Kitabı oku: «Alex Dog Boy»

Primera edición en Panamericana Editorial Ltda., julio de 2020
Título original: Alex Dogboy - Tredje kärleken
© 2005 Monica Zak
© 2005 Bokförlaget Opal AB
© 2020 Panamericana Editorial Ltda.
Calle 12 No. 34-30, Tel. : (57 1) 3649000
www. panamericanaeditorial. com
Tienda virtual: www.panamericana.com.co
Bogotá D. C., Colombia
Editor
Panamericana Editorial Ltda.
Edición
Miguel Ángel Nova
Ilustraciones
Andrés Rodríguez Moreno
Traducción del sueco
Óscar García
Diagramación
Jairo Toro R.
ISBN 978-958-30-6080-9 (impreso)
ISBN 978-958-30-6367-1 (epub)
Prohibida su reproducción total o parcial
por cualquier medio sin permiso del Editor.
Hecho en Colombia - Made in Colombia

Contenido
La muchacha del vestido rojo
El corazón que aplaudía
Un duende y una buena vida
Margarita, Margarita
En busca de una muchacha raptada
Tobogán en la oscuridad
Feliz, dos minutos
Un apéndice roto
Perros celestiales
¿Son ángeles los que han venido?
Un entierro y un baile
Secretos oscuros
El tercer amor
El milagro del baño
Una cama en llamas
Días felices
¡Tienes que declarar, Vera!
Manuel Globo
Quiero tener un hijito para abrazarlo
¡MA-ZO-DO!
El tatuado
Vómito en una bolsa de plástico
Tres amores
El hombre que a lo mejor era el papá de Zofi
Fiesta por Eleonor
Pelea con un gordo
Lo más terrible
Crack
Estados Unidos, Estados Unidos
Sueños con mondongo
El prisionero Alex
El final
Epílogo
La muchacha del vestido rojo

Alex, el niño de la calle a quien también le decían Dogboy, recogió una piedra y se puso a picar un número telefónico que estaba escrito con marcador sobre la pared amarilla.
Sus tres perros, Emmy, Canelo y Chico, lo miraron con interés.
La acera donde el niño estaba picando la pared quedaba en la parte más peligrosa de Tegucigalpa, la capital de Honduras.
Alex arrancó meticulosamente la argamasa amarilla; ahora ya no se veía el número. Dio un paso atrás, observó su obra y sonrió satisfecho.
Para ser alguien que vivía en la calle, Alex Dogboy se veía sorprendentemente pulcro. Los jeans estaban solamente un poquito sucios; tenía zapatillas, y su pelo negro y rebelde lo cubría una gorra roja que llevaba al revés. Sus manos estaban limpias, y su cara también.
—¿Te has vuelto loco?
La voz chillona venía del pequeño puesto que estaba en la acera, detrás de él. Y quien gritaba era doña Leti, la dueña del puesto. Ella le acababa de servir la primera orden de carne asada al primer cliente de la mañana, cuando descubrió lo que Alex había hecho.
—¿Te has vuelto loco? Ese era el número telefónico de tu mamá. Yo te lo escribí en la pared para que no se te olvidara.
Alex le gritó:
—No quiero el número de mi mamá. Porque nunca más la pienso llamar. Arranqué su número de la pared porque me ponía muy furioso cada vez que lo veía...
Doña Leti comprendió que Alex estaba triste, a pesar de que sonaba enojado, y dijo con su amable voz:
—Ven a sentarte.
Todavía hirviendo de ira, Alex se dejó caer en la banca, junto al primer cliente de la mañana. La banca estaba enfrente de una mesita en la acera. La mesa y la banca eran el pequeño comedor de doña Leti. Tan pronto Alex se sentó, ella le sirvió un plato de cartón con un gran pedazo de carne asada, tres tortillas, un volcán de ensalada y un vaso de Coca-Cola.
Los tres perros estaban sentados exactamente detrás de él. Resollaban esperanzados.
—La primera vez que yo vi a este muchacho fue hace unos tres o cuatro años —le dijo doña Leti al cliente—. Entonces siempre andaba bien sucio. Y roto. Siempre lo acompañaban dos perros. Yo acostumbraba verlos acostados, durmiendo juntos en la acera. La primera vez que hablé con él me presentó a los perros. “Este es mi papá”, me dijo, señalando a ese gran perro lanudo. “Y esta es mi mamá”, me dijo, y señaló a la perrita blanca.
—No tiene nada de raro —dijo Alex, y como siempre que hablaba con doña Leti, se le fue el enojo y se enterneció.
—Los perros eran mi familia. Cuando yo era pequeño siempre veía a Canelo como a mi papá, y a Emmy como a mi mamá. Ellos se preocupaban por mí, eran los únicos que se preocupaban por mí.
—Es cierto —le dijo doña Leti al cliente—. Su verdadera madre lo dejó cuando él tenía seis años. Se fue para Estados Unidos y se llevó a los hermanitos de él. Alex era el menor. Pero a él no se lo llevó. No entiendo cómo una madre puede hacer eso. Después Alex se vino con su papá para la ciudad. Estuvieron viviendo donde una tía. Una vez, cuando Alex iba a tercer grado, su papá desapareció. También él se había ido para Estados Unidos, sin decir nada, y había dejado a Alex. Una mañana ya no estaba. ¿O no es así?
—Sí, así es —dijo el muchacho, mientras le pasaba un hueso con carne ya mordisqueado a Chico, el perrito que era hijo de Emmy y Canelo, los perros que él hasta hace poco había llamado sus padres.
—Yo esperé y esperé a que mi mamá y mi papá me vinieran a recoger —continuó—. Pero nunca vinieron. Al final me aburrí de esperar. Me fui. Dejé la casa de mi tía y me fui para la calle. Creo que tenía diez años cuando me hice niño de la calle.
—Pero él siempre hablaba de su mamá y la echaba de menos —dijo doña Leti—. A veces se ponía a llorar, sentado aquí en la banca. Un día conseguí el número telefónico de su mamá. Ella vivía en Estados Unidos, en Los Ángeles. Fuimos a la compañía de teléfonos y la llamamos.
—Yo le dije a mi mamá que la extrañaba
y que pensaba en ella día y noche —dijo Alex, mirando fijamente hacia delante—. Le dije que quería verla. Y le dije que quería ir a vivir con ella allá en Los Ángeles. Lo único que contestó fue que no quería que yo fuera. Me dijo que ahora tenía otro marido, y que había tenido tres hijos más.
No dijo que me había extrañado, ni que se había preocupado por mí. Ni siquiera me preguntó cómo estaba.
Alex Dogboy se calló. Siempre que hablaban de su mamá se le bajaba el ánimo. Se hundió en la banca y clavó la vista en sus zapatillas, que le quedaban un poco grandes. Nadie dijo nada.
“De todos modos, qué bien que el número telefónico ya no está”, pensó. Porque la llamada que había hecho a su madre era lo que había cambiado todo. Había sido la primera vez en siete años que escuchaba la voz de su madre. Pero después de haber hablado con ella, había concluido que ella no lo quería. Ella-no-lo-quería.
Fue después de esa llamada cuando él empezó a ver las calles de Tegucigalpa de otra manera.
Fue entonces cuando llegó a la conclusión de que este era su hogar.
Él era de aquí.
Y era aquí donde se iba a quedar.
Solo entonces pensó en una cosa importante; pensó que en realidad él tenía dos madres. Doña Leti era una. Ella lo dejaba ayudar en el pequeño comedor; y a cambio de eso le daba algo de dinero y comida para él y sus perros, que ahora eran tres. Ella se preocupaba por él. Quería que él estuviera limpio y que no consumiera drogas. A veces hasta se llevaba su ropa sucia para la casa y la lavaba. Sí, así eran las madres de verdad. Su otra mamá era doña Rosa. Ella vivía en una ruina, y él podía dormir ahí por las noches.
“Tengo dos mamás, no todos las tienen”, pensó, y se sintió más alegre. Se volvió a enderezar, giró la cabeza y recorrió con la mirada la larga calle Real.
Y entonces la vio.
Primero parecía una mancha roja. La mancha roja se hizo más grande. Ahora pudo ver que era una muchacha de vestido rojo, que venía corriendo en la acera del otro lado de la calle. Cuando vio quién era, su corazón empezó a martillar, a golpear, a dar vuelcos tan bruscamente que apenas podía respirar. A pesar de que le costaba respirar no pudo evitar una gran sonrisa. En la otra acera venía corriendo Margarita.
El corazón que aplaudía

Jamás, jamás olvidaría la primera vez que la vio. Fue hace mucho tiempo. Él creía tener quince años ahora, por lo que en ese entonces seguramente tenía diez. Era bastante nuevo en la calle. Algo espantoso había hecho que él no pudiera quedarse en la ciudad. Creía que un extranjero, que se llamaba George, quería hacerle algo. Quizá era pedófilo, no estaba seguro. De todas maneras George era peligroso.
Para salvarse tuvo que irse de la ciudad cuanto antes. Como no tenía dinero, se colgó de la parte trasera de un autobús que iba para el basurero de la ciudad. Había escuchado que ahí se podía ganar dinero.
Fue en el basurero donde la vio por primera vez.
Nunca iba a olvidar la imagen de Margarita, que de repente venía atravesando una llanura quemada, una muchacha de vestido corto y rojo, rodeada de veinte perros que saltaban y ladraban con alegría.
Ahora no la rodeaban los perros, pero el vestido seguía siendo rojo, de un rojo resplandeciente. Traía zapatillas y corría rápida y relajadamente por la acera.
Boquiabierto y con el corazón aplaudiéndole, la miró fijamente. Pero de repente vio que ella se metió en una calle transversal y desapareció detrás de unos puestos. Solo entonces despertó y se lanzó al tráfico para darle alcance. Como siempre, no necesitó decirles nada a los perros; los tres lo siguieron automáticamente. Corriendo detrás de él, entraron directamente en el flujo de carros. Un taxista pitó enojado. Pero los cuatro pasaron la calle, sanos y salvos.
Alex siguió corriendo y dobló en la calle donde había visto desaparecer a Margarita. No la vio y aminoró la velocidad. Recorrió la calle despacio, mirando en cada negocio y en cada puerta de los pequeños hoteles que bordeaban la calle. No estaba. Dobló en la esquina, saliendo en otra calle más ancha, y miró en las salas de billar y en un negocio donde vendían colchones. En todas partes preguntó si habían visto a una muchacha de vestido rojo.
Nadie había visto ninguna muchacha de vestido rojo.
Después de dar vueltas buscándola por varias horas, regresó a donde doña Leti. Se sentó en la banca, recostado contra la mesa, y clavó los ojos en la esquina donde la muchacha había desaparecido.
—¿Qué pasa? ¿Qué estás viendo? —preguntó doña Leti, que se había sentado a descansar ahora que no había clientes a quienes asarles carne.
Dogboy no quería contar que había visto una muchacha de quien él había estado enamorado hacía mucho tiempo, cuando era pequeño y recién convertido en un niño de la calle. Por eso solo se encogió de hombros. Se quedaron callados, viendo la corriente de carros por la calle. Para pasar el tiempo, doña Leti empezó a contarle una historia de miedo. Ella acostumbraba contar historias cuando no había otra cosa que hacer. A Dogboy le gustaba mucho escuchar sus historias, en especial las de miedo. Esta vez le contó algo muy raro que le había pasado a la prima de su papá.
Alex Dogboy se quedó quieto, escuchando. Y mirando. Ya bien tarde, su corazón empezó de nuevo a acelerarse. Margarita venía de regreso. Ahora no venía corriendo, sino que caminaba de forma normal. Alex quería salir corriendo a encontrarla y hablar con ella, pero había algo que lo detenía.
Él la había defraudado.
Mucho tiempo después de la vida en el basurero se habían vuelto a encontrar, ella le había pedido algo y él la había defraudado. No se había inscrito en un orfanato para niños de la calle, donde ella vivía ahora. Ella, la muchacha de los veinte perros, quería que él se quedara en el orfanato. Ella se lo rogó. Pero él no habría podido vivir ahí. Odiaba el encierro, el olor de los colchones orinados en los dormitorios y el eco de los ruidos en el comedor. Probablemente habría soportado todo eso por Margarita. Pero dos cosas lo hacían imposible.
Los perros.
Las pocas noches que durmió ahí estuvo despierto, preocupado por los perros. Sus perros Canelo y Emmy habían desaparecido. Tenía que salir a buscarlos. Lo otro era la libertad. En la calle estaba toda la libertad. Él era tan adicto a la libertad como un alcohólico lo es al alcohol o un drogadicto lo es a la droga. Sentía que no podía respirar sin esa libertad. Y, como se dijo, también estaban los perros.
Margarita le había pedido que se quedara, y él le había prometido quedarse con ella. A pesar de eso, después de dos días había escalado el muro y se había escapado del orfanato. De seguro ella estaba muy decepcionada de él.
Él y sus tres perros, Canelo, Emmy y Chico, la iban siguiendo ahora.
Quizá iban diez metros detrás de ella.
“La alcanzaré y le diré algo —pensó—. No le diré que siento mucho haberme escapado. No, entonces solo pensará en que la defraudé. No, la alcanzaré y le diré: ‘¿Qué pasó con tus veinte perros?’. Y luego le diré que yo he encontrado a los míos. Y entonces yo levantaría a Chico y se lo pasaría, diciéndole que este era el cachorro de ellos. ‘Yo lo llamo Chico. ¿Verdad que está bonito? Pero Chico no es un nombre bonito. Recuerdo que tú les habías puesto unos nombres muy buenos a tus perros. ¿Puedes ponerle un nombre mejor a Chico?’”.
Eso iba a hacer.
Pero no se atrevía.
El muchacho y los perros siguieron a la muchacha del vestido rojo a través de una calle llena de puestos, carros que pitaban y gente que se apretujaba. La siguió por el puente sobre el río maloliente, y ahí se detuvo. Desde ese lugar vio que Margarita llegó hasta una casa azul que era un hogar para niños de la calle. Golpeó en una puerta negra de metal y la dejaron entrar.
Dogboy sintió una palmada en la espalda y se asustó tanto que gritó. Sus tres perros reaccionaron de inmediato, gruñendo y mostrando los dientes. Pero quien le había dado la palmada no era ningún policía ni un adulto malo. Era Elvis, un niño de la calle que él sabía que se había mudado al orfanato. Alex les dijo algunas palabras tranquilizadoras a sus perros. Eso bastó para que dejaran de gruñir y se echaran en la acera moviendo la cola.
—¿Qué andas haciendo en la ciudad? —le preguntó a Elvis.
—Yo estoy practicando en un taller —dijo Elvis—. Estoy aprendiendo a soldar. Está muy bien. Me pagan. Y después del trabajo regreso al orfanato, a comer y a dormir.
—¿También Margarita está practicando?
—Sí. Ella trabaja en una panadería.
Después de un momento Elvis se fue para el orfanato azul. En realidad no debía hablar con muchachos como Alex, que todavía vivía en la calle.
Alex Dogboy regresó caminando muy alegre a la parte de la ciudad que era su territorio. Ahora sabía que Margarita practicaba en una panadería. Empezaba todos los días a las siete de la mañana, le había dicho Elvis. Terminaba a las cinco y a esa hora regresaba al orfanato.
“Mañana la pararé y le diré eso de los perros. Claro que lo haré. Y después le pediré que deje el orfanato y se vaya a vivir conmigo a la ruina”.
Un duende y una buena vida

Seis personas estaban sentadas alrededor de un gran fuego, protegidos por los muros de la ruina. El cielo era negro como terciopelo, y el aire tropical era caliente.
Alex tomaba sopa en una lata de conserva. Sonreía sin causa aparente. Aquí, en las ruinas de una casa que había sido destruida por el gran huracán, todo era tranquilo y seguro. Su vida había dado un giro muy inesperado... Su vida ya no estaba mal. No deseaba irse a ningún lado. Y todos los que estaban sentados alrededor del fuego, en cajas de gaseosas volteadas, eran sus amigos. Antes solía decir “yo no tengo amigos, los perros son mis únicos amigos”. Eso ya no era así. Todos los que estaban alrededor del fuego eran sus amigos. Eran superamigos, personas en las que podía confiar.
La alegría lo inundaba.
Y pensar que la vida podía ser así de buena.
Ahí estaba doña Óscar, quien había hecho la sopa. Tenía pantalones rosados y una blusa blanca con volantes. Sus labios estaban pintados de un rosado escandaloso, y en ese momento trataba de ponerse un par de pestañas postizas azules. Estaba por irse. Todas las noches salía.
Ahí estaba doña Rosa, sentada en una caja de gaseosas volteada. Era la reina de la ruina, una mujer delgada y amable. Ella les permitía a todos los que necesitaban un techo que durmieran en la ruina. Lo que hicieran en la calle no le importaba, pero en su ruina no podían consumir drogas ni alcohol.
Ahí estaba Carlos, que vivía con doña Rosa. Era un hombre pequeño y gordo que cojeaba bastante desde que había sido atropellado por un autobús.
Ahí estaba Marvin, un muchacho negro y grande que era una maravilla, porque siempre estaba alegre y lleno de energía. Alex sentía que se ponía alegre con solo ver a Marvin.
Y ahí estaba Nelson, un muchacho pálido y callado, un niño de la calle que había aparecido hacía unas semanas y de quien nadie sabía casi nada.
Y por supuesto también estaban los perros. Doña Rosa tenía dos perros y Alex tenía tres. Los cinco perros se llevaban bien y casi nunca peleaban.
Los seis estaban sentados en cajas de gaseosas vacías alrededor del fuego, tomando la sopa que doña Óscar había preparado con tomates, arroz y cebolla. Unos tenían platos hondos de plástico; pero como no había platos para todos, algunos usaban latas vacías. Doña Óscar se reía con ganas y sus dedos revoloteaban alegres cada vez que alguien decía que su sopa estaba sabrosa. Los perros se mantenían despiertos, relamiéndose de vez en cuando, pues sabían que tan pronto los seis que estaban alrededor del fuego hubieran comido, alguien iba a poner la olla en el suelo para que ellos también se saciaran.
Antes, cuando Alex dormía en la calle, las noches eran lo peor. Era la hora del miedo. Era cuando los niños de la calle eran atacados. Era cuando hombres y jóvenes los metían en carros y se los llevaban a las afueras de la ciudad para maltratarlos. Era cuando hombres desconocidos pasaban en camionetas grises todoterreno y les disparaban desde la ventanilla. Cuando la violencia contra los niños de la calle aumentó y eran muchos los que morían cada mes, doña Leti empezó a insistir: “Tienes que encontrar un lugar donde puedas dormir adentro. Es demasiado peligroso dormir en la calle”. Recordando esas palabras, Alex aceptó de inmediato cuando doña Rosa lo invitó a dormir en la ruina que había encontrado. Desde entonces pasaba todas las noches en la ruina.
Esta noche calurosa Alex se dio cuenta, de repente, de que estaba satisfecho con su vida. Probablemente era la primera vez que sentía eso. Estaba enamorado de nuevo. Tenía dos adultos que se preocupaban por él, doña Leti y doña Rosa. Tenía tres perros a los que quería mucho. Tenía más amigos. Y tenía un lugar donde dormir. Sí, hasta tenía un colchón donde acostarse.
Doña Leti y doña Rosa decían que estaban contentas con él. Estaban contentas porque él había dejado de inhalar pegamento. Realmente lo había logrado. Y tenía dos trabajitos. Le ayudaba a doña Leti con el puesto y, además, en una tienda de videos. Limpiaba la tienda varias veces a la semana y en recompensa podía bañarse en la bodega. Ahí había también un lavadero donde podía lavar su ropa. Y ahí tenía él una repisa con algo que era un verdadero lujo para alguien que vivía en la calle. En la repisa tenía un peine, un cepillo, un jabón y un bote de champú. Y hasta tenía desodorante.
“Una buena vida”, pensó, y no pudo evitar reírse.
Se acordó de la primera vez que había escuchado esas palabras: una buena vida. Había sido hacía mucho tiempo, cuando todavía vivía donde la tía. Un niño de la calle que se llamaba el Rata se había puesto a conversar con él y había dicho: “Vete de la casa, hazte niño de la calle, la vida en la calle es una buena vida”. Poco después lo había hecho. Pero la vida en la calle no había sido una buena vida. Al contrario. Hambre. Frío. Miedo. Traición. Tristezas.
Solo hasta ahora le parecía que esas palabras concordaban con la realidad. “Una buena vida”, pensó Alex Dogboy, y levantó a su perro más joven para ponérselo en las rodillas y hundir luego la cabeza en su suave piel. Canelo y Emmy se acercaron de inmediato, compitiendo por echarse en sus pies.
—Hoy me contaron una historia bien bonita —les dijo a los que estaban sentados alrededor del fuego—. Es sobre un duende. Doña Leti me la contó. Y es una historia verdadera, porque fue algo que le pasó a la prima de su papá.
Cuando vio que todos los cinco se callaron y lo miraron, le entró la duda. ¿Se atrevería a contar la historia? No, por supuesto que no lo iban a querer oír.
—Es una historia larga —se disculpó, escuchando la inseguridad en su propia voz—. ¿De verdad quieren oírla?
—Sí —dijeron todos, asintiendo ansiosos con la cabeza. Alex observó sus rostros iluminados por el fuego que parpadeaba. Nadie añadió nada y todos lo miraron con expectación.
—Bueno, esa prima se llamaba Sara.—comenzó Alex dudoso—. Era joven y vivía en algún lugar en el campo. No me acuerdo dónde, pero quizá no importa.
—No, para nada. Pero sigue, pues —dijeron impacientes doña Óscar, Nelson, Marvin y don Carlos. Doña Rosa había estado cansada todo el día y apenas cabeceó. Dogboy se dio cuenta de que le gustaba mucho gozar de la atención absoluta de todos. Así que recobró el valor y continuó:

—Un día, Sara venía por la vereda que va para el pueblo. Entonces se encontró con un duende. De inmediato ella se dio cuenta de que era un duende porque no tenía ni un metro de estatura. Todos saben que solo los duendes son así de pequeños. Aparte de eso se veía como un hombre cualquiera. Era muy guapo y estaba bien vestido, pero, como dije, era pequeño. Parece que el duende se enamoró de Sara a primera vista, porque fue a donde ella y le dijo: “Estás bien linda. Estoy enamorado de ti”. Todos dicen que a las muchachas que ya tienen novio nunca las enamoran los duendes. Eso es mentira. Sara tenía novio y aun así le salió el duende. “Vete”, le dijo Sara. “No te quiero ver. Yo ya tengo novio”. Entonces el duende se puso a llorar desesperadamente. Lloró y lloró. Lloró tanto que se convirtió en una nube de niebla que se disolvió lentamente y desapareció.
—Así me sentí yo cuando mi primer gran amor me dejó —dijo doña Óscar, fingiendo que se secaba las lágrimas con los volantes de su blusa blanca.
—No interrumpas —dijo Carlos—. Sigue, Alex.
—¿Cómo era? Sí, ese duende no podía olvidar a su gran amor. Regresó y le dijo que estaba bien linda y que estaba enamorado de ella. Además le dijo: “Quiero que estemos juntos”. “No”, le dijo Sara, “eso no se puede, porque ya tengo novio. Nos vamos a casar muy pronto”. “No importa”, le dijo el duende. “De todos modos podemos estar juntos”. Pero Sara se negó a estar con un espíritu. El duende no se dio por vencido, se le siguió apareciendo. Cada vez que ella iba sola a algún lugar, se le aparecía. Si ella bajaba al río a lavar la ropa, de repente él iba junto a ella en la vereda. Y lo mismo sucedía si iba a la tienda o al mercado. Siempre le decía que ella estaba linda, que él estaba enamorado y que quería que estuvieran juntos. Podían estar juntos sin que su novio se diera cuenta. Sara seguía diciendo que no. Su novio empezó a sospechar que ella se veía con otro y por eso la seguía a escondidas. Pero como nunca vio a ningún hombre cerca de ella, se calmó. Porque a un duende solo puede verlo la persona de quien él está enamorado. La boda se llevó a cabo. “Qué bien —pensó Sara—. Me libré del duende”. Pero al día siguiente de la boda el duende se le apareció en el jardín de la casita donde vivían, y esta vez le dijo que quería a su primer hijo. “Si me das a tu primer hijo, te voy a hacer rica”, le dijo. El hombre con quien Sara se había casado era muy pobre. Vivían en una casita miserable, con goteras, y no tenían ni una gallina. Además les faltaba la comida. Por eso le dijo que sí al duende, y no bien se lo había dicho cuando ya tenía doce vacas gordas en el potrero. Y alrededor de la casa corrían y cacareaban doce gallinas. Y en el chiquero había doce cerdos grandes y gordos.
—Yo quisiera encontrarme a un duende —dijo doña Óscar—. Me aseguraría de que me diera un carro y ropa bonita. Lo malo es que no me gustan los enanos.
—¡Silencio! —gritaron enojados Carlos y Marvin, y hasta el pequeño y callado Nelson alzó la voz.
Alex siguió relatando, asombrado de ver que todos querían escucharlo de verdad:
—Sara se quedó con los animales. Todos en el pueblo estaban sorprendidos porque sabían que su esposo era muy pobre. Por eso la gente empezó a cuchichear y a decir que esas vacas, esas gallinas y esos cerdos seguramente se los había dado un duende que estaba enamorado de ella a pesar de que estaba casada. Y así como lo deseaba el duende, Sara quedó pronto embarazada. Pero cuando la criatura nació el duende se enojó, porque él quería un niño y Sara había tenido una niña. Se enojó tanto que castigó a Sara. Las vacas se murieron, y las gallinas y los cerdos también. Se murieron todos al mismo tiempo. Después de eso desapareció Sara, que era la prima del papá de doña Leti. Una mañana simplemente había desaparecido sin dejar rastro. Su marido puso la denuncia en la Policía. Los policías la buscaron y su marido la buscó. Los vecinos la buscaron. Y toda la familia de doña Leti buscó a Sara. Pero jamás la encontraron. Doña Leti me contó que toda su familia y toda la gente del pueblo donde vivía Sara estaban convencidos de que ella había sido raptada. Todos están convencidos de que el duende enamorado se la llevó y la escondió en el fondo de una cueva. Ahí quedó encerrada. Y si ahora no está muerta, debe estar viviendo todavía en la cueva con el duende.
Alex Dogboy se calló. Se sentía satisfecho de sí mismo. Las estrellas ardían sobre sus cabezas, la noche todavía estaba deliciosamente cálida. Puesto que todos ya habían comido, bajó la olla de sopa al suelo, para los perros. Y mientras lo hacía, todos dijeron que les parecía que había contado una buena historia; todos menos doña Rosa, que se había dormido sentada en su caja de plástico. Cuando la despertaron no podía caminar sola, por lo que tuvieron que cargarla para meterla en la casa y acostarla en la única cama que había en la ruina.
Alex se tiró después en uno de los colchones de espuma de poliuretano que estaban en el piso de cemento. Cada vez que lo hacía pensaba en la suerte que había tenido. Durante muchos años había dormido en aceras o directamente en la tierra. Aquí en la ruina de doña Rosa le habían dado un colchón para que durmiera. Ahora estaba acostado en el colchón de espuma pensando en lo bien que estaba y pensando en el duende.
La historia le dio una idea a Alex. Él haría igual que el duende. Ya no le iba a empezar a hablar a Margarita de los perros. No, la próxima vez que la viera iría directamente a donde ella y le diría: “Estás bien linda. Estoy enamorado de ti. Quiero que estemos juntos”. Después le diría que si quería, se podía mudar a la ruina.
Antes de quedarse dormido se imaginó lo bonito que todo iba a ser cuando ella se hubiera venido a la ruina. Cada mañana Margarita se levantaría, se pondría su vestido rojo y los tenis blancos y se iría a la panadería. Cada tarde, cuando regresara, traería galletas para doña Rosa. Al anochecer, Margarita y él se sentarían pegaditos frente al fuego a comer con los demás, y todos hablarían y reirían.
Y todas las noches dormiría aquí. Con él. En su colchón.
“Una buena vida”. Esas fueron las últimas palabras en las que Alex pensó, antes de entrar al desconocido reino de los sueños.