Kitabı oku: «Punto de no retorno»

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© LOM ediciones Primera edición, octubre 2019 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560012289 ISBN digital: 9789560013484 RPI: 307.977 Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Mi papá murió un día como hoy, lluvioso, hace cincuenta años, en una carretera segundaria en la Región de Los Lagos, un domingo por la tarde, aunque pudo haber sucedido en la mañana. A los niños no se les cuentan los detalles. Ya es mucha consideración que mi madre nos haya sentado en la alfombra de la sala, a mi hermana y a mí, el domingo por la noche para explicarnos que nuestro papá había muerto y que eso significaba que no lo volveríamos a ver, que los muertos se van para siempre, no porque quisiesen abandonarnos, sino porque los accidentes suceden. Por supuesto, no nos comunicó la noticia con esa frialdad. No paraba de llorar. Trataba de contener los sollozos y esconder las lágrimas, pero los dos nos dimos cuenta de que estaba triste. Nunca antes la habíamos visto así. Después sí, a cada rato la veíamos llorar, generalmente cuando creía que estaba sola y que no la estábamos viendo.

No pudo haber sucedido el sábado, salvo que la lluvia no les hubiera permitido instalar la carpa al borde del lago y hubiesen tenido que regresar a Santiago antes de lo previsto. Cualquiera sea la verdad, el día y la hora del accidente no modifican la tragedia. Durante todos estos años, los distintos componentes del drama han cambiado de sitio infinidad de veces en el almacén de la memoria. Hoy, lo que más recuerdo de esa noche es la tristeza de mi mamá. No recuerdo la desaparición de mi papá, sino las lágrimas de mi mamá. A los seis años de edad no podía entender eso de la muerte. Mi hermana y yo estábamos tristes por mi mamá y ella por nosotros. No quiero decir que no estábamos tristes por la muerte de nuestro padre ni ella por la partida del hombre que amaba, pero llorábamos más por nosotros tres que por él. Quizás mi hermana, que era más grande, acababa de cumplir nueve años, entendió el drama de la muerte y lloraba por mi papá. No lo quería más que yo, pero tenía más relación con él, una relación más de persona. La mía era de cachorro juguetón, casi sin diálogo. Las palabras apenas servían para acompañar las morisquetas de los juegos.

Esa mañana yo había roto un trompo de plástico que me habían comprado hacía menos de una semana. Les había prometido que lo cuidaría y que ése no se rompería, como todos los anteriores. Tenía los pedazos en el bolsillo del pantalón y mi mortificación era que mi mamá se acordara del trompo y yo tuviera que explicarle que se había roto cuando lo estrellé contra la pared para verificar que era irrompible, como me lo habían garantizado: Este te tiene que durar porque es irrompible. Tenía los sentimientos confundidos entre la tristeza de mi mamá y el alivio, porque en esas condiciones no se acordaría del trompo de mala calidad.

Finalmente, nos mandó a acostarnos con una sonrisa que a nadie engañó, porque el ánimo no estaba para risas. En esa época yo no diferenciaba la risa de la sonrisa. Ahora que soy grande entiendo que la diferencia no es de intensidad, sino de contenido, porque la risa es una reacción espontánea de alegría y la sonrisa es calculada y sirve incluso para la tristeza. La risa hace bien, pero es menos práctica. Ese domingo en la noche, cuando los tres estuvimos sentados sobre la alfombra rojiza con dibujos de ramas y venados y flecos en los bordes, de eso sí me acuerdo porque yo estuve jugando a enredarme los dedos en los flecos mientras mi mamá nos explicaba eso de la muerte de mi papá. Del color de alfombra también me acuerdo, porque siguió estando en la sala mucho tiempo después. Ese domingo, entonces, la sonrisa de mi mamá no era una expresión espontánea de alegría, sino una seña útil que pretendía concluir la conversación con una nota tierna, consoladora y cargada de esperanza en un futuro que dependía de nuestra capacidad para superar el dolor.

Al día siguiente de su muerte, o de la noticia de su muerte, no me despertaron para ir al colegio. Me acuerdo que de repente abrí los ojos con miedo, porque pensé que mi mamá se había quedado dormida, o peor aún, que se había olvidado de mí. Esa semana estaba aprendiendo a leer y ya estábamos en las palabras complicadas, con tres sílabas y más. No era el momento de faltar a clases. Hasta pensé que estaba enojada porque había descubierto lo del trompo y me estaba castigando no llevándome al colegio, lo que no era un castigo muy lógico, al menos según la lógica de ella y de todos los adultos que me rodeaban en esa época. Ningún papá de mis amigos del colegio recurriría a ese método para escarmentar a su hijo, aunque quisiese darle una lección inolvidable.

La casa estaba en silencio, sin voces ni aspiradora ni ruidos en la cocina. Mi hermana no estaba en su cama. Compartíamos la habitación, ella junto a la ventana y yo pegado al armario. Ella tenía mesa de noche, porque le gustaba leer. En esa época ya leía libros. Yo prefería las revistas con dibujos. La gente cree que es más fácil, pero no es así, porque hay que imaginar los diálogos entre el vaquero y los indios, mientras que en el libro te lo cuentan todo con detalle. Basta con avanzar en la lectura para enterarse hasta lo que piensan los personajes. Es más cansador, pero más fácil. Mi hermana no estaba de acuerdo con esa teoría, pero no le interesaba discutir conmigo. Ella prácticamente no me hablaba. Éramos demasiado diferentes. A ella le gustaba leer y jugar con su laboratorio de química y yo era del estilo patines, pelota de fútbol, arcos y flechas. Una vez una pelota le rompió una instalación y se puso furiosa. La culpa no era del todo mía, porque fue un rebote imprevisto en la esquina del armario que desvió la ruta de la pelota hacia el estante del laboratorio. Me dijo de todo y se puso a llorar. Lloraba amargamente, desproporcionadamente, ya que solo se había quebrado una probeta y un frasco rosado.

El hecho es que cuando desperté ya no estaba en la cama, lo que me preocupó doblemente. No sabía si debía levantarme a averiguar o hacerme el enfermo, un recurso del que no se debe abusar aunque sea infalible. En esa época era el estómago el que fallaba en los momentos engorrosos. Ahora que soy grande es la cabeza, más difícil de verificar la veracidad del malestar. Finalmente, opté por salir de la cama a explorar la situación y me llevé una sorpresa: mi hermana estaba en casa, también mi mamá y mis tíos. No así mis primos, lo que era una lástima porque me entiendo bien con ellos.

El ambiente no era el acostumbrado en las reuniones familiares. De inmediato sospeché que era la continuación del asunto de mi papá de la noche anterior. Yo era el único en pijama. Cuando aparecí en la sala todos me abrazaron y me besaron como si fuese mi cumpleaños, que no era. Mi hermana estaba al lado de mi mamá, vestida sin el uniforme del colegio, con cara de haber llorado bastante. Mi mamá tenía la misma cara de la noche anterior. La peor cara era la de mi abuela, la mamá de mi papá, famosa por lo severa. Creo se molestó conmigo porque yo no estaba triste. Eso lo entiendo ahora, retrospectivamente. Ese día solamente sentí que estaba enojada conmigo sin razón, puesto que no era culpa mía si no me habían despertado para ir al colegio, tampoco que su hijo se hubiese muerto. Y del trompo no podía saber que estaba roto, porque yo había escondido los pedazos en un escondite secreto detrás del armario. Mi mamá me llamó para que fuera junto a ella, me abrazó muy fuerte y así se quedó un rato largo, abrazándome, casi ahogándome con un pañuelo que tenía alrededor del cuello. Hacía frío esa mañana dentro de la casa.

No recuerdo más escenas ni más pensamientos de ese tiempo lejano, excepto una tarde en que estaba sentado en el asiento de atrás de un automóvil que manejaba mi tía Laura, a quien mi madre le dijo que, si no fuese por sus hijos, es decir mi hermana y yo, ella también se hubiese muerto, que no quería vivir más. Supongo que se había olvidado que yo estaba en el asiento de atrás o quizás pensó, como suelen pensar los adultos, que los niños siempre están concentrados en otras actividades y no escuchan lo que dicen los grandes. Cuando le conté, muchos años después, que yo había escuchado esa conversación, negó rotundamente que ella hubiese dicho algo así.

Con el paso de los años empiezan a aparecer en mi limitada memoria más escenas de mi papá, sin él por supuesto, porque efectivamente su muerte significó que no volvió nunca más a estar físicamente con nosotros. Estaba, eso sí, en las anécdotas que reproducían mis tíos y sus amigos cada vez que se reunían para comer pescado frito, pescado al horno o sopa de pescado, siempre con vino, blanco y tinto. Empezaban hablando de pesca y terminaban reconstituyendo retazos de la vida de mi papá, con más o menos entusiasmo según la hora y el número de botellas vacías que se iban acumulando sobre la mesa. Mis tías eran generalmente más discretas y se limitaban a completar o corregir los cuentos que relataban sus esposos. Mi madre en esos casos hablaba poco, quizás porque era de las que menos vino bebía. Yo la miraba de reojo para vigilar que no se le pusiesen los ojos rojos, pero era buena actriz y recurría a la sonrisa, que le servía en esos momentos para decir que no estaba triste y que no había razón para interrumpir la reproducción de las narraciones de episodios que a menudo se repetían, con los aportes ficticios de quien las narraba. Una misma anécdota podía servir para inmortalizar su generosidad o para enaltecer su audacia. La mayoría de las veces las visitas venían con sus hijos, con quienes conformábamos una mesa aparte, donde se trataban otros temas, nunca sobre mi papá, porque a mis primos no les importaba mi papá ni la vida de ningún ausente, menos aún adulto. Los niños escuchan las conversaciones de los adultos solamente para averiguar la agenda y sopesar el grado de información que manejan ellos sobre nosotros, los niños.

El primer período después de su muerte, mi madre, mi abuela y los demás adultos eran extremadamente complacientes con mi hermana y conmigo. Todo se perdonaba y el nivel de exigencia era muy bajo. Hasta el vecino que solía alterarse por el gato, las ramas del cerezo en el muro divisorio, el ruido durante la siesta del domingo y la pelota que a veces se elevaba más de la intención del pateador, era comprensivo y nos devolvía la pelota sin las advertencias de antes, como si de pronto le hubiese empezado a gustar participar del juego, devolviéndonos la pelota a cada rato, incluso el domingo a la hora de la siesta. Los efectos que tiene la muerte sobre la gente son sorprendentes. Hubo quienes ni se percataron que mi papá había muerto, no preguntaban por él ni lo mencionaban, mientras que otros únicamente hablaban de él cada vez que nos veían. Cada quien afronta las cosas a su manera. El señor de la pastelería, por ejemplo, consideró que su aporte a la muerte de mi papá sería la distribución gratuita de pasteles a los dos hijos del difunto. Fue su manera de solucionar el problema. No era asunto suyo si a mi abuela no le gustaba que comiéramos pasteles antes de la cena.

Muchos años después, cuando ambos ya éramos adultos, antes de encontrarme yo en este recinto, nos divertíamos recordando los abusos que cometíamos, explotando la compasión de los vecinos. No lo hacíamos por necesidad económica, puesto que afortunadamente nunca fuimos pobres, incluso después de la muerte de mi padre. Seguimos asistiendo al mismo colegio, viviendo en la misma casa, a pesar de la disminución de los ingresos familiares, que obligaron a mi madre a trabajar también por la noche y a abrir posteriormente una consulta privada, siendo que había acordado con su esposo, mi papá, que nunca ejercerían la medicina privada. Ambos eran funcionarios del Sistema Nacional de Salud y consideraban un honor y un orgullo trabajar para el SNS, que en esa época era un ejemplo en América Latina. Se ganaba poco, pero ambos eran comunistas y les parecía indigno y egoísta enriquecerse ejerciendo la medicina.

En eso también intervino su muerte. A mi mamá se le acabó el tiempo para asistir a las reuniones políticas. No sé si eso lo entendió el partido, pero hubo un distanciamiento que acabó en ruptura. Me pregunto cómo hubiese reaccionado mi padre ante esa separación. Para él la felicidad estaba directamente relacionada con la lucha por el socialismo. Se conocieron en la facultad de medicina, pero el cimiento del amor no fue el ejercicio de la profesión, sino la militancia. Un par de décadas después, en circunstancias diferentes, yo constataría en carne propia la fuerza de atracción que ejerce el combate por una causa común en la compenetración de dos seres que comparten un ideal. El ejercicio de ayudar a la gente en los momentos difíciles de la enfermedad es una forma generosa de relacionarse con la sociedad, pero ese acto altruista se engrandece cuando está enmarcado en un esfuerzo conjunto por mejorar la calidad de vida de todos los habitantes de un país y del mundo. Así hablaba mi padre. Al menos así lo recuerdan sus antiguos camaradas del Partido Comunista de Chile.

Nosotros éramos todavía muy pequeños para ser comunistas, aunque mi hermana ocasionalmente repetía frases comunistas. Me temo que lo hacía más por encantar a nuestros padres que por convicción política. Leía mucho, pero Julio Verne y Rudyard Kipling no eran comunistas. Una vez mi hermana le preguntó a los tíos si también eran comunistas y ellos le dieron una explicación que no entendí y sospecho que ella tampoco, porque la respuesta era que sí, pero que no, que en el fondo sí, pero que no. Me acuerdo que la pregunta suscitó una discusión entre mi papá, que decía que no lo eran, y ellos, que decían que sí. Fue bastante confuso. Hoy para mí la explicación es que en esa época todas las personas que no se consideraban egoístas querían ser comunistas, pero nadie quería el comunismo que pregonaba el Partido Comunista. Mi mamá no se metía en esas discusiones. Quizás porque era menos comunista que mi papá, lo que significaría, según mis tíos, que era más comunista que mi papá.

En el funeral hubo problemas, porque un jefe del partido quería hacer un discurso y mi abuela, que era anticomunista, se opuso y se quedaron sin anunciar todo lo que iban a decir sobre mi papá, que estoy seguro que era positivo. En ese sentido mi abuela se equivocó, porque no iban a decir nada malo sobre él. Es lo que la gente llama prejuicios. Mi abuela se prejuició y nos quedamos todos sin escuchar las maravillas que los comunistas iban a revelar sobre mi papá. De todas formas, nosotros no estábamos invitados al funeral. Nos dejaron en casa de una amiga de mi mamá que se sacrificó. Un sacrificio relativo, porque le tocó un almuerzo de día de fiesta, sin que hubiese fiesta ni motivo de fiesta.

La muerte de mi papá marcó el fin de los días normales. Antes de la noticia, a ninguno de nosotros se le ocurrió que algo así podía suceder y, por consiguiente, nadie preparó el escenario para ese vuelco dramático, ni siquiera Fresia, que solía adivinar el futuro. La rutina de la casa era agradable, con Fresia que cocinaba, limpiaba y se ocupaba de nosotros. Ahora que lo pienso, Fresia estaba siempre haciendo algo. No la recuerdo sentada pensando, o descansando, o leyendo, o mirando las ramas del cerezo, o escuchando radio. Siempre se estaba agitando. Y la muerte de mi papá no modificó en nada su ritmo frenético.

Ella es una de las personas que más me ha explicado la psicología de mi padre. Fuera de mi madre, nadie conocía mejor sus hábitos. Fresia vivía en nuestra casa, le lavaba la ropa, preparaba la comida, ordenaba su habitación y estudiaba sus costumbres para anticipar. Lo único en que no se metía era en los utensilios de pesca. Ahí nadie se metía, excepto mi hermana que a veces lo ayudaba a preparar un viaje. Mi padre era un excelente pescador de agua dulce. Lo dice todo el mundo, empezando por Fresia, que no sabe de pesca, ni de río ni de mar.

Una vez, cuando todavía era niño, mi madre me mostró el canasto donde metía las truchas y las carpas muertas. Olía mal. También me mostró la caja metálica con las moscas y los anzuelos, los plomos, los flotadores y las cucharas. Los carretes iban aparte. También me mostró las cañas, porque tenía varias, más largas, más flexibles, de una pieza o desmontables. Ese día me regaló la gorra de pescador que usaba para el sol y para la lluvia. No sé qué la hice. Era niño y no entendí que esa gorra era importante, porque era de mi papá. Las cosas simplemente me gustaban o no me gustaban. Sus botas de goma estuvieron un tiempo detrás de la puerta, hasta que desaparecieron. Me quedaban grandes y no me importó que un día no estuviesen más en su sitio.

Si hubiese tenido papá, hubiese sido más cuidadoso con esos detalles, porque habría entendido que no era cualquier gorra ni eran unas botas sucias. Sabría que un objeto de un papá no es un objeto cualquiera. Pero era muy pequeño para entender los misterios de los sentimientos. Yo sabía del amor, pero del otro, del que sentía por la niña que a veces me miraba y que yo espiaba en el colegio; Verónica se llamaba, de ella sí me acuerdo, era bonita y era buena alumna, no como yo que tenía malas notas. Supongo que a ella sus padres la ayudaban a hacer las tareas. Eso facilita las cosas, pero mi mamá no tenía tiempo, siempre trabajando o encerrada en el baño llorando. Nosotros la escuchábamos y le veíamos la cara en la mesa, nunca con apetito, como si hubiese cenado en el hospital antes de regresar a la casa. De mi papá tampoco recibía ayuda por razones obvias.

Creo que mi vida no cambió sustancialmente con la muerte de mi padre. Como dije antes, algunos aspectos mejoraron, como la actitud de los adultos hacia mí y mi hermana, todo el mundo más tolerante. También mi madre, menos exigente con el equilibrio en nuestra alimentación, podíamos permutar la betarraga por una dosis suplementaria de puré, y Fresia nos dedicaba más tiempo. En el colegio, paradójicamente, nada sufrió modificaciones, ni en las notas, que no subieron, ni en la maestra, que se hizo la desentendida. Tampoco disminuyeron los castigos y las tareas, siempre excesivas. Verónica no se dio por enterada hasta mucho más tarde. Un día, algunas semanas después del suceso, quizás meses, en el recreo de las diez, aunque pudo haber sido en el segundo recreo, de pronto me dijo de sopetón que mi padre había muerto. El tono no fue de interrogación, sino de información, como si yo no estuviese enterado. Si sé, le respondí. ¿Entonces por qué no me habías dicho nada?, me soltó con ese sonsonete de reproche inconfundible en las niñas que no soportan que uno piense en otra cosa que no sea ellas. Fue una falta de confianza de mi parte, lo reconozco, un olvido imperdonable, porque nuestra relación merecía que se lo dijera. Recuerdo ese impasse como un obstáculo en nuestra relación. Estaba ofendida y dolida. Creo que para ella fue más grave que yo no le hubiera informado, que la misma muerte de mi padre. A veces, en una situación, la importancia que adquiere un componente de esa misma situación es desproporcionada al papel que juega ese componente en el conjunto de la situación. Con las mujeres a menudo sucede eso: se enojan con uno por errores que uno comete sin mala intención y pierden la dimensión de lo global. Al menos eso me indicaba mi experiencia, corta, dado que a los ocho años no había tenido la ocasión de conocer otra mujer además de Verónica.

La vida siguió su curso, alejándose semana a semana del accidente fatal. Ese año floreció el cerezo del patio de la casa, se llenó de copos de nieve, aunque no trajo la alegría que solía suscitar en la familia. Mi papá nos congregaba debajo del árbol para enseñarnos la evolución de los brotes. Mientras algunas ramas culminaban en un botón cerrado, en otras el capullo ya desplegaba sus pétalos blancos. De esa escena no me acuerdo, pero me la cuentan cada año en primavera, cuando florece el cerezo.

Era la época de Frei. Cuando mi padre murió, el Presidente de la República era Alessandri, pero cuando Verónica se ofendió conmigo y mi mamá dejó de obligarnos a comer betarragas y la gente era tolerante con mis desmanes, el Presidente era Frei. No sé qué opinaban de él los comunistas, porque después del accidente, el asunto del comunismo verdadero y del falso dejó de ser tema de conversación en la casa. La tragedia apaciguó los ímpetus de mis tíos, que consideraron que el ambiente no se prestaba para controversias ideológicas. Seguramente estimaron que la permanencia de mi madre en el partido adquiría una función terapéutica, que neutralizaba el extravío político que significaba integrar las filas del estalinismo.

La verdad es que no sé si ella siguió acudiendo a las reuniones de célula, por la condenada consulta que tuvo que abrir para subvenir a las necesidades de sus dos hijos, es decir, las mías y las de mi hermana, además de las de ella y las de Fresia, que vivía en nuestra casa. Las pacientes del hospital, más las de la consulta, no le dejaban mucho tiempo para pensar en el marxismo-leninismo, los proletarios del mundo y la Unión Soviética. No me cabe duda que no claudicó en ninguna de sus convicciones profundas, pero me temo que las prioridades cambiaron al encontrarse sola con dos hijos y un sueldo de empleado público, digno pero insuficiente. La sociedad no contemplaba el escenario de las madres solteras, al menos no en el nivel de clase-media-profesional, como se le llamaba a nuestra clase social.

No sé si Verónica era de clase-media-profesional, nunca fui a su casa ni le pregunté si su padre estaba muerto o qué hacía su mamá, pero todo indica que éramos parecidos. Me pregunto qué será de Verónica hoy, cincuenta años después, cómo habrá atravesado los períodos tumultuosos de la Unidad Popular y la dictadura. A mí me cambiaron de colegio antes del golpe, de tal manera que perdí el contacto con ella antes de ese fatídico 11 de septiembre de 1973, cuando la vida cambió para tantos chilenos. Eso sucedió diez años después de la muerte de mi padre. Me pregunto cómo hubiesen influido en mí y en mi familia esa brutal irrupción de los militares en la escena política si él hubiese estado vivo.

A los seis, siete, ocho años uno no se formula preguntas existenciales ni hace especulaciones sobre las variantes posibles en la vida, según si tal o cual evento no hubiese ocurrido. En esa primera mitad de la década del 60, nadie se preparaba para un golpe de Estado, menos yo que vivía pendiente de la relación inversamente proporcional entre las tareas y el tiempo con los amigos de la cuadra. Obviamente, me dolía cuando descubría a mi mamá en su sufrimiento, pero debo confesar que no era mi preocupación mayor. Y la ausencia prolongada y absoluta de mi padre iba rápidamente diluyendo su figura en mi volátil memoria.

Nunca había manifestaciones en la calle Santa Julia, donde jugábamos al fútbol o hacíamos carreras de patines. Los pocos vehículos que circulaban sabían que esa cuadra era peligrosa por los niños que se apoderaban del asfalto. No era una calle de tránsito hacia ninguna parte. Por ahí solo transitaban los vehículos de los habitantes del barrio o de las eventuales visitas a nuestros vecinos, lo que no era habitual durante la tarde. Tampoco había disputas políticas durante los encuentros con los tíos, a veces debajo del cerezo un domingo a la hora de once, un momento estelar porque había palta molida, manjar, pan amasado y a veces hasta helado y Fanta. El país parecía avanzar en paz y sin tropiezos. La señora del almacén, donde Fresia me mandaba a comprar algún ingrediente que le faltaba para un guiso, seguía dando «ñapa» y empacando con el mismo papel feo la harina y las lentejas. Nunca decía “no hay”, como sucedía después de que ganó las elecciones Allende, cuando Fresia ya no me decía anda a comprar medio kilo de arroz sino anda a ver si llegó arroz. En ese entonces yo ya era grande y militante, tenía quince años, pero algunas personas, sobre todo Fresia, mi mamá y mi hermana me reprochaban un comportamiento infantil, no sistemático, pero recurrente, especialmente cuando intervenía la imagen ausente de mi papá. Según ellas, cada vez que se hablaba de él o que él aparecía en una situación, yo retrocedía en la edad y actuaba como un niño de ocho años. Fresia fue la que empezó con esa observación.

En esa época en que no había manifestaciones en la calle Santa Julia, tampoco las había en el colegio, ni peleas entre los alumnos, excepto por la interpretación del recorrido de un trompo o el desvío de un tirito picado por una trinchera ilegal cavada en la tierra. A nadie se le pasaba por la mente tomarse el colegio y mantenerlo ocupado con guardias nocturnas durante el tiempo que definiese la asamblea. No sé si los más grandes hablaban de política. Creo que no. Creo que en esa época la política no abarcaba a los hijos de la clase-media-profesional.

Mi hermana me dirigía poco la palabra en la casa y nunca en el colegio. Solía estar enojada, lo que es comprensible dado que ella sí entendía lo de la muerte de nuestro padre. Manejaba información que yo no tenía, como, por ejemplo, que no lo veríamos nunca más. Antes del accidente era más comunicativa y se enojaba solamente cuando había una razón, lo que sucedía con frecuencia conmigo. Mi condición turbulenta repercutía en la convivencia pacífica que debíamos preservar en la habitación que compartíamos, a riesgo de transformar ese exiguo cuarto en un infierno.

Si el tiempo de mi padre se detuvo el día en que murió, también se detuvo en mí, al menos en lo que se refiere a mi yo relacionado con él. Así quedó formulado en la conclusión de la primera sesión de evaluación. Hay un tiempo común a todo el mundo, un tiempo convencional que todos acatamos para facilitar el funcionamiento de la vida entre los seres humanos, pero también hay un tiempo propio a cada uno de nosotros, o más bien varios tiempos propios, individuales. En mi caso existen por lo menos dos: en uno me estanqué en la edad que tenía cuando murió mi padre y en el otro sigo avanzando con el resto de la gente que me rodea. Los meses inmediatos a su muerte seguí progresando en la edad, esperándolo, hasta que entendí que él se había quedado atrás y entonces dejé de avanzar y me instalé en esa edad. Esos meses totalizan dos años aproximadamente. Calculo que tendría ocho años cuando empecé a relacionarme con él desde su ausencia. Estaba y no estaba. Yo tenía un papá, aunque nadie sabía que seguía teniéndolo, puesto que él había desaparecido físicamente. Lo tenía en la cabeza. Él dejó de cumplir años y yo paré de crecer. Él no envejeció y yo no soy adulto con él. Todos estos años he sido con él el niño que fue su hijo. Los años han transcurrido fuera de nuestro trato cotidiano, pero no en mi relación con él. Él sigue siendo médico y comunista porque no tuvo la ocasión de jubilar ni de retirarse del partido. Y yo sigo teniendo ocho años cuando me encuentro con él, cuando hablo con él y cuando sueño con él, cuando me comprende y cuando necesito su orientación.

Ahí estaba, cuando sacaba una mala nota a los siete años, a los ocho, sermoneándome, porque si bien no recuerdo ningún castigo, me han contado que era estricto. Y ahí está cada vez que miento, porque también es estricto en la honestidad, impecable en lo ético.

Muy difícil tener un padre intachable, que no tuvo tiempo para desviarse y cuya muerte borró sus faltas. Mi padre fue cada día más perfecto después de su muerte. Los amigos lo fueron perfeccionando con los años. Pasó de ser un simple pescador de domingo a «uno de los mejores pescadores con mosca del hemisferio sur». Con el tiempo crecieron las truchas y los salmones que capturó en los lagos del sur y en los ríos cordilleranos. Su latigazo era inigualable, y por supuesto devolvía sistemáticamente la presa, cumpliendo con las normativas legales de devolución de los peces.

Cuando fui adolescente, me interesé en la política, influenciado por las historias de compromiso con el pueblo de mi padre. Felizmente, su influencia no fue total. No ingresé al Partido Comunista sino a otro, de izquierda revolucionaria, un calificativo con el que nos diferenciábamos de los reformistas. Ni hoy ni en esa época de mi adolescencia recuerdo sus explicaciones sobre la sociedad y la injusticia social. Sin embargo, según parientes y amigos, incluida mi madre, en la mesa a menudo disertaba sobre burgueses y proletarios, explotadores y explotados, capitalismo opresor y socialismo liberador, con el ejemplo de la Unión Soviética, territorio liberado de clases dominantes y trabajadores sojuzgados.

No recuerdo banderas rojas con la hoz y el martillo en la casa, ni panfletos o pancartas, pero sí muchos libros de los grandes pensadores marxistas, excepto Trotsky, por supuesto, porque mi papá jamás permitió que el mal entrase en nuestra casa. Había que protegernos, en especial a mi hermana que, además de ser la mayor, era la única lectora.

Mi padre era de esas personas que no quisieran hacerle daño a nadie, pero que entienden que hay enemigos del pueblo que deben ser neutralizados, como los virus o los microbios cuyo efecto nocivo en los seres más frágiles él conocía bien por sus estudios de medicina. El médico es como el cuadro del partido: su función es salvar al pueblo desprotegido ante las múltiples amenazas que no percibe. Por eso leía textos de anatomía y de marxismo. Era un defensor de la salud pública y de la lucha de clases. Había que acabar con los parásitos, los que se multiplican en el vientre de los niños malnutridos y los que se enriquecen explotando a los obreros. En eso era categórico, como en la devolución de los peces en aquellos ríos donde estaba estipulado que los pescadores con mosca no podían quedarse con más de tres salmones, cualquiera sea su peso. Mi padre no hacía trampa en la vida.

Poco después de la muerte de mi padre, el papá de Verónica también se marchó de su casa. Nunca supimos dónde se había marchado, pero ya no estaba en casa de Verónica. Ella decía que no estaba muerto como el mío, porque lo veía de tiempo en tiempo, pero que su mamá lloraba como la mía. De pronto su papá dejó de estar en la mañana cuando el bus escolar la pasaba a recoger y en la noche cuando su mamá se sentaba al borde de su cama para desearle una noche de sueños bonitos. Ella dice que antes de su desaparición, su papá le contaba cuentos para ayudarla a dormir. El mío no. No puedo decir que echaba de menos sus lecturas en voz alta, porque los libros de marxismo y de anatomía los leía en voz baja y la lectura no estaba dirigida a mí ni se desarrollaba en mi cama.

A veces me tomaba la temperatura. Eso sí le gustaba. Esta temperatura es más fácil de medir que la temperatura política del país, decía riendo, este niño tiene fiebre de patines. Me hacía cosquillas, vamos a tener que aplicarle un masaje en las axilas. Era un juego más entretenido que los cuentos del papá de Verónica. Esa es de las pocas escenas que vislumbro en la bruma de esa etapa de mi vida y de la suya, que se nos acabó a los dos al mismo tiempo. Ambos nos detuvimos bruscamente en la edad que teníamos en ese momento dramático, como si a los actores les hubiesen cortado la luz del teatro en medio de una representación.

Si yo hubiese sabido que se iba a morir y no íbamos a poder hacer todas las cosas que está previsto que un padre y su hijo hagan juntos, no habría vivido esos seis primeros años de mi vida de la misma manera. Estoy seguro de que él tampoco. A diferencia del país, que no hubiese cambiado su rumbo. Nada de lo que sucedió hubiese sido diferente, excepto quizás algunos detalles en el servicio de medicina general del hospital J.J. Aguirre, donde trabajaba mi padre. Quiero creer que hubiese preferido pasar más tiempo con nosotros y menos con los pacientes, aunque quizás hubiese sido al revés. Tal vez se hubiese dedicado a militar en el partido con más fervor, con más sacrificio por la salvación de la clase subyugada.

La mamá de Verónica también se preocupaba por los pobres, pero desde otra perspectiva porque ella era católica y en esa época la iglesia católica y todos sus militantes se ocupaban de los pobres. Les llevaban la palabra del Señor, pero no el de la Unión Soviética, sino la de un señor muerto mucho antes que los muertos de mi papá y de mi mamá. Era otro discurso, que se parecía en algunos segmentos, pero que, según los amigos de mi papá, él no les encontraba ninguna similitud. No me atrevería a afirmar que la mamá de Verónica fumaba opio, pero parece que lo que los católicos le llevaban a los pobres no era la palabra del Señor muerto, sino puro opio.

Supe después que mi padre consagró varios fines de semana de ese año 1963 a la campaña presidencial, sacrificando incluso varias excursiones a pescar. Mi madre también se preparaba para esas elecciones con ilusión. Hasta que sobrevino el choque, mi padre se desvaneció y a ella dejaron de preocuparle los avatares de la política nacional. Allende dejó de ser motivo de esperanza. La tristeza no la dejaba dormir. Yo dormía profundamente, así que nunca la escuché deambular por la casa durante la noche, pero Fresia me contaba que se desvelaba y fumaba en el escritorio. En esa época los médicos no sabían que el cigarrillo era dañino para la salud. No sé si mi papá fumaba. Mi mamá estoy seguro que sí, puesto que a ella la seguí viendo en la época de la que guardo recuerdos ordenados.

Considero ordenados aquellos recuerdos en que logro distinguir los que presencié de los que me contaron. De mi mamá tengo la visión de ella sentada en la sala fumando, también en el patio debajo del cerezo.

El cerezo jugó un papel importante en mi vida. Con él aprendí a distinguir las cuatro estaciones, gracias a las explicaciones de mi padre que acompañaban la caída de las hojas y la aparición de los primeros frutos. A todos nos gustaba comer cerezas. Eran cerezas corazón de paloma, la variedad más carnosa y más grande. Yo era el recolector principal. Me encaramaba en el tronco, sostenido por mi padre para el primer impulso, al menos eso me cuenta mi mamá, luego me enroscaba entre las ramas, siguiendo las instrucciones de mi hermana que me guiaba hacia las extremidades más cargadas. Las moradas eran las más dulces. Había que actuar en el momento preciso, antes de que los pájaros las picaran.

No sé cuántos años viven los cerezos. De aquellas legendarias encaramadas para recolectar sus frutos han pasado más de cincuenta años, y hace más de cuarenta que nos mudamos de esa casa y que no he vuelto a ese patio de hermosos recuerdos. No debería hablar de hermosos recuerdos, ya que fue en ese escenario en que mi madre derramó sus lágrimas más amargas, pero la vida es así. Como la muerte, que no deja el sabor que corresponde a lo que es. Si uno muerde una cereza corazón de paloma, el sabor que nos deja en la boca es el que esperamos de una cereza de esas características: dulce, suave y rojo. De la cereza queda en el paladar sabor a cereza. No así de la muerte de alguien, que suscita reacciones que generan malentendidos. Por ejemplo, mi abuela presumía que yo no sufría la muerte de mi padre, porque me escuchaba gritando en las pichangas con los amigos de la cuadra. De mi comportamiento animado deducía que yo no lo quería. La profesora nos explicó la significación del verbo deducir con las matemáticas: si dos más dos son cuatro, se deduce que cuatro menos dos son dos. Si yo seguía pendiente de los juegos con los vecinos, ella deducía que no me dolía la ausencia irreversible de mi padre.

Eso pudo haber sido verdad al principio, cuando creía que él volvería, como nos tenía acostumbrados cada vez que se ausentaba a sus jornadas de pesca o al ejercicio de la actividad revolucionaria. Con él aprendí esa otra acepción de la palabra ejercicio. Para mí, la palabra ejercicio estaba relacionada únicamente con movimientos corporales, pero él la usaba también para referirse al ejercicio de la política, que no se traducía en contorsiones de ningún tipo, puesto que siempre lo hacía sentado en la sala de la casa o en el comedor durante las comidas con los amigos, los parientes y a veces los camaradas, quienes eran los que más ejercicios políticos hacían.

Quizás porque en ese patio del cerezo están almacenadas algunas de las pocas imágenes que conservo de mi padre es que tengo un recuerdo tan radiante de ese rincón de paz. Quizás también porque ahí fui un niño feliz, sin nadie que me exigiera ser adulto. En ese tiempo-espacio, ni mi madre ni mi hermana me obligaban aún a asumir la vida como un ser responsable y maduro. Nadie me repetía que las cosas de la vida no son juegos infantiles, ni la universidad, ni el trabajo, ni la pertenencia a un partido político.

Es muy extraño el efecto que produce la muerte en los allegados del fallecido. Su arbitrariedad acarrea una sensación de injusticia. Al no dejar pistas de las razones de su intromisión, la muerte siembra las conjeturas más diversas entre los que se quedan. Por qué él, es la interrogante más generalizada al momento de propagarse la noticia. Por la edad que yo tenía cuando murió mi padre, esa pregunta no me la formulé. El porqué de las cosas, que a esa edad uno usa mucho para introducir los temas de conversación con los adultos y que tanta hilaridad causa en ellos, no es un misterio que interesa a los niños. No recuerdo haberme preguntado la razón de que fuese mi padre el elegido y tampoco haber sentido rencor por lo injusto de la selección.

La muerte se presenta de improviso en el lugar menos indicado y se marcha remolonamente, dejando su reguero de dolor. Alguien pronunció esa frase solemne en aquella época de susurros y caras lánguidas y me quedó grabada (se la repetí al doctor, atribuyéndome su autoría. Me encanta desconcertarlos). El dolor era otra palabra cuyo significado para mí estaba restringido al cuerpo, como el ejercicio. Cuando escuché la frase, me representé a la muerte entrando a patadas en medio de una reunión familiar, golpeando y pisoteando a los presentes, para luego retirarse entre los cuerpos adoloridos de sus víctimas desparramadas sobre la alfombra ensangrentada. No manejaba todavía el concepto del dolor espiritual. Mi padre diría de la mente, porque no le gustaba eso de espiritual. Parece que a ningún comunista le gusta el término espiritual. Ellos creen en lo material, como yo en mi definición del dolor. En fin, la muerte me había dejado un sabor amargo en esa parte de mí que sabía que era irreversible. Uno de la junta evaluativa dijo que mi aparente desprendimiento era un mecanismo de defensa contra un dolor que crecía en lo más profundo del miedo a que mi papá no volviera.

Yo no decidí suspender deliberadamente mi tiempo en un limbo que detuvo su avance a mis ocho años y cuya lógica no me deja ser adulto con mi padre. A veces he intentado concebirlo anciano siendo yo adulto, pero no me siento a gusto con él en el territorio de la ficción. La única realidad posible es la que representamos él a los cuarenta y yo a los ocho, edad que tenía cuando terminé de aceptar que nunca más lo vería, como esos niños que de pronto entienden que Santa Claus no existe, ni los renos ni el trineo, y que son los padres quienes compran y disponen los regalos en el pino de la sala. Yo adulto y él anciano es una fantasía imposible.

No me parece una conducta sana entretenerme en imaginar que estamos sentados uno frente al otro con una copa de jerez departiendo sobre la guerra en Medio Oriente, si él ni sabe que la Unión Soviética se desmoronó. No sería sano ni para mi espíritu, que hoy sí diferencio del cuerpo, aunque todavía no sé de qué se trata, ni para él que ya ni materia posee, menos pensamiento y palabras propias.

Esa situación de ambos conversando en sendos sillones ni siquiera existió en nuestra corta vida común. Él sí estuvo infinidad de veces sentado en los sillones de la sala conversando, pero nunca conmigo. Yo también me encontré muchas veces en esa posición varios años después, pero no con él enfrente. Tampoco recuerdo haber presenciado una conversación entre él y mi hermana en la sala de la casa, aunque esa escena es verosímil. Además de ser mayor, mi hermana era capaz de desarrollar una idea y, por lo tanto, conversar. Mi hermana acaparaba la atención de mi papá. Mi papá era un señor serio, más dado a conversar que a dar brincos detrás de una pelota o a encaramarse en unos patines. Le gustaba leer, pero prefería conversar. Eso mi hermana lo entendió desde un principio. Yo trataba de atraer su atención con mis proezas en la cancha del barrio, que según mi madre él atendía con sumo interés, pero me temo que la técnica de mi hermana era más eficaz. Sacaba datos de la enciclopedia y hacía preguntas inteligentes.

No era un problema de madurez. Si hubiese tenido catorce años cuando murió, o doce, tampoco hubiese presentado el mismo atractivo para él que mi hermana. Los sentimientos requieren de un soporte para desarrollarse, como las orquídeas que necesitan de los árboles para vivir. Los sentimientos se diluyen y se pierden si no están sujetos a actos humanos, la palabra, el sexo, entre otras más sutiles, como las miradas o la genética.

Mi madre insiste en que mi papá nos quería a los dos por igual. No obstante, el puente que mi hermana fijaba para vehicular ese amor era más sólido. Mis hazañas no constituían un buen conductor para el amor. La agilidad, la fuerza, la destreza y la temeridad que demostraba para alcanzar las cerezas más grandes y maduras no eran agentes conductores de esa sorpresa admirativa que tanto favorece al amor paterno.

Me pregunto hasta dónde los niños, con el fin de seducir a los padres, adoptan actitudes que luego se transforman en los pilares de su vida adulta. Lo digo por mi hermana, que después de la muerte de nuestro padre siguió comportándose como a mi padre le gustaba que fuese la gente.

Como ya lo confesé, todo lo que sé sobre mi padre es el fruto de las historias mil veces reproducidas por las personas que compartieron vida con él. Un hijo de uno de los compañeros de pesca, actualmente fallecido, se apropió de las historias de su padre y actúa como comisionado de su legado. A veces se posesiona de tal manera del rol que jugó su padre en una escena de ese pasado glorioso y añorado, que al escucharlo uno se figura que él también estaba a orillas del lago Peñuelas la tarde en que perdieron los remos y tuvieron que remar con los platos de baquelita. Se llamaba Arturo, le decían Arturito, porque el papá también se llamaba Arturo, y tenía mi edad. Es mentira, por lo tanto, que le permitían subir al bote. No puede haber estado en el bote esa tarde inolvidable cuya rememoración nunca falla cuando se trata de espantar la tristeza, que a menudo agua la fiesta de los recuerdos.

Han pasado cincuenta años y todavía la tristeza se inmiscuye cuando se reúnen los viejitos y recuerdan «aquellos tiempos». En presencia de mi madre, de mi hermana o de mí, no pueden usar el proverbio que designa el tiempo pasado como siempre mejor. Probablemente lo es para la mayoría de ellos, pero no pueden proclamarlo frente a personas que guardan de esos años los recuerdos más amargos. Para ellos son remembranzas de una época en que eran jóvenes rebosantes de salud, felizmente casados todos ellos, con hijos también todos ellos, con profesiones prometedoras y hogares bien situados en un país de paz y libertad. Ninguno pertenecía a una clase social desfavorecida ni era víctima de las injusticias de un sistema que ellos mismos denunciaban como responsable de todos los males del pueblo. No eran todos comunistas, pero en esa época no lucía bien entre la clase media pensante sostener discursos apologéticos de un modelo económico que suscitaba tanta pobreza.

Una minoría no le echaba la culpa al modelo económico y explicaba esos fenómenos por la zanganería y el atraso cultural de unos tipos que se gastaban el sueldo en alcohol, pero la mayoría convenía en que el responsable era el sistema y sus mecanismos de opresión al servicio de los ricos, que mantenían a los pobres en el oscurantismo para explotarlos más fácilmente. Palabras más palabras menos, eso era lo que se decía en la sala antes de pasar a la mesa o en la mesa durante la comida o de nuevo en la sala después del postre. No sé si más tarde, cuando a los pequeños nos mandaban a la cama, se decían otras cosas más complejas o secretas. Mientras estábamos a la escucha, ese era el mensaje. Alessandri, Frei, Allende eran los nombres que más sonaban, además de Lenin y Carlos Marx. No recuerdo que se nombrara a Fidel Castro ni de un lado ni del otro, ni como solución ni como calamidad. Más adelante fue el convidado de piedra de todas las discusiones políticas, pero para ese entonces la revolución se había alejado momentáneamente de mi casa, espantada por la tristeza que se apoderó de sus cinco habitantes, ya que, además de Fresia, se vino mi abuela a vivir con nosotros.

Los comensales habituales de la calle Santa Julia acusaban a mi abuela de anticomunista primaria. Lo decían en broma, pero lo decían a cada rato. Hasta su hijo se reía de su aversión por los comunistas. También se burlaban de su catolicismo primitivo, pero eso con más respeto. La religión siempre se ha tratado con más respeto que la política. Dios daba más miedo que Stalin. En la historia de la humanidad siempre ha sido así. Ningún jefe político o militar ha causado entre los hombres más miedo que Dios. Eso es lo bueno de ser ateo, decía mi padre, no le tenemos miedo a Dios, puesto que no existe. Un miedo menos. Yo no estaba muy convencido de si existía o no, pero le tenía más miedo a sus represalias que a lo que pudiese hacerme el Presidente de la República. Nunca se me ocurrió que el Presidente pudiese hacerme algo por mentir. Dios sí. Afortunadamente, nunca estuvo pendiente de mí.

Mi abuela generalmente no participaba en las discusiones políticas ni estaba tan a menudo en la casa como después del fallecimiento de mi padre, cuando se instaló y con ella algunas cruces que parecían adornos en la pared, pero que estaban ahí para que no perdiéramos el rumbo. No nos ponía a rezar por respeto a la memoria atea de su hijo, pero Dios aparecía en sus parlamentos en los momentos más insólitos. De repente, en medio de una tarea de geometría, entre la hipotenusa y un ángulo obtuso, Dios salía en ayuda del triángulo que, de lo contrario, jamás lograría que los catetos y los vértices encontrasen la ubicación adecuada.

Nunca le exigió a mi mamá que nos bautizase ni nos confirmase ni nos comunionase ni tampoco que nos confesásemos, como sí lo tenía que hacer Arturito y también Verónica y varios de los amigos de la cuadra. Yo lo único que hice fue pedirle a mi mamá que me matriculase en clase de catecismo por si Verónica necesitaba ayuda. Ella me ayudaba en otras materias. La clase en sí no era ni más ni menos aburrida ni difícil que las otras. Las fechas de las batallas de la Independencia y el nombre de sus cabecillas eran igual de difíciles de retener que los nombres de los apóstoles y las fechas demasiado vagas de los episodios cardinales.

Fueron años en que el presente estaba inscrito en una miscelánea de eventos pasados, las anécdotas de mi padre, aquellas de los santos y mártires del catecismo y las gestas heroicas de los próceres de la patria. El presente lucía trivial en comparación con tantos eventos trascendentales del pasado. Mi amor por mi papá lucía minúsculo y mezquino al lado del amor de Jesús por el suyo o el de José Miguel Carrera por la patria.

No me atrevería a usar la palabra amor para referirme al sentimiento que dominaba mis pensamientos hacia Verónica, pero su imagen invadía gran parte de la raíz de esos pensamientos, es decir, mi cerebro. Tampoco quiero insinuar que sus miradas coquetas y sus sugerentes palabras eran el único nutriente de esa raíz, puesto que estaban las pichangas de la cuadra, pero debo reconocer que eran de los pocos sustentos alegres que en esa época irrigaban mi vapuleado cerebro. La maestra que al principio se hizo la indiferente, se volvió gentil, pero era profesora y yo era mal alumno, lo que obstaculiza el flujo de amor entre esas dos categorías humanas. Fresia tuvo que adjudicarse algunas funciones que mi madre no podía asumir por el abandono del hogar que le imponía su extendido horario de trabajo, y esa división de las prerrogativas la transformó en una autoridad, lo que tampoco ayudaba al buen desarrollo del amor con el gobernado indisciplinado que era yo. Mi abuela, más aferrada que nunca a su rosario, mi madre a sus lágrimas y mi hermana a su ostracismo no ayudaban tampoco a fomentar ese clima de amor y alegría que solo Verónica mantenía a flote.

Sé que estoy siendo injusto con los primos, Arturito y otros niños que rondaban en mi vida, pero tengo que decir que actuaban demasiado influidos por las recomendaciones de sus padres. Se notaba que sus actitudes hacia nosotros no eran naturales. Si te dejan ganar en todos los juegos, aun en aquellos que sabes que ellos son mejores, es porque algo no anda de manera espontánea. Es fácil imaginar las indicaciones que recibían de los adultos antes de depositarlos en nuestra casa: Acuérdense que a esos niños se les acaba de morir el papá y están tristes. Si el papá de ustedes se muriera, ¿les gustaría que vinieran los primos y les hicieran pasar un mal rato? De esa manera, los hijos de los tíos empezaron de pronto a darnos la razón en todo. Es agradable, pero si uno gana sistemáticamente en las competencias, el juego pierde interés.

Me pregunto qué tan diferente hubiese sido mi vida si no hubiese muerto mi papá. Las tropas del Pacto de Varsovia hubiesen entrado de todos modos en Praga en la primavera del 68, generando en los comunistas del mundo un proceso de reflexión individual, pero no colectivo, del que no hubiese escapado mi padre y que tal vez hubiese compartido con sus hijos, que ya tendríamos edad de empezar a interesarnos en algo más que el colegio y el barrio. También hubiese sido elegido Salvador Allende presidente de Chile en 1970, generando otra convulsión, mayor que la de Checoslovaquia para nosotros, puesto que en Chile lo que sucedía en Europa parecía lejano y exótico.

Creo que sería diferente a lo que soy, más seguro de mí mismo. A una edad demasiado temprana me tocó integrar la tristeza a ese abanico de sentimientos que conforman nuestro complejo universo interior, y esa irrupción violenta hizo de mí un ser temeroso. De no haber muerto él esa tarde, sospecho que no viviría siempre con miedo.

Cuántas veces he disertado sobre la importancia de no rehuir la tristeza, de entenderla como uno de los ingredientes que constituyen la felicidad. Hoy me pregunto si su integración a los seis años es tan sana como me gusta alegar. La tristeza está emparejada con el amor. Si no hay amor, no hay tristeza. No hay verdadero amor sin tristeza, suelo repetir en las conversaciones con los amigos. A ellos no se les murió el padre cuando eran niños y sin embargo tenemos un porcentaje equivalente de tristeza en el corazón. ¿Significa entonces que la muerte de mi padre fue anodina en lo que se refiere a mi capacidad para ser feliz? Si mi hermana sentía una tristeza mayor, ¿su amor era más verdadero?

En el transcurrir de los años, su ausencia determinó mis pasos. Todo hubiese sido distinto si él hubiese estado físicamente cerca de mí. Los acontecimientos políticos probablemente hubiesen repercutido en nosotros de manera similar, pero no igual. Ni hablar de las decisiones que tomamos; que tomó mi mamá, porque yo no tomé ninguna. Yo no decidía ni qué juego jugábamos en la cuadra, porque Lucho era más grande y él decía si nos tocaba los patines, las bolitas, la pelota o unos juegos estúpidos que él inventaba para ganar.

Lucho era el más tonto de todos nosotros, pero el más fuerte. En los juegos en que la inteligencia intervenía, él perdía. Solamente ganaba en la lucha libre y las carreras. Hasta en los patines hay que pensar para no perder el equilibrio y en las bolitas existe una estrategia. Se la traté de explicar a mi papá un domingo que no fue a pescar, pero no entendió. Por supuesto, no entendió por razones diferentes a las limitaciones de Lucho. Seguramente no entendió porque no me escuchó con la suficiente atención. A menudo se volvía distraído cuando yo le hablaba. Tengo en la memoria la imagen de él leyendo de reojo la prensa mientras yo le hablaba. No sabría decir si esa imagen corresponde a la explicación de la estrategia de las bolitas, pero si no fue en esa ocasión fue en otra similar.

No me extrañaría descubrir escondido en el fondo de mi subconsciente que el motivo de que nunca le haya hablado de Verónica a mi padre fue para no hacerla pasar por la humillación de su indiferencia. Misterios de la psicología que de niño no pude desentrañar, porque en esa época los comunistas despreciaban las masturbaciones-intelectuales-pequeñoburguesas. En mi casa los libros de Freud eran tan execrados como los de Trotsky, no por judíos, sino por enemigos del proletariado. Hoy pienso que su indiferencia no era displicencia, sino descuido, pero en esa época tampoco entendía de eufemismos.

Creo que Verónica no conoció mi casa en la calle Santa Julia. No la veo en el patio debajo del cerezo ni en la sala, ni siquiera en la vereda frente a la casa. Mejor, porque Lucho era seductor y al ser más grande tenía capacidad para conquistarla. Ella no tendría compasión por mí si le llegaba a gustar Lucho, aunque mi padre había muerto recientemente. La ley que rige en el amor es la misma de la jungla. Nadie espera que la leona tenga piedad por el venado porque es cojo. Verónica es inteligente, pero el amor encandila. Se hubiese dado cuenta demasiado tarde que Lucho era tonto. A veces uno se deja llevar por la apariencia física y no se detiene a observar el resto. La gente dice que es una característica de los hombres, pero yo creo que también las mujeres son a menudo víctimas de ese descuido. Afortunadamente, Verónica no conoció a Lucho y no hubo extravío. Tampoco conoció a Arturito, a quien no lo favorecía el físico, pero tenía el don de la palabra, otro atractivo engañoso.

Arturito y Lucho sí se conocieron, pero no congeniaron. A Arturito no le gustaban los juegos físicos, menos aún los bruscos, y Lucho detestaba los intelectuales. No sé si el calificativo “intelectual” puede aplicarse a un niño de ocho años. Lo usábamos en el colegio para describir a alguien que no servía para nada. Lucho no era del colegio, pero había visto innumerables películas gringas en que los tipos que pasan mucho tiempo leyendo y pensando son sospechosos. Los buenos disparan, pelean, besan mujeres bellas y son deportistas. Una división del trabajo que colocaba inexorablemente a Arturito en el campo de los malvados o los inútiles. Ni de arquero servía, porque según Lucho los intelectuales son distraídos y cobardes. Cuando Arturito nos visitaba con su mamá, nos quedábamos conversando en la casa y no salíamos a jugar.

Mi hermana tampoco permitió que Arturito entrara en su mundo por embustero. Una vez lo escuchó atribuirse un papel en una anécdota de mi papá en que a ella le constaba que no había tomado parte y desde entonces no le hablaba. Así era mi hermana, tajante. Cuando llegaba Arturito, mi hermana explicaba que tenía muchas tareas para entregar el lunes y se encerraba en el cuarto. Si no era invierno ni estaba lloviendo, Arturito y yo conversábamos en el patio, de lo contrario nos replegábamos a la habitación y hablábamos en clave para que ella no entendiera. En esa época nuestros secretos no eran vitales, como sí lo fueron algunos años después cuando nos reuníamos en la clandestinidad para reagrupar a los compañeros del FER dispersos por la represión de las primeras semanas que siguieron al golpe de Estado. Durante el año 1973 nuestras conversaciones en la casa de Ñuñoa, a veces en la misma habitación de mi hermana, también eran en clave, pero en ese caso justificadamente, a pesar de que mi hermana nos cedía el cuarto para no escuchar lo que era preferible ignorar. Mucho después supe que ella también tenía reuniones clandestinas con amigas de la universidad con quienes supuestamente preparaba exámenes.

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9789560013484
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