Kitabı oku: «La fidelidad en el tiempo»

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La fidelidad en el tiempo

Mercedes Navarro Puerto, mc

La fidelidad en el tiempo
Notas teológicas sobre el uso del concepto en la vida religiosa de las mujeres

Editorial Claretiana

Índice

Portadilla

Fidelidad en contexto

Fidelidad y miedo

Fidelidad y violencia

Fidelidad e institución

Fidelidad y temporalidad

Fidelidad y proceso

Fidelidad en las Escrituras

Fidelidad y verdad (claridad, opacidad)

Fidelidad y vida buena

Fidelidad y vida religiosa profética

Fidelidad a una misma, a Dios, al prójimo

Fidelidad y contemplación


Navarro Puerto, MercedesLa fidelidad en el tiempo : notas teológicas sobre el uso del concepto en la vida religiosa de las mujeres / Mercedes Navarro Puerto. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2020.Libro digital, EPUB - (Despierten al mundo)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-762-070-21. Vida Cristiana. I. Título.CDD 248.5

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Primera edición en formato digital: octubre de 2020

Versión: 1.0

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ISBN edición digital (ePub): 978-987-762-070-2

Para mi amiga María José,

que quiere seguir siendo fiel.

1
Fidelidad en contexto

El pasado 7 de septiembre se cumplían 45 años de mi ingreso en la congregación de la que formo parte. Todos los años miro atrás en el tiempo intentando verme en el transcurso de mi propia historia. En esta ocasión, mi percepción de la temporalidad fue más aguda, y esa pregunta que me asalta a tiempo y a destiempo, de cuando en cuando, comenzó a resonar en mí de otra manera: “¿por qué sigo aquí?”. En aquellos momentos apenas me detuve a considerarla, pero al poco volvió la pregunta de manera insistente. Hasta ese momento no recuerdo que entrañara ninguna referencia consciente al valor de la fidelidad. “¿Por qué sigo aquí?” tenía que ver con la pura y simple constatación de seguir, con la perseverancia y la permanencia temporales, con situaciones y con momentos vividos.

Un día, no hace mucho, leí en un pequeño libro de filosofía que “la fidelidad introduce la eternidad en el tiempo”. Y, como por arte de magia, muchas cosas que no parecían tener relación entre sí comenzaron a juntarse, desordenadamente primero, y con un cierto sentido, después (1). Permanencia, perseverancia y fidelidad aparecían juntas en mi mente, sin por ello confundirse ni intercambiarse. La palabra “fidelidad” apenas ha formado parte de mi vocabulario habitual ni de mi temática teológica ni de mis intereses específicos. Es más, reconozco en ella un regusto a desgastado y viejo, a palabra “talismán”, que no la ha hecho atractiva para mi pensamiento. Me he sentido más cercana y atraída hacia el campo semántico del cambio, sin establecer vínculos (conscientemente, al menos) con la fidelidad.

Eso, hasta ahora. De pronto, el concepto, la palabra, el valor han reclamado mi atención como parte de esa frase que la vinculaba al tiempo, la frase que actuó como detonante de mi actividad mental. Luego, conforme he ido pensando y escribiendo, el tema ha ido cobrando más y más importancia y se ha ido abriendo, progresivamente, a relaciones que en principio no había contemplado. Partiendo de mi propia experiencia, concreta y puntual, este tema se ha ido desbordando y se ha salido de madre, es decir, se ha ido desarrollando dentro y fuera, a la vez, del marco de la Vida Religiosa de las mujeres. Pero en mi reflexión iré paso a paso. En lo que sigue, el tema irá entrando y saliendo continuamente del contexto de la Vida Religiosa (en adelante VR). Algunos aspectos pueden ser extrapolables a otros ámbitos y, de hecho, muchos lo son. Otros son propios de este estilo de vida, pero participan de todo cuanto es y parece en este mundo determinado del que forma parte.

Mi punto de partida

Recuerdo que cuando hice la primera profesión (que se renovaba anualmente hasta la profesión perpetua) pensaba que su provisionalidad no tenía mucho sentido, pues aquella era para mí la profesión definitiva y mis votos eran para siempre. Tenía 19 años, pero en aquel momento, en mi cultura, esa afirmación sonaba normal. Mis compañeras de noviciado pensaban y sentían lo mismo, éramos hijas de aquel momento y de aquella sociedad. El divorcio no había llegado a nuestras leyes y las parejas, para bien y para mal, se casaban “hasta que la muerte” las separaba. Estábamos en un régimen político de dictadura que favorecía lo duradero entendido en oposición al cambio. También recuerdo que en aquellos momentos (yo ingresé en la congregación en 1968) la necesidad de cambio era acuciante y percibíamos, de una manera global y confusa, que este se iba acercando. Para el pueblo, para la gente como yo, el cambio no se oponía a lo duradero. Sin embargo, no se nos ocurría tener que explicarlo, pues quienes deseábamos que las cosas sufrieran las transformaciones necesarias, las que ya se daban en otros países y sociedades avanzadas, nos sentíamos fieles a nuestro tiempo.

Es lógico preguntarse de qué manera se sustituyó una mentalidad en la que la novedad, el cambio y el progreso eran expresión de fidelidad, por otra en la que la misma idea de fidelidad parece contraria a progreso y evolución.

Hoy la Vida Religiosa de las mujeres se las tiene que ver, en efecto, con una mentalidad completamente diferente. Ni mejor ni peor, solo distinta. O mejor en algunos aspectos y peor en otros. Cuando las novicias piden la profesión, somos las mismas religiosas mayores las primeras que nos cuestionamos su permanencia, la duración entre nosotras de quienes van a profesar. Somos las primeras que dudamos y desconfiamos. Eso indica varias cosas. Indica que también nosotras hemos cambiado, que nuestra mentalidad no ha permanecido inalterada, que nuestra idea de la fidelidad no es la misma que teníamos hace unas décadas. Vivimos en un entorno social muy distinto, que sigue influyendo en lo que somos, en cómo pensamos y en cómo nos percibimos y creemos que nos perciben los demás. Esta sociedad, esta cultura, tan complejas y convulsas no caben en fórmulas cerradas, pero algunas descripciones apuntan hacia aspectos que no podemos dejar de tener en cuenta. La “sociedad líquida” o el “mundo líquido” (2) se encuentran entre las fórmulas descriptivas más afortunadas. Más adelante nos detendremos en ello. Por el momento baste decir que es el entorno en donde la fidelidad de la VR de las mujeres puede convertirse en un signo, en una referencia luminosa y portadora de esperanza. Indica, también, que la fidelidad es difícil, aunque en algunos momentos de la historia parezca más sencilla debido a que está socialmente más arropada. Indica que cada generación alberga una cierta sospecha sobre la que le sigue.

Perseverancia y fidelidad

En una mirada amplia descubro que en los medios de la VR de las mujeres la palabra “fidelidad” suele intercambiarse frecuentemente por el término “perseverancia” (3). Se habla de perseverancia (4) dando a entender fidelidad y se habla de fidelidad como sinónimo de perseverancia. Y en los casos en que se distinguen entre sí, se las relaciona de manera tan estrecha que difícilmente puede darse una sin la otra. La fidelidad, en estos contextos, no se entiende sin la perseverancia. La perseverancia, por su parte, se percibe como el signo por excelencia de la fidelidad. Las celebraciones de los 50 años de Vida Religiosa, ahora tan frecuentes, hacen patente tanto la equivalencia de los términos como, en su caso, la relación entre ellos. La mayoría de las veces se habla de fidelidad cuando, de hecho, lo que se quiere decir es perseverancia. (5)

Esta sinonimia no es inocua. El efecto de tal confusión sobre el sentido de la fidelidad es empobrecedor y reductor. La sinonimia ha sometido el concepto y el valor a un proceso de vaciamiento, de manera que, como aparece a menudo en el entorno en el que vivimos, resulta difícil entender su importancia. Este efecto no se reduce al área de la especulación dentro de la VR, sino que tiene repercusiones en la vida práctica. Una de las consecuencias de dicha reducción, por ejemplo, es que impide percibir fidelidad en actitudes y conductas que comprometen la perseverancia. Y, a la par, empaña la mirada y dificulta percibir en la mera perseverancia todo lo que hay de infidelidad. Son, por tanto, muy graves las consecuencias que se derivan de la equivalencia de los dos términos.

El efecto reductor y de vaciado de sentido también se nota en la comprensión estereotipada de la perseverancia. Esta no es un valor, como lo es la fidelidad, sino una actitud y el resultado de la acción de permanecer, independientemente de lo que ello signifique. De la palabra perseverancia, en este momento de la VR (y permítaseme generalizar), se han eliminado todas las connotaciones relativas al cambio, de manera que perseverar, que de por sí, hay que repetirlo, no habla de formas y modos, sino solo de duración temporal, se ha vuelto rígida y pobre. El reduccionismo a que ha sido sometida cada una de las palabras tiene un efecto sobre la otra. Como suele ocurrir con los términos desgastados, es difícil devolver a la fidelidad y a la perseverancia su peso y su importancia. A veces, las palabras desgastadas se pueden sustituir por otras, pero hay ocasiones en que no es posible sin arriesgarse a perder su rica semántica, su valor conceptual e, incluso, su importancia histórica. Dado que no encuentro un término capaz de sustituir a “fidelidad”, me propongo indagar sobre su sentido partiendo de su condición temporal.

El reduccionismo del que hablo, es necesario aclararlo, no es producto directo de los momentos más importantes de la historia reciente de la Vida Religiosa. Como vamos a ver, hace cincuenta años la fidelidad no estaba reñida con el cambio, sino todo lo contrario. Eso vino después.

Fidelidad y cambio en la VR en la historia reciente

Desde hace cincuenta años se ha hecho casi lugar común hablar de fidelidad dentro de la reflexión y la teología de la VR. Ella, la fidelidad, fue el motor que dio impulso a los grandes desafíos del proceso de aggiornamento posterior al Concilio Vaticano II. El esfuerzo, el trabajo, la valentía con los que la inmensa mayoría de las congregaciones religiosas de mujeres de vida activa, así como la mayoría de los monasterios y conventos de clausura, afrontaron dicho aggiornamento merecen mucho respeto y producen una gran admiración (6). Las religiosas y las monjas se pusieron a la tarea de inmediato y enfrentaron los conflictos y las crisis que se fueron sucediendo en el período del postconcilio (7). No se puede hablar de fidelidad y VR de mujeres sin tener, como trasfondo, esta parte de su historia reciente. En este proceso parecía fuera de lugar contraponer fidelidad y cambio.

Las cosas, como bien sabemos, no fueron fáciles. Los nuevos aires sobre fidelidad y cambio, anclados en lo que entonces era la apertura a los signos de los tiempos, tuvo sus pensadores y estos, a su vez, tuvieron sus divulgadores. La mayoría -por no decir la totalidad- fueron varones. Ellos utilizaron y desarrollaron el concepto teológico de fidelidad en relación con la VR. Entre estos teólogos, se encontraban muchos religiosos. Los teólogos y el clero divulgador transmitieron sus reflexiones mediante sus escritos y cursos y a través de la predicación, en distintos formatos: ejercicios espirituales, retiros, charlas y homilías, de forma que el mensaje llegó prácticamente a toda la VR, especialmente a las mujeres (8). El pensamiento teológico y su divulgación, si atendemos a sus agentes y destinatarios, se produjeron en una sola dirección, es decir, en la dirección de género que va de los hombres a las mujeres, pues por entonces escaseaban las teólogas, las cuales tardaron un tiempo en prepararse y tener una palabra de autoridad reconocida. Es verdad que pocas mujeres pensaban en el sesgo androcéntrico de los estudios teológicos. Es cierto que entonces las mujeres, en general, acogieron la teología y las reflexiones sobre el valor de la fidelidad sin cuestionarse dicho sesgo. Pero este sesgo existía, como sigue existiendo hoy. De todo aquello hubo muchas cosas que resultaron valiosas para mujeres y hombres, otras que solo parecieron serlo para las mujeres y otras más que, siendo valoradas por unas y otros, se esperaba que fueran acogidas y llevadas a la práctica por las mujeres. Es el caso, creo yo, de la fidelidad. Una de las razones que lo explica (aunque no lo justifica) es el contexto sociocultural.

La fidelidad, en efecto, es un valor de alto contenido sociocultural que, antes de una manera, y ahora de otra, se espera mucho más de las mujeres que de los varones. Quizás se deba a que ha sido entendida, desde hace milenios, en referencia a la exclusividad sexual. En este momento de la historia y en el ámbito occidental, sin embargo, ya no se espera solo de lo relativo a las relaciones sexuales y de pareja –que también, aunque el ambiente sea ahora mucho más laxo–, sino de muchos otros ámbitos de la vida. Las mujeres, hoy, han de ser fieles a “su feminidad”, es decir, a las múltiples expectativas que el imaginario colectivo sigue teniendo de una mujer (9). A ellas, a las mujeres, se les pide la fidelidad más y con mayor frecuencia que a los varones, sea cual sea su concreta forma de vida. Cuando la fidelidad no se refiere a la pareja, esta suele ser sustituida, pero no transformada, por otras realidades dependientes de los hombres. Es lo que sucede en círculos laborales, políticos, académicos, familiares y religiosos en los que encontramos mujeres dedicadas a causas y profesiones que reclaman de ellas lo que suele reclamar de la mujer su pareja, cuando la tiene: sumisión, cuidado, que ellas pasen al segundo plano, que renuncien al protagonismo, que refuercen la autoestima de los varones…, por poner algunos ejemplos. Lógicamente esto solo tiene sentido en el contexto patriarcal, el sistema que dicta cómo hay que entender este y cualquier otro valor en la perspectiva discriminante del género.

Volviendo a nuestro tema y al tiempo de cambio del postconcilio, puesto que fueron las mujeres las que se tomaron en serio los procesos de adaptación y cambio a los nuevos tiempos inaugurados por el Vaticano II, no es de extrañar que fueran también ellas las principales destinatarias de una teología masculina y machista de la fidelidad. En buena parte de la idea teológica de fidelidad se escondía un temor a la osadía de las mujeres que se arriesgaban a cambiar. Que, de hecho, estaban cambiando. Ellas, de forma individual e institucional, hay que repetirlo, estaban obligadas a permanecer fieles. Fieles al carisma inicial, fieles a su historia, a su tradición, a sus roles, fieles, incluso, a su pretendida “feminidad”, fieles, ya en los últimos tiempos, a “sí mismas”.

Es necesario dejar claro que, a pesar del sesgo machista de dicha teología, las mujeres no siguieron el mandato a la letra y muchas, individual e institucionalmente, a la luz del feminismo, introdujeron cambios sorprendentes. La fidelidad de las religiosas, tanto de muchas instituciones, como de las mujeres concretas, las condujo a decisiones osadas y proféticas, decisiones que a muchas, en uno y otro nivel, les pasaron “factura”, es decir, decisiones que tuvieron consecuencias no esperadas por los estamentos eclesiástico-clericales, esos mismos estamentos que, incluso, las animaron a ello.

Pero, en seguida, la institución eclesiástica clerical puso freno a este impulso vitalista y creativo. Este freno incluye el intento de fallida renovación que acuñó la expresión “fidelidad creativa”. En realidad, la fórmula generó mucha literatura y poco cambio. Los procesos de cambio real que todavía seguían en curso ya habían sido iniciados y continuaban no por el supuesto impulso de la “fidelidad creativa” y las reflexiones en torno a ella, sino por esa fidelidad primera surgida del Vaticano II y por necesidad, porque los cambios sociales y el cambio de época que se ha introducido en poco tiempo y sin permiso piden urgentemente cambiar, adaptarse. En la mayoría de los casos, sin embargo, fidelidad se sigue vinculando con la permanencia de las religiosas en sus respectivas instituciones, con la perseverancia y con la santidad (10).

La fidelidad y sus acepciones

Fidelidad proviene del latín fidelitas (11), que, según el diccionario de la RAE, significa en su primera acepción “lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona”. Su relación con la fe es también relación con las creencias y con el grupo de creyentes. Así solemos entenderlo cuando para hablar de este último grupo decimos “los fieles” y, a veces, de forma redundante, “los fieles creyentes”, reforzando enfáticamente la dimensión de la fe. Existe, por tanto, una estrecha relación entre fidelidad y fe. La fidelidad se relaciona con el hecho de fiarse de alguien. Fiarse, tener(le) confianza. La fidelidad, por su relación con la fe, con la adhesión incondicional a alguien -también a algo-, está unida a la confianza. Sin confianza no se entiende la fidelidad.

Las acepciones de la fidelidad nos llevan a distinguir dos niveles, al menos, que estando conectados entre sí no son reductibles el uno al otro. El primero es el nivel individual: quién es fiel y a qué o a quiénes. El segundo es el institucional: qué grupo, con qué ideología, sobre qué aspectos es fiel y exige fidelidad. La persona que profesa fidelidad o que jura fidelidad, puede hacerlo fuera, al margen o dentro de una institución. La institución, inconcebible sin sus miembros, es o puede ser la depositaria de la fidelidad de sus componentes, de una determinada ideología, de un sistema de creencias o, simplemente, de unas normas de conducta a las que se exige a sus miembros ser “fieles”.

Mi reflexión se va a referir a la fidelidad personal en relación con el contexto institucional dado que gira sobre la VR de las mujeres, es decir, sobre una institución de instituciones (12) y en relación con la sociedad y la cultura actual. Conviene aclarar, además, que dicha institución de instituciones se encuentra, a su vez, en un entorno asociativo mayor, el eclesial, que no hay que confundir con su aspecto y parte más visible, que es la clerical. Cuando me refiera a esta última, hablaré de contexto eclesiástico clerical. La iglesia es una institución, sin duda, pero en su sentido más genuino la entendemos como la comunidad de comunidades y como el Pueblo de Dios. Me detendré más adelante, concretamente, en la relación entre fidelidad e institución, pero el resto del tiempo me estaré refiriendo a los niveles de la fidelidad individual e institucional, relacionadas entre sí.

También indico, ya desde el principio, que aunque mi reflexión parte de la VR de las mujeres y se dirige preferentemente a ella, entiendo el tema y su desarrollo dentro y como parte del sistema social, cultural y político en el que vivo y del formo parte activa. Por esta razón, iré constantemente de uno a otro contexto. Por esta razón, además, el tema no se ciñe solo a la VR, sino que se extiende al resto de la realidad de la que, repito, formo parte como mujer y como religiosa.

La fidelidad y sus tentaciones narcisistas

La intercambiabilidad entre fidelidad y perseverancia antes mencionada no es la única idea que ha convertido a la fidelidad en un concepto ñoño y desfasado. También ha contribuido a ello la vinculación de este valor con cierta mirada narcisista hacia el pasado. La fidelidad, tal como la entiendo, no es el espejo en el que una determinada religiosa o una determinada congregación se miran, como Narciso, para descubrir lo inmutable de sí mismas, o para admirarlo y amarlo, incapaces de abandonar la auto referencia. Esta mirada auto referencial al pasado queda fijada en conductas de inspección y vigilancia sobre la inmutabilidad de la imagen reflejada. Tales acciones equivalen, en la práctica, a matar y congelar eso mismo que quienes las realizan dicen apreciar. La realidad, sin embargo, muestra que esta mirada es una tentación presente a la que ceden religiosas y congregaciones. Se advierte, sin ir más lejos, en fijaciones hacia los propios fundadores y fundadoras, en intentos de volver a las fuentes, entendiendo por ello la repetición atemporal de actitudes e incluso valores que, de hecho, solo son comprensibles en su propio contexto (pasado), que requieren la traducción creativa y novedosa a las condiciones y al contexto presente, traducción que se teme y, por ello, se tiende a demonizar.

Esta advertencia sobre la tentación y la trampa narcisista de ciertos usos de la fidelidad no es exclusiva de la VR. Se percibe también en nuestro contexto social. Con otras connotaciones, de otra manera, pero, a fin de cuentas, mediante el mismo dinamismo. Un ejemplo concreto sería el estímulo, convertido en imperativo, a que cada cual sea fiel a sí mismo. Se trata de una frase cargada de ambivalencia. Es un imperativo que ha pasado, también, a la VR. Ello, en uno u otro contexto, nos confronta con un uso ambiguo del concepto de sí mismo/a, pues no sabemos a ciencia cierta cuál es su punto de referencia (13). La fórmula habitual, de la que se hacen eco la publicidad y los medios de comunicación, se expresa mediante el mandato “¡sé fiel a ti mismo!”. Puede estar llena de buenas intenciones, pero, de hecho, es sospechosa de esconder mucha violencia. La violencia, desde fuera, se introduce en la persona interpelada de manera que en lugar de resonar como mandato externo, susurra, como voz interior y propia, con la fuerza de la verdad, pues si algo tiene la frase “sé fiel a ti mismo/a” es su apelación a la verdad.

Esta conversión de fuera adentro alienta la falsa convicción de libertad de la persona que se exige ser fiel: nadie me obliga, yo sé que tengo que ser fiel a mí mismo, a mí misma. Pero ¿qué quiere decir eso, concretamente? ¿Quién es uno/a mismo/a? ¿La persona que fui hace diez, veinte o cuarenta años? ¿La institución que fue hace cien o cincuenta años? ¿Hay, por caso, un ente, personal o institucional, que responde a un sí mismo/a? Estas preguntas, lejos de ser vanas, acaban siendo ineludibles debido a que en ellas, de forma más o menos intencionada, encontramos una peligrosa idea de preexistencia, debido a que en ellas resuena un cierto esencialismo. En realidad, no es nada nuevo. El neoplatonismo ya postulaba la idea de una entidad preexistente, pura y auténtica, a la que cualquier concreción personal debía ajustarse en el transcurso de su vida. Es evidente que necesitamos cautela ante esta especie de moda que viene de tan antiguo.

La supuesta preexistencia (esencialista) de un sí mismo puede entenderse de muchas maneras. La tentación peligrosa, a mi juicio, es la comprensión de una realidad fijada (una “esencia”) de antemano que va haciéndose presente conforme pasa la vida. Una realidad prefijada que no debe perderse de vista so peligro de ser infiel a uno/a mismo/a. Subrayo lo de “fijada de antemano”, pues ¿quién y cómo se ha cristalizado? ¿Cuándo ha tenido lugar la fijación? En el contexto que nos ocupa existen respuestas prefijadas: el alma, la imagen de D*s (14), lo que D*s tiene preparado para cada cual, su voluntad, lo que dice el evangelio, lo que quiso el fundador o la fundadora, lo que dice “la Iglesia” (o sea, el Código de Derecho Canónico –en adelante CDC–, un determinado documento eclesiástico…). La tentación de volver la mirada hacia lo prefijado para atenerse a ello como el intento verdadero de ser fiel es, en mi opinión, muy peligrosa. Lo previamente fijado tiene, como es lógico, su propio contexto. Es posible y hasta probable que en su contexto fuera significativo, profético, “fiel” a necesidades de la sociedad y del mundo real, pero ¿lo es también ahora? ¿Se puede ser fiel, individual e institucionalmente, sin un serio esfuerzo de traducción de lo inicial a lo actual? Como veremos más adelante, eso no es posible, pero la tentación, repito, es muy fuerte. La llamo tentación porque resulta atractiva para quienes se sienten perdidas en este mundo confuso, porque es atractiva para las instituciones que ven perder a un ritmo acelerado el sentido de sí mantenido hasta hace muy poco, bien porque envejecen, bien porque se perciben obsoletas en sus quehaceres. La llamo tentación porque en el fondo lo que atrae es la necesidad de seguridades.

En este sentido, creo que el mandato “¡sé fiel a ti misma!” puede convertirse en una trampa para la fidelidad. En el contexto eclesiástico clerical resuena, institucionalmente, como una arenga al inmovilismo. Cuando se pide y se ordena a alguien o a una institución ser fiel a sí misma, se pretende con frecuencia que esa persona o institución busquen en sí aquello inmutable, lo que no cambia ni debería cambiar. “Sé fiel a ti misma” parece entenderse como, “adapta el cambio a lo estático, acomoda lo dinámico y libre a lo pasivo y sometido”.

La expectativa y el mandato de la fidelidad continúan como una constante de los hombres hacia las mujeres dentro (y fuera) de la VR. Cuanto más fuerte es la presión y más explícito el mandato, mayor es la sospecha de cuánta duda existe. Dudan de la fidelidad de las mujeres los hombres de iglesia, los teólogos, el clero en general y muchas religiosas, sean o no miembros de los equipos de gobierno. Esta duda se convierte en permanente desconfianza, y la desconfianza genera y refuerza la inseguridad. La suma y derivación de estas actitudes se traduce en miedo, y el miedo impregna lo más osado de la fidelidad evangélica hasta encogerla y hacerla irreconocible. En estos momentos, la mayoría de las instituciones de la vida consagrada se encuentra en medio de una parálisis real, amparada en unos conceptos, cuando menos problemáticos, de fidelidad carismática y eclesial.

Todo ello muy contrario, desde luego, al carácter dinámico e histórico de la fidelidad. Muy lejano a una fidelidad que introduce la eternidad en el tiempo.

De todo lo mencionado, lo peor es el miedo que subyace al deseo de seguridades que vuelve acríticamente la mirada hacia lo prefijado, hacia el inmovilismo. La fidelidad y el miedo son incompatibles. La fidelidad precisa de la osadía, de la valentía, del riesgo y su incertidumbre, de la paradoja de su indecisión, pues en ella late la pregunta, más importante que cualquier respuesta. La parálisis generada por el miedo es un muro colocado ante los ojos que impide ver el horizonte. Ese muro afecta seriamente a la visión. El horizonte, que hace perceptible la lejanía, es necesario para tener y mantener una buena visión. El recorte sistemático de la distancia para el ojo es uno de los métodos asociados a la prisión y la tortura. Es un mecanismo represivo. El ojo necesita del juego entre cercanía y lejanía que le proporciona el horizonte. El recorte de la visión afecta a la mente y al buen funcionamiento de toda la persona. El recorte de la perspectiva conduce a reforzar las racionalizaciones que intentan hacer aceptable y lógica la parálisis.

El miedo es incompatible con la fidelidad, en su sentido genuino, pues fidelidad está asociada a la fe y a la confianza, ambas contrarias, opuestas, al miedo.

1- Jung llama a estos fenómenos “sincronía”.

2- Se trata de un concepto acuñado por el sociólogo Zygmun Bauman. Para una idea global de su desarrollo puede verse La modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2002.

3- Seguramente que en los medios de la VR masculina también, pero no tengo tanta constancia.

4- El verbo perseverar proviene del latín perseverare. Según el diccionario de la RAE el verbo significa “mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión”. Y en su segunda acepción: “durar permanentemente o por largo tiempo”.

5- Evidentemente esto no ocurre solo en la VR, pues la equivalencia suele ser la misma en otros ámbitos de la vida.

6- Puede verse, por extensión, la crónica de la comunidad benedictina de Joan CHITTISTER, Tal como éramos. Una historia de cambio y renovación, Ediciones Claretianas, Madrid, 2006.

7- Tal vez en las dos primeras décadas postconciliares.

8- Entre otras razones porque las religiosas cuadriplican el número de religiosos.

9- Piénsese, por ejemplo, en las tareas y roles que, en la teoría, han de ser compartidos igualitariamente, y no lo son, en absoluto, en la práctica, como es el caso de las tareas domésticas, la crianza y cuidado de los hijos e hijas, el cuidado de los necesitados (enfermos, padres, menores, ancianos…) y piénsese, también, en la presión psicocultural sobre la procreación.

10- Trata de la fidelidad en la VR Joan CHITTISTER, El fuego en estas cenizas, Sal Terrae, Santander, 1998, p. 120 y otras.

11- En latín, fidelitas se traduce como “fidelidad, constancia”. En la raíz de fidelitas está fides, que se puede traducir como: fe, confianza, lo que da origen a la confianza, lealtad, rectitud, autenticidad, palabra dada, fe o creencia en Dios, conjunto de verdades que se creen, revelación… El término fidelis, como adjetivo, se traduce “leal, seguro, firme, duradero, fuerte”, y como sustantivo, “amigo, íntimo”.

12- Un estilo de vida se concreta en instituciones específicas. Comparten elementos comunes, pero se distinguen entre sí sobre la base de otros muchos elementos diferenciales.

13- Esta idea, bastante divulgada, remite a un uso inadecuado de conceptos jungianos sobre el self.

14- Es habitual que use esta grafía de la palabra Dios, forma de mencionarlo original de Elisabeth Schüssler Fiorenza, dada la imposibilidad de ponerle género. Resulta muy difícil, si se escribe “Dios”, no asignarle, habitualmente e inconscientemente, una representación masculina.

2
Fidelidad y miedo

Todo el mundo tiene experiencia de que el miedo perturba la visión, deforma la realidad y, en ciertos casos incluso puede producir ceguera (15). El miedo confunde. El miedo introduce un sesgo en los relatos: relatos biográficos, relatos institucionales, relatos sociales e históricos… El miedo provoca el reflejo de la supervivencia a través de conductas de huida, ataque o paralizante mimetismo con el entorno. Esta conducta es reminiscencia de nuestra animalidad. Resto de la capacidad defensiva de algunos animales para despistar al enemigo. La inmovilidad y el mimetismo ambiental son muy útiles para escapar de las amenazas. El mimetismo funciona cuando un organismo deja de ser quien o lo que es en el presente, mecanismo que se traduce, también, en plasticidad somática. En este sentido, lo que comenzó como una reacción de alerta ante determinadas amenazas, ha llegado a convertirse en algunos animales en un estado permanente, incluso en un rasgo de identidad. No obstante, como veremos, la función defensiva del mimetismo es importante, pero no la única.

El mimetismo defensivo

El ser humano ha transformado de manera sofisticada este mecanismo defensivo de algunos animales. Ha transformado la reacción de miedo ante la amenaza (no siempre externa) en formas que, si se miran detenidamente, permiten percibir el mismo patrón de la mímesis animal. Con harta frecuencia los seres humanos delegan de sí mismos (de lo que entienden que son) para confundirse con el entorno inmediato. Los miedos ya no se deben a la fiera que amenaza con devorar. El ser humano de hoy siente un profundo temor a la falta de aceptación de ese pequeño entorno en el que, paradójicamente, para percibir que se es, para tener consciencia de la propia existencia, hay que desaparecer mimetizándose. En el contexto del que nos ocupamos aquí ha sido, sin ir más lejos, una de las funciones que ha cumplido el hábito religioso. En este sentido, el hábito -como cualquier uniforme, sea de una institución o forme parte de una etapa de la vida, como puede ser la adolescencia-, es reminiscencia de la capacidad mimética exterior propia de ciertos animales, aunque la finalidad haya cambiado.

El entorno inmediato de la VR de las mujeres sigue siendo, mayoritariamente, el medio eclesiástico clerical. Sobrevivir en él requiere vigilancia sobre las amenazas, pues este ambiente es, de por sí, amenazante para las mujeres, en general, y para las religiosas, en particular. El estado de alerta es tan sutil y global, está tan interiorizado, que prácticamente no se nota. Dentro de este medio clerical patriarcal no hay suficiente lejanía ni horizonte. Para sobrevivir en él hay que mimetizarse. Esto es, hay que dejar de ser lo que se puede llegar a ser con tal de seguir viviendo, todo lo cual, en realidad, equivale a ser aceptadas. La vida, en estos casos, se recorta, se vuelve anodina y el conformismo desvitaliza lentamente. Desvitaliza a las personas, y a menudo lo consigue orientando sus energías al trabajo y al rendimiento. En este recorte se reducen los puntos de referencia y, al reducirse, estos se vuelven inevitablemente más narcisistas. Cuando se mira hacia atrás y hacia dentro con la esperanza de reconocerse, de percibirse siendo la misma, el horizonte recortado dentro de una dinámica de mimetismo se convierte en una seguridad adictiva. Este mirar narcisista congela el dinamismo de los puntos de referencia que están en el fondo y convierte sus aguas en un estanque de tranquila apariencia que solo refleja, que no permite pasar de la superficie a la profundidad.

Este intento de reconocimiento que implica la mirada recortada por un ambiente eclesiástico clerical que exige mimetismo para sobrevivir, suele entenderse, a menudo, como fidelidad. La fidelidad, sin embargo, desde mi punto de vista, aunque puede estar en el fondo del estanque o del pozo, nunca provoca una imagen narcisista, congelada, impasible e inmutable. Es inquieta y revoltosa, debido a la naturaleza del lugar donde está (16). No es compatible con el miedo y su parálisis, ni con el efecto del mimetismo para sobrevivir. La función de la paradoja de desaparecer para aparecer beneficia a la institución. Desaparece la persona, aparece la institución. El mensaje que se esconde detrás de esta paradoja es la incompatibilidad, de hecho, entre la fidelidad individual y la fidelidad institucional (17), entre la visibilidad individual y la visibilidad de la institución.

El mimetismo patriarcal

En el mimetismo defensivo y pernicioso, concretamente, de muchas religiosas, es necesario destacar la importancia de la dimensión patriarcal, es decir, aquello que lleva a individuos y colectivos como este a desear parecerse y hacerse semejantes al estamento más alto, de mayor poder, el más prestigioso y normativo. En definitiva, al estamento que rigen los varones o, más concretamente, a los varones mismos. En nuestro contexto, al clero (18). Como queda dicho, el contexto eclesiástico clerical es habitual como ambiente en el que se desarrolla la VR de las mujeres. Es el contexto en el que se desarrolla la parte de mentalidad clerical que todavía existe en la VR femenina. No se busca dejar de ser mujeres y religiosas para ser hombres y clero, es evidente, sino que se desea formar parte del sistema y esto ocurre de tal manera que este sigue funcionando, precisamente, gracias a ellas. Este deseo de fondo, alimentado por el valor simbólico de lo masculino y machista, que está unido al poder, al tener y al placer, mantiene baja la ya disminuida autoestima de las religiosas (19). También mantiene intacto el sometimiento sin el cual no es posible pertenecer a dicho sistema ni mimetizarse con él. Si se diera el caso de que las religiosas salieran de esta especie de bucle de retroalimentación y auto refuerzo, el sistema cedería, pues con la ruptura del bucle se estaría minando uno de sus pilares.

Este mimetismo, que aísla y parece encerrar a muchas religiosas en un entorno que se cree superior, es perverso y dañino. Es contrario al movimiento profético que sacó a las religiosas de vida activa de sus conventos, que las llevó a las plazas públicas y a los lugares donde está y vive la gente, que las trasladó a los lugares más deprimidos y olvidados del planeta. Es contrario a ese movimiento que llevó a estas mujeres a lugares de libertad donde su fidelidad se recolocó en el punto de mira evangélico, el punto de mira que esa fidelidad reclama. Esto entronca con lo que pretendo desarrollar en lo que sigue. Es contrario a ese movimiento que estimuló a las monjas y religiosas de vida conventual a redescubrir su forma concreta de profetismo y su forma de estar y vivir en el mundo.

El mimetismo creativo

Me he referido hasta aquí al mimetismo como mecanismo defensivo en su vertiente perniciosa, tanto para las religiosas individuales como para las instituciones de la VR de mujeres, en aquello que encierra de patriarcal y segregador. Sin embargo, como casi todo, este mecanismo es una capacidad e, incluso, hasta un arte que tienen los animales incluso cuando se defienden. Extrapolado a los seres humanos, dicho mecanismo se convierte en un mundo de posibilidades abiertas gracias a lo que, en términos sociológicos, llamaríamos el fenómeno de la inculturación.

El mimetismo defensivo de esos animales que sobreviven insertándose en el entorno (sigamos con la imagen) es admirable no solamente por su estrategia, sino también por su plasticidad. En realidad, dan y reciben del entorno. Dan lo que son al entorno que, evidentemente, reacciona y se transforma. Si fuera el caso, hablaríamos de una reacción “generosa”, pues estos animales se prestan a ser utilizados por quien es capaz de adoptar la forma del entorno. El intercambio es muy interesante. Animal y entorno reaccionan el uno al otro y ante el otro. En este intercambio hay mutación y, con el tiempo, evolución. El núcleo permanente impide que la mutación anule la identidad de cada cual (20).

No podemos extrapolar literalmente este fenómeno de mimetismo del mundo natural al humano, pero es una imagen que puede servir para establecer una cierta analogía. El entorno, la cultura, es resultado en continuo cambio. El cambio es perceptible a partir de los resultados presentes. El ser humano opera continuamente sobre su entorno y el entorno opera continuamente sobre el ser humano. Se trata de un proceso muy complejo, muy diverso, en el que el dinamismo mutante unas veces es más visible que otras. La mímesis es una de las formas que adopta la mutua influencia, mímesis de las personas al ambiente, pero también del ambiente a las personas. Este dinamismo solemos conocerlo como adaptación, positiva y, por ello cualitativamente evolutiva, o adaptación negativa y, por tanto, degradante y destructiva para ambos agentes (por ejemplo, los excesos humanos sobre la naturaleza con sus cambios destructivos).

En lo que respecta a nuestro tema, el mimetismo de las religiosas no se ha dado ni se da solo en el entorno cerrado eclesiástico clerical, sino en el más abierto y plural de la Iglesia universal y en los entornos culturales y sociales más diversos en los que se halla la VR de las mujeres. Sería injusto y reductivo quedarnos solo en esa dimensión rígida y negativa del sentido de la fidelidad que se mimetiza y se congela. La realidad nos muestra un abanico mucho más rico. La VR, como pedía el Concilio, intentó ser fiel a sí misma mediante la percepción y la apertura a los signos de los tiempos. El Concilio la invitó a salir del entorno cerrado y rígido en el que habitaba y le pidió cambios y adaptaciones que requerían mimetizarse con el ambiente. A esto se le llamó y se le sigue llamando “secularización”. Pero la secularización no tiene buena prensa en ciertos ambientes. A menudo se acusa a las religiosas de estar muy secularizadas, de haberse mimetizado demasiado con el mundo y la cultura circundantes.

En cierto modo, quienes acusan a las religiosas de haberse secularizado tenían y tienen razón: la secularización de muchas religiosas, individual y colectivamente, produjo cambios en ellas y en el entorno, en un proceso que no ha terminado. Dejar conventos y grandes edificios, irse a vivir a pisos de vecinos, ponerse a trabajar como cualquier trabajadora, con los mismos derechos y obligaciones, o pasar a formar parte de la clase desempleada, cambió a las religiosas y cambió el ambiente que las rodeaba. No sin sufrimiento. No sin resistencias. La sanidad, la educación, la acción social en las que ellas estaban como agentes de primera línea, se vieron afectadas social, cultural y políticamente. El mimetismo de estas religiosas y de sus congregaciones fue creativo en numerosas ocasiones. Y fue mucho más que una mera adaptación, pues las religiosas y sus instituciones se hicieron porosas al ambiente y crearon zonas de porosidad en ese mismo entorno.

A estos dinamismos de mimetismo ambiental o inculturación podemos incluirlos en el intento difícil y hermoso de la fidelidad. ¿Fidelidad a quién o a qué?, nos preguntaremos. Esta pregunta, que había tenido una respuesta casi única en el pasado, quedó abierta. Entonces, en el postconcilio, dijimos que queríamos ser fieles al evangelio, a la humanidad, a los más necesitados, a causas que van desde el ecologismo hasta la igualdad de los seres humanos, o la libertad de los pueblos y los derechos humanos, concretamente de las mujeres, en todo el mundo… Dijimos que queríamos ser fieles a nuestra propia condición humana, y fieles al Reino de D*s que predicó Jesús… Las respuestas se multiplicaron y todavía hoy no han cesado de diversificarse, manteniendo, no obstante, algunos hilos comunes. Pero, en el fondo, lo más valioso es que la pregunta sigue abierta. Ser fieles a nosotras mismas, ser fieles al carisma y al evangelio ya no significa lo mismo que hace unas décadas. Y todo comenzó con el paso a paso de un dinamismo mimético (en realidad, de intercambio) con el ambiente y en el entorno. Este movimiento, repito, no ha terminado y, esperamos, no terminará nunca si pretendemos ser un “organismo” vivo en la Iglesia y en el mundo.

Esta cara del mimetismo de la VR de las mujeres suscita sospecha y reacciones negativas contra ella por parte de los medios más conservadores, ya sean de dentro de la iglesia clerical como en la sociedad. La sospecha se ha convertido, a menudo, en denuncia, acusación y condena. En más de una institución y en más de una religiosa ha calado el miedo, que con frecuencia se ha parapetado en discursos sobre la “verdadera fidelidad”. Este miedo, producto de la presión y, por tanto, de la violencia, ha dejado su huella en la idea que atraviesa la fidelidad. Pretende afectar a lo más genuino de ella, que es la fe, la confianza.

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Yaş sınırı:
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15 nisan 2025
Hacim:
120 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9789877620702
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