Kitabı oku: «Pasajeros»

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By Lesekreis - Own work, CC0, https://commons.wikimedia.org

MICHAEL KRÜGER, Wittgendorf, Sachsen-Anhalt, 1943. Reside en Múnich. Durante muchos años fue director editorial de Hanser Verlag y editor de Akente y Edition Akzente. Es miembro de numerosas academias, y fue presidente de la Academia Bávara de Bellas Artes. Es autor de relatos, novelas, traducciones y de varias colecciones de poesía. Entre sus premios literarios destacan el Peter-Huchel-Preis (1986) y el Mörike-Preis (2006). Su último libro de relatos, El dios detrás de la ventana, fue publicado en esta editorial en 2018.

Un hombre se ha quedado dormido en el tren. Cuando despierta, una joven desconocida se apoya con naturalidad sobre él. Se llama Jara; no tiene dinero, ni papeles y apenas habla el idioma. Él es un exitoso coach motivacional retirado y derrotado por sus propios conocimientos. Observando a la joven, el hombre piensa con cierto patetismo que aquella muchacha podría representar su salvación. Ofrecerle un hogar le dará a su vida un nuevo sentido. Recoge a Jara en Múnich. Esta decisión provoca un giro determinante en su vida. Un hombre que lo tiene todo pero que sólo conoce el vacío, frente a quien no tiene nada y sin embargo le enseña que la vida va más allá de la riqueza y del éxito. Michael Krüger emprende un viaje de pensamiento en el que nadie se salva: ni las personas que lo rodean, ni los compatriotas alemanes, y menos él mismo.

Repleta de observaciones brillantes y precisas de la actualidad y la sociedad alemana, Michael Krüger habla sobre los diferentes tipos de evasión en su novela: Escape from Life, Escape to Life, Escape from One, Escape to One Another. Y añade un retrato del extraño rostro de la sociedad contemporánea: melancólica y cómica, resignada y desesperadamente esperanzada.

«Como lector, resulta fácil defender al personaje y narrador incluso en contra de lo que uno mismo pueda pensar. Se merece, como poco, un lugar en el cielo por el tiempo que Jara permanece en paz a su lado.

Michael Krüger merece el reconocimiento de este humorístico y autocrítico texto mundano. La novela, de una forma muy personal, arranca un diálogo con nuestro propio yo. Quien lee este libro no está solo»

Pasajeros

COLECCIÓN

Las Hespérides

MICHAEL KRÜGER

Pasajeros

Traducción del alemán

Juan Fernández-Mayoralas


ESLES DE CAYÓN

2020

La traducción de este libro ha recibido la ayuda del Goethe-Institut,

financiado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania.


Título original: VORÜBERGEHENDE

© De los textos: Michael Krüger

© De la traducción: Juan Fernández-Mayoralas

Madrid, 2020

Edita: La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-17118-68-6

Diseño de cubierta: La Huerta Grande

Producción del ebook: booqlab.com

Un ser humano, mayor en días, no vacilará en preguntar a una criatura de siete días por el lugar de la vida, y vivirá.

¡Haceos pasajeros!

Evangelio de Tomás

1

Debo de haberme quedado dormido después de pasar Gotinga. Hay paisajes —sobre todo en la Alemania central— que desde la ventanilla del tren resultan tan poco atractivos para la vista, que uno prefiere abandonarse al sueño. A causa de mi mala vista he adoptado la triste costumbre de no intentar mirar a lo lejos, ni buscar el horizonte cuando viajo en tren, procuro más bien no alejar demasiado la mirada, quedarme en un radio de unos treinta metros, cincuenta como mucho. Antes y después de pasar Gotinga, a este lado de esa ‘franja letal’, como llamo yo a esa distancia, solo hay «jardines de Schreber», en sí mismos una hermosa invención que injustamente suele atribuirse al autor de un libro antaño conocido en toda Europa, Gimnasia médica de interior: Daniel Gottlob Moritz Schreber; a quien, en su condición de médico de cabecera del príncipe ruso Somorewski, que estaba bastante loco, no le quedaba tiempo para preocuparse del aire puro que necesitaban los habitantes de la gran ciudad. Numerosas y curiosas investigaciones han tenido por objeto averiguar cómo es que llegó a adjudicársele a él el honor de entrar en la historia de Alemania como el inventor del cinturón verde. Ahora bien, para los historiadores resulta aún más interesante el hijo de este médico de cabecera, Daniel Paul Schreber, quien siendo presidente del Senado de Dresde publicó una descripción bastante detallada de su paranoia, Memorias de un enfermo de los nervios, obra que suscitó un gran número de reacciones, tanto eruditas como menos eruditas, de la cuales las menos eruditas suelen ser también las más interesantes. Puesto que, en sus delirios, Schreber se consideraba a sí mismo el centro del Universo, eran muchos los que podían sentirse identificados con él a la altura de 1900; para sus conciudadanos protestantes resultaría sin duda menos atractiva otra idea de Schreber, la de querer convertirse él mismo en la esposa de Dios con el fin de alumbrar un nuevo linaje. Si ya existían los alemanes, ¿para qué engendrar un linaje nuevo? Increíble, todo lo que Dios ha tenido que aguantar a los seres humanos, y aún resulta más increíble que, aunque herido, maltratado y humillado, haya conseguido sobrevivir a este suplicio milenario. Es posible que en realidad los locos como Schreber estuvieran más cerca de Dios que los ilustrados, puesto que eran capaces de concebir una relación con Él, y confiaban en ella, mientras que los otros habían perdido el hilo con lo divino a fuerza de distanciarse. El único ser humano al que Dios debía agradecimiento, escribía el filósofo rumano Emile Cioran vagabundeando insomne por París, había sido Bach. Un balance bastante pobre, al cabo de dos mil años de cristianismo. Siempre llevaba conmigo en mis viajes un libro de aforismos, Lichtenberg, Nietzsche, Cioran, Canetti, para pasar el tiempo en las estaciones y pensar en otras cosas. El Dios sensible: esta fórmula daba vueltas en mi cabeza adormilada. ¿Sensible a qué? ¿A una interpretación misericordiosa de sus palabras? No me entra en la cabeza que pudiera interesarse por otra cosa. También a Dios le llegó una vez el momento de elegir. Eso sí, las posibilidades eran limitadas: o Dios, o todos los seres humanos; en ese momento prefirió no ser nada más que Dios, aunque para ello tuviera que pagar un alto precio. Solo hizo una excepción con los locos. En el caso de Schreber, está claro que había hecho la vista gorda.

Durante más de veinte años vivió en mi edificio un psicoanalista que había dedicado toda su vida a proveer de un comentario, reescrito una y otra vez, al ensayo de Schreber aparecido en 1900 y titulado Bajo qué condiciones es lícito mantener recluida contra su expresa voluntad en una institución a una persona reputada de enferma mental, hasta que él mismo fue ingresado. Yo era la única persona en el edificio a la que todavía hablaba, aunque resultaba cada vez más difícil escucharle repetir una y otra vez las mismas parrafadas sobre la lamentable estupidez de sus colegas psicoanalistas. Ya no estaba en sus cabales, como suele decirse. Los últimos vestigios de identidad que había conseguido preservar los consumió en un grito histérico, podía verse cómo iba paulatinamente disminuyendo. Al final solo quedó el grito, un graznido intermitente, sin ton ni son, una confusión de sonidos que emitía en cuanto me veía. ¿Cuándo deja uno de observarse a sí mismo? ¿Cuándo le resulta a uno indiferente cómo lo vean los demás? ¿Qué se siente al deslizarse hacia ese estado en el que tan solo nos agitan obsesiones, y apenas nos queda, como única posibilidad un futuro más que incierto, la última ilusión antes de la muerte? Ni siquiera yo era capaz de pronunciar una palabra delante de él. En una ocasión en que intenté introducir una observación, me interrumpió diciendo ya sé lo que usted quiere decir, y siguió hablando, mientras que yo permanecía en un estado de parálisis que se prolongó hasta que me marché. Yo era la pared contra la que chocaba. Su muro de las lamentaciones.

Había colocado una butaca justo delante de la puerta de su vivienda para, al escuchar mis pasos subiendo la escalera, poder arrastrarme inmediatamente a su pasillo, siempre intensamente iluminado, con el fin de susurrarme las últimas novedades sobre la familia Schreber. Yo no debía hablar del asunto con nadie, me advertía, solo así podría irrumpir en el mundo con el estrépito que se merecía su comentario, que entre tanto ya abultaba varios centenares de páginas, y que estaba destinado a hacer estallar toda la literatura psicoanalítica como si de un globo se tratara. A mi entender, nadie más, aparte del enfermo, se interesaba a estas alturas por el psicoanálisis, que en las últimas décadas del siglo XX, en tanto que explicación de la sociedad, había quedado arrinconado como un viejo maletín. Hasta daba miedo que alguien pudiera encontrarlo y devolverlo, e incluso pedir el dinero de la recompensa. Ahora que todos se han vuelto locos, me dijo una vez un psicoanalista amigo mío, ya no es posible llevar a cabo un psicoanálisis. Uno se compra un libro de bolsillo por diez euros, en el que se puede leer todo sobre el alma, el alma se ha vuelto tan fina que cabe en cien páginas. En cualquier caso, era imposible imaginarse un auténtico estrépito en el caso de que el comentario sobre Schreber hubiera llegado finalmente a publicarse. Pero eso me lo guardaba para mí. Era todo menos fácil tener que contemplar cómo ese vacío se iba agrandando, cada vez más y más rápidamente. Como si le hubieran quitado el tapón. Al principio no se nota que va bajando el nivel, luego de pronto se oye un ruido y se contempla como lo que quedaba de agua abandona la bañera en un torbellino.

En la casa del psicoanalista se había instalado un hedor espantoso. Aire malo, pesado, usado. Cuando yo le proponía abrir la ventana me miraba con los ojos muy abiertos, asustado, como si estuviera convencido de que los fantasmas de su vida fueran a apropiarse de su trabajo. Por amor de Dios, susurraba, deje usted las ventanas cerradas. Varias veces intenté educadamente sugerirle que se hiciera con un huertecillo de los que llevan —erróneamente— el nombre del padre de su héroe, pero eran penas por amor perdidas. Estaba convencido de que la larga mano de los miembros de la asociación psicoanalítica podía ‘abrasarle’, esa era la expresión que utilizaba, en su jardín Schreber. ¡Ya llevan mucho tiempo detrás de mí! Solo esperan la primera oportunidad para cerrarme la boca y sacarme de este mundo. Así que prefería quedarse sentado tras las persianas cerradas de su piso, y en lugar de cultivar dalias y caléndulas, cuidaba de sus ficheros. Pero estoy dispuesto a resignarme a lo peor, me susurró en mi última visita; pocos días después lo encontraron temblando en el cuarto subterráneo de la calefacción, donde intentaba esconderse de sus enemigos. Luego se dejó internar —o mejor dicho, dejó de oponerse a ser internado.

Murió en el ala de aislamiento. La última vez que quise visitarle se lo estaban llevando ya. Bajo la sábana, un cadáver de niño con las manos de un anciano. Nunca olvidaré esas manos con negras matas de vello espeso en las falanges superiores de los dedos, matas que bajo la mortaja parecían grandes arañas malignas. Era evidente que el cuidador, por muy curado de espanto que estuviera, también estaba aterrado por esa visión, pues observé cómo, sobre la marcha, intentaba en vano tapar con la sábana los curiosos animales.

En su testamento me había nombrado albacea de su legado, con todos los derechos y obligaciones que ello conllevaba. Los doscientos treinta y dos ficheros que había ordenado según su sistema paranoide, el cual hasta ahora no ha sido desentrañado, y existen muchas posibilidades que no lo sea nunca —y no solo por falta de interés—, se los regalé a la universidad que, la verdad sea dicha, no se mostró especialmente contenta con el obsequio, puesto que entre los psicólogos y psiquiatras del instituto no había ninguno qué tuviera la más mínima idea de quién era ese Schreber. ¿Schreber? La facultad había perdido su memoria. Quizás se puedan exponer los ficheros como espécimen en la colección histórica, para ilustrar cómo se trabajaba antiguamente, me dijo el director del instituto. Esa cantidad de datos se obtiene hoy con un clic sobre una pantalla, añadió alegremente, como corresponde a un investigador de la mente. Un único clic por el trabajo de toda una vida, pues sí que había merecido la pena. No encontré a nadie que quisiera hacerse cargo de la biblioteca completa, a pesar de que estaba compuesta de primeras ediciones, en muchos casos firmadas, así que los mejores ejemplares los empaqueté en cajas de plátanos que todavía hoy siguen almacenadas sin abrir en mi sótano, y el resto se los entregué a un anticuario que, provisto de mascarilla, se los llevó en cinco cargamentos. Arrojaba los libros en tres cajones distintos. Baratillo, un euro, oportunidad. Cientos de volúmenes de la editorial Insel de antes de la guerra fueron arrojados sin piedad en ese cajón de sastre, a mí mismo me entraban ganas de recomprarlos. Ya no hay necesidad de textos clásicos, dijo, y esos clásicos huelen fatal, a bestias, como si unos babuinos los hubieran estado leyendo. Yo había escogido del gran montón de la editorial Insel un pequeño volumen al azar, porque su cubierta, adornada con luminosas flores y estrellas, me gustó muchísimo; sobre el fondo de color ocre se había pegado la cartulina del título. Lo abrí para airearlo y quitarle el mal olor, pero al hacerlo leí una línea, y luego otra, y al final, y a pesar del hedor tan fuerte, me senté en una caja y leí una página entera, y si las circunstancias hubieran sido más propicias habría leído todo el libro entero de carrerilla:

«¿Acaso no debería la mujer, la solitaria, tener ese mismo refugio para vivir en él, en los círculos concéntricos de su ser, al que volver siempre indemne? En tanto en cuanto es naturaleza, quizás lo consiga ocasionalmente, pero luego volverá a vengarse en ella lo contradictorio de su composición, a causa de la cual se le exige aunar en sí misma la condición de naturaleza y de ser humano, increada y criatura al mismo tiempo. Y se agota, no por liberalidad, sino porque no le está permitido seguir y seguir caminando, porque la propia riqueza consagrada en su corazón, exageradamente acogedor, se convierte en un lastre, porque carece de la aspiración alegre en demasía por la que debería despertarse por las mañanas, y que debería también bastarle dormida, inefablemente, en su sueño cálido. Sí, allí está ella en el lugar de una naturaleza, en cuyo reino mineral las flores no quieren crecer ni alimentarse, una naturaleza de la que huyen saltando las jóvenes liebres y en la que los pájaros se precipitan sin volver a caer sobre los acogedores nidos».

Interesante, había escrito al margen el Doctor Baumann con lápiz de color azul, un comentario que a través de una única palabra ponía en evidencia toda su insensatez de manera inmisericorde. Quien se ocupa demasiado tiempo de la psicología, terminará perdiendo la razón.

Había intentado sin éxito hacer entender al anticuario, quien, por supuesto, no era un auténtico anticuario, que yo no era el habitante de aquella vivienda en la que le recibía, pues una y otra vez me preguntaba con ojos llorosos cómo es que yo había podido aguantar toda una vida ese hedor insoportable. Querrá usted decir, le dije, que cómo es que los libros han aguantado ese hedor, pero no me escuchaba, pues parecía que estaba meditando de qué manera se desharía de los libros. Al encontrar algunos ejemplares singulares se levantaba la mascarilla hasta la frente y los olfateaba, antes de arrojarlos a una de las cajas. Solo podría almacenarlos en su garaje y venderlos a través de internet, pues si los expusiera en las estanterías de su tienda infectarían a los libros sanos y espantarían a los clientes, así que al final se los acabé regalando con tal de que se los llevara.

Parecía alegrarse furtivamente al imaginarse a un cliente de internet que extrajera del montón la primera edición de Estadios sexuales intermedios. La mujer masculina y el varón femenino de Hirschfeld, y que luego no fuera capaz siquiera de hojear el libro, impedido por su aliento apestoso. Es agradable no tener que ver más la cara de los clientes, dijo, se ve en enseguida de quién es hijo espiritual cada uno, y muchas veces ni siquiera tienen espíritu. Con la mayor parte de los clientes me admiro incluso de que compren libros, pues cada libro supera con creces su capacidad de asimilación y su facultad imaginativa. Ya no les queda fondo. Engullen un libro, y este cae, y cae, y cae, si entiende usted lo que quiero decir, cae ¡y no termina nunca de llegar al fondo! Cuando se diseccionan los cadáveres salen de nuevo a la luz los libros no leídos.

Odiaba a aquel estúpido arrogante con toda mi alma, y mientras nos deshacíamos furiosamente de los libros sentía físicamente cómo me despreciaba él a mí también. Nos engañábamos mutuamente para no tener que decirnos la verdad, motivo por el cual no le expulsé del piso, como era mi deseo, y razón por la cual él no me arrojó a la cabeza los libros hediondos.

También encontré quien se llevara el resto —muebles, vajilla, trastos—, y la ropa, después de abundantes lavados, acabó en el ropero de los pobres. ¿Quién llevaría ahora los trajes de chaqueta cruzados que colgaban en sus perchas como espectros exhaustos, y el chaqué y el frac? ¿y las corbatas que recordaban murciélagos y las pajaritas de lunares?

No me resultaba fácil hacerme una idea de la vida del doctor Baumann. En su juventud debió de haber sido coleccionista. En una caja de puros escondida detrás de los libros encontré monedas griegas y romanas, viejos relojes de bolsillo, y un montón de gemelos, birimbaos, ocarinas y flautas, diminutas figuras de terracota (¿etruscas?) y algunas insignias y condecoraciones nazis que le habían sido concedidas por sus acciones en Grecia e Italia. No, no estaba espantando por esos hallazgos, pero sí sorprendido, pues por un lado exigimos a un psicólogo que se interese por lo que se sale de lo común, por lo oscuro, por lo malvado, pero por el otro preferimos que todo esto se quede en una simple conjetura, pues tenemos miedo de que pueda saltar al otro lado. En una caja de zapatos de Salamander encontré un ejército de soldados de zinc pintados de la Wehrmacht alemana, en otra las cartas de amor de pacientes femeninas que, extrañamente, no había guardado en los archivadores compilados con tanto esfuerzo. ¡Identificación proyectiva!, había escrito al margen de una carta en la que una tal Irene en ebullición le revelaba sus deseos más íntimos. En el armario ropero encontré un casco de acero bajo una pila de jerséis. Me lo puse y me contemplé en el espejo de la puerta, posando, y me asustó ver lo bien que me quedaba. Me parecía a mi padre. Saludé, como saludaba mi padre en una foto tomada en Polonia, en Varsovia. Su casco de acero reluce como si le hubiera sacado brillo. Me quité apresuradamente el trasto de la cabeza, por miedo a que se sintiera demasiado a gusto allí. Como no sabía en qué contenedor de basura había que depositarlo, dejé el casco a un lado, y al día siguiente lo vi sobre la cabeza de un joven del edificio que según parece era aficionado a ese tipo de protección craneal, gracias a Dios que tenía las ojeras despegadas, porque si no llega a ser así, el casco se le habría deslizado sobre la cara. Le queda bien, dije, cuando me crucé con él delante del portal, pero se giró sin decir media palabra, como si no quisiera relacionarse con civiles.

Sobre el ropero había también varios álbumes de fotos. Un joven delicado en su fiesta de promoción de bachillerato, un hombre joven con una tímida sonrisa forzada en su graduación en Bonn, un soldado flaco de uniforme en Italia y Creta. Ni una sola mujer, ni madre, ni hermana, ni novia, solo la figura reservada, apocada, tímida del futuro psicoanalista, y siempre su mirada atónita, asustadiza, como si estuviera luchando contra la somnolencia que le acechaba. Pero alguien tenía que haberle hecho las fotos. ¿Un camarada, un amigo, una amiga? Una compañera permanente, una sombra que no se despegaba de su cuerpo, mientras hubiera claridad —uno o una que tenía interés en mostrar al doctor Baumann desde todos los ángulos, sin que consiguiera hacer visible más que uno. Pero si él había conservado esas fotos suyas, ¡debían de recordarle, o al menos pretenderlo, situaciones concretas de su vida! ¡y debían dar testimonio por él! Se me ocurrió imaginar con qué espanto habría hojeado aquellos álbumes. Yo había traspasado una línea, había visto al doctor Baumann como él no querría que le hubieran visto. Una persona, eso se veía inmediatamente, que había estado necesitado de un psicoanálisis urgente. Una ruina humana, un ser cohibido y acomplejado ya desde su juventud.

Una foto con bordes dentados llamó mi atención. Lo mostraba rodeado de sus camaradas, en un bar italiano de pueblo. Han apoyado sus fusiles sobre la pared de detrás, sobre la que cuelga un viejo anuncio de Cinzano, y brindan con copas de vino mirando al fotógrafo. Era la única foto en la que se le podía ver algo más relajado. ¿Se habría tomado antes o después de una operación militar?

Puesto que según las disposiciones testamentarias yo era el heredero de la vivienda, y ningún allegado se presentó después de que yo publicara la esquela fúnebre, contraté a un fumigador para que exterminara las colonias de insectos que habitaban en las junturas del parqué, y luego a un pintor para que adecentara las seis habitaciones deshabitadas, y finalmente pude vender ese piso, lo que me proporcionó un patrimonio inesperado. Una única pieza de mobiliario ha sobrevivido a ese absoluto exterminio: no tuve corazón para tirar a la basura el diván sobre el que el doctor Baumann acomodaba a sus clientes. Antes de que se retirara para dedicar el resto de su vida en exclusiva a su obra científica sobre Schreber, los pacientes habían estado contado sus historias tres veces por semana reclinados sobre ese cuero artificial. ¿Cuántas historias habría tenido que aguantar ese diván? ¿Y cómo puede alguien que no ha sido bendecido precisamente con un carácter fuerte, resistir esa acumulación de sufrimiento sin rendirse él mismo? A veces me siento en el sofá, cubierto ahora de cuero gris, y escucho las voces que ascienden desde sus hendiduras, voces fantasmales que suplican ser liberadas de sus pesadillas. Espeluznante artefacto, como solía decirme el doctor Baumann, y muy fácil de descifrar. Una generación maldita, esa era su firme convicción antes de que perdiera definitivamente la cabeza: hacia afuera parece que todo estuviera en orden, pero en el interior reina el puro caos, un vacío inconmensurable, insoportable, repulsivo. ¡Todo es material patológico! Ausencia de coraje para soportar la imperfección del universo. El afán vital de la mayoría consiste simplemente en mantener ese caos encerrado bajo llave. De ahí esa constante sonrisa forzada; y las sesiones de bronceado en los estudios de rayos uva; fitness; yogur desnatado; todo lo que quieran. Y tampoco es que les pueda ayudar ya un tratamiento psicoanalítico —de esta forma resumía su trabajo—, muchos de mis pacientes se han matado después de que yo hubiera conseguido que arrojaran una mirada a su frágil interior. Todo el lodo que se había ido acumulando allí, comprende usted, se había puesto en movimiento, una avalancha psíquica que había terminado por enterrar por completo su debilitada identidad.

En realidad, el verdadero descubridor de los jardines de Scherber no fue ni el redactor de la Gimnasia médica de interior, ni el autor de las Memorias de un enfermo de los nervios, sino un tal Ernst Innocenz Hauschild, que había estado casado con una hija del médico Scherber. Siempre que viajo en tren por Alemania, es decir, al menos dos veces por semana, me veo obligado a pensar en Hauschild y en los Scherber, pues se me ocurre que la mayor parte de la superficie de Alemania está cubierta por jardines de Scherber en los que, junto a todo tipo de flores y hierbas y de arbustos cuidadosamente podados, florece un tipo especial de construcción, conocida como cobertizo. En particular, antes y después de pasar por Gotinga, los cobertizos, que en invierno tienen un aspecto enfermizo y moribundo, muestran su cara más alegre y amable, y cuando el paso del tren se hace más lento, pueden llegar a engañar, ocultando que son solo la fachada respetable tras la que se desarrollan auténticas tragedias. Los cobertizos son los únicos terrenos urbanos en los que no hay que pensar de inmediato en costes y utilidades, son, pese a su exiguo tamaño, de una vertiginosa generosidad. En cincuenta metros cuadrados se habían acomodado los inmensos proyectos vitales de una existencia autárquica.

Puesto que, antes y después de pasar por Gotinga, uno suele toparse con obras de mantenimiento de las vías que obligan al tren a ralentizar su marcha, o incluso a detenerse por completo, ya había tenido en varias ocasiones la oportunidad de observar con mis propios ojos alguna de esas tragedias, y solo el hecho lamentable de que las ventanas de los trenes modernos no puedan ya abrirse me ha impedido intervenir en los hechos. ¡Prohibido asomarse! Precisamente, el doctor Baumann tenía uno de esos letreros en su haber, y puesto que no me lo puedo imaginar desatornillándolo él mismo, es probable que se lo hubiera regalado algún paciente con intención evidente. ¡Prohibido asomarse! Es imposible describir mejor nuestra situación. Hay que quedarse siempre detrás de las ventanas, mirar cómo el mundo se derrumba y de nuevo se levanta, esperar pacientemente y beber té, pero nunca asomarse e intervenir.

Una vez observé cómo un hombre que llevaba unos pantalones a media pierna de color caqui y una camiseta de tirantes, hacía el ademán de querer hacer entrar en razón a su mujer con unas tijeras de podar, mientras esta, o así me lo parecía a mí, ofrecía su boca desencajada, animándole a gritos a que lo hiciera, y en otra ocasión vi cómo una mujer maltrataba con la azada a su apocado marido, que se defendía de los golpes sosteniendo delante de su cuerpo una caja de cervezas. Mientras contemplaba al marido que retrocedía con su pesada caja, sin ninguna posibilidad de escapatoria frente a la mujer de pies ligeros, me preguntaba cómo se las arreglaría para librarse de esa situación desesperada. En mi juventud se habría aconsejado sentar a ambos a una mesa. Pero esta piadosa forma de resolución de conflictos ya no era tan apreciada, así que no me sorprendió en demasía ver como el hombre alzaba la caja de cervezas sobre su cabeza con las últimas fuerzas que le quedaban y se la arrojaba a la mujer entre las piernas, lo que provocó inmediatamente que tanto ella como su azada cayeran al suelo. La escena tenía el aspecto de un rito repulsivo, del que hubiera desaparecido todo lo sagrado dejando tan solo el esqueleto brutal, como si ambos actores, la mujer agresiva y el hombre decadente, representaran una obra cuyo guion se hubiera perdido en la historia. Sin embargo, el drama a vida o muerte seguía representándose, y no era solo una comedia que se hubiera transformado en payasada, pues si la caja de cervezas, que seguramente en el guion original habría sido una piedra o un hacha, hubiera golpeado a la mujer en la cabeza —una opción que, evidentemente, el hombre había llegado a contemplar, desquiciado por las eternas recriminaciones de la mujer—, esta habría muerto instantáneamente. Así que tirada en el suelo, con el rostro desencajado, tuvo que aceptar un nuevo compromiso con el destino y seguir soportando a su marido con las piernas rotas y el corazón cargado de rencor, hasta la próxima bronca. Y el hombre, eso se podía leer en el desconcierto de su cara, parecía no estar tan descontento con el estado de las cosas, pues sin la queja constante, la persistente irritación de la mujer, hace tiempo que se hubiera hundido en la embriaguez y la apatía. De esta forma había sido restablecida la simetría, ella podía seguir refunfuñando, él podía seguir bebiendo, hasta la próxima función. Por supuesto, alguna vez sería la última.

En los jardines de Schreber no solo florecen espuelas de caballero, alhelíes encarnados y oscuros polemonios, sino también graves neurosis, aunque a veces parezcan tan grotescas e indignas, que se diría que esos dramas solo se representan para ofrecer algo de entretenimiento a los pasajeros de los trenes de alta velocidad parados a mitad de trayecto. Sainetes de mala educación en los jardines de Schreber, un servicio de los ferrocarriles alemanes.

Reflexionaba yo sobre la extraña afirmación de que el mundo desaparece al cerrar los ojos. Supuestamente, se disuelve. Naturalmente, se trata de una ocurrencia filosófica que en ningún caso se aplica a los alrededores de Gotinga, pues en cuanto abría los ojos, aunque solo fuera una fracción de segundo, seguía viendo el mismo paisaje descorazonador pasando por delante de mí, los mismos jardines de pobres que parecen no querer acabarse nunca, aunque no se trata ni mucho menos de algo que solo sea característico de Gotinga y sus alrededores. No se había conseguido reconstruir las antiguas ciudades, y tampoco levantar ciudades nuevas que merecieran ese nombre. Se tiene la sensación de hablar de manera falaz y cursi si se menciona la belleza de las ciudades alemanas, pensando en Hannover, Bielefeld o Berlín. Estaba prohibido mencionar la palabra belleza a propósito de Berlín. La Potsdamer Platz no era más que un monumento conmemorativo a la fealdad exclusiva. Así que se alababan los jardines de Schreber en los márgenes sistemáticamente destruidos y desfigurados de las ciudades desaparecidas, una excrecencia desgastada y enfermiza en torno a una nada patética.

Por lo que a mí respecta, no tengo ninguna objeción a que el mundo desaparezca, pensaba yo, y si tiene que ser conmigo también, estoy dispuesto a correr ese riesgo con mucho gusto. La carencia de sorpresa que se ofrecía a mi mirada, la falta de una forma, la ausencia de belleza en conjunto me adormilaba. Lo traslúcido y vaporoso, el barro candente y cálido que de vez en cuando distrae al ojo curioso que recorre el sur de Alemania, nada de eso puede percibirse en los viajes por las regiones centrales. Así que cerré los ojos a propósito, y me debí de quedar dormido enseguida.

2

Me desperté de un sueño dramático porque noté una presión sobre mi hombro. Mientras que el resto del cuerpo seguía ingrávido, envuelto en las acciones del sueño, el hombro derecho experimentaba una presión hacia abajo, suave, pero firme. Quizás se ha caído algo de la rejilla portaequipajes, que está repleta, pensé con los ojos todavía cerrados, o se ha desplazado la almohadilla del asiento, pero cuanto más tiempo transcurría en el mundo real, más clara era la sensación de que una cabeza reposaba sobre mi hombro, un cráneo viviente, palpitante, que de entre alrededor de catorce mil millones de posibles hombros había escogido precisamente el mío para liberarse por un momento de la carga de aguantar su propio peso. Por nada del mundo quería abrir los ojos, para por lo menos arrastrar una parte del sueño hasta la cámara del recuerdo y así poder reflexionar sobre él más tarde. Yo estaba sentado en un círculo formado por unos niños que acusaban con dureza a un muchacho lloroso, en cuclillas delante de mí. Era tan joven que apenas podía discernir entre bien y mal, y estaba allí, quieto, ensimismado, mientras que las lágrimas le corrían por las mejillas, sin entender lo que le estaba pasando. Se había golpeado los brazos y las rodillas y se arrancaba de la piel un trocito de costra con la mano derecha. La sangre brotaba de la diminuta herida, y el chico con aire ausente la chupaba con la lengua. La imagen del niño con la rodilla sangrante me trajo a la memoria la escena de una película, un chico abandonado al borde de la carretera, gorra con visera y unas peculiares botas abotonadas, pero no era capaz de recordar el título. ¿Un niño refugiado, o simplemente un niño pobre? ¿O se trataba simplemente de un niño que se había golpeado en la rodilla? Junto a él estaba de pie una muchacha que le sostenía por los cabellos. Sostenía, no tiraba de ellos. ¿Quién era esa muchacha? No la había visto nunca antes. Lo miraba desde arriba con una mezcla de reproche y escepticismo, como si no estuviera segura de que él fuera consciente de su culpa, ni de si ella podía condenarle. Luego parecía otra vez como si ella sintiera lástima por aquella criatura inocente. Por el contrario, los otros niños, que eran en su mayoría granujas, miraban al tipo lloroso con una severidad inexorable, como si desde hacía tiempo se hubieran puesto de acuerdo en condenar al delincuente. Uno de ellos levantó el dedo acusador, como si quisiera advertir contra una sentencia favorable, y en ese momento era como si se hubiera transformado en un código legal viviente. A su lado se sentaba un fanático colérico, que abogaba apasionadamente por someter al joven a tortura, ya tenía las manos listas, colocadas sobre unas piedras, y habría bastado un gesto de mi parte para que las hubiera agarrado. Sí, un gesto mío, yo era uno más de ellos. Mientras que en el sueño yo intentaba encontrar palabras para amansar a esa chusma, el niño adquirió mis rasgos, de manera que yo era a la vez (viejo) juez y (joven) delincuente, aunque no en la misma persona. Una situación absolutamente desesperada, porque los niños enfurecidos se acercaban cada vez más y exigían una respuesta, pero yo no sabía nada de la culpa ni del crimen. Un momento antes de que los niños pudieran arrojarse sobre mí, ante mis propios ojos, me desperté con la garganta reseca. ¿Había pronunciado palabras durante el sueño? ¿O hablaban las imágenes? ¿Había dicho algo la muchacha? ¿Cuál era la acusación? Tenía que averiguar a toda costa si se hablaba en los sueños, y cómo se hacía. De pronto me parecía que estaba sobre la pista de un gran secreto y eso por sí solo ya era un buen motivo para no abrir los ojos y tener que mirar a la cara al humillante presente. La escena onírica, me di cuenta entonces, transcurría frente al telón de fondo de una hermosa mansión construida con esmero, una casa verdaderamente ideal, sobre cuya fachada se apoyaba una escalera por la que un hombre —para mí estaba meridianamente claro: era el propietario— escalaba ágilmente para clavar las contraventanas con movimientos rápidos y cortos, como un pájaro carpintero. Esa casa, fuera lo que fuera en mi sueño, estaba siendo sellada frente a mis ojos, nunca podría (¿nunca me sería permitido?) penetrar en ella. Puesto que jamás en mi larga vida había poseído una mansión, ni siquiera había soñado con querer poseerla, debía de haber sido ‘alguien’ quien hubiera deslizado esa villa inalcanzable en mi sueño, un agente inmobiliario invisible que conocía perfectamente mi subconsciente.

La noche anterior había leído algo de la Biblia en el hotel, aunque era la historia de Job, en la que no se menciona nada de una lapidación. Una vez llegado a Múnich, quería rebuscar en mi Biblia, por si hubiera pasado por alto algo que posteriormente había reelaborado en el sueño. ¿Por qué me acusaban los niños? Me había hecho a la idea de ser un ser humano bastante equilibrado, alguien que llevaba una vida equilibrada, en algún lugar en el medio de una sociedad decididamente inclinada hacia el medio. Mi éxito profesional me permitía llevar una vida que no llamaba la atención, sin el castigo divino de la envidia, pero con interés por los márgenes y por las experiencias marginales, por el arte, en otras palabras, por aquello de lo que en realidad seguía sin entender mucho, aunque no por ello dejaba de atraerme. Tenía la firmísima convicción de tener ya todo por detrás de mí. Todavía quedaba frente a mí un camino a través de un terreno llano, no lo que podría llamarse un bonito camino, desde luego nada ameno, ni sublime, sino uno de esos caminos que uno se ‘ha merecido’ después de una larga vida laboral, y cuando se tiene la necesidad de experimentar una sensación, es preciso ir al cine o al teatro, o incluso leer. El triste final de ese camino ‘normal’ habría de seguir de una manera inmisericorde, la atrofia muscular, la antipatía hacia el prójimo, la impaciencia frente a la estupidez, la fatiga invalidante. Pronto descansarás tú también. Hasta entonces es preciso, a pesar lo inútil que resulta, llevar una vida ‘correcta’. Pero algo se me había escapado —¿qué? Obviamente algo decisivo, de otra manera no me habría sorprendido en el tren camino a casa. ¿O acaso era mejor que me hubiera pasado en el tren, en movimiento, para poder sentirme a salvo de esos males en casa? Nunca había aprendido a saborear mi vida.

Una vez más has salido bien parado, murmuré entre dientes, pero no tendrás tanta suerte en una segunda ocasión.

Si hubiera abierto una sola vez los ojos, según lo que me enseñaba la experiencia de mi vida adulta, el sueño se habría perdido para siempre. En el suelo de mi cerebro había una trampilla que estaba directamente conectada a los ojos. Ojos abiertos, trampilla abierta, sueño fuera. Una de las pocas lecciones que el doctor Baumann me había enseñado obstinadamente era que había que escribir los sueños inmediatamente después de despertarse, para que de esta forma quedara una huella de mi otra vida y de sus tragedias imaginarias. En efecto, en los últimos años había llenado varias gruesas libretas de apuntes con mis sueños, aunque nunca había llegado a analizarlos. Ni siquiera las había leído. Quizás tampoco quería hacerlo. Mis sueños eran infinitamente más ricos e inescrutables, más brutales e hirientes que todo cuanto yo percibía en mi vida despierta, y que en su mayor parte me parecía estéril y monótono, y en cualquier caso carente de revelaciones que merecieran tal nombre. Todos mis talentos y cualidades que fueran más allá de mi profesión, por lo demás no especialmente interesante, dejaban huella tan solo en mis sueños, y no se activaban nunca en mi vida real, puesto que, si intentaba emplearlos, conducían a una extraña presunción contra todo y cualquier cosa que ciertamente no era voluntaria, pero que no acertaba a evitar. ¿Acaso se trataba de envidia, después de todo? Quizás estaba envidioso de mis semejantes, que eran capaces de disfrutar de la vida tal y como era sin esfuerzo. Miedo y culpa, sueño y muerte no conseguían impedirles abrazar la vida a pesar de todo. A mí me lo impedían mis escrúpulos. A cambio, mis sueños eran opulentos. Cada vez que hojeaba mis diarios oníricos, me daba de bruces en cada página con una vida tan exuberante, ingeniosa, aventurera, con una seriedad tan hermosa, pero también con una alegría desbordante tan colorida y salvaje, que para no entristecerme los tenía que cerrar inmediatamente otra vez. Había llegado a la conclusión de que debía conducir mi vida de doble vía de tal manera que las sombras del lado nocturno no se mezclaran con las cotidianas. Por supuesto, de vez en cuando experimentaba el deseo de llegar a algún sitio, de alcanzar unas orillas en la que ambas cosas fueran posibles, lo formal y lo vedado, el centro y la periferia, pero a pesar de todo sabía por experiencia que esto no dependería de una decisión que yo pudiera tomar. No quisiera ir tan lejos como para decir que se es vivido, pero en definitiva era eso lo que pensaba. Pero, por favor, ¿quién o qué es quien me está viviendo? ¿y no llegaría un momento en el que, tarde o temprano, se produciría un choque contra ese ‘ente’?

Desde que, a pesar de mi edad, había vuelto a viajar como coach de motivación para empleados de medianas empresas, con el fin de motivarles a través de un incremento de su sensación de bienestar, apenas me quedaba tiempo para ocuparme de mí mismo. Mis libros ya anticuados habían vuelto a editarse, a pesar de que, en mi opinión, se limitaban a desarrollar métodos sencillos para lograr que trabajadores desanimados se interesaran otra vez por la empresa, pero resultaba evidente que en los llamados niveles ejecutivos ya se había pasado el apetito por la constante innovación en los procedimientos de motivación. Cuando comencé mi actividad hace casi cincuenta años, aún teníamos que servirnos del idioma alemán, hoy vamos de un lado para otro en tanto que expertos consulter para work-life-balance y personal branding. Una palabra tan hermosa y antigua como procrastinación no existía en nuestro vocabulario; en revancha, yo disertaba con unción sobre estilo directivo orientado a valores y de satisfacción por el trabajo. Dejar atrás el sobrevivir y empezar a vivir, abandonar la desgana, el miedo y el estrés, e invertir la energía así liberada en la empresa, semejante tontería me había granjeado el éxito. A través de las redes sociales se había difundido la noticia de que yo era un gurú benevolente, para el que primero contaba la persona y luego la empresa, y puesto que actuaba como guerrero solitario, se me podía conseguir además a un precio competitivo, así que se amontonaban las invitaciones a ponencias y workshops que yo, en realidad contra mi voluntad, atendía diligentemente, lo que atraía a su vez nuevas invitaciones. Cuanto más actuaba, más solitario me volvía. Me escuchaba a mí mismo como si fuera un payaso que repite y repite una y otra vez los mismos viejos dichos y los viejos chistes, y cuando finalmente conseguía escapar a la habitación del hotel después de las cenas multitudinarias, me asaltaba una melancolía narcotizante. La euforia constante revelaba su lado oscuro. El tipo que yo representaba me resultaba tan familiar, cada día me producía un mayor desasosiego. Sentía cómo las piedras en los bolsillos del abrigo se hacían cada vez más pesadas. Así que venga, a confirmar la próxima cita, a empaquetar la bolsa de viaje, a preparar el material de las presentaciones, y corriendo al tren, para viajar hasta Quedlinburg, Passau o Oldesloe, donde ya se me aguardaba impacientemente como al salvador.

Por otro lado, mi objetivo no había sido jamás el saneamiento de firmas medianas en decadencia. Originariamente, lo que pretendía enseñar era una forma de concebir la gestión empresarial que surge sin necesidad de fijar objetivos, ni de establecer un sistema de recompensas, una forma de pensar contradictoria y poco agraciada, que nace de la humildad, de la paciencia y del interés. En lugar de eso, se esperaba de mí que fuese una especie de profesional carismático del entrenamiento, que difunde diminutos pedazos de seguridad en sí mismo, por muy consciente que fuera de que esto no significa nada en absoluto. En cierta ocasión, en Braunschweig, propuse acudir con toda la plantilla al museo para contar delante de los cuadros qué es lo que se nos ocurría acerca de la fortaleza y la debilidad, de la impaciencia a través del conocimiento y de la capacidad de compromiso, pero tanto la dirección de la empresa como los propios empleados rechazaron la idea irritados. No es posible enseñar el asombro, pero ¿cómo puede realizarse una tarea sin experimentar asombro? Ninguno de los empleados de Braunschweig era capaz de contar, ninguno podía hilar más de tres frases seguidas, por no hablar de la capacidad de emitir un discurso espontáneo. Todos ellos tenían miedo a decir una palabra de más. Y ninguno de ellos había visitado jamás el museo de su propia ciudad.

Así que una vez más colgamos en la pared la absurda hoja en la que escribir la lista de nuestras fortalezas y nuestras debilidades, y todos prometieron que en el futuro se dedicarían a fortalecer sus fortalezas con el fin de «extraer su máximo rendimiento», y quedaron tan contentos de haber superado la formación sin un rasguño y de haber evitado cualquier esfuerzo intelectual. Y a la mañana siguiente me fui al museo yo solo, para ejercitar mi asombro ante las pinturas de la escuela flamenca. En lo esencial, mi vida constaba solo de imágenes, el resto era secundario. En ocasiones hacía listas de pinturas que querría guardar en mi interior hasta el final, y me asombraba de que fueran tan pocas. ¿Cuánto tiempo permanecerían en mí? ¿Qué Poussin, qué Lorena adquiriría para mi museo privado? Chardin lo daba por descontado, pero, ¿acaso colgaría en mi galería el Autorretrato en espejo convexo, y si así fuera, por qué? El juego solo funcionaba si se imponían límites estrictos. Cien cuadros, por ejemplo, pero cincuenta serían todavía mejor. Sí, cincuenta cuadros deberían bastar para «abarcar», por un lado, la mediocridad insuperable del ser humano, y por el otro, sus potencialidades; para explicar por qué nunca se alza, ni podrá nunca alzarse sobre sus propias carencias, a pesar de la ingente cantidad de palabras que a lo largo de la historia de la civilización ha inventado para superarlas. Sería un museo gigantesco en el que habría que atravesar muchos pasillos y salas de cuyas paredes no colgaría ni un solo cuadro, para llegar hasta las pocas pinturas que le albergarían a uno. Pero incluso si alguien se toma el esfuerzo de llegar, no estaría claro si estas estarían expuestas. A cambio, la entrada es gratuita.

Cuando finalmente abrí los ojos, la cabeza que descansaba sobre mi hombro resbaló por mi brazo derecho y cayó sobre mi regazo. De pronto estaba completamente despierto. No cabía ninguna duda, era la cabeza de una muchacha que antes de que me quedara dormido se había sentado justo enfrente de mí, en el sentido de la marcha. En un primer momento la había mirado con disimulo, luego de manera más abierta, pues era como si algo en su fisonomía no cuadrara, y eso no me dejaba apartar la vista. Hace tiempo que casi todos los niños se parecen entre sí, y solo se distinguen por los letreros de sus camisetas, y de todas formas ya no hay manera de ver sus rostros, porque están siempre tecleando sobre sus aparatos electrónicos con la punta de la lengua entre los dientes. La tranquilizadora imagen de una muchacha leyendo en el tren que viaja concentrada, y que de vez en cuando contempla con aire soñador los paisajes que atraviesa, es algo que solo se ve en las fotos del siglo pasado. Cuando tenía que mirar a la cara a los jóvenes que asistían a mis cursillos, jóvenes que se habían puesto ‘guapos’ para la formación, y que vestían alguna camiseta especialmente cool, o una gorra peculiar, o pantalones totalmente desgarrados, me parecía como si todos ellos estuvieran disfrazados, como si se ocultaran debajo de ropa de camuflaje para no tener que mostrar su ‘auténtico’ rostro. Tenéis el aspecto de la gente que sale en el canal ZDF, dije una vez a los miembros de un grupo, y me quedé desconcertado al ver lo orgullosos que estaban con esa caracterización, que se tomaron como un halago.

Todo era distinto en el caso de la joven que tenía enfrente. Naturalmente, estoy exagerando, en realidad no tenía nada de especial. Pero me parecía por lo menos que se escondía en ella un alma profundamente turbada. Una mezcla peculiar de duendecillo y hada madrina, de gran serenidad y de inquieta inconstancia. En un momento de descuido, me miró bruscamente con descaro, como si quisiera medirse conmigo. Atrévete a meterte conmigo, parecía decir esa mirada, pero luego no te quejes si sales perdiendo en ese juego. Entonces volvió a retirar la mirada, como si tuviera algo que ocultar. No disimuló en absoluto que era consciente de que yo la observaba, a pesar del esfuerzo que me había tomado por hacer como que mi mirada recorría el compartimento sin delatar ningún interés. Un rostro, en todo caso, por el que no podía pasar de largo la mirada pasajera. Un rostro que parecía un imán. A veces estiraba hacia atrás su pelambrera de un tirón y al mismo tiempo la giraba, como si quisiera forzar a mirar a su vecina, que estaba sentada pacientemente a su lado, abismada en una larga conversación consigo misma. ¿Su madre? ¿Una tía? ¿Alguien encargada de su custodia? Ninguna de las dos parecía vivir en Gotinga o en Kassel, pensé, y no tuve más remedio que reír, pues en realidad en toda mi vida solo había pasado una noche en Gotinga, y un día en un pequeño centro comercial de Kassel. Esa ínfima risa, que me daba a menudo cada vez que era consciente de mis propios prejuicios y manías, produjo en la chica una reacción asustada: ¿te estás riendo de mí?, parecía preguntarme, una pena, en ese caso me he equivocado contigo. Desde la dulce hada me miró, tan fugaz como mi risa, un demonio, y ahora yo sabía que ese demonio existía, y adopté una postura circunspecta, como si me hubieran pillado.

Debían de venir de mucho más lejos.

Cuando el revisor pidió los billetes, la mayor rebuscó con ahínco en una atiborrada bolsa de Lidl, mientras que los otros pasajeros, incluyéndome a mí, presentábamos los nuestros ceremoniosamente, como si quisiéramos dar un buen ejemplo. En Alemania los billetes de tren se llevan siempre al alcance de la mano, y no se esconden bajo jerséis, vestidos y zapatos en el fondo de una bolsa de Lidl. Así es como uno se vuelve sospechoso. La circulación se vuelve más difícil. ¡Si todos los pasajeros ocultasen sus documentos de viaje en el fondo de maletas o de bolsas de Lidl! Finalmente, la mujer encontró los billetes, pero algo faltaba, un suplemento, porque ellas habían hecho el trasbordo desde un tren de cercanías a nuestro tren expreso. ¿No tiene el suplemento?, preguntó el revisor. Sin respuesta. Tienen que abonar el suplemento, todavía amable. La mujer mayor sostenía un par de calcetines en sus manos nudosas y miraba desanimada, cansada, hacia adelante, para ella todo el asunto estaba liquidado. ¿A cuento de qué había sacado esos calcetines de la bolsa? Qué podían querer decir unos calcetines.

Como no había respuesta, y el jefe de servicio de pasajeros empezaba a perder su paciencia, intervine yo preguntado cuánto costaba el suplemento. Eso depende desde dónde y hasta dónde viajen, contestó el revisor, desde aquí hasta los Balcanes es más caro que desde aquí a Núremberg. Pareció sorprenderse de que su chiste no obtuviera ningún aplauso. ¿Vosotras, a dónde vais? Preguntó entonces mi vecina, al tiempo que hacía un gesto con los dedos que nadie entendió, ni siquiera el revisor. Si no tenéis dinero, no os está permitido viajar en nuestro hermoso ferrocarril, algo así quería darles a entender, y cuando la mujer, que tenía el aspecto de no haber proferido en toda su vida sino lo más estrictamente necesario, abrió la boca, mi vecina la hizo callar. Al infierno, resopló, quieren viajar al infierno. Al final, pagué yo los suplementos hasta Múnich, un adulto, una menor, lo que provocó la indignación de la mujer sentada a mi lado.

Para huir del incómodo silencio que siguió a ese estúpido arrebato cerré los ojos. No, no tienen que agradecer nada, no tiene ninguna importancia. Ahora ambas extranjeras hablaban bajito entre sí en un idioma eslavo; las únicas palabras que entendía eran nombres de ciudades alemanas, Stuttgart, Múnich, Múnich una y otra vez. Mi vecina —estaba contento de no tener que mirarla— no podía dejar pasar que yo hubiera pagado el importe de los suplementos a esas ‘componentes de una banda de ladrones’, como ella decía, y emprendió el consabido monólogo lleno de odio acerca de los refugiados, la extranjerización del país, la identidad alemana y otros problemas de actualidad, pero como nadie en el compartimiento quiso reaccionar a esa letanía, que cualquier hijo de vecino habría podido canturrear como si de una canción popular se tratara, tuvo que inventarse su propio público. Se fue poniendo cada vez más teatral, agresiva, grosera, se animó a sí misma a poner fin a tal espanto, y finalmente, porque en nuestro compartimento solo podía hablar, pero no actuar, susurró entre dientes que deseaba con todas sus fuerzas que llegara el hermoso día en que tal gentuza desapareciera de la faz de la tierra. Es una exageración que pone en evidencia al mentiroso, y la arrogancia histérica es un signo de cobardía. Solo los cobardes hablan así, vivimos en una sociedad de cobardes, que tienen que juntarse para cantarle a alguien las cuarenta. Con los ojos cerrados me imaginé la cara de la muchacha, la mirada demoníaca que estaría dirigiendo a mi vecina. Había buenos motivos para suponer que la mujer se estaba asustando, finalmente escuché como recogía sus trastos y desaparecía sin dejar de ladrar. Solo quedó de ella una pesada nube de perfume con la que tuvimos que conformarnos. Estaba orgulloso de mi nueva amiguita ¡Bien hecho, bravo!

Un hermoso día… ¿ese día pertenecía al pasado o al futuro? ¡Los hermosos días del ayer! Ahora la cabeza de la niña descansaba sobre mi regazo. Estábamos solos en el compartimento, ni siquiera se veía rastro alguno de la bolsa de Lidl con los misteriosos calcetines. También había descendido ya la tímida pareja sentada en el lado del pasillo, que había mantenido todo el tiempo un silencio testarudo. ¿Por qué no habían abierto la boca, eran quizás demasiado jóvenes aún? ¿por qué no habían quitado la palabra a la mujer malvada, no la habían obligado a cerrar la boca, no la habían arrojado del compartimento? ¡Identidad alemana! ¿Qué clase de gente era esa, capaz de tragarse cualquier inmundicia sin indignarse? ¿Cuántos mensajes envenenados como esos puede digerir una persona que se haya educado en este país? Mientras mi vecina vomitaba su discurso, estuve en varias ocasiones tentado de proponer a esos jóvenes mandar a tomar viento entre todos a esa víbora venenosa, pero se me pasaban las ganas en cuanto los miraba a la cara. Eran esos rostros que uno ya no puede evitar encontrarse en Alemania, esas caras de impolutos e inocentes campeones mundiales de la exportación que yo tan bien conocía de mis cursillos: más valía no decir nada, susurraban, para no despertar el tumor latente bajo la piel de esta sociedad apacible, y que está esperando para poder explotar. Ningún riesgo, nada de experimentos, pleno empleo. Cada una de esas caras sabe que, si todo sale bien, al final les caerá un apartamento de dos habitaciones al borde de la playa con pantalla plana y un pequeño mueble bar. Y si no hay una guerra antes, si los rusos se ocupan de sus cosas y los americanos respetan sus límites, y los polos dejan de derretirse, entonces puede razonablemente esperarse que dentro de cuarenta años podamos seguir disfrutando de la misma vista de la casa de enfrente, de los coches en el patio, que ya no será siquiera necesario conducir uno mismo —bastará con decirles a dónde queremos ir, y entonces irán ellos solos. Lo primero es la renta, luego viene la moral, este es el preámbulo de la verdadera identidad alemana. Más de dos tercios de nuestra sociedad están compuestos de ese tejido. Me resultan familiares por mis seminarios, ¿cómo tener éxito y mantenerlo? Todos son consumidores de primer orden y trabajadores motivados en los que se puede confiar, que estarán con la empresa a las duras y a las maduras. Que piensan igual que la empresa. Una vida en la que uno no se puede extraviar, de eso se ocupa la vigilancia integral.

¿Y qué pasaba con el último tercio? Un caos impenetrable. Algunos de ellos, como la mujer malvada, pertenecen al grupo de los que se imaginan haberlo conseguido, y tienen miedo de que alguien les quite algo, un apartamento de una sola habitación en Mallorca, las vacaciones por Pentecostés y la escapada de Navidad a un buen hotel de Garmisch-Partenkirchen, tienen miedo de retroceder bruscamente un escalón a plena luz del día, de manera que cualquiera pueda darse cuenta: ¡mira, esos no pueden mantener su estilo de vida! El bolso de mano con broche de plata y pesada cadena como asa, la mirada asustadiza al Smartphone chapado en oro, el cuarto de hora de cuidadoso repaso del maquillaje con el espejito dorado, el pesado pedrusco del pendiente que casi les rasga las orejas, en esas cosas ponen su corazón. Y en el vestido, claro, ¡Gucci o Prada! Que se ha comprado en realidad como algo sólido, más sólido en todo caso que el cuerpo que recubre, aunque una vez que se haya pasado la estación, se convertirá en algo risible, inapropiado, pasado de moda. Ya es suficientemente malo tener que viajar en ferrocarril y no poder escoger a quién se sienta al lado, por lo menos tiene uno que rodearse de pasajeros de cierto nivel, gente perfumada y radiante, en caso contrario más vale que las plazas se queden vacías.

¿Cuándo surgieron esas personas, quién les ha enseñado esa actitud? ¿de dónde vienen esa amargura, ese sufrimiento, esa humillación que se esconde tras el miedo y que les abrasa sin tregua? ¿Quién escribe la historia de esos miserables seres humanos, que no han comprendido la vida?

Lo peor del caso, pensaba yo al mirar las caras inmóviles de los compañeros de viaje, ¡es que tienen toda la razón! Porque cuando algo se haga añicos —y desde luego muy pronto habrá de nuevo escombros, de eso están todos firmemente convencidos—, serán ellos los que peor lo van a pasar. ¡Son ellos los que tienen algo que perder! Serán ellos los engañados, los que tendrán que pagar la factura. Por eso se desgañitan y abren la boca, y se puede ver el oro falso en sus fauces ensangrentadas. Todas las drogas alternativas han dejado de servir. Ya no hay religión, ni comunidad, ni partido, ni Estado que puedan ser de ayuda. Ni siquiera Prada o Gucci. Lo único que sobrevive es la pequeña economía, el maldito crecimiento, la autodestrucción organizada.

¡En el hecho de que la voz de la mujer malvada no se me fuera ya del oído reconocí de manera clarísima que algo debía de haber ido mal en la historia de la evolución! Se me había quedado dentro, ese tono estridente, histérico. ¡Cada vez que oiga hablar de identidad alemana, volveré a escuchar en mi oído a esa mujer! Un tinnitus identitario.

Por otra parte, siempre me he considerado una persona apacible, un defensor del equilibrio, de la mesura, a veces incluso del apaciguamiento. La vida es demasiado corta como para pasársela siempre en la lucha, el enfrentamiento, a la defensiva. Sencillamente, es demasiado corta. Por eso se han inventado todo tipo de travesuras para animarla un poco. Una de esas invenciones es el viaje constante, esa obligación de estar siempre en camino, las escapadas urbanas, las ofertas culturales, el vuelo last-minute a Estambul, los fines del mundo encantadores a orillas del Bósforo, sin olvidar la ópera en Verona, todo incluido, antes ciento veinte euros, ahora la mitad, hay que llevar las bebidas. Sin embargo, últimamente reaccionaba con desagrado ante mis coetáneos, a veces no podía ni mirarles, ni quería que me tocaran. ¿Dónde se han quedado los soñadores, los tímidos solitarios, los místicos que al menos una vez en la vida han abandonado el empirismo y se han sumergido en universos impenetrables, en ámbitos situados más allá del cumplimiento del deber y de la eficacia? ¿Dónde están los seres humanos capaces de admitir libremente que el astro de su vida no ha ascendido ni va a ascender nunca?

La chica dormía como una marmota, y al igual que una marmota emitía a intervalos extraños pitidos. Moverme estaba descartado. No quería moverme. Me estaba ocurriendo algo que no quería perder a causa de un movimiento en falso. Tampoco estaba preparado para un contacto con ese ser en pantalones de chándal. ¿Qué hacer pues con las manos, y sobre todo, con el pensamiento? Yo no le había pedido que se sentara a mi lado. Lo único que había hecho era regalarles un par de euros, a ella y a su acompañante, nada más. ¿Pero por qué estaba empezando a justificarme febrilmente? ¡Ha sido la niña la que ha venido a mí, por favor, créanme! No es algo que ocurra todos los días, que en un compartimento de los Ferrocarriles Alemanes le caiga a uno en el regazo una chica totalmente desconocida, alguien que con seguridad tendría cincuenta años menos que yo. En las comisuras de su boca se habían formado pequeñas burbujas de saliva que al expirar se inflaban y estallaban, todo lo demás estaba en calma.

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9788417118686
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