Kitabı oku: «El libro rojo de Raquel»
EL LIBRO ROJO DE RAQUEL

EL LIBRO ROJO DE RAQUEL
© Mónica Martín
© De la imagen de portada, Helga Weber
Diseño de cubierta: Dpto. de Diseño Gráfico Editorial La Calle
Iª edición
© Editorial La Calle, 2014.
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ISBN: 978-84-16164-17-2
Nota de la editorial: Editorial La Calle pertenece a Innovación y cualificación S. L.
MÓNICA MARTÍN

EL LIBRO ROJO DE RAQUEL

Editorial La Calle
ANTEQUERA 2014
Índice
Portada
Título
Copyright
Índice
Nota
Dedicatoria
Agradecimientos
Introducción
MEMORIAS DE UN FUGITIVO CONVERSO 10
LA INGENIERA DE SUEÑOS MENSAKA
HOPE THERE´S SOMEONE
9
HORTALEZA, 66
U.S.A.
8
PLAZA DE LOS CUBOS, 3
IF IT BE YOUR WILL
7
ANGIE
YELLOW SUBMARINE
6
FUENCARRAL, 116 (HOJAS SECAS)
YOU ARE MY SISTER
5
ACID HOUSE
POOL DANCE
4
UNA SIMPLE CARTA
ALL BECAUSE OF YOU
3
116, FUENCARRAL, 19:30 H
YOU DON’T OWN ME (BLOW MONKEYS)
2 PELOCHO
ARCHIE´S BAR
THE SHIRELLES - WILL YOU STILL LOVE ME TOMORROW?
1
AV. WONDERLAND S/N
0
CASSANDRA
Nota de la autora
Los personajes así como los hechos narrados son ficticios, cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad.
Quiero dedicarle este a libro a Daniella, el proyecto más bonito que he emprendido en mi vida y que ya viene en camino y a Raquel, mi fiel compañera de vida, sin la que estoy segura, no habría conseguido jamás acabar este libro. Ha sido su apoyo constante para que tomara las riendas de mi voz interior lo que ha declinado la balanza para que al final, tú, lector, tengas este libro en tus manos.
Gracias por todo lo que me das.
AGRADECIMIENTOS
Quiero dar las gracias a la Editorial LaCalle por presentarme su proyecto y darme la oportunidad de publicar un libro que sé que es complicado, en el fondo y en la forma.
Quiero dar las gracias a todas la personas que día tras día siguen mis locuras cibernautas, que se leen todo lo que escribo, difunden mis textos, comparten con sus amigos la experiencia y disfrutan cada una de mis paranoias literarias. Es una constante sorpresa ver que siguen todos mis proyectos y los apoyan incondicionalmente.
Y por último me gustaría darle las gracias a familiares, amigos y compañeros en el camino literario que siempre han tenido una palabra de fuerza para que este libro saliera adelante. Sin vosotros no vería la luz.
Aspiro. Las olas me separan de ti. Siento la sal mezclarse con la uñas sucias de mis pies. Quiero lavar las escamas que soltaría si fuera pez, pero no soy un pez. Soy un sucio humano que lucha por un poco de oxígeno. No me siento nada en especial. A mi alrededor miro, las familias que se asoman a esta playa del sur, donde la línea con el horizonte comienza y yo mismo, mi alma, se apaga. Todos van subiendo. Al fin llega mi barca. Todo es luz y claridad. Todo es el momento exacto en el que decidiste convertirte en algo distinto a lo que realmente eres.
MEMORIAS DE UN FUGITIVO CONVERSO
10

Es fácil pasar desapercibido entre la multitud, incluso aquí en una ciudad costera en la que todo el mundo, casi, se conoce. Entro en la farmacia. Pido ibuprofeno, vendas, alcohol y tiritas. Una crema para evitar las quemaduras solares. Pregunto por algo eficaz que termine con la diarrea y los vómitos de un solo plumazo. La farmacéutica me mira extrañada y me pregunta si abuso del ibuprofeno. Apunta a que tal vez el problema sería ese. Muy profesional, asegura que lo mejor sería que tomase un protector para el estómago. Es redonda. Como una hogaza de pan. Al minuto me creo con el derecho a juzgar su dieta. Estoy convencido de que en el fondo somos lo que comemos y en ella no puedo ver otra cosa que una cantidad ingente de harinas y grasas saturadas. Entonces, lo noto. Algo dentro de mí, como una palanca que se dispara y siento cómo las pupilas, las venas, los músculos se dilatan y estallan.
El psiquiatra me había advertido sobre ello. Juntos habíamos aprendido a detectar los síntomas previos al acto. La palanca, el suelo rojo. La lava socióloga subiéndome por la garganta. El crepitar de la rabia accionando actos impulsivos de los que luego podría arrepentirme o no, pero que podrían suceder. Pasan dos minutos. Quiero comerme la hogaza de pan. Me la como o me como el ibuprofeno mezclado con anti-revulsivos y Fortasec. Son dos opciones. Dos. Sé contar. Ella no quiere darme lo que necesito para esta noche. Me lo da o salto el mostrador. Que yo no le he pedido que cuestione mis hábitos farmacológicos, ni lo delgado que estoy, ni si la última vez que me lavé fue en la playa. Que no le he pedido que me tenga compasión, ni que haga de madre, ni que se fije en que tengo los ojos tristes y acuosos. Que no le he pedido una solución, que una solución ya la busqué yo y fui de médico en médico, y lo puse todo de mi parte y todos llegaron a la conclusión de que tenía que tomar esas putas pastillas que no me permitían enlazar dos palabras seguidas. Te volverán gilipollas, a base de darte tranquilizantes. Te quitarán la capacidad de volver a ser una persona. Rara, distinta, un poco especial, pero que seguro que alguien podrá querer. Sigue preguntándome, pero ya no distingo las preguntas. Que me duele la cabeza, maldita hogaza de pan barato.
Se acabó. Salto. Hay una duda profesional en sus ojos, pero al instante toma contacto con la realidad. Lo nota. El salto ha sido real. No es un sueño, está sucediendo lo que en realidad está sucediendo. Retrocede hacia los estantes que salvaguardan las tiras para no roncar por las noches y, por más turistas borrachos que ha visto y ha aprendido a manejar, no termina de encajar lo que está pasando. Esto es la costa, cuánta gente no habrá vomitado en su mostrador. Cuánta no habrá robado condones o tirado las cremas solares por el suelo. Cuántos yogures en manos de niños malcriados no habrán terminado estallados en el suelo. Todo perfectamente admisible, menos esa fiera rara, sobria y delgada, que salta por encima del cristal con el objeto de robarle o algo peor, puede que crucificarla. Ahora se imagina a Dios, allí arriba, y reza, o dice que reza, porque las hogazas de pan no saben rezar nada más allá de lo que les inculcaron siendo muy pequeñas. Teme algo en mí que en nadie más ha sospechado. Teme que le quite el alma. Teme que la mate.
Es una creencia extraña esa que tenemos los humanos. La de que nos van a robar el alma cuando van a matarnos. Como si todavía nos quedara de eso, como si todavía la necesitáramos para justificarnos.
El aire patina a nuestro alrededor como los compases de un vals. De pronto, me veo vestido de blanco con un bastón en la mano y saltando por encima del mostrador de cristal, dejando en el quicio de la mesa un rastro de la suela de mis zapatos. Gravilla y arena, rompiendo un poco el borde. Lanzando un chasquido al silencio pétreo que nos domina. Ven, cariño. Veo que hay en tus ojos un poco de pánico y también un poco de esperanza, parece que en realidad temes que vaya a encastillarme sin tomar antes un poco de protector. Será eso, o que tal vez mis manos ya se han apoderado de tu garganta.
Oigo el bullicio de la calle. El gorgojo de su saliva luchando por salir al paso en el denso aire malagueño. La empujo contra la estantería para cortar la salida, pero todavía dejo que respire. Cuando empujas a alguien que tienes sujeto por la garganta, termina por ceder ante ti. Es lo que necesito, que ceda. Nace el miedo en sus ojos, después de eso seguramente podría robarle el alma. Algunas cajas de medicinas y suvenires de farmacia para gordos e insomnes caen por encima de nosotros como si fueran confeti. Veo un estadio lleno de gente aplaudiéndonos, un presentador vestido con un esmoquin de color azul intenso, con las solapas de la chaqueta llenas de lentejuelas. Con su amplia sonrisa, le dice al público que nos hemos llevado el bote. Parece que acabamos de ganar un premio. El premio a la pareja del año. Un enorme foco nos ilumina y una canción de Queen rompe los bafles. La gente que ocupa el estadio se levanta emocionada y nos aplaude. Sin embargo, no se quiebra. Ella todavía no llora, se mantiene roja, casi violácea, luchando por zafarse de mis garras, pero inaccesible. Me araña la cara con sus uñas rojas como la sangre. Eso hace que me enfade. Siento que me he excitado, mi pequeño pene se ha puesto enorme tras recibir un bofetón de la hogaza de pan. El confeti y el estadio desaparecen. Ante mí, veo a una prostituta que suplica porque no la mate. Miro mis pies, se han convertido en unos zapatos de color negro. Llevo traje, capa, bombín y noto una humedad y un frío inusual para la época. Ella está sucia. Me sonrío. Sé que me ha arañado por si la mato. Para que me encuentren, para que encuentren en sus uñas un poco de mis células. Están enfermas, mis células. Encontrarán eso, eso y la tristeza de tener que llegar a esto para sentir placer, para sencillamente no tener que sentir rabia.
Me escupe involuntariamente y eso me noquea. Me da mucho asco la saliva ajena. Siempre que veo a alguien escupir en la calle tengo que salir corriendo para no asestarle un puñetazo en la cara. La gente es sucia, maleducada, vil y huele mal. No saben que pueden ducharse, cuidarse y ser un poco amables con las personas que se cruzan en su camino. No entienden de humanidad, solo de apariencias.
Al sentir su saliva en mi cara, vuelvo a la realidad y la suelto. Se rodea el cuello con las manos intentando encontrar una vía de oxígeno. Bloqueo su única ruta de huida. Quiero verlo. Estoy tan empalmado que una gota pre seminal moja mi ropa interior. He notado como salía caliente desde dentro de mí y ahora ha hecho que la piel de mi glande se quede pegada al calzoncillo de algodón blanco. Antes de salir hoy a la calle me he lavado a conciencia. El hecho de que mis propios fluidos se peguen a la ropa interior hace que me avergüence. La miro a los ojos. Unos pequeños y comunes, que no me dicen nada. Solo piden auxilio. Yo quiero pensar que esta mujer no me gusta, pero el hecho de estar excitado contraviene cualquier razonamiento lógico sobre lo que allí está pasando. No me temas. Yo quiero quererte. A ti o a cualquiera otra. Me gustaría llegar a ser mayor y valiente. Realmente me gustaría llegar tal vez a conocer de esta manera si el amor o cualquiera de sus variantes existen.
Suena la campanilla de la puerta. Un poco de aire fresco entra en el turbio ambiente que nos rodea. Un señor de avanzada edad acompañado de quien debe de ser su hija. Entran en la farmacia ajenos a nosotros y rompen nuestro flechazo. Le guiño un ojo a la farmacéutica y le lanzo un beso, solo con el objeto de provocar en ella un poco más de terror y lo consigo, porque pierde el equilibrio en las rodillas y se agarra al mostrador como si fuera una tabla salvavidas. Al darse cuenta de que va a salvar la vida, rompe a llorar, ante la atónita mirada de los nuevos clientes.
Salgo corriendo del establecimiento como si hubiera robado algo, pero no me he llevado nada. Caigo en la cuenta de que me sigue doliendo la cabeza y avanzo hacia la playa. Puede que tras caer la noche pueda bañarme totalmente desnudo y el simple sonido de un mar que parece estar en calma consiga dormirme.
Hay algo que ruge por debajo de mis piernas que no es un león, ni en realidad se parece a ningún otro animal salvaje. Es el tiempo que se desliza suave, pornográfico, aterido, dándole paso a una realidad triste. Veo mis botas de cuero rasgado pegarse al asfalto, esta noche igual que otras, solo quiero salir corriendo en sentido contrario y encontrarte. En la jungla que me separa de ti, voy caminando por las calles que tantas veces he visitado y que nunca me han hablado de lo que es el amor. Aprieto fuerte las manos hasta que se vuelven blancas. Siento cómo las lágrimas, el humo y esta cosa viscosa y roja está pegada a mi piel. Miro al cielo. Amanece nublado y plomizo. Parece que en cualquier momento va a empezar a llover.
LA INGENIERA DE SUEÑOS
MENSAKA

De todas las posibles formas con las que ella hubiera imaginado ganarse la vida, jamás habría barajado la opción de convertirse en mensajera. En el barrio le llamaban Mensaka. Estaba tan acostumbrada a oír su mote y volverse que, cuando llegaba a casa y su madre le decía: “Raquel”, nunca se volvía.
Su madre decía: “Raquel, cariño, trae de camino el pan” y Mensaka no se giraba. Luego procesaba la información e interiorizaba que su madre le estaba hablando, que podía oírla fuera del eco del casco que solía llevar puesto cuando se comunicaba con la gente y que solo le había pedido que no se olvidara de hacer lo que hacía todos los días. Comprar una barra de pan sin quitarse el casco en la panadería que hacía esquina. Tenían un chino justo debajo de su casa, pero no le gustaba comprarle el pan. Raquel, en general, no se sentía cómoda con la gente que no la entendía cuando llevaba el casco puesto.
Desde pequeña le habían encantado las motos, los motores, los camiones. No tanto como deporte, sino como forma de entender la vida. Era feliz cuando se montaba en su pequeña moto. Estaba destartalada, vieja, despertaba a medio barrio cada vez que la encendía y al frenar soltaba un pequeño chirrido, pero no conocía otra forma de moverse por la ciudad y era su medio de vida. Iba a visitar a cuatro o cinco amigos de su padre que tenían talleres de reparación en la periferia de la ciudad y ellos le mandaban recados. Generalmente, lo único que tenía que hacer era comprar esas piezas de tamaño medio que no tenían en el almacén y traerlas todo lo rápido que el tráfico se lo permitiera.
Después, le daban alguna propina, una lata de refresco y un bocadillo.
En algunas ocasiones, le regalaban herramientas o cosas útiles para su moto, como unas alforjas pequeñitas de cuero o una linterna. Raquel era feliz sabiendo que, mientras perdía un tiempo que debería estar empleando en estudiar, hacía felices a otros ejecutando algo con lo que se sentía plenamente libre. Conducir su moto.
Al anochecer, llegaba a casa. Veía a su madre preparando la cena para los tres y a su padre feliz. Gordo. Adusto. Concentrado en leer el Marca. Esperando pacientemente a que su madre pusiera la mesa. La miraba por encima de sus gafas, unas gafas que ya no valían para nada, puesto que sus carencias visuales no habían sido revisadas por un médico en años, y la sonreía. Siempre le preguntaba cómo había ido el día y siempre terminaban hablando de cómo este y aquel no habían podido con todo lo que tenían encima. Cuánto se puede tener encima en un barrio obrero en el que solo dependes de ti mismo y de lo honesto que seas para sobrevivir en un pequeño negocio, es algo difícil de explicar, puede tener que ver con el hecho de que seas capaz de ser feliz y de conformarte con las cosas. Así pasarán muchos días con sus noches y, con ellos, los años y al final podrás sentarte en la mesa de un cocina humilde, con tu mujer y tu hija, mientras serenamente lees el Marca o el As o cualquier otro periódico que no te hable de los de arriba y sonreirás. Sonreirás porque lo has conseguido, porque este era tu sueño.
Olerá a sopa de pollo en invierno y en verano a gazpacho. Olerá al cuero de unas pequeñas alforjas que tu hija se ha ganado honestamente. Olerá a la mirada crítica de tu mujer que no está muy convencida de que ella se pierda nada. Olerá a una adolescente equilibrada y feliz que no sabe nada acerca del dolor de la vida y para la que has traído, después de cuarenta años de pelea con el mundo y de esa barriga y de esos callos en las manos, esa estabilidad plausible en la que todos parecéis adormeceros.
En las grandes ciudades, el tráfico es el monstruo que consume la vida de los humanos. El tiempo vuela entre el humo de los coches y el ruido. Entras en un atasco sin darte cuenta, sin ser consciente de que allí vas a perder una o dos horas de tu vida metida en un coche sin hacer otra cosa que mover los pies automáticamente mientras el combustible, el tiempo, la sangre, el oxígeno, las ideas, los sueños y los rayos de sol se van perdiendo en las alcantarillas que desaguan las autopistas. Luego ves pasar una moto. Ves a ese jinete que va de negro de los pies a la cabeza, con su enorme casco y sus guantes y sus botas y sus quiebros y te gustaría, durante medio segundo, convertirte en él. Ir subida en un caballo de acero, sortear todas las dificultades de la vida. Ser como Mensaka.
Raquel nunca se planteó ser otra cosa. En parte porque su familia disponía de recursos limitados, en parte porque alguna divinidad en el pasado se había encargado personalmente de truncarle la vida, en parte porque, aunque hubiera sido de otra manera, le daba una pereza horrorosa tener que enfrentarse a una selectividad, hacer una carrera y meterse en esa bolsa de personas cualificadas que después pasaban la mayor parte de su vida frustrados, bien porque no encontraban un trabajo que cumpliera sus expectativas, bien porque habían elegido una profesión de la que su familia pudiera sentirse orgullosa, pero que no les hacía ni por asomo la mitad de felices de lo que era ella con su moto cruzando la ciudad a 60 kilómetros por hora.
Ella era plenamente consciente de lo infeliz que era la gente enlatada que se comía todos los días un atasco del tamaño de un campo de fútbol. Los veía metidos en sus coches, tocándose la frente, ajustándose el nudo de la corbata, acariciándose la entrepierna de forma automática. Buscando ese calorcito inesperado que sentimos los humanos cuando todavía estamos encamados al amanecer. Sentía sus miradas tristes clavándose con cierta envidia en su vieja SLX y, dentro de la pecera que la separaba del mundo, se sentía feliz de no estar entre ese millar o dos millares de personas que tenían un grandísimo vacío dentro que jamás sabrían cómo llenar. Porque puede que Raquel nunca consiguiese estar dentro de uno de esos coches que esa procesión de almas grises habían comprado a cambio de su tiempo, pero hay una cosa que tenía muy clara: dentro de su humilde forma de vida era raro el día en que sentía que hubiese perdido el tiempo. Luchaba contra la desolación y un futuro nada prometedor, contra la angustia y el miedo al futuro, contra la falta de apetito que le hacía parecer más andrógina de lo que en realidad le hubiera gustado y, a ratos, cuando nadie podía verla, contra la tristeza, un sentimiento que no estaba dispuesta a asumir.
Ella ya había pasado por el día más triste de su vida, el día que, teniendo tan solo quince años, su padre se mató en un accidente de tráfico, conduciendo uno de esos coches que algunas de esas almas vestidas de gris llevaban ahora mismo. Porque tenía prisa por abrir de nuevo el taller, porque estaba haciendo lo que ella hacía por otros padres de familia en ese momento, porque él tenía que traer sus propias piezas y cada minuto que su negocio tenía la puerta cerrada suponía que su familia igual ese día no tendría dinero para comprar una barra de pan, en la panadería de la esquina.
Ella se acordaba perfectamente de cuándo había sido la última vez que había visto a su padre, con sus manos negras por la grasa de los coches, su pancita de buda occidental, su buzo de color azul, sucio, lleno de polvo y grasa por más que su madre se empeñara en lavarlo. Fue la mañana en la que se estampó contra una furgoneta de reparto que tenía mucha más prisa que él por abandonar aquel atasco infernal. Salió del carril contrario a toda velocidad y se lo comió de frente.
Se acordaba muchas veces de su beso antes de marcharse, como siempre lleno de sudor. Plagado de ese olor característico a grasa industrial y a colonia de supermercado. Su última frase, su última caricia en el pelo, su mano dura y áspera en la cabeza de una niña de quince años que jugaba a ser la mensajera del barrio y que adoraba a su padre. Después, el repiqueteo del teléfono rompiendo la tranquilidad de un ama de casa sobre las once de la mañana y el desgarrador grito de su madre. La ira de una mujer que no era nadie en la escala de triunfos que quieren hacernos creer que es la vida, pero que en ese momento lo era todo para su marido y su hija.
Raquel no se enteró de nada hasta que alguien no vino a sacarla del instituto.
Con quince años, estás ese día, por casualidad, en el patio, hablando con tus amigas, especialmente con una que sabes que te gusta. Lo único de lo que tienes que preocuparte es de que al compartir tabaco de contrabando con ellas no te pille el profesor que está de guardia y de pronto ves movimiento. Cuatro profesores que hablan entre ellos y se llevan las manos a la cabeza y después os señalan y se acercan a vosotras. Tú, acojonada, ni te mueves. Mientras tanto, el resto de tus amigas huyen como ratas despavoridas. Todas, menos esa que te gusta, que te coge de la mano y tu cuerpo tiembla de felicidad. Te llevas la otra a la espalda para esconder la mercancía y, sin darte cuenta, aprietas tan fuerte el cigarro con el que estabais jugando que se hace una pelota de hierba seca y sudor. Hasta te llega el olor a tabaco húmedo y tienes la sobria sensación de que vas a ser pillada en falta y castigada de por vida. Es tal el tono de seriedad entre ellos que incluso llegas a temer un castigo ejemplar. Pálida, comienzas a temblar cuando ratificas que efectivamente vienen a por ti con gesto grave y la mente, esa mente tan sumamente dotada para los trabajos automáticos, te vuela a mil por hora inventando millones de excusas con las que justificarte. La miras, a esa chica que te gusta, y ves cómo traga saliva. Con su aspecto adolescente y despistado, está tremendamente atractiva y un escalofrío te recorre el cuerpo.
Cuando los tienes cerca, te rodean, tú aprietas más fuerte los puños. Dispuesta a no soltar prenda así te torturen, en parte porque no es más que un juego de chiquillas que quieren ser adultas, en parte porque no estás dispuesta a traicionar a nadie, en especial a la morena de ojos castaños por la que te dejarías meter bambú bajo las uñas.
Alguien posa sus manos en tus hombros. Estás desconcertada, donde debería haber ira tan solo hay compasión. La de religión llora entre hipidos mientras se aprieta un pañuelo contra la boca y te quedas sin respiración, al darte cuenta de que el motivo por el que te están rodeando para sacarte del patio no es lo que tú imaginabas. No sabes lo que pasa, pero comienzas a intuir que va a dolerte mucho cuando te separan de ella y ves su mirada de preocupación y te guían lentamente hacia la puerta. En los ojos de tus compañeros de patio, de travesuras, de intercambios, de chuletas en un instituto público de un barrio pobre, no ves otra cosa que la tristeza, la compasión y la pena y te dejas contagiar por ese destino fatal que está a punto de poseerte, porque aún sin saber todavía lo que pasa eres consciente plenamente de que algo demasiado doloroso, incluso para ti, está a punto de cambiar tu vida para siempre.
Tu padre ha muerto.
Te sujetan para que no te desmayes, pero resulta imposible no caerse al suelo cuando uno de los pilares de tu vida se ha roto para siempre.
Después de aquello, pasan unos cuantos meses de silencio en casa. Empieza a irte mal en el instituto. No mal como antes cuando apenas ibas a clase, sino tan mal que no tienes ganas de volver. El médico firma una crisis reactiva para ti y tu madre. Os manda unas pequeñas pastillas que deberéis tomar para dormir y dejar de llorar, pero tú no haces ni puto caso, quieres pasar el dolor despierta porque sientes la necesidad de abrir los ojos y ver que tu madre sí continúa viva.
Durante unas semanas, no quieres ver a nadie. Tan solo te dedicas a hacer puzles con las piezas de un mecano que cogiste de la basura. Primero un muro, después un pequeño coche sin motor, luego un helicóptero. Añade más piezas. Aquello no funciona. Madre sigue haciendo croquetas infumables. Al final construye un tanque y le pone una flor de plastilina en el cañón. Vaga por las calles como un fantasma. Su amiga va a verla. Tiene la mirada distinta. Le besa en la frente y siente que algo vuelve a estallar dentro de ella, pero se queda en nada cuando al minuto siguiente vuelve a estar vacía y triste. Sola. Construyendo un pequeño objeto de metal cada noche. Roba tornillos en la oscuridad del parque mientras intenta atacarle un yonqui con el que se pelea, a quien rompe la nariz tras una explosión de ira y, al fin, un día de verano, cuando ya el frío ha decidido marcharse durante unos meses, viene a casa un viejo amigo de su padre. Tras un intenso encuentro, en el que les ofrece ayuda económica, le propone volver a su pequeño trabajo de recadera, sin peligro. Solo tiene que ir con su moto, de nuevo, a por piezas que de vez en cuando le faltan y a cambio le dará un pequeño sueldo. Le pregunta a su madre si es lo correcto. No contesta nada, mira al mueble vacío, por su padre o, mejor dicho, por la ausencia de él. Ella lo sabe, aunque él no se lo dice. Mira la silla vacía, en la que él solía sentarse y acepta, porque ya ha comprendido que necesita volver a buscar esa serenidad plausible que él había traído a casa después de cuarenta años de pelea con el mundo.
Con dieciséis años, Raquel deja los estudios. Aprende a conducir entre el espantoso tráfico de Madrid, con la pericia de un rutero experimentado. Se deshace de su cuerpo de niña y en una lata de Coca-Cola empieza a meter el dinero que le sobra con un objetivo muy claro: comprarse una gran moto y volar para siempre de ese pequeño barrio en el que los recuerdos parecen gotas de una lluvia de plomo que agujerean los tejados de una edad demasiado temprana.
Raquel no tiene prisa. Si hay algo que le ha enseñado la vida es que los grandes libros que una quiere escribir casi siempre deberían empezar a escribirse en pequeños capítulos. Por eso, cuando después de cuatro años ha reunido el dinero suficiente, consigue que alguien le venda, sin estar segura de que podría conducirla, una gran y vieja moto con más de quince años, pero con un rugido y potencia que le gusta.
Cuando por fin la tiene entre sus manos, aparca la Vespino con la que hacía de recadera menor del reino y se compra el mejor casco que puede pagar. Amplía su pequeño negocio. Se marcha cuando amanece, vuelve al anochecer y siempre encuentra tiempo para conversar con su madre, comprar el pan, visitar a nuevos y viejos amigos. A fuerza de hablar con el casco puesto, terminan por apodarle Mensaka.
En sus viajes a través de una ciudad superpoblada y maldita, se afana en encontrar pequeñas piezas de mecano que están descatalogadas y con las que pretende encajar el gran puzle que constituye su vida. Pronto compra un dietario pequeñito de color rojo en el que pretende anotarlo todo, cada céntimo que necesitará para volar lejos de esa ciudad que la consume. Lo anota todo con la precisión de un reloj suizo. Ya ha comenzado la cuenta atrás. Solo tres mil euros para no volver. Mensaka no tiene prisa. Es muy buena en una cosa: trazar un plan y cumplirlo a rajatabla.
Al fin entro. Al principio del tiempo que he perdido todo es oscuridad, pero, en el techo, una bola de cristal nos proyecta luces de colores que vienen a hablarme de todas las cosas que dejé de disfrutar con el paso del tiempo. Miro mis zapatos, con sus enormes tacones son un dique que me separa de la penumbra de la vida. Es izarme sobre ellos y sentirme viva. Aún me tiemblan las piernas, por el miedo, por el cansancio, por los recuerdos que no paran de aparecerse en mi vida como fantasmas en una pesadilla. Me dejo llevar, por los fantasmas no, por la música, dentro de mí resuenan esos timbales. Conozco esta canción, casi tan bien como he llegado a conocerme a mí misma. Voy deslizándome por la pista con los ojos cerrados, sintiendo que los distintos tonos de la bola del techo y su armonía van penetrándome. Me apoyo ligeramente en la espalda de este, que me ofrece su piel desnuda como el cobijo en el que habrán descansado todas las bestias del universo. Ahora salta y vuelo por el aire, tocando por un momento el cielo y sintiendo que vuelvo a ser libre. Abro los ojos. Aterrada, lo encuentro.
HOPE THERE´S SOMEONE

El alcohol me pone triste. Es una de las cosas a las que no consigo acostumbrarme. El efecto que producen en mí las copas de más del día anterior es la evidencia inútil de que se me ha ido la mano.
Cada espectáculo, cada eventual y ordinario baile con tintes pornográficos es la precuela de la borrachera a la que indefectiblemente daré paso. Llego, hago lo que tengo que hacer, trazando un recuerdo inexacto de lo que hacía tan bien. Toco las cabezas de los amigotes que acompañan al novio y ya de paso gorroneo, noche sí y noche también, cualquier copa que cae en mis manos.
Esto será lo último que veréis de mí. Les digo. Mi cuerpo será lo último que veréis de mí, pero cada noche que actúo, cada noche que voy a una sala habilitada como camerino y me maquillo como una Drag Queen y me unto de crema con brillos dorados y me afeito todo el vello del cuerpo y así me muestro al público, cada noche que eso sucede, vuelvo a sentirme orgullosa de ser ese pedazo de carne sucia e impermeable que ha levantado tantas banderas de victoria. Tantos estandartes que hacía años parecían muertos.
No solo me gusta el sexo. Sé que todo el mundo que me ve bailar y moverme en el escenario y echarme agua helada por el pecho mientras me reclino hacia atrás piensa lo contrario. Sé que la mayoría piensan que quiero que me follen. Están equivocados. Veo lo que hace el sexo en las personas. Y sé lo que ha hecho el sexo en mi vida, por eso hoy hace casi seis meses que decidí que nunca más tendré nada. Ni compromisos, ni sexo, ni relaciones, ni celos, ni rutinas. He decidido que puedo vivir sin mezclarme, sin herirme y sin confundirme. Esta promesa no incluye masturbarse, puesto que es humano quererse y respetarse. Es humano desear sentirse querido y nadie mejor que una misma para comprenderse y satisfacerse. Nadie mejor que una misma para no herirse.
Ahora hace calor. Todavía hace calor. Parecía que iba a llegar el invierno, pero no. Afuera hay treinta grados. La gente acude con el verano en el cuerpo todavía a verme. Se me está haciendo pesado que el verano sea tan largo, que el otoño tan corto y que la gente se siga casando. Todavía hay gente que sigue prometiéndose amor eterno a la luz de la luna sin darse cuenta de que en diez o quince años como mucho estarán tan cansados de mirarse el uno al otro que desearán que acabe el verano y no volver a follar en su vida. El sexo te mete en problemas, te lo digo yo.
Han pasado los años. Hace un tiempo solía reunirme en torno a un banco del parque con mis amigas. Bebíamos, fumábamos y bailábamos. Todas las noches montábamos una juerga diferente, con quince años era la reina de la pista. Con quince años, lo único que me preocupaba era el modelo que iba a ponerme el fin de semana, la música que iba a interiorizar a fuerza de pincharla una y otra vez, los pasos, los músculos, las torsiones con las que iba a exhibir mi cuerpo, mi mente y mi filosofía de vida ante los demás. No me preocupaban una mierda los libros, ni el instituto, ni mis padres, ni los tarados de los profes. En realidad, lo único que me preocupaba era llegar sana, salva y exuberante al fin de semana.
Me preocupaba poder maquillarme, afeitarme y lucir brillos dorados. Me preocupaba no ser capaz de arquear mi espalda en el ángulo adecuado. Me preocupaba llegar a los diecisiete y seguir siendo virgen. Yo quería ser guapa. Quería sentirme guapa y quería que la gente me quisiera por ser yo misma. Todo ello sin dar nada a cambio, obviamente.
Mi vida se convirtió en un fin de semana constante. Hubo grupos, personas, novios, amigos y amigas que fueron desfilando por mi vida y compartiendo, minuto a minuto, la que siempre fue la mayor de mis aficiones. Al final, a fuerza de darnos golpes en el parqué de la pista de baile, la mayoría me abandonaron.
Dicen que hay que tener tiempo para cambiar las cosas. Yo siempre he creído que hay que tener cosas para cambiar el tiempo, ya que si te dedicas por entero a tu sueño existe una probabilidad muy alta de que puedas llegar a alcanzarlo. También existe una probabilidad de que no y termines como yo, robando culines de cubatas a los solterones de turno que pagan los servicios de una villana travestida de streaper que ha decidido ganarse la vida de la mejor forma posible.
Una súper villana que no quiere tener sexo. Así de dura es la vida.
Sí, yo con mis tacones de aguja y mi cuero negro. Con los pantalones cortos que me tapan escasamente los glúteos. Con esta deforme sensación de pérdida de la juventud constante, que se retrae ante las erectas verdades que cada día intentan plantarme porque sí.
Noto sus penes erectos saludándome, pero yo, que ya no creo en casi nada, los ignoro. En parte porque me duele sentirme penetrada, en parte porque me he hecho la promesa y voy a cumplirla de no regalar nunca más mi cuerpo.
Una streaper que no folla. Así de rara es la vida.
Una streaper que ya tampoco baila, como no podía ser de otra manera.
A mí nadie me toca el culo. Yo hago arte. No soy una puta. No le consiento a ningún espectador que me ponga la mano encima, aunque el objetivo de mi actuación sea que deseen tocarme más que continuar respirando. Bajo ningún concepto permito que me soben y me agiten. Me desmenucen y me chupen. Me laman y se rocen. No. Esto no funciona así. Ellos tienen que necesitarlo y yo tengo que prohibirlo.
Cada vez que lo pienso, cada vez que recuerdo como empezó todo, me desarmo. Ahora pienso en cuando quería bailar y recorrer el mundo, hacer la maleta y darme el viaje de mi vida, pero pronto, muy temprano, descubrí que las cosas no suceden como una quiere y que para todo en esta vida, incluso para dejar de sufrir, hay que tener dinero. Ríete, sí, pero yo sé que con el suficiente dinero en el bolsillo las cosas hubieran sido muy distintas a como realmente fueron.
Uno de los sueños de mi juventud, cuando solíamos quedar en el parque y montar aquellas juergas metafísicas hasta altas horas de la madrugada, era viajar a Las Vegas. Queríamos cruzar el desierto en un descapotable rojo, parar cada cien kilómetros para beber cerveza en las retro gasolineras del camino y ver las serpientes de cascabel horadar la tierra seca que nos rodeaba. Nos habíamos leído En el camino de Kerouac y pensábamos mucho en viajar. Bueno, respecto a esto, tengo que confesar que soy más de escuchar cómo me leen que de leer.
Tuve un novia, era la que me leía. Ahora está de moda, pero, hace diez años, si eras chica y tenías novia, tenías que estar muy fuerte, tenías que tener la cabeza en tu sitio. Juro por Dios y con el corazón en la mano que nadie me ha dado tanto placer como ella. Conocía mi cuerpo como si fuera el suyo. Nadie me quiso más, ni con más lealtad, ni con más pasión, ni con más transparencia de la que ella fue capaz de darme. Nos gustaba estar juntas y compartirlo todo, el baile, el sexo, los libros. Los sueños y las miserias. Los pedazos de aliento que se escapaban en las madrugadas que compartíamos juntas. Éramos felices porque nos complementábamos y porque teníamos algo en común. Teníamos un sueño, las dos queríamos marcharnos lejos a un solitario país en el que pudiéramos conducir por una carretera infinita que cruzara un desierto lleno de serpientes de cascabel. Ella quería conducir por esa inmensa carretera y yo quería bailar por el camino. Pensaba en hacer el amor con ella en mitad del desierto, con el peligro y la soledad pisándonos los talones mientras sobrevivíamos a una existencia mezquina que no estaba hecha para nosotras. Cuando volvía de las clases a casa, con aquellos enormes cascos con los que me fundía los tímpanos, pensaba sobre todo en irme de allí, en pegar un salto enorme con mis enormes zapatos de plataforma y cruzar el océano. Cogerla de la mano, del brazo, de los labios. Soñaba con construir una balsa, a fuerza de torsiones, giros, saltos y pasos de baile. Hundirla para siempre en mi pecho, en mis ojos, en mis manos. Soñaba con pegar los recortes de mis ilusiones con el sudor de las horas que había pasado imaginando que llegaría hasta esa barra de metal en la que podría caer dejando a todo el mundo con la boca abierta. Al fondo estaba ella, siempre estaba ella, poniendo la música, ejecutando mentalmente los pasos que había dado miles de veces antes de conocer siquiera el primer escenario.
Detrás de los sueños vienen los planes. Esto es algo que sabe todo el mundo. No hay que ser un genio para darse cuenta de ello. Primero sueñas, luego ejecutas, pero, entonces, sucedió algo. Se nos rompió la ilusión, el mito, la esperanza o el sueño. En algún momento del tiempo, a fuerza de recordar que íbamos a hacerlo, algo hizo clic entre nosotras y empezamos a ver todo en lo que habíamos fundamentado nuestra relación como algo absurdo, infantil y ridículo y, como nuestra única conexión era ya el sexo, nos dedicamos a agotarlo. Nos dedicamos a disfrutarlo hasta sus últimas consecuencias, obviando todo lo demás: la ilusión, el afecto, la complicidad, los sueños, que a ella le gustara leerme y a mí me volviera loca escucharla. Pronto desapareció de nuestra cabeza la idea de hacer el amor en medio del desierto y también lo hizo la esperanza de seguir viajando, aunque fuera imaginariamente, a todos esos lugares que nos estaban esperando para vernos triunfar.
Se volvió huraña.
Me volví mezquina.
Y al cabo de unos meses decidí que estar enamorada de otra mujer que no fuera yo era demasiado complicado y quise elegir a otra persona que me leyera. Seguí con mi mirada a ese chico tan raro que iba siempre a leer al parque. Tracé un plan y conseguí que al final se fijara en mi existencia y después conseguí que me leyera y que quisiera follarme a todas horas, pero no me di cuenta de que dentro encerraba un animal mucho más peligroso y salvaje que la simple rotura de un sueño. Lo que había dentro de él no podía comprenderlo, ni mucho menos dominarlo y antes de que terminara enamorándome perdidamente de su visceralidad, de su inquietante y brillante pensamiento, decidí marcharme muy lejos. A un lugar donde pudiera bailar, obviamente en la soledad de una ciudad en la que ya no buscaría quien quisiera leerme.
Cuando alcancé la mayoría de edad, hice la maleta con cuatro cosas. En medio de la noche, dejé una nota a mis padres. Tomé un avión hacia el Mediterráneo y no volví a dar señales de vida hasta pasadas unas semanas. Se fraguó un gran drama cuando mi familia descubrió que me había marchado. No he comprendido hasta hace poco tiempo la dimensión del daño que les había causado, pero en aquel momento yo era joven, sentía que estaba por encima de todas las cosas y quería ser libre, tanto como me lo permitiese la vida.
Mi único límite era físico. Llegaba hasta donde me sentía cansada, después paraba, tomaba aire y volvía a comenzar. Mi vida se convirtió en una huida hacia delante, siempre en busca de ilusiones que no sé todavía si conseguí satisfacer. Quebranté muchas de la normas que la sociedad tenía para mí, hice daño a casi toda la gente que me quería. Pasé por encima de los demás y eso es algo que creo que nunca podré perdonarme.
Amaneció. Al llegar a la costa, no paré de buscarme la vida y de seguir haciéndome ilusiones. Iba a clases de baile, trabajaba de camarera los fines de semana en un pub, en el que después de las dos de la mañana me dejaban abandonar la barra y subirme a la tarima. Aquello no era exactamente lo que yo había soñado para mí, pero me permitía ganarme la vida y seguir haciendo lo que más me gustaba. Por supuesto, jamás me planteé que aquello no era una profesión, que no me daría para mantenerme, sino todo lo contrario. Tuve que renunciar a muchas comodidades para reunir una cantidad de dinero tal que me permitiese cumplir con mis sueños. Solo pensaba en convertirme en una estrella del pool dance. Seguí soñando con ir a Las Vegas y, tras mucho esfuerzo y sacrificio, al final conseguí el dinero suficiente para pagarme ese ansiado viaje.
Sin embargo, el destino a veces tiene sorpresas para ti y Estados Unidos no es el país que yo había imaginado. Pensé que el mundo se rendiría a mis pies, igual que lo habían hecho todas las personas que se habían enamorado de mí y de mi forma de bailar, pero la realidad que me recibió allí fue diametralmente opuesta a todo cuanto yo había imaginado. Para empezar, no tenía ni la más mínima idea de inglés. No digo ya a un nivel en el que pudiera entender lo que la gente a mi alrededor me decía, sino a un nivel en el que pudiera leer las simples instrucciones del chaleco salvavidas del avión. Había planteado mi estancia de forma que pudiera subsistir durante mi primer mes allí casi sin comer, solamente pagando el alojamiento, porque tenía la esperanza de que en algún pub nocturno alguien me daría un trabajo, pero, al no entender el idioma en absoluto, me vi pidiendo por la calle.
Al principio me importaba mucho. Era denigrante salir a la calle y extender la mano esperando que alguien quisiera darme unos centavos. Pensé que en cualquier momento iba a cruzarme con alguien que me conociera y que le contase a uno o a otra que, en realidad, la vida no me iba tan bien como yo había contado. Más tarde encontré una forma más creativa de ganarme la vida. Compré unas tizas, dibujé en el suelo un parqué de baile. Me hice con unos altavoces para enchufar mi reproductor y me dediqué durante horas a deslizarme por aquel suelo, que era incómodo, duro, frío y extremadamente hostil. Con el tiempo, conseguí que la gente se parase en la calle a verme, a pesar de que yo era incapaz de comunicarme con ellos y ellos eran incapaces de entenderme. Habíamos encontrado un lenguaje común con el que comunicarnos que se basaba en que yo bailaba mientras ellos me aplaudían. Pronto se corrió la voz y vino otra gente que quiso bailar conmigo.
Al fin tuve la oportunidad de aprender, a un nivel hispano, su idioma y de vivir en un lugar que era diametralmente opuesto al albergue con baño compartido que yo había reservado para mí.
Nuevamente, volvieron los sueños. Conseguí entrar en una academia en la que aprendí todo lo que quise. Obtuve un trabajo y, claro, como no podía ser de otra manera y sintiéndome tan libre como me sentía, volví a abrir mi corazón y mi cuerpo a otra persona que no tenía nada que ver con todo lo que yo había conocido en España. Me enamoré perdidamente, sin darme cuenta de lo que eso supondría para mí en el futuro.
9

Tuve suerte en la vida. Ese no es problema. Me hacen gracia las personas que se pasan la vida evaluando y analizando el pasado de los otros con el objeto de darle alguna salida digna a los crueles actos inhumanos que puedan cometer. Siento tener que llevarles la contraria, especialistas de la educación y la salud pública. Yo fui educado en una familia estructurada y rica que parecía quererme y que me dio, mientras pudo, todo lo que quise, necesité o anhelé. No tuve hermanos. No tuve disputas por los juguetes, todo, cualquier cosa, me era entregada sin la más mínima resistencia. Cuando cumplí los dieciséis años me di cuenta de que no era una persona normal. No, no lo era. Allí donde los demás decían que nacía el amor, a mí solo me crecía barba. Barba y semen. Incapaz de controlar mis impulsos más primarios, me dediqué a robarles a mis mejores amigas la virginidad por el puro placer de conseguirlo. Algunas veces mediante el juego, otras mediante el engaño, la mayoría mediante argucias y triquiñuelas. No me quedó tiempo para ser honesto, entendiendo la honestidad como un acto de valentía en el que los hombres, que dicen amar a las mujeres, realmente las aman y no quieren otra cosa de ellas que pueda ser, por ejemplo, follárselas. De hecho, en comparación con lo que hice, puede que el acto más honesto que esté cometiendo sea este, andar hacia la playa, confesando mis crímenes con la esperanza de que Dios o lo que sea que esté ahí arriba me perdone o me extermine. Ahora que sé que lo mío no tiene remedio, creo que lo mejor, aunque sea por puro interés, es pedir perdón a quién corresponda y esperar, con la vana fe del que se sabe culpable, que una deidad cualquiera, a la que tampoco le importé demasiado, me tienda la mano o me extermine. Alguien debe apiadarse de mí, es un hecho demostrado que no me arrepiento porque no quiera, sino porque no puedo. No sé gestionar mis emociones, eso es así.
Es difícil de entender, pero creo que al final de estas palabras, confesiones o lo que sea, vosotros seréis capaces de estar en mi mente y yo habré sido capaz de estar en la vuestra. Olvidaos de todo cuánto habéis vivido, pues lo fundamental permanece inalterable, cuando uno no desea ver la realidad. Que si queremos ayuda. Que si la pedimos. Que si la necesitamos ¿Para qué necesitamos ayuda en un mundo en el que no podemos saborear la realidad? ¿Para qué ser más consciente de que lo que te rodea te está vetado de nacimiento? Nosotros, y cualquiera que haya perdido la capacidad de amar, lo que queremos es morirnos o, en el mejor de los casos, matarnos, o que alguien nos mate.
Es sencillo.
Imagínate que un día por la mañana te levantas y al sentarte a desayunar descubres que no distingues los sabores. Al principio, la gente que te rodea y que te quiere intentará encontrar una explicación que todos podáis entender. Después pasará el tiempo y tomaréis conciencia de que tus papilas ya no son lo que eran o, sencillamente, es que nunca ha existido la capacidad de degustar allí. Desesperados, buscaréis ayuda, con todos los recursos que tengáis. Iréis a uno y otro médico. Tú querrás ser un chico normal que disfruta con las hamburguesas, helados y el sabor salino de las chicas de su edad. Tus padres querrán que disfrutes comiendo como el resto de las personas, pero pasarán los días y los meses y, tras muchos especialistas, todos os daréis cuenta de que donde debería haber un mundo de explosiones no hay otra cosa, sino un enorme vacío. Eso dolerá, pero no será nada en comparación con lo que os deparará el futuro. Pronto os sentaréis todos en la misma mesa y, fracaso tras fracaso, dejaréis de miraros como personas que antes se degustaban las unas a las otras y comprenderéis cuánto de mentira había en vuestra cotidianidad.
Toda la vida fingiendo que podías ser un gran chef y, al despertar, ¡oh, qué gran putada! descubrir que no puedes distinguir lo dulce de lo salado.
Ni lo amargo de lo picante.
Ni el odio del amor.
Afligido, buscarás nuevas sensaciones que te lleven al extremo y en ellas no encontrarás nada más allá que un atajo de calorías insustanciales. Un postre, otro, otro y otro y al final la nada. El vacío, la inocuidad y la vida desfilarán ante tus ojos burlándose de ti, dejando ver cómo los demás lloran y ríen y disfrutan del sexo y son felices y, mientras, tú te quedas esperando a que en el último plato te sirvan algo que merezca la pena.
Un día mirarás unos ojos de color castaño que te parezcan hermosos y después de cinco minutos caerás en la cuenta de que jamás podrás hacer que sonrían y te sentirás triste, porque para ti la tristeza es el sentimiento comodín. Lo más parecido al amor y lo más parecido al odio. Lo más parecido a volver a casa.
Me toco la barba. He tenido que dejarme barba porque me han reconocido circulando por la zona. Varón de unos veinticinco años. Ojos y pelo moreno. Sin barba, delgado y fibroso, de aspecto aseado pero informal, de mirada fría, enfermiza, impenetrable y huidiza. Español. No sonríe. Nunca sonríe. Será porque la vida jamás le ha hecho ni puta gracia. Es él, sin duda alguna, es él.
Avanzo con pasos gigantes de gacela tuerta dispuesto a perderme entre la multitud de una ciudad que no es ni demasiado grande ni demasiado pequeña. Ni demasiado bonita ni demasiado fea. Entre el gentío estival, busco el anonimato, el calor, pasar desapercibido por lo que acaba de suceder. Busco la inflexión de mi pene, pero todavía, pese a mis anchos vaqueros, me delata. O eso es lo que yo creo, tal vez sea solo mi imaginación y es lo que pienso, pero no es cierto. Paso la mano por encima de la cremallera mientras camino, haciendo el amago de rascarme, como intentando disimular que aquello está a punto de explotar entre la gente, como intentando dejar de ser el pervertido que soy. Tengo la intención de saber si todavía está pidiendo guerra y lo consigo. No se baja. Cuando la palanca se acciona tarda un par de horas en volver a su sitio. La sangre fluye en el cauce de río caudaloso. No hablo de la palanca física, sino de la mental, la que se dispara cuando se me cruza el cable rojo con el azul. A veces, me pregunto si no sería más sencillo masturbarme y terminar con esto y dejar de sentir esta especie de vergüenza o de culpa, o de desesperación o lo que sea que no me deja ser una persona normal y corriente como los demás. Hay veces en que lo deseo. Ser una persona como los demás. Perder mi sensibilidad y mi tristeza y mis fantasmas. Convertirme en alguien absolutamente átono. Serlo o culminar estos intentos de asesinato, violación o suicidio que siempre se quedan en casi nada. En hogazas de pan venidas a menos que lloran en mostradores ante la mirada difusa de quien acaba de entrar por la puerta y no entiende nada. Estoy convencido de que no he sido capaz de llegar hasta el final porque algo hay dentro de mí que puede ser rescatable. Solo necesito una oportunidad.
Una oportunidad en la que no se me vuelva a permitir intentar asfixiar a nadie.
En la que dejen de darme pastillas.
En la que pueda volver a enamorarme.
Y tener sexo.
Un sexo que sea parecido al amor.
O al llanto.
O a la asfixia.
Durante algún tiempo, lo intenté. Mantener ciertas prácticas sexuales de riesgo en las que se forzara la intensidad del orgasmo mediante la asfixia. No encontré chicas que quisieran practicarlo conmigo. Después me di cuenta de que, en realidad, solo buscaba el amor dentro del amor y eso no me lo podía dar la asfixia.
Siempre lo he tenido bastante difícil para ligar, pero, una vez que lo conseguía, se volvían locas por mí. Bastaba el hecho de que ninguna me importara lo más mínimo para que al final de un par de encuentros de sexo salvaje terminaran pensando que era el amor de su vida. La gente suele confundir la ansiedad sexual con el deseo. Donde ellas esperaban amor, yo solo quería eyacular, pero hay chicas que eso no lo entienden y, cuanto más duro realizas alguna práctica sexual, más se meten en el juego de la perversión y, sobre todo, en el juego del poder. Recuerdo la primera vez que practiqué sexo anal. Para una persona como yo para la que el blanco representa blanco y el negro representa negro, cuando alguien dice no, obviamente quiere decir no. Luego en la mente de un ser megasocial, como vosotros todos los que me rodáis, pueden surgir ciertas actitudes, impulsos o palancas que siembren la duda sobre las cosas que los demás exteriorizan o piensan, pero, en principio, la estabilidad de los ricos de alma para con el sistema se basa en el hecho de que cuando alguien dice que su plato está salado es porque verdaderamente lo está. Nosotros no podemos degustar, por eso confiamos ciegamente en los sentimientos del otro. Uno no se llega a imaginar ni en la peor de sus pesadillas que, cuando una chica te dice no mientras intentas penetrarla analmente, en realidad está diciendo sí. Por eso jugaba a deshacer el amor con aquella chica que había salido de alguna callejuela de mi parque. Una chica a la que yo, por lo visto, le gustaba tanto como para hacerlo conmigo sin perder la “virginidad”.
Desde el momento en el que nos vimos estaba claro. Íbamos a tener un poco de sexo, confiando en que al final lo que hiciéramos no se convirtiera en sexo de verdad.
HORTALEZA, 66

Ha amanecido. Si hay algo que no soporto de la vida es que amanezca sin pedir permiso. Tengo que levantarme; si quiero cobrar y mantener este indigno y nuevo trabajo, tengo que levantarme. Yo no quería tener un horario esclavo, ese sueldo mísero, esta vida de mierda con la que se supone debería estar feliz y contenta, pero no me ha quedado más remedio. Hay facturas que pasan todas las semanas bajo la puerta. Mientras oigo cómo mi vecina grita a sus hijos, hay facturas que se cuelan en nuestros buzones. Este es el auténtico drama de la vida. Eso, aparcar mi moto. Coger el metro. Todo uno. Tengo que afrontar esta reconfortante semana en la vida de una teleoperadora venida a menos si quiero mantener este pisucho en el que me encuentro. No digo en el que me hallo, sino en el que me encuentro, porque no es lo mismo encontrarse que hallarse. Ojalá me hubiera hallado, el verbo hallar siempre me ha parecido digno de un pirata. Una debería hallar tesoros, miles de tesoros ajenos en las esquinas que nos hablaran de la vergüenza ajena, que nos hablaran de la humedad persistente de un otoño seco, que nos trajeran los recuerdos ebrios de una edad más temprana que nos hizo como somos ahora. La madre de la mierda.
Me duele el corazón, cada vez que lo recuerdo, me duele el corazón. Leí en alguna parte que no es indicio de infarto, sino todo lo contrario, es señal de que todavía me late. Pregúntale a cualquier camarero. Te lo dirá, porque son psicólogos de barra y saben de lo que hablan, que lo mío es ansiedad. Así, pura y dura. Tócate los pies. Ansiedad. Que cuando me falta el aliento es porque algo me está produciendo angustia. ¿Hola? ¿Os presento mi vida? Un conjunto de ironías en el que la protagonista principal ha perdido el norte. La historia de una persona que está desarraigada y que consume libros de color rojo como si fueran caramelos. Era eso o drogarme. Cómo no voy a sentir ansiedad, decidme, cómo no voy a sentirme ansiosa si cada vez que intento rehacer lo poco que queda de mí me encuentro con eso que está ahí afuera y que da tanto miedo. Esas cosas que pululan por la calle y que nadie detiene. Por qué no hay un cuerpo de seguridad del estado que se dedique, por favor, a hacer controles sobre las personas que puedan tener serios problemas mentales. Es en serio, esta sociedad necesita una cura psicológica masiva. Hay demasiada ira en las personas. Casi siete mil millones de personas en el mundo, ¿me oís? Y la mayoría de estas personas están iracundas y ¿sabéis qué es lo que hay detrás de la ira? Una tristeza inmensa.
Un mar de lágrimas que siempre está a punto de reventar.
Doy fe, estoy pagando un alto precio cada vez que descuelgo el teléfono y atiendo a otro cliente furioso que me pide la baja. Ahora es mejor no pensar en ello, es mejor, sencillamente, dejarse llevar por esta marea gris de nubes que inunda el cielo.
La madrugada de este lunes no promete, más bien todo lo contrario. Amenaza con llover, amenaza con rajarte por la mitad si sales a la calle. Los días han ido acortándose, las hojas se han teñido de color naranja. El fruto de los árboles, si lo había, ha tenido el detalle de ir madurando, cayendo al suelo. Golpeando las pocas flores que aún no se hubieran congelado. Los animales se han escondido, las personas han salido a la calle enfundadas en sus tragicómicas pieles y en esta lista de cosas, que no supone más que un estío rutinario en el curso del universo, se ha marchitado nuestro amor. Porque yo tuve un amor que se marchitó. Marchitar tal vez no sea la palabra más adecuada, pero es la primera que viene a mi mente. No es que yo fuera una mujer especialmente romántica, supongamos que no, sin embargo, mientras fuimos amantes, creí como una idiota en el amor. En sus promesas, en esa esperanza que tenía en el futuro. Ahora, ¿sabes qué?, ha dejado de hacer calor. Todo lo contrario, tengo los pies siempre congelados. Las manos no me basculan, la terrible sequedad de tu vagina no me llega y eso me hace sentirme un poco, solo un poco, triste.
Un día de pronto me levanté, llegaba rota por el cansancio, rota porque paso doce horas fuera de casa intentando mantener la compostura, intentando ser una persona socialmente aceptable, y me encontré contigo. Primero con nuestra gata aullando en la puerta, deseando recibirme, asustada, cariñosa, expectante e irónica, y luego contigo. Tú, dando un respingo en la cama. Tú, saltando desnuda e intentando con la sábana tapar un hecho evidente, flagrante, hasta hermoso por lo salvajemente real que era. Tú, representando un clásico del drama humano, saltar de la cama mientras entra el marido por la puerta. Hubiera deseado que tú fueras yo y que yo fueras tú, pero no, tú, estabas ocupada haciéndote libre y condenándome a mí a mirarme en un espejo y a preguntarme por qué. Por qué no tuviste ni el valor ni la delicadeza de decírmelo a la cara, de sentarme frente a ti y explicarme con más o menos carencias emocionales que ya no sentías nada por mí, que habías dejado de encontrarme fascinante, exótica, extraña y apasionada entre siete mil millones de seres humanos. Me lo merecía y tú lo sabes. Yo seré una inválida emocional, seré una persona aséptica y parca en el afecto cotidiano, porque nunca se me han dado bien los besos de rutina que saben a pan, pero sabes que siempre he sido honesta contigo y no merecía encontrarme con tus orgasmos nada más abrir la puerta de casa.
Orgasmos que, maldita sea, ya no tenías conmigo.
La tercera en discordia se vistió en silencio, encogida de hombros, atemorizada por mi presencia, por mi patente y fría existencia, mientras un silencio que no era mío ni tuyo, sino culpa del calor del verano, caía frente a nosotras como un contenedor de agua en medio de un incendio. Pude ver tu ropa calada hasta los huesos. ¿Te he dicho ya que me encantan los incendios, que si por mí fuera prendería fuego a media humanidad y que con la otra media mitad del mundo construiría una muralla tan grande que taparía cuanto siento por ti y rompiste con la crueldad más absoluta? ¿Te he dicho ya que por cada vez que he dado un paso en tu dirección algo se ha ido doblando dentro de mí, que aprendí a hablarte sin entenderte, que sé de memoria cuál es el momento en el que vas a correrte? ¿Te lo he dicho? ¿Te he dicho que sé desde hace meses que finges en la cama?
Tu amante furtiva pasa por mi lado haciéndose hueco para huir por la puerta, por un momento dejo de mirar cómo estás recogiendo tu ropa, parece que no encuentras nada, pero yo sé que tienes todo perfectamente colocado en su sitio. Está esparcida por el suelo. Pantalones, calcetines, camiseta y braguitas de algodón total, absoluta e indecentemente borrachas de tu lujuria. Casi siento el impulso de ir hacia ti, atarte en la cama y arrancarte los orgasmos que te faltan, pero caigo en la cuenta de que no estamos solas y clavo mis ojos de serpiente furiosa en ella. Está buena. Has tenido buen gusto hasta para eso. Morena, con los pechos desnudos. Huele a sexo. No al tuyo y el mío claro, huele a un sexo distinto, a ese tipo de sexo que se da en los primeros encuentros. Tiene un pequeño toque andrógino que me hace suponer que es un ligue de una noche. Por los sitios que frecuentas estando con tus amigas, por cómo son tus amigas y las amigas de tu amigas, resulta una obviedad insultante que hayas decidido engañarme con la primera chica que se ha cruzado en tu camino. Pobre. Ni me mira, con la cabeza agachada se escabulle, susurra un tímido perdón. No pide perdón por haberse acostado con una mujer que tiene pareja, lo pide para que le deje paso, para marcharse, para abandonar la escena como los cobardes. En silencio, sin argumentos, sin otra cosa que hacer que no sea traicionar a los que tienen a su alrededor. Le dejo paso, claro, le abro hasta la puerta de la calle, lo primero es la educación. Ser civilizados, educados, cordiales, no perder las formas, la compostura, el saber estar. Ser elegantes. Hasta con esta que igual ni sabía que tú tenías pareja. Me alegro de que me haya visto, de que tu posible engaño a largo plazo se haya ido a la mierda. Me alegro de haberte dejado como la puta mentirosa que eres, como la manipuladora que has resultado ser. Ni me mira, no puedo reconocer su rostro. Una desconocida ¿Otra desconocida? Ahora comienzo a preguntarme a cuántas mujeres que yo no conozco te habrás traído a casa mientras yo me partía el lomo para que pudieras terminar tus estudios de arte dramático. Una actriz, una estafa, un desafortunado accidente, eso es lo que eres en mi vida. Una mujer que interpreta la vida que a su novia le gustaría tener. Una mujer que parece creer en al menos tres de las cosas que aquel día nos dijimos: amor, amistad, sexo. Todo es imposible, ya lo sabes, pero al menos estas tres cualidades eran necesarias. Era tu baremo. Mi esperanza era cumplirlo.
Ni siquiera lloras, ni lo lamentas, ni me das ninguna explicación. Espero cinco minutos de pie, frente a ti en silencio, esperando a que quieras, a que puedas recomponerte y contarme algo y tú te limitas a abrir la ventana para ventilar la habitación, recoger los trastos que están tirados por ahí, esquivar mi mirada. Enrocarte en tu postura de reina del ajedrez que siente venir hordas salvajes de peones que, como bien sabe, no podrán hacerle daño. No sabes lo jodido que es ser peón en un tablero del que no puedes salir.
Yo sé lo que viene ahora, me lo sé de memoria. Ahora viene tu mecanismo ante todo en esta vida: echarle la culpa al que tienes en frente. Beber como una cosaca, empezar a hablarme de lo mal que lo has pasado en la infancia y después coger ese contenedor lleno de tu mierda y verterlo por encima de mi cabeza. Hasta que no vea nada, hasta que me haya quedado ciega, hasta que huela tan mal a mi alrededor que tenga ganas de morirme. Hasta que te mire y me diga a mí misma que yo podía haber hecho algo por ti. Tragarme tu basura.
De pronto me rompo, sin querer, como cuando te cortas con un cuchillo y ves la herida blanca y seca el tiempo justo y necesario antes de que la sangre acuda en tu ayuda. Empiezo a sangrar por dentro, una rabia caliente, voluble, imparable, está naciendo dentro de mí. Me conozco, me conoces, lo estabas esperando, por eso no te doy el gusto. Me pongo la chaqueta de cuero que compré en una Charity en Londres y salgo por la puerta para poder llorar tranquilamente en público, porque sé que, si continúo en el mismo espacio que tú, terminarás culpándome de lo que ha sucedido. Los millones de personas que encontraré a mi paso en las extrañas tardes que habitan después del verano, no podrán ser, ni sumando los odios de unos y otros en fila continua, tan despiadados y crueles como tú.
Dicen por ahí que soy una zorra. Que no sé lo que es el amor. Que aprendí empatía en la escuela de Hitler. Dicen por ahí que soy un témpano de hielo, que no peleo por la gente que me quiere, que no sé lo que es el cariño. Hasta yo pensaba eso de mi misma, pero fue descubrir a mi novia con otra y darme cuenta de lo sumamente manipuladora que puede ser la gente. Especialmente con personas vulnerables como yo, que solo esperan intentar reorganizar su vida mientras el mundo a su alrededor se cae. Yo solo quería anotar en mi libro de color rojo brillante, céntimo a céntimo, el dinero que necesitaba para ser feliz, pero pronto te cruzaste tú y los silencios de toda la gente que he querido en algún momento y todos los planes que tenía se vinieron abajo. Ahora salgo a la calle, espero que las farolas alumbren mi solitario camino hacia el centro de la ciudad.
Hay millones de personas que, en el anochecer del otoño, cuando todavía no han cambiado la hora, pasean por Gran vía. Soy fan de esta artería madrileña. Resulta transversal a la existencia. Es un caldo de cultivo de almas perdidas, de personas que intentan retornar a sus casas después del trabajo. Eso, los que todavía tienen trabajo. Luego estamos los otros. Los que, por un motivo o por otro, nunca terminamos de adaptarnos y aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas terminamos solos, paseando por esta calle con lágrimas en los ojos y haciendo cosas que no nos gustan. Como por ejemplo contestar un teléfono o intentar llevar una vida ordenada y limpia. Tengo la mala costumbre de no llorar. Yo lo intento, pero las lágrimas no me salen.
Salgo al frío madrileño, después de cuarenta minutos de metro, después de comerme mi espacio en una casa de alquiler, después de no plancharme la ropa deliberadamente y de encontrar a Eve con otra, mantengo los ojos abiertos por si acaso me he perdido algo. Lo hago como Jobs, el creador de Apple. Me entrego a un juego ridículo: no pestañear. Bajar las nueve calles, llegar a Hortaleza. No pestañear. Llegar hasta Hortaleza. Leer las palabras que otros dejaron para mí. Encontrar un buen libro sobre el que vomitar. Soy adicta a estos libros. En la puerta de Berkana todo son iras que se encienden mientras mi corazón va lentamente calmándose.
Veo una cantidad de gente dentro que no esperaba. No tengo ganas de compañía. Podría haber escogido otro momento menos plausible para acercarme hasta aquí, pero hoy no aguanto quedarme en casa. No, después de lo que he visto. Quiero que se vaya, pero no encuentro el valor para echarla.
Me limpio los ojos de unas pequeñas y calientes lágrimas e intento concentrarme en lo que sucede en el interior. Parece que haya la presentación de un libro. Sirven copas de vino, panchitos. Tres mujeres están sentadas frente a un grupúsculo de personas que están emocionadas. Sonríen y aplauden. Una mujer rubia toma el micrófono, todos se sienten cómodos, se ríen. Se miran entre ellos. Salta a la vista que como mínimo se conocen. Me pregunto si habrán follado entre ellos, casi siempre me pregunto si la gente que se mira a los ojos ha follado anteriormente. Probablemente no, es difícil hacer las dos cosas al mismo tiempo. Hay gestos que los delatan, como guiños, como pérdidas y arrastres en los gestos de cariño. Quieren tocarse, las personas de dentro digo, que parece que a veces quieren tocarse. El ser humano no es consciente del que el contacto implica un daño serio e irreversible al corazón.
Habla la mujer rubia de ojos azules, es como un ángel. Ojos claros, pelo claro, voz dulce. Parece un río cristalino de consistencia y dramatismo. Con su voz nítida a punto de partirse por los nervios, consigue que el público rompa en un aplauso espontáneo. Presenta el penúltimo libro de una saga. Reparte empatía entre los presentes. Una mujer pasa por mi lado, le oigo decir que dentro está lleno de escritores. Está emocionada. Corre a comprar libros, quiere que alguien le firme un par de páginas en blanco. No le importa esperar una inmensa cola, mientras al fondo siguen debatiendo sobre la importancia de una cultura que no esté estigmatizada. La voz atronadora de uno de ellos rompe los cristales. Observo la escena desde fuera, los veo a todos, los huelo a todos, los siento a todos. Al tenor con aspecto de mosquetero, a la cristalina rubia que vende historias infernales y parece tocada por un ángel, a la que ha venido desde lejos y en cada una de sus historias encuentra muertos en contenedores. Al chico de la cresta y el insomnio, a la tierna y soñadora autora de pelo eterno. A la que finge no estar hablando de sí misma y sentirse incómoda, mientras se va haciendo cada vez más pequeña al estar rodeada de gente. Dentro alguien llora, los presentes rompen en aplausos. Parece el fin de una era, me siento triste, yo necesito esos libros. Necesito que me cambien sus palabras por dinero. Quiero seguir sintiéndome identificada y representada. Quiero seguir leyendo las historias que ellos, los que están dentro, dejaron para mí. Construyeron para mí. Resulta bonito vernos así, en la distancia metafísica que nos separa, yo esperando que ellos me escriban, ellos deseando proyectarme y correrse. Solo tengo un problema, no entiendo de gramáticas emocionales; donde los demás leen amor, yo solo interpreto sexo. Donde los demás escriben sobre el amor, yo solo quisiera leer sexo. Alguien dentro de la sala dice unas palabras que me conmueven. Dice: “Estamos en un país en el que se escribe mucho y se lee poco.” Caigo en la cuenta de que estamos en un país en el que se pelea mucho y se ama poco. Todo es motivo de discordia. De pronto, siento que mis problemas conyugales son pequeños en relación a todo el dolor que hay en el mundo. Agito el aire que me rodea, en la calle ha comenzado a oler a comida china. Hace frío, un frío muy raro este año. Ha resultado ser demoledor, sin un ápice de humedad. Chueca huele a gente, la siento arañando en las esquinas, esperando que llegue el momento de saltar a la palestra y hacerse un hueco. Son como zombis. La gente no solo viene aquí a beber y follar, la gente viene también a leer, a escribir, a hablar con otras personas con las que sentirse identificadas. Chueca no es el prostíbulo de Madrid, es la puerta a la cultura. El que quiera puede entender un concepto muy sencillo sobre la empatía: absolutamente todas las personas del mundo tienen derecho a sentirse identificadas.
Igual que todas las personas tienen derecho a amar y ser amadas. Y a engañar y ser engañadas. Y tienen el deber de ser felices. Y de compartir sus vidas con otras personas que las quieran o que las odien. Y están en la obligación de contraer préstamos con los bancos para que estos puedan hacerse inmensamente ricos mientras un tercio del mundo se muere de hambre y, si me apuras, existe además la obligación como ser humano de reproducirse para cumplir con la especie. Debes estar comprometida con todo.
O sencillamente puedes ser tú misma.
Y no llorar, o al menos intentarlo.
Y esperar a que los demás lo hagan por ti.
Esperar a que te amen.
Esperar sentada a alguien que quiera romper tu corazón.
Esperar que alguien escriba un libro para ti, que será de un color rojo intenso cuando todos los demás que subyacen en esta sala y que no son conscientes de lo que les depara el futuro se hayan marchado. Cerrar esa pesada puerta de cristal a tu paso y dejar sus resueltas voces, que hoy se cruzan cristalinas y limpias, resonando en el eco de un pasado que les trajo muchos sinsabores.
Siento ese libro de un rojo intenso ardiendo dentro de mí, como una promesa de que cada cosa que he vivido en sueños y para la que no he encontrado explicación está naciendo. Dicen que, si un escritor se enamora de ti, alcanzarás la inmortalidad. Yo ya no creo en las personas. Ni en realidad creo en nadie. En lo que todavía no he perdido la fe es en ellos, en los libros de colores rosados, rojos, púrpura. Repletos de tonos calentitos, que están llenos de palabras y que saben cosas de ti que nadie más puede adivinar. Yo no quiero que una escritora se enamore de mí como tampoco quería que se enamorase una actriz, porque sumando su ego y el mío y el de todas las personas que me rodean tendríamos que irnos a vivir a una casa muy grande en la que cupiéramos todos. Yo quiero que de mí se enamore un libro con sus ventanas, sus historias y sus versos. Con sus ritmos, sus frases, sus millones de fantasías que sabrán entenderme y poder mirar, si acaso, a través de este cristal a esas almas confusas, emocionadas e inconscientes de lo que les trae el destino.
Yo no tengo novia. Ya no la tengo, porque no me da la gana, porque pienso que es un acto terrorista engañar a una persona a la que quieres para robarle su libertad. No la tengo porque he escogido marcharme por la puerta y no escuchar ninguna de las plausibles excusas que querrá darme. No la tengo porque necesito espacio, porque es mentira que el amor sea desinteresado y altruista, si ni siquiera tu círculo familiar puede pagarte con ese amor una vez al año en navidad, qué cojones puede una desconocida hacer por ti. Está claro que no se puede caminar por la vida sin que alguien decida, tras tomarse el último café, que es muy lícito partirte el corazón. Está claro que es imposible estar sola.
Miro mi reflejo. El cristal me devuelve una mirada curiosa. Esta, la que está detrás de mí y cree que no me he dado cuenta de que cómo intenta acercarse, fantasea en las portadas de color púrpura con los labios abiertos. El lacerante deseo de sentirnos húmedas a través de la estimulación mental nos hermana. En el interior restallan las risas de aquellos que siempre tienen algo que contar.
Qué cojones puedes tú hacer por mí. Anda, camina. Vete. Que yo no puedo darte nada y menos hoy. Yo no. Yo, que ni conmigo misma aprenderé a hablar de ti, que me como las palomitas que los demás dejan en el cine después de ver los bodrios que se estrenan. Yo, que mandé a la mierda mi estabilidad económica cuando decidí ser lesbiana antes que hija. Yo, que me masturbo cada noche a la espera de ponerle el zapato a otra cenicienta que sea por lo menos igual de zorra que yo. Yo, que ni respiro. Yo, que no sé hacer otra cosa que hablar de mí. Y conmigo me muero, adoleciendo una existencia ridícula, porque no me soporto ni cuando estoy dormida. Yo, que me baño sin gorro, sin gel, sin champú y puedo leer sin descansar más de mil palabras rojas.
Aquí me cruzo con tu mirada y una lágrima que quiere limpiar la sequedad de la Gran Vía se despeña por mi mejilla. Aquí, encuentro el corazón entre las manos y en mi retina el recuerdo reciente de haber sido ultrajada en mi propio lecho y, para evitar que la palidez de mi rostro se empañe con tu maquillaje, oculto mis ojos con las manos y me limpio esos destellos lacrimógenos en los que me convierto. Aquí, te escribo cartas que no conoces porque ni siquiera me contestas y me enfado con mis yoísmos y mis desplazamientos espacio-temporales. Vomito mis luchas contra el continuo goteo que van dejando tus zapatos en los sueños que tengo mientras voy ocultándome despierta. Descalza, me clavo el principio de tus tornillos de viandante sin identidad y siento que una sola lágrima no ha quedado, por lo visto y para siempre, inútilmente abandonada.
Te das cuenta de todo y apoyas tu barbilla en mi hombro.
Chica, puedo olerte y sentir como tu sexuado y brillante aroma se empapa en mi ropa. El calor de tu cuerpo me rodea. Es otoño, no sé si ya te lo he dicho, pero ha empezado a hacer un frío de cojones, aunque a ti todo eso parece darte lo mismo porque sigues en mi espalda. Oteando lo que otros, que parecen ser felices, están pensando en rojo para ti. Intentando con el simple gesto de abrazarme por la espalda que no llore. Y yo me siento, por lo visto, eficientemente rota.
Estoy jugando a convertirme en Steve Jobs mientras siento como vas colándote en mi interior, pero para entenderlo debes estar sola unos cuantos años y comprender que, a pesar de estar caminando entre cientos de personas adictas al móvil, sigues estando sola. Tanto como el día en que naciste y alguien se olvidó que debías comer.
Tienes unos preciosos ojos marrones que iluminan los oscuros senderos del alma de esta persona que huele a derrota. De mi carne corrupta y sucia no quedará nada ahí dentro, con todo lo que hay ahí dentro que quiera hablar sobre mí. De este dolor. De esta diminuta angustia, que no lo quisiera, pero parece ir aumentando al evocar el recuerdo de su mirada. A través del cristal los siento. ¿De qué se ríen todos mientras lloran? ¿Sobre qué escriben cada vez que están despiertos?
¿Con qué sueñan?
¿Con qué sueñan esta panda de infelices que se miran y se sienten y se huelen y se tocan?
¿Y tú, con qué sueñas?
Por qué sueñas que me tocas.
En la puerta de la librería me hallo frente a un cristal que rebota nuestra imagen sin contemplaciones. Chica blanca soltera busca libro que la quiera. Disimulando escruto títulos que puedan llamar mi atención y desatiendo el espectáculo de cariño que sucede ante mis ojos. Busco portadas que desplacen mi miedo y mi soledad durante doscientas páginas, puede que unos cientos más, pero hace un frío que parte el alma. No es ese tipo de frío que te rodea, sino más bien del tipo de frío que te penetra sin pedir permiso. Entra por tus pies, sube y sube por las piernas hasta quedarse colgado de tus entrañas. Pasarán años en los que el verano sea especialmente turbio y cálido, pero yo seguiré acordándome de aquella tarde en la que el cristal de una librería te devolvió una imagen inexacta de ti misma, mientras esos millones de cerebros que escupen el arte de una generación perdida se calentaban el corazón con las manos. Se hacían amigos porque no podían ser otra cosa. Una tarde en la que el frío, de pronto, pasó de ser un ente que te rodea la espalda a una placa de calefacción por inducción humana. Mira, tras de ti, alguien observa el mismo escaparate.
Y observa lo que sientes.
Y parece ser indudablemente bella.
Ya lo veo. Yo, tú y ellos. Haciendo el amor en el mismo sitio donde dejamos atrás el rencor contra la vida. Y sus ojos buscando los míos en el reflejo del cristal. Y vergüenza, miedo, culpa, hastío, halos de emociones que no terminan de caerse al suelo; al darme cuenta de que había desdibujado la única máscara que he tenido a bien construir durante todos estos años. Para un día, para un solo día en el que he decidido ponerme las pinturas de guerra vas tú y me haces llorar. Joder, qué frío hace y qué caliente noto tu espalda pegada a mi cuerpo. No sé cómo lo haces, no sé cómo lo consigues, pero, durante un minuto, bajo la guardia y dejo que una de tus manos me acaricie un brazo mientras la otra me rodea la cintura. Gimo como un animalito. Me acuerdo de Eve con la cara de una desconocida entre sus piernas. Dejo que tu palma pase lentamente, peinando mi abrigo desde el hombro hasta la muñeca mientras te sostengo la mirada en el escaparate. Qué bonitos son tus ojos. No puedo dejar de mirar tus ojos. Intento pasar a través de tu mirada, ver, analizar, estudiar qué es lo que escondes detrás de esa emoción que me conmueve, pero tan solo veo un infinito halo de humanidad y cariño que me desarma. Me olvido de los artistas y me centro en ti, en lo que tú produces dentro de mí. Inmóvil, me convierto en adicta a tus gestos de amor casi al instante, como el perro que tras sentirse apaleado una y otra vez ve en los ojos de una desconocida la ternura que anda buscando.
Se ha parado el mundo. El silencio lo rodea todo. Ya no hay voces atronadoras, ni ángeles que han venido a la tierra, ni mensajeros de otros mundos que escupen iras inciertas, párrafos inconclusos, ternuras que se escapan a la realidad. No hay libros rojos, ni versos, ni emociones, ni palabras, ni frases, ni recuerdos del presente. Cierro los ojos, sello mis pestañas. Quisiera guardar esa caricia dentro de mí para siempre, pero como no sé articular afectos, me despierto. Me despido de todos con las hebras de mis ojos: de los escritores, de ti, de los libros de color púrpura, del establecimiento. Inconscientemente, he comenzado a verter un pus sucio que revuelve tus caricias. Sudo mares de desgracia y tú pareces no haberte dado cuenta.
Ya no tengo novia porque no soporto querer a alguien que al final terminará marchándose de mi lado, cuando descubra que no resulto graciosa si me enfado. No la tengo porque me han partido el corazón desde que me acuerdo, porque echo de menos que me abracen y me digan cosas bonitas al oído. No tengo novia porque para mí el sexo es importante y no puedo acostumbrarme a planificar mis polvos semanales por muy estable que sea mi relación de pareja. No la tengo porque no soy capaz de mantener un trabajo sin terminar discutiendo con mis jefes. No la tengo porque gracias a ojos como los tuyos he perdido la fe en el llanto. No, porque ahora me he convertido en dueña de mis orgasmos. Por eso, convulsiono frente al escaparate, fingiendo que me llaman al móvil y te aparto bruscamente de mí. Al volverme, te miro seriamente a los ojos, sin pestañear, durante más tiempo del establecido, con el objeto de que te sientas incómoda, pero tú no desvías la mirada. Tu gesto de cariño me desarma. Tú, gesto de ternura, y yo, hoja seca que tiembla en la calle. Solo dibujas un interrogante en tu rostro y me persigues con las pestañas mientras finjo que alguien me reclama y voy separándome, rápidamente, de ti.
Pareces valiente, ya he comenzado a preguntarme a qué sabrás.
¿A qué sabrá cada cosa que hayas querido tener en tu camino?
Me quema la espalda, la cintura, el brazo, la vagina. Estoy sudando. El frío no destempla las pulsiones sexuales que has despertado en mí. Comienzo a sentirme triste. Camino rápido. Llego hasta Callao y allí ando como un zombi, ya tan solo quiero perderme entre la multitud. A dónde voy a ir si todavía no sé si Eve se ha ido. Voy navegando entre las putas que asaltan los brazos de los hombres que caminan a mi lado. A veces me gustaría que una de ellas me pasara las palmas de las manos por el pecho, que me acariciara los hombros, que me viese atractiva. Quisiera sentirme tentada por la piel suave de un mujer en la que han estado cientos de hombres y conocer de primera mano a qué sabe el cálido murmullo de la mujer saqueada por mil bestias. En este orden de cosas caóticas que es la vida, yo debería ser la puta que paga la meretriz de la calle y la calle debería ser el lugar al que van los escritores que escriben los libros de color púrpura.
U.S.A.

Los meses siguientes a que consiguiera el empleo, en el que percibía un mísero e ilegal salario, acudía a mis clases de baile y emprendía una vida social tan gratificante como mi nivel idiomático me permitía. Fueron los días más felices que puedo recordar de mi vida. Veía que mis sueños, todo por lo que había trabajado y sacrificado tantas cosas en el pasado, iban cumpliéndose y me sentía feliz, en paz con el universo, sobradamente pagada por el destino y realmente esperanzada en el futuro. Lamentablemente, la felicidad es un estado al que nos acostumbramos demasiado pronto con la incauta esperanza de que durará para siempre, pero las deidades que habitan nuestro universo, con frecuencia, tienen alguna sorpresa preparada para nosotros.
Siempre he tenido la habilidad de fijarme en la persona que no debía. En su día me sucedió con la chica que leía libros de alto calado intelectual. En U.S.A. me sucedió con la novia del dueño de la escuela de baile. No pude evitar poner los ojos en ella. Al aterrizar en suelo americano, una de las cosas que me había propuesto por encima de todo lo demás, incluso de realizarme como bailarina, era reconvertirme a heterosexual en cuanto pudiese o en cuanto las circunstancias idiomáticas me lo permitieran, porque era consciente de lo sola que iba a estar, sobre todo al principio. Me decía a mí misma que aquello que me había sucedido no estaba bien, que había sido producto de la inexperiencia y la juventud y que se basaba, sobre todo, en el conflicto natural que se da entre los dos sexos a tan temprana edad, pero algo dentro de mí que yo negaba con persistente contundencia se imponía contra todo pronóstico en mi lucha por aparentar ser más bisexual de lo que siempre he sido. Lo increíble que me resulta la intimidad con alguien que es igual a mí y lo fácil, simple y tácito que es despertar mis zonas erógenas a su contacto es algo contra lo que no puedo luchar, excepto si practico la abstinencia total y eso incluye no mantener cualquier tipo de relación afectiva con una mujer que no sea una amiga.
Exactamente eso es lo que tendría que haber hecho en el momento que entré por la puerta de la academia de baile, pero fue verla vestida así, con esas mallas negras ajustadas que resaltaban sus redondas y musculadas piernas, y saber desde el primer instante que lo tendría difícil para resistir cualquier tipo de tentación. ¿No te ha pasado alguna vez que entras en una sala y fijas las vista en alguien sin querer y de pronto te imaginas cómo sería desnudo y caes en la cuenta de que te sobra todo alrededor? La gente, el ruido, la música, las centelleantes luces que luchan contra la tiniebla de los locales. Todo en torno a ti parece que se para. Tus oídos quedan ensordecidos y hasta el corazón parece que empieza a bombear menos intensamente. Parece que ha dejado de necesitar la sangre, el oxigeno, los sueños. Pronto su olor llega a ti; aunque en el mundo exterior huela a rata muerta y no quede más alternativa que sufrirlo, te invade. Llega un momento que te quedas parada por completo y ya no puedes obviar durante un minuto más su existencia.
Cierras los ojos, la ves.
Guiselle era la mujer más bonita que había visto en toda mi vida. Con razón todos los chicos que no eran gais de nuestra academia andaban como locos por ella. Era extremadamente atractiva, rotunda, con una fuerte personalidad que no reñía en ningún momento con su increíble talento para la danza. La primera vez que entré en la escuela y la vi haciendo una demostración de baile contemporáneo sobre la tarima encerada, deslizando sus pies como si estuviera bailando por una playa enorme, aplacando con sus manos, sus brazos y su pelo rizado unas olas inmensas, me quedé sin aliento. Supe que iba a tener serios problemas para disimular la emoción que me rompía por dentro cuando la tenía enfrente. Al bailar y arquear su cuerpo y llegar al suelo o alejarse de él, al rozar el espejo con la espalda o abrir las piernas o dibujar una figura en el aire, sosteniendo su cuerpo en cada vuelta más de lo que ninguno podíamos, yo sentía que un hilo fino tiraba de ella hacía mí y destapaba en mi cuerpo una piel arrasada por el dolor, por la distancia de un país que no me era propio, por la soledad que llevaba dentro y que me impedía reconocer el amor en cuantas personas se habían cruzado en mi camino y que yo había apartado de un empujón. Para mí, la vida era un baile representado por una lucha constante contra los elementos, contra las circunstancias, que siempre veía como nefastas, y contra mí misma. Para ella, el baile era solo baile y, por eso y por la rotundidad de su elegancia, era hermoso verla bailar y sentir que algo se te rompía dentro. Daría lo que fuera por volver a enamorarme así, sin poder ni querer evitarlo.
El hecho de tenerla delante hacía que mostrase una timidez que no me era propia. Me dediqué a trabajar mucho los aspectos más puristas de la técnica, a crear relaciones de igual a igual con algunos de los bailarines con los que más afinidad sentía y quise mantenerme alejada de ella. Me conformaba solo con verla bailar, ejecutar, sentir los pasos y las coreografías que nos enseñaban. Después esperaba a que todo se quedase desierto y con uno de ellos, al que abrí la puerta para flirtear conmigo descaradamente, practicaba el cuerpo a cuerpo. A veces, simplemente danzábamos por la sala, aprovechando el silencio que nos daba la furtiva danza; otras nos batíamos sobre la madera como animales y desfogábamos, dando rienda suelta a nuestros instintos, toda la tensión sexual que se había acumulado en nuestro interior. Yo no lo quería, no al menos como sabía que la quería a ella. Al cerrar los ojos mientras tocaba mi cuerpo, me imaginaba estar siendo seducida por sus manos finas y elegantes que dibujarían en mí las cuarenta mil coreografías que habían aprendido, pero, al abrir las pestañas, me encontraba con John, el metro noventa y tres de hombre que había elegido para ser mi pareja en la tarima y fuera de ella. Sé que resulta cruel lo que voy a contar, pero es la única manera que yo encontré de sobrevivir con el corazón dentro del cuerpo, durante los meses que pasé intentando aprender a ser mejor bailarina sin dejarme todo lo que no podía tener en otro sitio por el camino.
Se me fue de las manos, no me di cuenta de que John quería pasar cada vez más tiempo conmigo. En la escuela, fuera de ella, tomando un café. Muchas veces solo me dedicaba a escuchar e intentar entender lo que decía, porque todavía me costaba horrores comprender totalmente todo lo que tenía que decirme así que, simplemente, me limitaba a poner los oídos en modo de escucha alternativa y a no interrumpirle, captando, de tanto en tanto, su experiencia vital: cómo era su familia, cómo había dejado la universidad por el baile, la etapa que pasó bebiendo y solo bebiendo y cómo ahora se sentía plenamente realizado y esperaba, dios mediante, asistir un día a la audición de sus sueños. Me decía que yo le hacía gracia. Me decía que le gustaba hacer el amor conmigo encima de la pista cuando ya no había nadie practicando. Me decía que soñaba con visitar mi país y poder recorrerlo juntos de una punta a otra. Le gustaba que le mordieran las orejas y que le echaran el aliento en la nuca. Disfrutaba cuando le daba la vuelta y era yo la que parecía montarle. Me dijo que nunca había conocido a una mujer que se lo hiciera así. Me dijo que nunca había conocido a una mujer que no tuviera prejuicios y le gustase tanto jugar en el acto. Alucinaba con el sexo oral, con la forma en la que lo practicábamos casi sin conocernos. Tan solo ver como mis labios iban descendiendo por su depilado y musculado torso mientras yo cerraba los ojos y me imaginaba los pechos de ella, hacía que sus ojos se quedasen en blanco y que su pene se pusiera, total, absoluta y completamente erecto. Hacía que recibiese mi boca sin ninguna resistencia. Para mí, era lo normal. Dos amantes que disfrutaban del sexo sin ir más allá, podría haber compartido mis silencios, mis cafés, mis mordiscos o mis juegos sexuales con cualquier otro que hubiera sido igual de atractivo y atento e igual de inocente y, la verdad es que no me di cuenta de que John, pasado un tiempo, me miraba con ojos distintos, porque yo estaba muy ocupada tratando de ocultar que, tras cada movimiento de Guiselle, mi corazón se precipitaba a un abismo sin fondo.
Llegó el día en el que la tensión sexual que me desencadenaba tenerla cerca hizo que pasara de ser la chica tímida que está al fondo de la clase a convertirme en la arpía descarada que intentaba atraer su atención aunque fuera de malos modos. Como no conseguí más que recibir un par de broncas por parte de mi profesor, volví esa rabia contra mí misma y contra John, con quién realizaba cada vez prácticas sexuales menos provistas de cariño y más agresivas, hasta que llegué al punto en el que nada me saciaba, excepto tenerla a ella cerca, y le propuse una apuesta que a ambos nos pareció divertida, porque implicaba algo de peligro. Si yo conseguía seducirla antes que él, nos casaríamos en un casino de Las Vegas.
No sé cuál fue el momento exacto en el que perdí el norte por completo, pero me volví loca de repente y decidí que podría seducir a cualquiera que se pusiera en mi camino sin tener que pagar ningún precio por ello. Nunca pude llegar a imaginar las consecuencias de tan estúpida e irresponsable apuesta. Para él no fue más que una anécdota divertida, una conversación trasnochada a la que no le dio la mayor importancia. Otra nota a pie de página más en nuestro historial emocional que hacía que su sexualidad fuese un poco más abrasiva de lo que ya era, puesto que imaginar a su novia con otra chica hacía que su excitación fuese más allá de lo evidente. Para mí se convirtió en una carrera de seducción a contrarreloj en la cual él y por tanto todo el mundo heterosexual me daba permiso para ejecutar de pleno mis deseos más íntimos y lascivos hacia ella.
Me lo tomé en serio, todo lo que se lo toman las personas que están enamoradas.
No me costó mucho entrar en ella. Era una persona afable, abierta, extrovertida, social, que disfrutaba ampliamente de la compañía de los demás. En cuanto le pedí ayuda y le expuse, en tono lastimero, que tenía serias dificultades con algunos ejercicios, no tuvo problema en encontrar ventanas de tiempo para ayudarme a depurar mi técnica. Al principio, traté de ser descarada en mis citas con ella. Quería que John supiera que estábamos juntas, que me estaba tocando y que yo la tocaba, aunque fuera de forma impersonal y artística. Lo hacía con el objeto de ponerle celoso y de satisfacer, en parte, mi deseo ciego por ella, por él y por dominar a ambos. Pero, con el paso del tiempo y la voluntad de ella, su indiscutible belleza y atractivo personal, se me hizo complicado mantener la distancia emocional y lo que había sido un simple juego en el que podía a veces rozar su cuerpo y el mío y a veces no se había convertido en una tortura de grado tres, en la que toda mi piel no quería ni podía despegarse de ella. Guiselle me decía que lo hacía cada vez mejor y yo veía en esos susurros de refuerzo una carga sexual que mi desbocada imaginación satisfacía a golpe de tórrido encuentro con John. Me esforzaba mucho en hacerlo bien, en seguir los consejos que ella me daba para que no quisiera dejar de tocarme, elevarme, guiarme y abrazarme en el paso de los minutos que necesitaba para estar cerca. Para mantenerme cerca.
Había algo en el fondo de sus ojos cada vez que nos mirábamos tras el esfuerzo o en medio de este que me llevaba a plantearme si el deseo que nacía como algo natural en mí también nacía como algo natural en ella y, en estas dudas y estos pasos y estos tempos y estos roces o la ausencia de ellos, nos quedamos mirándonos una noche, cuando había entrado casi la madrugada y tumbadas en el mismo suelo que antaño compartiéramos, yo con John y ella con nuestro mentor, nos besamos. Guiselle tenía los labios finos y suaves. Siempre me han gustado los labios carnosos porque disfruto la sensación de morderlos, tanto en mujeres como en hombres. Me gusta atrapar y masticar, lamer y succionar la piel frágil que protege nuestras palabras de los otros, en parte porque me parece el lugar por el que nos liberamos y en parte también porque es el lugar en el que guardamos nuestros mayores secretos. Sus labios eran todo lo que no me había dicho, en la fragilidad y el frío de aquel momento en el que le susurré que no podía repetir el movimiento que me había mostrado, que lo suyo era puro arte y que era imposible que ninguna otra persona en la faz de la tierra pudiese igualar su talento. Sus labios se entreabrieron buscando los míos, un poco de aire en mitad del sudor que transpiraba y también, supongo, buscando una brizna de aliento por el que no se le fuera la vida. Qué podíamos saber nosotras sobre el amor si nuestro amor por el baile lo era todo, si nos dejábamos la vida en el escenario y con ello renunciábamos a todo lo que la vida nos traía. Qué podía hacer yo frente al amor o frente a la forma en la que se mostraba, si cada vez que lo hacía tenía bastantes problemas como para llenar dos vidas enteras. No me entendía a mí, no la entendía a ella, ni comprendía ninguna de las relaciones que había tenido en mi vida. Quería estar en un mundo en el que no tuviera que decidirme por ningún sexo y entonces sería libre. Tanto como lo era su beso, tan seguro y tierno, tan brillante. Tan húmedo, cálido e inesperado. Tan certero como una flecha que va directa al corazón y lleva la punta cargada de un veneno que te hará dormir durante siglos. La aguja de una rueca maldita que va dando vueltas en torno a mí y en la que me pincharé irremediablemente, una vez y otra y otra y otra, hasta que se haga el día y con él vengan a mi lecho de paja todos los príncipes azules del mundo que quieren sacarme de mis pesadillas llenas de princesas. Guiselle tenía los labios finos, pero eso no fue ningún impedimento para que con ellos recorriera mi cuerpo y no dejara un solo rincón sin saborear. En el frío suelo de madera que ahora descansaba bajo nuestros cuerpos, el sudor de mi espalda se quedaba pegado a la tarima, anegándola de una sustancia extraña que quería parecerse al amor, pero que, con cada golpe sobre la madera, se convertía en un deseo puro y vibrante, haciendo que todas las barreras que pudiera tener en mi interior y todos los juegos y apuestas y demás maldades se quedasen calladitas en el fondo de mí, para no levantar sospecha al abrir mi cuerpo ante ella. Tuve miedo de que no le gustara. Mi cuerpo, mi sabor, el fluir de mis tejidos dilatados en medio de la noche. El líquido caliente que salía de mi interior, pero ella era un animal hambriento que quería devorarme con sus labios sutiles y finos mientras fuese posible. Guiselle siempre parecía un ser delicado cuando bailaba, con sus pequeñas y blancas manos acariciando el aire y sus movimientos inquietantes y maravillosos, dibujaba surcos y figuras en el cielo y la tierra. Parecía que era la Música misma que había tomado forma humana, pero al quitarse la ropa se convirtió en una serpiente que resbalaba por mi cuerpo, apretaba mi carne y penetraba en ella una y otra vez, haciendo con sus labios finos y su lengua grande y ágil una marioneta de mi cuerpo, un ave de paso de mi alma. Teniendo la segura convicción de que me transformaría en muerte, y con ello, me daría vida.
Me había olvidado de todo aquella noche. De que eran casi las dos de la mañana, de que no habíamos cenado porque cuando estábamos juntas no teníamos hambre y de que a Guiselle también la estaría esperando alguien en su casa. En realidad, nos habíamos olvidado las dos. Del reloj, de que había cerrado el metro, de que fuera hacía un frío endemoniado, de que John y su homólogo en otra parte de la ciudad nos estarían esperando. Habíamos obviado que éramos dos personas con sendos compromisos, que tenían cada una su vida construida en los cimientos de relaciones serias y estables, que no podían equivocarse en los pasos que daban, puesto que eran especialistas en danzar sobre la tarima de la vida. Nos habíamos dedicado a mirarnos a los ojos, a quitarnos la apretada ropa y a contemplarnos. A quitarnos la apretada ropa y saborearnos. Obviándolo todo, incluso la apuesta que yo había hecho con John, y cómo había dejado de gustarle que ahora pasase tanto tiempo con ella y cómo ella me lamía el cuerpo y después los pies y más tarde el alma.
“Imagínate que voy y gano la apuesta”, le decía y él se sonreía. Con una sonrisa triste que ya había perdido todo su halo de picardía y ahora que ya no le montaba, ni pasaba mis labios por su torso, ni soplaba en su nuca, ni mordía sus orejitas, ahora que me había convertido en una autómata que le desnudaba y se saciaba de él sin apenas mirarle, había caído en una tristeza inexacta que delataba todas mis ausencias.
“Imagínate que voy, gano la apuesta y me caso contigo”, le decía.
Imagínate que voy y me enamoro de ella.
Nos quedamos dormidas, sobre el suelo. Ella abrazada a mí y yo abrazada a ella. Era tarde, no teníamos nada con lo que taparnos y nos transmitíamos el calor corporal la una a la otra, mientras una corriente de felicidad y placer recorría nuestros cuerpos recordando todo lo que acaba de suceder. Yo todavía estaba semierecta, húmeda, excitada, ebria de placer. Aunque hubiese experimentado el orgasmo más intenso de mi vida, sentía que no podía conciliar el sueño totalmente en su compañía. Estaba tan feliz que no quería dormirme. Ella emitía un ronquido gutural, plácido, como un cachorro que acaba de caer en la cuenta de que ha comido demasiado y necesita descansar entre los brazos de su mamá.
Recuerdo haber escuchado ruidos en la calle, voces de hombres que me resultaban conocidas, pero a las que no di demasiada importancia porque creí estar soñando. Recuerdo la luz del pasillo iluminando el cerco de la enorme puerta de la entrada de la academia y cómo se deslizaban los pasos de un gigante hacia nosotras y no tener la suficiente fuerza de voluntad para levantarme, vestirme y plantar cara. Recuerdo la sombra de su vida estructurada y la mía dibujarse contra el fogonazo cegador de la escalera que dio paso al fin de lo que estaba sucediendo y las manos de Guiselle tapando su cara y escondiendo su cuerpo ante la flagrante evidencia de lo que acababa de suceder, mientras yo permanecía abierta, atónita y semiinconsciente todavía por el placer.
Nos despertaron a voces. Nuestro mentor, su novio, y unos amigos. Nos tiraron la ropa por encima y, cuando nos habíamos vestido, nos echaron a la calle. A ella la metieron en el coche. A mí me echaron a la gélida acera amenazando con romperme los huesos si no me iba para no volver. Nunca olvidaré su mirada, en el frío de la noche, cómo supo instantáneamente que no volveríamos a vernos en mucho tiempo y sus lágrimas, rompiendo la tibia felicidad que habíamos compartido. Yo regresé andando a casa, sola, deseando que alguien me descerrajara un tiro en la sien. Queriendo que fuera cierto cada mito que habían construido sobre las peligrosas calles del mundo americano. Esperé que pacientemente se levantará algún indigente y me rajará por los cuatros dólares que llevaba en el bolsillo, pero no sucedió. Simplemente, llegué a mi piso compartido, que estaba en silencio alrededor de las cinco de la mañana. Abrí el frigorífico y tomé un trago de leche fresca que me supo agria y, tras meterme en una fría y dura cama, rompí a llorar hasta que me quedé dormida.
Al día siguiente, inmigración se presentó en mi casa. Aporrearon la puerta hasta que pude levantarme. Sentía el cuerpo cansado. No solo por las horas de ejercicio, sino también por el impacto de lo sucedido la noche anterior. Estaba mareada, no tenía la certeza de que estuviese en la mejor de las formas físicas para enfrentarme a nada, pero igualmente entraron con una brutalidad que me hizo temer lo peor, me pidieron mi documentación y no de forma educada precisamente. Casi antes de que pudiera articular palabra, me habían tirado al suelo y puesto las esposas. Al decir que no tenía visado y que era ciudadana española, me metieron en el coche con lo que llevaba puesto de la noche anterior y me llevaron esposada directamente al aeropuerto. No me dejaron hacer la maleta, ni ir al baño, ni vomitar ni nada.
Llegamos allí por la puerta de atrás, por la que sale la gente que entra como no debe. No vi despedidas, ni niños, ni abuelos, ni padres que lloran al dejar a los hijos. No pude ver nada.
Me metieron en un cuarto con una luz indigesta, en el que un señor me explicó muy despacio para que pudiera entenderle, en un perfecto inglés americano, que no podía permanecer por más de tres meses en EE.UU. sin visado y que llevaba nueve. Siendo ciudadana europea, iba a ser deportada, lo que implicaba irse tal cual, con una mano delante y la otra detrás, en el siguiente vuelo junto a otros ciudadanos europeos en mi situación y que, extraoficialmente, podía dar gracias de que fuera así, porque si hubiera sido latina me hubieran puesto en un autobús tercermundista y acercado a la frontera con México, lugar en el que me habrían dejado a mi suerte en mitad del desierto. Se permitió la licencia, sabiendo que no podía hacer nada al respecto, de recordarme que en su país la homosexualidad no disfruta de un trato tan permisivo como en Europa. Quien me había denunciado lo había hecho a conciencia, asegurándose de que las manos a las que iba a parar me sacarían sí o sí de su país. Podría haberle rebatido, haberle insultado en castellano, haber puesto algún tipo de resistencia, pero sabía lo que sucedería si decidía retirarme el pasaporte y darme otro tipo de trato, así que firmé cuanto me pusieron por delante y permanecí callada hasta que subí en el avión que supuestamente me llevaría de vuelta a España. En el transcurso de ese tiempo, no pude apartar mi pensamiento de Guiselle, de lo que habría sido de ella, de John, cuando no volviese a verme, de todo el tiempo que había pasado en ese país, y al darme cuenta de que no podría volver en mucho tiempo allí me eché a llorar, siendo consciente de todo lo que había ganado y perdido al mostrarme tan obstinadamente orgullosa.
No tengo más recuerdos de lo que pasó desde que me comunicaran que volvía a suelo patrio hasta que llegué a España. Solo sé que no me quedaron ganas de volver a hacer la maleta en mucho tiempo. Regresé a la casa de mis padres con las orejas agachadas, temiendo lo peor, que no querrían volver a verme. Que me odiarían o me desterrarían o algo parecido, pero nada más lejos de la realidad, en cuánto mi padre abrió la puerta de casa y me vio, me dio un abrazo enorme. Nos echamos a llorar. Lo encontré más delgado, cansado, con algunas canas más en el pelo. En seguida buscó mi equipaje, pero yo no traía nada, llevaba más de cuarenta y ocho horas con tan solo mi pasaporte encima. Mi ropa estaba sucia, había intentado asearme todo lo posible en los baños públicos de la T4 del aeropuerto en Madrid, pero aun así mi aspecto era demoledor. Necesitaba un baño, un poco de comida caliente, una cama en la que descansar y, casi sin mediar palabra, mis padres, como siempre, me lo dieron todo.
Después dormí durante catorce horas aproximadamente, en las que entre sueños podía oírles conversar y elaborar teorías sobre qué habría sucedido conmigo. De dónde vendría. Incluso desarrollaron la idea de que una secta me había secuestrado y había conseguido escaparme. Aquello, mientras yo descansaba plácidamente, no dejaba de tener su gracia, conseguía que se me escapara una sonrisa. Conseguía que la alegría de volver a estar en suelo conocido fuese creciendo en mí, pese a lo mucho que recordaba a Guiselle y las ganas que tenía, por lo menos, de poder darles una explicación.
Al fin conseguí levantarme, y no solo de la cama, sino también emocionalmente. Encontré la fuerza para salir de mi antigua habitación y contarles a mis padres toda la verdad. Ya no podía seguir luchando por más tiempo con la desoladora sensación de mantener oculto todo lo que yo era, todo por lo que había terminado así. Al principio, se quedaron en shock. No sé si no pudieron asimilar bien el hecho de que, ante sus ojos, mi primera experiencia lésbica se había dado en suelo americano, si es que verdaderamente provenía de una secta que nos obligaba a bailar y las exigentes condiciones físicas en las que nos mantenían nos había llevado a ello, si es que concluyeron que finalmente yo no estaba bien de lo mío y necesitaba la ayuda de un profesional o qué, pero definitivamente se creó un silencio alrededor de las circunstancias por las que había regresado a casa que resultaba indignante.
Nadie quería hablar sobre ello. Simplemente siguieron con su vida, girando en torno a nada. Levantarse, trabajar, volver a casa y encontrarnos todos allí, tan tranquilos. Disfrutando de una comestible rutina que nos engullía por completo. Pasar un día y otro y otro en el que no había novedades, en el que yo a veces pasaba muchas horas sola tirada en la cama intentando recomponer todas esas partes de mí que parecían estar rotas. Intentando de vez en cuando hacer algún comentario al respecto que era sepultado de inmediato por su articulada intranquilidad.
Levantarse, no tener nada que hacer y llegar a la conclusión de que cada minuto que estaba quieta era irremediablemente quemado en la hoguera del tiempo y que no volvería a tenerlo nunca más.
Echaba mucho de menos la rutina de la que solía disfrutar cuando estaba allí. Levantarme temprano, salir con lo puesto y tomar el café de camino. Pasar la mañana practicando y hablar y tontear con John o Guiselle o con los dos al mismo tiempo. Integrarme como parte de una familia de personas que sienten lo mismo que yo, que comparten conmigo sus sueños, sus ideales, sus esperanzas y que no tienen ningún problema en quererme tal y como soy.
Tras un periodo en el que no hice nada, solo dormir y escuchar música, echaba mucho de menos el baile y, aunque mis padres volvieron a estar en contra de que dedicara mi esfuerzo y mi tiempo a ello, pronto encontré la manera de volver a hacer lo que me gustaba. Me inscribí en una academia céntrica que tenía fama de ser la mejor de toda la ciudad y me hice la promesa de limitarme a no perder la forma física, de no destacar en nada, de no volver a tener sexo y de no enamorarme.
Me acordaba mucho de Guiselle, cada vez que realizaba algún paso que ella me había enseñado o nos daban lecciones sobre lo que era innovador. Yo me limitaba a ejecutar todo cuánto había aprendido a su lado y siempre terminaba sola con el resto de la clase mirando lo que desarrollaba hasta el final. La mayor parte de las veces ni me daba cuenta de lo que sucedía, simplemente me dejaba llevar por la música, por mis recuerdos y por la emoción de sentir de nuevo sus manos sobre mi cuerpo; aunque fuera de forma ficticia, me devolvía a la vida. Una vida que cuando la tuve no supe disfrutar y que ahora echaba de menos. Una vida que ahora quería mantener lejos de mí.
Pensé algunas veces en llamarla. Al principio, de hecho, lo pensaba casi todos los días, pero después caía en la cuenta de que ella tenía un futuro brillante por delante y de que necesitaba a la persona que tenía a su lado en ese momento para ayudarla a conseguirlo.
Veréis, Estados Unidos no es España. Aquí no hay una cultura sobre la cultura y mucho menos sobre el baile, por lo que es relativamente sencillo, tras muchos años de sacrificio y esfuerzo, destacar, aunque sea en un ámbito local. Allí todo el mundo quiere ser artista. Las calles de Los Ángeles son un desfile continuo de personas que llevan consigo un guión bajo el brazo, literalmente, o llevan consigo la esperanza de ser actrices o bailarines o transformistas o cualquier tipo de disciplina que implique que has triunfado en el mundo del espectáculo. Los clubes nocturnos se llenan de personas con voces espectaculares, coreografías brillantes, monólogos sobre la vida que superarían al mejor de los relatos cortos que pudiera leerse en cualquier café de aquí. Es un país que supera en población por muchos millones al nuestro y luego sucede que se han dedicado durante décadas a distraernos a los demás mediante el arte, ya sea el visual, el auditivo o el literario. Estados Unidos es la factoría de sueños del mundo, por lo que es lógico, aunque nos duela admitirlo, que sea el sitio con más soñadores del globo terráqueo. Evidentemente, destacar en un mundo en el que hay tanta competencia es jugar en una liga de primer nivel y toda ayuda es insuficiente. Nada me hubiera dolido más que parar su sueño, porque yo, pese a ser una estúpida engreída y orgullosa, pese a ser tremendamente egoísta, llegué a querer a Guiselle como hacía mucho tiempo que no quería a nadie. Ni siquiera a mí misma.
Recordé durante mucho tiempo sus caricias. La forma en la que me miraba cuando hicimos el amor. Todo lo que me enseñó, no solo sobre la pista de baile, sino también sobre la capacidad de sacrificio, de superación, de entrega a los demás. Era tal la pureza con la que establecía las relaciones que acercarme a ella como me acerqué fue el acto más impropio que pudiera haber cometido. Caí en la cuenta de que no merecía estar con nadie más. No, hasta que encontrara nuevamente a una persona con la que pudiera establecer una relación de igual a igual. No, hasta que estuviese segura de que podría dar y recibir en los mismos términos.
8

El columpio ascendía y descendía hacia el cielo levantando una brisa a su paso que peinaba el cabello ondulante de Toni. El azul, un azul inusualmente intenso para ser primavera, copaba los espacios entre las ramas de los árboles. A unos metros de sus piernas colgantes, Marta apoyaba su espalda contra la hierba mientras miraba la capa celeste embelesada.
—Uno, dos, tres… —decía en voz baja, contando lentamente las oscilaciones del columpio.
—¿Has encontrado ya tu diente de león, Marta? —preguntó Toni mientras escupía el sudor de sus labios con su aliento prepúber. Se sonrió. Se llevó la mano al bolsillo. Los restos de aquella flor marchita aguardaban a escapar del elevado calor corporal que desprendía su pierna.
Marta no dijo nada. Pensativa y seria, inspiró profundamente el aire del ocaso, en ese momento de su vida era lo que tenían que hacer. Tumbarse en la hierba, jugar en el columpio, contar las hojas que salían de un diente de león. Mirar a Toni, que había sido el único de toda su clase que le dirigía la palabra desde que se incorporó al nuevo centro. Siempre mirar a Toni.
Había oído desde que era una niña que los chicos evolucionaban más lento que las chicas. A Marta le gustaba Toni, eso no era ningún secreto entre ellos. El problema era que a él no le gustaba ella, es decir, no le gustaba como debía de gustarle: por dentro. Solo le gustaba lo de fuera. Porque tenía una melena castaña lacia que le caía por los hombros y que siempre olía bien. Porque sus piernas y sus brazos eran firmes, pero no demasiado fuertes. Porque con sus ojos color avellana siempre se excitaba. Allí estaba, todo tenso, cuando ella estaba cerca, la piel, los músculos, el vello que lo rodeaba todo, estaba tenso. Primero era esa piel brillante y su olor y después los puñetazos que daba su pulso en el cuerpo… Bum, bum, bum. Cuánto más cerca estaba de ella, más ganas tenía de salir corriendo. Le pasaba siempre. Le gustaba escuchar su voz, pero, a veces, deseaba que se callara, como aquella tarde de primavera, y que contara nubes, ovejas o lo que fuera que estuviera contando.
Por las noches, Toni miraba los tesoros que le había arrebatado durante el día. Hebras de pelo, semillas de flores marchitas, botones que caían de hilos ajados de su ropa, olores adolescentes que apestaban a hormona. Latidos convulsos en su pene que no iban a ninguna parte. Se empeñaba en mirarla solo como un amigo, como la había visto desde el principio, pero, de pronto, un día se quedó mirando sus ojos y se dio cuenta de que entre ellos las cosas habían cambiado para siempre. Empezó a ver el mundo de otra manera, empezó a ver a Marta de otra manera, tal vez fuera su altura, su peso, el espeso calor de una primavera que parecía verano, el caso era que aquello siempre estaba entre ellos. Instalado entre los dos, como una estación en la que la gente casi no se detiene, pero que permanece allí, esperando a que alguien se apee y pase el billete por el torno.
Todo el mundo decía que los chicos eran más lentos en el desarrollo que las chicas, pero Toni sabía que en su caso era mentira. Él sentía como un adulto, como un adulto que no encuentra su camino en la vida, pero al final como un adulto. Tenía necesidades, como los adultos y también tenía esos pequeños huecos dentro de él de los que a menudo no solía hablar con nadie. Había una cosa, cercana a la soledad que se batía en duelo con sus ganas de caer en los demás. Creía que si hubiera un mundo que estuviese lleno de brazos abiertos en los que caer de vez en cuando, tal vez la vida le resultaría más fácil. En ocasiones, pensaba que le hubiera gustado ser una chica, como Marta, con la melena y los ojos oscuros. Sí, tener esos ojos con los que pudiera llorar tranquilamente sin que nadie le reprendiera por ello.
La amistad con Marta era un billete de ida, sin vuelta, viajando en un tren que va demasiado rápido y que pasa por unos andenes en los que ya casi nadie se detiene y en los que, por suerte o desgracia, te gustaría bajarte.
No se la quitaba de la cabeza, vivir sin ella o con ella era lo mismo. Todos los días ir al parque, tumbarse. Hacer que leía al lado de los columpios, esperar a que ella apareciera. Cansada, hambrienta y un poco contenta por volver a verle solo. Leyendo. Pensativo. O balanceándose en el columpio, yendo cada vez más alto. Dejándose crecer la barba, en ese gesto tierno que demuestra querer hacerse mayor demasiado rápido, pero no tener el suficiente tiempo acumulado para conseguirlo.
Toni la miró de soslayo. Sobre la fresca hierba le parecía un pastel apetecible. Algo que podía comer, masticar y después escupir. Un cuerpo redondo y terso que estaba a punto de romperse en mitad de ese calor primaveral. El sudor perlaba su piel morena, sus ojos morenos de color de roble, sus manos henchidas por el calor. Toni saltó del columpio, que bailó en el aire. Sintió el impulso de un animal salvaje; la sangre le hervía por las venas y sus sienes habían comenzado a latir de forma molesta.
—Uno, dos, tres… —siguió contando Marta en voz baja. Cerró los ojos al tomar conciencia de que Toni se dirigía hacia ella.
Se tumbó a su lado. Metió la mano en el bolsillo mientras ella permanecía atenta los sonidos que despertaban sus movimientos en el suelo. Marta sintió como un fuego le subía desde los pies, notaba el calor de un cuerpo demasiado cercano al suyo. Él era bastante corpulento para su edad, había practicado desde siempre distintos deportes. Se había convertido en un pequeño atleta que disfrutaba humillando a los demás. Un minúsculo adonis que expulsaba la rabia por las piernas. Salía, corría, volvía bañado en sudor, pero con una sensación de tranquilidad que conseguía adormecerlo cada noche. Al cerrar los ojos, pensaba en ella. Cuando toda la casa se había quedado en silencio y la oscuridad lo envolvía, pensaba en ella. En el envase, en cómo le gustaría desenvolverlo. Sin piedad, sin pausa, sin ternura. Quería arrancarle la ropa a jirones, subirla en su cintura y saciarse de su carne, pero, después, miraba sus ojos, en sueños, y veía a la niña que había dentro y se volvía pequeño, se volvía pequeño y miserable.
Sacó la flor aplastada y sudada del bolsillo. Tomó conciencia de lo ridículo que resultaba devolvérsela, ahora que había pasado tanto tiempo desde que se la robó, aprovechando su estratégica altura. “¿Tenía sentido hacerlo?”, se preguntaba. Conocía pocas formas de acercarse a ella. Antes, hablar durante horas era sencillo, pero, desde que todo había cambiado, pasaban más tiempo mirándose y escuchando el silencio que les rodeaba que hablando. En ocasiones echaba en falta a la antigua Marta y al antiguo Toni. Se preguntó si eso era lo que sentían los adultos cuando iba pasando el tiempo, que ya no necesitaban hablar dentro de las relaciones, que las palabras en realidad lo confundían todo.
Depositó la flor en su vientre. Marta apretó con fuerza los parpados al notar su mano en la piel. Podía escuchar su respiración agitada. Sentía el pecho como si un millar de pirañas saltaran encima de ella. Abrió los ojos y se encontró con los de él. Tenían una expresión de preocupación en la cara de manera permanente, como si algo muy pesado planease de forma constante sobre su cabeza. Un águila despiadada que quería darle caza en cuanto notase que era vulnerable. Entonces, escuchó la voz de su madre, la que siempre le decía que no se fiara de los chicos, que no podía tener amigos, que la amistad entre un hombre y una mujer era imposible, y se enfadó con ella por haberle prohibido ir con él, por sermonearla, por depositar en su cabeza esos prejuicios de otras generaciones. Inspiró profundamente. Con cierto temor, llevó la mano al encuentro de lo poco que quedaba de esa flor marchita. Encontró sus dedos, grandes, suaves, ágiles que la apretaron suavemente. Hacía mucho tiempo que Toni no la cogía de la mano. Con sus labios entreabiertos, respiraba como un pez que quisiera escapar del agua. Se lo imaginó saltando sobre sí mismo, sin aire. Sabía que muchas veces él no podía respirar y eso le hacía sentirse intranquila. Toni era el chico de los pequeños secretos. No daba la impresión de atesorar dentro de él una gran verdad que fuera incómoda y pesara demasiado, pero sí de albergar muchas pequeñas cosas que hacían resquebrajar su rostro cuando la miraba. Podía leer en sus ojos, podía verlo todo, incluso aunque no le dijese ni una palabra.
Bum, bum, bum.
Se puso sobre ella. Pesaba mucho. La sujetó por las muñecas mientras Marta respiraba dificultosamente. El sudor iba escurriéndose por su rizado flequillo y caía en los oscuros y huidizos ojos de Marta. Sintió que iba a partirse. Sintió que iba a partirla. Sintió que el césped bajo sus rodillas y sus pies crecía. En los ojos de Marta leyó el miedo, el mismo que sienten los animales que son apresados y descuartizados, y eso lo llenó de rabia, porque él quería que esa llama que ardía en sus ojos fuese igual que la suya. No quería ver el temor, ni la inseguridad, ni la duda en ella. Quería ver el deseo, un deseo resplandeciente y terso como su propio órgano sexual. Marta se revolvió debajo de él, tensa. Muchas veces había deseado tener su cuerpo cerca, abrirse a ese fulminante sentimiento que no la dejaba estar tranquila. Lo quería, sí, pero no de esta manera. No con la violencia con la que la sujetaba.
—Suéltame —farfulló muy seria mientras le miraba a los ojos.
Toni se desplomó encima de ella, con la rodilla forzó que abriera las piernas. Pecho contra pecho, dejó que el suave calor de ella le invadiera. Una ropa interior de algodón empapada en sudor y en excitación recibió su pierna. Al contacto con el muslo de Toni, Marta gimió de placer. Sin querer. Llevada por una emoción nueva que anticipaba algunas sensaciones desconocidas para ella hasta el momento. No había nada entre ellos, solo ropa. La nuca de Toni, la espalda de Toni. Sus hombros, fuertes, fibrosos, evidentes como el rugido de un león, le hacían dudar de si quería que se quitara de encima o si por el contrario le apetecía que siguiera. El contacto con su cuerpo, piel con piel, su olor, un olor que sabía a desconocido y a íntimo, había desestabilizado todas sus barreras interiores. Movió sus brazos, ahora libres, en un gesto que iniciaba un abrazo, quería apretarlo contra su pecho. Dejarse llevar por la emoción de tenerlo cerca, pero él había escuchado lo que momentos antes le había pedido. Se hizo a un lado, como un amante que desierta en mitad de un acto sexual. Estaba avergonzado. La excitación y la culpa le abrieron los ojos ante el flagrante hecho de que ya no podían seguir viéndose, porque nunca se mirarían igual. Se giró, tumbándose bocabajo con la esperanza de que Marta no se diera cuenta. Le dolía. Sabía que tardaría un rato en deshacerse de aquella pulsión incómoda. Fijó los ojos en el columpio que seguía cortando el aire por encima de ellos, muy cerca. Siempre le habían dado miedo los columpios. Cuando era un crío, había visto una película con un payaso que secuestraba niños en un parque infantil. Recordó la sensación de vértigo que le producía recordar que había pasado demasiadas horas solo en el parque, esperando a que alguien viniera a recogerle y temiendo que ese desalmado fantasma con pelo encrespado y violento viniera a por él.
Uno, dos, tres. Niños que desaparecen cuando los adultos miran hacia otro lado. Payasos vestidos de paisano. Degenerados que buscan pequeños hombres que permanecen solitarios y frágiles, esperando a que alguien les recoja en un parque mientras cazan hormigas y se las llevan a la boca. Toni cerró los ojos con fuerza. Vio la sombra de un extraño acercarse hacía él en aquella fría tarde de invierno, en la que él montaba en la oxidada herradura que era aquel tiovivo. Solo pero feliz. Deseando que llegarán las ocho y media de la tarde. Momento en el que subiría por su propio pie a casa a cenar. Instante en el que su madre aparecería por la puerta y le daría un abrazo, el abrazo seguro de las personas que te quieren. El que no titubea, ni se prolonga, ni busca otra cosa que estrecharte fuerte y romper todos los miedos que te aprisionan. Pero aquella tarde, aquella tarde el pequeño Toni estaba jugando a mojarse en el parque, estaba huyendo mentalmente del payaso que comía niños y sintió cómo un pie, un enorme pie, le empujaba de su montura con una brutal sacudida y le tiraba al suelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Sintió que la respiración se paraba en su pecho durante unos segundos para volver a él espontáneamente. Al girarse bocarriba, vio el rostro desfigurado de un desconocido. Los oídos se habían ensordecido por la conmoción del golpe. Bum, bum, bum… Entre sordos latidos que amenazaban con romper lo poco que quedaba de él, escuchó como vociferaba, casi no podía oír lo que decía. Lo cogió por la cazadora y lo izó en el aire.
Marta ventilaba más despacio. Se llevó la mano a la cara y con el dorso se limpió el sudor que le nacía de la barbilla.
PLAZA DE LOS CUBOS, 3

Les mandé a la mierda. Sí, unos días después de que Eve se marchara arrastré mi culo hasta el trabajo y, tras la primera llamada, el primer grito del día, solté los cascos encima de la mesa. Cogí mis cosas y me marché por la puerta sin dar explicaciones sobre nada. La gente cree que el hecho de que paguen un servicio les da derecho a gritarte. Se piensan que estás en la obligación de aguantar sus frustraciones. Nada más lejos de la realidad, de lo único que tenemos obligación los unos con los otros es de respetarnos.
Volví a sentarme encima de mi moto. Fue lo primero que hice al llegar a casa. Arrancarla, sentarme encima, dejar que su rugido me invadiese. Necesitaba de nuevo esa libertad entre mis piernas, aceleré con el puño y me deje llevar por las calles madrileñas. Volví a sentirme libre y decidí que no volvería a encerrarme en una oficina atestada de personas que están atadas a una vida que no les hace felices. Puedo ser mediocre también en el mundo exterior y, si me apuras, puedo incluso ser feliz siéndolo. El tema es no dejarse llevar a un lugar en el que te griten sin darte siquiera los buenos días.
Pronto recuperé mis contactos nocturnos y me dediqué a llevar algunas cosas de aquí para allá y de acá para allá y no me preguntaba, ni me planteaba, que llevaban esas cajas en su interior. Esto ya no consistía en repartir piezas de motores o aires acondicionados. No consistía ni mucho menos en ser alguien útil para el mundo del motor, no. Esto eran favores que se pagaban en negro, a los amigos de Angie, y que posiblemente no fueran del todo legales. Nunca he estado muy a favor de rozar la ilegalidad, pero la verdad es que tampoco me parece del todo lícito atarte a una silla treinta años porque un día firmaste el papel equivocado. Así volvimos a vernos. Yo a ella y ella a mí y a todas las cajas que yo transportaba haciéndole un favor inmenso al mismo tiempo que recuperaba una libertad que me era indispensable y casi siempre insuficiente.
Llevo todo el día corriendo de un lado para otro. Habitualmente, a menos que tenga mil encargos, no suelo correr con la moto, pero en días como estos, en los que hay huelgas generales, atentados, colas interminables de voluntarios que te piden un minuto de tu tiempo, de tu atención, y los veinte dígitos de tu cuenta corriente; lo último que me apetecía era mezclarme con la masa informe de gente que va camino de alguna parte, porque siempre hay alguna parte a la que ir, eso es así.
Lamentablemente, elegí un mal día para conducir por Madrid. Hay un atasco en cada esquina. ¿Quieres una prueba fehaciente de que la gente, la mayoría de la gente en su conjunto, está loca? Coge un medio de transporte privado cuando está lloviendo en hora punta. Ahora me acuerdo, aquí viven siete millones de personas, en este sitio tan gris en el que las carreteras se convierten en pistas de mantequilla que te perdonan la vida cuando caen cuatro gotas. ¿Crees que alguien se va a parar, siquiera, a ver si tras el último bote de su Lexus importado te ha escupido un río de barro y humo líquido? No tenía esperanza de que sucediera. Hace tiempo que dejé de creer en una sociedad que se vista por los pies y que tenga, cualquiera de las personas que nos rodean, un mínimo de sentido común, de educación o empatía hacia el prójimo.
Efectivamente, la moto y yo estamos llenas de grasa de la carretera y de barro. Entregué todo a tiempo, menos mal. Cada loco con sus dosis, pero ahora tengo esa sustancia asquerosa que huele a gasolinera de medio pelo hasta en la cara.
Recuerdo las tardes que venía de trabajar pringada de aceite, humo y sudor hasta la médula y Eve estaba sentada en el sofá de casa con las piernas cruzadas, mirando su portátil. La mayoría de las veces me miraba por encima de las gafas, emitía un gemido de disconformidad, como si hubiera venido a romperle su paz interior, y me lanzaba una sonrisa de condescendencia. Me gustaba ese gesto que hacía cuando levantaba la mirada por encima de las gafas de metal. Hacía que sintiera que alguien infinitamente más maduro que las dos juntas se había sentado entre nosotras. Eve tenía la costumbre de no saludarme físicamente. Decía que era una costumbre muy alemana, que los españoles nos tocamos en exceso. Solía decir que le damos demasiada importancia al contacto físico para todo. Detestaba saludar a mis amigas con dos besos. Detestaba que la gente la abrazara. Detestaba sentirse querida en un país extraño. Para ella, no éramos más que un reducto geográfico que se había quedado en el segundo mundo. La culpa era de la pasión y la emocionalidad que le dábamos a todo cuanto nos rodeaba. Solía decirme que era una dramática.
No puedo evitarlo, necesito el contacto con la gente, sentir que me quieren, que me necesitan, que están y permanecen a mi lado, aunque después sea incapaz de corresponder a un acto tan sencillo como un beso en la mejilla, un abrazo o un simple regalo.
Necesito limpiarme de toda esta grasa y este recuerdo sucio que tengo pegado a mi interior cada vez que entro por la puerta de casa y miro hacia el sofá y, sin querer, en mi recuerdo, la veo. Necesito una ducha, quiero esa ducha. Mi pelo gotea la mediana viscosidad del motero experto que transporta cosas ilegales. Llevo la ropa tan pegada al cuerpo por mis fluidos que necesitaré ponerme a remojo por completo.
No paro de sudar y ahogarme desde que se fue.
No tengo hambre. Ni sed. Ni nada.
Solo tengo ganas de verla en ese sofá con las piernas cruzadas y ver cómo se levanta y viene corriendo a abrazarme pese a haber dejado ese miserable trabajo en el que la gente no paraba de gritarme. Hubiera sido bonito vivir ese sueño.
Recuerdo lo que solía decirme Eve cuando entraba por la puerta en esas condiciones, que era como un peluche de una guardería pública después del recreo. Satinada, maltratada y con ese mohín en la barbilla que requería con máxima urgencia una limpieza completa. Era un objeto que venía sucio y que debería ser procesado. Yo abría los ojos como platos, sorprendida, porque a pesar de venir rota y desarmada de un mundo exterior que me había vapuleado, tenía la esperanza de que diera el paso que tanto necesitaba hacia mí.
Entraba en la ducha con la misma fantasía que nunca me atreví a contarle. Deseaba que entrase sigilosamente en el baño mientras yo tenía la cabeza sumergida bajo el agua.
Me hubiera encantado tener los ojos cerrados. Oír como el rasgueo de la tela del sofá anunciaba que había huido deliberadamente de la comodidad en la que se instalaba cada tarde. Sentir sus pies largos y descalzos crujiendo el suelo de madera mientras intentaba flotar por el pasillo en un intento de sorprenderme. Escuchar en la oscuridad de mis parpados cerrados cómo se abrían las bisagras de la puerta, despacio. Notar como entreabría ligeramente la cortina de plástico y cambiaba por un segundo la temperatura interior.
Pensar que cada gota que rebota en el azulejo de la ducha en realidad está golpeándonos a las dos desnudas. Yo, con mi cabeza hundida en el pecho para dejar paso al agua caliente en mis cervicales.
Tú, con tus enormes manos apoyándose en mi espalda. Tan frías, tan secas, tan pacientes.
Yo, con la piel resbaladiza por la grasa y el jabón y las yemas de tus dedos y tú, rodeándome con tus brazos. Queriendo recogerme y estrecharme contra ti. Volver a escucharte: Ich Liebe Dich. Ich Liebe Dich. Ich Liebe Dich. Imagino tus pechos apretándose contra mi espalda, mientras me susurras con tu voz de actriz rota que no vas a marcharte. Pienso en los besos que me darías entre tus brazos en el pliegue de mi cuello. Siento tu lengua arrastrando mi sudor, mi pena, mi rabia. Lamiendo las heridas que tengo en la clavícula.
Sigo soñando con los ojos cerrados en medio del pasillo mientras tú no estás y yo noto cómo deslizas tus manos por mi vientre y apoyo la pierna en la bañera para dejarte paso y tú abres mi vello púbico y buscas ese lugar que encontraste para reconciliarte cada vez que tuvimos a bien pelearnos y yo me humedezco de esa cosa tan extraña que parece ser agua pero en el fondo tiene una textura espesa y tú abres mi carne caliente e introduces uno de tus dedos dentro de mí mientras me inclinas ligeramente para que me apoye con las dos manos en la pared y yo me dejo llevar por ese traqueteo suave y tranquilo con el que me gustaría reencontrarte y tú jadeas en arameo que todavía no quieres que te deje y yo me agito como una lava volcánica encima de tu mano y tú empuñas cientos de señales de tráfico y yo me rompo en un bramido solitario mientras el suelo tiembla bajo mis pies.
Abro los ojos. Dos lágrimas espesas resbalan por mi cara.
Esa tarde la casa está silenciosa. Yo estoy sola. La misma sensación de desapego que llevaba sintiendo durante semanas me invade por completo. No quería recordarte. Solo tenía ganas de darle una patada a la puerta del baño, abrir a máxima presión el grifo con agua caliente y meterme debajo. Poner mi cabeza y mi pelo mugriento, mi cuerpo y ese pegajoso recuerdo de las calles madrileñas a remojo. Quería que se esfumara el olor a pis de mis botas, que desapareciera la nicotina de los fumadores pasivos, que huyeran de los poros de mi piel todos esos mendigos que me habían parado para pedirme dinero cada vez que aparcaba la moto para pedir un paquete. ¡Eh! Me llamo Raquel. He venido hasta la puerta de su establecimiento a consumar esta entrega, no deje, no permita, que mi aspecto le dé una imagen equivocada de la persona que hay dentro. Puedo enseñársela, puedo lavarla, acicalarla, perfumarla. Puedo convertirla en ese ser decente que normalmente es cuando se baja de su caballo de acero.
Y, sin embargo, al mirar el sofá vacío he vuelto a dejarme llevar por tu recuerdo. Eres una zorra. Te odio, me has dejado sola con este vacío, con este sentimiento de culpa, con esta permanente interrogante sobre si habré hecho las cosas bien o solo las habré hecho a medias.
Me has dejado sola, con estas palabras rojas que invaden mi mente a cada instante. Garabateo tu nombre y cierro el cuaderno.
Me limpio las lágrimas con el guante lleno de mugre y las extiendo por mi cara. Dejo el casco en la mesita de la entrada. Las llaves de la moto y del garaje dentro, junto con el mando a distancia de la puerta de acceso a la finca. Me quito los guantes, que están llenos de barro, y los tiro al suelo. Los tiro con rabia porque no me apetece limpiar la mesa de la entrada después y como ya no estás y nadie, porque yo así lo elegí, va a entrar por esa puerta a sustituirte, puedo dejar por medio lo que me plazca. Les doy una patada recordando lo que no me diste y, al acordarme de todos los quiebros que he tenido que hacer contigo para poder llegar a verte cada tarde en ese sofá, una lengua de fuego me sube y me nubla los ojos de color violeta. Me desabrocho la chupa de cuero lentamente, veo cómo se colocan mis pechos dentro del espacio que se va a abriendo al exterior. El aroma de mi sudor plagado de feromonas me sobrestimula. Evocarte todavía me excita. No puedo olvidar el olor de tu piel después del sexo. Por un momento, siento calma. Paso uno de mis dedos por el seno derecho y después lo pruebo. No sabe a nada. Humedecido vuelvo a pasarlo y al volver a mi boca un sabor salado me vuelve convulsa. Me gusta mi sabor, siempre he dicho que si pudiera practicarme sexo oral a mí misma no dudaría en hacerlo. Ha habido otras bocas, otras lenguas, otras salivas que han sabido devolverme mi sabor y siempre he disfrutado con él. Me gusta el sexo oral. Dota mi sistema nervioso de una potencia vital que me emociona. Termino de desabrocharme la cazadora de cuero, me la quito de encima, porque se ha vuelto pesada, porque he comenzado a tener calor, porque al igual que los guantes nadie me dirá dónde tengo que dejarla. No me perseguirás esta tarde por encima de tus gafas de metal. No querrás venir a la ducha. No querrás abrazarme. También la tiro al suelo y le doy una patada y me río, mientras van naciendo olas de amargura interna, porque me doy cuenta de que, aunque yo quisiera que alguien entrara por esa puerta y que me gritara porque he dejado la ropa tirada en el suelo, nada podría ser más lejano a la realidad. Quién va a quererme ahora que tú te has ido. Quién va a decidir que estaría mejor debajo de la ducha que allí haciendo un ritual absurdo de entierro de mi franqueza mientras los duelos que deberían haberse pronunciado la noche que te encontré con otra se escapan por la ventana.
Avanzo un poquito por el pasillo, como si fuera una china que tiene los pies muy pequeños, y tengo cuidado de no pisar mis cosas para no dejar las pruebas evidentes a quien algún día entre por esa puerta de que allí, tal día como hoy, se cometió un verdadero asesinato. Me desato el cinturón. Me doy cuenta de que estoy adelgazando, de que gracias a tener que preguntarme a mí misma si el problema fui yo he perdido por completo el apetito. Es triste darse cuenta de que una está enamorada de la comida y que en este momento no le apetece ni probarla. No sé cómo aguanto encima de la moto esas interminables horas de intenso tráfico. Cómo puedo resistir esa tensión circulatoria sin comida, sin venirme abajo, sin que nadie decida si entra sigilosamente en el baño o no. Me saco la camisa. Desde siempre he llevado camisas, a ti no te gustaba, pero decidí a tiempo que no podrías con esa parte de mí. Sin quitar los botones, la saco por encima de la cabeza, de cintura para arriba tengo el torso libre. Para que vengas a tocarlo o lamerlo o arañarlo, si es que te apetece. Mi propia carcajada me sobresalta, me doy cuenta de que sigo estando sola, luego puedo si quiero arrastrar las manos por la piel y sentir, ahora que mi termómetro interior se ha elevado, que en realidad es suave, cristalina y que tiende un poco a la depresión. Lanzo la camisa contra la puerta del baño, su impacto abre ligeramente la puerta, que me devuelve una corriente de aire frío que hace que mis pezones se pongan erectos. Si yo hubiera podido ser un estado impersonal de una parte de un ser animado, me hubiera gustado ser el estado erecto. No hay nada más maravilloso en este mundo que la demostración total de permanecer inquebrantable ante las circunstancias de la vida. Incluso aunque tú te hubieras posicionado detrás de mí en la ducha, me hubieras penetrado con tu mano libre y hubiéramos gemido como animales. Incluso en esas extrañas circunstancias, hubiera podido demostrarte que soy inquebrantable.
Imagínate ser un pezón y de pronto sentir que la palma de una mano cálida te acaricia y te devuelve a ese estado de fortaleza, en el que, por mucho que duela la tensión, sientes un placer que nadie podría, de otra manera, pagarte.
Imagínate ser tus pies largos y tener la seguridad de que vas a romper con esa fricción el silencio del pasillo. La frialdad que se había instalado entre nosotras.
Imagínate ser tu dedo y entrar por mi vagina y, en ese acto maravilloso que es la entrega del placer ajeno, bailar en un estanque caliente de fluidos viscosos. Dilatar la sangre que baja a exponer todas las hebras capilares.
Imagínate ser la piel que se moja tras de mí y la piel que está seca y que en esa fusión extraña de momentos y sudores no tengas ganas, no quieras buscar en otra persona lo que yo no me atreví a confesarte.
Vuelve, Eve.
Las palmas de mis manos tienen frío, han comenzado a sentir el descenso de temperatura que hay en el baño. Mi piel expuesta al contraste de aire que navega por el pasillo hace que en dos zancadas y con el pantalón desabrochado salte hasta la vieja tarima de nuestro antiguo paraíso, que ha decidido no moverse de donde está y permitir que esta sucia y enajenada apariencia de ser humano que ha quedado desde que te fuiste tome prestada el agua caliente que le devolverá definitivamente a la vida.
Acarician mis pechos. Mis manos, digo, en ausencia de las tuyas, acarician mis pechos, como si los pesaran, como si quisieran grabar en ese minúsculo trozo de piel que es el anverso de la mano la medida exacta de esas cosas que solían gustarte. Miro el pantalón desabrochado y, con el cinturón caído, el vello púbico sale por encima de la cremallera. Negro. Me bajo el pantalón dejando que el cuero resbale por mi piel. Toco mis muslos, fuertes, solemnes, siempre dispuestos a atenazar ese caballo de acero que me permite ganarme la vida. Alguna vez he pensado en cómo sería quedarse inválida a causa de un accidente de tráfico. Creo que me quitaría la vida, que el peso de los recuerdos de una vida en la que he sido casi feliz gracias a mi capacidad física para superar los momentos más duros tendría tanto peso en mí que me superaría la tristeza. Puedo soportar que te marches con otra, que me hayas dejado, que hayas decidido que estás mejor sin mí. Porque ya no te gusto, no te complazco, no sé darte la explosión de placer que antes te regalaba sin ningún problema, pero no soportaría quedarme postrada en una silla de por vida. Buscaría la forma de acabar con ello.
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