Kitabı oku: «La nada oscura»

Yazı tipi:

LA NADA OSCURA


MEG GARDINER

Traducción de

Ana Herrera


Título original inglés: Into the Black Nowhere.

Autora: Meg Gardiner.

© Meg Gardiner, 2018.

© de la traducción: Ana Herrera, 2019.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: junio de 2019.

REF.: ODBO535

ISBN: 978-84-9187-448-5

GAMA, SL · FOTOCOMPOSICIÓN

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Todos los derechos reservados.

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EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

PARA DAVID LAZO

Nosotros, los asesinos en serie, somos vuestros hijos,

vuestros maridos; estamos por todas partes.

TED BUNDY

1

El llanto perforó las paredes y resonó en la oscuridad. Shana Kerber se despertó y entrecerró los ojos para mirar el reloj. La una menos cuarto de la madrugada.

Su voz sonó como un suspiro.

—¿Ya?

Se acurrucó un minuto más bajo el edredón, deseando volver a sumergirse en el calor y el sueño. «Cállate, Jaydee. Por favor». Pero el llanto del bebé se intensificó. Era un llanto intenso, totalmente despierto, que decía: «Tengo hambre».

La noche era muy fría. A principios de febrero, el viento del norte barría Texas. Silbaba a través de las grietas de la granja, haciendo temblar las puertas en sus marcos. Shana rodó hacia un lado. El otro lado de la cama estaba frío. Brandon no había vuelto a casa todavía.

Durante unos segundos más, Shana se quedó quieta, dolorida por la fatiga, esperando que Jaydee se tranquilizara. Pero seguía llorando con desesperación. Tenía diez meses y seguía despertándose dos veces cada noche. La madre de Shana juraba que las cosas mejorarían. Llevaba meses diciéndolo. «¿Cuándo, mamá? Por favor, ¿cuándo?».

—Ya voy, cariño —murmuró Shana.

Retiró las mantas, se apartó el pelo enmarañado de la cara y salió trabajosamente del dormitorio. El suelo de madera crujía bajo sus pies desnudos. El llanto de Jaydee era cada vez más claro.

Después de haber avanzado un par de metros por el pasillo, Shana aminoró la marcha. El llanto no provenía de la habitación de la niña.

La casa estaba completamente a oscuras. Jaydee era demasiado pequeña para salir sola de su cuna.

Shana encendió la luz del pasillo. La puerta de la habitación de la niña estaba abierta.

Le pareció que una astilla de hielo se le clavaba en el pecho. En el otro extremo del pasillo veía el salón. En el sofá, medio iluminado por la luz del pasillo, un desconocido estaba sentado con su hijita en el regazo.

La astilla de hielo se hundió más en el pecho de Shana.

—¿Qué está haciendo aquí?

—No se preocupe. Soy amigo de su marido. —La cara del hombre quedaba en las sombras. Su voz era serena..., casi amable—. Estaba llorando. No quería despertarla.

Parecía totalmente relajado. Shana fue acercándose despacio al salón. Miró hacia fuera, a la ventana delantera. Había luna llena. Un monovolumen estaba aparcado fuera. Un letrero colgaba de la ventanilla trasera.

—¿Es eso...? —Lo miró de arriba abajo—. ¿El ejército? ¿Es usted...?

La niñita se retorció en los brazos del hombre. Él la sujetó.

—Es una muñequita.

Hizo cosquillas a Jaydee y la hizo hablar. Shana intentó verle la cara, con gran esfuerzo. Los ojos seguían en sombras. Algo le impedía encender la luz de la mesa.

«¿Es un amigo de Brandon?».

Shana tendió las manos.

—Yo la cogeré.

El viento batía las ventanas. El hombre seguía sonriendo. Aunque no podía verle los ojos, Shana tenía la certeza, instalada en sus tripas, de que la estaba mirando.

Dio unos pasos hacia delante. Estaba a casi tres metros de él. Fuera de su alcance.

—Deme a Jaydee.

Él no lo hizo.

Ella tenía las manos abiertas.

—Por favor.

Jaydee se retorcía en brazos del hombre. Sus piernas gordezuelas se movían como pistones. El corazón de Shana latía con fuerza. Vio el poder en las manos del hombre, y supo que no podía abalanzarse sobre él sin más.

La escopeta estaba debajo de su cama. Cinco segundos sería lo que le costaría correr a la habitación, cogerla y volver al vestíbulo. Era del calibre doce. Estaba cargada.

Y sería inútil, porque aquel hombre apretaba a su hijita contra su pecho. Respiraba con dificultad, como una tela desgarrada por un clavo.

Avanzó un poco más.

—Tráigala aquí.

Durante unos segundos, él siguió balanceando a Jaydee. Llorando, la niñita tendía los dedos separados hacia Shana.

—Quiere a su mamá —dijo el hombre—. Eeeh, vamos...

Shana se quedó muy quieta, con los brazos extendidos.

—Deme a mi hija.

La sonrisa se puso tensa. El hombre dejó a Jaydee con suavidad a su lado, en el sofá.

Antes de que Shana pudiera coger aire, él bajó los hombros y se preparó. Estaba en movimiento cuando la luz finalmente le dio en los ojos.

El reloj del salpicadero marcaba la una y media de la madrugada cuando Brandon Kerber entró en el camino de grava. La camioneta rebotó en las rodadas, en el estéreo sonaba Chris Stapleton. Brandon iba silbando. Aquella salida de sábado noche tan poco habitual había salido redonda: un partido de los San Antonio Spurs con amigos de su época del ejército. Cogió la curva más allá del bosquecillo de cedros y la casa quedó a la vista.

—¿Qué...?

La puerta delantera estaba abierta.

Brandon aceleró el F-150 y paró junto a la casa. Las ventanas reflejaban la luz de los faros de la camioneta como ojos desorbitados. Bajó de un salto. Con el viento, la puerta golpeaba contra la pared. Un sabor ácido le quemaba la garganta. Aquel sonido tan fuerte habría despertado a Shana. Dentro de la casa a oscuras, oyó un sonido quejoso.

Un llanto.

Brandon entró corriendo. El salón estaba frío. Los faros del coche proyectaban su sombra por delante de él, en el suelo, como una espada. El llanto seguía oyéndose. Era la niña.

Jaydee estaba acurrucada en el suelo. Él la recogió.

—¿Shana?

Encendió un interruptor. La luz del salón se encendió, neta, limpia, y vacía.

Los ojos de Jaydee estaban enrojecidos. Estaba exhausta de tanto llorar. La apretó contra su pecho. Sus llantos disminuyeron hasta convertirse en patéticos hipidos.

—Shana...

Brandon corrió al dormitorio con la niña y encendió la luz. Dio la vuelta y recorrió el vestíbulo, y miró en la habitación de la niña. Y en la cocina. El garaje. El porche trasero.

Nada. Shana había desaparecido.

Se quedó de pie en el salón, agarrando a Jaydee y diciéndose: «Ella está aquí, lo que pasa es que no la encuentro».

Pero la verdad se abatió sobre él. Shana había desaparecido.

Era la quinta.

2

Las primeras sombras de la mañana atravesaban la carretera. El sol brillaba, dorado, a través de los pinos. Caitlin Hendrix aceleró y metió su Highlander en los terrenos de la Academia del FBI, en Quantico.

Por debajo de su abrigo negro, sus credenciales estaban sujetas en el lado izquierdo del cinturón. Llevaba la Glock 19M enfundada a la derecha. El mensaje de su teléfono decía: «Solace, Texas».

Caitlin salió del coche y el viento helado le apartó el pelo rojizo de los hombros. El viento de Virginia le recordaba constantemente que era una forastera allí. Le gustaba que fuera así. La mantenía en vilo.

Pasó por la puerta y se dirigió a la Unidad de Análisis de Conducta.

El mensaje decía: «Sospecha de secuestros en serie».

Las personas con las que se cruzaba Caitlin caminaban más rápido que los detectives con los que había trabajado en el pasado, en la oficina del sheriff de Alameda. Doblaban las esquinas mucho más deprisa. Echaba de menos a sus colegas de la Zona de la Bahía... Su orgullo y su camaradería. Pero le encantaba ver «FBI» en sus credenciales, con las palabras «Agente Especial» bajo su nombre.

Los teléfonos sonaban. Más allá de las ventanas, las paredes de cristal azul del complejo del laboratorio del FBI reflejaban el sol naciente.

Caitlin se acercó a su escritorio en la UAC-4, donde actualmente era una de las cuatro agentes y analistas asignadas a Crímenes contra Adultos. Dio los buenos días a sus colegas a medida que fueron llegando. Todos ellos habían recibido el mismo mensaje.

La Unidad de Análisis de Conducta era un departamento del Centro Nacional para el Análisis de Crímenes Violentos del FBI, una sucursal del Grupo de Respuesta Crítica a Incidentes. Su misión implicaba investigaciones inusuales o crímenes violentos y repetitivos. «Respuesta crítica a incidentes» quería decir que, cuando un caso caliente llegaba a la UAC, el grupo actuaba rápido, porque el tiempo apremiaba y había personas en peligro.

Como aquel día, por ejemplo.

Apenas había tenido tiempo de quitarse el abrigo cuando se abrió la puerta de un despacho, al fondo de la sala.

—No se ponga cómoda.

La gente levantó la vista.

El agente especial a cargo C. J. Emmerich se dirigió a ellos.

—Han desaparecido cinco mujeres en el condado de Gideon, Texas, en los últimos seis meses. La última fue hace dos noches. Las víctimas desaparecen los sábados por la noche. Y el periodo entre secuestros está disminuyendo.

La mirada de Emmerich recorrió la sala y recayó en Caitlin.

—Escalada —dijo ella.

Él asintió brevemente.

—Las similitudes entre los secuestros indican que nos estamos enfrentando a un único criminal. Alguien que se está volviendo más atrevido, más confiado.

Emmerich era su mentor oficial como agente de entrenamiento. Era un analista de perfiles legendario e irradiaba tanta autodisciplina que la ponía nerviosa. Solemne, intenso, atacaba los casos como un halcón se lanza sobre su presa. Cuando caía en picado para matar, sus garras eran afiladas.

—La oficina del sheriff del condado de Gideon ha requerido nuestra ayuda —dijo.

Su ayudante se puso de pie y les pasó unos expedientes. Caitlin hojeó el suyo.

«Escalada». Examinó las páginas del expediente buscando exactamente lo que aquella palabra podía significar en este caso.

Ya no era una novata, pero todavía estaba buscando su sitio como elaboradora de perfiles de criminales. Tenía la experiencia y los instintos de un policía, estaba aprendiendo a interpretar las pruebas de la escena del crimen, de los forenses y de la victimología para construir un retrato del perpetrador. Los perfiles se basaban en la comprensión de que todo en la escena de un crimen cuenta una historia y revela algo del criminal. La UAC estudiaba la conducta de los criminales para descubrir cómo pensaban, predecir si iban a aumentar el ritmo y cogerlos antes de que pusieran a otras personas en peligro.

—A las víctimas las han secuestrado en lugares públicos y en su propia casa —explicó Emmerich—. No hay testigos, y hasta ahora, ninguna prueba forense decisiva. Tal y como lo ha expresado el sheriff, sencillamente, han desaparecido.

«Desaparecidas». Los ojos de Caitlin se vieron atraídos hacia el retrato robot sujeto con alfileres encima de su escritorio.

Varón blanco, veintitantos años. El retrato plasmaba su mirada de ojos rasgados y su aire amenazante y relajado. Había pasado a su lado en un bar de motoristas en California. Más tarde, en aquel túnel oscuro, crucificó su mano con una pistola de clavos.

El software de reconocimiento facial del FBI no podía identificarlo. Era el Fantasma: un asesino, un traidor, un susurro por teléfono. Había ayudado al asesino en serie conocido como el Profeta a asesinar a siete personas, incluyendo a su padre.

Había prometido que se volverían a ver. Ella estaba esperando su llamada.

Pero eso no podía distraer su atención aquella mañana.

Pasó una página más en el expediente y vio una foto: una mujer de veintitantos años, solo unos años más joven que ella. Con los ojos vivaces, una sonrisa muy segura, el pelo rubio.

Shana Kerber. Caitlin se detuvo a contemplar la foto, deseando poder decirle: «Aguanta. Hay gente buscándote». Emmerich prosiguió:

—Han pasado veintinueve horas desde el último secuestro. Los locales nos necesitan en el escenario mientras exista una posibilidad significativa de encontrar a esta víctima viva. Y, si podemos encontrarla, quizá exista una oportunidad de salvar a las demás.

Señaló a Caitlin y a otra agente. El pulso de Caitlin se aceleró un poco.

—Cojan la maleta. El vuelo sale de Dulles para Austin a las diez y media.

3

Solace se encuentra a medio camino de Austin y San Antonio, a los pies de la zona montañosa de Texas, rebanado en su parte más oriental por la interestatal 35. Caitlin y el equipo conducían por ella bajo un blanco sol invernal.

Caitlin había estado solo una vez en Texas, de niña. Recordaba haber pasado horas en coche por unos espacios vacíos y enormes. Desde entonces, el corredor de la I-35 se había convertido en una franja de unos ciento cincuenta kilómetros de centros comerciales, venta de coches y bloques de apartamentos. Pero cuando salieron de la autopista el mundo de la comida rápida dejó paso al paisaje abierto: robles, cedros, caminos de tierra, ganado pastando detrás de unas alambradas... Caitlin dijo:

—Mucho verde, pocas farolas encendidas. En Solace vivirán..., ¿qué?, ¿cuatro mil personas?

Al volante del Suburban que habían cogido prestado en la oficina local del FBI, la agente especial Brianne Rainey parecía imperturbable detrás de sus gafas de sol.

—Cuatro mil trescientas.

En el asiento de atrás, Emmerich tenía la cara metida en un expediente.

—El condado de Gideon está escasamente poblado. Pero San Antonio es la séptima ciudad más grande de Estados Unidos. —Miró hacia el paisaje—. No lo parece, pero Solace se considera parte de una megarregión urbana.

Rainey le echó una ojeada por el retrovisor.

—El triángulo de Texas. San Antonio, Houston, Dallas-Fort Worth.

Él asintió.

—Ciudades enormes mezcladas con extensiones rurales.

Lo que quería decir en realidad era: decenas de miles de posibles sospechosos, y millones de hectáreas en las que se podían esconder. Pasaron junto a una torre en la que habían pintado: SOLACE, SEDE DE LOS BLACK KNIGHTS. Buzones de correo con la forma de Texas.

—Las estrellas por la noche son grandes y brillantes —dijo Caitlin.

Rainey sonrió brevemente.

—Y los coyotes aúllan en el camino. —Su anillo de la Academia de las Fuerzas Aéreas relampagueaba al sol. Su rostro volvió a su reserva impasible.

Rainey era tan experta a la hora de mantener esa pose imperturbable que Caitlin no sabía si era una habilidad innata o bien una máscara cuidadosamente preparada. Tenía treinta y nueve años, afroamericana, casada y con unos gemelos de diez años. Llevaba las largas trenzas echadas hacia atrás y sujetas en una cola de caballo alta. Era reflexiva y sincera. Caitlin estaba aprendiendo que, si Rainey la desafiaba, normalmente era por una buena razón. Llevaba diez años en el FBI, y tres en la UAC. Rainey se hacía con todas las escenas del crimen en las que había trabajado. Tenía una habilidad que intimidaba. Algo que Caitlin quería aprender.

El instituto de Solace pasó por delante de sus ventanillas. Campos de deportes, luces de estadio. En el gimnasio se veía pintado un caballero de seis metros de alto con un caballo de guerra tras él.

Emmerich fue pasando las hojas del expediente.

—La base de la economía de la ciudad es agrícola. Tres bancos, doce iglesias. El instituto acoge al setenta por ciento de los alumnos en edad escolar.

—¿Y el otro treinta por ciento? —preguntó Caitlin.

—Les enseñan en casa —respondió él—. Shana Kerber se graduó en el instituto, igual que las otras dos víctimas. La mayoría de la gente de Solace conoce a esas chicas. Quizá el culpable las conociera también.

En Main Street, la acera estaba vacía. Pasaron junto al Red Dog Café. La ferretería Solace. Betty’s, animales de compañía. La vida a la velocidad de las tortugas.

—Muchísimos sitios donde el raptor podría esconder a sus víctimas —dijo Rainey.

Pasaron velozmente por delante de unos postes de teléfonos, cubiertos de pasquines que se agitaban. Habían transcurrido treinta y seis horas desde que desapareció Shana Kerber. Con cada hora que pasaba, la probabilidad de encontrarla con vida iba cayendo de manera vertiginosa.

—Las calles están demasiado tranquilas —dijo Caitlin.

—Una ciudad pequeña —añadió Rainey.

—Una ciudad asustada.

Aparcaron el coche junto a la oficina del sheriff del condado de Gideon.

La comisaría era del tamaño de un McDonald’s. Fuera, la bandera con la estrella solitaria ondeaba al viento, bajo las barras y estrellas. Caitlin llevaba el abrigo desabrochado, y el frío penetró a través de su fino jersey negro. Dentro, el linóleo muy desgastado y el tablero en el que se encontraban las fotos de los Diez Más Buscados le resultaron agradablemente familiares. El recepcionista que estaba detrás del mostrador les examinó a los tres con mordacidad.

Emmerich sacó sus credenciales.

—AEC Emmerich, deseo ver al comisario Morales.

Morales salió de un despacho que estaba al fondo del vestíbulo.

—Agentes especiales. Muchas gracias por venir. Estamos todos manos a la obra.

Morales era muy robusto y llenaba bien la camisa de su uniforme marrón. El subjefe de policía de Solace llevaba vaqueros y unas botas camperas viejas. Detrás de sus gafas sin montura, sus ojos castaños eran muy agudos. Les condujo hasta una habitación trasera, atestada de escritorios, que servía como Departamento de Investigación de la comisaría. En una pared, los tableros de corcho estaban cubiertos de fotos de veinte por veinticinco centímetros.

Eran las mismas fotos que había visto Caitlin en el camino hacia Solace, clavadas en postes de teléfono y pegadas con cinta adhesiva en el interior de la ventana del Red Dog Café, y plastificadas en la verja metálica que rodeaba el instituto.

Mujeres rubias y jóvenes con aspecto de animadoras deportivas. Las cinco que habían desaparecido.

Se acercó al tablero.

—Desde luego, elige un tipo de mujer.

—Sí —dijo Rainey—. Texanas.

Morales se frotó un poco la nariz, molesto, al parecer. Rainey levantó una mano conciliadora. Explicó:

—Yo fui al instituto Randolph de San Antonio. Mi padre estaba destinado en la base.

Caitlin se acercó al tablero.

KAYLEY FALLOWS, 21. El 25 de agosto; 23:45. Red Dog Café.

HEATHER GOODEN, 19. El 17 de noviembre; 23:10. Campus occidental de la Gideon Western.

VERONICA LEES, 26. El 29 de diciembre; 22:15. Cine Gideon Gateway 16.

PHOEBE CANOVA, 22. El 19 de enero; 12:15. Main Street, Solace.

SHANA KERBER, 24. El 2 de febrero; 01:00 (aprox.). Residencia.

Emmerich se volvió hacia el comisario.

—Hemos leído el expediente. Díganos qué más sabe.

Morales se acercó al tablero de corcho.

—Las chicas estaban, y poco después, habían desaparecido. Empezando con Kayley Fallows.

La chica de la foto tenía el pelo rubio del sol y una sonrisa coqueta.

—Salió por la puerta de la cocina, al final de su turno del Red Dog Café. El cocinero que estaba fumando la vio alejarse. Le hizo una broma, vio que ella le saludaba por encima del hombro. O quizá lo mandó a freír espárragos. Era una chica muy descarada. Es. —Se puso tenso—. Atravesó el aparcamiento que hay detrás el café, salió de la zona iluminada y desapareció. Hemos investigado al cocinero, a todo el personal. A todos los clientes que pudimos identificar.

Dio unos golpecitos en otra foto: Heather Gooden, retratada con el uniforme de las animadoras del instituto de Solace.

—Heather salió por la puerta delantera de su residencia. Tenía que atravesar cincuenta metros por el patio de la facultad hasta la cafetería. —Su voz se volvió ronca—. No llegó.

—Parece que conocía usted a Heather —dijo Emmerich.

—Era amiga de mi hija desde que iban a la guardería. Ha sido un golpe duro.

Morales se aclaró la garganta y continuó:

—Veronica Lees. Fue a los multicines con una amiga suya. Cuando la película estaba a medias, salió al puesto de chucherías... y no volvió.

La joven lucía una enorme sonrisa, su pelo era también muy frondoso, y llevaba una enorme cruz con una cadena al cuello, oro en contraste con su blusa rosa.

—El expediente indica que hay imágenes del circuito cerrado de televisión —dijo Emmerich.

Morales se sentó a su escritorio y puso en marcha un vídeo. En baja resolución y en color, vieron a Veronica Lees aparecer con el monedero en la mano, caminando rápidamente a través del atestado vestíbulo hasta el mostrador. Compró una caja de Junior Mints, luego volvió a atravesar la multitud. Dobló una esquina hacia un pasillo.

Morales detuvo el vídeo.

—Eso es todo. No volvió a su butaca.

Era espeluznante. Sencillo. Estaban, ya no estaban.

—¿Puede ponerlo otra vez? —preguntó Caitlin.

Esta vez, Caitlin se concentró en la multitud que llenaba el vestíbulo, fijándose en si alguien prestaba atención de una manera obvia a Veronica Lees. Nada le saltó a la vista. Pero había docenas de personas en la pantalla. Necesitaba tiempo para examinarlo todo de manera analítica.

—¿Puede enviármelo?

Él asintió.

Rainey preguntó:

—¿Hay vídeos del exterior?

—Me temo que no —respondió Morales.

Emmerich examinó la foto de Lees.

—¿Algún asunto personal?

—Investigamos —dijo Morales—. Pero no ha contactado con ningún amigo ni pariente. Las tarjetas de crédito y de débito no se han usado desde aquella noche. Veronica dejó su bolso en el asiento cuando fue al puesto de chucherías. Y su marido no se inventó ninguna historia de que ella se fuera con un amante, como hizo ese idiota de Austin hace un par de años. —Y señaló con la cabeza en dirección a la capital del estado, al norte.

Emmerich pasó junto a los tableros y cruzó los brazos.

—George de la Cruz.

Morales asintió.

—Acabó siendo condenado por asesinato, aunque su mujer nunca apareció.

Un hombre entró por la puerta como si fuera un defensa de fútbol americano, embistiendo hacia ellos. Le estrecharon la mano.

—Detective Art Berg. Ustedes son los de los perfiles.

Emmerich se volvió hacia el tablero de corcho. Dio unos golpecitos en la foto de la cuarta víctima. Era una jovencita delgada, con el pelo teñido de rubio y bastante greñudo. Las raíces negras. Una gargantilla con un corazón, y una camiseta de tirantes sucia. Era una foto del archivo policial. Dijo:

—Hábleme de la experiencia de Phoebe Canova en el sistema.

—Arrestos por prostitución y posesión de metanfetamina. Ambas cosas relacionadas —dijo Berg—. Detuvo su coche en un cruce de ferrocarril. Cuando pasó el tren, su coche estaba vacío. —Sus labios se apretaron—. Tiene un bebé de dieciocho meses. Un niño que se llama Levi.

—¿Un chulo? —inquirió Rainey—. ¿Ligues?

—Estamos investigando ambas cosas —le respondió Berg—. Pero en esos círculos la gente se niega a hablar.

—Creen que hizo algo y la mataron. Y que si hablan con la policía se pondrán ellos mismos una diana encima.

—Básicamente —dijo Berg—. Miedo a las represalias.

—¿Han desaparecido otras mujeres implicadas en la prostitución?

—En los últimos dos años, en San Antonio, sí. Pero no han sido como esto.

Rainey dijo:

—¿Alguna de las víctimas, además de Phoebe Canova, tomaba drogas, que se sepa?

Berg negó con la cabeza.

—La vida de Phoebe se iba por el retrete. Un caso triste. —Cruzó los brazos—. Pero no quiero quitarla del tablero. No quiero culpar a la víctima. ¿Cómo iba vestida? ¿Por qué salió tan tarde? No.

Emmerich se volvió, tenso.

—Nosotros tampoco. Pero tenemos que investigar la victimología del sospechoso desconocido.

«Sospechoso desconocido» era el término que usaba el FBI para el sujeto no conocido de cualquier investigación criminal. Emmerich señaló hacia las fotos.

—¿Por qué eligió el secuestrador a esas mujeres? Entender eso nos ayudará a estrechar la búsqueda del criminal.

El comisario Morales asintió. Se quedó un poco abatido. Caitlin se imaginó por qué: porque Emmerich había dicho «el» criminal. «El» sospechoso. Había dado carta de naturaleza a la convicción de Morales de que todas aquellas desapariciones estaban relacionadas.

El detective Berg les miró con los ojos cansados.

—Y ahora Shana.

—¿Qué relación hay entre las víctimas? —pregunto Caitlin.

Morales se balanceó un poco sobre los tacones de sus botas.

—Tres de ellas se graduaron en el instituto de Solace, pero no se conocían. Aparte de eso, lo que las une es que las cogieron a todas un sábado por la noche, tarde.

Emmerich miró al comisario.

—El intervalo decreciente entre desapariciones es una señal peligrosa.

Morales se pasó una mano por el pelo.

—Esto tiene a toda la ciudad en vilo. La gente habla, piensa que hay elementos ocultistas implicados.

—¿Como si fuera algo satánico? —preguntó Caitlin.

—Solace es una ciudad religiosa. La idea de que alguien se lleva a mujeres para propósitos rituales...

—Pero no han encontrado prueba alguna de ello.

Morales negó con la cabeza.

—Ni una.

No dudó de él. Las muertes por rituales satánicos eran una leyenda urbana, no una epidemia.

Berg dijo:

—El problema es que han desaparecido sin más. No hay ninguna prueba.

Emmerich se volvió.

—Eso no es exacto. Podemos examinar toda la vida de las víctimas. Y tenemos las cosas que dejaron. —Y dio unos golpecitos en el tablero.

—El coche de Phoebe —dijo Berg.

—Y el bebé de Shana. —Emmerich se volvió hacia Caitlin y Rainey—. Vayan ustedes dos a casa de Kerber. Luego, a la escena donde se encontró el coche de Canova.

—Sí, señor —asintió Caitlin.

Morales le dijo a Berg que fuera con ellas.

—Examine todo lo que dejaron atrás, hasta las moléculas de aire. Ya sé que lo ha examinado todo meticulosamente, pero vuelva a hacerlo. Shana está en algún sitio por ahí y se nos está acabando el tiempo para devolverla a casa.

4

A la luz de la tarde, la granja donde vivían Shana y Brandon Kerber parecía muy pintoresca. Un columpio colgaba junto a la ventana principal. Más allá de los cedros y las lantanas que corrían por el borde de su terreno, se veían unos bloques de pisos nuevos. Cuando Caitlin y Rainey salieron del Suburban del FBI, oyeron el tráfico distante de la I-35.

El detective Berg salió de un Caprice bastante viejo.

—Brandon está en casa de su familia, con la niña.

—Nos gustaría hablar con él. Nos ayudaría mucho a desarrollar la victimología —explicó Rainey.

—Es una palabra muy pija para indicar que quieren husmear en la vida de Shana.

—Si conseguimos averiguar por qué se eligió a las mujeres secuestradas, eso nos ayudará a comprender mejor la psicología del culpable. Y podremos elaborar un perfil —dijo ella—. ¿Tiene enemigos Shana? ¿Alguien que quiera hacerle daño?

—Nadie. Ya lo he preguntado.

—¿Le mencionó ella a alguien que la vigilaran o la siguieran en los últimos meses? ¿Alguien que la hiciera sentir incómoda?

—Brandon dice que no. También dicen lo mismo los padres de Shana.

Caitlin notó el viento en su espalda.

—¿Y qué dicen ellos de Brandon?

La mirada de Berg fue incisiva.

—Pues que le tienen mucho cariño. Y tiene una coartada más sólida que una piedra. Estaba en la cancha de baloncesto de los San Antonio Spurs, apareciendo en el Jumbotron, cuando desapareció Shana. —Las acompañó hasta el porche—. Todos están hechos polvo.

Caitlin no había querido que su pregunta sonara fría..., solo exhaustiva. Los investigadores tienen que evaluar las situaciones de manera analítica. No pueden dejar que la compasión les nuble el juicio. Pero, de igual modo, tienen que protegerse para no acabar hastiados. Cuando Caitlin era policía callejera, tenía que hacer esfuerzos para no volverse demasiado cínica y suspicaz, y empezar a ver a todo el mundo como posibles delincuentes..., incluso estando fuera de servicio, en los cumpleaños de los niños. Los oficiales de policía tienden a creer mucho en la autoridad. Algunos oficiales tienen que esforzarse mucho para separar el poder de la insignia de su anhelo de control.

La intimidación era como una droga. Pero el control era una ilusión.

Y en aquel preciso momento, Caitlin no sentía que llevara las riendas de aquel caso, ni que tuviera una visión clara de lo que estaba pasando. Se sentía más bien como un tigre acechando entre la hierba alta, camuflado por sus rayas.

La cinta amarilla de la escena del crimen atravesaba la puerta delantera de los Kerber. Berg la cortó con una navaja. Dentro, la calefacción estaba apagada, y la luz amarillenta pasaba oblicua entre las persianas e iluminaba el oscuro suelo de madera. La casa tenía un aspecto vacío y triste.

Caitlin examinó la puerta.

—¿Señales de una entrada forzada?

Berg negó con la cabeza.

—Brandon insiste en que Shana siempre cerraba la puerta, pero ¿quién sabe?

Examinó el pasador y la cerradura de golpe.

—Esta cerradura es muy débil, se podría abrir con una tarjeta de crédito.

Rainey dijo:

—Quizá fue Shana quien abrió.

—Cuando Brandon llegó a casa, solo estaba encendida la luz del pasillo —dijo Berg—. Si Shana hubiese abierto la puerta, creo que habría encendido una luz en el salón.

Caitlin dio la vuelta a la habitación, despacio.

—Algo la despertó.

—La bebé. —La mirada de Rainey barrió todo el espacio—. ¿Los Kerber tienen armas de fuego en casa?

—Una escopeta —dijo Berg—. La encontraron debajo de su cama.

—¿Cargada? —quiso saber Caitlin.

Él asintió.

Rainey frunció el ceño.

—La niñita ya gatea, ¿no?

Berg no dijo nada. Caitlin nunca dejaría un arma cargada sin seguro, y mucho menos al alcance de un niño que gatea. Por la forma desaprobadora en que Rainey movió la cabeza, supo que ella tampoco lo haría.

—¿Alguna huella en el arma? —preguntó Caitlin.

—Las de Brandon y las de Shana —respondió Berg—. Ninguna más.

Rainey se dirigió hacia el vestíbulo.

—Shana no advirtió peligro.

—No —dijo Caitlin—. De lo contrario habría salido de ese dormitorio empuñando la escopeta, y le habría impedido entrar en el cuarto de la niña. —Echó una mirada al dormitorio principal—. No sabemos lo que sacó a Shana de la cama, pero literalmente la desarmó.

—El tipo era hábil, silencioso y rápido —intervino Rainey—. Y solo dejó una cosa de esta casa fuera de su sitio.

El viento hacía traquetear la puerta, y se deslizaba por los aleros. Caitlin recordó la declaración escrita que hizo Brandon Kerber, en la que describió la escena que se había encontrado al llegar a casa. Notó un escalofrío.

—La bebé —dijo.

Rainey asintió.

—Tenía un plan, y para él usó a una niña de diez meses. Como señuelo, o como prenda de intercambio, o para poder dominar a Shana. Es un depredador calculador y sin escrúpulos.

5

En Solace, en el cruce del ferrocarril donde había desaparecido Phoebe Canova, Caitlin y Rainey aparcaron y caminaron hacia las vías.

Bajo el sol brillante, el cruce parecía normal y corriente, y, quizá debido a eso mismo, extrañamente amenazante. «Era espeluznante. Sencillo. Estaban, ya no estaban». Las vías atravesaban Main Street y corrían hacia el sur, entre matorrales. El tráfico de vehículos era esporádico. Una camioneta marrón que tiraba de un tráiler con caballos atravesaba las vías, traqueteando. Al pasar, el conductor aminoró la velocidad y las miró por el parabrisas, y luego siguió avanzando.

—Pronto seremos noticia —dijo Caitlin—. Las noticias vuelan en las ciudades pequeñas.

—Créeme, alguien de Reddit ya está especulando sobre esto en su cubículo de Nueva Jersey. Habrá veinticinco teorías sobre este caso a la hora en que acaban los colegios.

Cruzaron las vías y se quedaron de pie en la carretera, mirando hacia atrás.

Otra camioneta más antigua, roja, se dirigió hasta una señal de stop que estaba detrás de su monovolumen. Un hombre de unos cincuenta años salió de ella. Se subió el cinturón y se dirigió hacia ellas.

—He oído que el FBI estaba en la ciudad. ¿Son ustedes? —preguntó.

Dos mujeres con traje negro examinando la escena de un crimen. No hacía falta ser un lince.

Caitlin asintió.

—Sí, señor. ¿Y usted es...?

—Darley French. Estaba en mi camión, justo ahí donde están ustedes, cuando ella desapareció.

Las cejas de Rainey se arquearon.

—¿Usted presenció el secuestro?

El hombre masticaba algo que le abultaba la mejilla.

—No, señora. La barrera del paso a nivel bajó justo antes de que yo parase. Esa chica, Phoebe, no había llegado todavía. Yo era el único que andaba por esta carretera.

—¿Hizo usted una declaración en la oficina del sheriff? —le preguntó Caitlin.

Sabía que sí lo había hecho. Quería ver qué decía ahora.

—Pues claro. —Se volvió hacia las vías—. El tren de carga vino y, cuando finalmente pasó y se levantó la barrera, vi su coche atravesado en las vías. Justo ahí, con los faros encendidos y el humo saliendo del tubo de escape. La puerta del conductor estaba abierta. —Escupió—. Me adelanté un poco. La luz de dentro del coche estaba encendida. El bolso estaba en el asiento del pasajero. El coche estaba vacío.

Rainey dijo:

—Debió de asustarse, ¿no?

—Noté como si una cucaracha me corriera por la espalda. No había ningún otro coche en la carretera, ni siquiera luces traseras, nada.

—¿No vio a nadie más por la calle? ¿O a pie? —dijo Caitlin.

Él negó con la cabeza.

—El coche estaba ahí. La chica, no. Llamé al sheriff.

Caitlin hizo un gesto hacia el asfalto donde estaba él.

—Ahí es donde paró usted.

—Así es.

—¿Y cuánto tiempo tardó en pasar el tren? —le preguntó Rainey.

—Pocos minutos. Dio tiempo a que sonara toda una canción de Leon Russell —dijo French.

Caitlin sacó el expediente que llevaba en la bolsa colgada del hombro y lo hojeó.

—Era un tren de carga de un kilómetro y medio de largo. Viajando a cincuenta kilómetros por hora. —Pasó el dedo por la página—. Un tren de esa longitud, viajando a esa velocidad, habría tardado ciento veinticinco segundos en pasar el cruce.

Rainey miró el lugar donde Phoebe Canova había aparcado.

—A ella la secuestraron durante un intervalo de dos minutos. —Levantó el brazo—. Los vagones de carga acoplados a un tren están separados apenas por un metro. Señor French, tendría que haber visto los faros entre ellos, al pasar el tren.

—Pues la verdad es que no me di cuenta. No presté atención. Estaba poniendo la radio.

Rainey se puso las manos en las caderas.

—Dos minutos.

Caitlin asintió.

—Desde la aproximación inicial y el secuestro a la huida sin dejar rastro. —Miró a su alrededor—. Era medianoche.

Rainey asintió lentamente.

—La mayoría de las tiendas están cerradas. Todavía.

Caminaron por las vías hacia el lugar donde se encontró el coche de Phoebe Canova. La ubicación exacta estaba marcada con pintura de aerosol en el asfalto. Cuatro esquinas, bien alineadas.

—Estaba muy apartada de la barrera del cruce, y con el coche recto —dijo Rainey.

—No giró. No hay señales de que alguien la persiguiera.

Darley French se acercó a ellas dando saltitos.

—¿Tienen alguna teoría, señoras?

—¿Y usted? —preguntó a su vez Rainey.

—A algún cliente no le gustó el servicio que ella le dio. Decidió que quería un servicio gratis.

Caitlin y Rainey meditaron un momento, inexpresivas. Al cabo de un minuto, French les tendió su tarjeta.

—Me voy.

Se dirigió hacia su furgoneta y se alejó.

Caitlin vio alejarse la camioneta.

—En lo que respecta a los testigos...

—Es todo un caballero. —Rainey se puso las gafas.

El Nissan Altima rojo de Phoebe Canova se encontraba en un cobertizo en el depósito municipal del sheriff, junto a la estación. El detective Berg se reunió con ellas allí.

Caitlin dio una vuelta alrededor del vehículo. Tenía una abolladura en el panel trasero derecho, pero el golpe estaba rodeado de óxido. Dijo:

—No hay pruebas de que otro vehículo colisionara con su coche la noche del secuestro.

—No —repuso Berg.

En el cobertizo, resguardadas del viento, sus palabras parecían más íntimas. Caitlin se puso los guantes de látex. El coche ya había sido revisado, el vehículo estaba todo sucio por el polvo para extraer huellas dactilares, pero para ella era un procedimiento habitual y una costumbre.

Rainey dijo:

—¿Alguna pista con las huellas?

—Las huellas de Phoebe están en la portezuela del conductor y el interior. Las de su hermano menor, en la puerta del asiento del pasajero. Tiene dieciséis años. —Berg captó la mirada curiosa de Caitlin—. Cualquier persona con permiso de conducir o documento de identidad emitido en Texas tiene archivada una huella digital.

—Bien —dijo Caitlin.

Habían pasado el aspirador por el interior del vehículo para buscar pistas. Berg dijo que las pruebas del aspirador se enviaron al laboratorio criminalístico del condado, pero no habían dado ningún resultado útil.

Caitlin preguntó:

—¿El coche se encontró con la ventanilla del conductor bajada? ¿No la han bajado ni ajustado desde entonces?

—El policía que respondió a la llamada del 911 lo encontró exactamente así.

—La puerta del conductor estaba abierta —dijo Rainey.

—Del todo.

Caitlin abrió la puerta del conductor y se agachó. Del espejo retrovisor colgaba un ambientador con forma de abeto. El interior del coche olía a cereza silvestre.

Ella siguió preguntando:

—¿Hacía el frío que hace ahora el sábado por la noche?

Berg contestó:

—Más. Casi helaba.

Ella se puso de pie.

—¿Por qué bajaría la ventanilla Phoebe? —Miró a Berg—. ¿En qué condiciones se encontraba el interior cuando vieron por primera vez el coche? ¿Limpio? ¿Sucio?

—El bolso estaba completamente abierto en el asiento. Había envoltorios de hamburguesas a los pies del asiento del conductor. —Se frotó la mejilla—. Un puñado de recibos en los soportes para vasos.

—Papeles sueltos. Pero no habían volado por el interior. Eso sugiere que ella no bajó la ventanilla mientras iba en movimiento, sino después de detenerse en el cruce del ferrocarril.

Berg gruñó.

—¿Y por qué la bajó? —preguntó Caitlin—. ¿Para tirar una colilla de cigarrillo?

—No fumaba —dijo Berg—. Al menos, no hemos encontrado ninguna prueba de ello. Ni cigarrillos en su bolso. La unidad auxiliar eléctrica del salpicadero tiene un cargador de teléfono enchufado, no un encendedor.

Caitlin asintió.

—El ambientador tampoco parece que esté disimulando un olor a tabaco persistente.

Rainey se inclinó.

—Ni a hierba.

—Entonces ¿por qué bajó la ventanilla cuando se detuvo al pasar el tren? —quiso saber Caitlin—. ¿Para llamar a alguien que paseaba por la calle?

—Era más de medianoche. —Rainey cruzó los brazos—. ¿Tienen mucho tráfico a esa hora de la noche?

—No —respondió Berg—. Todo estaba cerrado a cal y canto en esa manzana, y no ha aparecido ningún otro testigo.

Caitlin pensó sus siguientes palabras.

—¿Para hablar con un policía que la paró?

Berg se movió un poco. Caitlin fue más consciente aún de lo frío que era el aire.

Berg se metió los pulgares por debajo de la hebilla del cinturón.

—No fue ninguno de nuestros oficiales quien hizo esto.

Solo le faltaba colocarse bien los calzoncillos ajustados para demostrar lo incómodo que estaba.

Pero continuó:

—El GPS de los coches del departamento muestra que ninguno se acercó a cinco metros de distancia del cruce en los veinte minutos anteriores a la llamada al 911. Cuando llamó Darley French, la unidad más cercana estaba al otro lado de la I-35. Todos nuestros vehículos llevan GPS. Se lo puede descargar y verlo por sí misma.

Caitlin asintió. Estaba segura de que Emmerich estaba haciendo eso exactamente.

—La subestación del sheriff de Solace tiene cuatro coches patrulla —añadió Berg—. Más el vehículo sin marcas para detectives. Ninguno de ellos estaba cerca del cruce del ferrocarril cuando desapareció Phoebe.

Caitlin y Rainey intercambiaron una mirada. La subestación del sheriff de Solace tenía cinco vehículos. ¿Cuántos podían tener las de las ciudades de alrededor? ¿Austin? ¿San Antonio? ¿Toda la flota del sheriff del condado? ¿Los agentes estatales y los Rangers de Texas?

—Está sacando conclusiones a una velocidad exagerada, agente Hendrix.

—No estoy sacando ninguna conclusión. Quizá la señorita Canova bajó la ventanilla para hablar con alguien que pensaba que era un oficial de policía.

Pero Berg no se calmó.

—Está diciendo que no tenemos nada.

—Esto sí que nos dice algo.

—¿Algo que valga la pena?

—Aún no lo sé.

Pero Berg no andaba muy errado. No tenían testigos. Ni una prueba forense. Ninguna conexión aparente entre las mujeres que habían desaparecido. Solo un agujero negro en el cual, al parecer, habían caído. Caitlin cerró muy despacio la puerta del coche de Phoebe Canova.

6

Cuando Caitlin y Rainey volvieron a la comisaría, Emmerich se encontraba ante un tablero de corcho nuevo, en la sala de detectives. Había puesto allí un mapa grande de Texas, y estaba clavando alfileres en él.

—¿Resultados? —preguntó.

—Pues muchos. —Rainey se acercó al tablero, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones—. El sospechoso no dejó huella alguna en el coche de Phoebe Canova. O bien llevaba guantes, o no tocó el vehículo.

—Si no lo tocó...

—La convenció de que saliera.

Caitlin se acercó.

—No tocó el coche.

Emmerich levantó una ceja.

—¿Es una intuición?

—Una deducción. El coche se encontró con el motor en marcha. Y la transmisión estaba para aparcar.

—Quizá Phoebe lo puso en aparcar porque se detuvo para dejar pasar el tren.

—Al tren le costó dos minutos pasar... El mismo tiempo que algunos semáforos. Y en un semáforo, si conduces un coche auto­má­ti­co, no cambias de marcha. Simplemente, pisas el freno —dijo ella—. Phoebe lo puso para aparcar cuando decidió abrir la puerta y salir, para que el coche no se le fuera hacia delante.

Berg y el jefe Morales se acercaron también. El mapa les producía curiosidad.

Emmerich lo señaló.

—Estas son las ubicaciones donde se vio por última vez a cada una de las mujeres desaparecidas.

Al situarlo visualmente, las implicaciones eran dolorosamente obvias. El Red Dog Café. El patio de la universidad. Los multicines. El paso a nivel del ferrocarril. La casa de los Kerber. Emmerich dijo:

—Están situadas de norte a sur, a lo largo de casi ochenta kilómetros. Pero...

—Pero todas están en un radio de tres kilómetros de la I-35 —concluyó Morales.

Los alfileres rojos parecían una serie de botones que corrían por la delantera de una camisa.

—Más aún. No se apartan más de doscientos metros de una carretera que va a parar directamente a una rampa de entrada de la autopista. —Emmerich cogió un rotulador rojo y conectó los sitios de los secuestros con una gruesa línea que corría por toda la página, como una vena—. Es un coto de caza.

Morales se volvió hacia él.

—¿Y qué hacemos ahora?

—Pues construir un perfil del sospechoso. Para poder empezar a cazarlo.

El equipo se registró en un Holiday Inn Express, junto a una salida de la I-35. Caitlin se cambió de ropa y se puso unos vaqueros. Al otro lado de la calle había un puesto de tacos. Mandó un mensaje de texto a los demás preguntándoles si querían que les comprara algo.

Rainey respondió: «Trae picante». Emmerich escribió: «¿Comida para llevar?».

Caitlin respondió: «Comida para llevar de Texas. Cuanto mayor, mejor. Y es la ley».

Atravesó la carretera a toda prisa, y se notó cansada y tensa a la vez. Trabajar para la UAC conllevaba grandes responsabilidades, y la dejaba exhausta. Lo había visto aquel mismo día en los ojos de los oficiales de Solace. «Dinos que tenemos un sospechoso ya. Dinos quién es ese hijo de puta.

»Y ahora mismo, porque Shana está ahí fuera».

Hacia el este, unas colinas peladas se iban sucediendo hasta el horizonte. Se seguía oyendo el zumbido del asfalto de la interestatal sin parar. En el puesto de tacos se encontraban aparcadas unas cuantas camionetas, y había gente en unas mesas de pícnic esperando sus pedidos, acurrucados bajo sus chaquetas y enviando mensajes de texto.

Parecían muy relajados. Pero las mujeres que se encontraban entre la clientela permanecían junto a la luz que salía del interior del puesto.

Cuando Caitlin trabajaba en un caso en algún sitio donde no había estado nunca antes, siempre encontraba un establecimiento local muy ajetreado y barato donde comer. Era una forma de tomarle el pulso al terreno. Comprar comida en un establecimiento local servía para algo más que para que le reembolsaran las dietas. También aprendía algo de los lugares al entrar en sus establecimientos, al hablar con la gente y al escuchar tanto con los oídos como con el diapasón interior.

Allí veía que el puesto de tacos era un lugar donde se sentían bienvenidos por igual obreros de la construcción, universitarios y mamás que acompañaban a los niños al fútbol americano. Tras la ventanilla de los pedidos se oía a todo volumen una música de mariachis que salía de un radiocasete. Se oía hablar en inglés, en español y quizá incluso en hindi. Aquel sitio parecía muy agradable y seguro. Pero la gente mantenía los ojos clavados en los alrededores. Las mujeres evitaban las sombras. Solace estaba aprensivo.

El joven que trabajaba en el mostrador le dijo:

—¿Qué va a tomar?

Ella leyó el cartel con el menú que el hombre tenía detrás de la cabeza. Contó veinticinco tacos distintos, que iban desde cerdo hasta pollo jamaicano, cordero cortado a tiras con sriracha, queso Cotija y mermelada de arándanos y habanero.

—Pues todos... —Se rio.

Volvió al hotel con dos bolsas muy abultadas de comida caliente. Rainey se acercó por la zona de estar del vestíbulo. Caitlin le tendió un grueso fajo de servilletas.

Rainey desenvolvió un taco y le dio un buen bocado.

—Maldita sea...

Caitlin comió sin parar.

—Quizá pida el traslado a una oficina local.

Una vez restablecida, comprobó su reloj. El equipo se reuniría al cabo de una hora para analizar los resultados de la investigación del día. Tenía tiempo. Lo recogió todo, salió afuera y llamó a Sean Rawlins.

—Cariño —dijo.

—¿Qué tal?

La voz de él contenía una sonrisa. Ella notó que se calentaba, aunque la tarde helada convertía su aliento en escarcha.

—Pues hablan americano aquí. No hace falta traducción —dijo.

—¿Te has comprado ya unas botas vaqueras?

—Negras, con calaveras y rosas. —Llevaba unas Doctor Martens en realidad. Prefería echarse salsa picante en los ojos que ir de compras—. ¿Estás en la carretera?

—Atascado en el puente de la Bahía.

Ella notó una punzada de dolor, nostalgia por la Bahía, las altas torres del puente, la luz del sol iluminando miles de cabrillas blancas entre el Golden Gate y Alcatraz. Anhelaba el aroma del Pacífico y la belleza de las ciudades y las montañas, y también a su hombre. Cerró los ojos.

Los abrió y se sintió pequeña, rodeada por la extensión del continente. El cielo era inmenso. Era bellísimo y también terrorífico.

—A ver, cuéntame cosas de Texas —pidió Sean.

La brusquedad de él la hizo reír. Sean sonaba fuerte. Su energía era todo lo que ella apenas se había atrevido a esperar hacía un año. Sean quedó gravemente herido por el Fantasma, el sospechoso que atacó a Caitlin con una pistola de clavos durante el enfrentamiento en el cual murió su padre. Durante unos días espantosos, Sean estuvo a las puertas de la muerte. Ella nunca se había sentido tan impotente. Y, mientras él luchaba por su vida, ella había comprendido lo muchísimo que le amaba. La conmocionó como un shock eléctrico comprender que «aquí y ahora» lo es todo.

—¿Cat? —le preguntó él.

El cielo se había vuelto de color cobalto. Estaba saliendo la luna llena. El horizonte era de color rosa tiza.

—Sí —dijo ella.

—¿Os lleva a alguna parte esa investigación?

—Más vale que sí. Es grave.

Le habló del caso. Empezó a correr la brisa, pero no volvió al interior del hotel. Allí fuera notaba una conexión con Sean, como si, solo con ver el horizonte occidental, pudiera verle en su camioneta Tundra, con un brazo colgando por fuera de la ventanilla, el otro apoyado en la parte superior del volante, y su pelo oscuro alborotado por el viento. Él era agente de la oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF), especialista en explosivos. Y estaba a dos mil cuatrocientos malditos kilómetros de distancia.

Ella había aceptado el trabajo del FBI casi sin dudar. Sean la había animado a hacerlo. Le dijo que se arrepentiría si lo dejaba escapar.

No se arrepentía. Pero ahora, mientras ella trabajaba lejos de Virginia, él estaba a cuatro mil ochocientos kilómetros de distancia, en Berkeley.

—¿Cómo está Sadie? —preguntó Caitlin.

—Perfectamente. Se le cayó un bote de purpurina en el coche el otro día. Cuando llegué a la oficina, yo parecía una bola de discoteca.

Caitlin sonrió. Sadie tenía cuatro años.

Sean compartía la custodia de la pequeña con su exmujer. Su divorcio fue amistoso, pero todo dependía del frágil constructo de la «custodia compartida». Michele tenía un buen trabajo como enfermera de urgencias, que no deseaba dejar. Nunca aceptaría que Sean se trasladase a la Costa Este con Sadie. Y Sean nunca se iría a Virginia sin su hija.

Caitlin y Sean habían dicho: «Ya lo arreglaremos». Dos federales. ¿No sería muy duro?

Ella estaba allí de pie bajo la luz de la puesta de sol.

—Dale un beso a Sadie de mi parte. Te llamaré mañana.

Colgó. El aire se había vuelto frío. Pero la puesta de sol seguía su curso. El horizonte occidental era de color rojo acrílico, se extendía de forma interminable y oscurecía para acabar muriendo en un tono morado.

Cuando finalmente volvió adentro, el empleado del mostrador le sonrió y le dijo:

—Supongo que no hay atardeceres como este en el lugar de donde viene.

—Nunca había visto nada igual.

—Austin originalmente se llamaba la Ciudad de la Corona Violeta. Por atardeceres como este.

—Qué bonito. —Se metió los dedos helados en los bolsillos del abrigo—. ¿Originalmente? ¿Qué pasa? ¿Decidieron que era demasiado romántico para el Viejo Oeste?

—Los fundadores de la ciudad cambiaron el nombre por la Ciudad de la Luna Eterna, después de construir unas gigantescas torres con lámparas de arco voltaico para iluminar la ciudad. A causa de un asesino en serie de la década de 1880 —aclaró—. El Aniquilador de Sirvientas.

—¿De verdad?

—Mató a una docena de personas. Dos mujeres en Navidad. Las cortó a trocitos con un hacha.

Ella se quedó inmóvil.

Él grapó unos documentos.

—Usted y los demás son del FBI, ¿verdad?

—Sí.

Sonrió para sus adentros, con los ojos brillantes.

—Qué guay.

Ella le miró.

Al final él dijo:

—¿Algo más, señora?

—No. Gracias.

En el escritorio se acumulaban algunos ejemplares del diario local. El Gideon County Star publicaba un titular en primera plana: ¿DÓNDE ESTÁN? Debajo se mostraban las fotos de las mujeres desaparecidas.

En su habitación, Caitlin puso la televisión y sacó su ordenador portátil y sus notas de campo. Mientras el ordenador se encendía, apareció en la tele una reportera de noticias locales.

Una mujer morena con traje rojo miraba a la cámara con expresión de «algo va mal».

—La policía de Solace cree que la desaparición de las cinco mujeres es obra de un secuestrador en serie y han llamado al FBI. Informa Andrea Andrade.

Ay...

La pantalla cambió a una filmación en Solace. La reportera, una morena mucho más joven con un traje de un rojo distinto, iba caminando a lo largo de las vías del tren. Hablaba del terror que invadía Solace y de la desaparición de la joven Shana Kerber, que tenía una hija pequeña. Aparecieron los lacrimosos padres de Shana.

—Devuélvenos a nuestra niña —suplicó la madre—. Nuestra niña es preciosa para nosotros.

La garganta de Caitlin se tensó. Expelió el aire. «Empatiza, pero mantén las distancias».

Deseaba que los padres de Shana hubiesen hablado con ella antes de salir ante las cámaras. Emmerich los habría instruido, les habría dicho que llamasen a Shana por su nombre. Para humanizarla, para convertirla en una persona real a ojos del sospechoso.

El reportaje cambió y se trasladó a una galería de tiro local. Un instructor de armas de fuego disparaba cinco proyectiles a un blanco de papel, a diez metros. Tenía los hombros anchos y la hebilla del cinturón enorme. Llevaba la pistolera atada en torno a la pernera de los vaqueros con un cordón, a lo Wyatt Earp.

—Hay maldad en esta ciudad —dijo—. Satán está suelto entre nosotros. Si no nos protegemos, probablemente nos convertiremos en sus víctimas.

El vídeo se cortó y se vio a más ciudadanos disparando a dianas de papel. Caitlin negó con la cabeza. Aun en la peor de las situaciones, aunque haya un depredador actuando en una ciudad en su momento álgido, la mayoría de las personas no se convierten en víctimas. Pero el miedo no funciona así.

La reportera apareció otra vez. En Main Street, la mujer hablaba con Darley French.

—Sí, el FBI está en la ciudad —dijo French—. Dos mujeres agentes me han entrevistado sobre esa chica a la que vi que se llevaron de su coche.

Caitlin dejó a un lado su portátil.

—Analistas de perfiles —siguió French—. Eso significa que se trata de un asesino en serie. Pero saben lo mismo que yo, no tienen ni idea de quién es.

El reportaje volvió al estudio.

—Estamos buscando confirmación de que la Unidad de Análisis Conductual del FBI está en Solace. Les mantendremos informados sobre estos hechos preocupantes.

Caitlin se puso de pie. Si la historia acababa saliendo en los medios de comunicación nacionales, podía inflamarse todo e ir en aumento hasta convertirse en un reguero de pólvora. Arraigarían las mitologías y los cuentos. Sería muy difícil librarse de todo eso. Y también peligroso.

No esperó a la reunión de equipo programada. Cogió el teléfono y llamó a Emmerich.

—Nos han sacado en las noticias.

Madison Mays detuvo el coche en el aparcamiento de su complejo de apartamentos justo cuando la última luz del día se desvanecía virando a gris. Se echó la mochila al hombro y cerró la puerta del coche con la cadera. Estaba exhausta después de un día entero de clases en la facultad Gideon Western seguido de un turno de camarera en el centro comercial que había junto al campus.

De los apartamentos llegaba el sonido de una música y conversaciones y La ruleta de la fortuna. Más allá del aparcamiento, el tráfico rugía por la I-35. Madison subió las escaleras, buscó las llaves en el bolsillo y se detuvo.

—Mierda...

Se había dejado las llaves puestas en el contacto. Bajó las escaleras de nuevo corriendo hacia el coche.

Cogió las llaves, cerró y se dirigió al edificio otra vez. Al llegar a la acera, un coche atravesó el aparcamiento. Las luces de los faros pasaron de un lado a otro, iluminando el pasadizo techado que conducía al otro extremo del edificio.

Entre las sombras, un hombre la miraba. Ella dio un respingo.

Era alto e iba vestido como un banquero que se hubiera quitado la corbata después de terminar su jornada en el despacho. La camisa que llevaba era de un blanco inmaculado. Tenía un teléfono en la mano.

Ella se llevó la mano al pecho.

—Dios...

No le veía la cara. Él se tocó la frente con el teléfono, como un caballero antiguo que se tocase el sombrero. Los faros pasaron y él volvió a sumergirse en la oscuridad.

La chica notó un aleteo en el estómago, como de mariposas que agitaran las alas. Necesitaba pasar junto a él para llegar a las escaleras. Notaba que el hombre seguía mirándola.

—Apartamento cuatro noventa y dos —dijo este.

Ella le ignoró, pero la voz de él tenía un tono de autoridad. Como de autoridad legal.

La joven frunció el ceño.

—Creo que los apartamentos de este edificio no llegan al cuatro noventa y dos.

Él parpadeó.

Sus ojos eran plateados a la luz de la luna.

—Está equivocada.

Levantó el teléfono, dejándole ver un atisbo de la pantalla. Había un mensaje de texto, sí, pero ella no pudo leerlo. Las mariposas que tenía en el estómago agitaron las alas.

Ella le miró a los ojos. Había algo... Un punto de...

Deseo.

Arriba, en la pasarela del segundo piso, se abrió la puerta de un apartamento.

—¿Madison?

Patty Mays ocupaba toda la entrada, interceptando casi toda la luz. Su voz era de hierro.

Madison dijo:

—Mamá, este hombre está buscando el apartamento...

—Entra.

El hombre se alejó con rapidez.

Madison subió las escaleras corriendo. Patty esperó en el pasillo, con un lado de su cuerpo iluminado por las luces del salón y los pies firmemente plantados en el suelo, y vio al hombre cruzar el aparcamiento. Madison entró en el apartamento. Patty la siguió y cerró la puerta. Con cerrojo.

Se quedó mirando a Madison.

—Pero ¿en qué estabas pensando?

—Se había perdido. Parecía un policía. —Pero el estómago se le agitaba.

—Como si te parece que es Harry el sucio caído del cielo. Los diablos siempre van disfrazados.

Patty buscó por su espalda y sacó la Smith & Wesson calibre 40 que llevaba en la cinturilla de sus pantalones de yoga.

Madison atisbó por entre las cortinas. En el aparcamiento, el hombre pasó bajo una farola y se desvaneció luego entre las sombras.

Las mariposas no dejaron de aletear hasta que las luces de freno de su coche desaparecieron por la carretera.

«Probablemente no sea nada», pensó.

Pero, en otra parte de su ser, se dijo: «Presta atención a las mariposas».

7

La mañana resultó fría y neblinosa. A las ocho, cuando el equipo se reunió en la comisaría de Solace, tres furgonetas de las cadenas de noticias estaban delante. En el vestíbulo de la comisaría, lo primero que vio Caitlin fue unos focos y cámaras que apuntaban hacia la cara agobiada y preocupada del jefe Morales. Este se encontraba rodeado de reporteros. Los micrófonos se tendían hacia él.

—Sospechamos que las mujeres que han desaparecido desde agosto han sido raptadas por un solo individuo —dijo Morales—. Queremos asegurarle al público que estamos haciendo todo lo posible para detener al perpetrador, para averiguar el paradero de las mujeres desaparecidas y para devolverlas a sus familias.

No dijo «vivas».

—Pedimos a todas las mujeres que tomen especiales precauciones para salvaguardar su seguridad. Manténganse unidas y bien atentas a su entorno —añadió—. Si ven algo raro, presten atención. A esa vocecilla que les dice que están en peligro..., escúchenla. Pueden salvar la vida.

Morales no sugirió en ningún momento que las mujeres del condado de Gideon fuesen armadas. No tenía que hacerlo.

Una periodista vio a Caitlin y a sus colegas. Era la morena del traje rojo. Abandonó al jefe y se acercó a Rainey.

—¿Es usted del FBI? —preguntó.

Rainey permaneció impasible.

—Somos de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI y estamos aquí para ayudar a la comisaría del sheriff. El jefe Morales responderá las preguntas.

Pero los micrófonos y cámaras dieron la vuelta.

Un reportero levantó la mano.

—¿Tienen algún sospechoso?

—¿Tiene alguna esperanza el FBI de encontrar vivas a las mujeres desaparecidas?

La mujer del traje rojo levantó la voz.

—¿Ha cometido estos delitos un asesino en serie?

Detrás de sus gafas sin cristales, la expresión de la cara del jefe Morales mostraba alivio, pero también parecía abatido. Hizo un gesto hacia Rainey: «Le toca».

Brittany Leakins se apartó de la televisión y se mordió el pulgar. No era una noticia que le gustara oír mientras comía. La luz de su cocina era suave pero nítida. En su silla de bebé, Tanner no paraba de moverse.

—Calla, pequeñín.

Brittany cogió un trapo húmedo y le limpió la cara a Tanner de los restos de zanahoria. El niño se retorció y dio patadas en el reposapiés. Ella encontró su chupete en el suelo, lleno de pelusa y migas. Pensó en recorrer los seis pasos necesarios para limpiarlo bajo el grifo de la cocina, pero se lo metió en la boca, lo chupó bien y se lo metió a Tanner entre los labios. Lo sacó de la sillita de bebé y se lo apoyó en la cadera.

—Vamos, chico. Es hora de dormir.

Brittany pensó que si el niño se dormía dispondría de unos tres cuartos de hora para echar una siesta... Quizá lo suficiente incluso para volver de la tierra de los zombis. Tanner era un hombrecito guapísimo, pero, si ella no dormía algo, iba a acabar arrastrándose por la cocina y ladrando como un perro.

Y, hablando de perros, ¿dónde se había metido Shiner?

La televisión emitía un parloteo, en las noticias hablaban todo el rato de las mujeres desaparecidas. Brittany notó que se le revolvía el estómago. Su casa estaba aislada, igual que la casa de Shana Kerber. A treinta kilómetros de distancia de Solace, estaba situada en un terreno que Kevin había heredado de sus abuelos. Se encontraba en el centro de cuarenta hectáreas, unas tierras que se suponía que debían proveer a su joven matrimonio a lo largo de los años y décadas que vendrían. Pero aquellas hectáreas ahora mismo a ella no le parecía que dieran mucho dinero. Le parecían sombrías y plagadas de lugares secretos donde podía esconderse un secuestrador.

Apartó las cortinas. En la hierba amarillenta del jardín trasero se encontraba un columpio oxidado que no servía para Tanner, ni hablar. Ella miró la valla con travesaños y los campos que estaban detrás, y los bosques que se extendían hasta el horizonte. «Oscuro y profundo», decía ese verso del poema de Robert Frost que había leído en el instituto. Robles y chaparral, lilas de Texas, y las ramas inacabables y enmarañadas de los cedros que cubrían las colinas.

Había dejado el perro fuera hacía media hora. No lo veía por ninguna parte.

Abrió la puerta de atrás y el frío la asaltó. El cielo tenía un color perla. Silbó.

—¡Shiner!

En la televisión, un periodista metía un micrófono en la cara de una mujer negra con traje. Dios mío. Había venido el FBI.

—¡Shiner!

El golden retriever podía meterse a través de los travesaños de la valla. Habían instalado una verja electrónica, pero la descarga que daba no siempre lo detenía. Era un perro muy tozudo, y no parecía relacionar causa y efecto.

Ella silbó otra vez y el perro ladró felizmente desde los bosques.

La mujer se detuvo en el porche.

—¡Shiner, ven aquí, no te escapes!

El golden retriever cruzó el jardín y se metió entre los travesaños de la valla. Estaba todo embarrado. Y había atrapado algo en sus viajes. Los retrievers siempre llevan cosas a casa. Pero eso no era un pájaro. Parecía más bien un periódico empapado. O una bolsa de comida para llevar.

—Será mejor que no te hayas comido una hamburguesa mohosa. —Ella meneó la cabeza—. A ver, suéltalo.

El perro no lo soltaba. Shiner fue trotando por el jardín, meneando el rabo. Olía a estanque. Brittany oía la televisión dentro, a la mujer del FBI. Algo más frío que el propio aire del infierno la inundó.

Lo que llevaba Shiner en la boca era blanco y estaba empapado de algo rojo. Pero no era una bolsa de comida para llevar.

Era un trozo de tela antiguo. Quizá un trapo para limpiar el aceite. Un trapo de cocina. Quizá aquello fuera vino tinto. Pero no, ella sabía que no lo era. Dentro, la televisión atronaba. La mujer del FBI parecía muy severa, como si les estuviera advirtiendo del fin del mundo.

—Si ven algo fuera de lo corriente, algo que parezca raro, les ruego que contacten con el departamento del sheriff. Cualquier cosa que se pueda relacionar con las víctimas desaparecidas. Prendas de ropa sueltas, zapatos, bolsos...

Brittany dio un paso atrás y chasqueó los dedos.

—Shiner, suelta eso.

El perro dejó caer el trapo en el porche.

Brittany tragó saliva y agarró el muslo de Tanner.

—Shiner, adentro.

El perro corrió hacia la cocina. Brittany lo siguió, cerró la puerta con cerrojo y buscó su teléfono. De fondo, la voz del agente del FBI cortaba el aire. Con los dedos temblorosos, Brittany llamó al 911.

—Por favor, con la policía. Mi perro acaba de traer a casa un trozo de camisa. Y está llena de sangre.

El Suburban del FBI entró en el camino de entrada de la casa de Brittany Leakins como un caza que se lanza en picado a bombardear un objetivo. Al volante, los ojos de Emmerich tenían un brillo duro. Derrapó hasta acabar parando detrás de dos monovolúmenes de la oficina del sheriff y saltó afuera, al polvo arremolinado por el viento. Caitlin y Rainey le siguieron. Delante de la casa, el detective Berg iba y venía. Una unidad K-9 descargaba sus perros en medio de una tarde rosada que ya languidecía.

Emmerich fue andando hacia Berg.

—Que dirijan sus perros, nosotros los seguimos.

Dentro de la casa, una mujer joven tenía apoyado un bebé en la cadera. Sus labios estaban muy blancos y apretados. Más allá de la casa se veían unos árboles tan espesos que parecían negros.

Un oficial de la unidad K-9 sujetó dos correas de cinco metros a los arneses de dos sabuesas.

—Adelante.

Sin un solo sonido, las sabuesas se dieron la vuelta, pegaron el hocico al suelo y empezaron a perseguir un rastro de olor. Atravesaron el patio zigzagueando, y luego se alejaron hacia la verja. Sus cuidadores iban corriendo detrás, con las chaquetas del uniforme abrochadas hasta arriba y las gafas de sol reflejando la luz.

Con la cabeza baja, las perras treparon entre los listones de la verja y cortaron a campo través, hacia los árboles. Berg y el equipo de FBI las seguían.

Caitlin se había cambiado y se había puesto unos pantalones de combate marrones y unas botas Doctor Martens. Su chaqueta de correr Nike negra iba también con la cremallera subida hasta arriba, debajo de una cazadora del FBI. La hierba amarilla crujía bajo sus pies, al atravesar el campo.

Por la foto que había visto, el trozo de tela ensangrentada que había llevado a casa el perro de los Leakins tenía unos cincuenta centímetros de largo y veinte de ancho. El laboratorio no había analizado aún la sangre para determinar si era humana, pero, por el diseño y las puntadas, la tela sin duda alguna se había arrancado de una prenda de ropa.

Un camisón.

Cuando entraron por la línea de los árboles, la temperatura cayó. Caitlin y los demás siguieron a los oficiales de la K-9 en fila india. El terreno era rocoso, y los arbustos y árboles, muy espesos. Emmerich iba apartando a un lado las ramas sin bajar el ritmo. Miró una sola vez por encima del hombro. Su expresión decía tanto «síganme» como «¿todo bien por ahí detrás?».

Se habían adentrado casi dos kilómetros entre los árboles cuando las sabuesas coronaron una elevación y bajaron corriendo por el otro lado. Clavando las botas en el seco terreno, Caitlin rodeó el promontorio, siguiendo a los oficiales de la K-9. Durante un minuto perdió de vista a las perras. Luego, unos aullidos quejumbrosos resonaron en los bosques.

Caitlin salió de entre los árboles y oyó correr el agua. Junto a la orilla de un arroyo, las sabuesas se habían detenido con la lengua fuera. Los oficiales de la K-9 les ordenaron que se sentaran. Uno de los oficiales acarició a las perras y dijo:

—Buenas chicas.

Caitlin se detuvo. Todos se detuvieron.

Los hombros de Berg se abatieron.

Emmerich soltó aire.

—Supongo que no esperaban encontrar esto al final del rastro. Nosotros tampoco.

Se quedaron de pie en la orilla arenosa del arroyo. Ante ellos se encontraba Shana Kerber.

Estaba echada en la tierra, de espaldas, paralela a la corriente. Tenía los ojos cerrados bajo unos párpados de un gris casi blanco, y los brazos cruzados sobre el pecho. Parecía Blancanieves esperando el beso del príncipe.

Llevaba un camisón blanco y corto manchado de sangre. Yacía en un círculo de tierra de un rojo casi negro. Le habían cortado la yugular.

8

Los oficiales de la unidad K-9 hicieron retroceder a las perras. Bruscamente, el detective Berg dijo a un policía uniformado que estableciera un perímetro que controlase el acceso a aquella ladera de la colina. El sol había caído entre las ramas de los árboles hacia el oeste, y las sombras volvían gris el paisaje. De pie por el momento, para no contaminar la escena y pisar posibles pruebas, Caitlin y su equipo supervisaban la escena desde el borde del arroyo.

—Tuvo mucho cuidado a la hora de colocarla —dijo Rainey. Su voz era serena, pero, cuando se quitó un poco de polvo de la cara, tenía la mano apretada formando un puño—. No la tiró sin más.

Los brazos de Emmerich colgaban a sus costados.

—Colocar un cuerpo como si estuviera descansando normalmente significa deshacer. Pero no creo que sea eso lo que estamos viendo aquí.

«Deshacer» significa intentar invertir simbólicamente un crimen. Un asesino puede tapar la cara de la víctima. Lavar el cuerpo. Envolver a la víctima con una manta. A menudo indica remordimientos.

—No, esto no es remordimiento —dijo Caitlin.

—Es una exhibición. Una exhibición cariñosa —aclaró Emmerich.

Berg cogió un par de guantes de látex, bajó a la orilla del arroyo y se arrodilló al lado de Shana Kerber para examinar su cuerpo. Le levantó la mano derecha del pecho.

—El rigor mortis ya ha pasado. —Le volvió a colocar la mano en el mismo sitio, con suavidad—. Lleva muerta más de veinticuatro horas. Yo diría que al menos dos días. Quizá más, si ha estado todo este tiempo aquí fuera, con este frío.

Caitlin se sentía desanimada. Shana había muerto antes incluso de que el FBI llegara a Texas.

Emmerich se unió a Berg junto al cuerpo.

—Esa herida del cuello le seccionó la carótida y la faringe. Quedó inconsciente en cuestión de segundos.

El agua susurraba a lo largo del arroyo. Berg echó hacia atrás con mucho cuidado el pelo de la mujer, apelmazado por la sangre. Dijo:

—No soy patólogo forense, pero a mí me parece que también tiene una fractura deprimida en el cráneo.

Rainey examinó la orilla del arroyo. Su mirada se agudizó.

—Emmerich. Detective.

A dos metros corriente arriba del cuerpo de la víctima se veía una foto colocada en vertical metida en la blanda tierra de la orilla.

Era una polaroid. Rainey y Caitlin bajaron de la colina para verla mejor.

Era una foto de la víctima, un primer plano de su cara muerta. La habían hecho mientras estaba echada en la orilla. La foto estaba colocada en línea con el cuerpo, como si fuera la estampa de un santo truculento, que la estuviera protegiendo.

Por encima de ellos sonó un ruido por la ladera de la colina. Un oficial gritó, lejos:

—¡Alto!

Un hombre joven bajaba corriendo la colina. Tenía los ojos desorbitados y la boca abierta.

—¡Shana!

Berg se puso de pie de golpe.

—Brandon, no...

Corrió hacia el joven con los brazos abiertos, como si quisiera acorralar a un caballo.

Brandon Kerber se lanzó hacia delante.

—¡Shana...!

Emmerich corrió detrás de Berg hacia el joven. Emmerich era engañosamente delgado: tenía las hechuras de un luchador, con músculos tensos como alambres. Juntos, Berg y él consiguieron detener a Brandon.

El joven se debatía. Vio la orilla del arroyo y se puso rígido.

—No. No, no.

Berg lo apartó del cuerpo de Shana.

—Lo siento, chico.

Hizo señas a Brandon de que volviera a subir por la colina, empujándolo hacia la pantalla de árboles, donde el cadáver de su esposa no sería visible. Caitlin apretó la mandíbula.

Berg puso una mano en el hombro de Brandon y habló en tono bajo:

—¿Cómo has sabido dónde encontrarnos?

—Brittany Leakins me ha llamado. No podía creer que fuera cierto.

Sus hombros se agitaban, le costaba respirar. La garganta de Caitlin se tensó.

Emmerich, de pie a un palmo del joven, le observaba sin expresión. Pero Caitlin sabía que Emmerich estaba cerrando los postigos emocionales ante el dolor de Brandon. Su falta de sentimientos no era exactamente una máscara, pero sí era protectora y marcaba distancias para poder seguir haciendo su trabajo con la mirada despejada. Una habilidad que ella estaba empezando a intentar dominar.

Brandon negó con la cabeza.

—No es ella.

Berg apretó con una mano el pecho del joven.

—Chico, lo siento, es ella. La he reconocido.

—¡No! —Brandon intentó hacer una finta y esquivar a Berg.

Emmerich lo bloqueó.

—Bajo una tensión extrema, nuestra percepción puede hacer cosas raras. Nuestra mente nos protege de lo que estamos viendo. Señor Kerber. Señor. Lo siento.

El rostro y el cuello de Brandon se habían puesto de un rojo escarlata.

—Esa no es mi mujer. Veo esa cosa de ahí. Y lleva un camisón blanco.

Berg levantó una mano intentando apaciguarlo.

—Brandon...

—Ella lleva pijamas de franela rosa —dijo Brandon—. Ni siquiera tiene un camisón blanco. —Señaló hacia el cuerpo—. No es ella.

9

Durante un momento desesperado y suplicante, Brandon Kerber señaló el cuerpo.

—Esa no es Shana.

—¿Está seguro? —preguntó Berg.

—Al mil por ciento.

Berg se volvió hacia el arroyo, consternado. Caitlin se agachó para ver mejor el cuerpo.

No estaba habituada a la muerte violenta. Como la mayoría de los estadounidenses, había llegado a la edad adulta sin haber visto jamás un cadáver. Pero en su primera semana como ayudante del sheriff de Alameda presenció un accidente de tráfico, se dispuso a ayudar al conductor herido y lo encontró incrustado en el parabrisas.

«Este es el aspecto que tiene la muerte», le susurró entonces una voz fantasmal. Ella llamó a la ambulancia, encendió unas bengalas, trabajó en la escena, se fue a casa y lloró bajo la ducha. Después aprendió a separarse de los muertos. Así que no volvió a llorar.

Pero no estaba endurecida. Mirando el cadáver de una persona joven siempre sentía una puñalada en el corazón. Y en ese trabajo el dolor no quedaba latente..., iba en aumento. Intentó soslayar ese dolor creciente y analizar la escena con la mirada despejada.

En la orilla del arroyo, la cara de la mujer muerta estaba apuntando hacia el cielo. Tenía los ojos cerrados. Los labios azules. Pero su pelo rubio, sus rasgos, su cuerpo y el hecho de que los perros hubieran seguido el olor de Shana directamente hacia aquel arroyo le dijo a Caitlin que Brandon estaba equivocado.

El hombre había dejado de intentar pasar a la fuerza junto a Berg y Emmerich. Esperaba que estuvieran de acuerdo con él. Mantenía la mirada fija en la orilla del arroyo. En el camisón. Empezó a parpadear. Quizá al ver el anillo de boda que llevaba la mujer o las uñas de sus pies pintadas de azul medianoche.

Su voz se elevó una octava.

—No. No parece ella. Y... no lleva su tatuaje. —Se tocó el pecho.

Emmerich volvió al cuerpo. Se inclinó y echó atrás delicadamente el tirante del camisón.

La piel era gris. Las sombras eran grises. La sucia cinta adhesiva de diez centímetros de ancho aplicada a su pecho era gris. Expuesta a los elementos y a los animales salvajes, se había deslizado. El tatuaje era visible. La tinta era negra. Por encima del corazón, la mujer llevaba escrito con letras celtas BRANDON.

El triunfo momentáneo de Brandon, la esperanza a la que se aferraba con uñas y dientes, murió entonces. Aullando, echó la cabeza atrás y cayó de rodillas.

Berg y un policía consiguieron ponerlo de pie y llevárselo colina arriba. Emmerich permaneció al lado de Shana.

Rainey dijo:

—¿La piel no está enrojecida donde le aplicaron la cinta?

Emmerich negó con la cabeza.

—Aplicación post mortem.

Su rostro era serio. Consideraba las implicaciones del hecho.

—Es suya, de él. El sospechoso desconocido quería dejarlo absolutamente claro. Él...

Se detuvo. Tocó la tela del camisón.

—Esperen...

Caitlin y Rainey se acercaron para echar un vistazo más de cerca.

Solo le costó unos segundos, ahora que Caitlin estaba centrada en ello. El camisón era muy fino y transparente, y envolvía a Shana desde los hombros hasta medio muslo. Era de un color blanco crema, y la tela era microfibra. «Mierda».

Se puso de pie.

—Es distinta de la tela que llevó el perro de Brittany Leakins a casa.

—Dos camisones —dijo Emmerich.

—Pero los perros nos han traído directamente hasta aquí.

Emmerich se quedó sumido en sus pensamientos, y luego se volvió de repente.

—El artículo que usaron los oficiales de la K-9 para el olor. Nos equivocamos.

—¿No han usado el trozo de tela desgarrado que el retriever llevó a la casa?

—Eso fue directo al laboratorio de criminalística. Es una prueba. Fueron lo bastante listos para no contaminarla más.

—Llegamos a casa de los Leakins después de que dieran a los sabuesos un artículo para el olor.

Emmerich gritó, colina arriba:

—¡Berg!

El detective no le oía. Emmerich le llamó por teléfono.

Un minuto después, con el móvil pegado al oído, vio a Caitlin y Rainey.

—Buscaban a Shana Kerber, así que usaron una sudadera que le pertenecía. La trajeron de su casa, esta tarde.

Caitlin dijo:

—Pero si el primer trozo de tela era de una prenda de ropa distinta...

Al teléfono, Emmerich dijo:

—Que la unidad K-9 vuelva a casa de los Leakins. —Su voz sonaba urgente—. Hay otra mujer por ahí.

10

Llegaron a casa de los Leakins cuando el último brillo violeta del anochecer estaba convirtiéndose en índigo. Júpiter apuñalaba el horizonte por el oeste. Esta vez, la unidad K-9 esperó a que el detective Berg trajera una bolsa de pruebas marrón cerrada de su coche. Las perras daban vueltas, ansiosas de trabajar. Berg abrió el sello y con las manos enguantadas sacó el trozo de tela ensangrentado que Shiner había traído a casa. Un cuidador se lo presentó a las sabuesas. Las perras lo olisquearon, en alerta y tensas.

El oficial de la unidad K-9 dijo:

—Adelante, chicas.

Las sabuesas bajaron el hocico hasta el suelo. Al cabo de unos segundos captaron el olor. Atravesaron el jardín, pasaron por debajo de la valla y se dirigieron hacia los bosques.

Berg volvió a colocar el trozo de tela en la bolsa de pruebas, la selló de nuevo, la firmó y la guardó en su coche. Sin palabras, se acercó al equipo del FBI.

Estos encendieron sus linternas y siguieron a las perras campo a través, hacia los árboles.

Las sabuesas percibían un olor muy fuerte y se movían en tándem, rápidamente, con los cierres de sus correas chasqueando contra los arneses. Los robles dejaron paso a los cedros, retorcidos y oscuros, y a matorrales ennegrecidos. Las ramas se enganchaban en el pelo y las mangas de Caitlin. La luz por encima de ellos se convirtió en una gasa de color gris, vista a través de una vegetación de color negro azabache. Ella fue pasando el haz de su linterna por el suelo. El frío era penetrante.

Estaban mucho más allá del lugar donde habían encontrado tendida a Shana, metidos en lo más hondo de un bosque muy tupido de cedros, cuando las perras bajaron el ritmo y desaparecieron sobre un risco.

Cuando el equipo pasó por encima de las raíces enredadas de un árbol muerto y salieron a un claro, Caitlin se detuvo. Las sabuesas daban vueltas silenciosamente en torno a algo, pero a distancia.

Justo más allá de las perras lo vio. Todos lo vieron. Una silueta en el suelo, en una suave depresión de la tierra. Iba vestida de blanco.

Luchaba para avanzar a gatas.

El corazón de Caitlin metió la directa.

—Dios mío...

Pasó corriendo junto a Berg y los cuidadores de las perras, con un nudo en la garganta, corriendo. Bajo el haz oscilante de su linterna, la chica se agitaba, indefensa.

—¡Vamos, ella necesita...!

Un olor muy intenso la golpeó, fuerte y pútrido. Un gruñido grave le llegó desde la oscuridad. Caitlin se detuvo, horrorizada.

La chica estaba muerta. En las sombras, un jabalí la estaba desgarrando con sus colmillos.

Con la boca seca, Caitlin echó a correr hacia allí, gritando y agitando los brazos. El jabalí la miró con sus ojos negros y diminutos, dio la vuelta en redondo y echó a correr hacia el sotobosque. Ella se llevó el dorso de la mano a la boca.

Los cuidadores de las perras y Berg la miraron como si estuviera loca.

Uno de los oficiales de la unidad K-9 meneó la cabeza.

—Esos bichos son muy malos.

Ella respiraba fuerte.

—Estaba alterando la escena.

«Y comiéndose el cuerpo». Una oleada de náuseas la recorrió entera.

De repente, el claro quedó en silencio, como si toda la vida del bosque se hubiera esfumado. Caitlin miró hacia el suelo removido que tenía ante ella.

El cuerpo estaba envuelto en un camisón blanco. Cuando apuntaron sus linternas hacia él, Caitlin inmediatamente vio que era el camisón del cual había arrancado un trozo el golden retriever. Se quedó quieta, intentando asimilar toda la escena. Su campo de visión, que se había estrechado hasta formar un túnel por la adrenalina, poco a poco se fue expandiendo.

Las muñecas de la joven estaban apuñaladas con saña. Los cortes corrían en diagonal por el interior de sus antebrazos, a lo largo de la línea de la arteria radial. Quizá a unos diez centímetros. Los cortes habían seccionado arterias, venas, músculos y tendones, lo que dejó expuesto el interior de sus brazos como cortes en un bistec crudo. Para la víctima tuvo que ser dolorosísimo. Pero seguramente perdió la consciencia al cabo de menos de un minuto.

La mano de Caitlin fue a las cicatrices de sus propios antebrazos. No eran tan profundas, pero había muchas. Como las de la víctima, estaban hechas con una cuchilla de afeitar. A diferencia de la víctima, se las hizo ella misma. Hacía una vida entera.

El haz de la linterna captó la zona roja en torno a las muñecas de la víctima, de unos siete centímetros de ancho. La piel estaba polvorienta y se había veteado como el mármol, por la ruptura de las células rojas de la sangre que teñían las paredes de su sistema vascular. Pero las señales eran claras. Caitlin dijo:

—Marcas de ligaduras. Irritación de la piel. Cinta adhesiva.

El detective Berg se arrodilló junto al cuerpo.

—Es Phoebe Canova.

Caitlin retrocedió mentalmente para ver el cuerpo de la víctima en su totalidad. Su campo de visión siguió expandiéndose.

Entonces se le puso la carne de gallina. En torno al cuerpo de Phoebe, quizá a unos dos metros de distancia, había unas fotos clavadas en la tierra, como lápidas. Eran polaroids.

Caitlin retrocedió físicamente. Las fotos mostraban a distintas mujeres con camisón. Todas rubias. Algunas vivas y aterrorizadas. La mayoría de ellas muertas.

Rainey habló en voz baja.

—Dios santo... ¿Cuánto tiempo lleva ese tío matando?

Caitlin contó las fotos. Había doce.

11

Las hirientes luces fluorescentes zumbaban cuando Caitlin y Emmerich volvieron a la comisaría de Solace. Rainey se había quedado en la escena del crimen con el detective Berg. La comisaría, fuera de horas de trabajo, estaba casi vacía. Emmerich clavó nuevas fotos de la escena del crimen en los tableros.

Se aflojó la corbata.

—Vamos a elaborar el perfil.

Las fotos eran claras, precisas y terribles. El cuerpo marchito de Phoebe Canova, zarandeado por el jabalí, yacía tendido en el suelo. Bajo el flash de la cámara, el camisón corto tenía un blanco llamativo, sobrenatural. El camisón, la piel y el pelo de Phoebe estaban salpicados de tierra y sangre. Pero bajo la suciedad se veía que el pelo mal teñido de rubio de Phoebe había sido lavado y cepillado. Y le habían aplicado maquillaje a la piel ahora de un verde grisáceo. El pintalabios era rojo rubí.

El sospechoso desconocido (un depredador calculador y sin remordimientos) había hecho aquello. Y luego había dejado a Phoebe en el bosque para que la destrozaran los animales.

La visión del jabalí había invadido el recuerdo de Caitlin. Vio de nuevo sus ojos diminutos, relucientes, sus colmillos que desgarraban el cuerpo de Phoebe. ¿No había una historia de la Biblia en la cual Jesús convertía a unos demonios en una piara de cerdos?

Un dolor que le penetraba hasta los huesos la embargaba. Allí estaba actuando un asesino en serie devastador. ¿Qué tipo de hombre podía hacer aquello?

—Hendrix.

Miró a Emmerich.

—Sí, señor.

—No se corte.

Por un momento, ella pensó que se refería a algún cuchillo.

—Estas escenas del crimen nos dan muchísima información. Tenemos que extraerla toda —explicó él.

—La estoy asimilando.

Emmerich se quedó en silencio hasta que ella le concedió toda su atención.

—Está al otro lado de la habitación, lejos de donde están las pruebas.

Caitlin luchaba constantemente por mantener una distancia emocional respecto a los casos en los que trabajaba. Y Emmerich sabía muy bien por qué. Su padre, Mack, era detective de Homicidios... El investigador original de los asesinatos en serie cometidos por el Profeta. El caso se había ido infiltrando en sus horas libres, su vida familiar y su mente atormentada. Lo destrozó y destrozó a su familia.

Cuando era adolescente, aquello condujo a Caitlin a la desesperación y empezó a hacerse heridas a sí misma.

En la cartera llevaba un recorte de papel en el cual había escrito los objetivos que tenía antes de ponerse la estrella de sheriff. «Dedicación. Persistencia. El trabajo se queda en comisaría».

Y trabajaba, todos los días, para grabarse aquellas palabras en el corazón. Porque cuando las ignoraba pasaba de una persecución implacable a la obsesión peligrosa.

Asintió, rígida y quieta.

—La única manera de encontrar la línea es acercarse —dijo Emmerich—. Y tenemos que sumergirnos bien hondo, aquí.

Para encontrar la pista del sospechoso, ella tenía que introducirse dentro de su mente y comprender sus métodos. ¿Cómo seleccionaba y cazaba a aquellas mujeres? ¿Qué era lo que le impulsaba a matar?

Emmerich quería que ella se abriera. Que dejase entrar al sospechoso.

Ella casi suelta una risa histérica. Cuando se abría, ella lo sabía muy bien, sangraba.

La expresión de él era tranquila y paciente, pero cargada de expectativas.

Ella sabía muy poco de la vida personal de Emmerich. Estaba divorciado, tenía dos hijas adolescentes, cuyas fotos guardaba en su oficina. Disfrutaba de la pesca con mosca. Era un eagle scout, el rango más alto de los Boy Scouts. Cuando tenía veinte años hizo a pie toda la senda de los Apalaches. Llevaba dieciocho años trabajando para el FBI, sumergiéndose en los casos más desagradables y violentos del país.

Tenía la espalda recta y los hombros bien nivelados. La luz arrojaba su sombra en múltiples partes en el suelo. Caitlin a veces se preguntaba si Emmerich era el hombre que su padre podía haber llegado a ser. Investigar los crímenes del Profeta había envenenado a Mack Hendrix, literal y emocionalmente, y había roto su familia. Si no hubiera...

—Estas escenas del crimen revelan la firma del asesino, e indican cuál es su parafilia —dijo Emmerich—. Empezaremos con eso y trabajaremos hacia fuera, para conectarlo con su identidad.

Sus manos, como de costumbre, colgaban a sus costados, como si fuera un pistolero dispuesto para sacar el arma. Su rostro serio tenía un trasfondo de compasión. Su empatía era genuina, y a ella le aportaba calidez. Sabía que él esperaba que pusiese en juego también su propia empatía, para llegar a comprender y compartir los sentimientos del sospechoso.

Se acercó al tablero.

—Quiere decir que tenemos que buscar una homología.

En biología, «homología» significaba que distintas criaturas tienen estructuras similares a causa de unos antepasados compartidos. En arqueología se refiere a las creencias o prácticas que comparten similitudes debido a conexiones históricas o ancestrales.

En la elaboración de los perfiles criminales, es ese punto elusivo en el que se reúnen personaje y acción.

Con ese criminal, el carácter y la acción habían llegado a unirse al menos doce veces. Y los resultados estaban exhibidos en el bosque de cedros. Caitlin miró las fotos de las escenas del crimen de Shana Kerber y de Phoebe Canova, en blanco y negro, rodeadas de polaroids.

—La parafilia difícilmente cubre todo esto —dijo—. Está intentando perfeccionar una fantasía horrible.

Fue andando lentamente en torno al tablero, asimilando todo el flujo de información. Las fotos de las mujeres que faltaban. El mapa de Texas con la I-35 subrayada en rojo. Los lugares de los secuestros.

—Las escenas en el bosque son el clímax del psicodrama sexual del asesino. —«La guinda en el pastel del sospechoso»—. Antes de ver siquiera a una posible víctima, ya tiene todo el guion completamente elaborado.

—Es meticuloso —dijo Emmerich—. Y confiado.

—Mantiene el control en todos sus crímenes —«Cine. Main Street. Granja»—. No hay señales de lucha en ninguno de los lugares de los secuestros. Consigue que las víctimas bajen la guardia o se vayan con él de buen grado.

El asesino estaba empezando a tomar forma en su mente.

—Tiene una fachada de sinceridad muy estudiada y la habilidad de manipular a las mujeres. —Tocó una foto del coche de Phoebe Canova en el paso a nivel del ferrocarril—. La ventanilla abierta en el asiento del conductor sugiere que usa un engaño para conseguir la confianza de las víctimas, luego las aturde y se las lleva, a plena vista.

Emmerich se cruzó de brazos.

—De acuerdo. ¿Qué hace cuando no está cometiendo crímenes?

—No se mete en líos. Se le da bien evitar que lo cojan. —Pensó un segundo—. Seguro que no tiene expediente criminal.

—Por desgracia para nosotros.

—El hecho de que las muertes ocurran los fines de semana indica que tiene un trabajo habitual, adonde va cada día. —Le dio vueltas a la idea en la cabeza. «El coche vacío. El cine. Una casa alejada»—. Es persuasivo y gregario. El trabajo que hace puede que tenga relación con las ventas.

—Sabe compartimentar.

—Sí. Lleva una vida aparentemente normal. Seguro que tiene esposa o novia.

Sonó un zumbido en el vestíbulo y se abrió la puerta trasera de la comisaría. Entró Rainey.

Emmerich dijo:

—¿Situación?

—Ha llegado la unidad forense. Estarán trabajando en esas escenas al menos veinticuatro horas. —Se fijó en las nuevas fotos de las escenas del crimen—. Es su firma, está claro. Elaborada y específica.

Caitlin dijo:

—Una escena montada por un hombre que parece normal y corriente. Alguien que mantiene en una jaula mental al monstruo.

—Y, cuando lo suelta, mata —añadió Emmerich—. Con saña. Es un narcisista típico. Su rabia y su sensación de que tiene derecho a las cosas le llevan a destruir la felicidad de otros.

Caitlin se metió las manos en los bolsillos de atrás.

—Seguramente tiene recuerdos de rechazo muy agudos que le espolean. Que le convencen de que sus actos están justificados. Las mujeres le hicieron daño, de modo que hace daño a las mujeres.

Rainey sacudió la cabeza.

—¿Sugieres que es un violador revanchista, motivado por el deseo de humillar a la víctima? Pero estos crímenes van mucho más allá de la venganza. —Su fría fachada titubeó un poco, durante un segundo, y apareció momentáneamente el asco—. Es un violador y asesino impulsado por la ira.

Caitlin pensó un momento.

—Un sádico sexual. Afirmar su poder y causar terror es lo que le excita.

Emmerich se puso a andar.

—Los violadores impulsados por la ira acechan a las víctimas en coche, y siempre se alejan de sus propios barrios. Su vehículo tendrá seguramente unas herramientas para secuestrar. Cinta adhesiva, bridas de plástico, un cúter, una máscara de esquí o unas medias...

Caitlin examinó las fotos de las escenas del crimen. Las muñecas abiertas. Cosméticos exagerados, casi de máscaras de kabuki. Camisones inmaculados.

—Todas sus víctimas sangraron copiosamente, pero la mitad de los camisones no tienen ni una mancha de sangre. Los cosméticos están aplicados con generosidad. Las viste y las maquilla después de muertas. —Se volvió—. Las reduce a objetos de su fantasía retorcida. Nada más que muñecas para poseerlas, controlarlas y al final destruirlas.

Rainey se acercó más al tablero y examinó las fotos polaroid.

—Supongo que toma muchas fotos y se guarda algunas como trofeos. Estas que estaban en la escena son como tarjetas de visita. Al plantar las fotos, está afirmando que es el creador de esos objetos. Declara su propiedad, como autor de la fantasía.

Caitlin frunció el ceño ante las fotos.

—¿Qué pasa?

—Las heridas en las muñecas de Phoebe me molestan.

—Nos molestan a todos...

—El asesino prepara a esas mujeres como si fuera un sacrificio. Es una ideación suicida, forzada en las no dispuestas. —Hizo una pausa—. Phoebe Canova llevaba desaparecida casi tres semanas.

Emmerich siguió andando.

—Pero el forense estima que lleva dos semanas muerta.

—La ha mantenido viva. Tortura a sus víctimas tanto física como mentalmente.

—¿Qué reacción busca en ellas?

—El terror. La rendición. La desesperación. La sumisión. —Caitlin meneó la cabeza—. Destruirlas emocionalmente y quitarles el alma, así como el cuerpo.

—¿Y por qué ataca los sábados por la noche?

—¿Está ocupado durante el resto de la semana? —dijo Caitlin.

—Quizá. —Emmerich se cruzó de brazos—. La cosa empezó en agosto. ¿Qué fue lo que la desencadenó?

Rainey negó con la cabeza.

—No hay forma de saberlo todavía.

—¿Y por qué está acelerando el ritmo de las muertes?

Rainey se quedó pensativa. Caitlin irrumpió en el silencio.

—Porque le ha cogido el gusto.

Emmerich levantó una ceja.

—A juzgar por las polaroids que plantó en torno al cuerpo de Phoebe Canova, hace tiempo que le ha cogido el gusto.

Rainey dijo:

—Ya entiendo lo que quiere decir Caitlin. Se ha envalentonado.

—Está teniendo éxito en el secuestro y el asesinato de esas mujeres sin que lo cojan —añadió Caitlin—. Y el éxito engendra confianza.

Emmerich asintió.

—Tiene una compulsión. Y, en cuanto ha cedido a ella, no puede parar. Matar se ha convertido en algo más que una necesidad o un placer. Se ha convertido en una costumbre.

—Y con cada asesinato se aficiona más. Está más seguro de sí mismo. Y más convencido de ser... invisible.

Emmerich, ya serio, pareció retraerse en su interior.

—Encontrar los cuerpos esta noche le desmonta todo su juego.

—No —repuso Caitlin.

Se sonrojó, dándose cuenta de que estaba llevándole la contraria al jefe. Pero Emmerich simplemente la miró con curiosidad, y quizá con un punto de diversión, y dijo:

—Encontrar los cuerpos estropea el juego de muñecas del asesino con esas víctimas. Pero no le hará retirarse. Todavía no. Dado su ego, todavía piensa que, en lo que respecta a coger víctimas, es invulnerable.

—¿No cree que se vaya a retirar?

—Descubrir los cuerpos por sí solo no lo parará. Y el sábado por la noche llegará muy rápido. Debemos presumir que solo tenemos unos días para detenerlo.

Emmerich lo consideró.

—Escríbalo para su presentación.

—Sí, señor. —Ella esperó un momento—. Su narcisismo le convence de que es superior al resto del mundo. Si le decimos que estamos siguiéndole el rastro, podemos pinchar esa sensación de invencibilidad. Quizá eso sí que le asuste y retroceda.

Emmerich asintió.

—Y podremos encontrar algunas pistas. Es hora de tomar la iniciativa.

12

A las ocho de la mañana, la sala de detectives se llenó de agentes uniformados y detectives con vaqueros y polos. Un sol débil atravesaba las persianas venecianas. En el tablero, las polaroids de las mujeres de blanco parecían un congreso de muertos.

El jefe Morales entró.

—Escuchen. Estos agentes del FBI tienen información del individuo que nos ocupa.

Emmerich le dio las gracias. Su camisa blanca estaba recién planchada y almidonada, y tenía las mejillas rosadas por un afeitado reciente. Parecía centrado, como si hubiese planeado no desperdiciar ni una sola sílaba.

—Un solo perpetrador ha secuestrado a las mujeres desaparecidas y ha matado a las dos víctimas que encontramos ayer —anunció.

—Un asesino en serie —concluyó un agente.

—Sí.

El respingo colectivo pareció aspirar todo el aire de la habitación. Emmerich hizo un gesto a Caitlin. Ella distribuyó copias del perfil de dos páginas del sospechoso que había escrito por la noche.

«Varón blanco, treinta y tantos. Educación universitaria. Empleado administrativo o de cara al público, posiblemente en ventas. Tiene mujer o novia».

Fue andando hasta situarse en la parte delantera de la habitación. Era su presentación. Cogió aliento y habló.

—Vive a menos de ochenta kilómetros de Solace, en una casa no adosada, con un jardín o árboles que le dan privacidad. Conduce un vehículo grande, pero no llamativo. Necesita transportar a sus víctimas, pero no quiere que nadie le recuerde. Probablemente sea un coche estadounidense, de un color muy normal, y con las ventanillas tintadas.

Les habló del equipo para secuestros que probablemente guardaría en el vehículo. Los oficiales iban revisando el perfil. Algunos tomaban notas. Caitlin notaba que la cafeína y los nervios la mantenían a punto.

—El sospechoso caza entre las diez de la noche y la una de la madrugada. La oscuridad le permite irse deslizando y pasar casi sin ser visto por los barrios, y colocarse en puntos de observación desde donde puede vigilar y seleccionar a sus víctimas. Carreteras secundarias sin iluminar, explanadas con árboles, vestíbulos e incluso habitaciones que están oscuras en contraste con la posición de la víctima.

Unas caras tensas se volvieron hacia ella.

—Está corriendo riesgos. Secuestrando a mujeres en lugares públicos. La oscuridad elimina parte de ese riesgo, pero no todo. —Se volvió hacia el mapa de Texas clavado en el tablero y dio unos golpecitos en las rampas de la I-35 que había usado el sospechoso para desaparecer con sus víctimas—. Su habilidad para conseguir el control sobre sus víctimas sin atraer la atención hacia sí mismo y la forma que tiene de escapar tan rápido de la escena del crimen indican planificación y calma.

Un detective que estaba al fondo dijo:

—¿Significa eso que es un asesino organizado?

—Indica un enfoque metódico. —Caitlin hizo una pausa y reconsideró sus palabras—. El FBI ha dejado de clasificar a los criminales como «organizados» o «desorganizados». Esos términos describen el carácter de un sospechoso y la forma en que cometen sus crímenes. «Organizados» implica criminales que son socialmente hábiles, a menudo tienen una inteligencia por encima de la media, y demuestran orden antes, durante y después de un crimen. A menudo ocultan los cuerpos de sus víctimas. Están tranquilos y relajados después de cometer sus crímenes. Y sus víctimas a menudo son desconocidos, a los que ponen en su punto de mira porque están en un lugar determinado o poseen unas características determinadas.

Caitlin echó un vistazo a las fotos de las mujeres rubias del tablero. Todo el mundo hizo lo mismo.

—«Desorganizados» significa criminales que son socialmente inadecuados y sexualmente incompetentes. Que matan cuando están alterados y confusos, que actúan de repente, sin plan alguno para evadir la detección. Dejan a las víctimas donde las matan. No intentan ocultar los cuerpos. Pero las categorías no son mutuamente exclusivas. No es una dicotomía..., es más bien un continuo. De modo que no clasificamos a este sospechoso como «organizado». —Caitlin calló un momento—. Pero, ciertamente, muestra señales de orden y control.

—¿Entonces este tío es frío como el hielo? —preguntó el detective Berg.

—Mata por ira, desplazando su ira hacia sujetos que representan a alguien que le causó un daño emocional. Matar le proporciona una gratificación emocional y sexual —respondió ella—. Toma posesión de sus víctimas. Esas mujeres son objetos para él. No del todo humanas. En su mente, de hecho, él es el único humano que puebla el planeta.

—Gratificación —dijo un agente.

Ella asintió. Habían recibido los resultados de la autopsia de Shana y Phoebe.

—Ataca sexualmente a sus víctimas y luego las mata. Después coloca los cuerpos de una manera que sugiere que las vuelve a visitar una vez muertas. —Miró las notas en lugar de mirar a los agentes—. No digo que sea un necrófilo. Pero vestir y maquillar los cuerpos le proporciona satisfacción. Quiere prolongar la emoción de matar. No los tira por ahí sin más. Los conserva. Como si fueran suyos.

Un silencio enfermizo inundó el aire.

—¿Por qué los camisones? —preguntó finalmente el jefe Morales.

—Un fetiche, un recuerdo... Algo le hace asociar los negligés con el deseo sexual. —Miró la foto del cuerpo de Phoebe Canova—. El maquillaje... Probablemente está intentando restablecer una semblanza de vida y tapar las señales de putrefacción. De nuevo, intenta prolongar la ilusión lo más posible. Y quizá maquillarlas hace que se parezcan a una mujer en particular.

Morales empezó a caminar por el fondo de la habitación.

El agente meneó la cabeza.

—Un psicópata.

Caitlin volvió a las fotos en el tablero.

—El asesino se siente cada vez más confiado. La primera víctima, Kayley Fallows, dejó el Red Dog Café y fue andando por una calle oscura. El sospechoso tenía un gran escondite desde donde observar y atacarla sin correr el riesgo de ser visto.

Señaló las fotos siguientes.

—Heather Gooden desapareció mientras recorría los cincuenta metros que hay entre la residencia de la universidad y una cafetería. Ahí tenía una ventana de oportunidad mucho más estrecha y actuó con mucho más atrevimiento. Luego secuestró a Veronica Lees en el cine. Todavía una mayor confianza y sofisticación: había muchas posibilidades de que los espectadores o el personal le vieran y le recordaran. Cámaras de vídeo. Una ventana temporal mucho más estrecha para conseguir la confianza de la víctima y controlarla.

—Y todo a plena vista —dijo Berg—. ¿Se estaba exhibiendo?

—No. Pero sus éxitos anteriores le dieron la tranquilidad de que podía tener éxito otra vez. De que podía actuar con impunidad.

—Creo que aparecerá en el vídeo de la cámara que había en el cine —apuntó Berg.

—Existen muchas posibilidades de que fuera captado en vídeo... Eso si entró en el cine por la entrada principal. Presumiendo que ninguna de las salidas de emergencia estuviera abierta o tuviera la alarma desconectada —dijo ella—. Estamos trabajando en ello.

Berg asintió y señaló la foto de Phoebe Canova.

—Un secuestro con un riesgo todavía mayor. Main Street, a la vista de todo el mundo, mientras una camioneta estaba parada a apenas diez o doce metros de distancia. Ahí sí que se exhibía.

—De acuerdo.

Caitlin pasó a Shana Kerber. Dio unos golpecitos en la foto de la joven madre.

—Este es el secuestro más atrevido de todos. Entró en casa de la víctima, donde normalmente estaría en desventaja y era más probable que dejara pruebas forenses. Pero se salió con la suya.

Un agente que estaba atrás dijo:

—¿Cómo es físicamente?

—Normal. Bien vestido, limpio, ropa arreglada. Quizá atractivo incluso. Pero no destaca.

—Sin tatuajes en la cara.

—No. Este sospechoso es, de manera deliberada, no amenazador. —Ella se puso tensa—. Pero tiene el instinto de un depredador para la gente que es vulnerable. Coge a las mujeres cuando están distraídas, o con prisas, o medio dormidas. Tiene una habilidad especial para encontrar los momentos oportunos y aprovecharse de los demás. —Hizo una pausa de un segundo—. Piensen en las personas que conocen que tengan esa habilidad.

—¿Cree que quizá conozcamos a ese hombre? —preguntó otro agente.

—Muchas personas lo conocen.

Los agentes se removieron, incómodos.

Emmerich habló entonces.

—El sospechoso se mueve mucho, es confiado y, por las polaroids, sabemos que sus asesinatos en Solace no son los primeros. Deberían investigar otras desapariciones junto a la I-35. Es su coto de caza.

Berg señaló hacia el mapa.

—La I-35 corre casi ochocientos kilómetros a lo largo de Texas.

—Y otros miles de kilómetros más hacia Duluth, Minnesota. Pero Texas es un buen lugar donde empezar.

Caitlin cribó toda la sala.

—Ese hombre es peligroso y está decidido, y, a menos que le detengamos, volverá a matar.

Berg fruncía el ceño como un desafío.

—¿Qué van a hacer?

Emmerich respondió:

—Vamos a dar una conferencia de prensa con el comisario. Y ver si alguien por ahí tiene algo de información.

Morales levantó la barbilla.

—Alguien conoce a ese hijo de puta. Vamos a encontrarlo.

13

La gente de los informativos de televisión se apretujaba en la acera, frente a la comisaría de policía. Venían desde Austin y San Antonio, junto con reporteros de la prensa escrita y fotógrafos, un corresponsal de la Associated Press, blogueros locales y dos docenas de ciudadanos de Solace. Muy serio y concentrado, el jefe Morales habló ante un ramillete de micrófonos. Confirmó las muertes de Shana Kerber y Phoebe Canova, y puso énfasis en que el departamento buscaba con urgencia al sospechoso, probablemente un hombre blanco de treinta y tantos años. Detrás de él, Caitlin estaba de pie junto a los agentes reunidos y el equipo del FBI.

Morales acabó su discurso.

—Voy a pasarle el micrófono a la agente especial Brianne Rainey del FBI, que tiene más información.

Entonces se acercó Rainey. Llevaba una chaqueta negra muy elegante, y las trenzas recogidas hacia atrás en un moño. Tenía un aspecto eficiente y serio.

—Creemos que el hombre que ha cometido estos crímenes vive a lo largo del corredor de la I-35, entre Austin y San Antonio. Forma parte de la comunidad. La gente le conoce. Trabajan con él. —Observó a los medios reunidos—. Habrá señales de que está cometiendo estos crímenes. Quizá salga inesperadamente los sábados por la noche. Quizá se vaya y vuelva sin dar explicaciones, o con una explicación poco creíble. Si reconocen a algún hombre que encaja en esta descripción, por favor, contacten con el Departamento de Policía.

Miró a los ojos a todos y cada uno de los periodistas, y luego miró a cámara.

—El criminal busca a sus víctimas con anticipación. Vigila a las mujeres en casa y en el trabajo, y luego elige el momento adecuado para atacar. Si han visto a alguien en su barrio o en la calle que parezca fuera de lugar, alguien que vigile una casa o un negocio, alguien que no sea de por allí..., por favor, contacten con la policía.

Los periodistas iban escribiendo. La gente de la tele levantó los micrófonos.

—Si le parece que es a usted a quien vigilan, o si se le ha acercado un hombre buscando ayuda o pidiéndole que le acompañe a alguna parte, llame a la comisaría de policía. Su vigilancia puede ayudar a coger a ese criminal.

Morales le tendió a Rainey varias fotos de veinte por veinticinco. Eran fotocopias de las polaroids encontradas en torno al cuerpo de Phoebe Canova en el bosque. Rainey las sujetó en alto.

—Solicitamos su ayuda también para identificar a estas tres mujeres.

Un agente pasó copias. Tras él, Caitlin y Emmerich estaban de pie en silencio, puro atrezo para la prensa.

—¿Alguna pregunta? —dijo Morales.

Caitlin, sin mover los labios, susurró:

—Allá vamos.

La morena de la televisión de Austin preguntó:

—El asesino del sábado por la noche. ¿Secuestra a mujeres y las viste con camisones blancos?

—Sí —contestó Morales.

«El asesino del sábado por la noche». Caitlin puso cara de póquer. La UAC nunca ponía sobrenombre a ningún sospechoso. Evitaban convertir a los asesinos en serie en mitos. Temía que con aquellas fotos a los tabloides se les pusiera dura y siguieran buscando nombres más expresivos para el asesino. Le vino a la mente «el asesino del camisón blanco».

—¿Instaurarán un toque de queda los sábados?

—¿Van a cerrar los colegios?

—¿Por qué han tardado tanto en traer al FBI?

Caitlin seguía allí de pie, escondida detrás de sus gafas de sol. Ella y Emmerich examinaron a la multitud, memorizando sus rostros, analizando su lenguaje corporal. Algunos criminales aparecían en la investigación de sus propios crímenes, aun sabiendo que los policías los buscaban. La cámara de la cadena de televisión captaba a todo el que estaba allí.

Morales dijo:

—Eso es todo. Muchas gracias.

Se dirigió a la comisaría mientras los periodistas le gritaban preguntas a su espalda. Rainey le siguió.

Al pasar, Caitlin dijo:

—Esperemos que esto funcione.

Rainey abrió la puerta.

—La esperanza, para la iglesia los domingos. Saquemos a esa serpiente de su madriguera.

14

En el centro de la ciudad de Dallas, el sábado por la noche estaba en su apogeo. Los rascacielos estaban brillantemente iluminados. Las amplias calles del centro de la ciudad eran un río de faros de automóvil. A pesar del frío, el centro comercial North Point Plaza, en la parte residencial, cerca de la maraña de autopistas que serpenteaban a través del centro de la ciudad, estaba atestado. El garaje exclusivo del centro comercial estaba a ciento cincuenta metros de la entrada a la carretera I-35, la autopista Stemmons.

Teri Drinkall salió del ascensor en el garaje, en el nivel 5, cargada con una bolsa de la compra de Neiman Marcus, otra de una librería independiente y una tercera de California Pizza Kitchen, que contenía una pizza de gambas con pesto. Los tacones gruesos de sus botas hacían eco en el suelo de cemento. Cuando había llegado, tres horas antes, el garaje estaba repleto de coches, pero ahora ya estaba casi vacío. Su Ford Escape estaba aparcado en el extremo más alejado de aquel piso. Una ráfaga de aire le levantó de los hombros la melena rubia.

Rodeó una columna junto a la escalera de incendios y oyó la voz de un hombre.

—Perdone.

La mujer se sobresaltó y se dio la vuelta, y las bolsas oscilaron. Llevaba el llavero en la mano derecha, con las llaves sobresaliendo entre los dedos como garras.

El hombre se quedó de pie junto a la escalera, permaneciendo medio en sombras.

—Lo siento, no quería asustarla.

Iba muy bien vestido, y tenía una voz cálida. Parecía avergonzado. Apoyaba una mano contra la pared para mantener el equilibrio.

—Siento mucho molestarla, pero necesito que alguien me eche una mano para llegar hasta mi coche.

En el cemento ante él se encontraban unas cuantas bolsas de la compra de una tienda de juguetes. Un osito Paddington sobresalía de una de ellas.

Teri sonrió.

El hombre le devolvió la sonrisa.

El domingo por la tarde, la luz atravesaba los visillos de las ventanas del dormitorio, moteados con sombras por los robles del jardín. De pie junto a la cama, el hombre examinó ansiosamente la nueva polaroid. Era muy reciente. Los detalles estaban aún muy vivos. La luz captaba todos los detalles, todas las protuberancias del cuerpo, el brillo en sus ojos.

Las mujeres de Dallas tenían un brillo muy especial. Un pequeño toque vaquero.

Había valido la pena el viaje.

Se puso muy furioso cuando la policía de Gideon y el FBI encontraron a la mujer en el bosque de cedros. Habían arruinado su trabajo. Llevaron perros. Cogieron sus trofeos. Estaba verdaderamente furioso. Y luego, cuando dieron la conferencia de prensa, se alarmó mucho.

Había considerado la posibilidad de postergarlo. La chica en la que había pensado, aquella camarera que se llamaba Madison, le había visto observando su complejo de apartamentos. Era rubia platino, muy descarada, con una sonrisa muy poco sincera cuando le preguntó: «¿Le tomo su pedido?». Joven y con los ojos vacuos. Pero ella le había visto, aunque fueran unos pocos segundos solamente. Era demasiado arriesgado cogerla después de que el maldito FBI gritara «Vigilad» desde los tejados aquel fin de semana.

Y la antigua ira —ese anhelo horrible y justificado de enseñarles, de hacer que esas mujeres vieran, de sofocar su necesidad antes de que explotara—, había aumentado y le corría por todo el cuerpo. Le martilleaba las sienes, diciéndole: «Nadie puede quitarme esto. Es mío».

Y Dallas estaba a trescientos veinte kilómetros de la interestatal.

Admiró la foto otro minuto más y luego la añadió a la exposición. Su exposición era secreta, la mantenía a salvo detrás de una pared falsa, en su armario. Puso a Debbie Does Dallas en el tablero. Añadía un cierto brillo al conjunto. Pasó los dedos por su colección. «Cuántos camisones blancos tan cuidadosamente elegidos...».

Quitó una foto de una adolescente rubia platino. La foto era antigua. La guardó con mucho cuidado; la había mantenido apartada de la luz para que no perdiera el color, y usado el mismo agujero para clavarla cada vez que la añadía al tablero, pero después de todo aquel tiempo el borde blanco ya mostraba unas manchas grasientas grises. Le encantaba acariciarla, pero intentaba siempre no tocar la superficie con los dedos.

Pero ese día no. Ella fue la que lo empezó todo.

Había intentado olvidar, perdonar e ignorar, fingir que no le importaba, pero allá adonde iba el mundo estaba repleto de otras como ella. Las despectivas. Las egoístas. Aquellas que lo echaban a un lado como un envoltorio de chicle. Las hermosas, las superficiales, las emocionalmente inmaduras. Aquellas que no se preocupaban. Que no comprendían que si pisoteas el espíritu de un hombre no hay vuelta atrás. Las que estaban ciegas en las profundidades.

Apretó la foto contra sus labios y enseñó los dientes, como si fuera a morderla.

Sonó el timbre de la puerta.

Con el corazón acelerado, clavó de nuevo la foto en su sitio. De mala gana encerró su alijo y se miró en el espejo. Tenía buen color, los ojos brillantes. Parecía que había estado haciendo ejercicio.

Y lo había hecho.

Al recorrer el pasillo, las imágenes del tablero de corcho le enviaron un estimulante cosquilleo por la piel. Se permitió una sonrisa, amplia y hambrienta, y luego suavizó su expresión y abrió la puerta principal.

—En Central Market no quedaban jalapeños. Pondré serranos —dijo Emma, efervescente como siempre, con dos bolsas de comestibles en las manos—. Los bollos de maíz quedarán fuertecitos, pero podremos sobrevivir. Haré la sopa.

—Usa tu magia. No es problema —respondió él.

Ella le envió un beso por el aire y se dirigió a la cocina, con su pelo color castaño muy claro al darle la luz, ese perfume floral suyo que le recordaba a las maestras y las tías solteras.

—Y tú sí que eres fuerte —dijo, yendo tras ella.

Por encima del hombro, ella le dedicó una sonrisa tímida.

Él se volvió hacia la puerta.

—Bueno. Hola.

La niña de seis años estaba de pie en el porche, con el DVD de Frozen en la mano.

—¿Es esto lo que vamos a ver hoy, señorita Ashley? —le preguntó.

Ella soltó una risita y saltó arriba y abajo.

—Eres tonto. Ya sabes que sí.

—Vamos. Tu mamá está preparando la comida.

Ella pasó a su lado. Era el día de la película de Disney. Sonriendo, él cerró la puerta.

15

Lunes por la mañana. Caitlin iba andando hacia el mostrador de la recepción del hotel y tirando de su maleta con ruedas. Solace había escapado del fin de semana sin sufrir daños. El equipo de la UAC volvía a D. C. en el vuelo de las once de la mañana.

Rainey ya estaba allí. El empleado del hotel se había metido en una oficina trasera. Caitlin dio los buenos días y dejó la llave en el mostrador.

Detrás de ella, la voz de Emmerich resonó en el vestíbulo.

—Esperen.

Ella y Rainey se volvieron.

—Una desaparición el sábado por la noche, en Dallas —dijo Emmerich.

Rainey abrió los ojos de par en par.

—Eso está significativamente alejado de la zona de caza anterior del sospechoso.

—La policía de Dallas piensa que está vinculado con los crímenes de Solace. Están enviándolo todo a la oficina del sheriff. —Tenía el pelo húmedo de la ducha, la camisa de un blanco cegador a la luz de la mañana—. Hay un vídeo.

Un zumbido agudo recorrió la columna vertebral de Caitlin.

En la comisaría de policía, el detective Berg le tendió a Emmerich una ampliación de veinte por veinticinco de una foto del carnet de conducir. Una joven con el pelo rubio.

—Teri Drinkall. Veinticinco años. Abogada auxiliar en un bufete de abogados del centro de Dallas. No volvió a casa después de salir de compras el sábado. Su novio y su compañera de piso tienen coartada.

Caitlin se reunió con los demás en el escritorio de Berg. El detective puso el vídeo que habían obtenido las cámaras del garaje. Tenía el rostro muy serio.

—No ayuda nada. Ya lo verán. —Lo puso en marcha.

El vídeo no tenía sonido y era en blanco y negro. La cámara estaba montada en el techo, junto a los ascensores de un aparcamiento de múltiples pisos. Pasaron tres segundos sin que pasara nada. Luego, la mujer desaparecida cruzó por delante de la cámara.

Teri Drinkall era menuda y andaba con energía. Llevaba dos bolsas de compras en la mano izquierda y una tercera bolsa cogida con el antebrazo derecho. Llevaba el bolso colgado del hombro y las llaves en la mano derecha. Parecía que iba directa hacia su coche. Pasó por debajo de la cámara y fue andando hacia el extremo más alejado del garaje, y se la veía de espaldas.

De repente dio un salto, sobresaltada.

Giró la cabeza de golpe, atraída su atención por algo inesperado. Algo que estaba fuera del objetivo de la cámara.

Caitlin se movió inquieta, deseando que hubiera algo más. Junto a ella, Emmerich estaba de pie con los brazos cruzados y tamborileando con los dedos.

En el vídeo, Teri se volvía hacia su derecha. Su espalda estaba enfocada por la lente. Inclinaba la cabeza y hablaba.

Caitlin quería saber con desesperación lo que estaba diciendo, pero no se veía lo suficiente para intentar leerle los labios.

Teri asentía y salía del encuadre. Su sombra la seguía, y luego desaparecía.

Berg detuvo el vídeo.

—Ya está.

Emmerich dijo:

—Vuélvalo a poner.

Lo vieron, muy concentrados, dos veces más. Berg parecía frustrado. Emmerich sacó su portátil y lo puso en una mesa de conferencias.

—Mándemelo —dijo.

—¿Cree que se puede sacar algo de esto?

—Nuestro analista técnico de Quantico quizá pueda.

Berg le envió el vídeo.

—¿Qué podrían encontrar?

Emmerich se inclinó sobre el portátil y tecleó algo.

—Sombras, artefactos, reflejos... Cualquier cosa que pueda proporcionar información sobre la persona con la que hablaba la víctima.

Caitlin tocó el brazo de Berg.

—¿Puede ponerlo una vez más, por favor?

Él lo volvió a poner. Ella lo miró.

Estaba claro que Teri había dado un salto porque alguien le había dicho algo. De lo contrario, no se habría dado la vuelta y hablado como respuesta. La cabeza de Teri seguía al mismo nivel cuando ella habló. Eso indicaba que hablaba con alguien que más o menos era de su misma altura, o sea, un adulto. Caitlin se centró en la pantalla. Esta vez, mientras lo miraba, intentó leer el lenguaje corporal de la mujer desaparecida.

Teri se dirigió hacia el hablante invisible de manera voluntaria. ¿Por qué hizo un movimiento afirmativo hacia la petición del sujeto? ¿Qué truco utilizó el asesino para atraerla?

Cuando Teri salió del encuadre, su postura indicaba un de­sarme total. Cuando apareció en pantalla al principio, era distinta. Llevaba las llaves del coche en alto y preparadas, dispuesta para dar la voz de alarma si veía algo raro. Iba preparada para responder a amenazas repentinas, como cualquier mujer consciente de que vive en una ciudad.

Todavía llevaba las llaves en alto y metidas entre los dedos, como garras, cuando se volvió por primera vez. Luego las bajó. Mostraba... preocupación. Y... ¿quizá malestar emocional?

Caitlin lo volvió a ver. Entre el momento en que Teri se sobresaltaba por primera vez y el momento en que bajaba las llaves sus hombros se relajaban. Su cabeza se inclinaba a un lado, en una actitud que suelen adoptar las personas cuando hablan con niños pequeños o con animales quejosos. Era algo más que simple preocupación. Era... ¿lástima?

—El truco que usó él no solo la convenció de que estaba indefenso. La convenció de que sufría algún daño —dijo Caitlin—. No sé de qué tipo. Ella quería ayudarle. Él le dio la vuelta completamente, de una forma emocional, en menos de cuatro segundos.

Berg preguntó:

—¿Fingía que estaba herido?

—Posiblemente. Cuadra con el perfil.

—¿Es nuestro hombre?

—Quizá. —Caitlin se sentía mareada.

Emmerich envió el vídeo a Quantico. No levantó la vista.

—Si lo es, haber hecho públicas las polaroids no lo ha asustado para echarse atrás.

Berg miró a Caitlin.

—Ha hecho que se aleje por la interestatal.

A mediodía, los corredores de bolsa de Crandall McGill estaban muy ocupados bajo el sol brillante de Phoenix. Sonaban los teléfonos. Las televisiones estaban sintonizadas en los canales financieros y de noticias, y los letreros pasaban por la parte inferior de diversas pantallas.

En el mostrador de recepción del vestíbulo, Lia Fox pasó una llamada y firmó al recibir un fajo de sobres de FedEx. El repartidor le dedicó una mirada simpática, evaluándola. Tenía treinta y seis años, era delgada y menuda, y sabía que le sentaban muy bien la falda estrecha y los zapatos de tacón de aguja. Llevaba el pelo oscuro muy corto, por el calor. Así su cara parecía más severa, pero ella había decidido que le gustaba eso. Quería probar a mostrar orgullo.

Dijo adiós con un gesto al repartidor, se acabó de beber los últimos restos de un brebaje frío y revisó los mensajes de texto de su móvil, girando a derecha e izquierda en la silla de su escritorio. «Tizzy está enfermo otra vez», le escribió su madre. Se refería a su perro. «¡He conseguido un tanto!», exclamaba su hermana, hablando de deportes, o de un examen o de sexo. Lia respondió a ambas cosas con un pulgar con el dedo levantado. Recogió los sobres de FedEx y se dirigió hacia la oficina para entregarlos.

Al pasar por la mesa de un operador, un televisor que estaba montado en la pared atrajo su mirada. Despertó algo en su cerebro, pero siguió andando. Al doblar la esquina, otro televisor estaba sintonizado en el mismo programa de noticias. El letrero decía: «Policía de Texas y FBI buscan a un asesino».

Vio las polaroids y se detuvo en seco.

Una bróker la llamó desde su despacho.

—¿Lia?

Lia miró el televisor.

—Lia, ¿es para mí eso?

La bróker tenía la mano tendida. Inclinando la cabeza, Lia le tendió el sobre.

—¿Qué pasa? —le preguntó la mujer.

Lia negó con la cabeza, con los ojos clavados en la pantalla del televisor.

—Nada.

La bróker levantó la vista hacia la pantalla.

—Dios, es horrible...

Lia intentó respirar, pero le parecía que tenía el pecho cerrado. La bróker le hablaba, pero ella no oía más que un pitido dentro de su cabeza.

La bróker agitó una mano ante su cara.

—Te has quedado pasmada... ¿Qué pasa?

Lia se volvió hacia ella.

—Nada.

Se dio la vuelta sobre sus altos tacones y corrió a través del vestíbulo enmoquetado. Antes de llegar al mostrador delantero, se dirigió hacia el lavabo de mujeres. Se encerró en un cubículo del baño y se apoyó en la pared, temblando.

Susurraba:

—No puede ser.

Cuando volvió al mostrador de recepción, consiguió ignorar la pantalla de plasma que estaba en el vestíbulo, en la zona de espera. Pero al final, como con la hiedra venenosa, el picor se hizo insoportable. Al cabo de una hora se levantó, puso el volumen al televisor y fue buscando por los canales informativos hasta encontrar las últimas noticias.

—Una sexta mujer de Texas ha desaparecido, esta vez en Dallas.

Las manos de Lia le cayeron a los costados. Como las otras mujeres que habían desaparecido, Teri Drinkall era rubia, joven, esbelta y había desaparecido. Desaparecidas. Se veían sus fotos en la pantalla. Una tras otra, como Barbies en los estantes de una juguetería.

Y las polaroids. Tantas rubias, tanto terror... Camisones blancos.

Un temblor empezó a agitarle la pierna. Le subió por el vientre y se le acabó instalando en el pecho.

—La policía de Dallas no tiene sospechosos en esta desaparición —decía el presentador—, pero están en contacto con las autoridades del condado de Gideon, donde han desaparecido otras cinco mujeres. Dos de esas mujeres fueron encontradas asesinadas la semana pasada. El FBI está ayudando en la investigación, pero no ha proporcionado ningún comentario más sobre el caso.

El presentador parecía muy serio y preocupado. Una lista de números de teléfono apareció en pantalla, en las líneas informativas.

Lia puso el televisor en pausa. Durante un minuto entero, dos, se quedó mirando la puerta principal tras la cual brillaba el sol de Arizona, hasta que las lágrimas se le agolparon en los ojos.

Con dedos temblorosos cogió su teléfono. Leyó la pantalla del televisor y marcó un número.

Cuando respondieron la llamada, ella cerró los ojos.

—Tengo que hablar con los agentes que están trabajando en el caso de los asesinatos de Texas. Sé quién es el asesino.

16

Los teléfonos de la comisaría de Solace sonaban sin parar, todo el día. Cada línea estaba repleta de llamadas preocupadas y absurdas informaciones.

«El asesino del sábado por la noche es mi vecino».

«Es el hombre de la gasolinera que me miró de una forma rara».

«Es mi suegra».

«El asesino hurgó en mi basura. Es un basurero».

«Yo soy el asesino».

«Las asfixié con una bolsa de la lavandería».

«Las atropellé con un cortacésped».

En el mostrador delantero, una adolescente rubia vestida con el uniforme negro de una cafetería hablaba a toda velocidad describiendo a un hombre a quien había visto, y ponía la mano en el aire para indicar su altura. El jefe Morales parecía capaz de lavar a presión un autobús de lo alta que tenía la presión sanguínea. Al detective Berg parecía que la corbata iba a estrangularlo. Fuera, el sol blanco caía sobre una calle principal casi vacía. Daba la sensación de que una vibración inaudible de pánico llenaba el aire.

En la mesa de conferencias de la sala de detectives, Caitlin se inclinaba sobre su portátil, con unos auriculares puestos. Estaba manteniendo una videoconferencia con el técnico analista de la unidad en Quantico, Nicholas Keyes. Le dijo:

—Ya sé que estás buscando los datos de la cinta del aparcamiento de Dallas, pero hay otro vídeo, de la tercera víctima. Apuesto lo que quieras a que el sospechoso está en ese vídeo.

Vio las imágenes de la desaparición de Veronica Lees en las salas de multicines en una ventanita de su pantalla.

—Lo que necesito es el análisis de movimiento —prosiguió Caitlin—. Una forma de comparar la víctima con las demás personas que estaban en el vestíbulo, uno por uno, para determinar si alguno de ellos la mira, la toca o la sigue.

—He contado ciento veinticinco personas en ese vestíbulo. Aproximadamente —dijo Keyes.

Él, más que mirar a Caitlin, miraba a su propia pantalla. El brillo del ordenador se reflejaba en sus gafas con montura de concha. Con veintiocho años, tenía una mente ágil y una cantidad de conocimientos que resultaba casi anticuada.

—Sé que es mucho trabajo —le dijo Caitlin.

—No, si aplico el modelo correcto. —Los dedos de Keyes se movían con fluidez por su teclado. Tenía un lápiz detrás de la oreja—. Puedo atacar el asunto de un par de formas distintas.

Emmerich entró en la sala y se acercó a la mesa de conferencias.

—Keyes, espera —exclamó Caitlin y se quitó uno de los auriculares.

—Una persona que ha llamado dice que sabe quién es el asesino. —Emmerich tendió a Caitlin un mensaje en una nota—. Una comprobación preliminar indica que su afirmación puede tener credibilidad. Esa chica hará una videollamada. Échele un vistazo a la cara, escúchela y determine si es «creíble» la palabra adecuada para ella.

—Ahora mismo.

Con un leve saludo, Emmerich se fue.

Caitlin se volvió de nuevo hacia Keyes.

—Tengo...

—Oído. Ve. —Sus ojos recorrieron rápidamente la pantalla—. Tengo una idea.

—¿Sobre...?

—Caminos sesgados e interceptaciones.

Apagó el ordenador antes de que Caitlin pudiera preguntarle más. Ella dejó la nota con el mensaje en su mesa y marcó la videollamada. Le respondieron casi al instante.

—Señorita Fox...

Lia Fox estaba inclinada hacia la pantalla, humedeciéndose los labios, nerviosa. Llevaba el pelo negro cortado muy corto, y tenía la mandíbula dura, pero parecía tan asustada como una cierva.

—¿Agente Hendrix? —dijo Fox—. ¿Está usted en Texas? ¿Investigando estos crímenes?

—Sí. ¿Qué información tiene para nosotros?

—Tiene que prometérmelo. —Fox juntó las manos frente a los labios y cerró brevemente los ojos antes de mirar con intensidad a Caitlin—. Mi nombre quedará fuera de esto. Soy anónima.

—Mantendré la confidencialidad sobre su nombre —le aseguró Caitlin—. ¿Cree que puede identificar al asesino?

El ojo de Lia sufrió un tic.

—Mi exnovio. Se llama Aaron Gage.

Exhaló como si pronunciar aquellas palabras hubiera agotado hasta el último gramo de su energía.

Caitlin escribió aquel nombre.

—Cuénteme cosas sobre Gage. ¿Por qué cree que es el hombre que buscamos?

—Me estuvo acosando. Él... —Puso su mano sobre la boca, presionándola.

—Tómese el tiempo que necesite. Simplemente cuénteme lo que pasó.

Lia esperó unos segundos mientras parecía que intentaba reu­nir todo su valor. Apretó la mandíbula, lo cual hizo que pareciera desgastada.

—Yo estaba en el primer curso de la universidad. En el Rampart College, junto a Houston. Tenía dieciocho años y... —Se encogió de hombros—. Aaron estaba bueno. De rasgos duros, con un aire como de Clint Eastwood a caballo.

Caitlin asintió, animándola a seguir.

—Pero le gustaba mucho salir —dijo Lia—. Y bebía. Las cosas se fueron complicando.

—¿Qué le hace pensar que pueda ser el sospechoso de esos asesinatos, señorita Fox?

—Pues yo estaba hecha un lío... Me saltaba todas las clases. Iba por ahí dando tumbos, ¿sabe? Estuve con él mucho más de lo que habría debido. Era mi primer novio, así que...

Sus mejillas ardían. Parecía que se había guardado todo aquello dentro desde el primer año de la universidad.

Caitlin bajó la voz.

—De acuerdo. La escucho. Continúe.

Lia asintió, tensa.

—Una noche, en su apartamento, él... nosotros... nos em­borrachamos. Empezamos a gritarnos y a pelear. Yo me metí en el dormitorio y cerré la puerta. Puse una silla debajo del pomo. Aaron empezó a dar golpes, insultándome, gritando que yo era una inútil...

Caitlin siguió asintiendo.

—¿Y?

—Y me quedé dormida llorando. Aaron siguió bebiendo y acabó pegándole fuego al apartamento.

Eso despertó a Caitlin.

—¿Quemó el apartamento deliberadamente?

Lia se encogió.

—La verdad es que no lo sé. Igual se desmayó. Los bomberos dijeron que la causa del fuego era «indeterminada».

Caitlin pidió la dirección del apartamento y la fecha del incendio.

—Cuando me desperté, la habitación estaba llena de humo y el compañero de piso de Aaron llamaba a la puerta, diciéndome que saliera. —Los ojos de Lia empezaron a brillar cada vez más—. Abrí la puerta y salían llamas que llegaban hasta el techo del salón. La puerta de enfrente estaba abierta de par en par, y los vecinos estaban en el vestíbulo gritándome que saliera corriendo.

—Suena aterrador.

—Todavía me pone mala... —Su voz tembló—. Y ya sé lo que estará pensando: «Bueno, ¿y qué?».

Caitlin vio auténtico temor en el rostro de la joven, pero Lia tenía razón: hasta el momento no había dicho nada que relacionara a Gage con su sospechoso.

—La escucho.

—Nunca volví a hablar con Aaron. Rompimos. Del todo. —Lia se inclinó hacia la pantalla—. Y entonces fue cuando las cosas se pusieron siniestras.

—Descríbame lo que quiere decir con «siniestras».

—Empecé a recibir postales por correo. Nunca iban firmadas. «Deja de seguir ignorándome». «Has cometido un error». «¿Qué narices te pasa?». Luego empezaron a aparecer regalitos en el porche —dijo Lia—. Al principio cosas monas. Una pulsera con dijes, una caja de música... Pero, como yo no respondía, empezó a dejar Barbies. Estaban... estropeadas.

Un escalofrío se deslizó sobre los hombros de Caitlin.

—Tenían los brazos arrancados. El cuello roto. La cara quemada con un encendedor. Las piernas... —Ella apartó la vista y luego volvió a clavarla ferozmente en la pantalla—. Las piernas separadas. Una estaba colocada encima de una rata muerta como... como si la muñeca se la estuviera follando. Me asustó muchísimo.

—¿Se lo contó a alguien? —preguntó Caitlin.

—A mis compañeras de habitación. No podía contárselo a mis padres... porque habrían sabido que yo había... tenido relaciones con un chico, y se habrían puesto como una moto.

—¿Y a alguien de la universidad? ¿O a la policía?

Lia se burló.

—¿A la seguridad del campus público? Lo único que hacían era detener a los chicos por violar el toque de queda y por poner música de hip-hop «demasiado alta». —Señaló las comillas con un gesto en el aire—. Rampart es una universidad pequeña, cristiana. La administración no quería saber nada de que los estudiantes tuvieran... sexo.

Lia miró hacia abajo y bajó la voz.

—Me habrían abierto un expediente disciplinario. Me habrían exigido arrepentimiento y quizá me habrían expulsado.

Caitlin pensó: «Menos mal que yo no fui a Rampart». Pero no le sorprendía, tristemente, saber cómo habría respondido la universidad al acoso a una de sus alumnas.

—¿Y qué más? —insistió Caitlin.

La voz de Lia se fortaleció. Ahora que había empezado, se estaba poniendo más firme a cada palabra que decía.

—Una noche, a última hora, estaba en la calle en la oscuridad, vigilando mi puerta.

—¿Está segura de que era Aaron Gage?

—No le daba la luz, pero era de su estatura y corpulencia. Mis compañeras de piso le vieron también, y se asustaron mucho. —Le brillaban los ojos—. Entonces mató a mi gato.

El escalofrío volvió a los hombros de Caitlin.

—Le rajó el cuello y lo dejó en el jardín, rodeado de fotos mías —dijo Lia—. Las fotos me las había tomado Aaron en su apartamento, dormida. Con un puto camisón blanco...

Las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Lia se las secó furiosa.

Caitlin estaba inmóvil.

—¿Les contó a las autoridades lo del gato?

Lia negó con la cabeza.

—Pero tomé una foto. La quería como prueba, por si las cosas se ponían feas.

Caitlin se echó atrás: incendio intencionado y tortura animal eran ya cosas realmente malas. Hasta la administración de la facultad más puritana se habría tomado todo aquello como una seria prueba de acoso. La policía inmediatamente habría considerado que la vida de Lia corría peligro.

—Tengo que preguntárselo... En ese punto, ¿qué fue lo que hizo que no llamara a la policía? —quiso saber Caitlin.

Las mejillas de Lia se pusieron muy rojas. Empezó a parpadear y a humedecerse los labios.

—Pues yo... estaba pasando un mal momento. ¿Podemos dejarlo así? El caso es que ocurrió.

Levantó una foto. El estómago de Caitlin se tensó.

El gato yacía, pequeño y sin vida, con la sangre coagulada en el pelaje en torno a la garganta. Las fotos estaban metidas en la hierba húmeda, a su alrededor. En todas ellas se veía a Lia dormida con un camisón muy sencillo y revelador. Un testigo de muerte repetido.

—Aaron hizo todo esto —dijo Lia—. Eso es lo que cuenta. Tiene que creerme.

—Por favor, escanee esa foto y mándemela. —El corazón de Caitlin latía fuerte, como un tambor—. También tendré que examinar la original. Voy a hacer que un agente del FBI de Phoenix contacte con usted.

—Sí, claro.

Caitlin abrió su bolígrafo.

—Necesito toda la información que tenga de Aaron Gage. Nombre completo, fecha y lugar de nacimiento. Cualquier foto que pueda enviarme...

Lia recitó de un tirón toda la información pertinente, pero dijo:

—Rompí todas sus fotos y las tiré por el váter. Quería que todo recuerdo suyo desapareciera.

—¿No sabe dónde está Gage?

—No. Ni quiero. No quiero saberlo. Me fui de Rampart. Pedí el traslado, y puede apostar a que ese loco gilipollas de Aaron Gage fue el motivo principal para que lo hiciera.

—¿Quién podría saberlo? —preguntó Caitlin.

—Perdí el contacto con casi todas las personas de Rampart. No sabría decirle. —Su mirada se desvió a un lado.

Caitlin no dudaba de que Lia estaba convencida de la culpabilidad de Gage. Y de que estaba aterrorizada. Y de que se guardaba algo. Le preguntó:

—¿Tiene alguna idea de por dónde puedo empezar a buscar?

—Lo último que supe de él es que había ingresado en el ejército. —Lia se volvió hacia la pantalla—. Es él. Ya no es un simple acosador borracho. Ahora es un asesino auténtico. —Se echó atrás—. Encuéntrenlo. Porque me estoy tomando muchísimas molestias con todo esto, mucho más de lo que me correspondería.

Lia cortó la llamada y la pantalla quedó en negro.

Caitlin recorrió el vestíbulo y miró por la comisaría hasta encontrar a Emmerich. Con rapidez le informó de todo.

—Tenemos que encontrar a Gage. Era controlador y estaba furioso. Además del fuego, matar al gato... Son una serie de indicadores de conducta muy claros de sadismo psicopático sexual.

Emmerich dijo:

—Fox no habrá recibido ninguna insinuación de usted antes de contarle todo esto, ¿verdad?

Caitlin se sintió ofendida.

—En absoluto.

Sabía que no se debía dirigir a un testigo ni dar forma a la información que proporcionaba un testigo durante el interrogatorio.

—La policía no ha revelado el hecho de que a Shana Kerber le habían rebanado la garganta y que las polaroids encontradas en el bosque estaban metidas en el suelo, en torno al cuerpo. Es la firma del asesino. No me parece que sea una coincidencia.

La mirada de Emmerich se agudizó.

—A mí tampoco.

17

Trabajando con Nicholas Keyes en Quantico, el martes por la mañana Caitlin consiguió encontrar la pista de Aaron Gage. Estaba vivo. Su domicilio estaba al otro lado del río Rojo en Rincón, Oklahoma.

—Oklahoma —dijo ella—. Muy lejos de la actual zona de los asesinatos. Encaja con el perfil de un asesino movido por la ira que caza fuera de su barrio.

—La I-35 pasa por Rincón. —Keyes habló por el altavoz—. El condado de Gideon está recto hacia el sur.

Llegó Rainey. Al oír la conversación, sus ojos se desplazaron hacia el mapa de Texas en la pared.

Keyes dijo:

—Y puedo confirmar una parte al menos de la historia de Lia Fox. Gage sirvió en el ejército. El expediente militar os llegará enseguida.

—Gracias —respondió Caitlin.

Rainey dio unos golpecitos con los nudillos en la mesa de conferencias.

—Mándame una copia.

Caitlin notó que la invadía la emoción. Pero cinco minutos más tarde, Rainey leía el expediente y meneaba la cabeza.

—Ocho años de servicio activo, múltiples acciones de guerra, Corazón Púrpura, licenciado con honores... Este no es el sospechoso.

—¿Por qué no? —dijo Caitlin—. Al sospechoso le gusta la violencia. Si ha estado destinado en zonas de guerra, eso le daría cobertura para cometer los crímenes.

—A nuestro sospechoso le gusta la violencia que pueda controlar. Y una guerra no es controlable nunca. —La voz de Rainey tenía un filo duro—. Le gusta la violencia que pueda infligir contra personas que no están en posición de resistirse. Estados Unidos tiene un ejército voluntario... La gente se alista sabiendo que pueden salir perjudicados. El sospechoso no haría nada semejante ni en un millón de años.

Caitlin notó entonces un pinchazo de duda, un resentimiento que intentó ahogar de inmediato. «Escucha al agente con más experiencia».

—Entendido —accedió—. Pero, de todos modos, hay cosas en su historia que merece la pena investigar. No sabremos lo que es hasta que hablemos con Gage.

En el otro lado de la sala, Emmerich y el detective Berg se inclinaban sobre una lista, unos nombres que habían llegado a través de la línea anónima. Emmerich escuchaba a Berg, subrayó algunos nombres y luego levantó la vista. Su mirada captó la de Caitlin, formulando una pregunta sin palabras.

—Le hemos localizado. Estamos en ello.

Caitlin tendió la mano hacia Rainey para que le diera las llaves del coche.

—Vamos a tardar unas cuantas horas en ir en coche hasta Oklahoma —dijo.

Rainey le entregó las llaves. Sabía que Emmerich había accedido a que hicieran aquello. Pero Caitlin no sabía qué le parecía a Rainey. Reconocía que su propia posición en la unidad era algo inusual. La habían reclutado directamente de la Unidad de Homicidios de la oficina del sheriff del condado de Alameda. No tenía los años de experiencia investigadora que acumulaban la mayoría de los agentes del FBI dentro de la organización antes de unirse a la UAC. A veces parecía un poco que era la niña mimada del profesor. Sabía que tenía que ganarse sus galones.

Oklahoma les iba a ocupar el resto del día. No podía permitirse que aquel viaje fuera simplemente una pista falsa.

—Aquí hay una pista buena —insistió—. Es importante.

Rainey asintió.

—Entonces deberíamos ponernos en marcha.

Rainey se dirigió hacia la puerta. Al andar iba mirando su teléfono, buscando los informes militares que habían recibido del Departamento de Defensa. Fuera, se metió en el monovolumen e hizo una llamada, intentando localizar al antiguo comandante en jefe de Aaron Gage. Caitlin se metió en el asiento del conductor.

—Por favor, dígale al coronel Marthinsen que me devuelva la llamada lo antes posible —dijo Rainey y se abrochó el cinturón de seguridad.

Caitlin puso en marcha el coche. Dos minutos más tarde se dirigían por la salida de la autopista hacia la I-35 en dirección norte.

Las colinas del sur de Oklahoma se sucedían suavemente, cubiertas por los prados amarillentos por el invierno, se sumergían en ríos y arroyos, llenos de árboles sin hojas. La carretera formaba una curva en torno a una granja y junto a un centro turístico y casino chickasaw. Caitlin conducía silenciosa detrás de sus gafas de sol. Rainey iba consultando su portátil, hasta que salieron de la interestatal en Rincón y se dirigieron hacia el campo. Cerró entonces el ordenador y abrió un mapa en su teléfono móvil.

—A juzgar por las imágenes del satélite, la cabaña de Gage está en medio de los bosques. —Tenía la cara muy seria, pero su tono era sarcástico.

—¿Como en las películas de crímenes de adolescentes?

—Exacto, esas en las que las chicas negras y los empollones son los primeros que mueren. —Su voz se suavizó—. Encajamos en el perfil.

Salieron a una carretera rural con muchas curvas y fueron dando saltos por un camino de grava con muchos baches. Unos promontorios rocosos les tapaban la vista, y de repente coronaron un promontorio y se encontraron en una propiedad que debía de tener unos dos mil metros cuadrados, con una cabaña que daba al sur, hacia el río de arcilla roja que corría por el horizonte. Caitlin aparcó delante y se detuvo.

—Bien.

La cabaña era rústica, con un porche amplio y grandes ventanales. Al otro lado del camino se veía un antiguo granero rojo. Estaba desgastado por el sol y torcido. La puerta estaba abierta.

Dentro, a la luz filtrada por las tablillas, se veían una serie de utensilios agrícolas colgados de las vigas, oscilando en la brisa como siniestros móviles. Caitlin y Rainey intercambiaron una mirada.

Salieron del Suburban. Examinaron el granero, el camino, los árboles, las sombras y se acercaron a la cabaña.

Caitlin llevaba el abrigo desabrochado y la mano derecha baja, sin tocar el arma, pero asegurándose de tener libre acceso a ella. No había coche alguno en el camino ni en el granero. Ni animales. Ni se oía sonido alguno.

Subió al porche, mirando a su alrededor, y llamó a la puerta. Mientras tanto sonó el teléfono de Rainey.

Caitlin miró a través de la ventana delantera. Dentro no vio señal alguna de movimiento. Las luces estaban apagadas.

Rainey respondió el teléfono.

—Coronel Marthinsen. Gracias por devolverme la llamada tan rápido.

Escuchó, con el rostro concentrado. Desde el teléfono, Caitlin oía la voz de barítono del hombre.

Llamó a la puerta de nuevo.

Rainey dijo:

—Ya lo entiendo, coronel. Su última misión...

Desde la parte de atrás de la cabaña llegó una voz masculina.

—Ya voy.

Caitlin se echó atrás y se apartó a un lado de la puerta.

—Gracias, coronel. —Rainey colgó. Su rostro era inescrutable—. Gage es un antiguo oficial. Me ha contado cómo consiguió su Corazón Púrpura el sargento Gage.

Su expresión era algo irónica. Dentro de la casa se oyeron unos pasos. De un hombre... y de las patas de un perro que andaba por un suelo de madera.

La puerta se abrió. La silueta de Aaron Gage apareció en la abertura.

—¿Sí? —Llevaba unas gafas oscuras. Volvió ligeramente la cabeza, como si estuviera juzgando quién se encontraba ante la puerta por la forma en que sus cuerpos bloqueaban la brisa.

A su lado se encontraba un labrador negro. Un perro guía. Gage sujetaba su arnés.

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