Kitabı oku: «Por despecho»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1998 Miranda Lee

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Por despecho, n.º 1067 - agosto 2020

Título original: The Boss’s Baby

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos

de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-694-9

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

OCURRE algo, Olivia?

Olivia levantó la vista para encontrarse con su jefe, que la estaba mirando desde su considerable estatura con el ceño fruncido. Ella consiguió finalmente apartar su tumultuosos pensamientos y sonreírle con una de esas sonrisas de plástico que solía utilizar en el despacho.

–No ocurre nada –contestó ella, ya sin sonreír–. Todo va bien. Estoy perfectamente –apartó los ojos de la mirada inquisitorial de él y se puso a ordenar su mesa de un modo maquinal. No quería confesarle a su jefe sus problemas personales. No tenía suficiente confianza con él.

Cuando la contrató dieciocho meses antes, Lewis le advirtió que había tenido serios problemas con su anterior secretaria, que se tomaba demasiadas confianzas con él y que solía vestirse de un modo algo excesivo.

Así que Olivia se había esforzado por parecer una mujer reservada y cautelosa que tuviera la aprobación de la mujer de su jefe. Y en cualquier caso, esas cualidades habían formado siempre parte de su carácter. Ella era una mujer reservada que había vestido siempre de un modo sencillo. Con trajes negros de chaqueta y blusas blancas o de color crema.

Su guardarropa era bastante económico, al igual que el sencillo estilo con el que se peinaba su largo cabello de color caoba. Siempre lo llevaba recogido con un prendedor muy sencillo. Su maquillaje era también mínimo, así como las joyas que llevaba.

Durante sus raras visitas al despacho, la mujer de su jefe nunca tuvo ninguna razón para sospechar o sentirse celosa de la nueva secretaria de su marido. Olivia estaba segura de que nunca cruzaría la línea que Lewis había trazado. Y tampoco había razones para ello. Quizá su jefe, un hombre alto, moreno y muy guapo, sí que las tuviera, pero ella desde luego no. Estaba profundamente enamorada del hombre con el que se iba a casar.

Irónicamente, Lewis y su mujer se habían separado hacía seis meses, y eso había provocado que su jefe estuviera siempre malhumorado y sumido en sus propios pensamientos. Por eso le resultó tan extraño que él hubiera percibido que no se encontrara muy bien. Y lo cierto era que la irritaba su intromisión. ¿Por qué no podía él quedarse toda la mañana encerrado en el laboratorio, como era su costumbre en los últimos tiempos? ¿Por qué había tenido que ir a entrometerse en su vida privada?

–Pues no pareces estar bien –insistió él.

–¿Oh? –sus manos comprobaron su peinado de un modo automático.

–No me refiero a tu aspecto, sino a tu modo de actuar. Llevas toda la mañana sentada ahí, con la mirada perdida.

Olivia tenía que reconocer que eso debía ser verdad. Llevaba toda la mañana pensando en que Nicholas, su prometido, le había dicho la pasada noche que necesitaba más libertad. Había sido una de las razones para poner fin a su relación.

–Ni siquiera has encendido el ordenador –añadió Lewis como si fuera una cosa muy grave.

Olivia comprobó el reloj de pared y vio que eran las nueve y media, por lo que llevaba con la mirada perdida más de una hora. Así que tímidamente se decidió a encender el ordenador.

–Lo siento –se excusó.

–¡Por el amor de Dios, Olivia! No tienes por qué pedirme disculpas –dijo Lewis–. No me estaba refiriendo a que te pusieras a trabajar. Simplemente, me estaba preocupando por ti. ¿Puedes entenderlo?

–¿Preocupando? –repitió ella, sin poder creérselo.

Hacía mucho tiempo que nadie daba muestras de preocuparse por ella, seguramente por su imagen de mujer eficiente. Sus padres parecían pensar que era perfecta. Igual que sus dos hermanas pequeñas.

Y ella tenía toda la vida planificada… hasta la noche pasada, cuando Nicholas había recogido sus cosas y abandonado el apartamento donde vivían, dejándola allí sola, después de describirla como una mujer aburrida, calculadora y tacaña. También le había dicho que había estado arruinando su vida durante los dos últimos años. Que le había tenido controlado, limitando su personalidad y convirtiéndolo en un hombre débil.

Él ya estaba cansado de ahorrar dinero, cansado de comer en casa y terriblemente cansado de sólo poder tener sexo en una cama.

Él era más joven que ella, le había recordado con mordacidad. Él quería divertirse antes de asentarse. Necesita diversión y libertad. Así que no quería casarse todavía. No quería afrontar aún la responsabilidad del matrimonio y los hijos. Y no estaba dispuesto a comprar un coche familiar. Quería conducir un Porsche. Quería viajar. Quería tener otras mujeres. Mujeres que fueran más apasionadas en la cama que ella.

A ella le molestaron especialmente los comentarios de él acerca de su vida sexual, ya que nunca se había imaginado que Nicholas estuviera insatisfecho en ese sentido. Siempre había dicho que comprendía que a ella le disgustasen ciertas cosas. Y de hecho, él había declarado que estaba de acuerdo con ella.

–Eres una mujer muy reprimida, Olivia –le había seguido diciendo–. No tienes ni idea de cómo hacer feliz a un hombre. ¡Ni idea!

En aquel momento, ella había pensado que él debía de estar loco. Pero, en esos momentos, Olivia creía que Nicholas estaba en lo cierto.

–¿Olivia? ¿Se puede saber qué te pasa? –volvió a preguntarle su jefe.

Ella consiguió reprimir las lágrimas con gran esfuerzo.

–¿Es por Nicholas?

Ella sólo pudo asentir mientras los ojos se le humedecían finalmente.

–¿Es que está enfermo?

Ella sacudió la cabeza.

–¡No me irás a decir que os habéis separado!

Olivia se extrañó por el tono de asombro de su voz. Lo cierto era que veinticuatro horas antes ella tampoco podría haberse creído que eso pudiera suceder. Ella estaba tan convencida de que estaban hechos el uno para el otro, de que buscaban las mismas cosas… Iban a casarse al año siguiente. Y al otro, podrían comprar la casa. Y al siguiente, tendrían su primer hijo, justo antes de que ella cumpliera los treinta.

Pero en ese instante, lo único que ella veía para sí misma a los treinta años era la soledad. Le había llevado años encontrar a Nicholas. Y ya tenía veintisiete años…

–Por favor, Lewis –dijo ella, con labios temblorosos, mientras abría el correo electrónico en el ordenador–, no quiero hablar de eso.

Ella sintió la mirada de él, pero no se atrevió a levantar la vista. Se quedó mirando fijamente la pantalla y comenzó a teclear.

–No te preocupes en exceso, Olivia –dijo Lewis–. Dale tiempo para que recapacite. Te apuesto lo que quieras a que Nicholas volverá antes de que la semana acabe. Y lo hará arrastrándose.

Olivia levantó la cabeza mientras sentía que su corazón volvía a albergar cierta esperanza.

–¿Eso crees?

–Ningún hombre en su sano juicio abandonaría a una mujer como tú, Olivia –afirmó su jefe–. Confía en mí.

Nicholas regresó el siguiente fin de semana, pero no lo hizo arrastrándose y no fue para quedarse. Simplemente, quería recoger unas cuantas cosas que se había olvidado. Unos artículos de aseo y una colección de discos compactos. Cuando salió por la puerta, le dijo a Olivia en un tono sarcástico que ella podía quedarse con el maravilloso mobiliario que habían compartido.

Desde la ventana principal, ella pudo ver cómo Nicholas se marchaba en su nuevo coche, un Porsche negro en el que debía de haberse gastado todos sus ahorros. Dinero que estaba pensado para comprar la casa a medias con ella. La casa donde iba a tener sus dos hijos, según lo planeado.

Olivia se quedó entre el mobiliario que había comprado de saldo para ahorrar para sus planes futuros. Sintió cómo la depresión la invadía más y más. Y sin duda, la agravaba el hecho de que se acercasen las navidades. Se suponía que la gente debía de estar feliz en navidades.

Olivia se comportaba de un modo automático en el trabajo, pero en casa apenas podía ni comer. La hora libre para comer la pasaba deambulando sin objeto por el centro comercial Parramatta. Le había dicho a Lewis que tenía que hacer las compras de navidad, pero en realidad, su único propósito había sido escapar de su atenta mirada. No se sentía cómoda ante el intento de su jefe de ser amable con ella.

Sin duda, el hecho de que llegara el último día de trabajo del año sin haberle llevado ningún regalo ni felicitación de navidad, indicaba lo distraída que Olivia estaba en aquellos días. Se sintió muy culpable cuando vio la preciosa felicitación navideña con bordes dorados que él le había dado, acompañando a una caja de bombones que ella guardó en un cajón como solución de emergencia para una bajada de azúcar.

Decidió salir a comprarle algo. Pensó que nadie notaría su ausencia. Todo el personal de Altman Industries estaría celebrando la llegada de las vacaciones de navidad. Habría un baile y suficiente comida como para acabar con la dieta más severa. Por no hablar de que tampoco faltarían la cerveza y el champán de calidad.

Esa fiesta le costaba a Lewis una fortuna. Olivia lo sabía.

Pero era algo tradicional y él podía permitírselo. Altman Industries era una empresa relativamente pequeña, pero sus beneficios crecían cada año y más desde que hacía tres años había empezado a ser una compañía internacional.

Lewis había comenzado su empresa en el patio trasero de un garaje unos diez años atrás. Él era químico de carrera, pero su vocación era de ecologista, así que decidió combinar ciencia y naturaleza para producir una sencilla gama de productos para el cuidado de la piel de los hombres, empezando por una espuma de afeitar y una mezcla de loción para después del afeitado y crema hidratante. Luego, siguió un jabón, un gel de ducha, un champú y un acondicionador. Y tres años atrás, una colonia de gran éxito había sido añadida a la gama.

Lewis había sido suficientemente inteligente como para contratar a una compañía de publicidad muy buena desde el principio, que habían sabido lanzar perfectamente la marca All Man, que provenía del apellido de Lewis, Altman. Utilizaban a famosos deportistas australianos para publicitar sus productos y habían conseguido un éxito inmediato.

Lewis mudó la empresa desde el limitado garaje a una fábrica moderna con un complejo de oficinas, dentro del céntrico polígono industrial de Ermington. La expansión había sido posible gracias a un préstamo bancario, pero no pasó mucho tiempo antes de que Altman Industries pudiera devolverlo y empezar a conseguir beneficios que eran la envidia de sus principales competidores.

Lewis estaba planeando ampliar el negocio para el año siguiente y lanzar una gama de productos All Woman. Ya había confeccionado los productos para el cuidado de la piel y el cabello y actualmente estaba trabajando en el perfume.

Olivia no sabía todo eso por sus conversaciones privadas con Lewis, aunque como secretaria personal de él algo había oído. Ella había leído un artículo reciente sobre él en la revista Good Business, que estaba confeccionando una serie de reportajes sobre las empresas más famosas de Sydney y sobre sus propietarios.

Ella había leído también que Lewis tenía treinta y cuatro años, que era hijo único y que su padre había muerto cuando él tenía cinco años. Él había recibido una buena educación gracias al sacrificio de su madre, cosa que él nunca había olvidado. En la revista se podía ver la foto de una mujer de pelo cano de unos sesenta años. Uno de los motivos que le habían impulsado en su ambición era el deseo de compensar de alguna manera a su madre por lo mucho que había trabajado por él. Él quería ofrecerle todo lo que ella nunca había tenido.

Olivia no conocía personalmente a la madre de Lewis, pero había hablado con ella por teléfono muchas veces. La señora Altman no vivía con su hijo, ni siquiera ahora, que él se había separado de su mujer. Ella vivía en Drummoyne, un barrio del centro de la ciudad que rodeaba el puerto.

Olivia siempre había sentido que a la señora Altman nunca le había gustado la esposa de Lewis. Dado lo unidos que estaban, quizá a la señora Altman tampoco le habría gustado ninguna mujer para su hijo. La revista sólo mencionaba su matrimonio de pasada, diciendo que había durado dos años y que la separación había sido amigable.

Olivia se había echado a reír al leer eso. ¡Amigable, qué tontería!

Pero esa mañana de viernes no le apetecía reírse. En esos momentos, podía entender la desesperación de Lewis cuando Dinah lo abandonó. La idea de ir a la fiesta de navidad le pareció inaceptable. ¿Cómo podía disfrutar ella en su estado? Toda esa comida y bebida… Por no mencionar el baile. El único tipo de baile que a ella le gustaba era el tradicional.

Pero ese no iba a ser el tipo de baile que iba a haber en la planta de la fábrica. Pondrían música de discoteca. Y a ella no le apetecía nada exhibirse en público.

Se sentía demasiado inhibida y lo más grave era que se daba cuenta de que nunca le había gustado exhibirse en privado tampoco. Se acordó de los reproches de Nicholas, cuando le había dicho que sólo habían hecho el amor en la cama. Y él llevaba razón. Sólo había practicado sexo en la cama y siempre de la manera tradicional. ¡Ni siquiera había probado a ponerse ella encima!

Eso no estaba en su limitada lista de experiencias sexuales. Y mucho menos había practicado otras posturas o posibilidades más sofisticadas. Cuando conoció a Nicholas, a los veinticinco años, ella era virgen todavía. Y Nicholas también lo era, aunque él tenía sólo veintidós años por aquel entonces. Así que su vida sexual no había tenido mucho éxito al principio. Pero más adelante aprendieron lo básico para manejarse y ella pensaba sinceramente que Nicholas se lo pasaba bien en la cama. Nunca lo había rechazado y él siempre había llegado al clímax, aunque ella no lo hiciera. Pero parecía que había sobreestimado el placer que su cuerpo le había proporcionado, por no hablar de sus más que limitadas habilidades amorosas.

El teléfono la sacó de sus pensamientos.

–Despacho del señor Altman –contestó de un modo automático–, le habla Olivia Johnson. ¿En qué puedo ayudarle?

–Me gustaría hablar con mi hijo, querida, si no está muy ocupado. Ya sé que hoy estáis de fiesta.

–Él está todavía en el laboratorio, señora Altman. La paso con él.

–Antes de eso, querida, me gustaría desearte felices pascuas y agradecerte que seas tan amable conmigo cuando llamo por teléfono.

–Muchas gracias, señora Altman. Yo también le deseo unas felices pascuas.

–¿Qué va a hacer el día de Navidad?

–Iré a casa de mis padres.

–¿Y dónde viven ellos?

–Cerca de Morisset.

–¿Morisset? Eso está en la costa, ¿no?

–Así es. Entre Gosford y Newcastle. Está a unas dos horas de tren de Sydney. Al menos desde Hornsby, donde yo tomo el tren.

–Ya veo. Bien, pues entonces comeremos juntas un día del año que viene. Me gustaría ponerle una cara y un cuerpo a esa voz. Le pregunté a Lewis en una ocasión cómo eras y lo único que me contestó fue que eras una castaña de ojos marrones y mirada inteligente. Cuando le pregunté cómo era tu cuerpo, él se quedó perplejo antes de decirme que eras de estatura media.

A pesar de sentirse algo disgustada, no podía culpar a Lewis por ello. Los trajes sastre que llevaba no estaban diseñados precisamente para realzar su cuerpo. Sus faldas tampoco eran suficientemente cortas o ceñidas. Y los escotes de las chaquetas solían estar tapados por alguna camiseta o camisa. El traje que llevaba ese día no era ninguna excepción. Si se hubiera acordado de que iba a haber fiesta, se habría puesto un traje algo más llamativo. ¡Pero no había sido así!

–Ya sabes que no he ido al despacho desde que esa horrible chica trabajaba como secretaria de mi hijo –continuó diciendo la señora Altman–. La última vez que estuve allí, ella iba con un vestido que le llegaba al ombligo. Y ese perfume que llevaba… Pensé que se había bañado en él. Pobre Lewis. Finalmente entendí por qué su ex-mujer solía quejarse de que él olía como el mostrador de cosméticos de David Jones cuando llegaba a casa por la noche.

Olivia no iba sin perfumar, pero sólo se permitía rociarse discretamente todas las mañana con un poco de Eternity.

–Desgraciadamente, es muy difícil deshacerse de los empleados hoy en día –dijo la madre de su jefe–. Si Lewis hubiera despedido a esa horrible chica, se habría visto envuelto en toda clase de trámites legales.

Olivia se dio cuenta de que las comisuras de su boca se arrugaban en una sonrisa.

–Imagino que Lewis se sintió muy aliviado cuando ella decidió marcharse a recorrer mundo.

–Más que aliviado, puedes estar segura. Y ahora está encantado contigo. Según parece, tú no le has causado ni una sola molestia.

Olivia no estaba segura de si le gustaba oír eso.

–Aunque la otra noche, él parecía preocupado porque tú habías tenido una riña con tu novio. Y me dijo que parecías muy triste.

–Sí, bueno… –su voz se apagó. Lo cierto era que tampoco quería hablar sobre Nicholas con la señora Altman.

–No te dejes llevar por el orgullo –le aconsejó la mujer–. Llámale. Dile que lo sientes, aunque pienses que ha sido culpa de él. Si lo quieres, no debe importarte humillarte un poco.

Olivia se quedó perpleja. Ella no se había humillado ante nadie en toda su vida y no iba a empezar a hacerlo a esas alturas. Aunque… la señora Altman podía llevar razón. El orgullo hacía imposible que muchas parejas se reconciliaran. Y había una gran diferencia entre humillarse ante Nicholas y llamarle por teléfono. Podía utilizar la excusa de que quería felicitarle las navidades. Seguramente, él estaría en el trabajo en esos momentos. Sintió que su pena se aliviaba al renacer la esperanza.

Tan pronto como Olivia pasó a la señora Altman con su hijo, marcó el número de Nicholas antes de pensar en lo que estaba haciendo. El teléfono de él sonó varias veces.

–Despacho de Nickie –contestó una voz femenina.

Olivia se quedó desconcertada.

–¿Renee? ¿Eres tú? –Renee era una compañera de Nicholas que algunas veces contestaba el teléfono, cuando él había salido.

–Renee ya no trabaja aquí –respondió la mujer con voz ronca–. Yo soy Ivette, su sustituta.

Así que la sustituta de Renee se llamaba Ivette… Y ella llamaba Nickie a Nicholas.

Oliva comenzó a sentirse mal.

–¿Podría hablar con Nicholas, por favor?

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Luego se oyó un suspiro.

–¿No serás Olivia por casualidad?

–Pásame a Nicholas, por favor.

–No puedo. Él no está aquí. Ha ido al baño. Pero estás perdiendo el tiempo. Él no quiere verte ni hablar contigo nunca más. Ahora me tiene a mí y yo le doy todo lo que él necesita.

Olivia trató de mantener la calma.

–¿Y desde cuándo le das todo lo que él necesita?

–Desde hace más tiempo del que tú piensas. Afróntalo, cariño, tú no has sabido darle lo que necesitaba. Lo que puede hacer feliz a un hombre hoy en día no es la eficacia en el trabajo ni en la organización del hogar. Esas tareas las hacen los ordenadores y las señoras de la limpieza. Lo que un hombre necesita es pasión, espontaneidad y diversión.

–Sexo, querrás decir –añadió Olivia, que ya entendía de dónde había sacado Nicholas todo lo que le había dicho durante su discurso de despedida.

–Es lo mismo.

–¿Y crees que no tenía sexo conmigo?

–No del tipo que él quería, cariño. Bueno te dejo. ¡Felices fiestas!

Olivia se quedó con el auricular en la mano.

De pronto, sintió que la furia la invadía. Colgó de golpe y se levantó bruscamente. Sintió que la sangre corría a toda velocidad por sus venas.

Había decidido ir a la fiesta. ¡E iba a divertirse como una loca! Iba a estar de fiesta todo el día e iba a olvidarse de todo. Iba a olvidarse de Nicholas e Ivette. A olvidarse de que su futuro se había quebrado. A olvidarse de todo salvo de divertirse.

Olivia se quitó la chaqueta y la dejó sobre su silla. Divertirse no sería tan difícil. Al menos después de unas pocas copas de champán.

Seguro que beber le sentaría bien. O eso imaginaba, porque nunca se había emborrachado en toda su vida. Aunque sí que había bebido un par de vasos de vino y recordaba que le habían sentado bien.

Y Dios sabía que necesitaba sentirse bien. ¡Necesitaba sentirse bien desesperadamente!

Se quitó la horquilla que recogía su pelo y agitó la cabeza, con lo que su cabello quedó suelto. Luego se desabrochó los dos primeros botones de la blusa e hizo un gesto desafiante con la cabeza, dirigiéndose hacia donde la música había comenzado a sonar.

Capítulo 2

HACIA las dos de aquella tarde, Olivia estaba bastante alegre. Se sentía realmente bien. Si hubiera sabido que el champán era un antidepresivo tan magnífico, lo habría probado mucho antes. Desde su tercera copa todo había empezado a ir mucho mejor. Su ánimo, la música, los hombres…

Para cuando terminó su primera botella, uno de las representantes, un hombre de unos treinta años llamado Phil con el que jamás había hablado, empezó a resultarle encantador. Llevaba media hora hablando con él cuando Olivia se dio cuenta de que Lewis la estaba mirando con el ceño fruncido. Su jefe estaba con un grupo de la sección de marketing, cerca de una de las mesas llenas de comida. Tenía una vaso de cerveza en una mano y un trozo de tarta en la otra.

La expresión de su jefe provocó en Olivia un oscuro desafío. Lewis no era su guardaespaldas. Ella tenía derecho a divertirse si quería. ¡Por el rostro de él, parecía que ella estaba haciendo algo equivocado, en vez de lo que hacían allí todas las mujeres solteras de la empresa: divertirse un poco y tratar de conocer a algún hombre apuesto!

Cuando Phil le pidió un baile, Olivia no vaciló un segundo. Dejó su copa vacía y tomó la mano que le ofrecían para dejar que la llevaran al centro de la pista. La melodía que sonaba en ese momento dio paso a una música rítmica que encendió su sangre y la sensación de rebeldía que llevaba dentro. Ello hizo que sonriera y bailara con Phil de manera más provocativa.

Olivia descubrió en sí misma un genuino sentido del ritmo. Su cuerpo tomó vida propia, ondulándose con toda la agilidad y sensualidad de una bailarina árabe. Elevó los brazos por encima de la cabeza como dos serpientes bajo la influencia hipnótica de un encantador.

La mirada azul de Lewis, sorprendido ante la sinuosidad de su cuerpo, no pasó desapercibida a Olivia. Inmediatamente, ella tomó conciencia de su femineidad. Notó la manera en que sus pechos redondos se movían bajo su blusa, el balanceo de sus caderas femeninas, el calor que se producía en sus lugares más secretos. Era la experiencia más excitante que jamás hubiera vivido.

Olivia se sentía de lo más provocativa. Tenía una sensación casi de pecado. Podía haberse quedado bailando para siempre, exhibiéndose sin la más mínima vergüenza ante los ojos asombrados de los hombres.

Pero sobre todo de uno de ellos.

Actuar así ante su jefe, sin su habitual complacencia, le resultaba algo verdaderamente divertido. Le gustaba que la mirara por una vez como a una mujer capaz de atraer a los hombres, incluso capaz de atraerlo a él.

La verdad era que no sólo le gustaba, le parecía… excitante.

La música, sin embargo, llegó a su fin y el pinchadiscos anunció que iba a tomarse un descanso.

–No sabía que fueras así –declaró Phil, al sacarla de la pista.

Al pasar por una de las mesas, el hombre tomó una copa de champán y se la puso en las manos.

–¿Cómo?

La sonrisa lasciva de Phil alertó de repente a la muchacha, mareada por el alcohol. El darse cuenta de cómo Phil pensaba que iba a terminar aquella noche para ambos la hizo dudar unos segundos, pero inmediatamente borró de su mente el pensamiento. Estar borracha tenía además otra deliciosa ventaja, pensó en ese momento: que uno no se preocupa por nada. De manera que Phil iba a enfadarse al final de la noche. ¿Y qué? No estaba haciendo nada malo.

Dio un trago a su bebida y miró a su alrededor para ver si Lewis seguía observándola.

Pero no era así. No se le veía por ninguna parte.

Olivia no pudo evitar sentirse irritada.

–¿Otro baile? –sugirió Phil

Olivia empezaba a pensar que bailar sin ser observada por Lewis no tenía ningún atractivo. Así que de repente perdió todo interés por seguir allí.

–Lo siento –se excusó ella–, pero tengo que hacer algo ahora mismo.

Dejando a Phil con la boca abierta, cruzó la pista de baile y llegó a la mesa donde estaban las botellas de champán, metidas en un recipiente con hielo. Sacó una, tomó dos copas limpias y se dirigió hacia el edificio principal.

Lewis no estaba en el laboratorio, sino en su despacho. Miraba por la ventana hacia los cuidados jardines. Se había quitado la chaqueta y la corbata, que había dejado descuidadamente sobre el sillón negro de piel. Mientras observaba distraídamente al frente, comenzó a quitarse los gemelos y a remangarse la camisa.

Olivia se quedó en la entrada sin hacer ruido, observándolo.

Era un hombre increíblemente atractivo, admitió finalmente. Algo que ella siempre había sabido, pero a lo que nunca antes se había enfrentado con sinceridad. Ésta era otra de las ventajas de estar un poco ebria. Sonriéndose para sí, Olivia decidió denominarlo como inspiración alcohólica.

–¡Así que estás aquí! –exclamó alegremente la muchacha, cerrando la puerta con un pie y dirigiéndose hacia la mesa.

Él se dio la vuelta y la miró con expresión seria.

–¿Qué demonios estás haciendo? –preguntó al ver que ella llenaba ambas copas con el líquido espumoso, parte del cual cayó sobre la madera oscura.

–Trayéndote aquí la fiesta, jefe –contestó con una sonrisa provocativa, mientras se encaminaba hacia él, alegrándose de que las copas estuvieran sólo a medias–. Es el único día del año en que no trabajamos aquí y eso te incluye a ti. Así que, si crees que vas a esconderte en este maldito laboratorio, estás muy equivocado. Toma esta copa –ofreció ella, llevando la suya a los labios con ojos brillantes–. Feliz Navidad, Lewis.

–Olivia, tú no estás únicamente feliz, estás borracha.

–Lo estoy, ¿verdad? –contestó con una carcajada.

–Vas a tener una resaca horrible mañana.

–Me preocuparé de eso por la mañana. Mientras tanto seguiré divirtiéndome.

El hombre arqueó una de sus oscuras cejas.

–Ya me he dado cuenta. No habrás olvidado la fama que Phil Baldwin tiene con las mujeres, ¿verdad?

–No.

–Por el amor de Dios, Olivia, si quieres vengarte de Nicholas elige a alguien un poco más discreto. No me agradaría escuchar que Phil anda presumiendo por ahí de que se ha acostado con mi secretaria en la fiesta de navidad, ¿de acuerdo?

–¿Crees que yo se lo permitiría?

–No sé qué pensar –los ojos de él tenían una expresión confusa mientras observaba la sombra entre sus senos–. Cuando te has soltado el pelo, Olivia, realmente lo has hecho de verdad.

El aire entre los dos pareció espesarse. Espesarse y llenarse de electricidad. La tormenta que había ido formándose en el interior de Olivia durante todo aquel día, ganó en intensidad y encendió sus venas. Su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sus ojos brillaron.

–Por lo menos te diste cuenta de que era una mujer –contestó con voz ronca.

–Era difícil no hacerlo.

–¿Te gustaría acostarte conmigo, Lewis?

El hombre se quedó confuso. Pero junto con la confusión había una poderosa fascinación. No podía apartar los ojos de ella. Y Olivia se aprovechó de su momentánea inmovilidad para acercarse a él y apretarse contra su cuerpo. Los orificios nasales de Lewis se ensancharon por la sorpresa.

Olivia estaba más allá de la sorpresa, más allá de todo y sólo quería que Lewis la mirase del mismo modo en que lo había hecho cuando ella estaba en la pista de baile. Era un deseo imperioso que encendía sus sentidos y nublaba su conciencia. Lo único que quería era que su jefe admitiera que la deseaba, tenerlo a su merced.

Nicholas la había llamado aburrida. Si la pudiera ver en ese momento… Lewis no la miraba como si se estuviera aburriendo, desde luego. Poniéndose de puntillas, rozó sus labios con los suyos.

Su jefe se quedó helado, pero sólo por un segundo. Cuando ella lo besó por segunda vez, más firmemente, los labios de él se hicieron suaves, se separaron a la vez que los de ella. Cuando la lengua de Olivia fue al encuentro de la de él, Lewis soltó un gemido de abandono.

Una oscura sensación de triunfo llenó su alma. Sonriendo, se separó un poco para observar el rostro sonrojado de él.

–Vuelvo en seguida –dijo, con una sonrisa maliciosa.

Se bebió el resto de su copa de camino a la puerta. Luego, se dio la vuelta e hizo un gesto travieso.

–No queremos que nos molesten, ¿verdad?

En el fondo, algo le decía que su comportamiento estaba siendo escandaloso, pero nada iba a detenerla. Sus razones, cualquier escrúpulo, estaba enterrado bajo la excitación del momento.

Los ojos de él no dejaron de observarla mientras ella cruzaba de nuevo la sala. Y le brillaban, delatando lo excitado que estaba.

Ella depositó su copa sobre la mesa, pero no hizo ademán de agarrar la suya. Simplemente tomó la mano libre de él y le condujo hacia el sillón negro de piel.

Lewis se sentó donde ella le indicó. Los ojos azules de él ardieron al verla quitarse los zapatos y acurrucarse a su lado.

–Ahora terminaremos esto los dos juntos, ¿verdad? –dijo ella, agarrando ya la copa de él.

Cuando ella se la puso en los labios, él bebió obedientemente, quedándose en silencio cuando le tocó terminar a Olivia. Decidida a no ponerse nerviosa por su silencio, se terminó el vaso y luego lo arrojó suavemente sobre la alfombra. Después, agarró el rostro de él entre las manos y lo besó. Primero suavemente y luego con más intensidad, consiguiendo que gimiera.

Con las manos sorprendentemente ágiles, Olivia consiguió desabrochar la camisa y besarlo. Finalmente, apartó los bordes de la camisa a ambos lados para poner las manos sobre su pecho desnudo.

Él era firme y musculoso, con el vello suficiente para emanar una virilidad que comenzaba a encenderse abiertamente. Lewis tenía un cuerpo magnífico, decidió. Sería porque equilibraba perfectamente la vida sedentaria con sesiones en el gimnasio.

La meta de seducirlo se acrecentó cuando su propio deseo se encendió. La cabeza le daba vueltas y apartó la boca de sus labios para lamer y besar el lugar que sus manos habían tocado. Cuando llegó a uno de sus pezones, él dio un suspiro entrecortado. Con una sabiduría de la que no había sido consciente hasta ese momento, deliberadamente evitó sus pezones después de aquello, hasta que se pusieron rígidos por sí mismos.

–¡Oh, Dios! –exclamó Lewis, cuando ella atrapó uno de ellos con los dientes.

La desnuda pasión del estallido de él la excitó, y comenzó a atormentarlo con más intensidad hasta que el pecho de Lewis comenzó un movimiento ascendente y descendente acompañado de una respiración irregular. Cuando los besos de Olivia viajaron hacia su ombligo y sus manos encontraron la cremallera de sus pantalones, él trató de detenerla.

–No –dijo él.

Pero ella pensó que su voz no había sido demasiado firme.

Sonriendo seductoramente, ella tomó sus manos y se las apartó, colocándoselas después en el respaldo del sofá. Olivia tuvo que ponerse prácticamente encima de él para hacerlo, sus senos se apretaron contra el pecho ancho de él. Al sentir la impresionante erección de él contra su vientre, sintió una mezcla de seguridad y excitación. De alguna manera, le aseguraba que Lewis no iba a negarse a hacer lo que ella tenía pensado.

Y tenía un montón de cosas en la cabeza. Todas las cosas que Nicholas pensaba que era incapaz de hacer. Todas las cosas que la querida Ivette había estado dándole en su propio despacho.

La necesidad de venganza, intensificada por su propio deseo, encendió sus venas y envió una orden firme a su corazón.

–Calla –dijo ella–. Tú quieres que lo haga. Lo sabes.

Él juramento que soltó la hizo sonreír.

–Sí, pronto –prometió ella–. Pero, primero, túmbate y disfruta. No tenemos prisa, ¿verdad?

Olivia esbozó de nuevo una sonrisa. Era maravilloso sentirse tan segura.

Desde luego, en realidad, estaba bastante lejos de sentirse segura. Se sentía totalmente fuera de control. Pero necesitaba hacerlo más que ninguna otra cosa en el mundo. Lewis iba a devolverle su autoestima, su confianza y su alma. Él iba a hacer que su espíritu se revitalizara, que se llenara de vida. Iba a hacer que se sintiera de nuevo como una verdadera mujer.

Le fue bastante fácil quitarle la ropa a Lewis. Se maravilló del modo en que sus dedos manejaban su sexo de un modo tan natural, como si fuera una verdadera experta. Y no sintió ninguna repulsión al hacerlo. Era como si se hubiera convertido en otra persona. En una mujer desinhibida y con una gran experiencia.

–Olivia –exclamó Lewis cuando la cabeza de ella comenzó a descender.

Ella se detuvo y lo miró a los ojos.

–Está bien –dijo ella, sonriendo–. Deja de preocuparte.

Lewis se quedó mudo después de eso, excepto por el pequeño ruido que sus uñas comenzaron a hacer sobre el cuero del sofá mientras sus dedos se retorcían.

–Ahora quédate exactamente donde estás –murmuró ella finalmente, apartándose el pelo de la cara y sentándose sobre él–. Prométeme que no te moverás.

Él parecía completamente asombrado mientras ella se desnudaba. Se subió un poco la falda y se quitó las medias y las braguitas. Olivia disfrutó al ver que él devoraba sus piernas con la vista. Se dejó la falda puesta, ya que le parecía muy erótico estar completamente desnuda bajo ella. Y tampoco se quitó la blusa. Eso podía esperar.

Luego se dio la vuelta y volvió a llenar su vaso con champán, dando un buen trago, por si el maravilloso efecto del alcohol comenzara a debilitarse.

Llevándose el vaso con ella, volvió hacia Lewis y se subió a horcajadas sobre él, pero apoyándose con sus rodillas, de modo que sus cuerpos no se tocaran todavía. Olivia dio gracias a que su falda no fuera demasiado ajustada. Y luego dio otro trago de champán.

–Creo que yo necesito también un trago –murmuró Lewis, con voz ronca.

–Bebe del mío –dijo ella, alcanzándole su vaso. Él lo vació y lo arrojó detrás del sofá.

–Tengo que advertirte que no llevo preservativo.

–Ya me he dado cuenta –dijo ella con una pequeña sonrisa, mientras comenzaba a desabrocharse la blusa.

–Esto es una locura, Olivia.

–Tranquilízate, jefe. Sólo soy la vieja Olivia. ¿Crees que puedo suponer un riesgo para la salud?

–Habitualmente no…

–Nicholas siempre usaba preservativos. Y yo empecé a tomar la píldora el mes pasado, ya que confiaba en Nicholas. ¡Qué idiota! Pero no te preocupes. Confío en ti, Lewis. Tú eres un hombre honorable.

–¡Honorable! ¡Dios mío! ¿Y crees que esto es honorable? ¿Dejarte hacer esto cuando sé que estas bebida?

–No subestimes tu atractivo, Lewis. ¿Cómo sabes que no estoy haciendo esto porque me moría por ti y me controlaba sólo porque sabía que eras un hombre felizmente casado? ¿Cómo sabes que yo no he fantaseado contigo cada día de estos seis últimos meses, que no he pensado en que me hacías el amor en el laboratorio o sobre tu escritorio o como ahora?

Ella observó que él estaba ya fuera de sí. Una expresión salvaje y primitiva llenaba su rostro.

Le abrió la camisa, subiéndole el sujetador para descubrir unos pechos llenos y duros. Luego, acercó su lengua al pezón más cercano. Olivia echó hacia atrás la cabeza, y soltó un sensual gemido. Mientras lamía el pezón de ella, Lewis le subió la falda hasta la cintura y la colocó sobre él, empujándola luego hacia abajo.

Olivia jadeó. No estaba segura de por qué esa postura les gustaba tanto a los hombres, pero finalmente comprendió cuál era su atractivo para las mujeres. Nunca se había sentido tan llena, su carne atravesada completamente por la de él. Ella se comenzó a mover de un modo instintivo y voluptuoso, subiendo y bajando de un modo increíblemente placentero.

Todos los pensamientos acerca de Nicholas y las ganas de vengarse de él, desaparecieron al enfrentarse a la experiencia sexual más increíble de toda su vida. Lewis estaba agarrando sus nalgas, apretándolas fuertemente y urgiéndole para que incrementara el ritmo. Ella comenzó a moverse más rápidamente.

La cabeza le daba vueltas y sentía que el cuerpo le ardía. Apenas podía respirar. Su boca se abrió y sus gritos hicieron que Lewis se excitara todavía más, comenzando a jadear hasta que sintió el primer espasmo. Soltó un gemido y echó la cabeza hacia delante. Lewis comenzó a gemir y a arquearse, profundizando más en ella.

Olivia a su vez podía sentir su propia carne, que se contraía alrededor de la de él, apretándola, ordeñándola… Las sensaciones casi le hicieron perder la cabeza. Finalmente, él se relajó bajo ella y se hundió en el sofá.

Olivia se quedó mirando la boca jadeante de él y sus ojos cerrados en tensión, mientras volvía poco a poco en sí. Gradualmente, sus terminaciones nerviosas se relajaron y una ola de satisfacción inundó su cuerpo, haciendo que bajara bruscamente de las alturas como si le hubieran arrojado una esponja húmeda a la cara. Una realidad asquerosa reemplazó al júbilo salvaje que ella había sentido un minuto antes y un sudor frío y pegajoso brotó de todo su cuerpo.

¡Santo Dios! Pero, ¿qué había hecho?

Sintió que el estómago se le revolvía. Viendo el estado en el que estaba, trató de arreglarse la ropa, mientras notaba cómo la bilis le subía por la garganta, delatando que se iba a poner mala.

Apenas pudo llegar al cuarto de baño privado de Lewis. Nada más cerrar la puerta, vomitó sobre la papelera. Incluso después de echar fuera de su cuerpo todo lo que había comido y bebido, sintió nuevos espasmos. Y, sobre su frente, aparecieron gotas de sudor mientras se retorcía de dolor.

Por unos minutos, Olivia pensó que se iba a morir. Y casi hubiera deseado morirse. Así no tendría que salir del cuarto de baño y enfrentarse a Lewis.

Le temblaban las manos todavía cuando alcanzó una toalla para limpiarse. Gimiendo, se acercó hasta el lavabo, donde se enjuagó la boca con agua. Finalmente, se derrumbó sobre el frío suelo. Y se quedó allí tirada mientras oía golpes en la puerta.

–¿Estás bien, Olivia?

¿Estar bien? ¿Cómo podía estarlo después de lo que había hecho? Sólo de recordarlo los ojos se le llenaban de lágrimas y el pecho se le tensaba de remordimiento y vergüenza.

–¿Olivia?

–Vete –gritó–. Te digo que te vayas.

–No seas tonta. Estás enferma. Así que me voy a quedar.

–Si no te vas ahora mismo, no sé lo que soy capaz de hacer.

Se oyó un suspiro de Lewis.

–Ya veo. Ya me imaginaba que te arrepentirías después. Y yo también me arrepiento, diablos. Pero me ha sido imposible detenerte, Olivia.

–Por favor –rogó ella–. Yo… no quiero seguir hablando de esto.

–Quieres olvidar lo que ha pasado, ¿no es eso?

–Sí.

–Yo no estoy seguro de que pueda olvidarme.

–Pues tienes que hacerlo. O yo… presentaré mi dimisión.

–¿Tu dimisión?

–Sí.

–No quiero que dimitas. Así que me marcharé si eso te hace sentirte mejor. Prométeme que pedirás un taxi. Te lo paga la empresa.

–Ya me lo pagaré yo misma, muchas gracias. No necesito que me recompenses. Nunca he estado tan disgustada conmigo misma.

–La culpa ha sido de los dos, Olivia, suponiendo que culpa sea la palabra adecuada.

–¿Y qué otra palabra hay?

–Necesidad, quizá.

–¿Necesidad?

–Sí. Pero podemos hablar de eso otro día. Creo que en este momento tu estado no es el mejor para ponerte a discutir acerca de las complejidades de la vida.

–Sólo márchate. ¡Por el amor de Dios!

–Muy bien. Veo que estás tan trastornada, que no puedes razonar, así que te llamaré mañana a casa y podremos hablar sobre lo sucedido ya más tranquilos.

–De acuerdo –dijo ella entre dientes.

–Buena chica.

¿Buena chica? Él debía estar bromeando. Su comportamiento había sido vergonzoso. Lewis no tenía por qué sentirse culpable. No se había aprovechado de que ella estuviera bebida. Había sido ella la que se había aprovechado del estado de frustración en el que se encontraba él. Olivia estaba segura de que Lewis no había estado con ninguna mujer desde que su matrimonio se rompió. Lo sabía porque ninguna mujer le había llamado y él se había quedado trabajando hasta tarde todos los días. Incluso alguna vez se había quedado toda la noche.

No, él había sido célibe desde que Dinah lo abandonó, así que su reacción había sido normal en un hombre joven y sano. Se entendía que no se hubiera resistido a las insinuaciones de su secretaria. Así que la única culpable era ella y sólo ella debía avergonzarse. Y él había sido muy generoso al tratar de excusarla. Ella no se merecía tanto.

–Dime de nuevo que estás bien –insistió él.

–Me pondré bien –dijo ella débilmente. Luego, se secó las lágrimas que le bajaban por las mejillas.

–Lo siento, Olivia. Pero no pareces estar bien. Y no me perdonaría si te dejara en este estado. Déjame entrar.

–No. No puedo.

–Pues tú lo has querido.

Olivia miró boquiabierta cómo Lewis echaba la puerta abajo con gran estrépito.

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