Kitabı oku: «Incendiario»

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Título original inglés: Incendiary.

Autor: Michael Cannell.

Publicado por acuerdo con el autor. Todos los derechos reservados.

© Michael Cannell, 2017.

© de la traducción: Carmen G. Aragón, 2022.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2022.

Avda. Diagonal, 189 – 08018 Barcelona

https://www.rbalibros.com

Primera edición: febrero de 2022.

REF.: ODBO998

ISBN: 978-84-9187-981-7

EL TALLER DEL LLIBRE, S. A. • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

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Todos los derechos reservados.

PREFACIO

Este libro trata de la locura, de una locura cargada con pólvora. En estas páginas habita un criminal en serie con predilección por las bombas, un esquizofrénico paranoide que aterrorizó Nueva York durante un largo y terrible período de la década de 1950. Sus casi tres docenas de artefactos de fabricación casera destinados a estallar en lugares públicos gestaron una cultura del miedo cuarenta años antes de que el terrorismo se convirtiera en una obsesión estadounidense. En él se encarnó todo cuanto había de perturbador en los años que W. H. Auden llamó «la edad de la ansiedad».[1] Por muy crueles que fueran, las dos guerras mundiales del siglo podían llegar a entenderse. El Loco de las Bombas, no. Era como una distorsión onírica del malestar de posguerra: desquiciado, despiadado, perpetuamente oculto entre las sombras de la gran ciudad.

El Loco de las Bombas tenía un legítimo motivo de queja contra un empresario indiferente, pero su resentimiento se transfiguró en una ira que lo corroía por dentro, alimentada por un veneno surgido de un agujero negro psíquico donde la lógica no funciona. Me corrijo: donde la lógica normal no funciona. Los esquizofrénicos se rigen por su propia lógica, que nosotros no comprendemos.

Desde luego, el Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) no la comprendía. Los detectives de Nueva York, famosos por su tenacidad, dieron un traspié tras otro, hostigados por una jauría de periodistas a cada paso. La policía llevaba más de un siglo recurriendo a la fuerza y las piernas para atrapar a los malhechores. La calle respetaba la porra, y no había más que hablar. Sin embargo, ese eficaz método de mano dura era inútil contra un esquizofrénico que ponía bombas en serie. «Pocas veces en la historia de Nueva York»,[2] escribió la Associated Press, «ha supuesto un caso tal tormento para la policía».

La furia destructora del Loco de las Bombas se desató en un momento en que la ciencia estaba transformando la visión estadounidense del mundo. Jonas Salk halló la vacuna contra la poliomielitis y erradicó así una enfermedad que había dejado una estela de cientos de miles de tullidos; los Laboratorios Bell allanaron el camino a la electrónica moderna y a todo lo que llegó con ella al inventar el transistor de silicio, y el físico Edward Teller creó la bomba de hidrógeno.

Sin embargo, los avances científicos no hicieron mella en la rutina policial, al menos no en Nueva York. Los testarudos comandantes y corruptos capitanes de distrito del NYPD se resistieron a los nuevos métodos que preconizaban los criminólogos con estudios superiores hasta que el criminal que ponía bombas en serie los obligó a adaptarse. Solo cuando la captura de este se convirtió en una necesidad urgente, la policía dio un paso sin precedentes: preguntó a un psiquiatra qué revelaban las pruebas forenses sobre el trastornado mundo interior del aquel hombre. ¿Qué extraña clase de persona era y qué hiriente experiencia vital lo había arrastrado a su vocación asesina? En otras palabras, pidieron al psiquiatra que inventara una nueva técnica de investigación criminológica, capaz de penetrar en la mente del terrorista, si bien la expresión «perfilación criminológica» aún iba a tardar otras dos décadas en acuñarse.

Hasta entonces, los únicos investigadores que habían esbozado retratos de la historia emocional de un delincuente solo existían en los relatos de Edgar Allan Poe y sir Arthur Conan Doyle. Sherlock Holmes analizaba las pruebas y evocaba a chantajistas y asesinos con precisión fotográfica, pero ¿podía un psiquiatra hacer lo mismo en la vida real? ¿Podía la vida imitar a una novela policíaca?

Hoy suele ser el arte el que imita a la vida. La televisión y el cine nos han abrumado de tal modo con relatos ficticios sobre la perfilación criminológica que olvidamos fácilmente la innovación que esta supuso en 1957. Todos los perfiladores de hoy, reales o televisivos, descienden del psiquiatra que retrató al Loco de las Bombas con asombrosa precisión.

El que sigue es un relato sobre los albores de la perfilación criminológica. Todo lo que cuentan estas páginas es cierto, incluidas las citas (obviamente, los pensamientos del Loco de las Bombas son mera especulación). Como toda historia impactante, encierra una pregunta sin respuesta: ¿Puede la ciencia por sí sola vislumbrar los entresijos de la mente humana, o acaso la verdadera comprensión precisa del poder iluminador de la intuición? ¿Cómo se capta el ingenio de un loco? Estas cuestiones me han tenido cautivado durante los tres años que he trabajado en este libro. Por el camino he llegado a entender que escribir sobre la locura es escribir sobre uno mismo, aunque sea indirectamente.

El virtuoso se conforma con soñar

lo que el malvado realiza en la vida.

PLATÓN, SEGÚN SIGMUND FREUD

Todo el mundo tiene una corazonada alguna vez.

DR. JAMES BRUSSEL

PRÓLOGO
DICIEMBRE DE 1956

Una fría mañana de diciembre de 1956, poco después del almuerzo, un trío de detectives neoyorquinos salió por la puerta de atrás de la jefatura de policía, cuya cúpula de cobre se alzaba como un sucio templo gris sobre las casas y restaurantes de Little Italy. Al otro lado de la calle, semioculto por la sombra invernal, un cartel con forma de revólver colgaba a las puertas de John Jovino’s, la tienda de armas más antigua de la ciudad, si no del país, donde los patrulleros compraban los cartuchos Special del 38 que rodeaban sus caderas. Justo encima de Jovino’s había una escalera de incendios de la que Weegee, el decano de los fotógrafos de la prensa sensacionalista, se colgaba con su negra Graflex con flash para captar imágenes privilegiadas de asesinos y mafiosos que la policía llevaba esposados a comisaría para ficharlos. En la misma manzana, en la esquina con Grand Street, había un restaurante alemán llamado Headquarters bajo cuyo techo de caoba tallado los jefazos se tomaban su whisky seguido de cerveza en una larga barra de roble cuando estaban fuera de servicio. Los agentes que querían pasar desapercibidos podían entrar al bar por un túnel subterráneo.

Aquel día, los tres detectives no tenían tiempo para esas distracciones. Con el veterano capitán Howard Finney a la cabeza, el trío se llegó a paso ligero hasta un coche patrulla de incógnito, un gran Plymouth verdiblanco estacionado junto al bordillo, para dirigirse al sur por las sinuosas calles del centro en una misión urgente.

Cuatro días antes había estallado una bomba durante la proyección de Guerra y paz en la sala de cine Paramount de Flatbush Avenue, en Brooklyn. A las 19.55, mientras mil quinientas personas contemplaban un salón de San Petersburgo en un tecnicolor de saturados azules y rojos, una explosión atronadora destelló desde la fila GG del patio de butacas, bajo el escenario, seguida de nubes de humo gris. Tras un tenso instante de conmoción, similar a ese momento de silencio que sigue al estallido de una ventana, los gritos inundaron el teatro: gritos de dolor, de pánico y de horror a medida que los espectadores vislumbraban rostros y cabezas abiertos por la metralla. El público se puso en pie de golpe, como un coro de fieles para entonar un salmo, y se precipitó hacia las salidas dejando atrás seis heridos. En la pantalla, la bella Audrey Hepburn, deslumbrante con su diadema y su vestido de noche, bailaba un vals bajo los claros ojos azules de Henry Fonda.

La explosión de la sala Paramount no fue un suceso aislado. Cualquier neoyorquino que leyera la prensa sabía que la policía llevaba dieciséis años buscando a un individuo que ponía bombas en serie y se identificaba únicamente con las iniciales F. P. Ya había puesto treinta y dos artefactos explosivos caseros en los espacios públicos más concurridos de la ciudad —cines, estaciones de metro y de tren, en una estación de autobuses y en una biblioteca—, y había herido a quince personas. Casi todas las bombas habían sido programadas para estallar poco después de las cinco de la tarde, en plena hora punta.

F. P. aún no había matado a nadie, pero que lo hiciera solo era cuestión de tiempo. El New York Journal-American, un diario de la tarde de corte combativo, lo llamó «la mayor amenaza individual a la que se haya enfrentado Nueva York».[1] «La captura de un psicópata fabricante de bombas con una reivindicación insaciable e insensata», decía el periódico, era «el desafío más angustioso de los tiempos modernos».[2]

En todos esos años, un período que se remontaba a 1940, el mayor y más formidable cuerpo policial del mundo no había logrado hacerse con ninguna pista relevante. Su fracaso aún podía excusarse mientras el Loco de las Bombas fabricara artefactos rudimentarios e ineficaces, pero en 1956 demostró una nueva capacidad letal y además declaró su intención de matar en varias furiosas y farragosas cartas que envió a directores de periódico, todas ellas firmadas con las crípticas iniciales F. P.

El ambiente de Nueva York, ya enrarecido por la ansiedad de la Guerra Fría, era cada día más sombrío. Cada bomba hacía que la policía pareciera más impotente. El alcalde habló de desgobierno. A la mañana siguiente del atentado en el Paramount, el nuevo comisario de policía, Stephen P. Kennedy, ordenó la «mayor operación de búsqueda de la historia del departamento de policía».[3]

La desesperación llevó a la policía por un derrotero que jamás se había planteado en los ciento once años de historia del departamento. Aquella tarde de finales de otoño, el capitán Finney y sus dos compañeros de la Brigada de Explosivos salieron de la jefatura para visitar al doctor James A. Brussel, un psiquiatra experto en los entresijos de la mente criminal. Si las pruebas materiales no llevaban a la policía hasta F. P., quizá lo lograra su información emocional.

En las oficinas centrales del Departamento de Salud Mental del Estado de Nueva York, en Broadway, donde el doctor Brussel trabajaba como subinspector, un personaje enjuto de sonrisa jocosa y fino bigote teñido a tono con su oscuro pelo negro peinado hacia atrás, saludó al capitán Finney. Brussel repartía su tiempo entre las oficinas de dicho departamento y una consulta privada en su casa, situada en el recinto de un hospital psiquiátrico de Queens. Si el capitán Finney era serio y circunspecto, el doctor Brussel era todo lo contrario: asertivo, ingenioso y dotado de una vivacidad exaltada rayana en la locura.

El capitán Finney vació una cartera de pruebas sobre el escritorio del doctor. De ella salieron fotografías de artefactos sin explotar y butacas de cine destripadas a navajazos junto con fotocopias de cartas de extraña redacción e informes de escenas del crimen reunidos a lo largo de dieciséis años. «Las bombas y las cartas: eso era todo cuanto tenía la policía», escribió después Brussel. «El resto era un misterio».[4]

Los tres detectives apenas movieron un pelo mientras el doctor ojeaba las pruebas, deteniéndose de vez en cuando para tomar notas en una libreta. A medida que acumulaba información, su mente barajaba posibilidades. El capitán Finney «era un hombre bajo y fornido de mucho talento y pocas palabras», escribió después el doctor Brussel. «Me miraba esperando que dijera algo. Yo miraba el montón de cartas y fotografías que había lanzado sobre mi mesa».[5]

El doctor Brussel percibió que el capitán Finney, un tipo silencioso y reflexivo, estaba dispuesto a escuchar al margen de lo descabellada que pudiera parecer la retroalimentación psiquiátrica. Los otros dos detectives de la Brigada de Explosivos apenas disimulaban su escepticismo. Parecían caricaturas del poli duro: anchos hombros y tórax voluminoso, mandíbula cuadrada y perenne barba de un día. Ponían los ojos en blanco y se sonreían de soslayo, como unos niños traviesos obligados a asistir a misa. «Se movían nerviosos, suspiraban e intercambiaban miradas de guasa y de impaciencia», escribió el doctor Brussel. «Atrapar delincuentes era asunto de la policía. ¿Qué sabría de eso un psiquiatra?».[6]

Para los policías curtidos en la calle, un psiquiatra no merecía más crédito que un médium o un adivino. Brussel sabía que al aventurarse a hacer una valoración psiquiátrica del Loco de las Bombas —lo que hoy se conoce como perfil—, estaba poniendo en peligro la credibilidad de su profesión. Y la suya propia.

Al cabo de dos horas, el doctor se levantó de su escritorio y se plantó junto a una ventana con vistas al ayuntamiento. El sol, ya bajo, proyectaba sus débiles rayos invernales sobre los solemnes edificios municipales en un anochecer gris azulado. Doce plantas más abajo, la primera oleada del tráfico de la hora punta se densificaba con los aerodinámicos sedanes y los taxis que atestaban Broadway. Las farolas centelleaban. Chambers Street se iba llenando de hombres con gabardina y sombrero que caminaban deprisa, como acostumbran los neoyorquinos, con la cabeza gacha y los hombros encorvados de frío. «Cualquiera de entre la gente que veía abajo podía ser el Loco de las Bombas», escribió el doctor Brussel. «Había un hombre de pie junto a un coche. Otro, ocioso en un portal. Otro paseaba con la mirada fija en los edificios. Todos ellos estaban en esas calles a esa hora por algún motivo. Tal vez fuera un motivo legítimo, tal vez no. . . Se sabía tan poco del Loco de las Bombas que prácticamente cualquier ciudadano escogido al azar podía ser el sospechoso. Cualquiera. . . y ninguno».[7]

La búsqueda había durado tanto y había generado tanta frustración que el capitán Finney y sus hombres habían llegado a tener la sensación de estar persiguiendo a un espectro que anduviera suelto por las calles. «Parecía un fantasma», recordó después el doctor Brussel, «pero tenía que ser de carne y hueso. Había nacido, tenía madre y padre, comía y dormía, y andaba y hablaba. En alguna parte había gente que lo conocía, veía su cara, oía su voz. . . Probablemente miles de personas de Nueva York y sus alrededores habían tenido algún contacto fugaz con él en un momento u otro. Se sentaba junto a otras personas en el metro y el autobús, pasaba a su lado en las aceras, se codeaba con ellas en las tiendas. Y aunque a veces pareciera hecho de una materia nocturna, etérea, incorpórea, era evidente que existía».[8]

Durante largo rato dio la impresión de que el doctor Brussel había entrado en trance, como si se esforzara en oír una señal entre el rumor de fondo de la ciudad —un repiqueteo psíquico— que lo llevara hasta el Loco de las Bombas.

Mientras observaba a los extraños arremolinarse en la calle, algo se aclaró en su mente, como cuando los píxeles se juntan para formar una imagen nítida, y apareció el retrato detallado de un hombre de carne y hueso. El doctor se volvió hacia el capitán Finney y describió a su fugitivo hasta el más mínimo detalle, incluido el corte de su chaqueta.

PRIMERA PARTE

1
UN ÁNGEL JUSTICIERO

OCTUBRE DE 1951

Cinco años antes, la tarde del 22 de octubre de 1951, F. P. recorrió unos ciento cuarenta y cinco kilómetros de la Taconic Parkway en su Daimler, respetando escrupulosamente el límite de velocidad. Si un agente de tráfico lo hubiese detenido, habría podido sospechar, cachearlo y descubrir el pesado objeto que llevaba en el bolsillo del abrigo.

En los primeros días de su campaña de bombas, F. P. viajó a Manhattan en tren y tuvo la insoportable sensación de llamar excesivamente la atención. Era uno de los pocos hombres a bordo tras la hora punta de la mañana. Las mujeres, vestidas para ir a almorzar en la ciudad o asistir a una sesión de cine matinal, le lanzaron miradas recelosas, y el revisor se entretuvo demasiado al validar su billete, como para memorizar sus rasgos. O eso pensó F. P.

Aparcó el Daimler en Riverside Drive cerca de la calle Noventa y seis, como de costumbre, y permaneció en su asiento mientras vertía pólvora muy lentamente de una botella a un trozo de tubería que sujetaba entre sus zapatos de cuero con cordones. Había esperado hasta entonces para montar la bomba a fin de reducir las posibilidades de que se produjera una explosión accidental de camino a la ciudad.

Luego echó a andar entre los sobrios edificios de oficinas que se alzaban hombro con hombro en la periferia del centro. Los escaparates rebosaban de artículos —lustrosos zapatos de cordones y trajes de lana, muebles de salón daneses, televisores DuMont en armarios de madera oscura— que F. P. contemplaba como quien codicia cosas que nunca tendrá, mientras la multitud le rozaba al pasar por la acera, lo que aumentaba su sensación de invisibilidad. Durante todo ese tiempo la bomba en marcha latía como un corazón mecánico en el bolsillo de su abrigo.

En breve, la primera oleada de trabajadores desfilaría hacia el este en dirección a la estación Grand Central para tomar los trenes a las ciudades de los alrededores, como Bedford, Rye o Darien. Allí les aguardarían cubiteras tintineantes y el tierno abrazo de sus hijos en casas de estilo ranchero cercadas por las rojizas hojas de octubre. A F. P. no le esperaban esas alegrías. No tenía empleo. No tenía casa propia. No tenía el calor de una familia. No tenía ninguno de esos consuelos que veía en la televisión o en los anuncios de la revista Life. En su lugar alimentaba un rencor insaciable por un agravio y la creciente convicción de que él, y solo él, había sido elegido para ser un gran vengador, un ángel justiciero.

Apostado en la esquina de la calle Cuarenta y tres con Broadway, F. P. veía resplandecer el llamativo neón de Times Square palpitando encima de él. Cigarrillos Camel. Electrodomésticos Admiral. Chevrolet. Las vallas publicitarias relucían y parpadeaban con la potencia de un millar de bombillas, como para compensar la melancolía de la tarde moribunda.

En el lado oeste de Times Square se alzaba un viejo palacio del cinema de recargada decoración llamado Paramount, con una colosal marquesina que parecía el remate de una cómoda en la fachada. Cuatro años después iba a alojar uno de los primeros conciertos de rock-and-roll, con Chuck Berry y otros artistas, que produjo el disc-jockey Alan Freed, pero en 1951 aún era una anticuada sala de cine dotada de un Wurlitzer que tocaba temas populares antes de los noticiarios y los tráileres.

El vestíbulo estaba prácticamente vacío cuando F. P. se internó entre sus blancas columnas de mármol y arañas de cristal para comprar una entrada para ver El poder invisible, una película de gánsteres sobre un policía que se infiltra en el ambiente de los muelles. Era la última aportación al cine negro que retrataba a los tipos duros y los chanchullos de los muelles de la ciudad. En el vestíbulo, un cartel mostraba a tres hombres con grueso rostro de mafioso sobre el eslogan: «Cruel, ingeniosa y fría como el hielo».

F. P. parecía de todo menos cruel o ingenioso. Vestido con un anodino traje y corbata, nada en él habría despertado sospechas en el empleado de la entrada. Era un ejemplo casi perfecto de hombre insulso de cuarenta y ocho años, robusto sin ser gordo, con gafas de montura dorada, una ligera papada y el cabello ralo de color indefinido peinado con un formal tupé. Era un ser corriente y moliente de pies a cabeza, como si la vida no hubiera logrado dejarle una marca inconfundible.

«Es el ejemplo perfecto de hombre al que no reconocerías la segunda vez que lo vieras»,[1] dijo un conocido suyo. Nada en sus modales sugería lo que se cernía sobre él. Nada delataba un ápice de sus ideas asesinas.

Se sentó en una zona vacía hacia el centro de la platea, a cierta distancia de los otros espectadores que integraban la escasa concurrencia del atardecer. Las luces se atenuaron, conminando así al público al silencio. En la gran pantalla empezó la película: llueve a cántaros en la calle Sesenta y tres Oeste; en una casa de empeños, el detective Johnny Damico regatea por unos pendientes que quiere regalar a su novia; de vuelta a casa, oye unos disparos y ve un cuerpo boca abajo en la húmeda calle vacía; un hombre con gabardina está de pie junto a la víctima con un revólver; el hombre le muestra una reluciente placa y se identifica como el teniente Henderson del Distrito 21; Henderson dice que se acercará a una cafetería próxima para telefonear a comisaría e informar del tiroteo, pero en vez de ello huye por la puerta de atrás.

También para F. P. había llegado el momento de huir. Se levantó y salió arrastrando los pies por el pasillo como si fuera al servicio de caballeros, dejando la bomba atrás, y se alejó a pie sin ser visto bajo el fulgor parpadeante de Times Square.

2
LA BRIGADA DE EXPLOSIVOS

OCTUBRE DE 1951

La Brigada de Explosivos empezaba su turno de noche justo cuando F. P. salía del Paramount Theater aquel 22 de octubre. Los detectives mataban el tiempo en una sala de reuniones de la planta superior de un edificio de ladrillo rojo de tres plantas, situado en Poplar Street, que se recortaba sobre la larga pendiente de la salida del puente de Brooklyn, en un rincón casi desierto del barrio de Brooklyn Heights. Del techo colgaban modelos en miniatura de una docena de bombas, como aviones de juguete en el cuarto de un niño.

Los detectives estaban sentados ante grises mesas de metal, enfundados en sus trajes baratos de funcionarios del gobierno, con las estrechas corbatas aflojadas y los sombreros echados hacia atrás, gestionando papeleo y gastándose bromas. Si la noche se presentaba tranquila, quizá pudieran jugar una mano de rummy. Tras las ventanas centelleaban las luces verdes que colgaban de los cables del puente. Cabe suponer que hablarían de los New York Giants, que dos días antes habían remontado de 17–0 en el descanso a batir a los Philadelphia Eagles en el Polo Grounds. En todo caso, su charla debía de ser tranquila y desenfadada, pese al esquivo individuo que ponía bombas en serie y les amargaba los días. A fuerza de costumbre, los detectives de la Brigada de Explosivos fingían esa actitud deliberadamente relajada propia de los que trabajan en íntimo contacto con situaciones de riesgo, como si reservaran su agudeza para cuando fuera más necesaria.

La brigada se componía de diez detectives, casi todos antiguos oficiales de artillería del ejército o artificieros civiles que, por cierta singularidad de su carácter, habían decidido ganarse la vida manipulando explosivos. Todos eran voluntarios. Todos estaban casados y tenían hijos. En los círculos policiales, su labor se tenía por la más peligrosa del mundo. El valor no reportaba a esos hombres un complemento por peligrosidad ni prestaciones especiales, y su índice de rotación era de los más bajos del departamento de policía.

El trabajo conllevaba períodos de aburrimiento relevados por momentos de puro y simple terror. La conciencia de lo que podía suceder era algo de lo que no se hablaba, pero no los abandonaba. «Es un pequeño coqueteo que mantenemos con lo desconocido»,[1] dijo el capitán Finney, comandante de la brigada y de su laboratorio de criminalística.

Apenas existía entrenamiento para el terrible trabajo de manipular y desactivar explosivos. El capitán Finney les proporcionaba una instrucción informal, sin protocolos ni procedimientos, consistente tan solo en una serie de prohibiciones heredadas de los veteranos de la brigada. Jamás rendirse a la curiosidad. No fumar nunca cerca de explosivos. No manipular nunca paquetes sospechosos sin una orden previa. No inclinarlos ni darles la vuelta. No llevarlos jamás a una comisaría ni a un espacio público habitado. No cortar nunca un cordel ni levantar una tapa. No sumergir jamás una bomba en agua. No abrir nunca un maletín del modo habitual, sino extrayendo los tornillos de las bisagras. Todas eran lecciones aprendidas por las malas.

Los estadounidenses se olvidan pronto de la violencia, pero la Brigada de Explosivos nunca olvidaba. Sus diez detectives tenían muy presente lo ocurrido cuarenta y tres años antes, en enero de 1908, cuando estalló una bomba en la fachada de Pasquale Pati & Sons, un banco de Elizabeth Street al servicio de la creciente población de trabajadores italianos pobres que atestaban las sórdidas viviendas de Little Italy, donde los niños jugaban en calles llenas de excrementos de caballo y la colada ondeaba en cuerdas tendidas entre ventanas. Diecisiete años después de llegar de Calabria, Pati se había convertido en el J. P. Morgan de Little Italy y demostraba su solvencia en términos que sus depositarios entendían: cuarenta mil dólares en monedas de oro y billetes que exhibía en su escaparate para admiración de los transeúntes.

En los momentos siguientes a la explosión, Salvatore, el hijo de Pati, correteó por la calle alfombrada de cristales dando brincos para cazar los billetes que revoloteaban mientras le chorreaba sangre de un corte sobre el ojo izquierdo. Los que pusieron la bomba se escabulleron entre carretillas y clientes. No buscaban el dinero volandero: habían puesto la bomba como venganza. Unos días antes, Pati había abierto en su despacho del banco un sobre que contenía una amenaza de extorsión: pague tributo a la Mano Negra o aténgase al castigo. El papel de la misiva llevaba la silueta en tinta negra de una mano empuñando una daga. Pati se negó a ceder.

Durante los primeros quince años del siglo XX, más de tres millones de italianos desembarcaron de barcos de vapor en Nueva York. La mayoría, como Pati, llegaba en calidad de campesinos —paesani— de poblaciones rurales pobres. Calabreses, sicilianos y apulianos con raídos chalecos y sombreros hongo hacían cola en Ellis Island. Ocultos en aquella gran marea migratoria arribaron soldados de a pie de los antiguos sindicatos del crimen con sede en Nápoles y en la isla de Sicilia que se iban a América huyendo de la persecución por asesinato y otros delitos violentos. La Mano Negra abordaba a los fugitivos en los muelles y los ponía a trabajar. Uno a uno, todos los comerciantes de las calles Mulberry y Mott recibieron cartas de extorsión con el sello negro de bombas humeantes y otros símbolos amenazantes. «Ay de usted si no decide comprar su felicidad futura», advertían. «Traiga el dinero si no desea morir».[2]

Los comerciantes que se negaban a pagar la cuota —que solía oscilar entre cincuenta y cien dólares— podían esperar una bomba en el buzón o arrojada al salón donde jugaban sus retoños, o cualquier otra cruel revancha. En 1909 se halló el cadáver de uno de esos hombres que se resistían a la extorsión embutido en un barril y con los genitales metidos en la boca.

La Mano Negra confirmó la opinión de muchos neoyorquinos de que los italianos que las pasarelas de los vapores vertían en masa eran una casta sucia y belicosa infectada de los hábitos violentos de Europa. Habían llevado al caos a América, igual que la fruta importada contagia una plaga.

Los ciudadanos honrados y respetuosos de la ley de Little Italy temían que la Mano Negra mancillara su buena reputación, ganada con el sudor de su frente. El Bollettino della Sera, un periódico italiano que se editaba en el Lower Manhattan, advertía de que las «puertas de este país se cerrarán a los italianos si continúan las atrocidades de la Mano Negra».[3]

En diciembre de 1908, un grupo de detectives nacidos en Italia celebró una reunión secreta encima de una taberna de Centre Street. Un teniente de rostro rollizo llamado Joe Petrosino se puso en pie para dirigirse a sus colegas. Medía solo metro sesenta, pero pesaba noventa kilos, y su gran barriga le daba aspecto de tonel. Dispensado del requisito de altura por el departamento de policía, se había incorporado al cuerpo con veintitrés años. Pese a su corta estatura, demostró ser hábil con los puños y acumuló un historial de detenciones espectacular. Sus colegas, entre cuyas filas predominaban los irlandeses, lo apodaban «el Dago»,[*] pero lo trataban con respeto. En 1895, Teddy Roosevelt, por entonces comisario de policía, lo nombró jefe de la Brigada de Homicidios.

Lo que Petrosino proponía era crear un cuerpo clandestino de policía, la Brigada de Explosivos original, para luchar contra la Mano Negra. Debían formarlo detectives italianos, ya que los comerciantes de Little Italy jamás confiarían en policías irlandeses.

El propio Petrosino superó todas las expectativas, pues detuvo a quinientos delincuentes y redujo las bombas a la mitad. Se colaba de incógnito en las tabernas y los restaurantes italianos de Prince Street y obtenía información disfrazado con un sombrero de fieltro de ala ancha, bigote falso y un pañuelo rojo atado al cuello. Infiltrándose entre los agentes de la Mano Negra descubría sus conspiraciones y planes secretos con una facilidad que sus colegas irlandeses no podían ni imaginar y consignaba todo en un diario al que llamaba «la biblioteca del crimen».

«Conocía todas las modalidades de asesinato a la siciliana y a la calabresa», escribió The Washington Post en la época, «y le bastaba con echar un vistazo a las heridas de un cadáver para saber qué había inspirado el asesinato y qué rama de la Mafia era la responsable».[4]

Sin embargo, las detenciones por sí solas no podían erradicar a la Mano Negra. Petrosino debía matar la red de raíz. Por suerte para él, una nueva ley permitía a la policía deportar a los inmigrantes condenados por un delito en otro país durante un período de tres años después de su llegada a Estados Unidos. Para sacar partido a esa ley, debía viajar a su tierra natal y obtener el historial criminal de los gánsteres sospechosos que operaban en las calles de Nueva York. «Estados Unidos se ha convertido en un vertedero de todos los criminales y bandidos de Italia, Sicilia, Cerdeña y Calabria»,[5] dijo Petrosino.

En febrero de 1909, Petrosino se despidió de su esposa Adelina y de su hija de un año y embarcó en un vapor para Génova. En su equipaje llevaba un revólver del 38 y una libreta con una lista de posibles informantes. Había pensado viajar de incógnito haciéndose pasar por un empresario aquejado de una infección intestinal que buscaba tratamiento en Italia, pero unos días antes de su partida The New York Herald publicó un artículo en el que detallaba su misión. Aquello lo ponía en peligro. Monseñor John F. Kearney, su pastor en la antigua catedral de San Patricio, en Little Italy, le advirtió de que tal vez no volvería. «Probablemente no», dijo Petrosino con una sonrisa, «pero mi deber es ir, y voy a hacerlo».[6]

El 12 de marzo a las nueve de la noche, Petrosino salió de un restaurante de Palermo para encontrarse con unos informantes en la Piazza Marina. Era una trampa. Dos hombres se le acercaron cuando se hallaba bajo una frondosa higuera y le pegaron cuatro tiros. Él sacó su revólver y devolvió el fuego. No dio en el blanco, pero el ruido alarmó a un marinero que andaba por allí y que se arrodilló a su lado cuando los ojos del detective se quedaron fijos.

La Mano Negra expiró poco después que Petrosino, pero la brigada en ciernes, rebautizada Brigada contra Radicales y Explosivos, siguió ocupándose de bombas esporádicas, casi todas obra de extranjeros. En los años del Terror Rojo posterior a la Primera Guerra Mundial era más probable que pusieran bombas los anarquistas o los bolcheviques que los extorsionadores. Los manuales de fabricación de bombas circulaban junto con manifiestos radicales, y sus objetivos, lo mismo que hoy, eran los símbolos del poder y del dinero estadounidenses.

La cálida mañana del jueves 16 de septiembre de 1920, poco antes del mediodía, un desvencijado carromato del tipo que se usaba para repartir leche y huevos traqueteaba hacia el este por Wall Street. Su cochero tiró de las riendas para frenar a la yegua alazana frente al Banco J. P. Morgan, cuya cúpula se alzaba como una pétrea ciudadela en la esquina de Wall Street con Broad Street, un cruce conocido en los círculos financieros como «the Corner» («la Esquina»). Al otro lado de la calle se alzaba la Bolsa de Nueva York, y en la esquina opuesta se erguía una estatua de bronce de George Washington sobre los escalones de granito de la Subtesorería, señalando la sede de su investidura y el lugar donde el Congreso se reunió por primera vez.

Siete meses antes, hombres y mujeres se habían agolpado en esas calles para vitorear a veinticinco mil soldados que desfilaban a su regreso de la Gran Guerra. Durante la posguerra, los estandartes y las emotivas marchas de Sousa dieron paso a un declive —desempleo, cierre de fábricas, familias sin hogar— y a las desagradables privaciones de la Ley Seca. Llegaron tiempos duros y turbulentos. Los bolcheviques habían asesinado a la familia imperial rusa en 1918, y había motivos para creer que la revolución se propagaría a América. En 1918 y 1919 estallaron varias bombas, dos de ellas diseñadas para asesinar al fiscal general, A. Mitchell Palmer. El presidente Woodrow Wilson, temeroso de una insurrección, devolvió el golpe. El 2 de enero de 1920 fueron detenidos más de tres mil sospechosos de izquierdismo en treinta ciudades, y cientos fueron deportados bajo la sospecha de ejercer «fuerza y violencia».

Ocho meses después de las detenciones aquel carromato se detuvo en Wall Street, cortando el tráfico. En lugar de apartarlo, el cochero descendió por el estribo y se escabulló. El carromato permaneció parado unos minutos, con su yegua cabeceando contra el ronzal y espantando moscas con la cola. Enfrente, los socios del Morgan asistían a su reunión diaria en una sala de conferencias de la segunda planta. Unas manzanas al oeste, las campanas de Trinity Church anunciaron el mediodía. Un enjambre de recaderos, oficinistas y corredores de bolsa inundó la calle a la hora del almuerzo, ajeno al tictac amortiguado por la arpillera tendida sobre el carromato. Entonces, sin previo aviso, Wall Street estalló. Cuarenta y cinco kilos de dinamita hicieron trizas el carromato y su caballería. A los explosivos se habían añadido pesos de ventanas de guillotina cortados por la mitad que acribillaron a los peatones como balas dentadas y mataron a treinta de ellos. (Otros ocho murieron en el hospital). La onda expansiva barrió Wall Street e hizo saltar por los aires a cientos de civiles.

Cuando se disipó el humo, dejó a la vista ventanas hechas añicos hasta en la decimosegunda planta. Había carne de caballo y miembros humanos en medio de charcos de sangre. La cabeza cortada de una mujer, con sombrero y todo, colgaba pegada a una pared. Un banquero del Morgan encargado de las remesas de oro recibió el impacto de un proyectil metálico y se desplomó muerto sobre su escritorio. En la calle llovía metralla de cristales rotos. Los supervivientes, presa del pánico, corrieron en estampida por Wall Street pisoteando a los heridos. Varias mujeres se quedaron a ayudar e hicieron tiras de sus enaguas para vendas y torniquetes. A los pies de bronce de George Washington se alineaban cadáveres bajo sábanas blancas. Los corredores de bolsa lloraban. Por unas horas, el cruce más caro del mundo pareció una de las ciudades europeas bombardeadas sobre las que los neoyorquinos habían leído durante la Primera Guerra Mundial.

Arrastrado por una marea patriótica, el país juró vengarse de los terroristas extranjeros, al igual que ochenta y un años después, tras otro atentado de septiembre a solo unas manzanas de allí. Algunos advirtieron de que el presidente Wilson se servía del suceso como excusa para arrebatarles derechos civiles. Temían que la venganza solo provocara más violencia y mancillara la reputación internacional de Estados Unidos.

Por primera vez la palabra terrorismo ganó terreno en el léxico estadounidense. Los investigadores dedicaron meses a vigilar a anarquistas en países tan lejanos como Rusia o Polonia, sin resultado. El atentado de Wall Street contribuyó a confirmar las sospechas de que Europa era una incubadora incorregible de anarquía y odios incontrolables.

El mismo recelo planeó dos décadas después sobre los preparativos de la Exposición Universal en Flushing Meadows, en Queens. Era un curioso año para celebrar la unión de las naciones. Cuando la exposición abrió sus puertas, en abril de 1939, Hitler ya había invadido Checoslovaquia, e Italia pisoteaba Albania. Sin embargo, la muestra siguió adelante con su alegre promesa de una vida mejor. Cuarenta y cuatro millones de visitantes cruzaron sus torniquetes para admirar «el mundo del mañana», que exhibía el último grito en dispositivos y productos como televisores en blanco y negro, escaleras mecánicas, fotografía en color, hilo de nailon, lámparas fluorescentes y aire acondicionado. La exposición hablaba con sincero entusiasmo de un mundo donde las máquinas lavaban la ropa y los países avanzaban juntos en paz. El futuro sería «tan armonioso como las estrellas en su curso allá en lo alto».[7]

Aquel optimismo no impidió montar guardia al NYPD. Cuando se inauguró la segunda fase de la exposición, en la primavera de 1940, Francia había caído y en Londres estaban evacuando a los niños. Los pabellones de Gran Bretaña e Italia quedaban enfrente, con la plaza de la Paz en medio: ambos países estaban en guerra.

El 4 de julio a las tres y media de la tarde, un electricista halló una sospechosa bolsa de lona en un cuarto de cuadros eléctricos de la segunda planta del pabellón británico. Pegó el oído a la bolsa y oyó un sordo tictac en sus entrañas. ¿Sería la bolsa de un obrero que había dormido allí y tenía dentro una radio o un despertador? El electricista la llevó abajo y, atravesando una multitud de unos mil quinientos visitantes reunidos para tomar el té de la tarde, se la entregó a su supervisor, que a su vez la llevó de nuevo a través del gentío a un despacho de seguridad. Un guardia llamó a la policía. Dos detectives de paisano la llevaron a un tramo vacío cerca de una vía de acceso que discurría tras el pabellón de Polonia, la depositaron en el suelo y se alejaron: seguía oyéndose el tictac. Cerca «había mucha gente tomando copas en una plaza bajo alegres sombrillas»,[8] informó The New York Times.

El detective de la Brigada de Explosivos Joseph Lynch estaba en su pisito del Bronx jugando al bridge con su esposa Easter y su suegra cuando sonó el teléfono. Él y Easter tenían pensado ir a visitar a su hija de diez años, Essie, que estaba ingresada en el St. Joseph Hospital de Yonkers a causa de una dolorosa infección de huesos. En cuanto colgó el teléfono, Lynch salió disparado. Mientras se dirigía a la puerta le dijo a Easter que volvería para cenar. Luego recogió a su compañero, Freddie Socha, en el coche de su hermana. «Era su día libre», dijo después Henry, el hermano de Socha. «De haber hecho mejor día, probablemente habría salido con su mujer y no habría estado en casa cuando llamó su compañero».[9]

Los dos hombres se dirigieron —y rápido— a Flushing Meadows. Se acercaron a la bolsa con cautela, sin equipo protector, vestidos con los trajes oscuros que tanto gustaban a los detectives. Tras consultarlo entre ellos con cierto nerviosismo, Socha puso la bolsa de lado y le hizo un agujero de cinco centímetros en una esquina para que Lynch pudiera mirar dentro. Con el ojo pegado al agujero, este vio varios de los dieciséis cartuchos de dinamita que había en su interior, atados y con clavos como metralla, y dijo en voz baja: «Es cosa fina»,[10] dando a entender que era una auténtica bomba. Antes de que Socha pudiera responder, la bomba les estalló en la cara. La explosión abrió un cráter de metro y medio, y arrancó la corteza de un arce cercano cuyas hojas revolotearon hasta el suelo. El cuerpo de Socha voló a tres metros de la explosión. El de Lynch aterrizó destrozado a más de diez metros. El estallido retumbó como una descarga de artillería a través de la cápsula del tiempo de Westinghouse, la pista de carreras que coronaba el pabellón Ford y la plataforma del salto con paracaídas. La mayoría de los visitantes creyó que se trataba de fuegos artificiales.

A más de ciento veinte metros se halló un clavo incrustado en un pedazo de carne que se creía pertenecía a la nariz de Lynch y que se recogió para analizarlo en el laboratorio, un procedimiento aún relativamente nuevo. Los detectives también encontraron un fragmento de reloj de la Connecticut Clock Company, que, según determinaron, se había programado para detonar la bomba en el momento en que ambos hombres examinaban la bolsa. Se sospechó del IRA (Ejército Republicano Irlandés), pero, al igual que en el caso del atentado de Wall Street, jamás se atrapó al autor. Al explotar cinco meses antes de Pearl Harbor, es difícil no pensar en aquel haz de dinamita oculto en una bolsa como un preludio de la guerra.

El recuerdo de aquella tarde en la exposición siguió vivo durante toda una generación, como una pesadilla que se niega a soltar su presa. La súbita onda expansiva aniquiladora. Los indefensos detectives lanzados al aire como muñecos de trapo. La música festiva sonando de fondo mientras los ordenanzas se llevaban en carros sus cuerpos descuartizados, o lo que quedaba de ellos.

El eco de aquel horror seguía resonando a través de los años en las salas de la Brigada de Explosivos de Poplar Street donde los detectives estaban de turno la noche del 22 de octubre de 1951, unas horas después de que F. P. saliera del cine Paramount. Sobre la mesa donde los agentes jugaban al rummy, un cartel en el que había trozos de cinc, carbono y alambre extraídos del cuerpo de Joseph Lynch advertía de los peligros del heroísmo temerario.

Los detectives de la Brigada de Explosivos aceptaban la muerte como un riesgo laboral. El destino de Lynch podía ser el de cualquiera de ellos cualquier día. Aun así, atravesaban una racha especialmente angustiosa en su persecución de F. P. por las calles de Nueva York. Para la policía, la actuación de F. P. era una nueva y aterradora frontera. Al menos los extorsionistas y anarquistas de principios de siglo eran comprensibles: sus métodos eran cruentos, pero sus objetivos estaban claros. En la década de 1950, la Brigada de Explosivos iba tras otro tipo de dinamitero: una figura sombría impulsada por la locura.

Lo que más asustaba a los policías de Poplar Street era lo increíblemente escurridizo que era F. P. Su trastorno no facilitaba su captura. Al contrario, parecía poseer grandes reservas de frialdad. Siete meses antes, el 29 de marzo de 1951, había recorrido una concurrida rampa que llevaba a un paso subterráneo abovedado de la estación Grand Central, un espacio embaldosado conocido como la «galería de los susurros». Allí se detuvo y, sin que los transeúntes se dieran cuenta, dejó caer una bomba en un cenicero lleno de arena a las puertas del Oyster Bar. El artefacto explotó con una ensordecedora reverberación en plena hora punta, arrojando arena y fragmentos metálicos. El humo aún llenaba el pasaje cuando sonó el teléfono del Oyster Bar. «¿Ha habido muchos daños?», preguntó una voz de hombre con un leve acento extranjero. La bomba podría haber matado a varios viajeros si F. P. la hubiera colocado con esa intención. Al parecer escogió a propósito un lugar apartado, a modo de disparo de advertencia.

A los detectives les preocupaba más la perseverancia de F. P. que dónde pusiera las bombas. En los meses siguientes colocó artefactos en la Biblioteca Pública de Nueva York, situada en la Quinta Avenida; en el vestíbulo oeste de la estación Grand Central, y en una cabina telefónica y en el vestíbulo de la sede central de Con Ed. Además, abrió un boquete en un muro de hormigón de la estación de autobuses de la Autoridad Portuaria que llenó el vestíbulo de remolinos de humo en la hora punta. Su ritmo se aceleraba.

La Brigada de Explosivos respondió a cada aviso con total rapidez —de día y de noche—, con una flota de coches patrulla de techo blanco y un viejo furgón Chevrolet verde forrado de paneles de nogal y equipado con el complejo material antiexplosivos creado para la protección de los agentes —y del público— tras la explosión de la Exposición Universal. (Jamás volvería a acercarse un detective a una bomba sin protección, como hicieron Lynch y Socha.) La brigada hizo todo cuanto se le pidió, todo menos efectuar una detención.

Hacía tan solo una semana, F. P. había llamado a Grand Central para avisar de que había una bomba en marcha en una taquilla. «Escúchenme bien», dijo con una voz trémula que delataba su agitación. «Hay una bomba en una taquilla en la planta principal de la estación Grand Central». No dijo en qué taquilla.

La Brigada de Explosivos acordonó la sala de espera principal y llevó a cabo un tedioso registro de las tres mil taquillas que duró tres horas. La mitad estaban ocupadas. El encargado de la consigna iba a la cabeza a lo largo de las hileras de taquillas abriendo cada una de estas con un hábil giro de muñeca en el sentido de las agujas del reloj con la llave maestra que llevaba atada a una trabilla del pantalón con una larga cuerda trenzada.

El sargento Peter Dale, el larguirucho pero recio jefe de la Brigada de Explosivos, inspeccionaba su contenido con una linterna. También llevaba consigo un fluoroscopio, un aparato de rayos X que se usaba para obtener imágenes del interior de bolsas y paquetes. A las tres y media de la tarde, la brigada llegó a la última taquilla. Dentro había una vieja maleta amarilla. Dale miró por un agujero de una esquina y negó con la cabeza. No había ninguna bomba. Solo encontraron una interminable serie de maletines y bolsas deportivas y de compras. Todo había sido un truco ideado para hacerles perder el tiempo.

F. P. aún no había matado a nadie, pero se suponía que era cuestión de tiempo. El capitán Finney, el jefe de Dale, necesitaba dar pronto con alguna pista, o sus hombres acabarían sacando bolsas de cadáveres de sitios destrozados por bombas bajo los estridentes flashes de los fotógrafos de la prensa sensacionalista. Entretanto, el asedio del Loco de las Bombas empezaba a poner nerviosa a una población ya inquieta por el aumento de la delincuencia. Los periódicos llenaban columnas con noticias de robos, atracos y peleas entre bandas, pero aquella violencia aleatoria, de desconocido a desconocido, resultaba particularmente escalofriante. Quien ponía las bombas era un fantasma, un hombre del saco en el que se concitaban las ansiedades reprimidas de la era del hongo nuclear.

La noche del 22 de octubre, F. P. regresó a su hogar desde el cine Paramount mientras la Brigada de Explosivos mataba el tiempo en Poplar Street. En la calle Cuarenta y uno Oeste, el redactor jefe de la sección local del Herald Tribune estaba sentado en la sala de redacción, pálido bajo la cruda luz azulada del fluorescente, revisando un artículo sobre una huelga de estibadores que tenía paralizado el muelle neoyorquino y el transporte ferroviario de mercancías. Era una noche apremiante para la prensa. Aquel día los soviéticos habían probado un arma nuclear, y los redactores discutían sobre qué noticia debía ir en primera plana a la mañana siguiente.

A las diez y cuarto de la noche, un recadero entregó al redactor jefe un sobre llegado por correo exprés con matasellos de Mount Kisco, una ciudad dormitorio del condado de Westchester. Las cartas llegaban a cientos, pero el correo exprés requería atención inmediata. El redactor jefe cortó en seco a un combativo reportero y rasgó el sobre. Su remitente avisaba de que había una bomba en los servicios del cine Paramount, en Times Square, dos manzanas al norte de las oficinas del Herald Tribune:

LAS BOMBAS SEGUIRÁN HASTA QUE LA CONSOLIDATED EDISON COMPANY COMPAREZCA ANTE LA JUSTICIA POR SUS MEZQUINDADES CONTRA MÍ. HE AGOTADO TODAS LAS VÍAS ALTERNATIVAS. CON LAS BOMBAS INTENTO QUE OTROS CLAMEN JUSTICIA PARA MÍ. SI NO OBTENGO JUSTICIA SEGUIRÉ, PERO CON BOMBAS MÁS GRANDES.

Como de costumbre, firmaba F. P.

La Brigada de Explosivos llegó al Paramount en una procesión de coches patrulla de incógnito con el furgón verde a la cola. Cerca aguardaban camiones de bomberos y ambulancias. El telón acababa de caer en una docena de salas, y las calles se inundaron de peatones apresurados en busca de taxi o camino del metro de Times Square. En las aceras, el gentío cedió el paso a los detectives, que abrieron las dobles puertas que llevaban al vestíbulo art déco del Paramount donde F. P. había comprado su entrada hacía menos de cinco horas. La policía del distrito sur del Midtown ya había acordonado los servicios de la planta baja sin alarmar al público. Era mejor que no cundiera el pánico. Mientras el detective ficticio de la pantalla de la planta superior daba caza a duros gánsteres en el muelle, los detectives de carne y hueso invadieron los servicios de abajo para buscar la bomba bajo lavabos e inodoros. Nada. Entonces un detective extrajo la rejilla de un conducto de ventilación en el baño de caballeros. Allí estaba: un trozo de tubería sellado por ambos extremos.

A continuación venía la delicada tarea de determinar la naturaleza de la bomba y retirarla de forma segura. «Cada máquina infernal es diferente», explicó William Schmitt, un mofletudo detective veterano de la Brigada de Explosivos. «Las que funcionan con ácido, las que van con un reloj, las de posición. Alejamos a la gente y luego nos planteamos qué hacer».[11]

La tarea recayó en Peter Dale, el sargento nombrado por el capitán Finney para dirigir las operaciones manuales de la brigada, mientras que él supervisaba a esta y a su filial, el laboratorio de criminalística. El capitán Finney era el director silencioso y cerebral, separado de las filas por su formación y su dominio de la teoría forense. Dale era todo lo contrario: sociable y más inclinado al trabajo físico, con un temperamento vivaracho que la inminencia del peligro no empañaba.

En el baño de la planta baja del Paramount, el sargento Dale se embutió sobre su pelo gris cortado al rape un casco de acero con forma de cubo y con ranuras para los ojos, similar a la capucha de un verdugo; se protegió los robustos brazos con guantes a prueba de balas y se ató alrededor del torso unas placas metálicas superpuestas envueltas en lona verde y ajustadas con un cinturón, de las que colgaba una tira que le protegía la entrepierna. Mientras se disponía a enfrentarse a solas con la bomba, el miedo bañó su rostro de sudor. Tras la catástrofe de la Exposición Universal, la brigada había adoptado la norma de exponer solamente a un detective en el radio de peligro.

«Este tipo de trabajo genera siempre mucha tensión», dijo Dale. «Tu cuerpo es un manojo de nervios. Quien te diga que no le importa es un chalado».[12]

El sargento Dale se había incorporado a la Brigada de Explosivos en 1940 como sustituto del detective Lynch, tres meses después de que este falleciera al estallar la bomba de la Exposición Universal, y en los once años siguientes ascendió a jefe de brigada. Su padre y su abuelo habían sido polvoristas, profesionales expertos en explosivos que dinamitaban túneles y cimientos de edificios. Durante casi toda su juventud, Dale quiso seguir sus pasos. Dejó los estudios antes de acabar la secundaria para entrar de aprendiz de barrenero y chico de la pólvora en los trabajos de su padre y estaba a punto de conseguir su licencia de artificiero cuando su progenitor enfermó. Mientras agonizaba, este le instó a abandonar la vida de dinamitero. «Es un trabajo duro y peligroso», le dijo, «y pasada una edad ya no puedes soportarlo, y no tienes derecho a jubilación ni pensión».[13] Así que Dale había ingresado en el departamento de policía en busca de seguridad, una ironía flagrante.

Ya tenía cincuenta y un años, y hacía siete que reunía las condiciones para jubilarse. Esta habría sido la maniobra más prudente, habida cuenta de la preocupación que causaba a su esposa y sus siete hijos que le esperaban en su modesta casa de dos plantas del Bronx, pero Dale quería seguir hasta los sesenta y tres, la edad reglamentaria para retirarse. Se encontraba a gusto en compañía de las bombas, pese a las terribles posibilidades. Si pecaba de algo era de valiente. «Uno de estos días voy a tener que rasparte de una pared con una espátula»,[14] le advirtió su jefe, el capitán Finney.

Al igual que muchos de sus colegas, el sargento Dale se presentaba a diario en Poplar Street armado con la confianza que le daba su fe religiosa. Le era más fácil poner sus expertas manos sobre una bomba sabiendo que a nadie le llega su hora antes del día que Dios le tiene asignado. «El de arriba ha sido muy bondadoso conmigo»,[15] decía.

Pero la confianza divina no erradicaba del todo sus miedos. Sabía que debía desactivar la bomba en el baño o sacarla de allí. El sudor le resbalaba dentro del grueso traje protector mientras se acercaba lentamente al artefacto, pertrechado con un escudo hecho de vidrio antibalas confiscado de una limusina Lincoln perteneciente al gánster Dutch Schultz y al que había puesto un marco de hierro. Avanzó hacia la bomba medio agachado, medio tumbado. Tenía el rostro protegido, o eso esperaba, pero las manos y los brazos quedaban expuestos. Sus compañeros lo observaban a cierta distancia. A Dale se le tensó el plexo solar. Para los detectives, esos cinco o seis pasos hasta la bomba eran los más largos del mundo. Esa era la única vez en que no se respetaba la inviolable cadena de mando: el que llevaba el traje protector era quien daba las órdenes y tomaba las decisiones, al margen de su rango.

A una zancada de la bomba, expuesto por completo salvo por su equipo protector, Dale la tanteó con un palo provisto de un mecanismo de agarre de goma, similar al utensilio utilizado por los tenderos para coger cajas de cereales situadas en estanterías altas. Zarandeó la bomba con las pinzas de tendero una y otra vez, por todos los lados, deteniéndose en cada ocasión durante un largo y horrible momento. Si el artefacto se había construido con el llamado «interruptor de mercurio», un golpe o un vuelco haría que una gota de mercurio rodara por un tubo de cristal y tocara un juego de contactos. O tal vez los puntos de contacto se habían colocado a corta distancia entre sí. Fuere como fuere, un golpe o una sacudida completarían el circuito eléctrico y activarían la bomba. Si Dale creía que esta podía activarse con el movimiento, él y sus compañeros no tendrían más remedio que detonarla allí donde estaba, pese a los daños que pudiera ocasionar al edificio.

Por suerte para Dale, no ocurrió nada. Una vez seguro de que el artefacto no se activaba mediante el movimiento —cosa que en la taxonomía de las bombas se conoce como «dispositivo de control posicional»—, la cuestión era cómo extraerlo. Con suma lentitud y máxima cautela la deslizó en una bolsa de malla de acero de 36 kilos a la que se llamaba «el sobre», parecida a un bolso de rejilla. Dos detectives pasaron una vara de 4,5 metros entre las anillas fijadas al sobre y, alzándolo por los extremos, lo levantaron como si fuera un cerdo asado en la hoguera. Un simple traspié podría matarlos, por lo que caminaron tan lentos como si portaran un féretro hasta la calle, donde los peatones los observaban con morbosa fascinación, tapándose la boca con las manos, tras una barrera policial.

Por precaución, la brigada debía trasladar la bomba a un lugar seguro antes de seguir manipulándola. Por ello, los detectives depositaron el sobre en la parte de atrás de la Big Bertha («Gran Berta»), una camioneta equipada con un contenedor abovedado, similar a la lona de una caravana, hecho de cable de acero trenzado de unos 15,8 milímetros de grosor procedente del material sobrante de la construcción del puente de Brooklyn. La brigada había diseñado y construido este vehículo dos meses después de la explosión en la Exposición Universal para garantizar el transporte seguro de bombas activas por calles concurridas. «Todo el mundo correría peligro en la calle si transportáramos la bomba en un coche patrulla»,[16] dijo Dale.

En teoría, la Big Bertha podía resistir la potencia explosiva de veinticuatro cartuchos de dinamita, aunque la brigada no había tenido ocasión de comprobarlo. Su puerta de acero reforzado se abría mediante un mecanismo de poleas y a los lados se leía en letras grandes la palabra PELIGRO, una advertencia para el público mientras se alejaba escoltada por policías en moto y el aullido apremiante de las sirenas.

Los detectives operaban bajo la suposición de que una bomba podía causar daños en un radio de noventa metros. Como precaución, Dale y su equipo se dirigieron hasta un solar vacío del remoto West Side. Dale espolvoreó la bomba con polvo dactilar para sacar huellas y luego, con el mimo con que se acuesta a un bebé en la cuna, la depositó en un tanque de hierro de unos ciento noventa litros lleno de aceite de motor de 10 grados para frenar o detener su mecanismo temporal y amortiguar la explosión. Luego se arrodilló para auscultar la bomba con un estetoscopio: no oyó ningún tictac, tan solo un hermoso silencio.

Para confirmar que el aceite había detenido el corazón de la bomba, Dale miró en su interior con el fluoroscopio, uno de los dispositivos que la brigada llevaba consigo en el viejo furgón verde Chevrolet. El fluoroscopio, del tamaño de un antiguo televisor en blanco y negro, analizaba mediante rayos X el mecanismo interno de una bomba en unos treinta segundos. Si la imagen resultante contenía un borrón, quería decir que la manecilla de un mecanismo de relojería estaba girando. Dale pegó los ojos al visor. Llevaba guantes de plomo y un mono también de plomo para protegerse de la radiación. En la turbia imagen oscura distinguió los cables que conectaban el reloj a una pila, pero no había borrón: estaba a salvo.

Los desactivadores de bombas solían sufrir temblores convulsivos por la bajada de adrenalina y exhalaban profundos suspiros de alivio. «Las pasé canutas con esa», dijo Dale. «Sabía que era auténtica, y aunque creía que sabía cómo funcionaba, nunca se puede estar seguro».[17]

Hasta entonces, F. P. había dejado sus artefactos caseros en cabinas telefónicas y otros lugares apartados donde podían provocar conmoción, pero daños limitados. Todo eso estaba a punto de cambiar. La bomba del Paramount marcó el inicio de una nueva y peligrosa fase de su campaña. Tal como advertía en su carta al Herald Tribune, tenía la intención de fabricar bombas más grandes y detonarlas en cines y otros lugares concurridos. Los agentes de policía de la jefatura llamaron a Whitelaw Reid, el director del Herald Tribune, y le pidieron que no publicara la carta de F. P. La publicidad no haría más que animarlo, dijeron, y probablemente generaría una ristra de imitadores.

Al cabo de unas semanas, tras años de contratiempos y frustración, callejones sin salida y reveses, el capitán Finney y su equipo consiguieron por fin dar con una pista: después de buscar en los expedientes de cientos de empleados agraviados por Con Ed, encontraron una muestra de escritura cuyas letras parecían coincidir con las mayúsculas de las cartas de F. P. Al día siguiente, y acompañados por la policía estatal, detuvieron en North Stonington (Connecticut) a un hombre bajo y de pelo cano de cincuenta y seis años llamado Frederick Eberhardt, que había trabajado para Con Ed durante más de veinte años empalmando cables y realizando otros trabajos de mantenimiento en el exterior y había sido despedido por robar en lugares de trabajo. Un juicio con jurado lo absolvió de estos delitos. Entonces presentó una demanda civil contra la empresa por daños y perjuicios, pero al parecer esto no le bastó como venganza. Durante el interrogatorio policial admitió haber enviado a Con Ed amenazas por escrito y también confesó haber mandado por correo una falsa bomba de tubo llena de azúcar al jefe de personal de la empresa.

«Este acusado es particularmente molesto para la policía de Nueva York», dijo un ayudante del fiscal del distrito al juez en la comparecencia de Eberhardt. «Estamos firmemente convencidos de que no se halla en pleno uso de sus facultades».[18] La esposa de Eberhardt, Louise, sollozó al ver a los guardias llevárselo esposado a la conocida ala psiquiátrica del Hospital Bellevue para tenerlo allí un mes en observación. «Esta detención es un ultraje», dijo a los periodistas. «Él nunca mandó esas cosas. No haría daño a una mosca».[19] La policía había detenido a Eberhardt con pruebas muy escasas, pero estaba segura de que, una vez lo tuvieran bajo custodia, se materializaría una ingente cantidad de pruebas condenatorias.

Los neoyorquinos se sintieron aliviados al saber que por fin se había detenido a un sospechoso. Daban por sentado que la policía no habría detenido a Eberhardt sin alguna certeza sobre su culpabilidad. Durante los días siguientes, el capitán Finney, sentado en su despacho de Poplar Street, confió en que, una vez Eberhardt encerrado, se acabasen las bombas. Cada día que pasaba sin que estallara un artefacto confirmaba su culpabilidad.

Habría sido una enorme satisfacción haber puesto fin al terror del Loco de las Bombas. En el otoño de 1951, a la alarma creciente generada por sus actos aleatorios se sumó el temor a un mundo más peligroso. En octubre, el presidente Truman firmó un pacto que garantizaba protección militar para «los pueblos libres». Si los comunistas daban un paso, Estados Unidos estaba dispuesto a intervenir, desde Hanoi hasta La Habana. La guerra nuclear ya no era una posibilidad abstracta. A las 10.33 del 28 de noviembre, un día húmedo y gris, Nueva York llevó a cabo su primer simulacro de posguerra de un ataque aéreo. Rasgando el frío aire de la mañana, las sirenas silenciaron el bullicio habitual. El tráfico se detuvo, y conductores, pasajeros de taxis y peatones corrieron a los refugios. Un silencio fantasmal se adueñó de las calles. Parecía una escena de una película de ciencia ficción. Millones de personas se hallaban a cubierto, salvo la policía y el servicio de defensa civil, uniformado con cascos blancos. Diez minutos después sonó el aviso de fuera de peligro y se reanudó el bullicio.

Aquella tarde se produjo una explosión en un par de taquillas que funcionaban con monedas en la entreplanta situada sobre las vías de la estación de metro de Union Square, un tramo de pasillo muy frecuentado, repleto de puestos de limpiabotas, floristerías y quioscos. La descarga hizo volar por los aires las puertas de las taquillas como si fueran frisbis. Earl Scott, un teniente del departamento de bomberos que estaba fuera de servicio y pasaba por allí vestido de paisano, dijo que había sonado como «un cartucho de dinamita».[20]

Scott hizo lo que hubiera hecho cualquier ciudadano: llamó a la policía. La jefatura transmitió la alerta a la sede de la Brigada de Explosivos de Poplar Street, donde respondió al teléfono el detective William Foley, que acababa de empezar su turno de noche. «¿Es él otra vez?», se preguntó. Sorprendentemente nadie resultó herido, pero F. P. había actuado pérfidamente al programar la detonación para el final de un día tan angustioso para Nueva York.

Aunque esta explosión exoneraba a Eberhardt, los agentes lo retuvieron hasta que cumplió su sentencia de un mes. El 15 de mayo de 1952 salió por las puertas de hierro forjado del Bellevue a la Quinta Avenida. Más tarde dijo de su encarcelamiento que pasó «los días más terribles de mi vida».

En los meses siguientes, F. P. echó varias cartas en buzones de Westchester (nunca dos veces en el mismo para no dar pistas sobre sus hábitos y auténtico paradero). En todos los casos se cuidó de limpiar muy bien el sobre con un trapo para no dejar huellas antes de meterlo por la ranura del buzón. En esas cartas se mofaba de la policía por sus chapuzas y prometía poner más bombas —y más grandes— en lugares públicos muy concurridos, donde podían mutilar, destrozar y matar.

El remitente se identificaba como F. P., pero la prensa sensacionalista, como es propio de ella, lo llamaba el Loco de las Bombas de Nueva York. Ya tenía nombre, pero no rostro. Los detectives curtidos de Nueva York decían que a veces se formaban la imagen mental de un sospechoso a medida que acumulaban información, del mismo modo que se empieza a ver en un puzle una granja de Nueva Inglaterra o un campo de amapolas al ir encajando piezas en su sitio. Generalmente podían imaginarse al sospechoso caminando hacia ellos por la calle. Pero en este caso, no. Esta vez, no. Los detectives de la Brigada de Explosivos coincidían en que, cuando pensaban en F. P., cuando trataban de retratarlo en su mente, veían una figura de espaldas, irreconocible e incognoscible.

3
MR. THINK

OCTUBRE DE 1951

F. P. era un hombre de costumbres. En los días que siguieron a la explosión de la bomba del Paramount Theater, a finales de octubre, repasó columna por columna toda una pila de periódicos neoyorquinos: el Post, el Daily Mirror, el Herald Tribune, el World-Telegram and Sun, el Times, y el resto.

Su irritación subió de punto al ver que ni la prensa seria ni la amarilla recogían la verdad. Ambas venían repletas de noticias sobre las tropas chinas concentradas en las colinas de Corea y de quejas por los enfrentamientos entre bandas callejeras en Corona y Cobble Hill, Harlem y Hell’s Kitchen. También traían crónicas sobre las pruebas de un artefacto nuclear que los soviéticos llevaban a cabo en una estepa del noreste de Kazajistán, así como acerca del hongo de la bomba que el ejército estadounidense había detonado en el desierto de Nevada.

F. P. tuvo que leerlo todo —los funestos reportajes sobre armamento en la Guerra Fría, los actos paternalistas de Dwight Eisenhower, o si Charlie Conerly y los New York Football Giants se encontraban en un estado de forma propio de final de temporada— hasta dar con la noticia de la bomba del Paramount relegada a una modesta mención oculta en las últimas páginas entre breves de dos párrafos sobre accidentes de automóvil y anuncios de rebajas en grandes almacenes.

F. P. sintió un arrebato de ira. La bomba del Paramount no había conseguido más cobertura mediática que la que había puesto en el mismo teatro seis meses antes, ni, de hecho, que la de la cabina de la Autoridad Portuaria tres meses antes que aquella. Tenía la esperanza de que los periódicos lo apoyaran, que publicaran noticias sobre las injusticias cometidas contra él por una conspiración de malévolas fuerzas políticas y corporativas, empezando por la empresa Con Edison. En cambio, la prensa lo ignoraba, o peor aún, lo descartaba por chiflado.

Aquel desaire encajaba cruelmente en el patrón de su vida. No era la primera vez que se sentía invisible. En la década de 1950, para pasar por un verdadero estadounidense había que ser blanco y protestante. Los europeos del Este eran sospechosos. En la época de la Guerra Fría —los oscuros años de McCarthy teñidos de sospecha—, las dudas sobre filiación y lealtad planeaban sobre los nombres raros.

Como eslavo, F. P. sabía que siempre se quedaría aparte. A menos que despertara al público, que le hiciera ver las injusticias a base de sobresaltos. Hasta entonces no lo había logrado, tal vez porque las bombas eran muy pequeñas. Las había ideado y fabricado con la carga explosiva de una granada de mano. La potencia incendiaria no había sido su objetivo principal. No era su intención matar a nadie, al menos aún no. Solo quería demostrar algo. Creía que el carácter impredecible de su campaña y su persistencia crearían un clima de terror, y que el miedo llevaría al público a ver las canalladas y la ignominia que sufría. El terror les abriría los ojos. «He leído que un hombre con un martillo puede destrozar un cañón naval de cuarenta centímetros, solo con golpearlo hasta hacerlo añicos», dijo posteriormente. «Con las bombas pasa lo mismo».[1]

F. P. no era como los pirómanos en serie. No se excitaba sexualmente al ver estallar sus artefactos ni al contemplar el pánico que generaban. Más bien sentía inclinación a observar los daños con frialdad desde el retiro de su mundo privado. Había vivido en sus carnes un dolor atroz, pero permanecía impasible ante el miedo y el sufrimiento de los demás. Contemplaba con sangre fría el caos creado por su mano como lo haría un dios vengativo.

F. P. se dedicó a hojear los periódicos mientras tomaba café en un bar o sentado en el banco de un parque, en cualquier parte menos en la vieja casa familiar situada a medio camino de una cuesta, donde sus dos hermanas mayores, ambas solteras, podían verlos y extrañarse. Ellas no tenían la menor idea de lo que tramaba. ¿Cómo iban a saberlo? No se rasgaba las vestiduras. No escuchaba obediente en su cabeza voces que le susurraran órdenes demoníacas. Al contrario, se cuidaba bien de mantener un comportamiento normal. . . en casi todos los frentes.

En cualquier caso, apenas veía a sus hermanas. Por la mañana, cuando él se levantaba a tomar su café con tostadas ellas ya se habían ido a sus respectivos trabajos en una fábrica de latón y otra de hebillas. Casi todos los días cenaba pronto una sopa o salchichas con un vaso de leche y luego se retiraba a su cuarto antes de que regresaran.

Los domingos asistía puntualmente a la misa de las nueve de la mañana en la iglesia de Saint Joseph, pero cuando se arrodillaba en el oscuro confesionario, no mencionaba algunas cosas —muchas cosas— al sacerdote. No admitía lo que había hecho y no pedía absolución. Es más, desde hacía poco había decidido saltarse la confesión. «No podía entrar ahí y confesarme sabiendo que debía continuar con lo que estaba haciendo», dijo. «No podía hacerlo».[2]

Por las tardes, después de tomarse un bocadillo y una copita de oporto, paseaba por el barrio, siempre solo, enfrascado en sus pensamientos, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas a la espalda. Los niños del barrio lo llamaban Mr. Think («Señor Pensador»). Siempre llevaba traje, sombrero de fieltro y un abrigo oscuro. Si un transeúnte lo saludaba, respondía con educación. Tal vez el transeúnte detectara cierto carraspeo en la respiración entrecortada de Mr. Think, o un leve gorjeo que salía de lo más profundo de su garganta. Quizá lo viera encorvarse presa de un ataque de tos. Cuando se recuperaba, sonreía como se hace entre extraños. Era una sonrisa distante, falta de calor. Y se alejaba antes de darle ocasión de seguir intercambiando cumplidos.

F. P. no era el único que albergaba sueños secretos de asesinato y venganza violenta. Muchos de nosotros imaginamos en nuestro fuero interno la satisfacción de una dulce revancha por algún desaire o un insulto. El poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe dijo: «No hay crimen del que no me vea capaz». La diferencia es que Goethe no se dejó llevar por ese impulso. Tal vez contemplara la posibilidad de un acto violento —de un acto de ira y venganza—, pero se contuvo. Al menos a la mayoría de nosotros, distintas restricciones, tanto emocionales como sociales, nos impiden materializar esos deseos. A F. P. le fallaron esos frenos. Oscilaba entre el decoro y la locura. Los pensamientos violentos colonizaron su mente. Intercambiaba sonrisas con los vecinos, y luego sostenía disputas imaginarias con sus adversarios, que repetía una y otra vez. Y así sucumbió bajo el influjo de su estrella maligna.

Mientras deambulaba por las calles, F. P. se daba cuenta de que su vida se apartaba del curso corriente de las cosas. No tenía esposa. No tenía hijos. No tenía trabajo. No tenía amigos. No había conocido a nadie digno de su amistad en años. Además, los amigos solo complicaban las cosas. La amistad era un engorro. No, él perseguía algo mucho más noble que la compañía. Su soledad le daba libertad para volcarse en su misión. Se veía a sí mismo como un dechado de virtudes, como un superhéroe de cómic que, trascendiendo la normalidad, se alza en defensa de la justicia: el solitario paladín de la humanidad en una grandiosa lucha contra los malvados. El mundo estaba mancillado, y solo él podía arreglarlo.

Sus solitarios paseos por el barrio solían llevarlo de vuelta a un garaje de chapa ondulada situado tras la casa familiar. Allí se limpiaba cuidadosamente los zapatos en una alfombrilla que colgaba a tal efecto de un gancho en la puerta. Por muy preocupado que estuviera, siempre podía pensar con claridad y creatividad en la mesa de trabajo que tenía en un rincón al fondo de aquel garaje. No necesitaba amigos ni la intimidad de una familia convencional. Era más feliz rodeado de trozos de tubería, hilo de cobre, relojes de pulsera baratos y pólvora extraída de cartuchos de escopeta, los ingredientes básicos para fabricar sus bombas. De manera consciente o no, F. P. había escogido trabajar con muchos de los materiales que se empleaban en las fábricas de alrededor, unas fábricas cuyos accidentes habían desfigurado o matado a tantos obreros cuando él era pequeño.

F. P. tenía un don para las meticulosas tareas a pequeña escala que exigía la fabricación de sus bombas: soldar cables a linternas, introducir cable en cañerías de plomo, cortar los extremos de balas del calibre 22 y verter limpiamente la pólvora en latas. Poseía un talento natural para el trabajo manual del manipulador de explosivos. Se centraba en esos detalles sin preocuparse demasiado por lo que pasaría cuando se activaran.

En el invierno de 1952 se dispuso a crear una nueva bomba activada por un mecanismo de relojería capaz de soportar una carga mucho mayor. Había avanzado mucho desde sus primeros artefactos rudimentarios y estaba listo para fabricar bombas lo bastante grandes como para que no las ignoraran los directores de periódicos, aun sabiendo que llevaban aparejado un mayor riesgo de captura.

Según la cultura popular, un rayo nunca cae dos veces en el mismo sitio. Lo mismo podría decirse de los objetivos de F. P. El 30 de junio de 1952 abrió un boquete en una fila de butacas del Lexington Theatre, una sala de cine vieja y descuidada del Midtown construida como teatro de ópera en 1910. Su director supuso que F. P. no volvería allí. Se equivocaba. La repetición de las visitas se convirtió en una pieza estándar de su repertorio y contribuyó al creciente malestar que generó en lugares públicos. Seis meses después, F. P. pasó bajo la marquesina del Lexington Theatre, que relucía como una estrella en la calle Cincuenta y uno, y compró una entrada para Everything I Have Is Yours, un musical de segunda sobre un joven matrimonio que lucha por consolidar su carrera de bailarines.

Una hora después, cuando la esposa descubre que está embarazada y debe dejar la danza, un abrasador destello blanco iluminó el techo de madera y los palcos a los lados del proscenio. Fragmentos de tapicería y escombros carbonizados saltaron por el aire y luego llovieron como confeti sobre las butacas cubiertas de ceniza. Los espectadores se levantaron y miraron a su alrededor espantados, preguntándose qué había pasado. Los oídos les pitaban como alarmas de incendio. Una mujer gritaba desde las butacas situadas sobre el foso de la orquesta. Un reguero de sangre le corría por la pierna.

4
LA PSIQUIATRÍA INVERSA

MARZO DE 1953

Desde la cocina de su modesta casa de ladrillo, Audrey Brussel podía oír a su esposo sermonear a los pacientes con su voz trepidante en la consulta de arriba. Era demasiado expresivo —ebrio de apremiantes intuiciones y exhortaciones— para comportarse como el psicoanalista reservado que toma notas con frío desapego.

Sigmund Freud aún trabajaba en Viena cuando el doctor James A. Brussel se licenció en medicina por la Universidad de Pensilvania en 1929. Brussel se sentía muy cercano a la tesis principal de aquel gran hombre y convenía con la ortodoxia freudiana básica, pero era lo bastante joven como para desechar parte de los hábitos de la profesión en el Viejo Mundo. Por ejemplo, no utilizaba el clásico diván freudiano. Los pacientes de su consulta privada se sentaban en una ajada silla de cuero ante su rostro enjuto, con su fino bigote y su pelo peinado hacia atrás. «Es un rostro humano corriente», escribió después, «marcado por las huellas de muchos años».[1] Sus ojos saltones acentuaban su vehemencia. Junto a su codo humeaba una pipa que rara vez tocaba sus labios. Estaba demasiado ocupado hablando. Él no era de los que escuchan, era un hombre de acción.

Si durante sus peroratas decaía la atención de los pacientes, estos siempre podían distraerse mirando por la ventana el puñado de edificios de ladrillo con ventanas protegidas por barrotes del Hospital Estatal Creedmoor, un vasto centro psiquiátrico de 121 hectáreas situado en el distrito de Queens y en cuyo recinto se encontraba la casa del doctor Brussel, donde pasaba consulta. Como subinspector del Departamento de Salud Mental del estado de Nueva York, su tarea cotidiana consistía en supervisar el tratamiento de más de seis mil almas angustiadas en Creedmoor y otros psiquiátricos públicos de la ciudad de Nueva York y alrededores.

Recorrer los inacabables pabellones del Creedmoor era sumergirse en un mundo tétrico donde hombres de ojos hundidos se mecían de un lado a otro mientras se masturbaban sin reparo o arrojaban heces contra un muro. Chicas risueñas y tan bonitas como la reina de un baile de graduación orinaban sobre suelos de linóleo y luego se arrodillaban para extender los charcos con las manos. Algunos jóvenes aguzaban los oídos ante voces que les ordenaban apuñalar a sus padres hasta la muerte. Los viejos permanecían tranquilamente sentados durante horas y de pronto, sin previo aviso, se levantaban para golpear con violencia una radio o lanzar un cenicero a un celador. Matronas que parecían perfectamente equilibradas y serias mencionaban de pasada que llevaban muertas una década. Hombres de mediana edad espantaban enjambres de insectos invisibles y aseguraban que sus médicos eran en realidad asesinos.

Creedmoor se concibió a la manera de los asilos religiosos del siglo XIX. Los pacientes que tenían control sobre sí mismos cultivaban huertos y cuidaban del ganado en los extensos jardines que se veían por la ventana del doctor Brussel, interpretaban obras de teatro, tocaban en una orquesta de dieciocho miembros y trabajaban en cocinas y lavanderías gigantescas. El trabajo era terapéutico. El trabajo honrado otorgaba a las mentes perturbadas un mínimo de dignidad y autosuficiencia. No curaba a nadie, pero anclaba a los pacientes a la vida real y los distraía de terrores imaginarios.

Sin embargo, muchos estaban demasiado perturbados o catatónicos como para desherbar parcelas de zanahorias o dar conciertos. Era habitual que el personal de bata blanca sujetara a los esquizofrénicos con camisas de fuerza, los sedara con litio o los calmara al acostarlos suministrándoles dosis de un líquido marrón de fuerte olor llamado paraldehído. Los médicos también les inducían comas hipoglucémicos con inyecciones de insulina: así, los pacientes permanecían tumbados sin sentido hasta que los despertaba una fuerte subida de la glucosa. Cuando recobraban la conciencia solían estar más relajados y no mostraban signos de locura, al menos temporalmente (si bien no todos se despertaban del coma).

En 1952, el doctor Brussel autorizó la lobotomía, un procedimiento por el que su ideólogo, el neurólogo portugués Egas Moniz, recibió el premio Nobel en 1949. Se creía que la esquizofrenia, la depresión y la ansiedad aguda eran fruto de un conjunto de emociones, y los médicos habían observado que podían apaciguar a un paciente destruyendo el tejido nervioso de los lóbulos prefrontales. La operación consistía en practicar un par de agujeros en el cráneo e introducir una aguja en el cerebro. El informe anual del Creedmoor declaraba que esta práctica era «una prueba más del deseo de estar al corriente de las tendencias modernas en el cuidado de los pacientes».[2]

Puede que este procedimiento parezca una barbaridad, pero era todo cuanto tenía a su disposición el doctor Brussel hasta que llegaron los medicamentos que revolucionaron el tratamiento. A mediados de la década de 1950, Brussel y sus colegas de hospitales estatales empezaron a inyectar a los esquizofrénicos que tenían a su cargo un nuevo fármaco llamado clorpromacina (más conocido por su marca, Torazina). Nadie entendía muy bien cómo funcionaba ni por qué. Lo importante para el doctor Brussel era que bajo su influencia los pacientes estaban menos agitados, menos agresivos. Abría una vía de salida del psiquiátrico, un ínfimo resquicio en un mundo de oscuridad.

Torazina fue el primero de una oleada de nuevos psicofármacos: calmantes, ansiolíticos y estabilizadores del estado de ánimo. Aunque no eran la panacea, en muchos casos proporcionaban alivio de las alucinaciones y las voces fantasmales que susurraban a los afectados. Los pacientes a los que antes había que atar ya no sentían la necesidad de arrojar sillas ni de ahorcarse. Los médicos dejaron de atarlos para someterlos a tratamientos de choque o lobotomías. Por primera vez, aquellos enfermos podían afeitarse y encenderse un cigarrillo. Eran libres de pasear por el hospital sin vigilancia. Los medicamentos les devolvían la esperanza de una vida normal.

Años después se conocieron informes sobre hacinamiento y abuso en los sórdidos pabellones del Creedmoor, al igual que en otros psiquiátricos públicos, pero a mediados de la década de 1950 aquel hospital era un orgulloso ejemplo de la idea de que la psiquiatría liberaría al mundo de las tinieblas y la desesperación.

El doctor Brussel estaba a cargo de todo. Él y Audrey vivían en un conjunto de sencillas casas de ladrillo agrupadas en el recinto hospitalario, donde residían médicos, administrativos y sus familias en íntima relación, como el cuerpo docente en un campus universitario. Además de máximo representante del Creedmoor y de los otros hospitales psiquiátricos de la ciudad, Brussel también era una figura dominante cuando estaba fuera de servicio. En las fiestas que celebraban sus colegas médicos o el personal administrativo era siempre el más locuaz, el primero en decir algo ingenioso, el invitado más dispuesto a sentarse al piano a tocar una ronda de canciones. «Era un hombre que no se sentía feliz si no era el centro de atención», dijo su hijastro John Israel. «Dominaba la sala. Dominaba la conversación».[3] La del doctor Brussel siempre era la voz más sobresaliente de la estancia, y posiblemente la más enajenada. Había que disculpar a las nuevas amistades si lo tomaban por un paciente; era como si hubiera estado expuesto a una locura contagiosa en los pabellones. Sentado a la mesa y rodeado de invitados, daba de comer a un par de chillones periquitos metiéndose trozos de comida entre los dientes para que se los arrancaran vigorosamente con el pico. Esas extrañas sesiones alimentarias generaban un caótico batir de alas en un hogar en el que, por lo demás, reinaba un orden neurótico. Brussel colocaba de manera obsesiva lápices de afilada punta en tazas según su tamaño e indicaba a su esposa cómo peinarse, cómo vestir y qué amistades frecuentar.

El doctor Brussel imaginaba peligros que amenazaban su mundo primorosamente ordenado y se protegía llevando encima a todas horas un revólver corto cargado, que portaba en su maletín cuando iba en tren a su consulta de Broadway y cuando hacía las rondas de los hospitales mentales para entrevistar a maníacos y melancólicos. Brussel nunca dijo quién creía que podía atacarle, aparte de los adictos a la metadona que a veces lo atosigaban para obtener recetas.

«Nunca he disparado contra nadie mi Iver Johnson del 32», dijo. «Pero nunca lo tengo lejos cuando atiendo a mis pacientes en mi consulta del centro de Manhattan o en las visitas a domicilio. Y, créanme, si alguna vez tengo que disparar, lo haré».[4]

Sin embargo, no desdeñaba usar el arma para dar un golpe de efecto. Cuando impartía un curso de investigación sobre psicología criminal en la Universidad Yeshiva se puso de pie sobre un pupitre y blandió la pistola en el aire para recabar la atención de los alumnos. Tampoco su adicción contribuía a su equilibrio mental: en su maletín y en los cajones de su escritorio guardaba ampollas de Demerol, un adictivo opiáceo que se inyectaba en el muslo con un asombroso desprecio por la intimidad.

El doctor Brussel era un producto de la década de 1950, una época de artistas inquietos como Jack Kerouac y Jackson Pollock. También sufría de agitación y era muy prolífico. Por las noches, cuando acababa de supervisar el tratamiento de psicóticos y maniacodepresivos, se sentaba en su consulta de la planta superior de su casita de ladrillo a componer resmas de crucigramas para The New York Times y Herald Tribune en papel cuadriculado que hacía él mismo trazando compulsivamente cuadrículas sobre folios en blanco. Hora tras hora emborronaba las páginas con palabras y listas de pistas: Diosa de la paz. Músculo del cuello. Grupos de esporas. Material para fabricar cañerías. Carretera romana. Bebida meliflua. Procrastinadores. Cordilleras glaciares. Epíteto de Hemingway. Carrera de Esopo.

El doctor Brussel poseía una extraordinaria agilidad mental y una gran facilidad para entrelazar pistas. Creó tantos crucigramas que se vio obligado a publicarlos con tres nombres distintos para que su firma no resultara omnipresente y dio rienda suelta a su inventiva, siempre excéntrica e irrefrenable, en canciones, viñetas y originales escritos. Compuso una opereta titulada Dr. Faustus of Flatbush, que fue acogida con alborozo en una convención psiquiátrica, y publicó su psicoanálisis de Dickens y Van Gogh. Vio en Chaikovski signos de complejo de Edipo y cuando analizó a Mary Todd, la esposa de Lincoln, concluyó que era una «psicótica con síntomas de alucinaciones, delirio, pánico, depresión e intenciones suicidas».[5]

Los psiquiatras solían presentarse como científicos solemnes. Brussel era más bien un letrista de vodevil. Entre las serias disquisiciones sobre la transferencia y los trastornos disociativos de Psychiatric Quarterly publicó este poemilla sobre las enfermedades psicosomáticas:

El salvaje epiléptico,

el cascarrabias dispéptico, el niño con difteria o con viruela,

el bilioso hepático. . .

son psicosomáticos, no pueden soportar la realidad.

¡Hurra por ese ismo

que entre cuerpo y mente cierra el abismo —¡qué candente, ea!—!

¿Acaso todo lo errático

debe ser psicosomático? ¡Caramba! ¿Hay algo que no lo sea?[6]

Brussel se ocupaba especialmente de la ingrata e inacabable tarea de cuidar de los miles de enfermos crónicos alojados en hospitales psiquiátricos estatales. «Existen riesgos en relación con otros pacientes», escribió a modo de queja en Psychiatric Quarterly. «Hay parientes insatisfechos que, no viendo ninguna mejora —o viendo quizá un empeoramiento— del estado de un paciente, transmiten informes desfavorables a la comunidad; hay asuntos administrativos y económicos, y consideraciones de un personal distraído y agobiado, constantemente amenazado por la violencia física».[7]

No es de extrañar que el doctor Brussel complementara la monótona rutina de la supervisión, y su sueldo de burócrata, con una consulta privada de psicoanálisis. Este campo estaba en auge, sobre todo en Nueva York, donde la última moda era tenderse en un diván freudiano hasta cinco veces por semana. Los psicoanalistas con perilla y acento austríaco que huyeron de Viena durante la invasión nazi de 1938 gozaron en Nueva York de una acogida digna de la realeza europea. Aquellos emigrantes ocuparon prestigiosos puestos académicos, crearon fundaciones dedicadas al psicoanálisis y ofrecieron sus servicios a pacientes embelesados desde Waverly Place hasta Park Avenue. «Para los seguidores del movimiento, era como si el Vaticano y sus cardenales hubieran trasladado la Santa Sede de Roma a Manhattan»,[8] escribió el doctor Jeffrey A. Lieberman, profesor de psiquiatría de la Universidad de Columbia.

La teoría freudiana hacía hincapié en la realización personal y la importancia del sexo, un mensaje perfecto para los neoyorquinos de ideas progresistas de la década de 1950. Los intelectuales en particular cayeron en las redes del psicoanálisis. Famosos como Marilyn Monroe y Vincente Minnelli se sometieron a terapia, y en las cenas del Upper West Side los invitados hablaban abiertamente del análisis y de la proyección de sus sueños.

El trasfondo era este: Roosevelt y Eisenhower habían vencido al fascismo, y los psicoanalistas eran los nuevos héroes liberadores de los oscuros demonios de la mente. «El psicoanálisis flotaba en el aire como la humedad o el humo», escribió Anatole Broyard en sus memorias de la Nueva York de la década de 1950. «Casi podías olerlo. Las altas esferas se habían trasladado a Nueva York en una suerte de contrainvasión, un plan Marshall alemán».[9]

El doctor Brussel ocupaba una posición de escaso prestigio en comparación con los psicoanalistas con acento extranjero de Park Avenue. Era un funcionario de salud mental nacido en Brooklyn con una mediocre consulta privada complementaria. Algunos pacientes solo acudían a él porque necesitaban su firma para solicitar ayudas por discapacidad. Él mismo carecía de formación psicoanalítica: confiaba en sus excéntricos métodos. Había llegado a la cincuentena, ¿y qué había conseguido?

Con todo, y al margen de sus frustraciones, el doctor Brussel era sumamente inteligente y ambicioso. «Cuando te sentabas con él», dijo su hijastro John Israel, «sentías su energía».[10] Era lo bastante listo como para reconocer que la psiquiatría podía hacer mucho más que sosegar a las almas perturbadas hacinadas en los pabellones del Creedmoor y atender a los neuróticos del Upper West Side. ¿Por qué no podían aplicar los médicos aquella nueva manera de comprender la mente para ayudar a resolver problemas sociales y políticos?

Según el doctor Brussel, la psiquiatría ya había demostrado que podía contribuir a solucionar los acuciantes problemas de la época. En las primeras etapas de la Segunda Guerra Mundial, Wild Bill Donovan, el osado director de la Oficina de Servicios Estratégicos, la agencia de inteligencia en tiempos de guerra, entabló amistad con Walter C. Langer, un psiquiatra de Cambridge (Massachusetts), que había estudiado en Viena con la hija de Freud, la doctora Anna Freud, durante la invasión nazi inicial en la década de 1930. Donovan y Langer debatieron sobre las posibilidades de la guerra psiquiátrica durante sus exclusivos desayunos en la casa de Donovan en Georgetown. Cuando la guerra entró en su fase final, Donovan hizo a Langer una petición específica: ¿podía determinar cómo reaccionaría Hitler cuando las tropas rusas y americanas asediaran Berlín?

Durante los meses siguientes, Langer y tres investigadores buscaron pistas en los escritos y discursos del Führer. Entrevistaron a una docena de conocidos de Hitler, entre ellos la princesa austríaca Stephanie Julianne von Hohenlohe, detenida en Estados Unidos bajo la sospecha de espionaje, y a un oficial nazi desafecto llamado Otto Strasser, y estudiaron el miedo de Hitler a los caballos, la luz de la luna y la sífilis, su aversión al contacto físico con mujeres y su obsesión por los lobos, las cabezas cortadas y las películas pornográficas. Gracias a su conocimiento de pacientes con patologías similares, Langer pronosticó cómo se comportaría Hitler a medida que se deterioraba su mente y a finales de 1943 entregó en persona su informe de ciento treinta y cinco páginas en casa de Donovan, pues lo consideraba un material demasiado sensible como para confiárselo a un mensajero. Había llegado a la conclusión de que Hitler no tenía «una sola personalidad, sino dos que cohabitan en el mismo cuerpo. Una es muy tierna, sentimental e indecisa. La otra es dura, cruel y resuelta. La primera llora la muerte de un canario; la segunda grita que no habrá paz en el mundo hasta que cuelgue un cadáver de cada farola».[11]

Según el análisis de Langer, la salvaje campaña de Hitler, la guerra mundial entera, era un intento de «compensar su vulnerabilidad acentuando sin tregua su brutalidad y crueldad [. . .] pues solo de este modo puede demostrar que no es un blandengue».[12]

Langer predijo acertadamente que la ira de Hitler aumentaría a medida que los aliados fueran ganando batallas. Tal vez se sacrificara en el campo de batalla cuando la derrota pareciera inevitable, pero el suicidio era «la salida más plausible».[13]

Dieciocho meses después de que Langer entregara su informe en la puerta de Donovan, Hitler dio a Eva Braun una cápsula de cianuro y luego se disparó un tiro en un refugio aéreo bajo su cancillería, mientras las tropas del Ejército Rojo se abrían paso en Berlín y los soldados estadounidenses avanzaban por el oeste. El informe de Langer demostró que la psiquiatría podía desempeñar un papel en los acontecimientos mundiales.

El doctor Brussel había visto de cerca la mezcla brutal de locura y guerra. En las últimas fases del conflicto viajó como psiquiatra a bordo del Queen Mary, requisado para el esfuerzo bélico, que surcaba el Atlántico de una orilla a otra para transportar a casa un total de quince mil exhaustos combatientes americanos y llevar de vuelta a Europa prisioneros alemanes e italianos para su repatriación. En ambas direcciones tuvo que atender a soldados heridos y con neurosis de guerra. Jamás presenció una batalla, pero conocía bien sus nefastas consecuencias. En una de las travesías hacia el este, unos marineros estadounidenses tiraron por la borda a un alemán y lo dejaron ahogarse. En otra ocasión se solicitó la presencia del doctor en un pequeño barracón donde un teniente se había metido en la boca un Colt 45 y había apretado el gatillo. «No quedaban restos de cabeza en el cadáver», recordó después. «Lo que había sido la cabeza estaba literalmente pulverizado por las paredes y el techo. Aunque soy médico, y como tal estoy más o menos acostumbrado a ver sangre, aquella espantosa escena me hizo un nudo en el estómago. Me persiguió durante mucho tiempo».[14]

Casi todas las mañanas, el doctor Brussel viajaba en el ferrocarril de Long Island hasta la estación de Pensilvania y luego en metro hasta las oficinas del Departamento de Salud Mental, situadas frente al ayuntamiento en el Lower Manhattan, al otro lado de Broadway. En su maletín llevaba el Iver Johnson del 32 y el invariable sándwich de requesón que tomaba para almorzar con un vaso de leche desnatada y, mientras el tren traqueteaba por Douglaston, Bayside y Flushing, asimilaba las grandes noticias del día en el The New York Times y el Herald Tribune: la ejecución de los Rosenberg, las audiencias de McCarthy o las primeras pruebas nucleares en el desierto de Nevada. Su naturaleza dogmática le llevó a enviar una serie de cartas discrepantes y puntillosas al director de The New York Times sobre un amplio abanico de temas: la reforma judicial, los exámenes de acceso a la administración pública, los peligros de la marihuana, los orígenes de la gota o la política de Oriente Próximo.

Como la mayoría de los neoyorquinos, el doctor Brussel siguió la historia de F. P., el artífice de las bombas en serie, narrada con titulares cada vez mayores a medida que crecía el número de explosiones: en cines y estaciones, y en la biblioteca pública. Pero alguien con la inquietud intelectual de Brussel no podía contentarse con ser un funcionario de alto nivel y un prolífico crucigramista. Cuando el relato del Loco de las Bombas empezó a ganar espacio en la prensa neoyorquina, su talento de crucigramista y sus dotes para el diagnóstico se pusieron en marcha, y empezó a jugar con la idea de que podría identificar al misterioso F. P. aplicando los «principios de la psiquiatría común a la inversa».

Lo habitual es que los psiquiatras evalúen a sus pacientes y consideren cómo reaccionarán ante las dificultades que la vida ponga en su camino: conflictos con un jefe u otras figuras de autoridad, frustraciones sexuales, una humillación en el trabajo o la pérdida de un progenitor. Mientras leía los artículos sobre el Loco de las Bombas, el doctor Brussel empezó a preguntarse si podría «invertir los términos de la profecía».[15] En lugar de partir de una personalidad conocida y anticipar su comportamiento, como había hecho Langer, tal vez pudiera partir del comportamiento del individuo y deducir qué clase de persona era. En otras palabras, Brussel trabajaría al revés, de manera que la conducta de F. P. definiera su identidad: sexualidad, raza, aspecto, historia laboral, tipo de personalidad y, lo más importante, los conflictos internos que lo habían abocado a su violento pasatiempo. «Solo era mi manera de aplicar lo que había aprendido sobre la gente en mis años de estudio y cuestionamiento», dijo, «y de dar un paso en el camino hacia el desentrañamiento del gran misterio del comportamiento humano».[16]

El doctor Brussel la llamó psicología inversa. Hoy la llamamos perfilación. Pero, sea cual sea su nombre, en la década de 1950 era un concepto que aún no se había puesto a prueba. Nadie había elaborado el perfil de un delincuente. Al menos no en la vida real.

Los únicos modelos con que contaba el doctor Brussel eran investigadores de ficción, en especial C. Auguste Dupin, el solitario detective amateur de familia ilustre venida a menos creado por Edgar Allan Poe en la década de 1840 para resolver misteriosos asesinatos ingeniosamente enrevesados en los sórdidos confines del París decimonónico. Con Dupin, Poe inició el género policíaco mucho antes de que las novelas negras se consumieran como caramelos. Dupin fue el primer criminólogo, un maestro canalizador de la mente psicótica y antecesor de Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Al igual que Holmes, Dupin poseía un asombroso talento analítico. Ambos podían deducir todo un trasfondo a partir de unos cabellos, un arañazo, ropa hecha jirones y otros detalles observables que desconcertaban a la policía.

Dupin triunfa como detective porque comprende el punto de vista del criminal. En Los crímenes de la calle Morgue, Poe escribió que Dupin «penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo».[17]

Para obtener una perfilación en la vida real, el doctor Brussel tenía que colarse en la conciencia del sospechoso, como hacía el Dupin literario. Sabía que los actos de todo asesino en serie, por muy depravados que sean, se guían por la lógica. Él tenía que descodificar aquella lógica oculta, como en los intrincados crucigramas que confeccionaba. Si llegaba a entender la lógica del delincuente, podría hallar el camino hacia su mente. Percibiría sus motivaciones y patrones de pensamiento.

El doctor Brussel disponía de mucho tiempo para jugar con esas posibilidades durante su viaje diario al trabajo mientras contemplaba las colinas de Queens que descendían ondulantes hasta las serenas aguas del estrecho de Long Island. Pero adoptar la retorcida lógica de un hombre como el Loco de las Bombas quizá no bastara para atraparlo. Hacía falta algo más: un salto comprensivo, una premonición, un presentimiento, una corazonada. Al igual que Freud, el doctor se consideraba un científico que confiaba en el análisis lógico, pero también apreciaba el valor de la intuición, como explicó después:

La mente almacena cantidades ingentes de información a lo largo de los años, pero no toda esa información es accesible al proceso de pensamiento consciente. Parte de ella subyace bajo la superficie. Es conocimiento, pero no lo percibes de forma consciente. No obstante, de vez en cuando, se deja sentir: produce un destello de saber repentino y bastante misterioso. Una corazonada. No sabes de dónde viene ni estás seguro de poder confiar en ella, pero está en tu mente y exige con insistencia que la contemples. ¿Qué haces con ella? ¿Descartarla o usarla? He ahí la elección. En general, yo uso esos destellos de intuición siempre que sean coherentes con otra información que tenga a mano.

No se sabe muy bien hasta qué punto la historia del Loco de las Bombas fomentó su interés por la psicología inversa, pero sabemos que Brussel siguió de cerca las noticias sobre él en la prensa. El 7 de marzo de 1953 por la mañana debió de haber leído las del último golpe de F. P: la explosión en una taquilla en la planta baja de Grand Central. Habría asimilado la descripción del humo flotando en los pasillos, el pánico de los viajeros y la llegada en tromba de la Brigada de Explosivos.

«Al igual que el resto de neoyorquinos, había seguido el caso del Loco de las Bombas», escribió más tarde. «Sentía curiosidad por ese extraño hombre. Me preguntaba qué clase de persona sería. Me había suscitado varias teorías tentadoras, pero no había contemplado ninguna en serio porque no me habían solicitado que lo hiciera».[18]

Además, estaba muy ocupado con su consulta privada y las exigencias de su trabajo como subinspector de salud mental en una ciudad donde a menudo la mitad de la población parecía estar loca.

«Tenía personas reales a las que atender», dijo, «no fantasmas».

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POPLAR STREET

MARZO DE 1954

El 16 de marzo de 1954 a última hora de la tarde, el gran vestíbulo de mármol de la estación Grand Central era un torrente de prendas de lana y gabardinas. Empresarios de anchas espaldas con abrigo gris y sombrero, y mujeres con moño y falda ondulante chocaban y confluían bajo su techo azul. Por las ventanas entraban rayos de sol inclinados sobre espirales de humo de cigarrillos.

En aquel soleado martes de finales de invierno, Grand Central parecía el bullicioso corazón de la prosperidad americana. Las capitales europeas aún sufrían las persistentes secuelas de la guerra, el acoso de la corrupción y las escaramuzas de las facciones políticas, pero Nueva York estaba en auge: era una ciudad esplendorosa y segura de sí misma, de ostentosas marquesinas y bloques de oficinas de cristal apuntando al cielo, la ciudad donde Walter Winchell regaba sus cotilleos con cócteles en los bancos de cuero del Stork Club y donde Henry Luce consagraba estadistas en la portada de la revista Time. La mitad de la riqueza mundial residía en Estados Unidos, y Manhattan reinaba sobre gran parte de ella.

A las cuatro y media de la tarde, Grand Central adquirió la animación propia del final de la jornada laboral. Un clamor sordo llenó el cavernoso vestíbulo, el clamor de la liberación de la rutina y de las obligaciones del día. Por encima de aquel guirigay, los chicos de los periódicos voceaban los titulares de la tarde: el presidente Eisenhower reclama el derecho a tomar represalias sin la aprobación del Congreso si los soviéticos atacaran Londres o París.

En aquel torbellino se coló una figura apacible que pasó, rauda como una sombra, inadvertida e ignorada entre las filas de viajeros de la gran sala de mármol y descendió por una rampa embaldosada hasta un servicio de caballeros junto a la planta baja.

La explosión se produjo a las cinco de la tarde, el pico de la hora punta. Resonó como un cañonazo por los pasillos, seguido de bocanadas de humo del color de las nubes de tormenta, y fue lo bastante potente como para partir un tabique de mármol que separaba dos retretes y romper un lavabo y un inodoro en un servicio de caballeros de la planta baja. El humo aturdió a tres desafortunados transeúntes, Don Douglas, del Upper West Side; Domenic Zinno, de Brooklyn, y Tom Spellett, del norte del estado de Nueva York, a los que la policía escoltó hasta una sala de urgencias donde los médicos los trataron por conmoción y contusiones.

«Estaba en el retrete junto al mío», dijo Douglas. «Yo estaba en el de la izquierda y de pronto la puerta del tabique se hizo añicos. Volaron trozos por todas partes y no sabía qué había pasado. Estaba como atontado, con un pitido en los oídos. Un pedazo me dio y me hizo un corte en la pierna».[1]

La escena aún olía a humo cuando la Brigada de Explosivos llegó corriendo escaleras abajo e inició un barrido forense dentro del cordón de seguridad policial que se colocó para proteger la inviolabilidad de la escena del crimen. Media docena de detectives se quitaron la americana negra y se arremangaron para fotografiar y abocetar la escena desde cuatro ángulos, se arrodillaron para medir la distancia desde el epicentro de la explosión, conocido como el foco, hasta el punto con desperfectos más alejado, y etiquetaron y precintaron a gatas fragmentos de una tubería y una docena de otras pruebas: residuos quemados, pedazos de pilas incrustados en la carbonizada pared de azulejos, hebras de hilo de cobre, muelles, cinta aislante y piezas de reloj. Hasta los fragmentos más pequeños contienen información.

Varios testigos que estaban sentados en un banco de la sala de espera describieron el terrible momento: la estremecedora onda expansiva de la bomba viajando a casi ocho mil metros por segundo, los escombros atravesando la sala, los trozos de quién sabía qué volando como en un tornado. «Sentí un estallido y algo me empujó la cabeza», dijo Zinno. «Como una fuerza, como un viento que me presionara hacia abajo».[2]

¿De qué color era el humo?, preguntaron los detectives. ¿Era negro (dinamita), amarillo (nitroglicerina) o azul (pólvora)? ¿El ruido fue tan fuerte como para que les pitaran los oídos? ¿Vieron a algún individuo sospechoso merodeando por allí?

Un hombre permaneció tranquilo y alejado mientras los detectives recogían pruebas. El capitán Howard Finney, jefe del laboratorio de criminalística y de su filial, la Brigada de Explosivos, tenía la mirada curtida de un policía experimentado. Para los detectives de la brigada, su jefe era un hombre duro e inteligente, pero inescrutable y severo. Nunca bebía. Nunca bromeaba. Nunca sonreía. Cuando hablaba —cosa rara—, lo hacía con un ligero acento de Boston.

Con su traje oscuro y su cabello gris acero cortado al rape que ya lucía entradas, Finney respondía a la perfección a la imagen hollywoodiense del detective neoyorquino, pero tras su mirada inexpresiva se ocultaba una firme determinación. «Dicen que tiene cara de póker», escribió la Associated Press, «pero cuando se enfada [. . .] parece que vaya a explotar dentro de su elegante traje».[3]

Finney pertenecía a una nueva raza de policías. Era un criminólogo de mentalidad científica con tres licenciaturas —y estaba estudiando una cuarta— e instrucción bélica en inteligencia naval. En los grises pasillos de la jefatura de policía era conocido como un defensor de las pruebas forenses, un campo que estaba experimentando una rápida evolución. (Ostentaba el mismo cargo que Mac Taylor, el personaje de la serie CSI que encarna el actor Gary Sinise). Finney creía en el análisis científico de las pruebas materiales para ayudar a resolver crímenes allí donde los anticuados métodos policiales hubieran fracasado y para respaldar esa opinión escribió un manual técnico sobre pruebas forenses para los fiscales de distrito de Nueva York. Sin embargo, no todo el mundo compartía sus ideas en el departamento de policía.

Ya de noche, una vez se hubo fotografiado y peinado con sumo rigor la escena del crimen en busca de pruebas, Finney y sus hombres se colaron por debajo del cordón policial y regresaron en sus coches por el puente de Brooklyn a sus despachos de Poplar Street. Una vez allí, subieron tres tramos de escaleras hasta el laboratorio de criminalística, una serie de salas blancas con luz fluorescente situadas en la planta superior, donde los técnicos al mando de Finney libraban su guerra contra el crimen con aparatos de infrarrojos y vasos de precipitado.

El laboratorio desprendía el mismo olor acre a tabaco que cualquier despacho policial de la época, pero estaba tan silencioso como una biblioteca de investigación. No había policías ocurrentes. Ningún delincuente maldiciendo. Nadie silbaba, nadie se reía a carcajadas. Veintidós técnicos con bata blanca que trabajaban veinticuatro horas en turnos rotativos se inclinaban sobre espectrógrafos, espectrómetros de infrarrojos, microbalanzas tan sensibles que podían pesar una sola gota de sangre y microscopios electrónicos capaces de ampliar seis mil veces una imagen. Estos instrumentos consumían tanta energía que hubo que dotar al edificio de una instalación eléctrica especial.

Todo criminal deja huellas en la escena del crimen. La tarea del laboratorio de criminalística era encontrarlas e interpretar su significado. Sus técnicos comparaban la estructura de cabellos hallados en la escena del crimen con la de los arrancados del cuero cabelludo de los sospechosos, asociaban la tierra de los zapatos de un acusado con la hallada en las rutas de escape, identificaban heroína y cocaína mediante la disolución de gránulos en disolventes, distinguían huellas dactilares en las marcas grasas dejadas en copas y pomos, cotejaban la boca de los cadáveres con archivos dentales y determinaban cuándo había ocurrido un crimen mediante análisis de sangre, semen, saliva y sudor. Si aparecía un cadáver quemado, examinaban las cenizas en busca de fragmentos de huesos. Si existía el riesgo de que las pruebas no llegaran a tiempo al laboratorio, corrían a la escena del crimen en un camión, un laboratorio portátil equipado como una navaja suiza, con su propia fuente de energía, máquina de rayos X, material para detectar huellas y cuarto oscuro.

El capitán Finney y sus técnicos analizaban a diario más de trescientos objetos de pruebas —cada uno un misterio en miniatura— y a menudo testificaban sobre su relevancia en los juicios. Identificaban cadáveres, precisaban el momento exacto del día en que una bala había penetrado en su víctima, establecían qué tipo de pistola había disparado una bala, asociaban el faro destrozado de un coche con una marca y un modelo, y determinaban el ángulo en que había goteado la sangre para formar un charco en el suelo. Finney tenía un almacén lleno de objetos a la espera de ser admitidos como prueba en juicios (botellas de whisky con huellas dactilares, cristales rotos manchados de sangre seca, fotografías de mordeduras). Asimismo, su laboratorio llevó a cabo el primer test de alcoholemia para conductores con un dispositivo provisto de un globo conocido como el «drunkometer» («borrachómetro»), que determinaba si una persona tenía más de un 0,15 % de alcohol en el sistema respiratorio.

El capitán Finney creó y dirigió el laboratorio de criminalística municipal más sofisticado del mundo, un escaparate del tratamiento científico de las pruebas que, como tal, se convirtió en objeto de atención. En 1952 recibió en una semana la visita de los cuerpos de policía de Irán, Pakistán, India, Israel, Inglaterra, Tokio, Ecuador y Hawái.

El laboratorio se había trasladado a Poplar Street porque el traqueteo del metro bajo su antigua sede de Mulberry Street, en Manhattan, alteraba los sensibles instrumentos. Sus nuevas instalaciones, encima de la Academia de Policía del distrito, evocaban su posición marginal en la intrincada jerarquía policial.

El laboratorio de criminalística aún era un proyecto relativamente nuevo en 1954. Los métodos científicos no se emplearon a fondo en la labor policial hasta principios de la década de 1920, cuando August Vollmer, jefe de policía de Berkeley, conocido como el padre de la policía moderna, sometió a ladrones y pistoleros a un rudimentario detector de mentiras que interpretaba cambios delatores en el pulso, la presión arterial y la respiración durante los interrogatorios. También ordenó a los detectives que hicieran analizar muestras de sangre, fibras y tierra o barro para resolver crímenes.

Inspirándose en Vollmer, J. Edgar Hoover creó en 1932 el llamado Laboratorio Técnico en el FBI. Al principio, este contaba con un solo agente, un veterano de la Primera Guerra Mundial llamado Charles Appel, equipado con una cámara y un microscopio en desuso en una sala de descanso que tampoco se usaba. Hoover le asignó aquel espacio porque era el único que tenía un lavabo. (La nota de rescate del secuestro del hijo de Lindbergh fue una de las primeras piezas que analizó Appel).

La ciencia forense seguía luchando por consolidarse cuando el capitán Finney asumió el mando del laboratorio de criminalística del NYPD, en 1950. Finney defendía métodos en rápido desarrollo como los análisis de sangre y la balística, la dactiloscopia, la odontología y la química forenses, pero tuvo que luchar de firme contra la arraigada cultura policial de porra y tentetieso. Los capitostes del cuerpo de Centre Street, sin excepción, habían ascendido desde puestos de patrullero y habían aprendido a confiar en el poder persuasivo de la fuerza y la intimidación. La sabiduría callejera sostenía que casi todas las pistas de un caso se obtenían de informantes del barrio —tenderos, camareros, vecinos sentados a la puerta de casa— y de apretar a los sospechosos en las salas de interrogatorio.

Si los tipos duros se negaban a largar lo que sabían, siempre se les podía persuadir. Lewis Valentine, comisario de policía en la época en que Fiorello La Guardia ocupó la alcaldía, autorizó tácitamente a los policías a zurrar a los individuos sospechosos antes de llevarlos a comisaría para someterlos a un interrogatorio formal. Se enojaba al ver a los sospechosos repeinados en la rueda de reconocimiento. «Ese cuello de terciopelo debería estar manchado de sangre», dijo en una ocasión. «No quiero que esos matones vengan como si acabaran de levantarse del sillón del barbero. A partir de ahora, traedlos desgreñados».[4]

La tropa se resistía a la autoridad de una agencia central especializada como el laboratorio de criminalística, compuesta por policías con diplomas universitarios, algunos incluso con licenciaturas. ¿Qué podían enseñar a los patrulleros esos científicos con bata blanca sobre cómo echar el guante a un fugitivo? ¿Quién había oído hablar jamás de un crimen resuelto con un microscopio? ¿Qué sabían los químicos de agresión y allanamiento de morada?

Muy a su pesar, el capitán Finney se daba cuenta de que el laboratorio seguía a prueba. Para convencer a los jefazos de su efectividad tendría que demostrar su valor investigativo en un caso sonado, como el del Loco de las Bombas.

El problema era que Finney aún tenía mucho que aprender sobre F. P. Suponía que era un hombre porque se coló en el servicio de caballeros sin llamar la atención. (Aunque con la mentalidad de la década de 1950, tal vez pensara que la fabricación de bombas no podía ser cosa de una mujer). Tenía que ser un hábil mecánico con acceso a un torno porque fabricaba las bombas a mano y además había tallado con gran precisión la rosca de los tapones que sellaban los extremos de la tubería. Hacía agujeros en la tubería para introducir la pólvora y luego los rellenaba con tornillos Allen de 9,5 milímetros. El capitán también sospechaba que trabajaba en un turno de noche porque sus cartas llevaban matasellos diurnos y solía poner sus bombas por la tarde, con el temporizador programado entre las cinco y las seis. Todo lo demás era un misterio.

En los días posteriores a la explosión en Grand Central, Poplar Street recibió un goteo incesante de peritos externos —recolectores de huellas dactilares, ingenieros de demolición, mecánicos— para que examinaran los fragmentos de tubería de hierro e hilo de cobre. Estudiaban las pruebas y las devolvían. Después deambulaban por allí, con las manos en los bolsillos, discutiendo con el capitán Finney como lo haría un mecánico desconcertado ante una reparación que se le resistiera.

Tras mucho discutir, el capitán Finney y sus hombres llegaron a la inquietante conclusión de que F. P. había adoptado un mecanismo de temporización más avanzado. Sospechaban que había extraído el minutero de un reloj de pulsera de cinco dólares y había insertado un tornillo en el cristal de la esfera. Un cable conectaba el tornillo, una pila y la bombilla de una linterna llena de pólvora negra. La bombilla se había encajado en el reverso del reloj. Cuando la aguja horaria giraba y tocaba el tornillo, se completaba la conexión eléctrica. La carga de la pila pasaba al reloj y prendía la pólvora introducida en la bombilla, que a su vez encendía la carga mayor de pólvora contenida en la tubería.

Si el capitán Finney localizase las tiendas donde se vendían los materiales de aquella bomba, tal vez diera con una pista. Sin embargo, el fabricante de relojes había distribuido más de treinta mil ejemplares de aquel tipo en Nueva York. Por orden del capitán, el sargento Dale y sus hombres empezaron a peinar tiendas por toda la ciudad. Barrio a barrio, calle a calle, enseñaban su placa en joyerías, talleres de relojería y grandes almacenes, siempre con el mismo resultado. «Los vendedores reaccionaban como si estuviéramos locos cuando tratábamos de rastrear el reloj para dar con su comprador»,[5] dijo Finney.

El hombre más acosado de Nueva York en aquella época fue probablemente un tímido relojero que se ganaba la vida a duras penas yendo de tienda en tienda en busca de relojes rotos para repararlos, pulirlos y revenderlos. Los joyeros, deseosos de congraciarse con la policía local, lo señalaron sin tregua como posible sospechoso. Los detectives lo interrogaron ocho veces en ocho barrios, aunque trabajaba sobre todo en la zona de Yorkville del Upper East Side. Finalmente, para que los agentes no perdieran más el tiempo con él, un detective del Bronx le hizo un cartel que decía I AM NOT THE MAD BOMBER («No soy el Loco de las Bombas») para que se lo colgara.

Entretanto, otro equipo de detectives se desplegó en abanico por tiendas de artículos de fontanería y deportivos para indagar acerca de las tuberías de hierro y los cartuchos de escopeta rellenos de pólvora negra. En todas las visitas que hicieron comprobaron que el astuto F. P. había evitado usar componentes especializados que pudieran rastrearse hasta proveedores concretos.

Para entonces, la desesperación había contaminado la fría metodología del capitán Finney. Ante la abrumadora certeza de que estallarían más bombas —y la amenaza de los titulares de prensa mofándose del fracaso policial—, insistió en enviar a los detectives a una tienda tras otra con la esperanza ciega de encontrar una pista, pero en todos los casos los hombres regresaban a Poplar Street meneando la cabeza abatidos por la frustración. «Yo mismo he llevado el temporizador de una de las bombas que ha hecho ese payaso a setenta y cinco tiendas de los alrededores de Times Square», dijo el detective William Schmitt, a quien se asignó la tarea de catalogar los fragmentos de las bombas detonadas. «Todas tenían ese reloj».[6]

Mientras Schmitt peinaba relojerías, su colega, el detective Joseph Rothengast, visitó a proveedores de material de fontanería con una muestra del clásico racor de tubería de hierro de F. P. en la mano. «Todos tenían el tipo de acoplamiento que llevaba», dijo el detective. «Y todos me miraron como si tuviera monos en la cara cuando les pregunté si había algún modo de rastrear aquella pieza en particular».

Al final, las pruebas materiales contribuyeron poco a la idea que el capitán Finney pudiera hacerse de F. P., aparte del evidente rencor hacia Con Ed que declaraba en su carta al Herald Tribune. Además, la creciente lista de objetivos sin conexión con esa empresa —estaciones de tren y salas de cine— enmarañaba incluso esa escasa información.

Desesperados, los detectives trataron de descifrar cualquier posible patrón de conducta, por muy inverosímil que pareciera. El 24 de abril de 1951, un día después de una luna llena, había estallado una bomba en el respiradero de la parte superior de una cabina telefónica de la Biblioteca Pública de Nueva York, y las cuatro bombas siguientes habían explotado en los tres días posteriores a una luna llena. Quizá F. P. fuera lo que la policía llamaba un lunático, un individuo con brotes de locura inducidos por el ciclo lunar. Al fin y al cabo, el departamento de bomberos había hallado pirómanos que provocaban incendios cuando había luna llena. En consecuencia, la Brigada de Explosivos decidió enviar más patrulleros a posibles objetivos durante la siguiente luna llena.

El capitán Finney razonó que, si las pruebas materiales no podían revelar el carácter y los motivos de F. P., tal vez estos aflorasen en un rastreo burocrático. Con este fin, la policía examinó miles de documentos judiciales que se remontaban a 1936, cuatro años antes de la primera bomba, en busca de nombres de clientes que hubieran demandado a Con Ed. Se revisaron los historiales de cerca de diez mil enfermos mentales y se analizaron los de aquellos que hubieran trabajado como fabricantes de herramientas, mecánicos o electricistas; se buscaron pacientes que hubieran manejado artillería en los hospitales de veteranos, y Finney preguntó a la oficina de patentes de Estados Unidos si algún inventor había tratado de patentar una bomba similar a las que empleaba F. P. A medida que se ampliaba la investigación, los detectives trabajaron en colaboración con el servicio de correos, sindicatos de ingenieros y mecánicos, y escuelas de formación profesional donde pudieran fabricarse piezas de bombas.

En el laboratorio de criminalística, Joe McNally, el detective experto en caligrafía del capitán Finney, meditaba sobre los rasgos de las mayúsculas de la nota que F. P. había mandado a Con Ed con la primera bomba y de la carta enviada al Herald Tribune. «La G era una C con dos trazos horizontales»,[7] dijo McNally. «El trazo central de la M desciende hasta la base del texto. La Y es una V con un trazo vertical debajo. La S parece aplanarse en la base. Y el efecto pictórico de todo esto [. . .] es una especie de letra arrítmica; está como embrollada, no tiene ritmo, no hay regularidad. Si observas el patrón de inclinación, a veces es vertical, luego recto, y además salta de atrás hacia delante».

Lo más parecido a una certeza en la investigación era que F. P. albergaba un violento rencor hacia Con Ed. A finales de diciembre de 1954, Finney ordenó al detective Hugh Sang un laborioso registro de los archivos del personal de la sede central de Con Ed, situada en Irving Place, con la vaga esperanza de descubrir un vínculo con la excéntrica caligrafía de F. P. Era una tarea abrumadora. Como cualquier empresa de suministros, Con Ed había acumulado una infinidad de quejas, y por si eso fuera poco, sus archivos eran fragmentarios y erráticos porque con los años había absorbido a dos docenas de filiales. Por ello, muchos archivos se habían perdido o destruido.

Con todo, el afable jefe de seguridad de la empresa John J. Holland, se mostró deseoso de ayudar. Proporcionó a Sang un despacho vacío en la segunda planta y todas las mañanas le llevaba varias cajas de expedientes de antiguos empleados que habían sido despedidos o habían causado problemas. Sang se sumergía en una caja tras otra para revisar solicitudes de empleo, evaluaciones de actividad y la airada correspondencia de los despedidos, dedicando especial atención a los empleados con las iniciales F. P. Al cabo de varias semanas llegó a la conclusión de que Holland solo le pasaba casos anodinos de infracciones leves, y solo los recientes. «Le insistí a Holland», explicó Sang, «y me dijo: “El departamento legal me está causando dificultades”».[8]

El capitán Finney y el sargento Dale visitaban Irving Place cada semana para ejercer presión. Holland los recibía amablemente en su despacho y los colmaba de atenciones. Sin duda debía de existir un grueso archivo de historiales que se remontara a la década de 1940 o anteriores, dijo el capitán Finney. No, le aseguró Holland, Con Ed no guardaba esos archivos, solo los recientes que tenía en Irving Place.

Mientras Sang investigaba en Con Ed, el capitán Finney se centró en otra posibilidad: ¿habría servido F. P. en el ejército? Antes de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial había puesto dos bombas. La primera se descubrió el 18 de noviembre de 1940 (cinco meses después de la de la Exposición Universal) en una caja de herramientas de madera depositada en el alféizar de una ventana del complejo de Con Ed en la calle Sesenta y cuatro Oeste. Un empleado abrió la caja y encontró dentro un pedazo de tubería de hierro, más o menos de la longitud de su mano, bien tapada por ambos extremos y envuelta en una hoja de papel. Al desenrollar el papel vio un mensaje escrito a lápiz en letras mayúsculas: LADRONES DE CON EDISON, ESTO ES PARA VOSOTROS. La caligrafía era clara, con frases forzadas y extrañamente separadas por guiones. Bajo el mensaje había una segunda advertencia escrita con un polvo gris que se identificó como pólvora: NUNCA FALTAN CHICOS DE LA PÓLVORA.

Este mensaje desconcertaba a Finney. Si hubiera explotado, la bomba habría destruido la nota. Nadie la habría leído. ¿La había escrito F. P. para satisfacción propia o había dejado intencionadamente una bomba inactiva a modo de advertencia? «Los detectives que leyeron la nota», escribió después la revista Collier’s, «jamás imaginaron que aparecerían en la primera escena del primer acto de un fantástico melodrama que permaneció en cartelera más que ningún otro en toda la historia de la policía de Nueva York».[9]

Una bomba falsa era fácil de olvidar y no tuvo eco en la prensa. Aquella semana, demasiadas noticias exigían espacio en las columnas de los diarios: la evidencia de organizaciones nazis en el interior del país; funcionarios municipales sorprendidos aceptando sobornos, o el ataque de bombarderos de la RAF a cañoneras alemanas en la costa francesa.

Diez meses después, el 24 de septiembre de 1941, un transeúnte encontró una tubería dentro de un calcetín rojo en medio de la calle Diecinueve, a cuatro manzanas de la sede central de Con Ed en Irving Place. Tal vez F. P. tiró la bomba que llevaba en el bolsillo al ver a un policía, o quizá perdió los nervios. Al igual que su antecesora, aquella bomba era relativamente rudimentaria, pero demostraba que F. P. no era hombre de un solo delito.

Luego F. P. desapareció, al menos por un tiempo. Horas después del ataque a Pearl Harbor escribió cartas a nueve posibles objetivos —como el Radio City Music Hall, el Roxy Theater o el Hotel Astor—, en las que anunciaba que la venganza sería pospuesta, pero no olvidada:

NO HARÉ MÁS BOMBAS MIENTRAS DURE LA GUERRA / MIS SENTIMIENTOS PATRIÓTICOS ME HAN HECHO TOMAR ESTA DECISIÓN.

Fiel a su palabra, F. P. se mantuvo al margen durante casi diez años, una tregua que acabó el 29 de marzo de 1951, cuando estalló una bomba en un cenicero a las puertas del Oyster Bar, en Grand Central, proyectando arena y fragmentos metálicos por la planta baja de la estación. F. P. había construido esta tercera bomba del mismo modo que las dos primeras, pero más grande y con un mecanismo de ignición mejorado. «Es un mecanismo bien construido», dijo el detective Schmitt. «Demuestra un avance técnico considerable comparado con las bombas anteriores».[10] Sin duda F. P. había empleado los años de guerra en perfeccionar su trabajo.

La desaparición del Loco de las Bombas después de Pearl Harbor sugirió al capitán Finney que quizá hubiera pasado la guerra vestido de uniforme, posiblemente en una brigada de demolición, donde pudo haber estudiado el mecanismo de explosivos estadounidenses y extranjeros. Ello explicaría por qué la primera bomba que fabricó después de la guerra tenía un diseño semimilitar. El detective Schmitt, que había manipulado artefactos explosivos en la marina, dijo que la bomba se parecía a las cargas de profundidad que él lanzaba en el Pacífico: «El mecanismo de ignición era tan intrincado que estaba seguro de que formaba parte de un artefacto militar».[11]

El capitán Finney solicitó a un grupo de artillería del Picatinny Arsenal de Dover (Nueva Jersey), que determinara si aquellas muestras de bombas se parecían a las granadas que usaban japoneses, rusos, franceses o italianos. Su respuesta no fue concluyente. También pidió a la Veterans Administration que revisara todo su archivo de militares dados de baja —con decenas de miles de casos—, en busca de artilleros con un historial de conducta desequilibrada. Su personal no encontró ningún veterano que respondiera a esa descripción.

Finalmente, las deducciones de Finney condujeron a una pista. Un exsoldado proporcionó la descripción de un sospechoso, un conocido suyo con el que había servido en una brigada de demolición en el extranjero. El sospechoso era un mecánico profesional y exempleado de Con Ed que tenía un taller de reparaciones en el barrio de South Bronx. Según el informante, este peculiar personaje se dedicaba a alimentar gatos callejeros al anochecer. «Era un tipo con los pies en el suelo, como usted y como yo, pero ahora está chiflado. Tiene un taller de reparaciones aquí en la ciudad, pero pasa mucho tiempo encerrado en la trastienda, como si estuviera construyendo algo que no quiere que nadie vea».

El capitán Finney repasó los rasgos confirmados: es un antiguo y excéntrico empleado de Con Ed; es capaz de fabricar bombas y tiene un taller equipado con material eléctrico y herramientas mecánicas. Tras meses de darse de bruces con pistas sin salida, al fin tenía un sospechoso que encajaba a la perfección con lo poco que sabían de F. P.

Un grupo de detectives vigiló por turnos el taller, día y noche, desde un gran Plymouth negro de incógnito aparcado en las inmediaciones. Al cabo de seis semanas de vigilancia, detuvieron al sospechoso y lo interrogaron en una comisaría de la calle Cuarenta y siete Oeste mientras el capitán Finney y sus hombres peinaban el taller y su casa. Pero por mucho que lo intentaron, no pudieron hallar ni un solo fragmento de prueba incriminatoria: ni linterna, ni cable, ni tubería de hierro. La policía no tuvo más remedio que soltarlo. «Unos dan de comer a los gatos», dijo el sospechoso. «Otros coleccionan sellos. Todos tenemos nuestras rarezas. Una vez conocí a un tipo al que le gustaba el ruibarbo, ¡por el amor de Dios!».[12]

En el invierno de 1953, F. P. aceleró el ritmo. Iba a diario al taller de su garaje con la seguridad de que sus bombas serían más fiables, y más imprevisibles, que los rudimentarios artefactos que las precedieron. Hasta entonces había puesto las bombas con cuidado en busca de espectacularidad, limitándose astutamente a un rincón bajo la estación Grand Central y a otros lugares apartados, pero tras años de frustración había llegado a la conclusión de que su comedimiento había hecho que la prensa lo ignorara. Ahora reclamaría su atención. La obligaría a reconocer su sufrimiento, aunque fuera a costa de vidas. Por primera vez estaba dispuesto a usar las bombas como instrumentos letales.

Decidió que los cines eran los objetivos más prometedores porque, al reunir a un numeroso público en un espacio reducido, la posibilidad de hacer daño era mayor. Hasta entonces había atacado la sala Paramount en Times Square y había puesto dos bombas en el Loew’s Lexington Theatre, la mayor sala de cine del East Side. La tarde de finales de invierno del 10 de marzo de 1953 se dirigió al Radio City Music Hall, la sala de espectáculos más grande y espléndida del mundo. Mientras caía la noche sobre la Sexta Avenida, cruzó entrada en mano su vestíbulo art déco, con su rutilante araña colgando desde una altura vertiginosa y su mural que representaba la búsqueda de la fuente de la juventud, entró en el auditorio con aforo para seis mil personas donde se tocaban clásicos populares en un par de Wurlitzers entre pases de una película de Kirk Douglas y se sentó en la fila L, hacia el final de la platea. Cuando las luces se apagaron siguió su rutina habitual: hizo un corte en la tapicería de una butaca contigua con una navaja de bolsillo de cuarenta centavos y luego, discretamente, al amparo de la oscuridad, introdujo la bomba y la navaja en las tripas del asiento.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
411 s. 19 illüstrasyon
ISBN:
9788491879817
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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