Kitabı oku: «Ansiado rescate», sayfa 5

Yazı tipi:

9

Obus y Bogul avanzaban por las arenas duras de la playa para desplazarse con mayor velocidad, pues la tormenta amenazaba con volcar toda su furia sobre ellos en cualquier momento. A lo lejos pudieron ver como fuertes y potentes rayos descendían de los cielos de manera preocupante, por lo que Obus comenzó a correr sosteniendo a Bogul sobre su cuello.

—Sostente bien hermano, debemos adelantarnos y llegar al sitio donde podamos ascender ya que si alguno de esos rayos toca el agua o la arena mientras estemos caminando caeremos fulminados de inmediato y no podremos hacer nada al respecto.

—Apúrate entonces Obus, no te preocupes por mí, tus brazos alrededor de mí suplen lo corto de mis piernas ya que su longitud no me permite asirme a tu cuello con fuerza. No me sueltes amigo. ¿Falta mucho?

—¿Ves ese acantilado al final de esta línea de bancos de arena?

—¡Sí! lo veo.

—Debemos llegar allí lo más pronto posible. Si la tormenta se desata no podremos comenzar a ascender pues seremos presa fácil de cualquier rayo que pueda caer sobre las piedras, pero en su base, hay unas profundas cavernas donde guarecernos. Solo debemos esperar que no se encuentren inundadas.

—¿Inundadas has dicho?

—Si amigo, inundadas. Cuando crece la marea tapa las cavernas de agua y no podremos entrar, o lo que es peor, si logramos entrar y posteriormente la marea comienza a subir, quedaremos atrapados y no sé si dentro de ellas encontremos algún promontorio donde poder subir para evitar morir ahogados.

—¿Acaso quieres seguir matándome de miedo orco?

—Claro que no amigo, estoy siendo todo lo sincero que puedo ser.

—¿Qué haremos entonces?

—Pues no tenemos escapatoria, o bien volvemos y nos adentramos en el maldito bosque, o seguimos y confiamos en que los dioses guiarán nuestro camino. ¿Qué dices?

—¡Sigamos Obus! y confiemos en que éstos nos protegerán.

Y así la pareja continuó su carrera hacia ese pétreo y gris acantilado que se perfilaba en el horizonte, donde la playa y el plomizo cielo se fundían en una misma imagen atemorizante.

Obus corrió durante media hora sin parar, sosteniendo a su amigo con todas sus fuerzas mientras las gotas caían con furia sobre su cuerpo y el del pequeño Bogul. La lluvia lastimaba sus ojos como látigos punzantes con cada ráfaga de viento, pero en lugar de atemorizar más a la pareja les daba el coraje necesario para proseguir su camino, sabiendo que si se detenían sus vidas estarían en peligro y con ello se desvanecería la posibilidad de rescatar a Sarlo de las garras de Dearge Due.

Los rayos caían cada vez más cerca cuando de pronto uno de ellos tocó tierra a pocos metros delante de ellos arrojándolos contra la dura arena. Mientras caía Obus quiso sostener a Bogul, pero la onda expansiva ya lo había arrancado de su cuello rodando varios metros hacia el mar embravecido.

Aturdido, no se dio cuenta que su amigo estaba siendo arrastrado por las olas mar adentro, y sus gritos de auxilio eran acallados por la furia de la tormenta. Permaneció unos instantes como perdido hasta que un halo de sol pudo colarse entre los nubarrones y por obra de los dioses la furia de la tormenta se acalló el tiempo suficiente para oír los gritos desgarradores de Bogul clamando auxilio.

Entonces levantándose rápidamente de la arena y sin perder tiempo se introdujo en el mar en busca de su amigo en el momento justo en que el cielo se cerraba nuevamente dando lugar a un frente cada vez más oscuro y atemorizante. Su altura le permitió llegar sin problemas hasta Bogul, y asiéndolo fuertemente por los brazos lo colocó nuevamente sobre sus hombros emprendiendo el regreso exigiendo a su cuerpo una fuerza inusitada para poder vencer la maldita corriente que intentaba llevárselos hasta las más negras profundidades.

Lograron llegar a la playa nuevamente y sin permitirse un minuto de respiro corrió lo más rápido que pudo para llegar a la entrada de las cavernas en la base del acantilado. La marea no había subido, aunque las olas golpeaban con fuerza sobre las rocas de la entrada.

—¡Es muy peligroso entrar Obus!

— ¿qué propones? ¿Quedarnos aquí fuera y morir en cualquier momento? O bien ¿intentar observar la cadencia de las olas y saltar en el momento oportuno en que estas se retiren?

Bogul pensaba en silencio.

—No tenemos todo el día amigo.

—No sé… yo… – No tuvo tiempo de terminar la frase cuando de pronto se vio sobre su amigo quien se había lanzado al mar intentando llegar a la entrada de la cueva. Solo pudo asirse de los cabellos de Obus y tratar de sostenerse como pudo, ya que este necesitó de sus dos manos para aferrarse a las rocas con todas sus fuerzas.

Las olas los bañaron y taparon más de una vez, y cuando creyó que iban a ahogarse se vio resurgir sobre su amigo quien había logrado aferrarse a una gran roca y usarla de trampolín para dar un largo salto que los depositó dentro de la caverna. Avanzaron agazapados arrastrándose por las piedras hasta un lugar de la caverna donde las olas ya no entraban, y allí, exhaustos, se abandonaron sobre el suelo para reponer fuerzas.

—¡Casi no lo logramos! ¿Estás loco Obus?

—Loco sería si hubiese permanecido allí afuera esperando tu respuesta. Ya que estaríamos intentando infructuosamente sobrevivir entre las olas del mar.

Bogul quedó pensativo.

—Perdóname amigo, tienes toda la razón. ¡Gracias! – le dijo arrojándose a su cuello en un abrazo que sorprendió muchísimo al orco quien intentó sacárselo de encima – Basta enano, ¡ya es suficiente! Descansemos mientras arrecia la tormenta.

Así dejaron de luchar contra el cansancio, abandonándose a un necesario reposo que sin saber cómo ni cuándo, los dejo dormidos.

Bogul soñaba que estaba nadando en una playa cálida, pero tenía la sensación que a pesar de la tranquilidad de la misma algo pasaba pues sentía que corría riesgo de ahogarse. Fue entonces cuando se despertó y se dio cuenta con horror que el agua de la marea había subido entrando a la caverna y estaba llegando a sus fosas nasales. Se sentó inmediatamente para protegerse y miró a Obus, quien debido a su gran porte ni se había enterado de la situación.

Se arrojó sobre el pecho del orco gritando ¡Obus despierta! ¡La cueva se está inundando! Este estaba tan cansado que no reaccionaba.

Entonces Bogul comenzó a saltar sobre el estómago de su amigo.

—¡Que te despiertes digo!

Obus reaccionó y pudo ver con preocupación que la marea estaba subiendo rápidamente dentro de la caverna; poniéndose de cuatro patas y colocando a su amigo sobre la espalda dijo:

—Nuestra única oportunidad es adentrarnos y rezar a los dioses para que encontremos alguna elevación donde el agua no pueda llegar. ¡Vamos, no tenemos tiempo que perder!

Así se arrastró sin pausa lastimándose sus rodillas y manos con las filosas piedras, que no podía ver con claridad dada la escasa visibilidad dentro de la caverna. Haciendo caso omiso de su dolor, continuó avanzando hasta que llegaron a un lugar donde sintió que podía pararse, pues de algún lado se filtraba cierta claridad permitiéndole ver que la caverna era allí muy espaciosa. Por el mismo motivo pudo avanzar más cómodo, aunque vio con preocupación que el agua también subía casi a la misma velocidad.

No quería avisar a Bogul, quien no podía percatarse de la situación ya que ahora estaba adherido con todas sus fuerzas a su cuello. Sin embargo, en un momento en que Bogul miró al piso se dio cuenta del peligro que se cernía sobre ellos y sin mediar palabra se sujetó con todas sus fuerzas al cuello de su amigo.

—Tranquilo, te prometo que te sacaré de aquí.

Así siguieron avanzando hacia la claridad que se manifestaba más adelante hasta que llegaron a un lugar donde un túnel ascendente permitía ver el tenebroso cielo por el cual caía la lluvia con furia, pero… lejos de preocupar a Obus, le dio la pauta de que por allí podían ascender, ya que cuando los feroces rayos iluminaban la cueva podían observarse salientes piedras a lo largo de esa chimenea, por lo que pensó que con Bogul sobre sus espaldas intentaría ascender para que así tal vez poder escapar de una muerte segura cuando la cueva quedase totalmente inundada por la marea.

No tenían mucho tiempo, puesto que a pesar de la gran altura del orco el agua ya se encontraba por arriba de sus rodillas subiendo con gran rapidez; la escena horrorizaba a Bogul ya que sabía que sin Obus, se hubiese ahogado mucho tiempo atrás.

El orco no se permitió elegir por donde comenzar pues el tiempo claramente conspiraba contra ellos por lo que, sin dudarlo, y aprovechando cada rayo observó las filas de piedras salientes que se recortaban como negros fantasmas a contraluz.

—Aquí vamos amigo, saldremos de aquí.

Bogul no contestaba, ya que entre el frío que sentía y el miedo que lo abrazaba temblaba de pies a cabeza no pudiendo articular palabra. Obus comenzó el ascenso necesitando de ambas manos para asirse con fuerza de cada piedra y con sus pies impulsarse hacia arriba sobre aquellas que iba dejando atrás, por lo que Bogul nuevamente se asió con fuerza de sus cabellos y con sus cortas piernas trataba infructuosamente de rodear el ancho cuello del orco.

En un momento miró hacia abajo dándose cuenta que si caían por cualquier motivo morirían ambos ahogados ya que no podía verse el suelo de la caverna, indicando claramente que el agua entraba con fuerza pugnando por ascender por aquella chimenea que representaba su única escapatoria. Solo rogaba a los dioses que el agua no subiese hasta donde ellos se encontraban, y a su vez le infundiesen a Obus toda la fuerza que ambos estaban necesitando.

Sus manos y pies sangraban profusamente por los cortes que había sufrido al arrastrase por el suelo de la caverna, y el agua salada no hacía más que exacerbar el ardor en sus heridas, pero no podía darse el lujo de detenerse ya que el tiempo era su peor enemigo; si salvaban sus vidas podría ocuparse de curarlas.

Cuando estaban más o menos a mitad de camino de la abertura de la chimenea Obus encontró un orificio en la roca que conducía a un pequeño pasadizo lateral. Al llegar se sentó sobre el piso y gateando lo recorrieron viendo que este terminaba en un desfiladero sobre la ladera del acantilado. Allí agazapados podían ver por la apertura en la roca toda la furia de la tormenta y cómo el mar embravecido bramaba con horror sobre las piedras.

En un momento pensó que quedarse allí sería la solución hasta que la tormenta amainase y la marea comenzase a bajar. Bogul aliviado le dijo:

—¡Lo logramos amigo! ¡Gracias!

Pero algo no le gustaba a Obus, por algún motivo no se sentía tranquilo. Miraba hacia el horizonte y desde ese lugar no se podía ver otra cosa que un mar enloquecido golpeando con toda su furia, mientras rayos poderosos iluminaban el cielo y caían como espadas sobre las olas.

Fue entonces que entendió.

El agua estaba comenzando a inundar el pasadizo. Había llegado hasta ellos. Bogul gritaba enloquecido:

—¡Moriremos Obus, moriremos aquí!

En un principio se contagió de su desesperación, pero luego se dio cuenta que esa misma agua que estaba entrando al pasadizo simbolizaba su salvación.

—¡Tranquilo amigo, tienes razón nos hemos salvado!

—¡Ya lo decía yo! ¡Moriremos aquí y tú estás delirando! – dijo mientras se trepaba a la cabeza de Obus como tratando de mantener sus pies fuera del agua que rápidamente comenzaba a subir por el pasadizo.

—Tranquilo Bogul, que el agua haya llegado hasta aquí es la muestra de nuestra salvación.

—¿Estás delirando orco?

—No amigo, escúchame. Solo tenemos que volver rápidamente a la chimenea y seguir subiendo, este pasadizo será nuestra salvación pues funcionará como vertedero compensador y el agua no subirá hasta el tope, ¿entiendes Bogul?

—No mucho, pero si tú estás seguro te seguiré amigo, no perdamos tiempo.

Así Obus volvió a poner a su amigo sobre sus hombros agarrado una vez más fuertemente de sus cabellos y volviendo a la entrada del pasadizo esperó a que un rayo volviese a iluminar la chimenea para poder ver la primera roca de la cual asirse.

Comenzaron a ascender nuevamente entendiendo entonces Bogul lo que su amigo le había querido decir. El agua que irremediablemente subía por la chimenea, al llegar al pasadizo, se deslizaba a través de él permitiendo así caer el agua como furiosa cascada nuevamente hacia el mar, lo que les permitió seguir ascendiendo no sin dificultades, pero sí sabiendo que ya no correrían el riesgo de morir ahogados.

El ascenso fue duro puesto que las heridas de Obus le molestaban mucho, pero no quería asustar más a su pequeño amigo. De pronto un rayo muy potente y luminoso le permitió darse cuenta que la salida estaba a poco más de diez metros de donde se encontraban dándole la fuerza necesaria para seguir ascendiendo hasta que, con horror, otro rayo le permitió notar que ya no había ninguna saliente rocosa de la cual asirse. Sintiéndose desfallecer se detuvo apoyando su espalda contra la fría roca.

—¡Cuidado Obus! ¿Acaso quieres que después de todo lo pasado muera aplastado por ti?

—Perdón amigo, solo necesito un descanso – respondió tratando de desdramatizar la situación para evitar que Bogul se diese cuenta del terrible fin que sobre ellos se cernía como irónica crueldad del destino.

Allí permanecieron mientras la furia de la tormenta comenzó a amainar, dejando paso al amanecer con su incipiente y tibia luz solar. Bogul se había quedado dormido sobre el cuello de Obus, agradeciendo este que así hubiese sido para que su amigo no notase que, a pesar de todos los esfuerzos realizados, esa chimenea sería su macabra sepultura.

Estaba tremendamente cansado, pero no podía darse el lujo de quedarse dormido pues corrían riesgo de caerse; entonces con mucho cuidado, evitando que su amigo despertase, se agachó sobre la roca saliente para sentarse a horcajadas sobre ella y permitirse así dormitar un poco.

—¡Eh tú!

—¡Oye tú!

Obus sentía voces entre sueños sin poder entender qué le decían, cuando de pronto algo golpeó su cabeza provocando que se despertara completamente. Pudo notar un objeto colgando frente a sus ojos; si bien la tormenta había dejado paso a una fuerte luz del sol, esta lo enceguecía al intentar mirar hacia arriba, por lo que rápidamente bajó sus ojos y en unos pocos instantes pudo ver con más claridad lo que parecía ser una soga colgando frente a él.

Se encontraba a poco más de un metro de dónde él estaba por lo que con mucho cuidado para no voltear a Bogul con un brusco movimiento, pudo tomar con su mano esa soga gruesa que terminaba en un fuerte nudo.

—¡Eh tú! – sintió nuevamente Obus quien, al intentar mirar hacia arriba de dónde claramente provenía la voz pudo ahora observar unas siluetas oscuras que contrastaban con la potente luz solar.

—¡Agárrate de ella y te sacaremos de allí!

Entusiasmado ante el impensado ofrecimiento y agradeciendo a los dioses por esos seres que estaban tratando de ayudarlos, despertó a Bogul quien seguía profundamente dormido.

—¡Bogul! ¡Bogul! ¡despierta amigo! ¡estamos salvados.

Frotando sus ojos con una de sus manos mientras se mantenía aferrado al cabello de Obus con la otra, le dijo:

—¿qué pasa amigo?

—despierta, vamos a salir de aquí.

Bogul intentó mirar para arriba encontrándose sus ojos con las mismas oscuras siluetas que Obus había visto.

—¿Estamos muertos amigo? – ¿Esos son los dioses que vienen a buscarnos?

—¡No!; no sé quiénes serán, pero… son nuestra única posibilidad de salir de este lugar con vida.

—¡Apresúrense! ¡No tenemos todo el día!

—Vamos Bogul, tómate fuertemente de mis cabellos, necesitaré mis dos manos para poder trepar por esta soga.

—¿Soga? ¿Acaso no podemos seguir trepando por las rocas?

—¿Qué rocas amigo? Solo quedan diez metros de lisas paredes hasta llegar a la cima, si estos seres no nos hubiesen encontrado y arrojado la soga jamás hubiésemos podido salir.

—¡Y no pensabas decirme nada!

—¿Para qué Bogul? ¿Acaso algo hubiese cambiado la situación si te lo hubiese contado? Por lo menos hemos descansado unas horas y he recobrado fuerzas para poder trepar. ¡Agárrate fuerte!

—¿Qué te hace pensar que esos seres podrán sostenerte a ti y a mí?

—Querrás decir a ¡mí!; si tú no pesas nada ¡enano!

—¡Ya deja de insultarme pedazo de bruto!

—¡Oigan ahí abajo! No tenemos toda la mañana, si no suben ahora mismo nos iremos de inmediato y que los dioses se ocupen de vosotros.

—¡Subimos inmediatamente! - dijo Obus apurado.

Asiendo fuertemente a Bogul de sus manos lo sujetó alrededor de su cuello. – ¡Agárrate y cállate de una vez! – y sin darle tiempo a nada tomo la soga y se arrojó al vacío. Con un movimiento de sus piernas se asió fuertemente a ella mientras comenzaba a subir ante un Bogul horrorizado que no hacía otra cosa que mirar hacia abajo no pudiendo encontrar el fondo, ya que al haberse vaciado la caverna de agua por la baja de la marea resultaba imposible ver nada con tanta oscuridad.

—No vayas a caerte Obus o moriremos aplastados.

Este no pudo contestarle ante el asombro que sentía porque a pesar de que estaba trepando por la soga se daba cuenta que desde arriba los estaban levantando como si fuesen tan livianos como una pluma.

—¿Qué está ocurriendo?

En pocos instantes llegaron a la cima de la chimenea y Obus pudo asirse de unas ramas y salir al exterior donde el sol brillaba tan alto que lo cegaba completamente. Tuvo su rostro escondido por un tiempo hasta que sus ojos se acostumbrasen después de tantas horas de oscuridad profunda.

De pronto sintió que Bogul saltaba sobre sí gritándole.

—Por todos los dioses Obus, abre tus ojos amigo, no me dejes solo con… con…

Sobreponiéndose a la luz pudo ver cómo esas siluetas oscuras empezaban a hacerse visibles, y con Bogul colgado de su cuello temblando como una hoja empezó a ver con claridad como media docena de orcos los miraban con extrema desconfianza.

10

Clara estaba sentada en el banco bajo los grandes robles con la mirada puesta en el horizonte, cuando de pronto su tía se acercó.

—Querida, ¿en qué estás pensando? no puedo dejar de sentir la profunda tristeza que embarga tu alma.

—No tía Agnes, estoy bien – dijo sin mucho convencimiento ni firmeza en sus palabras, hecho que no fue ajeno a la elfa protectora de Bellitania.

—Mi querida, no puedes ocultarme tus sentimientos, ¡eres tan parecida a tu padre! siempre tratando de tranquilizar a los demás mientras su alma se sumergía en las oscuridades de su desesperación al no poder regresar a casa contigo y tu madre, ¡y todo por defenderme a mí! Por ello estaré permanentemente en deuda contigo con Eloísa y fundamentalmente con él quien lleva años en manos de esa maldita.

—Tú no tienes la culpa tía, nadie la tiene. El sintió que debía salvar a todo el reino y jamás pensó en las consecuencias. Simplemente hizo lo correcto; yo me siento culpable por haber pasado toda mi vida odiándolo con toda mi alma creyéndolo un ser despreciable, cuando en realidad solo debía sentir orgullo por lo que hizo. Pero…

—Pero ¿qué cariño?

—Temo no poder volver a verlo jamás perdiendo la única oportunidad de poder decírselo mirándolo a los ojos, y con ello dejar a mi madre sumida en su inconmensurable tristeza hasta el fin de los tiempos.

—¿Acaso no habías decidido quedarte aquí en Bellitania, con la condición de intentar rescatarlo de las garras de Deargue Due?

—Pero no sé por dónde comenzar tía – dijo mientras Alfredo se acercaba para sumárseles.

—Mi señora – dijo a Agnes con una profunda reverencia.

—Bienvenido Alfredo, creo que es oportuno que mantengas una charla con Clara, tal vez así descubra lo que debe hacer. Si me permiten… – dijo Agnes mientras se alejaba.

—¿A qué se refiere? – le preguntó Alfredo.

—Estábamos charlando sobre el miedo que tengo a no poder encontrar a mi padre y traerlo de vuelta a donde pertenece.

—¿Por qué lo dices?

—Porque no tengo idea por dónde comenzar.

—¿Ese es el problema verdaderamente?

—¿Qué quieres decir? – preguntó molesta.

—Digo que debes estar en condiciones de responderte si el problema es que no sabes por dónde comenzar, o si…

—¿O si qué?

—O si estás arrepentida de la decisión que tomaste al quedarte con nosotros.

Clara lo miró con sus ojos llenos de furia.

—¿Cómo te atreves a decirme esto?

—¿Qué cómo me atrevo? ¿acaso estás jugando conmigo? ¡Sincérate de una vez Clara! debes estar en condiciones de poder responder esas preguntas sin dudar. Si aún no estás segura, obviamente que mientras más tardes en poder respondértelas más tardarás en intentar rescatar a tu padre y con ello cada día correrá más riesgo su vida disminuyendo las posibilidades de traerlo de regreso a donde pertenece. ¿Por dónde comenzar? ¡Pues por el comienzo! Pidiéndole a tu tía que inicie tu entrenamiento sin más dilación. Debes ya dejar de jugar a la triste princesita y convertirte en la elfa que estás destinada a ser. Yo te he conocido como una mujer extremadamente fuerte, está en ti decidir si deseas o no traspasar esa fuerza a la elfa que tu padre, tu madre y todo el reino necesita. ¡Nadie más que tú puede contestar esa pregunta! El día que estés en condiciones de responderla sabrás sin ninguna duda lo que debes comenzar a hacer – dijo Alfredo alejándose y dejándola sin palabras.

Clara quedó paralizada por las palabras de Alfredo. Por un lado, quería alcanzarlo y abofetearlo con todas sus fuerzas por lo que acababa de decirle, pero por otro, muy en el fondo de su corazón sentía que la ira que había despertado en ella obedecía a que Alfredo había dicho la pura verdad y ello la devastó. Había pasado más de un mes desde su llegada a Bellitania y aún no había emprendido ninguna actividad conducente a traer a su padre de vuelta.

Permaneció sentada mirando el horizonte dando rienda suelta a su tristeza tratando que las lágrimas limpiasen el desasosiego que sentía desde lo profundo de su alma; soltando su congoja comenzó a sollozar con fuerza a viva voz cuando de pronto sintió unas suaves manos posarse en sus hombros para abrazarla desde atrás.

—Mi niña; ¡mi bella niña! ¿qué te ocurre?

Clara levantó sus ojos y vio a su madre mirarla con ojos piadosos y amorosos acariciando sus cabellos; sentándose a su lado y tomando sus manos entre las suyas.

—Dime pequeña, ¿qué te ocurre? ¿qué hechos oprimen tu corazón a tal punto que necesitas lloras de esa manera? Dímelo querida, puedes confiar en mí.

Clara no podía hablar, lloraba de tal manera que se le dificultaba poder expresarse con palabras, solo sabía que la presencia de su madre le permitía liberar su dolor con total franqueza, por lo cual, apoyando su cabeza en el regazo de su madre, dio rienda suelta a sus emociones dejando salir todo aquello que había perturbado su alma todo este tiempo más todos los años en que había vivido sin su padre primero y su madre después.

Eloísa solo la acariciaba entendiendo su dolor, permitiendo que este se canalizase libremente a través del corazón de Clara sin ningún límite. Entendía que su deber era simplemente hacerle saber con sus abrazos que no estaba sola, sino que ella estaba allí para acompañarla en cualquier decisión y actitud posterior que tomase.

Con el paso de los minutos se fue tranquilizando sintiendo que su alma se había vaciado de tanto dolor. Lentamente fue bajando su frecuencia respiratoria permitiendo a sus pulmones respirar libremente a un ritmo tal que favoreciese la entrada del aire del bosque hasta la última de sus células. Así comenzó a pensar mejor.

De pronto se incorporó y mirándola a los ojos con todo el amor posible le dijo:

—¡Gracias mamá!

—¿Mamá? ¿Necesitas a tu mamá? Dime cómo se llama para que pueda ir a buscarla querida. ¿Sabes?, yo también tengo una hija, pero trabaja tanto que hace mucho tiempo que no la veo. Te pareces un poco a ella, aunque… no se lo digas, tú eres más bonita – dijo acariciándole el rostro. – Una joven tan bella no debería llorar así, tu madre sufriría mucho si te viese. Ven, seca tus lágrimas para que ella no las vea cuando venga por ti. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Clara.

—¡Clara! ¡qué bello nombre!

—¿Cómo se llama tu hija? – preguntó tímidamente Clara.

—¡no lo recuerdo!, pero… me gusta Clara ¿no te molesta si la llamo así?

—¡Sería un honor!

—¡Sea entonces! mi hija se llamará Clara como tú. ¿Te sientes mejor… Clara?

—¡Mucho mejor!

—¿No quieres que busque a tu madre? no me has dicho su nombre.

—Contigo estoy muy bien, es como si con tu presencia no me hiciese falta mi madre; ¿espero no molestarte?

—¡Claro que no! Para mí también será un honor que me sientas como tu madre.

—¿Te parece que nos veamos aquí todas las tardes?

—¡Hecho mi querida Clara! Aquí nos veremos todas las tardes, cuando el sol comience a perderse en el horizonte. ¿Sabes? Mi esposo está de viaje, no sé bien cuándo regresará, pero vengo aquí todos los días a esperarlo porque… sé que volverá.

—Haces muy bien en esperarlo, estoy segura que en cualquier momento lo verás llegar.

—¿Tengo miedo que no me reconozca sabes?, hace mucho tiempo que no nos vemos y no quisiera que se llevara una mala impresión mía cuando nos veamos.

—¿Por qué lo dices?

—Porque no soy la misma mujer de antes, mira mis cabellos, son un desastre – le dijo mientras trataba de ordenar su cabellera en una actitud que llenó de ternura a Clara quien, tomando sus manos entre las suyas las besó y se paró ubicándose delante de su madre comenzando a dar forma a los cabellos de Eloísa que el viento mecía libremente.

—Si me lo permites, todas las tardes cuando nos encontremos aquí, te propongo peinarte para que sientas todo lo bella que eres y de esa manera estarás todos los días lista para cuando vuelva mi pa… tu esposo – le dijo corrigiéndose inmediatamente.

—¿Harías eso por mí Clara?

—Haría eso y mucho más.

—No te he preguntado cómo se llama tu madre querida Clara.

Dudando unos instantes qué contestarle le dijo con voz firme – se llama Eloísa – Creyó ver una reacción en el rostro de su madre al escuchar su verdadero nombre.

—¿Te resulta conocido?

—Tal vez…– respondió dudando.

—No te he preguntado cómo te llamas tú.

—mmm… no lo recuerdo.

—Si quieres, puedo llamarte Eloísa.

Meditando unos instantes, esta le dijo – ¿sabes qué? prefiero que me llames mamá. Tú necesitas a tu madre y yo necesito a mi hija, te propongo entonces que desde ahora seré Eloísa, como tu madre, y tú serás mi Clara ¿te parece?

—Me encanta la idea – dijo Clara besándola en la frente.

—Ahora vete mi niña, yo me quedaré unos momentos más aquí esperando a mi esposo.

—Por supuesto, te veré mañana y prometo traer todo lo necesario para arreglar tu cabello como hemos quedado.

—Aquí estaré, ahora vete pequeña, debes tener mucho qué hacer.

Clara se quedó mirando a su madre pensando en las últimas palabras que le había dicho… “debes tener mucho qué hacer”. Fue entonces que entendió. Fue entonces que los dichos de Alfredo cobraron sentido al escuchar a su madre. ¡Claro que tenía mucho qué hacer!

Y así se alejó de su madre con la tranquilidad de saber que todas las tardes iba a encontrarla esperándola ansiosamente, y al sentir esa seguridad corrió hacia el interior del castillo buscando a su tía; tenía mucho que aprender, tenía que prepararse rápido sólida y competentemente con el propósito de estar lista para hacer lo que debía.

₺133,34

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
421 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789878716701
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:
Metin
Ortalama puan 0, 0 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 0, 0 oylamaya göre