Kitabı oku: «La cueva y el cosmos»
Michael Harner
La cueva y el cosmos
Encuentros chamánicos con otra realidad
Traducción del inglés al castellano
de Antonio Francisco Rodríguez

Título original: CAVE AND COSMOS, by Michael Harner
© Michael Harner
© de la edición en castellano: MICHAEL HARNER
2015 by Editorial Kairós, S.A.
Numancia 117-121, 08029 Barcelona, España
www.editorialkairos.com
Diseño cubierta: Katrien Van Steen
Imagen de la cueva: DS Design
Imagen del cosmos: Mironov
Composición: Pablo Barrio
Primera edición en papel: Enero 2015
Primera edición digital: Enero 2019
ISBN papel: 978-84-9988-431-8
ISBN epub: 978-84-9988-611-4
ISBN kindle: 978-84-9988-612-1
Todos los derechos reservados.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.
A mi esposa,
Sandra Harner,
una rosa constante y verdadera
A mis hijos
Y a todos aquellos que han trabajado
para salvar el conocimiento antiguo
Los derechos de autor de este libro irán a parar a la Fundación de Estudios Chamánicos, una organización educativa, pública, benéfica y sin ánimo de lucro dedicada a la preservación, estudio y transmisión del conocimiento chamánico para el bienestar del planeta y sus habitantes.
El sendero chamánico de sanación presentado en este libro no debería considerarse como un método exclusivo para afrontar dolencias médicas. Debería concebirse como un complemento al tratamiento médico o psicológico ortodoxo, a menos que medie una recomendación médica en sentido contrario.
Sumario
1 Agradecimientos
2 Abreviaturas
3 Prefacio
4 Introducción
5 1. La cueva y el poder de los espíritus
6 2. ¡Existimos! Los espíritus piden reconocimiento
7 3. La búsqueda
8 4. Nuestro mundo: chamanes y espíritus
9 5. El viaje a otros mundos
10 6. Los primeros viajes de los occidentales: el Mundo Inferior y los animales de poder
11 7. Ascensión chamánica: historia, folclore y conocimiento
12 8. Tocar el tambor sobre el arcoíris: los occidentales ascienden al Mundo Superior
13 9. Maestros, espíritus compasivos que guían
14 10. Maestros, espíritus sanadores compasivos
15 11. Desmembramiento cósmico, unión y poder curativo
16 12. Espíritus, cielos y libertad espiritual
17 Epílogo: La cueva, una vez más
18 Apéndice A: Ascender al Mundo Superior para comparar experiencias
19 Apéndice B: Descender al Mundo Inferior para comparar experiencias
20 Apéndice C: Recursos de formación
21 Apéndice D: Chamanismo esencial y curación: información para médicos y profesionales de la salud (por la doctora Sandra Harner)
22 Participantes en el Estudio Celestia
23 Notas
24 Bibliografía
25 Acerca del autor
26 Lámina
Agradecimientos
En primer lugar quiero expresar mi gratitud a los miles de estudiantes que han contribuido con la ascensión chamánica y otros tipos de experiencias a los archivos del Conservatorio de Conocimiento Chamánico (CCC) de la Fundación de Estudios Chamánicos. Este libro habría sido imposible sin su ayuda. Quiero transmitir un especial agradecimiento a aquellos cuyas experiencias se extrajeron de los archivos CCC para el Estudio Celestia en años recientes.
Una vida entera de agradecimientos que prácticamente cubrirían un libro se explica por la multitud de personas y pueblos que me han ayudado en el largo camino que conduce a La cueva y el cosmos. No obstante, por fines prácticos, y a regañadientes, me limito a agradecer la asistencia recibida de la Fundación durante los últimos cinco años en varios proyectos, entre los que se cuenta la dotación de personal, la ayuda indígena, el CCC y el trabajo en este libro.
De inmensa importancia ha sido la generosa ayuda de mis ya antiguos amigos y colaboradores, el doctor Baron A.M.F. y la doctora Melinda C. Maxfield (Fundación Maxfield), sin los cuales este libro no habría sido posible. Igualmente importante ha sido la generosidad de Betsy Gordon, la doctora Angeles Arrien y las fundaciones que llevan sus nombres; mi más sincero agradecimiento para ellas. También doy las gracias a la junta de administradores de la Fundación por su firme apoyo, su tiempo y su sabio asesoramiento. En los últimos años han incluido al doctor Maxfield, Robert Lee Morris, el doctor Frances E. Vaughan, Ralph M. Field, Heather Burch y al doctor Jeffrey David Ehrenreich, además de a los tres directivos de la Fundación: Susan Mokelke, Sandra Harner y yo mismo.
Otros grandes patrocinadores de la Fundación y su trabajo en estos años han sido Bokara Legendre y la Fundación Tara, Elizabeth Marshall, Edgar Brown, Della Clark, Don Ensslin, la Hacienda Margaret Cohan, el Instituto Fetzer, la Fundación Frank Pace Jr., Alicia L. Gates, la Fundación Conmemorativa John Fetzer, Susan Mokelke, Robert Lee Morris, Claudia Kuntze, la Fundación Caritativa Visión Compartida, la Fundación Sterling, la Fundación Comunitaria Greater Atlanta, John y Jessica Schairer, la Fundación Seatle y el Círculo Flow Fund. Otros muchos –demasiado numerosos como para citarlos– también contribuyeron con sus donativos, su apoyo como profesores o miembros del Círculo de la Fundación o en otras actividades. Les testimonio mi más profunda gratitud.
Hay que expresar el debido reconocimiento a dos personas muy notables. Una de ellas es la vicepresidenta de la Fundación, Sandra Harner –mi esposa, consejera, editora, animadora, crítica y compañera en nuestras aventuras chamánicas durante medio siglo–, que me ha apoyado y participado en esta aventura con una paciencia y modestia que he admirado desde siempre. Este libro no existiría sin ella. La otra es Susan Mokelke, cuya sofisticación eléctrica, generosidad, creatividad y trabajo incansable como directora ejecutiva de la Fundación de Estudios Chamánicos han resultado esenciales a la hora de brindarme el tiempo necesario para completar este libro. También contribuyó en los numerosos detalles implicados en la preparación final de su publicación.
Doy inmensamente las gracias a Noelle Burch, que durante años ha realizado el esfuerzo vital de al menos dos personas en la oficina central de la Fundación con una eficacia y elegancia notables. Durante una serie de años, la investigadora asociada Gizelle Rhyon Berry llevó a cabo un trabajo excelente y fundamental a la hora de organizar los archivos del CCC para el proyecto de Mapeo de Realidad No Ordinaria (MRNO). Durante un tiempo, Coleen Judson siguió su trabajo. También expreso mi agradecimiento a Louis G. Leeburg, James Harner y Carolyn Fee por sus esfuerzos en pro de la Fundación.
Expreso mi gran aprecio por los excelentes profesores de la Fundación, todos ellos practicantes chamánicos experimentados, así como enseñantes, hoy liderados por Susan Mokelke. Son demasiados para nombrarlos a todos aquí, pero quiero expresar mi gratitud hacia el colega antropólogo Bill Brunton, editor emérito de nuestra revista, Shamanism, que hasta su jubilación estuvo siempre dispuesto a asumir importantes misiones internacionales para la Fundación a pesar del riesgo para su salud.
También debo honrar a otro profesor y antropólogo, el inimitable Heimo Lappalainen, por su trabajo pionero en pro de la Fundación en Siberia y Asia Central, y especialmente por su papel en el éxito de la expedición de la FEC a Tuva en 1993.
Honro a ese pilar de fuerza, generosidad, destreza y modestia: Paul Uccusic, director de la FEC para Europa, responsable, con ayuda de su esposa, Roswitha Uccusic, de la evolución de una notable facultad internacional. Su trabajo, en el que se incluye la labor realizada en la República de Tuvá, en Asia Central, ha reforzado a la Fundación en ambos continentes. Otras personas que merecen ser reconocidas por su labor educativa de ultramar en beneficio de la FEC son Alicia L. Gates en Hispanoamérica y España y Kevin Turner en Asia.
Al dar las gracias a algunos soy consciente de que olvido a otros que también merecen aprecio. Tan solo pido a los muchos que habéis contribuido a hacer posible este libro que tengáis presente que pasados los ochenta no recuerdo a todos los que merecen ser recordados.
Recuerdo, sin embargo, a aquellos cuya visión y apoyo resultó vital en los primeros años de la Fundación. Entre ellos están Norman y Michael Benzie, Dorothy S. Lyddon y su hija Martha, David Corbin, Nan Moss, David Rockefeller, Jr., y el siempre joven, intrépido y clarividente Laurance S. Rockefeller.
Por último, agradezco cariñosamente la invitación a publicar en North Atlantic Books por parte de su fundador, Richard Grossinger, y también expreso mi aprecio a Doug Reil, Kathy Glass y el resto del equipo. Saludo y le doy las gracias a mi excepcional editora en North Atlantic Books, Wendy Taylor; su profesionalidad y consideración han sido un gran regalo.
Después de que este libro fuera enviado a imprenta recibí una copia de Spirit Talkers, la nueva obra de mi colega antropólogo William Lyon. Quiero felicitarle por abordar paralelamente la necesidad de que los espíritus sean tomados en serio.
Abreviaturas
CECCentro de Estudios ChamánicosFECFundación de Estudios ChamánicosRORealidad OrdinariaMRNOMapeo de Realidad No Ordinaria (proyecto)RNORealidad No OrdinariaEOCEstado Ordinario de ConscienciaECCEstado Chamánico de ConscienciaIIMInforme Inédito MRNO
Prefacio
En mi época como profesor de Antropología en la Facultad de graduados de la Nueva Escuela para la Investigación Social, impartí un seminario en el que los estudiantes aprendieron a realizar viajes chamánicos para comprender mejor las experiencias de los chamanes indígenas. Cada semana se asignaba a los participantes del seminario la tarea de realizar un viaje chamánico en casa mientras oían una grabación de tambores que facilita el viaje, y se les pedía que consignaran esas experiencias por escrito.
La segunda semana, tras realizar la tarea encomendada, una silenciosa y joven empresaria, que se había apuntado al seminario solo porque el horario se ajustaba a su jornada de trabajo, alzó tímidamente la mano. Sus palabras sonaron más como una observación que como una pregunta: «Doctor Harner, nunca volveremos a ser los mismos, ¿verdad?».
Probablemente estaba en lo cierto.
Introducción
Desde la aparición de mi último libro, La senda del chamán, hace más de tres décadas, mi enseñanza ha sido fundamentalmente oral, en sintonía con las ancestrales tradiciones del chamanismo. Ha llegado, sin embargo, el momento de abordar públicamente algunas cuestiones que merecen una urgente y más amplia atención en el mundo contemporáneo. Dos preguntas fundamentales: si hay más de una realidad, y si hemos de estar solos para resolver los desafíos de la existencia.
Este libro cuenta las historias de miles de occidentales que hallaron respuestas a esas preguntas recurriendo a los antiguos métodos de los chamanes, entre ellos tocar el tambor «sobre el arcoíris» para descubrir asombrosos reinos celestiales que aguardan para ayudarlos. También descubrieron una nueva libertad espiritual, una libertad para conocer, y no tan solo para creer o no creer.
En sus últimos trabajos, Mircea Eliade, el gran estudioso de la religión comparada, subrayó que los chamanes son únicos en las tradiciones espirituales del mundo debido a su capacidad para volar a otros mundos, y también a los cielos. Alcanzaban esos mundos en lo que él llamaba un estado de «éxtasis» o estado alterado de consciencia. Este estado se lograba, en sus palabras, «a través de la magia musical del tambor» que permitía al chamán «llegar al cielo más alto».1 Poco más se decía, sin embargo, acerca de la naturaleza de esa «magia musical».
Los tambores aparecen constantemente en las fotografías de chamanes siberianos, y son especialmente célebres por facilitar el vuelo a otros mundos. Muchos estudiosos sugieren que estos tambores eran utilizados por su «efecto teatral» en las sesiones chamánicas, y algunos incluso afirmaron que los chamanes siberianos no alteraban su consciencia en absoluto. Otros, siguiendo al micólogo Gordon Wasson, creían que la ingesta de la seta psicoactiva Amanita muscaria era lo que en realidad hacía creer a los chamanes siberianos que volaban a otros mundos.
La omnipresencia de los tambores en esas fotografías despertó mi curiosidad y a finales de los años sesenta empecé a experimentar con la percusión para comprobar si ejercía algún efecto en los vuelos mágicos.2 Tras varios experimentos, me emocionó comprobar que un ritmo constante de 205 a 220 redobles por minuto ejercía un influjo en el cambio de consciencia y, sin conocimientos de chamanismo, facilitaba el vuelo o viaje a mundos espirituales. Se trata de la «inmersión auditiva» o «inmersión sónica», un método chamánico clásico y alejado por completo de la ingestión de drogas.
En respuesta a una serie de peticiones, mi práctica personal con el tambor me llevó a enseñar a pequeños grupos a usar la percusión para alterar la consciencia no solo con el fin de visitar otros mundos, sino también para traer ayuda y sanación chamánica a nuestro mundo. Con el tiempo creció la demanda de este tipo de conocimiento, y en 1979 Sandra Harner y yo creamos el Centro de Estudios Chamánicos (ahora Fundación de Estudios Chamánicos) como vehículo para la enseñanza del chamanismo. En aquella época, también realicé grabaciones de percusión chamánica para que los interesados pudieran viajar sin la necesidad de tocar el tambor en vivo. (Hay que señalar que la práctica del viaje chamánico no lo convierte a uno en chamán, sino que constituye un paso útil en el aprendizaje y práctica del chamanismo, ya que a través del viaje se puede aprender rápida y directamente de los espíritus.) En 1980 publiqué La senda del chamán, libro que propició el renacimiento chamánico a nivel mundial.3
Mediante un trabajo de campo y una formación personal con chamanes tribales supervivientes que ha durado más de medio siglo, y gracias a mi propia práctica chamánica y la lectura de cientos de relatos procedentes de diversas culturas, he descubierto, aprendido, experimentado y reactivado muchas prácticas chamánicas. A partir de ahí creé el «chamanismo esencial» –los aspectos universales, casi universales y comunes del chamanismo, junto al viaje a otros mundos, un elemento distintivo de este fenómeno– como metodología de enseñanza para instalar el chamanismo en la vida contemporánea. Incluye el reconocimiento implícito, cuando no localmente explícito, de dos realidades, la ordinaria y la no ordinaria; a esta última se accede a través del estado de consciencia chamánico, que tiene un componente aprendido y diversos grados de profundidad.
En la actualidad, y gracias al chamanismo esencial y la inmersión auditiva, decenas de miles de personas en todo el mundo son capaces de acceder a otra realidad y viajar a otros mundos, como los chamanes siberianos tradicionales, así como trabajar en este mundo aportando sanación y otra ayuda chamánica. (Aquellos que no conozcan el chamanismo esencial, podrán encontrar una información más detallada en el apéndice D.)
Durante más de un cuarto de siglo, en la Fundación de Estudios Chamánicos hemos patrocinado un proyecto que implica recopilar y archivar conocimiento sobre esta materia, y que casi 5 000 relatos de practicantes occidentales centrados en sus hallazgos en los viajes chamánicos a la realidad no ordinaria, lo que hemos llamado «viajes más allá del tiempo». El término «occidental» se utiliza como una palabra conveniente para aludir a los actuales estadounidenses (el grupo más amplio con informes no publicados en los archivos de la Fundación), canadienses y algunos europeos.
Esta colección «occidental», que constituye la fuente principal de los informes de este libro, es única en el mundo. Forma parte del proyecto Mapeo de Realidad no Ordinaria (MRNO) y pertenece a la Fundación de Estudios Chamánicos y el Conservatorio de Estudios Chamánicos del Norte de California, que también posee una colección de publicaciones de chamanes indígenas pertenecientes a cientos de sociedades en todo el mundo.4
Durante años he mostrado reservas a la hora de publicar prematuramente este conocimiento, por temor a que una vez estuviera «ahí fuera», privara a nuevos estudiantes y otros sujetos occidentales de experiencias autónomas y desprovistas de influencia. Ahora, sin embargo, por medio de las enseñanzas orales de la Fundación en los talleres y cursos de formación, «todos lo saben». Para evitar la «contaminación” de las experiencias en virtud de una comunicación excesivamente anticipada respecto a lo que otros han experimentado (lo que evitaría viajes a lo desconocido realmente originales y espontáneos), el Conservatorio de Estudios Chamánicos ya no acepta informes sobre experiencias chamánicas en sujetos occidentales, y parece que ha llegado el momento de desvelar una pequeña muestra de estos descubrimientos en la presente publicación.
Los sujetos occidentales cuyas experiencias relata este libro realizaron ascensiones a lo que muchos estudiosos del chamanismo llaman el Mundo Superior y descensos al Mundo Inferior, que contrastan con aquel en que vivimos, el Mundo Intermedio. Los mundos superior e inferior se ubican plenamente en la realidad no ordinaria, y constituyen ámbitos únicamente espirituales, mientras que el mundo en que vivimos manifiesta un aspecto de realidad ordinaria, aquella que percibimos fácilmente, y un aspecto no ordinario, el ámbito de los espíritus, que se percibe con dificultad sin formación chamánica.
El Mundo Superior es muy diferente a los fenómenos de la realidad ordinaria que se ciernen sobre nosotros, tal y como son observados por los astrónomos. Incluso las galaxias más remotas de nuestro universo no se incluyen en el Mundo Superior de los chamanes. Al descender al Mundo Inferior, los occidentales no atraviesan capas geológicas, internándose en lo más profundo de la Tierra, sino que alcanzan un mundo puramente espiritual y que carece de las limitaciones terrenales.
Este libro ofrece ejemplos de experiencias occidentales inusuales en los tres mundos, centrándose especialmente en el Mundo Superior, en parte porque en la actualidad parece haber una gran curiosidad en Occidente acerca de lo que acontece espiritualmente «ahí arriba». En otras palabras, ¿los cielos son reales o son fantásticos y metafóricos?
Nuestro testimonio sugiere que la respuesta depende del tipo de realidad, ordinaria o no ordinaria, al que nos refiramos. En la realidad no ordinaria –a la que se accede con técnicas chamánicas clásicas, como la inmersión por la audición– no parece cuestionarse la existencia de cielos, coros celestiales, deidades y la presencia de seres, o espíritus, en el Mundo Superior. También existen evidencias de la existencia de espíritus en nuestro propio Mundo, el Mundo Intermedio.
Las pruebas recopiladas a partir de las experiencias de ascensión y recogidas en este libro desafían las creencias de quienes afirman que solo existe un cielo y que los viajes a él están restringidos a unos pocos profetas, santos y fundadores de las grandes religiones, fallecidos hace mucho. Equitativamente, los informes también desafían las creencias de los ateos y de los que creen que los cielos son producto de la imaginación. Incluso en el cristianismo actual, algunos miembros del clero sugieren que el cielo es un sentimiento más que un lugar.
Años atrás, en La senda del chamán, presenté a los occidentales una introducción a los viajes chamánicos al Mundo Inferior, y muchos son los que han viajado allí en las últimas tres décadas. Esta es una de las razones por las que en el presente volumen me centro especialmente en el Mundo Superior. Aun así, el capítulo final de La cueva y el cosmos ofrece una novedosa y sorprendente información relativa a lo que algunos occidentales han descubierto en el Mundo Inferior.
Debido a que los relatos cosmográficos contenidos en este libro son en sí mismos importantes contribuciones al conocimiento chamánico, no pretendo establecer, en el limitado espacio del que dispongo, comparaciones con los relatos de los supervivientes de experiencias cercanas a la muerte o con las experiencias de viaje de los chamanes indígenas, estas últimas sorprendentemente escasas. Reconozco la importancia de este y otros estudios comparativos y animo a que se lleven a cabo. El trabajo que el lector tiene en sus manos pretende, entre otras cosas, alentar tales investigaciones.
Quiero añadir que en este libro no pretendo tender puentes entre disciplinas. Soy antropólogo, chamanólogo, practicante del chamanismo y, en el caso de este libro, cosmógrafo de las experiencias chamánicas occidentales. Nada más. Quienes deseen reconciliar el chamanismo con otra disciplina –por ejemplo, la psicología– deberían intentar resistir la tentación inmediata de «acorralar a los sospechosos habituales», como en Casablanca, las herramientas reduccionistas estándar. No tengo nada contra el reduccionismo en sí, pero en mi opinión debería ser una consecuencia del verdadero dominio del campo que se pretende «reducir». En el caso del chamanismo, debería incluir el dominio del chamanismo a partir de experiencias amplias y de primera mano, la experimentación y el estudio, junto a un dominio comparable del campo con el que queramos compararlo. Ciertamente, no se trata de una tarea fácil, pero… ¿acaso la erudición seria lo fue alguna vez?5
En los talleres y cursos dedicados a enseñar a los occidentales el estudio del chamanismo esencial y a viajar a otros mundos se tuvo mucho cuidado en proporcionar a los alumnos poco más que unas instrucciones mínimas. Una información detallada de estas aparece en los Apéndices A y B. Está usted invitado a utilizar los mismos métodos de viaje chamánico para comparar sus propias experiencias con las que aquí se describen. Sin embargo, los apéndices no pretenden ser un libro de «instrucciones», sino más bien una oportunidad para que los lectores comprueben la realidad y naturaleza de los descubrimientos realizados por occidentales en el Mundo Superior (y en menor medida en el Mundo Inferior), de los que estas páginas ofrecen un cumplido relato.
Lamentablemente, una vez leído este libro, usted ya no será un ingenuo respecto a las expectativas generadas por la ascensión al Mundo Superior o el descenso al Inferior. Aun así, si acepta la invitación, prepárese para algunos descubrimientos asombrosos, entre ellos el descubrimiento de que ya no dependerá de relatos ajenos. Con el chamanismo esencial, algunos de los dogmas incuestionables de la Iglesia, el Estado y la ciencia están condenados a derrumbarse inexorablemente.
Tengo 83 años mientras escribo estas líneas. Buena parte de lo que he aprendido sobre chamanismo en el último medio siglo ha sido evaluado e interiorizado en un cuerpo personal de conocimiento que he transmitido a los demás en muchas conferencias con notas a pie de página perdidas en las arenas del tiempo. Algunas partes de este libro incorporan las conferencias impartidas a mis estudiantes y al público en el transcurso de más de tres décadas.
Sin embargo, una de las salvaguardias al leer mis declaraciones sobre chamanismo consiste en que los lectores serios podrán comprobar mis declaraciones a través de sus propias experiencias chamánicas. Los nuevos datos y la forma de verificarlos constituyen uno de los aspectos centrales de estas páginas. Si descubre que algunos elementos de este libro le recuerdan a algo que ha oído o leído en algún otro lugar, no se sorprenda, ya que he enseñado los principios y métodos del chamanismo y los viajes a otros mundos a miles de estudiantes. Algunos de ellos han publicado extractos de mis enseñanzas orales,6 pero no los nuevos datos presentados aquí.
Traer el chamanismo a Occidente implica animarle también a usted, lector, a confiar más en su propia autoridad espiritual. Quiero alentarlo en su autonomía espiritual incluso en la lectura de este libro. Aunque no he podido reprimirme a la hora de realizar algunos comentarios personales respecto a ciertos relatos, otros se presentan intencionadamente sin observación alguna, a fin de estimular el pensamiento independiente.
Hemos visto a muchas personas hablando en púlpitos y ante congregaciones de una u otra religión, repitiendo o analizando hasta el agotamiento las mismas viejas historias relativas a las experiencias de los fundadores de las grandes religiones. Ahora es el momento de que usted aproveche la oportunidad de vivir sus propias experiencias. En esa conexión, los relatos incluidos aquí, aunque interesantes, no son un sustituto para lo que realmente importa: su propia experiencia directa. Asimismo, este libro no se presenta como un tomo erudito en sentido tradicional, fundamentalmente dirigido a un público académico; constituye un esfuerzo por inspirar a los lectores a buscar nuevas alturas, literalmente, ofreciéndoles nuevos datos y conceptos.
Considero que la nueva información presentada aquí –el relato de las experiencias de otros y la inspiración que estas puedan aportar– es mi principal tarea y contribución en este volumen. Los archivos de la Fundación han sido rastreados para buscar ejemplos de experiencias que, aunque no ordinarias, se incluyen en el marco de las posibilidades y potencialidad de todos nosotros. Junto a los principios del chamanismo esencial, estos relatos –perspectivas vitales de nuestra situación como seres humanos– constituyen un conjunto capaz de ampliar los horizontes de los lectores interesados.
He elegido invertir mi limitado tiempo en reunir la información para este libro, que considero importante, incluso urgente, transmitir a un mundo irritado y peligroso que pretende disputar interminablemente acerca de cuestiones espirituales basándose en la creencia en antiguas historias. La senda del chamán es el del conocimiento directo, no el del relato (¡aunque se trata del mío!), y en muchas culturas indígenas el chamán es «aquel que sabe».
Espero que este libro resulte útil a los lectores y les ayude a reducir su dependencia de los dogmas cosmológicos de la religión organizada. Espero que usted se sienta estimulado, o aún más animado, en sus encuentros chamánicos con otra realidad, en la que podemos encontrar la increíble compasión, ayuda y sanación que nuestro mundo necesita tan acuciantemente. En cierto modo, se trata de una declaración de independencia espiritual orientada hacia la información, y una invitación a utilizar ese conocimiento y libertad para producir más sabiduría, compasión y gozo en nuestra vida y la vida de los demás.
MICHAEL HARNER
Otoño, 2012
1. La cueva y el poder de los espíritus
Poder
En febrero de 1957, un pequeño grupo de shuar (jíbaros) y yo nos perdimos después de practicar el senderismo durante varias semanas en las selvas montañosas del alto Amazonas. Cansados, desorientados y hambrientos, por último encontramos a un grupo de amistosos cazadores shuar que nos dijeron que habíamos estado avanzando en la dirección equivocada. Compartieron sus provisiones con nosotros y nos mostraron el camino hacia la aldea shuar que estábamos buscando.
Tras dejar a los cazadores, pronto alcanzamos un río pequeño pero violento, alimentado por las recientes tormentas de las laderas occidentales de los Andes. Constituía un obstáculo para nuestro avance, por lo que esperamos muchos días a que las aguas descendieran, y no hubo suerte. Mis compañeros esperaban en silencio y parecían impasibles ante la situación mientras yo me impacientaba por momentos, porque sabía que era posible construir balsas de troncos y cruzar con remos improvisados de bambú guadua. En no pocas ocasiones les sugerí no esperar al descenso de las aguas y apresurarnos a fabricar balsas y remos para cruzar al otro lado. Se negaron reiteradamente a hacerlo.
Cada vez más impaciente, finalmente desafié a mis compañeros, señalando que se llamaban a sí mismos grandes guerreros pero eran incapaces de cruzar un río. Sin mediar comentario alguno, en breve construyeron tres balsas y nos aprestamos a cruzar la corriente. El río tenía unos 45 metros de ancho, y la primera balsa, con dos remeros indios y parte de nuestro equipaje, alcanzó la otra orilla. Yo iba en la segunda balsa con dos remeros. Habíamos recorrido las tres cuartas partes de la anchura del río cuando los rápidos nos arrastraron y la balsa volcó, arrojándonos al violento torrente. Con un esfuerzo extremo nadamos la distancia restante y sobrevivimos. La tercera balsa logró cruzar.
Mientras nos reuníamos y descansábamos antes de continuar la marcha, dije las siguientes palabras: «Ha estado cerca. Creo que tenemos suerte de estar vivos».
Esperaba algún tipo de asentimiento, al menos tácito, pero mis compañeros permanecieron allí, silenciosos, erguidos como estereotipos de estoicos guerreros indios. Me dio la impresión de que el episodio había sido insignificante para ellos, dada su actitud imperturbable.
Su falta de reacción me dejó perplejo, porque eran los mismos hombres que se mostraban reacios a cruzar el río pese a mi insistencia. Así pues, con una falta absoluta de diplomacia señalé que no habían querido cruzar el río y ahora actuaban como si esa proeza fuera insignificante, a pesar de que habían temido cruzarlo.
Se miraron unos a otros, pero guardaron silencio. Entonces uno de ellos, a quien yo conocía bien, replicó y dijo: «Bueno, ya ves, en realidad no nos atemorizaba cruzar el río porque no podemos morir. ¡Pero no sabíamos qué podía pasar contigo!».
En aquel instante, el peligroso cruce del río abrió la puerta de un importante conocimiento espiritual. Después de aquel acontecimiento, los shuar me enseñaron que el poder de los espíritus los protegía contra toda forma de muerte excepto la enfermedad epidémica. También supe que ese poder podía abandonar a la persona. Desprotegido, el individuo moría. Por lo tanto, antes de emprender misiones peligrosas, los shuar buscaban señales que demostraran que aún poseían los poderes protectores garantizados por sus espíritus guardianes. Si los signos eran negativos, no emprendían esa misión, especialmente si implicaba un ataque al enemigo.
Como los shuar, los chamanes indígenas en todo el mundo saben que el poder espiritual es esencial en la propia salud, supervivencia y la capacidad de sanar a los demás. Sin este poder, no se puede combatir la enfermedad o el infortunio. En las culturas chamánicas tradicionales, esta conciencia impregna la vida cotidiana de todos los individuos.
Jaime de Angulo, que pasó un tiempo con los atsugewi del norte de California a principios del siglo XX, lo expresó acertadamente: «Sin poder, no puedes hacer nada fuera de lo ordinario. Con poder puedes hacer cualquier cosa».1
El poder es como un campo de fuerza que atraviesa al chamán y le permite usar la fuerza para ayudar y sanar a otros. La idea de poder del chamán es similar a nuestro concepto de energía, pero es más amplia: incluye la energía, la inteligencia y la autoconfianza. El poder espiritual no es un poder político o el poder de someter a otros. Es un poder consustancial a la propia salud y capacidad de supervivencia.
Espíritus
Permítanme explicar lo que entiendo por «espíritu». Como he explicado en otro lugar, un espíritu puede definirse como «una esencia animada que posee inteligencia y diversos grados de poder, que puede verse fácilmente en completa oscuridad y más difícilmente a la luz del día, y en un estado alterado de consciencia mejor que en un estado ordinario. De hecho, existe cierta controversia acerca de si pueden verse en un estado ordinario de consciencia».2
En otras palabras, no todos los espíritus tienen un poder significativo. Los pueblos chamánicos suelen llamar «poderes» a los espíritus que sí lo poseen. En las culturas indígenas son especialmente importantes los espíritus guardianes que brindan un poder protector al pueblo que aman.3 Cuando son adecuadamente invocados por un chamán, este poder también aporta una asistencia sanadora activa para curar enfermedades y aliviar el dolor de los pacientes del chamán. El chamán aprende qué espíritus son poderosos a través de la experiencia.
El poder se adquiere de modo diverso. En Siberia y parte de América del Sur era común obtener poder personal después de haber padecido una enfermedad grave que llevaba al individuo a las puertas de la muerte. Si esa persona manifestaba una repentina y milagrosa recuperación, la comunidad local concluía que un espíritu se había compadecido y había intercedido para liberarla de su enfermedad. Ante tal acontecimiento, los individuos de la comunidad visitaban al paciente curado y recuperado para descubrir si el poder sanador podía aplicarse a otro individuo enfermo, normalmente de una dolencia similar. En otras palabras, el sufrimiento del enfermo podía despertar la piedad de un espíritu. Así se forjaba un chamán.
Buscando poder espiritual
De ser posible, no habría que esperar a estar enfermo para alcanzar este poder. Los miembros de las culturas chamánicas tradicionales lo sabían y animaban a los jóvenes con buena salud a sufrir voluntariamente para que los espíritus ancestrales intervinieran y les ayudaran compartiendo su poder. Más que una energía curativa, este poder se concebía como una energía que sostenía a la gente en la vida cotidiana, ayudándoles a evitar el infortunio y la miseria, y obtener así buenos resultados.
Esta adquisición de poder era la culminación de la búsqueda de poder, comúnmente llamada «búsqueda de visión». Debería mencionarse, sin embargo, que no todas las exitosas búsquedas de poder alcanzaban visiones logradas. Por ejemplo, entre los sureños okanagan del estado de Washington, el buscador podía no ver el espíritu, pero recibir su poder a través de una experiencia auditiva, en forma de palabras y canciones.4
La mayor parte de las búsquedas de poder no debían emprenderlas personas enfermas, sino las sanas y a menudo las relativamente jóvenes. En cierto sentido era una especie de seguro de vida espiritual para fomentar el éxito y la supervivencia de un individuo.
Prácticamente todos los individuos estaban en condiciones de buscar el poder del espíritu en diversos enclaves aislados donde se sabía que vivían los ancestros y otros guardianes. Entre estos lugares había cimas de montañas, cuevas profundas, una remota cascada de agua, el yermo ártico, determinados cañones, cementerios locales o ruinas, un sendero lejano y otros. Había una constante para alcanzar el éxito: los espíritus tenían que convencerse de que un visitante en busca de poder realmente merecía la ayuda. Al llegar al lugar, el visitante solía cantar o invocar silenciosamente a los espíritus y pedirles asistencia.
Sufrir voluntariamente para invocar la ayuda compasiva
La búsqueda adoptó formas diversas. Sin reparar en la cultura, normalmente exigía que los buscadores se sometieran a la prueba del sufrimiento voluntario: pasar miedo, hambre, sed, frío o calor extremo y agotamiento. En el chamanismo, el sufrimiento no es un método para expiar los propios «pecados», sino un camino para atraer la ayuda de poderosos espíritus.
Entre algunos inuit del Ártico, una de las formas de coronar con éxito una búsqueda de poder consistía en pasar cuatro o cinco días en un iglú aislado en las profundidades del invierno, sin comida ni agua. Al pasar el tiempo especificado, un anciano, generalmente chamán, abría el iglú y traía al aspirante de regreso a casa. El iglú ni siquiera tenía una lámpara de aceite para calentarlo, por lo que el sufrimiento debido al frío se combinaba con el sufrimiento derivado de la ausencia de agua y alimentos. Al parecer, en algunos casos la persona en busca de poder permanecía desnuda durante el tiempo de la prueba. Un ejemplo menos riguroso es mi propia búsqueda de poder entre los shuar, que incluyó una agotadora ascensión por las boscosas laderas de los Andes, un baño helado en una cascada y la privación de alimento sólido antes de lograr una visión con ayuda del irresistible poder del zumo de datura (Brugmansia).5
El sufrimiento voluntario para conquistar esos poderes aún se produce entre los pueblos nativos de las Grandes Llanuras de Norteamérica, donde la persona que busca visión y poder es sometida a un proceso de deshidratación en la purificación de una tienda «de sudoración». Allí, la voluntad individual sufre intencionadamente el calor extremo y tal vez incluso pueda ser consciente de las apariciones y manifestaciones de espíritus. Después, el buscador asciende al solitario pico de una montaña acompañado de un sacerdote chamán (curandero) u otros ancianos. Se abandona al individuo en soledad durante cierto número de días, a cuyo término los ancianos regresan a la cima para traer de vuelta al postulante.
En la forma más extrema de la búsqueda de poder o visón de las Llanuras, se envuelve al buscador en una colcha o manta y se le abandona en un agujero en forma de L que ha sido excavado y usado anteriormente. Se le permite llevar la pipa sagrada del buscador de visiones. A continuación se cubre el agujero para reducir la luz, de modo que la persona pueda tener experiencias visionarias de día y de noche y su sufrimiento se vea multiplicado por el frío, el aislamiento y la privación sensorial. El padecimiento se refuerza con la prohibición de beber agua durante la búsqueda o inmediatamente después de la estancia en la tienda de sudoración.
Normalmente, el sufrimiento se acompaña con plegarias a los ancestros: «Ten compasión de mí», a los que se suele invocar en tanto «abuelos», entre los pueblos indígenas del alto Amazonas y de las Llanuras de Norteamérica, el término «abuelos» es una glosa para todos los ancestros, porque en muchas culturas chamánicas no existe una palabra especial para designar a los ancestros. Una vez más, se induce el sufrimiento para despertar la compasión de los espíritus ancestrales y que estos fomenten experiencias visionarias que confieran poder espiritual al suplicante. Al manifestarse pueden hacerlo en forma humana o animal.
¿Por qué deberían ofrecer ayuda estos espíritus ancestrales? La respuesta es muy simple: al abandonar la realidad ordinaria en el momento de la muerte, eligieron permanecer aquí, en el Mundo Intermedio, para ayudar a sus descendientes genealógicos o a los aliados de sus descendientes. Cuando se les invoca apropiadamente y se les convence de que un visitante merece ayuda, los espíritus se revelan en las formas elegidas por los seres, se comunican y prestan su poder para superar las dificultades y peligros de la vida. A menudo los llamo espíritus etnocéntricos cuasi-compasivos, o sencillamente espíritus etnocéntricos. Su compasión protectora es condicional en dos sentidos fundamentales: 1) tienden a ayudar a sus descendientes siempre y cuando sean honrados y recordados, y 2) pueden ser extremadamente vengativos contra quienes amenacen a sus descendientes o sus aliados.
Otra forma de buscar poder: atracción de los espíritus
Hay otra forma de adquirir el poder de los espíritus que no implica sufrimiento ni petición de compasión. Lo llamo «atracción de los espíritus». En el proceso de invocar y trabajar con los espíritus, los chamanes suelen ingerir alimentos o bebidas muy difundidas en su pueblo o que toman ciertos animales. El objetivo del chamán es atraer e incluso fundirse con el espíritu auspicioso y su poder. De ahí que los chamanes siberianos y mongoles oren y beban vodka para atraer a los espíritus ancestrales amantes del vodka (a menudo espíritus de familiares chamanes fallecidos) para fundirse con ellos. Los chamanes de la costa norte oran y comen salmón para atraer al espíritu del oso, el águila de cabeza blanca y «el indio». Volveremos sobre ello.
Walter Cline y las pistas okanagan
Un estudiante de antropología americano que a finales de los años veinte viajaba en un barquito de vapor saltó al mar cerca de la costa norte de África. Su nombre era Walter Cline. Nadó hacia la costa esperando vivir con los bereberes, cosa que hizo. Aprendió a hablar fluidamente en árabe y vivió en Marruecos, Siria, Etiopía y Arabia y ayudó en las excavaciones arqueológicas de Tebas en Egipto. En 1936 recibió el doctorado en Antropología por la Universidad de Harvard. Durante los años de la Depresión tuvo un trabajo temporal con la Administración federal para el Progreso Laboral en la división centro-norte del Estado de Washington, entrevistando a los ancianos okanagan para recopilar su conocimiento tradicional y su cultura en trance de desaparición, así como sus antiguas búsquedas de poder en cuevas remotas.
A principios de los cincuenta enseñó «religiones primitivas» en la Universidad de California, en Berkeley, como profesor a tiempo parcial. Cline era un profesor entusiasta e inspirador. Para mí fue un privilegio ser su estudiante en los últimos dos años de su vida, mientras moría de cáncer, enfermedad que ya le había arrebatado uno de sus brazos.
Él y su maravillosa esposa Marjorie malvivían vendiendo monográficos y viejos libros de antropología almacenados en su apartamento. Pese a sus escasos ingresos, los dos visitaban con frecuencia los poblados indios de Norteamérica y regresaban con increíbles historias, a veces referidas a chamanes, que él contaba en sus clases. A diferencia de la mayoría de sus colegas en aquella época, Cline no pretendía explicar el chamanismo desde un punto de vista psicológico. Sus estudiantes lo amaban e incluso lo reverenciaban porque traía a sus vidas una bondad inefable, una apertura y entusiasmo por la antropología que resultaban aún más extraordinarios por su cercanía con la muerte. Fue él quien despertó mi interés por el chamanismo.
Walter Cline era un hombre modesto, por lo que dos décadas después de su muerte, cuando yo mismo ya enseñaba antropología, descubrí casualmente que había contribuido a una poco conocida publicación sobre los sinkaietk o pueblos indios del sur de Okanagan en la meseta del río Columbia.6 Logré una copia no sin ciertas dificultades. En ella había una información limitada pero importante relativa a la búsqueda de poder, que su autor había recopilado en conversaciones con los ancianos de las tribus.
Cline se centraba en las búsquedas de poder emprendidas por niños pequeños, fundamentalmente chicos, que buscaban un gran poder que contribuyera a facilitarles su vida futura.7 Relataba el ejemplo de un padre que introducía a su hijo en una cueva para una estancia nocturna con la idea de lograr este objetivo.8
Las búsquedas de poder de Willard Park y los paviotso
Además de las pistas en los relatos que sobre los okanagan legara Walter Cline, los escritos del etnólogo Willard Park también me resultaron especialmente valiosos, porque descubrió que la búsqueda de poder en cuevas era importante para los chamanes de los paviotso (Paiute del Norte) en Nevada, a los que entrevistó a principios y mediados de los años treinta.9
Park cuenta que los ancianos paviotso subrayaban la necesidad de observar estrictamente determinados procedimientos tradicionales para alcanzar el éxito en la búsqueda.10 Afirmaba que los chamanes paviotso llevaban alimentos en sus búsquedas en el interior de las cuevas a fin de adquirir poderes específicos adicionales, como mejorar sus capacidades de sanación.11 Algo coherente con el uso de alimentos en la atracción de los espíritus que hemos mencionado anteriormente.12 Cito a Park:
No hay preparativos para la búsqueda de poder. El hombre que busca una visión no ayuna antes de emprender la búsqueda o durante su estancia en la cueva. Su búsqueda no se acompaña de torturas auto-infligidas o un esfuerzo físico descomunal.
Al final de la tarde, el hombre que busca poder penetra en una cueva donde le han dicho que es posible hallar lo que anhela. Puede llevar consigo alimentos para comer esa noche y a la mañana siguiente.13
Park no menciona ninguna razón espiritual para llevar comida a la cueva, pero mi conocimiento de la atracción de los espíritus me indujo a tomarme muy en serio los métodos de los paviotso. Al localizar una cueva para mi propia búsqueda, me llevé un sándwich que contenía diversos alimentos a los que eran aficionados diferentes tipos de animales.
A veces, los espíritus ancestrales parecen dispuestos a ayudar a alguien que no desciende de ellos, o incluso a un individuo ajeno a su raza o cultura, si perciben que esa persona ha ayudado o ayudará a sus descendientes. Esto lo aprendí en los pueblos shuar y conibo de América del Sur. Durante muchos años intenté ayudar a los indios nativos de Norteamérica, como en Wounded Knee en 1973.14 Tenía la esperanza de que ese y otros esfuerzos contaran cuando me internara en una cueva.
La cueva
Dos años después de escribir La senda del chamán, descubrí el emplazamiento de una cueva prometedora en el valle Shenandoha de Virginia. Con la esperanza de haber reunido información suficiente, decidí intentar una búsqueda de poder en esa cueva para desarrollar un poder curativo chamánico especial y comprobar qué sucedía sin la ayuda de las plantas que alteran la consciencia o la inmersión auditiva, ya que Park y Cline no mencionaban su uso.
Por último, una tarde de 1982 me acerqué a la entrada de la cueva, solo, pidiendo silenciosamente a los espíritus que tuvieran compasión de mí y me otorgaran un mayor poder para sanar a los demás. Utilicé una linterna para descender hasta un profundo nicho en el interior de la cueva, operación que me llevó un cuarto de hora. Entonces apagué la luz. La oscuridad era profunda y silenciosa. Según lo que había aprendido, ahora tenía que dormir unas horas, despertar, comer un poco y no volver a dormir hasta que algo sucediera.
Tras pasar algún tiempo sentado en el frío lecho de roca, pulsé uno de los botones de mi reloj de pulsera para comprobar la hora bajo la débil luminiscencia. Eran las nueve de la noche. Habían transcurrido dos horas desde mi entrada en la cueva. Según la información de la que disponía, no importaba lo que sucediera, no debería usar luz alguna hasta que la noche concluyera. Entonces podría abandonar la cueva, pues una de las antiguas reglas dictaba que el buscador solo podría salir tras el alba del día siguiente. En caso contrario era mejor no haber entrado nunca en ella. También había otras cosas que tenía que hacer antes de que la noche cumpliera su ciclo.
Rodeado por la densa oscuridad, me sentí completamente aislado de la tierra de los vivos. Dos tipos de temor luchaban dentro de mí. El menor me decía que no iba a ocurrir nada en aquella solitaria noche subterránea. Después de todo, yo no pertenecía al pueblo indígena norteamericano del oeste de las Rocosas que había practicado este antiguo método para obtener poderes espirituales específicos. Tal vez era excesivo esperar algo que se acercara a sus experiencias sin su ambiente cultural o sin los poderosos alucinógenos de los shuar (jíbaros), utilizados durante mis anteriores experiencias. Además, pensé, ¿qué tipo de búsqueda de poder o visión era esta, en la que no se ayunaba previamente e incluso se te permitía tomar un tentempié a medianoche? En otras palabras, ¿funcionaría la atracción de los espíritus?
La oscuridad, que había adoptado una tonalidad rojiza, cobraba el cariz de la muerte inminente que aguarda con paciencia y sigilo. Mi temor más profundo era morir solo en aquella gigantesca tumba de piedra, víctima de mi propia presunción. Mi búsqueda de visión en una catarata del Amazonas años antes me había enseñado que los espíritus se esforzarían en asustarme para poner a prueba mi confianza en ellos. Al menos en el Amazonas contaba con la ayuda de mis compañeros shuar para protegerme de errores fatales. Para esta búsqueda en la cueva, sin embargo, no había tutores vivos. No podía acompañarme nadie. Era un experimento completamente solitario: lo había apostado todo a poseer la suficiente información y que los espíritus estuvieran allí y quisieran ayudarme.
Por último me deslicé en mi saco de dormir y procuré conciliar el sueño, el siguiente paso que debía cumplir en el interior de la cueva. En el lecho de roca, junto a mi cabeza, había colocado un sándwich para comer en mitad de la noche. Me recordé a mí mismo que tenía que despertarme a medianoche, con la esperanza de no dormir hasta el amanecer.
El cansancio se apoderó progresivamente de mí: la ascensión hasta la cueva había sido ardua y dolorosa debido a una dolencia crónica de espalda. Mi cuerpo quería descansar. Me dormí, preocupado por despertarme en torno a la medianoche.
No tenía por qué preocuparme. Me desperté de repente cuando un ala cubierta de plumas rozó mi rostro. Sentí un impulso de excitación debido a la adrenalina. Presioné el botón de mi reloj de pulsera. Los apagados números mostraron que faltaban apenas dos minutos para la medianoche. Mi sorpresa al ser despertado por la caricia alada vino seguida del alivio de haberlo hecho a tiempo para seguir las instrucciones de medianoche. Busqué el sándwich y lo comí. Ahora tenía previsto mantenerme despierto hasta que ocurriera algo significativo.
Permanecí allí, descansado y plenamente consciente, alerta a cualquier cosa que pudiera ocurrir. Transcurrió un cuarto de hora. Luego media hora. Empezaba a sentirme decepcionado. Tal vez no iba a pasar nada más.15
De pronto, procedente de la dirección de la distante entrada de la caverna, oí el sonido de pezuñas. Un sonido que se hizo cada vez más nítido; era un grupo de animales. Apenas podía dar crédito a mis oídos.
El sonido de su marcha se hizo cada vez más fuerte. Parecía imposible, pero el sonido se hizo tan fuerte que tuve que taparme los oídos. ¿Iban a pisotearme hasta la muerte? Me agazapé. Entonces, las atronadoras pezuñas me rebasaron por ambos lados, sumergiéndose raudas en las profundidades de la cueva. Aunque no podía verlos, los oía resoplar mientras galopaban. «Somos caballos», decían, en una comunicación similar a la telepatía, pero más intensa.
A continuación los siguió otro grupo más pequeño, con un galope y respiración menos pesados. «Somos bisontes», dijeron.
Se marcharon. La cueva recuperó su silencio. Yo estaba sumergido en un verdadero éxtasis. Lágrimas de alegría y agradecimiento corrían por mis mejillas. Era un milagro. No era un sueño, pues seguía plenamente despierto.
Entonces, aún sentado, un inmenso e indescriptible poder avanzó hacia mí procedente de la misma dirección del grupo de animales. Esta vez no hubo sonidos ni advertencias. Atravesó arrolladoramente mi cuerpo como un tren de mercancías. Una oleada de inmensa energía cubrió mi cuerpo. Mi asombro era mayúsculo. ¡El poder se había manifestado! Entonces, el animal se marchó.
Mientras saltaba sigilosamente en la oscuridad más allá del nicho del hueco de piedra, me decía: «¡Soy XXX, XXX, XXX!». Me dijo: «Soy uno y todo. Tú y yo somos uno». Después, el silencio.
Me inundó un asombro y una gratitud indescriptibles.
Tras unos pocos minutos, y con algún esfuerzo, recordé el conocimiento chamánico tradicional acerca de qué había que hacer ahora y que era conveniente no hacer. Tenía que dormir para recibir un sueño que me mostrara cómo utilizar el poder recientemente adquirido. Lo que no tenía que hacer, hasta que fuera muy muy anciano, era revelar directamente la identidad del poder animal que me había penetrado.
Estaba demasiado excitado para dormirme, pero me introduje en el saco y después de una hora logré conciliar el sueño. Por último, volví a despertar. Aún en el saco de dormir, miré lentamente alrededor. Sentía que no estaba solo. La rojiza oscuridad era más densa que nunca, y sin embargo me parecía percibir el muro más elevado de la cueva. En lo más alto, se perfiló poco a poco una imagen de tamaño humano, como si se proyectara débilmente en una pantalla de cine. La imagen se tornó más brillante hasta que pude discernir la forma de una esbelta y sonriente joven de largo cabello oscuro. Me pareció vagamente familiar.
Mi perplejidad era grande. ¿De quién podía tratarse? Su nombre me fue débilmente transmitido, a modo de respuesta. Al principio me pareció un nombre inglés; luego, más rotundamente, evolucionó en un nombre de sonido similar pero expresado en un lenguaje desconocido.
Esperé a que el nombre se metamorfoseara otra vez, porque no parecía real. Ciertamente, no era un nombre que pudiera reconocer, pero no hubo cambios. Era el nombre real y definitivo, me comunicó ella.
Durante uno o dos minutos, se movió lenta y sensualmente, de una manera tentadora. Su tácita invitación me inspiró recelo y no respondí, pues había algo amenazador en su presencia. La mujer sonrió de nuevo y desapareció. Volví a estar solo. La experiencia había sido tan intensa que memoricé el extraño nombre, Elieth, aunque no significaba nada para mí.
Aguardé un largo rato sin que sucediera nada más. Presioné el botón de mi reloj de pulsera. Eran las 6:35 de la mañana, y probablemente ya había amanecido.
Sin embargo, permanecí sentado con el objetivo de no abandonar la cueva antes de tiempo. No quería violar las reglas de la búsqueda y perder así el poder animal que se me había transmitido. Mientras esperaba, advertí que la oscuridad era cómoda e insignificante, casi como una ilusión.
Encontré mi linterna y la encendí por primera vez desde mi llegada a este punto de la caverna, recogí el saco de dormir y ascendí hacia la salida. El dolor de espalda del día anterior se había desvanecido.
Tras un cuarto de hora de ascenso hacia la salida de la caverna, vi la luz del día y, más allá, el follaje de los árboles. Emergí de la cueva hacia la cálida y cegadora luz del sol. Era bueno estar en casa, donde el sol trae la vida a todas las cosas.
Al descender la ladera bajo la cueva, acaricié las hermosas hojas de plantas y arbustos. Daba la impresión de que regresar a la superficie del planeta, con su vida verde y su luz solar, era un gran regalo. Di las gracias a los espíritus por su ayuda y por permitirme regresar a este mundo.
Sabía que había sido transformado, pues el poder de XXX era literalmente uno conmigo.
Posdata. Aunque mi búsqueda de poder en la cueva había sido un éxito, el significado de la mujer llamada Elieth, que apareció e intentó tentarme, me desconcertaba. Gracias a mis lecturas en los años siguientes llegué a la conclusión de que posiblemente se trataba de la antigua diosa hebrea Lilith, aunque su nombre era ligeramente distinto.
Me interesó descubrir que según varias fuentes judías posteriores a la Biblia, el hogar de Lilith es una cueva; es la señora de todos los animales y asesina de niños, y era conocida por seducir a hombres que duermen solos.
Según algunas tradiciones de búsqueda de poder, es de esperar que el encuentro con un poder animal venga acompañado de un sueño inmediatamente posterior. Eso me sucedió en la cueva, aunque puedo aseguraros que no fue un sueño convencional. En ese sueño o acontecimiento, el poder que ayuda al buscador normalmente es un ancestro que se presenta en forma humana. Sin embargo, se dice que en raras ocasiones esta segunda aparición puede no resultar amable, sino perniciosa: una presencia que pretende interferir en la búsqueda.16
Creo que Elieth podría ser un poder de obstrucción que se aprovechó de mi apertura en la cueva. Por lo tanto, muchas décadas más tarde le pedí que se marchara. Jamás le he pedido ayuda. Para reforzar mi alejamiento de ella, revelo su identidad en este libro. En el chamanismo se entiende que una declaración pública de esta naturaleza, unida a la voluntad de desconexión, normalmente aleja a un espíritu personal.
Entretanto, he honrado y mantenido mi relación confidencial con XXX. No obstante, soy viejo, y habrá que ver hasta cuándo se queda XXX.
Una última observación: este podría haber sido el primer relato occidental de una búsqueda de poder exitosa en el interior de una cueva desde los relatos de los antiguos europeos hace miles de años. ¡Pero ellos publicaron primero, en sus muros de roca! (Véase lámina 1 del pliego final.)
2. ¡Existimos! Los espíritus piden reconocimiento
Naturalmente, los lectores se preguntarán si lo que me sucedió en la cueva fue producto de mi imaginación. Es comprensible, dado que no hubo testigos que puedan validar mis experiencias. Sin embargo, por suerte, a veces los espíritus muestran su existencia y su poder a dos o más personas simultáneamente, e incluso a grupos aún mayores. Cuando esto sucede, estas demostraciones públicas a menudo reciben el nombre de milagros.
Para el chamán que interactúa íntimamente con los espíritus auxiliares, los milagros son acontecimientos casi rutinarios en las tareas de sanación. De hecho, los milagros curativos producidos por los espíritus probablemente son las acciones más celebradas de los chamanes en las sociedades indígenas. Alejados de los chamanes entregados a actividades sanadoras, a veces los espíritus tratan de comunicar su realidad a través de milagros y «micro-milagros». Estas «llamadas de atención» enviadas por los espíritus, no pocas veces con la ayuda de un chamán o un iniciado en las prácticas chamánicas, quizá se comprenden mejor como intentos de instruir al pueblo acerca de su existencia. Compartiré algunas en las que me vi personalmente implicado.
Milagro 1: el nuevo par de monedas
En agosto de 1993, fui invitado a impartir dos ponencias en el encuentro anual de la Asociación de Psicología Transpersonal en el centro de conferencias Asilomar en Pacific Grove, California. El tema de la conferencia era «Nuevos paradigmas en psicología». Me pidieron que en una de las ponencias presentara el chamanismo, ante un público de cientos de personas, como uno de los ejemplos de estos nuevos paradigmas.
Mi plan no solo era hablar de chamanismo, sino también ofrecer a todos la oportunidad de realizar un viaje chamánico al Mundo Superior a fin de que los asistentes pudieran comprobar el poder del trabajo chamánico. Sinceramente, no estaba seguro de que aquellos cientos de personas, sentadas en hileras de asientos, lo lograran, pero pensaba que merecía la pena intentarlo.
Pedí silenciosamente a mis espíritus que me ayudaran a impresionar al público acerca de su realidad. Respondieron que tendría que apagar las luces del salón de conferencias y sacar dos grandes bolas de cuarzo que llevaba en mi maleta. Mi experiencia chamánica me había permitido saber que, cuando se usan correctamente, los cristales de cuarzo tienen el efecto de amplificar el poder espiritual que se deposita en ellos.
Una vez el salón quedó completamente a oscuras, pedí ayuda a los espíritus, en silencio, y activé los cristales según dicta la tradición. Su débil resplandor atravesó la oscuridad. En aquel momento hubo un grito en el público. Pedí que encendieran las luces. Una mujer de pie agitaba su mano extendida.
Le pedí que se acercara a uno de los micrófonos situados en los pasillos del auditorio para compartir su experiencia. Esperaba que dijera unas breves palabras para describir su experiencia subjetiva y que volviera a tomar asiento, cediendo su lugar a otro voluntario. Pero me esperaba una sorpresa.
Ante el micrófono, y con la mano extendida en alto, anunció que había gritado porque en ella se habían materializado dos monedas.
Mi sorpresa y alegría fueron indecibles, porque jamás había esperado algo de esta magnitud. Invité a la mujer, a quien no conocía, a subir al estrado. Nos enseñó las monedas y recibió un fuerte aplauso. Comuniqué al público que las dos monedas de 10 céntimos eran tan brillantes que parecían recién acuñadas.
Le di las gracias y, debo confesarlo, me sentí muy satisfecho por la materialización pública. Creí que ahí acababa todo. Sin embargo, mientras la mujer abandonaba el estrado para regresar a su asiento, la voz de un hombre entre el público llamó la atención sobre algo que se me había pasado por alto. Gritó: «¡Un nuevo par de monedas!». Había caído en la cuenta de que no se trataba solo de una materialización, sino de un mensaje que reiteraba el tema de la conferencia, “nuevos paradigmas”.1*
En este acontecimiento hubo más de 400 testigos. Hace unos años, la misma mujer se me acercó en una conferencia y me dijo quién era. Me contó que había conservado las dos monedas, y las sacó de su monedero para enseñármelas. Aún parecían nuevas y brillantes.
Milagro 2: recibir una curación «imposible» y hablar en hawaiano
En la curación chamánica culminada con éxito, los milagros son acontecimientos casi rutinarios cuando los espíritus deciden interceder. Les gusta especialmente ayudar a un chamán que pertenece a su árbol genealógico como descendiente directo, y su servicio es aún mayor si el paciente también ayuda al chamán en algún sentido. Un plus adicional, aunque no necesario, es que el paciente también sea su descendiente.
A principios de los ochenta, tres oculistas diferentes me diagnosticaron degeneración macular. Los tres estuvieron de acuerdo en que la dolencia era irreversible. A finales de los noventa llegaron a la conclusión de que estaba empeorando y no podía hacerse nada.
Cuando mi mujer Sandra y yo planeamos unas vacaciones a la Isla Grande de Hawái, una de mis estudiantes me sugirió que visitara a un anciano sacerdote chamán en la costa de Kona, un kahuna espiritual al que conocía, para pedirle ayuda. Parecía una idea perfecta. También sentía curiosidad por conocer al hombre, Lanakila Brandt, que aunque de ascendencia medio alemana, se había convertido completamente a la religión hawaiana y gozaba de la reputación de ser uno de los últimos cinco kahunas auténticos que quedaban en las islas.
Lo encontramos en la pequeña comunidad de Capitán Cook, así llamada por encontrarse a pocos kilómetros de la bahía Kealakekua, donde el célebre navegante y explorador británico del siglo XVIII desembarcó en Hawái y donde fue asesinado más tarde.
Lanakila accedió generosamente a tratar mi dolencia ocular si yo me sometía a un programa diario diseñado por él. Durante cinco mañanas y tardes, y mientras yo yacía tendido sobre la espalda, él rezaba ante un altar de imágenes de deidades hawaianas tradicionales esculpidas en madera adornada de hojas y flores.
No experimenté nada digno de mención hasta la quinta y última tarde, cuando sentí que el espíritu de una persona fallecida entraba en mi conciencia y me mostraba una escena en color. Nosotros (el espíritu y yo nos habíamos fundido) mirábamos una bahía en dirección sur. Tuve la impresión de que se trataba de la bahía Kealakekua y que estábamos en algún punto intermedio de la ascensión al acantilado que la preside. En el agua se perfilaban dos fragatas ancladas. En aquel momento no sabía que el capitán Cook había llegado en dos barcos, pero pensé: ¡capitán Cook! y me pregunté si el espíritu era el de un marinero británico o el del propio Cook. Luego me planteé si el espíritu era hawaiano. Aún no estaba seguro.
Entonces sucedió algo muy extraño: el espíritu empezó a hablarme en un lenguaje que no comprendía. Ni siquiera sabía si era hawaiano, porque las únicas palabras que conocía, como cualquier visitante a las islas, eran «aloha» y «mahalo» (gracias). Sin embargo, el espíritu, que parecía claramente masculino, se repetía sin cesar, insistiendo con la aparente intención de que recordara sus palabras. Poco a poco memoricé el mensaje, con alguna dificultad debido a que tenía que concentrarme en ignorar las oraciones recitadas por Lanakila. Me repetí silenciosamente las palabras mientras yacía boca arriba, con los ojos cerrados, esperando que cuando el ritual concluyera Lanakila me dijera si eran o no hawaiano. En cuanto acabó, anoté las palabras, le expliqué lo que había pasado y las leí en voz alta. Estas eran las palabras: Hele hele aku i ka pono.
«Es una buena señal», esbozó una amplia sonrisa. «Has hablado hawaiano. Lo que has dicho es, literalmente: ¡Adelante! ¡Adelante! Adelante hacia todo lo positivo. Tu mensaje significa: “Avanza con toda tu fuerza (con tu vida); todo es positivo, pues estás en el camino correcto”.»
Recientemente envié las palabras que me brindó el espíritu, junto a la traducción de Lanakila, a un profesor de hawaiano de la Universidad de Hawái (Hilo) para comprobar la corrección de la frase recibida y su traducción. Respondió: «… el hawaiano es bastante correcto e incluso incluye la partícula direccional, aku». Su única sugerencia fue añadir «una coma después del primer hele». ¡Evidentemente, el espíritu no me habló de coma alguna!2
Pregunté a Lanakila: «¿Cuál es el camino correcto?», porque la frase era nueva para mí.
«Es el camino moral, el camino correcto», respondió y añadió: «Has sido bendecido con ayuda, y tus ojos apreciarán el resultado. Ten presente que la cura puede tardar unos meses».
Dicho y hecho, cuando unos meses después me sometí a una revisión mis oculistas no pudieron encontrar prueba alguna de degeneración macular. Esa inversión, dijeron, era imposible, y la única explicación que encontraron era que los diagnósticos previos eran erróneos (¡aunque se habían repetido a lo largo de una década!).3
Unos tres años más tarde descubrí un nuevo libro sobre Fiji (otra cultura isleña del Pacífico), titulado The Straight Path of the Spirit, de Richard Katz. El título me resultó muy llamativo, porque desde el encuentro con Lanakila no había encontrado ninguna mención al «camino correcto» (Straight Path). En el libro de Katz descubrí que las palabras del espíritu guardaban relación con los conocimientos de otros isleños del Pacífico y, además, que el concepto era decisivo en su cultura espiritual.
Milagro 3: hablar en finés
Cuando los chamanes se «encarnan» o se funden con un espíritu que ofrece su ayuda, es natural que hablen en la lengua de ese espíritu. Lo notable, como en mi caso como paciente en Hawái, es que las palabras puedan traducirse si está presente alguien que conozca la lengua.
He aquí otro ejemplo personal. En uno de mis cursos se invita a los espíritus a fundirse con los participantes para ofrecerles su poder curativo. Al sonido de los tambores, cada participante aguarda con paciencia hasta que un espíritu sanador se une a él y le induce a cantar y danzar para transmitir a otros el poder curativo. Lo hacen uno tras otro.
En esta ocasión, un espíritu propicio se fundió conmigo. Como es habitual, al experimentar su poder curativo, yo («nosotros») empecé a cantar y danzar espontáneamente en el círculo del grupo, mientras de mi labios brotaban palabras incomprensibles y reiteradas incisivamente hasta que mi danza concluyó y pude sentarme.
Al final de la sesión, los participantes compartimos la experiencia. Una mujer finlandesa alzó la mano y me preguntó si sabía lo que yo había estado cantando. No tenía ni idea. Me dijo que había cantado en finés y había repetido la frase: «¡Basta de universidad!». Esto provocó un gran estupor y risas en el grupo, pues los estudiantes sabían que hacía poco me había negado a seguir el camino de la vida académica como profesor. Y, evidentemente, no sabía finés.4
Milagro 4: hablar en noruego arcaico
Como he explicado anteriormente, lo que parece imposible o milagroso al no chamán es realmente sencillo e incluso rutinario cuando uno sabe que 1) los espíritus existen de verdad, y 2) si los espíritus lo desean, pueden hablar por medio de los chamanes. Mientras dirigía un curso avanzado de iniciación en 2008, pedí un voluntario para una demostración de estas realidades. Amanda Foulger, miembro de nuestra facultad, se ofreció a ello.
Le pregunté si conocía las nacionalidades de sus ancestros. Dijo que eran fundamentalmente ingleses, en segundo lugar escoceses y remotamente noruegos. Dado que era californiana, la única lengua que ella conocía era el inglés.
A continuación le pedí que entrara en el estado chamánico de consciencia o ECC con ayuda de la percusión reiterada para que se fusionara con uno de sus ancestros del siglo XVI o una época anterior y que ese ancestro se expresara utilizándola a ella como mediadora. Todo esto ocurrió en presencia de unas 40 personas.
Tras unos dos minutos de percusión, Amanda se incorporó y el sonido del tambor se interrumpió. Empezó a hablar en voz alta, balanceando lentamente los brazos hacia adelante y hacia atrás. Una vez concluyó y tomó asiento, los estudiantes la miraron confundidos porque sus palabras parecían completamente ininteligibles.
Sin embargo, una estudiante familiarizada con las lenguas escandinavas alzó la mano. Dijo que Amanda había hablado en una forma arcaica de noruego. Además, continuó, el espíritu que hablaba a través de Amanda parecía ir de caza y discutir con un compañero sobre cuál era la dirección correcta. Esto sorprendió a los estudiantes y a la propia Amanda, que no sabía ni una palabra de noruego.5
Milagro 5: una cura que el médico afirmó no ofrecer jamás
El siguiente relato fue escrito por Ken Emerson, que participó en un grupo de práctica conocido como «el barco del espíritu». A veces llamada «canoa espiritual» o «balsa espiritual», de una u otra forma esta práctica ha existido desde antiguo entre los pueblos de la Costa Noroeste de Norteamérica, en el noroeste del Amazonas, en Austrialia y en Indonesia. He aquí sus palabras:
A principios de 2004 me diagnosticaron deficiencia alfa-1 antitripsina (AAT). La alfa-1 antitripsina se sintetiza en el hígado, y su carencia provoca enfisemas. Por último, el daño recae sobre el hígado y sobreviene la cirrosis. Existe una terapia de sustitución a través de inyecciones intravenosas semanales de proteína AAT. He recibido estas inyecciones desde 2004; no obstante, mi función pulmonar seguía deteriorándose.
En abril de 2011 asistí al taller intensivo de dos semanas de la Fundación con Alicia Gates y Amanda Foulger. Fui elegido como sujeto para el ejercicio del barco espiritual. Al acabar la sesión supe inmediatamente que había recibido una sanación. Mis pulmones estaban despejados, respirar ya no entrañaba dificultades y mi corazón latía con fuerza y regularidad.
Al llegar a casa pedí una cita con mi neumólogo. Hizo todas las pruebas, incluyendo una placa pectoral de rayos X, espirometría y análisis de sangre. ¡Los resultados le dejaron tan perplejo que creyó que el equipo había fallado! Repitió las pruebas con idénticos resultados. La prueba de rayos X no mostró signos de enfisema, aunque aún se percibía algún tejido dañado. La lectura de espirometría reveló una función pulmonar a un 82% de lo normal; la lectura previa era del 77%. El nivel de proteína AAT había pasado de 74 a 77 (el nivel normal se sitúa entre 90-200).
Mi doctor no pudo explicar las razones médicas de estos cambios drásticos. Como yo sonreía como un niño en la mañana de Navidad, me preguntó qué ocurría. Sin ofrecerle detalles, le conté los resultados de la curación junto a mis espíritus protectores compasivos. Negó con la cabeza y dijo que yo había recibido algo que él jamás podría ofrecer. Interrumpió la terapia de inyecciones intravenosas y programamos una cita de seguimiento para seis meses más tarde.
En la siguiente cita se realizaron las mismas pruebas. Estos fueron los resultados: ningún signo de enfisema, funcionamiento pulmonar al 112% de lo normal y nivel de proteína AAT a 80. Realizamos un seguimiento de mi enfermedad cada seis meses. En esta ocasión, al abandonar el despacho, ¡los dos sonreíamos!6
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En los ejemplos ofrecidos en este capítulo, los espíritus no solo mostraban su existencia, sino que también revelaban su capacidad para sanar y prestar ayuda. Recuerdo un libro popular que se publicó hace unos años y cuyo título era A Course in Miracles. Me he resistido a la tentación de llamar a este capítulo (desde la perspectiva del chamán) «Of Course They’re Miracles!».
3. La búsqueda
Los chamanes son individuos delirantes y probablemente esquizofrénicos, eso fue lo que me enseñaron en la Universidad de California, en Berkeley, cuando era estudiante de antropología, a principios de los años cincuenta. Las pruebas que sustentaban esta tesis eran que los chamanes aseguraban ver y hablar con espíritus e incluso recurrían a ellos para curar a los demás. Sin embargo, puesto que a veces parecían realizar curaciones eficaces, merecían un estudio más profundo desde la perspectiva psicológica. Walter Cline se mostraba muy reacio a aceptar esta perspectiva puramente psicológica respecto a los chamanes.
Esta percepción era una herencia de prejuicios occidentales que se remontaban siglos atrás, hasta el escarnio y persecución perpetrados por la Inquisición contra los chamanes, entonces llamados «brujas» y «brujos», nombre con el que, a veces, aún se les conoce en el norte de Finlandia. Los métodos de tortura y ejecución de la Inquisición fueron gradualmente sustituidos por las presiones más sutiles del secularismo que acompañaron el florecimiento de la ciencia en la edad de la «Ilustración» en el siglo XVIII.
En ese siglo, uno de los últimos vestigios del chamanismo europeo, los métodos de visualización, aún sobrevivía en la medicina popular bajo el nombre de «viajes del alma». Sin embargo, los eruditos del siglo XVIII declararon que no había pruebas científicas de la existencia del alma. Por lo tanto, la emergente medicina oficial decretó que la visualización para la curación tenía que ser abandonada por esa razón. La «herejía» del viaje visualizado no regresó a la medicina europea hasta que a finales del siglo XIX Freud pidió a un paciente que se «imaginara» atravesando la campiña en tren y describiera todo lo que veía.
La reticencia académica a tomar en serio a las almas, los espíritus y los chamanes continúa hasta hoy.1 Sin haber experimentado los métodos chamánicos, incluso los antropólogos comprensivos han tendido a concebir el chamanismo, no como un conocimiento directo, sino dentro del marco de las concepciones previas o paradigmas occidentales.
Aunque tal vez dejaron de ser etnocéntricos, la mayoría de estos estudiosos tendían a considerar a los chamanes a través de las lentes del cognicentrismo: la tendencia a juzgar la validez de las experiencias vividas por otras personas en estados alterados de consciencia sin haber experimentado esos estados en sí mismos.2
Sin una observación participante, estos estudiosos colocaban el chamanismo y a los chamanes en casilleros teóricos de moda de forma poco concluyente. Aunque la «observación participante» fue pregonada en antropología como un método necesario para alcanzar una comprensión correcta de los comportamientos y prácticas nativas, en el caso del chamanismo ningún antropólogo intentó hacerlo antes de la primera mitad del siglo XX.
Al mismo tiempo, las hazañas terapéuticas y los increíbles viajes a otros mundos fascinaron y sorprendieron a los eruditos occidentales. En su libro Les fonctions mentales dans les sociétés inférieures, el teórico de salón francés Lucien Lévy-Bruhl propuso que los relatos «nativos» de estas insólitas experiencias eran genuinos, pero que estas personas eran rehenes de una mente pre-racional «primitiva».3 Que esta opinión no ha desaparecido por completo queda demostrado en el libro más reciente de otro influyente escritor de salón, Julian Jaynes, que teorizó ampliamente sobre la consciencia de los pueblos pre-agrícolas sin investigar la consciencia de los pueblos «pre-agrícolas», cazadores y recolectores que aún existen en el planeta.4
La opinión de Lévy-Bruhl sobre los pueblos tribales y los chamanes tal vez sea relativamente benévola en comparación con las posteriores opiniones expresadas por la comunidad psicoanalítica en el siglo XX, en las que las experiencias de los chamanes tendían a concebirse como «alucinaciones» y a ellos mismos como individuos psicóticos o psicóticos «en remisión parcial».5 De hecho, Weston La Barre, un antropólogo fuertemente influido por la teoría psicoanalítica freudiana, afirmó que virtualmente todas las experiencias místicas, entre ellas el chamanismo, eran manifestaciones de procesos neuróticos o psicóticos.6
Carl Jung se aleja de esta perspectiva y del propio Freud al realizar lo que él mismo denomina «viajes» al mundo inferior,7 y recibir instrucción acerca de la realidad de los espíritus a través del propio Elías, que le dice: «Somos reales, no somos símbolos», y repite: «Puedes llamarnos símbolos… Pero somos tan reales como tus semejantes. No invalidas ni resuelves nada llamándonos símbolos… Somos lo que tú consideras real».8 Sin embargo, es significativo que Jung escribiera secretamente estas palabras en su Libro rojo, que se publicó en 2009, casi un siglo después de su muerte.
Sin ninguna duda, la figura más destacada en la rehabilitación académica del chamanismo y en el reconocimiento de su incidencia virtualmente panhumana fue Mircea Eliade, que publicó la primera versión de su clásico El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis en francés en 1951. Eliade propuso que, pese a que las prácticas locales presentaban sus propias variantes, un elemento clave fundamental era el viaje del chamán a otros mundos en estado de trance («éxtasis»).
En su libro, que continúa siendo una sobresaliente obra de referencia en este campo, Eliade sugirió que el chamanismo era el progenitor de todas las religiones y sistemas espirituales, aunque dejó claro que en sí mismo era una metodología, no una religión. No obstante, ni siquiera Eliade fue inmune a la perspectiva que condena a los chamanes como enfermos mentales. En 1951, solo seis años antes de mi primer trabajo de campo en el Amazonas, asumió la postura de que «la mayor parte de los chamanes son (o han sido) psicópatas».9
Así pues, desde la perspectiva «psicológica» de los estudiosos, los chamanes no eran «mentirosos y charlatanes»: ¡sencillamente estaban locos! Los chamanes tuvieron, sin embargo, la suerte de nacer en culturas «delirantes» donde fueron aceptados. Llegaron incluso a emplear su locura para atender a los engaños colectivos del pueblo en el que vivían como chamanes.
Estas culturas «delirantes» son, evidentemente, las tribales «primitivas», en contraste con nuestra propia cultura occidental «civilizada», cuyas manifestaciones de presunta cordura incluyen dos guerras mundiales, el Holocausto y otros actos masivos de genocidio, violencia urbana y la acelerada destrucción del ecosistema planetario.
Otra cosa que aprendí como estudiante de posgrado en antropología (y no me la enseñó Walter Cline) fue que los investigadores de campo debían mantener una «objetividad» escéptica. En virtud de cierta costumbre paternalista o, en un sentido más práctico, para evitar ofender a sus informantes nativos, el escepticismo de los antropólogos no se mostraba directamente a los pueblos indígenas, sino solo al regresar a la comunidad académica, donde los supuestos de la psicología y la sociología occidental se utilizaban para explicar lo que «realmente» ocurría en las culturas nativas. Esta actitud un tanto hipócrita se consideraba completamente pertinente. En toda esta cuestión latía implícito el supuesto condescendiente de la superioridad del moderno conocimiento occidental y que la función de los nativos consistía en ser sujetos de estudio y en absoluto posibles maestros para los occidentales.
También se me previno contra los peligros de «hacerse nativo» en el campo, algo que podía tentar a las «personalidades inestables». Uno de los ejemplos de etnólogos o antropólogos de la cultura que habían «cruzado la línea» era Frank Cushing, del Departamento de Etnología Americana del Instituto Smithsoniano. Hace un siglo, Cushing dejó de publicar sus trabajos centrados en la religión zuni después de haber sido formalmente iniciado en sus sociedades secretas, privando al mundo occidental de sus descubrimientos. Alcanzó el rango de Primer Jefe de Guerra y se convirtió en motivo de escándalo en la profesión al no «mantener las distancias» e incumplir así con sus obligaciones académicas.10
De la torre de marfil a la selva amazónica
Con esta formación académica inicié mi primer trabajo de campo en el Alto Amazonas en 1956-1957. Mi intención era ir más allá de la frontera de la colonización occidental para experimentar la vida en una sociedad tribal americana y nativa aún no conquistada. Llegaba un siglo tarde para disfrutar de esta oportunidad en Norteamérica, por lo que elegí América del Sur, y específicamente a los jíbaros o untsuri shuar del Ecuador oriental, célebres por rechazar a los aspirantes a conquistadores a lo largo de los siglos. Mi responsabilidad y propósito antropológico consistía en elaborar una etnografía exacta o descripción de su cultura total, ya que la práctica sensacionalista de «reducción de cabezas» había derivado en relatos morbosos, inapropiados y llenos de prejuicios en lo relativo a su vida e ideas.11
En 1956, poco después de establecerme entre los shuar, descubrí a un hombre que vagaba noche y día por la selva, contemplando a los espíritus y dialogando con ellos. Como yo acababa de descender de las altaneras torres de la academia, pensé: ¡Ajá, aquí tenemos uno! Pregunté si se trataba de un chamán. Respondieron: ¡no, es un loco!
Aunque lo consideraban demente, no creían que tuviera alucinaciones. Después de todo, en aquella sociedad casi todo el mundo había probado los alucinógenos nativos y sabía que los espíritus eran reales porque los habían visto.
Lo juzgaban loco porque era incapaz de desconectar su contacto con los espíritus. No era útil a su pueblo. Sus chamanes, en cambio, elegían conscientemente cuándo interactuar con los espíritus y lo hacían con el propósito definido de ayudar a los demás. Este fue el principio de mi verdadero aprendizaje del chamanismo.
Pronto supe que no solo me encontraba en una sociedad de guerreros, sino también de chamanes. Los chamanes se contaban por cientos y sus acciones terapéuticas y otras actividades impregnaban toda la vida. Me resultaban fascinantes. Me presentaron un concepto de la realidad mucho más estimulante que cualquier otra cosa que hubiera conocido anteriormente.
En gran medida, ese concepto parecía vinculado al uso de plantas y pociones susceptibles de alterar la consciencia. Tanto los chamanes como los no chamanes utilizaban una gran variedad de alucinógenos, o sustancias psicodélicas, para observar e interactuar con espíritus invisibles en una realidad invisible y alternativa.
Tal vez, ningún otro pueblo indígena en todo el mundo ha recurrido a tan amplia variedad de sustancias psicodélicas. Algunas de ellas, muy suaves, estaban destinadas a los bebés: gracias a ellas, los pequeños entraban en contacto con los espíritus propicios de la realidad oculta; había sustancias para los niños, chicos y chicas; las había para los perros cazadores, a fin de que también ellos gozaran de la protección de los espíritus; había una especialmente para chamanes, y otra para la búsqueda de visión. Si un joven manifestaba un mal comportamiento, sus padres podían obligarlo a tomar un alucinógeno para reformarlo; la idea era que respetaría la autoridad de sus padres si descubría que sabían de qué estaban hablando cuando aludían a los espíritus de la realidad oculta.12
Mi proyecto de tesis, por el que había recibido una beca, no tenía nada que ver con el chamanismo o las sustancias psicodélicas, por lo que centré mi investigación en otros asuntos. Durante mi primer trabajo de campo entre los jíbaros en 1956-1957, los chamanes me ofrecieron la oportunidad de tomar sus plantas y pociones en dos ocasiones. La tentación era grande, pero me contuve, preocupado por sufrir algún tipo de daño cerebral, siquiera mínimo. La mente despejada era el recurso más importante del que disponía para escribir una tesis doctoral solvente.
Sin embargo, a medida que transcurría mi estancia, mi orientación espiritual fue alterada sutilmente. Empecé a adoptar conscientemente algunos de los supuestos shuar sobre la realidad, entre ellos la existencia de los espíritus. A partir del incidente al cruzar el río, me resultó evidente la importancia de adquirir poder de los espíritus.13 Ahora solicitaba la protección de espíritus guardianes cuando las constantes enemistades, incursiones, emboscadas y asesinatos de los indios suponían un peligro físico. La presencia de los espíritus me parecía tangible y tranquilizadora, aunque seguían siendo invisibles para mí.
Evidentemente, no comuniqué este ligero vuelco en mi Weltanschauung en las cartas que remitía al comité de la tesis doctoral de mi universidad. De hecho, en ese primer año mantuve la distancia «correcta» como etnógrafo, permaneciendo en la posición de observador y no tanto como partícipe. Al regresar a Estados Unidos un año más tarde, las percepciones espirituales personales que había experimentado en el Ecuador oriental desaparecieron paulatinamente de mi consciencia y adoptaron el cariz de recuerdos difusos.
Cuatro años más tarde, en otra expedición al Alto Amazonas para el Museo Americano de Historia Natural, crucé completamente el umbral. En una noche trepidante de 1961, entre los indios conibo del Perú oriental, ingerí una infusión de ayahuasca, la planta psicodélica de los chamanes.14 Los conibo me pidieron que lo hiciera antes de describirme su propia religión y experiencias espirituales. Cooperé, decidido a no repetir el error de no tomar la poción, como hice entre los shuar.
Mis experiencias visionarias no solo resultaron extremadamente poderosas, sino que coincidieron increíblemente con las que más tarde me revelaron los propios conibo. Empecé a descubrir que las teorías culturales que me habían enseñado en tanto estudiante de antropología no eran adecuadas para explicar la coherencia de estas experiencias, aparentemente independientes de la cultura.
Este descubrimiento cambió radicalmente mi punto de vista occidental sobre la realidad y me inició en una verdadera búsqueda de conocimiento. En mi estancia con los conibo, esta búsqueda adoptó la forma del entrenamiento en sus métodos chamánicos, recurriendo a la ayahuasca y las canciones como catalizadores nocturnos para viajar a reinos sagrados e interactuar con los espíritus. Mi vida se abrió a un entusiasmo y realización como nunca había conocido, pues descubría y exploraba una nueva realidad alternativa, la realidad de un universo oculto.
Con el tiempo, tuve que abandonar a mis amigos conibo para regresar a Estados Unidos y trabajar en Berkeley. También dejé atrás a dos misioneros norteamericanos que habían comunicado a su comité de misiones su negativa a enseñar la Biblia a los indios y su deseo de servir exclusivamente como médicos, pues reconocían que las revelaciones cotidianas de los chamanes eran espiritualmente más creíbles que las viejas historias bíblicas. Se trataba de Dick y Dorothy Kendig, que aparecieron con los seudónimos «Bob y Millie» en La senda del chamán.15 Al salir de la selva me detuve en su misión para despedirme. Dick me contó que había estado en la ciudad fluvial de Pucallpa, donde había conocido a un «beatnik» barbudo de Nueva York que había tomado ayahuasca; era Allen Ginsberg. Lamenté no haberme encontrado con él, pues era el único «gringo», que yo supiera, que había tomado la infusión aparte de mí mismo.16 Me pregunté si sus experiencias se parecerían a las mías. Lo busqué al regresar a San Francisco, pero me dijeron que se había marchado a la India. Pasó algún tiempo antes de que comparáramos nuestras experiencias.
En el área de la bahía de San Francisco me vi inesperadamente sumergido en una pequeña pero creciente red de psicólogos aventureros, poetas, músicos, botánicos, químicos y bohemios cuyas experiencias psicodélicas con el LSD, las setas mexicanas, el peyote y la mescalina generaban una gran excitación y controversia. En la cultura occidental surgían personas que empezaban a comprender algo que los chamanes ya sabían. Eran la vanguardia de lo que más tarde sería conocido como los psicodélicos sesenta. Por último, Allen Ginsberg regresó de la India y me dejó asombrado con su pelo largo, pionero en la contracultura americana. En mis visitas a él y a otros en la calle Gough en San Francisco sentí que había encontrado un segundo hogar fuera de la academia.
La mayor parte de aquellos compañeros exploradores de la consciencia y las realidades ocultas a principios de los sesenta eran individuos de una elevada educación, inteligentes, creativos y elocuentes, concentrados en la región de San Francisco; construían un entorno para ellos tal como había hecho la generación beat, inmediatamente anterior. Era fascinante estar con ellos y asistir a la rápida evolución del movimiento New Age.
A principios de 1963 impartí una conferencia en Berkeley bajo el auspicio de la Universidad de California: el tema era «Drogas y realidad en el Alto Amazonas». En aquella época, los alucinógenos y sustancias psicodélicas aún no eran un tema académico «peligroso». En la charla expliqué que los shuar (entonces llamados jíbaros) creían que la única realidad verdadera era aquella a la que se accedía mediante la ingestión de la alucinógena ayahuasca, y que la realidad ordinaria cotidiana era, por comparación, un «engaño». Sin yo saberlo, el contenido de la conferencia fue resumido en un boletín informativo que se envió a todos los campus de la universidad.
Como resultado de ello, en la reunión anual de la Asociación Antropológica Americana en San Francisco, en noviembre de 1963, se me acercó un caballero fornido, bien vestido y de aspecto latino, se presentó como Carlos Castaneda y dijo ser un estudiante de la Universidad de California. Quería hablar conmigo sobre el contenido de mi conferencia en Berkeley. Me explicó que tenía dificultades para organizar las notas de campo recopiladas en su trabajo con un indio yaqui y mostró interés en la dicotomía de realidades que yo había apuntado en la conferencia.
Nos retiramos a un rincón tranquilo a conversar. Descubrí que Carlos era el primer antropólogo por mí conocido que se mostraba entusiasmado por los reinos en los que yo había penetrado y que parecía compartir mi respeto por el conocimiento indígena vinculado a ellos.
Durante las siguientes semanas se desplazó reiteradamente a Berkeley desde Los Ángeles para compartir ideas y experiencias. Nuestras conversaciones ayudaron a desarrollar la utilidad del concepto de dos realidades para la mente occidental. En sus futuras publicaciones, Carlos formalizó la dicotomía en dos términos sencillos, realidad «ordinaria» y realidad «no ordinaria», que yo había asociado, respectivamente, con el «estado ordinario de consciencia» y el «estado chamánico de consciencia».17 Animado al conocer al menos a un antropólogo con quien compartir experiencias relacionadas con el chamanismo y los alucinógenos, sentí el estímulo necesario para volver a visitar a los shuar en otras tres ocasiones.18
Carlos tenía un gran sentido del humor y una impresionante sinceridad. Relató sus maravillosos encuentros con el peyote y el hombre yaqui, un brujo llamado don Juan. Sandra Harner y yo lo animamos a narrarlos. En pocas semanas nos presentó el primer relato escrito. Se trataba de una narración etnográfica tan impresionante y presumiblemente exacta que lo animamos a escribir más.
A medida que se sucedían sus visitas y se acumulaban los posibles capítulos resultaba evidente que Carlos había producido un manuscrito con la dimensión de un libro. Le ayudamos a enviarlo a Grove Press en Nueva York, que lo rechazó de inmediato, algo que más tarde su propietario lamentó profundamente, según se dice. Evidentemente, el servicio de publicaciones de la Universidad de California lo publicó en 1968 con el título Las enseñanzas de Don Juan después de muchas dificultades y contratiempos, pero eso es otra historia para contar en otra ocasión. Había algo evidente, sin embargo: la indiferencia popular de Occidente hacia el conocimiento espiritual y filosófico indígena estaba a punto de cambiar.
Un poco antes, tras la publicación en inglés, en 1964, del libro que Eliade consagró al chamanismo en 1951, el interés en la materia creció rápidamente en Estados Unidos, sobre todo en California. Este interés aumentó significativamente gracias al uso generalizado de sustancias psicodélicas como el LSD en los años sesenta.
Antes de 1964, pocos de aquellos exploradores psicodélicos sabían que estaban redescubriendo un territorio conocido por los chamanes durante miles de años. No es de sorprender que buscaran un marco de referencia para su experiencia en las conocidas tradiciones espirituales de las civilizaciones orientales, especialmente el hinduismo y el budismo tibetano. Hablaban de «incursiones» más que de «viajes», y pocos de ellos habían oído hablar de los chamanes y sus experiencias.
En la misma época en que apareció el libro de Eliade, algo extraño empezó a sucederle a los exploradores psicodélicos «hippies» del distrito Haight-Ashbury de San Francisco. Sus incursiones con LSD y otras sustancias psicoactivas llevaron a muchos de ellos a concluir que eran reencarnaciones de indios norteamericanos fallecidos. En consecuencia, algunos empezaron a exhibir abalorios, piel de reno y plumas. Desde la perspectiva chamánica, probablemente habían vivido la experiencia de fusión con espíritus en el transcurso de sus incursiones, en especial aquellos espíritus que pedían reconocimiento.
Entretanto, yo intentaba transmitir mis experiencias con la ayahuasca y otros conocimientos chamánicos a mis compañeros antropólogos de Berkeley. Se esforzaron por interesarse y mostrarse comprensivos, pero pronto advertí que mis experiencias chocaban con su paradigma secular tanto como con el punto de vista religioso de los misioneros. Abandonando en gran medida mis intentos por comunicar lo inefable, me concentré en los montones de libros de la gran biblioteca universitaria de Berkeley buscando, literal y figuradamente, espíritus afines.
Al principio me centré en investigar los testimonios de uso tribal de alucinógenos que hubieran pasado desapercibidos, en especial los poderosos efectos de la ayahuasca, y más tarde de la datura. Mis experiencias con esas sustancias y el uso de otras plantas en la América nativa del Norte, Central y del Sur me hicieron pensar que las experiencias espirituales humanas debieron originarse a partir del uso de plantas psicotrópicas; en otras palabras, que las plantas eran la fuente fundamental de experiencia religiosa y, por lo tanto, de la religión y el chamanismo. Convencido de que el uso e impacto de ambas sustancias no había sido abordado seriamente por los estudiosos del origen de las religiones, me sumergí en la literatura etnológica e intercultural histórica con gran curiosidad y muchas expectativas.
Encontré considerables pruebas que demostraban que los chamanes de diversas latitudes habían recurrido a plantas psicodélicas para alcanzar la experiencia de otra realidad. Estas plantas también parecían estar detrás de las historias de «brujas» voladoras, hombres lobo, vampiros y zombis. Incorporé algunos de estos descubrimientos a mi artículo sobre el uso de plantas psicodélicas en la supervivencia del chamanismo (entonces «brujería») en Europa a finales de la Edad Media y durante el Renacimiento.19 El artículo formó parte de mi libro Alucinógenos y chamanismo, esencialmente compuesto por artículos leídos en un simposio de la Asociación Antropológica Americana en 1965. Carlos Castaneda participó en el simposio. Su artículo, a diferencia de los demás, nunca fue publicado. Fue decisión suya.
Otros se vieron simultáneamente involucrados en una investigación similar desencadenada por la experiencia de Gordon Wasson con la «seta mágica» entre los mazatecos en México;20 por las publicaciones de Albert Hofmann, posteriores a su descubrimiento del LSD;21 por los relatos de Aldous Huxley, que abordaban sus experiencias con la mescalina,22 y por la presentación de psilocibina que Timothy Leary hiciera a los estudiantes de Harvard.23
Así pues, a principios y mediados de los años sesenta muchos de nosotros creíamos que «era cosa de las drogas», de ahí que se publicaran varios artículos atribuyendo el origen de la «experiencia religiosa» a la antigua ingestión de plantas psicodélicas.24 La extendida experimentación con LSD durante esos años reforzó la opinión de que una sustancia bioactiva ingerida era la llave «secreta» que explicaba la experiencia chamánica de ingreso en otras realidades.
En 1968, los primeros libros de Castaneda se sumaron a la opinión general,25 como había ocurrido con la obra Mushrooms, Russia, and History de Wassons, de 1957, en la que las experiencias visionarias de los chamanes siberianos se atribuían a la ingestión de la seta agárica psicodélica (Amanita muscaria).26
No obstante, como resultado de mi investigación intercultural, al finales de los sesenta yo estaba llegando a la conclusión de que los chamanes integrados en la mayor parte de las culturas indígenas de todo el mundo realizaban su labor sin un consumo apreciable de estas sustancias psicodélicas. Me resultaba de una obviedad incuestionable que, a lo largo y ancho del mundo la percusión, especialmente el tambor, estaba mucho más extendida entre los chamanes indígenas que las sustancias psicodélicas. Sin embargo, era difícil aceptar la posibilidad de que el uso chamánico del tambor pudiera alterar los estados de consciencia.
Admitiendo el poder del tambor
Ya en 1948, en Zuni Pueblo, en Nuevo México, me sorprendió el efecto del repetitivo tambor ceremonial en un contexto sagrado; de hecho, tuve una verdadera experiencia religiosa en aquel lugar. A principios de los años cincuenta, me expuse a los efectos de los cascabeles mohave y cahuilla, y de los tambores de pie en las ceremonias sagradas «circulares» del Norte de California.27
Más tarde, en los años sesenta, descubrí que la percusión era utilizada en un contexto específico de sanación chamánica entre los salish costeros del estrecho de Puget en el Oeste del estado de Washington, aunque no se practicaba el viaje espiritual. Progresivamente, mis lecturas interculturales sobre chamanismo me obligaron a concluir que en la mayoría de las culturas del mundo los chamanes no ingerían plantas psicotrópicas para alterar su consciencia.
En los sesenta compré un tambor doble estilo Pueblo y decidí experimentar con él a fin de inducir viajes a otras realidades. Para mi sorpresa, descubrí que la percusión firme y reiterada alteraba inmediatamente mi conciencia. ¡Podía realizar viajes chamánicos sin sustancias psicodélicas! No debería haberme sorprendido, sin embargo. Como es habitual, los chamanes sabían lo que hacían, y se beneficiaban de miles de años de experimentación.
En una fase temprana de mis experimentos descubrí que un redoble firme y monótono de unas 205 a 220 percusiones por minuto era lo más eficaz para inducir el viaje. En aquella época, no disponía de información que me confirmara si esa era la misma frecuencia utilizada por los chamanes de Siberia en sus propios viajes. Unos años más tarde, me pasaron una grabación pirata de una percusión chamánica siberiana procedente de la Unión Soviética, donde el chamanismo era ilegal. (Véase lámina 2.) Me entusiasmó comprobar que su redoble registraba la misma frecuencia que el mío.
Pasados unos años, en mi primera visita a la Unión Soviética en 1984, Yuri Simchenko, etnógrafo ruso que había invertido 28 temporadas de trabajo de campo en Siberia, me contó que los verdaderos chamanes siberianos normalmente solo usaban el tambor para alterar su estado de consciencia, en lugar de la seta psicoactiva Amanita muscaria. La seta, me informó Simchenko, era el recurso fundamental de los no chamanes que no habían logrado viajar solo con el tambor. También me dijo que normalmente es difícil mantener la disciplina necesaria para la tarea chamánica cuando el espíritu de la Amanita se apodera del cuerpo.
Se sabe que los chukchi de Siberia oriental a veces ingieren amanitas. Sin embargo, en 1907 el gran etnólogo ruso Waldemar Bogoras escribió en su clásico sobre los chukchi: «El único medio empleado por los chamanes chukchi, tanto neófitos como experimentados, para la comunicación con los “espíritus” es el canto y el redoble de tambor».28
Cuando los chamanes siberianos empiezan a tocar el tambor en la primera etapa de su viaje, se trata de un ritmo firme y monótono que tiende a ser sustituido por una frecuencia percusiva más irregular cuando el chamán se funde con espíritus específicos en su viaje y participa en aventuras en la realidad no ordinaria.29
Muy pronto llegué a la conclusión de que el sonido de percusión monótono, o «inmersión auditiva (o “sónica”)»,30 en conjunción con los métodos chamánicos, podía brindar resultados comparables en muchos sentidos a los obtenidos con las sustancias psicodélicas. Por ejemplo, las sanaciones chamánicas de extracción basadas en la ayahuasca, con las que me familiaricé en el Amazonas, eran igualmente practicadas por los pueblos indios de la Costa Oeste de Norteamérica solo con la inmersión auditiva, recurriendo a «claquetas» de madera y báculos en el Norte de California,31 o mediante la percusión, como en el área del estrecho de Puget, o a través del uso reiterado de campanillas, como ocurre entre los indios shakers de Oregón y Washington.32
Esta conclusión constituyó un descubrimiento personal fundamental, ya que significaba que las experiencias espirituales chamánicas no podían desestimarse como producto del efecto de las drogas. En realidad, las implicaciones eran enormes, pues sugerían que la percusión y las drogas eran puertas diferentes para entrar en los idénticos reinos espirituales.
Respecto al viaje chamánico a otros mundos, en la Norteamérica occidental aún no había encontrado a nadie que utilizara el tambor u otro instrumento auditivo para este propósito. Más tarde supe que algunos pueblos atapascas canadienses usaban la percusión para la ascensión chamánica.33
A lo largo y ancho del mundo, parecía que el vehículo más común para el viaje del chamán era la inmersión auditiva en forma de sonido percusivo simple y monótono. Aunque era normalmente producido por el tambor, en algunos lugares se recurría a otros instrumentos de percusión, como las baquetas utilizadas por la mayoría de los pueblos aborígenes de Australia. En el sudeste asiático, los chamanes suelen usar gongs y brazaletes de metal en lugar de tambores.
En algunas regiones del mundo, como ocurre en algunas zonas de Norteamérica, México, Sudamérica y Siberia,34 se utilizan las sonajas para crear sonidos percusivos monótonos, a veces en conjunción con la ingestión de una sustancia psicodélica suave como el peyote, o rapé de Piptadenia psicoactivo y ciertas variedades de tabaco.35 Era evidente que en el chamanismo la inmersión auditiva adoptaba muchas formas, además del uso del tambor.
Una de estas formas era el arco musical, o su pariente de metal, el birimbao: ambos producen un sonido percusivo vibrante y repetitivo. Los actuales chamanes de Mongolia y Siberia prefieren el birimbao, y los shuar del Alto Amazonas aún utilizan el arco musical (véase lámina 3a). La cuerda de fibra del arco musical se pulsa en la boca abierta del chamán, que sirve como caja de resonancia para el sonido percusivo del arco.
A menudo, el arco musical es prácticamente inaudible para los demás, pero su percusión reiterada resuena en el interior y permite al chamán shuar alterar su consciencia. Los arqueólogos reconocen a una figura semihumana, supuestamente un chamán fusionado con un espíritu bisonte, tocando el arco musical en las pinturas rupestres de la célebre cueva del paleolítico superior de Les Trois Frères en Francia (véase lámina 3b). Si la pintura representa lo que un chamán hacía dentro de una cueva, el silencioso arco musical puede haber sido una buena opción comparado con el tambor, a fin de evitar el desprendimiento de rocas del techo.
Mi descubrimiento personal de la eficacia de la percusión en el viaje chamánico era, evidentemente, un redescubrimiento de lo que los chamanes han sabido desde hace milenios. Por ejemplo, el tambor recibe el nombre de «caballo chamán» en el pueblo soyot en Tuva, en la frontera sur de Siberia, debido a su habilidad para ayudar a los chamanes a volar a los Mundos Superior e Inferior:36 el redoble del tambor se asemeja al sonido de los cascos de caballo.37 La percusión no solo ayuda al viaje chamánico, sino que también estimula las experiencias visionarias. Así pues, el pueblo sami («lapones») de la Escandinavia septentrional llama literalmente al tambor «la cosa de la que brotan imágenes» (gåvadas).38
Empecé a llamar al estado alterado que acompaña al redoble (y también a las sustancias psicodélicas) estado chamánico de consciencia (ECC). No se trata de un estado alterado de consciencia ingenuo, sino de un estado que incluye el conocimiento de la disciplina y propósito chamánicos, como aquel que resulta imprescindible para ayudar y sanar a los demás. El ECC presenta diferentes intensidades, desde la más ligera a la más profunda, y puede tener efectos diversos, especialmente si se utiliza un alucinógeno poderoso y adecuadamente preparado, como la ayahuasca (yagé).39 Desde la perspectiva chamánica, los espíritus de estas plantas no solo tienen poder, sino que también poseen sus propias personalidades y mensajes, que inciden significativamente en la naturaleza de la experiencia. En muchos sentidos, la inmersión auditiva no implica esas influencias.
En los años setenta, al buscar la literatura científica que explicara los efectos mentales de la percusión solo encontré tres publicaciones significativas en inglés. Esto resultó a un tiempo sorprendente y decepcionante, ya que en el mundo occidental, como todos sabemos, el tambor sigue usándose con vistas a alterar el propio estado de consciencia para el entretenimiento y la diversión, las procesiones de duelo y las marchas militares. Tal vez la percusión ha formado parte de nuestras vidas hasta el punto de faltarnos la distancia psicológica para preguntarnos el porqué.
Dos de las tres publicaciones eran obra de Andrew Neher, que a principios de los años sesenta fue pionero en el estudio científico de los efectos de la percusión en los patrones de las ondas cerebrales. Como resultado de su investigación de laboratorio, concluyó que la percusión produce cambios inusuales en el sistema nervioso central. Lo llamó «inmersión auditiva»,40 a la que yo doy el nombre alternativo de «inmersión sónica». Señaló dos factores especialmente importantes: 1) un redoble de tambor contiene muchas frecuencias y, por lo tanto, estimula simultáneamente diversas regiones sensoriales y motoras a nivel cerebral, y 2) un redoble de tambor está fundamentalmente compuesto por frecuencias bajas y, por lo tanto, puede sonar con gran intensidad y desencadenar una gran energía sin causar el dolor y el daño que resultaría de sonidos de alta frecuencia de similar amplitud. Neher también propuso una conexión con la experiencia ceremonial y religiosa.41
La tercera publicación era obra de un psiquiatra, Wolfgang Jilek, que había estudiado los efectos terapéuticos de las danzas espirituales chamánicas de los indios salish de Washington y la Columbia británica. Junto a un colega, descubrió que los tambores de piel de ciervo de los salish sostenían de cuatro a siete redobles por segundo durante los procedimientos de iniciación chamánica. Señaló que esto se incluía en el registro de frecuencia de la onda theta en el electroencefalograma, registro «que resulta muy eficaz en la producción de estados de trance».42 Era una velocidad superior al tempo que me había parecido eficaz para los viajes a otras realidades, pero ambas prácticas compartían un redoble intenso y monótono.
A pesar del trabajo de Neher y Jilek, el efecto de la percusión en la alteración del estado de consciencia continúa siendo objeto de controversia entre los estudiosos, y últimamente se ha puesto de moda criticar los hallazgos de Neher, como ha hecho Gilbert Rouget, cuya postura ha sido criticada a su vez por Gabe Turow.43 La nueva investigación científica de Melinda Maxfield y Sandra Harner apoya la idea de que la percusión chamánica desencadena significativos efectos psicológicos y fisiológicos.44
En cualquier caso, las personas interesadas en practicar el chamanismo no necesitan esperar el resultado de los debates académicos y la investigación científica. Solo tienen que escuchar la percusión chamánica en sus viajes para descubrir su importancia por sí mismos. La eficacia de la inmersión auditiva o sónica para acceder a otras realidades fue solo uno de los innumerables descubrimientos realizados por los chamanes y otros indígenas. Más tarde volveremos sobre el uso de la percusión en el viaje chamánico.
Inmersión sónico-optica
Si el chamán se mueve libremente, a veces se utiliza otro tipo de herramienta en el viaje chamánico; es lo que llamo la cortina ocular siberiana. Se trata de una corona o tocado con flecos que cubren los ojos de los chamanes de Siberia y zonas adyacentes y les permiten contemplar ambas realidades simultáneamente. Cuando se sumergen en su tarea, los chamanes que visten estas cortinas oculares balancean la cabeza a la izquierda y a la derecha, provocando así que la oscuridad interrumpa constantemente las percepciones de la realidad ordinaria.
Estas interrupciones de la visión refuerzan las interrupciones regulares del silencio producidas por la percusión, tal como descubrí.
Así como la percusión chamánica produce la conocida inmersión auditiva, especialmente para el viaje a otras realidades, los fluctuantes flecos de la cortina ocular parecen constituir una suerte de inmersión óptica complementaria. Las dos juntas derivan en lo que podríamos llamar inmersión «auditiva-óptica» o, por economía silábica, «sónica-óptica». Los redobles y oscilaciones de los flecos de la cortina ocular «rompen» la realidad ordinaria, lo que ayuda a los chamanes a alcanzar otros mundos. (Véase lámina 4.) Sin embargo, para que esto funcione la luz externa ha de ser tenue, a fin de que no interfiera con la imaginería visual que alcanza al chamán.
Chamanismo esencial
Tras décadas de experimentación práctica, investigación intercultural y trabajo de campo, he logrado tamizar progresivamente los principios y prácticas comunes, universales y cuasi universales subyacentes al chamanismo. En especial, en los años setenta desarrollé métodos para practicar y enseñar estos principios, refinándolos y avanzando constantemente. En parte, esta labor se llevó a cabo en el desarrollo de mi práctica privada de sanación y adivinación chamánica, y en parte se realizó como respuesta a personas que me pedían instrucción en los métodos del chamán.
Estos principios transculturales subyacentes de la práctica chamánica ofrecen la base para lo que he denominado chamanismo esencial. Como señalé en la Introducción, el chamanismo esencial se fundamenta en los aspectos comunes, universales y cuasi universales del chamanismo, junto a viajes a otros mundos, aspecto distintivo de esta práctica. Para la mayoría de los occidentales, aprender y practicar el chamanismo esencial, incluyendo el viaje chamánico, es una perspectiva mucho más productiva que imitar las prácticas del chamán en una cultura única, porque cada cultura posee su propio simbolismo, mitología y elaboraciones conceptuales. Si no es tu propia cultura, esas elaboraciones, especificidades y significados no serán apropiados para la persona como sí lo son para ese pueblo indígena. De acuerdo con esto, la antropóloga Joan Townsend distinguió cuidadosamente entre chamanismo esencial y neo-chamanismo.45
Para más información, véase «Principales conceptos del chamanismo esencial» en Apéndice D.
El hambre que muchos occidentales parecen tener por estos antiguos caminos espirituales es notable. En respuesta a estas peticiones, empecé a enseñar chamanismo esencial para su uso práctico a occidentales, impartiendo talleres a mediados y finales de los años setenta en Europa y Estados Unidos. Me centré especialmente en el viaje chamánico a través de la percusión, que me parece de vital importancia a la hora de iniciar a los occidentales en la práctica del contacto con los espíritus, el ingrediente esencial en el chamanismo y la curación chamánica.
Poco a poco se incrementó la frecuencia, complejidad y amplitud de los talleres. A fin de satisfacer la demanda, durante las últimas tres décadas he recibido la ayuda de antiguos estudiantes invitados a formar parte de la facultad de la Fundación de Estudios Chamánicos, una organización sin ánimo de lucro fundada para preservar, estudiar y enseñar el chamanismo y la sanación chamánica en todo el mundo.
Ofrecidas hoy por la facultad internacional de la Fundación de Estudios Chamánicos, las enseñanzas cubren muchas prácticas chamánicas además del viaje espiritual, entre ellas: la recuperación de los animales de poder, la sanación por extracción, la recuperación del alma, la adivinación, la labor de los psicopompos, la desposesión, y otras muchas iniciaciones chamánicas avanzadas que incluyen otras muchas prácticas. Todas ellas se enseñan en el marco del chamanismo esencial.
4. Nuestro mundo: chamanes y espíritus
Cierra los ojos,
así encontrarás el camino.
De un mito indio puyallup 1
A partir de pruebas arqueológicas y derivadas de la etnología comparada, muchos expertos creen que el chamanismo se remonta al menos 30.000 años en el pasado, y posiblemente es aún más antiguo. Sin lugar a dudas, es el sistema de sanación más antiguo a través de la decidida integración de lo mental, lo emocional y las capacidades espirituales. Aunque la palabra «chamán» procede de los pueblos de habla tungusa de Siberia y norte de China, la universal similitud de las prácticas básicas indujo a los antropólogos a aplicar el término de un modo generalizado.
Hasta el siglo veinte, el chamanismo era practicado en todos los continentes habitados por los pueblos indígenas, entre ellos por poblaciones tan distantes como los sami (antiguos «lapones») de la Europa más septentrional, los aborígenes de Australia, los kung del África meridional y los pueblos indígenas de América del Norte y del Sur. Sin embargo, debido a factores como la introducción de enfermedades, guerras, persecuciones y actividades misioneras, el número de chamanes indígenas se ha reducido drásticamente en los últimos cinco siglos, junto a la radical erosión del conocimiento chamánico de sus culturas. En las últimas décadas, esta situación ha empezado a cambiar.
Chamanes
Las definiciones suelen ser objeto de controversia, en especial en el caso de los chamanes y el chamanismo. Ahora ofreceré lo que me ha resultado personalmente útil en mi trabajo con chamanes y con el chamanismo a largo de medio siglo. Las siguientes palabras no pretenden satisfacer a todo el mundo, ni siquiera a la mayoría; su intención es transmitir el contenido de este libro.
Aunque el trabajo de los chamanes abarca prácticamente toda la gama de prácticas espirituales conocidas, el chamanismo se caracteriza universalmente por un cambio deliberado en la consciencia (el «éxtasis» de Eliade) para comprometerse en una voluntaria interacción con los espíritus. Su rasgo más distintivo, aunque no universal, es el viaje no físico a otros mundos.2 Hay que señalar que en algunas sociedades indígenas hay chamanes que no viajan en absoluto, y otros que solo lo hacen en el Mundo Intermedio o, si avanzan más allá, no recorren por igual el Mundo Superior y el Inferior; algo que todos comparten en la interacción disciplinada con espíritus en la realidad no ordinaria para ayudar y curar a los demás.
Tanto si viajan a otras realidades como si no lo hacen, los chamanes dependen de la asistencia de sus entidades tutelares o espíritus auxiliares, con los que interactúan en el estado alterado de consciencia al que se accede universalmente con ayuda de la inmersión auditiva (o sónica). Y tanto en los escenarios tradicionales como en la sociedad contemporánea, los chamanes trabajan en un marco holístico. Abordan el aspecto espiritual de la enfermedad en una relación complementaria con el tratamiento no espiritual de la enfermedad y las heridas.
Hay que distinguir a los chamanes de los hechiceros puesto que el trabajo sanador de los chamanes es muy distinto al de la hechicería; tema que se abordará más adelante.
Las dos realidades
Un supuesto básico del chamanismo afirma que hay dos realidades y que la percepción de cada una de ellas depende de nuestro estado de consciencia. Este supuesto es explícito en el chamanismo esencial, pero normalmente es implícito en el chamanismo indígena, en el que no suele existir mucho interés en distinguir meridianamente entre realidades. De hecho, algunos chamanes indígenas que he conocido parecen disfrutar de los dramas y pasiones que surgen de la confusión entre realidades.
Los chamanes acceden a otra realidad fundamentalmente para trabajar con espíritus auxiliares y curar, realizar adivinaciones y cumplir otras tareas para sus pacientes y clientes. Se accede a esa otra realidad mediante el estado chamánico de conciencia (ECC), como he descrito en La senda del chamán.3 El ECC puede ser ligero o profundo y normalmente se ingresa en él con la ayuda de la inmersión auditiva.
Quienes mantienen el estado ordinario de consciencia (EOC) perciben la realidad ordinaria (RO); quienes se encuentran en el ECC pueden ingresar y percibir la realidad no ordinaria (RNO). Ambos estados reciben el nombre de realidades porque cada uno puede experimentarse empíricamente y atesora sus propias formas de conocimiento y relevancia para la existencia humana.
La RNO no es una realidad consensuada, y si así lo fuera, quienes practican el chamanismo carecerían de función alguna, pues su responsabilidad es percibir lo que otros no alcanzan a ver. Uno de los rasgos distintivos de quien ejerce el chamanismo es la capacidad para desplazarse entre estas realidades con disciplina y voluntad a fin de sanar y ayudar a los demás.
«Ver» en el chamanismo
«Ver» constituye un aspecto importante del chamanismo y del viaje chamánico. Como observa Eliade: «“Ver” un espíritu […] es una señal cierta de que de algún modo uno ha obtenido un “estado espiritual”, es decir, que se ha trascendido el estado profano de la humanidad».4 La palabra inglesa «vidente» (seer) puede referirse a los antiguos chamanes europeos (see-ers). De un modo semejante, los indios matsigenka del Alto Amazonas llaman al chamán «aquel que ve».5 Al mismo tiempo, en el chamanismo «ver» es algo más que visualizar, pues se aplica a percibir con todos los sentidos, incluyendo el oído, el tacto, el olfato y el gusto.
Los chamanes se diferencian de quienes creen en los espíritus porque saben por experiencia directa que los espíritus existen. Ven los espíritus, los tocan, los oyen, los huelen y conversan con ellos. Esta es la razón por la que en muchas sociedades tribales de todo el mundo el chamán no solo es «aquel que ve», sino también «aquel que conoce» o una «persona de conocimiento». Los chamanes creen en la existencia de los espíritus como usted puede creer en la de su familia, amigos y conocidos. Usted sabe que todos ellos existen porque habla e interactúa con ellos diariamente. Del mismo modo, los chamanes saben que los espíritus existen porque interactúan con ellos diariamente, o mejor dicho, nocturnamente, porque suele ser más fácil ver a los espíritus en la oscuridad. La oscuridad es un recurso importante para identificar a los espíritus, porque elimina la posibilidad de confundirlos con las imágenes ordinarias de la realidad diurna.
El conocido concepto del «tercer ojo» de las prácticas espirituales orientales aflora por doquier. No es infrecuente, por ejemplo, que los aborígenes australianos lo conozcan como «el ojo poderoso», situado en el centro de la frente. A veces se recurre a un cristal de cuarzo, destacada piedra en el chamanismo universal, que se presiona sobre ese centro para ayudar a ver con claridad al chamán neófito.6 En épocas antiguas, un chamán paviotso norteamericano podía llevar un cristal de cuarzo en una búsqueda de poder en una caverna, tal como describimos en el capítulo 1, para más tarde poder «ver a través de todas las cosas».7 La visión de los chamanes no se limita a percibir en la oscuridad, sino que normalmente también se aplica a ver a través de los objetos que en la realidad ordinaria parecen opacos a la mayoría de las personas. En la sanación por extracción chamánica, se percibe la dolencia en el interior del enfermo.8
El poder de «ver a través de las cosas» es un elemento fundamental de la experiencia chamánica. Este poder ofrece su propia luz para penetrar en la oscuridad y la materia, como señala Knud Rasmussen a propósito de los esquimales iglulik:
La primera vez que un joven chamán experimenta esta luz, sentado en su banco [en el iglú a oscuras] e invocando a los espíritus protectores, es como si el hogar en el que se encuentra de pronto desapareciera; ve a los lejos, a través de las montañas, exactamente como si la Tierra fuera una gran llanura y sus ojos pudieran alcanzar el último confín. Ya nada se le oculta.9
En el chamanismo, «ver» también implica ver con el corazón o saber en el corazón que lo que estás viendo es cierto. Esta certeza emocional es fundamental en la experiencia de revelación directa y constituye uno de los aspectos que normalmente caracterizan a la visón chamánica.
En 1968 conversaba sobre las visiones chamánicas con el etnólogo francés Jacques Lemoine, especialista en el chamanismo de los pueblos hmong de Laos. Aunque se trata de un notable trabajador de campo, nunca había preguntado a los chamanes si veían imágenes, porque ya le habían dicho que «veían con el corazón». Por lo tanto, había asumido que no existía percepción visual alguna. Le animé a entrevistar en profundidad a uno de sus amigos chamanes hmong. Evidentemente, pocos meses más tarde contó que, en efecto, veían imágenes con los ojos cerrados y cubiertos, en sus viajes y otras tareas, y que decían ver con el corazón porque la certeza emocional formaba parte de sus revelaciones directas. Esta certeza emocional también es necesaria para tener éxito en la curación chamánica occidental.
¿Los chamanes nacen o se hacen?
Para los occidentales es fácil asumir que los chamanes ejercen su profesión a tiempo completo. Sin embargo, la mayor parte del tiempo lo ocupan haciendo trabajos como cultivar y cazar, recoger y procesar alimentos y criar a los hijos. Por las noches, y bajo petición, viajan a otras realidades y ejercitan otras tareas chamánicas de una forma controlada y disciplinada. Su trabajo espiritual en un estado alterado de consciencia es muy intenso. Ni siquiera es posible comer mientras se prepara la comida. Por lo tanto, es inconcebible que alguien pueda trabajar en ese estado alterado de consciencia de un modo regular. Los chamanes cumplen su labor a tiempo parcial.
Las personas llegan a dedicarse a esta actividad por caminos muy diversos. En Siberia, por ejemplo, los chamanes heredan el poder y el conocimiento de sus familias.10 En Siberia y en la América del Sur nativa, las personas pueden sufrir una enfermedad grave, como la viruela, y recuperarse milagrosamente cuando lo que se esperaba era su muerte.11 O tal vez el individuo sobrevive a un extraño accidente, como la caída de un rayo. Cuando algo así sucede, la comunidad decide que un poder curativo ha acudido en ayuda de la persona. A veces se pide a la persona bendecida con el poder que ayude a curar a otros enfermos. La persona recuperada, aunque insegura en cuanto a sus capacidades, no puede negarse a ayudar a amigos y familiares enfermos. Si su intervención se ve coronada con el éxito, ha nacido un chamán.
En algunas sociedades indígenas se observa a los niños para detectar si mantienen un contacto directo con los reinos espirituales, como cuando cantan espontáneamente una canción que en apariencia han recibido de los espíritus, como ocurre entre los pomo de la California nativa. Si se manifiestan estas señales, los poderes curativos de los niños han de ser comprobados por los adultos.12 Sin embargo, incluso en esos casos el niño rara vez es reconocido como un chamán de pleno derecho hasta la edad adulta. Los practicantes del chamanismo en todo el mundo han sido siempre adultos maduros, normalmente con sus propios hijos.
En ciertas culturas era bastante común pagar a un reconocido chamán para recibir su enseñanza. Por ejemplo, los chamanes esquimales de la Groenlandia oriental tenían muchos profesores remunerados.13 Entre los shuar del Ecuador oriental, la única forma conocida de convertirse en chamán era comprar el poder, en forma de ayudantes espirituales, de otro chamán.14 El modo de pago usual en los años cincuenta era el shuar kuit, u «objetos de valor indios». Para remunerar a un conocido chamán por un período de instrucción y transmisión de poder de una semana, un hombre se pasaba dos o tres años acumulando tocados de plumas, cerbatanas, veneno de curare para los dardos, tal vez un perro de caza e incluso un trabuco. En la actualidad, el chamanismo sigue muy implantado entre los shuar, pero su pago suele hacerse con grandes cantidades de moneda ecuatoriana.
También hay otros caminos para llegar a ser chamán. En la tribu conibo del Perú oriental, por ejemplo, el neófito, guiado por un chamán, será instruido por el espíritu de un enorme árbol sagrado (la ceiba).15 En los viejos tiempos, entre los inuit del Ártico, uno de los caminos más valorados para convertirse en chamán consistía en que los espíritus iniciaran al individuo, sometido a un extremado aislamiento y sufrimiento. Para lograrlo, el aprendiz, bajo la supervisión de un chamán, pasaba días solo en un iglú minúsculo en pleno invierno sin calor, luz, alimentos y con muy poca agua, hasta que los espíritus traían la iluminación y el poder curativo.16
Tal vez uno de los caminos más misteriosos y característicos para convertirse en chamán sea experimentar el desmembramiento del propio cuerpo en un estado alterado de consciencia. Los relatos de este tipo de experiencia iniciática son relativamente comunes entre las tribus siberianas y los pueblos aborígenes australianos. Más adelante examinaremos esta importante experiencia chamánica y su significado (véase capítulo 11).
Aunque hay muchas formas de convertirse en chamán, cómo llegar a serlo no es tan importante como la fuerza de los espíritus auxiliares que ayudan a la persona. En otras palabras, el elemento principal no es si uno paga a un chamán, como entre los shuar, o si el individuo casi muere de inanición y prácticamente se congela en la oscuridad aislada en el hielo, como entre los inuit en los días anteriores a las misiones. La cuestión se puede exponer con mucha sencillez: el trabajo chamánico de cada cual, ¿produce resultados exitosos en quienes solicitan ayuda? Si esos resultados llegan, importa poco la instrucción recibida, o si uno ha recibido instrucción en un sentido formal, pues el pueblo lo reconocerá como un chamán. Los chamanes se conocen por sus obras, y el juicio último lo establecen aquellos en cuyo beneficio trabajan, ofreciéndoles sanación, adivinación y otros propósitos.
Chamanes, sacerdotes y chamanes-sacerdotes
Hay que distinguir a los chamanes de los sacerdotes. Tanto en las tribus como en las principales civilizaciones, los sacerdotes gestionan ceremonias que implican liturgias y rituales tradicionales que han de cumplirse de una forma específica, centrándose en las oraciones a los espíritus y dioses. El ideal es llevar a cabo el ritual público a la perfección, sin la mínima desviación en la oración o las ofrendas.
Estos rituales pueden ser hermosos y emocionalmente conmovedores, pero no son chamánicos. Aunque los chamanes pueden orar y hacer ofrendas, el chamanismo es una actividad de revelación en la que el individuo accede a otra realidad. Evidentemente, hay culturas en los que una misma persona ejerce funciones chamánicas y sacerdotales. Se trata de los chamanes-sacerdotes. Los mara’akame de los indios huichol del noroeste de México son un ejemplo de tales individuos. Para convertirse en un mara’akame hay que pasar años aprendiendo las liturgias sacerdotales a la perfección, como hacen los sacerdotes en otras tradiciones. Al mismo tiempo, el mara’akame aprende a alterar su consciencia y a viajar a otros planos de realidad con ayuda de los alucinógenos nativos, normalmente el peyote o la datura. Algunos mara’akame son más sacerdotes que chamanes, y otros más chamanes que sacerdotes, pero pueden ejercer ambas funciones.
Los curanderos y curanderas de las tribus de las Llanuras en la Norteamérica nativa también pueden ser considerados chamanes-sacerdotes. Aprenden a interactuar directamente con los espíritus, no pocas veces en la oscuridad, a través de la búsqueda de visión, la casa de la purificación y otros rituales y prácticas que alteran la consciencia. Además, aprenden minuciosos rituales y oraciones tradicionales a fin de honrar a los espíritus reconocidos por su sociedad. Normalmente, esto exige años de aprendizaje para su correcta representación. Así pues, la revelación directa es simultáneamente equilibrada con el liderazgo ceremonial en un ritual.
Que un curandero o curandera específicos sean técnicamente definidos como chamanes depende en gran medida de su interacción directa con los espíritus y, en parte, atiende a si viajan en un estado alterado de consciencia. Entre los pueblos de las Grandes Llanuras, estos viajes son a menudo sutiles y no pueden ser reconocidos por un extraño; normalmente se realizan en el Mundo Intermedio. En el caso de un curandero específico, a un extraño le llevaría años descubrir si esa persona viaja y, de hacerlo, si a veces se aventura más allá del Mundo Intermedio.
Mi intención al distinguir entre sacerdotes indígenas y chamanes no es establecer comparaciones odiosas, pues el trabajo realizado por cada uno posee su propio valor tradicional para la comunidad. Las diferencias, sin embargo, han de ser tenidas en cuenta, porque resultaría confuso y engañoso oscurecer el sentido de la palabra «chamán».
Chamanes y médiums
Hay muchas prácticas chamánicas especializadas. El mediumnismo (o «canalización») es un ejemplo significativo. En él, un espíritu propicio (o «guía») llega hasta el médium, que tras ingresar en un estado alterado de consciencia y renunciar al control, se encarna voluntariamente en él. Los chamanes también realizan esta actividad en diverso grado, en función de las necesidades de la situación. En el chamanismo, esta actividad recibe diversos nombres, tales como posesión voluntaria, fusión, unión o encarnación. En el chamanismo indígena, el espíritu que se fusiona con el chamán suele considerarse un dios, una diosa o un ancestro. En contraste con mi postura en décadas pasadas, ahora reconozco el mediumnismo como un aspecto importante de la práctica chamánica. Sin embargo, si un médium no realiza ninguna otra tarea chamánica, apenas puede considerársele un chamán de pleno derecho. Nos viene a la mente el mediumnismo británico del siglo XIX, tal como ha sido estudiado y descrito por Alfred Russel Wallace.17
Los chamanes de pleno derecho pueden invitar a un espíritu propicio a expresarse a través de ellos y responder a diversas preguntas, pero la fusión suele hacerse para que el chamán adquiera el poder necesario con el que curar a los demás. El viaje de los chamanes para visitar otros mundos lo diferencia del mediumnismo. Los espíritus que ayudan a los chamanes en sus viajes no reciben el nombre de «guías», porque se trata de un término mediúmnico que en el chamanismo puede confundirse con los animales espirituales que simplemente guían al individuo en el viaje chamánico.
Si se ha sumergido profundamente en un estado alterado de consciencia, el chamán plenamente fusionado, aquí, en el Mundo Intermedio, puede ser relativamente inconsciente de lo que el espíritu encarnado pretende hacer o comunicar a través de él. En cambio, el chamán que viaja a otras realidades es muy consciente de lo que sucede (excepto en un método sami reconstruido) y procura recordar todos los detalles posibles de la experiencia de su viaje. Por lo tanto, normalmente el chamán puede narrar a los demás lo que ha acontecido en el mundo de los espíritus; en cambio, un chamán que se ha «apartado» conscientemente para facilitar la comunicación mediúmnica a menudo sale del estado alterado de consciencia con recuerdos limitados, si acaso conserva alguno.
Aunque el viaje chamánico se considera el elemento más distintivo del chamanismo, la mayoría de los chamanes experimentados incluyen el mediumnismo, la posesión voluntaria, la fusión y la encarnación en su práctica cotidiana; estas actividades pueden ser decisivas en su trabajo. Esto es especialmente cierto cuando los chamanes traen a un espíritu protector para sanar a un paciente o responder a determinadas preguntas.
El concepto de dos realidades es útil para comprender la sutil distinción entre «fusión» y «encarnación». En la realidad no ordinaria, el espíritu o alma del chamán se vincula o fusiona con otro espíritu en otro mundo, sin implicar al cuerpo del chamán, que permanece en el Mundo Intermedio. Aquí no hay «encarnación». Sin embargo, si esos espíritus se unen en el cuerpo del chamán aquí, en el Mundo Intermedio, como en las actividades mediúmnicas o ciertos tipos de curación chamánica, podemos hablar de «encarnación», aunque en un nivel profundo sigue siendo una forma de fusión o unión del espíritu o alma del chamán y otro espíritu.
En función de la cultura indígena, una persona que solo practica el mediumnismo puede ser considerada chamán, como a veces ocurre en Corea y ciertos lugares del sudeste asiático. He cambiado mi primera opinión al respecto, y aun así no parece que en este caso nos encontremos ante chamanes de pleno derecho. En Japón, las mujeres médiums se especializan en dejarse poseer por los espíritus de los difuntos para ayudarlos a comunicarse con los vivos. Los informes que he leído no indican que curen a sus pacientes. Si no lo hacen, probablemente no deberían ser llamadas chamanes.
Las razones de estas actividades chamánicas limitadas o truncadas se pierden en la noche de los tiempos. Resulta evidente que los factores históricos han influido poderosamente en lo que sobrevive como chamanismo.
Aspectos materiales del chamanismo
Los pueblos indígenas entregan alimentos y otras cosas a los chamanes y sus familias para recompensar sus servicios adivinatorios y terapéuticos. Los chamanes que ayudan a su pueblo no deben temer que sus familias pasen hambre. Como la reciprocidad tribal es más sutil que el intercambio monetario impersonal de nuestra economía de mercado, algunos occidentales han supuesto erróneamente que los chamanes no reciben pago por su trabajo, sobre todo porque esa reciprocidad no se explicita públicamente.
Como ejemplo: una vez llevé a algunos curanderos pertenecientes a las tribus indias de las Grandes Llanuras a una conferencia internacional sobre sanación en Austria. La mayoría de estos curanderos jamás había realizado su actividad sagrada fuera de la reserva. En la conferencia internacional, antes de llevar a cabo una sesión terapéutica masiva, los curanderos hablaron tal como lo hacían a su pueblo. Como en las reservas, tuvieron cuidado de decir: «No aceptamos pago por este trabajo».
Pronunciados estos discursos, los curanderos realizaron una impresionante sesión curativa en completa oscuridad. Una vez concluida, cuando se encendieron las luces, el público estaba obviamente anonadado. Abandonaron la sala en silencio sin entregar ningún regalo, tomando al pie de la letra la palabra de los hombres santos.
Lo que el público europeo no comprendía era que, en el pueblo de los curanderos, los discursos relativos a la no aceptación de dinero tenían el objetivo de dejar claro que su tarea sanadora no se hacía para enriquecerse y que sus servicios eran para todos, ricos y pobres. No obstante, en la reserva, después de una sesión de esta naturaleza, casi todo el mundo dejaba algún regalo. No pocas veces estos regalos eran ofrendas simbólicas, como tabaco, pero a veces incluían sobres con significativas cantidades de dinero, entregadas por las familias de los pacientes.
Para los curanderos, el hecho de que los europeos no dejaran regalos les impactó de tal modo que se negaron a realizar otra sesión de sanación durante el mes de estancia programado en Europa. Se dedicaron a ver la televisión, sobre todo películas occidentales, en sus habitaciones de hotel hasta que llegó la hora de regresar a Estados Unidos.
Una de las razones por la que comparto esta historia es porque en los círculos occidentales contemporáneos puede persistir cierto idealismo romántico respecto al aspecto material del chamanismo, a veces hasta el grado de que se puede mirar con recelo a quien acepte algún tipo de pago más allá de un puñado de tabaco como retribución por los servicios chamánicos. Deberían saber que entre los indios de la Costa Noroeste no es extraño que una persona entregue cientos de dólares o una cantidad superior por una sesión curativa de dos horas a un chamán renombrado, cantidad que este repartirá con los percusionistas que le ayudan. De un modo similar, a principios de siglo era normal, entre los mono-yokut de la California nativa, que los chamanes recibieran entre 30 y50 dólares por sesión, que en la época equivalía al jornal de un granjero de una o dos semanas.18
La obligación de reembolso adquiere formas diferentes en sociedades diversas, pero ocurre inexorablemente. En unas pocas sociedades tribales los chamanes especifican explícitamente cuánto hay que pagar a cambio de cada servicio. Entre los shuar del Alto Amanzonas, el pago por una curación a un chamán conocido consistía tradicionalmente en un cerdo, un tocado de plumas, una cerbatana, una escopeta o una combinación de estos elementos. ¡Si el chamán tenía que viajar para llegar hasta el paciente en un barrio lejano, a veces se exigía el pago por adelantado!
Lo importante es que las cuestiones relativas a la recompensa material no estén en la mente de los chamanes, porque tales preocupaciones podrían interferir en la necesaria concentración para trabajar generosa y compasivamente con los espíritus y ayudar así a los demás. Mencionar el pago a los chamanes también puede interferir con la asistencia que les brindan los espíritus compasivos en las tareas de sanación.
Las recompensas espirituales del chamanismo
Los chamanes tribales parecen trabajar largas horas. Cuando acaba el día y han finalizado sus tareas rutinarias, han de cumplir con las actividades chamánicas de su comunidad. Este trabajo a veces resulta extenuante e implica muchas horas de danza, percusión y otras actividades físicas, como en Siberia.
En algunos enclaves del mundo indígena, se pide a reputados chamanes que realicen «consultas a domicilio», lo que les exige caminar, remar o montar a caballo (o en reno) largas distancias para visitar a pacientes débiles, aunque lo más frecuente es que los pacientes y clientes visiten al chamán.
Las arduas rutinas de estos seres y las incesantes demandas de sus comunidades han hecho preguntarse a algunos observadores occidentales por qué alguien querría convertirse en chamán. De hecho, es muy común que los familiares más jóvenes de un chamán tribal expresen su escasa predisposición a convertirse en chamanes, por temor a que sus vidas resulten enajenadas.
Sin embargo, los seres humanos han ejercido esta actividad durante milenios. A fin de explicar este hecho, algunos antropólogos han propuesto la idea de que los individuos se convierten en chamanes para conseguir prestigio y poder social. Estos factores pueden estar evidentemente implicados, así como la búsqueda de riquezas, como en el caso de algunos shuar de Ecuador. Pero al observar el chamanismo desde el interior y con una perspectiva intercultural, los factores económicos y sociales no son especialmente importantes, pues las recompensas no materiales son de mayor envergadura. Lo que los extraños no entienden, al no disponer de un conocimiento directo del chamanismo, es el gran gozo y éxtasis espiritual que se experimenta comúnmente al trabajar con los espíritus y ayudar a quienes sufren o padecen dolor.
En mi opinión, es peligroso no conocer el chamanismo. Casi todos los seres humanos poseen algún tipo de conexión inconsciente con los espíritus, pero la inmensa mayoría de los occidentales carecen del conocimiento consciente y, por eso, no lo emplean para ayudar a otros y protegerse a sí mismos. Además, pueden usar estas conexiones sin saberlo y de un modo que resulte perjudicial para los demás.
Por ejemplo, la ciudad de Nueva York o cualquier otra gigantesca zona urbana es la pesadilla del chamán. Ahí tenemos a millones de personas hacinadas, a menudo tensas y sometidas a un gran estrés, experimentando sentimientos poco generosos hacia los demás, pero sin la conciencia o control de su poder para perjudicar a otros en un nivel espiritual. Cuando un caricaturista dibuja a alguien que «fulmina» a otro con la mirada, expresa una metáfora del daño espiritual que la gente puede ejercer sobre los demás. A través del conocimiento y enseñanzas chamánicas, podemos ser plenamente conscientes de ese poder y utilizarlo para ayudar y no perjudicar a otros.
¿Es seguro el chamanismo?
Los chamanes de todo el mundo saben que un profundo sentimiento de hostilidad hacia otra persona puede hacer que esa persona enferme de gravedad. Conscientes de esta realidad, los chamanes (no los hechiceros) pueden ejercitar la consciencia y la disciplina para controlar el aspecto no ordinario o espiritual de su ira, permitiendo que aflore solo el aspecto ordinario. Así es como los chamanes sabios y experimentados procuran que sus poderes espirituales estén bajo control para proteger al objeto de su ira de los daños psíquicos o espirituales.
Este autocontrol chamánico no es solo altruista. En las culturas chamánicas se sabe que estos individuos pueden curar y causar perjuicios; pero también se sabe que provocar un daño espiritual es un grave error, no solo en virtud de una idea ética, sino porque es suicida. En la sabiduría popular de las sociedades tribales de todo el mundo, se enseña que los actos chamánicos nocivos, la brujería, se vuelve contra quien los ha perpetrado, con un efecto multiplicado, más tarde o más temprano.
Y a la inversa, el efecto multiplicador que castiga a los chamanes «perversos» recompensa a aquellos que concentran sus habilidades en aliviar el sufrimiento humano. Cuando los chamanes usan su poder para curar generosamente a los demás, los espíritus compasivos les confieren un poder aún mayor y los ayudan a avanzar en este camino.
Algunos espíritus difíciles de nuestro mundo
El Mundo Intermedio, nuestro hogar, goza de una compleja variedad de espíritus, muchos de los cuales muestran, por desgracia, una limitada compasión, o ninguna en absoluto, y pueden llegar a ser la fuente de enfermedades y trastornos. Otros pueden ejercer un efecto positivo, como muchos espíritus de la naturaleza, y protector, como el animal de poder, un tipo de espíritu del que hablaremos en breve.
Como no constituyen el centro de interés de este libro, aquí ofreceré tan solo un breve resumen de algunos espíritus problemáticos del Mundo Intermedio.
Espíritus etnocéntricos cuasi compasivos
Algunos espíritus de personas difuntas poseen la determinación y el poder suficiente para permanecer en el Mundo Intermedio y velar por los miembros supervivientes de su familia. Suelen ser espíritus de personas que poseyeron un gran poder, pero lo perdieron en la última fase de sus vidas. El espíritu de poder del difunto pervive en lugares que le han resultado familiares en el Mundo Intermedio. Era el tipo de espíritu de cuya protección dependían mis compañeros shuar para cruzar el río.
Es también el tipo de espíritu de poder que los tradicionales inuit buscaban para sus hijos al darles el nombre de un familiar fallecido al que admiraban por sus destrezas cinegéticas y otras manifestaciones. Al ofrecer su nombre a un niño esperaban atraer el mismo poder para su vida adulta.
Estos espíritus etnocéntricos cuasi compasivos suelen ofrecer poder y protección solo a sus propios descendientes. Como su propósito es proteger y ayudar a sus propias generaciones sucesivas, no son plenamente compasivos en el sentido de que también pueden emprender acciones hostiles contra los extraños que parezcan amenazar a sus descendientes, sus lugares y objetos sagrados, y sus intereses. En otras palabras, son compasivos y hostiles en función de con quién traten.
Un ejemplo: los shuar (jíbaros)
Hasta que la cultura espiritual de los shuar se deterioró significativamente durante la segunda mitad del siglo XX, bajo el impacto de las misiones y la colonización, buscaban el poder de un ancestro que los inmunizara contra la enfermedad y el infortunio, y evitara su muerte en un mundo hostil de guerra y enemistades heredadas. En otras palabras, se buscaba que los descendientes que así lo merecieran gozaran de una larga vida. Los jóvenes buscaban poder en remotas cascadas sagradas, y las mujeres perseguían a sus espíritus de poder en el interior de pequeños cobertizos situados en el bosque, cerca de sus hogares. Hombres y mujeres recurrían a los alucinógenos para percibir los espíritus.19
Como los hombres eran guerreros, el poder se consideraba especialmente importante para su protección y el éxito contra los enemigos. Había dos fases en la visión clásica o búsqueda de poder de los shuar: la primera era la visión en sí misma, el arutam, normalmente en una cascada sagrada. Como he descrito en mi libro The Jívaro, el buscador de poder padecía hambre, extenuación y frío antes de obtener la visión en la remota cascada. Si el abnegado peregrino tenía éxito, le sobrevenía una visión aterradora durante unos segundos, para poner a prueba el valor y la seriedad de su propósito. La segunda parte de la búsqueda normalmente ocurría la noche siguiente, durante el descenso de la persona a la cascada. En ese momento, el buscador dormía junto a los rápidos de un río y esperaba un sueño, que constituía la verdadera transmisión del poder.
Si el sueño se manifestaba, solía hacerlo bajo la apariencia de un guerrero shuar con vestido tradicional, que se dirigía al soñador con estas palabras: «Soy tu ancestro. Así como he matado muchas veces, tú también lo harás. Así como he vivido muchos años, tú también lo harás». Inmediatamente, la sensación del poder se introducía en el cuerpo del soñador, que solía despertar entonces, presa de la urgencia de matar.
Los shuar esperaban que estos espíritus ancestrales locales no solo prestaran su fuerza y bienestar, sino también poder para matar a los enemigos de sus familias. Estos espíritus etnocéntricos pertenecían a quienes en el momento de la muerte decidieron seguir protegiendo a sus descendientes. Conservaron los prejuicios alimentados en su vida en el Mundo Intermedio, por lo que su compasión estaba mezclada con hostilidad e incluso con venganza.
Sin embargo, como aprendí junto a los shuar, un extraño no necesariamente tiene que formar parte de su descendencia para ponerse bajo la protección de un poder etnocéntrico si ha ayudado a sus descendientes. Esto contribuiría a explicar mi éxito en la catarata y, años más tarde, en la cueva. Aun así, el poder protector del espíritu puede ser arrebatado de los extraños, e incluso de los descendientes, si el comportamiento de los individuos no honra al ancestro. Y no solo arrebatan el poder protector, también pueden buscar venganza en aquellos extraños que no han logrado proteger los objetos y lugares sagrados donde residen los espíritus ancestrales.
El ejemplo del ídolo nganasan
Un posible ejemplo del aspecto vengador de un poder etnocéntrico cuasi compasivo es el protector espiritual principal del pueblo nganasan en la Siberia occidental. Se cree que este espíritu está fusionado con una impresionante figura antropomorfa tallada en madera. (Véase lámina 5.) Tradicionalmente, los nganasan han tratado esta figura con extrema reverencia, dejándola al cuidado de un chamán que tiene la responsabilidad de que el espíritu se muestre propicio comunicándose con él y ofreciéndole ofrendas.
Como ocurre con otros espíritus etnocéntricos, su compasión no se extiende a los extraños, y en especial no se aplica a las tribus enemigas de los nganasan. Cuando guerreaban contra otras tribus, los nganasan llevaban esta imagen de madera en un trineo especial, en cierto modo análogo al arca sagrada que los antiguos hebreos llevaban al combate.
Se desconocía la edad de esta talla de madera de los nganasan, pero ciertamente era muy antigua. En los dos últimos siglos tuvo una historia oscura, pues fue robada al menos una vez y recuperada más tarde. A mediados del siglo XX fue custodiada por el más célebre de los chamanes nganasan, que, ya anciano, se preocupó por su destino después de su muerte. La entregó entonces a su amigo el etnólogo ruso Yuri Simchenko, para que la conservara en su apartamento moscovita y que no cayera en malas manos.
En los años ochenta, en un período de agitación social y económica en la Unión Soviética, los alimentos escasearon en Moscú y Yuri Simchenko se desesperó ante su falta de recursos económicos para alimentar a su familia. Contactó con un etnólogo finlandés para sondear si la figura nganasan podría venderse en Occidente y reunir así algún dinero para subsistir. Heimo Lappalainen se mostró dispuesto a ayudar y sacó la talla del país, de contrabando. Heimo, amigo y colega, contactó conmigo, me explicó que necesitaba venderla a petición de Yuri y me trasladó el precio que había fijado Simchenko.
Heimo y yo estuvimos de acuerdo en que no queríamos que el objeto se perdiera vendiéndolo en el mercado abierto. La Fundación de Estudios Chamánicos reunió el dinero para comprar la talla a Yuri. En nombre de la Fundación, la conservé en casa, cubierta y almacenada en un lugar seguro. Mi intención era devolver el objeto de poder al pueblo nganasan cuando la situación política y económica en la antigua Unión Soviética se calmara y fuera seguro hacerlo. La traté con respeto y cuidado, presentándole ofrendas de alimentos que imaginé eran de consumo habitual en el pueblo nganasan, y le aseguré que la devolvería a casa. Siempre he creído que los espíritus eran reales.
A continuación advertí que sucedían una serie de fatalidades a medida que el «ídolo» era alejado de su pueblo. En primer lugar, el chamán nganasan, Seime, murió poco después de entregar la figura a Yuri Simchenko. Cuando este transfirió la figura a Heimo Lappalainen, Simchenko murió, y cuando Heimo me la dejó a mí y regresó a Finlandia, también falleció. No hace falta decir que esta cadena de acontecimientos tuvo un efecto saludable en mi diligencia; elevé mentalmente al espíritu al estatus de deidad para permanecer en zona segura. Durante los siguientes años realicé las ofrendas tradicionales.
Por último, hace pocos años, después de muchas dificultades y rodeos en Rusia, la Fundación pudo devolver el objeto al pueblo nganasan en un encuentro e intercambio ceremonial en la Academia Rusa de Ciencias de Moscú. Allí, el doctor Bill Brunton, de la Fundación, lo entregó a una representante del pueblo nganasan que, junto a sus compañeros, se encargó de llevar el ídolo a Siberia. Bill señaló que la representante estaba muy nerviosa y temblaba al aceptar el objeto de poder, le habló y le hizo ofrendas. Más tarde ella y su entorno informaron, aparentemente con alivio, de que su viaje de regreso a Siberia había ido asombrosamente bien. Por mi parte, me alegra poder decir que, según todos los indicios, Bill Brunton y yo aún seguimos vivos.
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