruido que hacía doler la cabeza, las telas mojadas para tapar los oídos y cómo todos seguían nuestro ejemplo, la caída y las enormes olas azules tras las enormes olas azules. La señora me agradeció por cuidar del chico y preguntó si me quedaría a desayunar. No, gracias, quiero ver a mi amigo, dije.

9

Kei nunca habló sobre lo ocurrido aquella noche; decía que los caballeros no debían comentar esas cosas y que yo no debería preguntarle. La mayor parte del tiempo se quedaba en el depósito para conversar con el viejo del sake. No lo llames de esa forma, su nombre es Saato, dijo cuando le pregunté por qué pasaba tanto tiempo con él. No entenderías, aseguró.

Desde cubierta no se veía nada que se pareciera a una isla o a un pedazo de tierra. En el horizonte, dos tonos de azul, y de vez en cuando manchas grises o blancas. Después del desayuno buscaba a Kiyoshi para nuestra clase de inglés. Ya no podíamos jugar tenis de mesa porque el movimiento del barco hacía imposible predecir cómo rebotaría la pelota, y habían caído tantas al agua que los tripulantes decidieron no darnos más. Pasábamos la mañana juntos y por la tarde, él se retiraba a estudiar con la abuela y yo cantaba.

Cantar era lo más divertido que podía hacerse en el barco. Después de la muerte de papá, solía escaparme de la escuela para caminar por la playa o el bosque y cantar todas las canciones que conocía. A veces cambiaba las letras o inventaba unas nuevas y de ese modo aumentaba mi repertorio, no me aburría tan rápido y dejaba pasar el tiempo para no regresar a casa temprano, porque en esa época intentaba pasar la mayor parte del tiempo fuera de casa. Mamá no trabajaba y estaba todo el día en su cuarto. De vez en cuando salía para abrazarnos a Yumie y a mí, pero pronto volvía a entrar y ya no la veíamos hasta dos o tres días más tarde. Pasaron varios meses antes de que se recuperara. Solo cuando consiguió el trabajo en la Cruz Roja volvió a ser la de antes.

Los pasajeros de tercera nos dividimos en tres grupos de canto: mujeres, hombres y niños. Al principio formaba parte de los niños, pero una mujer me tomó del brazo y aseguró que debía estar en el de los hombres. Era poco lo que podíamos cantar juntos, los más chicos sabían el himno y canciones infantiles, pero no mucho más. A nosotros nos gustaban las canciones de guerra, algunas tan antiguas que ya no tenían nombre y otras que eran llamadas de forma distinta en cada pueblo. Taira, la historia de un joven que quería vengar a su padre, era la mejor. Papá siempre la cantaba cuando íbamos a la playa a bañarnos. Decía que era una historia real y que nosotros proveníamos de esa familia.

Kei, que subía de vez en cuando, se mantenía alejado del grupo y siempre se negaba a cantar, decía que su voz era mala, que arruinaría nuestras canciones. Cuando Kiyoshi lograba escaparse de las clases de su abuela, cantaba con los niños y a veces pedía que le dejara hacerlo con nosotros. Tenía muy buena voz, me contó que formaba parte del coro de su colegio y que la profesora le había dicho que sería un gran cantante. Cuando le pedí que no viniera más sin el permiso de la abuela, dijo que ella dormía por las tardes, segura de que él se quedaría en su cuarto para hacer la tarea. Una hermosa voz no va a darte un futuro en Argentina, le decía la abuela antes de irse a la cama, deberías estudiar.

Dos semanas antes de llegar a Lorenzo Márquez, una ciudad portuguesa y nuestro próximo puerto, la abuela llegó a cubierta para buscar a Kiyoshi. Los tres grupos cantábamos la historia de un amor imposible, muy parecida a un libro que la profesora Hiroko nos había traducido en clase. Unos jóvenes que pertenecen a feudos enemigos luchan por su amor. Cuando vi llegar a la abuela por el pasillo creí que mi amigo estaría mucho tiempo encerrado escuchando un largo sermón, pero no: la voz increíblemente joven de la abuela comenzó a entonar los versos en que la protagonista canta sola para declarar su amor al joven. Alguno de nosotros debía responder, pero ninguno parecía dispuesto a hacerlo. Cuando pensaba que la canción había llegado a su fin, Kei se acercó a nosotros y fue él quien cantó.

10

Saato, el viejo del sake, había perdido el brazo defendiendo mi isla. Deberías tener un poco de respeto, respondió Kei cuando le pregunté dónde conseguiría el viejo tanto sake. Entonces supe que la botella siempre estaba llena de agua, que actuaba como un borracho porque no le gustaba estar con otras personas. Algunas veces me sumaba a ellos en el depósito para escuchar las historias del viejo, historias de guerra. Cuando estaba en la escuela, el director solía entrar a clase para informar sobre los logros de nuestros hombres: batallas que parecían perdidas y en las que siempre nos encontrábamos en desventaja terminaban por ser victorias heroicas, siempre estábamos a punto de ganar la guerra y de hacer que los americanos se arrodillaran ante el emperador. Y al final, sin que hubieran anunciado una sola derrota, nos rendimos.

Mientras tu querido director estaba en su casa, cientos de sus alumnos eran enviados al frente, dijo Saato, cuando le comenté lo que sucedía en la escuela. Chicos de tu edad morían a mi alrededor, pero las órdenes nos obligaban a seguir resistiendo. Algunos luchaban solo con varas de bambú y se lanzaban al enemigo como si fueran invencibles. Corríamos hacia las ametralladoras solo para morir y para ver morir a otros. Al fin nos empujaron hasta las cuevas, ¿conocen el lugar?, preguntó. Sí, Tatsuo y yo habíamos entrado una vez. Meses antes de la rendición las clases se habían suspendido y no se reanudaron hasta dos meses más tarde. Habían organizado grupos de estudio que se reunían en las casas de familia. Yo no asistía a esas clases, prefería caminar por los que habían sido campos de batalla y recoger los equipos abandonados en el lugar. En una de esas caminatas llegamos a las cuevas. Eran túneles cavados en granito y habían sido el refugio de nuestros soldados. Vimos cómo semanas después de la última batalla aún sacaban cuerpos y cómo los amontonaban en fosas comunes. Un camión arrojaba tierra y escombros sobre ellos y luego pasaba por encima del montículo para alisar el suelo. Había familias enteras refugiadas con nosotros, siguió contando Saato. Nuestra última resistencia fue quemada por los lanzallamas de los americanos. Muchos hombres se hacían matar por sus amigos, y otros formaban grupos para soltar una granada que los liberaría de caer prisioneros; las familias se suicidaban juntas: formaban un círculo alrededor de una pequeña mina que el padre se encargaba de activar. Los que pudieron escapar de las cuevas se lanzaron al acantilado al ver los tanques que se acercaban. Los menos afortunados fuimos capturados y llevados al campo de concentración.

Recordé a Tsuguio, un chico cuatro años mayor que yo que asistía a mi escuela. Él solía molestar a todos y le gustaba pelear a la salida del colegio. Era bastante robusto y ganaba casi siempre. Algunos se reían de él porque era gordo y en cierto sentido torpe, claro que lo hacían cuando Tsuguio no los podía escuchar. Un día fue llamado junto con otros chicos del mismo año para que fuese al patio. Se habían formado en dos filas y un hombre mayor les entregaba un rifle, un casco, una mochila y otras cosas. Tsuguio no esperó a recibir su equipo, intentó escapar corriendo, pero no era muy rápido y un soldado lo alcanzó antes de que pudiera salir del colegio. Nadie volvió a ver a los chicos que habían formado aquellas dos filas.

Una semana antes de llegar a puerto, Kei fue a buscarme a cubierta; llevaba algo envuelto en papel y pidió que lo acompañara abajo. Le pregunté qué haríamos en el depósito, pero no respondió. Cuando llegamos a su litera abrió la bolsa y sacó una botella: era sake. ¿Dónde la conseguiste?, pregunté. No importa, dijo y preguntó si tomaría con él. Como Kiyoshi es muy chico pensaba compartirla con Saato, pero después pensé que tal vez querías dejar de ser un niño y compartir la botella con nosotros, dijo mientras sacudía el sake frente a mí. Acepté, pero luego, cuando fuimos a verlo, Saato nos sorprendió: prefería seguir con su botella de agua. Esperamos que se hiciera de noche para subir a cubierta. Abrí la botella con mi navaja y le ofrecí a Kei el primer sorbo. Luego de tomar un trago largo dijo que estaba muy bien, que era mejor tomar mucho y que el líquido pasara rápido por la garganta. Le hice caso y no pude evitar escupir la mitad del sake. Tosiendo y de rodillas, lo insulté. Sin dejar de reírse, me sacó la botella de la mano. Tendré que enseñarte a tomar, dijo.

El depósito se encontraba más lejos de lo que recordaba. Sabía que para ir desde la cubierta debía mantener una mano apoyada sobre la pared derecha y luego de bajar las escaleras, dejarla sobre la de la izquierda. Había aprendido este truco después de los primeros días de tormenta, cuando varias lámparas habían caído y muchos de los pasillos se encontraban a oscuras. Pasé por muchos lugares, pero nunca llegué al depósito. Kei me había dejado solo para buscar otra botella y dijo que no lo acompañara porque yo estaba demasiado borracho como para caminar. Me sostuve aferrándome de un picaporte y vomité. La puerta se abrió, caí de rodillas y manché mi pantalón con la comida de la cena. En la habitación oscura, mamá recitaba un poema de amor.

Me incorporé y todo comenzó a girar. El eje se doblaba y retorcía como una soga. A veces la litera estaba debajo y otras por encima. Cuando intenté poner los pies sobre el piso, solo encontré aire. Mis piernas cedieron al toparse con algo sólido, me golpeé la cara con la rodilla derecha, me mordí la lengua y mi nuca resonó contra una litera. Usé el truco para llegar a cubierta y esta vez funcionó. Inclinado sobre la barandilla, Kei me miró sorprendido cuando lo saludé. Se limpió la boca con la manga para luego preguntarme cómo había dormido. No tendrías que haberme dejado solo, dije, pudo haberme pasado algo, pude haber caído al agua. Él respondió que era yo el que lo había abandonado. Al regresar con otra botella yo ya no estaba, él me buscó en el depósito y tampoco me encontraba allí, me buscó por todo el barco y cuando se fue a dormir, yo ya estaba acostado en mi litera. No sé cómo llegué, dije, lo único que recuerdo es haber soñado con mi madre y ahora tengo mucha sed. ¿No te duele la cabeza?

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9789878670539
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