Kitabı oku: «Apocalipsis»

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Apocalipsis

Revelaciones para hoy

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C. Mervyn Maxwell

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Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG

Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

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Apocalipsis

Revelaciones para hoy

C. Mervyn Maxwell

Título del original: God Cares. The Message of Revelation, Pacific Press Publishing Association, Boise, ID, E.U.A., 1981.

Dirección: Walter E. Steger

Traducción: Anónimo

Diseño del interior: Nelson Espinoza

Diseño de tapa: Giannina Osorio

Ilustración: Propiedad de Shutterstock (Banco de imágenes)

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Segunda edición, e-Book

MMXIX

Es propiedad. © 1981 Pacific Press Publ. Assn. © 2019 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-701-978-0

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Mawell, C. Mervyn

Apocalipsis : Revelaciones para hoy / C. Mervyn Mawell / Dirigido por Walter E. Steger. – 2ª ed. – Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

Traducción de: Anónimo.

ISBN 978-987-701-978-0

1. Apocalipsis. I. Steger, Walter E., dir. II. Título.

CDD 228

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Publicado el 31 de julio de 2019 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Prefacio
Dios se interesa por nosotros

“El Espíritu y la novia dicen: ‘Ven’.

“Y el que oiga, diga: ‘Ven’.

“Y el que tenga sed [...] reciba gratuitamente agua de vida”.

¿Podríamos desear una invitación más generosa? Estas cordiales palabras que encontramos en los párrafos finales del Apocalipsis nos revelan de nuevo el profundo deseo de Dios de beneficiarnos y de conseguir nuestra amistad personal.

El Apocalipsis desarrolla el tema del cuidado y la protección de Dios. Habrá pruebas y tribulaciones para los cristianos de los últimos días de este mundo. Pero, tal como las olas de la marea creciente, el Apocalipsis nos proporciona la repetida seguridad del interés de Dios por nuestras necesidades y de sus planes con respecto a nuestro futuro. Jesús camina amorosamente entre los candeleros que representan su imperfecta iglesia. Promete alimentarnos con su “maná escondido”. Se compromete a cuidarnos durante la hora final de prueba de la Tierra. Emprende la tarea de “sellarnos”, de ubicarnos en tronos y de darnos el agua de la vida. “El Espíritu y la novia dicen: ‘Ven’ ”.

El Apocalipsis es un libro abierto; no figura en las Escrituras como cerrado. No significa, sin embargo, que todo el Apocalipsis resulte comprensible de inmediato. El resto de las Escrituras tampoco está cerrado, pero contiene muchos pasajes que solamente se pueden entender después de un laborioso análisis. Incluso algunos pasajes aparentemente simples parecen liberar nuevos y brillantes tesoros que yacían por debajo de la superficie, cada vez que los examinamos de nuevo.

Una de las claves para entender el Apocalipsis es el libro de Daniel. Ya hemos estudiado el libro de Daniel en el primer tomo de esta obra, titulado: Daniel: el misterio del futuro revelado. Por ello, a lo largo de este segundo tomo haremos referencia al tomo 1 en diferentes momentos, para complementer nuestro estudio de Apocalipsis con lo ya visto en Daniel. Ambos nos presentan panoramas proféticos paralelos que culminan con el fin del mundo. Ambos se refieren a animales simbólicos, a los 1.260 días-años, a varias lamentables predicciones acerca de victoria y alegría. Ambos libros tienen que ver con el Juicio, el Santuario y la lealtad a las leyes de Dios. Ambos prometen la llegada culminante del Hijo del hombre en las nubes del cielo. Ambos nos inspiran a resistir a presiones odiosas y a desarrollar caracteres firmes. Ambos nos presentan a Dios como sumamente activo por ayudarnos en momentos de dificultad.

Muchos comentaristas se dan cuenta de que Jesús también nos dio un “apocalipsis, una especie de miniatura o condensación del Apocalipsis. Es su Sermón Profético, dirigido a cuatro de sus discípulos el martes de tarde previo a su crucifixión.

En este discurso, uno de sus símbolos más salientes es la “abominación de la desolación”. El Señor también despliega ante nosotros un panorama profético, que se extiende desde sus propios días hasta el fin del tiempo. Jesús –como en el Apocalipsis– se refiere a la apostasía y la persecución, seguidas de la gloriosa aparición del Hijo del hombre en las nubes. También insta a sus seguidores a resistir las presiones del mal y a desarrollar caracteres firmes.

El Sermón Profético resulta sumamente beneficioso cuando se lo estudia aisladamente. Pero es mucho más beneficioso cuando se lo estudia como introducción al Apocalipsis.

“Las cosas secretas pertenecen a Yahvéh nuestro Dios; pero las cosas reveladas nos atañen a nosotros y a nuestros hijos para siempre” (Deut. 29:28).

Los símbolos intrigantes –que se podrían asimilar a caricaturas– que aparecen con tanta profusión en el Apocalipsis, atraen muchísimo a los niños, despiertan su curiosidad, y brindan oportunidades a los padres para explicarlos.

Algunos aspectos del Sermón Profético y del Apocalipsis están especialmente adaptados para los jóvenes. La famosa parábola de las diez vírgenes que se durmieron se refiere a un grupo de chicas adolescentes. Jesús usó como ilustración a un grupo de jovencitas para dar uno de sus mensajes más importantes acerca de nuestra preparación para su segunda venida.

Tal vez más definido todavía, si se quiere, es el hecho de que en el Apocalipsis Jesús aparece 29 veces como el Cordero de Dios. El cordero de los tiempos bíblicos era un recordativo de la primera Pascua, cuando el pueblo de Israel se liberó en forma dramática de la esclavitud egipcia. Esa inolvidable noche de Pascua estaba saturada del peligro de que el hijo mayor de cada familia fuera destruido durante la plaga final que iba a caer sobre los egipcios. En efecto, los hijos mayores de las familias egipcias murieron esa noche. Pero las familias israelitas sacrificaron un cordero, y cada padre aplicó algo de esa sangre a los marcos de las puertas de sus casas (véase Éxo. 11, 12).

La aplicación de la sangre manifestaba la fe de la familia en Dios y su confianza en la aparición del Mesías redentor. Nos sigue recordando que Jesús murió para salvar a los niños. Murió para mantener unidas a las familias.

Jesús vive también para los niños y sus familias. Hace más de veinte siglos, caminó entre nosotros durante unos cuantos maravillosos años, y trató de mil maneras de convencernos de que Dios se preocupa por nosotros. Desde entonces ha vivido a la diestra de Dios para servirnos en el Santuario celestial (véase Heb. 7:25).

Cuando nosotros y nuestros familiares hayamos aprendido a tener fe en Dios en medio de las pruebas cotidianas de la vida, hayamos vivido con él durante la prueba final que ha de sobrevenir sobre la Tierra, hayamos sido testigos de la venida de Jesús en las nubes de los cielos, hayamos bebido del agua de la vida y, juntamente con nuestras familias, hayamos contemplado el rostro amante y amistoso de Dios, sabremos sin duda alguna que ciertamente Dios se interesa por nosotros.

- Parte I -

Mateo 24 y 25
Introducción

Un grupo de niñas de la escuela primaria vino durante un año a casa para que mi señora les diera lecciones básicas acerca del arte de cocinar. Cuando terminó el curso, prepararon una comida para sus padres. Desde mi escritorio podía escuchar los grititos y las exclamaciones de entusiasmo que proferían a medida que se acercaba la hora de la comida.

Mi escritorio se encontraba junto a la puerta de entrada. Para hacerles una broma, precisamente cuando ellas esperaban que sus padres llegaran, di unos cuantos golpes fuertes en la puerta de mi escritorio, como si se tratara de que los primeros padres estaban llegando. Las chicas casi explotaron. Mientras se desataban los delantales, se peinaban apresuradamente e introducían algunos cambios de último momento en los arreglos de la mesa, se abalanzaron hacia la puerta principal y la abrieron de par en par.

No las dejé engañadas por mucho tiempo. Abrí la puerta de mi escritorio, y cuando me vieron reír ellas lo hicieron también, y alegremente. Aún más, después de que sus padres llegaron, y durante toda la comida, se estuvieron acordando de la sorpresa que habían tenido, y siguieron riéndose.

El entusiasmo de nuestras cocineritas es semejante al entusiasmo que experimenta todo verdadero cristiano cuando piensa en la segunda venida de Cristo. Qué gozo se siente, al considerar el momento en que Jesús regrese para poner fin a la injusticia, la enfermedad y la pobreza, y para inaugurar un porvenir eterno de prosperidad y paz.

Estas buenas noticias eran, por cierto, el tema que más le gustaba a Jesús, y se refirió a él en muchas ocasiones. Una de las más notables ocurrió poco antes de su muerte. El martes de noche de la semana de la Pasión, la semana que culminó con su crucifixión el viernes, Jesús habló de su gloriosa venida en lo que se conoce como el Sermón Profético (nos hemos referido a este sermón en varias oportunidades en el tomo 1). El análisis de este sermón va a ayudarnos muchísimo a comprender el Apocalipsis.

Tan gozosa es la perspectiva del regreso de Cristo, que Jesús sabía que sus seguidores esperarían con ansias su regreso. En esa condición, ellos –como nuestras cocineritas– podrían fácilmente engañarse con falsas señales –como los golpes que yo di en la puerta de mi escritorio– y falsos maestros, que podrían malograr por completo sus preparativos. Por eso comenzó su discurso con recomendaciones para que no fuéramos engañados.

Y porque la “espera prolongada enferma el corazón” (Prov. 13:12), Jesús advirtió con claridad, pero con tacto, que habría una demora.; no volvería en seguida. Contó la historia de dos mayordomos y puso en labios de uno de ellos estas palabras: “Mi Señor tarda” (Mat. 24:48). En su famosa parábola de los talentos, nos dice que el dueño regresó “al cabo de mucho tiempo” (Mat. 25:19). En la igualmente famosa parábola de las diez vírgenes, él mismo se asimila a un novio y dice con claridad: “Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron” (Mat. 25:5).

Alusiones relativas a esa demora aparecen también en otros textos: “Oiréis también hablar de guerras y de rumores de guerras [...] pero todavía no es el fin” (Mat. 24:6). “Muchos se escandalizarán” (vers. 10). “El que persevere hasta el fin, ese se salvará” (vers. 13). “Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio ante todos los gentiles. Y entonces vendrá el fin” (vers. 14). (En esta obra, el énfasis puesto sobre ciertos textos de las Escrituras ha sido suplido por el autor del libro).

Pero si la demora aparece con claridad, con más claridad todavía aparece la preparación que debemos hacer. Y esto, en diversas declaraciones y en distintas parábolas. (Véanse las páginas 34 a 41 .)

El contexto del Sermón Profético. El Sermón profético fue pronunciado después de la puesta del sol, un martes. Había sido un día muy difícil. Por horas Jesús había estado razonando con las multitudes en los atrios del Templo. Vez tras vez, sus enemigos le lanzaron preguntas capciosas. Parecía que algunos apreciaban lo que decía; pero Jesús sabía que la mayoría, incluso de ellos mismos, esperaba que fuera un rey guerrero y terreno, y no un Príncipe de Paz. Querían que venciera a los romanos. No deseaban que conquistara sus corazones mediante el amor. Usted puede leer algo de lo que ocurrió ese día en los capítulos 22 y 23 de Mateo.

A medida que transcurría la tarde, resultó evidente que los tres años y medio de abnegado ministerio de Cristo habían logrado transformar a muy pocos de entre ellos. En dos días más clamarían por su sangre, tal como sus antepasados habían pedido la muerte de los profetas. Y sus descendientes serían tan malos como ellos; también perseguirían a los predicadores que tratarían de ayudarlos.

Al acercarse la puesta del sol, el corazón de Jesús se estaba quebrantando. Sabía que si el pueblo judío no se arrepentía, sufriría una terrible retribución. Su testarudez finalmente enardecería de tal manera a los romanos, que el emperador enviaría ejércitos que en el año 70 d.C. borrarían del mapa tanto a Jerusalén como a su Templo. ¡Y cuán innecesario resultaba todo eso!

“¡Jerusalén, Jerusalén”, decía en medio de sollozos, “que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!” (Mat. 23:37).

“¡Y no quisiste!” (Versión Reina Valera 1960, en adelante, RVR).

“¡Pero no quisiste!” (Versión Dios habla hoy).

“Pues bien”, la angustiada sentencia surge con dificultad, “se os va a dejar desierta vuestra casa” (Mat. 23:38).

Incluso los discípulos de Cristo quedaron perplejos. ¡El Templo de Dios, el orgullo de la nación, la Casa del Señor, quedaría abandonada y desolada!

Incómoda, la multitud se dispersó para ir a preparar la cena. Nerviosos, los discípulos llamaron la atención de Jesús a la exquisita artesanía del famoso edificio (véase Mat. 24:1). Por casi cincuenta años, el rey Herodes y sus sucesores lo habían reconstruido a costa de enormes gastos (véase Juan 2:20). La blancura de sus mármoles resplandecía al toque del sol poniente. Las placas de oro que lo recubrían brillaban junto con la puerta principal. Algunas de las piedras del Templo, perfectamente encuadradas y pulidas, eran de dimensiones casi increíbles.

“¿Veis todo esto”, preguntó Jesús casi como si no hubiera oído a los discípulos. “Yo os aseguro: no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida” (Mat. 24:2).

Los discípulos quedaron sin habla. ¿Cómo podría Dios permitir un desastre tan grande? ¿Se trataría, acaso, de que el fin del mundo se estaba acercando?

Esa noche Jesús se sentó en el Monte de los Olivos. Con él estaban Pedro y su hermano Andrés, y Santiago y su hermano Juan, los cuatro expescadores que lo habían acompañado durante todo su ministerio (véase Mar. 13:3). Sobre ellos, en medio del crepúsculo, brillaba la luna casi llena. Envuelta en su místico resplandor, la ciudad de Jerusalén se hallaba a cien metros de allí, debajo de ellos, al otro lado del valle de Cedrón. La luz de las lámparas de aceite de oliva parpadeaba a través de incontables ventanas. Una atmósfera semejante a la de la Navidad saturaba el aire, en anticipación de la Pascua que se celebraría en un par de días. Gente de lejos y de cerca se reunía con amigos dentro de los muros, o acampaba fuera de ellos. El ruido de los perros y los asnos, y de las familias que se preparaban para la noche, llegaba hasta los oídos de los cinco hombres sentados allí.

El Templo parecía estar tan cerca que casi se lo podía tocar. La luz de la luna realzaba su blancura y su tamaño. Los discípulos contemplaban sus piedras macizas y pulidas. Se sentían profundamente perturbados por la predicción de Jesús en el sentido de que llegaría el día en que ni una sola de esas piedras quedaría sobre otra. Pero ese terrible día de desastre, ¿no sería, acaso, el glorioso día de su regreso? ¡No entendían nada!

“Dinos”, le preguntaron, perplejos, “cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo” (Mat. 24:3).

Puede leer la respuesta de Cristo en los capítulos 24 y 25 de Mateo. Sus palabras aparecen en las páginas siguientes, con sus correspondientes encabezamientos para que se las pueda entender mejor. Después de que haya leído lo que Jesús dijo, vamos a tratar de descubrir lo que quiso decir.

El mensaje de Mateo 24 y 25
I. Advertencia de Cristo acerca de las “señales”

¡Cuánto dependemos de las señales! Especialmente de las que encontramos en las carreteras. Las buscamos –a veces, en vano– en las encrucijadas importantes de ciudades desconocidas. Apreciamos las señales destacadas de las carreteras más importantes.

Recuerdo la serie de señales que se refería a una curva peligrosa en un lugar llamado Salisbury Plain, en Inglaterra, y que vi en mi infancia. La última señal era de gran tamaño, y con letras imponentes sentenciaba: “USTED ESTÁ ADVERTIDO”.

Poco después del nacimiento de nuestro hijo, me cobraron una infracción por no haber respetado una señal de alto, en Chicago. Es verdad que estaba distraído; pero cuando volví para verificar cómo pude haber pasado por alto esa señal, descubrí un racimo de señales de bares, cantinas, cafés y otros negocios justo detrás de esa señal. Dudo de que no la hubiera visto, a pesar de la emoción de ser padre, si hubiera sido del tamaño de la de Salisbury Plain.

“Dinos”, le rogaron los discípulos, “¿cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?” (Mat. 24:3).

Dos preguntas en una. La pregunta de los discípulos pone de manifiesto su confusión. Combinaron en ella dos acontecimientos distintos. “Cuando sucederá eso” preguntaron, refiriéndose a la destrucción del Templo, y “cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”, aludiendo al fin del mundo. La destrucción del Templo y el fin del mundo en ocasión de la segunda venida de Cristo parecía a los cuatro discípulos que era una sola cosa. Suponían que solo el fin del mundo podía causar la destrucción del principal lugar de culto del verdadero Dios.

Al combinar los dos acontecimientos en uno, trataban de lograr una sola información: “Cuándo sucederá eso”, es decir, “Cuál será la señal” que indicaría su cercanía.

Los comentaristas creen que al formular su respuesta, Jesús también amalgamó la información concerniente a los dos acontecimientos, es a saber, el final del Templo y el fin del mundo. No hay duda de que algo de eso hay; pero si estudiamos cuidadosamente los capítulos 24 y 25 de Mateo podremos distinguir con cierta facilidad cuándo se refiere Jesús a un acontecimiento o al otro. De todos modos, Cristo presentó señales diferentes para cada uno de esos acontecimientos.

Señales distintas y dignas de confianza. Para la caída del Templo, Jesús dio una señal inconfundible: “La abominación de la desolación [...] erigida en el Lugar Santo” (Mat. 24:15); una predicción simbólica que se explica en Lucas 21:20, donde se dice que “Jerusalén” sería “cercada por ejércitos”.

Para el fin del mundo, Jesús dio una corta y singular lista de señales: la predicación del evangelio a todo el mundo (Mat. 24:14); un conjunto de fenómenos astronómicos (vers. 29); y la forma en que va a venir: en las nubes de los cielos, y tan visible y evidente como un relámpago (vers. 27, 30).

Cómo vendrá. De primera intención, parecería que Jesús hubiera evadido la pregunta de los discípulos. Su señal más enfática de la destrucción de Jerusalén era la llegada del enemigo. Su señal más enfática acerca del final del mundo era la forma en que él vendría. Pero Jesús estaba hablando en serio.

Tal como sucedieron las cosas (y Jesús sabía cómo iban a suceder), la llegada de los soldados enemigos a Jerusalén en el año 66 d.C. era toda la señal que necesitaban los cristianos de esa ciudad. Porque los soldados de repente se retiraron de ese lugar, y todo el que quiso escapar pudo hacerlo antes de que los romanos regresaran para atacar en serio. (Véanse las páginas 27 y 28.)

En cuanto a las señales de su segunda venida, Jesús fue muy enfático respecto de la forma en que ocurriría. “Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre”, dijo, y añadió: “Y entonces harán duelo todas las razas de la tierra y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria” (vers. 30).

La “señal del Hijo del hombre” es su aparición “sobre las nubes del cielo”.

Tal como los reyes solían recorrer las calles de sus respectivas capitales en carruajes especiales en ciertas ocasiones, el Hijo del hombre, en circunstancias sumamente significativas, viajará en un carruaje de nubes sobrenaturales.

Las Escrituras mencionan tres ocasiones en que esto ocurrió o va a ocurrir: 1) La ascensión de Cristo al cielo, cuando “fue levantado en presencia de ellos [los discípulos], y una nube le ocultó a su vista” (Hech. 1:9). 2) Al comienzo del Juicio Investigador, cuando el Hijo del hombre viajó sobre nubes para comparecer ante el Anciano (Dan. 7:9-14; Apoc. 12-14). 3) En el momento de su Segunda Venida, cuando, según Apocalipsis 1:7, vendrá “acompañado de nubes; todo ojo le verá”. La venida visible de Jesucristo sobre nubes es la “señal” suprema del Hijo del hombre. Precauciones y advertencias. Al pedir una señal de su Segunda Venida, los discípulos estaban tratando de conseguir información anticipada que les permitiera descubrir el momento en que Dios comenzaría su cuenta regresiva final. Hoy, a nosotros también nos gustaría disponer de esa información; por eso naturalmente nos encontramos preguntándonos: ¿Para qué sirve una señal, si solo se refiere a la forma en que va a venir?

Vamos a volver sobre este asunto un poco más adelante, en la página 22. Mientras tanto, nos sentimos impresionados por el hecho de que Jesús no tenía mucho interés en establecer una lista exacta de los acontecimientos de los últimos días. Seis semanas más tarde, cuando poco antes de su ascensión los discípulos le preguntaron: “¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?”, replicó: “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hech. 1:6, 7).

Lo primero que hizo Jesús en su Sermón Profético, al responder a sus discípulos, fue decirles: “Mirad que no os engañe” (Mat. 24:4). ¡No seáis engañados! No seáis extraviados por falsos cristos y falsas señales. No creáis que el fin de Jerusalén y el fin del mundo se producirán antes de tiempo (véanse los versículos 5 al 8). Tal como la señal de Salisbury Plain, Jesús dice claramente: “USTED HA SIDO ADVERTIDO”. No seamos confundidos por un racimo de señales, que no lo son en realidad.

Señales que no lo son realmente. En el Sermón Profético aparece la famosa frase acerca de “guerras y de rumores de guerras” (vers. 6). Por siglos, los cristianos estudiosos de las Escrituras han citado esta declaración al reflexionar acerca de los acontecimientos internacionales contemporáneos. Una y otra vez se han convencido, por el momento, de que Jesús viene pronto. Pero él advirtió decididamente que las guerras y los rumores de guerras no son necesariamente señales del fin. “Todavía no es el fin”, dijo con relación a ellos.

“¡Cuidado, no os alarméis! Porque es necesario que suceda, pero todavía no es el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá en diversos lugares hambre y terremotos. Porque todo esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento” (vers. 6-8).

De cualquier manera, la mención de guerras, hambres y terremotos en el Sermón Profético pone de manifiesto que Jesús estaba pensando en lo que habría de ocurrir durante los 39 años previos a la caída de Jerusalén en el año 70 d.C. Sabemos de cuatro hambrunas que se produjeron incluso en el corto reinado del emperador romano Claudio (41-54 d.C.). Una de ellas aparece en Hechos 11:28. Terremotos importantes es sabido que ocurrieron en Creta (46 o 47 d.C.) y en Roma (51 d.C). Esta ciudad libró guerras importantes en Mauritania (41-42 d.C.), las Islas Británicas (43-61 d.C.) y Armenia (a comienzos del año 60). En Armenia, Roma sufrió una notable derrota en el año 62 d.C., cuyas noticias debieron de haber animado falsamente a los revolucionarios judíos de Palestina.

La guerrilla y las actividades terroristas castigaron a Palestina durante esos años. “Por toda Galilea”, nos informa Josefo, para mencionar solo una región de Palestina, “no se veía sino sangre e incendios”.1

Lo que Cristo quiso decir es que los desastres, las derrotas, las guerras y las hambrunas no son “señales” de un final cercano, ya sea de Jerusalén o del mundo. Para nuestro planeta saturado de pecado, aunque nos apene decirlo, tales pesares siempre estuvieron a la orden del día.

Falsos cristos y falsos profetas. Jesús también lanzó advertencias acerca de la aparición de falsos cristos y falsos profetas. (Véanse los versículos 4, 5, 23 y 24. Compare con Marcos 13:6 y 21 al 23.)

Durante los 39 años que transcurrieron entre el Sermón Profético (31 d.C.) y la caída de Jerusalén (70 d.C.), surgieron muchos falsos dirigentes. Josefo2 nos dice que Palestina se llenó de “vagabundos y embaucadores”, que explotaban las esperanzas y los temores de la gente y fomentaban la revolución contra Roma, “con el pretexto de estar guiados por inspiración divina”. Uno de esos impostores, cierto “falso profeta egipcio”, invitó a algunos judíos aventureros a reunirse con él en su cuartel del desierto. Miles aceptaron su invitación, creyendo que se trataba del Mesías que libraría a Jerusalén de la tutela romana. Pero los romanos fueron informados acerca de lo que estaba sucediendo y se prepararon para enfrentarlo. Cuando se produjo el ataque, prácticamente todos los judíos que habían seguido a este falso cristo perdieron la vida o huyeron a sus casas. El egipcio y unos pocos de sus seguidores escaparon. Algún tiempo después, de paso, un oficial romano confundió al apóstol Pablo con este mismo egipcio. (Véase Hechos 21:38.)

En el Sermón Profético, Jesús habla de los falsos cristos y los falsos profetas tanto cuando se refiere a su segunda venida como cuando menciona la caída de Jerusalén (véase Mateo 24:23, 24). Esta última parte de la profecía también se ha cumplido, al menos parcialmente. En 1978 tuvimos a Jim Jones y la masacre de Jonestown. Un poco más atrás, recordamos a Adolfo Hitler, a quien millones de educados occidentales atribuyeron la facultad de inaugurar mil años de paz. En el siglo XIX Napoleón condujo a la muerte a muchos más de sus seguidores que Jim Jones. Y tenemos al “Padre Divino”, que pretendía ser Dios en Filadelfia; y la “madre” Ana Lee, que enseñó que ella era la reencarnación femenina de Cristo. La lista es larga. Karl Marx, a su manera, también fue un falso cristo.

Cómo vendrá Cristo. Volvamos a la forma en que Cristo va a venir.

Algunos informantes, según Jesús nos advirtió, anunciarían: “Está en el desierto”; “está en el interior de las casas”. “No lo creáis”, nos insta. “¡Mirad que os lo he predicho!” USTED HA SIDO ADVERTIDO (vers. 25, 26).

¿Regresará Jesús privadamente? No, nos dice; no será asi.

¿Vendrá en secreto? No. De ninguna manera.

¿Cómo vendrá, entonces? “Como el relámpago sale por el oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre”. “Harán duelo todas las razas de la tierra y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. El enviará a sus ángeles con sonora trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo de los cielos hasta el otro” (vers. 27, 30, 31).

Jesús se refirió insistentemente a la forma de su venida, para preservar a sus preciosos seguidores de la desilusión y el desastre. Evidentemente, todo maestro que enseñe que Jesús va a venir de cualquier manera que no sea en las nubes del cielo, es un falso maestro.

El Espíritu Santo inspiró a Pablo para que nos diera una descripción de la “venida del Señor” similar a la descripción de Cristo mismo. “El Señor mismo”, dijo Pablo, “a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:15-17).

Dos palabras de este pasaje de Pablo han llegado a ser famosas en los círculos cristianos. Una de ellas es parousía, palabra griega que ha sido traducida por “venida”. Se la usaba en la antigüedad para referirse a las visitas oficiales de importantes personajes. Tuve una vez el privilegio de leer esta palabra en un trozo de alfarería que se refería a la llegada de cierto funcionario a una antigua comunidad egipcia. La palabra parousía figura en Mateo 24:3 y en diversos otros lugares del Nuevo Testamento, para referirse al regreso de Jesús.

La otra palabra famosa que aparece en algunas traducciones de 1 Tesalonicenses 4:15 al 17 es “arrebatamiento”. Está emparentada con la palabra “rapto” (latín, rap- tus), que significa apoderarse de alguien –especialmente, de una mujer– con fines deshonestos. En algunos círculos cristianos, sin embargo, esta palabra ha llegado a tener connotaciones agradables, gracias a las traducciones a que nos hemos referido, pues se la ha asociado con la venida de Jesús y la liberación de los redimidos.

En ocasión de su parousía (segunda venida), Jesús arrebatará (o rescatará) su pueblo. ¿Y en qué circunstancias lo hará? Cuando resuene la voz de mando; cuando se oiga la voz del arcángel; cuando se escuche el son de la trompeta; cuando aparezca el Señor en las nubes.

Cualquier “cristo” que venga, o que pretenda venir, de un modo diferente de este, es un cristo falso. Y evidentemente, cualquier maestro que diga que Cristo va a venir de otra manera es un falso maestro.

La advertencia de Cristo es urgente. En su Sermón Profético, Jesús dejó en claro que rechazar a los falsos maestros es más importante que saber la fecha exacta de su venida.

“¡Mirad que os lo he predicho!” (vers. 25). Que nadie los engañe. USTEDES HAN SIDO ADVERTIDOS.

Las otras señales verdaderas. Si la forma precisa de su venida es una “señal”, Jesús nos dio también algunas otras señales de su regreso. En Mateo 24:29 y 30 dice: “El sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre”. Sus palabras aparecen en Lucas 21:25 al 27 de esta manera: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria”.

En Mateo 24:33, Jesús dijo: “Así también vosotros, cuando veáis todo esto, caed en cuenta de que él está cerca, a las puertas”. Y en Lucas 21:28: “Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”.

Muchos cristianos creen que estas señales que habrían de manifestarse en el sol, la luna y las estrellas ya se han producido. Tan impresionante posibilidad merece nuestra cuidadosa atención. La evidencia que tenemos al respecto las trataremos en las páginas 193 a 202.

También, entre “todas las cosas” que Jesús dijo que veríamos al acercarse su segunda venida, hay una señal sumamente impresionante y significativa. “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mat. 24:14, RVR). Después de prestar atención a otros asuntos importantes, vamos a referirnos a esta notable promesa en las páginas 44 a 46.

II. La abominación de la desolación

Cuando los discípulos dijeron a Jesús: “Dinos cuándo sucederá eso”, estaban pensando, a la vez, en la destrucción de Jerusalén y en la segunda venida del Señor. Lo hemos verificado varias veces.

En su respuesta, Jesús se refirió a “la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel” (Mat. 24:15). Trataremos de estudiar en las próximas páginas esta “abominación” y la “desolación” que produjo. Al ver cuán plenamente se han cumplido las profecías de Cristo acerca de la caída de Jerusalén en el año 70 d.C., se afirma nuestra confianza en el cumplimiento de sus profecías relativas a nuestros días. Esto es importante, porque la abominación de la desolación se aplica a nuestros días tanto como a la caída de Jerusalén.

“Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea, que lo entienda), entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; el que esté en el terrado, no baje a recoger las cosas de su casa; y el que esté en el campo, no regrese en busca de su manto. ¡Ay de las que estén encinta y criando en aquellos días! Orad para que vuestra huida no suceda en invierno ni en día de sábado” (Mat. 24:15-20).

El preludio de la destrucción. Cuando se lee el cumplimiento de esta predicción, no podemos menos que apesadumbrarnos, pero es una ilustración impresionante de lo digna de confianza que es la profecía bíblica.

Retrocedamos un poco, para tener una perspectiva adecuada. La pequeña nación de Judea llegó a formar parte del Imperio Romano cuando Pompeyo tomó su capital, Jerusalén, en el año 63 a.C. Pero mientras la mayoría de los pueblos conquistados se enorgullecían de formar parte del Imperio, muchos judíos de Judea y Galilea alimentaron una actitud de resistencia, y llegaron a hacerse notar por su oposición activa a la conducción romana.

Los romanos, por lo general, aunque no siempre, trataron de gobernar Palestina pacíficamente. Pero con el transcurso del tiempo, un incidente sangriento conducía a otro peor, hasta que a mediados de la década del 60 al 70 d.C., la cantidad de judíos palestinenses que podían perder la vida en un solo incidente se dice que llegó a la cantidad de veinte mil. La tensión explotó cuando los sacerdotes del Templo decidieron no ofrecer más sacrificios ni oraciones en favor del emperador romano. En aquellos días, todos los pueblos del Imperio ofrecían sacrificios y elevaban oraciones en favor del emperador; la mayoría de ellos lo consideraba como si fuera un dios.

La decisión judía de no orar por el emperador fue calificada de traición. El castigo era inevitable.33 Cestio Galo, gobernador de la provincia romana de Siria, que incluía Judea, se dirigió hacia el sur desde Antioquia, con el equivalente de dos legiones de soldados y numerosas tropas auxiliares. (Los auxiliares se podrían comparar con nuestros ejércitos. Las legiones eran grupos seleccionados, constituidos por unos seis mil soldados.) Cuando Cestio Galo llegó a Jerusalén en el año 66 d.C., se encontró con una decidida oposición. Un grupo de guerrilleros le tendió una emboscada, y en ella murieron 515 soldados romanos, y solo 22 judíos. Pero la misma esplendidez de su ejército infundió en los guerrilleros el temor de severas represalias, y se retiraron inseguros, tras los imponentes muros de los edificios del Templo.

Los judíos moderados animaron a los romanos a apoderarse del Templo inmediatamente, para suprimir a los rebeldes antes de que consiguieran un segundo triunfo. Cestio Galo avanzó hacia el Templo. La razón de su llegada era reanudar las oraciones en favor del emperador. Pero sin ninguna explicación, después de un esfuerzo de menos de una semana y cuando ya estaba por lograr el éxito, Cestio Galo se retiró de la ciudad y regresó a Antioquia. Su decisión fue desastrosa para sus tropas. Los combatientes de la resistencia judía dominaban las cumbres de los montes que flanqueaban el lado norte del camino. Con flechas, lanzas y piedras, lograron dar muerte a casi seis mil romanos.

Josefo, el historiador, sirvió por un tiempo como general judío durante la guerra que se produjo después, antes de pasarse a los romanos. Al recordar los hechos algunos años más tarde, consideró la inexplicable retirada del gobernador como un momento decisivo. Si Cestio Galo hubiera insistido en su ataque con un poco más de decisión, según Josefo, la paz romana habría sido restaurada en Jerusalén con poca pérdida tanto de vidas como de propiedades. Josefo escribió: “Si este último [Cestio Galo] hubiese perseverado un poco más en el asedio [de los edificios del Templo], no habría tardado en tomar la ciudad”.4 ¡Y no habría habido guerra judía ni destrucción de la ciudad!

Pero profundamente heridos por la pérdida de sus soldados, los romanos decidieron regresar. El emperador Nerón mandó a llamar desde Gran Bretaña a su capaz general Vespasiano, quien trazó planes cuidadosos con la ayuda de su hijo Tito. (Tanto Vespasiano como Tito llegaron más tarde a ser emperadores.) Juntos, el padre y el hijo, lanzaron una campaña en la que tal vez unos 250 mil judíos palestinos murieron de hambre, fueron quemados vivos, fueron atravesados por las flechas, crucificados, muertos a hachazos o esclavizados hasta morir.

El Templo y la ciudad arrasados. Cuando Tito, con cuatro legiones y una gran cantidad de auxiliares, comenzó el asedio de Jerusalén en la primavera del año 70 d.C., la ciudad estaba atestada de judíos que se habían reunido allí para celebrar la Pascua.5

A medida que el sitio avanzaba, la enfermedad, la suciedad y el hambre comenzaron a cobrar su terrible tributo. En medio del pánico creciente, tres organizaciones semejantes a mafias aumentaron el horror al aterrorizar a sus mismos compatriotas judíos, y al competir salvajemente por el control de los ya precarios abastecimientos. Una madre, muerta de hambre, se comió a su propio bebé.6

Tito trató de salvar el Templo. Era una de las joyas del Imperio. De diversas maneras trató también de salvar la ciudad y el pueblo. Pero los dirigentes de la ciudad rechazaron todas las propuestas, en la creencia de que Dios todavía los honraría como su pueblo y preservaría el Templo como su casa de culto.

Hacia fines de agosto, algunos romanos enfurecidos por el aparentemente incomprensible fanatismo de la resistencia judía, prendieron fuego a la madera recubierta de oro de los muros y el cielo raso del Templo. Los judíos modernos todavía recuerdan el incendio que siguió, cada año, en el noveno día del mes judío Ab. Pero incluso después del incendio del Templo, los sobrevivientes rechazaron decididamente la rendición, de modo que Tito, exasperado, dio rienda suelta a sus tropas. La ciudad y el Templo desaparecieron literalmente. A excepción de una pequeña parte del muro y tres torres, “allanaron de tal manera el ámbito de la ciudad”, dice Josefo, “que daba la impresión de que ese sitio jamás hubiese sido habitado”.7

De las multitudes que vivían en la ciudad al comienzo del asedio, aparentemente, todos murieron; con excepción de que en Jerusalén y durante la campaña precedente de Galilea y Judea, 97 mil hombres, mujeres y niños fueron tomados prisioneros. Muchos de los prisioneros fueron enviados a las provincias, para hacer frente a animales salvajes en los anfiteatros. A muchos se los obligó a cavar el canal de Corinto, en Grecia. Muchos más fueron enviados a Egipto para que trabajaran allí como esclavos hasta su muerte. Algunos fueron vendidos como esclavos a los gentiles que vivían en Judea; eran vendidos “a muy bajo precio, por el gran número de que disponían para vender y ser pocos los compradores”.8

El cumplimiento de la profecía. La destrucción de Jerusalén cumplió cabalmente la predicción hecha por Cristo 39 años antes: “No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida” (Mat. 24:2). También se cumplieron sus profecías acerca de hambrunas, terremotos, rumores de guerras y ejércitos en torno del Lugar Santo.

La mujer que se comió a su bebé, los esclavos que fueron vendidos por unas monedas y los cautivos que fueron embarcados rumbo a Egipto, cumplieron otras profecías hechas por Moisés unos quince siglos antes, en Deuteronomio 28:15, 52, 53 y 68: “Pero si no obedeces a la voz de Yahvéh tu Dios, y no cuidas de practicar todos sus mandamientos y sus preceptos, los que yo te prescribo hoy [...] [tu enemigo] te asediará en todas tus ciudades [...] comerás el fruto de tus entrañas [...] te volverá a llevar a Egipto [...] por mar [...] y allí os ofreceréis en venta a vuestros enemigos como esclavos y esclavas, pero no habrá ni comprador”.

Pero Dios se interesa por nosotros. La caída de Jerusalén ante los romanos nos recuerda la caída de esta ciudad ante los babilonios siglos antes. En el primer tomo de esta obra, en las páginas 22 al 28, vimos con cuánto pesar Dios “entregó” Jerusalén al rey Nabucodonosor y cómo envió un profeta tras otro para prevenir el desastre en la medida de lo posible.

El Señor hizo aún más en los tiempos del Nuevo Testamento para evitar a los judíos y a Jerusalén su terrible desastre a manos de los romanos. Por más de treinta años, el propio Hijo de Dios recorrió sus caminos y sus calles para señalarles el camino de la paz. Les enseñó a perdonar, a devolver bien por mal, y a respetar toda autoridad legalmente constituida. Cuando un soldado romano, en ejercicio de sus privilegios, obligaba a un judío a llevarle su pesado equipaje por una milla, Jesús les aconsejó que se lo llevaran por una milla más (véase Mateo 5:41).

Si todos los judíos de Judea y de Galilea hubieran aceptado las enseñanzas de Cristo, no se habrían dedicado al terrorismo y al sabotaje que provocó la represalia de los romanos. No habrían dejado de pagar sus impuestos. No habrían suspendido sus oraciones en favor del emperador, acto de traición que produjo la guerra. Ni tampoco habrían llegado a la conclusión de que Dios iba a hacer milagros por un pueblo que desde hacía mucho lo estaba desobedeciendo, a menos que se arrepintiera primero. Tampoco se habrían dividido en feroces facciones, sino que se habrían apoyado generosamente los unos a los otros.

Pero no todos los judíos rechazaron a Jesús. Miles lo aceptaron (Hech. 2:41). Confiaron no solo en sus enseñanzas religiosas, sino también en sus profecías. Recordaron sus palabras: “Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo”, es decir, “cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos”, “entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes” (Mat. 24:15, 16; Luc. 21:20).

La asombrosa retirada de Cestio Galo en noviembre del año 66 d.C., cuando la victoria estaba a su alcance, proporcionó una inapreciable oportunidad de huir. Josefo informa que “muchos judíos notables” en ese momento “abandonaron la ciudad, como si fuera un barco a punto de zozobrar”.9

Parece que los cristianos de origen judío dejaron Jerusalén en ese momento. Al trasladarse al norte, fundaron una colonia en Pella, al sudeste del mar de Galilea. Las palabras de Cristo traducidas por “huyan a los montes” en la Biblia de Jerusalén, puede traducirse adecuadamente por “escapen hacia las colinas” o “váyanse al campo”. Pella está ubicada en el campo, en medio de colinas.

Los cristianos judíos obraron como Jesús les aconsejó porque confiaron en su profecía. Y no se sabe de ningún cristiano judío, ya sea madre, padre o hijo, que haya muerto en la terrible destrucción de Jerusalén.

III. La abominación y la iglesia cristiana

Tal como vimos, donde la Biblia de Jerusalén nos habla, en Mateo 24:15, de “la abominación de la desolación”, otras versiones emplean expresiones similares, como ser “la abominación desoladora” (RVR); “el horrible sacrilegio” (versión Dios Habla Hoy); “el espantoso horror” (Versión Popular Inglesa).

Ya hemos visto que Jesús estaba hablando simbólicamente de los ejércitos romanos que asediarían Jerusalén entre los años 66 y 70. (Compárese con Lucas 21:20.) Pero lo que dijo merece mayor atención. “La abominación de la desolación” iba a ser algo mucho más grande que los ejércitos romanos.

Jesús demostró que la abominación de la desolación había sido predicha “por el profeta Daniel”. Eso era cierto, porque Daniel –en diferente idioma, por supuesto, pero exactamente con la misma idea in mente– se refirió en Daniel 11:31 a “la iniquidad desoladora”. Predijo que esta abominación pisotearía “el Santuario y el ejército”. Refiriéndose a lo mismo, de otra manera, en Daniel 9:24 al 27, el profeta nos habla de un príncipe desolador que aparecería en la estela de las abominaciones para destruir la ciudad de Jerusalén y el Templo.

De manera que el profeta Daniel, con distintas palabras, se refirió varias veces a la abominación de la desolación.

En el Antiguo Testamento, la palabra abominación se emplea a veces para referirse a la adoración de ídolos (2 Rey. 23:13; Isa. 44:19.) Sacrilegio tiene que ver con la irreverencia llevada al máximo. De manera que “la abominación de la desolación” y “el horrible sacrilegio” mencionados por Daniel y por Jesús son una y la misma cosa. Básicamente, se trata de un sistema pecaminoso de culto que cometería el sacrilegio de pisotear y desolar la ciudad de Dios, el Santuario de Dios y su pueblo.

El ejército romano que demolió Jerusalén constituía, precisamente, una abominación desoladora e idólatra. En lugar de banderas, los soldados romanos llevaban estandartes. Eran algo así como astas con una cruceta en el extremo superior, de la cual pendían los símbolos característicos de cada legión. (La “décima Fretensis” y la “duodécima Fulminata” se encontraban entre las legiones que combatieron en Jerusalén.10) Mientras los modernos soldados saludan sus banderas, los romanos a veces adoraban sus estandartes. El antiguo escritor Tertuliano incluso afirmaba que “la religión practicada por los romanos en campaña, se manifiesta plenamente por la adoración de los estandartes”.11

Después de que los soldados romanos destruyeron el Templo de Jerusalén, mientras el humo cálido se elevaba aún sobre las ruinas y los derrotados judíos todavía se desangraban, maldecían y morían por todos lados, los romanos “colgaron sus insignias en el Templo”, y según Josefo, “frente a la puerta oriental, ofrecieron sacrificios”.12

El ejército romano que se ubicó en el Lugar Santo y que destruyó y desoló Jerusalén, era intrínsecamente idólatra. Era ciertamente una “abominación” y un “sacrilegio”, que produjeron “desolación”.

La abominación era “Roma”. Ahora bien, en Daniel 8:13 la expresión “la iniquidad desoladora” se aplica al “cuerno pequeño” simbólico. En el primer tomo de esta obra, en las páginas 148, 149 y 181 a 184, vimos que algunos estudiosos de las Escrituras han supuesto que este cuerno pequeño era Antíoco Epífanes. Estudiamos acerca de este excéntrico reyezuelo de Siria (175-164 a.C.) que suspendió los sacrificios del Templo entre los años 168 y 165 a.C. Descubrimos que realmente no cumplía las numerosas especificaciones referidas al cuerno pequeño. Y, por cierto, el hecho de que en Mateo 24:15 y en Lucas 21:20 Jesús identificara la abominación de la desolación con los ejércitos que circundarían Jerusalén –suceso que en ese momento (31 d.C.) todavía estaba en el futuro–, prueba fuera de toda duda que no se trataba de Antíoco Epífanes.

Descubrimos que lo que realmente representa el cuerno pequeño de Daniel 8 es “Roma”; tanto la pagana como la cristiana; tanto el Imperio Romano como la Iglesia Romana medieval.

Las profecías de Daniel 2, 7 y 8 son paralelas. (Veáse el diagrama en el tomo 1, p. 241). Cada profecía comienza en los días de Daniel y transcurre a través del tiempo hasta el final del mundo. Los diversos símbolos de Babilonia, Persia y Grecia están seguidos en cada capítulo por un símbolo de Roma: hierro en Daniel 2, un monstruo en Daniel 7 y un cuerno pequeño en Daniel 8. Tal como lo vimos en el primer tomo, en las páginas 114 a 128, intencionalmente Dios pasó por alto los beneficios que produjeron tanto el Imperio Romano como la Iglesia Romana. Decidió en cada capítulo poner énfasis sobre los aspectos negativos y represivos de Roma, con el fin de enseñar importantes lecciones.

Estamos listos ahora para preguntarnos: el cuerno pequeño de Daniel 8, es decir, “la iniquidad desoladora” de Daniel 8:13, ¿“pisoteó” el “santuario” de Dios y su “ejército” (o su pueblo)? La respuesta es SÍ. En su etapa pagana, Roma destruyó el Templo de Jerusalén, que había sido el principal sitio de culto público de Dios por casi mil años. Todos sabemos que el Imperio Romano también persiguió a la gente que creía en el verdadero Dios; pero en su etapa cristiana, también persiguió a los creyentes. Además, como lo vimos en el primer tomo de esta obra, las enseñanzas y la conducta de la cristiandad medieval oscurecieron muchísimo el ministerio “continuo” (tamid, en hebreo) de Jesús en el Santuario celestial. Entre Cristo y su pueblo, la Roma medieval interpuso un falso sacerdocio, un falso sacrificio, una falsa cabeza de la iglesia y una falsa forma de salvación. (Véase el tomo 1, página 169.) Que la Iglesia Cristiana medieval se comportó mal, ha sido reconocido por prominentes autores jesuitas a partir del Concilio Vaticano Segundo. (Véase el tomo 1, páginas 164 y 169.)

Desde este punto de vista, “la abominación de la desolación” es un falso sistema de culto, es decir, Roma tanto en su forma pagana como cristiana. La Roma pagana destruyó el santuario visible de Dios, el Templo de Jerusalén, y persiguió a los verdaderos cristianos. La Roma cristiana también persiguió y se opuso al santuario invisible donde Jesús ministra en nuestro favor en el cielo.

La apostasía y el hombre impío. Decir que la cristiandad medieval obró mal equivale a lanzar una clarinada de alarma. ¿Cómo podían los cristianos actuar de esa manera, sin apostatar o dejar la fe primero?

Esta misma apostasía está predicha en el Sermón Profético. Jesús dijo: “Muchos se escandalizarán” (“Muchos tropezarán”, RVR; “Muchos perderán su fe”, Dios habla hoy; “Muchos abandonarán su fe”, versión popular inglesa, Mateo 24:10). Unos 25 años después de este sermón, el apóstol Pablo, al referirse a la misma tragedia, escribió a los dirigentes cristianos de Éfeso: “Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos [los miembros de la iglesia] detrás de sí” (Hech. 20:29, 30).

“Que nadie os engañe de ninguna manera”, dice Pablo a algunos nuevos cristianos de Tesalónica que anhelaban el regreso de Jesús. (Estas palabras son un claro eco de la advertencia de Cristo en Mateo 24.) “Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el hombre impío [“el hombre de pecado”, Reina-Valera 1960], el hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros?” (2 Tes. 2:3-5).

El “misterio de la impiedad” ya estaba obrando, sigue diciendo el apóstol, al referirse a las condiciones que prevalecían a mediados del siglo primero “Tan solo”, explica Pablo, “conque sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su venida” (2 Tes. 2:7, 8).

Pablo pone énfasis en que el hombre impío no aparecería hasta un poco después de sus días; pero una vez que apareciera, perduraría hasta la segunda venida de Cristo.

Parece poco amable, y hasta anticristiano, sugerir que la Iglesia Romana cumplió esta profecía. Pero Pablo estaba hablando de una “apostasía”, de una “rebelión”. Las apostasías y las rebeliones se producen dentro de las filas de la iglesia, no fuera de ellas. En el primer tomo, en las páginas 123 y 124, vimos que varios papas y sus admiradores verdaderamente pretendieron que los papas eran en cierto modo divinos; pretensiones que nunca fueron repudiadas. En las páginas 127 a 134 del tomo citado, vimos cómo, tal vez con las mejores intenciones, la Iglesia de Roma se ha opuesto a la Ley de Dios. Y no ha cambiado de actitud al respecto.

Notables cristianos manifiestan su preocupación. En la cúspide de la Edad Media, algunos eruditos dirigentes cristianos se manifestaron profundamente preocupados por la apostasía de la iglesia. Con verdadero riesgo de sus vidas, manifestaron la perturbadora convicción de que el hombre impío, la abominación desoladora, había aparecido en sus propios días. Llegaron a la conclusión de que la iglesia (o su dogma, o a lo menos sus dirigentes terrenales) era “el hombre impío” de 2 Tesalonicenses 2 y la “abominación” de Mateo 24.

Jan Milic (pronuncie Milich) (m. 1374) fue uno de esos dirigentes. Secretario del emperador Carlos IV y archidiácono de la catedral de Praga, Milic rechazó una promoción y renunció a su cargo a fin de disponer de tiempo para predicar. En ocasión de un peregrinaje a Roma, se dirigió a una vasta asamblea de clérigos y eruditos, y su discurso llevó el título de “¡El Anticristo ya llegó!” Detenido cuando estaba en Roma, escribió un folleto en el que declaraba: “Cuando Cristo habla de la ‘abominación’ en el templo (Mat. 24:15), nos invita a observar a nuestro alrededor para verificar cómo, por la negligencia de sus pastores, la iglesia yace desolada”.13

Juan Wiclef (m. 1384), bien conocido clérigo católico, estadista inglés y catedrático de Oxford, vio la abominación desoladora en la doctrina de la transustanciación, impuesta a la gente por los obispos bajo pena de excomunión.14

Sir John Oldcastle (m. 1417), conocido también como Lord Cobham, merece ser más conocido. Después de la muerte de Wiclef, Sir John patrocinó a los estudiantes de Oxford en el estudio de las Escrituras y proveyó de los medios para que los “predicadores pobres”, o “lolardos”, enseñaran las Escrituras por todo el país. El arzobispo Arundel, de Canterbery, consiguió que el rey de Inglaterra lo reprendiera. Sir John replicó que, aunque debía obedecer al rey de acuerdo con Romanos 13, no iba a obedecer una orden de la iglesia que le impedía continuar con la predicación de las Escrituras. Sabía por medio de ellas, según dijo, que el papa era “el hijo de perdición” (es decir, el “hombre impío” de 2 Tesalonicenses 2:3) y la “abominación [...] erigida en el Lugar Santo”. Sir John fue enviado a prisión, pero logró escapar. Vuelto a capturar cuatro años más tarde, se lo sentenció a morir asado a fuego lento. Murió entonando himnos de alabanza a Dios.15

Juan Huss (m. 1415), de Bohemia, como Milic, también identificó al papa con el hombre de pecado. “Huss” significa ganso en checo, y él era consciente de que su ganso bien podría ir a parar al asador. Efectivamente, así ocurrió. El 6 de julio de 1415, los obispos del Concilio Eclesiástico de Constanza lo hicieron quemar vivo.16

Martín Lutero (m. 1546) era monje. Sus oraciones profundizaban su preocupación espiritual. Llegó a considerar a la iglesia de su tiempo como la “abominación [...] de la cual habla Jesús en Mateo 24:15” y como el hombre impío de 2 Tesalonicenses 2, que se sienta “en el templo de Dios (es decir, de la cristiandad), haciéndose parecer Dios”.17

Trágicamente, la abominación desoladora acerca de la cual hablaron Jesús y Daniel, fue ciertamente tanto la Roma pagana como la cristiana.

IV. La tribulación predicha y usted

Al hablar de las trágicas muertes de Huss y Oldcastle, nos acordamos de que Jesús, en su Sermón profético, predijo que sus seguidores sufrirían tribulación. “Entonces os entregarán a la tortura y os matarán, y seréis odiados de todas las naciones por causa de mi nombre” (Mat. 24:9).

No fue la única referencia que formuló esa tarde acerca de la tribulación. En los versículos 21 y 22 aludió a una “tribulación tan grande”, que no tendría parangón ni en el pasado ni en el futuro; tan tremenda, que “si aquellos días no se hubiesen abreviado, no se salvaría nadie”.

La palabra tribulación proviene de un término griego que significa “dificultad, angustia y sufrimiento”. Además de las referencias de Cristo a ese término en el Sermón Profético, las Escrituras contienen varias predicciones más acerca de períodos de notable angustia. (Véase el diagrama de la página 34.)

La primera tribulación mencionada en el Sermón Profético debía comenzar muy pronto, durante la vida de los discípulos. “Entonces os entregarán a la tortura”, les anunció Jesús. Y esa situación debía continuar, más o menos, permanentemente. Cuando Jesús añadió: “Y seréis odiados de todas las naciones por causa de mi nombre”, estaba lanzando una mirada a través de la historia hasta el fin del tiempo, mientras el evangelio se diseminaba de una nación a otra. Algunas personas provenientes de todas las naciones iban a aceptar el evangelio y se iban a convertir en sus seguidores. Trágicamente, sabía que algunos otros de todas las naciones no solamente lo iban a rechazar, sino además iban a perseguir a los que lo aceptaran.

La otra tribulación que Jesús mencionó, que no tendría parangón ni antes ni después (vers. 21 y 22), se cumplió durante los 1.260 días-años de Daniel 7:25 (véase el tomo 1, páginas 122 y 123), como parte de la terrible característica de prueba, dificultad y angustia que demasiado a menudo marcó la carrera de la cristiandad romana. (Véase el diagrama de página 34.)

Otra tribulación, o “tiempo de angustia”, también sin paralelo fue predicha en Daniel 12:1 y 2. Ocurrirá cuando surja “el gran Príncipe”, Miguel. “En aquel tiempo se salvará tu pueblo”, le dijo Gabriel a Daniel: “todos aquellos que se encuentren inscritos en el Libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra”, añadió, “se despertarán, unos para la vida eterna”.

Esta tribulación especial ocurrirá con relación a la resurrección y a la segunda venida de Cristo. Sucederá después de que el tribunal descrito en Daniel 7:9 al 14 termine de examinar los libros. Causará terror solamente a los impíos. El pueblo de Dios será liberado.

Esta terrible tribulación que ocurrirá al final de los tiempos se diferenciará de todas las otras porque, aunque será relativamente breve, durante su transcurso caerán las siete plagas postreras. La gran tribulación de los 1.260 días-años, sin embargo, fue diferente de todas las demás porque duró largos siglos. Afectó a los creyentes y a los no creyentes. en ocasiones implicó a un cuarto o a un tercio de la población.

Diremos algo más acerca de las diferentes tribulaciones cuando estudiemos Apocalipsis 2:10; 3:10 y 6:9 al 11.

La tribulación y usted. En la quietud de esa tarde en el Monte de los Olivos, Jesús dijo a los cuatro discípulos que estaban sentados junto a él: “Entonces os entregarán a la tortura y os matarán”.

Aquella tribulación es dolorosamente personal. De esos cuatro fieles amigos, Santiago y Pedro fueron encarcelados más tarde en Jerusalén por el rey Herodes a instancias de los dirigentes judíos (véase Hech. 12:1-19). Santiago fue decapitado. Pedro fue rescatado por un ángel, pero años más tarde sufrió el martirio en Roma, crucificado cabeza abajo, según la tradición. Juan, otro de los cuatro discípulos presentes enel Monte de los Olivos, fue sumergido en aceite hirviente. (Véase las páginas 52, 53.) Sobrevivió milagrosamente, fue exiliado a la isla de Patmos, donde recibió las visiones del Apocalipsis.

Pero Jesús estaba pensando en otros sufrientes, además. Sabía que la tribulación no se limitaría a ciertos períodos o a un grupo de individuos. “En el mundo tendréis tribulación” dice en Juan 16:33. Sus palabras constituyeron un axioma universal como “En la escuela hay maestros” o “En la guerra hay muerte”. La tribulación es un aspecto inevitable de la vida humana. “Como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción” (Job 5:7, RVR).

El hecho de ser cristiano, no obstante, ayuda al ser humano a evitar muchas tribulaciones y a mitigar muchas otras. La decisión de vivir una vida sana para gloria de Dios (véase 1 Corintios 10:31) ayuda al cristiano a evitar muchos dolores y sufrimientos. La cortesía lo ayuda a disipar la ira de los demás: “Una respuesta suave calma el furor” (Prov. 15:1). La oración, también, cambia las cosas: “Invócame en el día de la angustia, te libraré y tú me darás gloria” (Sal. 50:15).

Pero algunas tribulaciones son inevitables. “En el mundo tendréis tribulación”. Los cristianos de origen judío que salieron de Jerusalén en armonía con las instrucciones de Cristo, se salvaron gloriosamente de la carnicería que recayó sobre sus compatriotas, pero no se los libró de los costos y los inconvenientes del traslado a Pella y de comenzar una nueva vida allí. (Véanse las páginas 27 y 28.) Y los mártires cristianos ciertamente sufrieron tribulaciones muy penosas.

Pero cuando Jesús dijo “En el mundo tendréis tribulación”, añadió: “Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Cristo controla todo, y él tendrá la última palabra respecto de nuestras tribulaciones.

“Os entregarán a la tortura,” dice en Mateo 24:29. En efecto, “matarán a algunos de vosotros”. Pero, no se preocupen, “no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza” (Luc. 21:16-18).

¡Misericordiosa paradoja! Podrán matarlo, pero no se perderá una sola célula de su cuerpo. “Mucho vale a les ojos de Yahvéh la muerte de los que le aman” (Sal. 116:15). En ocasión de su segunda venida, el Cristo que ya ha vencido al mundo y a la muerte traerá de nuevo a la vida a cada uno de los miembros de su pueblo, que duermen en el polvo. (Véase Mat. 24:31 y 1 Tes. 4:15 al 18.)

TRES NOTABLES TRIBULACIONES PREDICHAS EN LAS ESCRITURAS

“En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!” (Juan 16:33).


¡Dios te ama! Se interesa por nosotros. Quiere que también nos interesemos por los demás. “La religión pura e intachable ante Dios Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo” (Sant. 1:27). El cristiano maduro tiende a olvidarse de sus propios problemas para ayudar a otros a resolver los suyos. El cristiano sabe que todos: solteros, divorciados y viudos, chicos huérfanos o con padres, madres, padres, ancianos, administradores y empleados, todos enfrentan dificultades. El verdadero cristiano encuentra la manera de “visitarlos” en sus “tribulaciones”.

El verdadero cristiano, también, después de recuperar el aliento, “se regocija en su tribulación”. ¿Cómo? Porque sabe que aun en medio de las tribulaciones es precioso para Dios. Porque sabe que sus problemas personales proporcionan la oportunidad de ejercer paciencia ante la provocación, de manera que logre persuadir a otros de hacerse cristianos también. (Véase Romanos 5:3 y Santiago 1:2 al 4.) Y en cuanto a las tribulaciones de los demás, se regocija por la oportunidad que le presentan de manifestar compasión cristiana.

“Las cosas reveladas nos atañen a nosotros y a nuestros hijos” (Deut. 29:28). Algunas tribulaciones recaen sobre algún miembro de la familia, por lo menos parte del tiempo. Dichosa es la familia que aprende a compartir las tribulaciones y a regocijarse en ellas.

V. Parábolas relativas a la preparación

En su Sermón Profético, Jesús no estaba preocupado en proporcionar detalles de los acontecimientos relacionados con la tribulación final. Su principal propósito en la mayor parte de Mateo 24 consistió en advertirnos, de modo que no fuéramos engañados por falsos cristos, falsos profetas y falsas señales. (Véase las páginas 20 a 22.) Hacia fines del capítulo 24 y en el capítulo 25, pone énfasis en el hecho de que debemos estar preparados para su Segunda Venida no importa cuándo ocurra.

Los cristianos debemos saber cuándo está “cerca” la venida de Jesús (Mat. 24:33). Pero el Señor no estableció ni “el día” ni “la hora” de su regreso; por el contrario, declaró que su aparición sería una sorpresa incluso para sus más ardientes seguidores.

“Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor” (Mat. 24:42).

“También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre” (Mat. 24:44).

En los días de Noé, la gente se dedicaba inconscientemente a la rutina diaria. “Comían, bebían”, dijo Jesús, “tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos” (Mat. 24:38, 39).

El comer y el casarse no son pecados en sí mismos, pero dedicarse solo esas cosas no era lo suficientemente bueno en los días de Noé, ni tampoco lo es en los nuestros. También tenemos que estar “preparados” porque, como el diluvio de Noé, “así será la venida del Hijo del hombre” (vers. 37). La gente seguirá abocada a sus tareas diarias comunes; trabajará “en el campo” o “moliendo en el molino”; pero una será “llevada” y la otra “dejada” (vers. 40, 41).

Noé y sus tres hijos tenían esposas, de manera que sabemos que estaban casados. Almacenaron alimentos en el arca, de modo que sabemos que les gustaba comer. La construcción del arca era su trabajo de todos los días. Mientras cumplían su rutina diaria, vivían como los demás. Pero además estaban “preparados”. Fueron “llevados” a la seguridad, mientras que el resto de la gente que vivía en ese tiempo fue “dejada” para ser destruida.

No es pecado tener una familia, disponer de un trabajo, tomar vacaciones o pagar impuestos. Pero mientras llevamos a cabo todas estas tareas básicas, debemos estar permanentemente listos para el cielo.

A fin de ayudarnos a estar preparados para su segunda venida, el Maestro narrador de historias nos contó cuatro famosas parábolas. La primera tenía que ver con dos mayordomos. Uno de ellos era “fiel y prudente”; el otro era, sencillamente, “malo”. El mayordomo fiel era justo y honesto, y se aseguró de que los obreros a su cargo recibieran su paga regularmente. El mayordomo malo pensó que en vista de que su patrón se había demorado tanto, probablemente demoraría todavía mucho más. Se dedicó a francachelas con sus compinches, y maltrató a sus colaboradores. Jesús advirtió que cuando el patrón regresara, recompensaría al mayordomo fiel promoviéndolo a la gerencia, pero que castigaría al malo ubicándolo entre los “hipócritas”, en un lugar donde habrá “llanto y el rechinar de dientes” (Mat. 24:45-51).

En otras palabras, la preparación para la venida de Cristo implica fidelidad en el desempeño de los deberes diarios. Un mayordomo llevó a cabo su tarea con responsabilidad. El otro perdió el tiempo y el dinero, y finalmente se sintió frustrado con la misma gente con la que tenía que trabajar.

¿Por qué quedó el segundo mayordomo fuera del Reino de Dios? Evidentemente, porque el Señor se interesa demasiado por nuestra eterna felicidad como para dejar que la estropeen unos cuantos déspotas vividores. Esto significa también, probablemente, que no quiere poblar el cielo con padres pendencieros ni con cónyuges testarudos, que pierden horas interminables mirando televisión, y que después se insultan a rabiar porque el trabajo pendiente no está hecho. Parte de nuestra preparación para la eternidad consiste en aprender, por la gracia de Dios, a administrar nuestro tiempo sabiamente y a ser amables con la gente.

Las jóvenes que se durmieron. La segunda parábola de Cristo acerca de la preparación gira en torno de una boda. En una típica boda de los tiempos bíblicos, el novio viajaba, probablemente en una carreta tirada por bueyes, hacia la casa de la novia para cumplir con el primer paso del casamiento; entonces la llevaba a su casa, para la fiesta de bodas. Jóvenes solteras, generalmente adolescentes, esperaban cerca de la casa de la novia para dar la bienvenida al novio y compartir la alegría del momento. Cuando las ceremonias se llevaban a cabo de noche, las niñas llevaban lámparas alimentadas con aceite de oliva.

He observado que en Medio Oriente se practica hasta el día de hoy una costumbre semejante. Las lámparas que se usan hoy son modernas; pero tengo una lámpara que procede de los tiempos bíblicos. Descubrí que una carga de aceite dura seis horas, y que la llama no se apaga cuando se camina con ella.

En la historia de Cristo, diez damitas jóvenes se reunieron junto a la casa de la novia cierta noche, para esperar al novio. Calculando que todo sucedería normalmente, las cinco “necias” no se molestaron en llevar un frasco extra de aceite. Las cinco “prudentes”, por el contrario, reconocieron francamente que su amigo el novio bien podría no llegar a tiempo. Sabían que, por tradición, se esperaba que ayudaran a iluminar la fiesta tanto dentro como fuera de la casa. Por eso las “prudentes” llevaron aceite extra.

El novio se demoró; y mientras las diez jovencitas cabecearon, sus luces casi se apagaron. Cuando se despertaron a medianoche al oír el ruido del carro tirado por bueyes que venía acercándose, las prudentes en seguida pusieron más combustible en sus lámparas. Las necias, en cambio, pidieron a sus amigas que se lo proporcionaran. Pero incluso las prudentes tenían solo aceite suficiente para que sus lámparas iluminaran durante la procesión y la fiesta. Mientras las necias iban a la ciudad a despertar a los comerciantes, el novio llegó. “Las que estaban preparadas” entraron con él para la fiesta, “y se cerró la puerta”. “Velad, pues”, terminó diciendo Jesús, “porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mat. 25:1-13).

El tema de este relato es que, a fin de estar listos para la Segunda Venida, debemos estarlo individualmente. No basta que nuestro esposo, esposa o madre estén listos. No basta tampoco pertenecer meramente a una iglesia, aunque en ella se hable mucho acerca de la Segunda Venida. Todas las jóvenes que se durmieron creían que el novio estaba por venir, y todas en cierto modo se prepararon. Pero las únicas que realmente estuvieron listas fueron aquellas cuya preparación individual era adecuada.

Podemos suponer que los niños pequeños llegarán al Reino de los cielos como resultado de la fe de sus padres. Al referirse a los hijos de sus seguidores, Jesús dijo: “Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como estos es el Reino de los cielos” (Mat. 19:14). Pero a medida que nuestros hijos crecen, necesitamos asegurarnos de que se desarrollen en Cristo y que desenvuelvan su propia espiritualidad. Tan pronto como sea posible, deben aprender a leer las Escrituras y a orar solos, como también en el culto familiar. Cuando llegue el momento en que se tengan que valer por si mismos, tendrán “aceite extra” para sus lámparas.

La parábola de los talentos. La tercera historia introdujo un nuevo término en el idioma castellano. Hoy, talento es la habilidad que se tiene para hacer algo especial. En los tiempos bíblicos, un talento era un peso de unos 34 kilos; más tarde llegó a representar el valor de ese peso en plata, bronce u oro. En los días de Cristo era una enorme suma, equivalente, tal vez, al salario de un trabajador ordinario por el espacio de quince años.

En esta tercera parábola relativa a la preparación, “un hombre [...] al irse de viaje”, confió cinco talentos a uno de sus servidores, dos a otro y uno al tercero. Y se fue. En su ausencia, el que tenía cinco talentos aprovechó esa enorme riqueza para duplicarla. El que tenía dos talentos hizo lo mismo. Pero el que recibió un solo talento se puso a refunfuñar por lo injusto que había sido su patrón, al darle a él tanto menos que a los otros. Se imaginó que todo lo que pudiera ganar con ese dinero no sería apreciado por el dueño, y en un arranque de mal genio y conmiseración propia cavó un pozo y sepultó el talento en él, para guardarlo.

Cuando el patrón regresó “al cabo de mucho tiempo”, los dos primeros servidores presentaron sus informes alegremente y fueron calurosamente felicitados. “¡Bien, siervo bueno y fiel!”, dijo el patrón a cada uno; “has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho; entra en el gozo de tu señor”.

El tercer servidor, en cambio, le devolvió de mala manera el único talento al patrón, y en consecuencia se vio descrito como “siervo malo y perezoso”. Tal como el mayordomo malo de la primera historia, también fue enviado a un lugar donde “será el llanto y el rechinar de dientes (Mat. 25:14-30).

El tema de esta historia es similar al de la primera: mientras esperamos a que el Señor vuelva del cielo, ¡seamos fieles en la Tierra! No nos limitemos a soñar con el más allá; hagamos bien la tarea que tenemos ahora entre manos.

Pero esta tercera parábola tiene, además, un significado propio característico. El patrón dio a cada servidor su responsabilidad. Hay una promesa implícita aquí, en el sentido de que podemos duplicar lo que Dios nos da inicialmente. Hay una indicación positiva también de que no es tan importante qué talento poseamos, sino lo que hagamos con él. El servidor fiel que tenía dos talentos recibió la misma recompensa que el hombre fiel con cinco.

El Reino de los cielos no será poblado con haraganes rezongones que no dan a sus patrones un grano más de esfuerzo que el que corresponde a su paga. En forma pintoresca, Pablo nos exhorta a trabajar “no porque os vean, como quien busca agradar a los hombres; sino con sencillez de corazón, temiendo al Señor. Todo cuanto hagáis”, prosigue diciendo, “hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, conscientes de que el Señor os dará la herencia en recompensa. El Amo a quien servís es Cristo” (Col. 3:22-24).

Nuestro trabajo de todos los días puede ser arreglar autcs, imprimir libros, levantar casas o preparar comidas, pero la forma en que lo hacemos nos hace a nosotros. Hay más carácter que ladrillos en una casa bien construida. Hay más cristianismo que harina en una fragante hogaza de pan, horneada con dedicación, pensando en la salud de la familia.

Si queremos que nuestros hijos estén preparados para la venida del Señor, vamos a animarlos a contraer hábitos de trabajo. Por etapas apropiadas a sus edades, vamos a enseñarles a guardar sus juguetes, tender sus camas, ayudar a lavar los platos, cortar el césped y pintar la casa. Probablemente, van a ser lentos al principio, y terriblemente torpes, además; pero se les puede enseñar a trabajar “de corazón, como para el Señor”. Al poner las sábanas en su sitio cada mañana, estarán haciendo algo más que camas. Al preparar las comidas y tenerlas a tiempo, estarán preparando algo más que alimento.

La diferencia no está en la cantidad de talentos que se posea, puesto que el hombre que recibió un talento habría recibido la misma recompensa que el que tenía dos o el que tenía cinco talentos, si hubiera duplicado lo que recibió. No hay duda de que esto es así; y cada uno de nosotros tiene, por lo menos, un talento. La persona que está en una silla de ruedas cree que nosotros tenemos un talento: ¡podemos caminar! Los ciegos creen que los que vemos tenemos un talento. La salud, el tiempo, la influencia, la facilidad de expresión, hasta una cuenta bancaria positiva, son talentos, en cierto sentido. Dios quiere que los usemos fielmente para él, con el fin de servir a los demás. Leí una vez de un cristiano completamente paralítico que descubrió que su único talento consistía en orar. Y por supuesto, oró; por las misiones extranjeras. Cuando la noticia de este hecho se difundió, muchos miles de dólares llegaron a las diversas sociedades misioneras en su nombre. Si usted puede leer este libro, dispone de muchos más talentos que él.

Todo lo que tenemos podemos usarlo fielmente para Cristo y para el bien de los demás. Al hacerlo, nos estaremos preparando, por su gracia, para su Venida.

La separación de las ovejas de los cabritos. La cuarta parábola de Cristo acerca de la preparación tal vez sea la más conocida. En esta, el Hijo del hombre llega en su gloria rodeado de todos sus ángeles. Sentado en su Trono, reúne a toda la humanidad frente a él, y la separa tal como los aldeanos del Medio Oriente siguen separando actualmente las ovejas de los cabritos. En el relato, a las ovejas les toca el lado derecho y a los cabritos, el izquierdo.

“Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’ ” (Mat. 25:34-36).

Los justos se asombrarán ante su encomio, y le preguntarán cuándo pudieron haberle prodigado esas bondades. Y el Rey les contestará así: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (vers. 40).

A continuación, como todos lo sabemos muy bien, el Rey se dirige a los “cabritos” y les ordena que se vayan, porque cuando lo vieron padeciendo necesidad, y hambre y prisión, no lo ayudaron (vers. 45).

La moraleja evidente de este relato final es que nuestra admisión en el Reino de los cielos depende de la clase de vecinos que vayamos a ser allá. Y la prueba de ello es la siguiente: ¿Qué clase de vecinos hemos sido aquí?

“Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso” (1 Juan 4:20). Este versículo se grabó indeleblemente en mi memoria cuando era niño. Mis dos hermanos y yo a menudo nos dedicábamos a lo que se denomina diplomáticamente “rivalidad fraternal”. Mamá probaba de todo lo que sabía para detenernos. Nos estábamos portando bastante mal cierto día cuando, por centésima vez, probó de nuevo. Una ventanita en el muro de la pieza daba hacia el este. Mamá nos preguntó: “¿Cómo se sentirían, muchachos, si en medio de una pelea miraran hacia el cielo y vieran que se acerca una nube, con Jesús sobre ella?” Logró llamar nuestra atención. Y entonces citó 1 Juan 4:20: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”.

Hace mucho tiempo que mamá falleció; pero todos nosotros, con más edad ahora que la que ella tenía entonces, recordamos ese momento vívidamente.

Tenía razón, ¿no es cierto? Y las Escrituras también tienen razón. No podemos amar a Dios a menos que amemos a la gente. Incluso las donaciones que damos en la iglesia no llegan por medio de un cohete hasta el Trono de Dios; se las usa para beneficiar a la gente aquí, en la Tierra. Manifestamos nuestro amor a Dios si tratamos bien a sus hijos, no importa de qué raza, situación económica o relativa bondad o maldad sean.

Las cuatro parábolas de Cristo relativas a nuestra preparación nos enseñan que a fin de estar listos para el Reino de los cielos, debemos ser fieles aquí, en la Tierra. Debemos usar nuestros talentos, sean pocos o muchos, al máximo de nuestras posibilidades, para servir a los demás. Debemos tratar a toda clase de gente como si se tratara de Cristo mismo. Y debemos caminar individualmente con Dios.

Serán especialmente felices las familias que en conjunto se preparen de este modo.

Respuestas a sus preguntas

1 ¿Tuvieron que huir los cristianos en sábado o en invierno? En Mateo 24:20, Jesús aconsejó a sus seguidores que oraran para que su huida de Jerusalén no ocurriera ni en sábado ni en invierno. Sus oraciones recibieron respuesta. Cestio Calo se retiró de Jerusalén en noviembre del año 66 d.C. (véase las páginas 26 y 27), un mes en que el clima no es generalmente duro en esa parte del mundo. Los cristianos, entonces, no tuvieron necesidad de huir en invierno.La preocupación de Cristo por el sábado es aleccionadora. Nos indica que sabía que el sábado seguiría en vigencia en el año 66 d.C., más de treinta años después de su muerte. Jesús no puso a un lado los Diez Mandamientos. Dijo en el Sermón del Monte: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una jota o un ápice de la Ley sin que todo suceda” (Mat. 5:17, 18).

2 ¿Qué quiso decir Jesús cuando declaró: “No pasará esta generación”? Después de dar su breve lista de señales de su segunda venida, Jesús dijo: “Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mat. 24:34, 35).

El Señor quería que su declaración fuera tomada seriamente. Solo tres veces durante su ministerio se refirió a que los cielos y la tierra podrían “pasar”. En dos de ellas lo hizo para poner énfasis, por la vía del contraste, en la perdurabilidad de los Diez Mandamientos. (Véase la pregunta 1, arriba, y Lucas 16:17). La tercera ocasión es esta, de Mateo 24, cuando lo hizo para recalcar la estabilidad de su predicción relativa a “esta generación”.

Son casi innumerables las interpretaciones que los comentaristas han dado a esta expresión. Tal vez podríamos clasificarlas en dos grupos: 1) que una generación es un período, y 2) que una generación es una clase de gente.

Una generación como un período. En el primer grupo, las palabras de Cristo de Mateo 24:34 se entienden en el sentido de que el lapso que comenzaría con la aparición de las señales sería tan corto, que la gente que las viviera viviría realmente para ver a Jesús cuando regresara. Del mismo modo, una predicción que Cristo hizo en Mateo 23:36 y en la que emplea la expresión “esta generación” con relación a la caída de Jerusalén, se interpreta en el sentido de que el período que debía mediar entre esa predicción y su cumplimiento sería tan corto, que la gente que vivía cuando Jesús anunció ese fatídico acontecimiento lo experimentaría en vida.

Una generación como una clase de gente. Aunque parezca sorprendente, hay varios ejemplos en las Escrituras de que una generación es una clase de gente. Las Escrituras dicen: “Tal es la raza (generación, RVR 1960) de los que le buscan” (Sal. 24:6) y “la raza (generación, RVR) de los hombres rectos” (Sal. 112:2). Cada una de estas generaciones se refiere a una clase de gente buena. Por otra parte, en Lucas 16:8 Jesús hace la observación de que los pecadores son más “astutos” al tratar “con los de su generación”, es decir, con los de su misma clase pecadora, que los santos. En otro lugar, Jesús habla de una “generación malvada y adúltera” (Mat. 12:39), de una “generación” que no se arrepentiría (12:41), y de una “generación” que no querría escucharlo (12:42).

Conclusión. De las dos interpretaciones, la segunda parece ser la más probable; además, parece ser más razonable. Solo transcurrieron 39 años entre la predicción de Cristo en el año 31 d.C. y la caída de Jerusalén en el año 70 d.C.; sin embargo, si tomamos en cuenta la elevada mortalidad que prevalecía en aquellos días, muy pocos adultos responsables que hayan escuchado esta profecía debieron de haber vivido lo suficiente como para ver su cumplimiento. Más difícil aún sería ubicar a alguien que esté todavía vivo de entre aquellos que vieron las señales astronómicas de la segunda venida que ocurrieron durante los siglos XVIII y XIX. (Véase Apocalipsis 6 y 7.)

Es mejor decir que en Mateo 23:36 y 24:34 y 35 Jesús empleó la expresión “esta generación” para referirse a una clase de gente que resistiría y rechazaría su mensaje. No tiene sentido albergar la esperanza de que el mundo vaya a mejorar con el transcurso del tiempo, porque la mayoría de la gente continuará siendo rebelde a Dios hasta la segunda venida de Jesús. Esta clase de gente rebelde persistiría hasta el fin. (Véase 2 Timoteo 3:1 al 9 y Apocalipsis 16:9.)

Una posibilidad cierta es que Jesús se haya referido al pueblo judío, de cuya raza, o “generación”, él mismo participaba. Si esto es así, querría decir que la raza judía, por lo general inmutable en su actitud hacia él, continuaría en esa condición hasta el final del tiempo, a pesar de toda clase de desastres, incluso la caída de Jerusalén, los pogromos medievales y el holocausto nazi. La persistencia del pueblo judío como raza –o “generación”– distinta, es ciertamente uno de los fenómenos notables de la historia humana.

3. ¿Vendrá Jesús esta noche? Hay un himno religioso que dice: “Si viniera Jesús esta noche, ¿estarías listo?”

Jesús dijo en Mateo 24:14: “Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todos los gentiles. Y entonces vendrá el fin”.

Antes de hablar acerca de si Jesús va a venir esta noche, deberíamos preguntarnos: “¿Se terminará de predicar el evangelio a todas las naciones antes de que llegue esta noche?” Y antes de contestar a esta pregunta, debemos saber qué quiso decir Jesús cuando dijo: “A todos los gentiles” (a todas las naciones).

Nosotros, la gente de habla castellana, creemos generalmente que una nación es algo como España, México o Argentina; es decir, una entidad social y política, con límites internacionales y con un Gobierno central. Nos olvidamos de que en España, por ejemplo, hay diversas nacionalidades dentro de la nación, como los vascos, los catalanes y los gallegos, y que algo semejante ocurre en prácticamente todos los países hispanoamericanos. En Europa, Yugoeslavia está constituida por varios grupos raciales, cada uno de los cuales se considera una nación. Y podríamos citar otros casos.

Más importante todavía, en los tiempos del Nuevo Testamento, la palabra griega que se usaba, y de la cual se han traducido las palabras “gentiles” o “naciones” en las versiones castellanas, y que aparece en Mateo 24:14, es ethne, de la cual deriva también nuestra palabra “étnico”. Ethne, en los días de Cristo, significaba “naciones”, pero también significaba “pueblos”, “grupos de pueblos”, “clases”, “castas” y “tribus”. Ciertamente, a menudo significaba sencillamente “extranjeros” ,y por eso en algunas versiones castellanas del Nuevo Testamento se traduce por “gentiles”.18 (Véase, por ejemplo, Hechos 10:45 y Efesios 2:11.)

Para ayudarnos a comprender cabalmente la amplitud del desafío que la evangelización implica para la iglesia cristiana, el Centro para las Investigaciones y las Comunicaciones Avanzadas en Favor de las Misiones (CICAM), entidad ubicada en el sur de California, Estados Unidos, ha definido inteligentemente las palabras “gentiles” o “naciones” (ethne) por “pueblos”: grupos de diversos tamaños, que se pueden distinguir claramente de otros pueblos por su raza, su idioma, su sistema económico, sus ocupaciones o su clase social, en medida tal que planteen un desafío definido y diferente para la evangelización. En varias de las ediciones anuales de la Unreached Peoples Directory (Lista de los pueblos no alcanzados),19 esta entidad ha confeccionado listas de miles de esos pueblos, y ha puesto de manifiesto que una gran cantidad de ellos todavía está esperando oír el evangelio del Reino de Cristo. Por ejemplo, se refiere a tres mil pueblos distintos en la India solamente, separados entre sí por el idioma, la casta, la religión o la cultura. Menos de cien de esos tres mil pueblos cuentan con grupos significativos de cristianos.20

¿Cómo se puede alcanzar a todos? Con tanta gente que no ha sido alcanzada todavía, ¿cómo podemos esperar que Jesús venga pronto? Los medios de comunicación masiva y los satélites pueden ayudar a hacerlo, pero no es posible que lleven el evangelio con rapidez en los 5.390 idiomas y dialectos que se hablan en la Tierra. En miles de esos idiomas y dialectos no hay cristianos que puedan usarlos para comunicar el evangelio a través de esos medios. Además, la mayoría de la gente preferiría “ver un sermón a oírlo”.

Entre los que pretenden ser seguidores de Cristo, debería haber un renovado compromiso con la evangelización mundial. Si los habitantes de ciertos países ricos, por ejemplo, realmente quisieran que Cristo viniera pronto, ¿seguirían gastando seis veces más en sus animalitos preferidos que en la obra de evangelización mundial?21 ¿Seguirían dedicando sus veladas a mirar partidos de fútbol o a tomar cerveza?

Los cristianos que viven en los países desarrollados pueden dar generosamente de sus medios. Podrían ofrecerse como voluntarios para trabajar en el extranjero como emisarios cristianos por varias semanas o meses, recordando que en esos países son más bienvenidos los profesionales y los artesanos, los maestros y los profesores, por ejemplo, que los clérigos o los ministros. Las familias cristianas –la suya, por ejemplo– pueden elegir una zona o un grupo especial, informarse por medio de la enciclopedia o la biblioteca pública de todo lo referente a esa zona o grupo, y orar juntos por su evangelización.

Mientras tanto, los cristianos que viven en los países del tercer mundo están alcanzando con éxito a sus vecinos no cristianos. Para mí, Billiat Sapa simboliza la maravillosa dedicación de esos cristianos. Sapa era un hombre africano de raza negra con preparación superior. Él y su esposa estuvieron de acuerdo en iniciar la obra en favor de Cristo en un valle arrocero de Malawi, un pequeño país de África oriental. Cuando sus vecinos no cristianos no les permitieron vivir en ninguna de sus aldeas, él y su familia vivieron sobre una plataforma instalada en un árbol. La estación de las lluvias inundó los arrozales. Uno de los hijos de los Sapa enfermó de malaria y falleció. Pero los padres no se arredraron. El otro chico también murió, pero ellos no abandonaron la empresa. La esposa del Sr. Sapa también falleció, pero él no quiso irse. Por fin, los aldeanos se convencieron de que el Sr. Sapa verdaderamente los amaba, y que el Dios que él amaba también los amaba a ellos.”

Con más cristianos como Billiat Sapa y con un Señor como Jesús, la predicación del evangelio en todo el mundo pronto se cumpliría. “No por el valor ni por la fuerza, sino solo por mi Espíritu –dice Yahvéh Sebaot” (Zac. 4:6). El Espíritu Santo, derramado en Pentecostés sobre 120 cristianos arrepentidos y obedientes, y que además oraban, los ayudó a ganar tres mil conversos en un solo día. (Véase Hechos 2:1 al 41.) ¿Qué ocurrirá, entonces, en nuestros días, cuando miles de cristianos fieles, obedientes y arrepentidos abran plenamente sus corazones en todo el mundo para recibir el Espíritu Santo? (Véase Joel 3:1 y 2.)

Es posible que Jesús no regrese esta noche, pero podemos creer confiadamente en que viene pronto22.

1 Josefo, La guerra de los judíos, III.IV.1. Traducción de Luis Farré (Buenos Aires: Acervo Cultural/Editores, 1961), tomo IV de las Obras completas de Josefo.

2 Ibíd., II.XIII.4,5.

3 Ibíd., II.XVII.10.

4 Ibíd., II.XIX.6. Compare con (Guerra) ibíd., II.XIX.4.

5 Ibíd., VI.IX.3. Josefo afirma que la población de la ciudad en ese momento era de 1.200.000 habitantes. Los eruditos modernos dividen esa cifra por tres, cuatro y hasta diez. Véase, por ejemplo, Joachim Jeremías, Jerusalén en tiempos de Jesús (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1977), pp. 90-102.

6 Josefo, Guerras, VI.III.4.

7 Ibíd., VI1.I.1. Se dejaron tres torres levantadas para demostrar la antigua fortaleza de las defensas de la ciudad, y una porción del muro occidental para proteger a la guarnición romana encargada de guardar las ruinas. El resto de la ciudad y del Templo fueron arrasados.

8 Ibíd., VI.VIII.2.

9 Ibíd., XX. 1.

10 Ibíd., VII.1.3.

11 Tertuliano, Apology [Apología], p. 16; ANF, t. 3, p. 31.

12 Guerras, VI.VI.1.

13 LeRoy Edwin Froom, The Prophetic Faith of our Fathers, 4 tomos (Washington, D.C.: Review and Herald Publishing Assn., 1946-1954), t. 2, pp. 31-39.

14 Ibíd., p. 58.

15 Ibíd., pp. 87, 88, 91.

16 Ibíd., pp. 116-121.

17 Ibíd., pp. 277, 278.

18 Para un estudio de panta ta ethne en Mateo, véase John P. Meier, “Nations or Gentiles in Matthew 28:19”, The Catholic Biblical Quarterly 39 (1977), pp. 94-102, en respuesta a un artículo publicado en la misma revista por D. Haré y D. Harrington, 37 (1975), pp. 359-396. Meier prefiere “naciones” o “pueblos” a cualquier traducción que parezca excluir a los judíos.

19 Unreached Peoples Directory (Monrovia, California: Centro Avanzado de Investigaciones y Comunicaciones Misioneras, 1974). C. Peter Wagner y Edward R. Dayton, editores, Unreached Peoples, p. 79 (Elgin, Illinois: David C. Cook Publishing Co., 1978).

20 George Samuel, “Unreached Peoples: An Indian Perspective”, en Wagner y Dayton, Unreached Peoples, p. 82.

21 Ralph D. Winter, “Penetrating the New Frontiers”, en Wagner y Dayton, Unreached Peoples, p. 73.

22 S. G. Maxwell, I Loved Africa (Publicado por el autor, 1975), pp. 150-156.

- Parte II -

¿Quién era Juan?
Un resumen de su vida y su época

El Apocalipsis fue escrito por “su siervo [de Dios] Juan” (Apoc. 1:1).

Juan no era un nombre común en los tiempos del Nuevo Testamento. Hay evidencia convincente en el sentido de que el Juan que escribió el Apocalipsis era el bien conocido discípulo de Jesús. (Véase Respuestas a sus preguntas, páginas 65 a 67.) Vimos a Juan hace poco en el Monte de los Olivos, mientras escuchaba atentamente el Sermón Profético a la luz de la luna. (Véase la página 15.) Nueve características referentes a su vida y a su época merecen nuestra atención, antes de que analicemos su libro.

1 He ahí el Cordero de Dios. Juan vio por primera vez a Jesús de pie en medio de la multitud mientras observaba a Juan Bautista que bautizaba en el río Jordán. Juan vio que Juan Bautista repentinamente suspendía su discurso, agitaba la mano con excitación en dirección de un hombre extraño e impresionante, para decir con voz tronante: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).23El calificativo de “Cordero de Dios” impresionó profundamente la conciencia de Juan. Todos los días en el Templo, y especialmente durante la Pascua, se ofrecían corderos en sacrificio a Dios por los pecados del pueblo. Convencido de que Jesús era ciertamente el “Cordero” de Dios, Juan se refiere a él 29 veces de ese modo en el Apocalipsis.

2 El discípulo que Jesús amaba. Cuando vio por primera vez a Jesús, Juan debió de haber sido más o menos un adolescente. Junto a él, en medio de la multitud, se hallaba su amigo íntimo, Andrés, hermano de Simón Pedro. Cuando Juan Bautista señaló al “Cordero de Dios”, ambos, Juan y Andrés, decidieron conocer más a Jesús. (Véase Juan 1:35 al 40.)Los contactos de Juan con Cristo parece que fueron esporádicos en el curso de los siguientes meses. Probablemente, haya asistido a la boda de Caná, en la cual Jesús convirtió el agua en vino. (Véase Juan 2:1 al 11.) La mayor parte del tiempo, Juan y su hermano mayor, Santiago, junto con Andrés y su hermano Pedro, dedicaban su tiempo a pescar en el mar de Galilea para ganarse la vida. Pero cuando Jesús comenzó una amplia gira por Galilea e invitó a los cuatro jóvenes amigos a dejar la pesca para convertirse en “pescadores de hombres” (Mat. 4:18-22), dejaron sus redes y lo siguieron. De allí en adelante, sus vidas no fueron las mismas.De los doce discípulos que Jesús escogió, tres de esos cuatro amigos: Pedro, Santiago y Juan, constituyeron su círculo íntimo. No se trataba de que Jesús tuviera favoritos, sino que esos tres hombres descubrieron, más que los otros nueve, cuánto significaba Jesús para ellos. De este círculo íntimo de tres, Juan en particular llegó a ser conocido como “el discípulo a quien Jesús amaba” (Juan 21:7, 20; 20:2).

3 Junto a la cruz. Juan, junto con Pedro y Santiago, estuvo presente en el dormitorio cuando Jesús resucitó a la hijita de Jairo. (Véase Lucas 8:49 al 56.) Estuvo con Cristo en el monte de la transfiguración. (Véase Mateo 17:1 al 8.) Estuvo muy cerca de él cuando oraba en Getsemaní. (Véase Mateo 26:36 al 45.) Cuando la turba llegó y los otros discípulos huyeron, solo Pedro y Juan se atrevieron a seguir a Jesús y entrar en el patio del palacio donde lo juzgaban (véase Juan 18:15.) Cuando incluso Pedro se desanimó y negó a Jesús (véase Mateo 26:69-75), solo Juan se mantuvo firme. Estuvo junto a la cruz cuando Jesús murió. (Véase Juan 19:25 al 27.) En el domingo de la resurrección, Pedro y Juan “compitieron” para llegar primero a la tumba vacía; Juan, sin duda transpirando y sin aliento, llegó primero. (Véase Juan 20:1 al 4.)A este Juan, que tanto amaba a Jesús, Dios le confió la “revelación de Jesucristo”.

4 “Volveré”. En la última cena, Juan compartió la preocupación de los demás discípulos cuando oyeron que Jesús anunciaba: “Adonde yo voy, vosotros no podéis venir” (Juan 13:33). No entendía dónde iba a ir Jesús, ni podía soportar el pensamiento de que se fuera. Tampoco entendió la promesa que siguió: “Cuando haya ido [...] volveré” (Juan 14:3).Exactamente seis semanas después, no obstante, Juan entendió por fin lo que quiso decir Jesús, cuando afirmó: “Cuando haya ido”. Reunido con los otros discípulos cuando el Señor se despedía de ellos, lo vio elevarse gradualmente del suelo. Vio cómo Jesús ascendía y pasaba lentamente por encima de sus cabezas. Con los brazos extendidos para bendecirlos y despedirse, Jesús ascendió cada vez vez más, mientras los discípulos aguzaban la vista y estiraban el cuello para seguirlo.De repente, una nube lo envolvió y así desapareció.Casi abrumados por el pesar y el desconsuelo, Juan y sus amigos sintieron que la esperanza renacía cuando aparecieron dos personajes vestidos de blanco y disiparon su ansiedad. “Galileos, ¿qué hacéis ahí, mirando al cielo?”, preguntaron. “Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá del mismo modo que le habéis visto subir al cielo” (Hech. 1:11).Entonces Juan entendió las palabras: “Cuando haya ido [...] volveré”. También entendió mejor lo que Cristo dijo en el Monte de los Olivos acerca del “Hijo del hombre”, que vendría “sobre las nubes del cielo” (Mat. 24:30).No es extraño, entonces, que cuando Juan vio a Jesús de nuevo en su primera visión del Apocalipsis, se apresuró a escribir: “Mirad, viene acompañado de nubes; todo ojo le verá” (Apoc. 1:7). Al terminar el libro, oró: “¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!” (Apoc. 22:20).

5 Un lugar en el Reino. Juan y su hermano Santiago eran conocidos como “hijos del trueno”. (Véase Marcos 3:17.) Debieron de haber sido ruidosamente discutidores. Jóvenes iracundos, aborrecedores de las injusticias de los romanos, se sintieron atraídos a Jesús primeramente porque creían que iba a derrocar el Gobierno romano. Querían combatir con él, para gobernar después con él.Convencieron a Salomé, su madre, de que pidiera a Jesús que les diera a ellos tronos a su derecha y a su izquierda, en su Reino. (Véase Mateo 20:20, 21.) ¡Imagínese cuánto se habrán enojado los demás discípulos, al enterarse de semejante pedido! ¿Qué creían que eran esos ambiciosos arribistas?Pero Jesús sintió amor por ellos, a pesar de su pedido egoísta. No los reprendió. Les preguntó, en cambio: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” (Mat. 20:22).Juan y Santiago imaginaron que Jesús estaba probando su disposición a participar de la guerrilla, y prontamente respondieron: “Sí”. No comprendían que el “cáliz” de Cristo era de abnegación. (Véase Mateo 26:39.) No comprendían que Jesús quería que atendieran a las necesidades de los demás con un espíritu de valerosa humildad, viril amabilidad y noble paciencia; que el requisito para entrar en el Reino de Cristo no es la ansiedad por combatir, sino la disposición para compartir, y servir, y sufrir, y perdonar; y si fuera necesario, morir por los demás. (Véase Mateo 25:31 al 46 y 10:38 y 39.)

6 Un poderoso, pero perseguido, obrero del Señor. Juan dijo que estaba dispuesto a beber del cáliz de Jesús, y el Señor dirigió las cosas para que así fuera. Después de la ascensión de Cristo al cielo, este discípulo oró con los otros 120 creyentes en el aposento alto hasta el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos y los llenó de una manera especial. (Véase Hechos 1:12 al 14; 2:1 al 4.) Testificó celosamente en las calles de Jerusalén y en los atrios del Templo. Él y Pedro fueron detenidos y llevados ante las autoridades. Cuando se les ordenó que no hablaran más acerca de Jesús, replicó con los demás: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hech. 4:20). Las autoridades estaban asombradas de que “hombres sin instrucción ni cultura” fueran tan valientes. “Reconocían [...] que habían estado con Jesús” (Hech. 4:13).Santiago, el hermano de Juan, fue encarcelado después y decapitado. (Véase Hechos 12:1 y 2.) Pero el discípulo amado vivió para servir a su Maestro y “beber del cáliz” a lo largo de una variada carrera. Al parecer, vivió en Jerusalén por un tiempo. Cuando Jerusalén fue “cercada por ejércitos” (Luc. 21:20; véanse las páginas 26 y 27), o tal vez un poco antes, en algún momento desconocido, dejó la ciudad para trabajar en favor de Cristo en otra parte.En el año 70 d.C. llegaron noticias de que los soldados romanos habían vuelto a Jerusalén y que habían demolido el Templo. ¿Qué pensamientos habrán quebrantado el corazón de este hombre que una vez se ofreciera para morir en defensa de Israel? Juan se dio cuenta entonces de que el Reino de Cristo ciertamente no era “de este mundo” (Juan 18:36).Juan, el “hijo del trueno”, se convirtió en Juan, el apóstol del amor. Escribió el Evangelio que lleva su nombre, y en el Nuevo Testamento se conservan tres de sus cartas. El tema del amor lo satura todo. “En esto consiste el amor”, escribió en 1 Juan 4:10; “no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó”. “Os doy un mandamiento nuevo”, escribió al recordar las palabras de Jesús: “que os améis los unos a los otros [...] como yo os he amado” (Juan 13:34).¡Juan tenía aceite en su lámpara! (Véase las páginas 39, 40.) El discípulo a quien Jesús amaba fue transformado por el Señor a quien él amaba.

7 Antecedentes familiares. Juan procedía de una familia íntimamente unida y muy dedicada. Su padre, Zebedeo, le enseñó a trabajar. Estos tres hombres, Zebedeo, Santiago y Juan, estaban trabajando intensamente junto a sus redes cuando Jesús llamó a los muchachos para que lo siguieran. Salomé, la madre, manifestó muy poco juicio cuando solicitó favores especiales para sus hijos, pero su disposición a sacar la cara por ellos dice mucho acerca de su interés. En efecto, cuando los jóvenes decidieron seguir a Jesús, parece que Salomé se fue con ellos, junto con otras mujeres, para cocinar y remendar ropa para Jesús y sus seguidores. (Compare Marcos 15:40, Mateo 27:56 y 4:21.)Salomé estaba con Juan junto a la cruz cuando el Señor pidió a su discípulo que cuidara de su madre, María. Jesús sabía que podía confiar su madre a un hombre que amaba a su propia madre.Mientras Santiago vivía, él y Juan eran compañeros casi inseparables. Hijos del trueno ambos, debieron de haberse enredado en muchas violentas discusiones. Pero se mantuvieron juntos; y Juan pudo decir más tarde, con autoridad: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Juan 4:20).

8 El curso del Imperio Romano. Hasta donde podemos saber, Juan nació alrededor del año 10 d.C., cuando el gran Augusto, el primer emperador romano, estaba a cargo de los asuntos del Estado. Al pasar los años, los heraldos imperiales anunciaron sucesivamente la elección del emperador Tiberio en el año 14 d.C.; de Calígula, el medio loco, en el 37; del apagado pero eficiente Claudio en el 41; y del infame Nerón en el 54.Este, cuando todavía no tenía treinta años, decapitó a Pablo. También incendió Roma, en su intento de despejar un espacio lo suficientemente grande como para que cupiera en él su nuevo palacio. El incendio se volvió incontrolable, y ardió día y noche hasta dañar diez de los catorce distritos de Roma. Cientos de miles de personas que perdieron sus hogares y sus fuentes de trabajo estaban fuera de sí. Para pacificarlos, Nerón detuvo a un puñado de cristianos, que usó como chivos expiatorios, y abrió sus propiedades privadas para celebrar un entretenimiento público. El historiador Tácito nos dice que Nerón envolvió a algunos cristianos en pieles de animales, y los entregó para que sirvieran de alimento a perros feroces. A otros los crucificó. A otros los quemó vivos, para que alumbraran como antorchas.24Nerón falleció en el año 68 d.C. Antes de que el año 69 terminara, los ejércitos amotinados suscitaron tres emperadores transitorios: Galba, Otón y Vitelio; y un cuarto, Vespasiano, que actuó muy bien por espacio de una década. Antes de llegar a ser emperador, Vespasiano desató la “guerra judía”. Cuando falleció, en el año 79, fue sucedido por su hijo Tito, quien había completado la conquista de Jerusalén y era “el mimado de los romanos”. En el año 81, dos años más tarde, el hermano mayor de Tito, Domiciano, ascendió al poder.El emperador Tito era encantador; tenía buena suerte y éxito. Domiciano era torpe, fracasado y desmañado. Cuando la sociedad romana no le brindó el respeto que creía merecer, se declaró divino y exigió adoración. Oficialmente se denominaba “señor” y “dios”. Algunos poetas obsecuentes, en consonancia con esto, daban el calificativo de “sagrado” hasta a los peces que él comía.25La persecución de Nerón afectó solo a los cristianos de Roma. La locura de Domiciano llegó más lejos. A los cristianos de muchos lugares se les exigía que ofrecieran incienso para adorar su estatua. Cuando se rehusaban, los gobernadores de Domiciano los multaban, los exiliaban, y en casos excepcionales, los ejecutaban. Dominado por la ira, Domiciano llegó a dar muerte a su propio primo, el cónsul Clemente, quien era cristiano, y exilió a la esposa cristiana de este, Domitila, confinándola en una isla.26Juan, que aparentemente estaba viviendo en Éfeso cuando Domiciano comenzó la persecución, fue detenido y exiliado a la isla de Patmos, 80 o 90 kilómetros al sur de Éfeso, en el Mar Egeo. Un siglo después, Tertuliano, un autor cristiano, recordaba haber oído que Juan fue castigado primeramente en Roma, donde fue “sumergido en aceite hirviendo, del que salió ileso, y de ahí remitido a la isla de su exilio”.27Juan no fue el único que padeció persecución. Se presenta ante sus lectores como “participante” de sus tribulaciones. (Apoc. 1:9.)Las persecuciones de Domiciano comenzaron en el año 95. Cuando el emperador Nerva lo sucedió en el trono en el año 96, se cree que Juan fue liberado en una amnistía general concedida a los cristianos, y que regresó a Éfeso para terminar allí de escribir el Apocalipsis antes de su muerte.

9 Juan y Daniel. Si en el año 27 d.C. Juan tenía unos 17 años cuando oyó que Juan Bautista decía que Jesús era el “Cordero de Dios”, tuvo que haber tenido unos 85 cuando se hallaba solo en Patmos, sumergido en el pasado, y preparado “por el Espíritu” para recibir las visiones del Apocalipsis.

Daniel tenía aproximadamente 17 años cuando fue trasladado a Babilonia, y estaba acercándose a los 90 cuando recibió su última visión. A ambos profetas se les presentaron vastos panoramas proféticos, que mediante paralelismos sucesivos recorrían el curso de la historia desde sus propios días hasta el fin del tiempo. A ambos se les dieron mensajes ricamente simbólicos. Ambos llamaron repetidamente la atención al día glorioso en que Dios asumirá la plena conducción de nuestro planeta. Ambos manifestaron el anhelo de Dios por estar a nuestro lado cada día. Ambos pusieron de manifiesto cuánto se interesa Dios por nosotros.

La estructura del Apocalipsis

¿Ha leído usted alguna vez el Apocalipsis de principio a fin? ¿Lo ha leído, tal vez, muchas veces?

Sea como fuere, es posible que usted se haya sentido profundamente impresionado por las vividas descripciones del libro y sus luminosas promesas, pero que, a la vez, se haya sentido perplejo por no saber cómo ensamblar sus diferentes piezas de manera que el cuadro completo resulte claro.

A primera vista, e incluso después de haberlo leído cincuenta veces, a muchos lectores el Apocalipsis les parece el libro más desorganizado de las Escrituras. Si eso le ha parecido usted, se sorprenderá cuando le diga que realmente está organizado en una forma sumamente hermosa. En efecto, es posible que sea el libro de su tamaño mejor organizado de toda la Escritura.

Familiarizarnos con la organización básica del Apocalipsis nos tomará una docena de páginas, pero el esfuerzo de leerlas le resultará sumamente provechoso. En menos de quince minutos podremos percibir fácilmente un esquema inteligentemente simétrico, que muestra orden donde aparentemente hay confusión. Al hacerlo, vamos a obtener, posiblemente, una de las llaves más valiosas para abrir el significado del libro. Y como premio, vamos a comenzar a descubrir la respuesta a la tan repetida pregunta: “¿Cuánto del Apocalipsis debe cumplirse todavía?”

Con tantas recompensas por delante, dediquemos un momento a meditar en la forma en que está organizado el Apocalipsis.

Los profetas como poetas. Seguramente, usted recuerda que cuando estudiábamos Daniel 9:24 al 27 vimos que los profetas del Antiguo Testamento a menudo eran poetas. (Si no lo recuerda, lea de nuevo el tomo 1 de esta obra, páginas 201 a 208.) Escribían poesía en su propio estilo literario, por supuesto, no en el nuestro. Recurrían a paralelismos y contrastes, a acrósticos, quiasmos (estructuras literarias en forma de x) y juegos de palabras. A veces, presentaban su argumento recurriendo al uso de un número exacto de palabras. En Daniel 9:24 vimos que tres frases de dos palabras estaban vinculadas significativamente con tres frases de tres palabras. Descubrimos que si conocíamos la estructura literaria de ciertos pasajes, podíamos entender muchísimo mejor esos textos difíciles.

No debería sorprendernos que los profetas fueran poetas. La poesía es más difícil de escribir que la prosa; pero cuando está bien escrita, es más atractiva. Los profetas, impresionados con la importancia de su mensaje, trabajaban mucho para expresarlo bien. Además, Dios, quien les inspiraba el mensaje, los ayudaba a comunicarlo también. No se olvide de que en Pentecostés Dios dio a Juan el don de lenguas. (Véase Hechos 1:12 al 14 y 2:1 al4.) No nos admiremos, entonces, de que pudiera expresarse tan bien.

El Apocalipsis no es poesía en el sentido que lo es la de Rubén Darío o Pablo Neruda. Lo es, más bien, en el sentido de la arenga de Arturo Prat en los últimos momentos de su vida, sobre la cubierta de “La esmeralda”, o la del Dr. Martin Luther King, cuando dijo: “Yo tengo un sueño”, con lo que dio ímpetu al movimiento en favor de los derechos humanos en los Estados Unidos. Es arte literario. Es elocuencia con formas determinadas. Es inspiración expresada con orden y elegancia.

Los números como motivos. Cualquiera que lea el Apocalipsis, aunque sea por primera vez, nota cómo vez tras vez se repite el número siete. Hay siete iglesias, siete ángeles, siete sellos, siete trompetas, siete plagas, y varios otros sietes; incluso algunos que están escondidos, y no numerados. Usted y los miembros de su familia pueden hacer su propia lista. Podrían comenzar con los más obvios, para seguir después con los menos evidentes.

Los tres, los cuatros y los doces también desempeñan un papel artístico en el Apocalipsis. Los sellos y las trompetas están divididos en grupos de tres y de cuatro. (Véase los capítulos 6 al 11.) Tres multiplicado por cuatro, nos lleva a las doce puertas de la Nueva Jerusalén. (Véase el capítulo 21.) Las doce tribus, multiplicadas por 12 mil, nos dan los 144 mil del capítulo 7.

Al avanzar, consideraremos la belleza interna de cada pasaje y de cada himno, y la exactitud de los dramáticos símbolos del libro. Pero tal vez la evidencia más persuasiva de la calidad literaria del Apocalipsis sea el hecho de que, en conjunto, esté organizado como un quiasmo.

El Apocalipsis como un quiasmo.28 Un quiasmo es una doble lista de asuntos relacionados, en el cual el orden de la segunda lista se opone al orden de la primera. Todos sabemos que el antiguo baile de la cuadrilla consiste en que los hombres y las mujeres evolucionan en cierto momento en direcciones opuestas. Esos “quiasmos bailables” todavía son entretenidos. En los tiempos bíblicos, los quiasmos literarios eran muy populares y muy admirados.

Si dividimos el Apocalipsis al final del capítulo 14 en dos mitades, y si partimos cada mitad en varias divisiones, descubrimos que las divisiones de cada mitad se pueden ordenar en pares que, como las parejas de la cuadrilla, están relacionadas entre sí pero, a la vez, son diferentes y avanzan en sentido contrario. (Véase el diagrama de las páginas 62 y 63.)

La manera más fácil de conocer el quiasmo del Apocalipsis consiste en comenzar con la introducción del libro, el prólogo y la conclusión, o epílogo. Al compararlos, va a descubrir fácilmente varias notables semejanzas en las frases y las oraciones que aparecen en ambos.


Las semejanzas no son exactamente precisas. Por ejemplo, hay una advertencia en el epílogo que no se encuentra en el prólogo; y la promesa de Jesús de regresar aparece dos veces en el epílogo, pero solo una vez en el prólogo. Estamos tratando con semejanzas literarias, no mecánicas. Los grandes escritores tienen un método, pero nunca es más importante que el mensaje.

Muchos comentaristas han tomado nota de la íntima relación que existe entre la primera división después de la introducción, y la última división antes de la conclusión. La primera división contiene las cartas a las siete iglesias (1:10-3:22), y la última división describe la Nueva Jerusalén (21:9-22:9). Dé una mirada a ambas. En la primera, usted verá a la iglesia de Dios dispersa en siete ciudades simbólicas, severamente tentada y perseguida. En la última división, descubrirá a la iglesia reunida en una sola ciudad, la gloriosa Nueva Jerusalén. En la primera división, la iglesia está en guerra con el pecado en este mundo. En la división final, vive en medio de paz y bondad, junto a Dios, en la futura Tierra Nueva. Además, en el prólogo y en el epílogo aparecen frases y sentencias notablemente similares en las dos divisiones. Entre ellas, hay referencias al árbol de la vida, a una puerta abierta (y a portales que nunca se cierran), y a la Nueva Jerusalén que desciende del cielo.


De paso, no se preocupe si nuestras “divisiones” no concuerdan con los capítulos; no fue Juan quien dividió el Apocalipsis en capítulos. No aparecieron en su forma actual, sino más de mil años después de la muerte de Juan. La división del Apocalipsis en capítulos, aunque útil en cierto modo, no es inspirada. (Vea Respuestas a sus preguntas, páginas 66 y 67.)

La siguiente división después de la de las siete iglesias es la de los siete sellos (cap. 4:1- 8:1). Si retrocedemos a partir de la división relativa a la Nueva Jerusalén, llegamos al milenio y a los acontecimientos que tienen que ver con él (19:11-21:8). Estudie especialmente 6:9 y 10 en los siete sellos. Allí escuchará a las almas de los mártires perseguidos, que claman a Dios para que juzgue a sus enemigos. Durante el milenio, los mártires, ya resucitados de entre los muertos, están sentados sobre tronos, y son designados por Dios (20:4) para juzgar a sus enemigos. Estas dos divisiones comienzan con una referencia a la apertura del cielo. En ambas, sobresale un jinete que monta en un caballo blanco. Y en ambas divisiones, reyes, militares y gente de toda clase piden que se les dé muerte o la reciben realmente en ocasión de la Segunda Venida.


Al acercarnos a la mitad del libro encontramos, tal vez, el caso más notable de parejas de quiasmos. Las siete trompetas (8:2-11:18) y las siete últimas plagas (15:1-16:21) son, en cierto modo, muy diferentes. Difieren especialmente en intensidad, puesto que las plagas son mucho peores que las trompetas. Pero examínelas un poco más de cerca. Va a descubrir que las cinco primeras trompetas y las cinco primeras plagas afectan principalmente a los mismos objetivos y en el mismo orden: tierra, mar, ríos, cuerpos celestes y ¡el río Éufrates! Las siete trompetas representan tremendos castigos enviados para amonestar a los impíos, con el fin de que cambien de conducta. Las siete últimas plagas son castigos sumamente graves, enviados para castigar a los impíos después de que decidieron no cambiar de conducta.


En el diagrama que aparece en esta misma página, las siete trompetas y las siete últimas plagas están unidas a recuadros titulados “El gran conflicto” y “La caída de Babilonia”. Hay una razón para esto. Fascinados, descubrimos que después de leer acerca de las siete trompetas, aparece una mujer vestida de blanco, una verdadera madre, cuyos hijos guardan los Mandamientos de Dios; e inmediatamente después de leer acerca de las siete últimas plagas, nos encontramos con una mujer vestida de púrpura, una ramera, cuyas hijas también son rameras. Ambas mujeres pasan cierto tiempo en el desierto. Ambas tienen que ver con una bestia que tiene siete cabezas y diez cuernos. En cada una de estas divisiones –y en ninguna otra parte del Apocalipsis– escuchamos el místico clamor: “¡Ha caído, ha caído la gran Babilonia!”


Necesitamos ahora un diagrama maestro que nos permita armonizar todos nuestros diagramas individuales. Lo va a encontrar en las páginas 60 y 61, dispuesto de tal modo que pone de manifiesto la simetría u organización quiásmica de todo el libro. Para obtener provecho de ese diagrama, lea la mitad izquierda, que avanza hasta la primera mitad del Apocalipsis. A continuación, lea la mitad derecha, que avanza hacia el final del libro. Al mismo tiempo, examine el diagrama de adelante hacia atrás y viceversa, para descubrir las similitudes y los contrastes que conforman los pares que aparecen en el libro.

Los beneficios de nuestro análisis literario. Prometimos en la página 54 que nuestro estudio de la estructura del Apocalipsis “comenzaría” a ayudarnos a contestar a la pregunta tantas veces repetida: “¿Cuánto del Apocalipsis todavía no se ha cumplido?”

¿Cuánto queda todavía en el futuro? Bien, este bosquejo quiásmico nos revela que virtualmente toda la segunda mitad todavía está en el futuro. Ciertamente, el descenso de la Nueva Jerusalén a la Tierra Nueva es un acontecimiento futuro. El milenio también está en el futuro. Seguramente, las siete últimas plagas están en el futuro. Sin duda, también, está en el futuro la caída final de la Babilonia espiritual. De manera que la segunda mitad del Apocalipsis está toda virtualmente en el futuro.

Pero ¿qué podemos decir de la primera parte? Cuando se escribieron las cartas a las siete iglesias, los cristianos estaban dispersos en muchas ciudades. Todavía lo están hoy. Muchos comentaristas están de acuerdo en que las cartas a las siete iglesias están relacionadas con la experiencia de la iglesia, en conjunto, a través de la Era Cristiana. Las escenas del Gran Conflicto de los capítulos 12 al 14 comienzan con el nacimiento de Cristo (12:1, 2, 5), continúan con el largo período de persecución (12:6, 13-16; 13:5-8) predicho en Daniel 7 y 8, y terminan con la Segunda Venida (14:14-20). De modo que las escenas relativas al Gran Conflicto que cierran la primera parte del Apocalipsis abarcan la historia de la iglesia cristiana. Los siete sellos y las siete trompetas establecen un paralelo con las siete iglesias y las escenas del Gran Conflicto (tal como en Daniel las visiones de los capítulos 2, 7, 8 y 9 son paralelas entre sí. Véase el tomo 1, página 241.)

La estructura quiásmica (en forma de x) del Apocalipsis divide, entonces, las profecías del libro en dos grupos mayores: las que tienen que ver casi exclusivamente con los acontecimientos de los últimos días (la segunda mitad del libro), y las que se refieren a la experiencia del pueblo de Dios durante la Era Cristiana (la primera mitad del libro). Podríamos decir que la primera parte es histórica y la segunda, escatológica. Esta palabra viene de un término griego, ésjaton, que significa “fin”. La usan comúnmente tanto los legos como los eruditos. Significa “lo que tiene que ver con el fin del mundo”, o “el estudio de las cosas últimas”.

Pero no toda la mitad histórica del libro ya se ha cumplido. ¡Ni tampoco la historia cristiana! El séptimo sello, la séptima trompeta y la escena final del Gran Conflicto todavía aguardan su cumplimiento. Acabamos de ver que la segunda mitad del Apocalipsis es escatológica. Podemos decir ahora que cada división, incluso las de la primera mitad, la histórica, culminan con sucesos escatológicos. (En el diagrama de la página siguiente, las flechas indican el curso de los acontecimientos.)

De modo que ¿cuánto del Apocalipsis está todavía en el futuro? Virtualmente, toda la segunda mitad, la escatológica, no se ha cumplido todavía. Además, la escena final de cada división de la primera mitad, la histórica, tampoco se ha cumplido o, en todo caso, se ha cumplido solo en parte.

La estructura interna de las divisiones. Antes de abandonar por el momento nuestro estudio de la estructura del Apocalipsis, hay otro aspecto literario más que requiere nuestra atención. Cuatro de las divisiones acerca de las cuales hemos estado hablando tienen una estructura interna casi idéntica. Cada una de ellas comienza con una escena introductoria que presenta algo del Santuario celestial. Cada una de ellas, también, tiene una interrupción entre los asuntos seis y siete, es decir, entre los sellos sexto y séptimo, entre las trompetas sexta y séptima, entre las escenas sexta y séptima, entre las trompetas sexta y séptima del Gran Conflicto, y entre las plagas sexta y séptima. En cada uno encontramos escenas intermedias, que podríamos denominar “escenas de cometidos o encargos para el tiempo del fin, y de seguridades dadas por el Señor”.


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¡Familiarícese con este diagrama! Nos vamos a referir a él de nuevo más adelante. Al avanzar en nuestro estudio del Apocalipsis, diversas porciones van a ser ampliadas para demostrar que cada sección concuerda con el resto.

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Dijimos anteriormente que los grandes escritores se ciñen a un sistema al escribir, pero nunca permiten que ese sistema sea más importante que su mensaje. En el Apocalipsis, Juan ordenó hermosamente la información que Dios le dio en visión, pero hizo provisión de espacio (entre los asuntos seis y siete) para introducir cierta información inspirada que no cuadra fácilmente en ningún lugar. Su arreglo para las cuatro divisiones que estamos analizando es este:

1 Escena introductoria acerca del Santuario celestial.

2 Seis de siete asuntos (sellos, trompetas, etc.).

3 Escenas intercaladas acerca de cometidos para el tiempo del fin, y seguridades para ese mismo período.

4 El séptimo asunto (sello, trompeta, etc.).

Deslumbrantes escenas del Trono de Dios, de los santos en gloria, y de otros asuntos impresionantes surgen por todo el Apocalipsis, aparentemente al azar, como por casualidad, sin relación visible con lo que se dice antes o después. Pero este sencillo bosquejo abarca muchos de estos asuntos. Con su ayuda, más la de los diagramas mayores que hemos confeccionado, estaremos en condiciones de comprender de inmediato dónde corresponde ubicar esas escenas, aparentemente desvinculadas. Vez tras vez vamos a agradecer a los comentaristas de las Escrituras que descubrieron esta estructura, y que llamaron nuestra atención a esta. Nos será sumamente útil, como lo vamos a ver. (Véase especialmente nuestro estudio de este asunto en las páginas 168 y 169.)

El Apocalipsis es un libro que pone de manifiesto un arte interior inspirado por Dios, y escrito con amante e inteligente devoción. Incluso la forma en que Dios y Juan nos lo hicieron llegar, confirma nuestra convicción de que el Señor se preocupa por nosotros porque nos ama.


Respuestas a sus preguntas

1. ¿Podemos estar seguros de que fue el apóstol Juan quien escribió el Apocalipsis? Algunos autores han puesto en tela de juicio si el Juan que escribió el Apocalipsis era el discípulo y apóstol de Jesús, o algún otro Juan. Destacan: a) que el estilo del griego del Apocalipsis es diferente del estilo del Evangelio y del de las Epístolas de Juan, y b) que la duda acerca de la identidad de este Juan comenzó a manifestarse muy pronto, incluso en el siglo III.

En respuesta a estos argumentos, se puede decir: a) Sí, el griego de Apocalipsis es diferente del griego del Evangelio y las Epístolas. La gramática del Evangelio y las Epístolas es tan pura, que se emplea ampliamente como base para enseñar griego a los estudiantes de los seminarios. El griego del Apocalipsis, por su parte, es comparativamente común. No obstante, R. H. Charles,29 un erudito notable, ha demostrado que el griego del Apocalipsis no es necesariamente deficiente desde el punto de vista gramatical, sino, más bien, es no convencional; tiene su propia consistencia gramatical interna. Juan cita el Antiguo Testamento cientos de veces. Charles y otros han señalado el hecho de que, al hacerlo, en lugar de recurrir a la Septuaginta (LXX, la versión del Antiguo Testamento en griego, hecha en torno del año 200 a.C.), que era la traducción de uso corriente en sus días, prefirió trabajar directamente con el original hebreo o con las traducciones populares del arameo (llamadas “tárgumes”). De manera que Juan estuvo constantemente adaptando el griego en que escribía a los sonidos del hebreo y el arameo. También, varios eruditos han destacado el hecho de que algunas informaciones antiguas, como el Canon Muratorio30 del siglo II, sugieren que al escribir el Evangelio y las Epístolas, Juan dispuso del auxilio de colaboradores literarios que lo ayudaron a pulir su griego, pero que cuando escribió el Apocalipsis no disponía de esa ayuda.

Para equilibrar estos desniveles lingüísticos entre el Apocalipsis y el Evangelio de Juan, encontramos algunas notables similitudes entre ellos, la más destacada de las cuales es el uso de la palabra Cordero para referirse a Jesús, que aparece 29 veces en el Apocalipsis y en ninguna otra parte del Nuevo Testamento, con excepción de Juan 1:29 y 36.

Aunque la duda acerca de si Juan fue o no el autor del Apocalipsis surgió en el siglo III, los cristianos de lengua griega que vivieron más cerca del tiempo y del lugar en que fue escrito el Apocalipsis aceptaban con entusiasmo que su autor era el apóstol Juan.

Justino Mártir vivió en Éfeso alrededor del año 135 d.C. Algunos años después, atribuyó el Apocalipsis “a cierto hombre [...] que se llamaba Juan, uno de los apóstoles de Cristo”.31

Ireneo, dirigente de la iglesia en Francia (Galia) cerca del fin del siglo II, vivió durante su infancia en la provincia romana de Asia y conoció a Policarpo, anciano entonces, y que en su juventud había sido amigo de Juan.32 Como Justino, Ireneo se refería al autor el Apocalipsis como Juan, “el discípulo del Señor”. Declaró que Juan vio “la visión apocalíptica [...] no hace mucho tiempo, casi en nuestros días, hacia el fin del reino de Domiciano”.33

Clemente, que dirigía una escuela cristiana en Alejandría, Egipto, más o menos cuando Ireneo trabajaba en Francia, también afirma que fue “el apóstol Juan” quien estuvo en Patmos. Añade que después de la muerte del emperador, Juan regresó a Éfeso y viajó muchísimo para ordenar ministros y organizar nuevas congregaciones.34 Hipólito, un erudito dirigente de la iglesia que vivió cerca de Roma en la primera mitad del siglo III, también enseñó que el Apocalipsis fue escrito por “el bienaventurado Juan, apóstol y discípulo del Señor”.35

De modo que los cristianos que vivían más cerca del lugar y el momento en que se produjo el Apocalipsis, creían firmemente que procedía de la mano del apóstol Juan.

Por otra parte, el autor del Apocalipsis se identifica sencillamente como “Yo, Juan, vuestro hermano” (Apoc. 1:9). Sabía que se lo conocía lo suficiente como para que no se lo pudiera confundir con ningún otro Juan.

De cualquier manera, no importa de qué Juan se trate, su mensaje vino de Dios, por medio del Espíritu Santo, y como una revelación de Jesucristo. (Véase Apocalipsis 1:1.) El Juan que recibió este mensaje fue inspirado.

2. ¿Cuándo y de qué manera se dividió el Apocalipsis en capítulos y versículos? Los 66 libros de las Escrituras no fueron escritos originalmente con los versículos numerados con que los conocemos hoy. Esto es comprensible; la mayor parte de los libros no tienen versículos numerados.

Pero, aunque la mayoría de los libros modernos tienen al menos capítulos, la mayor parte de los libros antiguos no los tenían; y tampoco las Escrituras. En la antigüedad el libro de los Salmos estaba dividido, por supuesto, más o menos como lo está hoy.Pero los Salmos no son capítulos; son poesías diferentes entre sí. Las Escrituras han sido estudiadas como no lo ha sido ningún otro libro, porque se le ha atribuido un valor que no se asignó a ningún otro libro. Por consiguiente, se han inventado diversos sistemas a través de los siglos para ayudar a la gente a encontrar los pasajes que buscaran.

Los versículos del Antiguo Testamento, tal como los conocemos en la actualidad, son obra de una cantidad de rabinos judíos, conocidos como masoretas, expertos en el arte de copiar manuscritos. La familia de masoretas de Ben Asher dividió el Antiguo Testamento en 23.100 versículos alrededor del año 900 d.C.

Los versículos del Nuevo Testamento, una modificación de varios sistemas previos, es obra de Robert Stephens. En 1551, Stephens estaba preparando una concordancia para el Nuevo Testamento impreso en griego y en latín, y necesitaba una forma precisa para que sus lectores pudieran encontrar en el Nuevo Testamento los textos mencionados en su concordancia. Su hijo dice que dividió y numeró los versículos mientras viajaba de París a Lyon, lo que nos explicaría por qué algunos de los versículos están divididos en forma tan extraña.

Pero ¿qué podemos decir acerca de los capítulos? La fundación de la Universidad de París en el año 1100 dio como resultado un despertar del estudio de las Escrituras. Se hicieron y se vendieron numerosas copias de la versión católica de las Escrituras en latín, para hacer frente a la demanda. Más adelante, para facilitar el estudio de las Escrituras en ese momento, Stephen Langton, siendo profesor de la Universidad de París, dividió las Escrituras en los capítulos que encontramos no solo en el Apocalipsis, sino en todos los demás libros que la componen.

Stephen Langton era inglés. Al salir de París, llegó a ser arzobispo de Canterbury, que ayudó a obligar al rey Juan a firmar la Magna Carta en Runnymede en 1215. Falleció en 1228.

El Apocalipsis fue escrito alrededor del año 95 d.C. De modo que la división en capítulos que encontramos en las versiones actuales no llegó a existir sino unos 1.100 años después de que fuera escrito. Los versículos actuales recién aparecieron más de 1.450 años después de que el libro fue compuesto.36

23 Juan, el apóstol, no dice en realidad que él estuvo presente cuando Juan Bautista predicaba, pero podemos deducir con claridad de que se trataba del discípulo mencionado, sin nombrarlo. (Véase Juan 1:35 al 40.) La humildad era una de las características de este hombre. Verifique cómo evitó nombrarse a si mismo en relación con la Última Cena, el juicio de Cristo y la resurrección. (Véase Juan 13:23, 18:15 y 20:2 al 5.)

24 Tácito, Anales, 15.44.2-8.

25 Dio Cassius, Epítome, 67.14. Véase Donald McFayden, “The Occasion of the Domitianic Persecution”, The American Journal of Theology 24 (enero de 1920), pp.46-66.

26 Ibíd.

27 Tertuliano, On Prescription Against Heretics, p. 36; ANF t. 3, p. 260 (Ante-Nicene Fathers). Nos preguntamos cómo se pudo evitar que el aceite se incendiara, circunstancia que Tertuliano no habría dejado de mencionar, si hubiera ocurrido. Tal vez el aceite solo fue calentado hasta una temperatura letal. En todo caso, recordamos que Dios libró a los amigos de Daniel de un horno de fuego. (Véase Daniel 3.)

28 Para muchos de los comentarios que haremos en el consiguiente estudio del Apocalipsis, agradezco especialmente a Kenneth A. Strand, Interpreting the Book of Revelation, edición corregida y aumentada (Naples, Florida: Ann Arbor Publishers, Inc., 1970, 1972, 1976, 1979). Me he apartado de Strand en solo unos pocos detalles.

29 R. H. Charles, A Critical and Exegetical Commentary on the Revelation of St. John, 2 tomos, The International Critical Commentary (Edinburgo, T. y T. Clark, 1920), t. 1, cxvii-clix, páginas especiales cxlii-cxliv.

30 El Canon Muratorio aparece en varias obras, como en Daniel J. Theron, Evidence of Tradition (Grand Rapids, Míchigan: Baker Book House, 1958), pp. 106-113. Afirma que Juan escribió su Evangelio con la ayuda de otros discípulos que lo revisaron. En las páginas 32 y 33, Theron presenta, además, una fuente anónima que afirma que Papías de Hierápolis “escribió el evangelio correctamente mientras Juan lo dictaba”.

31 Justino, Dialogue with Trypho, a Jew [Diálogo con Trifón, el judío] p. 81; ANF t. 1, p. 240.

32 Ireneo, Against Heresies, 3.3.4; ANF t. 1, p. 416.

33 Ireneo, ibíd., 4.20.11, 5.30.3; ANF T. 1, pp. 491, 558-560.

34 Clemente de Alejandría, Who is the Rich Man That Shall be Saved?, p. 42; ANF t. 2, p. 603.

35 Hipólito, Christ and Antichrist, p. 36; ANF t. 5, p. 211.

36 Véase, por ejemplo, F. F. Bruce, The Books and the Parchments, 3a edición revisada (Londres: Pickering & Inglis, Ltd., 1963), pp. 120, 121; Ira Maurice Price, revisión de William A. Irwin y Alien P. Wikgren, The Ancestry of our English Bible (Nueva York: Harper y Row, 1956), pp. 184, 185, 203; E. Nestle, “Bible Text”, sección III, The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge (reimpresión de 1963), t. 2, pp. 113-115.

Apocalipsis 1
La revelación de Jesucristo
Introducción

La primera declaración que encontramos en el último libro de las Escrituras lo denomina: “Revelación de Jesucristo”.

Es una revelación. El libro no es algo “oculto” o un “misterio”, como alguna gente lo ha supuesto. La palabra griega original es apokalupsis, de la cual deriva la nuestra, apocalipsis. Lisa y llanamente, esa palabra significa “descorrer el velo”, “descubrir”, una “revelación”.

Mucha gente relaciona la palabra apocalipsis con cataclismos o desastres, con un holocausto nuclear, por ejemplo, o con una Tercera Guerra Mundial. Pero en las Escrituras, el Apocalipsis es una revelación de Jesucristo. El Apocalipsis nos provee de los entretelones de lo que Jesús ha estado haciendo, está haciendo ahora y hará en el futuro, en favor de los seres humanos. ¿Cómo consiguió el apocalipsis esa fatídica connotación? Del hecho de que nos habla vívidamente de los desastres humanos. Pero los menciona, en primer lugar, para revelar que en todos ellos Dios está obrando para liberar a todos los que creen en él. Dios se interesa por nosotros.

Apocalipsis 1:1 nos dice que Dios dio esta revelación a Jesús, quien la envió por medio de su ángel a su siervo Juan. Este la escribió (vers. 2), y pronunció una bendición (vers. 3) sobre las personas que “leen” la Revelación, presumiblemente, en voz alta, y sobre los que “escuchan” esa lectura y están dispuestos a “guardar” lo que dice. El versículo 10 añade que Juan estaba “en éxtasis” (en “Espíritu”, RVR) cuando le sobrevino la revelación.

El ángel era sin duda Gabriel, ese gran ser amigable que dio a Daniel la notable profecía de los capítulos 8 y 9 de su libro, y que visitó a la bienaventurada Virgen María para anunciarle el nacimiento de Jesús. (Véase Daniel 8:16; 9:21; Lucas 1:26.)

La mención de la persona que lee la revelación en alta voz nos recuerda el hecho de que antes de la invención de la imprenta, cuando los libros eran escasos y mucha gente no sabía leer, era costumbre leer largas porciones de las Escrituras en voz alta en las reuniones religiosas. Jesús las leyó en voz alta en Nazaret (véase Luc. 4:16-20), y la costumbre prosiguió en todas las congregaciones judías en los tiempos del Nuevo Testamento (véase Hech. 15:21). Todavía está en vigencia en muchas iglesias cristianas.

De manera que hay una cadena de comunicación: De Dios a Jesús; por el ministerio de un ángel a Juan, en éxtasis (en el Espíritu), y al lector y al oyente obediente.

La Trinidad y el ángel supremo de la profecía estaban preocupados en revelarnos a cada uno de nosotros algo de vasta importancia acerca de nuestro Señor.

“A su siervo Juan”. Cuando Juan se sentó con Jesús en el Monte de los Olivos para escuchar el Sermón Profético esa tarde a la luz de la luna (véanse las páginas 14 y 15), probablemente era muy joven, como Daniel también lo era cuando fue llevado en cautiverio a Babilonia. Tal como Daniel cuando terminó de escribir su libro, Juan, cuando termina de escribir las Escrituras, es un hombre muy anciano, y cautivo, además. (Véase la página 54.)

Juan dirige su libro “a las siete Iglesias de Asia”. Y añade: “Gracia y paz a vosotros de parte de Aquel que es, que era y que va a venir, de parte de los siete Espíritus que están ante su trono, y de parte de Jesucristo” (vers. 4, 5).

En los tiempos bíblicos, las cartas no empezaban con “Querida Beatriz” o “Estimado señor”. Pablo, Pedro y el mismo Juan usaban el saludo cristiano: “Gracia y paz”. (Véase Romanos 1:7, 1 Pedro 1:2 y 2 Juan 1:3.) La “gracia” es la bondad de Dios. Recibimos la “paz” cuando creemos que Dios, en su bondad, nos perdona. También tenemos paz cuando permitimos al Señor que nos ayude a perdonar a nuestros enemigos. Es maravilloso gozar de paz con la gente que hemos perdonado y con el Señor que nos ha perdonado.

La gracia y la paz son, en primer lugar, dones de Dios, y sabemos que el versículo 4 se refiere a Dios, el Padre eterno, porque él es “Aquel que es, que era y que va a venir”.

“Los siete Espíritus”. La declaración que encontramos en el versículo 4: “Los siete Espíritus que están delante de su trono” forma parte de las frecuentes referencias al número “siete” que encontramos en el Apocalipsis. Ya hemos notado que el libro está dirigido a siete iglesias (vers. 4). Antes de terminar el capítulo vamos a leer acerca de siete candeleros de oro (vers. 12 y 20) y siete estrellas (vers. 16 y 20). En otra porción del libro, vamos a leer acerca de una bestia con siete cabezas (13:1), de un dragón con siete cabezas coronadas (12:2) y de siete “colinas” (17:9), que en realidad son siete “reyes” (17:10). Las secciones mayores del Apocalipsis se refieren a las siete iglesias que ya hemos mencionado (caps. 2 y 3), a los siete sellos (4:1 a 8:1), a las siete trompetas (8:2-11:18), a siete escenas del Gran Conflicto (11:19-14:20), y a las siete últimas plagas (caps. 15 y 16).

Con tantos sietes en el libro, llegamos a la conclusión de que “siete” representa plenitud, algo completo y perfecto. En cuanto a “los siete Espíritus que están ante su trono”, podamos llegar a la conclusión de que representan simbólicamente la plenitud y la perfección del Espíritu Santo. De modo que todos los miembros de la Trinidad no solo nos dan el Apocalipsis –es decir, la Revelación–, sino además nos saludan y nos bendicen. El profeta Isaías, cuyo libro no estaba basado en el número siete, presenta al Espíritu Santo mediante seis de sus atributos, a saber: Espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor [reverencia] de Yahvéh (Isa. 11:2).

Características del libro. El constante empleo del número siete concuerda con la naturaleza simbólica del libro. Las bestias y los cuernos, las coronas y las mujeres, los candeleros y los olivos, las langostas que surgen del pozo del abismo, y sobre todo, la serpiente y el Cordero, son unos pocos de los símbolos gráficos de esta fascinante obra de arte.

Al analizar el Apocalipsis, nuestro estudio previo de los numerosos símbolos de Daniel nos va a ayudar muchísimo, porque el Apocalipsis está profundamente enraizado en Daniel. También está profundamente enraizado en otros libros del Antiguo Testamento. Alguien calculó que de los 404 versículos del Apocalipsis, 278 contienen material procedente del Antiguo Testamento. Un profesor colega dice que ha contado 600 palabras y frases del Apocalipsis adoptadas del Antiguo Testamento. Un estudiante de posgrado menciona que él encontró mil. Los vínculos que existen entre el Antiguo Testamento y el Apocalipsis son muy importantes para la comprensión de su mensaje.

El Apocalipsis es, sin duda alguna, un libro de predicciones. Pero en relación con esto ha habido malentendidos. Algunas personas (los futuristas) han llegado a la conclusión de que está compuesto casi exclusivamente por profecías que recién se van a cumplir en el futuro. Por otro lado, otros (los preteristas) afirman que se refiere solamente a acontecimientos acaecidos en la época del apóstol Juan. Entre estos dos grupos, hay otros (los historicistas) que creen que Juan ciertamente se refirió a acontecimientos de sus días, pero también habló de sucesos que aún están en el futuro y que, además, fue inspirado para prever la experiencia de la iglesia cristiana a lo largo de la historia.

Este tercer grupo (los historicistas) debe de tener razón, porque Juan recibió el encargo de escribir “lo que ya es” (en sus propios días) y lo que “va a suceder más tarde (en el futuro)” (Apoc. 1:19). El libro no pudo haber sido dedicado completamente a acontecimientos del futuro distante, porque el primer versículo del primer capítulo, precisamente, dice que el Apocalipsis fue dado para manifestar “lo que ha de suceder pronto”. Y el versículo 3 añade: “El tiempo está cerca”.

Algunas cosas, pero de ninguna manera todas las que están escritas en el libro, estaban “cerca” y habían de “suceder pronto”, en los días de Juan. Algunas cosas iban a suceder después de las primeras, y otras más adelante, por turno, después de aquellas. El Apocalipsis no presenta una aglomeración de acontecimientos que explotan en un instante, como los chicos de un aula cuando se va el maestro. Ciertamente, los acontecimientos que van a ocurrir al fin del milenio vendrán mil años después que los que acontezcan al principio de ese período.

Cuando Apocalipsis 1:1 al 3 se refiere a cosas que han de suceder “pronto” y “cerca”, está hablando del comienzo del cumplimiento de las predicciones que se encuentran en el libro. En los días de Juan, estas profecías estaban, por así decirlo, tirando de la cuerda, ansiosas de comenzar su largo viaje a través de la historia. A Daniel, como ya lo hemos visto, se le mostraron una serie de profecías, cada una de las cuales comenzaba en sus propios días y corrían paralelamente a lo largo de la historia. También en el Apocalipsis varias series de profecías siguen un curso paralelo similar desde los días de Juan hasta el final del tiempo.

Si el Apocalipsis es un libro de predicciones, lo es también de grandes himnos, algunos sublimemente alegres, otros increíblemente tristes. Por ejemplo, Haëndel obtuvo inspiración para su oratorio “El Mesías” de Apocalipsis 19:6: “¡Aleluya! ¡El Señor Dios omnipotente reina!” Hay, incluso, un vestigio de himno en el mismo capítulo primero que estamos estudiando ahora.

“Al que nos ama,

nos ha lavado con su sangre

de nuestros pecados

y ha hecho de nosotros un Reino

de Sacerdotes para su Dios y Padre,

a él la gloria

y el poder por los siglos de los siglos.

Amén” (vers. 5, 6).

El Apocalipsis es también un libro de bendiciones. Bendición significa bienaventuranza, y se ha observado que hay siete “bendiciones” en el Apocalipsis, así como hay nueve “bienaventuranzas” en el Sermón del Monte. (Véase Mateo 5:1 al 12.) Leemos en estos pasajes “bienaventuranzas” para los pobres, los puros y los perseguidos. En el Apocalipsis, leemos de bendiciones prometidas a todos los que mueren en el Señor (14:13), al que está despierto (16:15), al que ha sido invitado a la cena de bodas (19:9), al que participa de la primera resurrección (20:6), al que guarda las palabras de este libro (22:7), y al que lava sus vestiduras (22:14). La primera de estas bendiciones aparece en el capítulo que estamos estudiando ahora: “Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella” (vers. 3).

Comencemos inmediatamente a descubrir las bendiciones que el Apocalipsis reserva para nosotros en su primer capítulo.

El mensaje de Apocalipsis 1
I. Jesús tiene las “llaves de la muerte”

Mi madre sufrió muchos años esa enfermedad paralizante que se conoce como mal de Parkinson. Cuando se acercaba su fin, ya no pudo alimentarse a sí misma, y mi padre la visitaba a menudo en el hogar de ancianos donde la estaban atendiendo. Aquella tarde, cuando sonó el teléfono para anunciar que acababa de fallecer, me arrodillé junto a mi cama y leí de nuevo las promesas de Dios acerca de la resurrección. Me consolé con promesas como estas:

“Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y [...] resucitarán” (Juan 5:28, 29).

“Del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Cor. 15:22).

“El Señor mismo [...] bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán” (1 Tes. 4:16).

“Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte” (Apoc. 21:4).

¡Cómo me habría gustado que estas promesas se hubieran cumplido en ese momento! Cómo quisiera, mientras escribo estas líneas, que se cumplieran en este instante, antes de que fallezcan otros seres amados.

En la isla de Patmos, solitaria, yerma y rocosa, Juan debió de haber estado embargado por meditaciones semejantes. Habían pasado unos 65 años desde el instante en que Jesús ascendió al cielo en una nube, y los ángeles prometieron que regresaría de la misma manera. En el Sermón Profético, Jesús también había prometido regresar alguna vez. Uno tras otro, los amigos de Juan habían muerto; algunos por causa de la enfermedad o la edad, y otros como consecuencia de las persecuciones. Sus padres, Zebedeo y Salomé, ya habían fallecido. Su hermano Santiago había sido decapitado por causa de Cristo. La madre de Cristo, María, a quien Juan había prodigado sus cuidados después de la crucifixión, evidentemente ya no estaba más con él. Pedro había sido crucificado por causa de Cristo. Pablo, lo mismo que Santiago, había sido decapitado. Del grupo original de los Doce, todos habían desaparecido, menos él. Y a él mismo ya no le quedaba mucho tiempo. ¡Qué pena que Jesús no había regresado! ¿Regresaría alguna vez? ¿Habría realmente una resurrección alguna vez?

¡Cuánto habría dado Juan por poder hablar con Jesús una vez más antes de morir!

Comienza la primera visión de Juan. De pronto, la ensoñación de Juan fue interrumpida. “Una gran voz, como de trompeta” lo sacudió. “Escribe en un libro lo que veas y envíalo a las siete Iglesias”, le indicó (Apoc. 1:10, 11).

Sorprendido, mientras su viejo corazón latía vigorosamente, Juan se dio vuelta tan rápidamente como pudo para ver quién le hablaba. Para su asombro, el suelo volcánico de la isla parecía resplandecer. Siete candelabros de oro aparecieron donde momentos antes solo se veían piedras desnudas. Y “en medio de los candeleros” estaba de pie “como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido el pecho con un ceñidor de oro” (Apoc. 1:13). Sus cabellos eran tan blancos como la nieve, y su rostro y sus pies, lo que no estaba cubierto por su túnica, resplandecía en forma sobrenatural. Era el mismo Ser que Daniel había visto en su ancianidad. (Véase el capítulo 10 de Daniel.) Tal como Daniel, Juan también cayó al suelo como muerto.

Tal como Daniel, Juan también escuchó las palabras llenas de gracia: “No temas”. Al mirar hacia arriba descubrió, a pesar de todo el resplandor, que quien le hablaba era su amado Señor.

Jesús se volvió a presentar a su querido, antiguo y fiel amigo: “Soy yo, el Primero y el Último, el que vive”, le dijo; “estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades” (Apoc. 1:17, 18).

De manera que Jesús seguía vivo. Fuera del corto período que medió entre la cruz y su resurrección, él siempre estuvo vivo; y seguirá viviendo por los siglos de los siglos.

Y tiene “las llaves de la muerte”. ¡Claro que sí! Cuando Roma, el imperio más poderoso de la Tierra, lo crucificó y lo puso en una tumba, frente a la cual apostó una guardia de cien hombres, Jesús salió del sepulcro y caminó por entre los guardias de regreso a la vida.

Yo tengo “las llaves de la muerte”. Si Jesús, además de morir, pudo volver a la vida y salir caminando de su propia tumba, no podía caber duda alguna de que ahora era capaz de visitar todas las otras tumbas, para resucitar a sus dormidos ocupantes.

Y Juan, allí, en Patmos, habrá recordado una vez más cómo llamó Jesús gente a la vida aun antes de su propia resurrección. Las palabras de Cristo: “Soy yo [...] el que vive”, se parecían a las que pronunciara mucho antes junto a la tumba de Lázaro.

La muerte y la resurrección de Lázaro. Juan mismo había registrado la historia acerca de Jesús y Lázaro en el capítulo 11 de su Evangelio. Lázaro de Betania había caído enfermo. Sus hermanas, María y Marta, habían enviado un mensajero para que informara a Jesús acerca de su enfermedad, pero no se habían atrevido a pedirle que fuera a Betania a sanarlo. Sabían que Jesús amaba a Lázaro lo suficiente como para acudir sin que se lo pidieran.

Pero cuando Jesús recibió su ansioso mensaje, “permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba” (vers. 6). Recién cuando supo sobrenaturalmente que Lázaro estaba en realidad muerto, comenzó a conducir a sus discípulos en dirección de Betania. Les dio esta explicación: “Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarlo”.

Los discípulos se sorprendieron. “Señor, si duerme”, le replicaron, “se curará”. El sueño sería una señal de que la fiebre había desaparecido y que estaba en camino de recuperar la salud.

Cristo habló con tanta naturalidad acerca de la condición de Lázaro que “ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño”. Pero “Jesús lo había dicho de su muerte”. Entonces les dijo con claridad: “Lázaro ha muerto” (vers. 11-14).

La muerte de su amigo Lázaro no infundió temor en Jesús. Para él, la muerte de un creyente era solo un breve intervalo entre la vida y la Vida; un período apenas un poco más largo que el que media entre el momento de ir a dormir y la mañana siguiente, comparado con la eternidad.

“Lázaro duerme”.

“Lázaro ha muerto”.

“Voy a despertarlo”.

Cuando Jesús, con su comitiva, llegó a Betania dos días después, María y Marta lloraban transidas de una amante incomprensión. En medio de sollozos, ambas le dijeron: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (vers. 21, 32). Una y otra vez brotaron de sus labios estas palabras durante las horas de insomnio que habían transcurrido desde la muerte de Lázaro: “Si Jesús hubiera llegado a tiempo, nuestro hermano estaría todavía vivo”.

Esas mismas palabras vinieron a mi mente con respecto a mi madre y a mis amigos que duermen. Sin duda, Juan en Patmos pensó lo mismo acerca de la muerte de su hermano Santiago y de sus otros seres queridos. ¡Si Jesús hubiera regresado antes!

A las hermanas de Lázaro, Jesús les dijo: “Tu hermano resucitará”.

Marta replicó: “Ya sé [...] que resucitará el último día, en la resurrección” (vers. 24).

Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (vers. 25, 26). Marta no entendió lo que Jesús quiso decir, pero sabía que podía confiar en Quién era. “Sí, Señor”, le contestó, “yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (vers. 27).

Cuando Jesús dijo: “Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”, no quería dar a entender que los creyentes no morirían en ningún sentido. Después de todo, Lázaro había creído en él y, no obstante, había muerto.

Lo que Jesús quiso decir es que la clase de muerte que padecen los cristianos es, a la vista de Dios, solamente un sueño; porque cuando el Señor lo disponga, el cristiano despertará para vida eterna. Y la promesa de vida eterna en Cristo es tan sólida, tan cierta, que es como si nuestra vida eterna comenzara aquí y ahora, y como si la muerte solo fuera un descanso un poco más largo que lo común.

Y Jesús lloró. Pero aun cuando la muerte de sus amigos no horrorizaba a Jesús, el relato nos dice que junto a la tumba de Lázaro “Jesús se echó a llorar” (vers. 35). No negamos nuestra fe cuando lloramos al morir nuestros amados; a veces lloramos incluso cuando solo se van de viaje. El amor nos incita a llorar por la gente que echamos de menos, y “el amor es de Dios (1 Juan 4:13). Los empresarios de pompas fúnebres confirman la observación de que los creyentes y los incrédulos lamentan la muerte de sus amados en forma muy diferente.

Pero Jesús no lloró mucho tiempo. Lázaro había sido sepultado en una pequeña cueva cuya puerta había sido tapada por una piedra de forma circular. Pronto Jesús iba a ser sepultado en un sitio parecido. (Puesto que eran caras, estas tumbas no eran comunes; pero mis colegas de la universidad descubrieron hace poco dos en una región al este del Jordán37, y se sabe de algunas otras descubiertas en otros lugares.)

Jesús ocupó su lugar entre los deudos frente a la entrada de la tumba, y pidió a alguien que hiciera rodar la piedra. Para ese entonces, Lázaro había estado muerto por espacio de cuatro días. Cuando el sol de Palestina irrumpió a través de la abertura, el cadáver envuelto en lienzos, ubicado en su lugar, se convirtió en el foco de la atención de todos. Los ancianos lo contemplaban solemnemente, conscientes de que muy pronto ellos mismos serían amortajados de la misma manera. Los chicos lo observaban, mientras hacían nerviosos comentarios jocosos acerca de cuán fantasmal se veía. María y Marta lo miraban muy seriamente, todavía con deseos de que Jesús hubiese llegado más pronto.

Entonces Jesús pronunció estas palabras sencillas, pero revitalizadoras: “¡Lázaro, sal fuera!” Inmediatamente, el cadáver que estaba en la tumba comenzó a manifestar vida. Resucitado, Lázaro afirmó bien sus pies en el suelo, se enderezó y salió a reunirse con sus amigos. (Véase Juan 11:43 y 44.)

¡Cuántos abrazos, y lágrimas y risas!

El mensaje de Capernaum. Sí, el creyente muere, en cierto modo; pero en otro sentido, tiene vida eterna aquí y ahora. En la sinagoga de Capernaum, poco antes de la resurrección de Lázaro, Jesús dijo a la congregación: “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él tenga vida eterna, y que yo lo resucite el último día”. “En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna” (Juan 6:40, 47).

El que cree, tiene vida eterna.

Y yo lo resucitaré en el último día.

Si creemos en Jesús, tenemos vida eterna ahora, comparado con la eternidad como una promesa viva y segura. Cristo es vida; y si tenemos a Cristo, tenemos vida. “Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Pero necesitamos que se nos resucite en el último día, para que la promesa se cumpla en la realidad. Si no fuera así, no habría necesidad de resurrección.

“Lázaro duerme”.

“Lázaro ha muerto”.

“¡Lázaro, sal fuera!”

Jesús es, a la vez, la Resurrección y la Vida. Nuestra vida en él es eterna, no porque nunca vayamos a dormir, sino porque a pesar de caer dormidos y después de haber dormido, seremos resucitados por Jesús en su segunda venida en el último día.

“El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1 Tes. 4:16).

La resurrección de Jesús mismo. “Estuve muerto”, dijo Jesús a Juan en la isla de Patmos, “pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades” (Apoc. 1:18).

La muerte y la resurrección de Cristo son nuestra evidencia, nuestra garantía, de que él verdaderamente ha vencido la muerte. Los turistas se detienen admirados junto a las tumbas de Abrahán Lincoln, Napoleón Bonaparte y Simón Bolívar; pero miles de cristianos viajan cada año a Palestina para maravillarse ante la tumba vacía de Cristo. “No está aquí, ha resucitado” (Mat. 28:6) es el grito de triunfo que se eleva cada vez que en Semana Santa se celebra el Día de la Resurrección.

Cada una de nuestras esperanzas está implícita en la magnífica realidad de esa resurrección. “Si Cristo no resucitó”, razonaba Pablo con firmeza, “vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados. Por tanto, también los que durmieron en Cristo perecieron. Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más desgraciados de todos los hombres!” (1 Cor. 15:17-19).

Pablo, por así decirlo, apostó todo a la resurrección. Y lo hizo con toda confianza. Sabía que Cristo había resucitado. Algunas personas que conocía muy bien habían sido testigos de ello. “Se apareció a Cefas [Pedro]”, afirmó Pablo, “y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte [unos 25 años después] vive”, añadió, “y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término”, insistió con incontestable convicción, “se me apareció también a mí” (1 Cor. 15:5-8).

En varias de las ocasiones que Pablo menciona, Juan estuvo presente y vio a Jesús. Y ahora tenía el maravilloso privilegio de verlo de nuevo, en su ancianidad, en la isla de Patmos.

Juan lo oyó decir: “No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades”.

Un día, muy pronto, Jesús usará esa llave para abrir las tumbas de todo hombre y toda mujer, de todo niño y toda niña que haya dormido “en él”. Yo creo que mi madre se encontrará entre ellos.

¡Esta seguridad es parte de la Revelación de Jesucristo!

II. Jesús y su testimonio

“Yo, Juan [...] me encontraba en la isla llamada Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (Apoc. 1:9). Queremos saber qué quiso decir Juan cuando se refirió a la “Palabra de Dios” y al “testimonio de Jesús”. También queremos comprender todo lo que dijo en este capítulo acerca de Jesús.

“El Testigo fiel”. El versículo 5 dice que Jesús es el “Testigo fiel”. Significa que podemos confiar en él. Tal vez no podamos confiar en la persona que nos vendió el auto, o en el agente que nos alquiló la casa, o en el diputado a quien le dimos el voto; y ni siquiera en nuestro esposo o nuestra esposa, pero sí podemos confiar en Jesús.

En los tribunales, un testigo “da testimonio”, “testifica”. Jesús dijo a Pilato, durante el juicio previo a su crucifixión, que él había venido al mundo “para dar testimonio de la verdad” (Juan 18:37). Veremos, al examinar el Apocalipsis, que Jesús da un fiel testimonio al decirnos la verdad a) acerca de nosotros mismos, y b) acerca de las debilidades, los vicios y la violencia de la naturaleza humana. También nos dice la verdad c) acerca de Satanás, y la feroz oposición que mantiene en contra de Dios. Por sobre todo, Jesús da testimonio al decirnos la verdad d) acerca de sí mismo. El Apocalipsis es, en primer lugar, una revelación de Jesucristo.

“El testimonio de Jesús”. Jesús dio su testimonio a Juan, quien lo recibió “en éxtasis” (“en el Espíritu”, RVR, versículo 10). Recordemos que uno de los dones del Espíritu Santo es el de profecía. (Véase 1 Corintios 12:10.) Esto nos lleva a Apocalipsis 19:10, donde se nos dice que “el testimonio de Jesús” es “el espíritu de profecía”. Vamos a referirnos más ampliamente a esta definición cuando lleguemos a Apocalipsis 12:17.

El Imperio Romano condenó a Juan al exilio en la isla de Patmos, “a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (Apoc. 1:9). La Palabra de Dios es la Sagrada Escritura. (Véase, por ejemplo, Oseas 1:1, Joel 1:1 y 2 Timoteo 3:15 y 16.) En los días de Juan, el Nuevo Testamento todavía no había sido terminado, y la Palabra de Dios era mayormente el Antiguo Testamento. Los cientos de frases del Antiguo Testamento que aparecen en el Apocalipsis nos muestran cuánto amaba Juan la Palabra de Dios del Antiguo Testamento. Creía en sus profecías acerca de Jesús, y prestaba atención a sus Mandamientos contra la adoración de imágenes y otros pecados. Leal al Antiguo Testamento, evidentemente no estuvo dispuesto a adorar a una imagen del emperador Domiciano. Por eso, Juan estaba en Patmos “a causa de la Palabra de Dios”.

También se encontraba allí “a causa [...] del testimonio de Jesús”. Acabamos de ver que el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía. Los profetas del Antiguo Testamento fueron inspirados por el Espíritu de Cristo. (Véase 1 Pedro 1:10 al 12.) En los tiempos del Nuevo Testamento, muchas personas también recibieron el don del espíritu de profecía. Mateo, Marcos, Lucas, Pablo, Pedro y Juan mismo fueron inspirados por el Espíritu Santo para escribir el testimonio de Jesús en los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas, o cartas, del Nuevo Testamento. El “testimonio de Jesús” dio lugar a una producción literaria viviente y creciente, destinada a revelar la verdad acerca de Jesús.

Cuando Juan dice que se encontraba en la isla de Patmos “a causa [...] del testimonio de Jesús”, quiere decir que estaba allí porque creía y enseñaba la verdad que los autores del Nuevo Testamento, él inclusive, fueron inspirados a escribir acerca de Jesús.

“El Primogénito de entre los muertos”. En el versículo 5 se dice que Jesús es “el Primogénito de entre los muertos”. No quiere decir que Cristo fue la primera persona que resucitó de entre los muertos. Antes de su propia resurrección Jesús volvió a la vida a la hija de Jairo (Mar. 5:21-43), al hijo de la viuda de Naím (Luc. 7:11-17), y a Lázaro de Betania (Juan 11). (Véanse las páginas 75 a 78.)

Pero sin su resurrección, nadie más podría haber resucitado. Únicamente “en Cristo” puede alguien volver a la vida. (Véase 1 Corintios 15:22.)

En los tiempos bíblicos, el primer hijo nacido en el seno de una familia recibía lo principal de la herencia, es decir, la primogenitura. (Véase Génesis 43:33 y Deuteronomio 21:17.) Los privilegios del primogénito eran tan notables, que la palabra primogénito misma llegó a ser sinónimo de “notable”, “el más importante” y “único”. A punto tal que en Job 18:13 se da el nombre de “primogénito de la muerte” a una enfermedad singularmente peligrosa.

Jesús es “el Primogénito de entre los muertos” porque es, superlativamente, la Persona más importante que haya muerto y haya resucitado.

“Al que nos ama”. Con cuánta sencillez se dirige el versículo 5 a nuestro corazón. Él “nos ama”. Cuán reconfortante es que en medio de su exilio Juan haya podido decir esto acerca de Jesús. Cuán bueno es que nosotros podamos saber que bajo toda circunstancia esto es verdad. ¡Cuán amable de parte de Jesús es hacérnoslo saber! (Véase Juan 14:23.)

Estas tres áureas palabras: “Yo te amo”, no son solo para la ensoñación de los enamorados. Todos deberíamos decirlas. Deberíamos decírselas a cada miembro de la familia. Mamá besaba a sus cuatro hijos y prácticamente todas las noches, antes de ir a dormir, nos decía que nos quería. Al visitarla cuando yo tenía casi cuarenta años y ella ya no gozaba de buena salud, me repitió ese cariñoso ritual como cuando yo tenía seis años; entonces me di cuenta, repentinamente, de cuán excepcional era lo que ella había hecho todos esos años.

¿Ha abrazado usted a su hijito últimamente? ¿Le ha dicho que lo ama?

“Al que [...] nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados” (vers. 5). El amor no se limita a hablar. El amor es especialmente hacer algo. Jesús pagó la culpa por nuestros pecados al abandonar el cielo para vivir una agotadora vida de servicio aquí, en la Tierra, abrumado de críticas, a las cuales no respondió, y al morir humillado en medio de intensos dolores sobre una cruz. “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Pero “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom. 5:8). “Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” (Rom. 5:10).

Nuestro hijo ingresó en un hospital a los quince meses de edad, y estuvo al borde de la muerte por cuatro semanas. Mi esposa y yo nos consolábamos al recordar que Dios, a quien orábamos constantemente, amaba a nuestro hijito aun más que nosotros. El Hijo de Dios murió por nuestro hijo. Nosotros no hicimos eso por él.

“Y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre” (vers. 6). Cuando Dios sacó a los israelitas de Egipto, dijo que eran “un reino de sacerdotes” (Éxo. 19:6). Al final de las setenta semanas de Daniel 9:24 al 27, Dios suscitó una nueva nación constituida por cristianos de todas las razas, incluso judíos. Dijo que esta nueva “nación” era un “sacerdocio real” (1 Ped. 2:9. Véase el tomo 1, páginas 221 a 227).

Si usted es cristiano, el Señor ha hecho de usted parte de su “sacerdocio real”. Vale la pena meditar en esto. ¿Qué significa?

Hace algunos años, estaba aprendiendo de memoria la Epístola a los Hebreos. Al llegar al capítulo 5, se me ocurrió pasar al Apocalipsis, que había aprendido de memoria varios años antes. Ocurrió que mientras conducía mi auto cierto día, me repetí a mí mismo: Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios. Casi al mismo tiempo, me descubrí repitiendo Hebreos 5:1: “Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios”.

Puesto que los sacerdotes comunes llevaban a cabo muchas de las funciones básicas de los sumo sacerdotes, presté especial atención para ver qué funciones tenía yo el privilegio de cumplir para Dios como real sacerdote. Descubrí que Hebreos 5 dice que el sumo sacerdote es nombrado por Dios para actuar en favor de los hombres con respecto a Dios, y para ofrecer dones y sacrificios por los pecados propios y por los de la gente. Yo sabía que nuestros “dones” y “sacrificios” incluyen nuestras oraciones, que ofrecemos por medio del sacrificio de Cristo llevado a cabo en la cruz. (Véase Hebreos 13:15 y Santiago 5:16.) Descubrí que el significado de nuestro sacerdocio es al menos este: que debemos orar en el nombre de Cristo por el perdón de nuestros propios pecados y por el perdón de los pecados de los demás. Se nos invita especialmente a orar por la gente que no es amable con nosotros. (Véase Mateo 5:44.)

Observé también que Dios nos ha “nombrado” sacerdotes. Eso solo puede significar que él desea intensamente que actuemos como sacerdotes. Quiere que oremos por el perdón de nuestros pecados, y por la conversión y la prosperidad de los demás: esposos, padres e hijos, empleadores y empleados, funcionarios del Gobierno, socios... También quiere que oremos por la difusión del evangelio entre los no cristianos. (Con el fin de aprovechar mi privilegio sacerdotal, tengo una lista de nombres en una libretita para contrarrestar la fragilidad de mi memoria.)

Dios se interesa por nosotros. Quiere ayudarnos. Nos ha ordenado que le pidamos cosas. Ha hecho de nosotros sus sacerdotes.

Las cosas reveladas son para nuestros hijos y también para nosotros. (Véase Deuteronomio 29:28.) Dios quiere que los niños cristianos sean sacerdotes tan ciertamente como los adultos. Los niños y las niñas que aman a Jesús pueden orar por los demás tanto como un sacerdote o un ministro religioso. Muchos niños han gozado de la alegría de conducir al papá o la mamá a Cristo, como resultado de sus oraciones.

Jesús nos ha hecho sacerdotes. Aprovechemos al máximo este privilegio.

“Viene acompañado de nubes; todo ojo lo verá”. En Apocalipsis 1:7 se repite la promesa del Sermón Profético. Juan lo había escuchado de los propios labios del Maestro aquel martes de noche, iluminado por la luna, más de sesenta años antes. (Véase Mateo 24:30, y las páginas 21 y 22 de esta obra.) También la escuchó de labios de los dos “hombres” que aparecieron junto a los discípulos mientras Jesús ascendía al cielo en una nube. (Véase Hechos 1:11.) Pablo también, inspirado por el Espíritu de profecía, da testimonio de que Jesús, en su venida, aparecerá “en nubes” (1 Tes. 4:17).

Pero en Apocalipsis 1:7, ¿quiénes son “los que lo traspasaron”? En ocasión de su juicio, Jesús dijo a Caifás, dirigente judío: “Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo” (Mat. 26:64). Caifás fue la persona que asumió la mayor responsabilidad por la muerte de Cristo. Ciertamente, él era uno de los que “lo traspasaron”. Pero muchas otras personas tuvieron también participación criminal en esos hechos, y aparentemente ellos también, con Caifás, participarán de una resurrección especial, a tiempo para ver regresar a Jesús, rodeado de la misma gloria que ellos intentaron empañar. Daniel 12:1 y 2 nos ayuda a confirmar esta idea. Dice que cuando Miguel “surja”, o se levante, en el final de los tiempos, “muchos” muertos (no todos) resucitarán. Puesto que todos los justos resucitarán en ese momento (véase Apocalipsis 20:6), es claro que solamente algunos impíos lo harán. (El resto tendrá que esperar hasta que termine el milenio. Véase Apocalipsis 20:5.)

“Los que lo traspasaron” incluye a todos los que contribuyeron directamente a su crucifixión. Pero ¿no incluye esta expresión a algunos otros también?

En Hechos 9:5 Jesús dijo a Saulo, el perseguidor –que se convertiría en Pablo, el apóstol– que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a él mismo. “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”, le dijo. Esto nos lleva a la sombría conclusión de que los principales perseguidores del pueblo de Dios a través de los siglos también pueden estar incluidos entre “los que lo traspasaron”, y que se levantarán de entre los muertos a tiempo para presenciar su Segunda Venida.

El Señor “que va a venir”. ¿Acompañará Dios el Padre a Jesús en su segunda venida? Apocalipsis 1:4 lo describe como “Aquel que es, que era y que va a venir”. Tal como vimos hace poco, en Mateo 26:64 Jesús dijo a Caifás que el Hijo del hombre regresaría “sentado a la diestra del Poder”. La palabra Poder bien podría ser uno de los nombres de Dios. En Apocalipsis 6:16, los impenitentes, en ocasión de la Segunda Venida, suplican a los montes y a las peñas que caigan sobre ellos y los escondan “del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero”. La expresión “del que está sentado en el trono” se usa varias veces en Apocalipsis para referirse a Dios. (Véase, por ejemplo, Apocalipsis 5:6 al 8.) La conclusión más probable es, entonces, que Dios va a acompañar a su Hijo cuando venga por segunda vez. (Véase, también, Apocalipsis 7:15 y 21:5.)

“Yo soy el alfa y la omega”. El Nuevo Testamento fue escrito en griego. Alfa es la primera letra del alfabeto griego y omega es la última. De manera que “alfa y omega” es más o menos como decir “la A y la Z”.

Al llamarse a sí mismo el alfa y la omega en el versículo 8, Dios quiso decir que es el primero y el último, el principio y el fin. Vivía cuando el universo comenzó y seguirá viviendo mientras dure y más allá.

“Omega”, de paso, es en realidad “O-mega”, que significa “O grande” u “O larga”. La forma de la omega es el resultado de la costumbre de subrayar la O larga, para distinguirla de la O corta, que se llama “omicron”, es decir, “o chica” u “o corta”.

Durante la Segunda Guerra Mundial, 1.700.000 yugoslavos, hombres, mujeres y niños, murieron en el intento –con éxito, por lo demás– de conservar la libertad de su patria. En los mismos días de esa violencia, David Friedentahl, artista y reportero a la vez, dibujó el boceto de un anciano campesino que estaba sembrando.38 Incluso mientras los soldados pisoteaban el campo arado de camino a algún encuentro militar, el paciente campesino proseguía con calma sus deberes primaverales de sembrar a mano, como lo había hecho desde su juventud. Su inconmovible perseverancia en un momento de intensa crisis tiene una vigencia tal, que en pequeña escala ilustra la constancia infalible, permanente y totalmente digna de confianza de nuestro eterno Dios. Como Jesús, él nunca cambia. “Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre” (Heb. 13:8). Es el principio y el fin, el alfa y la omega.

III. En éxtasis (en el Espíritu) en el día del Señor

Puesto que Dios es el alfa y la omega, sabemos que es eterno. También es Señor del universo. Juan, en cambio, era mortal como cualquiera de nosotros, limitado por el tiempo y el espacio. Nos dice que cuando vio al Señor se encontraba en la isla de Patmos, y que el momento era el día del Señor. “Caí en éxtasis (estaba en el Espíritu) en el día del Señor” (Apoc. 1:10).

Correspondía que viera al Señor en el día del Señor. La visión tomó por sorpresa a Juan, de manera que sabemos que él no eligió el día. El Señor decidió darle la visión en su día.

Pero ¿qué día es el “día del Señor”?

Todos sabemos que la mayoría de los cristianos da ese nombre al domingo. La costumbre de hacerlo, en efecto, se remonta a algunas cartas escritas en el siglo II por San Ignacio, obispo de Antioquía dedicado, pero excéntrico. Sea como fuere, la costumbre de aplicar al domingo la expresión día del Señor es tan antigua y tan difundida, que la encontramos incluso en la terminología de muchos idiomas modernos. Domingo, en castellano; Dimanche, en francés, y Domenica, en italiano, todas ellas derivan de la expresión latina Dominicus dies: día del Señor. Curiosamente, alrededor del año 1600, los puritanos ingleses comenzaron a designar el domingo con el nombre de “Sabbath”, que significa literalmente sábado. En Inglaterra y en los Estados Unidos, donde la influencia puritana se ejerció con fuerza, millones de cristianos han llegado a creer que el domingo es, a la vez, el “Sabbath” (sábado) y el día del Señor.

Ahora bien, si vamos a las Escrituras, encontramos que efectivamente el día del Señor es el sábado. Y al mismo tiempo, encontramos que no es el domingo.

En los Diez Mandamientos, las Escrituras nos dicen: “Recuerda el día del sábado para santificarlo [...] el día séptimo es día de descanso [sábado] para Yahvéh, tu Dios” (Éxo. 20:8, 10). En el Nuevo Testamento ,Jesús dice: “El Hijo del hombre también es señor del sábado” (Mar. 2:28). De manera que las Escrituras presentan al sábado como día del Señor. El día del Señor es el sábado.

Pero ¿cómo podemos estar seguros de que en los largos siglos transcurridos desde los tiempos bíblicos hasta los nuestros no se ha producido algún cambio?

Ha habido un cambio; mejor dicho, ha habido un intento de cambio. Hace un momento mencionamos la posibilidad de que ya en el segundo siglo el obispo Ignacio llamara día del Señor al domingo. En el primer tomo de esta obra estudiamos la profecía de Daniel relativa al cuerno pequeño de Daniel 7, y vimos que “trataría” de cambiar la Ley de Dios. Vimos cómo la iglesia cristiana impuso la observancia del primer día de la semana, en directa oposición a la observancia del séptimo día. Jesús, por su parte, dijo a sus seguidores que “no pensaran” que él había venido a cambiar la Ley. Les dijo: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas [...] Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o un ápice de la Ley sin que todo suceda” (Mat. 5:17, 18). (Véase “Respuestas a sus preguntas,” páginas 88 y 89.)

En algunas partes del mundo se ha intentado introducir otro cambio. Se han impreso calendarios en los que aparece el lunes como primer día de la semana, y el domingo como séptimo y último. La razón para hacerlo parece superficial: para mucha gente, la semana de trabajo comienza el lunes.

Pero a pesar de la historia de la iglesia y de algunos calendarios modernos, cualquiera puede descubrir fácilmente qué día es el sábado. En Marcos 15:42 se nos dice que Jesús fue crucificado en “el día de la preparación, es decir, la víspera (el día anterior) del sábado”. En Lucas 23:56 se menciona que durante el sábado los seguidores de Jesús “descansaron según la Ley”. Y Mateo 28:1 afirma que “pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana”, las mujeres fueron a embalsamar el cuerpo del Maestro y encontraron que la tumba estaba vacía. En resumen:

Jesús murió el día anterior al sábado.

Sus seguidores descansaron durante el sábado de los Diez Mandamientos.

Se levantó de entre los muertos el día que seguía al sábado.

Todo cristiano sabe que Jesús resucitó el domingo.

Por lo tanto, el sábado –el día de reposo– de las Escrituras era y continúa siendo el día anterior al domingo, a pesar de la historia de la iglesia y de los calendarios modernos, que por equivocación ubican al domingo como séptimo día de la semana.

El día del Señor es para nosotros. Si el sábado de las Escrituras es el “sábado del Señor” y el “día del Señor”, entonces es su día. ¡Pero lo estableció por nosotros! Jesús dijo que “el sábado ha sido instituido para el hombre”, para todos los hombres, para toda la humanidad. (Véase Marcos 2:27.)

Pero ¿por qué fue instituido el sábado para nosotros? ¿Qué propósito tenía que cumplir? Una respuesta a esta pregunta se nos da en Génesis 2:1 al 3, el informe original relativo al primer sábado. Allí, las Escrituras nos dicen que cuando terminó la semana de la Creación, “cesó (“descansó”, RVR) Dios de toda la tarea que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó”. La palabra santificó significa “poner aparte, separar algo para un uso santo”.

Dios no descansó durante el primer sábado porque estuviera cansado. Descansó de su obra creadora porque en seis días había completado la creación de la Tierra. Descansó, y bendijo y santificó el sábado, con el fin de apartarlo para un uso santo.

¿Y cuál es ese propósito santo? Ezequiel 20:12 afirma: “Y les di además mis sábados como señal entre ellos y yo, para que supieran que yo soy Yahvéh, que los santifico”.

El sábado fue creado cuando Dios santificó el séptimo día. Ahora sirve para recordarnos que Dios también nos santifica, si se lo permitimos. Quiere ponernos aparte para que cumplamos un propósito santo y saludable: que hagamos solo lo bueno. Por medio de nosotros, desea que la parte del mundo donde vivimos sea mejor. Nos ha designado para que seamos un reino de sacerdotes. (Véanse las páginas 81 a 83.) Nos llama para que sigamos el ejemplo de Cristo, y vivamos una vida de bondad en el servicio de los que nos rodean. (Véase Juan 13:12 al 17; 1 Pedro 2:21 al 24.)

Puesto que el sábado nos recuerda la creación del mundo, nos trae a la memoria también que nosotros mismos no podemos hacernos buenos, así como no podemos crearnos a nosotros mismos. Solamente el Creador puede “crear” en nosotros “un corazón puro” y “un espíritu firme (“recto”, RVR)”. (Véase Salmo 51:12.) “El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor. 5:17).

Puede ser que usted no esté guardando el sábado todavía, pero es posible que Dios ya haya estado obrando en usted, purificándolo del pecado y recreándolo a su semejanza. Ahora, al leer estas páginas, le hace saber, por medio de las Escrituras, que el sábado es su día, que él ha elegido para proporcionar una revelación especial y más amplia de sí mismo, y para su transformación. También le recuerda que el sábado fue hecho “para el hombre”, para la humanidad, para todos. El sábado fue hecho para mí. También fue hecho para usted.

Por esta misma razón, también fue hecho para Juan. Ese día del Señor en Patmos, era el día de Juan. Fue uno de los mejores días de su maravillosa y larga vida. Qué gloriosas bendiciones recibió por estar “en éxtasis (en el Espíritu) en el día del Señor”, aunque se hallaba en el exilio y en soledad.

¡Qué bendiciones podemos esperar usted y yo, al guardar el sábado también con el poder del Espíritu Santo!; este día del Señor que también es nuestro. Guardémoslo, entonces, todos juntos, con nuestro amante Señor.

Respuestas a sus preguntas

¿Cuándo se comenzó a dar al primer día de la semana el nombre de día del Señor o domingo? El día que llamamos domingo fue considerado “el primer día de la semana” por los autores del Nuevo Testamento. (Véase, por ejempo, Mateo 28:1, Juan 20:1 y 1 Corintios 16:2.) Los cristianos del siglo II, aparentemente, lo llamaban “primer día”, y a veces “octavo día” (puesto que venía después del séptimo, el sábado).39

La primera aparición certera del uso de la expresión “día del Señor” para referirse al domingo, en este caso aludiendo al día de la resurrección, aparece en un librito llamado el Evangelio de Pedro,40 escrito tal vez alrededor del año 175. (Por supuesto, Pedro no lo escribió.)

Un ejemplo anterior a este, pero en cierto modo ambiguo, del uso de la expresión “día del Señor” con referencia al domingo, aparece en ciertas traducciones de las cartas de San Ignacio. Fue un obispo un tanto excéntrico, que vivió en Antioquía por el año 110 d.C. Condenado a morir por su fe, fue embarcado rumbo a Roma para ser devorado por animales feroces. Mientras viajaba, escribió siete cartas que se han hecho famosas. En su carta a los cristianos de Magnesia dice, de acuerdo con un traductor,41 que él “vivía [...] para el día del Señor”. El traductor llegó a la conclusión de que San Ignacio quería que los cristianos orientaran su manera de vivir teniendo en vista los goces de la resurrección de Cristo.

Pero la palabra griega equivalente a día no aparece en los textos griegos más antiguos de este pasaje. La expresión griega equivalente a “del Señor” sí aparece, lo que implica un sustantivo tácito que aquella modificaría. Pero ese sustantivo no existe. En algún momento desconocido, antes del siglo XI, un copista griego añadió un sustantivo, pero el sustantivo que eligió no fue la palabra día; por el contrario, fue la palabra vida. De modo que ese desconocido copista griego se las arregló para que el pasaje dijera: “Viviendo [...] para la vida del Señor”, con lo que quiso decir, tal vez, que el estilo de vida del cristiano debería estar en armonía con el estilo de vida de Cristo.42

La diferencia de significado es importante. Porque si San Ignacio realmente quiso decir que deberíamos vivir en armonía con la “vida del Señor”, no es correcto citar este pasaje como ejemplo de una aplicación muy antigua de la expresión “día del Señor”.

Sea como fuere, aun si San Ignacio hubiera considerado que el domingo era el día del Señor, su preferencia personal no podría considerarse como autoridad para los cristianos que desean seguir exclusivamente las enseñanzas de las Escrituras.

Si se nos pregunta cómo pudo trasladarse la aplicación de la expresión “día del Señor” del sábado al domingo durante el siglo II, nos referiremos al rápido traslado por el año 1600 de la palabra o expresión “día de reposo” del séptimo día al primer día de la semana.43 Hasta que esto ocurrió, casi todos los cristianos reservaban el uso de la palabra “día de reposo” para referirse al séptimo día, de acuerdo con las Escrituras. Muchos de ellos no guardaban el sábado, pero sabían que era ese el día de reposo de las Escrituras, aunque ellos concurrieran a la iglesia el domingo, su “día del Señor”. El hecho de que alrededor del año 1600 los puritanos ingleses comenzaran a asignar al domingo el nombre de “día de reposo” es semejante al repentino comienzo, en algún momento del siglo II, de dar al domingo el nombre de “día del Señor”.

37 Vea S. Douglas Waterhouse, “Areas E and F” (Informe parcial de las excavaciones de Tell Hesban), Andrews University Seminary Studies, 11 (1973), pp. 113-125.

38 Winston S. Churchill y los editores de Life, The Second World War, 2 tomos, (Nueva York: Time, Inc., 1959), t. 2, pp. 514, 515.

39 Los ejemplos incluyen a Bernabé, Epistle, p. 15; ANF t. 1, p. 147; Justino, First Apology, p. 67; ANF t. 1, p. 186; Dialogue, pp. 24, 41; ANF, t. 1, pp. 206, 215; Bardasanes, Discourse on Fate; ANF, t. 8, p. 733.

40 The Gospel According to Peter, pp. 9, 12; ANF t. 10, p. 8.

41 San Ignacio, To the Magnesians, 9; Biblioteca Clásica Loeb, Padres apostólicos, t. 1, p. 205. Compare la traducción en ANF t. 1, p. 62, y observe el hecho de que la columna de la derecha representa una espuria edición interpolada que apareció más de doscientos años después de la muerte de San Ignacio.

42 Para estudiar la evidencia proveniente de dos puntos de vista más o menos diferentes véase Fritz Guy, “ ‘Lord’s Day in Magnesians”, Andrews University Seminary Studies, t. 2 (1964), pp. 1-17, y Richard B. Lewis, “Ignatius and the ‘Lord’s Day’ ”, Andrews University Seminary Studies, 6 (1968), pp. 46-59.

43 La nueva costumbre fue compendiada en Nicolás Bownde, The Doctrine of the Sabbath, Plainely Layde Forth (Londres, 1595) y se la analiza en Winston U. Solberg, Redeem the Time (Cambridge, Massachussets: Harvard University Press, 1977) y Bryan W. Ball, The English Connection (Cambridge, Inglaterra: James Clarke, 1981).

Apocalipsis 2 y 3
Cristo escribe a siete iglesias

Introducción

Las cartas de Cristo a las siete iglesias de Asia proporcionan la base para una deliciosa experiencia de estudio de las Escrituras en el seno de la familia. Para comenzar, los chicos con suficiente edad para leer podrían ayudar a preparar un diagrama como el que aparece en la página 98.

Los niños podrían dibujar el cuadriculado. Después, en pocos minutos cada día, podrían buscar con los adultos algunos elementos para anotarlos en los recuadros. A medida que vayan adquiriendo destreza, estarán ansiosos de ser los primeros en descubrir algún nuevo ítem: la descripción de Cristo, la amonestación, la promesa especial, y así sucesivamente. Toda la familia puede colaborar para adaptar las palabras de modo que quepan en el espacio disponible. Si se coloca el diagrama en un lugar visible de la casa, todos podrán ir verificando cómo avanza el proyecto.

Todos pueden aprender de memoria las promesas hechas a quienes escuchan, tales como: “Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10), y: “Si alguno [...] abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apoc. 3:20).

A medida que se avanza, los niños llegarán a comprender mejor cuánto ama Jesús a los cristianos, por defectuosos que sean, puesto que están aprendiendo a ser como él.

He conocido gente que no asiste a la iglesia porque no le gusta las personas que encuentran allí, o porque cree que los miembros de la iglesia son hipócritas. Jesús sabe que los cristianos no son perfectos ni mucho menos (véase Juan 2:25); sin embargo, se revela a sí mismo como un muy fiel asistente a las reuniones de la iglesia. Explica que los “siete candeleros de oro” de Apocalipsis 1:20 representan las “siete iglesias”; a continuación se presenta a sí mismo en Apocalipsis 2:1 como el que “camina entre los siete candeleros de oro”.

Un verdadero amigo conoce nuestras flaquezas, pero nos ama a pesar de ellas.

Cuando estaba por terminar una visita pastoral cierta tarde, sugerí a una ancianita que era miembro de mi iglesia que invitara a la señora que compartía su departamento a que participara con nosotros en la oración que íbamos a elevar. Pero ella no quiso. “Nos hemos puesto de acuerdo”, me dijo, “en que ella nunca va a venir a este lado del departamento ni yo voy a ir al lado que le corresponde a ella”.

Dios no erige barreras innecesarias, ni desea que nosotros lo hagamos, tampoco. Sabe que para poder ayudar a la gente tenemos que acercarnos a ella. Tenemos que hacer todo lo posible por conservar abiertas las vías de comunicación. “Mantengamos firme la confesión de la esperanza”, dice Hebreos 10:23 al 25, “[...] sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animándoos; tanto más, cuanto veis que se acerca ya el día [del regreso de Jesús]”.

Jesús camina entre los candeleros.

Cual la ternura de un padre para con sus hijos,

así de tierno es Yahvéh para quienes le temen;

que él sabe de qué estamos plasmados,

se acuerda de que somos polvo (Salmo 103:13, 14).

Los siete “ángeles”. Es sorprendente descubrir que se le pidió a Juan que escribiera esas siete cartas a los ángeles de las siete iglesias. Se menciona a menudo a los ángeles en el Apocalipsis, y generalmente se trata de seres sobrenaturales. Podría parecer insensato que Dios pidiera a San Juan que escribiera cartas a ángeles celestiales, sobrenaturales e invisibles.

Encontramos la explicación en el hecho de que la palabra “ángel” procede de una palabra griega, aggelos (pronunciada ánguelos), que sencillamente significa “mensajero”. Los mensajeros celestiales de Dios son seres sobrenaturales, ciertamente; pero la palabra griega aggelos se traduce sencillamente por “mensajero” o “mensajeros”, en el sentido ordinario, y no sobrenatural, del término, en Marcos 1:2, Lucas 7:24, 9:52 y Santiago 2:25. En estos versículos, los “mensajeros” (o “ángeles”) son: a) Juan el Bautista, b) los discípulos de Juan el Bautista, c) los discípulos de Jesucristo y d) dos espías; todos ellos, seres bien humanos, por cierto.

Los ángeles humanos, o mensajeros de las siete iglesias, son los ministros religiosos que presentan el mensaje de Dios a sus congregaciones. Jesús dice que él lleva a esos “ángeles” en su mano derecha. (Véase Apocalipsis 1:16 y 2:1.) Anime a todos los miembros de la familia a imaginarse a su dirigente religioso en la mano de Jesús. Verifique de qué manera influye este pensamiento en los sentimientos de ellos hacia su pastor.

La identificación de las “siete iglesias”. Cuando Jesús pidió a Juan que escribiera esas siete cartas, ya existía una congregación cristiana en cada una de las ciudades mencionadas. Es fascinante enterarse de que estaban ubicadas sobre una carretera romana que las interconectaba entre sí, de manera que era posible visitarlas todas en ese mismo orden. El correo imperial romano debió de haberlas visitado regularmente en ese orden, al entregar la correspondencia. “Todas esas siete ciudades se encuentran sobre la gran carretera circular que vincula las regiones más populosas, ricas e influyentes de la provincia” de Asia, dice W. M. Ramsay en su obra clásica The letters to the seven churches of Asia [Las cartas a las siete iglesias de Asia].44

Pero en un libro como el Apocalipsis, tan lleno de símbolos, ¿podemos suponer que estas siete iglesias en esas siete ciudades constituyen el único auditorio al cual estaban dirigidos esos mensajes? ¿O, tal vez, estas siete iglesias representan, digamos, las diversas condiciones de las diferentes iglesias en cualquier momento y en todos los tiempos? ¿Son los siete mensajes amonestaciones generales destinadas a todo el mundo? ¿No representan, acaso, siete etapas sucesivas de la experiencia de la iglesia en conjunto, desde los días de Juan hasta el final del mundo? ¿No podría ser que los mensajes de todas las cartas tal vez estuvieran destinados a todo el mundo? Examinemos estas posibilidades.

1 Para las congregaciones locales. Las siete cartas se refieren a ciertos eventos que ya habían sucedido o que estaban en proceso de cumplimiento cuando se escribió el Apocalipsis. “Has perdido (Éfeso) tu amor de antes” (Apoc. 2:4). “Mantienes ahí (en Pérgamo) algunos que sostienen la doctrina de Balaam” (Apoc. 2:14). “Toleras (Tiatira) a Jezabel, esa mujer” (Apoc. 2:20). “Has guardado mi Palabra (Filadelfia) y no has renegado de mi nombre” (Apoc. 3:8). “Dices (Laodicea): ‘Soy rico’ ” (Apoc. 3:17).Obviamente, estas declaraciones tuvieron que haber sido reales con respecto a esas congregaciones cuando Juan escribió; si así no hubiera sido, al recibir las cartas los miembros de las iglesias habrían llegado a la conclusión de que Juan no sabía qué estaba diciendo. Por lo tanto, las cartas ciertamente tienen que ver con las circunstancias de esas iglesias en los días de Juan.

2 Para todos. Pero no podemos limitarlas a esas iglesias. La conclusión de cada carta contiene estas palabras: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. Las lecciones de todas las cartas se aplican a todos en todas partes. Y lo mismo ocurre con las promesas. Jesús presenta las promesas una y otra vez con la frase: “Al vencedor”. Dice, por ejemplo, el “vencedor” recibirá el maná escondido, el “vencedor” se sentará con él en su trono. Y así sucesivamente. Las promesas estaban destinadas a todos los que necesitaban ánimo: a todos los que hacen frente a las presiones de la actualidad, como asimismo a los mártires que hicieron frente a las bestias feroces hace ya tanto tiempo. Son para todo aquel “que tenga oídos”, es decir, para todos los que estén dispuestos a escuchar.

3 Para las iglesias y los movimientos religiosos cristianos. Pero aunque las promesas sean para todos los que estén dispuestos a escuchar, las cartas, en conjunto, están dirigidas a “iglesias”. Están dirigidas en primer lugar a grupos de personas. Como seres sociales, todos formamos parte de la organización a la cual pertenecemos, ejercemos influencia sobre ella y, a su vez, influye sobre nosotros. Todos somos en menor o mayor medida responsables por las fallas de los grupos con los cuales nos identificamos, y merecemos las recompensas que se les prometen. Por este motivo, como lo vimos en Daniel 9, el profeta confesó los pecados de su grupo, pecados que él no había cometido personalmente, y pidió a Dios que “nos” perdonara. (Véase el tomo 1, páginas 191 a 196.)Pues bien, de la misma manera en que las cartas se aplican a las siete iglesias de aquel tiempo, y así como se aplican a los individuos de todas partes y de todos los tiempos, es evidente que también se aplican a las diversas circunstancias de la iglesia, esto es, de las diversas congregaciones, organizaciones religiosas y movimientos religiosos cristianos de todos los tiempos.

4 Símbolos de siete etapas. Todavía tenemos que preguntarnos: ¿Simbolizan estas cartas siete etapas de la experiencia de la iglesia desde los días de Juan hasta el fin del mundo? La respuesta es: Sí. Como profecías referentes al futuro, abarcan la Era Cristiana. Hay varias razones que confirman esta conclusión:

1 Paralelismos con Daniel. Hemos visto que las profecías de Daniel 2, 7 y 8 corren paralelas y avanzan lado a lado desde los días de Daniel hasta el fin del mundo. Daniel y Apocalipsis son libros inspirados por el mismo Dios, y se descubre en ellos muchas similitudes e interrelaciones. Es razonable concluir que las profecías del Apocalipsis acerca de los siete sellos, las siete trompetas –y las siete iglesias– son paralelas entre sí, como las profecías de Daniel, y que avanzan lado a lado desde los días de Juan hasta el fin del mundo.En los días de Cristo, cuatro grandes imperios, el romano, el parto, el de Kushán y el de Han, dominaban las vastas regiones civilizadas desde el Océano Atlántico hasta el Pacífico. De esos cuatro reinos entonces contemporáneos, solo se menciona a Roma en Daniel 2, 7 y 8. Del mismo modo, existieron otros imperios durante el apogeo de Babilonia, Persia y Grecia, la mayoría de los cuales ni siquiera se menciona en las Escrituras. Pero los grandes imperios que son el tema de las profecías: Babilonia, Persia, Grecia y Roma, ejercieron su dominio en las regiones del Medio Oriente y Europa donde en sus días vivía la mayor parte de la gente que leía la Palabra de Dios y creía en él. Poco se habría logrado si las Escrituras contuvieran importantes profecías acerca de los imperios Kushán y Han, donde no vivían creyentes en las Escrituras, y acerca de las cuales muy pocos creyentes, si es que los había, tenían alguna noticia. Al analizar las Escrituras, descubrimos el principio de que las profecías acerca de algunas naciones tienden a referirse a aquellas regiones del mundo donde vive gente que, por medio de su conocimiento de las Escrituras y su fe en Dios, pueden beneficiarse más con el mensaje de las profecías. Podemos considerar razonable concluir que la mitad histórica del Apocalipsis se refiere, mayormente, aunque no del todo, a acontecimientos ocurridos en Medio Oriente y en Europa, regiones del mundo donde la cristiandad estuvo confinada por 1.500 largos años después de la Cruz. También podemos llegar a la conclusión de que las cartas a las siete iglesias se refieren principalmente a eventos relacionados con el cristianismo y acaecidos en esa misma zona.

2 Predicciones evidentes por sí mismas. Ciertos elementos, especialmente en los mensajes a Esmirna y Filadelfia, se refieren al futuro. A los creyentes de Esmirna se les informa que “el diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel” y que “sufriréis una tribulación de diez días” (Apoc. 2:10). A Filadelfia se le promete: “Yo haré”, dice de los falsos judíos, “que vayan a postrarse delante de tus pies”, y “yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir” (Apoc. 3:9, 10).Además, estas predicciones y otras semejantes se cumplirían en diferentes momentos y tendrían que ver con diferentes grupos. Por ejemplo, el diablo iba a imponer a Esmirna una “tribulación” que iba a durar “diez días”. Eso ocurriría para que los buenos cristianos fueran “tentados” (“probados”, RVR, Apocalipsis 2:10). En la carta dirigida a Tiatira, en cambio, no el diablo, sino Dios, impondría “una gran tribulación”, que recaería exclusivamente sobre los malvados amantes de “Jezabel”. (Véase Apocalipsis 2:20 al 22.) Asimismo, la congregación de Filadelfia recibiría consuelo con respecto a “la hora de la prueba” que habría de sobrevenir al “mundo entero” (Apoc. 3:10); una prueba temible que un día tendrá que hacer frente toda la gente, tanto los buenos como los malos. De modo que se predicen tres grandes tribulaciones: una para los verdaderos cristianos, otra para los amantes de Jezabel y otra para el mundo entero. Solo de estos ejemplos, para no mencionar más, es evidente que las siete cartas contienen profecías relativas al futuro y referentes a sucesos que todavía no se habían cumplido en los días de Juan. (Véase el diagrama de la página 34.)

3 Evidencias del cumplimiento. Parte de la forma en que Dios trata con nosotros es que algunas de sus profecías se comprenden mejor después de que se han cumplido. En ocasión de la Última Cena, Jesús anunció que uno de sus discípulos lo traicionaría. Los discípulos quedaron mudos de asombro. “Os lo digo desde ahora”, les explicó Jesús, “antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que Yo Soy” (Juan 13:19). En ese momento, los discípulos no tenían idea de que Judas lo traicionaría. Pero cuando lo hizo, los restantes discípulos recordaron la profecía, vieron cómo se había cumplido y creyeron más firmemente en el Señor.

De acuerdo con este principio de que algunas profecías se entienden mejor después de su cumplimiento, damos una mirada retrospectiva a partir de nuestros días, hasta casi dos mil años de experiencia cristiana. Nos preguntamos si los acontecimientos de la historia de la iglesia tienen alguna relación con los sucesivos acontecimientos mencionados en las cartas a las siete iglesias. Al hacerlo, nos sorprendemos por la extraordinaria relación que existe, en efecto, entre las cartas y la historia de la iglesia. Las siete iglesias, estudiadas en su orden, concuerdan con la experiencia predominante de la iglesia cristiana durante siete eras sucesivas. Ahora que todo ha sucedido, podemos creer.

Las iglesias como delfines. Seguramente usted ha visto delfines, ya sea en un acuario o por televisión. Ha visto, sin duda, a estos grandes mamíferos, tan simpáticos, nadar vigorosamente bajo el agua por un rato, para saltar repentinamente por sobre la superficie y volver a hundirse, con el fin de proseguir allí con su juego. A veces, un grupo de delfines sale al unísono a la superficie, una y otra vez, llevando un ritmo. Y en ocasiones, un delfín aparece solo, seguido por otro, y otro y otro, como en un desfile.

Tal vez resulte útil, al proseguir con nuestro estudio de los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis, si equiparamos las siete iglesias con siete delfines. Consideremos estos “delfines” como si fueran los movimientos y las tendencias que siempre han estado presentes “nadando bajo el agua”, por así decirlo, pero que individualmente, una detrás de otra, han surgido a la superficie como la característica dominante y más importante de un movimiento o de una tendencia cristiana en una época definida.

Pero recordemos que aunque las siete iglesias, consideradas como profecías referentes al futuro, preanuncian siete épocas sucesivas, los mensajes que contienen se aplican a cada individuo que esté dispuesto a escucharlos. Que Dios lo bendiga, al estudiar los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis en las páginas siguientes.

El mensaje de Apocalipsis 2 y 3
I. El cuidado de Cristo por sus iglesias humeantes

¿Tuvo usted en casa una lámpara de kerosén cuando era chico? ¿Tiene una en la actualidad? En tal caso, sabrá cuánto cuidado requieren. Cada vez que se las usa hay que recortar la mecha o reemplazarla, constatar que tenga suficiente kerosén y limpiar el tubo.

En el Santuario del Antiguo Testamento, las siete luces del candelero de oro debían ser atendidas cada día por el sumo sacerdote. (Véase Levítico 24:1 al 4.) Mantenerlas limpias, ajustar o reemplazar las mechas y añadirles aceite de oliva era parte del “continuo”, o tamid, del sumo sacerdote, acerca del cual hablamos en el tomo 1, páginas 151 a 179.

En Apocalipsis 2:1 se nos dice que Jesús “camina entre los siete candeleros de oro”. Es nuestro Sumo Sacerdote en la actualidad, y está oficiando en el Santuario celestial. (Véase Hebreos 3:1 y 8:1.) Defiende “siempre” nuestros intereses (Heb. 7:25.) El cuidado simbólico de las lámparas humeantes, que representan su iglesia, es parte de su tamid sumo sacerdotal.

Por supuesto, Jesús no se dedica en realidad a recortar mechas ni a poner aceite de oliva. De qué manera cuida de sus iglesias humeantes y sus a menudo torpes cristianos, queda ilustrado en las siete cartas de Apocalipsis 2 y 3. Allí vemos que ayuda a sus “lámparas” a resplandecer con una luz más brillante a) al alabar sus buenas cualidades; b) al reprender directamente sus faltas e invitarlos a efectuar un profundo cambio (arrepentimiento); y c) al ofrecer brillantes recompensas a todos los que reaccionen en forma positiva.


* Algunos estudiosos piensan que aquí hay un quiasmo porque, por ejemplo, la segunda y la sexta iglesias no tienen reprensión, y son las únicas que tienen referencias a los falsos judíos. La primera y la séptima reciben amenazas de rechazo. ¿Hay otras evidencias en pro o en contra? ¿Ve usted un quiasmo aquí?

1. Éfeso, ¡a iglesia que perdió su amor de otros tiempos. Apocalipsis 2:1-7.

El escenario. Éfeso era la principal ciudad de la provincia romana de Asia. No era la capital, puesto que lo era Pérgamo. Pero disponía de un buen puerto, y su ubicación al comienzo de una importante carretera que unía el oriente con el occidente la ayudaron a convertirse en un fuerte centro comercial. Gozaba de amplio respeto también como centro religioso pagano. Artemisa, una diosa cubierta de glándulas mamarias, como símbolo de la fertilidad, conocida también como Diana, recibía adoración allí. (Véase Hechos 19:35.) Su magnífico templo era conocido por sus contemporáneos como una de las siete maravillas del mundo.

La iglesia cristiana ubicada en la atestada y pagana ciudad de Éfeso fue fundada por Aquila y Priscila, una consagrada pareja de laicos. Apolos, un elocuente evangelista, también colaboró en sus comienzos, como asimismo el apóstol Pablo. (Véase Hechos 18:18 al 26.) Efectivamente, Pablo trabajó tres años en Éfeso. Durante dos de esos años, enseñó cada día las Escrituras en un salón alquilado durante las horas de más calor –desde las 11 hasta las 16 horas, cuando las actividades de la ciudad disminuían y el salón no estaba ocupado. (Véase Hechos 19:8 al 10 y 20:31.)

Tanta gente dejó de adquirir los recuerdos en forma de templetes de plata de la diosa Artemisa, que los plateros de la ciudad promovieron un tumulto anticristiano. (Véase Hechos 19:23 al 41.)

Al visitar a los dirigentes de la iglesia cristiana de Éfeso algún tiempo después, Pablo les advirtió que incluso algunos de entre ellos comenzarían pronto a enseñar herejías. (Véase Hechos 20:29 y 30.) En una carta los amonestaba así: “Que nadie os engañe con vanas razones”. “No tengáis parte con” nadie que trate de hacer eso (Efe. 5:6, 7).

El encomio. Los cristianos de Éfeso aceptaron el consejo de Pablo. Treinta años más tarde, en el Apocalipsis, Jesús los felicita porque “pusiste a prueba a los que se llamaban apóstoles sin serlo” y porque “detestas el proceder de los nicolaítas, que”, añade Jesús, “yo también detesto”. Jesús también felicitó a los efesios por su “conducta”, sus “fatigas” y su “paciencia en el sufrimiento” (Apoc. 2:2, 6.)

Pero ¿quiénes eran los nicolaítas? Ireneo, un ministro religioso del siglo II que vivió cerca de Éfeso, se refiere a ellos en uno de sus escritos. Los nicolaítas pretendían ser cristianos, dice él, pero consideraban “asunto de poca monta la práctica del adulterio y comer cosas sacrificadas a los ídolos”.45 Parece, entonces, que los nicolaítas eran cristianos que creían que la fe en Jesús los liberaba de la obediencia a algunos de los Diez Mandamientos. En 1 Juan 2:4, el apóstol escribió acerca de gente parecida, que decía: “Yo lo conozco [a Jesús]”, pero al mismo tiempo estaba quebrantando los Mandamientos. Cualquiera que hable o actúe así, dice Juan, es “mentiroso”.

Llamar mentiroso a un cristiano que manifiesta poco respeto por los Mandamientos es expresarse ciertamente con severidad. Jesús también se expresó severamente cuando dijo que “detestaba” las enseñanzas de los nicolaítas. Recordamos que en el Sermón del Monte Jesús dijo: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mat. 7:21). Esa manera de expresarse nos induce a reflexionar, tanto más cuanto mucha gente hoy afirma que la fe libera a los cristianos de la observancia de uno o más de los Diez Mandamientos. Por lo general, esos cristianos consideran con liviandad el séptimo Mandamiento, que se refiere al adulterio, y el cuarto, que tiene que ver con el día de reposo.

La reprensión. Nos alegramos de que los cristianos porque Éfeso hayan rechazado las ideas de los nicolaítas; que llevaban a la confusión. Al hacerlo, siguieron el consejo de Pablo acerca de no relacionarse con los engañadores. Aparentemente, sin embargo, no siguieron tan bien otro consejo de Pablo. En Efesios 5:2, el apóstol los había instado a vivir “en el amor como Cristo os amó”. Pero en Apocalipsis 2:4 Jesús tuvo que decirles: “Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes”. El ardor del primer amor por Dios se había embotado entre los cristianos de Éfeso. También habían perdido el calor de su primer amor mutuo.

Jesús consideraba que esta pérdida del amor anterior era un pecado de primera magnitud. “Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera”, les ruega. “Si no”, añade, “iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelera, si no te arrepientes”.

Jesús trató con tacto, pero con firmeza, a los extraviados cristianos de Éfeso. Primero se refirió a sus buenas cualidades; después les mencionó con toda claridad cuáles eran las malas. Una iglesia cristiana, si realmente quiere serlo, si desea ser una verdadera luz en el mundo, tiene la ineludible responsabilidad de vivir el amor. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13:35). “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16).

La gente menesterosa considera que la iglesia es una luz y glorifica a Dios cuando los cristianos le brindan ayuda en forma práctica. Los hombres de negocios ven a la iglesia como una luz y glorifican a Dios cuando los cristianos pagan sus cuentas a tiempo y formulan sus quejas, si tienen que hacerlo, en forma amable y amigable. Los no cristianos se asombran por el poder de Dios cuando una iglesia llena de reyertas deja de ser “una iglesia humeante” y sus miembros comienzan a amarse los unos a los otros de nuevo.

La recompensa. El gozo que produce la restauración del amor de los comienzos es el principio de las recompensas que se ponen a disposición de los cristianos de Éfeso. “Al vencedor”, es decir, a todo el que vence esa falta de amor, Jesús le dice: “le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios”. El árbol de la vida estaba originalmente en el Jardín del Edén. (Véase Génesis 2:8 y 9.) El paraíso está ahora en el cielo. (Véase 2 Corintios 12:2 y 3.) Todos desearíamos haber tenido acceso al árbol de la vida hace ya mucho tiempo. Jesús nos promete que lo tendremos pronto, en el cielo.

2. Esmirna, la iglesia que sufrió persecución. Apocalipsis 2:8-11.

El escenario. La ciudad de Esmirna estaba ubicada al norte de Éfeso, en una hermosa bahía del mar Egeo. Comercialmente, Esmirna era rival de Éfeso y con el tiempo la sobrepujó. Nos interesará saber que Esmirna se vanagloriaba de poseer el único mercado conocido del mundo antiguo construido en tres niveles, con negocios en los dos niveles superiores, más uno en el subsuelo. Bajo el nombre turco de Izmir, Esmirna existe hasta el día de hoy, y es la tercera ciudad de Turquía, y la más floreciente de las siete mencionadas en Apocalipsis 2 y 3.

La iglesia de Esmirna padeció persecución. Fue calumniada por falsos judíos, y destinada a ser atormentada por Satanás y padecer “tribulación” por “diez días”. Algunos de sus miembros habrían de ser encarcelados, y otros serían condenados a muerte.

Unos setenta años después de esta profecía, Esmirna fue sede de una notable serie de martirios que se extendieron por varios días literales. El duodécimo y último de estos mártires fue el gran Policarpo, que para la época en que murió había servido como el principal ministro religioso de Esmirna por espacio de, por lo menos, cuarenta años. A edad muy avanzada, Policarpo fue arrestado en una casa de campo un viernes de noche. Inmediatamente, pidió a la esposa del granjero que preparara cena para los soldados que habían venido a detenerlo. Mientras estos comían, Policarpo se puso en pie a un costado de la pequeña habitación y oró en voz alta durante dos horas por cada cristiano del Imperio Romano de quien él podía acordarse.

Al día siguiente, en el anfiteatro de Esmirna, el gobernador Status Quadratus se sintió tan profundamente impresionado por Policarpo, que trató de salvarle la vida. Al ver que sus esfuerzos no daban resultado, pidió a Policarpo que maldijera a Cristo. Estaba seguro de que un hombre tan grande como Policarpo estaría ansioso de separarse de Jesús, a quien Roma había condenado como criminal. Pero Policarpo, en cambio, dio esta vibrante respuesta: “Durante 86 años lo he servido y él nunca me ha hecho mal. ¿Cómo puedo yo maldecir a mi Rey, que me salvó?”

La multitud –entre la que se encontraban miembros de la sinagoga judía– pidió a gritos que Policarpo fuera arrojado a los leones. Pero estos estaban más que satisfechos, porque pocos momentos antes habían devorado otras víctimas, no cristianas. Un heraldo explicó entonces que ya había pasado la hora del día en que todavía era legal que se usaran leones en ese “entretenimiento”, por lo que la multitud exigió que Policarpo fuera quemado vivo. Cuando el gobernador consintió, los judíos, en una actitud hostil muy poco común, fueron los primeros en reunir leña para la hoguera, aunque era sábado.46

El encomio. Jesús conocía todo lo referente a las tribulaciones presentes y futuras de los cristianos de Esmirna. También apreciaba profundamente la calidad de su fe en él. “Conozco tu tribulación y tu pobreza”, dice. Pero añade prontamente: “aunque eres rico”. Los cristianos de Esmirna no recibieron ninguna reprensión; solo felicitaciones y una promesa de recompensa.

La recompensa. De acuerdo con las circunstancias apremiantes de los cristianos de Esmirna, Jesús se presenta ante ellos como “el Primero y el Ultimo” que “estuvo muerto y revivió”. Y a continuación les hace una doble promesa de resurrección: “Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida”; y “el vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda”.

¡Jesús es especialista en resurrección y vida! (Véase Juan 11:25.) Se resucitó a sí mismo (Juan 10:17, 18), y ya ha resucitado a una cantidad de gente. (Véase Apocalipsis 1:18.) Las asombrosas promesas que hiciera a Esmirna son perfectamente dignas de confianza.

Pero estas promesas son para los que “venzan”, para aquellos que sean “fieles hasta la muerte”. Son para los cristianos que triunfen sobre el mal, que prefieran morir antes que hacer algo incorrecto. Son para cristianos que prefieran morir antes que cometer adulterio, tomar el nombre de Dios en vano o quebrantar el sábado. Para cristianos que prefieran morir antes que ser deshonestos.

Señor Jesús, tú que cuidas los candeleros, ayúdanos a difundir una luz pura y resplandeciente.

3. Pérgamo, la iglesia cercana al trono de Satanás. Apocalipsis 2:12-17.

El escenario. La ciudad de Pérgamo estaba ubicada en la saliente de una elevada montaña, un sitio ideal para la defensa. En los siglos II y III a.C., Pérgamo, capital del reino del mismo nombre, era un ilustre centro cultural. Su biblioteca contenía los rollos de doscientos mil libros. Muchos de esos rollos, de paso, eran de pergamino, un cuero curtido gracias a una técnica muy especial. Los pergaminos comenzaron a fabricarse en Pérgamo cuando el rey Ptolomeo V de Egipto suspendió la exportación de rollos de papiro de su país. Las sanciones económicas no funcionaban mejor entonces que ahora, pues estimularon la competencia para producir materiales de calidad superior. La palabra “pergamino” deriva de Pérgamo.

El rey Atalo III estableció en su testamento que, a su muerte, Pérgamo debía pasar a formar parte del Imperio Romano. Esto se cumplió en el año 133 a.C. Como nueva capital de la provincia de Asia, ahora Pérgamo podría reclamar la presencia de un gobernador romano. Con el transcurso del tiempo, pudo jactarse de haber construido templos en honor de varios dioses paganos, incluso, ominosamente, el primer templo conocido para honrar al emperador Augusto (año 29 a.C.). Más tarde se edificó otro templo para adorar al emperador Trajano, y más tarde aún otro, en honor del emperador Severo. Usted recuerda, sin duda, que la adoración compulsiva del emperador dio como resultado una vasta persecución en los días de Juan, e inclusive el exilio del apóstol a la isla de Patmos.

“Sé dónde vives”, dice Jesús a la congregación de Pérgamo: “donde está el trono de Satanás”.

El encomio. Cristo manifestó su complacencia por el hecho de que a pesar del ambiente malvado que la rodeaba, la iglesia de Pérgamo no había negado la fe “ni siquiera en los días de Antipas, mi testigo fiel, que fue muerto entre vosotros, ahí donde vive Satanás”. Nos gustaría saber algo más acerca de Antipas, pero no hemos logrado descubrir nada más. Qué feliz se va a sentir este leal cristiano cuando oiga en el momento de la resurrección la voz de Jesús felicitándolo así: “Antipas, mi testigo fiel”.

La reprensión. Aunque Antipas era digno de encomio, otros cristianos de Pérgamo no lo eran. Algunos de ellos habían aceptado “la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balaq a poner tropiezos a los hijos de Israel para que comieran carne inmolada a los ídolos y fornicaran”. Y Jesús añadió: “También mantienes algunos que sostienen la doctrina de los nicolaítas”.

Pocas páginas atrás leímos que la congregación de Éfeso rechazó a los nicolaítas; de manera que Pérgamo, en conjunto, no estaba portándose tan bien como Éfeso. Al hablar acerca de Éfeso, nos enteramos de que los nicolaítas enseñaban que la fe en Cristo los liberaba de la observancia del Mandamiento relativo al adulterio, y hasta cierto punto también del que tiene que ver con la idolatría. Parece que las enseñanzas de Balaam eran parecidas.

“Balaam” aparece aquí como metáfora. El Balaam de la historia fue un notable profeta del Antiguo Testamento. (Véase Números 25:1 al 9 y 31:16.) Después de servir a Dios por muchos años, Balaam aceptó la oferta de soborno por parte de Balaq, rey de los moabitas, que deseaba maldecir a los israelitas para que estos no pudieran derrotar a los moabitas en el momento de la batalla.

Dios hizo un milagro para impedir que Balaam maldijera a Israel; pero estaba tan decidido a obtener el soborno ofrecido, que aconsejó al rey Balaq que invitara a los israelitas a una fiesta pagana, con abundancia de mujeres y vino. Es claro que Balaam llegó a la conclusión de que si podía conseguir que los israelitas cometieran graves pecados, Dios mismo los iba a maldecir.

El rey Balaq siguió el insidioso consejo de Balaam, y muchos israelitas sucumbieron ante la tentación. Dios, por supuesto, no maldijo a Israel, pero ordenó que los dirigentes israelitas que habían colaborado con Balaam fueran ahorcados. Miles de israelitas que participaron en esa fiesta cayeron víctimas de la enfermedad.

En Apocalipsis 2:16, Jesús anhelaba que el dirigente (el “ángel”) de la congregación de Pérgamo persuadiera a los miembros del partido de Balaam a “arrepentirse” y cambiar de conducta. De lo contrario, dijo Jesús solemnemente: “Iré pronto donde ti y lucharé contra esos con la espada de mi boca”.

La situación de Pérgamo, probablemente, era más complicada de lo que parece. Podemos aprender algo más acerca de ello al considerar una situación similar que debió enfrentar el apóstol Pablo en la iglesia de Corinto.

Los banquetes populares patrocinados por los clubes sociales y los gremios de la época se celebraban frecuentemente en Corinto (y también en Pérgamo) en los templos paganos. Los templos eran atractivos y amplios, disponían de equipo de cocina y eran adecuados para albergar multitudes bastante numerosas. Algunos de los cristianos de Corinto insistían en que un ídolo realmente no es nada, y que Cristo murió para hacernos libres. Se convencían a sí mismos de que si querían asistir a un banquete en un templo no sufrirían ningún daño, si lo hacían. Sabían que su ejemplo podría inducir a algunos cristianos débiles a caer nuevamente en un paganismo total; pero si eso ocurría –razonaban ellos– sería por su propia culpa, y nada más. (Véase 1 Corintios 8:4 al 13.)

Al replicarles, Pablo estuvo de acuerdo con ellos en que los ídolos no tienen existencia personal. Pero, les dijo, los demonios sí la tienen. El participar de una fiesta pagana, señaló, era como participar de la cena del demonio, en lugar de compartir la Cena del Señor. ¿Y qué decir de su libertad en Cristo? Inducir a un cristiano débil a pecar es lo mismo que destruir a alguien por quien Cristo murió. (Véase 1 Corintios 10:14 al 33 y 8:9 al 13.)

Es evidente que lo que preocupaba a Jesús acerca de la iglesia de Pérgamo era esa misma pervertida clase de cristianismo que pretende que en Cristo somos dueños de hacer lo que nos dé la gana, aunque lo que hagamos esté en contra de los Mandamientos, y que la mala influencia de nuestra conducta sobre los demás es problema de ellos, no nuestro.

Pero hoy, tal como en Pérgamo, todavía hay cristianos que se apartan de los lugares dudosos de entretenimiento para no correr el riesgo de ejercer una mala nfluencia sobre cristianos débiles, que podrían caer esclavizados por los malos hábitos. Hay hermanos y hermanas mayores que eligen cuidadosamente sus lecturas y sus programas de televisión, con el fin de evitar ejercer influencia sobre sus hermanos y hermanas menores, de modo que no lean ni vean algo que les podría hacer daño. Esos cristianos no son “nicolaitas”.

La recompensa. “Al vencedor le daré maná escondido; le daré también una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe” (Apoc. 2:17).

En muchas culturas no occidentales, se elige el nombre de una persona para que concuerde con su carácter, su personalidad o algún acontecimiento de su vida. A veces, el nombre se modificaba después de algunos años, como resultado del cambio de carácter o de actividad de la persona.

En las Escrituras, se nos dice que Jesús cambió el nombre de Simón al de Simón Pedro (piedra), para dar a entender que su personalidad era semejante a una piedra. (Véase Marcos 3:16 y Mateo 16:18.)

El nombre de Cristo, Jesús, significa “Alguien que salva”. (Véase Mateo 1:21.)

En el Antiguo Testamento, Jacob significaba “suplantador”; en un sentido negativo, pues se refería a alguien que ocupaba el lugar de otro mediante un fraude. Jacob era ciertamente un “tramposo”. Pero cambió. Después de triunfar en su lucha con el Ángel de Dios en Peniel, su nombre fue cambiado y pasó a ser “Israel”. “En adelante no te llamarás Jacob, sino Israel”, le dijo el ángel; “porque has sido fuerte contra Dios, y a los hombres los podrás” (Gén. 32:29). Puesto que había dejado de ser tramposo, no se conocería más a Jacob por ese nombre, sino como vencedor, porque precisamente eso era lo que había llegado a ser. Ahora era Israel: Vencedor.

¿No somos todos nosotros en mayor o en menor medida “tramposos”? Como los balaamitas y los nicolaítas, nos esmeramos en encontrar razones plausibles para justificar nuestra mala conducta. Pero si nos aferramos de Dios por la fe, gracias al estudio de las Escrituras y la oración, también podremos cambiar hasta convertirnos en vencedores, en Israel. Entonces Dios también nos da a nosotros un nombre nuevo.

Nos ha prometido, asimismo, darnos del “maná escondido”. En el Antiguo Testamento se nos cuenta que un alimento misterioso, pero nutritivo, llamado maná, aparecía sobre la arena del desierto cada mañana mientras los israelitas viajaban de Egipto a la Tierra Prometida. En Juan 6:31 al 35, Jesús dijo a sus seguidores que, en un sentido espiritual, él era el Maná, el verdadero Pan del cielo. Si nosotros, a diferencia de los nicolaítas y los balaamitas, rehusáramos participar de actividades y entretenimientos dudosos, descubriremos que dispondremos de tiempo suficiente para “juntar maná” cada día; es decir, “alimentarnos” de Cristo mediante el estudio de su Palabra.

4. Tiatira, 1a iglesia que toleró a Jezabel. Apocalipsis 2:18-29.

El escenario. La ciudad de Tiatira no era un puerto como Éfeso y Esmirna. Ubicada sobre una suave colina, no estaba defendida por los acantilados de las montañas, como Pérgamo. Pero su ubicación sobre una carretera principal donde se unían dos valles, le proporcionaba amplias oportunidades de dedicarse al comercio. La raíz de una planta llamada rubia, que crecía en las inmediaciones, proporcionaba a sus artesanos y mercaderes un colorante de un rojo vivo, que se conocía en la antigüedad con el nombre de púrpura. Lidia, la comerciante que aceptó a Cristo en la ciudad de Filipos, vendía telas teñidas de “púrpura”, que provenían de Tiatira. (Véase Hechos 16:11 al 15.)

El encomio. Cristo felicitó a los cristianos de Tiatira por su “conducta” y por su “caridad”, su “fe”, su “espíritu de servicio”, y su “paciencia en el sufrimiento”. Notó, en efecto, que sus buenas obras iban en aumento a medida que transcurría el tiempo. “Tus obras últimas sobrepujan a las primeras” (Apoc. 2:19).

La reprensión. Pero a pesar de sus numerosas obras de caridad y sus encomiables virtudes, los cristianos de Tiatira necesitaban más ayuda del celestial Cuidador de Candeleros que ninguna otra iglesia, con excepción de Laodicea. Mientras los efesios habían rechazado a los nicolaítas y solo algunos de los pergamenses habían aceptado a los balaamitas, la totalidad de la iglesia de Tiatira había tolerado a Jezabel, una mujer que pretendía ser “profetisa” y que enseñaba a los miembros de la iglesia “que forniquen y coman carne inmolada a los ídolos” (vers. 20).

Como Balaam, la verdadera Jezabel fue una persona infame de la época del Antiguo Testamento. Se casó con el rey Ajab y de ese modo llegó a ser reina de Israel, es decir, de la nación israelita ubicada en esos días en el norte del territorio. Hija del pagano rey de Tiro, Jezabel trajo consigo sacerdotes paganos a Israelm y pronto convirtió a la mayoría de los israelitas al inmoral culto de Baal. Muchos israelitas que no quisieron abandonar su fe en Dios sufrieron martirio. (Véase 1 Reyes 16 a 21.)

Reconocemos que el problema que tenía Tiatira con Jezabel –inmoralidad y participación de la carne sacrificada a los ídolos– era la misma transigencia con la cultura pagana que promovían los nicolaítas y los balaamitas. El grado de transigencia, en cambio, era devastadoramente peor. La rebelión de Jezabel había llegado a la madurez. A pesar de que se le concedió tiempo para que se arrepintiera, había rechazado con tozudez efectuar cualquier cambio.

Como resultado de ello, debía sufrir los efectos de una grave enfermedad, presumiblemente producto de sus propios excesos. “Mira, a ella voy a arrojarla en el lecho del dolor”. Y a menos que se arrepintieran, sus seguidores tendrían que pasar por “una gran tribulación” (vers. 22).

En los días de la Jezabel del Antiguo Testamento, siete mil israelitas rehusaron valerosamente transigir con la cultura pagana de sus días. (Véase 1 Reyes 19:18.) Nos alegramos al enterarnos de que en Tiatira también había un grupo que no compartía “esa doctrina [de Jezabel]”; que no conocía “ ‘los secretos de Satanás’, como ellos dicen”. Cristo los animó, diciéndoles: “Solo que mantengáis firmemente hasta mi vuelta lo que ya tenéis” (vers. 25, 26).

El juicio previo al advenimiento de Jesús. Inmediatamente después de sus palabras acerca del castigo, Jesús dijo: “Así sabrán todas las iglesias que yo soy el que sondea los riñones y los corazones, y el que os dará a cada uno según vuestras obras” (vers. 23).

En el Antiguo Testamento, ni siquiera el profeta Elias estaba al tanto de que esos siete mil fieles creyentes que mencionamos hace un momento se estaban manteniendo firmes; creía que él era el único que lo estaba haciendo. Pero Dios conocía a cada uno de los siete mil. El Señor está observando constantemente nuestra conducta. Sus ojos, amigables y amantes, se fijan en cada persona que le es fiel.

Cuando Jesús dijo que “todas las iglesias” sabrían que él “sondea los ríñones y los corazones”, y que un día “dará a cada uno según” sus “obras”, estaba hablando del Juicio. Estaba hablando acerca de su función personal como Juez de todos los cristianos y de todas las iglesias cristianas.

Un malentendido acerca de las palabras de Cristo que encontramos en Juan 5:24, desgraciadamente, ha dado la impresión de que los verdaderos cristianos pueden olvidarse de que el Juicio final se aplica a ellos. “El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio”, dice Jesús en Juan 5:24, de acuerdo con la Biblia de Jerusalén. Las demás versiones castellanas que hemos consultado, con ligeras variantes, dan una idea semejante.

Pero en 2 Corintios 5:10 leemos que “es necesario que todos seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal”. Y la declaración de Cristo que encontramos en Apocalipsis 2:23 no deja lugar a dudas: “Así sabrán todas las iglesias que yo soy el que sondea los ríñones y los corazones, y el que os dará a cada uno según sus obras”.

En lugar de decir que los verdaderos cristianos no pasarán por el Juicio, la versión Reina-Valera traduce correctamente Juan 5:24, al verter que no vendrán “a condenación”, traducción que concuerda ciento por ciento con el original griego. Sencillamente, entonces, este es el verdadero significado del pasaje, en una traducción que concuerda con el resto de las Escrituras y con las palabras de Cristo a la iglesia de Tiatira.

En el tomo 1, páginas 231 y 232, analizamos la primera etapa del Juicio final de Dios. Se la llama, a veces, “el juicio investigador”; y puesto que ocurre inmediatamente antes de la segunda venida de Cristo, es conocida también como “juicio previo al advenimiento”. Descubrimos que tiene que ver con todos los miembros del pueblo de “Israel”, es decir, con todas las personas que en algún momento profesaron fe en el verdadero Dios. Uno de los propósitos de la primera etapa del Juicio consiste en revelar quiénes han permanecido fieles a su primera profesión de fe y quiénes no lo han hecho. Otro de sus propósitos es vindicar a los fieles creyentes que han sido tratados rudamente por creyentes infieles. Tendremos algo más que decir acerca de este Juicio en las dos páginas que siguen, y también cuando estudiemos Apocalipsis 14.

La recompensa. A todos los que rehúsen a toda costa transigir con la cultura mundana, Jesús les promete un poder, una amistad y una gloria que sobrepuja todo lo mundano. “Al vencedor, al que guarde mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones: las regirá con cetro de hierro [...] Yo también lo he recibido [poder] de mi Padre. Le daré además el Lucero del alba”.

En la antigüedad, un “cetro (vara) de hierro” era una especie de bastón de metal que usaban los pastores. (Véase Salmo 23:4.) Su propósito no era agresivo sino, más bien, para defender al rebaño. La destrucción de los malhechores salvaguardará eternamente a los inocentes. Las burlas, las amenazas y las obscenidades no los volverán a atormentar.

“El Lucero del alba” que Jesús promete dar es él mismo. (Véase Apocalipsis 22:16.) Aunque es Rey de reyes y Señor de señores (Apoc. 19:16), se nos ofrece como nuestro real Amigo, e incluso como nuestro divino Siervo. (Véase Lucas 12:37; 22:27.) ¡Qué maravilloso! ¡Cuán persuasivamente nos induce a resistir la cruda presión y la pérdida de los amigos comunes, cuando nos vemos comprometidos a transigir!

5. Sardis, la iglesia estancada. Apocalipsis 3:1-6.

El escenario. Sardis se consideraba inexpugnable. En cierto modo como Pérgamo, se hallaba ubicada en las alturas, en la saliente de una montaña. La parte más importante de la ciudad se hallaba colgada, por así decirlo, a unos trescientos metros sobre el nivel del mar, sobre el valle, en la cumbre de unos riscos casi perpendiculares. En la antigüedad, el famoso rey Creso, monarca proverbialmente rico, eligió a Sardis como su capital, y llegó a la conclusión de que sus enormes tesoros se encontrarían seguros allí. Las primeras monedas se acuñaron en Sardis.

Ningún ejército podía escalar los protectores precipicios de la ciudad. Pero Ciro el Grande, en el año 547 a.C., tomó Sardis y quitó sus tesoros a Creso; Antíoco el Grande volvió a tomar la ciudad en el año 218 a.C. En ambos casos, un osado voluntario escaló los riscos semejantes a muros, y abrió las puertas de la ciudad por dentro, mientras la población, sintiéndose segura, dormía profundamente.

La reprensión. Los cristianos de Sardis en los días de Juan se sentían lo suficientemente seguros como para irse tranquilamente a dormir. “Si no estás en vela [si no despiertas]”, les dice Jesús, “vendré como ladrón”. “Tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto”.

Todos alguna vez nos hemos sentido desilusionados cuando algo de lo que dependíamos resultó ya no ser lo que era antes. Un restaurante, tal vez, o una tienda, una marca de herramientas, un equipo de fútbol, un maestro popular; al recurrir a ellos después de algunos años, descubrimos que no continuaron avanzando como lo esperábamos. Se durmieron en los laureles, y ya no son lo que eran. Nos gustaría que fueran tan buenos como los recordamos.

La congregación de Sardis también se había dormido en sus laureles. Sus miembros habían sido famosos por su espiritualidad. Los evangelistas que los llevaron a Cristo les habían predicado excelentes sermones. Había llegado el tiempo en que la iglesia debía volver a ser lo que había sido. “Tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto”. “Acuérdate [...] de cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete”. “Ponte en vela [despiértate], reanima lo que te queda”.

La condición de Sardis era grave, pero no desesperada. El interés de Cristo por todos, entonces como ahora, era tan cálido y atento como si cada individuo fuera la única persona por la cual él hubiera dado su vida. Por eso, incluso en esa satisfecha y “humeante” congregación, Jesús encontró “unos pocos que no han manchado sus vestidos”.

La recompensa. En efecto, no era demasiado tarde para los miembros de esa iglesia. “El vencedor”, dice Jesús, para animar a todos los miembros, “será así vestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus ángeles”.

“El vencedor”, en el contexto de la carta dirigida a Sardis, significa: “Cualquiera que se da cuenta de que está durmiendo y se despierta”. En otras palabras, Jesús les dice: “Si quieren despertarse y recuperar la vitalidad religiosa que una vez tuvieron, no borraré su nombre del libro de la vida y confesaré su nombre delante de mi Padre y de los ángeles”.

Cuando Jesús dice que si alguien despierta no borrará su nombre sino que, por el contrario, lo confesará delante de Dios y de los ángeles, pone en evidencia que si un cristiano de Sardis no se despierta, tendrá entonces que borrar su nombre. Y cuando Jesús se refiere al libro de la vida y a confesar nombres delante de Dios y de los ángeles, nos damos cuenta de que está hablando del mismo Juicio investigador previo al advenimiento que mencionamos algunas páginas atrás en relación con la iglesia de Tiatira. Es el Juicio mencionado en Daniel 7: “Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó [...]. El juicio abrió sesión, y se abrieron los libros” (Dan. 7:9, 10).

Aquí encontramos una evidencia adicional de que todos los cristianos, como asimismo la demás gente, están igualmente sujetos al Juicio final.

Tenemos razones para creer que, en el Juicio, los cristianos nicolaitas y balaamitas no recibirán la vida eterna. Tampoco los jezabelitas. Y tampoco los cristianos dormidos.

Jesús murió con el propósito de que fuera posible que cada uno de nosotros viviera eternamente. No estaba bromeando entonces ni lo está ahora, tampoco. Nos trata seria y honestamente, y tiene derecho a esperar que nosotros seamos serios y honestos con él también.

6. Filadelfia, la iglesia de la puerta abierta. Apocalipsis 3:7-13.

El escenario. No muchos kilómetros al sudeste de Sardis se hallaba Filadelfia, que como Tiatira estaba edificada sobre una amplia colina ubicada entre dos fértiles valles. Uno de esos valles ofrecía una salida natural: una “puerta abierta” a través de las montañas, en dirección al este, que contribuía considerablemente al éxito comercial y la influencia cultural de Filadelfia. Tal como las otras ciudades de nuestra lista, Filadelfia era ocasionalmente sacudida por terremotos. Aparentemente, los habitantes de Filadelfia se pusieron especialmente nerviosos después de uno de esos terremotos, pues se fueron a vivir en chozas en los campos circunvecinos durante el largo período en que siguieron las secuelas de ese fenómeno.47

Filadelfia significa “amor fraternal”. El rey Atalo II de Pérgamo dio a la ciudad este hermoso nombre en memoria de su hermano mayor, el rey Eumenes II. Con el nombre turco de Alasehir, es decir, “ciudad roja”, existe en el mismo lugar actualmente una relativamente próspera ciudad de unos veinte mil habitantes.

El encomio. Jesús felicitó a los cristianos de Filadelfia y resolvió pasar por alto sus defectos. Tal como en el caso de los cristianos de Esmirna, no les envió ningún reproche. En lugar de ello, se refirió al hecho de que tenían “poco poder”, con lo que los excusa, en lugar de acusarlos. Inmediatamente antes de ir a la Cruz, Cristo declaró que todos nosotros carecemos de poder. “Separados de mí”, dijo en esa ocasión, “no podéis hacer nada” (Juan 15:5). “Has guardado mi palabra”, dijo con aprecio a los cristianos de Filadelfia, “y no has renegado de mi nombre”.

La recompensa. Jesús derramó promesas sobre los cristianos de Filadelfia. La “Sinagoga de Satanás”, dijo, tendría que inclinarse a sus pies y enterarse de que Cristo los amaba. Al hablar de la sinagoga de Satanás, probablemente se refería a judíos renegados o, más seguramente, a ciertas personas que pretendían ser cristianas, sin serlo. Prometió que los filadelfos que vencieran se convertirían en columnas en el Templo de Dios, y nunca más necesitarían salir de allí. La estabilidad y la seguridad de la vida eterna con Dios contrasta aquí con la nerviosidad de la gente de Filadelfia después del terremoto.

Jesús también prometió que los vencedores recibirían “el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios [...] y mi nombre nuevo”. Ya nos enteramos del significado del nombre de una persona como manifestación de su carácter. (Véanse las páginas 105 a 107.) Cuando Jesús promete que nos va a dar el nombre de Dios, quiere decir que si cooperamos con él va a ayudarnos a desarrollar caracteres de calidad superior, semejantes al suyo. ¡Qué promesa extraordinaria!

Su promesa de que nos dará “el nombre de la ciudad de mi Dios” significa que llegaremos a ser ciudadanos de la Nueva Jerusalén, la capital del Reino universal de Dios. (Véase Hebreos 11:14 a 16 y Filipenses 3:20.) Nos recuerda la promesa de Daniel 7:27: “Y el reino y el imperio y la grandeza de los reinos bajo los cielos, todos serán dados al pueblo de los santos del Altísimo”.

Protección en medio de la tribulación. ¡Qué consolador resulta leer que Cristo prometió a los cristianos de Filadelfia que los guardaría “de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra”!

Se refiere a la tribulación mencionada en Daniel 12:1: “Un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones”. De esta tribulación, Daniel 12:1 dice: “Se salvará tu pueblo”. Del mismo modo, en Apocalipsis 3:10 Jesús promete guardar a Filadelfia “de la hora de la prueba”.

La suprema hora de prueba final ocurrirá en ocasión del fin del mundo, cuando Miguel se levante, o “surja” (Dan. 12:1), después de que los libros hayan sido examinados en el juicio previo al advenimiento (Dan. 7:9-14) y justamente antes de la resurrección (Dan. 12:2), cuando se produzca la Segunda Venida.

Ahora bien, Esmirna debió enfrentar una tribulación de diez días, que hizo necesario mantenerse “fiel hasta la muerte”. Iba a ser una tribulación producida por la persecución que se lanzaría contra los verdaderos cristianos, en que algunos fieles creyentes serían entregados a la muerte. A Tiatira también se le advirtió que tendría una tribulación, pero se le aclaró que sería un castigo que sufrirían los malvados seguidores de Jezabel. (Véase el diagrama de la página 34.)

De manera que las cartas a las siete iglesias nos hablan de tres diferentes períodos de tribulación: 1) la persecución de Esmirna, por la cual algunos santos morirían; 2) el castigo a Tiatira, en que los seguidores de Jezabel tendrían que sufrir; y 3) la hora de prueba final, en que todo el mundo será sometido a prueba, pero de la cual el pueblo de Dios será liberado. (Véanse las páginas 31 a 35). Debemos recordar estas distintas tribulaciones cuando nos preguntemos (en las páginas 122 a 135) si las siete iglesias simbolizan siete períodos de la historia de la iglesia.

Antes de hacerlo, sin embargo, preguntémonos qué tenemos que hacer para ser preservados de la tribulación venidera. Estamos interesados en ello; y recordemos que las promesas son para todo “el que tenga oídos”, es decir, para todos los que estén dispuestos a escuchar.

Jesús afirma: “Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente en el sufrimiento, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir”. En griego, el idioma en que se escribió el Apocalipsis, la palabra traducida “recomendación” es lógon, “palabra”, que también se puede traducir por “mensaje”, “instrucción” u “orden”. Una versión moderna de las Escrituras dice: “Puesto que has guardado mi orden de soportar pacientemente, yo también te guardaré” (Nueva Versión Internacional, en inglés). Los puntos a destacar son: a) que Cristo nos amonesta a soportar pacientemente las dificultades de la vida diaria; y b) que nos promete que si nos aferramos a él ahora, venciendo con su ayuda las tentaciones de cada día, ciertamente nos sostendrá cuando sobrevenga la gran crisis final.

Comenzamos nuestro estudio acerca de Filadelfia calificándola como la iglesia que tiene una “puerta abierta”. Cristo se le presenta como “el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir”. La imagen proviene de Isaías 22:22, donde, con referencia a un asunto muy local, se usan estas palabras con respecto a Elyakim, un funcionario del Gobierno, que se desempeñó solo por corto tiempo. En contraste con esto, Jesús conserva las llaves eternamente, puesto que está respaldado por una autoridad trascendente. Jesús añadió, en Apocalipsis 3:8: “He abierto ante ti [los cristianos de Filadelfia] una puerta que nadie puede cerrar”. Vamos a estudiar con más detalle este asunto en las páginas 133 a 139.

7. Laodicea, la iglesia tibia. Apocalipsis 3:14-22.

El escenario. Laodicea, la séptima y última ciudad de la lista de cartas de Cristo, era el paraíso de los hombres de negocios. Era enormemente rica, y se enorgullecía de ello. Cuando un terremoto la arrasó en el año 60 d.C., Laodicea, a diferencia de otras ciudades, no solicitó ayuda de Roma; por el contrario, la ciudad fue reconstruida con sus propios recursos.

Mucha de la riqueza de Laodicea provenía de sus actividades comerciales y bancarias. En forma significativa, una lana negra suave y sedosa, y de muy alto precio, se vendía allí y se la usaba como materia prima para fabricar vestimenta fina y alfombras. La ciudad, también, era famosa por su facultad de Medicina y por un colirio fabricado sobre la base de ingredientes producidos localmente. También era un lugar de veraneo y descanso. Aguas termales surgían de unas colinas ubicadas a pocos kilómetros hacia el sur. Cuando esas aguas llegaban a la ciudad por medio de un acueducto estaban tibias, por lo que resultaban desagradables para beber, pero eran muy buenas para bañarse en ellas.

La reprensión. Aparentemente, los cristianos de Laodicea compartían la autosuficiencia de la ciudad, pero sin justificación alguna. Jesús les envía una reprimenda particularmente dura, y ningún encomio. “Dices: ‘Soy rico; me he enriquecido; nada me falta’ “, les dice Jesús. “Y no te das cuenta que tú eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo”. Y añade: “No eres ni frío ni caliente [...] eres tibio”.

La manera en que Jesús se presentó a los cristianos de Laodicea era especialmente apropiada. Dijo de sí mismo: “El Testigo fiel y veraz”. Eligió este título porque se dirigía a gente autoengañada. Deseaba que tuvieran confianza en su desagradable diagnóstico.

También se presentó como el “Amén”, una palabra hebrea que significa: “En verdad”. Era otra manera de recordar a los mistificados laodicenses que él era capaz de sacarlos de su engaño.

Pero cuando se refirió a sí mismo diciendo “El Principio de las criaturas (de la creación, RVR) de Dios”, tenía en mente algo completamente distinto. La idea implícita era que si admitían la verdad de lo que les estaba diciendo, él podría convertirlos completamente. ¡Podía regenerarlos! (Para un análisis más amplio de “el Principio de las criaturas de Dios”, véase “Respuestas a sus preguntas”, páginas 144 a 146.)

Jesús formuló, además, la receta para sus males en términos que los laodicenses podían entender rápidamente. Se presentó como un mercader celestial que ofrecía exactamente los productos que ellos necesitaban tan desesperadamente, pero que suponían no necesitar. “Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y colirio para que te des en los ojos y recobres la vista”.

Para gente que se creía rica, se presentó como la Fuente de las verdaderas riquezas. Para gente que creía tener el remedio para todas las enfermedades de la vista, ofreció el único colirio eficaz. Para gente que creía que producía algunas de las prendas de vestir de mejor calidad del mundo, ofreció las ropas blancas –no negras ni púrpura– de su propia justicia.

Los “vestidos blancos” aparecen en Apocalipsis 19:7 y 8, donde leemos acerca de “lino deslumbrante de blancura”, el atuendo de la novia del Cordero, que se define como “las buenas acciones de los santos”. ¿De dónde proceden sus buenas acciones? De Cristo, porque “Yahvéh, [es] justicia nuestra” (Jer. 23:6). Únicamente si Cristo expía nuestros pecados, cambia nuestros motivos, nos anima y nos ayuda, podremos ser buenos o hacer algo bueno.

En cuanto al colirio, ¿no es, acaso, el Espíritu Santo quien acicatea nuestra conciencia cuando obramos mal y nos ayuda a ver nuestras faltas? (Véase Juan 16:8 al 10.) Podemos considerar, entonces, al colirio como símbolo del Espíritu Santo.

Las cosas más valiosas de la vida son la fe y el amor. Podemos decir que son “oro”. Pero ¿acaso se vende la gracia de Dios? ¿Se pueden “comprar” la fe, el amor, la justicia y el Espíritu Santo?

“¡Oh, todos los sedientos”, dice Dios en Isaías 55:1, “id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata y sin pagar, vino y leche!” Pero en Lucas 14:33 Jesús dice: “Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

Los mayores dones de Cristo son gratuitos, pero nos cuestan todo lo que tenemos y somos. No se los puede adquirir con dinero, ni cheques ni tarjetas de crédito; solamente con la entrega total de nuestros corazones.

La recompensa. Aun las recompensas prometidas a Laodicea implican una reprensión. “Estoy a la puerta y llamo”, dice Jesús, dando a entender que no está morando ahora en el corazón de los laodicenses. Pero “si alguno [...] abre la puerta, entraré en su casa”.

Los espléndidos vestidos, el oro y el colirio que ofrece Jesús son gratuitos, pero no llegan por correo. Los entrega el Señor personalmente; y no nos obliga a aceptarlos. Tampoco va a entrar para ponerlos en casa mientras dormimos. Tenemos que despertarnos y ponernos en pie. Tenemos que reconocer que realmente no tenemos nada que ponernos. Tenemos que decidirnos a abrir la puerta, aceptar su vestido blanco e invitarlo a entrar.

Es bueno querer ser cristiano, pero evidentemente, esto no basta; mucha gente se va a perder con la esperanza y el deseo de salvarse. Tenemos que decidir ser cristianos. Tenemos que decidir vivir la fe cuando nos sentimos inclinados a quejarnos; a vivir el amor cuando nos sentimos inclinados a rumiar amarguras; a hacer el bien cuando nos sentimos inclinados a hacer nada o a ser mezquinos. Y debemos decidir hacerlo de la única forma posible: por medio de una relación vital y personal con Jesucristo. Tenemos que abrir la puerta y dejarlo entrar. Si queremos que nuestra familia sea cristiana, tenemos que hacer el esfuerzo de permitir que Cristo entre en nuestro hogar.

Los laodicenses eran “tibios” como el agua de su acueducto. Ni muy malos ni muy buenos. No eran hostiles a Cristo, pero tampoco eran dedicados. No totalmente mezquinos, pero no entusiastamente generosos. No se oponían a ayudar a la gente, pero no hacían mucho por ella, tampoco.

Ni fríos ni calientes. “¡Ojalá fueras frío o caliente!”, suspiró Jesús. Entendemos por qué anhela que seamos calientes: porque entonces estaríamos ansiosos de hacer el bien, llenos del primer amor, de alabanza y de gozo. Pero ¿por qué podría querer que seamos fríos? Porque entonces nos sentiríamos lo suficientemente incómodos como para darnos cuenta de que algo anda muy mal.

“Puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”.

Palabras duras. Pero no definitivas. “A los que amo, reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete”. Cristo nos reprende para que mejoremos. “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono”.

El laodiceanismo es la peor de las enfermedades mortales que afligen a las iglesias: la tibieza, la insipidez... Pero aun estas pueden ser vencidas. Si permitimos que Cristo tome plena posesión de nuestras vidas ahora, nos va a hacer participar de su vida por la eternidad. Aun puede hacer resplandecer “como las estrellas, por toda la eternidad” (Dan. 12:3) a la humeante Laodicea.

II. Estímulo para el desarrollo personal

No todos los matrimonios son iguales. Uno de los matrimonios de más corta duración que conocí terminó cuando una ambulancia y un patrullero llegaron a la fiesta de bodas. La ambulancia llevó a la novia y a su séquito al hospital... y el patrullero se llevó al novio y a sus acompañantes a la cárcel.

No todos los matrimonios duran tan poco. Aun en los Estados Unidos, país tan inclinado al divorcio, más de la mitad de los matrimonios sigue durando “hasta que la muerte los separe”. Pero no todos los matrimonios que duran toda la vida son felices. Algunos, en realidad, persisten a pesar de todo. Cierta vez preguntaron a una esposa combativa si alguna vez había pensado en poner fin a su matrimonio. Respondió así: “¿Por medio del divorcio? ¡Jamás! ¡Pero todos los días tengo ganas de matarlo!”48

Con tantos matrimonios que duran tanto tiempo, es una pena que muchos de ellos solo perduran; no son verdaderamente felices.

El casamiento y el divorcio son cosas que ocurren a la gente. Las personas casadas verdaderamente felices revelan ciertas características personales que constituyen lo que podríamos llamar “madurez”. En palabras de un libro de texto de vasta circulación, los matrimonios felices están formados por gente que tiende a ser “emocionalmente estable, considerada con los demás, dispuesta a ceder, amigable, con confianza propia y emocionalmente dependientes”.49

Las Sagradas Escrituras nos presentan a Jesucristo como Alguien que poseía características humanas ideales. ¡Qué maravilloso marido habría sido Jesús! Viril, valeroso y con confianza en sí mismo. Era lo suficientemente considerado y amigable como para que los niños gustaran de él, para perdonar a sus enemigos personales, para atraer multitudes de desvalidos, y para usar su vasta sabiduría con el fin de relatar historias que hasta los incultos podrían entender. Era lo suficientemente íntegro como para vivir los elevados principios que enseñaba y practicar lo que predicaba. Y enfrentó valerosamente a las clases dirigentes de sus días, para desalojar de los atrios del Templo, sin ayuda de nadie, a una multitud de estafadores que gozaban de protección oficial.

La mayoría de nosotros admiramos a Jesús y nos gustaría ser como él... si no fuera tan difícil serlo. En el momento de la tentación, a menudo nos olvidamos de nuestras buenas resoluciones. Como medio de ayudarnos a ser mejores y a madurar, las cartas de Cristo a las siete iglesias pueden ser consideradas una serie de incentivos que nos animan.

En las siete cartas, Jesús expresa aprecio por las buenas cualidades de sus seguidores, las características que se asemejan a las suyas. En el seno de nuestras familias deberíamos expresar aprecio por las buenas cualidades que vemos en los demás. Jesús se refiere con gratitud a las “fatigas” (trabajo duro), la “paciencia”, la “fe” (o fidelidad), el “servicio” (la dedicación a los demás) y el “amor”.

Promesas animadoras. También podemos encontrar motivos de ánimo en las extraordinarias promesas que ofrece a los que vencen, o conquistan, las tentaciones particulares de su época y su localidad. Las tentaciones mencionadas en las siete cartas todavía se nos presentan a nosotros, aunque en formas diferentes. Por ejemplo, en tres de las iglesias, Éfeso, Pérgamo y Tiatira, la gran tentación consistía en transigir con ciertos aspectos de la civilización de la época, que realmente eran incompatibles con el cristianismo pero mucha gente no creía que lo fuera.

Los cristianos jóvenes, los nuevos conversos y las columnas de la iglesia que se habían cansado un poco, eran presa fácil para ciertos amigos que señalaban lo deseable o lo agradable en aquello que las Escrituras prohiben. Resultaba especialmente difícil para esos cristianos jóvenes, débiles o cansados, cuando quienes presentaban esas insinuaciones eran hermanos en la fe: nicolaítas, balaamitas o jezabelitas.

Es difícil para los cristianos de la actualidad resistir a los amigos que tratan de persuadirlos de que este o aquel aspecto pecaminoso de la cultura moderna no son tan malos, después de todo. El historiador William Warren Sweet señaló hace algunos años el hecho de que cuando los Estados Unidos se dividieron a causa de la cuestión de la esclavitud, las iglesias cristianas estadounidenses experimentaron la misma división. Cuando comenzó la guerra civil, los cristianos de esa nación se vistieron con los uniformes azules o grises, y empezaron a matarse los unos a los otros. Cuando los Estados Unidos se volvieron aislacionistas en la década iniciada en 1920 –es decir, se dedicaron casi exclusivamente a asuntos de política interna, y a despreocuparse del mundo exterior– decayó bastante el apoyo de los cristianos de ese país a las misiones de ultramar.50 Cuando en la década de 1840 millones de cristianos de los Estados Unidos defendían ardientemente la esclavitud, y cuando en la década de 1920 renegaron de sus compromisos con las misiones extranjeras y gastaron su dinero en la construcción de imponentes templos en el país, se convencieron a sí mismos de que estaban haciendo la voluntad de Dios. Pero en realidad, en cada caso, estaban siguiendo la tendencia popular del momento. Tal como los nicolaítas y los balaamitas, estaban sucumbiendo con todo entusiasmo a la tentación, en lugar de resistir las tendencias de la sociedad contemporánea y buscar verdaderamente la voluntad de Dios.

Los cristianos evangélicos de los Estados Unidos se han regocijado cuando los estudiantes manifestaron un interés creciente en la religión, como ocurrió a mediados de la década de 1920, a principios de la de 1950 y hacia fines de la de 1960. Dean R. Hoge, sociólogo de una universidad católica, ha estudiado esas tendencias religiosas y ha descubierto que fluctúan hacia arriba y hacia abajo estableciendo un notable paralelismo con el interés de los estudiantes en otros asuntos, como, por ejemplo, el “miedo al comunismo” y la “conformidad con las normas sociales del colegio o la universidad”. Como la mayoría de los adultos, muchos estudiantes son buenos o malos, mayormente, por lo que son sus semejantes.51

Si todo esto no es sorprendente, aquí hay algo que podría serlo. Eunice Kennedy Shriver, vicepresidente ejecutiva de la Fundación Joseph P. Kennedy, de los Estados Unidos, institución que se preocupa particularmente de las adolescentes embarazadas, dijo cierta vez que “nuestros jóvenes necesitan apoyo y tienen un sentido de los valores”. (Sus conclusiones se asemejan a las de muchos visitadores sociales que conozco que trabajan en favor de los jóvenes.) Se quejó de que “la sociedad misma podría estar fomentando las relaciones sexuales entre adolescentes, para después condenar con hipocresía sus resultados”. Sobre la base de sus 25 años de experiencia con chicas adolescentes, dice que “están más dispuestas a recibir normas de conducta que anticonceptivos”. Para ilustrar su argumento, relata que asistió a cierta clase formada por adolescentes, y observó las reacciones mientras la maestra sugería una serie de asuntos de este tipo, ninguno de los cuales atrajo su interés. Pero cuando la maestra preguntó: “¿Les gustaría saber cómo decir ‘No’ al amiguito sin perder su amor?” todas las manos se levantaron.52

El argumento de la Sra. de Shriver es que muchos jóvenes quisieran ser buenos. Muchos de ellos resistirían las presiones si supieran cómo hacerlo y si se les diera el ánimo adecuado para ello. Detrás de esa fachada de rebeldía, muchos jóvenes “tienen un sentido de los valores” y “necesitan apoyo”.

Las promesas de las Escrituras podrían proporcionar ese apoyo, si estuvieran profundamente enraizadas en la vida del joven.

“¿Cómo el joven guardará su camino? Observando tu Palabra [...]. Dentro del corazón he guardado tu promesa, para no pecar contra ti” (Sal. 119:9, 11).

Algunas de las mayores promesas de la Palabra de Dios se nos ofrecen en las cartas a las siete iglesias. “Mantente fiel [a Dios] hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10). “Al vencedor [al que vence la tentación] le daré a comer del árbol de la vida” (Apoc. 2:7). “Al vencedor, al que guarde mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones” (Apoc. 3:5). “Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apoc. 3:20).

Es demasiado tarde para ofrecer por primera vez estas promesas a una pareja de jóvenes que se encuentra en el asiento trasero de un automóvil respirando pesadamente; deberían haberlas conocido antes de concertar esa cita. Los hombres de negocios cristianos deberían conocerlas antes de caer en la tentación de anotar informaciones falsas en su formulario de pago de impuestos, y antes de gastar miles de pesos, o dólares, en una fiesta regada con bebidas alcohólicas; dinero que bien podría haber sido destinado para obras de caridad.

Personalice las promesas. Considere que fueron formuladas para usted. Imagine la alegría de gozar de la presencia de Cristo con nosotros ahora, y de pasar la eternidad con él en lo futuro. En el mejor de los casos, la vida en este mundo es muy corta. Por más malograda que esté, es bastante buena. Me gusta vivir; seguramente a usted también. La resurrección de Cristo lo es todo para nosotros, porque significa que él vive y que nosotros podremos vivir felices para siempre. Si nosotros y los miembros de nuestras familias incorporamos a nuestra conciencia, y hasta a nuestro subconciente, la realidad de la resurrección y de las promesas de vida que se nos brindan en las cartas a las siete iglesias, podremos desarrollar casi una especie de instinto para querer hacer lo recto cuando se nos provoque o se intente seducirnos. El Espíritu Santo nos recordará esas promesas con toda su fuerza cuando necesitemos ayuda. De ese modo, nuestros caracteres crecerán y madurarán.

Advertencias para reflexionar. Junto con las promesas que promueven nuestra madurez personal, las cartas a las siete iglesias nos advierten acerca de nuestra peligrosa tendencia a confiar demasiado en nosotros mismos. Los cristianos de Sardis y Laodicea estaban tan seguros de que su condición era inmejorable, que cayeron en un estado de inercia y somnolencia. Los efesios dejaron su primer amor. Francamente, el exceso de confianza propia es uno de los riesgos inherentes al cristianismo. Sabemos tanto acerca del amor de Dios, de su perdón y su disposición a aceptarnos como somos –y es necesario que sepamos todas estas cosas maravillosas–, que fácilmente nos podemos engañar a nosotros mismos y llegar a pensar que él se conforma con que permanezcamos como estamos.

¿No han pasado alguna vez algunos parientes por su casa de regreso de las vacaciones, con todos los chicos, con ese perro grandote y con una montaña de ropa sucia? ¿No los invitó usted a pasar la noche, y se quedaron una semana? ¿No le vaciaron el refrigerador (heladera)? ¿No le rompieron un colchón? ¿No le mancharon la alfombra?... y por fin se fueron bufando.

Bueno, usted les dio la bienvenida, ¿no es cierto? Usted los aceptó tales como eran. Pero ¿quería usted que continuaran siendo como eran?

Posiblemente, no podamos pagar a Dios por las comidas que nos sirve o por los vestidos blancos y el oro que nos vende. Tampoco le interesa que le paguemos; ni siquiera le interesa que le ofrezcamos pagarle. Pero quiere que nos desarrollemos como hombres y mujeres de carácter, que sirvamos a los demás con inteligencia por su causa, hablándoles acerca de su bondad y dándoles un ejemplo que les pueda servir de inspiración. Desea que nuestra familia sirva de inspiración al barrio entero.

Los miembros de nuestras familias quieren que cada uno de nosotros cambie y “crezca” en una cantidad de cosas, y nosotros lo sabemos.

Llamados al arrepentimiento. Puesto que todavía no hemos alcanzado el ideal, otro tema que se repite vez tras vez en las siete cartas es el llamado al arrepentimiento. Esto significa “cambiar de actitud, de manera de pensar”. Dios quiere que pensemos hoy en forma diferente que ayer, especialmente con respecto a la clase de gente que somos. Quiere que reconozcamos que no amamos como deberíamos hacerlo, que transigimos cuando deberíamos permanecer firmes, que somos testarudos e irritables cuando deberíamos ser comprensivos, y que tenemos una opinión demasiado elevada de nosotros mismos. El arrepentimiento implica reconocer la verdad acerca de nosotros mismos y, en consecuencia, reaccionar en forma adecuada.

Una reacción adecuada sería decidir valerosamente que por la gracia de Dios seremos diferentes. Otra forma adecuada consiste en pedir disculpas a la gente que hemos ofendido.

Cantidad de veces he tenido que pedir disculpas a mi hijo por haberme irritado con él; y a mi esposa también, por no haber sido con ella, precisamente, galante. Me alegro de decirles que estos pedidos de disculpas no han causado daño a nuestras relaciones mutuas. En efecto, ¡parece que han ayudado a mejorarlas!

Pensemos en el caso Watergate. ¿Puede usted recordar el momento en que se dio cuenta por primera vez que el presidente de los Estados Unidos no era, al fin y al cabo, una persona honesta? ¿Recuerda cómo se sintió? ¿Podría usted imaginarse la siguiente escena?:

Locutor: Señoras y señores: ¡el presidente de los Estados Unidos!

El presidente: Conciudadanos: He cometido un error. Cuando lo hice, pensé que estaba obrando bien; pero ahora me doy cuenta de que fue un error. Les pido perdón a todos. Aunque no merezco la confianza de ustedes, les ruego que me ayuden a reparar el daño que hice.

Algunos lo habrían calificado de hipocresía y debilidad. Pero yo creo que la mayoría de los ciudadanos comunes habría dicho: “¡Fue difícil! ¡Me alegro por él!” Creo que su credibilidad habría aumentado, y la confianza en el Gobierno se habría afianzado.

La mayoría de nosotros teme arrepentirse y pedir disculpas, porque creemos que si admitimos haber hecho algo malo la gente va a pensar que realmente lo hicimos. ¿Por qué no tenemos la suficiente sensatez para reconocer que ya lo sabían?

¿Oyó del hombre que por equivocación puso sal en vez ds azúcar a sus frutillas (fresas)? Aborrecía las frutillas con sal, pero antes de permitir que su esposa se diera cuenta de que había cometido una equivocación, siguió comiendo frutillas con sal por más de diez años.

Nuestros errores son tan evidentes que la gente se pregunta por qué nosotros no los vemos.

Eso es lo que Jesús dijo acerca de los laodicenses: eran ciegos, y no se daban cuenta de ello.

Y desnudos, y pobres y tibios.

Para ayudarnos a ser personas con caracteres ricos y atrayentes, hombres y mujeres maduros, esposos y esposas de éxito, Jesucristo nos ofrece todo lo que necesitamos: el oro de la amante fidelidad, la túnica blanca de su bondad, el colirio de la integridad otorgada por el Espíritu, comunión con él, vida después de la muerte y un lugar en su Trono para siempre.

¡Qué incentivos para el desarrollo del carácter!

III. Las siete iglesias como profecía

Isaac Newton53 y una cantidad de otros brillantes expositores de Daniel y el Apocalipsis, han sugerido que las siete iglesias preanunciaban siete etapas de la historia futura de la iglesia. Esta interpretación de las cartas como profecía relativa al futuro se suma a su utilidad como mensajes espirituales dirigidos a las primeras iglesias que los recibieron, y a todas las otras iglesias y a los cristianos de todos los tiempos.

Nos referimos a esta posibilidad en las páginas 92 y 93. A lo que dijimos allí al respecto, añadimos otras consideraciones en Respuestas a sus preguntas, en las páginas 142 y 143. En vista de las persuasivas evidencias que nos conducen en esa dirección, parece que vale la pena que dediquemos algunos momentos a examinar de nuevo las cartas a las siete iglesias, con el propósito de verificar si concuerdan con siete etapas de la experiencia de la iglesia entre la ascensión de Cristo y su segunda venida.

1. Éfeso, 31-100.54

Éfeso recibió una reprensión por haber abandonado su primer amor. Al mismo tiempo, se la felicitó por su perseverancia y sus buenas obras, y en particular por haber sometido a prueba y haber rechazado a los falsos maestros. Su celo disminuyó, pero sus creencias eran brillantes. Todos concordamos en que esta descripción coincide muy aceptablemente con la iglesia del Nuevo Testamento hasta, aproximadamente, el año 100 d.C. La pureza de la iglesia del Nuevo Testamento implica un ideal que numerosos movimientos de reforma han tratado de emular.

2. Esmirna, 100-313.

Nada se dice en las siete cartas acerca de las doctrinas de los cristianos de Esmirna. Se señala, más bien, su lealtad en medio de la persecución. De nuevo podemos decir que todos estaremos de acuerdo en que esta descripción coincide bastante bien con la experiencia de la iglesia durante los siglos II y III, es decir, entre el año 100 y el final de la persecución de Diocleciano, en el año 313. Algunos importantes errores doctrinales se introdujeron durante este período, pero en la evaluación que Cristo hace resulta más importante la constancia de sus seguidores en medio de la persecución.

La declaración que aparece en la carta a Esmirna acerca de algunas personas “que se llaman judíos sin serlo” (Apoc. 2:9), tal vez sea una referencia literal a los judíos que, en su maligno entusiasmo, ayudaron a quemar vivo a Policarpo. En la interpretación simbólica de Esmirna en el sentido de que constituye un período de la historia de la iglesia, en cambio, los falsos “judíos” posiblemente representen a los falsos cristianos. Si entendemos la declaración de esta manera, estarían comprendidos en ella una gran cantidad de cristianos gnósticos, cuya ingeniosa reinterpretación de las Escrituras causó a los verdaderos cristianos una gran preocupación.

3. Pérgamo, 313-538. 4. Tiatira, 538-1565.

En doloroso contraste con las dos primeras iglesias, las dos siguientes, Pérgamo y Tiatira, merecen severas reprensiones por sus doctrinas erróneas. Los de Pérgamo necesitaban arrepentirse, como iglesia en conjunto, por haber admitido a los nicolaítas y a los balaamitas. Peor aún: Tiatira toleró a Jezabel.

Pocas personas conocedoras de los hechos podrán negar que la cristiandad experimentó una profunda apostasía durante la así llamada “cristianización” del Imperio Romano y el avance hacia la Edad Media.

Cuando consideramos a las siete iglesias como lo estamos haciendo ahora, a saber, como símbolos, los pecados de los nicolaítas, balaamitas y jezabelitas también deben ser interpretados simbólicamente. Los profetas del Antiguo Testamento empleaban la palabra “adulterio” para referirse a la impiedad del pueblo de Dios cuando entraba en alianzas políticas y religiosas con las naciones paganas de sus días. (Véase, por ejemplo, Ezequiel 16 y 23.) Los antiguos israelitas adulteraron la pureza de la verdad de Dios con la filosofía, la inmoralidad y los procedimientos coercitivos de las naciones que los rodeaban. Al mismo tiempo, abandonaron su fe en Dios, perdieron de vista sus posibilidades como pueblo del Señor, y se degradaron muchísimo. Las expresiones “nicolaítas”, “balaamitas” y “Jezabel” simbolizan el profundo avance de la apostasía de la cristiandad. En el Antiguo Testamento, Jezabel era un epítome del más degradante adulterio del pueblo de Dios con la dañina civilización de sus vecinos.

Ya hemos visto al estudiar el libro de Daniel que las profecías relativas a los dos cuernos pequeños que aparecen en los capítulos 7 y 8 tienen que ver en primer lugar con los aspectos negativos de la iglesia de Roma. Es reconfortante descubrir en las siete cartas que Cristo decide poner énfasis, en este caso, en los aspectos positivos de esta iglesia, que estaban mezclados con los negativos.

A pesar de la presencia de nicolaítas y balaamitas en la iglesia de Pérgamo, Jesús pudo decir: “Eres fiel a mi nombre y no has renegado de mi fe”. Una excelente característica de este período –entre muchas otras que podrían mencionarse– fue la profunda atención que se dio a la comprensión de la Persona de Jesucristo. El gran Concilio de Nicea (325 d.C.) llegó a la conclusión, después de muchos estudios y deliberaciones, de que Jesús es verdaderamente Dios. El Concilio de Constantinopla (381) llegó a la conclusión de que también es verdaderamente hombre. El Concilio de Éfeso (431) llegó a la conclusión de que su divinidad y su humanidad se combinan en una sola Persona; y el Concilio de Calcedonia (451), que a pesar de ello continúa poseyendo en sí dos naturalezas distintas: divina y humana. Cada una de esas decisiones se tomó en respuesta a los desafíos lanzados por personas que habían tomado la posición contraria. Las grandes afirmaciones a las que se llegó durante el período de Pérgamo concuerdan con las Escrituras, y son doctrinas que continúan siendo profundamente apreciadas por millones de católicos y protestantes en todo el mundo.

Del período de Tiatira Cristo destacó no solo a Jezabel y a sus seguidores, sino además la “caridad, tu fe, tu espíritu de servicio, tu paciencia en el sufrimiento”. Pudo decir también que al transcurrir el tiempo sus buenas obras incluso mejoraron: “Tus obras últimas sobrepujan a las primeras” (Apoc. 2:19). También pudo referirse “a los demás de Tiatira, que no compartís” las enseñanzas de Jezabel y “que no conocéis ‘los secretos de Satanás’ ” (vers. 24).

Nos sentimos felices cuando nos informamos de que durante el período de Tiatira (aproximadamente entre los años 538 y 1565), la iglesia de Roma mereció profundas alabanzas por sus hospitales, orfanatos, escuelas y misiones. Incluso Martín Lutero, que en sus últimos años no se caracterizó, precisamente, por felicitar a los católicos, se refirió calurosamente a los “magníficamente bien construidos” hospitales de Italia, con su personal “tan diligente”, con sus camas “tan limpias” y sus médicos “tan competentes”.55

Jesús se refirió “a los demás de Tiatira, que no compartís” las enseñanzas de Jezabel y “que no conocéis ‘los secretos de Satanás’ ”. Posiblemente estaba pensando en fervientes cristianos como Jan Milic, de Praga; Juan Wiclef y sus seguidores, los lolardos; Juan Hus y sus numerosos husitas. (Véanse las páginas 30 a 35.) Recordamos también a Pedro Valdo y los valdenses; y, tal vez, a Francisco de Asís y los primitivos franciscanos.

Por más maravillosas que hayan sido las buenas obras de la iglesia de la Edad Media, y por más valerosos que hayan sido muchos de sus miembros, algo andaba sumamente mal en ella. Existe consenso en el sentido de que la iglesia descendió a niveles sumamente bajos durante esa época, cuando toda Europa era nominalmente cristiana. Esta triste historia ha sido considerada antes (véanse las páginas 27 y 31, y el tomo 1, páginas 114 a 128), por lo que no necesitamos repetirla aquí.

Lo básico de esta “apostasia” fue la disposición de la iglesia medieval de sustituir lo humano en lugar de lo divino. Las Escrituras, la Cruz y el sacerdocio de Cristo nunca fueron negados; lejos de ello, a menudo se los mencionaba con reverencia. Pero en el quehacer de todos los días, las verdades divinas resultaron eclipsadas por las tradiciones de la iglesia. Las buenas obras, ya sea las propias o las de los santos elegidos, llegaron a tener, a lo menos, tanto valor como la fe en Jesús.

Los resultados de este apartamiento de lo divino en favor de lo humano fueron desafortunados, en lo que se refiere a la moral de la iglesia y de sus dirigentes. Por el año 1500, poco antes de la Reforma, Erasmo, famoso erudito católico, mencionaba que en sus días la mejor manera de ofender a un laico era decirle sacerdote o monje. Al recordar esa misma época, Owen Chadwick, historiador de la Universidad de Cambridge, afirma que “todos los que tenían alguna importancia en la iglesia occidental clamaban por una reforma”.56

“Le he dado tiempo para que se arrepienta”, dice Jesús proféticamente acerca de “Jezabel”, pero “no quiere arrepentirse” (Apoc. 2:21). Los intentos de reforma se sucedieron con bastante frecuencia: en el siglo X y más tarde, en el monasterio de Cluny, en el siglo XIII, con Francisco de Asís, en los siglos XIV y XV, mediante concilios generales, y en el siglo XVI con Martín Lutero y otros. Todos sabemos de qué manera bendijo Dios al mundo por medio de Martín Lutero, incluso en los primeros días de su ministerio, cuando todavía era catedrático de una universidad católica y administrador de varios monasterio: mientras estudiaba la versión católica de las Escrituras, leyó con deleite que “el hornbre es justificado por la fe, sin las obras de la ley” (Rom. 3:28).

Lutero encontró este mismo bendito mensaje en Efesios 2:8 y 9: “Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe”.

El gran descubrimiento de la Reforma es que la salvación no se gana: se la acepta, porque es gratuita.

Se cuenta la historia de un anciano cuáquero (los cuáqueros constituían una iglesia cristiana muy difundida en Inglaterra y los Estados Unidos) que sobrepujó a todos sus competidores por adquirir en subasta pública a un esclavo negro fuerte e indomable. Una y otra vez, a medida que avanzaba la subasta, escuchó al negro manifestar su indignación por la esclavitud al decir enfáticamente: “¡No voy a trabajar! ¡No voy a trabajar!”

El cuáquero llevó al esclavo a su casa, y le explicó repetidas veces que lo había comprado únicamente para ponerlo en libertad. Cuando por fin pudo entenderlo y aceptarlo, el negro se arrodilló a los pies del cuáquero, mientras decía entre lágrimas: “Mi amo: voy a trabajar para usted toda mi vida. Lo voy a servir mientras viva”.

Esta es una ilustración de la sencillez del evangelio y de sus efectos. Jesús pagó el precio, todo el precio, para darnos libertad. Cuando nos vemos a nosotros mismos como verdaderos pecadores, y cuando consideramos que Cristo es nuestro Salvador personal, que murió en la cruz para darnos plena libertad, anhelamos arrodillarnos agradecidos a sus pies para consagrarnos a él para siempre.

El descubrimiento de Lutero cambió el curso de la historia. Todavía se considera que la Reforma fue una verdadera encrucijada, un parteaguas, para la historia humana.

La gran oportunidad de Tiatira hasta ese momento fue: “Le he dado tiempo para que se arrepienta”. Desgraciadamente, prosiguen estas palabras: “Pero no quiere arrepentirse”.

La reacción oficial hacia Lutero es bien conocida. El papa se refirió a él calificándolo de “jabalí, cerdo salvaje”, en 1520, y lo excomulgó en 1521. Más tarde, el famoso Concilio de Trento (1545-1563)57 insistió en que después del bautismo la justificación no se obtiene más por fe solamente, sino que debe intervenir el perdón otorgado por el sacerdote, la penitencia y un período adicional en el purgatorio. (Véase el tomo 1, páginas 167 y 168.)

A menudo se dice que el Concilio de Trento es uno de los instrumentos principales de la contrarreforma católica. En respuesta a las demandas de Lutero, llevó a cabo una serie de reformas, mayormente de carácter administrativo. Los sacerdotes, por ejemplo, debían recibir mejor educación y ajustarse a normas morales más elevadas; se ordenó a los obispos que vivieran en sus diócesis, y no en palacios ubicados en cualquiera otra parte, y así sucesivamente. El Concilio de Trento también codificó la teología católica en un sistema oficial por primera vez. Al hacerlo, desgraciadamente, decidió conservar decididamente las doctrinas que prevalecieron durante la Edad Media. Hubo vigorosos debates en el curso del Concilio, porque en varios puntos importantes una cantidad de dirigentes católicos deseaba urgentemente que se produjeran algunos cambios en conformidad con la Reforma protestante. Pero los debates prosiguieron, hasta que las opiniones tradicionales lograron prevalecer. Poco después de la clausura del Concilio, el papa Pío V declaró que Tomás de Aquino era doctor (es decir, un maestro importante) de la iglesia. Tomás de Aquino fue el mayor teólogo de las postrimerías de la Edad Media.

La clausura del Concilio de Trento en 1563 parece ser una fecha apropiada para poner fin al período correspondiente a Tiatira. Pero en el curso de la historia, las tendencias y los movimientos no comienzan ni terminan, generalmente, en fechas específicas. Tampoco la iglesia cristiana ha sido siempre homogénea. Basta considerar las diferencias que se manifestaron entre las siete iglesias literales durante el período simbólico de Éfeso. De manera que si nos imaginamos que Tiatira es un “delfín” (véase las página 96 y 97), que dominó el escenario de la cristiandad durante un período determinado, también podríamos imaginarnos que siguió “nadando” por debajo de la superficie cuando entramos en el período siguiente.

Williston Walker, autor de libros de texto ampliamente usados en colegios y seminarios por cerca de un siglo, dice que por aquel entonces (la década iniciada en 1560) un nuevo espíritu comenzó a manifestarse en las regiones de Europa que continuaban siendo católicas. Este nuevo espíritu era “[1] ardiente en su oposición al protestantismo, [2] medieval en su teología, pero [3] dispuesto a luchar y a sufrir por su fe”.58

Luchar por tu fe es básicamente diferente de sufrir por esa misma fe. Los nuevos católicos estaban –si algo se puede decir al respecto– demasiado dispuestos a combatir. Lo mismo ocurría con los protestantes, como lo vamos a ver cuando estudiemos el caso de Sardis.

Jesús había dicho que si “Jezabel” no se arrepentía, tendría que permitir que los acontecimientos siguieran su curso natural. “Mira”, dice, “a ella [Jezabel] voy a arrojarla en el lecho del dolor, y a los que adulteran con ella, en una gran tribulación, si no se arrepienten de sus obras. A sus hijos, los voy a herir de muerte” (Apoc. 2:22, 23).

Esta “gran tribulación” no es el tiempo de angustia que ocurrirá al final de todo y del cual todos los verdaderos cristianos serán librados (Apoc. 3:10); ni es tampoco la tribulación que sufrió Esmirna, cuando los santos sufrieron (Apoc. 2:10). Parece, más bien, que se trata de la misma “gran tribulación” predicha en el Sermón Profético, una crisis tan tremenda que aparentemene amenazaría la existencia de la humanidad. (Véanse las páginas 31 a 35.)

A medida que Europa rechazaba sucesivamente las diversas oportunidades de reforma que se le ofrecieron, como nunca antes, ni siquiera durante el siglo en que se produjo la caída del Imperio Romano, “la gente de Occidente caminó por el valle de sombra de muerte. La mayor hambruna de la Edad Media se manifestó durante la segunda década del siglo XIV, y se calcula que las dos quintas partes del total de la población de Europa murió de peste bubónica, o la Muerte Negra, que avanzaba a lo largo de las rutas comerciales, y que se manifestó a mediados del siglo. La Guerra de los Cien Años, librada entre Inglaterra y Francia, no solo abarcó los siglos XIV y XV, sino además introdujo las armas de la guerra moderna gracias al uso de la pólvora y la artillería pesada, especialmente en sus últimos tramos. Grandes revueltas de campesinos y de ciudadanos, pobres en su mayoría, rasgó la trama del tejido social tanto en las ciudades como en el campo”.59

La Muerte Negra era una forma de peste bubónica que producía manchas negras bajo la piel. Muchas de sus víctimas morían en pocos días; algunos, en pocas horas. En ciertos lugares no quedó nadie vivo para sepultar los muertos. Duró, endémicamente, por espacio de trescientos años. ¿No será este, acaso, “el lecho del dolor” de Tiatira?

Junto con la continua presencia de la plaga, las hostilidades religiosas se acumularon durante el siglo XVII entre los católicos del sur y los luteranos del norte. La población participó airadamente en la Guerra de los Treinta Años, que duró de 1618 a 1648. Cuando terminó ese horrendo conflicto y por fin revivió el sentido común, los sobrevivientes descubrieron que el centro de Europa había sido devastado de un extremo al otro por soldados y bandidos; que bandas de huérfanos indisciplinados vagaban por todas partes; que una cantidad innumerable de mujeres habían sido violadas; y que tanto la industria como la agricultura habían sido paralizadas. Los cálculos de las bajas producidas se han elevado hasta diez millones de muertos, a partir de una población inicial de 18 millones en Alemania solamente.60

Si los católicos del sur de Europa hubieran adoptado la doctrina de la justificación por la fe y las demás doctrinas concomitantes de la Reforma, y si los protestantes del norte las hubieran recordado, la terrible Guerra de los Treinta Años jamás habría ocurrido.

5. Sardis, 1565-1740.

Si se considera a Sardis como un símbolo profético, refleja adecuadamente la condición de estancamiento y autosuficiencia que se manifestó en el seno del protestantismo por espacio de dos siglos (desde, aproximadamente, 1565 a 1740) que siguió al resplandor inicial de la Reforma. Al confiar en la fama de la Reforma, Sardis tenía “nombre” como de quien vive, pero en gran medida estaba “muerta” (Apoc. 3:1).

La Reforma luterana dio a la cristiandad un nuevo punto de partida. Por un tiempo, millones se gozaron en un concepto tan claro de nuestro Dios lleno de gracia como nunca lo habían tenido antes. Las Escrituras ocuparon un lugar destacado. La educación mejoró notablemente, porque los reformadores deseaban que todos pudieran leer las Escrituras y comprenderlas por sí mismos. Grandes sumas de dinero, que antiguamente se gastaban en pagar a los sacerdotes para que dieran misas interminables en favor de los muertos, se dedicaban ahora a dar alivio a los pobres. Muchos monjes dejaron sus monasterios para buscar trabajo en el mundo secular. Se animó a los sacerdotes, los monjes y las monjas a que contrajeran matrimonio. Innumerables padres de familia presidían los cultos religiosos del hogar.

Pero esta dulzura se amargó. Gracias a un trágico cambio en el orden de los acontecimientos, pareció que era más importante definir la justificación por la fe mediante una terminología exactamente correcta que conocerla por experiencia en la vida personal. Dice el historiador luterano Lars Qualben: “El evangelio fue tratado como doctrina, en lugar de considerarlo el poder de Dios para salvación, y se presentó el cristianismo como la religión del pensamiento correcto, sin el correspondiente énfasis en la rectitud del corazón”. Las Escrituras llegaron a ser una especie de arsenal de armas teológicas. Los debates produjeron un grupo de “teólogos pendencieros y un protestantismo parcelado”.61 Tan desagradables se pusieron esos debates, que Felipe Melanchton, el íntimo aliado de Lutero, se regocijaba al aproximarse su muerte, en 1560, porque pronto podría escapar de la “furia de los teólogos”.62

En 1577 se logró una rígida paz entre los luteranos con la Fórmula de Concordia, y en 1580 con el Libro de la Concordia, firmado por representantes de 86 pequeñas iglesias estatales luteranas y alrededor de ocho mil pastores y maestros luteranos. Los seguidores de Lutero tuvieron entonces su credo dogmático definitivo, tal como la Iglesia Católica tenía el suyo gracias al Concilio de Trento. El luteranismo llegó a ser una “Sardis” ubicada en la cima de la saliente de la montaña, protegida por precipicios aparentemente inexpugnables y –da pena decirlo– extrañamente fría, formal y estancada.

En Gran Bretaña, la Iglesia de Inglaterra también perdió mucho de su fervor original y encontró un elevado refugio detrás de su credo: “Los Treinta y Nueve Artículos”.

Los seguidores de Juan Calvino, el segundo gran dirigente de la Reforma, manifestaron notable creatividad durante un período más largo. Eran conocidos como cristianos reformados en Europa central, como hugonotes en Francia y como puritanos en Inglaterra. Con el tiempo, los puritanos llegaron a ser conocidos como presbiterianos y congregacionalistas, y aún más tarde en los Estados Unidos como bautistas, también.

A pesar de las heroicas contribuciones iniciales de cada uno de los movimientos protestantes, la Europa protestante del siglo XVIII llegó a ser sumamente diferente de lo que habían imaginado los reformadores. Los intelectuales de entre ellos negaron la resurrección y la segunda venida de Cristo, y se convirtieron en racionalistas, introduciendo de ese modo ese oscuro período conocido paradójicamente como Iluminismo o, en alemán, Aufklárung. Se esperaba que la gente común solamente asistiera a la iglesia y creyera lo que se le enseñaba. Inglaterra se desvió hasta los límites mismos de la impiedad. Allí, a comienzos del siglo XVIII, “los entretenimientos populares eran toscos, el analfabetismo estaba ampliamente difundido, la ley se aplicaba en forma salvaje, las cárceles eran resumideros de enfermedad e iniquidad. La ebriedad estaba más difundida que en cualquier otro período de la historia de Inglaterra.63

¡Si los protestantes de “Sardis” se hubieran acordado de las cosas gloriosas que “recibieron y oyeron” (Apoc. 3:3) cuando comenzó la Reforma, cuán diferentes habrían sido los acontecimientos!

Pero ¿qué podemos decir de los “pocos” que en Sardis “no han manchado sus vestidos”; gente que permaneció despierta y que “merecen”? (vers. 4).

Los luteranos tuvieron a una buena cantidad de ellos. Paul Gerhardt (1607-1676) escribió una serie de himnos profundamente espirituales, que aún se cantan en muchas iglesias; incluso el famoso “Rostro Divino”. Jorge Federico Haëndel (1685-1759) compuso el “Mesías”. Johann Sebastian Bach (1685-1750) enriqueció con su música la adoración de todo el mundo occidental. Johannes Bengel (1687-1752) escribió un notable comentario acerca del Nuevo Testamento.

No queremos pasar por alto a George Fox (1624-1691), amante fundador de la iglesia de los cuáqueros. Ni a John Bunyan (1628-1688), el bautista que ha inspirado a multitud de cristianos con su obra El peregrino y también con su Gracia abundante. O a Dorothy Traske (fallecida alrededor de 1640), que pasó 16 años en prisión porque amaba el sábado, el día de reposo de nuestro Señor Jesucristo.

Philipp Jakob Spener (1635-1705) hizo una gran contribución a la causa cristiana. Consiguió que algunos cristianos se reunieran en pequeños grupos para celebrar reuniones devocionales de estudio de las Escrituras y oración. Su “pietismo” tuvo efectos profundos. En parte gracias a la influencia del pietismo de Spener, el conde Nikolaus von Zinzendorf (1700-1760) patrocinó a un grupo de hermanos moravos que se establecieron en una aldea llamada Herrnhut (la cabaña de Dios), que era parte de su gran propiedad. Estos moravos, que mantenían ciertos vínculos con los luteranos, desarrollaron una profunda relación espiritual con Dios y entre sí. Para cumplir la orden de Cristo de predicar el evangelio en todas partes antes de su segunda venida, enviaron miembros de su movimiento como misioneros a los lugares más difíciles, como el Ártico y Sudáfrica, en una época en que esos lugares parecían ser realmente el fin del mundo.

Los moravos enviaron 26 misioneros a Georgia, Estados Unidos, poco después de que se fundara esa colonia. Durante una tormenta en medio del Atlántico, permanecieron asombrosamente tranquilos. La misma tormenta atemorizó tremendamente a John Wesley, que también se hallaba a bordo. Wesley, el futuro fundador de la Iglesia Metodista, era entonces un piadoso joven ministro de la Iglesia de Inglaterra que estaba yendo como misionero a lo que más tarde sería los Estados Unidos. Sintió un profundo interés por saber qué tenían los moravos que él no poseía.

Después, ya en tierra, A. G. Spangenberg, notable dirigente moravo, habló personalmente con el joven John Wesley.

–¿Conoce usted a Cristo? –le preguntó.

–Sé que es el Salvador del mundo –contestó Wesley.

–Es verdad –reconoció Spangenberg–. Pero ¿sabe si lo ha salvado a usted?

Wesley regresó de Estados Unidos a Inglaterra unos dos o tres años más tarde, decidido a saber más acerca del Jesús de los moravos. Mientras oraba pidiendo más luz, el 24 de mayo de 1738 asistió a una reunión anglicana en una capilla ubicada en la calle Aldersgate, de Londres. Escuchó que alguien leía en voz alta el prefacio de Lutero a su Comentario Acerca de Romanos. Quiere decir que escuchó algo en cuanto a la justificación por la fe de la pluma del reformador que más había aprendido respecto de ese tema.

“Alrededor de las nueve menos cuarto”, escribió Wesley más tarde, en palabras que parecen inmortales, “mientras él [Lutero] describía el cambio que Dios obra en el corazón por medio de la fe en Cristo, sentí que mi corazón se reconfortaba extrañamente. Sentí que confiaba en Cristo, solo en él, para mi salvación; y se me dio la seguridad de que él había eliminado mis pecados, sí, los míos, y me había salvado de la ley del pecado y de la muerte”.

En ese momento culminante, Wesley “recordó” lo que los cristianos habían “recibido y oído” en los maravillosos primeros días de la Reforma. Pero los resultados de su descubrimiento de Jesús como su propio Salvador personal corresponden a la etapa de Filadelfia.

6. Filadelfia, 1750-1844.

Se podría considerar que la etapa correspondiente a Filadelfia va aproximadamente desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Jesús solo tiene palabras de encomio para la iglesia de Filadelfia. “Has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre”, dijo. “Has guardado mi recomendación de ser paciente en el sufrimiento”. El nombre Filadelfia significa amor fraternal.

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