Kitabı oku: «Tú y yo»

TÚ Y YO
© Milagros García Arranz
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico de La Calle
Iª edición
© Editorial La Calle, 2021.
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artística o científica.
ISBN: 978-84-16164-75-2

AGRADECIMIENTOS
Mil gracias a la vida, a las maravillosas oportunidades que surgen en mi día a día.
Mil gracias a mis amigas incondicionales, que son mi familia y que siempre creen en mí, a mi hermana, como si lo fuera, Anny; a mi socia Raquel, mi Cárdenas, mi prima Mabel, mi Sariki, mi primo George, mi Rut, mi Begoña, mi Raquel M., mi hermano Tato, mi Lorenlay…
Gracias a mis amores y actuales grandes amigas. Sin todo lo que he vivido a vuestro lado no hubiera podido escribir este libro, en especial a la persona que me ha dado lo más bonito de mi vida Fabiola. También a Ester, Neni, María…
Gracias a mis editores, mis dos Carlos, por confiar en mí.
Gracias a todos mis compañeros y compañeras, que me apoyáis cada día en mi trabajo, y a mis seguidores de mis redes sociales, que me sacáis una sonrisa cada día.
ÍNDICE

Agradecimientos
Protagonistas de la novela
Introducción
1.Mi primer amor
2.Mi primer viaje fuera de España y lo que supuso
3.Salida del armario
4.Mi primer beso con una mujer
5.Pierdo mi virginidad
6.Decido a qué lugar ir a vivir
7.Mi primer encuentro con una mujer
8.Tengo mi primera novia
9.Volviendo a creer en el amor
10.Toma de conciencia
11.Algo inesperado
12.Toma de decisiones
Sobre la autora
PROTAGONISTAS DE LA NOVELA
–María Arranz, la protagonista.
–Ángel y María, padres de María.
–Juan, hermano de María.
–Cristina, mejor amiga de María.
–Marcos, primer novio de María.
–Álvaro, segundo novio de María.
–Tías de María: Luisa, Juana, Irene y Rosa.
–Jorge, primo de María.
–Susana, vecina de María.
–Eva, compañera de karate de María.
–Belén, amiga de María y Cristina.
–Sofía, primer amor de María.
–Rosa y Rober, los mejores amigos de Sofía.
–Paula, segundo amor de María.
–Pepita y Luis, padres de Paula.
–Mamen, amiga de Paula.
–Javier, Mar y Juan y Paula, hermanos de Paula. Javier es el mayor, luego llegó a los dos años siguientes Mar, año y medio después Juan y cuatro años después nació Paula.
–Javier está casado con Lucía y tienen dos niños, Luis y Felipe, de 12 y 13 años. Los nombres de los dos abuelos.
–Mar está casada con Jordi y tienen una niña de 6 años que se llama Alba.
–Juan aún está soltero y tiene una reciente novia que se llama Alicia.
–Laura, vieja amiga de María.
INTRODUCCIÓN

Hoy me he levantado agotada, he pasado toda la noche pensando en ella. Paula tiene un carácter difícil; sin embargo, hasta el momento es la persona que más instantes de felicidad me ha regalado. He decidido tomarme el día libre para que nada ni nadie evite que tome la decisión más importante de mi vida, que me llevará a ser la persona más feliz o la más infeliz.
Hoy necesito saber quién soy, qué quiero y a quién deseo, y para ello preciso silencio. Me viene a la memoria que desde que tengo uso de razón siempre me he preguntado cómo me sentiría si fuera un chico; si tuviera un pene; si pudiera ligar con mis amigas; si pudiera pedir a una de ellas que saliera conmigo; si solo pudiera ponerme ropa masculina y no esos vestiditos con los dichosos bordados.
Cuando era muy pequeña, me gustaba jugar con camiones, soldados y coches. Me encantaba coger las pistolas de mi hermano y vestirme de pistolero y, cómo no, ser el sheriff. Mi hermano y yo nos divertíamos jugando a las guerras. Cada domingo a mi hermano Juan y a mí, después de ir a misa, nuestros padres y abuelos nos daban la propina, y nos íbamos raudos y veloces al quiosco. A Juan le quemaba tener cualquier moneda en el bolsillo y compraba normalmente chuches o sobres de Montaplex. En cambio, a mí me encantaba ahorrar; guardaba prácticamente todo el dinero que me daban. Tenía muchos sueños y lo necesitaba para que se hicieran realidad.
Volviendo a los sobres, si no los has conocido, te cuento. Eran sobres de papel en cuyo interior había colecciones, siempre en material de plástico, de soldados, indios y vaqueros en miniatura o kits de montaje, como armamento en general, para formar ejércitos como coches, barcos, aviones, tanques…, y lo mejor de todo, podíamos comprar siempre, mínimo, un sobre, porque costaba solo una peseta.
En cuanto llegábamos a casa nos íbamos a nuestro cuarto de juegos y comenzábamos a realizar nuestra primera tarea, que era separar los soldaditos o piezas que componían el kit del plástico sobrante, que servía para sujetar todas las piezas. Y si era un kit, uníamos las piezas a presión o con pivotes. No necesitábamos pegamento, ni celo, ni ningún tipo de sellador.
Después comíamos lo más rápido posible para comenzar nuestras batallas. Lo que más me divertía era formar diferentes ejércitos dentro del fuerte que creaba colocando cada pieza de for-ma estratégica. El problema llegaba cuando Juan quería comenzar la batalla y yo mandaba a mi general en un carro de combate con un pequeño ejército detrás rumbo al fuerte del oponente en señal de paz. Mi hermano señalaba que quería la guerra y entonces, enfadado, cogía varias canicas y plaf, plaf, plaf. Las empezaba a lanzar una a una contra mi fuerte y distintos ejércitos y equipos de combate, hasta que no quedaba nada en pie.
Nunca entendí cómo alguien se podía divertir jugando con las muñecas, y mira que lo intenté veces. Si eran bebés, les acunaba, les daba de comer, les sacaba los gases, cambiaba los pañales y a dormir y vuelta a empezar. Si eran muñecas, las cambiaba una y otra vez de vestido. A la tercera vez de hacerlo, ya estaba más aburrida que una ostra.
Antes de jugar a algo más divertido, algunas veces le pedía a Juan que cogiéramos cada uno a un Nenuco y que jugáramos a que éramos sus papás, aunque, como te decía antes, el juego duraba muy poco, porque enseguida nos dejaba de divertir.

1
MI PRIMER AMOR

Los fines de semana solíamos quedar con diferentes familias, amigas de mis padres, que tenían hijos también. Mi suerte era que todas las parejas tenían solo niños de nuestra edad o alguna hija mayor que yo, por lo que, aunque a mí me interesaba mantener contacto con ellas, al ser más pequeña, no entraba dentro de sus planes o posible relación de amistad. Y decía suerte, porque nuestros juegos eran básicamente de chicos: jugar a indios y vaqueros, a las canicas, a las guerras y si nos íbamos de picnic, a subir a los tractores y a las pacas de paja, a coger lagartijas para cortarles la cola, a coger renacuajos en las charcas y a tirar con las escopetas de perdigones a posibles pájaros. Siempre he querido a los animales, así que cuando querían jugar a esto último, les proponía otras actividades, como tirar a la diana con escopetas.
Una de las familias con las que manteníamos más contacto era una que, además, era vecina nuestra. Tenían una hija más de seis años mayor que yo —con lo que no me hacía apenas caso— y tres niños, el mayor de los cuales se llamaba Albertito, que era de mi edad, apenas unos meses mayor que yo.
Por aquel entonces uno de mis sueños era que algún día tendría un rancho, un caballo y un perro, y que cada día cabalgaría por mis tierras melena al viento, disfrutando del paisaje y del frescor del aire en la cara. Un día le conté a Albertito mi sueño y, qué casualidad, él también lo compartía, así que de una manera especial me empezó a interesar.
A mis cerca de ocho años Albertito me propuso que, como éramos tan amigos, nos enseñáramos nuestros cuerpos, «nuestras partes de abajo», dijo, que así seríamos novios y a la vuelta de un domingo que habíamos ido a pasar el día a un camping, hicimos una parada los dos coches para que los conductores descansaran. Paramos en la carretera, donde había un restaurante y al lado un conjunto de pacas de paja apiladas. Albertito me agarró de la mano y me llevó detrás de las pacas, fingiendo que nos hacíamos pipí y allí me pidió que nos bajáramos los pantalones. Yo no quería, pero él me dijo que si quería ser su novia, lo tenía que hacer. Ya había anochecido, casi no se veía nada, así que accedí. Cuando ya nos habíamos bajado los pantalones, me pidió que le tocara el pito. Yo apenas lo rocé con mi dedo índice y él hizo lo mismo. Nuestras madres nos interrumpieron llamándonos para que volviéramos.
Desde ese instante hasta que me pude confesar por primera vez empecé a sentirme mal, me sentía sucia, sentía que había hecho algo muy malo. Pasé un año con remordimientos y sin ganas de divertirme, casi nada hacía que me sintiera en paz conmigo misma. Una de las veces que nos juntamos en mi casa, Albertito me pidió volver a hacerlo, esta vez en el cuarto de baño, a lo cual no accedí, así que me anunció lo más alto que pudo que dejaba de ser mi amigo y se fue de mi casa. Mi hermano vino corriendo al escucharle y se enfadó conmigo, pensando que le había hecho algo para que se fuera. Por supuesto, que seguimos viéndonos, aunque yo procuré nunca volver a quedarme con él a solas. Procuraba que estuvieran siempre presentes sus otros dos hermanos y el mío.
El siguiente chico que me interesó, y ya no solo como amigo, fue Marcos y ocurrió cuando estaba estudiando octavo de EGB y tenía trece años. Me empezó a gustar el chico más popular de mi escuela. Tenía una preciosa melenita rubita y unos ojos verdes como los míos. Era una monada y, además, bailaba fenomenal. Iba a mi clase y no parábamos de mirarnos y tontear, pero como interesaba a muchas chicas y las había muy guapas, pensé que tenía mucha competencia. Yo también era muy popular y ya me habían dicho varios chicos de la clase, o se lo habían dicho a mi hermano, que querían salir conmigo, pero a mí el que de verdad me interesaba era Marcos. Un día se acercó y me dijo que le gustaba. Yo le dije que él a mí también.
La primera vez que quedamos fuera del cole fue un sábado en un parque. Les dije a mis padres que iba a la casa de una de mis mejores amigas, Rut, que vivía al lado mío y me fui al encuentro de mi amiga a ver a Marcos. Decidimos pasar poco rato, porque temía que mis padres pudieran llamar a la casa de Rut y se percataran de que no estábamos allí. Iba nerviosa perdida y me había pasado toda la mañana eligiendo lo que me iba a poner. Cuando llegamos noté su sorpresa al verme aparecer con Rut. Hablamos los tres un rato y luego Marcos le pidió a Rut que nos dejara un rato a solas.
Dimos un paseo y hablamos de los amigos. Me dijo que estaba muy guapa y que muchas veces apenas se podía concentrar en clase, ya que no paraba de mirarme. Mientras tanto, sentía como mi corazón se aceleraba y como mi boca se secaba por los nervios que me invadían. Rut vino a indicarnos que se quería ir, que se estaba aburriendo. Le pedí que se quedara unos minutos más y que nos dejara despedirnos. Marcos ya me había pedido un beso, pero me hice de rogar. Antes de decirle adiós, me acerqué, le agarré de las manos y uní dulcemente mis labios a los suyos. Nunca había besado a nadie en los labios hasta ese momento y me pareció el beso más bonito que me habían dado hasta entonces.
Lo miraba cada mañana al llegar a clase y sentía lo afortunada que era al saber que me había elegido a mí y no a otra compañera. Parecía que de verdad le interesaba y no paraba de darme muestras de ello. Un día en clase de baile me dio una sorpresa con la canción Another one bites the dust, de Queen. Se inventó una coreografía y me la dedicó. ¡Qué emoción! Él y yo de protagonistas… Otro día, concretamente cuando cumplí catorce años, su hermano Pedro me dijo que había vendido su tesoro —parte de su colección de discos de vinilo— para comprarme un anillo de plata con una aguamarina preciosa. ¡Qué detallazo!
En primero de BUP nos tuvimos que cambiar de colegio, ya que comenzábamos otra etapa que el nuestro no tenía. Mis padres eligieron un colegio privado de monjas y mi Marcos se fue a un instituto público. El cambio de colegio fue una de las peores cosas que me pudieron pasar. Yo estaba acostumbrada a estudiar, jugar, divertirme, hacer deporte, preparar obras de teatro y de baile con chicos y chicas, y mi nuevo colegio era solo de chicas. Chicas y, además, algo reprimidas.
Lo mejor que me pasó al ir a este nuevo colegio fue que conocí a la que actualmente sigue siendo mi mejor amiga, Cristina. La primera vez que vieron que Marcos vino a buscarme salió toda mi clase a verlo. Por la tarde me comentaron los cotilleos. Alguna compañera incluso se atrevió a decir que mi Marcos estaba enamorado de ella y que, por eso, iba a buscarme. «Ya le gustaría», pensé yo.
Te confieso algo: nunca me creí mejor, ni por supuesto más guapa que nadie, y a muchas compañeras las veía tan guapas, tan monas; me revolvía en el fondo de mi ser con mis propias inseguridades, especialmente las físicas.
Marcos era cada día más mono y ahora tenía a su mano un montón de chicas disponibles y bastante ligeritas como para darle todo lo que un adolescente en ese momento podía desear. Por otro lado, cada vez pasábamos menos tiempo juntos, ya que yo tenía mucho que estudiar y tampoco tenía permiso para salir sola y tengo que decirlo: era muy dura, no era nada ligerita, salvo ese maravilloso beso y alguna vez que le di mi mano.
Un día me vino a buscar y me dijo que lo teníamos que dejar, que creía que yo no estaba interesada en él, porque no pasábamos nada de tiempo juntos. Yo en lugar de decirle que lo quería y que todo cambiaría, me limité a decirle, por mal orgullo, que era lo mejor que podíamos hacer. Me quedé fatal, mi corazón se hizo pedazos. Muchos sábados siguientes, cuando empecé a poder salir, procuraba ir a la discoteca donde me decían que iba, para verle e intentar que me sacara a bailar. Amigos en común me contaban que no paraba de estar con unas y con otras, algunas mayores que él, y que no iba muy bien en los estudios. Por lo demás, había triunfado en el instituto con el género femenino y masculino. Tardé mucho tiempo en olvidarlo.
2
MI PRIMER VIAJE FUERA DE ESPAÑA Y LO QUE SUPUSO

Empezando tercero de BUP a mis dieciséis años, una de mis amigas, Juana, tenía un hermano dos años mayor que yo, al que conocí en el grupo de oración al que asistía. Todos los miembros de este grupo habían comenzado ese año la universidad y casi todos tenían pareja. No sé cómo ni por qué, pero de repente un día empecé a salir con Carlos, como si me hubiera visto obligada socialmente a hacerlo.
Carlos tenía las manos muy duras y agrietadas, parecía que había trabajado toda su vida en el campo. Era más alto que yo y muy delgadito, y tengo que decir que era un trozo de pan y que tuvo una paciencia infinita conmigo. No me gustaba que me diera la mano, porque me resultaba muy tosca y desagradable, así que ponía cualquier excusa o hacía cualquier movimiento para no herirle y que se diera cuenta de que lo que realmente no quería era dársela.
Llevábamos saliendo más de seis meses y aún no le había dado ni un beso. Un día me armé de valor y decidí que ese era el día. Tenía claro que hoy le daría un beso y que, por fin, sabría si me gustaba o no. Fuimos a dejar algo a su casa y no se le ocurrió otra cosa que comerse un plátano y no lavarse la boca. Me pasé todo el camino desde su casa hasta la mía recordando el dichoso plátano y que le iba a dar un beso entre unos camiones que se solían poner en una de las calles próximas a donde vivía. Cuando llegó el momento, le dije que nos íbamos a dar un beso. Le llevé detrás de un gran tráiler y le besé sin lengua en los labios, pero tuve que retirarlos enseguida. Apenas tres segundos duré. Sabían a plátano, ¡qué asco me dio!
Casi a finales de curso nos propusieron en el colegio hacer un viaje a Estados Unidos. Me encantó la idea de hacer mi primer viaje fuera de España y hacerlo sola, sin el resto de mi familia. Me empecé a sentir mayor, más adulta. Ya tenía diecisiete años y al año siguiente sería mayor de edad. Esto me daría la oportunidad de dejar a Carlos, así que no dudé en proponérselo a mis padres para que me dejaran ir durante todo el mes de julio, a lo que afortunadamente accedieron. Así que, además de seguir mejorando mi inglés, me lancé a esta nueva experiencia, y vaya si lo fue.
También le ofrecieron a mi hermano Juan realizar el mismo viaje, pero él les dijo a mis padres que no se le había perdido nada en Estados Unidos. Fue todo un acontecimiento entre mis tías. Una de ellas, Luisa, mi favorita, tan pronto lo supo, me pidió que escribiera un diario de toda mi experiencia, porque era muy importante lo que iba a hacer. Iba a ser la primera de toda la familia en salir fuera de España.
Cuando hice la inscripción tuve que describir qué tipo de familia quería y escribí una larga carta con todos mis requisitos. A grandes rasgos, recuerdo que pedí tener una familia numerosa con chicas de mi edad, que fueran creyentes y que les gustara el deporte. En el momento de facturar las maletas al grupo que íbamos nos indicaron que a una compañera y a mí nos tocaba ir en primera clase. Inicialmente pensé que era una suerte, pero me decepcionó la comida, solo me dieron una ensalada y a los demás compañeros les pusieron una bandeja con mucha comida. Además, prohibieron que el resto de amigos pudieran venir a vernos, ya que algunos de los pasajeros de primera clase se quejaron de que hablábamos muy alto. Todo el viaje lo pasé con mi compañera imaginando cómo sería Estados Unidos y sobre todo cómo sería la familia que nos recibiría.
Cuando llegamos al aeropuerto, mi familia me estaba esperando con una enorme pancarta que ponía «Wellcome, Mary». Se me había olvidado deciros que me llamo María Alonso. Allí estaba mi familia: cuatro chicas, un chico, el papá y la mamá. Me acerqué y no pararon de abrazarme —allí no dan besos, se abrazan—, primera diferencia que aprecié con respecto a nuestras costumbres españolas.
Y hablando de abrazos, recuerdo que estaba con un grupo de amigos de una de mis hermanas americana, Betty, la que más amigos tenía. Estábamos sentados en el suelo hablando, cuando de repente uno de ellos me empieza a tocar los hombros y la espalda. Me giré sorprendida casi a darle una torta por sobarme sin permiso, cuando me dijeron: «Tranquila, te ha visto tensa y por eso intenta relajarte». ¡Vaya sorpresa! Me está tocando sin permiso y encima le tengo que dar las gracias.
Se presentaron: Jessica, Betty, John y Patty, y los papás, Jenny y Fred. Tenían un coche enorme. Nunca había visto uno tan grande. Recuerdo que era de la marca Ford. Nos montamos todos y nos fuimos a casa. Durante el trayecto tuvimos que pararnos en un semáforo. Entonces, los seis miembros de la familia se bajaron del coche y se pusieron como locos a correr alrededor del mismo, haciendo gestos muy divertidos hasta que el semáforo volvió a ponerse en verde y todos en orden se metieron en el coche rápidamente.
Al llegar a casa, nos estaba esperando una estupenda cena. Me pusieron un pollo entero para comer. «¡Madre mía, qué cantidad de comida!», pensé. «Claro, ahora entiendo. Por eso salen por la televisión tantos americanos gordos. Si comen tanto, normal». Más tarde pude comprobar que apenas cocinan y que esa comida era de bienvenida. La base de su alimentación era el picoteo y la comida basura: patatas fritas, nachos con queso, pizzas...
En Estados Unidos, concretamente en el estado de Minnesota, me di cuenta de que me ocurría algo raro. Quería pasar más tiempo con una de las chicas, con Patty. Cuando me miraba, literalmente no podía mantener su mirada. Me sentía ruborizada y me recorría un escalofrío que no había conocido hasta entonces. Bueno, digamos que se podía parecer a lo que sentí el día que Marcos y yo nos dimos aquel beso.
Un día, concretamente un domingo, incluso pude ir a una excursión con Betty y sus amigos, pero me negué por esperar a que Patty saliera de trabajar como au pair, cuidando de un bebé. Me arrepentí, porque además de pasar todo el día sola, cuando llegó por la tarde, se tumbó en la cama y se quedó dormida. Vamos, que no me hizo ni caso. Imaginé que Betty seguramente estaría pasando un día muy divertido con todos sus amigos, y yo sola, sin saber qué hacer. Me reí de golpe al recordar una de las canciones de mi grupo favorito, Mecano, y empecé a tararearla: «Perdida en mi habitación sin saber qué hacer, se me pasa el tiempo. Perdida en mi habitación entre un montón de discos revueltos, enciendo el televisor, me pongo a fumar, bebo una cerveza para merendar».
Horas después, se me acerca Patty, se pone detrás de mí y me pregunta:
—What are you doing? (¿Qué haces?)
—Grabando una cinta de música para recordar este viaje cuando vuelva a España. Me hubiera gustado decirle «recordarte a ti», pero no me atreví.
Sentirla detrás de mí me produjo una corriente que me erizó desde los dedos de los pies hasta el último pelo de mi cabeza. «Si hubiera querido, ella me podría dar uno de esos masajes que decían desestresaban», pensé.
Nos pusimos a hablar de España, cómo no. Me preguntó por los toros y la siesta. Esta última no acostumbraba a echármela. ¿Perder el tiempo yo? De ninguna manera. En cuanto a los toros, aunque a mis padres les encantan, yo siempre he estado en contra de cualquier tipo de maltrato animal, así que no era un tema que me interesara lo más mínimo. Pero estaba con Patty, hablando con ella y casi rozándonos. Eso era lo importante.
También me di cuenta de lo poco informados que estaban sobre España el día que Patty me llevó a conocer a su profesora de español, Louise. No me apetecía nada ir a ese encuentro y menos hablar español. «Que se vaya ella a España, yo he venido a hablar inglés», pensé; sin embargo, me lo pedía Patty, y sus deseos para mí eran órdenes.
Con la profesora surgió de nuevo el tema de los toros y de la siesta. ¡Qué pesados! Me preguntaba si solo sabían eso de nosotros, pero lo que vino después me enfadó mucho más. Empezó a decirme que vaya pena las mujeres en España, que aún tenían que lavar en el río la ropa y los platos. No me podía creer lo que estaba escuchando. Tuve que hacer que me lo repitiera en inglés por si no estaba entendiendo bien lo que me decía en español. Me levanté contrariada y le dije que mi mamá tenía lavadora y lavaplatos. Para rematar, me preguntó qué tal me había parecido ver la televisión en color. ¡Otra tontería más!, pensé yo. Hacía ya cuatro años que nos habíamos comprado el primer televisor en color. Cuando mis padres se compraron la nueva casa y nos mudamos, decidieron que todo tenía que ser nuevo y nos compramos un impresionante equipo de música y una televisión en color.
Volvía a la realidad y de nuevo enfadada le dije:
—Lo siento, pero creo que no sabes nada o muy poco de España. Estamos tan evolucionados o más que vosotros.
Entonces le pregunté que de dónde se había sacado semejante información. Louise me informó que de documentales que había visto en la televisión. Le apunté que serían muy antiguos, probablemente, alguno de la Guerra Civil que hubo en España y claro, seguro que se habían emitido en blanco y negro.
Patty notó que estaba muy molesta e hizo que la reunión fuera lo más corta posible. Cuando salimos le di las gracias por terminar y ella se disculpó por todo lo que me había dicho Louise.
—¡No pasa nada! —le dije.
Quería pasar el resto del día con ella y a ser posible a solas. Me propuso ir a una feria donde Jessica exponía en un stand camisetas y sudaderas pintadas por ella. Accedí y nos fuimos en su coche. Allí a los dieciséis años ya puedes conducir. ¡Qué suerte, Patty ya podía hacerlo! Una de las razones por las que estaba deseando tener dieciocho años era poder sacarme el carnet de conducir. Un coche, sentirme libre conduciendo.
Llegamos a la feria. ¡Estos americanos mira que son raritos! Había un espacio rodeado por una valla de alambre donde había sobre todo hombres con bolsas de papel en la mano que contenían alguna botella que se llevaban a la boca de vez en cuando. Pregunté a Patty por qué estaban allí encerrados y apartados del resto de la gente. Me dijo que estaban bebiendo y que no está bien visto y que no se debe hacer públicamente, ni beber, ni fumar. Me sorprendió. ¡Anda, dos cosas socialmente bien vistas en España y que se podían hacer prácticamente en cualquier sitio! De hecho, yo ese año empecé a fumar algún cigarrito con mis amigas o me tomaba algún cubata en la discoteca; aunque ninguna de las dos cosas me gustaba; de hecho, cuando lo hacía me sentía mayor y más adulta, y me encantaba dar esa imagen a los chicos y chicas que me interesaban. ¡Qué bonitos los diseños que hacía Jessica! Me encantó todo lo que vi en su stand y estaba dispuesta a comprarle una sudadera cuando mi «hermana americana» decidió regalármela.
Y hablando de beber y de fumar, me presentaron a un primo suyo, Peter. ¡Madre mía, qué grande y alto era! Y encima mayor, tenía veinte años. Su cuerpo era de lo que hoy se llama culturista. Le gusté en cuanto me lo presentaron y me invitó a ir a una discoteca con él. Yo accedí. Era la primera invitación formal que me hacía un chico y me pareció todo un acontecimiento. Un mayor se había fijado en mí y, además, tan guapo.
Cuando vino a buscarme, me abrazó para saludarme y me rodeó con sus brazos. Yo me sentí muy pequeñita, me sacaba más de una cabeza y su cuerpo era más de dos veces el mío; sin embargo, su abrazo resultó blandito y suave. Lo pasamos muy bien. Eso sí, me pidió que no dijéramos a sus tíos que nos habíamos fumado un cigarro y que había bebido alcohol. Yo estaba encantada con la Coca-Cola Light, a España no habían llegado aún.
Nos seguimos viendo en varias ocasiones y me regaló un colgante y una tarjeta diciéndome lo mucho que me iba a echar de menos; sin embargo, mi última noche quise pasarla con Patty. Me llevó en coche a pasear por un precioso lago, donde había fogatas. En la lejanía se podía ver a diferentes grupos de gente joven. Ella se fue acercando a diferentes grupos, mientras yo la esperaba en el coche, pero dijo que ninguno de los grupos le gustaba, así que no nos quedamos con ninguno y seguimos nuestra fiesta en casa. Buscamos alcohol en el despacho de su padre para prepararnos un cubata. Quería colocarme con cualquier cosa para olvidar el dolor que me producía saber que en unas horas volvía a España y que ya no iba a volver a verla. No sabía lo que me pasaba, solo sabía que no quería perderla. No acababa de entender mis sentimientos, ni el dolor tan profundo que sentía.
La noche la pasamos escuchando música y con el vaso de whisky y Coca-Cola Light que nos habíamos preparado. Casi me emborracho. Apenas dormimos una hora, así que solo pedía que la ducha que me iba a dar me quitara el terrible dolor de cabeza y el mareo que sentía.
Peter vino a despedirme y yo le regalé una camiseta pintada por Jessica que ponía «I love teaching» (me encanta enseñar). Quería ser profesor de lengua inglesa y enseñar a muchos niños. Cuando se le conocía era como un gran osito de peluche. También le eché mucho de menos.
Durante mi regreso a España en el avión apenas quise hablar y la gente me molestaba. Tenía el alma desecha. Me sentía indefensa y sin entender nada de lo que me ocurría. En una semana comenzaba mi nuevo curso, ya COU. Ese año cumpliría mis soñados dieciocho años y estudiaría mi último curso antes de entrar en la universidad. De nuevo, me vi obligada a cambiar de colegio, ya que las Angelinas no tenían este nuevo curso. Así que mis padres decidieron mandarme a otro colegio, esta vez de curas, los hermanos Maristas. Lo único bueno que encontré en este nuevo cambio fue que este colegio ya era mixto, de nuevo chicos y chicas juntos.
Mis primeros días de colegio los viví con mucha melancolía, recordando mi viaje a Estados Unidos: la modernidad de Nueva York, la libertad que se respiraba por sus calles, la belleza de Minnesota y lo mucho que echaba de menos a Patty y a Peter. Me quedé petrificada cuando en la clase de letras —yo había elegido ciencias— vi a un chico que me recordaba increíblemente a Peter. Me enteré de que se llamaba Luis e hice rápidamente que me lo presentaran. Enseguida nos caímos bien y empezamos a hablar. Me dijo que tenía un grupo de música pop, Moderato Cantabile, y que les faltaba una vocalista. Luis tocaba el teclado y también cantaba. Me ofrecí ser parte del grupo. Yo era la única chica y quedábamos en su casa después del colegio a ensayar los jueves por la tarde. Nos encantaba escuchar a Mecano, Alaska y los Pegamoides, Radio Futura, La unión, Danza Invisible, El Último de la Fila, Gabinete Caligari, No me pises que llevo chanclas, Semen up, Toreros muertos, Los inhumanos, Un pingüino en mi ascensor… La música que cantábamos era de esta misma guisa, música pop.
Los miembros del grupo me dijeron que veían muy bien a Luis, que componía más música y parecía estar más feliz. Yo me había hecho la mejor amiga del bajista, Pedro, que me contaba y ponía al día de todo y, lo más importante, era un amigo en el que confiar; además, íbamos a la misma clase.
Me seguía acordando mucho de Patty. Nos carteábamos a menudo e incluso le grabamos una cinta con nuestras canciones y yo de cantante. Ella nos dio las gracias mandándonos una cinta grabada con la música última de su país. A mí Luis ya no me llamaba la atención como posible novio. Me gustaba, pero solo como amigo. Creo que él alimentaba la esperanza de que fuéramos algo más. Quizás yo había generado expectativas iniciales, intentando revivir mis recuerdos de mi viaje a Estados Unidos. Un día en nuestra discoteca habitual, Transport, a la que solíamos ir todos los viernes para sacar dinero para el viaje de fin de curso, Luis me sacó a bailar. Antes en las discos había un rato de música lenta para bailar con alguien que te interesara. Le dije que sí y ni corto, ni perezoso me dijo literalmente «estoy por ti, ¿quieres ser mi novia?». Lo dejé en mitad de la pista sin poder decirle nada. ¿Cómo me pudo decir «estoy por ti»? Una frase tan horrible…, y me dirigí a buscar a Pedro para contarle todo lo que me había pasado. Claro, esto tuvo sus consecuencias. Me dejó de decir cuándo quedaban a ensayar y Pedro me comentó que Luis estaba muy triste y que había dejado de componer.
Con el tiempo, todo se olvidó. Seguimos siendo amigos y salíamos de vez en cuando todos juntos. Quedábamos la pandi —Cristina, por supuesto, formaba parte de ella—, además de los miembros del grupo de música y algunas novias, que iban y venían. Yo, que soy muy casamentera, ayudé a que Cristina y Pedro empezaran a salir juntos.
Cada vez que nos juntábamos lo hacíamos en la zona vieja, una zona de vinos donde quedábamos gente joven algo alternativa. Pasaba a buscar a Cristina para llegar a nuestros garitos habituales, ya que su casa me pillaba de camino. Atravesábamos un parque para llegar a la zona vieja y, a veces, veíamos sentada en la parte superior de uno de los bancos del parque a la Marimacho. Así llamaban a una chica muy alta y delgada, con un aire misterioso y atractivo, que se comportaba y vestía como un chico. Me hubiera encantado algún día haber perdido la vergüenza que el simple hecho de mirarla de reojo me ocasionaba y haber sacado fuerzas y la valentía para que, sin importarme el qué dirán, me hubiera sentado a charlar con ella.
Normalmente la señalaban con el dedo y lo que solía suscitar en los demás era desprecio. En cambio, a mí me llamaba mucho la atención y lo que me generaba era mucha curiosidad y ganas de aprender a su lado. Era mi heroína, sabía lo que quería y aparentaba vivir acorde a lo que le apetecía y sentía, sin importarle la opinión de los demás. Yo, sin embargo, había empezado a salir con un compañero de clase, Álvaro, sin tener claros mis sentimientos y luchando por saber lo que me pasaba y sentía, porque en el fondo quería estar con mis amigas y con alguna de una manera muy especial.
Acabamos el COU y la selectividad —pruebas de acceso a la universidad— y toda la pandi aprobamos. No quiero resultar melodramática, pero sufría mi incomprensión en silencio con mucho dolor, sin nadie que me pudiera comprender, ni entender, sin poder ir a ningún lugar a que me orientaran, sin conocer a ninguna persona que fuera mi guía, sin poder acceder a información sobre mis sentimientos (te recuerdo que en aquel momento no existía internet y tampoco daban noticias por televisión) y, lo peor de todo, sin saber si había personas que pudieran sentir lo que yo sentía.
Me sentía tan rara, tan poco normal… Muchas noches lloraba en silencio hasta que agotada me quedaba dormida. A veces, escribía poesías como esta que te comparto, por si alguna vez has sentido mi dolor:
TE ESPERO
Creces dentro, muy dentro.
Muerta estuviera si no te reconociera.
Vuelves a mí sentimiento,
mas hazte de carne: tangible y real.
Vive, respira y goza,
disfruta como si estuviera cerca tu final,
pero no me alimentes más,
si no te vas a hacer material.
Toma forma y verás
como el amor es un hecho
y los sueños acontecimientos.
Te propongo una locura,
toda una aventura.
Ese vacío que te envuelve,
ese hueco que aún tienes,
no lo tapes más,
¡déjalo en paz!
No te engañes ya,
¡desnúdate!
Siente lo que te digo
y descubrirás que tu realidad es mi realidad.
Funde tu mirada en la mía,
y verás que mi miedo va desapareciendo.
Haz que me sienta querida,
necesito tus abrazos, caricias y besos.
¡Descubramos juntas nuestros cuerpos!
Y cuando despertemos,
desnudemos cada mañana
con dulces lamentos.

3
SALIDA DEL ARMARIO

Todos comenzamos con mucha ilusión la universidad. Yo seguía saliendo con Álvaro, sabiendo que lo que iba estudiar no era lo mío y que Álvaro y yo no sabía cómo acabaríamos. Lo que realmente me gustaba era la psicología, pero no lo hice por muchas razones, porque mis padres pensaban que esa carrera era para perdedores y para gente que luego estaría en el paro y, por otro lado, yo estaba ansiosa de estudiar algo que me diera alas para ser económicamente independiente lo antes posible.
La primera vez que tuve una mayor evidencia de las que había tenido hasta entonces sobre mis controvertidos sentimientos fue cuando conocí a una compañera que estaba pasando en nuestra facultad un trimestre haciendo un erasmus. Era americana y su nombre era Jessie. Tenía una larga melena rubia ondulada y era de complexión fuerte. Además de ser estudiante, era cheerleader en Los Ángeles, su ciudad natal. Me encantaba estar con ella. Las horas se me pasaban como minutos y me di cuenta de que prefería pasar más tiempo con ella que con mi novio Álvaro. Un día se lo llegué a confesar a él. En una ocasión que me pidió con mucha tristeza en sus ojos que pasara más tiempo con él, le dije que no sabía lo que me pasaba, pero que necesitaba estar con Jessie. Los dos acabamos llorando sin entender la situación. Creo que no fui lo suficientemente explícita, entre otras cosas, porque ni yo misma sabía lo que me pasaba, ya que después de que se fuera Jessie seguimos juntos, aunque no por mucho más tiempo.
Soy una persona que hace fácilmente amigos. Además de la pandi, comencé a salir los fines de semana con una pandilla de solo chicas, más mayores que yo y muy desinhibidas. Todo lo contrario que yo, que seguía siendo virgen a mis veintiún años.
Lola, la hija mayor de una familia amigos de mis padres, me presentó en su pandilla y me pareció que podía aprender tantas cosas de la vida a su lado, que decidí empezar a salir con ellas. Eran una media de dos años mayores que yo. Me encantaba escuchar tantas historias sexuales de todo tipo. ¡Vaya derroche de experiencia tenían todas! Ellas sabían que yo aún no podía compartir historias como las suyas y me respetaban.
Lola debía ser un fenómeno en la cama, incluso había hecho que una pareja a un mes de casarse rompiera el compromiso, porque el chico y ella se encapricharon. Se rumoreaba que uno de los miembros de la pandilla, Juana, había tenido alguna experiencia con alguna chica, que era bisexual decían, aunque se comportaba como la más reservada y no alardeaba tanto de sus conquistas. Era morenita, de tez muy blanca, de complexión delgada y deportista, tenía una melenita corta, ojos castaños y estaba terminando la carrera de Historia del arte. Me parecía la chica más culta de la pandilla y eso para mí era y sigue siendo uno de los valores más seguros para conquistarme. No era la más guapa, pero me empezó a interesar de una manera especial. Por fin, conocí a una chica que había tenido alguna relación amorosa con otra chica. Ya había alguien que podía sentir lo que yo intuía que sentía. ¡No estaba sola en el mundo!
Decidí contar mis tendencias y sentimientos homosexuales a mis veintiún años y decir de alguna manera que me gustaban las chicas a tres personas: a mi amiga Cristina, a mi confesor y a mi mamá. Te aseguro que sentía un miedo que casi me paralizaba y cuando relataba lo que sentía, daba tantas vueltas al tema que hasta yo misma me perdía en mis explicaciones. Con Cristina y mi confesor resultó todo muy fácil y me dieron esperanza. Me dijeron: «Sigue a tu corazón». Cuando se lo conté a mi amiga, me debí de poner muy tremendista, porque me dijo: «¡Hija, qué susto me has dado! Pensé que era algo muy gordo y es solo esto». Mi mamá, que se llama como yo, María, tardó mucho mucho tiempo en entenderme. Fue muy duro y sentí una incomprensión tan grande como la que sentía de mí misma.
Volviendo a Juana, me fui acercando todo lo que podía a ella, para que confiara en mí, para que pasara más tiempo a mi lado y se fuera haciendo más amiga mía. Y lo fui consiguiendo. A menudo quedábamos y no solo con la pandilla. Venía a mi casa a que le echara las cartas. Por aquel entonces lo hacía para mis amigos. Acertaba muchas cosas y no únicamente en temas de amores y desamores. En una ocasión llegué a vaticinar que dos miembros de la pandilla iban a tener un accidente con su coche nuevo y pasó.
Juana cada día era más amiga mía, así que me vi con fuerza de empezar mi conquista. Comencé a mandarle cosas a escondidas. Cristina era quien estaba informada de todos mis pequeños logros y en muchas ocasiones se hacía pasar por mensajera o cartera para entregárselo ella misma: que si un ramo de flores, que si una pipa (coleccionaba pipas de fumar), una botella de whisky Johnnie Walker etiqueta negra, y cada regalo acompañado siempre de un escrito con un dibujo o una poesía. Le escribía notas como:
«Tengo un sueño, un sueño que es mi meta, una meta que quiero sea mi realidad. Deseo hacerte feliz y que tu mirada sea mi sol y tu sonrisa me ilumine todos mis días».
Un día me armé de valor y decidí que le diría que yo era la misteriosa amiga que le dejaba los regalos, las notas y las poesías, y le preguntaría si quería salir conmigo. Hasta compré champán para celebrarlo si me decía que sí. Quedé con Juana en El Portal, uno de nuestros lugares habituales para tomar café, antes de quedar con el resto de la pandilla, sobre las 17:00 horas. Juana y yo solíamos ser impuntuales, pero esa vez me esforcé por llegar temprano y esperarla. Se me hicieron eternos los quince minutos que se demoró.
Cuando llegó le dije que estaba muy guapa y, sin más, le solté que era yo quien le estaba mandando los regalos. Ella se quedó blanca. Recuerdo su expresión de no entender nada, mientras yo me rompía por dentro al entender que eso era un claro «no, gracias». Había imaginado una reacción muy diferente, como que me miraría a los ojos para decirme que sentía lo mismo, que me rodearía con sus brazos sin palabras y que nuestros corazones latirían al unísono, incluso que me besaría dulcemente en los labios… Pero nunca imaginé esa mirada fría y esa decepción y desprecio al ser conocedora de semejante noticia.
—No quiero saber nada más —me dijo y se fue, dejándome allí plantada.
Pudieron pasar más de diez minutos hasta que me recompuse y volví a mi ser. Me dirigí a la primera cabina telefónica a contarle a mi amiga Cristina lo que había pasado y a que me consolara en mi primera decepción en este nuevo mundo que se abría para mí. Era finales de mayo de 1987 cuando me dieron mis primeras calabazas y tuve que curar mi primera herida por una mujer. Necesitaba salir de Burgos e irme muy lejos, aunque antes quería aprobar los exámenes finales. A partir de ese día Juana procuraba no coincidir conmigo y yo me fui distanciando de la pandilla.

En clase de karate, mi compañera favorita, Eva —yo la llamo Evita Dinamita, porque es como yo, inagotable— me comentó que estaba pensando en hacer un viaje en tren con interrail que acabaría en Glasgow, donde pasaría un semestre con una beca que había conseguido en su universidad. Estaba estudiando Filología Inglesa.
Durante el mes de junio estuve muy ocupada con los exámenes y mis dos trabajos: dar clases particulares y repartir publicidad. El poco tiempo libre que me quedaba lo dedicaba a preparar el viaje, así que apenas me di tiempo a llorar la pérdida del amor de Juana.
Decidimos finalmente que visitaríamos Francia, Bélgica y Holanda durante dos o tres semanas y luego Evita rumbo a Glasgow y yo a Londres, donde pasaría alrededor de un mes y medio. A finales de mes comenzamos nuestro gran viaje. De nuevo haría mi segundo viaje fuera de España sola y esta vez con solo adultos en la primera parada. ¡Empezaba toda una aventura! Nuestros padres nos acompañaron a despedirnos a la estación y durante todo el trayecto y la espera no pararon de darnos recomendaciones con lágrimas en los ojos. Allí cogimos un tren que nos llevaría desde Burgos a Burdeos. Apenas dormimos durante toda la noche. No paramos de hablar y leer sobre todo lo que queríamos visitar. Habíamos comprado un montón de guías Michelín y de guías trotamundos.
Mis padres accedieron a que hiciera este viaje, porque mi amiga Evita tenía amigos en muchos lugares y sus padres llamaron a los míos para tranquilizarles y darles confianza sobre todo lo que teníamos planeado. En Burdeos cogeríamos otro tren que nos llevaría a Périgueux. Allí nos esperaban unos padres y sus hijos, amigos de Evita, y aunque no era de nuestros destinos favoritos, lo aprovechamos muy bien. Además de conocer esa preciosa cuidad y sus alrededores, como nuestras maletas eran muy pesadas (te recuerdo que antes no había maletas de ruedas y las maletas de cuero eran de todo menos ligeras), decidimos enviar parte de nuestro equipaje de vuelta a nuestra ciudad natal.
Tres días después estábamos camino de París, donde nos alojaríamos en un youth center en el centro de la ciudad. Soltamos nuestras maletas en una consigna y nos fuimos a recorrer las calles de la capital parisina. Íbamos de un lugar a otro andando sin parar, entrando en museos, exposiciones e iglesias y disfrutando de las calles, de los parques y de tantos puentes por los que el río Sena pasaba a su antojo. ¡Qué belleza de ciudad! ¡Qué maravillosa arquitectura! Habíamos comenzado nuestra andadura a las nueve de la mañana y ya eran las veintitrés horas, así que teníamos que volver para que nos dejaran entrar en nuestro alojamiento.
Llegamos muertas y con los pies llenos de ampollas. Nuestra sorpresa fue que cuando llegamos no teníamos camas. Estaban todas ocupadas. Llamamos al que nos abrió la puerta y este les pidió a dos chicos nos dejaran las dos literas donde estaban acostados. En otro momento me hubiera muerto de asco, pero en ese instante estaba exhausta. Demasiadas emociones y mucho cansancio acumulado por el largo viaje del día anterior y todo el día caminando, así que cerré los ojos y me tumbé en una de las literas que aún estaba caliente. En mi cara se debía dibujar una enorme sonrisa, hacía tiempo que no me sentía tan viva. Mi cansancio hizo que me venciera inmediatamente el sueño. Esa misma noche decidí que iba a aprender a hablar francés.
Y así seguimos disfrutando de París durante cuatro días más. A veces tan solo comíamos un trozo de fuet y un quesito, pero merecía la pena ver tanto derroche de belleza: los Campos Elíseos, la Torre Eiffel, el Louvre, Notre Dame, los jardines de Luxemburgo, el centro Pompidou, el Arco del Triunfo…
Sin lugar a duda, el barrio que más me gustó fue Montmartre, el barrio de los pintores, artistas e intelectuales donde se sitúa la basílica del Sacré Coeur, el Sagrado Corazón. Es una zona bohemia. Yo la encontraba algo prohibida, una zona muy singular donde vi antiguos cabarets y al estar situado en una colina, pude contemplar las vistas más espectaculares de París y, lo más importante, me perdí por las calles como antes lo habían hecho Amélie y Picasso.
Disfrutando por esas calles vi por primera vez a dos chicas agarradas de la mano. Cuando me percaté, el corazón se me paró instantáneamente de la sorpresa. ¡Qué envidia me dieron y qué pena no poder compartirlo con Evita, porque no sabía si me podría entender y aceptar! No quise arriesgarme a saberlo en ese momento.
Me alegró profundamente comprobar que había chicas que salían con chicas. Yo podía llegar a salir con otra chica. El problema que ahora se me presentaba era dónde encontraría esas chicas.
De París nos pusimos rumbo a Bélgica, a Bruselas, donde nos alojaríamos con unos españoles en casa de una pareja de amigos de Evita: Tom y Rosa. Una de las experiencias que más me llamó la atención allí fue que nos llevaron a un concierto de rock duro, pues Tom era uno de los que lo organizaban y la gente se subía y se tiraba del escenario sin mirar. Si te cogían, buena suerte, y si te dejaban caer, fuera del local había un montón de ambulancias aparcadas para trasladarte a algún hospital. Pude ver mucha sangre y muchos heridos. En este lugar me empecé a dar cuenta de la estupidez de algunos seres humanos. ¡Qué pena, no tocaron ninguna balada!
Otra de mis experiencias fue que decidimos ir a pasar el fin de semana a Holanda, concretamente a Ámsterdam. Al llegar, lo primero que hicimos fue ir a buscar alojamiento y no se nos ocurrió otro lugar que entrar y preguntar en un sex shop. Era la primera vez que entraba en uno. ¡Cuántas cosas! Ellos preguntaban y yo observaba boquiabierta, e imagino que roja como un tomate, todos los artilugios que encontraba a mi paso. ¡Vaya pollas más grandes! Me preguntaba si eso le cabría a alguien. Vi también muñecas hinchables, esposas, látigos y todo tipo de lencería erótica de hombres y mujeres, así como disfraces. El de policía me gustó. «Por Juana me lo hubiera puesto yo», pensé, y sonreí tristemente ante mi ocurrencia.
Dejamos las maletas en el hotel que nos recomendaron o encontramos. No lo llegué a saber nunca, porque durante el camino desde el sex shop hasta el hotel en mi mente solo seguía apareciendo la tienda y todos los artilugios que pude ver. Inmediatamente nos fuimos a tomar una hamburguesa antes de irnos al Barrio Rojo. Una vez allí, me quedé estupefacta cuando empecé a ver a todas aquellas preciosas chicas, sin apenas ropa, exhibiéndose en los escaparates. Me hubiera ido con cualquiera de ellas.
Luego decidimos ir a tomar algo por el barrio. Yo pedía Coca-Cola Light o té y en ningún sitio había; a cambio, nos ofrecían unas cartas con productos que ni Evita, ni yo entendíamos en absoluto. Al día siguiente, supimos que eran cartas que solo contenían distintos tipos de droga.
Volvimos al hotel, y bueno… Yo apenas dormí. Estábamos los cuatro en la misma habitación. Era muy grande y tenía dos camas, y a la parejita no se le ocurrió otra cosa que fumarse un porro y luego darse un buen revolcón. Al principio, me ruboricé mucho al darme cuenta de lo que estaban haciendo; sin embargo, lo único que quería era conciliar el sueño, pero sus gemidos y ruiditos no me dejaban.
El día siguiente fue mágico, paseando por los canales de Ámsterdam y, sobre todo, recreándome con las pinturas de Van Gogh.
Habíamos planeado llegar a Inglaterra en ferry. Salimos de Zeebrugge rumbo a Hull. El viaje duró casi un día, más de dieciséis horas. De nuevo, no dormimos. Conocimos a un montón de gente nueva y yo probé una pinta de cerveza negra, que se me subió a la cabeza, y como el barco se movía mucho acabé mareada y vomitando.
Al llegar a Hull, Evita y yo nos despedimos y acordamos que nos visitaríamos cuando estuviéramos alojadas. Yo cogí un autobús que tardó algo más de nueve horas en llegar a Londres. Casualidades de la vida, me tocó sentarme al lado de una chica de Salamanca llamada Rosa, que venía a trabajar con una familia como au pair. Era dos años mayor que yo y se la veía con mucha experiencia en la vida. Nos intercambiamos los teléfonos de donde íbamos a estar.
Yo tenía alojamiento en Londres, no sabía por cuántos días. Mi sorpresa fue que al llegar me dijeron que solo podía pasar una noche. Dormí en un sofá en mitad del salón, que me dejó el cuerpo magullado al día siguiente. En cuanto me levanté, me duché y decidí ir a buscar alojamiento y trabajo. Solo había un problema: en una de las hojas de mi pasaporte ponía en letras grandes y mayúsculas «Forbidden working». Vamos, que en teoría no podía trabajar.
Como la palabra «no» no aparecía, ni aparece en mi diccionario (salvo hasta ese momento la negativa que me dio mi Juana), tomé una revista que regalaban a la entrada del metro y empecé a seleccionar posibles alojamientos por precio. Estaba muy cerca de Victoria Station. Me dirigí a una cabina telefónica para comenzar a llamar cuando, de repente, me encontré a Rosa, la chica que conocí en el autobús. Las dos, sorprendidas, nos pusimos a saltar en mitad de la calle. Creo que nos reconfortó tanto ver una cara amiga que sentimos mucha alegría al encontrarnos. Más tranquilas le pregunté qué hacía por allí y me dijo que no quería estar con esa familia, que se iba a buscar la vida.
Le propuse indagar algún alojamiento juntas y encontramos una habitación en algo muy común en Londres, llamado basement, un sótano sin ventanas, aunque tenía dos camas y un cuarto de baño. Allí nos alojamos la primera semana. Ese mismo día encontramos también trabajo: limpiar unas enormes oficinas. Estuvimos probando esa tarde, pero al final de la jornada nos pidieron nuestros pasaportes, así que no volvimos.
Dos días después de haber continuado buscando trabajo vimos una hamburguesería con un cartel de que ofrecían empleo. Sin dudarlo, me fui a hablar con el encargado, que se llamaba Ian Kierans. Le gusté y me pidió que al día siguiente le llevara los papeles para prepararme el contrato. «¡Vaya, otro trabajo que voy a perder!», pensé, pero no le dije nada.
Por la noche le conté a Rosa lo del trabajo y le comenté que me gustaría mucho no perderlo esta vez. Decidí que al día siguiente me presentaría a la hora que me había dicho con fotocopias de mis documentos y los cuestionarios rellenados, y que probaría suerte. El hecho de sacar yo las fotocopias me daba la opción de que no vieran en la siguiente página que no tenía autorización para trabajar.
La jugada me salió redonda. Me dijo algo de si los españoles no podíamos trabajar y yo le contesté que con haber entrado en la Comunidad Económica Europea hacía unos meses, ya podíamos y eso coló. Ya tenía trabajo. ¡Qué suerte! Me fui a celebrarlo por la tarde con Rosa a un pub en el Támesis, donde me tomé una rica pinta de sidra.
Decidimos mirar un nuevo alojamiento, ya que pagábamos ochenta libras semanales y nos parecía mucho dinero para no tener derecho a usar la cocina. Así que buscamos y nos pareció regalado el alquiler de una habitación de dos camas, con un baño y con derecho a cocina. Llamamos y nos dijeron que estaba disponible la habitación, así que cogimos las maletas y nos fuimos en metro a la parada de Southfields. Era una casa de dos plantas típica inglesa. Por suerte estaba muy cerca del metro. Tocamos a la puerta y para nuestra sorpresa nos abrió un chico joven pakistaní, que no sabía nada del alquiler de la habitación. Le enseñamos el anuncio y le dijimos que habíamos hablado con alguien de la casa que nos dijo que sí estaba disponible. Sin mediar más conversación, dejamos en la entrada nuestras maletas y le comentamos que luego volveríamos. Era viernes por la tarde y queríamos ¡marcha!
Estaba viviendo unas semanas de mucha satisfacción personal. Me estaba recuperando de mi primer fracaso amoroso y disfrutaba plácidamente de la sensación libertad y de no tener que dar cuentas a nadie de lo que hacía. Seguía trabajando en la cadena Casey Jones, semejante a McDonalds o Burguer King. Ya había ascendido y trabajaba como cajera, y no en la cocina. Incluso estaban pensando proponerme como supervisora.
Pasaban los días y las semanas entre mis clases de inglés, el trabajo en Casey Jones y algunas salidas nocturnas con compañeros. Ian, mi supervisor en el trabajo, y yo solíamos coincidir en nuestras salidas habituales. Había ido también a visitar a Evita a Glasgow y ella había venido a visitarme. Tenía que tomar una decisión. La sensación que sentía en Londres era inigualable a la que había sentido hasta ahora y dudaba si volver a España. No te lo había dicho. París me maravilló y Londres me enamoró. Desde que llegué me impregné de sus aromas, que me llegaron al alma. Hoy sigue siendo mi ciudad cosmopolita favorita.
Ya era septiembre y muy pronto comenzarían las clases en la facultad y tenía que decidir lo que iba a hacer y, dependiendo del día, disponía quedarme o regresar. Lo que tenía claro es que dejaría de vivir con Rosa, quien, por cierto, también trabajaba conmigo en Casey Jones. Un día se presentó borracha, pero ese no fue el mayor de los problemas. Venía con dos chicos españoles a los que se encontró en el metro, y como no tenían donde quedarse a dormir se los trajo a casa. Nuestros caseros nos tenían prohibido llevar a nadie a casa, y mucho menos a chicos, y Rosa se presenta con dos desconocidos. Les pedí que no hicieran ruido, que si se despertaba alguien de la casa nos echarían. Rosa se metió en mi cama y los dos chicos en la suya. A los pocos minutos tenía una locomotora en mi oreja roncando, mientras los otros dos reían entrecortadamente, pasando en muy poco tiempo a gemir sin disimulo. Sí, como te cuento. Se lo montaron allí mismo. Yo palidecía avergonzada y apenas respiraba por miedo a que se pudieran dar cuenta de que me estaba enterando de su juego. Entonces apreté fuertemente los puños intentando dormir de cualquier forma.
A primera hora de la mañana desperté a los tres para que los dos amantes salieran de la casa sin ser vistos y le conté a Rosa lo ocurrido. No se lo creía, pero las sábanas eran la prueba de lo que estaba contando. Le amenacé con marcharme si me ponía en una situación comprometida como la que había vivido esa noche. Ese mismo día decidí que no quería esa vida para mí, que realmente quería tener más oportunidades futuras que conformarme con una libertad a corto plazo. Así que, pocos días después, estaba de vuelta en un autobús desde Londres con rumbo a Burgos.
Durante las casi veinticuatro horas que duraba el viaje de regreso tomé varias decisiones. Comenzaría a estudiar francés, acabaría mis estudios de ingeniería, que estaba cursando, y en cuanto me fuera posible, me iría a vivir y a buscar fortuna a una gran ciudad, y Londres era en ese momento mi opción favorita. Me hice además una promesa y es que empezaría a viajar siempre que pudiera fuera de España y me prometí que lo haría mínimo una vez al año. Me dije a mí misma «conoceré el mundo». Y lo más importante: iba a buscar ayuda para intentar poner orden a mis sentimientos y todas mis ideas, creencias y valores, que hasta entonces formaban parte de mi vida y que ahora, como un castillo de naipes, se iban cayendo. Necesitaba recomponerme y volver a ser la chica segura que había sido hasta hacía relativamente poco tiempo.
4
MI PRIMER BESO CON UNA MUJER

Fiel a lo que me había propuesto en mi viaje, seguí estudiando e incluso aumenté mis retos ese mismo año. Comencé a profundizar más en los idiomas: inglés y francés en la Escuela Oficial de Idiomas , y parecía que en el futuro iba a ser necesario saber informática, así que me puse a estudiar programación de ordenadores. Todavía no existía el paquete Microsoft Office, que no apareció hasta tres años después, a finales de 1990.
A mí me seguían llamando la atención las chicas más que los chicos, y aunque los chicos no se me resistían, aún no había conseguido besar a mi primera chica.
Solía estudiar por las noches con mi vecina del primero, Susana, una chica dos años más joven que yo. Tenía veinte años y yo acababa de cumplir veintidós. Tocaba el piano como los ángeles y estudiaba periodismo. Nuestros descansos los pasábamos, si no era muy de madrugada, enseñándome a tocar el piano y si era tarde y no podíamos hacer ruido, yo le enseñaba a jugar al ajedrez. Era una chica muy risueña, con una larga melena ondulada rubia y grandes ojos azules. Además, tenía unos pechos enormes y preciosos, que eran mi delicia y la de mis amigos.
Un día quiso que le hiciera una sesión de fotos, así que recreé en su casa todo lo que me inspiraba y me dejé llevar. Su padre, que recientemente se había separado de su mamá, había sido coleccionista de objetos del medievo, con lo que me vino de perlas que no se hubiera llevado aún sus reliquias. Le pregunté si podíamos usarlos durante la sesión y le pareció muy buena idea. De las paredes del salón descolgamos una espada, un puñal con su funda, un casco, una ballesta, una maza de cadena con dos bolas con pinchos y hasta un fusil. También le pedí sábanas blancas para colocarlas por el suelo.
El primer carrete lo tiré haciendo fotos para que se habituara a la cámara y los flashes de luz, y para que se fuera desnudando y durante la sesión fuera lo más natural posible. Ya había visto más veces desnuda a Susana, porque no es nada pudorosa y se cambiaba delante de mí, aunque a mí eso me ruborizaba mucho y cada vez que lo hacía, bajaba mi cabeza por corte, aunque la realidad era que estaba deseando mirarla.
El tipo de fotografía que me gusta hacer era y es erótica. Empecé a pedirles a amigos y amigas hacer sesiones, y cuando me sentí más segura y con algo de experiencia, comencé a elegir a personas en discos o en bares, para que se dejaran fotografiar y si accedían, que era casi siempre, ya tenía claro en el momento de la sesión qué ambiente envolvería a mi modelo, porque si la persona no me transmitía algo interesante, no se lo pedía. ¡Y, la verdad sea dicha, prefería hacer sesiones a chicas!
Como ganaba mi dinero, ya me había comprado un equipo de revelado de fotografías, así que todo el proceso lo realizaba yo misma.
Volviendo a mi sesión con Susana, era curioso que teniendo ante mí un precioso cuerpo desnudo, lo único que me preocupaba y en lo que estaba centrada era en el detalle de cada fotografía. Jugamos y bromeamos inicialmente con cada artilugio. Luego le fui pidiendo que cogiera cada instrumento y que jugara con él. Después le pedí que, mirándolo, expresara con su cuerpo lo que sentía al tenerlo en sus manos y le iba provocando, contándole situaciones para que su expresión se tensara, se pusiera a la defensiva, se convirtiera en una leona defiendo su vida o se sintiera perdida en una batalla que no era la suya. También le preguntaba si quería fotos más duras o que dejaran ver su frialdad. Le indicaba que tensara una de sus piernas, que adelantara tal o cual brazo, que curvara más su espalda o que me mirara desafiante. Si quería llevarla al efecto contrario, le pedía, por ejemplo, que soltara lo que tuviera en sus manos y que al dejarlo en el suelo, sintiera remordimientos o que se ruborizara al verse en el espejo con esa gran espada. Lo pasamos muy bien, aunque hasta el día siguiente que revelara los tres carretes realizados, no veríamos el trabajo. Aún no existían las cámaras digitales.
Comenzamos a media tarde y ya era por la noche. Habíamos hecho un receso para picotear algo. Cuando estábamos juntas, Susana y yo nos reíamos mucho, aunque en la sesión fuimos muy profesionales y ella siguió pacientemente todas mis indicaciones. En mi caso, cuando tengo la cámara entre mis manos me convierto en su extensión, queriendo captar el alma de la persona que fotografío.
Esa noche no volvería su madre. Andaba malilla su abuelita y se iba a quedar en su casa haciéndole compañía. Yo les pedí a mis padres quedarme a estudiar con mi amiga y accedieron, así que teníamos la casa para nosotras solas. Susana se había puesto una camisa blanca semitransparente y unas braguitas azules con un Piolín dibujado. Yo llevaba puesto un pantalón corto y una camiseta ajustada de tirantes. Era junio y hacía mucho calor. El cansancio de la sesión nos invadió y nos tumbamos en la cama. Estaba empezando a oscurecer, así que encendimos la luz de la mesilla. Nos reímos recordando algunas de las secuencias de fotos y viendo los terribles instrumentos que había tirados y desordenados por toda la habitación. Susana estaba boca arriba con el brazo izquierdo doblado por debajo de la cabeza. Yo estaba junto a ella, recostada de medio lado, apoyando mi cabeza en mi brazo derecho para poder verla mejor. Su sonrisa era sincera y toda ella derrochaba satisfacción y sensualidad, y aunque la luz era tenue, podía ver el brillo de sus resplandecientes ojos y a través de su camisa podía apreciar su piel blanca y sus senos grandes, turgentes, rodeados de sus pezones perfectos sonrosados. Temí que pudiera darse cuenta, así que retiré mi mirada de ella, concentrándome en un rincón de la habitación.
Nuestros cuerpos se rozaban y, de repente, me di cuenta de que me sentía muy excitada. Hubo un momento de silencio y Susana apartó un mechón de mi pelo que me caía por la cara y retuvo mi mejilla con su mano. No podía creerme que estuviera viviendo aquella situación con mi amiga, a la que tanto quería, y que estuviera a punto de besarla. Yo, que ya no podía disimular más mis ganas, cerré lentamente los ojos, apoyé la cabeza en la almohada y mientras mi mano derecha recorría su nuca, fui acercando mi cara a la suya, muy nerviosa y con mucho cuidado, hasta unir mis labios con los suyos, fundiéndonos en un primer beso tierno, suave, dulce y hasta, yo diría, inocente. Apresaba mis labios con los suyos, liberándolos un instante después y así como cuatro o cinco veces. Nuestra respiración se aceleraba y notaba como mi corazón se me quería salir del pecho. Pocos segundos después me separé tímidamente. Me sentía radiante de agradecimiento, porque no me había rechazado y me estaba respondiendo positivamente y, a la vez, tan avergonzada que creía que me iba a poner a llorar. Nunca antes había sentido un beso tan cálido y estimulante como aquel.

Entonces, fue ella la que agarrándome por la cintura y tirando de mí, me forzó a que me pusiera encima de ella y yo volví a besarla. Esa vez no cerré los ojos hasta que nuestros labios volvieron a encontrarse y comenzaron a tocarse una y otra vez. En ese momento me dejé llevar de forma más consciente, al sentir los labios de Susana en los míos y al percibir el aroma del perfume de Anais Anais que la envolvía y que casi me llevaba a perder el sentido.
Continué besándola con más ímpetu mientras ella me abrazaba cada vez más fuerte. Noté como su cuerpo ardía tanto como el mío y eso me dio más alas para seguir explorando lo que hasta entonces me había sido prohibido. Le siguió un beso más húmedo al que acompañó mi lengua, que se movía de forma lenta y delicada, hasta que se unió la de Susana. Entonces ambas comenzaron a juguetear como si se tratara de un ritual de movimientos cada vez más rápidos y profundos. Susana se separó un instante para coger aire y yo di un paso más metiendo mi mano por debajo de su sedosa camisa hasta que comencé a palpar sus soñados senos, que ante mis caricias se iban endureciendo. Un instante después perdimos la noción del tiempo al unir nuestras bocas para seguir dándonos un beso largo, paciente y profundo.
Noté que un calor me subía desde los pies y sentí las famosas y maravillosas mariposas en el estómago. Nos miramos desconcertadas a los ojos y temí empezar a escuchar las típicas frases hechas y excusas que yo tantas veces había utilizado y dicho a chicos: «me ha encantado, pero ya sabes…», «me gustas mucho, pero esto no es lo mío», «no eres tú, soy yo», y yo luchaba por no ser una de esas chicas que se enfadara por no poder cambiarla. Me invadió un terrible pánico, así que por temor a empezar a escuchar todo eso, fui yo la que rompió el silencio y el momento de tanta excitación que estábamos viviendo, diciéndole que no quería que eso quedara en un polvo, que quería algo más y que si creía que podía dármelo, me lanzaría al vacío por ella. Su silencio lo dijo todo. Llevé su cabeza a mi regazo y tiernamente nos abrazamos. Aunque Susana se quedó dormida minutos después, yo tardé horas en conciliar el sueño. Mi cabeza iba a mil por hora y sentía que mi corazón tan pronto salía de mi pecho como creía que se iba a parar. Todo era tan nuevo para mí, tan embriagador, tan emocionante, tan doloroso… Nunca jamás volvimos a hablar de aquel suceso; sin embargo, seguimos siendo, si cabe, más amigas que antes.
Tras aquellos besos empecé a cuestionar seriamente mi sexualidad y confirmé que no solo me atraían las mujeres, sino que podía disfrutar con ellas. Pero ¿qué me pasaba? ¿Quién me gustaba realmente? ¿Cuál era mi condición sexual? A mí me encantaban los chicos en general y alguno de manera particular. Fueron terriblemente desastrosos los primeros besos que nos dimos Álvaro y yo, pero no porque fuera chico, sino por nuestra falta de experiencia. No sabíamos qué hacer ni con las lenguas, ni con los labios. Nos volvimos expertos en los tres años de práctica que estuvimos juntos, ya que lo que hacíamos en nuestros momentos íntimos era besarnos y poco más. Y sí, había vivido y sentido besos preciosos, muy parecidos a los que acaba de darme con Susana. Un mar de dudas inundaba mi cabeza. Me aterraba pensar si finalmente averiguaba que me gustaban las mujeres y decidiera vivir con alguna, ¿cómo afrontaría el hecho de que era creyente? La iglesia me excomulgaría. Y cuando al final se enterara mi familia, tan tradicional, ¿cómo lo asimilaría? Me tenían como la sobrina, prima, hija, nieta… modelo. Y cuando se lo contara a mis amigos, ¿seguirían siendo mis amigos o, por el contrario, se mofarían, me rechazarían y me repudiarían como amiga? Y respecto a mis valores y creencias, ¿cómo podía cambiar el hecho de querer casarme y formar una familia?
Respecto a mi futuro empleo, tenía claro que llegaría a ser una alta directiva de alguna multinacional y si ya resultaba problemático y difícil para muchas empresas contratar directivos femeninos, ¿me contrarían si se enteraran de que, además de mujer, era lesbiana? Y lo más importante: ¿afrontaría mi futuro siendo fiel a mis sentimientos por muy difícil que me resultara y por mucho que tuviera que luchar con todo mi entorno?
5
PIERDO MI VIRGINIDAD

Durante los tres años siguientes, después de mi primer viaje interrail y mi estancia en Londres, seguí viajando fuera de España cada año cuando acababa mis exámenes de junio y elegía Londres, donde pasaba algo más de dos meses. Ian, el supervisor de mi primer trabajo, continuó en contacto conmigo y no solo cuando iba a Londres. Nos llamábamos y nos escribíamos durante el resto del tiempo que no nos veíamos. Incluso hizo un viaje a Burgos para verme dos años después de conocernos, durante la Semana Santa de 1989, donde pasó diez días. Se hospedó en un hotelito que elegí cerca de la casa de mis padres.
Una tarde le dije que viniera a nuestra casa. Quería conocer a mi familia y le presenté a mis padres. Ni corto ni perezoso sacó un colgante con un brillante que me regaló y con su pobre español dijo: «yo querer casar con su hija». Al principio me quedé blanca, pero luego, al ver la cara descompuesta de mi padre, me eché a reír. ¡Cómo alguien podía pedir mi mano sin antes habérmelo propuesto a mí! Mi reacción relajó a mis padres, aunque molestó a Ian. No volvimos a mencionar ni a hablar del desencuentro. Ian ya sabía por mi reacción que fue una clara negativa.
No era la primera vez que me habían pedido matrimonio, pero lo que estaba claro es que no habían sido personas que me interesaran lo suficiente como para plantearme dar ese paso. Además, había decidido que iba a hacer muchas cosas y conocer mucho mundo viajando antes de que llegara ese momento. Ian era un irlandés seis años mayor que yo, muy frío y calculador, y aunque sabía que le gustaba, nunca hasta entonces me había dicho nada. Acordamos que ese mismo verano nos volveríamos a ver en Londres y me invitó a que en esa ocasión me hospedara en su casa.
Llegué al aeropuerto de Heathrow y para mi sorpresa no había nadie. Ya el año anterior decidí que no me daba la paliza de pasar un día entero en autobús para llegar a Londres y determiné empezar a viajar por este medio. Compraba los billetes con antelación o a última hora, así me salían muy bien de precio.
Me dirigí a la boca de metro para ir a Victoria Station, pero cuando llegué tampoco estaba. Llamé al teléfono que tenía de Ian. Nadie me contestó, así que busqué un lugar donde pasar la noche. Ya eran casi las diez y no quería pasearme con mi maleta. En el hotel me dieron una habitación en un basement —de nuevo otro sótano—, una habitación grande sin ventana en la que había dos camas de matrimonio. El recepcionista que me atendió era un corpulento hombre negro, sin pelo, parecido a Cuba Gooding Jr., que me acompañó a la habitación.
Dejé mi maleta y decidí ir a comer algo antes de irme a dormir. De regreso, me encontré de nuevo al recepcionista, que me saludó muy animosamente. Me sorprendió su pícara sonrisa, y me despedí también sonriéndole y con un breve «good night». Iba a cambiarme y a darme una ducha. Bueno, en Londres no hay apenas duchas, solo hay bañeras —muy incómodo, si no te quieres relajar tomando un baño—. Como decía, había abierto ya mi maleta, que había puesto encima de la otra cama, cuando llamaron a la puerta. Fui a abrir cuando, de repente, el recepcionista me abordó de forma violenta, entrando en la habitación sin permiso y sujetándome con sus dos grandes manos los brazos impidiendo que me pudiera mover de medio cuerpo hacia arriba. Sin mediar palabra alguna, comenzó a besarme de manera violenta y mientras lo hacía, entré en pánico pensando que me iba a violar.
Unos segundos más tarde me tranquilicé y decidí fríamente barajar todas las posibilidades que tenía. Si chillaba, nadie me oiría —estaba en un basement—; si me ponía a defenderme con fuerza, tenía las de perder, dado su enorme cuerpo, así que le seguí el juego unos minutos y en el momento en que empezó a empujarme hacia la cama, conseguí pararle, y agarrándole de la cara, logrando que captara mi atención y me escuchara, le dije que estaba agotada del viaje y le propuse que cuando descansara seguiríamos.
No sé ni cómo lo hice, pero logré zafarme de él y acompañarle hasta la puerta. Cuando estuvo fuera del sótano, cerré por dentro de todas las formas que me fue posible, con la llave y los pestillos que había. Me pasé media noche temblando mirando a la puerta por si volvía. Al día siguiente salí con sigilo del hotel. No me despedí, tan solo dejé las llaves encima del mostrador, aprovechando que no había nadie en ese momento.
Salí y busqué una cabina para llamar de nuevo a Ian, pero una vez más nadie me contestó. Me dirigí a unos policías a los que les pregunté cómo ir a Crossford Street. Al verme, no dudaron en pedirme que subiera a su coche. Me dijeron que me llevaban, que era muy complicado llegar. ¡Qué amables! Tuve tentaciones de contarles lo que había vivido en el hotel la noche anterior, pero no lo hice por miedo a que no me creyeran.
Llegué a la calle donde vivía Ian, todo un lugar lleno de grafitis y pintadas nada agradables, ni a la vista, ni por el contenido que presentaban. Nunca antes había estado en esa zona de Londres y, la verdad, me pareció algo peligrosa. Me dirigí a su apartamento y llamé. Una vez allí, Ian me recibió con una gran sonrisa. «Wellcome», me dijo, y me dio un fuerte abrazo. Por fin, conocí su hogar nada lujoso: una cocina sin apenas electrodomésticos, ni muebles; un cuarto de baño con una gran bañera; un salón con un bajo sofá de dos plazas y un mueble bajo con una televisión, y dos habitaciones, cada una equipada con una cama matrimonial y un armario.
Me indicó cuál sería mi dormitorio y dejé allí mis cosas. Ian me dijo que había dejado de trabajar en Casey Jones hacía meses y que había empezado a trabajar en el metro de Londres. Por mi parte, le comenté que había decidido no trabajar tampoco en la hamburguesería, que prefería trabajar en un restaurante o en un pub.
Dos días después me contrataron en un pub-restaurante situado en un barco a orillas del Támesis en Victoria Embankment, llamado Tattershall Castle. Hice nuevos amigos y me lo pasaba muy bien. El ambiente de trabajo era muy bueno, especialmente, cuando trabaja con Lisa y Jhonny. Lisa era una chica negra absolutamente preciosa. Tenía una piel fina aterciopelada de una belleza y sensualidad inigualables, unos ojos color canela, una preciosa melena rizada y unas largas y musculosas piernas. Se parecía mucho a Halle Berry. Estoy segura de que sea cual sea tu condición sexual estarías encantada de estar a su lado. Nos reíamos muchísimo de todo, en especial de muchos clientes, de lo que nos decían, de los flirteos que practicaban con nosotras… Si no estaba atendiendo y me encontraba en la barra, a menudo me quedaba con la boca abierta mirándola cómo se movía y contorneaba de forma natural, para dirigirse a los clientes que entraban en el bar.
Un día me pidió saliéramos por la noche y me quedara a dormir en su casa. Yo accedí. Salimos por la zona de Marble Arch y Notting Hill, una de las zonas más divertidas y a la que va gente joven. Hay muchos pubs. Cenamos en uno y luego fuimos a varios bares para tomar unas copas, más bien unas cervezas, porque el alcohol en Londres es muy caro y te ponen unas copas muy poco cargadas y de mala calidad.
A la una y treinta horas de la noche cerraron todo, así que decidimos ir a su casa. Vivía en Chepstow Road, por lo que fuimos andando. Llegamos a su casa, la cual compartía con un antiguo novio, Rock, con el que se llevaba a las mil maravillas. Estábamos rotas, así que nos fuimos a dormir. Su cuarto tenía una gran cama, un tocador y un armario. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me di cuenta de que compartiríamos la cama. Estaría a su lado, compartiendo ese íntimo espacio con semejante monumento. Me imaginé siendo la envidia de cualquiera.
Me lanzó una camiseta larga para que me la pusiera a modo de pijama y ella comenzó a desnudarse sin ningún tipo de inhibición. Me coloqué de espaldas y me cambié todo lo rápido que pude; de hecho, cuando deposité mi ropa sobre una de las sillas, ella todavía se estaba quitando los pantalones.
—¿Qué estás esperando? —me dijo—. Métete en la cama.
La obedecí sin rechistar y me hice un ovillo, pues la cama estaba muy fría. Cuando ella acabó, hizo lo mismo y para mi sorpresa se puso detrás de mí y me rodeó con sus piernas y sus brazos. Sentí que se me paraba la respiración y que me iba a dar un ataque al corazón, que me mataría en ese mismo instante. De tener escalofríos pasé a tener unos sofocos como si estuviera en una sauna.
—Estoy helada, María. ¿Te importa abrazarme tú y pasarme tus manos por la espalda?
La verdad era que lo que me hubiera pedido en ese momento lo hubiera hecho. Nos giramos y ahora era yo la que suavemente pasaba por su espalda mi mano derecha, dibujando círculos y ochos. Ella agarró mi brazo izquierdo y me lo pasó por su cintura sujetando mi mano. Pegó completamente su cuerpo al mío, pareciendo una prolongación la una de la otra. Yo me sentía en el cielo y no quería que aquello acabara. La piel de Lisa era justo como me la había imaginado, con un tacto sedoso exquisito y su olor, a pesar de la noche que habíamos pasado, era una mezcla de vainilla y canela con algunas notas de madera de roble, que me llevaba a sentir una atracción física como hasta ahora no había experimentado.
De repente, Rock entró en la habitación. Le maldije por estropear el momento mágico que estaba viviendo. Se puso a hablar de temas sobre su casero. Se quejó del frío. Llevaba una camiseta de manga corta y un pantalón corto. «Normal que tenga frío», pensé, y se terminó metiendo en la cama de Lisa. Ahora la situación había cambiado y me empecé a sentir muy incómoda. Me encontraba entre Lisa y Rock. Ella se quejó, pero tampoco lo echó de forma tajante y yo no sabía qué hacer, así que fingí que estaba dormida. Al rato Rock empezó a tocarme explorando mi pecho. Después iba a meter su mano en mis bragas, cuando di tal salto en la cama que casi salí disparada. Sin decir nada, me vestí lo antes que pude.
—What’s going on? (¿Qué pasa?) —gritó Lisa.
Yo ni contesté. Allí los dejé enfadados, chillándose el uno al otro. Me di cuenta de que eran poco más de las tres de la mañana y que hasta las cinco no abriría el metro. Caminé sin rumbo hasta que pude apreciar por el movimiento de gente que el metro ya se había abierto. Me monté y me fui muy triste a casa de Ian. Cuando volvimos a coincidir en el turno, le conté a Lisa lo que había pasado. Se disculpó por el comportamiento de Rock. Yo no quise seguir hablando sobre el incidente, así que cambiamos pronto de tema.
Recuerdo que durante esa estancia en Londres visité la calle Oxford Street, como tantas otras veces había hecho en mis anteriores viajes, pero en esa ocasión quise ir a comprarme un traje de caballero adaptado para mí. Quise recrear lo que Kim Basinger y Mickey Rourke hicieron en una secuencia de la película Nueve semanas y media —una película estadounidense de 1986, dirigida por Adrian Lyne, escrita por Sarah Kernochan y Zalman King, que a mí me gustó mucho y, cómo no, me encantó su protagonista Kim Basinger, a la que hoy sigo considerando la mujer más sexy—.
El traje decidí que me lo pondría cuando volviera a Burgos, para así dar oportunidad a que alguna chica pudiera acercarse a mí. Recuerdo que la primera vez que me lo puse y me presenté en una de las zonas de moda de marcha «pija», repleta de gente, un chico me dijo:
—Mira, vestida como un hombre, una marimacho.
Y cuando me vio un buen amigo mío mayor que yo, me agarró de la mano y me dijo:
—Ven, te invito a una copa por los huevos que has tenido de presentarte aquí vestida de esta manera.
También me había hecho doble agujero en las orejas. Decían que podía ser un símbolo de ser gay. Pero volviendo a lo que iba a contar, yo seguía siendo virgen y me atormentaba no saber mi condición sexual, así que decidí probar y mantener relaciones sexuales con un chico: Ian. Él me quería y tenía mucha experiencia, lo que significaba que no tendría por qué salir mal.
Un día cuando regresamos del trabajo, comimos algo y nos pusimos a ver la televisión. Ian me preguntó cómo estaban mis padres y qué tal me había ido el día. Me empezó a dar consejos y recomendaciones, a lo que le recordé que no era ni mi padre, ni mi madre y que de él esperaba otro tipo de comportamiento.
Sin mediar palabra, me cogió en brazos y me llevó hasta su cama. Comenzó a besarme y yo le respondí activamente. Estaba muerta de miedo por lo que iba a pasar, pero también deseaba empezar a resolver mis dudas con ese premeditado encuentro sexual. Si hasta entonces no había hecho el amor era porque me hubiera gustado llegar virgen al matrimonio. Era uno de mis valores y estaba a punto de perderlo por mi necesidad de saber y descubrir más sobre mí.
Ian no paraba de besarme. Primero en los labios, luego por el cuello, llegando hasta el principio de mi canalillo. Acto seguido introdujo su mano derecha por mi camisa y hábilmente supo desabrocharme el sujetador. Mientras yo le daba suaves besos por la piel, él comenzó a soltar los botones de mi camisa.
—You are so beautiful! (¡Eres tan hermosa!) —exclamó.
—Gracias —le contesté tímidamente.
Ian se apresuró a seguir desnudándome. Soltó mi cinturón y luego se dirigió al botón de mi pantalón, esperando mi confirmación. Continué guiando su mano y le ayudé a desprenderme de la ropa, quedándome solo con mis braguitas.

Me separé de él, le miré con dulzura y le ayudé a quitarse la ropa. Apenas veíamos nuestras siluetas por la poca luz de una farola que entraba a través de la ventana. Cuando Ian ya estaba totalmente desnudo sobre la cama, vino hacia mí y continuó acariciándome la espalda, los brazos… mientras me besaba como no lo había hecho hasta el momento. Me invitó a que me quitara las braguitas y suavemente tocó el interior de mis muslos y llegó a mis labios, que masajeó con mucha delicadeza, haciendo que empezara a sentirme húmeda. Se puso sobre mí y pude notar su miembro erecto, lo que me excitó aún más. Le ayudé a ponerse un condón (en una ocasión, Lola nos había explicado a la pandilla cómo lo hacía). Al instante, introdujo un dedo en mi interior, como comprobando si estaba lista. Entonces se arqueó y me introdujo suave y lentamente su miembro viril. Acercándose a mi oído, me susurró:
—¿Te duele? ¿Quieres que me detenga? —Sabía que era mi primera vez.
Le contesté que no, que siguiera.
Apenas me estaba molestando. «Como soy tan deportista», pensé, «será lo normal».
Ian despedía un aroma agradable, dulce y balsámico, como a ropa recién lavada. Ese olor provocó en mí una sensación de tranquilidad y de estar en casa. Entonces, Ian empezó a moverse, mientras acariciaba mis pechos, lo que aumentó algo mi sensación de placer. Seguimos moviéndonos y oía gemir suavemente a mi amante. De pronto, incrementó el ritmo, gimió más fuerte («yes!, yes!, yes!», repitió) e imaginé que tuvo un orgasmo.
Noté que sacó su pene de mi vagina Mientras seguía algo erecto. Con la mano derecha agarró con firmeza la base del condón y lo enrolló para sacarlo con cuidado. Luego hizo un nudo en la abertura, evitando que el semen se derramara y lo dejó caer suavemente en el suelo, por su lateral de la cama. El olor de su semen no me resultó desagradable, ni fuerte. Me recordó a una mezcla de cloro y limón. Cuando acabó, me abrazó y se quedó dormido.
¡Qué pena y qué rabia sentía! Había dejado de ser virgen a mis veintitrés años con Ian Kierans. Por un lado, me entristeció hacer el amor por primera vez con Ian, en lugar de con alguna de las chicas que me habían gustado hasta el momento o con Álvaro. A este al menos le quise mucho. Por otro lado, hacerlo no me liberó de todas las dudas que tenía, sino que me generó más.
Es cierto que no me encantó, ni me llevó a sentir un orgasmo, pero no sentí asco, ni me disgustó. «Como no tengo experiencia, ni me conozco lo suficiente, quizás por eso no me ha gustado tanto», pensé. «Será algo parecido a cuando Álvaro y yo empezamos a besarnos sin experiencia. ¡Menudo desastre! Y luego, con el tiempo y la práctica, ¡vaya besos más placenteros!».
Lo que hoy puedo confesarte es que, si volviera atrás en el tiempo, no volvería a repetir lo que hice con Ian, pues mi primera vez resultó poco mágica y menos romántica de lo que yo esperaba. Creo que la primera vez tiene que ser con mucho amor por ambas partes, y no algo tan pensado y programado como lo hice yo y, sobre todo, sin nada de amor por mi parte.
Una profunda tristeza con trazos de rabia contenida recorría todo mi cuerpo, mientras podía oler una mezcla, hasta entonces, desconocida para mí. Una mezcla de la transpiración corporal masculina surgida a raíz del gasto de energía que habíamos producido en el acto sexual y la descarga de fluidos genitales. Una combinación muy ácida que para nada despertaba mi apetito sexual y que agudizaba y enturbiaba mis emociones encontradas.
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