Kitabı oku: «Playas en la costa caribeña colombiana: Visiones y mutaciones»

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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia

Playas en la costa caribeña colombiana : visiones y mutaciones / Mónica María del Valle Idárraga, editora académica. -- 1a ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2020.

(Humanidades y artes. Historia)

Incluye datos de los autores. -- Incluye bibliografía al final de cada capítulo.

ISBN 978-958-746-340-8 (impreso) -- 978-958-746-341-5 (pdf) -- 978-958-746-342-2 (epub)

1. Playas - Caribe (Región, Colombia) – Historia 2. Caribe (Región, Colombia) – Historia I. Valle Idárraga, Mónica María del, ed. II. Serie

CDD: 986.11 ed. 23

CO-BoBN- a1063469

Primera edición, noviembre de 2020

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Coordinador de Publicaciones y Fomento Editorial: Jorge Enrique Elías-Caro

Diagramación: Luis Felipe Márquez Lora

Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro

Fotografía de portada: Bocagrande. Yessica Chiquillo, 2018

Corrección de estilo: Lasirén Editora

Santa Marta, Colombia, 2020

ISBN: 978-958-746-340-8 (impreso)

ISBN: 978-958-746-341-5 (pdf)

ISBN: 978-958-746-342-2 (epub)

DOI: 10.21676/9789587463408

Hecho en Colombia - Made in Colombia

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Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad de los autores y no compromete al pensamiento institucional de la Universidad del Magdalena y Lasirén Editora, ni genera responsabilidad frente a terceros.

Índice

Las playas en narraciones e imágenes

Mónica María del Valle Idárraga

Editora académica

Hombres en las playas de San Andrés y Salgar: del Puerto Libre al Frente Nacional

Mónica María del Valle Idárraga

La ribera marina como objeto visual: una lectura desde Puerto Colombia

Eliana Díaz Muñoz

A orillas del Golfo: Paisas en playas de plata y manglares

Juliana Javierre y Yessica Chiquillo

Las huellas en la playa. Los mandalas de El Rodadero

Diva Marcela Piamba Tulcán

Imágenes fotográficas de la playa Spratt Bight en San Andrés isla: de la colombianización a la tropicalización

Eduardo Silva Peña

Curriculum autores

Las playas en narraciones e imágenes

Mónica María del Valle Idárraga

Editora académica


Hernando Gómez Restrepo. Monjas en las playas de Santa Marta. Ca. 1960. Museo Nacional de Colombia, donada por Lucía París de Gómez.

Este libro reconstruye de modo fragmentario y polifónico el surgimiento y transformación de varias playas del hoy llamado Caribe colombiano, en el lapso de unos cuarenta años (de 1950 a 1990), en torno al turismo, desde textos literarios y visuales. Los capítulos se tejen en torno a dos argumentos indesligables: para empezar, que cada playa tiene una historia muy propia, por más que comparta algunos rasgos de las playas como espacios de la industria turística global y, así mismo, que en esa historia los textos y las imágenes están haciendo el trabajo de ir construyendo la noción de playa turística o, en la mayoría de los casos que nos ocupan, cuestionando lo que implicó su aparición para las personas y los pueblos ribereños. Es central a este trabajo en su conjunto el ir y venir entre textos literarios y textos visuales. Ese contraste permite alumbrar sentidos inusitados, sumamente variados de un capítulo a otro: en algunos, las imágenes hacen parte de una rebeldía contra el turismo; en otros, hacen parte de su naturalización.

Al concentrarnos sobre cómo figuran las playas en ese material, mediante un abordaje temático, con análisis microtextual acompañado de una contextualización detallada, podemos contribuir a enunciar un momento concreto en la vida de cada playa, así como precisar de qué hablan las escritoras y escritores cuando tratan la franja costera: un hablar para nada homogéneo. El resultado es un denso tejido donde se puede apreciar cómo va naciendo una noción de playa turística, una noción paralela a las intervenciones físicas en el paisaje, y cómo las obras hacen críticas sofisticadas a la transición que la playa turística significó para poblaciones ribereñas. En otras palabras, cada capítulo decanta y hace explícita una retórica gráfica o narrativa constituyente de las obras o las fotografías y que suma su hacer a la institucionalización de la “playa turística” como realidad social, naturalizada, entre esos años, o a poner en evidencia sus deletéreos efectos.

En Colombia, la reflexión sobre las playas turísticas ha corrido por cuenta de la antropología, la biología marina, recientemente la historiografía, la economía incluso, preocupadas por el atropello que representa el turismo y su economía de monocultivo a las poblaciones asentadas en las riberas o que viven de ellas o intentando ofrecer alternativas al turismo depredador. Este estudio agrega una perspectiva necesaria donde escritoras y escritores se revelan partícipes del debate, muchísimo antes de que las disciplinas se aprestaran a notar los acosos de la explotación de las riberas y sus poblaciones. Para subrayarlo, en vista del poco protagonismo y de la poca especificidad que en los análisis sociales se reconoce en el país a los estudios literarios o de corte cultural: el abordaje combinado que hacemos sitúa a intelectuales como Amira de la Rosa y Fanny Buitrago, Jaime Manrique y Hazel Robinson en el ojo de discusiones que recién estamos teniendo como país, los muestra dialogando con la problemática de la oposición “la costa”-“lo andino” (es el caso de Tomás González) que la industria turística recicla convenientemente para sus usos y, más que nada, ilumina no solo posturas sino llamados de atención potentes al camino que iba tomando el turismo en los años sesenta en especial. Este llamado de atención pasa por alinearse con las poblaciones que esa industria empieza a arrasar en su marcha, por cuestionar las acciones de los grupos de élite local tanto como las élites “andinas” en ese escenario.

El proyecto

En julio del año 2016, como Fundación GCaribe. Pensamiento, cultura, literatura, y tras haber venido trabajando durante seis años temas del Gran Caribe, echamos a andar este proyecto de investigación con fondos propios: Memoria de las playas, una pesquisa desde el lente cultural y literario sobre el surgimiento de las playas turísticas en lo que hoy se denomina Caribe colombiano y sobre las formas de socialidad que entrañaron. Algunas personas andinas, otras caribeñas de nacimiento, unidas por un interés en el Gran Caribe y sus temáticas y problemas, interesadas en pensar sobre el agua por vivencias propias y compartidas en viajes a las playas, deseosas de crear talleres sobre agua e interculturalidad (no desde una perspectiva ecológica ni dogmática sobre la conservación de prácticas en extinción forzosa, que creemos bastante paternalista, sino desde el intento por comprender la —a veces misteriosa— relación de las poblaciones riberanas con las aguas y lo mucho que desconocemos de eso), todas pugnando por abordajes un poco desobedientes… eso éramos. De los capítulos proyectados, logramos elaborar los que aquí presentamos. Por fuera quedaron tal vez para urgencias posteriores un trabajo sobre el cuerpo femenino en las playas y uno sobre la pugna entre playas de alcurnia y playas populares, y los usos recientes de esas playas en el marco de promociones de ciudades como Barranquilla, en el contexto global.

Las playas (o sus agentes: los turistas o los lugareños) cuya vida rastreamos son Prado Mar, Salgar y Puerto Colombia, en Barranquilla; Tolú y Coveñas, en Sucre; El Rodadero, en Santa Marta, y Spratt Bay y Sound Bay en la isla de San Andrés. Entre nuestros objetivos, los que efectivamente desarrollamos, guiados por el material que acopiamos, fueron: para empezar, decantar las ideas de “turista” subyacentes al uso de las playas en los textos y las imágenes (tipos de turista, motivaciones, relaciones con los “locales”) y, dos, fundamentalmente, sondear las ideas en torno al mar y la playa relacionadas con el auge y decadencia de estos espacios en concreto. Estos dos objetivos están apretadamente unidos con las ideas de modernidad en Colombia, y con la (aparente) ruptura (y real continuidad) de las divisiones geopolíticas constitutivas del país, esas que lo dividen en focos más civilizados versus otros que lo serían menos, un centro versus unos supuestos márgenes (la cercanía de Córdoba y Sucre a Antioquia, que busca su salida al mar; los mecanismos de apropiación de la isla de San Andrés, la transición de pueblos pesqueros a puertos en Puerto Colombia y El Rodadero son factores ineludibles en esta discusión). Por eso mismo, una recapitulación de cómo esas playas llegaron a convertirse en focos de turismo, y por qué (más allá de su presunta buena ubicación y de su presunta belleza inmediata, y de las decisiones gubernamentales a su alrededor) llegaron a convertirse en playas de renombre, no podrá dejar de contemplar las brechas de clase y de raza que se abren con esa modalidad de explotación y de relación social llamada “turismo”.

Un componente importante de nuestros análisis (porque está en las obras y porque es central en la articulación del turismo de playa) es el género, en la medida en que los lugares propician exclusiones e inclusiones que pasan por los cuerpos: diseños de cuerpos lícitos, de funciones lícitas para ellos y asociaciones de género que invocan las de clase y raza, como pivote de la naturalización de las playas en cuanto espacio recortado dentro de una economía turística.

Esta investigación se nutre de historias culturales del mar como The Sea (Mack, 2011). Así mismo, dialoga con trabajos en el tema del turismo en el Gran Caribe como Resisting Paradise. Tourism, Diaspora and Sexuality in the Caribbean (Nixon, 2017) y From Disease to Desire. Panama and the Rise of the Caribbean Vacation (Charles Scott, 2016). El proyecto estuvo estructurado sobre las nociones de geografía racializada (Múnera, 2005) y playa (Corbin, 1993), como paisaje histórico-cultural. Entre nuestras preguntas guía contamos: ¿cómo se convierte en playa turística una playa como las que estudiamos?, ¿qué atributos se le conceden en textos literarios y en imágenes y qué finalidad cumplen?, ¿varían los atributos de un momento en el tiempo a otro, de un texto a otro?, ¿qué diferencias hay entre una playa como Coveñas, una como Salgar y una como Spratt Bight en imágenes y narraciones?, ¿qué fenómenos específicos de turismo ocurren en estas playas?, ¿qué signos de clase y de raza recorren las figuraciones de la playa en esos documentos?, ¿qué trabajos o funciones sociales se describen y con qué finalidad?, ¿cuáles de esas funciones son visibles, y aceptadas y cuáles no lo son?, ¿cómo juegan las visiones de género en estas playas?

La búsqueda de material para esta investigación nos dejó ante sorpresas archivísticas como las fotografías de playa (en especial cartageneras) compiladas por la Universidad Tecnológica de Bolívar, de acceso público en su fototeca en línea (Biblioteca Daniel Lemaitre Tono). Estas fotos valiosísimas están por fuera de nuestro marco temporal (las hay desde los años veinte) pero son claves para investigaciones futuras de otras playas (El Cabrero, por ejemplo) y de poblaciones locales como los libaneses, que las vivían y las disfrutaban antes de la ola turística que les cambiaría su función. El suplemento dominical En la playa, producido por El Universal de Cartagena entre el 6 de septiembre de 1987 y el 29 de agosto de 1991, según existencias en archivo de la Biblioteca Nacional de Colombia, amerita un estudio específico, pues en sí mismo es un síntoma y permitiría analizar otros matices de la institucionalización discursiva y visual del turismo así como giros en la comprensión de las playas, otros usos como los deportes de viento y mar, el buceo, y el ingreso de las narrativas conservacionistas. Pero también asuntos como transiciones en la moda playera y leves virajes en el tipo de turismo que convocaban playas específicas (del turismo de romance al turismo familiar, por ejemplo).

Del lado literario, inicialmente tuvimos dificultades para hallar textos donde figuraran las playas para la época de nuestro encuadre, y terminamos desbordadas por la cantidad de narraciones de escritoras y escritores (de la “costa” Caribe y del interior del país) donde la playa juega algún papel. Cribamos por preferencias personales, a veces, pero en ocasiones también por prominencia de esa figuración en la obra o incluso porque podíamos alinear una interpretación con otras. Nuestra conclusión, hoy en día, es que si hiciéramos para el país un estudio siguiéndole el guiño a Corbin y a su libro El territorio del vacío (1993) sobre las transformaciones de las playas francesas en el siglo XIX a través de la imaginación filosófica y literaria, tendríamos suficiente material, de una variedad pasmosa, para elaborar un mapa de visiones de la playa en la Colombia de los últimos sesenta años, un período agitado para las playas en el mundo en general. Entrarían en este corpus textos suculentos del Pacífico colombiano y numerosos textos recientes del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

Este estudio en su conjunto desarrolla solo un lado de un tema que no nos concierne en exclusividad. En lo que hoy llamamos el Gran Caribe, las playas turísticas empiezan a coger auge desde los años 30, 40 y algunos de los atributos que se anexan a la promoción de las playas turísticas de “la costa” en Colombia reverberan sobre esas playas previas que son como los sitios de ensueño a los que las playas colombianas aspiran a parecerse (en la publicidad o en la mente de los empresarios: de arena blanca, con hoteles de alcurnia). Uno de los modelos de los hoteles de lujo en el Gran Caribe es el Myrtle Bank, de factura y gerencia estadounidense, en Jamaica (Thompson, 2006). A este respecto, hallamos pocas historias de la hotelería en Colombia (Moreno Riveros, 1981; Valencia Caro, 2011), y en particular en la “costa” como para poder hacer una comparación sustanciosa del desarrollo de la hotelería en Cartagena, Santa Marta, Barranquilla y el desarrollo de la hotelería en el Gran Caribe. Un estudio dispendioso, pero nada inútil, sería el de una historia del tipo de playas (arenosa o rocosas, de arena clara o de arena oscura) y su relación con cambios en modalidades de turismo, así como su relación con folletos de promoción turística del Gran Caribe traídos a Colombia. En los periódicos que revisamos, hay algunas huellas dispersas de elogios a playas como las de Aruba, que pueden haber jugado un papel en la re-producción de playas “icónicas”, de arena clara, en el país. Son líneas de pesquisa pendientes para estudios posteriores.

Pero, de otro lado, no teníamos un estudio contrastado de este tipo que contribuyera una perspectiva local desde la imaginación literaria a esta dinámica de creación de las playas turísticas. En la “costa” colombiana, esa playa nace gracias a la conjunción de varios elementos, que aparecen con distinto peso en los capítulos de este libro. La playa turística de los años 1950 es posible porque empiezan los vuelos económicos desde el centro del país; porque media el cine (Barón Pino y Ordóñez Robayo, 2011), porque los nadaístas andan buscando paraísos no urbanos ni capitalinos y viajan a ellos y los publicitan; porque los médicos empiezan a diagnosticar el estrés y a recomendar el ocio (Castaño González, 2017). Y porque en la coyuntura del Frente Nacional el juego “costa”-“centro” empieza a vibrar sobre otros resortes que incluyen el comercio marítimo y por ende el reconocimiento de élites políticas de la “costa” como actores renovados en este panorama político. Esos son los hilos que tensionan las obras y las imágenes que analizamos.

Los recientes destrozos del huracán Dorian en las Bahamas, la acuciante crisis en San Andrés y el archipiélago, las mareas de basura que llegaron hace poco a las playas de Puerto Colombia y los efectos de la suspensión temporal del turismo en el Gran Caribe durante la pandemia del Covid 19 nos obligan a volver a pensar nuestra relación con los paraísos de arena, con las dinámicas extractivistas, con el simple placer de ir a la playa, tanto si somos habitantes de los lugares aledaños como si somos turistas ocasionales. ¿Podríamos vivir sin ir al mar, sin disfrutar la playa? no parece ser una pregunta que se pudiera hacer en medio de la promoción del ecoturismo y que ni siquiera se escuchaba en medio de los alegatos contra el calentamiento global, pero que la pandemia obligó a pensar. Como estudiosos de la literatura y de la imaginación, nuestra pregunta podría ser: ¿Hacia dónde nos estará llevando nuestra imaginación, qué otro camino nos estarán mostrando las obras? ¿Qué contendrán, como visión de la playa, del mar y del turismo, las obras más desafiantes al respecto hoy en día? Después del cronotopo “playa turística” de la costa colombiana cuya construcción despliega este libro, ¿qué vendrá?

Obras citadas

Barón Pino, M.S y Ordóñez Robayo, C.A. (julio-diciembre, 2011). Postales audiovisuales. Exotismo, turismo y Pa´Colombia. Calle14 5(5): 80-92

Castaño González, E. (enero-junio, 2017). Reposar para trabajar: de la fatiga psicológica al universo del estrés. Colombia, 1937-1991. Historia y sociedad (32): 49-82

Charles Scott, B. (2016). From Disease to Desire. Panama and the Rise of the Caribbean Vacation. Tesis doctoral, U of Texas.

Corbin, A. (1993). El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa (1750-1840). Danielle Lacascade, tr. Madrid: Mondadori.

Mack, J. (2011). The Sea. A Cultural History. Londres: Reaktion Books.

Moreno Riveros, M. (1981). Aspectos históricos de la hotelería en Colombia. Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia, 116(35). 18 p.

Múnera, A. (2005). Fronteras imaginadas. La construcción de las razas y de la geografía en el siglo XIX colombiano. Bogotá: Editorial Planeta Colombiana.

Nixon, A. (2017). Resisting Paradise. Tourism, Diaspora and Sexuality in the Caribbean Culture. U.P. of Mississippi.

Thompson, K. A. (2006). An Eye for the Tropics. Tourism, Photography, and Framing the Caribbean Picturesque. Carolina del Norte: Duke U.P.

Valencia Caro, J. (2011). Cronología para un estudio del turismo en Bogotá. Documento personal en línea. 66 p.

Hombres en las playas de San Andrés y Salgar: del Puerto Libre al Frente Nacional

Mónica María del Valle Idárraga

“Las Arenas no son infértiles. Aposentan el silencio en todo ese ruido que las rodea” (Tratado del Todo-Mundo, Édouard Glissant)


En la arena, con su padre. Foto tomada en las playas de Coveñas hacia 1980 durante una visita vacacional. Foto reproducida con permiso de Ana Milena Jaramillo.

Preámbulo a unas anotaciones sobre cuerpos y playas

Nací entre las montañas de un valle. Y me identifiqué hasta muy tarde en mi vida con los versos de un bardo nacido en la misma cuna: “No he visto el mar. Mis ojos/—Vigías horadantes, fantásticas luciérnagas;/ mis ojos avizores entre la noche;/ […] mis ojos vagabundos/ no han visto el mar”. Cuando pude ir a su encuentro, llevaba a cuestas ese poema, y otro regalo poético que había sido una forma de la complicidad con un amante literato: quien se ofreciera a acompañarme al mar debía ser capaz de describirlo magnamente previo a mi contemplación. Su trabajo probaría si era digno del amor. Cuando llegué a la ribera, acompañada de otro enamorado, mudo para la descripción, las anticipaciones literarias me parecieron más espléndidas y memorables de lo que esa gran sábana verde-azul me suscitó.

Solo ahora comprendo que esa vista y esas expectativas encajaban en un encuadre del mar y de la “costa” colombiana que mi generación, mi género y mi clase vivieron como su mar: el mar para el romance, el mar tranquilo y placentero, la sal y el perfume del calor salobre, un lugar sin ningún habitante en los alrededores, ningún vendedor de pescado, ni siquiera de pulseritas y ceviche. Solo el mar. O mejor: el mar solo. De cierto modo, los Paisas de mi grupo fuimos como el veedor que Mary Louise Pratt vio en los cronistas y exploradores coloniales: creímos, o fingimos, descubrir solos y por primera vez la inmensidad del mar que era para nosotros la corona de un territorio que considerábamos nuestro, algo allí arribita del croquis de una gallina donde nosotros vivíamos. Esa es mi primera versión del mar en su superficie. El primer encuentro.

El siguiente fue el mar por dentro. Varios años después, una madrugada de noviembre, en las mismas tranquilísimas aguas de El Rodadero, por la zona de las viviendas populares, me sumergí, cerquita a la playa: abajo, en la superficial arena entre un agua medio turbia, nada azul, había un gran mojón enroscado. Lo contemplé estupefacta un buen rato, flotando sobre él, preguntándome si era de humano, pero en ese caso, ¿cómo es que no se había deshecho entre corrientes antes de ir a parar casi a los pies de cualquier turista? Luego, en la casa donde nos alojábamos, me explicaron que aquello era lo que un cierto pez devolvía al mar. Lo creí a medias. Pero así entraron a mi retrato del mar los peces y otros animales, que hasta entonces tenía disociados de su hábitat: para mí los peces venían todos del río Magdalena, a su paso por Puerto Triunfo, donde vivía parte de la familia que los enviaba para Semana Santa.

Después vinieron elaboraciones muy sofisticadas, a la par teóricas y vivenciales: el eros de la lejanía, esa mirada fija en el horizonte sobre el mar que Lezama Lima conceptualiza amorosamente y que yo compartía porque temía el ahogo. Su periscopio letrado al fondo del mar de La Habana, con una danza de peces multicolores y un tiburón, y dos amantes alejados en el espacio que se tocan los dedos en una forma poética anticolonial, familiar de la hidromancia. La versión inglesa de esa misma mirada, anclada sobre la profundidad, de los poetas Brathwaite y Walcott, la unión submarina, la historia es el mar, que sumaron al asco del primer mojón el escalofrío de la muerte masiva de africanos, en especial, y que al hacerme bajar los ojos hacia mis pies en el agua me mostraron en las aguas de la bahía de Fort de France que las corrientes son múltiples, en varias direcciones, recorridas y pobladas por legiones, dispersas, y no una tranquila onda sucesiva y lineal. Así el mar, en un ángulo óptico distinto, empezó a develarse más bien como construcción ficcional, como vehículo histórico.

Por mi piel, que se resiente de la sal y del sol, viví la tercera materialización del mar, una línea dolorosa como la anterior, una forma encarnada de la historia en mi subjetividad Paisa, también esta vez. En el seno de una bahía chiquita, pública, colindante con un antiguo escenario de curación por aguas altamente exaltado, de nuevo, por Lezama Lima —Doctor’s Bay, en Montego Bay—, un 31 de diciembre, al ocaso, fui objeto, con horror, de la colonial, contradictoria fascinación por la piel blanca. En mi adolescencia, ir al charco o la piscina, o al pueblo de mis primos en San Carlos, o usar falda, me implicaba ser objeto de burlas por esa piel lechosa y enfermizamente delicada, que aun de noche me delataría si estuviera expuesta en algún trance desnudo. Esa piel que sin embargo era apreciada en lo seco de las reuniones sociales, en el brumoso futuro de un buen matrimonio. En aquellas aguas de Montego Bay, una niña de unos once años, delgadita, con dos enormes y acariciantes ojos, imitada por dos niños menores, casi difuminados con la noche que llegaba, me seguía, intentando aprisionar mis pies entre sus manos, un codo, algo mío, lentamente, entonando un mantra incrédulo: what a lovely complexion! Como si en reversa de las macabras historias del jabón blanqueador de pieles, esa superficie nacarada tuviera que rasparse o tocarse a fondo para constatar su realidad, su existencia, su propiedad preciada.

En otros momentos, en otras playas del Gran Caribe, presencié con pasmo la cuarta forma de materialización del mar: unas bellezas sonoras. En Barbados, un hombre corpulento, de piel oscura, cantaba un arrullo en las aguas y a ellas, mirando al horizonte, cuando la luna empezaba a mostrarse. Semi-sumergidas en una ensenada de Sint Maarten, dos mujeres gruesas, de impermeables y entrecanas trenzas, cantaban casi en susurro alguna melodía dulce al elemento que las rodeaba. De este mismo talante adorador fue la fiesta a Agwe Taroyó en una playa de Jacmel, en Haití, durante un julio jubiloso. Y el canto espontáneo que tres adolescentes le hacían, mientras sus cuerpos rodaban sobre las piedras de un mar picado, en Cabo Haitiano, y sus manos me jaloneaban intentando no dejarse llevar por el agua, entre juguetonas y asustadas.

Y así, de onda en onda, arribé a aquel momento en que, caminando con gente querida por las arenas de Pradomar, atravesé, huyendo de una playa con jaulas recubiertas de tul azul, un caño de aguas residuales que desembocaba en el mar. Iba irritada. Para apaciguarme, caminé la estrecha franja oscura de esa playa, por sobre grandes rocas, en dirección contraria a las casetas para turistas. Y regresando a donde estaba la compañía, viéndolos desde la distancia, imaginé la misma playa Paisa del inicio y hubo una oleada de preguntas: ¿cómo habíamos llegado a esta forma de hotel expuesto que es una playa para turistas?, ¿a sus platos servidos, y sus altos precios, a su limpieza para el visitante, a las techumbres de paja y a las sillas plásticas? ¿A los perros playeros? ¿A las gaviotas chillonas hambrientas de sobrados? ¿A los cuerpos presentables en bikini? ¿Al asedio de hombres de canillitas flacas sobre esos cuerpos interioranos? ¿A la idea contigua de que esos cuerpos de canillitas flacas eran también deseables? ¿Al bronceador? ¿A las playas blancas de arena fina y mares turquesas por sobre las de arena acerada y agua herrumbrosa?

Esas preguntas fueron hallando respuestas parciales, pero más que nada suscitaron un delta de cuestionamientos en los ires y venires entre los textos y las conversaciones… con Eliana Díaz en los oníricos, incendiados territorios de Sam Lord, en mis propias pisadas en el Pacífico y en otras partes del Gran Caribe, y en la imprevisible, nutricia y sorprendente experiencia de las riberas y las aguas con Dany: Negril, Maracas, Manzanilla Bay, el Canal de Panamá, el Amazonas, el Río de la Plata, el Paraná, Piangüita y Magüipi, Buenaventura. ¡Qué pocos cuerpos como el suyo pasean por las playas! ¡Y por qué es así! ¡Cómo su cuerpo se adormece en las lanchas y cómo avanza sobre las olas! ¡Qué pocos como él son capaces de percibir los ángulos en que los discursos intentan definirlos y delimitarlos!

Todo eso fue: el mar, el agua, traída y llevada, encorsetada, soñada; la playa, inventada y vendida como un enorme y mullido sofá. La arena, todo, menos silenciosa; más bien: inquieta, pegajosa, imantada, formidable bajo el microscopio. Efectivamente fértil y mil veces glosada.

Las páginas que siguen son mi exploración de algunas de las formas como el mar (y la playa) del Caribe se ha construido en Colombia, y de cómo esa construcción ha atravesado ideas sobre los cuerpos, el mío incluido. Como Paisa, como Caribeñista, como intelectual comprometida con sondear las narrativas que han otrificado lo Negro en el Gran Caribe (Colombia incluida), en este caso, pasándolo por agua, o expropiándole sus aguas, este capítulo busca contribuir a explicitar algo de ese encuadre. Porque no contemplamos el mar con inocencia ni nos hundimos inocentemente en él, sino que siempre lo estamos contemplando y nos estamos hundiendo en sus teorías.

***

Esta investigación se mueve entre documentos visuales, fotos y textos literarios, detallando varias formas de masculinidad que circularon y se posicionaron entre los años de 1950 a 1990 en Colombia.

El argumento que aquí desarrollo (heredero de los estudios de género) es que los espacios y los cuerpos se prestan sentidos mutuamente, de manera que analizando los cuerpos públicos/publicados de algunos hombres (en su sentido óptico biólogico) en algunas playas de Colombia, durante el período señalado, podemos apreciar qué significados se otorgó a los lugares que sirven de escenario a esos cuerpos. Los pilares de esta premisa son preguntas como estas: ¿Cómo se construyó el espacio que llamamos playa? ¿Qué significado se atribuyó a esos lugares (en particular, Punta Paraíso, Johnny Kay, Bahía Sardinas, en San Andrés, y Salgar, en Barranquilla, y de un modo impreciso algo llamado “la costa” por parte de otros narradores). ¿Qué relaciones se presumen o se declaran en documentos visuales y en textos literarios entre locales y foráneos? ¿Qué cuerpos de hombres se exhiben en esas playas?, ¿cómo se exhiben?, ¿para qué se exhiben o son exhibidos? ¿Cómo la presencia y exhibición de estos cuerpos modula el lugar y, a su vez, cómo el lugar modula las expectativas sobre esos cuerpos y sobre el género al que representan y que es interpelado por medio de su exhibición?

El supuesto de este trabajo es que las formas de la masculinidad son varias, que sus sentidos son múltiples y a menudo yuxtapuestos. Sin embargo, en el marco del lapso temporal del trabajo, que corresponde burdamente al período del Frente Nacional (y sus prolongaciones en los años 1980), hay algunas masculinidades fuertemente atadas al surgimiento y posicionamiento del turismo. Es la época de la transición del mundo andino al mundo costero, incluyendo la isla de San Andrés, uniformada bajo el criterio de “costa”, cuando el ordenamiento regional no había inventado aún la noción de insularidad. En este período fue precisamente cuando las islas y el litoral caribeño colombiano se conceptualizaron como “costa”, sinónimo de “playa” y de trópico, pues fue el inicio y potenciación del turismo del centro del país hacia estos destinos.

Me ocupo entonces de formas de masculinidad, que surgen o se articulan y conviven a lo largo de este período, pero se dejan precisar en tres momentos distintos, según una caracterización donde ideales de caribeñidad (para entonces más propiamente “antillanidad”) y costeñidad se entretejen, y a menudo chocan pero se entrelazan, sin embargo, con la ostensible borradura o invisibilización de masculinidades racializadas, global y localmente.

Divido este texto en dos apartados: Ver e Imaginar. En el primero, trato los procesos de montaje y posicionamiento de una masculinidad hegemónica centralista, Blanca, enfocada sobre las playas de San Andrés, a comienzos de los años 1950, y que explota en un desplazamiento de los interioranos como viajeros de paso en busca del mar, hacia los litorales del país hacia el mar Caribe en los años 1980, según se puede apreciar en las páginas del suplemento En la playa, de uno de los destinos turísticos más populares del momento: Cartagena. En el segundo apartado, Imaginar, reviso dos textos literarios (El cadáver de papá, del barranquillero Jaime Manrique y “Tumba de junio”, relato de la colección Bahía Sonora, de la también barranquillera Fanny Buitrago), cuya temporalidad narrativa es la de los años que convocan esta investigación, y donde se escenifican o bien masculinidades alternativas, ausentes de los documentos visuales, o bien masculinidades hegemónicas fracasadas.

Ver

La imagen es un mecanismo profundamente efectivo para la circulación y reproducción de valores culturales, en tanto cohesiona detalladamente rasgos varios y permite la convivencia de ambigüedades, condensa apretadamente múltiples expectativas (por ejemplo, de clase, raza y género); da cuerpo visible a imaginarios, afectos y supuestos de otro modo intangibles; imanta el deseo colectivo; nos interpela individualmente.

Con fotografías de tres momentos podemos trazar el arco de la construcción de la playa de la “costa” Caribe como lugar de recreo en Colombia. Un primer momento que denomino de “autorización”, un segundo de “dominación” y un tercer momento de “andinización” o de consolidación de las playas como destino turístico de gente del centro del país. Esas tres visiones de las playas se articulan sobre tres tipos de cuerpo masculino que son tres ideales que operan como ejes de promoción y validación de la figura del “turista del centro del país” en las playas de la “costa” y el archipiélago colombiano, mientras recortan lugares (en este caso, la playa) y asignan cierta función también a los lugareños. Estos ideales aunque corresponden a un tiempo y un lugar, a veces coexisten. Para fines de estos análisis, entenderé por “hombres”, cuerpos de aspecto biológico varonil (ataviados como el momento dictamina que deben vestir y con comportamientos hetero-normativos, según una norma social correspondiente), sobre los que recaen ciertas interpelaciones en torno al deseo y su objeto público, interpelaciones sobre su función social y su apariencia, que se pueden reunir bajo dos funciones perceptibles: la paternidad y la seducción, ambas fundadas sobre una disyuntiva heteronormativa donde el cuerpo en cuestión es la nota dominante.

Autorizar

Esta primera foto (figura 1) es deslumbrante por inédita. No son públicas imágenes similares de presidentes colombianos antes de esta ni poco después. En ella, el presidente Gustavo Rojas Pinilla —por lo demás militar—, está sentado a orillas del mar de San Andrés, con medio cuerpo dentro del agua, rodeado de otros catorce o quince hombres. La foto fue tomada desde el mar, un ángulo igualmente escaso en las fotografías de playa del momento, de modo que podemos apreciar las riberas, sembradas de palmeras, una rugosa vegetación baja entre ellas, algunos fardos ya bordeando el agua, alguien más que apenas llega y se apresta a unírseles, en vestido de baño.

Figura 1. El general Gustavo Rojas Pinilla y sus ministros: primera visita presidencial al Archipiélago, noviembre de 1953. Revista Credencial, edición 36, diciembre 1992. Recuperado de: http://www.banrepcultural.org/node/32418


La foto fue tomada durante la primera visita oficial del presidente a la isla y por señales de Archbold (1962), podemos ubicar la playa como la franja de arena de la casa de visitas presidencial en la isla:

Al oriente de la población de San Andrés, a una distancia aproximada de 1 km, está la casa presidencial de veraneo: el conjunto de edificaciones que componen esta hermosa residencia presidencial están localizadas en el lugar más bello de la isla, y lo indica todo su nombre: Punta Paraíso. (p. 16)

El hombre —Rojas Pinilla— y el lugar (su nombre: Punta Paraíso) son intercambiables en importancia. No en vano San Andrés, al igual que otros lugares insulares o playeros, será asociado hasta el día de hoy, dentro de la empresa turística, a eso precisamente: un paraíso.

Como en una pintura pastoral, con esa composición donde todo se aglutina en torno a un personaje central en un ambiente sin ninguna distracción, sumamente calmo, los ministros de Rojas Pinilla lo circundan. Son hombres maduros, blancos, en pantaloneta muy corta, alguno de ellos con lentes de sol. Lucen muy relajados, y más parecen en una coreografía orquestada, que en una aglomeración espontánea de hombres. Pese al orden, no dan la impresión de estar posando para una foto. Semi-sumergidos, sentados en el agua, acodados, algunos haciendo ondas con la mano sobre la superficie marina, estos hombres están en una actitud casi infantil y femenina: medio desnudos, en reposo, en amena conversación, evocan lo que pictórica e ideológicamente se ha reservado en Occidente para lo femenino.

Con esta foto, tomada en noviembre de 1953, se provoca un cambio que tiene plena relación con el nuevo estatuto que San Andrés adquirirá en el país (como Puerto Libre) a partir de esta visita presidencial y ministerial. Esta foto del presidente en la playa y en esta actitud tan desenfadada codifica estos dos mensajes: las playas de San Andrés son playas de Colombia y el mar produce un sujeto descansado, tranquilo, casi ajeno al poder. Este envío sutil acompaña a otro igual de poderoso: las playas sanandresanas son idóneas como terreno destinado para cierta actividad entendida como ocio.

Es oportuno acentuar la ausencia de lugareños en la foto, bien sea por no pertenecientes al grupo o por la exclusividad “presidencial” del lugar. Esto promueve una sensación de intimidad entre los cuerpos allí dispuestos y la playa que subraya la noción de que la playa pertenece al visitante (en este caso, al presidente y por extensión a los que sean como él), de que la playa como sitio de disfrute es para el turista, para el foráneo. Ahora bien, es preciso insistir en que esta playa con matorral y con palmeras es una playa de ese momento, pues con los años siguientes la playa ideal para el turismo andino, masivo, será mondada de vegetación, aplanada, dejada como una sábana de arena (preferiblemente blanca).

Dominar

Figura 2. Ministro de Hacienda, Carlos Sanz Santamaría en “el Cayo Johnny, en donde se le tomó la presente gráfica”, según el pie de foto del semanario The San Andrés Bilingüe, 21 de diciembre de 1963, p. 8. Foto de Ramírez, especial para el periódico.


Pasan diez años desde la visita de Rojas Pinilla y se registra de nuevo a un político andino en una playa de San Andrés. Se trata del ministro de Hacienda, Carlos Sanz de Santamaría, durante la presidencia de Guillermo León Valencia. El fotógrafo lo persigue en este viaje, que respondía a muy tensas y agitadas relaciones entre la isla, como Puerto Libre, y la Colombia continental, donde los gremios económicos llevaban una campaña intensa contra el Puerto Libre (Del Valle, 2019). El ministro iba a la isla, que se encontraba en el meollo de las acusaciones de entrada de contrabando, a calibrar los ánimos respecto al Puerto Libre, a revisar los mecanismos de la salida de mercancías hacia el país. Pero en las islas se sospechaba que Sanz de Santamaría pudiera venir a clausurar el Puerto Libre. Los titulares de primera página responden a ese temor: “He venido a estudiar los problemas de las islas, dijo Santamaría”, “Que no, pero que sí…”, “Los gremios no han pedido suprimir el Puerto Libre”.

En esta primera página del periódico local hay cuatro fotos en grande de la visita del ministro (en vuelo de Avianca, la misma aerolínea colombiana que promocionaba los vuelos turísticos entre Barranquilla y Miami o esta isla): en dos de ellas con la presencia de carteles de saludo y bienvenida o declaraciones sobre la pertenencia de las islas a Colombia, y una caricatura donde los personajes alegóricos de las islas ansían estabilidad en el año siguiente. En la misma página, en la esquina inferior izquierda, hay un aviso sobre el “censo de construcciones, vivienda, socio-economía, comercio e industrias, como parte primera y básica del Plan Regulador Urbano (Plan Piloto)”, anunciado para al año siguiente, medida no distante de toda la problemática del Puerto Libre, en tanto sus efectos sobre el poblamiento de la isla serán notables años después. En la página 8, donde se desarrolla la noticia, se ve al ministro en dos lugares: el aeropuerto (uno de los nódulos del problema económico, pues era el filtro de las mercancías y de los que llegaban a las islas en función de compradores o de habitantes) y la playa de Johnny Kay.

En esta segunda foto, el ministro aparece en una actitud más acorde con lo que se presume icónicamente masculino, tradicional: tiene una bebida y un cigarrillo en la mano, está de pie (no yacente), en traje de baño ya de otro momento, y rodeado de una composición más tradicionalmente paternal: mujeres y niños jugando. No se ven, del Cayo, sus palmeras, ni su extensión. Solo la arena y por sobre su hombro derecho, en la línea del horizonte, el mar. Esta vez, el ministro está en un lugar aún más equiparado a la isla: Johnny Kay, protagonista de folletines turísticos y de postales de la isla.

Es llamativa esta aparición, que hace eco a la de Rojas Pinilla en la Playa Paraíso de diez años atrás, pues no solo se escoge y se hace circular una vista de un personaje de jerarquía política en la playa, en traje de baño de nuevo, sino en especial porque se usa como trasfondo este Cayo, sinónimo de la isla en la publicidad turística. No hay noticias de la circulación de la foto de Rojas Pinilla, pero esta de Santamaría es noticia de semanario, uno que se autoproclama como buen medio para anunciantes comerciales debido a su circulación en Panamá, Centroamérica y finos lectores en el país.

Podemos adelantar algunas conclusiones de esta aparición si notamos la yuxtaposición entre las dos imágenes de Sanz de Santamaría (en el aeropuerto y en la playa) y el inserto promocional sobre lo ventajoso de San Andrés para la inversión comercial, un aviso que está en la misma página 8 y que ocupa un buen espacio allí, como columna de soporte de las fotos del ministro. En este aviso no se invita a la playa, sino que se ponderan las bondades de la isla para inversionistas colombianos1, pero si el objetivo era exclusivamente ese, bien se habrían podido evocar visualmente los almacenes de mercancía de la isla. En otras palabras, se traslapan dos mensajes en esta página: que San Andrés es un buen foco de inversión (algo lógico, dado el momento de la visita) y, simultáneamente aunque de modo tácito (solo mediante la foto de Sanz de Santamaría en esa playa), que la isla tiene playas donde hasta los ministros van (junto con niños y mujeres). Eso acentúa la deseabilidad de las playas para un público general, para una familia promedio colombiana del momento, y de San Andrés como destino a la vez de mercadeo y de turismo para los colombianos continentales.

Simultáneamente, por la cubertura dada a esta visita, es tácito un mensaje donde la playa local se ofrece como mercadería al visitante. En otras palabras, se promociona un lazo entre Colombia y San Andrés que en momento concreto es de importancia para la élita política y comerciante de la isla. Es una efectiva foto de doble vía: refuerza el dominio colombiano sobre la isla (en tanto el Ministro pisa sus playas) y “entrega” simbólicamente esas playas al país (en tanto la élite local se siente aliviada de los resultados que esta visita dará).

Estas dos fotos enmarcan un periodo durísimo para el Archipiélago. Nada más dos años después, todavía en medio del debate sobre la conveniencia (y el para quién de esta conveniencia) del Puerto Libre, el archivo intendencial se quemará totalmente cuando las bodegas del Puerto se incendien la noche del 21 de enero de 1965.

Estas dos fotos, entonces, condensan el empeño isleño y continental por volver turísticas las playas de la isla al calor de su función como Puerto Libre. El elemento más llamativo es que esta promoción se haga teniendo como eje las figuras gubernamentales, que son las que han impulsado la conformación del Puerto Libre y que esas figuras sean masculinas. Esto es notable porque no es el rasgo común: la playa tenía, y seguirá teniendo en los años siguientes, una marcada feminización: desnudez, reposo, pasividad, juego infantil, son las caracterizaciones que se le asocian. Pero estas dos fotos funcionan en un registro totalmente opuesto: hombres, políticos, semidesnudos, algunos de ellos en actitud blanda.

En el arco cubierto por estas dos fotos se cifra, a mi parecer, la propuesta de unas playas antillanas, paralelas a las que los turistas del interior del país estaban acostumbrados (o venían acostumbrándose), a las que se podía llegar por tierra. Se marcan estas playas como terrenos superiores en la medida en que son usadas por los políticos. Y de paso, para el país, se marca como un territorio confiable el archipiélago, puesto que los gobernantes están tan a gusto (hay que insistir en que una de las acusaciones que pesará sobre las islas será la del contrabando). Esta maniobra supone, naturalmente, delimitar del terreno de la isla, la selección de algunos lugares convertidos en ícono como marco de las fotos, en una San Andrés que en este caso todavía no ha inventado la promoción del mar como el mar de siete colores. Lo que se vende es todavía enfáticamente la playa misma, y la oportunidad de conseguir unas mercancías a bajo costo. La masculinidad que se refrenda en estas fotografías, repito, es la de unos hombres blancos, de clase media alta, andinos, y con poder. Estos atributos se traspasan, o al menos esa es la invitación, a la playa: de clase, digna, y perteneciente al país, algo tremendamente importante y sutilmente vehiculado aquí (no sobra insistir sobre la trascendencia de esta anexión por todos los medios de las islas al país, pues en medio de la geografía racializada (cfr. Múnera)) las tierras calientes estaban tachadas de malsanas y de incitantes a los deseos carnales. Construir una playa en contradicción con esos supuestos, requiere, sostengo, ubicar en ellas, en físico, figuras de poder andino, Blancas, deserotizadas, que las usufructúan con deleite.

Andinizar

Un aviso comercial de la época —el de Terylene, que circuló en periódicos como El Heraldo de los años 1960— nos revela otros rasgos atribuidos tanto a lo masculino en relación con la playa como a la playa misma, en el camino de construir estos espacios como sitios turísticos idóneos para los colombianos del centro del país (figura 3). Se trata de un comercial de tela para la playa. En la imagen se aprecia a un hombre rubio, delgado y alto, con lentes de sol, enfundado en un traje de manga larga. Tiene en las manos un par de maracas, sonríe y está atajado por una pila de sombreros en la esquina inferior izquierda. Se promociona esta tela con estas cualidades: liviana, fresca, de rápido secado e indeformable. La publicidad explota algunos atributos estereotipados de lo inglés, país donde este poliéster se inventó en los años 1940, aunque recién se estuviera introduciendo al país, trasladándolos a la figura: elegancia, buen gusto, “frialdad”. Hay choques tácitos en esa atribución, en especial la contigüidad entre lo tropical (un sol ardiente, la insinuación del mar en una línea de veleros y las maracas) y lo inglés, o lo cool. Este hombre tiene el traje, pero también tiene maracas, una pila de sombreros panamá a sus pies, y en el fondo, otras huellas de lo que será “tropical”: veleros, vendedoras con carga sobre la cabeza, y palmeras.

Figura 3. Anuncio de Terylene. El Heraldo, Barranquilla, 10 febrero 1960, p.11


Para fines de este análisis, quisiera resaltar que la propaganda proviene de Medellín, sede de Coltejer, donde se fabricará la tela. Es decir, que los elementos de la imagen vehiculan también un imaginario Paisa de la “costa” para el momento.

Las imágenes precedentes son recreaciones de la masculinidad hegemónica, de un patrón de comportamiento dominante proyectado hacia el seno social. Esta forma de la masculinidad “tiene que ver con cómo hombres específicos habitan posiciones de poder y riqueza y cómo legitiman y reproducen relaciones sociales de dominancia” (Carrigan et al, 1987, citados por Hope, 2010, p. 2). Nuestras tres imágenes actúan como ejemplos de masculinidad, modelos a imitar que traen prohibiciones implícitas para otros grupos subordinados (mujeres y hombres en otras formas de masculinidad), mientras abanderan los intereses de grupos dominantes. Por lo regular, las fantasías, deseos y troquelamientos asociados a esta forma imaginaria de lo masculino se asientan en cuerpos anónimos, como los de los anuncios comerciales, que encarnan un ideal al que todas las clases sociales están incitadas a concretar, a emular, como bien lo expresa Hope (2010):

la cara pública y normativa de la masculinidad hegemónica en una coyuntura histórica determinada, no necesariamente reside en encarnaciones de la vida real de ser hombre en un determinado momento. Los ejemplares publicitados de la masculinidad hegemónica no tienen que reflejar con precisión lo que son los hombres poderosos, pero sí, más importante aún, deben reflejar el ideal actual de masculinidad que sostiene el poder de este grupo dominante. (p.4)

Que este ideal de masculinidad entraña la exhibición de un cuerpo viril, en compañía y contraste con cuerpos femeninos a los que domina y subordina, un cuerpo con marcas de poder adquisitivo (marcas de ropa, viajes de placer), es visible en comerciales del momento, como el de Terylene o el de Avianca, donde una figura de hombre yacente es acompañada de una de mujer sentada sobre sus talones, riendo a carcajadas.

Excepcionalmente, sin embargo, esos ideales se proyectan, como en nuestro caso, en cuerpos de hombres de carne y hueso, figuras de la política local. ¿Qué es un verdadero hombre colombiano, según estas tres imágenes de hombres en lugares contiguos al mar? La respuesta parcial sería: un hombre colombiano es un blanco, maduro, con poder, con capacidad pecuniaria, que puede costearse un viaje a las islas, a la playa, a Miami. En nuestro caso, el presidente y el ministro, confluyen en unas playas isleñas y su presencia allí no solo envía el mensaje de que la isla es del país, sino que invita a cuerpos como los suyos a visitarla, a ocuparla.

Puesto que los ideales de masculinidad conviven, no necesariamente se desplazan, vemos que a medio camino entre las dos fotos de los políticos, está este ideal de hombre en la playa, el de comercial de Terylene: de ambiente, pero elegante; blanco de nuevo. Y aparecen con fuerza, ahora sí (pues en el de Saenz Santamaría eran un telón de acompañantes), los lugareños representados en la mujer que vende, que es una silueta oscura. No se concibe aquí la playa para mojarse, pues difícilmente esto convive con la presencia de los veleros. Es una playa para tener de recorte imaginado en el horizonte, una playa que contiene a todo el lugar: en pocas palabras, es la condensación andina de los años sesenta de “la costa” (Figueroa, 2009). Lo que se vende: el disfrute de un lugar que ofrece música, comida y viajes. Y podríamos agregar, ocasos o amaneceres enmarcados por palmeras, pues ambos elementos, el sol y las palmeras, están presentes igualmente en el dibujo. Lo que hay en juego, entonces, es el desplazamiento de una mirada de la ribera marina como “infecta” o pobre, para llevarla a lo lujoso. No se trata solo de la playa en sí, sino de todo el espacio que bordea esas playas y que se contagia de la nueva caracterización. De ahí que se pudiera llamar, sin empacho, “la costa”, a lugares como Montería, que no tenían mar o que estaban bien alejados del mismo como Valledupar.

Notamos que esta vivencia de la “costa” está sesgada en el género (el turista aquí es hombre: la mujer Negra es vendedora) y en la clase (la afiliación con lo inglés no deja lugar a dudas del nivel adquisitivo que se preconiza), lo que corresponde a que en los años sesenta el turismo de playa para el interior es lo que se está tratando de impulsar apenas, es lo que está tratando de articularse (véase Barón Pino y Ordóñez Robayo, s.f.). Por eso estas imágenes están dirigidas a cierta esfera social, a cierto tipo de hombre, en este caso. Un hombre con capacidad pecuniaria, que usa pantalón con pliegue (es una de las ventajas que se promocionan en la tela).

Hay que insistir, sin embargo, en entresijos para otras clases de hombres o para hombres de otra clase, más bien: la paulatina iconización de ciertos elementos de la playa como la palmera y la sombrilla, se acompaña de la aparición de un turista de menos capacidad económica. Están en boga los comerciales de Kodak en los periódicos, y en ellos se inserta con fuerza cierta presentación de hombres y mujeres, cierto comportamiento esperado de unos y otros en la playa. Por ejemplo, en uno de los anuncios, además de ese trasfondo icónico, los roles pasivo y activo de mujer y hombre se perpetúan, en tanto ella posa y él toma la foto. El comercial de viajes a Miami antes mencionado es diciente también en este renglón, pues indica que tal iconicidad no es local, sino que sufre un contagio desde las películas y lo comercial estadounidense, por una parte y, por otra parte, está también permeado por visiones de las islas en grande, del resto del Caribe, de donde San Andrés atrae elementos, pero que también circulan en los periódicos locales del Caribe colombiano. Los elementos se repiten, en un comercial de rebajas para viajar a San Andrés (figura 4), pero allí ya aparece un turista cuyo aspecto contrasta vivamente con el personaje del anuncio de Terylene: su cachucha, su actitud de espaldas a la playa, su posición corporal, indican un hombre más joven, tal vez, dispuesto a otro tipo de relación con el mar, a fotografiar, sí, pero tal vez a más aventura que contemplación.

Figura 4. Anuncio Rebajas a San Andrés. El Heraldo, 1960, 8 de marzo, p.12.


En este grupo de masculinidades diversas, hegemónicas todas, debemos incluir una muy emblemática y cuya presencia perdurará en los medios impresos y audiovisuales más allá de este momento: el hombre de película.

Esta masculinidad glamorosa está atizada por actores que, de visita en las playas de Cartagena, son retratados en acción, y en interacción con mujeres del mundo del arte también. Son imágenes donde se refuerza la noción de un hombre blanco, protector, romántico y alegre, fuerte, todo eso condensado en el hecho de que sostiene a una mujer en brazos.

Es apenas natural, dada la brecha entre la fantasía y la realización, que a medio camino entre la masculinidad glamorosa y la masculinidad de élite haya cuerpos trajinados por las faenas laborales, cuerpos carnudos, recatados en la exhibición. Para los años ochenta, ese cuerpo objeto de burlas por su blancura, su tacañería (véase el capítulo “A orillas del Golfo”, en este mismo libro), su inadecuación al espacio exhibicionista de la playa turística de la “costa” colombiana, será el de ese comercial: ni semidesnudo ni heroico, blanco por falta de sol (aquí ya no como marca de su clase social, sin embargo), entrado en años, padre de familia: el hombre andino que va de turismo a la “costa”.

Entre Rojas Pinilla en la playa y este hombre del común han transcurrido dos décadas. Hemos pasado de intentar apropiar un lugar (San Andrés) para el plano nacional, a colonizar la “costa” colombiana, hemos pasado de promover un puerto destinado al comercio barato, a tener playas y ciudades enfocadas en el turismo de bajo costo. Hemos pasado de colonizar una isla a colonizar la “costa” colombiana.

Otros hombres

Los habitantes de las inmediaciones de los lugares promocionados como destinos turísticos de playa aparecen poco en los periódicos: a fin de cuentas, son suprimidos en pro de los sujetos que se quieren protagónicos, imitables por parte de los que ven las imágenes y que se espera fantaseen con ocupar su lugar en una oportunidad próxima. (Eduardo Silva desarrolla variaciones de este tema en su capítulo en este libro). Este desalojo implica una borradura de sus acciones, salvo si están al servicio de los turistas. En esto son claras las imágenes del suplemento En la playa, de El Universal, un suplemento dedicado a cubrir los temas del turismo de playa durante los años de 1980 en Cartagena, principalmente. El hombre local es, pues, un personaje sin mucho relieve en los registros periodísticos visuales de las playas. En los años ochenta, se le ve como vendedor, casi exclusivamente. Y en Cartagena o en Puerto Colombia se selecciona al local racializado, vendedor de agua de coco, de ceviche, de jugos helados. Esta es la otra cara de la masculinidad hegemónica pues, como señala Hope en diálogo con varios estudiosos de las masculinidades

aunque la masculinidad hegemónica pueda ser percibida como la máxima, no es la única forma de masculinidad que existe en una sociedad. Sin embargo, es construida como el punto más alto en un percibido continuum de ejemplares de masculino y es, por tanto, ese ideal al que todas las otras representaciones de masculinidad (se espera) deben suscribirse o hacia la que deben luchar por llegar. (2010, p.3)

Sin embargo, aclara:

que aunque existe transversalmente a distintas clases sociales, generalmente excluye a los hombres negros y de clase trabajadora. Adicionalmente, la masculinidad hegemónica se teoriza como una masculinidad dependiente de arreglos sociales y a menudo es una experiencia vivida, una fuerza económica y cultural que se construye mediante difíciles negociaciones. (íbid., p.3, traducción y énfasis propios)

La implantación del turismo en las playas del norte de Colombia no se dio, en efecto, sin transacciones pedregosas, sin resistencias de parte de los sujetos marginalizados que se fueron insertando a la fuerza y a veces por persuasión, y se fueron adaptando al nuevo tinglado de la playa en parte por el empuje de las fuerzas dominantes que los ubicaban allí y en parte como disidentes de ese mismo espacio. Ejemplos mayúsculos de masculinidades marginales que se vuelven indispensable contrapartida de un nuevo tipo de masculinidad hegemónica relacionada con el turista andino, materialización de cierta Blanquidad, hacia las costas del Caribe colombiano son, de un lado, los vendedores y, de otro lado, los prostitutos de playa (un fenómeno más temprano de lo imaginable en relación con otros lugares del Gran Caribe).

En imágenes y en textos, esta masculinidad se va cargando de sentidos que la configuran, la definen, la delimitan y la naturalizan. En otras palabras, las imágenes y los textos son formas a la vez de forjamiento y de proyección de algunas de esas formas de masculinidad que en esta ecuación, siendo contraparte de la masculinidad asignada al turista, corresponderían a “los locales”. En sintonía con los planteamientos de Sekula (1982), estas fotografías están “investidas de un poder metonímico complejo, un poder que trasciende lo perceptual y pasa al reino de lo afectivo” (p.100). La metonimia del disfrute asociada a un lugar y al trabajo proporcionado por otro allí. No se trata entonces de que estas imágenes reflejen la realidad, sino de que están articuladas sobre una serie de estructuras retóricas visuales cuyo propósito fue construyéndose. Ese fin era, parcialmente, insisto, poner a cada actor en un lugar “apropiado”. Entre las ediciones semanales de En la playa, suplemento dominical, hay solamente tres o cuatro que tengan como “protagonistas”; es decir, como figura central de la fotografía, a los trabajadores de la playa. En esas fotografías, esos trabajadores son ópticamente negros. Y suelen estar acompañados de gente ópticamente blanca, turistas. Lo que los rodea, incluidos “los clientes”, son parte fundamental de la construcción que se está subrayando o ayudando a montar; es decir, que ellos trabajan para otros, que son quienes disfrutan la playa, no son quienes allí se bañan.

John Tagg (1982) ha mostrado con mucha lucidez cómo las fotografías más “realistas” (en su caso, las de la comisión que trabajó para la Farm Security Administration en los años 30 y 40) están mediadas por designios, construidas sobre oposiciones sociales de clase, por ejemplo, y ayudan a reproducir esa división, y cómo aun las que tienen más aire de espontaneidad vibran sobre un marco de sentido que se nos ha preparado para la interpretación. En otras palabras, ante cualquier fotografía “realista” estamos frente a un conglomerado: “la relación de la fotografía con la realidad, los procesos y procedimientos que constituyen el sentido de la fotografía, la utilidad social de las fotografías, y los marcos institucionales dentro de los cuales son producidas y consumidas” (1982, p.114).

Sin embargo, los lentes de gente local y de fotógrafos especializados sí tienen espacio para los hombres locales en su vida cotidiana, en usos de la playa como quieren y pueden. Captan escenas que nos dicen varias cosas sobre estas masculinidades. En dos aspectos sobresalen los hombres de esas visiones: en que están en acciones de fuerza juguetona, a menudo colectiva, entre hombres, y en que sus cuerpos, cualesquiera sea su estado, son exhibidos con desenfado.

En las fotos de hombres locales en playas de San Andrés hay un guiño diferencial: tanto en los folletos de promoción turística (figura 5) como en fotografías del recuerdo en las redes sociales se trata de hombres que tienen niños en las manos y a menudo los alzan sobre un solo brazo. Se resalta la fuerza, su ubicación bien en el agua (dentro de la barca), pero la presencia de los niños dulcifica la escena. Podemos sugerir que se trata de un intento de ubicar a los sanandresanos, pescadores, en el ámbito doméstico, tal vez para hacerlos más cercanos a los colombianos, humanizándolos, en pleno momento de colombianización, pues esta no es la imagen común en las fotos de locales en las playas del mar Caribe colombiano. Es una imagen que, por otro lado, los feminiza también.

Figura 5. En el pie de foto: “El isleño es jovial, orgulloso y sencillo en el trato. Los hombres son fornidos y fuertes, y las mujeres espigadas y altas en la juventud”. Fuente: San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Meridiano de luz y color. (1989). Intendencia especial de San Andrés y Providencia. Bogotá: Editorial Gente Nueva. s.p.


Otra forma como aparecen los locales durante el período en los periódicos es como ahogados. Esto es llamativo, desde una perspectiva metafórica, incluso, pues no exageramos si decimos que el turismo representó la muerte de muchos locales en tanto atacó prácticas consuetudinarias suyas como la pesca y los obligó a mutar, o a abandonar su hábitat. La más interesante de estas imágenes, por la historia profunda que parece ocultar, es la de la figura 6, donde vemos a dos hombres en Puerto Colombia desenterrando un cadáver allí sepultado. El pie de foto reza: “dos moradores del balneario de Puerto Colombia escarban en la arena en el sitio donde fue sepultado el cadáver de un hombre ahogado hace pocas semanas. No ha sido posible establecer el número de personas que en estas playas yacen sepultados” (Diario del Caribe, viernes 23 de mayo de 1970, p.3). Las preguntas que surgen quedan sin responder, ante lo inusitado de esta noticia y de esta fotografía. El ahogado no es visible, pero los hombres lugareños nos siguen apareciendo en calidad de trabajadores de la playa, esta vez en un trabajo inusual.

Figura 6. Diario del Caribe, viernes 23 de mayo de 1970. En el pie de foto: “Tres moradores de Puerto Colombia excavan en la arena el lugar donde fue sepultado el cadáver de un hombre ahogado hace pocas semanas. No ha sido posible establecer el número de personas que en estas playas yacen sepultadas. Foto de Samuel Páez”.


En esta rápida revisión de tipos de masculinidad visible en comerciales y fotos de hombres en la playa en el período de 1950 a 1990 me he concentrado sobre tres tipos de hombre: el hombre andino que representa el poder (un presidente con unos ministros y tácitamente el hombre Blanco de élite), que sería una de las formas de masculinidad hegemónica; el hombre andino popular, movido por el programa de turistificar las playas de la “costa” colombiana, y el hombre local popular (caracterizado como ópticamente Negro o en algún grado de Negridad), representante de una de las formas de masculinidad subordinada. Estos tres tipos de hombre prestan sus atributos específicos, se los contagian a la playa donde se los enmarca: el ocio, para el caso del primero, las vacaciones, para el caso del segundo y el trabajo al servicio del turista (y de la turista y/o mujer) en el último caso.

Estas proyecciones de la masculinidad no son autóctonas, sino que se reactivan en el escenario de la playa transnacional (donde confluyen ideales estadounidenses y caribeños): los comerciales de productos como la tela ligera para el trópico, los rollos fotográficos, y las excursiones turísticas muestran que hay papeles más grandes que pueden traducirse como el del hombre veraniego, el hombre en posesión de sí, con un físico de playa que puede exhibir, y con la capacidad pecuniaria para disfrutar lo que “el trópico ofrece”. Pero también proyecciones locales de lo que es ser tropical, desde lugares como Medellín, que estaba ad portas de lanzarse a la “costa” e intentaba codificar lo tropical de un modo distinto a como se había codificado durante el siglo XIX en términos de lo malsano. Es fundamental insistir en que estas masculinidades son proyectadas a las playas de a poco y a veces en simultánea a través de formas de la pedagogía cultural como los comerciales y la prensa. Y que en estas representaciones se continúan visiones de género (qué se espera de hombres y mujeres en la playa), de clase (quiénes hacen qué cosa allí, cómo se visten). Y hay que insistir también en que esta aceptabilidad de la playa como un lugar para estar, por parte de los hombres, es una construcción progresiva lograda a través de esos mismos medios, pero especialmente, atravesada por toda una industria que solo en los años ochenta empezaría a cobrar auge como actividad masiva multitudinaria del turismo. De ahí que la foto inicial de este arco interpretativo —la de Rojas Pinilla— sea tan extraordinaria, pues nos muestra una función imprevista en este concierto de convertir la playa en habitable para el descanso: la de volver nacional una playa a la que en ese momento no afluían en masa y no era aún la icónica playa “colombiana”.

El gran silencio sobre el que estas imágenes de hombres subyugados y este proyecto de turistificación de la “costa” Caribe colombiana reverberan es el de las luchas por los derechos civiles que miles de personas “Negras” sostuvieron durante estos mismos años, desde Estados Unidos hasta el África poscolonial pasando por el arco caribeño (los rastafaris en Jamaica, sin ir más lejos). No causa poco asombro que precisamente en ese lapso y con esos clamores alrededor se fortaleciera en Colombia el turismo de playa, con la subordinación de poblaciones costeras que entrañó.

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22 ekim 2025
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