Kitabı oku: «En la noche de bodas»

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Miranda Lee
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
En la noche de bodas, n.º 3 - septiembre 2020
Título original: The Wedding-Night Affair
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Este título fue publicado originalmente en español en 2000
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1348-724-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
OWEN irrumpió en el despacho de Fiona con la cara congestionada por la emoción.
–¿A que no sabes quién acaba de llamar para que organices la boda de su hijo? –preguntó.
Fiona arqueó las cejas. Su socio era encantador, buen trabajador y muy honesto. Un gran amigo. Tenía treinta y tantos años y seguía soltero pero, aunque le gustaran las camisas de color pastel y las pajaritas de colores vivos, no era gay como muchos creían. Era alguien muy especial para Fiona.
Pero… tenía la maldita costumbre de aceptar trabajos sin consultar con ella, y luego pretendía que saltase por los aires entusiasmada.
–Tienes razón, Owen –le dijo muy seria–. No tengo ni idea, ¿y cómo voy a saberlo si yo no he hablado con el nuevo cliente?
Como de costumbre, Owen no se inmutó.
–Estabas al teléfono cuando llamó, corazón; así que Janey me pasó la llamada a mí.
–Janey podía haber hecho esperar a la señora hasta que yo terminara –señaló Fiona con ironía.
Owen se colocó la mano sobre el corazón, aterrorizado.
–¿Decirle a la señora Kathryn Forsythe que espere? ¡Cielos, Fiona! ¡Habría colgado!
–¿Kathryn Forsythe? –repitió ella.
–Veo que estás impresionada, y ¡no me extraña! ¿Tienes idea de lo que significaría para nuestro negocio organizar una boda para los Forsythe? Toda la jet-set de Sydney hablaría de Five–Star Weddings. Cuando Kathryn Forsythe viera que gracias a ti todo marcha sobre ruedas, te elogiaría delante de todos y vendrían cientos de mujeres a encargarnos la boda de sus hijas. O de sus hijos, como en este caso.
–Bueno, bueno, bueno –musitó ella–. ¿Así que Philip se casa por fin?
«Ya era hora», pensó. «Ya ha cumplido los treinta. La edad perfecta para encontrar a la novia adecuada y engendrar al heredero de su fortuna».
Owen preguntó contrariado:
–¿Conoces a Philip Forsythe?
–¿Que si lo conozco? Estuve casada con él, un tiempo… –soltó Fiona entre risas.
Owen se dejó caer en una de las sillas que había para los clientes.
–¡Madre mía!–exclamó y todo su entusiasmo desapareció–. Aquí termina nuestro trabajo para la aristrocracia –hasta parecía que su pajarita rosa de lunares decaía.
–No seas tonto. Tú puedes hacerlo, ¿no? Di que yo tengo todo completo.
–No funcionará. La señora Forsythe quiere que sea la misma persona que organizó la boda de Craig Bateman.
–¿De verdad? Pero si esa no fue una boda importante. Sólo un jugador de cricket y su amor de la infancia.
–Ya lo sé. Pero apareció en una revista, ¿te acuerdas? La señora Forsythe quedó impresionada al ver las fotos en la peluquería. Debajo de ellas aparecían los datos del estudio, Bill Babstock. Llamó para encargarle la boda de su hijo y nuestro querido Bill le sugirió que se encargara todo a un profesional, así que le habló de ti. Cuando llamó la señora Forsythe, hace un momento, le dije que estabas muy ocupada pero me contestó que había oído que eras la mejor y que sólo quería lo mejor para la boda de su hijo. Naturalmente le prometí que te encargarías de ella.
–Naturalmente –repitió Fiona lamentándose.
–¿Cómo iba yo a saber que tú habías estado casada con su maldito hijo? Es más, cuando le di a la señora tu nombre completo, ni siquiera reaccionó. ¡Es como si no te hubiese reconocido!
–No, no me ha reconocido –dijo Fiona pensativa–. Por aquel entonces la gente me llamaba Noni. Y mi apellido era Stillman. Fiona Kirby no significa nada para ella.
–¿Tu nombre de soltera no es Kirby?
–No, es el de mi segundo marido.
–¡Tu segundo marido! Pero bueno, te conozco desde hace seis años y a pesar de que tienes mas admiradores que yo pajaritas, nunca te has acercado al altar. ¡Además sólo tienes veintiocho años! Ahora descubro que has tenido dos maridos y que el primero pertenece a una de las familias más ricas de Australia. ¿Y el otro quién es? ¿Un famoso cirujano? ¿Una estrella del pop?
–No, un camionero.
–¡Un camionero! –repitió incrédulo.
–Se llama Kevin. Vive en Leppington. Simpático. Créeme, le hice un gran favor cuando me divorcié.
–¿Y Philip Forsythe? ¿También es simpático?
–Sí, muy simpático –ella nunca había sentido rencor hacia Philip. Ni hacia su padre, que era muy amable. Era a su madre a la que aborrecía, siempre había despreciado a Noni y nunca dio una oportunidad a su matrimonio con Philip.
–¿Imagino que también le hiciste un favor a Philip Forsythe cuando os divorciasteis?
–Muy agudo, Owen. Eso es exactamente lo que hice –dijo ella.
–Así es, Owen, yo no soy una buena esposa. Me gusta demasiado vivir mi propia vida. Y no me gustaría perder este encargo tan importante. ¿Estás seguro de que no puedes convencer a la señora Forsythe de que lo haces tú? Podemos decirle que yo estoy enferma.
–Fiona, yo no voy a mentir –dijo Owen dando un suspiro–. Luego siempre sale mal. Además, por el tono de su voz, sé que ella quiere que tú organices la boda, y nadie más.
–Es una lástima –masculló Fiona.
–¿Qué has dicho?
–Que es una lástima. Esta boda es muy importante para nosotros, no sólo por el dinero, sino también por la publicidad –dijo frunciendo el ceño y mordiéndose el labio inferior–. Me pregunto si…
Owen intentó no asustarse cuando vio que los grandes ojos marrones de su socia empequeñecían. Conocía esa mirada de obstinación. Cuando a Fiona se le metía algo en la cabeza, no había nada que se interpusiera en su camino. Normalmente, a Owen no le preocupaba la personalidad obsesiva de Fiona. Era buena para el negocio. Conseguía las cosas.
Pero en esa ocasión temía que más que conseguir las cosas, las estropearía.
–¡Ah, no, ni se te ocurra! –dijo él saltando de la silla y señalando a Fiona con el dedo–, ¡Ni lo pienses!
–¿Que no piense qué?
–En intentar engañar a Kathryn Forsythe. Ya te imagino con gafas y una peluca rubia, hablando con acento exagerado y rezando para que tu suegra no te reconozca.
–Pero no me reconocerá, Owen –dijo Fiona convencida–. Y no tendré que cambiar mi aspecto ni un poquito. Cuando la madre de Philip me conoció hace diez años, yo era rubia. Tenía el pelo rizado y teñido de un color espantoso. Llevaba más maquillaje que un payaso, pesaba veinte libras más y vestía como si trabajase en un salón de masajes. No podía llevar tops más apretados ni faldas más cortas.
Owen no podía dejar de mirar la melena negra y lisa que rodeaba la cara de su socia, ni a su esbelta figura que siempre adornaba con un discreto traje de moda.
Desde que él la conocía, Fiona siempre había vestido con clase y elegancia. El aspecto que ella acababa de describir no concordaba con la mujer actual. Owen no podía imaginársela como una rubia devastadora.
Y si así era, ¿por qué Philip Forsythe se habría casado con esa criatura? Él no lo conocía personalmente, pero los hijos de una familia tan especial sólo podían casarse con mujeres encantadoras que parecían modelos, o con las hijas de otras familias igual de adineradas.
A menos que, fuera por sexo.
Tenía que admitir que Fiona emanaba un fuerte atractivo sexual, que incluso a veces él sentía. Y ella no era su tipo. Le gustaban las mujeres mayores que reían mucho, jugaban al Scrabble y cocinaban para él. Nunca se fijó en una mujer menor de cuarenta años.
Fiona volvía locos a la mayoría de los hombres. Una vez que se acostaban con ella, los castigaba duramente. Tenía grandes problemas para librarse de ellos cuando se cansaba.
Y al final, siempre se cansaba de ellos.
Owen opinaba que ella era un poco cruel con el sexo masculino, a pesar de que Fiona nunca había prometido fidelidad y de que no comprendía por qué se empeñaban en una mayor implicación de la que ella ofrecía. Quizá, el misterio de esa crueldad estaba en el matrimonio con esos dos hombres supuestamente simpáticos.
–Y con respecto al acento exagerado –dijo Fiona–, no necesito fingirlo. Ahora hablo de una manera muy distinta. Créeme. Por aquella época hablaba como Cocodrilo Dundee . No, Owen, la señora Forsythe no me reconocerá. Y el señor Forsythe no tendrá la oportunidad, murió hace un par de años.
–¿Sí? No lo sabía.
–De cáncer –lo informó Fiona–. La prensa no le dio mucha importancia. El funeral fue privado.
Sólo publicaron una foto en la que salía Kathryn subiendo a un gran coche negro cuando terminó el funeral. De Philip, ninguna.
Philip no era como su madre, ni como el resto de los Forsythe. Evitaba a la prensa y la publicidad. Fiona no lo había visto nunca, ni en la televisión, ni en los periódicos, en los últimos diez años.
–¿Y cómo era? –preguntó Owen.
–¿Qué? ¿Quién?
–El padre del novio –contestó Owen.
–Pues… muy simpático.
–¡Por favor, Fiona! Parece que tu pasado está lleno de hombres simpáticos. ¿Entonces, por qué en el fondo odias a los hombres?
Fiona se quedó paralizada, después se defendió:
–Eso es un poco fuerte, Owen, y no del todo cierto. A ti te quiero, y eres un hombre.
–No estoy hablando de mí, Fiona. Me refiero a los hombres con los que has salido y de los que después te has apartado sin mirar atrás. Ellos creían que te importaban, pero la verdad es que sólo los utilizaste. Eso no está bien, y lo sabes.
–Siento que pienses eso, Owen, pero todos ellos sabían lo que había. Además dudo que de verdad me quisieran. Los molestaba que hubiera herido su ego, pero en seguida se liaban con otra mujer. Ahora, volvamos al tema inicial: que Kathryn Forsythe no me reconocerá. Puede que Philip sea el único que lo haga. Y ya te digo, puede. Además, es la madre la que nos preocupa ¿no? Es a ella a la que yo voy a ver. Créeme cuando te digo que ella no me conocerá.
Owen miró a su socia y amiga y sintió lástima por ella. Detrás de esa amargura autodestructiva, había una persona auténtica, decente, amable, muy trabajadora y generosa; que se preocupaba por sus clientes, se acordaba de los cumpleaños de todos los de la oficina, y nunca pasaba de largo frente a una de esas personas que vendían bolígrafos y medallas inútiles en la calle, sino que se detenía con una amplia sonrisa y les daba un donativo.
Quién sabe qué le ocurriría durante esos dos matrimonios para que tuviera esa actitud dura hacia los hombres; no era dura con ningún otro aspecto de su vida. Decidida, sí. Y ambiciosa. Pero eso era distinto. Eso era el negocio.
Lo que le recordaba que él tenía un negocio que defender. No podía permitir que Fiona pusiera en peligro lo que les había costado años construir.
–No podemos confiar en que la señora Forsythe no te reconozca, Fiona –dijo Owen muy serio–. Si no le dices quién eres desde el principio y lo descubre más tarde, se va a poner furiosa, y tu nombre se manchará. Lo que significa que nuestro nombre se manchará. No veo más solución que mantener la cita que he hecho para ti, que confieses tu identidad con tacto y diplomacia y que después le ofrezcas mis servicios. Por lo menos así, aunque decida no contratar a Five Star Weddings, no tratará de crearnos mala fama.
Fiona reflexionó sobre lo que Owen había dicho. Puede que tuviera sentido con respecto al negocio. Además, aún tendría la satisfacción de ver la cara que pondría Kathryn Forsythe al enterarse de quién era ella en realidad.
En cierto modo, demostrarle a esa mujer odiosa que la persona que había despreciado ya no era ignorante como el pecado ni vulgar como el estiércol sería mejor que engañarla. La primera esposa de Philip, a la que ridiculizaron y despreciaron, podía relacionarse en los mejores círculos de sociedad.
Fiona había aprendido cómo vestirse, hablar y actuar para cualquier ocasión que se le presentase. Era propietaria de la mitad de un negocio floreciente, de un piso precioso con vistas a Lavender Bay, y de un armario lleno de ropa de diseño. Conocía los vinos y los manjares. Apreciaba el arte y la música. ¡Hasta sabía esquiar!
Pero, lo mejor de todo, podía conseguir casi cualquier hombre que quisiera, cuando y durante el tiempo que quisiera.
Fiona se preguntó con tristeza durante un instante qué ocurriría si se encontraba con Philip otra vez. ¿La reconocería? ¿Y si lo hiciera, qué pensaría de Fiona en comparación con Noni? ¿Desearía a Fiona igual que una vez deseó a Noni?
Era una especulación intrigante.
A pesar de que había superado hacía mucho tiempo su amor por Philip, aún sentía cierta curiosidad por él. ¿Qué aspecto tendría ahora? ¿Cómo sería la mujer con la que había decidido casarse?
–Muy bien, Owen –admitió–. Iré y me descubriré ante la señora Forsythe. Pero, primero, dime: ¿por qué tiene Kathryn que organizar la boda de su hijo? ¿Es que la afortunada novia no tiene madre?
–Parece que no.
–Bueno, ¿y quién es esa criatura exquisita que va a formar parte de la familia Forsythe?
–No tengo ni idea. No hemos llegado tan lejos.
–¿Cuándo es la cita?
–Mañana a las diez de la mañana.
–¿Un sábado? ¡Sabes que nunca recibo a nadie los sábados! Por favor, Owen, mañana por la tarde tengo una boda.
–Rebecca puede encargarse.
–No –dijo Fiona–, no está preparada.
–Sí lo está. La has enseñado muy bien, Fiona. Lo que pasa es que no te gusta delegar en nadie. Sabes que admiro tu dedicación y perfeccionismo, pero ha llegado el momento de darle a Rebecca más responsabilidad.
–Puede –dijo Fiona–, pero esta vez no. La madre de la novia me espera a mí. No quiero decepcionarla en un día tan importante.
–Quizá puedas hacer las dos cosas –sugirió Owen–, la cita y la boda.
–Lo dudo, y menos si la señora Forsythe todavía vive en Kenthurst, y por tu mirada me temo que sí. Eso queda a una hora en coche desde mi casa y está muy lejos de Cronulla, donde se celebra la boda de mañana. Tendrás que llamarla para cambiar la cita al domingo, Owen. Hazla a las once. No voy a madrugar un domingo porque ella quiera.
–Pero… pero…
–Hazlo, Owen. Dile la verdad: que Fiona tiene que organizar una boda mañana y que no puede acudir a la cita. Lo más seguro es que admire mi… ¿cómo dijiste? ¿mi dedicación y perfeccionismo?
–Eres una mujer dura –se quejó Owen.
–No seas tonto. Soy más suave que la mantequilla.
–Sí, recién sacada del congelador.
–Confía en mí, Owen, sé lo que hago. Los Forsythe respetan más a la gente que no es servil. Sé educado pero firme. Te aseguro que funcionará como un embrujo.
Y para sorpresa de Owen, así ocurrió.
–Ella estuvo muy complaciente –informó diez minutos más tarde–. Quiere que vayas el domingo a la hora de comer. Por suerte, su hijo y la novia no estarán allí. Da gracias porque el novio no viva en casa.
Fiona ya sabía que Philip no vivía en casa. Se había enterado por la guía telefónica. No hay muchos P.Z. Forsythe en este mundo, y en Sydney sólo uno. Quince meses después de que ellos se separaran, más o menos cuando él terminó la carrera de derecho, aparecía con una dirección de Paddington, a un paso de la ciudad.
Al año siguiente se mudó mas lejos, a Bondi. Y después, a Balmoral Beach, que aunque estaba al lado norte del puente, no quedaba lejos de la ciudad.
Cuando él vivía en Paddington, Fiona solía llamarlo sólo para escuchar su voz y, en cuanto contestaba, ella colgaba. Poco después de que se trasladara a Bondi, Fiona lo llamó un sábado por la noche y preguntó por alguien llamado Nigel, para así alargar un poco la conversación. Se llevó el susto de su vida cuando Philip avisó a un tal Nigel.
–Ahora mismo se pone, cariño –dijo Philip y dejó descolgado el auricular. Se oía el ruido de una fiesta. Risas. Música. Alborozo.
Ella colgó en seguida y prometió no volver a llamar.
Y no lo hizo. Pero nunca se quitó la costumbre de comprobar la dirección de Philip cada vez que recibía una guía de teléfonos nueva. Así se enteró de que se había mudado a Balmoral.
Fiona emergió de sus pensamientos. Su socio la miraba. Ella le sonrió.
–Deja de preocuparte, Owen.
–Quiero saber cómo te las vas a arreglar para decirle a la señora Forsythe quién eres en realidad.
Con guantes de cabritilla, te lo aseguro. Puedo ser muy diplomática, ya sabes. Incluso puedo ser dulce y encantadora cuando me lo propongo. ¿No tengo siempre a la madre de la novia comiendo de mi mano?
–Sí, pero la señora Forsythe no es la madre de la novia. Es la madre del novio, ¡y tú eres su primera esposa!
Capítulo 2
FIONA se detuvo en el arcén y miró el callejero para comprobar que conocía el camino a Kenthurst. Sólo había ido allí dos veces, después de todo, hacía diez años.
Kenthurst era una zona semi rural y cada vez más exclusiva que estaba en las afueras al norte de Sydney, tenía un paisaje pintoresco con montones de árboles, colinas ondulantes y aire fresco. El lugar perfecto para los terrenos aislados que posee la gente privilegiada a quien le gusta la calma y la intimidad.
Hubo un tiempo en el que los hombres de negocios de Sydney se construían casas de verano en las Blue Mountains o en la región montañosa del Sur para huir del calor y del ritmo acelerado de la ciudad. Después se inclinaron más por los palacios con aire acondicionado en terrenos de cinco a veinticinco acres, en Kenthurst o Dural y por vivir allí casi todo el año.
El padre de Philip había hecho eso. También poseían un apartamento en Double Bay donde se quedaba cuando trabajaba hasta tarde en la ciudad o cuando llevaba a su esposa a la ópera o al teatro. Era un sitio enorme, que ocupaba toda la planta de un edificio de tres pisos, estaba amueblado con antigüedades, y tenía una cama con dosel y cuatro columnas en el dormitorio principal que perteneció a una condesa francesa. Fiona lo sabía porque había dormido en ella.
Bueno… no durmió exactamente.
Se preguntaba si Philip habría dormido con su futura esposa en la misma cama, si le habría hecho sentir lo mismo que había sentido ella.
«No empieces a ponerte amargada y retorcida», se aleccionó. «Es perder el tiempo, cariño. Concéntrate en la tarea que tienes entre manos, llegar a la casa de Kathryn a las once».
Fiona no quería llegar tarde. No quería que esa mujer tuviera la oportunidad de mirarla otra vez con superioridad.
Apretó los dientes y se concentró en el callejero. Una vez que memorizó las direcciones que debía seguir, sacó el Audi recién pulido del arcén y volvió a la autopista.
Una ligera sonrisa apareció en su boca. «No era el coche lo único que había limpiado y pulido esa mañana», pensó riéndose del comentario que hizo acerca de que el domingo no iba a madrugar porque Kathryn Forsythe quisiera.
Su orgullo hizo que se despertara a las seis. A las nueve, había retocado todo su cuerpo, se había peinado la melena y hasta se había hecho la pedicura. Fiona pensó que si por casualidad tenía que quitarse los zapatos y las medias, o cualquier otra ropa, quería que su interior fuese tan perfecto como la superficie.
Al final, lo que le creó más problemas fue la ropa de la parte exterior. En su opinión, algo incomprensible, ya que tenía un armario lleno de la mejor ropa, muy elegante y de la mejor calidad.
Además como era invierno tenía que haberle resultado mas fácil elegir el traje que se iba a poner. Pero no fue así. Los trajes negros que utilizaba para trabajar le parecían demasiado fúnebres, los grises, un poco pálidos ahora que ya no estaba bronceada. El color chocolate era el color de moda del año anterior. ¡No iba a aparecer vestida de ese color! Sólo le quedaba el color crema o el gris pardo. Nunca llevaba colores vivos. Ni blanco.
Estuvo dudando hasta que no le quedó más remedio que decidirse. Se le echaba el tiempo encima.
Desesperada, se vistió con un traje de lana de color crema. Unos pantalones de pierna recta, un chaleco con el cuello de pico, y una chaqueta de manga larga y con solapa. Como los botones del chaleco estaban forrados y llevaban un ribete dorado, decidió que ponerse un collar sería demasiado cargante para un traje de día.
Se puso un reloj clásico y unos pendientes de oro de dieciocho quilates, que le había regalado un admirador.
El bolso y los zapatos eran de piel suave. Le habían costado una pequeña fortuna. Se había maquillado lo mínimo, los labios y las uñas pintados de color marrón. El perfume también era regalo de un admirador, que le dijo que era un perfume exótico y sensual como ella.
Una vez satisfecha con su aspecto, salió de casa preparada para enfrentarse a la mujer que casi destroza su vida.
«Pero despegué de nuevo, Kathryn», se dijo en alto mientras tomaba la salida hacia Kenthurst, «como el fénix».
Fiona se rió, consciente de que Noni ni siquiera habría sabido qué era el fénix. «Has llegado muy lejos, cariño», se felicitó, «muy, muy lejos. Merece la pena ponerse un poco nerviosa para demostrarle a la madre de Philip hasta dónde has llegado».
En ese momento salía el sol y el reflejo de los rayos en el coche rebotaba directamente hacia sus ojos. Fiona buscó las gafas de sol que guardaba en la guantera de la puerta, se las puso y sonrió.
Quince minutos más tarde pasó por delante de la casa de los Forsythe, dejó de sonreír y frunció el ceño.
La casa había cambiado en esos diez años. No sólo el muro de ladrillo que rodeaba la propiedad, sino que le parecía más pequeña y menos intimidadora. Seguía siendo una mansión imponente, la fachada era imitación del estilo Georgiano y estaba situada en lo alto de una colina, a una altura suficiente como para poder tener una vista de trescientos sesenta grados de los alrededores.
Fiona detuvo el coche y observó la casa. «¡Claro! ¡Qué tonta! No era la casa lo que había cambiado, sino su manera de percibirla. Después de todo ya no le impresionaban las mansiones ni la intimidaba la riqueza.
Volvió a sonreír, dio la vuelta y se dirigió hacia el camino de entrada. La reja de hierro estaba abierta, a pesar de la cámara de seguridad que había encima de la columna y del intercomunicador colocado en el poste.
Dejar las rejas abiertas era una imprudencia, pero quizá Kathryn las había abierto porque esperaba su llegada. Su reloj marcaba las once menos dos minutos. Fiona entró, miró por el retrovisor y comprobó que la reja seguía abierta.
«Bueno», pensó y se encogió de hombros. La seguridad de Kathryn Forsythe no era su problema.
La familia de Philip no era tan importante como la de sus tíos. Su tío Harold era un industrial, poseía varias fábricas de comestibles y un montón de caballos de carreras. Su tío Arnold era un pez gordo de la prensa y de la hostelería.
El padre de Philip, Malcom, era el más joven de los tres Forsythe y se dedicaba al derecho empresarial. Philip le dijo una vez a Fiona que era posible que su padre fuese más rico que sus otros dos hermanos, ya que no malgastaba el dinero ni en el juego ni en mujeres.
Los tres hermanos Forsythe se habían casado con bellas mujeres de familia bien, lo que incrementaba sus bienes y aseguraba una buena combinación genética para sus hijos. Harold engendró cinco hijos e hijas, y Arnold tres hijos traviesos. Malcom tuvo un único hijo, Philip.
Ninguno de los hermanos se divorció, a pesar de los rumores que corrían de que Harold y Arnold mariposeaban con muchas mujeres. Las tres esposas de los Forsythes salían a menudo en los suplementos dominicales y en las revistas del corazón, luciendo los logros de la última cirugía estética. Pasaban la mitad de su vida en desfiles de moda, bailes benéficos y verbenas.
Ese tipo de cosas, antes, impresionaban a Fiona.
Ya no.
Miró fríamente las verdes praderas y los árboles alineados, y no se le aceleró el pulso a medida que se acercaba a la casa. La primera vez que entró en ese camino fue diferente, su corazón latía con fuerza y sentía el estómago lleno de nudos. Por aquel entonces, mientras se dirigía a Manderley junto a su rico esposo, se puso tan nerviosa como la protagonista de Rebecca.
Fiona comprendía bien los sentimientos de inseguridad y de incompetencia que experimentaban las novias. Ella había sentido lo mismo. Era curioso que en su inesperado regreso a Manderley ella era la primera esposa.
A medida que se acercaba, la casa se veía más grande. Era blanca y de dos plantas, tenía el tejado de pizarra y las ventanas estaban colocadas simétricamente. El diseño parecía inglés, al igual que el paisaje formado por árboles ingleses y un ordenado jardín. Sin embargo, nada disimulaba el toque australiano: el cielo azul y las montañas cubiertas de eucaliptos, también azules por la neblina que se formaba en ellas.
El camino asfaltado y serpenteante acababa en una placita cubierta con gravilla roja que tenía en el centro una fuente al estilo de Versalles.
El Audi se detuvo frente al pórtico de columnas blancas y casi delante de la puerta en donde la señora de la casa estaba de pie al sol.
Fiona miró a la madre de Philip. Kathryn estaba tan arreglada como ella la recordaba, e igual de elegante. Llevaba un vestido azul de lana, un collar de perlas y el cabello rubio perfectamente peinado.
Pero había envejecido. Mucho. Era posible que aparentara la edad real.
Debía de tener sesenta años. Hacía diez tenía cuarenta y tantos, aunque no aparentaba mas de treinta y cinco.
También parecía débil, como si le hubieran sacado el relleno. Estaba un poco encorvada y su cara denotaba tristeza, lo que hizo que Fiona sintiera un poco de compasión.
Todo su interior se rebeló ante ese desagradable sentimiento.
«¿Compadecerme de Kathryn Forsythe? ¡Nunca!»
Fiona quitó las llaves del contacto y las metió en el bolso, salió del coche y cerró la puerta. Se quitó las gafas de sol y se volvió hacia la que fue su enemiga deseando no ser reconocida.
Kathryn la miró de arriba a abajo y no dio ninguna muestra de haberla reconocido. Todo eran signos de aceptación, incluso de admiración.
Curiosamente, Fiona no se sintió triunfante, sino que, de repente, se sintió malvada y deshonesta.
–Usted debe de ser Fiona –dijo Kathryn mientras le tendía la mano para darle la bienvenida.
Fiona se sintió desarmada, sonrió y le dio la mano mientras su mente trabajaba a toda velocidad. «Es amable contigo sólo porque tienes el aspecto que tienes», se advirtió a sí misma, «ni se te ocurra pensar que esta mujer ha cambiado. Sigue siendo una esnob. Y si alguna vez descubre quién eres, te odiará a muerte y se pondrá muy furiosa. Te lo aseguro. Así que cariño, pide disculpas y ¡sal ahora mismo de Manderley!».
–Y usted debe ser la señora Forsythe –contestó Fiona de forma educada. Una manera de hablar completamente distinta a la que antes acostumbraba, llena de argot y malas palabras.
–No, cariño. Llámame Kathryn –dijo dándole un pequeño abrazo.
Fiona se quedó helada. La Kathryn Forsythe de hacía diez años nunca hubiera hecho eso. Ni siquiera con sus parientes o amigos. La madre de Philip era una mujer reservada y distante que sentía aversión hacia el contacto físico.
–Después de todo –continuó Kathryn–, vamos a pasar mucho tiempo juntas durante las próximas semanas, ¿no?
Fiona debía de haber dejado las cosas claras, pero dudó demasiado y perdió la oportunidad.
–¿Cómo te fue ayer en la boda, cariño? –le preguntó Kathryn mientras se dirigían hacia la casa–. Hizo un tiempo estupendo, teniendo en cuenta que es agosto.
–Todo salió bien –contestó Fiona con sinceridad e intentó pensar cómo salir de esa situación cada vez más comprometedora.
–Supongo que todo lo que haces sale bien. Me ha impresionado tu aspecto y lo puntual que has sido. Hoy en día hay mucha gente a la que no le importa llegar tarde a una cita ni el aspecto con el que acuden a ella. Siempre he creído que la ropa dice mucho de un hombre y sobre todo de una mujer. Tú y yo nos vamos a llevar muy bien, cariño.
«Eso suena más como la Kathryn de antes», pensó Fiona.
En realidad, ella también opinaba lo mismo. No soportaba a la gente que llegaba tarde a las citas de negocios y no le gustaba la gente desaliñada. Se había dado cuenta de que la gente que no se preocupaba por su aspecto no solía hacer bien su trabajo.
¿Eso significa que juzgas a un libro por su portada, cariño?, le dijo una vocecita interior.
El ruido de un coche que circulaba por el camino de entrada la distrajo de sus pensamientos.
–Debe de ser mi hijo –dijo Kathryn cuando se acercó un Jaguar negro con cristales polarizados. Aparcó al lado del Audi de Fiona.
Ella sintió pánico y se puso otra vez las gafas de sol deseando que Philip no la reconociese.
–Creí que habías dicho que Phi… tu hijo… no podía venir hoy –dijo Fiona un poco tensa.
Kathryn no se dio cuenta de su nerviosismo.
–Llamó hace un rato desde el móvil y me dijo que Corinne, su prometida, se había levantado con migraña y que no quería asistir a la comida que tenían en un crucero por el puerto. A él no le apetecía ir solo, así que al final ha decidido venir a comer a casa. Colgó antes de que pudiera recordarle que tú estarías aquí también.
Fiona miró al coche. Debido a los cristales polarizados, no podía ver al conductor. Pasaron unos segundos hasta que Philip salió y ella se dio cuenta de que estaba esperando ansiosa a que se abriera la puerta del conductor.
Fiona comenzó a encontrarse mal. Había cometido un gran error al ir allí ese día. ¡Un terrible error!
Al fin se abrió la puerta y Philip salió del coche, una vez fuera se volvió para mirarlas.
¿Se lo imaginaba, o Philip la estaba mirando?
Seguro que no. Debía ser su imaginación. Él no podía reconocerla, y menos con las gafas de sol puestas.
Estaba paranoica. Él también llevaba gafas de sol. Era imposible saber hacía dónde dirigía su mirada, o cuál era la expresión de su cara.
En el momento que rodeó el coche y se dirigió hacia ellas, Fiona comenzó a mirarlo ávidamente, de la misma manera en que lo hizo el primer día que él entró en Gino’s Fish and Chips, diez años antes.
Iba vestido con unos vaqueros y un jersey gris. Nada elegante, sólo llevaba ropa informal.
Tenía que admitir que Philip, el hombre, era aún más espectacular que Philip, el joven. Se cumplía la promesa de la perfección. Su cuerpo desgarbado había tomado forma. Ya no tenía cara de niño sino un rostro maduro tirando a clásico y llevaba el cabello castaño perfectamente acicalado.
A los veinte años, Philip era muy atractivo. A los treinta, realmente peligroso.
Kathryn soltó el brazo de Fiona y se acercó a Philip para darle un abrazo.
–Me alegro de verte, hijo. Espero que no hayas conducido muy rápido.
–Nunca conduzco muy rápido, querida madre. No puedo permitirme manchar mi expediente.
–Mi hijo es abogado –dijo su madre con orgullo mirando a Fiona.
Philip también la miró y Fiona sintió una fuerte opresión en su pecho.
–¿Y a quién tenemos aquí, madre? ¿No nos vas a presentar?
A pesar de que Fiona se había relajado un poco, sintió cierta desazón al darse cuenta de que ¡él no la había reconocido! No tenía por qué estar decepcionada. Pero, lo estaba. Él le dijo una vez que nunca la olvidaría, que la amaría el resto de su vida.
Al parecer, el resto de su vida había caducado diez años después. Aunque en realidad empezó a agotarse desde el momento en que ella salió de su vida.
–Es espantoso, Philip, cómo te olvidas de las cosas estos días –dijo su madre sin percatarse de la ironía que contenían sus palabras–. Fiona es la organizadora de bodas de Five–Star Weddings de la que te hablé el viernes. Estoy segura de que te comenté que hoy comía con ella. Fiona, este es Philip, el novio olvidadizo. Philip, esta es Fiona. Fiona Kirby, ¿verdad, cariño?
–¿Cómo está señora Kirby?
–Señorita.
–Lo siento, señorita Kirby.
–Oh, no la llames así, Philip, ya nos estamos tuteando, ¿verdad, cariño? Cómo le he dicho a ella, vamos a pasar mucho tiempo juntas, así que tenemos que ser amigas.
Fiona quería gritar y salir huyendo. ¿Amigas? No sería capaz de ser amiga de Philip y de su madre, antes preferiría ser amiga de un par de asesinos.
Por el momento, estaba atrapada. Owen la odiaría si despreciase a una familia tan influyente como los Forsythe y encima dañase la fama de Five–Star Weddings. Ella lo comprendía. Había sido idiota al ir allí en persona y arriesgarlo todo sólo por el maldito orgullo.
–¿Ya has decidido que Five–Star Weddings organice la boda? –preguntó Philip a su madre con el ceño fruncido.
–Sin duda. Desde el momento en que vi a Fiona, supe que ella era la persona adecuada para hacerlo.
–¿Ah, sí? Qué interesante. De todos modos, a mí me gustaría saber qué idea tiene antes de tomar alguna decisión o de firmar algún contrato.
–¡Abogados! –exclamó Kathryn–. Ven problemas en todo lo que hacen.
–Nada de eso, simplemente no me gusta precipitarme, y menos en los negocios. El mundo está lleno de tramposos. No sé nada de Five–Star Weddings, sólo lo que tú me contaste por teléfono. Tampoco conozco a la señorita Kirby, sólo lo que veo aquí. Aunque por fuera sea muy atractiva, por dentro puede ser cualquiera.
Fiona se quedó de piedra. Le daba igual lo que pensara Owen. Al diablo con todo. No permitiría que Philip la insultara de esa manera.
Se quitó las gafas y lo miró con frialdad, al ver que él seguía sin reconocerla, se puso aún más furiosa.
–Señor Forsythe, Five–Star Weddings tiene una reputación impecable –afirmó–, al igual que yo. ¿Me permite recordarle que fue su madre la que solicitó esta cita y no al revés? Sin embargo, puedo enseñarle muchísimas cartas de recomendación y un gran álbum de las bodas que he organizado. Aunque no se lo crea, estoy muy ocupada y sólo he venido aquí para hacerle un favor a mi socio, que aceptó esta cita sin consultarme. Dadas las circunstancias, será mejor que encuentres a alguien más, Kathryn. Encantada de haberte conocido.
Kathryn le agarró el brazo antes de que ella pudiera escapar.
–¡No te vayas, por favor! –dijo antes de mirar a su hijo y continuar con la voz temblorosa y llena de rencor–, ¿y qué pasa contigo, Philip? ¡No sabía que eras tan maleducado!
–No he sido maleducado. Estaba siendo sensato. Además, en vista de que la señora Kirby está tan ocupada, será mejor que busques a otra persona.
–¡No quiero a otra persona! Quiero a Fiona. Es a ella a quien me recomendaron. Además, me cae bien. ¿Si te pago el doble de lo normal, harás el trabajo personalmente, verdad querida?
–Bueno, yo… yo…
–¡Por favor, madre! No…
–¡Philip! –lo interrumpió Kathryn. Durante unos minutos reapareció la Kathryn obstinada y mandona de hacía diez años–, Corinne y tú me pedisteis que os ayudara a organizar vuestra boda y estoy muy contenta de hacerlo. Sólo quedan diez semanas y tu prometida pasa la mayor parte del tiempo en el extranjero, así que voy a necesitar ayuda. Y quiero que Fiona me ayude. Por favor, no dificultes más las cosas.
Philip se quedó en silencio durante unos segundos.
Fiona no sabía si reír o llorar. Era una situación extraña.
De repente, él se quitó las gafas de sol y la miró fijamente a los ojos.
Lo más atractivo de Philip siempre habían sido sus ojos. Eran de color azul vivo y alrededor del iris tenían un reborde negro que acentuaba su color y su expresión. La primera vez que él la miró, años atrás, a Fiona le temblaron las piernas como si fuesen de gelatina.
Y ese día, él también la miraba. Ella le devolvía la mirada desafiante y las rodillas sólo le temblaban ligeramente.
Philip la miraba de forma minuciosa, como si buscase algo. «¿El qué?», pensó ella enfadada. «¿Tendría al fin algún indicio de que estaba ante alguien conocido? ¿Quizá su subconsciente estaba jugándole una mala pasada y le recordaba todas las veces que él le había dicho que era la chica más adorable e irresistible del mundo?».
–Lo siento. No pretendía calumniar tu reputación. He de reconocer que, hoy en día, hay cierto cinismo en el tema de los negocios. Estoy seguro de que Five–Star Weddings no es así y de que tú eres una de las organizadoras principales.
–Claro que lo es –dijo la madre mirándolos aliviada–. Tenías que haber oído los comentarios del fotógrafo. Dijo que Fiona era la mejor en el negocio.
–Estoy seguro. Aun así, Fiona podía complacerme entrando y contándome algo acerca de sí misma. Pero primero, estoy deseando tomarme un buen café, querida madre. ¿Podrías prepararme uno? Sé que hoy es el día libre de Brenda, pero además tú lo haces muchísimo mejor que ella.
–¡Camelador! –contestó Kathryn.
–¿Y tú qué, Fiona? –dijo Philip con ese tono suave que ella deseaba y despreciaba en un hombre–, pareces una chica cafetera.
–Un café me sentará bien –respondió. Le hubiera gustado decirle dónde echar el café, pero tal y como estaban las cosas, tenía que dejar de discutir u Owen la mataría.
–Iré con Fiona a la terraza –informó Philip a su madre.
–Muy bien. Hace un día estupendo. Yo no tardaré mucho.
Kathryn corrió a preparar el café para su hijo. Otro gran cambio en el carácter de esa mujer. En el pasado, nunca era dulce ni servicial. Esperaba que todo el mundo estuviese a su disposición.
–Por aquí –murmuró Philip, agarrando a Fiona por el hombro y llevándola adentro; cruzaron el recibidor de mármol y continuaron por el ancho pasillo que dividía la planta baja de la casa.
Fiona ni siquiera tuvo tiempo de tomar aire antes de llegar a una terraza soleada que ocupaba todo el largo de la casa.
Nunca había visto ni estado en esa zona.
Mientras Philip la llevaba hacia la mesa de la terraza, ella se volvió a poner las gafas de sol y echó un vistazo a su alrededor, sacando en seguida su faceta de organizadora de bodas. Kathryn no tendría que alquilar ningún sitio para celebrar el banquete. Ese espacio quedaría estupendo en cuanto le pusieran los toldos y la luz adecuados.
No sólo había una terraza, sino dos. La de más arriba estaba cubierta con un tejado de estilo pérgola que se podía abrir o cerrar. La siguiente terraza, mucho más grande que la anterior, tenía una gran piscina con columnas corintias de mármol gris a cada lado. En los extremos de las terrazas había unos jardines extensos al estilo tropical, llenos de helechos, palmeras y arbustos de todo tipo. Lo curioso era que no estaban fuera de lugar. Además segregaban un aroma exótico y sensual, que hacía apacibles las cálidas tardes de verano.
A Fiona no le costaba imaginarse a Philip medio desnudo, tumbado en el borde de la piscina y con una mano dentro del agua azul. Podía sentir sobre su piel caliente la frescura del agua, se imaginó nadando hacia él, parándose a su lado, agarrándole la mano para que acariciase su cuerpo húmedo y caliente.
Al acercarle una silla, Philip interrumpió el sueño erótico de Fiona. Ella se quedó desorientada durante unos instantes y al ver cómo agarraba la silla con sus fuertes manos, se acordó de lo hábil que él era con ellas, de cómo las utilizaba para acariciar su cuerpo consiguiendo así que ella se abandonase a su voluntad.
«Claro que lo más seguro es que ya no pueda hacer esas cosas», pensó mientras experimentaba una profunda ola de deseo.
Fiona retiró la vista de esas manos ofensivas, después se sentó despacio. No miró cómo Philip daba la vuelta alrededor de las sillas para sentarse justo enfrente de ella y no levantó la vista hacia él hasta que estuvo sentado.
–Bien –dijo Philip mientras se ponía las gafas de sol–. Ya basta de hacer teatro, Noni. ¿Qué diablos pretendes?
Capítulo 3
OH! –dijo Fiona–, me has reconocido.
–¡Por favor, habla en voz baja! No quiero que mi madre se entere de nada. Claro que te he reconocido. ¿Creías que no iba a hacerlo? Supe que eras tú desde el momento en que llegué. Tardaste mucho en ponerte las gafas de sol. Comprendo que mi madre no lo hiciera, Noni. Pero, volviendo a lo de antes, ¿qué pretendes? ¿Por qué haces esta locura?
Todo el alivio que Fiona sintió al creer que Philip no la había reconocido se desvaneció ante su tono sarcástico y acusador.
–No pretendo nada, ya te lo dije antes. Mi socio concertó esta cita con tu madre sin consultarme. Yo intenté librarme. Le explique a Owen que tú y yo estuvimos casados hace algunos años y que yo no podía organizar tu boda, pero el insistió en que yo viniera hoy. Dijo que el futuro de Five–Star Weddings estaba en peligro. Quería que me disculpara y que lo recomendara a él en mi lugar, pero al ver que Kathryn no me reconocía dudé demasiado, entonces apareciste tú de forma inesperada y… bueno…
–Se complican más las cosas –dijo Philip.
–Sí –admitió Fiona.
Hubo un gran silencio.
–Debías haberte imaginado que mi madre no te reconocería con ese aspecto.
–Lo pensé por un momento.
–Menos de un momento, te lo aseguro. ¿Y has disfrutado engañándola? ¿Te has vengado?
–Pensé que lo haría –confesó ella.
–Pero no lo hiciste.
–No –contestó Fiona, un poco confusa por cómo había reaccionado ante la madre de Philip–. No, no es la mujer que yo recordaba. No sé por qué ya no siento rencor hacia ella.
–¿Qué quieres decir con… rencor?
–Oh, Philip, No me digas que no sabes cómo me ha hecho sentir ella durante todos estos años.
–Sé que te puso las cosas difíciles. Pero, créeme, le habría puesto las cosas difíciles a cualquier chica con la que me hubiera casado entonces. Lo cierto es que no fue mi madre la que puso fin a nuestro matrimonio, Noni. Fuiste tú.
Fiona empezó a defenderse pero se calló. No tenía sentido. Se había terminado. Philip se iba a casar de nuevo. Sin duda con alguna chica rica y guapa a la que amaba con todo su corazón y a quien su madre aceptaba de buen grado.
Y con respecto a ella. Bueno… tenía que dedicarse a su trabajo.
–Yo era muy joven –dijo Fiona–, y tú también. Veníamos de dos mundos diferentes. Era imposible que nuestro matrimonio funcionase. Hice lo correcto –ella retiró la mirada porque temía que se notara que iba a romper a llorar–. Lo hecho, hecho está. No hurguemos en el pasado, Philip. Sólo dime qué quieres que haga con tu madre y tu boda.
Él no contestó inmediatamente, sino que la miró distante y esperó a que el enfado de Fiona llegara a niveles peligrosos.
–¿Si pierdes este trabajo, tendrás problemas con tu socio? –preguntó él por fin.
–Lo más seguro –contestó ella.
–Entonces hazlo.
A Fiona le desagradó la idea.
–Venga, Noni. No pasa nada. Ya no significamos nada el uno para el otro –dijo sin darle importancia–. Como tú has dicho, nuestro matrimonio es historia pasada. No tenemos por qué decirle a nadie quién eres en realidad. Nunca le he hablado de ti a Corinne, y mi madre no te va a reconocer. Además, te ha ofrecido el doble de lo que cobras normalmente. Sería una tontería que lo rechazaras.
El pragmatismo de Philip hizo que Fiona se lo pensara de nuevo. Él tenía razón. Sería tonta si no aceptase el trabajo. Y en cuanto a hombres o dinero se refiere, ya no era tonta.
–Tendrás que acostumbrarte a llamarme Fiona.
–No hay problema. Además, hoy día, Fiona te queda mejor.
–También tendrás que acostumbrarte a no ser tan sarcástico –dijo ella.
–No pretendía ser sarcástico. Sólo digo las cosas como son.
–¿No te gusta mi aspecto?
–No importa lo que a mí me guste. Mi madre opina que eres magnífica. Eso debe de satisfacerte mucho.
–Pues sí.
–Entonces, eso es lo que importa. Será con ella con la que trabajarás la mayor parte del tiempo. El novio tiene muy poco que hacer en los preparativos de boda.
–Es cierto –dijo pensando que de otra manera no hubiera aceptado.
–Tengo curiosidad por saber cómo has conseguido cambiar tanto y cómo has llegado a ser socia de un negocio tan boyante. Lo último que supe de ti es que estabas casada con un camionero.
–¿Y cómo te enteraste de eso? –dijo Fiona boquiabierta.
Él sonrió, pero con los ojos ocultos tras las gafas de sol seguía manteniendo el misterio.
–Cuando terminé la universidad me entró curiosidad por saber qué habrías hecho con tu vida. No te encontré, pero sí que encontré a tu padre. Tuve la sensación de que se alegró de contarme que te habías casado con un compañero de trabajo suyo llamado Kevin Kirby. Por eso te he llamado señora Kirby cuando nos presentaron hace un rato. Eso sí, en seguida me has aleccionado sobre ese dato. Puesto que eres muy joven para ser viuda, deduzco que os divorciasteis.
–Así es.
–¿También tomaste tú la decisión, Fiona?
–Sí.
–¿Qué pasó? Esta vez no puedes decir que veníais de dos mundos diferentes.
–No, no puedo. La verdad es que Kevin quería que me quedase en casa y tuviera niños. Yo no. Nos divorciamos de forma amistosa. Él se ha vuelto a casar y tiene un par de niños.
–Y tú estás a punto de conseguir tu primer millón –bromeó él.
–¿Y qué hay de malo en ello?
–Nada. Si es lo único que esperas de la vida. ¿Es todo lo que quieres, Fiona? ¿Dinero?
–Un poco de respeto no estaría mal. El dinero es bueno, sobre todo el que gano por mis propios medios.
–Ahh. Una mujer independiente. Es admirable. ¿Me imagino que ahora vives sola?
–Sí.
–Pero sales con hombres. El celibato nunca fue tu fuerte.
–Tampoco el tuyo, Philip –contestó ella.
Él se rió y dijo:
–Touché. ¿Te acuestas con tu socio? ¿Cómo se llama? ¿Owen no se qué?
–No pienso responder a ninguna pregunta sobre mi vida personal –dijo ella decidida.
–No estarás haciéndole preguntas impertinentes a Fiona, ¿verdad cariño? –dijo Kathryn de forma inesperada. Estaba de pie junto a Fiona y llevaba una bandeja con un elegante juego de café–. No le hagas ni caso, querida –añadió y tomó asiento entre los dos–. Un abogado, siempre será un abogado. Les encanta hacer el tercer grado a la gente, incluso a la inocente. A veces siento lástima por los testigos a los que Philip interroga.
–¿Eres abogado criminal? –exclamó Fiona. Creía que era abogado de empresa en la compañía de su padre. Por lo menos esos eran los planes que tenía su padre para él.
–Philip comienza a ser famoso en los tribunales, ¿no es así, cariño? –dijo su madre orgullosa.
–Últimamente he tenido bastante éxito.
–¿Y ahora quién es el modesto? –dijo Kathryn entre risas–. ¿Cómo quieres el café, Fiona?
–Oh… um… con leche y una cucharadita de azúcar, por favor –contestó un poco distraída, tanto que casi responde: «igual que Philip». ¡Vaya desastre!
–Para que te quedes tranquila, madre –dijo Philip–, estoy de acuerdo con que Fiona organice la boda. Después de hablar con ella me he quedado impresionado por su currículum, y también con su actitud profesional. Los reconozco con sólo oírlos. Estoy seguro de que hará un trabajo estupendo. Respecto al contrato, yo me haré cargo de todo. Tú vives muy lejos de la ciudad como para entretenerte con esas cosas. ¿Supongo que tienes la oficina en la ciudad, no Fiona? ¿Tienes una tarjeta?
A ella le aterrorizaba la idea de que él se pasara por la oficina, ¿pero qué podía hacer? No podía decir nada, y menos delante de la madre de Philip.
–No está exactamente en la ciudad, pero no queda lejos. Tenemos un despacho alquilado encima de una tienda en Sant Leonard, cerca de Pacific Highway. ¡Y claro que tengo tarjeta!
–Por supuesto –replicó Philip y ella le echó una mirada fulminante. Fiona se quitó las gafas y las guardó en el bolso. Después buscó las tarjetas y sacó tres. Le tendió una a Kathryn y dos a Philip.
–Puedes darle una a tu prometida –le sugirió con una sonrisa–. Por cierto, Kathryn, antes dijiste que sólo quedaban diez semanas para la boda y que la novia va a estar de viaje durante la mayor parte del tiempo, ¿no?
–Sí, Corinne es voluntaria en una asociación benéfica para niños. Su mejor amiga trabaja como enfermera para ellos. Por desgracia, Corinne organizó un viaje a Indonesia antes de que Philip le pidiera que se casara con él y ella no quiere dejar a su amiga en la estacada.
–Lo comprendo –comentó Fiona–. Bueno, pues entonces no hay tiempo que perder. Tengo que quedar con la novia cuanto antes y ver qué es lo que quiere. No tenemos mucho tiempo.
–Le diré a Corinne que te llame esta noche –dijo Philip–. ¿A qué teléfono? ¿Al móvil?
–No, los domingos nunca utilizo el móvil, a menos que ese día tenga una boda. Si no, no tengo forma de estar tranquila. Te escribiré el teléfono de mi casa en la tarjeta –sacó un bolígrafo del bolso y escribió el número.
–¿Qué hora es buena para llamarte? –preguntó Philip cuando ella le devolvió la tarjeta.
–Antes de las ocho y media.
–¿Vas a salir?
Los domingos por la noche Fiona no solía salir. Le gustaba acomodarse enfrente de la tele y mirar la película que empezaba a las ocho y media. Mientras ponían anuncios se hacía la manicura y preparaba la ropa que se pondría durante la semana. Ese día ya se había hecho la manicura y en la tele ponían otra vez una de sus películas favoritas.
Philip habló en tono de mofa y por tanto Fiona decidió mentirle.
–Pues sí, voy a salir –dijo ella.
–¿A algún sitio especial?
–No. Voy a visitar a un amigo.
–¿Un novio?
–Me parece que Mark es bastante mayor como para llamarlo novio.
–¿Cuántos años tiene? –insistió Philip.
–Treinta y muchos.
–¿Y a qué se dedica?
–¡Philip! –exclamó su madre y miró a Fiona con exasperación–, ¿ves lo que te decía? ¡Abogados! No pueden evitarlo.
–Sólo estoy dando conversación –dijo Philip con tono inocente. Fiona sabía que no estaba haciendo tal cosa. Era evidente que él intentaba incitarla. Y lo consiguió.
Pero él no se iba a enterar.
–No pasa nada, Kathryn. No me importa. Mark es médico –dijo dirigiéndose a Philip–. Cirujano. Nos conocimos en una cena hace seis meses y desde entonces salimos juntos.
En realidad, sólo habían pasado tres meses. Pero parecían seis. Mark tenía todas las cualidades necesarias para que Fiona lo encontrase atractivo. Era alto, moreno y guapo. También culto e inteligente. Y en la cama, tampoco estaba mal.
Lo malo era que pensaba que ya era hora de sentar la cabeza y de transmitir sus perfectos genes. Ella pensaba romper con él esa semana, pero había cambiado de opinión. Sería mejor que siguiera con Mark hasta que Philip se hubiese casado y desapareciese de su vida.
Fiona estaba segura de que no amaba a Philip, pero por desgracia entre ellos seguía habiendo química. Podía sentirla cada vez que lo miraba, y sospechaba que Philip no sólo también la sentía, sino que estaba igual de resentido que ella. Por eso indagaba en su vida privada.
–¿Dónde conociste a Corinne? –preguntó Fiona, desviando la conversación acerca de su vida y volviendo a la de Philip.
–No lo recuerdo bien. Creo que en alguna obra benéfica que organizó ella.
–Parece que hace muchos trabajos benéficos.
–Así es.
Eso significaba que no tenía un trabajo de verdad. Sin duda, era la hija de un hombre rico. Era de esperar, al fin y al cabo Philip se movía en esos círculos.
–¿Cuántos años tiene?
–Veinticuatro.
Lo que ella pensaba. Joven.
–¿Es rubia?
–Ajá –pronunció Philip. Fiona había acertado otra vez. Recordaba que él le había dicho una vez que le encantaba el cabello rubio.
–Guapa, no lo dudo.
–Muy guapa.
–Será una novia preciosa –dijo Kathryn–. Es una pena que su madre no esté viva para verla. ¿Te puedes creer que yo fui al colegio con su madre? Ella murió cuando Corinne era pequeña. El padre es George Latham, un senador. Quizá hayas oído hablar de él.
¿Y quién no? George Latham no era poca cosa, ni en tamaño ni en personalidad. Era extremadamente rico. O su familia. Sí, Fiona había acertado. Sería una boda de la alta sociedad y Owen estaría encantado.
De repente sonó un teléfono y Philip se levantó para sacar un móvil del bolsillo.
–Perdonadme. Philip Forsythe –contestó y se retiró un poco.
Las dos mujeres dieron un sorbo de café. Fiona podía escuchar bastante bien la conversación de Philip.
–Estupendo… No, no, no me importa… Está bien, Corinne… Hasta pronto, amorcito.
Volvió a la mesa y se guardó el teléfono.
–Era Corinne. Se encuentra un poco mejor y quiere que vaya a cuidarla. No puedo decirle que no, y menos cuando se va dentro de una semana. Lo siento por la comida, madre. Fiona y tú lo pasaréis estupendamente planeando la boda del año.
–Claro que sí, ¿verdad? –dijo Kathryn sonriendo a Fiona.
Fiona intentó sonreír, pero no le resultó fácil. Estaba impresionada por cómo había reaccionado al escuchar que Philip llamaba amorcito a su prometida. Esas palabras cariñosas le hirieron el corazón y evocaron el recuerdo de la primera vez que hicieron el amor y él la llamó amorcito, su más preciado amorcito.
Y ese día él se iba con su nuevo amorcito, la llevaría a la cama y pasaría el resto de la tarde haciéndole el amor de manera maravillosa. Una tarde como esa, diez años antes, él le confesó a Fiona que se había roto el preservativo y la vida de ella se arruinó de forma irrevocable.
Fiona sintió un nudo en el estómago. Comenzó a sentirse sudorosa y sentía que la cabeza le daba vueltas. No estaba segura de si se iba a desmayar o a vomitar. Temblorosa, se levantó de la silla y la retiró.
–¿Estás bien, Fiona? Estás muy pálida –preguntó Kathryn.
–Me… me…
No dijo ni una palabra más. Casi no tuvo tiempo ni de parpadear antes de que la oscuridad se apoderase de ella.
Más tarde, Fiona se preguntaba por qué se habría desmayado de forma tan repentina. Era la primera vez que se desmayaba. Siempre pensó que era algo paulatino. Pero, no. Estaba despierta, y al minuto siguiente… ¡nada!
No se dio cuenta de que Philip la había agarrado a tiempo, antes de que su cabeza golpeara el suelo, ni de la cara de angustia que puso al tomarla en brazos para llevarla dentro de la casa. Ella no vio ni sintió nada hasta que volvió en sí. Estaba tumbada en un sofá y Philip la miraba.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.