Kitabı oku: «Historia de un engreído»
Mordecai Richler

(1931 – 2001)
Mordecai Richler llegó a Londres a mitad de los años 50 procedente de la famosa St. Urban Street, corazón del barrio hebraico de Montreal, donde transcurrió su infancia. Se quedó en Londres hasta 1972 y tuvo la oportunidad de vivir en primera persona los cambios de la década de los ’60. Escritor siempre irónico y contrario a cualquier tipo de ortodoxia, vieja o nueva, Richler aprovechó la experiencia de esos años para escribir Historia de un engreído, una novela satírica con tintes muy negros de la contracultura de los Swinging Sixties. De vuelta en Canadá, se afirmó como uno de los escritores más importantes de su generación. Entre sus novelas destaca La versión de Barney que fue llevada al cine en 2004, protagonizada por Paul Giamatti y Dustin Hoffmann.
Escalones,
13.

Título original: Cocksure
© Mordecai Richler, 1968
Primera edición: octubre 2021
© de la traducción: Manuel Manzano 2021
© de la presente edición: La Fuga Ediciones, 2021
© de la imagen de cubierta: Ana Rey, 2021
Corrección: Olga Jornet
Revisión: Iago Arximiro Gondar Cabanelas
Maquetación digital: Iago Arximiro Gondar Cabanelas
ISBN:978-84-121595-7-8
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Mordecai Richler
Historia de un engreído
Traducción de Manuel Manzano

Glosario Yiddish
A guten yeor: Feliz año.
Ach: ¡Ah!
Alavah sholem: Que la paz sea contigo.
Bubbi: Abuela.
Bar mitzvah: Rito judío que celebra el inicio de la madurez.
Chaver, pl. Chaverim: Compañero.
Gefilte: Plato típico de pescado picado y empanado.
Goy, pl. Goyim: Se usa para indicar, a menudo en sentido peyorativo, a los no judíos o gentiles.
Goyische: Propio de los goyim o gentiles.
Gut gezukt: Bien dicho.
Kishkas: Plato que se elabora con los intestinos de la vaca.
Oy: Expresa dolor, consternación o exasperación.
Schmaltz: Receta de arenque graso curado en sal y en escabeche y endulzado con azúcar moreno.
Schwartze: Negra.
Shiksa: Mujer no judía o gentil.
Shlemils: Persona incómoda o desafortunada cuyos esfuerzos, por lo general, fracasan.
Shmock: Idiota.
Shmutz: Porquería.
Yid: Judío.
Yiddishkeit: Judaísmo.
Zeyda: Abuelo.
Para Jack y Haya.
1.
Dino Tomasso frenó delante de la puerta alta y familiar que mostraba un par de serpientes apareándose entrelazadas en hierro forjado. No necesitó enseñar pase alguno, pero tuvo que esperar, tamborileando en el volante con los tres dedos restantes de su mano izquierda, mientras el guardia armado y con uniforme negro accionaba la palanca que abría el portón e indicaba al Cobra 427 de Tomasso que entrara. Tomasso se deslizó por el sinuoso camino bordeado de cipreses, silbando alegre, hasta que vio a Laughton sentado junto a la piscina.
Laughton, uno de los doctores adscritos a la unidad médica del Creador de Estrellas, estaba tomándose un trago con Gail, una bella enfermera en bikini.
—¿Tienes tiempo para un tirito rápido? —preguntó.
—No, lo siento —dijo Tomasso con voz incierta.
—¿Cómo estás?
—Fatal. En serio.
—Quédate solo un momento. —Mientras le guiñaba un ojo a Gail, Laughton sacó una tabla optométrica de debajo de la servilleta y señaló con un mezclador de cócteles la quinta fila: u, f, j, z, b, h, q, a.
—Vamos —dijo.
Tomasso extendió la mano, cogió un pañuelo de papel y se secó la frente y la nuca gruesa y grasienta. Entrecerró los ojos.
—Haré lo que pueda —respondió—. J, t, y, z... s... n... ¿Qué tal voy?
—Estás haciendo trampa, cabrón.
—¿Quieres decir que podría necesitar gafas? —preguntó Tomasso irradiando inocencia.
Gail soltó una carcajada estridente.
—Eres todo un personaje, Dino —dijo Laughton—, de verdad.
Tomasso también se rio, pero solo para hacerle la pelota, sin sonreír.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Laughton señaló la luz roja intermitente y las puertas cerradas del quirófano móvil. Afuera estaba el ex sacerdote del Creador de Estrellas, consolando a uno de los hombres de los miembros de repuesto.
—Oh, no —dijo Tomasso.
—No saques conclusiones precipitadas. Todo es culpa de la nueva enfermera.
—¿La señorita McInnes?
—Nadie le dijo a esa zorra que tocara el congelador.
—Y ella lo descongeló —exclamó Gail.
—¡Mierda!
Con mano temblorosa, Tomasso puso el Cobra 427 en marcha y se deslizó hacia la casa grande, perseguido por sus risas. «Dios mío, Dios mío», pensó mientras salía del coche, ayudándose con las manos a mover la pierna derecha, que era una prótesis.
El Creador de Estrellas, un hombre sin edad, inmortal, estaba sentado en su habitual silla de ruedas. Detrás de él, y Tomasso se estremeció por enésima vez, estaba el conocido retrato del pernicioso Chevalier d’Éon, que era tanto el héroe como la heroína del Creador de Estrellas.
—¿Sabes por qué te he hecho llamar, Dino?
Cuando, estando en Hollywood, se le ordenó presentarse en la mansión del Creador de Estrellas en Las Vegas, Tomasso dedujo, no sin una buena razón, que por fin estaba a punto de ser designado príncipe heredero del imperio. Pensó que, después de todos aquellos años de sacrificio, de perseverante trabajo y de operaciones quirúrgicas, le esperaba el reconocimiento oficial de heredero.
—No —mintió Tomasso esperanzado.
—Planeamos adquirir una editorial y un estudio de cine en Inglaterra. Quiero que vayas a Londres y te ocupes de mis intereses allí.
Pues, no. No lo convertiría en el príncipe heredero. Aquello era incluso peor que degradarlo, era un destierro, un exilio.
Tomasso, que había crecido en la industria del cine, sabía que Londres no era el lugar para enviar a un claro heredero para ponerlo a prueba: era el lugar donde se enviaba a los shlemils a hacer las películas de yernos.
Las películas de yernos eran aquellas producidas por primos, tíos y yernos del director de un estudio, personas a las que había que dar algo más que una simple palmadita en la espalda: de lo contrario, no sería bueno para la imagen de la familia. Antes, recordó Tomasso, a esos familiares retrasados se les confiaba la concesión o la distribución de las palomitas de maíz en los autocines, pero aquello se había convertido en un negocio demasiado grande para ellos; así que después los pasaron a la venta de los derechos de televisión, pero también ese asunto les superaba, así que al final se decidió enviarlos a Inglaterra con muchas bendiciones. Una nueva especie de mantenidos en el extranjero. En Londres no hacían nada: nada de películas ni, por lo tanto, de actores. Estaba claro que seguían costándole dinero a la familia, pero eran pérdidas casi insignificantes.
—No pienso ir —dijo Tomasso desafiante.
—En veinticinco años, Dino, nunca antes me habías dicho que no a nada.
Tomasso bajó la mirada al suelo, tratando de recomponerse.
—No tengo herederos, tú eres mi hijo, Dino.
¿Cuántas veces había escuchado aquellas mismas palabras? Levantando la cabeza, asombrado por su propio coraje, Tomasso le espetó:
—¡Que te jodan!
Muy, muy despacio, el Creador de Estrellas se llevó las manos a la cara, como para protegerse el ojo malo. En la pausa que siguió, Tomasso apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos, dejando que fluyera la sangre.
—Vamos... ¿qué te pasa? Te estás suicidando, Dino.
Tomasso cayó de rodillas.
—Perdóname, Creador de Estrellas.
El rostro del Creador de Estrellas se contrajo. Tomasso supuso que aquello debía de ser una sonrisa.
—¿Pero por qué, Dino?
—Oh, Creador de Estrellas, por favor, es solo que cuando me llamaste me atreví a soñar con cosas más grandes. Las palabras se me han escapado de la boca, pero no he querido decir eso.
El Creador de Estrellas pulsó un botón para llamar a su secretaria personal, la señorita Mott. Luego presionó otro botón y aparecieron dos moteros uniformados de negro.
—Dilo de nuevo, Dino.
—Antes me corto la lengua, Creador de Estrellas.
—No, no. Señorita Mott, escriba. Quiero ocho copias firmadas por el señor Tomasso y refrendadas por testigos.
—Pero se me ha escapado la lengua, no me lo tengas en cuenta. No necesitamos testigos.
—Es para tu protección, Dino.
—¿De verdad?
—Lo has dicho.
—Creador de Estrellas, te he dado los mejores años de mi vida. He hecho todo lo que me has pedido.
—Empecemos por el principio. Yo he dicho, se abren comillas, quiero que vayas a Londres y te ocupes de mis intereses allí, se cierran comillas. Tú has dicho, se abren comillas, no pienso ir, se cierran comillas. Yo he dicho, se abren comillas, no tengo herederos, tú eres mi hijo, Dino, se cierran comillas. Entonces ¿tú qué has dicho? Se abren comillas...
—He dicho... He dicho... ¿No has entendido mis palabras, Creador de Estrellas?
—Vamos, Dino. Entonces ¿qué has dicho? Se abren comillas…
Temblando, Tomasso repitió lo que había dicho.
—Vaya, ¿puedes superar eso? —preguntó el Creador de Estrellas, estallando en una carcajada. Los ojos de la señorita Mott se abrieron como platos.
—No estoy bien —dijo Tomasso sollozando—. Estaba fuera de mí.
—Y pensar que has estado conmigo todos estos años y nunca había sospechado que tú, en realidad... —Tomasso le cogió al Creador de Estrellas su mano más pequeña y se la besó—. Dime, Dino, ¿ya pensabas eso en el pasado?
—¡Nunca!
—¿Te lo has guardado dentro durante todo este tiempo?
—¡No!
Hubo otra pausa, luego el Creador de Estrellas se rio entre dientes y preguntó:
—Dilo una vez más, Dino.
—No podría.
—Solo una vez. —Los moteros uniformados de negro dieron un paso hacia Tomasso. Entonces Dino obedeció, pero con un hilillo de voz.
—Viniendo de ti… es algo asombroso —dijo el Creador de Estrellas—. Cómo te he subestimado hasta hoy...
—¿Qué será de mí ahora, Creador de Estrellas?
Pero el Creador de Estrellas parecía perdido en sus ensoñaciones.
—Asombroso.
—¿Qué será de mí?
—¿De ti? Vaya pregunta, quiero que vayas a Londres, ya te lo he dicho. Si después de seis meses allí piensas lo mismo de Inglaterra, puedes volver y elegir aquí el puesto que prefieras.
—¿Quieres decir que me das una segunda oportunidad? —preguntó Tomasso con incredulidad.
—Mientras no tenga heredero, sigues siendo mi hijo, Dino. ¿Irás?
—¿Si iré? Oh, Creador de Estrellas...
—Entonces llévate este expediente. Estúdiatelo.
—Oh, gracias —dijo Tomasso dispuesto a marcharse de allí.
El más joven de los dos moteros uniformados de negro soltó la correa que sujetaba la pistola.
—Yo me ocupo de esto —dijo.
—No —protestó el otro motero—. Me toca a mí.
—Ninguno de los dos le tocará ni un pelo a Dino —dijo el Creador de Estrellas.
—¿Después de lo que le ha dicho?
—Precisamente por lo que me ha dicho. ¡Y ahora largaos!
Tomasso, desplomado en el asiento del conductor del Cobra 427, encendió un cigarrillo tras otro, esperando a que su corazón se calmara. Por lo que podía recordar, el Creador de Estrellas nunca le había dado a nadie una segunda oportunidad, él jamás perdonaba.
«Entonces debe de ser cierto», pensó. «El Creador de Estrellas, bendito sea Su Nombre, no se ha estado burlando de mí durante todos estos años; para él soy como un hijo.»
Silbando de nuevo con alegría, Tomasso dejó atrás el camino de entrada y tomó la bifurcación a la izquierda, una carretera que conducía a las villas junto al lago que albergaban a las estrellas más favorecidas. Pasó por delante del laboratorio, un edificio bajo y sin ventanas, giró a la izquierda de nuevo cuando llegó al final de la chirriante verja y, cinco kilómetros de carretera después, se detuvo frente a la villa más elegante, la villa donde vivía la propiedad más valiosa de Producciones Creador de Estrellas, el Divo más grande y taquillero de todos los tiempos. «¿Por qué no entro un momento y lo saludo?», pensó, ya que la siguiente película del Divo, una producción multimillonaria, se iba a rodar en Inglaterra. En Inglaterra. «Tal vez las cosas estén cambiando», pensó Tomasso, y su humor se alegró aún más. Quizá una producción británica ya no tenía por qué ser una menudencia.
—Hola —saludó Tomasso al guardia de turno—. ¿Dónde está el gran hombre?
—Descansando —dijo el guardia, dando una calada a su pipa.
—¿Todavía?
—Sí.
Tomasso se detuvo en seco cuando se encontró con dos jóvenes aspirantes a actriz desechadas y drogadas que yacían en la alfombra de la sala. Estaban desnudas.
—Santo Dios —exclamó, volviéndose indignado hacia el guardia—. ¿Cuánto tiempo llevas con nosotros?
—Treinta años, ni más ni menos.
—Entonces seguro que recuerdas a GOY-BOY II.
—Por supuesto, señor.
—Entonces deberías saber estas cosas. ¡Una pipa! —siseó—. ¡Aquí! ¡Ceniza pura! —Y le arrebató la pipa de la boca y la lanzó por la ventana abierta.
—Por favor, guárdeme el secreto, señor.
Tomasso, seguido por el guardia contrito, entró en el dormitorio del Divo sin llamar y llegó hasta el armario donde estaba colgado el hombre. Tomasso lo examinó durante mucho tiempo, le dio golpecitos, lo pellizcó, lo miró de arriba abajo. Por fin, satisfecho, cerró la puerta del armario con suavidad.
—Tiene muy buena pinta.
—Está genial.
—Tú lo has dicho. ¿Y cómo es el guion?
—Excelente.
—Bravo —dijo Tomasso—. Ahora tendrás cuidado, ¿verdad? —añadió mientras pasaba por encima de las aspirantes a actriz.
—Sí, señor.
Solo cuando estuvo a bordo del avión Learjet del Creador de Estrellas, Tomasso encontró tiempo para abrir el expediente de Londres. La editorial que el Creador de Estrellas quería adquirir se llamaba Oriole House y era propiedad de un lord. Había dos editores senior, Hyman Rosen y Mortimer Griffin.
A una altitud de veinte mil pies y tras estudiar la fotografía de Griffin, Tomasso concluyó que aquel hombre sería una fuente de problemas. Podía sentirlo en los huesos.
2.
—Se acabó vuestro tiempo —gritó el enorme negro africano desde la tarima, con una sonrisa asesina en los labios—. Estáis acabados, estúpidos cerdos blancos.
—Así se habla —dijo un hombre con acento galés.
—Cerdos anglosajones —dijo el africano sonriendo todavía—. ¡Estúpidos piojos británicos!
Antes de que Mortimer pudiera intervenir, la señorita Ryerson agitó su paraguas hacia el africano.
—Señor orador —comenzó con la autoridad innata que alguna vez fue suficiente para hacer que todo el cuarto curso se sentara—, nosotros los británicos, gente decente y temerosa de Dios, queremos apoyaros…
—¡Ja! —se rio el africano, exhibiendo una deslumbrante dentadura blanca.
—Pero deberíais saber que ahí de pie —continuó la señorita Ryerson—, mostrando vuestra desfachatez, no nos dais muchos ánimos.
—¡Quién diablos quiere vuestros ánimos, vieja estúpida!
—¡Maldita sea! —le dijo Agnes Laura Ryerson a Mortimer.
—Los británicos son un insulto a la humanidad —continuó el orador—. Cuanto antes los liquiden, mejor.
Un caballero de rostro enrojecido, de pie detrás de Mortimer y de la señorita Ryerson, se tocó la gorra de tweed, sonrió y dijo:
—Estos negros son muy desinhibidos, ¿no creen?
Alguien arrojó un plátano a medio pelar contra el altavoz. Otro gritó:
—Dinos si vives aquí a expensas de la Asistencia Social. CON TUS TRES ESPOSAS Y TUS DIECIOCHO MOCOSOS NEGROS.
Mortimer tomó del brazo con firmeza a la señorita Ryerson y la condujo a través de Oxford Street hasta Corner House, deteniéndose para comprar el Sunday Times, que los dos estudiarían después frente a una taza de té. Por desgracia, la señorita Ryerson eligió el suplemento y lo abrió por la página que contenía la brillante foto desnuda de un joven y sensual cantante de pop acariciando a un gato. Al cantante le gustaría tener el papel de protagonista en una película sobre la vida de Cristo. Según él, Jesús no era un conformista en absoluto, sino un tipo bastante guay.
«Dios mío», pensó Mortimer. La adorable Agnes Laura Ryerson, de cabellos plateados, había sido su maestra de cuarto curso en Caribou, Ontario, y él había hecho todo lo posible para disuadirla de embarcarse en aquel viaje sentimental. La imagen fantástica de la patria, tan acariciada por la señorita Ryerson, más poderosa que cualquier ensoñación provocada por la hierba, descansaba casi por completo en fundamentos literarios: Shakespeare, por supuesto, Jane Austen, The Illustrated London News, Kipling, Dickens, las London Letters de Beverly Baxter en Maclean’s…
Juntos, Miss Ryerson y Mortimer repasaron la programación de los teatros. Mientras ella soltaba gemiditos de aprobación por los bizcochos, él la convencía de que la última incursión de la Royal Shakespeare Company en el teatro de la crueldad no sería de su agrado. «Es algo muy sobrevalorado», insistió con nerviosismo.
«Maldición», pensó. La señorita Ryerson frunció los labios con fastidio, evocando a Mortimer de manera inadvertida el día en que ella le había dado cinco fuertes varazos en cada mano porque lo había pillado con una copia de Nana en su pupitre. Tenía que ir al teatro todas las noches, explicó la señorita Ryerson, por la sencilla razón de que se había comprometido a escribir una carta semanal desde Londres para The Presbyterian Church-Monitor del sur de Ontario.
—¿Qué sabes de esta? —le preguntó ella señalándole una.
Era una tierna comedia doméstica sobre una pareja homosexual.
—Bueno, he oído que es una obra un poco traviesa.
Eligieron una farsa para la noche del martes. El lunes fue descartado, ya que Mortimer impartía una de sus conferencias.
Mortimer era editor en Oriole Press, hasta la fecha una de las mejores editoriales de Londres, lo que significaba que aún no había sido adquirida y transformada por el Creador de Estrellas. A Mortimer le gustaba su trabajo y tenía razones para creer que pensaban en él como el próximo editor jefe, el penúltimo paso hacia un puesto en la junta directiva y sus iniciales grabadas en aquella mesa redonda de doscientos años de antigüedad. El célebre roble de Oriole. Aquel hombre santo, Lord Woodcock, el propietario de Oriole Press, había insinuado su nombramiento durante una reunión con Mortimer en su apartamento de Albany dos años antes. «Hodges ya se acerca a la edad de jubilación», había dicho Lord Woodcock refiriéndose al entonces director editorial. «Sería poco delicado por mi parte dar más detalles, pero quiero decirte, Griffin, que me cuelguen si cuando llegue el momento busco a su sucesor fuera de nuestra familia», palabras que dejaban a Mortimer frente a un solo rival: Hy Rosen, su mejor amigo.
Siguiendo los pasos de Lord Woodcock, un fabiano inspirado por puros impulsos cristianos, se animó a los jóvenes editores de Oriole Press a dedicar su tiempo libre al servicio de la comunidad en general con alguna actividad social responsable. Dos noches a la semana, el menudo Hy Rosen trabajaba como entrenador de boxeo en un club juvenil de Stepney. Mortimer había optado por dar una serie de conferencias sobre «Leer por diversión» en una escuela nocturna de Paddington, patrocinadas por uno de los sindicatos de Gran Bretaña con mayor visión de futuro. La tercera conferencia de Mortimer, celebrada el lunes por la noche, versó acerca de Franz Kafka y, por supuesto, Mortimer hizo numerosas referencias a las raíces judías específicas de su obra. Al final, mientras estaba recogiendo sus notas, fue abordado por un individuo enjuto y de aspecto lacrimoso.
—Profesor Griffin, quiero agradecerle cuán grande ha sido el alimento intelectual que he recibido de su conferencia esta noche.
—Me alegro de que le haya gustado —dijo Mortimer, que tenía prisa por marcharse porque iba a encontrarse con Joyce en casa de Hy y Diana Rosen, y ya estaba claro que llegaría tarde. Pero aquel hombrecillo quejumbroso permaneció inamovible frente a su escritorio.
Era un ser insignificante, de hombros caídos, mechones despeinados de cabello gris y rizado, gafas de montura de carey, siniestros ojos negros y, por si fuera poco, el labio inferior le colgaba flácido. Su brillante traje gris de raya diplomática tenía los hombros cubiertos de caspa. De su boca pendía un cigarrillo liado a mano, entrecerraba los ojos por el humo y la ceniza le caía en la chaqueta sin que se diera cuenta.
—¿Por qué se cambió el apellido? —preguntó.
—Disculpe, ¿me ha preguntado que por qué me cambié el apellido?
El hombre asintió con la cabeza.
—Pero eso no es cierto. Mi apellido es Griffin. Siempre lo ha sido.
El hombre estudió a Mortimer con una sonrisa sarcástica y compasiva.
—Es usted judío —dijo sin levantar la voz.
—Se equivoca.
El hombre se rio entre dientes.
—En serio —dijo Mortimer—, ¿qué le ha hecho pensar que yo...?
—Está bien. Debo de estar equivocado. Habré cometido un error. No se preocupe.
—Mire, si fuera judío nunca se me ocurriría esconderlo.
—No hay necesidad de perder los estribos —dijo, todavía sonriendo y con los ojos entrecerrados—, profesor Griffin. He cometido un error, si quiere verlo de esta manera.
—Y no soy profesor. Señor Griffin está bien.
—Un hombre de su perspicacia será famoso algún día... como... como I. M. Sinclair, un erudito respetado dondequiera que la intelectualidad se encuentre. Gracias de nuevo, merci mille fois, por el festín intelectual de esta noche. Buenas noches, señor Griffin.
—Buenas noches.
Durante el trayecto hasta el apartamento de los Rosen en Swiss Cottage, Mortimer sonrió con indulgencia. «Yo, judío», pensó, rompiendo a reír.
Joyce había comido con los Rosen, y Diana, recordando lo mucho que a Mortimer le gustaba el pastel de hígado, le había guardado una porción gigantesca. Sentado en la sala de estar entre las fotografías de los boxeadores enmarcadas por Hy —allí estaban Abe Attell el Pequeño Judío, Phil Bloom el Gorila del Ring, Joe Choynski el Crisantemo, Ruby Goldstein el Diamante del Gueto, Yussel Jacobs el Músculos, Benny Leonard, Barney Ross y otros—, Mortimer le contó a su amigo lo del hombrecillo quejicoso, concluyendo:
—...y nunca sabré cómo diablos se le ocurrió que soy judío. —Mortimer esperaba una risa generalizada. Quizá un comentario ingenioso de Hy. En cambio, hubo silencio. Un silencio tenso—. Por supuesto, no quiero decir que fuera algo que me avergonzara.
—Caramba, muchas gracias.
—...o que considere insultante que alguien piense que lo soy.
—Claro.
—Por Dios, ya sabes a lo que me refiero, Hy.
—Sí, lo sé —dijo Hy levantándose de un salto y quitándose las gafas.
Mortimer y Joyce se fueron más temprano de lo habitual.
—Chico —le dijo Joyce—, tienes un verdadero talento. Una vez que has metido la pata, sabes cómo empeorar la situación aún más.
—He pensado que se reirían. Dios mío, Hy es mi mejor amigo. Es...
—Lo era —dijo Joyce.
Mientras Joyce se desnudaba en el baño, Mortimer se deslizó a escondidas del dormitorio al pasillo y de allí a la habitación de Doug. Doug solo tenía ocho años y contemplarlo mientras dormía le daba a Mortimer una maravillosa sensación de calidez. Pero tenía que ir con mucho cuidado, porque Joyce pensaba que eso que él hacía era algo muy del tipo del Saturday Evening Post. Sobre todo, el detalle del beso. «Joyce tiene razón», pensó Mortimer, dándole un beso apresurado a Doug en la frente y alejándose de inmediato.
Mortimer se dio cuenta de que Joyce todavía estaba preocupada.
—Basta —dijo él—. ¿De verdad crees que Hy piensa que soy antisemita? —Joyce enarcó una ceja—. No seas ridícula —y añadió—: Mañana se habrá olvidado de todo. Hy bromeará al respecto.
Luego se fueron a la cama, cada uno con un libro. Espalda contra espalda. Joyce con Historia de O., Mortimer con Lo mejor de Leacock.
—Los judíos tienen un excelente sentido del humor, ¿no crees? —dijo Joyce—. Están Mort Sahl y Art Buchwald y...
—¡Oh, basta ya!
—Si yo fuera tú, lo llamaría por teléfono y me disculparía.
—No es necesario. Maldita sea, adoro a Hy. Nos conocemos desde hace años.
3.
—Es al menos siete pulgadas más alto que yo —dijo Hy—. Me supera en al menos unas buenas cuarenta libras y sin embargo es demasiado gallina para levantar los puños.
Hy se puso de pie de un salto y se subió la camisa hasta la barbilla, revelando el delgado pecho de palomo, el corazón palpitante, el contorno de las costillas.
—Lánzame un buen directo, cariño.
—Oh, Hy, por favor —dijo Diana.
—No, no. Adelante. Con todas tus fuerzas.
—Pero Hy…
—¡Te he dicho que me golpees!
Obediente, Diana dio un paso atrás, hizo una mueca y fingió un poderoso golpe contra el abdomen plano y tenso de Hy.
—Ni siquiera lo he notado —dijo Hy dejando caer la camisa.
—Pero Mortimer no tenía intención de ofenderte —protestó Diana.
—Un día, en Holanda, estábamos muy cortos de municiones, y el comandante pidió un voluntario para realizar un reconocimiento en el bosque. Me ofrecí de inmediato, y ¿sabes lo que dijo uno de mis compañeros oficiales lo suficientemente alto como para que yo lo escuchara? «Son todos iguales», dijo. «Siempre listos para lucirse.» Pero si no hubiera sido el primero en dar un paso al frente, me habría tildado de cobarde. Los goyim son todos iguales, no los necesito para nada.
—¿Qué hay de mí, entonces? —preguntó Diana acurrucándose contra él.
Con un gesto repentino, Hy agarró en su puño la larga melena rubia de Diana y le dio un tirón.
—¡Oh, Hy! ¡Hy! ¡Por favor, suéltame!
—Hala —dijo Hy tirando de ella—, al dormitorio. Pongamos a trabajar ese enorme y goyim trasero tuyo.
Diana, que era mucho más alta que Hy, se las arregló para dejarse arrastrar, protestando, hasta el dormitorio.
—Oh, conozco cuando te pones así —dijo—. Eres demasiado grande para mí. Me harás daño.
La risa de Hy fue exagerada, cargada de amenazas.
—Sucio judío —gritó Diana mientras se volvía y se inclinaba para que Hy pudiera desabrocharle los botones—. Siempre estás pensando en lo mismo.
—Coño británico —dijo Hy, dándole una palmada en el vientre y lanzándose a la cama justo después de ella.
—¡Judío narigudo!
—¡Esnob graduada en Roedean!
En la lucha que siguió, Diana, olvidándose de sí misma, rodó de lado y quedó encima de Hy, dejándolo sin aliento.
—Oh, lo siento, cariño —dijo con ternura.
—¿Qué? —gruñó Hy, inflamado, golpeándola en las costillas, golpeándola en el vientre—. ¿Qué?
A la mañana siguiente, Hy, con el ánimo autoritario pero indulgente, le llevó una almohada a Diana.
—Para tu trasero —dijo.
Más tarde, Hy se estaba comiendo sus cereales cuando sonó el teléfono. Cogió el auricular y contestó con voz ronca.
—Hola.
—Hola, Hy.
—Ah, eres tú.
—Sí. ¿Te he despertado? Puedo llamar más tarde.
—Ya me he levantado. No podría dormirme otra vez. Así que, dime qué quieres.
—Llamo para disculparme.
—¿Por qué?
—Por lo de anoche.
—¿Qué hiciste anoche?
—Lamento si algo de lo que dije te dio la impresión, una impresión equivocada, de que no estaría orgulloso de ser judío... si lo fuera.
—¿Qué te ha hecho pensar que me ofendiste?
—Fue Joyce. Pero yo le dije que se lo estaba imaginando.
—En efecto, se lo imaginó. No puedo pensar en nada dicho por ti que pueda ofenderme.
—Ah...
—¿Y quién te ha metido en la cabeza la estúpida idea de que soy particularmente sensible a mi identidad judía?
—Oh, ya conoces a Joyce. Se preocupa demasiado por todo.
—Bueno, digamos que estoy familiarizado con tu esposa y su frustración sexual, pero...
—¿Mi esposa y su qué?
—Pero hablemos de ti. Creo que estás mostrándote demasiado condescendiente. No me cuadra la historia del motivo de esta llamada telefónica.
—Mira, olvidémonos de todo lo que pasó anoche. Ahora, sin embargo, ¿te importaría repetir lo que has dicho sobre mi espo…?
—No pasó nada anoche. Excepto en la pervertida mente racista de tu esposa.
—Hy, espera un momento. Esto es muy desagradable. No te he llamado para pelearme contigo. Te diré lo que vamos a hacer: ¿por qué no venís Diana y tú a tomar una copa con nosotros mañana por la noche? Echan un viejo wéstern con Gary Cooper en el canal dos de la BBC.
—Algunos tenemos mejores cosas que hacer por la noche que ver la televisión.
—¿Qué diablos quieres decir con eso ahora?
—Déjalo. Olvídalo.
—Con mucho gusto. Entonces, ¿os esperamos mañana por la noche?
—Diana ha pillado la gripe.
—Oh, ya veo. Ya veo, viejo amigo. Bueno, espero que pronto se sienta mejor.
—¿Qué significa eso?
—Solo he dicho que...
—Te he oído, cagón. Gracias. Le comunicaré tu amable mensaje.
—Muy amable por tu parte. Ahora, ¿te importaría repetir lo que has dicho sobre mi espo…
—Adiós —dijo Hy, y colgó.
Mortimer miró con aprensión a Joyce que, lánguida, fumaba sentada a la mesa del desayuno, con la bata abierta, mostrando sus largas piernas juguetonas. Joyce era alta, con el cabello castaño rizado natural y los pechos pequeños. «Vale, es atractiva, irradia salud de una manera del todo canadiense, barrida por el viento, pero no es hermosa. Es…»
—¿Cómo es que no tenéis negros en la redacción de Oriole Press? —preguntó Joyce.
—¿Qué?
Joyce encendió otro cigarrillo, inhalando con inmensa satisfacción.
—Porque ningún negro ha solicitado jamás un trabajo editorial. ¿Debería buscar uno en Camden Town?
—No sería necesario. Podría presentarte a un par de candidatos.
Joyce había trabajado para la Liga Anti-Apartheid. Y también para Oxfam.
—¿Podrías?
—Nunca hemos invitado a ninguno a cenar. Sería bueno, solo para variar.
—Sí, por supuesto. ¿Hombres o mujeres? Quiero decir, los que podrías presentarme.
—¡Ah, te salen los prejuicios, como siempre! Eres solo una cloaca de clichés blancos, anglosajones y protestantes.
Doug, al escucharlos alzar la voz, apareció de repente en la puerta de la cocina, sonriendo.
4.
Nada como una buena pelea catapultaba a Doug fuera de su habitación, de hecho, incluso trataba de provocarlas, aunque ahora lo cierto es que tenía una queja. La mayoría de sus compañeros de clase en la Beatrice Webb House, asquerosamente ricos, eran hijos de familias rotas, una buena razón para envidiarlos. Neil Ferguson, por ejemplo. Había sido un niño inquieto que mojó la cama hasta dos años atrás, cuando sus padres se divorciaron y luego se casaron de nuevo casi de inmediato, y comenzaron a competir por su afecto. Como resultado, ahora Neil podía traumatizar a dos familias durante las vacaciones de Semana Santa mientras navegaba por las aguas de las islas Bermudas con su madre y su padrastro y recorría París con su padre y su madrastra.
Doug se equivocaba y Mortimer lo sabía: era evidente que estaba mejor en un hogar feliz… Bueno, de un feliz razonable. Sin embargo, en la Beatrice Webb House había otros dos o tres niños que, como él, consideraban que la vida los maltrataba porque solo tenían dos padres por cabeza.
«Esa maldita escuela», pensó Mortimer.
Acababa de girar por Regent’s Park después de dejar a Doug en la escuela cuando tuvo un pinchazo y tuvo que cambiar la rueda él mismo. Bajo la lluvia.
En el Lloyd’s Bank, en Oxford Street, aquel día que ya había empezado mal dio un giro angustioso. En la fila, delante de Mortimer y vestida con elegancia, había una hermosa joven. De color. Claro que Mortimer no tenía prejuicios, pero tuvo que admitir que en lo primero que se fijó de la chica tan bien vestida fue en el color de su piel. Cuando él entró en el banco, ella ya estaba en una cola y no había nadie detrás. Frente a otros mostradores las colas eran más cortas, e incluso había una ventanilla libre, pero Mortimer, recordando Sharpeville, recordando Selma, Alabama, se colocó de inmediato detrás de la hermosa chica negra.
Bueno, no hay duda de que se puso nerviosa, era obvio que estaba desconcertada por el hecho de que él había ido tras ella, tal vez porque ahora había dos mostradores libres, o tal vez porque Mortimer, sin darse cuenta, se había acercado demasiado. No es que ahora pudiera dar un paso atrás: habría parecido un insulto. En un momento, la chica terminó de ordenar sus cheques, ocho, todos por la misma cantidad de 25 libras, se los entregó al empleado (no sin una pizca de agitación, le pareció a Mortimer) y se dio la vuelta para irse, en el momento preciso en que ocurrió aquello. Aquella chica negra vestida con tanta gracia dejó caer uno de sus guantes blancos, y por un instante los dos se encontraron suspendidos en un tiempo inmóvil, como en el plano fijo de una película. El primer instinto de Mortimer fue recoger el guante, pero se resistió. Después de todo, la chica era negra y no quería que pensara que él se estaba comportando, por un lado, de manera condescendiente o, por otro, tal vez de un modo sexualmente descarado. Por otro lado, la sonrisa de ella, apenas una sombra, era ambigua. ¿Esperaba que él recogiera el guante o disfrutaba del dilema en el que estaba atrapado? Su estúpido dilema de hombre blanco. O tal vez ella no era una militante y consideraba de mala educación por parte de Mortimer no recoger el guante, como habría hecho sin un solo instante de vacilación en el caso de que ella hubiera sido una mujer blanca. «Sí», pensó Mortimer, «es eso», pero el momento había pasado, y ella había recogido el guante, maldiciéndolo mientras se alejaba. «Cabrón», había dicho la joven negra del vestido primoroso. Mortimer estaba dispuesto a jurar que lo había llamado «cabrón».
«Pero yo soy un hombre sin prejuicios», pensó muy ofendido. Examinando sus propias actitudes ante todos los escrúpulos posibles, mientras salía del Lloyd’s Bank de Oxford Street en aquella ventosa mañana de octubre de 1965, Mortimer concluyó (y al diablo con Joyce) que, teniendo en cuenta sus orígenes en una ciudad de Ontario y en un ambiente burgués, era un hombre felizmente libre de prejuicios. Incluso Ziggy Spicehandler se habría visto obligado a admitirlo. «Ziggy», pensó, «cuánto te echo de menos».
Joyce lo llamó por teléfono a la oficina. Antes de que ella pudiera decir una sola palabra, él dijo:
—Si me lo preguntas, te diré que la mayoría de los problemas de Doug se remontan a esa puta escuela.
—¿Preferirías que recibiera la educación que tuviste tú? —Mortimer había estudiado en el Upper Canada College.
—No veo por qué no.
—Llena de represión, afectado por las mentiras inculcadas por el establishment.
Establishment. Afectado. WASP*. Joyce disponía del vocabulario de moda completo.
—Bueno, yo…
—Ya hablaremos luego de eso. Mientras tanto, hazme el favor de no llegar tarde al ensayo.
La única razón por la que Mortimer había sido invitado al ensayo de la obra navideña era que trabajaba en una editorial, y el doctor Booker, el fundador, quería que Oriole hiciera un libro sobre la Beatrice Webb House. La maestra de teatro era una tal Miss Lilian Tanner, que una vez había formado parte de la bulliciosa brigada de Joan Littlewood. La señorita Tanner, una joven alta y esbelta, lucía su larga melena negra suelta y la insignia de la Campaña por el Desarme Nuclear destacaba entre sus pechos desiguales. Le aseguró a Mortimer que era un invitado muy bienvenido en su pequeño taller de teatro. Mortimer se acurrucó en una silla al fondo de la habitación, tratando de pasar lo más desapercibido posible. Resignado a una tarde de tedio cargada de ternura, apenas prestaba atención.
—Niños, hoy tenemos una visita —dijo la señorita Tanner en un tono cautivador—. El señor Mortimer Griffin de Oriole Press.
Un montón de cabezas, unas cubiertas de rizos, otras con llamativas coletas, se volvieron en medio de una risita general.
—Ahora, vamos, todos juntos...
—BUENOS DÍAS, SEÑOR GRIFFIN.
Mortimer saludó con la mano, invadido por una inexplicable euforia.
—Ahora sentaos —ordenó la señorita Tanner dando golpecitos con la regla en la mesa—. Sentaos, he dicho. —La clase se calmó—. Veamos, la obra que vamos a tocar para el concierto de Navidad… ¿fue escrita por...?
—¡Un marqués!
—¡Muy bien, has dado en el clavo! —dijo la señorita Tanner con una sonrisa encendida por un anticuado orgullo por sus muchachos. Después apuntó con la regla a un chico de mejillas sonrosadas—. ¿Qué es un marqués, Tony?
—Es esa cosa que pusieron en la puerta del Royal Court Theatre.
—No, cariño, no. —Hubo una risa general. Mortimer apenas reprimió una carcajada tapándose la boca con una mano—. Esa cosa es una marquesina. Este es un marqués. Un…
Una niña se levantó de un salto agitando los brazos. Cabellos dorados, cintas rojas…
—¡Un noble francés!
—¡Bien, muy bien! ¿Y qué sabemos de él?
Un niño empezó a saltar en la silla. La señorita Tanner lo señaló con la regla.
—Que lo metieron en la cárcel.
—Cierto. ¿Alguien sabe por qué?
Todos empezaron a gritar a la vez.
—¡Orden! ¡Orden! —exigió la señorita Tanner—. ¿Qué pensará el señor Griffin de nosotros? —Nuevas risitas—. Habla tú, Harriet. ¿Por qué encarcelaron al marqués?
—Porque fue del todo genial.
—Hum...
—Y era alguien que siempre decía la verdad.
—Muy bien. ¿Alguna otra razón... Gerald?
—Porque los puritanos le tenían miedo.
—Cierto. ¿Y qué más sabemos del marqués?
—¡Yo, yo!
—No, yo, señorita. ¡Por favor!
—Pito, pito, gorgorito… —canturreó la señorita Tanner señalando con la regla—. ¿A dónde vas tú tan bonito? ¡Frances!
—Era el espíritu más libre cuyo jamás haya existido.
—Que jamás haya existido, cariño, que. ¿Y quién dijo eso?
—Apollinaire.
—Excelente. ¿Algo más... Doug?
—Hum... Denunció la mediocridad de la vida cotidiana.
—En efecto. ¿Y quién lo dijo?
—Jean Genet.
—No.
—Hugh Hefner —dijo otra voz.
—No, cielo, no. Frío, frío.
—Simone de Beauvoir.
—Exacto. ¿Y quién es?
—Una escritora.
—Bien. Muy bien. ¿Nadie sabe nada más sobre el marqués?
—Estuvo en la Bastilla y luego en otro lugar llamado Charenton.
—Muy bien. Chicos, ahora todos juntos... Charenton.
—CHARENTON.
—¿Algo más?
Frances se levantó de un salto.
—Yo lo sé. Por favor, señorita Tanner. Por favor, déjeme decirlo.
—Habla, querida.
—Tenía un miembro muy, muy, muy grande.
—Sí, es cierto. Y…
Pero en ese instante fue interrumpida por Jimmy, el hermano mayor de Frances, quien saltó:
—Como el nuevo amigo de mamá —dijo. Gritos. Risas. La cara de la señorita Tanner se puso roja y, por primera vez, dio un taconazo en el suelo.
—No me gusta esto, Jimmy. No me gusta para nada.
—Disculpe, señorita Tanner.
—Eso es solo un chisme, ¿no?
—Sí, señorita Tanner.
—Aquí no nos gustan los chismes.
—Lo siento.
—Y ahora —continuó la señorita Tanner, dando un paso hacia la pizarra—, ¿hay alguien que pueda decirme un sinónimo de pene?
—Polla —gritó una niña, y la señorita Tanner escribió la palabra.
—Rabo.
—Órgano masculino.
—MIEMBRO.
—Palo duro.
La señorita Tanner pareció dudar. Frunció el ceño.
—No siempre —dijo, y no lo escribió en la pizarra.
—Verga.
—MÁQUINA DE FOLLAR.
—Eres un poco extremista, Monty —puntualizó la señorita Tanner, algo irritada.
—Picha.
Pausa.
—¿Alguien más? —preguntó la señorita Tanner.
—Pistón.
—Hum... Dudoso —dijo la señorita Tanner, pero lo anotó en la pizarra, agregando un signo de interrogación—. ¿Algún otro?
—Sí —gritó una voz chillona mientras ella le daba la espalda a la clase—. ¡Tetera!
La señorita Tanner se dio la vuelta, indignada.
—¿Quien ha dicho eso? —exigió.
Silencio.
—Habrase visto. Quiero saber quién ha dicho eso. Ahora mismo.
No hubo respuesta.
—Muy bien entonces. No habrá ensayo —dijo ella, sentándose y dando golpecitos en el suelo con el tacón—. Ahora nos vamos a quedar aquí sentados el tiempo que haga falta, hasta que quien haya dicho eso lo reconozca.
Nada.
—Lo lamento, señor Griffin. Es una situación muy vergonzosa.
Mortimer se encogió de hombros.
—Sigo esperando, niños.
Por fin, un chico gordo que no sabía a dónde mirar se puso de pie, lloroso
—He sido yo, señorita Tanner —dijo en voz baja—. He dicho «Tetera».
—¿Serías lo bastante amable para decirnos por qué, Reggie?
—Cuando mi niñera... quiero decir, la niñera de mi hermano pequeño, me… hum… nos lleva, eh… fuera...
—Habla más alto, por favor.
—Cuando la niñera nos lleva, hum… nos lleva a Fortnum’s a tomar el té, mucho antes de que nos sentemos siempre nos pregunta si… si… —titubeó Reggie mirando al suelo; luego hizo una pausa, tragándose las lágrimas—, si tengo que vaciar mi tetera.
—Bien, bien, bien. Ya veo —murmuró la señorita Tanner con severidad—. Niños, ¿alguien puede decirme qué es la niñera de Reggie?
—¡Una mojigata!
—¡Una reprimida!
—¡Una victoriana!
—Todos juntos ahora.
—¡LA NIÑERA DE REGGIE ES UN COÑO SECO!
—¿Ella está en contra de...? ¿Niños?
—La fuerza vital.
—¿Y?
—¡Del placer!
—MUY BIEN. Y de los que dicen la verdad. Recordadlo. Porque son esas perras con la sexualidad reprimida como la niñera de Reggie las que encarcelan a los que, como el marqués, dicen la verdad.
La clase quedó impresionada.
—¿Puedo sentarme ya? —preguntó Reggie.
—Sentarme ya… ¿qué?
—¿Puedo sentarme ya, por favor, señorita Tanner?
—Sí, Reggie. Puedes sentarte.
En ese momento, Mortimer se deslizó por la salida trasera del auditorio, sin esperar a ver el ensayo y sin siquiera saber de qué obra se trataba.
* White, Anglo-Saxon and Protestant (Blanco, anglosajón y protestante).
(N. del T.)
5.
—¡MALDITA AUTOEXPRESIÓN! —gritó Mortimer—. Este es el último trimestre que va a esa farsa de escuela. Lo voy a sacar de allí.
—¿Lo vas a sacar? Doug es mi hijo.
—Nuestro hijo.
—Fui yo quien lo llevé en el vientre. Estamos en el siglo veinte, querido, no en el diecinueve. Cualquier decisión sobre la educación de Doug debemos tomarla juntos.
—Muy bien, entonces, juntos. Pero...
—Será mejor que te apresures o llegarás tarde.
Por supuesto, Joyce se había echado atrás. No quería perderse Insulto, el nuevo programa de entrevistas de la BBC-2. Así que Mortimer tuvo que mentir a la señorita Ryerson. Le dijo que no habían encontrado niñera.
—Oh, cómo lo siento —dijo la señorita Ryerson.
Mortimer descubrió demasiado tarde que la comedia que él y la señorita Ryerson habían seleccionado para el martes por la noche estaba protagonizada por el actor del West End del que más se hablaba, el incomparable Danny La Rue.
Después, Mortimer accedió a la animada solicitud de Agnes Laura Ryerson de hacer un recorrido por los bares. Mortimer la llevó al Dirty Dick’s. Y ella se quedó cautivada con The Prospect of Whitby. Pero, ay, terminaron en un pub en Victoria, en el que algunos fornidos Guardias Reales de seis pies de altura ofrecían sus servicios a otras reinas muy distintas para sacarse un sobresueldo. Mortimer esperaba con devoción que Agnes Laura Ryerson fuera demasiado cándida como para comprender la naturaleza de las transacciones que se llevaban a cabo a su alrededor entre los soldados de la División Doméstica y los hombres acaudalados y ruborizados que los invitaban a beber. La señorita Ryerson, muy generosa, invitó a dos de los Guardias de su Majestad a una ronda.
—Por la delgada línea roja —exclamó levantando su copa.
Eso hizo reír a uno de los guardias.
—Oh, querido mío —le dijo a su camarada que mostraba un pecho repleto de condecoraciones—, ¿has oído eso?
● ○
—Ya es suficiente, le dijo Mortimer a Joyce cuando por fin llegó a casa—. Mi única esperanza —añadió con cansancio— es que la señorita Ryerson regrese a Canadá con al menos una de sus ilusiones intactas.
—No podría importarme menos —dijo Joyce irritada.
—Bueno, ¿y qué tal ha estado Insulto? ¿Maravilloso? —preguntó Mortimer con su tono de voz más desagradable.
—No ha estado mal.
«Joyce está muy a la última, siempre al día. A diferencia de mí», pensó Mortimer.
A diferencia de mí.
El hecho de que esa noche se hubiera perdido Insulto era típico; y por la expresión de autosatisfacción de Joyce dedujo que la obra haría furor. Un bombazo. Como TW3. Perderse las cosas hacía que Mortimer se sintiera frustrado y exhausto. No estaba del todo desinformado, pero había perdido el tiempo. Y no es que Joyce ayudara. Oh, no. La muy perra lo había dejado seguir leyendo a Bernard Levin mucho después de que hubiera pasado de moda. Luego estaba el caso de Kenneth Tynan. Recordaba muy bien cómo Joyce solía citar sus críticas teatrales. Bueno, ¿cómo se suponía que iba a saber que no debía leer sus reseñas de cine? Mortimer citó una de sus críticas de películas en una fiesta una vez y Joyce le lanzó aquella mirada especial suya. «Tynan es muy de los años cincuenta», dijo. «Como The Partisan, su cafetería favorita de esa década.».
—¿Te apetece beber algo? —preguntó Joyce.
—Primero voy a darme un baño.
Mortimer, que ahora tenía cuarenta y dos años, todavía se mantenía delgado. No sufría de vientre protuberante y su cabello aún no había comenzado a encanecer o a caérsele. Sus rasgos eran regulares. Sí, tuvo que admitirlo mientras se contemplaba en el espejo del baño: «Sí, sí, la amarga verdad es que soy alto y guapo». De un guapo convencional, como decía Joyce una y otra vez con repugnancia manifiesta. Como las estrellas de cine a la antigua, Gable, Taylor, Tyrone Power. «Una cara como nueva», le había oído decir una vez a Ziggy Spicehandler. Limpia, podría haber agregado, de un WASP inconfundible, como el esposo sincero y sonriente de aquella publicidad de fideicomiso en cuya frente estaba el lema: «Inversor a los 35 años, capitalista a los 60».
«Mierda. Mírate. Mírate, Griffin.»
Ziggy Spicehandler, a quien le debía demasiado, había sido el primero en hacerle darse cuenta de lo muy repulsivo que era. «Hombre», le dijo con cariño y en tono burlón, pellizcándole la mejilla, «te pareces a uno de esos modelos masculinos. Ya sabes, esos que se bajan de un coche deportivo en los anuncios de Esquire.»
El propio Ziggy era bajo, hirsuto, con el pecho como un tonel. Se había roto la nariz aguileña dos veces y tenía el cuello grueso y grasientos pelos enredados que sobresalían de sus orejas de soplillo. Tenía las uñas negras, verrugas en las manos anchas y cuadradas, y con solo mirarlo se notaba que en las casas ajenas se llenaba los bolsillos de cigarrillos y orinaba sin levantar la tapa del váter. Las mujeres encontraban excitante a Ziggy Spicehandler. A dondequiera que fuera, incluso en las fiestas más modernas, se volvían para mirarlo. «Yo», pensó Mortimer, «puedo estar solo en una fiesta durante horas y nadie se vuelve a mirarme.»
No. Una vez se le acercó una jovencita sexy.
—Hola —lo saludó un poco borracha.
—Hola a ti también.
—Debes de estar en publicidad —le dijo balanceándose.
—¿Perdona?
—Bueno, deberías estarlo. Tienes la cara.
Se refería al tipo de rostro que uno puede encontrar en las zonas residenciales para ricos. Ziggy, por otro lado, tenía un rostro anti-residencial.
La última vez que Ziggy se había quedado unos días con ellos, Doug tenía tres años. Para asombro de Joyce, Ziggy parecía adorar al niño y se ofrecía a cuidarlo una y otra vez. Jugaba a la pelota con Doug en el Heath. También lo llevaba dos veces por semana al zoológico de Regent’s Park, sincronizando las visitas para que coincidieran con la hora de comer en la jaula de los reptiles, un asunto que fascinaba a Ziggy. Era la época en que Doug estaba aprendiendo a hablar y Ziggy estaba muy contento de poder instruirlo.
«Hombre mono», le decía señalándole a un sacerdote; y le indicaba que dijera «Bésame el culo» como manera de dar las gracias, pero por suerte, de la boca del niño salía algo así como «Beme cuyo». Al principio, Joyce estaba desconcertada por la elección de palabras de Doug, pero en realidad el niño estaba aún más confundido, porque lo que Joyce le enseñaba a llamar «monja» por la tarde, Ziggy insistía por la noche en que se llamaba «tetas caídas».
Como era inevitable, Joyce descubrió que, lejos de ser un retrasado, el perverso de Ziggy estaba engañado a Doug, cosa que derivó en una sofocante pelea con Mortimer. Mortimer, en un cambio radical, pues aquella era una conducta más bien habitual en Joyce, se encontró defendiendo de mala gana lo nuevo. Si bien Ziggy, admitió, se comportaba de manera irresponsable, ella debía entender que no era un sádico. Creía a pie juntillas que nuestros padres nos habían criado a base de mentiras y que conseguir que desaprendiera todo lo aprendido, por así decirlo, era la única manera de liberar a un niño. Llevándolo de ese modo, como diría Ziggy, hacia un estado de gracia. Aun así, Mortimer tuvo que aceptar que era desagradable y de mala gana se preparó para decirle a Ziggy que debía marcharse del piso.
No fue necesario. Un día Joyce envió a Ziggy al doctor Schneider para que le recogiera una receta. Schneider, un hombre con exceso de trabajo, tenía la costumbre de dejar las recetas prescritas dentro de una caja en los escalones de la puerta de entrada. Esto, descubrió Ziggy, era una práctica bastante común entre los médicos del Sistema Nacional de Salud, así se ahorraban atender a algunos pacientes en persona. En un buen día, echando mano de las recetas que se dejaban afuera aquí y allá, podía acumular una muy buena provisión de píldoras con un contenido apreciable de morfina u opiáceos. Aquello era muy gratificante para Ziggy, que no recibía suficiente material de su propio médico, un puritano amargado; también le permitía adquirir el efectivo que tanto necesitaba vendiendo las píldoras sobrantes a otras personas que las necesitaban. Al final, la policía se dio cuenta del chanchullo y comenzó a vigilar las consultas de Hampstead. Ziggy se fue a París.
—¿Por qué las mujeres encuentran tan atractivo a Ziggy Spicehandler? —le preguntó Mortimer a Joyce mientras salía del baño.
—Yo no lo encuentro…
—Mentirosa.
—Pero —continuó— diría que tiene el rostro de un hombre que ha visitado las regiones más oscuras del infierno y ha regresado.
Mortimer gruñó y encendió el televisor para escuchar el noticiario. Llegó a tiempo para la última noticia. «El Creador de Estrellas», decía el presentador, «no ha querido hacer ningún comentario acerca de los recientes rumores de que está a punto de trasladar su sede de Las Vegas a Londres. Sin embargo, esta mañana temprano ha realizado con éxito una oferta pública de adquisición de una editorial londinense, Oriole Press. En algunos sectores, sobre todo en la City», continuó diciendo el presentador de las noticias, «esto se ha entendido como un indicador de intenciones futuras.» Luego, el emblema de la compañía del Creador de Estrellas apareció unos segundos en la pantalla.
Dos serpientes emparejadas.
6.
El Creador de Estrellas era el hombre que no envejecía, alguien inmortal del que no se sabía casi nada y del que todo eran rumores, viles rumores, y cuyo sexo se había convertido en un tema muy debatido en los últimos meses. Algunos decían que era un hombre, otros insistían en que se estaba convirtiendo en una mujer: otros decían casi en susurros que estaba por llegar algo aún más siniestro. «El Creador de Estrellas. Imagínate», pensó Mortimer, «Oriole Press pasando a manos tan obscenas.»
Era más que evidente que el panorama editorial, como todo lo demás, había cambiado mucho desde que Mortimer llegara por primera vez a Londres quince años atrás. Se producían quiebras sonadas, fusiones y, sobre todo, una enorme abundancia de adquisiciones por parte de empresas norteamericanas. Pero Mortimer siempre había creído que Oriole Press, con sus inigualables tradiciones, sus inadecuadas chimeneas a gas, con aquel sistema de archivos tan vetusto y sus rosquillas para el té, sería inviolable. Ahora, sin previo aviso, el ungido Lord Woodcock había cedido el control, «era obvio que para evitar los derechos de sucesión», reflexionó Mortimer, y de la noche a la mañana Oriole Press se había convertido en la unidad más insignificante del imperio comercial internacional del Creador de Estrellas.
Horripilante. Pero, pensándolo bien, Mortimer se preguntó si aquella no sería otra de las típicas y astutas tácticas de Lord Woodcock. El Creador de Estrellas, con sus intereses globales, caía del cielo un día para resolver una huelga en una granja de opio malaya y al día siguiente volaba a Roma, tal vez, para despedir al director de una de sus multimillonarias producciones cinematográficas. Sus intereses eran tan amplios y diversos que abarcaban productoras de cine y de televisión, aerolíneas, periódicos, minas de diamantes, refinerías de petróleo y casinos de juego. Así que estaba obligado a no prestar atención alguna a Oriole Press. «No somos más que una baratija», pensó Mortimer sintiéndose mucho mejor. «Una baratija prestigiosa. Nuestro volumen de negocio es patético, demasiado pequeño para interesar a semejante Goliat.»
Solo una hora más tarde llegó la primera de las legendarias ideas del Creador de Estrellas. Un equipo de expertos en eficiencia había volado desde Frankfurt y Lord Woodcock, haciendo una de sus raras apariciones en Oriole House, vino para hacer las presentaciones. Allí estaba Herr Doktor Mannheim y sus tres secretarios. Dos de ellos vestían abrigos de cuero negro, hombres parcos en palabras que no dejaban de tomar notas en sus cuadernos. La tercera, Fraulein Ringler, era una joven bastante atractiva, incluso teniendo en cuenta la cicatriz en la mejilla, producto de una herida recibida en un duelo.
Por desgracia, la primera reunión con el Equipo de Eficiencia tuvo un mal comienzo.
La secretaria de Mortimer, la tímida y discreta señorita Fishman, que había empezado a trabajar en Oriole poco después de la guerra, cuando llegó a Inglaterra desde un campo de concentración, de repente agarró un abrecartas y cayó sobre Fraulein Ringler, arañándola, mordiéndola y tratando de apuñalarla. Mortimer y Hy tuvieron que quitársela de encima de Fraulein Ringler y arrastrarla a otra oficina.
—Querida, querida —exclamó lord Woodcock.
Mortimer pudo ver que Lord Woodcock estaba consternado, como era natural. El credo del santo anciano era: «Debemos amarnos los unos a los otros o morir», y vivía para ello. Poco después de la guerra, el Señor Woodcock, que entonces aún no era Lord, había recopilado historias de casos y editado un libro, elaborado con elegancia aunque necesariamente delgado, acerca de los pequeños actos de caridad realizados por los alemanes a los judíos durante la época nazi. Aquí un sargento simple pero de buen corazón que ofreció unas cucharadas de mermelada a niños judíos antes de que los condujeran a las cámaras de gas, allá un general legendario que se negó a beber con Eichmann o un profesor que citó a Heine a la cara de un nazi.
—¿Qué pasa, mi niña? —preguntó Lord Woodcock.
—El collar que lleva —dijo la señorita Fishman, todavía jadeando—. Era de mi madre. Y antes perteneció a mi abuela.
La madre de la señorita Fishman, que había sido asada en los hornos de Treblinka, al igual que los demás miembros de su familia, no era un simple número más en la árida estadística judía, demasiado espantosa, como suele decirse, para que la imaginación ordinaria pueda hacerle frente. La madre de la señorita Fishman fue, de hecho, la judía un millón en ser quemada, sin contar las mitades o las cuartas partes de judíos o los bebés que pesaban menos de nueve libras antes de ser arrojados a los hornos. Esto hizo que fuera una ocasión muy, muy especial, y en honor a ella, la madre de la señorita Fishman recibió un trato fuera de lo común. Las cámaras de los hornos de Treblinka fueron adornadas con flores y farolillos chinos de colores alegres. Del mismo modo en que los presidentes y primeros ministros de hoy en día firman los documentos históricos con hasta treinta bolígrafos y los distribuyen luego como recuerdos, los empastes de oro y otros objetos de valor de la señorita Fishman se repartieron entre los comandantes de los campos de concentración que lideraban la cuota de exterminio, invitados a Treblinka para asistir al evento. La quema del judío un millón fue una de las noches más célebres de la historia del Tercer Reich y «hasta el día de hoy», le aseguró el propio Creador de Estrellas a Mortimer, una vez lo conoció, «es conmemorada por los supervivientes de aquella barbacoa sentimental allí donde se encuentren».
—Ese collar pertenecía a mi madre —insistía la señorita Fishman una y otra vez.
—Pero —la reprendió lord Woodcock con amabilidad—, Fraulein Ringler era solo una niña en ese momento, así que, aunque el collar perteneciera una vez a tu madre, una posibilidad dudosa, está claro que no puede ser considerada culpable.
—No me importa, no me importa —gritó la señorita Fishman, en plena pataleta infantil—. Déjeme a mí a esa zorra alemana. La mataré.
—¿Zorra alemana? —Lord Woodcock, alguien que nunca había perdido los estribos, levantó la voz y golpeó el suelo con el bastón—. ¿Qué eres? —preguntó horrorizado—. ¿Una racista?
—No.
—¿Una rencorosa, entonces?
Ante aquel reproche, la señorita Fishman empezó a sollozar.
—Me temo, querida, que tu arrebato de ira me ha recordado los desvaríos nazis más que otra cosa, tanto en tono como en actitud.
—Soy indigna —se quejó la señorita Fishman.
Lord Woodcock la tomó del brazo, el que tenía el número tatuado, y comenzó a acariciarlo.
—¿No era la doctrina nazi la que predicaba la culpa nacional —continuó con dulzura—, asumiendo que pertenece por igual a todos los individuos y que los presuntos pecados de los mayores recaen sobre los jóvenes?
—Perdóneme —suplicó.
—Medita, si quieres, hija mía, sobre el destino de los cananeos y de los amalecitas, y verás que el exterminio de naciones no es nuevo. Te recomiendo, sobre todo, Samuel XV, 3, «y no los compadecerás, y matarás al hombre y a la mujer, al niño y al lactante». —Sin dejar de darle palmaditas en el brazo, le susurró—: «De modo que no corresponde al pueblo judío, amado como es para mí, arrojar la primera piedra o juzgar». ¿No es así, hija mía?
Mortimer ayudó a la señorita Fishman a levantarse de la silla.
—Gracias —dijo ella, sonriéndole.
—De nada —dijo Lord Woodcock, y luego abrió la puerta del despacho, hizo una pausa y se volvió para mostrarle una sonrisa bondadosa a la señorita Fishman, mientras la luz de detrás iluminaba su enorme cabeza—. Recuerda esto también, hija. Como tú, Fraulein Ringler nació para morir sola.
La señorita Fishman miró la figura de Lord Woodcock mientras se alejaba.
—Es un santo —dijo.
«Sí», pensó Mortimer, recordando su primera conversación profunda con Lord Woodcock, la vez que Mortimer le había explicado que cuando estuvo con el ejército canadiense en Alemania recién acabada la guerra, había esperado que aquello fuera un baño de sangre. Mortimer había pensado, le explicó, que los judíos de los ejércitos aliados, oficiales y soldados, se volverían locos y dispararían a los alemanes sin distinción, o que al menos darían caza a los ex SS y los colgarían de las farolas, pero en el sector occidental apenas se habían producido actos de venganza. Mortimer le dijo a Lord Woodcock que, por lo que sabía, ninguno había sido inspirado por judíos.
Lord Woodcock asintió con la cabeza, sonriendo.
—No habría servido de nada que mis hermanos judíos respondieran al comportamiento animal con otro acto de obscenidad animal —respondió el hombre.
Entonces le contó a Mortimer que después de la guerra, pero con las heridas aún supurantes, él y sus seguidores, con varios judíos virtuosos entre ellos, habían viajado a Alemania para demostrarle al mundo cómo el amor, y solo el amor, podía conquistar al odio. Habían limpiado de escombros los parques bombardeados y habían rellenado los cráteres de los impactos de los obuses en los campos. Habían plantado acres de trigo y maíz y huertos y jardines botánicos, sin hacer caso de las burlas de los espectadores que les gritaban que nada crecería allí donde ellos habían sembrado. Nada crecería, habían dicho, porque aquellos hombres, por muy bien intencionados que fueran, carecían por completo de perspicacia agrícola. Y había algo más. Estaban tan dulcemente unidos por semejante reverencia por la vida que no tolerarían fertilizantes o aerosoles químicos. Pero los jardines, los campos y las huertas florecieron, germinaron casi como por un milagro. Las flores, los árboles frutales y el trigo proliferaron en tal abundancia que a algunos les pareció que Dios en las alturas había bendecido las semillas. Por supuesto, los desdeñosos lo negaron y señalaron con rudeza que debajo de los prados y parques de Alemania corría el más raro y nutritivo de los fertilizantes: ríos de sangre humana y huesos triturados y carne quemada. De hecho, se decía que ese fertilizante era tan duradero que, hasta el día de hoy, según los expertos, explicaba los incomparables y suculentos espárragos de Schwartzwald y los últimos años fecundos disfrutados por los viñedos del Rin, que beneficiaban a los gourmets del mundo, sin importar raza, color o credo.
7.
Dino Tomasso, gordo, de piel mantecosa y con grandes dificultades para respirar, disgustaba a Mortimer sobremanera. También lo asombraba. El nuevo hombre, se les informó a Mortimer y a los demás editores, había sido trasladado desde Hollywood al equipo de Oriole, aunque, se quejó Mortimer con amargura, Oriole ya fuera la envidia de la mayoría de las demás editoriales de Londres. Tomasso, sin embargo un fanático de la forma física, hacía flexiones sobre la alfombra de la oficina cada mañana, lo cual era un tanto sorprendente, teniendo en cuenta que su pierna derecha, de la rodilla hacia abajo, era artificial y le faltaban dos dedos de la mano izquierda. También tenía siempre al alcance de la mano un par de gafas de cristales como culos de vaso. Sin embargo, no las usaba para leer. Ni para conducir. De hecho, casi nunca se las ponía.
Tomasso solo llevaba dos días en Oriole Press cuando, siguiendo un informe de eficiencia elaborado por el equipo de Frankfurt, inauguró una nueva colección de libros biográficos: Nuestra historia viva. Luego, sin previo aviso, Tomasso comenzó a despedir al personal existente y a contratar a personas nuevas, aplicando los métodos excéntricos del Creador de Estrellas. Esto significó que Mortimer, como todos los demás que trabajaban para el Creador de Estrellas, tuvo que someterse a un exhaustivo control de salud. Por suerte, lo pasó. Hy Rosen también. Pero John Cameron, el simpático jefe de ventas de Oriole, fue despedido porque tenía una leve afección cardíaca.
—Pero Cameron ha estado con nosotros durante años —protestó Mortimer, indignado—. Su enfermedad no interfiere en su trabajo.
—El Creador de Estrellas no puede tolerar la mala salud entre su gente —alegó Tomasso.
El personal nuevo tuvo que someterse a análisis de sangre, de metabolismo, a electrocardiogramas y a otros calvarios. Incluso a las secretarias se les hicieron radiografías y se les ofreció el trabajo en función de su bienestar físico, no de su velocidad taquigráfica, y los mejores puestos fueron para aquellas chicas dispuestas a firmar una cláusula de compromiso para someterse a una histerectomía si la dirección lo consideraba necesario. Entre el nuevo personal había una tal Polly Morgan, la viva imagen de la buena salud.
—Polly hará grandes cosas en esta casa —dijo Tomasso estudiando su historial clínico.
—Oh —dijo Mortimer con frialdad.
—Tiene el mismo tipo de sangre que el Creador de Estrellas, algo muy poco frecuente.
Eso hizo reír a Mortimer.
—Sabes —continuó Tomasso—, llevo con el Creador de Estrellas, Bendito sea Su Nombre, más de veinticinco años. Comencé como editor asistente de guiones, o lo que es lo mismo, de chico de los cafés. ¿Qué dirías, Griffin, si te asegurara que él me contrató porque le gustó el color de mis ojos?
—Has dicho «él» —dijo Mortimer.
Tomasso esperó, divertido.
—Hay rumores de que... bueno, de que él es ella, una mujer.
—Eso es todo por ahora, Griffin.
«Maldita sea», pensó Tomasso, «no podré perder de vista a este tipo. Lo sabía.»
Un tanto desconcertado, Mortimer regresó a su despacho para meditar. En realidad, estaba molesto con Tomasso pero no le preocupaba demasiado porque confiaba en que su primer y nuevo proyecto, la mal concebida colección Nuestra historia viva, sería un costoso fracaso, y que eso provocaría, asumió, que Tomasso tuviera que marcharse y que ellos pudieran seguir adelante como en los viejos tiempos.
Resultó que a Mortimer y a Hy no se les permitió encargar biografías para la nueva colección. Los encargos debían hacerse en Frankfurt, lo cual era insultante, pero también ventajoso: si las dos primeras biografías, las pruebas piloto, como las llamaba Tomasso, llevaban el fracaso escrito en la frente, no se les podría culpar a ellos. La primera biografía era la de un político laborista, que alguna vez fue un agitador pero que hoy era un personaje aburrido y casi desconocido para el público, y la segunda era la de una estrella de cine que alguna vez fue muy conocido y que no había trabajado desde 1945.
La primera reunión editorial matutina convocada por Tomasso fue rígida y formal. En la segunda, presentó su idea de otra colección, CINEMAGOS; y de repente, a ojos de los viejos redactores, nada fue tan interesante y esperado como la reunión convocada para considerar los títulos de esta serie, aunque solo fuera porque la desconcertante y algo abstraída Polly Morgan había sido puesta al cargo.
Polly era una joven de una hermosura fascinante, cuyos gestos, por inocentes que fueran, eran tan sensuales que exasperaban. Y distraía a todos los presentes. Mortimer se dio cuenta de que no podía culparla si, al reflexionar sobre una idea, con los labios entreabiertos y golpeándose los dientes con un lápiz, provocaba un dolor prematuro en la entrepierna a todos los hombres allí reunidos. Tampoco se le podía reprochar el hecho de que la conversación se encallara de repente cuando se entusiasmaba tanto con un proyecto que no se daba cuenta de que se le había subido la falda; una distracción agravada por el hecho de que Polly siempre se sentaba en un taburete alto del departamento de arte y los demás editores, anticipando aquel gozo insoportable, enseguida se acomodaban en los sofás, de modo que, dependiendo de cómo se inclinara, las piernas de Polly o su adorable trasero quedaban a la misma altura que sus miradas.
Todo ello, consideraba Mortimer, era un insulto para Polly, quien, para su deleite, resultó ser una persona muy capaz y muy conocedora en materia de cine.
Durante una reunión matutina celebrada casi una semana después de que llegara a Oriole Press, Tomasso pasó de una discusión sobre los títulos pendientes para la colección CINEMAGOS a considerar el manuscrito de una nueva novela.
—¿Quién es el editor de este niño? —preguntó.
Hy sonrió, su mano se disparó hacia arriba.
—Después del almuerzo quiero hablar contigo sobre este manuscrito —dijo Tomasso—. Eso es todo por ahora, chicos.
Mortimer alcanzó a Hy en el pasillo.
—Bueno —dijo—, ¿qué tal si almorzamos en Las Ocho Campanas?
—Paso —dijo Hy con actitud ladina.
Así que Mortimer se fue a almorzar solo, mientras que Hy se quedó en su despacho hasta que estuvo seguro de que no quedaba nadie en la planta entera de la editorial, y luego, tras coger un portafolios lleno de fotografías, se fue en busca de Polly Morgan, a quien esperaba interesar con una idea propia para la serie CINEMAGOS.
Polly, tal como Hy había anticipado, estaba sola en el departamento de diseño. No sonaba ningún teléfono. Ninguna máquina de escribir traqueteaba. Hy se acercó a ella por detrás, mientras ella estaba inclinada sobre una mesa de dibujo, pero le preocupó asustarla, así que tosió un poco.
—Aquí hay un silencio espantoso —dijo.
Polly se dio la vuelta y abrió los ojos como platos.
—Demasiado silencio —contestó ella—. No me gusta.
Hy sonrió y se volvió para dejar su carpeta cuando de repente Polly dejó escapar un grito desgarrador.
—¡Si no voy a tocarte! Soy judío.
Polly chilló de nuevo.
—¿Qué pasa contigo?
Polly siguió soltando un chillido detrás de otro y Hy, muy alarmado, huyó del departamento de diseño y salió corriendo de Oriole, cruzó Soho Square, y bajó por Frith Street sin detenerse hasta llegar a Las Ocho Campanas, donde nada más entrar pidió un brandy doble.
—¿Algo va mal? —le preguntó Mortimer preocupado.
—No, no —protestó Hy, pero tenía un aspecto enfermizo y, después del almuerzo se mostró muy reacio a regresar a Oriole.
Y no era de extrañar, reflexionó Mortimer después, porque apenas salieron del ascensor en la planta editorial, Polly salió tambaleándose por la puerta del departamento de diseño con su hermoso cabello negro desordenado y la blusa rasgada, revelando parte del sujetador de encaje blanco y uno de sus pechos.
Mientras Mortimer se quedaba allí paralizado y horrorizado, Hy parecía a punto de echarse a correr. Pero en ese instante Polly se tambaleó hasta caer en sus brazos.
—Sin ti —dijo sin aliento—, me habría sentido perdida.
Hy se quedó boquiabierto.
—Me siento mucho mejor ahora que ha acabado —dijo Polly, besándolo—. Y tú, ¿te sientes mejor ahora?
—Sí —balbuceó Hy, soltándose con prisas del abrazo de Polly—. Sí, estoy mejor.
● ○
Tomasso llamó a Mortimer a su oficina.
—Hum… deberíamos empezar a conocernos un poco más, ¿no crees?
—Sin duda —dijo Mortimer con inquietud.
—Siéntate. Relájate.
Mortimer se sentó. Y esperó.
—¿Qué tipo de veneno prefieres?
—Scotch, si no le importa.
—Es un placer.
Tomasso sirvió las bebidas, pero Mortimer seguía sentado tenso y en silencio. Tomasso se rascó la cabeza en busca del modo de romper el hielo. Por fin, inspirado, sonrió y preguntó:
—¿Haces progresos?
—¿Disculpe?
—Bueno, a mí Polly Morgan me pone a cien. ¿Te incomoda, Mort?
—No sabría decirle. Además, si por eso me ha invitado a su despacho...
—Claro que no. —Tomasso se mordió el labio. Hizo crujir los nudillos—. Dime, ¿qué piensas de la poesía de Mao Tse Tung?
—Tampoco sabría decirle. No estoy familiarizado con ella.
—Yo tampoco. Verás —dijo sonriendo—, ¿tenemos algo en común después de todo?
—¿Lo tenemos?
—Me pareces muy humano, Mort.
—Gracias.
—Oye, ¿sabes lo que me dijo una vez el Creador de Estrellas sobre el senador McCarthy? Dijo, y cito, que el senador era más que un político. Fue el crítico de cine más eficaz de su época. Hizo más que Agee o que Cahiers du Cinéma para limpiar Hollywood de los escritorzuelos liberales.
—¿Significa eso que el Creador de Estrellas admiraba al senador McCarthy? —preguntó Mortimer indignado.
—El Creador de Estrellas no admira a nadie —dijo Tomasso—, excepto... —vaciló.
—¿Sí?
—Bueno, hay una cierta figura histórica. El Chevalier d’Éon, un noble francés. Primero apareció en la corte vestido de mujer, y trató de robarle Luis XV a Madame de Pompadour. Luis descubrió que aquel tipo era en realidad un artista del travestismo, pero no mandó cotarle la cabeza. Por el contrario, hizo del Chevalier un diplomático de confianza. Una vez, en 1775, creo, lo envió a Rusia en una misión secreta disfrazado de sobrina de su agente oficial. Al año siguiente, el Chevalier d’Éon regresó a Rusia vestido de hombre para terminar su misión. Excéntrico, ¿verdad?
—Sí.
—¿Uno para el camino? —preguntó Tomasso, cogiendo el vaso de Mortimer.
—Si quiere.
Mientras Tomasso iba a rellenar los vasos, Mortimer, sin darse cuenta de que lo estaba observando, cogió las gafas de culo de botella del escritorio y se las probó. Para su asombro, descubrió que las lentes no estaban graduadas. Eran simples cristales.
—Brindo por ti —dijo Tomasso.
—Salud.
Tan pronto como Mortimer se hubo marchado, Tomasso llamó a Frankfurt.
—Quiero que alguien investigue a Griffin —dijo—. Un informe completo. Podéis empezar por conseguirme su historial militar.
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