Kitabı oku: «El tesoro oculto de los Austrias»

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El tesoro oculto de los austrias

Llorente, Miguel Angel Heras

ISBN: 978-84-19042-80-4

1ª edición, agosto de 2020.

Editorial Autografía

Carrer d’Aragó, 472, 5º – 08013 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

Sumário

CAPITULO I

EL PARQUE DE LA FRESNEDA (LA GRANJILLA) – AÑO 1561

CAPITULO II

LA HERMANDAD DE LOS CUSTODIOS DEL TESORO – AÑO 1588

CAPITULO III

LA GRANJILLA (EL PARQUE DE LA FRESNEDA) – AÑO 2014

CAPITULO IV

CARTAGENA DE INDIAS – AÑO 1589

CAPITULO V

EL MONASTERIO DE EL ESCORIAL – AÑO 2014

CAPITULO VI

EL REGRESO – AÑO 1590

CAPÍTULO VII

CIUDAD DEL VATICANO – AÑO 1590

CAPÍTULO VIII

EL MONASTERIO DEL PARRAL – AÑO 2014

CAPITULO IX

CIUDAD DEL VATICANO – AÑO 2014

CAPITULO X

SEGOVIA IDA Y VUELTA – AÑO 2014

CAPITULO XI

EL VISITANTE EUROPEO – AÑO 2014

CAPÍTULO XII

LA IGLESIA DE LOS TEMPLARIOS – AÑO 2014

CAPITULO XIII

EL DESPERTAR DEL FARAÓN – AÑO 2014

CAPÍTULO XIV

TOCATA Y FUGA DEL PRIOR –AÑO 2014

CAPITULO XV

TESIS DOCTORAL – AÑO 2014

CAPÍTULO XVI

DONACIONES ANÓNIMAS – AÑO 2014

BIBLIOGAFRÍA SELECTA

CAPITULO I

EL PARQUE DE LA FRESNEDA (LA GRANJILLA) – AÑO 1561

Sobre un mullido colchón de lana holandés, completamente desnudos y fundidos en un solo cuerpo, retozaban el rey Felipe II y su amante Isabel Osorio de Cáceres abandonados al éxtasis del placer. De repente el sonido de los cascos de un caballo vino a interrumpir el mágico momento. Sobresaltada, Isabel se desembarazó del abrazo real, saltó de la cama y se dirigió hacia la ventana.

– ¿Por qué os alteráis tanto Isabel? – preguntó el rey con un tono que denotaba su enfado por verse privado repentinamente del placer compartido.

– Por suerte se trata de uno de los soldados de vuestra guardia – dijo Isabel un tanto aliviada –, pero podría haberse tratado de la llegada de mi padre, y no creo que hubiera sido conveniente ni para mí, ni para vos, que nos encontrase de esta guisa.

Isabel completamente desnuda y apoyando sus brazos sobre el quicio de la ventana, presentaba a contraluz ante el rey una imagen extremadamente sensual. Su gran cabellera negra se deslizaba a lo largo de la espalda hasta el final de la misma, donde aparecían unos turgentes glúteos en forma de corazón invertido que descansaban sobre la esbeltez de unas interminables piernas.

El monarca pensaba que de haber estado cerca su pintor de cámara, le habría ordenado pintar un retrato de Isabel de espaldas, tal y como se encontraba en ese momento, para poder contemplar su desnudez cuando se le antojase. Tan erótica figura avivó en el monarca aun más los deseos de poseer a su amante.

– Querida mía, no os inquietéis y volved junto a mí para que concluyamos lo que hemos comenzado. Una vez hayamos calmado este deseo incontenible, os haré partícipe de algo que evitará que vuestro padre ose aparecer por aquí sin mi previa autorización.

Tras haber dado rienda suelta a sus instintos carnales, Felipe II relató a su amante lo que hacía ya una semana había notificado a su secretario, Pedro de Hoyo, sobre el encargo de adquirir toda la Heredad de la Fresneda. A estas alturas ya debería haber iniciado negociaciones con todos los propietarios, entre los que además del padre de Isabel, Álvaro Osorio de Cáceres, estaban las monjas de San Vicente de Segovia, Jerónimo Mercado, su tío Francisco de Peñalosa y doña Águeda de Avendaño.

– Pero majestad, estáis hablando de más de 2.300 hectáreas – dijo con fascinación Isabel - ¿Qué pensáis hacer con semejante extensión de tierra?

– No se si seré capaz de describiros con palabras el proyecto que tengo en mente, pero habéis de saber que se trata del mayor edificio construido en la historia de la humanidad – explicaba el rey como si estuviera teniendo una visión –. Gozará de unas dimensiones colosales construido como una gran mole granítica, que albergará además de un convento y una gran basílica, la biblioteca mejor dotada del mundo, un panteón para que reposen los cuerpos sin vida de mis padres y de las futuras familias reales y por supuesto, un palacio real.

Los futuros proyectos ocupaban la mente del monarca, recostado en el lecho junto a su amante, mientras ésta dedicaba sus pensamientos a urdir la mejor estrategia para ocupar cada vez más, un papel preponderante en la vida y voluntad de Felipe II.

La ambiciosa Isabel estaba convencida de que su pretensión no podía resultar vana, ya que estaba dedicando todo su cuerpo, en exclusividad, a los placeres del hombre más poderoso del mundo.

* * *

Durante los años siguientes y en un área segregada de aproximadamente 140 hectáreas, de las 2.300 originalmente adquiridas, tal y como era el deseo del monarca se construyó el denominado Parque de la Fresneda, espacio reservado para recreo y descanso de Felipe II. Además de la Casa de Su Majestad, readecuada a partir de una edificación existente, también se construyó anexa a la torre en la que periódicamente el rey y su amante satisfacían sin ningún pudor sus deseos sexuales, la Casa de los Frailes. En esta edificación se instalaron los primeros frailes jerónimos mientras se construía el Monasterio de El Escorial. La primera piedra se colocó el 23 de abril de 1563, dando comienzo la aventura de la construcción de una de las mayores obras de arquitectura e ingeniería vistas hasta la fecha.

Mientras continuaba la construcción del monasterio, Isabel se instaló en la Casa de Su Majestad en el Parque de la Fresneda, quedando a su cargo tanto el mantenimiento de la misma, como la responsabilidad de que todo estuviese dispuesto cuando la familia real se desplazara hasta ese lugar para su uso y disfrute.

El parque se había transformado en uno de los lugares predilectos de la propia reina, la cual se deleitaba con largos paseos a través de senderos arbolados y alrededor de grandes estanques de agua, donde hacía tan sólo unos años no había más que una era desarbolada.

En esos mismos años, Felipe II e Isabel continuaron con su relación extramarital y se entregaban a la pasión carnal cada vez que el rey, aprovechando que tenía que supervisar el avance de las obras del monasterio, se desplazaba a El Escorial sin la compañía de la reina y pernoctaba en el Parque de la Fresneda junto a su amante. No obstante, no todo fue disfrute y deleite. Por una parte, la entonces reina y tercera esposa de Felipe II, Isabel de Valois, fue alertada por personas de su confianza de las escapadas del rey. Por otra parte, los monjes jerónimos se encontraban en el mismo parque a tan solo unos metros de la Casa de Su Majestad. Ambos, intentaron no pocas veces influir en el rey para que pusiera fin a esa relación pecaminosa.

Felipe II anunció varias veces a su amante que, muy a su pesar, su relación no podría continuar por más tiempo, ya que cada día eran mayores las presiones que tenía que soportar por parte de la reina y de los jerónimos. De continuar con esa relación podrían verse envueltos en un escándalo mayúsculo que ni todo el poder real sería capaz de atenuar. Pero la conversación siempre concluía del mismo modo en cuanto Isabel Osorio, utilizando sus armas de mujer y exhibiendo sus sensuales encantos femeninos, encandilaba al rey para terminar en el mismo lecho en el que hacían el amor apasionadamente. No obstante, Isabel no se conformaba con ser sólo la amante del rey y siempre tenía en mente aspirar a algo más, no desdeñando la posibilidad de sustituir algún día a la caprichosa Isabel de Valois como reina del vasto imperio español.

Todo ello trajo como consecuencia la creación de dos bandos. Por una parte la reina Isabel de Valois y los monjes jerónimos, y por otra Isabel Osorio como amante en solitario. El rey Felipe II, que se encontraba en medio del problema, se dedicaba a templar gaitas con mucha mano izquierda. Isabel, pese a las miradas inquisitoriales de los monjes jerónimos y a los continuos desdenes que tenía que sufrir por parte de la reina, no estaba dispuesta a rendirse y renunciar al favor del rey. Vivía en un lugar privilegiado, contando con un maravilloso entorno natural en el que además, podía gozar de los placeres carnales que su amante le proporcionaba.

La construcción del Monasterio de El Escorial continuaba progresando y creciendo día a día. Ello, había provocado que llegasen al pueblo de El Escorial miles de personas en busca de trabajo, las cuales se unían a la gran cantidad de expertos en las distintas artes y oficios que por encargo del rey habían llegado de toda Europa, especialmente de los Países Bajos e Italia. Por ello, no era inusual escuchar vocablos, frases, órdenes y conversaciones en distintos idiomas.

De esta manera, El Escorial llego a convertirse en un centro políglota, donde además se desarrollaban las técnicas más avanzadas de ingeniería, arquitectura, escultura y jardinería de la época. Todo lo cual contribuyó, de una forma natural, al desarrollo de las artes y las lenguas en un lugar donde, hasta aquel entonces, sus habitantes sólo se habían dedicado a labores de agricultura y pastoreo. Ese fue otro de los incentivos de la época para que cada vez afluyeran mas personas, multiplicando el número de habitantes de la antaño pequeña población.

– Majestad, ¿dónde habéis adquirido todos los conocimientos necesarios para realizar ese colosal monasterio que ya se empieza a vislumbrar? – preguntó Isabel durante uno de los paseos que realizaba junto al rey. Solían caminar alrededor de uno de los estanques del Parque de la Fresneda, ante la mirada acusatoria de los monjes jerónimos con los que se cruzaban.

– Ya sabéis que dediqué varios años de mi juventud a recorrer toda Europa, donde pude apreciar la belleza y hermosura de múltiples edificios y jardines. Allí también, tuve la suerte de conocer a numerosos artistas en distintas especialidades. Antes de mi regreso a España acordé con muchos de ellos su contratación para cuando empezasen las distintas obras que tenía en mente para modernizar nuestro imperio. Debemos ponernos a la altura de las mejores naciones europeas, y para ello necesitamos contar con los mejores.

El rey continuó explicando a su amante que no sólo dedicaba sus esfuerzos y recursos al Monasterio de El Escorial, ya que también había reconstruido y ampliado los alcázares de Toledo y Madrid, utilizando este último como palacio principal y residencia del Gobierno.

– Además, recordad que hace unos años hice que viniera desde Italia Juan Bautista de Toledo, quien es realmente el arquitecto que ha sabido captar las ideas que yo traía de Europa y hacerlas realidad. Algún día tendréis que acompañarme al Palacio de Aranjuez para que veáis la maravilla que allí hemos logrado, transformando un perímetro de casi treinta y cuatro kilómetros en un jardín inmenso.

Isabel quería mostrarse interesada con el relato del rey, ya que su astucia le hacía ver claramente que ese tema agradaba sobremanera al monarca. Y para mantener vivo el tema de conversación, preguntó cómo habían conseguido esa transformación en Aranjuez.

– El propio Juan Bautista ha sido el artífice – continuó el soberano -, ya que con sus ideas de ingeniería no sólo ha conseguido que el río Tajo sea navegable en un tramo, sino que también ha resuelto el problema de irrigación para facilitar el regadío de la zona. Además ordené traer cinco mil árboles de Flandes y trasladar diversos frutales desde Francia. También he conseguido gran variedad de plantas exóticas que han transportado nuestras flotas procedentes de la Indias.

– Lo que no entiendo es como podréis mantener tal cantidad de árboles y plantas – continuó con curiosidad Isabel.

El rey confesó que se había ocupado personalmente de la llegada de numerosos jardineros holandeses que estaban considerados como los mejores del mundo en aspectos relacionados con el paisajismo.

Felipe II, pensaba que su amante disfrutaba con el tema de conversación, aunque no imaginaba la verdadera razón. Así que, estimulado por el aparente interés de Isabel, aprovechó para continuar con su disertación. En ella dejaba traslucir su pasión por la arquitectura y la jardinería clásica que había surgido en el Renacimiento italiano, a la que el mismo complementó con la riqueza floral típica del mundo inglés, germánico y sobre todo flamenco. Explicó como, por ejemplo, había transformado el Palacio de Valsaín en una hermosa casa de campo rodeada de bosques. También relató como sus ideas las puso en práctica en primer lugar en el Palacio del Pardo, en el cual cambió el techo al modo de Flandes, para lo cual llegaron carpinteros flamencos expertos desde aquel país para ejecutar la remodelación.

– Majestad, sé de sobra que cuando no venís a visitarme pasáis largos períodos en Aranjuez o Valsaín, y ahora que os escucho con la pasión y entusiasmo con que habláis de esos lugares, me pregunto si no esconderéis también en esos dos palacios otras tantas amantes que satisfagan vuestra virilidad.

– Querida Isabel – dijo el rey con cierta ternura -, ya sabéis de sobra que toda la pasión la guardo sólo para vos.

– No sé si creeros – dijo Isabel haciéndose la pícara. Y viendo que el rey estaba en tan buena disposición, no dudó en aprovechar la oportunidad que parecía brindársele -. En todo caso quería pediros un favor.

– Decidme y si está en mi mano se os concederá – dijo el rey con la solemnidad propia de un monarca acostumbrado a las solicitudes de sus súbditos.

– Veréis, no tengo inconveniente en seguir soportando los continuos desdenes de la reina, ya que comprendo sus celos, que por otra parte son totalmente legítimos, pero lo que no puedo soportar es a ese grupo de cucarachas que murmuran continuamente. Además, estoy segura de que hacen conjuros para separarme de vos - dijo la amante sin ocultar su irritación.

– ¿A quiénes os referís con el pseudónimo de cucarachas? – preguntó el rey intentando ocultar una sonrisa para evitar que Isabel se irritara aun más.

– Majestad, sabéis de sobra que me refiero a esos monjes jerónimos que andan siempre rondando por aquí como espías. Tampoco sé, por qué gozan tan especialmente de vuestro favor frente a otras órdenes religiosas – continuó Isabel sin disminuir su enfado.

Felipe II explicó entonces, que la orden de los jerónimos había sido elegida hacía años por el emperador Carlos V y que él, como hijo, no estaba dispuesto a quebrantar la voluntad de su padre. Además, su presencia tenía un propósito específico, ya que el rey tenía la intención de traer los restos de sus padres para que guardasen descanso eterno en el panteón que se construiría en el Monasterio de El Escorial.

– Y los monjes jerónimos serán los encargados de entonar constantes plegarias por el reposo de mis padres y los restantes miembros de la familia real cuando les llegue su hora.

– Entonces, ¡llevaos a esos monjes al monasterio, y que desaparezcan de este parque! – insistió Isabel un tanto envalentonada y no pudiendo disimular la animadversión que profesaba hacia los jerónimos, a quienes consideraba un escollo para sus propósitos.

Felipe II, no contaba con los monjes jerónimos sólo para rezar a los muertos. En realidad, ya desde el reinado de su padre, se habían convertido en los mejores consejeros del rey para todo tipo de decisiones. Una de esas decisiones había sido la ubicación del Monasterio en El Escorial, la cual fue sugerida por el prior de esa orden religiosa.

– ¡No creo que estéis en posición de exigir nada de vuestro rey! – dijo el soberano tensando el rictus.

– Perdonad Majestad, no era mi intención – dijo una Isabel sumisa arrodillándose frente al monarca y tomando sus manos para besarlas.

En ese momento fue consciente de que traicionada por el odio que sentía hacia los jerónimos, había perdido la compostura frente a su soberano, perjudicando a la postre su propio interés.

Finalmente, el rey aplacó su cólera y se compadeció de Isabel ayudando a su amante a levantarse sujetándole por los brazos. No obstante, ella no se atrevió a levantar la mirada. Entonces el soberano, con un dulce gesto, puso sus dedos bajo la barbilla de Isabel obligándole a elevar el rostro hasta que sus ojos se encontraron.

A continuación y con la mirada cautiva por la belleza de Isabel, Felipe II le comunicó que estaban a punto de concluirse algunas obras del monasterio. De esa forma, antes de lo esperado, se facilitaría el acomodo de los monjes y la familia real en una parte del magno edificio.

– Así que es muy probable, que la reina no vuelva por este lugar. Y los monjes sólo vendrán durante periodos muy concretos para su relajo.

Isabel no cabía de gozo ante la buena nueva que el rey le había comunicado. En ese momento, estaba más segura que nunca de que sus planes de aumentar su influencia en el monarca seguirían creciendo día a día.

Efectivamente en 1567, concluyeron las obras de áreas del monasterio lo suficientemente amplias como para albergar al monarca junto con una parte de su corte, las caballerizas y por supuesto a los monjes jerónimos, quienes se trasladaron desde el Parque de la Fresneda. Dos monjes quedaron en la Casa de los Frailes para mantenimiento de la misma y así poder recibir a otros hermanos que cada año en primavera y otoño se recluían allí, para el obligado descanso de sus actividades religiosas.

Ese año de 1567 supuso una victoria para las intenciones de Isabel, debido a la salida del parque de la mayoría de los jerónimos. Sin embargo para el rey fue uno de los años de más triste recuerdo, ya que falleció su arquitecto y amigo Juan Bautista de Toledo.

En esos tiempos, la decisión más urgente de Felipe II versaba sobre el nombramiento del arquitecto principal del Monasterio del El Escorial, de forma que no se perdiese el ritmo de las obras y se mantuviese la impronta y el buen hacer de Juan Bautista. Para ello, consultó con los que siempre habían sido sus mejores consejeros, especialmente en las decisiones relativas al monasterio, que además del arquitecto recientemente fallecido eran su secretario de obras Pedro de Hoyo y los monjes jerónimos.

– Siento que algo de culpa he debido tener en la muerte de nuestro añorado Juan Bautista – dijo el rey al inicio de la reunión con sus consejeros -. Es posible que le haya exigido demasiadas cosas a la vez. No sólo ha llevado la carga del colosal esfuerzo que supone liderar las obras del Monasterio del El Escorial, sino que además no le he permitido descanso alguno obligándole a ocuparse también de la remodelación de mis otros palacios. Y lo extraño, es que jamás le he escuchado, emitir una sola queja.

– No os atormentéis Majestad – intervino el prior de los jerónimos -. La razón de su muerte es otra, y lo digo por las numerosas conversaciones que mantuve con Juan Bautista. En más de una ocasión, me confesó que su alma murió el día que le dieron la noticia del naufragio del buque que traía desde Nápoles a su mujer y sus hijos. Además, también insistía a menudo en que el trabajo era la mejor distracción para olvidarse de la pena que le estaba consumiendo en vida.

– Bueno – continuó el monarca -, en todo caso nos apremia encontrar a alguien que ocupe el lugar de nuestro arquitecto. Necesitamos una persona que, teniendo los conocimientos técnicos necesarios para liderar esta obra, esté a la vez imbuido del estilo de Juan Bautista.

– También debe ser alguien que conozca perfectamente el lugar y a los diferentes grupos de oficios y artesanos que actualmente laboran en el monasterio – anotó el prior de los jerónimos -. Debe haber pocas personas que cumplan con esos requisitos

– Majestad – intervino el secretario Pedro de Hoyo -, si me permitís creo que conozco al candidato más adecuado.

– Decidlo ya sin más demora – requirió el monarca.

– Se trata del que desde hace cuatro años ha venido actuando como hombre de confianza y asistente de Juan Bautista de Toledo – dijo el secretario de obras Pedro de Hoyo haciendo una pausa que a Felipe II se le estaba antojando interminable –. Me refiero al arquitecto Juan de Herrera.

El rey ordenó que trajeran a su presencia al candidato. Teniendo en cuenta que la reunión se estaba celebrando en los aposentos provisionales que se habían habilitado en el propio monasterio para el monarca y su corte, Juan de Herrera fue localizado en otra zona del monasterio donde estaba dirigiendo la instalación de una nueva grúa, operación que quedó suspendida hasta su regreso.

– Me han informado de vuestras aptitudes – comenzó el rey a modo de introducción –. Y lo más importante es que gozabais de la confianza de nuestro admirado Juan Bautista.

– Majestad – dijo Juan de Herrera inclinándose ante el monarca -, el maestro Juan Bautista es insustituible, pero estoy aquí a vuestro servicio para cumplir vuestros deseos.

A pesar de la protocolaria respuesta del candidato, para Felipe II no pasó inadvertido el carácter un tanto arrogante e impulsivo de Juan de Herrera, en comparación con la prudencia y mesura de su predecesor. No obstante, el monarca también tuvo en consideración, que no vendría nada mal a su colosal obra un nuevo impulso de un hombre que, aparentemente, tenía los bríos y el entusiasmo necesarios para ello.

Quedaba por demostrar, si el nuevo arquitecto también contaba con los conocimientos técnicos adecuados, así como la capacidad para organizar la cantidad de laborantes dedicados a la consecución de un mismo objetivo. Pero ese, era un riesgo que el rey estaba dispuesto a correr, otorgando a Juan de Herrera un margen de confianza. El tiempo sería la única forma de dilucidar si la decisión tomada había sido acertada.

Desde ese momento el Monasterio de El Escorial tuvo un nuevo arquitecto que se mantuvo en el puesto hasta la conclusión de la magna obra.

El mismo día que Juan de Herrera fue nombrado arquitecto principal del monasterio, el rey Felipe II no pernoctó en los aposentos provisionales del monasterio, sino que lo hizo en la Casa de Su Majestad, en el Parque de la Fresneda, junto a su amante Isabel Osorio de Cáceres. La frecuencia de los encuentros entre el monarca y su amante en esa época aumentó considerablemente. En uno de ellos, Isabel decidió que tenía que aprovechar la oportunidad para mejorar su posición, dando un paso más en la consecución de sus objetivos.

Isabel, que había sido anunciada previamente de la visita del rey, se engalanó con su mejor atuendo para recibirle. Para la ocasión, indicó a su criada que le ajustase un pocos más el corsé, hasta el punto de dificultar su respiración. Pero de esta forma lucía un talle más esbelto, si cabía, lo que unido a un generoso escote resaltaba aun más sus turgentes pechos. Como tantas otras veces, ambos amantes ansiaban el encuentro.

– Majestad – dijo Isabel haciendo una reverencia frente a la puerta de la Casa de Su Majestad -, aquí tenéis a vuestra humilde servidora.

El rey besó la mano de Isabel y se deleitó unos instantes contemplando y admirando su belleza.

– Pareciere querida Isabel, como si no pasaran los años por vos – dijo el rey sin soltar la mano de su amante -. Vuestra hermosura es cada día más radiante.

– También Su Majestad se ha conservado muy bien durante estos años – dijo Isabel devolviendo el cumplido y aprovechando para insinuar, que algo habría contribuido ella a ese estado de conservación real.

El monarca como siempre que se reunía con su amante describió con todo lujo de detalles los últimos avances relativos a las obras del monasterio. Representando su papel como siempre, Isabel escuchó el relato totalmente cautivada por el mismo. Esta vez además, se sentía más feliz aun por encontrar nuevamente a un Felipe II entusiasmado con su obra, lo cual no sucedía desde la muerte de Juan Bautista de Toledo. Por ese motivo, y teniendo en cuenta que estaba urgida por aflojarse el corsé, en ese mismo instante decidió que era el momento idóneo para avanzar con su plan y no dudó en aprovecharlo.

– Majestad, por favor entrad en la que es vuestra casa, que yo también quiero comunicaros algo – dijo Isabel sin dejar traslucir nada de lo que pensaba decir a continuación.

Seguidamente, subieron a los aposentos del primer piso e Isabel condujo a Felipe II directamente a la estancia donde hacía pocas semanas, habían hecho el amor por última vez.

– Y bien Isabel – dijo el rey suponiendo que si estaban en esa estancia no podía ser más que para un encuentro sexual -, qué es eso tan importante que tenéis que comunicarme.

En ese momento Isabel comenzó a despojarse de sus ropas, pidiendo al Felipe II que le ayudase a despojarse del corsé, cuya opresión no era capaz de soportar por más tiempo.

En un instante, quedó completamente desnuda frente al monarca. Sin más dilación y sin haber cruzado una sola palabra, Felipe II imitó a su amada despojándose a su vez de sus vestimentas. Una vez desnudos los dos amantes, el soberano intentó abrazar a su amante para levantarla y llevarla hasta el jergón, pero sorpresivamente Isabel le detuvo poniendo su mano sobre el pecho del monarca con el brazo extendido para mantener la distancia.

– Aun no os he comunicado nada – dijo Isabel insinuándose pero manteniendo a distancia al monarca totalmente excitado.

– Decid lo que sea y dejad de jugar conmigo – dijo un Felipe II impaciente ante la contemplación de un cuerpo rebosante de sensualidad.

– Mi rey – dijo por fin Isabel -, quiero que me dejéis preñada.

Esa frase con el tono lascivo con el que fue pronunciada, fue el detonante para que el monarca no pudiera controlar por más tiempo sus hormonas. Tumbó a Isabel en el jergón boca abajo y la montó con tal ímpetu, como si de una yegua de las caballerizas reales se tratase.

Ella dejó que su amante disfrutase del momento hasta que llegó al éxtasis y se derramó completamente en su interior. Ahora sólo había que esperar que la semilla depositada por el rey en el cuerpo de Isabel culminase con el éxito de la fecundación.

Por si acaso y para mayor seguridad, Isabel utilizó todas sus armas de mujer para que, a partir de aquel día, todos los encuentros terminasen con los dos amantes yaciendo rodeados de un deseo y una pasión incontenibles, especialmente para el monarca.

El resultado no se hizo esperar, y a los pocos meses el cuerpo de Isabel comenzó a experimentar una serie de cambios. Lo más notable fue el aumento de sus ya prominentes pechos, no pasando tampoco inadvertido el progresivo aumento de su abdomen semana tras semana.

Como era previsible, el 10 de agosto de 1568, festividad de San Lorenzo, nació un niño al que su madre puso por nombre Álvaro, en honor a su abuelo materno, y Lorenzo por ser el santo del día. Como apellido figuraba Osorio de Cáceres, que era el de la madre, por no conocerse los del padre. A pesar de ello, por toda la corte y otros mentideros, circulaba el rumor muy fundado de que en realidad se trataba de un bastardo del rey. Por ese motivo, Isabel pensaba que el niño debería haberse llamado, Álvaro Lorenzo de Austria Osorio de Cáceres.

Aquel año de 1568, podría haber supuesto para Isabel Osorio el culmen de sus aspiraciones en la consolidación de su relación con el rey, al haber concebido con él un hijo varón. Sin embargo, otros acontecimientos trascendentales sucedidos ese mismo año dieron al traste con todos los planes de la amante.

La muerte de Isabel de Valois a causa de un accidente cuando galopaba en un caballo, y sobre todo la del infante don Carlos, hicieron caer a Felipe II en una profunda depresión acuciada por un sentimiento de culpabilidad.

El rey, como ferviente católico, pensaba que todo se debía a un castigo divino por su comportamiento pecaminoso al mantener relaciones con su amante. Este pensamiento era también alimentado por el prior de los jerónimos, que desde hacía tiempo había recomendado al monarca terminar con esa relación.

Durante los dos años siguientes, el rey evitó los encuentros con su amante, salvo por visitas esporádicas que se limitaban a interesarse por la salud del niño Álvaro, dedicándose en cuerpo y alma a la remodelación y construcción de sus palacios, con especial énfasis en el Monasterio de El Escorial.

La falta de relaciones sexuales con el rey, no preocupaban en absoluto a Isabel, ya que no sólo había concebido un hijo de sangre real, sino que en esos momento era el único heredero varón vivo del monarca. Tales pensamientos estimulaban a Isabel para no cejar en su empeño de intentar retomar su relación con el monarca.

Estaba convencida que el duelo por la pérdida de la esposa y el hijo terminaría algún día y todo volvería a ser como antes. Incluso, la situación podría mejorar para su propósito final, ya que por el momento no había razón alguna que impidiese que ella se postulase como futura reina, lo que a la vez facilitaría el camino a su hijo Álvaro como príncipe heredero.

Por ello, además de dedicarse a criar a su hijo en el saludable ambiente del Parque de la Fresneda, se acercaba cada semana a las inmediaciones de las obras del monasterio. Su intención no era otra que hacerse la encontradiza con el rey, con el firme propósito de despertar su atención.

En numerosas ocasiones Isabel divisó al monarca, pero nunca consiguió aproximarse lo suficiente para dejarse ver, ya que Felipe II siempre llegaba rodeado de cortesanos. Además, su guardia personal no permitía que nadie se acercase al rey.

No obstante y aunque era consciente, después de varios intentos, de que sólo podría encontrarse con el soberano cuando éste lo tuviese a bien, Isabel seguía visitando regularmente las obras del monasterio cautivada por el avance de las mismas, y siendo consciente de la magnitud de la edificación que día a día iba tomando forma para convertirse en algo realmente colosal.

Aquello se asemejaba a un hormiguero gigante, en el que las hormigas eran la cantidad de artesanos y obreros de los distintos oficios que se contaban por millares. La actividad era frenética y había numerosos artilugios que alguien explicó que se llamaban grúas. Tal y como pudo observar la propia Isabel, servían para elevar los enormes y pesados sillares de granito. Poco a poco, convenientemente colocados unos sobre otros iban conformando la gran y compacta mole granítica que estaba aflorando donde antes sólo estaba la falda de una montaña pelada. La imagen era la de una enorme edificación surgiendo de las entrañas de la tierra, como si los montes circundantes se encargasen de acunarla y protegerla.

Toda la actividad económica, consecuencia de la construcción del Monasterio, inevitablemente trajo asociada al mismo tiempo un submundo de delincuencia, pobreza y degeneración.

En aquellos tiempos, no era extraño ver como se aproximaban a El Escorial numerosos mendigos, algunos de ellos ciegos con sus lazarillos. También afloraron en las calles y tabernas numerosas prostitutas que vendían su cuerpo a cualquiera sin recato alguno. Adicionalmente, aumentaron el pillaje y las borracheras, con sus correspondientes disturbios, los cuales se acrecentaban los días en los que los obreros del Monasterio percibían su salario.

Esa población paralela se fue configurando alrededor de aquellos trabajadores, junto con la instalación de diferentes negocios para dar servicio a los propios trabajadores y a las gentes de la corte. Los cortesanos, se desplazaban a El Escorial cada vez con más asiduidad, y así la pequeña población original se fue convirtiendo en un urbe con actividades políticas, comerciales, artísticas y culturales de unas dimensiones considerables.

Después de dos años de duelo, el rey tomó la firme decisión de volver a casarse, y teniendo claro quien sería su próxima esposa volvió al Parque de la Fresneda para visitar a Isabel Osorio, la cual esperaba impaciente la llegada del monarca, convencida de que había llegado el momento de retomar su relación como amantes e intentar obtener, de una vez por todas, el reconocimiento de la paternidad de su hijo Álvaro.

Como siempre la dama esperó al rey en el exterior de la casa junto a la puerta de entrada, engalanada con sus mejores atuendos intentando como siempre resaltar su sensualidad. Estaba entusiasmada con lo que la visita del soberano podía suponer para ella misma y para el hijo de ambos, al que la nodriza mantenía bien visible entre sus brazos.

Todo estaba sucediendo tal y como Isabel había previsto. Llevaba mucho tiempo preparándose para lo que creía que el rey estaba a punto de comunicarle.

– Querida mía, veo que os mantenéis tan espléndida como siempre, incluso me atrevería a afirmar que la maternidad os ha rejuvenecido– empezó el rey con un cumplido que hizo pensar a Isabel que todo transcurría según sus planes -. Y viendo lo que vuestra criada tiene en los brazos, no me cabe duda alguna que estáis criando perfectamente a vuestro hijo, bastando simplemente con observar el saludable aspecto que presenta.

– Gracias Majestad – respondió una gozosa Isabel para a continuación insistir con su estrategia -. Sin embargo, no todo el mérito es mío, ya que por sus venas corre vuestra misma sangre. Además buena parte de la salud de Álvaro, se debe al favor con que nos obsequiáis permitiéndonos vivir en este paraje sin que nada nos falte.

– De eso precisamente quería hablaros – dijo el rey manteniendo el tono jovial con el que había llegado.

Isabel no cabía de gozo pensando que por fin el rey le pediría que se casara con él, reconocería públicamente a su hijo y le presentaría en la corte como su legítimo sucesor al trono.

– Como seguramente sabréis, próximamente contraeré matrimonio.

– Tarde o temprano tenía que suceder Majestad – dijo Isabel convencida que todo seguía según el guión trazado en su mente -, todo rey debe tener a su lado una reina.

Isabel hizo un gesto a la nodriza para que se retirase con el niño y seguidamente entraron en la casa. Se dirigieron directamente al salón principal, que era el aposento más noble de la estancia, y se acomodaron en sendos sillones que tenían a su espalda un gran tapiz gobelino que representaba una escena de caza.

– Lo que os quería decir Isabel – continuó el rey esta vez con el semblante serio -, es que como vos misma sabéis, mis tres anteriores matrimonios estuvieron dirigidos por razones de estado, y en los dos primeros casos también obligado por mi padre.

Felipe II siguió explicando que se casó con María de Portugal en 1543 para intentar integrar ese reino en el imperio, pero no tuvo con ella demasiado tiempo para el amor, ya que falleció en 1545. Justo cuatro días después del parto en el que dio a luz al malogrado infante don Carlos, quien también había dejado este mundo hacía tan solo dos años.

Después relató como en su matrimonio con María Tudor (María I de Inglaterra) en 1554, prácticamente no hubo relaciones sexuales, en parte por la diferencia de edad existente entre ambos contrayentes, él tenía veintiséis años y ella treinta y siete. También influyó de forma decisiva, la falta de comunicación, ya que aunque ella era hija de española y por ello entendía bastante la lengua de su madre, no la hablaba.

Por consiguiente, aunque permanecieron juntos durante algo más de un año, Felipe II no intervino en los asuntos de Inglaterra. El monarca español dedicó la mayor parte de su tiempo a supervisar en la lejanía las cuestiones políticas que afectaban directamente a Italia, América y España.

– Como todo el mundo sabe, después de un año regresé al continente para asistir a los distintos actos de abdicación de mi padre el emperador, y sustituirle en todas sus funciones. Y ya sabéis que desde entonces no volví a ver a la reina de Inglaterra, quien murió posteriormente en noviembre de 1558.

El monarca continuó relatando como el fallecimiento de María Tudor le permitió contraer un nuevo matrimonio, también con fines políticos. Esta vez para estrechar lazos con la vecina Francia.

– No hace falta que os cuente como fue mi matrimonio con Isabel de Valois – dijo Felipe II mirando directamente a su antigua amante con ternura -. Vos misma lo habéis vivido en primera persona, pues habéis sido objeto en numerosas ocasiones de los menosprecios de la reina. Aunque su muerte fue un trágico accidente, y por ello me apena, he de reconocer que llegué a estar un poco harto de sus caprichos y despilfarros económicos.

En ese momento el rey hizo una pausa estableciéndose entre los dos un silencio que Isabel no se atrevió a romper.

Hasta ese instante, sus planes no se habían visto alterados. Sin embargo, no sabía si la emoción que sentía en ese momento, le permitiría permanecer impasible esperando que el rey finalmente, le comunicase lo que tanto tiempo llevaba esperando, lo cual colmaría finalmente todas sus expectativas.

Repentinamente, el rey se levantó de su asiento y empezó a caminar con pasos lentos pero firmes desde su sillón hasta el de Isabel en dirección paralela al tapiz gobelino. Daba la impresión de estar buscando las palabras adecuadas para lo que a continuación tenía que trasmitir.

Intentando ganar tiempo para ordenar en su mente lo que a continuación se disponía a revelar, Felipe II se dedicó por unos instantes a contemplar la escena de caza del tapiz. En ella se representaba un jabalí recién lanceado, que era rodeado y acosado por una jauría de perros, mientras sendos caballeros contemplaban impasibles la agonía del animal desde sus respectivas monturas.

– Esta vez no hay intrigas políticas ni razones de estado, me caso completamente enamorado – dijo por fin el rey con toda solemnidad, caminando con las manos entrelazadas a su espalda, con la mirada clavada en el suelo, levantándola esporádicamente cada vez que daba la vuelta y se paraba para observar nuevamente la escena de caza del tapiz, pero evitando en todo momento mirar directamente a su antigua amante.

En ese instante, Isabel se levantó de su sillón con la firme intención de abrazar a su antiguo amante.

– ¡Oh, Majestad! – exclamó Isabel -. No sabéis que dichosa me hacéis sentir con esas palabras.

– ¡Un momento! – dijo el monarca al tiempo que rechazaba con firmeza el abrazo de la dama -. ¿No habréis pensado…? Quizás no me he expresado con suficiente claridad, pero habéis de saber que de quien estoy profundamente enamorado es de mi prima Ana.

Repentinamente, Isabel cambió el rictus de confianza y felicidad, por otro en el que se mezclaban los sentimientos de sorpresa, tristeza y preocupación. Toda la habitación empezó a dar vueltas a su alrededor, no sabía si el monarca seguía hablando, pero ella no escuchaba absolutamente nada. Finalmente, se desplomó en el sillón del que se había levantado súbitamente con la intención de abrazar al rey, lo que le permitió evitar un desmayo inminente, pero sin poder evitar que su mente se centrara en las consecuencias que se derivarían de las manifestaciones del rey.

Felipe II no quiso dar tiempo a que hubiese más interpretaciones equivocadas, por lo que continuó con lo que quería transmitir a Isabel, antes de que ésta perdiese el sentido y no pudiese escuchar toda su alocución.

– Por esa razón he venido a comunicaros personalmente que tendréis que abandonar las estancias del Parque de la Fresneda a la mayor brevedad posible – manifestó el monarca sin abandonar la solemnidad de su tono.

Isabel se quedó totalmente petrificada agarrándose con fuera a los brazos de su asiento. No se atrevió a pronunciar palabra alguna, ya que temía no poder controlarse y romper a llorar desconsoladamente. Lo último que deseaba, era mostrarse como una plañidera ante quien era el padre de su hijo y que, durante mucho tiempo, había sido su amante. Frente al silencio de Isabel, el rey aprovechó para continuar manifestando las decisiones que había tomado.

– Os trasladaréis a Madrid a una casa que he dispuesto con el correspondiente servicio, además recibiréis una pensión que os permitirá vivir con holgura tanto a vos como a vuestro hijo.

El monarca hizo una pausa para observar la reacción de Isabel, la cual se limitaba a escuchar sin mover un solo músculo, impidiendo así que el rey percibiera la rabia y llanto contenidos.

– Por último – continuó Felipe II –, en vista de que vuestra relación con los jerónimos es de todo punto imposible, la vivienda en la que os acomodaréis está situada junto al convento de los agustinos, los cuales se encargarán de la educación del niño hasta que se convierta en un hombre. En ese momento, vendrá a visitarme y en función de sus aptitudes planificaremos su futuro en los quehaceres del imperio.

Tras la última palabra pronunciada, el monarca dio media vuelta y sin mediar despedida alguna desapareció por la misma puerta por la que había ingresado hacía tan solo unos minutos.

Nada más quedarse a solas, Isabel rompió en un llanto desconsolado acompañado con lamentos desgarradores. En ese estado permaneció en completa soledad durante casi una hora. No había pasado desapercibido para ella, que en ningún momento el rey se había referido a Álvaro como hijo propio. Una vez mitigada en parte la rabia contenida y habiendo recuperado el control de sus actos, acudió junto a la cuna del bastardo del rey, que en ese momento dormía plácidamente.

– Juro ante Dios Nuestro Señor – sentenció enjugándose las lágrimas y mirando fijamente al niño -, que dedicaré lo que me reste de vida a que ocupes el lugar que te corresponde. Como hijo natural que eres del rey, heredarás una parte de su vasto imperio.

Al año siguiente, mientras Isabel se había adaptado a su nueva vida en Madrid con un niño de tres años, nació el primer hijo de la reina Ana y Felipe II, el infante don Fernando. Ello, unido a otro suceso ocurrido también en 1571, hizo pensar al rey que Dios le había perdonado por sus anteriores aventuras amorosas y por tanto gozaba nuevamente del favor Divino.

El otro suceso de 1571, fue la mayor batalla naval del siglo, la cual enfrentó en el mar Mediterráneo a dos enormes flotas, que representaban cada una a las religiones imperantes en el mundo. La flota turca contaba con más de 220 buques en los que navegaban un número superior a 50.000 hombres, mientras que la flota cristiana llegaba escasamente a 200 embarcaciones y unos 40.000 hombres.

Siendo Felipe II el mayor contribuyente de la flota cristiana, se acordó que el mando supremo de la misma estuviese a cargo del hermanastro del rey, don Juan de Austria.

Contra todo pronóstico, la mañana del 7 de octubre de 1571, la flota cristiana derrotaba en el golfo de Lepanto a la gran potencia musulmana. La batalla terminó para los turcos con un saldo de 30.000 bajas, además de otros 3.000 hombres que fueron hechos prisioneros.

La victoria en esta batalla, fue un revulsivo rejuvenecedor para Felipe II, quien lo interpretó, junto con el nacimiento del infante don Fernando, como un signo inequívoco de reconciliación con su Dios.

En el último trimestre de 1572, cuando Álvaro tenía cuatro años recién cumplidos, empezó su educación de la mano de los padres agustinos que, sabiendo perfectamente de quien se trataba y por quien venía recomendado, acogieron al niño como si de un infante de la familia real se tratase. Ello impulsó aun más la buena relación de Isabel con el padre Guillermo Galdeano, prior de los agustinos por aquel entonces, quien además tenía en común con la madre de Álvaro su animadversión hacia los monjes jerónimos, debido al favor especial con que desde hacía años contaban, primero por parte del emperador Carlos V y ahora de su hijo el rey Felipe II.

Al año siguiente, se truncó la felicidad que había disfrutado ininterrumpidamente el soberano desde su matrimonio con la reina Ana. La pena y la tristeza invadieron nuevamente al monarca debido a la muerte de su hermana menor Juana, a la que estaba muy unido. Cuando cayó enferma fue trasladada al Monasterio de El Escorial, donde permaneció hasta el día de su fallecimiento el 8 de septiembre de 1573, estando Felipe II junto a su lecho en el momento del óbito.

Transcurrieron cinco años más en los que Álvaro fue creciendo y educándose convenientemente con la idea de comenzar la siguiente etapa de su formación al finalizar el verano de ese año de 1578, justo después de haber cumplido los 10 años de edad.

Hasta el comienzo de ese año, Isabel había albergado la esperanza de que Álvaro fuese finalmente reconocido por el rey como hijo legítimo, con lo que ello podría llegar a suponer. Pero sus planes se vieron truncados, cuando la reina Ana dio a luz un nuevo varón. El 16 de abril vio la luz, quien con el trascurrir de los años llegaría a ser el rey Felipe III. La diferencia de edad entre el futuro rey y su hermanastro Álvaro era casi de diez años.

Aquel año de 1578 también llegó a España la triste noticia de la muerte de don Juan de Austria, concretamente el 1 de octubre, cuando contaba 32 años de edad y transcurridos casi siete años después de su gran victoria en la Batalla de Lepanto. Antes de su muerte, don Juan comandaba los Tercios de Flandes en los Países Bajos, y las extrañas circunstancias de su muerte indujeron al astuto prior de los agustinos a elaborar una estratagema. Su idea era intentar poner en una situación delicada al rey, de forma que requiriese la ayuda de los agustinos, la cual estos utilizarían convenientemente para obtener alguna ventaja frente a los jerónimos.

Para llevar a cabo su plan, el padre Galdeano sabía que necesitaría la alianza de alguien que tuviera contactos, y en quien pudiese depositar su confianza. En ese momento se le ocurrió que la persona más adecuada sería Isabel Osorio, la madre de su pupilo Álvaro, por lo que envió un mensaje a la dama para concertar una reunión secreta con ella.

– Señora, supongo que estáis al corriente de la reciente muerte de don Juan de Austria – dijo el prior dando por hecho que todo el mundo en España era conocedor del suceso.

– Por supuesto padre – respondió Isabel -, no se habla de otra cosa estos días en las calles de Madrid.

– Pero de lo que probablemente no se habla es de lo que nadie se atreve a decir, salvo en círculos muy reducidos.

– ¿Qué estáis insinuando?

– Fuentes de la confianza más absoluta, me han informado que don Juan fue envenenado por orden del propio Felipe II - dijo el prior sin titubear lo más mínimo.

– ¿Por qué haría el rey algo así? – preguntó Isabel que no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.

El agustino desarrolló su argumento explicando como desde la Batalla de Lepanto, la fama de don Juan había crecido considerablemente, y como cada día aumentaba tras sus éxitos al mando de los Tercios de Flandes.

– Todo ello ha contribuido a despertar en el monarca unos celos hacia su hermanastro, pensando que podría llegar a convertirse en una amenaza para el trono de seguir creciendo su popularidad.

– Y ¿por qué me contáis a mí todo esto? – insistió Isabel con cierto aire de desinterés.

– Porque estoy planeando traer el cuerpo de don Juan a España, para que sea enterrado con los honores que merece por sus hazañas, y como hijo del emperador y hermanastro del rey legítimamente reconocido.

Isabel continuaba sin entender que papel jugaba ella en esa historia, por lo que sin hablar hizo un gesto interrogante para que el padre Guillermo Galdeano continuase con su disertación.

– Vos señora, deberíais ser la primera interesada en lo que me propongo respecto a don Juan. Vuestro hijo Álvaro está viviendo la misma situación que don Juan antes de ser reconocido como hijo legítimo por el emperador. Hasta ese momento, y siendo niño, se le conocía en la corte como Jeromín. Es menester que Álvaro obtenga los mismos privilegios, por lo que su linaje debería ser reconocido en algún momento.

Ahora si que entendía Isabel como sacar provecho del plan que con tanta sagacidad estaba urdiendo el astuto agustino. En ese momento empezó a imaginar a su hijo convertido en un auténtico príncipe real, interviniendo junto a su padre en las decisiones del imperio. No obstante, enseguida salió de su ensoñación, ya que aquello no se le antojaba como una tarea fácil.

– Sin embargo – continuó el padre Galdeano percibiendo que había ganado a su interlocutora para la causa -, la intención actual de nuestro rey es que el cuerpo de don Juan de Austria permanezca enterrado en los Países Bajos. La intención del monarca, es que sus hazañas y su imagen se vayan difuminando poco a poco para que, con el tiempo, el antaño Jeromín quede finalmente en el olvido.

– Ahora os entiendo – dijo Isabel convencida de la oportunidad que se le presentaba, por una parte para desquitarse del repudio que le infringió el rey, y por otra, para cimentar las bases que en un futuro servirían de apoyo para fundamentar la posición de su hijo -, contad conmigo para todo lo que esté en mi mano.

El prior explicó, cómo el cadáver de don Juan debía entrar en España clandestinamente y con todo sigilo, para evitar que los espías del rey le pusiesen sobre aviso y se fuese toda la operación al traste. Además, si les descubrían las consecuencias serían imprevisibles, podían terminar ajusticiados o cuando menos pasar el resto de sus días pudriéndose en una mazmorra.

– Una vez en España necesito que con los contactos que tenéis, hagáis correr la voz de que unos leales transportan el cuerpo de don Juan de Austria hacia El Escorial. De esta forma, si el rey intenta oponerse se originará una revuelta popular, que nosotros los agustinos, a través de nuestras iglesias, nos encargaremos de fomentar si llegare el caso – manifestó el padre Galdeano mostrando la seguridad de quien tiene todo controlado -. Y cuando llegue el momento de apaciguar la revuelta, nosotros seremos más útiles al rey que sus queridos jerónimos.

– Ya veo que habéis planeado todo perfectamente – dijo Isabel entusiasmada con la idea.

Unos meses más tarde, en una noche de luna llena de la primavera de 1579, un grupo compuesto por seis hombres perfectamente escogidos, con todo sigilo y sin que nadie ajeno a la operación pudiese advertirlo, exhumaron el cuerpo de don Juan de Austria, enterrado en Namur, para su traslado secreto hasta España.

Con el fin de evitar ser descubiertos, el cuerpo se cortó por las articulaciones y fue embalsamado y embalado en bolsas de cuero. El transporte se realizó por tierra para evitar el riesgo de su pérdida en una probable tempestad marina. Ochenta de los incondicionales de Don Juan, que combatieron en sus últimas campañas, custodiaron el cuerpo de su comandante durante todo el trayecto.

Una vez en España se dirigieron directamente al Monasterio de Parraces, donde el cuerpo se recompuso nuevamente y se introdujo en un ataúd. Ahora ya, sin ningún tipo de ocultación, y una vez trasmitida la noticia a todos los rincones de la península, se inició la última etapa de su traslado definitivo hacia El Escorial.

Durante el trayecto, el cortejo fúnebre con el ataúd de Don Juan y sus leales recibió vítores y aplausos de las gentes apostada a los lados del camino. En algunas poblaciones, incluso las autoridades de las mismas recibieron con honores la llegada de la comitiva fúnebre.

– ¿Por qué no he sido informado de la exhumación y traslado a España del cuerpo de mi hermanastro? – requirió un colérico Felipe II.

– Perdonad Majestad – dijo su secretario nervioso -, pero no hemos tenido conocimiento del hecho hasta que ha salido el cadáver del Monasterio de Parraces.

– ¡Alguien perteneciente al círculo más íntimo de don Juan ha tenido que organizar toda la operación, y quiero saber quien ha sido! – exigió el rey sin disimular su enfado.

– Me temo Majestad que no existe una cabeza pensante – expresó titubeante uno de sus ministros -, sino que todo se debe a una reacción en masa protagonizada por los leales de don Juan, que como sabéis no son pocos.

– Y ahora, ¿qué actitud debe adoptar el rey? – preguntó Felipe II dirigiendo una mirada inquisitoria a todos sus consejeros.

Ninguno de ellos se atrevía a sugerir nada al respecto, hasta que el sabio prior de los jerónimos tomó la palabra.

– Creo que lo más sensato e inteligente en estos momentos, es que recibáis el cuerpo de vuestro hermanastro y preparéis un entierro en este monasterio. Y os sugiero humildemente que se haga con todos lo honores que merece un miembro de la Casa de Austria, héroe de la batalla de Lepanto y de los Tercios de Flandes.

– ¿Estáis insinuando que encumbremos aun más su figura después de muerto?

– Exactamente eso es lo que os aconsejo – insistió el monje mientras el resto de consejeros permanecían en silencio en un segundo plano.

– ¡Y qué gano yo con ello! – rugió el monarca.

– Tened en cuenta – continuó el prior con toda la calma propia de su condición – que existe un clamor popular a favor de la figura de don Juan como si de un mártir se tratase. Con un entierro honorable, vos mismo os pondrías al frente de ese clamor ganando para vuestra causa a todo el pueblo.

A regañadientes, el rey aceptó el sabio consejo del prior de los jerónimos, lo cual dejó sin efecto la estratagema del prior de los agustinos para encender la mecha de la esperada revuelta popular.

– Parece que vuestro plan finalmente no se ha desarrollado como esperabais – dijo Isabel al padre Galdeano con cierto aire de frustración.

– Estoy seguro que esa decisión, de no oponerse a la llegada de Don Juan, no se le ha ocurrido al rey. La mente astuta de ese viejo monje jerónimo, ha vislumbrado lo que se podía originar y ha salvado nuevamente a su rey.

Sin más controversias, el 24 de mayo de 1579 don Juan de Austria era enterrado en el Monasterio de El Escorial con los máximos honores.

Aun así, Isabel por su parte quedó bastante satisfecha por la forma en que se habían desarrollado los acontecimientos. Pensaba, que ése era sin duda un hito más para que su hijo Álvaro recibiera algún día, el mismo grado de reconocimiento que había recibido don Juan de Austria. Con ello, tarde o temprano, se convertiría en el infante Álvaro de Austria. Ello, sin embargo, no hizo que en Isabel se aplacase el odio que sentía hacia el monarca y sus queridos jerónimos.

Felipe II sufrió otro duro golpe un año más tarde en 1580. Encontrándose batallando en la guerra en Portugal, recibió la noticia de la muerte de su querida reina Ana. Se produjo en Extremadura debido a una epidemia, y el rey no pudo siquiera asistir a las ceremonias del sepelio, al tener que mantenerse al frente de su ejército. Por otra parte, aunque no sirvió de consuelo para el monarca, resolvió con relativa rapidez el problema portugués obteniendo una victoria contundente sin apenas sufrir bajas en su ejército.

El príncipe Felipe III tenía tan solo 2 años de edad cuando murió la reina Ana, por lo que Isabel deseaba y esperaba que el niño corriese la misma suerte que su madre. De momento había desaparecido la mujer que a lo largo de diez años había sido la causa del distanciamiento del rey, tanto de ella como de su hijo, así como de su expulsión del Parque de la Fresneda. Por ello, a pesar del intenso odio interior que sentía, Isabel volvió a albergar esperanzas de conseguir un nuevo acercamiento al monarca.

Con estos pensamientos en mente, decidió que la única forma era desplazándose a El Escorial. A través del padre Guillermo Galdeano consiguió que los agustinos adquiriesen una casa en las inmediaciones del monasterio, donde ella y su hijo, que estaba en plena adolescencia, pasarían inadvertidos. Así, una vez que la primavera dio paso a los calores del verano, se desplazaron desde la capital hasta el clima más saludable de la Sierra del Guadarrama.

– Padre Guillermo – dijo Isabel una vez instalada en la casa escurialense de los agustinos -, podéis contar con que si consigo reconstruir mi relación con el rey hablaré a favor de vuestra orden.

– Eso espero señora – dijo el prior complacido -, pero no se como conseguiréis acercaros al monarca. Recordad que cuando volvió de la campaña portuguesa, le pedisteis audiencia para trasmitirle vuestras condolencias por el fallecimiento de la reina y sin embargo no accedió. Así que, os será muy difícil penetrar en la fortaleza que suponen los muros del monasterio.

– Lo sé – convino Isabel -, pero no pretendo traspasar esos muros, y por eso e indagado sobre las costumbres del rey extramuros del monasterio.

– ¿Habéis averiguado algo que os pueda ser de utilidad? – preguntó interesado el prior agustino.

Isabel explicó como había llegado a saber que en vida de la reina Ana, Felipe II tenía por costumbre desplazarse hasta una roca situada hacia el sur, a unos tres kilómetros del monasterio, que resultó ser un mirador privilegiado desde donde el rey podía divisar con una amplia panorámica el desarrollo de las obras.

– El pico de la roca fue cortado para obtener una base plana – siguió explicando Isabel tal y como se lo habían trasmitido a ella misma -, excepto en sus dos extremos norte y sur, donde fueron labradas en la roca una y tres sillas respectivamente. En las tres que están enfrentadas a la fachada sur del monasterio se sentaban el rey, la reina y un infante, mientras que en la de enfrente se sentaba el arquitecto Juan de Herrera para dar al monarca las explicaciones oportunas.

– Eso era en vida de la reina – apuntó el padre Galdeano -, pero quizás tras su muerte, el rey no haya vuelto a ese lugar.

– Ya me he informado de ello – dijo Isabel triunfante – y parece ser, que las visitas del monarca a ese lugar, que ya es conocido como “Silla de Felipe II”, son cada vez más frecuentes.

Con su plan perfectamente trazado, Isabel y Álvaro, acompañados por el prior agustino, se desplazaron una calurosa tarde de verano hacia la Silla de Felipe II. Al llegar al lugar, ascendieron hasta el promontorio formado en la parte más alta a través de unos escalones labrados en la propia roca para facilitar su acceso. Una vez en lo alto quedaron maravillados ante la panorámica que se desplegaba frente ellos, resaltada aun más al tener el sol de poniente que se proyectaba como un foco sobre el bosque, que tenían a sus pies, y el colosal edificio de granito que como un gigante resaltaba sobre lo diminutas que a su lado parecían las casas de la población escurialense.

– Ven Álvaro – reclamó Isabel -, siéntate aquí, que es donde se sientan los hijos del rey, yo me sentaré donde solía sentarse la reina, y usted padre Guillermo haga las veces de rey sentándose entre nosotros dos.

El prior se sonrojó ante la propuesta de Isabel y declinó su ofrecimiento desplazándose hasta la silla que supuestamente ocupaba el arquitecto principal del monasterio.

Durante ese verano, repitieron la misma excursión varias veces. Con ello buscaban la coincidencia con el rey, aunque sin éxito alguno. No obstante, no cejaron en su empeño, entre otras razones porque la excursión en esa época del año era por sí misma muy saludable. Teniendo en cuenta la belleza de las vistas que se disfrutaban desde el mirador real, lo tomaban como un regalo del cielo.

Cuando ya no albergaban ninguna esperanza, un día en que los calores del verano resultaban sofocantes, los tres excursionistas habituales intentando llegar a la Silla de Felipe II, se encontraron con que el monarca ya se estaba allí con Juan de Herrera. Sin embargo, la guardia real no permitía el acceso al lugar hasta que el rey concluyese su visita.

Finalmente, el monarca se retiró hacia el monasterio totalmente escoltado, sin posibilidad alguna de que nadie se aproximase al cortejo real. A partir de ese día, Isabel fue consciente de que ella por si misma no podría acceder al monarca. Por consiguiente, tendría que esperar hasta que Álvaro alcanzase los 18 años de edad, para que fuese él quien accediese al soberano.

La falta de éxito para restaurar su relación con el rey no fue óbice para que año tras año, todos los veranos Isabel y Álvaro se desplazaran hasta El Escorial para alojarse en la misma casa que allí tenían los agustinos. Buscaban el frescor de la sierra y siguieron siendo fieles a sus reiteradas excursiones a la Silla de Felipe II.

Desde la privilegiada situación que les proporcionaba la vista que tenían frente a ellos sentados en los asientos de piedra, se deleitaban con la maravilla que suponía, tanto la obra del monasterio que estaba concluyéndose, como el entorno natural que la rodeaba.

Al igual que madre e hijo, numerosas familias de distinta alcurnia y abolengo, acudían asiduamente al robledal que rodeaba la peña donde se encontraba la ya famosa silla, donde no faltaban las fuentes de agua fresca para aliviar la sed que provocaba el calor del verano. Algunas marquesas y condesas, iban acompañadas de sus hijos, otras de sus amigas o damas de compañía, y todas ellas con la correspondiente calesa con su cochero y algún que otro lacayo.

También eran frecuentes por esos parajes los encuentros furtivos de enamorados, que aprovechaban la clandestinidad que proporcionaban algunas rocas o la espesura de los árboles del bosque, para dar rienda suelta a sus pasiones sin la mirada vigilante e inquisitiva de la madre o aya correspondiente.

Por su parte, desde la pérdida de la reina Ana, al monarca le invadió una tristeza que le acompañó hasta el final de sus días. Desde ese momento, siempre se vio al rey enfundado en vestimentas de color negro, y ese atuendo le acompañó durante el resto de su vida.

Aunque su cuarta esposa murió cuando él sólo tenía 53 años, no volvió a casarse y se dedicó en cuerpo y alma a la terminación de su gran obra en El Escorial.

En 1583 se concluyó la Biblioteca, la cual albergó numerosos volúmenes, algunos de ellos censurados por la Inquisición, que se venían acumulando en sus almacenes desde varios años atrás. Anteriormente en 1573 el rey había convocado al médico de origen musulmán, Alonso del Castillo, para que le ayudase a catalogar la colección de libros de El Escorial y elaborase medicamentos de origen árabe. Tres años más tarde, en 1576, Felipe II nombró primer bibliotecario de El Escorial a Benito Arias Montano, quien ya había hecho méritos en 1570, cuando siendo asesor del rey en los Países Bajos ideó un sistema de censura que permitía expurgar textos de los libros sospechosos. De esta forma, una obra podía circular sin tener que censurarse por completo, lo cual el monarca recomendó a la Inquisición para que lo adoptase. Así, el hecho de que un libro no obtuviera aprobación, no implicaría necesariamente que fuera destruido.

Un año después de terminarse la Biblioteca, se concluyó la Basílica y se puso la última piedra del monasterio, concretamente el 13 de septiembre de 1584, algo más de veintiún años transcurridos desde la colocación de la primera. Al año siguiente, se terminaron los aposentos permanentes de Felipe II y el prior del monasterio informó al rey que el inquisidor general, Gaspar Quiroga, había dado su beneplácito para que se quedaran en la Biblioteca numerosos libros prohibidos adquiridos por el monarca.

Los años siguientes transcurrieron sin sobresaltos dignos de mención tanto para Felipe II, que había adoptado el Monasterio de El Escorial como su residencia permanente, como para Isabel Osorio que seguía residiendo en Madrid cerca del convento de los agustinos.

Ella seguía manteniendo muy buena relación con la orden agustiniana, en particular con el prior, que ya no era el padre Guillermo Galdeano por haber fallecido recientemente. Como nuevo prior de la orden agustiniana, había sido nombrado el padre Demetrio Ulloa, quien sentía la misma animadversión por los monjes jerónimos que su antecesor.

En 1586, Álvaro se había desarrollado físicamente alcanzando la apariencia de un auténtico hombre por lo que, impulsado por su madre, decidió visitar al rey para planear su futuro. El monarca no pudo recibirle porque tres meses antes, concretamente en mayo, había sufrido un ataque agudo de gota que duró más de dos meses y no le permitió ocuparse de sus asuntos con normalidad, por lo que había muchos problemas acumulados que requerían su atención inmediata.

Isabel interpretó la negativa del monarca como un nuevo desprecio, pensando que la enfermedad de gota era una nueva excusa para no cumplir con sus obligaciones como padre natural, por lo que instigó a Álvaro para que lo intentase nuevamente.

– Hijo mío, no olvides nunca que por tus venas no sólo corre la sangre de los Osorio, sino también la de los Austrias.

– No lo olvido madre – respondió Álvaro con cierto hartazgo -, me lo recordáis a diario.

Dos semanas más tarde volvió Álvaro Osorio a El Escorial tras haber solicitado una nueva audiencia al rey. Esta vez, la enfermedad de gota que padecía el monarca, le había dado una tregua y por tanto estaba de mejor humor y salud.

En lugar de celebrar una audiencia cargada de protocolo en los aposentos reales, padre e hijo se dedicaron a tener una conversación más distendida, mientras paseaban por el jardín de los frailes que se encontraba al pie de la fachada sur del monasterio.

Recorrieron las calles trazadas entre las plantaciones atendidas por numerosos jardineros. Durante el paseo, el rey se interesó por la salud de Isabel y le reconfortó saber, por boca de Álvaro, que su madre disfrutaba de una salud excelente y aun conservaba parte de la belleza de antaño.

Después, el soberano preguntó a su hijo sobre la formación que había recibido de los agustinos hasta ese momento. Álvaro hizo una descripción pormenorizada de todas las materias en las que había recibido una instrucción tan precisa como profusa.

A continuación, y tras mostrar su conformidad con lo que su hijo le había referido, Felipe II recomendó a su hijo que se enrolase en el ejército. Ello, lo consideraba el monarca imprescindible para completar la formación del joven, pero advirtiéndole que para ello debía contar con el beneplácito de su madre.

Al escuchar Isabel lo que su hijo le transmitió sobre las ideas que el rey tenía en relación con su futuro, montó en cólera lanzando improperios contra el soberano.

– Es increíble que quiera enviar a su propio hijo al ejército, sin tener experiencia alguna, para que muera en el frente de batalla – dijo Isabel totalmente fuera de sí, ante la preocupación de Álvaro que no esperaba semejante reacción por parte de ella.

– Madre, no creo que sea tan grave – replicó Álvaro que no estaba en absoluto de acuerdo con su madre -, creo que el ejército es la forma más rápida y directa de labrarme un futuro de éxito, y si no, mirad lo que hizo don Juan de Austria.

– Por eso precisamente – insistió Isabel -, recuerda que don Juan murió con tan solo 32 años de edad. No hablaremos más de este asunto, mi decisión es firme y no irás al ejército.

Todo ello supuso un distanciamiento aun mayor entre el monarca y los Osorio, Isabel y su hijo, por lo que Álvaro no volvería a encontrarse con su padre hasta el año 1588.

CAPITULO II

LA HERMANDAD DE LOS CUSTODIOS DEL TESORO – AÑO 1588

En 1588, cuatro años después de haberse colocado la última piedra del Monasterio de El Escorial, Felipe II, estando convencido de contar con el favor divino, tomó la decisión de emprender una nueva gran empresa, para la cual contaba con que su hijo bastardo Álvaro adquiriese un papel relevante. Por tal motivo organizó una jornada de caza en los terrenos que la realeza tenía reservados para esos menesteres, muy próximos al Parque de La Fresneda, a la que invitó especialmente a Álvaro Osorio de Cáceres y por su puesto a su madre Isabel.

Los cazadores, acompañados por ojeadores, lacayos y una jauría de perros, se adentraron en la espesura del bosque que, en aquel entonces, constituía la zona cinegética más importante de las heredades de su Majestad. Mientras Isabel, con la compañía de una sirvienta se acomodó en un pequeño torreón, conocido como el Mirador de la Reina. Tal edificación, tenía como función permitir la observación visual del entorno, ya que se trataba de una torre cuadrada asentada sobre una roca, dotada de altura suficiente sobre el espeso bosque para convertirse en un punto de observación inmejorable.

La torre construida sobre una roca, estaba cubierta a cuatro aguas con un chapitel de pizarra, contando con las respectivas ventanas en tres de sus lados y la puerta de acceso en el cuarto. Se accedía a través de una escalera tallada en la roca berroqueña que servía de promontorio al mirador. Isabel se dedicó, desde el interior de la torre, a seguir los pormenores de la cacería, gozando al mismo tiempo de una vista privilegiada del Monasterio de El Escorial.

La mañana transcurría sin sobresalto alguno y en el silencio más absoluto, por lo que Isabel pensaba que tendría que armarse de paciencia para soportar una jornada en la que imperarían el tedio y el aburrimiento.

Sin embargo, en un momento dado y procedente del interior del bosque, retumbó el sonido de un disparo de arcabuz. El suceso tuvo lugar junto al conocido canto de El Castejón, y el disparo fue realizado por el príncipe Felipe III, razón por la cual su padre ordeno tallar en la roca del mencionado canto la siguiente inscripción: “En 1588 á 22 de abril tiró a esta peña el primer arcabuzazo el príncipe D. Felipe III de este nombre, siendo de edad de 10 años y 6 días en presencia de la Majestad del rey N. Sr., su padre, y de la Serma. Infanta Doña Isabel, su hermana”.

Después de una exitosa jornada de caza, en la que se cobraron distintas piezas entre las que, además de numerosos conejos y liebres, destacaban un venado de seis puntas y tres jabalís, el rey se dirigió al encuentro de Isabel Osorio de Cáceres. La dama esperaba en el Mirador de la Reina y nada más llegar el rey al pie de la escalinata de acceso al promontorio, Isabel descendió por la misma sin saber exactamente lo que el monarca querría de ella.

El odio que sentía hacia el que había sido su amante no había disminuido con el transcurso del tiempo. Muy al contrario, se había convertido en una obsesión el hecho de desear al monarca todos los males posibles. No obstante, teniendo en cuenta que por el bien de su hijo haría cualquier sacrificio, no descartaba la esperanza de retomar las relaciones de antaño.

Tal esperanza, no era baladí, ya que para nadie en la corte era ajeno que habían transcurrido prácticamente ocho años desde la muerte de la reina Ana. Sin embargo, en todo ese tiempo, al soberano no se le habían conocido relaciones con dama alguna, susceptible de convertirse en la nueva reina. Muy al contrario, pareciere que Felipe II guardaría en su corazón luto eterno a la reina Ana, independientemente de mantener el negro como color predominante en su vestuario por ser la etiqueta de la Corte. No obstante, Isabel reprimiendo su odio y tratando de fingir lo máximo posible, no dudó en mostrarse amable y solícita, para intentar ocupar nuevamente el corazón del rey.

– Majestad – comenzó Isabel al terminar de descender haciendo una reverencia ante el monarca -, veo que aun conserváis el atractivo porte con el que conquistasteis mi corazón, el cual a pesar del tiempo transcurrido no ha dejado de perteneceros. No tengáis duda alguna sobre que mi destino está unido a lo que tengáis a bien disponer.

– Os agradezco el cumplido señora, pero tanto mi cuerpo como mi alma murieron en lo tocante al amor el mismo día que desapareció de este mundo la reina Ana – respondió Felipe II sin acritud, pero aceptando su condición física debido a su avanzada edad y al continuo tormento al que le sometía la enfermedad de gota que padecía.

– Entonces – dijo una Isabel ofendida por sentirse rechazada por un viejo con quien lo último que deseaba era compartir nuevamente cama -, ¿para qué me habéis hecho venir?

A continuación, el rey manifestó que la razón de la convocatoria no era otra, que proponerle nuevamente la posibilidad de la participación de Álvaro en una gran hazaña bélica que tenía entre manos, ya que para ello estaba construyendo una potente armada naval, que sería conocida en todo el orbe como la “Grande y Felicísima Armada”, y quería que su hijo formase parte de ella.

– Perdonad Majestad – dijo Isabel sin ocultar su enojo -, pero ya sabéis que no estoy dispuesta a perder a mi único hijo en el campo de batalla y menos aun si la batalla se desarrolla en el mar, donde si algo le ocurriese, nadie sería capaz de recuperar su cuerpo para darle, siquiera, cristiana sepultura.

Tras su contundente respuesta, la mujer hizo una nueva reverencia ante el monarca y se retiró sin más. El rey por su parte y a pesar del desaire de la dama, no lo tomó en cuenta olvidando cualquier tipo de represalia. Sin embargo, en su interior lamentó profundamente que su hijo varón de mayor edad no fuese partícipe de la gran empresa que se disponía acometer.

Esa gran empresa no había sido necesaria anteriormente, ya que desde la Batalla de Lepanto en 1571, la supremacía naval del Imperio Español fue incuestionable durante años. Sólo era perturbada ocasionalmente, por los intermitentes aguijonazos que los piratas ingleses intentaban infligir a las flotas, cuando éstas regresaban a España con los tesoros procedentes de las colonias en América. No obstante, con el tiempo, la actividad pirata fue incrementándose hasta tal punto, que los continuos ataques de Francis Drake y el apoyo de Isabel I a los rebeldes de los Países Bajos, empujaron a Felipe II a tomar la decisión de invadir Inglaterra.

Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que era el mayor experto naval del Imperio y Alejandro Farnesio que comandaba por aquel entonces los Tercios de Flandes, presentaron al rey el plan de invasión de la isla con 30.000 hombres de Farnesio, que debían cruzar el Canal de la Mancha en barcazas custodiadas por la Gran Armada.

Desafortunadamente, unas fiebres tifoideas acabaron inesperadamente con la vida del marqués de Santa Cruz, por lo que tuvo que ser sustituido apresuradamente como comandante de la Gran Armada por Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia. El nuevo comandante, pese a haber demostrado una gran eficiencia en tierra y contar con amplios conocimientos teóricos en materia naval, carecía de la experiencia suficiente para liderar la gran cruzada que su rey pretendía.

El duque, consciente de sus limitaciones, solicitó varias veces ser relevado de la misión que le había sido encomendada. Sin embargo, otras tantas veces, su solicitud no fue acogida por el rey. Por consiguiente, el 20 de mayo de 1588, tuvo que hacerse a la mar desde el puerto de Lisboa al frente de una armada compuesta por 127 navíos.

Destacaban el San Martín (48 cañones), buque insignia en el que navegaba Alonso Pérez de Guzmán y el San Joao (50 cañones), ambos de la escuadra portuguesa; el Santa Ana (30 cañones) capitaneado por Juan Martínez Recalde, que ya había escoltado con éxito tres flotas de Indias y había rescatado un galeón repleto de oro de la isla de Madeira, el Gran Grin (28 cañones) y el Santiago (25 cañones), todos ellos pertenecientes a la escuadra de Vizcaya; el San Cristóbal (36 cañones) comandado por Diego Flores Valdés, actuando como segundo en la Armada y sustituto en caso de fallecimiento del duque de Medina Sidonia y el San Juan Bautista (24 cañones), que con otros 14 barcos también de 24 cañones y otro más de 12, componían la escuadra castellana.

Desde el día que el rey tuvo conocimiento de que la Gran Armada había partido hacia su destino, todos los días se arrodillaba en el reclinatorio de sus aposentos para orar, y solicitar al Omnipotente la ayuda Divina necesaria para que la misión culminase con éxito.

La primavera llegó a su fin sin que se hubiese recibido noticia alguna sobre la operación de asalto a Inglaterra. El verano fue transcurriendo bajo un calor sofocante que, en cierto modo, en el interior del monasterio se hacía más soportable debido a que los gruesos muros con los que estaba construido mitigaban las variaciones de temperatura que se producían en el exterior del mismo.

Sólo a mediados de septiembre llegaron informes fiables a El Escorial. Y fueron los ministros del rey, Juan Idiáquez y Cristóbal Moura, quienes anunciaron a Felipe II que el mensajero traía malas nuevas que el monarca debía escuchar sin demora.

El mensajero relató, como las dificultades comenzaron desde que la Gran Armada tuvo que recalar en el puerto de La Coruña para aprovisionarse de agua y alimentos, ya que debido al estado de la mar tuvieron que permanecer allí anclados durante varios días.

– Continuad – insistió el monarca con cierta impaciencia.

– Finalmente – continuó el mensajero, no sin cierta desazón y temor ante la reacción del rey -, el 21 de julio decidieron hacerse a la mar y sufrieron los embates de un primer temporal que provocó la dispersión de la flota. Tuvieron que esperar varios días para reagruparse frente al golfo de Vizcaya, desde donde se dirigieron directamente con viento a favor hacia el Canal de la Mancha.

– Decid de una vez que ocurrió – apremió nuevamente Felipe II.

– Tras un primer enfrentamiento a la altura de Calais y otro a continuación frente a Gravelinas, los navíos ingleses consiguieron dispersar la flota española – el mensajero hizo una pequeña pausa viendo como su rey se tapaba la cara con sus dos manos, hasta que con la mano derecha hizo un gesto para indicar que continuase -. Los vientos se encargaron del resto impulsando a los españoles hacia el norte, e imposibilitando su vuelta hacia el Canal para escoltar y avituallar a los hombres de Farnesio.

Mientras la tragedia empezaba a tomar forma en la mente del monarca, el mensajero continuó su relato describiendo cómo los barcos españoles tuvieron que bordear por el norte las islas británicas, y explicando como nuevas tormentas a la altura de Escocia e Irlanda completaron el desastre. Aun así 67 embarcaciones, poco más de la mitad de las que habían partido, consiguieron regresar al puerto de Santander.

El Rey, después de escuchar el mensaje totalmente apesadumbrado, permaneció desde entonces encerrado en sus aposentos en completa soledad. Repentinamente, y habiendo transcurridos siete días desde su aislamiento, citó de urgencia al prior de los Jerónimos.

– ¿Que os ocurre Majestad? – preguntó el prior con cierto aire de preocupación- ¿Acaso necesitáis confesión?

– Algo parecido, ya que en realidad he pecado de soberbio al pensar que podría dominar el mundo entero. Y ello, ha provocado que el castigo divino haya caído sobre la que consideraba mi Armada Invencible.

– No debéis atormentaros por ello. Los designios del Señor son inescrutables y no sabemos a ciencia cierta porque ha sucedido esa tragedia. Quizás simplemente quiera hacernos ver que, por grandes y poderosos que sean los hombres, somos muy pequeños frente a su poder.

– Tenéis razón – dijo el rey haciendo ver que ya había superado el tormento -. Os he llamado porque quiero que seáis testigo del agradecimiento que tengo a Nuestro Señor, ya que también es grande su misericordia, pues de otra forma no habrían regresado a puerto más de la mitad de los navíos.

A continuación y estando a solas, realizaron juntos una plegaria en la que el soberano agradecía al Ser Supremo el regreso de los supervivientes.

Después hizo una especie de juramento, por el que se comprometía a que los barcos de la escuadra castellana, que aun se mantuvieran a flote, junto con sus respectivas tripulaciones, se dedicarían a reunir el mayor tesoro que jamás hubieran visto los ojos del hombre.

Era su deseo, que semejante tesoro, fuera ocultado convenientemente y dedicado en exclusiva como ofrenda a Dios Nuestro Señor, de tal forma que nunca fuese destinado a sufragar guerras entre los hombres, pudiendo ser usado exclusivamente en alguna causa que fuese lo suficientemente digna a los ojos del Altísimo.

A continuación Felipe II transmitió en privado al prior de los Jerónimos un escrito con su real voluntad:

“Hoy primer día del mes de octubre del año 1588 de Nuestro Señor, he decidido que todos los hombres que hayan conservado la vida en los barcos pertenecientes a la escuadra castellana de la Gran Armada y los que sea menester reclutar para completar las tripulaciones de los navíos que hayan sufrido merma, dediquen sus esfuerzos a transportar desde nuestras minas en las colonias de Indias tanto oro y tesoros como sean capaces de acopiar en sus bodegas y sea entregado a la Orden de los Jerónimos en El Escorial para su custodia. De todos estos tesoros una parte será dedicada a las pagas y mantenimiento de la flota, así como al socorro de las viudas y huérfanos de los que perecieron frente a las costas inglesas. Los barcos que llegaren con el oro estarán exentos del control de los registradores del Reino y no arribarán por la bahía de Cádiz y San Lúcar de Barrameda para remontar el Guadalquivir hasta el puerto de Sevilla como viene siendo costumbre obligada, sino que recalarán en distintos puertos del Cantábrico y desde allá se transportará la carga hasta El Escorial sin que quede registro alguno de ello. Vos padre prior junto con once de vuestros frailes en los que mayor confianza tengáis, constituiréis una hermandad secreta encargada de custodiar el tesoro y darle un uso digno, si alguna causa fuere merecedora de ello. Todos los integrantes de la Hermandad de los Custodios del Tesoro deberán previamente juramentar el voto de mantener bajo secreto el paradero del tesoro, y no transmitirán fuera de la hermandad información alguna sobre la existencia del mismo.”

Después de esa declaración privada, el rey ordenó que le trajeran papel, pluma y el sello real para de su propio puño y letra, expedir diversas cédulas reales, que entregó al prior, para que cualquier militar o civil bajo el imperio de Su Majestad se pusiera a disposición de la Orden de los Jerónimos en lo que por estos monjes fuere menester. En otra de las misivas dirigida al comandante de la escuadra castellana, instruía a éste para que sin pérdida de tiempo se dirigiese a las Indias atendiendo en ello los detalles e indicaciones que le fueren transmitidos por los frailes jerónimos.

El prior se reunió en cónclave secreto con once frailes elegidos por su lealtad, inteligencia y condición física. Todos ellos juraron mantener el secreto de la misión que se les iba a encomendar antes de que su prior les revelara el contenido de la misma. La constitución de la Hermandad de los Custodios del Tesoro se celebró en los sótanos del Monasterio de El Escorial, a los que la docena de frailes accedió por una entrada secreta situada bajo la esquina suroccidental del magno edificio.

Aquel lugar, apenas iluminado por cuatro teas de resina, era fresco y ligeramente húmedo, encontrándose adosadas en tres de las cuatro paredes del habitáculo enormes tinajas, conteniendo las correspondientes a dos de los lados vino y las del tercero aceite. El muro libre de tinajas estaba ocupado por diferentes estanques largos y estrechos con distintas alturas decrecientes para facilitar el discurrir de agua de unos a otros y así facilitar su renovación, ya que funcionaban como piscifactoría para la cría de truchas.

En ese ambiente lúgubre donde el silencio dominante era suavemente alterado sólo por el murmullo del agua pasando de unos estanques a otros, los doce frailes allí congregados, hicieron uno a uno voto de silencio hacia el exterior de la hermandad en todo lo referente al objeto de la misma.

Acababa de terminar su juramento el último monje, cuando un escalofriante sonido de ultratumba proveniente de las entrañas de la tierra, hizo que los doce hombres se sobrecogieran sin saber que hacer ni que decir.

Cuando el sonido desapareció para dar paso a un silencio sepulcral, uno de los once elegidos se dirigió al prior.

– ¿Que ha sido eso?

– Parecía como una mezcla de rugido y lamento de un monstruo encerrado – dijo otro al que le temblaba la voz.

– El voto de silencio que acabáis de profesar – respondió el prior -, debe hacerse extensivo al sonido que habéis escuchado y al relato del que a continuación os haré partícipes.

Los once monjes asintieron en señal de aceptación sobre la ampliación del juramento y rodearon a su prior para escuchar lo que éste les iba a revelar.

– Debéis saber – comenzó mirando a todos y cada uno de ellos -, que la ubicación de este monasterio no es casual.

– ¿No es cierto que nuestra orden monástica intervino en la elección de este lugar? – indicó uno de los monjes.

– En efecto, ello fue recomendado al rey por nuestro anterior prior. La razón fue que Lucifer habitó en una cueva situada a los pies del monte Abantos. Y justo antes de que el Todopoderoso lo expulsara al infierno, creo siete puertas en la Tierra para acceder a las tinieblas, y una de esas puerta está precisamente bajo este monasterio.

– Entonces el monstruo que ha emitido ese sonido terrorífico, no es otro que el mismísimo Lucifer – interrumpió uno de los frailes más jóvenes.

– No debéis alteraros – continuó el prior -. El día que nuestro anterior prior y el entonces secretario del rey, don Pedro de Hoyo, se acercaron a los pies del monte Abantos para confirmar el lugar, fueron recibidos por un viento huracanado, que no les dejaba llegar al sitio lanzando contra sus rostros las bardas de la pared de una viñuela. Aun estando convencidos de que se trataba del soplo de Lucifer, sobrevivieron al mismo. No obstante y para mayor seguridad, la recomendación al monarca fe construir cuanto antes este monasterio, para sellar para siempre una de las siete puertas del infierno.

A continuación, el prior entregó a los frailes las cédulas reales que les permitirían conseguir la ayuda necesaria para el cumplimiento de la misión. Tal y como les explicó, consistía en recaudar el tesoro en Cartagena de Indias y reunirse en la bahía de la Habana con la flota procedente de México. De este modo podrían contar en el viaje de vuelta con una amplia superioridad numérica, frente a los ataques piratas que de seguro sufrirían.

Después debían proseguir viaje hasta la altura de las islas azores donde las dos flotas se separarían, dirigiéndose la de México hacia Cádiz siguiendo su ruta habitual. Los barcos procedentes de Cartagena, con los jerónimos a bordo, recalarían en distintos puertos del Cantábrico. Una vez en tierra y con la carga repartida en partes más pequeñas, para evitar los posibles riesgos tanto del asalto de ladrones como de la avidez de los recaudadores, deberían dirigirse hacia El Escorial para la ocultación definitiva del tesoro.

El 20 de enero de 1589 once frailes jerónimos salieron del El Escorial con dirección al norte de la costa española, lo que constituía el inicio de la misión real que tenían encomendada.

Tras un mes transitando caminos y atravesando diversos pueblos de Castilla, donde aprovecharon para reclutar hombres dispuestos a hacer el gran viaje a las Indias, llegaron al puerto de Santander. Con un ligero bamboleo provocado por el tenue oleaje que ingresaba por la bocana del puerto, se hallaban amarrados los navíos supervivientes de la Gran Armada. Fray Pedro de la Serna encabezaba el grupo formado por los once frailes más 162 hombres y varios carros tirados por parejas de bueyes, cuyo contenido oculto por lonas debía ser pesado en exceso a la vista del esfuerzo que los mansos hacían en el tiro.

Antonio Alvear había sido ascendido a comandante de la escuadra castellana, tras la retirada del cargo a Diego Flores Valdés, quien había sido arrestado por sus desavenencias con el duque de Medina Sidonia en el fallido asalto a Inglaterra. El comandante se encontraba en su navío cuando fue advertido que un fraile jerónimo, llamado Pedro de la Serna, con un mensaje del mismo rey Felipe II, le esperaba en tierra.

El nuevo comandante, ávido de noticias pues llevaba más de cuatro meses esperando instrucciones, se apresuró a desembarcar en busca del misterioso fraile.

– Fray Pedro, soy Antonio Alvear, comandante al mando de los navíos que aquí podéis ver y que sobrevivieron a los temporales que sufrimos frente a las islas británicas.

– Comandante, por esta misiva real entenderéis lo que se precisa de vos. Y a fuer de no perder tiempo, os ruego lo leáis en este instante para iniciar sin más dilación la misión que Su Majestad nos tiene encomendada – dijo el fraile sin titubeos.

– Pero…- leía don Antonio sorprendido -, me temo que para ese viaje no contamos con la marinería necesaria, pues perdimos una cantidad considerable de hombres en las tempestades. Como podéis observar necesitamos marineros y artilleros para esos 15 barcos, en los cuales hay que atender 14 de ellos con 24 cañones cada uno y aquel que yo capitaneo de 36 cañones – terminó señalando con orgullo al San Cristóbal.

– No debéis preocuparos por ello, ya que conmigo y mis hermanos vienen 162 hombres dispuestos a hacer la travesía, donde tendrán tiempo de aprender los oficios de artillería y marinería. El resto de hombres que sean necesarios nos los proporcionará el alcalde de esta ciudad a través de la correspondiente recluta – dijo con total aplomo.

Continuó explicando fray Pedro de la Serna, que en tierra permanecerían seis de sus hermanos jerónimos y los arrieros que conducían los carros que esperaban a la entrada del puerto. El comandante preguntó intrigado por el contenido de los carros, a lo que el jerónimo respondió que estaban cargados con adoquines de piedra que transportarían a las Indias.

– Pero fray Pedro, ¿no hay suficiente piedra en las Indias para que tengamos que llevar semejante sobrecarga en tan larga y peligrosa travesía?

– Comandante, con estos adoquines llenaremos las bodegas de vuestros galeones para ponerlos a prueba, ya que no podemos arriesgarnos a que aun tengan secuelas de su última misión, y si han de hundirse, es preferible que se vayan al fondo del mar cargados de piedra que de oro.

Antonio Alvear, militar experimentado en numerosas contiendas y herido en su orgullo porque un fraile sin conocimientos navales pusiera en cuestión los barcos de su escuadra, no quiso prolongar el debate con el astuto religioso. Más bien pensó, que sería preferible que fuera el propio tiempo el que demostrara la valía de sus navíos. Primero, superando la prueba que imponía fray Pedro, y después otras de mayor envergadura que a buen seguro tendrían que afrontar, tanto a la ida como al regreso del aventurado viaje que se disponían a iniciar.

A continuación, fray Pedro envió a uno de sus hermanos jerónimos a El Escorial para que informara al prior que todo estaba resultando según lo previsto. Después, eligió a los cinco frailes que no embarcarían, permaneciendo uno de ellos en Santander y los otros cuatro distribuidos en otros tantos puertos de la costa cantábrica previamente seleccionados.

En cada puerto esperarían el regreso de los barcos con el tesoro y tendrían dispuestos para entonces, los carromatos con sus arrieros para el transporte hacia el interior.

El 13 de marzo de 1589, partieron del puerto de Santander con dirección a las islas Canarias 15 navíos, pertenecientes a la escuadra castellana, de los 67 supervivientes de la Gran Armada.

Desde la cubierta del San Cristóbal, Fray Pedro de la Serna y el comandante Alvear, observaban juntos la aparición de la isla de Gran Canaria.

– Comandante – dijo fray Pedro -, convendréis conmigo en que el clima que rodea estas islas, es en esta época del año mucho más benigno que el que hemos dejado hace unos días en la costa cantábrica.

– Así es padre, aquí se goza de un clima suave todo el tiempo, independientemente de la estación del año en la que nos encontremos. Y un clima similar nos encontraremos cuando lleguemos a América.

Después de una semana de avituallamiento en el puerto de Las Palmas, donde hicieron la primera escala, iniciaron la travesía con rumbo al Nuevo Mundo. Para ello, se dirigieron por la misma ruta que en 1492 había seguido Cristóbal Colón, lo que les permitiría aprovechar las corrientes marinas unidas al impulso de los vientos que, hinchando las velas de las naves, les llevaría hacia su destino en el otro lado del océano.

Para algunos, incluidos los cinco jerónimos que iban a bordo, era la primera vez que realizaban una travesía de ese calibre. Otros como el propio comandante Alvear, ya habían experimentado anteriormente ese viaje y sabían de sobra los peligros que les esperaban.

* * *

Al poco tiempo de haberse constituido la Hermandad de los Custodios del Tesoro y cuando Álvaro Osorio de Cáceres ya había cumplido veinte años de edad, Isabel recibió una visita inesperada. Era noche cerrada en Madrid, cuando los repentinos golpes de la aldaba sobre la puerta principal de la vivienda, sorprendieron a la dueña de la casa en el momento en que esta procedía a retirarse a sus aposentos.

– Doña Isabel, un caballero embozado solicita una audiencia con vos – explicó la criada un tanto alterada.

– ¿Quién es el tal caballero, que osa perturbar la paz de esta casa a tan altas horas de la noche? – preguntó Isabel sin ocultar su enfado.

– No lo sé señora, no ha querido identificarse, pero ha insistido en que no tenéis nada que temer, que es persona bien conocida por vos y que quiere pediros consejo y ayuda sobre algo que afecta directamente al imperio.

– Está bien, hacedle pasar a la sala principal, y no os alejéis demasiado por si os tuviera que pedir ayuda.

El personaje misterioso, no era otro que el ministro Juan Idiáquez, quien al descubrirse, una vez que Isabel y él estuvieron a solas, pidió disculpas por la forma y la hora intempestiva a la que se había presentado.

A renglón seguido, y sin más demora, fue directamente al grano explicando que el monarca tras la derrota de la Gran Armada se había encerrado en sí mismo y era posible que hubiera caído en un cierto estado de enajenación mental.

– Recurro a vos señora por vuestra antigua cercanía al rey y por la confianza que antaño siempre os demostró, por lo que pienso que, con las ausencias desde hace años tanto de la reina Ana como de su hermana menor la infanta Juana, quizás sois la única persona que podríais hacerle reaccionar.

– ¿Acaso estáis insinuando que Su Majestad ha perdido la razón? – preguntó la dama sin ocultar cierta sorpresa.

– Sabéis de sobra cuanto respeto y admiro a nuestro soberano – respondió el ministro sin titubeos -, pero al igual que en su día, el éxito en la batalla de Lepanto infundió en él unas energías renovadas, el reciente fracaso naval de nuestra Gran Armada frente a los ingleses, lo recibió imbuido de un silencio absoluto, quedando desde entonces sumido en una melancolía impropia de su carácter.

Isabel tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no dejar traslucir el gozo que suponía para ella, que pudiese haber algo que causara daño al poderoso Felipe II.

– Todo ello, convendréis conmigo que es de lo más natural, pues el rey también es un hombre de carne y hueso con sus sentimientos, y además poco acostumbrado a las derrotas, por lo que resulta un tanto osado por vuestra parte la supuesta enajenación mental que pretendéis atribuirle, – continuó Isabel intentando sonsacar más información al ministro.

– Pensaría exactamente igual que vos, de no ser porque tras recibir la noticia de la derrota, el rey ordenó llamar al prior de los Jerónimos y no permitió que ni Cristóbal de Moura ni yo mismo, que como sabéis siempre le hemos proferido una lealtad incuestionable y por ello somos hombres de su mayor confianza, estuviéramos presentes durante la entrevista con el prior …

– Todavía no se donde queréis ir a parar – insistió la dama.

– Permitidme señora que continúe el relato – se apresuró a intervenir Juan Idiáquez -. La reunión con el prior no concluyó sin que antes el rey solicitara papel y pluma junto con el sello real. Todo ello sin la presencia de su secretario, por lo que deduzco que entregó al prior una o varias cédulas reales cuyo contenido sólo conocen el prior jerónimo y el propio rey.

A continuación, el ministro describió como, a través de su red de informadores, había tenido conocimiento de que el 20 de enero once frailes jerónimos habían partido del El Escorial con dirección a Santander, donde algunos de ellos, embarcaron hacia las islas Canarias con una flota bien nutrida para desde allí, iniciar la travesía con rumbo a las colonias en Indias.

– No se con certeza la intención de esos frailes viajando a las Indias, pero a buen seguro que pronto regresarán.

– ¿Por qué estáis tan seguro de ello?

– Porque la Orden de los Jerónimos no se prodiga fuera de los límites de la península ibérica – concluyó el ministro esperando la reacción de la dama.

– Está bien Idiáquez, dejadme meditar sobre lo que me habéis relatado y mantenedme al corriente de cualquier novedad que se produzca en relación con nuestro rey y esos jerónimos – dijo Isabel dando por terminada la entrevista.

– A vuestro servicio para lo que ordenéis – se despidió Juan Idiáquez haciendo una profunda reverencia.

Nada más desaparecer el ministro, tan embozado y misterioso como había llegado, Isabel acompañada de su criada se dirigió al convento de los agustinos. Aunque la noche no era buena consejera para que dos mujeres solas caminasen por las calles de Madrid, la distancia que tenían que recorrer era mínima.

Al poco tiempo de haber golpeado la puerta, los ojos de un fraile agustino aparecieron al descorrer la tabla que cubría la mirilla de inspección.

– Hermano, soy Isabel Osorio de Cáceres y necesito hablar al instante con vuestro prior.

El fraile les franqueo la entrada y tras indicar a la criada que pasase a la cocina para calentarse, acompañó a Isabel hasta otra instancia para que pudiera acomodarse mientras avisaba de su presencia al padre Demetrio Ulloa.

– Me han dicho que requeríais mi presencia con urgencia – se presentó el agustino - ¿acaso necesitáis confesión?

– No padre Demetrio, ya sabéis que ayer mismo confesé todas mis faltas y cumplí la penitencia que por ellas me impusisteis – dijo con una pícara sonrisa -. Sin embargo, con respecto al servicio que os voy a pedir, deberéis guardar secreto como si de confesión se tratase.

– Soy todo oídos para lo que vuestra merced pueda requerir, y podéis contar con que mis labios permanecerán sellados en relación con lo que me confiéis.

Isabel, sabedora de la animadversión que el prior de los agustinos profesaba hacia los jerónimos, la cual era compartida aun en mayor grado por ella misma, relató al padre Ulloa las elucubraciones que previamente le había confiado el ministro real Juan Idiáquez.

El religioso escuchó con suma atención, y a continuación preguntó a Isabel si tenía alguna idea de lo que los jerónimos habrían ido a buscar a las Indias con semejante flota.

– No estoy segura, pero lo habitual es que las flotas regresen cargadas de tesoros.

– Está bien – empezó reflexionando en voz alta el padre Demetrio mientras se rascaba la barbilla -. Lo que me habéis contado podría llegar a ser de interés para ambos, pero ¿cómo creéis exactamente, que este humilde servidor podría ayudaros?

La Osorio, entrelazando los dedos de sus manos mientras caminaba en círculos, demoró unos segundos su respuesta como si estuviese meditando la misma, aunque cuando tomó la decisión de visitar al fraile, ya tenía muy clara la misión que le iba a encomendar.

– Creo que lo que necesito de vos, está perfectamente a vuestro alcance y no supondrá ninguna dificultad.

– Siendo así, decidme simplemente de que se trata.

– Tengo entendido, que existe desde hace un tiempo un convento de agustinos en Cartagena de Indias.

Una vez confirmada, por el asentimiento del padre Demetrio, la presencia de agustinos en esa ciudad, Isabel continuó con su petición.

– Bien, entonces se trata de que enviéis una misiva a ese convento en Cartagena de Indias, para que algún fraile de vuestra confianza, con la mayor prudencia y sigilo, entable relación de alguna forma con el grupo de los jerónimos una vez que allá se hayan instalado, y averigüe el propósito de la misión que el rey les ha encomendado.

– Contad conmigo señora, la prudencia y sigilo que demandáis para ello estarán garantizados.

– De lo anterior no debéis informar a nadie, excepto a mi o a mi hijo Álvaro – exigió Isabel dando por concluida la reunión.

– Se hará tal y como pedís.

El padre Demetrio Ulloa sabía que contaba en Cartagena de Indias con la persona adecuada para esa misión. La orden agustiniana había recalado hacía ya algún tiempo en la ciudad caribeña, donde tenían su propio convento. Para consolidar allí su presencia, el prior de los agustinos había enviado a su discípulo más aventajado, al cual conocía desde su época de seminarista y al que apadrinó desde el momento en que advirtió sus cualidades intelectuales.

Sin más dilación, escribió una carta a la atención del padre Paulino, con el encargo de localizar a los jerónimos lo antes posible, puesto que al recibo de la misma ya llevarían en Cartagena varios días. Sus instrucciones eran obtener, por cualquier medio, la mayor información posible sobre sus intenciones.

* * *

La flota comandada por don Antonio Alvear continuaba su travesía, y en ella fray Pedro de la Serna sufría de continuos mareos, que le llegaban a provocar nauseas y vómitos interminables hasta dejarle resecas las entrañas. Era tal el malestar, que no pasaba día en el que no desease abandonar este mundo para escapar a tan insoportable sufrimiento. La debilidad se iba apoderando de él día tras día, debido a que los continuos vómitos no le permitían alimentarse convenientemente y contribuían a su vez a una deshidratación paulatina. Por ello y para no cejar en su empeño, enviaba continuas plegarias al Señor para que le proporcionara las fuerzas necesarias para superar tanto malestar corporal y así poder completar su misión.

A pesar de los mareos de fray Pedro, lo cierto es que el grupo expedicionario llevaba varias semanas disfrutando de un clima bastante apacible, lo cual facilitaba la navegación e invitaba a la tripulación a pasar el mayor tiempo posible en cubierta.

La brisa reinante, junto con los rayos del sol iban tornando la tonalidad de las pieles de la mayoría de los tripulantes de un blanco lechoso a un bronceado oscuro. Desde cubierta, los hombres se deleitaban con los delfines que en algunos momentos acompañaban el avance de las naves, emergiendo de la superficie del agua salada y volviendo a zambullirse en la misma.

Sin embargo, un día sin previo aviso, todo cambio repentinamente. El comandante Alvear lo intuyó antes que cualquier otro tripulante, al divisar por babor la negrura de unas amenazantes nubes que, sin posibilidad de esquivarlas, se aproximaban inclementes hacia ellos.

El resto de la tripulación comenzó a ser consciente de lo que se les venía encima, cuando en el horizonte de babor observaron el espectáculo luminoso que proporcionaban los continuos relámpagos que se producían con cada rayo proveniente de las oscuras nubes, seguidos un instante después del sonido de unos truenos ensordecedores. Contando los segundos transcurridos entre cada relámpago y el trueno posterior, el comandante Alvear calculaba la distancia a la que se encontraban de la tormenta y la velocidad de avance de la misma hacia ellos. Inmediatamente comenzó a impartir órdenes, iniciándose una actividad frenética en cubierta, que derivó en terror para los hombres no habituados a la mar.

Siguiendo las instrucciones del comandante, los gavieros comenzaron a arriar velas y a amarrar fuertemente las jarcias. Idénticas operaciones se realizaban al unísono en todos los navíos de la flota, y al mismo tiempo los respectivos pilotos viraban sus correspondientes naves para recibir de proa las olas que aumentando de tamaño acompañaban a la tempestad de la que no podían escapar, ya que sabían de sobra que una gran ola que embistiera al barco por babor o estribor, provocaría con seguridad el volcamiento del mismo.

El viraje de los barcos y las numerosas carreras de hombres aterrorizados sobre una cubierta húmeda, derivaron en unos cuantos accidentes con los correspondientes heridos, comenzando así una actuación de emergencia de los médicos de cada barco, teniendo cada uno de ellos asignado un ayudante para auxiliarles en las labores de enfermería, lo cual empezó a resultar insuficiente ante la repentina llegada de heridos, por lo que en los navíos donde viajaba un fraile jerónimo, la ayuda de éste fue requerida de inmediato.

Esta situación de emergencia, provocó en fray Pedro de la Serna una reacción tal en su organismo, que en un instante se olvidó de los mareos y se presentó ante el doctor presto a colaborar en todo lo que fuere necesario. Los hombres de cubierta estaban terminando de amarrarse con jarcias, cuando las primeras gotas de agua descargadas por las nubes, acompañadas de un viento cada vez más intenso, empezaron a arreciar lateralmente con fuerza y dificultando las maniobras de los marineros.

Sin tiempo para más preparativos, rayos y truenos acompañados de inmensas olas que superaban en varios metros la altura de los barcos, empezaron a precipitarse sin compasión alguna sobre los quince navíos. En la inmensidad del océano parecían diminutos cascarones sometidos a la fuerza e inclemencia de los elementos. Las probabilidades de ser engullidos por las aguas marinas aumentaban con cada instante.

En el San Cristóbal, uno de los hombres, seguido de otro y otro más, dominados por un pánico aterrador, producto de la situación a la que estaban siendo sometidos, se desamarraron para correr a refugiarse en las bodegas del barco. En ese momento la llegada de una gran ola colocó el barco en posición prácticamente vertical, lo que hizo que los tres aterrorizados marineros se deslizasen por la cubierta del barco en dirección a la popa del mismo. A continuación, mientras el barco retornaba a su posición horizontal, la ola barrió con su corriente de agua todo lo que estuviera suelto sobre la cubierta del mismo, arrastrando con ella a los tres hombres que desaparecieron para siempre en las fauces del océano.

El comandante Alvear convenientemente amarrado, no sólo pensaba en la suerte que correría el San Cristóbal, sino también en el resto de navíos que completaban la flota bajo su mando. Debido a la magnitud del oleaje, había perdido el contacto visual con el resto de las embarcaciones. Sumido en sus pensamientos, elucubrando sobre el estado en que quedaría su flota, vio como de la nada y tras una inmensa ola, apareció uno de los barcos aproximándose hacia ellos. Ya estaban a punto de hacer contacto los palos de las dos naves, con lo que lo más probable es que ambas quedasen desarboladas, cuando el San Cristóbal se escoró hacia estribor, mientras que el otro milagrosamente se escoró hacia babor, aumentando la distancia entre las puntas de los palos de los dos navíos. Sin embargo, repentinamente se escucho un sonido motivado por el choque entre los cascos de las dos embarcaciones, que hizo que ambos navíos con todos sus tripulantes a bordo se estremecieran ante los crujidos de la madera de ambos barcos, los cuales parecían a punto de descuartizarse, con un ruido semejante a los quejidos de un animal herido de muerte. Seguidamente, se escucho un chirrido insoportable para el oído humano, producto del roce que sufrieron entre si nuevamente los cascos de los dos navíos.

Para evitar el desgarrador sonido, que producía el deslizamiento interminable de la madera húmeda de los dos cascos, el comandante Alvear presionaba con sus dedos sus oídos. En ese momento pensaba si aquello sería semejante a lo que Homero describió en La Odisea, cuando Ulises se enfrentó al canto de las sirenas en su viaje de vuelta a la isla de Ítaca. Tampoco podía evitar pensar si ambas naves, con motivo del encontronazo, habrían sufrido desperfectos que hubieran permitido la entrada de agua suficiente para hundirles para siempre en el fondo del mar.

Después de varias horas, que para algunos parecieron días, luchando para mantenerse a flote, el temporal comenzó a amainar y el comandante Alvear supo que el mayor peligro había pasado. A continuación soltó las jarcias con las que se había amarrado en el alcázar cerca del palo de mesana, siendo secundado en esa acción por todos los hombres de cubierta. La primera orden fue para el carpintero, pues quería saber si se había abierto alguna vía de agua en el casco de la embarcación, para que se taponase con urgencia y se bombease el agua que hubiese podido entrar.

Tras una revisión de urgencia, el jefe de carpinteros informó que no habían detectado deterioro alguno en el casco.

– Por suerte, mi comandante – explicaba el carpintero con una sonrisa -, esta vez ha sido más el ruido que las nueces.

– Por suerte, ¡voto a Dios! – confirmó Antonio Alvear -, porque con la embestida que hemos tenido con el otro navío lo suyo es que los dos estuviéramos ahora siendo pasto de los peces.

Tardaron un día completo en reagruparse los 15 barcos de la flota, ya que con la tempestad habían quedado totalmente dispersados. Todos ellos estaban en perfecto estado para la navegación, aunque en la mayoría había varios heridos de distinta consideración y en algunos, al igual que en el San Cristóbal, habían perdido a alguno de los tripulantes que por no estar convenientemente amarrados habían caído al agua sin posibilidad alguna de ser rescatados.

Después de la tempestad surgió un espléndido día soleado, que incitó a los hombres que se habían refugiado en el interior del barco a subir a cubierta. Fray Pedro fue el primero en aparecer y rápidamente fue al encuentro del comandante para compartir con él la buena nueva del cambio experimentado en su organismo, probablemente provocado por la propia tempestad y también por las numerosas plegarias que había dirigido al Altísimo. En definitiva, lo importante era que los mareos habían cesado y a partir de entonces estaba presto para colaborar en todos los quehaceres en los que pudiera ser útil.

– Estupendo padre – le recibió Antonio Alvear -, entonces aprovecharemos la larga travesía que aun tenemos por delante para convertiros en un auténtico hombre de mar.

El comandante empezó por explicar al fraile lo más básico, con el fin de que éste aprendiera a orientarse en la cubierta del barco.

– Mirad padre, la parte de allá al frente se llama proa, la posterior a nuestras espaldas es la popa, el lado izquierdo siempre mirando hacia la proa lo denominamos babor y este otro lado estribor. Para evitar equívocos a la hora de transmitir las órdenes, en un barco nunca escucharéis derecha ni izquierda, sólo babor y estribor.

Con el paso de los días, y viendo que el fraile resultaba ser un alumno aventajado, el comandante decidió continuar instruyéndole cada vez más. Así, durante los días que iban sucediéndose, fue enseñándole los nombres de los palos, trinquete, mayor y de mesana, así como la denominación de las distintas velas, como la de trinquete, la mayor, la de gavia, la cangreja, los juanetes, la sobremesana y los foques, indicándole cuales servían para impulsar el barco y cuales para ayudar en las maniobras de giro. También le describió las distintas partes de la cubierta, mostrándole el alcázar, el combés y el castillo de proa, para seguir con la batería de cañones allí instalada y luego descender a la batería inferior, la cual contaba con la mayoría de cañones.

Después de varias semanas, iniciaron el aprendizaje del arte de la navegación, donde fray Pedro se familiarizó con el manejo del sextante y la interpretación de las cartas náuticas. Al poco tiempo, el comandante Alvear le animó a que impartiera órdenes tanto a la marinería como a los oficiales en cuanto al rumbo que debían seguir y al izado y arriado de las distintas velas.

Por último, una vez superadas todas las pruebas satisfactoriamente, el comandante permitió a fray Pedro anotar las incidencias acontecidas diariamente en el libro de bitácora.

Tras algo más de dos meses de travesía, en la que toda la vista se había reducido a la inmensidad de un mar verdoso que confluía en la línea del horizonte con el azul del cielo, como un presagio de que se aproximaban a tierra firme, empezaron a aparecer algunas gaviotas sobrevolando los barcos. No había transcurrido una hora desde la aparición de la primera gaviota, cuando avistaron la isla de Puerto Rico. Todos los hombres que componían las tripulaciones de los 15 navíos, sintieron una emoción especial, pues sabían que aunque la muerte les había estado rondando, de momento habían superado el peligro que siempre suponía la travesía del océano.

Ingresaron en la bahía de San Juan, cuya entrada estaba protegida por los amenazantes cañones de la fortaleza del Morro, la cual divisaron por babor. Una vez que todos los navíos estaban al resguardo del puerto natural que suponía la bahía y antes de desembarcar, fray Pedro de la Serna comunicó al comandante Alvear que los galeones habían pasado la prueba de sobrecarga satisfactoriamente, por lo que podrían vaciarse sus bodegas de adoquines, los cuales deberían destinarse al empedrado de las calles de San Juan.

– Fray Pedro – dijo el comandante mirando hacia el infinito -, sabéis de sobra que no era partidario de trasportar esos adoquines en mis galeones, pero tengo que reconocer que esa carga en la bodegas, probablemente haya evitado que nos fuéramos a pique cuando en medio de la tempestad colisionamos con el otro navío.

– Querido comandante, los designios del Señor son inescrutables y todo sucede por algo, aunque a veces no alcancemos a comprender su sentido.

Los viajeros recién llegados ingresaron en la ciudad atravesando la muralla por una entrada con forma de pórtico, dejando a la derecha sobre la muralla la fortaleza Palacio del Gobernador. Seguidamente, ascendieron por una empinada pendiente hasta desembocar en la calle del Cristo frente a la catedral, para terminar accediendo a su interior.

Era costumbre de los marineros, agradecer a Dios Todo Poderoso haber llegado sanos y salvos después de una travesía tan aventurada. El propio fray Pedro ofició una misa junto con el Dean de la catedral y acompañados por sus cuatro hermanos jerónimos.

Tras el acto litúrgico, y mientras la marinería se dirigía a los burdeles de la ciudad y cuatro de los frailes jerónimos buscaban aposento en el convento adyacente a la catedral, fray Pedro y el comandante Alvear se dirigieron a la fortaleza para entrevistarse con el gobernador.

Una vez presentadas sus credenciales, solicitaron avituallamiento para la flota y notificaron que era voluntad de Su Majestad que todas las calles aledañas a la catedral fueran empedradas con adoquín español, por lo que era necesario enviar hombres y carros al puerto para descargar la piedra acopiada en las bodegas de los galeones.

El gobernador, consciente de la firmeza con la que el comandante asentía a las explicaciones del religioso, no dudó un instante en facilitar todo lo que le fue solicitado.

Durante los pocos días que permanecieron en tierra, 18 hombres de la flota fueron apresados y encarcelados en las mazmorras de la fortaleza del Morro. Inmediatamente, el comandante Alvear quiso interceder por sus hombres, por lo que se personó en la residencia del gobernador para pedir explicaciones. El primer mandatario de la isla, le comunicó que existían cargos serios contra esos hombres por los graves disturbios que habían ocasionado en la ciudad debido al estado de embriaguez en el que se encontraban, lo que había tenido como consecuencia un muerto y tres heridos graves por los que tendrían que responder ante los tribunales de justicia.

– Gobernador, permitidme que os recuerde que no andamos sobrados de hombres, especialmente para nuestra travesía de regreso, durante la cual a buen seguro tendremos que repeler el ataque de los piratas, por lo que necesitaremos marineros que no carezcan de bravura y doy fe que los que habéis arrestado no carecen de ella.

– Comandante, no me cabe duda alguna sobre la bravura de vuestros hombres, pero en este caso esa bravura ha sido mal empleada y eso, es algo que no puedo tolerar si pretendo mantener el orden y la convivencia en esta isla. No obstante, consciente como soy de la importante misión que tenéis encomendada, os facilitaré 22 hombres experimentados en enfrentamientos con los piratas, que han solicitado desde hace tiempo el retorno a la Madre Patria. Además no debéis preocuparos por su instrucción, ya que llevan mucho tiempo acostumbrados a la disciplina militar – indicó el Gobernador con una sonrisa de complacencia.

– Siendo así, que se haga justicia con los malhechores y no os quepa duda que os estoy agradecido por dotarnos con esos 22 hombres, de lo cual me comprometo personalmente a que el rey sea informado detalladamente.

En adelante y para evitar mayores disturbios, el comandante ordenó prácticas militares diarias, de forma que la tripulación de la flota estuviese ocupada y agotada al final de cada jornada, sin energías para la pendencia.

Cada mañana nada más amanecer, los hombres que no tenían que permanecer de guardia en los galeones, formaban en la explanada aledaña a la fortaleza del morro para realizar ejercicios militares bajo la dirección de distintos oficiales. También, cada día se daban cita en las murallas de la fortaleza, fray Pedro y el comandante Alvear para planificar la siguiente etapa del viaje.

– ¿Habéis observado la tonalidad de las aguas de este mar? – preguntaba el comandante.

– Ciertamente, son distintas y más variadas que las de nuestras costas – respondía fray Pedro -, aquí me atrevería a decir que he detectado siete tonalidades distintas del color verde.

– Todo se debe a la inclinación del sol y a los fondos marinos que son diferentes a los nuestros.

A pesar de que la compañía del comandante le resultaba de lo más complaciente al fraile, este último comenzaba a impacientarse debido a que la estancia en la isla se estaba alargando más de lo que él había supuesto.

Su obsesión era completar la misión que le habían encomendado, y para ello pensaba que cuanto antes abandonasen Puerto Rico, antes cumpliría su objetivo.

– Comandante, no quiero que interpretéis mal mis palabras, pues de sobra sabéis lo agradecido que os estoy, no sólo por todo lo que me habéis enseñado durante esta travesía, sino principalmente porque habéis colaborado sin menoscabo alguno con la misión que nuestro rey nos ha encomendado. No obstante - el jerónimo hizo una pausa para no herir la susceptibilidad del militar -, lo que realmente quiero decir es…

– Dajaos de rodeos e id al grano fray Pedro, pues será la única forma de que nos entendamos.

– A fuer de ser sincero comandante, he de deciros que creo que llevamos demasiado tiempo en esta isla, y ciertamente no soy capaz de entender por qué todavía no hemos partido hacia nuestro destino en la ciudad de Cartagena de Indias.

Antonio Alvear no recibió de buen grado la impaciencia de fraile, teniendo en cuenta las circunstancias en las que se encontraban.

– Voto a Dios que me sorprende que un hombre de vuestra inteligencia no sea consciente de lo que ha impedido nuestra partida.

– Voto a Dios, y que Dios me perdone por mentar su nombre en estas circunstancias, que no alcanzo a comprender los motivos que vuestra merced ve con tanta claridad.

El comandante de la flota hizo acopio de toda su paciencia, templó sus nervios e hizo propósito de no emitir juramentos antes de proceder a explicar al jerónimo las razones que les retenían en Puerto Rico.

– En primer lugar, aun no se ha concluido la descarga de los adoquines de las bodegas de los dos últimos galeones, lo cual se debe a vuestra insistencia en poner a prueba mis barcos.

– De acuerdo, no os alteréis – dijo fray Pedro en un intento de conciliarse con Antonio Alvear -, asumo mi culpa en lo que se refiere a los adoquines.

– En segundo lugar – continuó el comandante mas calmado al ver la nueva actitud del monje -, estamos avituallándonos para una travesía corta hasta Cartagena, ya que quizás no os hayáis dado cuenta, pero antes de nuestra llegada a esta isla habíamos agotado prácticamente todos nuestros víveres.

– Está bien, entiendo vuestras razones y os pido disculpas por mi ignorancia al respecto. También quiero que entendáis que no quiero apuraros, pero ya sabéis que aun estamos lejos de cumplir con la misiva real que tenemos encomendada, por ello me gustaría preguntaros, ¿cuándo creéis que estaremos listo para partir de nuevo?

– No debéis preocuparos demasiado, pues si Dios nuestro Señor lo quiere y la climatología no lo impide, pasado mañana partiremos hacia nuestro próximo destino. Así que sed paciente y orad para que el astro rey siga radiante como hasta ahora y los vientos que insuflan aire en nuestras velas no se conviertan en huracanes.

Tras escuchar las ultimas frases del militar, fray Pedro se santiguó antes de responder al comandante.

– Podéis estar seguro, que todos los día pido al Altísimo que no nos abandone en esta travesía.

– No me cabe ninguna duda que oráis diariamente por todos nosotros, y ello es fundamental para el éxito de nuestra misión, pues lamentablemente y como tendréis ocasión de comprobar, no serán los elementos atmosféricos los únicos obstáculos que tendremos que sortear.

La preocupación de fray Pedro no se circunscribía al tiempo que duraría la navegación, y los problemas que se encontrarían durante la misma, sino más bien a la incertidumbre que tenía sobre si serían capaces de conseguir el tesoro que se proponían transportar hasta España en las bodegas de los quince galeones.

Tal y como había pronosticado el comandante Alvear, sólo habían transcurridos dos días desde su tensa conversación con el jerónimo, cuando la flota se dispuso a abandonar la isla boricua.

El día que abandonaron la isla, el gobernador acudió al puerto a despedir a la flota y allí hizo entrega a fray Pedro de un legajo con diferentes cartas para la corte. De esta forma los mismos navíos que habían arribado a Puerto Rico, levaron anclas para partir hacia Cartagena de Indias navegando sobre las aguas verde esmeralda del mar Caribe.

CAPITULO III

LA GRANJILLA (EL PARQUE DE LA FRESNEDA) – AÑO 2014

Despuntaba un espléndido y soleado día primaveral en la sierra de Guadarrama mientras caminaban Juan y su padre, el doctor Alejandro Ibarra, por el camino de entrada a la finca de La Granjilla cargados con sus cañas y cestas de pescar. A un lado del camino y limitando el ancho del mismo, se hallaba un muro centenario de mampostería en seco de metro y medio de altura, mientras que al otro se extendía la finca, resaltando en su superficie peñas graníticas de distintos tamaños cubiertas de musgo y liquen, así como numerosos árboles, predominando fresnos, robles y encinas.

Juan tenía una constitución semejante a la de su padre, ambos eran altos y excesivamente delgados, aunque la delgadez era más llamativa en el caso del hijo por tener una estatura superior a la de su progenitor. Alejandro tenía el cabello totalmente blanco mientras que Juan lo tenía castaño, el mismo color que mostraban los ojos de ambos. Observaban el paisaje distraídamente cuando les salió al paso el guardés de la finca.

– Buenos días, se puede saber dónde van ustedes – les interpeló el guardés con rudeza como a cualquiera que hubiera invadido una propiedad privada.

– Buenos días Amalio, ¿tanto he cambiado que ya no me reconoces? – respondió con amabilidad Alejandro deteniéndose frente al guardés y posando la mano sobre el hombro de su hijo.

– ¡Uy! Perdone doctor Ibarra, es que cada día ando peor de la vista y además al verle con este joven…- dijo haciendo una pausa mientras observaba a Juan -, hay que ver Juanito, si hace unos días no levantabas un palmo del suelo y ya eres más alto que tu padre.

– Por cierto, ¿qué tal sigue Joaquina? – continuó el doctor Ibarra interesándose por la salud de la esposa del guardés.

– Pues gracias a los remedios que usted le recetó se encuentra perfectamente, pero acompáñenme que Joaquina acaba de preparar café.

Amalio, era un hombre ya entrado en años y de estatura corta, pero aun suficientemente ágil y recio gracias a la actividad que realizaba diariamente en las labores del campo. Con dos zancadas rápidas, se adelantó para entrar en la casa y anunciar a su esposa la llegada de los dos invitados.

Nada más cruzar hacia el interior de la humilde vivienda que habitaban los guardases, tanto el padre como el hijo no pudieron disimular su deleite al percibir el aroma a café recién hecho.

– ¡Doctor! – dijo la guardesa con un gesto de admiración hacia don Alejandro – pase y siéntese que ahora mismo le pongo un café con un poquito de leche como a usted le gusta.

– Hola Joaquina – saludó cariñosamente Juan que entraba en la estancia tras su padre - , ¿habrá para mi otra taza de ese café que huele tan bien?

– ¡Pero Juanito hijo! – exclamo la mujer totalmente sorprendida - , si ya eres más alto que tu padre. Estás hecho todo un hombre, pero sigues teniendo la misma cara de niño bueno que parece que nunca ha roto un plato.

Joaquina tuvo que empinarse y Juan agacharse, para recibir un par de sonoros besos y las correspondientes carantoñas de la guardesa para expresar el inmenso cariño que sentía hacia quien había conocido siendo un niño, y que ahora se había convertido en un joven espigado.

Habían transcurrido más de diez años desde la última vez que Juan había ido a pescar a la Granjilla con su abuelo, un prestigioso profesor de historia, que murió de un infarto ese mismo día mientras sostenía la caña de pescar. Por esa razón, Juan que por entonces acababa de cumplir doce años quedó tan afectado que no había querido volver a ese lugar. Aquel suceso también influyó en la decisión de Juan de convertirse en historiador.

Desde muy pequeño comenzó a acompañar a su abuelo los días previos de preparación al día de pesca. Al amanecer se acercaban al campo, removiendo la tierra en lugares húmedos para recolectar gusarapas y lombrices rojas que Juanito se encargaba de introducir en frascos de cristal, con la tapa metálica agujereada para permitir el paso de oxígeno suficiente y así, mantener el cebo con vida hasta que se convirtiese en el alimento trampa de los peces.

Los días de pesca, el abuelo se marchaba solo por la mañana temprano, y generalmente regresaba al atardecer con la cesta llena para deleite de su nieto, que entusiasmado recibía al abuelo portador de los trofeos conseguidos.

Durante un tiempo se repitió la misma rutina, el día previo buscando conjuntamente el cebo, y al día siguiente el nieto esperando en casa a que su abuelo regresara con la pesca. Hasta que un día, al volver del campo con los frascos repletos de lombrices, un regalo del abuelo estaba esperando sobre la cama de Juan. Eran su primera caña de pescar y su cesta.

Con la emoción de su primer día de pesca, el entonces niño, prácticamente no pegó ojo en toda la noche y antes de que amaneciese, ya estaba esperando al abuelo preparado para su primera jornada como pescador.

Desde ese día en que el abuelo empezó enseñándole lo más básico del arte de la pesca, siempre fueron juntos a pescar hasta aquel fatídico día.

Juan estaba consiguiendo por primera vez más piezas que su abuelo, quien le estaba diciendo que tendrían que celebrar que con tan solo doce años el alumno había superado al maestro. Repentinamente, el viejo profesor de historia sintió un fuerte dolor en el pecho, quedándole fuerzas únicamente para decir a su nieto que corriese a casa de Joaquina y Amalio para avisarles que no se encontraba bien.

Cuando el niño regresó con Amalio, mientras Joaquina llamaba por teléfono al doctor Alejandro, el profesor Ibarra yacía sin vida junto a la orilla del lago. Era la primera vez que Juan veía una persona muerta, y tuvo que ser precisamente la persona que más quería en ese momento, lo cual provocó tal trauma en el entonces niño, que no quiso volver a pescar en La Granjilla.

Una vez más y después del tiempo transcurrido, Juan intentaba evocar la imagen de su abuelo, pero sólo alcanzaba a recordar la escena lúgubre con su abuelo inmovilizado por el efecto de la muerte y él inmovilizado también como una estatua de sal, sin emitir sonido alguno e incapaz de derramar una sola lágrima.

No era capaz de recordar como era aquel día, supuestamente siempre que iban a pescar el día era soleado, pero todas las imágenes que venían a su mente eran oscuras, como si en aquel día sólo se cerniesen sobre ellos negras nueves presagiando una terrible tormenta.

Recordaba como Amalio acomodaba el cuerpo sin vida de su abuelo, intentando encontrarle el pulso infructuosamente, justo cuando llegó el doctor Ibarra para certificar que su padre había fallecido.

Ni siquiera ahora, con aquel suceso superado, sabía Juan determinar el tiempo que estuvo contemplando el cuerpo sin vida de su abuelo, mientras era incapaz de mover un solo músculo. Sólo cuando fue confirmada la muerte por su padre, quien entonces le rodeó con un fuerte abrazo, reaccionó Juanito para prorrumpir finalmente en un llanto desconsolado.

– ¿Y qué ha sido de tu vida todos estos años? – preguntó al joven Ibarra el guardés, sin poder disimular un cierto halo de tristeza -, no sabes cuantas veces Joaquina y yo os mentamos a ti y a tu abuelo, recordando cuando veníais a pescar juntos.

Antes de que Juan respondiera, el doctor Alejandro Ibarra les puso al corriente de que su hijo se había licenciado en historia y ahora estaba trabajando en su tesis doctoral, la cual versaba sobre Felipe II y la Orden de los Jerónimos en la época de la construcción del Monasterio de El Escorial.

– Por eso después de pescar – continuó el doctor -, queremos acercarnos a la casa grande para que doña Mercedes le cuente a Juan la historia de esta finca, que es en realidad donde habitaron los primeros jerónimos, y el propio monarca algunas temporadas hasta que se construyó el monasterio.

– Pues ya verás – sentenció Joaquina dirigiéndose a Juan - como doña Mercedes te va a ilustrar sobre todo ello, porque nadie mejor que ella conoce la historia de La Granjilla.

La guardesa, cogía la mano de Juan y le daba golpecitos en el hombro, no pudiendo refrenar la predilección que siempre había sentido por ese niño, sin terminar de aceptar que ya se había convertido en todo un hombre.

– Si van a pescar, vayan por la orilla norte del estanque grande, que es donde últimamente mejor pican las carpas – recomendó Amalio -, ahora Joaquina avisará a doña Mercedes que más tarde irán a visitarla.

Después de las despedidas y parabienes habituales, padre e hijo reiniciaron su andadura por la senda del camino principal de la finca hasta llegar a un estanque pequeño desde donde se adentraron por un sendero angosto que discurría entre fresnos para desembocar finalmente en un lago conocido como el estanque grande, el cual se desplegaba en toda su magnitud, iluminado en su dimensión más larga por el primer sol de la mañana que asomaba por el este.

Mientras caminaban, Juan comentó a su padre que había encontrado a los guardeses, tal y como los recordaba desde hacía diez años.

– Es como si no hubiesen pasado los años por ellos, quizás Amalio esté un poco mas encorvado y Joaquina con algún kilo más, pero realmente se conservan de maravilla.

– Eso es por lo saludable de la vida en el campo, que proporciona más salud que cualquier medicina.

Una vez rodeada casi la mitad del perímetro del lago, llegaron al sitio que tras la recomendaciones de Amalio, habían decidido que era el idóneo para tirar las cañas y probar suerte. Dispusieron el cebo en sus respectivos anzuelos y lanzaron los sedales hacia el centro de la superficie acuática en busca de los peces, para a la sazón convertirlos en pescados.

El día resultaba de lo más esplendido, soleado pero sin provocar un calor excesivo, lo típico de un día primaveral en la sierra de Madrid. Durante esos primeros instantes de concentración en el arte de la pesca, ambos se mantuvieron en silencio, como si de un ritual previamente pactado se tratase.

Los único sonidos perceptibles eran el trino de algún pájaro, y el monótono canto de los grillos que presagiaban la llegada del calor veraniego. Transcurridos unos minutos y sin que todavía ningún pez hubiese mordido el anzuelo, Juan decidió romper el silencio que se había establecido entre ellos y aprovechar el remanso de paz en el que se encontraban para conversar con su progenitor.

– Padre, cuando venía a pescar con el abuelo me contaba siempre una historia, que con la inocencia de la niñez creí a pies juntillas, pero ahora con el paso de los años y después de todo lo que he leído en los libros de historia, me parece un tanto inverosímil.

El doctor Ibarra, tan absorto como estaba en el sedal de su caña, apenas percibió que su hijo le estaba hablando, por lo que este último tuvo que repetir lo mismo nuevamente.

– Y qué es lo que te contó el abuelo.

– Pues que Felipe II y los primeros frailes jerónimos vivieron en esta finca mientras se construía el monasterio y …

– Pues eso no tiene nada de inverosímil y además siendo historiador ya deberías haberlo comprobado – interrumpió Alejandro antes de que su hijo terminase.

– Eso ya lo sé, pero es que me dijo también que existe un túnel que comunica esta finca con el monasterio, aunque nunca me dijo donde se encuentra exactamente ese túnel. Y precisamente, la existencia de ese misterioso túnel es lo que me parece inverosímil.

– Bueno, es que eso mismo le contó a él su padre y a éste el suyo. Y así ha venido ocurriendo desde tiempo inmemorial, pasando de boca en boca, generación tras generación sin que sepamos si se trata de una historia real o simplemente de una leyenda.

– ¿Y usted cree que nosotros podríamos averiguar si ese túnel existe en realidad? – preguntó Juan intrigado.

– Mira hijo, para averiguarlo sólo hay una forma, que es localizando la entrada o la salida del túnel, porque el resto al estar bajo tierra es imposible que podamos verlo.

Juan estaba distraído meditando sobre lo que su padre acababa de decirle cuando sintió un pequeño tirón en la caña y vio como se tensaba el sedal, lo cual le hizo regresar de sus reflexiones legendarias a la realidad del hermoso entorno natural que le rodeaba. Se concentró en tirar con una mano suavemente de la caña mientras con la otra hacía girar el carrete recogiendo hilo. Repitiendo esa misma operación, poco a poco, consiguió sacar del agua la primera carpa del día.

La segunda carpa, también picó en la caña de Juan, por lo que no pudo reprimirse y lanzó a su padre una pregunta con cierto sarcasmo.

– ¿Estás seguro de que has puesto bien el cebo? – dijo mirando hacia el agua y con una leve sonrisa.

– No te vanaglories tanto, aunque parece que no has perdido tus facultades, hasta ahora has tenido simplemente más suerte que yo, pero como dice el refrán, esto no es como empieza, sino como termina, y además hasta el rabo todo es toro.

– Ya padre, pero no olvide que el refranero dice también que a quien madruga Dios le ayuda.

– Claro hijo – replicó el doctor Ibarra -, y también que no por mucho madrugar amanece más temprano.

Estaban precisamente en ese debate sobre el pozo de sabiduría que representa el refranero español, cuando Alejandro Ibarra consiguió su primera pieza, lo cual celebraron ambos con inusitada algarabía.

Tras conseguir algunas carpas más de diversos calibres, decidieron hacer un alto a media mañana para degustar un bocadillo de fiambre y empinar la bota de vino que conservaban desde los tiempos en que el abuelo iba a pescar.

Una vez que dieron cuenta de sus respectivos bocadillos y tras compartir un último trago de vino, continuaron con su rutina para pacientemente incrementar el número de piezas conseguidas.

Cuando el sol lucía en lo más alto y con sus respectivas cestas llenas de carpas, la pareja de pescadores recogió sus aparejos y con la sensación de haber gozado de una estupenda jornada matutina de pesca, se dirigieron hacia la casa grande de la finca.

Se aproximaban el doctor Alejandro Ibarra y su hijo Juan a la vetusta construcción, cuando bajo el umbral de la puerta apareció una mujer de una edad que debía rondar el medio siglo, elegantemente vestida con blusa blanca y pantalón de color pardo ajustado, que resaltaba una sensual figura que había conservado desde su juventud. Completaban el conjunto unas botas camperas y un pañuelo anudado alrededor de un esbelto cuello sobre el que descansaba la cara de una mujer madura sin apenas arrugas y con media melena perfectamente peinada.

– Mercedes, no se como lo haces pero no pasan los años por ti – dijo el doctor besando la mano de la dama en un derroche de galantería.

– Alejandro, tu tan amable como siempre - decía la señora cuando tornó la vista por encima del hombro del doctor -. Y este joven tan espigado supongo que es tu hijo, aquel niño que solía visitarnos con su abuelo después de pescar.

Juan que hasta el momento se había mantenido unos pasos detrás de su padre, se adelantó hasta la posición de éste.

– Si señora, soy Juan, el mismo niño que usted menciona – respondió el joven estrechando la mano de Mercedes.

– Bueno, acerquémonos a la mesa, ya que sabiendo que veníais nos han preparado un pequeño aperitivo para que repongáis fuerzas mientras conversamos – invitó la señora señalando una mesa circular de piedra que se encontraba en el exterior de la casa. Sobre ella había una jarra de fresca limonada, tres vasos y un par de platos con aceitunas y almendras. Todo ello, al cobijo de la sombra que proyectaba el fresno protector bajo el que se encontraban.

Mientras Mercedes llenaba los vasos de limonada y el doctor se sentaba en un banco de piedra, Juan dirigió su mirada hacia el edificio conocido como la Casa de Su Majestad, el cual construido en mampostería de granito, tenía sus esquinas reforzadas con sillares. Como tantas otras veces en su niñez, llamó la atención del joven la impresionante puerta principal, con su marco flanqueado por pilastras fajeadas sobre las que apoyaba un dintel realizado con dovelas. Por encima del dintel, resaltaba un frontón triangular, con dos florones descansando en sus extremos y una ventana situada sobre su eje.

Estaban disfrutando del aperitivo, cuando Juan explicó a su anfitriona el motivo de la tesis doctoral que estaba elaborando y manifestó, que sería un honor y una ayuda inestimable, poder contar con la información que le pudiese proporcionar la mujer que más sabía sobre la estancia de Felipe II y los jerónimos en la Granjilla.

Ante la propuesta del joven, Mercedes se levantó de su asiento y cruzando los brazos comenzó a caminar alrededor de la mesa parándose nuevamente frente a Juan para poner condiciones a su colaboración.

– Muy bien jovencito, haremos un trato – dijo mirándole fijamente a los ojos con cierto aire de misterio -. Yo te enseñaré todo lo que sé y te mostraré hasta el último rincón de este lugar, pero a cambio me mantendrás al corriente de tus conclusiones y me entregarás una copia de tu tesis.

– Si eso es todo, por mi parte no hay ningún problema, así que supongo que tenemos un acuerdo – respondió Juan levantándose a su vez y tendiendo la mano derecha a su nueva socia.

La mujer estrechó con sus dos manos la del joven y tomaron nuevamente asiento para seguir degustando el aperitivo junto al doctor que, impasible, había observado la escena del acuerdo entre su hijo y la dueña de la finca. Una vez terminada la limonada, y para empezar a poner en práctica lo acordado, la anfitriona invitó a sus dos visitantes a recorrer el interior de la casa.

– Ésta como ya debes saber – dijo Mercedes dirigiéndose al joven –, es la denominada Casa de Su Majestad, ya que es la que eligió Felipe II como su residencia en esta finca que ahora conocemos como la Granjilla, pero que en aquellos tiempos se llamaba Parque de la Fresneda.

Mercedes continuó su relato indicando que en la mansión original de los Avendaños, antiguos propietarios, el monarca decidió derribar todo el interior, respetando sólo las cuatro paredes exteriores, elevando algo más de medio metro cada una de ellas para poder construir un segundo piso y rematar el edificio rectangular con una cubierta de pizarra a dos aguas, conservándose así hasta nuestros días.

– Las malas lenguas cuentan algo que no sabrás, porque usualmente no aparece en los libros de historia – dijo Mercedes despertando aun más la atención del joven Ibarra -. Algún historiador, comenta que Felipe II adquirió esta casa para poder mantener en ella relaciones con su amante Isabel Osorio de Cáceres, la cual curiosamente es antepasada mía.

– Pues la verdad, es la primera vez que escucho algo así. Además, generalmente Felipe II aparece en los libros de historia como un personaje poco propenso a tener amoríos extramatrimoniales, y más teniendo en cuenta su apego a un catolicismo recalcitrante.

Primero recorrieron la planta baja, en la que se entretuvieron especialmente contemplando los tapices gobelinos que databan de la época en la que Felipe II adquirió la propiedad. Después ascendieron al primer piso para visitar los distintos aposentos, incluyendo los cuartos de baño, que lógicamente se correspondían con los tiempos actuales y no conservaban de su estado original más que los muros exteriores y las ventanas.

Finalmente, una vez recorridas todas las estancias, siempre atentos a las detalladas explicaciones que la anfitriona daba a sus dos invitados, regresaron al exterior de la casa.

– Bueno Juan, espero haberte sido útil. No obstante, cuando quieras o puedas vuelve otro día, sólo o con tu padre, y te mostraré la Casa de los Frailes.

– Le agradezco el “tour” que nos ha hecho por la casa y por descontado que acepto la invitación, por lo que espero volver pronto. Para entonces intentaré traerle un avance de mi tesis en la que, si me lo permite incluiré una referencia sobre la primicia que me ha contado en relación con los amoríos del rey Felipe II con su antepasada en esta finca.

Sin más dilación, padre e hijo junto con sus cestas y cañas, iniciaron el regreso por el mismo camino por el que habían llegado. Mientras regresaban a su casa, Juan comentó con su padre que le había sorprendido la amabilidad y disposición de Mercedes a colaborar con él, ya que cuando era niño le parecía una mujer poco accesible e incapaz de trasmitir algún sentimiento de cariño.

– No te fíes de las apariencias – aconsejó Alejandro a su hijo Juan -. Mercedes es una mujer de dos caras, con doble personalidad. No se si recuerdas a su marido Antonio Corrales, un prestigioso arqueólogo que finalmente, y aun teniendo que abandonar a su hija, se marchó para no volver jamás. Todos los que le conocieron, dicen que en ese abandono tuvo mucha culpa el carácter de la propia Mercedes, la cual creo que no ha sido capaz de asumirlo, y desde entonces le dan algunos arrebatos de los que nadie se entera de puertas afuera de esta finca, pero que sufren en silencio Joaquina y Amalio.

– Es decir, que sigue siendo la bruja mala del cuento, exactamente tal y como yo la recordaba. Del tal Antonio Corrales no me acuerdo mucho, a la que si recuerdo perfectamente es a la hija, se llamaba Isabel y era una niña flaca con trenzas que, cuando venía a pescar con el abuelo, siempre se acercaba hasta donde estábamos para incordiarme.

– Exactamente, Isabel es el nombre de su hija, pero hace mucho tiempo que no la veo, precisamente desde que empezó a estudiar la carrera de arqueología, siguiendo la misma vocación que su padre.

– Bueno, volviendo al tema principal de nuestra visita, supongo que te habrás dado cuenta que la tal Mercedes no ha hecho mención alguna a la existencia del supuesto túnel del abuelo.

– Es muy probable que ella jamás haya escuchado nada al respecto, o si lo sabe se lo callará, lo cual es muy propio de su carácter siniestro.

– Quizás, la próxima vez que me reúna con ella, intente tirarla de la lengua con mucho cuidado.

Juan volvió a la Granjilla dos semanas después de su última visita, pero esta vez sin los aparejos de pesca y sin la compañía de su padre. Tal y como tenía por costumbre fue directamente a la casa de los guardeses para que anunciasen su llegada a doña Mercedes.

– Hola Juanito dame un beso – requirió Joaquina dándole un efusivo abrazo y un beso en cada mejilla -. Amalio debe estar por el estanque grande, así que si vienes a pescar seguro que lo encuentras por allá.

– No, hoy no tengo tiempo para la pesca – respondió el futuro doctor en historia -. Voy directamente a la casa grande para hablar con doña Mercedes, pues tal y como me dijiste, es la que mejor puede ilustrarme sobre la historia que tuvo lugar en esta finca.

– Pues anda hijo, no pierdas tiempo y ve para allá, que hoy además de la historia te va a enseñar otra cosa – dijo Joaquina agarrándole de los hombros por la espalda y empujándole hacia el camino de la vivienda principal de la finca.

Juan sin decir nada, pero con expresión intrigada por lo que acababa de decirle la guardesa, dirigió sus pasos hacia la antiguamente conocida como Casa de Su Majestad. Al mismo tiempo Joaquina telefoneaba a doña Mercedes para anunciar la llegada del joven.

El día lucía maravilloso, entre el correspondiente a una primavera que no quiere despedirse y el de un verano que quiere entrar en escena sin más dilación. Según iba avanzando por el camino, una bandada de patos sobrevolaba sobre su cabeza con dirección a alguno de los estanques de la finca.

Del mismo modo que en la visita anterior cuando fue con su padre, Mercedes apareció bajo el umbral de la puerta principal. Esta vez, desde la distancia dedicó al joven una sonrisa, que éste no supo interpretar si era sincera o forzada.

– Juan, querido no sabes cuanto me alegra que hayas venido nuevamente – dijo la anfitriona mirándole de pies a cabeza y terminando por estrecharle en un suave abrazo acompañado de un ligero beso en la mejilla.

– Estoy encantado de estar aquí, como siempre – respondió el joven con afecto a la calurosa bienvenida –. Y no quisiera estar abusando de su confianza y hospitalidad.

– Espero que a partir de ahora me tutees, y pasa que quiero que veas a alguien – dijo Mercedes dando por terminado el protocolo de saludos.

Nada más cruzar el umbral, Juan se quedó petrificado al observar la figura que con aire cadencioso descendía por la escalera que comunicaba el hall de entrada con las estancias del piso superior.

– ¿Recuerdas a mi hija Isabel?, erais sólo unos jovencitos en la edad del pavo la última vez que os visteis.

El joven, con la boca semiabierta por la sorpresa, continuaba sin pronunciar palabra deleitándose con la imagen de aquella joven de larga melena negra ondulada, con unos minishorts blancos que contrastaban con unas piernas bronceadas y perfectamente moldeadas, sandalias tan abiertas que pareciera como si estuviese descalza y camiseta también blanca y tan ajustada que resaltaba aun más su ya prominente pecho. Según se fue acercando la joven, Juan pudo apreciar en ella su tez morena y unas facciones que le tenían turbado, hasta que la joven comenzó a hablar.

– Bueno Juan, es que después de tanto tiempo sin vernos no me vas a dar ni siquiera un beso – dijo Isabel plantándose frente al joven -, o será qué ya no te acuerdas de mi.

– Claro, claro que me acuerdo– dijo titubeando el joven dando un suave e inocente beso en el definido pómulo de Isabel-, pero es que estás muy cambiada, ¿dónde has estado todo este tiempo?

Isabel relató su estancia en la Sorbonne de Paris, donde había cursado estudios de arqueología. Después le dijo que acababa de regresar de Egipto, donde había permanecido seis meses, gracias a una beca que le habían concedido para participar en la excavación de la tumba del faraón Tutmosis III.

– Y si te has pasado seis meses metida en esa tumba, ¿dónde has conseguido ese bronceado tan estupendo?

La joven continuó explicando que durante las últimas dos semanas se dedicó a conocer algo más de Egipto y su historia, remontando el Nilo a bordo de un barco desde Luxor hasta Asuán, parando y desembarcando en determinados puntos de la orilla para visitar los distintos templos que encontraban a su paso. Así pudo conocer templos tan ancestrales como los de Karnak, Edfú o Filé.

– Mientras navegaba por el Nilo, aproveché para tomar el sol en la cubierta del barco y de ahí este color piel canela.

– ¿Qué es lo que más te ha gustado de Egipto? – preguntó Juan siguiendo el hilo de la conversación.

– Lo más impresionante, a parte de la espectacular pirámide de Keops – continuó Isabel retomando su relato como si estuviese reviviendo la escena nuevamente -, vino después de llegar a Asuán. Allí termina el crucero debido a la existencia del muro de la presa, y tras más de cuatro horas en autobús por una carretera, junto a la cual sólo se ven las arenas de un desierto interminable sometido a la acción de un sol inclemente, por fin llegamos a Abú Simbel.

Isabel hizo una descripción pormenorizada del templo de Abú Simbel. Definió con detalle sus colosales y majestuosas esculturas custodiando la entrada del templo, y cómo había sido rescatado piedra a piedra, de su lugar original, que actualmente se encontraba sumergido bajo las aguas de la gran presa. Había sido reconstruido en un lugar cercano y a una cota superior, a salvo del nivel de las aguas, para que todo el mundo pudiera seguir visitándolo.

– Estoy segura de que te encantaría visitar Egipto y especialmente Abú Simbel, además, por lo que me ha contado mi madre eres un experto en historia, así que ya sabrás de lo que estoy hablando.

– La historia de Egipto la estudié y la disfruté en su momento, pero me gustaría poder ver in situ los vestigios de esa civilización. Y, ¿por qué no?, que me acompañaras para mostrármelo, ya que simplemente con la pasión con la que lo cuentas estoy deseando verlo – dijo Juan con cierto sonrojo.

– Veo – interrumpió Mercedes – que tenéis muchas cosas que contaros para poneros al día, así que dejaremos para otro día la visita a la Casa de los Frailes de la que te hablaré largo y tendido, por cierto ¿te sirvió lo que te mostré el otro día sobre esta casa, o necesitas volver a recorrerla?

– Por supuesto que me sirvió, ya que no es lo mismo la descripción que hacen los libros de algo, que poder verlo con tus propios ojos y más aun de la mano de una experta como usted.

– Hemos quedado en que me tutearías – insistió Mercedes tras sentirse alagada por el joven.

– Es verdad perdona, de todas formas… - hizo una pausa prolongada.

– Dime querido.

– Es que hay un tema relacionado con esta finca al que llevo muchos años dándole vueltas.

– Si te puedo ayudar, soy toda oídos – insistió intrigada la anfitriona.

Entonces, el joven relató la leyenda que había escuchado de labios de su abuelo, la cual se había transmitido en su familia de generación en generación, preservando la creencia de que existía un túnel que comunicaba la finca de la Granjilla con el Monasterio de El Escorial.

Al instante, Juan percibió una reacción de tensión y preocupación en Mercedes, que con una expresión de maldad, que hasta ese momento no se había traslucido, miraba a su hija al tiempo que ésta miraba a su madre como si ambas estuvieran intercambiando mensajes telepáticamente, hasta que Mercedes volvió su mirada inquisitiva hacia el joven.

– ¿Quién te ha contado eso y quién más lo sabe? – preguntó de forma exigente.

– Tal y como te he dicho, me lo contó mi abuelo, pero como una leyenda popular - respondió Juan queriendo quitarle importancia al percibir que, de algún modo, había inquietado a su anfitriona -, y hasta donde yo sé, mi padre también conoce esa leyenda.

– Has de saber, que es la primera vez que escucho tal cosa, lo cual me extraña porque, tanto con tu abuelo como con tu padre, he conversado en numerosas ocasiones sobre la historia de esta finca y jamás lo han mencionado.

– Bueno, en el caso de mi padre es lógico ya que él mismo no le da al tema ninguna credibilidad. En cuanto a mi abuelo, no se realmente porque no lo mencionaría, pero supongo que siendo como yo historiador, no daría mucha validez a una leyenda popular sin ningún soporte histórico.

– Esta bien, no obstante si llegases algún día a averiguar que pudiere haber algún atisbo de veracidad en ello, me gustaría que me informes antes que a nadie – solicitó Mercedes volviendo a su expresión de dama educada -, ya que no querría que empezasen a aparecer por aquí un montón de espeleólogos curiosos.

– No dudes que así lo haré – se comprometió el joven historiador.

– Bueno no os entretengo – dijo Mercedes como si de repente necesitase quedarse sola -, ir a dar un paseo que tendréis muchas cosas que contaros.

Poco después de abandonar la pareja de jóvenes la casa, Mercedes cogió el teléfono y marcó los dígitos de un número que tenía perfectamente memorizado. Al otro lado de la línea sonaba un teléfono móvil entre un grupo de frailes agustinos que se encontraban en el Monasterio del El Escorial, cuando uno de los más jóvenes percibió el sonido.

– Padre prior, creo que es su teléfono el que está sonando.

El prior, un hombre alto y fuerte que a pesar de su edad aun conservaba una figura atlética y una cabellera blanca totalmente poblada, al identificar el origen de la llamada se apartó del grupo antes de responder.

– ¿Dígame?

– Padre Servando, soy Mercedes y tenemos que vernos en privado lo antes posible.

– Esta tarde estaré confesando feligreses en la basílica del monasterio, así que acércate al confesionario y hablaremos. Pero, ¿no puedes adelantarme algo por teléfono?

– No padre, prefiero contárselo cara a cara, porque lo que le voy a revelar puede influir positivamente en nuestros intereses y necesito conocer su interpretación al respecto.

– Entonces, aquí nos vemos más tarde.

La mañana en La Granjilla con una temperatura ideal, se prestaba para que los dos jóvenes se dedicaran a pasear por la finca bordeando sus estanques, lo que aprovecharon para relatar sus respectivas experiencias universitarias en París y Madrid respectivamente. Isabel terminaba su relato con su estancia en Egipto e insistiendo una vez más en la espectacularidad de Abú Simbel.

– Y lo que hubiera sido una tragedia y una pérdida irreparable, es que con la construcción de la presa de Asuán hubiera quedado sumergido bajo las aguas para siempre, ya que con el transcurrir del tiempo nos habríamos olvidado de su existencia. Pero gracias a la pericia de unos ingenieros, consiguieron desmontar todo el templo pieza a pieza y volver a reconstruirlo sobre una bóveda de hormigón, construida fuera del alcance de las aguas, la cual forraron con todas las piedras previamente rescatadas. Y todo ello para que hoy podamos disfrutar de su majestuosidad.

Terminaba de hablar Isabel cuando llegaron a la orilla del estanque grande, donde Juan se detuvo repentinamente quedando maravillado ante la magnitud de ese lago artificial, y ello a pesar de la cantidad de veces que había tenido ocasión de contemplarlo.

– Miras el estanque – dijo Isabel sorprendida –, como si fuera la primera vez que lo ves.

Juan, aunque oía a Isabel, seguía absorto en la contemplación del paisaje que tenía delante y no era porque lo viera por primera vez, sino porque ante el relato de Isabel sobre Abú Simbel, era la primera vez que se le ocurría que quizás la entrada del famoso túnel legendario estuviera justo delante de ellos, oculta bajo las aguas del lago y fuera ese el motivo por el que nadie lo había visto, pudiendo ser esa la razón por la que con el tiempo había quedado en el olvido. Lo mismo que habría sucedido con el templo egipcio de no haber sido previamente rescatado.

– ¿Estás aquí? – preguntó Isabel agitando su mano frente a los ojos de Juan intentando reclamar su atención.

– Si perdona – respondió el joven como despertando de un sueño y dudando, sobre si debía revelar lo que se le acababa de ocurrir o esperar hasta estar más seguro -, es que…

Ante el silencio repentino de Juan, la joven volvió a insistir.

– Es que, ¿qué? – preguntó Isabel casi a punto de echarse a reír ante el estado de despiste de su acompañante.

Juan desvió su mirada hacia el rostro de Isabel, pero apenas dos segundos después volvió a desviar su atención hacia las aguas del lago.

– Es que – decidió no desvelar su posible descubrimiento -, cada vez que veo este lago me parece distinto, dependiendo del punto de la orilla en que estés situado, si lo ves en la mañana o durante la tarde, si el día es soleado o nublado y sobre todo cambia con la estación del año en que nos encontremos. En definitiva, en cualquier caso es una auténtica belleza, como tu.

En ese momento, Juan desvió su mirada desde el lago nuevamente hacia Isabel, cogió la cabeza de ella entre sus manos mezclando los dedos bajo su espeso cabello negro, para acercar sus caras lentamente y fundir sus labios en un cálido e interminable beso.

– Perdóname – dijo Juan separándose de ella -, ha sido un impulso incontrolable que no he podido evitar.

– No hay nada que perdonar – respondió ella sonriente – lo has hecho muy bien, ya veo que con tus compañeras de la facultad has aprendido algo más que historia. Además, resultas de lo más gracioso pasando de estar completamente ausente a una reacción pasional digna de una escena de película.

En ese mismo instante, se produjo un pequeño estruendo provocado por un grupo de patos que levantaba el vuelo, agitando la superficie del agua y provocando unas olas diminutas. Ello fue la causa de que ambos jóvenes salieran del ensimismamiento transitorio en el que se encontraban, producto de una atracción tan correspondida como desconocida hasta ese instante, tanto para Juan como para Isabel.

A continuación siguieron paseando, relatando Juan que estaba terminando su doctorado, lo que complementaba dando clases en la misma facultad de historia como profesor no numerario. Después, preguntó a Isabel la razón por la que había ido a estudiar a Francia.

– Ya sabes que mis padres se separaron hace varios años cuando tu y yo éramos aun niños, por eso no se si recuerdas a mi padre – comenzó Isabel.

– La verdad, es que no tengo muchos recuerdos de él – Juan se esforzaba rebuscando en su memoria -, sólo sé que siempre que venía a pescar con mi abuelo, se acercaba para preguntarnos que tal nos iba con la pesca.

– Si – dijo Isabel entusiasmada -, yo también me acuerdo de eso, porque siempre le acompañaba en esos paseos.

– Claro, tu eras la niña con trenzas, que mientras tu padre encendía una pipa y fumaba conversando con mi abuelo, tu te dedicabas a molestarme diciéndome que no era capaz de pescar nada.

– Y tu, ni te inmutabas, seguías concentrado en la pesca y ni siquiera me dirigías la palabra.

Juan, miró fijamente a Isabel sin dirigirle la palabra por unos instantes, tal y como hacía en los tiempos a los que ella se refería.

– ¿Qué, no vas a decir nada? – preguntó Isabel esperando alguna respuesta de su interlocutor.

– Si quieres que sea sincero, la verdad es que lo único que me apetecía en aquella época, era tirarte al agua. Pero comprenderás que delante de tu padre y mi abuelo nunca me atreví a hacerlo.

– Bueno, ahora no están ni mi padre ni tu abuelo, así que estando solos te puedes quitar ese trauma de la infancia tirándome al agua.

Juan miró a Isabel con una sonrisa en el rostro acompañada de una expresión cargada de ternura.

– Tranquila, que no tengo ningún trauma de la infancia y ahora en lugar de tirarte al agua me apetece más hacer otras cosas contigo.

Nada más terminar la frase, la cara de Juan se sonrojó como un tomate maduro, y sólo supo añadir que lo sentía y que no le interpretase mal.

– Te he interpretado perfectamente, porque te has explicado muy bien, así que no te hagas ahora el estrecho.

– Bueno, en todo caso disculpa, no es cuestión de estrecheces, pero hace mucho tiempo que no nos veíamos y no quiero pecar de descortés.

– Relájate – dijo Isabel haciéndole una caricia en la mejilla y agarrándole de brazo para retomar el paseo -, no has sido para nada descortés.

Continuaron caminando un buen rato rodeados de un completo silencio, alterado únicamente por el sonido de algún conejo que paralizado bajo un tomillo, repentinamente corría despavorido ante la proximidad de la pareja de jóvenes, confundiéndoles posiblemente con la presencia de un cazador.

Finalmente, Isabel decidió volver al tema de conversación donde lo habían dejado previamente.

– Aunque dices que no tienes traumas de la infancia, Joaquina me ha dicho que lo de tu abuelo te afectó bastante.

– Joaquina me conoce bien y además, tanto ella como Amalio, fueron testigos casi directos de lo que sucedió el día que mi abuelo sufrió el infarto. Si no me equivoco, ello fue a pocos metros de donde nos encontramos justo ahora.

– Perdona, no pretendía que revivieses escenas que seguramente son muy tristes para ti.

– No te preocupes, la verdad es que después de aquello lo que menos me apetecía era volver a este sitio a pescar, pero ya sabrás por Joaquina o por tu madre, que hace tan solo unos día estuve aquí pescando con mi padre.

– Y, ¿no te afectó?

– Pues no, disfrutamos de lo lindo con la pesca e incluso recordamos anécdotas del abuelo. Al final los malos recuerdos se diluyen con el paso del tiempo y sólo quedan en la memoria los buenos.

No obstante, Juan tuvo que reconocer que en muchas ocasiones extrañaba a su abuelo y le encantaría seguir disfrutando de su compañía.

– ¿Te imaginas?, si estuviera vivo podría aconsejarme sobre como enfocar mi tesis doctoral y obviamente seguiríamos disfrutando de la pesca en tu lago.

– Claro que puedo imaginármelo, pero las cosas son como son y a veces no podemos cambiarlas. Sin embargo la vida sigue y, tal y como tu mismo has dicho, lo importante es quedarnos con lo buenos recuerdos.

En ese momento, Juan pasó su brazo por el hombro de Isabel y la atrajo hacia si para darle un inocente beso en la frente.

– Sentémonos aquí – propuso Isabel aprovechando que habían llegado a una roca que se introducía como un dique en el lago y que en su parte superior ofrecía una superficie plana para poder acomodarse sentados o tumbados -, así recibiremos directamente la energía de los rayos del sol.

Juan ayudó a Isabel a trepar a la roca y cuando vio que estaba segura, volvió sobre sus pasos para coger unas cuantas piedras del camino. Escogía las que fueran del tamaño de una ciruela y siempre que fueran planas.

– ¿Se puede saber qué estás haciendo? – preguntó Isabel un tanto inquieta -, ¿no pretenderás dejarme aquí sola?

– Tranquila, que no te voy a abandonar – respondió él desde el camino que rodeaba el lago -, sólo estoy cogiendo unas cuantas piedras y ahora verás lo que pretendo con ellas.

A continuación, Juan trepó con agilidad hasta la roca en la que se encontraba Isabel medio tumbada disfrutando del astro rey, y pasó por encima de ella para llegar hasta el extremo de la roca que se sumergía en las tranquilas aguas del lago.

– ¿Estás preparada?

– No sé – respondió Isabel sorprendida -, ¿para qué tengo que estar preparada, o qué quieres que haga?

– Simplemente observa y cuenta los saltos que darán las piedras que voy a lanzar sobre el agua.

Juan se dispuso a lanzar la primera la primera piedra, flexionó las rodillas, giró la cadera y efectuó el lanzamiento. Cuando la piedra toco el agua y rebotó, Isabel empezó a contar.

– Uno, dos, tres, cuatro…

Los dos jóvenes observaron como después del cuarto rebote en el agua, la piedra se había hundido definitivamente en el fondo del lago.

– Este ha sido sólo de prueba, porque hacía mucho tiempo que no practicaba – dijo Juan acercándose hasta la posición de Isabel -, ¿estás preparada para un lanzamiento serio?

– Lanza cuando quieras.

El lanzador realizó el mismo ritual del primer lanzamiento, flexionado las rodillas y girando la cadera.

– Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis,…- fin del conteo de Isabel -, increíble, como lo haces.

– Ven, acércate y prueba por ti misma – invitó Juan tendiendo su mano -, verás que no es tan difícil.

Isabel se levantó y con pasos cortos y temerosos para no caer al agua, se fue aproximando hasta coger la mano de Juan. Éste le explicó como tenía que realizar el lanzamiento para que fuese efectivo, tratando de conseguir el mayor número de saltos sobre el agua antes de hundirse.

Tal y como le había indicado su instructor, Isabel cogió la piedra entre sus dedos pulgar e índice por la parte mas estrecha para mantener la cara plana de la misma paralela a la superficie del agua. Según le había indicado Juan, esa era la clave para que la piedra se pudiera deslizar sobre el agua y saltase en lugar de hundirse.

Con el primer intento, la piedra se escapó de los dedos de Isabel y cayó vertical y sin fuerza sobre el lago hundiéndose irremisiblemente.

– No te preocupes – dijo Juan para animarle -, eso siempre pasa la primera vez, inténtalo otra vez sin soltar la piedra antes de tiempo.

– No la he soltado intencionadamente, se me ha escapado sin más – respondió Isabel con cierta frustración.

– No te enojes, simplemente concéntrate y lanza.

Isabel flexionó las rodillas, tal y como le había visto hacer a Juan, hizo dos movimientos girando su cadera, y al tercero lanzó la piedra con todas sus fuerzas hacia el centro del lago.

– Uno – empezaron a contar los dos jóvenes al unísono -, dos, tres,…

Esperaron unos segundos para confirmar que la piedra se había hundido y entonces Isabel miró a Juan esperando su dictamen.

– ¡Fantástico!

En ese momento Isabel empezó a dar saltos de alegría para finalmente abrazarse a Juan con tal ímpetu que casi provoca la caída de ambos al agua.

– Ves como no es tan difícil.

Hicieron unos cuantos lanzamientos más, hasta que se terminó el puñado de piedras recolectado por Juan.

– Creo que deberíamos volver antes de que mi madre empiece a preocuparse. Lo estoy pasando muy bien contigo, pero quiero evitar que luego se ponga insoportable.

Cuando volvían por el camino hacia la casa, Juan sacó nuevamente el tema de los traumas de la infancia.

– Volviendo a nuestros traumas infantiles, ¿cómo te tomaste la desaparición de tu padre?

Isabel explicó, que llegó un momento en que sus padres no se entendían, según ella porque su madre sometía a una fuerte presión a su padre sobre un tema relacionado con su profesión, hasta que un día decidió marcharse, siendo algo que su madre aun no había superado y nunca le había llegado a perdonar.

– Si recuerdas, mi padre es arqueólogo y aunque mi madre intentó evitar por todos lo medios que mantuviésemos contacto alguno, lo cierto es que mi padre, gracias a la colaboración de Amalio y Joaquina, consiguió contactar conmigo periódicamente sin que mi madre se enterase. Fue él, quien me consiguió una plaza en la Sorbonne de París para que estudiase arqueología. Como podrás imaginar ha sido también él quien me incorporó a su equipo en las excavaciones en Egipto, lo de la beca es una tapadera para que mi madre no se entere de que estoy con mi padre.

– ¿Y ni siquiera sospecha, teniendo en cuenta que has estudiado la misma carrera que él?

– Al contrario, fue ella quien me animó a que estudiase arqueología y en cuanto a mi padre, ella cree que está en algún país de América por un programa relacionado con el estudio de las culturas precolombinas.

CAPITULO IV

CARTAGENA DE INDIAS – AÑO 1589

De madrugada y desde la bahía de San Juan, partieron los navíos de la escuadra castellana con sus bodegas vacías y dispuestas para ser colmadas de lingotes de oro. El día amaneció con el sol avanzando por el oriente, proyectando sus rayos sobre la popa de los barcos, que comenzaron la siguiente etapa de su viaje navegando paralelos a la costa de la isla boricua y con todas sus velas desplegadas para aprovechar el ligero viento que soplaba ese día. Ya bien entrada la mañana viraron hacia el sur manteniendo a estribor la costa para iniciar una nueva singladura surcando el mar Caribe.

El comandante y el jerónimo se encontraban juntos en el castillo de proa disfrutando de una navegación tranquila, observando las aguas del caribe en todo su esplendor.

– Pareciere que este mar es mucho más calmado que las aguas del océano atlántico.

– No creáis padre, en este mar he sido testigo de tormentas tropicales que nada tienen que envidiar a la tempestad que sufrimos hace tan solo unas semanas surcando el atlántico.

– Pues ahora da otra impresión – insistió fray Pedro -. Esto se asemeja más a un lago que a un mar.

– Dios quiera que no tengáis que cambiar vuestra percepción por propia experiencia.

– También había oído sobre este mar, que se encontraba infectado de piratas, pero hasta donde me alcanza la vista no veo tal amenaza por ninguna parte.

– Espero y deseo que no lo veáis. Es poco probable que suframos ahora el asedio de los piratas, ya que no llevamos en las bodegas tesoro alguno que ofrecerles. Otra cosa será cuando regresemos con los galeones cargados de lingotes de oro.

– ¿Creéis que nos atacarán?

– Contad con ello.

La navegación por el mar Caribe transcurrió durante todo su trayecto sin ningún incidente digno de mención, pues ningún barco pirata apareció en escena y el tiempo atmosférico permitió a toda la tripulación disfrutar en cubierta de un clima cálido, pero atenuado por una agradable brisa marina. Al amanecer del tercer día iniciaron la maniobra de entrada a la bahía de Cartagena de Indias.

Como cada mañana, desde que partieron de la isla de Puerto Rico, Antonio Alvear y fray Pedro de la Serna se reunían en cubierta. A diferencia de otros días en los que la única contemplación había sido las aguas del océano y el azul del cielo divididos por la línea del horizonte, en esta ocasión al avistar la costa de Cartagena, observaron una ingente actividad constructiva.

La flota navegaba por los canales de Boca Grande y Boca Chica, única entrada navegable a la bahía, lo que proporcionaba un mejor control y defensa de la plaza. Una de las orillas del canal de Boca Grande ofrecía un importante avance en la construcción del fuerte de la Caleta en la punta de Ícaros. Más adelante se levantaba amenazante el castillo del Boquerón que, según el comandante explicaba al religioso, debía tener por objeto la defensa del puerto interior.

Poco a poco todos los navíos fueron soltando anclas al entrar en la bahía de las Ánimas, ya que debido a sus fondos ricos en formaciones madrepóricas dificultaban la forma de atraque, teniendo que fondear los grandes navíos lejos de la ciudad y aproximarse hasta el muelle en canoas. De este modo, el comandante y el religioso arribaron a uno de los dos muelles existentes, donde les esperaba un cortejo encabezado por el gobernador, que había sido previamente anunciado por los vigías de la llegada de una escuadra compuesta por quince navíos con pabellón español y armados con potente artillería.

– Sean bienvenidas vuestras mercedes – comenzó saludando el gobernador a los recién llegados –. Será para mi un honor que compartan mi mesa para que puedan conocer y degustar los alimentos de estas tierras.

– El honor es nuestro – respondió fray Pedro al tiempo que entregaba al gobernador sus credenciales-, agradecemos vuestra invitación y así podremos aprovechar para explicaros en detalle el motivo de nuestro viaje y lo que precisamos de vuecencia.

Entre todos los congregados, visitantes y visitados, se estableció un momento de silencio para permitir al gobernador revisar las credenciales que le había entregado el jerónimo. Tras una lectura minuciosa, sin que su expresión manifestara ningún atisbo de complacencia o rechazo sobre el contenido del documento, devolvió el mismo a su propietario.

– De vuestras credenciales se advierte que hay instrucciones de nuestra Majestad Felipe II, que el Altísimo conserve muchos años, para que os facilite cuanto sea menester tengáis a bien solicitar – adelantó el gobernador.

– Así es – intervino el comandante Alvear -, y lo más urgente es que enviéis un emisario a La Habana, con instrucciones claras de que la flota que partirá hacia la madre patria con los tesoros y mercancías de México, demore su partida hasta nuestra llegada. Lo mejor para ambos, es que realicemos la travesía las dos flotas juntas.

– Contad con ello comandante – se apresuró a confirmar el gobernador – mañana al amanecer, saldrá una goleta con un mensaje que llevará las instrucciones que vos mismo podréis dictar a mi escribano, el cual será entregado en mano al Gobernador de La Habana.

La bienvenida a los recién llegados se produjo en la Plaza del Mar, la cual se había construido sobre una ciénaga, que fue cegada en 1570 con el objetivo de unir los dos muelles que habían sido construidos con veinte y treinta años de anterioridad a esa fecha, y que hasta entonces habían estado separados.

Desde allí, la comitiva se puso en marcha atravesando la plaza en la que se había instalado un mercado, donde los mercaderes ofrecían sus mercancías a una abigarrada multitud variopinta.

Podían encontrarse desde personajes de toga, hasta prestantes caballeros de capa y espada. Abundaban también tanto clérigos, como viajeros de paso hacia Nueva Granada y Perú, y como cabía esperar en Cartagena de Indias, no faltaban marineros desertores, indios, negros horros y esclavos. Todo ello confería a la ciudad la fama, bien ganada, de ser una de las ciudades más cosmopolita de la época.

De esta forma, la Plaza del Mar se había convertido en el pulmón económico de la ciudad, siendo el centro neurálgico comercial de la urbe. A esta plaza daban las oficinas reales, que como aduana construida entre 1572 y 1575 cumplían su deber impositivo sobre las mercancías descargadas. También estaban la carnicería y la taberna conocida como “Cuatro Calles”, donde se reunía la población a escuchar las noticias que llegaban desde el otro lado del océano. Pilotos y maestres, relataban unas veces historias reales y otras meras leyendas, que solían versar desde monstruos marinos en aguas encantadas, hasta peligrosos piratas, cuyo único propósito era mantener la atención de un público encantado con tales relatos.

La Plaza del Mar tenía también la función de conectividad con el resto de la ciudad, por lo que la comitiva encabezada por el gobernador y sus invitados recién llegados, se encaminó hacia la Plaza Mayor y la Plazuela del Gobernador. Adyacentes la una a la otra, constituían el segundo centro urbano donde se concentraban las sedes eclesiásticas y las principales autoridades, con la presencia de la Catedral y la Casa del Gobernador.

Al llegar a la Plaza Mayor observaron que por ella cruzaban numerosas personas, algunas de las cuales se dirigían a sus obligaciones burocráticas y otras se encontraban dictando cartas a los escribanos que se encontraban situados al cobijo de los soportales de la plaza.

Una vez en la plazuela se dirigieron directamente a las Casas del Cabildo que, emplazadas frente a la catedral, albergaban las dependencias municipales, la cárcel y la vivienda del gobernador. En esta última les esperaba un copioso almuerzo compuesto por un lado por platos de maíz y yucas, y por otro por carne de vaca y cerdo, todo ello acompañado con coles, lechugas, rábanos y berenjenas. La mesa estaba adornada por una gran bandeja repleta de las frutas más variadas, se podían encontrar desde plátanos, uvas y granadas, hasta naranjas, piñas e higos, además de un melón y una sandía abiertos en dos mitades.

El gobernador explicó a sus comensales que en esa mesa podían contemplar una representación de los productos más típicos de consumo en la ciudad, aunque la población normal no solía poder disfrutar de todos ellos, ya que mientras el maíz permanecía como producto básico de exportación y para el consumo de la flota, la yuca se había convertido en el eje de la dieta alimenticia de los cartageneros. En cuanto a la carne, continuó explicando el gobernador, la de porcino había sido la preferida originalmente, sin embargo hacía un año (en 1588) que la demanda de la población se había desviado hacia la de vacuno debido a su precio más asequible, lo cual se debía a que para la exportación era más fácil la conservación del porcino en forma de tocino o carne salada. Como comparación les indicó que mientras la carne de vaca se pagaba a 4 reales, la de cerdo costaba 16.

Mientras daban cuenta de las viandas, no dejaban de proferir halagos hacia el gobernador, no sólo por lo opíparo y variado del banquete con que les había obsequiado, sino también por la exuberancia que proporcionaba el conjunto frutícola expuesto.

Durante la sobremesa y por turnos, militar y religioso notificaron al gobernador que partirían de Cartagena cuando las bodegas de todos los galeones estuvieran repletas de lingotes de oro.

– En las próximas semanas esperamos envíos procedentes de las minas de Nueva Granada y posiblemente también de las del virreinato del Perú, los cuales colmarán con seguridad no sólo vuestras necesidades, sino también las de esta ciudad – anunció el gobernador.

– ¿Cuántas semanas se demorarán aun en llegar los envíos? – inquirió con preocupación fray Pedro.

– No puedo decíroslo con exactitud, pero por los últimos informes que he recibido, no creo que pasen más de ocho semanas sin que podáis verlos por vos mismo – respondió el gobernador.

– En ese caso – intervino Antonio Alvear -, necesitaremos aposento tanto para fray Pedro y los cuatro monjes que le acompañan, como para mis oficiales, ya que el resto de la tripulación pernoctará en los navíos.

– Ya he dispuesto que personal a mi servicio se encargue de conseguir espacios en distintas dependencias de las Casas del Cabildo para los oficiales, vos don Antonio me acompañaréis en mi residencia, y fray Pedro y sus jerónimos supongo que preferirán acomodarse en alguno de los tres conventos existentes en Cartagena.

Para información de los jerónimos, el gobernador hizo una descripción de los tres conventos empezando por el de Santo Domingo, indicando que aunque su ubicación original cuando se fundó en 1550 se encontraba en la Plaza de la Yerba, sufrió un incendio dos años más tarde.

– Gracias al patrocinio de mi antecesor como gobernador, don Pedro Fernández del Busto, en 1579 se inició la obra de su emplazamiento definitivo en la Plaza de Santo Domingo, que junto a la Plaza de los Jagueyes son las más alejadas del centro de la ciudad.

Siguió explicando el gobernador que el convento salió ganando. Primero porque los materiales con los que fue construido de nuevo le imprimieron una gran solidez, de tal forma que durante la ocupación del pirata Drake sólo sufrió algunos desperfectos. Y segundo porque la Plaza de la Yerba, donde estaba su primera ubicación, no era el lugar más adecuado para un convento, teniendo en cuenta que esa plaza era el tercer centro de actividad de la ciudad donde tenían lugar las subastas de esclavos, siendo además muy transitada, pues desde allí se accedía al puente de San Francisco para cruzar a la isla de Getsemaní.

– En esa isla precisamente – continuó el gobernador – se encuentra otro de los conventos, el de San Francisco, el cual no ha cambiado de ubicación desde que se fundó en 1555. Desde entonces había sufrido una destrucción accidental y numerosas reconstrucciones, hasta que nuevamente mi antecesor don Pedro Fernández del Busto inició las obras de cantería del edificio que finalizó en 1582. No obstante, no os recomiendo este convento, ya que don Pedro Fernández también ordenó edificar junto al mismo el matadero para evitar los malos olores en la ciudad.

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